
CAPÍTULO 1: Ecos en la Helada
El frío en Chihuahua no pide permiso; entra rompiendo puertas, calando los huesos y recordándole a los vivos que la naturaleza es una bestia indiferente. Eran las ocho y media de la noche de un martes de febrero y el termómetro ya marcaba tres grados bajo cero, con la promesa de descender aún más antes del amanecer.
Dionisio “Nicho” Mondragón exhaló un suspiro largo y cansado que se transformó instantáneamente en una nube de vapor blanco frente a su rostro. Sus manos, grandes, callosas y con la grasa de motor tatuada en las huellas dactilares, pasaron un trapo de franela roja sobre la superficie de su banco de trabajo. Era un ritual sagrado. En “El Pistón de Oro”, su taller, el orden no era una sugerencia, era la ley. Cada llave española, cada dado, cada desarmador tenía su silueta dibujada en el tablero de herramientas. Si faltaba una pieza, Dionisio sentía un picor en la nuca que no lo dejaba en paz hasta encontrarla.
El taller olía a una mezcla reconfortante de gasolina, aceite quemado, metal frío y el aroma residual del café de olla que había preparado por la mañana. Para Dionisio, ese era el olor de la vida. O al menos, de la vida que le quedaba.
—Bueno, vieja, ya estuvo por hoy —murmuró para sí mismo, dirigiendo la mirada hacia el pequeño calendario colgado junto a la puerta de la oficina.
Nadie le contestó. Por supuesto que nadie le contestó. Hacía tres años que el silencio se había convertido en su único compañero de cuarto. Desde que Catalina se fue —un infarto fulminante, rápido, traicionero, mientras veía su telenovela favorita—, la casa de Dionisio se había transformado en un mausoleo. El taller era su refugio, su búnker. Allí, entre motores desbielados y transmisiones llorosas, el ruido de las máquinas ahogaba el ruido de sus propios pensamientos.
Dionisio tomó la llave de cruz de 18 pulgadas, la limpió con devoción y la colocó en su gancho. Se frotó las rodillas; la artritis siempre se ponía “chismosa” con el frío, avisándole que venía una helada fuerte.
—A ver si no se revientan las tuberías otra vez —dijo en voz alta, buscando excusas para no irse.
Cualquier cosa era mejor que llegar a casa. Llegar significaba encender la luz de la cocina y ver la silla vacía. Significaba calentar las sobras de ayer y comer mirando las noticias, fingiendo que le importaba la política o el fútbol, solo para escuchar voces humanas. Significaba acostarse en el lado izquierdo de la cama y estirar la mano hacia el derecho, solo para tocar sábanas frías.
—Ya, Nicho, deja de hacerte wey —se regañó.
Se quitó el overol azul marino, manchado de mil batallas mecánicas, y lo colgó en el perchero junto a la entrada. Se puso su chamarra de borrego, esa que Catalina le había regalado en su último aniversario, y se caló la gorra de los “Indios de Juárez” hasta las cejas. Apagó el compresor de aire, que dio un último bufido antes de morir, y caminó hacia el interruptor general.
Clac.
Las lámparas fluorescentes parpadearon y se apagaron, sumiendo el enorme galerón en penumbras. Solo la luz ámbar del alumbrado público se colaba por las ventilas altas, creando sombras largas y fantasmales entre los autos levantados en las rampas hidráulicas. Parecían bestias dormidas, esperando la mano del doctor para volver a rugir.
Dionisio caminó hacia la puerta peatonal, haciendo sonar sus botas de trabajo contra el concreto helado. Ya tenía la mano en el picaporte cuando lo escuchó.
Scraaaatch.
Se congeló. No fue el crujido del metal contrayéndose por el frío; conocía ese sonido de memoria, era como el canto de las ballenas pero en acero. Esto había sido diferente. Había sido el sonido inconfundible de una suela de hule arrastrándose sobre el piso sucio de polvo y grasa seca. Alguien había tropezado.
El corazón de Dionisio dio un vuelco violento.
En esa colonia, la “Obrera”, las cosas no estaban para bromas. Los cristalazos y los robos de autopartes eran el pan de cada día. Apenas la semana pasada, al taller del “Gordo” Beto, a dos cuadras, le habían vaciado la herramienta. Se llevaron hasta el gato hidráulico.
—¿Quién anda ahí? —gritó Dionisio. Su voz salió ronca, potente, rebotando en las paredes de lámina.
Silencio. Un silencio denso, pesado, de esos que gritan que no estás solo.
Dionisio soltó el picaporte y retrocedió lentamente. Sus ojos, acostumbrados a décadas de buscar tornillos perdidos en la oscuridad de un motor, escaneaban las sombras. Su mano derecha buscó a tientas sobre el banco de trabajo más cercano. Sus dedos se cerraron alrededor del frío metal de una llave Stilson de 24 pulgadas. Un arma formidable en manos de un hombre enojado y asustado.
—¡Te escuché, cabrón! —bramó, tratando de sonar más valiente de lo que se sentía. El pulso le latía en las sienes como un tambor—. ¡Sal ahorita mismo o te suelto a los perros! ¡Tengo dos Pitbulls que no han comido en dos días!
Era una mentira patética. Lo más cercano a una mascota que tenía era una araña patona que vivía en el baño, pero esperaba que el miedo hiciera el trabajo sucio.
Clang.
Algo cayó al suelo en la esquina más alejada del taller, detrás de la pila de neumáticos viejos de camión que guardaba para reciclar. El sonido fue metálico, seco. Una llave cayendo. O quizás una navaja.
La ira desplazó al miedo. Ese era su taller. Su santuario. Lo único que le quedaba en este maldito mundo que tuviera sentido. No iba a permitir que un drogadicto cualquiera viniera a profanarlo.
—¡Voy a prender la luz y si te veo te va a cargar la chingada! —advirtió.
Caminó de espaldas hacia el interruptor, sin bajar la guardia, con la Stilson levantada como un bate de béisbol. Su respiración era agitada, el vapor salía de su boca como el humo de una locomotora. Llegó a la pared, tanteó el interruptor y lo accionó con un golpe seco.
La luz blanca inundó el taller de golpe, lastimando sus ojos acostumbrados a la oscuridad. Dionisio parpadeó, ajustando la vista, barriendo el lugar con mirada de águila.
Las rampas estaban vacías debajo. Los bancos de trabajo, despejados. No había nadie a simple vista.
—Sal de ahí —dijo, ahora más bajo, pero con un tono que prometía violencia—. Sé que estás detrás de las llantas.
Dio un paso al frente, luego otro. Sus botas resonaban con autoridad. Levantó la llave Stilson, preparándose para lo peor. Se imaginó a un tipo con un picahielo, o quizás a dos. Calculó la distancia. Si salían, tenía que golpear primero, golpear fuerte, a las rodillas o a los hombros.
Llegó a la pila de neumáticos. Respiró hondo, tensó los músculos y dio el paso final para rodear la barricada de caucho.
—¡Te di…!
La frase se le murió en la garganta. La llave Stilson, que pesaba un par de kilos, de repente se sintió como si pesara una tonelada, y sus brazos bajaron lentamente, gobernados por la confusión.
No había un hombre con un picahielo. No había un pandillero tatuado.
Había un bulto. Un bulto pequeño, hecho bolita en el rincón más sucio, justo donde se acumulaba el polvo y las telarañas. El bulto temblaba violentamente, como un perro atropellado bajo la lluvia.
—¿Pero qué…? —Dionisio bajó el arma del todo.
El bulto se movió. Una cabeza se levantó lentamente de entre las rodillas.
Era un niño.
No podía tener más de catorce o quince años, pero la desnutrición lo hacía ver de doce. Su piel, morena y curtida por el sol, ahora tenía un tono grisáceo, cenizo. Sus labios no eran rojos, eran de un violeta enfermizo, casi negros. Llevaba una sudadera gris que le quedaba tres tallas grande, con el cierre roto, y unos pantalones de mezclilla tan desgastados que el viento debía pasar a través de ellos como si fueran papel. Y en los pies… Dios mío, en los pies traía unos tenis de lona, rotos en la punta, sin calcetines visibles.
El chico levantó las manos. Sus dedos eran varitas de nopal secas, temblando incontrolablemente.
—¡No… no me pegue, jefe! —suplicó el niño. Su voz era un hilo roto, agudo por el pánico—. ¡No… no soy ratero! ¡Se lo juro por la Virgencita!
Dionisio se quedó de piedra. La escena era tan patética, tan dolorosa, que su cerebro tardó unos segundos en procesar que no estaba en peligro.
—¿Quién eres? —preguntó Dionisio, pero su voz ya no tenía la furia de antes. Ahora sonaba perpleja, casi suave—. ¿Cómo entraste aquí?
El niño se encogió aún más contra la pared, como si quisiera fundirse con el concreto para desaparecer.
—La… la puerta de atrás —tartamudeó, castañeando los dientes tan fuerte que se escuchaba el tac-tac-tac en el silencio del taller—. El candado… el candado está flojo. Yo solo… yo solo lo empujé poquito.
Dionisio cerró los ojos un segundo y maldijo internamente. Ese maldito candado de la puerta del patio trasero. Llevaba tres meses diciendo “mañana lo cambio”, “el fin de semana lo arreglo”. La desidia. Esa maldita desidia que le había entrado desde que se quedó solo. Si hubiera arreglado ese candado, este niño no estaría aquí. O quizás, pensó con un escalofrío, estaría muerto de hipotermia en la banqueta.
—¿Qué haces aquí, chamaco? —Dionisio dio un paso atrás para darle espacio, para demostrarle que no iba a golpearlo—. ¿Viniste a robar herramienta? ¿A buscar cobre?
—¡No! —El grito fue desesperado, lleno de lágrimas—. ¡No quería robar nada! ¡Es que afuera… afuera está bien gacho! ¡No siento los pies, señor! ¡Ya no siento los pies!
El niño rompió a llorar. No era un llanto de berrinche, era el llanto puro y crudo del sufrimiento físico. Se abrazó las piernas y comenzó a mecerse.
Dionisio sintió que algo se le rompía en el pecho, justo en ese lugar que pensó que ya estaba muerto y cicatrizado. Miró alrededor. Su taller, su fortaleza impoluta, invadida por la miseria humana más básica.
Se acercó lentamente y se puso en cuclillas, quedando a la altura del chico.
—A ver, tranquilo —dijo Dionisio. Dejó la llave Stilson en el suelo y mostró las manos vacías, palmas arriba—. Mírame. No te voy a hacer nada. Mírame.
El niño levantó la cara. Y fue entonces, bajo la luz cruda de los tubos fluorescentes, que Dionisio lo vio.
Un moretón.
No era una manchita. Era una obra de arte de la violencia. Todo el lado izquierdo de la cara del niño estaba hinchado. El ojo estaba casi cerrado por la inflamación, rodeado de un color que iba del negro al amarillo verdoso. Tenía el labio partido y sangre seca en la comisura de la boca.
Dionisio había visto muchos golpes en su vida. Creció en un barrio bravo, peleó en cantinas en su juventud. Sabía distinguir un golpe de una caída accidental. Y sabía distinguir un puñetazo de un hombre adulto. Eso que tenía el niño en la cara era la firma de un cobarde.
Una furia fría, diferente a la de antes, empezó a subirle por el estómago.
—¿Quién te hizo eso? —preguntó, señalando su propio ojo.
El niño bajó la mirada avergonzado, escondiendo la cara en el cuello de su sudadera mugrosa.
—Nadie… Me caí de la bici.
—Sí, cómo no. Y yo soy Santa Claus —bufó Dionisio con sarcasmo triste—. A ver, levántate. El piso está helado, te vas a enfermar de los pulmones y ahí sí ni quién te ayude.
El chico intentó levantarse, pero las piernas le fallaron. Estaba entumido por el frío y, probablemente, por el hambre. Dionisio no lo pensó dos veces. Lo tomó por debajo de los brazos y lo levantó como si fuera una pluma. Pesaba tan poco que asustaba. Era puro hueso y nervio.
—¡Ay! —se quejó el niño cuando Dionisio lo tocó en las costillas.
—¿También ahí te duele? —Dionisio frunció el ceño.
—Poquito…
—Vente pa’cá. Vamos a la oficina, ahí está el calentón.
Dionisio lo guio, casi arrastrándolo, hacia el cubículo de vidrio que servía de oficina administrativa. Al entrar, el calor residual del día y el pequeño calentador eléctrico crearon un contraste brutal con el aire del taller.
Dionisio sentó al muchacho en la silla de visitas, una silla de plástico naranja que había visto mejores días. El niño seguía temblando, sus ojos recorrían la habitación con desconfianza, mirando los calendarios de refaccionarias con chicas en bikini, el escritorio lleno de facturas y la cafetera vieja en la esquina.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Dionisio, mientras buscaba en su archivero una botella de alcohol y algodón.
—Miguel —susurró el niño—. Me dicen Migue.
—Muy bien, Migue. Yo soy Dionisio. Pero todos me dicen Nicho, o Don Nicho si te quieres poner respetuoso.
Dionisio se acercó con el botiquín de primeros auxilios.
—A ver ese ojo.
Miguel se hizo hacia atrás instintivamente, levantando las manos para protegerse. Un reflejo condicionado. El reflejo del perro que ha sido pateado demasiadas veces.
—Tranquilo, vale —dijo Dionisio con voz suave, la misma voz que usaba para calmar a los clientes furiosos cuando sus autos no tenían arreglo—. Solo quiero limpiarte. Tienes sangre seca. No te va a doler… mucho.
Miguel bajó las manos lentamente, rindiéndose. Dejó que Dionisio le limpiara la herida del labio con un algodón empapado en agua oxigenada. Hizo una mueca de dolor, pero no se quejó.
—¿Hace cuánto no comes? —preguntó Dionisio mientras trabajaba.
El estómago de Miguel contestó por él con un rugido que pareció un motor de arranque viejo. El chico se puso rojo de vergüenza bajo la mugre.
—Desde ayer en la mañana… creo. Me comí unas galletas que me dio un compa.
Dionisio suspiró. Se levantó, fue al pequeño frigobar que tenía escondido bajo un mueble y sacó un tupper.
—Tengo unas tortas de pierna que me hizo… que compré —se corrigió rápido. Ya no se las hacía Catalina. Las compraba en la fonda de Doña Chuy—. Están frías, pero las calentamos en el micro.
Mientras el microondas zumbaba, girando la comida, Dionisio preparó café instantáneo con mucha azúcar. Le puso la taza humeante en las manos al chico.
—Agárrala con las dos manos, te va a calentar los dedos.
Miguel sostuvo la taza como si fuera el Santo Grial. El calor pareció revivirlo un poco. Cuando salió la torta, el olor a pan caliente y carne adobada llenó la oficina. Los ojos de Miguel se desorbitaron.
—Cómetela despacio —advirtió Dionisio, sentándose en su propia silla giratoria frente a él—. Si te la tragas de un bocado te va a dar dolor de caballo. Mastica.
Miguel atacó la torta. Al principio con ferocidad, pero luego, ante la mirada de Dionisio, se frenó. Comió con una educación que sorprendió al mecánico. No hablaba con la boca llena, usaba la servilleta. Ese niño no era de la calle. O al menos, no había nacido en ella. Alguien le había enseñado modales alguna vez.
—Ahora sí, Migue —dijo Dionisio cuando el chico iba a la mitad de la torta—. Cuéntame la neta. ¿Qué haces aquí? ¿Tus jefes saben dónde andas?
La mención de sus padres hizo que Miguel dejara de masticar. Bajó la torta al plato. Su mirada se oscureció, perdiendo el brillo momentáneo que le había dado la comida.
—Mi mamá está jalando. Turno de noche en el Hospital General, es de limpieza.
—¿Y tu papá?
—Mi papá se murió. Hace dos años. Era trailero. Se le fue los frenos en la Rumorosa.
—Lo siento —dijo Dionisio con sinceridad. Sabía lo que era perder a la columna vertebral de la casa.
—Pero mi mamá… se juntó —la palabra salió de su boca como si fuera un escupitajo—. Con Sergio.
—¿Sergio te hizo eso? —Dionisio señaló el ojo morado.
Miguel asintió, mirando la mesa.
—¿Por qué?
—Porque respiré —dijo Miguel con una amargura que no correspondía a sus quince años—. Porque existo. Estaba chupando, viendo el fútbol. Yo traía mis audífonos puestos. Me los arrancó, dijo que la música se escuchaba hasta afuera, que era un inútil, que solo servía para tragar… y pues, se le fue la mano.
—¿Y tu mamá?
—Ella no estaba. Y cuando está… —Miguel se encogió de hombros, un gesto de impotencia que le partió el alma a Dionisio—. Le tiene miedo. Él dice que si lo deja, nos mata. Que sabe dónde vivimos, dónde trabaja ella. Mi jefa se hace chiquita, Don Nicho. Se hace chiquita para que no le pegue a ella también.
Dionisio sintió un sabor metálico en la boca. Rabia. Pura y destilada. Recordó las noches de su propia infancia, escondido bajo la cama con sus hermanos, escuchando los gritos de su padre borracho en la cocina. El sonido de los platos rotos. El sonido de la mano contra la carne.
—Por eso te saliste —afirmó Dionisio.
—Sí. Me dijo que si no me largaba me iba a matar. Y la neta… esta vez sí le vi ganas en los ojos. Agarré mi chamarra y me salí corriendo.
—¿Y por qué te metiste aquí?
—Porque ya no aguantaba el frío, oiga. Pasé por aquí y vi que salía humito de la chimenea del taller hace rato. Pensé que estaría calientito. Y la puerta de atrás… pues se abrió fácil.
Dionisio se frotó la cara con las manos. Estaba cansado. Eran casi las diez de la noche. Debería llamar a la patrulla. Era lo correcto. Llamar al DIF, que vinieran por el menor, que levantaran un acta.
Pero miró al chico. Vio el terror en sus ojos ante la idea de volver a salir al frío o de enfrentarse a la burocracia policial que probablemente solo lo devolvería a su casa con una palmada en la espalda y un “pórtense bien”. Si llamaba a la policía, llamarían a la madre. La madre vendría, tal vez con el tal Sergio. Y entonces…
Entonces el niño volvería al infierno.
Dionisio miró el reloj en la pared. El segundero avanzaba implacable. Tic, tac, tic, tac.
—Mira, Migue —dijo Dionisio, poniéndose de pie. Sus rodillas crujieron—. No te voy a mentir. Esto está cabrón. No te puedes quedar aquí a vivir. Esto es un taller, no un orfanato.
Los ojos de Miguel se llenaron de lágrimas otra vez. Empezó a levantarse, dejando la mitad de la torta en el plato.
—Sí… sí, ya sé. Ya me voy, perdón por las molestias. Gracias por la torta, oiga.
Empezó a caminar hacia la puerta, arrastrando los pies, encogiéndose dentro de su sudadera gigante, preparándose para el golpe térmico de la calle.
—¡Siéntate, chingado! —ladró Dionisio.
Miguel saltó y se quedó paralizado.
—¿Quién te dijo que te fueras? —gruñó Dionisio, fingiendo estar enojado para ocultar que estaba a punto de llorar él también—. Dije que no puedes vivir aquí. No dije que te iba a echar a la calle con tres grados bajo cero. ¿Qué crees que soy? ¿Un monstruo?
Miguel lo miró, confundido, con la esperanza luchando contra el miedo en su mirada.
—Ahí atrás, en la bodega, tengo un catre plegable. A veces me quedo cuando tengo mucha chamba y no quiero manejar a casa. Hay cobijas. Son viejas y pican un poco, pero calientan.
Dionisio caminó hacia un armario metálico y sacó una toalla limpia y una camiseta de algodón XXL que usaba de trapo o pijama de emergencia.
—Al fondo está la regadera. El boiler es eléctrico, así que hay agua caliente. Métete a bañar. El agua caliente te va a ayudar con los golpes. Quítate esa ropa mugrosa, apesta a humedad. Te pones esto.
Le lanzó la camiseta al chico, quien la atrapó en el aire.
—¿De… de verdad? —preguntó Miguel, con la voz quebrada.
—Sí, de verdad. Pero escúchame bien, cabrón —Dionisio le apuntó con el dedo índice, endureciendo la mirada—. Si me tocas una herramienta, si me robas un tornillo, si veo que falta aunque sea una tuerca… te juro que te encuentro y te va a ir peor que con tu padrastro. Aquí las cosas se respetan. ¿Entendido?
Miguel asintió frenéticamente.
—Se lo juro, Don Nicho. No toco nada. Gracias. ¡Gracias!
—Órale, a bañarse. Y rápido, que la luz cuesta.
Miguel corrió hacia el baño como si le hubieran regalado la lotería.
Dionisio se quedó solo en la oficina. El silencio volvió, pero ya no se sentía tan vacío. Se sentía… cargado. Lleno de una electricidad extraña.
Se sentó en su silla y miró la foto de Catalina en el escritorio. Ella sonreía desde una playa en Mazatlán, hacía diez años, con el sol en la cara y una cerveza en la mano.
—Ya sé, ya sé —le dijo a la foto—. Me vas a decir que estoy loco. Que me voy a meter en un pedo legal. Que qué hago metiendo a un extraño al taller.
Pareció escuchar la voz de su mujer en su cabeza, esa voz rasposa y alegre que tanto extrañaba: “Ay, viejo, tan grandote y tan chillón. Haces bien. El muchacho necesita un paro. Tú dale chance.”
Dionisio sonrió tristemente.
—Pues ya qué, vieja. Ya está adentro.
Escuchó el sonido de la regadera encendiéndose al fondo del taller. Por primera vez en tres años, Dionisio no tenía prisa por irse a su casa vacía. Sacó su celular, mandó un mensaje a su hermana diciendo que se quedaría a “terminar una transmisión urgente” y se acomodó en el sillón.
Esa noche, el “Pistón de Oro” no solo guardaba autos rotos. Guardaba a dos almas rotas que, sin saberlo, acababan de empezar a repararse mutuamente.
Afuera, el viento aullaba como lobo hambriento, pero adentro, el olor a café y la respiración tranquila de un niño a salvo mantenían al frío a raya.
CAPÍTULO 2: El Idioma de los Fierros
La luz de la mañana en Chihuahua tiene una cualidad engañosa: es brillante, cristalina, casi violenta en su claridad, pero no calienta nada. Entra por las ventanas como navaja de hielo, iluminando el polvo que flota en el aire sin ofrecer consuelo térmico.
Dionisio despertó con un sobresalto, boqueando como pez fuera del agua. Su cuello le envió un telegrama urgente de dolor; dormir en una silla de oficina reclinable a los cincuenta y tantos años era un deporte extremo que su cuerpo ya no toleraba. Se frotó la cara con las manos abiertas, sintiendo la barba de un día rasparle las palmas. Por un segundo, hubo esa bendita amnesia del despertar, ese instante en blanco antes de que la realidad te caiga encima como un bulto de cemento.
Luego, recordó.
El niño. El taller. La noche anterior.
Dionisio se enderezó de golpe, ignorando el crujido de sus vértebras lumbares. El silencio en la oficina era absoluto. Miró hacia la puerta entreabierta que daba a la pequeña bodega trasera.
—¡Migue! —llamó, con la voz pastosa por el sueño y la sequedad del ambiente.
Nadie respondió.
Dionisio sintió una piedra caerle al estómago. Una sensación fría y pesada, mezcla de decepción y cinismo. “Se fue”, pensó. “Claro que se fue. Y seguro no se fue con las manos vacías”.
Se levantó, sintiéndose viejo y tonto. ¿En qué cabeza cabía meter a un desconocido, un chiquillo de la calle, a dormir rodeado de herramienta cara? Un juego de dados Snap-on costaba lo que ese niño no vería en dos años de trabajo. Los escáneres automotrices, las llaves de impacto, las refacciones nuevas… todo estaba ahí, al alcance de la mano.
—Pinche Nicho, te vieron la cara de paisano —se recriminó en voz baja mientras abría la puerta de la bodega.
El catre estaba vacío. Pero no estaba revuelto. La cobija de lana gris, esa que picaba como mil demonios pero calentaba como horno, estaba doblada con una precisión militar en la esquina del catre. La almohada estaba alisada. En el suelo, no había basura.
Dionisio frunció el ceño. Un ladrón no tiende la cama. Un ladrón agarra y corre.
Salió al área principal del taller, con los sentidos alerta. La luz del sol entraba a raudales por los tragaluces del techo de lámina, creando columnas de luz donde bailaban las partículas de polvo. Hacía frío, mucho, pero menos que afuera.
Sus ojos recorrieron sus mesas de trabajo. El tablero de herramientas parecía intacto. Las llaves brillaban en sus ganchos. El gato hidráulico seguía en la esquina.
—¿Migue? —volvió a llamar, caminando entre los autos.
Fue entonces cuando escuchó el ruido. Un sonido rítmico, metálico, suave. Click-click-click. Tsss. Click-click.
Venía del fondo, de la rampa número tres. Ahí descansaba “La Bestia”, una Ford Lobo Triton V8 modelo 2005 que le estaba sacando canas verdes a Dionisio. Esa camioneta tenía una falla de encendido maldita en el cilindro ocho, el que está pegado a la pared de fuego, inaccesible, odioso. Dionisio había dejado el trabajo a medias ayer, frustrado, con las manos cortadas y la paciencia agotada.
Caminó despacio, rodeando una pila de cajas de aceite. Al llegar a la camioneta, se detuvo en seco.
El cofre estaba abierto. Y sobre la defensa delantera, encaramado como un gato montés, estaba Miguel.
El chico llevaba puesto un overol viejo de Dionisio, uno que tenía guardado en el locker “por si acaso”. Le quedaba gigantesco; había tenido que enrollar las mangas hasta los codos y los pantalones le hacían bolsas enormes en las piernas, sujetos a la cintura con un pedazo de cuerda de tender ropa. Parecía un niño jugando a disfrazarse de su papá.
Pero no estaba jugando.
Dionisio se quedó mudo, observando. Miguel estaba concentrado, con la mitad del cuerpo metido en el vano motor. No había notado la presencia del mecánico. Dionisio vio cómo la mano del chico, delgada y huesuda, se deslizaba por el espacio imposible entre el motor y la carrocería, ese lugar donde las manos de Dionisio, anchas como palas, apenas cabían y siempre salían sangrando.
Miguel sostenía una matraca pequeña con una extensión flexible. Sus movimientos eran fluidos, pacientes. No forcejeaba con la máquina; la persuadía.
—Ahí estás, chiquita… no te hagas del rogar —murmuraba el niño para sí mismo. Su voz era un susurro cariñoso, como quien le habla a un caballo asustado—. Ya te vi el cable pelado… ya te vi.
Dionisio miró hacia el banco de trabajo rodante que estaba junto a la camioneta. Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
Sobre el banco, las piezas que Miguel había desmontado estaban alineadas en orden de extracción. Tornillos del múltiple de admisión, bobinas, inyectores, conectores. No estaban aventados en un montón, como hacían los chalanes novatos. Estaban formados como soldados. Limpios. Miguel había tomado un trapo y había limpiado cada pieza antes de ponerla en la mesa.
Era… era hermoso. Era respeto.
De repente, Miguel hizo fuerza, giró la muñeca y sacó la mano del motor. Traía una bobina de encendido vieja y un conector chamuscado.
—¡Ajá! —exclamó triunfante, levantando la pieza como un trofeo.
Dionisio carraspeó. El sonido fue como un disparo en el silencio del taller.
Miguel dio un salto tan grande que casi se cae de la defensa. Se le resbaló la matraca de la mano, pero, con reflejos de felino, la atrapó en el aire antes de que golpeara la pintura de la camioneta. Se giró hacia Dionisio con los ojos desorbitados por el pánico. El moretón en su cara se veía aún peor a la luz del día, una mancha grotesca de violencia en un rostro infantil.
—¡Perdón! ¡Perdón, don Nicho! —empezó a balbucear, bajándose atropelladamente de la camioneta—. ¡No me regañe, por favor! ¡Yo no… yo no rompí nada!
Se pegó contra la pared, temblando. El miedo volvió a instalarse en su cuerpo, borrando al mecánico seguro de sí mismo que Dionisio había visto segundos antes.
—¿Qué estás haciendo, muchacho? —preguntó Dionisio, acercándose despacio. Su tono era serio, pero no enojado. Era curiosidad pura.
—Es que… es que me desperté temprano —dijo Miguel, hablando a mil por hora—. Tenía frío y hambre, y no quería despertarlo. Y vi la troca. Y vi que tenía el múltiple flojo. Y… y me acordé de la troca de mi abuelo. Hacía el mismo ruido ayer cuando usted la quiso prender. Como que tose, ¿no?
Dionisio asintió lentamente, sin quitarle la vista de encima.
—Sí. Tose. Falla de cilindro.
—Pos sí. Es que esas Tritón son bien latosas de las bobinas de atrás. Les cae agua o aceite y se arquean. —Miguel señaló la pieza que tenía en la mano—. Mire. El conector está tostado. El cable estaba haciendo tierra con el bloque. Por eso fallaba a veces sí y a veces no.
Dionisio tomó la bobina que le ofrecía el niño. La examinó bajo la luz. Efectivamente, había una grieta minúscula en el aislante y marcas de carbón donde la chispa había estado saltando hacia el metal en lugar de ir a la bujía. Era una falla difícil de ver a simple vista. Dionisio había estado buscando una fuga de vacío o un inyector tapado.
—¿Cómo supiste? —preguntó Dionisio, levantando la vista hacia el chico.
Miguel se encogió de hombros, mirando sus tenis rotos.
—Mi abuelo Chuy. En el rancho. Él tenía una igualita, pero roja. Él me enseñó. Decía que los motores Ford de esos años son muy fieles pero muy chillones si no los tratas con cariño.
—¿Tu abuelo te dejaba meterle mano?
—Uy, sí. Desde que tenía ocho años. —Una sonrisa triste y fugaz cruzó el rostro de Miguel—. Mis manos son chiquitas. Caben donde las de él no cabían. Él me decía qué hacer y yo metía la mano. Éramos… éramos equipo.
Dionisio miró las manos del niño. Estaban negras de grasa y hollín. Uñas rotas, nudillos raspados. Manos de mecánico. Manos que conocían el trabajo duro.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Dionisio, devolviéndole la bobina—. ¿Solo la sacaste?
—No, pos… busqué en el almacén. —Miguel señaló hacia los estantes de refacciones al fondo—. Perdón que esculqué, pero vi que tenía unas cajas de bobinas genéricas. Agarré una. Ya cambié el conector también, le puse termofit para que no se vuelva a pelar.
Dionisio caminó hacia el motor. Se asomó. El trabajo de cableado era impecable. El termofit (tubo termocontráctil) estaba perfectamente sellado con calor, protegiendo la unión. Nada de cinta de aislar puesta a lo tonto.
—¿Y apretaste el múltiple de admisión? —preguntó Dionisio, probándolo.
—Sí. Y lo apreté en cruz, de adentro para afuera, pa’ que asiente parejo el empaque. Si no, chupa aire.
Dionisio sintió que se le aflojaban las rodillas. Apretado en cruz. Secuencia de torque. Había chalanes egresados de escuelas técnicas que no entendían ese concepto básico después de seis meses de prácticas. Y este niño, este “huerco” muerto de hambre, lo traía en la sangre.
—Termina de armarla —ordenó Dionisio.
Miguel lo miró sorprendido.
—¿Mande?
—Que termines. Ponle el filtro de aire, conecta la batería. Quiero ver si arranca.
—¿No… no está enojado?
—Estaré enojado si esa chingadera no prende. Órale, muévele.
Miguel sonrió. Fue una sonrisa pequeña, tímida, pero iluminó el taller más que las lámparas. Se volvió hacia la camioneta y atacó el trabajo con un fervor renovado.
Dionisio se recargó en un banco cercano, cruzó los brazos y observó. Vio cómo Miguel verificaba cada conexión dos veces. Vio cómo limpiaba la bayoneta del aceite antes de checar el nivel. Vio cómo, instintivamente, dejaba las herramientas en su lugar después de usarlas en lugar de dejarlas tiradas en el motor donde se podían caer y causar un desastre.
“Tiene el don”, pensó Dionisio. “No es solo práctica. Es el don”.
Cuarenta minutos después, Miguel se limpió el sudor de la frente con el antebrazo, dejando una mancha negra en su piel morena.
—Ya está, jefe. Digo… Don Nicho.
—Arráncala —dijo Dionisio.
Miguel subió a la cabina. Sus pies apenas alcanzaban los pedales. Giró la llave.
El motor de arranque gimió un par de veces, pesado por el frío. Rrr-rrr-rrr…
Y entonces…
¡VROOOOM!
El V8 cobró vida. Pero no con el temblor asmático de ayer. Se estabilizó de inmediato en un ralentí suave, profundo, ronco y poderoso. Un ronroneo constante.
Dionisio se acercó al motor. Puso la mano sobre la cubierta de plástico. No vibraba. Estaba “parejito”, como decían en el gremio. Podrías poner un vaso de agua encima y no se caería.
—Acelérala poquito —gritó sobre el ruido del motor.
Miguel pisó el acelerador. El motor respondió al instante, subiendo de revoluciones sin toser, sin dudar. Limpio.
Dionisio le hizo una seña para que apagara. El silencio volvió al taller, pero ahora olía a combustión eficiente y a éxito.
—Quedó al centavo —dijo Dionisio, asintiendo con aprobación.
Miguel bajó de la camioneta, radiante. Parecía haber crecido cinco centímetros en esa hora.
—¿Verdad que sí? Mi abuelo decía que el secreto es el conector, que muchos cambian la bobina pero dejan el cable viejo y por eso sigue fallando.
Antes de que Dionisio pudiera responder, el sonido de una bocina potente retumbó afuera. Tres pitidos impacientes.
Dionisio miró el reloj. Las once de la mañana.
—Chin… —masculló.
La puerta corrediza del taller se abrió con estrépito. Entró un hombre grande, ancho de espaldas, con sombrero de fieltro negro, botas de piel de avestruz y una chamarra de cuero que costaba más que el auto de Dionisio. Era Don Pedro “El Búfalo” Garza, dueño de media docena de ranchos ganaderos y de un temperamento conocido por ser tan volátil como la dinamita.
—¡Quihubo, Nicho! —bramó Don Pedro, su voz llenando el espacio—. ¿Qué pasó con mi mueble? Me dijeron mis muchachos que ayer te la vieron aquí todavía desarmada. Yo la ocupo pa’ hoy, tengo que ir a Ojinaga por un remolque.
Miguel, al ver al hombrón entrar gritando, se hizo chiquito. El instinto de supervivencia se le activó y corrió a esconderse detrás de la pila de llantas, volviéndose invisible.
Dionisio se limpió las manos en un trapo y salió al encuentro del cliente.
—Buenos días, Don Pedro. No grite que no estamos sordos.
—No grito, así hablo —replicó el ganadero, masticando un palillo de dientes—. ¿Qué onda? ¿Quedó o me la llevo a la agencia? Ya sabes que me purga la agencia, cobran hasta por los buenos días, pero si no puedes…
—Está lista —lo cortó Dionisio.
Don Pedro arqueó una ceja poblada y canosa.
—¿A poco? Ayer me dijiste que estaba cabrón, que era un inyector o la computadora.
—Era un cable haciendo tierra en la bobina ocho. Y el conector tostado. Ya quedó reparado, conector nuevo, bobina nueva, y le dimos una limpiada al cuerpo de aceleración de pilón.
—A ver, préndela.
Dionisio le lanzó las llaves.
—Préndala usted. Es su mueble.
Don Pedro subió a la camioneta con dificultad, resoplando. Cerró la puerta. Arrancó.
Dionisio observó la cara del cliente a través del parabrisas. Vio cómo Don Pedro fruncía el ceño, esperando la falla, el temblor. Luego, vio cómo sus cejas se levantaban. Pisó el acelerador un par de veces. El motor rugió obediente. Don Pedro apagó el motor y bajó, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ah, jijos! —exclamó, dándole una palmada en la espalda a Dionisio que casi le saca el aire—. Nicho, eres un brujo, cabrón. En la agencia me querían cambiar la computadora y cobrarme veinte mil pesos. Sabía que tú le hallabas. Suena mejor que nueva.
—Es cuestión de paciencia, Don Pedro. De buscarle el detalle.
—Eso es lo que falta hoy en día. Puros cambia-piezas hay allá afuera. Tú eres mecánico de los de antes. ¿Cuánto te debo?
—Pues fueron mil doscientos de las refacciones y… pongámosle mil quinientos de mano de obra. Dos mil setecientos.
Don Pedro sacó una cartera de piel abultada. Sacó un fajo de billetes de quinientos. Contó tres mil pesos y se los puso en la mano a Dionisio.
—Ahí van tres mil. Quédate con el cambio pa’ los refrescos. Eres una riata, Nicho. Mañana te mando la troca de mi hijo pa’ que le cheques los frenos.
—Gracias, Don Pedro. Con cuidado en la carretera.
El ganadero se subió a su camioneta, pitó dos veces a modo de despedida y salió quemando llanta, levantando una nube de polvo.
Dionisio se quedó ahí parado, con los tres mil pesos en la mano. El billete de más arriba tenía la cara de Diego Rivera mirándolo.
—Ya puedes salir, ratón —dijo al aire.
Miguel asomó la cabeza tímidamente desde atrás de las llantas. Al ver que el “gigante” se había ido, salió, sacudiéndose el polvo del overol.
—¿Era bravo el señor? —preguntó.
—Perro que ladra no muerde —dijo Dionisio—. Pero paga bien.
Dionisio caminó hacia la oficina.
—Ven acá.
Miguel lo siguió. Dionisio puso los billetes sobre el escritorio de metal. Separó el dinero de las refacciones (que tenía que reponer en la caja chica) y quedaron mil ochocientos pesos. Mil quinientos de la mano de obra y trescientos de propina.
Dionisio tomó novecientos pesos. Nueve billetes de cien. Y se los extendió a Miguel.
—Ten.
Miguel se quedó mirando el dinero, confundido. Sus manos colgaban a los costados, manchadas de grasa.
—¿Qué es eso?
—Es tu mitad —dijo Dionisio con naturalidad—. Tú la arreglaste. Tú encontraste la falla. Tú te ensuciaste las manos. Yo nomás puse el taller y la cara. Mitad y mitad. Es lo justo.
Miguel retrocedió un paso, negando con la cabeza.
—No… no, don Nicho. ¿Cómo cree? Usted me dio de cenar. Me dejó dormir aquí. Me prestó ropa. Con eso estamos a mano. Además… yo lo hice porque quería ayudar, no por lana.
Dionisio resopló y agarró la mano del chico, plantándole los billetes en la palma y cerrándole los dedos a la fuerza.
—Agarra la feria, muchacho. El trabajo se paga. Si no cobras tu trabajo, te acostumbras a ser esclavo. Y aquí nadie es esclavo. Te lo ganaste. Ese señor se fue feliz y la camioneta quedó bien. Es dinero limpio.
Miguel miró el puño cerrado donde tenía el dinero. Abrió los dedos lentamente. Nunca en su vida había tenido novecientos pesos juntos. Para él, eso era una fortuna. Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, pero esta vez no de miedo, sino de una emoción que no sabía nombrar. Dignidad, tal vez.
Dionisio lo observaba con ojos de halcón. Este era el momento. La prueba de fuego. Había visto a muchos chicos perderse. Si el muchacho preguntaba dónde vendían “crico” o cigarros, o si hablaba de irse a las maquinitas, ahí terminaba la historia. Le daría el dinero y le abriría la puerta.
—¿Qué vas a hacer con tanta lana? —preguntó Dionisio, recargándose en el archivero, tratando de sonar casual—. ¿Unos tenis nuevos? Porque esos que traes ya piden esquina. ¿O unos videojuegos?
Miguel se limpió una lágrima con el dorso sucio de la mano. Apretó el dinero contra su pecho.
—Un celular —dijo con voz firme.
Dionisio sintió un pinchazo de decepción. Claro. Un celular. Para jugar Free Fire o ver TikToks.
—¿Un celular? —repitió, con un tono ligeramente más frío—. ¿Para qué?
—Para mi mamá —contestó Miguel. Y la respuesta le cayó a Dionisio como un balde de agua fría—. Sergio le rompió el suyo la semana pasada en una borrachera. Lo aventó contra la pared porque ella estaba hablando con su hermana. Ella lloró mucho porque no tenía cómo avisar al hospital si llegaba tarde. Y ahora… ahora no tengo cómo decirle que estoy bien. Que no me morí de frío. Si le compro uno barato, de esos usados del empeño, le puedo mandar un mensaje.
El silencio que siguió fue denso. Dionisio sintió que algo se le quebraba por dentro y se volvía a armar, pero diferente. Más fuerte. Más suave a la vez.
Ese niño, golpeado, huido, muerto de frío, con la panza apenas llena con una torta vieja, tenía novecientos pesos en la mano y no pensaba en comida, ni en vicios, ni en juguetes. Pensaba en la mujer que, aunque no pudo defenderlo, seguía siendo su madre.
Dionisio carraspeó ruidosamente para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. Se giró para que el niño no le viera los ojos rojos.
—Bueno… —dijo, buscando sus llaves de la camioneta—. Pues aquí sentados no vamos a comprar nada.
—¿A dónde vamos? —preguntó Miguel, guardando el dinero en el bolsillo profundo del overol como si fuera oro molido.
—Cierra el portón, Migue. Ponle el candado por dentro al chico. Vamos a salir.
—¿A comprar el celular?
—Primero vamos a ir a la tienda a comprarte ropa, calzones y unos tenis que no tengan ventilación —dijo Dionisio, tomando su chamarra—. Pareces espantapájaros con ese overol. Y luego vamos a comer unos burritos de asado de verdad, porque estoy que me desmayo de hambre. Y ya luego… luego vamos a buscar ese celular. Y a tu mamá.
—¿A mi mamá? —Miguel se tensó—. Pero… si voy a la casa, Sergio va a estar ahí.
Dionisio se detuvo en la puerta. Se puso la gorra y miró al niño. Había algo nuevo en la mirada del viejo mecánico. Una determinación que no había sentido desde que enterró a Catalina.
—No te preocupes por Sergio —dijo Dionisio, y su voz sonó tan dura como el acero de sus herramientas—. Tú vienes conmigo. Y mientras estés conmigo, nadie te va a poner una mano encima. Vámonos.
Miguel dudó un segundo, mirando el taller, su refugio seguro. Luego miró a Dionisio, ese hombre grandote y solitario que le había dado la mitad de su ganancia. Asintió, se quitó el overol con cuidado, lo dobló y lo dejó en el banco.
Cuando salieron al sol del mediodía, el aire seguía helado, pero a Dionisio ya no le calaba. Tenía una misión. Tenía un copiloto. Y por primera vez en tres años, tenía una razón para encender el motor y avanzar.
El viejo Chevrolet de Dionisio arrancó a la primera, y mientras se alejaban del taller, Miguel iba pegado a la ventana, viendo pasar la ciudad como si fuera un lugar nuevo, un lugar donde, tal vez, solo tal vez, los milagros sí ocurrían entre grasa y tuercas
CAPÍTULO 3: Fantasmas en la Sala de Espera
La vieja Chevrolet Silverado ’94 de Dionisio tenía sus mañas, como todo lo viejo en este mundo. La calefacción funcionaba, pero olía un poco a polvo quemado y anticongelante dulce, un aroma que a Dionisio le recordaba a los inviernos de su juventud, cuando iba a la sierra a traer leña con su padre.
Miguel iba sentado en el lugar del copiloto, con el cinturón de seguridad puesto (Dionisio no había arrancado hasta que escuchó el click). El chico miraba por la ventana con una mezcla de fascinación y temor, como si esperara que en cualquier semáforo apareciera el monstruo del que huía. Sus manos, todavía manchadas de grasa en las uñas a pesar del lavado rápido, jugaban nerviosamente con la manija de la puerta.
—Relájate, chavo —rompió el silencio Dionisio, bajando un poco el volumen del radio, donde sonaba un corrido de Los Tigres del Norte—. Nadie nos viene siguiendo. Y esta troca, aunque la veas vieja, tiene un motor 350 que jala durísimo. No nos alcanzan.
Miguel asintió, pero no sonrió.
—No es eso, don Nicho. Es que… nunca había traído tanta lana en la bolsa. Siento que todos me miran.
Dionisio soltó una carcajada ronca.
—Nadie te mira, Migue. Para el mundo, ahorita somos un viejo y su nieto yendo al mandado. Tú tranquilo. Primero lo primero: la “garra”.
Se estacionaron frente a una tienda departamental en el centro, de esas que venden desde calzones hasta motocicletas a crédito. Dionisio apagó el motor y se volvió hacia el chico.
—Escúchame bien. No vamos a comprar cochinadas. Nada de ropa “fresa” que se rompe a la primera sentada. Vamos a comprar ropa de trabajo y ropa para el frío. Pantalones de mezclilla gruesa, de la que aguanta la grasa. Camisetas de algodón. Y una chamarra que sí tape, no esa telaraña que traes puesta.
—Pero don Nicho, es muy caro…
—Tú tienes novecientos pesos. Yo pongo lo que falte y me lo vas pagando con trabajo. ¿Trato?
Miguel dudó un segundo, haciendo cálculos mentales, y luego asintió.
—Trato.
Entrar a la tienda fue un choque cultural. El aire acondicionado estaba caliente, olía a perfume barato y a plástico nuevo. Miguel caminaba pegado a Dionisio, encogiendo los hombros, consciente de su aspecto sucio y del moretón en su cara. La gente miraba, claro que miraba. Una señora con abrigo de piel sintética arrugó la nariz al pasar junto a ellos.
Dionisio la fulminó con la mirada. Una mirada de “sí, ¿y qué?” que hizo que la señora desviara la vista y acelerara el paso.
—Cabeza arriba, Migue —susurró Dionisio—. El dinero que traes vale lo mismo que el de esa vieja. Y el tuyo es honrado.
Fueron a la sección de hombres. Dionisio era un comprador práctico. Nada de probarse veinte cosas. Agarró dos pantalones de mezclilla Levis de uso rudo.
—¿Qué talla eres? ¿28? Estás muy flaco, necesitas comer más frijoles.
Miguel se probó los pantalones. Le quedaban un poco largos, pero bien de la cintura. Se miró al espejo del probador. Por primera vez en meses, no veía a un pordiosero. Veía a un muchacho normal.
Luego fueron por las botas. Dionisio insistió en unas botas de trabajo con casquillo de seguridad.
—En el taller siempre caen cosas, Migue. Una matraca, un disco de freno. Si te cae en el pie con tenis de tela, te rompe los dedos. Con estas, hasta puedes patear piedras.
Miguel se calzó las botas color miel. Eran pesadas, sólidas. Al caminar, sentía que pisaba fuerte. Cloc, cloc, cloc. Sonido de hombre trabajando.
Al llegar a la caja, Miguel sacó sus billetes arrugados y contó con cuidado. Dionisio completó el resto con su tarjeta, ignorando las protestas del chico.
—Anota en tu libreta mental: me debes quinientos pesos. Se te descontarán de la próxima afinación que hagas. Vámonos.
Salieron de la tienda con bolsas llenas. Miguel ya traía puesta la chamarra nueva, una parka azul marino, acolchada e impermeable. Ya no temblaba.
—Ahora sí —dijo Dionisio, sintiendo un rugido en su propio estómago—. A lo importante. La comida.
Fueron a un puesto famoso de “Burritos y Montados” cerca de la Panamericana. No era un restaurante elegante, era una barra larga con banquitos, donde el olor a guiso de asado de puerco, chicharrón en salsa verde y frijoles refritos te golpeaba como una bendición divina.
—Dos de asado y dos de chile relleno, con coca bien helada —ordenó Dionisio.
Cuando llegaron los burritos, enormes, envueltos en papel aluminio, hechos con tortillas de harina sobaqueras recién hechas, a Miguel le brillaron los ojos.
Comieron en un silencio cómodo, de esos que solo se comparten entre hombres que saben apreciar la buena comida. Dionisio observaba de reojo cómo el color volvía a las mejillas del muchacho. La palidez cadavérica de la noche anterior estaba desapareciendo, reemplazada por el rubor de la vida.
—Oiga, don Nicho… —dijo Miguel, limpiándose la salsa de la comisura del labio—. ¿Usted cree que mi mamá me conteste?
Dionisio dejó su refresco en la barra. El momento de la verdad se acercaba.
—Depende. ¿Ella sabe que te fuiste?
—Seguro ya se dio cuenta. Pero no sabe a dónde. Sergio le debe haber dicho que me escapé para hacer vagancias. Siempre le miente.
—Pues vamos a averiguarlo. Termínate ese burrito. Tenemos que ir a la casa de empeño.
La casa de empeño estaba a tres cuadras. Era un lugar triste, lleno de las posesiones de gente que tuvo que vender sus recuerdos para comer. Televisores viejos, guitarras sin cuerdas, herramientas oxidadas. Y en la vitrina principal, celulares.
Miguel sabía exactamente qué buscar. No miró los iPhones ni los Samsung de última generación. Señaló un Motorola negro, con la pantalla un poco rayada pero funcional.
—Ese —dijo al dependiente—. ¿Cuánto sale?
—Ochocientos, chavo. Trae cargador genérico.
—Le doy seiscientos —dijo Miguel sin pestañear.
Dionisio levantó una ceja. El niño sabía negociar.
—Siete cincuenta, es lo menos.
—Seiscientos cincuenta y me lo llevo ahorita, en efectivo.
El dependiente suspiró.
—Llevátelo pues.
Salieron con el teléfono. Tenía un poco de saldo de regalo. Se sentaron en la caja de la camioneta de Dionisio para configurarlo. Los dedos de Miguel volaban sobre la pantalla estrellada.
—¿Te sabes el número de memoria? —preguntó Dionisio.
—Sí. Es lo único que nunca se me olvida.
Miguel marcó. Sonó una vez. Dos veces. Buzón de voz.
La cara de Miguel se descompuso.
—No contesta. Debe estar dormida o trabajando.
—Mándale un mensaje —sugirió Dionisio—. Escribe algo que solo ella entienda. Que sepa que eres tú y que estás bien.
Miguel escribió con el ceño fruncido.
“Ma, soy Migue. Estoy bien. No estoy con Sergio. Estoy con un señor que me ayudó. Tengo celular nuevo. Márcame cuando puedas. Te quiero.”
Enviar.
El mensaje salió volando al ciberespacio. Y con él, la ansiedad se instaló en el pecho de ambos.
Esperaron cinco minutos. Diez. Dionisio encendió un cigarro, aunque llevaba años tratando de dejarlo. Miguel miraba la pantalla negra del teléfono como si esperara que le revelara los secretos del universo.
Bzzzt. Bzzzt.
El teléfono vibró en la mano de Miguel. Él saltó.
—¡Es ella! —exclamó, con voz estrangulada—. ¡Es mensaje!
Abrió el texto. Leyó rápido. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez eran diferentes. Eran lágrimas de alivio mezcladas con dolor.
—¿Qué dice? —preguntó Dionisio, tirando el cigarro.
—Dice… dice: “Hijo, gracias a Dios. Estoy en el hospital, en mi descanso. Tengo mucho miedo. Sergio está furioso, dice que te va a buscar. No vengas a la casa. ¿Dónde estás? Te quiero ver.”
Miguel levantó la vista hacia Dionisio.
—Quiere verme. Está en el hospital.
Dionisio miró el reloj. Las dos de la tarde.
—Súbete —dijo, abriendo la puerta del conductor—. Vamos al Hospital General.
El trayecto al hospital fue tenso. La ciudad de Chihuahua pasaba por las ventanas, gris y polvorienta, pero Dionisio solo tenía ojos para el camino y para el espejo retrovisor, vigilando al chico.
¿En qué me estoy metiendo? se preguntó por enésima vez. Esto ya no era darle un aventón o una comida. Esto era meterse en un drama familiar, en una situación de violencia doméstica. Si el tal Sergio aparecía… Dionisio apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Si ese cabrón aparecía, iba a conocer lo que pesaba una llave de cruz.
Llegaron al Hospital General. El edificio era una mole de concreto blanco y ventanas pequeñas, rodeado de ambulancias y gente con cara de preocupación. El aire olía a antiséptico y a angustia.
Se estacionaron lejos.
—¿Sabes dónde buscarla? —preguntó Dionisio.
—Sí. Ella descansa en la entrada de personal, por la cafetería de atrás. Ahorita es su hora de comida.
Caminaron hacia la parte trasera del complejo. Había enfermeras fumando, camilleros bromeando. Y ahí, sentada en una banca de cemento, sola, encogida sobre sí misma, había una mujer.
Era delgada, demasiado delgada. Llevaba el uniforme azul de limpieza del hospital. Su cabello estaba recogido en un chongo desordenado. Tenía las manos juntas sobre el regazo, apretándolas como si rezara.
—¡Mamá! —gritó Miguel.
La mujer levantó la cabeza. Al ver a su hijo, se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Se levantó tambaleándose.
Miguel corrió hacia ella. El choque de sus cuerpos fue conmovedor. Se abrazaron con una desesperación que dolía ver. Olga, la madre, sollozaba ruidosamente, besando la cabeza de su hijo, tocándole la cara, los hombros, asegurándose de que era real.
Dionisio se quedó a unos diez metros, respetando el momento, sintiéndose un intruso en esa intimidad dolorosa. Se quitó la gorra y la sostuvo en las manos.
Olga se separó un poco de Miguel y le vio la cara. Vio el moretón morado y verde. Su rostro se contorsionó de dolor y culpa. Tocó la herida con dedos temblorosos.
—Perdóname, mi amor… perdóname —gemía—. Yo no estaba… te juro que no estaba…
—Ya sé, ma. Ya sé. No llores. Estoy bien. Mira.
Miguel dio una vuelta, mostrándole su ropa nueva.
—Me compré botas. Y chamarra. Y comí burritos.
Olga lo miró confundida, y luego su mirada se dirigió, por primera vez, hacia el hombre canoso y grande que esperaba a la distancia.
Miguel señaló a Dionisio y dijo algo que Dionisio no escuchó, pero vio cómo Olga asentía, secándose las lágrimas.
Ella caminó hacia él. Miguel la seguía de la mano.
Cuando estuvo frente a Dionisio, Olga lo miró a los ojos. Tenía ojos cansados, rodeados de ojeras profundas, pero había una bondad en ellos que la vida no había logrado apagar del todo.
—Señor… —dijo con voz ronca—. Migue me dice que usted lo ayudó. Que le dio trabajo.
—Dionisio Mondragón, para servirle —dijo él, extendiendo la mano, pero luego recordándose que estaba sucia, la bajó—. Y sí. El muchacho tiene talento. Me arregló una camioneta hoy en la mañana que yo no podía echar a andar. Se ganó su dinero honradamente.
Olga se mordió el labio inferior, luchando por no volver a llorar.
—Gracias. No tengo con qué pagarle. De verdad, no tengo…
—No me debe nada, señora. Lo hice porque… porque hacía frío. Y porque nadie debe dormir en el suelo.
Hubo un silencio incómodo. El viento sopló, levantando polvo.
—Mamá —dijo Miguel, tirando de la manga de su uniforme—. Ya no voy a volver con Sergio. Me voy a quedar contigo. Podemos rentar un cuarto, yo trabajo con don Nicho y te ayudo con la renta.
La cara de Olga se llenó de pánico. Miró a su hijo y luego miró hacia los lados, como si Sergio pudiera aparecer de la nada.
—Hijo… no es tan fácil —susurró—. Sergio… él controla el dinero. Él tiene mis papeles. Si sabe que estás conmigo… nos va a buscar. Y si nos encuentra…
—¡Que nos busque! —gritó Miguel, y por primera vez Dionisio vio la furia en él—. ¡Yo ya estoy grande! ¡Yo te defiendo!
—¡No, Miguel! —Olga lo tomó por los hombros—. Tú eres un niño. Él es un hombre grande y malo. Tiene amigos feos. No puedo arriesgarte.
—¿Entonces qué? —Miguel se soltó de su agarre, retrocediendo—. ¿Me vas a dejar en la calle? ¿Vas a volver con él?
La pregunta flotó en el aire, cruel y directa. Olga se cubrió la cara con las manos y sollozó. Era la imagen de la derrota absoluta. Una mujer atrapada en una red de miedo y dependencia económica, incapaz de proteger a lo que más amaba.
Dionisio sintió una presión en el pecho. Podía darse la vuelta. Podía decir “bueno, ya los junté, arréglense ustedes” e irse a su taller, a su soledad tranquila. Sería lo sensato. Lo seguro.
Pero miró a Miguel. Vio la decepción empezando a nublar sus ojos, esa grieta en el corazón que, si se rompía ahora, tal vez nunca sanaría. Ese niño se convertiría en un hombre resentido, duro, quizás en un delincuente.
Y miró a Olga. Una mujer que necesitaba una cuerda de salvamento, no un juicio moral.
Dionisio suspiró. Un suspiro largo que sacó todo el aire de sus pulmones y, con él, su vieja vida de ermitaño.
—A ver, a ver —dijo Dionisio con voz firme, de mando. La voz que usaba cuando un motor se ponía necio—. Vamos a calmarnos. Aquí nadie se va a quedar en la calle y nadie va a volver con ese infeliz a que lo maten.
Olga y Miguel lo miraron.
—Señora Olga —dijo Dionisio, mirándola fijamente—. Yo vivo solo. Soy viudo. Tengo una casa de tres recámaras que está llena de polvo porque nadie la usa. Y tengo un taller que se me está cayendo de chamba porque mis rodillas ya no dan para tanto agacharse.
Hizo una pausa, calculando sus palabras, asegurándose de que sonaran a negocio y no a caridad, para no herir el orgullo de nadie.
—Miguel tiene manos buenas. Tiene instinto. Yo necesito un aprendiz. Pero un aprendiz de tiempo completo, no uno que venga dos horas y se vaya. Necesito a alguien que abra el taller, que limpie, que aprenda el oficio.
—¿Qué… qué está diciendo? —preguntó Olga, tembrosa.
—Estoy diciendo que Miguel se puede quedar conmigo —soltó Dionisio—. En mi casa. Tiene su propio cuarto. Yo me encargo de que coma, de que vaya a la escuela —miró severamente a Miguel—, porque tiene que seguir estudiando, eso no es negociable. Y él me paga con trabajo en el taller por las tardes.
Olga abrió los ojos desmesuradamente.
—Señor Dionisio… yo no puedo aceptar eso. Apenas lo conocemos. ¿Qué va a decir la gente?
—A la gente que le valga madre —dijo Dionisio, y luego se disculpó con un gesto—. Perdón por la palabra. Pero es la verdad. Señora, su hijo corre peligro. Usted corre peligro. Si Miguel regresa a esa casa, va a acabar mal. Si se queda en la calle, peor. Conmigo va a estar seguro. Y usted… usted necesita tiempo.
—¿Tiempo?
—Tiempo para juntar dinero. Para buscar otro lugar donde vivir. Para mandar a ese tal Sergio al diablo. Mientras usted se arregla, yo cuido al muchacho. Usted puede venir a verlo al taller cuando quiera. Puede llamarle a ese teléfono nuevo. No le estoy quitando a su hijo, señora. Le estoy ofreciendo un… un internado.
Dionisio casi sonrió ante su propia ocurrencia. “Un internado de mecánica”.
Miguel miraba a Dionisio con la boca abierta. Luego miró a su madre.
—Ma… Don Nicho es buena gente. De verdad. No toma, no grita. Y sabe un chorro de carros.
Olga miró al hombre desconocido que le ofrecía salvarle la vida a su hijo. Buscó en sus ojos alguna señal de malicia, de doble intención. Solo encontró la mirada franca y cansada de un hombre del norte, de esos que dan la mano y cumplen.
—¿Por qué? —preguntó ella de nuevo, casi en un susurro.
Dionisio se encogió de hombros.
—Porque mi casa está muy callada, señora. Y porque a veces, uno necesita ayuda para salir del bache. Yo también la necesité alguna vez.
Olga cerró los ojos y asintió lentamente. Las lágrimas corrían libremente por su cara, pero ya no eran de angustia. Eran de alivio. Un alivio tan profundo que casi la hizo caer.
—Está bien —dijo—. Está bien. Pero con una condición.
—Diga.
—Yo le voy a pagar la comida de Miguel. Aunque sea de a poquito. No quiero que sea una carga.
—Trato hecho —mintió Dionisio, sabiendo que nunca le aceptaría un peso, pero entendiendo que ella necesitaba sentir dignidad—. Ahora, regrese a trabajar antes de que la regañen. Nosotros nos vamos al taller. Hay una transmisión de Chevy que no se va a bajar sola.
Miguel abrazó a su madre. Fue un abrazo largo, de despedida y promesa.
—Te voy a llamar diario, ma. Y voy a juntar dinero para sacarte de ahí. Te lo juro.
—Tú pórtate bien, mi amor. Hazle caso al señor Dionisio. Estudia.
Cuando se separaron, Olga tomó la mano de Dionisio por un segundo. Sus manos estaban frías, pero su agarre fue fuerte.
—Se lo encargo con mi vida. Es lo único bueno que tengo.
—Va a estar bien, Olga. Se lo prometo por la memoria de mi esposa. Va a estar bien.
Dionisio y Miguel caminaron de regreso a la camioneta. El sol de la tarde empezaba a caer, pintando el cielo de Chihuahua de colores naranjas y violetas, esos atardeceres espectaculares que solo el desierto sabe regalar.
Subieron a la Silverado. Dionisio arrancó el motor.
Miguel se quedó callado un buen rato, mirando por la ventana mientras el hospital se hacía pequeño en el retrovisor.
—Gracias, papá… digo, don Nicho —se corrigió Miguel rápidamente, poniéndose rojo como un tomate.
Dionisio sintió un vuelco en el corazón. Un golpe seco, como cuando un pistón golpea las válvulas. Apretó el volante.
—No hay de qué, chamaco. No hay de qué.
Puso la camioneta en marcha.
—Oiga —dijo Dionisio, carraspeando para aclarar su voz—. En la casa tengo un cuarto que era para… bueno, es el cuarto de visitas. Tiene tele. Y creo que hay un PlayStation 2 viejo guardado en el clóset. A ver si todavía jala.
Miguel volteó a verlo, con los ojos brillantes.
—¿Neta? ¿Un Play 2? ¡Esos son clásicos! ¡Jalan los juegos de Need for Speed!
—Pues a ver si muy salsa manejando en el videojuego. Porque en la vida real te falta mucho, eh. Para empezar, ni sabes meter el clutch.
—¡Claro que sé! Mi abuelo me enseñó en el tractor.
—Un tractor no es una troca, huerco. Ya te quiero ver sacando el clutch en subida.
Y así, discutiendo sobre embragues y videojuegos, el viejo mecánico y el niño con el ojo morado se alejaron del dolor, rumbo a una casa que, por primera vez en tres años, esa noche tendría todas las luces encendidas.
Dionisio no lo sabía aún, pero acababa de adoptar no solo a un hijo, sino a una misión. Y los fantasmas de su soledad, esos que lo esperaban cada noche en los rincones de su sala, acababan de recibir orden de desalojo.
CAPÍTULO 4: El Fantasma de la Habitación de Huéspedes
La casa de Dionisio olía a tiempo detenido.
No era un olor desagradable, no olía a suciedad ni a moho. Era, más bien, el aroma del encierro prolongado. Olía a cera para muebles que se aplicó hace mucho, a polvo asentado sobre libros que nadie abre y a esa quietud densa que solo habita en los lugares donde ya no se escuchan risas.
Cuando Dionisio giró la llave en la cerradura y empujó la pesada puerta de madera, Miguel se quedó un paso atrás, en el umbral, como si esperara que un campo de fuerza invisible le impidiera el paso.
—Pásale, Migue. No te quedes ahí que se mete el chiflón —dijo Dionisio, tanteando la pared en busca del interruptor.
La luz de la sala se encendió, revelando un espacio que parecía sacado de una revista de decoración de los años noventa. Muebles de madera oscura, tapetes persas (o imitaciones muy buenas), y vitrinas llenas de figuras de porcelana y cristal cortado. Todo estaba impecable, pero todo gritaba “no me toques”.
Miguel dio un paso tímido sobre la alfombra beige, mirando sus botas nuevas con miedo a dejar una huella de lodo imaginario.
—¿Usted vive aquí solo? —preguntó el chico, su voz sonando demasiado fuerte en el silencio de la casa.
—Solo con mis mañas —respondió Dionisio, cerrando la puerta y dejando las llaves en un tazón de cerámica en la entrada—. Y a veces ni yo me aguanto.
Dionisio caminó por la casa encendiendo luces, espantando las sombras. Miguel lo seguía como una sombra pequeña y nerviosa. Pasaron por la cocina, que brillaba de limpia porque casi nunca se usaba, y llegaron al pasillo de las recámaras.
—Esta es la mía —señaló Dionisio a una puerta cerrada—. Ahí no entras a menos que se esté quemando la casa, ¿entendido?
—Sí, don Nicho.
—El baño está al fondo. Y esta… —Dionisio se detuvo frente a la segunda puerta. Puso la mano en el pomo y dudó un segundo. Hubo un parpadeo en sus ojos, una microexpresión de dolor que Miguel, experto en leer el estado de ánimo de los adultos para sobrevivir, captó al instante—. Esta es tuya.
Dionisio abrió la puerta.
La habitación no era lo que Miguel esperaba. No era un cuarto de visitas genérico con una cama y ya. Era… un cuarto que había sido preparado con amor para alguien que nunca llegó. Las paredes estaban pintadas de un azul cielo muy pálido, ya un poco descolorido por los años. Había una cama individual con una colcha de naves espaciales que se veía antigua pero nueva a la vez. Un escritorio de madera clara frente a la ventana. Y en una repisa, algunos carritos de colección y libros de aventuras juveniles.
Miguel entró despacio. El aire aquí se sentía diferente. Más triste, pero más cálido.
—¿De quién era? —preguntó Miguel, tocando la colcha con la punta de los dedos.
Dionisio se recargó en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho amplio.
—De nadie —dijo con voz ronca—. Catalina, mi esposa… ella quería familia. Lo intentamos muchos años. Compró las cosas, pintó el cuarto. Decía que si preparábamos el nido, el pajarito llegaría.
—¿Y llegó?
—No. Nunca pegó. Y luego… bueno, luego se nos acabó el tiempo.
El silencio se estiró entre los dos, denso como aceite de motor. Miguel retiró la mano de la cama, sintiéndose un intruso en un santuario ajeno.
—No… no tengo que dormir aquí si no quiere —dijo el chico rápidamente—. Puedo dormir en el sillón de la sala. O en el piso, con una cobija. No quiero ensuciar la colcha de las naves.
Dionisio soltó una risa corta, sin humor. Se acercó a la cama, agarró la colcha y la sacudió con fuerza, levantando una nube de polvo invisible.
—Déjate de tonterías. Las cosas son para usarse. A Catalina le hubiera purgado ver este cuarto vacío por diez años. Le hubiera gustado ver a un chamaco aquí, aunque sea un chamaco feo y orejón como tú.
Miguel sonrió levemente ante el insulto cariñoso.
—En el clóset hay toallas. El baño tiene agua caliente. Date un baño de verdad, no como el de gato que te diste en el taller. Yo voy a ver qué cenamos.
Mientras el agua caliente caía sobre su espalda, Miguel cerró los ojos y se recargó contra los azulejos. Era la primera vez en meses que se bañaba sin prisa, sin miedo a que alguien golpeara la puerta, sin el temor de que el agua caliente se acabara en dos minutos. El vapor llenó el baño y, por un momento, Miguel se permitió llorar. No de tristeza, sino de descompresión. El nudo que traía en el estómago desde que huyó de su casa empezaba a aflojarse, y eso dolía más que tenerlo apretado.
Cuando salió, con la pijama que Dionisio le había prestado (una camiseta vieja y unos pants deportivos con jareta), el olor a comida lo guio a la cocina.
Dionisio estaba frente a la estufa, volteando unas quesadillas en un comal.
—Siéntate. ¿Te gusta el pico de gallo? Pica, eh. No es para nenas.
—Me gusta.
Cenaron quesadillas con queso asadero, del bueno, del que hace hebra kilométrica, y frijoles refritos con manteca. Para Miguel, fue un banquete de reyes.
—Mañana empieza lo bueno, Migue —dijo Dionisio, sirviéndose un vaso de leche—. Te vas a levantar a las seis.
—¿A las seis? —Miguel casi se atraganta con la tortilla—. ¿Por qué tan temprano? El taller abre a las nueve.
—El taller abre a las nueve para los clientes. Para nosotros abre a las siete y media. Hay que barrer, hay que prender el compresor, hay que checar la herramienta. Y antes de eso… tenemos que hablar de tu escuela.
Miguel dejó la quesadilla en el plato. El apetito se le esfumó.
—No quiero ir a la escuela, don Nicho.
—No te pregunté si querías.
—Pero es que… voy muy atrasado. Ya perdí como un mes. Los maestros me traen de encargo porque no llevo los materiales. Y mis compañeros… —Miguel bajó la mirada—. Todos saben. Saben que mi mamá anda con un borracho. Saben que a veces llego con moretones. Me miran raro.
Dionisio dejó su vaso en la mesa con un golpe seco.
—Mírame.
Miguel levantó la vista.
—¿Tú crees que a mí me importa lo que digan esos mocosos? ¿O lo que piensen los maestros?
—A usted no. A mí sí.
—Pues vas a tener que aprender a que te valga madre. —Dionisio se inclinó hacia adelante—. Escúchame bien. La mecánica es un oficio noble. Te da para comer. Pero si no terminas la secundaria y la prepa, siempre vas a ser un “tuercas”. Vas a saber cambiar piezas, pero no vas a saber cómo funciona el mundo. Yo no terminé la prepa, Migue. Y me arrepiento cada día. Me cuesta leer los manuales nuevos que vienen en inglés. Me cuesta hacer las facturas en la computadora. No quiero eso para ti.
—Pero soy bueno en el taller. Usted lo vio.
—Eres bueno con las manos. Pero la cabeza hay que entrenarla también. Mañana vamos a ir a tu escuela. Voy a hablar con el director.
—¿Usted?
—Sí, yo. Ahora soy tu… lo que sea. Tu patrón. Tu tutor temporal. Voy a decirles que estás viviendo conmigo y que te vas a poner al corriente. Y tú vas a cumplir, cabrón. Porque si me llegan quejas de que no entras a clases o que andas de vago, se acaba el trato. ¿Entendido?
Miguel sabía cuándo no había espacio para negociar. Asintió.
—Entendido.
—Órale pues. A lavarse los dientes y a dormir. Mañana es día de jale.
La noche cayó pesada sobre la casa. Miguel se acostó en la cama de las naves espaciales. El colchón era suave, las sábanas olían a lavanda (seguramente por el detergente que usaba Dionisio). Era el paraíso.
Pero el paraíso tiene sus propios demonios.
Eran las tres de la mañana cuando el grito desgarró el silencio de la casa.
—¡NO! ¡DÉJALA! ¡DÉJALA YA!
Dionisio, que tenía el sueño ligero de los viejos y de los que han vivido en peligro, estaba de pie en tres segundos. Agarró el bat de béisbol que guardaba bajo la cama (viejos hábitos) y corrió al pasillo.
El grito venía del cuarto de Miguel.
Dionisio abrió la puerta de golpe, encendiendo la luz.
Miguel estaba sentado en la cama, con los ojos abiertos pero ciegos, mirando a un punto en la esquina del cuarto. Estaba empapado en sudor, temblando violentamente, con las manos levantadas como si quisiera protegerse de un golpe invisible.
—¡No le pegues! ¡Mátame a mí, pero a ella no! —gritaba el niño, con una voz que helaba la sangre.
Dionisio tiró el bat y se acercó.
—¡Miguel! ¡Migue, despierta!
El chico no reaccionaba. Estaba atrapado en el bucle de la pesadilla, reviviendo alguna noche terrible en la casa de Sergio.
Dionisio no sabía qué hacer. Sabía que no debía sacudirlo bruscamente, podía ser peor. Se sentó en el borde de la cama, con cuidado, y puso una mano pesada y caliente sobre el hombro huesudo del muchacho.
—Miguel. Estás en mi casa. Soy Nicho. Estás a salvo. Nadie le está pegando a nadie.
Le habló suave, monótona y firmemente. Como le hablaba a los motores sobrecalentados para que no explotaran al abrir el radiador.
—Respira, hijo. Respira. Aquí estoy.
Poco a poco, la mirada de Miguel empezó a enfocarse. El terror ciego dio paso a la confusión, y luego al reconocimiento. Miró a Dionisio, miró el cuarto azul, miró sus propias manos.
Y se derrumbó.
Se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar, un llanto quedito, avergonzado.
—Perdón… perdón… lo desperté…
—Cállate —dijo Dionisio, pero con ternura—. No pidas perdón por tener pesadillas.
Dionisio se levantó, fue al baño y regresó con un vaso de agua y una toalla pequeña.
—Tómate esto. Y sécate el sudor, te vas a enfriar.
Miguel obedeció, bebiendo el agua con avidez. Dionisio se quedó sentado en la silla del escritorio, vigilando.
—¿Pasa seguido? —preguntó el mecánico.
—Casi todas las noches —admitió Miguel—. Sueño que Sergio llega. Que rompe la puerta. Que le pega a mi mamá y yo no puedo moverme. Estoy pegado al piso y nomás veo.
Dionisio asintió.
—Es normal. El miedo no se va nomás porque cambias de código postal. Se queda en los huesos un rato.
—¿Y si nunca se va?
—Se irá —aseguró Dionisio—. Pero tienes que darle chance. Es como cuando rectificas un motor desbielado. No queda a la primera. Hay que pulir, hay que ajustar, hay que darle asentamiento. Tú estás en asentamiento, Migue.
—Gracias, don Nicho.
—Duérmete. Voy a dejar la luz del pasillo prendida y la puerta abierta. Yo estoy aquí al lado. Tengo el bat y tengo el sueño ligero. Si alguien entra, se va a arrepentir de haber nacido.
Esa promesa, dicha con la seriedad de un contrato notarial, fue lo que permitió que Miguel volviera a cerrar los ojos. Y por primera vez en años, durmió el resto de la noche sin soñar nada.
—¡Arriba, holgazán! ¡El sol ya salió y las tuercas no se aflojan solas!
La voz de Dionisio y el olor a café y chilaquiles despertaron a Miguel a las seis en punto.
El desayuno fue rápido pero sustancioso. Chilaquiles rojos con huevo estrellado.
—Come bien, porque no hay descanso hasta la una —advirtió Dionisio.
El viaje al taller fue diferente esa mañana. Ya no era una huida. Era una rutina. Miguel iba mirando la ciudad despertar, viendo a otros hombres y mujeres yendo a trabajar, y por primera vez se sintió parte del engranaje, no un residuo tirado en la banqueta.
Llegaron al taller. El aire estaba frío.
—Lo primero: el baño —dijo Dionisio, lanzándole a Miguel una escoba y una botella de cloro—. El baño de los clientes tiene que brillar. Si un cliente entra a un baño sucio, piensa que así le vas a dejar el coche: sucio.
—Pero yo soy mecánico, no conserje —rezongó Miguel.
—Tú eres chalán. Y el chalán hace lo que el maestro dice. Y el maestro dice que el baño apesta. Órale.
Miguel refunfuñó, pero lo hizo. Y lo hizo bien, porque sabía que Dionisio revisaría.
A las ocho y media, Dionisio se limpió las manos.
—Lávate. Vamos a la escuela.
—¿Ahorita?
—Sí. Ya hablé por teléfono. La directora nos espera.
Miguel sintió que el estómago se le hacía nudo. Prefería limpiar diez baños a enfrentar a la Directora Martínez. Esa señora tenía mirada de rayos X y una lengua más afilada que un cuchillo cebollero.
Llegaron a la Secundaria Técnica 45. El edificio de ladrillo rojo parecía una prisión. El ruido de cientos de adolescentes gritando en el patio hizo que Miguel quisiera salir corriendo.
Dionisio caminaba con paso firme, ignorando las miradas de los alumnos que veían a ese gigante con botas de trabajo y manos curtidas caminando junto al “niño raro” del salón 2B.
Entraron a la dirección. La directora Martínez, una mujer bajita con el pelo teñido de un rojo intenso y lentes colgados de una cadena, los miró por encima de sus papeles.
—Señor Mondragón —dijo ella, escéptica—. Y Miguel. Qué milagro verte por aquí. Pensé que ya habías desertado.
—No, señora —dijo Dionisio, tomando la silla frente al escritorio sin esperar invitación—. El muchacho tuvo… problemas familiares. Graves. Pero eso ya se acabó. Ahora vive conmigo.
La directora levantó una ceja.
—¿Con usted? ¿Y usted es…?
—Soy su tutor temporal. Aquí traigo la carta firmada por su madre, con copia de su INE y mi comprobante de domicilio. —Dionisio sacó unos papeles arrugados pero válidos que había gestionado con Olga la tarde anterior—. La situación en su casa era insostenible. Violencia. Ya sabe cómo es esto.
La palabra “violencia” hizo que la directora cambiara su actitud. Dejó de ser la burócrata y se convirtió en la educadora preocupada. Miró a Miguel y vio el moretón, que aunque ya estaba amarillo, seguía siendo visible.
—Entiendo —dijo ella, suavizando la voz—. Miguel es un chico listo. Pero sus faltas… está al borde de reprobar el año por inasistencias.
—Eso lo vamos a arreglar —aseguró Dionisio—. Él va a venir todos los días. Yo lo voy a traer y yo lo voy a recoger. Y va a entregar todas las tareas atrasadas. ¿Verdad, Miguel?
Miguel asintió, mirando al suelo.
—Sí.
—Pero necesito que nos eche la mano, Directora —continuó Dionisio—. El muchacho trabaja conmigo por las tardes. Está aprendiendo el oficio. Necesita sentirse útil. Si usted me ayuda dándole chance de entregar los trabajos, yo me encargo de que él se convierta en el mejor alumno que ha tenido. O al menos, en el que mejor arregla su carro si se le descompone.
La directora Martínez sonrió levemente.
—Mi carro anda fallando, fíjese.
—Tráigalo al taller. “El Pistón de Oro”. Se lo checamos sin compromiso. Pero ayúdeme con el chavo.
La directora suspiró y cerró la carpeta de Miguel.
—Está bien. Tienes dos semanas para ponerte al corriente, Miguel. Hablaré con los profesores. Pero ni una falta más. Ni una.
—Gracias, maestra —dijo Miguel, sintiendo que podía respirar de nuevo.
Salieron de la dirección. En el pasillo, se toparon con “El Brayan”, el bully del salón de Miguel. Un chico grandote y burlón.
—Uy, miren a la Migue. ¿Trajiste a tu abuelito para que te defienda? —se burló El Brayan, empujando el hombro de Miguel.
Dionisio se detuvo. Giró lentamente. Se quitó los lentes oscuros y miró al Brayan desde su metro ochenta y cinco de altura. No dijo nada. Solo lo miró con esa mirada pesada, de hombre que ha visto cosas que un niño no podría ni imaginar. Una mirada que decía: “Soy un tanque de guerra y tú eres un triciclo”.
El Brayan se tragó la risa. Dio un paso atrás, intimidado por la presencia bruta del mecánico.
—Con permiso —masculló el bully y se fue rápido.
Dionisio le puso la mano en el hombro a Miguel.
—¿Ves? A veces no hay que decir nada. Solo hay que pararse derecho. Ahora, entra a clases. Te recojo a la una. Y más te vale que pongas atención en Matemáticas, porque eso de calcular la relación de compresión del motor es pura álgebra.
Miguel vio a Dionisio alejarse por el pasillo, con su caminar lento y pesado. Y por primera vez en su vida, sintió algo que nunca había sentido en la escuela: Orgullo. No estaba solo. Tenía un respaldo. Tenía un tanque de guerra de su lado.
La tarde en el taller fue brutal. Llegó un taxi Tsuru con la caja de velocidades hecha pedazos.
—Este es para ti —dijo Dionisio, señalando la montaña de grasa y metal—. Hay que bajar la caja, lavarla y ver qué se rompió.
—¿Yo solo? —preguntó Miguel, asustado.
—Tú solo. Yo voy a estar aquí al lado cambiando balatas, pero no me preguntes a menos que estés atorado de verdad. Tienes que aprender a sentir los fierros.
Miguel se metió debajo del auto. Pasó tres horas luchando contra tornillos oxidados, bañándose en aceite de transmisión (que huele a podrido), golpeándose los nudillos y maldiciendo en voz baja.
Pero cuando finalmente logró bajar la caja, pesada como un muerto, y la puso en la mesa de trabajo, sintió una satisfacción eléctrica.
Dionisio se acercó, se limpió las manos y miró el trabajo.
—Te tardaste mucho. Un buen mecánico la baja en una hora. Tú te echaste tres.
Miguel bajó la cabeza, esperando el regaño.
—Pero… —añadió Dionisio— no barriste ningún tornillo. Y acomodaste los soportes para que no se cayera el motor. Eso es tener cabeza. Bien hecho, chalán.
—Gracias, maestro.
—Ahora lávala. Que quede como espejo.
Cerraron el taller a las ocho. Estaban agotados, sucios, con grasa hasta en las pestañas. Pero había una camaradería nueva entre ellos. Ya no eran el rescatador y la víctima. Eran dos hombres que habían trabajado duro.
De regreso a casa, pararon por unos tacos al pastor. Comieron en el cofre de la camioneta, viendo pasar los coches.
—Oiga, don Nicho —dijo Miguel con la boca llena.
—Mande.
—Hoy en la escuela… en Matemáticas… le entendí al profe. Estaba explicando las fracciones y me imaginé las llaves. Media pulgada, tres octavos, cinco dieciseisavos… y todo cuadró.
Dionisio sonrió, dándole una mordida a su taco de piña.
—Te lo dije. El mundo es una máquina grande, Migue. Si entiendes cómo funciona un motor, entiendes cómo funciona casi todo. Hasta las fracciones esas del diablo.
Llegaron a casa. Miguel se bañó y cayó rendido en la cama. Esa noche, la pesadilla intentó volver. Vio la sombra de Sergio en la puerta. Pero en su sueño, de repente apareció otra sombra. Una sombra grande, con gorra de béisbol y una llave Stilson en la mano. Y la sombra de Sergio se hizo chiquita y desapareció.
Miguel se dio la vuelta en la cama, abrazó la almohada y siguió durmiendo. En la sala, Dionisio apagó la televisión, checó que la puerta estuviera bien cerrada, y apagó la última luz, sabiendo que, por fin, el silencio de su casa ya no era de soledad, sino de paz.
CAPÍTULO 5: Termodinámica del Corazón
El invierno en Chihuahua se fue como llegó: de golpe. Un día estabas rompiendo el hielo del parabrisas con una tarjeta de crédito, y al siguiente, el sol del desierto caía a plomo, convirtiendo el taller en un horno de lámina galvanizada.
Habían pasado cuatro meses desde aquella noche en que Miguel apareció temblando detrás de las llantas. Cuatro meses que parecían cuatro años por todo lo que había cambiado.
Dionisio se limpió el sudor de la frente con el antebrazo, dejando un rastro negro de grasa. Eran las tres de la tarde y el calor hacía bailar el aire sobre el asfalto de la calle. En el taller, los ventiladores industriales zumbaban como avispas gigantes, moviendo aire caliente de un lado a otro sin refrescar realmente nada.
—¡Migue! —gritó Dionisio desde debajo de un Chevy C2—. ¡Pásame la llave de 13 milímetros y el dado largo!
—¡Voy!
Pasaron dos segundos y una mano, ya no tan flaca, enfundada en un guante de nitrilo azul, apareció en el campo de visión de Dionisio entregándole exactamente lo que pedía.
—Oiga, don Nicho —dijo la voz de Miguel desde arriba—. Ese Chevy trae fuga en el retén del cigüeñal, ¿verdad?
Dionisio sonrió para sus adentros. El “huerco” ya no preguntaba con miedo. Diagnosticaba.
—Sí, Sherlock Holmes. ¿Cómo supiste?
—Por el charco de aceite. Está justo en la unión de la caja y el motor. Y el aceite se ve negro, de motor, no rojo de transmisión.
—Bien bajado ese balón. Anótalo en la orden de servicio. Hay que bajar la caja para cambiar el retén. Avísale al cliente que va a salir en dos mil pesos más.
Miguel salió de debajo de la sombra del auto y caminó hacia el escritorio. Ya no caminaba encorvado. Sus botas de trabajo, ya raspadas y gastadas por el uso, resonaban con seguridad. Había ganado peso; los frijoles con veneno (carne de asado) de las cenas y los desayunos fuertes habían rellenado los huecos en sus mejillas. El moretón en su ojo era solo un recuerdo lejano, una mancha en la memoria que ya no dolía al mirarse al espejo.
La escuela también iba bien. Sorprendentemente bien. Resultó que la mecánica era pura física aplicada. Cuando el profesor de ciencias explicaba la termodinámica, Miguel levantaba la mano.
—Profe, eso es como cuando se calienta el anticongelante y abre el termostato, ¿no? Para que circule el agua y no se desbiele el motor.
El profesor se quedaba pasmado, pero asentía. Miguel había pasado de ser el “niño problema” ausente a ser el alumno que entendía la práctica antes que la teoría. Sus compañeros ya no se burlaban. Al contrario, ahora se le acercaban en el recreo.
—Oye, Migue, mi papá dice que su carro hace un ruido como “trac-trac” cuando da vuelta. ¿Qué será?
Y Miguel, con toda la seriedad de un médico especialista, respondía:
—Seguro son las juntas homocinéticas. Díle que lo lleve al taller de don Nicho. Le hacemos descuento.
Dionisio lo escuchó una vez haciendo promoción y casi se le sale una lágrima de risa y orgullo. El chico no solo era buen mecánico, era buen vendedor.
Esa tarde, el taller recibió una visita inusual. Un Audi A4 negro, reluciente, con vidrios polarizados, entró despacio, esquivando los baches de la entrada como si fueran minas explosivas.
Del auto bajó un hombre joven, de traje impecable, hablando por celular con un auricular inalámbrico. Miró el taller con desdén: el piso manchado, las herramientas viejas, el calendario de chicas en la pared.
—Buenas tardes —dijo el hombre, colgando su llamada—. Busco al encargado.
Dionisio salió de la oficina, secándose las manos.
—A sus órdenes, jefe. Soy Dionisio.
—Mire, me recomendaron este lugar porque dicen que usted es honesto. Vengo de la agencia. Me quieren cobrar cincuenta mil pesos por una falla que no encuentran. El carro pierde potencia en subida y prende el “Check Engine”, pero luego se apaga. Dicen que es el turbo.
Dionisio miró el Audi. Esos carros eran complicados. Mucha electrónica, muchos sensores.
—Podemos revisarlo. Pero el diagnóstico se cobra, se arregle o no.
—No me importa el costo, me importa que quede. Pero… —el hombre miró alrededor con duda—. ¿Tiene equipo para esto? No es un Tsuru, amigo.
Dionisio sintió el pinchazo del orgullo herido, pero antes de que pudiera contestar una grosería norteña, Miguel salió de la bodega cargando una laptop vieja y un cable de interfaz OBD2.
—Buenas tardes —dijo Miguel con educación—. ¿Es un motor 1.8 Turbo o el 2.0 TFSI?
El hombre del traje miró al adolescente con sorpresa.
—Es el 2.0 Turbo.
—Ah, esos sufren mucho de la válvula diverter —dijo Miguel, conectando el cable al puerto bajo el volante del Audi sin pedir permiso, pero con tal seguridad que el dueño no lo detuvo—. El diafragma de la válvula se rompe y escapa la presión del turbo. Por eso pierde potencia, pero no siempre marca error fijo porque es una fuga mecánica, no eléctrica.
El hombre miró a Dionisio.
—¿El niño es el mecánico?
—El “niño” —dijo Dionisio cruzándose de brazos y recargándose en el marco de la puerta— ha leído más manuales de Volkswagen y Audi en inglés este mes que usted periódicos en toda su vida. Déjelo trabajar.
Miguel tecleó en la laptop. Los gráficos de presión del turbo aparecieron en la pantalla.
—Acelere a tres mil revoluciones, por favor —pidió Miguel al dueño.
El hombre obedeció, fascinado.
—Mire aquí —señaló Miguel en la pantalla—. La computadora pide 15 PSI de presión, pero el turbo solo entrega 8. Y luego cae. No es el turbo el que está mal, el turbo sí infla. Es que el aire se está escapando. Casi seguro es la válvula de alivio. Cuesta mil quinientos pesos, no cincuenta mil.
El dueño del Audi apagó el motor y bajó del auto. Miró a Miguel, luego a Dionisio, y luego sacó su cartera.
—Cámbiala. Ahora mismo.
Treinta minutos después, el Audi salía del taller rugiendo como nuevo. El cliente dejó una propina de quinientos pesos “para el ingeniero joven”.
—¿Viste eso, don Nicho? —dijo Miguel, guardando su billete—. ¡Le dije! ¡Era la diverter!
—Sí, sí, muy picudo —gruñó Dionisio, aunque por dentro estaba radiante—. Pero no te creas mucho, que todavía te falta barrer la oficina. El piso no se barre solo con la laptop.
El sábado, la rutina cambió.
Olga llegó al taller a la una de la tarde. Se veía diferente. El cabello lo traía suelto, limpio y brillante. Llevaba unos jeans y una blusa sencilla, pero ya no tenía esa postura de animal asustado. Había ganado un poco de peso, lo justo para que sus pómulos no parecieran calavera.
Trabajaba ahora en una panadería en el centro. El olor a levadura y vainilla parecía seguirla.
—Buenas tardes, señores trabajadores —dijo, entrando con una canasta de pan dulce.
—¡Mamá! —Miguel soltó la escoba y corrió a saludarla.
El abrazo ya no era desesperado, era cálido. Era el abrazo de dos personas que se están redescubriendo.
Dionisio los observó desde la mesa de trabajo, sintiendo esa punzada agridulce en el pecho. Celos, tal vez. O miedo. Miedo de que ese cuadro perfecto, donde él era solo un espectador, se rompiera. O peor, que se completara y él sobrara.
—Traje conchas y orejas —dijo Olga, sonriéndole a Dionisio—. Para el café.
—Gracias, Olga. Pásale, ahorita pongo la cafetera.
Se sentaron en la pequeña oficina. El aire acondicionado hacía un ruido infernal, pero era mejor que el calor de afuera.
Olga miró alrededor. El escritorio de Dionisio era una zona de desastre. Facturas de proveedores mezcladas con notas de remisión, tickets de gasolina, servilletas con números de teléfono y piezas de metal oxidadas que servían de pisapapeles.
—Nicho… —dijo Olga, usando el apodo con una familiaridad que le provocó un escalofrío agradable al mecánico—. ¿Cómo encuentras algo aquí? Esto es un caos.
—Es un caos organizado —se defendió él—. Yo sé dónde está todo.
—Aja. ¿Dónde está la factura de la luz? Porque vi el aviso de corte pegado en el medidor afuera.
Dionisio palideció.
—¿En serio? Chin… juraría que la pagué.
Empezó a revolver papeles frenéticamente.
Olga suspiró, dejó su café, se levantó y le quitó las manos del escritorio con suavidad.
—Quítate. Déjame ver.
En diez minutos, Olga había separado las facturas por pagar, las pagadas y la basura. Encontró el recibo de la luz (vencido hacía dos días) debajo de una caja de bujías.
—Tines que ir a pagar esto hoy mismo en el cajero automático —le dijo, entregándole el papel—. Y esto… —señaló una montaña de notas— necesita capturarse en una hoja de cálculo. Estás perdiendo dinero, Nicho. No estás cobrando el IVA de algunas refacciones.
Dionisio se rascó la cabeza. Los números y él se llevaban bien cuando eran caballos de fuerza o torque, pero cuando eran pesos y centavos ante el SAT (Hacienda), le daba dolor de cabeza.
—Yo no le sé a la computadora para esas cosas. Migue le mueve, pero él tiene tarea.
—Yo le sé —dijo Olga—. Tomé un curso de secretariado hace años, antes de… bueno, antes de todo. Y en la panadería a veces ayudo con el inventario.
Dionisio la miró. Vio a una mujer inteligente, capaz, que había sido aplastada por las circunstancias pero que estaba buscando grietas por donde volver a crecer.
—¿Quieres chamba? —preguntó Dionisio de repente.
Olga se detuvo.
—¿Cómo?
—Necesito a alguien que me lleve los papeles. Que conteste el teléfono, que haga las citas. Estoy perdiendo clientes porque no contesto cuando estoy debajo de un carro. Y mis cuentas son un asco. Te puedo pagar… —Dionisio hizo un cálculo mental rápido—. Te puedo pagar lo mismo que en la panadería, pero trabajando medio tiempo. Las tardes y los sábados.
—Nicho, no lo hagas por ayudarme…
—No es por ayudarte, mujer. Es por ayudarme a mí. Si me cortan la luz, no jala el compresor y no comemos. Me urge una administradora. Y prefiero que seas tú, que eres de confianza, a meter a una extraña que me robe los clips.
Miguel, que estaba comiéndose una concha de chocolate, intervino con la boca llena.
—¡Sí, ma! ¡Vente a trabajar con nosotros! Seríamos… seríamos como un equipo. “El Pistón de Oro y Familia”.
La palabra “Familia” quedó flotando en el aire. Olga miró a Miguel, luego a Dionisio. Sus ojos brillaron.
—Está bien. Pero voy a poner reglas. Aquí no se fuma adentro. Y se limpia este escritorio todos los días.
—Sí, jefa —dijo Dionisio, levantando las manos en rendición.
Así fue como la dinámica cambió.
Por las tardes, después de la escuela, Miguel llegaba al taller, se cambiaba a su uniforme y se ponía a trabajar en los autos. A las cuatro llegaba Olga. Se sentaba en la oficina, ponía música bajita en el radio y el sonido del teclado se mezclaba con el de las llaves de impacto.
Para Dionisio, fue la época más extraña y feliz de su vida adulta.
Llegar al taller y ver que había café fresco. Escuchar la risa de Olga cuando Miguel le contaba un chiste malo. Sentir que no estaba cargando el mundo él solo.
Pero la felicidad, como los motores viejos, siempre trae un ruido de fondo que avisa que algo puede romperse.
Una noche, después de cerrar, Dionisio llevó a Olga a su cuarto de renta. Era un lugar pequeño pero limpio, en una vecindad segura.
—Gracias por traerme, Nicho.
—No es nada.
Estaban en la camioneta, con el motor encendido.
—Nicho… —Olga miró sus manos—. El abogado de oficio me dijo que ya va a salir mi divorcio. Y la orden de restricción contra Sergio es permanente. Está en el reclusorio y no va a salir en un buen rato.
—Eso es bueno, ¿no?
—Sí. Pero también dijo que… que el DIF va a revisar el caso de la custodia de Miguel. La custodia temporal que tienes se vence el próximo mes.
Dionisio sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se había olvidado de los papeles. Se había olvidado de que Miguel no era suyo.
—¿Y qué pasa entonces? —preguntó, con la voz tensa.
—Pues… se supone que si yo ya estoy bien, si tengo trabajo y lugar donde vivir… Miguel debe volver conmigo.
El silencio dentro de la cabina fue absoluto. Solo el ronroneo del motor V8 llenaba el espacio.
Dionisio miró por el parabrisas. Pensó en la habitación azul con los carritos. Pensó en las noches de películas y pizza. Pensó en Miguel explicándole termodinámica.
—¿Tú quieres que vuelva contigo? —preguntó Dionisio. Era la pregunta más difícil que había hecho en años.
Olga lo miró a los ojos.
—Es mi hijo, Nicho. Lo amo más que a mi vida. Me duele cada noche no dormir bajo el mismo techo que él.
—Entiendo.
—Pero… —Olga tocó el brazo de Dionisio—. También veo lo feliz que es contigo. Veo cómo te mira. Te mira como nunca miró a su papá, y mucho menos a Sergio. Te mira con admiración. Contigo ha florecido. En mi cuartito… apenas cabemos los dos. Y aquí en el taller, en tu casa… tiene espacio. Tiene futuro.
—Olga, yo no te lo quiero quitar.
—Lo sé. Y yo no quiero arrancarlo de donde es feliz. Tengo miedo, Nicho. Miedo de que si me lo llevo, me odie. O que extrañe esto y se vuelva a apagar.
—Miguel te adora, Olga. Nunca te odiaría.
—No sé qué hacer. El licenciado dice que tengo que pelear la custodia total. Pero mi corazón dice que… que estamos bien así. Los tres.
Dionisio apagó el motor. Giró el cuerpo para quedar frente a ella.
—Escúchame. No tienes que pelear nada. Miguel es tu hijo. Siempre será tu hijo. Pero en mi casa siempre va a haber una cama para él. Y para ti… bueno, para ti siempre va a haber chamba y café.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que no dejemos que un juez decida por nosotros. Vamos a preguntarle a Miguel. Cuando llegue el momento. Que él decida dónde quiere dormir. Pero que sepa que tiene dos casas. Que tiene una mamá leona y un… un viejo necio que le enseña a apretar tuercas.
Olga sonrió, y una lágrima rodó por su mejilla.
—Eres un buen hombre, Dionisio Mondragón. Catalina tuvo mucha suerte.
—Yo fui el suertudo. Y ahora… ahora creo que la suerte volvió.
Se despidieron sin besos, sin promesas románticas, pero con una conexión que iba más allá de eso. Eran socios. Eran cómplices en la misión más importante del mundo: salvar el futuro de un niño.
Dionisio regresó a casa esa noche con la cabeza hecha un torbellino.
Entró y encontró a Miguel en la sala, con los libros de texto abiertos en la mesa de centro, pero con la mirada fija en la televisión apagada.
—¿Qué pasó, campeón? ¿Ya acabaste la tarea?
Miguel levantó la vista. Se veía serio. Demasiado serio para un niño de quince años.
—Don Nicho… ¿mi mamá se va a casar con usted?
Dionisio casi se tropieza con la alfombra.
—¿Qué? ¡No! ¿De dónde sacas eso? Solo somos… amigos. Trabajamos juntos.
—Es que en la escuela dicen que cuando dos adultos pasan mucho tiempo juntos es porque hay onda. Y el otro día los vi platicando en la camioneta muy cerquita.
Dionisio se sentó en el sofá frente a él.
—Migue, tu mamá y yo nos llevamos bien porque los dos te queremos a ti. Estamos haciendo equipo. Como en los pits de la Fórmula 1. Ella pone la gasolina y yo cambio las llantas. Pero el piloto eres tú.
Miguel sonrió ante la analogía.
—Ah, bueno. Es que… no me molestaría, ¿sabe?
—¿Qué cosa?
—Que se casaran. Usted es buena onda. Y mi mamá se ríe mucho cuando está aquí. Ya no llora.
Dionisio sintió un calor subirle por el cuello.
—Bueno, bueno, bájale a tus telenovelas. Mejor explícame qué es eso del Trinomio Cuadrado Perfecto que me tiene loco nomás de ver el libro.
Miguel se rio y empezó a explicarle álgebra. Pero la semilla estaba plantada.
Esa noche, Dionisio soñó. No soñó con el pasado, ni con Catalina. Soñó con una mesa grande, un domingo de carne asada. Estaba Miguel, ya más grande, quizás en la universidad. Estaba Olga, sirviendo salsa. Y estaba él, Dionisio, sentado a la cabecera, mirando todo con una paz absoluta.
Despertó con una sensación extraña en el pecho. Esperanza.
Pero la esperanza es peligrosa en el norte.
Dos días después, llegó una carta certificada al taller. Sobre manila, sellos oficiales.
Dionisio la abrió con manos temblorosas. Olga se acercó, dejando de teclear.
—¿Qué es?
—Es del Juzgado de lo Familiar —leyó Dionisio. Su rostro se endureció—. Citan a una audiencia la próxima semana. Dice aquí que… que apareció un pariente biológico reclamando derechos.
—¿Qué? —Olga le arrebató el papel—. ¡Imposible! Mis padres murieron. Sergio está en la cárcel. ¿Quién?
Dionisio señaló un nombre en el documento, un nombre que no conocía pero que sonaba a problemas.
—Roberto Casas. “Tío paterno”.
Olga se llevó la mano a la boca.
—El hermano de su papá… —susurró—. Nunca le importó Miguel. Ni siquiera vino al funeral de su hermano. ¿Qué quiere ahora?
—No sé —dijo Dionisio, y sus ojos se oscurecieron con esa mirada de tormenta que precedía a los problemas—. Pero si cree que va a venir a llevarse al muchacho nomás porque comparte apellido, está muy equivocado. Aquí lo espero. Y no lo voy a esperar con café.
Dionisio miró hacia el taller, donde Miguel estaba silbando mientras afinaba un Nissan. El chico era feliz. Y Dionisio juró, por todos los santos y por todos los fierros de su taller, que nadie le iba a quitar esa felicidad. La guerra había llegado a “El Pistón de Oro”, y Dionisio estaba listo para pelear sucio si era necesario.
CAPÍTULO 6: Buitres en el Desierto
El papel sobre el escritorio de Dionisio no pesaba más de cinco gramos, pero su presencia curvaba el metal del mueble como si fuera un bloque de plomo.
Era un citatorio. Juzgado Tercero de lo Familiar. Demandante: Roberto Casas. Asunto: Restitución de menores y tutela legítima.
Dionisio llevaba una hora mirándolo fijamente, con una taza de café enfriándose a su lado y un cigarro consumiéndose en el cenicero sin haber sido tocado. El humo subía en una espiral perezosa hacia el techo manchado de humedad, dibujando formas que parecían interrogaciones.
—Deja de mirarlo, Nicho —dijo Olga desde la puerta. Su voz sonaba firme, pero Dionisio notó el ligero temblor en sus manos mientras sostenía un trapo de limpieza—. No va a cambiar lo que dice por más que lo veas.
—Es que no me cuadra, Olga —gruñó Dionisio, golpeando la mesa con un dedo calloso—. ¿Roberto Casas? ¿El hermano de tu difunto esposo? ¿Ese que ni siquiera mandó flores cuando tu marido se mató en la carretera?
—El mismo.
—¿Y por qué ahora? —Dionisio se levantó, incapaz de quedarse quieto. Su cuerpo grande llenaba la pequeña oficina—. Han pasado dos años. El niño vivió un infierno con el tal Sergio y este tipo no apareció. El niño se escapó, vivió en la calle, llegó aquí… y nada. ¿Por qué ahorita?
Olga entró y cerró la puerta para que Miguel, que estaba afuera cambiando las bujías de un Nissan Sentra, no escuchara.
—No sé. Roberto siempre fue… “especial”. Es de esos que siempre andan buscando el negocio fácil. Vende autos chocolate, arregla papeles chuecos, se mete en pirámides. Siempre tuvo envidia de mi esposo porque él sí trabajaba derecho.
—Pues algo quiere —sentenció Dionisio—. Y no es el amor de sobrino. A ese tipo le interesa Miguel tanto como a mí me interesa la ópera china.
El sonido de una herramienta neumática (zzzzzt-clack) resonó afuera, recordándoles que la vida seguía, que había clientes esperando y motores que arreglar. Pero la amenaza estaba ahí, impresa en papel oficial con sellos azules.
—Voy a llamar al Licenciado Vidales —dijo Dionisio de repente, tomando su viejo celular.
—¿Vidales? ¿El del BMW que vino la semana pasada? —preguntó Olga.
—Ese mero. Le arreglé la transmisión y le quité un ruido que traía loco a medio mundo. Me dijo: “Nicho, cualquier bronca legal, tú échame un grito, te debo una”. Pues se llegó la hora de cobrar el favor.
El Licenciado Vidales llegó al taller dos horas después. Era un hombre bajito, calvo y con lentes de armazón grueso, pero caminaba con la seguridad de quien conoce los sótanos del sistema judicial como la palma de su mano.
Se sentaron en la oficina. Dionisio le sirvió café (en taza limpia, gracias a Olga) y le puso el citatorio enfrente.
Vidales leyó el documento en silencio, frunciendo el ceño, haciendo ruiditos con la boca. Mmm. Ajá. Tss.
—Está bien redactado —dijo finalmente, quitándose los lentes y limpiándolos con su corbata—. Este Roberto Casas contrató a alguien que sabe redactar demandas de machote. Alega que la madre (tú, Olga) no es apta debido a antecedentes de inestabilidad y relaciones con parejas abusivas (el tal Sergio), y que el menor está viviendo con un tercero sin parentesco (tú, Nicho), lo cual pone en riesgo su integridad moral y bla, bla, bla.
Dionisio sintió que la sangre le hervía.
—¿Integridad moral? ¡El niño come tres veces al día! ¡Va a la escuela! ¡Tiene ropa limpia!
—Calma, Nicho. La ley es fría. En el papel, tú eres un extraño. Y el tío es sangre. La ley, desgraciadamente, tiene un fetiche con la consanguinidad. Prefieren entregar al niño a un tío borracho que a un vecino santo, a menos que demostremos lo contrario.
—¿Y qué quiere? —preguntó Olga, con la voz rota—. ¿Quiere llevarse a Miguel a vivir con él? Él vive en un departamento de soltero, siempre anda con mujeres… no tiene espacio para un niño.
Vidales se recargó en la silla, entrelazando los dedos.
—Generalmente, cuando un pariente lejano aparece de la nada reclamando tutela después de años de ausencia, hay dos razones: o le remordió la conciencia (poco probable), o hay dinero de por medio.
—¿Dinero? —Olga negó con la cabeza—. Nosotros no tenemos dinero, licenciado. Vivimos al día. Mi esposo no dejó seguro de vida, la empresa transportista se lavó las manos porque dijeron que fue error humano. No hay herencia.
Vidales se quedó pensando.
—¿Y el abuelo? Mencionaste que el niño aprendió mecánica con el abuelo paterno.
—Don Chuy… —Miguel, que había entrado sigilosamente a la oficina para buscar agua, habló desde la puerta. Todos saltaron.
—Perdón —dijo el chico, asustado—. Escuché… escuché lo del abuelo.
Dionisio le hizo señas para que entrara.
—Pásale, hijo. Esto te incumbe.
—Don Chuy murió hace dos años también, poco antes que mi papá —explicó Olga—. Tenía su ranchito en Delicias. Pero estaba hipotecado hasta el cuello. Se perdió todo.
—¿Todo? —preguntó Vidales, con el olfato de sabueso activado—. A veces quedan remanentes. O derechos ejidales. O alguna cuenta bancaria olvidada. Si este tío Roberto se está moviendo, es porque olió carne.
Dionisio miró a Miguel. El chico se veía pálido, apretando una llave española en su mano derecha como si fuera un talismán.
—No dejes que me lleven, don Nicho —susurró Miguel. No se lo pidió a su madre. Se lo pidió a él. Y eso, aunque llenó de orgullo a Dionisio, también le cargó una responsabilidad titánica.
—Nadie te va a llevar a ningún lado, Migue. Sobre mi cadáver.
La respuesta al misterio llegó al día siguiente, de la forma más desagradable posible.
Era mediodía. El sol caía a plomo. Un automóvil sedán color gris rata, con pintura quemada y rines deportivos baratos, se estacionó frente a la entrada de “El Pistón de Oro”, bloqueando el paso.
Del auto bajó un hombre delgado, con camisa de vestir abierta hasta la mitad del pecho mostrando una cadena de oro (o fantasía), lentes oscuros y zapatos de charol puntiagudos que brillaban demasiado.
Caminó hacia el taller masticando chicle con la boca abierta, mirando el lugar con una mezcla de asco y arrogancia.
Dionisio, que estaba debajo de una Ford Ranger, vio los zapatos de charol acercarse. Salió en el carrito deslizador, limpiándose las manos.
—¿Se le ofrece algo? No puede estacionarse ahí, tapa la entrada.
El hombre se quitó los lentes de sol. Tenía los ojos pequeños y juntos, como de roedor. Sonrió, mostrando unos dientes blanqueados artificialmente.
—Tú debes ser el tal Dionisio. El mecánico.
Dionisio se levantó lentamente, sacudiéndose el polvo del overol. Se irguió cuan alto era, sacándole una cabeza al recién llegado.
—Dionisio Mondragón. ¿Y usted es?
—Roberto Casas. El tío de Miguelito.
El aire en el taller se congeló. Olga, que estaba en la oficina, salió disparada al escuchar el nombre. Miguel, que estaba al fondo lavando piezas, se quedó petrificado, soltando la brocha en la tina de gasolina.
Roberto ignoró a Dionisio y miró a Olga.
—Cuñada. Qué milagro. Te ves… repuestita. Se ve que la vida de taller te sienta bien.
—¿Qué quieres, Roberto? —Olga caminó hasta ponerse al lado de Dionisio, buscando protección instintiva.
—Vengo a ver a mi sobrino. Tengo derecho, ¿no? Soy su sangre. Su única familia masculina respetable.
Dionisio soltó una risa seca, un bufido nasal.
—¿Respetable? ¿Dónde estabas cuando al niño lo agarraban a cinturonazos? ¿Dónde estabas cuando dormía en la calle con tres grados bajo cero?
Roberto se volvió hacia Dionisio, borrando la sonrisa falsa.
—Mira, “maistro”. Esto no es tu asunto. Tú eres un tercero. Un metiche que se aprovechó de una madre desesperada. Pero eso se va a acabar. Vengo a proponerles un trato antes de la audiencia. Para no hacer el ridículo frente al juez.
—Habla —dijo Dionisio, cruzándose de brazos. Sus bíceps tensaron la tela del overol.
Roberto miró alrededor, asegurándose de que nadie más escuchara, aunque Miguel estaba agazapado detrás de una columna, oyendo todo.
—El viejo Chuy, mi papá… resulta que tenía unas tierras ejidales que entraron en un proyecto de carretera federal. El gobierno va a expropiar y va a pagar una indemnización. No es una millonada, pero es una lana decente.
Ahí estaba. El dinero. Vidales tenía razón.
—¿Y eso qué tiene que ver con Miguel? —preguntó Olga.
—Pues que el viejo, en su demencia senil, dejó el testamento a nombre de su nieto favorito. De Miguel. Yo, como su hijo directo, fui desheredado por “oveja negra”. —Roberto escupió al suelo con coraje—. Pero el niño es menor de edad. Necesita un tutor legal para administrar ese dinero hasta que cumpla los 18.
Roberto sonrió de nuevo, esa sonrisa de coyote hambriento.
—Si ustedes me ceden la tutela voluntariamente, yo administro la lana. Le doy una mensualidad a Olga para sus gastos… digamos, el veinte por ciento. Y todos contentos. Yo me quedo con el resto por mis “servicios administrativos”. Si no… voy a pelear en la corte. Y voy a decir que Olga es una inestable y que tú, mecánico, eres un robachicos. Y me voy a quedar con el niño y con el cien por ciento del dinero.
Olga estaba temblando de rabia.
—¡Eres un cerdo, Roberto! ¡Es el dinero de tu padre! ¡Es para el futuro de Miguel!
—El dinero es para quien lo agarra, cuñada. El niño no necesita tanto. Con que coma y vaya a escuela pública tiene. Yo tengo deudas, negocios… necesito liquidez.
Dionisio dio un paso al frente. Invadió el espacio personal de Roberto. El olor a colonia barata del tipo se mezcló con el olor a aceite y sudor honesto de Dionisio.
—Lárgate —dijo Dionisio. Fue un susurro, pero sonó como el crujido de un chasis rompiéndose.
—¿Qué?
—Que te largues de mi taller. Ahorita.
Roberto intentó mantener la postura.
—No me puedes correr. Vengo en son de paz. Piénsenlo. Si vamos a juicio, voy a sacar los trapos sucios de Olga. Sé cosas, cuñada. Sé de tus depresiones. Sé que tomaste pastillas. ¿Crees que un juez le va a dar un niño y una herencia a una mujer que intentó suicidarse?
Olga soltó un jadeo. Era un secreto oscuro, de sus peores momentos tras la muerte de su esposo.
Dionisio no lo pensó. Fue instinto. Su mano derecha salió disparada y agarró a Roberto por la solapa de la camisa barata. Lo levantó casi en vilo, haciendo que las puntas de sus zapatos de charol rasparan el concreto.
—Escúchame bien, parásito —gruñó Dionisio, acercando su cara a la del otro—. Tú no vas a tocar a ese niño. Y no vas a tocar un centavo de su dinero. Si te vuelvo a ver cerca de Olga o de Miguel, no voy a llamar a la policía. Voy a desarmarte como desarmó una transmisión. Pieza por pieza. Y créeme, sé dónde va cada tornillo y dónde duele más cuando lo quitas.
Roberto se puso pálido. Vio en los ojos de Dionisio algo que no esperaba: no era bravuconería de barrio, era la determinación letal de un hombre que no tiene nada que perder salvo a su familia.
Dionisio lo empujó hacia atrás. Roberto tropezó y cayó de nalgas sobre el polvo.
—¡Estás loco! —gritó Roberto, gateando hacia atrás, manchándose su pantalón de vestir—. ¡Te voy a demandar por agresión! ¡Esto lo va a saber el juez!
—Dile al juez lo que quieras. Pero dile también que aquí te espero. Y la próxima vez, no voy a ser tan amable. ¡Fuera!
Roberto se levantó, sacudiéndose torpemente, y corrió a su coche. Arrancó rechinando llantas y se perdió en la avenida.
Dionisio se quedó respirando agitadamente, con los puños cerrados.
Sintió una mano en su hombro. Era Olga. Estaba llorando.
—Nicho… ¿qué hiciste? Ahora va a ir con todo.
—Que venga —dijo Dionisio, girándose para abrazarla. Olga se hundió en su pecho, temblando—. Que venga con todo. Nosotros tenemos algo que él no tiene.
—¿Qué?
—Tenemos la verdad. Y tenemos al Licenciado Vidales.
Desde el fondo del taller, Miguel salió. Tenía los ojos rojos. Había escuchado todo. Sobre el dinero, sobre el intento de suicidio de su madre, sobre la codicia de su tío.
Caminó hacia ellos. Dionisio abrió un brazo y lo incluyó en el abrazo. Los tres se quedaron ahí, en medio del taller, rodeados de metal frío, creando su propio calor.
—¿Es cierto lo de la lana? —preguntó Miguel con voz queda.
—Parece que sí —dijo Dionisio—. Tu abuelo te dejó un regalo.
Miguel resopló.
—No me importa el dinero. Que se lo quede Roberto si quiere. Pero que nos deje en paz.
—No, hijo —dijo Dionisio, separándose y tomándolo por los hombros—. Ese dinero es tuyo. Es el trabajo de tu abuelo. Es para que vayas a la universidad. Para que pongas tu propio taller si quieres. No vamos a dejar que un buitre se lo robe. Vamos a pelear. ¿Estás conmigo?
Miguel miró a Dionisio. Vio al hombre que lo había recogido de la basura, básicamente. Vio al hombre que se acababa de jugar el pellejo amenazando a un tipo peligroso.
—Estoy contigo, papá —dijo Miguel.
La palabra salió natural. Sin pensarlo.
Olga y Dionisio se congelaron. Miguel se puso rojo, pero no se retractó. Sostuvo la mirada.
—Estoy con ustedes.
La semana siguiente fue un infierno de preparativos legales. El Licenciado Vidales se movió como pez en el agua. Consiguió el testamento del abuelo (efectivamente, Miguel era el heredero universal). Consiguió peritajes psicológicos para Miguel, que demostraban que estaba estable y feliz. Consiguió testimonios de la escuela, de los vecinos, hasta de Don Pedro el ganadero, que mandó una carta diciendo que Dionisio era “un hombre más derecho que una flecha”.
Pero Roberto Casas no se quedó quieto. Presentó una demanda alegando “alineación parental” y solicitó una medida cautelar para congelar las cuentas y llevarse a Miguel a un albergue temporal mientras duraba el juicio.
La noche antes de la audiencia, la tensión en la casa de Dionisio era insoportable. Nadie tenía hambre. La televisión estaba apagada.
Dionisio estaba en la cocina, puliendo sus zapatos de vestir, unos zapatos negros que solo usaba para funerales y bodas.
Olga entró. Llevaba un vestido azul marino que había comprado en la tienda de segunda mano, pero que le quedaba elegante.
—¿Tienes miedo, Nicho? —preguntó ella, sentándose a la mesa.
Dionisio dejó el cepillo.
—Tengo pavor, Olga. No le tengo miedo a los golpes, ni a las deudas. Pero le tengo miedo a un juez que no nos conoce, que solo va a ver papeles. Le tengo miedo a que la ley sea ciega y estúpida.
—Miguel dice que si el juez lo obliga a irse con Roberto, se escapa. Que se va al norte, de mojado.
—No va a pasar eso. No lo voy a permitir.
—Nicho… —Olga extendió la mano sobre la mesa y tomó la de él—. Pase lo que pase mañana… gracias. Gracias por estos meses. Han sido los mejores de mi vida.
Dionisio entrelazó sus dedos con los de ella. Sus manos encajaban bien. La mano suave y trabajadora de ella, la mano rasposa y fuerte de él.
—Hay una forma de blindar esto —dijo Dionisio de repente. Había estado pensando en ello toda la semana, dándole vueltas como a un tornillo barrido que no quiere salir.
—¿Cuál?
—Vidales me dijo. Si tú y yo estuviéramos casados… si fuéramos una unidad legal… sería mucho más difícil para Roberto alegar inestabilidad moral. Seríamos una familia constituida. Yo podría adoptar a Miguel legalmente, como padrastro, con tu consentimiento. El tío perdería cualquier derecho inmediatamente porque la patria potestad quedaría consolidada en dos padres presentes.
Olga se quedó mirándolo. El reloj de la cocina hacía tic-tac.
—¿Me estás… me estás proponiendo matrimonio por conveniencia legal? —preguntó ella, con una media sonrisa triste.
Dionisio se levantó. Dio la vuelta a la mesa. Se arrodilló frente a ella, crujiéndole la rodilla derecha.
—No, Olga. No es por conveniencia. O sea, sí ayuda al caso. Pero… —Dionisio buscó las palabras. No era poeta. Era mecánico—. Mira, yo soy un hombre simple. Me gustan los motores que suenan parejo. Me gusta el orden. Y mi vida… mi vida estaba desbielada hasta que llegaron ustedes. Tú y el chamaco son mi ajuste de motor. Son la gasolina. Te quiero, Olga. No como amigos. Te quiero bien. Te quiero para que me regañes por dejar los calcetines tirados y para que me ayudes con las facturas.
Olga tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Dionisio… yo soy un desastre. Vengo con traumas, con deudas emocionales…
—Yo vengo con artrosis y mal genio. Hacemos buena pareja.
Dionisio metió la mano en el bolsillo. No había anillo. No había tenido tiempo ni dinero para comprar uno decente. Pero sacó algo. Una tuerca. Una tuerca de acero inoxidable, brillante, pulida a espejo, de esas que se usan en los motores de alta gama.
—No alcancé a ir a la joyería. Pero esta tuerca es de acero de grado 8. Aguanta presión, aguanta calor, no se oxida y no se rompe. Como lo que quiero tener contigo.
Olga soltó una carcajada entre lágrimas. Tomó la tuerca y se la puso en el dedo anular. Le quedaba grande, obviamente, pero la apretó con el puño.
—Es el anillo más hermoso y más naco que he visto en mi vida —dijo ella, riendo y llorando—. Sí, Nicho. Sí me caso contigo. Por el juez, por Miguel y por nosotros.
Se besaron. Fue un beso con sabor a café y esperanza. Un beso de adultos que saben que el amor no son mariposas en el estómago, sino la certeza de que el otro va a estar ahí cuando se acabe el camino.
A la mañana siguiente, llegaron al juzgado.
Dionisio con su traje gris (que le apretaba un poco en los hombros), Olga con su vestido azul y Miguel con camisa blanca y pantalón de vestir, peinado con tanta gomina que parecía un lego.
Roberto Casas ya estaba ahí, con un abogado que parecía sacado de una película de gángsters barata. Roberto miró a Dionisio y sonrió con burla.
—Despídanse del niño —susurró al pasar.
Entraron a la sala. El juez era un hombre mayor, con cara de pocos amigos.
La audiencia comenzó. El abogado de Roberto atacó primero. Pintó a Olga como una mujer inestable, víctima, incapaz. Pintó a Dionisio como un extraño violento que había amenazado a Roberto (cierto, pero fuera de contexto).
Miguel escuchaba, apretando los puños sobre sus rodillas.
Luego tocó el turno a Vidales. Fue breve.
—Su Señoría, la contraparte alega inestabilidad. Pero la realidad es que el menor Miguel ha mejorado su promedio escolar de 6.0 a 9.5 en cuatro meses. Ha aprendido un oficio. Tiene seguridad social. Y sobre la estructura familiar…
Vidales hizo una pausa dramática.
—Tengo el placer de informarle al tribunal que la señora Olga y el señor Dionisio han iniciado los trámites de matrimonio civil. No son dos extraños viviendo juntos. Son una pareja comprometida. Y el señor Dionisio ha presentado una solicitud formal de adopción plena del menor.
El juez levantó la vista de los papeles. Miró a Dionisio y a Olga.
—¿Es esto cierto?
—Sí, Su Señoría —dijo Dionisio, poniéndose de pie—. Nos casamos en cuanto nos den fecha. Y yo quiero a ese muchacho como si fuera mi sangre. Más que su sangre, porque yo sí estuve ahí cuando tenía frío.
El juez miró a Roberto.
—Señor Casas, ¿usted sabía esto?
Roberto estaba pálido. Su abogado sudaba.
—Eso… eso es una farsa, Señoría. Lo hacen por el dinero de la herencia.
—Hablando de la herencia —intervino Vidales—, mi cliente, el señor Dionisio, ha propuesto que la indemnización ejidal del abuelo se deposite íntegramente en un fideicomiso educativo a nombre del menor, bloqueado hasta que cumpla 25 años o termine una carrera universitaria. Ni la madre ni el padrastro tocarán un centavo.
Eso fue el golpe maestro. Jaque mate.
Si Dionisio y Olga estuvieran interesados en el dinero, querrían el control inmediato. Al bloquearlo, demostraban que su interés era el bienestar de Miguel. Y dejaban a Roberto sin argumento… y sin botín.
Roberto se levantó furioso.
—¡Esto es una estupidez! ¡Yo soy el tío! ¡Yo tengo derechos!
—¡Siéntese! —ordenó el juez, golpeando el mazo—. Señor Casas, su interés repentino por el menor, sumado a su historial de deudas que este tribunal ha revisado, me resulta altamente sospechoso.
El juez se volvió hacia Miguel.
—Joven Miguel. Póngase de pie.
Miguel se levantó, temblando.
—Tengo doce años siendo juez —dijo el hombre—. He visto a muchos niños mentir para proteger a sus padres. Pero los ojos no mienten. Dime la verdad. ¿Dónde quieres vivir?
Miguel miró a Roberto, el tío que nunca estuvo. Miró a su madre, que le sonreía con valentía. Y miró a Dionisio, el tanque de guerra que no se movía ni un milímetro.
—Señor Juez —dijo Miguel con voz clara—. Yo quiero vivir con mi papá. Con Dionisio. Él me enseñó a arreglar motores. Y me enseñó que la familia no es la que te toca, es la que te armas. Él y mi mamá son mi equipo.
El juez asintió lentamente. Cerró la carpeta.
—Fallo a favor de la madre, Olga Ramírez, manteniendo la custodia total. Se aprueba la convivencia y residencia con el señor Dionisio Mondragón. Se desestima la petición del señor Roberto Casas por falta de méritos y evidente conflicto de interés económico. Y señor Casas… —el juez lo miró por encima de sus lentes— si vuelve a molestar a esta familia, lo voy a encerrar por desacato. He dicho.
Roberto salió del juzgado hecho una furia, dejando a su abogado atrás.
Dionisio, Olga y Miguel se abrazaron en medio de la sala. No hubo gritos de júbilo, solo un suspiro colectivo de tres almas que acababan de esquivar una bala de cañón.
Salieron a la calle. El sol brillaba.
—¿Y ahora qué? —preguntó Miguel.
Dionisio se aflojó la corbata.
—Ahora, vamos a comer. Y luego… bueno, creo que tengo que cumplirle la promesa a tu madre. Hay que ir a comprar un anillo de verdad, porque la tuerca ya le está marcando el dedo.
Miguel rio. Olga besó a Dionisio en la mejilla.
—Me quedo con la tuerca, viejo necio. Es más resistente.
Subieron a la camioneta. Dionisio encendió el motor. Sonaba perfecto. Sincronizado. Justo como su vida en ese momento.
Pero mientras se alejaban, Dionisio miró por el retrovisor. Vio el auto de Roberto siguiéndolos a la distancia por un par de cuadras antes de dar vuelta. Sabía que tipos como ese no se rinden tan fácil. Habían ganado la batalla legal, sí. Pero la calle tiene otras reglas. Y Dionisio sabía que tendría que estar alerta.
—Ponte el cinturón, Migue —dijo—. El camino todavía es largo.
CAPÍTULO 7: Aceite, Sangre y un Datsun 72
Mayo en Chihuahua es el mes de las tolvaneras. El viento arrastra tierra del desierto y pinta el cielo de un color ocre sucio, masticando la visibilidad y llenando los dientes de arena. Es un mes irritable, seco, donde la estática te da toques cada vez que saludas a alguien o abres la puerta del coche.
Para Dionisio, sin embargo, mayo traía un sabor diferente este año. Sabor a pastel de boda y a gasolina de alto octanaje.
Habían pasado tres semanas desde la victoria en el juzgado. La sentencia había sido clara, pero el aire en “El Pistón de Oro” seguía tenso, como una cuerda de guitarra demasiado estirada a punto de reventar.
—Pásame la lija del 400, papá.
La palabra “papá” ya salía de la boca de Miguel sin tropezones, natural como respirar. A Dionisio, cada vez que la escuchaba, se le inflaba el pecho un poquito más, aunque trataba de disimularlo con gruñidos y órdenes de trabajo.
—Ten. Y no le talles tan fuerte que te llevas la lámina. Es acariciadita, no lijada de piso.
Estaban al fondo del taller, en una esquina que Dionisio le había cedido a Miguel. Ahí descansaba “El Proyecto”: un Datsun 1600 modelo 72, color naranja óxido (por ahora), que habían rescatado del deshuesadero. El coche era una ruina, pero el motor… ah, el motor estaba entero.
—Ya quiero que prenda —dijo Miguel, limpiándose el polvo de masilla de la frente. A sus casi dieciséis años, el chico había pegado el estirón. Ya casi alcanzaba a Dionisio en altura, aunque seguía siendo flaco como un spaguetti. Pero era un flaco fibroso, con brazos marcados por cargar llantas y bajar suspensiones.
—La paciencia es la madre de la mecánica, Migue. Si te aceleras, te queda chueco. Este carro va a ser tu transporte para la prepa. Tiene que quedar seguro.
Olga salió de la oficina, abanicándose con una carpeta. El aire acondicionado había decidido rendirse ante el calor de cuarenta grados.
—Oigan, par de grasientos —llamó—. Ya llegó el sastre. Nicho, te toca prueba de traje.
Dionisio soltó un gemido de dolor, más agónico que cuando se golpeaba un dedo con el martillo.
—¿Otra vez? Ya me lo probé la semana pasada. Me queda bien.
—Te quedaba bien antes de los tamales del domingo. Ándale. Si no te queda el saco, te casas en overol.
—No me tientes, mujer. Sería más cómodo.
Miguel se rio, viendo a ese gigante de hombre, que podía levantar un motor con las manos, ser dominado por una mujer de metro sesenta con una mirada severa.
La boda estaba programada para finales de mes. Iba a ser algo sencillo: civil, una comida en el patio de la casa (que Olga había transformado con plantas y luces) y música de una rockola rentada. Don Pedro, el cliente ganadero, había insistido en regalar la carne para el asado (“Una vaca entera si hace falta, Nicho”).
Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto.
Y en el norte, cuando todo está demasiado tranquilo, es porque viene la tormenta.
Los primeros signos fueron sutiles.
Un martes, Dionisio llegó y encontró el candado del portón con marcas de segueta. Eran superficiales, como si alguien hubiera intentado cortarlo y hubiera sido interrumpido.
—Seguro fueron los cholos de la otra cuadra —dijo Miguel, restándole importancia.
Pero Dionisio, viejo lobo de mar, sabía que los cholos locales respetaban su taller. Él les inflaba las llantas de sus bicicletas gratis y a veces les regalaba herramienta vieja. Había un pacto tácito de no agresión. Esto era otra cosa.
El jueves, una llamada anónima al teléfono fijo del taller.
—Diles que disfruten la lana mientras puedan.
Olga colgó temblando.
—Era la voz de Roberto —le dijo a Dionisio—. Estoy segura. Aunque fingió acento, era él.
—Ese perro no entiende —gruñó Dionisio.
Dionisio reforzó la seguridad. Compró dos cámaras de vigilancia (falsas, porque no le alcanzaba para el sistema completo, pero se veían reales con su foquito rojo parpadeante) y empezó a dormir con el bat de béisbol al lado de la cama y el sueño más ligero que nunca.
También le dio a Miguel una lección que no venía en los manuales de mecánica.
—Migue, ven acá.
Lo llevó al banco de trabajo pesado.
—¿Ves esta llave Stilson? —Dionisio levantó la herramienta de tubo, pesada, de hierro fundido—. Sirve para aflojar tubería de gas. Pero si la agarras del extremo y giras la cintura… sirve para romper costillas.
Miguel abrió los ojos como platos.
—¿Por qué me dice eso?
—Porque hay gente mala allá afuera. Roberto está desesperado. Le bloquearon sus cuentas por lo de la demanda, me dijo Vidales. Debe dinero a gente fea. Un animal acorralado muerde. Si algún día entran aquí… tú no peleas limpio. Tú agarras lo que tengas a la mano y te defiendes. Aceite caliente, aire comprimido, llaves. El taller es tu territorio. ¿Entendido?
Miguel asintió, tragando saliva. La realidad de la violencia, que había olvidado por unos meses, volvió a asomarse.
La noche del viernes, el calor no dio tregua ni siquiera después de que se ocultó el sol.
Olga se había ido temprano a la casa para preparar la cena y ultimar detalles de los centros de mesa. Dionisio y Miguel se quedaron “un ratito más” para terminar de purgar los frenos del Datsun.
—Ya quedó el pedal, papá. Está duro.
—Bien. Vamos a cerrar. Ya son las nueve.
Dionisio fue a la parte trasera para apagar el compresor general. Miguel estaba recogiendo los trapos sucios.
De repente, la luz se fue.
No fue un parpadeo. Fue un corte total. La oscuridad se tragó al taller de un bocado, dejando solo la luz lechosa de la luna entrando por los tragaluces sucios.
—¿Se fue la luz en la colonia? —preguntó Miguel en la oscuridad.
Dionisio se quedó quieto. Escuchó. El zumbido de los refrigeradores de la tienda de enfrente seguía sonando. Las lámparas de la calle se veían por las rendijas del portón.
Había luz afuera. Solo ellos estaban a oscuras.
Alguien había bajado el switch principal, que estaba en la caja externa, junto al medidor.
—Migue —susurró Dionisio. Su voz era baja, urgente—. Ven aquí. Despacio. Sin hacer ruido.
Miguel, con el instinto de supervivencia activado, se movió como un gato entre los autos hasta llegar junto a Dionisio.
—¿Qué pasa?
—Nos cortaron la luz. Alguien está afuera.
CRASH.
El sonido de un cristal roto vino de la oficina. Alguien había roto la ventana que daba al callejón.
—Métete a la fosa —ordenó Dionisio, empujando a Miguel hacia el hueco rectangular en el piso que usaban para cambios de aceite—. Y no salgas por nada del mundo.
—Pero tú…
—¡Obedece!
Miguel se deslizó dentro de la fosa de concreto. Olía a aceite viejo y humedad. Desde abajo, podía ver las siluetas de los coches recortadas contra la penumbra.
Dionisio se movió. No corrió. Se desplazó hacia su banco de trabajo. Sus manos, que conocían el taller como si fuera una extensión de su cuerpo, encontraron lo que buscaban en la oscuridad: una barra de metal sólida, un tubo de extensión de metro y medio que usaba para hacer palanca en tuercas necias.
Se escucharon pasos. Vidrios crujiendo bajo suelas pesadas.
—¿Seguro que están aquí? —susurró una voz desconocida, rasposa.
—El coche del viejo está afuera. Tienen que estar —respondió otra voz. Esa voz. Inconfundible. Roberto.
Eran tres. Dionisio vio las siluetas entrando desde la oficina al área principal del taller. Dos tipos anchos, vestidos con ropa holgada, y Roberto, más flaco, moviéndose nerviosamente.
—Busquen al chamaco —siseó Roberto—. El viejo me vale madre, pero necesito al chamaco para que firme. O para que la mamá firme.
Dionisio sintió una calma fría descender sobre él. No era miedo. Era una claridad absoluta. Iban por Miguel. Iban a lastimarlo para extorsionar a Olga.
Roberto encendió una linterna. El haz de luz barrió el taller, iluminando motores, llantas, herramientas.
—¡Dionisio! —gritó Roberto, sintiéndose valiente con sus guardaespaldas—. ¡Sal, viejo infeliz! ¡Sé que estás aquí! ¡Venimos a negociar!
Dionisio no respondió. Estaba agazapado detrás de la Ford Lobo de Don Pedro, que estaba en reparación. Calculó la distancia. Diez metros.
—¡Busquen! —ordenó Roberto a los matones.
Uno de los tipos, un sujeto con tatuajes en el cuello y cabeza rapada, caminó hacia la zona de las rampas, acercándose peligrosamente a la fosa donde estaba Miguel. Llevaba algo en la mano. Un bate o un tubo.
Dionisio no podía esperar más.
Salió de las sombras como un oso furioso.
—¡Aquí estoy, cabrones!
El grito fue tan potente que los tres intrusos saltaron.
Dionisio no les dio tiempo de pensar. Se abalanzó sobre el tipo más cercano, el rapado. Blandió el tubo de acero con toda la fuerza de sus años de trabajo manual.
¡CLANG!
El golpe conectó con el hombro del matón. Se escuchó un crujido de hueso. El tipo aulló y soltó su arma, cayendo de rodillas.
—¡Agárrenlo! ¡Mátenlo! —chilló Roberto, retrocediendo y apuntando con la linterna como un escudo inútil.
El segundo matón, más alto y pesado, sacó una navaja. La hoja brilló bajo la luz de la linterna. Se lanzó contra Dionisio.
Dionisio intentó levantar el tubo para bloquear, pero era lento. La edad le cobraba factura. El matón esquivó y le tiró un tajo al costado.
La navaja rasgó la camisa y cortó piel. Dionisio sintió el ardor caliente, pero la adrenalina lo anestesió. Soltó un gancho de izquierda, un golpe de cantina, directo a la mandíbula del atacante. El tipo trastabilló, pero no cayó.
Eran dos contra uno (el del hombro roto se estaba levantando, furioso, sacando una manopla).
—¡Viejo estúpido! —gritó Roberto—. ¡Te dije que no te metieras!
Dionisio retrocedió, jadeando. La sangre le manchaba el costado. Estaba acorralado contra el banco de trabajo. El tipo de la navaja sonrió, mostrando dientes podridos.
—Ya valiste, abuelo.
El matón se preparó para estocar.
Y entonces, el infierno se desató.
Desde la fosa, algo salió volando. No era Miguel. Era un chorro. Un chorro potente, blanco y cegador.
Miguel había conectado la manguera del extintor industrial de polvo químico seco que guardaban en la fosa por seguridad. Había saltado y disparado directo a la cara del tipo de la navaja.
—¡AAAAHHH! —gritó el hombre, cegado por el polvo químico que se le metió en los ojos y la garganta. Empezó a toser violentamente, dando manotazos al aire.
—¡Papá! ¡La manguera de aire! —gritó Miguel.
Dionisio reaccionó al instante. Agarró la pistola de aire comprimido que colgaba del techo, esa que usaban a 120 PSI para limpiar piezas.
El matón del hombro roto venía hacia él. Dionisio le apuntó a la cara y apretó el gatillo.
El chorro de aire a presión, capaz de arrancar pintura, golpeó al tipo en el oído y el ojo. El hombre perdió el equilibrio, mareado por el impacto sónico y la presión, y tropezó con una gata hidráulica, cayendo de espaldas sobre un charco de aceite usado que Miguel (astutamente) había pateado antes de salir de la fosa.
Solo quedaba Roberto.
Roberto estaba temblando, moviendo la linterna de un lado a otro. Sus dos gorilas estaban fuera de combate: uno ciego y tosiendo polvo blanco, el otro resbalando en aceite y gimiendo de dolor.
Dionisio avanzó hacia él. Sangraba del costado, tenía la ropa desgarrada y la cara manchada de polvo de extintor. Parecía un demonio surgido del averno mecánico.
Miguel se paró junto a él. Tenía una llave de cruz en las manos, levantada en posición de bateo. Ya no era el niño asustado que se escondía. Era un defensor de su casa.
—Se… se acabó —tartamudeó Roberto, retrocediendo hacia la puerta—. Solo… solo quería hablar.
—Te dije que no volvieras —dijo Dionisio, con voz sepulcral.
Roberto tropezó con sus propios pies y cayó sentado.
—¡No me hagan nada! ¡Me voy! ¡Me voy!
Dionisio levantó el tubo de acero. Por un segundo, la furia ciega le dictó que le partiera la cabeza a ese miserable. Acabar con la amenaza para siempre.
Sintió una mano en su brazo. La mano de Miguel.
—No vale la pena, papá —dijo el chico. Su voz era firme, madura—. Ya ganamos. Mira.
Dionisio bajó la mirada. Roberto estaba llorando de miedo, orinado en sus pantalones de marca. Era patético.
Afuera, se escucharon sirenas. Y el rugido de un motor grande. Una Ford Lobo.
Las luces altas de una camioneta iluminaron el interior del taller a través de la entrada abierta, cegando a todos.
Don Pedro el Búfalo bajó de su camioneta, seguido de dos de sus capataces del rancho. Y detrás de ellos, una patrulla de la policía municipal.
—¿Estás bien, Nicho? —tronó la voz de Don Pedro—. Vi que se fue la luz en tu cuadra y vi un carro sospechoso afuera. Le hablé al Comandante.
Los policías entraron con armas desenfundadas.
—¡Al suelo! ¡Todos al suelo!
Los matones no opusieron resistencia. Roberto intentó levantarse para huir, pero uno de los capataces de Don Pedro le puso una bota en el pecho y lo devolvió al piso.
—Quieto ahí, rata —dijo el vaquero.
Dionisio soltó el tubo. El metal resonó contra el concreto (clang-clang-clang). La adrenalina se esfumó de golpe, y el dolor de la herida en el costado lo golpeó como un mazo.
Sus rodillas cedieron.
—¡Papá! —gritó Miguel, soltando la llave y atrapándolo antes de que cayera al suelo.
—Estoy bien, hijo… estoy bien. Es nomás un rasguño.
Miguel presionó su mano sobre la herida de Dionisio para detener la sangre. Sus manos se mancharon de rojo, mezclándose con la grasa y el polvo. Aceite y sangre. El pacto final.
La sala de urgencias del Hospital General estaba llena, como siempre, pero a Dionisio lo atendieron rápido (ser amigo de Don Pedro tenía sus ventajas).
Olga llegó corriendo, pálida como un fantasma, con el delantal de cocina todavía puesto.
—¡Dionisio! ¡Miguel!
Se lanzó a abrazar a Miguel primero, revisándolo de pies a cabeza.
—Estoy bien, ma. Solo me ensucié. Pero a mi papá lo cortaron.
Olga corrió hacia la camilla donde a Dionisio le estaban suturando el costado.
—¡Viejo idiota! —lloró ella, besándole la cara llena de hollín—. ¡Te dije que tuvieras cuidado!
—Ay, mujer, no me hagas reír que se me saltan los puntos —se quejó Dionisio, haciendo una mueca—. Fueron doce puntadas. Dice el doctor que tengo piel de cuero, que aguanté bien.
—¿Y Roberto?
—En los separos —dijo Miguel, con una satisfacción sombría—. Lo acusaron de allanamiento, intento de homicidio, daños en propiedad ajena y asociación delictuosa. Y como ya tenía antecedentes… el comandante dijo que no sale en veinte años.
Dionisio tomó la mano de Olga y la de Miguel.
—Se acabó —dijo—. Ahora sí, se acabó el miedo.
Dos semanas después.
El patio de la casa de Dionisio estaba irreconocible. Había mesas con manteles blancos, guirnaldas de luces colgando de los árboles de mezquite y un olor a carne asada que hacía agua la boca a tres cuadras a la redonda.
La rockola tocaba “Hermoso Cariño”.
Dionisio se ajustó la corbata, que sentía como una soga al cuello. Llevaba su traje gris, ahora con un chaleco para disimular el vendaje en el costado.
—Te ves guapo, don Nicho —dijo Don Pedro, dándole una palmada en el hombro bueno—. Y felicidades. Te llevaste el premio mayor.
—Gracias, Don Pedro. Y gracias por la vaca.
—Nombre, es lo menos. Oye, ¿y el ingeniero?
—Allá anda, presumiendo.
Dionisio señaló hacia la entrada de la cochera.
Ahí estaba el Datsun 72. Ya no era naranja óxido. Estaba pintado de un azul eléctrico brillante (trabajo de Miguel, con supervisión de Dionisio). El motor sonaba como un reloj suizo.
Miguel estaba recargado en el coche, con su camisa fajada y zapatos boleados, platicando con una chica de su escuela que lo miraba con ojos de borrego a medio morir.
Olga salió de la casa. No llevaba un vestido de novia tradicional. Llevaba un vestido color crema sencillo, con flores en el cabello. Se veía radiante. Se veía feliz.
Dionisio caminó hacia ella. La música bajó de volumen. Los invitados (clientes, vecinos, mecánicos de la zona) aplaudieron.
El juez del registro civil (el mismo que había fallado a su favor en la custodia, curiosamente invitado por Vidales) carraspeó.
—Estamos aquí para unir a Dionisio y a Olga…
La ceremonia fue breve. Cuando llegó el momento de los anillos, Dionisio sacó, ahora sí, un anillo de oro sencillo. Pero Olga sacó del bolsillo de su vestido la tuerca de acero inoxidable que él le había dado, ahora colgada en una cadenita de plata alrededor de su cuello.
—Acepto —dijo ella, con voz clara.
—Acepto —dijo él.
—¡Beso! ¡Beso! —gritó Miguel desde el Datsun.
Se besaron. Y por un momento, el mundo entero desapareció. Solo existían ellos, el olor a carne asada, la música y la certeza de que habían sobrevivido al invierno, a los buitres y a la soledad.
Más tarde, cuando la fiesta estaba en su apogeo, Miguel se acercó a Dionisio, que descansaba en una silla de jardín, sobándose la herida discretamente.
—¿Te duele?
—Solo cuando me río. Y tu mamá me hace reír mucho.
Miguel se sentó en el pasto a sus pies.
—Oye, papá.
—Mande.
—El Datsun jaló bien duro ayer que lo probé. Pero creo que le falta carburación. Siento que se ahoga en alta.
Dionisio sonrió, mirando las estrellas en el cielo limpio de Chihuahua.
—Mañana lo checamos. Mañana es domingo, pero abrimos el taller un ratito. Solo para nosotros.
—Va.
Miguel se quedó callado un momento.
—Gracias —dijo de repente.
—¿Por qué?
—Por no llamar a la policía esa noche. La primera noche. Cuando me encontraste.
Dionisio le revolvió el pelo, arruinando su peinado lleno de gel.
—Yo no te encontré, Migue. Tú me encontraste a mí. Yo era el que estaba perdido entre tanta herramienta y tanto silencio. Tú me arreglaste.
Miguel sonrió y se levantó para ir a bailar con su mamá, que lo llamaba desde la pista improvisada.
Dionisio se quedó mirando a su familia. Su esposa. Su hijo.
Sacó un cigarro, lo olió y lo guardó sin encenderlo. Ya no necesitaba fumar para calmar los nervios. Tenía todo lo que necesitaba.
Se levantó, ignorando el dolor en el costado, y caminó hacia ellos para unirse al baile. Porque la vida, como los buenos motores, está hecha para rodar, no para quedarse parada en el garaje.
FIN