
PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Robo del Siglo
El aroma del adobo de puerco tiene una forma particular de llenar una casa. Es un olor denso, picante y reconfortante, de esos que te abrazan y te dicen que todo está bien, que estás en un hogar. Esa tarde, nuestra pequeña cocina en el departamento de la colonia Roma Sur olía a gloria. Era un martes cualquiera, pero para mí, cada día de esas últimas semanas se sentía como una cuenta regresiva hacia el paraíso.
Afuera, el sonido de la ciudad se colaba por la ventana entreabierta: el silbido inconfundible del carrito de camotes, el claxon lejano de un taxista desesperado en el tráfico de Insurgentes y el murmullo de la vida cotidiana. Pero adentro, en mi burbuja, solo sonaba la Banda MS en mi celular, cantando “Mi Razón de Ser” a un volumen bajito.
Yo estaba ahí, parada frente a la estufa, moviendo la cuchara de madera con un ritmo casi hipnótico. —Y es que no sabes lo que tú me haces sentir… —canté en voz baja, cerrando los ojos un momento para aspirar el vapor de la olla.
Faltaban veintiún días. Veintiún días, quinientas cuatro horas, para dejar de ser Mariana “la abogada junior que siempre llega temprano” y convertirme en la Señora de Méndez. Veintiún días para ponerme ese vestido corte sirena que me había costado lágrimas de sangre pagar. Veintiún días para pararme frente al altar en el jardín y jurarle amor eterno a Carlos.
Carlos. Solo pensar en su nombre me dibujaba una sonrisa tonta en la cara. Llevábamos tres años juntos. Tres años de construir, de ahorrar peso sobre peso, de comer atún con galletas para poder pagar el enganche de nuestro futuro. Él no era perfecto, claro. A veces era distante, a veces se perdía en su celular más de la cuenta, y su madre… bueno, mi suegra era tema aparte. Pero yo creía ciegamente que él era el indicado. Creía en su lealtad como quien cree en la Virgen de Guadalupe.
—Ya casi está, mi amor —le dije al aire, imaginando el momento en que él entraría a la cocina, atraído por el olor, y me abrazaría por la espalda.
Limpié una gota de salsa que había caído en la encimera. Todo tenía que estar perfecto. Estaba ensayando para ser la esposa perfecta. Quería que cuando llegáramos a casa después de la luna de miel, esta dinámica fuera nuestra realidad diaria. Paz, comida caliente y amor.
Fue entonces cuando el universo decidió que ya había tenido suficiente paz.
Mi celular, que descansaba sobre la mesa de madera barata que compramos en el mercado de La Lagunilla, vibró. No fue una llamada. Fue esa vibración seca, corta y autoritaria de una notificación importante. El zumbido resonó contra la madera: Zzzzt.
Me sequé las manos en el delantal de cuadros. —Seguro es mi mamá preguntando si ya deposité lo de los recuerdos —murmuré, rodando los ojos con cariño. Mi mamá estaba más nerviosa que yo con la boda.
Caminé hacia la mesa, tarareando todavía. Deslicé el dedo por la pantalla, dejando una pequeña huella de harina de maíz en el cristal protector. La pantalla se iluminó. No era WhatsApp. No era Instagram. Era el ícono azul marino de mi banco.
Notificación de Seguridad: Transferencia SPEI enviada exitosamente. Monto: $350,000.00 MXN. Destinatario: Desconocido.
Me quedé quieta. El tiempo se detuvo de golpe. La cuchara de madera seguía en mi otra mano, goteando salsa roja sobre el piso, pero yo no la sentía. Leí el mensaje una vez. Dos veces. Mi cerebro, en un mecanismo de defensa inmediato, rechazó la información.
—Ay, qué error tan tonto —dije en voz alta, soltando una risa nerviosa que sonó hueca en la cocina vacía—. Seguro me cobraron doble el Netflix o es un error del sistema. Pinches bancos, siempre fallando.
Pero mis dedos no me obedecían. Temblaban. Desbloqueé el teléfono. Mis manos sudaban frío. Abrí la aplicación. El logo del banco giraba y giraba en la pantalla de carga, y esos segundos se sintieron como horas. Sentía mi corazón golpeando contra mis costillas, pum, pum, pum, un tambor de guerra anunciando el desastre.
La pantalla cargó. Mis ojos fueron directo al recuadro de “Saldo Disponible”. Esperaba ver mis trescientos cincuenta mil pesos. Ese número que me sabía de memoria. Ese número que representaba mis aguinaldos de cinco años, mis tandas, mis fines de semana trabajando horas extra, el dinero que mi abuela me dio en un sobrecito antes de morir de cáncer, diciéndome “para que seas feliz, mi niña”.
Lo que vi me cortó la respiración.
Saldo Disponible: $0.50 MXN.
El mundo se inclinó. Literalmente sentí vértigo. Tuve que agarrarme del borde de la mesa porque las piernas se me hicieron de gelatina. —No… no, no, no —el susurro salió de mi garganta como un animal herido.
Actualicé la página con el dedo, arrastrando hacia abajo con desesperación. Por favor, que sea un error. Por favor, que sea una falla de internet. La ruedita giró. $0.50 MXN.
Volví a actualizar. $0.50 MXN.
Entré al historial de movimientos. Ahí estaba. 17:45 PM – Transferencia a terceros. Concepto: Boda. Monto: -$350,000.00
¿Concepto: Boda? Mi mente empezó a correr a mil por hora. ¿Habíamos pagado algo? ¿Carlos había adelantado el pago del salón? Pero si habíamos acordado que eso lo pagaríamos juntos la próxima semana, cuando nos cayera el fondo de ahorro. Él no podía mover esa cantidad sin mi token… a menos que… A menos que tuviera mis claves. Y las tenía. Porque yo, en mi infinita estupidez de mujer enamorada, le había dado acceso a todo. “Lo mío es tuyo, mi amor”, le había dicho. “Somos un equipo”.
El pánico se transformó en una bola de fuego en mi estómago. Dejé la cuchara en la mesa con un golpe seco. Salí de la cocina, casi corriendo, tropezando con la alfombra del pasillo.
—¡Carlos! —grité. Mi voz sonó irreconocible, aguda, rota.
Llegué a la sala. La escena que vi se me quedaría grabada en la retina para siempre, como una fotografía maldita. Carlos estaba sentado en el sofá gris. Ese sofá que compramos a 18 meses sin intereses y que apenas íbamos a terminar de pagar. Estaba descalzo, con los pies sobre la mesa de centro, una cerveza en la mano y el control de la tele en la otra. Estaba viendo un partido de repetición de la Liga MX.
Se veía tan… tranquilo. Tan en paz. Eso fue lo que más miedo me dio.
—¡Carlos! —repetí, sintiendo que me faltaba el aire.
Él giró la cabeza lentamente. No saltó. No se asustó por mis gritos. Me miró con unos ojos que yo no conocía. Eran los ojos de Carlos, sí, ese color café oscuro que tanto me gustaba, pero no había brillo. No había calidez. Había un muro de hielo.
—¿Qué pasa, Mariana? Estás gritando como loca —dijo, con una calma que me heló la sangre. Le dio un trago a su cerveza.
—El dinero… —jadeé, mostrándole el celular con la mano temblorosa—. ¡La cuenta! ¡Está en ceros! ¡Alguien nos robó, Carlos! ¡Nos hackearon! ¡Tengo que llamar al banco ya!
Esperaba que él se levantara de un salto. Esperaba que tirara la cerveza, que se pusiera pálido, que buscara su cartera, que me abrazara y me dijera “vamos a arreglarlo”. Pero no hizo nada de eso.
Apagó la televisión con lentitud. Dejó el control remoto sobre la mesa, perfectamente alineado con el borde. Suspiró, como si yo fuera una niña berrinchuda interrumpiendo su descanso.
—No llames al banco, Mariana —dijo suavemente. —¿Qué? ¿Estás loco? ¡Son mis ahorros! ¡Es el dinero de la casa! ¡Es todo lo que tenemos! —Dije que no llames —su voz subió de tono, firme, autoritaria—. No es un error. Y no es un robo.
Me quedé paralizada en medio de la sala. El ruido de la calle pareció apagarse. Solo escuchaba el zumbido del refrigerador desde la cocina. —¿De qué hablas?
Carlos se puso de pie. Se alisó la camisa polo que llevaba puesta. Me miró de arriba abajo, con una expresión que rozaba la lástima… o el desprecio. —Fui yo. Yo hice la transferencia.
Sentí como si me hubiera dado una bofetada. No, peor. Sentí como si me hubiera clavado un cuchillo en el estómago y lo estuviera girando despacio. —¿Tú? —pregunté, con la voz apenas audible—. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Pasó algo grave? ¿Tus papás están bien?
Incluso en ese momento, mi cerebro estúpido buscaba justificarlo. Seguro es una emergencia médica. Seguro atropelló a alguien y necesita fianza. Seguro es algo de vida o muerte.
Carlos soltó una risita corta. Una risa seca, sin humor. Caminó hacia la ventana y miró hacia la calle. —No es ninguna emergencia, Mariana. Bueno, depende de cómo lo veas. Para mí, era vital.
Se giró hacia mí y soltó la bomba. —Tenía que arreglar las cosas con ella.
—¿Con ella? —mi mente estaba en blanco. ¿Quién era ella? ¿Su mamá? ¿Su hermana? —Con Sofía.
El nombre retumbó en las paredes del departamento. Sofía. Sofía Mondragón. La exnovia de la universidad. La “amor de su vida” que lo dejó destrozado hace cuatro años. La mujer por la que él lloraba borracho cuando empezamos a salir. La mujer que me juró, una y mil veces, que ya no le importaba, que era historia antigua, que yo era mejor que ella en todo.
—¿Sofía? —repetí, sintiendo náuseas—. ¿Qué tiene que ver Sofía con mis ahorros?
Carlos me miró con una frialdad cínica. —Se va a casar, Mariana. Nos vamos a casar.
—Pero… —mis ojos se llenaron de lágrimas, nublando mi vista—. Pero tú te vas a casar conmigo. En tres semanas. Tenemos el salón, las invitaciones… mi vestido…
—No —me interrumpió tajante—. Yo nunca quise casarme contigo, Mariana. Tú fuiste… conveniente. Eres buena, eres trabajadora, me ayudaste a estabilizarme. Pero ella… ella es Sofía. Ella volvió. Me buscó la semana pasada. Me dijo que se había equivocado, que quería estar conmigo.
Sentí que las piernas me fallaban y me dejé caer en el sillón más cercano. —¿Y el dinero? —pregunté, llorando abiertamente ahora—. ¿Por qué te llevaste mi dinero?
Carlos se encogió de hombros, como si estuviera hablando de un cambio que tomó del cenicero del coche. —Sofía merece una boda bien. Una boda de lujo. Ella no es como tú, Mariana, que te conformas con cualquier cosa. Ella tiene gustos caros. Y bueno… yo no tenía liquidez ahorita. Tú sí.
—¡Es mi dinero! —grité, el dolor transformándose en una rabia incandescente—. ¡Yo trabajé por ese dinero! ¡Son mis desvelos! ¡Es lo que me dejó mi abuela!
—Era nuestro dinero —corrigió él con descaro—. Cuenta mancomunada, ¿recuerdas? Legalmente, podía tomarlo.
—¡Eres un ladrón! ¡Eres un cerdo! —me levanté para golpearlo, para arañarle esa cara de hipócrita, pero él me detuvo las manos con facilidad.
—Cálmate —me empujó hacia atrás, haciéndome caer de nuevo en el sillón—. No hagas esto más difícil. Piénsalo como una indemnización por el tiempo que perdí contigo cuando pude estar esperándola a ella.
Me quedé boquiabierta. El nivel de crueldad era inhumano. Este no era el hombre que me traía tacos los viernes por la noche. Este era un monstruo que había estado durmiendo a mi lado, esperando el momento de saltar a la yugular.
—¿Cómo puedes…? —sollocé—. Me prometiste…
—Las promesas cambian, Mariana. Madura.
Carlos caminó hacia la mesa de la entrada. Agarró las llaves del auto. Nuestro auto. Un Mazda que, adivinen qué, también estaba a mi nombre pero él usaba diario. —Me voy. Sofía me está esperando para ir a ver al florista. Ah, y por cierto… —se detuvo con la mano en el pomo de la puerta—, no me busques. No hagas escenas. Ya te quité el acceso a la cuenta, así que no intentes nada estúpido. Quédate con el departamento, total, la renta vence en dos días y no creo que puedas pagarla.
Abrió la puerta. El ruido de la calle entró de golpe, rompiendo la atmósfera asfixiante de la sala. —Adiós, Mariana. Gracias por el financiamiento.
Y salió. Cerró la puerta con un clic suave. No hubo portazo. No hubo gritos finales. Solo ese clic definitivo que cerró el capítulo de mi vida.
Me quedé ahí, sentada en la penumbra de la tarde que caía. El silencio volvió a apoderarse del lugar. De pronto, olí algo. Humo. Olor a quemado.
Corrí a la cocina. El adobo. El guiso que estaba preparando con tanto amor. La salsa se había consumido por completo. La carne estaba negra, pegada al fondo de la olla. El humo llenaba la cocina, picándome los ojos, haciéndome toser. Apagué la estufa con manos temblorosas. Miré la olla arruinada. Era la metáfora perfecta de mi vida en ese momento. Todo lo que había cocinado a fuego lento, con paciencia y amor, se había quemado en un instante de descuido.
Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el piso frío de la cocina. Abracé mis rodillas. No lloré inmediatamente. Estaba en shock. Mi mente trataba de procesar la magnitud de la catástrofe. Trescientos cincuenta mil pesos. Sin prometido. Sin boda. Sin dinero para la renta. Y él, allá afuera, riéndose con esa mujer, gastando mi esfuerzo en flores para ella.
—¿Qué voy a hacer? —susurré a la cocina vacía.
Sentí un dolor agudo en el pecho, físico, real. Como si se me hubiera roto una costilla. Esa noche no dormí. Me quedé en ese piso de la cocina hasta que amaneció, viendo cómo la luz cambiaba de gris a naranja, y luego a un blanco hiriente.
Pero en algún momento de esa madrugada, entre la tercera y la cuarta hora de mirar la mancha de grasa en la estufa, algo cambió dentro de mí. Primero fue tristeza. Luego fue incredulidad. Y luego… luego empezó a nacer algo caliente, oscuro y poderoso en mi estómago. Algo que quemaba más que el adobo.
Recordé la cara de Carlos. Su sonrisa burlona. “Tú te conformas con cualquier cosa”. Recordé sus palabras: “Gracias por el financiamiento”.
Me levanté del suelo. Mis articulaciones tronaron. Me sentía vieja, cansada, destruida. Pero mis ojos, al verse en el reflejo del microondas, tenían un brillo extraño. No era el brillo de una novia enamorada. Era el brillo de alguien que no tiene nada que perder.
Carlos pensó que me había dejado derrotada. Pensó que Mariana, la chica dulce y comprensiva, se iba a quedar llorando en un rincón, aceptando su destino como una mártir de telenovela barata. Se equivocó. Se equivocó de mujer y se equivocó de país. Porque en México, a una mujer se le puede romper el corazón, pero nunca, nunca, se le toca el dinero ni el orgullo sin esperar consecuencias.
Caminé hacia la sala, tomé mi celular (que ahora tenía 1% de batería) y lo conecté. Mientras cargaba, miré el calendario en la pared. La fecha de nuestra boda estaba marcada con un corazón rojo gigante. Arranqué la hoja del calendario con rabia. La hice bolita y la tiré a la basura.
—¿Quieres una boda de lujo, Carlos? —dije en voz alta, y mi voz ya no temblaba—. Te voy a dar una boda que nunca vas a olvidar. Te lo juro por mi abuela que en paz descanse.
Ese fue el momento exacto en que murió Mariana la prometida, y nació Mariana la vengadora. Y créanme, él no estaba listo para lo que venía. Nadie lo estaba.
CAPÍTULO 2: La Verdad en Instagram
Dicen que el cuerpo humano puede sobrevivir tres semanas sin comida, pero solo tres días sin agua. Yo descubrí que una mujer con el corazón roto puede sobrevivir tres días sin moverse, sin bañarse y sin abrir las cortinas, alimentándose únicamente de su propia miseria y de los recuerdos que se repiten en su cabeza como una película de terror en bucle.
Los primeros días después de que Carlos cerró la puerta fueron una mancha borrosa en mi memoria. Una neblina gris y espesa. No salí de mi habitación. Me quedé hecha un ovillo bajo el edredón que compramos juntos en oferta en Liverpool, ese que él decía que era “demasiado rosa” pero que igual usaba todas las noches. Ahora, el edredón olía a él. A su desodorante barato, a su jabón, a esa mezcla de tabaco y menta que antes me parecía el aroma del hogar y que ahora me provocaba ganas de vomitar.
El departamento se transformó. Ya no era mi refugio. Era una tumba. El silencio era lo peor. En la Ciudad de México el silencio no existe realmente; siempre hay ruido de fondo. Pero cuando estás sola, realmente sola por primera vez en años, el silencio de adentro es ensordecedor. Escuchaba el goteo rítmico de la llave del lavabo que Carlos prometió arreglar hace seis meses y nunca lo hizo. Ploc. Ploc. Ploc. Cada gota era un recordatorio de sus promesas vacías.
Mi celular se quedó sin batería la primera noche y no tuve la fuerza de voluntad para conectarlo hasta el tercer día. No quería ver mensajes. No quería ver las llamadas de mi mamá preguntando por los centros de mesa. No quería ver el grupo de WhatsApp de las damas de honor discutiendo si los zapatos debían ser plateados o dorados. Ellas seguían viviendo en un mundo donde iba a haber boda. Yo ya vivía en el infierno.
El hambre desapareció. Mi estómago se cerró como un puño apretado. Tenía la garganta seca, rasposa, pero no podía tragar nada. Había comida en el refrigerador, seguro. Las sobras de la semana, los yogurts que él desayunaba, las cervezas que dejó. Pero la sola idea de abrir la puerta de la cocina y ver la olla quemada del adobo me paralizaba. Así que me quedé en la cama, viendo cómo la luz del sol se movía por la pared, marcando el paso de las horas que yo perdía llorando.
Lloré hasta que me dolieron los ojos. Lloré hasta que se me acabaron las lágrimas y solo quedaron los hipos secos, esos espasmos dolorosos que te sacuden el pecho cuando ya no te queda nada líquido adentro. Me sentía estúpida. Esa era la palabra que retumbaba en mi cráneo: Estúpida. Estúpida. Estúpida.
¿Cómo no lo vi venir? Repasaba los últimos meses buscando señales. Y ahí estaban, brillando como luces de neón que yo decidí ignorar porque estaba cegada por el anillo (ese anillo de circonia que ahora descansaba en el buró como basura). Las veces que él salía al balcón a contestar llamadas “del trabajo” a las once de la noche. La forma en que volteaba el celular boca abajo cada vez que nos sentábamos a comer. Sus “horas extra” en la oficina que casualmente empezaron hace tres meses. La contraseña nueva en su laptop. Su irritabilidad cuando le preguntaba por los gastos de la boda. “Tú encárgate de eso, Mariana, no me estreses”, me decía. Claro, no quería estresarse porque él ya estaba planeando otra boda.
Mis amigas me lo advirtieron. Recordé a Tania, con una cerveza en la mano hace dos meses, diciéndome: “Güey, al chile, Carlos anda raro. El otro día lo vi en la Condesa y cuando me acerqué a saludar, se puso súper nervioso y se fue en chinga. ¿Segura que no anda en malos pasos?”. Y yo, la novia ingenua, la defendí: “Ay, no, es que tiene mucha presión en la chamba, pobrecito”. Pobrecito. Pobrecita pendeja yo.
El tercer día, el mundo exterior tocó a mi puerta. Literalmente. Tres golpes secos, firmes pero no agresivos. Toc. Toc. Toc.
Me congelé bajo las sábanas. Mi corazón dio un vuelco. Por un segundo, una fracción de segundo de esperanza irracional, pensé que era él. Que Carlos había vuelto, arrepentido, llorando, diciéndome que fue un error, una crisis nerviosa, que me amaba. Pero luego escuché la voz.
—Mariana, mija. ¿Estás ahí?
No era Carlos. Era Don José, el casero. El pánico me invadió. La renta. Se me había olvidado por completo que era día 5. La renta vencía el día 1. Y yo tenía cincuenta centavos en la cuenta. No podía abrir. No podía enfrentarlo. Me hice bolita, aguantando la respiración, rezando para que se fuera.
—Mariana, no vengo a cobrar, niña. Los vecinos dicen que escucharon gritos el otro día y no te han visto salir. Abre, por favor. O voy a tener que usar mi llave maestra para ver si no te moriste ahí adentro.
La amenaza de que entrara y me viera en este estado —con el pijama sucio, el pelo hecho un nido de pájaros y los ojos hinchados— fue suficiente para moverme. Me levanté. Mis piernas temblaban por la falta de comida. Me sentía mareada. Caminé hacia la puerta arrastrando los pies. Quité el seguro y abrí apenas una rendija.
Don José estaba ahí, con su eterno suéter de rombos y su sombrero. Tenía esa cara de abuelo preocupado que a veces me recordaba al mío. Me miró. Sus ojos recorrieron mi cara deslavada, mis ojeras moradas, mi postura derrotada. Yo esperé el regaño. Esperé el “Mariana, necesito el depósito hoy o te vas”.
Pero Don José suspiró profundamente y se quitó el sombrero. —Ay, mija. Te ves del carajo.
Solté una risa nerviosa que terminó en sollozo. —Lo sé, Don José. Perdón. La renta… yo… tuve un problema con el banco y…
Él levantó la mano para callarme. —No me digas nada. Ese cabrón se fue, ¿verdad? Asentí, incapaz de hablar. Las lágrimas volvieron a brotar, calientes y vergonzosas. —Vi cuando sacó sus maletas hace tres días. Iba con mucha prisa el desgraciado. Y vi que tú no saliste detrás de él.
Don José metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un pañuelo de tela, de esos antiguos, planchados. Me lo ofreció a través de la rendija de la puerta. —Ten. Límpiate los mocos, que se ve feo. Lo tomé. Olía a lavanda y tabaco. —Gracias —susurré.
—Escúchame bien, Mariana —dijo, bajando la voz como si compartiera un secreto de estado—. No te preocupes por la renta de este mes. Págamela cuando puedas. O no me la pagues, ya veremos. Pero no te quiero ver así por un hombre que no vale ni lo que cuestan sus zapatos. Me quedé helada. En una ciudad donde te corren por deber un día, este gesto era un milagro. —Don José, no puedo aceptar…
—Cállate y acéptalo. Mi hija pasó por lo mismo hace años. Y ojalá alguien le hubiera tenido paciencia. Métete, báñate con agua fría para que se te baje la hinchazón, y cómete algo. Estás pálida. Y, Mariana… —¿Sí? —El mejor castigo para un pendejo es que te vea feliz. No le des el gusto de morirte de tristeza aquí adentro.
Se dio la vuelta y se fue caminando lento por el pasillo, tarareando un bolero. Cerré la puerta y me recargué en ella. Apreté el pañuelo de Don José contra mi pecho. Ese pequeño acto de bondad de un extraño fue lo que rompió el dique. Lloré de nuevo, pero esta vez no fue un llanto de desesperación, fue un llanto de desahogo. Alguien me había visto. Alguien había validado mi dolor sin juzgarme.
“El mejor castigo es que te vea feliz”, había dicho. Tenía razón. Pero yo no estaba lista para ser feliz. Todavía no. Sin embargo, sus palabras encendieron una chispa. Una chispa pequeña, pero caliente. Me metí a la ducha. El agua caliente golpeó mi espalda y sentí cómo la suciedad de tres días se iba por el desagüe. Me tallé la piel con fuerza, como si quisiera arrancarme las caricias de Carlos, sus huellas, su recuerdo. Salí, me puse ropa limpia —unos pants grises y una camiseta vieja— y fui a la cocina. Me obligué a comer una manzana. Me supo a cartón, pero la tragué.
Y entonces, con el estómago un poco menos vacío y la mente un poco más clara, sentí algo nuevo. Curiosidad. Morbosa, oscura y tóxica curiosidad.
Carlos había dicho: “Tenía que arreglar las cosas con ella”. “Ella es Sofía”. “Nos vamos a casar”.
Necesitaba verla. Necesitaba ponerle cara al fantasma que había destruido mi vida. Necesitaba entender qué tenía ella que yo no tuviera. ¿Era más bonita? ¿Más inteligente? ¿Más rica? Bueno, rica no era, porque Carlos tuvo que robarme a mí para pagarle la boda a ella. Eso ya me decía algo: ella era una interesada.
Fui a la sala, conecté mi celular y esperé a que encendiera. 3% de batería. Suficiente. Mis dedos temblaban, pero esta vez no de tristeza, sino de adrenalina. Abrí Instagram. Fui a la lupa de búsqueda. Escribí el nombre que había estado evitando pensar durante tres años, el nombre que Carlos murmuró una vez en sueños y que yo decidí ignorar.
S-o-f-í-a M-o-n-d-r-a-g-ó-n.
Apareció de inmediato. Su perfil era público. Por supuesto que era público. Mujeres como ella no viven en la privacidad; viven para el aplauso. La foto de perfil era perfecta. Demasiado perfecta. Ella, con un sombrero de ala ancha, riendo hacia el cielo en lo que parecía ser un viñedo en Querétaro o Valle de Guadalupe. Piel bronceada, dientes blanquísimos (seguro carillas), cabello castaño claro con ondas de peluquería. Tenía 82,000 seguidores. “Influencer de estilo de vida”, decía su biografía. Bio: “Traveler ✈️ | Dreamer ✨ | Good Vibes Only 🧿 | Soon to be Mrs. M 💍”
“Soon to be Mrs. M”. Futura Señora Méndez. Sentí una punzada en el hígado. Esa “M” era mía. Ese apellido iba a ser mío en tres semanas. Entré a su perfil. Fue como abrir una revista de sociales donde la protagonista se está burlando de ti en cada página.
Bajé por su feed. Fotos de comida gourmet, fotos en el gimnasio luciendo un cuerpo escultural (operado, noté con satisfacción maliciosa, nadie tiene esa cintura sin un cirujano), fotos de frases motivacionales estúpidas tipo “El universo conspira a tu favor si vibras alto”. Sí, claro, el universo conspira robándole 350 mil pesos a una abogada honesta. Qué vibración tan alta, hija de tu madre.
Y entonces, llegué a las fotos recientes. Las de la última semana. Mi respiración se detuvo. Ahí estaba él. Carlos. Pero no el Carlos que vivía conmigo, el que llegaba cansado del trabajo y cenaba cereal. No. Este era un Carlos renovado. Traía una camisa de lino que yo nunca le había visto (y que seguro costaba más que mi despensa del mes). Estaba bronceado. Sonreía como si se hubiera ganado la lotería.
La foto tenía fecha de hace cuatro días. Cuatro días. Eso significaba que mientras yo estaba eligiendo la música para nuestro vals, él estaba con ella tomándose selfies en un restaurante de lujo. El pie de foto decía: “El amor verdadero no conoce de tiempos ni distancias. Siempre fuiste tú. Gracias por volver a mí y por hacer mis sueños realidad. 💖 #Soulmates #LoveWins #MyKing”.
“Hacer mis sueños realidad”. Me dieron ganas de lanzar el celular contra la pared. Mis sueños. Eran mis sueños los que estaban pagando eso. Seguí bajando. Era masoquismo puro, pero no podía parar. Era como ver un accidente de tráfico; horrible, pero fascinante.
Encontré la foto del anillo. Era una roca. Un diamante corte princesa, montado en oro blanco, brillante, enorme, vulgar de lo grande que era. Miré mi mano desnuda. Recordé mi anillo, el que guardé en el cajón. Carlos me había dicho: “Amor, es un diamante de laboratorio, por eso fue más barato, pero es real”. Mentira. Hace un mes lo llevé a limpiar y el joyero me dijo con pena: “Señorita, tenga cuidado con el agua caliente, esta zirconia se puede opacar”. Me tragué la vergüenza ese día y no le dije nada a Carlos para no hacerlo sentir mal. Pensé que era lo único que podía pagar. Pero resulta que sí tenía dinero. O más bien, tenía crédito para endeudarse por ella, o… peor aún, usó el dinero de la cuenta conjunta para el enganche de ese anillo hace semanas y yo no me di cuenta porque maquilló los estados de cuenta.
La rabia empezó a desplazar al dolor. Era un calor que subía por mi cuello, tensando mi mandíbula. Leí los comentarios de la foto del anillo. “¡Te lo mereces, queen!” “¡Ya era hora! Hacen la pareja perfecta”. “¡Qué emoción! Ya quiero que sea el gran día”.
Y ahí, entre los comentarios lambiscones de sus amigas superficiales, vi uno de Carlos: “Te mereces el mundo entero, mi vida. Y te lo voy a dar. Cueste lo que cueste”. Cueste lo que cueste. Costó mi patrimonio. Costó mi estabilidad mental. Costó mi fe en la humanidad.
Seguí scrolleando. Necesitaba más. Necesitaba saber dónde, cuándo, cómo. Y entonces la vi. La publicación que selló su destino. Era un video, un “Reel” con música romántica de fondo. Sofía giraba en un jardín espectacular. Pasto verde esmeralda, fuentes de cantera, bugambilias moradas y fucsias cayendo en cascada por los muros de piedra antigua. El lugar era un sueño. Era Jardín Las Bugambilias.
Yo conocía ese lugar. Lo conocía porque fue el primer lugar que coticé para mi boda. Recuerdo haber llamado hace un año, llena de ilusión. Cuando me dieron el precio de la renta —ochenta mil pesos solo por el espacio vacío— colgué llorando. Estaba completamente fuera de nuestro presupuesto. Carlos me consoló ese día: “No te agüites, mi amor, buscamos algo más sencillo, lo importante somos nosotros”.
Y ahora… ahora él lo había rentado para ella. El texto del video decía: “¡Ya tenemos venue! 🏰✨ Gracias a mi futuro esposo por consentirme y cumplir mi capricho. Nos casamos en el lugar más exclusivo de la ciudad. ¡Faltan 2 semanas! #WeddingVenue #DreamWedding #LuxuryLifestyle”.
Miré la fecha del video. Fue subido ayer. Ayer. Mientras yo estaba tirada en la cama queriendo morirme, ellos estaban firmando el contrato. Hice cuentas mentales rápidas. Ochenta mil del jardín. Cincuenta mil del catering exclusivo que exige ese lugar. El vestido de diseñador que vi en otra foto. El anillo. Las flores. La música. 350,000 pesos. Se lo estaban gastando todo. Hasta el último centavo. Estaban quemando mi dinero en una fiesta para celebrar su traición.
De repente, la imagen de Sofía riendo en ese jardín dejó de causarme dolor. Me quedé mirando la pantalla fijamente. El rostro perfecto de ella, la sonrisa satisfecha de él. Se veían tan seguros. Tan intocables. Creían que habían ganado. Creían que Mariana, la abogada de barrio, la que contaba los pesos para el súper, simplemente desaparecería. Creían que el robo era el crimen perfecto. Cuenta mancomunada, uno saca el dinero, legalmente es un área gris, moralmente es un asco, pero ¿quién los iba a detener?
Ellos contaban con mi tristeza. Contaban con mi vergüenza. Pero olvidaron un detalle. Olvidaron de dónde vengo. Olvidaron que yo no crecí en cuna de oro como Sofía. Yo crecí en Iztapalapa, donde aprendes a defender lo tuyo con uñas y dientes. Olvidaron que soy abogada, y aunque no soy penalista, sé leer letras chiquitas. Y sobre todo, olvidaron que el Jardín Las Bugambilias tenía una dueña. Y que esa dueña tenía una deuda conmigo.
Una idea cruzó mi mente. Fue una idea fría, calculadora, casi diabólica. No fue un pensamiento impulsivo. Fue como ver las piezas de un rompecabezas caer en su lugar por sí solas. Doña Esperanza. La dueña del jardín. Recordé su rostro, su historia, el día que la ayudé a escapar de su propio infierno. Recordé su promesa.
Mis manos dejaron de temblar. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, con un movimiento brusco, violento. Ya no más lágrimas. Las lágrimas no recuperan dinero. Las lágrimas no pagan rentas. Me levanté del sofá y fui al baño. Me miré al espejo. Tenía los ojos rojos, la piel pálida, los labios secos. Me veía destruida. Pero detrás de ese desastre, vi mis ojos. Eran oscuros, profundos. Y estaban encendidos.
—¿Quieren jugar a la familia feliz con mi dinero? —le dije a mi reflejo—. Va. Juguemos. Pero yo pongo las reglas.
Me lavé la cara. Me cepillé los dientes con fuerza, hasta que me sangraron las encías, quitándome el sabor amargo de la depresión. Me cepillé el cabello. Me puse un poco de corrector en las ojeras y rímel en las pestañas. No me arreglé para salir. Me arreglé para la guerra.
Regresé a la sala. Tomé el celular. Busqué en mis contactos. Pasé por alto a mi mamá, a mis hermanas, a mis amigas que solo me darían el pésame. Busqué la “T”. Tania Bienes Raíces.
Marqué. El tono de llamada sonó una vez. Dos veces. —¿Bueno? —contestó Tania, con esa voz ronca y acelerada de siempre, seguramente entre dos citas de ventas. —Güera —dije. Mi voz sonó firme, rasposa pero sólida. No sonaba a víctima—. Soy Mariana. —¡Marianita! ¡Qué milagro! Oye, te he marcado y no contestas, ¿todo bien? Me tienes preocupada.
—No, nada está bien. Pero lo va a estar. Hubo un silencio al otro lado. Tania me conocía. Sabía que ese tono significaba peligro. —¿Qué pasó? ¿A quién hay que madrear? Sonreí. Una sonrisa pequeña, torcida. —Necesito cobrarte el favor, Tania. Ese favor grande que me debes.
—Lo que sea, nena. Tú dirás. ¿Necesitas un depa barato? ¿Vender el coche? —No. Necesito información. —¿Sobre qué? —Sobre el Jardín Las Bugambilias. Necesito saber quién es el dueño real, el que firma los papeles, el que tiene la última palabra. Y necesito saberlo hoy.
Tania se rió nerviosa. —Uy, amiga, te vas a meter en ligas mayores. Ese lugar es top. Pero… déjame ver qué puedo hacer. Tengo un contacto en el registro público y otro en la asociación de banqueteros. Dame diez minutos.
—Tienes cinco —dije, y colgué.
Me quedé con el teléfono en la mano, sintiendo cómo la sangre volvía a circular por mis venas. La adrenalina es una droga maravillosa; cura el hambre, cura el cansancio y, por un rato, cura el corazón roto. Miré por la ventana. La Ciudad de México seguía ahí, caótica, ruidosa, indiferente a mi tragedia. Pero yo ya no era parte del paisaje pasivo.
Carlos pensó que me había quitado todo. Me quitó el dinero, sí. Me quitó el futuro que imaginé. Pero me dejó algo mucho más peligroso: me dejó el tiempo libre y la motivación. Y estaba a punto de descubrir que usar los ahorros de una mujer para casarse con otra es el error financiero más caro de su vida.
El teléfono sonó de nuevo. Era Tania. Contesté. —Lo tengo —dijo ella—. No me lo vas a creer, Mariana. El mundo es un pañuelo lleno de mocos. La dueña es una señora que se llama Esperanza Bassie. ¿Te suena?
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No de miedo, sino de confirmación. El destino me estaba guiñando el ojo. —Sí, Güera —respondí, y por primera vez en tres días, mi sonrisa fue real, aunque afilada como una navaja—. Me suena. Pásame su número. Vamos a organizar una boda.
El juego había empezado. Y yo tenía el As bajo la manga.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: La Llamada del Destino
Colgué el teléfono después de hablar con Tania y me quedé mirando la pantalla negra, viendo mi propio reflejo distorsionado en el cristal. Mis ojos ya no tenían ese rojo hinchado del llanto reciente; ahora tenían una oscuridad fija, casi metálica. El silencio volvió a llenar el departamento, pero esta vez no era el silencio de la soledad, sino el silencio de la anticipación. Era la calma antes de la tormenta, ese momento en el cielo de la Ciudad de México cuando las nubes se ponen de un gris plomo y sabes que va a caer un aguacero de los que inundan el Viaducto.
Esperar la confirmación de Tania fue una tortura distinta. No era la angustia del desamor, era la impaciencia del cazador que acaba de oler sangre. Caminé hacia la ventana. La tarde caía sobre la colonia Roma. Veía a la gente pasar: parejas caminando de la mano, oficinistas corriendo por su café, repartidores de Uber Eats esquivando coches. La vida seguía, indiferente a mi tragedia. Pero allá afuera, en algún lugar de esa ciudad monstruosa, Carlos y Sofía estaban celebrando. Probablemente estaban cenando en algún lugar caro, brindando con mi dinero, riéndose de lo fácil que fue deshacerse de la “tonta de Mariana”.
Me preparé un café. No tenía hambre, pero necesitaba algo caliente entre las manos para dejar de temblar. Mientras el agua hervía, mi mente viajó al pasado. Jardín Las Bugambilias. El nombre resonaba en mi cabeza. Doña Esperanza Bassie.
Tania había dicho el nombre como si fuera un chisme más, pero para mí fue como si me hubieran susurrado una profecía. Fui a mi habitación y saqué una caja de zapatos vieja que tenía guardada en lo alto del clóset. Ahí guardaba mis “tesoros” de la universidad: mi título, algunas fotos viejas y una agenda de piel sintética que usé durante mis prácticas profesionales en el despacho jurídico gratuito de la alcaldía.
Me senté en el piso, rodeada de polvo, y abrí la agenda. Las hojas estaban amarillentas. Pasé las páginas llenas de notas sobre casos de divorcios, pensiones alimenticias y disputas vecinales. Y ahí, en la letra “E”, escrito con tinta azul que ya empezaba a desvanecerse, estaba: Sra. Esperanza. Caso: Violencia Intrafamiliar. Celular: 55-XXXX-XXXX.
Cerré los ojos y el recuerdo me golpeó con la fuerza de un tren. Fue hace cinco años. Yo era una pasante de veintidós años, idealista, ingenua, creyendo que con las leyes podía salvar al mundo. Esperanza llegó un martes lluvioso. Nunca olvidaré su cara. Traía unos lentes oscuros enormes, ridículos para un día nublado, y un pañuelo en la cabeza. Temblaba como una hoja. Cuando se quitó los lentes en la privacidad de mi cubículo de tablaroca, tuve que contener un grito. Su ojo izquierdo estaba cerrado por la hinchazón, morado y negro. Tenía el labio partido.
—Me dijo que si lo dejaba, me mataba —me susurró ese día, agarrando mi mano con una fuerza desesperada—. No tengo a nadie, licenciada. Me quitó mis tarjetas, me quitó el coche. Me vine caminando.
Nadie en el despacho quería tomar el caso. “Es un pleito de marido y mujer, luego se contentan y tú quedas mal”, me dijo mi supervisor, un abogado gordo y cínico que olía a cigarro. “Además, el marido tiene lana, nos va a meter en problemas”. Pero yo no pude decirle que no. Recuerdo que saqué los doscientos pesos que traía para mi semana de pasajes y comida, y se los di para que tomara un taxi a un refugio que conocía. Le tramité la orden de restricción a espaldas de mi jefe. Le ayudé a redactar la demanda de divorcio en mis horas libres. Estuve con ella en el Ministerio Público cuando tuvo que declarar, sosteniéndole la mano mientras el médico legista le tomaba fotos a sus moretones.
El proceso duró un año. Fue un infierno. Pero al final, Esperanza ganó. Recuperó una parte de los bienes que eran suyos por sociedad conyugal, unos terrenos en el sur de la ciudad que en ese entonces no valían mucho. El último día que la vi, ella ya era otra mujer. Las heridas habían sanado, aunque la cicatriz en su ceja seguía ahí. Me abrazó fuera del juzgado y me dijo: —Marianita, usted me salvó la vida. Un día, la vida da vueltas. Si alguna vez necesita algo, lo que sea, búsqueme. Yo no olvido.
Nunca la busqué. La vida siguió. Yo conocí a Carlos, me enamoré, me enfoqué en construir mi propio castillo de naipes. Pero ahora, el destino, con su retorcido sentido del humor, me ponía su nombre enfrente. Esos terrenos que recuperó… uno de ellos debía ser el Jardín Las Bugambilias.
El celular sonó, sacándome de mis recuerdos. Era Tania de nuevo. —Confirmado al cien por ciento, amiga —dijo Tania, sonando emocionada—. El lugar está a nombre de “Inmobiliaria EB”, y la representante legal es Esperanza Bassie. Es ella. La señora se volvió millonaria, güey. Dicen que convirtió esos terrenos baldíos en los lugares de eventos más cotizados de la zona sur.
—Gracias, Tania. Te debo la vida. —Me debes una botella de Don Julio 70, y me la voy a cobrar. Pero dime, ¿qué vas a hacer? ¿La vas a demandar? —Algo mejor —respondí—. Voy a hacer una reservación.
Colgué. Miré el número en la agenda vieja. ¿Seguiría siendo el mismo? Habían pasado cinco años. La gente rica cambia de número. Marqué. El tono sonó. Tuuu… Tuuu… Mi corazón latía en mi garganta. Si no contestaba, mi plan se desmoronaba antes de empezar. Tuuu… —¿Bueno? La voz era elegante, firme, autoritaria. No era la voz temblorosa de la mujer golpeada que yo conocí. Era la voz de una patrona.
Tragué saliva. —¿Doña Esperanza? Hubo un silencio breve al otro lado. —¿Quién habla? —preguntó, con un tono de desconfianza. Seguramente recibía muchas llamadas de vendedores o gente pidiendo dinero.
—Soy… soy Mariana. Mariana, la abogada pasante del despacho de la Alcaldía. La que… la que le ayudó con el caso del Señor Bassie hace años.
El silencio se alargó. Fueron cinco segundos eternos donde solo escuché mi respiración y la estática de la línea. Pensé que me iba a colgar. Pensé que no se acordaba de mí. Y entonces, el tono de su voz cambió radicalmente. Se rompió la coraza. —¿Marianita? —su voz se suavizó, llenándose de una calidez genuina—. ¡Dios santo! ¡Mi niña! ¿Eres tú de verdad?
Sentí un nudo en la garganta. —Sí, Doña Esperanza. Soy yo. —¡Qué gusto oírte! ¡No sabes cuántas veces he pensado en ti! Le rezo a la Virgen por ti todos los días. ¿Cómo estás? ¿Sigues trabajando en ese despacho horrible? Dime que ya eres socia de una firma grande.
—No, ya no estoy ahí —dije, tratando de mantener la voz firme, pero fallando—. Estoy… estoy bien. Bueno, más o menos. Esperanza, con ese sexto sentido que desarrollan las mujeres que han sobrevivido al infierno, detectó la grieta en mi voz de inmediato. —Ese “más o menos” no me suena bien. ¿Qué pasa, hija? ¿Estás en problemas? ¿Necesitas dinero? ¿Un abogado? Tú dime y muevo cielo, mar y tierra.
Respiré hondo. Aquí venía la verdad. —Doña Esperanza, necesito verla. No es dinero lo que necesito. Es… justicia. Se trata de una boda que se va a celebrar en su jardín, en Las Bugambilias, este sábado.
—¿Una boda? —su tono volvió a ser serio, de negocios—. Tengo muchas bodas este fin de semana. ¿De quién es? —De un hombre llamado Carlos Méndez y una mujer llamada Sofía Mondragón.
Escuché el sonido de papeles moviéndose al otro lado. —A ver, déjame checar la agenda… Sí, aquí están. Méndez y Mondragón. Sábado en la noche. Paquete Platino. Todo pagado. ¿Qué pasa con ellos? ¿Son amigos tuyos?
Cerré los ojos, apretando el teléfono con fuerza. —Carlos Méndez es mi prometido. O lo era, hasta hace tres días. —¿Qué? —Ese hombre vació mis cuentas bancarias, Doña Esperanza. Se robó trescientos cincuenta mil pesos. Mis ahorros de toda la vida. Y usó ese dinero… mi dinero… para pagar la boda en su jardín con su exnovia.
Hubo un silencio sepulcral en la línea. Un silencio denso, pesado. Luego, escuché una respiración agitada. —Repítemelo —dijo ella, con una voz que era puro hielo—. ¿Me estás diciendo que ese desgraciado te robó para pagarme a mí?
—Sí. Me dejó en la calle. Sin renta, sin comida, sin nada. Y ahora va a celebrar su traición en su propiedad, brindando con champagne que pagué yo con cinco años de trabajo.
Escuché un golpe seco, como si Esperanza hubiera azotado la mano contra un escritorio. —¡Hijo de la gran puta! —gritó. La elegancia se fue por la ventana, dejando salir la furia de una mujer que conoce el abuso en carne propia—. ¡Maldito sea mil veces! Marianita, perdóname, perdóname por haber recibido ese dinero sucio. ¡Yo no sabía!
—Usted no tiene la culpa —me apresuré a decir—. Usted solo hace su negocio. Pero… cuando me enteré de que el lugar era suyo, pensé… recordé lo que usted me dijo una vez. Que si algún día necesitaba algo…
—¡No digas más! —me interrumpió—. ¡Considéralo hecho! ¿Qué quieres? Ahorita mismo llamo a mi gerente y cancelo todo. Les devuelvo el dinero… no, espera, ¿te devuelvo el dinero a ti? Sí, eso haré. Te transfiero todo ahorita y los mando al diablo. Que se casen en una taquería.
La oferta era tentadora. Recuperar mi dinero. Cancelarles la fiesta hoy mismo, miércoles. Pero entonces, la nueva Mariana, la Mariana vengativa que había nacido en la cocina quemada, tomó el control. Si cancelábamos hoy, Carlos recuperaría el dinero (o se lo devolvería Esperanza a él y luego yo tendría que pelearlo). Si cancelábamos hoy, tendrían tres días para buscar otro lugar. Quizás algo más barato, quizás el patio de una casa, pero se casarían. Tendrían su fiesta. Tendrían su final feliz, aunque fuera un poco más modesto.
No. Eso no era suficiente. El dolor que yo sentía no se curaba con un reembolso. Yo quería que sintieran lo que yo sentí: la sorpresa, el shock, la humillación pública, la impotencia absoluta. Quería que se vistieran. Quería que se ilusionaran. Quería que llegaran a la puerta del cielo y se las cerraran en la cara.
—No, Doña Esperanza —dije lentamente—. No quiero que cancele hoy. —¿Cómo? No te entiendo. —Si les cancela hoy, buscarán otro lugar. Encontrarán una solución. Carlos es muy hábil para mentir y salirse con la suya. —¿Entonces?
Respiré hondo, sintiendo cómo la adrenalina corría por mis venas. —Quiero que piensen que todo está perfecto. Quiero que Sofía se ponga su vestido de princesa. Quiero que Carlos se ponga su traje y se sienta el rey del mundo. Quiero que contraten la limusina, que lleguen los invitados, que la prensa esté ahí si es que invitaron prensa. Hice una pausa dramática. —Y quiero que les cierren la puerta en la cara cinco minutos antes de empezar.
Hubo un silencio al otro lado. Me dio miedo haber ido demasiado lejos. Tal vez Doña Esperanza pensaría que yo era una psicópata, una mujer rencorosa y malvada. Pero entonces, escuché una risa. Fue una risa baja, gutural, que fue subiendo de volumen hasta convertirse en una carcajada sonora y llena de satisfacción. —¡Ay, cabrona! —exclamó Doña Esperanza con admiración—. ¡Esa es mi abogada! ¡Esa es la mujer a la que yo admiré! Me encanta. Me fascina. Es perverso… y es perfecto.
—¿Lo hará? —pregunté, sintiendo un alivio inmenso. —Por supuesto que lo haré. Es más, lo voy a disfrutar. Odio a los hombres así, Mariana. Mi exmarido era igual. Usaba mi dinero para sus queridas, me humillaba, me hacía sentir pequeña. Ver caer a uno de ellos… será un placer. —Gracias, Doña Esperanza. De verdad.
—No me agradezcas. Esto es justicia divina. Además, tengo una cláusula en mis contratos, la letra chiquita que nadie lee, que dice que la administración se reserva el derecho de admisión y cancelación por “conductas inmorales o proveniencia ilícita de fondos”. Técnicamente, ese dinero es robado. Así que legalmente, estoy blindada. Se van a ir a la chingada y sin reembolso. Bueno, el reembolso te lo daré a ti, bajo el agua, como una “donación” por tus servicios legales del pasado.
Casi lloro. No solo iba a arruinarles la boda, sino que iba a recuperar mi dinero. —Usted es un ángel. —Y tú eres una guerrera, mija. Ahora, escúchame bien. Necesito que vengas a mi oficina mañana. Vamos a planear esto con detalle. Quiero que tú estés ahí. No en la entrada, claro, para que no te vean, pero te voy a prestar mi oficina privada con vista al jardín. Tiene vidrios polarizados. Podrás ver todo el espectáculo en primera fila, con una copa de vino en la mano. ¿Te parece?
Imaginé la escena. Yo, sentada en la oscuridad, viendo cómo el mundo de Carlos se derrumbaba mientras él estaba vestido de etiqueta. —Ahí estaré.
—Perfecto. Descansa, Mariana. Come algo. Y duerme tranquila. Porque a partir de ahora, tú tienes el control. El sábado va a ser inolvidable, te lo prometo.
Colgamos. Dejé el celular en la mesa. Mis manos ya no temblaban. Me sentía ligera, como si me hubiera quitado un saco de cemento de la espalda. Miré por la ventana de nuevo. Ya era de noche. Las luces de la ciudad parpadeaban como millones de estrellas caídas. Fui al refrigerador. Saqué un poco de jamón y queso, y me hice un sándwich. Fue la primera comida que me supo a algo en tres días. Me supo a gloria. Me supo a victoria.
Esa noche, me acosté en mi cama. El lado de Carlos seguía vacío, frío. Pero ya no me dolió. Me abracé a la almohada y cerré los ojos. Por primera vez, no vi la cara de Carlos burlándose de mí. Vi la cara de Doña Esperanza riendo, y vi la futura cara de terror de Sofía cuando le dijeran “No puedes pasar”. Dormí como un bebé. Pero al día siguiente, tenía otra misión. El jardín era solo la mitad del golpe. Faltaba la casa.
CAPÍTULO 4: La Trampa Inmobiliaria
Desperté el jueves con una energía que no reconocía. Era una mezcla de cafeína pura y odio destilado. Me levanté a las 6:00 AM, me di un baño largo y me vestí con mi mejor traje sastre, ese azul marino que usaba para las audiencias importantes. Hoy tenía una audiencia, pero no en un juzgado. Hoy iba a ejecutar una sentencia contra Carlos Méndez.
Mientras me maquillaba, tapando las últimas sombras de tristeza bajo mis ojos, mi mente repasaba el segundo pilar de la vida falsa de Carlos: la casa. Carlos siempre fue un hombre de apariencias. Le importaba más parecer exitoso que serlo. Por eso, cuando Sofía volvió a su vida, él sabía que no podía llevarla a vivir a un departamento rentado en la Roma. Ella era una “influencer”, una “princesa”. Ella merecía una casa propia, con jardín para sus fotos y cocina de granito para sus videos de smoothies.
Recordé la conversación de hace dos semanas, antes de que todo estallara. Carlos llegó a casa emocionado, con un folleto en la mano. —Mariana, vi una casa en “Residencial Los Robles”. Está increíble. Preventa. Solo piden cincuenta mil de apartado y el resto se escritura en un mes. Deberíamos verla… ya sabes, para invertir.
Yo, tonta enamorada, le dije que sí, que usáramos parte de los ahorros para el apartado. —Está bien, amor. Transfiéreme a mí y yo hago el trámite, es que el vendedor es mi cuate —me dijo. Y así lo hice. Le di el dinero. Pero había un detalle que Carlos, en su infinita flojera administrativa, seguramente pasó por alto. Hace dos años, cuando Carlos se fue de viaje a Europa “de mochilazo” con sus amigos (viaje que yo también subsidié en parte), me firmó un Poder Notarial General para Pleitos y Cobranzas y Actos de Dominio. Lo hizo porque tenía un trámite pendiente del SAT y necesitaba que yo lo representara si algo salía mal mientras él andaba de fiesta en Ámsterdam.
Ese poder estaba en mi caja fuerte. Nunca lo revocó. Estoy noventa y nueve por ciento segura de que se le olvidó que existía. Carlos olvidaba pagar la luz, olvidaba el cumpleaños de su madre; por supuesto que olvidaría revocar un documento legal que le daba a su prometida control total sobre sus bienes y decisiones legales.
Busqué en la caja fuerte. Ahí estaba. La escritura con el sello notarial, impecable. “Poder General Amplio e Irrevocable…” Sonreí. Este papel valía más que oro. Con este papel, yo era Carlos Méndez ante la ley. Yo podía vender su coche, vaciar sus cuentas (si tuviera alguna que no fuera la mía), o… tomar decisiones sobre los contratos que él hubiera iniciado.
Salí del departamento y tomé un Uber hacia la notaría de mi amigo Jorge. Jorge y yo estudiamos la carrera juntos en la UNAM. Él era el típico “matadito” que ahora era notario adscrito y ganaba una fortuna, pero seguía siendo mi amigo leal.
Llegué a su oficina en Polanco a las 9:00 AM. —¡Mariana! —Jorge se levantó de su silla de piel para abrazarme—. ¡Qué milagro! Oye, ¿no deberías estar en pruebas de vestido o algo así? ¿Qué haces aquí tan temprano? Jorge no sabía nada. Aún no. Me senté frente a él y puse el poder notarial sobre el escritorio de caoba. —La boda se canceló, Jorge. Carlos me robó todo y se va a casar con otra este sábado.
Jorge se quedó con la boca abierta. Se ajustó los lentes, procesando la información. —No mames, Mariana. ¿Es neta? —Tan neta como este poder notarial. Le conté la versión resumida. Jorge, siendo abogado, pasó de la incredulidad a la indignación profesional en segundos. —Ese pendejo… se metió con la abogada equivocada. ¿Qué quieres hacer?
—Quiero saber el estatus de la casa de la calle Roble 45, en el fraccionamiento nuevo. Sé que él dio el apartado. Jorge tecleó en su computadora. —A ver… Inmobiliaria Grupo Cima… Fraccionamiento Los Robles… Lote 45. Aquí está. Frunció el ceño. —Está raro. Aparece como “Apartado”, a nombre de Carlos Méndez. Pero no está escriturado. El estatus dice “Pendiente de firma y pago final”. La fecha límite es… uy, mañana viernes. —¿No ha firmado?
—No. Seguramente está esperando a después de la boda, o le falta liquidez para los gastos notariales. Solo dio el enganche del apartado. Mis ojos brillaron. Era mejor de lo que pensaba. —Jorge, escúchame bien. Tengo este poder. Quiero ejercerlo. —¿Para qué? ¿Para cancelar la compra y pedir que le devuelvan el dinero? —No —dije, inclinándome sobre el escritorio—. Quiero ceder los derechos de ese contrato de compra-venta. Carlos Méndez, a través de su apoderada legal (o sea, yo), cede los derechos de adquisición a favor de… Mariana López. O sea, yo misma.
Jorge soltó una carcajada nerviosa. —Güey, eso es… técnicamente es autocontratación, pero con el poder de actos de dominio… sí se puede. Es agresivo, pero legal. Básicamente te estás vendiendo sus derechos a ti misma. —Exacto. Y voy a pagar el resto de la casa hoy mismo. —¿Tienes el dinero? Digo, si te robó…
—Voy a pedir un préstamo. Voy a vender mi coche. Voy a empeñar hasta los riñones si es necesario. Pero esa casa va a ser mía. Quiero que cuando él llegue con su “esposa” cargándola en brazos, su llave no entre. Quiero que esa casa sea mi propiedad privada.
Jorge me miró con admiración y miedo. —Mariana, das miedo. Me encanta. Hagámoslo. Prepara los papeles. Yo hago la cesión de derechos ahorita. Pero necesitas conseguir la lana para liquidar la casa hoy, o la inmobiliaria no firma.
Salí de la notaría corriendo. Tenía seis horas para conseguir dos millones de pesos (lo que faltaba de la casa, ya que era una casa pequeña en las afueras, no una mansión, aunque Carlos la vendiera como tal). Obviamente, no tenía dos millones. Pero tenía algo mejor: historial crediticio impecable y amigos. Fui al banco. Pedí un crédito personal pre-aprobado que tenía ahí “por si las dudas”. Un millón. Aprobado en 15 minutos gracias a la app y a mi buen score. Faltaba un millón. Llamé a mi hermana. Ella y su esposo tenían ahorros para un negocio. Les conté la verdad. Les prometí pagarles con intereses en cuanto vendiera la casa (porque mi plan era venderla después y recuperar mi dinero robado con la plusvalía). Mi hermana lloró conmigo por teléfono y me transfirió quinientos mil pesos. Faltaban quinientos.
Vendí mi camioneta Mazda. Fui a un lote de autos de esos que dicen “Compramos tu auto en 1 hora”. Me dieron trescientos cincuenta mil. Me dolía el alma ver cómo se llevaban mi coche, pero era un sacrificio necesario. Los últimos ciento cincuenta mil los saqué de mis tarjetas de crédito, disponiendo de efectivo con unas comisiones altísimas. No me importaba. Era una inversión en venganza.
A las 4:00 PM, estaba de regreso en la notaría de Jorge con los cheques de caja y las transferencias listas. El representante de la inmobiliaria llegó, un tipo joven con traje brilloso. —Buenas tardes. Vengo a firmar con el Señor Carlos Méndez. —El Señor Méndez no pudo venir —dijo Jorge con su voz más profesional de notario—, pero aquí está su apoderada legal, la Licenciada Mariana López, quien tiene facultades plenas. Además, hubo un cambio en la titularidad. El Señor Méndez cedió los derechos a la Licenciada López. Aquí están los documentos. El pago se hará íntegro hoy.
Al vendedor le brillaron los ojos. A ellos no les importa quién compra, les importa cobrar su comisión. —Si el dinero está aquí, por mí no hay problema. Firmemos.
Firmé. Firmé la cesión de derechos en nombre de Carlos (usando el poder). Firmé la compra-venta a mi nombre. Entregué los cheques. Y a las 5:30 PM, Jorge me entregó un juego de llaves y una copia simple de la escritura en trámite.
—Felicidades, propietaria —me dijo Jorge, dándome un abrazo fuerte—. La casa de la calle Roble 45 es legalmente tuya. Carlos no tiene ni un ladrillo ahí. De hecho, perdió su apartado de cincuenta mil pesos porque al ceder los derechos, básicamente te regaló ese enganche.
Salí de la notaría con las llaves en la mano. Pesaban. El metal se sentía frío en mi palma. Me subí a un taxi (ya no tenía coche) y le pedí que me llevara al Fraccionamiento Los Robles. Necesitaba ver mi nueva adquisición. Y necesitaba preparar el escenario.
El tráfico estaba pesado. Tardamos una hora en llegar. El fraccionamiento era bonito, de esos que prometen “vida de lujo accesible”. Llegué a la casa número 45. Era una casa blanca, moderna, minimalista. Tenía un balcón pequeño y una puerta de madera grande. Metí la llave nueva. Giró suavemente. Entré. La casa olía a pintura fresca y a vacío. No había muebles, claro. Recorrí las habitaciones. Imaginé a Carlos trayendo a Sofía aquí, prometiéndole que llenarían este espacio con hijos y risas. —Ni madres —dije, y mi voz hizo eco en la sala vacía.
Saqué de mi bolsa un sobre amarillo grande que había comprado en la papelería. Adentro metí una copia de la escritura donde se veía claramente mi nombre: PROPIETARIA: MARIANA LÓPEZ. Escribí una nota en una hoja de cuaderno con plumón negro permanente. Mi letra era grande, agresiva.
“Queridos Carlos y Sofía: Espero que hayan disfrutado su ‘boda’. Lamento informarles que hubo un cambio de administración en su nido de amor. Esta casa es propiedad privada de Mariana López. Comprada legalmente ante notario. Cualquier intento de ingreso será considerado ALLANAMIENTO DE MORADA y se llamará a la patrulla. PD: Carlos, gracias por el enganche. Fue tu único aporte. Atte: La Dueña.”
Pegué el sobre con cinta adhesiva industrial en la puerta principal, justo a la altura de los ojos. Luego, hice algo más. Llamé a un cerrajero de emergencia que encontré en Google Maps. Llegó en veinte minutos. —Jefe, quiero que cambie la combinación de la chapa. Y quiero que ponga un cerrojo extra. De esos de alta seguridad. —¿Perdió las llaves, seño? —No. Solo quiero asegurarme de que las ratas no entren.
El cerrajero trabajó rápido. Cuando terminó, la puerta era una fortaleza. Le pagué y se fue. Me quedé parada en la banqueta, mirando la casa. Empezaba a oscurecer. El cielo se estaba nublando de nuevo, prometiendo lluvia para el fin de semana. Perfecto. Todo estaba listo. El jardín estaba preparado para rechazarlos. La casa estaba preparada para dejarlos fuera. Carlos se había quedado sin dinero, sin boda y sin techo. Y él todavía no lo sabía. Seguía viviendo en su burbuja de felicidad ignorante, pensando que faltaban 48 horas para el mejor día de su vida.
Regresé a mi departamento en la Roma, agotada pero eufórica. Me senté en el sofá. Miré mi cuenta bancaria. Ahora sí estaba en ceros de verdad, y llena de deudas. Debía al banco, debía a mi hermana. Pero no me importaba. El dinero se recupera. La dignidad, no. Y yo acababa de comprar toneladas de dignidad.
Mañana era viernes. El día de la “inspección” con Doña Esperanza. Y el sábado… el sábado sería el gran final. Cerré los ojos y sonreí. Que empiece el show.
PARTE 2
CAPÍTULO 5: El Día “D” (Desastre)
El sábado amaneció con ese cielo azul insultante que solo la Ciudad de México regala cuando quiere presumir. Era el tipo de día que las novias rezan por tener: ni una nube, sol brillante, calorcito rico pero con brisa. Un día de postal. Yo me desperté temprano, pero no con los nervios de una novia, sino con la precisión de un general antes de la batalla.
Me tomé mi café con calma, revisando por última vez la lista de verificación mental.
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Cuentas bancarias mancomunadas: Bloqueadas y reportadas por “movimientos sospechosos” a las 8:00 AM en punto.
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Tarjetas de crédito adicionales (que él usaba): Canceladas por robo.
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Casa de la calle Roble: Asegurada con chapa de alta seguridad y notificada a vigilancia del fraccionamiento.
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Jardín Las Bugambilias: Trampa activada.
Me vestí. Nada de ropa deportiva hoy. Elegí unos pantalones negros, una blusa de seda fresca y unos lentes de sol oscuros, de esos que te hacen sentir invisible. Agarré mi bolsa, las llaves de mi “nuevo” medio de transporte (Uber, porque vendí mi coche, ¿recuerdan?) y salí.
Llegué al Jardín Las Bugambilias dos horas antes del evento. Doña Esperanza cumplió su palabra. El guardia de seguridad de la entrada de servicio ya tenía mi nombre. —Pase, licenciada. La señora la espera en la oficina.
Subí las escaleras de caracol hacia la oficina privada de Doña Esperanza. Era un espacio elegante, con aire acondicionado a todo lo que da y un ventanal enorme de piso a techo con vidrio polarizado unidireccional. Desde ahí, se veía todo el jardín como si fuera una maqueta. Doña Esperanza estaba sentada en su escritorio, bebiendo un té helado. Se veía imponente. —Bienvenida al palco VIP, Mariana —me dijo, señalando un sillón cómodo frente al ventanal—. Siéntate. ¿Quieres algo de tomar? ¿Vino? ¿Tequila? —Una Coca-Cola bien fría, por favor. Necesito azúcar para procesar lo que voy a ver.
Me senté y miré hacia abajo. El jardín estaba espectacular. Tengo que admitirlo, Sofía (o Carlos, con mi dinero) tenía buen gusto. Las mesas estaban vestidas con manteles de lino gris perla, centros de mesa gigantescos con rosas blancas y orquídeas, sillas Tiffany doradas. Había una pista de baile de cristal sobre la fuente. Todo gritaba “lujo”. Todo gritaba “350 mil pesos”. Ver mi dinero transformado en esa decoración me dio una punzada en el estómago, pero la reprimí rápido. En unas horas, esas flores serían basura.
A las 5:00 PM empezaron a llegar los invitados. Fue fascinante ver el desfile. Gente “bien”, o gente que pretendía ser “bien”. Mujeres con vestidos largos de lentejuela a plena luz del día, hombres con trajes que les quedaban un poco apretados. Reconocí a algunos amigos de Carlos, esos que me dejaron de hablar cuando él les contó su versión mentirosa de la ruptura. También vi a la familia de Sofía; su madre caminaba con la nariz tan levantada que parecía que iba a ahogarse si llovía. Todos se saludaban, se tomaban selfies, admiraban el lugar. —¡Qué bárbaro! ¡Carlos se lució! —alcancé a leer en los labios de una tía chismosa. Si supieras, tía. Si supieras.
A las 5:45 PM, el ambiente cambió. Se escuchó el rumor de un motor potente. Una limusina blanca, larguísima, ridículamente ostentosa, giró en la entrada principal. Doña Esperanza se levantó y se paró a mi lado. —Aquí vienen —susurró—. ¿Lista? —Más que lista.
La limusina se detuvo justo frente al portón de hierro forjado, que estaba estratégicamente cerrado. El chofer bajó y abrió la puerta trasera. Primero salió él. Carlos. Se veía… triunfante. Llevaba un esmoquin negro impecable, moño, el pelo engominado. Sonreía como si fuera el dueño del mundo. Saludó a la cámara de un fotógrafo que habían contratado. Luego, le tendió la mano al interior del auto. Y salió ella. Sofía. El vestido era obsceno. Hermoso, pero obsceno. Una explosión de encaje, tul y pedrería que brillaba con el sol. La cola del vestido medía tres metros. Llevaba una tiara. Sí, una tiara. Parecía una princesa de Disney, pero con más botox.
Caminaron hacia la entrada, tomados del brazo, radiantes. Los invitados que estaban cerca del portón aplaudieron. Los flashes de los fotógrafos estallaron. Era la imagen del éxito. La imagen de la traición perfecta.
Justo cuando Carlos puso una mano sobre los barrotes del portón para empujarlo (esperando que estuviera abierto), nada pasó. Estaba cerrado con cadena y candado. Carlos frunció el ceño. Hizo una seña a uno de los guardias de seguridad que estaba adentro, parado como estatua. —¡Oiga! ¡Abran! ¡Ya llegamos! —gritó Carlos, todavía con una sonrisa, pensando que era un error menor.
El guardia no se movió. En su lugar, salió el Licenciado Bermúdez, el gerente general del lugar. Un hombre alto, calvo, con cara de pocos amigos y un traje gris impecable. Bermúdez llevaba una carpeta en la mano. Se acercó a la reja, pero no la abrió. Se quedó del lado de adentro, a medio metro de Carlos.
Desde mi posición privilegiada, y gracias a un micrófono ambiental que Doña Esperanza había encendido “por seguridad”, escuché todo.
—Buenas tardes —dijo Bermúdez, seco. —Buenas tardes —respondió Carlos, ya un poco molesto—. Soy el novio, Carlos Méndez. Abran la puerta, por favor, que mi prometida tiene calor. —Señor Méndez, lamento informarle que no podemos permitirles el acceso. —¿Cómo? —Carlos soltó una risita nerviosa—. ¿De qué habla? Es mi boda. Ya está todo pagado. Miren, ahí están mis invitados.
—Sí, los invitados están en el área de espera exterior, pero no han ingresado al salón principal. Y no van a ingresar. —¡Esto es ridículo! —intervino Sofía, abanicándose con la mano—. ¡Soy la novia! ¡Abran inmediatamente o le voy a decir a Carlos que los demande!
Bermúdez abrió su carpeta con calma. —Señor Méndez, la administración ha decidido ejercer la Cláusula 14 del contrato de arrendamiento, referente a la “Procedencia de Fondos y Moralidad”. Hemos recibido notificación bancaria de que los fondos utilizados para el pago de este evento están bajo investigación por fraude y robo de identidad entre particulares. —¡Eso es mentira! —gritó Carlos, poniéndose rojo—. ¡El dinero es mío! ¡Yo hice la transferencia!
—La transferencia fue realizada desde una cuenta que ha sido reportada como vaciada sin consentimiento de la cotitular. Además, la transferencia del saldo restante, que intentó hacer hoy por la mañana para los extras, fue rechazada por “Fondos Insuficientes” y “Cuenta Bloqueada”. Carlos palideció. Se tocó el bolsillo del saco, buscando su celular. —No… no puede ser. Yo tengo dinero.
—Su reserva está cancelada —sentenció Bermúdez—. Tienen cinco minutos para retirar sus vehículos y a sus invitados de la propiedad privada, o nos veremos obligados a llamar a la fuerza pública por invasión y alteración del orden.
El silencio que siguió fue sepulcral. La música ambiental que sonaba bajito se detuvo (Doña Esperanza apretó un botón en su escritorio). Los invitados empezaron a murmurar. El “chisme” corrió como pólvora. —¿Qué dijo? ¿Fraude? —¿No pagó? —¡Qué oso! ¡Los están corriendo!
Sofía miró a Carlos con los ojos desorbitados. El maquillaje perfecto empezaba a cuartearse por el sudor y el pánico. —Carlos… ¿qué está pasando? —siseó ella—. Dijiste que todo estaba arreglado. —¡Está arreglado! —gritó él, desesperado, sacando su celular—. ¡Es un error del banco! ¡Ahorita lo arreglo! ¡Déjenme pasar y les pago en efectivo, les firmo un pagaré, lo que quieran!
Bermúdez negó con la cabeza y dio media vuelta. —El evento está cancelado. Procedan a desalojar.
Los guardias de seguridad dieron un paso al frente, con las manos en sus fornituras, intimidantes. Carlos se aferró a los barrotes, sacudiendo la reja. —¡No me pueden hacer esto! ¡Soy Carlos Méndez! ¡Tengo derechos! —¡Carlos, por Dios, nos están viendo todos! —gritó Sofía, jalándolo del brazo. Ella tenía razón. Todos los celulares estaban arriba. Ya no grababan la “boda del año”, grababan el “fraude del año”. Vi a una influencer amiga de Sofía transmitiendo en vivo, con cara de shock fingido.
—¡Vámonos! —le gritó Sofía, llorando—. ¡Sácame de aquí! —¡Pero el jardín! ¡El dinero! —¡Vámonos, idiota!
Carlos, derrotado, sudando a chorros dentro de su esmoquin, tuvo que dar la media vuelta. El “camino de la vergüenza” de regreso a la limusina fue brutal. Los invitados se apartaban como si tuvieran lepra. Nadie se acercó a consolarlos. Al contrario, la gente empezaba a caminar hacia sus coches, molestos por haber gastado en regalo y peinado para nada. —No hay boda, señores —dijo alguien en voz alta—. Vámonos a los tacos.
Vi cómo Carlos empujaba a Sofía dentro de la limusina y se subía tras ella. El coche arrancó, dejando una nube de polvo y dignidad perdida. Arriba, en la oficina, Doña Esperanza soltó una carcajada y brindó con su té helado. —Salud, Mariana. Eso fue poesía.
Yo me terminé mi Coca-Cola. Me sentía extrañamente vacía, pero en paz. —Todavía no termina —dije, mirando el reloj—. Ahora van a la casa. Y ahí… ahí es donde va a llover.
Me despedí de Doña Esperanza con un abrazo que selló nuestra alianza. —El dinero te lo deposito el lunes, mija. Integra. —Gracias, Doña Esperanza. Salí del jardín por la puerta trasera, me subí a mi Uber y le dije al chofer: —Lléveme a casa. Tengo que preparar palomitas.
CAPÍTULO 6: Sin Techo y Sin Fiesta
Mientras yo regresaba a la seguridad de mi departamento (que gracias a Dios y a Don José todavía tenía), Carlos y Sofía vivían el viaje en limusina más largo y silencioso de sus vidas. Me enteré de los detalles después, porque el chofer de la limusina resultó ser primo de una amiga de Tania (México es un pueblo, se los juro), y el chisme nos llegó completo.
Dicen que dentro del auto el aire se podía cortar con cuchillo. Sofía lloraba en silencio, arruinando el vestido con sus lágrimas negras de rímel. Carlos intentaba hacer llamadas frenéticamente. —¡Es un error del banco, te lo juro! —le decía a Sofía—. Seguro Mariana hizo algo, esa loca me bloqueó las cuentas por despecho. Pero no te preocupes, mi amor. Tengo la casa. La casa es nuestra. Vámonos para allá. Ahí estaremos tranquilos, pedimos unas pizzas, nos reímos de esto. Mañana arreglo todo y nos casamos por el civil.
Sofía no le contestaba. Solo miraba por la ventana con odio. Llegaron al Fraccionamiento Los Robles ya entrada la noche. El cielo, que había sido tan azul en la mañana, ahora estaba negro y cargado de nubes eléctricas. Tláloc estaba a punto de unirse a mi venganza.
La limusina se detuvo frente a la casa de la calle Roble 45. —Llegamos, mi reina —dijo Carlos, tratando de sonar animado—. Nuestro hogar. Bajaron. El chofer también bajó para abrirles la cajuela y sacar las maletas que habían preparado para la luna de miel (porque claro, se iban a ir directo al aeropuerto al día siguiente). Carlos caminó hacia la puerta principal, sacando el llavero con un gesto teatral. —Bienvenida a casa, Señora Méndez.
Metió la llave. No entró. Empujó un poco. Nada. —Qué raro —murmuró—. Seguro es la llave nueva, está dura. Intentó con otra llave. Tampoco. Empezó a forcejear con la chapa, moviéndola de un lado a otro. La puerta no cedía ni un milímetro. Era madera sólida con un cerrojo de alta seguridad que yo había pagado con gusto.
—¿Qué pasa ahora, Carlos? —preguntó Sofía desde la banqueta, con los brazos cruzados, tiritando por el viento frío que empezaba a soplar. —No… no abre. La chapa está cambiada.
Y entonces lo vio. El sobre amarillo pegado con cinta canela en la madera. Carlos lo arrancó con manos temblorosas. Rompió el papel. Sacó la hoja. Leyó mi nota. “Queridos Carlos y Sofía… Propiedad de Mariana López… Allanamiento de morada…”
El color abandonó su rostro. Se puso gris, cenizo. —No… no puede ser —gimió. —¿Qué es eso? —Sofía se acercó y le arrebató el papel. Lo leyó rápido. Sus ojos se abrieron como platos. —¿Mariana? —gritó—. ¿La casa es de Mariana? ¡Me dijiste que tú la habías comprado! ¡Me dijiste que eras el dueño!
—Yo… yo di el apartado… —balbuceó Carlos—. Ella… ella usó el poder notarial… me la quitó… ¡Me la robó!
—¡Tú me dijiste que tenías todo resuelto! —Sofía le dio un empujón que casi lo tira al suelo—. ¡Eres un mentiroso! ¡No tienes nada! ¡No tienes dinero, no tienes boda y no tienes casa! —Sofía, por favor, cálmate, lo voy a arreglar… —¡¿Qué vas a arreglar?! —le gritó ella, histérica—. ¡Míranos! ¡Estamos en la calle!
En ese preciso instante, el cielo se rompió. Empezó a llover. No una llovizna romántica. Un aguacero torrencial, de esos que duelen cuando caen las gotas, con granizo incluido. En segundos, estaban empapados. El vestido de princesa de Sofía, ese que costó miles de pesos, se convirtió en una esponja pesada y sucia de lodo. El peinado se le deshizo. Parecía la novia cadáver. Carlos, con su esmoquin mojado, parecía un pingüino triste.
El chofer de la limusina, que había estado viendo todo, se acercó. —Jefe, se acabó el tiempo contratado. Y con la lluvia… pues ya me tengo que ir. Son tres mil pesos del tiempo extra y el servicio.
Carlos se buscó la cartera. Sacó su tarjeta Platinum. —Cóbrate de aquí. El chofer sacó la terminal portátil. Insertó la tarjeta. Procesando… BIP BIP. DENEGADA – FONDOS INSUFICIENTES / TARJETA REPORTADA ROBADA.
—No pasa, jefe. Carlos sacó otra. La de débito. BIP BIP. DENEGADA.
Probó con tres tarjetas más. Todas rebotadas. Yo había hecho mi trabajo a la perfección esa mañana. No tenía acceso a un solo peso. El chofer se puso serio. —Oiga, no se quiera pasar de listo. Págueme. —No… no tengo efectivo… mis cuentas… mi ex… —A mí me vale madres su ex. Págueme o le hablo a la patrulla. Y créame que la patrulla aquí en el Estado llega rápido y cobra más caro.
Sofía tuvo que intervenir. Sacó de su bolsa de mano (que afortunadamente traía) un monedero pequeño. —Ten —le aventó unos billetes al chofer—. Es todo lo que traigo. Son dos mil pesos. Lárgate. El chofer contó el dinero, hizo una mueca de disgusto, pero aceptó. —Suerte con su noche de bodas —dijo con sarcasmo. Se subió a la limusina y arrancó, dejándolos ahí, en la banqueta, bajo la tormenta, con sus maletas tiradas en el lodo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Sofía, temblando de frío y de rabia. Carlos estaba sentado en el escalón de la entrada de “mi” casa, con la cabeza entre las manos. Estaba llorando. —No sé… vamos a un hotel. —¿Con qué dinero, imbécil? Tus tarjetas no sirven.
Carlos recordó algo. —Mi primo. El Kevin. Vive en Ecatepec, no está tan lejos. Él nos puede recibir. Sofía lo miró con horror. —¿Me vas a llevar a Ecatepec? ¿En mi noche de bodas? —No tenemos opción, Sofía. Es eso o dormir aquí bajo la lluvia.
Tuvieron que pedir un Uber desde el celular de Sofía (porque el de Carlos no tenía datos, ya que el plan también estaba domiciliado a mi tarjeta y lo cancelé). Llegaron a casa del primo Kevin dos horas después, empapados, humillados y llenos de lodo. El primo Kevin no vivía en una residencial. Vivía en una unidad habitacional gris, en un cuarto piso sin elevador. Les abrió la puerta en calzones, comiendo cereal. —¿Quihubo, primo? ¿Qué hacen aquí? ¿No era hoy el bodorrio?
Carlos no tuvo fuerzas para explicar. —Déjanos pasar, güey. Por favor. Kevin los dejó entrar. El departamento era minúsculo. Olía a encierro y a frituras. —Híjole, primo, pues solo tengo el cuarto de tiliches. Ahí hay un colchón, pero está medio gacho.
Esa fue su suite nupcial. Un cuarto de tres por tres metros, lleno de cajas viejas, con un colchón matrimonial en el suelo que tenía los resortes salidos. No había sábanas. No había aire acondicionado, solo un ventilador viejo que hacía clac-clac-clac cada vez que giraba. Y había mosquitos. Muchos mosquitos.
Sofía se quedó parada en medio del cuarto, mirando el colchón sucio. El vestido de novia pesaba toneladas. Se lo intentó quitar, pero el cierre se atoró con la humedad. —Ayúdame —le dijo a Carlos, con voz muerta. Carlos se acercó e intentó bajar el cierre. Sus dedos torpes y fríos rozaron la piel de ella. —No me toques —siseó ella cuando el cierre bajó—. Solo quítame esto.
Se quitó el vestido y lo aventó a una esquina, donde quedó hecho una bola de tela grisácea y triste. Se quedó en ropa interior, pero no había nada sexy en el ambiente. Se acostó en el colchón desnudo, dándole la espalda a Carlos, mirando hacia la pared despintada. Carlos se sentó en el borde del colchón. Escuchaba el zumbido de los mosquitos y el clac-clac del ventilador. Afuera, se oían sirenas de policía y perros ladrando.
—Perdóname, Sofía —susurró Carlos en la oscuridad—. Te juro que lo voy a arreglar. Mañana busco a un abogado. Demando a Mariana. Recupero todo.
Sofía soltó una risa en la oscuridad. Una risa que le heló la sangre a Carlos. —No vas a recuperar nada, Carlos. Mariana te ganó. Te ganó porque es más lista que tú. Y tú… tú eres un perdedor. Se giró para mirarlo. Sus ojos, sin maquillaje, se veían duros, crueles. —Me casé con un perdedor sin un peso. Esta es tu realidad, Carlos. Este colchón sucio es tu futuro. Felicidades.
Se volvió a girar hacia la pared. Carlos se quedó ahí, sentado en la penumbra, mientras las palabras de Sofía se clavaban en su pecho. Por primera vez, la realidad lo golpeó sin anestesia. Había traicionado a la única mujer que realmente lo había apoyado, a la mujer que construyó su vida peso a peso, a la mujer que le cocinaba adobo con amor. La había cambiado por un sueño de Instagram, por una fantasía de lujo. Y ahora, la fantasía se había disuelto con la lluvia, y solo quedaba la miseria.
Lloró. Lloró bajito para que Sofía no lo escuchara, pero sabía que ella estaba despierta, escuchando su fracaso. Pensó en mí. Pensó en Mariana. Imaginó que yo estaba en mi cama calientita, tranquila, quizás riéndome. Y tenía razón. A kilómetros de ahí, yo dormía profundamente, abrazada a mi almohada, con una sonrisa en los labios. La justicia no siempre es ciega. A veces, la justicia usa lentes de sol y maneja un Uber, y se asegura de que pagues cada centavo de tu traición.
Pero el drama no terminó esa noche. Lo peor estaba por venir. Porque en la era de las redes sociales, la humillación privada no existe. Y al día siguiente, Carlos y Sofía se despertarían para descubrir que no solo eran pobres y miserables. Eran virales.
CAPÍTULO 7: La Viralidad del Karma
El domingo amaneció en la Ciudad de México con esa calma engañosa de los días de descanso. Mientras las familias salían por barbacoa y los corredores llenaban el Parque México, en un departamento oscuro y mal ventilado de Ecatepec, la realidad estaba a punto de despertar a Carlos y Sofía con una bofetada digital.
Carlos abrió los ojos. Le dolía la espalda por los resortes del colchón viejo de su primo Kevin. Por un segundo, ese segundo de misericordia antes de que la memoria se active, pensó que estaba en su cama, que todo había sido una pesadilla provocada por cenar tacos muy pesados. Pero luego olió la humedad. Escuchó el zumbido de un mosquito que había festinado con su sangre toda la noche. Y vio a Sofía sentada en el suelo, con el maquillaje corrido pareciendo un mapache furioso, mirando la pantalla de su celular con una expresión de horror absoluto.
—¿Sofía? —preguntó él con voz pastosa—. ¿Qué hora es? Ella no contestó. Solo levantó la mirada. Sus ojos inyectados en sangre lo atravesaron. —Estamos acabados —susurró. —¿De qué hablas? —¡Míranos, imbécil! —le gritó, aventándole el teléfono a la cara.
Carlos atrapó el celular torpemente. La pantalla estaba abierta en TikTok. El video tenía el título en letras rojas y amarillas: “¡ESCÁNDALO! SACAN A NOVIOS DE SU PROPIA BODA POR FRAUDE. #LordFraude #BodaFake”. El video tenía 4.5 millones de vistas. Carlos le dio play con el dedo tembloroso.
Era una grabación hecha desde un celular, seguramente por alguno de los invitados o curiosos afuera del Jardín Las Bugambilias. Se veía claramente el momento en que el gerente, el Licenciado Bermúdez, les negaba la entrada. El audio era nítido, cruelmente nítido. “Su reserva ha sido cancelada por falta de pago y fondos ilícitos”. Luego, se veía a Carlos sacudiendo la reja como un loco, gritando “¡Soy Carlos Méndez!”. Y finalmente, la toma de Sofía jalándolo y huyendo hacia la limusina entre abucheos.
Carlos sintió que se le bajaba la presión. —Esto… esto se puede borrar, ¿no? Podemos reportarlo —balbuceó. —¡Sigue bajando, idiota! —chilló Sofía.
Carlos deslizó el dedo. El siguiente video era peor. Alguien había tomado fotos de ellos llegando a la casa de la calle Roble, empapados, bajo la lluvia, siendo rechazados por la puerta y peleando con el chofer de la limusina. El título decía: “INSTAGRAM VS REALIDAD: De la limusina al Uber. Karma instantáneo”. En una mitad de la pantalla, la foto perfecta de Sofía que subió días antes presumiendo “su nueva casa”. En la otra mitad, la foto de ella, mojada, sucia y gritando en la banqueta, con el maquillaje escurriéndose.
Los comentarios eran una carnicería. El humor mexicano no perdona, y cuando huele pretensión, ataca a la yugular. “Jajaja, se les acabó el saldo”. “¿Y la influencer? Quedó como payaso de rodeo”. “Eso les pasa por querer aparentar lo que no son. #LadyGorrona”. “Dice mi primo que el novio le robó a su ex para pagar la boda. ¡Qué fuerte!”.
Ese último comentario. Alguien sabía la verdad. Carlos sintió un frío en el estómago. —Saben lo de Mariana —dijo en voz baja. Sofía se levantó del suelo, histérica. Empezó a caminar en círculos en el cuarto de tres metros cuadrados. —¡Mis patrocinadores! —gritaba—. ¡Me están cancelando las marcas! ¡La tienda de ropa me mandó DM pidiendo que baje sus fotos! ¡Perdí diez mil seguidores en una noche! ¡Tú me hiciste esto, Carlos! ¡Me arruinaste la vida!
—Yo… yo solo quería darte lo mejor… —¡Me diste vergüenza! —lo interrumpió—. ¡Me convertiste en un meme! ¡Soy la burla nacional!
Mientras ellos se despedazaban en ese cuarto sucio, yo estaba en mi departamento, tomando un té de manzanilla, observando el incendio desde la seguridad de mi pantalla. Mi teléfono no paraba de sonar. Notificaciones de Facebook, Twitter, Instagram. Alguien, probablemente Tania o alguna de mis amigas leales, había soltado la historia completa en un hilo de Twitter que se hizo viral en horas.
“Abro hilo de cómo un patán le robó 350k a su prometida de años para casarse con su ex, y cómo la prometida (una reina) se vengó sin ensuciarse las manos”.
El hilo contaba todo. Mis ahorros. La traición. La compra de la casa. La cancelación del jardín. No mencionaban mi nombre completo, solo me llamaban “La Novia Vengadora” o “Mariana, la patrona”. La gente estaba de mi lado. Era abrumador. “¡Mariana presidenta!”. “Necesito clases de venganza con esta mujer”. “¡Eso es empoderamiento y no mamadas!”. “Justicia poética. Ojalá el tipo se pudra”.
Periodistas de programas de chismes me mandaban mensajes directos. “Mariana, queremos tu exclusiva. Te pagamos”. “Vente al programa ‘Hoy’, queremos oír tu versión”. Podría haber ido. Podría haber salido en televisión nacional, llorando un poquito, haciéndome la víctima, y luego capitalizar la fama para conseguir seguidores. Pero no lo hice. Recordé lo que me dijo Don José: “El mejor castigo es que te vean feliz”. Y yo agregaría: el mejor castigo es el silencio.
No publiqué nada. No puse stories tirando indirectas. No contesté entrevistas. Simplemente dejé que el mundo hablara por mí. Mi silencio los volvía locos a todos. Mi silencio hacía que la leyenda creciera. Mientras Carlos y Sofía intentaban defenderse subiendo videos llorando y explicando que “fue un malentendido bancario” (lo cual solo provocó más burlas y memes), yo me mantuve como un fantasma digno.
Esa tarde, Carlos intentó llamarme. Vi su nombre en la pantalla. “Carlos (No contestar)”. Lo dejé sonar hasta que se fue al buzón. Volvió a llamar. Y otra vez. Luego llegaron los mensajes. “Mariana, por favor contesta. Esto se salió de control.” “Solo quiero hablar. Sofía está muy mal.” “¿Por qué nos hiciste esto? Yo te amaba a mi manera.” “Por favor, desbloquea la cuenta. Necesito comer.”
Leí cada mensaje con una satisfacción fría. No sentí pena. Recordé mi olla de adobo quemada. Recordé mis tres días sin comer. Recordé su risa cuando me dijo “Gracias por el financiamiento”. Ahora él pedía financiamiento para comer. Bloqueé el número.
Sofía no duró mucho. Dos días después, anunció en sus redes (antes de cerrarlas definitivamente por el acoso) que se separaba de Carlos. Dijo que ella también había sido “engañada” por él, que no sabía el origen del dinero. Se lavó las manos como Poncio Pilatos y huyó a casa de sus papás en provincia. Carlos se quedó solo. Sin novia. Sin esposa. Sin casa. Sin trabajo (porque su empresa vio el escándalo y lo despidieron por “pérdida de confianza y daño a la imagen institucional”). Y con una deuda moral que lo perseguiría por siempre en Google. Si alguien buscaba su nombre, lo primero que aparecía no era su currículum, sino “Lord Fraude”.
Yo, por mi parte, empecé a sanar. El dinero de la boda regresó a mi cuenta el lunes a primera hora, cortesía de Doña Esperanza. Vendí la casa de la calle Roble un mes después. Como la zona había ganado plusvalía y yo la había “comprado” en una situación ventajosa, le gané casi un 20%. Pagué mis deudas. Le devolví el dinero a mi hermana con intereses (y un viaje a Cancún de regalo). Pagué el préstamo del banco. Y me sobró. Me sobró bastante.
Pero no usé ese dinero para comprarme ropa o irme de viaje para “encontrarme a mí misma”. Tenía una idea mejor. Había descubierto que mi dolor no era único. Había miles de mujeres ahí afuera con historias similares, mujeres que necesitaban un vestido, una armadura para enfrentar sus propios nuevos comienzos.
CAPÍTULO 8: Nuevos Comienzos
Pasó un año. La Ciudad de México seguía siendo ese monstruo hermoso y caótico. Las jacarandas volvieron a florecer, pintando las calles de morado, y yo sentí que florecía con ellas. Ya no vivía en el departamento de la Roma. Me mudé a algo más pequeño pero propio, cerca de Coyoacán.
Caminé por la calle empedrada hacia mi local. El letrero de madera colgado sobre la puerta decía: “RENACER: Boutique Nupcial y de Gala”. Pero abajo, en letras más pequeñas, decía: “Porque cada final es un nuevo comienzo”.
Abrí la tienda con mi llave. El olor a lavanda y telas nuevas me recibió. No era una tienda de novias tradicional. Sí, vendía vestidos hermosos. Pero mi especialidad era la “Segunda Oportunidad”. Compraba vestidos de mujeres que habían cancelado sus bodas, o divorciadas que querían deshacerse de la energía del pasado, y los transformaba. Los rediseñaba, les quitaba el karma y los vendía a precios accesibles para mujeres que soñaban con verse bellas sin empeñar su futuro. Además, una parte de las ganancias iba destinada a la fundación de Doña Esperanza (sí, ella tenía una fundación para mujeres víctimas de violencia económica).
Me iba bien. Muy bien. Las clientas venían no solo por los vestidos, sino por la vibra del lugar. Se sentaban en mis sillones de terciopelo, tomábamos café y, a veces, llorábamos juntas. Yo les contaba mi historia —ya sin dolor, solo como una anécdota de poder— y ellas salían de ahí sintiéndose invencibles.
Ese martes por la tarde estaba acomodando un vestido de encaje vintage en el maniquí principal cuando sonó la campanilla de la puerta. —¡Buenas tardes! En un momento la atiendo —dije, sin voltear, ajustando un alfiler.
No hubo respuesta. Solo un silencio pesado y unos pasos lentos, arrastrados. Me giré. Y ahí estaba. El fantasma.
Carlos. Casi no lo reconocí. Había envejecido diez años en uno solo. Estaba flaco, pero no ese flaco fit de gimnasio, sino flaco de mala alimentación. Tenía ojeras profundas y el cabello, antes siempre peinado con gel caro, ahora se veía opaco y un poco largo. Llevaba una camisa que se veía planchada pero vieja, y unos zapatos desgastados. Se quedó parado en la entrada, mirando los vestidos blancos con una mezcla de terror y nostalgia.
—Hola, Mariana —su voz sonaba rota, rasposa. Sentí… nada. Esperaba sentir rabia. Esperaba sentir ganas de gritarle. O tal vez miedo. Pero solo sentí una inmensa, profunda indiferencia. Era como ver a un extraño en el metro. —Carlos —dije, seca. Me crucé de brazos—. ¿Vienes a comprar un vestido?
Él bajó la mirada, avergonzado. Jugaba con sus manos nerviosamente. —No… yo… pasaba por aquí. Vi el letrero. Supe que era tuyo. Me dijeron que te va bien. —Me va excelente. Gracias por preguntar. ¿Qué quieres? Carlos dio un paso adelante, vacilante. —Mariana, yo… he tocado fondo. Nadie me da trabajo decente. Googlearon mi nombre y… bueno, ya sabes. Sofía me demandó por daños morales, aunque no ganó, me hizo gastar lo poco que tenía en abogados. Estoy viviendo con mis papás otra vez, en el cuarto de visitas.
Me miró a los ojos, buscando esa compasión que yo solía tenerle, esa mirada de “yo te salvo” que le regalé durante tres años. —Lo siento mucho, Carlos. De verdad. Nadie merece vivir así. —Sabía que seguías siendo buena —dijo él, con un destello de esperanza patética en los ojos—. Mariana, necesito ayuda. Un préstamo. O… no sé, tal vez podríamos hablar. Empezar de cero. Yo sé que la cagué, pero lo nuestro fue real, ¿no? Tú me amabas.
Solté una risa suave. No de burla, sino de incredulidad. —Carlos, escúchame bien. Lo que yo sentía por ti era real. Pero el hombre al que yo amaba no existe. Tú lo mataste el día que vaciaste mi cuenta. El hombre que está parado aquí es un desconocido para mí.
—Pero estoy arrepentido… —El arrepentimiento no borra las acciones. Y el perdón… te perdono, Carlos. De verdad. No te guardo rencor porque el rencor me hace daño a mí, no a ti. Pero el perdón no significa que te quiera en mi vida. Significa que ya no me dueles.
Me acerqué al mostrador. Él pensó que iba a sacar la chequera. Abrí un cajón. Saqué una tarjeta de presentación sencilla. Caminé hacia él y se la extendí. —Toma. Carlos la miró confundido. —¿Qué es esto? —Es el número de un terapeuta excelente. Trabaja con honorarios ajustados a tus ingresos. Y al reverso, escribí la dirección de una agencia de empleos temporales. No es gran cosa, bodegas, mensajería… pero es trabajo honesto. Te servirá para empezar a pagar tus deudas kármicas.
Carlos sostuvo la tarjeta con dedos temblorosos. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿No me vas a ayudar? ¿Con dinero? —Esa es la ayuda, Carlos. La única que vas a recibir de mí. Aprende a ganarte tu propio dinero. Aprende a ser un hombre de verdad, no un parásito.
Él se quedó mirándome unos segundos más, esperando que yo me quebrara. Pero yo estaba firme como una columna de mármol. Finalmente, entendió. Entendió que Mariana, su ex prometida dócil, estaba muerta y enterrada. Asintió lentamente, guardó la tarjeta en su bolsillo y dio media vuelta. —Adiós, Mariana —murmuró. —Adiós, Carlos. Que te vaya bien.
Salió de la tienda. La campanilla sonó alegremente a su paso: Ding-dong. Lo vi caminar por la banqueta, encorvado, perdiéndose entre la gente de Coyoacán. Un hombre gris en un mundo de colores.
Regresé a mi maniquí. Acomodé el encaje. Me miré en el espejo de cuerpo entero que tenía al fondo de la tienda. Vi a una mujer de treinta años. Tenía algunas líneas de expresión nuevas alrededor de los ojos, pero eran de tanto reír, no de llorar. Vestía ropa que yo me había comprado con mi dinero. Tenía un negocio propio. Tenía paz.
No me casé con el vestido corte sirena. No tuve la fiesta en Las Bugambilias. No tuve la luna de miel en Europa. Pero tuve algo mejor. Tuve la oportunidad de reconstruirme desde los escombros. Aprendí que soy más fuerte que cualquier traición. Aprendí que el amor propio es el único romance que dura para siempre.
Esa noche, cerré la tienda temprano. Pasé por una panadería y me compré una concha de vainilla recién horneada. Caminé hacia mi casa bajo el cielo estrellado de la Ciudad de México, mordiendo mi pan dulce, sintiendo el aire fresco en la cara. Sonreí. No necesitaba un príncipe azul. No necesitaba que nadie me rescatara. Yo era la heroína de mi propia historia. Y al final, el villano no solo perdió… el villano se volvió irrelevante.
Si alguna vez te rompen el corazón y te roban la cartera, recuerda mi nombre. Recuerda a Mariana. Llora tres días, sí. Pero al cuarto día, levántate, lávate la cara, ponte los tacones y prepárate. Porque la venganza no es gritar. La venganza es ser feliz, exitosa e inalcanzable. Y créanme… se siente chingón.
FIN.