
Capítulo 1: El Regreso a la Guarida del Lobo
El Periférico estaba paralizado. Una serpiente interminable de luces rojas se extendía hasta donde alcanzaba la vista, vibrando bajo la bruma grisácea del esmog de la Ciudad de México. Eran las cinco de la tarde y el aire acondicionado del Honda Civic 2015 de mi madre hacía un ruido asmático, como si le costara respirar tanto como a mí.
Mis manos sudaban sobre mis rodillas. Miré el tablero: el reloj marcaba las 5:15 PM. Ya íbamos tarde. Gilberto, mi padre, odiaba la impuntualidad casi tanto como odiaba la pobreza, y hoy, en su grandiosa cena de Acción de Gracias —una tradición que él jamás había celebrado hasta que se casó con Camila y decidió que ahora éramos “cosmopolitas”—, llegar tarde era un pecado capital.
—Relájate, Estefanía —dijo mi madre, Lorena. Su voz era un bálsamo, tranquila y firme, contrastando violentamente con el nudo que yo tenía en el estómago.
La miré de reojo. Mamá llevaba su vestido azul marino de siempre. Era un vestido sencillo, de tela resistente, de esos que compras en rebaja en Liverpool y cuidas como oro molatado por años. Llevaba el cabello recogido en un chongo bajo, impecable, y apenas una capa ligera de maquillaje. Se veía digna. Se veía fuerte. Pero a los ojos de la nueva familia de mi padre, ella se vería “insuficiente”.
—Papá va a estar furioso —murmuré, mordiéndome una uña. Una manía que creí haber dejado en la prepa—. Sabes cómo se pone cuando interrumpimos su “flujo”.
—Que se enoje —respondió mamá, con una calma que me desconcertó. Cambió de carril con una suavidad experta, ignorando el claxon agresivo de una camioneta blindada negra que intentaba aventarnos lámina—. Gilberto tiene dos estados de ánimo: enojado o presumiendo. Hoy nos tocan los dos. No dejes que te afecte, mi amor. Recuerda quién eres.
—Sé quién soy, mamá. Soy la hija del primer matrimonio. La que vive al día. La que llega en un Honda viejo a una mansión en Lomas de Chapultepec. Soy el recordatorio de que él no siempre fue “Don Gilberto, el gran cirujano”.
Mamá sonrió, una sonrisa pequeña y enigmática que no alcanzó a llegar a sus ojos.
—Eres mucho más que eso, Fanny. Y hoy… hoy va a ser una noche interesante. Solo confía en mí. Y por favor, no sueltes el tupper con el pay.
Miré el recipiente de plástico en mi regazo. Dentro descansaba un pay de camote glorioso, hecho desde cero. No era cualquier pay; era la receta de la abuela Eduarda, cocido a fuego lento, con piloncillo, canela real y un toque de anís. La casa de mamá había olido a gloria toda la mañana. Pero aquí, atrapadas en el tráfico rumbo a la zona más exclusiva de la ciudad, el tupper me parecía un símbolo de nuestra “inferioridad”. Camila seguramente tendría un catering francés. Nosotros llevábamos comida en plástico.
Tardamos cuarenta minutos más en llegar a la caseta de seguridad de “Residencial Cumbres del Valle”. Este lugar no era solo un barrio rico; era una fortaleza contra la realidad de México. Muros de cuatro metros con cercas electrificadas, guardias armados que parecían militares y cámaras que te escaneaban el alma.
El guardia se acercó a la ventanilla. Nos miró, luego miró el coche, y su expresión cambió de profesional a sospechosa.
—¿A dónde se dirigen? —preguntó, sin saludarnos.
—A la residencia del Doctor Gilberto Montemayor —dijo mamá, con la barbilla en alto—. Soy su exesposa, Lorena, y ella es su hija. Nos esperan.
El guardia arqueó una ceja, incrédulo, y revisó su tablet con una lentitud exasperante.
—No están en la lista de acceso rápido… Ah, espere. Ya las vi. “Visitas de servicio/familiares secundarios”. Pasen. Carril derecho.
Familiares secundarios. Sentí la sangre subirme a las mejillas.
—¿Escuchaste eso? —siseé mientras la pluma se levantaba—. Nos puso en la misma categoría que los proveedores de gas.
—El orgullo es un lujo que a veces sale caro, hija —dijo mamá, metiendo primera—. Deja que nos etiqueten como quieran. Las etiquetas se despegan. La propiedad, no.
No entendí a qué se refería con eso último, pero no tuve tiempo de preguntar. Estábamos entrando al vecindario y, como siempre, el contraste me golpeó. Las calles eran perfectas, sin un solo bache, bordeadas de árboles jacarandas perfectamente podados. Las casas no eran casas; eran declaraciones de poder. Arquitectura moderna, cristales inmensos, cochera para seis autos. Todo gritaba dinero nuevo, ese dinero que necesita hacer ruido para sentirse real.
Llegamos a la casa de papá. Era una monstruosidad minimalista de concreto blanco y madera de teca. En la entrada circular había una colección de autos que valían más que mi vida entera: un Porsche Cayenne, dos Mercedes, un BMW deportivo y la nueva joya de papá, un Tesla Model X que brillaba bajo las luces led de la fachada.
Mamá estacionó nuestro Honda al final de la fila, casi en la calle, para no estorbar la vista de los “juguetes” de papá.
—¿Lista? —preguntó mamá, apagando el motor. El silencio dentro del coche fue repentino y pesado.
—No —admití—. Quiero irme. Camila va a empezar con sus comentarios pasivo-agresivos sobre mi peso o mi trabajo, y papá va a fingir que no existo, y sus hermanas me van a mirar como si fuera la sirvienta.
Mamá se giró en su asiento y me tomó la cara con ambas manos. Sus manos estaban calientes y ásperas por el trabajo, manos de enfermera que lavaban, curaban y sostenían.
—Escúchame bien, Estefanía. Tú no vas a bajar la cabeza. Tú entras ahí como si fueras la dueña del lugar. No porque ellos te den permiso, sino porque tú sabes lo que vales. Hoy… hoy es un día de lecciones. Y quiero que prestes mucha atención.
—¿Lecciones de qué? ¿De humillación?
—De paciencia —susurró, y luego me guiñó un ojo. Un gesto tan pícaro e inusual en ella que me quedé pasmada.
Bajamos del auto. El aire olía a pino y a lavanda, probablemente algún sistema de aromatización ambiental para que el barrio no oliera a ciudad. Caminamos hacia la puerta principal, una inmensa placa de madera pivotante que parecía la entrada a un museo.
Toqué el timbre. Una cámara nos enfocó desde arriba.
Pasaron dos minutos. Nadie abría.
—Saben que estamos aquí —dije, sintiendo la furia burbujear—. Nos están haciendo esperar a propósito.
Finalmente, la puerta se abrió. No fue papá. No fue Camila. Fue una empleada doméstica uniformada de gris, con la cabeza baja.
—Buenas noches, señora Lorena, señorita Estefanía. Pasen, por favor. Están en el salón principal.
Entramos. El vestíbulo era una caverna de mármol blanco. Mis tacones resonaban con un clac-clac demasiado ruidoso, haciéndome sentir torpe. A la izquierda, en la pared donde antes colgaban las fotos de mi graduación de la primaria y los viajes que hacíamos cuando éramos una familia “normal” (aunque pobre), ahora había cuadros abstractos enormes, manchas de colores que seguramente costaban miles de dólares y no significaban nada.
—¡Ah, por fin! —La voz de Camila cortó el aire como un cuchillo de cristal.
Apareció bajando los tres escalones que separaban el vestíbulo de la sala. Llevaba un vestido color vino, ceñido al cuerpo, de una tela que parecía seda líquida. Llevaba joyas —demasiadas para una cena en casa— y una copa de vino tinto en la mano. Me miró de arriba abajo, deteniéndose un microsegundo en mis zapatos (de la temporada pasada) y luego en el tupper que yo abrazaba contra mi pecho.
—Pensamos que se habían perdido —dijo, acercándose para darme un beso al aire, sin tocar mi mejilla, como si temiera contagiarse de pobreza—. O que el Honda finalmente había muerto a mitad del camino. Gilberto estaba a punto de apostar a que tendríamos que mandar al chofer por ustedes.
—Hola, Camila —dijo mamá, con una cortesía impecable—. El tráfico estaba pesado. Gracias por recibirnos.
Camila soltó una risita ligera.
—Ay, Lorena, siempre tan formal. Pásenle, pásenle. Aunque… —señaló el tupper con una uña perfectamente manicurada—, ¿qué es eso? Por favor dime que no trajeron comida. Les dije específicamente que el Chef Henri se encargaría de todo.
—Es pay de camote —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Es el favorito de papá. La receta de la abuela.
Camila hizo una mueca de asco teatral, arrugando su nariz perfecta (operada dos veces).
—Ay, ternurita. Qué… rústico. Pero nena, ya tenemos postre. Pedimos unos macarons de Ladurée y un soufflé de chocolate importado. El camote es tan… pesado. Tan de pueblo, ¿no? Pero bueno, dáselo a Lupita —le hizo un gesto a la empleada—. Que lo ponga en la cocina del servicio. Tal vez los choferes quieran probarlo.
Sentí como si me hubiera dado una cachetada. “Cocina del servicio”.
Iba a contestarle. Iba a decirle que ese pay tenía más amor y cultura que toda su maldita casa de mármol, pero mamá me puso una mano en el hombro.
—Está bien —dijo mamá suavemente, entregándole el tupper a la empleada con una sonrisa amable—. Lupita, por favor, guárdalo bien. Es posible que a alguien le dé hambre más tarde.
Camila giró sobre sus talones, haciendo ondear su vestido.
—Vengan, todos están muriendo de hambre y Gilberto ya se tomó dos whiskies por el estrés de la espera.
La seguimos hacia el comedor. El espacio era impresionante, tengo que admitirlo. Techos de doble altura, candelabros de cristal modernos, y un ventanal de piso a techo que daba al jardín trasero, donde una alberca iluminada brillaba en la oscuridad.
Pero lo que helaba la sangre no era el aire acondicionado, sino las miradas.
El comedor estaba lleno. Estaba la familia de Camila al completo.
Sus padres: El señor Roberto, un banquero retirado con cara de bulldog y piel enrojecida por el alcohol caro, y la señora Diana, una mujer que parecía una versión de Camila dentro de 20 años, estirada y enjoyada como un árbol de Navidad.
Sus hermanas: Regina y Sofía. Regina era “influencer”, lo que significaba que se pasaba la vida tomándose fotos haciendo boca de pato y viviendo del dinero de sus padres. Sofía estaba casada con un empresario hotelero que no paraba de checar su celular.
Y ahí estaba él. Mi padre.
Gilberto Montemayor.
Estaba de pie junto a la cabecera de la mesa, sirviéndose otro trago. Llevaba un traje hecho a medida sin corbata, camisa blanca desabotonada en el cuello. Se veía bien. Se veía exitoso. Se veía como el hombre que siempre quiso ser y que mamá le ayudó a construir, ladrillo por ladrillo, sacrificio por sacrificio.
Cuando entramos, se giró. Sus ojos barrieron la habitación y se posaron en nosotras. No hubo calidez. No hubo esa chispa que yo recordaba de cuando era niña, cuando él llegaba cansado de las guardias y me cargaba en el aire gritando “¡Llegó el monstruo de los besos!”. Ese hombre había muerto hacía años.
—Llegan tarde —fue lo único que dijo. Su voz era seca, autoritaria. La voz que usaba con las enfermeras novatas que cometían errores.
—Hola, papá —dije, acercándome para darle un beso. Él ofreció la mejilla rígida, sin soltar su vaso, sin rodearme con el brazo. Fue como besar a una estatua de cera.
—El tráfico, Gilberto —dijo mamá, quedándose un paso atrás. Ella no intentó acercarse. Sabía su lugar en la nueva jerarquía de él.
—Siempre hay excusas, Lorena —replicó él, agitando los hielos en su vaso—. La gente exitosa anticipa los problemas. La gente mediocre pone excusas. Les dije a las 7:00. Son las 7:45. Tienen suerte de que no hayamos empezado sin ustedes.
—Lo siento —murmuré, sintiéndome de cinco años otra vez.
—Bueno, ya, siéntense —ordenó, señalando el extremo más alejado de la mesa—. Ya perdimos suficiente tiempo.
Miré hacia donde señalaba. La mesa era larga, de madera oscura, puesta para doce personas. En la cabecera estaba papá. A su derecha, Camila. A su izquierda, los padres de Camila. Luego las hermanas y sus esposos.
Y allá, al final, casi metidas en la puerta batiente que daba a la cocina, había dos sillas plegables.
Ni siquiera eran sillas del juego de comedor. Eran sillas de madera, de esas que sacas del clóset cuando llegan visitas inesperadas.
Mi Tío Arturo —el hermano menor de papá y la única persona cuerda en esa familia— estaba sentado cerca de ese extremo. Me miró y vi vergüenza en sus ojos. Hizo un intento de levantarse para saludarme, pero papá golpeó la mesa con los nudillos.
—¡A sentarse! ¡Lupita, empieza a servir la crema!
Caminamos el largo trayecto hasta nuestras sillas de castigo. Sentí las miradas de Regina y Sofía clavadas en mi espalda.
—Oye, Lore —dijo Regina, con voz chillona—, ¿es cierto lo que me contó Cami? ¿Que se mudaron a la colonia Doctores?
El silencio en la mesa fue instantáneo. La Doctores es una colonia popular en la Ciudad de México. Vibrante, sí, pero con fama de peligrosa y, definitivamente, no “chic”. Para esta gente, vivir en la Doctores era como vivir en una trinchera de guerra.
Mamá se sentó con una dignidad que me dejó helada. Colocó su servilleta de lino sobre su regazo con movimientos lentos y precisos.
—Así es, Regina. Es un departamento muy cómodo. Techos altos, mucha luz. Y me queda a diez minutos del Hospital General.
—Ay, no, qué miedo —dijo la madre de Camila, Diana, estremeciéndose—. Yo vi en las noticias que ahí asaltan a plena luz del día. ¿No te da pánico que te roben las llantas del coche? Aunque bueno… —miró hacia afuera, donde estaba nuestro Honda— supongo que con ese coche no corres tanto riesgo, ¿verdad?
Unas risitas contenidas recorrieron la mesa. Papá no dijo nada. De hecho, sonrió levemente. Estaba disfrutando esto. Estaba disfrutando vernos “en nuestro lugar”. Le hacía sentir más alto vernos tan abajo.
—El crimen está en todos lados, Diana —contestó mamá, tomando un sorbo de agua. Su tono era conversacional, como si hablaran del clima—. A veces los ladrones usan pasamontañas y navajas en la calle. Y otras veces usan trajes italianos y firmas en documentos legales dentro de oficinas con aire acondicionado. Yo prefiero a los primeros; al menos son honestos sobre sus intenciones.
El tenedor de papá se detuvo a medio camino de su boca. Los ojos de Camila se entrecerraron. Hubo un segundo de tensión pura, eléctrica. Mamá acababa de soltar la primera pedrada, pero fue tan sutil que nadie estaba seguro si había sido un insulto o una observación filosófica.
—¿Qué quieres decir con eso, Lorena? —preguntó papá, con voz peligrosa.
—Nada, querido —dijo mamá, sonriendo. Esa sonrisa otra vez. Esa sonrisa que no conocía—. Solo digo que la seguridad es una ilusión. ¿No crees?
Papá bufó y volvió a su comida.
—Siempre hablando en acertijos. Por eso nunca avanzaste, Lorena. Te falta claridad. Te falta visión.
—Hablando de visión —interrumpió Camila, decidida a retomar el control de la conversación y presumir su nueva vida—, Estefanía, no vas a creer lo que hicimos. Gilberto me acaba de regalar la membresía Platino en el Club de Golf Chapultepec. Ya sabes, para que Jorgito empiece a tomar clases de tenis con los hijos de los diplomáticos. Es tan importante el networking desde chiquitos.
Jorgito. Mi medio hermano. Un niño de cinco años con rizos oscuros y los mismos ojos de papá. Estaba sentado junto a Camila, jugando con una tablet, ignorando el mundo. Él no tenía la culpa de nada, pero verlo ahí, vestido con ropa que costaba más que mi nómina mensual, me dolía. Él tenía al padre que yo nunca tuve. Él tenía al padre presente, al padre generoso. Yo tuve al estudiante de medicina estresado y al residente ausente.
—Felicidades —dije, con la boca llena de ceniza—. Debe ser lindo.
—Es exclusivo —corrigió Camila—. Tuvimos que pasar tres entrevistas. No aceptan a cualquiera. Revisan tus finanzas, tu linaje, todo. Gracias a Dios, el apellido Montemayor ya pesa mucho gracias a Gilberto. Claro, tuvimos que limpiar un poco la imagen pública… ya sabes, divorcios y esas cosas a veces se ven “desordenados”, pero lo logramos.
—¿Limpiar la imagen? —pregunté, sintiendo que la ira me calentaba las orejas.
—Ay, nena, no te ofendas —dijo Regina, metiendo su cuchara—. Es solo que… bueno, tu mamá es enfermera. Y tú… ¿qué es lo que haces? ¿Algo de redes sociales? Es trabajo, claro, pero no es… prestigio. Para entrar a esos círculos, hay que proyectar perfección.
Miré a mi padre. Esperé. Esperé un segundo, dos, tres. Esperé que dijera: “Mi hija es una profesional exitosa, se graduó con honores, trabaja durísimo”. Esperé que dijera: “Lorena fue la mejor jefa de enfermeras del estado”.
Pero Gilberto Montemayor solo cortó su carne y dijo:
—Camila tiene razón. La percepción es realidad. En este mundo, Estefanía, te tratan como te ven. Y si te ven bajándote de un coche viejo y vistiendo ropa de outlet, te van a tratar como tal. Deberías tomar notas de tus hermanastras. Regina tiene un millón de seguidores. Eso es capital social. Tú… tú tienes deudas estudiantiles.
Ahí estaba. El golpe directo.
Hace un mes le había pedido ayuda para pagar la mensualidad final de mi maestría. Me dijo que no tenía liquidez. Que la casa, los coches, las inversiones… que estaba “apretado”.
—Tengo deudas porque me estoy pagando mi educación sola, papá —dije, con la voz temblando—. Porque tú dijiste que no tenías dinero.
—Y no tengo —dijo él, sin mirarme—. El dinero está invertido. Los activos no son liquidez. Entenderías eso si tuvieras una mente financiera, pero saliste a tu madre. Todo corazón, nada de cerebro para los negocios.
Mamá dejó su copa sobre la mesa. El sonido del cristal contra la madera fue suave, pero resonó como un disparo en el silencio incómodo que siguió.
Se limpió la comisura de los labios con la servilleta.
—Gilberto —dijo mamá. Su voz era dulce, casi cariñosa—. Tienes razón. Nunca tuve cabeza para los negocios mientras estábamos casados. Estaba demasiado ocupada trabajando turnos dobles para pagar tu colegiatura y tu comida.
—Eso es historia antigua, Lorena —desestimó él—. Yo ya pagué mi deuda contigo. Te di la casa vieja. Te di la pensión por tres años. Estamos a mano.
—Oh, claro —dijo mamá—. Estamos a mano. Pero me pregunto… ¿qué pensaría la junta de admisión del Club de Golf si supieran la verdad sobre quién financió realmente este estilo de vida?
—¿De qué estás hablando? —Camila intervino, molesta—. Gilberto es un cirujano estrella. Él se hizo a sí mismo.
Mamá se rio. Fue una risa suave, grave.
—Nadie se hace a sí mismo, querida. Todos nos paramos sobre los hombros de alguien más. El problema es cuando te paras sobre la cabeza de alguien y luego te quejas de que no te lustraron los zapatos.
—Basta —dijo papá, soltando el cuchillo—. No vinieron aquí a arruinar mi cena con sus resentimientos de clase media. Si van a estar aquí, se callan y comen. Si no, ahí está la puerta.
Miré a mamá. Estaba esperando que se levantara. Que dijera “vamonos”. Que nos fuéramos con nuestra poca dignidad intacta.
Pero mamá no se movió. Se acomodó en su silla plegable, cruzó las manos sobre su regazo y miró a papá con una intensidad que me asustó.
—No nos vamos a ir, Gilberto —dijo ella—. Todavía no. La noche es joven. Y tengo un regalo para ti. No es pay de camote. Es algo… mucho más acorde a tu nuevo estatus.
—¿Un regalo? —Papá parpadeó, confundido por el cambio de tono—. ¿Qué es?
Mamá palmeó su bolso de mano que tenía en el suelo.
—Luego. Primero, cenemos. Quiero disfrutar de esta comida. Quiero verlos a todos disfrutar de su casa, de su barrio, de su seguridad. Es una sensación hermosa, ¿verdad? Sentirse dueño de todo lo que pisas.
Hubo un silencio extraño. El Tío Arturo miraba a mamá con los ojos muy abiertos, como si acabara de darse cuenta de que había una bomba de tiempo debajo de la mesa.
Camila rompió la tensión con una risa nerviosa.
—Bueno, qué rara eres, Lorena. Pero sí, es hermoso ser los dueños. Lupita, ¡sirve el vino!
La cena continuó. Pero yo no podía dejar de mirar el bolso de mamá.
Ahí adentro no había un regalo.
Ahí adentro había un arma. Y mamá estaba esperando el momento exacto para apretar el gatillo
Capítulo 2: La Crema Agria y las Rosas Muertas
La cena comenzó con el tintineo agresivo de la plata contra la porcelana china. Lupita, la empleada doméstica que llevaba años trabajando para mi padre —y que me había visto crecer, aunque ahora tenía prohibido mirarme a los ojos—, sirvió una crema de langosta que olía a mantequilla francesa y a pretensión.
El plato frente a mí era una obra de arte minimalista: un charco beige con una sola hoja de perejil flotando en el centro, como un náufrago en un mar de indiferencia.
—Bon appétit —dijo Camila, alzando su copa de vino blanco. Su pronunciación era exagerada, aprendida en algún curso intensivo antes de su viaje de luna de miel a París—. Espero que les guste. El Chef Henri dice que el secreto es el cognac añejo.
Probé la crema. Estaba tibia. Sabía a dinero, sí, pero le faltaba algo esencial. Le faltaba sal. Le faltaba alma. Era como todo en esta nueva vida de mi padre: una fachada impecable con un interior insípido.
—Está deliciosa, Cami —dijo Regina, la hermana menor de Camila, limpiándose la boca con la servilleta de lino como si acabara de comer manjares de dioses—. Definitivamente mejor que cualquier cosa que puedas conseguir en… —hizo una pausa dramática, mirándome con sus ojos de gato delineados—, bueno, en donde sea que coman ustedes ahora. ¿Hay buenos restaurantes en la Doctores? ¿O solo puestos de garnachas?
Sentí el calor subir por mi cuello. Regina era “influencer” de estilo de vida. Su trabajo consistía en fingir que su vida era perfecta y hacer sentir a los demás como basura por no tener su código de descuento para blanqueamiento dental.
—En la Doctores hay comida excelente —dije, tratando de mantener la voz firme, aunque por dentro temblaba—. Hay fondas con historia, hay cultura. No todo tiene que ser estrellas Michelin para ser bueno.
Regina soltó una carcajada, un sonido agudo y molesto, como el de un caniche pisado.
—Ay, Estefanía, qué romántica eres. “Cultura”. Esa es la palabra que usa la gente pobre para justificar que no les alcanza para el valet parking. ¿No crees?
Miré a mi padre, buscando un aliado. Gilberto estaba partiendo un pedazo de pan artesanal, ignorando deliberadamente la conversación.
—Papá… —intenté.
Él levantó la vista, pero no me miró a mí. Miró a Regina.
—Regina tiene un punto, Estefanía. No glorifiques la mediocridad. Uno es lo que consume. Si comes en la calle, te tratan como de la calle. Por eso me esfuerzo tanto en elevar el paladar de esta familia.
El mensaje fue un golpe seco al estómago. Esta familia. La familia que estaba sentada en las sillas acolchadas, no nosotras, las exiliadas en las sillas plegables junto a la puerta de servicio.
—Hablando de mediocridad —intervino Diana, la madre de Camila, ajustándose un collar de perlas que parecía pesar más que su propia cabeza—, Gilberto nos contó que sigues en ese trabajito de… ¿cómo se llama? ¿Computadoras?
—Marketing Digital, señora Diana —corregí, apretando el puño debajo de la mesa hasta que mis nudillos se pusieron blancos—. Soy estratega de marca. Manejo cuentas corporativas.
—Ah, sí. Esos que te mandan correos basura —dijo Diana con desdén, haciendo un gesto con la mano como si espantara una mosca—. Mi sobrino hace eso. Se pasa todo el día en Facebook y dice que está “trabajando”. Qué generación esta, queriendo cobrar por estar en el celular. En mis tiempos, el trabajo era real. Se sudaba. O se usaba un traje.
—Es un trabajo real —insistí, sintiendo cómo la frustración me cerraba la garganta—. Requiere análisis de datos, psicología del consumidor, gestión de presupuestos…
—Pero no paga mucho, ¿verdad? —interrumpió Camila, con esa voz dulce que escondía veneno—. Digo, por eso no pudiste pagar tu maestría. Gilberto estaba tan preocupado el mes pasado cuando le pediste dinero. “Pobre Estefanía”, me dijo, “a su edad y todavía pidiendo limosna”.
El silencio cayó sobre la mesa como una losa de concreto.
Sentí las lágrimas picar detrás de mis ojos. No por tristeza, sino por rabia pura. La humillación era táctica. Estaba diseñada. Camila había sacado el tema del dinero frente a todos para recordarme mi lugar: la hija mendiga.
—No pedí limosna —dije, mi voz apenas un susurro—. Pedí un préstamo. Un préstamo que pensaba pagar con intereses. Porque mi padre prometió…
—¡Estefanía! —La voz de Gilberto retumbó en el comedor, haciendo vibrar las copas de cristal—. No vamos a discutir finanzas en la mesa. Es de mal gusto. Especialmente frente a los invitados.
—Ellos no son invitados, papá. Son tu familia política. Y nosotras somos tu sangre. ¿Por qué es de mal gusto que yo hable de mi realidad, pero está bien que ellas se burlen de mi trabajo?
—Porque tu realidad es producto de tus decisiones —dijo él, fríamente—. Si hubieras estudiado medicina, como yo quería, o si te hubieras casado bien, como Regina, no tendrías estos problemas. Pero elegiste el camino difícil. El camino de tu madre.
Miré a mamá. Lorena seguía comiendo su sopa con una tranquilidad pasmosa. No parecía afectada. De hecho, parecía estar disfrutando el espectáculo, como quien ve una obra de teatro mala sabiendo que en el tercer acto el teatro se va a incendiar.
—Déjala, Gilberto —dijo mamá suavemente, limpiándose la boca—. Estefanía es brillante en lo que hace. Y sobre el dinero… a veces el que tiene la billetera más gorda es el que tiene el alma más vacía. No te preocupes por su maestría. Las cosas se acomodan. El universo tiene una forma curiosa de equilibrar las balanzas.
—El universo no paga hipotecas, Lorena —se burló el padre de Camila, Roberto, soltando una risotada ronca—. El dinero paga hipotecas. Y Gilberto aquí presente sabe cómo generarlo. Por eso es parte de nuestra familia ahora. Porque entiende el valor del capital.
La cena continuó, retiraron los platos de sopa. Llegó el plato fuerte: Pavo trufado con reducción de vino tinto. Se veía espectacular, pero yo había perdido el apetito por completo.
Fue entonces cuando Camila decidió que la humillación profesional no era suficiente. Necesitaba atacar algo más personal. Algo que le doliera directamente a mamá.
—Bueno, cambiando de tema a cosas más alegres —dijo Camila, aplaudiendo suavemente—. Quiero contarles sobre los planes de remodelación. Ya saben que Gilberto y yo somos personas de evolución constante.
—¿Más remodelaciones? —preguntó el Tío Arturo, que hasta ese momento había permanecido en silencio, concentrado en su vino—. Acaban de remodelar la cocina hace seis meses.
—La cocina ya pasó de moda, Arturo. El granito está out. Ahora se usa el cuarzo negro —dijo Camila, rodando los ojos—. Pero no, no es la cocina. Es el jardín.
El corazón me dio un vuelco. El jardín.
El jardín trasero de esa casa era el santuario de mamá. Cuando vivíamos ahí, antes de que Gilberto se volviera “Don Gilberto”, ese jardín era un terreno baldío lleno de escombros. Mamá, con sus propias manos, había sacado las piedras. Había preparado la tierra. Y había plantado rosales.
Eran más de cincuenta arbustos. Rosas inglesas, rosas de té, rosas trepadoras. Había una rosa blanca que plantó el día que nací. Una rosa roja oscura que plantó cuando superó el cáncer de mama hace diez años. Ese jardín era su biografía escrita en pétalos y espinas.
—¿Qué vas a hacer con el jardín? —pregunté, sintiendo un frío en el estómago.
—Ay, nena, es un desastre —suspiró Camila, haciendo un gesto de fatiga—. Esas plantas viejas están horribles. Llenas de bichos. Y requieren demasiada agua. No es nada ecológico. Además, el diseño es tan… anticuado. Tan de abuelita.
—Son rosales de herencia —dije, mi voz elevándose—. Mamá los trajo de esquejes del jardín de la abuela Eduarda. Tienen historia.
—La historia no se ve bonita en Instagram —intervino Regina, riendo—. Cami tiene razón. Necesitas algo moderno. Un deck de madera, una fogata de gas, tal vez un jardín zen con piedras blancas y bambú. Algo limpio.
—Exacto —dijo Camila, señalando a su hermana con el tenedor—. Mañana vienen los paisajistas. Vamos a arrancar todo.
—¿Arrancar todo? —Mamá levantó la vista del plato. Por primera vez, vi un destello de dolor real en sus ojos. Rápido, fugaz, pero estuvo ahí—. ¿Vas a matar las rosas?
—No las voy a “matar”, Lorena, qué dramática —dijo Camila—. Las vamos a remover. A la basura. Son plantas viejas, probablemente enfermas. Gilberto está de acuerdo, ¿verdad, amor?
Todos miramos a papá.
Él sabía lo que esas rosas significaban. Él había estado ahí cuando mamá se pinchaba los dedos podándolas. Él había visto cómo ella lloraba sobre la rosa blanca cuando murió su madre.
Gilberto tomó un sorbo de vino, se aclaró la garganta y dijo:
—Es solo un jardín, Lorena. Las cosas materiales no duran para siempre. Además, Camila tiene razón. Necesitamos el espacio. Esas matas estorban.
—Estorban… —repitió mamá, casi para sí misma.
—Son seres vivos, papá —le reclamé—. ¡Son el trabajo de mamá de quince años! ¿Cómo puedes dejar que las tire a la basura como si fueran maleza?
—Porque es mi casa, Estefanía —espetó él, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Mía! Y en mi casa, yo decido qué se planta y qué se arranca. Si tu madre quería conservar sus plantitas, debió haber peleado por la casa en el divorcio. Pero no lo hizo. Se fue con la cola entre las patas. Así que ahora, la señora de la casa es Camila, y ella decide.
—¡Ella no peleó por la casa porque quería que tuvieras estabilidad! —grité, poniéndome de pie. La silla chilló contra el piso.
—¡Siéntate! —ordenó papá.
—No, no me voy a sentar. ¡Estás borrando todo rastro de nosotras! Quitaste las fotos, tiraste mis muebles, y ahora quieres destruir lo único que queda de mamá en esta casa. ¡Es cruel! ¡Es innecesariamente cruel!
—Es progreso, dulzura —dijo Camila, sonriendo con esa sonrisa fría de reptil—. Fuera lo viejo, venga lo nuevo. Así funciona el mundo. Si no te gusta, bueno… nadie te obliga a venir.
—Estefanía, siéntate —dijo mamá. Su voz no era de sumisión. Era de comando. Era la voz que usaba en la sala de emergencias cuando un paciente entraba en paro.
La miré. Sus ojos estaban fijos en papá.
Me senté lentamente, temblando de rabia.
—Tienes razón, Gilberto —dijo mamá, con una calma que resultaba aterradora—. Es tu casa. Puedes hacer lo que quieras con las rosas. Al final del día, las raíces profundas son difíciles de matar, aunque cortes lo que se ve por encima. Pero bueno… decías que necesitaban el espacio. ¿Para qué? ¿Un jardín zen?
Camila se iluminó, encantada de haber ganado la batalla.
—Ah, no solo eso. Esa es la mejor parte.
Se puso de pie, como si fuera a dar un brindis.
—De hecho, tenemos un anuncio importante. La razón por la que necesitamos “limpiar” el jardín es porque vamos a expandirnos.
—¿Expandirse? —preguntó el Tío Arturo.
—Sí —dijo Gilberto, sonriendo con orgullo, recuperando su postura de patriarca—. Hemos estado en negociaciones. Vamos a comprar la propiedad de al lado. La casa de los señores Hernández.
Mamá se quedó completamente inmóvil. Dejó de respirar por un segundo.
Yo conocía a los Hernández. Eran una pareja de ancianos adorables. El señor Hernández me había enseñado a andar en bicicleta cuando papá estaba demasiado ocupado en el hospital. La señora Hernández horneaba galletas para todo el vecindario en Navidad.
—¿Los Hernández vendieron? —pregunté, atónita—. Pero si dijeron que esa casa era su legado. Que nunca se irían.
—Ay, por favor —se burló Regina—. Todo el mundo tiene un precio. O en su caso… un límite de deuda.
—¿Qué quieres decir? —insistí.
—No vendieron por gusto —explicó papá, sirviéndose más vino—. Están siendo ejecutados. Embargo hipotecario. No pudieron mantener el ritmo. Las cuotas de la Asociación de Colonos subieron drásticamente este año, y con la pensión del viejo… bueno, simplemente no les alcanzó.
—¿Los están echando? —sentí náuseas—. ¿Al señor Hernández? ¿Con su silla de ruedas?
—Nadie los está echando personalmente, Estefanía. Es el mercado —dijo papá, con esa frialdad clínica—. Si no puedes permitirte vivir en Cumbres del Valle, te vas a una zona que se ajuste a tu realidad. Es selección natural económica.
—Es gentrificación agresiva —murmuró el Tío Arturo, negando con la cabeza—. Gilberto, esos viejos son fundadores de la colonia.
—Eran —corrigió Camila—. Ahora son un estorbo. Su casa está vieja, descuidada. Baja la plusvalía de la nuestra. Cuando la compremos, la vamos a demoler.
—¿Demoler? —pregunté.
—Sí. Vamos a tirar esa pocilga y extender nuestro jardín. Vamos a poner una cancha de pádel y una terraza lounge para eventos. Va a quedar increíble. Y lo mejor es que conseguimos la propiedad por una fracción de su valor. Ya sabes, ventajas de comprar en remate bancario.
Mi madre miraba un punto fijo en el mantel. Sus dedos tamborileaban suavemente sobre la mesa.
—¿De cuánto son las cuotas de mantenimiento ahora? —preguntó mamá, sin levantar la vista.
Papá se rió, como si la pregunta fuera absurda viniendo de ella.
—Treinta mil pesos trimestrales, Lorena. Más las cuotas extraordinarias de seguridad y paisajismo. Por eso este vecindario se mantiene exclusivo. Mantiene a la “gentuza” fuera.
—Gentuza… —repitió mamá. Levantó la vista y miró a Gilberto directo a los ojos—. ¿Te refieres a gente como los Hernández? ¿Gente que te recibió con un pastel cuando te mudaste aquí hace veinte años? ¿Gente que cuidó a tu hija cuando tú estabas de guardia?
—Me refiero a gente que no puede pagar —dijo él, endureciendo la mandíbula—. El sentimentalismo no paga las cuentas de seguridad privada, Lorena. Tú nunca entendiste eso. Siempre fuiste débil con la gente. Siempre queriendo salvar a todos. Por eso sigues siendo enfermera y yo soy el Jefe de Cirugía. Yo tomo las decisiones difíciles. Yo corto lo que está podrido para salvar el organismo.
—¿Y los Hernández son lo podrido? —pregunté, incrédula.
—La pobreza es la enfermedad —dijo Camila, interviniendo—. Y es contagiosa. Mira cómo terminaste tú, Estefanía. Juntándote con gente sin aspiraciones, viviendo en un barrio feo, manejando ese coche… Gilberto solo quiere proteger a nuestra familia, a Jorgito, de esa decadencia.
—Cuando me divorcié de ti —continuó papá, señalando a mamá con el cuchillo—, supe que tenía que elevar mi nivel. Tú me arrastrabas hacia abajo, Lorena. Con tu mentalidad de “ahorrar”, de “vivir sencillo”. Yo nací para más. Esta casa, esta expansión, este club… esto es lo que merezco. Y no voy a dejar que nadie, ni unos vecinos viejos ni una exesposa amargada, me haga sentir mal por mi éxito.
—¿Arrastrado hacia abajo? —dijo mamá. Su voz era tan baja que tuvimos que inclinarnos para oírla—. Gilberto… yo pagué tus libros. Yo pagué tu examen de residencia. Yo comía atún de lata para que tú pudieras comprarte trajes y “parecer doctor” en tus entrevistas.
—¡Eso es lo que haces tú! —estalló él—. ¡Echas en cara! ¡Siempre cobrándote favores de hace treinta años! Ya supéralo. Te pagué. Te di dinero. ¡Ya no te debo nada!
—Papá, ¡basta! —grité—. ¡No le hables así!
—¡Tú cállate! —me gritó él, girándose hacia mí con los ojos inyectados en sangre. El alcohol estaba haciendo efecto—. ¡Tú eres igual a ella! ¡Mediocre! ¡Sin ambición! Te invité hoy por lástima, Estefanía. ¡Por lástima! Porque Camila insistió en que “nos viéramos bien” como familia moderna. Pero la verdad es que cada vez que te veo, veo el fracaso. Veo todo lo que dejé atrás.
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta Regina dejó de masticar.
Las palabras flotaban en el aire, tóxicas, irreversibles. Por lástima. Veo el fracaso.
Me quedé paralizada. Sentí cómo se me rompía algo en el pecho. No el corazón, eso ya estaba roto. Se rompió la esperanza. La pequeña, estúpida e infantil esperanza de que mi papá, en el fondo, me quisiera.
—Creo… —dijo el Tío Arturo, poniéndose de pie, pálido—. Creo que tal vez deberían irse. Esto… esto no está bien.
—Sí —dijo Gilberto, respirando agitadamente—. Váyanse. Lárguense de mi casa.
—¿Nos estás corriendo? —pregunté, con lágrimas corriendo por mi cara—. ¿En Navidad?
—No es Navidad —dijo Camila, revisando su manicura—. Es Thanksgiving. Y claramente, ustedes no tienen nada que agradecer aquí. Están amargando la vibra. Jorgito se va a asustar con tus gritos.
—¡Nosotras no gritamos! —sollocé—. ¡Ustedes nos insultaron desde que entramos!
—Su mera presencia es un insulto a nuestro estilo de vida —dijo Diana, la madre de Camila, abanicándose con la mano—. Qué gente tan vulgar. Gilberto, querido, tienes toda la razón. Sácalas. Que se lleven su pay de camote y su drama a la Doctores.
Gilberto se enderezó, ajustándose el saco.
—Ya escucharon. Fuera. Y Estefanía… no me busques para pedir dinero. Ni para “préstamos”, ni para “emergencias”. Si quieres dinero, trabaja. O búscate un marido rico, si es que alguien te aguanta con esa cara de víctima.
Mamá se levantó.
No hubo ruido de silla arrastrada. No hubo movimientos bruscos. Se levantó como una reina que se levanta de su trono, no como una mujer que está siendo expulsada.
Tomó su bolso del suelo. Ese bolso de piel sintética desgastada.
—Nos vamos —dijo mamá. Su voz resonó clara, sin temblar.
Se giró hacia mí y me extendió la mano.
—Vámonos, hija. No pertenecemos a esta mesa.
Yo me levanté, limpiándome las lágrimas con rabia. Quería gritarles. Quería romper los platos. Quería volcar la mesa.
Pero mamá me apretó la mano. Calma, decía su tacto. Espera.
—Pero antes de irme, Gilberto —dijo mamá, deteniéndose justo antes de dar la vuelta—. Hay algo que debes saber.
—¡No quiero saber nada de ti! —gritó él—. ¡Vete!
—Es sobre la expansión —dijo ella. Y sonrió.
Fue una sonrisa lobuna. Una sonrisa que nunca le había visto.
—Dijiste que ibas a comprar la casa de los Hernández. Que el banco la estaba rematando.
—Sí, y ya tenemos el trato casi cerrado. ¿Qué te importa a ti?
Mamá metió la mano en su bolso. El sonido del cierre abriéndose sonó como el cargador de una pistola.
Sacó una carpeta manila. Vieja, simple.
—Es curioso —dijo mamá, alisando la carpeta con la mano—. Porque hablé con el banco esta mañana. Y me dijeron que la propiedad de los Hernández ya se vendió.
—Imposible —dijo Gilberto—. Mi corredor me dijo que…
—Tu corredor es un idiota —dijo mamá suavemente—. La casa se vendió hace tres meses. La deuda fue liquidada en su totalidad. En efectivo.
—¿Quién la compró? —preguntó Camila, poniéndose de pie de golpe—. ¡Nosotros teníamos prioridad! ¡Hablamos con la Asociación!
—La Asociación no decide quién compra propiedades privadas, Camila —dijo mamá—. El dinero decide. Y alguien llegó con el dinero antes que ustedes.
—¿Quién? —exigió Gilberto, poniéndose rojo—. ¿Quién se atrevió a robarme mi expansión?
Mamá lanzó la carpeta sobre la mesa. Se deslizó sobre la madera pulida, pasando por encima del pavo trufado, pasando por encima de las copas de cristal, hasta detenerse justo frente a Gilberto.
—Ábrela —ordenó mamá.
—¿Qué es esto? —Gilberto miró la carpeta como si fuera una bomba.
—Es la escritura de la casa de los Hernández —dijo mamá—. Y también… la escritura de esta casa.
—¿Qué? —Gilberto soltó una risa nerviosa—. Estás loca. Esta casa es mía.
—El terreno, Gilberto —dijo mamá, su voz bajando a un tono letal—. La casa es tuya. Los ladrillos son tuyos. Pero la tierra sobre la que está construida… el suelo que pisas… el jardín que quieres destruir… revisa el contrato de arrendamiento del suelo a 99 años que firmaste sin leer porque estabas demasiado ocupado sintiéndote importante.
Gilberto abrió la carpeta. Sus manos empezaron a temblar.
Camila se asomó por encima de su hombro.
—¿Inmobiliaria E.J.? —leyó Camila—. ¿Quién diablos es Inmobiliaria E.J.?
El Tío Arturo, desde su esquina, soltó una carcajada. Una carcajada sonora, liberadora.
—Eduarda y Jeanette —dijo Arturo, negando con la cabeza—. Madre mía, Lorena. Eres el diablo.
—¿Quién es Jeanette? —preguntó Regina, confundida.
—Yo —dijo mamá.
Se irguió aún más. Parecía haber crecido diez centímetros.
—Lorena Jeanette García. Única heredera de Eduarda García. Dueña de Inmobiliaria E.J.
Miró a Gilberto, que estaba pálido como el papel.
—Sigue leyendo, Gilberto. Mira quién es la dueña de la casa de los Hernández. Mira quién es la dueña de la casa de los Collins. Mira quién es la dueña del 60% de este maldito fraccionamiento exclusivo.
El silencio en el comedor era absoluto. Solo se escuchaba la respiración agitada de mi padre.
Mamá se acercó un paso más a la mesa, invadiendo su espacio, invadiendo su seguridad.
—Me dijiste que yo te arrastraba hacia abajo —susurró ella—. Pero la verdad, Gilberto, es que yo siempre fui el suelo que te sostenía. Y ahora… ahora voy a mover el piso.
Me miró.
—Ahora sí, hija. Vámonos. Déjalos leer. Tienen mucho que leer.
Y ahí, con la carpeta abierta como una herida sangrante en medio de la mesa de Acción de Gracias, terminó la cena y comenzó la guerra.
Capítulo 3: La Dueña del Tablero
El sonido de una hoja de papel al pasar puede ser más estruendoso que un disparo si hay suficiente silencio. Y en ese comedor, el silencio era absoluto, denso, casi sólido. Se podía escuchar el zumbido del refrigerador industrial en la cocina y la respiración entrecortada de mi padre.
Gilberto sostenía la escritura con ambas manos, pero sus dedos no obedecían; el papel vibraba como una hoja seca al viento. Sus ojos recorrían las líneas legales, saltando de un sello notarial a otro, buscando desesperadamente el error, la broma, la mentira.
—No puede ser —susurró, con la voz quebrada. Parecía que había envejecido diez años en diez segundos.
—¿Qué dice, Gilberto? —exigió Camila, perdiendo su compostura de dama de sociedad. Se inclinó sobre él, clavando sus uñas manicuradas en el hombro de su saco—. ¡Dime qué dice ese papel! ¡Seguro es una falsificación! ¡Esta gente es capaz de imprimir cualquier cosa en Santo Domingo con tal de arruinar nuestra noche!
—No es falso, Camila —dijo mi padre, sin levantar la vista. Su tono era el de un médico diagnosticando un cáncer terminal—. Conozco la firma del Notario 126. Es el mismo notario que usé para… para esta casa.
—¿Entonces? —Camila le arrebató la hoja. Sus ojos se movieron frenéticamente—. Escritura Pública 4528… Inmueble ubicado en Calle Sierra Madre 22… Propietario anterior: Familia Hernández… Nuevo Propietario: Inmobiliaria E.J. S.A. de C.V… Representante Legal: Lorena Jeanette García.
Camila soltó el papel como si estuviera ardiendo. Miró a mi madre con una mezcla de horror y asco, como si Lorena acabara de transformarse en un monstruo frente a sus ojos.
—Tú… —balbuceó Camila—. Tú compraste la casa de al lado. ¿Con qué dinero? ¡Eres una enfermera! ¡Vives en la Doctores! ¡Seguro robaste medicamentos del hospital! ¡O estás lavando dinero!
Mi madre soltó una carcajada suave, genuina, que rebotó en las paredes de cristal del comedor.
—Ay, Camila. Tu imaginación es tan limitada como tu empatía. No, no vendo drogas ni robo morfina. Simplemente tengo algo que ustedes, en su afán de aparentar, olvidaron cultivar: patrimonio real.
—Explícate, Lorena —ordenó mi padre. Finalmente levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, inyectados de furia y confusión—. Durante veinte años de matrimonio… nunca… nunca mencionaste una “Inmobiliaria”. Vivíamos al día. ¡Yo pedí préstamos para mi consultorio! ¡Yo pagué intereses altísimos! ¿Y tú tenías una empresa fantasma?
—No era fantasma, Gilberto. Era discreta —corrigió mamá. Se cruzó de piernas, cómoda, dueña de la situación—. Y nunca preguntaste.
—¿Que nunca pregunté? ¡Éramos esposos!
—No, éramos socios desiguales —dijo mamá—. Tú eras el proyecto. Yo era la inversora silenciosa. ¿Recuerdas a mi abuela Eduarda?
—La vieja esa que vivía en el cerro —escupió Gilberto—. La que olía a naftalina y siempre traía el mismo rebozo. Fui a su funeral por compromiso. Ni siquiera me bajé del coche en el panteón porque tenía miedo de que me robaran los rines.
Sentí una punzada de dolor. Yo amaba a la abuela Eduarda. Recordaba sus manos arrugadas dándome atole y contándome historias.
—Esa “vieja que vivía en el cerro” —dijo mamá, y su voz se volvió fría como el hielo seco—, era una visionaria.
Mamá se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, invadiendo el espacio vital de los “nuevos ricos”.
—En los años 50, Gilberto, cuando tú familia todavía estaba tratando de aparentar alcurnia en colonias que venían en decadencia, mi abuela Eduarda compró tierras. Compró lo que todos llamaban “basureros” y “cerros pelones” al poniente de la ciudad. Compró hectáreas enteras de ejidos cuando nadie daba un peso por ellos.
—¿Y eso qué? —intervino Regina, aburrida pero nerviosa—. Mi abuelo también tenía un rancho. Eso no te hace rica.
—Depende de dónde esté el rancho, querida —dijo mamá, mirándola como a una niña tonta—. Las tierras de mi abuela no estaban en medio de la nada. Estaban aquí.
Mamá señaló el piso con su dedo índice.
—Exactamente aquí. Debajo de tus tacones Gucci falsos.
Regina retiró los pies instintivamente.
—Cuando se empezaron a urbanizar estas zonas para crear Santa Fe, Interlomas, y por supuesto, Cumbres del Valle —continuó mamá—, los desarrolladores necesitaban tierra. Mucha tierra. Mi abuela vendió una parte, sí. Se hizo millonaria en los 80. Pero la parte más inteligente… lo que la hizo una genio… es que no vendió todo. Se quedó con los derechos de suelo de las zonas “premium”.
—El arrendamiento de suelo —susurró el Tío Arturo. Estaba fascinado, con una sonrisa de oreja a oreja—. El viejo truco de los ingleses. Eres dueña de la tierra, pero dejas que otros construyan sus castillos encima. Y les cobras renta por existir ahí.
—Exacto, Arturo —dijo mamá, asintiendo—. Al fin alguien con cerebro en esta mesa.
Papá se puso de pie, tambaleándose.
—Eso es mentira. Yo compré esta casa. Tengo la escritura.
—Tienes la escritura de la construcción, Gilberto —aclaró mamá, sacando otro documento de la carpeta—. Aquí está. “Contrato de Cesión de Derechos de Superficie”. Lo firmaste hace tres años. Eras tan arrogante, tenías tanta prisa por mudarte a la zona exclusiva para impresionar a tu nueva noviecita, que no leíste las letras chiquitas. El terreno pertenece a Inmobiliaria E.J.. El contrato es por 99 años, sí, pero con revisiones de renta cada tres años.
—¿Y? —dijo Camila, desafiante—. Pagamos la renta. ¿Cuánto puede ser? ¿Cinco mil pesos? Gilberto gana eso en una consulta.
Mamá sonrió.
—Hasta hoy, la renta del suelo era simbólica. Una cláusula heredada de los antiguos dueños para incentivar la urbanización. Pero la cláusula 14.B dice claramente: “El arrendador se reserva el derecho de ajustar la tarifa a valor de mercado comercial en cualquier renovación trianual, o en caso de que el arrendatario demuestre conducta nociva para la comunidad”.
—¿Conducta nociva? —gritó la señora Diana—. ¡Somos la gente más decente de este código postal!
—Humillar a su propia sangre en la cena de Acción de Gracias me parece bastante nocivo —dijo mamá tranquilamente—. Así que, a partir del próximo mes, la renta del suelo se ajusta.
—¿A cuánto? —preguntó papá, con un hilo de voz.
—Considerando la plusvalía, la ubicación y el… “factor de riesgo moral” —calculó mamá mirando al techo—… digamos, ciento cincuenta mil pesos mensuales. Más IVA.
—¡Estás demente! —gritó Camila—. ¡Eso es más que la hipoteca!
—Entonces múdense —dijo mamá, encogiéndose de hombros—. Llévense su casa. Ah, no, esperen… no pueden llevarse los ladrillos. Qué pena. Supongo que tendrán que venderme la construcción a precio de demolición.
Yo miraba a mi madre y no la reconocía.
¿Dónde estaba la mujer que lloraba en silencio cuando papá no llegaba a dormir? ¿Dónde estaba la mujer que buscaba ofertas en el supermercado y guardaba los cupones?
Esa mujer había desaparecido. O tal vez, esa mujer había sido un disfraz. La verdadera Lorena era esta: una estratega militar disfrazada de enfermera.
—Mamá… —susurré—. ¿Tú sabías esto? ¿Todo este tiempo? ¿Cuando me decías que no podíamos ir de vacaciones? ¿Cuando comíamos atún tres días seguidos?
Ella se giró hacia mí. Sus ojos se suavizaron, pero solo un poco.
—Estefanía, el dinero de la abuela estaba en un fideicomiso. No podía tocarlo libremente hasta cumplir 45 años o hasta que… ciertas condiciones se cumplieran. Pero además… —suspiró—, yo quería que aprendiéramos a vivir con lo que generábamos con nuestro trabajo. Quería que tú valoraras el esfuerzo. Y quería ver si tu padre era capaz de amarnos siendo “pobres”.
—Y falló la prueba —dijo el Tío Arturo, sirviéndose más vino—. Reprobó con honores.
—Pero… —interrumpí, mi mente girando—. Dijiste que compraste la casa de los Hernández. Eso fue hace tres meses.
—Sí. El fideicomiso se liberó este año. Y he estado ocupada.
Mamá volvió a mirar a Gilberto.
—No solo compré la casa de los Hernández, Gilberto. Compré la de los Collins. Y la de los Ramírez, en la esquina. Y el terreno baldío frente al parque. Soy dueña de 18 propiedades en este fraccionamiento.
—Dieciocho… —repitió papá, cayendo sentado en su silla.
—Y adivina qué —continuó mamá implacable—. Como soy dueña de 18 lotes, tengo el 60% de los votos en la Asociación de Colonos.
La cara de Camila se transformó. El miedo real empezó a filtrarse por debajo de sus capas de maquillaje. La Asociación de Colonos en estos lugares es como un pequeño gobierno. Deciden todo: de qué color puedes pintar tu fachada, cuántos coches puedes tener afuera, si puedes tener perros, a qué hora puedes hacer fiestas.
—Tú… ¿tú eres la Presidenta de la Asociación? —preguntó Camila—. Pero si el presidente es el señor Monroy.
—El señor Monroy es mi empleado —dijo mamá—. Yo lo puse ahí. Él firma lo que yo le digo. Y esas nuevas reglas estrictas de las que tanto te quejabas la semana pasada… ¿las multas por ruido? ¿La prohibición de estacionar autos en la calle? Fui yo.
—¡Hiciste que remolcaran el coche de mi hermana! —chilló Regina—. ¡Fue tu culpa!
—Tu coche estaba bloqueando una rampa de discapacitados, Regina. Fue un placer cívico —respondió mamá con una sonrisa angelical—. Y por cierto, esa expansión que planeaban… ese jardín zen y la cancha de pádel…
—Ya tenemos los permisos —dijo papá desesperadamente—. El arquitecto ya hizo los planos.
—Permisos denegados —dijo mamá, haciendo un gesto de “cortar cuello” con la mano—. Como dueña del predio colindante (la casa de los Hernández), me opongo a cualquier construcción que bloquee mi luz o afecte mi estética. Y como dueña del suelo de tu casa, prohíbo cualquier modificación estructural. Así que despídete de tu cancha de pádel, Gilberto. Tus pelotas se quedan en la bolsa.
El Tío Arturo soltó una carcajada tan fuerte que se le salió el vino por la nariz.
—¡Tus pelotas se quedan en la bolsa! ¡Esa es buena, Lore! ¡Esa es muy buena!
—¡Cállate, Arturo! —gritó papá—. ¡Esto es serio! ¡Nos está arruinando!
—Tú te arruinaste solo, hermano —dijo Arturo, limpiándose la camisa—. Te casaste con una mujer que gasta más de lo que ganas, te endeudaste hasta el cuello para aparentar, y trataste a tu hija y a tu exmujer como basura. Esto no es ruina, es karma. Y el karma acaba de llegar en un Honda Civic.
Gilberto miró los documentos una vez más. Estaba buscando una salida. Siempre buscaba una salida.
—Podemos negociar —dijo finalmente. Su voz había cambiado. Ya no era el patriarca. Era el mercader desesperado—. Lorena, sé razonable. Somos familia. Tenemos una historia.
—Teníamos una historia —corrigió mamá—. Tú la borraste. ¿Recuerdas? “Arrastrado hacia abajo”. “Gentuza”. Esas fueron tus palabras hace diez minutos.
—Estaba estresado. El alcohol… tú sabes cómo me pongo.
—Sé exactamente cómo te pones, Gilberto. Eres un cobarde.
Mamá se puso de pie y empezó a caminar alrededor de la mesa. Caminaba despacio, tocando el respaldo de las sillas de los invitados, como una tiburona rodeando una balsa.
—Durante el divorcio, escondiste dinero —dijo mamá. No era una pregunta—. Transferiste fondos a las Islas Caimán. Subvaluaste el consultorio. Dijiste ante el juez que estabas casi en bancarrota para darme una pensión miserable.
—Eso es estrategia legal —se defendió él.
—Es fraude —dijo mamá—. Y yo lo sabía. Mi abogado lo sabía. Podría haberte destruido en ese entonces. Podría haberte quitado la licencia médica.
—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó Camila, sorprendida.
—Porque no quería que Estefanía tuviera un padre en la cárcel —dijo mamá, deteniéndose detrás de mi silla y poniendo sus manos en mis hombros—. Porque quería creer que, si te dejaba libre, si te dejaba ser “feliz” con tu nueva vida, tal vez, solo tal vez, serías un buen padre para ella. Que usarías ese dinero que me robaste para apoyarla.
Apretó mis hombros con fuerza.
—Pero no lo hiciste. Te compraste un Tesla. Le compraste tetas nuevas a tu esposa. Y le dijiste a tu hija que no tenías para su maestría.
—Las operaciones de Camila fueron necesarias por salud… —intentó decir Diana, la suegra.
—¡Cállese, señora! —gritó mamá. Fue la primera vez que alzó la voz. El estruendo nos hizo saltar a todos—. ¡Deje de defender lo indefendible!
Mamá respiró hondo, recuperando su centro.
—Gilberto, tienes dos opciones.
Sacó un último papel del sobre.
—Opción A: Te quedas aquí. Pagas la nueva renta del suelo de 150 mil pesos mensuales. Pagas las cuotas retroactivas de mantenimiento que, por cierto, acabo de auditar y resulta que debes. Y vives sabiendo que cada vez que pises tu jardín, estás pisando mi tierra. Que cada vez que veas a los vecinos, ellos saben que yo soy la dueña. Que yo controlo tu mundo.
Papá tragó saliva. Estaba sudando a mares.
—Opción B: Te vas. Vendes la casa. Pero como el mercado está difícil y nadie va a querer comprar una casa con un arrendamiento de suelo tan hostil… yo te la compro.
—¿Tú? —dijo él.
—Sí. Te ofrezco… —mamá miró el techo, fingiendo pensar—… el valor catastral. Nada de valor comercial. Solo lo que dicen los libros del gobierno. Son unos… ¿qué? ¿Cuatro millones de pesos?
—¡Esta casa vale veinte millones! —chilló Camila—. ¡Los acabados! ¡El mármol!
—El mármol no vale nada si no tienes dónde ponerlo, querida. Arráncalo y llévatelo si quieres. Te doy cuatro millones. Con eso pagan sus deudas, se compran un departamentito en… ¿qué te gusta? ¿La Del Valle? ¿Narvarte? Algo lindo, pero modesto. Y desaparecen de mi vista.
—Esto es un robo —dijo Gilberto.
—Es una oferta de liquidación —dijo mamá—. Tienes 30 días para decidir. Si en 30 días no has aceptado la oferta, asumo que tomas la Opción A y espero el primer cheque de renta. Ah, y si te atrasas un día… un solo día… inicio el proceso de desalojo. Y mis abogados son mucho, mucho más caros que los tuyos.
Mamá cerró su bolso. El “clic” del broche sonó definitivo.
—Vámonos, Estefanía. Tengo antojo de tacos.
Me levanté. Mis piernas temblaban, pero me sentía ligera. Como si me hubiera quitado una mochila llena de piedras que llevaba cargando tres años.
Miré a mi padre. Estaba derrumbado en su silla, mirando la nada. El gran Doctor Montemayor, el hombre que se creía un dios, reducido a un inquilino moroso.
Miré a Camila. Estaba llorando, pero no de tristeza, sino de rabia impotente. Su maquillaje se estaba corriendo, convirtiéndola en un payaso trágico.
—Esto no se va a quedar así —siseó Camila—. Voy a hablar con mis contactos. Con la prensa.
—Hazlo —le dije yo. Fue mi turno de hablar. Mi voz salió fuerte, clara—. Cuéntales cómo echaste a tu hijastra en Acción de Gracias porque era pobre. Cuéntales cómo insultaste a una enfermera que salvó vidas mientras tú elegías cortinas. A la gente le encantan esas historias, Camila. Te harás viral. Pero no de la forma que tú quieres.
Regina, que tenía el teléfono en la mano, lo bajó lentamente. Incluso ella, en su estupidez infinita, sabía que esta historia no se vería bien en TikTok.
Caminamos hacia la salida.
Al pasar junto a la cocina, vi a Lupita, la empleada, asomada por la puerta batiente. Tenía los ojos muy abiertos y una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
Mamá se detuvo un segundo.
—El pay de camote, Lupita —dijo mamá—. Cómetelo tú con las muchachas. Está muy bueno. Y si necesitas trabajo… llámame. Voy a necesitar a alguien de confianza para administrar la casa de al lado cuando la renueve.
Lupita asintió, radiante.
—Sí, señora Lorena. Gracias.
Salimos al vestíbulo. El aire de la noche entró cuando abrí la puerta pesada. Olía a libertad. Olía a ozono y a lluvia inminente.
Caminamos hacia el Honda. El Tesla de papá seguía ahí, brillando, ridículo. Un juguete caro para un niño pobre.
Nos subimos al coche. Mamá no lo encendió de inmediato. Se quedó con las manos en el volante, respirando hondo.
En el silencio del coche, la vi temblar. No de miedo, sino de adrenalina. La descarga de energía después de la batalla.
—Mamá… —dije—. Eres… eres la mujer más peligrosa que conozco.
Ella soltó una risita nerviosa que se transformó en una carcajada. Se echó hacia atrás en el asiento, riendo hasta que le salieron lágrimas.
—Ay, mi vida. Tenía tanto miedo de que me fallara la voz. ¿Viste su cara? ¿Viste la cara de Camila cuando dije “150 mil pesos”?
—¡Fue épico! —grité, riendo con ella—. ¡Y la cara de papá cuando Arturo dijo lo de las pelotas!
Nos reímos como locas, ahí estacionadas en la calle más cara de México, en un coche viejo, rodeadas de enemigos, pero sintiéndonos invencibles.
De repente, mamá se puso seria. Se giró y me tomó las manos.
—Estefanía, perdóname por no decirte antes. Sé que fue duro. Sé que te sentiste desprotegida.
—Lo fui, mamá. Me sentí sola. Sentí que no valía nada porque no tenía dinero.
—Lo sé. Y me dolía el alma cada vez que te veía sufrir por la colegiatura o por la renta. Hubo noches que estuve a punto de firmar un cheque y decirte todo. Pero… necesitaba que fueras tú. Necesitaba que construyeras tu carácter sobre roca, no sobre arena. Tu padre construyó sobre arena: apariencias, deudas, estatus falso. Y mira cómo terminó. Tú… tú construiste sobre esfuerzo.
Me acarició la mejilla.
—Ahora que tienes ese cimiento, ahora sí puedo darte las herramientas. El dinero, hija, no es el objetivo. El dinero es solo una herramienta. Como un bisturí. En manos de un cirujano experto, cura. En manos de un loco, mata. Tu padre es el loco. Tú serás la cirujana.
—¿Soy rica? —pregunté, todavía sin procesarlo del todo.
—Eres muy rica, Estefanía —dijo ella sonriendo—. El fideicomiso tiene propiedades, acciones y liquidez. Suficiente para que no trabajes ni un día más en tu vida si no quieres.
Pensé en mi trabajo. En mi jefe gritón. En las horas extra no pagadas. En el metro a hora pico.
—Quiero seguir trabajando —dije—. Me gusta lo que hago. Pero… tal vez renuncie a ese cliente que me trata mal. Y tal vez me compre un coche que tenga aire acondicionado que funcione.
—Eso suena como un buen plan —dijo mamá, encendiendo el motor—. Y tal vez, solo tal vez, compremos la casa de los Hernández y la convirtamos en un refugio para mujeres. O en una escuela de arte. Solo para molestar a Camila con el ruido de niños felices.
—Me encanta —dije.
Mientras arrancábamos, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Jorgito, mi hermanito. O más bien, de alguien usando su iPad, probablemente él mismo a escondidas.
Era un mensaje de voz.
Lo reproduje.
“Fanny, ¿por qué te fuiste? Mami está gritando mucho y papi está llorando en el baño. Tengo miedo. ¿Vas a volver?”
Se me rompió el corazón. Él era la única víctima inocente en todo esto.
Miré a mamá. Ella también lo había escuchado.
—No podemos dejarlo ahí —dijo mamá—. No con esos lobos.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
Mamá puso la palanca en “Drive”, pero no avanzó. Miró por el retrovisor hacia la casa iluminada.
—La guerra no ha terminado, Estefanía. Ganamos la batalla de hoy. Pero ahora vamos por el rescate. Gilberto no se va a quedar con ese niño si termina en la ruina emocional. Vamos a esperar. Vamos a dejar que se cocinen en su propia salsa unos días. Y luego… luego vamos por Jorgito.
Aceleró. El Honda rugió (con su mofle roto) y nos alejamos de la mansión.
Dejamos atrás Cumbres del Valle. Dejamos atrás la humillación.
—¿Tacos? —preguntó mamá.
—Tacos —confirmé—. Al pastor. Con todo. Y una Coca bien fría.
—Te la invito —dijo ella—. O bueno… técnicamente, tú me la invitas. Porque mañana vamos al banco a poner todo a tu nombre.
Sonreí.
—Trato hecho, socia.
El camino de regreso a la Doctores nunca se sintió tan corto. Ni las luces de la ciudad tan brillantes. Por primera vez en mi vida, no me sentía como la espectadora de la vida de los ricos. Me sentía como la dueña de la historia.
FIN