
CAPÍTULO 1: LA REINA DE LAS GARNACHAS Y SUS TRES PEQUEÑOS DEMONIOS
Hola, ¿qué tal? Soy Lisa. Siéntate, échate un refresco y pon atención, porque te voy a contar la historia más loca, más neta y más increíble que vas a escuchar en tu vida. No, no es choro. Es de esas cosas que si las ves en una telenovela dices: “Ay, no manches, eso no pasa en la vida real”, pero te juro por la virgencita que todo esto pasó.
Sucedió un martes cualquiera. Ya sabes, de esos martes ni fu ni fa, donde lo único que quieres es que acabe el día. Esa tarde, mis trillizos de siete años —sí, escuchaste bien, tres chamacos de la misma edad—, armados con nada más que unas resorteras de madera barata, un puñado de piedras de río y un exceso de confianza que no sé de dónde sacaron, decidieron jugar a ser los Vengadores del barrio. Su misión: rescatar a un desconocido que se estaba desangrando, salvándolo de las garras de unos secuestradores armados.
Sí, leíste bien. Secuestradores. De los de verdad.
Y si crees que eso está cañón, espérate a que te cuente cómo ese acto de valentía (o imprudencia total, según cómo lo veas) puso nuestra humilde vida de cabeza. No solo nos metimos en la boca del lobo, sino que esa noche trajo de vuelta fantasmas de mi pasado que yo juraba que ya estaban bien enterrados. De alguna manera, contra todo pronóstico y a pesar del miedo, esa locura terminó cosiendo las heridas de nuestra familia rota. Pero no nos adelantemos, abróchate el cinturón porque esta historia tiene más curvas que la carretera a Cuernavaca.
Déjame empezar por el principio para que entiendas el contexto. Me llamo Lisa, tengo 35 años y soy madre soltera. Pero no cualquier madre soltera. Soy la madre, generala y réferi de tres de los niños más dramáticos, tercos, brillantes y latosos que Dios se dignó a mandar a la Tierra: David, Daniel y Diana.
Sí, son trillizos. Sí, los tres tienen siete años. Y sí, casi me provocan un infarto masivo antes del desayuno todos los días.
Vivimos aquí, en una de esas colonias populares de la Ciudad de México donde las casas están pintadas de colores chillantes, los cables de luz parecen telarañas y siempre hay un perro ladrando en alguna azotea. Mi vida no era glamurosa, pero era nuestra. Yo manejaba un pequeño puesto de comida en el cruce principal, cerquita de la parada del pesero y los camiones que van al metro.
No te imagines un restaurante, eh. Era un puesto humilde: estructura de metal, techo de lámina que sonaba como matraca cuando llovía, y unas bancas de plástico de esas que te dejan la marca en las piernas si te sientas mucho rato. Pero déjame decirte algo, y te lo digo con el orgullo bien puesto: yo vendía los mejores antojitos y guisados de toda la zona. No me importa lo que digan las de la competencia. Mi sazón era otro nivel.
Tenía clientes que hacían fila desde temprano. Taxistas, oficinistas, señoras que iban al mercado, albañiles… todos caían rendidos ante mi chicharrón en salsa verde, mis quesadillas de flor de calabaza y, la joya de la corona, mi mole de olla. Nadie, y quiero decir nadie, cocinaba como yo. Claro, mi puesto no tenía aire acondicionado; en mayo te asabas y en enero te congelabas, pero mi comida era amor puro servido en plato de unicel.
El negocio iba bien, a secas. No éramos ricos, ni de chiste. Vivíamos al día, como la mayoría en este país. Pero salía para pagar las colegiaturas de mis tres traviesos, para sus uniformes que rompían cada dos semanas, y hasta para pagarle a la maestra Lupita que les diera clases extra de matemáticas. Nos las arreglábamos. Éramos un equipo: mis tres bebés y yo contra el mundo.
¿Su padre? Ese es un tema que no se tocaba en mi casa. Él no estaba en la foto. Literal y figurativamente. Desde que los niños tuvieron uso de razón y empezaron a preguntar por qué ellos no tenían papá como los otros niños de la escuela, yo les dije la mentira piadosa más grande de mi vida: “Su papá está en el cielo, mijos. Se murió”. Y punto. Se acabó la discusión. Prefería que creyeran que su padre era un santo difunto a que supieran la verdad: que era un hombre vivo que nos había abandonado como si fuéramos basura.
Teníamos nuestra rutina, nuestro caos controlado. Hasta que llegaron las plagas.
No sé si fue por las obras que estaban haciendo en la avenida o porque el camión de la basura dejó de pasar seguido, pero de repente mi puesto se convirtió en el arca de Noé de los bichos. Lagartijas corriendo por las paredes como si fueran dueñas del lugar, asustando a las señoras copetonas. Ratas… ay, Dios mío, ratas del tamaño de un conejo que eran tan descaradas que salían a plena luz del día a olfatear las sobras. Y los pájaros, esos zanates negros que bajaban en picada como aviones de guerra para robarse un pedazo de carne directo del plato de los clientes.
Fue un desastre. Mis clientes fieles empezaron a quejarse.
—Oye, Lisa, tu comida está buenísima, pero ya me dio asco esa rata —me dijo Don Beto un día.
Otros simplemente dejaron de venir. Mis ventas se fueron al suelo. Estaba perdiendo dinero, perdiendo el sueño y, honestamente, perdiendo la cabeza. Me pasaba las noches haciendo cuentas en la libreta, mordiéndome las uñas, pensando en qué iba a hacer si no podía pagar la renta o la escuela. Me sentía sola, abrumada, ahogada.
Y entonces, mis hijos, que parece que tienen un radar para detectar cuando estoy a punto de quebrarme, me acorralaron.
Fue una tarde después de cerrar. Estábamos en la cocina de la casa. Yo estaba lavando los trastes con una cara de funeral que no podía disimular, cuando David, el “líder” autoproclamado del trío, entró marchando. Infló su pechito flaco como si fuera un general revolucionario y se paró junto a mí.
—Jefecita, tenemos una solución —dijo con voz grave.
Levanté la vista del fregadero, con las manos llenas de espuma.
—¿Ah sí, mijo? ¿Qué solución? ¿Van a dejar de pelear entre ustedes para que no me duela la cabeza?
—No, eso es imposible —dijo David muy serio—. Hablo de las plagas del puesto.
—Ah. ¿Y cuál es su gran plan?
—Cómpranos resorteras.
Parpadeé. Me quedé viéndolo como si me hubiera hablado en chino.
—¿Resorteras? ¿Estás loco? ¿Para qué quieren resorteras?
—¡Para proteger el negocio familiar, mamá! —intervino Daniel, saltando detrás de su hermano. Daniel era el sensible, el que siempre traía el corazón en la mano—. Es como en la Biblia, ¿te acuerdas? David y Goliat. Las ratas son Goliat y nosotros seremos los Davids. ¡Las vamos a derrotar!
David giró la cabeza tan rápido que casi se desnuca y miró a su hermano con indignación.
—A ver, espérate, carnal. ¿Cómo que “nosotros seremos los Davids”? Yo soy el único David aquí. Mi acta de nacimiento lo dice. Tú búscate otro nombre bíblico.
—¿Y yo qué voy a ser? ¿El primo menso de Goliat? —reclamó Daniel.
—Pues te queda el papel —se burló David—. Goliat era el malo, así que tú puedes ser su ayudante.
—¡Yo no soy malo! ¡Tú eres el malo!
—¡Tú eres el menso!
—¡Ya cállense los dos!
La voz de Diana cortó el pleito de tajo. Mi niña, la única mujer del trío, rodó los ojos con tal fuerza que pensé que se le iban a quedar en blanco. Diana era la lista, la pragmática, la que mandaba de verdad aunque dejara que David creyera que él era el jefe. Se acercó a mí, ignorando a sus hermanos que se estaban sacando la lengua.
—Mamá, ignora a estos payasos —dijo Diana con la calma de una adulta de cuarenta años atrapada en el cuerpo de una niña de siete—. El punto es que necesitamos resorteras. Los tres. Es la única forma de acabar con las plagas sin usar veneno, porque el veneno es malo para la comida. Es lógica pura.
—¿Y por qué los tres? —pregunté, secándome las manos en el delantal.
—Porque somos trillizos, ma. Somos un paquete. Todo o nada. Si le compras a David, nos tienes que comprar a Daniel y a mí. No puedes tener favoritos, eso dice el libro de psicología infantil que vi en la escuela.
—Yo no tengo favoritos —respondí automáticamente, aunque a veces Diana me daba miedo de lo lista que era.
—Entonces cómpranos las resorteras —dijeron los tres al unísono, poniéndome esas caras de “gato con botas” que sabían que no podía resistir.
Suspiré profundamente. Estaba cansada, desesperada por salvar mi negocio y, sinceramente, la idea no sonaba tan mal. Eran niños de barrio, necesitaban defenderse y ocuparse en algo que no fuera ver la tele.
—Está bien —dije, señalándolos con el dedo mojado—. Pero escúchenme bien, chamacos del demonio: son solo para las plagas. Nada de dispararle a la gente, nada de dispararle a los perros callejeros, y mucho menos dispararse entre ustedes. ¿Entendido?
—¡Sí, jefecita chula! —gritaron, y corrieron a abrazarme las piernas.
Al día siguiente fui al mercado y compré tres resorteras de madera, de esas clásicas, con ligas amarillas fuertes y cuerito de verdad. También compré un kilo de garbanzos secos y piedras de río para munición. Cuando se las entregué, gritaron como si les hubiera regalado el iPhone 15.
A partir de ese día, mi puesto de comida se transformó. Ya no era solo “Antojitos Doña Lisa”, ahora era un campo de entrenamiento militar.
Mis hijos se tomaban su trabajo muy en serio. Se sentaban en las bancas vacías o se trepaban en los huacales de refresco, vigilando el perímetro con ojos de águila.
—¡Objetivo a las doce en punto! —gritaba Daniel, señalando una lagartija inofensiva en la pared de ladrillo.
Estiraba la liga, cerraba un ojo, sacaba la lengua por la concentración y… ¡Zas!
La piedra pegaba a un metro de distancia. La lagartija ni se inmutaba.
—¡Ja! —se burlaba David—. No le das ni al mundo aunque te tires al piso. Quítate, estorbo. Deja trabajar al profesional.
David se paraba, hacía toda una ceremonia de calentamiento de brazos, apuntaba y… ¡Poc!
Golpe directo. La lagartija salía volando (sin morir, solo asustada).
—¡Eso es todo! —celebraba David haciendo un bailecito ridículo tipo Fortnite—. ¡Soy el verdadero David! ¡El matagigantes! ¡Pónganme una estatua!
—Era una lagartija bebé, David, no un dragón. Bájale dos rayitas a tu espuma —decía Diana, sin siquiera levantar la vista de su libro de tareas, pero con su resortera lista en el regazo.
—Solo estás celosa porque mi puntería es divina.
—No son celos, es estadística. De diez tiros fallas ocho. Yo no fallo.
—A ver, demuéstralo —la retaba David.
En ese momento, un zanate negro aterrizaba cerca del bote de basura. Diana levantaba su resortera con un movimiento fluido, rápido, sin tanto show.
¡Fiuuum! ¡Poc!
La piedra le daba justo en la pata al pájaro, que salía volando graznando indignado.
—Ciencia sobre fuerza bruta —decía Diana, soplándole a su resortera como si fuera una pistola humeante.
—Cerebrito presumida —mascullaba David.
A mis clientes les encantaba el espectáculo. Se había convertido en parte del encanto del lugar. Los taxistas llegaban y preguntaban: “¿Qué pasó, mis Rambo? ¿Cuántas ratas llevan hoy?”.
—Llevamos tres bajas confirmadas y dos heridos en combate, Don Chuy —reportaba Daniel muy serio.
La gente se reía, les aplaudía y hasta les dejaban propina para sus “municiones”. Y lo más importante: funcionó. Las ratas entendieron el mensaje y se fueron al puesto de tacos de enfrente (perdón, Don Pepe). Las lagartijas se quedaron en las grietas y los pájaros volaban alto.
El negocio se recuperó. Las mesas se llenaron otra vez. Yo podía respirar tranquila. Teníamos dinero, teníamos salud y nos teníamos los unos a los otros.
Éramos felices a nuestra manera. Pensé que ya habíamos pasado la mala racha. Pensé que la vida por fin nos estaba dando un respiro.
Qué equivocada estaba. No sabía que el destino, ese desgraciado tramposo, ya estaba barajando las cartas para darnos la jugada maestra. Y todo iba a pasar un martes.
Aquel martes el calor había estado insoportable. De ese calor de la Ciudad de México que se te pega en la ropa y te pone de malas. Eran como las 6:30 de la tarde. El sol ya estaba bajando, tiñendo el cielo de ese color naranja con gris smog que, a su manera, es bonito. Yo estaba trapeando el piso del puesto, contando las monedas de la venta del día y guardando las salsas en el refri.
—¡Chamacos! —grité hacia la calle—. ¡Ya vámonos! ¡Se acabó la función!
David, Daniel y Diana llegaron corriendo desde la esquina, sudados, con los uniformes escolares llenos de tierra y sus resorteras colgando del cuello como si fueran rosarios.
—Mamá, ¿podemos quedarnos otro ratito? —suplicó Daniel—. Dicen que en la noche salen las ratas mutantes.
—¿Cuáles ratas mutantes? Deja de ver tanta tele. No, ya vámonos. Mañana hay escuela.
—Ándale, jefa —insistió David—. Solo cinco minutos. Queremos romper nuestro récord.
—Dije que no. Y punto.
Diana, que siempre sabía cuándo una batalla estaba perdida, agarró sus cosas.
—Ya escucharon a la jefa. Vámonos o nos toca chancla.
—Exacto. Váyanse adelantando a la casa, báñense (que huelen a perro mojado) y empiecen la tarea. Yo llego en veinte minutos, nada más termino de lavar la parrilla.
—Sí, ma —dijeron en coro, arrastrando los pies.
Nuestra casa estaba a unas cinco cuadras de ahí. El camino era el de siempre: pasar la tortillería, cruzar la calle de la vulcanizadora, dar vuelta en el parque feo que nadie usa y caminar por el callejón largo que da a nuestra privada. Era un barrio bravo, sí, pero era nuestro barrio. Todos nos conocían. “Ahí van los hijos de Lisa”, decían las vecinas chismosas. Yo me sentía segura dejándolos caminar solos ese tramo corto.
Los vi alejarse, empujándose y riéndose, con esa luz dorada del atardecer iluminando sus cabecitas. Si hubiera sabido lo que iba a pasar, los habría amarrado a una silla. Si hubiera sabido que en ese callejón, su inocencia se iba a topar de frente con la crueldad del mundo de los adultos, habría corrido tras ellos. Pero no lo sabía. Me quedé tallando la grasa de la parrilla, tarareando una canción de Juan Gabriel, sin saber que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Mientras tanto, mis tres pequeños guerreros caminaban hacia su destino. Iban a la mitad del camino, pasando por la parte de atrás de una fábrica de textiles que llevaba años abandonada. Es una zona fea, la verdad. Las paredes llenas de grafitis, basura acumulada en las esquinas, y ese olor a humedad y orines que nunca se quita.
Iban discutiendo, como siempre.
—Yo sigo diciendo que mi tiro fue mejor —insistía David, pateando una lata de refresco—. Le di a la mosca en pleno vuelo.
—No le diste a ninguna mosca, mentiroso —le contestó Diana—. Le diste a la pared y la mosca se murió del susto por el ruido.
—Cuenta como baja —se defendió David.
—Oigan… —Daniel se detuvo de golpe.
—¿Qué quieres, miedoso? —preguntó David.
—Shhh. Cállense. Escuchen.
Los tres se quedaron quietos. El ruido de la ciudad se escuchaba a lo lejos: cláxones, música de banda de algún vecino, ladridos. Pero debajo de todo eso, se escuchaba algo más. Algo cercano.
Una voz.
—No… por favor… no hagan esto…
David frunció el ceño.
—¿Escucharon eso?
Diana asintió, y vi cómo su carita se ponía pálida.
—Sí. Viene del callejón de la fábrica.
—Vámonos —dijo Daniel, retrocediendo—. Eso suena feo. Vámonos a casa con mamá. Tengo miedo.
—No seas nena, Daniel —le susurró David, aunque yo sé que él también tenía miedo porque se le puso la piel de gallina—. Suena como si alguien necesitara ayuda.
—¿Y qué vamos a hacer nosotros? —chilló Daniel en susurros—. ¡Somos niños!
—Espera —dijo Diana, agudizando el oído.
La voz se escuchó de nuevo, esta vez más clara, llena de dolor y desesperación. Un sonido que te hiela la sangre.
—Les doy lo que quieran… dinero, el coche… solo déjenme ir… no voy a firmar eso…
—¡Cállate el hocico y firma! —respondió otra voz, grave y rasposa, seguida de un sonido seco. ¡Poc! Como carne golpeando carne. Y luego un gemido.
David miró a sus hermanos. Sus ojos, idénticos a los de su padre (aunque él no lo sabía), brillaron con una mezcla de terror y determinación.
—Le están pegando. Tenemos que hacer algo.
—¿Estás loco? —Daniel casi lloraba—. Son rateros. O secuestradores. Nos van a matar. Vamos a decirle a Don Pedro el de la tienda.
—Don Pedro está sordo y camina con bastón —dijo Diana, analizando la situación con esa frialdad que me asusta—. Para cuando lleguemos a la tienda y regresemos con ayuda, a ese señor ya lo mataron.
—¿Entonces qué? —preguntó Daniel—. ¿Nos vamos?
David apretó el mango de su resortera hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Mamá siempre dice que los valientes no son los que no tienen miedo, sino los que actúan aunque se estén orinando del susto.
—Mamá nunca dijo “orinando” —corrigió Diana.
—Bueno, tú me entiendes. No podemos dejarlo ahí. Somos los trillizos, ¿no? Somos equipo.
Diana suspiró, acomodándose la mochila.
—Ok. Pero si nos matan, voy a estar muy enojada con ustedes en el cielo.
—Trato hecho. Vamos a ver.
Caminaron de puntitas, pegados a la pared mugrosa, conteniendo la respiración. Al llegar a la esquina del callejón, se asomaron con cuidado.
La escena que vieron parecía sacada de una película de terror. El callejón estaba en penumbras, iluminado apenas por una lámpara de la calle que parpadeaba. Había tres hombres. Dos de ellos eran enormes, vestían ropa oscura y traían pasamontañas baratos cubriéndoles la cara. Uno tenía un bat de béisbol en la mano; el otro, algo que brillaba en su cintura, probablemente una pistola o un cuchillo.
Y en el suelo, de rodillas, había un hombre.
Llevaba un traje gris que se notaba que costaba más que mi casa entera, pero ahora estaba roto y sucio de tierra. Tenía las manos atadas a la espalda con cinchos de plástico. La sangre le escurría desde una herida en la frente, bajando por la nariz y manchando su camisa blanca.
Estaba temblando.
—Ya te dijimos, niño rico —gruñó el hombre del bat, dándole un empujón con el pie—. Tu socio nos pagó una buena lana para que firmes la cesión de la empresa. Firma y te vas a tu casita. No firmas, y te enterramos aquí mismo entre la basura.
—No puedo… —balbuceó el hombre herido—. Si firmo eso… destruirán todo… miles de familias se quedarán sin trabajo…
—¡A mí me valen madre las familias! —gritó el secuestrador y levantó el bat para golpearlo otra vez.
El corazón de mis hijos latía a mil por hora. Estaban viendo algo que ningún niño debería ver. La violencia pura y dura.
Daniel se tapó los ojos. Diana se mordió el labio. Pero David… David dio un paso al frente, saliendo de su escondite.
—¡Oigan, ustedes! —gritó con su vocecita aguda pero firme—. ¡Déjenlo en paz!
Los dos secuestradores se giraron de golpe, sorprendidos por la interrupción. Vieron a un niño flaco de siete años, parado en medio del callejón con las piernas abiertas en compás y una resortera en la mano.
Hubo un silencio de dos segundos. Y luego, los hombres soltaron una carcajada. Una risa fea, cruel.
—¿Pero qué es esto? —se burló el del bat—. ¿Se te perdió tu mamá, mocoso? Lárgate de aquí antes de que te de unas nalgadas.
—Dije que lo dejen ir —repitió David. Estaba temblando, pero no retrocedió ni un milímetro.
Diana y Daniel salieron de las sombras y se pusieron a los lados de su hermano. Tres niños pequeños contra dos criminales gigantes.
—¡Váyanse! —les gritó el hombre herido desde el suelo, levantando la cabeza con desesperación—. ¡Corran, niños! ¡Corran!
—Ay, qué tierno —dijo el segundo secuestrador, sacando una navaja—. Mira, llegó el kinder a rescatarte. ¿Saben qué? Mejor lárguense ya, escuincles, o no van a llegar a cenar.
El hombre del bat dio un paso hacia ellos, levantando el arma con una amenaza clara.
—Voy a contar hasta tres. Si no se largan, les voy a romper las piernas. Uno…
David no esperó al dos.
—¡Ahora! —gritó.
Lo que pasó después fue leyenda pura en el barrio. David estiró su resortera al máximo, apuntando con una precisión que solo te da el miedo y la adrenalina.
¡Fiuuum! ¡Poc!
La piedra, dura y redonda, viajó por el aire y se estrelló seco justo en medio de la frente del tipo del bat.
—¡Ahhh! —gritó el hombre, soltando el bat y llevándose las manos a la cara. La sangre empezó a brotar—. ¡Me descalabró! ¡El maldito escuincle me descalabró!
—¡Fuego a discreción! —ordenó Diana.
Ella y Daniel dispararon al mismo tiempo. La piedra de Daniel le dio al segundo tipo en la costilla, haciéndolo doblarse. Pero la de Diana… ah, mi Diana. Ella apuntó bajo. Muy bajo.
¡Zas!
Justo en la entrepierna.
El segundo secuestrador soltó un aullido agudo, soltó la navaja y cayó de rodillas, con los ojos desorbitados y la cara roja.
—¡Mis hue…! ¡Ay, mis…!
—¡Recarguen! —gritó David.
Los niños metieron las manos en sus bolsillos, sacaron más piedras y dispararon otra ronda. Era una lluvia de proyectiles. Piedras golpeando cabezas, hombros, manos.
—¡Auxilio! —empezó a gritar Diana con esa voz chillona que rompe vidrios—. ¡Secuestradores! ¡Rateros! ¡Ayuda! ¡Están matando a alguien!
El ruido de los gritos y los alaridos de dolor de los delincuentes alertaron a la cuadra. Se empezaron a prender las luces de las casas cercanas.
—¡¿Qué pasa ahí?! —gritó una vecina desde una ventana.
—¡Son rateros! —respondió Daniel—. ¡Agarrenlos!
Los secuestradores, adoloridos, humillados por tres niños de primaria y viendo que la gente empezaba a salir, entraron en pánico.
—¡Vámonos, güey, vámonos! —gritó el que tenía el golpe en la frente, tropezándose—. ¡Ya viene la gente!
—¡Malditos niños del demonio! —chilló el otro, arrastrándose—. ¡Me las van a pagar!
Salieron corriendo cojeando hacia la avenida, dejando atrás su dignidad, sus armas y al hombre que iban a secuestrar.
Mis hijos se quedaron parados, respirando agitadamente. El silencio volvió al callejón, solo roto por los ladridos de los perros a lo lejos.
Se miraron entre ellos.
—No manches… —susurró Daniel—. ¿Vieron eso?
—Le diste en sus partes nobles, Diana —dijo David con admiración—. Eso fue brutal.
—Era el punto débil —dijo ella, encogiéndose de hombros, aunque le temblaban las manos—. Táctica básica.
Corrieron hacia el hombre del traje. Él seguía en el suelo, mirándolos con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo una aparición divina.
—Señor, ¿está bien? —preguntó Diana, arrodillándose junto a él.
El hombre intentó hablar, pero hizo una mueca de dolor.
—Ustedes… —susurró—. Ustedes están locos. Son unos niños locos.
—Somos héroes, señor. Hay una diferencia —corrigió David.
—Gracias… —dijo el hombre. Sus ojos se enfocaron en la cara de David, luego en la de Diana, y algo extraño pasó. Frunció el ceño, como si estuviera tratando de recordar algo, como si viera un fantasma.
—Tu cara… —murmuró—. Te pareces a…
Pero no terminó la frase. Sus ojos se pusieron en blanco y se desmayó.
—¡Se murió! —gritó Daniel—. ¡Matamos al señor rico!
—No está muerto, menso —dijo Diana, poniéndole la mano en el cuello—. Tiene pulso. Se desmayó por los golpes y el susto.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó David—. Ya vienen los vecinos. Si nos ven aquí con él, van a hacer preguntas. Y si mamá se entera…
—Si mamá se entera nos mata —completó Daniel—. Nos va a castigar hasta que tengamos cuarenta años.
Escucharon voces acercándose. Don Pedro y la señora Chona venían caminando rápido hacia el callejón.
—¡Rápido! —dijo Diana, tomando el mando—. Tenemos que esconderlo. No podemos dejarlo aquí, esos tipos podrían regresar o la policía podría llevárselo y quién sabe qué pase. Tenemos que llevarlo a casa.
—¿A la casa? —David abrió los ojos—. ¿Estás loca? ¿Meter a un extraño a la casa?
—Es nuestra única opción. Lo curamos, esperamos a que despierte y que se vaya antes de que llegue mamá.
—Pero pesa como una vaca —se quejó Daniel intentando levantarle un brazo.
Diana miró alrededor desesperada. Sus ojos se posaron en una esquina del callejón donde Don Chuy, el de la basura, guardaba su herramienta de trabajo.
—El diablito —dijo ella, señalando un diablito de carga oxidado recargado en la pared—. Tráiganlo. Vamos a llevar a este señor a su nuevo hotel de cinco estrellas: nuestro cuarto.
Y así, bajo la luz moribunda de la tarde, mis tres hijos cargaron a un millonario inconsciente en un diablito de carga, lo cubrieron con cartones viejos para que nadie lo viera, y empezaron la procesión más absurda y peligrosa hacia nuestra casa. No sabían quién era él. No sabían por qué lo perseguían. Y lo más importante, no tenían ni la menor idea de que el hombre que llevaban arrastrando entre la basura… era el hombre que me había roto el corazón hace ocho años.
Su padre había vuelto a casa.
CAPÍTULO 2: OPERACIÓN MOMIA Y EL DIABLITO DE LA MUERTE
Si alguna vez has intentado meter un sofá cama king size por una escalera de caracol tú solo, tal vez tengas una mínima idea de lo que mis hijos intentaron hacer esa tarde. Pero ni así te acercarías a la realidad. Porque un sofá no pesa noventa kilos de puro músculo (y culpa), no sangra sobre tu piso y, definitivamente, no es el padre que nunca conociste desmayado en un diablito de carga oxidado.
La procesión que salió de ese callejón pasará a la historia de mi familia como “La Marcha de los Penitentes”. Imagínenselo: el sol ya casi se había ocultado, dejando ese cielo morado que presagia lluvia o tráfico pesado. Tres niños de siete años, sudando la gota gorda, empujando un diablito que rechinaba como alma en pena en cada vuelta de rueda.
Y encima del diablito, hecho bolita de la manera más indigna posible, iba Jude. Un hombre que esa mañana se había despertado en sábanas de seda egipcia y que ahora iba rebotando sobre los baches de una colonia popular, cubierto con cartones viejos de cerveza y una lona azul que olía a humedad.
—¡Empujen parejo! —siseó Diana, que iba al frente jalando la estructura metálica. Tenía la cara roja del esfuerzo y las trenzas se le habían deshecho—. ¡Parece que estoy jalando un elefante muerto!
—¡Es que se le atora la llanta! —se quejó Daniel desde atrás, empujando la espalda del hombre con sus manitas—. Creo que la llanta izquierda está ponchada.
—No está ponchada, es que el señor pesa como un tinaco lleno de agua —resopló David, que empujaba del otro lado—. ¿Qué comen los ricos? ¿Lingotes de oro?
—Cállense y empujen —ordenó Diana—. Si nos quedamos aquí parados, Doña Chona nos va a ver y ya saben que esa señora tiene ojos de satélite espía.
Doña Chona. El terror de la cuadra. Una señora que se pasaba la vida barriendo la banqueta (aunque estuviera limpia) solo para ver quién entraba y quién salía. Si la CIA la contratara, ya habrían encontrado hasta a los marcianos. Y, por desgracia para mis hijos, su casa estaba justo en la ruta de escape.
El diablito hizo un ¡CRI-CRI-CRI! espantoso al pasar por un tope mal hecho. El cuerpo de Jude se sacudió y un brazo inerte se salió de debajo de los cartones, colgando peligrosamente hacia el asfalto.
—¡El brazo! ¡Metan el brazo! —gritó David en un susurro histérico.
Daniel agarró la mano del hombre, que llevaba un reloj que costaba más que la casa de Doña Chona, y la volvió a meter bajo la lona sucia.
—¡Está helado! —chilló Daniel—. ¿Y si ya se murió? ¿Y si estamos paseando un cadáver?
—Que no está muerto, menso, tiene pulso —dijo Diana, aunque se notaba que ella también estaba nerviosa—. Solo está en modo de ahorro de energía. ¡Rápido!
Llegaron a la esquina del peligro. La casa de Doña Chona. Y, como si fuera una maldición gitana, ahí estaba ella. Sentada en su silla de plástico en la puerta, con su abanico de mano y esa mirada de escáner que te revisa hasta el alma.
Los niños se congelaron.
—Actúen normal —susurró Diana—. Sonrían.
—¿Cómo actuamos normal empujando un bulto gigante? —preguntó David con pánico.
—Solo digan que es tarea.
Siguieron caminando, tratando de que el diablito no rechinara, lo cual era imposible.
—¡Buenas tardes, mis niños! —gritó Doña Chona desde su puesto de vigilancia—. ¿Qué hacen tan tarde en la calle? ¿Y qué llevan ahí? ¿Es fierro viejo?
El corazón de los tres se detuvo. Si Doña Chona se acercaba, se acababa el juego.
David, que siempre había sido el mejor mentiroso de los tres (don que sacó de su padre, lamentablemente), sacó el pecho y sonrió con esa sonrisa chimuela encantadora.
—¡Buenas tardes, Doña Chona! No, no es fierro viejo. Es… es un proyecto de ciencias.
—¿De ciencias? —La señora entrecerró los ojos—. ¿Y por qué huele a humedad?
—Es sobre el reciclaje, Doña Chona —improvisó Diana rápidamente—. Estamos recolectando cartón y… eh… abono orgánico para la escuela.
—Sí, abono —añadió Daniel nervioso—. Muy pesado el abono. Mucho abono.
—Ah, qué estudiosos. Su madre debe estar orgullosa. —La señora se echó aire con el abanico—. Cuidado al cruzar, eh. Y saluden a su mamá.
—¡Sí, gracias! ¡Adiós!
Aceleraron el paso tanto que casi vuelcan al pobre Jude en la banqueta. Cuando doblaron la esquina y estuvieron fuera de la vista de la señora, se dejaron caer contra la pared, jadeando.
—Casi me hago pipí —confesó Daniel, agarrándose el pecho.
—Yo también —admitió David—. Estuvo cerca. Demasiado cerca.
—Ya casi llegamos —dijo Diana, recuperando el aliento—. Solo falta media cuadra. Vamos. El último jalón.
Llegar a la puerta de nuestra casa fue el siguiente reto. Yo vivía en una casita de una planta, con una entrada pequeña y un escalón traicionero en la puerta principal que siempre hacía tropezar a las visitas.
Metieron el diablito de reversa.
—Uno, dos, ¡tres! —Jalaron con todas sus fuerzas.
Las llantas chocaron contra el marco de la puerta. ¡PUM!
La cabeza de Jude golpeó levemente contra el metal.
—¡Uy! —hicieron muecas los tres.
—Eso le va a doler mañana —dijo David.
—Si es que despierta mañana —murmuró Daniel con fatalismo.
Finalmente, lograron meter el diablito a la sala. Cerraron la puerta y pusieron el seguro, el pasador y hasta recargaron una silla, por si las moscas. Estaban a salvo. Bueno, “a salvo” es un decir, porque ahora tenían a un hombre desconocido, inconsciente y sangrante en medio de mi sala inmaculada (bueno, no inmaculada, pero recién barrida).
El hombre yacía ahí, todavía en el diablito, como un paquete de Amazon que nadie reclamó. La lona azul se había resbalado, revelando su traje destrozado y su cara pálida bajo la sangre seca y fresca.
Los niños se quedaron parados en círculo alrededor de él, mirándolo con una mezcla de fascinación y terror absoluto.
—Está grandote —dijo David, picándole un brazo con el dedo índice—. Mira estos músculos. Ni el maestro de educación física está así.
—Y mira sus zapatos —señaló Diana—. Son de piel de verdad. Brillan aunque están llenos de tierra. Este señor tiene dinero, se los dije.
—¿Y si es un narco? —preguntó Daniel, mordiéndose una uña—. ¿Y si lo secuestraron porque es el jefe de una banda y ahora van a venir sus enemigos a bombardear la casa?
—No tiene cara de narco —dijo Diana, inclinándose para verlo mejor—. Tiene cara de… no sé. Cara de telenovela. Se ve buena gente, aunque esté todo magullado.
El reloj de la pared marcó las 7:15 p.m.
—¡Mamá! —gritaron los tres al mismo tiempo.
—Mamá dijo que llegaba en veinte minutos hace como media hora —calculó Diana con horror—. ¡Viene en camino! ¡Tenemos que esconderlo ya!
—¿Dónde? —David miró alrededor frenéticamente—. No cabe debajo del sofá.
—En nuestro cuarto —decidió Diana—. Es el único lugar donde mamá no entra a menos que sea para regañarnos. Rápido, hay que bajarlo de esta cosa.
Bajar a un hombre adulto e inconsciente de un diablito de carga sin dejarlo caer de cabeza es una operación que requiere precisión quirúrgica. Mis hijos no tenían precisión quirúrgica; tenían pánico.
Lo inclinaron. Jude se deslizó como un costal de papas.
¡PLAF!
Aterrizó en el suelo de la sala con un ruido seco.
—¡Perdón! —susurró Daniel al cuerpo inerte.
—¡Agárrenlo de los pies! —ordenó Diana, tomando los hombros del hombre.
David y Daniel agarraron una pierna cada uno.
—A la una, a las dos, ¡a las tres!
Comenzaron a arrastrarlo por el pasillo. Si hubieran visto la escena desde arriba, parecería una colonia de hormigas tratando de llevarse un saltamontes gigante al hormiguero. Iban resbalándose en el piso, jadeando, chocando contra las paredes. La cabeza de Jude iba colgando hacia atrás, y cada vez que pasaban por una junta del piso, su cabello oscuro barría el suelo.
—¡Pesa demasiado! —gimió David—. ¡Siento que se me van a salir los brazos!
—¡Ya cállate y jala! —gruñó Diana—. ¡Ya casi entramos!
Finalmente, lo metieron a su recámara. Un cuarto pequeño con dos literas y un caos de juguetes, ropa y libros escolares. No había espacio en las camas (y honestamente, no creo que hubieran podido subirlo), así que hicieron lo único lógico: lo dejaron en el suelo, sobre la alfombra de carritos de David.
Quedó ahí, despatarrado entre un G.I. Joe y un calcetín sucio.
Los tres niños se desplomaron junto a él, respirando como si hubieran corrido un maratón.
—Misión cumplida —jadeó David, tirado boca arriba mirando al techo—. Soy un héroe, pero me duele la espalda como a mi abuelito.
—Todavía no terminamos —dijo Diana, levantándose de un salto. La adrenalina la mantenía en pie—. Mírenlo. Se está desangrando. Si mamá entra y ve sangre, se va a dar cuenta. Además, si se muere aquí, ahí sí nos meten a la cárcel.
—¿Entonces? —preguntó Daniel.
—Operación Doctor House —anunció Diana—. Tráiganme el botiquín.
El “botiquín” de mi casa era una caja de galletas danesas (esas azules de metal donde nunca hay galletas, solo hilos y agujas, pero en mi caso había medicinas). Daniel corrió al baño y regresó con la caja sagrada.
Diana la abrió con reverencia. Adentro había lo básico para la supervivencia mexicana:
- Una botella de alcohol del 96 (que arde como el fuego del infierno).
- Merthiolate (que ya ni se usa, pero ahí estaba).
- Curitas de dibujitos.
- Un rollo de vendas elásticas que habían sobrado de cuando David se torció el tobillo jugando fútbol.
- Y, por supuesto, el remedio universal para todo mal, desde una gripa hasta una fractura expuesta: un frasco de Vick VapoRub.
—Muy bien, equipo —dijo Diana, poniéndose unos guantes de plástico que sacó de quién sabe dónde—. Vamos a salvarle la vida. Daniel, tú limpia la sangre con estas toallitas húmedas. David, tú prepárate con el alcohol.
—¿Y si le duele? —preguntó Daniel, limpiando con cuidado la frente del hombre.
—Si le duele es que está vivo. Es buena señal —dijo Diana con lógica implacable.
David destapó el alcohol y empapó una bola de algodón.
—Ahí va. Una, dos, tres.
Le puso el algodón en la herida de la frente.
Incluso inconsciente, el cuerpo de Jude reaccionó. Hizo una mueca, un gemido gutural salió de su garganta y su pierna se sacudió.
—¡Lo estamos matando! —gritó Daniel en susurro.
—¡No, lo estamos desinfectando! —insistió Diana—. ¡Aguanta, señor! ¡Sana, sana, colita de rana!
Lo que siguió fue una masacre médica. Diana, en su afán de asegurarse de que no quedara ni un milímetro de piel expuesta a los gérmenes, empezó a vendarlo.
Y cuando digo vendarlo, me refiero a mummificarlo.
Primero la cabeza. Le dieron tantas vueltas con la venda que parecía que llevaba un turbante gigante o que iba a una fiesta de Halloween disfrazado de Tutankamón. Solo le dejaron libres los ojos (cerrados), la nariz y la boca.
—Creo que es mucho —sugirió David.
—Seguridad ante todo —respondió Diana, cortando la venda con los dientes—. Ahora el brazo.
Vendaron el brazo derecho. Luego vieron un rasguño en el brazo izquierdo, así que vendaron ese también. Luego Daniel notó que tenía un moretón en la espinilla (probablemente del viaje en diablito), así que vendaron la pierna.
Para cuando terminaron, Jude ya no parecía un empresario millonario. Parecía el Hombre Invisible después de una pelea callejera. Estaba blanco de pies a cabeza, y olía intensamente a mentol y eucalipto porque Daniel, en un ataque de pánico preventivo, le había untado Vick VapoRub en el pecho, en el cuello y hasta en la nariz “para que respire mejor”.
—Quedó… bien —mintió David, mirando la obra maestra.
—Se ve protegido —concordó Diana—. Ahora nadie puede lastimarlo.
—Oigan —dijo Daniel de repente, con voz suave—. ¿Ya vieron su cara? O sea, lo que se ve de su cara.
Se acercaron más. Ahora que estaba limpio de sangre y quieto, podían observarlo bien.
—Tiene las pestañas bien largas —dijo Diana, casi con envidia—. Como las de David.
David se acercó, frunciendo el ceño.
—Yo no tengo las pestañas largas. Soy hombre.
—Sí tienes. Y tienes el mismo lunar aquí, mira —Diana señaló un pequeño punto cerca de la oreja de Jude.
David se tocó instintivamente su propia oreja.
—Casualidad —dijo David, pero se quedó mirando al hombre con una curiosidad extraña. Una picazón en el cerebro que no sabía explicar.
—Y tiene la barbilla partida como tú, Daniel —siguió Diana—. Ese hoyito en la barbilla.
Daniel sonrió y se tocó la barbilla.
—Es cierto. Se parece a mí. ¿Creen que sea nuestro tío perdido o algo así?
—Mamá dijo que no tenemos tíos —recordó David—. Dijo que su familia vive muy lejos y que la familia de papá… bueno, que papá no tenía familia.
—Qué triste —susurró Daniel—. Estar solo en el mundo. Como este señor.
Hubo un momento de silencio en esa habitación desordenada. Tres niños huérfanos de padre, mirando al padre que creían muerto, unidos por la sangre y por un secreto gigante, sin tener ni la menor idea de la gravedad de lo que estaba pasando.
El hombre gimió de nuevo y movió la cabeza.
—Shh, shh —lo calmó Diana, acariciándole el pelo (la única parte que no tenía venda)—. Ya estás a salvo. Nosotros te cuidamos.
Y entonces, sucedió.
El sonido más aterrador del mundo.
El ruido metálico de una llave entrando en la cerradura de la puerta principal. Click. Clack.
Luego, el rechinido de las bisagras que necesitaban aceite.
Y finalmente, mi voz, cansada pero potente, resonando desde la entrada:
—¡Ya llegué, mis amores! ¡Perdón por la tardanza, pero había un tráfico del demonio!
Los tres niños saltaron como si les hubieran dado toques eléctricos.
Se miraron con ojos desorbitados. El pánico total.
—¡Mamá! —gritó Daniel en un susurro mudo.
—¡Escondan el botiquín! —ordenó Diana.
—¡Cierren la puerta! —gritó David.
Escucharon mis pasos. Tac, tac, tac. Mis tacones resonando en el pasillo.
—¿Niños? —llamé, notando el silencio sospechoso. Cualquier madre sabe que el silencio es la señal de alarma más grande. Cuando hay niños y hay silencio, algo se rompió, algo se quemó o alguien está sangrando—. ¿Por qué está todo tan callado?
Me acerqué al cuarto de los niños. Vi un rastro de polvo extraño en el piso (del diablito) y una manchita roja que en mi cansancio confundí con salsa de tomate.
—¿Hola? —Giré la perilla de su puerta.
Estaba cerrada con seguro.
Eso nunca pasaba. En mi casa las puertas no se cerraban.
—¿Por qué tienen la puerta cerrada? —pregunté, y mi tono cambió de “madre cansada” a “madre sospechando”.
Desde adentro, escuché un golpe seco y luego la voz de David, pero sonaba dos octavas más aguda de lo normal.
—¡Estamos… estamos cambiándonos, mamá! ¡Estamos desnudos!
—¿Los tres al mismo tiempo? —pregunté, levantando una ceja aunque nadie me veía.
—¡Sí! —gritó Diana—. ¡Es una… competencia de velocidad de pijamas! ¡El que se cambie primero gana!
—¿Competencia de pijamas a las 7:30? —Intenté abrir la puerta de nuevo—. Abran la puerta, chamacos.
—¡No entres! —chilló Daniel con voz de pánico real—. ¡Es vergonzoso! ¡Mi dignidad!
Me quedé parada en el pasillo, con mi bolsa del mandado en una mano y las llaves en la otra. Algo olía raro. Olía a… ¿mentol? ¿Por qué olía a Vick VapoRub tan fuerte?
—¿Alguien está enfermo? Huele a medicina —dije, pegando la oreja a la puerta.
—¡Es preventivo! —gritó Diana—. ¡Leí que hay un brote de… gripa aviar! ¡Nos estamos protegiendo!
—Diana, la gripa aviar no se cura con Vick VapoRub —suspiré. Estaba demasiado cansada para pelear. Había sido un día largo en el puesto, me dolían los pies y solo quería cenar y ver mi novela—. Bueno, apúrense. Tienen diez minutos para salir lavaditos y cambiados a cenar. Traje pan dulce para el chocolate.
Hubo una pausa al otro lado de la puerta.
—¡Sí, mami! ¡Ahorita salimos! ¡Te amamos! ¡Eres la mejor mamá del mundo! —gritaron en coro, con un entusiasmo tan falso que casi me da risa.
—Sí, sí, mucho amor. Diez minutos.
Me alejé hacia la cocina, negando con la cabeza. “Niños raros”, pensé. “Seguro rompieron algo y lo están pegando con resistol”. No tenía ni idea. Si hubiera sabido que detrás de esa puerta de madera contrachapada estaba el hombre que había llorado durante noches enteras hace ocho años, el hombre cuyo rostro buscaba inconscientemente en la cara de mis hijos cada día… creo que ahí mismo me hubiera desmayado.
Adentro del cuarto, los trillizos se dejaron caer contra la puerta, bloqueándola con sus propios cuerpos.
Sus corazones latían tan fuerte que parecía que iban a despertar al vecino.
Miraron a Jude. Seguía ahí, tirado en la alfombra, envuelto como una momia con olor a menta, respirando rítmicamente.
—Estuvo cerca —susurró David, limpiándose el sudor de la frente.
—Demasiado cerca —dijo Diana—. ¿Y ahora qué?
—Ahora esperamos —dijo David, mirando al hombre con determinación—. Esperamos a que despierte, le decimos “de nada por salvarte la vida” y lo sacamos por la ventana antes de que mamá se dé cuenta.
—¿Y si no despierta? —preguntó Daniel, siempre el pesimista.
—Tiene que despertar —dijo Diana, mirando fijamente las vendas que cubrían la cara de su padre—. No podemos esconder una momia para siempre.
Pero la noche iba a ser larga. Muy larga. Y Jude no tenía planes de despertar pronto. La fiebre de las heridas empezaba a subir, y mis hijos, mis valientes y locos hijos, estaban a punto de pasar la noche en vela cuidando al extraño que, sin saberlo, tenía la otra mitad de su ADN.
Afuera, en la cocina, yo calentaba la leche para el chocolate, totalmente ignorante de que el destino ya se había sentado en mi sala y estaba esperando el momento perfecto para gritar: “¡Sorpresa!”.
CAPÍTULO 3: EL RETORNO DEL MUERTO Y EL POLLO DE LA DISCORDIA
Esa noche fue, sin lugar a dudas, la más larga de mi vida, aunque yo no sabía por qué. Mientras yo dormía en mi cuarto, soñando con que el precio del jitomate bajaba y que por fin podía comprarme unos zapatos nuevos que no me sacaran ampollas, en la habitación de al lado se estaba llevando a cabo una vigilia digna de terapia intensiva, pero dirigida por tres doctores que todavía creían en el Ratón de los Dientes.
Mis hijos no durmieron. Bueno, Daniel cabeceó un rato abrazado a su peluche de dinosaurio, pero David y Diana montaron guardia como si fueran centinelas en la frontera.
Jude, o “La Momia Mentolada” como habría que llamarlo en ese momento, no se despertó. La fiebre le subió a medianoche. Empezó a temblar bajo las cobijas de Rayo McQueen que le habían echado encima.
—Está hirviendo —susurró Diana, tocándole la frente (o lo que quedaba visible de ella entre las vendas)—. Se siente como cuando me dio varicela.
—¿Y si explota? —preguntó David con los ojos muy abiertos en la oscuridad, iluminado solo por la luz de la luna que entraba por la ventana.
—La gente no explota por fiebre, David. No seas ignorante. Se le fríe el cerebro, eso sí.
—¿Se le fríe? ¿Como huevo estrellado?
—Algo así. Necesitamos bajarle la temperatura.
Y ahí es donde la lógica infantil brilla por su creatividad y falta de sentido común. En lugar de despertarme (lo cual habría sido lo sensato, pero letal para su secreto), decidieron usar sus propios métodos.
Daniel trajo sus calcetines de la suerte (que no había lavado en dos días).
David trajo un vaso de agua fría y, en lugar de dárselo a beber, se lo salpicó en la cara como si estuviera bendiciendo una casa.
Diana, más práctica, fue al baño de puntitas, mojó una toalla pequeña y se la puso en el cuello.
—Mamá dice que esto ayuda —susurró ella, acomodándole la toalla—. Aguanta, señor desconocido. No te mueras en mi alfombra, por favor. Es difícil quitar las manchas.
Jude, en su delirio, murmuraba cosas. Palabras sueltas que los niños no entendían, pero que a mí me habrían roto el corazón si las hubiera escuchado.
—Lo siento… —gemía—. No quería… Lisa… perdóname…
—¿Dijo “pisa”? —preguntó Daniel, bostezando—. ¿Quiere pizza?
—Dijo “lisa” o “brisa”, no sé —respondió David—. Seguro está soñando con comida. Yo también pediría perdón si tuviera tanta hambre.
Pasaron las horas. El reloj marcó las 3:00 a.m., luego las 4:00 a.m. El olor a Vick VapoRub se había impregnado en las paredes, en las cortinas y hasta en los sueños de los niños.
Finalmente, cuando el sol empezó a asomarse, pintando el cielo de gris claro, la fiebre de Jude cedió. Dejó de temblar y su respiración se volvió profunda y tranquila.
Los trillizos, agotados, cayeron rendidos en el suelo a su alrededor, durmiendo en posiciones incómodas, haciendo una especie de nido humano protector alrededor del padre que no sabían que tenían.
El despertador sonó a las 6:00 a.m. en mi cuarto. BEEP, BEEP, BEEP.
Gemí, le di un manotazo al reloj y me levanté. La rutina de siempre: baño rápido, crema para las ojeras (que ya no servía de nada), vestirme con mi ropa de batalla (jeans, playera cómoda y mi delantal en la bolsa), y luego, la misión imposible: despertar a las bestias para la escuela.
Caminé hacia su cuarto.
—¡Arriba, holgazanes! —grité golpeando la puerta—. ¡El que no se levante se va sin desayunar!
Esperaba los gruñidos habituales, las súplicas de “cinco minutos más” o el clásico “me duele la panza”.
Pero no.
La puerta se abrió de golpe.
Ahí estaban los tres. Vestidos (más o menos), con los zapatos puestos (al revés en el caso de Daniel) y con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, pero con unas sonrisas tan grandes y falsas que parecían máscaras de payaso.
—¡Buenos días, madrecita santa! —gritó David con un entusiasmo maníaco.
—¡Ya estamos listos! —añadió Diana, bloqueando la vista hacia el interior del cuarto con su cuerpo.
—¡Amamos la escuela! ¡Queremos irnos ya! —remató Daniel, temblando un poco.
Me quedé parada en el pasillo, con el cepillo de pelo en la mano, mirándolos como si me hubieran cambiado a mis hijos por alienígenas.
—¿Qué les pasa? —entrecerré los ojos—. ¿Rompieron algo? ¿Quemaron algo? ¿Por qué están tan… felices?
—Es la alegría de vivir, mamá —dijo David, sudando frío—. La emoción de aprender.
—Ajá. —Me crucé de brazos—. ¿Y por qué huele a hospital mezclado con eucalipto aquí adentro?
—Ah, eso… —Diana pensó rápido—. Es que… hicimos un experimento de ciencias nocturno. Sobre… la evaporación de los ungüentos.
—¿Y por eso tienen esas caras de culpables?
—No es culpa, es… satisfacción científica —insistió ella.
Intenté asomarme al cuarto por encima de sus cabezas.
—A ver, déjenme ver qué desastre hicieron.
—¡NO! —gritaron los tres al mismo tiempo, saltando para bloquear la puerta.
—Mamá, se nos hace tarde —dijo David, empujándome suavemente hacia la cocina—. Tengo mucha hambre. ¿Hiciste chilaquiles? Huelen a chilaquiles. Vámonos a la cocina, lejos de este cuarto aburrido.
Algo en mi instinto de madre, esa vocecita que te dice cuando hay peligro, se encendió. Pero estaba tan cansada, tenía tanta prisa por abrir el puesto y, sinceramente, no quería empezar el día con una pelea, que decidí ignorarlo.
—Está bien, par de locos. Vamos a desayunar. Pero a la tarde me limpian ese cuarto, ¿oyeron?
El desayuno fue el más rápido de la historia. Comieron como si estuvieran en un concurso, se atragantaron con la leche y agarraron sus mochilas.
—¡Vámonos, mamá! ¡Corre!
Los subí al coche (mi viejo Tsuru que tosía más que fumador empedernido) y los llevé a la escuela.
Durante el camino, iban cuchicheando en el asiento de atrás.
—¿Creen que despierte? —susurró Daniel.
—Shhh, mamá tiene orejas biónicas —le calló Diana.
Los dejé en la entrada de la escuela. Antes de bajar, Diana me dio un abrazo extra fuerte, de esos que te aprietan el cuello.
—Te quiero, mami. Eres la mejor.
—Yo también te quiero, mi amor. ¿Segura que están bien?
—Sí. Todo va a estar bien. Adiós.
Salieron corriendo. Los vi entrar, con sus mochilas rebotando, y suspiré aliviada.
“Solo son cosas de niños”, pensé. “Seguro escondieron un perro callejero o rompieron una lámpara. Ya lidiaré con eso en la tarde”.
Me dirigí al puesto. Abrí las cortinas metálicas, prendí el gas, empecé a picar cebolla. La rutina me calmaba. El ritmo de picar, freír, servir.
Pero a eso de las 10:00 a.m., cuando estaba preparando la salsa especial para el guisado de carne de puerco, me di cuenta de la tragedia.
—¡Me lleva la que me trajo! —exclamé en voz alta, asustando a un cliente que se estaba comiendo un taco.
—¿Qué pasó, güerita? —preguntó el señor.
—Se me olvidó el epazote y los chiles anchos tostados —dije, dándome una palmada en la frente—. Los dejé en la mesa de la cocina. Sin eso, la salsa sabe a agua de calcetín.
No podía mandar a mi ayudante porque ella no sabía distinguir entre cilantro y perejil, y mucho menos sabía dónde guardaba yo mis especias secretas (en una lata de galletas María, obvio).
—Lupe, te quedas a cargo —le grité—. No quemes nada. Vengo en veinte minutos. Voy a la casa de volada.
—Sí, jefa.
Me subí al Tsuru otra vez. El tráfico estaba pesado, así que me fui culebreando por las calles del barrio, tocando el claxon y mentando madres mentalmente a los microbuseros.
Llegué a mi casa. Estacioné el coche en la banqueta, saqué las llaves y abrí la puerta.
La casa estaba en silencio. O eso creía yo.
Entré, dejé las llaves en la mesita de la entrada y me dirigí directo a la cocina.
Pero antes de llegar, escuché algo.
Un ruido.
Clink. Clank.
Ruido de cubiertos. Ruido de la puerta del refri abriéndose y cerrándose.
Me congelé.
Mi sangre se fue a los talones.
“Ladrones”, pensé. “Se metieron a robar. Sabían que no estaba”.
El pánico me invadió por un segundo. Pensé en salir corriendo y llamar a la policía (que llegaría en tres días, si bien me iba). Pero luego, una furia caliente, muy mexicana, me subió por el pecho.
Esta era mi casa. Mi santuario. Aquí vivían mis hijos. Nadie, absolutamente nadie, iba a venir a robarse mi televisión de 32 pulgadas o la licuadora que todavía estaba pagando en abonos.
Miré a mi alrededor buscando un arma.
Ahí estaba, recargado en la esquina detrás de la puerta: el bat de béisbol de aluminio que había sido de mi tío Pancho. “El Pacificador”, le decía él.
Lo agarré. Pesaba, se sentía frío y sólido en mis manos.
Me quité los zapatos para no hacer ruido. Caminé de puntitas por el pasillo, con el corazón latiendo tan fuerte en mis oídos que sonaba como tambor de guerra. Bum, bum, bum.
Me acerqué a la puerta de la cocina. El intruso estaba ahí. Escuchaba cómo masticaba. ¡El descarado estaba comiendo! ¡Robando y tragando! Eso ya era un insulto personal.
Respiré hondo.
“Uno, dos… ¡TRES!”
Entré a la cocina gritando como guerrera azteca.
—¡¿QUÉ CHINGADOS HACES EN MI CASA?!
Levanté el bat, lista para romperle la cabeza al desgraciado.
El intruso, que estaba parado frente al refri abierto, dio un salto del susto, tirando un tupper al suelo. Se giró rápidamente hacia mí.
Y yo me detuve en seco.
El bat se me resbaló de las manos sudorosas y cayó al suelo con un estruendo metálico que resonó en toda la casa. ¡CLANG!
Lo que tenía enfrente no era un ladrón común.
Bueno, parecía un extra de una película de terror de bajo presupuesto.
Era un hombre alto. Llevaba un traje gris hecho jirones, sucio y roto. Pero lo más impactante no era su ropa, sino su cara.
Estaba completamente envuelto en vendas blancas, mal puestas, que se le estaban desenrollando. Parecía una momia que había tenido una noche de fiesta muy salvaje y acababa de despertar con la peor cruda de su vida.
Solo se le veían los ojos y la boca, y en una mano tenía una pierna de pollo frío que le había robado a mi olla.
Nos quedamos mirando. El silencio fue absoluto. Solo se escuchaba el zumbido del refrigerador.
Él me miraba con los ojos muy abiertos, con la boca llena de pollo, paralizado.
Yo lo miraba tratando de procesar qué demonios estaba pasando.
—Yo… —intentó hablar él, con la voz ronca, tragándose el pollo a duras penas—. Yo puedo explicarlo.
—¿Quién eres? —susurré, mi mano buscando a ciegas el cuchillo de la mesa, por si acaso—. ¿Qué eres? ¿Una momia?
—No, soy… soy una persona —dijo él, levantando las manos en señal de paz. Tenía las manos vendadas también. Parecían guantes de boxeo de gasa—. Unos niños… unos niños me trajeron aquí.
—¿Niños? —Mi cerebro hizo clic. Los trillizos. El comportamiento extraño. El olor a Vick VapoRub (que ahora notaba que emanaba de este hombre como si fuera un eucalipto humano).
—Sí. Tres niños. Con resorteras. Me salvaron de unos hombres malos y… bueno, me curaron. Creo. —Se señaló las vendas ridículas en su cabeza.
Bajé la guardia un milímetro, pero la furia seguía ahí.
—¿Y qué haces comiéndote mi pollo?
—Tenía hambre —dijo él, con una honestidad que casi me dio ternura, si no estuviera tan enojada—. Llevo inconsciente desde ayer, creo. Desperté hace rato, vi que estaba solo y… tu refri estaba ahí. Perdón. Te pagaré el pollo. Te pagaré todo.
Di un paso adelante, entrecerrando los ojos. Algo en su voz. Esa voz ronca, profunda… me sonaba conocida. Algo en la forma en que estaba parado, ligeramente encorvado pero con cierta elegancia natural.
—Quítate eso —ordené.
—¿Qué?
—Las vendas de la cara. Quítatelas. Quiero ver a quién metieron mis hijos a mi casa.
El hombre dudó.
—Señora, estoy muy golpeado. No es una vista agradable.
—¡Que te las quites, dije! —grité, y mi voz salió con una autoridad que no admitía réplica.
Él suspiró. Con sus manos torpes y vendadas, empezó a jalar el extremo de la venda que cubría su cabeza.
Dio una vuelta. Dos vueltas.
La gasa cayó al suelo.
Luego se quitó la parte que cubría su barbilla y sus mejillas.
Finalmente, quedó expuesto.
Tenía un golpe morado horrible en la frente. El labio partido e hinchado. Un ojo casi cerrado por la inflamación. Estaba pálido, sudoroso y despeinado.
Pero yo lo conocía.
Oh, Dios mío. Lo conocía mejor que a las palmas de mis manos.
Conocía esa nariz recta. Conocía esa línea de la mandíbula. Conocía esos ojos color café profundo que, hace ocho años, me miraban como si yo fuera lo único que importaba en el universo.
El mundo se detuvo. El piso se movió bajo mis pies. Sentí que se me iba el aire, como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
No podía ser.
Tenía que ser una alucinación por el estrés.
Tenía que ser una broma cruel del destino.
—¿Lisa? —preguntó él.
Su voz cambió. Ya no era la voz de un extraño asustado. Era su voz. La voz que me había susurrado promesas de amor eterno y luego me había dicho las palabras más crueles que jamás había escuchado.
Me llevé las manos a la boca para ahogar un grito.
—Jude… —El nombre salió como un susurro doloroso, raspando mi garganta.
Él parpadeó, confundido, enfocando la vista. La hinchazón de sus ojos no le había dejado verme bien al principio, pero ahora, al escuchar su nombre, me miró de verdad.
—¿Lisa? —repitió, y esta vez sonó incrédulo, shockeado—. ¿Lisa Okafor?
Dio un paso hacia mí, como si quisiera tocarme para comprobar que era real.
—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó él, mirando alrededor de mi cocina humilde, con sus ollas de peltre y su mantel de frutas—. ¿Esta es… esta es tu casa?
La realidad me golpeó como un tren de carga.
Jude. El padre de mis hijos. El hombre que me abandonó porque su familia pensaba que yo era una “rata de alcantarilla”. El hombre que se casó con otra.
Estaba en mi cocina.
Vendado por nuestros hijos.
Comiéndose mi pollo.
La furia que sentí en ese momento fue nuclear. No era miedo a un ladrón. Era el dolor de ocho años acumulados, la humillación, la soledad, el esfuerzo de criar a tres niños sola, todo saliendo a la superficie como un volcán en erupción.
—¡Lárgate! —grité. No fue un grito normal. Fue un alarido que venía desde las entrañas.
Jude retrocedió, chocando contra la mesa.
—Lisa, espera, yo no sabía…
—¡QUE TE LARGUES! —Agarré lo primero que encontré en la mesa, que era un salero, y se lo aventé. Le pegó en el pecho—. ¡Sal de mi casa! ¡Sal de mi vida! ¡¿Cómo te atreves a venir aquí?!
—¡Lisa, cálmate! —suplicó él, levantando las manos—. ¡No sabía que era tu casa! ¡Los niños me trajeron! ¡Estoy herido!
—¡No me importa si te estás muriendo! —Avancé hacia él, recuperando el bat del suelo—. ¡Tienes tres segundos para salir por esa puerta antes de que te termine de romper lo que los secuestradores no te rompieron! ¡Uno!
Él vio la locura en mis ojos. Vio que no estaba bromeando. Vio a la mujer dulce que conocía transformada en una leona defendiendo su territorio.
—Lisa, por favor, escúchame… —intentó negociar, aunque se veía aterrado.
—¡Dos!
—¡Es peligroso afuera! ¡Esos hombres me están buscando! ¡Si salgo me van a matar!
—¡Mejor ellos que yo! —Le apunté con el bat a la cara—. ¡Tres!
Me abalancé sobre él. Jude, herido y todo, tuvo que esquivar un batazo que le hubiera volado la cabeza si no se agacha.
—¡Está bien! ¡Está bien! —gritó, corriendo hacia la sala—. ¡Me voy! ¡Pero déjame explicarte!
—¡No quiero tus explicaciones! —Lo perseguí por el pasillo—. ¡Quiero que desaparezcas! ¡Como lo hiciste hace ocho años! ¡Largo!
Llegamos a la sala. Él intentó abrir la puerta, pero sus manos vendadas resbalaban en el seguro.
Yo me detuve, respirando agitadamente, con el bat en alto, las lágrimas empezando a nublarme la vista.
—¿Por qué? —sollocé, bajando el arma un poco, porque la tristeza estaba empezando a ganarle a la ira—. ¿Por qué tenías que volver? Estábamos bien. Estábamos felices. ¿Por qué tenías que aparecer tú y arruinarlo todo otra vez?
Jude se recargó en la puerta, jadeando de dolor y esfuerzo. Me miró con una mezcla de culpa, confusión y algo más… ¿nostalgia?
—Lisa… te juro por mi vida que no planeé esto. No sabía que vivías aquí. No sabía que esos niños…
Se detuvo.
Sus ojos se abrieron más.
La maquinaria de su cerebro empezó a trabajar.
Miró las fotos que tenía colgadas en la pared de la sala. Fotos de los trillizos.
Fotos de su graduación del kinder. Fotos de su cumpleaños número siete.
David con su sonrisa chimuela. Daniel con su mirada tímida. Diana con su pose de jefa.
Miró las fotos. Luego me miró a mí. Luego miró las fotos otra vez.
—Esos niños… —dijo en un susurro, y su cara perdió el poco color que le quedaba—. Los que me salvaron… David, Daniel y Diana…
Tragó saliva.
—Tienen siete años, ¿verdad?
Me tensé. Mi corazón se detuvo.
Él estaba haciendo las matemáticas.
Ocho años desde que nos separamos. Menos nueve meses de embarazo. Siete años.
—Vete —dije, pero esta vez mi voz sonó aterrada. Ya no era furia. Era pánico puro. Tenía que sacarlo de ahí antes de que uniera los puntos. Antes de que reclamara lo que era suyo—. Vete ahora mismo.
—Lisa… —Dio un paso hacia mí, ignorando el bat—. ¿Son…? ¿Son mis…?
—¡NO! —grité demasiado rápido, demasiado fuerte—. ¡No son tuyos! ¡Su padre está muerto! ¡Lárgate!
—¡No me mientas! —Su voz subió de tono por primera vez, recuperando esa autoridad de empresario—. ¡Se parecen a mí! ¡El niño, David, tiene mis ojos! ¡La niña tiene el carácter de mi madre! ¡Lisa, dímelo!
—¡Que te vayas! —Lo empujé con todas mis fuerzas hacia la puerta.
En ese momento, el destino, que tiene un sentido del humor muy negro, decidió intervenir de nuevo.
La puerta de la calle se abrió de golpe desde afuera.
Jude y yo nos separamos de un salto.
En el umbral estaban los tres trillizos. Sudados, con las mochilas colgando de un hombro y caras de angustia. Se habían escapado de la escuela (o más bien, se habían saltado la barda, habilidad que seguro heredaron de sus tíos del barrio).
—¡Mamá! —gritó David—. ¡Tuvimos un presentimiento! ¡Sentimos que…!
Se callaron en seco al ver la escena.
Yo, despeinada, llorando, con un bat de béisbol en la mano.
El “señor momia”, ahora desenmascarado, golpeado y pálido, recargado en la puerta.
La tensión en el aire era tan espesa que se podía cortar con cuchillo.
Diana miró a Jude. Luego me miró a mí.
—¿Mamá? —preguntó con un hilito de voz—. ¿Por qué le quieres pegar al señor que rescatamos?
—Y… —Daniel se acercó un paso, entrecerrando los ojos mientras miraba a Jude—. ¿Por qué el señor se parece tanto a la foto de papá que tienes escondida en tu caja de zapatos debajo de la cama?
El silencio que siguió a esa pregunta fue ensordecedor.
Jude giró la cabeza lentamente hacia mí. Su mirada era una mezcla de dolor, asombro y una acusación silenciosa que me atravesó el alma.
—¿Tienes una foto mía? —susurró.
Luego miró a los niños. A sus niños.
Y los niños lo miraron a él.
Las piezas del rompecabezas cayeron en su lugar con un estruendo que solo nosotros podíamos escuchar.
—Ay, nanita… —dijo David—. Creo que esto se va a poner feo.
Yo solté el bat. Cayó al suelo rodando.
Me tapé la cara con las manos.
“Trágame tierra”, pensé. “Y escúpeme en Cancún, lejos de este desastre”.
Pero no había escape. La verdad estaba ahí, parada en mi sala, sangrando, con tres copias pequeñas de él mirándonos esperando una explicación.
Y así, en medio de vendas sucias, un bat de béisbol y tres niños escapados de la escuela, mi secreto de siete años se hizo pedazos.
CAPÍTULO 4: LA CAJA DE ZAPATOS Y LA VERDAD INCÓMODA
El silencio en mi sala no era un silencio normal. Era de esos silencios pesados, espesos, como cuando se va la luz en toda la colonia y sientes que algo te observa desde la oscuridad. Solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared (ese reloj feo de gallina que mi mamá me regaló) y la respiración agitada de cinco personas que acababan de chocar contra un muro de concreto llamado “La Verdad”.
Daniel, mi pequeño Daniel, acababa de soltar la bomba atómica con la inocencia de quien pide un vaso de agua: “¿Por qué el señor se parece tanto a la foto de papá que tienes escondida en tu caja de zapatos debajo de la cama?”
Sentí que el piso se abría y me tragaba. Sentí calor, luego frío, luego ganas de vomitar.
Jude se despegó de la puerta. Ya no parecía un hombre herido y moribundo. De repente, su postura cambió. Se enderezó, ignorando el dolor de sus costillas rotas, y me clavó una mirada que, si fuera láser, me habría partido en dos.
—¿Lisa? —Su voz fue un susurro peligroso—. ¿De qué foto habla?
No pude contestar. Mi garganta era un nudo de alambre de púas.
—¿Niños? —Jude bajó la vista hacia los trillizos. Su voz se suavizó, temblorosa—. ¿Cómo… cómo me llamaron?
Diana, siempre la analítica, dio un paso al frente. Sus ojitos oscuros escaneaban la cara de Jude, comparándola mentalmente con la imagen borrosa de esa vieja foto que yo juraba que nunca habían visto.
—Daniel dijo que te pareces a nuestro papá —dijo ella, con esa frialdad lógica que usaba para protegerse—. Pero eso es imposible. Científicamente imposible.
—¿Por qué? —preguntó Jude, arrodillándose con dificultad para quedar a su altura. Gimió de dolor, pero no le importó. Quería verlos de cerca.
—Porque nuestro papá está muerto —respondió David con seguridad, aunque su voz titubeó—. Mamá dijo que se murió en un accidente… de… ¿de qué fue, mamá?
—De paracaidismo —dije automáticamente. Era la mentira número 45 del catálogo.
—Ajá. De paracaidismo —repitió David—. Se le olvidó el paracaídas. Muy trágico.
Jude levantó la vista hacia mí. Sus ojos ardían con una mezcla de furia e incredulidad.
—¿Paracaidismo? —espetó—. ¿En serio, Lisa? ¿Me mataste en un accidente de paracaidismo? ¡Le tengo pánico a las alturas! ¡Ni siquiera me subo a la montaña rusa de la feria!
Los niños jadearon al unísono.
—¡Espera! —gritó Daniel—. ¿Tú cómo sabes eso?
—¿Cómo sabes que le tienes miedo a las alturas si estás muerto? —preguntó David.
El aire se volvió irrespirable.
—¡Ya basta! —grité. No podía más. El castillo de naipes se estaba derrumbando y yo estaba tratando de sostenerlo con saliva y desesperación—. ¡Niños, a su cuarto! ¡Ahora mismo!
—¡Pero mamá! —protestaron los tres.
—¡Dije que a su cuarto! —Señalé el pasillo con el dedo temblando—. ¡Esto es una conversación de adultos! ¡Y no quiero oír ni un pío! ¡Cierren la puerta y pónganse a… a estudiar!
—¡Pero si nos acabamos de escapar de la escuela! —argumentó David.
—¡Pues estudien por qué son tan desobedientes! ¡Largo!
Los trillizos, viendo que mi “modo Hulk” estaba activado al 100%, refunfuñaron y caminaron hacia su habitación. Pero antes de entrar, Daniel se detuvo, miró a Jude una última vez con esos ojos tristes y esperanzados, y susurró:
—Se parece mucho, ma. De verdad.
La puerta se cerró. Escuché el clic del seguro (obviamente iban a pegar la oreja a la puerta, no son tontos), y finalmente me quedé a solas con el fantasma de mi pasado.
Jude y yo. En mi sala pequeña, con el olor a Vick VapoRub y a traición flotando en el aire.
Jude se pasó una mano por la cara, quitándose el sudor frío.
—Lisa… —Empezó, pero lo corté.
—No —dije, retrocediendo hacia la cocina—. No tienes derecho.
—¿Que no tengo derecho? —Soltó una risa amarga, seca—. Acabo de enterarme de que tengo tres hijos. ¡Tres! ¡De siete años! ¡Y tú les dijiste que estaba muerto! ¿Que me caí de un avión?
—¡Fue lo mejor para ellos! —grité, sintiendo cómo las lágrimas de coraje me picaban los ojos—. ¿Qué querías que les dijera? ¿”Ay, mijos, su papá es un millonario cobarde que prefirió el dinero de sus papis a su familia”? ¿Eso querías que les dijera?
—¡Yo no sabía! —rugió él. Dio un golpe en la pared que hizo temblar el cuadro de la Virgen de Guadalupe—. ¡Juro por Dios que no sabía! ¡Nunca me dijiste que estabas embarazada!
—¿Ah, sí? ¿Y cuándo querías que te lo dijera, Jude? —Di un paso adelante, picándole el pecho con el dedo índice—. ¿Cuando me terminaste en la puerta de mi departamento? ¿Cuando me dijiste que nuestra relación fue un “error”? ¿O tal vez debí mandarte un WhatsApp el día de tu boda con la princesa esa?
Él retrocedió como si lo hubiera cacheteado.
—Yo… —Su voz se quebró—. Fui un idiota. Lo sé. Fui débil. Mis padres… ellos me presionaron, me amenazaron con destruirte a ti y a tu familia si no me casaba con Ximena. Pensé que te estaba protegiendo al alejarme.
—¡Pues qué gran protección! —Me limpié una lágrima furiosa—. Me dejaste sola. Sin trabajo, sin dinero, con el corazón roto y con tres bebés en la panza. ¿Sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que es ir al seguro social sola? ¿Sabes lo que es trabajar vendiendo gelatinas en el metro con una panza de ocho meses porque nadie te da trabajo?
Jude me miraba con horror. Creo que nunca se había imaginado la realidad de lo que pasé. En su mundo de burbuja, los problemas se resuelven firmando cheques.
—¿Vendías gelatinas? —susurró.
—Y tamales. Y lavé ropa ajena. Y limpié pisos. —Levanté la barbilla con orgullo—. Hice lo que tenía que hacer para que a mis hijos no les faltara nada. Y lo logré. Solita. Sin ti. Sin tu dinero sucio. Así que no vengas ahora, ocho años después, a hacerte la víctima porque te perdiste sus festivales escolares. Tú tomaste tu decisión.
Jude se dejó caer en el sofá, derrotado. Se agarró la cabeza con las manos vendadas.
—Dios mío… tengo hijos. Son trillizos. —Parecía que estaba en shock—. Por eso el niño se llama David. Yo siempre quise un hijo llamado David.
—No te des tanto crédito —espeté—. Se llama David porque el doctor que me atendió el parto se llamaba David y no me cobró la cesárea extra.
—¿Y Daniel?
—Por mi abuelo.
—¿Y Diana?
—Porque rimaba. Ya cállate.
Hubo un silencio largo. Jude miraba al suelo, respirando pesadamente. Podía ver los engranajes de su cerebro girando a toda velocidad.
—¿Saben leer? —preguntó de repente.
Lo miré como si estuviera loco.
—Tienen siete años, Jude. Claro que saben leer. Diana lee libros de enciclopedia por diversión. David lee cómics y Daniel… bueno, Daniel lee las etiquetas del cereal, pero cuenta.
—Son inteligentes —dijo, y vi una chispa de orgullo en sus ojos morados—. Como tú. Y valientes. Me salvaron la vida. Se enfrentaron a hombres armados con resorteras, Lisa. ¡Resorteras!
—Son imprudentes —corregí—. Sacaron eso de ti.
—Tengo que conocerlos —dijo, levantándose—. Tengo que hablar con ellos. Decirles la verdad.
—¡Sobre mi cadáver! —Me interpuse en su camino—. No vas a entrar ahí a confundirlos. Ellos están bien. Tienen una vida estable. Creen que su papá fue un héroe que murió joven. No voy a dejar que les rompas el corazón diciéndoles que en realidad su papá es un empresario vivo que nunca los buscó.
—¡Pero ahora estoy aquí! —insistió—. ¡Puedo arreglarlo! ¡Tengo dinero, Lisa! Puedo darles todo. Las mejores escuelas, viajes, seguridad…
—¡No queremos tu dinero! —grité—. ¡Estuvimos bien siete años sin él!
—¡No se trata de dinero, se trata de que soy su padre! —gritó él.
—¡Mamá! ¡Papá! —La voz de David sonó desde el pasillo.
Ambos nos congelamos.
La puerta del cuarto estaba abierta. Los tres niños estaban parados ahí, con los ojos como platos y las bocas abiertas.
—¿Papá? —preguntó Daniel, con la voz temblorosa.
—Dijiste… dijiste “soy su padre” —susurró Diana, y vi cómo su cerebrito procesaba la información, conectando todos los puntos: el parecido físico, la reacción de mamá, la foto, la discusión—. No está muerto. Eres tú.
Jude me miró, pidiendo permiso con los ojos. Yo estaba paralizada. Ya no había mentira que valiera. El paracaídas se había roto.
Jude se giró hacia ellos. Se veía aterrado, más asustado que cuando los secuestradores le apuntaban con la pistola.
—Sí —dijo con voz suave, rota—. Soy yo. Soy Jude. Y… creo que soy su papá.
La reacción no fue como en las películas. No corrieron a abrazarlo con música de violines de fondo.
Fue caos.
David frunció el ceño, enojado.
—¿Entonces no eres un héroe de paracaidismo? —reclamó—. ¿Eres un mentiroso?
Daniel se soltó a llorar, pero parecía alivio.
—¡Sabía que no eras un fantasma!
Diana, mi pequeña abogada, cruzó los brazos.
—¿Dónde has estado? —preguntó fríamente—. ¿Por qué no viniste a nuestros cumpleaños? ¿No te gustamos?
Jude cayó de rodillas de nuevo, al nivel de sus ojos. Las lágrimas le escurrían por las mejillas, mojando las vendas sucias.
—No, no, no es eso. Me encantan. Son lo más increíble que he visto. Es que… yo no sabía que existían.
—¿Cómo no vas a saber? —preguntó David—. ¿Mamá no te mandó un WhatsApp?
—Fue complicado —dijo Jude, mirando de reojo mi cara de “te mato si dices algo malo”—. Los adultos a veces somos muy tontos. Cometemos errores. Y yo cometí el error más grande del mundo al alejarme de su mamá. Pero les juro… les juro que si hubiera sabido que estaban aquí, habría venido corriendo. Habría cruzado el mar nadando.
Daniel, que no aguantaba más, corrió y se lanzó a sus brazos.
—¡Papá!
Jude lo atrapó, haciendo una mueca de dolor por sus costillas, pero lo abrazó con una fuerza desesperada, enterrando la cara en el cuello del niño.
—Hola, Daniel —sollozó.
David y Diana se quedaron atrás, dudando.
—Está llorando mucho —observó David—. Es un llorón.
—Está emocionado —dijo Diana, aunque ella también se limpiaba una lágrima discreta—. Es una reacción fisiológica al estrés emocional.
Yo me quedé recargada en la pared, viendo la escena. Una parte de mí quería separarlos, gritar que ese hombre no se merecía ese abrazo. Pero otra parte, la parte que todavía amaba al Jude de hace ocho años, sintió una punzada en el pecho. Se veía completo. Por primera vez en años, la imagen de mi familia se veía… completa.
Pero el momento tierno duró poco. Porque en mi barrio, la paz dura lo que dura un gas en una canasta.
De repente, un rechinido de llantas se escuchó afuera, en la calle.
No era el camión de la basura. No era el panadero con el pan.
Eran llantas de camionetas grandes. Pesadas.
Jude se tensó. Soltó a Daniel suavemente y se puso de pie, su actitud cambió de “padre arrepentido” a “animal acorralado” en un segundo.
Se acercó a la ventana y se asomó por una rendija de la cortina.
—Mierda —susurró.
—¡Esa boca! —le regañé por instinto—. Hay niños presentes.
—Lisa, ven acá —dijo sin mirarme, con voz urgente—. Mira esto.
Me acerqué.
Afuera, en la calle polvorienta, había dos camionetas negras, polarizadas, de esas que gritan “somos narcos o políticos corruptos”. Iban avanzando muy despacio, como tiburones buscando sangre.
—¿Quiénes son? —pregunté, sintiendo un frío en la nuca.
—Son ellos —dijo Jude sombríamente—. Los hombres de Arriaga.
—¿Quién es Arriaga?
—Mi “socio”. El que quiere quitarme la empresa. El que mandó a secuestrarme ayer.
—¿Y qué hacen aquí? —pregunté, sintiendo que el pánico me subía por la garganta—. ¿Cómo saben dónde estás?
Jude miró a los niños, luego a mí. Estaba pálido.
—No lo sé. Tal vez me pusieron un rastreador. O tal vez alguien vio a los niños llevándose al “bulto” ayer.
—¡Doña Chona! —exclamaron los trillizos al unísono.
—¿Quién?
—La vecina chismosa —explicó Diana—. Nos vio con el diablito. Seguro ya le contó a medio mundo que metimos a un “proyecto de ciencias” gigante a la casa. Si alguien preguntó, ella soltó la sopa.
Una de las camionetas se detuvo justo frente a mi casa.
El vidrio del copiloto bajó lentamente.
Un hombre con lentes oscuros (aunque estaba nublado) se asomó, mirando la fachada de mi casita, mirando el número, mirando mi Tsuru estacionado.
Habló por un radio.
—Nos encontraron —dijo Jude. Se giró hacia mí—. Lisa, escúchame bien. Tienen que irse. Tienen que salir por atrás.
—¿Irnos? ¿A dónde? ¡Esta es mi casa!
—¡Ya no es segura! —Jude me agarró de los hombros—. Arriaga no juega. Si entran y me encuentran aquí… no van a dejar testigos. No les importa si hay niños.
Me quedé helada. Miré a mis hijos. David tenía su resortera en la mano, listo para la batalla, pero le temblaba la barbilla. Daniel estaba abrazado a la pierna de Jude. Diana estaba pálida.
—No voy a dejar que les pase nada —dijo Jude, y vi una determinación en sus ojos que me dio miedo—. Yo voy a salir. Voy a entregarme. Voy a distraerlos mientras ustedes se escapan por la barda del patio.
—¿Qué? —Daniel empezó a llorar—. ¡No! ¡Acabas de llegar! ¡No te vayas!
—Tengo que hacerlo, campeón. Es la única forma de que estén a salvo.
Jude caminó hacia la puerta. Se veía decidido a morir en la banqueta si era necesario.
Pero yo no soy de las que se quedan mirando. Soy de barrio. Y en el barrio, la familia no se abandona, aunque el papá sea un idiota que acaba de resucitar.
—¡Alto ahí! —ordené.
Jude se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta.
—Lisa, no hay tiempo…
—Cállate y escúchame. —Caminé hacia él—. Tú no vas a salir ahí a que te maten en mi banqueta. Eso bajaría la plusvalía de mi casa y mancharía el concreto. Además… —Miré a los niños, que nos veían con terror—. Si sales y te matan, mis hijos van a quedar traumados de por vida. Y yo no tengo dinero para psicólogos.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó él desesperado.
—Vamos a pelear —dije. O tal vez no pelear, pero sí vamos a ser más listos que ellos.
—Lisa, son sicarios profesionales. Nosotros tenemos… —Miró a su alrededor—. Un bat de béisbol y tres resorteras.
—Y un tanque de gas en la azotea, aceite hirviendo en la cocina y a Doña Chona —dije, y una sonrisa maliciosa se me formó en la cara—. No conoces este barrio, Jude. Aquí nos cuidamos entre todos. Si tocan a uno, tocan a todos.
Me giré hacia los niños.
—Escuadrón Trillizos, ¡atención!
Se cuadraron inmediatamente, secándose las lágrimas. El miedo se transformó en acción.
—¿Sí, generala mamá?
—David, necesito que subas a la azotea (con cuidado, sin que te vean) y vigiles. Si se bajan de la camioneta, me avisas con el silbido secreto.
—¡Sí, señora! —David corrió hacia las escaleras del patio.
—Diana, necesito tu cerebro. Busca el teléfono de Don Pedro, el de la tienda, y el de los primos de la vulcanizadora. Diles que hay “cucarachas grandes” afuera de mi casa. Ellos ya saben qué significa.
—Código Rojo Vecinal —asintió Diana, corriendo al teléfono fijo—. Entendido.
—Daniel… —Miré a mi hijo más sensible, que seguía abrazado a la pierna de su padre—. Tú te quedas aquí cuidando a… a tu papá. No dejes que haga ninguna estupidez heroica. Si intenta salir, muérdele la pierna.
—¡Sí, mamá! Tengo los dientes afilados.
Jude nos miraba con la boca abierta.
—¿Tienen un código para sicarios?
—Es la Ciudad de México, cariño —le dije, pasando por su lado para ir a la cocina—. Aquí uno siempre está preparado. Ahora, ayúdame a mover el sofá contra la puerta. Nadie entra a esta casa sin invitación.
Empujamos el sofá viejo contra la puerta principal.
Jude se quejó de dolor, pero empujó con fuerza.
—Lisa… —dijo, mientras asegurábamos la barricada—. Gracias.
Lo miré a los ojos. Todavía estaba furiosa con él. Todavía tenía ocho años de reclamos guardados en la garganta. Pero en ese momento, con el peligro afuera y nuestros hijos adentro, éramos un equipo otra vez.
—No me des las gracias todavía —le advertí—. Si salimos vivos de esta, tú y yo vamos a tener una conversación muy larga. Y más te vale que tengas buenas respuestas.
—Las tendré —prometió—. Te contaré todo. Por qué me fui, por qué no volví… todo.
—Mamá —susurró David bajando corriendo de la azotea—. Se están bajando. Son cuatro. Tienen armas largas.
El ambiente se congeló.
Cuatro hombres armados.
Jude palideció.
—Lisa, esto es demasiado. No pueden pelear contra ellos.
—No vamos a pelear solos —dije, rezándole mentalmente a todos los santos.
En ese momento, el teléfono sonó. Diana contestó.
—¿Bueno? —Escuchó un momento y sonrió—. Gracias, Don Pedro.
Colgó y nos miró.
—La caballería viene en camino.
Afuera se escucharon gritos.
—¡Oigan! ¡¿Qué hacen ahí parados?! —Era la voz de Don Pedro, amplificada por el barrio.
Luego se escucharon ladridos. Muchos ladridos. “El Killer”, el pitbull del mecánico de la esquina, y su pandilla de perros callejeros.
—¡Lárguense de aquí! —gritó la señora de las quesadillas—. ¡Aquí no queremos problemas!
Los hombres de Arriaga, acostumbrados a intimidar empresarios en oficinas de lujo, no estaban preparados para la furia de una colonia popular unida. Se escucharon groserías, ladridos, el sonido de una piedra rompiendo un vidrio (seguro obra de algún primo lejano).
Jude se asomó con cuidado.
—No lo puedo creer… —murmuró—. La gente… los está corriendo.
—Te dije —le susurré—. El barrio respalda.
Pero la victoria no fue total. Escuchamos cómo una de las camionetas arrancaba a toda velocidad, pero antes, una voz gritó desde afuera, lo suficientemente fuerte para que la escucháramos a través de la puerta:
—¡Sabemos que estás ahí, Badmos! ¡Esto no se acaba! ¡Volveremos y vamos a quemar todo este nido de ratas!
El silencio volvió a la calle, pero esta vez era un silencio temeroso.
Nos miramos. Habíamos ganado la batalla, pero la guerra acababa de empezar.
—Saben que estoy aquí —dijo Jude—. Y saben que ustedes me están protegiendo. Ahora todos son un objetivo.
Me dejé caer en una silla, temblando ahora que la adrenalina bajaba.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté.
Jude se acercó. Puso sus manos (todavía vendadas ridículamente) sobre mis hombros.
—Tenemos que irnos. Todos.
—¿Irnos? ¿A dónde?
—Tengo una casa de seguridad. Fuera de la ciudad. Nadie la conoce, ni siquiera Arriaga. Está blindada, tiene provisiones. Estaremos seguros ahí hasta que pueda contactar a mi jefe de seguridad de confianza y arreglar este desastre legalmente.
Miré mi casa. Mi pequeño reino. Mis fotos en la pared, mi cocina oliendo a salsa quemada (porque sí se quemó la salsa), mis muebles viejos.
—No quiero dejar mi casa —susurró Daniel.
—Es temporal, hijo —dijo Jude suavemente—. Lo prometo. En cuanto sea seguro, volveremos. O… les compraré una casa mejor. Una con alberca.
—¿Alberca? —Los ojos de los tres se iluminaron.
—No empieces a comprarlos con albercas —le advertí—. Pero tienes razón. No podemos quedarnos aquí. Volverán esta noche.
Me levanté. Me sequé las lágrimas y me puse en modo mamá práctica.
—Muy bien, familia. Tenemos diez minutos. Empaquen lo esencial. Ropa, cepillos de dientes y un juguete cada uno. Nada más.
—¿Puedo llevar mi resortera? —preguntó David.
—Esa es esencial —dijo Jude—. Llévala.
Mientras los niños corrían a empacar, Jude y yo nos quedamos solos en la sala un segundo más.
—Lo siento, Lisa —dijo él—. De verdad. Nunca quise traer este peligro a tu vida.
—Pues ya está aquí —le dije, tomando mi bolsa—. Ahora lo único que importa es sacarlos adelante. Como siempre lo he hecho.
—Como lo haremos —corrigió él—. Juntos.
Lo miré. Quería creerle. Quería creer que esta vez no correría.
—Más te vale, Jude Badmos. Porque si nos fallas otra vez, no vas a necesitar a los sicarios de Arriaga. Yo misma te mato.
—Entendido —dijo él, y por primera vez en ocho años, me sonrió con esa sonrisa torcida que me enamoró.
—¡Vámonos! —gritaron los niños, volviendo con mochilas abultadas.
Salimos por la puerta trasera, hacia el callejón, dejando atrás nuestra vida normal. Nos subimos a mi Tsuru (Jude tuvo que doblarse en cuatro para caber en el asiento del copiloto).
—¿Sabes manejar estándar? —le pregunté.
—Manejo Ferraris, Lisa.
—Esto es un Tsuru 2005 con la tercera velocidad que se atora. Es más difícil que un Ferrari. Manejo yo.
Arranqué el coche. El motor tosió, rugió y finalmente avanzó.
Mientras nos alejábamos de la colonia, vi por el retrovisor cómo mi vida se hacía pequeña. Iba huyendo con tres niños, un exnovio millonario vendado y una amenaza de muerte sobre nuestras cabezas.
Era el peor día de mi vida.
Pero luego miré al asiento de atrás. Daniel iba dormido en el hombro de David. Diana iba leyendo un mapa. Y Jude… Jude me miraba de reojo con una expresión de admiración absoluta.
—Manejas como loca —dijo.
—Cállate y pásame el agua —le contesté.
Tal vez, solo tal vez, no era el peor día. Tal vez era el comienzo de algo nuevo. Algo peligroso, sí. Pero por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola.
El Tsuru se perdió en el tráfico de la ciudad, llevando a la familia más extraña y disfuncional de México hacia lo desconocido.
CAPÍTULO 5: UN TSURU, UNA MANSIÓN Y TRES NIÑOS EN DISNEYLANDIA
Si alguna vez has viajado cinco personas en un Tsuru modelo 2005, sin aire acondicionado y con la suspensión vencida, sabes que es una experiencia que une a las familias… o las destruye para siempre. Ahora, imagínate esa misma escena, pero el copiloto es un multimillonario vendado que no sabe dónde poner las piernas, la conductora es su exnovia furiosa que maneja como si estuviera en Rápido y Furioso: Reto Tepito, y en el asiento de atrás van tres niños que acaban de descubrir que su padre no es un fantasma paracaidista, sino el señor que va quejándose cada vez que pasamos un bache.
El viaje hacia la “casa de seguridad” fue, por decirlo suavemente, un infierno chiquito.
Salimos de la ciudad cuando el sol ya se había ocultado. La carretera estaba oscura y llena de curvas. Yo iba aferrada al volante con los nudillos blancos, mirando compulsivamente por el retrovisor cada tres segundos, esperando ver las luces de las camionetas de los sicarios.
—¿Seguro que no nos siguen? —pregunté por décima vez.
Jude, que iba hecho un origami humano en el asiento del copiloto (porque el Tsuru no está diseñado para gente de 1.85 m), miró por su espejo lateral.
—Seguro. Tomaste tres desviaciones y te metiste en sentido contrario en esa calle de terracería. Si nos seguían, ya se mataron o se perdieron. Manejas horrible, por cierto.
—Manejo para sobrevivir —le espeté, metiendo cuarta con fuerza porque la palanca se atoraba—. Y si no te gusta, bájate y pide un Uber.
—Tengo hambre —anunció Daniel desde atrás.
—Yo tengo ganas de hacer pipí —dijo David.
—Y yo tengo una duda existencial —dijo Diana.
Suspiré.
—Daniel, aguántate. David, haz en la botella de Gatorade que está en el piso. Diana, ¿cuál es tu duda?
—Si tú eres millonario… —Diana se dirigió a la nuca de Jude—. ¿Por qué estamos huyendo en el coche de mamá que huele a aceite quemado y no en un helicóptero?
Jude soltó una risa seca que terminó en un quejido de dolor por sus costillas.
—Buena pregunta, pequeña. Digamos que el helicóptero llama mucho la atención. A veces, para esconderse, hay que ser… discreto.
—O sea, pobre —tradujo David—. Ser pobre es el mejor disfraz.
—Algo así —concedió Jude—. Y no soy millonario. Soy… empresario.
—Ajá —dije yo—. Empresario con casa de seguridad blindada. Eso suena muy normal, Jude. Muy de clase media.
Manejamos dos horas más hacia las afueras, rumbo a una zona boscosa que yo no conocía. El paisaje cambió de concreto y espectacular a pinos y oscuridad total.
Finalmente, Jude señaló un camino de grava oculto entre árboles.
—Es ahí. A la derecha.
Giré el volante. El Tsuru protestó, las llantas derraparon en la grava y avanzamos hacia un portón de acero negro, enorme, que parecía la entrada a Jurassic Park.
Jude bajó la ventanilla (manualmente, dándole vuelta a la manivela, lo cual le costó trabajo con sus manos vendadas) y tecleó un código en un panel.
El portón se abrió lentamente con un zumbido eléctrico.
Entramos. Y mis hijos, que habían vivido toda su vida en una casa de interés social de 60 metros cuadrados, soltaron un grito colectivo que casi rompe los vidrios.
—¡NO MANCHES! —gritaron al unísono.
La “casa de seguridad” no era una casa. Era una fortaleza disfrazada de mansión de revista.
Era una estructura moderna de concreto y cristal, escondida entre el bosque, con luces cálidas que iluminaban un jardín que parecía campo de golf. Había una fuente en la entrada. Había estatuas que seguro costaban más que mi riñón. Y al fondo, brillando bajo la luz de la luna, se veía el agua turquesa de una alberca infinita.
Estacioné mi humilde Tsuru junto a un Mercedes Benz negro cubierto con una lona. El contraste era tan ridículo que me dio risa nerviosa. Mi coche parecía una cucaracha estacionada al lado de una nave espacial.
—Bienvenidos a mi… refugio —dijo Jude, abriendo la puerta.
Los niños bajaron corriendo, olvidando el miedo, el cansancio y el hambre.
—¡Es un castillo! —gritó Daniel, corriendo en círculos por el pasto perfectamente cortado.
—¡Tiene alberca! —aulló David, corriendo hacia el agua.
—¡ALTO AHÍ! —grité yo, saliendo del coche—. ¡Nadie se mete a la alberca! ¡Es de noche, hace frío y no traen traje de baño!
—¡Pero mamá! —protestaron.
—Pero nada. Adentro. Ahora.
Jude nos guio hacia la entrada principal. La puerta era de madera maciza, enorme. La abrió con su huella digital (sí, como en las películas) y entramos.
Si por fuera era impresionante, por dentro era insultante.
Pisos de mármol. Techos de doble altura. Una sala con sillones de piel blanca que gritaban “aquí no se permiten niños con manos de chocolate”. Una chimenea de gas encendida. Una pantalla de televisión que ocupaba toda una pared.
—Siéntanse en su casa —dijo Jude, cojeando hacia la cocina.
—Wow… —Diana giró sobre sus talones, mirando el techo—. Tienes mucho espacio para una sola persona. Es ineficiente.
—Es soledad con estilo —murmuré yo, abrazándome a mí misma porque el aire acondicionado estaba a 18 grados.
—¿Tienen hambre? —preguntó Jude—. Creo que hay comida en la alacena. No vengo mucho, pero el personal de mantenimiento la surte cada semana por si acaso.
Fuimos a la cocina. Era más grande que mi casa entera. Tenía una isla de granito donde cabíamos los cinco acostados. Jude abrió un refrigerador de dos puertas de acero inoxidable.
Estaba lleno. Jamón serrano, quesos que no sabía pronunciar, jugos orgánicos, frutas exóticas.
—¿Quieren… caviar? —preguntó Jude, sosteniendo un frasco pequeño.
Los niños hicieron cara de asco.
—¿Qué es eso? —preguntó David.
—Huevos de pescado.
—¡Guácala! —gritó Daniel—. Queremos cereal. O quesadillas.
Jude buscó. Encontró una caja de Zucaritas (milagro) y leche de almendras.
—No hay tortillas —se disculpó—. Pero hay pan artesanal de masa madre.
—Sirve —dije yo, tomando el control de la cocina porque Jude, con sus manos vendadas, estaba a punto de tirar la leche—. Siéntate. Yo les sirvo. Tú pareces zombie.
Les di de cenar a los niños en la barra de granito. Jude se sentó en un banco alto, mirándolos comer con una fascinación que no se le quitaba. Los miraba como si fueran la octava maravilla del mundo. Miraba cómo David masticaba con la boca abierta (tengo que corregir eso), cómo Daniel separaba las hojuelas por tamaño, cómo Diana leía los ingredientes de la caja de leche.
—Son increíbles —susurró para mí.
—Son niños —dije secamente, untándole mantequilla a un pan—. Comen, hacen popó, gritan y rompen cosas. No los idealices.
—Para mí son nuevos —dijo él—. Me perdí siete años de esto. De verlos comer cereal.
Sentí una punzada en el pecho, pero la ignoré.
—Bueno, ya cenaron. A la cama. ¿Dónde van a dormir?
—Hay cuatro habitaciones arriba —dijo Jude—. Cada una tiene baño propio. Pueden escoger la que quieran.
—¡Yo pido la del balcón! —gritó David y salió corriendo escaleras arriba.
—¡Yo la de la tele gigante! —siguió Daniel.
—¡Yo la que tenga libros! —remató Diana.
Subimos. Las habitaciones eran suites de hotel de lujo. Camas King Size con sábanas de hilos infinitos.
—No se acostumbren —les advertí mientras los arropaba—. Esto es solo por unos días. En cuanto sea seguro, nos regresamos a nuestra casa con nuestras camas que rechinan.
—Ay, mamá… —se quejó David, hundiéndose en el colchón de plumas—. Esta almohada se siente como abrazar a una nube. ¿Nos la podemos robar?
—¡David!
—Es broma. Pero si cabe en la mochila…
—A dormir.
Les di el beso de buenas noches a cada uno.
Cuando apagué la luz del cuarto de Diana, ella me detuvo.
—Mamá…
—¿Qué pasó, mi cielo?
—Él… Jude… papá… —Probó la palabra con extrañeza—. ¿Es buena persona?
Me quedé callada un momento. ¿Qué responder a eso?
—No lo sé, Diana. Antes lo era. Pero la gente cambia. Y el dinero cambia a la gente. Solo… tengan cuidado, ¿sí? No le entreguen su corazón tan rápido.
—Él nos miró bonito —dijo ella, cerrando los ojos—. Como tú nos miras.
Salí del cuarto con el corazón estrujado.
Bajé a la sala. Jude estaba ahí, sentado en el sofá blanco, con una bolsa de hielo en la cara y una botella de whisky en la mesa. Se había quitado el saco roto y la camisa manchada de sangre, quedándose en una camiseta blanca que dejaba ver más vendas en su torso.
Se veía agotado. Derrotado.
Me vio bajar y se enderezó.
—¿Se durmieron?
—Sí. Las camas de ricos tienen poderes somníferos.
Me senté en el sillón de enfrente, lo más lejos posible de él.
—Bueno, Jude. Estamos solos. Los niños duermen. No hay sicarios afuera.
Crucé las piernas y lo miré fijamente.
—Empieza a hablar. Y más te vale que sea la verdad, porque si detecto una sola mentira, te juro que agarro a mis hijos, me subo al Tsuru y nos vamos, aunque nos persiga el diablo.
Jude tomó un trago largo de su vaso. El hielo tintineó.
—Tienes derecho a estar enojada —dijo.
—No estoy enojada, Jude. Estoy más allá del enojo. Estoy decepcionada. Estoy dolida. Y estoy asustada. Así que ahórrate la psicología barata y ve al grano. ¿Por qué? ¿Por qué te casaste con ella? ¿Por qué nunca me buscaste?
Él suspiró, un sonido profundo que pareció vaciarle los pulmones.
—Fue mi padre —dijo, mirando el fuego de la chimenea—. Él investigó a tu familia.
—¿A mi familia? —Me tensé—. ¿A mis papás?
—Sí. Encontró cosas. O inventó cosas, no lo sé. Me dijo que tu papá tenía deudas de juego ilegales. Que tu hermano estaba metido en líos con pandillas. Me dijo que si yo no me casaba con Ximena, él iba a usar sus contactos en la policía para… para “limpiar” a tu familia.
—¡Eso es mentira! —salté del sillón—. ¡Mi papá era un hombre honrado! ¡Trabajaba de sol a sol! ¡Jamás apostó un centavo!
—Lo sé… ahora lo sé —dijo Jude con amargura—. Pero en ese entonces… yo tenía 27 años, Lisa. Vivía bajo la sombra de mi padre. Él era un monstruo. Tenía jueces, policías, políticos en su nómina. Si él decía que iba a meter a tu padre a la cárcel, lo iba a hacer. Me mostró “pruebas”. Fotos, documentos. Me dijo: “Cásate con la hija de los Ainola, fusionamos las empresas, y dejo en paz a tu noviecita y a su familia de delincuentes. Si no… los destruyo mañana mismo”.
Me quedé helada. Recordé las amenazas telefónicas. Las inspecciones sorpresa al negocio de mis papás. Los hombres siguiendo a mis hermanos.
No eran imaginaciones mías. Era real.
—Lo hizo para protegerme… —susurré, sintiendo un escalofrío.
—Fui un cobarde —admitió Jude, y se le quebró la voz—. Debí haber luchado. Debí haberte dicho la verdad y huir contigo. Pero tuve miedo. Miedo de que él te lastimara. Así que acepté el trato. Me casé con Ximena. Pensé… pensé que al alejarme te estaba salvando.
Se limpió una lágrima con el dorso de la mano vendada.
—El día que te dejé en tu departamento… fue el día más difícil de mi vida. Verte llorar… decirte esas cosas horribles para que me odiaras y no me buscaras… sentí que me estaba arrancando el corazón yo mismo.
—Y funcionó —dije con voz temblorosa—. Te odié. Te odié con cada célula de mi cuerpo.
—Lo sé. Y me lo merezco.
Hubo un silencio largo. El fuego crepitaba.
—¿Y luego? —pregunté—. Te casaste. Vi las fotos. Te veías muy feliz sonriendo en la revista “Hola”.
Jude soltó una risa sarcástica.
—Las fotos mienten, Lisa. Esa boda fue un funeral. Ximena… ella tampoco quería casarse. Ella amaba a otro. Pero nuestros padres nos obligaron. Fue un matrimonio de negocios. Nunca vivimos juntos realmente. Ella vivía en una ala de la casa, yo en la otra. Dormíamos en camas separadas. Éramos… socios. Nada más.
—¿Nunca… nunca la amaste? —La pregunta se me escapó antes de poder detenerla.
—Jamás —dijo él, mirándome a los ojos con una intensidad que me quemó—. En ocho años, no ha pasado un solo día, ni uno solo, en que no pensara en ti. En tu risa. En cómo arrugas la nariz cuando te enojas. Te busqué, ¿sabes?
—¿Me buscaste?
—Contraté detectives privados hace tres años, cuando mi padre murió y por fin fui libre. Pero no te encontré.
—Me cambié el nombre —confesé—. Usé mi segundo apellido. Me mudé al otro lado de la ciudad. Borré mis redes sociales. No quería que me encontraras.
—Hiciste un buen trabajo —dijo él tristemente—. Te escondiste tan bien que me perdí la infancia de mis hijos.
Me senté de nuevo, sintiendo que el peso de la verdad me aplastaba.
No era el villano que yo había construido en mi mente. No era el monstruo desalmado. Era un hombre manipulado, débil tal vez, pero que había sacrificado su felicidad pensando que me salvaba la vida.
Eso no borraba el dolor. No borraba las noches de hambre, el cansancio, la soledad del parto. Pero… lo suavizaba. Le quitaba el veneno.
—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Qué pasa con Ximena? ¿Sigues casado?
—Estamos en proceso de divorcio —dijo él—. Hace seis meses. Por eso Arriaga está atacando. Arriaga es el primo de Ximena. Quieren quedarse con mi parte de la empresa como “compensación” por el divorcio. Cuando me negué a firmar… bueno, pasaron al plan B: el secuestro.
—Así que… ¿eres un hombre libre? —pregunté, tratando de sonar indiferente.
—Soy un hombre libre, divorciado, con una empresa en guerra y tres hijos que acaban de caer del cielo —corrigió él—. Y sigo enamorado de la misma mujer que hace ocho años.
El aire se salió de la habitación.
Me levanté de golpe.
—No —dije, levantando la mano—. No empieces con eso, Jude. No puedes soltarme esa bomba ahorita. Tengo tres hijos arriba, sicarios buscándome y la cabeza hecha un lío. No puedes decirme eso.
—Es la verdad. Pediste la verdad.
—Pues esa verdad guárdatela por ahora. —Caminé hacia las escaleras—. Necesito dormir. Necesito procesar que el padre de mis hijos no es un paracaidista muerto, sino un millonario divorciado que casi arruina mi vida por “protegerme”.
—Lisa… —Él se levantó también.
—Buenas noches, Jude. —Lo miré desde el primer escalón—. Y gracias. Por la cena. Por la casa. Y… por no ser el monstruo que yo creía.
Él asintió, quedándose ahí parado en medio de su sala vacía y lujosa.
—Buenas noches, Lisa. Descansa. Mañana… mañana será otro día.
Subí a mi cuarto. Me tiré en la cama gigante que olía a lavanda y dinero.
Miré al techo.
“Diosito”, recé. “Si esto es una prueba, ya párale, ¿no? Mándame una señal. ¿Lo perdono? ¿Huyo? ¿Le cobro los siete años de manutención con intereses?”
No hubo respuesta, solo el silencio del bosque.
Cerré los ojos y, por primera vez en años, soñé con Jude. Pero esta vez, no era una pesadilla.
El día siguiente empezó con olor a quemado.
Abrí los ojos de golpe. El sol entraba a raudales por los ventanales. El reloj marcaba las 9:00 a.m.
“¡Quemado!”, pensé. “¡Los sicarios!”
Salté de la cama, agarré una lámpara pesada de la mesa de noche (mi arma improvisada) y salí corriendo en pijama hacia el pasillo.
El humo venía de abajo. De la cocina.
Bajé las escaleras de dos en dos, lista para pelear.
Entré a la cocina gritando:
—¡Atrás, malditos!
Y me encontré con una escena que, si tuviera celular, habría grabado para la posteridad.
No había sicarios.
Estaba Jude, con un delantal que decía “Grill Master” puesto sobre su playera, intentando apagar un sartén que estaba soltando humo negro como chimenea industrial.
Y estaban los trillizos, sentados en la barra, con cara de preocupación.
—¡Papá, échale agua! —gritaba Daniel.
—¡No! —gritó Diana—. ¡El agua en el aceite hace explosión! ¡Tápalo!
—¡Sople, sople! —gritaba David, abanicando con un trapo.
—¡Quítense! —grité yo.
Corrí hacia la estufa, apagué el fuego y puse una tapa de olla sobre el sartén humeante. El humo cesó.
Tosiendo, abrí las ventanas.
—¿Se puede saber qué están haciendo? —pregunté, con las manos en la cintura, mirando el desastre. Había harina por todos lados, cascarones de huevo en el piso y leche derramada.
Jude se giró. Tenía harina en la nariz y se veía avergonzado.
—Buenos días —dijo—. Intenté… intenté hacer hot cakes. Para sorprenderlos.
—¿Hot cakes? —Miré el sartén—. Eso parece carbón radioactivo, Jude.
—Es que la estufa es de inducción y no le entiendo a los botones… y creo que la mezcla quedó muy espesa… y se me olvidó la mantequilla…
Los niños se aguantaban la risa.
—Papá no sabe cocinar —informó David—. Es un inútil en la cocina.
—Oye, soy bueno haciendo reservaciones en restaurantes —se defendió Jude.
Me empecé a reír. No pude evitarlo. La imagen del gran empresario Jude Badmos, derrotado por una caja de harina para hot cakes, era demasiado buena.
—Hazte a un lado, “Grill Master” —le dije, quitándole la espátula—. Si queremos desayunar hoy y no morir intoxicados, déjame a mí.
—¿Me enseñas? —preguntó él, quedándose a mi lado.
Lo miré. Estaba ahí, despeinado, con harina en la cara, intentando ser útil. Intentando ser papá.
—Está bien —suspiré—. Pon atención. Primero, no se pone el fuego al máximo como si fueras a fundir acero.
—Anotado.
Pasamos la siguiente hora cocinando juntos. Yo le enseñaba a romper los huevos sin que cayeran cáscaras (falló tres veces), a batir la mezcla, a voltear los hot cakes en el momento exacto.
Los niños ayudaban poniendo la mesa, riéndose de la torpeza de su padre.
—¡Se te cayó otro huevo! —se burlaba David.
—Es culpa de la gravedad —decía Jude, riéndose también.
Por un momento, solo por un momento, olvidé a los sicarios. Olvidé el pasado. Olvidé que estábamos escondidos.
Parecíamos… una familia.
Una familia rara, remendada, un poco rota, pero familia al fin.
Nos sentamos a comer. Los hot cakes (los míos) quedaron deliciosos. Jude se comió cuatro, bañados en miel de maple.
—Esto es mejor que el caviar —admitió.
—Te lo dije —dijo Daniel con la boca llena.
Después del desayuno, Jude propuso un tour por la casa.
—Quiero enseñarles algo —dijo con misterio.
Nos llevó al sótano. Yo esperaba ver una cava de vinos o algo aburrido.
Pero Jude abrió una puerta doble y…
—¡WOW! —gritaron los niños.
Era una sala de juegos. Pero no cualquier sala. Tenía una mesa de billar, una máquina de arcade retro (Pac-Man y Street Fighter), una mesa de ping-pong y, al fondo, un simulador de carreras de coches con volante y pedales profesionales.
—Lo instalé para mis sobrinos… bueno, los hijos de mi primo, que nunca vienen —dijo Jude—. Pero ahora es suyo.
Los trillizos desaparecieron dentro del cuarto. David corrió al simulador. Diana se fue a la mesa de ping-pong. Daniel se quedó mirando la máquina de arcade.
—¿Te gusta? —me preguntó Jude.
—Es el paraíso de cualquier niño —admití—. Los acabas de comprar para siempre.
—No quiero comprarlos —dijo él serio—. Quiero que se diviertan. Quiero verlos felices.
Nos quedamos en el marco de la puerta, viéndolos jugar.
—Lisa —dijo Jude en voz baja—. Hablé con mi jefe de seguridad hace rato.
Mi sonrisa se borró. La realidad volvió de golpe.
—¿Y?
—Ya saben que nos fuimos de tu casa. Quemaron tu casa, Lisa.
Sentí un golpe en el estómago.
—¿Qué?
—Lo siento mucho. Arriaga mandó gente anoche. Le prendieron fuego. No quedó nada.
Me llevé la mano a la boca. Mi casita. Mi ropa. Los dibujos de los niños pegados en el refri. El sillón donde les leía cuentos. Todo cenizas.
—Malditos… —susurré, y las lágrimas me brotaron.
—Te prometo que te construiré otra. Mejor. Donde tú quieras.
—No se trata de la casa, Jude. Se trata de mis recuerdos. De nuestra vida.
Jude me abrazó. Esta vez no lo rechacé. Me dejé abrazar por sus brazos fuertes, oliendo a harina y a loción cara.
—Lo sé. Pero estamos vivos. Están aquí. Eso es lo único que importa. Y te juro, por la vida de mis hijos, que Arriaga va a pagar por esto. Voy a destruir a ese bastardo.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba con furia. Ya no era el Jude suave de la cocina. Era el Jude peligroso. El Jude que tenía poder y estaba dispuesto a usarlo.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté contra su pecho.
—Vamos a quedarnos aquí unos días. Mi equipo está reuniendo pruebas contra Arriaga. Tengo unos documentos… los que querían que firmara. Tengo copias. Si los entrego a la fiscalía, Arriaga se va a la cárcel por fraude y lavado de dinero.
—¿Y por qué no los has entregado?
—Porque necesitaba estar seguro de que ustedes estaban a salvo primero. Ahora que están aquí, voy a hacer la llamada. Voy a iniciar la guerra.
En ese momento, David gritó desde el simulador:
—¡Papá! ¡Ven a jugar! ¡Te apuesto a que te gano!
Jude se separó de mí. Me miró con ternura y luego cambió su cara para sonreírle a su hijo.
—¿Ah sí? ¿Crees que puedes ganarle al dueño de la pista? Prepárate para comer polvo, niño.
Corrió hacia ellos, cojeando un poco, pero feliz.
Yo me quedé en la puerta, viéndolos.
Mi casa estaba quemada. Unos narco-empresarios nos querían matar. Estaba viviendo con mi ex que resultaba ser el amor de mi vida.
Todo era un desastre.
Pero viendo a Jude reírse mientras David le ganaba en la carrera, sentí algo que no había sentido en ocho años: esperanza.
Tal vez, solo tal vez, de las cenizas de mi vieja vida, podíamos construir algo nuevo.
Pero primero, teníamos que sobrevivir a la guerra que se avecinaba. Y yo, Lisa Okafor, reina de las garnachas y madre de trillizos, estaba lista para pelear.
CAPÍTULO 6: JUGUETES NUEVOS, VIEJAS HERIDAS Y UN CLIC FATAL
Dicen que “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”. Y vaya que tenían razón. Llevábamos tres días encerrados en la mansión-fortaleza de Jude, y aunque al principio mis hijos pensaban que estaban en Disneylandia versión VIP, la novedad se estaba empezando a desgastar más rápido que mis suelas de zapato del tianguis.
Sí, tenían una sala de juegos con maquinitas ilimitadas. Sí, tenían una alberca climatizada donde se pasaban horas hasta arrugarse como pasitas. Y sí, comíamos como reyes (o bueno, como reyes que están aprendiendo a cocinar, porque Jude insistía en ayudarme y quemaba el arroz el 50% de las veces).
Pero el encierro es canijo.
No podíamos salir. Ni al jardín delantero, porque “el satélite podría captarnos”. Ni a la tienda por papitas. Estábamos atrapados en una burbuja de lujo, aislados del mundo, mientras afuera sabíamos que unos hombres malos habían quemado nuestra verdadera casa y nos buscaban para terminar el trabajo.
Esa mañana del cuarto día, la tensión se sentía en el aire.
Jude estaba en su despacho (una oficina con paredes de cristal y más pantallas que la NASA), hablando por teléfono en voz baja, con esa cara de “empresario en crisis” que le salía tan natural.
Yo estaba en la sala, doblando la ropa nueva que Jude había mandado pedir por internet para los niños, porque, recordemos, salimos de casa con lo puesto.
—Mamá —dijo Daniel, tirándose en el sillón de piel blanca con un suspiro dramático—. Estoy aburrido.
—Tienes una sala de juegos entera, Daniel —le recordé, doblando una playera de Spiderman que costaba lo que yo ganaba en una semana—. Tienes una alberca. Tienes un papá millonario que te compró un dron.
—Pero el dron no puede volar lejos porque choca con el campo de fuerza invisible —se quejó—. Y ya me aburrí de jugar solo con David y Diana. Quiero ver a mis amigos. Quiero ver a Paquito.
—Yo también extraño a mis amigas —dijo Diana, apareciendo con un libro enorme bajo el brazo—. Y extraño la escuela. Nunca pensé que diría esto, pero necesito tarea. Mi cerebro se está atrofiando.
—Y yo extraño los tacos de suadero de la esquina —añadió David, entrando con un balón de fútbol—. Esta comida gourmet no tiene grasa, mamá. Mi cuerpo necesita vitamina T.
Suspiré. Los entendía. Yo también extrañaba mi vida. Extrañaba el ruido del barrio, los gritos del vendedor de gas, el claxon de los camiones. Aquí el silencio era tan perfecto que me zumbaban los oídos.
—Aguanten, mis amores. Es solo un poco más. Su papá está arreglando las cosas.
—Papá siempre está en el teléfono —dijo David, pateando el balón contra una escultura abstracta (gracias a Dios no la rompió)—. Dijo que iba a jugar con nosotros, pero lleva tres horas ahí encerrado.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió y Jude salió. Se veía cansado, se había quitado la corbata y las mangas de su camisa blanca estaban arremangadas, dejando ver las vendas en sus brazos que ya estaban menos abultadas.
—Perdón, equipo —dijo, forzando una sonrisa—. Tuve que coordinar unas cosas con los abogados y la seguridad. Pero ya estoy libre. ¿Quién quiere ver lo que llegó en el camión de reparto hace rato?
Los ojos de los trillizos se iluminaron.
—¿Más regalos? —preguntó Daniel.
—Bueno, como no podemos salir… pensé en traer la diversión aquí.
Jude caminó hacia la entrada, donde había una montaña de cajas de Amazon y Mercado Libre que habían pasado por un proceso de desinfección y revisión de seguridad antes de entrar.
—¡Ábranlas!
Fue como Navidad, Día de Reyes y cumpleaños al mismo tiempo. Los niños se lanzaron sobre las cajas como pirañas. El cartón volaba por los aires.
—¡No manches! —gritó David—. ¡Es el PlayStation 5! ¡Mamá, mira! ¡El 5! ¡Ni siquiera sabía que existía en la vida real!
—¡Una tablet para dibujar! —chilló Diana, abrazando una caja blanca—. ¡Es la profesional!
—¡Un set de Lego de la Estrella de la Muerte! —Daniel casi llora de la emoción—. ¡Tiene cuatro mil piezas!
Jude los miraba recargado en la pared, con las manos en los bolsillos y una sonrisa de satisfacción que le iluminaba la cara golpeada. Se veía feliz de poder darles cosas.
Pero yo sentí una punzada de… ¿celos? ¿Incomodidad?
Me acerqué a él mientras los niños conectaban la consola a la pantalla gigante de la sala.
—Jude… —susurré.
—¿Qué pasa? ¿Te gusta? También pedí algo para ti. Unas cremas, ropa, y esa batidora KitchenAid que vi que mirabas en la revista el otro día.
—No es eso —le dije, cruzándome de brazos—. Es que… es demasiado.
—¿Demasiado? —Me miró confundido—. Lisa, tengo el dinero. ¿Por qué no usarlo en ellos? Se lo merecen. Han pasado por mucho.
—Lo sé, pero… —Bajé la voz para que no me oyeran—. No quiero que piensen que el amor se compra con cajas de Amazon. No quiero que se vuelvan unos niños malcriados que creen que cada vez que están tristes, papá les va a comprar una consola nueva. Yo los crié para valorar lo poco que teníamos.
Jude borró su sonrisa y me miró a los ojos.
—No estoy tratando de comprar su amor, Lisa. Sé que no puedo comprar los siete años que me perdí. Sé que no estuve ahí cuando se les cayeron los dientes, o cuando aprendieron a caminar.
Su voz se quebró un poco y miró hacia David, que estaba saltando de alegría con el control en la mano.
—Solo quiero verlos felices. Quiero… quiero recuperar el tiempo perdido. Y si puedo darles las cosas que yo soñaba tener de niño y que mi padre nunca me dejaba tener porque “distraían del negocio”… entonces lo voy a hacer.
Me quedé callada. Vi la herida en él. Vi al niño solitario que vivía en una mansión fría, queriendo darle a sus hijos la calidez que él no tuvo, aunque fuera a través de objetos.
Suspiré y le puse una mano en el brazo.
—Está bien. Pero si David empieza a pedir caviar para el desayuno, te culparé a ti.
Jude sonrió, y puso su mano sobre la mía. Su piel estaba caliente.
—Trato hecho.
Esa noche, después de que los niños cayeron rendidos (el Lego de la Estrella de la Muerte los mantuvo ocupados cinco horas seguidas), Jude y yo nos quedamos solos en la sala.
La casa estaba en silencio, solo se escuchaba el crepitar de la chimenea de gas y el viento moviendo los árboles afuera.
Jude sirvió dos copas de vino tinto.
—Para la mejor mamá del mundo —dijo, dándome una copa.
—Y para el papá novato que intenta con muchas ganas —brindé, chocando mi copa con la suya.
Nos sentamos en el sofá, esta vez un poco más cerca que la noche anterior. La barrera invisible entre nosotros se estaba haciendo más delgada con cada hora que pasábamos juntos.
—Hoy me llamaron los bomberos —dije de repente, mirando el líquido rojo en mi copa—. Sobre mi casa.
Jude se tensó.
—¿Qué dijeron?
—Que fue pérdida total. Estructuralmente es insegura. Hay que demoler lo que quedó.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas otra vez.
—Sé que es solo ladrillo y cemento. Pero… ahí es donde llevé a los trillizos cuando salimos del hospital. Ahí es donde Diana dio sus primeros pasos. Ahí marqué en el marco de la puerta cuánto crecían cada año. Esas marcas… ya no existen. Se quemaron.
Jude dejó su copa en la mesa y se giró hacia mí. Sin decir una palabra, me rodeó con sus brazos y me atrajo hacia su pecho.
Me dejé ir. Lloré en su camisa, sacando el dolor de ver mi esfuerzo de años reducido a cenizas por la ambición de unos delincuentes.
Jude me acariciaba el pelo, suavemente, con ritmo.
—Construiremos nuevos recuerdos —susurró en mi oído—. Te lo prometo. Las marcas en la puerta se fueron, pero los niños están aquí. Tú estás aquí. Y yo… yo no me voy a ir a ningún lado.
Levanté la cara para mirarlo. Estábamos muy cerca. Demasiado cerca. Podía ver las motas doradas en sus ojos café. Podía oler su loción mezclada con el olor a leña. Podía sentir el calor de su cuerpo.
Mis ojos bajaron a sus labios. Esos labios que había besado mil veces hace una vida.
Él también me miraba. Su mirada bajó a mi boca.
El aire se cargó de electricidad. Mi corazón empezó a latir como tambor en desfile.
“Bésame”, pensé. “Bésame y hazme olvidar que afuera hay gente que nos quiere matar”.
Jude se inclinó lentamente. Yo cerré los ojos, inclinándome también.
Nuestras respiraciones se mezclaron.
Estábamos a un milímetro.
Sentí el roce de su nariz con la mía.
—¡PAPÁ! —El grito de Daniel resonó desde la planta alta como una alarma sísmica.
Nos separamos de un salto, derramando un poco de vino en la alfombra blanca (que cuesta más que mi vida).
—¡Mierda! —susurró Jude, recuperando el aliento.
—¡Voy! —grité yo, con la voz temblorosa y la cara ardiendo—. ¡Ya voy, Daniel!
Corrí escaleras arriba, dejando a Jude en la sala con cara de frustración y deseo.
Resultó que Daniel había tenido una pesadilla. Soñó que el Lego gigante se lo comía. Lo calmé, le di agua y me quedé con él hasta que se durmió.
Cuando salí del cuarto, Jude ya se había ido a su habitación.
Mejor así.
Porque si nos hubiéramos besado… no sé si habría podido detenerme. Y mi vida ya era lo suficientemente complicada sin añadirle “revolcón con mi ex millonario en fuga”.
Al día siguiente, el desastre ocurrió. Y no fue por culpa de Jude, ni mía, ni de los sicarios (directamente).
Fue por culpa de la inocencia. Y del aburrimiento.
Era mediodía. Jude estaba en una videollamada urgente con sus abogados en el despacho. Yo me estaba bañando (un baño de tina de una hora, porque me lo merecía).
Los trillizos estaban en la sala de juegos del sótano. O eso creíamos.
—Ya me aburrí del Xbox —dijo David, tirando el control—. Siempre gano.
—Yo extraño a Paquito —dijo Daniel con cara triste—. Ayer fue su cumpleaños y no pude ir. Seguro piensa que estoy muerto. O que ya no lo quiero.
—No seas dramático —dijo Diana, aunque ella también se veía preocupada—. Pero sí es raro. Desaparecimos de la nada. Los chismes en el barrio deben estar horribles. Seguro Doña Chona ya inventó que nos secuestraron los ovnis.
—Deberíamos decirles que estamos bien —sugerido David.
—Mamá dijo que nada de teléfonos —recordó Daniel—. Dijo que nos pueden rastrear.
—Mamá es exagerada —dijo Diana, caminando por la sala—. Ella cree que el internet es magia negra. Además, papá tiene una red súper segura. Lo escuché decir que tiene “VPN encriptada de grado militar”.
—¿Qué es eso? —preguntó David.
—Significa que es invisible. Como la capa de Harry Potter pero para internet.
Diana miró hacia la puerta entreabierta del despacho secundario. No el que usaba Jude, sino uno pequeño que estaba junto a la cocina, donde había una computadora vieja que usaba el ama de llaves para hacer pedidos.
—Solo un mensajito —dijo Diana, mordiéndose el labio—. Entramos a Facebook rápido, le escribimos a la mamá de Paquito que estamos bien, y nos salimos. Nadie se va a enterar.
—¿Y si nos cachan? —preguntó Daniel.
—Papá está ocupado y mamá se está bañando. Tenemos diez minutos. Operación: “Señal de Vida”.
Los tres pequeños espías se deslizaron hacia el despacho secundario.
Diana se subió a la silla giratoria. Sus pies no tocaban el suelo.
Prendió la computadora.
—Pide contraseña —dijo.
—Prueba “1234” —sugirió David.
Error.
—Prueba “Jude123” —dijo Daniel.
Error.
—A ver… —Diana pensó. Miró alrededor. Había un post-it pegado debajo del monitor. Lo despegó—. “Admin2024”. Típico. Los adultos son pésimos con la seguridad.
Tecleó la contraseña. La pantalla se iluminó.
Abrió el navegador. Entró a Facebook.
—Rápido, entra al perfil de la señora Lupe, la mamá de Paquito.
Diana tecleó con sus deditos rápidos. Encontró el perfil.
“Enviar mensaje”.
Hola señora Lupe soy Daniel. No estamos muertos ni nos robaron los ovnis. Estamos en una casa gigante con alberca en el bosque. Es secreto asi que no le diga a nadie. Digale a Paquito que feliz cumple. Bye.
—¡Listo! —dijo Diana, dándole a “Enviar”—. Misión cumplida.
—Espera —dijo David—. Ya que estamos aquí… quiero ver si salió el nuevo trailer de Minecraft.
—David, no…
—Solo un minuto. Ándale.
Abrieron YouTube.
Luego abrieron Roblox porque Daniel quería ver si le habían mandado regalos.
Estuvieron conectados quince minutos.
Quince minutos fatales.
Lo que Diana no sabía (porque es una genio de siete años, pero no una experta en ciberseguridad corporativa) es que esa computadora vieja no estaba conectada a la red encriptada de Jude. Estaba conectada al WiFi de invitados. Un WiFi que no tenía “capa de Harry Potter”.
Y lo que tampoco sabían es que Arriaga, el enemigo de Jude, tenía un equipo de hackers monitoreando cualquier actividad digital relacionada con la familia de Jude Badmos. O con Lisa Okafor.
El momento en que Diana inició sesión en Facebook desde esa IP, una alarma roja se encendió en una oficina oscura en el centro de la ciudad.
—Señor Arriaga —dijo un hombre frente a un monitor—. Los encontramos.
—¿Dónde?
—Se conectaron a Facebook. Una cuenta vinculada a la mujer. La ubicación es… —El hombre tecleó—. La zona boscosa de Valle de Bravo. Coordenadas exactas recibidas.
Arriaga sonrió al otro lado del teléfono.
—Preparen el equipo. Y esta vez, no quiero errores. Quiero a Jude muerto y a los niños… bueno, los niños pueden ser útiles para negociar.
En la casa de seguridad, la paz se rompió de golpe.
Yo acababa de salir de la tina, envuelta en una bata de toalla, sintiéndome relajada por primera vez en días.
De repente, una sirena empezó a sonar en toda la casa.
WOOO-WOOO-WOOO.
Las luces de la casa parpadearon y se pusieron rojas.
—¡¿Qué pasa?! —grité, corriendo al pasillo.
Jude salió de su despacho, pálido como un fantasma, con el teléfono en la mano.
—¡Alerta de perímetro! —gritó—. ¡El sistema detectó una intrusión digital y física!
Corrió escaleras abajo. Yo lo seguí, casi matándome en los escalones.
Llegamos a la sala. Los trillizos salieron corriendo de la cocina, con caras de culpabilidad pura.
—¡Perdón! —gritó Diana llorando—. ¡Solo queríamos mandar un mensaje! ¡No sabíamos!
Jude miró una tablet empotrada en la pared.
—Mierda… —susurró—. Rastrearon la IP. Y… —Deslizó el dedo en la pantalla—. Los sensores de movimiento del bosque se activaron. Tenemos compañía.
—¿Quiénes? —pregunté, agarrando a Daniel y David de los brazos.
—Drones. Primero mandan drones de reconocimiento. Luego viene el equipo de asalto.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Minutos. Tal vez menos.
Jude corrió hacia un panel oculto detrás de un cuadro. Lo abrió y sacó… armas. Armas de verdad. Pistolas negras y brillantes.
—Jude… —dije, sintiendo que me faltaba el aire.
—Lisa, toma a los niños y vayan al sótano de pánico. Está detrás de la estantería de la sala de juegos.
—¿Y tú?
—Yo los voy a retener.
—¡Estás loco! ¡No puedes pelear solo!
—¡Vete! —Me dio una pistola pequeña—. ¿Sabes usarla?
—¡No! ¡Soy cocinera, no sicaria!
—Quitas el seguro, apuntas y jalas el gatillo. Solo si entran al sótano. ¡CORRE!
Un zumbido fuerte se escuchó afuera. Como un enjambre de abejas gigantes.
¡CRASH!
El ventanal de la sala estalló en mil pedazos.
Un dron negro entró volando, zumbando sobre nuestras cabezas.
—¡AL SUELO! —gritó Jude, empujándonos.
El dron no disparó balas. Soltó algo. Una pequeña lata que cayó en la alfombra y empezó a soltar humo gris. Gas lacrimógeno.
—¡Niños, tápense la boca! —grité, arrastrándolos hacia el pasillo.
El caos se desató. La alarma sonaba, el humo llenaba la sala, los niños lloraban y Jude estaba disparándole al dron con una puntería sorprendente para alguien con las manos vendadas.
¡BANG! ¡BANG!
El dron explotó en chispas y cayó al suelo.
—¡Al sótano! ¡AHORA! —Jude nos empujó hacia las escaleras que bajaban a la sala de juegos.
Bajamos corriendo, tosiendo por el gas.
Entramos a la sala de juegos. Jude movió un libro falso en la estantería y la pared se abrió, revelando un cuarto de concreto frío, lleno de monitores y provisiones.
—Entren —ordenó.
Metí a los niños.
—Jude, entra tú también —supliqué, agarrándolo de la camisa.
—No puedo. Si entro, pueden volar la puerta. Tengo que activar las defensas exteriores desde el panel principal y distraerlos.
—¡No te voy a dejar!
Me agarró la cara con las dos manos y me besó. Un beso rápido, desesperado, con sabor a humo y miedo.
—Te amo, Lisa. Siempre te amé. Cuida a nuestros hijos.
Me empujó adentro y cerró la puerta de acero antes de que pudiera detenerlo.
—¡JUDE! —grité, golpeando el metal frío.
Pero él ya no estaba.
Estábamos encerrados en una caja de concreto.
Los monitores de seguridad en la pared se encendieron.
Vimos las cámaras de afuera.
Tres camionetas blindadas estaban rompiendo el portón de entrada. Hombres armados hasta los dientes bajaban corriendo, rodeando la casa.
Y en la cámara de la sala, vi a Jude, solo, recargando su arma, cojeando hacia la entrada para enfrentar a un ejército por nosotros.
David miró la pantalla y se secó las lágrimas.
—Mi papá es un Vengador —susurró.
Yo cargué la pistola, me sequé los ojos y miré a mis hijos.
—Si alguien cruza esa puerta —dije con voz de hielo—, se va a encontrar con la mamá más encabronada de México.
Afuera, los disparos comenzaron.
CAPÍTULO 7: BALAZOS, SARTENES Y EL VALOR DE UNA MADRE MEXICANA
Estar encerrada en un búnker de concreto viendo en una pantalla 4K cómo intentan matar al padre de tus hijos es una forma muy efectiva de descubrir de qué estás hecha.
Adentro del “sótano de pánico”, el aire estaba viciado por el miedo. David, Daniel y Diana estaban hechos bolita en un rincón, abrazados bajo una manta térmica plateada, con los ojos fijos en los monitores de seguridad. Parecían tres cachorritos asustados en medio de una tormenta eléctrica.
Yo estaba parada frente a la pantalla principal, con la pistola que Jude me había dado pesándome en la mano como si fuera un ladrillo de plomo. Mis manos temblaban tanto que, si hubiera intentado disparar, probablemente le habría dado al techo o a mi propio pie.
—¡Papá! —gritó David, señalando el monitor número 2.
En la pantalla, en blanco y negro granulado, vi a Jude. Estaba parapetado detrás de la isla de granito de la cocina. Su camisa blanca ya no era blanca; estaba manchada de sangre fresca y hollín. Disparaba a ciegas hacia el pasillo, donde se veían los destellos de las armas automáticas de los sicarios.
Eran demasiados. Conté al menos seis hombres entrando por la puerta principal destrozada. Se movían tácticamente, como soldados. Jude estaba solo, herido, y se le estaban acabando las balas.
—Se le va a acabar el cargador —dijo David, con voz de experto en videojuegos—. Tiene que recargar, pero no tiene cobertura.
—¡Lo van a matar! —chilló Daniel, tapándose los ojos—. ¡No quiero ver!
—¡Cállate, Daniel! —le gritó Diana, aunque ella también estaba llorando—. ¡Papá es listo! ¡Papá tiene un plan!
Pero yo sabía que Jude no tenía un plan. Lo vi en su cara, en ese zoom digital de la cámara. Tenía la mandíbula apretada y los ojos desorbitados. Estaba acorralado. Estaba ganando tiempo. Tiempo para nosotros.
Vi cómo un sicario lanzaba algo redondo hacia la cocina.
Una granada aturdidora.
¡BOOM! (El sonido llegó amortiguado a través de las paredes, pero en la pantalla vi el destello).
Jude cayó al suelo, aturdido, tapándose los oídos. Su pistola resbaló lejos de su alcance.
Dos hombres avanzaron hacia él, apuntándole.
Algo se rompió dentro de mí.
Fue como si un switch se hubiera encendido en mi cerebro. El miedo frío y paralizante desapareció, reemplazado por un calor volcánico que me subió desde los talones hasta la nuca. Esa furia que solo una madre conoce. Esa que te hace levantar un coche si tu hijo está abajo.
Jude era el padre de mis hijos.
Jude era el amor de mi vida (sí, maldita sea, lo era).
Y no iba a dejar que me lo mataran en mi cara mientras yo me escondía como rata en una cueva de lujo.
—Niños —dije. Mi voz sonó extraña, metálica, desconocida—. Escúchenme bien.
Se giraron hacia mí.
—Voy a salir.
—¡No! —gritó Diana, saltando—. ¡Papá dijo que no abrieras!
—¡Papá está en problemas! —Me agaché frente a ellos, mirándolos a los ojos—. Y en esta familia nadie se queda atrás. Ustedes se quedan aquí. Bloquean la puerta por dentro. No le abren a nadie a menos que escuchen mi voz o la de papá. ¿Entendido?
—¡Mamá, te van a disparar! —lloró Daniel, aferrándose a mi pierna.
—No si yo les disparo primero —dije, quitando el seguro de la pistola como Jude me había enseñado (teóricamente)—. Soy de Iztapalapa, mi amor. Estos tipos no saben con quién se metieron.
Les di un beso rápido en la frente a cada uno.
—Recen. Recen mucho.
Me levanté, fui hacia la puerta de acero y respiré hondo.
“Virgencita, no me falles ahora. Y si me fallas, por lo menos cuida a mis chamacos”.
Abrí la puerta. Salí. La cerré de golpe y escuché cómo los niños ponían el seguro por dentro.
Estaba sola en el pasillo del sótano.
Subí las escaleras sigilosamente. El olor a pólvora y gas lacrimógeno me golpeó la nariz, haciéndome toser, pero me tapé la boca con la manga de mi blusa.
Llegué a la planta baja. La sala de juegos estaba vacía, pero se escuchaban los gritos y los disparos arriba, en la cocina.
—¡Ya te tenemos, Badmos! —escuché una voz rasposa—. ¡Sal con las manos en la cabeza y tal vez te dejemos vivir lo suficiente para firmar!
—¡Púdrete! —respondió la voz de Jude, débil y arrastrando las palabras.
Me moví pegada a la pared. Mis pies descalzos (había perdido las chanclas en la carrera) no hacían ruido sobre el piso de madera.
Llegué al borde de la sala. El humo flotaba en el aire como niebla.
Vi la escena.
Jude estaba en el suelo, tratando de alcanzar su arma, pero un hombre enorme, vestido con chaleco táctico, le pisó la mano.
¡CRACK!
Jude gritó de dolor.
—Quieto, perro —dijo el sicario, apuntándole a la cabeza con un rifle—. Se acabó la fiesta.
Había otro hombre revisando los cajones de la cocina, y dos más vigilando la entrada.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que ellos podían escucharlo.
Levanté la pistola. Me pesaba horrores. Mis manos sudaban.
“Apunta y jala”, me dije. “Como en las películas”.
Pero esto no era una película. Si fallaba, Jude moría. Si fallaba, venían por mis hijos.
El hombre del rifle se preparó para disparar.
—Despídete, socio —dijo.
No pensé. No respiré.
Salí de mi escondite gritando como una banshee loca.
—¡¡OYE, TÚ!! ¡¡HIJO DE TU REPINCHE MADRE!!
El sicario se giró, sorprendido de ver a una mujer en pijama de franela y descalza gritándole en medio de una operación militar.
Ese segundo de sorpresa fue todo lo que necesité.
Apreté el gatillo.
¡BANG!
El retroceso del arma casi me rompe la muñeca. Cerré los ojos por instinto.
No le di en la cabeza. No le di en el pecho.
Le di en la pierna. O tal vez en el trasero. No sé, pero el hombre aulló y cayó al suelo, soltando el rifle.
—¡Lisa! —gritó Jude, aprovechando la distracción para rodar y recuperar su pistola.
—¡DISPARA! —le grité yo, tirándome al suelo detrás del sofá blanco (que ahora tenía agujeros de bala).
El infierno se desató.
Jude disparó desde el suelo. ¡BANG! ¡BANG! Uno de los hombres de la entrada cayó.
Los otros dos empezaron a disparar hacia el sofá donde yo estaba.
Las balas zumbaban sobre mi cabeza, rompiendo los cojines, soltando plumas al aire como si fuera una pelea de almohadas mortal.
—¡Estás loca! —me gritó Jude, arrastrándose hacia mí—. ¡Te dije que te quedaras abajo!
—¡De nada por salvarte el pellejo, imbécil! —le grité de vuelta, disparando a ciegas por encima del sofá. No le di a nada, le di a la lámpara de techo de cristal cortado que cayó hecha añicos, pero sirvió para asustarlos.
—¡Rodéenlos! —gritó el líder herido desde la cocina—. ¡Maten a la vieja!
—¡Sobre mi cadáver! —rugió Jude.
Se levantó, ignorando el dolor, y disparó con una precisión letal.
Pero eran demasiados. Vimos sombras acercándose por el pasillo. Nos estaban flanqueando.
—Se me acabaron las balas —dijo Jude, tirando el cargador vacío—. Lisa, ¿cuántas te quedan?
Miré mi pistola.
—No sé… ¿cómo se checa?
—¡Maldita sea!
Estábamos atrapados detrás del sofá. Sin munición. Con tres asesinos acercándose.
Jude me agarró la mano. Su mano estaba rota, ensangrentada, pero su agarre era firme.
—Perdóname —susurró, mirándome con una tristeza infinita—. Prometí protegerte y fallé.
—Cállate —le dije, apretando su mano—. No hemos terminado. Todavía tengo mi arma secreta.
—¿Cuál?
—Mi mala leche.
Miré a mi alrededor buscando algo, lo que sea. Vi un jarrón pesado de mármol en la mesa lateral.
Agarré el jarrón.
—A la de tres, lanzamos esto y corremos a la cocina —dije.
—Es un plan terrible.
—Es el único que tenemos. Uno… dos…
De repente, un sonido nuevo llenó el aire.
Sirenas.
No una. No dos.
Decenas de sirenas.
Y luego, el sonido inconfundible de un helicóptero bajando sobre el jardín. El viento de las aspas sacudió las cortinas rotas.
Una voz amplificada por un megáfono resonó desde el cielo, tan fuerte que hizo vibrar el piso.
—¡POLICÍA FEDERAL! ¡TIREN LAS ARMAS! ¡ESTÁN RODEADOS!
Los sicarios se detuvieron. Se miraron entre ellos. El pánico cambió de bando.
—¡Vámonos! ¡Nos cayeron los federales! —gritó uno.
Intentaron correr hacia la salida trasera.
Pero las ventanas del jardín estallaron hacia adentro.
Hombres vestidos de negro, con cascos y escudos, entraron rompiendo los vidrios. Equipo táctico de verdad. No los matones de barrio de Arriaga. Estos eran profesionales.
—¡AL SUELO! ¡MANOS EN LA CABEZA!
Vimos cómo sometían a los sicarios en segundos. Golpes secos, esposas, gritos de dolor.
Fue un caos hermoso.
Jude y yo nos asomamos por encima del sofá, temblando, cubiertos de plumas, polvo y sangre.
Un hombre con traje táctico se acercó a nosotros, bajando su arma. Se quitó el casco. Era un tipo alto, moreno, con cara de pocos amigos.
—Señor Badmos —dijo—. Lamento la tardanza. El tráfico en la carretera estaba pesado.
Jude soltó el aire que llevaba conteniendo diez minutos.
—Comandante… nunca me había alegrado tanto de ver su fea cara.
Me dejé caer sentada en la alfombra arruinada. La pistola se me resbaló de la mano.
Empecé a reír. Una risa histérica, incontrolable, que se mezclaba con llanto.
—Estamos vivos… —balbuceé—. Estamos vivos.
Jude se sentó a mi lado y me abrazó. Me abrazó tan fuerte que pensé que me rompería las costillas que me quedaban sanas.
—Estás loca —me dijo al oído, besándome la sien—. Estás completamente loca. Saliste a enfrentarlos en pijama.
—Le di a uno —dije con orgullo entre sollozos—. Le di en las nalgas.
—Le diste en el fémur, creo. Pero sí. Eres la mujer más peligrosa que conozco.
—¡Los niños! —recordé de golpe—. ¡Están en el sótano!
Me levanté tambaleándome. Jude intentó levantarse, pero su pierna falló.
—Ve tú —dijo—. Yo… necesito un minuto. Creo que me voy a desmayar.
—Ni se te ocurra, Badmos. No te salvas de limpiar este desastre.
Bajé corriendo al sótano.
Golpeé la puerta de acero.
—¡Niños! ¡Soy mamá! ¡Abran!
Escuché el sonido del seguro quitándose. La puerta se abrió.
Tres caritas pálidas se asomaron.
—¿Mamá? —preguntó Diana—. ¿Estás… estás sangrando?
Me miré. Tenía manchas de sangre (no mía) en la pijama.
—Es catsup —mentí pésimamente—. Todo está bien. Los malos se fueron. Llegó la policía. Papá está bien.
Se lanzaron a mis brazos. Los tres al mismo tiempo, casi tirándome al suelo. Lloraban, temblaban.
—Tenía mucho miedo —sollozó Daniel—. Escuchamos los disparos. Pensamos que…
—Shhh. Ya pasó. —Acaricié sus cabezas—. Papá y yo somos invencibles. ¿No lo sabían? Somos el equipo Dinamita.
Los saqué del sótano. Les tapé los ojos para que no vieran a los sicarios esposados en el suelo ni la sangre en la sala.
—No miren, no miren. Vamos al jardín.
Salimos al aire libre. La noche estaba fresca. El jardín estaba lleno de patrullas, luces azules y rojas girando, y un helicóptero negro aterrizado en el césped perfecto.
Jude salió cojeando de la casa, apoyado en el Comandante.
Cuando los niños lo vieron, corrieron hacia él.
—¡Papá!
Jude se arrodilló (con una mueca de dolor) y los recibió.
—Perdónenme —les dijo, llorando abiertamente—. Perdónenme por ponerlos en peligro. Nunca me lo voy a perdonar.
—Eres un Vengador —dijo David, tocándole la cara sucia—. Te vimos en la tele. Peleaste contra todos.
—Mamá también —dijo Jude, mirándome—. Mamá fue la verdadera heroína. Ella me salvó la vida. Sin ella, yo no estaría aquí.
Los niños me miraron con asombro renovado.
—¿De verdad, ma? —preguntó Diana.
—Bueno… —Me encogí de hombros, acomodándome el cabello despeinado—. Alguien tenía que poner orden. Esos señores estaban ensuciando la alfombra.
El Comandante se acercó a nosotros.
—Señor Badmos. Tengo noticias.
—Dígame.
—Arriaga fue detenido hace diez minutos en su oficina. Intentaba huir del país. Sus pruebas digitales fueron contundentes. Lo agarramos con las manos en la masa transfiriendo fondos. Se acabó. Su red está desmantelada.
Jude cerró los ojos y suspiró. Un peso de toneladas se le quitó de encima.
—Se acabó —repitió—. De verdad se acabó.
Me miró. Yo estaba parada ahí, descalza, sucia, con mi familia rodeándome bajo las luces de las sirenas.
No teníamos casa (la otra se quemó). No teníamos ropa (esta estaba llena de sangre). No teníamos certeza de nada.
Pero por primera vez en ocho años, no tenía miedo.
—Lisa —dijo Jude, extendiéndome la mano—. Ven aquí.
Me acerqué. Tomé su mano.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora… —Jude miró la mansión destrozada, con los vidrios rotos y las paredes agujereadas—. Ahora nos vamos de aquí. A un hotel. A uno con servicio a la habitación y sin sicarios. Y luego… luego vamos a construir algo nuevo.
—¿Juntos? —pregunté, con miedo a la respuesta.
Jude me apretó la mano y miró a los trillizos, que estaban fascinados viendo el helicóptero.
—No existe otro camino, Lisa. Somos nosotros cinco. O nada.
Sonreí. Una sonrisa cansada pero genuina.
—Bueno. Pero yo escojo el hotel. Y más te vale que tengan buffet de desayuno, porque después de matar sicarios, me dio un hambre que me como una vaca entera.
Jude se rio. Fue una risa limpia, libre.
—Trato hecho.
Subimos a una de las camionetas blindadas de la policía (porque mi Tsuru tenía una llanta ponchada por una bala perdida, pobre Tsuru, fue un guerrero hasta el final).
Mientras la camioneta se alejaba de la mansión, dejando atrás la violencia y el miedo, recargué la cabeza en el hombro de Jude.
Los niños se quedaron dormidos casi instantáneamente, amontonados en el asiento de enfrente.
Jude me pasó el brazo por los hombros y me dio un beso en la frente.
—Gracias —susurró.
—Cállate y abrázame —le dije.
Y así, bajo la luz de la luna y las sirenas, terminó la noche más larga de nuestras vidas. Pero sabíamos que el amanecer que venía sería el mejor de todos.
CAPÍTULO 8: DE LA CENIZA A LA GLORIA (Y UN FINAL CON MUCHO MOLE)
Dicen que después de la tormenta viene la calma. Pero en mi familia, después de la tormenta viene el hambre.
La mañana siguiente al “Gran Tiroteo del Valle”, despertamos en la suite presidencial de un hotel de cinco estrellas en la Ciudad de México. Y cuando digo suite presidencial, no exagero: el baño era más grande que mi antigua casa completa. Las toallas eran tan suaves que sentías que te secabas con abrazos de oso polar bebé.
Bajamos al buffet. Y ahí, frente a una torre de waffles, una estación de omelettes al gusto y una fuente de chocolate, me di cuenta de que nuestra vida había cambiado para siempre.
—¿Puedo agarrar lo que quiera? —preguntó Daniel, con los ojos brillando como dos lunas llenas, sosteniendo un plato vacío que parecía una charola de mesero.
—Lo que quieras, campeón —dijo Jude, que traía unas gafas oscuras para ocultar el ojo morado y caminaba con un bastón elegante debido a su pierna lastimada. Se veía como un villano de película de James Bond, pero en versión papá consentidor.
—¿Y es gratis? —preguntó David, siempre desconfiado de las ofertas demasiado buenas.
—Está incluido —corrigió Jude—. Digamos que papá paga.
—¡A la carga! —gritaron los tres.
Los vi correr hacia la comida. David atacó la sección de carnes frías. Daniel se fue directo a los postres (desayunó pastel de chocolate, y por una vez, lo dejé). Diana, mi pequeña intelectual, se sirvió fruta y yogurt, pero luego le puso encima gomitas de osito, arruinando el propósito saludable.
Nos sentamos en una mesa con vista al Ángel de la Independencia. Jude pidió café negro. Yo pedí chilaquiles verdes con extra pollo, porque necesitaba revivir.
Jude me miró por encima de sus lentes.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
Me tomé un trago de jugo de naranja recién exprimido (nada de esa agua pintada que venden en el súper).
—Me siento… rara —admití—. Siento que en cualquier momento va a entrar la camarera a decirnos que se equivocaron de cuarto y que nos vayamos al motel de paso de la esquina.
—Acostúmbrate, Lisa. Esta es tu vida ahora. Bueno, no el hotel, pero sí la seguridad. La tranquilidad.
—La tranquilidad me pone nerviosa —confesé—. Estoy acostumbrada a luchar, Jude. A contar los centavos para el gas. A pelearme con el de la luz. Si me quitas eso… ¿quién soy?
Jude estiró la mano sobre el mantel blanco y tomó la mía. Sus nudillos estaban raspados, recuerdo de la pelea.
—Sigues siendo Lisa. La mujer que derribó a un sicario con un jarrón y una pistola sin balas. El dinero no te cambia, solo amplifica lo que ya eres. Y tú eres una reina. Ahora solo te voy a dar el castillo que te mereces.
Se escuchó muy bonito, muy de telenovela. Pero la realidad de ajustar nuestras vidas fue, como dirían mis hijos, “un show”.
Los siguientes seis meses fueron una locura.
Primero, lo legal. Arriaga cantó como canario en la fiscalía. Resultó que no solo quería robarle la empresa a Jude, sino que lavaba dinero para gente muy pesada. Se fue directo al penal de máxima seguridad y tiraron la llave. Ximena, la ex esposa de Jude, huyó a Miami y mandó los papeles del divorcio firmados por paquetería express. Jude era libre. Oficialmente.
Luego, vino la adaptación de los niños.
Jude, en su afán de recuperar siete años perdidos, se convirtió en el “Papá Disney”.
—¡Papá me compró un pony! —gritó Diana un día, entrando a la sala del penthouse temporal que rentamos.
—¿Un qué? —pregunté, saliendo de la cocina con la espátula en la mano.
—Un pony. Se llama “Matemáticas”.
—Jude Badmos —grité—. ¡Ven acá ahora mismo!
Jude apareció con cara de niño travieso.
—Es un pony terapéutico, Lisa. Leí que ayuda al desarrollo emocional.
—Vivimos en un piso 20, Jude. ¿Dónde vas a meter al pony? ¿En el balcón?
—Lo tenemos en un club hípico. Diana puede ir a verlo los fines de semana.
—Más te vale. Porque si veo caca de caballo en mi alfombra persa, tú la limpias con tu cepillo de dientes de oro.
Tuve que poner reglas. Muchas reglas.
Regla #1: El dinero de papá no es infinito (aunque parezca).
Regla #2: Seguimos diciendo “por favor” y “gracias”, y saludamos al portero, al chofer y a la señora de la limpieza por su nombre.
Regla #3: No, no podemos ir a París solo para cenar crepas. Las crepas de la plaza comercial saben igual de ricas.
Pero lo más difícil, y lo más hermoso, fue nuestra relación. La de Jude y yo.
No volvimos a ser pareja automáticamente. Yo no quería eso. Yo no era la misma niña tonta de 27 años que se dejaba deslumbrar, y él no era el mismo joven cobarde.
Teníamos que conocernos de nuevo.
Así que empezamos a salir. Citas de verdad.
Nuestra primera cita fue un desastre. Me llevó al restaurante francés más caro de la ciudad. Todo muy elegante, violines, velas. Pero la comida eran porciones microscópicas con nombres impronunciables.
—¿Qué es esto? —pregunté, picando una cosa babosa en mi plato.
—Escargot. Caracoles —dijo Jude, muy sofisticado.
—Guácala. Yo mataba de estos en mi jardín con sal. No me los voy a comer.
Terminamos comiendo tacos en un puesto callejero a las 11 de la noche, yo con mi vestido de gala y él con su traje italiano manchado de salsa roja.
—Esto es mejor —admitió él, mordiendo un taco de pastor—. Mucho mejor.
—Ves. No todo lo caro es bueno. A veces lo bueno es lo que te mancha los dedos.
Poco a poco, las heridas sanaron. Hablamos mucho. Lloramos mucho. Me contó de sus noches de soledad en su mansión fría. Yo le conté de mis noches de angustia cuando los niños se enfermaban y no tenía para la medicina.
Entendimos que ambos habíamos sufrido. Que ambos fuimos víctimas de las circunstancias, pero que ahora, éramos dueños de nuestro destino.
Un día, ocho meses después del rescate, Jude nos vendó los ojos a los cuatro.
—¡Sorpresa! —dijo, mientras el chofer conducía hacia una zona residencial tranquila, llena de árboles y parques.
—Si es otro pony, grito —advertí.
—No es un pony. Es algo mejor.
La camioneta se detuvo. Nos quitamos las vendas.
Frente a nosotros había una casa. No era una mansión de cristal fría como la casa de seguridad. No era un palacio pretencioso.
Era una casa grande, sí, pero cálida. De estilo colonial mexicano, con paredes de color terracota, tejas rojas y un jardín enorme lleno de buganvilias.
Se parecía… se parecía a la casa de mis sueños. La que yo le describía a Jude cuando éramos novios y soñábamos despiertos en el parque.
—¿Te acuerdas? —me susurró al oído—. Me dijiste que querías una cocina grande con vista al jardín para ver jugar a los niños. Que querías un árbol de limón en la entrada. Que querías un pórtico para sentarte a tomar café en las tardes.
Miré. Ahí estaba el árbol de limón. Ahí estaba el pórtico con una mecedora.
—Lo recordaste… —dije con un nudo en la garganta.
—Nunca olvidé nada de lo que me dijiste, Lisa. Cada deseo tuyo lo guardé en mi memoria.
—¡Tiene una casa del árbol! —gritó David, corriendo hacia el jardín.
—¡Tiene una portería de fútbol! —aulló Daniel.
—¡Tiene una biblioteca en la torre! —casi se desmaya Diana.
Entramos. La casa no estaba amueblada con cosas de diseñador intocables. Tenía muebles cómodos, colores vivos, alfombras donde te podías tirar al suelo.
Y la cocina…
Mi cocina.
Era enorme. Con una isla central, estufa industrial (que Jude prometió no tocar sin supervisión), y ollas de cobre colgadas.
—Aquí es donde haremos las mejores salsas del mundo —dijo Jude, abrazándome por la espalda.
—Aquí es donde seremos felices —corregí yo, dándome la vuelta para besarlo.
Esa noche, estrenamos la casa con una cena de pizza en el suelo de la sala, porque la mesa del comedor no había llegado.
Los niños se durmieron amontonados en bolsas de dormir, aunque tenían sus cuartos listos. Querían estar juntos. Querían estar cerca de nosotros.
Jude y yo nos sentamos en el pórtico, viendo la luna.
Él metió la mano en su bolsillo y sacó una cajita de terciopelo.
Mi corazón se detuvo.
—Lisa —dijo, y su voz tembló un poco, igual que hace ocho años en la playa—. No voy a darte un discurso largo. Ya perdimos mucho tiempo hablando. Solo quiero hacerte una pregunta. La misma pregunta que debí haber defendido con mi vida aquella vez.
Abrió la cajita.
No era un diamante gigante y ostentoso. Era un anillo hermoso, delicado, con tres piedritas pequeñas (por los niños) y una más grande en el centro.
—Lisa Okafor, madre de mis hijos, salvadora de mi vida y dueña de mis quincenas… ¿te casarías conmigo? ¿Otra vez? ¿Y esta vez para siempre?
Lo miré. Miré sus ojos llenos de esperanza, sus canas prematuras que le salieron estos meses, las cicatrices tenues en su cara que le recordaban la batalla que peleamos juntos.
—No sé, Jude… —dije, haciéndome la difícil—. Eres muy desordenado. Dejas la tapa del baño arriba. Y roncas.
—Puedo cambiar. Me opero la nariz si quieres.
Me reí y le agarré la cara.
—No cambies nada. Eres perfecto así, con todos tus defectos de millonario loco. Sí. Sí me caso contigo.
Me puso el anillo. Me besó bajo la luz de la luna y el olor a limones.
Y supe, en lo más profundo de mi alma, que esta vez no habría bodas canceladas ni corazones rotos.
EPÍLOGO: UN AÑO DESPUÉS
El jardín de la casa estaba lleno de gente. Habíamos organizado una fiesta. No una fiesta elegante de coctel, no. Una pachanga mexicana de verdad. Había un castillo inflable, un puesto de tacos al pastor (contraté a mi antiguo competencia, Don Pepe, que casi llora cuando le pagué), música de cumbia sonando y niños corriendo por todos lados.
Era el cumpleaños número 8 de los trillizos.
David estaba intentando romper la piñata con los ojos vendados, guiado por los gritos de sus amigos (incluido Paquito, que ahora era el mejor amigo de David también).
—¡Dale, dale, dale! —cantaban todos.
Daniel estaba en la mesa de dulces, negociando intercambios de chicles con una seriedad de empresario que sin duda heredó de su padre.
Diana estaba sentada bajo el árbol, leyéndole un cuento a un grupo de niñas que la miraban como si fuera una gurú.
Yo estaba en la parrilla, supervisando las carnes asadas, con mi delantal puesto, porque aunque ahora tenía personal que me ayudaba, a mí nadie me quita el placer de cocinar para mi gente.
Jude se acercó a mí, cargando una hielera con cervezas y refrescos. Se veía relajado, feliz, con una playera tipo polo y bermudas. Lejos quedó el hombre de traje acartonado y triste.
—¿Necesitas ayuda, jefa? —preguntó, dándome un beso en la mejilla.
—Necesito que vigiles a David, le va a pegar a alguien con el palo de la piñata.
—Tiene buena puntería —se rio Jude—. Lo trae en la sangre.
Miré hacia la pared del fondo del jardín, donde habíamos mandado construir una vitrina especial.
Adentro de la vitrina, sobre un fondo de terciopelo rojo, estaban colgadas tres cosas.
Tres resorteras de madera vieja, con las ligas gastadas.
Y debajo, una plaquita dorada que decía:
“Las armas de los pequeños gigantes. Con esto se salvó una vida y se recuperó una familia.”
La gente pensaba que era arte moderno o una excentricidad de ricos. Pero nosotros sabíamos la verdad. Esas resorteras valían más que todo el oro del mundo.
—¡Mamá! ¡Papá! —gritaron los tres, corriendo hacia nosotros. Estaban sudados, sucios de pastel y felices.
—¿Qué pasó?
—¡Queremos la foto! ¡La foto familiar!
Nos acomodamos frente al pastel gigante de tres pisos.
Jude me abrazó por la cintura. David se colgó de mi cuello. Daniel se abrazó a la pierna de Jude. Diana se puso en medio, haciendo poses de modelo.
—¡Digan “Resortera”! —gritó el fotógrafo.
—¡RESORTERA! —gritamos todos.
El flash disparó. Congelando el momento.
Miré a mi alrededor.
Hace un año, yo era una madre soltera, angustiada, vendiendo garnachas y contando monedas, ocultando un secreto doloroso.
Hoy, era Lisa Badmos (bueno, Okafor-Badmos, porque mi apellido no se pierde). Tenía al amor de mi vida, a mis tres hijos sanos y salvos, y un futuro brillante por delante.
La vida da muchas vueltas. A veces te tira al suelo, te patea y te quema la casa. Pero si tienes fe, si tienes coraje, y sobre todo, si tienes una buena puntería y una familia que te respalda… siempre puedes levantarte.
Jude me miró y me guiñó el ojo.
—Te amo, mi reina de las garnachas.
—Y yo a ti, mi momia millonaria.
Y así, entre risas, tacos y abrazos, vivimos felices… no para siempre, porque eso es aburrido y no existe, pero sí felices por hoy, por mañana y por todos los días que Dios nos preste.
FIN.