
CAPÍTULO 1: El despertar en el abismo
Ana abrió los ojos, pero su mente se negó a reconocer dónde estaba. Durante unos segundos, esos preciosos y fugaces instantes entre el sueño y la vigilia, su cerebro le regaló la ilusión de la normalidad. Sintió la suavidad de las sábanas y pensó, con una sonrisa perezosa, que era domingo en su departamento de la colonia Del Valle. Imaginó que los ruidos lejanos eran los vendedores ambulantes de la calle Amores y que el calor a su lado era su esposo, Sergio, abrazándola como solía hacerlo antes de que la rutina y los años enfriaran un poco las cosas.
—Buenos días… —murmuró, estirando la mano para buscar el hombro de su marido.
Pero sus dedos no encontraron la pijama de algodón egipcio que Sergio siempre usaba. En su lugar, tocaron una piel desnuda, caliente y húmeda. Y el olor… Dios mío, el olor.
No olía a su casa. No olía al suavizante Downy aroma “Jardines de Lavanda” que ella compraba obsesivamente en el Costco. Tampoco olía al café recién hecho que su cafetera programable solía tener listo a las 8:00 AM. El aire estaba cargado, viciado. Olía a cigarro rancio impregnado en las cortinas, a alfombra vieja que había visto demasiados pasos ajenos, a sexo y a una loción masculina barata, dulzona y penetrante que se le metía por la nariz hasta revolverle el estómago.
Ana abrió los ojos de golpe, y la realidad cayó sobre ella con la fuerza de un edificio derrumbándose.
No estaba en su casa.
Estaba en el Hotel El Deseo, un motel de paso en Tlalpan, de esos con luces neón en la fachada y garajes privados para que nadie vea tu coche.
Y el hombre que roncaba a su lado, con la boca entreabierta y un brazo colgado fuera de la cama, no era Sergio. Era Alejandro. Alejandro, el “Alex”, el entrenador personal del gimnasio Sport City al que ella había empezado a ir hacía seis meses con la intención de “bajar unos kilitos” y donde había terminado perdiendo la brújula moral por completo.
Ana se sentó en la cama de un salto, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado. El pánico era un sabor metálico en su boca.
—No, no, no, no… —susurró, llevándose las manos a la cabeza. El dolor punzante en las sienes le recordó las tres copas de vino tinto que se había tomado la noche anterior para acallar a esa vocecita en su cabeza que le gritaba “¡Vete a tu casa!”.
Miró a su alrededor con horror. La habitación, que anoche bajo la luz tenue y el efecto del alcohol le había parecido “aventurera” y “prohibida”, ahora, bajo la luz cruel de la mañana que se filtraba por una cortina mal cerrada, se veía sórdida. Había un espejo en el techo que le devolvía una imagen distorsionada de sí misma: despeinada, con el maquillaje corrido, pareciendo diez años mayor de lo que era. En la mesita de noche, junto a un cenicero de vidrio barato, estaba su celular.
El reloj digital del teléfono parpadeaba: 07:42 AM.
Sergio.
El nombre de su esposo cruzó su mente como un relámpago. Sergio estaba en Monterrey. Se había ido el jueves para cerrar el trato con los inversionistas regios para la expansión de su empresa de logística. “Regreso el domingo en la noche, o tal vez el lunes temprano”, le había dicho al despedirse con ese beso en la frente que era más un trámite que un acto de pasión.
Hoy era sábado. “Estoy segura, estoy a salvo”, pensó Ana, tratando de regular su respiración. “Sergio está a mil kilómetros de distancia. Nadie sabe esto. Solo tengo que vestirme, salir de este agujero, llegar a casa, darme un baño de tres horas y jurar por la Virgen de Guadalupe que esto nunca, jamás, volverá a suceder”.
Miró a Alejandro. Dormía como un bebé, con esa despreocupación arrogante de los hombres jóvenes que no tienen nada que perder. Para él, esto era un trofeo. Una historia para contarles a sus amigos del gimnasio en el vestidor: “Güey, no sabes, me ligué a la señora de las 10, la güerita fresa”. Ana sintió una oleada de asco hacia él, pero sobre todo hacia sí misma. ¿En qué estaba pensando? ¿Vale la pena tirar quince años de matrimonio, una casa pagada, una vida estable y respetable, por… esto? Por un bíceps firme y unas palabras bonitas dichas al oído mientras hacía sentadillas.
Se deslizó fuera de la cama con movimientos de gato, temiendo que el más mínimo rechinido del colchón despertara a Alejandro. No quería hablar con él. No quería verle la cara a la luz del día. La magia barata de la noche anterior se había evaporado, dejando solo una vergüenza pegajosa.
Recogió su ropa del suelo. Su blusa de seda estaba arrugada hecha bola en una esquina. “Maldita sea”, pensó. “¿Cómo voy a explicar estas arrugas si me topo con alguien?”. Se vistió temblando, saltando en una pierna para ponerse los pantalones, cuando el sonido más aterrador del mundo rompió el silencio de la habitación.
Bzzt. Bzzt. Bzzt.
Su celular vibrando sobre la mesa de madera aglomerada sonó como un taladro contra el concreto.
Ana se congeló. Se quedó petrificada, con un zapato en la mano y el otro pie descalzo. Miró la pantalla iluminada.
La foto de contacto era una selfie que se habían tomado en su aniversario en Valle de Bravo. Sergio sonreía, con esa sonrisa franca y honesta que ella tanto amaba y que ahora sentía que no merecía.
LLAMANDO: SERGIO (ESPOSO)
El aire se le escapó de los pulmones. ¿Por qué llamaba tan temprano? Sergio no solía llamar los sábados por la mañana; sabía que a Ana le gustaba dormir hasta tarde los fines de semana.
—Contesta, contesta, actúa normal —se ordenó a sí misma.
Carraspeó para aclararse la garganta, seca por el vino y los nervios. Miró a Alejandro, que se removió un poco y murmuró algo en sueños, dándose la vuelta. Ana agarró el teléfono y corrió hacia el baño, cerrando la puerta con cuidado. Se sentó en la tapa del inodoro, respiró hondo y deslizó el dedo.
—¿Bueno? —dijo, intentando inyectar en su voz una somnolencia fingida, dulce y casera.
—Buenos días, dormilona. —La voz de Sergio sonó clara, cercana. Demasiado cercana—. ¿Te desperté?
Ana cerró los ojos, apoyando la frente contra los azulejos fríos del baño. La culpa era física, un dolor agudo en el pecho.
—Mmmnn… un poquito —mintió, bostezando falsamente—. Estaba soñando… cosas raras. ¿Cómo estás, amor? ¿Cómo va todo por el norte? ¿Ya desayunaste machaca con huevo?
Intentó bromear, intentó ser la Ana de siempre, la esposa simpática y atenta. Pero sus manos temblaban tanto que casi se le cae el teléfono.
—De eso te quería hablar, flaca —dijo Sergio, y su tono cambió. Había una chispa de energía en su voz, algo inusual—. Fíjate que las cosas salieron mejor de lo que esperábamos. Los Garza firmaron ayer en la cena. Ya no hubo necesidad de la junta de hoy.
Ana sintió un frío glacial recorrerle la columna vertebral.
—¿Ah, sí? —su voz salió como un hilo—. ¡Qué… qué bueno, felicidades, mi amor! Entonces… ¿te vas a quedar a pasear o qué?
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Un silencio que a Ana le pareció eterno, lleno de estática y presagios.
—No, ¿cómo crees? Ya te extraño. Además, no hay nada que hacer acá solo. —Sergio hizo una pausa—. Estoy en el aeropuerto de la Ciudad de México, Ana. Acabo de aterrizar.
El mundo de Ana se detuvo. El baño del motel, con sus azulejos rosas y su olor a desinfectante de pino, empezó a girar.
—¿Qué? —preguntó, incapaz de procesar la información.
—Sí, tomé el primer vuelo de la mañana, el de las 6:00 AM. Ya estoy aquí, esperando la maleta. En lo que salgo y agarro el Uber, yo creo que llego a la casa como en… ¿qué será? ¿Una hora? ¿Hora y media si hay tráfico en Viaducto?
Una hora.
Sesenta minutos.
Sergio estaba a una hora de su casa. Y ella estaba en Tlalpan, al otro lado de la ciudad, despeinada, oliendo a otro hombre, y sin coche porque había llegado en Uber para no dejar rastro.
El pánico se transformó en terror puro.
—¡Ana! ¿Sigues ahí? —preguntó Sergio, notando su silencio.
—Sí… sí, aquí estoy —tartamudeó ella. Su mente trabajaba a mil por hora, buscando excusas, calculando tiempos—. Es que… ¡qué sorpresa! No me lo esperaba. La casa está hecha un desastre, amor, no he recogido nada…
—No te preocupes por eso, mujer. Llego, dejamos las cosas y nos vamos a desayunar unos chilaquiles a ese lugar de la Condesa que te gusta. ¿Va?
—Sí… sí, claro. Me encanta la idea.
—Oye… —dijo Sergio, y su voz bajó un poco de tono—. Te oyes rara. ¿Estás bien?
Esa pregunta. Esa maldita pregunta. Sergio la conocía. Conocía sus silencios, sus tonos, sus respiraciones. Llevaban quince años durmiendo juntos; él sabía cuándo estaba enferma, cuándo estaba triste y cuándo estaba mintiendo.
—Estoy bien, te lo juro —dijo Ana, forzando una risa que sonó histérica en el pequeño baño—. Es solo que… me asustaste. Pensé que pasaba algo malo. Y sigo medio dormida, ya sabes que tardo en arrancar.
—Bueno, pues ve poniendo la cafetera que me estoy muriendo de sueño. Nos vemos en un rato. Te amo.
—Yo también… bye.
Colgó. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco.
“Te amo”. Esas dos palabras fueron como dos bofetadas.
Ana se levantó del inodoro como si tuviera un resorte. Se miró al espejo. Sus pupilas estaban dilatadas, su piel pálida como el papel. Tenía que moverse. Ahora.
Salió del baño hecha un huracán. Alejandro seguía durmiendo, roncando suavemente. Ana sintió una rabia irracional hacia él. ¿Cómo podía dormir mientras su vida de ella estaba a punto de explotar?
Empezó a buscar sus cosas frenéticamente. ¿Dónde estaba su otro arete? ¡Maldita sea! Se tiró al piso, palpando la alfombra sucia. Ahí estaba, debajo de la cama. Lo agarró y se lo puso sin abrocharlo bien. Buscó su bolsa. Cartera, llaves, maquillaje… ¿dónde estaba su labial? “¡Al diablo el labial!”, pensó.
Se acercó a la puerta, pero se detuvo. Miró a Alejandro una última vez. Debería despertarlo. Debería decirle que se acabó, que esto fue un error monumental, que no la volviera a buscar nunca. Pero si lo despertaba, él querría hablar. Querría un beso de despedida, o peor, querría “otra ronda”. Y no tenía tiempo. Cada segundo que pasaba, el Uber de Sergio avanzaba kilómetros por el Circuito Interior.
Decidió ser cobarde. Era lo mejor en ese momento. Escribió una nota rápida en una servilleta del hotel con el delineador de ojos, porque no encontraba una pluma: “Me tuve que ir. Emergencia familiar. No me busques. Luego hablamos”. La dejó sobre la mesita de noche, sabiendo que era una mentira patética y una despedida cruel, pero no le importaba. Su prioridad era sobrevivir.
Salió de la habitación 204 y cerró la puerta con suavidad. El pasillo del hotel estaba desierto, iluminado por luces fluorescentes que parpadeaban. Caminó rápido, casi corriendo, bajando las escaleras de servicio para no esperar el elevador.
Al salir a la recepción para entregar la llave, el recepcionista, un hombre mayor con cara de pocos amigos que estaba viendo un partido de fútbol en una tele pequeña, la miró de arriba abajo con una mueca que ella interpretó como juicio moral.
—La 204 —dijo ella, dejando la tarjeta magnética en el mostrador.
—¿Consumieron algo del frigobar? —preguntó el hombre con lentitud exasperante.
—¡No! Nada. Ya está pagado todo, ¿no?
—Sí, señorita. Que le vaya bien.
“Señorita”. La ironía le quemó.
Salió a la calle. La Avenida Tlalpan estaba despertando. El ruido de los camiones, los cláxones de los peseros y el bullicio de la ciudad la golpearon. Sacó su celular para pedir un Uber.
8 minutos para que llegue tu conductor.
—¡Maldita sea! —gritó Ana en voz alta, importándole poco que una señora que vendía tamales en la esquina se le quedara viendo.
Ocho minutos. Más los cuarenta minutos de viaje si tenía suerte y no había un accidente en el Periférico. Sergio ya debía estar subiéndose a su transporte. Iban a estar en una carrera contra el tiempo, convergiendo hacia el mismo punto: el departamento 502 de la calle Amores.
Canceló el viaje y pidió otro. Uber Black. Más caro, pero solían llegar más rápido. 3 minutos.
—Gracias a Dios —suspiró.
Mientras esperaba, parada en la banqueta sucia, abrazándose a sí misma por el frío de la mañana y por el miedo, Ana empezó a repasar su coartada.
“Ayer me quedé en casa. Vi una película… ¿cuál? Roma, en Netflix. No, esa ya la vimos. Vi… una serie. Me dormí temprano. Hoy me levanté, me sentía mal de la panza y salí a la farmacia. No, la farmacia te la traen a domicilio. Salí a caminar. Sí, eso. Salí a caminar al Parque Hundido para hacer hambre”.
El coche negro llegó. Un sedán impecable. El conductor, un joven amable de traje, se bajó para abrirle la puerta.
—Buenos días, ¿Ana?
—Sí, vámonos, por favor. Me urge llegar. Le doy una propina extra si se apura, pero con cuidado, no quiero chocar.
Se subió y se hundió en el asiento de piel. El coche olía a limpio, a aromatizante de “Pino Nuevo”. Ana cerró los ojos y empezó a rezar. No era muy religiosa, pero en ese momento le prometió a Dios, a la Virgen y a todos los santos que si la libraba de esta, sería la mejor esposa, la más fiel, la más devota. Que iría a misa los domingos. Que dejaría de quejarse de que Sergio dejaba la toalla mojada en la cama.
El coche se incorporó al tráfico. Ana miraba el GPS en su celular, alternando entre la ubicación de su Uber y el “Buscar mi iPhone” que compartía con Sergio.
Maldita tecnología. Antes, uno podía mentir con tranquilidad. Ahora, todos estábamos rastreados.
Abrió la aplicación Encontrar. El punto azul de Sergio estaba en movimiento. Iba por el Circuito Interior, a la altura del Aeropuerto. El punto de ella estaba en Tlalpan, entrando al segundo piso del Periférico.
“Voy adelante”, pensó, haciendo cálculos mentales. “Pero él va más rápido porque no hay tráfico en esa zona a esta hora. Yo me voy a atorar en San Antonio”.
Decidió apagar la ubicación. Si Sergio revisaba dónde estaba, vería que el teléfono estaba “sin conexión”. Podría decir que se le acabó la pila. Era arriesgado, pero mejor que él viera que su esposa estaba cruzando la ciudad a 100 kilómetros por hora desde la zona de moteles.
Apagó el celular. Ahora estaba a ciegas.
El viaje fue una agonía. Ana se miraba en el espejo retrovisor. Tenía ojeras. Se chupó el dedo y trató de limpiarse el rímel corrido debajo de los ojos. Se acomodó el cabello, intentando darle volumen y quitarle ese aspecto aplastado de “recién levantada de cama ajena”. Se olió la muñeca. Todavía olía a la loción de Alejandro.
Buscó en su bolsa. Encontró un frasco pequeño de gel antibacterial con olor a alcohol. Se lo untó en el cuello, en las muñecas, detrás de las orejas. Ahora olía a hospital, pero era mejor que oler a amante.
—Señorita, ¿todo bien? —preguntó el chofer, mirándola por el retrovisor. Probablemente pensaba que estaba loca, limpiándose frenéticamente en el asiento trasero.
—Sí, todo bien. Solo… un poco de prisa.
Llegaron a la bajada de la colonia Del Valle. El reloj del tablero del coche marcaba las 08:45 AM.
—Ya casi llegamos —se dijo a sí misma.
El coche dio la vuelta en su calle. Ana escaneó la acera buscando el taxi de Sergio. No estaba. La calle estaba tranquila, con los árboles de jacaranda empezando a soltar sus flores moradas sobre el asfalto.
—Aquí, aquí está bien —dijo Ana antes de llegar al edificio. No quería que el portero la viera bajarse de un Uber Black si se suponía que estaba en casa.
Se bajó, azotó la puerta y corrió los últimos metros. Saludó a Don Beto, el portero, con un gesto rápido de la mano, evitando detenerse a platicar.
—¡Buenos días, señora Ana! —gritó Don Beto—. Oiga, llegó un paquete de…
—¡Luego lo recojo, Don Beto, gracias! —gritó ella sin voltear, entrando al lobby.
Presionó el botón del elevador repetidamente, como si eso lo hiciera bajar más rápido. “Vamos, vamos, maldita sea”. Las puertas se abrieron. Entró. Piso 5.
Las puertas se cerraron con una lentitud exasperante. Ana se miró en el espejo del elevador.
“Estás hecha un desastre”, se dijo. “Pero estás aquí”.
Llegó al quinto piso. Abrió la puerta del departamento con manos temblorosas. Entró.
El silencio de su casa la recibió como un abrazo. Estaba igual que como la había dejado ayer en la tarde. Los platos de su desayuno de ayer seguían en el fregadero (punto a favor: realismo). La cama… ¡la cama!
Corrió a la recámara. La cama estaba hecha. Claro, ella la había tendido antes de irse. ¡Error! Si se suponía que había dormido ahí, la cama tenía que estar desecha.
Se lanzó sobre la cama, revolviendo las sábanas, tirando las almohadas al suelo, haciendo un nido que pareciera habitado. Se quitó los zapatos y los aventó al clóset. Se quitó la ropa, que apestaba a humo y culpa, y la metió hasta el fondo del cesto de la ropa sucia, debajo de las toallas viejas.
Se puso su pijama favorita, la de satén rosa. Corrió al baño. Abrió la llave de la regadera para que se escuchara el agua correr, por si Sergio llegaba en ese instante. Se lavó la cara con jabón neutro, restregando hasta que la piel le ardió. Se lavó los dientes tres veces, hizo gárgaras con enjuague bucal hasta que le lagrimearon los ojos.
Se miró al espejo. Ya no parecía la mujer del motel. Parecía Ana. Un poco pálida, sí. Con cara de susto, tal vez. Pero era Ana, la esposa de Sergio.
Cerró la llave del agua. Se secó la cara.
Salió a la cocina. Puso café en la cafetera. El olor a grano tostado empezó a llenar la cocina, desplazando el olor a gel antibacterial.
Y entonces, justo cuando estaba sacando una taza del alacena, escuchó el sonido de la llave en la cerradura.
Click. Clack.
El corazón de Ana se detuvo un instante y luego arrancó a galope.
La puerta se abrió.
—¡Hola! —gritó la voz de Sergio desde la entrada.
Ana cerró los ojos un segundo, compuso una sonrisa en su rostro y se dio la vuelta.
—¡Hola, mi amor! —dijo, caminando hacia el pasillo.
Sergio estaba ahí. De pie, con su maleta de trolley y su traje gris un poco arrugado por el viaje. Se veía cansado, pero sus ojos brillaban al verla.
No sabía.
Estaba claro que no sabía.
Ana corrió hacia él y lo abrazó con una fuerza desesperada, enterrando la cara en su cuello. Sergio soltó la maleta y la rodeó con sus brazos.
—¡Wow! —se rió él, sorprendido por la efusividad—. Me extrañaste en serio, ¿eh?
—Mucho —susurró Ana contra su camisa. Y era verdad. Lo había extrañado. Extrañaba su seguridad, su bondad, la vida tranquila que él representaba y que ella había estado a punto de dinamitar por una calentura.
—Yo también, flaca.
Sergio la besó. Fue un beso suave, familiar. Ana contuvo la respiración, temerosa de que él pudiera saborear la mentira en sus labios, oler la traición en su piel. Pero Sergio solo sonrió y se separó para mirarla.
—Estás helada —dijo, tocándole los brazos—. ¿Tienes frío?
—Sí, un poco. Ya ves que el departamento se pone frío en las mañanas.
Sergio la miró detenidamente. Sus ojos recorrieron su rostro, su cabello húmedo en las puntas (por lavarse la cara), su pijama.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí, perfecto —dijo Ana, demasiado rápido—. ¿Quieres café? Ya lo puse.
Sergio asintió, pero no se movió de inmediato. Miró hacia la sala. Luego miró hacia el suelo, cerca de la entrada.
—Oye… —dijo, frunciendo el ceño.
El corazón de Ana se detuvo de nuevo.
—¿Qué?
Sergio se agachó y recogió algo del suelo. Era un ticket. Un pequeño papel blanco arrugado que se le debía haber caído a Ana de la bolsa cuando entró corriendo.
Ana sintió que se desmayaba. ¿Era el ticket del motel? ¿Del Oxxo donde compró condones? ¿Del Uber?
Sergio desdobló el papel con lentitud. Ana estaba lista para confesar. Estaba lista para arrodillarse y suplicar. “Fue un error, perdóname”.
—Este ticket… —dijo Sergio, leyendo—. Es del estacionamiento de Plaza Satélite. De ayer a las 8:00 PM.
Ana parpadeó. ¿Plaza Satélite? Ah, sí. Había ido a comprarse la blusa que usó con Alejandro. Pero le había dicho a Sergio que se había quedado en casa viendo series.
—Ah… sí —improvisó, sintiendo el sudor en la espalda—. Fui… fui rápido a cambiar unos zapatos que me apretaban. No te quise decir para no aburrirte con mis cosas.
Sergio la miró. Sus ojos, normalmente cálidos, tenían ahora un brillo de curiosidad. De duda.
—Pero me dijiste que a esa hora ya estabas dormida porque te sentías mal. Que te tomaste un té y caíste rendida.
Ana tragó saliva. Ahí estaba. La primera grieta. La primera mentira que chocaba con otra mentira.
—Sí, bueno… eso fue después. Fui temprano, regresé, me sentí mal y me dormí. Ya sabes cómo soy de exagerada con los tiempos.
Sergio la sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Un segundo que duró una eternidad. Luego, sonrió. Pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Ya veo —dijo, arrugando el ticket y metiéndolo en su bolsillo—. Bueno, vamos por ese café. Muero por un café.
Pasó junto a ella hacia la cocina. Ana se quedó parada en el pasillo, temblando.
Sergio no le había creído del todo. Lo sabía. Lo sentía. Esa pequeña inconsistencia, ese pequeño papelito blanco, había sembrado una semilla. Una semilla de duda que, Ana sabía con terror, si se regaba un poco, crecería hasta convertirse en una planta venenosa que asfixiaría todo lo que amaba.
Caminó hacia la cocina, mirando la espalda de su esposo. La pesadilla apenas comenzaba
CAPÍTULO 2: La Casa de Cristal
La cocina de Ana, normalmente un refugio de luz cálida y olores reconfortantes, se sentía esa mañana como una sala de interrogatorios de la policía judicial.
Sergio estaba sentado a la mesa, con la taza de café humeante entre las manos. Llevaba puesta una playera vieja de los Pumas, esa que usaba los domingos para “echar la hueva”, y el cabello aún húmedo de la regadera. Se veía tan normal, tan cotidiano, que a Ana le daban ganas de gritar. La normalidad era, en ese momento, su peor enemiga. Porque nada era normal. Debajo de esa superficie de desayuno matrimonial, había una bomba de tiempo haciendo tic-tac, y Ana era la única que podía escucharla.
—Están buenos los chilaquiles, gorda. Te quedaron picositos, como me gustan —dijo Sergio, rompiendo un silencio que a Ana le había parecido durar horas.
Ana, que estaba de pie junto a la estufa fingiendo limpiar una mancha inexistente en la barra de granito, dio un respingo.
—¿Eh? Ah, sí… qué bueno. Es la salsa verde de la que compramos en el mercado, la señora dijo que traía chile serrano del bravo.
—Sí, se nota. Me va a dar agruras al rato, pero vale la pena.
Sergio sonrió y se metió otro bocado a la boca. Ana lo observó de reojo. ¿Había doble sentido en sus palabras? “Me va a dar agruras al rato”. ¿Se refería a la salsa o a la mentira que ella le estaba dando de comer? No, se dijo a sí misma. Estás paranoica. Es solo salsa. Son solo chilaquiles.
Se obligó a sentarse frente a él con su propia taza de café, que no había probado. El estómago se le había cerrado herméticamente. La mera idea de comer le provocaba náuseas.
—Oye, y cuéntame bien —dijo Sergio, dejando el tenedor y recargándose en el respaldo de la silla. Su postura era relajada, pero sus ojos oscuros la escaneaban—. ¿Qué hiciste el fin de semana? Aparte de ir a Plaza Satélite a las ocho de la noche a cambiar zapatos.
Ahí estaba otra vez. El tono era ligero, casi juguetón, pero la pregunta era específica.
Ana apretó la taza con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Pues nada, amor, lo que te dije. —Trató de sonar aburrida, rutinaria—. El viernes salí tarde de la oficina, vine directo a casa. Estaba muerta. Me pedí una pizza y vi la tele. Y ayer sábado… pues me levanté tarde, hice un poco de limpieza, lavé ropa… ya sabes, lo de siempre. Luego fui a la plaza y regresé.
—¿Sola?
La pregunta colgó en el aire.
—Sí, sola. ¿Con quién iba a ir? Elena se fue a Cuernavaca con sus papás, según yo.
—Mmm. Qué raro.
—¿Qué es raro? —preguntó Ana, sintiendo un sudor frío en la nuca.
—Que no me hayas marcado —dijo Sergio, encogiéndose de hombros—. Usualmente cuando estás sola y aburrida me mandas mil memes o me llamas para ver qué estoy haciendo. Y este fin… estuviste muy calladita. Ni un WhatsApp de buenas noches ayer.
Ana tragó saliva. Era cierto. Estaba tan ocupada revolcándose con Alejandro y luego entrando en pánico, que se le había olvidado por completo el ritual de “buenas noches” con su esposo.
—Es que… pensé que estabas en la cena con los Garza —improvisó rápidamente—. No quería interrumpir. Ya ves que luego te pones de malas si te vibra el celular en medio de una negociación.
Sergio asintió lentamente, como si evaluara la lógica de la respuesta.
—Buen punto. Aunque la cena terminó temprano. Te marqué como a las once y me mandó directo a buzón.
—Se me acabó la pila —disparó Ana. La mentira salió automática—. Y me dio flojera buscar el cargador. Me quedé dormida así.
—Ya.
Sergio bebió un sorbo de café, mirándola por encima del borde de la taza.
—Oye, ¿y ese perfume?
Ana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Cuál perfume?
—Hueles… diferente. No sé. Como a… —Sergio arrugó la nariz, buscando la palabra— como a desinfectante. O a jabón de ese barato. No hueles a tu crema de vainilla.
Ana soltó una risa nerviosa, aguda, que sonó como vidrio rompiéndose.
—Ay, amor, qué olfato tienes. Es que… se me acabó mi jabón corporal y agarré uno que tenía ahí guardado, de esos que te regalan en los hoteles cuando viajamos. Uno neutro horrible. Por eso huelo así. Me urge ir al súper.
—Ah, con razón. Sí, huele medio clínico. No me gusta. Me gusta más cómo hueles siempre.
Sergio se inclinó hacia adelante y le acarició la mano que descansaba sobre la mesa. Su tacto, que antes era reconfortante, ahora se sentía como una quemadura. Ana tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no retirar la mano.
—Bueno, voy a terminar de desempacar —dijo Sergio, poniéndose de pie. Se estiró, haciendo tronar su espalda—. Y luego a ver si me echo una siesta, el vuelo de la madrugada me mató.
—Sí, descansa, amor. Yo recojo aquí.
Cuando Sergio salió de la cocina y Ana escuchó sus pasos alejándose hacia la recámara, soltó el aire que había estado conteniendo. Se derrumbó sobre la mesa, escondiendo la cara entre los brazos.
Estaba caminando sobre una cuerda floja y soplaba mucho viento. Cada palabra era un riesgo. Cada silencio, una trampa. Y Sergio… Sergio estaba “raro”. No estaba enojado, no estaba acusador, pero estaba atento. Y eso era mucho peor.
Empezó a recoger los platos con movimientos mecánicos. El sonido del agua corriendo en el fregadero le ayudó a calmarse un poco. “Tengo que tranquilizarme”, se dijo. “Si sigo así, me voy a delatar sola. Tengo que ser Ana. La Ana de siempre”.
En ese momento, el timbre de la puerta sonó.
Ana saltó, tirando una cuchara al suelo con estrépito. El ruido metálico resonó en toda la casa.
—¿Quién será? —gritó Sergio desde la recámara.
—¡Yo abro! —gritó Ana de vuelta, secándose las manos frenéticamente en el pantalón.
Caminó hacia la puerta. Miró por la mirilla.
Era Elena.
Gracias a Dios.
Abrió la puerta y jaló a su amiga hacia adentro casi con violencia, cerrando de un portazo.
—¡Auch! Oye, tranquila, mujer —dijo Elena, sobándose el brazo—. ¿Qué traes? ¿Te persigue el diablo?
Elena era todo lo que Ana no era en ese momento: relajada, fresca, despreocupada. Llevaba unos jeans ajustados, una blusa ligera y el cabello perfectamente peinado. Olía a perfume caro y a confianza.
—Cállate y ven —susurró Ana, arrastrándola hacia la sala, lo más lejos posible del pasillo que daba a la recámara.
—¿Qué pasa? Te ves fatal, amiga. En serio. Tienes unas ojeras que te llegan al suelo. ¿Te peleaste con Sergio?
Ana miró hacia el pasillo para asegurarse de que Sergio no venía. Luego, se volvió hacia Elena y, sin previo aviso, rompió a llorar. No fue un llanto bonito. Fue un llanto feo, silencioso, lleno de mocos y desesperación.
Elena se alarmó de inmediato.
—¡No manches, Ana! ¿Qué pasó? ¿Te pegó? ¿Le pasó algo a tu mamá? ¡Habla!
—Le fui infiel —sollozó Ana, tapándose la boca con las manos para ahogar el sonido.
Elena se quedó de piedra. Abrió la boca y la volvió a cerrar. Sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—¿Qué?
—Ayer… mientras Sergio estaba en Monterrey. Me acosté con Alejandro. El del gimnasio.
Elena se dejó caer en el sofá, como si alguien le hubiera cortado los hilos.
—No mames, Ana. No mames.
—Lo sé, soy una estúpida, soy una basura…
—A ver, espérate. —Elena se inclinó hacia adelante, bajando la voz a un susurro conspirativo—. ¿Cuándo? ¿Dónde?
—Anoche. En un hotel de paso en Tlalpan. Y lo peor no es eso. Lo peor es que Sergio regresó hoy en la mañana. De sorpresa. Me llamó cuando yo todavía estaba en el hotel con Alejandro.
Elena soltó un silbido bajo.
—Eso no es una estupidez, Ana. Eso es suicidio. ¿Y qué le dijiste?
—Le mentí. Le dije que estaba aquí. Corrí como loca, llegué cinco minutos antes que él. Pero… Elena, creo que sospecha. Me encontró un ticket de estacionamiento. Me dice que huelo raro. Me pregunta por qué no le llamé.
Ana se agarró el cabello con desesperación.
—Siento que me mira y ve todo lo que hice. Siento que huelo a Alejandro y que él lo sabe.
Elena, recuperando su compostura pragmática, la tomó de las manos y la miró fijamente a los ojos.
—Escúchame bien, Ana. Mírame. —Esperó a que Ana levantara la vista—. ¿Te vio con él?
—No.
—¿Encontró mensajes en tu celular?
—No, los borré todos. Y bloqueé a Alejandro.
—¿Alguien te vio entrar al hotel? ¿Alguien conocido?
—No creo. Era un lugar de… ya sabes, de entrar en coche directo.
—Entonces no sabe nada —sentenció Elena con firmeza—. Sospecha, sí. Pero sospechar no es saber. Los hombres son intuitivos, pero también son inseguros. Si tú te quiebras, si tú dudas, él te va a comer viva. Pero si tú te mantienes firme… esto se queda en una sospecha y con el tiempo se le olvida.
—No puedo, Elena. La culpa me está matando. Quiero decirle. Quiero pedirle perdón.
Elena le dio una bofetada en la mano, fuerte.
—¡Ni se te ocurra! —siseó—. ¿Estás loca? Si le dices, se acabó. Sergio es bueno, pero tiene su orgullo. No te va a perdonar una infidelidad, y menos con el “mamado” del gimnasio. Si se lo dices, pierdes tu casa, tu matrimonio, tu estabilidad, todo. ¿Eso quieres? ¿Quedarte en la calle por un acostón de una noche?
Ana negó con la cabeza, llorando silenciosamente.
—Entonces cállate la boca. Trágate la culpa. Ese es tu castigo. Tu penitencia es vivir con esto y no decírselo nunca. Hazle la vida feliz. Sé la mejor esposa. Cocínale, plánchale, atiéndelo. Pero nunca, bajo ninguna circunstancia, confieses. La verdad no siempre libera, Ana. A veces la verdad destruye.
—¿Y si se entera por otro lado?
—¿Quién le va a decir? ¿Alejandro?
Ana se tensó.
—No sé. Alejandro es… raro.
—Alejandro no va a decir nada si le conviene. Seguramente tiene miedo de que lo corran del gimnasio o de que su mujer se entere, si es que tiene. Tú tranquila. Niega todo. Hasta la muerte. Si te encuentra un calzón ajeno en la bolsa, tú dile que es tuyo y que te lo compraste ayer. Niega, niega, niega.
En ese momento, escucharon pasos en el pasillo.
—¡Shhh! —ordenó Elena, recargándose en el sofá y poniendo una sonrisa falsa en cuestión de milisegundos.
Sergio entró en la sala. Ya se había cambiado la playera de los Pumas por una camisa tipo polo más presentable.
—¡Hola, Elena! —dijo, sonriendo—. Escuché voces. ¿Cómo estás, milagro que te dejas ver?
—¡Hola, Sergio! —Elena se levantó y le dio un beso en la mejilla—. Nada, aquí pasando a visitar a la vecina, que me la tienes muy abandonada con tanto viaje.
—Ni tanto, si nada más me fui dos días —se rió Sergio—. Pero sí, ya hace falta estar en casa. ¿Gustas un café? Ana hizo uno muy bueno, aunque dice que ya se le enfrió.
Sergio miró a Ana. Ana se había secado las lágrimas rápidamente, pero sus ojos estaban rojos e hinchados. No había forma de ocultarlo.
La sonrisa de Sergio vaciló.
—¿Todo bien, amor? —preguntó, mirando a Ana con esa intensidad analítica de nuevo—. Estás llorando.
Ana sintió que se congelaba. Elena intervino antes de que ella pudiera balbucear.
—Ay, Sergio, perdón, fui yo —dijo Elena con una naturalidad pasmosa—. Le estaba contando de… de mi tía. La que está enferma. Ya sabes, cosas tristes de familia. Y Ana es tan sensible que se puso a llorar conmigo.
Sergio levantó una ceja.
—Ah, qué mal plan. Lo siento mucho, Elena. No sabía que tu tía estaba mal.
—Sí, pues… ya ves cómo es la vida. Pero bueno, no venimos a ponernos tristes. Solo quería saludar. Ya me voy para dejarlos disfrutar su domingo.
—No, quédate, comemos algo más tarde —ofreció Sergio, aunque su tono sonaba más a cortesía que a deseo real.
—No, gracias, tengo cosas que hacer. —Elena se dirigió a la puerta y miró a Ana significativamente—. Amiga, al rato te marco. Y ánimo, ¿eh? Todo va a estar bien. No te preocupes por… lo de mi tía.
—Sí… gracias, Elena —logró decir Ana.
Elena salió y cerró la puerta. Ana se quedó sola de nuevo con Sergio en la sala. La atmósfera cambió instantáneamente. La ligereza que Elena había aportado se esfumó, dejando el aire denso de nuevo.
Sergio se sentó en el sofá individual, cruzando las piernas. Miró a Ana, que seguía de pie en medio de la sala, abrazándose a sí misma.
—No sabía que Elena tenía una tía enferma —dijo Sergio tranquilamente.
—Sí… es… es reciente. Cáncer —mintió Ana. Otra mentira más a la pila. Sentía que estaba construyendo una torre de naipes durante un temblor.
—Qué terrible. Oye…
—¿Sí?
—Fíjate que ahorita que estaba desempacando la maleta, no encontré mi cargador del celular. Creo que lo dejé en el hotel de Monterrey. ¿Me prestas el tuyo?
Ana asintió rápidamente.
—Sí, claro. Está en el buró, de mi lado.
—Ya lo busqué. No está ahí.
Ana frunció el ceño.
—¿Cómo que no? Siempre lo dejo ahí.
—Pues no está. Busqué en el enchufe, en el suelo… nada. ¿No te lo llevaste tú ayer? Dijiste que saliste.
El corazón de Ana dio un vuelco. El cargador. ¡Mierda! Se había llevado su cargador al hotel porque su celular siempre se moría rápido. Y… ¿lo había sacado de la bolsa?
Su mente viajó a la velocidad de la luz hacia el interior de su bolsa de mano, la que había dejado tirada en la entrada sobre la credenza.
—Ah… sí. Creo que… creo que lo traigo en la bolsa. Es que como fui a la plaza y luego… ya sabes, por si las dudas.
—A ver, pásamelo, ¿no? Es que ya estoy en 5% y necesito mandar unos correos.
Sergio se quedó sentado, esperando. No se ofreció a buscarlo él mismo. Quería que ella se lo diera.
Ana caminó hacia la entrada. Sus piernas se sentían de plomo. Llegó a su bolsa. La abrió. Sus manos temblaban tanto que le costaba trabajo rebuscar entre los tickets viejos, el maquillaje y las llaves.
Ahí estaba el cargador. Blanco, enrollado torpemente.
Pero al sacarlo, algo más se vino enganchado en el cable.
Un pequeño cartón cuadrado, brillante, de color negro y rojo.
Ana se quedó paralizada mirando el objeto. Era una caja de cerillos. Una caja de cerillos del Motel El Deseo.
“¿Cómo llegó esto aquí?”, pensó con horror. Seguramente Alejandro fumó y la metió ahí, o ella la agarró sin pensar para prender algún cigarro (aunque ella no fumaba, a veces lo hacía cuando bebía). No importaba cómo había llegado. Importaba que estaba ahí, enganchada en el cable del cargador que su esposo le estaba pidiendo.
Con un movimiento rápido de prestidigitador nacido del pánico puro, Ana desenganchó la caja de cerillos y la apretó dentro de su puño cerrado, sintiendo cómo las esquinas de cartón se le clavaban en la palma.
Sacó el cargador con la otra mano.
—Aquí está —dijo, dándose la vuelta.
Sergio la estaba mirando desde el sofá. No le quitaba la vista de encima.
—¿Te costó trabajo encontrarlo? —preguntó.
—No, es que… se enredó con los audífonos. Ya sabes cómo se hacen nudos estos cables.
Caminó hacia él y le tendió el cargador con la mano izquierda. La mano derecha, la que escondía la evidencia del crimen, estaba apretada contra su costado, rígida.
Sergio tomó el cargador. Sus dedos rozaron los de ella. Estaban fríos.
—Gracias —dijo él.
Pero no conectó el celular de inmediato. Se quedó mirando la mano derecha de Ana. El puño cerrado.
—¿Qué traes ahí? —preguntó.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Dónde?
—En la mano. La tienes cerrada muy fuerte.
Ana miró su propia mano como si no le perteneciera.
—Nada… basura. Un… un Klínex sucio que encontré en la bolsa. Iba a tirarlo.
—Ah. —Sergio la miró a los ojos. Sus pupilas eran dos pozos oscuros e insondables—. Tíralo pues.
—Sí… voy al baño.
Ana se dio la vuelta y caminó hacia el baño de visitas. Sintió la mirada de Sergio clavada en su nuca como un láser. Cada paso era una tortura. “No corras, no corras, camina normal”.
Entró al baño y cerró la puerta con seguro. Abrió el puño. La cajita de cerillos estaba sudada y arrugada. Motel El Deseo. Discreción y Lujo.
La rompió en pedacitos minúsculos. Los echó al inodoro. Jaló la palanca y vio cómo el agua se llevaba la prueba incriminatoria, girando en un remolino hasta desaparecer.
Se recargó contra el lavabo y se miró al espejo. Su reflejo le devolvía la mirada de una mujer acorralada.
—Casi —susurró—. Casi me atrapa.
Pero la sensación de alivio no llegó. Al contrario, el miedo se hizo más profundo, más denso. Porque se dio cuenta de algo aterrador: esto apenas empezaba. Quedaban horas de domingo. Quedaban días, semanas, meses de mentiras.
Salió del baño. Sergio ya estaba conectado a su celular, tecleando algo con el ceño fruncido.
—Listo —dijo Ana, tratando de sonar alegre—. Ya tiré la basura.
—Qué bueno —dijo Sergio sin levantar la vista del teléfono—. Oye, Ana.
—¿Sí?
—Me acaba de llegar la notificación de la tarjeta de crédito. La adicional que tú traes.
Ana sintió que las piernas le fallaban de nuevo. Dios mío, ¿qué había pagado con la tarjeta? El hotel lo pagó Alejandro. El Uber lo pagó con su tarjeta de débito personal. ¿Qué…?
—¿De qué? —preguntó con un hilo de voz.
—Un cargo de ayer a las 11:00 PM. De un Oxxo en Tlalpan.
El mundo se detuvo.
Claro. Habían parado a comprar agua y cigarros antes de entrar al motel. Alejandro no traía efectivo. Ella pagó. En un Oxxo. En Tlalpan. A las once de la noche. Cuando se suponía que estaba dormida en su cama en la colonia Del Valle.
Ana abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Su cerebro buscaba una excusa, cualquier cosa, pero estaba vacío. La geografía no mentía. El banco no mentía.
Sergio levantó la vista del teléfono y la miró. Esta vez, ya no había sonrisa. Ya no había calidez. Su rostro era una máscara de piedra, fría y dura.
—Ana —dijo, y su voz sonó peligrosamente tranquila—. ¿Qué hacías en Tlalpan a las once de la noche si estabas dormida aquí?
El silencio que siguió fue absoluto. Se podía escuchar el zumbido del refrigerador. Se podía escuchar el tráfico lejano de la ciudad. Y se podía escuchar, muy claramente, el sonido de un matrimonio rompiéndose en pedazos.
Ana sintió que las lágrimas volvían a subir, pero esta vez no eran de tristeza, eran de terror puro. Estaba acorralada.
—Sergio, yo… —empezó a balbucear.
—No me mientas —la cortó él. Se puso de pie lentamente. Parecía más alto, más ancho, más imponente de lo que nunca lo había visto—. No me insultes con otra mentira estúpida sobre farmacias o paseos nocturnos. Tlalpan está al otro lado de la ciudad. Nadie va a Tlalpan a las once de la noche a menos que vaya a algo muy específico.
Dio un paso hacia ella. Ana retrocedió instintivamente hasta chocar con la pared.
—Dime la verdad —exigió Sergio. Su voz no se alzó, pero vibró con una furia contenida que hizo temblar a Ana hasta los huesos—. ¿Dónde estabas anoche?
Ana miró a su alrededor, buscando una salida, buscando a Elena, buscando un milagro. Pero no había nada. Solo ella, su esposo, y la verdad podrida que estaba a punto de salir a la luz.
Recordó las palabras de Elena: “Niega todo. Niega hasta la muerte”.
Respiró hondo, tragándose el pánico, tragándose la moral, y miró a Sergio a los ojos.
—Fui a ver a mi prima —mintió, con una convicción que la sorprendió a ella misma—. A Laura. La que vive por el Estadio Azteca. Tuvo un problema con su novio, me llamó llorando y fui a verla. No te quise decir para no preocuparte y porque… porque prometí no contarle a nadie sus problemas.
Era una mentira arriesgada. Laura existía, vivía por allá, y tenía un novio patán. Podía funcionar. Tenía que funcionar.
Sergio la miró fijamente, buscando la grieta en su armadura. Sus ojos se entrecerraron.
—¿A Laura? —repitió, escéptico.
—Sí. Puedes llamarle si quieres. —Ana rezó para que no lo hiciera. O para que, si lo hacía, Laura (que siempre le cubría las espaldas) le siguiera la corriente, aunque no estuvieran de acuerdo en nada.
Sergio sostuvo su mirada unos segundos más. Segundos eternos. Luego, exhaló con fuerza por la nariz y negó con la cabeza.
—No voy a llamar a tu prima para vigilarte, Ana. No soy tu papá ni tu carcelero.
Se dio la vuelta y caminó hacia la ventana, dándole la espalda.
—Pero algo no me cuadra. Algo se siente… mal. Y me duele que no tengas la confianza para decirme la verdad, sea lo que sea que estés ocultando.
—Te estoy diciendo la verdad, Sergio —insistió Ana, acercándose a él y poniéndole una mano en la espalda. Él se tensó, pero no se apartó.
—Espero que sí —dijo él, mirando hacia la calle, hacia la ciudad gris y caótica—. Porque si me entero de que me estás viendo la cara… si me entero de que hay algo más…
Dejó la frase en el aire. Una amenaza suspendida.
—No hay nada más —susurró Ana, sintiendo cómo el beso de Judas quemaba en sus labios.
Sergio se giró y la miró una última vez. Su mirada estaba llena de tristeza y decepción, una mezcla que a Ana le dolió más que la ira.
—Voy a salir a caminar —dijo él—. Necesito aire. No me esperes para comer.
Tomó sus llaves y salió del departamento sin despedirse.
Cuando la puerta se cerró tras él, Ana se dejó caer al suelo, en medio de la sala, y se cubrió la cara con las manos. Había sobrevivido al segundo round. Pero la pelea apenas comenzaba. Y sabía, con una certeza helada, que no podría ganar esta guerra. Porque su oponente no era Sergio. Su oponente era la verdad. Y la verdad, tarde o temprano, siempre sale a flote, como un cadáver en el río.
Sacó su celular y, con dedos temblorosos, escribió un mensaje a Laura:
“Si Sergio te llama, anoche estuve contigo consolándote por lo de Pepe. Por favor. Es de vida o muerte”.
Le dio enviar y se quedó mirando la pantalla, esperando que esa pequeña mentira fuera suficiente para sostener el techo que se le estaba cayendo encima.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: El Silencio de las Paredes
La pantalla del celular brillaba en la penumbra de la sala como un faro en medio de una tormenta. Ana sostenía el aparato con ambas manos, como si fuera una reliquia sagrada o una bomba a punto de estallar. Habían pasado cuatro minutos desde que envió el mensaje de auxilio a su prima Laura. Cuatro minutos que se sintieron como cuatro años en el purgatorio.
“Si Sergio te llama, anoche estuve contigo consolándote por lo de Pepe. Por favor. Es de vida o muerte”.
Las palomitas azules de WhatsApp confirmaban que Laura ya lo había leído. Y sin embargo, no había respuesta. Solo ese maldito “Escribiendo…” que aparecía y desaparecía en la parte superior del chat, burlándose de la ansiedad de Ana.
—Contesta, Laura, por lo que más quieras, contesta —susurró Ana, mordiéndose la uña del pulgar hasta sacarse un pellejito que empezó a sangrar.
Laura no era la cómplice ideal. Era la prima “moralista” de la familia, la que iba a misa los domingos y posteaba frases de superación personal en Facebook. Pero también era leal a la sangre. Ana apostaba todo a eso: a que la sangre pesara más que la verdad.
Finalmente, el teléfono vibró.
Laura: “¿Qué hiciste, Ana? No me metas en tus problemas. Sabes que odio mentir.”
El corazón de Ana se detuvo. Si Laura no la cubría, la coartada del Oxxo en Tlalpan se desmoronaba en segundos. Si Sergio llamaba a Laura y ella decía “No, Ana no estuvo aquí”, era el fin. Jaque mate.
Ana escribió con los dedos entumecidos por el miedo:
“Te lo suplico. Es solo por esta vez. Sergio está paranoico. Si no me ayudas, mi matrimonio se acaba hoy. ¿Quieres eso? ¿Quieres que me divorcie? Por favor, Lau. Te debo la vida. Hago lo que quieras.”
Envió el mensaje y contuvo la respiración. Podía escuchar el reloj de pared de la cocina haciendo tac-tac-tac, marcando los segundos de su posible ejecución.
Un minuto después, llegó la respuesta.
Laura: “Está bien. Si llama, le digo que estuviste aquí llorando hasta la madrugada y que te quedaste dormida en el sofá. Pero me debes una explicación. Y una muy buena. No creas que soy estúpida, Ana. Tlalpan te queda lejísimos.”
Ana soltó el aire acumulado en un gemido de alivio que resonó en el departamento vacío.
—Gracias, gracias, gracias —murmuró, besando la pantalla del teléfono.
Tenía la coartada. Tenía el escudo. Pero al levantar la vista y mirar su hogar, se dio cuenta de que la batalla apenas comenzaba. Sergio se había ido “a caminar”. Esa frase era tan ambigua como peligrosa. Sergio no era de caminar para despejarse. Sergio era de resolver problemas. Si se había ido, era para pensar, para atar cabos sin que ella lo interrumpiera con su presencia nerviosa.
Ana se levantó del suelo. Le dolían las rodillas. Se sentía sucia, no por fuera —ya se había tallado la piel hasta dejarla roja— sino por dentro. Una suciedad pegajosa que venía de la mentira.
Comenzó a caminar por el departamento como un animal enjaulado. Necesitaba ocuparse. Necesitaba que, cuando Sergio regresara, la encontrara haciendo algo “de esposa”, algo que reforzara la imagen de normalidad que intentaba vender desesperadamente.
Fue a la cocina y abrió el refrigerador. Estaba medio vacío. Un cartón de leche, unos yogures caducados, medio limón seco. Patético.
—Voy a cocinar —decidió—. Voy a hacerle su comida favorita. Pollo con mole. El mole de Doña María que tengo en la alacena.
Se puso a trabajar con una energía maníaca. Sacó el pollo del congelador y lo metió al microondas para descongelarlo a la fuerza. Peló papas, cortó cebolla, puso arroz. El ruido de los cuchillos contra la tabla y el borboteo del agua hirviendo le servían para tapar el ruido de sus propios pensamientos.
Pero su mente no le daba tregua. Mientras movía el mole en la olla de barro, las imágenes de la noche anterior la asaltaban. Los brazos de Alejandro. El olor del motel. La estupidez de haber ido al Oxxo y pagar con la tarjeta.
—¡Idiota! —se regañó en voz alta, golpeando la cuchara contra la olla—. ¿Cómo pudiste ser tan idiota?
En ese momento, su celular vibró de nuevo en la encimera. Ana saltó, manchando la estufa de mole.
¿Era Sergio? ¿Era Laura arrepintiéndose?
Se acercó con cautela.
El nombre en la pantalla hizo que se le helara la sangre: “Entrenador Alex”.
Ana sintió una oleada de pánico y furia. Lo había bloqueado en WhatsApp, pero se le olvidó bloquear las llamadas normales y los SMS.
Rechazó la llamada inmediatamente.
Un segundo después, entró un mensaje de texto SMS.
“Oye, bonita. ¿Por qué me bloqueas? Me dejaste preocupado con tu nota. ¿Estás bien? Se te quedaron tus aretes en la mesa de luz. Los tengo guardados. Avísame cuándo paso a dártelos o si nos vemos en el gym mañana.”
Ana leyó el mensaje y sintió que el piso se abría.
Los aretes.
Sus aretes de oro, los que Sergio le había regalado en su cumpleaños número treinta. Esos arracadas pequeñas que usaba casi diario. Se los había quitado en el motel porque le molestaban al… bueno, se los había quitado. Y con la prisa de la huida, los había dejado ahí.
Se llevó las manos a las orejas. Estaban desnudas.
—¡Me lleva la chingada! —gritó, esta vez sin importarle si los vecinos escuchaban.
Esos aretes no eran unos simples accesorios. Eran los favoritos de Sergio. Siempre le decía que le iluminaban la cara. Si se daba cuenta de que no los traía… o peor, si Alejandro se aparecía o intentaba “devolverlos” de alguna forma estúpida…
Alejandro no era malo, pero era denso. No entendía la gravedad de la situación. Para él, esto era un juego, un drama romántico. No entendía que estaba jugando con la vida de Ana.
Escribió una respuesta rápida, con los dedos temblando tanto que tuvo que borrar tres veces.
“NO ME BUSQUES. Tira los aretes. Tíralos a la basura. No voy a ir al gym. Olvídame. Si me vuelves a escribir, le digo a tu esposa.”
Sabía que era un golpe bajo mencionar a la esposa de Alejandro, pero necesitaba asustarlo. Necesitaba que desapareciera de la faz de la tierra.
Bloqueó el número de las llamadas y los mensajes de texto.
Ahora tenía otro problema. Los aretes.
Corrió a su joyero en la recámara. Revolvió todo buscando algo parecido. Nada. Tenía otros aretes de plata, unos de fantasía, pero ningunos de oro iguales a esos.
—Los perdí —ensayó frente al espejo—. Se me cayeron en la calle. No, muy tonto. Se me cayeron en el Uber. No, Sergio puede checar el Uber. Se me cayeron… en casa de Laura.
Sí. Eso era. Se le cayeron en el sofá de Laura mientras lloraba. Eso reforzaba la coartada. “Lau, ¿no viste mis aretes? Creo que los dejé ahí”. Perfecta mentira doble.
Regresó a la cocina. El mole estaba empezando a quemarse. Le bajó al fuego y echó un poco de caldo de pollo.
El reloj marcaba las 2:00 PM. Sergio llevaba dos horas fuera.
¿Dónde estaba?
Ana se acercó a la ventana de la sala y miró hacia la calle. Los domingos en la colonia Del Valle eran tranquilos. Familias paseando perros, parejas caminando de la mano. La normalidad ajena le dolía. Ella solía ser parte de eso. Ahora se sentía como una intrusa, una criminal observando el mundo desde su torre de mentiras.
De repente, lo vio.
Sergio venía caminando por la acera de enfrente. No traía bolsas del súper, ni periódicos. Caminaba con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha, pateando una piedrita imaginaria. Se veía… derrotado. Y eso, extrañamente, asustó a Ana más que si lo hubiera visto furioso. La furia es caliente, explosiva, pero pasa. La decepción es fría, lenta y se queda para siempre.
Ana corrió al baño, se echó agua en la cara, se arregló el pelo y regresó a la cocina para fingir que estaba terminando de servir.
Escuchó la llave en la puerta.
—¿Sergio? —llamó, con una voz que pretendía ser alegre pero salió chillona.
—Sí —respondió él desde la entrada. Seco. Cortante.
Entró a la cocina. Traía ese olor a calle, a smog y a tabaco. Sergio había dejado de fumar hacía tres años, pero a veces, cuando estaba muy estresado, recaía.
—¿Fumaste? —preguntó Ana, arrugando la nariz.
Sergio la miró. Sus ojos estaban rojos.
—Uno. Me encontré a un vecino y me regaló uno.
Mentira. Ana sabía que Sergio no hablaba con los vecinos. Se lo había comprado suelto en el puesto de revistas de la esquina. Pero no dijo nada. Quién era ella para juzgar vicios ese día.
—Hice mole —dijo Ana, señalando la olla—. Huele rico, ¿no?
Sergio miró la olla con total indiferencia.
—No tengo hambre.
—Pero… no has desayunado bien. Solo te tomaste el café y dejaste los chilaquiles a la mitad. Tienes que comer algo.
—Dije que no tengo hambre, Ana. —Su tono subió un decibelio, lo suficiente para que Ana diera un paso atrás.
Sergio se sentó en la silla de la cocina, la misma donde había ocurrido el interrogatorio de la mañana. Se frotó la cara con las manos, arrastrando la piel hacia abajo, deformando sus facciones por un segundo.
—Hablé con tu mamá —dijo de repente.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Con… con mi mamá? ¿Para qué?
—Para saludar. Es mi suegra, ¿no? Le marqué para decirle que ya había regresado de Monterrey.
Ana esperó el golpe. ¿Su mamá sabía algo? No, imposible.
—Ah… ¿y qué te dijo?
—Me dijo que ayer le marcaste en la tarde. Que estabas en casa, aburrida. Que le dijiste que ibas a ponerte a ver una serie y a dormir temprano.
Ana asintió frenéticamente.
—Sí, eso le dije. Fue… antes de que Laura me llamara.
—Ya. —Sergio se le quedó viendo—. Lo curioso es que tu mamá dijo que te escuchabas muy contenta. Muy tranquila. No parecías alguien que una hora después iba a salir corriendo a Tlalpan a consolar a una prima en crisis.
—Es que… la llamada de Laura fue de repente. Me agarró de sorpresa. Ya sabes cómo son las crisis, no avisan.
Sergio soltó una risa amarga, sin humor.
—Eres muy buena improvisando, Ana. Siempre lo has sido. Te acuerdas cuando se nos olvidó el regalo de bodas de mi hermano y te inventaste esa historia de que venía en paquetería desde Europa? Todos te creyeron. Yo te creí. Me sentí orgulloso de tener una esposa tan lista.
Se levantó y se acercó a ella. Ana se quedó paralizada contra la barra de la cocina, con el cucharón del mole en la mano como un arma inútil.
—El problema —susurró Sergio, invadiendo su espacio personal— es que cuando uno es muy listo, piensa que los demás son pendejos.
Ana tragó saliva. Podía oler el tabaco en su aliento.
—Yo no creo que seas pendejo, Sergio.
—¿Entonces por qué me tratas como uno?
—¡No te estoy mintiendo! —gritó ella, porque la mejor defensa es el ataque—. ¡Fui con Laura! ¡Llámala! ¡Maldita sea, llámala ahorita y pon el altavoz!
Era un riesgo calculado. Un bluff de póker. Si Sergio percibía miedo, atacaría. Si percibía indignación, tal vez dudaría.
Sergio la sostuvo la mirada. Sus ojos eran dos pozos negros de desconfianza. Ana sostuvo la mirada, aunque por dentro estaba temblando como una hoja.
Finalmente, Sergio parpadeó y rompió el contacto visual. Retrocedió.
—No voy a llamar a nadie —dijo con asco—. Si tienes que usar a tu prima para cubrirte, es tu problema. Pero te voy a decir una cosa, Ana.
Se dirigió a la salida de la cocina, pero se detuvo en el marco de la puerta sin voltear.
—La confianza es como un vaso de cristal. Una vez que se rompe, aunque lo pegues, siempre se notan las grietas. Y tú le acabas de dar un martillazo al nuestro.
Se fue hacia la recámara y cerró la puerta. No hubo portazo. Solo un clic suave y definitivo.
Ana se quedó sola en la cocina, con el olor a mole y a mentira llenando el aire. Apagó la estufa. El hambre se le había ido por completo.
Pasó la tarde en el sofá de la sala, con la televisión encendida sin volumen. Veía las imágenes moverse, colores y formas, pero no entendía nada. Su mente estaba en la recámara, al otro lado del pasillo, donde su esposo estaba… ¿haciendo qué?
¿Estaría revisando su computadora? ¿Sus estados de cuenta? ¿Estaría hablando con alguien más?
A las siete de la noche, la puerta de la recámara se abrió. Ana se enderezó en el sofá.
Sergio salió, ya en pijama. Llevaba su almohada bajo el brazo.
Caminó hacia la sala sin mirarla. Pasó de largo y tiró la almohada en el otro sofá, el más grande.
—¿Qué haces? —preguntó Ana, con la voz quebrada.
—Voy a dormir aquí —dijo Sergio, acomodando los cojines con movimientos bruscos.
—Sergio, por favor… no seas infantil. Vamos a la cama. Hablemos.
—No tengo nada que hablar. Y no quiero dormir contigo.
Esas palabras dolieron más que una bofetada. “No quiero dormir contigo”. Durante quince años, habían dormido juntos casi todas las noches, salvo por los viajes de trabajo. Incluso cuando se peleaban, dormían en la misma cama, dándose la espalda, pero compartiendo el calor.
—Sergio… —Ana se levantó y trató de acercarse.
—No te acerques —dijo él, levantando una mano—. En serio, Ana. No estoy para dramas. Estoy cansado, estoy decepcionado y me duele la cabeza. Déjame en paz.
Ana se detuvo. Vio en sus ojos una barrera impenetrable. No iba a ceder.
—Está bien —susurró—. Si eso quieres.
—Eso quiero.
Ana se dio la vuelta y caminó hacia la recámara principal. Entró y vio la cama matrimonial vacía, enorme. Se veía fría.
Se metió bajo las sábanas, apagó la luz y se quedó mirando al techo en la oscuridad. El silencio del departamento era absoluto, pero en su cabeza había un ruido ensordecedor.
Podía escuchar a Sergio en la sala, acomodándose, suspirando. Cada sonido era un recordatorio de la distancia que ahora los separaba. Unos cuantos metros de pasillo que se sentían como un océano.
Ana cerró los ojos e intentó dormir, pero la culpa era un monstruo que vivía debajo de su cama y ahora había salido para sentarse en su pecho.
Recordó a Alejandro. Recordó el momento de debilidad. ¿Por qué lo hizo?
“Porque me sentía sola”, se dijo. “Porque Sergio siempre está trabajando. Porque ya no me mira como antes. Porque quería sentirme deseada, viva”.
Excusas. Eran excusas baratas. Sergio trabajaba para darles esta vida. Sergio la amaba a su manera tranquila y segura. Y ella había cambiado esa seguridad por un orgasmo mediocre en un hotel de paso.
De repente, una idea horrible cruzó su mente.
El iPad.
Sergio tenía un iPad que compartían. Estaba en la sala, probablemente en la mesita de centro. Su cuenta de iCloud estaba vinculada a ese iPad. Las fotos… ¡las fotos!
Ana no había tomado fotos con Alejandro, gracias a Dios. Pero… ¿y si Alejandro le había mandado algo antes de que ella lo bloqueara? A veces las fotos de WhatsApp se guardaban automáticamente en el carrete. Y si el iPad estaba sincronizado…
El pánico la hizo sentarse en la cama.
Si Sergio agarraba el iPad para ver una película o leer noticias, y abría la galería…
Tenía que ir a revisar. Ahora.
Se levantó descalza. Abrió la puerta de la recámara con un cuidado extremo, girando la perilla milímetro a milímetro para que no rechinara.
El pasillo estaba oscuro. Al final, en la sala, se veía el resplandor azul de la televisión. Sergio la había prendido.
Ana caminó de puntitas, pegada a la pared, conteniendo la respiración.
Se asomó a la sala.
Sergio estaba acostado en el sofá, dándole la espalda. Tenía el iPad en las manos.
Ana sintió que se le bajaba la presión.
Lo estaba usando. Estaba viendo algo.
¿Qué veía? Ana aguzó la vista en la penumbra. No podía ver la pantalla, solo el reflejo en los lentes de Sergio (que se había puesto para leer).
Se veía texto. Mucho texto. ¿Correos? ¿Mensajes?
De repente, Sergio deslizó el dedo por la pantalla. Y luego hizo algo que heló la sangre de Ana. Hizo “zoom” en una imagen. Amplió algo.
Ana tuvo que taparse la boca para no gritar.
¿Qué estaba viendo? ¿Una foto de ella? ¿Un screenshot?
Sergio se quedó mirando la pantalla un largo rato. Luego, dejó el iPad en la mesa de centro con un golpe seco, se quitó los lentes y se frotó los ojos.
Suspiró. Un suspiro profundo, tembloroso, que sonaba casi como un sollozo reprimido.
Ana retrocedió lentamente, paso a paso, hasta llegar a la seguridad de la recámara. Cerró la puerta y se recargó en ella, temblando incontrolablemente.
No sabía qué había visto. Pero sabía que no era nada bueno.
Se metió a la cama y se hizo un ovillo, abrazándose las rodillas.
La noche iba a ser larga. Eterna.
Y mañana… mañana lunes, Sergio se iría a trabajar. Y ella se quedaría sola con sus fantasmas. O peor: Sergio empezaría a investigar en serio.
Ana miró el reloj digital en la mesita de noche. 03:14 AM.
La hora del diablo. O la hora de los culpables.
En la oscuridad, una lágrima solitaria resbaló por su mejilla y cayó en la almohada, desapareciendo al instante, como ella deseaba desaparecer.
—Perdóname, Sergio —susurró a la nada—. Perdóname.
Pero la nada no contestó. Y desde la sala, solo llegaba el sonido estático de una televisión sin señal, o tal vez era el sonido de su vida desmoronándose pixel por pixel.
CAPÍTULO 4: El Fantasma en la Máquina
El lunes amaneció con un cielo gris plomo sobre la Ciudad de México, de esos que prometen lluvia pero solo entregan una humedad pegajosa y sofocante. Ana despertó sobresaltada, con la sábana enredada en las piernas y el corazón latiendo a mil por hora, como si acabara de correr un maratón en sueños.
Tardó un segundo en recordar por qué sentía ese nudo en el estómago.
La memoria de la noche anterior la golpeó: el sofá vacío, la puerta cerrada, Sergio mirando el iPad en la oscuridad.
Estiró la mano hacia el otro lado de la cama. La sábana estaba fría, perfectamente estirada. Sergio no había regresado a la recámara en toda la noche. Había cumplido su amenaza.
Ana se levantó, sintiendo que sus huesos pesaban el doble de lo normal. Se miró en el espejo del tocador y lo que vio la asustó: tenía los ojos hinchados, la piel cetrina y una expresión de animal acorralado que no reconocía. Se puso la bata, apretándose el cinturón como si fuera una armadura, y salió al pasillo.
La casa estaba en silencio. Un silencio denso, pesado, distinto al silencio tranquilo de las mañanas habituales.
Caminó hacia la sala. El sofá donde Sergio había dormido ya estaba recogido. La almohada y la cobija estaban dobladas perfectamente en una esquina, como si él quisiera borrar cualquier rastro de su presencia allí.
Fue a la cocina. Ahí estaba él.
Sergio estaba de pie junto a la barra, vestido impecablemente con su traje azul marino, corbata roja y zapatos boleados. Estaba tomando café de pie, revisando su celular con el ceño fruncido.
—Buenos días —dijo Ana, su voz sonando ronca y pequeña en la cocina inmaculada.
Sergio levantó la vista. Sus ojos, detrás de los lentes de armazón delgado, eran dos témpanos de hielo. No había odio, ni furia. Solo una indiferencia quirúrgica.
—Días —respondió secamente, volviendo su atención a la pantalla.
—¿Cómo… cómo dormiste? —intentó Ana, acercándose a la cafetera con movimientos vacilantes.
—Bien. El sofá es más cómodo de lo que parece. O tal vez es que cuando uno tiene la conciencia tranquila, duerme donde sea.
El comentario fue un dardo directo al pecho. Ana se detuvo con la taza en la mano, sintiendo que se le quemaban las yemas de los dedos.
—Sergio, por favor. No podemos seguir así. Tenemos que hablar.
Sergio dejó la taza en el fregadero con un golpe suave pero definitivo. Se ajustó el nudo de la corbata y miró su reloj.
—Se me hace tarde. Tengo junta con los directivos a las nueve.
—Sergio…
—No, Ana. —La cortó él, levantando una mano—. Ya te dije ayer. No tengo nada que hablar. Tú tienes tu versión, yo tengo mis dudas. Hasta que una de las dos cosas cambie, no hay diálogo posible.
Tomó su maletín de cuero y caminó hacia la salida. Ana lo siguió, desesperada, sintiéndose como una niña regañada que persigue a su padre.
—¿Vas a venir a comer?
Sergio se detuvo en la puerta. Se giró y la miró de arriba abajo, como si estuviera viendo a una extraña, a alguien que le desagradaba ligeramente.
—No sé. No me esperes. Tengo muchas cosas que revisar. Cosas que… requieren mi atención completa.
Y con eso, abrió la puerta y salió. El clac de la cerradura al cerrarse sonó como un disparo en el departamento vacío.
Ana se quedó parada en el recibidor, temblando. “Cosas que requieren mi atención completa”. ¿Se refería al trabajo? ¿O se refería a ella? ¿A investigar sus mentiras?
Corrió a la ventana y espió a través de las persianas. Vio a Sergio salir del edificio, caminar hacia su coche con paso firme, subir y arrancar. Ni siquiera volteó a ver hacia arriba, hacia la ventana donde él sabía que ella solía despedirlo con la mano.
Esa pequeña rutina, ese adiós matutino de quince años, se había roto. Y Ana supo que, tal vez, no volvería a arreglarse nunca.
Regresó a la sala y se dejó caer en el sofá donde él había dormido. Aún olía ligeramente a él, a su loción y a ese olor personal que ella conocía mejor que el suyo propio.
De repente, sus ojos se posaron en la mesa de centro.
El iPad.
Sergio lo había dejado ahí.
Ana sintió una descarga de adrenalina pura. Recordó la escena de la madrugada: Sergio haciendo zoom en algo, leyendo atentamente. Tenía que saber qué era. Tenía que saber qué tanto sabía él.
Se abalanzó sobre el dispositivo como una adicta. Sus manos sudaban tanto que el sensor de huella digital no la reconoció al primer intento. Se limpió el dedo en la bata y volvió a probar.
Desbloqueado.
El corazón le latía en la garganta.
Abrió Safari, el navegador de internet.
La última página estaba cerrada, pero el historial… el historial lo diría todo.
Fue a la pestaña de “Historial”.
Sus ojos recorrieron las búsquedas de las últimas doce horas.
02:15 AM – Cómo recuperar mensajes borrados de WhatsApp iPhone
02:30 AM – Software espía para celular indetectable
02:45 AM – Rastreo satelital ubicación historial Google Maps
03:00 AM – Abogados de divorcio Ciudad de México recomendaciones
03:10 AM – Bienes mancomunados vs separación de bienes código civil CDMX
Ana soltó el iPad como si estuviera ardiendo. Se llevó las manos a la boca para ahogar un grito.
No solo sospechaba. Estaba investigando. Estaba planeando.
“Abogados de divorcio”.
Las letras bailaban en su mente, burlonas y aterradoras. Sergio no estaba jugando. Sergio, el hombre metódico, el estratega de negocios, estaba aplicando esa misma lógica fría para desmantelar su matrimonio. Mientras ella dormía (o fingía dormir), él estaba calculando cuánto le costaría deshacerse de ella.
—Dios mío… Dios mío… —gemía Ana, caminando en círculos por la sala.
Tenía que borrar eso. Tenía que borrar el historial.
Agarró el iPad de nuevo. Su dedo flotó sobre el botón de “Borrar todo”.
Pero se detuvo.
Si borraba el historial, Sergio sabría que ella lo había visto. Sabría que ella había entrado a espiarlo. Y eso confirmaría su culpabilidad más que cualquier otra cosa. Una persona inocente no borra el historial de su esposo. Una persona culpable entra en pánico y elimina la evidencia.
No podía borrarlo. Tenía que dejarlo ahí, como una bomba sin detonar.
Dejó el iPad exactamente en la misma posición y ángulo en que lo había encontrado. Se aseguró de limpiar sus huellas dactilares de la pantalla con la manga de su bata.
El timbre de la puerta sonó.
Ana pegó un brinco que casi la tira al suelo. ¿Sergio había regresado? ¿Se le olvidó algo? ¿Venía a confrontarla?
Caminó hacia la puerta con las piernas de gelatina. Miró por la mirilla.
No era Sergio.
Era Doña Mari, la señora de la limpieza que venía los lunes, miércoles y viernes.
Ana cerró los ojos y exhaló. Se le había olvidado por completo que hoy venía Mari.
Abrió la puerta.
—Buenos días, señora Ana —saludó Mari con su habitual sonrisa bonachona, cargando su bolsa de mandado—. Qué carita trae, ¿se siente mal?
Ana forzó una sonrisa. Mari llevaba cinco años trabajando con ellos. Conocía la casa mejor que nadie. Sabía dónde guardaban el dinero, conocía los olores, las rutinas. De repente, Ana vio a Mari no como una ayuda, sino como una amenaza. ¿Qué tal si Mari encontraba algo? ¿Un ticket olvidado? ¿Un cabello ajeno en la ropa de Ana?
—Hola, Mari. Pásale. Sí, ando medio agripada, me duele la cabeza horrible.
—Ay, señora, es que este clima está loco. Ahorita le hago un tecito de canela con limón, va a ver que se le quita.
Mari entró y se dirigió a la cocina. Ana la siguió, vigilándola.
Mari empezó a sacar los productos de limpieza.
—Oiga, señora Ana —dijo Mari mientras se ponía el delantal—, fíjese que el señor Sergio dejó su pijama tirada en la sala. Ahorita la recojo.
Ana se tensó.
—Ah, sí… es que… anoche se quedó viendo una película tarde y le dio flojera irse a la cama para no despertarme. Ya ves cómo es de considerado.
—Sí, el señor es un santo —dijo Mari, asintiendo con convicción—. Pocos hombres así, señora. Cuídelo mucho. Mi viejo, que en paz descanse, llegaba borracho y me despertaba a gritos. Usted se sacó la lotería.
Las palabras de Mari, dichas con tanta inocencia, fueron cuchilladas. “Usted se sacó la lotería”. Y Ana acababa de romper el boleto ganador.
—Sí, Mari… lo sé. Oye, hoy no limpies la recámara principal, ¿va? —se apresuró a decir Ana. No quería que Mari husmeara en el cuarto. No sabía qué podía encontrar, tal vez algún rastro de su nerviosismo, o tal vez Ana simplemente no soportaba la idea de que alguien entrara a su santuario profanado.
—¿Cómo cree, señora? Si hoy toca cambiar sábanas. Es lunes.
—No, no… yo las cambio al rato. Me siento mal y quiero acostarme un rato más. Mejor… mejor limpia a fondo la cocina y los baños de visitas. Y plancha las camisas de Sergio.
Mari la miró extrañada. Ana nunca cambiaba las sábanas. Era una tarea que odiaba.
—Bueno, como usted diga, patrona. Pero si necesita algo, me grita.
Ana se encerró en la recámara. Se metió en la cama sin quitarse la bata, tapándose hasta la cabeza. Quería desaparecer. Quería que la tierra se abriera y se la tragara.
Pero el mundo exterior no la iba a dejar en paz.
Su celular vibró bajo la almohada.
Lo sacó con miedo.
Número desconocido.
Ana sabía quién era. Lo sabía en sus entrañas.
No contestó.
Vibró otra vez. Mensaje de texto.
“Ana, soy Alex. Ya sé que me bloqueaste del otro número. Qué infantil eres. Solo quiero saber si estás bien. Me tienes preocupado. Y sigo teniendo tus aretes. Son de oro, ¿no? Deben valer una lana. No los quiero tirar, me da cosa. Mejor te los llevo. Sé dónde vives, alguna vez me contaste que vivías por el Parque Hundido, en el edificio de ladrillo rojo. Voy para allá y te los dejo en recepción, ¿va? Para que no haya bronca.”
Ana leyó el mensaje y sintió que la sangre se le drenaba de la cara.
Alejandro sabía dónde vivía. Bueno, no la dirección exacta, pero “el edificio de ladrillo rojo frente al Parque Hundido” era una descripción demasiado precisa. No había muchos así.
Si ese imbécil se presentaba en la recepción y le dejaba un paquete a nombre de “Ana” con unos aretes de oro… y si Don Beto, el portero chismoso, le decía a Sergio: “Vino un muchacho muy fuerte a dejarle esto a la señora”…
O peor, si Sergio llegaba en ese momento y se cruzaba con Alejandro.
Ana se levantó de un salto. El pánico se transformó en acción.
No podía dejar que Alejandro viniera. Tenía que interceptarlo. O tenía que salir de ahí para que, si venía, ella no estuviera.
Marcó el número desconocido.
—¿Bueno? —La voz de Alejandro sonó relajada, casi divertida—. ¡Sabía que me ibas a marcar! Hola, guapa.
—¡Escúchame bien, imbécil! —susurró Ana con una furia sibilante, cuidando que Mari no la escuchara desde la cocina—. Ni se te ocurra venir a mi casa. ¿Me oíste? ¡Ni se te ocurra!
—Uy, qué agresiva. Tranquila, nena. Solo te quiero devolver tus cosas. Soy un caballero.
—No eres un caballero, eres un idiota que me está arruinando la vida. Tira los malditos aretes. ¡Tíralos a la coladera! ¡Véndelos! ¡Me vale madres! Pero no te acerques a mí.
—Oye, Ana, neta bájale. Me estás ofendiendo. Yo pensé que teníamos algo chido. Lo del sábado estuvo increíble, no me digas que no te gustó.
Ana sintió náuseas.
—Fue un error. El peor error de mi vida. Escúchame, Alejandro. Mi esposo… mi esposo es peligroso. —Mintió, pero necesitaba asustarlo—. Es abogado penalista. Tiene gente. Si te ve, si sabe quién eres, te va a meter a la cárcel o algo peor. Por tu bien, desaparece.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. La mención de “gente” y “abogado” pareció surtir efecto. Alejandro era puro músculo y ego, pero era cobarde ante la autoridad real.
—Chale… qué intensa. Está bien, está bien. No voy. Me quedo los aretes como recuerdo, entonces. O los vendo, como dices.
—Haz lo que quieras. Pero borra mi número. No existo.
Colgó y bloqueó el número inmediatamente.
Se quedó temblando, recargada contra la puerta del clóset.
¿Había funcionado? ¿O acababa de picar al oso? Alejandro podía enojarse. Podía sentirse humillado. Y un hombre con el ego herido es impredecible.
No podía quedarse en la casa. Sentía que las paredes se cerraban sobre ella. Sentía la presencia de Mari juzgándola en silencio, el fantasma de Sergio en el iPad, la amenaza de Alejandro en la calle.
Se vistió rápido. Jeans, tenis, una sudadera grande y lentes oscuros. Parecía que iba a asaltar un banco o a esconderse de los paparazzi.
Salió de la recámara.
—Mari, voy a salir un rato —gritó hacia la cocina—. Tengo que ir a la farmacia y a… caminar.
—Sí, señora, vaya con cuidado. ¿Va a comer aquí?
—No sé. Yo te aviso. Tú termina y vete, déjame la llave con Don Beto si no he llegado.
Salió del departamento y bajó por las escaleras, evitando el elevador y a los vecinos.
Salió a la calle Amores y caminó rápido, mirando por encima del hombro cada dos segundos, esperando ver el coche deportivo de Alejandro o la camioneta de Sergio.
La paranoia era un lente que deformaba todo. Un hombre leyendo el periódico en una banca parecía un detective privado. Un coche negro estacionado parecía vigilancia.
Caminó hasta Insurgentes y se metió en un Starbucks. Pidió un café que no quería y se sentó en la mesa más alejada, en una esquina oscura.
Sacó su celular.
Tenía que saber dónde estaba Sergio. La curiosidad morbosa le ganó al miedo.
Lo había apagado de “Buscar mi iPhone” ayer, pero hoy lo había vuelto a activar para no levantar más sospechas (ironía pura).
Abrió la aplicación Encontrar.
El punto de Sergio parpadeaba en Polanco.
Pero no estaba en su oficina. Su oficina estaba en Reforma, cerca de la Torre Mayor.
Polanco… ¿qué hacía en Polanco a las 11:00 AM?
Ana hizo zoom en el mapa.
Calle Campos Elíseos.
Buscó en Google Maps qué había en esa dirección.
Bufete Jurídico Martínez & Asociados – Especialistas en Derecho Familiar y Mercantil.
Detectives Privados “El Ojo”.
Banco Santander Select.
Todo en el mismo edificio corporativo.
Ana sintió que se le helaba la sangre.
Estaba con abogados. O con detectives. O moviendo dinero.
El historial del iPad no era solo curiosidad nocturna. Era un plan de acción. Sergio ya estaba ejecutando.
Le dieron ganas de vomitar ahí mismo, en medio del olor a café tostado y paninis.
Quería llamarle. Quería gritarle: “¿Por qué no me preguntas? ¿Por qué vas con abogados antes de hablar conmigo?”.
Pero sabía la respuesta. Porque él era inteligente. Porque él sabía que si hablaba, ella mentiría. Él quería pruebas. Quería tener la sartén por el mango antes de confrontarla.
Estaba jugando ajedrez, y Ana estaba jugando a las damas chinas, y perdiendo.
Pasó las siguientes horas en un estado de trance, saltando de cafetería en cafetería para no estar mucho tiempo en el mismo lugar.
A las 4:00 PM, decidió que era hora de volver. No podía esconderse para siempre. Si Sergio llegaba a casa y no la encontraba, sería peor.
Regresó al departamento. Mari ya se había ido. La casa olía a limpio, a Fabuloso de lavanda y a cera para pisos. Todo brillaba. Era la imagen perfecta de un hogar feliz.
Qué mentira tan grande.
Ana se sentó en la sala a esperar.
Las horas pasaron lentas. Cayó la noche.
A las 8:30 PM, escuchó la llave.
Sergio entró.
Ana se puso de pie, tensa.
Esperaba verlo furioso, o con papeles de divorcio en la mano.
Pero Sergio entró… sonriendo.
O al menos, con una mueca que parecía una sonrisa. Traía una caja de pizza en la mano y una botella de vino.
—Hola —dijo él, con un tono extrañamente ligero.
Ana parpadeó, confundida.
—Hola…
—Traje cena. Pizza de Gino’s. Y un vinito. Pensé que… bueno, que ayer fui muy duro. Que estamos tensos y necesitamos relajarnos un poco.
Ana no sabía qué pensar. ¿Era una trampa? ¿Era bipolar? ¿O realmente quería arreglar las cosas?
La esperanza, esa cosa traicionera, brotó en su pecho.
—Sergio… gracias. Qué detalle. Yo… yo también quiero que estemos bien.
Sergio dejó la pizza en la mesa y sacó dos copas. Sirvió el vino.
Se veía tranquilo. Demasiado tranquilo.
—Siéntate, Ana. Vamos a cenar.
Se sentaron. Comieron en un silencio relativo, pero menos pesado que el de la mañana. Sergio habló un poco de las noticias, del tráfico. Temas neutros.
Ana se relajó un poco. El vino ayudó. Tal vez, pensó, tal vez decidió no hacer nada. Tal vez fue con el abogado y se arrepintió. Tal vez me ama más que a su orgullo.
Cuando terminaron la segunda copa, Sergio se recargó en el sillón, hizo girar el vino rojo en la copa y la miró fijamente. Sus ojos brillaron con una inteligencia depredadora.
—Oye, Ana. Hoy me pasó algo muy curioso.
Ana se tensó de nuevo.
—¿Qué?
—Me encontré a Pepe. El novio de tu prima Laura.
El mundo de Ana se detuvo en seco.
Pepe. El supuesto ex-novio por el que Laura estaba llorando el sábado en la noche.
—Ah… ¿sí? —Ana sintió que la voz le fallaba—. ¿Y… cómo está?
—Pues fíjate que se veía muy bien. Muy contento. Me lo encontré en Polanco, cerca de donde tuve una junta. Nos saludamos rápido.
Sergio tomó un sorbo de vino, disfrutando el momento, disfrutando ver cómo Ana palidecía.
—Le pregunté cómo iban las cosas con Laura. Le dije: “Oye, espero que ya estén mejor, Ana me contó que tuvieron una bronca fuerte el sábado”.
Ana cerró los ojos. Sabía lo que venía.
—¿Y qué te dijo? —susurró.
Sergio sonrió. Una sonrisa fría, terrible.
—Me miró con cara de “de qué hablas”. Me dijo que el sábado estuvieron en una boda en Cuernavaca. Juntos. Felices. Que no han peleado en meses. Incluso me enseñó fotos en su celular de la fiesta.
Sergio dejó la copa en la mesa con un clic suave.
—Entonces, Ana. Si Laura estaba en una boda en Cuernavaca con Pepe… ¿a quién fuiste a consolar tú el sábado a las once de la noche en Tlalpan?
El silencio que siguió fue absoluto, total. Fue el silencio del final de todo.
La coartada de Laura había explotado. La mentira se había derrumbado.
Ana abrió la boca para inventar otra cosa, para decir que se había confundido de día, de prima, de nombre. Pero al ver la cara de Sergio, supo que era inútil.
Él ya lo sabía. No solo sospechaba. Ahora tenía la certeza matemática de que ella mentía.
—Sergio, yo…
—Shhh. —Sergio le puso un dedo en los labios, suavemente, casi con ternura, pero sus ojos estaban muertos—. No digas nada más. No me insultes más.
Se levantó, tomó la botella de vino y se dirigió a su despacho.
—Disfruta la pizza, Ana. Mañana… mañana va a ser un día muy largo.
Entró al despacho y cerró la puerta con llave.
Ana se quedó sola en la sala, con el sabor del vino avinagrado en la boca y la certeza de que acababa de perder su vida.
Ya no había vuelta atrás. La guerra fría había terminado. El bombardeo estaba a punto de comenzar.
Y lo peor de todo, pensó Ana mientras las lágrimas empezaban a rodar, es que Alejandro seguía ahí afuera, con sus aretes de oro y su estupidez, listo para dar el tiro de gracia.
CAPÍTULO 5: La Evidencia Silenciosa
La puerta del despacho de Sergio seguía cerrada.
Ana llevaba dos horas sentada en el suelo del pasillo, con la espalda recargada contra la pared fría, abrazando sus rodillas. Eran las tres de la mañana del martes. La casa estaba sumida en una oscuridad casi absoluta, rota solo por la franja de luz amarilla que se filtraba por debajo de la puerta donde su esposo se había atrincherado.
No se oían gritos. No se oían golpes. Y eso era lo que más aterrorizaba a Ana. Si Sergio estuviera rompiendo cosas, si estuviera gritando insultos, ella sabría a qué atenerse. La furia es humana, es caliente, es reactiva. Pero el silencio… el silencio es calculado.
De vez en cuando, escuchaba el tecleo frenético de una computadora. Tac-tac-tac-tac. Pausa. Tac-tac.
¿Qué escribía? ¿Un correo a su abogado? ¿Una carta de despedida? ¿O estaba descargando el historial de chats de su nube?
Ana se sentía físicamente enferma. La pizza de Gino’s que habían cenado se había convertido en una bola de plomo en su estómago, mezclada con el ácido del vino barato y la bilis del miedo.
“Me descubrió”, pensó, y la frase rebotaba en su cráneo como una pelota de goma. “Sabe que no estuve con Laura. Sabe que mentí”.
Pero, ¿sabía con quién? Esa era la última trinchera. Sergio sabía dónde (Tlalpan), sabía cuándo (sábado en la noche) y sabía que no fue con su prima. Pero Tlalpan es grande. Podría haber estado en un bar, en una fiesta, en casa de otra amiga. Aún faltaba el nombre. Aún faltaba Alejandro.
Si lograba mantener a Alejandro en el anonimato, tal vez, solo tal vez, el divorcio no sería tan brutal. Podría alegar “diferencias irreconciliables” o admitir una crisis personal sin dar detalles sórdidos. Pero si Sergio ponía nombre y apellido a la traición… si se enteraba de que fue con el entrenador del gimnasio, ese lugar que él pagaba, ese “lujo” que él le daba… la humillación sería imperdonable.
En ese momento, el sonido del teclado cesó.
Ana contuvo la respiración.
Escuchó el rechinido de la silla de oficina. Pasos acercándose a la puerta.
El corazón de Ana se disparó. Se levantó del suelo torpemente, con las piernas entumecidas. ¿Iba a salir? ¿La iba a matar?
La perilla giró.
Pero la puerta no se abrió.
Sergio solo había quitado el seguro.
Luego, escuchó sus pasos alejarse de nuevo hacia el escritorio.
Fue una invitación. O un desafío. “La puerta está abierta. Entra si te atreves”.
Ana miró la manija dorada. Brillaba en la penumbra.
Temblaba tanto que tuvo que usar ambas manos para girarla. Empujó la puerta.
El despacho estaba lleno de humo, aunque la ventana estaba cerrada. Sergio había vuelto a fumar, y esta vez no era solo uno. El cenicero estaba lleno de colillas.
Él estaba sentado detrás de su escritorio de caoba, iluminado solo por la luz azulada de la pantalla de su Mac. No la miró cuando entró. Seguía leyendo algo en la pantalla, con los lentes reflejando líneas de texto.
—Sergio… —susurró Ana. Su voz sonó como papel de lija.
Él no contestó. Ni siquiera parpadeó.
—Sergio, por favor. No podemos seguir así. Tienes que escucharme.
Sergio levantó la mano izquierda, pidiendo silencio, sin apartar la vista del monitor.
—Estoy leyendo, Ana.
—¿Qué… qué estás leyendo?
Él giró la pantalla hacia ella lentamente.
No era un correo. No era una demanda.
Era el estado de cuenta detallado de su teléfono celular. El desglose de llamadas y consumo de datos.
Ana sintió que las rodillas le fallaban. Se agarró del marco de la puerta para no caerse.
—Es fascinante la tecnología —dijo Sergio, con una voz suave, conversacional, que helaba la sangre—. Todo deja rastro. Incluso lo que borras.
Señaló una línea en la pantalla con el dedo índice.
—El sábado. A las 10:45 PM. Hubo un consumo de datos inusual en una ubicación geolocalizada en la Calzada de Tlalpan. Coincide con la hora del cargo en el Oxxo. Pero eso ya lo sabíamos.
Hizo una pausa y miró a Ana. Sus ojos estaban inyectados en sangre por el humo y el cansancio, pero brillaban con una lucidez aterradora.
—Lo interesante es esto. —Señaló otra línea—. El viernes en la noche, mientras yo estaba cenando en Monterrey, tuviste una llamada de 45 minutos. Con un número que no tengo registrado en mis contactos. Y el sábado en la mañana, otra de 20 minutos. Y hoy… hoy lunes, tres llamadas rechazadas y dos mensajes de texto entrantes de ese mismo número.
Ana dejó de respirar.
El número de Alejandro.
—No sé de qué hablas —mintió, por instinto, aunque sabía que era inútil. Era como tratar de tapar el sol con un dedo.
—No me insultes más, Ana —dijo Sergio, golpeando la mesa con la palma de la mano. El sonido fue seco y violento—. Busqué el número en TrueCaller. En Google. No aparece nombre. Es un celular privado. Pero… —sonrió sin alegría— hice algo mejor.
Agarró su propio celular, marcó el número en altavoz y lo puso sobre el escritorio.
Tuu… Tuu…
Ana se lanzó hacia el escritorio.
—¡No! ¡No lo hagas!
—¡Siéntate! —rugió Sergio. Fue la primera vez que alzó la voz. El grito retumbó en las paredes del pequeño despacho.
Ana se quedó paralizada.
El teléfono siguió sonando.
Tuu…
—¿Bueno? —contestó la voz de Alejandro. Adormilada, ronca, pero inconfundible—. ¿Quién habla? Son las tres de la mañana, no mamen.
Sergio miró a Ana. Su mirada decía: “Ahí está. Tu secreto tiene voz”.
Sergio no contestó. Dejó que el silencio se alargara.
—¿Ana? —preguntó Alejandro al otro lado de la línea, cambiando el tono a uno más suave, casi cómplice—. ¿Eres tú, bonita? ¿Te escapaste del ogro?
El mundo de Ana se terminó en ese instante.
“El ogro”. Así le había dicho ella a Alejandro que era su esposo, para justificar sus miedos.
Sergio cerró los ojos un momento, absorbiendo el golpe. Su mandíbula se tensó tanto que Ana pensó que se le iban a romper los dientes.
Luego, colgó la llamada sin decir una palabra.
El silencio volvió al despacho. Pero ahora era un silencio diferente. Era el silencio de un cadáver. El matrimonio de Ana y Sergio acababa de morir oficialmente sobre ese escritorio de caoba.
—El ogro —repitió Sergio en voz baja. Se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz—. Así que eso soy. El ogro que te mantiene, que te paga la casa, el coche, los viajes… y el gimnasio donde conociste a este imbécil.
—Sergio, perdóname… fue un error, yo no lo quiero, no significa nada… —Ana empezó a llorar, un llanto histérico, feo, desesperado. Se arrodilló frente al escritorio, tratando de agarrarle las manos, pero él las retiró como si ella tuviera lepra.
—Levántate —dijo él con asco—. Ten un poco de dignidad, por Dios.
—¡Te juro que terminó! ¡Lo bloqueé! ¡No lo volveré a ver!
Sergio la miró con una frialdad que le caló los huesos.
—No importa si lo vuelves a ver o no, Ana. Lo que importa es que lo viste mientras yo trabajaba para nuestro futuro. Lo que importa es que lo metiste en nuestra cama… o bueno, en tu cama mental, porque gracias a Dios no fue aquí. ¿O sí?
—¡No! ¡Jamás! ¡Nunca en la casa!
—Qué consuelo —dijo sarcásticamente.
Se puso de pie. Era alto, imponente, pero ahora parecía un gigante vengativo.
—Vete a dormir al cuarto de huéspedes. No quiero verte la cara. Mañana temprano me voy a la oficina. No me esperes. No me llames. Y sobre todo… —se inclinó sobre ella, bajando la voz a un susurro letal— no intentes contactar a ese tipo para advertirle. Porque si lo haces, si interfieres en lo que voy a hacer, te juro por la memoria de mi madre que te dejo en la calle con lo que traes puesto.
—¿Qué… qué vas a hacer? —preguntó Ana, temblando.
—Lo que se hace con la basura. Se saca.
Sergio apagó la luz del despacho, salió y la dejó ahí, arrodillada en la oscuridad, llorando sobre la alfombra que habían escogido juntos en Liverpool hace cinco años.
La mañana siguiente fue un borrón de niebla y dolor.
Ana despertó en la cama individual del cuarto de visitas, con el cuello torcido y los ojos tan hinchados que apenas podía abrirlos.
La casa estaba vacía. Sergio se había ido.
No había nota. No había mensaje.
Ana revisó su celular.
Tenía diez llamadas perdidas de Alejandro. Y tres mensajes de voz.
El pánico volvió a activarse. Sergio había llamado a Alejandro anoche a las 3 AM y luego colgó. Alejandro debía estar confundido, asustado o furioso.
Escuchó el primer mensaje de voz.
“Ana, ¿qué pedo? Me marcaron de un número raro y nadie contestó, pero escuché tu respiración. ¿Estás bien? ¿Te cacharon?”
Segundo mensaje.
“Oye, contesta. Me estoy poniendo nervioso. Si tu marido sabe algo, avísame. No quiero broncas con locos.”
Tercer mensaje. 8:00 AM.
“Mira, Ana. Me vale madres si estás en problemas. Yo no voy a pagar los platos rotos. Tengo tus aretes. Y si no me contestas en una hora, voy a ir a tu edificio a dejarlos. No quiero tener nada tuyo. Me dan mala vibra.”
Ana miró el reloj. 09:15 AM.
“En una hora”. El mensaje era de las ocho.
¡Ya había pasado la hora!
Corrió a la ventana que daba a la calle.
No se veía el coche de Alejandro. Pero eso no significaba nada. Podía llegar en cualquier momento.
Si Alejandro llegaba y dejaba los aretes con el portero, era la prueba física definitiva. Si Sergio los encontraba, o si el portero se los daba a Sergio…
Tenía que interceptarlo.
Se vistió con lo primero que encontró: unos pants viejos y una sudadera gris. Ni siquiera se lavó los dientes. Agarró las llaves y bajó corriendo las escaleras de servicio, saltándose los escalones de dos en dos.
Llegó al lobby jadeando.
Don Beto, el portero, estaba barriendo la entrada con su habitual calma exasperante.
—Buenos días, señora Ana. ¿A dónde con tanta prisa? —preguntó, recargándose en la escoba.
—Don Beto, ¿ha venido alguien? ¿Un muchacho? ¿Alguien preguntó por mí? —Ana miraba hacia la calle frenéticamente.
—No, señora. Nadie. Solo el del gas que vino a checar el tanque del 302.
—Ok, escúcheme bien. Si viene alguien… un hombre joven, musculoso, con un coche deportivo… no lo deje pasar. Me avisa a mí primero. A mi celular. No le reciba nada. ¿Entendido?
Don Beto frunció el ceño, extrañado.
—Está bien, señora. ¿Es algún cobrador?
—Algo así. Es… un tipo que me está acosando. Si lo ve, no le abra.
—Ah, caray. No se preocupe, aquí no pasa nadie.
Ana se quedó en el lobby. No podía subir. Si subía y él llegaba, perdería minutos valiosos bajando.
Se sentó en uno de los sillones de espera de la recepción, con la pierna rebotando nerviosamente.
Pasaron diez minutos. Veinte.
Cada coche que pasaba despacio por la calle hacía que el corazón le diera un vuelco.
Y entonces, lo vio.
El Seat León rojo de Alejandro. Ruidoso, vulgar, inconfundible.
Se estacionó en doble fila justo enfrente del edificio.
Ana se levantó de un salto y salió corriendo a la calle antes de que él pudiera bajar.
—¡Alejandro! —gritó, agitando los brazos.
Alejandro bajó la ventanilla del copiloto. Llevaba lentes oscuros y una gorra de béisbol hacia atrás. Se veía molesto.
—Hasta que apareces —dijo, masticando chicle con la boca abierta—. Te estuve marcando.
—¡Vete! ¡Vete de aquí! —Ana llegó a la ventanilla, mirando hacia todos lados para ver si algún vecino la veía. Se sentía expuesta, sucia.
—Tranquila, loca. Solo vine a traerte esto. —Alejandro metió la mano en la guantera y sacó los aretes de oro. Brillaban al sol, una burla dorada de su infidelidad—. Toma. No quiero broncas. Tu marido me marcó en la madrugada, ¿verdad? Reconocí el número después. Es el mismo que tienes de emergencia en tu ficha del gym.
Ana le arrebató los aretes de la mano. Sentir el metal frío en su palma le dio un alivio momentáneo, seguido de una ola de náuseas.
—Sí, sabe. Sabe todo.
—Pues qué mal pedo por ti. —Alejandro se encogió de hombros, con una indiferencia que a Ana le dieron ganas de golpearlo—. A mí ni me metan. Yo soy soltero, yo no le debo nada a nadie. Tú fuiste la que se me insinuó.
—Eres un cerdo —escupió Ana, con lágrimas de rabia en los ojos—. Eres lo peor que me ha pasado.
—Uy, sí. Pero bien que gritabas mi nombre el sábado, ¿no?
Ana sintió que la abofeteaban.
—Lárgate. Lárgate y muérete.
—Ya me voy. Y neta, borra mi número. No quiero que tu marido venga a hacerme panchos al gimnasio. Tengo reputación que cuidar.
Alejandro subió la ventanilla, aceleró el motor y arrancó, dejando una nube de humo de escape y el eco de su reggaetón en la calle tranquila.
Ana se quedó parada en la banqueta, con los aretes apretados en el puño hasta lastimarse. Se sentía humillada, vacía y estúpida. Había arriesgado todo por eso. Por ese patán que solo se preocupaba por su “reputación” en el gimnasio.
Regresó al edificio caminando despacio, derrotada.
Don Beto la miraba desde la puerta de cristal con curiosidad. Ana agachó la cabeza y pasó de largo, murmurando un “gracias” inaudible.
Subió al departamento.
Cerró la puerta y se recargó en ella. Abrió la mano. Los aretes tenían una pequeña marca de maquillaje. Su maquillaje del sábado.
Fue al baño y los lavó con jabón, tallándolos como si pudiera quitarles el pecado. Luego, los guardó en el fondo de su joyero, debajo de unos collares viejos que nunca usaba.
“Ya están aquí. Ya no hay pruebas físicas”, pensó.
Pero se equivocaba. La prueba más grande no eran los aretes. La prueba era ella misma. Su miedo. Su culpa. Y el rastro digital que Sergio ya tenía en su poder.
Decidió que tenía que prepararse.
Si Sergio la corría, ¿a dónde iría? No tenía ahorros propios significativos. Sus tarjetas eran adicionales a la cuenta de él. El departamento estaba a nombre de él (bienes separados, recordó con terror).
Tenía que buscar papeles. Acta de nacimiento, pasaporte, títulos.
Fue al estudio. La puerta estaba abierta.
Empezó a buscar en el archivero metálico donde guardaban los documentos importantes.
Carpeta azul: Casa.
Carpeta roja: Seguros.
Carpeta verde: Ana.
Abrió la carpeta verde.
Estaba vacía.
Ana parpadeó. ¿Qué?
Revisó de nuevo. Nada. Solo el plástico protector vacío.
Su pasaporte no estaba. Su visa no estaba. Su acta de nacimiento original no estaba.
El pánico se transformó en terror puro.
Sergio se los había llevado.
La había dejado indocumentada. Atrapada.
—Maldito… maldito hijo de… —Ana empezó a revolver las otras carpetas, tirando papeles al suelo.
Nada.
Sergio se había llevado todo lo que ella necesitaba para moverse, para irse, incluso para rentar un departamento o abrir una cuenta bancaria.
Era una jugada maestra. Y cruel. La estaba inmovilizando antes de dar el golpe final.
En ese momento, escuchó la puerta de la entrada abrirse.
Eran las 12:00 PM. Sergio nunca regresaba a esa hora.
Ana salió del estudio, pálida como un fantasma.
Sergio estaba en la sala. No venía solo.
Detrás de él entró un hombre desconocido. Alto, calvo, con un traje gris barato y un maletín de cuero desgastado. Tenía cara de policía o de alguien que ha visto demasiadas cosas feas.
—¿Sergio? —preguntó Ana, retrocediendo.
Sergio ni siquiera la miró. Se dirigió al hombre calvo.
—Esa es la computadora, licenciado. Y allá está el iPad. —Señaló los dispositivos en la mesa—. Necesito que haga un respaldo forense de todo. Mensajes, correos, ubicaciones, fotos borradas. Todo.
—Entendido, ingeniero. —El hombre sacó unos cables y una laptop de su maletín y se puso a trabajar de inmediato, ignorando a Ana como si fuera un mueble.
—¿Qué… qué está pasando? —Ana sentía que estaba en una pesadilla surrealista—. ¿Quién es él?
Sergio se giró finalmente hacia ella. Su rostro era una máscara de piedra.
—Él es un perito informático certificado, Ana. Está recabando evidencia para el juicio.
—¿Juicio? Sergio, por favor… podemos arreglar esto nosotros. Sin gente extraña.
—Ya es tarde para eso. —Sergio sacó un sobre manila de su saco y lo tiró sobre la mesa de centro. El sonido del papel golpeando la madera resonó como un disparo—. Ya hablé con el abogado. El proceso de divorcio incausado empieza mañana. Pero como hay causal de infidelidad comprobada, voy a pelear todo. No te vas a llevar ni un centavo de mi trabajo.
Ana miró el sobre. No se atrevió a tocarlo.
—Y otra cosa —dijo Sergio, acercándose a ella. Olía a tabaco y a una loción diferente, más agresiva—. Ya sé quién es.
Ana dejó de respirar.
—Hablé con el gerente de Sport City. Resulta que soy socio fundador y tengo ciertos privilegios. Pedí ver los registros de entrada y salida de los entrenadores. Y pedí ver las cámaras de seguridad del estacionamiento del sábado en la mañana.
Sacó su celular y le mostró una foto.
Era una captura de pantalla granulada de una cámara de seguridad. Se veía a Ana subiendo a un Uber en la esquina del gimnasio. Y unos segundos después, a Alejandro saliendo por la puerta de personal, mirando hacia donde ella se había ido.
—Alejandro Ruiz. 28 años. Entrenador nivel 2. —Sergio recitó los datos como si leyera una esquela—. Y lo más interesante: casado. Con una tal Olga. Vive en la colonia Narvarte.
Ana sintió que el piso se abría bajo sus pies.
—No… Sergio, no…
—¿No qué? —Sergio sonrió, y fue la sonrisa más terrorífica que Ana había visto en su vida. Era la sonrisa del diablo—. ¿No le diga a su esposa? ¿No arruine su vida como tú arruinaste la mía?
—Él no tiene la culpa… fui yo…
—¡Los dos tienen la culpa! —gritó Sergio, perdiendo la compostura por un segundo. Sus ojos brillaron con odio—. Él por meterse con una mujer casada, y tú por ser una zorra barata.
La palabra colgó en el aire, vibrando. “Zorra”. Sergio nunca la había insultado. Jamás.
—Esta tarde voy a ir a ver a Olga —dijo Sergio, recuperando su tono gélido—. Creo que ella merece saber con qué clase de hombre está casada. Le voy a llevar las pruebas. Los registros de llamadas. La ubicación de Tlalpan. Todo.
—¡No! ¡Sergio, ella no tiene nada que ver! ¡La vas a lastimar!
—¿Y tú pensaste en si me lastimabas a mí cuando abriste las piernas en ese motel? —Sergio la miró con asco—. El dolor se comparte, Ana. Bienvenidos al mundo real.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
—El licenciado se queda aquí hasta que termine de copiar todo. No toques nada. No intentes borrar nada. Si lo haces, es obstrucción de justicia y te va a ir peor.
—¿A dónde vas? —lloró Ana, corriendo tras él.
—A terminar lo que empezaste.
Sergio salió y azotó la puerta.
Ana se quedó sola con el perito informático, que tecleaba sin inmutarse, extrayendo los secretos digitales de su vida, byte por byte.
Se dejó caer en el sofá, derrotada.
El escándalo no solo iba a ser doméstico. Iba a ser total. Sergio iba a incendiar el mundo, y ella estaba en el epicentro de la explosión.
Pensó en Alejandro. Pensó en Olga, esa mujer que no conocía y cuya vida estaba a punto de ser destruida en cuestión de horas.
Sacó su celular. Tenía que avisarle a Alejandro. Tenía que decirle que el huracán iba hacia él.
Pero al mirar la pantalla, vio que no tenía señal.
“Sin servicio”.
El perito levantó la vista un segundo y la miró con indiferencia.
—Ah, sí. Instalé un inhibidor de señal portátil. Para evitar que borren cosas remotamente mientras trabajo. Protocolo estándar.
Ana dejó caer el teléfono al suelo.
Estaba incomunicada. Atrapada. Y sola.
La venganza de Sergio había comenzado, y era una máquina perfecta de destrucción.
CAPÍTULO 6: El Efecto Dominó
El tiempo en el departamento de la colonia Del Valle había dejado de ser lineal para convertirse en una masa viscosa y sofocante. Ana no sabía si habían pasado diez minutos o diez horas desde que Sergio azotó la puerta y la dejó atrapada con el desconocido.
El hombre calvo, a quien Sergio había llamado “el licenciado”, trabajaba con una eficiencia robótica. Había conectado cables grises y negros a la iMac de la familia, al iPad y a un disco duro externo de uso rudo que zumbaba suavemente, como un insecto devorando información.
Ana estaba sentada en el sofá, abrazando un cojín como si fuera un escudo. El inhibidor de señal, una pequeña caja negra con antenas cortas colocada sobre la mesa de centro, parpadeaba con una luz roja intermitente. Sin servicio. Sin Wi-Fi. Sin salida.
—Oiga… —se atrevió a decir Ana. Su voz sonó pequeña en la sala silenciosa.
El licenciado no levantó la vista de su pantalla. Sus dedos volaban sobre el teclado.
—Oiga, por favor —insistió Ana, poniéndose de pie. Las piernas le temblaban—. Necesito hacer una llamada. Es… es una emergencia médica. Mi mamá está enferma.
Era mentira, pero la desesperación no conoce moral.
El hombre detuvo su tecleo por un segundo, se ajustó los lentes de montura metálica y la miró. Sus ojos eran grises, apagados, ojos de burócrata que ha visto demasiados divorcios sucios y fraudes corporativos.
—Señora, mi contrato estipula claramente que debo asegurar la integridad de los datos y evitar cualquier comunicación externa que pueda alterar la evidencia o alertar a terceros involucrados. Si tiene una emergencia médica real, puedo llamar al 911 desde mi teléfono satelital. ¿Quiere que llame a una ambulancia?
Ana se quedó callada.
—No… no es para ambulancia. Solo necesito hablar con ella.
—Entonces tendrá que esperar a que el ingeniero regrese. Siéntese, por favor. Me distrae.
Ana volvió a sentarse, humillada. El término “ingeniero” para referirse a Sergio sonó tan distante, tan respetuoso. Para el mundo, Sergio era el ingeniero exitoso, el hombre de bien. Ella era la “señora” que estorbaba, la variable defectuosa en la ecuación.
Se refugió en su mente, pero ahí tampoco había paz. Imaginaba a Sergio conduciendo su camioneta, cruzando la ciudad como un ángel exterminador. Imaginaba a Alejandro, probablemente en el gimnasio, coqueteando con otra clienta, sin saber que un meteorito estaba a punto de caerle encima. E imaginaba a Olga. La esposa. La víctima colateral.
Ana sintió náuseas. Corrió al baño de visitas y vomitó bilis pura. Se quedó en el suelo frío, con la frente apoyada en la porcelana del inodoro, llorando en silencio.
Mientras tanto, al sur de la ciudad, en la colonia Narvarte, la realidad estaba a punto de romperse para alguien más.
Sergio estacionó su camioneta frente a un edificio de departamentos de los años setenta, de esos con mosaicos en la fachada y balcones pequeños llenos de plantas y ropa tendida. Era un edificio modesto, de clase media trabajadora. Nada que ver con los residenciales de lujo de Polanco o la Del Valle.
“Aquí vive”, pensó Sergio, mirando la dirección que había obtenido de los archivos de recursos humanos del gimnasio (un pequeño soborno al gerente administrativo había hecho maravillas).
Apagó el motor. Se miró en el espejo retrovisor. Se veía tranquilo, pero sus ojos tenían ese brillo duro, casi metálico. No sentía placer. Lo que sentía era una necesidad patológica de equilibrio. Ana le había quitado su dignidad; él iba a quitarle la paz a todos los involucrados.
Bajó del coche con el sobre manila bajo el brazo.
Caminó hacia el interfon.
Departamento 301.
Tocó el timbre.
Esperó.
Nadie contestó.
Tocó de nuevo.
Una voz femenina, cansada y distorsionada por la estática, respondió.
—¿Sí? ¿Quién es?
—¿Señora Olga Ruiz? —preguntó Sergio con su voz más profesional y amable.
—Sí, soy yo. ¿Qué se le ofrece? No compro nada, joven.
—No vendo nada, señora. Soy… soy un conocido de su esposo, Alejandro. Necesito hablar con usted de un asunto urgente y delicado.
Hubo un silencio. La mención de “asunto delicado” y “esposo” siempre activa las alarmas en la intuición femenina.
—Alejandro no está. Está trabajando.
—Lo sé. Por eso vine a esta hora. Necesito hablar con usted, Olga. Es sobre… es sobre la seguridad de su familia. Y sobre mi esposa.
El silencio se alargó unos segundos más. Luego, el zumbido eléctrico de la puerta abriéndose rompió la barrera.
Sergio subió los tres pisos por las escaleras, oliendo a guisado de cebolla y a jabón de ropa.
Olga lo esperaba en la puerta del 301.
Era una mujer bajita, un poco llenita, con el cabello recogido en una coleta desordenada y un delantal puesto. Tenía cara de bondad, de esas mujeres que aguantan mucho y se quejan poco. Se veía cansada. Probablemente acababa de llegar de trabajar o estaba haciendo el quehacer.
Al ver a Sergio, tan pulcro en su traje de marca, Olga se intimidó un poco. Se limpió las manos en el delantal.
—Buenas tardes. ¿Usted quién es?
—Mi nombre es Sergio Monroy. —Sergio le tendió la mano, pero ella no la tomó—. ¿Puedo pasar? No le voy a quitar mucho tiempo. Pero creo que le conviene sentarse para lo que tengo que decirle.
Olga dudó un momento, escaneando el pasillo. Luego se hizo a un lado.
—Pásese. Pero rápido, que tengo que ir por los niños a la escuela en media hora.
El departamento era pequeño pero limpio. Muebles viejos pero cuidados, fotos de dos niños pequeños en las paredes. Un hogar. Un hogar que Alejandro estaba poniendo en riesgo por jugar al macho alfa.
Sergio se sentó en el sofá de tela café. Olga se quedó de pie, cruzada de brazos.
—Hable. ¿Qué pasó con Alejandro? ¿Debe dinero?
Sergio suspiró y puso el sobre manila sobre la mesita de centro.
—Ojalá fuera dinero, Olga. El dinero se repone. La confianza no.
Olga palideció ligeramente. Se sentó en la orilla de un sillón, frente a él.
—¿De qué habla?
—Alejandro y mi esposa, Ana… han estado viéndose.
Olga soltó una risa nerviosa, incrédula.
—Ay, por favor. Alejandro es coqueto, sí, es su trabajo, tiene que ser amable con las clientas para que le contraten los entrenamientos. Usted es muy celoso, señor. Seguro vio algo que no era.
—Olga, no vine aquí a contarle chismes. Vine a traerle hechos. —Sergio empujó el sobre hacia ella—. Soy ingeniero. Yo no creo en suposiciones. Creo en datos.
Olga miró el sobre como si contuviera ántrax.
—¿Qué es eso?
—Ábralo.
Olga, con manos temblorosas, abrió el broche metálico y sacó el contenido.
Lo primero que vio fue el registro de llamadas impreso. Las llamadas de madrugada. Las llamadas de horas de duración.
Luego, las fotos. No eran fotos sexuales (Ana no había sido tan estúpida), pero eran fotos de vigilancia. Alejandro y Ana saliendo del gimnasio juntos. Alejandro y Ana platicando en el estacionamiento, muy cerca, con una intimidad corporal innegable.
Y finalmente, la geolocalización. El mapa impreso con dos puntos convergiendo en el Motel El Deseo en Tlalpan el sábado por la noche.
Olga pasó las hojas una por una. Su rostro cambió. La negación dio paso a la duda, y la duda al dolor.
Cuando llegó al mapa del motel, se le escapó un sollozo ahogado.
—El sábado… —susurró Olga, con la voz rota—. El sábado me dijo que tenía que cubrir a un compañero en el turno de la noche. Que iba a llegar tarde.
—Mi esposa me dijo que estaba consolando a una prima —dijo Sergio, con suavidad—. Los dos mintieron. Los dos estuvieron ahí, Olga. De las 9:00 PM a las 7:00 AM.
Olga dejó caer los papeles al suelo. Se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar. No era un llanto histérico como el de Ana. Era un llanto profundo, cansado, de alguien a quien le acaban de confirmar lo que en el fondo ya temía.
—Yo sabía… —dijo entre sollozos—. Yo sentía que algo andaba mal. Llegaba oliendo a perfume caro. Escondía el celular. Le puso clave nueva. Pero cuando le preguntaba, me decía que estaba loca. Que era una celosa tóxica.
Sergio asintió.
—Eso hacen. Nos hacen dudar de nuestra cordura para proteger su egoísmo. Ana hizo lo mismo conmigo. Me hizo sentir culpable por trabajar.
Olga levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, llenos de una rabia repentina que secó las lágrimas.
—Ese desgraciado. Ese infeliz. Yo aquí matándome, cuidando a sus hijos, estirando el gasto… y él gastándose lo que no tenemos en moteles con… con su esposa.
—Sí —dijo Sergio—. Y mi esposa gastándose mi dinero en su esposo. Es una economía circular bastante desagradable.
Olga se puso de pie. Empezó a caminar por la salita, respirando agitadamente.
—Esto se acabó. Ya le había perdonado una vez, hace dos años. Le dije que a la próxima se largaba.
—Haces bien —dijo Sergio, levantándose también—. Mereces respeto, Olga. Tú y tus hijos.
—¿Y usted? —preguntó Olga, mirándolo—. ¿Usted qué va a hacer con ella?
—Yo ya inicié el divorcio hoy mismo. Ana ya no es mi problema. Pero Alejandro… —Sergio hizo una pausa, calculando sus palabras—. Alejandro sí es tu problema todavía. Y creo que deberías saber que él no solo te engañó. Se burló de ti. En los mensajes que recuperé… hablaba de ti.
Era mentira. Alejandro y Ana casi no hablaban de sus parejas en los mensajes, solo de sexo y horarios. Pero Sergio necesitaba encender la mecha final. Necesitaba que Olga no tuviera piedad.
—¿Qué decía? —preguntó Olga, con los dientes apretados.
—Decía que tú ya no… que ya no le interesabas. Que eras aburrida. Que solo estaba contigo por los niños y por la casa.
Olga cerró los ojos y asintió lentamente. La mentira de Sergio encajaba perfectamente con sus propias inseguridades.
—Gracias —dijo ella, abriendo los ojos—. Gracias por venir a decirme, señor Sergio. Sé que no debió ser fácil.
—No lo fue. Pero pensé que debíamos ayudarnos entre las víctimas.
—Sí. Váyase, por favor. Tengo que ir por los niños. Y luego… luego voy a esperar a que llegue ese cabrón.
—Suerte, Olga.
Sergio salió del departamento. Mientras bajaba las escaleras, escuchó el primer grito de furia de Olga, seguido del sonido de algo de vidrio rompiéndose contra la pared.
Sonrió.
Fase 2 completada.
La tarde cayó sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de un naranja contaminado y hermoso.
Alejandro salió del gimnasio a las 6:00 PM. Se sentía bien. Había hecho una buena rutina de pecho y bíceps. Se miró en el espejo retrovisor de su Seat León antes de arrancar.
“Guapo”, se dijo.
El susto de la mañana con Ana ya se le había pasado. Ana era una dramática. Seguro su marido le había gritado un poco y ya. Esos tipos ricos nunca hacían nada, tenían mucho que perder. Y él ya había devuelto los aretes. No había pruebas.
Encendió el radio a todo volumen y condujo hacia la Narvarte, cantando reggaetón.
Llegó a su edificio. Subió chiflando.
Abrió la puerta del departamento.
—¡Ya llegué, nena! ¿Qué hay de cenar?
Silencio.
No había olor a comida.
No se escuchaba la tele ni los gritos de los niños.
—¿Olga?
Alejandro entró a la sala. Y se detuvo en seco.
En medio de la sala, había tres maletas grandes. Sus maletas. Y varias bolsas de basura negras, llenas a reventar de ropa.
Sentada en el sofá, estaba Olga.
Y junto a ella, de pie, con los brazos cruzados y una cara de pocos amigos que daba miedo, estaba Roberto, el hermano mayor de Olga. Roberto trabajaba en un taller mecánico, medía un metro noventa y tenía las manos del tamaño de un melón.
Alejandro tragó saliva.
—¿Qué… qué onda? ¿Qué es esto? —preguntó, tratando de sonreír.
—Son tus cosas —dijo Olga. Su voz era tranquila, pero era la tranquilidad del ojo del huracán.
—¿Mis cosas? ¿De qué hablas? ¿A dónde vamos?
—Tú te vas. A la chingada. —Olga se levantó. Tenía los ojos hinchados pero la mirada firme—. Sé todo, Alejandro. Sé lo de Ana. Sé lo de Tlalpan. Sé lo del sábado en la noche.
Alejandro sintió que se le aflojaban las piernas.
¿Cómo? ¿Cómo sabía el nombre?
—Olga, te estás imaginando cosas… ¿Quién te metió ideas en la cabeza?
—Vino su esposo —dijo Olga, lanzando la bomba—. Vino Sergio. Me trajo fotos. Me trajo tu registro de llamadas. Me trajo todo.
Alejandro se quedó mudo. Ese maldito. Ese maldito “ogro” había venido a su casa.
—Olga, déjame explicarte… ella me acosaba, ella es la que…
—¡Cállate! —gritó Roberto, dando un paso adelante. El piso retumbó—. ¡Cállate el hocico, Alejandro! No tienes vergüenza. Mi hermana se parte el lomo trabajando y cuidando a tus hijos, ¿y tú te vas de puto con la primera vieja rica que te pela?
—Beto, tranquilo… es un malentendido…
—No hay malentendidos —dijo Olga, sacando de su bolsillo el mapa del motel que Sergio le había dejado. Se lo aventó a la cara—. Aquí está el mapa, idiota. Aquí dice a qué hora entraste y a qué hora saliste.
El papel golpeó el pecho de Alejandro y cayó al suelo.
—Lárgate —dijo Olga—. Ahora mismo. Y no vuelvas. Si quieres ver a los niños, va a ser con un juez de por medio. Y con las pruebas que tengo, ni sueñes que te los van a soltar.
—Olga, es mi casa…
—¡La casa es de mis papás! —gritó Olga—. ¡Está a mi nombre! ¡Tú no pusiste ni un peso para el enganche! ¡Lárgate!
Alejandro miró a Roberto. Roberto tronó los nudillos de su mano derecha. La amenaza física era clara. Si no se iba por las buenas, se iría en camilla.
Alejandro agarró sus maletas. Las bolsas de basura se le resbalaban.
—Están cometiendo un error. Me van a rogar que vuelva.
—¡Jálale! —rugió Roberto, empujándolo hacia la puerta.
Alejandro salió tropezando al pasillo. Roberto le aventó la última bolsa de basura, que se rompió, esparciendo sus tenis y sus camisetas deportivas por la escalera.
La puerta se cerró con un portazo que retumbó en todo el edificio.
Alejandro se quedó ahí, en la escalera, rodeado de su ropa sucia, escuchando cómo Olga ponía el cerrojo y la cadena.
Estaba fuera.
Sin casa. Sin familia. Y probablemente, mañana, sin trabajo, si Sergio seguía con su cruzada.
—Pinche vieja loca —murmuró, refiriéndose a Ana—. Me arruinaste la vida.
En el departamento de la Del Valle, eran las 8:00 PM.
El licenciado terminó de teclear.
Desconectó los cables. Guardó el disco duro en una funda acolchada. Cerró su maletín.
—He terminado, señora —dijo, poniéndose de pie.
Ana, que llevaba horas en un estado catatónico en el sofá, levantó la vista.
El hombre caminó hacia el inhibidor de señal y lo apagó. La luz roja se desvaneció.
—El ingeniero me dio instrucciones de retirarme a esta hora. Dijo que él no vendría a dormir hoy. Que se quedaría en un hotel.
Ana asintió, incapaz de hablar.
—Buenas noches. Y… —el hombre dudó un momento, mostrando el primer rasgo de humanidad en todo el día— busque un buen abogado. Lo va a necesitar. El ingeniero Monroy no dejó nada al azar.
El licenciado salió del departamento. Ana escuchó el clic de la puerta. Estaba sola de nuevo.
Miró su celular sobre la mesa.
La señal regresó. Las barritas de 4G y Wi-Fi se llenaron.
Y entonces, el teléfono empezó a vibrar. Y a sonar. Y a vibrar de nuevo.
Fue una avalancha. Una explosión digital.
Ding. Ding. Bzzt. Ding.
Mensajes de WhatsApp. Notificaciones de Facebook. Correos. Llamadas perdidas.
Ana tomó el teléfono con miedo.
Abrió WhatsApp.
Tenía mensajes de su mamá. De su hermana. De sus amigas del grupo “Las Divinas”. De Laura.
Mamá: “Ana, ¿qué es esto que me mandó Sergio? Dime que es una broma. ¿Por qué dice que lo engañaste?”
Laura: “Ana, Sergio le mandó a toda la familia un PDF. Con pruebas. Con fotos. ¡Ana, me quemaste! ¡Dice que yo fui tu coartada falsa! ¡Mi mamá me está matando! ¡Te odio!”
Grupo “Las Divinas”:
“Oigan, ¿vieron lo que subió Sergio a Facebook?”
“No manches, ¿es verdad?”
“Ana se salió del grupo.” (Alguien la había sacado).
Ana sintió que le faltaba el aire.
Facebook.
Abrió la aplicación.
Sergio no había subido nada a su muro público. Eso sería vulgar.
Pero había mandado mensajes privados. Muchos. A todos los contactos clave. A la familia. A los amigos comunes.
Y luego vio el correo.
Un correo de Recursos Humanos de la empresa donde ella trabajaba (un trabajo administrativo sencillo que consiguió gracias a un contacto de Sergio).
Asunto: Terminación de contrato.
“Estimada Ana, por medio de la presente le informamos que debido a una reestructuración interna…”
Era mentira. La habían despedido. El jefe era compadre de Sergio. Sergio había llamado.
Ana soltó el teléfono. Cayó en la alfombra.
Sergio no solo la había demandado. La había aislado. La había expuesto. Había convertido su “pequeño secreto” en un escándalo público. Había dinamitado su reputación familiar, social y laboral en un solo día, mientras la mantenía incomunicada para que no pudiera defenderse.
Fue una ejecución perfecta.
Una muerte civil.
Ana se levantó y caminó hacia la ventana. La ciudad brillaba afuera, indiferente a su tragedia.
No tenía a dónde ir.
No tenía dinero (Sergio seguramente había cancelado las tarjetas).
No tenía amigos (Sergio los había puesto en su contra).
No tenía familia (Sergio les había contado la verdad sucia antes de que ella pudiera dar su versión).
Se miró en el reflejo del vidrio.
Ya no era Ana, la esposa respetable de la Del Valle.
Ahora era Ana, la adúltera. La mentirosa. La paria.
Y en medio de ese silencio ensordecedor, Ana se dio cuenta de algo aún más aterrador:
Sergio ni siquiera había necesitado gritarle una segunda vez.
El silencio había sido su arma más letal.
Se fue a la recámara, se metió en la cama vestida, se tapó hasta la cabeza y esperó a que el techo se desplomara sobre ella. Pero el techo no cayó. La tortura sería seguir viviendo, día tras día, en las ruinas que ella misma había construido.
PARTE 2
CAPÍTULO 7: Cenizas y Escombros
El miércoles amaneció con una claridad hiriente. El cielo de la Ciudad de México estaba despejado, un azul profundo y brillante que contrastaba cruelmente con la tormenta negra que Ana llevaba dentro.
Se despertó en el cuarto de visitas con el estómago rugiendo. No había comido nada sólido desde la pizza del lunes por la noche, antes de que el mundo explotara. El hambre es un instinto primario que no entiende de tragedias ni de corazones rotos; simplemente exige.
Ana se levantó, sintiéndose ligera, casi etérea, como si la gravedad hubiera perdido fuerza sobre ella. La casa estaba en silencio absoluto. Sergio no estaba. Sus cosas —su maletín, sus llaves, su abrigo— tampoco.
Caminó hacia la cocina, arrastrando los pies. Abrió la alacena. Había latas de atún, pasta cruda, arroz. Pero no tenía ganas de cocinar. Quería salir. Quería un café de verdad, un pan dulce, algo que la hiciera sentir humana otra vez.
Tomó su bolsa, buscó su cartera y salió del departamento.
Al cruzar el lobby, Don Beto, el portero, ni siquiera levantó la vista de su periódico. El saludo cordial de todas las mañanas había desaparecido. Ana sintió el peso del juicio en ese gesto de indiferencia. Él sabía. Todo el edificio debía saberlo ya.
Caminó hasta el Oxxo de la esquina. El sol le lastimaba los ojos. La gente pasaba a su lado, corriendo hacia sus trabajos, hablando por teléfono, riendo. Ana se sentía invisible, un fantasma caminando entre los vivos.
Entró a la tienda, tomó un café americano caliente y un sándwich empaquetado. Se dirigió a la caja.
—Son cuarenta y cinco pesos, señora —dijo la cajera, una chica joven con uñas acrílicas largas que masticaba chicle.
Ana sacó su tarjeta de débito, la adicional de la cuenta de Sergio. La insertó en la terminal.
Procesando…
Procesando…
DECLINADA.
La cajera miró la pantalla y luego a Ana.
—No pasó. Dice “Fondos Insuficientes” o “Tarjeta Retenida”.
Ana sintió que la cara le ardía.
—Qué raro… debe ser el chip. Intente de nuevo, por favor.
La chica suspiró, rodó los ojos y volvió a insertar la tarjeta.
DECLINADA. CONTACTE A SU BANCO.
—No, señora. No pasa. ¿Trae efectivo?
Ana rebuscó en su cartera. Monedas. Tickets viejos. Una tarjeta de presentación de un dentista.
Tenía veinte pesos en monedas. No le alcanzaba.
—No… no traigo —susurró Ana, sintiendo cómo se le cerraba la garganta.
—Híjole. Pues si quiere deje el sándwich y llévese el puro café, si le alcanza con los veinte.
La humillación fue total. Ahí estaba Ana, la señora de la Del Valle que solía comprar sin mirar los precios, contando monedas de a peso para pagar un café aguado en una tienda de conveniencia, mientras la fila detrás de ella empezaba a impacientarse.
—Deje todo. No quiero nada.
Salió de la tienda corriendo, con las lágrimas nublándole la vista.
Sergio no solo había cancelado las tarjetas de crédito. Había bloqueado todo. La había dejado sin un peso. Era un cerco económico total.
Regresó al departamento, pero al llegar a la puerta, el miedo la paralizó. ¿Y si Sergio había cambiado la cerradura mientras ella salía?
Metió la llave con mano temblorosa.
Giró. Abrió.
Suspiró. Todavía tenía techo. Por ahora.
Entró y fue directo al teléfono fijo de la casa. Su celular seguía bombardeado de mensajes de odio y decepción, pero necesitaba hablar con alguien real. Necesitaba a su mamá.
Marcó el número de casa de sus padres, en Coyoacán. Ese número que se sabía de memoria desde niña.
Tuu… Tuu… Tuu…
—¿Bueno? —La voz de su madre, Doña Carmen, sonó seca.
—Mamá… —Ana se quebró en cuanto escuchó su voz—. Mamá, soy yo. Por favor, no me cuelgues.
Hubo un silencio largo al otro lado. Se escuchaba la respiración agitada de su madre.
—Ana… ¿cómo pudiste? —La voz de Carmen no era de furia, era de un dolor profundo, desgarrador—. Sergio vino ayer en la noche. Nos enseñó… todo. Tu padre tuvo que tomarse la pastilla de la presión.
—Mamá, déjame explicarte. No es como él dice. Él está exagerando, él…
—¿Exagerando? —la interrumpió su madre—. ¿Las fotos son exageradas? ¿El registro del motel es una exageración? Ana, por Dios santo, te educamos con valores. Te dimos todo. Tienes un marido que te adora, una casa preciosa… ¿qué te faltaba?
—Me sentía sola, mamá. Ustedes no saben cómo es él en realidad, es frío, siempre trabaja…
—¡Todos los hombres trabajan, Ana! ¡Tu padre trabajaba de sol a sol y nunca, nunca le hice una cosa así! Eso no es excusa para revolcarse con un… un instructor de gimnasio. ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza con los compadres, con la familia!
—Mamá, no tengo dinero. Me canceló las tarjetas. Me corrieron del trabajo. Estoy sola. Tengo hambre.
El silencio volvió. Ana esperaba que el instinto maternal se impusiera. “Ven a casa, hija, aquí te damos de comer”.
—Mira, Ana —dijo su madre, y su voz temblaba—. Tu padre dijo que no quiere verte. Está muy dolido. Dice que manchaste el apellido. Que no tiene hija.
—Mamá… no me hagas esto.
—Yo… yo no puedo ir contra tu padre. Y la verdad, Ana, yo tampoco sé si quiero verte ahorita. Me duele mucho el corazón. Necesito tiempo.
—¿Me vas a dejar sola?
—Tú te quedaste sola cuando entraste a ese hotel, hija. Lo siento.
Clic.
Su madre le colgó.
Ana dejó caer el auricular. El cable se enredó en sus piernas. Se dejó caer al suelo, en el recibidor, y se quedó ahí, mirando al techo blanco.
Su familia, ese pilar inquebrantable de la sociedad mexicana, le había cerrado la puerta. El “qué dirán” y el honor herido pesaban más que su sangre.
Pasó las siguientes horas en un estado de trance. Bebió agua del grifo para engañar al estómago. Comió unas galletas saladas rancias que encontró al fondo de la alacena.
A las cuatro de la tarde, su celular vibró con una llamada de un número desconocido.
No era Sergio. No era su mamá.
Contestó por inercia.
—¿Bueno?
—Ana. Soy yo.
Era Alejandro.
Pero su voz ya no tenía la arrogancia del “macho alfa”. Sonaba rota, desesperada, y con un fondo de ruido de tráfico intenso.
—¿Qué quieres? —preguntó Ana, sin fuerzas.
—Estoy en la calle, Ana. Literalmente. Olga me corrió. Mi cuñado casi me rompe la madre. Me tiraron mi ropa a la escalera. Estoy viviendo en el coche desde ayer.
—Bienvenido al club —dijo Ana con amargura—. A mí Sergio me tiene secuestrada económicamente.
—Necesito verte.
—¿Para qué? ¿Para darme los aretes otra vez? Ya no tengo nada que darte, Alejandro.
—No, neta. Necesito hablar. Tenemos que ver qué hacemos. Estamos en el mismo barco, ¿no? Tú y yo contra el mundo. Además… no he comido.
Ana soltó una risa histérica.
—Yo tampoco.
—Te veo en el Parque Hundido. En media hora. En las bancas de atrás, donde no pasa gente. Por favor, Ana. No tengo a nadie más.
Ana dudó. Odiaba a Alejandro. Lo culpaba de todo. Pero al mismo tiempo, él era el único ser humano en la tierra que le hablaba en este momento. El único que entendía la magnitud del desastre, porque él también estaba bajo los escombros.
La soledad es mala consejera.
—Voy para allá.
Se lavó la cara, se puso unos lentes oscuros grandes para tapar los ojos hinchados y salió.
El Parque Hundido estaba a dos cuadras.
Caminó entre los árboles y los corredores, sintiendo envidia de cada persona que veía. Un señor paseando a su perro. Una pareja de estudiantes besándose. Todos tenían una vida. Ella tenía un cráter humeante.
Llegó a la zona de las bancas traseras, un área más sombría y descuidada.
Ahí estaba él.
Alejandro estaba sentado en una banca de concreto, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos.
Se veía terrible. Llevaba la misma ropa deportiva del día anterior, pero ahora estaba arrugada y manchada. Tenía barba de dos días. Su coche, el famoso Seat León rojo, estaba estacionado mal en la calle aledaña, lleno de bolsas de basura negras en el asiento trasero.
Ana se acercó. Él levantó la cabeza.
Sus ojos estaban rojos. Ya no se veía guapo. Se veía patético.
—Hola —dijo él.
Ana se sentó en el otro extremo de la banca, manteniendo la distancia.
—Te ves fatal —dijo ella.
—Tú tampoco te ves de concurso, reina —replicó él, pero sin energía.
Se quedaron callados un momento, mirando las hojas secas en el suelo.
—Olga me quitó a los niños —dijo Alejandro de repente, con la voz quebrada—. Me dijo que me va a demandar por pensión alimenticia y que no me va a dejar verlos hasta que un juez lo diga. Y como no tengo dónde vivir…
—Sergio me canceló las cuentas —dijo Ana, mirando hacia la nada—. Y habló con mi jefe. Me corrieron. Mis papás no me quieren recibir.
Alejandro sacó un cigarro arrugado de su bolsillo y lo prendió con manos temblorosas.
—Ese marido tuyo es un hijo de perra. Un psicópata. ¿Quién hace eso? ¿Quién planea una venganza así?
—Alguien a quien lastimaron mucho —dijo Ana, sorprendiéndose a sí misma defendiendo a Sergio. O tal vez no lo defendía, solo reconocía su capacidad—. Y alguien que tiene el poder para hacerlo. Nosotros… nosotros fuimos unos estúpidos, Alejandro. Pensamos que podíamos jugar con fuego y no quemarnos.
Alejandro dio una calada profunda y escupió el humo.
—Yo pensé que tú tenías lana. O sea, lana tuya.
Ana lo miró, incrédula.
—¿Qué?
—Pues sí. Siempre llegabas al gym con ropa de marca, en la camioneta del año, oliendo a Chanel. Pensé: “Bueno, si se arma el pedo, esta vieja tiene con qué”. Pensé que nos podíamos ir a Cancún o algo, empezar de cero.
Ana sintió una náusea profunda.
—¿Eso pensabas? ¿Que yo iba a ser tu boleto de salida?
—Pues no sé, Ana. Algo así. O sea, me gustabas, sí. El sexo estaba chido. Pero… no mames, no para perder a mi familia y quedarme en la calle. Si hubiera sabido que eras una mantenida sin un peso a tu nombre, ni te volteaba a ver.
La bofetada verbal fue más dolorosa que una física.
Ana se levantó de la banca, temblando de rabia.
—Eres un miserable. Un interesado. Yo arruiné mi matrimonio por ti, porque pensé que… que sentíamos algo real. Que me escuchabas. Que me deseabas a mí, no a mi camioneta.
Alejandro se rió, una risa cruel y seca.
—Ana, por favor. Tienes casi cuarenta años. Yo tengo veintiocho. ¿Crees que fue amor? Fue calentura. Fue oportunidad. Tú estabas aburrida y yo estaba… disponible. No te hagas películas románticas ahora.
Ana lo miró. Vio al hombre real detrás del “entrenador sexy”. Vio a un niño inmaduro, egoísta y cruel. Y se dio cuenta de que había destruido su vida por una fantasía de papel maché.
—Espero que te pudras, Alejandro.
—Ya me estoy pudriendo, gracias a ti. —Alejandro tiró la colilla al suelo y la pisó—. Oye… ¿no traes aunque sea unos quinientos pesos? Para gasolina. Necesito irme a Puebla con un tío, a ver si me da chamba.
Ana lo miró con asco absoluto.
—No tengo ni para un café.
—Chale. Pues entonces no sirves para nada.
Alejandro se levantó, se ajustó la gorra y caminó hacia su coche lleno de basura. Ana lo vio subir, arrancar y perderse en el tráfico de Insurgentes.
Fue la última vez que lo vio.
Y no sintió nada. Ni amor, ni odio, ni deseo. Solo un vacío inmenso, como si le hubieran arrancado los órganos internos.
Regresó al departamento caminando despacio. Empezaba a atardecer y el frío de la ciudad se colaba por su ropa.
Al llegar al edificio, vio un coche negro estacionado frente a la entrada. No era Sergio.
Era un sedán discreto.
Un hombre de traje estaba parado junto a la puerta del lobby, hablando con Don Beto.
Cuando vio a Ana acercarse, el hombre se enderezó.
—¿Señora Ana Monroy? —preguntó.
—Sí… soy yo. —Ana sintió que las piernas le fallaban. ¿Policía?
—Soy el licenciado Gómez, del despacho Martínez & Asociados. Represento a su esposo, el ingeniero Sergio Monroy.
Ana asintió. Ya sabía lo que venía.
—Tengo que entregarle esto. —El hombre le extendió un sobre grueso de papel manila—. Es la notificación de la demanda de divorcio necesario por la causal de adulterio, así como una orden restrictiva temporal respecto a los bienes y cuentas bancarias mancomunadas hasta que se dicte sentencia.
Ana tomó el sobre. Pesaba. Pesaba como una lápida.
—También… —el abogado carraspeó, un poco incómodo—. El ingeniero me instruyó para informarle que tiene un plazo de 30 días para desalojar el inmueble. Dado que el departamento fue adquirido por él antes del matrimonio bajo el régimen de separación de bienes, no forma parte de la masa conyugal a repartir.
30 días.
Un mes.
Era más de lo que esperaba, honestamente.
—¿Él… él va a venir? —preguntó Ana.
—No. El ingeniero se está quedando en otro lugar. Él vendrá por el resto de sus cosas personales con un notario para certificar el estado del inmueble. Le sugiero que no falte nada, señora.
—Entiendo.
—Firme aquí de recibido, por favor.
Ana firmó con mano temblorosa en el portapapeles. Su firma, que antes hacía con florituras elegantes, salió como un garabato de niño pequeño.
—Gracias. Buenas tardes.
El abogado se subió a su coche y se fue.
Ana subió al departamento.
Entró y cerró la puerta. Puso el seguro.
Se dejó caer en el suelo del recibidor, con la demanda de divorcio en el regazo.
Abrió el sobre.
Ahí estaba todo. En lenguaje legal, frío y preciso.
“…la cónyuge, Ana X, sostuvo relaciones extramaritales comprobables…”
“…se solicitan la disolución del vínculo…”
“…pérdida de derechos alimentarios…”
Sergio no solo se estaba divorciando. La estaba borrando.
La noche cayó sobre el departamento. Ana no prendió las luces. Se quedó sentada en la oscuridad, escuchando los ruidos del edificio. El vecino de arriba caminaba. Alguien veía la televisión. Un perro ladraba a lo lejos.
La vida seguía.
Pero la suya se había detenido en seco.
Sintió hambre de nuevo, pero ya no le importó. El hambre física era irrelevante comparada con el hambre de tiempo. Quería regresar el tiempo. Quería volver al viernes en la tarde, antes de aceptar esa cena con Alejandro. Quería volver a ese momento y decir “No, gracias, tengo que esperar a mi esposo”.
Si hubiera dicho que no, ahora estaría cenando con Sergio. Él le estaría contando de su viaje. Verían una serie. Se dormirían juntos.
La felicidad había sido tan simple, tan cotidiana, y ella no la había visto. La había despreciado por aburrida. Y ahora, daría un brazo por un minuto de ese aburrimiento.
Se levantó y caminó como un zombie hacia la recámara principal.
Abrió el clóset de Sergio. Ya no había trajes, ni camisas. Se había llevado lo principal. Pero aún quedaba su olor. Ese olor a madera, a tabaco y a limpieza.
Ana se metió dentro del clóset, entre los ganchos vacíos. Se sentó en el suelo, abrazando una de las viejas sudaderas que él había dejado olvidadas.
Hundió la cara en la tela y aspiró profundamente.
Y ahí, en la oscuridad del armario vacío, Ana lloró.
No lloró por miedo, ni por dinero, ni por el qué dirán.
Lloró porque, por primera vez, entendió lo que es el amor.
El amor no eran las mariposas en el estómago ni la adrenalina de lo prohibido que sentía con Alejandro.
El amor era la paz. Era la seguridad. Era el café en la mañana y la mano que te sostiene cuando tienes miedo.
El amor era Sergio.
Y ella lo había asesinado con sus propias manos.
—Perdóname, Sergio… te amo… te amo… —sollozó contra la sudadera gris.
Pero nadie le contestó. Solo el eco de su propia voz en el departamento vacío, rebotando en las paredes que pronto dejarían de ser su hogar.
Estaba sola en el universo. Y se lo merecía.
CAPÍTULO 8: El Eco del Vacío
Los treinta días de plazo que el abogado le había dado para desalojar el departamento pasaron como un suspiro y, al mismo tiempo, como una eternidad de tortura lenta.
El departamento de la colonia Del Valle, que alguna vez fue un hogar lleno de risas, cenas con amigos y domingos de flojera, se convirtió en un cadáver que Ana tuvo que desmembrar pieza por pieza. Sin dinero, con las cuentas congeladas y sin el apoyo de su familia, Ana tuvo que recurrir a la única opción que le quedaba: vender su vida.
Empezó por los muebles que Sergio no quiso llevarse. Publicó todo en Facebook Marketplace.
“Sofá de diseño italiano, poco uso. Urge”.
“Comedor para seis personas, madera fina. Remato”.
La gente llegaba, regateaba sin piedad al ver su desesperación y se llevaba las cosas por una fracción de su precio. Ana veía cómo extraños entraban a su santuario, tocaban sus cosas con manos sucias y se llevaban los fragmentos de su matrimonio en camionetas de mudanza baratas. Con ese dinero comía: latas de atún, sopas instantáneas y agua de garrafón.
La soledad era absoluta. Su celular ya no sonaba. El escándalo había hecho su trabajo de limpieza social: “Las Divinas” la habían bloqueado, sus primas la evitaban para no tener problemas con la familia, y su madre… su madre seguía guardando un silencio punitivo que dolía más que cualquier grito.
El último día, el departamento estaba vacío. Solo quedaban las marcas de los cuadros en las paredes y el eco de sus pasos sobre el piso de madera laminada.
Ana tenía dos maletas grandes y una caja de cartón con cosas personales. Eso era todo lo que le quedaba de quince años de vida adulta.
A las 10:00 AM, el timbre sonó.
No era Sergio. Era el notario público, acompañado por el abogado de Sergio, el licenciado Gómez.
—Buenos días, señora —dijo el notario, un hombre mayor con traje gris que olía a naftalina—. Venimos a dar fe de la entrega del inmueble y a recibir las llaves.
Ana asintió. No tenía fuerzas para hablar.
Caminaron por el departamento vacío. El notario tomaba notas, revisaba que no hubiera daños en las paredes, que los grifos funcionaran. Todo era frío, burocrático.
Al final, en la puerta de entrada, Ana sacó el llavero. El llavero de piel que Sergio le había regalado hacía años, con sus iniciales grabadas.
Se lo entregó al abogado.
—Aquí está todo. El control del portón eléctrico, la llave de la entrada, la del buzón.
—Gracias —dijo el abogado, guardándolas en un sobre—. El ingeniero Monroy le desea… bueno, que le vaya bien.
Ana sintió una punzada de dolor. Ni siquiera un “suerte”. Solo un trámite.
Salió del edificio arrastrando sus maletas. Don Beto estaba en la puerta, regando las plantas.
—Adiós, Don Beto —dijo Ana, con la voz quebrada.
El portero la miró. Hubo un momento de duda en sus ojos, tal vez un destello de lástima por la “señora bonita” que había caído en desgracia.
—Que Dios la bendiga, señora Ana —murmuró, y volvió a sus plantas.
Ana subió a un taxi de aplicación. No un Uber Black como antes. Un coche compacto, viejo y ruidoso.
—¿A dónde? —preguntó el chofer.
—A la colonia Doctores. Calle Dr. Andrade.
Había rentado un cuarto pequeño, un “estudio” le llamaba el casero para cobrar más, en una vecindad vieja cerca de los juzgados. Era lo único que podía pagar con lo poco que sacó de la venta de los muebles.
Mientras el taxi se alejaba de la Del Valle, Ana miró por la ventana los árboles, los cafés, los parques donde solía pasear. Se despedía de su vida de clase media alta. Se despedía de la seguridad. Ahora era una más en la inmensa, caótica y cruel Ciudad de México.
Dos semanas después, llegó el día de la audiencia final.
El Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, en la Avenida Juárez, es un lugar donde el amor va a morir sepultado bajo montañas de papel oficial y sellos de goma.
Ana llegó temprano, vestida con un traje sastre negro que le quedaba un poco grande; había bajado casi seis kilos en el último mes por el estrés y la mala alimentación.
Subió al juzgado familiar. El pasillo estaba lleno de gente. Mujeres llorando, hombres furiosos hablando con sus abogados, niños jugando en el suelo ajenos a que su futuro se estaba decidiendo a gritos en las salas contiguas.
Y ahí estaba él.
Sergio.
Estaba parado junto a una columna, revisando unos papeles con su abogado. Se veía… bien.
Ana sintió un golpe en el pecho al verlo. Llevaba un traje gris impecable, el cabello recién cortado y esos lentes que le daban un aire intelectual que a ella siempre le había gustado.
No se veía devastado. No se veía como ella, que parecía un espectro. Se veía serio, concentrado, pero entero.
Ana quiso correr hacia él. Quiso abrazarlo y decirle que todo había sido una pesadilla, que volvieran a casa. Pero recordó que ya no tenía casa.
Sergio levantó la vista y la vio.
Sus ojos se encontraron por un segundo.
Ana buscó algo en su mirada. ¿Odio? ¿Tristeza? ¿Nostalgia?
No encontró nada.
Sergio la miró como se mira a un extraño en el metro. Con indiferencia absoluta. Luego, volvió a sus papeles.
Esa indiferencia fue el tiro de gracia. El odio implica sentimiento. La indiferencia es la ausencia de todo. Para Sergio, ella ya no existía. Era solo un trámite más, un problema logístico que resolver.
—¡Ana María López y Sergio Monroy! —gritó el secretario del juzgado.
Entraron a la sala. El juez, un hombre con cara de aburrimiento perpetuo, revisó el expediente.
—Divorcio incausado con causal de adulterio probada para efectos de liquidación de sociedad conyugal —leyó el juez—. Bien. Señor Monroy, ¿ratifica su solicitud?
—Ratifico, su señoría.
—Señora López, ¿está de acuerdo con los términos?
El abogado de oficio que le habían asignado a Ana (porque no tenía dinero para uno privado) le dio un codazo suave.
—Diga que sí. No hay nada que pelear. Él tiene todas las pruebas y los bienes son separados.
—Sí, su señoría —susurró Ana.
—Firme aquí, y aquí.
La pluma raspó el papel. Fue un sonido áspero. Con esas firmas, quince años de historia se convirtieron en archivo muerto.
Cuando salieron de la sala, Ana intentó acercarse a Sergio una última vez.
—Sergio… —lo llamó en el pasillo.
Él se detuvo, pero no se giró completamente.
—Sergio, solo quiero decirte… que lo siento. De verdad. Te amaba.
Sergio se giró despacio. Se acomodó el saco.
—El amor se demuestra con hechos, Ana. No con palabras baratas en el pasillo de un juzgado. —Su voz era tranquila, pero cortante—. Espero que encuentres lo que estabas buscando. Porque lo que tenías, no lo valoraste.
—¿Eres feliz? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos—. ¿Ya me olvidaste tan rápido?
Sergio la miró fijamente.
—No se trata de olvidar. Se trata de limpiar. Y mi vida ahora está limpia.
Se dio la media vuelta y caminó hacia la salida, con paso firme, sin mirar atrás.
Ana se quedó parada en medio del bullicio del tribunal, sintiéndose más pequeña que nunca.
Pasaron seis meses.
La vida de Ana se había estabilizado en una rutina gris y mediocre. Había conseguido trabajo como recepcionista en una clínica dental pequeña en la colonia Roma Sur. La paga era mala, el horario largo y el jefe un tipo gritón, pero le permitía pagar la renta de su cuarto en la Doctores y comer.
Sus días eran todos iguales. Levantarse, tomar el metro atiborrado de gente, trabajar, aguantar quejas de pacientes, regresar en metro, cenar un sándwich y dormir.
No había lujos. No había viajes. No había gimnasio Sport City.
A veces, pasaba frente a un restaurante elegante y recordaba las cenas con Sergio. Recordaba el sabor del vino bueno, la textura de las servilletas de tela. Parecía que esos recuerdos pertenecían a otra persona, a una Ana que había muerto.
Su familia seguía distante. Su madre le contestaba el teléfono de vez en cuando, pero las conversaciones eran cortas y frías. “Hola, hija, ¿estás bien? Qué bueno. Aquí todo bien. Adiós”. Nunca la invitaban a comer los domingos. La vergüenza seguía ahí, enquistada.
Una tarde de lluvia, de esas lluvias torrenciales de la Ciudad de México que inundan las calles y paralizan el tráfico, Ana estaba en su cuarto viendo la televisión en una pequeña pantalla que había comprado en una casa de empeño.
Sonó su celular.
Era Elena. Su ex mejor amiga. La que la había animado a ocultar la verdad y luego desapareció cuando el barco se hundió.
Ana dudó en contestar. Pero la curiosidad pudo más.
—¿Bueno?
—¡Ana! ¡Hola! —La voz de Elena sonaba nerviosa, excitada—. Oye, no me cuelgues. Sé que me porté mal, pero… te tengo un chisme que te vas a morir.
—No me interesan los chismes, Elena. Estoy cansada.
—Es sobre Sergio.
Ana se tensó. El nombre de su exmarido todavía le provocaba una descarga eléctrica.
—¿Qué pasa con él?
—Lo acabo de ver. En Antara. En el centro comercial. Iba caminando de la mano con alguien.
Ana sintió un hueco en el estómago. Sabía que pasaría. Sergio era un buen partido. Guapo, exitoso, estable. Era obvio que encontraría a alguien.
—Pues qué bien por él —dijo Ana, tratando de sonar indiferente—. ¿Quién es? ¿Una modelo? ¿Una abogada?
—No, Ana. Agárrate fuerte. No me lo vas a creer.
Elena hizo una pausa dramática.
—Es Olga.
Ana se quedó helada. El teléfono casi se le cae de la mano.
—¿Quién… qué Olga?
—Olga Ruiz. La esposa de Alejandro. Bueno, la exesposa. La mujer del entrenador con el que… ya sabes.
El mundo de Ana dio una vuelta de campana.
Olga.
La mujer a la que Sergio fue a ver para entregarle las pruebas. La mujer humillada, traicionada igual que él.
—No… no puede ser —balbuceó Ana—. Eso es imposible.
—Te lo juro por mi vida. Los vi clarito. Iban de la mano, riéndose. Se veían… felices, Ana. Muy felices. Ella se arregló, bajó de peso, se ve guapísima. Y Sergio la miraba como… como te miraba a ti al principio. O mejor.
Ana sintió que le faltaba el aire. La ironía era tan brutal, tan perfecta, que parecía escrita por un guionista sádico.
Sergio y Olga.
Los dos “cornudos”. Las dos víctimas. Se habían encontrado en medio de los escombros que Ana y Alejandro habían creado. Habían compartido su dolor, su rabia… y probablemente, en esa catarsis compartida, habían encontrado consuelo. Y del consuelo al amor hay un paso muy corto cuando se tiene un enemigo común.
Ana había creado a la pareja perfecta que la reemplazó.
Ella empujó a Sergio a los brazos de la única mujer que podía entenderlo perfectamente.
—¿Sigues ahí, Ana? —preguntó Elena.
—Sí… —su voz era un susurro.
—Está cañón, ¿no? O sea, el karma es perra, amiga. Perdón que te lo diga. Pero se ven muy bien juntos. Dicen… dicen que ya viven juntos en tu ex departamento. Que Olga y sus hijos se mudaron con él.
Esa fue la estocada final.
Olga estaba viviendo en su casa. Cocinando en su cocina. Durmiendo en su cama. Y los hijos de Alejandro… esos niños inocentes… ahora tenían a Sergio como padrastro. Sergio, que siempre había querido hijos y Ana le había dicho que “esperaran un poco más”. Ahora tenía una familia lista.
Ana colgó el teléfono sin despedirse.
Se levantó y caminó hacia la ventana pequeña de su cuarto. La lluvia golpeaba el vidrio sucio, distorsionando las luces de la ciudad.
Pensó en Alejandro. ¿Dónde estaría él? Probablemente igual que ella, o peor. Viviendo en algún agujero, sin familia, sin dinero, odiándola tanto como ella lo odiaba a él.
Eran los arquitectos de su propia destrucción.
Y Sergio… Sergio había ganado. No por venganza, sino por justicia poética. Había tomado la basura que le tiraron y la había reciclado para construir una vida nueva, mejor, más honesta.
Ana se recargó la frente contra el cristal frío.
Lloró, pero esta vez fue un llanto diferente. No era de pánico, ni de histeria. Era un llanto de resignación. De aceptación profunda y dolorosa.
Había tenido todo: amor, estabilidad, futuro. Y lo había cambiado por un momento de emoción barata, por un espejismo de vanidad.
El precio de ese “pequeño flirt” había sido su vida entera.
Se limpió las lágrimas con la manga de su suéter viejo.
Mañana tenía que levantarse a las 6:00 AM. Tenía que ir a trabajar. Tenía que seguir viviendo, aunque fuera en gris, aunque fuera sola.
Porque la vida sigue, incluso después de que la arruinas. Y esa, pensó Ana mientras apagaba la luz y se metía en su cama fría, esa es la verdadera condena.
FIN