
Capítulo 1: La Cantina del Infierno
El polvo del camino se nos había pegado a la piel, una fina capa rojiza que hablaba de kilómetros de olvido y carreteras secundarias. Habíamos elegido San Jacinto de la Sierra por su aparente anonimato, un punto perdido en el mapa de la sierra que prometía silencio y un respiro del smog perpetuo de la Ciudad de México. El folleto turístico, si es que se le podía llamar así a la raída fotocopia que encontramos en una gasolinera, lo vendía como un “pueblo mágico detenido en el tiempo”. La realidad, como suele suceder en México, era mucho menos mágica y mucho más cruda.
San Jacinto era un pueblo que se aferraba a la ladera de una montaña como un anciano a la vida, con sus casas de adobe y techos de lámina descoloridos por el sol inclemente. Sus calles, empedradas y traicioneras, olían a tierra mojada y a leña quemada. Era un lugar donde el tiempo no se había detenido; simplemente se había vuelto lento, perezoso, resignado. Y en esa resignación, habíamos buscado un santuario. Un par de días para ser solo Daniela y Dalia, y no las agentes Cárdenas de la Agencia de Investigación Criminal. Un par de días para olvidar los expedientes, las autopsias, y el peso de los fantasmas que coleccionábamos con cada caso resuelto.
Esa noche de viernes, después de dejar nuestras maletas en una posada con más encanto que agua caliente, decidimos que necesitábamos una cerveza. No una cerveza artesanal de la Condesa con notas de cítricos y lúpulo de la Patagonia, sino una cerveza de verdad, helada, en una botella sudorosa que te recordara que seguías viva. Así fue como terminamos en “El Último Trago”.
El nombre era una promesa y una advertencia. La cantina era exactamente como te la imaginarías. Una puerta de vaivén que gemía con cada entrada, un suelo de cemento pulido manchado por décadas de líquidos derramados, y un aire tan espeso que se podía masticar. Era una mezcla densa del humo de cigarros baratos —Faros, probablemente—, el dulzor empalagoso del tequila de garrafón y el sudor de hombres que habían pasado el día entero partiendo leña o arando el campo. De una vieja rockola en la esquina, con luces de neón parpadeantes y moribundas, salían las notas melancólicas de un corrido de Los Cadetes de Linares, la voz del cantante lamentando una traición y una promesa de venganza.
Nos sentamos en una pequeña mesa coja en el rincón más oscuro, un lugar estratégico que nuestro entrenamiento nos impedía abandonar. Desde allí, teníamos una vista clara de la entrada, la barra y el resto del local. Un hábito. Una segunda naturaleza. Dalia, mi gemela, mi otra mitad, mi sombra y mi espejo, se sentó frente a mí. Éramos idénticas en apariencia —el mismo cabello negro y lacio, los mismos ojos oscuros y almendrados, la misma piel morena heredada de nuestra abuela yaqui— pero éramos fuego y hielo en temperamento. Ella era la calma calculadora, la estratega silenciosa. Yo era la mecha corta, la confrontación directa. Juntas, éramos un arma perfectamente equilibrada.
Luis, el cantinero, un hombre mayor con un bigote cano y una mirada que había visto demasiado, nos sirvió dos cervezas sin preguntar. Solo asintió, un gesto de reconocimiento a dos forasteras que no encajaban, pero que, por alguna razón, no parecían el tipo de turista que se pierde buscando artesanías. En sus ojos vimos una fatiga profunda, la de un hombre que ha pasado su vida sirviendo tragos a los mismos demonios, noche tras noche.
Por un momento, casi media hora, encontramos lo que buscábamos. El anonimato. El murmullo de las conversaciones de otras mesas era un ruido blanco que nos permitía simplemente ser. Hablábamos de cosas triviales, de nuestra madre, de si debíamos pintar el apartamento al volver, de la película mala que habíamos visto la semana pasada. Tonterías. Benditas tonterías que nos recordaban que debajo de las placas y las pistolas, todavía había dos hermanas que se habían criado en un barrio duro de Iztapalapa, soñando con algo más.
Pero la paz, en este país, es un espejismo, un lujo que se paga con sangre. Y esa noche, nos iban a presentar la cuenta.
Todo empezó con una mirada.
La sentí como una quemadura en la nuca. Un cosquilleo desagradable que me puso en alerta. Levanté la vista de mi cerveza y mis ojos se encontraron con los de un hombre apostado en la barra. Luego fueron dos. Y finalmente tres. Tres pares de ojos inyectados en alcohol nos taladraban desde el otro lado del local.
Eran policías municipales. Lo supimos al instante.
No por el uniforme, que no llevaban. Vestían vaqueros gastados, botas puntiagudas y camisas a cuadros. Pero la placa, esa insignia de poder y corrupción, parece dejar una marca invisible en el alma, una que nosotras habíamos aprendido a leer a kilómetros de distancia. Se manifestaba en su postura, en la forma en que ocupaban el espacio como si les perteneciera por derecho divino. Era una arrogancia depredadora, una confianza hinchada que solo nace de la impunidad. Se reían demasiado fuerte, golpeaban la barra con demasiada fuerza, y miraban a las mujeres —en este caso, a nosotras— no como a personas, sino como a objetos, como a un entretenimiento potencial para su noche de borrachera.
El más grande de ellos, un tipo corpulento de unos cuarenta y tantos, con una sonrisa torcida y una barriga que se desbordaba sobre la hebilla de un cinturón piteado, se despegó de la barra. Se movía con una ligera cojera, un detalle que sin duda le había ganado su apodo en el pueblo. Pero la cojera no le restaba ni un ápice de su aura amenazante. Al contrario, parecía añadirle un matiz de violencia pasada, de peleas ganadas. Su insignia de sargento, sucia y rayada, todavía colgaba de una presilla de su pantalón, un sol de metal que brillaba con luz propia en la penumbra. Era Ricardo Durán, alias “El Renco”, el hombre que, según habíamos escuchado de la mujer de la posada, manejaba este pueblo como si fuera su rancho personal.
Se acercó a nuestra mesa con una lentitud deliberada, saboreando el momento, consciente de que todas las miradas en la cantina lo seguían a él, y ahora, a nosotras. El corrido en la rockola terminó, y nadie se movió para poner otra moneda. El silencio que cayó fue pesado, premonitorio.
“Quiubo, muñecas. ¿Solitas?”, arrastró las palabras. Su voz era rasposa, el sonido de la lija sobre madera vieja, una voz acostumbrada a dar órdenes y no recibir negativas. El aliento a tequila nos golpeó como una bofetada invisible, agrio y potente.
No respondí de inmediato. Dejé que la pregunta colgara en el aire, un anzuelo que me negaba a morder. Lo evalué de pies a cabeza. Ojos pequeños y porcinos, inyectados en sangre. Manos grandes y callosas. La pistola Beretta, el arma de cargo estándar para la municipal, abultada bajo su camisa del lado derecho. Estaba borracho, pero no tanto como para ser torpe. Era el tipo de borracho que se vuelve más mezquino, más cruel.
“Estamos ocupadas”, respondí finalmente. Mi voz salió más fría de lo que pretendía, un muro de hielo contra su fuego apestoso. No aparté mis ojos de los suyos, sosteniendo la mirada, una técnica que aprendes en la primera semana en la academia. Es una declaración: no soy una presa. Mantuve la espalda recta, anclada a la silla de madera, negándome a ceder un solo centímetro de mi espacio.
La sonrisa del Renco se hizo más ancha, mostrando unos dientes manchados de tabaco. Se inclinó sobre mí, su sombra cubriéndonos por completo. El olor a sudor rancio se mezcló con el del alcohol. Era el olor de la prepotencia. “¿O qué, princesa? ¿Me vas a obligar a irme?”.
Sus dos lacayos, que lo habían seguido a una distancia respetuosa, se rieron a coro. El sonido fue como el de unas hienas repartiéndose una presa. Marco Soto, un hombre de la misma edad que el Renco pero más fibroso, con manos como tenazas y una cicatriz que le partía la ceja izquierda, se colocó detrás de la silla de Dalia. Apoyó sus garras en el respaldo, un gesto de posesión, de dominio. El otro, Kevin Bravo, un mocoso que no tendría más de veinticinco años, con la cara llena de acné y una mirada insolente, se tambaleaba a su lado, disfrutando del espectáculo.
“Andamos de buenas, nomás queríamos ser amigables”, dijo Marco con una falsa amabilidad que no engañaba a nadie. Sus ojos nos recorrían sin disimulo, deteniéndose en nuestras piernas, en nuestros pechos. “¿O qué, de dónde vienen que no les enseñaron modales, chiquitas?”.
Dalia no se movió ni un milímetro. Sus dedos se aferraron al vaso de vidrio con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Por un segundo, pensé que lo haría estallar. Pero su rostro era una máscara de calma, una serenidad peligrosa que yo conocía demasiado bien. Era la calma del francotirador antes de apretar el gatillo. La calma que precedía a la tormenta. Sus ojos, en lugar de mirar a Marco, buscaron a Luis, el cantinero. El hombre seguía limpiando la misma mancha en la barra, una y otra vez, con la mandíbula tan apretada que parecía que iba a quebrarse los dientes. Nos estaba viendo. Todos en la cantina nos estaban viendo. El miedo era otro cliente habitual en “El Último Trago”, y esa noche, la casa invitaba. Los otros parroquianos, hombres curtidos por el sol y el trabajo duro, de repente encontraron un interés fascinante en el fondo de sus vasos o en las grietas del techo. Sus hombros se encogieron, sus cuerpos se hicieron más pequeños. Se volvieron invisibles.
“Míralas nomás, qué curvas”, balbuceó Kevin, el “junior”, haciendo un gesto grotesco y exagerado con las manos para dibujar nuestros cuerpos en el aire. Llevábamos unos shorts de mezclilla y unas blusas sencillas de algodón, ropa cómoda para el calor húmedo del pueblo. Pero en sus ojos lujuriosos, nuestra ropa era una invitación explícita. “Son gemelas, ¿no? Doble tentación… ¿a poco no, mi sargento?”.
El murmullo de la cantina se había extinguido por completo. El silencio era ahora un personaje más en la escena, pesado, denso, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Una mujer que estaba sentada cerca de la puerta con su marido, tomó su bolso, se levantó en silencio y se escabulló como un fantasma, sin hacer el menor ruido. Su marido la siguió un segundo después, dejando sus cervezas a medio beber. No querían ser testigos. No querían ser los siguientes.
La música de la rockola pareció desvanecerse, aunque seguía sonando. Nuestros sentidos se habían agudizado, filtrando todo lo que no fuera la amenaza inmediata. Podía escuchar mi propia sangre latiendo en mis oídos, un tambor de guerra constante. Podía sentir el leve temblor de la mesa bajo mis codos. Vi una gota de condensación deslizarse lentamente por la botella de cerveza de Dalia. El mundo se había reducido a esta mesa, a estos tres hombres, y a la decisión que tomaríamos en los próximos segundos.
“Última advertencia”, dije. Mi voz sonó extrañamente clara en el silencio total, cortándolo como un bisturí. Mis ojos oscuros no se apartaron del rostro del Renco. No parpadeé. Le estaba dando una última salida, una oportunidad para que su instinto de supervivencia, por muy adormecido que estuviera por el alcohol, superara su arrogancia. “Lárguense. Ahora que todavía pueden”.
Fue un error. Para hombres como él, una advertencia de una mujer no es una señal de peligro, es un desafío. Es echarle gasolina al fuego. Su sonrisa se borró, reemplazada por una mueca de desprecio. La noche acababa de dar un giro. Ya no se trataba de un acoso casual. Ahora se trataba de poner a “la forastera respondona” en su lugar. La lección estaba por comenzar.
Capítulo 2: El Abuso de la Placa
La respuesta del Renco a mi advertencia no fue una palabra, sino una acción cargada de un simbolismo tan primitivo y territorial que helaba la sangre. Con un movimiento que pretendía ser casual pero que estaba lleno de una estudiada arrogancia, se estiró, agarró una silla de madera vacía de una mesa cercana y la arrastró por el suelo de cemento. El sonido fue un chirrido agudo y prolongado, una uña gigante arañando una pizarra. Fue un ruido diseñado para herir, para llamar la atención, para anunciar que el espectáculo principal estaba a punto de comenzar. En la quietud de la cantina, el estrépito fue una agresión sónica, y vi cómo varios de los parroquianos se encogían instintivamente, como si el sonido mismo pudiera golpearlos.
Giró la silla con un movimiento brusco y la montó al revés, sus piernas abiertas a cada lado, su entrepierna apuntando directamente hacia mí. Se acercó tanto que sus rodillas golpearon las mías. Quedamos cara a cara, a centímetros de distancia. Mi espacio personal no solo había sido invadido; había sido conquistado, colonizado por su presencia apestosa y su poder corrupto. Su aliento fétido, una mezcla rancia de tequila, tabaco y algo agrio que se le revolvía en el estómago, me envolvió como una niebla tóxica. Tuve que luchar contra el impulso primario de retroceder, de apartarme. Hacerlo habría sido una concesión, una señal de sumisión. Me quedé inmóvil, mi cuerpo una estatua de granito, mi rostro una máscara de fría indiferencia.
“Qué bonita te ves cuando te enojas”, susurró, su voz ahora un gruñido bajo y conspirador. Disfrutaba de mi rigidez, confundiéndola con miedo. “¿De verdad crees que aquí mandas tú?”. Luego, sin apartar sus ojos inyectados en sangre de los míos, miró por encima del hombro a sus dos secuaces, incluyéndolos en su pequeño teatro de dominación. “Parece que a las señoritas se les olvidó de quién es este pueblo. A lo mejor hay que refrescarles la memoria”.
En ese instante, como una serpiente deslizándose en la oscuridad, las manos de Marco Soto se movieron. Dejaron el respaldo de la silla de mi hermana y se posaron sobre sus hombros. No fue un toque casual. Fue un agarre lento, posesivo, los dedos gruesos y callosos amasando ligeramente sus músculos. Era la mano de un domador sobre una bestia que cree haber sometido.
Vi el cambio en Dalia. Fue casi imperceptible para cualquiera que no la conociera como yo. Su cuerpo, que ya estaba tenso, se quedó absolutamente quieto. La energía en ella se concentró, como un resorte de acero comprimiéndose hasta su límite. Su respiración se detuvo por un segundo. Su expresión, que había sido de una calma glacial, se endureció hasta convertirse en piedra. Ya no era una mujer en una cantina; era un arma esperando ser disparada.
“No me toques”, dijo Dalia.
Las palabras salieron en un susurro, pero cortaron el aire con la precisión de un bisturí. No fue una súplica. No fue una queja. Fue una orden. Cada sílaba era una astilla de hielo, precisa y letal, una promesa de violencia contenida que solo alguien entrenado como nosotras podía interpretar correctamente.
Marco, en su estupidez alcohólica, solo escuchó el desafío. Su respuesta fue una risa corta y burlona. “¿O qué?”, replicó, y para enfatizar su dominio, apretó sus hombros con más fuerza, sus pulgares buscando los puntos de presión en la base de su cuello. “¿Le vas a hablar a la policía?”.
Los tres estallaron en una carcajada grotesca y sonora. La broma era tan buena, tan obvia para ellos. Ellos eran la policía. Eran la ley, el orden y el caos, todo en un mismo paquete maloliente. Eran los dueños del corral, y nosotras éramos las gallinas que se atrevían a cacarear.
Fue en ese momento que Luis, el cantinero, decidió que ya había visto suficiente. Su dignidad, pisoteada pero no extinta, lo empujó a actuar. Apareció junto a nuestra mesa, sosteniendo una charola con un par de vasos vacíos como pretexto. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos, clavados en el sargento, ardían con una decencia terca.
“Señores, por favor”, dijo, su voz temblando ligeramente pero firme. “Son clientas. Déjenlas en paz”.
El Renco ni siquiera se dignó a girar la cabeza. Su mirada seguía fija en mí, disfrutando de la confrontación. “Cállate, Luis”, espetó, su voz goteando veneno. “Y regresa a lavar tus trastes antes de que se me ocurra revisar otra vez tus papeles de la propiedad y tus permisos del municipio. A ver si todo está en regla”.
La amenaza era clara, brutal y efectiva. El rostro de Luis se encendió, una mezcla de ira y humillación impotente. Sabía, como todos en ese pueblo, que una “revisión” de Ricardo Durán significaba multas inventadas, clausuras y una ruina segura. Sus manos, que sostenían la charola, temblaron. Dio un paso atrás, derrotado. La pequeña llama de rebelión había sido extinguida con un solo escupitajo de poder.
“Sargento, no quiero problemas en mi negocio”, fue lo último que logró murmurar antes de retirarse, su espalda encorvada bajo el peso de la intimidación.
Envalentonado por la sumisión del cantinero, Kevin, el más joven y borracho, se tambaleó hacia adelante. Su coordinación era un desastre. Chocó con nuestra mesa, y el impacto derramó lo que quedaba de nuestras cervezas sobre la madera. El líquido ambarino se escurrió por el borde y goteó sobre nuestras piernas.
“¡Ah, chingado!”, exclamó, más molesto por su propia torpeza que por habernos mojado. Luego, enfocó su ira en nosotras, como si fuera nuestra culpa. “¡Entonces dile a estas pinches viejas sangronas que se calmen!”.
Se inclinó sobre Dalia, su rostro tan cerca del de ella que mi hermana podía oler la cena a medio digerir en su aliento.
“Escoge muy bien tu siguiente palabra”, lo interrumpió Dalia, su voz ahora desprovista de cualquier emoción. Era el sonido del metal contra el metal, plano, frío y mortal.
“¿Ah, sí?”, la retó Kevin, una sonrisa estúpida en su rostro. Su cercanía era una violación. “¿O qué vas a hacer, hermosa? Te quejas de que te miran, pero mírate”. Sus ojos lascivos recorrieron su cuerpo de nuevo. “Con esos shorts, prácticamente estás pidiendo que te miren, que te toquen. Estás poniendo el producto en el aparador y luego te enojas porque uno quiere comprar”.
Fue demasiado. Mi mano, por puro instinto y años de entrenamiento, se movió como un rayo hacia mi bolso, que descansaba en mi regazo. Mis dedos ya rozaban la culata fría de mi Sig Sauer P320. En mi mente, la secuencia era clara: desenfundar, un golpe rápido en la tráquea de Kevin, usar la silla para crear distancia del Renco, y evaluar la posición de Marco. Era un plan suicida, pero la rabia es mala consejera.
Pero antes de que mis dedos pudieran cerrarse sobre el arma, Dalia me vio. En medio de la confrontación, acosada por dos hombres, su atención periférica seguía conectada a la mía. Nuestros ojos se encontraron por una fracción de segundo. Y con un movimiento casi imperceptible, un ligero e infinitesimal temblor de su cabeza, me dio la orden: “No. No aquí. No ahora”.
Entendí. Actuar ahora sería una masacre. Estábamos en su territorio, superadas en número y rodeadas de testigos aterrorizados que, en el mejor de los casos, no dirían nada y, en el peor, testificarían en nuestra contra. Necesitábamos un mejor campo de batalla. Uno de nuestra elección. Retiré la mano de mi bolso, mis dedos hormigueando por la adrenalina no liberada.
Pero El Renco, a pesar de su borrachera, era un animal astuto. Notó nuestro intercambio silencioso. Su sonrisa de hiena se ensanchó aún más. “¿Qué pasa? ¿Tienes algo en ese bolso que quieras compartir con la clase, reinita?”.
Forcé una sonrisa, un gesto que se sintió como si se me estuviera rompiendo la cara. “Solo mi labial”, respondí con una suavidad calculada. “Aunque, con todo respeto, sargento, dudo que el tono ‘Rojo Venganza’ sea de su color”.
Mi sarcasmo fue un error táctico. La sutileza se perdió en su ego inflado, pero el tono de burla no. Su rostro se endureció. El juego había terminado.
El agarre de Marco en los hombros de Dalia se intensificó dolorosamente. “¿Saben cuál es su problema?”, gruñó cerca del oído de mi hermana. “Que son un par de pinches arrogantes. Creen que por ser de la ciudad y tener cara de finas pueden venir aquí a faltarnos el respeto. No tienen respeto por la autoridad. Pero eso… eso lo podemos arreglar, ¿verdad, muchachos?”.
Fue entonces cuando el joven en la mesa de la esquina, un muchacho que no tendría más de dieciocho años y que había estado observando todo con los ojos muy abiertos, cometió el valiente o estúpido acto de levantar su celular de nuevo. Apuntó la cámara discretamente hacia nosotros.
Kevin, que buscaba cualquier excusa para desatar su violencia, lo vio. “¡Ey, tú, pinche chismoso!”, gritó, y se enderezó para ir hacia él.
Pero un silbido agudo y penetrante del Renco lo detuvo en seco. “Kevin, quieto”, ordenó. Luego, miró al muchacho con una frialdad que prometía un castigo posterior y dijo una sola palabra: “Luego”. El chico bajó el teléfono al instante, su rostro pálido de terror. El mensaje era claro: sé quién eres, sé dónde vives, y más tarde, tú y yo tendremos una plática.
El Renco se volvió hacia mí, su rostro ahora una máscara de pura y dura intimidación. Abandonó cualquier pretensión de amabilidad. “Miren, par de pendejas, esto es lo que va a pasar”, dijo, su voz baja y amenazante. “Ustedes dos, ahora mismo, se van a disculpar por su pinche actitud de mierda. Luego, nos van a invitar una ronda de las mejores botellas que tenga Luis. Y después, si lo piden bonito, si son unas niñas buenas, tal vez, y solo tal vez, olvidemos este pequeño numerito de falta de respeto”.
Tomé un sorbo lento de lo que quedaba de mi cerveza derramada. Fue un acto deliberado, un intento de robarle el ritmo, de mostrarle que sus amenazas no me aceleraban el pulso. Dejé el vaso sobre la mesa con un clic suave y deliberado. Lo miré fijamente a los ojos.
“No”, dije, mi voz tranquila pero cargada de una autoridad que no esperaba. “Esto es lo que realmente va a pasar. Vas a quitarle tus sucias manos de encima a mi hermana. Van a dar tres pasos hacia atrás, lejos de esta mesa. Y nos van a dejar en paz. Porque ahora mismo, sargento, y escúcheme bien, están cometiendo un error muy, muy grande. Un error que les va a costar su carrera, su libertad y posiblemente mucho más”.
El aire se volvió eléctrico.
“Eso… ¿eso sonó como una amenaza?”, dijo el Renco, su voz bajando a un gruñido peligroso. Fingió sorpresa, mirando a sus compañeros. “Marco, Kevin, ¿ustedes oyeron una amenaza?”.
“Clarito, mi sargento”, confirmó Marco, sus dedos clavándose en los hombros de Dalia como garras. “Amenazó a un oficial de la ley en el cumplimiento de su deber”.
El Renco se puso de pie lentamente, derribando la silla que había estado montando. Su sonrisa se había vuelto completamente depredadora. “Y esa, mis queridas amigas, es una ofensa muy, muy seria. Creo que, después de todo, sí vamos a tener que llevar a las señoritas a la comandancia. Para enseñarles una o dos cosas sobre modales”.
Y entonces, cruzó la última línea. La línea de no retorno.
Con un movimiento rápido y soez, su mano se disparó y conectó con una fuerte palmada en el trasero de Dalia.
El sonido, un ¡PLAP! húmedo y ofensivo, resonó en la cantina con la fuerza de un disparo. Fue un sonido de humillación, de profanación. La risa del Renco, fuerte, cruel y triunfante, siguió al golpe.
Dalia se levantó de un salto, como impulsada por un rayo. Su rostro, antes una máscara de control, ahora estaba encendido por una furia pura y primordial. La humillación le quemaba las mejillas. “¡HIJO DE TU PUTA MADRE!”, gritó.
En ese mismo instante, yo me abalancé sobre él. La estrategia, el control, todo se fue al diablo. Solo quedaba la rabia. Pero Marco estaba listo. Me interceptó a medio camino, su cuerpo pesado y sólido como un muro de ladrillos. Me agarró y me estrelló de espaldas contra la pared de madera del fondo. El impacto me sacó el aire de los pulmones con un jadeo doloroso. Astillas de la madera mal barnizada se clavaron en mi espalda y mis brazos. Antes de que pudiera recuperarme, presionó su antebrazo contra mi clavícula, aplastándome contra la pared, su peso corporal inmovilizándome por completo.
“¡Tócame otra vez!”, gritaba Dalia, su voz temblando de rabia mientras se enfrentaba al Renco. “¡Tócame otra vez y te juro que te arranco la mano!”.
Pero estaba sola contra dos. Kevin, con una sonrisa demente, sacó unas esposas de su cinturón, haciéndolas tintinear con un gesto teatral. “Uy, ahora sí. Amenazas y agresiones contra un oficial. Te ganaste el premio mayor, reina”.
“¡Llévenselas!”, ordenó el Renco, limpiándose la mano en su pantalón como si hubiera tocado algo sucio.
Kevin se movió con la eficiencia practicada de un matón. Agarró a Dalia por detrás, torciendo sus brazos con una rudeza innecesaria. El clic metálico de las esposas cerrándose pareció un trueno en el silencio sepulcral de la cantina. Dalia contuvo el aliento cuando el acero frío le mordió las muñecas. Kevin las apretó a propósito, con saña, hasta que Dalia no pudo evitar un gemido de dolor.
“Ya no te ves tan altanera, ¿verdad?”, se burló, empujándola con fuerza. Dalia perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el piso pegajoso y mugriento. El olor a cerveza rancia, aserrín sucio y orines viejos le subió por la nariz. La humillación era total.
Mientras tanto, Marco me retorcía los brazos a la espalda, su rodilla clavada en la parte baja de mi columna para mantenerme inmovilizada contra la pared. Sacó sus propias esposas. Sentí el dolor agudo en mis hombros, pero la rabia lo eclipsaba todo. Éramos agentes federales, entrenadas para enfrentar a sicarios y capos del narco, y estábamos siendo sometidas por tres policías de pueblo, borrachos y corruptos, frente a un público aterrorizado.
Nos arrastraron hacia la puerta como a sacos de papas, pasando entre los clientes que se apartaban como si fuéramos leprosas. Nadie nos miraba a los ojos. Nadie decía nada. El silencio de los buenos era más ensordecedor que los insultos de los malos.
Afuera, el aire de la noche era húmedo y pesado. Y allí, esperando en la penumbra del estacionamiento de tierra, estaba la confirmación final de que habíamos caído en una trampa. Una patrulla de la policía municipal, con las luces apagadas pero el motor en marcha, esperaba como un animal de carroña. Esto no había sido espontáneo. Había sido una cacería.
“No tienen ni la más puta idea de con quién se están metiendo”, susurré con los dientes apretados, mientras Marco me empujaba brutalmente hacia el vehículo.
No era una amenaza. Era una promesa. La guerra había comenzado. Y ellos, en su estúpida arrogancia, acababan de disparar el primer tiro contra un enemigo que no sabían que existía.
Capítulo 3: La Insignia Ignorada
El trayecto desde nuestra mesa hasta la puerta de “El Último Trago” fue la caminata más larga de mi vida. Cada paso era una batalla entre mi entrenamiento y mi instinto más primario. El entrenamiento me gritaba que observara, que memorizara cada detalle: la salida de emergencia bloqueada por cajas de cerveza, el número de testigos, la posición exacta de las manos de Marco sobre mi brazo, la forma en que Kevin empujaba a Dalia, usando su cuerpo para ocultar sus acciones de la vista de la mayoría. El instinto, por otro lado, solo quería desatarse. Quería sentir el crujido de los huesos de Marco bajo mis manos, quería clavar mis talones en su empeine, quería arrancar sus ojos. Era una furia blanca y pura, un animal salvaje encadenado en lo más profundo de mi ser que se retorcía y arañaba por salir.
Me obligué a respirar. Inhalar por la nariz, exhalar por la boca. Controlar la adrenalina. Convertir la rabia en combustible, no en un incendio descontrolado. Sentía el metal helado de las esposas mordiéndome las muñecas, demasiado apretadas, diseñadas para cortar la circulación, para infligir un dolor sordo y constante. El agarre de Marco en mi bíceps era brutal; sentía sus dedos como cinco tenazas de acero, clavándose en el músculo, un dolor agudo que prometía un moretón oscuro y profundo.
Pero el dolor físico era un eco lejano comparado con la humillación abrasadora. Éramos agentes federales, la élite. Habíamos participado en redadas contra los Zetas, habíamos desmantelado redes de trata en Tepito, habíamos mirado a los ojos a sicarios que habían disuelto a gente en ácido. Y ahora, estábamos siendo arrastradas como un par de delincuentes comunes por tres policías de pueblo, cuyo mayor logro probablemente era extorsionar a los comerciantes locales. El poder no residía en la placa que portaban, sino en la impunidad que el sistema les garantizaba.
El silencio de los buenos, de la gente en la cantina, era un cómplice más. Sus miradas bajas, sus hombros encogidos, sus cuerpos hechos un ovillo para no ser vistos… cada uno de esos gestos era una pequeña traición. No los culpaba, no del todo. El miedo es el dictador más eficaz de México. Estos hombres habían vivido toda su vida bajo el yugo de gente como El Renco, aprendiendo que mirar para otro lado era la única forma de sobrevivir, de asegurar que al día siguiente podrías seguir abriendo tu tienda o llevando a tus hijos a la escuela. Pero esa noche, su silencio se sentía como una bofetada. Éramos el sacrificio que les permitía a ellos seguir con sus vidas, el pararrayos que atraía la tormenta para que sus casas no se inundaran.
Cuando cruzamos el umbral de la puerta, la noche nos recibió con su aliento húmedo y espeso, cargado con el olor a tierra mojada de la sierra y el perfume dulzón de alguna flor nocturna. Era un contraste grotesco con la podredumbre moral que acabábamos de dejar atrás. El estacionamiento de tierra estaba mal iluminado por un único foco amarillento que colgaba de un poste de madera, creando sombras largas y fantasmales. Y allí, esperando en la penumbra, estaba la patrulla. Una vieja Ford Ranger, abollada y oxidada en los bordes, pero con la torreta de luces en el techo que le confería una autoridad indiscutible. Su motor, encendido y vibrando suavemente, era la prueba definitiva. Esto no era un acto impulsivo de tres borrachos. Esto había sido planeado. Nos habían estado observando, esperando, y habíamos caído en la trampa como un par de novatas.
Dalia caminaba delante de mí, empujada por Kevin. A pesar de las esposas y la posición antinatural de sus brazos, su espalda estaba recta, su cabeza en alto. No les daría la satisfacción de verla doblegada. Su furia, la sentía emanar de ella como un campo de fuerza, pero sabía que debajo de esa furia, su mente estaba trabajando a mil por hora, analizando, calculando. Ella siempre fue la ajedrecista; yo era el ariete.
Y entonces, ejecutó su jugada.
Fue un movimiento que requería una flexibilidad y un control del dolor que pocas personas poseen. Yo misma, que había pasado por el mismo entrenamiento, no estaba segura de poder lograrlo con las esposas tan apretadas. Vi sus hombros contraerse, un gesto de dolor agudo mientras retorcía sus manos a la espalda, forzando las articulaciones hasta su límite. Luego, con una destreza que parecía imposible, logró deslizar dos dedos, solo el índice y el medio, en el bolsillo trasero de su pantalón de mezclilla.
Allí dentro estaba su identificación, el estuche de cuero negro que contenía la placa y la credencial que nos acreditaban como agentes federales. El símbolo de nuestra vida, de nuestro juramento, de la justicia que habíamos jurado defender. Sentí el aliento atorarse en mi garganta mientras la observaba. Kevin, más enfocado en manosearla y empujarla hacia la patrulla, no se dio cuenta del sutil movimiento.
Con los dedos, Dalia enganchó el borde del estuche. El cuero, probablemente húmedo por el sudor, se resistía. Vi sus nudillos ponerse blancos por el esfuerzo, su mandíbula apretada con una fuerza sobrehumana para no gritar de dolor. Milímetro a milímetro, con una paciencia de santa, lo fue sacando del bolsillo ajustado.
Finalmente, lo tuvo. El estuche descansaba sobre sus dedos esposados. Y con un sutil, casi imperceptible movimiento de muñeca, lo dejó caer.
No hizo mucho ruido. Aterrizó con un golpe sordo y pesado sobre el piso de madera del porche de la cantina, justo bajo el cono de luz amarillenta del foco. El sonido fue discreto, pero en la tensión del momento, pareció resonar como un gong. Y por un capricho del destino, o quizás por un cálculo perfecto de Dalia, el estuche se abrió al golpear el suelo. Aterrizó boca arriba.
El escudo dorado de la nación, con el águila devorando a la serpiente, atrapó la luz y la reflejó, un destello de oro en la oscuridad. El sello oficial de la Fiscalía General de la República era inconfundible.
“Somos agentes federales de la Agencia de Investigación Criminal”, anunció Dalia.
Su voz resonó en el silencio, no era un grito, no era una súplica. Era una declaración. Salió clara, firme y cargada de una autoridad que no cuadraba con la imagen de una mujer arrodillada y esposada hacía unos momentos. A pesar del moretón que empezaba a amoratarse en su pómulo, su tono era el de alguien que está al mando. Sus ojos barrieron a los pocos valientes que se habían asomado a la puerta, y luego se clavaron en el Renco, asegurándose de que él, y todos los testigos, entendieran la gravedad monumental de lo que estaba sucediendo.
Aproveché la sorpresa. El agarre de Marco en mi brazo se había aflojado instintivamente. Di un paso adelante, plantándome junto a mi hermana. “Están agrediendo, secuestrando y arrestando ilegalmente a agentes federales en funciones”, añadí, mi voz afilada como una navaja. Cada palabra fue elegida para escalar la situación legalmente, para dejar claro que habían cruzado una línea de la que no había retorno. Clavé mi mirada en el rostro del Renco, observando el preciso instante en que la comprensión lo golpeó como un tren de carga.
Por un segundo, solo un segundo, el universo se detuvo. Ricardo Durán se quedó paralizado, mirando la placa dorada que brillaba en el suelo polvoriento. Su rostro enrojecido por el alcohol pasó por una gama de emociones en cámara rápida: del desconcierto a la sorpresa, de la sorpresa a una punzada de miedo genuino, y finalmente, a una ira furiosa y resentida. El miedo fue fugaz. Su ego, inflado por años de impunidad, era demasiado grande para permitir que el miedo tomara el control. Admitir que había cometido un error, y un error de esta magnitud, frente a su gente, frente a sus subordinados, era impensable. Era una aniquilación social. Así que hizo lo que hacen todos los matones cuando se ven acorralados: redobló la apuesta.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor, soltó una carcajada. Pero no fue una risa de alegría o diversión. Fue un sonido feo, forzado, gutural. Un sonido más amenazante que cualquier grito.
“¡Miren qué chistosas salieron las putitas!”, exclamó, su voz retumbando en el estacionamiento. “¿De verdad se creen esa mamada?”.
Y entonces, cometió el acto de sacrilegio final. Levantó su bota polvorienta, la que tenía la punta gastada y manchada, y con un gesto de desprecio absoluto, pateó el estuche de la placa.
El golpe seco resonó. El estuche de cuero, con nuestro escudo nacional, salió disparado, deslizándose por el suelo de madera y aterrizando en el polvo rojizo del estacionamiento, boca abajo. Silenciado. Ignorado. Profanado.
“¿Creen que esa charolita de juguete significa algo aquí?”, gruñó, su voz bajando a un susurro peligroso. Se inclinó hacia nosotras. “¡Esto es mi pueblo! ¡Y en mi pueblo, la única placa que importa es la mía! ¡Aquí se hace lo que yo digo! ¡Mis reglas!”.
Se giró hacia Kevin, sus ojos ardiendo de furia. “¡Apriétale las esposas a esta pendeja!”, le ordenó. “¡Que le duelan, para que aprenda a respetar!”.
Kevin, ansioso por complacer a su jefe y por infligir más dolor, obedeció al instante. Agarró las esposas de Dalia y las apretó otro par de dientes. Dalia ahogó un grito, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que me preocupó que se lo partiera. Vi una lágrima de puro dolor asomar en el borde de su ojo, pero la contuvo con una fuerza de voluntad sobrehumana. No les daría esa victoria.
La audacia del acto, el desafío abierto a la autoridad federal, fue tan impactante que algunos de los testigos que se habían escondido volvieron a sacar sus teléfonos. El brillo de media docena de pantallas iluminó la oscuridad. La gente sentía que estaba presenciando algo histórico, la caída de un titán o el nacimiento de una masacre.
El rostro del Renco se ensombreció aún más al ver las luces. “¡El que esté grabando!”, gritó, su voz rompiéndose de rabia. Se dirigió al muchacho que ya había amenazado antes. “¡Tú! ¡Dame ese puto teléfono!”.
Antes de que el chico pudiera reaccionar, Marco Soto, moviéndose con una velocidad sorprendente, se abalanzó sobre él. Le arrebató el celular de las manos, lo arrojó al suelo y lo pisoteó con su bota hasta que la pantalla se hizo añicos y la carcasa se partió. El sonido del plástico y el cristal rompiéndose fue agudo y violento.
“¡El siguiente que saque un teléfono se va con estas viejas a la comandancia por obstrucción a la justicia y lo que se me ocurra!”, anunció el Renco al resto de la multitud. Su mano descansaba de forma deliberada sobre la culata de su pistola. La amenaza fue definitiva. Los teléfonos desaparecieron.
“Vámonos, federales”, se burló Marco, regresando y agarrándome del brazo con una fuerza que me dejó sin aliento. El olor a victoria y a alcohol barato emanaba de él. “Pueden poner su queja desde el bote. A ver quién les hace caso”.
Nos empujaron los últimos metros hasta la patrulla. La puerta trasera se abrió con un quejido. Dalia fue arrojada dentro sin ninguna consideración, su cabeza golpeando el marco de la puerta. Me aventaron junto a ella como a un costal. Caí sobre mi hombro dolorido, el espacio era reducido y olía a vómito viejo, a cigarrillos y a pino de un ambientador barato que intentaba inútilmente ocultar la miseria.
La puerta se cerró con un sonido metálico y definitivo, sumiéndonos en una oscuridad casi total, rota solo por la luz que se filtraba desde el frente. A través de la ventanilla, mi última visión del mundo exterior fue la de Luis, el cantinero, de pie en la puerta de su negocio ahora vacío. Su rostro era una máscara de ira impotente y miedo, pero vi el movimiento. Su mano, dentro del bolsillo de su mandil, sostenía su teléfono. Y aunque no podía verlo, sabía que la pequeña luz roja de la grabación seguía parpadeando. Era nuestro único aliado. Nuestra única esperanza.
El Renco se asomó por la ventanilla del conductor, que estaba abierta. “Benito”, le dijo al oficial que conducía, un hombre gordo y con cara de bulldog al que no habíamos visto antes. “Llévatelas por el camino largo. Por la brecha de las animas. Que nuestras amigas federales conozcan un poco la hospitalidad local”.
El camino de las ánimas. Sabíamos lo que significaba. Era un camino de tierra abandonado que serpenteaba por el bosque, famoso en la región porque era allí donde aparecían los cuerpos. Era una sentencia de muerte.
El motor rugió y la patrulla se sacudió al arrancar. Las luces de la calle barrieron el interior del vehículo en breves destellos, iluminando el rostro pálido pero desafiante de Dalia. La risa maliciosa de los policías en el asiento delantero se filtraba a través de la mampara de plástico rayado.
En la oscuridad del asiento trasero, magulladas, esposadas y secuestradas, Dalia se inclinó hacia mí hasta que nuestras cabezas se tocaron.
“Acaban de declarar la guerra”, susurró, su aliento cálido en mi oído. Sus palabras no eran de miedo, sino de una promesa fría y letal. “Y nosotras, Daniela, somos muy, muy buenas en la guerra”.
Asentí en la oscuridad, sintiendo el dolor en mis muñecas y la furia en mi corazón fusionarse en una sola cosa: una resolución de acero puro. No íbamos a morir esa noche. Íbamos a sobrevivir. E íbamos a quemar su pequeño reino de mierda hasta los cimientos.
Capítulo 4: El Nido de Víboras
El viaje en la parte trasera de la patrulla fue un descenso al infierno sobre cuatro ruedas. La suspensión del vehículo estaba prácticamente destruida, y cada bache y cada piedra del “camino largo” nos lanzaba de un lado a otro en el compartimento de metal. El olor a vómito seco y a sudor rancio era sofocante. Nos golpeábamos contra las paredes de plástico duro, contra la mampara que nos separaba de nuestros captores, contra nosotras mismas. Cada golpe era un nuevo dolor, un nuevo moretón que se sumaba a la cuenta.
A través de la reja de la mampara, podíamos ver las siluetas de Benito, el conductor, y de Kevin, que iba en el asiento del copiloto. El Renco y Marco los seguían en otra camioneta, sus faros perforando la oscuridad detrás de nosotros como los ojos de una bestia de caza. La risa de Kevin era intermitente y estridente, el sonido de un idiota borracho de poder.
“¿Oíste eso, Benito?”, decía Kevin, girándose para mirarnos a través de la reja. Sus dientes brillaban en la penumbra. “Son ‘agentes federales'”. Escupió el título como si fuera un insulto. “Creen que su plaquita de la Ciudad de México les da derecho a venir a nuestro pueblo y a decirnos qué hacer. ¡Par de viejas arrogantes!”.
Benito, el conductor, solo emitía gruñidos de asentimiento, su atención fija en el camino de tierra que se adentraba en la negrura del bosque. El nombre del camino, “la brecha de las ánimas”, no era una casualidad. Era el lugar donde la gente desaparecía. Donde los problemas del pueblo se “resolvían”. Llevar a alguien por esa ruta no era un arresto; era un secuestro con la intención de cometer un asesinato. La famosa “ley fuga” aplicada al estilo rural.
Dalia y yo no dijimos nada. Nos quedamos en silencio, espalda contra espalda, no solo para darnos apoyo físico contra los bandazos de la camioneta, sino para comunicarnos sin palabras. Podía sentir el ritmo de su respiración, la tensión en sus músculos. Estábamos haciendo lo mismo: analizando. ¿Cuántos eran? Cuatro confirmados. ¿Armamento? Al menos tres pistolas de cargo, probablemente Berettas 9mm. ¿La ruta? Se adentraba cada vez más en una zona sin cobertura celular. ¿Nuestras opciones? Prácticamente nulas. Esposadas, desarmadas y en un vehículo en movimiento en su territorio. Atacar ahora sería un suicidio inútil. Nuestra única oportunidad era llegar a un destino. Cualquier destino era mejor que ser ejecutadas en medio del bosque.
Después de lo que pareció una eternidad de tortura física y psicológica, la patrulla redujo la velocidad. Las luces de un edificio aparecieron a través del parabrisas. No era una cabaña abandonada en el bosque. Era la comandancia de la policía municipal.
Por un momento, un ápice de alivio me recorrió. Un lugar público, con más gente, con registros… era una oportunidad. Pero el alivio se evaporó tan rápido como llegó. El Renco no nos había llevado por el camino de las ánimas para matarnos de inmediato. Quería jugar. Quería saborear su victoria, humillarnos en su propio terreno, en el centro de su poder.
La patrulla se detuvo en la parte trasera del edificio, lejos de la entrada principal, en un patio de maniobras mal iluminado. Nos sacaron a rastras del vehículo, empujándonos con una rudeza innecesaria. El Renco y Marco ya nos esperaban, sus rostros iluminados por la luz amarillenta de un foco solitario, sus sonrisas eran las de los demonios que te dan la bienvenida a su círculo del infierno.
La comandancia municipal de San Jacinto era una obra maestra de la decadencia burocrática. Un edificio de concreto de dos plantas, construido probablemente en los años setenta, con la pintura descascarada revelando capas de colores tristes debajo: un verde institucional, un beige deprimente, un blanco que hacía mucho había perdido su pureza. El aire en el interior era viciado, una mezcla sofocante de desinfectante de pino barato, papeles viejos, café quemado y una sutil pero persistente nota de desesperación humana.
Nos empujaron por un pasillo largo y lúgubre, con las paredes manchadas y el suelo de linóleo desgastado y levantado en algunas partes. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban y zumbaban, proyectando sombras duras y enfermizas que hacían que todo pareciera sacado de una pesadilla. Pasamos junto a oficinas vacías con escritorios desordenados y máquinas de escribir que parecían reliquias de otra era.
“Bienvenidas a su nuevo hogar, princesas”, se burló el Renco, su aliento apestoso golpeando mi nuca. “Espero que les guste la decoración”.
El área de registro estaba al final del pasillo. Era una habitación amplia y desoladora. Un mostrador de madera oscura, rayado y marcado por años de abuso, separaba el área pública de la zona de procesamiento. Detrás del mostrador, un sargento de guardia, un hombre viejo y calvo con una expresión de aburrimiento perpetuo, apenas levantó la vista de su periódico de deportes. El reloj en la pared, con el logo de una marca de refrescos, marcaba las 11:47 p.m. Sus manecillas se movían con una lentitud exasperante, cada segundo un golpe de martillo sobre el yunque de nuestra angustia.
Este era el centro del poder del Renco, y estaba desierto. No había otros oficiales, no había civiles presentando denuncias, no había abogados esperando a sus clientes. Estaba vacío, a propósito. Habían despejado el escenario para su función privada.
Kevin, torpe por la borrachera, se acercó a un tablero de llaves que colgaba de la pared y, después de un par de intentos fallidos, agarró un manojo. Se dirigió a una corta fila de celdas que se encontraban al fondo de la habitación. “Las damas primero”, dijo con una reverencia burlona, abriendo la puerta de la primera celda. Las bisagras de metal, oxidadas y sin engrasar, gritaron en protesta, un sonido que te erizaba la piel.
Dalia tropezó cuando el Renco la empujó brutalmente dentro de la celda. Su hombro golpeó con fuerza contra la pared de concreto. Sin molestarse en quitarle las esposas, azotó la puerta de barrotes de acero. El sonido del cerrojo al cerrarse fue metálico, pesado, un sonido de finalidad absoluta.
“Tengo derecho a una llamada telefónica”, exigió Dalia. Su voz era increíblemente firme, desprovista de cualquier temblor. A pesar de la situación, seguía siendo una agente, recitando el protocolo, aferrándose a los últimos vestigios de la ley en un lugar que la ley había abandonado hacía mucho.
El Renco se apoyó en los barrotes, su rostro a centímetros del de ella, una sonrisa cruel y condescendiente jugando en sus labios. “¿Derechos?”, repitió, saboreando la palabra. “Aquí no tienes ningún derecho, muñeca. Tus derechos se quedaron en el letrero de la entrada del pueblo. Esto no es la Ciudad de México con sus reglamentos finos y sus comisiones de derechos humanos. Esto es la sierra. Y aquí, la ley soy yo”.
Se giró hacia Kevin, que me sujetaba del brazo. “Mete a la otra en la celda de al lado. Que estén separadas. No quiero que mis nuevas invitadas se pongan a cuchichear”.
Me resistí cuando Kevin intentó empujarme. Planté los pies en el suelo, usando todo mi peso corporal. “Esto es detención ilegal”, dije, mi voz resonando en la habitación vacía. “Están violando nuestros derechos constitucionales, están cometiendo un delito federal. Solo están cavando su propia tumba”.
Mis palabras me ganaron un empujón tan violento que perdí el equilibrio y caí de bruces dentro de la segunda celda. Mi barbilla golpeó el suelo de cemento, y sentí un dolor agudo y un sabor a sangre en mi boca.
“¡Cierra la puta boca!”, espetó Kevin, azotando la puerta de mi celda y cerrándola con el mismo sonido metálico y definitivo. “Cierra la boca antes de que te dé una razón real para quejarte”.
Me levanté lentamente, escupiendo sangre al suelo. A través de los barrotes que separaban nuestras celdas, mi mirada se encontró con la de Dalia. Su rostro era una máscara de ira controlada, una furia helada que era mucho más peligrosa que cualquier grito. Mis ojos, lo sabía, ardían con una llama salvaje, una promesa de venganza. Habíamos estado en situaciones peores, infiltradas, sin apoyo, rodeadas por enemigos. Pero esto se sentía diferente. Esto no era profesional. Era personal. Era una violación fundamental de nuestro ser, no solo como agentes, sino como mujeres. Y era mucho más peligrogo por eso mismo, porque el ego herido de estos hombres era impredecible.
El Renco se sentó pesadamente en la silla del sargento de guardia, que no había movido un músculo durante todo el episodio. Sacó unos formularios de un cajón y los dejó caer sobre el mostrador. “A ver, a ver…”, dijo con una teatralidad exagerada. “¿De qué las vamos a acusar, muchachos? Resistencia al arresto, definitivamente. Agresión a un oficial… le tiraste un golpe a Kevin, ¿no, reinita?”, dijo, señalándome con la pluma.
“Eso es una mentira”, protesté, agarrando los barrotes fríos de mi celda. “Había testigos”.
“¿Testigos?”, se rió Kevin, uniéndose al Renco en el mostrador. “En este pueblo nadie vio nada, ¿verdad, mi sargento? La gente aquí es muy discreta”.
El sonido de unos zapatos caros y bien lustrados haciendo eco en el pasillo silencioso nos llamó la atención. El sonido era rítmico, tranquilo, autoritario. No era el andar de un policía de bajo rango.
Un hombre apareció en la entrada del área de registro. Era alto, de unos sesenta años, con el cabello completamente plateado y peinado impecablemente hacia atrás. Vestía un traje de lino color crema que debió costar más que el salario mensual de todos los presentes juntos. Su rostro era afilado, aristocrático, con una mandíbula fuerte y unos ojos grises, fríos como el hielo de un glaciar. No había un solo pelo fuera de lugar, ni una arruga en su traje. Su presencia era tan incongruente en ese entorno decrépito que parecía un espejismo. Pero la forma en que El Renco y sus hombres se pusieron de pie de inmediato, casi en posición de firmes, nos dijo que este no era un espejismo. Este era el verdadero poder.
“Caballeros”, dijo el hombre. Su voz era baja, cultivada, casi un susurro. Pero esa voz suave acalló todo el ruido, toda la bravuconería. En esa simple palabra había más amenaza que en todos los gritos del Renco. “Entiendo que tenemos a unas agentes federales causando problemas en mi pueblo”.
Mi pueblo. La misma frase que usaba El Renco, pero en sus labios sonaba completamente diferente. No era la bravata de un matón; era la declaración de hechos de un propietario.
Era el Comandante Damián Herrera. El cacique. El verdadero dueño de San Jacinto y de todo lo que había en él.
Tomó los papeles que El Renco estaba llenando y los leyó con una expresión de aburrimiento practicado. Sus ojos grises escanearon la lista de cargos inventados, y una levísima sonrisa, casi imperceptible, tiró de la comisura de sus labios. “Vaya, vaya”, dijo suavemente. “Una lista de infracciones bastante impresionante. Parece que nuestras visitantes han tenido una noche muy ajetreada”.
“Comandante Herrera”, intervine, mi voz sonando estridente después de su calma mortal. “Sus oficiales nos agredieron en un bar, nos secuestraron, nos arrestaron sin causa y ahora están fabricando cargos. Exigimos nuestro derecho a…”.
“Usted no exige nada, agente Cárdenas”, me cortó Herrera. Su voz seguía siendo inquietantemente agradable, pero había un filo de acero debajo. Se dio la vuelta y caminó lentamente hacia nuestras celdas, sus manos elegantemente entrelazadas a la espalda. El sonido de sus zapatos italianos sobre el linóleo sucio era el único ruido en la habitación. “Saben, es curioso”, continuó, su tono conversacional. “De vez en cuando, recibimos forasteros aquí. Gente que llega pensando que sus títulos elegantes, sus placas de la capital, significan algo en el mundo real. Creen que pueden venir aquí a husmear, a… ¿cuál es la palabra que les gusta tanto? Ah, sí. A investigar”.
Se detuvo frente a la celda de Dalia, estudiándola no como a una persona, sino como a un espécimen, como a un insecto interesante bajo un microscopio. “Cosas malas, agente, le suelen pasar a la gente que pregunta demasiado en mi pueblo. Cosas muy desafortunadas. La gente se pierde en el sistema. Los papeles se extravían. Los cargos se multiplican de forma misteriosa”. Su sonrisa nunca, ni por un segundo, llegó a sus ojos helados. “Hay sistemas, agente, que son mucho más profundos y antiguos que el que usted representa. Y en esos sistemas, ni siquiera las placas de la Fiscalía pueden salvarte de un mal final”.
La amenaza quedó flotando en el aire, fría, pesada y absoluta. El Renco y sus hombres intercambiaron sonrisas de suficiencia, disfrutando del espectáculo, regodeándose en la protección de su amo. Habíamos pasado del corral de los cerdos al nido de las víboras. Y la víbora más grande acababa de mostrarnos sus colmillos.
Capítulo 5: Confesiones en la Madrugada
El silencio que dejó la partida del Comandante Herrera fue más pesado y opresivo que cualquier ruido anterior. Fue un silencio preñado de amenazas cumplidas y de futuros oscuros. Su presencia, tan pulcra y controlada, había legitimado la brutalidad caótica de sus subordinados, dándole un propósito, una estructura. Ya no éramos víctimas de tres policías borrachos; éramos prisioneras de un sistema organizado, de un feudo criminal disfrazado de municipio.
El Renco y sus secuaces, envalentonados por el respaldo explícito de su jefe, reanudaron su trabajo con un nuevo vigor. El sargento se sentó de nuevo, la pluma arañando el papel con una saña renovada mientras inventaba los detalles de nuestro “violento arresto”. Kevin y Marco se pavoneaban por la habitación, lanzándonos miradas cargadas de lascivia y triunfo. La dinámica había cambiado. Ya no éramos un desafío a su autoridad; ahora éramos su trofeo. Un par de “federales” que habían sido puestas en su lugar por el verdadero poder de la sierra.
“¿Qué le ponemos, mi sargento?”, preguntó Kevin, inclinándose sobre el hombro del Renco. “¿Les ponemos también posesión? Una bolsita de mota no estaría mal para adornar el informe”.
“No, pendejo”, respondió el Renco sin levantar la vista. “No hay que pasarse de listos. Con resistencia, agresión y amenazas es más que suficiente para que se pasen una buena temporada en el penal estatal. El Comandante quiere que sea creíble”.
Escuchábamos cada palabra, cada susurro, y una nueva estrategia comenzó a formarse en mi mente y, lo sabía, también en la de Dalia. Si no podíamos luchar con la fuerza, lucharíamos con la inteligencia. Si nos querían ver derrotadas, les daríamos la mejor actuación de sus vidas.
Dalia fue la primera en moverse. Dejó de agarrar los barrotes. Su postura, antes rígida y desafiante, se desinfló. Sus hombros cayeron. Caminó lentamente hasta el catre de metal que había en la celda —una simple plancha de acero con una colchoneta delgada y manchada— y se sentó. Luego, se dejó caer de espaldas, girándose para darle la cara a la pared. Un gesto de derrota total.
Yo seguí su ejemplo. Me alejé de los barrotes y me acurruqué en el rincón más oscuro de mi celda, abrazando mis rodillas. Dejé que un temblor, al principio fingido pero luego alimentado por la adrenalina y el frío del suelo, recorriera mi cuerpo. Dejé escapar un sollozo ahogado, un sonido patético y quejumbroso.
Nuestra rendición fue música para sus oídos.
“Jajaja, ¿ya ven?”, se burló Marco. “Ya están chillando las pinches viejas. No aguantan nada. Mucho pinche entrenamiento federal, pero a la mera hora, son como todas”.
“Se les acabó lo valiente”, asintió el Renco, satisfecho. “Ya se dieron cuenta de dónde están paradas. Una noche aquí y mañana estarán suplicando que las dejemos ir. Firmarán lo que sea”.
Continuaron con su papeleo y sus burlas durante un rato más, pero la diversión principal había terminado. Nosotras, las “federales” arrogantes, habíamos sido domesticadas. Perdieron el interés. El sargento de guardia, que había permanecido impasible todo el tiempo, finalmente se levantó, se estiró y anunció que iba por un café. El Renco y sus hombres decidieron que era un buen momento para celebrar su victoria.
“Vamos a echarnos un trago a la oficina del Comandante”, dijo el Renco. “Dejó una botella de Buchanan’s la semana pasada. Hay que festejar”.
Salieron de la habitación, sus risas resonando en el pasillo. La luz principal se apagó, dejando solo una pequeña lámpara de escritorio encendida sobre el mostrador, sumiendo el área de las celdas en una penumbra profunda. Nos quedamos a solas.
Esperamos. Cinco minutos. Diez. Quince. En la quietud de la noche, cada segundo se estiraba. Escuchábamos el zumbido de las luces fluorescentes, el goteo de una llave en algún baño lejano, el crujido ocasional del viejo edificio.
“¿Estás bien?”, susurré, mi voz apenas un soplo de aire.
“Me duele el hombro”, respondió Dalia desde la oscuridad de su celda. “Y las muñecas las tengo dormidas. ¿Y tú?”.
“Me partí el labio. Nada grave”, respondí. “¿Viste la cámara?”.
“La de la esquina”, afirmó Dalia. “La luz roja no está encendida. Es falsa, o el sistema de grabación no funciona. No quieren evidencia de lo que pasa aquí adentro”.
“Eso funciona en ambos sentidos”, dije, una idea tomando forma. “Tampoco pueden probar lo que hacemos o no hacemos nosotras”.
Nos quedamos en silencio de nuevo, nuestros cerebros trabajando a toda velocidad. Estábamos en una caja de concreto, pero la información era nuestra única arma. Necesitábamos saber más. Necesitábamos entender la estructura de este lugar, la profundidad de la podredumbre.
Las horas se arrastraron con una lentitud exasperante, marcadas únicamente por las rondas del viejo sargento de guardia. Pasaba cada hora, su andar lento y pesado, y cada vez que pasaba junto a nuestras celdas, una sonrisa de suficiencia se dibujaba en su rostro arrugado. Continuamos con nuestro acto. Dalia, inmóvil en su catre. Yo, un ovillo de miseria en el rincón. Le dimos exactamente lo que quería ver: dos mujeres rotas.
Alrededor de las 3 de la mañana, la quietud de la comandancia se vio interrumpida por el sonido de risas estridentes y botellas chocando. Volvían. El Renco, Marco y Kevin regresaron al área de registro, pero esta vez no estaban solos. Traían consigo una caja de cervezas y una botella de bourbon casi vacía. No se molestaron en ir a la oficina; se instalaron en el área de registro como si fuera su cantina privada, arrastrando un par de sillas de una de las oficinas vacías.
El olor a alcohol era ahora abrumador. Estaban borrachos, mucho más que en el bar. Y con la borrachera, sus lenguas se soltaron. Se olvidaron de nosotras, asumiendo que dormíamos o estábamos demasiado asustadas para escuchar. Se convirtieron en lo que realmente eran: un trío de matones mediocres, presumiendo de sus “hazañas” para inflar sus frágiles egos.
Y nosotras nos convertimos en esponjas, absorbiendo cada palabra, cada confesión susurrada en la oscuridad.
“¿Te acuerdas de la familia esa de la calle Robles el verano pasado?”, dijo Marco, su voz pastosa por el alcohol mientras destapaba una cerveza con el borde del mostrador. “Los Martínez. El morro ese que iba a entrar a la universidad”.
“¡Clásico!”, se rió el Renco, sirviéndose un vaso de bourbon. Los cubos de hielo, probablemente de una pequeña nevera en la oficina del Comandante, tintinearon en el vaso. “¡Qué lloradera armó la jefa cuando ‘encontramos’ la bolsita de polvo blanco en el cuarto del escuincle! ‘¡Mi hijo no es un drogadicto!’, gritaba. ¡Pobrecita!”.
Mantuve mi respiración lenta y constante, aunque mi corazón había empezado a latir con fuerza contra mis costillas. Mi entrenamiento en operaciones encubiertas tomó el control. Me convertí en una grabadora humana. El micrófono cosido en la tira de mi sostén, un dispositivo de alta tecnología del tamaño de una cabeza de alfiler que no habían detectado en su registro superficial, estaba activo, capturando cada palabra con una claridad cristalina. Me moví ligeramente, un supuesto espasmo en mi sueño, para orientar mejor mi cuerpo hacia la fuente del sonido.
“El morro juraba y perjuraba que no era suya”, continuó Marco, riéndose. “Pero, ¿quién le va a creer a un adolescente moreno de barrio pobre por encima de la palabra de tres heroicos oficiales de la ley? ¡Nadie! El juez que nos puso el Comandante le dio cinco años sin chistar. Otro malandro fuera de las calles”.
“El Comandante dice que hacemos el trabajo de Dios”, añadió Kevin con un orgullo infantil, su voz un poco más aguda que la de los otros. “Manteniendo el vecindario limpio de basura. Eso mismo le dijo al alcalde el mes pasado en la cena de recaudación de fondos. El alcalde hasta le aplaudió”.
Dalia, al otro lado, estaba tan quieta que parecía una estatua. Pero yo sabía que su mente, su memoria eidética casi perfecta, estaba funcionando como una supercomputadora, archivando cada dato: nombres (Martínez), fechas (verano pasado), lugares (calle Robles), modus operandi (plantar evidencia), y las conexiones corruptas (un juez, el alcalde). Cada detalle era una pieza del rompecabezas, un hilo en la telaraña.
La conversación, alimentada por el bourbon, siguió fluyendo como veneno de una herida infectada. Se ufanaban de todo.
“Hablando de limpiar”, continuó el Renco, su silla rechinando contra el suelo. “¿Se acuerdan de la familia Williams? Los que tenían esa casona vieja en la esquina de la calle Maple. Tres generaciones viviendo ahí”.
“Hasta que nos pusimos creativos con esa orden de cateo por una denuncia anónima que nosotros mismos hicimos”, se rió Kevin. “Y ‘encontramos’ unas supuestas fallas estructurales peligrosísimas. Protección Civil, que también controla el Comandante, los desalojó en una semana”.
“Y ahora es esa cafetería de moda para turistas”, añadió Marco. “La empresa constructora de fuera estuvo muy agradecida. El sobre que le llegó al Comandante por ese favorcito no estaba precisamente delgado, ¿eh?”.
Historias. Una tras otra. Informes de tránsito falsificados para culpar a víctimas inocentes en accidentes. Armas “encontradas” en los coches de activistas comunitarios que se quejaban demasiado. “Errores” informáticos convenientes que hacían desaparecer multas y cargos para los amigos del Comandante. Cada confesión era otro clavo en su propio ataúd, grabado en una calidad digital impecable por el diminuto micrófono que descansaba contra mi piel.
Luché por mantener mi respiración calmada mientras la ira hervía en mi interior. Esto no era solo corrupción policial. Era una limpieza social. Era la destrucción sistemática y orquestada de familias, de futuros, de vidas, principalmente de personas de piel morena, de los pobres, de los que no tenían voz.
“Oigan, ¿y la maestra esa?”, dijo Kevin, su voz cada vez más fuerte a medida que el alcohol hacía efecto. “La maestra de la secundaria, la que se atrevió a organizar a los padres para poner una queja en la capital porque le dimos unos manazos a uno de sus estudiantes revoltosos”.
“Uf, esa jugada fue de ajedrez puro”, respondió el Renco con admiración en su voz. “Una bolsita de cocaína que nos ‘encontramos’ en el cajón de su escritorio durante una ‘revisión de rutina por amenaza de bomba’. De repente, la honorable profesora ya no era tan creíble. Perdió su cédula profesional y se tuvo que largar del pueblo con la cola entre las patas”.
“El Comandante lo llamó ‘mantenimiento preventivo'”, se burló Marco con una risa áspera que me revolvió el estómago. “No puedes permitir que la gente crea que puede desafiar al sistema. Hay que cortar la cabeza de la serpiente antes de que crezca”.
A través de mis párpados apenas abiertos, observé sus siluetas borrosas en la penumbra. Tres hombres con placa, bebiendo alcohol en una estación de policía, riéndose de las vidas que habían arruinado como si estuvieran contando chistes. Memorizaba sus gestos, sus palabras exactas, los roles que cada uno jugaba. El Renco era el líder, el cerebro de las operaciones a nivel de calle. Marco era el músculo, el ejecutor silencioso y brutal. Kevin era el cachorro ansioso, el aprendiz, el más cruel de todos por su necesidad de impresionar a los otros.
La conversación derivó hacia detalles aún más oscuros. Hablaban de cuáles jueces del distrito estaban en la nómina del Comandante, de cuáles casilleros de evidencia tenían cámaras “defectuosas”, de cuáles sargentos de guardia, como el que estaba ahora ausente, podían ser de confianza para “perder” papeleo crucial. Estaban, sin saberlo, dibujándonos un mapa completo de su organización criminal.
De repente, una puerta se abrió en algún lugar de la estación. Los hombres se callaron al instante. El sonido de pasos se acercaba. Rápidamente, recogieron las botellas y los vasos, escondiéndolos en un cajón del escritorio.
“Ya casi es cambio de turno”, murmuró el Renco. “Hay que limpiar este desmadre”.
“¿Y qué hacemos con ellas?”, preguntó Kevin en un susurro, señalando con la cabeza hacia nuestras celdas.
Escuché al Renco caminar hacia nosotras. Me tensé, pero mantuve mi actuación. Se detuvo frente a mi celda. Pude oler el bourbon en su aliento incluso a esa distancia.
“Bah”, dijo con total confianza. “Míralas. Desmayadas. Rotas. Para la mañana, estarán rogando de rodillas que las dejemos irse del pueblo y olvidar todo este asunto. Como todas las demás”.
Sus pasos se alejaron, seguidos por el sonido de una puerta cerrándose. Esperamos en la oscuridad, en silencio, hasta que estuvimos absolutamente seguras de que estábamos solas de nuevo.
Abrí los ojos completamente. En la penumbra, mi mirada se encontró con la de Dalia. Sus ojos brillaban con una intensidad feroz. No necesitábamos palabras. Habíamos estado comunicándonos así toda la vida.
Ella levantó una ceja ligeramente, una pregunta silenciosa: “¿Lo tienes todo?”.
Yo asentí, un movimiento casi imperceptible. Horas de confesiones borrachas. Nombres, fechas, crímenes específicos, la estructura de mando, la red de corrupción. Suficiente para iniciar una investigación federal que podría arrancar de raíz no solo a este departamento, sino a todo el gobierno del pueblo.
Pero teníamos que ser inteligentes. Teníamos la evidencia, pero estábamos dentro de la jaula del enemigo. Un movimiento en falso, y esa grabación, nuestra única arma, desaparecería. Y nosotras con ella, convirtiéndonos en solo otro nombre en la larga lista de víctimas de las que acababan de presumir. La noche aún no había terminado. La parte más peligrosa apenas estaba por comenzar.
Capítulo 6: La Traición y la Alianza
La primera luz del amanecer se filtró a través de la única ventana de la celda, una abertura alta y estrecha con barrotes gruesos, pintando un rectángulo de luz pálida y gris en la pared opuesta. La luz no traía consigo la calidez de un nuevo día, sino una claridad fría y cruda que hacía que la mugre y la desesperación del lugar fueran aún más visibles. Dalia y yo habíamos permanecido en nuestras posiciones de derrota, fingiendo un sueño exhausto. Pero en realidad, ninguna de las dos había dormido. Habíamos pasado las últimas horas en un estado de alerta máxima, catalogando las grabaciones en nuestra mente, repasando cada confesión, cada nombre, cada crimen. La pequeña grabadora en mi sostén se sentía como un carbón ardiente contra mi piel, un secreto de un peso inmenso que podía salvarnos o condenarnos.
El cambio de turno en la comandancia trajo consigo un cambio en la atmósfera. Los sonidos perezosos de la noche fueron reemplazados por una actividad más enérgica: teléfonos que sonaban, puertas que se abrían y cerraban, conversaciones en voz alta. Nuevos rostros de oficiales aparecieron, algunos de los cuales desfilaron frente a nuestras celdas como si fuéramos animales en un zoológico. Nos lanzaban miradas de curiosidad, de desprecio o, peor aún, de una indiferencia absoluta. Éramos el chisme del día: las “federales” que se habían puesto gallitas y habían sido domesticadas.
Pero entre todas esas caras hostiles o indiferentes, había una que buscábamos. Una que representaba nuestra única y frágil esperanza.
Y entonces apareció. La oficial Jimena Morales.
Era joven, probablemente en sus veintes, con el cabello negro recogido en un moño apretado y unos ojos oscuros e inteligentes que parecían demasiado viejos para su rostro. A diferencia de sus colegas, en su mirada no había burla ni desprecio. Había… conflicto. Una tensión entre el uniforme que vestía y la conciencia que la atormentaba. Se movía con una eficiencia profesional, pero sus hombros estaban tensos, su mandíbula apretada. Era una mujer atrapada en una maquinaria que odiaba.
Esperó su momento con una paciencia de cazadora. Aguardó hasta que el pasillo se despejó, hasta que sus compañeros estaban ocupados en el frente, para acercarse a nuestras celdas. Traía consigo el “desayuno”: dos vasos de unicel con un líquido oscuro que olía a café quemado y dos trozos de pan duro en una servilleta de papel.
“Coman rápido”, susurró, su voz apenas un murmullo mientras deslizaba las bandejas improvisadas por la ranura de metal en la parte inferior de las puertas. Su profesionalismo era su camuflaje. “Puedo conseguirles acceso a un teléfono. Pero tenemos que hacerlo perfectamente. Sin errores”.
Estudié su rostro, buscando cualquier signo de engaño, cualquier indicio de que esto era una trampa más elaborada. En nuestro mundo, la confianza era una moneda que no podíamos permitirnos gastar. Pero sus manos temblaban, un temblor casi imperceptible mientras se ajustaba el cinturón del uniforme. No era el temblor de un mentiroso. Era el temblor de alguien que está aterrorizado, de alguien que está a punto de arriesgarlo todo —su carrera, su seguridad, quizás su vida— por hacer lo correcto.
“¿Por qué nos ayudas?”, preguntó Dalia en voz baja, removiendo el café con el dedo sin ninguna intención de beberlo.
Morales lanzó una mirada rápida y nerviosa por encima del hombro antes de responder, su voz cargada de una amargura y una ira contenidas. “Porque mi primo era uno de ellos”, susurró. “Tenía diecisiete años. Lo levantaron por ‘sospechoso’. Lo encontraron dos días después en un barranco. El informe oficial dijo ‘sobredosis accidental’. Era el mejor chico que he conocido. No se drogaba. Sé que lo mataron. Sé que fueron ellos. Estoy cansada de ser parte de esto, de ver cómo destruyen a nuestra propia gente y tener que callarme”.
Su confesión nos golpeó con la fuerza de una verdad innegable. Su dolor era nuestro dolor. Su causa era nuestra causa. Podíamos confiar en ella.
En frases cortas y apresuradas, nos explicó su plan. Era arriesgado, casi suicida, pero brillante en su simplicidad. En la parte trasera del edificio había un cuarto de archivos que casi nadie usaba ya. En él, cubierto de polvo, había un viejo teléfono de línea fija, una reliquia de una era anterior a los celulares, que seguía conectado. Había un punto ciego en el sistema de cámaras de seguridad, detrás de unos enormes archivadores metálicos, que ofrecía unos pocos metros cuadrados de invisibilidad. Y el momento clave era la media hora entre el final del turno de la mañana y el inicio de la vigilancia diurna, un lapso de tiempo en el que la supervisión era más laxa.
“Crearé una distracción en el área de evidencias”, prometió Morales, sus ojos brillando con una determinación febril. “Algo grande, que requiera la atención de todos. Tendrán cinco minutos. Quizás menos. Hagan que cuenten”.
Dalia y yo intercambiamos una mirada. No había tiempo para discutir. Asentimos. Era nuestra única oportunidad. La grabación en mi sostén era la bomba, pero necesitábamos a alguien fuera de estas paredes para encender la mecha. Alguien con poder real. El número del Subdirector Roberto Cienfuegos, que Morales nos había pasado la noche anterior y que habíamos memorizado, era nuestra única opción. Era nuestro superior, un hombre que siempre nos había defendido, que había impulsado nuestras carreras a pesar de la resistencia de algunos en la Fiscalía que no veían con buenos ojos a dos mujeres, y menos a dos mujeres de nuestro origen, en puestos de poder. Si alguien en el mundo nos ayudaría, tenía que ser él.
La espera fue una tortura. Cada minuto se sentía como una hora. Finalmente, el momento llegó. Un estruendo ensordecedor, seguido de gritos y alarmas, resonó desde el otro extremo del edificio. “¡Fuego! ¡Fuego en el cuarto de evidencias!”. La distracción de Morales era más audaz de lo que habíamos imaginado. Oímos pasos corriendo, gente gritando órdenes. En medio del caos organizado, el tintineo silencioso de unas llaves en las cerraduras de nuestras celdas fue casi inaudible.
“Ahora”, siseó Morales, abriendo las puertas. Su rostro estaba pálido por la adrenalina. “¡Corran!”.
Nos movimos como sombras por un pasillo trasero que olía a humedad y a olvido. El cuarto de archivos era tal como lo había descrito: un cementerio de papel, con expedientes amarillentos apilados hasta el techo. El polvo flotaba en el aire como fantasmas de casos olvidados. Morales nos señaló el teléfono, escondido detrás de un gabinete oxidado, y luego se apostó junto a la puerta, vigilando. “¡Apúrense!”.
Mis dedos, entumecidos por las esposas que Morales nos había quitado apresuradamente, temblaban mientras marcaba los dígitos de la línea directa de Cienfuegos. Cada tono de llamada era una eternidad. Uno. Dos. Tres.
“Cienfuegos”, respondió su voz familiar, profesional y nítida.
Un torrente de alivio me recorrió. Estábamos a salvo. “¡Señor! Soy la agente Daniela Cárdenas”, susurré, encorvada sobre el auricular, mi voz un hilo de urgencia. “Señor, necesitamos ayuda. Estamos detenidas ilegalmente en la comandancia de San Jacinto de la Sierra. Nos han…”.
“¿Cárdenas?”, me interrumpió Cienfuegos. Su tono no era de alivio ni de preocupación. Era extraño. Frío. Distante. “¿Desde dónde me está llamando?”.
“Desde un teléfono fijo en la estación, señor. Es complicado, pero tiene que escucharme. Tenemos evidencia de una corrupción masiva. Múltiples oficiales, incluyendo al comandante, grabados en cinta confesando…”.
“Deténgase”. La palabra fue tan cortante, tan gélida, que me quedé sin aliento. “No diga una palabra más”.
Algo en su tono hizo que el vello de mi nuca se erizara. El alivio que había sentido se transformó en un nudo de hielo en mi estómago. Dalia se había acercado, pegando su oído al auricular para escuchar. Vi la confusión y luego el miedo reflejados en sus ojos.
“Señor…”, comencé a decir, pero él continuó, su voz ahora completamente desprovista de cualquier calidez.
“Agente Cárdenas, ya he tenido noticias suyas esta mañana”, dijo Cienfuegos. Y cada palabra que siguió fue un clavo en el ataúd de nuestra esperanza. “Me llamó personalmente el Comandante Damián Herrera. Un hombre muy respetable, con excelentes conexiones en el gobierno del estado. Me informa que usted y su hermana causaron una escena bastante lamentable anoche en un bar local. Borrachas. Agredieron a varios de sus oficiales y se resistieron al arresto. Me aseguró que lo tenía todo bajo control, pero que quería informarme como una cortesía profesional”.
El mundo se inclinó bajo mis pies. La traición era tan monumental, tan absoluta, que mi cerebro se negaba a procesarla.
“Señor, eso no es verdad”, protesté, mi voz temblando de incredulidad y rabia. “Es una mentira. Nos tendieron una trampa. Tenemos pruebas. ¡Tenemos sus confesiones grabadas!”.
“Escúcheme con mucha atención, Daniela”, dijo, y el uso de mi primer nombre fue como un golpe bajo, una falsa intimidad que hacía la traición aún más dolorosa. “Cualquier grabación que crea tener, cualquier evidencia que crea haber reunido, olvídelo. Bórrela. Deshágase de ella. Este asunto es mucho más grande y complicado de lo que usted se imagina. El Comandante Herrera es un hombre… importante. Tiene amigos muy poderosos. Amigos nuestros. Amigos de la Fiscalía. Suelte este caso. Ahora. Mientras todavía puede”.
“¿Soltarlo?”, grité en un susurro desesperado. “¡Son asesinos! ¡Son una mafia! ¡Han estado destruyendo vidas durante años y usted… usted los va a ayudar a encubrirlo!”.
“¡Estoy tratando de ayudarla a usted, carajo!”, insistió Cienfuegos, su voz subiendo de tono por primera vez, revelando un atisbo de la presión a la que estaba sometido. “Estoy tratando de salvar sus carreras y posiblemente sus vidas. Hay batallas, agente, que simplemente no valen la pena luchar. Esta es una de ellas. Dé la vuelta y váyase. Acepte los cargos menores que le ofrezcan, pague la multa y desaparezca. Es un consejo. Y, por si no ha quedado claro…”. Hizo una pausa, y su voz volvió a ser gélida, oficial, la voz de un superior dando una orden irrevocable. “Eso es una orden, agente Cárdenas”.
La línea quedó muerta.
Me quedé con el auricular en la mano, el pitido monótono de la línea cortada resonando en mi oído. Era el sonido de la esperanza muriendo. Era el sonido del sistema, el mismo sistema al que habíamos dedicado nuestras vidas, dándonos la espalda. Cienfuegos, nuestro mentor, nuestro protector, nos había vendido. Era parte de ellos. O, peor aún, les temía tanto que estaba dispuesto a sacrificarnos para protegerse.
“Daniela, alguien viene”. La voz urgente de Morales nos sacó del trance. “¡Tenemos que movernos, ahora!”.
No recuerdo cómo volvimos a las celdas. Mis movimientos eran automáticos, mi mente una niebla de conmoción y rabia. Apenas llegamos y Morales cerró las puertas, los pasos pesados de botas se acercaron por el pasillo.
El Renco apareció, su enorme silueta llenando el pasillo. Su rostro estaba partido por la sonrisa más cruel y triunfante que le había visto jamás. En su mano, sostenía su teléfono celular, con la pantalla iluminada.
“Vaya, vaya, reinas”, dijo, arrastrando las palabras con un placer sádico. Lo sostuvo en alto para que pudiéramos ver la pantalla. Era un mensaje de texto. Lo leí incluso en la penumbra: “Asunto controlado. Son problemáticas. Manéjenlo localmente. RC”.
Mis rodillas flaquearon. RC. Roberto Cienfuegos.
“Parece que su jefe, su papi de la Fiscalía, es un tipo muy comprensivo”, continuó el Renco, saboreando cada palabra. “Me acaba de confirmar lo que ya sabíamos. Que son un par de agentes problemáticas, siempre causando líos donde no las llaman. Me dijo que nos hiciéramos cargo de esto localmente. Que nos tomáramos nuestro tiempo”.
Fue entonces cuando Dalia explotó. Con un grito de pura furia animal, se lanzó contra los barrotes de su celda, golpeándolos con los puños cerrados con una fuerza que hizo que toda la estructura metálica vibrara y resonara. El sonido fue como el tañido de una campana de iglesia anunciando la muerte. Una y otra vez, golpeó el acero, sus nudillos rompiéndose, la sangre salpicando el metal.
“¡MALDITO CORRUPTO! ¡PEDAZO DE MIERDA!”, gritaba, su voz rota por la rabia y la traición.
“¡Ahora, ahora!”, la interrumpió el Renco, moviendo un dedo con condescendencia. “¿Es esa forma de hablarle a un oficial de la ley? Especialmente después de que tu propio superior ha confirmado la clase de alimañas que son”.
Yo, en cambio, me quedé perfectamente quieta. La furia en mi interior era tan profunda, tan intensa, que se había cristalizado en algo diferente. Algo frío, afilado y absolutamente letal. Habíamos confiado en Cienfuegos. Habíamos creído en la insignia que representaba. Su traición no era solo personal. Era una traición a cada víctima, a cada caso, a todo lo que el juramento que hicimos significaba.
“¿Qué pasa, federal?”, se burló el Renco, dirigiéndose a mí, disfrutando del contraste entre la furia de mi hermana y mi quietud antinatural. “¿Te comió la lengua el ratón? ¿Te diste cuenta de que nadie, absolutamente nadie, va a venir a salvarte? Eso es, mi reina. Estás sola. En mi pueblo. En mi casa. Sin refuerzos, sin caballería, sin pinche justicia. Solo nosotros. Y tenemos todo el tiempo del mundo para enseñarte cuál es tu lugar”.
Se acercó a la celda de Dalia, disfrutando de su rabia impotente. “Tu jefe manda saludos, por cierto”, dijo con una sonrisa venenosa. “Me dijo que nos aseguráramos de que la lección… realmente se les quede grabada”.
Dalia dejó de golpear los barrotes. Sus manos estaban ensangrentadas, sus nudillos despellejados, pero parecía no sentir el dolor. Sus ojos, fijos en el Renco, ardían con una furia tan pura que hizo que incluso el sargento retrocediera un paso instintivamente.
Pero fue mi respuesta la que envió un escalofrío por el pasillo. Sin gritos, sin amenazas. Solo cuatro palabras, pronunciadas con una calma mortal, una voz que no parecía la mía.
“Entonces los quemaremos a todos”.
La intensidad de mi voz hizo que la sonrisa del Renco vacilara por una fracción de segundo. Porque no era la amenaza de una prisionera desesperada. Era la promesa solemne de alguien que acababa de perderlo todo, de alguien a quien le habían quitado la fe, la esperanza y el sistema. Y una persona sin nada que perder es la persona más peligrosa del mundo.
Se recuperó rápidamente, cubriendo su momentánea inquietud con una risa áspera, y se alejó por el pasillo. Pero sus pasos eran un poco más rápidos que antes.
Nos habían quitado a nuestro aliado en la Fiscalía, nos habían quitado la fe en la justicia, nos habían quitado todas las opciones.
Excepto una.
La guerra total.
Destruir toda la maquinaria corrupta, desde el policía más bajo hasta el supervisor más alto, sin importar el costo. Ya no se trataba de justicia. Se trataba de venganza.
Capítulo 7: La Guerra Total
La promesa de quemarlos a todos, susurrada en la quietud de una celda, no fue una bravata nacida de la desesperación. Fue la formulación de una nueva directiva. Un cambio de misión. Nuestro objetivo ya no era sobrevivir para reportarnos y seguir el protocolo. El protocolo estaba muerto, traicionado por uno de sus más altos guardianes. Nuestra nueva misión era convertir nuestra jaula en el epicentro de un terremoto que sacudiría su corrupto reino hasta los cimientos. Nos habían quitado las armas, las placas y el apoyo institucional, pero no nos habían quitado lo más peligroso que poseíamos: nuestras mentes.
Las horas que siguieron a la llamada con Cienfuegos fueron las más oscuras. La adrenalina de la confrontación se desvaneció, dejando tras de sí el sabor amargo de la traición y una sensación de aislamiento casi absoluta. Estábamos solas, dos agentes caídas en desgracia, marcadas para ser desaparecidas por un sistema que habíamos jurado servir. El Renco y sus hombres pasaban esporádicamente, sus burlas eran ahora más crueles, más confiadas. Sabían que nadie vendría a buscarnos. Éramos suyas.
Pero en medio de esa oscuridad, un pequeño rayo de luz se abrió paso. A última hora de la tarde, cuando la estación estaba de nuevo sumida en la calma que precede al turno de noche, la oficial Jimena Morales regresó. Esta vez, su pretexto fue recoger las bandejas del desayuno. Su rostro estaba pálido, sus ojos reflejaban el miedo de quien sabe que ha cruzado una línea peligrosa, pero también la determinación de quien no tiene intención de retroceder.
Mientras recogía la bandeja de la celda de Dalia, susurró tan bajo que apenas pudimos oírla. “La llamada… la escucharon. No sé cómo, pero el teléfono de la oficina del Comandante está intervenido. Escuchan todas las líneas fijas. Supieron que llamaron a la Fiscalía en el momento en que colgaron”.
Era un golpe devastador. Nuestra única jugada había sido interceptada. Pero luego, Morales añadió algo más, un salvavidas lanzado en medio de un océano de desesperanza.
“Hay un mensaje para ustedes”, susurró, sus dedos rozando los de Dalia al tomar el vaso de unicel. “Es de Luis, el cantinero. Logró salir del pueblo esta mañana, antes de que pudieran detenerlo. Fue a la ciudad vecina, a buscar a la única persona que se ha atrevido a publicar sobre el Comandante Herrera en el pasado. Una periodista. Dice que tiene algo para ustedes. Algo importante”.
“¿Qué es?”, preguntó Dalia, su voz un murmullo ronco.
“No lo sé”, admitió Morales. “Pero me dio un recado. ‘Dígales que la noche del bar no es la única historia que mis ojos han grabado’. Dijo que entenderían”.
Y lo entendimos. La esperanza, que creíamos muerta y enterrada, comenzó a latir de nuevo, débil pero persistente. Las cámaras de seguridad de Luis. No solo había grabado nuestro arresto ilegal. Había grabado años de conversaciones, de bravuconadas, de confesiones casuales de los policías que frecuentaban su cantina, creyendo que estaban en un santuario de impunidad. Luis no solo tenía la grabación de nuestro crimen; tenía la videoteca completa de su reinado de terror.
“¿Puedes contactar a esa periodista?”, pregunté, mi voz llena de una nueva urgencia.
Morales asintió, una chispa de determinación en sus ojos. “Su nombre es Mayra Galindo. Es una reportera de investigación independiente, de las que ya no quedan. Le llaman ‘La Loba’ porque cuando muerde una historia, no la suelta. Lleva años intentando armar un caso sólido contra Herrera, pero la gente tiene demasiado miedo de hablar. Hasta ahora. Luis ya habló con ella. Le dijo que las ‘agentes federales’ tenían la pieza clave. Mayra quiere verlas”.
El plan se formó en la oscuridad de nuestras celdas, en susurros apenas audibles, usando a Morales como nuestro único enlace con el mundo exterior. Era una operación de inteligencia en toda regla, dirigida desde el corazón del territorio enemigo. Mayra Galindo vendría al día siguiente, bajo el pretexto de una entrevista exclusiva. El Renco y Herrera, en su arrogancia, seguramente accederían. Sería la oportunidad perfecta para ellos de pintar su propia narrativa, de presentarnos como dos agentes corruptas y problemáticas, desacreditadas por nuestra propia institución. No se negarían a la oportunidad de controlar la historia a través de la prensa.
Y así fue. Al día siguiente, Mayra “La Loba” Galindo llegó a la comandancia. Era una mujer de unos cuarenta años, de rasgos afilados, cabello corto y canoso, y una mirada tan intensa que parecía capaz de ver a través del concreto y el acero. Vestía un blazer impecable y unos pantalones de vestir, una armadura de profesionalismo que contrastaba brutalmente con la sordidez de la estación. Su presencia irradiaba una inteligencia y una falta de miedo que desconcertó visiblemente a los guardias.
Nos llevaron a una pequeña sala de interrogatorios, una habitación claustrofóbica con una mesa de metal atornillada al suelo y dos sillas. El lugar olía a sudor rancio y a miedo viejo. Un guardia se apostó fuera de la puerta, pero la habitación tenía un espejo de una sola vía. Sabíamos que nos estaban observando. Probablemente, El Renco y el propio Comandante Herrera, disfrutando del espectáculo.
Mayra instaló su equipo con una eficiencia practicada. Colocó una pequeña grabadora de audio sobre la mesa. Luego, mientras fingía ajustar el micrófono, se inclinó hacia nosotras, su voz un susurro apenas perceptible.
“Luis me contactó”, dijo sin mirarnos directamente, sus manos ocupadas con los cables. “Vi los videos de la noche del bar. Son dinamita pura. Pero me dijo que ustedes tenían más. El audio. La confesión de anoche”. Asentimos sutilmente. “Pero hay más”, continuó. “Mucho más. Esto es más grande de lo que imaginan. Llevo dos años investigando a Herrera. He rastreado sus finanzas, sus propiedades. Tiene una red que se extiende por todo el estado. Jueces, magistrados, políticos. Incluso contactos dentro de la Fiscalía en la Ciudad de México”.
Mencionó el nombre de Cienfuegos, y la pieza final del rompecabezas encajó. Cienfuegos no solo nos había traicionado por miedo. Era parte de la red. Probablemente recibía una parte de las ganancias de la corrupción de Herrera a cambio de protección y vista gorda a nivel federal.
“Pero”, susurró Mayra, y aquí sus ojos brillaron con una luz depredadora, “Herrera tiene un enemigo. Un fantasma. Alguien que lo odia tanto como nosotros, pero desde dentro del sistema. El juez de circuito retirado, Clemente Villarreal”.
¿El juez Villarreal? El nombre era una leyenda en los círculos legales. Un hombre famoso por su integridad inquebrantable, que se había retirado abruptamente hacía casi diez años en la cima de su carrera, citando “razones personales”.
“Villarreal fue el mentor del padre de Herrera”, explicó Mayra en voz baja. “Los conoce desde que eran niños. Vio cómo Damián se corrompía, cómo transformaba el legado de su familia en una organización criminal. Intentó detenerlo desde su posición de juez, pero Herrera lo amenazó. Amenazó a sus nietos. Villarreal tuvo que retirarse para protegerlos. Pero nunca dejó de luchar. Durante los últimos diez años, ha estado recopilando información en secreto. Cada caso manipulado, cada informe falsificado, cada testigo intimidado que ha llegado a sus oídos. Ha estado construyendo un expediente en la sombra, esperando el momento adecuado, esperando a alguien que tuviera las agallas y los recursos para usarlo”.
Mayra sacó una libreta de aspecto legal, como si fuera a tomar notas para su artículo. Pero lo que escribió en la página y nos la mostró fue el esquema de un plan de batalla.
Reunión esta noche. 2 AM. Casa del Juez. Segura.
Luis llevará los videos. Yo tengo los archivos financieros. Villarreal tiene el expediente judicial.
Ustedes tienen el audio de las confesiones y el nexo con la Fiscalía Federal.
Juntos, tenemos un caso para derribar a toda la organización.
Miré a Dalia. Sus ojos reflejaban la misma mezcla de incredulidad y esperanza salvaje que sentía yo. Pero una pregunta quemaba en mi mente. Miré al guardia fuera de la puerta, luego a Mayra, y articulé silenciosamente con mis labios: “¿Cómo?”.
Mayra sonrió por primera vez, una sonrisa delgada y afilada como el filo de un cuchillo. En la libreta, escribió un solo nombre: Morales.
Nuestra aliada interna no solo nos conseguiría un teléfono. Nos iba a sacar de allí.
El resto de la “entrevista” fue una obra de teatro. Mayra nos hacía preguntas puntiagudas sobre nuestro supuesto historial de insubordinación, y nosotras dábamos respuestas cuidadosamente vagas y defensivas, interpretando el papel de agentes acorraladas. Pero debajo de la superficie, un plan de guerra se estaba consolidando. La esperanza ya no era un latido débil; era un tambor que resonaba con fuerza.
Esa noche, la maquinaria de nuestra pequeña rebelión se puso en marcha con la precisión de un reloj suizo. A la 1:45 AM, durante el cambio de guardia más vulnerable, Morales “descubrió accidentalmente” una fuga de agua en el ala opuesta de la estación, creando el caos y la distracción necesarios. Mientras la mayoría de los oficiales corrían a lidiar con la “inundación”, ella abrió nuestras celdas.
Pero no nos llevó hacia la salida. Nos llevó a la sala de interrogatorios donde habíamos estado con Mayra. “El guardia de la puerta trasera está en mi nómina”, susurró Morales, entregándonos dos uniformes de limpieza viejos y sucios. “Pero la salida principal es imposible. Hay una ventana en esta sala. Da a un callejón oscuro en la parte de atrás. No es una gran caída. Mayra las estará esperando abajo”.
Nos cambiamos a toda velocidad. El uniforme olía a cloro y a sudor, pero era un manto de invisibilidad. Con la ayuda de Dalia, logré forzar la vieja cerradura de la ventana. El aire frío de la noche nos golpeó en la cara. Era el olor de la libertad.
Abajo, en la oscuridad del callejón, vimos la silueta del coche de Mayra, con las luces apagadas. La caída era de unos tres metros. Sin dudarlo, saltamos. Aterricé mal, torciéndome un tobillo, pero el dolor era irrelevante. En cuestión de segundos, estábamos dentro del coche, agachadas en el suelo del asiento trasero, cubiertas por una manta.
“Tranquilas”, dijo Mayra, su voz una roca de calma mientras arrancaba el motor y se alejaba lentamente del callejón. “El Juez nos está esperando. Esta noche, la guerra empieza de verdad”.
Mientras el coche se deslizaba por las calles desiertas de San Jacinto, me permití respirar por primera vez en 48 horas. Estábamos fuera. Pero sabía que solo habíamos escapado de la jaula para entrar en el campo de batalla. Y nuestros enemigos, al descubrir que sus trofeos habían desaparecido, desatarían el infierno sobre nosotros. La guerra total acababa de comenzar.
Capítulo 8: Justicia en Vivo y a Todo Color
El almacén abandonado era una catedral de la decadencia. Vigas de acero oxidadas se arqueaban hacia un techo lleno de agujeros, a través de los cuales la luz de una luna casi llena se filtraba, creando columnas de luz espectral que iluminaban el polvo flotante. El aire era pesado, espeso con el olor a metal oxidado, a aceite rancio, a nidos de ratas y a la vegetación podrida del pantano cercano. Viejas maquinarias, monstruos de hierro silenciosos, yacían esparcidas por el suelo de concreto, cubiertas por una gruesa capa de óxido y excrementos de pájaros. Era el escenario perfecto para un asesinato. Un lugar olvidado por Dios y por los hombres, donde los gritos se ahogarían en la inmensidad de la noche.
Nos habían empujado al centro del vasto espacio, un círculo de concreto iluminado por la luna que se sentía como un escenario. El Renco, Marco y Kevin formaron un triángulo a nuestro alrededor, bloqueando cualquier posible ruta de escape. Sus siluetas se recortaban contra la luz de la entrada, haciéndolos parecer más grandes, más monstruosos. La borrachera les daba un aire de imprevisibilidad salvaje. Disfrutaban del momento, saboreando el poder absoluto que creían tener sobre nosotras.
“He esperado mucho tiempo por esto”, dijo el Renco, su voz resonando en el espacio cavernoso. Se acercaba a nosotras lentamente, como un depredador que juega con su comida antes de dar el golpe final. Sacó su arma de servicio, la misma Beretta que había identificado en la cantina. El chasquido metálico al quitar el seguro fue obscenamente fuerte en el silencio del almacén. “Desde el momento en que entraron a esa cantina, con sus aires de grandeza, actuando como si fueran mejores que nosotros. Como si este pueblo de mierda estuviera por debajo de ustedes”.
“No actuábamos, sargento”, respondí, mi voz fría y estable, aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas como un pájaro enjaulado. “Somos mejores que ustedes. Nosotras protegemos a la gente. Ustedes se aprovechan de ella”.
Mi desafío lo enfureció. Su rostro se contrajo en una máscara de rabia. En dos zancadas, estuvo frente a mí. Me agarró del cabello, un puñado de mi largo pelo negro, y tiró de mi cabeza hacia atrás con una fuerza brutal. Sentí un dolor agudo en el cuero cabelludo y varias hebras romperse. El cañón frío y final de su pistola se presionó contra mi sien. El contacto del metal contra mi piel fue una descarga eléctrica, un recordatorio de la fragilidad de la vida.
“¿Algunas últimas palabras, agente federal?”, susurró, su aliento fétido llenando mis fosas nasales. Su rostro estaba tan cerca que podía ver los capilares rotos en sus ojos inyectados en sangre. “¿Algún comentario ingenioso sobre la justicia? ¿Sobre el bien y el mal?”.
Lo miré directamente a los ojos, negándome a parpadear, negándome a darle la satisfacción de ver una sola lágrima, una sola pizca de miedo. Detrás de mí, aunque no podía verla, sentí a Dalia tensarse. Sabía que estaba lista para moverse, lista para sacrificar su vida por darme una fracción de segundo de oportunidad, a pesar de que Marco la sujetaba firmemente. El cañón de la pistola se presionó más fuerte, el metal mordiendo mi piel. Sentí el dedo del Renco tensarse en el gatillo. Este era el final. Décimas de segundo.
Y entonces, Dalia se rio.
No fue una risa de pánico o histeria. Fue una risa seca, cortante, llena de un desprecio tan absoluto que cortó la tensión como un látigo.
“¿Qué pasa, Renco?”, dijo, su voz goteando sarcasmo. “¿Necesitas una pistola para sentirte hombre? ¿No puedes con dos mujeres desarmadas sin tus amiguitos borrachos para que te ayuden?”.
La provocación fue perfecta. Directa a su ego inflado de macho. Vi la duda parpadear en los ojos del Renco. Su mano, la que sostenía la pistola contra mi cabeza, tembló ligeramente. Su control, erosionado por el alcohol y la ira, estaba resbalando.
“¡Cállate, puta!”, gritó, su atención dividida entre nosotras dos.
“¿O qué?”, continuó Dalia, implacable. “¿Nos vas a disparar? ¿Vas a demostrarle a tus amigos lo grande y fuerte que eres asesinando a dos mujeres atadas? Ese es tu estilo, ¿no? Siempre el valiente. Escogiendo a los que no pueden defenderse. A los adolescentes, a las madres, a los ancianos. Eres patético”.
Mientras Dalia lo desarmaba verbalmente, yo observaba cada micromovimiento. Vi cómo su ira lo hacía dar un paso instintivo hacia Dalia. Vi cómo la atención de Marco se desviaba por un segundo hacia la discusión. Vi a Kevin, el más cobarde, dar un paso atrás, nervioso por la confrontación. Y en ese instante, supe que Dalia me había comprado la apertura que necesitaba.
“¡Te voy a callar yo mismo!”, rugió el Renco, su rostro púrpura de rabia. En un arrebato de furia, levantó la pistola de mi sien y la giró, no para disparar, sino para golpearme en la cara con la culata.
Pero yo estaba lista. Era el movimiento que esperaba.
En el instante en que el arma se separó de mi piel, mi cuerpo reaccionó. Me agaché con una velocidad explosiva. La culata de la pistola pasó silbando por donde mi cabeza había estado un segundo antes, el aire desplazado susurrando en mi oído.
Y en esa misma fracción de segundo, el infierno se desató.
Dalia, liberada del agarre de Marco mientras él se giraba confundido, explotó hacia arriba como un resorte. Su codo, un arma afilada de hueso, se hundió profundamente en el plexo solar de Marco. El aire salió de sus pulmones en un “¡whoosh!” audible. Se dobló por la mitad, ahogándose, sus ojos desorbitados por el dolor y la sorpresa.
Al mismo tiempo, mi pierna se extendió en una barrida baja y potente. Mi talón impactó con la fuerza de un martillo contra el tobillo de Kevin. Perdió el equilibrio y se estrelló de espaldas contra el suelo de concreto. Su cabeza rebotó contra la dura superficie con un crujido húmedo y nauseabundo. Quedó inmóvil.
El Renco, sorprendido por la repentina explosión de violencia, intentó girar el arma de nuevo hacia mí. Pero Dalia ya estaba en movimiento. Su mano abierta, con los dedos rígidos como una lanza, golpeó su muñeca con una precisión quirúrgica. Hubo un chasquido de huesos. La pistola salió volando de su mano debilitada, girando en el aire y aterrizando con un estrépito metálico en algún lugar de la oscuridad del almacén.
“¡Puta madre!”, su maldición fue interrumpida abruptamente por mi puño. Impulsada por meses de frustración y 48 horas de pura rabia, mi puño se estrelló contra su mandíbula. Sentí el impacto recorrer todo mi brazo. Su cabeza se sacudió hacia un lado y tropezó hacia atrás, aturdido.
Marco, recuperando el aliento, se lanzó hacia Dalia como un toro furioso. Pero la rabia lo hacía torpe. Lanzó un puñetazo salvaje que se encontró con el aire vacío. Dalia, moviéndose con la gracia fluida de una bailarina de combate, esquivó el golpe, agarró su brazo extendido y, usando su propio impulso en su contra, lo proyectó por encima de su cadera en una llave de judo perfecta. Aterrizó con un golpe sordo y pesado que sacudió el suelo. El impacto le sacó el aire de nuevo, dejándolo jadeando como un pez fuera del agua.
El Renco, recuperándose de mi golpe, bramó como un animal herido y se lanzó hacia mí, lanzando puñetazos de heno, lentos y predecibles. Esquivé, me deslicé, manteniéndome fuera de su alcance, dejando que su propia furia y su borrachera lo agotaran. Con cada swing fallido, respondía con golpes rápidos y precisos a puntos vulnerables que nos habían enseñado a atacar: un golpe de palma abierta a su garganta que lo hizo toser, una patada corta y brutal a su rodilla que lo hizo cojear aún más, un puñetazo directo a sus riñones que le arrancó un gemido de dolor.
“¿No eres tan rudo sin tu pistola, verdad, sargento?”, me burlé, esquivando otro golpe torpe.
Marco intentó levantarse y agarrar a Dalia por detrás, pero ella estaba alerta. Su cabeza se echó hacia atrás con la fuerza de un martillazo, y el hueso de su cráneo se estrelló contra el puente de la nariz de Marco. El crujido de cartílago rompiéndose fue audible. Mientras él retrocedía, cegado por el dolor y la sangre, ella giró y le propinó una patada devastadora en las costillas.
El único que quedaba en pie, apenas, era el Renco. Intentó embestir a Dalia en un último y desesperado intento, pero ella se apartó con una agilidad felina. Su propio impulso lo llevó a estrellarse de cabeza contra una de las vigas de acero del almacén. El “¡CLANG!” metálico resonó en todo el lugar. Se deslizó por la viga y cayó de rodillas, su visión nadando, la lucha finalmente abandonada.
El almacén quedó en silencio, un silencio roto solo por nuestra respiración agitada, los gemidos de Marco acunando su nariz rota y los débiles quejidos de Kevin, que empezaba a recuperar la conciencia.
Dalia caminó hacia el Renco, que seguía arrodillado y aturdido. Con una frialdad absoluta, recogió las esposas que él mismo había usado en ella. El sonido de los trinquetes metálicos al cerrarse alrededor de las muñecas del sargento fue la música más dulce que había escuchado en mi vida. Las apretó, con saña.
“Bienvenido a nuestro mundo, sargento”, dijo Dalia, su voz fría como el acero de las esposas. “¿Qué se siente ser el que está indefenso? ¿El que no tiene a dónde correr?”.
Me acerqué y me paré frente a él, mirándolo desde arriba. “Jaque mate”, dije.
Fue entonces cuando saqué el pequeño dispositivo de mi bota. La microcámara corporal que me había dado Mayra, modificada para transmitir en vivo. Era nuestro as bajo la manga, la pieza final del plan que habíamos trazado con el juez y la periodista. La activé. La pequeña luz roja parpadeó, viva, conectándose a través de una red celular encriptada a un servidor seguro que Mayra había preparado.
“¿Qué es esa mierda?”, balbuceó el Renco, entrecerrando los ojos a la luz roja a través de su neblina de dolor.
“Tu confesionario”, respondí fríamente. Posicioné la cámara con cuidado, asegurándome de que su lente gran angular capturara al Renco arrodillado y a sus dos secuaces derrotados en el suelo. “Todo lo que digas, todo lo que hagas, se está transmitiendo en vivo. A los servidores de la Fiscalía, a YouTube, a Facebook. Al mundo entero”.
Le mostré la pantalla de mi propio teléfono, que reflejaba la transmisión. La imagen era cruda, mal iluminada, pero innegablemente real. El contador de espectadores ya estaba subiendo exponencialmente: 100, 500, 2000… Morales, desde su puesto seguro, estaba haciendo su magia, compartiendo el enlace a cada medio de comunicación, a cada grupo de activistas, a cada bloguero que conocía.
“¡Apaga esa chingadera!”, gritó Kevin, tratando de lanzarse hacia mí, pero el dolor de su cabeza lo hizo caer de nuevo.
“¿Por qué, Kevin?”, preguntó Dalia con una dulzura venenosa. “¿Te preocupa que la gente vea quiénes son en realidad? ¿Los valientes oficiales que secuestran y golpean a mujeres en un almacén abandonado?”.
“Cuéntales de las otras mujeres, Renco”, insistí, acercando la cámara a su rostro sudoroso y ensangrentado. “Cuéntale al mundo sobre María Rodríguez y las drogas que le plantaste. Sobre el estudiante James Washington, al que le arruinaste la vida. Sobre los Martínez. Sobre la maestra. Confiésalo”.
“¡No sé de qué carajos hablan!”, escupió, pero el pánico en sus ojos lo traicionaba.
“Entonces hablemos de esta noche”, presionó Dalia. “Dile a la cámara por qué nos arrestaste realmente. ¿Fue porque rompimos alguna ley? ¿O fue porque no dejamos que nos manosearas en un bar?”.
Impulsado por la rabia, la humillación y el alcohol, el Renco cometió su último error. En lugar de callarse, explotó. Miró directamente a la cámara y se desató.
“¡¿Creen que son especiales?!”, gritó, su voz resonando con un odio venenoso y profundo. “¡Viniendo a mi pueblo con sus aires de superioridad! ¡Así es como siempre ha sido aquí, y así es como debería ser!”.
“¿Cómo es eso, Renco?”, lo animé, sabiendo que estaba a punto de ahorcarse con su propia lengua.
“¡Manteniendo a la gente en su puto lugar!”, gritó. “¡Estas calles eran tranquilas antes de que ‘su tipo’ empezara a tener ideas, a creer que merecían derechos, a creer que merecían respeto!”. Siguió y siguió, una catarata de racismo, de resentimiento, de confesiones implícitas sobre cómo “mantenían el orden”. Admitió las cuotas de arrestos, la focalización en barrios pobres, y finalmente, la traición de Cienfuegos.
“¡Su pinche jefe de la Fiscalía nos avisó!”, ladró, sellando su destino y el de su superior. “¡Nos dijo que eran un problema y que nos hiciéramos cargo!”.
En ese preciso instante, las puertas del almacén se abrieron de golpe, inundando el lugar con las luces cegadoras de los faros y las torretas rojas y azules. Equipos tácticos federales, los verdaderos, los nuestros, alertados por la transmisión en vivo que Morales había enviado directamente al centro de mando de la AIC, irrumpieron en el lugar, armas en alto.
“¡FBI, manos arriba!”, gritó el comandante del equipo, aunque la orden era innecesaria.
Rodeado por agentes fuertemente armados, el Renco seguía gritando a la cámara. “¡Es una trampa! ¡Todo es mentira! ¡Ellas nos atacaron!”.
Pero el mundo entero lo había visto. Millones de personas habían sido testigos de su confesión en vivo y en directo.
Un agente de alto rango se acercó a él, leyéndole sus derechos mientras otros aseguraban a un lloriqueante Marco y a un inconsciente Kevin. “Ricardo Durán, está usted arrestado…”.
“¡No pueden hacerme esto!”, chillaba, forcejeando inútilmente contra las esposas que ahora le ponían sus antiguos colegas del lado de la ley. “¡Soy un oficial de policía!”.
Dalia se acercó a él, su rostro una máscara de fría satisfacción. “Ya no”, dijo suavemente.
Yo mantuve la cámara fija en su rostro descompuesto, asegurándome de que el mundo viera cada segundo de su caída. En mi teléfono, el contador de espectadores había superado el millón y seguía subiendo. La historia estaba explotando. La guerra no había terminado, pero la batalla decisiva acababa de ganarse. Y la habíamos transmitido en vivo y a todo color.