¡Nadie Podía Tocarla! La Hija del Patrón Rechazó a Cientos de Hombres Hasta Que Uno Entró a Su Cuarto y La Hizo Gritar… El Final Te Dejará Helado

CAPÍTULO 1: La Maldición de la Abundancia

El sol en Zanda no calentaba; castigaba. Caía a plomo sobre los campos de agave azul, haciendo que el aire vibrara como si la tierra misma estuviera fiebre. En esa región, el polvo se metía hasta en los pensamientos y la riqueza se medía en hectáreas, en cabezas de ganado y en la capacidad de un hombre para sostener la mirada sin parpadear. Y en el centro de ese infierno dorado, se alzaba la Hacienda Zanda, una fortaleza de muros blancos y tejas rojas que dominaba el valle como un gigante dormido.

Dentro de esos muros vivía Nasha.

No era simplemente “la hija del patrón”. Nasha era un fenómeno, una rareza de la naturaleza que tenía a todo el estado hablando en susurros. Desde que nació, la partera había dicho que esa niña traía algo en la sangre, algo antiguo y pesado. Su belleza era ofensiva, casi violenta. Tenía el cabello negro como el plumaje de un cuervo, cayendo en cascada sobre una espalda que siempre mantenía recta, tensa, como la cuerda de un violín a punto de romperse. Sus ojos no eran ventanas al alma; eran espejos oscuros donde los hombres veían reflejadas sus propias inseguridades.

Don Tempo, su padre, era un hombre que había construido su imperio con pólvora y sudor. Un hombre de manos grandes y callosas, acostumbrado a que el mundo se doblara a su voluntad. Pero con Nasha, Don Tempo se topaba con pared. La amaba con una devoción ciega, sí, pero también con un miedo sordo que le carcomía las entrañas.

—Esa muchacha va a ser nuestra ruina, mujer —le decía a su esposa, Doña Reina, mientras se servía el tercer tequila de la noche en el despacho—. Tiene el carácter del diablo y la cara de un ángel. Es una combinación que solo trae desgracia.

Doña Reina, una mujer devota que se pasaba las tardes rezando el rosario, solo suspiraba.
—Es que no ha llegado el indicado, viejo. Ten fe. El amor ablanda hasta a las piedras.

Pero Nasha no era una piedra; era diamante. Dura, fría y capaz de cortar.

La vida en la hacienda para Nasha era una jaula de oro. Tenía sirvientas que la peinaban, mozos que le traían agua fresca de manantial, y músicos que tocaban valses en el patio solo para ver si lograban arrancarle una sonrisa. Pero Nasha vivía en un estado perpetuo de aburrimiento mortal. Para ella, los hombres eran criaturas simples, predecibles y patéticamente frágiles.

La fama de su rechazo se había extendido más allá de las fronteras del estado. Se contaban historias en las cantinas de los pueblos vecinos, leyendas urbanas que crecían con cada trago de mezcal.

—Dicen que el hijo del gobernador se quiso matar después de que ella lo miró —decía uno, limpiándose la espuma de la cerveza del bigote.
—¡Puras habladurías! —contestaba otro—. Lo que pasa es que la morra es frígida. No tiene sangre en las venas, tiene hielo.
—Pues hielo o no, yo daría mi mano derecha por pasar una noche con ella —remataba el tercero, provocando las risas vulgares de los borrachos.

Pero la realidad era mucho más cruel que los chismes.

Esa tarde de martes, el calor era insoportable. Las cigarras chillaban en los árboles de mezquite con una intensidad que taladraba el cerebro. Nasha estaba sentada en la terraza principal, bajo la sombra de una bugambilia que dejaba caer sus flores fucsias sobre el suelo de piedra. Abanicaba su rostro con un abanico de encaje español, mirando hacia el camino polvoriento que llevaba a la entrada principal.

—Ahí viene otro, niña —dijo Lupe, su nana de toda la vida, una mujer indígena de rostro arrugado que conocía a Nasha mejor que nadie.

Nasha ni siquiera se enderezó en su silla.
—¿Y ahora qué trae este? ¿Flores? ¿Joyas? ¿O viene a contarme que mató a un dragón en el cerro?

—Parece gente de dinero —observó Lupe, entrecerrando los ojos—. Trae camioneta del año y escoltas.

Nasha soltó un bufido de desprecio.
—El dinero es lo más aburrido del mundo, Nana. El dinero no compra carácter. Dile a mi papá que lo reciba, que le ofrezca un trago. Yo bajaré cuando se me dé la gana.

El pretendiente en cuestión era Rogelio Montemayor, heredero de una dinastía de ganaderos del norte. Un tipo acostumbrado a comprar lo que quería. Se bajó de su camioneta blindada sacudiéndose el polvo inexistente de sus botas de piel de avestruz. Entró a la hacienda con la seguridad de quien ya se siente dueño.

Don Tempo lo recibió en el salón grande, un espacio enorme decorado con cabezas de venado disecadas y muebles de madera pesada que olían a cera y antigüedad.
—Don Tempo, un honor —dijo Rogelio, estrechando la mano del patrón con fuerza excesiva—. Vengo directo al grano. Sé que tiene problemas para casar a la muchacha. Y bueno, vengo a hacerle un favor. Mi apellido y el suyo… haríamos temblar al país entero.

Don Tempo lo miró con cansancio. Había escuchado ese discurso mil veces.
—Mire, joven Montemayor. Yo no vendo a mi hija. Ella elige. Y hasta ahora, su elección ha sido mandarlos a todos al diablo.
—Eso es porque no se ha topado con un hombre de verdad —rio Rogelio, golpeándose el pecho—. Déjeme hablar con ella cinco minutos. Eso es todo lo que necesito.

En ese momento, el sonido de unos tacones golpeando la escalera de madera resonó en el salón. Clac. Clac. Clac. Un ritmo lento, deliberado, casi hipnótico.

Nasha bajó. Llevaba un vestido blanco sencillo que contrastaba con su cabello negro y su piel morena clara. No llevaba joyas, no las necesitaba. Su sola presencia llenó la habitación, succionando el aire. Rogelio Montemayor, que segundos antes se sentía el rey del mundo, sintió que se le secaba la garganta.

—Escuché que alguien quiere hacernos un favor —dijo Nasha, su voz suave pero cargada de ironía. Se detuvo en el último escalón, mirando a Rogelio desde arriba.

—Señorita Nasha —tartamudeó Rogelio, intentando recuperar su bravuconería—. Es usted… más hermosa de lo que dicen.
—Y usted es más ruidoso de lo que esperaba —replicó ella, caminando hacia el centro del salón—. Escuché su risa desde mi recámara. Se ríe usted muy fuerte para alguien que no ha dicho nada gracioso.

Rogelio se puso rojo, una mezcla de vergüenza y coraje.
—Soy Rogelio Montemayor. Tengo tres ranchos, mil cabezas de ganado y…
—Y tiene miedo —lo interrumpió Nasha.

El silencio que siguió fue absoluto. Don Tempo se sirvió otro trago, sabiendo lo que venía.

—¿Miedo? —Rogelio soltó una risa nerviosa—. ¿Yo? Por favor, niña. Yo domo caballos salvajes. Yo me he enfrentado a balazos con cuatreros.
—Entonces, ¿por qué no me sostiene la mirada? —preguntó Nasha, dando un paso hacia él.

Rogelio intentó mirarla a los ojos. Intentó con todas sus fuerzas imponer su voluntad, su masculinidad, su orgullo de macho norteño. Pero en los ojos de Nasha encontró un abismo. No había coquetería, no había timidez. Había una oscuridad antigua, un juicio silencioso que le desnudaba el alma. Rogelio sintió que sus piernas flaqueaban. Empezó a sudar frío.

—Sus manos —señaló Nasha, con una crueldad clínica—. Le sudan. Y está parpadeando demasiado.

—Es… es el calor —se defendió él, retrocediendo un paso.
—No es el calor, Rogelio —dijo ella, pronunciando su nombre como si fuera una mala palabra—. Es que usted sabe, aquí adentro —se tocó el pecho—, que no es suficiente. Usted cree que el mundo se compra, pero se ha dado cuenta de que hay cosas que no tienen precio. Y eso lo aterra.

Rogelio abrió la boca para contestar, pero no salió nada. Se sentía pequeño, insignificante, como un niño regañado. La humillación le quemaba la cara.

—Váyase —ordenó Nasha, dándole la espalda como si él ya no existiera—. Y llévese sus vacas y sus ranchos. Aquí no nos hace falta nada.

Rogelio Montemayor salió de la Hacienda Zanda diez minutos después, pero ya no caminaba como un rey. Iba encorvado, furioso, gritándole a sus choferes, huyendo de la bruja que le había robado el orgullo sin siquiera tocarlo.

Esa noche, la cena en la hacienda fue un funeral. Solo se escuchaba el tintineo de los cubiertos contra la porcelana.
—No puedes seguir así, hija —dijo Don Tempo finalmente, dejando el tenedor sobre la mesa—. Rogelio es un buen partido. Su familia es poderosa.
—Es un idiota, papá —respondió Nasha sin levantar la vista de su plato—. Un niño con juguetes caros.
—¡Todos son idiotas para ti! —explotó Don Tempo, golpeando la mesa—. ¡El príncipe, el general, el banquero! ¿Quién demonios crees que eres? ¿La Virgen María? ¡Te vas a quedar sola, Nasha! ¡Sola y amargada en esta casa enorme cuando yo me muera!

Nasha levantó la vista. Sus ojos brillaron, pero no con lágrimas, sino con una furia fría.
—Prefiero estar sola que acompañada de un hombre débil. Prefiero que se acabe el apellido a mezclar mi sangre con la de un cobarde.
—¡Entonces te vas a podrir aquí! —gritó el padre, con la cara roja de ira—. ¡La gente dice que estás maldita! ¡Y empiezo a creerles!

—Que digan lo que quieran —Nasha se levantó, tirando la servilleta—. La gente habla porque tiene boca, pero ninguno tiene los pantalones para pararse frente a mí y decirme la verdad.

Nasha salió del comedor, dejando a su padre temblando de rabia e impotencia. Subió a su habitación y cerró la puerta con cerrojo. Se acercó al espejo de cuerpo entero que tenía en la esquina. Se miró a sí misma. Vio su belleza, esa belleza que todos decían que era una bendición, y la sintió como una cadena.

“¿Maldita?”, se preguntó, tocando su propio reflejo. “¿Por qué? ¿Por querer a alguien que no se rompa? ¿Por querer a alguien que no me tenga miedo?”

Se sentó en el borde de la cama y miró por la ventana hacia la oscuridad del desierto. Se sentía increíblemente sola. Una soledad que pesaba físicamente sobre sus hombros. En el fondo, Nasha no rechazaba a los hombres por crueldad. Los rechazaba por decepción. Cada vez que uno llegaba, ella sentía una chispa de esperanza: “¿Será este? ¿Será este el que me vea a mí y no a la hija del patrón?”. Y cada vez que veía el miedo en sus ojos, o la codicia, o la lujuria barata, esa esperanza moría un poco más, endureciendo su corazón otra capa.

Abajo, en el despacho, Don Tempo tomaba una decisión drástica. Estaba borracho, desesperado y harto de ser el hazmerreír del pueblo.
Llamó a su capataz.
—Escribe esto —ordenó, con la lengua pastosa—. Y mándalo a todos los periódicos, a todas las estaciones de radio, pégalo en los postes si es necesario.

—¿Qué va a decir, patrón?
—Va a decir que ofrezco la mitad de Zanda. La mitad de todo. Tierras, ganado, agua, dinero. Al hombre que logre casarse con mi hija.
—Patrón… eso es mucho —dijo el capataz, asustado—. Es la mitad de su vida.
—¡Me vale madre! —rugió Don Tempo—. Pero pon una condición. Una condición clara. El que falle… el que venga y no pueda con ella… se larga del estado. Se larga y si lo vuelvo a ver, le meto un tiro. Estoy harto de los curiosos. Quiero hombres de verdad o no quiero a nadie.

El capataz asintió y salió corriendo a cumplir la orden.
Don Tempo se quedó mirando el fondo de su vaso. Había lanzado el anzuelo más grande de la historia. Ahora solo quedaba esperar a ver qué clase de monstruos o héroes salían de la oscuridad para morderlo.

Lo que Don Tempo no sabía, era que al lanzar ese desafío, no solo estaba invitando a hombres codiciosos. Estaba invitando al destino mismo. Y el destino tiene una forma muy curiosa de cobrar las deudas.

Mientras tanto, en una colina lejana, bajo la luz de la luna llena, un hombre caminaba solo. No llevaba prisa. Llevaba una capa negra raída por el viento y unas botas gastadas de tanto andar caminos que no aparecen en los mapas. Se detuvo un momento, como si hubiera escuchado un llamado lejano, una vibración en el aire nocturno. Miró hacia el valle donde brillaban las luces de la Hacienda Zanda.

Sonrió. No era una sonrisa feliz. Era la sonrisa de alguien que sabe que la partida de ajedrez acaba de comenzar.
Se ajustó el morral al hombro y siguió caminando hacia el valle.

Nasha dormía inquieta esa noche, soñando con tormentas de arena y voces que no podía reconocer. La maldición de Zanda estaba a punto de romperse, o a punto de cumplirse. Nadie, ni el más sabio de los ancianos, podía saber cuál de las dos cosas sería peor.

CAPÍTULO 2: El Desfile de los Caídos

La noticia no corrió; voló. Se esparció como lumbre en pastizal seco. Salió de la Hacienda Zanda en boca de los peones, llegó a las cantinas del pueblo a lomos de caballo, y de ahí saltó a los cables de teléfono y a las ondas de radio. En menos de tres días, no había rincón en México donde no se supiera la locura que Don Tempo acababa de decretar.

—¿Escuchaste, compadre? —se decían en los talleres mecánicos de Monterrey, limpiándose la grasa de las manos con estopa—. El viejo de Zanda se volvió loco. Regala la mitad de todo. Tierras, ganado, pozos de agua… hasta las minas de plata.
—¿Y qué pide a cambio? ¿El alma?
—Peor. Pide que alguien se case con la hija.
—¿La tal Nasha? ¡Uy, mano! Dicen que esa mujer no pare hijos, pare alacranes. Dicen que el que la mira a los ojos se queda ciego.
—Pues ciego o no, por la mitad de esa fortuna, yo me caso hasta con la llorona.

La codicia es una enfermedad poderosa, más fuerte que el miedo y mucho más rápida que la prudencia.

Para el viernes, la entrada de la Hacienda Zanda parecía feria de pueblo en día de santo. Lo que antes era un camino solitario y polvoriento, ahora era un estacionamiento caótico de camionetas Lobo, autos deportivos llenos de polvo, caballos de pura sangre nerviosos y hasta uno que otro autobús de línea donde venían soñadores con el pasaje prestado.

Se armó un campamento improvisado afuera de los grandes muros. Vendedoras de gorditas y tacos de canasta instalaron sus puestos bajo los mezquites, aprovechando la multitud. Se escuchaban corridos a todo volumen desde las trocas, botellas de cerveza chocando y risas nerviosas. Se hacían apuestas.
—Le voy quinientos al grandote de Sinaloa —gritaba un viejo chimuelo.
—¡Estás loco! Esa mujer necesita un catrín, no un ranchero. Le voy mil al licenciado de la capital —respondía otro.

Desde el balcón de su recámara, Nasha observaba el circo.
Llevaba una bata de seda negra y el cabello suelto, moviéndose con el viento caliente de la tarde. Miraba hacia abajo con una mezcla de fascinación y repulsión. Veía a los hombres empujarse, pelearse por ser los primeros en la fila, alisándose el bigote o acomodándose la pistola al cinto.

—Parecen buitres —murmuró Nasha, tomando un sorbo de agua de limón—. Buitres peleando por un pedazo de carne que creen que está muerto.
Lupe, que barría la habitación, se detuvo y se persignó.
—No diga eso, niña. Son hombres con esperanza.
—No, Nana. Son hombres con hambre. Hambre de dinero, hambre de poder. Ninguno de ellos sabe mi color favorito, ni qué música me gusta, ni qué sueño cuando cierro los ojos. Solo saben cuánto cuesta esta casa.

Nasha se dio la vuelta, dándole la espalda a la ventana y al ruido del mundo.
—Que pasen —dijo con frialdad—. Que empiece la función. Tengo ganas de ver cómo se rompen.


El primero en cruzar el umbral fue una leyenda viviente. Le decían “El Toro de Matamoros”.
Era un hombre que parecía esculpido en piedra volcánica. Dos metros de altura, espalda ancha como ropero y manos que parecían palas. Se decía que había matado a un novillo de un puñetazo en una apuesta de borrachos. Entró al salón principal haciendo retumbar el piso con sus botas de casquillo. No se quitó el sombrero. Venía con tres guardaespaldas que se quedaron en la puerta, sonriendo como si el triunfo ya fuera de su patrón.

Don Tempo lo recibió sentado en su sillón de cuero, con una botella de tequila Don Julio 70 a medio terminar. El viejo patrón se veía cansado, ojeroso.
—Así que tú eres el primero —dijo Don Tempo, escaneando al gigante.
—Y el último, Don Tempo —respondió El Toro, con una voz que parecía venir de una caverna—. Vengo a ahorrarle tiempo. Esa potranca suya necesita un freno fuerte, y yo tengo la mano pesada.

Nasha apareció en ese momento. No bajó las escaleras caminando; pareció flotar. Llevaba un vestido rojo sangre, ajustado al cuerpo, que gritaba peligro. Se detuvo a tres metros del gigante. El olor a sudor rancio y tabaco del hombre golpeó su nariz, pero ella no parpadeó.

El Toro la miró de arriba abajo, relamiéndose los labios con una vulgaridad que hizo que Don Tempo apretara los puños.
—Mírala nomás —rio el gigante—. Eres chula, condenada. Me vas a dar unos hijos muy fuertes.
—¿Eso crees? —La voz de Nasha fue suave, casi un susurro cariñoso.
—Lo sé, reinita. He domado bestias peores que tú. He peleado con cuchillo, he sobrevivido a balaceras. No hay nada en este mundo que me asuste. Soy hombre de una sola pieza.

Nasha sonrió. Fue una sonrisa lenta, que no llegó a sus ojos. Caminó alrededor de él, despacio, como un tiburón rodeando a un náufrago.
—Dices que eres fuerte —dijo ella, rozando con la punta de sus dedos la tela ruda de la camisa del gigante—. Dices que nada te asusta. Que matas bestias con las manos.
—Así es —se infló El Toro, sacando el pecho.

Nasha se detuvo frente a él. Levantó la vista y clavó sus ojos negros en los de él. Y en ese momento, sucedió algo extraño. El aire del salón pareció enfriarse diez grados.
—Si eres tan fuerte… —susurró Nasha, inclinándose hacia adelante—, ¿por qué siento el olor de tu miedo?

El Toro parpadeó, confundido.
—¿Qué dices? Yo no tengo miedo.
—Mientes —cortó ella, su voz afilándose como una navaja—. Lo veo en tus ojos. No tienes miedo de que te pegue, ni de que te mate. Tienes miedo de que te descubra.
—¡Estás loca! —bramó él, dando un paso atrás.

Nasha dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal, obligándolo a retroceder sin tocarlo.
—Tienes miedo porque sabes que toda esa fuerza es un disfraz. Eres un niño asustado atrapado en el cuerpo de un gigante. Mírate… —Nasha bajó la mirada hacia las manos del hombre, que colgaban a los costados—. Mírate las manos.

El Toro bajó la vista. Sus manos, esas manos que supuestamente mataban novillos, estaban temblando. Un temblor fino, incontrolable.
—¿Por qué tiemblan? —preguntó Nasha, implacable—. ¿Será que, frente a una mujer que no te tiene miedo, te das cuenta de que no eres nadie?

El silencio en el salón fue brutal. Los guardaespaldas en la puerta bajaron la mirada, avergonzados. El Toro intentó cerrar los puños para detener el temblor, pero no pudo. El sudor frío le perlaba la frente. Se sentía desnudo, expuesto. La leyenda del “Toro” se desmoronó en segundos frente a una muchacha de veinte años que ni siquiera había levantado la voz.

Un gemido ahogado salió de la garganta del gigante. El terror psicológico era algo para lo que sus músculos no estaban preparados.
Sin decir una palabra, dio media vuelta. Casi se tropieza con sus propias botas al salir. Pasó empujando a sus guardaespaldas y salió al sol cegador del patio, derrotado por una mirada.

Afuera, la multitud vio salir al gigante pálido como un papel. Un murmullo recorrió el campamento.
—¡Lo rompió! —gritó alguien—. ¡El Toro salió corriendo!


Pero la fila era larga y la estupidez humana es infinita.
Apenas se fue el polvo de la camioneta del Toro, entró el siguiente.

Este era todo lo contrario. Don Silvestre Valenzuela, un magnate de la minería de Zacatecas. Un hombre bajo, calvo, perfumado en exceso, vestido con un traje italiano de lino blanco y anillos de oro en cada dedo que parecían nudilleras de lujo.

Entró sonriendo, con la seguridad del que cree que todo tiene un precio y él trae la chequera.
—Don Tempo, qué gusto —dijo, ignorando el ambiente tenso—. Vengo a proponerle una fusión. Mis minas y sus tierras. Seríamos los dueños del norte.
—¿Y mi hija? —gruñó Don Tempo, sirviéndose otro trago.
—Ah, sí, la muchacha. Un accesorio hermoso para mi colección. La trataré como a una reina, no se preocupe.

Nasha, que había vuelto a su silla como si nada hubiera pasado, lo miró con aburrimiento.
Don Silvestre se acercó a ella y abrió un maletín de piel de cocodrilo.
—Princesa —dijo, desplegando el maletín sobre una mesa—. Mira esto. Escrituras de casas en Europa, acciones en la bolsa, diamantes traídos de África. Todo esto es tuyo. Solo tienes que decir “sí”. Te prometo que nunca te faltará nada. Te bañaré en oro si quieres.

Nasha se levantó y se acercó a la mesa. Tomó un collar de diamantes, lo levantó a la luz, observando cómo brillaba. Don Silvestre sonrió, pensando que ya había ganado.
—Es bonito —dijo Nasha.
—Lo mejor que el dinero puede comprar.
—Ese es tu problema, Silvestre —dijo ella, soltando el collar. Las joyas cayeron sobre la mesa con un sonido hueco, sin vida—. Crees que yo quiero cosas.

—Todas las mujeres quieren cosas —respondió él con arrogancia—. Seguridad, lujo, envidia de las amigas.
Nasha se rio. Una risa seca, sin alegría.
—¿De qué me sirve el oro si la cama está fría? ¿De qué me sirven tus diamantes si cuando te miro, solo veo a un hombre pequeño tratando de comprar afecto porque nadie se lo da gratis?

La sonrisa de Don Silvestre se congeló.
—Soy un hombre respetado…
—Eres un tendero con suerte —lo cortó Nasha—. Crees que puedes comprarme como compras una mula o una mina. Pero mírame bien, Silvestre. ¿Cuánto cuesta mi alma? ¿Eh? Ponle precio. ¿Tienes suficiente en ese maletín para pagar por mi libertad?

El minero se quedó mudo. Empezó a balbucear sobre inversiones y capital, pero Nasha ya no lo escuchaba.
—Lárgate —dijo ella, volviendo a sentarse y abriendo un libro—. Y llévate tus piedras brillantes. Aquí solo estorban.

Don Silvestre cerró su maletín con furia, sus manos temblando no de miedo, sino de una rabia impotente. Salió del salón maldiciendo por lo bajo, prometiendo arruinar a Don Tempo, pero sabiendo en el fondo que el único arruinado era su ego.


Y así pasaron los días. El desfile de la vergüenza continuó.

Llegó un poeta de Coyoacán que le recitó versos durante una hora hasta que Nasha le corrigió la gramática y le dijo que su sufrimiento era aburrido. El poeta salió llorando.

Llegó un general del ejército, acostumbrado a dar órdenes. Terminó gritando que ella era ingobernable y salió dando portazos, amenazando con traer un batallón para “poner orden”, amenaza que se disolvió en el aire caliente del desierto.

Llegó un gringo, un tejano que hablaba mal español y prometía llevarla a “los United”. Nasha ni siquiera le habló en español; le contestó en un inglés perfecto y aristocrático que lo hizo sentir como un campesino inculto.

Uno tras uno. Diez, veinte, cincuenta.
La Hacienda Zanda se convirtió en un cementerio de orgullos masculinos.

Con cada rechazo, la atmósfera cambiaba. Lo que empezó como una feria se tornó sombrío. Los puestos de comida empezaron a irse. La música de banda se apagó. Los hombres que quedaban en la fila ya no se veían esperanzados; se veían aterrorizados. Empezaron a correr rumores oscuros.

—Es una bruja —decían en las fogatas por la noche—. Te chupa la voluntad con los ojos.
—Dicen que tiene pacto. Que no busca marido, busca víctima.
—Yo mejor me voy, compa. Mi mamá me dijo que no me metiera con el diablo.

Para la segunda semana, la fila había desaparecido. Solo quedaba el polvo y el silencio.

Dentro de la casa, la tensión era insoportable. Los sirvientes caminaban de puntitas, temiendo hacer ruido. Don Tempo estaba al borde del colapso. Se pasaba los días encerrado en su despacho, bebiendo y mirando las fotos de Nasha cuando era niña, preguntándose en qué momento su pequeña princesa se había convertido en esa reina de hielo inalcanzable.

Una tarde, los Ancianos del pueblo, un grupo de hombres viejos con sombreros de paja y rostros curtidos por el sol, pidieron audiencia con Don Tempo.
Entraron al despacho con solemnidad, quitándose los sombreros.

—Patrón —dijo el más viejo, Don Chuy—. Tenemos que hablar.
—¿Qué quieren? —gruñó Tempo, con los ojos inyectados en sangre.
—La gente tiene miedo, patrón. Dicen que la niña Nasha ha ofendido a la naturaleza. Una mujer que rechaza a todos los hombres… eso no es natural. La tierra se está secando, patrón. Los pozos están bajando de nivel. Las vacas están pariendo becerros muertos.

Don Tempo se puso de pie, tambaleándose.
—¿Y qué culpa tiene mi hija de la sequía? ¡Son tonterías de viejas!
—No son tonterías —insistió Don Chuy—. Si ella no elige esposo pronto, si no cumple con su ciclo de vida… los de arriba se van a enojar. Dios, o el Diablo, o quien sea que esté escuchando. Tiene que obligarla, patrón. O Zanda se va a caer a pedazos.

Don Tempo los corrió a gritos, pero las palabras se le quedaron clavadas como espinas.

Esa noche, hubo una tormenta seca. Truenos sin lluvia. El cielo se iluminaba con relámpagos morados que hacían parecer la hacienda un castillo embrujado.
Nasha estaba en el salón principal, sola, mirando el fuego en la chimenea apagada.
Se sentía agotada. Cansada de tener razón. Cansada de ver la misma debilidad una y otra vez.

—¿Por qué son tan fáciles de romper? —le preguntó a la oscuridad—. ¿No hay nadie que sea de verdad? ¿No hay nadie que tenga peso?

Don Tempo entró al salón. Traía su bastón en la mano y la furia en la cara.
—¡Se acabó! —gritó, su voz resonando en las vigas altas—. ¡Se acabaron los juegos, Nasha! Los ancianos dicen que nos vas a traer la ruina. El pueblo dice que eres un monstruo. ¡Y yo digo que ya basta!
—¿Y qué vas a hacer, papá? —Nasha se giró, tranquila—. ¿Me vas a vender al carnicero? ¿Me vas a rifar?
—¡Si no eliges a uno de los que quedan, te juro por mi madre que te encierro en un convento! —Don Tempo golpeó el suelo con su bastón—. ¡La tierra sufre, la gente sufre! ¡Tienes que elegir!

Nasha lo miró con una tristeza profunda que Don Tempo, en su borrachera, no pudo ver.
—Papá, no entiendes. No los rechazo por capricho. Los rechazo porque si me caso con uno de ellos… yo los voy a destruir. Y me voy a destruir a mí misma. Necesito a alguien que aguante mi tormenta, no a alguien que se vuele con el primer viento.

—¡Pues no existe ese hombre! —bramó Don Tempo—. ¡No existe! ¡Te vas a quedar sola y nos vas a llevar a todos al infierno contigo!
—Entonces mándame a un hombre que valga la pena —respondió ella, gritando por primera vez, con lágrimas de rabia en los ojos—. ¡Mándame a uno que no tiemble! ¡Mándame a uno que no quiera mi dinero! ¡Mándame a uno que me vea a MÍ!

El grito de Nasha quedó flotando en el aire, vibrando en las paredes de piedra.
Fue un reto. No a su padre, sino al universo.

Y entonces, en ese preciso instante de silencio absoluto tras el grito, sucedió.

Las enormes puertas de roble de la entrada principal, cerradas con trancas de hierro, crujieron.
No tocaron el timbre. No gritaron “¡Buenas!”.
Simplemente, las puertas empezaron a abrirse lentamente, empujadas por una mano invisible o por una fuerza tranquila pero imparable. El rechinido de las bisagras oxidadas sonó como un lamento largo y agudo que hizo que a Don Tempo se le erizaran los pelos de la nuca.

El viento de la tormenta entró al salón, apagando las velas. Solo quedó la luz de los relámpagos que entraba por las ventanas altas.

Una silueta se recortó en el umbral.

No era un gigante como El Toro. No era un catrín como el minero.
Era una sombra. Un hombre parado con una quietud absoluta, mientras el viento le azotaba la ropa.
Nasha sintió que el corazón le daba un vuelco violento en el pecho. Por primera vez en meses, sintió algo que no era aburrimiento.
Sintió curiosidad. Y tal vez, solo tal vez… un toque de miedo.

El hombre dio un paso adentro. Sus botas no hicieron el ruido estruendoso de los otros; sonaron suaves, como las patas de un jaguar sobre la hojarasca.
No traía escoltas. No traía maletín. No traía armas visibles.
Solo traía una presencia tan pesada que el aire alrededor de él parecía densificarse.

Don Tempo entrecerró los ojos, tratando de ver quién era el intruso que se atrevía a entrar así, sin anunciarse, en medio de la discusión familiar.
—¿Quién demonios eres? —preguntó el patrón, alzando el bastón como si fuera una espada.

El hombre no contestó de inmediato. Se quedó mirando fijamente a Nasha, ignorando por completo al dueño de la casa, ignorando el lujo, ignorando la amenaza.
Sus ojos brillaron en la oscuridad cuando un relámpago iluminó la sala. Eran ojos oscuros, tranquilos, terriblemente profundos.

El desfile de los caídos había terminado.
El verdadero juicio estaba a punto de comenzar.

CAPÍTULO 3: La Sombra que no se Inclinó

El viento de la tormenta seca azotó las cortinas de terciopelo, pero el hombre que estaba parado en la entrada no se movió. Ni un centímetro. No se estremeció por los truenos, no parpadeó por los relámpagos, y ciertamente no mostró ni una pizca de respeto por el hombre más poderoso del estado que le gritaba desde el centro del salón.

Era una figura recortada en la negrura de la noche. Vestía de negro, pero no era el negro elegante de un traje de gala, ni el negro lúgubre de un sacerdote. Era un negro funcional, gastado por el sol y la lluvia. Llevaba una camisa de manta teñida, pantalones de mezclilla oscura que habían visto mejores días y unas botas que, aunque viejas, estaban impecablemente limpias. No llevaba sombrero. Su cabello, oscuro y ligeramente largo, le caía sobre la frente de manera desordenada, dándole un aire salvaje, como si acabara de bajarse de un caballo tras cabalgar tres días seguidos.

Pero lo que heló la sangre de los presentes no fue su ropa. Fue su quietud.

Los hombres que entran a la Hacienda Zanda siempre entran haciendo ruido. Entran gritando para anunciar su llegada, o entran arrastrando las espuelas para que se note su presencia. Entran queriendo ocupar espacio. Este hombre, en cambio, parecía absorber el espacio. Estaba parado allí con la relajación absoluta de un depredador que sabe que no tiene depredadores naturales.

Don Tempo bajó el bastón lentamente, confundido. La furia alcohólica se le estaba bajando de golpe, reemplazada por una incomodidad reptiliana.
—Te hice una pregunta —repitió el patrón, aunque su voz ya no sonó tan autoritaria—. ¿Quién eres y cómo entraste? Mis guardias están en la reja.

El hombre dio un paso más hacia la luz de las velas que quedaban encendidas. Su rostro por fin se iluminó. Tenía facciones fuertes, angulosas, una mandíbula cuadrada cubierta por una barba de tres días y una cicatriz pequeña, casi imperceptible, que le cruzaba la ceja izquierda. Pero eran sus ojos los que dominaban todo: negros, fijos, sin brillo de codicia, sin brillo de miedo. Eran pozos de agua estancada, profundos y peligrosos.

—Tus guardias duermen —dijo el hombre. Su voz era grave, rasposa, como piedras rodando en el fondo de un río—. Y las rejas no detienen al que sabe caminar entre las sombras.

—¿Los mataste? —preguntó Nasha. Fue la primera vez que habló desde que él entró. Su voz no tenía miedo, tenía curiosidad. Estaba recargada en el respaldo de un sillón, mirándolo como quien mira un animal exótico en el zoológico.

El hombre giró la cabeza lentamente hacia ella. No la recorrió con la mirada lasciva de los otros. No se detuvo en sus curvas, ni en sus labios. La miró directo a los ojos, un contacto visual tan intenso que Nasha sintió una sacudida eléctrica en la base de la columna.

—No mato a quien no me ataca —respondió él—. Solo les enseñé a guardar silencio.

—¿Y tú quién eres para enseñarle nada a mi gente? —intervino Don Tempo, recuperando un poco de su bravura—. ¿Tienes nombre, muchacho? ¿O eres un bandido buscando robarme la plata?

—Jango —dijo simplemente.

La palabra quedó flotando en el aire. Jango. No sonaba a apellido de abolengo. No sonaba a “Don Jango”. Solo Jango. Seco. Cortante.

—¿Jango de dónde? —insistió el patrón, acercándose con desconfianza—. ¿De los Garza? ¿De los Treviño? ¿De dónde vienes?

—De ninguna parte —respondió Jango, sin apartar la vista de Nasha.

Un murmullo corrió entre las sirvientas que espiaban desde la puerta de la cocina. “Un nadie”, susurraron. “Un vagabundo”. En el mundo de Zanda, no tener tierra era no tener alma. No tener apellido era no existir.

Don Tempo soltó una carcajada incrédula, una risa que sonó forzada.
—¿Un nadie? ¿Vienes a mi casa, interrumpes mi cena, asustas a mi servidumbre… y no tienes ni dónde caerte muerto? —El patrón negó con la cabeza, mirando a su hija—. Mira esto, Nasha. Esto es lo que atraes. Ya no vienen príncipes, ahora vienen mendigos.

Nasha no se rio. Seguía estudiando a Jango. Había algo en él que no encajaba con la descripción de “mendigo”. Los mendigos piden. Los mendigos bajan la cabeza. Los mendigos tienen hambre en la mirada. Jango no pedía nada. Estaba parado en el centro del salón como si la casa fuera suya y ellos fueran los intrusos.

—¿Y qué quieres, Jango de Ninguna Parte? —preguntó Nasha, dando un paso hacia él. El sonido de sus tacones resonó en el silencio—. ¿Vienes por la mitad del reino? ¿Vienes por el ganado? ¿O crees que vas a tener suerte donde los mejores hombres de México fallaron?

Nasha usó su tono más afilado, ese tono burlón y cruel que había hecho llorar al poeta y correr al gigante. Esperaba verlo titubear. Esperaba ver ese destello de inseguridad, ese momento en que el hombre se da cuenta de que la mujer frente a él es demasiada pieza.

Pero Jango no parpadeó. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón, relajando los hombros.
—No vengo por tu ganado —dijo con calma—. Tengo lo que necesito para vivir.
—¿Entonces vienes por mí? —Nasha sonrió con arrogancia, cruzándose de brazos—. Vienes a probar si eres “digno” de la princesa, ¿es eso? Vienes a ver si aguantas mi mirada.

Jango ladeó la cabeza ligeramente, como si estuviera resolviendo un acertijo matemático complejo.
—Te equivocas, niña.

El insulto fue sutil, pero golpeó a Nasha como una bofetada. Nadie la llamaba “niña” excepto su nana.
—¿Disculpa? —siseó ella, ofendida.

Jango dio un paso hacia ella. La distancia entre ellos se cerró. Olía a lluvia, a tierra mojada y a humo de leña. No olía a perfumes caros ni a lociones baratas. Olía a hombre.
—No vine a probar mi valor ante ti, Nasha —dijo Jango, bajando la voz para que solo ella y su padre escucharan la sentencia—. Yo sé lo que valgo. No necesito que una mujer mimada me ponga precio.

Don Tempo jadeó. Nadie le había hablado así a su hija jamás sin recibir una bofetada o una orden de ejecución.
Nasha abrió los ojos, sorprendida. La arrogancia de este tipo era monumental.
—Entonces, ¿a qué demonios viniste? —preguntó ella, la ira empezando a calentarle las mejillas.

Jango sostuvo su mirada, y por un segundo, Nasha vio algo en esos ojos oscuros que la aterrorizó. Vio una verdad absoluta.
—Vine a ver si tú eres digna de mí.

El silencio que siguió fue absoluto, pesado, casi doloroso.
Nasha sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

¿Digna de él? ¿Él? ¿Un vagabundo sin apellido, un caminante de la noche? ¿Cuestionando si ELLA, Nasha de Zanda, la joya más preciada del norte, era suficiente para él?
La indignación debería haberla hecho gritar. Debería haber ordenado a los guardias que lo sacaran a patadas, que lo amarraran a un caballo y lo arrastraran hasta el límite del estado.

Pero no lo hizo.
Porque en el fondo de su estómago, en ese lugar visceral donde vive la intuición, Nasha sintió algo que nunca había sentido con los otros. Sintió respeto.
Era la primera vez que un pretendiente no la ponía en un pedestal. Era la primera vez que alguien la bajaba al suelo y la miraba de frente, de igual a igual.

Nasha apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas. Su sonrisa burlona desapareció, reemplazada por una expresión de concentración intensa.
—Tienes agallas, Jango —dijo ella, su voz bajando una octava, volviéndose peligrosa—. O eres muy valiente, o eres muy estúpido.

—La línea entre los dos es muy delgada —respondió él, sin inmutarse.

Don Tempo, sintiendo que perdía el control de la situación en su propia casa, golpeó el suelo con el bastón nuevamente.
—¡Basta de palabrería! —gritó el viejo—. ¡El trato es el trato! El anuncio fue claro. Cualquiera que quiera intentarlo, tiene una noche. Una noche en la habitación de mi hija. Si al amanecer ella no te ha echado, si al amanecer sigues ahí y ella te acepta… te llevas la mitad de todo. Pero escúchame bien, muerto de hambre…

Don Tempo se acercó a Jango, apuntándole con un dedo tembloroso a la cara.
—…si le faltas al respeto, si intentas tocarla sin su permiso, o si sales huyendo como los demás… te juro que no vas a llegar a la frontera. Mis hombres te cazarán como a un coyote.

Jango ni siquiera miró el dedo del patrón. Sus ojos seguían fijos en Nasha.
—Trato hecho —dijo.

Nasha sintió que el corazón le latía desbocado, pum-pum, pum-pum, contra sus costillas. Esto no era lo que esperaba. Esperaba otro payaso, otro fanfarrón. Pero esto… esto se sentía como una trampa. Y no estaba segura de quién era la presa.

—Todavía estás a tiempo de irte —dijo Nasha, lanzando una última advertencia, casi una invitación a huir—. Una vez que cruces esa puerta conmigo, no hay vuelta atrás. Y te prometo, Jango… voy a hacer que desees no haber nacido. Voy a destrozar ese orgullo tuyo pedazo a pedazo hasta que me ruegues que te deje salir.

Jango sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amplia. Fue apenas una curva en la comisura de sus labios, una mueca que decía “ya veremos”.
—No pienso, Nasha —dijo él—. Yo sé.

—¿Qué sabes? —preguntó ella, desafiante.
—Sé que tienes más miedo tú de mí, que yo de ti.

Nasha abrió la boca para contestar, para insultarlo, pero se detuvo. Era verdad. Tenía miedo. Un miedo excitante, terrible y nuevo.
Sin decir una palabra más, Nasha dio media vuelta. Su cabello negro giró como una capa.
—Sígueme —ordenó.

Caminó hacia la gran escalera de caoba que llevaba al segundo piso. No volteó a ver si él la seguía. No necesitaba hacerlo. Podía sentir su presencia detrás de ella, pesada y constante, como una sombra que se ha despegado del suelo.
Subieron los escalones en silencio. Clac, clac, clac hacían los tacones de ella. Pum, pum, pum hacían las botas de él.

Los sirvientes se asomaban por las esquinas, persignándose. Doña Reina miraba desde la puerta de su cuarto con el rosario en la mano, pidiendo a la Virgen que protegiera a su hija, aunque no estaba segura de qué: si del extraño, o de ella misma.

Llegaron al final del pasillo, frente a las grandes puertas dobles de la habitación de Nasha. Eran puertas de madera tallada con leones y flores, pesadas y majestuosas.
Nasha puso la mano en la manija de bronce fría. Se detuvo un segundo. Sabía que al abrir esa puerta, algo iba a cambiar. Todos los hombres que habían entrado ahí antes habían salido rotos. Ella era la trituradora de egos. Esa era su habitación, su dominio, su terreno de caza.

Pero con Jango parado a su espalda, respirando con calma, Nasha tuvo la inquietante sensación de que, por primera vez, ella no era la que tenía las llaves de la jaula.

Abrió la puerta.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por un par de lámparas de aceite y la luz de la luna que entraba por el balcón abierto. Olía a lavanda y a cera.
Nasha entró y se giró rápidamente, esperando ver a Jango dudar en el umbral. Esperando ver ese momento de vacilación que todos tenían al entrar al “santuario” de la mujer intocable.

Jango no vaciló.
Cruzó el umbral con paso firme.
Y cerró la puerta tras de sí.

El sonido del cerrojo click sonó definitivo. Como el martillo de una pistola al montarse.
El ruido de la fiesta, de la tormenta y de la casa quedó afuera.
Adentro, el silencio era denso, casi líquido.
Estaban solos.

Nasha caminó hacia el centro de la habitación, poniendo distancia entre ellos. Se sentía, extrañamente, como si estuviera acorralada en su propio cuarto. Necesitaba recuperar el control. Necesitaba ser la Patrona de nuevo.

Se giró hacia él, levantando la barbilla, adoptando su pose de reina inalcanzable. La luz de la luna le iluminaba la mitad del rostro, haciéndola ver hermosa y terrible.
Jango se quedó junto a la puerta, recargando el hombro en la madera, con las manos en los bolsillos. La miraba con esa paciencia infinita que la estaba empezando a desesperar.

—Bienvenido a tu tumba, Jango —dijo Nasha, suavemente.
—Bonita tumba —respondió él, mirando alrededor del lujoso cuarto sin impresionarse—. Aunque le falta aire. Se siente… encerrada.

—Es para que no se escape la presa —dijo ella, caminando hacia una mesita donde tenía una jarra de agua y copas de cristal.
—O para que no se escape la dueña —replicó él.

Nasha soltó la copa que iba a tomar. El cristal chocó contra la madera. Se giró bruscamente.
—¿Qué dijiste?

Jango se separó de la puerta y caminó hacia el centro del cuarto. Se movía sin ruido.
—Dije que esta habitación no parece el cuarto de una princesa. Parece una celda. Todo es perfecto. Todo es caro. Todo está en su lugar. —Jango pasó un dedo por el respaldo de una silla de terciopelo—. Pero no hay vida aquí, Nasha. No hay fotos de amigos. No hay desorden. No hay nada que diga quién eres, solo lo que tienes.

—Tú no sabes nada de mí —escupió ella, sintiéndose expuesta.
—Sé lo que veo. Veo a una mujer que ha construido muros tan altos que se le olvidó poner una puerta para salir. Y ahora estás atrapada adentro con todo tu oro, gritándole a la gente desde arriba para que no se den cuenta de que estás sola.

Nasha sintió una punzada de dolor en el pecho, aguda y caliente.
—¡Cállate! —ordenó, señalándolo con el dedo—. ¡No te di permiso de hablarme así! ¡Soy Nasha de Zanda! ¡Los hombres viajan mil kilómetros solo para verme!
—Viajan para ver a la leyenda —corrigió Jango, acercándose un paso más—. Viajan para ver el trofeo. Nadie viaja para verte a ti, Nasha. Porque tú no dejas que nadie te vea.

Nasha retrocedió. Chocó contra el borde de su cama con dosel.
—¿Y tú sí me ves? —preguntó ella, con la voz temblorosa, odiándose por mostrar debilidad.

Jango se detuvo a dos metros de ella. La luz de las velas bailaba en sus ojos oscuros.
—Yo veo a una niña asustada que se disfraza de monstruo para que nadie la lastime.

La frase quedó colgada entre ellos.
Era la verdad. La maldita, desnuda y cruel verdad que Nasha había escondido bajo capas de arrogancia, maquillaje y desprecio durante años.
Nasha sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. No de tristeza, sino de furia. Furia porque este extraño, este nadie, había entrado en su fortaleza y en cinco minutos había encontrado la grieta en su armadura.

—Eres un insolente —susurró ella, tratando de recuperar su veneno—. Debería llamar a mi padre. Debería hacer que te maten.

Jango se encogió de hombros, indiferente a la amenaza.
—Puedes hacerlo. Grita. Llama a los guardias. Que me saquen. Y mañana, cuando salga el sol, podrás decirle a todo el pueblo que ganaste otra vez. Que Jango fue otro cobarde que no pudo contigo.

Hizo una pausa, y su voz se volvió suave, casi hipnótica.
—Pero tú y yo sabremos la verdad, Nasha. Sabremos que no me echaste porque yo fuera débil. Me echaste porque yo fui el único lo suficientemente fuerte para decirte la verdad. Y eso… eso te va a perseguir el resto de tu vida.

Nasha se quedó paralizada.
Tenía la mano cerca del cordón para llamar a la servidumbre. Podía jalarlo. Podía acabar con esto ya. Podía volver a su seguridad, a su aburrimiento, a su trono de soledad.
Pero miró a Jango. Lo miró parado ahí, sin armas, sin dinero, ofreciéndole nada más que honestidad brutal.

Y por primera vez en su vida, Nasha soltó el cordón.
Bajó la mano.
Respiró hondo, tragándose el orgullo, tragándose el miedo.

—No voy a gritar —dijo ella, levantando la barbilla—. Y no te voy a echar.
Jango asintió lentamente.
—Bien.
—Pero te advierto, Jango —dijo Nasha, dando un paso hacia él, recuperando un poco de su fuego—. La noche es larga. Y si crees que con psicoanálisis barato me vas a ganar… estás muy equivocado. Esto apenas empieza.

—No vengo a ganar, Nasha —dijo Jango, y se sentó con calma en el sillón de terciopelo, cruzando las piernas—. Ya te lo dije. Vengo a esperar.

—¿Esperar qué? —preguntó ella, desesperada por entender su juego.

Jango la miró con una intensidad que hizo que las rodillas de Nasha temblaran.
—A que te canses de pelear contigo misma.

Nasha se quedó de pie en medio de la habitación, mientras afuera la tormenta rugía y adentro, el hombre de negro la observaba con la paciencia de una montaña. La noche acababa de comenzar, y Nasha supo, con un terror absoluto, que cuando saliera el sol, ella no sería la misma mujer que era ahora.

CAPÍTULO 4: El Juego de los Espejos

El reloj de péndulo en la esquina de la habitación marcaba el tiempo con una lentitud exasperante. Tac-toc. Tac-toc. Cada segundo que pasaba era un martillazo en el silencio denso que llenaba el cuarto. Afuera, la tormenta seca había amainado un poco, dejando solo el lamento del viento golpeando contra los ventanales y el ocasional retumbar lejano de un trueno que se negaba a morir.

Adentro, la guerra era silenciosa.

Nasha caminaba de un lado a otro. Sus tacones se hundían en las alfombras persas, amortiguando sus pasos, pero la energía que irradiaba era frenética. Se sentía como un tigre enjaulado en su propio zoológico. Jango seguía sentado en el sillón de terciopelo verde, con esa postura relajada, casi insolente, que la sacaba de quicio. No la seguía con la mirada todo el tiempo, lo cual era peor. A veces miraba la flama de la vela, a veces miraba la oscuridad del techo alto, como si estuviera completamente cómodo estando allí, en la boca del lobo.

—¿Te vas a quedar ahí sentado toda la noche? —preguntó Nasha finalmente, deteniéndose frente a la chimenea apagada. Su voz sonó más aguda de lo que hubiera querido.

Jango giró la cabeza despacio.
—El trato fue pasar la noche aquí. No especificaba que tuviera que entretenerte con trucos de magia o bailes.
—Me aburres —mintió ella, girándose para enfrentarlo—. Eres igual de aburrido que los demás, solo que más callado.

Jango sonrió de lado.
—Si te aburriera, Nasha, ya te hubieras ido a dormir. O me hubieras echado. Pero sigues aquí, caminando en círculos, gastando suela. No estás aburrida. Estás nerviosa.

Nasha sintió el calor subirle al cuello. Odiaba que tuviera razón.
—No estoy nerviosa. Estoy… impaciente.
—¿Impaciente por qué? —preguntó él—. ¿Por qué intente besarte? ¿Por qué te pida matrimonio? ¿Por qué te diga lo hermosa que eres? Es ese el guion que te sabes de memoria, ¿verdad?

Nasha se cruzó de brazos, defensiva.
—Es lo que hacen los hombres.
—Es lo que hacen los hombres que quieren algo de ti.
—¿Y tú no quieres nada? —Nasha soltó una risa sarcástica—. Por favor, Jango. No seas hipócrita. Estás aquí por la mitad de la hacienda. O por la fama. “El hombre que domó a la fiera”. Ya me imagino los titulares en los periódicos.

Jango se levantó.
El movimiento fue fluido, sin esfuerzo, pero Nasha retrocedió un paso instintivamente. Él no avanzó hacia ella. Caminó hacia la mesa donde estaba la jarra de agua. Se sirvió un vaso con calma, bebió un sorbo y luego la miró.

—Te voy a contar un secreto, Nasha —dijo él, dejando el vaso sobre la mesa—. La gente cree que la libertad es tener mucho dinero. Creen que si tienen tierras, vacas y oro, pueden hacer lo que quieran. Tú tienes todo eso. Tu padre es el dueño de medio estado. Y, sin embargo…

Hizo una pausa, recorriendo la habitación con la mirada, deteniéndose en los barrotes de hierro forjado que adornaban el balcón, en las puertas pesadas, en los muros gruesos de piedra.
—…sin embargo, eres la persona menos libre que he conocido en mi vida.

Nasha sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
—Yo hago lo que quiero —se defendió, aunque la frase sonó hueca.
—No —corrigió él suavemente—. Tú haces lo que se espera de la “Hija del Patrón”. Rechazas a los hombres porque se espera que seas difícil. Te vistes como reina porque se espera que seas hermosa. Eres cruel porque se espera que seas fuerte. Pero dime, Nasha… ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque tú querías? ¿Cuándo fue la última vez que te comiste un taco en la calle, que corriste descalza, que lloraste sin esconderte?

Nasha abrió la boca para contestar, para lanzarle algún insulto ingenioso, pero no pudo. Su mente viajó atrás, buscando un recuerdo de libertad genuina. No encontró nada. Desde niña, su vida había sido una serie de reglas, de protocolos, de miedos de su padre. “No salgas, te van a robar”. “No hables con ese peón, no es de tu clase”. “Ponte derecha, eres una Zanda”.

—Tú no sabes nada de mi vida —susurró ella, bajando la guardia por un segundo.
—No necesito saber tu biografía para ver tus cadenas —dijo Jango.

Nasha sintió una oleada de vulnerabilidad que la aterrorizó. Necesitaba atacar. Necesitaba recuperar el terreno alto.
Se soltó el cabello con un movimiento brusco, dejando que los rizos negros cayeran sobre sus hombros desnudos. Caminó hacia él, cambiando su postura. Dejó de ser la niña regañada y se convirtió en la seductora. Caminó moviendo las caderas, lento, deliberado. El perfume de rosas emanó de su piel con el calor del movimiento.

Se detuvo a centímetros de él. Podía ver los poros de su piel, la sombra de su barba, el pulso latiendo en su cuello.
—Hablas mucho de libertad, Jango —dijo ella, con voz ronca, pasando un dedo por la solapa de la camisa de él—. Pero eres un hombre. Y los hombres tienen debilidades muy simples.

Jango no se movió. No retrocedió, pero tampoco se inclinó hacia ella. Se quedó firme como un poste de luz en un huracán.
—¿Vas a intentar seducirme ahora? —preguntó él, con un tono que no era de burla, sino de curiosidad clínica—. ¿Ese es el plan B? ¿Si no puedes asustarme, intentas comprarme con piel?

Nasha deslizó su mano hacia arriba, tocando el cuello de él. Su piel estaba caliente. Sintió cómo los músculos de Jango se tensaban ligeramente bajo su toque. “Ahí está”, pensó ella con triunfo. “No es de piedra”.

—No es un plan —susurró ella, acercando su rostro al de él, sus labios a milímetros de los suyos—. Es una realidad. Soy la mujer más hermosa de Zanda. Dicen que los hombres pierden la razón por mí. ¿Tú no? ¿O es que no te gustan las mujeres?

Fue un golpe bajo, un reto directo a su virilidad. La mayoría de los hombres hubieran reaccionado con agresividad, tomándola por la cintura, besándola a la fuerza para probar su hombría. O hubieran tartamudeado, nerviosos por la cercanía de una diosa.

Jango hizo algo peor.
Levantó su mano y tomó la muñeca de Nasha. No con fuerza, pero con firmeza. Detuvo su caricia.
Sus dedos eran rasposos, callosos, dedos de hombre que trabaja, que pelea, que vive. Contrastaban violentamente con la piel suave y perfumada de ella.

—Eres hermosa, Nasha —dijo él, mirándola a los ojos con una honestidad brutal—. Eres tan hermosa que duele verte. Eres como una puesta de sol en el desierto, perfecta y lejana.

Nasha sintió un vuelco en el corazón. Por un segundo, pensó que había ganado.
Pero Jango no la soltó. Bajó la mano de ella lentamente, apartándola de su cuello.

—Pero tu belleza es un arma —continuó él—. Y yo no beso armas. Beso mujeres. Y tú… tú ahorita no eres una mujer. Eres un soldado cumpliendo una misión. Estás tratando de ganarme. Estás tratando de demostrar que tienes el control.

Jango soltó su muñeca. La mano de Nasha cayó a su costado, inerte.
—Si te beso ahora —dijo él en voz baja—, no sería un beso. Sería una rendición. Y yo no vine a rendirme.

Nasha retrocedió, tambaleándose como si la hubiera empujado físicamente. El rechazo le dolió más que cualquier insulto. No porque la hubiera rechazado físicamente, sino porque había rechazado su juego. Había visto a través de su manipulación y la había descartado como algo indigno.

Se sintió desnuda. Ridícula.
La furia volvió, pero esta vez mezclada con lágrimas de frustración.
—¡Eres un maldito! —gritó ella, dándose la vuelta y caminando hacia el balcón—. ¡Vete! ¡Lárgate de mi cuarto! ¡No te quiero aquí!

Abrió las puertas del balcón y el viento de la noche entró de golpe, apagando las velas. La habitación quedó en penumbra, iluminada solo por la luz plateada de la luna que se colaba entre las nubes.
Nasha se agarró del barandal de hierro, mirando hacia la oscuridad del campo. Respiraba agitada, tratando de no llorar. Odiaba llorar. Llorar era de débiles.

Escuchó los pasos de él acercándose. Se tensó, esperando que él se fuera, o que viniera a burlarse.
Pero Jango se detuvo a su lado, recargándose también en el barandal, mirando hacia la noche.
No dijo nada.
Simplemente, se quedó ahí. Acompañándola.

Pasaron cinco minutos. Diez. El silencio entre ellos cambió. Ya no era un silencio de guerra. Era un silencio compartido. El viento les alborotaba el cabello. El olor a tierra mojada subía desde el jardín.

—¿Por qué es tan difícil? —preguntó Nasha finalmente, su voz apenas un susurro que el viento casi se lleva. No sabía por qué le preguntaba a él. Quizás porque era el único que parecía escuchar.

—¿El qué? —preguntó Jango, sin mirarla.

—Ser yo. —Nasha bajó la cabeza—. Todos creen que es fácil. “La princesa rica”. “La niña mimada”. Pero nadie sabe lo que pesa. Mi padre quiere un heredero. El pueblo quiere una santa. Los hombres quieren un trofeo. Todos quieren un pedazo de mí, Jango. Y siento que… siento que si doy un pedazo, no va a quedar nada para mí. Por eso los rechazo. Por eso soy mala. Porque es la única forma de mantenerme entera.

Era la confesión más honesta que había hecho en su vida. Se sintió aterrorizada al decirla en voz alta. Esperó la risa, el juicio.

Jango giró la cabeza y la miró. En la oscuridad, sus ojos brillaban con una suavidad nueva.
—No eres mala, Nasha —dijo él—. Eres una superviviente. Has estado defendiendo tu castillo tú sola durante años. Es normal que estés cansada.

—Estoy muy cansada —admitió ella, y una lágrima solitaria, traidora, rodó por su mejilla.

Jango levantó la mano. Nasha se congeló. Pensó que iba a limpiarle la lágrima, el gesto cliché de cualquier novela romántica.
Pero no.
Jango extendió la mano y tocó, con la punta de los dedos, el brazalete de oro macizo que Nasha llevaba en la muñeca izquierda. Era una pieza pesada, incrustada con rubíes, una joya que valía más que la casa de cualquier campesino.

—Esto pesa —dijo él, tocando el oro frío.
—Es de mi abuela —dijo Nasha.
—Es una esposa —corrigió él—. Llevas oro en las muñecas, oro en el cuello, oro en los dedos. Te has cubierto de metal para protegerte, pero te has convertido en una estatua.

Jango deslizó sus dedos desde el brazalete hasta la palma de la mano de Nasha. Su tacto era eléctrico.
—Las estatuas no sienten, Nasha. Las estatuas no lloran. Y las estatuas no aman. ¿Es eso lo que quieres ser? ¿Un monumento hermoso en medio del desierto que nadie puede tocar?

Nasha miró su mano entrelazada con la de él. La mano de él era fuerte, cálida, viva. La suya se veía pálida y frágil bajo el peso del oro.
—Tengo miedo —susurró ella.
—¿De qué?
—De que si me quito la armadura… no haya nada abajo. De que sea solo eso: una niña caprichosa y vacía.

Jango apretó su mano suavemente.
—Eso es lo que te han hecho creer. Pero yo veo algo más.
—¿Qué ves? —preguntó ella, desesperada por una respuesta.

Jango se acercó un poco más. Ahora sí, estaban peligrosamente cerca. El calor de su cuerpo la envolvía, protegiéndola del viento frío.
—Veo fuego —dijo él—. Veo una mujer que tiene tanta pasión guardada que podría incendiar este valle entero. Veo una mujer que no necesita que nadie la salve, solo necesita que alguien camine a su lado sin intentar apagarla.

Nasha levantó la vista. Sus rostros estaban tan cerca que compartían el mismo aire.
—Tú no intentas apagarme —dijo ella, más como una realización que como una pregunta.
—Yo amo el fuego —respondió Jango, con una intensidad que le hizo temblar las rodillas—. Pero el fuego necesita aire para respirar. Y tú te estás asfixiando.

En ese momento, Nasha supo que estaba perdida. O tal vez, encontrada.
El deseo que sintió no fue físico, aunque su cuerpo reaccionaba a él. Fue un deseo espiritual. Un anhelo desesperado de ser esa mujer que él veía. Quería ser fuego, no hielo. Quería ser real.

—Jango… —susurró su nombre, probando cómo se sentía en sus labios. No sonaba a nombre de extraño. Sonaba a algo familiar, a algo que había estado esperando toda su vida.

—Dime.
—No te vayas —pidió ella. No fue una orden. Fue una súplica.
—No me voy a ir —prometió él—. Todavía no.

Se quedaron ahí, en el balcón, tomados de la mano mientras la luna cruzaba el cielo. No se besaron. No hicieron el amor en el sentido carnal. Pero esa noche, en ese balcón, hubo una intimidad más profunda que cualquier acto físico. Nasha se desnudó emocionalmente. Le contó de sus sueños frustrados de viajar, de su amor secreto por la pintura, de cómo odiaba el sabor del tequila que su padre amaba.

Jango escuchó. Habló poco, pero cada palabra era un cimiento sobre el cual Nasha podía pararse. Le contó historias del mundo exterior, no de riquezas, sino de colores. Le describió el azul del mar en Oaxaca, el sabor del café de olla en las montañas de Chiapas, el sonido del silencio en el desierto de Sonora.
A través de sus palabras, Nasha viajó. Salió de su jaula.

Y mientras hablaban, algo fundamental cambió. La dinámica de poder se disolvió. Ya no eran la Princesa y el Mendigo. Ya no eran la Presa y el Cazador. Eran dos almas solitarias que se habían encontrado en medio de la oscuridad.

Cerca de las cuatro de la mañana, el cansancio venció a Nasha.
—Tengo sueño —murmuró, recargando la cabeza en el hombro de Jango. Fue un gesto inconsciente, natural.
—Descansa —dijo él.

Regresaron adentro. Nasha se sentó en la orilla de la cama. Jango tomó una manta y se la puso sobre los hombros.
—¿Tú dónde vas a dormir? —preguntó ella.
—En el sillón. Estoy acostumbrado a dormir en el suelo.

Nasha lo miró. La desconfianza había desaparecido, reemplazada por una gratitud inmensa.
—Jango.
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no ser como los otros. Por no… por no ganar.

Jango sonrió, esa sonrisa enigmática y triste que ella empezaba a adorar.
—A veces, Nasha, perder es la única forma de ganar lo que realmente importa.

Jango se acomodó en el sillón, cerrando los ojos. Nasha se recostó en su cama enorme y vacía, pero por primera vez en años, no se sintió sola. Cerró los ojos y, mientras el sueño la vencía, tuvo un pensamiento que la hizo sonreír en la oscuridad: Mañana, cuando mi padre entre, se va a llevar la sorpresa de su vida.

Pero Nasha no sabía que la sorpresa más grande no sería para su padre. Sería para ella. Porque el destino, celoso de la felicidad de los mortales, ya estaba afilando sus cuchillos para el amanecer.

La noche terminó en paz, pero el sol traería consigo la cuenta de cobro.

CAPÍTULO 5: El Sol de los Condenados

El amanecer en el desierto no pide permiso; irrumpe.

Primero fue un hilo de luz violeta en el horizonte, cortando la negrura de la sierra. Luego, el cielo se tiñó de un naranja furioso, como si las nubes estuvieran sangrando. Los gallos de la ranchería empezaron su canto desafinado, despertando a los perros, que a su vez despertaron a los peones. La Hacienda Zanda se sacudió el sueño con la pesadez de quien sabe que el día que comienza no será un día cualquiera.

Dentro de la habitación, la luz se filtró por las rendijas de las cortinas pesadas, dibujando líneas de polvo dorado en el aire.

Nasha abrió los ojos.
Por un instante, solo un instante, no supo dónde estaba. Se sintió ligera, extrañamente tranquila, sin ese nudo de ansiedad que solía apretarle el estómago cada mañana al recordar quién era y qué se esperaba de ella. Luego, giró la cabeza y lo vio.

Jango ya estaba despierto. O tal vez nunca se había dormido. Estaba de pie junto al balcón, mirando hacia afuera a través de una pequeña apertura en la cortina. La luz de la mañana le pegaba de perfil, resaltando esa cicatriz en su ceja y la expresión sombría de su rostro. No parecía un hombre que acababa de ganar la apuesta más grande del siglo. Parecía un hombre que estaba contando los minutos antes de su ejecución.

Nasha se sentó en la cama. Las sábanas de seda se deslizaron por su cuerpo.
—Jango —llamó ella, con la voz ronca del sueño.

Él se giró. Al verla, su expresión se suavizó, pero la tristeza en sus ojos no desapareció.
—Buenos días, Nasha.

—¿Ya es hora? —preguntó ella, sintiendo de pronto un frío que no tenía nada que ver con la temperatura. No quería salir. Quería quedarse ahí, en esa burbuja de honestidad que habían creado durante la noche. Afuera estaba su padre, el pueblo, el juicio, el ruido. Adentro solo estaban ellos.

—El sol no espera a nadie —dijo Jango, caminando hacia ella. Se detuvo al pie de la cama—. Tu padre debe estar caminando de un lado a otro del pasillo, gastando la suela de sus botas.

Nasha soltó una risita nerviosa.
—Probablemente ya mandó a afilar el machete para cortarte la cabeza si salgo llorando.
—¿Vas a salir llorando? —preguntó él.

Nasha se puso de pie y caminó hacia él. Quedaron frente a frente, sin tocarse, pero compartiendo esa gravedad magnética que los unía.
—No —dijo ella con firmeza—. Voy a salir con la cabeza en alto. Pero no como antes. Antes la levantaba para mirar a todos hacia abajo. Hoy… hoy la voy a levantar porque ya no tengo nada que esconder.

Jango asintió, y por primera vez, levantó la mano y le acarició la mejilla. Su pulgar rozó la piel suave de Nasha con una delicadeza reverente.
—Estás lista —murmuró él, casi para sí mismo—. Ya eres libre, Nasha.

—Gracias a ti —respondió ella, inclinando el rostro hacia su mano, cerrando los ojos para memorizar el tacto de su piel.
—No —corrigió él—. Tú te liberaste sola. Yo solo te sostuve el espejo.

Hubo un golpe en la puerta. Seco. Autoritario. Tres golpes que resonaron como disparos.
—¡Nasha! —La voz de Don Tempo retumbó desde el pasillo—. ¡Abre esta puerta! ¡Ya amaneció!

La burbuja se rompió. La realidad entró a empujones.
Nasha abrió los ojos y miró a Jango con urgencia.
—Jango, escucha. Mi padre te va a ofrecer todo. Tierras, dinero, poder. Acéptalo. Por favor. Quédate. Construyamos algo aquí. Cambiemos esto. Tú y yo podemos hacer que Zanda sea diferente.

Jango retiró su mano lentamente. Su mirada se volvió indescifrable.
—Vamos —dijo, evadiendo la respuesta—. No hagamos esperar al Patrón.

Nasha sintió un pinchazo de duda, una pequeña alarma sonando en el fondo de su mente, pero la ignoró. Estaba demasiado llena de esperanza, demasiado embriagada por la sensación de novedad. Se arregló el vestido, se pasó los dedos por el cabello para acomodarlo y respiró hondo.
Caminó hacia la puerta. Giró el cerrojo. Click.

Abrió la puerta de par en par.

Don Tempo estaba allí, con el rostro rojo de la tensión, flanqueado por dos guardias armados y la Nana Lupe, que se mordía las uñas.
El viejo patrón miró a su hija. Luego miró hacia adentro, buscando el cadáver o al hombre destrozado llorando en el rincón.
Vio a Jango parado en el centro del cuarto, tranquilo, íntegro, vivo.
Y luego volvió a mirar a su hija.

Esperaba ver a la Nasha de siempre: furiosa, burlona, gritando que el hombre era un inútil.
Pero lo que vio lo dejó mudo.
Nasha estaba serena. Sus hombros no estaban tensos. Su mirada no tenía ese brillo cruel.
—Buenos días, papá —dijo ella. Su voz era tranquila, dulce, una voz que Don Tempo no había escuchado desde que ella tenía diez años.

El viejo parpadeó, confundido.
—Hija… ¿estás bien? ¿Este hombre te…?
—Este hombre es un caballero —cortó Nasha, girándose para mirar a Jango y extenderle la mano—. Y vamos a bajar. El pueblo está esperando, ¿no?

Jango caminó hacia ella y tomó su mano.
Don Tempo se quedó con la boca abierta. Los guardias bajaron los rifles. Lupe se persignó tres veces seguidas, murmurando “milagro, milagro”.
La pareja pasó frente a ellos y se dirigió a la escalera.


Abajo, el escenario era imponente.
Durante la noche, la noticia de que “el hombre de negro seguía adentro” había corrido por los ranchos vecinos. Nadie se había ido. Al contrario, había llegado más gente.
El patio central de la hacienda estaba abarrotado. Había cientos de personas: peones con sus sombreros en la mano, mujeres con rebozos coloridos, niños trepados en las ramas de los fresnos, comerciantes, curiosos. Todos miraban hacia el gran balcón de la casa principal.

El murmullo era como el zumbido de un enjambre gigante.
—¿Sigue vivo?
—Dicen que no se escucharon gritos.
—A lo mejor la mató él a ella.
—¡Cállate la boca, Matías!

De pronto, las puertas del balcón principal se abrieron.
El silencio cayó sobre la multitud como una manta pesada. Ni los perros ladraron.

Nasha y Jango salieron a la luz.
El sol de la mañana les pegó de frente.
La imagen era poderosa. Nasha, vestida de blanco (se había cambiado rápido antes de salir), brillaba. Pero no era el brillo intocable de una santa de iglesia; era un brillo humano. Estaba tomada de la mano de Jango. No lo arrastraba, ni él la jalaba. Estaban parados hombro con hombro.

La gente ahogó un grito colectivo.
—¡La domó! —gritó alguien desde el fondo.
—¡Mírenla! ¡Está sonriendo! —chilló una mujer—. ¡La niña Nasha está sonriendo de verdad!

Y era cierto. Nasha miraba a la multitud y, por primera vez, no los veía como enemigos o jueces. Los veía como su gente. Sonrió, una sonrisa tímida, casi imperceptible, pero suficiente para cambiar la historia de Zanda.

Don Tempo salió detrás de ellos, levantando los brazos como un emperador romano. Su cara era una mezcla de alivio, orgullo y euforia desmedida.
—¡Pueblo de Zanda! —bramó el patrón, su voz amplificada por la acústica del patio—. ¡Miren bien! ¡El día ha llegado!

La gente empezó a aplaudir, tímidamente al principio, luego con fervor. ¡Vivan los novios! ¡Viva el patrón! ¡Viva el valiente!

Don Tempo se acercó a Jango y le dio una palmada en la espalda que casi lo tira (aunque Jango ni se inmutó).
—¡Este hombre! —gritó Tempo, señalando a Jango—. ¡Este hombre sin nombre, este desconocido, ha logrado lo que los príncipes y generales no pudieron! ¡Ha entrado al fuego y ha salido sin quemarse! ¡Ha ganado el corazón de mi hija!

Nasha apretó la mano de Jango. Él le devolvió el apretón, pero su mano estaba fría. Nasha lo miró de reojo. Jango no miraba al pueblo. Miraba el horizonte, hacia las montañas lejanas, con una expresión de resignación dolorosa.
“¿Qué te pasa?”, pensó ella. “¿Por qué no celebras?”.

—Como lo prometí —continuó Don Tempo, haciendo una seña a sus notarios que esperaban con papeles en una mesa lateral—, yo cumplo mi palabra. Soy hombre de honor.
El patrón se giró hacia Jango, con los ojos brillosos de emoción.
—Jango. Desde este momento, la mitad de mis tierras son tuyas. Cien mil hectáreas de norte a sur. Diez mil cabezas de ganado. Las minas de plata de la Sierra Madre. Y lo más importante… la mano de mi hija Nasha en sagrado matrimonio.

El pueblo estalló en vítores. Sombreros volaron al aire. La banda de música, que había estado esperando en silencio, arrancó con una diana triunfal. Tan-tan-taran-tan-tan!

Era el final perfecto. El final de cuento de hadas. El pobre se hace rico, la bestia se vuelve bella, el reino se salva.
Nasha sintió que el corazón le estallaba de felicidad. Miró a su padre, miró a su gente, y finalmente se giró hacia Jango para besarlo, para sellar el trato, para empezar su vida.

Pero Jango no se movió.
No sonrió.
Soltó la mano de Nasha.

El gesto fue pequeño, pero Nasha lo sintió como un abandono total.
Jango dio un paso al frente, levantando una mano. No fue un gesto de triunfo. Fue un gesto de “alto”.
Su presencia era tal que, incluso sin gritar, la gente lo notó. La banda de música dejó de tocar, desafinando en la última nota. Los aplausos se apagaron poco a poco, convertidos en murmullos confusos.

—¿Qué pasa? —preguntó Don Tempo, bajando los brazos, con la sonrisa congelada—. ¿Qué haces, muchacho? Ven, firma los papeles.

Jango negó con la cabeza lentamente.
—No voy a firmar nada, Don Tempo.

El silencio ahora era absoluto. Se podía escuchar el zumbido de una mosca.
Nasha sintió que la sangre se le helaba.
—Jango… —susurró ella—. ¿Qué estás haciendo?

Jango se giró hacia el patrón, y luego barrió con la mirada a toda la multitud. Su voz, cuando habló, no fue un grito, pero llegó hasta la última fila de la plaza.
—Ustedes no entienden —dijo Jango—. Creen que esto es un concurso. Creen que el amor es un premio que se gana con valentía o astucia. Creen que Nasha es un objeto que se puede poseer si uno aguanta lo suficiente.

—¡Es mi hija y es mi fortuna! —gritó Don Tempo, ofendido—. ¡Te estoy dando un imperio, imbécil!

—Su imperio está construido sobre arena —respondió Jango con calma—. Y su hija… su hija no necesita un dueño. Necesitaba despertar. Y ya despertó.

—¡Entonces toma la maldita recompensa! —exigió el patrón, perdiendo los estribos—. ¡Es tuya! ¡Te la ganaste!

Jango miró a Nasha. Sus ojos estaban llenos de una tristeza infinita, una tristeza de siglos.
—La profecía nunca habló de una recompensa, Don Tempo —dijo Jango—. La leyenda que ustedes contaban estaba incompleta.

Un escalofrío recorrió la espalda de todos los presentes. Los viejos del pueblo, los que conocían las historias antiguas, empezaron a persignarse frenéticamente.
—¿De qué profecía hablas? —preguntó Nasha, con la voz temblorosa, acercándose a él—. Jango, me estás asustando.

Jango le sonrió, y fue la sonrisa más dolorosa que ella había visto en su vida. Era una despedida.
—Se decía que la mujer de corazón de hielo solo podría ser amada por un hombre que estuviera dispuesto a darlo todo —explicó Jango—. Pero “todo” no significa esfuerzo. No significa tiempo.

Miró a Don Tempo.
—Significa existencia.

—¿Qué? —Don Tempo retrocedió un paso.

—El trato con los dioses antiguos, el trato para romper la maldición de soledad de su hija… exigía un sacrificio —continuó Jango—. Para que ella pudiera sentir, para que ella pudiera vivir de verdad… el que la despertara debía pagar el precio.

—¿Qué precio? —gritó Nasha, agarrándolo de la camisa, sacudiéndolo—. ¡Jango! ¡Dímelo!

Jango puso sus manos sobre las de ella.
—El equilibrio, Nasha. Para que tú tengas vida… yo tengo que entregar la mía.

—¡No! —gritó ella—. ¡Estás loco! ¡Papá, haz algo! ¡Dile que deje de decir tonterías!

Pero entonces, sucedió.
La luz del sol pareció intensificarse alrededor de Jango.
Nasha miró sus manos, las manos de él que sostenían las suyas.
Las puntas de sus dedos… se estaban volviendo traslúcidas.
No estaban desapareciendo de golpe. Se estaban desvaneciendo, como si fueran de arena y el viento se las estuviera llevando grano a grano. Podía ver a través de su piel. Podía ver la luz del sol atravesando sus nudillos.

Un grito de horror se elevó desde la multitud.
—¡Santo Dios! —gritó una mujer—. ¡Se está borrando!
—¡Es un espíritu! —gritó un peón, cayendo de rodillas.

Don Tempo se quedó petrificado, con los ojos desorbitados, viendo cómo su “yerno” empezaba a perder consistencia física.
—Jango… —Nasha miró las manos de él, luego subió la mirada a su rostro. Su cuello también empezaba a brillar, a perderse en la luz—. No… no, no, no. ¡Tú me prometiste! ¡Me dijiste que no te irías!

—Dije que no me iría anoche —dijo él, su voz sonando ahora extraña, con eco, como si viniera de lejos—. Pero el amanecer ya llegó, mi amor.

—¡No te lo permito! —Nasha intentó abrazarlo, intentó aferrarse a su pecho, a su cuerpo sólido.
Pero sus brazos encontraron resistencia débil, como si estuviera abrazando una nube densa o una cortina de agua. Su cuerpo se estaba disolviendo entre sus brazos.

—¡El trato era una noche! —gritó Nasha al cielo, a Dios, al destino—. ¡Ya pasó! ¡Ya cumplió! ¡Déjenlo!

—El trato era romper tu muro —dijo Jango, mirándola a los ojos, que eran lo único que permanecía sólido y oscuro—. Y está roto. Ya sabes amar, Nasha. Ya sabes lo que vales. Mi trabajo está hecho.

—¡No quiero saber amar si no es a ti! —sollozó ella, las lágrimas corriendo por su rostro, mojando la camisa de él que se desvanecía—. ¡Me vale madre el amor! ¡Te quiero a ti! ¡Quédate! ¡Toma el dinero! ¡Toma la hacienda! ¡Toma todo, pero quédate!

La desesperación de Nasha rompió el corazón del pueblo. La mujer de hierro, la intocable, estaba ahí, de rodillas en el balcón, rogándole a la nada, aferrándose a un hombre que se le escapaba entre los dedos como agua.

Jango se inclinó hacia ella. Su rostro estaba muy cerca del suyo.
—No llores por mí —susurró—. Yo sabía el precio desde antes de entrar. Y valió la pena.
—¿Por qué? —lloró ella—. ¿Por qué valió la pena morir?
—Porque pude ver el fuego —dijo él—. Y fue hermoso.

Jango cerró los ojos.
Y el proceso se aceleró.

CAPÍTULO 6: El Peso del Vacío

El último rastro de calor de Jango se desvaneció de las palmas de Nasha.

No hubo una explosión. No hubo un trueno final. Fue algo mucho más cruel por lo silencioso que fue. Fue como ver una escultura de arena perfecta ser golpeada por una ráfaga de viento violento. Un segundo estaba allí: sólido, cálido, con ojos que la miraban con amor y tristeza. Y al siguiente, era polvo.

Miles de partículas doradas y oscuras, como ceniza brillante, flotaron en el aire del balcón, atrapadas por la luz del sol de la mañana. Giraron un instante alrededor de Nasha, como una caricia final, un último beso del viento, y luego se dispersaron hacia el cielo azul, perdiéndose en la inmensidad de México.

Lo único que quedó fue la gravedad.
La ropa de Jango —su camisa de manta teñida de negro, sus pantalones gastados, sus botas viejas— perdió la forma que la sostenía. Sin cuerpo adentro, la tela colapsó. Cayó al suelo de piedra con un sonido suave, un fwhump que sonó más fuerte que un disparo en los oídos de Nasha.

Nasha se quedó congelada, con los brazos extendidos en el aire, abrazando la nada.
Su cerebro se negaba a procesar lo que sus ojos acababan de ver. La mente humana tiene mecanismos de defensa, muros que se levantan cuando el dolor es demasiado grande para ser soportado de golpe.
“Es un truco”, pensó ella. “Es un mago. Se está escondiendo”.

Bajó la mirada hacia el montón de ropa vacía a sus pies.
Se dejó caer de rodillas. El impacto contra la piedra le raspó la piel, pero no lo sintió.
—Jango —susurró, con la voz quebrada.
Extendió las manos temblorosas y agarró la camisa negra. Aún estaba tibia. Aún olía a él: a lluvia, a madera, a hombre.
La sacudió, esperando que él saliera de algún lado, esperando que fuera una broma macabra.
—¡Jango! —gritó, más fuerte esta vez.
Metió las manos dentro de la camisa, buscando carne, buscando hueso, buscando un corazón que latiera.
Solo encontró aire.

—¡Sal de ahí! ¡Deja de jugar! —Su voz se convirtió en un chillido histérico—. ¡No es gracioso! ¡Maldita sea, Jango, aparece!

Abajo, en el patio, el silencio se rompió.
El terror es contagioso.
—¡El Diablo se lo llevó! —gritó una vieja, señalando el balcón con un dedo huesudo—. ¡Se lo tragó la tierra!
—¡Es castigo de Dios! —bramó un peón, tirando su sombrero al suelo y echando a correr hacia la salida—. ¡Vámonos de aquí! ¡Esta tierra está maldita!

El pánico estalló. La multitud, que minutos antes vitoreaba y celebraba una boda, se convirtió en una estampida de miedo. La gente corría, empujándose, tropezando, desesperada por alejarse de la Hacienda Zanda, desesperada por huir de lo inexplicable. Las madres jalaban a sus hijos, los caballos relinchaban asustados, las camionetas arrancaban levantando nubes de polvo.

Nasha no escuchó nada de eso. Para ella, el mundo se había reducido a ese metro cuadrado de balcón y a la ropa vacía entre sus manos.

Don Tempo estaba parado detrás de ella, blanco como un papel. El gran patrón, el hombre que no le temía a nada, estaba temblando. Su bastón se le resbaló de la mano y golpeó el suelo clac-clac-clac, pero él no hizo ademán de recogerlo.
Miraba el lugar donde había estado Jango. Miraba a su hija arrodillada en la locura.
—No puede ser… —balbuceó el viejo—. Yo… yo le di la mano. Él era real. Yo lo toqué.

Nasha se giró hacia él. Su movimiento fue brusco, animal.
Tenía el rostro bañado en lágrimas, el cabello revuelto pegado a las mejillas húmedas, y los ojos inyectados en sangre.
—¡Tú! —gritó ella, escupiendo la palabra con veneno—. ¡Tú hiciste esto!

Don Tempo retrocedió, asustado por la ferocidad de su propia hija.
—Hija, yo no… yo no sabía…
—¡Tú y tu maldito orgullo! —Nasha se levantó, apretando la camisa de Jango contra su pecho como si fuera un escudo—. ¡Querías un hombre que valiera la pena! ¡Querías un sacrificio! ¡Pues ahí está! ¡Mira! —Señaló las botas vacías en el suelo—. ¡Ahí está tu yerno! ¡Ahí está el dueño de la mitad de tu reino! ¡¿Estás contento ahora, papá?!

—Nasha, cálmate, por favor… —Don Tempo intentó acercarse, extendiendo una mano para consolarla.
—¡No me toques! —aulló ella, retrocediendo hacia el borde del balcón—. ¡No te atrevas a tocarme! ¡Tú trajiste esta maldición sobre nosotros! ¡Tú retaste a los dioses con tu dinero asqueroso!

Nasha se volvió hacia el horizonte, hacia las montañas donde Jango se había desvanecido.
El dolor le subió desde el estómago, un grito primario que le desgarró la garganta.
—¡Jangooooooo!

El grito resonó en el valle vacío, rebotando en las paredes de piedra de la hacienda, un lamento tan puro y doloroso que hasta los guardias armados bajaron la cabeza y se quitaron las gorras.

Luego, el silencio.
Nasha se tambaleó. Las piernas le fallaron. El mundo se le puso negro en los bordes.
Cayó al suelo, abrazada a la ropa negra, y se quedó allí, hecha un ovillo, sollozando con un sonido gutural, como un animal herido de muerte que sabe que no hay salvación.


Las horas siguientes fueron borrosas.
El sol siguió su curso, indiferente a la tragedia, calentando las piedras de la hacienda hasta que quemaban.
La Nana Lupe fue la única que se atrevió a acercarse.
Salió al balcón con pasos suaves, llorando en silencio. Se arrodilló junto a Nasha y le acarició el cabello.
—Niña… mi niña… venga adentro. El sol la va a enfermar.

Nasha no respondió. Estaba catatónica. Tenía la mirada fija en las vetas de la piedra del suelo. Sus manos estaban blancas de tanto apretar la tela negra.
—Déjalo ir, mi vida —susurró Lupe—. Ya se fue. Ya está con Dios.

—No está con Dios —susurró Nasha, con la voz ronca—. Está en el viento. Me dijo que era el precio.
—Venga, levántese.

Entre Lupe y dos sirvientas más, lograron levantar a Nasha. Ella no puso resistencia; era una muñeca de trapo, un cuerpo sin voluntad. La llevaron adentro, a la penumbra fresca de su habitación.
Esa misma habitación que horas antes había sido un santuario de amor y revelación, ahora se sentía como una cripta.

La sentaron en la cama. La cama donde Jango se había sentado.
Nasha miró el sillón de terciopelo verde en la esquina.
—Ahí durmió —dijo ella, señalando el mueble vacío—. Todavía tiene la forma de su espalda.

Lupe intentó quitarle la camisa de Jango de las manos para lavarla o guardarla.
—Démela, niña. Vamos a guardarla.
Nasha reaccionó con una violencia repentina, jalando la prenda hacia ella.
—¡No! —gruñó—. ¡Es mía! ¡Es lo único que me queda! ¡Nadie la toca!

Lupe asintió, asustada, y se retiró.
Nasha se acostó en la cama, hecha un feto, con la camisa apretada contra su nariz. Aspiró profundo. El olor se estaba desvaneciendo, mezclándose con su propio sudor y lágrimas, pero todavía estaba ahí. Ese olor a libertad.
Cerró los ojos y deseó, con todas sus fuerzas, morir. Deseó desvanecerse ella también, convertirse en polvo y salir volando para encontrarlo, dondequiera que estuviera.


Abajo, en el despacho, Don Tempo se servía tequila tras tequila.
La botella estaba vacía. Sus manos temblaban tanto que el líquido se derramaba sobre el escritorio de caoba.
El hombre más poderoso de la región estaba derrotado.

—Se fueron todos, patrón —dijo el capataz, entrando con el sombrero en la mano—. El pueblo está vacío. Dicen que no vuelven hasta que se haga una limpia. Dicen que aquí vive el chamuco.

Don Tempo soltó una risa amarga, de borracho.
—El chamuco no… —balbuceó—. Vivió un ángel. Y lo matamos. O él nos mató a nosotros. Ya no sé.

El patrón miró por la ventana hacia sus tierras. Cien mil hectáreas. Ganado. Plata.
De repente, todo le pareció basura. Papel pintado.
Había ofrecido la mitad de su reino a cambio de la felicidad de su hija. Y el destino le había tomado la palabra de la manera más cruel posible: le había dado la felicidad a su hija por una noche, solo para arrebatársela y dejarla más rota que antes.

—¿Cómo está ella? —preguntó Tempo.
—Mal, patrón. No habla. No come. Solo abraza esa ropa vieja.

Don Tempo cerró los ojos y dos lágrimas gordas rodaron por sus mejillas curtidas.
—Soy un viejo estúpido —murmuró—. Creí que todo se arreglaba con tratos. Creí que podía negociar con la vida como negocio con el ganado.
Golpeó la mesa con el puño.
—¡Maldito sea el dinero! ¡Maldito sea yo!

Esa noche, la Hacienda Zanda no durmió.
Las luces permanecieron encendidas, como si la luz eléctrica pudiera espantar a los fantasmas. Pero los fantasmas no estaban en los pasillos; estaban adentro de las personas.


Nasha despertó en medio de la madrugada.
La habitación estaba en silencio. La luna entraba por el balcón, igual que la noche anterior.
Por un segundo, la esperanza floreció en su pecho. “Fue un sueño”, pensó. “Una pesadilla horrible”.
Giró la cabeza hacia el sillón.
Estaba vacío.
La realidad le cayó encima como una losa de concreto.
No era un sueño. Era su vida ahora.

Se levantó de la cama, descalza. Caminó hacia el balcón. El aire de la noche estaba frío.
Miró sus manos. Ya no tenía la camisa; se le había caído mientras dormía. Corrió a la cama, la buscó frenéticamente entre las sábanas, la encontró y se la puso. La camisa le quedaba enorme, las mangas le colgaban, pero al ponérsela sintió un consuelo miserable. Era como si él la estuviera abrazando.

Salió al balcón. Se recargó en el barandal de hierro.
—¿Jango? —susurró a la oscuridad.
Solo le contestó el canto de los grillos.

—Dijiste que el precio era el equilibrio —habló ella sola, mirando las estrellas—. Dijiste que para que yo sintiera, tú tenías que irte.
Se tocó el pecho. Le dolía físicamente. Sentía un hueco, un cráter donde antes había un corazón de piedra.
—Duele mucho, Jango —sollozó—. Duele como si me estuvieran quemando viva. ¿Esto es sentir? ¿Esto es lo que querías para mí?

Recordó las palabras de él: “Las estatuas no sienten, Nasha. Las estatuas no lloran. Y las estatuas no aman”.
Ahora ella no era una estatua. Era carne viva, expuesta, sangrando emoción.
Había recuperado su humanidad, sí. Pero el costo había sido perder a la única persona que la hacía sentir humana.

—¿Vale la pena? —preguntó al viento—. ¿Vale la pena vivir así, con este agujero adentro?

De pronto, una brisa suave se levantó. Movió las hojas de los árboles abajo. Rozó la mejilla de Nasha y jugó con el cuello de la camisa que llevaba puesta.
No fue una respuesta con palabras. Fue una sensación. Una paz momentánea, breve, que la envolvió.
Nasha cerró los ojos.
Recordó la mirada de Jango. Recordó su certeza. “Yo no pienso, yo sé”.

Él no se había ido con miedo. Se había ido con paz. Se había ido sabiendo que la había salvado de su propia prisión.
Si ella se dejaba morir de tristeza, si ella volvía a ser la reina de hielo amargada… entonces el sacrificio de Jango habría sido en vano. Su muerte no valdría nada.

Nasha abrió los ojos. Se secó las lágrimas con la manga de la camisa de él.
La tristeza seguía ahí, pesada, inmensa. Pero junto a la tristeza, nació algo más. Una determinación fría y dura, pero diferente a la de antes.
—No voy a desperdiciarlo —juró ella ante la noche—. No voy a dejar que tu precio sea en vano, Jango.

Caminó de regreso a la habitación. Se acercó al espejo.
Vio su reflejo. Tenía los ojos hinchados, el cabello enmarañado, llevaba una camisa de hombre que le quedaba grande. Ya no parecía una princesa intocable. Parecía una mujer que había sobrevivido a un naufragio.
Y por primera vez, le gustó lo que vio.
Vio verdad.

—Me dejaste sola —le dijo a su reflejo—. Pero me dejaste viva.

Se quitó el brazalete de oro y rubíes, esa “esposa” de la que Jango había hablado. Lo dejó caer en la mesa con un clac metálico. Luego se quitó el collar. Los anillos.
Se despojó de todo el oro.
Quedó solo con la camisa negra de manta.

Se sentó en el sillón de él, subió las piernas y miró hacia la oscuridad, esperando el amanecer. Ya no le tenía miedo al sol. Sabía que el día siguiente sería un infierno, y el siguiente también. Sabía que el pueblo hablaría, que su padre intentaría comprar su perdón, que la soledad sería su compañera de cuarto.

Pero también sabía que Jango estaba allí, de alguna forma. En el aire que respiraba, en el dolor que sentía, en la libertad que ahora tenía de elegir su propio destino.

—Te voy a encontrar —susurró Nasha, cerrando los ojos—. En esta vida o en la otra. No sé cómo, ni cuándo. Pero te voy a encontrar. Y cuando lo haga, Jango… te voy a cobrar cada segundo de este dolor.

La noche siguió su curso, lenta y silenciosa, velando el sueño de una mujer que acababa de nacer a través del fuego de la pérdida.
Zanda nunca volvería a ser la misma. La leyenda de la “Princesa de Hielo” había muerto esa mañana.
Ahora comenzaba la leyenda de la “Viuda del Viento”.

CAPÍTULO 7: La Viuda del Viento

El tiempo en Zanda dejó de medirse en horas o minutos; empezó a medirse en ausencias.

Pasaron los días, arrastrándose como lagartijas bajo el sol de mediodía. Luego pasaron las semanas, trayendo consigo nubes que prometían lluvia pero solo entregaban polvo. Y finalmente, los meses se apilaron uno sobre otro, formando una torre de silencio sobre la hacienda.

La gente esperaba que Nasha se muriera de tristeza. O que se volviera loca. O peor, que volviera a ser la bruja déspota que era antes, ahora con el corazón más negro por el rencor.
Pero Nasha no hizo ninguna de esas cosas.
Nasha simplemente… cambió de piel.

La primera señal fue la ropa. Un martes cualquiera, Nasha bajó a desayunar. No llevaba los vestidos de seda importada de París, ni los corsés ajustados que le cortaban la respiración. Llevaba una falda larga de tela oscura, sencilla, una blusa blanca de algodón de la que usan las mujeres del pueblo, y un rebozo negro cruzado sobre el pecho. No llevaba joyas. Sus orejas estaban desnudas, su cuello libre, sus manos sin anillos. Su cabello, antes peinado en intrincados moños, caía suelto en una trenza gruesa sobre su espalda.

Don Tempo, que había envejecido diez años en tres meses, la miró desde la cabecera de la mesa. Le temblaba la mano al sostener la cuchara.
—Hija —dijo con voz rasposa—, pareces una viuda.
—Lo soy, papá —respondió ella, sirviéndose café negro de la olla de barro.
—Pero no te casaste —insistió el viejo, con esa culpa que no lo dejaba dormir—. No hubo firma. No hubo papel. Legalmente…
—El papel es para los abogados, papá —lo cortó ella, sin alzar la voz—. El luto se lleva en la sangre, no en el registro civil.

Ese día, Nasha no se sentó en el salón a bordar o a leer revistas de moda. Salió al patio.
El sol estaba fuerte. Los capataces estaban reunidos cerca de las caballerizas, discutiendo sobre el ganado. Cuando vieron venir a la “niña”, se callaron de golpe, quitándose los sombreros, esperando el regaño o la orden caprichosa.

Nasha se detuvo frente a ellos. El polvo le ensuciaba la bastilla de la falda.
—Buenos días —dijo.
Los hombres se miraron entre ellos, confundidos.
—Buenos días, señorita Nasha —respondió el capataz mayor, un hombre llamado Rulfo.
—Quiero ver los libros de contabilidad —dijo ella.
—¿Los libros? —Rulfo parpadeó—. Pero… eso lo ve el patrón. O el contador.
—El patrón está ocupado bebiendo para olvidar que vendió a su hija —dijo Nasha con una frialdad que heló el aire—. Y el contador me roba. Así que los voy a ver yo. Y después, Rulfo, me vas a enseñar a montar a caballo de verdad. No de lado, como las damas. A horcajadas. Como los hombres.

Rulfo tragó saliva. Vio algo en los ojos de Nasha que no había visto antes. No era el capricho de una niña rica. Era la determinación de una mujer que ya no tiene nada que perder.
—Sí, patrona —dijo Rulfo.

Fue la primera vez que la llamaron “Patrona”. Y el título se le pegó como una segunda piel.


Zanda cambió bajo su mando.
Al principio, fue un escándalo. Ver a la hija de Don Tempo cabalgando por los campos de agave, con botas de trabajo y sombrero, revisando las cercas, contando las vacas, discutiendo precios con los compradores de grano.
Los compradores, hombres machistas del norte, intentaban intimidarla.
—Mire, reinita, esto es negocio de hombres. Mejor llámele a su papá.

Nasha los miraba con esos ojos negros, profundos y tranquilos.
—Mi papá ya no está para aguantar tonterías —decía ella, recargada en la cerca—. Y si quiere comprar mi ganado, el precio es el que yo digo. Si no le gusta, váyase al rancho de enfrente. A ver si allá le venden calidad como la mía.

Los hombres refunfuñaban, pero terminaban pagando. Porque Nasha tenía razón. Y porque había algo en ella, una autoridad silenciosa, que recordaba inquietantemente a la de un hombre que había pasado por allí meses atrás. Una sombra que no se inclinaba.

Nasha trabajaba de sol a sol. Llegaba a la hacienda cubierta de polvo, con las manos callosas y la piel bronceada. Cenaba en silencio con su padre, que la miraba con una mezcla de admiración y terror.
—Te estás acabando, hija —le decía Don Tempo—. Eres una princesa, no un peón.
—Las princesas esperan en la torre, papá —respondía ella, limpiando el plato con una tortilla—. Yo me cansé de esperar.

Pero las noches… las noches eran otra historia.
Cuando la casa se quedaba en silencio, la “Patrona” desaparecía y volvía Nasha.
Subía a su habitación, cerraba la puerta y se derrumbaba.
No lloraba a gritos como el primer día. Su dolor se había vuelto silencioso, crónico, como un dolor de huesos cuando va a llover.
Se sentaba en el sillón verde, el sillón de Jango. A veces, abrazaba la camisa negra, que ya estaba tan gastada y lavada que parecía un trapo viejo, pero que ella guardaba como si fuera el Manto Sagrado.

—Hoy vendimos cien novillos —le contaba a la habitación vacía—. Rulfo dice que va a ser buen año. Pero no ha llovido, Jango. La tierra tiene sed.
Esperaba una respuesta. Un susurro. Una señal.
Nada. Solo el crujir de la madera vieja de la casa.

A veces, la soledad era tan pesada que sentía que se ahogaba. Se miraba al espejo y se preguntaba si se estaba volviendo loca. ¿Realmente había existido Jango? ¿O había sido una alucinación colectiva?
Pero luego miraba al pueblo.
El pueblo no olvidaba.

En el lugar exacto del balcón donde Jango se había desvanecido, alguien, algún sirviente o algún aldeano, había empezado a dejar flores.
Al principio era una rosa tímida. Luego un ramo de cempasúchil. Luego velas.
Nasha intentó prohibirlo al principio.
—Quiten eso —ordenó—. No es un altar. Es mi casa.
Pero al día siguiente, las flores volvían. Y eran más.
La gente había convertido a Jango en un santo popular. “El Santo del Amor Imposible”, le decían. “El Mártir de Zanda”.
Decían que si le rezabas a Jango, él te daba valor para enfrentar a los que te oprimían. Decían que él protegía a los enamorados que tenían el mundo en contra.

Nasha odiaba eso. Odiaba que lo convirtieran en una estatua de yeso. Jango no era un santo. Era un hombre. Un hombre que fumaba tabaco fuerte, que tenía una cicatriz en la ceja, que la miraba con deseo y con reto.
—Lo están convirtiendo en un cuento —le dijo una noche a Lupe, mientras la nana le cepillaba el cabello—. Se olvidan de que era real.
—Las leyendas sirven para curar, niña —dijo Lupe—. La gente necesita creer que el amor es más fuerte que la muerte. Déjalos.


Seis meses después de la desaparición, llegó la sequía.
Fue la peor en cincuenta años.
El cielo se puso blanco, sin una sola nube. El sol quemaba los cultivos hasta dejarlos amarillos y crujientes. El ganado empezó a enflacar, se les veían las costillas a las vacas. Los pozos de agua de las rancherías se secaron, dejando solo lodo agrietado en el fondo.

La gente empezó a murmurar de nuevo.
—Es la maldición —decían—. El sacrificio no fue suficiente. O los dioses están enojados porque la Patrona no lloró lo suficiente.

Una tarde, un grupo de campesinos llegó a las puertas de la Hacienda. Venían con machetes y palos, no para atacar, sino por desesperación. Tenían hambre. Sus hijos tenían sed.
Nasha salió al porche. Don Tempo se escondió en el despacho, incapaz de enfrentar la crisis.

—Patrona —dijo el líder, un hombre llamado Anselmo—. No tenemos agua. El pozo del pueblo se secó ayer. Sus pozos privados todavía tienen. Necesitamos que comparta.

Rulfo y los guardias de la hacienda dieron un paso al frente, poniendo las manos en sus pistolas.
—Atrás —ordenó Rulfo—. El agua de la hacienda es para el ganado del patrón. Si las vacas mueren, todos nos morimos de hambre.

La tensión era palpable. Una chispa y habría sangre.
Nasha miró a los hombres. Vio sus labios resecos, sus ojos hundidos. Vio el miedo. Ese mismo miedo que ella había visto en los ojos de sus pretendientes, pero este era un miedo real, un miedo de supervivencia.

Recordó a Jango.
Recordó lo que él le había dicho: “La libertad no es tener dinero. Es hacer lo correcto aunque te cueste”.
Si ella seguía las reglas de su padre, guardaría el agua. Protegería la inversión. Dejaría que el pueblo sufriera para salvar su riqueza. Eso haría la “Doncella de Hierro”.

Pero ella ya no era esa mujer.

—Bajen las armas —ordenó Nasha a sus guardias.
—Pero patrona… —protestó Rulfo—. Si les damos agua, no va a alcanzar para todo el ganado. Perderemos la mitad de las cabezas.
—Que se mueran las vacas —dijo Nasha, con voz firme—. Las vacas se compran. La gente no.

Caminó hacia Anselmo.
—Abran las compuertas del pozo principal. Conecten las mangueras. Que se llene la pipa del pueblo. Y traigan comida de la bodega. Maíz, frijol, lo que haya. Nadie se muere de hambre en mi tierra mientras yo tenga un saco de harina.

Anselmo la miró, incrédulo. Se quitó el sombrero y se arrodilló en el polvo.
—Dios la bendiga, patrona. Jango la ilumine.

Nasha sintió un piquete en el corazón al oír el nombre.
—Levántate, Anselmo —dijo ella, ayudándolo a subir—. No te arrodilles ante nadie. Jango… Jango odiaba que la gente se arrodillara.

Ese día, Nasha perdió millones de pesos. El ganado murió por docenas en las semanas siguientes. Pero ganó algo que su padre nunca pudo comprar con todo su oro: la lealtad absoluta de su gente. Ya no la seguían por miedo. La seguían por amor.


Y así pasó un año.
El aniversario de la desaparición llegó con un viento extraño, frío, que bajaba de la sierra y se colaba por los pasillos de la hacienda.
Don Tempo había muerto dos meses antes. Su corazón, cansado de culpa y alcohol, simplemente se detuvo una noche. Nasha lo enterró con honores, lloró lo necesario y cerró el despacho. No quiso ocuparlo. Ella dirigía la hacienda desde la cocina o desde el campo.

Esa noche de aniversario, Nasha organizó una misa. No en la iglesia, sino en el patio, frente al balcón.
Todo el pueblo asistió. Había velas por todas partes, iluminando la noche como si fuera día de muertos.
El cura habló de sacrificio, de redención. La gente cantó alabanzas.

Nasha estaba sentada en primera fila, vestida de negro riguroso. Pero su mente no estaba en la misa.
Sentía una inquietud eléctrica en la piel.
Durante todo el año, había buscado una señal. Un sueño. Algo. Y no había tenido nada.
Pero esa noche, el viento se sentía diferente.

Cuando la misa terminó y la gente empezó a irse, Nasha se quedó sola en el patio. Miró hacia arriba, hacia su balcón.
—Un año, Jango —susurró—. Un año y sigo aquí. No me rompí. No me volví de piedra.

Subió a su habitación.
Estaba cansada. La administración de la hacienda, la sequía, la muerte de su padre… todo pesaba.
Se sentó en el borde de la cama y sacó de una caja de madera la camisa de Jango.
La tela estaba deshaciéndose. Pronto no quedaría nada de ella.
—Tengo miedo de olvidar tu cara —confesó en voz alta—. A veces cierro los ojos y me cuesta trabajo recordar cómo sonaba tu voz. Me da miedo que te conviertas solo en una historia para mí también.

Se acostó abrazando la camisa. El sueño la venció rápido.

Y entonces, sucedió.
No fue un sueño normal. Fue vívido, real.
Estaba en un lugar que no conocía. Un desierto blanco, infinito, donde el suelo era de sal y el cielo de un azul profundo. No había sol, pero todo estaba iluminado.
A lo lejos, vio una figura.
Una mancha negra en la blancura.

Nasha corrió. Corrió hasta que le dolieron los pulmones, aunque en el sueño no se cansaba.
A medida que se acercaba, la figura se hizo clara.
Era él.
Jango.
Estaba parado de espaldas, mirando hacia el horizonte infinito. Llevaba la misma ropa.
—¡Jango! —gritó ella.

Él se giró despacio.
Estaba igual. No había envejecido. Su cicatriz, su barba, sus ojos oscuros.
Le sonrió. Esa sonrisa de medio lado que la volvía loca.
—Hola, Patrona —dijo él.

Nasha se lanzó a sus brazos. Esperaba atravesarlo, como el día que desapareció. Esperaba abrazar aire.
Pero chocó contra un cuerpo sólido.
Lo sintió. Sintió sus brazos rodearla, fuertes, cálidos. Sintió su pecho subir y bajar contra el suyo.
—¡Estás aquí! —lloró ella, escondiendo la cara en su cuello—. ¡Estás vivo!

—No exactamente —dijo él, acariciándole el cabello—. Pero tú me llamaste. Gritaste tan fuerte con tu corazón este año que rompiste la barrera un ratito.

—Vuelve —suplicó ella—. Vuelve conmigo. La hacienda va bien, pero yo no. Yo te necesito.
Jango la separó un poco para mirarla a la cara. Le limpió las lágrimas con los pulgares.
—Mira lo que has hecho, Nasha. Mírate. Ya no eres la niña que se escondía detrás del oro. Eres una reina. Has salvado a tu gente. Has perdonado a tu padre. Has crecido más en un año que en toda tu vida anterior.

—Lo hice por ti —dijo ella.
—No. Lo hiciste porque eso es lo que eres. Yo solo quité el polvo.

—No me importa —insistió ella—. No quiero ser reina si tengo que estar sola.
Jango suspiró, un sonido que pareció venir de todas partes al mismo tiempo.
—No estás sola. Yo soy el viento que te despeina en las mañanas. Soy el calor del sol en el campo. Soy la lluvia que va a caer mañana para salvar tu cosecha.
—¿Va a llover? —preguntó ella, como una niña.
—Va a llover —prometió él—. Zanda está perdonada. Porque tú pagaste el precio con tu dolor. El equilibrio se restableció.

Jango empezó a alejarse, retrocediendo.
—No te vayas —pidió ella, aunque sabía que era inútil.
—Tengo que irme. Pero no te preocupes. El amor no sabe de tiempos, ni de muertes. Espérame, Nasha. Vive. Vive mucho. Envejécete. Manda. Ama a tu tierra. Y cuando te toque, cuando estés lista… yo voy a estar aquí, en la orilla, esperándote para cruzar juntos.

—¿Lo prometes?
—Yo no prometo, Nasha —dijo él, desvaneciéndose en la luz blanca—. Yo sé.

Nasha despertó de golpe.
Estaba en su cama, sudando, con el corazón galopando.
Se sentó. La habitación estaba a oscuras.
Pero se escuchaba algo.
Un sonido rítmico, constante, maravilloso afuera.
Tap-tap-tap-tap.

Nasha corrió al balcón y abrió las puertas.
Estaba lloviendo.
Una lluvia torrencial, bendita, caía sobre Zanda. El olor a tierra mojada, a petricor, inundaba el mundo.
Abajo, los peones salían de sus casas, gritando, bailando bajo el agua, llorando de alegría.
—¡Lluvia! —gritaban—. ¡Se acabó la sequía! ¡Milagro!

Nasha salió al balcón y dejó que el agua la empapara. El agua fría se mezcló con sus lágrimas calientes.
Miró al cielo oscuro, cubierto de nubes pesadas.
—Gracias —susurró, sabiendo que él la escuchaba—. Gracias, mi amor.

Levantó la cara hacia la lluvia y rio. Una risa libre, sonora, que se mezcló con el trueno.
Ya no era la Princesa rechazada.
Ya no era la víctima de una maldición.
Era Nasha de Zanda, la mujer que amó a un fantasma y a cambio recibió la vida.

La herida seguía ahí, en su pecho. Pero ya no sangraba. Ahora era una cicatriz. Y como decía Jango, las cicatrices son solo la prueba de que sobreviviste.

Nasha se quedó ahí hasta el amanecer, viendo cómo su tierra revivía, sabiendo que, aunque su cama estuviera vacía, ella nunca, nunca más, volvería a estar sola.

CAPÍTULO 8: El Último Atardecer y la Promesa Cumplida

Dicen que no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague. Y la vida, que es la prestamista más exigente de todas, siempre viene a cobrar al final.

Pasaron los años sobre la Hacienda Zanda. Y no pasaron en vano.
Aquellas tierras, que alguna vez fueron famosas por la sequía y la arrogancia de sus dueños, se transformaron en el vergel más próspero del norte. Donde antes había miedo, ahora había escuelas. Donde antes había capataces con látigo, ahora había cooperativas de trabajadores. Y en el centro de todo, como un roble antiguo que ha resistido mil tormentas, estaba ella.

Nasha. La Doña. La Patrona.

El tiempo había sido un escultor paciente con ella. Le había llenado el rostro de arrugas finas, como mapas de todas las risas y las preocupaciones que había vivido. Su cabello, aquel negro azabache que enamoraba y asustaba a los hombres, se había convertido en una cascada de plata pura, blanca como la luna, que siempre llevaba recogida en una trenza digna.

Nasha nunca se casó.
No faltaron pretendientes, claro. Incluso años después de la desaparición de Jango, hubo hombres que intentaron acercarse. Viudos respetables, empresarios que admiraban su fuerza. Pero Nasha los recibía con una taza de café, una sonrisa amable y una negativa firme.
—Mi corazón ya tiene dueño —les decía, sin tristeza—. Solo que él vive en el viento y yo todavía tengo cosas que hacer aquí en la tierra.

Y vaya que hizo cosas.
Nasha envejeció trabajando. Se le veía recorrer los campos en una camioneta vieja, regañando a los nietos de Rulfo (el antiguo capataz) cuando no cuidaban bien el riego. Se le veía en las bodas del pueblo, bailando con los novios, regalando tierras a las parejas jóvenes para que empezaran su vida. Se convirtió en la madre de un pueblo entero que la adoraba no como a una reina, sino como a una abuela sabia y estricta.

Pero todos sabían que la Doña guardaba un secreto.
Todos los días, sin falta, al atardecer, Nasha subía al balcón de su habitación. Se sentaba en una mecedora de madera frente a las montañas y se quedaba allí, en silencio, viendo cómo el sol se escondía. A veces sonreía. A veces movía los labios como si estuviera platicando con alguien invisible.

—Está hablando con el Santo Jango —decían los niños, espiándola desde los árboles.


El día que llegó el final, Zanda amaneció distinta.
Era un día de noviembre, de esos que huelen a cempasúchil y a pan de muerto. El aire estaba quieto, dorado, suspendido en una paz extraña.

Nasha despertó en su cama enorme. Tenía ochenta y cinco años.
Esa mañana, al intentar levantarse, sintió que el cuerpo ya no le respondía igual. No era dolor. Era una pesadez inmensa, como si sus huesos se hubieran convertido de pronto en plomo. Y al mismo tiempo, sentía una ligereza en el pecho, como si el ancla que la había mantenido atada al mundo se estuviera soltando.

Llamó a María, la nieta de su antigua Nana Lupe, que ahora era quien la cuidaba.
—María —dijo Nasha con voz suave—. Abre las ventanas. Hoy entra mucha luz.

María, una mujer robusta y cariñosa, notó algo en la mirada de la Patrona. Ese brillo de despedida que tienen los viejos cuando saben que el viaje ha terminado. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Se siente mal, Doña Nasha? ¿Llamo al doctor?

Nasha sonrió y le palmeó la mano.
—No llames a nadie, mija. El doctor no cura lo que yo tengo. Lo que tengo se llama vida cumplida. Ayúdame a vestirme. Quiero estar presentable.

—¿A dónde va a ir? —sollozó María.
—Tengo una cita. Llevo esperando sesenta años para esta cita. No puedo llegar en pijama.

Con mucho esfuerzo, la vistieron. Nasha eligió un vestido blanco, sencillo, de lino fresco. Pidió que le trenzaran el cabello con listones de colores. Y pidió que le trajeran la caja de madera de sándalo que guardaba bajo su cama.
Abrió la caja con manos temblorosas.
Adentro solo quedaban unos hilos negros. Era lo único que quedaba de la camisa de Jango. El tiempo se la había comido casi toda, pero Nasha tomó esos hilos y los apretó en su puño cerrado.

—Llévame al balcón, María. Y luego déjame sola.


Sentada en su mecedora, Nasha miró su imperio.
Vio los campos verdes a lo lejos. Vio el humo de las cocinas del pueblo subiendo hacia el cielo. Escuchó las risas de los niños saliendo de la escuela que ella había construido.
Respiró hondo. El aire olía a tierra fértil.

“Lo hice bien, Jango”, pensó. “No dejé que se cayera. No dejé que el rencor me ganara. Viví. Me cansé. Amé a esta gente”.

El sol empezó a bajar, pintando el cielo de colores violetas y naranjas. El atardecer más hermoso que había visto en su vida.
Nasha sintió que el frío empezaba a subirle por los pies. Pero no era un frío desagradable. Era como meterse poco a poco en un río de agua fresca después de un día de calor insoportable.
Su corazón, ese corazón que había pasado de piedra a carne, y de carne a oro puro, empezó a latir más despacio.
Pum… pum… pum…

Cerró los ojos.
La oscuridad no llegó. Al contrario.
Detrás de sus párpados, la luz se hizo más fuerte.
El ruido del mundo, el canto de los pájaros, el viento en los árboles, se fue apagando poco a poco, como cuando se baja el volumen de una radio vieja.
Y en ese silencio absoluto, escuchó los pasos.

No eran pasos de fantasma. Eran pasos de botas firmes sobre piedra.
Tac. Tac. Tac.
Nasha no abrió los ojos físicos, porque sabía que su cuerpo ya se había quedado atrás, dormido en la mecedora. Abrió los ojos del alma.

Ya no estaba en el balcón.
Estaba en el desierto blanco de su sueño. Ese lugar infinito, brillante, donde el tiempo no existe.
Se miró las manos.
Ya no tenían manchas de la edad. Ya no tenían arrugas. Eran manos jóvenes, fuertes, de piel morena y suave. Se tocó la cara. Su piel era tersa. Su cabello volvía a ser negro y caía libre sobre su espalda.
Se sentía ligera. Tan ligera que podría flotar.

Levantó la vista.
Y ahí estaba él.

Jango.
Estaba parado a unos metros, esperándola, con las manos en los bolsillos, igual que aquel día en su habitación. No había envejecido ni un día. Llevaba su ropa negra, sus botas gastadas, y esa media sonrisa burlona y tierna que Nasha había guardado en su memoria como un tesoro sagrado.

Nasha se quedó quieta un momento, incrédula. El miedo de que fuera otro sueño la paralizó.
—Tardaste mucho —dijo Jango. Su voz era clara, real, vibrante.

Nasha soltó una carcajada que sonó como campanas.
—Tenía mucho trabajo —respondió ella, dando un paso hacia él—. Alguien tenía que arreglar el desastre que dejó mi padre. Y alguien tenía que cuidar tus vacas.

—Mis vacas —rio él—. Nunca fueron mías.
—Bueno, ahora son de todos.

Jango sacó las manos de los bolsillos y abrió los brazos.
—Ven acá, Patrona.

Nasha corrió. Corrió con la fuerza de sus veinte años, corrió dejando atrás el bastón, el luto, la soledad, las noches frías, el peso de la responsabilidad.
Chocó contra él y esta vez, el abrazo fue eterno.
Jango la levantó en el aire, girando con ella. Nasha hundió la cara en su cuello, aspirando su olor. Olía a hogar. Olía a final y a principio.

—Lo prometiste —sollozó ella de felicidad—. Dijiste que estarías aquí.
—Yo no prometo cosas que no puedo cumplir —dijo él, bajándola pero sin soltarla—. Te vi, Nasha. Te vi todos los días. Te vi cuando perdonaste a los ladrones. Te vi cuando cargaste a los niños huérfanos. Te vi cuando llorabas en las noches. Estuve ahí, soplándote el viento en la cara para secarte las lágrimas.

—Fue difícil —admitió ella, mirándolo a los ojos, esos ojos negros infinitos—. Vivir sin ti fue lo más difícil que he hecho.
—Pero lo hiciste. Y lo hiciste hermoso. Tu vida valió por la de los dos.

Jango le tomó la mano. Su tacto era sólido, caliente, perfecto.
—¿Y ahora qué? —preguntó Nasha, mirando el horizonte blanco—. ¿A dónde vamos?
—A donde queramos —respondió Jango—. Ya no hay hacienda. Ya no hay padre. Ya no hay pueblo que te juzgue. Ya no hay maldición. El universo es grande, Nasha. Y tenemos toda la eternidad para recorrerlo.

—¿Juntos?
—Siempre juntos. Ya pagamos el precio. Ahora toca la recompensa.

Nasha miró hacia atrás por un segundo. Vio, como a través de un velo, la escena en el balcón de la Hacienda Zanda. Vio a María llorando sobre su cuerpo de anciana. Vio cómo empezaban a tocar las campanas del pueblo. Vio la tristeza de su gente.
—Van a estar tristes —dijo ella.
—Van a estar bien —aseguró Jango—. Les dejaste raíces fuertes. Ellos saben cuidarse solos ahora. Tu leyenda los va a proteger.

Nasha asintió. Se despidió mentalmente de Zanda, de su tierra, de su dolor.
Se giró hacia Jango y le apretó la mano.
—Vámonos, vaquero —dijo ella, con esa chispa de arrogancia divertida que nunca perdió del todo.
Jango rio y empezaron a caminar.
Se alejaron hacia la luz, dos siluetas recortadas contra la eternidad, caminando al mismo paso, hombro con hombro, mientras el desierto blanco se convertía en estrellas bajo sus pies.


En la Hacienda Zanda, encontraron a la Doña Nasha sentada en su mecedora, frente al atardecer ya casi oscuro.
Parecía dormida.
Tenía la cabeza recargada hacia un lado y las manos apretadas sobre unos hilos negros viejos.
Pero lo que más impactó a los que la vieron, lo que hizo que el médico forense se detuviera un momento antes de cubrirla, fue su expresión.

Nasha no tenía la cara de angustia de los muertos.
Tenía una sonrisa.
Una sonrisa suave, pícara, de satisfacción absoluta. La sonrisa de una mujer que acaba de reencontrarse con el amor de su vida y le está diciendo: “Te dije que te iba a encontrar”.

El funeral de Nasha fue el evento más grande que se recuerde en el estado. Vinieron miles. No cabían en la iglesia, ni en la plaza. Tuvieron que velarla en el campo abierto, bajo las estrellas.
La enterraron junto a su padre, pero en su lápida no pusieron “Hija de Don Tempo” ni “Dueña de Zanda”.
Nasha había dejado instrucciones precisas en su testamento.
Sobre la piedra de mármol blanco, solo grabaron una frase:

NASHA
La que amó al viento y aprendió a volar.

Y abajo, en letras más pequeñas:
“El amor no es posesión, es libertad”.


Cuentan los viejos de Zanda, esos que todavía se sientan en las bancas de la plaza a ver pasar la vida, que la Hacienda no se quedó vacía.
Dicen que ahora es un museo y una escuela de agricultura.
Pero dicen también que, en las noches de noviembre, cuando el viento sopla fuerte desde la sierra, no se siente miedo.
Dicen que si pones atención, puedes escuchar dos pares de pasos en el balcón principal. Unas botas pesadas y unos tacones firmes.
Y a veces, solo a veces, se escucha una risa de mujer y una voz de hombre que le contesta.

Nadie se asusta.
Al contrario. Las parejas jóvenes van y se sientan cerca de los muros de la hacienda para pedir un deseo.
—Ojalá nos queramos como ellos —dicen.

Porque en Zanda ya no existe la maldición de la soledad.
Jango y Nasha se encargaron de romperla para siempre.
Nos enseñaron que el verdadero amor no es el que te ata, ni el que te compra, ni el que te completa. El verdadero amor es el que te da el valor para ser tú mismo, incluso si eso significa caminar solo un rato, sabiendo que al final del camino, alguien te está esperando con los brazos abiertos.

¿Y tú?
¿Estás amando con libertad, o sigues buscando a alguien que te llene los vacíos?
¿Estás construyendo muros de oro como Nasha, o estás dispuesto a desvanecerte como Jango para que otro brille?

La historia de Zanda termina aquí, pero la pregunta se queda contigo.
Porque todos, en el fondo, estamos esperando a ese alguien que nos mire a los ojos y no nos tenga miedo.

FIN

Related Posts

Our Privacy policy

https://topnewsaz.com - © 2026 News