¡NO CRERÁS ESTA HISTORIA! JOVEN MEXICANA SALVA A VAGABUNDO EN LA LLUVIA Y DESCUBRE QUE ES UN MULTIMILLONARIO CON UN SECRETO ATERRADOR: EL MISTERIO DE LOS OJOS ÁMBAR QUE ESTÁ CONMOVIENDO A TODO MÉXICO.

PARTE 1

CAPÍTULO 1: LA LLUVIA EN EL ALMA

La lluvia en la Ciudad de México no avisa; simplemente cae como una sentencia, transformando el gris del asfalto en un espejo sucio y traicionero. Para Nela, esa mañana de martes no era solo un día lluvioso más; era el escenario perfecto para el desastre que sentía que se había convertido su vida.

Caminaba apresurada por las calles de la colonia Doctores, con el agua calándole los zapatos viejos que ya tenían un agujero en la suela derecha. El cielo era una losa de concreto, oprimente y bajo, reflejando su propio estado de ánimo. Iba quince minutos tarde. Quince malditos minutos que podrían costarle la única oportunidad real que había tenido en meses. La entrevista en “Morrison y Asociados” no era solo un trabajo; era la diferencia entre comer o no, entre tener un techo o terminar en la calle.

Su mano aferraba el portafolios de piel sintética contra su pecho como si fuera un escudo. Dentro, su currículum, impecable en papel pero lleno de lagunas en la realidad, era su única arma. Su casero, el señor Quiroz, ya había dejado de ser amable. Los mensajes de voz habían pasado de “Nela, ¿cuándo pasas a pagar?” a amenazas veladas sobre desalojo y cambiar la cerradura. Tres semanas de retraso. En esta ciudad, eso era una eternidad.

Al doblar la esquina, tratando de esquivar un charco enorme formado por una coladera tapada —clásico de la ciudad—, lo vio.

El hombre estaba sentado en un rincón del callejón, un espacio muerto entre un edificio de oficinas abandonado y una bodega. No tenía nada. Ni un plástico, ni un paraguas roto, ni siquiera un periódico para cubrirse la cabeza. Estaba sentado sobre unos cartones que la lluvia ya había convertido en una masa irreconocible de pulpa gris.

Nela sintió ese piquete familiar en el pecho. Su madre siempre le decía que tenía el “corazón de pollo”, que se preocupaba demasiado por los demás cuando ni siquiera podía cuidarse a sí misma. “Mija, primero sálvate tú”, le diría si la viera ahora. Pero Nela no podía evitarlo. La miseria ajena siempre le dolía más que la propia.

Sin embargo, no fue solo lástima lo que la hizo detenerse en seco, olvidando por un segundo la entrevista y la renta. Fue él.

Cualquier otra persona en esa situación estaría encogida, hecha un ovillo, tratando de conservar el poco calor corporal que le quedara. Pero este hombre no. Estaba sentado con la espalda recta, recargado contra la pared de ladrillo sucio con una postura que Nela solo había visto en las estatuas del Paseo de la Reforma o en los actores de cine. Sus hombros, aunque cubiertos por una camisa hecha jirones y una chamarra que parecía haber sido rescatada de un basurero, estaban cuadrados con una dignidad imposible.

Era como ver a un rey en el exilio, sentado en su trono de basura.

Entonces él levantó la cabeza.

El aire se atoró en la garganta de Nela. Los ojos de aquel hombre no pertenecían a un vagabundo. Eran de un color ámbar eléctrico, brillante, casi antinatural, como si tuviera fuego atrapado en las pupilas. No había en ellos la bruma de las drogas o la locura que solía ver en la gente de la calle. Había consciencia. Había dolor. Y había una intensidad que la hizo sentir desnuda bajo su impermeable barato.

Ese instante de conexión, ese cruce de miradas bajo el aguacero, la desorientó por completo. Nela dio un paso vacilante, su tacón desgastado resbaló en un adoquín suelto y traicionero.

—¡Ay, no! —gritó mientras el mundo se inclinaba.

Cayó de rodillas, el golpe seco resonando en sus huesos. Su portafolios salió volando, abriéndose en el aire como un pájaro herido. Su bolsa se volcó, derramando su vida entera sobre el pavimento mojado y sucio.

—¡No, no, no! —gimió, ignorando el dolor en sus rodillas para gatear frenéticamente—. ¡Por favor, no!

Su cartera. Sus llaves. El viejo Walkman que era su tesoro más preciado. Las plumas. Y, lo peor de todo, su torta de jamón envuelta en servilletas, su única comida del día, que aterrizó peligrosamente cerca de un charco de aceite.

Las lágrimas de frustración picaron en sus ojos, mezclándose con la lluvia. “¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?”, pensó, sintiendo que ese pequeño accidente era la gota que derramaba el vaso de su resistencia.

De repente, unas manos grandes y pálidas entraron en su campo de visión.

Nela se tensó instintivamente, su mano volando hacia su cartera. Era un reflejo de supervivencia chilango: cuida tu cartera, no confíes en nadie. Esperaba que el indigente aprovechara el caos para robarle lo poco que tenía.

Pero las manos no buscaban robar. Se movían con una precisión elegante, casi delicada. Dedos largos y fuertes recogieron las plumas, el Walkman, el portafolios. Incluso rescataron la torta antes de que el agua la arruinara por completo.

Nela levantó la vista, siguiendo los brazos del hombre hasta encontrarse de nuevo con esos ojos ámbar. Estaba agachado frente a ella, empapado hasta los huesos, con el cabello oscuro pegado a la frente y una barba de varios días que no lograba ocultar la estructura afilada de su mandíbula.

—Creo que esto te pertenece —dijo.

Su voz era profunda, ronca, pero clara. No arrastraba las palabras. Tenía un timbre que vibraba en el pecho de Nela, una autoridad tranquila que la dejó perpleja.

Él le extendió sus cosas con un gesto solemne, como si le estuviera entregando joyas de la corona y no un montón de chucherías mojadas.

—G-gracias —tartamudeó Nela, tomando sus pertenencias con manos temblorosas. Se puso de pie, sintiendo el agua fría colándose por sus rodillas raspadas.

El hombre no pidió dinero. No extendió la mano con la palma hacia arriba ni contó una historia triste. Simplemente asintió levemente, con esa extraña cortesía aristocrática, y volvió a sentarse en sus cartones mojados, recargando la cabeza contra la pared y cerrando los ojos, como si el esfuerzo de ayudarla lo hubiera agotado.

Nela se quedó allí, paralizada. Su mente le gritaba: “¡Vete! ¡Vas tarde! ¡Corre!”. Pero su corazón, ese maldito corazón de pollo, la mantenía anclada al suelo.

Miró su cartera. Tenía un billete de cincuenta pesos y algunas monedas. Era su pasaje para la semana. Era el dinero para comprarse unos tacos si la entrevista salía mal y necesitaba consuelo.

Miró al hombre. Estaba tiritando, aunque intentaba disimularlo apretando la mandíbula.

—Tenga —dijo Nela antes de que su cerebro pudiera detenerla.

Se agachó y le extendió el billete de cincuenta pesos.

—Para algo caliente. Un café, un atole… lo que sea.

El hombre abrió los ojos. La miró con una mezcla de sorpresa y algo más profundo, algo ilegible. Miró el billete, luego a ella.

—Gracias —murmuró. Tomó el dinero con cuidado, evitando tocar su piel, como si temiera ensuciarla.

Nela asintió, sintiéndose un poco más ligera a pesar de ser cincuenta pesos más pobre. Se dio la vuelta para irse, dispuesta a correr las seis cuadras que le faltaban.

Fue entonces cuando lo vio.

Ahora que él se había movido para recibir el dinero, su chamarra se había abierto un poco más. En el costado derecho de su camisa, que alguna vez debió ser blanca pero ahora era gris y mugrosa, había una mancha oscura que se extendía rápidamente. No era mugre. Brillaba con un rojo oscuro y viscoso, diluyéndose en los bordes por la lluvia.

Nela se congeló. El instinto de enfermera frustrada (carrera que tuvo que abandonar cuando su papá se enfermó) se activó al instante.

—¡Oiga! —exclamó, girándose de nuevo—. ¡Está sangrando!

El hombre bajó la mirada hacia su costado con una indiferencia que helaba la sangre. Se tocó la zona levemente y miró sus dedos manchados de rojo.

—Ah… sí —dijo, como si comentara el clima—. Parece que sí.

—¿Cómo que “parece que sí”? —Nela se acercó, olvidando por completo la distancia de seguridad—. ¡Eso se ve horrible! Está empapado en sangre.

Se arrodilló a su lado, ignorando el agua sucia. Ahora que estaba cerca, notó que la palidez del hombre no era normal. Sus labios tenían un tinte azulado y había un temblor fino en sus manos que no era solo por el frío. Estaba entrando en shock.

—No es nada —insistió él, tratando de cerrar la chamarra, pero sus dedos estaban torpes—. Solo un rasguño.

—Un rasguño no sangra así —replicó Nela con firmeza, su tono cambiando de la chica tímida a la mujer decidida que solía cuidar a su padre—. Necesita un médico. Necesita ir a la Cruz Roja o algo.

El hombre soltó una risa seca, sin humor.

—No tengo documentos. No tengo dinero. Y créeme, los hospitales no son una opción para mí en este momento.

Nela se mordió el labio inferior. Sabía que tenía razón. El sistema de salud pública estaba saturado y sin identificación o dinero, lo dejarían esperando horas en una sala de urgencias, horas que tal vez él no tenía.

Miró su reloj. La entrevista. Ya estaba perdida. Incluso si corriera, llegaría media hora tarde, mojada y sucia. Esa puerta ya se había cerrado.

Suspiró, una exhalación larga que se convirtió en vaho en el aire frío.

—Mire, vivo a unas cuadras —dijo Nela, tomando una decisión que sabía que era una locura, una absoluta imprudencia en una ciudad donde confiar en extraños podía ser fatal—. Tengo un botiquín decente. Sé curar heridas. Puedo limpiarlo y ponerle un vendaje seco.

El hombre la miró fijamente, escudriñando su rostro como si buscara una trampa.

—¿Por qué harías eso? —preguntó, su voz bajando a un susurro ronco—. No me conoces. Podría ser peligroso.

Nela sostuvo su mirada. Había verdad en sus ojos, pero no maldad.

—Porque usted me ayudó a recoger mis cosas cuando no tenía por qué hacerlo —respondió ella—. Y porque no voy a dejar que se desangre en un callejón como un perro. Vamos.

Le tendió la mano.

El hombre dudó. Por un segundo, Nela pensó que la rechazaría por puro orgullo. Pero luego, el dolor debió vencerlo, o tal vez fue la sinceridad en la voz de ella. Levantó su mano y tomó la de ella.

Su piel estaba helada, dura, callosa.

—Soy Nela —dijo ella mientras hacía fuerza para ayudarlo a levantarse. Era pesado, mucho más de lo que parecía, puro músculo denso bajo la ropa holgada.

—Nela —repitió él, probando el nombre en su lengua.

—¿Y usted? —preguntó ella mientras empezaban a caminar despacio, él apoyándose pesadamente en ella—. ¿Cómo se llama?

El hombre se detuvo un momento. Frunció el ceño, una expresión de genuina angustia cruzando su rostro perfecto y sucio.

—Yo… —empezó. Cerró los ojos con fuerza, como si tratara de pescar un recuerdo en un mar revuelto—. No lo sé.

—¿Cómo que no sabe?

—No recuerdo —susurró, abriendo los ojos con una vulnerabilidad que le rompió el corazón a Nela—. No recuerdo mi nombre. No recuerdo cómo llegué aquí. Solo… desperté en ese callejón hace unos días con dolor y frío. Eso es todo.

Amnesia. Genial. Ahora no solo estaba llevando a un vagabundo herido a su casa, sino a un vagabundo herido y amnésico.

—Está bien —dijo Nela suavemente, ajustando el brazo de él sobre sus hombros—. Ya veremos eso después. Ahorita lo importante es que no se me muera en la banqueta. Andando.

CAPÍTULO 2: UN EXTRAÑO EN CASA

El camino al departamento fue un calvario lento. La lluvia no daba tregua, convirtiendo las calles de la Doctores en ríos de agua negra y basura flotante. El hombre, a pesar de su herida, se movía con una determinación estoica, tratando de no recargar todo su peso sobre Nela, aunque ella podía sentir cómo su cuerpo se tensaba con cada paso.

—Ya casi llegamos —le decía ella cada tanto, más para animarse a sí misma que a él—. Es el edificio amarillo feo de allá.

Antes de subir, Nela lo hizo esperar en la entrada mientras corría a la farmacia de la esquina, “Farmacia La Esperanza”. Doña Mari, la dueña, la conocía desde niña.

—¡Nela! ¡Santo cielo, estás empapada! —exclamó la mujer al verla entrar chorreando agua—. ¿Qué te pasó, mija?

—Larga historia, Doña Mari. Necesito gasas, isodine, cinta micropore y… ¿tiene algo fuerte para el dolor que no necesite receta? Y antibióticos, si se puede.

Doña Mari arqueó una ceja, su mirada escaneando la ansiedad en el rostro de Nela.

—¿Para quién es todo esto? No me digas que te metiste en problemas.

—Es para… un amigo. Se cortó feo en el trabajo —mintió Nela, odiando hacerlo.

La mujer suspiró y empezó a poner cosas en el mostrador.

—Ten cuidado, mi hija. Las cosas están muy feas en la calle.

La cuenta fue un golpe directo al hígado. Nela vació su cartera. Tuvo que dejar los analgésicos caros y conformarse con paracetamol genérico y lo básico para curar. Salió de la farmacia con 20 pesos en la bolsa y el corazón latiendo a mil por hora.

De vuelta en la entrada del edificio, el hombre estaba recargado contra los buzones oxidados, respirando con dificultad.

—Listo —dijo ella—. Vamos arriba. Segundo piso. Perdón, no hay elevador.

Subir las escaleras fue agónico. Cada escalón arrancaba un gruñido ahogado de los labios del desconocido. Cuando llegaron al descanso del primer piso, la puerta del 1B se abrió.

El señor Hoffman, un anciano alemán que llevaba viviendo en el edificio desde los años 70, salió al pasillo. Llevaba solo su ropa interior y una camiseta de tirantes, mirando confundido a su alrededor.

—¿Gretel? —llamó con voz temblorosa—. ¿Dónde pusiste el periódico?

Nela suspiró. La demencia del señor Hoffman empeoraba cada día.

—Señor Hoffman —dijo con dulzura—. Soy Nela, del 2A. Gretel no está aquí, recuerde. Y hace frío, métase a su casa.

El anciano parpadeó, desorientado.

—¿Nela? Ah, la niña de los dulces. Pero necesito… huele raro, ¿no?

Antes de que Nela pudiera responder, el desconocido se soltó de ella suavemente. Dio dos pasos hacia el anciano y, con una gentileza que contrastaba brutalmente con su aspecto fiero, tomó al señor Hoffman por los hombros y lo giró suavemente hacia su puerta.

—Adentro, señor —dijo con su voz profunda y autoritaria—. No es seguro aquí afuera.

El señor Hoffman lo obedeció al instante, como si reconociera una orden militar. El desconocido cerró la puerta con cuidado y luego se volvió hacia Nela.

—Ese hombre… —murmuró, frunciendo el ceño—. Huele a enfermedad. Y a algo más. Algo quemado.

—Está viejito —dijo Nela, restándole importancia—. A veces se le va la onda. Vamos, ya falta poco.

Cuando finalmente entraron al departamento de Nela, el alivio fue casi físico. Era un lugar pequeño: una sala-comedor minúscula, una cocina que era básicamente un pasillo, y su recámara. Pero estaba seco, olía a vainilla y a hogar.

El hombre se quedó parado en el pequeño tapete de la entrada, goteando agua sucia, mirando alrededor como si esperara que alguien saliera a echarlo. Parecía enorme en el pequeño espacio, su cabeza casi rozando el marco de la puerta.

—Puede pasar —dijo Nela, cerrando la puerta con doble seguro—. Pero por favor, quítese los zapatos ahí. No quiero lodo en la alfombra.

Él obedeció, moviéndose con movimientos lentos y dolorosos.

—Necesita bañarse —dijo Nela, evaluando la situación—. No puedo curar esa herida con toda esa suciedad encima. Se le va a infectar peor.

—No tengo ropa —señaló él.

Nela se mordió el labio.

—Espéreme tantito.

Fue a su cuarto y rebuscó en el fondo del clóset. Sacó una caja de cartón marcada como “COSAS DE LUIS”. Luis, su ex. El tipo que la había dejado por WhatsApp hacía seis meses. Había dejado algunas cosas que nunca recogió. Nela sacó unos pants grises, una playera de algodón limpia y una sudadera.

—Tenga —le dijo regresando a la sala—. Eran de mi ex, pero le quedarán. Bueno, tal vez le queden un poco chicos, usted es más… grande. Pero es lo que hay. El baño es esa puerta. Hay toallas limpias, jabón y un rastrillo nuevo en el gabinete. Úselo, por favor. Esa barba debe picar.

El hombre tomó la ropa, sus dedos rozando los de ella por un segundo. Una corriente eléctrica, estática pura, saltó entre ellos. Ambos retiraron la mano rápidamente.

—Gracias —dijo él, su mirada ámbar clavada en la de ella con una intensidad que la hizo sonrojar—. No sé cómo pagarte esto.

—Con que no se muera en mi baño me doy por bien servida —bromeó ella nerviosamente.

Mientras él se bañaba, Nela preparó la “sala de operaciones”. Puso una toalla vieja sobre el sofá, sacó el alcohol, el agua oxigenada y las gasas. Puso agua a hervir para un té, porque su abuela decía que un té dulce curaba el susto, y ambos necesitaban uno.

Escuchaba el agua de la regadera caer y no podía evitar imaginar al hombre bajo el chorro. Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos. “Concéntrate, Nela. Es un paciente. Un paciente indigente y amnésico. No es el momento para andar de caliente”.

Veinte minutos después, la puerta del baño se abrió.

Nela se giró con las tazas de té en la mano y casi las deja caer.

Si antes le había parecido que tenía un porte regio, ahora, limpio y rasurado, el hombre era devastadoramente guapo. La barba había ocultado unos pómulos altos y fuertes, una boca bien dibujada y una mandíbula cuadrada que parecía esculpida en mármol. El cabello mojado, peinado hacia atrás, revelaba una frente amplia.

La ropa de Luis le quedaba ajustada, la playera estirándose peligrosamente sobre un pecho ancho y unos brazos musculosos que delataban una fuerza física impresionante. No parecía un hombre que hubiera estado viviendo en la calle comiendo sobras; parecía un atleta, o un soldado.

—Me siento humano de nuevo —dijo él, pasando una mano por su cabello.

Nela tragó saliva, tratando de recuperar la compostura.

—Se… se ve mucho mejor. Venga, siéntese aquí. Vamos a ver esa herida.

Él se sentó en el sofá, obediente. Nela se arrodilló a su lado.

—Voy a tener que levantarle la playera.

Él asintió y lo hizo él mismo.

Nela contuvo un grito ahogado. El torso del hombre era un mapa de músculos definidos y piel pálida, pero en el costado derecho, justo debajo de las costillas, había una herida fea. Era un corte profundo, de unos cuatro centímetros de largo, con bordes irregulares. La piel alrededor estaba morada y negra.

—Esto fue un cuchillo —dijo Nela, su voz temblando ligeramente—. Y uno oxidado o con filo de sierra.

—Fueron dos hombres —dijo él de repente, su voz distante—. Querían mis botas. Me negué. Uno sacó una navaja.

—¿Por unas botas? —Nela sintió una oleada de indignación.

—Eran buenas botas —dijo él simplemente—. Lo único bueno que tenía.

Nela empapó una gasa en agua oxigenada.

—Esto va a arder. Mucho.

—Hazlo.

Nela presionó la gasa. Esperaba que él gritara, o al menos siseara de dolor. Pero el hombre no emitió ningún sonido. Solo sus músculos abdominales se contrajeron violentamente, duros como piedra bajo sus dedos. Cerró los ojos y respiró hondo por la nariz, controlando el dolor con una disciplina aterradora.

Nela trabajó rápido. Limpió la sangre seca, desinfectó la herida con isodine, aplicó pomada antibiótica y cerró los bordes con tiras de aproximación antes de cubrir todo con un vendaje limpio y firme.

—Listo —dijo, exhalando—. No creo que necesite puntos, pero estuvo cerca. Tiene que mantenerlo seco y limpio.

Él abrió los ojos y la miró desde arriba. Estaban tan cerca que Nela podía ver las motas doradas dentro del ámbar de sus iris. Olía a jabón barato y a lluvia, una mezcla embriagadora.

—Tienes manos suaves —dijo él en voz baja—. Y hábiles. ¿Eres enfermera?

—Quise serlo —admitió ella, apartándose un poco para darle espacio—. Pero la vida… bueno, ya sabe. Los planes cambian.

—Lo sé —dijo él, su mirada oscureciéndose—. Créeme que lo sé.

Un trueno hizo vibrar las ventanas del departamento. La lluvia arreció afuera, golpeando el vidrio con furia.

—No puede irse así —dijo Nela—. Está lloviendo a cántaros y esa herida se va a mojar.

—No quiero ser una molestia. Ya has hecho demasiado.

—No es molestia. El sofá se hace cama. Puede quedarse esta noche. Mañana, si para la lluvia y se siente mejor… vemos qué hacemos.

Él la miró por un largo momento, evaluándola, evaluando la seguridad del lugar. Finalmente, el cansancio pareció ganar la batalla.

—Gracias, Nela. De verdad.

—Por cierto —dijo ella, levantándose para llevarse las cosas sucias—. No puedo seguir llamándolo “oiga” o “usted”. Necesitamos ponerle un nombre mientras recupera la memoria.

Él se encogió de hombros, haciendo una mueca de dolor.

—El que tú quieras.

Nela miró hacia su pequeño librero. Sus ojos se posaron en una vieja edición de “Los Hermanos Karamazov” que había intentado leer tres veces.

—Dimitri —dijo de repente—. Siempre me gustó ese nombre. Suena fuerte.

El hombre ladeó la cabeza, considerando.

—Dimitri —repitió. Una sombra de sonrisa cruzó sus labios, transformando su rostro por completo, haciéndolo parecer más joven, menos peligroso—. Me gusta. Suena… apropiado.

—Pues Dimitri será. —Nela sonrió—. Ahora, Dimitri, voy a hacer algo de cenar. ¿Te gustan las quesadillas? Es lo único que tengo.

—Me encantan las quesadillas —respondió él con seriedad solemne.

Esa noche, mientras Nela intentaba dormir en su cuarto, escuchando la respiración regular de Dimitri en el sofá de la sala, no pudo evitar sentirse inquieta. Había metido a un desconocido a su casa. Un hombre que había peleado por unas botas, que sangraba, que no recordaba quién era.

Y sin embargo, no sentía miedo. Sentía algo más. Una extraña sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde tenía que estar.

Lo que Nela no sabía era que en la sala, Dimitri no estaba durmiendo. Estaba de pie junto a la ventana, mirando la tormenta con ojos que brillaban en la oscuridad, sus fosas nasales dilatándose mientras olfateaba el aire, captando olores que ningún humano debería poder detectar: el miedo del vecino de abajo, la humedad de las paredes, y el aroma dulce y limpio de la mujer que dormía en la habitación contigua.

No sabía quién era, pero sabía una cosa: protegería a esa mujer. De lo que fuera. Incluso de sí mismo.

CAPÍTULO 3: EL LOBO Y LA TORMENTA SILENCIOSA

Esa noche, el sueño de Nela no fue el descanso reparador que su cuerpo agotado exigía. Fue una inmersión profunda y viscosa en un mundo onírico que se sentía demasiado real, demasiado táctil.

Soñó que estaba de nuevo en el callejón, pero ya no llovía agua. Llovía ceniza. El cielo de la Ciudad de México era de un color violeta amoratado, como un moretón a punto de sanar. Ella intentaba correr, sus pies pesados como si el pavimento fuera chapopote fresco, huyendo de una sombra sin forma que reptaba por las paredes de la colonia Doctores.

Entonces, aparecía él.

No era Dimitri, el hombre herido que dormía en su sofá. Era una bestia. Un lobo inmenso, del tamaño de un caballo, con un pelaje que parecía hecho de noche y humo. La criatura se paraba frente a ella, interponiéndose entre Nela y la sombra. Lejos de sentir miedo, Nela sintió una ola de calma absoluta. El lobo giraba su enorme cabeza hacia ella y, en sus ojos, brillaba ese mismo ámbar eléctrico, esa inteligencia humana y dolorosa que había visto horas antes bajo la lluvia.

La bestia no gruñía. Solo respiraba, un sonido profundo y rítmico que vibraba en el pecho de Nela, sincronizándose con su propio corazón. Se acercaba y recargaba su hocico húmedo en el hombro de ella, un gesto de protección tan íntimo que la hizo despertar de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas y la piel erizada.

Nela se sentó en la cama, desorientada. La luz grisácea de la mañana se filtraba por las cortinas baratas. Escuchó la lluvia, ahora reducida a una llovizna persistente, golpeando suavemente la ventana.

Se talló los ojos, recordando. El callejón. La sangre. El desconocido en su sala.

—Dios mío, Nela —susurró para sí misma—. ¿Qué hiciste?

El pánico matutino la golpeó. Tenía a un indigente (guapísimo, sí, pero indigente al fin y al cabo) durmiendo a tres metros de su cama. ¿Y si le había robado? ¿Y si se había ido con su licuadora y los pocos pesos que le quedaban?

Saltó de la cama, poniéndose una bata vieja sobre su pijama de franela, y abrió la puerta de su recámara con cautela, empuñando su spray de pimienta (que en realidad era desodorante en aerosol porque el gas pimienta era muy caro) como si fuera un arma letal.

Se detuvo en seco.

El aroma.

No olía a humedad, ni a la mugre de la ciudad, ni a perro mojado. Olía a gloria. Olía a café recién hecho, con un toque de canela, y a algo cocinándose en el sartén que hizo que su estómago rugiera con una violencia vergonzosa.

En la pequeña cocina, que era poco más que un pasillo, Dimitri estaba de pie frente a la estufa.

La visión la dejó paralizada. Llevaba los pants grises de Luis, que se le ajustaban a los muslos de una manera casi indecente, y la playera de algodón blanca se estiraba sobre sus hombros anchos cada vez que movía el brazo. Se había arremangado las mangas, revelando antebrazos venosos y fuertes. Se movía con una eficiencia tranquila, sin desperdiciar gestos, como si hubiera cocinado en esa cocina minúscula toda su vida.

—Buenos días —dijo él sin voltear, su voz ronca por el desuso del sueño.

Nela bajó el desodorante lentamente, sintiendo el calor subirle a las mejillas.

—Buenos días. Yo… pensé que…

—¿Pensaste que me había ido con la televisión? —Dimitri se giró, una media sonrisa curvando sus labios. Tenía una espátula en la mano—. Noté que es una televisión de tubo de hace quince años. No creo que me hubieran dado mucho por ella en el empeño.

Nela soltó una risa nerviosa.

—Buen punto. Y huele… increíble.

—Encontré café de grano en la alacena, un poco viejo, pero servible. Y le puse una varita de canela. —Señaló el sartén—. Y estoy haciendo huevos a la mexicana. Espero que no te moleste, tomé lo que había en el refrigerador: jitomate, cebolla y unos chiles serranos que ya se estaban arrugando.

—No, no, está bien. De hecho, gracias. Yo… casi nunca desayuno bien.

Se sentaron en la pequeña mesa redonda que apenas cabía en la sala. Dimitri sirvió el café en las dos únicas tazas que no estaban despostilladas. Nela notó cómo sus manos grandes manejaban la cafetera con una delicadeza sorprendente.

—¿Cómo sigue la herida? —preguntó ella, soplando el vapor de su taza.

—Mejor. —Dimitri se tocó el costado inconscientemente—. Duele menos. Tu curación fue excelente.

Empezaron a comer. Nela gimió internamente al probar el primer bocado. Eran simples huevos con verdura, pero estaban sazonados a la perfección, el picante justo, la cebolla caramelizada.

—Cocinas muy bien para… —se detuvo, mordiéndose la lengua.

—¿Para ser un vagabundo sin memoria? —completó él sin malicia. Sus ojos ámbar la estudiaban con curiosidad—. Supongo que la memoria muscular permanece. Mis manos saben qué hacer, aunque mi cerebro no sepa por qué.

Nela miró hacia el sofá. El libro de Los Hermanos Karamazov estaba abierto sobre la mesa de centro, boca abajo.

—Vi que estabas leyendo anoche —comentó ella—. ¿Te gustó?

Dimitri miró el libro y su expresión se ensombreció, una nube de frustración pasando por sus ojos.

—Es extraño. —Dejó el tenedor y miró sus manos—. Empecé a leerlo y… sabía lo que iba a pasar. Sabía que el padre era un bufón cruel. Sabía que Iván era el intelectual atormentado. Es como si ya lo hubiera leído mil veces.

—¿Recordaste algo más? —preguntó Nela con esperanza.

—Sensaciones —admitió él—. Recuerdo… oficinas. Vidrio. Mucho vidrio y acero. Gente hablando, pero no escucho sus voces, solo veo sus bocas moverse. Y recuerdo una sensación de… urgencia. De tener que controlar todo. De que si soltaba el control por un segundo, todo se derrumbaría.

—Suena estresante —dijo Nela.

—Suena solitario —corrigió él en voz baja. Levantó la vista—. Dimitri… ese nombre que me diste. En el libro, Dimitri es el hermano pasional. El que siente demasiado. El que se mete en problemas por amor y por ira.

—¿No te gusta? Podemos cambiarlo. “Juan” es más fácil.

Él negó con la cabeza, una sonrisa genuina iluminando su rostro por primera vez.

—No. Me gusta Dimitri. Siento que… tal vez necesito ser un poco más como él y un poco menos como el hombre de hielo que creo que fui.

Nela sintió un vuelco en el estómago. Había una vulnerabilidad en él que contrastaba tanto con su físico imponente que resultaba magnética. Estaba a punto de preguntarle más sobre sus “sensaciones” de vidrio y acero, cuando sucedió.

Dimitri se quedó rígido en su silla.

Fue instantáneo. Pasó de estar relajado, disfrutando su café, a estar tenso como un resorte a punto de saltar. Su cabeza se alzó, girando ligeramente hacia la izquierda, hacia la puerta del departamento. Sus fosas nasales se dilataron, inhalando profundamente el aire.

—¿Qué pasa? —preguntó Nela, alarmada por el cambio brusco—. ¿Escuchaste algo? ¿La policía?

Dimitri no respondió. Se levantó lentamente, como un depredador rastreando una presa invisible. Caminó hacia el centro de la sala, olfateando el aire de nuevo, con los ojos entrecerrados.

—Huele mal —murmuró.

Nela inhaló.

—¿Los huevos? No, huelen bien.

—No. —Dimitri negó con la cabeza bruscamente—. No es comida. Es… metálico. Dulce y podrido a la vez. Mercaptano.

—¿Merca-qué?

—El aditivo que le ponen al gas —dijo él, su voz volviéndose cortante, autoritaria—. El gas natural y el LP no huelen. Le agregan mercaptano para que sea detectable.

—Yo no huelo nada —dijo Nela, aunque sintió un nudo de miedo formándose en su garganta.

—Es débil, pero está ahí. Y viene de abajo.

Dimitri caminó hacia la puerta y la abrió de golpe. Salió al pasillo del edificio. Nela lo siguió, sintiéndose pequeña y confundida.

—¡Espera! No puedes salir así, te van a ver…

Dimitri la ignoró. Se inclinó sobre el barandal de la escalera, mirando hacia el cubo oscuro que bajaba hasta la planta baja y el sótano.

—Escucha —ordenó.

Nela aguzó el oído. Solo escuchaba el goteo de la lluvia en el tragaluz y el sonido lejano de una televisión en algún departamento.

—No escucho nada.

—Un siseo —dijo él—. Como una serpiente. Es una fuga de alta presión.

Sin decir más, Dimitri echó a correr escaleras abajo. No corría como una persona normal bajando escaleras; saltaba los escalones de tres en tres, con una agilidad felina que desafiaba su tamaño.

—¡Dimitri! —gritó Nela, corriendo tras él.

Llegaron a la planta baja. El olor ahora era perceptible incluso para Nela. Un hedor a huevo podrido que le picaba la nariz. Dimitri no se detuvo en la salida; fue directo a la puerta de metal oxidado que llevaba al cuarto de calderas y medidores, debajo de la escalera.

La puerta estaba cerrada con un candado viejo.

—¡Maldición! —gruñó Dimitri.

—Necesitamos la llave, la tiene el señor Quiroz, el casero, pero vive a tres cuadras…

Dimitri no esperó. Retrocedió un paso, giró la cadera y lanzó una patada lateral. Fue un movimiento técnico, brutal y preciso. La suela de su zapato (o mejor dicho, del zapato prestado de Luis) impactó justo al lado de la cerradura.

CRACK.

La madera del marco se astilló y la puerta se abrió de golpe, golpeando la pared interior con un estruendo.

Nela se tapó la boca, asombrada. Esa puerta era de metal sólido.

Dimitri desapareció en la oscuridad del sótano. El siseo ahora era un rugido constante.

—¡No entres! —le gritó él desde la oscuridad—. ¡Quédate ahí y abre la puerta principal! ¡Necesitamos ventilación cruzada, ahora!

Nela corrió a abrir la puerta principal del edificio, trabándola con una maceta. El aire fresco y húmedo de la calle entró, chocando con el hedor a gas que subía del sótano como una marea invisible.

Dimitri emergió segundos después, tosiendo, con los ojos llorosos.

—Es la tubería principal —dijo, jadeando—. La válvula está corroída. Traté de cerrarla, pero el metal se deshizo en mis manos. Está fugando a máxima capacidad. Esto se va a llenar de gas en minutos. Cualquier chispa… un apagador, el motor del refrigerador… y volamos todos.

Miró a Nela, y en ese momento, el vagabundo desapareció por completo. Frente a ella había un comandante en el campo de batalla.

—Tenemos que evacuar. Ahora. Tú ve al tercer piso, yo tomo el primero y el segundo. Golpea fuerte. No pidas por favor. Diles que es un incendio, la gente reacciona más rápido al fuego que al gas. ¡Muévete!

Nela obedeció sin cuestionar. La autoridad en su voz era absoluta.

Corrió escaleras arriba, golpeando las puertas con los puños hasta que le dolieron los nudillos.

—¡Fuego! ¡Salgan todos! ¡Hay una fuga de gas! —gritaba.

El caos se apoderó del edificio. La señora Chen del 3A salió con su gato en brazos y tubos en el pelo. Los estudiantes del 2B salieron en calzones, cargando laptops.

Nela bajaba las escaleras ayudando a la señora Chen cuando vio a Dimitri en el primer piso. Estaba cargando, literalmente cargando en brazos como si fuera una novia, al señor Hoffman. El anciano parecía confundido pero tranquilo, aferrado al cuello de Dimitri.

—Vamos, vamos, ¡afuera! —ordenaba Dimitri, guiando al grupo hacia la calle.

Una vez en la banqueta, bajo la lluvia fina, la realidad del peligro los golpeó. El olor a gas salía por la puerta abierta del edificio como el aliento de un dragón tóxico.

—Aléjense —instruyó Dimitri, dejando al señor Hoffman sentado en una jardinera seca—. Crucen la calle. Nadie prenda cigarros. Nadie use el celular cerca de la entrada.

Nela se acercó a él. Dimitri estaba cubierto de hollín y polvo, su vendaje debía estar sucio, pero estaba de pie, vigilando el edificio con los brazos cruzados.

—¿Llamaste a los bomberos? —preguntó él.

—Ya vienen —dijo una vecina, colgando su celular—. Dijeron cinco minutos.

Nela miró a Dimitri. Estaba escaneando a los vecinos, contándolos.

—Faltan los del 3B —dijo él.

—Están de vacaciones —respondió Nela, recuperando el aliento—. El departamento está vacío.

Dimitri asintió, relajando los hombros imperceptiblemente.

—Bien. Estamos todos.

En ese momento, un coche sedán gris se detuvo chillando llantas frente al edificio. Del lado del conductor bajó un hombre bajito, calvo y con cara de bulldog enojado. Era el señor Quiroz, el casero.

—¿Qué está pasando aquí? —gritó Quiroz, agitando las manos—. ¿Quién rompió la puerta del sótano? ¡Me avisó la alarma del sistema!

Vio a los inquilinos mojándose en la banqueta y su cara se puso roja de ira. Se dirigió directamente a Nela, a quien siempre veía como el eslabón más débil por sus rentas atrasadas.

—¡Díaz! —bramó—. ¿Qué hiciste ahora? ¿Dejaste la estufa abierta? ¡Te voy a cobrar cada centavo de los daños! ¡Y a ese viejo loco también! —señaló al señor Hoffman.

Nela se encogió, el hábito de la sumisión ante las deudas haciéndose presente.

—No, señor Quiroz, yo…

Pero antes de que pudiera terminar, una sombra se interpuso entre ella y el casero.

Dimitri dio un paso adelante. No lo hizo de forma agresiva, sino con una calma helada que resultaba mucho más aterradora. Se paró frente a Quiroz, obligando al hombrecito a mirar hacia arriba, muy arriba, para encontrar sus ojos.

—Cuidado con el tono —dijo Dimitri. Su voz era baja, pero cortó el ruido de la lluvia y las sirenas lejanas como un cuchillo.

Quiroz parpadeó, sorprendido.

—¿Y tú quién eres? ¿Otro muerto de hambre que metió esta niña a mi edificio?

Dimitri ignoró el insulto.

—La tubería principal de gas en el sótano colapsó por corrosión —dijo Dimitri con una dicción perfecta, casi clínica—. La válvula de paso estaba calcificada. El sistema de ventilación estaba bloqueado por cajas de cartón que usted almacenaba ahí ilegalmente.

—¿Qué? Eso son mentiras… —balbuceó Quiroz.

—El Código Civil de la Ciudad de México —continuó Dimitri, y de repente, su postura cambió. Cruzó las manos detrás de la espalda, irguiéndose aún más—. Artículo 2412. El arrendador está obligado a conservar el inmueble en estado de servir para el uso al que ha sido destinado. Eso incluye el mantenimiento preventivo de instalaciones de alto riesgo como el gas.

Quiroz retrocedió un paso, su bravuconería desinflándose.

—Oiga, no sé de qué habla…

—Hablo de negligencia criminal —lo cortó Dimitri. Sus ojos ámbar brillaron con una inteligencia feroz—. El señor Hoffman ha estado presentando síntomas de intoxicación lenta por monóxido y mercaptano durante semanas: confusión, mareos. Usted sabía que la instalación era vieja. Si esto explota, o si alguien hubiera muerto hoy, no sería un accidente. Sería homicidio culposo.

El silencio en la banqueta era absoluto. Los vecinos miraban boquiabiertos. Nela miraba a Dimitri como si fuera un extraterrestre. ¿De dónde sacaba esas palabras? ¿Ese tono? Parecía un fiscal, o un juez, o el dueño del mundo.

—Y le aseguro —continuó Dimitri, dando un paso más hacia Quiroz, invadiendo su espacio personal—, que si intenta desalojar a la señorita Díaz o cobrarle un peso por los daños causados por su falta de mantenimiento, me encargaré personalmente de que las autoridades de Protección Civil y la Fiscalía clausuren no solo este edificio, sino cualquier otra propiedad que tenga a su nombre. Las multas por poner en riesgo la vida de doce familias superarán por mucho el valor de este edificio.

Quiroz estaba pálido. Sudaba a pesar del frío. Miró a los vecinos, luego al edificio, luego a este gigante que le hablaba de leyes con la certeza de un tiburón.

—Bueno, bueno… —tartamudeó el casero—. No hay necesidad de… de ponerse así. Nadie quiere problemas legales.

—Entonces propongo una solución —dijo Dimitri. No era una pregunta. Era una orden—. Reparación inmediata de la instalación a su costo. Y como compensación por el trauma y el riesgo mortal al que sometió a sus inquilinos, tres meses de condonación de renta para todos los presentes.

—¡¿Tres meses?! —chilló Quiroz—. ¡Estás loco!

Dimitri simplemente alzó una ceja y sacó el celular de Nela de su bolsillo (que ella ni siquiera notó cuándo se lo había dado).

—¿Prefiere que llame a Protección Civil ahora mismo para que levanten el acta de negligencia? Los bomberos ya están llegando. Estoy seguro de que les interesará ver el estado de esas tuberías.

Las sirenas sonaban ya en la esquina. Las luces rojas y azules rebotaban en las fachadas mojadas.

Quiroz miró las luces, miró a Dimitri, y se quebró.

—Está bien, está bien. Tres meses. Pero no llamen a los inspectores. Yo… yo arreglo todo mañana.

Dimitri asintió una vez, seco y final.

—Que sea por escrito, señor Quiroz. Mañana a primera hora.

El casero se escabulló hacia su coche justo cuando el camión de bomberos daba la vuelta a la esquina.

Nela se quedó mirando la espalda de Dimitri. Su corazón latía con una mezcla de adrenalina y una admiración que la mareaba. Se acercó a él y le tocó el brazo suavemente. Él se tensó, como si saliera de un trance, y giró la cabeza para mirarla. La máscara de “tiburón corporativo” cayó, y de nuevo estaban esos ojos confundidos y un poco asustados del hombre sin memoria.

—¿Cómo…? —empezó Nela—. ¿Cómo hiciste eso? ¿Cómo sabías esos artículos?

Dimitri parpadeó, frotándose la sien como si tuviera dolor de cabeza.

—No lo sé —susurró, sonando genuinamente perturbado—. Las palabras… simplemente salieron. Sabía qué decir para aplastarlo. Sabía dónde dolería más.

—Parecías… poderoso —dijo ella.

—Me sentí cruel —replicó él, mirando sus propias manos como si estuvieran manchadas—. Disfruté acorralándolo. Y eso no me gusta, Nela. No me gusta la facilidad con la que amenacé con destruir su vida.

—Salvaste la nuestra —dijo Nela con firmeza, tomándole la mano y apretándola—. No lo destruiste. Nos protegiste. Al señor Hoffman, a mí… a todos. Si eso es ser cruel, entonces gracias por serlo.

Él la miró, y por un momento, bajo la lluvia y las luces estroboscópicas de los bomberos, el mundo se redujo a ellos dos. Nela sintió una atracción gravitacional hacia él, una certeza de que este hombre, quienquiera que fuera, era peligroso, sí, pero también era lo más seguro a lo que se había aferrado en años.

—¿Tres meses de renta gratis? —dijo ella, intentando aligerar el momento, aunque su voz temblaba—. Eres mi héroe, Dimitri. Literalmente.

Él sonrió, una sonrisa cansada pero cálida.

—Solo quería asegurarme de que tuvieras dónde dormir esta noche. No pienso volver a dormir en la calle, y no dejaré que tú lo hagas.

Horas más tarde, cuando los bomberos controlaron la fuga y declararon el edificio seguro (con una advertencia severa para el casero), Nela y Dimitri subieron de nuevo al departamento.

El lugar olía a limpio ahora, ventilado. Nela cerró la puerta y se recargó en ella, sintiendo que sus piernas se convertían en gelatina.

—Necesito curarte de nuevo —dijo, notando una pequeña mancha de sangre fresca en la playera blanca de Dimitri, justo sobre la herida—. Con todo ese esfuerzo, seguro se te botó algún punto o la cinta.

—Estoy bien —dijo él, pero se dejó guiar al sofá.

Nela levantó la playera con cuidado. Quitó el vendaje sucio, preparándose para ver la herida irritada y sangrante.

Se quedó helada.

Sus dedos recorrieron la piel pálida y caliente de Dimitri.

—No puede ser… —susurró.

—¿Qué? —preguntó él, alarmado—. ¿Está infectada?

Nela negó con la cabeza, incapaz de hablar.

Donde hace unas horas había un corte profundo, feo y abierto, ahora solo había una línea rosada, delgada y cerrada. Parecía una cicatriz de hace semanas, no una herida de navaja de hace un día. La inflamación había desaparecido. Los moretones eran de un amarillo pálido, casi invisibles.

—Mira —le dijo, pasándole un espejito de mano.

Dimitri miró su reflejo en el espejo, luego bajó la vista a su propio torso. Tocó la cicatriz. No había dolor en su rostro, solo una profunda confusión.

—Esto no es posible —murmuró él—. Los humanos no sanan así.

Nela lo miró a los ojos.

—Dimitri… ¿qué eres?

Él le devolvió la mirada, y en el fondo de sus ojos ámbar, Nela creyó ver algo moverse. Algo salvaje. Algo que conectaba con su sueño del lobo gigante.

—No lo sé —respondió él, y el miedo en su voz era real—. Pero tengo miedo de averiguarlo.

Nela, impulsada por un instinto que no podía nombrar, cubrió la mano de él con la suya sobre la cicatriz milagrosa.

—Pues lo averiguaremos juntos —prometió—. Sea lo que sea.

Afuera, la lluvia cesó por completo, dejando a la Ciudad de México brillando bajo la luz de la luna llena que se asomaba entre las nubes, una luna que parecía llamar a Dimitri, haciendo que su sangre vibrara con un canto antiguo y olvidado.

CAPÍTULO 4: LA BESTIA EN LA SALA

Los días siguientes a la fuga de gas pasaron en una bruma extraña, una mezcla de domesticidad acogedora y una tensión eléctrica que hacía que los vellos de los brazos de Nela se erizaran cada vez que Dimitri entraba en la habitación.

La “cicatriz milagrosa” se había convertido en el elefante en la habitación. Ninguno de los dos volvió a hablar de ello directamente, pero estaba ahí, un recordatorio constante de que Dimitri no era normal. Nela lo observaba de reojo cuando él creía que ella no miraba. Veía cómo cargaba el garrafón de agua de 20 litros con una sola mano, como si fuera una pluma. Notaba cómo sus oídos se movían ligeramente ante sonidos que ella no podía percibir, como el aleteo de una paloma en el techo o el motor de un coche tres calles abajo.

Y, sobre todo, notaba cómo la miraba.

No era la mirada de un hombre agradecido por un techo. Era una mirada fija, pesada, depredadora. A veces, mientras ella trabajaba en su computadora tratando de conseguir trabajos freelance de diseño gráfico, sentía sus ojos ámbar clavados en su nuca. Cuando volteaba, él no apartaba la mirada avergonzado. Sostenía el contacto visual con una intensidad que la hacía sentir como si fuera la única fuente de calor en un mundo congelado.

Dimitri se tomó muy en serio su papel de “huésped”. O tal vez, su naturaleza no le permitía estar ocioso.

—Tu cocina es ineficiente —le dijo una mañana de jueves.

Nela estaba tomando su café, con el pelo revuelto y los ojos lagañosos.

—¿Perdón? —preguntó, parpadeando.

—El flujo de trabajo —explicó Dimitri, señalando el pequeño espacio—. Guardas las especias lejos de la estufa. Los sartenes están apilados de forma que tienes que sacar tres para usar el que necesitas. Pierdes aproximadamente cuatro minutos en cada preparación de comida solo moviéndote de un lado a otro. Eso suma horas al mes.

Nela soltó una carcajada incrédula.

—Oye, tranquilo, ingeniero. Es una cocina de Infonavit, no un restaurante de cinco estrellas.

Pero para cuando Nela regresó de comprar unas tortillas, Dimitri ya había desmantelado la cocina.

—¡Dimitri! —exclamó, soltando el paquete de papel estraza—. ¿Qué hiciste?

—Optimización —dijo él.

Había encontrado unas tablas viejas y unos clavos oxidados en el cuarto de servicio de la azotea. En menos de una hora, había construido repisas funcionales, organizado la alacena por tipo de alimento y fecha de caducidad, y había arreglado la puerta del gabinete que llevaba caída desde el temblor del 2017.

—Ahora puedes cocinar con un 30% más de eficiencia —dijo él, limpiándose las manos con un trapo. Parecía orgulloso, como un niño que acaba de armar un Lego complicado, pero también había esa arrogancia fría y calculadora del hombre de negocios que no recordaba ser.

Nela recorrió con la mano la madera lijada de las nuevas repisas.

—Quedó… increíble —admitió—. Pero no tenías que hacerlo. Eres mi invitado, no mi chalán.

Dimitri se acercó a ella. El espacio en la cocina era minúsculo, y su presencia lo llenaba todo. Olía a madera, a sudor limpio y a esa especia indescifrable que era solo suya.

—No soy tu invitado, Nela —dijo en voz baja, su tono vibrando en el aire—. Soy un hombre que vive en tu casa, come tu comida y duerme bajo tu techo. Necesito pagar mi deuda. El valor no se crea de la nada; se genera con trabajo.

—Hablas como un libro de economía —se burló ella suavemente, tratando de disipar la tensión sexual que de repente se había vuelto sofocante.

—Hablo de equilibrio —corrigió él. Dio un paso más, acorralándola suavemente contra la barra—. Y no me gusta estar en deuda.

Nela alzó la vista. Sus ojos dorados brillaban con una luz extraña.

—Ya hiciste mucho. Lo del gas…

—Eso fue supervivencia. Esto… —Hizo un gesto abarcando la cocina arreglada—. Esto es cuidado.

La palabra “cuidado” flotó entre ellos. Nela sintió que las piernas le temblaban. Estaba a punto de decir algo, o de besarlo, no estaba segura, cuando el estómago de Dimitri emitió un rugido que sonó más como el de un león en el zoológico de Chapultepec que el de un humano hambriento.

El momento se rompió. Nela soltó una risita nerviosa.

—Bueno, señor Eficiencia, parece que su motor necesita combustible. Hice chicharrón en salsa verde. ¿Aguantas el picante?

Dimitri sonrió, mostrando unos dientes que, por un segundo, a Nela le parecieron demasiado blancos y demasiado afilados.

—Pruébame —desafió él.


Esa tarde, decidieron salir. La lluvia había dado tregua y el sol de la tarde bañaba la Ciudad de México en esa luz dorada y contaminada que la hacía ver hermosa a pesar de todo.

—Necesitas ropa —dijo Nela—. No puedes seguir usando los pants de mi ex. Te aprietan tanto que las vecinas se persignan cuando pasas.

Dimitri arqueó una ceja.

—¿Les molesta?

—Al contrario, creo que les gusta demasiado —murmuró Nela, sintiendo una punzada de algo caliente y feo en el pecho. Celos. Estaba celosa de las miradas de la señora Chen y de las chicas del gimnasio de la esquina.

Fueron al tianguis de la colonia. Nela no tenía dinero para tiendas departamentales, y la “ropa de paca” era su especialidad.

Dimitri caminaba a su lado, pero no como un compañero normal. Caminaba ligeramente detrás de su hombro derecho, sus ojos escaneando continuamente el entorno. En el caos del mercado sobre ruedas —los gritos de “¡Llévele, llévele!”, el olor a garnachas fritas, la música de cumbia a todo volumen—, Dimitri parecía abrumado.

Nela notó que arrugaba la nariz constantemente.

—¿Estás bien? —le preguntó, gritando un poco para hacerse oír sobre el ruido de una licuadora demostrando su potencia.

—Es… mucho —dijo él, haciendo una mueca—. Demasiada información.

—¿Información? Es ruido, Dimitri.

—No. Olores. —Se tapó la nariz y la boca con la mano—. Huelo la carne cruda de allá, el perfume barato de esa señora, el escape del camión, el sudor de ese hombre… es como si me gritaran en la nariz.

—Tienes el olfato de un sabueso —bromeó ella, jalándolo hacia un puesto de camisas.

En el puesto, Nela empezó a buscar. Encontró unas camisas de franela y unas playeras lisas de buena calidad.

—Pruébate esta —le dijo, poniéndole una camisa azul marino contra el pecho. El color hacía resaltar sus ojos de una forma peligrosa.

—Está bien —dijo él sin mirarla. Estaba mirando fijamente a un punto detrás de ella.

Nela se giró. Un grupo de tres tipos, con aspecto de “chakas” del barrio, estaban recargados en un poste, bebiendo cervezas y mirando descaradamente a las chicas que pasaban. Uno de ellos, el más flaco y con tatuajes en el cuello, clavó su mirada en Nela.

—¡Uff, mamacita! —chifló el tipo, haciendo un gesto obsceno con la lengua—. ¿Tanta carne y yo a dieta? Deja a ese grandulón y vente con los que saben moverle.

Nela rodó los ojos. Era la historia de cada día en la ciudad. Simplemente había que ignorarlos y seguir.

—Vámonos, Dimitri —dijo ella, tomando su brazo—. Ya vi otro puesto allá adelante.

Pero Dimitri no se movió. Era como tratar de mover una estatua de bronce. Su brazo estaba duro como una roca bajo la mano de Nela.

—Dimitri, no —susurró ella, sintiendo el cambio en su energía. El aire alrededor de él pareció enfriarse.

El tipo del tatuaje, envalentonado por el alcohol y sus amigos, se acercó un paso.

—¿Qué pasa, güerita? ¿Tu novio es mudo o qué? —Se rió, extendiendo la mano para tocar el brazo de Nela.

Antes de que sus dedos roñosos pudieran rozar la piel de ella, una mano grande se cerró alrededor de su muñeca.

No fue un movimiento rápido. Fue un movimiento inevitable.

Dimitri no golpeó al tipo. Simplemente apretó. Se escuchó un crujido seco, como ramas rompiéndose.

—¡Aaaay, cabrón! —gritó el tipo, cayendo de rodillas. La cerveza se le cayó de la otra mano, espumando en el suelo.

Los otros dos amigos se enderezaron, listos para pelear, sacando el pecho.

—¡Suéltalo, pendejo! —gritó uno, sacando una navaja pequeña del bolsillo.

Nela se llevó las manos a la boca.

—¡Dimitri, vámonos! ¡Tienen una navaja!

Dimitri giró la cabeza lentamente hacia el hombre de la navaja. Y entonces, gruñó.

No fue una palabra. No fue un grito. Fue un sonido gutural, bajo, que vibró en el esternón de todos los presentes. Sonó como un terremoto naciendo, como el motor de un coche deportivo, como una bestia advirtiendo a una presa.

Sus ojos ámbar destellaron. Por un segundo, Nela juró que las pupilas de Dimitri se habían rasgado verticalmente, como las de un lobo.

El hombre de la navaja se detuvo en seco. Su rostro palideció. El instinto humano básico, ese cerebro reptiliano que nos dice cuándo estamos frente a un depredador superior, tomó el control. Le tembló la mano y la navaja cayó al suelo.

—Pide disculpas —dijo Dimitri. Su voz era tranquila, aterradoramente suave.

El tipo arrodillado, con la muñeca morada por la presión, gimoteó.

—Perdón, jefa. Perdón. Ya estuvo.

Dimitri lo soltó con un gesto de desdén, como si tirara una bolsa de basura.

—Si la vuelves a mirar —dijo Dimitri, inclinándose para que solo el tipo lo escuchara, aunque Nela captó cada sílaba—, te arrancaré la garganta con los dientes.

El tipo asintió frenéticamente, agarrándose la muñeca, y salió corriendo con sus amigos, tropezándose entre los puestos de ropa.

El silencio en esa sección del tianguis duró tres segundos. Luego, la vida siguió. Así es México.

Dimitri se giró hacia Nela. Su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas. Sus fosas nasales estaban dilatadas. Se veía salvaje, magnífico y totalmente aterrador.

—¿Estás bien? —preguntó él. La suavidad regresó a su voz, pero la tormenta seguía en sus ojos.

Nela estaba temblando. No de miedo hacia él, sino de la adrenalina residual.

—Estás loco —susurró ella—. Pudieron haberte picado.

—No —dijo él con simpleza—. No pudieron.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque soy más rápido. Y soy más fuerte. Y ellos olían a miedo desde antes de acercarse.

Tomó la mano de Nela. Su agarre era firme, posesivo.

—Vámonos a casa. Aquí huele a cobardes.


El regreso al departamento fue silencioso, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio cargado, denso. El aire entre ellos crepitaba como el cielo antes de una tormenta eléctrica.

Al entrar, Nela cerró la puerta y soltó las bolsas de ropa en el suelo. Se recargó contra la puerta, mirando a Dimitri. Él estaba de pie en medio de la sala, con las manos en los bolsillos, mirándola fijamente.

—No debiste hacer eso —dijo ella, aunque su voz carecía de convicción.

—¿Defenderte? —Dimitri dio un paso hacia ella—. ¿Debí dejar que te tocara con sus manos sucias?

—Podrías haberte metido en problemas legales. O te podrían haber matado.

Dimitri soltó una risa corta y oscura.

—No creo que algo en esta ciudad pueda matarme, Nela. No me preguntes cómo lo sé, pero lo sé. Me siento… indestructible. Excepto cuando te veo a ti en peligro. Ahí siento que el mundo se acaba.

Nela sintió que el corazón se le salía del pecho.

—Dimitri… no sabes lo que dices. No recuerdas quién eres. Podrías tener esposa. Hijos. Una vida entera esperándote.

—No —dijo él, negando con la cabeza. Se acercó más, hasta que estuvo a centímetros de ella. Nela tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo—. No tengo a nadie. Lo siento aquí. —Se tocó el pecho—. Hay un vacío enorme donde deberían estar los recuerdos. Pero desde que te vi en ese callejón, ese vacío se ha ido llenando. Contigo.

Nela tragó saliva. Su aroma la envolvía. Lluvia, bosque y hombre.

—Solo soy la chica que te curó —susurró ella, tratando de mantener la última barrera de cordura—. Soy pobre. Debo la renta. Mi vida es un desastre. Tú… tú pareces un príncipe. O un rey.

—Un rey sin reino no es nada —murmuró él. Levantó una mano y, con una delicadeza infinita, trazó la línea de su mandíbula con el pulgar. Su piel era rasposa, caliente—. Tú eres mi reino, Nela. Eres lo único real que tengo.

El contacto de su dedo fue la chispa que encendió la pólvora.

Nela dejó de pensar. Dejó de preocuparse por el futuro, por el pasado olvidado de él, por las deudas. Se lanzó hacia adelante, agarrando la camisa de él con ambos puños, y lo besó.

No fue un beso de película romántica, suave y dulce. Fue un choque. Fue hambre.

Dimitri emitió un sonido bajo, un gruñido de aprobación que vibró en la boca de ella. Sus brazos la rodearon, levantándola del suelo como si no pesara nada, apretándola contra su cuerpo duro como el acero. Nela enredó sus piernas alrededor de su cintura, desesperada por estar más cerca.

Él caminó hacia el sofá sin romper el beso. La dejó caer sobre los cojines, siguiéndola, cubriéndola con su cuerpo.

El beso se volvió frenético. Dimitri besaba con una urgencia que rayaba en la desesperación, como si quisiera respirar el aire de los pulmones de Nela. Sus manos recorrían su cuerpo con una posesividad absoluta, marcando territorio.

—Nela… —jadeó él contra su cuello, mordisqueando suavemente la piel sensible debajo de su oreja. Nela arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios.

—Dimitri… —susurró ella—. ¿Estás seguro?

Él se detuvo. Se apoyó en sus codos, mirando su rostro enrojecido, sus labios hinchados. Sus ojos ámbar brillaban con una luz dorada líquida, intensa, casi inhumana.

—Nunca he estado más seguro de nada —dijo él—. No sé quién fui antes de despertar en ese callejón. Tal vez fui un monstruo. Tal vez fui un santo. No me importa. Solo sé quién soy ahora. Soy tuyo.

—Y yo tuya —respondió ella, y era la verdad más grande que había dicho en su vida.

Hicieron el amor mientras la tarde caía sobre la Ciudad de México. Fue un acto intenso, primitivo. Dimitri era fuerte, increíblemente fuerte, pero tenía un control sobrenatural. La tocaba como si fuera de cristal, pero la amaba con la furia de un huracán. En cada toque, en cada beso, Nela sentía esa dualidad: el caballero gentil y la bestia hambrienta luchando por el control.

Y por primera vez, Nela no quiso que la bestia se fuera. Quería que se quedara. Quería ser devorada por ese amor absoluto y aterrador.


Más tarde, ya de noche, estaban acostados en el sofá, enredados en una manta. Dimitri jugaba con un mechón del cabello de Nela, enrollándolo en su dedo.

—Tengo que conseguir trabajo —dijo él de repente, rompiendo el silencio cómodo.

Nela se rió suavemente, recargada en su pecho desnudo. Escuchaba su corazón. Latía lento, mucho más lento que el de una persona normal. Pum… pum… pum. Un ritmo hipnótico.uesto

—¿Trabajo? ¿De qué? No tienes papeles, Dimitri.

—Puedo hacer cosas —dijo él, mirando al techo—. Arreglar cosas. Cargar cosas. Hoy vi un letrero en la construcción de la otra cuadra. Buscan albañiles.

—Dimitri, no —Nela se incorporó un poco para mirarlo—. No te imagino de albañil. Tus manos… son finas. Pareces pianista, o cirujano. O… no sé, alguien que firma cheques, no alguien que carga bultos de cemento.

—El trabajo físico es honesto —dijo él, encogiéndose de hombros—. Y necesito dinero. Quiero comprarte cosas. Quiero pagar la renta. Quiero…

Se detuvo, frunciendo el ceño.

—¿Quieres qué?

—Quiero cuidarte —admitió—. Y en este mundo, para cuidar, se necesitan recursos. Me frustra no tenerlos. Siento… siento que solía tener recursos ilimitados. Y ahora me siento atado de manos.

—Ya me cuidas —dijo Nela, besando su pecho, justo sobre la cicatriz curada—. Me haces sentir segura. Eso vale más que el dinero.

Dimitri la abrazó más fuerte, como si temiera que ella se desvaneciera.

—La seguridad es una ilusión si no tienes poder para respaldarla —murmuró, su voz adquiriendo ese tono oscuro y autoritario de nuevo—. Y voy a recuperar mi poder. Por ti.

En ese momento, el celular de Nela vibró en la mesa de centro. Era un mensaje de texto.

“Nela, soy Morrison. Se abrió un espacio mañana a las 9 AM. ¿Te interesa la entrevista todavía?”

Nela gritó de emoción, casi tirando a Dimitri del sofá.

—¡Me llamaron! ¡De Morrison y Asociados! ¡Tengo otra oportunidad!

Dimitri sonrió, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente al escuchar el nombre.

—¿Morrison? —repitió—. Ese nombre… me suena.

—Es un bufete de consultoría enorme —explicó Nela, tecleando la respuesta rápidamente—. Pagan súper bien. Si me quedo, se acabaron nuestros problemas de dinero.

—Morrison… —Dimitri miró hacia la nada, su mente luchando contra la niebla de la amnesia—. Recuerdo… una firma. Un apretón de manos sudoroso. Alguien llamado… Blake. No, ¿Drake?

Se agarró la cabeza con ambas manos, haciendo una mueca de dolor.

—¡Ah!

—¿Dimitri? —Nela dejó el celular—. ¿Qué pasa? ¿Te duele?

—Es como… un relámpago —jadeó él—. Imágenes. Destellos. Un hombre gordo con un traje caro. Riendo. Diciendo: “Es un placer hacer negocios con Storm Industries”.

—¿Storm Industries? —Nela frunció el ceño—. ¿Qué es eso?

—No lo sé —Dimitri bajó las manos, respirando agitadamente—. Pero el nombre me deja un sabor a bilis en la boca. Odio ese nombre.

—Bueno, tal vez trabajabas ahí. O te despidieron de ahí y por eso terminaste en la calle —teorizó Nela—. Como sea, mañana es mi gran día. Y tú me vas a desear suerte.

Dimitri la miró, la ternura reemplazando al dolor.

—No necesitas suerte. Eres brillante. Se darán cuenta en cuanto entres por la puerta.

—Gracias, guapo. —Le dio un beso rápido—. Ahora, a dormir. Mañana tengo que verme profesional, no como alguien que acaba de tener una sesión maratónica de pasión con un hombre lobo misterioso.

Dimitri se rió, pero la risa no le llegó a los ojos. Mientras Nela se acomodaba para dormir en sus brazos, él se quedó despierto.

La palabra “Storm” rebotaba en su cráneo. Tormenta.

Miró hacia la ventana. La ciudad brillaba afuera. Sentía que algo se acercaba. No una tormenta de lluvia, sino algo peor.

Su olfato captó algo en el aire. Muy leve. Casi imperceptible.

Olor a lobo. Pero no era el suyo.

Era un olor agrio, agresivo. Territorio marcado.

Dimitri se tensó, sus músculos endureciéndose bajo la piel de Nela. Alguien había estado cerca del edificio. Alguien o algo que no era humano.

—¿Dimitri? —murmuró Nela entre sueños—. ¿Estás bien?

—Duerme, mi amor —susurró él, besando su frente mientras sus ojos ámbar escaneaban las sombras de la habitación—. Yo vigilo.

El macho alfa dentro de él despertó por completo. La fase de luna de miel había terminado. La caza estaba a punto de comenzar. Y él no iba a permitir que nada ni nadie tocara a su compañera.

Si el mundo quería guerra, él les daría un apocalipsis.


A la mañana siguiente, Nela se vistió con su mejor traje sastre (que ya le quedaba un poco flojo por las semanas de comer mal) y se maquilló para ocultar las ojeras de una noche de poco sueño y mucho amor.

—Te ves… poderosa —dijo Dimitri desde la puerta. Llevaba puesto el pantalón de mezclilla que compraron y una playera negra ajustada. Se veía criminalmente guapo.

—Esa es la idea —dijo Nela, ajustándose los aretes—. ¿Qué vas a hacer hoy?

—Arreglaré la fuga del lavabo del baño —dijo él—. Y tal vez investigue un poco sobre ese tal Morrison.

—No te metas en líos, ¿ok? Te veo en la noche.

Nela salió corriendo, llena de esperanza.

Dimitri esperó a que sus pasos se alejaran por la escalera. Luego, su expresión cambió. La calidez desapareció, reemplazada por una frialdad letal.

Caminó hacia la ventana y la abrió. Olfateó el aire de la mañana.

El rastro estaba fresco. Estuvieron aquí anoche.

Salió del departamento, cerrando con llave. Bajó las escaleras sin hacer ruido. Salió a la calle. Caminó hacia el callejón donde Nela lo había encontrado.

Ahí, en la pared de ladrillo, había marcas. Rasguños profundos en la piedra. Cuatro líneas paralelas. Garras.

Dimitri pasó sus dedos por las marcas. Eran recientes.

—Me encontraron —susurró para sí mismo.

No sabía quiénes eran, ni por qué lo buscaban. Pero sabía que si lo encontraban a él, encontrarían a Nela.

Y eso no podía pasar.

Su cuerpo empezó a temblar. Sintió el cambio bajo su piel, la comezón en los huesos que precedía a la transformación que aún no comprendía del todo. Reprimió el impulso. No aquí. No ahora. A plena luz del día en la colonia Doctores.

Tenía que ser inteligente. Tenía que recordar.

“Blake Storm”.

El nombre surgió de la nada, como un disparo.

Dimitri se quedó helado en medio del callejón.

Blake Storm. Ese era el nombre que resonaba en su cabeza. ¿Era su nombre? ¿El nombre de su enemigo?

Necesitaba respuestas. Y sabía dónde conseguirlas.

Giró sobre sus talones y caminó hacia un puesto de periódicos y revistas en la esquina.

—Buenos días, jefe —le dijo al voceador—. ¿Tiene alguna revista de negocios? ¿Expansión, Forbes?

—Sí, joven. Acaban de llegar.

Dimitri compró tres revistas con el dinero que Nela le había dejado para “emergencias”. Se sentó en una banca del parque cercano y empezó a hojearlas frenéticamente.

Página tras página de hombres ricos y empresas exitosas. Nada.

Entonces, abrió la revista Líderes Mexicanos.

Ahí estaba. En la página 45. Un artículo titulado: “El imperio en expansión de Storm Industries: ¿Quién está detrás de la compra hostil de Tech-Mex?”

Y ahí, en una foto de media página, estaba él.

Llevaba un traje italiano de tres piezas que costaba más que todo el edificio de Nela. Estaba rasurado, con el cabello impecable. Miraba a la cámara con esos mismos ojos ámbar, pero en la foto, la mirada era fría, cruel, vacía de cualquier humanidad.

El pie de foto decía: “Blake Storm, CEO de Storm Industries, conocido en Wall Street como ‘El Lobo de Manhattan’ por sus tácticas depredadoras, expande sus operaciones a México.”

El mundo de Dimitri se detuvo. El ruido del tráfico desapareció.

Blake Storm. El multimillonario. El depredador. El hombre que destruía empresas y vidas por deporte.

Ese era él.

No era un pobre indigente con mala suerte. Era el monstruo del que todos hablaban.

Y Nela… Nela, la mujer más bondadosa y dulce del mundo, acababa de acostarse con el diablo.

Dimitri arrugó la revista en sus manos, sus garras perforando el papel brillante y la cara del hombre de la foto.

—¿Qué he hecho? —susurró, sintiendo que la bilis le subía a la garganta—. Dios mío, ¿qué he hecho?

En ese momento, un coche negro con vidrios polarizados pasó lentamente por la calle. Dimitri levantó la vista. El coche se detuvo un momento frente a él. La ventana trasera bajó unos centímetros.

Unos ojos lo miraron desde la oscuridad del interior. No eran humanos. Eran amarillos, brillantes y llenos de odio.

El coche aceleró y se perdió en el tráfico de la Avenida Cuauhtémoc.

La cacería había comenzado oficialmente. Y Blake Storm… o Dimitri… tendría que decidir si huir para salvar a Nela, o quedarse y desatar el infierno para protegerla.

CAPÍTULO 5: EL LOBO DE POLANCO Y LA TORMENTA PERFECTA

Nela salió del Metro Polanco sintiéndose como una impostora.

A su alrededor, el mundo era de cristal, acero y concreto impecable. Hombres con trajes a la medida caminaban con prisa, hablando por auriculares invisibles, y mujeres con tacones de aguja y bolsas que costaban más que la vida entera de Nela cruzaban las calles sin mirar, seguras de que el tráfico se detendría por ellas.

Nela se alisó la falda de su traje sastre, rogando que la humedad no le esponjara el cabello. Llevaba su portafolios abrazado como un salvavidas. “Morrison y Asociados” estaba en el piso 40 de una de las torres más imponentes de la zona.

Al entrar al lobby, el aire acondicionado la golpeó, secando el sudor frío de su nuca. Se registró en la recepción, sintiéndose pequeña bajo la mirada escrutadora de los guardias de seguridad.

—La esperan, señorita Díaz —dijo la recepcionista, una rubia que ni siquiera la miró a los ojos.

El elevador subió tan rápido que se le taparon los oídos.

La oficina de Samuel Morrison era obscenamente grande. Tenía una vista panorámica de la Ciudad de México: el Bosque de Chapultepec, el Castillo, y a lo lejos, la bruma gris que cubría los volcanes.

Samuel Morrison no se levantó para saludarla. Era un hombre cincuentón, con el rostro enrojecido de quien bebe whisky caro a mediodía y la corbata aflojada. Estaba mirando unos documentos con el ceño fruncido.

—Siéntese —ladró sin levantar la vista.

Nela obedeció, sentándose en la orilla de la silla de cuero.

—Nela Díaz —dijo Morrison finalmente, dejando los papeles—. Su currículum es… interesante. “Diseño gráfico freelance”, “Asistente administrativa”, “Vendedora de mostrador”. Un poco de todo, ¿eh?

—Soy adaptable, señor Morrison —respondió Nela, tratando de proyectar una confianza que no sentía—. Y aprendo rápido. Necesito esta oportunidad.

Morrison se echó hacia atrás, estudiándola. Sus ojos eran pequeños y acuosos, como los de un pez abisal.

—Necesitamos a alguien discreto. Alguien que no haga preguntas estúpidas. Manejamos crisis corporativas. Fusiones hostiles. Quiebras. —Hizo una pausa, y su rostro se oscureció—. Limpiamos los desastres que dejan los tiburones.

—Entiendo —dijo Nela.

—No, no creo que entienda —Morrison se puso de pie y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad con resentimiento—. Hay gente allá afuera, niña, que cree que el mundo es su patio de recreo. Depredadores.

Nela sintió un escalofrío. Pensó en Dimitri. En su fuerza, en cómo había sometido al tipo del tianguis. Pero Dimitri era bueno. Dimitri la protegía.

—¿A qué se refiere? —preguntó cautelosamente.

—¿Ha escuchado hablar de Blake Storm? —escupió el nombre como si fuera veneno.

Nela negó con la cabeza, aunque el nombre le sonó vagamente familiar, tal vez de algún noticiero que escuchó de paso.

—No, señor.

—Diga una oración de agradecimiento por eso —Morrison se giró, y Nela vio odio puro en su rostro—. Blake Storm, el CEO de Storm Industries. Le dicen “El Lobo”. Ese maldito bastardo destruyó mi primera firma hace dos años. Entró, compró las acciones mayoritarias a mis espaldas, despidió a trescientos empleados y desmanteló la empresa para venderla por partes. Me dejó en la ruina. Me tomó años reconstruir esto.

Nela tragó saliva. La vehemencia del hombre era aterradora.

—Suena… despiadado.

—No es humano —dijo Morrison, y Nela sintió que el corazón se le detenía un segundo—. No tiene alma. Es una máquina de hacer dinero y destruir vidas. Se rumora que desapareció hace unos meses. Algunos dicen que está en una isla privada. Yo rezo todas las noches para que esté muerto en una zanja.

Un silencio pesado cayó sobre la oficina.

—En fin —Morrison suspiró, volviendo a su escritorio—. Si trabaja aquí, verá lo peor del mundo corporativo. Necesito lealtad ciega. ¿La tengo?

Nela pensó en la renta. En la comida. En Dimitri y sus planes de “cuidarla”.

—La tiene, señor —mintió. O tal vez no. Su lealtad ya tenía dueño, y lo estaba esperando en la colonia Doctores.

—Contratada. Empieza el lunes.


El viaje de regreso fue una odisea. Comenzó a llover a mitad de camino, esa lluvia traicionera de la tarde en la CDMX que paraliza el tráfico. Nela tuvo que correr desde la estación del Metro hasta su edificio, cubriéndose con el portafolios.

Pero no le importaba mojarse. Tenía trabajo. ¡Tenía trabajo! Iba a comprar una botella de vino barato y unos tacos al pastor para celebrar con Dimitri. Le contaría sobre el amargado de Morrison y su obsesión con ese tal Blake Storm, y se reirían juntos.

Subió las escaleras de dos en dos, con la adrenalina y la felicidad burbujeando en su pecho.

—¡Dimitri! —llamó al abrir la puerta—. ¡Adivina qué! ¡Soy una mujer asalariada! ¡Ya somos parte del sistema capitalista opresor!

Silencio.

No hubo respuesta. No hubo olor a comida. No hubo esa sensación eléctrica que llenaba el aire cuando él estaba cerca.

El departamento estaba en penumbra.

—¿Dimitri? —La sonrisa de Nela vaciló.

Entró a la sala. Todo estaba impecable. Demasiado impecable. Los cojines alineados, el piso barrido. La cocina ordenada con esa precisión militar que él tenía.

Pero se sentía vacío. Un vacío que calaba los huesos, más frío que la lluvia de afuera.

Nela caminó hacia la mesa de centro. Ahí, donde solía estar el libro de Los Hermanos Karamazov, había algo más.

Era una revista. Líderes Mexicanos.

Estaba abierta en una página específica. Y encima de la revista, había una nota escrita en una servilleta, con una caligrafía angulosa y elegante que Nela reconoció de inmediato.

Nela dejó caer su bolsa al suelo. Se acercó a la mesa con el corazón latiéndole en la garganta, un presentimiento horrible retorciéndose en su estómago.

Miró la revista primero.

La foto ocupaba media página. Un hombre con un traje impecable, sentado en una oficina de cristal con vistas a Nueva York. Tenía el cabello perfectamente peinado, una expresión de arrogancia glacial y una copa de cristal en la mano.

Pero los ojos… Dios mío, los ojos.

Eran los ojos de Dimitri. Ámbar. Fuego líquido.

El titular gritaba en letras negras: BLAKE STORM: EL DEPREDADOR DEL AÑO.

Nela se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo.

—No… —susurró—. No puede ser.

Leyó el texto a saltos, las palabras borrándose por las lágrimas que empezaban a brotar. “Implacable”, “destructor de empresas”, “multimillonario”, “acusaciones de fraude”, “desaparición misteriosa”.

Era él. Su Dimitri. El hombre que le había hecho el amor con tanta ternura, el que había arreglado su cocina, el que había salvado al señor Hoffman. Era el monstruo del que Morrison hablaba con tanto odio. Era uno de los hombres más ricos y peligrosos del mundo.

Con manos temblorosas, tomó la nota de la servilleta.

“Nela:

Recordé. Recordé todo.
Tenías razón. No soy un buen hombre. La revista dice la verdad. Soy todo lo que dicen y cosas peores que ni te imaginas.
Me encontraron. Vi a los que me buscan. No son policías, Nela. Son algo mucho peor. Si me quedo, te matarán solo para llegar a mí.
No puedo permitir eso.
Gracias por salvarme. Gracias por enseñarme lo que se siente ser humano, aunque sea por unos días.
Olvídame. Quema esta nota. No me busques.
Es mejor que creas que fui un mal sueño.

Tuyo, siempre,
B.”

B.
De Blake.

Nela arrugó la nota en su puño, sintiendo una mezcla de dolor y furia que nunca había experimentado.

—¡Cobarde! —gritó al departamento vacío—. ¡Maldito cobarde!

Lanzó la revista contra la pared. Se deslizó hasta el suelo, llorando. Lloró por la mentira, lloró por la verdad, lloró porque se había enamorado de un fantasma.

Pero entonces, el llanto se detuvo.

Nela levantó la cabeza. Escuchó la lluvia golpear la ventana. El viento aullaba afuera, sacudiendo los cristales viejos. La tormenta estaba empeorando. Se estaba convirtiendo en una de esas trombas legendarias que inundan viaductos y tiran árboles.

Se puso de pie, secándose las lágrimas con rabia.

—”No me busques” —repitió, imitando la voz de él con sarcasmo—. “Soy peligroso”. ¡Puro drama de telenovela!

Miró la foto de Blake Storm en el suelo. Sí, ese hombre se veía cruel. Pero ella no conocía a Blake Storm. Ella conocía a Dimitri. Conocía al hombre que había defendido su honor en el tianguis, al hombre que había acariciado su mejilla con reverencia.

Y sabía algo más: él no se había ido porque quisiera volver a su vida de lujos. Se había ido porque tenía miedo. Miedo por ella.

—Me encontraron —decía la nota.

—Pues si te encontraron a ti, me van a encontrar a mí también, idiota —masculló Nela, corriendo a su cuarto.

Se quitó los tacones y se puso sus botas de combate viejas. Se cambió el saco por su chamarra impermeable más gruesa. Agarró una lámpara de mano y, por si las dudas, el gas pimienta (desodorante) y un cuchillo de cocina que metió en su bolsa.

—Nadie me deja así —dijo, mirándose al espejo. Sus ojos estaban rojos, pero su mandíbula estaba tensa—. Y menos un multimillonario con complejo de mártir. Si vas a romperme el corazón, Blake Storm, me lo vas a decir a la cara, no en una servilleta.

Salió del departamento azotando la puerta.


La calle era el apocalipsis.

Eran las ocho de la noche y el cielo estaba negro como la tinta. El viento soplaba con tal fuerza que los cables de luz chicoteaban sobre las cabezas, sacando chispas. El agua corría por las calles de la Doctores como ríos rápidos, arrastrando basura y ramas.

Nela luchó contra el viento, protegiéndose los ojos con la mano. El granizo empezó a caer, bolas de hielo del tamaño de canicas que golpeaban dolorosamente.

—¡Dimitri! —gritó, aunque el viento se llevó su voz al instante.

¿A dónde iría? No tenía dinero. No tenía a nadie.

El callejón.

Era el único lugar que conocía. El lugar donde “nació” de nuevo.

Nela corrió hacia allá, resbalando en el lodo, empapada hasta la ropa interior en segundos. El frío era brutal, pero la ira la mantenía caliente.

Llegó a la esquina del callejón. Estaba completamente oscuro, salvo por los relámpagos que iluminaban el cielo cada pocos segundos.

—¡Dimitri! —gritó de nuevo, entrando en la oscuridad.

El agua le llegaba a los tobillos. Había ratas corriendo por las orillas, buscando refugio.

Al fondo, en el mismo rincón donde lo había encontrado la primera vez, vio una figura.

No estaba sentado esta vez. Estaba de pie, recargado contra la pared, con la cabeza baja, dejando que la lluvia y el granizo lo golpearan sin piedad. Llevaba la misma ropa con la que había salido del departamento. Estaba empapado, temblando violentamente.

—¡Sabía que estarías aquí! —le gritó Nela, avanzando hacia él.

Dimitri levantó la cabeza de golpe. Sus ojos brillaron en la oscuridad, dos faros dorados.

—¡Nela! —Su voz fue un rugido de pánico—. ¿Qué haces aquí? ¡Vete!

—¡No me voy a ir a ningún lado! —Nela llegó hasta él y lo empujó en el pecho con todas sus fuerzas. Él ni se movió, era como empujar una pared—. ¿Quién te crees que eres para dejarme una nota y largarte?

—¡Soy un monstruo, Nela! —Dimitri la agarró por los hombros, sacudiéndola ligeramente. Su rostro estaba contorsionado por la angustia—. ¿Leíste la revista? ¡Ese soy yo! ¡Destruyo cosas! ¡Destruyo gente!

—¡Me vale madres la revista! —gritó ella, desafiando la tormenta y al hombre—. ¡Me vale madres Blake Storm! ¡Yo te conozco a ti!

—¡No me conoces! —bramó él. Un trueno estalló justo encima de ellos, iluminando su rostro.

Y entonces, Nela lo vio.

La piel de Dimitri parecía ondularse. Sus dientes… sus caninos eran más largos. Sus uñas se estaban clavando en la tela de la chamarra de ella, afiladas como garras. Estaba luchando contra algo dentro de él, algo que quería salir.

—¡Están cerca, Nela! —jadeó él, soltándola y retrocediendo, abrazándose a sí mismo—. Puedo olerlos. Los que me hicieron esto. Si te encuentran conmigo… te matarán. Tienes que irte. ¡Aléjate de mí!

Se dobló de dolor, cayendo de rodillas en el agua sucia. Un sonido gutural, horrible, salió de su garganta. Huesos crujiendo.

Nela se quedó paralizada por un segundo. El miedo, un miedo primitivo, le gritó que corriera. Que él tenía razón. Que eso que estaba pasando frente a ella no era natural.

Pero luego recordó la noche anterior. Recordó cómo él la había mirado, como si ella fuera su religión.

“Tú eres mi reino, Nela”.

Ella no abandonaba a su gente.

Se lanzó al suelo, cayendo de rodillas frente a él en el lodo.

—¡No! —Lo agarró de la cara, obligándolo a mirarla. Su piel ardía, estaba hirviendo—. ¡Mírame, Dimitri! ¡Mírame!

Él gruñía, sus ojos cambiando, las pupilas dilatándose y contrayéndose.

—¡Vete! —suplicó él, su voz deformada, mitad humana, mitad animal—. ¡No puedo controlarlo! ¡Te voy a lastimar!

—No me vas a lastimar —dijo Nela con una certeza férrea, aunque estaba temblando—. Tú no eres eso. Tú eres el hombre que me hizo huevos con salsa. Eres el hombre que salvó al señor Hoffman. ¡Eres mío!

Dimitri rugió, arqueando la espalda. El dolor parecía insoportable.

—¡Escúchame! —Nela le gritó, acercando su rostro al de él, ignorando los colmillos que ahora asomaban de su boca—. Si eres un monstruo, entonces eres mi monstruo. Y no te voy a dejar solo en la lluvia otra vez. ¡Nunca más!

Lo besó.

Fue una locura. Fue suicida. Besó a una bestia que estaba en medio de una transformación.

Sintió los dientes afilados contra sus labios. Sintió el calor abrasador de su piel. Sintió la vibración del gruñido en su garganta.

Pero no se apartó. Puso sus manos en el pecho de él, anclándolo a la tierra, anclándolo a ella.

Y poco a poco, el gruñido cesó.

La tensión en el cuerpo de Dimitri empezó a ceder. El calor disminuyó.

Dimitri jadeó, colapsando hacia adelante, apoyando la frente en el hombro de Nela. Estaba llorando. O tal vez era la lluvia. Pero Nela sintió cómo su cuerpo temblaba, no de transformación, sino de puro agotamiento emocional.

—¿Por qué? —sollozó él contra su cuello—. ¿Por qué viniste?

—Porque soy una terca —susurró Nela, acariciando su cabello empapado—. Y porque te amo, idiota. Seas Blake, seas Dimitri o seas el Hombre Lobo de la Doctores. Te amo.

Dimitri se aferró a ella como un náufrago.

—Te amo —respondió él, su voz rota—. Dios, Nela, te amo tanto que duele.

Se quedaron así unos minutos, abrazados en el lodo, bajo el granizo que empezaba a ceder paso a una lluvia torrencial pero menos violenta.

—Vamos a casa —dijo Nela finalmente, tiritando de frío—. Te va a dar neumonía, hombre lobo o no.

—No es seguro —dijo él débilmente, pero ya no se resistió cuando ella tiró de él para levantarse.

—Nada es seguro en esta ciudad —replicó Nela, ayudándolo a ponerse de pie—. Pero tengo un cuchillo en la bolsa y tú tienes superfuerza. Creo que podemos arreglárnoslas.

Regresaron al departamento pegados el uno al otro, caminando contra el viento. Dimitri miraba hacia atrás constantemente, vigilando las sombras, olfateando el aire. El olor de sus enemigos seguía ahí, flotando en la lluvia, pero se había alejado un poco, como si la tormenta hubiera borrado temporalmente el rastro.


CAPÍTULO 6: LA CALMA ANTES DEL CAOS

De vuelta en el departamento, la rutina de secarse y cambiarse fue diferente a la primera vez. Ya no había timidez. Había urgencia.

Nela le dio una toalla y se fue a cambiar rápidamente a su cuarto. Cuando salió, Dimitri estaba en la sala, con unos pantalones secos, mirando por la ventana hacia la calle.

—Siguen ahí fuera, ¿verdad? —preguntó Nela, acercándosele con dos tazas de té caliente.

Dimitri asintió sin voltear.

—Puedo sentirlos. Están esperando. No atacan ahora porque la tormenta borra los olores y el ruido, y los lobos… los de mi especie… preferimos cazar cuando los sentidos están al cien por ciento.

Nela le dio la taza. Él la tomó, y sus dedos rozaron los de ella.

—Dimitri… explícame —pidió ella—. ¿Qué eres? Y no me digas “un monstruo”. Quiero la verdad. Blake Storm es… ¿un hombre lobo?

Él suspiró, tomando un sorbo de té y haciendo una mueca.

—Shifter. Cambiante —corrigió—. “Hombre lobo” es un término de Hollywood. Somos… diferentes. Hay familias. Manadas. Storm Industries no es solo una empresa, Nela. Es la fachada de la manada más poderosa de Norteamérica.

Se giró para mirarla, y Nela vio el peso de años, tal vez siglos, en sus ojos.

—Yo soy el Alfa. O lo era. —Pasó una mano por su cabello—. Blake Storm es el Alfa de la Manada de Manhattan. Controlamos territorios, negocios, flujos de capital. Somos territoriales, agresivos y… competitivos.

—¿Y cómo terminaste aquí? —Nela señaló el piso—. ¿Sin memoria y apuñalado en la Doctores?

—Traición —dijo él, y la palabra sonó como un disparo—. Alguien de mi círculo interno. Alguien en quien confiaba. Me drogaron. No con drogas normales, sino con acónito y otras hierbas que bloquean nuestra habilidad de cambiar y de sanar. Bloquearon mi lobo. Y bloquearon mi mente.

—¿Para quitarte la empresa?

—Para quitarme la manada. Y la empresa es parte de la manada. —Apretó la taza hasta que la cerámica crujió—. Me tiraron aquí como basura. Probablemente pensaron que moriría en la calle, o que alguna manada local me mataría por invadir territorio.

—Pero sobreviviste —dijo Nela.

—Gracias a ti. —La miró intensamente—. Cuando me curaste, cuando me diste de comer… tu cuidado rompió parte del bloqueo. Mi lobo empezó a despertar para protegerte. Y cuando leí la revista, el shock rompió el resto de la amnesia.

—Entonces… —Nela procesó la información. Era una locura. Pero ahí estaba él, sanando en horas, oliendo el gas, rompiendo muñecas—. ¿Ahora qué? ¿Vas a volver a Nueva York a patear traseros?

Dimitri negó con la cabeza.

—No puedo volver así. Estoy débil todavía. El acónito sigue en mi sistema, por eso me costó tanto no transformarme hace rato. Y si vuelvo ahora, me matarán antes de que cruce la puerta de mi edificio. Necesito recuperarme. Necesito planear.

—Te quedas aquí —dijo Nela firmemente.

—Nela, es peligroso…

—Te quedas —repitió ella—. Este es mi territorio. Y en mi territorio mando yo. —Sonrió levemente—. Además, tengo un nuevo trabajo con un tal Morrison que al parecer te odia a muerte. Podría ser útil tener información interna, ¿no?

Dimitri la miró con asombro.

—¿Vas a trabajar para Morrison? ¿Samuel Morrison?

—Empiezo el lunes. Dice que eres un bastardo sin alma.

Dimitri soltó una carcajada, una risa real y sonora.

—Tiene razón. Arruiné su firma porque estaba lavando dinero para una manada rival de Chicago. No fue negocios, fue limpieza de territorio. Pero él no lo sabe.

—Vaya. —Nela se sentó en el sofá—. Mi novio el justiciero corporativo sobrenatural.

—¿Novio? —Dimitri alzó una ceja, acercándose a ella.

—Bueno… —Nela se sonrojó—. Ya conoces mis sábanas y mis secretos. Y yo conozco tu lado peludo. Creo que eso califica como relación seria.

Dimitri se arrodilló frente a ella, tomando sus manos.

—Nela, escúchame bien. Lo que dije en la nota es cierto. Blake Storm es un hombre duro. He hecho cosas terribles para mantener el poder. Pero Dimitri… el hombre que soy contigo… ese es quien quiero ser. No sé si puedo separar a los dos.

—No tienes que separarlos —dijo Nela, acariciando su rostro—. Tienes que integrarlos. Blake tiene el poder, pero Dimitri tiene el corazón. Necesitas los dos para sobrevivir a lo que viene.

Él besó la palma de su mano.

—Me quedaré. Pero bajo mis reglas de seguridad. Vamos a fortificar este lugar. Y te enseñaré a identificar a los míos. Si ves a alguien con los ojos demasiado brillantes, o que se mueve demasiado quieto… corres.

—Trato hecho.

Esa noche, durmieron juntos en la cama de Nela. Dimitri insistió en dormir del lado de la puerta, con un cuchillo bajo la almohada (aunque Nela sospechaba que sus garras eran mejor arma).

Nela se durmió escuchando el latido lento y poderoso del corazón de él. Se sentía segura, pero también sabía que era la calma antes de la tormenta.

Dimitri no durmió.

Estaba trazando un plan.

Sabía quién lo había traicionado. El olor en la revista… cuando la olió en el parque, había un rastro muy débil, casi imperceptible, de un perfume caro. Jazmín y sándalo.

Sheila. Su ex prometida. Y su socia.

Ella lo había enviado aquí. Ella quería el trono.

Y había enviado a los “limpiadores” para terminar el trabajo.

Dimitri miró a Nela durmiendo, su respiración suave, su mano aferrada a su camiseta.

—Voy a matarlos a todos, Sheila —prometió en silencio a la oscuridad—. Por haberme quitado mi memoria, tal vez te perdonaría. Pero por haber puesto en peligro a esta mujer… voy a destruir todo lo que amas.

Sus ojos brillaron en la oscuridad, un oro fundido que prometía violencia.

La guerra había llegado a la colonia Doctores. Y el Lobo de Manhattan estaba listo para cazar.

Pero primero, tenía que asegurarse de que Nela sobreviviera a la entrevista del lunes. Porque si Morrison averiguaba con quién dormía su nueva empleada, la guerra empezaría antes de lo planeado.

Dimitri cerró los ojos, sintonizando sus oídos con la noche.

Pasos en la azotea. Ligeros. Cuatro patas.

Estaban explorando el perímetro.

Dimitri sonrió en la oscuridad, mostrando los colmillos.

Vengan, pensó. Vengan por mí. La cena está servida.

CAPÍTULO 6: ENTRE LOBOS Y GODÍNEZ

La lluvia había cesado, dejando tras de sí ese silencio extraño y pesado que cubre a la Ciudad de México a las tres de la mañana. En la azotea del edificio de la colonia Doctores, entre tinacos de asbesto y jaulas de tendido oxidadas, una sombra se movía.

Dimitri no necesitaba ver para saber que no estaba solo. Sentía la vibración de las pisadas ajenas en el concreto húmedo. Olía el almizcle rancio de un macho intruso, mezclado con el olor a cigarros baratos y miedo.

Estaba agazapado detrás de un tanque de gas estacionario, completamente desnudo. No por exhibicionismo, sino porque la ropa limitaba su velocidad, y en su estado actual —aún recuperándose del acónito y la amnesia— necesitaba cada ventaja posible. Su piel estaba erizada, sus músculos tensos como cables de acero.

El intruso apareció. Era un tipo flaco, vestido de negro, que se movía a cuatro patas, pero con forma humana. Un explorador. Un “Omega” desechable enviado para confirmar si el Alfa caído seguía con vida.

Dimitri esperó. Su corazón latía a un ritmo lento, casi imperceptible. Pum… pausa… pum.

Cuando el explorador pasó junto al tanque, Dimitri atacó.

No hubo gruñidos. No hubo advertencias. Fue un movimiento de pura eficiencia letal. Dimitri saltó, cerrando su brazo alrededor del cuello del intruso en una llave mata-león perfecta. El impulso los llevó al suelo.

El explorador intentó gritar, intentó transformarse, pero Dimitri apretó.

—Silencio —susurró Dimitri al oído del hombre, su voz era un siseo frío—. Si te transformas, te rompo el cuello antes de que te salga el primer pelo. Si gritas, te arranco la laringe. ¿Entendido?

El hombre asintió frenéticamente, sus ojos desorbitados por el terror. Olía a orina. Se había hecho encima del susto.

—¿Quién te envió? —preguntó Dimitri, aflojando el agarre solo un milímetro.

—No… no sé —jadeó el intruso, con acento chilango—. Solo me pagaron por venir a ver. Dijeron que había un vagabundo que coincidía con la descripción.

—¿Quiénes son “ellos”?

—Los… los trajes. Los gringos. Están en el hotel St. Regis.

Dimitri sintió una oleada de furia. El St. Regis. Por supuesto. Sheila no se quedaría en cualquier lugar. Le gustaba el lujo, incluso cuando estaba planeando un asesinato.

—Escúchame bien —dijo Dimitri, acercando su rostro al del hombre. Sus ojos brillaron con un destello dorado intenso—. Vas a regresar con ellos. Y les vas a decir que no encontraste nada. Que el vagabundo murió en la tormenta. Que se lo llevó la corriente del desagüe.

—Pero… si miento, ellos sabrán…

—Si les dices la verdad —interrumpió Dimitri, mostrando los colmillos en una sonrisa que prometía pesadillas—, yo te encontraré. Y no seré rápido. Empezaré por tus piernas y terminaré con tu cabeza. ¿Me entiendes?

El hombre sollozó y asintió.

—Vete. Y si vuelvo a oler tu rastro cerca de este edificio, no habrá advertencia.

Lo soltó. El intruso se levantó trastabillando y corrió hacia la escalera de incendios, desapareciendo en la noche como una rata asustada.

Dimitri se quedó en la azotea, mirando las luces de la ciudad. El Paseo de la Reforma brillaba a lo lejos, una línea de luz que conectaba su mundo anterior con su realidad actual.

Sabía que el explorador hablaría. El miedo a Sheila y a su nuevo “consejo” sería mayor que el miedo a un Alfa exiliado. Tenía tiempo, pero no mucho. Tal vez dos días. Tal vez tres.

Regresó al departamento entrando por la ventana de la cocina. Se lavó el olor del otro lobo en el fregadero con jabón para trastes y se deslizó de nuevo en la cama junto a Nela.

Ella se removió en sueños, buscando su calor instintivamente.

—Estás helado —murmuró ella, dormida.

—Ya estoy aquí —susurró él, abrazándola por la espalda, pegando su pecho a la espalda de ella.

Nadie te tocará, prometió en silencio. Antes tendrán que pasar por encima de mi cadáver.


El domingo fue un día de trinchera.

Mientras Nela lavaba ropa y preparaba sus tuppers para su primer día de “Godínez” oficial, Dimitri fortificaba el departamento. No con magia, sino con ingeniería y paranoia.

Reforzó el marco de la puerta con tornillos de tres pulgadas que encontró en la caja de herramientas del difunto padre de Nela. Puso trabas en las ventanas. Movió el pesado ropero de la abuela para que bloqueara parcialmente la entrada si era necesario empujarlo rápido.

—Parece que nos preparamos para un apocalipsis zombi —bromeó Nela, viéndolo atornillar una placa de metal en la puerta trasera.

—Los zombis son lentos y estúpidos —dijo Dimitri sin dejar de trabajar—. Mis enemigos son rápidos, inteligentes y tienen tarjetas de crédito ilimitadas.

A media tarde, se sentaron a comer unos chilaquiles que Nela preparó. Dimitri comía con un hambre voraz, su metabolismo acelerado quemando calorías como una caldera.

—Mañana es el día —dijo él, limpiando el plato con una tortilla—. Entras a la boca del lobo. Bueno, metafóricamente. Morrison es un humano, pero es una víbora.

—Sé cuidarme, Dimitri —dijo Nela, aunque sentía un nudo en el estómago—. Solo voy a ser una asistente. Nadie se fija en la asistente.

—Eso es lo que quiero que hagas. Sé invisible. Sé gris. No destaques. —La miró fijamente—. Nela, escúchame. Si ves a alguien… raro. Alguien que te mira demasiado fijo, o que parece olfatear el aire cuando pasas…

—¿Corro?

—No. Si corres, activas su instinto de presa. Si corres, te cazarán. Si ves a uno de los míos, te quedas quieta. Bajas la mirada. Muestras sumisión, pero no miedo. Y te alejas caminando despacio hacia donde haya gente.

—Sumisión —Nela resopló—. Eso no se me da muy bien.

—Lo sé —Dimitri sonrió, y por un momento fue solo su novio guapo y no el Alfa letal—. Es lo que más me gusta de ti. Pero por favor, hazlo. Por mí.

—Está bien. Ojos al suelo. “Sí, señor, no señor”. Puedo hacerlo.

Dimitri sacó algo de su bolsillo. Era una pequeña cadena de plata, muy fina, con un dije extraño: parecía un colmillo tallado en una piedra negra, obsidiana.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

—Era de mi madre. —La voz de Dimitri se suavizó—. La obsidiana ayuda a ocultar el olor. No es magia fuerte, pero confundirá tu aroma. Hará que huelas a… estática. A piedra fría. Ayudará a que no detecten que has estado durmiendo con un lobo.

Nela dejó que él le pusiera el collar. La piedra estaba fría contra su piel, pero se sentía pesada, protectora.

—Gracias —susurró, y lo besó. Un beso que sabía a salsa verde y a promesas desesperadas.


Lunes. 8:00 AM.

La entrada de “Morrison y Asociados” en Polanco era un desfile de vanidades.

Nela llegó temprano, vestida con su traje sastre y armada con su gafete de visitante temporal. El edificio olía a limpiador de pino caro y a café de Starbucks.

—Bienvenida al infierno, querida —le dijo la recepcionista, una chica llamada Claudia que masticaba chicle con una furia pasiva-agresiva—. El señor Morrison está de un humor de perros. Alguien le rayó el BMW en el estacionamiento.

Nela sonrió cortésmente y se dirigió a su cubículo, que estaba estratégicamente ubicado justo afuera de la oficina de cristal de Samuel Morrison.

Su trabajo era, en teoría, sencillo: contestar teléfonos, organizar la agenda y filtrar a la gente que Morrison no quería ver (que era básicamente todo el mundo). Pero Nela tenía otra misión.

Durante las primeras horas, fue la empleada perfecta. Hizo café (horrible, a propósito, para que nadie le pidiera más), sacó copias y sonrió a los ejecutivos junior que la miraban con desdén.

A las 11:00 AM, Morrison salió de su oficina gritando por su celular.

—¡Me importa un carajo lo que diga el sindicato! ¡Quiero esa planta cerrada para el viernes! —Le hizo una seña a Nela—. ¡Díaz! ¡Traiga la carpeta del caso Tlaxcala!

Nela entró a la oficina del jefe. Era un congelador. El aire acondicionado estaba tan alto que Nela sintió que se le congelaban las ideas.

Morrison estaba rojo, sudando a pesar del frío.

—Aquí tiene, señor —dijo Nela, entregando la carpeta.

—Díaz, necesito que baje al archivo muerto. Sótano 2. Busque todo lo que tengamos sobre “Adquisiciones Hostiles 2023-2024”. Hay una auditoría y necesito limpiar… digo, organizar ciertos papeles.

—Enseguida, señor.

Nela sintió un pico de adrenalina. “Archivo muerto”. El lugar donde se entierran los secretos.

Bajó por el elevador de servicio. El sótano 2 era lúgubre, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban. Olía a polvo y a papel viejo.

Empezó a buscar en las cajas. “Adquisiciones Hostiles”.

Encontró la caja. Estaba llena de carpetas aburridas sobre empresas textiles y de alimentos. Pero al fondo, había un sobre manila sin marcar. Solo tenía un símbolo dibujado con plumón negro: un rayo atravesando un círculo.

Storm Industries.

Nela miró a su alrededor. Estaba sola.

Abrió el sobre.

Dentro no había contratos aburridos. Había fotos. Fotos de Dimitri (o Blake) saliendo de restaurantes, subiendo a autos, e incluso… fotos de él en el callejón de la Doctores, tomadas desde lejos, borrosas bajo la lluvia.

El corazón de Nela se detuvo.

Las fotos tenían fechas. Las del callejón eran de hace dos días.

Sabían dónde estaba.

Morrison no solo odiaba a Blake Storm. Morrison lo estaba vigilando.

Siguió leyendo. Había correos impresos.

De: S.V. (Sheila Vance)
Para: S. Morrison
Asunto: Limpieza final

“El sujeto ha sido localizado en el sector 4 (Doctores). La pérdida de memoria parece persistir, pero hay interferencia local (una civil). Necesito que tus hombres aseguren el perímetro. No envíes a los tuyos al contacto directo, él los destrozaría. Espera a mi equipo de élite. Llegan el martes por la noche. Mantenlo vigilado. Si intenta moverse, usa a la chica como palanca.”

Nela se tapó la boca para no gritar.

“Usa a la chica como palanca”.

Ella no era la espía. Ella era el cebo.

Morrison la había contratado no por su currículum, sino porque sabía quién era ella. Sabía que ella era la debilidad de Dimitri.

De repente, la puerta del archivo se abrió con un chirrido metálico.

Nela metió el sobre en su blusa, pegado a su piel, y agarró una carpeta cualquiera de la caja.

—¿Díaz? —La voz de Claudia, la recepcionista, resonó en el eco del sótano—. El jefe pregunta por qué tardas tanto. Dice que si te perdiste o si te comieron las ratas.

Nela se giró, forzando una sonrisa que sentía como una mueca de payaso.

—Aquí estoy, Claudia. Es que… ¡cuánto polvo! Me dio un ataque de alergia.

Claudia la miró de arriba abajo, sus ojos deteniéndose un segundo en el pecho de Nela, donde el sobre crujía levemente bajo la camisa.

—Ajá —dijo Claudia, mascando su chicle—. Pues sube. Hay junta importante. Vinieron unos inversionistas extranjeros.

—¿Extranjeros? —preguntó Nela, caminando hacia la salida, sintiendo que las piernas le pesaban toneladas.

—Sí. Una gringa. Muy elegante, muy perra. Dice que viene de Nueva York.

Sheila.

El pánico golpeó a Nela como un mazo. Sheila estaba arriba. En el piso 40.

—Sube tú, Claudia —dijo Nela, fingiendo buscar algo en sus bolsillos—. Se me cayó… mi pluma de la suerte. Ahorita te alcanzo.

Claudia rodó los ojos.

—Como quieras, rara. Pero Morrison está que echa humo.

En cuanto Claudia se subió al elevador, Nela corrió. No hacia el elevador, sino hacia las escaleras de emergencia.

Tenía que salir de ahí. Tenía que avisarle a Dimitri.

“Llegan el martes por la noche”. Hoy era lunes. Adelantaron el plan. Sheila estaba aquí hoy.

Nela subió corriendo un piso hasta el lobby del estacionamiento. Su celular no tenía señal en el sótano. Salió a la calle lateral de Polanco, jadeando, buscando señal.

Marcó el número de casa (habían comprado un chip desechable para un celular viejo).

—¿Bueno? —La voz de Dimitri sonó tensa.

—¡Están aquí! —susurró Nela, caminando rápido hacia la estación del Metro Polanco, mezclándose con la multitud de oficinistas que salían a comer—. Dimitri, es una trampa. Morrison sabe quién soy. Sheila está en el edificio. ¡Tienen fotos tuyas en el callejón!

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Luego, un gruñido bajo.

—Nela, ¿dónde estás?

—En la calle. Voy para el Metro.

—No entres al Metro —ordenó él—. Es un lugar cerrado. Si te siguen, no tendrás salida. Toma un taxi. No, un taxi no… Uber. Pide un Uber y comparte tu ubicación conmigo en tiempo real. No vayas al departamento.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque si Sheila está ahí, sus perros de caza ya deben estar yendo hacia el departamento para esperarme. Van por mí, Nela. Y si tú vas a casa, te atraparán.

—¿Entonces a dónde voy?

—Ve a… —Dimitri dudó—. Ve al Zócalo. Mézclate con la gente. Hay demasiados olores, demasiada gente, les costará rastrearte. Voy por ti.

—Dimitri, no. Si vienes por mí, te van a ver.

—¡Me importa un carajo si me ven! —rugió él—. ¡No voy a dejar que te toquen! ¡Muévete, Nela!

Nela colgó. Sus manos temblaban tanto que casi tira el teléfono.

Pidió el Uber. “5 minutos”.

Esos cinco minutos fueron los más largos de su vida. Se pegó a la pared de un edificio, observando cada rostro, cada coche.

Un hombre de traje gris estaba parado en la esquina, leyendo el periódico. Pero no pasaba las páginas. Y sus zapatos… sus zapatos estaban sucios de lodo, como si hubiera estado caminando por un callejón sin pavimentar.

El hombre levantó la vista. Tenía los ojos amarillentos.

Nela sintió el golpe de la mirada depredadora. Era uno de ellos. Un shifter.

El hombre sonrió, una sonrisa llena de dientes, y empezó a caminar hacia ella.

El Uber llegó. Un Versa blanco.

Nela se lanzó hacia el coche antes de que se detuviera por completo.

—¡Zócalo, rápido! —gritó al conductor, azotando la puerta.

—Oiga, señorita, tranquila, ¿qué le pasa?

—¡Mi ex novio! —mintió, señalando al hombre del traje que ahora corría hacia el coche con una velocidad inhumana—. ¡Es un loco violento, arranque!

El conductor, un señor mayor con bigote, vio al tipo corriendo y su instinto chilango se activó.

—¡Agárrese, mija!

Pisó el acelerador. El Versa chilló llantas y se incorporó al tráfico de Masaryk, cortándole el paso a un BMW.

Nela miró hacia atrás. El hombre del traje no se detuvo. Siguió corriendo tras el coche, esquivando peatones y motos. Corría a la par del tráfico, a casi 40 kilómetros por hora.

—¡No mames, ese güey corre rápido! —exclamó el chofer, mirando por el retrovisor.

—¡No pare! —gritó Nela.

El tráfico de la Ciudad de México, normalmente una maldición, se convirtió en su salvación y su condena. El Versa avanzaba, pero el shifter también.

Nela sacó el sobre manila de su blusa. Necesitaba saber qué más sabían.

Mientras el coche avanzaba a trompicones hacia el centro, Nela leyó la última hoja del archivo.

No era un correo. Era un contrato.

Acuerdo de Transferencia de Activos.
Parte A: Samuel Morrison.
Parte B: Storm Industries (Representada por Sheila Vance).
Objeto: Entrega del “Activo Biológico” (Blake Storm) a cambio del 15% de las acciones de la nueva fusión.

La vendieron. Morrison la vendió a ella para llegar a él. Y vendió a Dimitri como si fuera ganado.

El coche se detuvo en un semáforo en rojo en Reforma.

—Señorita, el semáforo… —empezó el chofer.

¡BAM!

El vidrio trasero estalló. Una mano, cubierta de pelo oscuro y garras, atravesó el cristal de seguridad como si fuera azúcar. La mano buscó el cuello de Nela.

Nela gritó y se lanzó al asiento delantero.

—¡Arranca! ¡Arranca! —chilló.

El chofer, pálido como un papel, se pasó el alto, esquivando un Metrobús por milímetros. El shifter, que se había trepado a la cajuela, salió despedido por el giro brusco y rodó por el pavimento.

Pero se levantó de inmediato. Y no estaba solo.

De un callejón lateral, salieron dos más.

—¡Dios mío, son una pandilla! —gritó el chofer—. Señorita, la voy a bajar aquí, ¡esto está muy caliente!

—¡No me baje! —suplicó Nela—. ¡Le pago el doble! ¡El triple! ¡Lléveme a Bellas Artes y ahí me bajo!

Llegaron a la Alameda Central. Nela le aventó todos los billetes que tenía al chofer y salió corriendo antes de que el coche se detuviera por completo.

Corrió hacia la multitud. Había puestos de elotes, payasos callejeros, gente caminando. Se metió entre la masa, empujando, pidiendo perdón.

Su corazón iba a estallar.

Llegó a la explanada de Bellas Artes. Buscó a Dimitri.

—¿Dónde estás? —susurró, aferrando el dije de obsidiana.

Entonces, lo sintió.

No lo vio, lo sintió. Una onda de presión en el aire. Un silencio repentino en su cabeza, como cuando se tapa un oído.

Desde la calle de Madero, caminando contra el flujo de gente, venía él.

No llevaba traje. Llevaba jeans, botas y una chamarra de cuero negra. Caminaba con una calma aterradora, la gente se apartaba a su paso instintivamente, como el agua ante la proa de un barco.

Dimitri.

Sus ojos ámbar la encontraron al instante entre miles de personas.

Nela corrió hacia él. No le importó quién miraba. Se lanzó a sus brazos.

Él la atrapó, envolviéndola en un abrazo que le sacó el aire.

—Te tengo —gruñó él contra su pelo—. Te tengo.

—Me siguieron —jadeó Nela—. Eran tres. Rompieron el vidrio del Uber.

—Lo sé. Los huelo. —Dimitri levantó la vista, mirando hacia la Alameda—. Están aquí.

Nela se giró.

En el borde de la explanada, tres hombres estaban parados. Inmóviles. Mirándolos. No parecían hombres de negocios. Parecían depredadores esperando la señal de ataque.

Y detrás de ellos, bajando de una limusina negra que se detuvo en doble fila frente al Palacio de Bellas Artes, bajó una mujer.

Era alta, rubia, impecable. Llevaba un traje blanco que parecía brillar bajo el sol de la tarde. Caminaba con la elegancia de una reina y la frialdad de una serpiente.

Sheila Vance.

Ella vio a Dimitri y sonrió. Una sonrisa pequeña, triste y cruel.

—Hola, cariño —dijo Sheila, su voz clara a pesar de la distancia, proyectada tal vez por algún truco de shifter—. Te ves terrible. Esa ropa corriente no te va.

Dimitri empujó a Nela suavemente detrás de él. Su cuerpo empezó a vibrar. Un gruñido bajo, continuo, empezó a emanar de su pecho.

—Sheila —dijo Dimitri. Su voz no era un grito, era un trueno—. Te dije que si te volvía a ver, te mataría.

—Oh, Blake —Sheila suspiró, caminando hacia ellos, flanqueada por sus tres matones—. Siempre tan dramático. No vine a pelear. Vine a negociar.

—No hay negociación —dijo Dimitri, sus manos convirtiéndose en garras, sus ojos brillando tanto que la gente alrededor comenzó a notarlo y a alejarse, murmurando.

—Claro que la hay —Sheila señaló a Nela con una uña perfectamente manicurada—. Entrégala a ella, vuelve conmigo a Nueva York, firma los papeles de la fusión, y te devolveré tu vida. Te devolveré tu manada. Y dejaré que la ratita mexicana viva.

Dimitri se rió. Fue una risa terrible, salvaje.

—¿Crees que quiero mi vida de vuelta? —Dimitri dio un paso al frente—. Esa vida era una jaula. Y tú eras mi carcelera.

—Entonces, ¿qué eliges? —preguntó Sheila, perdiendo la sonrisa—. ¿Morir aquí, en el tercer mundo, defendiendo a una nadie?

—Elijo la guerra —rugió Dimitri.

Y en medio de la explanada de Bellas Artes, a plena luz del día, frente a cientos de turistas y chilangos, Blake Storm, el Lobo de Manhattan, dejó de contenerse.

Su ropa se rasgó. Su cuerpo se expandió. Pelo negro y grueso brotó de su piel. Su rostro se alargó en un hocico lleno de dientes de pesadilla.

La gente empezó a gritar. El pánico estalló.

Sheila no parpadeó. Chasqueó los dedos.

Sus tres matones también cambiaron. Tres lobos grises, enormes, se lanzaron contra el Lobo Negro.

—¡Corre, Nela! —rugió el lobo negro mentalmente, una voz que resonó dentro de la cabeza de ella.

Pero Nela no corrió.

Sacó el sobre manila de su blusa. Sacó el encendedor que había comprado en el Oxxo esa mañana.

—¡Hey, perra! —gritó Nela, alzando el sobre.

Sheila giró la cabeza, sorprendida.

—Tengo los contratos de Morrison —gritó Nela, su voz temblando pero firme—. Tengo las pruebas de la compra ilegal de acciones. Tengo los correos donde admites haber drogado a un CEO. ¡Si me matas, esto se va directo a la prensa y a la Comisión de Bolsa y Valores!

Sheila palideció. Por primera vez, la reina de hielo parecía asustada.

—Atrápenla —chilló Sheila—. ¡Olviden al lobo! ¡Atrápenla a ella!

Los tres lobos cambiaron de rumbo en el aire. Dejaron a Dimitri y se lanzaron hacia Nela.

Nela prendió fuego a la esquina del sobre.

—¡Ven por ellos! —gritó, y corrió hacia la entrada del Metro Bellas Artes.

Dimitri rugió, un sonido que rompió vidrios en el Palacio, y se lanzó tras los lobos que perseguían a su mujer.

La batalla por el alma de Storm Industries, y por la vida de Nela, se libraría en los túneles subterráneos de la Ciudad de México.

CAPÍTULO 7: SANGRE EN LAS VÍAS Y SECRETOS DE PAPEL

Nela saltó los torniquetes de la estación Bellas Artes como si fuera una atleta olímpica, ignorando el silbato frenético de un policía bancario que le gritaba algo sobre pagar el boleto.

—¡Deténganla! —chilló alguien detrás de ella.

No miró atrás. El aire del Metro la golpeó en la cara: esa mezcla inconfundible de calor humano, hule quemado, garnachas y humedad subterránea. Era la hora pico. El andén estaba a reventar, una marea de gente cansada esperando regresar a casa.

Nela se abrió paso a codazos entre la multitud.

—¡Con permiso, con permiso, voy a vomitar! —gritó, usando la única excusa que sabía que haría que los chilangos se apartaran al instante. La gente se abrió como el Mar Rojo, murmurando insultos.

Llegó al borde del andén justo cuando el tren naranja llegaba, anunciando su entrada con ese claxon bitonal característico: Tuuu-tuuu.

Miró hacia las escaleras.

Bajando a toda velocidad, empujando gente y saltando escalones, venían los tres hombres de Sheila. Ya no eran lobos completos —la transformación total llamaría demasiado la atención incluso en esta ciudad surrealista—, pero tampoco eran humanos. Sus rostros estaban deformados, sus ojos eran amarillos y sus manos eran garras cubiertas de piel humana estirada. Eran híbridos grotescos, diseñados para matar en espacios cerrados.

Y detrás de ellos, una sombra masiva, negra como la noche, se deslizaba por el techo abovedado de la estación, clavando las garras en el concreto.

Dimitri.

El pánico estalló en la estación cuando la gente vio a los perseguidores.

—¡Ay, cabrón! ¡¿Qué es eso?! —gritó un señor que vendía audífonos.

—¡Una bestia! ¡Corran!

La multitud se convirtió en una estampida. Gritos, empujones. Nela fue prensada contra las puertas del vagón que acababan de abrirse.

—¡Entren, entren! —gritaba la gente.

Nela se dejó llevar por la corriente humana hacia el interior del vagón de mujeres. Pero uno de los matones de Sheila, el más grande, alcanzó la puerta justo antes de que se cerrara. Metió una mano garra, impidiendo el cierre. El mecanismo neumático siseó, protestando.

—Te tengo, perra —gruñó el matón, su voz sonando como grava en una licuadora.

Nela retrocedió, chocando contra las pasajeras aterrorizadas.

—¡Sáquese, viejo cochino! —le gritó una señora con una bolsa de mandado, golpeando la mano del monstruo con un paraguas—. ¡Este es vagón exclusivo!

El matón rugió y arrancó el paraguas de la señora de un manotazo, partiéndolo en dos. Entró al vagón a la fuerza, sus ojos amarillos fijos en el sobre que Nela apretaba contra su pecho.

—Dame los papeles —ordenó, avanzando. La gente se replegaba, gritando.

Nela buscó el encendedor.

—¡Los quemo! —amenazó, con la llama temblando cerca del papel—. ¡Juro que los quemo aquí mismo!

El matón vaciló. Sheila quería esos papeles intactos.

En ese segundo de duda, el techo del vagón crujió. El metal se dobló hacia adentro con un chirrido ensordecedor, como si una lata de refresco fuera aplastada por un gigante.

Unas garras negras atravesaron el techo, rasgando el metal y las lámparas fluorescentes. Chispas llovieron sobre los pasajeros.

Dimitri.

El Lobo Negro cayó dentro del vagón, aterrizando justo entre Nela y el matón. Era inmenso. Ocupaba casi todo el ancho del pasillo. Su pelaje estaba erizado, sus colmillos goteaban saliva y sangre de una herida en el hombro.

El matón de Sheila no tuvo tiempo ni de gritar.

Dimitri se abalanzó sobre él. Fue una violencia brutal, confinada en un espacio de dos metros cuadrados. El Lobo Negro mordió el hombro del intruso y lo lanzó hacia afuera del vagón, hacia el andén, con tal fuerza que el cuerpo del matón rompió los cristales de la estación de enfrente.

Los otros dos híbridos llegaron a la puerta.

Dimitri se paró en la entrada, bloqueando el paso. Rugió. No fue un sonido animal. Fue una declaración de guerra que hizo vibrar los vidrios de todo el tren.

—¡Cierra las puertas! —le gritó Nela mentalmente, esperando que su conexión funcionara—. ¡Dimitri, el tren tiene que avanzar!

El Lobo pareció entender. Retrocedió un paso, permitiendo que las puertas intentaran cerrarse de nuevo. Pero uno de los híbridos metió el pie.

Dimitri no dudó. Mordió el pie. Se escuchó el crujido de huesos rompiéndose. El híbrido aulló y retiró la extremidad.

Las puertas se cerraron con un golpe seco.

El tren arrancó con una sacudida, dejando a los dos matones restantes golpeando las ventanas, sus rostros llenos de odio alejándose mientras el convoy se adentraba en la oscuridad del túnel hacia la estación Allende.

Dentro del vagón, el silencio era absoluto.

Treinta mujeres miraban aterrorizadas al lobo gigante que respiraba agitadamente en el centro del pasillo.

Dimitri se giró lentamente hacia Nela. Sus ojos ámbar brillaban en la penumbra del túnel. Estaba herido. Tenía cortes profundos en el costado y una quemadura en la pata trasera, probablemente de alguna bala de plata o hechizo que Sheila le lanzó antes de entrar al Metro.

Nela dio un paso hacia él.

—No se acerque, señorita —susurró una joven estudiante, jalándola del brazo—. Es un animal salvaje.

—No —dijo Nela, soltándose suavemente—. Es mi novio.

Se acercó al lobo. Dimitri bajó la cabeza, haciendo un sonido bajo, como un ronroneo doloroso. Nela hundió las manos en su pelaje grueso y oscuro. Estaba caliente, ardiendo de fiebre y adrenalina.

—Estás herido —susurró ella, viendo la sangre manchar el piso de linóleo del vagón—. Tenemos que salir de aquí. La policía estará esperándonos en la siguiente estación.

El tren comenzó a frenar. Estaban llegando a Allende.

—Dimitri —dijo Nela, mirándolo a los ojos—. No podemos salir por los andenes. Van a cercar las salidas.

El Lobo asintió. Miró hacia la puerta de intercomunicación al final del vagón. Luego miró la palanca roja de emergencia.

—¡Todos al suelo! —gritó Nela a las pasajeras—. ¡Agárrense fuerte!

Jaló la palanca de emergencia.

El tren se amarró con un chirrido metálico que lanzó a todos al suelo. Las luces se apagaron, quedando solo las de emergencia, tenues y amarillentas. El convoy se detuvo a medio túnel, a cien metros de la estación.

—Abre la puerta —ordenó Nela.

Dimitri, en su forma de lobo pero con una destreza casi humana, metió las garras en la goma de las puertas y tiró. Sus músculos se hincharon. El metal cedió. Abrió un hueco lo suficientemente grande para pasar.

El aire del túnel era caliente y viciado.

—Vamos —dijo Nela, saltando a las vías con el sobre manila asegurado en su cintura.

Dimitri la siguió, su enorme forma apenas cabiendo en el espacio entre el tren y la pared del túnel.

—¡Cuidado con la barra guía! —advirtió Nela, señalando el riel amarillo electrificado—. Son 750 voltios. Si lo tocas, te fríes.

Caminaron en la oscuridad, iluminados solo por la pantalla del celular de Nela. Las ratas corrían entre los durmientes. A lo lejos, se escuchaban las sirenas y los gritos en la estación que habían dejado atrás.

—¿Puedes cambiar? —preguntó Nela en un susurro—. No podemos andar con un lobo gigante por la calle.

Dimitri hizo un sonido de negación. Estaba demasiado agotado, demasiado herido. El cambio requería energía que no tenía.

Nela se mordió el labio.

—Ok. Plan B. Necesitamos un lugar donde esconderte hasta que puedas cambiar. Un lugar donde nadie haga preguntas.

Miró un mapa mental de la ciudad. Estaban bajo el Centro Histórico.

—Tengo una idea —dijo ella—. Pero no te va a gustar.


Salieron por una rejilla de ventilación en una callejuela trasera cerca de la calle Donceles. Era de noche. La lluvia había vuelto, lavando la sangre de las calles.

Nela cubrió a Dimitri con una lona de plástico sucia que encontró en un puesto de periódicos cerrado. Parecía un bulto enorme de basura moviéndose.

Caminaron pegados a las paredes, evitando las cámaras del C5.

Llegaron a un edificio antiguo, casi en ruinas, con un letrero de neón que parpadeaba: “Hotel Amor – Habitaciones por hora”.

—Es aquí —susurró Nela.

El recepcionista, un hombre que parecía haber vivido tres guerras y dos divorcios, ni siquiera parpadeó cuando vio entrar a una mujer empapada y sucia jalando a un “perro” del tamaño de un oso cubierto con una lona.

—No se permiten mascotas —dijo el hombre, sin dejar de ver la televisión.

Nela sacó un billete de 500 pesos (el último de sus ahorros de emergencia que guardaba en el zapato) y lo puso en el mostrador.

—Es un perro de servicio —dijo ella con cara de póker—. Soy ciega.

El hombre la miró a los ojos. Miró el billete. Miró al “perro” que gruñía bajito bajo la lona.

—Cuarto 14. Al fondo. Si rompe algo, lo paga. Y si aúlla, los echo.

—Gracias.

Entraron a la habitación. Era un cuarto sórdido: paredes rojas, un espejo en el techo, una cama redonda con sábanas de dudosa procedencia y un olor penetrante a cigarro y desinfectante barato.

Pero tenía una puerta blindada y estaba oscuro.

Dimitri se dejó caer en el suelo de mosaico frío, soltando un gemido que se transformó en un aullido ahogado. La lona cayó.

Su cuerpo comenzó a convulsionar.

—Dimitri —Nela se arrodilló a su lado—. ¿Qué pasa?

—El cambio… —jadeó él, su voz resonando en la mente de ella—. No puedo… detenerlo… pero no tengo fuerza para completarlo… duele…

Sus huesos crujían. La piel se estiraba y se encogía. Estaba atrapado entre dos formas. Era una agonía visible.

—¿Qué hago? —Nela estaba desesperada—. Dime qué necesitas. ¿Carne? ¿Agua?

—Sangre —susurró la voz en su cabeza—. Necesito… energía vital.

Los ojos de Dimitri, ahora medio humanos, medio lobo, se fijaron en el cuello de Nela. Había hambre en ellos. Un hambre antigua y terrible.

Nela retrocedió instintivamente.

—¿Me vas a… morder?

Dimitri cerró los ojos, luchando, clavando las garras en el suelo hasta romper los azulejos.

—No… vete… enciérrate en el baño… si no lo controlo, te mataré…

Nela miró el cuchillo que había traído. Podría encerrarse. Podría protegerse.

Pero luego miró la herida en el costado de él. Estaba supurando un líquido negro. Veneno. Sheila había usado algo en sus garras o en las de sus matones. Se estaba muriendo.

—No —dijo Nela.

Se quitó la chamarra. Se acercó a él.

—No voy a dejar que mueras, y no voy a dejar que me mates. Pero si necesitas sangre…

Tomó el cuchillo de su bolsa. Hizo un corte limpio y rápido en la palma de su mano. La sangre brotó, roja y caliente.

—Toma —dijo ella, acercando la mano a la boca de la bestia.

Dimitri intentó apartarse, gimiendo.

—¡Toma! —ordenó ella con voz de Alfa—. ¡Es una orden, Dimitri!

El olor de la sangre rompió su resistencia. Dimitri lamió la herida de Nela. Su lengua era rasposa, caliente. Bebió.

Nela sintió un mareo instantáneo. No era solo pérdida de sangre; era como si él estuviera drenando también su energía, pero al mismo tiempo, devolviéndole algo. Una conexión. Sentía el dolor de él, su miedo, su amor por ella, su furia contra Sheila. Todo mezclado en un torrente de emociones compartidas.

Poco a poco, el cuerpo de Dimitri se relajó. El pelo desapareció. Los huesos volvieron a su lugar con chasquidos húmedos.

Minutos después, Dimitri yacía en el suelo, completamente humano, desnudo y cubierto de sudor y sangre ajena. La herida en su costado ya no supuraba negro; estaba cerrándose lentamente.

Nela se dejó caer a su lado, envolviéndose la mano con un pedazo de sábana que rasgó.

—Estás loca —susurró Dimitri, abriendo los ojos. Ya no eran amarillos. Eran ese ámbar cálido que ella amaba.

—Ya habíamos establecido eso —dijo ella, sonriendo débilmente—. ¿Te sientes mejor?

—Me siento… vivo. Gracias a ti. —Levantó la mano y tocó la mejilla de ella—. Tu sangre… sabe a magia.

—Sabe a tacos de canasta y estrés —rió ella, aunque le salieron lágrimas—. Pensé que te perdía en el vagón.

Dimitri se incorporó con esfuerzo, apoyando la espalda en la cama.

—Estuvo cerca. Esos híbridos… Sheila está rompiendo todas las leyes de la manada. Crear híbridos es una abominación. Requiere magia negra y sacrificio.

—Bueno, pues tenemos con qué joderla —Nela señaló el sobre manila, que había puesto sobre la mesa de noche—. Leí un poco antes de que llegara el Uber. Hay de todo ahí, Dimitri. No solo lo de tu empresa. Hay listas de sobornos. Jueces, policías… incluso políticos mexicanos.

Dimitri miró el sobre con una intensidad fría.

—Con eso puedo destruirla. Pero no desde aquí. Necesito una computadora segura. Necesito acceso a mis cuentas en las Islas Caimán. Si logro mover el dinero antes de que ella cierre la fusión…

—La dejas en la calle —completó Nela.

—La dejo sin poder. Y un Alfa sin poder es comida para los lobos.

Dimitri intentó levantarse, pero se tambaleó.

—Hey, tranquilo, Rambo —Nela lo detuvo—. Acabas de pelear con tres mutantes y un tren del Metro. Descansa. Mañana vemos cómo conseguir la computadora.

—No tenemos hasta mañana. Ella sabe que tienes los papeles. Rastrearán tu celular…

—Lo tiré —dijo Nela—. Lo tiré en un bote de basura en Bellas Artes antes de bajar al Metro. Y tiré el tuyo también. Estamos a oscuras.

Dimitri la miró con admiración genuina.

—Eres increíble, Nela Díaz. En mi mundo, las hembras suelen ser… decorativas. O políticas. Tú eres una guerrera.

—Soy de la Doctores, güey. Aquí se aprende a sobrevivir o te comen.

Se acomodaron en la cama redonda. Era incómoda y olía mal, pero era el lugar más seguro del mundo en ese momento. Dimitri abrazó a Nela, pegándola a su pecho.

—Nela —dijo él después de un rato, en la oscuridad—. Cuando todo esto termine… cuando recupere mi empresa y mi vida…

Nela se tensó. Sabía lo que venía. La despedida. El “gracias por todo, ten un cheque y sé feliz”.

—…quiero que vengas conmigo —terminó él.

Nela levantó la cabeza.

—¿A Nueva York?

—A donde sea. Nueva York, Londres, aquí… no me importa. Pero no quiero volver a una vida donde tú no estés. Mi lobo te eligió. Yo te elegí. Y esa marca de sangre que hicimos… —señaló la mano vendada de ella—. Para mi especie, eso es un matrimonio.

—¿Me acabas de pedir matrimonio en un hotel de paso de 200 pesos la hora?

—Técnicamente, ya estamos casados por el rito de sangre —sonrió él—. Pero sí. Te estoy pidiendo que no me dejes.

Nela lo besó. Fue un beso suave, sin la urgencia del peligro, lleno de una ternura que prometía futuro.

—No te vas a librar de mí tan fácil, Lobo. Ahora duerme. Yo hago la primera guardia.

Dimitri se quedó dormido en segundos, su respiración profunda y tranquila.

Nela se quedó despierta, acariciando el cabello de él, con el cuchillo en una mano y el sobre manila en la otra.

Miró el techo del hotel, viendo su reflejo distorsionado en el espejo. Se veía cansada, sucia, con el maquillaje corrido y sangre en la ropa. Pero también se veía feroz.

Sheila Vance había cometido un error fatal. Había subestimado a Blake Storm, sí. Pero, sobre todo, había subestimado a la chica mexicana que no tenía nada que perder y todo que ganar.

—Mañana —susurró Nela a la oscuridad—. Mañana vamos a cazar a la cazadora.


CAPÍTULO 8: EL ASALTO CORPORATIVO

La mañana siguiente, Nela salió del hotel sola.

Dimitri se quedó. Aún estaba demasiado débil para caminar largas distancias y, siendo un hombre de casi dos metros que todo el mundo buscaba, era mejor que se mantuviera oculto.

Nela tenía una misión: conseguir una laptop y conexión a internet.

Fue a un café internet de esos que ya casi no existen, escondido en un pasaje comercial del centro. Pagó en efectivo por dos horas.

No usó sus cuentas. Usó sus habilidades de “mil usos”. Entró a foros de hackers. Buscó herramientas.

Pero se dio cuenta de algo. No necesitaba hackear nada. Tenía las contraseñas. Estaban en el sobre. Sheila, en su arrogancia, había impreso una lista de claves de acceso a los servidores seguros de Storm Industries para dárselas a Morrison como garantía.

Nela tecleó la dirección IP.

Usuario: S_Vance_Admin
Contraseña: AlphaQueen2024

—Qué básica eres, Sheila —murmuró Nela.

Entró.

El sistema de Storm Industries se desplegó ante ella. Cuentas, transferencias, correos, registros de seguridad.

Nela descargó todo. Todo.

Y luego, hizo algo que Dimitri no le había pedido, pero que ella sabía que era necesario.

Buscó la ubicación actual de Sheila.

El celular de Sheila estaba sincronizado con la nube de la empresa. El GPS marcaba un punto azul parpadeante en el mapa de la Ciudad de México.

Torre Mayor. Piso 51. Helipuerto.

Estaba a punto de irse.

Nela miró la hora. 10:00 AM. El vuelo de salida estaba programado para las 12:00 PM. Sheila se iba, y se llevaría a Dimitri (o su cadáver) si lo encontraban antes.

Nela cerró la sesión, borró el historial y salió corriendo.

Compró un celular barato en un Oxxo y regresó al hotel.

—Tenemos que movernos —le dijo a Dimitri en cuanto entró—. Sheila está en la Torre Mayor. Se va en dos horas.

Dimitri se levantó de la cama. Se veía mejor. El color había vuelto a su rostro.

—Si se va, perdemos la oportunidad de confrontarla cara a cara —dijo él, poniéndose la camisa sucia—. Y necesito mirarla a los ojos cuando le quite todo.

—Tengo las claves —dijo Nela, mostrándole la memoria USB que había comprado—. Podemos vaciar sus cuentas desde aquí.

—No es suficiente —gruñó Dimitri—. Ella tiene que caer públicamente. Tiene que ser expuesta ante el Consejo de Alfas. Si solo le quito el dinero, seguirá siendo peligrosa. Si la expongo como traidora y creadora de híbridos, será ejecutada.

—¿Ejecutada? —Nela sintió un escalofrío. El mundo de Dimitri era brutal.

—Es la ley.

—Entonces vamos a la Torre Mayor —dijo Nela—. Pero no podemos entrar por la puerta principal. Tienes la cara en todas las revistas y yo soy la fugitiva más buscada de Polanco.

Dimitri sonrió, esa sonrisa de depredador que a Nela le encantaba y aterraba a partes iguales.

—No vamos a entrar por la puerta. Vamos a entrar como dueños.


Treinta minutos después, un mensajero en motocicleta llegó a la entrada de servicio de la Torre Mayor. Entregó un paquete urgente para el Jefe de Seguridad del edificio.

El paquete contenía una sola hoja de papel con un sello dorado y una firma hecha con sangre.

El Jefe de Seguridad, un hombre lobo veterano retirado que trabajaba como humano, palideció al ver la firma.

La Llamada del Alfa.

Era una orden antigua. Un reto. Si un Alfa reclamaba su territorio, la seguridad de la manada (o en este caso, del edificio corporativo) debía mantenerse neutral o someterse.

El Jefe de Seguridad tomó su radio.

—Atención a todas las unidades. Código Negro. Repito, Código Negro. Desactiven los sensores del elevador privado.

—Señor, ¿qué pasa? —preguntó un guardia joven.

—El Rey ha vuelto —murmuró el jefe—. Y viene a reclamar su trono.


Nela y Dimitri entraron por el estacionamiento VIP. Nadie los detuvo. Los guardias bajaban la mirada al ver pasar a Dimitri, reconociendo el aura de poder que emanaba, incluso con ropa sucia.

Subieron al elevador privado. El tablero marcaba el piso 51.

Dimitri tomó la mano de Nela.

—Pase lo que pase allá arriba —dijo él, mirando los números subir—, no te separes de mí. Sheila intentará usar juegos mentales. Intentará hacerte creer que no te amo.

—Ya pasamos por eso —dijo Nela, apretando su mano—. Estamos blindados.

El elevador se detuvo. Las puertas se abrieron.

Estaban en el helipuerto. El viento soplaba fuerte a esa altura. Un helicóptero negro tenía las aspas girando, listo para despegar.

Sheila estaba junto al helicóptero, su cabello rubio agitado por el viento, hablando con Morrison, que sostenía un maletín.

Al ver abrirse el elevador, ambos se giraron.

Morrison dejó caer el maletín.

Sheila sonrió, pero sus ojos destellaron con miedo real por primera vez.

—Llegas tarde para despedirte, querido —gritó ella sobre el ruido del motor.

Dimitri salió al helipuerto, caminando con una calma imperial. Nela iba a su lado, la cabeza en alto.

—No vengo a despedirme, Sheila —dijo Dimitri. Su voz no necesitó gritarse; resonó con la fuerza del mando Alfa—. Vengo a dictar sentencia.

Sheila soltó una carcajada nerviosa. Hizo una seña al piloto.

—Mátenlos —ordenó.

Del interior del helicóptero saltaron dos figuras. No eran humanos. Eran bestias de guerra, híbridos enormes, más grandes que los del Metro.

Dimitri no se transformó.

Levantó una mano.

—¡ARRODILLENSE! —ordenó.

La palabra golpeó a los híbridos como un mazo físico. El poder del Alfa Supremo, amplificado por su regreso y su ira, rompió el control mental de Sheila.

Las bestias vacilaron. Gimieron. Y, lentamente, hincaron una rodilla en el concreto, bajando la cabeza ante su verdadero rey.

Sheila gritó de frustración.

—¡Inútiles!

Sacó una pistola plateada de su bolso. Balas de acónito concentrado.

Apuntó a Nela.

—Si no puedo tenerte, nadie te tendrá —chilló.

Disparó.

El tiempo se ralentizó para Nela. Vio el fogonazo. Vio la bala.

Pero no sintió el impacto.

Dimitri se movió más rápido que el pensamiento. Se interpuso en la trayectoria.

La bala le dio en el pecho.

Dimitri cayó hacia atrás, derribando a Nela.

—¡NO! —gritó Nela, atrapándolo en sus brazos.

Sheila sonrió triunfante y corrió hacia el helicóptero. Morrison ya estaba adentro, pálido como un muerto.

—¡Despega! —gritó Sheila.

El helicóptero comenzó a elevarse.

Nela miró a Dimitri. Sangre negra brotaba de su pecho. Estaba respirando con dificultad.

—Dimitri, no… por favor, no… —lloró ella, presionando la herida.

Dimitri sonrió, con los dientes manchados de sangre.

—Mira… el teléfono… —susurró.

Nela sacó el celular barato que tenía en el bolsillo.

En la pantalla, una barra de progreso acababa de llegar al 100%.

Transferencia completada.
Destinatario: Fundación de Protección al Lobo Mexicano (y cuenta personal de Nela Díaz).
Monto: $2,800,000,000.00 USD.

Y abajo, un segundo mensaje:
Archivo “Operación Quimera” enviado a: Consejo Global de Alfas, FBI, Interpol.

Arriba, en el aire, el teléfono de Sheila comenzó a sonar frenéticamente. Luego el de Morrison.

El piloto del helicóptero miró su propio teléfono, que estaba montado en el tablero. Recibió una alerta roja.

Orden de captura internacional: Sheila Vance.
Activos congelados.
Recompensa por captura.

El piloto, un mercenario que solo trabajaba por dinero, miró a Sheila. Miró la alerta de “activos congelados”.

—Lo siento, señora —dijo el piloto por el intercomunicador—. No trabajo gratis.

El helicóptero giró y volvió a descender, aterrizando pesadamente de nuevo en la azotea.

Sheila gritó, golpeando al piloto, pero ya era tarde.

Las puertas del helipuerto se abrieron de nuevo. Esta vez no eran matones. Eran agentes federales y, junto a ellos, tres hombres con túnicas grises. El Consejo.

Habían venido a limpiar la basura.

Nela abrazó a Dimitri, llorando de alivio y angustia.

—Ganamos —susurró ella—. Ganamos, mi amor. No te mueras. Por favor, no te mueras ahora que somos ricos.

Dimitri soltó una risa gorgoteante.

—No… me voy a morir… —jadeó—. Solo… necesito… dormir. Y tal vez… otra quesadilla.

Cerró los ojos, pero su corazón seguía latiendo, fuerte y constante, bajo la mano de Nela.

La tormenta había pasado. El Lobo había recuperado su trono. Y la chica de la colonia Doctores acababa de convertirse en la Reina de la Manada

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