
CAPÍTULO 1: EL ECO DE LA TRAGEDIA
La lluvia en la Ciudad de México no avisa; ataca. Aquella noche de abril, el cielo parecía haberse roto en mil pedazos sobre la colonia obrera donde vivíamos en casa de mis suegros. No era una lluvia normal; era un aguacero furioso, de esos que hacen vibrar las ventanas y convierten las calles en ríos de agua negra y basura. El golpeteo incesante sobre el techo de lámina del patio trasero creaba un ruido sordo, casi hipnótico, que se mezclaba con el zumbido de mis propios nervios.
Miré el reloj de la pared. Las once y media de la noche.
—Ya duérmete, mi amor, por favor… —susurré, meciendo a Micky, mi pequeño Miguel de apenas tres meses.
El bebé estaba inquieto, como si su pequeño cuerpo hubiera absorbido la electricidad estática de la tormenta, o quizás, como dicen las abuelas, porque la sangre llama y él sabía algo que yo me negaba a aceptar. Tenía los puños cerrados y soltaba llantos intermitentes, agudos, que rebotaban en las paredes color crema de aquella habitación que nunca sentí mía.
Néstor, mi esposo, mi Niki, debería haber llegado hace horas.
“Voy saliendo de Querétaro, flaquita”, me había dicho por teléfono a las siete de la tarde. Su voz se escuchaba cansada pero feliz. “La junta se alargó, pero cerré el trato. Esto nos va a dar un buen bono. Ya quiero verlos. Diles a mis papás que no me esperen despiertos, pero tú sí espérame, que te traigo unos dulces de leche que tanto te gustan”.
Esa fue la última vez que escuché su voz.
Desde entonces, el silencio de su teléfono me estaba taladrando la cabeza. Había marcado tres, cuatro, diez veces. Buzón de voz. Buzón de voz. La angustia empezaba a subirme por la garganta como un animal vivo, arañando, quitándome el aire. Intenté calmarme pensando en cosas lógicas: “Seguro se le acabó la pila”, “Seguro hay mala señal en la carretera con esta tormenta”, “Seguro hay mucho tráfico en la entrada a la ciudad”.
Pero el corazón de una esposa rara vez se equivoca.
De repente, el timbre de la casa sonó.
No fue un timbre normal. Fue un sonido estridente, largo, que cortó el aire y el ruido de la lluvia como un cuchillo afilado. Micky se sobresaltó en mis brazos y soltó un alarido de llanto.
Me quedé paralizada en medio de la sala. ¿Quién llama a la puerta casi a la medianoche en medio de un diluvio?
—¡Néstor! —pensé, sintiendo una mezcla de alivio y enojo—. Seguro olvidó las llaves.
Corrí hacia la puerta principal, acomodando al bebé en mi cadera, sintiendo el frío del piso a través de mis calcetines. Mis suegros ya dormían en su habitación al fondo del pasillo; Doña Valentina tomaba pastillas para dormir y Don Andrés tenía el sueño pesado, así que el ruido no los había despertado aún.
Al quitar el seguro y abrir la puerta de metal pesado, el viento helado me golpeó la cara, empapándome al instante con la brisa de la lluvia. Pero no era Néstor quien estaba ahí.
La sonrisa de alivio que empezaba a formarse en mis labios se congeló y se rompió en mil pedazos.
Frente a mí, bajo la luz amarillenta y parpadeante del pórtico, había una patrulla estacionada con las luces apagadas. Y en el umbral, un oficial de policía. Un hombre robusto, con el bigote mojado y el agua escurriendo a chorros por la visera de su gorra, cayendo sobre su uniforme oscuro. Se veía incómodo, con esa postura rígida de quien trae malas noticias y preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo.
—Buenas noches —dijo, y su voz sonó hueca, luchando contra el ruido del aguacero—. ¿Es este el domicilio del señor Néstor García?
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El frío de la noche se me metió hasta los huesos, mucho más profundo que la lluvia.
—Sí… —mi voz salió como un chillido apenas audible. Apreté a Micky contra mi pecho con tanta fuerza que el bebé gimió—. Yo soy su esposa. Alina. Alina de la Cruz.
El policía sacó una pequeña libreta de cuero, protegiéndola del agua con su mano, y verificó un nombre. Suspiró. Ese suspiro fue lo que me mató antes de que dijera una palabra. Era el suspiro de la tragedia.
—Señora de la Cruz… —el oficial se quitó la gorra, un gesto de respeto que en ese momento sentí como un golpe en el estómago—. Lo lamento muchísimo. Hubo un accidente en la autopista, a la altura del kilómetro 40. Un tráiler perdió el control por el pavimento mojado…
—No —lo interrumpí. No quería escucharlo. Si no lo escuchaba, no era real—. Él viene en camino. Me llamó. Me dijo que traía dulces.
—Señora, por favor… —el oficial me miró con una lástima infinita, sus ojos oscuros reflejando mi propio terror—. Su esposo, el señor Néstor García, falleció en el impacto. Murió al instante. No sufrió.
El mundo se detuvo.
Literalmente. Dejé de escuchar la lluvia. Dejé de escuchar el llanto de Micky. La visión se me nubló, como si estuviera viendo la escena a través de un túnel oscuro y estrecho. Las palabras “falleció”, “impacto”, “no sufrió” rebotaban en mi cráneo, sin sentido, como canicas en una caja de metal.
—Es un error —dije, riendo nerviosamente. Una risa histérica, horrible—. Usted se equivocó de casa. Néstor maneja muy bien. Él es muy prudente. Es un error.
—Traía su identificación, señora. Y el coche coincide con las placas registradas. Necesitamos que alguien acuda al forense para el reconocimiento oficial.
En ese momento, sentí que mis piernas se convertían en gelatina. Me iba a caer. Iba a soltar al bebé. Me recargue en el marco de la puerta, jadeando, tratando de meter aire a unos pulmones que se habían olvidado de cómo respirar.
—¿Qué es ese escándalo? —una voz agria sonó a mis espaldas.
Era Doña Valentina. Mi suegra.
Apareció en el pasillo ajustándose su bata de flores, con el cabello revuelto y esa expresión de molestia perpetua que siempre tenía cuando algo interrumpía su rutina. Detrás de ella venía Don Andrés, tallándose los ojos.
—¿Quién es, Alina? ¿Por qué tienes la puerta abierta con este frío? Vas a enfermar al niño —regañó ella, sin ver todavía al policía.
Me giré lentamente hacia ella. No podía hablar. No tenía voz. Solo la miré con los ojos desorbitados, llenos de lágrimas que por fin empezaban a brotar.
El oficial, viendo mi estado, dio un paso adelante, invadiendo la privacidad de la entrada pero protegiéndose un poco del agua.
—Buenas noches, señora —dijo el policía dirigiéndose a Valentina—. Soy el oficial Ramírez. Busco a los familiares de Néstor García.
Doña Valentina se detuvo en seco. Su mirada viajó de mi cara pálida al uniforme del policía. Ella era una mujer dura, una mujer que había vivido crisis económicas, enfermedades y problemas familiares sin derramar una lágrima, pero el instinto de madre es algo primitivo, algo que huele la sangre antes de ver la herida.
—¿Qué le pasó a mi hijo? —preguntó. Su voz ya no era agria; era un hilo de miedo puro.
—Hubo un accidente, señora…
El policía repitió la noticia. Y entonces, el infierno se desató en esa pequeña sala.
Doña Valentina no lloró; aulló. Fue un sonido inhumano, un grito que venía desde las entrañas, desgarrador y primitivo. Se llevó las manos a la cabeza, jalándose el pelo canoso, y sus rodillas cedieron. Se desplomó en el piso de loseta fría, gritando el nombre de su hijo una y otra vez.
—¡Néstor! ¡Mi niño! ¡No, Dios mío, no! ¡Llévame a mí!
Don Andrés, el hombre estoico que rara vez hablaba, se quedó petrificado. Su rostro se puso gris, como ceniza. Se agarró del marco de la puerta de la cocina para no caer, y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas silenciosas que rodaban por sus mejillas arrugadas. “Mi muchacho…”, susurró. “Mi muchacho no…”.
Yo seguía ahí, parada, con Micky llorando a todo pulmón, contagiado por el pánico y los gritos de su abuela. Quería moverme, quería consolarla, quería hacer algo, pero estaba congelada. Una parte de mi cerebro, la parte que se negaba a aceptar la realidad, seguía pensando que Néstor iba a entrar por la puerta en cualquier momento, empapado y sonriendo, diciendo que todo era una broma estúpida.
Pero no entró.
Lo que siguió esa noche fue una secuencia de escenas grotescas y dolorosas que quedaron grabadas en mi memoria como cicatrices de quemaduras.
Llamamos a una ambulancia porque a Doña Valentina se le subió la presión y casi se desmaya. Los paramédicos llenaron la sala con sus uniformes naranjas y olor a alcohol, atendiéndola mientras ella seguía balbuceando incoherencias.
Luego, el viaje al forense.
Don Andrés tuvo que ir. Yo quise ir, supliqué ir, pero el hermano de Don Andrés, mi tío político Jorge, que llegó tras recibir la llamada, me detuvo. —Tú tienes al bebé, hija. No puedes meter a un recién nacido ahí. Quédate con Valentina. Nosotros vamos.
Quedarme fue peor. Quedarme en esa casa llena de fotos de Néstor. Néstor graduándose, Néstor en su primera comunión, Néstor y yo el día de nuestra boda. Cada rincón gritaba su nombre.
La madrugada pasó lenta, agonizante. Doña Valentina, sedada por los paramédicos, dormitaba en el sofá, soltando gemidos entre sueños. Yo me senté en un sillón, con Micky finalmente dormido en mi pecho. Lo miraba y veía las cejas de Néstor, la forma de su barbilla.
—Tu papá te amaba tanto, mi amor —le susurré al oído, y fue entonces cuando la realidad me golpeó con toda su fuerza.
Néstor no volvería a cargarlo. No vería sus primeros pasos. No le enseñaría a andar en bicicleta. No estaría ahí para protegernos. Estábamos solos. Completamente solos. Y el miedo que sentí no fue solo por la pérdida, sino por lo que venía. Yo dependía económicamente de Néstor. Había dejado la universidad cuando me embaracé porque el embarazo fue de alto riesgo. Vivíamos con sus padres porque estábamos ahorrando para “algo mejor”, según decía Néstor, aunque su madre siempre nos echaba en cara que éramos unos mantenidos.
¿Qué iba a pasar ahora?
Cuando amaneció, la lluvia había parado, dejando un cielo gris plomo, triste y pesado. Don Andrés regresó del forense a las siete de la mañana. Entró a la casa como un fantasma. Sus ojos estaban rojos, hinchados, sin vida.
Doña Valentina despertó al escuchar la puerta. Se levantó tambaleándose del sofá. —¿Andrés? —preguntó con un hilo de esperanza absurda—. ¿Era un error, verdad? ¿No era él?
Don Andrés la miró y negó lentamente con la cabeza. Luego, se cubrió la cara con sus manos grandes y callosas, y rompió a llorar como un niño chiquito. Un llanto ronco, doloroso. —Es él, vieja. Es nuestro Néstor. Está frío… está tan frío.
Ese día y los dos siguientes fueron una neblina de café negro, olor a flores de cempasúchil y gladiolas, y murmullos de gente vestida de negro. Velamos a Néstor en una funeraria pequeña de la colonia. No teníamos dinero para lujos.
Yo estaba sentada junto al ataúd cerrado, acariciando la madera barnizada, sintiéndome como una intrusa en mi propio dolor.
La familia de Néstor, tíos, primos, vecinos, llenaban la sala. Todos lloraban, todos se abrazaban. Pero noté algo que me erizó la piel.
Las miradas.
Las hermanas de Doña Valentina, mis tías políticas, me miraban y luego cuchicheaban tapándose la boca. —Pobre Valentina, perder a su único hijo… y ahora cargar con la nuera y el niño… —Dicen que Néstor se fue a ese viaje porque necesitaba más dinero. Ya ves que ella es muy exigente… —Sí, si no fuera por tanto gasto, él no hubiera estado en esa carretera…
Los susurros llegaban a mis oídos como veneno. Nadie se acercaba a abrazarme a mí, la viuda. Todos iban con Valentina. Yo era “la muchacha”, la “nuera”, la “causa”.
Néstor siempre me defendía de ellos. “No les hagas caso, amor, son gente antigua, amargada”, me decía. Pero Néstor ya no estaba para defenderme.
Doña Valentina, en medio de su dolor, se transformó. Durante el velorio, no me dirigió la palabra ni una sola vez. Si me acercaba a ofrecerle agua, giraba la cara. Si Micky lloraba, ella resoplaba con molestia, como si el llanto de su propio nieto fuera una ofensa a la memoria de su hijo.
El día del entierro, bajo un sol que quemaba pero no calentaba, vi cómo bajaban el ataúd a la tierra húmeda del panteón civil. Sentí que me arrancaban el corazón del pecho y lo enterraban con él.
—Te prometo que voy a cuidar a nuestro hijo —juré en silencio, lanzando un puño de tierra sobre la caja—. Te prometo que voy a ser fuerte.
Pero no sabía lo difícil que sería cumplir esa promesa.
Al regresar del cementerio, la casa se sentía enorme y vacía. Los familiares se fueron yendo poco a poco, dejándonos solos con el silencio. Un silencio que pesaba toneladas.
Yo me refugié en el cuarto que compartía con Néstor. Su olor seguía ahí, en la almohada, en su ropa colgada. Me abracé a una de sus camisas y lloré hasta quedarme seca.
No sabía que, al otro lado de la puerta, en la cocina, el dolor de mi suegra se estaba fermentando, convirtiéndose en un odio negro y espeso dirigido hacia una sola persona: yo.
La tragedia del accidente había terminado, pero mi tragedia personal apenas estaba comenzando. La tormenta de afuera había cesado, pero dentro de esa casa, los truenos estaban a punto de estallar. Y yo, una viuda de veinte años sin dinero, sin carrera y con un bebé en brazos, estaba parada justo en el ojo del huracán.
CAPÍTULO 2: LA EXPULSIÓN
La semana siguiente al entierro de Néstor no fue vida; fue una lenta asfixia. La casa de mis suegros, que antes me parecía simplemente estricta y anticuada, se transformó en un mausoleo de paredes grises donde el aire pesaba tanto que costaba respirar. Los espejos estaban cubiertos con sábanas moradas, las cortinas permanecían cerradas a cal y canto, y el olor dulzón y podrido de las flores de la funeraria parecía haberse impregnado en los muebles, en la ropa, en mi propia piel.
Yo intentaba ser invisible. Me movía como un espectro por los pasillos, con Micky pegado a mi pecho las veinticuatro horas, temerosa de que cualquier ruido, cualquier llanto del bebé, detonara una bomba. Y la bomba tenía nombre y apellido: Valentina Petrovna (como le decían de broma sus amigas por su carácter, aunque se llamaba Valentina Pérez), mi suegra.
Ella no había vuelto a llorar frente a mí. Su dolor había mutado. Se había secado y endurecido, convirtiéndose en una costra de rencor puro. Me vigilaba. Si yo entraba a la cocina por un vaso de agua, sentía sus ojos clavados en mi nuca. Si me sentaba en la sala a amamantar, ella pasaba resoplando, murmurando cosas como “vergüenza” o “descaro”.
Don Andrés, mi suegro, se había convertido en una sombra. Se encerraba en el despacho a mirar fotos viejas de Néstor, desconectado de la realidad. Yo estaba sola en territorio enemigo.
La tarde del séptimo día, el cielo de la Ciudad de México volvió a oscurecerse temprano. Esas nubes negras, panzonas, cargadas de agua que presagian una de esas tormentas que inundan el Viaducto y paralizan la ciudad.
Eran las cinco de la tarde. Yo no había comido nada en todo el día, más que un pan duro que encontré en la alacena. El hambre me mareaba, y necesitaba estar fuerte para producir leche para Micky. Con el bebé dormido en mi hombro, me aventuré a la cocina para prepararme un té y quizás un sándwich rápido.
Puse el agua a hervir. El silbido de la tetera rompió el silencio sepulcral de la casa.
—¿Qué haces? —la voz sonó a mis espaldas, fría y cortante como una navaja de rasurar.
Salté del susto. Doña Valentina estaba parada en el umbral de la cocina. Llevaba un vestido negro riguroso y el cabello recogido en un chongo tan apretado que le estiraba la piel de la cara, dándole un aspecto cadavérico. Sus ojos estaban inyectados de sangre por la falta de sueño, pero brillaban con una lucidez aterradora.
—Solo… solo me hacía un té, suegra. Y algo de comer. No he comido y necesito…
—¿Comer? —me interrumpió, avanzando lentamente hacia mí—. Mi hijo está pudriéndose en un agujero en la tierra, ¿y tú tienes hambre? ¿Tú puedes tragar tranquilamente?
Retrocedí hasta chocar con la mesa de formica. —Doña Valentina, por favor. Tengo que alimentar a Micky. Él no tiene la culpa de nada.
Al mencionar al niño, su rostro se contorsionó en una mueca de asco. —Ese niño llora todo el tiempo. Igual que tú. Siempre pidiendo, siempre exigiendo. Son un barril sin fondo, los dos.
—No sé de qué habla —susurré, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba.
—¡Sabes perfectamente de qué hablo! —gritó de repente, y dio un manotazo sobre la mesa que hizo saltar el azucarero. El ruido despertó a Micky, que soltó un llanto asustado.
Valentina no se detuvo. Empezó a escupir las palabras que llevaba guardando toda la semana, el veneno que la estaba carcomiendo por dentro.
—¡Es tu culpa! ¡Toda tuya! —me señaló con un dedo acusador que temblaba de ira—. ¡Néstor se mató por tu culpa! Él se fue a ese viaje, se fue a buscar ese bono extra, porque tú nunca te llenabas. ¡Siempre querías más! Que si la carriola importada, que si la cuna de caoba, que si la ropita de marca….
Me quedé boquiabierta. ¿De dónde sacaba eso? Nosotros vivíamos al día. Yo compraba la ropa de Micky en el tianguis o en rebajas.
—¡Eso es mentira! —grité, olvidando el miedo por un segundo ante tal injusticia—. ¡Yo nunca le pedí nada de eso! ¡Nosotros estábamos ahorrando!
—¡No me mientas! —chilló ella, acercándose tanto que pude oler su aliento a café rancio—. Los escuché. Escuché su última plática antes de que se fuera. Él decía que necesitaba más dinero para el departamento, para “darte lo que mereces”. ¡Si te hubieras conformado con vivir aquí, con nosotros, mi hijo estaría vivo!.
—¡Él quería irse! —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera frenarlas. El dolor y la rabia acumulados por años de humillaciones estallaron—. ¡Néstor quería el departamento no porque yo se lo pidiera, sino porque él ya no aguantaba vivir con usted!.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba la lluvia que empezaba a repiquetear contra la ventana de la cocina.
Valentina se quedó quieta, procesando el golpe. —¿Qué dijiste? —susurró peligrosamente.
—La verdad —dije, abrazando a mi hijo que lloraba—. Néstor estaba cansado. Cansado de sus críticas, de que se metiera en nuestro matrimonio, de que criticara cómo cargo al niño, cómo cocino, cómo respiro. ¡Él quería darnos un hogar de paz, lejos de su amargura! ¡Por eso trabajaba tanto!.
Vi el momento exacto en que algo se rompió dentro de ella. No fue tristeza. Fue el orgullo herido de una madre narcisista que no puede aceptar que su hijo quisiera escapar de ella. Su cara se puso roja, morada.
—¡Eres una víbora! —siseó, escupiendo saliva—. ¡Estás ensuciando la memoria de mi hijo para lavar tu conciencia! Él me adoraba. Él nunca se hubiera ido si no fuera por ti, ¡bruja manipuladora!.
En ese momento, la puerta de la entrada se abrió y se cerró. Pasos pesados se acercaron. Era Don Andrés. Entró a la cocina, viéndose aún más viejo y encorvado que en la mañana.
—¿Qué pasa aquí? Se oyen los gritos hasta la calle —preguntó con voz cansada.
Me giré hacia él, buscando un aliado. —Don Andrés, dígale… dígale que yo amaba a Néstor. Ella dice que es mi culpa…
Pero Valentina fue más rápida. Se giró hacia su esposo, transformando su ira en victimismo teatral. —¡Esta mujer me está insultando en mi propia casa, Andrés! Dice que Néstor nos odiaba, que se quería ir por nuestra culpa. ¡Después de que le mató, ahora quiere matarme a mí de un coraje!.
Don Andrés me miró. En sus ojos vi una fatiga infinita y, para mi horror, vi que no iba a luchar. No tenía fuerzas para contradecir a su esposa. Bajó la mirada al suelo.
—Ya basta —murmuró él—. Basta de peleas.
—¡No, no basta! —Valentina se irguió, recuperando el control—. No la quiero aquí. Cada vez que la veo, veo a la asesina de mi hijo. Quiero que se vaya. ¡Que se largue ahora mismo!.
Sentí que la sangre se me iba a los talones. —¿Qué? —pregunté con un hilo de voz—. Suegra, está lloviendo… es de noche… no tengo a dónde ir.
—¡Me vale madres! —gritó ella, usando una vulgaridad que nunca le había escuchado—. ¡Te vas!
—Don Andrés… —supliqué, mirándolo—. Por favor. Es su nieto. Micky es su sangre. No nos pueden echar a la calle así.
Valentina soltó una carcajada cruel, seca. —¿Nieto? —se burló, mirándonos con desprecio—. ¿Y quién me asegura que es mi nieto? Con lo “ojo alegre” que eras en la facultad, con esa fama de facilota que tenías… en esa residencia de estudiantes entraba cualquiera. ¡Yo ni siquiera sé si ese escuincle es hijo de Néstor!.
La ofensa fue tan grande, tan vil, que me dejó sin aire. Sentí náuseas. Néstor y yo habíamos sido novios desde primer semestre. Él fue mi primer y único hombre. —No tiene derecho… —balbuceé, llorando de impotencia.
—¡Tengo todo el derecho! —me gritó en la cara—. ¡Hoy enterré a mi hijo! ¡Tengo derecho a todo!.
Miré a Don Andrés una última vez. Él sabía la verdad. Él sabía cuánto nos amábamos. —¿Va a dejar que diga eso? —le pregunté. Él levantó la vista, me miró con una tristeza acuosa y vacía, y luego se dio la media vuelta, saliendo de la cocina hacia la sala..
Ese silencio fue mi sentencia. Estaba sola. Completamente sola.
—Tienes media hora —dijo Valentina, cruzándose de brazos, victoriosa—. Media hora para sacar tus trapos y largarte. Si no te vas, llamo a la patrulla y digo que me agrediste. Y créeme, me van a creer a mí, la pobre madre en duelo, no a ti..
Corrí a la habitación. Mis manos temblaban tanto que no podía atinarle al cierre de la maleta vieja que teníamos arriba del armario. Micky lloraba en la cama, sintiendo mi pánico.
—Ya, mi amor, ya nos vamos, shhh, perdóname, perdóname… —le decía, mientras aventaba pañales, mamelucos y mis pocas prendas dentro de la bolsa.
No pensaba. Solo actuaba por instinto de supervivencia. Busqué mi cartera. Tenía doscientos pesos. Doscientos miserables pesos. No me alcanzaba ni para una noche de hotel decente.
Miré la cuna. La cuna que Néstor había armado con tanta ilusión. —Voy a necesitar la cuna… y la carriola para llevarlo —dije en voz alta, hablando sola.
Empecé a desarmar el móvil de ositos de la cuna cuando Valentina apareció en la puerta de la recámara, vigilándome como un carcelero.
—Deja eso ahí —ordenó.
—Es de mi hijo.
—Esa cuna la pagó Néstor con mi tarjeta de crédito adicional. Es mía. La carriola también. No te vas a llevar nada que haya pagado mi hijo..
—¡Pero cómo me lo voy a llevar! ¡Está lloviendo! ¿Quiere que lo cargue todo el camino? —le grité, desesperada.
—Ese es tu problema. Te dije media hora. Te quedan diez minutos..
La crueldad de esa mujer no tenía límites. Agarré al bebé, lo envolví en la cobija más gruesa que encontré (rezando para que no me la quitara también) y me colgué la maleta al hombro. Pesaba. Pesaba horrores, pero no tanto como la humillación.
Busqué mi teléfono. No estaba en el buró. —¿Dónde está mi celular? —pregunté, buscándolo con la mirada frenética. Lo había dejado cargando en la cocina antes de la pelea.. Valentina no respondió. Solo se hizo a un lado para dejarme pasar. —¡Mi teléfono! ¡Lo dejé en la cocina!
—Lárgate ya —dijo ella, empujándome levemente hacia el pasillo.
No quise pelear por el aparato. Tenía miedo de que si me tardaba un minuto más, cumpliera su amenaza de llamar a la policía y me quitaran a mi hijo.
Caminé hacia la puerta principal. Don Andrés estaba sentado en su sillón favorito, mirando la televisión apagada. —Adiós, Don Andrés —dije, con la voz quebrada. Él no se movió. Ni siquiera parpadeó. Era un mueble más en esa casa maldita.
Valentina abrió la puerta de calle. El ruido de la tormenta entró de golpe, rugiendo como una bestia. Era un diluvio. El agua caía en cortinas densas, rebotando contra el asfalto.
—Y no vuelvas —dijo ella.
Di un paso hacia afuera. El agua fría me empapó al instante. Me giré para decir algo, cualquier cosa, una maldición, una súplica, pero la puerta se cerró en mi cara con un golpe seco. Escuché el sonido metálico del cerrojo y luego el de la cadena de seguridad.
Me quedé ahí, en la banqueta, bajo la lluvia torrencial.
En menos de cinco segundos, estaba mojada hasta la ropa interior. El agua me escurría por la cara, mezclándose con las lágrimas calientes. Micky, protegido apenas por la cobija y mi cuerpo, empezó a gritar. El agua fría le salpicaba la carita..
—¡Shhh, mi vida, cúbrete, cúbrete! —lo apreté contra mí, doblándome sobre él para hacerle casita con mi cuerpo.
Empecé a caminar. No sabía a dónde iba. La calle estaba desierta, oscura. Los faroles apenas iluminaban entre tanta lluvia. Mis tenis de tela se empaparon en el primer charco y sentí el agua helada congelándome los dedos de los pies.
Caminé una cuadra, dos cuadras. El peso de la maleta me cortaba el hombro. El bebé pesaba cada vez más. El llanto de Micky era lo único que se escuchaba por encima del trueno.
“Vas a morir aquí”, pensó una parte oscura de mi mente. “Te va a dar neumonía a ti y al niño. Van a amanecer tirados en la banqueta”.
La desesperación me hizo sollozar a gritos. —¡Néstor! ¡Ayúdame! —grité al cielo negro—. ¡Por favor, no nos dejes así!
Me sentía como basura. Desechada, humillada, inservible. ¿Cómo había pasado de ser una estudiante feliz con un novio amoroso a esta pordiosera empapada en cuestión de días?
Llegué a una avenida más grande. Los coches pasaban a toda velocidad, levantando cortinas de agua sucia que nos bañaban una y otra vez. Nadie se detenía. Nadie veía a la mujer con el bulto en brazos. Para el mundo, yo era invisible..
Mis piernas empezaron a fallar. El frío me estaba entumiendo los brazos y tenía miedo de soltar a Micky. Me recargué en la pared de un negocio cerrado, bajo un toldo roto que apenas cubría nada. Me dejé resbalar hasta quedar en cuclillas, abrazando a mi hijo, tratando de darle calor con mi propio cuerpo tembloroso.
—Perdóname, mi amor, perdóname… soy una inútil… —le lloraba al bebé.
Estaba a punto de rendirme. Pensé en quedarme ahí, cerrar los ojos y dejar que el frío hiciera lo suyo. Ya no tenía fuerzas para luchar contra el mundo entero.
Fue entonces cuando vi las luces.
Un taxi, un Tsuru blanco y rosa de los antiguos, venía despacio por el carril de baja velocidad. A diferencia de los demás coches que pasaban zumbando, este iba lento, como buscando algo.
El coche pasó frente a mí y vi la luz roja de “Libre”. No levanté la mano. No tenía dinero para un taxi. Los doscientos pesos no me llevarían lejos y necesitaba guardarlos para comida.
Pero el taxi se detuvo unos metros más adelante.
Vi las luces de reversa encenderse. El coche retrocedió hasta quedar frente a mí. La ventanilla del copiloto bajó lentamente.
—¡Hey! ¡Señorita! —gritó una voz masculina por encima de la lluvia.
Levanté la cara, cegada por los faros y el agua. Un hombre de unos cincuenta años, con bigote canoso y cara de preocupación genuina, se asomó.
—¿Qué hace ahí tirada con este tormentón? ¡Trae un bebé! —me gritó, escandalizado.
—No… no tengo dinero —logré gritar de vuelta, con la voz rota—. ¡Váyase!.
El hombre me miró un segundo, evaluando la situación. Vio la maleta, vio mi cara de terror, vio el bultito que lloraba. Apagó el motor, abrió su puerta y salió al diluvio con un paraguas grande y negro.
Corrió hacia mí. —¡Olvídese del dinero, muchacha! ¡Está loca! ¡Súbase al carro, rápido! ¡El niño se va a enfermar! —me ordenó con una autoridad paternal que no admitía réplicas.
Me ayudó a levantarme. Me cubrió con el paraguas mientras me guiaba a la puerta trasera del taxi. Abrió la puerta y el calorcito de la calefacción me golpeó como un abrazo del cielo.
—Métase, ándele. Aviente la maleta adelante.
Entré al coche, temblando incontrolablemente. El hombre, empapado por mi culpa, se subió al asiento del conductor y subió la calefacción al máximo.
—Ay, Diosito santo… están helados —dijo mirándome por el retrovisor—. Tenga.
Me pasó una franela limpia que traía en la guantera. —Séquese la cabeza y seque al bebé. Ahorita vemos qué hacemos. Me llamo Simón. ¿Cómo se llama usted?.
—Alina… —castañeé los dientes—. Y él es Miguel.
—Mucho gusto, Alina. No se preocupe. Ya están a salvo aquí adentro. Respire.
El taxi arrancó suavemente. Ver la lluvia desde dentro, protegida por un cristal, me hizo romper en un llanto diferente. Un llanto de alivio que dolía más que el miedo.
—No tengo a dónde ir, Don Simón —confesé, sintiéndome la persona más patética del mundo—. Me… me corrieron de mi casa. No tengo familia aquí. Y de verdad, solo traigo doscientos pesos.
Simón negó con la cabeza, apretando el volante con coraje. —Hay gente que no tiene perdón de Dios… echar a una madre con su cría así… —murmuró—. Mire, Alina. El dinero ahorita no importa. Yo no la voy a dejar en la calle. ¿Tiene hambre?
Asentí. Mi estómago rugió.
—Vamos a hacer esto. Conozco un lugar. No es el Ritz, pero es seguro y la dueña es una santa. Es una pensión por la Doctores. Se llama “La Casa de Irina”..
—Pero no puedo pagar…
—Yo hablo con Irina. Ella es buena gente. También le pasó algo feo hace años, entiende estas cosas. Usted necesita una cama seca y leche caliente para ese angelito. ¿Confía en mí?
Lo miré a los ojos a través del espejo. Tenía ojos cansados, con arrugas alrededor, pero eran ojos limpios. Ojos de papá. Ojos que me recordaron a Néstor.
—Sí —susurré.
El trayecto duró veinte minutos. Simón me llevó a una casona vieja de dos pisos, con la pintura descascarada pero con luz cálida en las ventanas.
Al entrar, una campanita sonó. Detrás de un mostrador de madera gastada estaba una mujer robusta, de unos cincuenta y tantos años, con el pelo teñido de rojo y un suéter tejido. Tenía cara de tener carácter fuerte, pero sonrisa fácil.
—¿Qué pasó, Simón? ¿Ya te corrió la mujer o qué? —bromeó ella al verlo entrar mojado. Luego me vio a mí, detrás de él, escurriendo agua y miseria. Su sonrisa se borró.
—Irina, tenemos una emergencia —dijo Simón—. Ella es Alina. Y el chiquitín es Miguel. Necesitan un cuarto. Hoy..
Irina salió de detrás del mostrador. Se acercó a mí y, sin preguntar nada, tocó la manita de Micky. —Están helados. ¡Virgen santísima! —exclamó—. Simón, ve a la cocina y dile a Lupe que caliente caldo de pollo y leche. Rápido.
—Pero, señora… no tengo con qué pagarle… —empecé a decir mi letanía de vergüenza otra vez.
Irina me puso una mano en el hombro. Su mano era caliente y firme. —Mija, aquí nadie duerme en la calle si yo puedo evitarlo. Tengo un cuartito en la azotea, era de servicio, es chico pero calientito. Ahí te quedas. Luego vemos cómo nos arreglamos. Tú sabes limpiar, ¿no?.
—Sí, sí, hago lo que sea. Cocino, lavo, plancho….
—Pues ya está. Mañana hablamos de trabajo. Ahorita, a secarse y a comer. Pasa.
Me llevó escaleras arriba. El cuarto era diminuto. Apenas cabía una cama individual y una mesita. Las paredes estaban despintadas. Pero tenía un foco amarillo que daba luz, y olía a limpio.
Irina trajo una cuna vieja de madera que tenía guardada en el desván. —Era de mi hija cuando era bebé —me dijo con nostalgia—. Úsala..
Esa noche, acosté a Micky en esa cuna prestada, envuelto en sábanas que olían a lavanda barata. Me comí el caldo de pollo más delicioso de mi vida, llorando en cada cucharada.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, golpeando la ventana. Pero ya no me mojaba.
Me acosté en el catre, con el cuerpo adolorido como si me hubieran dado una paliza. Cerré los ojos y vi la cara de odio de mi suegra. Escuché el portazo.
—Me las van a pagar —pensé, y me sorprendí de mi propia rabia. Ya no era solo tristeza. Era un fuego nuevo—. Juro por mi hijo que me las van a pagar. Voy a salir de esta, Néstor. Te lo juro.
Y en ese cuarto prestado, sin un peso en la bolsa pero con mi hijo a salvo, me quedé dormida, sin saber que al día siguiente, una carta olvidada en un banco cambiaría nuestro destino para siempre.
CAPÍTULO 3: LA CARTA INESPERADA
La primera mañana en “La Casa de Irina” no desperté con la luz del sol, sino con el llanto de Micky. Abrí los ojos de golpe, desorientada, con el corazón latiendo a mil por hora, esperando ver las paredes color crema de la casa de mis suegros y escuchar los reclamos de Doña Valentina. Pero lo que vi fue un techo con manchas de humedad y una ventanita pequeña por donde entraba una luz grisácea.
Tardé unos segundos en recordar. La lluvia. El taxi. Don Simón. La huida.
Estaba a salvo, sí, pero la realidad me cayó encima como una losa de cemento. No tenía casa. No tenía marido. No tenía dinero.
Me levanté del catre que rechinaba con cada movimiento. Micky estaba en la cuna prestada, con la cara roja de tanto llorar. Lo cargué, sintiendo su cuerpecito caliente contra el mío. —Buenos días, mi amor —le susurré, tratando de que mi voz no temblara—. Hoy empieza nuestra nueva vida. No sé cómo, pero vamos a poder.
Bajé a la cocina con el bebé en brazos. El olor a café de olla y huevos con chorizo inundaba la planta baja. Era un olor hogareño, reconfortante, que me hizo rugir el estómago de una manera casi dolorosa.
Doña Irina estaba frente a la estufa, tarareando una canción vieja de Juan Gabriel. Al verme, se limpió las manos en el delantal. —Buenos días, bella durmiente. ¿Cómo amaneció el principito? —preguntó con una sonrisa genuina. —Bien, gracias a Dios. Doña Irina, de verdad, gracias por todo, pero necesito hablar con usted sobre cómo voy a pagarle…
—Siéntate —me ordenó, señalando una silla de madera—. Primero se desayuna, luego se hacen negocios. Las penas con pan son menos, dicen por ahí.
Me sirvió un plato enorme. Comí con una avidez que me dio vergüenza, pero Irina solo me miraba con ternura maternal. —Mira, mija —dijo, sentándose frente a mí con su taza de café—. Simón me contó un poco, pero no necesito saber los detalles para ver que estás en un aprieto.
—No tengo a dónde ir —confesé, bajando la mirada—. Mi marido murió hace una semana. Mi suegra… bueno, ella no nos quiere ahí.
Irina suspiró y negó con la cabeza. —El mundo está lleno de gente rota que corta a los demás, Alina. Yo lo sé bien. Me contó su historia mientras Micky jugaba con una servilleta. Me dijo que hace veinticinco años, su esposo se fue por cigarros y nunca volvió, dejándola con una niña de tres meses, casi la misma edad de Micky. —Me vi negra, mija. Sin dinero, sin familia en la ciudad. Lloré mucho. Pensé que nos íbamos a morir de hambre. Pero las mujeres somos como el hule: nos estiran, nos pisan, pero no nos rompemos. Me contó con orgullo que esa niña, su hija, ahora vivía en Canadá y era doctora. Que su nieto ya estaba por terminar la preparatoria. —Así que no me digas que no se puede. Sí se puede. Es una friega, sí, pero se puede.
Llegamos a un acuerdo. Yo me encargaría de la limpieza de los ocho cuartos de la pensión: barrer, trapear, cambiar sábanas, lavar baños. También ayudaría en la recepción cuando ella tuviera que salir al mercado. A cambio, tendría el cuartito de la azotea y las tres comidas para mí y para el bebé. —No es mucho, Alina. No puedo pagarte sueldo todavía porque la cosa está floja, pero techo y comida no les van a faltar —me dijo. —Es más que suficiente, Doña Irina. Es un milagro para mí —respondí, sintiendo un nudo en la garganta.
—Lo que sí necesitas urgente es recuperar tus papeles y conseguir un teléfono —me advirtió, poniéndose seria—. Sin INE no eres nadie en este país. Y necesitas comunicarte con tu gente. ¿Tus papás saben lo que pasó?.
Negué con la cabeza. —No he querido asustarlos. Mi papá está enfermo.
Esa misma tarde, Don Simón llegó a la pensión. No estaba trabajando; había pasado solo a ver cómo estábamos. Al enterarse de que necesitaba llamar a mis papás, me prestó su celular. —Llámales, hija. Tienen derecho a saber.
Marqué el número de la casa en Veracruz con los dedos temblorosos. Contestó mi mamá. Al escuchar su voz, me quebré. Le conté todo: la muerte de Néstor, la crueldad de Valentina, la huida bajo la lluvia. Del otro lado de la línea, mi madre lloraba. —¡Ay, mi niña! ¡Mi niña adorada! ¿Por qué no nos dijiste antes? ¡Hubiéramos ido por ti! —No quería preocuparlos, mamá. ¿Cómo está mi papá? Hubo un silencio pesado. —Mal, hija. La diálisis lo deja muy débil. Apenas se levanta de la cama.
Ahí entendí que no podía regresar. No podía llegar a casa de mis padres con un bebé y sin dinero, para ser una carga más en una casa donde las medicinas ya se comían todo el presupuesto. —No te preocupes, mamá —mentí, tragándome las lágrimas—. Estoy bien. Una amiga me dio hospedaje. Ya voy a buscar trabajo. Solo quería que supieran que estamos bien. —Te voy a mandar un dinerito, hija. Lo que pueda juntar. —No, mamá, guárdalo para las medicinas… —¡Te lo voy a mandar y punto! —me ordenó con esa autoridad que solo las madres tienen.
Colgué el teléfono sintiéndome más sola que nunca. Mis padres me amaban, pero no podían salvarme. Nadie iba a venir a rescatarme. Estaba sola en el ring.
Los días siguientes se convirtieron en una rutina agotadora y monótona. Me levantaba a las cinco de la mañana para lavar pañales a mano en el lavadero de la azotea antes de que Micky despertara. Luego, con el bebé amarrado a la espalda con un rebozo que Irina me regaló, empezaba la faena. Barrer el patio, trapear los pasillos, tallar los inodoros de los baños compartidos. Mis manos, que antes solo tocaban libros y la piel suave de Néstor, se llenaron de callos y se resecaron por el cloro y el detergente.
Pero la limpieza de la pensión no era suficiente. Necesitaba dinero. Necesitaba pañales, necesitaba ahorrar para un lugar propio, necesitaba sentir que avanzaba. Así que, por las tardes, cuando Irina podía echarle un ojo a Micky un rato, o a veces cargando con él, salía a buscar trabajo.
La Ciudad de México es un monstruo que devora a los débiles. Caminé kilómetros. Entré a cafeterías, a tiendas de ropa, a fondas económicas. —Busco trabajo. De lo que sea. Mesera, limpieza, ayudante general. Las respuestas eran siempre las mismas, variaciones de un “no” disfrazado o directo. —¿Tienes experiencia? —No, pero aprendo rápido. —¿Y con quién dejas al niño? —Lo traigo conmigo, no da lata, se duerme… —Uy, no, reina. Aquí no es guardería. No podemos tener niños en la cocina. Siguiente.
Otras veces era por los estudios. —¿Carrera trunca? Híjole. Y sin cartas de recomendación… está difícil. Déjanos tu solicitud, nosotros te llamamos.
Nunca llamaban.
Una tarde, terminé repartiendo volantes de una pizzería bajo el sol del mediodía por unos cuantos pesos. Micky estaba en la carriola prestada, sudando y llorando por el calor. La gente pasaba y tiraba mis volantes al suelo sin mirarme. Me sentí invisible. Me sentí como un fantasma en mi propia vida.
—Néstor, ¿dónde estás? —le preguntaba al aire mientras caminaba de regreso a la pensión, con los pies ampollados—. Dijiste que ibas a cuidarnos. Dijiste que todo iba a estar bien.
Llegué a pensar que Doña Valentina tenía razón. Quizás yo era una inútil. Quizás no servía para nada más que para dar lástima.
Pero luego llegaba a la pensión, y ahí estaban Irina y Simón. Irina me recibía con un vaso de agua fresca y cargaba a Micky para que yo descansara los brazos. Simón, que se había convertido en un cliente frecuente (o eso decía él, aunque yo sospechaba que solo iba para ver si necesitábamos algo), me ayudaba a arreglar la llanta de la carriola o me traía noticias de algún trabajo temporal. —Tú no te me achicopales, Alina —me decía Irina por las noches, cuando nos sentábamos a tomar té en la cocina—. Eres joven, bonita y lista. Y tienes un motorcito ahí arriba durmiendo. Vas a salir de esta. Ya verás.
Yo asentía y sonreía, pero por dentro el miedo me carcomía. Micky crecía rápido. La ropa le dejaba de quedar. Pronto necesitaría zapatos, medicinas, escuela. ¿Cómo iba a dárselo limpiando baños y repartiendo volantes?
Fue un martes, casi un mes después de haber llegado a la pensión, cuando todo cambió.
Regresé de otra entrevista fallida para ser cajera en un supermercado (el horario no me permitía cuidar a Micky). Entré a la cocina de la pensión arrastrando los pies, con el ánimo por los suelos. En la mesa estaban Irina y Simón. Se veían serios, cuchicheando sobre algo. Al verme entrar, se callaron de golpe y se enderezaron.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un vuelco en el estómago. ¿Había hecho algo mal? ¿Ya no podían tenerme ahí? —¡Llegaste! —dijo Irina, tratando de sonar alegre, pero con un tono nervioso—. Siéntate, mija.
Sobre la mesa, en medio del hule de cuadros rojos, había un sobre. No era un sobre cualquiera. Era un sobre de papel grueso, color crema, con el logotipo de un banco muy importante grabado en azul oscuro. —Llegó esto hoy en la mañana —dijo Simón, señalando el papel—. El cartero preguntó por ti. Alina de la Cruz, viuda de García.
Me quedé helada. —¿Un banco? —pregunté, sin atreverme a tocarlo—. Yo no tengo cuenta en ese banco. Néstor y yo apenas teníamos una tarjeta de débito en otro lado donde le depositaban la nómina. —Pues ahí dice tu nombre clarito —insistió Simón—. Y dice “Urgente”.
—Seguro es una deuda —dije, sintiendo que las piernas me flaqueaban. Me dejé caer en la silla—. Seguro Néstor debía dinero y ahora me lo quieren cobrar a mí. O es Doña Valentina, que encontró la manera de demandarme por algo. El pánico empezó a subir. Si era una deuda, ¿cómo iba a pagarla? Me iban a meter a la cárcel. Me iban a quitar a Micky.
—No te adelantes, mujer —me regañó Irina suavemente—. Ábrelo. A lo mejor no es nada malo. A lo mejor es un seguro, o algo que dejó Néstor.
Con manos temblorosas, tomé el sobre. Pesaba. Rasgué el borde con cuidado. Saqué una hoja membretada, muy formal.
Estimada Sra. Alina de la Cruz: Por medio de la presente se le notifica que, en calidad de beneficiaria única designada por el titular Néstor García, se requiere su presencia en la sucursal matriz de nuestra institución para proceder a la apertura y entrega del contenido de la Caja de Seguridad No. 405…
Dejé de leer. Las letras bailaban ante mis ojos. —¿Caja de seguridad? —leí en voz alta, confundida. Irina y Simón intercambiaron miradas. —¿Sabías que Néstor tenía una caja fuerte en el banco? —preguntó Simón. —No… nunca —negué rotundamente—. Néstor me contaba todo. Sabía cuánto ganaba, cuánto gastábamos en luz, en gas… No teníamos dinero para guardar en una caja fuerte. Apenas nos alcanzaba para ahorrar un poquito cada quincena.
—Pues ahí dice que la caja es suya y que tú eres la dueña de lo que hay adentro —dijo Irina, tomando la carta para leerla ella misma—. “Beneficiaria única”. Mija, esto suena serio.
—¿Y si es un error? —pregunté, con miedo a tener esperanza. La esperanza es peligrosa cuando estás desesperada; si se rompe, te corta más profundo que el vidrio—. A lo mejor es otro Néstor García. —Solo hay una forma de saberlo —dijo Simón, poniéndose de pie—. Tienes que ir. Mañana mismo. —Pero… ¿y Micky? No puedo llevar a un bebé a un banco, y menos si voy a arreglar asuntos legales. Y no tengo dinero para el pasaje hasta el centro…
—¡Ay, muchacha, para eso estamos! —interrumpió Irina—. Yo me quedo con el chamaco. Ya te dije que crié tres nietos, uno más no me asusta. Tú vete tranquila. —Y yo te llevo —se ofreció Simón, sacando las llaves de su taxi del bolsillo—. Paso por ti a las nueve. Te llevo, te espero y te traigo. No vas a gastar ni un peso.
Esa noche no pude dormir. Leía la carta una y otra vez bajo la luz tenue del foco. “Caja de seguridad”. ¿Qué podía haber ahí? ¿Papeles viejos? ¿Algún reloj del abuelo? Mi mente, traicionera, empezó a recordar las palabras de mi suegra: “Siempre pidiendo dinero… por tu culpa buscó más trabajo”. ¿Y si Néstor estaba metido en algo malo? ¿Y si ese dinero era sucio? No, Néstor era el hombre más honesto que conocía. ¿Entonces?
Recordé las últimas semanas antes del accidente. Néstor estaba misterioso. A veces llegaba tarde diciendo que tenía “juntas”. A veces lo veía haciendo cuentas en una libreta que cerraba cuando yo me acercaba. Yo pensaba que estaba preocupado por los gastos del bebé. “Te tengo una sorpresa, flaquita”, me había dicho un día, besándome la frente. “Pronto ya no vamos a tener que aguantar las caras largas de mi mamá”.
¿Sería esto?
A la mañana siguiente, me bañé y me puse mi mejor ropa: un pantalón negro que ya me quedaba un poco flojo por lo que había adelgazado, y una blusa blanca bien planchada. Quería verme presentable, digna. No quería que en el banco me vieran como la pordiosera que sentía que era.
—Te ves muy guapa, Alina —me animó Irina cuando bajé—. Pareces toda una señora de negocios. Me dio un beso en la mejilla y tomó a Micky en brazos. —Pórtate bien con la tía Irina, mi amor —le dije al bebé, dándole un beso en su cabecita que olía a talco—. Mamá vuelve pronto.
Simón ya estaba afuera, con el taxi lavado y encerado, como si fuera una limusina. —Vámonos, jefa. Hoy es un buen día, lo presiento en los huesos —dijo guiñándome un ojo.
El tráfico de la ciudad estaba pesado, como siempre, pero Simón maniobraba con la destreza de quien lleva treinta años al volante. Yo iba en el asiento del copiloto, retorciendo la correa de mi bolsa. —¿Estás nerviosa? —preguntó. —Mucho. Tengo miedo de que sea nada. Y tengo miedo de que sea algo. —Mira, Alina. Lo que sea que haya dejado tu marido, lo hizo pensando en ti. Confía en él.
Llegamos al banco. Era un edificio imponente de cristales azules en Reforma. Al entrar, el aire acondicionado me golpeó, contrastando con el calor de la calle. Todo era mármol y silencio. Me sentí pequeña otra vez. Me acerqué al mostrador de “Atención a Clientes Preferentes”, como indicaba la carta. —Buenos días —dije con voz temblorosa, entregando la carta y mi identificación provisional que había logrado tramitar días antes—. Vengo por esto.
La señorita, una mujer impecable con una mascada de seda en el cuello, revisó los papeles. Tecleó algo en su computadora. Sus cejas se levantaron ligeramente. —Ah, sí. Señora García. La esperábamos. Se levantó de su silla. —Por favor, acompáñeme. El gerente la atenderá personalmente.
¿El gerente? Mi corazón latía tan fuerte que pensé que todos podían escucharlo. Me llevaron a una oficina privada con vista a la avenida. El gerente, un hombre canoso y amable, me ofreció agua y me dio el pésame con una solemnidad que me hizo querer llorar. —Su esposo fue muy previsor, señora —me dijo—. Dejó instrucciones muy precisas.
Sacó una llave maestra y me pidió que lo acompañara a la bóveda. Nunca había estado en un lugar así. Paredes de acero, cámaras por todos lados, y cientos de cajitas numeradas. Nos detuvimos frente a la número 405. —Necesito su huella digital y su firma aquí —dijo el gerente. Obedecí mecánicamente. Él giró su llave, luego me dio otra llave pequeña que venía pegada en la carta. —Usted debe girar esta. Lo hice. Se escuchó un clic metálico, pesado, definitivo.
El gerente sacó una caja metálica alargada y gris. —La dejaré sola en la sala de privacidad para que revise el contenido con calma. Cuando termine, solo presione el botón.
Me senté en una mesa vacía en un cuartito pequeño y sin ventanas. Solo estábamos la caja y yo. Mis manos sudaban. “Vamos, Alina. Hazlo”. Levanté la tapa.
Lo primero que vi fue un sobre blanco, sellado, con mi nombre escrito con la letra de Néstor. Esa letra redonda y un poco inclinada que yo conocía tan bien. “Para mi amada Alina”. Se me escapó un sollozo. Era como tenerlo ahí, hablándome.
Debajo del sobre había una carpeta azul con documentos, una cajita de terciopelo rojo y una memoria USB. Dejé la carta para el final, porque sabía que me iba a destrozar. Abrí la carpeta primero. Mis ojos se abrieron desmesuradamente al leer los encabezados.
Póliza de Seguro de Vida. Suma asegurada: … Tuve que contar los ceros. Una, dos, tres veces. Eran millones. No era una fortuna incalculable, pero era suficiente para vivir tranquilas por años, para pagar la universidad de Micky, para comprar una casa… —¿Cómo? —susurré—. ¿Cómo pagaste esto, Néstor?
Pasé la página. Había otro documento. Una escritura.
Testimonio Notarial… Contrato de Compra-Venta… Departamento ubicado en Colonia Del Valle… Propietarios: Néstor García y Alina de la Cruz.. Un departamento. Mi Néstor había comprado un departamento. No en obra negra, no un terreno lejano. Un departamento en una de las mejores zonas de la ciudad. Las fechas de los pagos indicaban que había terminado de pagarlo hace apenas un mes, justo antes de que naciera Micky.
Tomé la cajita de terciopelo. Al abrirla, brilló un juego de llaves plateadas. Las llaves de nuestra casa. La casa de la que Doña Valentina no podía correrme. La casa donde nadie me gritaría.
Finalmente, tomé la carta. Mis lágrimas caían sobre el papel antes de abrirlo. Rompí el sobre.
“Mi vida, mi flaquita hermosa: Si estás leyendo esto, significa que fallé. Significa que no estoy ahí para abrazarte y decirte que todo va a estar bien. Perdóname, mi amor. Perdóname por dejarte sola. Espero que nunca leas esto, pero mi trabajo me enseñó que la vida es un volado y yo no pienso dejarte desprotegida. Sé que te preguntarás cómo hice todo esto. Trabajé doble, amor. Acepté proyectos freelance, ahorré cada centavo que no usábamos, vendí la moto que tenía guardada donde mis tíos… Todo para darles la sorpresa. Quería llevarte al departamento nuevo cuando Micky cumpliera seis meses. Quería ver tu cara. Alina, no dejes que mi mamá te haga sentir menos. Yo sé cómo es ella. Sé que es dura. Pero tú eres más fuerte. Tú eres la mujer de mi vida.
El departamento es tuyo. El seguro es para la educación de nuestro hijo. En la USB hay un video para Micky y los datos de Max, mi amigo abogado, él te va a ayudar con todo el papeleo legal para que nadie te quiera quitar lo que es tuyo. Te amo. Te amaré siempre, en esta vida y en la que sigue. Cuida a nuestro frijolito. Háblale de mí. Tuyo siempre, Néstor.” .
Me abracé a la carta, doblándome sobre la mesa, y lloré. Lloré todo lo que no había llorado en la pensión para hacerme la fuerte. Lloré de dolor porque él no estaba, pero también lloré de alivio. Lloré de gratitud. Néstor no nos había abandonado. Incluso desde la tumba, me estaba sosteniendo. Me estaba dando un techo. Me estaba dando un futuro.
—Gracias, mi amor, gracias… —repetía entre sollozos, besando su letra.
Estuve ahí unos veinte minutos, hasta que logré calmarme. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano. Me miré en el reflejo de la caja metálica. Tenía los ojos hinchados, pero había algo nuevo en mi mirada. Ya no había miedo. Había determinación.
Guardé todo con cuidado en mi bolsa. Me colgué la bolsa cruzada al pecho, protegiéndola como si fuera el mismo Micky. Salí de la bóveda caminando derecho, con la cabeza en alto. El gerente me acompañó a la salida. —Espero que todo esté en orden, señora García. —Sí —dije, y mi voz sonó firme por primera vez en semanas—. Todo está en orden. Gracias.
Salí del banco. El sol brillaba afuera, un sol de mediodía radiante que hacía brillar el concreto de la avenida Reforma. Simón estaba recargado en el taxi, fumando un cigarro. Al verme salir, tiró el cigarro y corrió hacia mí, preocupado por mi cara de llanto. —¿Qué pasó, Alina? ¿Malas noticias? ¿Te quisieron cobrar algo?
Lo miré y una sonrisa empezó a formarse en mis labios, una sonrisa que nacía desde el fondo de mi alma. —No, Simón —dije, agarrándole las manos—. Néstor… Néstor nos dejó todo. Nos dejó una casa. Nos dejó dinero. Nos salvó, Simón. ¡Nos salvó!.
Simón se quedó boquiabierto un segundo, y luego soltó una carcajada de alegría, abrazándome fuerte. —¡Bendito sea Dios! ¡Te lo dije, mujer! ¡Te lo dije!
—Llévame con mi hijo, Simón —le pedí, sintiendo una urgencia de abrazar a Micky—. Quiero decirle que ya tenemos casa. Que ya nadie nos va a humillar nunca más.
Subimos al taxi. Mientras el coche avanzaba por la ciudad, yo apretaba la bolsa contra mi pecho, sintiendo el peso de las llaves y los papeles. Ya no era la viuda desamparada que corrieron bajo la lluvia. Ahora era Alina García, dueña de su destino. Y tenía una misión: construir la vida feliz que Néstor soñó para nosotros. Y quizás, solo quizás, algún día tendría el valor de pararme frente a Doña Valentina y demostrarle cuán equivocada estaba.
Pero eso sería después. Hoy, solo quería abrazar a mi bebé y decirle: “Papá nos cuidó, mi amor. Papá siempre estuvo aquí”.
CAPÍTULO 4: EL LEGADO DE AMOR
El trayecto de regreso a la colonia Doctores en el taxi de Simón fue silencioso, pero no era ese silencio incómodo o triste de los días anteriores. Era un silencio cargado de electricidad, de asombro. Yo iba abrazada a mi bolsa cruzada, sintiendo el contorno de la caja metálica y los papeles contra mis costillas. Cada vez que el taxi brincaba en un bache de la Avenida Cuauhtémoc, yo apretaba los brazos instintivamente, como si llevara lingotes de oro. Y en cierto modo, así era. Llevaba el futuro de mi hijo.
Simón me miraba de reojo por el espejo retrovisor cada tanto, con una sonrisita debajo de su bigote canoso. —¿Entonces sí es verdad, Alina? ¿No lo soñamos? —preguntó cuando nos detuvimos en un semáforo en rojo. —Es verdad, Simón —susurré, mirando por la ventana cómo la gente caminaba apresurada bajo el sol—. Néstor compró un departamento. Dejó un seguro. No estamos en la calle.
Al llegar a la pensión “La Casa de Irina”, sentí una urgencia física de correr. Bajé del taxi casi antes de que se detuviera por completo. —¡Irina! —grité al entrar, haciendo sonar la campanita de la puerta con violencia.
Irina salió de la cocina con Micky en brazos y un trapo en el hombro. Se asustó al verme tan agitada. —¿Qué pasó? ¿Te siguieron? ¿Te robaron? —preguntó, protegiendo al bebé. —No, no… —me faltaba el aire. Me dejé caer en el sofá viejo de la recepción, riendo y llorando al mismo tiempo—. ¡Irina, mira esto!
Saqué los papeles. Saqué las llaves. Saqué la USB. Les conté todo. Les leí la carta de Néstor en voz alta, deteniéndome cada dos líneas para sonarme la nariz. Irina, esa mujer fuerte que había criado sola a su hija y aguantado tormentas, se sentó a mi lado y lloró conmigo. —Ay, mija… qué hombre. Qué hombre tan bueno tenías —decía, acariciando la cabeza de Micky—. Dios lo tenga en su santa gloria. Mira nada más, un departamento propio. Y pagado.
Simón, que había entrado detrás de mí, se quitó la gorra y miró al techo, como hablando con alguien invisible. —Se la rifó el muchacho. Se la rifó bonito.
—Hay un video —dije de pronto, recordando la memoria USB—. En la carta dice que hay un video para nosotros. —Pues vamos a verlo ahorita mismo —dijo Irina, poniéndose de pie—. Tráete mi laptop, esa carcacha vieja todavía sirve.
Nos sentamos los tres alrededor de la mesa de la cocina. Micky estaba en su sillita alta, golpeando la mesa con una cuchara de plástico, ajeno a que su vida acababa de cambiar para siempre. Conecté la USB. La computadora tardó una eternidad en reconocerla. Mis manos sudaban tanto que tuve que secarlas en mi pantalón antes de tocar el mouse. Había una carpeta llamada “PARA MIS AMORES”. Dentro, un archivo de video.
Le di play.
La pantalla parpadeó un momento y luego apareció él. Néstor. Mi Niki. Estaba sentado en lo que parecía ser una oficina vacía, con una camisa azul que yo le había regalado en su último cumpleaños. Se veía cansado, con ojeras, pero cuando miró a la cámara, sonrió con esa sonrisa chueca y tímida que me había enamorado el primer día de clases en la UNAM.
Instintivamente, llevé mi mano a la pantalla, queriendo tocarle la cara . —Hola, mis amores —dijo su voz a través de las bocinas tinteantes de la laptop. Se me erizó la piel. Era como si estuviera en la habitación—. Si están viendo este video… bueno, ya saben qué pasó. No quiero ponerme triste, porque si me pongo a llorar no voy a poder decirles lo que necesito.
Hizo una pausa, tragando saliva. Se notaba nervioso. —Alina, flaquita… perdón por no estar ahí. Perdón por dejarte todo el paquete sola. Sé que eres la mujer más fuerte que conozco, aunque a veces tú no te lo creas. Te amo. Te amo más que a mi vida, y por eso hice todo esto.
Irina me apretó la mano por debajo de la mesa. Yo no podía dejar de mirar sus ojos en la pantalla. —Les explico rápido. El departamento está en la Del Valle, cerca del parque. Sé que siempre te gustó esa zona por los árboles. Ya está todo pagado, las escrituras están a nombre de los dos. El seguro… bueno, es una lana. Úsalo bien. Termina tu carrera, amor. Sé que la dejaste por el embarazo, pero eres una arquitecta increíble. No dejes tus sueños.
Luego, se acercó a la cámara, como si quisiera atravesar el lente. —Y tú, Micky… mi frijolito. Apenas tienes unos meses en la panza de mamá mientras grabo esto, pero ya te quiero con toda mi alma. Perdón por no enseñarte a jugar fútbol. Perdón por no estar en tu graduación. Pero quiero que sepas que tu papá hizo todo esto pensando en ti. Sé un buen hombre, hijo. Cuida a tu mamá. Respeta a las mujeres. Y nunca dejes que nadie te diga que no puedes.
La voz se le quebró al final. Se limpió una lágrima rápido, tratando de mantener la compostura. —Ah, otra cosa. Contacten a Max. Maximiliano Soto. Es mi mejor amigo de la facultad de Derecho, trabaja en el corporativo. Él sabe todo. Él tiene copias de los papeles por si mi mamá se pone… bueno, ya saben cómo es mi mamá. Max es de confianza. Él los va a cuidar legalmente.
Suspiró profundo. —Bueno, se me acaba el tiempo. Sean felices. No me lloren mucho tiempo, ¿va? Vivan. Coman rico. Viajen. Los amo. Cambio y fuera. .
La pantalla se fue a negro. El silencio en la cocina era absoluto, solo roto por el zumbido del refrigerador y mis propios sollozos ahogados. —Cambio y fuera… —repetí. Era lo que siempre me decía cuando colgaba el teléfono.
—Qué huevotes tenía tu marido, con el perdón de la palabra —dijo Simón, limpiándose disimuladamente los ojos con el dorso de la mano—. Un hombre de verdad.
Esa noche, acostada en mi catre, no sentí el frío de la azotea. Sentí el calor de Néstor envolviéndome. Tenía un plan. Tenía un nombre: Maximiliano Soto. Y tenía una dirección.
A la mañana siguiente, muy temprano, marqué el número que venía en el archivo de texto de la USB. El teléfono sonó dos veces. —¿Bueno? ¿Despacho Soto y Asociados? —contestó una voz masculina, grave y profesional.
—¿Licenciado Soto? —pregunté, tratando de que no me temblara la voz—. Habla Alina… Alina García. La esposa de Néstor.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado. —¿Alina? —su tono cambió completamente. Ya no era el abogado, era el amigo—. Dios mío… Alina. Mi más sentido pésame. No tienes idea de cuánto lo siento. Néstor era mi hermano.
—Gracias, Licenciado… —Dime Max, por favor. Néstor me hablaba diario de ti. —Max… encontré la caja fuerte. Vi el video. Néstor dijo que tú podías ayudarme.
—Claro que sí. Néstor dejó todo listo conmigo desde hace meses. Me hizo jurarle que si algo le pasaba, yo me encargaría de que tú y el bebé recibieran todo sin problemas. ¿Dónde estás? Voy por ti.
Le di la dirección de la pensión en la Doctores. —Llego en una hora.
Me arreglé lo mejor que pude. Irina me prestó una blusa suya, un poco grande pero bonita, color azul marino. —Tienes que verte como la dueña de ese departamento, mija —me dijo mientras me peinaba.
Cuando el coche llegó, no era un taxi. Era un sedán gris, modesto pero impecable. De él bajó un hombre joven, de unos treinta años, alto, bien vestido con traje y corbata, pero sin saco. Tenía una barba bien recortada y ojos grises que irradiaban una mezcla de inteligencia y tristeza.
—¿Alina? —preguntó acercándose. —Sí, soy yo. Y él es Miguel. Micky. Max miró al bebé en mis brazos y sonrió con melancolía. —Es idéntico a Néstor. La misma frente. Hola, campeón.
—Irina, ¿me lo cuidas un ratito? —le pedí a mi ángel guardián. —Vayan, vayan a ver el castillo. Yo aquí me quedo con el rey —dijo ella, quitándome al niño para que yo pudiera ir cómoda.
Subí al coche de Max. Olía a limpio y a café. —Primero vamos al departamento —dijo Max mientras arrancaba—. Quiero que veas que es real. Luego vamos a la aseguradora. —Gracias, Max. De verdad no sé qué haría sin esta ayuda. —No tienes nada que agradecer. Néstor me salvó la carrera una vez en la universidad, me ayudó a estudiar para un examen final que yo daba por perdido. Le debo mucho. Y además… era mi mejor amigo.
Durante el trayecto hacia la Colonia Del Valle, Max me contó cosas de Néstor que yo no sabía. Me contó cómo trabajaba horas extra, cómo ahorraba comiendo sándwiches de atún en lugar de salir a restaurantes con los compañeros, todo para juntar el dinero. —Siempre decía: “Es para mis amores”. Y cuando compró el depa… bueno, estaba que no cabía de la emoción.
Llegamos. El edificio era nuevo, moderno. Una torre de diecisiete pisos con balcones de cristal y una fachada elegante. Estaba frente a un parque lleno de árboles jacarandas que, aunque ya no tenían flores, daban una sombra hermosa. —Es aquí —dijo Max, estacionándose.
Sentí que el corazón se me salía del pecho. Miré mis tenis gastados y pensé: “No pertenezco aquí. Me van a correr”. El síndrome de la impostora me golpeó fuerte. Yo venía de dormir en una azotea prestada.
Max pareció leer mi mente. —Alza la cabeza, Alina. Esto es tuyo. Néstor se rompió el lomo para que esto fuera tuyo. No dejes que nadie te haga sentir menos.
Subimos en el elevador hasta el octavo piso. El pasillo olía a nuevo. Max se hizo a un lado frente a la puerta 802. —Tú tienes la llave —dijo.
Saqué la llave plateada de mi bolsa. Me temblaba la mano tanto que tardé tres intentos en atinarle a la cerradura. Clic. La puerta se abrió.
Entré despacio, casi de puntitas, como si entrara a una iglesia. Lo primero que noté fue la luz. Una luz dorada, hermosa, inundaba todo el espacio a través de unos ventanales enormes que daban a la copa de los árboles. El departamento era amplio. Tenía piso de madera laminada que brillaba. En la sala había un sofá gris en forma de L, todavía con algunos plásticos protectores. Había una pantalla de televisión montada en la pared. Una mesa de comedor para cuatro personas.
Caminé hacia la cocina. Era una cocina integral blanca, moderna, con una barra de granito. Abrí el refrigerador: estaba vacío y apagado, pero era nuevo, enorme. —Él quería que tuvieras espacio para cocinar, decía que te gusta hacer postres —comentó Max, que se había quedado en la puerta, dándome espacio. —Sí… —susurré, pasando la mano por la encimera fría—. Me encanta hacer pasteles.
Pero lo que realmente me rompió fue cuando abrí la segunda puerta del pasillo. La habitación principal era bonita, con una cama matrimonial y un clóset amplio. Pero la habitación de junto… Las paredes estaban pintadas de un azul cielo suave, con nubes blancas pintadas a mano. No eran calcomanías; se notaban las pinceladas. —Néstor las pintó —dijo Max suavemente detrás de mí—. Se pasó tres fines de semana pintando esas nubes.
En el centro del cuarto había una cuna de madera blanca, armada. Había un cambiador. Había repisas con peluches y una lámpara en forma de estrella. Todo estaba listo. Todo estaba esperando a un bebé que su padre nunca vería crecer ahí.
Me abracé a los barrotes de la cuna y lloré. Pero esta vez fue un llanto diferente al del banco. Fue un llanto de hogar. —Gracias, Niki… gracias… —repetía.
Max se acercó y me puso una mano en el hombro, respetuosamente. —Él quería darles una sorpresa cuando naciera Micky, pero se complicó el parto, luego los gastos… decidió esperar a terminar de amueblarlo todo. Quería que llegaras y solo tuvieras que colgar tu ropa .
Me limpié las lágrimas y me giré hacia Max. —Es perfecto. Es más de lo que jamás soñé.
—Y hay más —dijo Max, poniéndose en modo abogado para distraerme un poco del dolor—. Vamos a la aseguradora. Tienes que firmar para que liberen los fondos.
Salimos del departamento, pero me llevé la llave apretada en el puño todo el camino. En la aseguradora, todo fue rápido gracias a Max. Él conocía a los ejecutivos, sabía qué papeles entregar. —El dinero estará en tu cuenta en unos diez días hábiles —me explicó el agente de seguros—. Es una suma considerable, señora García. Le sugiero asesoría financiera. —Yo le voy a ayudar con eso —intervino Max—. Tengo un amigo financiero de confianza que le va a armar un plan de inversión para que ese dinero rinda y asegure la educación del niño.
Después, fuimos a la empresa donde trabajaba Néstor. Fue duro. Ver su escritorio vacío, recoger sus cosas personales en una caja de cartón… una foto nuestra, su taza favorita, una agenda. Los compañeros de trabajo me miraban con lástima. —¿Por qué nadie me avisó de los trámites de la empresa? —le pregunté a Max. —RH intentó llamar, pero decían que el número no existía o nadie contestaba. Y tu suegra… bueno, ella contestó una vez y dijo que ella se encargaba de todo. —Vieja bruja —murmuré con rabia. —Me sorprende que no hayas venido antes —dijo Max, frunciendo el ceño—. ¿Dónde has estado viviendo? ¿Por qué tu teléfono no servía?
Ahí fue cuando le conté la verdad completa. Le conté de la noche de la lluvia. De cómo Valentina me corrió. De la pensión. Max frenó el coche de golpe en un semáforo, apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. —¿Qué hizo qué? —preguntó, con una voz que daba miedo—. ¿Te echó a la calle? ¿Con un bebé de tres meses? ¿En plena tormenta? —Sí. Dijo que era mi culpa que Néstor muriera. Y que Micky no era su nieto.
Max soltó una maldición que hizo vibrar el coche. —¡Eso es ilegal! Es abandono, es daño moral, es… ¡Es inhumano! Alina, podemos demandarla. Podemos quitarle hasta la risa. Esa casa donde viven está a nombre de Néstor también, en parte, por una herencia del abuelo… —No —lo detuve—. No quiero pelear, Max. No ahora. Tienen el dolor de haber perdido a su hijo. Yo ya tengo mi casa. Ya tengo cómo vivir. Solo quiero paz para Micky. No quiero arrastrarlo por juzgados peleando con su abuela .
Max me miró con admiración, pero todavía enojado. —Eres demasiado buena, Alina. Néstor tenía razón. Eres un ángel. Pero escúchame bien: si esa mujer se te vuelve a acercar para hacerte daño, yo mismo me encargo de ella legalmente. ¿Entendido? —Entendido.
Regresamos a la pensión al atardecer. Max insistió en subir para conocer bien a Micky. Cuando entramos, el bebé estaba despierto en brazos de Irina, jugando con las llaves de Simón. —Miren quiénes volvieron —dijo Irina—. ¿Cómo les fue? —Irina, es… es hermoso —le dije, con los ojos brillantes—. Tiene un cuarto azul con nubes.
Max se acercó a Irina. —¿Puedo? —preguntó, extendiendo los brazos hacia el bebé. Irina se lo pasó. Max lo cargó con un poco de torpeza al principio, pero con mucha delicadeza. Micky, que usualmente lloraba con desconocidos, se le quedó viendo muy serio, con sus grandes ojos cafés, y luego soltó una risita y le agarró la barba. —¡Vaya! —rió Max—. Tiene fuerza el chamaco. Hola, Micky. Soy el tío Max. Voy a cuidarte mucho, ¿ok? Te lo prometí a tu papá.
Ver a Max con mi hijo me dio una punzada en el corazón. Néstor debería estar ahí. Pero al mismo tiempo, me dio tranquilidad. No estábamos solos.
—Bueno —dijo Max, devolviéndome al bebé—. Tengo que irme a revisar unos contratos, pero mañana vengo a ayudarte a mudar cosas si quieres. O contrato una mudanza. —No tengo muchas cosas —dije, señalando mi maleta vieja en la esquina—. Solo mi ropa y la del bebé. Y la cuna que me prestó Irina… bueno, esa se queda. —Entonces mañana te llevo en el coche. Pasas tu primera noche en tu casa nueva.
Antes de irse, Max sacó una tarjeta de su cartera y me la dio, junto con un sobre con algo de efectivo. —Esto es un adelanto de mi parte, por si necesitas comprar comida o pañales hoy. Me lo pagas cuando salga el seguro, no te preocupes. Y cualquier cosa, a la hora que sea, me llamas. —Gracias, Max. Por todo.
Cuando se fue, Irina y Simón me miraron con picardía. —Oye, el abogado no está nada mal, ¿eh? —dijo Irina, dándome un codazo—. Y mira cómo trata al niño. —¡Ay, Irina! —me puse roja—. Es el mejor amigo de Néstor. Apenas lo acabo de conocer. —Solo digo, mija, solo digo. Los caminos del Señor son misteriosos.
Esa noche, empacando mis pocas pertenencias en la maleta, sentí una mezcla de emociones. Tristeza por dejar la pensión donde me habían salvado la vida. Miedo de vivir sola en un departamento grande. Pero sobre todo, esperanza.
Me acerqué a la ventana de la azotea y miré las luces de la ciudad. —Mañana nos vamos a casa, Micky —le dije al bebé dormido—. Mañana dormimos bajo las nubes que pintó papá.
La vida me había tirado al suelo, me había pateado, me había escupido. Pero me estaba levantando. Y esta vez, me levantaba blindada. Mi suegra pensó que me destruiría. Pensó que regresaría arrastrándome a pedirle perdón. Pobre mujer. No tenía idea de con quién se había metido. Y mucho menos tenía idea de que, mientras ella se ahogaba en su amargura en esa casa vieja y oscura, yo estaba a punto de empezar a brillar en lo alto de la ciudad.
El capítulo de la lástima se había cerrado. Empezaba el capítulo de la reconstrucción.
CAPÍTULO 5: LA MUDANZA Y EL HOMBRE DE LAS MIL SORPRESAS
La semana siguiente al descubrimiento de la caja fuerte fue un torbellino de emociones y trámites burocráticos que, sinceramente, no hubiera podido navegar sola. Si la Ciudad de México es una jungla de concreto, el sistema legal y bancario es un laberinto lleno de trampas. Pero yo tenía un guía. Max.
Maximiliano Soto resultó ser una fuerza de la naturaleza. No solo era el abogado corporativo de traje impecable que me hablaba de cláusulas y fideicomisos; era un bulldog cuando se trataba de defender los intereses de Micky. Lo vi pelearse por teléfono con la aseguradora para agilizar el depósito, lo vi regañar a un notario perezoso que quería retrasar la entrega de las escrituras originales.
—No vamos a esperar, licenciado —le decía con voz firme pero educada—. Esta familia ha esperado suficiente. Quiero esos papeles hoy.
Gracias a él, en tiempo récord, el dinero del seguro aterrizó en una cuenta nueva a mi nombre. Cuando vi el saldo en la aplicación del banco del celular nuevo que me compré (uno modesto, pero funcional), casi me desmayo. No era que fuera millonaria para comprar yates, pero era suficiente para no tener que tronarme los dedos pensando si me alcanzaba para la leche de fórmula. Era libertad.
Llegó el día de la mudanza.
Decir “mudanza” era un decir, porque en realidad mis posesiones terrenales cabían en la misma maleta vieja con la que salí huyendo y un par de bolsas de plástico con ropa que había comprado en el tianguis con el adelanto de Max.
La despedida en la pensión “La Casa de Irina” fue de lágrima viva. Doña Irina me preparó un desayuno de campeones: chilaquiles verdes con pollo y bolillo calientito. —No vayas a creer que porque ya eres “señora de Las Lomas” (aunque te vas a la Del Valle) te vas a olvidar de los pobres —me amenazó Irina, sirviéndome más frijoles, con los ojos aguados.
—Nunca, Irina. Usted me salvó la vida —le dije, abrazándola fuerte—. Usted es la abuela postiza de Micky. Vamos a venir a verla, y usted tiene que ir a conocer el departamento. Es una orden.
Simón llegó con su taxi, pero esta vez traía a un amigo con una camioneta de redilas pequeña. —Para llevar la cuna, jefa —dijo Simón, señalando la cuna de madera vieja que Irina me había prestado—. Irina dice que te la regala. Que esa cuna tiene buena vibra y que Micky ya se acostumbró a ella.
Lloré otra vez. Esas personas, que no tenían mi sangre, me habían dado más amor en un mes que mi suegra en tres años de matrimonio. Cargamos la cuna, mis bolsas, una caja con pañales y utensilios de cocina que Irina me “obligó” a llevarme (“porque en ese departamento nuevo seguro no tienes ni colador, mija”).
El trayecto hacia la Colonia Del Valle se sintió como cruzar una frontera invisible. Dejábamos atrás las calles ruidosas y a veces peligrosas de la Doctores, para entrar en avenidas arboladas, con camellones cuidados y edificios con警.
Al llegar al edificio nuevo, Max ya estaba ahí. Estaba parado en la entrada del lobby, hablando con el guardia de seguridad. Pero no llevaba su traje habitual. Vestía unos jeans deslavados, una camiseta negra básica y tenis. Se veía… diferente. Más joven. Más accesible.
—¡Llegó la mudanza! —exclamó con una sonrisa amplia al ver la camioneta de Simón.
Entre Simón, su amigo y Max, subieron las pocas cosas en un santiamén. El elevador olía a limón y a limpio. Cuando entramos al departamento 802, la luz del atardecer estaba pintando todo de naranja y dorado.
—Bienvenida a casa, Alina —dijo Max, entregándome el juego completo de llaves con un llavero de un osito que él había comprado—. Ahora sí, oficialmente.
Simón y su amigo se despidieron rápido, no sin antes recibir una propina generosa que tuve que obligarlos a aceptar. —Cuídese, mija. Y cuide a ese abogado, se ve que es buena gente —me susurró Simón al oído antes de irse.
Nos quedamos solos. Max, Micky (que dormía en su portabebés) y yo. El silencio del departamento era abrumador, pero no daba miedo. Era un silencio de paz.
—Bueno —dijo Max, frotándose las manos—. Manos a la obra. Néstor dejó los muebles principales, pero faltan detalles. Esa cuna que trajeron hay que armarla otra vez, y vi que la lavadora no está conectada al desagüe.
—Max, no tienes que hacer eso —le dije, apenada—. Ya has hecho demasiado. Puedo contratar a un plomero mañana.
—¿Pagarle a un extraño para que haga algo que yo puedo hacer en diez minutos? Ni hablar. Además, es sábado. No tengo nada mejor que hacer.
Y ahí descubrí una faceta de Max que me dejó con la boca abierta. El hombre de leyes, el que citaba códigos civiles de memoria, sacó una caja de herramientas roja de su cajuela y se transformó en “Max el constructor”.
Lo vi tirarse al piso de la cocina para conectar las mangueras de la lavadora, luchando con una llave inglesa, con la frente perlada de sudor. Lo vi taladrar la pared de la sala para colgar bien firme la televisión, midiendo con un nivel para que quedara perfecta.
—¿Dónde aprendiste a hacer todo esto? —le pregunté, mientras le pasaba un desarmador. Yo estaba sentada en el suelo, doblando la ropita de Micky para guardarla en los cajones nuevos.
Max sonrió, limpiándose la grasa de las manos en un trapo. —Crecí en un pueblo, Alina. En Hidalgo. Mi papá era maestro rural, pero en la casa hacíamos de todo. O aprendías a arreglar la bomba del agua y a parchar el techo, o vivías en una ruina. Allá no llamas al técnico; allá lo arreglas tú.
—Pensé que eras un niño rico de la ciudad —confesé, riendo. —Las apariencias engañan. Me costó mucho llegar a donde estoy. Becas, trabajos de mesero, noches sin dormir. Por eso me llevaba tan bien con Néstor. Los dos sabíamos lo que era empezar desde abajo.
Mencionar a Néstor trajo una sombra suave a la conversación, pero no fue triste. Fue como invitarlo a la plática. —Él estaría muy feliz de ver que estás ayudándonos —dije suavemente. —Él sabía que lo haría —respondió Max, mirándome a los ojos con una intensidad que me puso nerviosa—. Era mi hermano.
Terminamos tarde. El departamento ya parecía un hogar. La cuna estaba armada en el cuarto de las nubes, con las sábanas limpias puestas. La ropa estaba en los clósets. La despensa tenía lo básico que habíamos ido a comprar al súper de la esquina.
Pedimos una pizza. Nos sentamos en el suelo de la sala, usando la caja como mesa, porque todavía no compraba manteles. —Por el nuevo comienzo —brindó Max con un vaso de refresco. —Por Néstor —respondí yo. —Por Néstor y por el nuevo comienzo —corrigió él.
Cuando Max se fue, cerré la puerta con doble cerrojo. Me quedé parada en medio de la sala, escuchando. No se oían gritos. No se oían los ronquidos de Don Andrés ni las quejas de Doña Valentina. Solo se oía la respiración suave de Micky desde su cuarto y el zumbido lejano de la ciudad.
Esa primera noche, acostada en la cama grande y nueva, me sentí pequeña. Extrañaba el calor de Néstor a mi lado. Estiré la mano y toqué el lado vacío del colchón. —Buenas noches, amor —susurré a la oscuridad—. Gracias por nuestro castillo.
Los días siguientes, la vida empezó a tomar un ritmo. Una rutina sanadora. Por las mañanas, Micky y yo desayunábamos con sol entrando por la ventana. Luego salíamos a caminar al parque de enfrente. Ver a mi hijo reír viendo a los perros correr, ver cómo intentaba agarrar las hojas secas, me llenaba el alma. Ya no teníamos que escondernos.
Max se convirtió en una constante. A veces pasaba “de rápido” después del trabajo solo para ver si necesitábamos algo, y terminaba quedándose a cenar. Traía juguetes para Micky: una sonaja, un peluche de dinosaurio, unos cubos de colores.
—Lo estás malcriando, tío Max —le regañaba yo, aunque en el fondo me derretía ver cómo Micky se iluminaba cuando él llegaba. El bebé, que apenas tenía cinco meses, ya lo reconocía. Estiraba los brazos y hacía ruiditos de emoción. Max lo cargaba, lo lanzaba al aire con cuidado y le hacía cosquillas en la panza hasta que el niño soltaba carcajadas babosas.
—Tiene buen pulmón —decía Max, riendo—. Va a ser abogado como yo, le gusta alegar.
Una tarde, un par de semanas después de la mudanza, tuvimos un momento que cambió la atmósfera entre nosotros. La lavadora, que Max había conectado, empezó a hacer un ruido extraño. Él vino enseguida a revisarla. Resulta que una moneda se había atorado en el filtro. —Listo —dijo, cerrando la tapa victorioso—. Ya quedó, señora García.
—Gracias, Max. De verdad… no sé cómo pagarte todo esto. No solo lo material, sino el tiempo. Has hecho mucho más de lo que Néstor te pidió .
Estábamos en la cocina, el espacio era estrecho entre la barra y el refrigerador. Él se giró para mirarme. Estábamos cerca. Demasiado cerca. Podía oler su loción, una mezcla de madera y cítricos. Su mirada cambió. Ya no era la mirada del “tío Max” o del amigo abogado. Era la mirada de un hombre viendo a una mujer. Había admiración, cariño… y algo más. Un calor que me golpeó el pecho.
—No lo hago porque Néstor me lo pidió —dijo con voz ronca—. Lo hago porque quiero. Porque me nace ayudarlos. Ayudarte.
El aire se volvió denso. Mi corazón empezó a latir desbocado, pero no solo de emoción, sino de pánico. Culpa. Una ola gigante de culpa me cayó encima. Néstor llevaba muerto apenas un mes y medio. Su cuerpo apenas estaba frío en la tierra y yo estaba aquí, en su cocina, sintiendo mariposas por su mejor amigo. Me sentí sucia. Me sentí traidora.
Di un paso atrás, chocando con la barra. —Max… —mi voz salió como un hilo estrangulado—. Yo… no puedo. Es muy pronto. No…
El pánico debió reflejarse en mi cara, porque Max reaccionó de inmediato. La intensidad en sus ojos desapareció, reemplazada por preocupación y respeto. Dio un paso atrás también, dándome espacio.
—Perdóname —dijo rápidamente, levantando las manos en gesto de paz—. Soy un idiota. No quería incomodarte, Alina. No quería presionarte. Perdón. Me dejé llevar.
—No, no eres un idiota. Es solo que… Néstor… —no podía terminar la frase. —Lo sé. Lo entiendo perfectamente. Olvida lo que dije. Solo quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites, como amigo. Nada más. Te lo prometo.
Se fue poco después, con una excusa de tener trabajo pendiente. Esa noche lloré mucho. Lloré porque extrañaba a Néstor, pero también lloré porque me sentía sola. Y tener a alguien como Max tan cerca, tan perfecto, tan vivo, hacía que la soledad doliera más. Pero mi lealtad a Néstor era un muro inquebrantable. “Todavía no”, me dije. “Quizás nunca”.
A pesar del incidente, Max cumplió su palabra. Siguió viniendo, pero mantuvo una distancia respetuosa. Volvió a ser el “tío Max”. Yo se lo agradecí en silencio.
Con la estabilidad económica y el hogar seguro, mi mente empezó a despejarse. Y cuando la niebla de la supervivencia se levanta, empiezas a ver las cosas que dejaste atrás en la huida. Empecé a pensar en mis suegros.
Era extraño. Los odiaba por lo que me hicieron. Cada vez que recordaba la lluvia y el “lárgate”, sentía bilis en la garganta. Pero luego miraba a Micky. Micky, que cada día se parecía más a su padre. Tenía los ojos de Néstor, la forma de la boca de Néstor. Incluso Don Andrés tenía esa misma barbilla partida.
Néstor amaba a sus padres. Eran personas difíciles, sí, pero eran sus padres. Recordé el video. Néstor no hablaba con odio de ellos. Decía “ya sabes cómo es mi mamá”. Había resignación, pero no odio. Y recordé algo más: ellos también perdieron a su hijo. Yo perdí a mi esposo, pero ellos perdieron al niño que criaron. Y ahora, por la locura de Valentina y mi huida, habían perdido también a su nieto. Se habían quedado sin nada.
—¿Crees que deba buscarlos? —le pregunté a Irina un día que fue a visitarme al departamento. Estábamos tomando café en la sala mientras Micky gateaba (o intentaba arrastrarse) sobre la alfombra nueva.
Irina dejó su taza y me miró seria. —Mija, esa mujer te trató como basura. Si fuera por mí, que se pudra en su amargura. Pero… —suspiró—, la sangre es la sangre. Y ese niño tiene derecho a saber de dónde viene.
—Tengo miedo —confesé—. Miedo de que me griten, de que me humillen otra vez. O peor, que quieran quitarme al niño. —No pueden quitarte nada —intervino Max, que acababa de llegar con una caja de donas—. Legalmente, tienes la custodia total. Y económicamente, no dependes de ellos. Tienes el sartén por el mango, Alina. Si vas, vas como la dueña de la situación, no como la víctima.
Max tenía razón. Ya no era la niña asustada bajo la lluvia. Tenía mi casa, mi dinero, mis papeles. —Lo haré —decidí, sintiendo un nudo en el estómago—. No por ella. No por Valentina. Lo haré por Micky. Y por Néstor.
Pasó una semana más hasta que reuní el valor suficiente. Era una mañana nublada, parecida a aquella tarde terrible, pero sin lluvia. Vestí a Micky con un mameluco azul precioso, nuevo, y unos zapatitos que le había comprado con el dinero del seguro. Yo me puse un pantalón de vestir y una blusa elegante. Quería que vieran que estábamos bien. Que no necesitábamos sus migajas.
Max pasó por nosotros. —¿Segura? —me preguntó en el coche. Me vio temblar las manos. —No —dije con honestidad—. Pero vamos. —Yo no me voy a separar de ti. Solo para apoyo moral. Si esa señora abre la boca para insultarte, nos damos la media vuelta y nos vamos.
El trayecto hacia la casa de mis suegros se me hizo eterno. Cada calle me traía recuerdos. La panadería donde compraba el pan, el parque donde paseaba a Micky en la carriola vieja. Al llegar a la calle de la casa, sentí ganas de vomitar. La casa se veía igual: gris, con las cortinas cerradas, triste. Parecía una casa embrujada donde la alegría había ido a morir.
Max estacionó el coche frente a la puerta. —Respira, Alina. Tú puedes.
Bajamos. Cargué a Micky, usándolo como escudo y como bandera. Él estaba tranquilo, chupándose el dedo, ajeno a la guerra que estaba a punto de librarse (o la paz que se iba a firmar).
Toqué el timbre. Ese mismo timbre que sonó la noche de la policía. Tardaron en abrir. Finalmente, la puerta se abrió con un chirrido. Apareció Don Andrés. Me quedé impactada. En el mes y medio que no lo veía, había envejecido diez años. Estaba flaco, con la ropa holgada, la barba sin rasurar de varios días. Sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras. Nos miró sin comprender al principio. Sus ojos pasaron de Max a mí, y luego bajaron al bebé. Se le iluminó la cara con una chispa de vida que creí extinta.
—¿Alina? —su voz era un graznido, como si no hubiera hablado en días—. ¿Alinita?.
—Hola, suegro —dije, manteniendo la compostura—. Venimos a verlos.
—¿Quién es, Andrés? —la voz de Valentina sonó desde el fondo del pasillo. Esa voz que aparecía en mis pesadillas. Se escucharon sus pasos arrastrados. Doña Valentina apareció detrás de su marido. Si Don Andrés se veía mal, Valentina se veía devastada. Había perdido peso, su cabello siempre impecable estaba suelto y canoso, y llevaba la misma bata de aquella noche. Al verme, se detuvo en seco. Se puso pálida como un papel. Se llevó una mano al pecho, donde latía ese corazón que yo creía de piedra .
—Tú… —susurró. Su mirada viajó al bebé, a Micky, que iba limpio, sano, hermoso en brazos de su madre. Y luego vio a Max, el hombre alto y fuerte que estaba a mi lado protegiéndonos.
—Buenas tardes, Doña Valentina —dije con una firmeza que no sabía que tenía—. No vengo a pedir nada. Solo vengo a que conozcan a su nieto. Si es que todavía quieren conocerlo.
Hubo un silencio tenso. El aire se podía cortar con cuchillo. Don Andrés dio un paso hacia nosotros, abriendo la puerta completamente. —Pasen… por favor, pasen —dijo con urgencia, como si temiera que nos desvaneciéramos—. Tenemos que hablar.
Entré a la casa. Olía a encierro y a tristeza vieja. Pero yo traía conmigo el olor a bebé limpio y a futuro. Me senté en el sofá donde tantas veces había llorado en silencio. Max se sentó a mi lado, rozando mi brazo con el suyo para darme fuerza. Mis suegros se sentaron enfrente. Valentina no me quitaba la vista de encima, pero ya no era esa mirada de odio puro. Era una mirada de confusión, de dolor, y de algo más… vergüenza.
—¿A qué viniste? —preguntó ella finalmente, intentando recuperar su tono agresivo, pero le salió débil—. ¿A burlarte? ¿A pedir dinero ahora que tienes… novio? —miró a Max con desdén.
—Él no es mi novio —dije tranquila—. Es Max, el mejor amigo de Néstor y nuestro abogado. Y como le dije, no necesito su dinero. Tengo el dinero que Néstor me dejó. Tengo mi departamento. Tengo mi vida resuelta.
Valentina soltó una risita incrédula y amarga. —¿Néstor? Néstor no tenía donde caerse muerto. Por eso vivían aquí de arrimados. —Néstor tenía mucho más de lo que usted cree, señora —intervino Max, sacando una carpeta de su portafolios—. Tenía un plan. Tenía un seguro. Y tenía una propiedad. Aquí están los documentos. Néstor protegió a su familia. A su esposa y a su hijo.
Max puso los papeles sobre la mesa de centro. Copias de las escrituras, del seguro, y una copia de la carta de Néstor (omitiendo las partes más personales, pero dejando claro que él sabía cómo era su madre).
Don Andrés tomó los papeles con manos temblorosas. Se puso los lentes que colgaban de su cuello. Leyó en silencio. Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. —Es su letra… —murmuró—. Es mi muchacho. Compró un departamento… mira, vieja, compró un departamento en la Del Valle.
Valentina le arrebató los papeles. Leyó frenéticamente. Buscando la mentira. Buscando el truco. Pero no había truco. Solo la verdad del amor de un hijo que superó el control de una madre.
—No puede ser… —dijo ella, dejando caer los papeles—. ¿Por qué no nos dijo? —Porque quería darnos una sorpresa —respondí—. Y porque quería que viviéramos en paz. Lejos de… conflictos.
Valentina levantó la vista y me miró a los ojos. Por primera vez, vi su derrota. Se había dado cuenta de que su narrativa, esa historia que se había inventado de que yo era la mala y la aprovechada, era mentira. Su hijo me amaba. Su hijo me eligió. Y su hijo se aseguró de que yo no la necesitara a ella.
—¿Entonces para qué vienes? —preguntó con voz quebrada—. Si no necesitas nada… ¿vienes a castigarme?.
Respiré hondo. Este era el momento. —Vengo porque Micky es su nieto —dije, acariciando la espalda del bebé—. Es la sangre de Néstor. Es lo único que queda de él en la tierra. Y Néstor no hubiera querido que su hijo creciera sin abuelos. Yo no soy como usted, Doña Valentina. Yo no echo a la familia a la calle. Yo construyo puentes .
En ese instante, Micky, que había estado observando todo con curiosidad, soltó un balbuceo fuerte y le sonrió a Valentina. Una sonrisa chimuela y babosa, pura luz. Algo se rompió dentro de la mujer de hierro. Su cara se arrugó como una pasa y empezó a llorar. No el grito histérico del día de la muerte, sino un llanto silencioso, de arrepentimiento. —Se parece tanto a él… —sollozó—. Es igualito a mi Niki cuando era bebé.
Extendió los brazos, dudosa, temblorosa. —¿Puedo…? —preguntó, con una humildad que nunca le había visto.
Miré a Max. Él asintió levemente. Me levanté y me acerqué a ella. Puse a mi hijo, mi tesoro, en los brazos de la mujer que me había deseado el mal. Fue un acto de fe. Fue el cierre de mi herida.
Valentina abrazó al bebé y hundió su cara en el pecho del niño, llorando desconsoladamente. Don Andrés se unió al abrazo, rodeándolos a los dos, llorando también. —Perdóname, hijo… perdóname… —repetía Valentina, hablándole al bebé pero pidiéndole perdón al padre muerto.
Regresé al sofá con Max. Él me tomó la mano y me la apretó fuerte. —Lo hiciste —susurró—. Eres increíble, Alina.
Los miré ahí, llorando sobre su nieto. Sabía que el camino no sería fácil. Sabía que Valentina no cambiaría de la noche a la mañana. Pero el fantasma de la lluvia y el rencor se había disipado. Yo había ganado. No con gritos, no con venganza. Había ganado siendo feliz y siendo mejor persona.
—Néstor —pensé, mirando la escena—, tu hijo tiene abuelos. Y tu esposa es libre. Misión cumplida, mi amor.
CAPÍTULO 6: LA FUNDACIÓN DE UNA NUEVA VIDA
Salir de la casa de mis suegros aquella tarde, después de la reconciliación, se sintió como quitarse una mochila llena de piedras que llevaba cargando en la espalda desde el día del funeral. El aire de la calle olía diferente; ya no olía a lluvia y desgracia, olía a escape de camión y a tacos de canasta, pero para mí, era el aroma de la libertad.
Max conducía en silencio, respetando mi momento de procesamiento. Micky se había quedado dormido en su silla de seguridad en el asiento trasero, agotado por ser el centro de atención emocional de dos abuelos desesperados por redención.
—¿Estás bien? —preguntó Max finalmente, cuando nos detuvimos en un semáforo rojo sobre División del Norte.
Suspiré, recargando la cabeza en el cristal frío. —Estoy… ligera. Es raro, Max. No los he perdonado del todo, la herida sigue ahí, pero ya no me sangra. Ver a Doña Valentina llorar así, verla tan chiquita, tan humana… me quitó el miedo. Ya no es la bruja del cuento. Es solo una señora triste.
Max asintió, tamborileando los dedos sobre el volante. —El perdón es para ti, no para ellos. Si te quedas con el rencor, te envenenas tú sola. Lo que hiciste hoy, poner a tu hijo por encima de tu orgullo… eso es de grandes ligas, Alina. Néstor estaría presumiéndote con todos los ángeles allá arriba.
Sonreí. La sola mención de Néstor ya no me provocaba ese dolor agudo y desgarrador de los primeros días, sino una nostalgia dulce, como una canción favorita que te hace llorar pero que no puedes dejar de escuchar.
Los meses siguientes pasaron volando, como hojas de calendario arrastradas por el viento. La vida en el departamento de la Del Valle se asentó en una rutina cómoda y segura. Micky crecía a pasos agigantados. Aprendió a sentarse solo, le salieron sus dos primeros dientes de abajo (lo que nos costó tres noches de fiebre y llanto), y empezó a probar papillas que dejaban la cocina hecha un desastre de colores: verde de chayote, naranja de zanahoria.
La relación con mis suegros evolucionó de una manera extraña pero funcional. Doña Valentina, en un intento desesperado por recuperar el tiempo perdido y limpiar su conciencia, se volvió la abuela más intensa del mundo. Llegaba los martes y jueves con tuppers llenos de comida: tinga, picadillo, albóndigas.
—Te ves muy flaca, mijita —me decía, evitando mirarme a los ojos directamente—. Tienes que comer bien para el niño.
Ya no había gritos. Ya no había críticas abiertas sobre mi forma de vestir o limpiar. Había un respeto cauteloso, como dos países que acaban de firmar un tratado de paz y todavía tienen los tanques en la frontera, pero que empiezan a comerciar. Don Andrés, por su parte, revivió. Ver a Micky gatear por su sala (porque ahora íbamos a comer allá los domingos) le devolvió el color a las mejillas. Se tiraba al suelo con él, a pesar de su artritis, y le enseñaba a rodar coches de juguete.
Pero a pesar de tenerlo todo resuelto —casa, dinero, familia—, algo dentro de mí empezó a picar. Una inquietud.
Una tarde, estaba viendo las noticias mientras doblaba ropa. Pasaron un reportaje sobre un desalojo en una vecindad del centro. Vi a una mujer joven, llorando, con un bebé en brazos y una bolsa de plástico con ropa, siendo sacada a empujones por la policía.
Me paralicé. Se me cayó la camisa que tenía en las manos. Esa era yo. Esa mujer era yo hace unos meses. La única diferencia entre ella y yo era un papel firmado por Néstor y una caja fuerte. Si Néstor no hubiera sido tan previsor, si no hubiera tenido a Max… yo estaría ahí, en la calle, pidiendo limosna o durmiendo en un albergue.
La culpa del sobreviviente me golpeó con la fuerza de un tren. ¿Por qué yo sí y ellas no? ¿Qué tenía yo de especial? Nada. Solo suerte. Y amor.
Esa noche, cuando Max pasó a cenar (se había vuelto una costumbre casi diaria; decía que mi sazón era mejor que el de cualquier restaurante), me encontró callada, picando mi comida sin apetito.
—¿Qué traes? —preguntó, dejando su tenedor—. Y no me digas que nada, porque te conozco. Tienes esa arruga en la frente que te sale cuando piensas demasiado.
Le conté sobre la mujer de las noticias. Le conté sobre el hueco que sentía en el pecho a pesar de tener la cuenta bancaria llena. —Siento que no merezco todo esto, Max. Es injusto. Hay tantas mujeres allá afuera pasándola mal, y yo aquí, en mi castillo de la Del Valle, quejándome porque Micky no quiere comer brócoli.
Max me escuchó con atención, con esa mirada gris inteligente que parecía desarmar mis pensamientos y volverlos a armar en orden. Se limpió la boca con la servilleta y se reclinó en la silla.
—Entonces haz algo —dijo simple y llanamente. —¿Hacer qué? No puedo salvar a todo el mundo. —A todo el mundo no. Pero puedes salvar a alguien. Tienes los recursos, Alina. Tienes el tiempo. Y tienes la experiencia. Sabes exactamente qué se siente estar del otro lado.
Se inclinó hacia adelante, y sus ojos brillaron con esa chispa de abogado idealista que a veces escondía bajo el traje corporativo. —¿Te acuerdas que Néstor siempre decía que si ganaba la lotería iba a poner un comedor comunitario? Bueno, no ganó la lotería, pero te dejó un legado. ¿Por qué no usamos una parte de ese dinero, y yo pongo mi trabajo pro bono, para crear una organización?
—¿Una fundación? —pregunté, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Sí. “Fundación Néstor García”. Para apoyar a viudas jóvenes y madres solteras en crisis. Asesoría legal gratuita (esa la pongo yo), despensas, ayuda para encontrar empleo, albergue temporal…
La idea explotó en mi cabeza como fuegos artificiales. De repente, todo cobró sentido. El dolor, la humillación, el miedo… todo eso no había sido en vano. Era mi entrenamiento.
—Sí —dije, y golpeé la mesa con la palma de la mano—. Sí, Max. Vamos a hacerlo.
Los siguientes tres meses fueron una locura, pero una locura hermosa. Max se encargó de toda la parte legal: el acta constitutiva, los registros ante hacienda, los permisos. Yo me encargué de la operación. Rentamos un pequeño local cerca de la Doctores (quería que estuviera cerca de donde yo había renacido). No era lujoso, era una oficina vieja con piso de linóleo y paredes despintadas, pero tenía potencial.
Ahí fue donde Max volvió a sacar su caja de herramientas. Pasamos fines de semana enteros pintando paredes. Elegí un color amarillo cálido, porque quería que las mujeres que entraran ahí sintieran que salía el sol. Micky gateaba entre botes de pintura (cerrados) y periódicos en el suelo, supervisando la obra.
—Mira nada más —decía Irina, que se había sumado al proyecto como nuestra recepcionista oficial (con sueldo, por supuesto)—. La “Señora Presidenta” pintando con brocha gorda.
—Aquí todos somos chalanes, Irina —reía yo, con pintura en la nariz y el cabello amarrado en un chongo desastroso.
Involucramos a todos. Simón ofreció su taxi para traslados de emergencia de las beneficiarias. Incluso mis suegros se unieron. Al principio estaban escépticos (“¿Para qué vas a gastar el dinero del niño en gente ajena?”, decía Valentina), pero cuando les dije que la fundación llevaría el nombre de su hijo, se transformaron. Doña Valentina empezó a tejer chambritas y gorros para los bebés de las mamás que ayudaríamos. Don Andrés, que era contador jubilado, se ofreció a llevar los libros de contabilidad para que “nadie nos viera la cara”.
La inauguración de la Fundación Néstor García fue un día que nunca olvidaré. No hubo prensa, ni políticos cortando listones. Hubo tamales, atole y un grupo de cinco mujeres jóvenes, asustadas y con hijos en brazos, que habían visto nuestros volantes.
Nuestra primera beneficiaria oficial fue una chica llamada Rocío. Tenía 19 años. Su marido había muerto en una obra de construcción y el patrón no quería indemnizarla. La habían corrido del cuarto que rentaba. Cuando se sentó frente a mi escritorio (un escritorio donado, un poco chueco), temblaba igual que yo temblé ante el policía aquella noche.
—No tengo a dónde ir, señora —me dijo llorando—. No sé qué hacer.
Me levanté, rodeé el escritorio y la abracé. —Ya no estás sola, Rocío —le dije, y sentí que se lo decía a mi yo del pasado—. Aquí te vamos a ayudar. Tienes derechos. Y vas a salir adelante.
Max tomó su caso legalmente. En dos semanas, logró que la constructora pagara la indemnización completa. Conseguimos un cuarto seguro para ella y trabajo en una panadería de una conocida de Irina. Ver a Rocío sonreír de nuevo fue mejor que cualquier cheque. Fue sanador.
—Lo estamos logrando, Niki —susurré esa noche frente a su foto en la sala de mi casa—. Tu nombre está salvando vidas.
Mientras la fundación crecía, también crecía algo más, algo sutil y aterrador al mismo tiempo: mi relación con Max.
Él estaba ahí, siempre. No solo para los problemas legales, sino para la vida. Cuando a Micky le dio bronquitis y tuve que correr al hospital a las tres de la mañana, Max llegó diez minutos después que yo, en pijama y con una chamarra encima, para sostener mi mano mientras le ponían el suero al bebé. Cuando se rompió la tubería del baño, Max fue quien lidió con el plomero. Cuando estaba tan cansada que me quedaba dormida sentada, Max me cubría con una manta y lavaba los platos en silencio antes de irse.
Micky lo adoraba. Para mi hijo, la figura masculina de referencia era ese hombre alto con barba que lo lanzaba al aire y le traía carritos. Max se había convertido, sin título oficial, en el padre que Néstor no pudo ser. Y eso me llenaba de una gratitud inmensa, pero también de confusión.
Llegó el primer cumpleaños de Micky. Decidimos hacer una fiesta en el departamento. Algo íntimo, pero festivo. Decoramos con globos azules y plateados. Doña Valentina hizo un pastel enorme de tres leches (su especialidad). Don Andrés trajo una piñata de burrito. Irina y Simón trajeron tamales. Y por supuesto, estaba Max.
Fue una tarde agridulce. Celebrábamos la vida de Micky, pero la ausencia de Néstor era un invitado silencioso en la sala. Sin embargo, por primera vez, la alegría pesaba más que la tristeza.
Llegó el momento del pastel. Todos cantamos “Las Mañanitas”. Micky, sentado en su silla alta, batía las manos lleno de merengue, riendo con esa risa pura que cura cualquier mal. —¡Dale la mordida! —gritaba Simón.
Después del pastel, mientras limpiábamos el desastre, Micky estaba en la alfombra jugando con un camión de bomberos que Max le había regalado. Max se sentó en el suelo junto a él. —Mira, campeón, así hace la sirena: ¡Wiuuuu, wiuuuu! —hacía Max, empujando el camión.
Micky lo miró fascinado. Se levantó tambaleándose (ya daba pasitos cortos) y se abrazó al cuello de Max. Y entonces, lo dijo. Claro y fuerte, con su vocecita de bebé: —¡Papá!
El silencio cayó sobre la sala como una manta pesada. Doña Valentina, que estaba recogiendo platos, se congeló. Yo sentí que el corazón se me paraba. Micky volvió a decirlo, más fuerte, palmeando la cara de Max: —¡Papá, papá!
Miré a Max. Vi el pánico en sus ojos por un segundo, seguido de una ternura infinita. Él sabía lo que esa palabra significaba. Sabía el peso que tenía, especialmente frente a los padres de Néstor.
Max no lo soltó. No lo empujó. Lo abrazó con firmeza, le dio un beso en la frente y, mirándolo a los ojos, le dijo con voz suave pero firme: —No, campeón. Yo soy Max. Tu tío Max. Tu papá… —Max levantó la vista hacia la foto de Néstor que teníamos en una repisa especial— tu papá es ese héroe de allá. Él te cuida desde el cielo. Yo solo soy tu mejor amigo aquí abajo. ¿Trato? .
Micky, obviamente sin entender la complejidad del momento, sonrió y dijo: —¡Ma-x! —Eso es. Max —repitió él, con una sonrisa triste.
Valentina soltó el aire que estaba conteniendo. Se acercó a mí en la cocina. —Es un buen hombre —me dijo en voz baja, casi a regañadientes—. Un hombre muy bueno. Néstor tuvo buen ojo para elegir amigos. Y tú también.
Me quedé helada. ¿Mi suegra me estaba dando permiso? —¿Qué quiere decir? —pregunté. —Quiero decir que estás joven, Alina. Néstor se fue, pero tú sigues aquí. Y ese niño necesita un padre. No digo que olvides a mi hijo… nunca. Pero… bueno, nadie te culparía.
Esa noche, cuando todos se fueron y Max se quedó ayudándome a guardar las sobras del pastel, el ambiente estaba cargado. —Gracias por lo que dijiste hoy —le dije, rompiendo el silencio—. Con Micky. Max dejó de lavar un plato y se giró. —Es la verdad, Alina. Nunca voy a intentar ocupar el lugar de Néstor. Ese lugar es sagrado. —Lo sé. Pero… eres lo más cercano que tiene. Y te quiere.
Max se secó las manos y se acercó a mí. Estábamos en la penumbra de la cocina, iluminados solo por la luz de la campana de la estufa. —¿Y tú? —preguntó, con voz ronca—. Micky me quiere. ¿Y tú, Alina?
La pregunta quedó flotando en el aire. Lo miré. Miré sus manos fuertes que habían armado la cuna de mi hijo, que habían pintado las paredes de la fundación, que habían sostenido mi mundo cuando se caía a pedazos. Miré sus labios, que siempre tenían una palabra de aliento. Sentí miedo. Miedo de traicionar la memoria de Néstor. Miedo de volver a amar y volver a perder. Pero también sentí vida. Sentí que mi corazón, que había estado hibernando en invierno, empezaba a sentir la primavera.
—Yo… —empecé, temblando—. Yo no sé qué siento todavía, Max. Es complicado. Siento que si te quiero, le fallo a él. —Querer no es fallar —dijo él, dando un paso más cerca, pero sin tocarme—. El corazón no es un cuarto de hotel con cupo limitado, Alina. El corazón se expande. Puedes amar a Néstor toda tu vida, y aun así, dejar que alguien más entre.
Levantó la mano y, con una delicadeza extrema, me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Su tacto fue eléctrico. —No tengo prisa —susurró—. Puedo esperar. Puedo esperar hasta que estés lista. Hasta que entiendas que mereces ser feliz de nuevo. Porque te lo mereces, Alina. Más que nadie.
Se inclinó y me dio un beso en la frente. Un beso casto, largo, lleno de promesas. —Descansa. Feliz cumpleaños a Micky.
Se fue. Me quedé en la cocina, tocándome la frente donde sus labios habían estado. Miré la foto de Néstor en la sala. —¿Tú qué dices, amor? —le pregunté en silencio—. ¿Estás enojado? Casi pude escuchar su risa en mi cabeza. “Cambio y fuera, flaquita. Sé feliz”.
Esa noche soñé con Néstor. Pero en el sueño, él no estaba triste. Estaba en el parque, empujando el columpio de Micky, y Max estaba en el otro columpio, riendo. Néstor me miraba y asentía.
Desperté con una certeza nueva. La vida seguía. Y yo no tenía por qué caminarla sola. La fundación era mi misión, mi hijo era mi motor, y Max… Max era la posibilidad de un nuevo amanecer.
Pero el destino, que a veces tiene un sentido del humor retorcido, no iba a ponérnosla tan fácil. Justo cuando creía que las aguas se habían calmado, la vida me tenía preparada una última prueba para saber si realmente estaba lista para dejar ir el pasado y abrazar el futuro.
Al día siguiente, recibí una llamada en la fundación. Era una mujer. Su voz me sonaba vagamente familiar, pero no lograba ubicarla. —¿Alina? —dijo la voz—. Soy yo… necesito verte. Tengo algo de Néstor que tú no sabes.
El teléfono casi se me cae de la mano. ¿Secretos? ¿Más secretos? —¿Quién habla? —Soy Claudia. La secretaria de la oficina de Néstor.
Claudia. La chica que siempre me miraba raro cuando yo iba a visitarlo a la oficina. —¿Qué tienes? —pregunté, sintiendo un frío en la espalda. —Cartas. Y una grabación. Creo que deberías escucharlas antes de que… antes de que sigas adelante con tu vida.
Colgó. Me quedé mirando el auricular. ¿Qué más podía haber dejado Néstor? ¿Y por qué ahora? La tranquilidad se rompió como un cristal. Pero esta vez, no estaba sola. Tenía a Max. Y pasara lo que pasara, enfrentaría la verdad. Porque los cimientos que habíamos construido ya eran de piedra, y mi corazón, aunque remendado, ahora era de oro.
CAPÍTULO 7: CUANDO EL CORAZÓN VUELVE A LATIR
La llamada de Claudia, la secretaria de Néstor, me dejó temblando. Esa noche no pude dormir. Mi mente, traicionera como suele ser en la madrugada, empezó a tejer escenarios horribles. ¿Y si Néstor no era quien yo creía? ¿Y si esa “sorpresa” era una segunda familia, una deuda oculta, un error del pasado? Max intentó calmarme por teléfono, pero yo sentía que el piso firme que habíamos construido con tanto esfuerzo podía desmoronarse en un segundo.
A la mañana siguiente, dejé a Micky con Doña Irina y fui al café que Claudia me indicó. Era un lugar en la colonia Roma, ruidoso, lleno de gente trabajando en sus laptops.
Claudia estaba sentada en una mesa del rincón, removiendo nerviosamente un capuchino frío. Cuando me vio, se puso de pie. Se veía demacrada, con ojeras profundas. —Gracias por venir, Alina —dijo. Su voz temblaba.
Me senté frente a ella, sin pedir nada. —Ve al grano, Claudia. ¿Qué es eso que tienes de Néstor? —pregunté, sintiendo que el estómago se me hacía un nudo.
Claudia sacó de su bolsa una pequeña grabadora de voz digital, de esas antiguas que Néstor usaba para dictar notas legales mientras manejaba. —Néstor… Néstor olvidó esto en la oficina el día del accidente. Yo… yo me la quedé. No se la entregué a Max ni a nadie. —¿Por qué? —Porque tenía miedo —confesó ella, bajando la mirada—. Alina, tengo que ser honesta. Yo estaba enamorada de tu esposo.
Sentí una bofetada invisible. Me agarré del borde de la mesa para no levantarme e irme. —¿Y él? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Él y tú…?
—¡No! —Claudia levantó la vista rápidamente, con los ojos llenos de lágrimas—. Jamás. Él nunca me dio pie a nada. Al contrario. Por eso te cité. Necesitaba que supieras esto, para que dejes de idealizarlo… o para que lo idealices más, no sé. Pero yo no podía seguir cargando con esto.
Empujó la grabadora hacia mí. —Escucha la pista 4. Es del día que se fue a Querétaro.
Tomé el aparato. Mis manos sudaban. Me puse los audífonos y le di play. Se escuchaba el ruido del motor del coche, la lluvia golpeando el parabrisas. Y luego, su voz. La voz de Néstor.
“Nota para el caso Ramírez… revisar cláusula 5… ay, qué cansancio…”. Hubo una pausa. Se escuchaba un suspiro profundo. “Claudia, si estás transcribiendo esto, borra lo siguiente, es personal. O mejor no, déjalo. A lo mejor un día se lo pongo a Alina”.
Se me heló la sangre.
“Hoy es el aniversario de cuando nos conocimos. No sé cómo le hace, pero cada día la quiero más. Me siento mal por irme a este viaje, sé que está cansada con el bebé, pero necesito asegurar ese bono. Quiero ver su cara cuando entremos al departamento nuevo. Se lo merece todo. A veces pienso que no la merezco, que soy un tipo con suerte por tener a una mujer que me aguanta, que me ama, que me hace ser mejor… Te amo, flaquita. Ya voy de regreso”.
La grabación terminó con un chasquido estático.
Me quité los audífonos lentamente. Las lágrimas me corrían por las mejillas, pero no eran de dolor. Eran de alivio puro. Néstor me amaba. Hasta el último segundo, en esa carretera mojada, su pensamiento era para mí. No había secretos oscuros. No había amantes. Solo amor.
Miré a Claudia. Ella también lloraba. —Él te adoraba —dijo ella con amargura y resignación—. Cada vez que yo intentaba coquetearle, él hablaba de ti. “Alina esto, Alina lo otro”. Era desesperante… y admirable. Quería que tuvieras esa grabación. Para que sepas que fue fiel hasta el final.
—Gracias —le dije, tomando su mano por encima de la mesa. Fue un gesto de sororidad extraño, consolar a la mujer que amó a mi esposo en silencio—. Gracias por dármelo.
Salí del café sintiendo que flotaba. El último fantasma se había ido. Néstor no era un santo, era un hombre. Un hombre que me amó con todas sus fuerzas. Y saber eso, paradójicamente, me dio el permiso que necesitaba para soltarlo. Ya no tenía que proteger su memoria con dudas; su memoria estaba intacta. Ahora me tocaba a mí vivir.
Esa tarde, llamé a Max. —¿Todo bien? —preguntó preocupado. —Mejor que bien. Ven a cenar.
Cuando Max llegó, traía una botella de vino y una mirada interrogante. Le conté lo de la grabadora. Escuchó en silencio, asintiendo. —Te lo dije. Él solo tenía ojos para ti. —Lo sé. Y ahora… ahora siento que puedo respirar de verdad.
Después de cenar, mientras Micky dormía, saqué el álbum de fotos viejo, ese que había rescatado de casa de mis suegros. —Siéntate conmigo —le pedí a Max, palmeando el sofá.
Era un acto de confianza supremo. Compartir mi pasado con el hombre que, sin decirlo, estaba esperando ser mi futuro. Abrí el álbum. El olor a papel viejo y pegamento nos envolvió. —Mira —señalé una foto borrosa donde Néstor y yo, con caras de niños de dieciocho años, intentábamos armar una casa de campaña chueca—. Esta fue nuestra primera salida. Néstor no sabía ni clavar una estaca. Nos llovió toda la noche y terminamos durmiendo en el coche, empapados y muertos de risa .
Max sonrió, mirando la foto con cariño. —Sí, era un inútil para el camping. Me acuerdo que me llamó a las tres de la mañana preguntando cómo se prendía una fogata sin cerillos.
Pasamos las páginas. La graduación. El viaje a Veracruz. Y luego, la boda. —Fue tan sencilla —dije, acariciando la foto donde yo llevaba un vestido blanco corto y Néstor un traje que le quedaba un poco grande—. Mis suegros no querían. Decían que éramos muy jóvenes, que nos íbamos a arruinar la vida. Pero estábamos tan felices….
Max me miró. No había celos en sus ojos grises. Solo una comprensión profunda. —Gracias por compartir esto conmigo, Alina —dijo suavemente—. Él fue una gran parte de tu historia. Y siempre lo será.
Cerré el álbum. Lo puse sobre la mesa de centro, como quien cierra un capítulo importante de un libro para empezar el siguiente. —Sí. Pero este año he aprendido algo, Max. La vida sigue. Por más que duela, por más que parezca imposible… la vida sigue. Y hay que vivirla. Por Micky. Por mí. Y por Néstor, que querría vernos felices .
Max me rodeó los hombros con su brazo. Me dejé recargar en él. Sentí su calor, su solidez. —No estás sola, Alina.
El otoño dio paso al invierno. La Ciudad de México se llenó de nochebuenas rojas en los camellones, luces en el Zócalo y ese frío seco que cala los huesos. Era la primera Navidad sin Néstor. La primera Navidad de Micky que él recordaría (o al menos vería en fotos).
Yo tenía miedo de estas fechas. Decían que eran las más difíciles para las viudas. Pero decidí que no iba a ser una Navidad de luto. Iba a ser una Navidad de luz.
Un sábado por la mañana, Max llegó tocando el claxon. —¡Baja! ¡Necesito ayuda!
Bajé corriendo. En el techo de su coche venía amarrado un pino natural enorme, tan grande que las ramas salían por los lados. —¡Max! ¿Dónde conseguiste ese monstruo? —reí, tapándome la boca. —Tengo mis contactos —me guiñó el ojo—. ¿Me ayudas a subirlo o qué?.
Fue una odisea meter el árbol al elevador (dejamos un camino de agujas de pino que tuve que barrer después para que no me regañara el conserje) y luego instalarlo en la sala. Olía a bosque, a resina fresca.
Pasamos la tarde decorando. Puse villancicos a todo volumen. Micky bailaba (o algo parecido) intentando agarrar las esferas brillantes. Max lo cargaba para que pusiera la estrella en la punta, aunque Micky prefería intentar comérsela. El ambiente era doméstico, cálido, perfecto.
Cuando terminamos, pedimos ponche y nos sentamos en el suelo, con las luces del árbol parpadeando como única iluminación. Micky se había quedado dormido en la alfombra, agotado por la emoción .
—Quedó hermoso —dijo Max, admirando su obra—. Nunca había puesto un árbol tan grande. —¿No? ¿En tu casa no ponían? —Sí, pero… —Max se puso serio, mirando las luces—. Desde que mis papás se mudaron de regreso al pueblo cuando se jubilaron, y yo me quedé solo aquí trabajando como loco en el despacho, la Navidad para mí era solo un día más. A veces cenaba una pizza fría en la oficina revisando contratos. Me sentía… desconectado.
Me giré para verlo mejor. Max siempre era el fuerte, el que resolvía. Rara vez hablaba de sus propios vacíos. —Cuéntame de ti, Max. Nunca me cuentas nada. Solo hablamos de mí, de Micky, de la fundación.
Max suspiró y sonrió con melancolía. —No hay mucho que contar. Fui un niño de pueblo que soñaba con ser astronauta. Me subía al techo de lámina de mi casa a ver las estrellas. Pero luego me di cuenta de que me mareaba en las alturas, así que decidí ser abogado para defender a la gente aquí en la tierra. Me contó de sus padres, maestros rurales estrictos pero amorosos. Me contó de su primera novia en la universidad, que se fue a estudiar a Francia y lo dejó porque “las relaciones a distancia no funcionan”. —Me rompió el corazón un rato —admitió—. Me volví un poco cínico. Pensé que el amor era una transacción. Hasta que conocí a Néstor… y te conoció a ti. Verlos a ustedes me devolvió la fe. Y luego… bueno, luego pasó lo que pasó.
Escucharlo abrirse así hizo que algo cambiara dentro de mí. Ya no lo veía solo como el amigo de mi esposo. Lo veía como un hombre completo, con sus propias cicatrices, sus propios sueños rotos y sus esperanzas intactas. Un hombre que había elegido, conscientemente, poner su vida en pausa para arreglar la mía.
—¿Y ahora? —pregunté suavemente—. ¿Cuál es tu sueño ahora, Max? Él se quedó callado un momento, mirando el reflejo de las luces en mis ojos. —Cosas simples, Alina. Un hogar. Llegar a casa y que no esté vacía. Saber que le importo a alguien más que a mis clientes. Despertar y escuchar ruidos en la cocina .
Se acercó un poco más. —¿Y tú? ¿Qué sueñas tú para ti? No para Micky, no para la fundación. Para Alina.
La pregunta me tomó por sorpresa. Llevaba tanto tiempo viviendo en “modo supervivencia” que había olvidado que yo también era una persona con deseos. —Yo… —balbuceé—. Yo quiero paz. Quiero que mi hijo sea feliz. —Para ti, Alina —insistió él—. ¿Qué quieres tú?
Cerré los ojos. ¿Qué quería? Quería dejar de sentir frío. Quería que alguien me abrazara y no me soltara. Quería sentirme mujer otra vez, no solo madre y viuda. —Quiero ser feliz —susurré—. Quiero amar y que me amen. Quiero dejar de sentirme sola.
Max tomó mi mano. Su palma estaba caliente, firme. —Alina… —dijo mi nombre como si fuera una plegaria—. Sé que Néstor siempre va a tener la suite presidencial en tu corazón. Y está bien. No quiero competir con él. Pero espero… espero que haya un cuartito de huéspedes para mí. O aunque sea un rincón en el sofá.
Me eché a reír entre lágrimas. —¿Un rincón en el sofá? —O en la alfombra. Donde sea. Con tal de estar contigo.
Lo miré. Realmente lo miré. Y supe que ya no había vuelta atrás. El miedo seguía ahí, agazapado, pero la esperanza era más fuerte. —No sé si va a ser fácil, Max —le advertí—. Tengo un hijo, tengo una suegra complicada, tengo un fantasma que adoro… —Me gustan los retos —sonrió él—. Y te quiero a ti. Con todo el paquete .
—Vamos despacio —pedí. —A la velocidad que tú digas. —Entonces… creo que puedes pasar al recibidor de mi corazón —bromee, nerviosa.
Max se inclinó lentamente, dándome tiempo de apartarme si quería. Pero no me aparté. Cerré los ojos y sentí sus labios sobre los míos. Fue un beso suave, tentativo. No fue el beso apasionado de las películas, fue algo mejor. Fue un beso de “llegaste a casa”. Un beso que sabía a promesa, a ponche de frutas y a nuevas oportunidades.
Cuando nos separamos, ambos sonreímos como adolescentes. —Wow —dijo él. —Sí. Wow —respondí.
La prueba de fuego llegó en Año Nuevo. Decidimos hacer una cena grande en mi departamento. Invité a todos: Irina, Simón, mis suegros. Max, por supuesto, era el coanfitrión. Estaba nerviosa. ¿Cómo reaccionarían mis suegros al vernos juntos? No habíamos hecho nada oficial, pero la energía entre nosotros era evidente. Max me tocaba la espalda al pasar, me servía la bebida, me miraba de esa forma que hacía que me sonrojara.
Doña Valentina llegó con una olla enorme de romeritos. Se veía mejor, más repuesta. Había vuelto a teñirse el pelo y traía un vestido bonito. —Huele rico, hija —me dijo al entrar, dándome un beso en la mejilla. —Gracias, suegra. Pasen, pasen.
La cena fue un éxito. Micky, que ya casi caminaba solo, iba de brazo en brazo, siendo el rey de la fiesta. Don Andrés contaba chistes malos, Simón debatía de política con Max, e Irina rellenaba las copas de sidra. Dieron las doce campanadas. —¡Feliz Año Nuevo! —gritamos todos, abrazándonos. Comimos las uvas. Pedí mis deseos: Salud para Micky. Éxito para la fundación. Y… amor.
Cuando terminé de abrazar a Irina, me encontré de frente con Max. Nos miramos. Él dudó un segundo, mirando de reojo a mis suegros. Pero yo no dudé. Le di un abrazo fuerte y un beso rápido en la mejilla, pero mi mano se quedó entrelazada con la suya un momento más de lo necesario.
Alguien nos observaba. Me giré y vi a Doña Valentina mirándonos desde la puerta de la cocina. Se me heló la sangre. Solté la mano de Max instintivamente.
Valentina caminó hacia nosotros. Max se tensó a mi lado, listo para defenderme. Pero Valentina no traía su cara de guerra. Traía una expresión serena, casi triste, pero en paz. —Alina, ¿puedes venir un momento a la cocina? —pidió.
—Yo voy contigo —dijo Max inmediatamente. —No, Max. Está bien —le dije, tocándole el brazo—. Ahorita vengo.
Entré a la cocina. El ruido de la fiesta se escuchaba amortiguado. Valentina estaba recargada en la barra, jugando con una servilleta. —Dime, suegra.
Ella levantó la vista. —Es un buen hombre, Alina. Parpadeé, sorprendida. —¿Cómo dice? —El abogado. Max. Es un buen hombre. Se le nota en cómo te mira. Y en cómo mira al niño. —Sí… lo es. Es el mejor amigo de Néstor. —Lo sé. Y sé lo que está pasando entre ustedes. No soy ciega.
Me preparé para el regaño, para el “cómo te atreves”, para la culpa. Pero Valentina suspiró y me tomó las manos. Sus manos, antes frías y huesudas, se sentían tibias. —Néstor… mi hijo… él te amaba más que a nada en el mundo. Y lo que él más quería era verte feliz. Si él estuviera aquí, te diría que no estés sola. Se le quebró la voz, pero siguió. —Yo ya le lloré mucho. Tú también. No tienes por qué vestirte de negro toda la vida. Tienes derecho a vivir, Alina. Y si ese muchacho te hace sonreír… entonces tienes mi bendición. Y estoy segura de que tienes la de Néstor también .
Sentí que me quitaban un chaleco de plomo. Las lágrimas me brotaron y la abracé. Fue el primer abrazo real, sincero, que le di a mi suegra en toda mi vida. —Gracias, Doña Valentina. Gracias. —Pero eso sí —dijo ella, recuperando un poco de su tono autoritario mientras se secaba los ojos—, que no crea que va a reemplazar a mi hijo. Néstor es el papá. —Siempre, suegra. Siempre.
Regresé a la sala. Max me esperaba con cara de preocupación. —¿Todo bien? —susurró. —Todo perfecto —le sonreí, radiante—. Me dijo que eres un buen hombre.
Max soltó el aire. —Vaya. Eso sí que es un milagro de Año Nuevo.
Esa madrugada, después de que todos se fueron, Max y yo salimos al balcón. El aire estaba helado, pero los fuegos artificiales iluminaban el cielo de la Ciudad de México. Micky dormía en su cuna, bajo las nubes pintadas por su padre.
Max me abrazó por la espalda, rodeándome con sus brazos. —¿Y ahora qué? —preguntó al oído. —Ahora… empezamos —respondí.
Miré al cielo, buscando una estrella en particular entre el smog y las luces de la ciudad. —Feliz año, Niki —pensé—. Gracias por enviármelo.
La vida me había roto, sí. Pero como el Kintsugi, esa técnica japonesa de reparar cerámica con oro, mis grietas ahora brillaban. Ya no era la misma Alina de antes. Era una Alina más fuerte, más sabia y, finalmente, lista para amar de nuevo.
El invierno estaba terminando. Y la primavera prometía ser espectacular.
CAPÍTULO 8: UN FINAL QUE ES UN NUEVO COMIENZO
La primavera llegó a la Ciudad de México y con ella las jacarandas pintaron las calles de morado, como si la ciudad misma se hubiera vestido de gala para celebrar que habíamos sobrevivido al invierno más largo de nuestras vidas.
Había pasado un año desde que iniciamos la Fundación Néstor García. Lo que empezó como una idea loca en una mesa de cocina, con Max y yo soñando despiertos, se había convertido en una realidad sólida y vibrante. Ya no éramos solo una oficina despintada en la Doctores; éramos un refugio. Habíamos ayudado a más de cien familias. Cien mujeres que, como yo, pensaron que el mundo se les acababa y descubrieron que tenían alas.
Para celebrar el primer aniversario, organizamos un evento en el nuevo local, un espacio más amplio y luminoso que habíamos logrado rentar gracias a donaciones. No fue una gala de etiqueta rigurosa, de esas donde la gente va a presumir joyas. Fue una fiesta de barrio, de familia.
El salón estaba decorado con papel picado de colores y flores frescas. El olor a tamales oaxaqueños y atole de guayaba (cortesía de la red de cocineras de Doña Irina) llenaba el aire.
Yo estaba nerviosa. Tenía que dar un discurso. Me alisé la falda de mi vestido floreado y respiré hondo. —Te ves hermosa —me susurró Max al oído, pasando su brazo por mi cintura. Llevaba un traje azul marino sin corbata, y se veía tan guapo que me costaba concentrarme. —Estoy temblando —confesé. —Solo habla con el corazón. Eso se te da bien.
Subí al pequeño estrado improvisado. El murmullo de la gente se apagó. Vi caras conocidas en la multitud: Rocío, nuestra primera beneficiaria, que ahora estudiaba enfermería; Doña Irina, llorando de orgullo en primera fila junto a Don Simón; mis suegros, Valentina y Andrés, sosteniendo a Micky, que aplaudía sin saber por qué, solo por imitar a los demás.
—Buenas tardes a todos —empecé, y mi voz retumbó un poco en el micrófono—. Hace poco más de un año, yo estaba parada bajo la lluvia, con mi hijo en brazos, sintiendo que mi vida había terminado. Perdí a mi esposo, perdí mi casa y perdí la esperanza.
Hice una pausa, tragando el nudo en la garganta. —Pero descubrí que cuando tocas fondo, encuentras tesoros. Encontré ángeles humanos como Irina y Simón. Encontré la fuerza que mi esposo, Néstor, me dejó como legado. Y los encontré a todos ustedes .
Miré a mis suegros. Valentina me sonrió y alzó la mano en un saludo discreto. —Esta fundación no es mía. Es de Néstor. Y es de cada mujer que se levanta a las cinco de la mañana para sacar adelante a sus hijos. Gracias por no rendirse. Gracias por enseñarme que el amor siempre, siempre gana.
Los aplausos estallaron. Bajé del estrado con las piernas temblorosas, directa a los brazos de Max. —Estuviste increíble —me dijo. Pero entonces, algo extraño pasó. Max no me soltó. Se separó un poco, me miró a los ojos con una intensidad que me puso la piel de gallina, y tomó el micrófono que yo acababa de soltar.
El salón se quedó en silencio otra vez. —Perdón por robarme el escenario —dijo Max, con una risa nerviosa que nunca le había escuchado—. Pero hay algo que necesito decir, y quiero que todos sean testigos.
Se giró hacia mí. —Alina… Mi corazón empezó a latir desbocado. “Ay, Dios mío, ¿qué va a hacer?”, pensé. —Este último año ha sido el más transformador de mi vida. Te he visto levantarte de las cenizas. Te he visto pelear por gente que ni conocías. Te he visto ser la mejor madre del mundo.
Max metió la mano en el bolsillo de su saco. El tiempo se detuvo. —Convertiste tu dolor en una fuerza imparable. Y en el proceso, me enseñaste a mí a vivir de verdad. Néstor fue mi mejor amigo, y sé que él estaría orgulloso de la mujer en la que te has convertido. Y yo… yo estoy perdidamente orgulloso de amarte .
Se arrodilló. Ahí, en medio de los tamales, el papel picado y cien personas conteniendo el aliento, Maximiliano Soto hincó una rodilla en el suelo. Sacó una cajita de terciopelo azul. Al abrirla, un anillo sencillo pero elegante, con un diamante pequeño y brillante, destelló bajo las luces.
—Alina de la Cruz… ¿Me harías el honor, el privilegio absoluto, de casarte conmigo? ¿De dejarme ser tu compañero, tu socio y el mejor amigo de tu hijo por el resto de mis días?
Me llevé las manos a la boca. Las lágrimas saltaron de mis ojos sin control. No podía hablar. Miré a mi alrededor, buscando una señal, buscando… permiso. Miré a Doña Valentina. Ella estaba llorando, abrazada a Don Andrés, y asintió frenéticamente con la cabeza, sonriendo. Y luego miré a Micky. Mi bebé, que estaba en brazos de su abuela, vio a Max arrodillado. Se retorció para bajarse, corrió con sus piernitas torpes hacia nosotros y se lanzó a los brazos de Max. —¡Ma-x! —gritó feliz.
Esa fue la señal. Mi hijo lo había elegido. La vida lo había elegido.
—¡Sí! —grité, con la voz rota—. ¡Sí, Max! ¡Claro que sí!
El salón estalló en vítores. Simón chifló fuerte. Irina gritaba “¡Vivan los novios!”. Max se levantó, me puso el anillo (le temblaban las manos tanto como a mí) y me besó. Fue un beso de película, de esos donde levantas el pie, mientras cargaba a Micky con el otro brazo. Éramos un abrazo de tres.
La planeación de la boda fue… diferente. No fue la locura estresante de mi primera boda, donde yo era una niña tratando de complacer a unos suegros que no me querían. Esta vez, fue una celebración de la madurez.
Decidimos casarnos en verano. Algo pequeño, solo civil y una bendición simbólica, en un jardín en Coyoacán.
Lo más sorprendente fue la actitud de Doña Valentina. Se nombró a sí misma “Organizadora Oficial del Banquete”. —Ni creas que van a dar pollo seco, Alina —me dijo un día en mi cocina, mientras probábamos salsas—. Yo voy a hacer el mole. Mi mole poblano especial. Néstor… a Néstor le encantaba ese mole. Y quiero que esté presente en la mesa.
Me conmovió tanto que la abracé. —Gracias, suegra. Sería un honor.
Irina, por su parte, se encargó del vestido. Fuimos a una boutique sencilla en el centro. Yo no quería blanco virginal; sentía que no era apropiado. Elegí un vestido color marfil, de encaje, elegante y sencillo. Cuando salí del probador, Irina se limpió una lágrima. —Pareces una reina, mija. Te lo mereces. Después de todo lo que has pasado, te mereces cada gramo de esta felicidad.
Pero no todo era color de rosa. Había noches en las que la culpa regresaba, como un visitante inoportuno. Una semana antes de la boda, me desperté sudando. Había soñado con el accidente. Me levanté y fui a la sala, a sentarme frente a la foto de Néstor. —¿Estoy haciendo lo correcto? —le pregunté a la oscuridad—. ¿Es muy pronto? ¿Te estoy olvidando?
—No lo estás olvidando —dijo una voz suave detrás de mí. Era Max. Se había quedado a dormir en el sofá cama porque habíamos estado trabajando hasta tarde en los arreglos de mesa. Se sentó a mi lado y tomó mi mano. —Alina, casarte conmigo no significa borrar a Néstor. Él es el cimiento. Nosotros somos la casa que construimos encima. Sin él, tú y yo no nos habríamos conocido. Sin él, Micky no existiría. Él es parte de esto.
—Tengo miedo de que la gente piense que soy una viuda alegre —confesé. —Que piensen lo que quieran. La gente no estuvo contigo bajo la lluvia. La gente no sabe lo que es reconstruirse pedazo a pedazo. Tú sí sabes. Y Néstor… Néstor lo sabe .
Llegó el gran día. El jardín estaba precioso. Habíamos puesto fotos de nuestras familias en una mesa de “Ausentes Presentes”. Ahí estaba la foto de Néstor, sonriendo, con una vela encendida al lado. Doña Valentina se acercó a la mesa antes de la ceremonia, tocó la foto de su hijo y luego vino hacia mí. —Te ves preciosa, hija —me dijo. Me acomodó el velo corto—. Sé feliz. Por los tres.
La ceremonia fue emotiva. Micky, que ya tenía casi dos años y caminaba (y corría) perfectamente, era el encargado de llevar los anillos. Iba vestido con un trajecito de lino beige y una corbata de moño que lo hacía ver comestible. Caminó por el pasillo central con seriedad absoluta, sosteniendo la almohadilla como si fuera una bomba nuclear. Cuando llegó con nosotros, alzó los brazos: —¡Ten, mamá!
Max se agachó para recibir los anillos y le despeinó el pelo. —Gracias, socio.
Cuando dijimos nuestros votos, no fueron los votos tradicionales. —Yo, Maximiliano, te tomo a ti, Alina, con tu pasado, con tu presente y con nuestro futuro. Prometo honrar tu historia, cuidar a tu hijo como si fuera mi propia sangre, y amarte cada día, en las tormentas y en los días de sol.
—Yo, Alina, te tomo a ti, Max, como mi compañero de vida. Gracias por enseñarme que el corazón puede sanar. Prometo amarte sin miedos, sin culpas, y construir contigo un hogar lleno de risas y paz.
Cuando el juez nos declaró marido y mujer, sentí una paz profunda. No era la euforia loca de la juventud; era la serenidad de saber que estaba exactamente donde debía estar.
La fiesta fue mágica. El mole de Valentina fue un éxito rotundo (hasta repitieron plato). Bailamos hasta que nos dolieron los pies. Ver a Don Andrés bailando cumbia con Irina, y a Simón enseñándole pasos de salsa a una de las abogadas de Max, fue surrealista y maravilloso.
Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de violeta y naranja, Max me hizo una seña. —Ven. Escapémonos un ratito.
Tomamos a Micky, que ya se estaba quedando dormido, y subimos a la terraza del lugar, lejos del ruido de la música. La vista de Coyoacán era hermosa. Se veían las cúpulas de las iglesias y los árboles antiguos.
Nos quedamos ahí los tres, abrazados. Micky recargó su cabecita en el hombro de Max, y Max me rodeó con su otro brazo. —Lo logramos —dijo Max suavemente—. Somos una familia. Una familia de verdad.
—Sí —susurré, sintiendo el calor de ambos—. Somos una familia.
Miré hacia arriba. La primera estrella de la noche acababa de aparecer, brillando con fuerza sobre nosotros. Recordé la carta de Néstor. “Sean felices, incluso si yo no estoy”. Sonreí, con los ojos llenos de lágrimas agradecidas. —Mira, Micky —le dije a mi hijo, señalando la estrella—. Ahí está papá. Nos está guiando el ojo.
Micky alzó la vista, adormilado. —Papá estrella —murmuró.
Max apretó mi mano. No dijo nada, pero supo exactamente lo que yo estaba sintiendo. Respeto. Amor. Continuidad.
Néstor había cuidado de nosotros. Nos había dejado un techo, un futuro y, lo más importante, nos había dejado en manos del hombre que mejor nos cuidaría. Su misión estaba cumplida.
Allá abajo, la fiesta seguía. La vida seguía. Y yo, Alina, la chica que una vez fue expulsada bajo la lluvia, ahora estaba parada en lo alto, rodeada de amor, lista para lo que viniera. Porque había aprendido la lección más importante de todas: La vida te puede quitar todo en un segundo, pero si tienes el valor de seguir caminando bajo la tormenta, tarde o temprano, encontrarás tu propio sol.
La historia de dolor se había cerrado. La historia de amor apenas comenzaba.
FIN