
CAPÍTULO 1: LA INTRUSA EN LA TORRE DE MARFIL
Cornelio Monroy no se consideraba un hombre malo. En los círculos empresariales de Santa Fe y Polanco, donde los rascacielos de cristal arañan el cielo contaminado de la Ciudad de México, la bondad es un concepto relativo. Para Cornelio, ser “bueno” significaba pagar a tiempo, cerrar tratos con un apretón de manos firme y no destruir a la competencia a menos que fuera estrictamente necesario. Él era un hombre de orden, de estructuras, de jerarquías inquebrantables.
Su oficina, situada en el piso cuarenta y dos de la Torre Monroy, era su santuario. Un espacio vasto, minimalista y frío, decorado con muebles de diseño italiano y obras de arte abstracto que costaban más de lo que una familia promedio ganaría en diez vidas. Desde allí, Cornelio miraba la ciudad como un dios indiferente. El caos del tráfico, los cláxones lejanos, los vendedores ambulantes y el smog quedaban reducidos a un hormiguero silencioso bajo sus pies.
Aquel viernes por la tarde, el ambiente en el corporativo era de una quietud sepulcral. La mayoría de los empleados administrativos ya habían huido hacia el fin de semana, desesperados por escapar del aire acondicionado y sumergirse en la calidez de sus vidas personales. Cornelio, sin embargo, se tomaba su tiempo. Ajustó los gemelos de oro de su camisa, tomó su saco del perchero y verificó por tercera vez que su agenda para el lunes estuviera impecable.
—Buenas noches, Don Cornelio —dijo el guardia de seguridad al verlo salir del elevador privado en el sótano.
—Buenas noches, Ramírez. Que nadie suba —ordenó Cornelio sin detenerse, su voz resonando con esa autoridad natural que da el dinero viejo.
Caminó hacia su camioneta blindada, una bestia negra estacionada en su lugar reservado. Subió, encendió el motor y sintió el suave ronroneo de la maquinaria alemana. Pero justo cuando iba a poner la marcha, su mano buscó instintivamente en el bolsillo interior del saco. Vacío.
Maldijo por lo bajo. —¡Carajo!
Su teléfono personal. No el del trabajo, que siempre cargaba su asistente, sino el personal, el privado, donde guardaba lo poco que quedaba de su vida íntima y las fotos que no compartía con nadie. Lo había dejado sobre el escritorio de caoba, junto a la botella de whisky.
Cornelio golpeó el volante con frustración. Podía mandar a Ramírez por él, pero la idea de que alguien más tocara su teléfono, aunque estuviera bloqueado, le repugnaba. Cornelio era celoso de su privacidad hasta la paranoia. Apagó el motor, bajó de la camioneta y caminó de regreso al elevador con paso firme y molesto.
El edificio estaba en “modo nocturno”, con las luces de los pasillos atenuadas. El silencio era absoluto, solo roto por el sonido de sus propios zapatos de suela de cuero golpeando el mármol pulido. Al llegar a su piso, las puertas del elevador se abrieron con un siseo suave.
Esperaba encontrar la oficina en penumbras y soledad. Sin embargo, vio una franja de luz escapando por la puerta entreabierta de su despacho. Frunció el ceño. Nadie tenía autorización para estar ahí a esa hora. Su secretaria se había ido hace dos horas.
Se acercó sigilosamente, no por miedo, sino con la curiosidad depredadora de quien encuentra a un intruso en su territorio. Empujó la puerta suavemente y lo que vio lo dejó paralizado, con una mezcla de indignación y sorpresa.
Adentro estaba la nueva empleada de limpieza. No recordaba su nombre; para él, el personal de limpieza era invisible, fantasmas que hacían que el mundo brillara sin que nadie los viera. Pero esta mujer no era un fantasma. Era muy real y estaba cometiendo un pecado capital en el mundo de Cornelio: estaba invadiendo su intimidad.
Los útiles de limpieza —la cubeta amarilla con ruedas, el trapeador grisáceo, los atomizadores de químicos— estaban abandonados tristemente junto a la entrada. La mujer, en cambio, estaba de pie frente a su imponente escritorio.
Cornelio la observó un momento antes de hacerse notar. Llevaba el uniforme estándar de la empresa de servicios: una bata azul marino holgada que no lograba ocultar del todo una figura esbelta, y un pantalón del mismo color. Tenía el cabello recogido en una coleta apretada y práctica, y no llevaba ni una gota de maquillaje. A pesar de la sencillez, o quizás debido a ella, había algo digno en su postura.
Pero lo que hizo hervir la sangre de Cornelio no fue su presencia, sino lo que estaba haciendo.
La mujer sostenía entre sus manos, con una delicadeza reverencial, el portarretratos de plata que siempre estaba en la esquina derecha del escritorio. Era la única fotografía física que Cornelio conservaba de su familia: una imagen tomada hacía treinta y cinco años, en un rancho en Jalisco. En ella aparecían sus padres, jóvenes y fuertes, y él mismo de niño.
La empleada de limpieza no estaba simplemente limpiando el polvo del marco. Lo estaba estudiando. Sus ojos recorrían los rostros en la foto con una intensidad que rozaba la obsesión. Acercaba el marco a su rostro, entrecerraba los ojos, y luego lo alejaba, como si buscara descifrar un código secreto impreso en el papel fotográfico.
Cornelio sintió una violación a su espacio personal. Esa foto era sagrada. Era el recuerdo de una época donde él fue feliz, antes de que el dinero y las traiciones endurecieran su corazón.
Carraspeó. Fue un sonido seco, fuerte, deliberadamente agresivo.
—Jum.
El efecto fue inmediato. La mujer dio un salto violento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. El marco de plata resbaló de sus dedos y, por un segundo que pareció eterno, Cornelio temió que se estrellara contra el suelo. Pero ella tuvo los reflejos rápidos de quien está acostumbrada a evitar desastres; lo atrapó en el aire, torpemente, y lo apretó contra su pecho.
Se giró hacia la puerta, con los ojos desorbitados por el pánico.
—¡Ay, Dios mío! —exhaló, con un acento suave, cantarín, de provincia.
Cornelio entró en la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco. Cruzó los brazos sobre el pecho y adoptó esa postura de superioridad que usaba para intimidar a socios comerciales y competidores.
—¿Se puede saber qué demonios hace? —preguntó, con voz gélida—. ¿Le pagan por limpiar o por curiosear en las vidas ajenas?
La mujer tragó saliva. Bajó la mirada, incapaz de sostener los ojos fríos y oscuros de su jefe.
—Perdóneme, patrón… Licenciado… Señor —balbuceó, sin saber cómo dirigirse a él—. Pensé que ya se había ido. Yo solo… entré a sacar la basura y limpiar el escritorio.
—Eso no parece “limpiar el escritorio” —replicó Cornelio, señalando la foto que ella aún abrazaba como un escudo—. Eso parece espiar. ¿Sabe usted quién soy? ¿Sabe que podría despedirla ahora mismo por tocar mis cosas personales?
Ella levantó la vista entonces. Y en sus ojos, Cornelio vio algo que no esperaba. No era el miedo servil al que estaba acostumbrado. Sí, estaba asustada, pero había una chispa de dignidad, y algo más… una curiosidad ardiente que superaba su temor al despido.
—No quería faltarle al respeto, señor —dijo ella, colocando el portarretratos sobre el escritorio con manos temblorosas—. Es solo que… la foto.
Cornelio arqueó una ceja, incrédulo ante la audacia. Caminó hasta quedar frente a ella, separado solo por la inmensidad del escritorio de caoba.
—¿Qué tiene la foto? Es una foto vieja. No tiene nada que ver con usted.
La mujer, cuyo gafete decía “Ludmila”, dudó un momento. Se mordió el labio inferior, debatiéndose entre callar y hablar. Finalmente, señaló con un dedo índice, áspero por el cloro y el jabón, hacia la figura del padre de Cornelio en la imagen.
—Ese señor… su papá —susurró—. Tiene algo en la cara.
Cornelio miró la foto. Su padre, Don Agustín Monroy, sonreía a la cámara con su sombrero de charro. En su mejilla izquierda, claramente visible a pesar de la antigüedad de la imagen, había una marca de nacimiento. Una mancha oscura, irregular, parecida a una estrella de cinco puntas deforme.
—Es un lunar. Una marca de nacimiento —dijo Cornelio, impaciente—. ¿Y qué?
Ludmila levantó la mirada y lo vio a los ojos.
—Es que es muy raro. Esa forma… nunca había visto una igual. Bueno, sí. Sí la he visto.
Cornelio soltó una risa corta y despectiva.
—Lo dudo mucho, mi reina. Esa marca es genética. Es el sello de los Monroy. Mi abuelo la tenía, mi padre la tenía. Es extremadamente rara. No es algo que se vea en cualquier… —se detuvo antes de decir “barrio bajo”— en cualquier lado.
—Pero yo la he visto —insistió ella, y su voz ganó un poco de fuerza—. Idéntica. En el mismo lugar. Del mismo color café oscuro. Como una estrellita chueca.
Cornelio sintió una punzada de irritación. ¿Qué pretendía esta mujer? ¿Insinuar que conocía a algún pariente lejano? ¿Inventar un cuento para pedir dinero? Ya le había pasado antes. Gente que aparecía de la nada reclamando ser primos lejanos o hijos bastardos de su padre para sacar tajada de la herencia.
—Mire, señora… Ludmila —dijo, leyendo el gafete con desdén—. No sé qué juego cree que está jugando, pero no tengo tiempo para esto. Esa marca es única de mi familia directa. Y mi familia directa está muerta o soy yo. Así que, a menos que me diga que vio a un fantasma, está usted equivocada.
Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo su espacio, usando su altura y su presencia para hacerla pequeña.
—Y le voy a dar un consejo gratis: en este mundo, a la gente como usted le va mejor si mantiene la cabeza agachada y los ojos en su trabajo. La curiosidad mató al gato, ¿sí se sabe ese dicho? No se meta en lo que no le importa. No trate de buscar conexiones donde no las hay. Usted está aquí para que este piso brille, no para analizar mi árbol genealógico.
Ludmila retrocedió un paso, como si la hubiera abofeteado. Su rostro se sonrojó violentamente, no de vergüenza, sino de una emoción contenida que Cornelio no supo identificar. Parecía… ¿dolor? ¿Ira?
Ella asintió lentamente.
—Tiene razón, señor. Disculpe mi atrevimiento. No volverá a pasar. Soy una simple empleada de limpieza, ¿verdad? No tengo derecho a mirar a los patrones.
Había un sarcasmo sutil en su tono, tan fino que Cornelio casi no lo percibió, pero estaba ahí. Ella tomó su trapo y comenzó a frotar la superficie del escritorio con movimientos rápidos y nerviosos.
—Puede retirarse —ordenó Cornelio, recuperando su teléfono del escritorio—. Y que quede claro: la próxima vez que entre y la vea haciendo algo que no sea limpiar, no me voy a molestar en regañarla. Simplemente llamaré a seguridad para que la saquen y boletinen su nombre para que no encuentre trabajo ni barriendo banquetas. ¿Entendido?
Ludmila se detuvo. Lo miró una última vez. Sus ojos marrones, profundos y tristes, se clavaron en los de él. Fue una mirada larga, pesada. Cornelio sintió un escalofrío extraño recorrerle la espalda. No era la mirada de una subordinada. Era la mirada de alguien que sabe un secreto terrible, la mirada de un juez dictando sentencia.
—Entendido, Don Cornelio —dijo ella. Su voz sonó hueca—. Que tenga buenas noches. Y… cuide mucho esa foto. A veces las fotos es lo único que nos queda de la gente que debimos amar más.
Antes de que Cornelio pudiera responder a esa frase críptica y extrañamente personal, ella tomó su carrito, dio media vuelta y salió de la oficina, dejando tras de sí un leve olor a lavanda barata y una atmósfera cargada de tensión estática.
Cornelio se quedó solo en el silencio de su torre de marfil. Miró el teléfono en su mano, luego la foto de su padre.
—Vieja loca —murmuró para sí mismo, tratando de sacudirse la incomodidad.
Pero la sensación persistía. Esa mujer lo odiaba. Lo había sentido en la vibración del aire. Y lo más inquietante era su certeza sobre la marca. “Yo la he visto”, había dicho.
Se pasó la mano por el cabello, frustrado. ¿Por qué le importaba lo que dijera una limpiadora? Él era Cornelio Monroy. Tenía empresas, tenía poder, tenía todo.
Excepto que, mientras caminaba de regreso al elevador, el eco de sus propios pasos le recordó lo que realmente tenía: soledad. Una inmensa y lujosa soledad.
El teléfono vibró en su mano, sacándolo de sus pensamientos. Era su madre.
Suspiró, preparándose mentalmente. La noche apenas comenzaba, y si el encuentro con la limpiadora había sido un mal presagio, la cena con Doña Irma prometía ser el infierno.
CAPÍTULO 2: EL PESO DE LA CORONA Y LA JAULA DE ORO
El descenso en el elevador privado desde el piso cuarenta y dos hasta el sótano tres tardó exactamente cuarenta y cinco segundos. Cornelio lo sabía porque, en sus días más neuróticos, solía cronometrarlo. Pero esa noche, esos segundos se sintieron como una caída libre hacia un abismo de pensamientos que prefería mantener bajo llave.
El reflejo en las puertas de acero pulido le devolvía la imagen de un hombre en la cima del mundo: traje de corte impecable, postura rígida, rostro afeitado con precisión quirúrgica. Sin embargo, por dentro, la imagen de la limpiadora, Ludmila, seguía grabada en su retina como una mancha de aceite que se niega a salir.
—“Yo la he visto. Idéntica” —había dicho ella.
Cornelio apretó los dientes, haciendo rechinar la mandíbula. ¿Por qué le afectaba tanto? Era una estupidez. La gente pobre siempre buscaba milagros, señales divinas o parientes ricos perdidos para salir de su miseria. Seguramente había visto una mancha de mugre en la cara de algún niño de la calle y su imaginación desesperada había hecho el resto.
Las puertas se abrieron en el estacionamiento subterráneo, un búnker de concreto gris, frío y silencioso, donde descansaban los juguetes de los altos ejecutivos: BMWs, Mercedes, alguna camioneta Land Rover. Su propia camioneta, una Suburban blindada nivel 5, negra y brillante como un escarabajo gigante, lo esperaba en su cajón reservado.
Ramírez, el jefe de seguridad nocturna, se acercó trotando con esa sumisión servil que a Cornelio, en días malos como este, le revolvía el estómago.
—¿Todo en orden, Licenciado? ¿Gusta que lo escoltemos hasta la salida de la autopista?
Cornelio negó con la cabeza mientras desactivaba la alarma. El “bip-bip” resonó con eco en el concreto.
—No, Ramírez. Hoy me voy solo. No quiero niñeras. Y avísale a la empresa de limpieza que vigilen a la nueva. Se llama Ludmila. La encontré husmeando en mi escritorio. No quiero que la corran todavía… —dijo, y se detuvo un segundo, sorprendiéndose a sí mismo. ¿Por qué no la corría? Era lo lógico. Lo fácil—. Solo… vigílenla. Que se limite a trapear y callarse la boca.
—Entendido, patrón. Buenas noches.
Cornelio subió a la camioneta y cerró la puerta. El sonido del exterior desapareció instantáneamente, reemplazado por el silencio hermético del blindaje. Era su cápsula, su burbuja. Ahí dentro, nadie podía tocarlo. Ni los secuestradores, ni los vendedores de semáforo, ni los recuerdos.
Encendió el motor y salió del edificio hacia la noche de la Ciudad de México.
La ciudad lo recibió con su caos habitual. Viernes por la noche. El tráfico en Santa Fe era una serpiente de luces rojas que se estiraba hasta el infinito. Cualquier otro conductor habría golpeado el volante, mentado madres y buscado atajos imposibles. Cornelio no. Él simplemente puso música clásica —Chopin, nocturnos— y dejó que el aire acondicionado enfriara su temperamento.
Mientras avanzaba a paso de rueda por la Avenida de los Poetas, su mente volvió a traicionarlo. Miró el asiento del copiloto, vacío. Siempre estaba vacío.
A sus casi cuarenta años, Cornelio Monroy era el “Soltero de Oro” de las revistas de sociales. Quién, Caras, Hola!, todas habían especulado sobre su vida amorosa. Lo habían emparejado con actrices de Televisa que buscaban un patrocinador, con hijas de políticos que necesitaban blanquear su imagen, con influencers rubias que solo sabían hablar de sus viajes a Tulum y sus bolsas Gucci.
Él había salido con todas ellas. Y con todas había sentido lo mismo: un aburrimiento mortal, una náusea existencial.
Eran mujeres hermosas, sí. De cuerpos esculpidos en gimnasios exclusivos y quirófanos de las Lomas. Mujeres que sabían qué tenedor usar para el pescado y cómo sonreír para las cámaras sin que se les notara la falsedad. Pero cuando Cornelio las imaginaba en su casa, sentadas en su sala, criando a sus hijos… el pánico lo invadía.
No quería una esposa trofeo. No quería a alguien que amara su tarjeta American Express Centurion más que a él.
—Maldita sea —murmuró, observando a una pareja en una moto destartalada que se colaba entre los coches.
Iban pegados, casi fusionados. Ella abrazaba la cintura del conductor con fuerza, recargando la barbilla en su hombro. Se reían de algo. No tenían blindaje, ni aire acondicionado, ni seguridad. Un mal golpe y se mataban. Y sin embargo, se veían… vivos. Reales.
Cornelio sintió una punzada de envidia tan aguda que tuvo que desviar la vista. Él tenía el poder de comprar la fábrica de motos entera, pero no tenía a nadie que lo abrazara así por la espalda, confiando ciegamente en él, no por lo que tenía en el banco, sino por quién era.
El recuerdo de Sofía amenazó con salir de la caja fuerte mental donde lo tenía encerrado. El olor de su perfume barato de vainilla. La textura de su cabello rizado y rebelde. La forma en que ella se reía, echando la cabeza hacia atrás, sin importarle si se le veían las muelas o si hacía ruido. Sofía, que le había dicho que su dinero no servía para nada si tenía el alma podrida.
Sacudió la cabeza violentamente. No. No iba a pensar en eso. Eso fue hace diez años. Él era otro hombre. Un hombre más fuerte. Un hombre que no necesitaba cursilerías.
El tráfico comenzó a fluir al entrar al Viaducto. Aceleró, sintiendo el poder del motor V8. Iba hacia Polanco, a la zona de Masaryk, donde la élite se reunía para ver y ser vista. Su madre, Doña Irma, lo esperaba.
Su teléfono, conectado al sistema Bluetooth de la camioneta, interrumpió la música de piano con un timbrazo estridente. En la pantalla del tablero apareció una sola palabra, temida y respetada a partes iguales: “MAMÁ”.
Cornelio suspiró. Un suspiro largo, profundo, el suspiro de todos los hijos mexicanos que aman a sus madres pero que también sienten que se asfixian con su amor. Doña Irma no era una madre normal. Era una fuerza de la naturaleza. Una matriarca de las de antes, de las que controlaban clanes enteros con una sola mirada por encima de sus lentes de diseñador.
Presionó el botón de contestar en el volante.
—Bueno. Hola, mamá.
—¡Cornelio! —La voz de Doña Irma llenó la cabina, nítida y exigente—. ¿Se puede saber dónde estás? Llevo quince minutos sentada aquí y el mesero ya me preguntó dos veces si quiero ordenar algo de tomar. Me hace sentir como si me hubieran plantado. ¡Qué vergüenza!
Cornelio miró el reloj del tablero.
—Mamá, faltan diez minutos para la hora que acordamos. Son las 8:50. La reservación es a las 9:00. Tú llegaste temprano.
—Llegar a tiempo es llegar tarde, Cornelio. Eso te lo enseñó tu padre, que en paz descanse, aunque veo que se te olvidan las buenas costumbres en cuanto sales de la oficina.
—Había tráfico, mamá. Es viernes de quincena. La ciudad es un caos.
—Excusas. Siempre tienes excusas —bufó ella, aunque su tono se suavizó ligeramente—. Bueno, apúrate. Pedí una mesa en la terraza, pero hace un poco de viento y ya sabes que mi garganta es delicada. Si no llegas en cinco minutos, me voy a meter al salón y no me importa si no te gusta el ruido.
—Ya estoy a dos cuadras. Llego en cinco. Pídete un tequila para que se te pase el coraje.
—Un tequila… ¡qué vulgaridad! Pedí una copa de champagne. Y apúrate, que tengo hambre y muchas cosas que decirte.
La llamada se cortó. Cornelio negó con la cabeza, pero una media sonrisa se dibujó en sus labios. A pesar de todo, adoraba a esa mujer. Doña Irma había sido el pilar de la familia cuando su padre murió. Ella había tomado las riendas no del negocio —eso se lo dejó a los gerentes hasta que Cornelio tuvo edad—, sino de la imagen de los Monroy. Había mantenido el estatus, las relaciones, el prestigio. Había sido madre y padre, general y diplomática.
Pero esa fortaleza tenía un precio: Doña Irma no aceptaba un “no” por respuesta. Y su misión actual, su cruzada personal, era casar a Cornelio.
Llegó al restaurante, un establecimiento de moda en una casona antigua remodelada en Polanco. Las luces cálidas bañaban la fachada de cantera. Había una fila de gente esperando mesa, “fresas” de la ciudad, mirreyes con camisas desabotonadas y chicas con tacones imposibles.
Cornelio detuvo la camioneta frente al valet parking. Tres empleados corrieron a abrirle la puerta como si fuera el presidente.
—Buenas noches, Don Cornelio. Un gusto verlo de nuevo.
Cornelio bajó, entregó las llaves sin mirarlos y deslizó un billete de quinientos pesos en la mano del capitán de valets.
—Que no la muevan mucho. Y que nadie la toque.
—Por supuesto, señor. En la entrada, como siempre.
Caminó hacia la recepción. La hostess, una chica rubia despampanante, le dedicó una sonrisa de un millón de dólares.
—Señor Monroy, su madre ya lo está esperando en la mesa 4, la mejor de la terraza. ¿Gusta que lo acompañe?
Cornelio asintió levemente y la siguió. Sentía las miradas de los demás comensales. Sabía lo que veían: el dinero, el poder, el traje caro. Escuchaba los murmullos. “Es Cornelio Monroy, el de las constructoras”, “Dicen que es gay porque no se casa”, “Dicen que es un desgraciado con las mujeres”.
Le importaba un carajo. O al menos, eso se decía a sí mismo.
Llegó a la mesa. Doña Irma estaba allí, erguida como una reina en el exilio. Llevaba un traje sastre color crema que contrastaba con su piel cuidada y su cabello teñido de un caoba perfecto, peinado en un estilo que desafiaba la gravedad. Sus joyas eran discretas pero auténticas; nada de bisutería para Irma Monroy.
Cornelio se acercó, se inclinó y le dio un beso en la mejilla, oliendo su perfume, una mezcla de rosas y autoridad.
—Perdón por la demora, madre. Te ves espectacular. ¿Ese collar es nuevo?
Doña Irma se dejó besar, pero le dio unas palmaditas en la mejilla, mitad cariño, mitad regaño.
—No intentes comprarme con halagos, hijo, aunque sí, es nuevo. Me lo regalé yo misma porque si espero a que tú te acuerdes de que tu madre existe, me muero sin joyas. Siéntate.
Cornelio se sentó, desabotonándose el saco. Un mesero apareció mágicamente a su lado.
—¿Lo de siempre, Don Cornelio? ¿Un Whisky Macallan 18?
—Doble. Sin hielo. Gracias.
Cuando el mesero se retiró, Doña Irma entrelazó los dedos sobre el mantel blanco y clavó sus ojos en él. Eran los mismos ojos oscuros que Cornelio veía en el espejo, pero con más arrugas alrededor, mapas de una vida de preocupaciones.
—Te ves cansado, Cornelio —dictaminó ella—. Tienes ojeras. ¿Estás comiendo bien? ¿Te está cocinando la señora Lupe o sigues comiendo porquerías en la calle?
—Como bien, mamá. Es solo… mucho trabajo. Estamos cerrando el trato de los centros comerciales en el Bajío. Es mucho estrés.
—El estrés envejece —sentenció ella—. Y tú no te estás haciendo más joven. Ayer me encontré a la mamá de Rodrigo, tu amigo de la universidad. ¿Sabes que Rodrigo ya va por el tercer hijo? Una niña preciosa. Me enseñó las fotos. Y tú… aquí, peleándote con contratos y viviendo en esa casa que parece museo.
Ahí estaba. El ataque frontal. Cornelio tomó un trago largo de su whisky en cuanto llegó, sintiendo el ardor en la garganta como un bálsamo.
—Mamá, por favor. No empecemos. Apenas me senté.
—¿No empecemos? ¡Tengo que empezar, Cornelio! En tres meses cumples cuarenta años. ¡Cuarenta! A tu edad, tu padre ya tenía dos hijos y una empresa. Tú tienes la empresa, ¿pero qué más? ¿Quién se va a quedar con todo esto cuando te mueras? ¿El gobierno? ¿Tus primos lejanos, esos buitres que ni te saludan?
Cornelio sintió una punzada en el estómago. Primos lejanos. La imagen de Ludmila y el portarretratos volvió a su mente. “Ese señor… tiene una mancha muy rara. Y yo he visto a alguien con una mancha idéntica”.
—Hablando de parientes… —dijo Cornelio, intentando desviar el tema, o quizás, buscando inconscientemente una respuesta al enigma que lo atormentaba desde la tarde—. Hoy me pasó algo rarísimo en la oficina.
Doña Irma arqueó una ceja, intrigada por el cambio de tono de su hijo.
—¿Raro? ¿Qué tipo de raro? ¿Problemas con el sindicato otra vez?
—No, nada de negocios. Fue… personal. Olvidé el celular y regresé. Encontré a la nueva muchacha de la limpieza viendo la foto de papá. La del marco de plata.
Doña Irma frunció el ceño con disgusto.
—Qué falta de educación. Esa gente no tiene respeto por la propiedad ajena. Espero que la hayas puesto en su lugar.
—Lo hice. Pero… me dijo algo que me dejó pensando. Señaló el lunar de papá. La mancha en forma de estrella. Y me dijo que ella conocía a alguien con la misma marca. Idéntica.
El silencio cayó sobre la mesa. Doña Irma se quedó inmóvil. Por un microsegundo, Cornelio creyó ver una sombra de miedo cruzar por los ojos de su madre, pero fue tan rápido que pensó que lo había imaginado. Ella recuperó la compostura de inmediato, soltando una risita nerviosa y tomando un sorbo de su champagne.
—¡Por favor, Cornelio! Qué ridiculez. —Dejó la copa con un poco más de fuerza de la necesaria—. Seguramente quería sacarte dinero. Ya sabes cómo son. Inventan historias, parentescos, enfermedades. Esa mancha es de los Monroy. Es sangre pura. No hay nadie más que la tenga. Tu padre era hijo único, tú eres hijo único… bueno, casi.
—¿Casi? —Cornelio la miró fijamente.
—Me refiero a que no tienes hermanos. Y tu padre tampoco tuvo hermanos varones que sobrevivieran. Esa marca es nuestra. No dejes que una… gata de limpieza te meta ideas en la cabeza. Lo que deberías hacer es despedirla para que no ande inventando chismes.
Cornelio observó a su madre. Había algo en su vehemencia que no encajaba. Doña Irma solía ser despectiva, sí, pero rara vez se ponía a la defensiva por tonterías de la servidumbre.
—No la despedí —dijo él lentamente, probando el terreno—. De hecho, se me ocurrió algo mejor. Como castigo por metiche. La voy a hacer ir este fin de semana. Quiero que limpie todo el piso ejecutivo. Sola. Y voy a estar vigilándola por las cámaras. Quiero ver si trabaja o si solo se dedica a husmear.
Doña Irma sonrió, relajándose visiblemente.
—Eso me gusta más. Mano dura. Que aprendan que con los Monroy no se juega. Tienes que ser firme, hijo. Si les das la mano, te agarran el pie.
—Sí… mano dura —repitió Cornelio, aunque su mente estaba en otro lado. Estaba en la mirada desafiante de Ludmila.
De pronto, el ambiente del restaurante cambió. Las luces se atenuaron un poco más y una melodía suave comenzó a flotar en el aire. En un pequeño escenario improvisado en la esquina de la terraza, una mujer joven se ajustaba un violín al hombro.
Era delgada, vestía de negro, y cuando pasó el arco por las cuerdas, el sonido fue un lamento dulce y desgarrador. Tocaba La Meditación de Thaïs.
Cornelio sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se quedó congelado, con el vaso de whisky a medio camino de la boca. El sonido del violín lo transportó diez años atrás, a un pequeño departamento en la colonia Roma, con goteras en el techo y libros apilados en el suelo, donde una chica llamada Sofía le tocaba esa misma melodía desnuda, sentada en el borde de la cama, después de hacer el amor.
Su madre notó su parálisis. Doña Irma giró la cabeza para ver a la violinista y luego volvió a mirar a su hijo con una expresión de astucia depredadora. Ella sabía. Ella siempre sabía.
—Toca bien, ¿no? —dijo Irma con voz casual, untando mantequilla en un pedazo de pan—. Aunque le falta técnica. Se nota que no estudió en conservatorio europeo. Es… empírica.
—Toca hermoso —murmuró Cornelio, con la voz ronca.
—Te recuerda a ella, ¿verdad? —disparó Doña Irma. No era una pregunta, era una acusación.
Cornelio bajó el vaso. El alcohol ya no le hacía efecto. El dolor era sobrio y cortante.
—No sé de qué hablas.
—De esa muchachita. La violinista. La… ¿cómo se llamaba? ¿Sonia? ¿Sofía? Esa con la que te encaprichaste hace años. La que te hizo creer que podías jugar a la casita y olvidarte de quién eres.
—No fue un capricho, mamá.
—Claro que lo fue. —Doña Irma se inclinó hacia adelante, bajando la voz pero aumentando la intensidad—. Era una niña de otro mundo, Cornelio. No encajaba. Nunca hubiera encajado. ¿Te imaginas traerla aquí? ¿A una cena con los socios del consejo? ¿Con su ropa de tianguis y sus ideas de igualdad social? Te hubieran comido vivo. Y a ella la hubieran destrozado.
—Yo la destrocé —dijo Cornelio, casi para sí mismo. El recuerdo de esa noche, la noche del cumpleaños, la noche de su cobardía, le quemaba la piel.
—Hiciste lo que tenías que hacer —dijo su madre con frialdad absoluta—. Cortaste por lo sano. Un hombre en tu posición no puede permitirse debilidades. Esa mujer era una debilidad. Te hacía blando. Y mírate ahora: eres el rey de la construcción en México. Tienes todo.
—Tengo todo, menos lo que quiero —respondió Cornelio, con una amargura que sorprendió a ambos.
Doña Irma se quedó callada un segundo, evaluando el daño. Sabía cuándo presionar y cuándo retroceder.
—Lo que quieres es una familia, hijo. Y la vas a tener. Pero con la mujer adecuada. Una mujer de tu clase, que entienda tu mundo, que te apoye, no que te juzgue.
La violinista terminó la pieza. Hubo aplausos educados. Cornelio no aplaudió. Se sentía enfermo. La mezcla de la mirada de Ludmila, el recuerdo del lunar, la presión de su madre y ahora la música de violín era demasiado. Era como si el universo estuviera conspirando para abrir todas sus viejas heridas en una sola noche.
—Pide la cena, mamá —dijo Cornelio, poniéndose de pie bruscamente—. Necesito ir al baño.
—Cornelio, siéntate. No seas grosero.
—Ahora vuelvo.
Se alejó de la mesa casi corriendo, ignorando las miradas. Entró al baño de hombres, que era más lujoso que la sala de muchas casas, con mármol negro y toallas de tela. Se encerró en un cubículo y se apoyó contra la puerta, respirando agitadamente.
Sacó su celular. Desbloqueó la pantalla. Fue a la galería, a la carpeta oculta que tenía contraseña. Ahí estaba. No la foto familiar de su escritorio, sino una foto digital, borrosa, tomada con un celular viejo hace una década.
Era Sofía. Estaba riendo, con el violín en una mano y un helado en la otra, manchándose la nariz. Se veía tan feliz. Tan llena de luz.
—¿Dónde estás? —susurró Cornelio a la pantalla—. ¿Por qué fui tan imbécil?
Guardó el teléfono al escuchar que alguien entraba al baño. Se lavó la cara con agua fría, tratando de borrar la angustia. Se miró al espejo. Vio al empresario exitoso, al tiburón. Pero en sus ojos, vio al mismo niño asustado que buscaba la aprobación de su madre y que había sacrificado su felicidad en el altar del “qué dirán”.
Salió del baño, recompuesto, con la máscara puesta otra vez. Pero algo había cambiado esa noche. La duda sembrada por la limpiadora había echado raíces.
“Yo he visto a alguien con una mancha idéntica”.
Si eso era verdad… si existía alguien más con la sangre de los Monroy… eso cambiaba todo. Pero era imposible. ¿O no?
Regresó a la mesa. Su madre ya había pedido por él.
—Pedí el filete en salsa de morillas. Sé que te encanta. Y otra botella de vino. Vamos a celebrar, hijo.
—¿Celebrar qué, mamá?
—Que estamos juntos. Y que el futuro es nuestro. Mañana es otro día. Y ese fin de semana, con tu plan de vigilancia a la empleada… verás que te sentirás mejor. El control siempre tranquiliza.
Cornelio asintió, cortando la carne que no quería comer.
—Sí. El control.
Pero mientras comía, no podía dejar de pensar en el sábado. En las cámaras de seguridad. En Ludmila. Tenía el presentimiento, oscuro y pesado, de que el control estaba a punto de escapársele de las manos para siempre. Y que el fin de semana no traería tranquilidad, sino una tormenta que arrasaría con todo lo que él creía seguro.
La jaula de oro nunca había parecido tan pequeña.
CAPÍTULO 3: EL FANTASMA DE VALLE DE BRAVO Y LA CRUDA MORAL
La mansión de Cornelio en Lomas de Chapultepec estaba en silencio, pero no era un silencio de paz. Era un silencio pesado, denso, como si las paredes de mármol y las vigas de madera fina estuvieran conteniendo la respiración, esperando a que su dueño se quebrara.
Al llegar del restaurante, Cornelio despidió al servicio. No quería ver a nadie. Se aflojó la corbata de seda italiana y caminó hacia su despacho personal, una habitación que olía a libros viejos que nunca leía y a cera para muebles. Se sirvió otro trago, ignorando la advertencia de su hígado y el latido sordo en sus sienes.
Se dejó caer en el sillón de cuero Chesterfied, girando la copa en su mano. El líquido ámbar atrapaba la luz de la lámpara.
—Sofía —susurró al vacío.
La mención de su nombre, provocada por el violín en la cena y la mirada acusadora de su madre, abrió la compuerta de la memoria. Ya no podía detenerlo. El alcohol había erosionado sus defensas. Cerró los ojos y, de repente, ya no estaba en su mansión fría de 2026.
Estaba viajando diez años atrás. Al momento exacto en que su vida se torció para siempre.
Hace 10 años
Cornelio tenía 29 años y sentía que el mundo era suyo. Tenía el apellido, tenía el dinero de la familia y tenía una arrogancia que confundía con confianza. Pero entonces conoció a Sofía.
Sofía era la antítesis de su mundo. La conoció por accidente, cuando su auto deportivo se averió en una colonia popular cerca del centro, la Santa María la Ribera, y ella, cargando su estuche de violín, se detuvo no para pedirle un autógrafo o dinero, sino para ofrecerle su teléfono porque el de él no tenía señal.
Se enamoró de su risa. Se enamoró de que ella no sabía quiénes eran los Monroy. Para ella, él solo era “Cornelio”, un tipo un poco estirado que no sabía comer tacos de canasta sin ensuciarse la camisa.
Fueron seis meses de una doble vida embriagadora. De lunes a viernes, Cornelio era el ejecutivo tiburón. Los fines de semana, se escapaba con Sofía a parques públicos, a museos gratuitos, a comer esquites en Coyoacán. Ella le enseñó que la felicidad no costaba millones.
Pero el mundo de Cornelio era celoso. Sus amigos, su círculo social, empezaron a presionar. “¿Dónde te metes, bro?”, “¿Ya tienes otra novia secreta?”, “Vamos a Valle este finde, no puedes faltar”.
Y llegó el maldito fin de semana en Valle de Bravo. El cumpleaños de “El Pato” Elizondo, el hijo de un político influyente y su “mejor amigo” en aquel entonces.
—Llévala, güey —le había dicho el Pato—. Ya queremos conocer a la misteriosa dueña de tus quincenas.
Cornelio dudó. Sabía que eran mundos opuestos. Pero su ego le dijo que el amor podía con todo. Quería presumirla. Quería demostrar que él era diferente.
Convenció a Sofía. Ella no quería ir.
—No tengo ropa para eso, Cornelio. Esa gente… no es como yo.
—Son mis amigos, amor. Te van a adorar. Solo sé tú misma. Te compré un vestido, úsalo.
El viaje fue en la camioneta de Cornelio. Al llegar a la casa de descanso en Valle de Bravo —que más que casa parecía un hotel boutique con vista al lago—, la fiesta ya estaba en su apogeo. Había música electrónica a todo volumen, meseros circulando con bandejas de champagne y gente, mucha gente, la “crema y nata” de la sociedad joven mexicana, bronceados, hermosos y completamente vacíos.
En cuanto entraron, Cornelio sintió el cambio de atmósfera. Las miradas se clavaron en Sofía. A pesar del vestido caro que él le había regalado, ella se veía incómoda, encogida. No caminaba con la insolencia de las otras chicas. Caminaba con timidez.
—¡Llegó el perdido! —gritó el Pato, acercándose con un vaso rojo en la mano y los ojos vidriosos—. Y trajo compañía.
Las presentaciones fueron un desastre.
—Ella es Sofía —dijo Cornelio, rodeando su cintura con el brazo.
—Mucho gusto —dijo ella, extendiendo la mano.
Las chicas del grupo la escanearon de arriba abajo con esa crueldad pasivo-agresiva que solo la clase alta domina. No le dieron la mano, solo le dieron besos al aire cerca de la mejilla.
—Ay, qué tierno vestido. ¿Es de temporada pasada? —preguntó una rubia llamada Camila, riendo con sus amigas—. Se ve muy… vintage.
Sofía se sonrojó. Cornelio sintió la primera punzada de vergüenza. No por ellas, sino por Sofía. ¿Por qué no podía simplemente reírse y contestar con ingenio?
La noche avanzó y el alcohol fluyó como agua. La incomodidad de Sofía se volvió palpable. Ella no bebía, no fumaba, y no entendía los chistes internos sobre viajes a Vail, yates en Ibiza o problemas con las tarjetas Black ilimitadas. Se quedó sentada en un rincón, aferrada a su vaso de refresco como si fuera un salvavidas.
Cornelio, en cambio, estaba en su elemento. O eso quería creer. Bebía tequila tras tequila, riendo demasiado fuerte, tratando de compensar el silencio de su novia.
—Oye, Cornelio —le susurró el Pato, pasándole el brazo por el hombro—. La neta, bro, ¿dónde la encontraste? ¿Es la que te hace el aseo o qué? No habla, no baila, no toma. Es una monja.
—Cállate, Pato —dijo Cornelio, pero sin convicción, riendo nerviosamente.
—Es en serio, güey. Tú necesitas una mujer de verdad, no una niña de pueblo que se asusta con los fuegos artificiales. Mira quién llegó.
Por la puerta de la terraza entró Ana. La ex de Cornelio. Alta, despampanante, vestida para matar y con esa actitud de dueña del lugar. Ana era todo lo que Sofía no era: ruidosa, superficial y “de los suyos”.
Ana se acercó directo a Cornelio, ignorando olímpicamente a Sofía.
—Hola, guapo. Me dijeron que andabas por aquí. ¿Me extrañaste?
—Hola, Ana —Cornelio sintió el calor del alcohol subiéndole a la cabeza. La presencia de Ana era familiar, cómoda. Con ella no tenía que cuidar lo que decía.
Sofía se levantó y se acercó a Cornelio. Le tocó el brazo suavemente.
—Cornelio… me siento mal. Me duele la cabeza. ¿Podemos irnos? O al menos, ¿me puedes llevar a la terminal de autobuses? No encajo aquí.
El Pato soltó una carcajada.
—¿Terminal de autobuses? ¡No mames! ¿Oíste eso, Ana? La princesa quiere irse en guajolotero.
Las risas estallaron alrededor. Eran risas crueles, afiladas como cuchillos. Cornelio miró a sus amigos, miró a Ana que lo observaba retadora, y luego miró a Sofía, con sus ojos grandes y llorosos, suplicándole protección.
Y en ese momento, Cornelio Monroy cometió el acto más cobarde de su vida. Eligió su ego. Eligió la aprobación de esos idiotas a los que llamaba amigos.
Se soltó del agarre de Sofía con un movimiento brusco.
—¡Ya basta, Sofía! —gritó, y la música pareció detenerse—. Deja de hacer escenas. Siempre es lo mismo contigo. Te traigo al mejor lugar, con la mejor gente, ¿y solo te quejas? Eres una malagradecida.
—Cornelio, por favor… —susurró ella, temblando.
—¡Por favor qué! —Cornelio estaba borracho de poder y tequila—. Mírate. No encajas porque no quieres. Te sientes menos porque eres menos. Yo te saqué de tu barrio, te puse ese vestido, ¿y así me pagas? Avergonzándome frente a mis amigos.
Sofía retrocedió, pálida como un papel.
—Yo no te estoy avergonzando. Tú te estás avergonzando solo. Eres un patán.
—¿Patán yo? —Cornelio se rio, una risa fea—. Yo soy el que paga todo. Yo soy el que te da valor. Sin mí, no eres nadie. Regrésate a tu pueblito si quieres, pero caminando.
Ana aprovechó el momento. Se colgó del cuello de Cornelio.
—Déjala, bebé. No vale la pena. Ven, vamos a bailar.
Cornelio miró a Sofía una última vez. Esperaba verla llorar, romperse. Pero lo que vio fue peor. Vio decepción. Vio cómo el amor se apagaba en sus ojos como una vela soplada por el viento.
—Tienes razón —dijo ella con voz firme, aunque las lágrimas corrían por sus mejillas—. No vales la pena. Quédate con tu dinero y con tu gente de plástico. Ojalá nunca te arrepientas.
Sofía dio media vuelta y salió corriendo de la fiesta, perdiéndose en la oscuridad de la calle empedrada.
—¡Que se vaya! —gritó el Pato—. ¡Salud por Cornelio que se deshizo del lastre!
Cornelio alzó su copa, brindó y besó a Ana con furia, mientras todos aplaudían. Esa noche se emborrachó hasta perder la conciencia, tratando de borrar la imagen de la espalda de Sofía alejándose.
El Despertar
Al día siguiente, Cornelio despertó con la peor cruda de su vida. No solo le dolía la cabeza; sentía un hueco en el pecho, una ansiedad que le impedía respirar.
Los recuerdos de la noche anterior le cayeron encima como bloques de cemento.
—¿Qué hice? —se preguntó, sentado en la cama king size, rodeado de botellas vacías y cuerpos dormidos en los sillones.
Se levantó, tomó las llaves de su camioneta y manejó de regreso a la Ciudad de México como un loco. Necesitaba verla. Necesitaba pedirle perdón. Le diría que estaba borracho, que fue un idiota, que la amaba. Le compraría flores, le llevaría mariachis. El dinero lo arreglaba todo, ¿verdad?
Llegó al edificio viejo en la Santa María la Ribera. Subió las escaleras de dos en dos. Golpeó la puerta del departamento 3B.
Nadie abrió.
Golpeó más fuerte.
—¡Sofía! ¡Abre, por favor! ¡Soy yo!
La puerta de al lado se abrió. Una señora mayor, Doña Chole, salió con cara de pocos amigos.
—¿Qué son esos gritos?
—Busco a Sofía. No abre.
—Pues no va a abrir, joven. Se fue.
Cornelio sintió que el suelo se movía.
—¿Cómo que se fue? ¿A la tienda? ¿A trabajar?
—Se fue de la ciudad. Entregó las llaves en la mañana. Dijo que se mudaba. Se llevó sus cosas. Estaba llorando mucho, pobrecita.
—¿A dónde fue? ¡Dígame!
—No sé. Solo dijo que lejos de aquí. Ah, y me dejó esto para usted. Dijo que vendría a buscarla.
La señora le entregó una caja de cartón y un sobre.
Cornelio se sentó en las escaleras sucias y abrió la caja. Adentro estaban todos sus regalos: el reloj, las joyas, el celular nuevo, incluso el vestido de la noche anterior, doblado cuidadosamente. Y dinero. Billetes arrugados que sumaban lo que él había gastado en las cenas.
Abrió el sobre. La nota era breve, escrita con su letra redonda y clara:
“Cornelio:
El amor no humilla. El amor no lastima. Creí que eras un príncipe atrapado en una torre de oro, pero me equivoqué. Eres el dragón. No me busques. No quiero nada de ti. Espero que algún día encuentres la paz que tanto te falta, pero no será conmigo.
Adiós.
S.”
Cornelio rompió a llorar ahí mismo, en la escalera de un edificio que olía a humedad, abrazado a una caja de cartón. Intentó buscarla. Contrató investigadores privados. Pero Sofía se había esfumado. Era como si la tierra se la hubiera tragado.
Después de un año, se rindió. El dolor se convirtió en amargura. La amargura se convirtió en cinismo. Y Cornelio Monroy se convirtió en el hombre de hielo que todos conocían.
De vuelta al presente (2026)
Cornelio abrió los ojos en su despacho. La copa de whisky se había calentado en su mano. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y la limpió con furia.
—Estúpido —se dijo a sí mismo—. Estúpido sentimental.
Se levantó y caminó hacia la ventana que daba al jardín inmenso y vacío. La ciudad brillaba a lo lejos.
Ese recuerdo siempre lo destrozaba, pero hoy… hoy era diferente. Hoy tenía una nueva pieza en el rompecabezas.
Ludmila.
Esa limpiadora con su mirada desafiante y su historia sobre el lunar.
“Yo he visto a alguien con una mancha idéntica”.
Cornelio sintió una punzada de sospecha. ¿Y si Sofía no se fue sola? ¿Y si…?
Sacudió la cabeza. Imposible. Ella se había ido porque él la humilló. Fin de la historia.
Pero la duda era un veneno lento. Y Cornelio necesitaba certezas.
—Ludmila —murmuró—. Tú sabes algo. Y te voy a sacar la verdad, aunque sea lo último que haga.
Miró el reloj. Eran las 2:00 de la mañana del sábado. En unas horas amanecería. El operativo de limpieza que él había ordenado empezaba a las 8:00 AM.
Cornelio sonrió, pero no era una sonrisa feliz. Era la sonrisa del cazador.
Fue a su escritorio, encendió su computadora personal y abrió el sistema de seguridad de la Torre Monroy. Las cámaras en tiempo real mostraban los pasillos oscuros y desiertos.
Mañana, esas cámaras serían sus ojos. Mañana tendría a Ludmila encerrada en su pecera de cristal. La presionaría. La haría trabajar hasta que el cansancio le soltara la lengua.
—Si sabes dónde está Sofía, me lo vas a decir —prometió a la pantalla negra—. Y si es una mentira para sacarme dinero… te voy a destruir.
Se terminó el whisky de un trago, sintiendo el ardor bajar por su garganta. No iba a dormir. No podía. La adrenalina y el miedo se mezclaban en sus venas. Miedo a que fuera mentira. Y un terror absoluto a que fuera verdad.
Porque si era verdad, si había alguien más con la sangre de los Monroy, significaba que Sofía se había llevado algo más que su dignidad aquella noche.
Cornelio se sentó frente a los monitores, esperando el amanecer como un centinela en la muralla, sin saber que el sol que estaba por salir iluminaría las ruinas de su propia vida.
Sábado por la mañana
El sol salió sobre la Ciudad de México, gris y brumoso. En el piso 42 de la Torre Monroy, el aire acondicionado zumbaba suavemente.
Ludmila llegó puntual, a las 7:55 AM. Firmó la bitácora de entrada con el guardia de seguridad, un hombre amable que le sonrió con lástima.
—¿Le tocó venir en sábado, seño? Qué mala onda del patrón.
—Ni modo, Don Jorge. Trabajo es trabajo —dijo ella, ajustándose el pañuelo en la cabeza—. Y necesito el dinero.
Pero Ludmila no venía sola. Detrás de ella, escondida tímidamente tras sus piernas, venía una niña pequeña, con una mochilita de “Dora la Exploradora” bastante desgastada.
—Oiga, seño, sabe que no se permiten niños —dijo el guardia, dudoso.
—Ay, Don Jorge, por favor —suplicó Ludmila, juntando las manos—. No tenía con quién dejarla. Mi hermana… mi hermana está muy mala en el hospital. Hoy le tocan estudios y no puede cuidarla. La niña se porta bien. Se va a sentar en un rincón y no va a hacer ruido. Se lo juro por la virgencita.
El guardia miró a la niña. Tenía unos ojos enormes, oscuros y tristes. Y llevaba el pelo suelto, cubriendo parte de su cara.
—Ándele pues. Pero que no salga del piso. Si el patrón se entera, me corre a mí también.
—Dios se lo pague, Don Jorge.
Subieron al elevador. La niña, Lisa, miraba los números cambiar con fascinación.
—Tía Lu, ¿aquí trabaja el hombre malo? —preguntó con voz inocente.
Ludmila se tensó. Se agachó a la altura de la niña y le acomodó el cabello.
—Shh, mi amor. Aquí trabaja el jefe. No digas esas cosas. Tú solo dibuja en tu cuaderno y no toques nada, ¿sí? Recuerda que estamos aquí por tu mamá. Necesitamos comprar sus medicinas.
—Sí, tía. Por mamá.
Las puertas se abrieron en el piso 42. El lujo golpeó a Ludmila como una bofetada. Todo era cristal, cromo y silencio.
—Manos a la obra —suspiró.
A kilómetros de distancia, en su mansión, Cornelio observaba la pantalla de su laptop con una taza de café en la mano.
Vio entrar a Ludmila.
Y luego, vio a la niña.
El café se derramó sobre el escritorio, quemándole la mano, pero Cornelio ni siquiera parpadeó.
—¿Trajo a una niña? —susurró, incrédulo—. Qué irresponsable.
Se acercó a la pantalla, haciendo zoom digital. La calidad de la imagen era 4K. Podía ver los detalles.
La niña se sentó obedientemente en una silla de visita, sacó unos colores y se puso a dibujar. Ludmila empezó a limpiar los vidrios con una energía frenética.
Cornelio sintió una mezcla de furia y curiosidad. Iba a llamar a seguridad para que las sacaran. Era lo que dictaba el reglamento. “Prohibido niños”. “Prohibido visitas”.
Agarró su teléfono. Marcó el número de la caseta.
—Ramírez…
Pero se detuvo. Su dedo quedó congelado sobre el botón de llamar.
La niña se había levantado. Caminaba por la oficina, mirando todo con asombro. Se acercó a la estantería donde Cornelio tenía sus trofeos de golf y maquetas de edificios.
Ludmila estaba de espaldas, trapeando el pasillo exterior.
La niña caminó hacia el escritorio principal. El escritorio de Cornelio.
Él contuvo la respiración.
Ella vio el portarretratos de plata. El mismo que Ludmila había visto ayer.
La niña lo tomó.
Cornelio esperaba que lo tirara, que lo rompiera.
Pero la niña solo lo miró. Y luego, hizo algo que le heló la sangre a Cornelio.
Se tocó su propia mejilla izquierda. Como comparándose.
—No… —jadeó Cornelio.
En la pantalla, la niña alzó la vista. Miró hacia arriba, hacia la esquina del techo donde estaba la cámara de seguridad tipo domo.
Fue un instante. Un segundo de conexión a través de la fibra óptica.
La niña miró a la cámara. Y con el movimiento, su cabello se apartó de su cara.
Ahí estaba.
En la mejilla izquierda.
Una mancha oscura. Irregular.
Una estrella.
Cornelio soltó el teléfono. El aparato cayó al suelo con un golpe seco, pero él no lo oyó. El ruido en su cabeza era ensordecedor. Era el sonido de diez años de mentiras derrumbándose. Era el sonido de su corazón, muerto y enterrado, volviendo a latir con un dolor agonizante.
—Tiene la marca —dijo, con voz estrangulada—. Tiene… mi marca.
Se levantó de la silla tambaleándose, como si estuviera borracho otra vez. Pero esta vez, la embriaguez era de verdad.
—¡Mamá! —gritó, corriendo hacia el pasillo de la mansión—. ¡Mamá, despierta!
Corrió hacia las escaleras, olvidando los zapatos, olvidando el protocolo, olvidando que era el gran Cornelio Monroy. En ese momento, solo era un hombre desesperado que acababa de descubrir que no estaba solo en el universo.
Subió a su auto deportivo, un Porsche que rara vez usaba, y salió quemando llanta de la mansión, seguido a los pocos minutos por el auto de su madre y su hermana, que habían despertado por los gritos.
La carrera hacia la torre no fue un trayecto; fue una plegaria.
“Que no se vayan. Por favor, Dios, que no se vayan. Que sea verdad. Que sea mentira. Que sea ella.”
Cornelio no sabía qué esperaba encontrar. ¿Redención? ¿Castigo?
Lo único que sabía era que la niña de la pantalla tenía sus ojos y la marca de su padre. Y que la mujer que limpiaba sus pisos tenía la llave de la celda en la que él había vivido los últimos diez años.
Aceleró a fondo. El velocímetro marcó 180 km/h.
La verdad lo esperaba en el piso 42. Y esta vez, no iba a huir.
CAPÍTULO 4: EL DERRUMBE DEL IMPERIO Y LA SANGRE QUE LLAMA
El Porsche 911 GT3 de Cornelio Monroy era una máquina diseñada para la autobahn alemana, no para el Periférico de la Ciudad de México lleno de baches y topes. Pero esa mañana, a Cornelio no le importaba la suspensión de cien mil pesos ni las multas de tránsito. El motor rugía como una bestia herida mientras esquivaba taxis y camiones de carga, zigzagueando entre carriles con una imprudencia suicida.
Sus manos apretaban el volante forrado en alcántara hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El sudor frío le bajaba por la espalda, empapando la camisa de lino que se había puesto a las prisas, sin abotonar del todo.
—¡Muévete, imbécil! —gritó, tocando el claxon a un sedán familiar que iba demasiado lento por el carril de alta.
Su mente era un torbellino de imágenes fragmentadas: la cara de Sofía llorando hace diez años, la mirada de odio de la limpiadora ayer, y esa imagen pixelada en el monitor de seguridad… la niña. La mancha.
—No puede ser. No puede ser —repetía como un mantra enloquecido.
Si era verdad, si esa niña era su hija, significaba que durante casi una década había vivido en una mentira. Significaba que mientras él cerraba tratos millonarios en Nueva York y Tokio, una parte de él, de su propia sangre, crecía en algún rincón olvidado de esta ciudad monstruosa, quizás pasando frío, quizás pasando hambre.
La culpa lo golpeó más fuerte que la aceleración del auto. Recordó las palabras que le gritó a Sofía aquella noche maldita: “Yo te doy valor. Sin mí no eres nadie”.
¡Qué equivocado estaba! Él era el que no valía nada. Él era el pobre diablo con mucho dinero y el alma vacía.
Tomó la salida hacia Santa Fe derrapando. Las llantas chirriaron sobre el asfalto caliente. A lo lejos, la Torre Monroy se alzaba imponente, un dedo de cristal apuntando al cielo, un monumento a su ego. Ahora le parecía una lápida gigante.
Llegó a la entrada del edificio. No se detuvo en la pluma de acceso. Aceleró y pasó por el carril de visitantes VIP, obligando a los guardias a saltar hacia atrás. Frenó en seco frente a las puertas de cristal giratorias, dejando marcas negras de caucho en la entrada inmaculada.
Bajó del auto sin apagar el motor, dejando la puerta abierta.
—¡Señor Monroy! —gritó el jefe de seguridad del turno matutino, corriendo hacia él con la mano en la macana—. ¿Está usted bien? ¿Pasó algo?
Cornelio lo ignoró. Corrió hacia los torniquetes. No traía su tarjeta de acceso.
—¡Abre! —le gritó al guardia del mostrador—. ¡Abre la maldita puerta!
El guardia, aterrorizado por ver al dueño del edificio desaliñado, con los ojos inyectados en sangre y gritando como un loco, presionó el botón de liberación manual.
Cornelio cruzó el lobby corriendo, sus pasos resonando en el mármol como disparos. Entró al elevador privado y golpeó el botón del piso 42 repetidas veces, como si eso hiciera subir la máquina más rápido.
El ascenso fue una tortura. Cada piso que pasaba era un segundo más de agonía. Se miró en el espejo del elevador. Vio a un extraño. Despeinado, con la barba de tres días que no se había rasurado por la depresión del fin de semana, con la camisa mal puesta. Parecía un náufrago, no un magnate.
Ding.
Las puertas se abrieron.
El piso ejecutivo estaba bañado por la luz grisácea de la mañana nublada. El silencio era absoluto, solo roto por el suave sonido de alguien tallando algo a lo lejos.
Cornelio salió del elevador. Caminó despacio ahora, casi con miedo. Sus piernas, que minutos antes presionaban el acelerador con furia, ahora se sentían de plomo. El corazón le martilleaba en la garganta.
Giró en el pasillo y llegó a la puerta de cristal de su despacho.
Ahí estaban.
Ludmila estaba de espaldas, limpiando con fuerza el cristal de la ventana panorámica, como si quisiera borrar la ciudad entera. Y sentada en la silla de visitas, con los pies colgando sin tocar el suelo, estaba la niña.
Lisa.
Estaba dibujando en un cuaderno con una concentración absoluta, la lengua asomando por la comisura de los labios.
Cornelio empujó la puerta. El mecanismo hidráulico hizo un sonido suave, pero en el silencio de la oficina sonó como un trueno.
Ludmila se giró de golpe, soltando el trapo y el limpiavidrios. Al ver a Cornelio, su rostro pasó del susto al terror puro. Instintivamente, corrió hacia la niña y se puso delante de ella, cubriéndola con su cuerpo, abriendo los brazos como una leona defendiendo a su cachorro.
—¡No nos haga nada! —gritó Ludmila, con la voz quebrada—. ¡Ya nos vamos! ¡Juro que ya nos vamos! ¡No llame a la policía, por favor!
Cornelio se quedó parado en el umbral, jadeando. No podía hablar. Sus ojos estaban fijos en la niña, que se asomaba tímidamente por detrás de las piernas de Ludmila.
—Apártate —dijo Cornelio. Su voz salió ronca, irreconocible.
—No —Ludmila levantó la barbilla, temblando pero firme—. Si quiere desquitarse con alguien, hágalo conmigo. Córrame, boletíneme, métame a la cárcel si quiere por traer a la niña. Pero a ella no la toque. Ni se le acerque.
—Dije que te apartes —repitió Cornelio, dando un paso adelante. No era una amenaza física, era una necesidad desesperada. Necesitaba verla. Necesitaba confirmar que no se estaba volviendo loco.
La niña, Lisa, tiró suavemente del pantalón de Ludmila.
—Tía Lu… ¿él es el ogro del castillo?
La inocencia de la pregunta golpeó a Cornelio en el pecho. ¿El ogro? ¿Así lo veían? Claro, ¿cómo más lo iban a ver?
Cornelio cayó de rodillas.
El movimiento fue tan brusco que Ludmila retrocedió, sorprendida. El gran Cornelio Monroy, el hombre que nunca se inclinaba ante nadie, estaba arrodillado en la alfombra persa de su oficina, a la altura de la niña.
—No soy un ogro —susurró Cornelio, extendiendo una mano temblorosa—. No te voy a hacer daño.
Miró a la niña directamente a los ojos. Eran oscuros, profundos, con pestañas largas y rizadas. Eran los ojos de su madre, Doña Irma. Eran sus propios ojos mirándolo desde el pasado.
Y ahí estaba.
En la mejilla izquierda.
La marca.
De cerca, era inconfundible. Una pigmentación café oscuro, con bordes irregulares que formaban una estrella casi perfecta. La “Estrella de los Monroy”, como la llamaba su abuelo con orgullo.
Cornelio sintió que las lágrimas empezaban a brotar, calientes y dolorosas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, con un hilo de voz.
La niña lo miró con curiosidad. No parecía tenerle miedo, solo precaución.
—Me llamo Lisa —dijo ella con voz clara.
—Lisa… —Cornelio saboreó el nombre. Era hermoso. Sencillo—. Lisa, ¿puedo… puedo ver tu carita?
Lisa miró a su tía buscando permiso. Ludmila estaba paralizada, con la boca entreabierta, viendo al millonario llorar en el suelo. Finalmente, asintió levemente, todavía desconfiada.
Lisa dio un pasito adelante.
Cornelio levantó la mano y, con un cuidado infinito, como si la niña estuviera hecha de cristal soplado, tocó la mancha en su mejilla. Su piel era suave, cálida. Era real.
—Es idéntica —sollozó Cornelio—. Es la marca de mi padre.
Levantó la vista hacia Ludmila, quien seguía de pie, vigilante. Ahora, la expresión de la mujer había cambiado. Ya no había tanto miedo, sino un desprecio frío y una tristeza profunda.
—¿Quién es su madre? —preguntó Cornelio, aunque ya sabía la respuesta. Necesitaba oírlo. Necesitaba que la realidad lo golpeara para terminar de despertar de su pesadilla de diez años.
Ludmila se quitó el pañuelo de la cabeza, dejando caer su cabello castaño. Suspiró, un sonido cargado de años de resentimiento.
—Usted sabe quién es. No se haga el tonto.
—Dilo. Por favor.
—Mi hermana es Sofía —dijo Ludmila, escupiendo el nombre como una sentencia—. Sofía Ramírez. La mujer a la que usted trató como basura y echó de su vida como si fuera un perro callejero.
Cornelio cerró los ojos, asimilando el golpe.
—Sofía… —Las lágrimas le mojaban la camisa—. ¿Ella… ella nunca me lo dijo?
Ludmila soltó una risa amarga, sin humor.
—¿Decirle? ¿Para qué? ¿Para que la obligara a abortar? ¿O para que le quitara a la niña con sus abogados caros y su dinero sucio? —Ludmila dio un paso adelante, la rabia acumulada saliendo a flote—. Cuando ella se fue de aquí, ya estaba embarazada. Pero usted estaba muy ocupado con sus fiestas y sus novias de sociedad. Ella intentó… ella pensó en buscarlo al principio. Pero luego recordó sus palabras. “No vales nada”. “Te compro a ti y a tu familia”.
Cornelio bajó la cabeza, derrotado. Cada palabra era una puñalada merecida.
—Ella no quería que su hija creciera con un hombre así. Prefirió criarla sola. Prefirió trabajar doblando turnos, cosiendo ropa ajena, dando clases de música por unos cuantos pesos, antes que pedirle un centavo a usted.
Cornelio miró a Lisa, que había vuelto a esconderse detrás de su tía, asustada por el tono de voz.
—Lisa… es mi hija.
—Biológicamente, sí —respondió Ludmila con dureza—. Pero padre no es el que engendra, señor Monroy. Padre es el que está. Y usted no estuvo. Usted no estuvo cuando a Lisa le dio fiebre de cuarenta grados y no teníamos para el doctor. No estuvo cuando Sofía lloraba en las noches pensando que no íbamos a tener para la renta. No estuvo cuando Lisa preguntó por primera vez por qué ella no tenía papá como los otros niños.
—¡Yo no sabía! —gritó Cornelio, golpeando el suelo con el puño—. ¡Te juro por Dios que no sabía! Si hubiera sabido… hubiera dado mi vida…
—¡Pues ahora ya lo sabe! —gritó Ludmila, interrumpiéndolo—. ¿Y de qué sirve? El daño ya está hecho.
Cornelio se puso de pie lentamente. Se sentía mareado, pero una nueva determinación empezaba a formarse en su caos mental. Se limpió las lágrimas con la manga de la camisa.
—¿Dónde está ella? ¿Dónde está Sofía? Dijiste… dijiste que estaba en el hospital.
La expresión de Ludmila se suavizó, reemplazada por una angustia visible.
—Está en el Hospital General de Zona. En la cama 304.
Cornelio frunció el ceño. Conocía ese hospital. Era público. Estaba saturado, sin insumos, con gente durmiendo en los pasillos esperando atención.
—¿Por qué está ahí? ¿Qué tiene?
Ludmila se abrazó a sí misma, como si sintiera frío de repente.
—El embarazo de Lisa fue muy difícil. Sofía tenía preeclampsia y una depresión terrible por… bueno, por todo lo que pasó con usted. Su corazón quedó débil. Tiene una insuficiencia cardíaca congestiva. Ha estado entrando y saliendo de hospitales los últimos años. Pero esta vez… —La voz de Ludmila se quebró—. Esta vez es grave. Necesita una cirugía de válvula, pero hay una lista de espera de años. Y en los privados cuesta una fortuna que no tenemos. Por eso estoy aquí. Por eso aguanté sus humillaciones y sus miradas de asco ayer. Porque necesito el dinero para las medicinas de mi hermana.
Cornelio sintió que el mundo se le venía encima. Sofía se estaba muriendo. Y era, en parte, culpa suya. El estrés, el abandono, el dolor que él le causó habían minado su salud.
—Vamos —dijo Cornelio, buscando las llaves de su auto en el bolsillo—. Vámonos ahora mismo.
—¿Qué? —Ludmila lo miró confundida.
—Que nos vamos. Agarra a la niña. Nos vamos al hospital.
—Usted no puede ir ahí. Sofía no lo quiere ver. Si lo ve, se va a poner peor. Le va a dar un infarto del coraje.
—Me importa un carajo si me quiere ver o no —gruñó Cornelio, recuperando su tono de mando, pero esta vez no por arrogancia, sino por urgencia—. No voy a dejar que se muera en una cama de hospital público mientras yo tengo millones pudriéndose en el banco. La voy a sacar de ahí. La voy a llevar al mejor cardiólogo del mundo.
En ese momento, se escucharon pasos apresurados en el pasillo.
—¡Cornelio!
Por la puerta entraron Doña Irma y la hermana de Cornelio, Gabriela, seguidas por el sobrino, Kiril. Venían agitados, habiendo seguido al Porsche a toda velocidad.
—¡Hijo! ¿Qué pasa? Saliste como loco de la casa…
Doña Irma se detuvo en seco al ver la escena. Vio a Cornelio desaliñado, con los ojos rojos. Vio a la limpiadora desafiante. Y luego, vio a la niña.
El silencio que siguió fue denso, casi palpable.
Doña Irma, la matriarca de hierro, se llevó una mano al pecho, justo sobre su collar de perlas. Sus ojos, expertos en detectar detalles, fueron directo a la mejilla de Lisa.
Gabriela ahogó un grito.
—Mamá… mira.
Kiril, el niño de nueve años, se adelantó inocentemente. Señaló a Lisa.
—Abuela, mira. Esa niña tiene mi mancha. La de la estrella.
Lisa miró a Kiril y se tocó la mejilla otra vez, sorprendida de ver a otro niño con su misma marca “rara”. Se sonrieron tímidamente, esa conexión instantánea que solo los niños poseen.
Doña Irma caminó hacia Lisa lentamente, como quien se acerca a una aparición religiosa. Sus piernas temblaban.
—Dios mío… —susurró la anciana—. Es… es la cara de Agustín. Es la cara de mi esposo.
Miró a Cornelio, buscando confirmación. Cornelio asintió, con el rostro bañado en lágrimas nuevas.
—Es mi hija, mamá. Se llama Lisa. Y su madre es Sofía.
Doña Irma se volvió hacia Ludmila. Por primera vez en su vida, la gran señora de sociedad se veía humilde, pequeña ante la magnitud de la verdad.
—¿Es verdad? —preguntó, con voz temblorosa.
Ludmila sostuvo la mirada, protegiendo a Lisa.
—Sí, señora. Es su nieta. La nieta que nunca quisieron conocer.
Doña Irma soltó un sollozo desgarrador y, para sorpresa de todos, se inclinó y abrazó a Lisa. La niña se quedó quieta, sorprendida por el perfume caro y las lágrimas de la señora extraña.
—Perdónanos… —lloró Doña Irma—. Somos unos ciegos. Unos tontos.
Cornelio rompió el momento. No había tiempo para reuniones familiares sentimentales. La muerte estaba rondando en un hospital al otro lado de la ciudad.
—Mamá, basta. Luego lloramos. Sofía se está muriendo.
Doña Irma se enderezó de golpe, recuperando su temple de acero en un segundo. Se secó las lágrimas con un pañuelo de encaje.
—¿Qué tiene?
—Insuficiencia cardíaca. Está en el General. Necesita cirugía urgente.
Doña Irma asintió, su mente operativa tomando el control. Sacó su teléfono celular.
—Gabriela, llama al Dr. Velasco en el Hospital Ángeles. Dile que prepare la suite presidencial y al equipo de cardiología. Dile que es una emergencia código rojo para la familia Monroy.
—Sí, mamá —Gabriela sacó su teléfono y empezó a marcar frenéticamente.
Cornelio miró a Ludmila.
—Ludmila, por favor. Déjanos ayudar. Sé que nos odias. Tienes derecho a odiarnos. Pero ama a su hermana más de lo que nos odia a nosotros, ¿verdad? Hágalo por Sofía. Hágalo por Lisa.
Ludmila miró a Cornelio, luego a Doña Irma, y finalmente bajó la vista hacia Lisa, que miraba a todos sin entender muy bien qué pasaba, pero sintiendo la importancia del momento.
La tía suspiró, derrotada por la necesidad.
—Está bien. Pero si le pasa algo en el traslado… lo mato, Cornelio. Lo juro por mi madre santa que lo mato.
—Si le pasa algo, yo mismo me doy el tiro —respondió Cornelio con seriedad absoluta.
—Vámonos —ordenó Cornelio.
La extraña caravana salió de la oficina. Cornelio cargó a Lisa en sus brazos. La niña se tensó al principio, pero luego, quizás reconociendo el olor, o quizás sintiendo el latido acelerado del corazón de su padre, recargó la cabeza en su hombro.
Cornelio sintió un calor inmenso expandirse por su pecho, una sensación que nunca había experimentado ni con el cierre del trato más grande de su vida. Era el peso de la responsabilidad, del amor y del miedo absoluto a perderlo todo.
Bajaron en el elevador. Cruzaron el lobby ante la mirada atónita de los empleados que empezaban a llegar.
El gran Cornelio Monroy, desaliñado y lloroso, cargando a una niña humilde con zapatos gastados, seguido por su madre, su hermana, su sobrino y la empleada de limpieza.
Subieron a las camionetas. Cornelio sentó a Lisa en el asiento trasero de su Porsche (aunque no era seguro para niños, no había opción), y Ludmila se subió con ella.
—Sujétala bien —dijo Cornelio.
Arrancó el motor.
Esta vez, el destino no era una fiesta, ni una reunión de negocios. El destino era la vida de la mujer que amaba.
Cornelio pisó el acelerador.
—Aguanta, Sofía —susurró—. Aguanta, mi amor. Ya voy. Ya vamos.
Mientras el auto devoraba el asfalto rumbo al hospital, Cornelio hizo una promesa silenciosa. Si Sofía sobrevivía, él pasaría el resto de su vida arrastrándose si era necesario para ganar su perdón. Y si no sobrevivía… dedicaría cada segundo a cuidar a la niña que ahora dormía en el asiento trasero, la niña con la estrella en la cara, la prueba viviente de que, a pesar de todo su dinero y su estupidez, Dios le había dado una segunda oportunidad que no merecía.
La carrera contra la muerte había comenzado.
PARTE 2
CAPÍTULO 5: EL PURGATORIO DE LOS POBRES Y EL PRECIO DE LA VIDA
El trayecto desde Santa Fe hasta el Hospital General, ubicado en la colonia Doctores, fue una odisea que borró las líneas entre la realidad y una película de acción. Cornelio conducía el Porsche como si el diablo mismo le pisara los talones. El motor rugía, devorando kilómetros de asfalto, ignorando semáforos en rojo y mentadas de madre de taxistas y microbuseros.
Atrás, en el diminuto asiento trasero del deportivo, Ludmila abrazaba a Lisa con fuerza, protegiéndola de las sacudidas y, sobre todo, del miedo que emanaba del hombre al volante.
—¡Más despacio, por favor! —suplicó Ludmila cuando Cornelio tomó una curva en el Viaducto a ciento veinte kilómetros por hora—. ¡Nos va a matar antes de llegar!
—¡No voy a bajar la velocidad! —rugió Cornelio, con los ojos fijos en el horizonte de concreto—. ¡Cada segundo cuenta!
Lisa, con los ojos muy abiertos, no lloraba. Estaba en ese estado de shock infantil donde el cerebro decide observar en lugar de reaccionar. Aferraba su cuaderno de dibujo contra su pecho como un escudo.
La caravana de vehículos de lujo —el Porsche, seguido por la camioneta blindada de Doña Irma y el auto de escoltas que se había unido en el camino— irrumpió en las calles de la colonia Doctores. El contraste era visceral. Pasaron de los rascacielos de cristal a las banquetas rotas, los puestos de tacos de lámina, el cableado eléctrico colgando como telarañas negras y el caos urbano de la zona de hospitales.
Cornelio frenó en seco frente a la entrada de Urgencias del Hospital General. No buscó estacionamiento. Dejó el auto de tres millones de pesos estorbando el paso de las ambulancias, con las intermitentes puestas y la puerta abierta.
—¡Bájense! —ordenó.
Ludmila salió con Lisa. El aire olía a garnachas fritas, a smog y a esa tristeza particular que flota afuera de los hospitales públicos: el olor a espera y desesperanza. Había gente sentada en las banquetas sobre cartones, familias enteras comiendo tortas frías, esperando noticias de sus enfermos.
Cornelio corrió hacia la entrada, pero el guardia de seguridad, un hombre mayor con uniforme desgastado, le bloqueó el paso.
—¡Ey, ey! ¡No puede entrar así, joven! Solo un familiar por paciente y es hora de visita hasta las cuatro. Fórmese allá.
Cornelio lo miró como si fuera un insecto.
—¡Quítese! —gritó, empujándolo.
—¡Oiga! —El guardia trató de agarrarlo, pero los escoltas de Doña Irma, que acababan de llegar, intervinieron discretamente pero con firmeza, apartando al guardia con una profesionalidad aterradora.
Cornelio entró al lobby.
El golpe de realidad fue brutal.
Si la Torre Monroy era el cielo, esto era el purgatorio. El lugar estaba abarrotado. Había gente sentada en el suelo, niños llorando, ancianos en sillas de ruedas oxidadas con sueros colgando de clavos en la pared. El calor era sofocante, una mezcla de sudor, alcohol medicinal y enfermedad. El ruido era ensordecedor: gritos, toses, el megáfono llamando nombres.
Cornelio, con su traje de diseñador manchado de café y sudor, parecía un alienígena en ese ecosistema. Caminó hacia el mostrador de informes, donde una enfermera con cara de agotamiento crónico tecleaba en una computadora vieja.
—Necesito ver a Sofía Ramírez. Cama 304 —exigió Cornelio, golpeando el mostrador con la palma de la mano.
La enfermera ni siquiera levantó la vista.
—Tiene que esperar su turno, señor. Hay fila. Tome ficha.
—¡No voy a tomar ninguna ficha! ¡Soy Cornelio Monroy! ¡Esa mujer se está muriendo!
La enfermera alzó la vista lentamente, acomodándose los lentes. Lo miró con esa indiferencia blindada que desarrollan quienes ven tragedias a diario.
—Mire, don Cornelio Monroy. Aquí todos se están muriendo. El señor de allá tuvo un infarto, la señora de allá tiene apendicitis y el niño que está gritando tiene una fractura expuesta. Usted no es más importante que ellos porque grite más fuerte o traiga ropa bonita. Así que se calma o llamo a la policía federal.
Cornelio se quedó paralizado, con la boca abierta. Su dinero no servía aquí. Su apellido no abría puertas. Se sintió impotente, una sensación que no había experimentado en años.
En ese momento, Ludmila llegó a su lado, jadeando, con Lisa de la mano.
—Hágase a un lado —dijo ella, empujando suavemente a Cornelio.
Ludmila se acercó al mostrador. Su tono cambió. No era exigente, era humilde, suplicante, el tono de quien conoce las reglas del juego de la pobreza.
—Señorita Lupita, buenas tardes —dijo Ludmila.
La enfermera suavizó el gesto al reconocerla.
—Hola, Ludmila. ¿Ya vienes a la visita?
—Sí, seño. Y traje ayuda. —Señaló a Cornelio con la cabeza—. Él es… él es el papá de la niña. Viene a hacerse cargo de los gastos. Necesitamos ver a Sofía para autorizar el traslado. Por favor, Lupita. Ya ve que ayer se puso muy mala.
La enfermera miró a Cornelio con desconfianza, luego a la pequeña Lisa, y finalmente suspiró.
—Pásenle. Pero rápido. Si viene el supervisor me la hace de tos. Cama 304, al fondo a la derecha, pabellón de medicina interna.
—Gracias, Dios se lo pague —dijo Ludmila.
Cornelio miró a la limpiadora con una mezcla de asombro y vergüenza. Ella había logrado en diez segundos lo que él no pudo con toda su prepotencia.
—Vamos —dijo Ludmila, jalándolo de la manga del saco—. Y prepárese. No es bonito lo que va a ver.
Caminaron por los pasillos laberínticos. El suelo de linóleo estaba gastado. Las paredes, pintadas de un verde institucional deprimente, estaban descascaradas.
Pasaron salas con decenas de camas separadas apenas por cortinas de tela delgada. Se oían gemidos, rezos.
—Aquí es —dijo Ludmila, deteniéndose frente a una cortina beige con el número 304 escrito con plumón en un pedazo de cinta adhesiva.
Cornelio sintió que las piernas le fallaban. El corazón le latía en la garganta como un tambor de guerra.
—¿Está… consciente?
—A ratos. Entre la medicina y el cansancio, duerme casi todo el día.
Cornelio respiró hondo. Su madre, Doña Irma, llegó en ese momento junto con Gabriela. La matriarca venía caminando con una dignidad imperial, ignorando la suciedad del piso, pero sus ojos denotaban horror.
—Dios santo… —murmuró Irma, cubriéndose la nariz con un pañuelo—. ¿Cómo pueden tener a la gente así? Esto es inhumano.
—Es lo que hay, señora —respondió Ludmila secamente—. No todos nacen en sábanas de seda.
Cornelio extendió la mano y descorrió la cortina.
El tiempo se detuvo.
En la cama estrecha, conectada a un monitor cardíaco que emitía un pitido rítmico y débil, yacía Sofía.
Cornelio tuvo que morderse el labio para no gritar.
La imagen de la mujer vibrante, llena de curvas y vida que él recordaba, había desaparecido. En su lugar había una figura frágil, casi traslúcida. Su piel tenía un tono grisáceo, ceroso. Tenía ojeras profundas, moradas, que contrastaban con la palidez de su rostro. Sus manos, descansando sobre la sábana áspera del hospital, se veían huesudas.
Pero era ella.
Aun en la enfermedad, conservaba esa belleza serena, esa estructura ósea delicada. Su cabello rizado, ahora un poco más corto y sin brillo, estaba esparcido sobre la almohada.
—Sofía… —el nombre salió de la boca de Cornelio como una oración rota.
Se acercó a la cama. Cayó de rodillas otra vez, ignorando la suciedad del suelo. Tomó su mano. Estaba fría. Tan fría.
—Perdóname —lloró, besando los nudillos ásperos—. Perdóname, mi amor. Soy un maldito. Soy una basura.
Doña Irma se quedó en la entrada del cubiculo, pálida. Ver la consecuencia física de las acciones de su hijo era algo para lo que no estaba preparada. Miró a Lisa, que se asomaba tímidamente. La niña miraba a su madre con ojos tristes, acostumbrada a verla así.
—Mami… —susurró Lisa.
El monitor cardíaco aceleró su ritmo levemente. Beep… beep… beep-beep.
Sofía movió la cabeza. Sus párpados temblaron, luchando contra el peso de la sedación y el agotamiento.
Lentamente, abrió los ojos.
Eran los mismos ojos color miel, pero estaban velados por una niebla de dolor.
Su mirada vagó por el techo despintado, luego bajó hacia Lisa. Sonrió débilmente.
—Mi… lisi… —susurró. Su voz era un rasguño, seca como el desierto.
Luego, sintió el peso en su mano. Giró la cabeza lentamente hacia la izquierda.
Sus ojos se encontraron con los de Cornelio.
Por un segundo, hubo confusión. Ella parpadeó, pensando que era un sueño, una alucinación provocada por los fármacos.
Pero Cornelio apretó su mano, sollozando.
—Soy yo, Sofía. Soy Cornelio. Estoy aquí.
La reacción de Sofía no fue la de las películas románticas. No hubo una sonrisa de alivio.
Hubo terror.
Sus pupilas se dilataron. Intentó retirar la mano, pero estaba demasiado débil. El monitor cardíaco empezó a pitar más rápido, una alarma de angustia.
—No… —jadeó ella. El aire le faltaba—. Vete…
—No me voy a ir —dijo Cornelio desesperado—. Vine a ayudarte. Te voy a sacar de aquí. Te voy a llevar a un hospital de verdad. Vas a estar bien.
—No… tú no… —Lágrimas de impotencia rodaron por las sienes de Sofía—. Eres malo… Vete… Lisa… ¿dónde está Lisa?
—Aquí estoy, mami —dijo la niña, corriendo hacia el otro lado de la cama y subiéndose a un banco para tomar la otra mano de su madre—. El señor estaba llorando, mami. Dijo que es mi papá.
Sofía cerró los ojos con fuerza, como si recibiera un golpe físico.
—No… —gimió—. Lu… Ludmila… ¿por qué?
Ludmila se acercó, con lágrimas en los ojos.
—Perdóname, flaquita. No tuve opción. Necesitamos el dinero para la operación. Te estás apagando, Sofía. Y yo no voy a dejar que te mueras por orgullo. Él va a pagar todo. Se lo debe. Nos lo debe.
En ese momento, el caos estalló en el pasillo.
Un equipo de paramédicos privados, vestidos con uniformes tácticos azules impecables con el logotipo del “Hospital Ángeles”, entró en la sala de urgencias como un comando de élite, apartando camillas y gente a su paso. Eran seis hombres y un médico especialista. Traían una camilla de alta tecnología, monitores portátiles y equipo de resucitación avanzado.
—¿Dónde está el paciente Ramírez? —gritó el médico líder, un cardiólogo joven y eficiente.
Cornelio se puso de pie, secándose las lágrimas. Su postura cambió. Ya no era el hombre roto; volvía a ser el CEO, el hombre que daba órdenes.
—¡Aquí! —gritó—. ¡Sáquenla de aquí ahora mismo!
El equipo médico privado rodeó la cama. En segundos, desconectaron los monitores viejos del hospital público y conectaron los suyos.
—Signos vitales débiles pero estables —reportó un paramédico—. Saturación al 88%. Taquicardia leve. Vamos a intubar para el traslado si baja más. Preparen el oxígeno.
La enfermera Lupita y un médico residente del hospital público se acercaron, molestos.
—¡Oigan! No pueden llegar así y llevarse a la paciente. Hay que firmar el alta voluntaria, hay que hacer el papeleo…
—¡El papeleo lo hace mi abogado! —interrumpió Cornelio, sacando una tarjeta negra de su cartera y arrojándola sobre la cama vacía de al lado—. ¡Ahí están mis datos! ¡Cóbrese lo que quiera, demande si quiere, pero ella se va ahora!
Los paramédicos levantaron a Sofía con una sábana de transferencia y la pasaron a la camilla de la ambulancia privada. Ella estaba demasiado aturdida para protestar, sus ojos iban de Cornelio a Ludmila, llenos de confusión y miedo.
—¿A dónde me llevan? —susurró.
—A un lugar seguro —dijo Cornelio, inclinándose sobre ella mientras aseguraban las correas—. Vas a vivir, Sofía. Te lo juro por mi vida que vas a vivir.
La sacaron rodando a toda velocidad. Cornelio iba al lado de la camilla, sosteniendo el suero.
Doña Irma, que había permanecido en silencio, tomó el mando de la retaguardia. Agarró a Lisa de la mano y miró a Ludmila.
—Tú vienes con nosotros en mi camioneta —ordenó Irma—. Necesito que me expliques todo el historial médico de la niña y de tu hermana. Y trae sus cosas. No vamos a volver a este lugar nunca.
Lisa miró a su tía Lu. Ludmila asintió.
—Vamos, mi amor. Vamos a pasear en el coche de la señora.
Salieron del hospital. El sol de mediodía lastimaba los ojos.
La ambulancia de terapia intensiva arrancó con la sirena encendida, abriéndose paso en el tráfico como un depredador. Cornelio iba dentro, sentado en el banco lateral, sin soltar la mano de Sofía, quien había vuelto a caer en la inconsciencia por el estrés del movimiento.
—Resiste —le susurraba él, acariciando su frente sudorosa—. Resiste, por favor.
El Santuario de Cristal
El traslado fue rápido. Llegaron al Hospital Ángeles del Pedregal, una fortaleza de la medicina privada al sur de la ciudad. La diferencia era abismal. Aquí no había gente en el suelo. Había pisos de mármol brillante, silencio respetuoso, aire acondicionado con aroma a limpio y recepcionistas que parecían modelos.
El equipo médico ya los esperaba en la entrada de Urgencias Privadas. El Dr. Velasco, el mejor cardiocirujano del país y amigo personal de la familia Monroy, estaba al frente.
—Cornelio, ya tengo el quirófano 1 listo. Vamos a hacerle un eco transesofágico de inmediato y si la válvula está tan mal como me dijo tu hermana por teléfono, operamos en una hora.
—Haz lo que tengas que hacer, Velasco. No repares en gastos. Quiero lo mejor. Si necesitas traer un corazón nuevo de Marte, tráelo.
—Haremos lo posible, Cornelio. Pero su estado es crítico. Está muy desnutrida y el daño cardíaco es crónico. No te prometo nada.
Se llevaron a Sofía a través de las puertas dobles automáticas. Cornelio intentó seguirla, pero el Dr. Velasco lo detuvo con una mano en el pecho.
—Hasta aquí, amigo. Necesito trabajar. Ve a la sala de espera. Reza si crees en algo.
Cornelio se quedó parado frente a las puertas cerradas. De pronto, toda la adrenalina se esfumó y sintió el peso del cansancio. Se recargó en la pared y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo impecable, abrazando sus rodillas.
Minutos después, llegó el resto de la familia.
Doña Irma entró caminando con Lisa de la mano. La niña miraba todo con los ojos como platos. Nunca había visto un lugar tan bonito. Parecía un hotel, no un hospital.
—¿Aquí va a vivir mi mamá? —preguntó Lisa.
—Aquí la van a curar, mi vida —dijo Doña Irma, con una suavidad que sorprendió a Cornelio.
Gabriela y Kiril llegaron detrás, junto con Ludmila, que cargaba la mochila de Dora la Exploradora y una bolsa de plástico con la ropa sucia de Sofía. Ludmila se veía fuera de lugar, intimidada por el lujo, pero al ver a Cornelio tirado en el suelo, se acercó a él.
Se sentó a su lado, en el suelo. No como empleada, sino como igual en el dolor.
—¿Qué dijeron? —preguntó ella.
—La están revisando. Posible cirugía en una hora. —Cornelio levantó la cara. Tenía los ojos hinchados—. Gracias, Ludmila. Gracias por ir a buscarme. Gracias por ponerme esa trampa con la foto. Si no fuera por ti…
—No me agradezca todavía —dijo ella, mirando hacia el pasillo—. Espere a que ella despierte y decida si lo perdona. Sofía es buena, pero tiene el corazón roto. Y eso es más difícil de curar que la válvula.
Doña Irma se acercó a ellos.
—Cornelio, levántate del suelo. Das mal aspecto. —Aunque sus palabras eran duras, su tono era preocupado—. Vamos a la sala VIP. Pedí café y algo de comer para la niña. Está famélica, pobrecita.
Se trasladaron a una sala de espera privada, con sillones de piel, televisión y servicio de cafetería.
Lisa se sentó junto a Kiril. Los dos niños se miraban con curiosidad.
—¿Tú eres mi primo? —preguntó Lisa, balanceando sus piernitas.
—Sí —dijo Kiril, tocándose la mancha en su cara—. Y tú eres mi prima. Tenemos la misma mancha. Mira.
Lisa se tocó la suya.
—Sí. Mi mamá dice que es una estrella mágica. Que significa que somos especiales.
—Mi abuela dice que es la marca de los Monroy. Que significa que somos jefes.
—Yo prefiero ser mágica —dijo Lisa.
Kiril se rio.
—Yo también. ¿Quieres jugar con mi Nintendo?
Cornelio observó la escena desde el sillón. Ver a su hija interactuar con su sobrino, verla integrada tan naturalmente a su familia, le provocó un dolor agridulce. Se había perdido ocho años de eso. Los primeros pasos, las primeras palabras, las navidades. Todo.
—Mamá —dijo Cornelio, mirando a Irma—. ¿Tú sabías algo?
Doña Irma estaba tomando un té para calmar los nervios. Bajó la taza.
—No. Te lo juro por la memoria de tu padre. Yo pensé que esa muchacha solo era un desliz. Nunca imaginé…
—Se parece a papá —dijo Cornelio.
—Es idéntica a Agustín —admitió Irma, con los ojos húmedos—. Tiene su barbilla. Y esa mirada… es sangre de nuestra sangre, Cornelio. No hay duda. No necesitamos prueba de ADN.
—No la voy a pedir —dijo Cornelio—. Ella es mi hija. Y la voy a reconocer legalmente en cuanto Sofía esté fuera de peligro. Se va a llamar Lisa Monroy Ramírez. Y va a tener todo lo que le corresponde.
—Eso espero —dijo Irma—. Pero primero, tenemos que lidiar con la madre. Y con tu pasado. No creas que el dinero va a borrar lo que hiciste, hijo. Esa mujer te odia con razón. Vas a tener que trabajar muy duro para ganar su perdón. Y el de la niña.
El Dr. Velasco entró en la sala, todavía con su ropa quirúrgica azul y gorro. Su expresión era grave.
Todos se pusieron de pie de un salto. El silencio fue sepulcral.
—Cornelio, familia… —empezó el doctor, quitándose el cubrebocas—. La situación es más complicada de lo que pensamos.
Cornelio sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué pasa?
—El corazón de Sofía está muy dilatado. La válvula mitral está destruida, probablemente por una fiebre reumática mal atendida en su juventud, combinada con el estrés del embarazo y la mala nutrición. Vamos a operar. Tenemos que cambiar la válvula ya. Pero…
—¿Pero qué? —gritó Cornelio.
—Sus plaquetas están muy bajas y está anémica. Hay un riesgo muy alto de hemorragia en la mesa. Y su corazón… está cansado, Cornelio. No sé si aguante la bomba de circulación extracorpórea. Las probabilidades son 50/50.
Cornelio sintió que le faltaba el aire. Se agarró del respaldo del sillón para no caerse.
50/50.
Una moneda al aire. Cara, vive. Cruz, muere.
—Haga lo que tenga que hacer, doctor —dijo Ludmila, con voz firme, aunque lloraba—. Sofía es fuerte. Ha aguantado cosas peores. Ha aguantado el hambre y la tristeza. Va a aguantar la operación.
—Necesito su autorización —dijo el doctor mirando a Cornelio—. Técnicamente no eres su esposo, pero Ludmila es su hermana. Necesito que firmen.
—Yo firmo —dijo Ludmila.
—Y yo pago —dijo Cornelio—. Y doctor… si algo sale mal… sálvela a ella. No me importa el costo. Sálvela.
El doctor asintió y salió corriendo de regreso al quirófano.
Cornelio se acercó al ventanal de la sala de espera. Afuera, la tarde empezaba a caer sobre la Ciudad de México. Las luces de la ciudad se encendían, millones de estrellas artificiales.
Miró su reflejo en el cristal. Vio a un hombre poderoso, con un imperio a sus pies, pero que en ese momento daría cada centavo, cada edificio, cada auto, solo por escuchar una vez más la voz de la mujer que amaba.
—Dios… —susurró, algo que no hacía desde niño—. Si estás ahí… no te la lleves. Llévame a mí. Quítame todo. Pero déjala a ella. Deja que Lisa tenga a su mamá. Por favor. Te lo cambio. Mi vida por la de ella.
Detrás de él, Lisa se acercó silenciosamente y le jaló el pantalón.
Cornelio se giró, secándose las lágrimas rápidamente.
—¿Qué pasa, princesa?
Lisa le extendió su cuaderno de dibujo.
—Hice un dibujo. Para que no estés triste.
Cornelio tomó el cuaderno. Era un dibujo infantil, hecho con crayolas. Había un sol amarillo, una casa grande un poco chueca, y tres figuras de palitos tomadas de la mano.
Una figura tenía pelo largo (Sofía), otra era pequeña (Lisa), y la tercera era alta, con un traje azul.
Y a las tres figuras, Lisa les había dibujado una estrella amarilla en la mejilla.
—Somos nosotros —explicó Lisa—. Mamá, yo y tú. La familia Estrella.
Cornelio abrazó el cuaderno contra su pecho y rompió a llorar, esta vez sin vergüenza, delante de su madre, de su hermana, de Ludmila y de sus hijos. Se arrodilló y abrazó a Lisa, enterrando la cara en su hombro pequeño.
—Gracias, mi amor —sollozó—. Es el dibujo más hermoso del mundo.
En ese momento, en el quirófano número 1, el monitor cardíaco de Sofía emitió un pitido largo y agudo antes de estabilizarse bajo la mano del anestesiólogo. La cirugía había comenzado. Y con ella, la lucha final por una segunda oportunidad.
CAPÍTULO 6: EL TIEMPO DETENIDO Y LAS PLEGARIAS EN LA SALA VIP
El tiempo en los hospitales no se mide en minutos ni en horas, se mide en latidos. En la sala de espera privada del área de cirugía cardiovascular del Hospital Ángeles, el reloj de pared, un diseño moderno y silencioso, marcaba las cuatro de la tarde, pero para Cornelio Monroy, habían pasado siglos desde que las puertas del quirófano se tragaron a Sofía.
El ambiente en la suite VIP era una mezcla extraña de lujo y angustia. Había sillones de piel color crema, una pantalla plana transmitiendo noticias financieras sin volumen, una barra con café gourmet, galletas y frutas frescas, y un ventanal enorme que ofrecía una vista panorámica del Periférico Sur y la bandera monumental de San Jerónimo ondeando perezosamente bajo el cielo gris de la Ciudad de México.
Pero el lujo no amortiguaba el miedo. Al contrario, lo hacía más agudo, más estéril.
Cornelio estaba parado frente al ventanal, con la frente apoyada en el cristal frío. Veía los autos pasar allá abajo, miles de vidas ajenas corriendo hacia sus destinos, indiferentes a la tragedia que se desarrollaba en el tercer piso de esa torre de marfil. Se sentía desconectado de la realidad, como si estuviera flotando en una burbuja de vacío.
A sus espaldas, la escena familiar era un cuadro surrealista.
Doña Irma, sentada con la espalda recta en uno de los sillones, pasaba las cuentas de un rosario de cristal de Swarovski entre sus dedos manicurados. Sus labios se movían en un rezo silencioso, rítmico, una letanía interminable. A su lado, Gabriela, la hermana de Cornelio, revisaba su celular nerviosamente, cancelando citas y respondiendo mensajes de la “gente bien” que ya empezaba a preguntar por qué los Monroy estaban en el hospital.
En el sillón de enfrente, creando una frontera invisible pero palpable, estaba Ludmila.
La tía Lu se veía pequeña en ese mueble inmenso. Todavía llevaba su uniforme de limpieza azul marino, ahora arrugado y con manchas de sudor seco. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, nudillos blancos de tanta presión. No rezaba con un rosario, rezaba con la mirada fija en el suelo, hablando con un Dios más terrenal, el Dios de los pobres que entiende de hambre y desesperación.
Y en medio de esos dos mundos, en la alfombra persa, estaban los niños.
Lisa y Kiril.
La hija secreta del magnate y el heredero legítimo.
Jugaban con unos bloques de construcción que una enfermera amable les había traído. No hablaban mucho, pero había una complicidad instintiva entre ellos. De vez en cuando, Kiril le pasaba una pieza a Lisa y ella le sonreía, tocándose inconscientemente la mancha en su mejilla, como si fuera un código secreto entre ambos.
—¿Quiere café? —la voz de Doña Irma rompió el silencio, dirigida a Ludmila.
Ludmila levantó la vista, sorprendida.
—¿Mande?
—Que si quieres café. O agua. Llevas horas sin tomar nada —insistió Irma, señalando la barra—. Es gratis. Bueno, está incluido en la cuenta astronómica que vamos a pagar, así que es como si fuera gratis.
Ludmila dudó. El orgullo le decía que no aceptara nada de esa gente. Pero la garganta la tenía seca como lija.
—Un vaso de agua, por favor. Si no es mucha molestia.
Doña Irma se levantó. Ella misma, la mujer que no se servía ni un vaso de agua en su propia casa sin llamar a la empleada, caminó hacia la barra, sirvió agua fría en un vaso de cristal y se lo llevó a Ludmila.
—Ten.
Ludmila lo tomó con ambas manos, temblando ligeramente.
—Gracias, señora.
Doña Irma se sentó de nuevo, pero esta vez un poco más cerca, rompiendo la frontera invisible.
—Dime una cosa, mujer —dijo Irma, con ese tono directo que usaba para interrogar a sus gerentes—. ¿Cómo le hicieron?
—¿Cómo le hicimos para qué?
—Para sobrevivir. —Irma hizo un gesto vago con la mano—. Sofía… estaba sola. Con una bebé enferma. Sin dinero. ¿Cómo comían? ¿Cómo pagaban la renta?
Ludmila bebió un sorbo de agua antes de responder. Sus ojos se oscurecieron.
—Trabajando, señora. Como hace la mayoría de la gente en este país. Sofía es música, usted lo sabe. Pero nadie contrata a una violinista con una panza de ocho meses. Así que cosía.
—¿Cosía?
—Ajá. Ropa ajena. Dobladillos, cierres, botones. Se pasaba las noches enteras pegada a la máquina de coser, con los pies hinchados, llorando porque le dolía la espalda. Yo vendía tamales en la mañana afuera del metro y en la tarde limpiaba casas.
Cornelio, desde la ventana, escuchaba cada palabra. Cada frase era un latigazo en su conciencia.
—Cuando nació Lisa… —continuó Ludmila, mirando a la niña con ternura infinita—, fue muy difícil. Sofía no tenía leche por la anemia. Tuvimos que comprar fórmula. ¿Sabe cuánto cuesta un bote de fórmula, señora Irma? Cuesta lo que yo ganaba en tres días de fregar pisos.
Irma bajó la mirada, avergonzada por su ignorancia.
—A veces… —la voz de Ludmila se quebró—, a veces Sofía dejaba de comer para que la niña comiera. Me decía: “Lu, no tengo hambre, cómete tú la tortilla”. Pero yo sabía que era mentira. Se estaba matando de hambre por su hija. Y por eso se le dañó el corazón. No fue solo la tristeza, señora. Fue el hambre. Fue la falta de vitaminas. Fue el sacrificio.
Cornelio se dio la vuelta bruscamente. Su rostro estaba bañado en lágrimas silenciosas.
—¿Por qué no vinieron? —preguntó, con voz ronca—. ¡Maldita sea! ¿Por qué no me buscaron? Yo tengo millones. Nunca les hubiera faltado nada. ¡Hubiera llenado su casa de leche, de comida, de todo!
Ludmila lo miró con una dignidad feroz.
—Porque usted le rompió algo más importante que el estómago, Don Cornelio. Le rompió la dignidad. Sofía prefería morirse de hambre que recibir una moneda de un hombre que la trató como una prostituta barata frente a sus amigos ricos. Ella quería que Lisa creciera sabiendo que su madre la sacó adelante con amor y trabajo, no con las sobras de un padre que se avergonzaba de ellas.
El silencio que siguió fue sepulcral. Cornelio no tenía defensa. No había argumento posible contra esa verdad.
Se acercó a donde estaba Lisa jugando. Se arrodilló junto a ella.
La niña levantó la vista.
—¿Estás triste otra vez, señor papá? —preguntó Lisa.
“Señor papá”. El título era tan extraño, tan doloroso y tan hermoso a la vez.
—Sí, princesa. Estoy triste.
—Mi mamá dice que cuando estás triste tienes que cantar. ¿Quieres que te cante una canción?
Cornelio asintió, incapaz de hablar.
Lisa dejó los bloques y empezó a cantar en voz baja. No era una canción infantil común. Era una pieza de música clásica, Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, pero tarareada con una voz finita y desafinada de niña.
—Tururú, tururú, tururú… —cantaba, moviendo los dedos como si tocara un violín invisible.
Cornelio reconoció el gesto. Era idéntico al de Sofía.
—Tu mamá te enseñó eso…
—Sí. Ella me enseña música. Dice que la música cura el alma.
Cornelio la abrazó. Un abrazo torpe, desesperado. Sintió el cuerpo pequeño y frágil de su hija contra el suyo. Olía a jabón barato y a vainilla. Olía a hogar.
—Perdóname, Lisa. Perdóname por no haber estado ahí para comprarte la leche. Te juro que nunca más te va a faltar nada. Ni a ti ni a tu mamá.
—¿Vas a curar a mi mamá? —preguntó ella, mirándolo a los ojos.
—Los doctores la están curando. Yo solo… yo solo estoy pagando para que lo hagan los mejores.
—Entonces eres bueno —concluyó ella—. Aunque tía Lu diga que eres un menso.
Ludmila soltó una risita nerviosa desde el sillón.
—¡Lisa! No digas eso.
Cornelio sonrió entre lágrimas.
—Tu tía Lu tiene razón. Soy un menso. El menso más grande del mundo.
El sonido del teléfono de la sala interrumpió el momento. Todos saltaron.
Era el teléfono interno, el que conectaba con el quirófano.
Doña Irma fue la más rápida. Levantó el auricular con mano temblorosa.
—¿Sí?… Sí, soy su madre… Sí… Entiendo.
Colgó el teléfono. Su rostro era una máscara indescifrable.
Cornelio se puso de pie, con el corazón detenido.
—¿Qué pasó?
—El Dr. Velasco quiere hablar con nosotros. Ya salió. Viene para acá.
—¿Pero qué dijo? ¿Está viva?
—Dijo que esperemos a que llegue.
Esos dos minutos que tardó el médico en llegar desde el pasillo hasta la sala fueron la tortura más grande de la vida de Cornelio. Caminaba de un lado a otro, jalándose el cabello. Ludmila rezaba en voz alta. Gabriela abrazaba a los niños.
La puerta se abrió.
El Dr. Velasco entró. Todavía traía la ropa quirúrgica, el gorro y el cubrebocas colgando del cuello. Su bata azul estaba manchada de sudor y tenía algunas salpicaduras oscuras que helaron la sangre de Cornelio.
Se veía exhausto. Sus ojos estaban rojos.
—Siéntense, por favor —dijo Velasco, tomando una botella de agua y bebiéndosela de un trago.
—¡Habla ya, carajo! —gritó Cornelio.
—Cornelio, cálmate —lo regañó Irma—. Deja hablar al doctor.
Velasco respiró hondo y miró a Cornelio, luego a Ludmila.
—Está viva —soltó.
Un suspiro colectivo recorrió la sala, como si hubieran sacado todo el aire de golpe. Ludmila se persignó tres veces. Cornelio se dejó caer en el sillón, tapándose la cara con las manos.
—Pero… —continuó el doctor, y la tensión volvió a subir—, fue una guerra allá adentro. Su corazón estaba mucho peor de lo que indicaban los estudios. Cuando abrimos, nos dimos cuenta de que la válvula mitral estaba prácticamente calcificada y el tejido alrededor estaba muy débil. Al intentar poner la prótesis, hubo un desgarro.
Ludmila ahogó un grito.
—¿Un desgarro?
—Sí. Empezó a sangrar masivamente. Tuvimos que entrar en paro circulatorio total. Literalmente, detuvimos su cuerpo, le bajamos la temperatura a 18 grados y trabajamos contra reloj para reconstruir la aurícula antes de que su cerebro sufriera daños.
Cornelio escuchaba los términos médicos como si fueran sentencias de muerte. Paro. Sangrado. Daño cerebral.
—¿Y entonces? —preguntó Cornelio con voz temblorosa.
—Logramos reparar el daño. Colocamos una válvula mecánica de última generación. Su corazón… tardó en arrancar. Tuvimos que darle tres descargas directas. Pero arrancó. Ahora está en Terapia Intensiva Coronaria. Está conectada a un respirador, a un marcapasos externo y a varias bombas de medicamentos para mantener su presión.
El doctor se acercó a Cornelio y le puso una mano en el hombro.
—Cornelio, no te voy a mentir. Las próximas 24 horas son críticas. Si pasa la noche sin sangrar y sin arritmias, tenemos una oportunidad. Pero está muy débil. Su cuerpo ha sufrido mucho estrés durante años.
—¿Puedo verla? —preguntó Cornelio.
—Solo uno. Cinco minutos. Terapia Intensiva es muy estricta. Y tienes que prepararte. No se ve bien. Está hinchada, llena de tubos… no es la imagen que quieres ver.
—Necesito verla —insistió Cornelio—. Necesito que sepa que estoy aquí.
—Está sedada, Cornelio. No te va a oír.
—Ella me va a oír —aseguró Cornelio—. Su alma me va a oír.
Miró a Ludmila.
—¿Quieres entrar tú primero?
Ludmila negó con la cabeza, secándose las lágrimas.
—No. Entre usted. Usted es el que tiene cuentas pendientes. Yo sé que ella me siente. Dígale… dígale que Lisa está bien. Que no se preocupe por la niña. Eso es lo único que la mantiene atada a este mundo.
Cornelio asintió. Besó la frente de Lisa.
—Ahorita vengo, mi amor. Voy a ver a mamá.
—Dile que le mando el dibujo —dijo Lisa, entregándole la hoja arrugada con la “Familia Estrella”.
Cornelio tomó el dibujo como si fuera un pasaporte sagrado.
—Se lo daré.
El camino hacia la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) fue un descenso a otro mundo. Atrás quedaron las alfombras y el café. Aquí todo era blanco, frío, metálico. El sonido constante de los monitores (bip… bip… bip) era la banda sonora de la línea entre la vida y la muerte.
—Cúbrase —le dijo una enfermera, entregándole una bata estéril, un gorro y un cubrebocas.
Cornelio se vistió mecánicamente. Se lavó las manos con jabón quirúrgico hasta que le ardieron.
—Cama 1. Al fondo —indicó la enfermera.
Cornelio entró en el cubículo de cristal. El aire estaba helado.
Ahí estaba.
El doctor tenía razón. No se parecía a Sofía.
Estaba irreconocible. Su cuerpo estaba hinchado por los líquidos de la cirugía. Tenía un tubo grueso saliendo de su boca, conectado a una máquina que respiraba por ella con un siseo rítmico. Tenía catéteres en el cuello, en los brazos. Cables de colores cruzaban su pecho, donde un vendaje enorme cubría la herida de la esternotomía.
Pero era ella.
Cornelio se acercó temblando. El miedo lo paralizaba, pero el amor, ese amor que creyó muerto y que ahora ardía como un incendio forestal, lo empujó hacia adelante.
Tomó su mano. Estaba tibia, pero inerte. Había un sensor de oxígeno en su dedo índice que emitía una luz roja, como un corazón artificial.
—Hola, flaca… —susurró Cornelio. Usó el apodo que le decía hace diez años, cuando se escapaban al parque.
El monitor siguió su ritmo monótono. Bip… bip…
Cornelio acercó un banco y se sentó. Apoyó la frente en el barandal metálico de la cama.
—Soy yo. El menso.
Se le quebró la voz. Lloró en silencio unos minutos, dejando que el dolor saliera.
—Velasco dice que eres una guerrera. Que tu corazón no quería arrancar, pero lo hiciste. Siempre fuiste terca, Sofía. Siempre fuiste más fuerte que yo.
Levantó la vista y miró su rostro dormido, oculto tras las cintas que sujetaban el tubo endotraqueal.
—Te traje algo. —Desdobló el dibujo de Lisa y lo puso sobre la sábana, cerca de su mano—. Lisa lo hizo. Dice que somos la “Familia Estrella”. Mira… nos puso juntos. A ti, a ella y a mí.
Acarició el brazo de Sofía con el pulgar, con cuidado de no tocar los moretones de las venopunciones.
—Escúchame bien, Sofía. Sé que no quieres verme. Sé que cuando despiertes, lo primero que vas a querer hacer es correrme. Y tienes derecho. Tienes todo el derecho del mundo a odiarme hasta el último día de tu vida. Pero te pido… te suplico… que no te vayas.
Cornelio se inclinó hacia su oído.
—No te mueras, Sofía. No me dejes solo con esto. No sé ser papá. No sé ser bueno. Te necesito. Lisa te necesita.
Respiró hondo, tragándose el nudo en la garganta.
—Te prometo algo, aquí, delante de Dios y de estas máquinas ruidosas. Si sales de esta… no te voy a molestar. No te voy a obligar a estar conmigo. Te voy a dar la casa que quieras, el dinero que necesites, y me voy a hacer a un lado si eso es lo que quieres. Pero vive. Solo vive. Déjame verlas de lejos, pero déjame verlas.
El monitor cardíaco pareció saltarse un latido. Bip… Bip-bip… Bip.
Una alarma amarilla parpadeó en la pantalla.
Cornelio se asustó. Retrocedió.
—¿Enfermera? —llamó, bajito.
La enfermera entró, revisó el monitor y presionó un botón.
—Tranquilo. Es normal. Se está moviendo un poco. Está luchando contra la sedación. Eso es bueno. Significa que tiene fuerza. Háblele. Su voz la calma.
Cornelio volvió a tomar su mano.
—Ya oíste. Tienes fuerza. Eres una Monroy… bueno, no de apellido, pero Lisa sí. Y Lisa es fuerte como tú.
Recordó la noche en Valle de Bravo. El vestido vintage. La humillación.
—Ese día… ese día en Valle… cuando te fuiste. Me sentí el hombre más poderoso del mundo por cinco minutos. Y luego me sentí la basura más grande por diez años. Nunca te olvidé, Sofía. Busqué tu cara en cada mujer con la que salí. Busqué tu risa. Busqué tu olor. Pero nadie eras tú.
Cornelio sacó de su bolsillo algo que había guardado antes de salir de su casa, en un impulso irracional. Era un anillo. No un anillo de compromiso nuevo y ostentoso. Era un anillo sencillo, de plata, que había comprado en un mercado de artesanías en Coyoacán hace una década, la primera vez que salieron. Nunca se lo dio. Lo había guardado en el fondo de un cajón como un recuerdo masoquista.
Lo puso suavemente en la palma de la mano de Sofía y cerró sus dedos sobre él.
—Te pertenece. Siempre fue tuyo. Como yo.
—Se acabó el tiempo, señor —dijo la enfermera desde la puerta—. Tiene que dejarla descansar.
Cornelio se levantó. Besó su frente, justo encima de una cana prematura que asomaba en su cabello.
—Descansa, mi amor. Mañana será otro día. Y mañana… mañana empieza nuestra nueva vida. Te lo juro.
Salió de la UCI caminando de espaldas, sin dejar de mirarla hasta que la puerta se cerró.
Al volver a la sala de espera, se sentía agotado, como si hubiera corrido un maratón. Pero también se sentía extrañamente ligero. Había dicho la verdad. Se había quitado la máscara.
Ludmila lo miró cuando entró.
—¿Cómo está?
—Peleando —dijo Cornelio—. Está peleando.
Doña Irma se acercó.
—Hijo, deberías ir a casa a bañarte y cambiarte. Yo me quedo con los niños y con Ludmila. Gabriela se puede llevar a Kiril.
—No —dijo Cornelio, sentándose en el suelo junto a Lisa, que se había quedado dormida en el sillón—. No me muevo de aquí hasta que despierte. Esta es mi guardia.
Lisa se removió en sueños y buscó calor. Cornelio le acomodó el saco de su traje de tres mil dólares como cobija.
Miró por la ventana. La noche había caído sobre la ciudad. Las luces de los autos formaban un río de fuego rojo y blanco.
En algún lugar, entre esas luces, estaba su antigua vida, desvaneciéndose. Y aquí, en esta sala de hospital, bajo la luz tenue, con una mujer que lo odiaba luchando por vivir y una hija que apenas lo conocía durmiendo a su lado, Cornelio Monroy sintió, por primera vez en cuarenta años, que estaba exactamente donde tenía que estar.
La noche sería larga. La más larga de todas. Pero al menos, ya no estaba solo en la oscuridad.
CAPÍTULO 7: EL DESPERTAR DEL DRAGÓN Y LA TREGUA ARMADA
La noche en la sala de espera VIP del Hospital Ángeles transcurrió lenta, como un reloj de arena atascado. Mientras la ciudad afuera dormía bajo su manto de smog y luces de neón, adentro, el tiempo se estiraba en silencios incómodos y cabezadas de sueño interrumpido.
Cornelio no durmió. Pasó las horas observando a Lisa. Verla respirar, ver cómo su pecho subía y bajaba con ese ritmo tranquilo de la infancia, era un espectáculo más fascinante que cualquier gráfico de la bolsa de valores. Tenía las pestañas largas de Sofía, pero la forma de su barbilla, ese pequeño hoyuelo desafiante, era innegablemente suya. Era un milagro biológico que dormía arropado con un saco Armani manchado de café.
Ludmila dormitaba en un sillón, con la boca entreabierta y la cabeza caída hacia un lado, agotada por años de lucha acumulada. Doña Irma, fiel a su disciplina espartana, se mantenía despierta, leyendo noticias en su iPad con el brillo de la pantalla iluminando su rostro severo, vigilando el fuerte como un general en trinchera.
A las 6:00 AM, el sol comenzó a teñir el cielo de un naranja sucio sobre los volcanes.
La puerta de la sala se abrió. El Dr. Velasco entró, ya bañado y afeitado, oliendo a loción fresca.
Cornelio se puso de pie de un salto, despertando a Ludmila.
—Buenos días —dijo el doctor con una sonrisa cansada pero genuina—. Tengo noticias.
—¿Buenas o malas? —preguntó Cornelio, con la voz ronca.
—Buenas. Excelentes, de hecho. Le quitamos la sedación hace dos horas. Ya despertó. La extubamos hace treinta minutos. Está respirando por sí sola, con mascarilla de oxígeno, pero sus pulmones están respondiendo bien. El corazón… el corazón está latiendo como un reloj suizo. La válvula funciona perfecto.
Cornelio soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Ludmila se persignó y soltó un “¡Gracias a Dios!” sonoro. Doña Irma cerró su iPad y asintió, satisfecha con la eficiencia del servicio pagado.
—¿Puedo verla? —preguntó Cornelio.
—Puede verla. Pero Cornelio… —el doctor levantó un dedo admonitorio—, está muy sensible. Física y emocionalmente. Recuerda que su corazón está recién reparado. Cualquier disgusto fuerte, cualquier alteración en su presión arterial, podría ser peligrosa. Entra con cuidado. No la agobies.
—Lo sé. Seré una tumba.
—Ve tú primero —le dijo a Ludmila—. Ella necesita una cara amiga antes de ver al… al ogro.
Ludmila asintió, agradecida por el gesto. Se alisó el uniforme arrugado y corrió hacia la UCI.
Cornelio se quedó esperando. Aprovechó para ir al baño de la suite. Se miró en el espejo. Se veía terrible. Ojeras profundas, barba de tres días, ojos inyectados en sangre. Se lavó la cara con agua helada, tratando de borrar el cansancio. Se peinó con los dedos.
“Tienes que verte bien. Tienes que verte seguro. Ella necesita seguridad, no a un náufrago”, se dijo. Pero sabía que era mentira. Ella no necesitaba nada de él, excepto quizás que desapareciera.
Veinte minutos después, Ludmila regresó. Traía los ojos rojos de llorar, pero una sonrisa iluminaba su cara.
—Ya preguntó por Lisa. Y… preguntó por usted.
—¿Por mí? —Cornelio sintió un vuelco en el estómago.
—Sí. Preguntó: “¿Sigue aquí?”. Le dije que sí. Dijo: “Que pase”.
Cornelio sintió que las piernas le temblaban más que cuando se enfrentaba a una junta de accionistas hostiles.
—Voy.
Caminó hacia la UCI. Esta vez, el pasillo le pareció más corto. Entró al cubículo 1.
La escena era diferente a la noche anterior. Ya no había tubo en la boca. Sofía estaba semi sentada, con el respaldo de la cama elevado. Tenía una mascarilla de oxígeno transparente sobre la nariz y la boca. Su piel seguía pálida, pero ya no tenía ese color grisáceo de la muerte.
Sus ojos estaban abiertos, fijos en la puerta.
Cuando Cornelio entró, sus miradas chocaron.
No hubo chispas. No hubo música romántica de fondo. Hubo un choque de trenes silencioso.
La mirada de Sofía era dura, analítica. A pesar de su debilidad, a pesar de los cables y el dolor, conservaba una dignidad feroz.
Cornelio se acercó despacio, con las manos en los bolsillos, sin saber qué hacer con ellas.
—Hola —dijo, con voz suave.
Sofía se quitó la mascarilla de oxígeno con un movimiento lento y doloroso. La alarma del monitor pitó una vez, pero ella la ignoró.
—Hola —respondió. Su voz era un susurro rasposo, lastimada por el tubo.
Cornelio jaló el banco y se sentó, manteniendo una distancia prudente.
—¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un camión —dijo ella, con una mueca que intentó ser sarcástica pero terminó en mueca de dolor—. Y resulta que el camión eras tú.
Cornelio bajó la cabeza.
—Me lo merezco. Merezco eso y más.
—¿Qué haces aquí, Cornelio? —preguntó ella, yendo directo al grano. No tenía fuerzas para rodeos—. Ludmila me contó… todo. El plan de limpieza. La cámara. La persecución. El hospital privado.
—Estoy aquí porque… —Cornelio buscó las palabras. Las palabras de negocios no servían aquí. Las palabras de seducción tampoco—. Porque tengo una hija. Y porque la madre de mi hija se estaba muriendo. No podía dejar que pasara.
Sofía lo miró fijamente, evaluando su sinceridad.
—No lo hiciste por mí. Lo hiciste por tu culpa. Para lavar tu conciencia.
—Al principio, tal vez —admitió Cornelio. La honestidad era su única carta—. Cuando vi la mancha en la cara de Lisa… sentí pánico. Sentí que el pasado me cobraba la factura. Pero luego… te vi en esa cama del hospital público. Tan flaca. Tan sola. Y recordé todo, Sofía. Recordé por qué me enamoré de ti. Y entendí que he sido un imbécil durante diez años.
Sofía soltó una risa seca que terminó en tos. Se llevó la mano al pecho, dolorida.
Cornelio se levantó instintivamente para ayudarla, pero ella levantó la mano para detenerlo.
—No me toques. Estoy bien. —Se volvió a poner la mascarilla unos segundos para respirar oxígeno puro. Luego se la quitó—. Diez años, Cornelio. Diez años en los que mi hija preguntó por su papá y yo tuve que inventar historias. Le dije que eras un explorador que se perdió en la selva. Que eras un astronauta. Nunca tuve el corazón para decirle que eras un millonario que vivía a cuarenta minutos de nosotras y que nos despreciaba.
—Nunca las desprecié —protestó Cornelio—. ¡Yo no sabía! Si hubiera sabido que estabas embarazada…
—¿Qué hubieras hecho? —lo interrumpió ella, con los ojos brillando de furia contenida—. ¿Hubieras venido corriendo? ¿O me hubieras mandado un cheque para que “resolviera el problema”? Sé honesto, Cornelio. El Cornelio de hace diez años, el borracho de Valle de Bravo, ¿qué hubiera hecho?
Cornelio se quedó callado. La pregunta era brutal porque la respuesta era incierta. El Cornelio de hace diez años era un cobarde. Tal vez hubiera dudado. Tal vez hubiera pedido una prueba de ADN. Tal vez su madre hubiera intervenido para “arreglarlo”.
—No lo sé —confesó, mirándola a los ojos—. Y eso me mata. No sé qué hubiera hecho ese idiota. Pero sé lo que este Cornelio, el que está aquí sentado, quiere hacer.
—¿Y qué quiere hacer este Cornelio?
—Quiere arreglarlo. Quiere ser el padre que Lisa merece. Y quiere… quiere cuidarte.
—Yo no necesito que me cuiden —replicó Sofía con orgullo—. Llevo diez años cuidándome sola.
—Lo sé. Y lo has hecho increíble. Lisa es maravillosa. Es lista, es dulce, canta Vivaldi. —Cornelio sonrió con tristeza—. Pero estás cansada, Sofía. Tu corazón está cansado. Mírate. Casi te mueres ayer. No puedes seguir cargando el mundo tú sola. Déjame ayudarte. Déjame cargar una parte del peso. No por lástima. Sino porque es mi deber. Y porque…
Se detuvo. “Porque te amo” sonaba falso en ese contexto, sonaba a manipulación.
—Porque somos la Familia Estrella —dijo, señalando el dibujo de Lisa que todavía estaba en la mesita de noche.
Sofía miró el dibujo. Sus ojos se suavizaron. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Ella te adora —murmuró—. Apenas te conoce y ya te adora. Los niños tienen esa capacidad estúpida de perdonar sin pedir explicaciones.
—Ella me dijo que soy bueno. Aunque sea un menso.
Sofía sonrió levemente.
—Eres un menso con suerte.
Hubo un silencio. Un silencio menos tenso, más reflexivo.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Sofía—. No tengo casa. Entregué el departamento porque no podía pagar la renta este mes por las medicinas. Vendí mis muebles. No tengo a dónde ir cuando salga de aquí.
Cornelio vio la oportunidad.
—Vengan a mi casa.
Sofía lo miró alarmada.
—¿Qué? ¿Estás loco? ¿Vivir contigo? Ni muerta.
—Escúchame. No es vivir conmigo-conmigo. Mi casa es enorme. Es ridículamente grande. Tiene un ala este que nunca uso. Tiene sus propias habitaciones, su propia cocina, su propia entrada. Podrían vivir ahí. Tendrían privacidad. Lisa tendría jardín para jugar. Tendrías enfermeras las 24 horas para tu recuperación. Ludmila podría estar contigo sin tener que dormir en un sillón.
—No voy a ser tu mantenida, Cornelio.
—No serías mi mantenida. Sería… una pensión. La pensión alimenticia de Lisa, retroactiva por diez años. Te lo debo. Legalmente te lo debo. Míralo como un cobro de deuda. Úsame. Usa mi casa, usa mi dinero, usa mis médicos. Recupérate. Ponte fuerte. Y cuando estés bien, si te quieres ir, te vas. Te compro una casa donde tú quieras. Pero por ahora… por favor. Por Lisa.
Sofía cerró los ojos, pensando. Era una oferta tentadora. Demasiado tentadora. Significaba seguridad, comida, salud para su hija. Pero significaba vender su alma al diablo. Significaba entrar en la boca del lobo.
Pero luego pensó en Lisa durmiendo en el suelo del hospital público. Pensó en el frío. Pensó en el miedo a morir y dejarla sola.
El orgullo no alimentaba niños. El orgullo no pagaba cirugías.
Abrió los ojos.
—Está bien —dijo, con voz dura—. Acepto. Pero con condiciones.
—Las que quieras.
—Uno: Ludmila viene con nosotras. Ella es mi familia. Si ella no está cómoda, nos vamos.
—Hecho. Ludmila tendrá su propia habitación y un sueldo como tu asistente personal, no como sirvienta.
—Dos: Lisa es mía. Tú eres el padre biológico, y voy a dejar que la veas y convivas con ella, pero la educación, las reglas y las decisiones importantes las tomo yo. No quiero que la conviertas en una niña mimada y prepotente como… como tus amigos.
—Hecho. Tú eres la jefa.
—Y tres… —Sofía lo miró a los ojos, clavándole una estaca de hielo—. Esto no significa que volvimos. No significa que te perdoné. No te confundas, Cornelio. Vamos a vivir bajo el mismo techo por necesidad, no por amor. No intentes comprarme regalos, no intentes seducirme. Para mí, eres el casero y el padre de mi hija. Nada más.
Cornelio sintió el golpe, pero asintió. Era justo. Era más de lo que merecía.
—Hecho. Trato cerrado.
Sofía extendió su mano, débil y llena de moretones. Cornelio la estrechó con cuidado. No fue un apretón de manos romántico. Fue un contrato de tregua. Un armisticio en medio de la guerra.
—Ahora vete —dijo ella, poniéndose la mascarilla—. Estoy cansada. Y quiero ver a Lisa.
Cornelio salió de la habitación.
En el pasillo, se recargó contra la pared y respiró hondo. Se sentía agotado, pero vivo. Tenía un plan. Tenía un objetivo. Sofía y Lisa vivirían en su casa. Estarían en su territorio. Y aunque Sofía había puesto muros de concreto armado alrededor de su corazón, Cornelio Monroy era constructor. Sabía cómo derribar muros. No con fuerza, sino con paciencia. Ladrillo a ladrillo.
La Mudanza al Castillo del Ogro
Pasaron tres semanas. La recuperación de Sofía fue asombrosamente rápida, impulsada por la mejor atención médica que el dinero podía comprar y por su propia voluntad de hierro.
El día del alta llegó.
Cornelio envió una camioneta blindada especial, acondicionada como ambulancia de lujo, para el traslado. Él no fue. Sabía que su presencia agobiaría a Sofía. En su lugar, envió a Ludmila y a Doña Irma, quien, sorprendentemente, se había convertido en una especie de “abuela supervisora” muy eficiente, encargándose de que Lisa tuviera ropa nueva (toda de marca, por supuesto) y juguetes educativos.
La llegada a la mansión Monroy en Lomas de Chapultepec fue un evento.
El portón de hierro forjado se abrió automáticamente. La camioneta recorrió el camino de entrada bordeado de árboles perfectamente podados.
Lisa, pegada a la ventanilla, abrió la boca.
—¡Es un castillo, mami! —gritó—. ¡De verdad vive aquí el señor papá!
Sofía, sentada en una silla de ruedas, miró la casa. Era imponente. Fría. Una fortaleza de piedra y cristal. Sintió un escalofrío. Estaba entrando en la guarida de la bestia.
—Es solo una casa grande, mi amor —dijo, tratando de sonar tranquila—. No te impresiones por el tamaño. Lo importante es quién vive adentro.
Cornelio los esperaba en la entrada principal, junto con todo el personal de servicio formado en línea: cocineras, jardineros, choferes. Quería que Sofía se sintiera una reina.
Pero cuando bajaron a Sofía (quien insistió en caminar los últimos pasos, apoyada en Ludmila), su reacción fue de incomodidad.
Miró la fila de empleados uniformados.
—Esto es ridículo —murmuró a Cornelio al pasar a su lado—. Despídelos… digo, que se vayan a trabajar. No quiero un comité de bienvenida.
Cornelio hizo una seña y todos se dispersaron.
—Bienvenida a casa —dijo él.
—Bienvenida a tu casa —corrigió ella.
La instalación en el “Ala Este” fue rápida. Cornelio había cumplido su palabra. Era un departamento completo dentro de la casa, con acceso directo al jardín. Había llenado la habitación de Sofía con flores (que ella mandó sacar porque le daban alergia, o eso dijo para molestarlo) y el cuarto de Lisa parecía una juguetería.
Los primeros días fueron de una tensión diplomática.
Sofía no salía de su ala. Ludmila fungía como embajadora, llevando y trayendo mensajes.
—La señora Sofía dice que gracias por la comida, pero que tiene mucha sal.
—Dile al chef que cocine sin sal.
—La señora Sofía dice que el jardinero hace mucho ruido con la podadora a las 8 AM.
—Dile al jardinero que pode a las 12.
Cornelio cumplía cada capricho sin chistar.
Pero el verdadero campo de batalla, y a la vez el puente de paz, era Lisa.
La niña no entendía de rencores ni de divisiones territoriales. Para ella, la casa era un parque de diversiones gigante y Cornelio era el guía turístico.
Una tarde, Cornelio estaba en su despacho trabajando (o intentándolo, porque no podía concentrarse), cuando la puerta se abrió despacito.
Una cabecita se asomó.
—Señor papá…
Cornelio sonrió.
—Pásale, Lisa. Y dime Cornelio, o papá a secas. “Señor papá” me hace sentir viejo.
Lisa entró, arrastrando una muñeca.
—Papá… ¿tienes una alberca?
—Sí. En el jardín de atrás. Es techada y tiene agua calientita.
—¿Me enseñas a nadar? Mi mamá no puede meterse al agua por su herida. Y tía Lu dice que se le esponja el pelo.
Cornelio cerró su laptop. Tenía una conferencia con inversionistas de Dubai en diez minutos.
—Claro que sí. Vamos por tu traje de baño.
Esa tarde, Cornelio Monroy, el tiburón de los negocios, pasó dos horas en la alberca con una niña de ocho años, enseñándole a patalear y a hacer burbujas. Se mojó el pelo, se rió a carcajadas cuando Lisa le salpicó agua en la cara, y se sintió más feliz que en cualquier yate en el Mediterráneo.
Desde la ventana del segundo piso, oculta tras una cortina de terciopelo, Sofía observaba la escena.
Vio a Cornelio cargando a Lisa en hombros, lanzándola al agua, atrapándola. Vio la sonrisa genuina en el rostro de él. Vio cómo cuidaba a la niña con una ternura que ella no creía posible en él.
Ludmila se acercó por detrás.
—Se le ve contento —dijo la tía Lu.
—Está actuando —dijo Sofía, cruzándose de brazos—. Quiere ganarse a la niña para manipularme.
—Ay, mija. Tú sabes que eso no es actuación. Los ojos no mienten. Ese hombre adora a la escuincla. Y se ve que se muere por ti.
—Pues que se muera —bufó Sofía—. Yo no voy a caer.
—Nadie dice que caigas. Pero… mira, Sofi. El rencor pesa mucho. Y tú tienes el corazón remendado. No te hace bien cargar tanto odio. Además… se ve guapo mojado, ¿no?
Sofía rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír levemente.
—Cállate, Lu. Ve a traerme mis pastillas.
La Cena del Desastre (o del Inicio)
Una semana después, Doña Irma decidió que ya era suficiente de “guerras frías”. Organizó una cena familiar “obligatoria”.
—Es el cumpleaños de Kiril —mintió descaradamente (el cumpleaños de Kiril había sido hacía dos meses)—. Vamos a partir un pastel. Quiero que bajen todos. Sofía incluida.
Sofía no quería ir, pero Lisa le rogó.
—Ándale, mami. Kiril es mi primo y quiero darle un abrazo. Y la abuela Irma dijo que iba a haber pastel de chocolate.
Así que Sofía bajó. Se vistió con ropa sencilla, unos jeans y una blusa blanca, negándose a usar los vestidos de diseñador que Cornelio le había mandado “de regalo”. Se maquilló un poco para ocultar la palidez.
Bajó las escaleras apoyada en su bastón (todavía se sentía débil).
Cornelio la esperaba al pie de la escalera. Llevaba un traje casual, sin corbata. Al verla, se quedó sin aliento.
Aun con ropa sencilla, aun con el bastón, era la mujer más hermosa que había visto.
—Te ves… increíble —dijo él.
—Me veo enferma —replicó ella, cortante—. Pero gracias.
La cena fue incómoda al principio. Gabriela y Doña Irma trataban de hacer plática social. Ludmila comía en silencio, vigilando a Sofía. Los niños eran los únicos relajados, embarrándose de pastel.
Pero entonces, Kiril hizo una pregunta inocente.
—Tía Sofía, ¿tú tocas el violín, verdad? Lisa dice que tocas súper bonito.
—Tocaba, mi amor —dijo Sofía con tristeza—. Hace mucho que no toco. Vendí mi violín hace dos años para pagar… cosas.
Hubo un silencio. Cornelio dejó su tenedor.
Se levantó sin decir nada y salió del comedor.
—Qué grosero —murmuró Gabriela.
Sofía sintió una punzada de decepción. “Claro, se aburrió. Ya se va”.
Pero Cornelio regresó dos minutos después. Traía un estuche negro en la mano. Un estuche viejo, desgastado.
Lo puso sobre la mesa, frente a Sofía.
Ella lo miró, confundida. Reconoció las pegatinas en el estuche. Una calcomanía de Hello Kitty descolorida. Una de una banda de rock.
Su corazón dio un vuelco.
—No puede ser…
Abrió el estuche con manos temblorosas.
Adentro estaba su violín. Su viejo violín de estudiante, con el que había aprendido, con el que había tocado en la orquesta juvenil. El mismo que había vendido en una casa de empeño en el Centro Histórico por tres mil pesos para pagar una neumonía de Lisa.
—¿Cómo…? —Sofía miró a Cornelio, con los ojos llenos de lágrimas.
—Fui a la casa de empeño —dijo Cornelio suavemente—. Hace dos años. Ludmila… Ludmila me llamó esa vez. Me dijo que estabas muy mal de dinero y que ibas a vender tu instrumento. Yo… fui y lo compré. No tuve el valor de devolvértelo entonces. Pensé que lo tirarías a la basura si sabías que venía de mí. Lo guardé. Esperando este momento.
Sofía acarició la madera barnizada. Era como recuperar una parte de su alma.
—Lo guardaste… dos años.
—Lo cuidé. Lo llevé a ajustar las cuerdas cada seis meses. Está listo para tocar.
Sofía levantó la vista. Por primera vez en diez años, no había odio en sus ojos. Había asombro. Había duda.
—Gracias —susurró.
—Toca algo, mami —pidió Lisa—. ¡Toca la de la Estrella!
Sofía dudó. Sus dedos estaban entumecidos. Su hombro le dolía. Pero el violín la llamaba.
Lo sacó. Se lo acomodó en el hombro. El gesto fue natural, automático.
Levantó el arco.
Y empezó a tocar.
No tocó Vivaldi. Tocó una melodía suave, melancólica, una canción de cuna mexicana. Estrellita, de Manuel M. Ponce.
El sonido llenó el comedor lujoso, llenando los espacios vacíos entre las personas, uniendo los pedazos rotos.
Cornelio la miraba hipnotizado.
Doña Irma se secó una lágrima discreta.
Lisa sonreía con orgullo.
Cuando terminó, hubo un silencio reverencial.
—Sigo oxidada —dijo Sofía, bajando el arco, sonrojada.
—Fue perfecto —dijo Cornelio.
Esa noche, algo cambió en la mansión Monroy. Los muros de hielo no se derritieron por completo, pero aparecieron grietas. Grietas por donde entraba la luz.
Sofía subió a su habitación con su violín abrazado. Cornelio se quedó en el comedor, mirando el plato vacío, sabiendo que el camino era largo, pero que había dado el primer paso real. No con dinero. Sino con un gesto de amor silencioso guardado durante dos años.
La guerra había terminado. La reconquista —lenta, dolorosa y hermosa— había comenzado.
CAPÍTULO 8: LA PROMESA DE LOS MONROY Y EL FINAL DEL INVIERNO
La convivencia en la mansión de Lomas de Chapultepec se convirtió en una danza delicada. Durante los primeros dos meses, Sofía y Cornelio orbitaron el uno alrededor del otro como dos planetas con gravedades opuestas. Ella, protegiendo su corazón con murallas de desconfianza; él, tratando de derribarlas no con fuerza, sino con una paciencia que nadie sabía que poseía.
Cornelio dejó de ser el “Señor Monroy” que llegaba a las diez de la noche oliendo a whisky y estrés. Ahora, a las seis de la tarde, su Porsche entraba religiosamente por el portón principal. Cambió las cenas de negocios por sesiones de tarea de matemáticas con Lisa y rompecabezas de mil piezas en la sala.
Pero la verdadera prueba de fuego no ocurrió dentro de la seguridad de la mansión, sino afuera, en la jungla social donde Cornelio solía reinar.
El Fantasma del Pasado
Fue un viernes por la noche. Sofía ya estaba mucho más fuerte. Su color había vuelto, sus mejillas ya no estaban hundidas y, aunque seguía tomando medicamentos para el corazón, su energía era casi normal.
Cornelio entró al “Ala Este” con una propuesta.
—Hay una cena de beneficencia en el Museo Soumaya. Es para la Fundación de Cardiología Infantil. Me invitaron como donador principal.
Sofía lo miró desde el sofá donde leía un libro.
—Qué bueno. Que te diviertas.
—Quiero que vengas conmigo —dijo él, nervioso como un adolescente—. Tú y Ludmila.
—¿Yo? —Sofía soltó una risa nerviosa—. Cornelio, mírame. No pertenezco a ese mundo. Además, no tengo qué ponerme.
—Perteneces a donde tú quieras estar. Y sobre el vestido… Doña Irma se tomó la libertad de… bueno, ya sabes cómo es mi madre.
En ese momento entró Ludmila, cargando dos fundas de ropa.
—Ándale, flaca. La señora Irma dice que si no vamos, va a venir ella personalmente a vestirnos. Y esa señora da miedo. Además… es por los niños del corazón. Como tú.
Sofía suspiró. Lo hacía por la causa, se dijo. No por él.
La llegada al evento fue deslumbrante. Sofía, enfundada en un vestido de terciopelo azul noche que resaltaba su piel pálida y sus ojos miel, bajó del auto del brazo de Cornelio. Se veía regia, no como la chica asustada de hace diez años, sino como una mujer que ha sobrevivido al infierno y ha vuelto.
Al entrar, las miradas se clavaron en ellos. El “Soltero de Oro” había llegado con una mujer desconocida y bellísima. Los murmullos empezaron.
Cornelio no la soltó ni un segundo. Su mano en la espalda baja de ella era un ancla, una señal de “está conmigo”.
Todo iba bien hasta que, cerca de la barra libre, una voz chillona y arrastrada los interceptó.
—¡No lo puedo creer! ¡Cornelio Monroy!
Era “El Pato” Elizondo. El mismo “amigo” que diez años atrás había instigado la humillación en Valle de Bravo. Estaba más gordo, más calvo y visiblemente borracho. A su lado, Ana, la ex de Cornelio, lo miraba con ojos de víbora.
Cornelio se tensó. Sintió cómo Sofía se ponía rígida a su lado. El trauma de aquella noche vibró en el aire.
—Hola, Pato —dijo Cornelio, seco.
—¡Qué milagro, cabrón! —El Pato miró a Sofía con descaro, entrecerrando los ojos—. Oye… esta carita se me hace conocida. Espera… ¡No manches! ¡Es la monjita! ¡La del violín!
Ana soltó una carcajada cruel.
—¡Ay, no! ¿En serio, Cornelio? ¿Reciclando basura del pasado? Pensé que ya habías superado tu etapa de “Salvador de los Pobres”.
La sala pareció detenerse. Sofía bajó la mirada, sintiendo que el suelo se abría. La vergüenza, ese monstruo antiguo, le arañó la garganta. Estaba a punto de soltarse de Cornelio y huir, como la última vez.
Pero esta vez, Cornelio no la soltó. Apretó su cintura con firmeza, acercándola más a él.
Miró al Pato y a Ana con una frialdad que hizo bajar la temperatura del salón diez grados.
—Escúchame bien, Patricio —dijo Cornelio. No gritó. No hizo falta. Su voz tenía el peso del acero—. Te voy a pedir que te disculpes. Ahora mismo.
El Pato parpadeó, confundido.
—¿Qué? Ay, relájate, güey. Es broma. Ya sabes cómo nos llevamos…
—No. No sé cómo nos llevamos. Porque tú y yo no nos llevamos. —Cornelio dio un paso al frente, encarando a su antiguo amigo—. Esta mujer no es ninguna “monjita”. Es la madre de mi hija. Es la mujer más valiente y digna que he conocido en mi vida. Y vale más que tú, que Ana y que todo este salón lleno de gente hipócrita junto.
El silencio alrededor era absoluto. Ana se puso pálida.
—Cornelio, estás haciendo un escándalo… —susurró ella.
—El escándalo es que gente tan vacía como ustedes respire el mismo aire que ella —continuó Cornelio—. Así que te disculpas, o te juro que mañana mismo compro tu empresa y la desmantelo ladrillo por ladrillo para convertirla en un estacionamiento público. Y sabes que puedo hacerlo.
El Pato tragó saliva. Conocía a Cornelio. Sabía que no era una amenaza vacía.
—Perdón… —balbuceó, mirando a Sofía—. Fue… fue un chiste malo. Disculpa.
Cornelio miró a Sofía.
—¿Nos vamos, mi amor? Aquí huele a basura.
Sofía levantó la vista. Miró a Cornelio. En sus ojos ya no vio al patán de Valle de Bravo. Vio a un hombre. Un hombre de verdad.
—Vámonos —dijo ella, con la cabeza en alto.
Salieron del museo caminando con dignidad, dejando atrás los murmullos y el pasado.
En el auto, el silencio duró unos minutos.
De repente, Sofía empezó a llorar.
—Ey, ey… —Cornelio se asustó—. ¿Qué pasa? ¿Te sentiste mal? ¿Te dolió el corazón?
Sofía negó con la cabeza, riendo entre lágrimas.
—No. Es que… nunca nadie me había defendido así. Nunca.
Cornelio le tomó la mano y la besó.
—Me tardé diez años, Sofía. Pero te juro que nadie te va a volver a faltar al respeto mientras yo viva.
Esa noche, al llegar a casa, no se despidieron en la puerta del “Ala Este”. Sofía lo invitó a pasar. Se sentaron en el sofá, tomaron té, y por primera vez, hablaron no como padres de Lisa, sino como Cornelio y Sofía. Hablaron hasta que amaneció. Y cuando salió el sol, el muro de hielo se había derretido por completo.
La Propuesta Improvisada
Pasaron seis meses más. La vida se había estabilizado en una rutina hermosa. Lisa iba a un colegio privado donde también iba Kiril, y aunque al principio le costó adaptarse, su personalidad chispeante (y el hecho de que su padre fuera dueño de medio México) le ayudó a hacer amigos.
Sofía había vuelto a tocar. Cornelio le acondicionó un estudio de música insonorizado. A veces, por las tardes, la casa se llenaba con melodías de Bach o Paganini.
Una tarde de domingo, estaban en el jardín. Cornelio estaba asando carne (una habilidad que aprendió viendo tutoriales en YouTube, para horror de su chef privado) y Lisa jugaba con Ludmila en el pasto.
Sofía estaba sentada en una tumbona, con los ojos cerrados, disfrutando el sol.
Cornelio la miró. Tenía harina en la mejilla y olía a carbón, pero se sentía el hombre más afortunado del universo.
Se acercó a ella, limpiándose las manos en el delantal.
—Sofi…
Ella abrió un ojo.
—¿Ya se quemó la carne?
—Casi. Pero no. Oye… estaba pensando.
—Malo. Cuando piensas te sale humo.
Cornelio se rio y se arrodilló junto a la tumbona.
—Estaba pensando que esta casa sigue siendo muy grande. Y que el “Ala Este” está muy lejos de mi cuarto. A veces, en la noche, me despierto y quiero contarte algo, o simplemente saber que estás ahí, y me da flojera caminar tanto.
Sofía sonrió, entendiendo por dónde iba.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sugieres? ¿Poner interfonos?
—Sugeriría… eliminar las fronteras. Derribar los muros internos.
Cornelio metió la mano en su bolsillo y sacó algo. No era una caja de terciopelo.
Era una cuerda de violín. Atada en forma de anillo.
Y colgando de la cuerda, el anillo de plata viejo que le había dado en el hospital.
—No quise comprar un anillo de diamantes gigante —dijo él, con voz temblorosa—. Sé que esos no te impresionan. Y sé que este anillo de plata ya te lo di. Pero quería… renovar la intención.
Sofía se incorporó, con el corazón latiendo fuerte (esta vez, de amor, no de enfermedad).
—Cornelio…
—Sofía Ramírez, me has enseñado que el dinero no compra la felicidad, pero que el amor sí puede salvar vidas. Me salvaste a mí. Me salvaste de ser un amargado solitario en una torre de oro. Quiero pasar el resto de mi vida pagándote esa deuda. Quiero despertar contigo, quiero quemar la carne los domingos contigo, quiero ver a Lisa crecer contigo. ¿Te casarías con este menso?
Sofía miró el anillo improvisado. Miró a Lisa corriendo en el fondo. Miró a este hombre que había dejado su orgullo en la puerta para ganarse su corazón.
—Te falta algo —dijo ella, seria.
Cornelio se puso pálido.
—¿Qué?
—Pedirle permiso a la jefa.
Cornelio se giró.
—¡Lisa! ¡Ven acá!
La niña corrió hacia ellos.
—¿Qué pasa?
—Tu mamá dice que necesito tu permiso para casarme con ella. ¿Me dejas ser tu papá oficial para siempre?
Lisa puso cara de pensarlo muy seriamente.
—Mmm… ¿Vas a seguir comprándome helado de pistache?
—Toneladas.
—¿Y vas a dejar que mami toque el violín cuando quiera?
—Prometido.
—Entonces sí. —Lisa saltó sobre Cornelio y lo abrazó.
Sofía lloraba y reía al mismo tiempo. Cornelio le puso el anillo de cuerda y plata.
—Sí, acepto —dijo ella—. Acepto al menso.
La Boda de los Dos Mundos
La boda fue el evento del año, pero no por las razones que las revistas de sociales esperaban.
Doña Irma quería la Catedral Metropolitana y mil invitados. Sofía quería algo íntimo.
Negociaron.
Se casaron en el jardín de la mansión.
Pero la lista de invitados fue lo que hizo historia.
De un lado del pasillo, estaban los socios de Cornelio: hombres de negocios en trajes italianos, mujeres con joyas carísimas, políticos.
Del otro lado, estaba la gente de Sofía y Ludmila: vecinas de la Santa María la Ribera, las enfermeras del Hospital General (Lupita estaba en primera fila llorando a mares), el portero del edificio viejo, los amigos músicos desempleados.
Y en medio, mezclándose, todos comían lo mismo: un banquete que consistía en mole poblano, chiles en nogada y tamales gourmet, servidos en vajilla de porcelana.
La ceremonia fue civil y emotiva.
Lisa llevó los anillos. Kiril llevó las arras.
Cuando el juez preguntó si aceptaban, Cornelio tomó el micrófono.
—Yo, Cornelio, te acepto a ti, Sofía, como mi esposa. Prometo no olvidar nunca de dónde vienes, porque es el lugar donde encontré mi verdad. Prometo que mi dinero servirá para construir puentes, no muros. Y prometo amarte con la misma fuerza con la que tú luchaste por nuestra hija.
Sofía, con un vestido sencillo de encaje blanco y flores naturales en el pelo, tomó el micrófono.
—Yo, Sofía, te acepto a ti, Cornelio. Prometo recordarte que eres humano cuando te creas dios. Prometo enseñarte que las mejores cosas de la vida son gratis. Y prometo amarte, no por lo que tienes, sino a pesar de ello.
Cuando se besaron, un cuarteto de cuerdas (amigos de Sofía) empezó a tocar La Meditación de Thaïs.
Pero luego, por sorpresa, entró un mariachi completo tocando El Son de la Negra.
La fiesta explotó.
Ver a Doña Irma bailando cumbias con el portero del edificio de Sofía fue una imagen que Cornelio guardaría para siempre en su memoria. Ver a Ludmila brindando con champagne con los inversores japoneses fue surrealista.
Dos Méxicos que casi nunca se tocan, unidos por una historia de amor improbable.
Epílogo: La Sangre No Miente
Tres años después.
Cornelio entró despacio a la habitación de Lisa. Ya tenía once años.
La niña estaba practicando con su violín. Tocaba una pieza compleja, con una destreza que superaba por mucho a su edad.
Sofía estaba sentada al piano, acompañándola.
La música llenaba la casa, una casa que ya no se sentía vacía ni fría. Ahora había fotos por todas partes. Fotos de viajes, fotos de cumpleaños, fotos desordenadas y felices.
Cornelio se recargó en el marco de la puerta, observándolas.
Sofía levantó la vista y le sonrió. Seguía teniendo esa cicatriz en el pecho, bajo la blusa, la marca de la cirugía que le salvó la vida. Para Cornelio, era la marca más hermosa del mundo.
Lisa terminó la pieza con una floritura perfecta.
—¡Bravo! —aplaudió Cornelio.
—¡Papá! —Lisa corrió a abrazarlo. Ya estaba alta.
—Tocaste increíble, hija. Tienes el talento de tu madre.
—Y la terquedad de mi padre —añadió Sofía, cerrando el piano y acercándose a besarlo.
—Oye, papá —dijo Lisa, tocándose la mejilla—. ¿Sabes qué me dijo hoy un niño en la escuela?
—¿Qué te dijo? —Cornelio sintió el instinto protector activarse.
—Me preguntó qué era mi mancha. Que si me había pegado.
—¿Y qué le dijiste?
Lisa sonrió, con esa seguridad que solo el amor incondicional puede dar.
—Le dije que es mi estrella. Que mi papá tiene una igual en su corazón, mi primo en su cara, y mi abuelo en el cielo. Le dije que es la marca que dice que nunca voy a estar sola.
Cornelio se agachó y besó la mejilla estrellada de su hija.
—Exacto. La sangre no miente, Lisa. Y el amor tampoco.
Doña Irma entró en ese momento, caminando con bastón pero con la misma energía de siempre.
—Bueno, basta de sentimentalismos. La cena está servida y Ludmila hizo pozole. Si no bajan ya, me lo como yo todo. Ah, y Cornelio, deja de llorar, que se te corren los mocos y no es digno de un CEO.
Cornelio se rió, abrazando a las dos mujeres de su vida.
—Vamos a comer pozole.
Salieron de la habitación, bajando las escaleras de la mansión que había dejado de ser un castillo solitario para convertirse en un hogar. Afuera, la noche de la Ciudad de México brillaba, pero ninguna luz artificial brillaba más que la de la familia que, contra todo pronóstico, había aprendido a brillar junta.
FIN