
CAPÍTULO 1: EL REINO DE LAS SOMBRAS Y LA LLUVIA
El amanecer en San Miguel de los Pinos no llegó ese día. O al menos, eso pareció. El sol, cobarde y pálido, se había quedado atrapado detrás de una cortina de nubes de plomo que llevaban llorando sobre el pueblo una semana entera. Era una lluvia terca, de esa que llaman “chipi-chipi”, que no parece mojar pero te cala hasta los huesos y te pudre el alma si te descuidas.
Yo estaba sentada en la cocina de la casona, la casa que había visto nacer a tres generaciones de mi familia. Mis manos rodeaban una taza de cerámica de Talavera despostillada, aferrándome al calor residual de un café de olla que había dejado de humear hacía media hora. El olor a canela y piloncillo se mezclaba con el aroma húmedo de la tierra mojada que se colaba por las rendijas de las ventanas viejas, y con ese otro olor, más denso y dulzón, de las flores que se estaban marchitando en la sala, junto al retrato de mamá con su listón negro.
Mamá. Catalina.
Apenas hacía siete días que la habíamos enterrado en el panteón municipal, bajo un aguacero que convirtió el lodo en una trampa pegajosa. Siete días desde que la mujer más fuerte que conocí, la maestra de literatura que había enseñado a leer a medio pueblo, se había apagado. Y con ella, sentía que se apagaba la luz de esta casa enorme, de techos altos y vigas de madera que ahora crujían como si se quejaran del frío.
Me pasé una mano por la cara, sintiendo la piel estirada por la falta de sueño y el exceso de llanto. Mis ojos ardían. Miré hacia el jardín a través del vidrio empañado. Los árboles de durazno y los cerezos, que mamá cuidaba como si fueran hijos suyos, se mecían tristes bajo el viento.
—Mami… mami, mira.
La voz sacó mi mente de ese pozo oscuro. Giré la cabeza y vi a Miguelito parado en el umbral de la cocina. Mi hijo. Mi pequeño milagro de cinco años. Llevaba su pijama de superhéroes, una talla ya muy chica para lo rápido que crecía, y el cabello revuelto, color miel, igualito al mío. En sus manos apretaba un armatoste hecho de bloques de plástico de colores chillones, pegados con una lógica que solo un niño podía entender.
—¿Qué pasó, mi amor? —le pregunté, y mi propia voz me sonó ajena, rasposa, como si no la hubiera usado en años.
—Hice una nave —dijo él, entrando con esa energía inagotable que tienen los niños, ajenos a que el mundo de los adultos se está cayendo a pedazos—. Es el Apolo Once-Mil. Va a ir súper lejos.
Se acercó a la mesa y hizo “aterrizar” su nave junto a mi taza fría. Sus ojos brillaban con una inocencia que me dolió físicamente en el pecho. ¿Cómo podía él sonreír cuando la casa se sentía tan vacía sin la abuela?
—Está padrísima, Miguelito —le dije, forzando una sonrisa y acariciándole la mejilla. Tenía la piel suavecita y olía a leche tibia—. ¿Y a dónde va a ir el Apolo Once-Mil? ¿A Marte?
Miguelito negó con la cabeza, muy serio.
—No, mami. Va a ir a la Luna.
Se quedó callado un segundo, mirando su juguete, y luego levantó la vista hacia mí con una pregunta que me heló la sangre.
—Oye, mami… ¿La abuela Cata está en la Luna?
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago. El aire se me atoró. Miguelito adoraba a su abuela. Ella le leía cuentos todas las noches, le hacía atole de fresa cuando llovía y le enseñaba los nombres de los pájaros que venían al jardín. Explicarle la muerte a un niño de cinco años es la tarea más cruel que existe.
—No, mi cielo —susurré, tragándome el nudo en la garganta—. La abuela está más lejos que la Luna. Está… está en el cielo, con las estrellas.
—¿Y podemos ir en mi nave? —insistió, con esa lógica implacable—. Si le ponemos mucha gasolina, ¿podemos ir a visitarla? Es que se le olvidó terminar de leerme el libro de los piratas.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. No pude contenerme. Jalé a mi hijo hacia mí y lo abracé con fuerza, hundiendo mi cara en su cuello. Olía a vida, a esperanza, a todo lo que yo sentía que estaba perdiendo.
—No podemos ir ahorita, mi amor —le dije con la voz quebrada—. Ella nos está viendo desde allá arriba. Pero te prometo que ella sabe el final del cuento y te lo está contando en tus sueños.
Nos quedamos así un momento, madre e hijo abrazados en la cocina silenciosa, mientras la lluvia repiqueteaba contra el techo de lámina del patio trasero. Era un momento de paz frágil, un instante de refugio antes de la tormenta real.
Porque la tormenta real no estaba afuera. Estaba durmiendo en la habitación principal, en la cama que había sido de mis padres.
De repente, un estruendo rompió la mañana.
¡PUM!
Alguien había azotado una puerta en el piso de arriba con tal violencia que las tazas en la alacena vibraron. Luego, pasos pesados, furiosos, bajando la escalera de madera. Cada pisada sonaba como una amenaza: tac, tac, tac.
Miguelito se tensó en mis brazos.
—Es el abuelo Víctor —susurró, y en sus ojos vi algo que ningún niño debería sentir en su propia casa: miedo.
Víctor. Mi padrastro. El hombre con el que mi madre se había casado hacía ocho años, buscando compañía y apoyo tras enviudar joven. Al principio, Víctor Estévez parecía un hombre decente. Un empresario retirado, siempre bien vestido, con palabras amables y regalos caros. Pero con los años, y sobre todo con la enfermedad de mamá, la máscara se había ido cayendo a pedazos, revelando a un hombre amargado, controlador y profundamente egoísta.
La puerta de la cocina se abrió de golpe, golpeando contra la pared y haciendo saltar un trozo de yeso.
Allí estaba él.
Víctor parecía un toro a punto de embestir. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta la mitad del pecho, revelando una piel flácida y canosa, y los pantalones de vestir arrugados. Tenía los ojos inyectados en sangre y el cabello gris revuelto. Apestaba a alcohol rancio y a tabaco barato, una mezcla nauseabunda que invadió la cocina al instante.
En sus manos traía tres cajas de cartón vacías, de esas que se usan para las mudanzas baratas.
—¡¿Qué diablos hacen aquí todavía?! —bramó. Su voz era un trueno rasposo que llenó el espacio, haciendo que Miguelito se escondiera detrás de mi silla.
Me puse de pie lentamente, poniendo mi cuerpo como escudo entre él y mi hijo. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en las sienes.
—Buenos días, Víctor —dije, tratando de mantener la voz firme, aunque por dentro temblaba—. Estamos desayunando. Miguelito tiene que ir al kínder en un rato.
—¡Me vale madres el kínder y me vale madres tu desayuno! —gritó, y arrojó las cajas de cartón al suelo con furia. Una de ellas resbaló y golpeó mi pierna—. ¡Te dije ayer, Larisa! ¡Te dije clarito que no quería ver sus caras largas hoy!
Se acercó a la mesa, tambaleándose un poco. Estaba borracho. A las nueve de la mañana, y ya estaba borracho. Agarró mi taza de café y la estrelló contra el fregadero. La cerámica estalló en mil pedazos.
¡CRASH!
Miguelito soltó un grito ahogado y rompió a llorar.
—¡Víctor, por el amor de Dios! —grité yo también, perdiendo la compostura—. ¡Es un niño! ¡Estás asustando a Miguelito! Acabamos de enterrar a mamá, ten un poco de respeto.
El hombre se giró hacia mí, y su rostro se contorsionó en una mueca de desprecio puro.
—¿Respeto? —bufó, escupiendo un poco de saliva al hablar—. ¿Tú me hablas de respeto a mí? Yo soy el dueño de esta casa. Yo soy el señor aquí. Durante años te aguanté, Larisa. Aguanté tus lloriqueos, aguanté a tu bastardo corriendo por mis pasillos, aguanté que vinieras a refugiarte aquí como perra pateada cuando tu marido te dejó por la otra.
Sus palabras eran puñales. Sabía exactamente dónde herir. Mi divorcio de Sergio había sido humillante y doloroso, y volver a casa de mamá había sido mi única salvación.
—Esta es la casa de mi madre —le respondí, sintiendo cómo la ira empezaba a desplazar al miedo—. Es la casa donde nací. Mi padre construyó esta cocina con sus propias manos. Tú solo llegaste aquí cuando todo ya estaba hecho.
Víctor soltó una carcajada seca, cruel, que resonó en las paredes de azulejo.
—Corrección, mi querida y estúpida hijastra. Era la casa de tu madre. —Se golpeó el pecho con el puño—. Ahora es mi casa. Soy su viudo. Soy su heredero legal. Y ya me cansé de jugar a la familia feliz.
Empezó a caminar por la cocina, abriendo los cajones y sacando cosas al azar. Un cucharón, un trapo, el frutero.
—¡Empaquen! —ordenó, señalando las cajas en el suelo—. Tienen dos horas. A las doce viene el notario y gente de la constructora. Voy a vender este vejestorio. Me dan una buena lana por el terreno para hacer departamentos.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Vender la casa? ¿La casa con el jardín de cerezos? ¿La casa donde estaban todos los recuerdos de mamá, de papá, de mi infancia?
—No puedes hacer eso —susurré, incrédula—. Víctor, no tenemos a dónde ir. Mi sueldo en la biblioteca no me alcanza para una renta en el centro, y menos con los precios de ahora. Si nos echas, nos dejas en la calle. Literalmente en la calle.
Él se detuvo frente a mí, invadiendo mi espacio personal. Su aliento apestaba. Me miró con esos ojos fríos, grises, que alguna vez pensé que eran amables.
—Ese no es mi problema, Larisa. Búscate a otro marido que te mantenga. O vete a vivir debajo de un puente. Me da igual. Solo quiero que cuando vuelva a entrar a esta cocina, tú, tu chamaco y tus porquerías ya no estén.
Entonces, sus ojos cayeron sobre la nave espacial de bloques que Miguelito había dejado en la mesa. Con un movimiento brusco de la mano, la barrió.
Los bloques salieron volando, golpeando el suelo y desarmándose. La “Apolo Once-Mil” quedó reducida a escombros de plástico a nuestros pies.
—¡Mi nave! —chilló Miguelito, lanzándose al suelo para tratar de rescatar las piezas.
—¡Deja eso! —le gritó Víctor al niño—. ¡Largo! ¡Fuera de mi vista!
La furia me cegó. Fue un instinto animal. Agarré a mi hijo del brazo, levantándolo del suelo, y encaré a Víctor.
—¡Eres un miserable! —le grité en la cara—. ¡Mamá te amaba! ¡Ella confió en ti! Si te viera ahora… se volvería a morir de pura vergüenza.
Víctor alzó la mano. Por un segundo, pensé que me iba a pegar. Me encogí, protegiendo a Miguelito con mi cuerpo, esperando el golpe. Pero él se detuvo, bajó la mano y sonrió con malicia.
—Si Catalina me viera… —murmuró con sorna—. Catalina era una tonta sentimental. Igual que tú. Por eso firmó todo a mi nombre. Por eso me dejó el control de todo. Porque sabía que sin un hombre, ustedes no sirven para nada.
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un papel arrugado, doblado en cuatro. Me lo puso frente a la nariz.
—Mira. Lee. Testamento. “Todo para mi amado esposo Víctor Estévez”. Así que, a menos que quieras que llame a la policía y te saque por invasión de propiedad, te sugiero que empieces a llenar esas cajas.
Me quedé paralizada. Mis ojos se llenaron de lágrimas de impotencia. No podía ser. Mamá no podía haberme dejado desamparada. Ella sabía que Sergio no me pasaba la pensión completa. Ella sabía lo mucho que amábamos esta casa.
—Te odio —le dije, temblando.
—El sentimiento es mutuo, querida —respondió él, dándose la vuelta para servirse un vaso de agua, ignorándonos como si fuéramos basura—. Tienen dos horas. Ni un minuto más.
Agarré a Miguelito, que lloraba en silencio abrazado a mi pierna, y salí corriendo de la cocina. Crucé el pasillo, subí las escaleras de madera vieja corriendo, tropezándome con mis propios pies. Sentía que me ahogaba.
Llegamos a mi antigua habitación, la que ahora compartía con mi hijo. Entré y cerré la puerta con seguro, recargando la espalda contra la madera fría. Me deslicé hasta el suelo, abrazando a mi niño, y solté el llanto que llevaba aguantando toda la mañana.
—Mami, tengo miedo… —sollozó Miguelito—. ¿Por qué el abuelo es malo? ¿A dónde vamos a ir?
Le acaricié el cabello, tratando de calmarlo, aunque yo estaba aterrorizada.
—No sé, mi amor, no sé… —le dije la verdad, porque ya no tenía fuerzas para mentir.
Miré alrededor de la habitación. Mis libros, la ropa de Miguelito, nuestras pocas posesiones. ¿Cómo iba a empacar toda una vida en dos horas? ¿A dónde iríamos? Afuera la lluvia arreciaba, golpeando la ventana con furia, como si el cielo quisiera romper el cristal.
Me sentía sola. Terriblemente sola. Sin mamá, sin esposo, sin dinero y ahora sin techo. Víctor tenía razón. Él tenía el poder. Él tenía los papeles. Él había ganado.
O eso creía yo.
Mientras lloraba, con la cabeza apoyada en mis rodillas, una imagen cruzó mi mente como un relámpago. Fue un recuerdo de hacía tres días, en el hospital, justo unas horas antes de que mamá entrara en coma.
Había sido un momento confuso. Ella estaba llena de tubos, con la voz pastosa por la morfina. Yo pensé que deliraba. Pero ahora, con la amenaza de Víctor retumbando en mis oídos, sus palabras volvieron a mí con una claridad aterradora.
“Lara… mi niña…”, me había dicho, apretándome la mano con una fuerza que no parecía suya. “El joyero… busca el joyero de madera vieja… el que me dio tu papá…”
Yo le había dicho que sí, que descansara, pensando que hablaba de sus collares.
“No… escucha…”, insistió ella, con los ojos muy abiertos, llenos de urgencia. “No confíes en Víctor. Él cree que lo sabe todo, pero yo… yo guardé algo. En el joyero… doble fondo… busca la flor tallada… es tu escudo, hija. Es tu espada.”
Levanté la cabeza de golpe. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
El joyero.
El viejo joyero de madera de Olinalá que siempre estaba en el escritorio de su estudio.
—Miguelito —dije, agarrando a mi hijo por los hombros y mirándolo a los ojos—. Escúchame bien. Necesito que seas muy valiente. Quédate aquí, juega con tus carritos en la alfombra. No le abras a nadie, ni siquiera al abuelo Víctor. ¿Me entiendes?
—Sí, mami.
—Mamá va a ir a buscar algo. Algo que la abuela nos dejó.
Me puse de pie. Las piernas me temblaban, pero una nueva sensación empezaba a nacer en mi pecho. No era miedo. Era rabia. Era el instinto de supervivencia de una madre acorralada.
Si Víctor quería guerra, guerra iba a tener.
Abrí la puerta de la habitación con cuidado. El pasillo estaba en silencio, solo se oía el sonido de la televisión encendida en la sala de abajo. Víctor debía estar celebrando su victoria viendo las noticias.
Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire frío de la casa, y di el primer paso hacia el estudio de mamá. Hacia el secreto que podía salvarnos o condenarnos para siempre.
CAPÍTULO 2: EL SECRETO BAJO LA FLOR TALLADA
El pasillo de la segunda planta parecía interminable. Cada tabla del piso de madera crujía bajo mis pies descalzos, sonando como disparos en el silencio de la casa. Me movía pegada a la pared, conteniendo la respiración, rezando para que Víctor no decidiera subir las escaleras en ese momento.
Mi corazón latía desbocado, bum-bum, bum-bum, golpeando contra mis costillas como un pájaro enjaulado. Abajo, escuché el tintineo de una botella de vidrio contra un vaso. Víctor se estaba sirviendo otro trago. “Salud, mi reina”, lo oí murmurar con voz pastosa, probablemente brindando con el fantasma de mi madre por su propia victoria. El odio me quemó la garganta, un sabor ácido y metálico.
Llegué a la puerta del estudio de mamá. La manija estaba fría. Giré el pomo lentamente, rogando que no estuviera cerrada con llave. El mecanismo cedió con un suave chasquido y me deslicé hacia adentro como una sombra, cerrando tras de mí con el mismo cuidado.
El estudio estaba tal cual ella lo había dejado.
Era una habitación pequeña pero acogedora, con un ventanal que daba al jardín trasero. Las paredes estaban forradas de estanterías repletas de libros: enciclopedias viejas, novelas clásicas, montones de cuadernos de sus alumnos. El aire aquí dentro estaba quieto, impregnado de su esencia: una mezcla de papel viejo, tinta y su perfume de vainilla y lavanda que todavía flotaba en el ambiente como un abrazo fantasma.
Ver su silla vacía, con su chal tejido colgado en el respaldo, me hizo tambalear. Quise tirarme al suelo y llorar, gritarle a la nada que por qué me había dejado sola con este monstruo. Pero no había tiempo. Tenía menos de dos horas antes de que llegaran los abogados y la constructora.
—El joyero… el joyero… —susurré, escaneando la habitación con desesperación.
Mi mirada recorrió el escritorio de caoba. Estaba lleno de papeles desordenados, probablemente revueltos por Víctor en su búsqueda de cuentas bancarias. Había bolígrafos tirados, facturas viejas, pero… no estaba el joyero.
El pánico me golpeó como una cubetada de agua helada.
—No, no, no… —gemí. Empecé a mover los libros, a levantar los papeles.
¿Y si Víctor ya lo había encontrado? ¿Y si lo había tirado a la basura pensando que era una baratija vieja? Mamá dijo que era mi escudo, mi espada. Si él lo tenía, estábamos perdidos.
Me giré hacia la estantería detrás del escritorio. Ahí, en el estante más alto, medio escondido detrás de una colección de Cien Años de Soledad y Pedro Páramo, vi un destello de madera oscura barnizada.
Acerqué la silla giratoria, me subí en ella con las piernas temblando y estiré el brazo. Mis dedos rozaron la madera suave. Lo jalé.
Ahí estaba.
Era una caja preciosa, una artesanía de Olinalá que mi papá le había regalado en su primer aniversario. Olía a madera de linaloe, un aroma dulce y picante. La bajé con cuidado, como si fuera una bomba a punto de estallar, y la puse sobre el escritorio.
Mis manos sudaban frío. La abrí.
Estaba llena de bisutería. Collares de cuentas de vidrio, aretes impares, un reloj viejo que no funcionaba, broches que usaba para sus festivales escolares. Nada de valor real. Víctor seguramente la había abierto, había visto que no había oro ni diamantes, y la había aventado ahí arriba sin darle importancia.
Vacié el contenido sobre el escritorio. Las cuentas rodaron haciendo ruido. Clac, clac, clac.
La caja quedó vacía. El fondo estaba forrado de un terciopelo rojo, gastado por los años.
—El doble fondo… busca la flor tallada… —repetí las palabras de mamá en el hospital.
Examiné la caja por fuera. Estaba cubierta de laca negra y decorada con flores y pájaros pintados a mano en colores vibrantes: azules, naranjas, verdes. Pasé mis dedos por cada centímetro de la madera, buscando algún desnivel, algún botón oculto.
Nada.
—¡Mamá, por favor! —supliqué al aire—. ¡Ayúdame!
Abajo, escuché pasos pesados subiendo la escalera.
Me paralicé. Víctor venía.
—¡Larisa! —gritó desde el pasillo—. ¡Espero que ya tengas listas esas cajas! ¡Voy a revisar que no te estés robando las toallas!
El terror me inyectó una dosis de adrenalina pura. Agarré la caja con fuerza, casi clavando mis uñas en la madera. Volteé la caja. En la base, en una de las esquinas inferiores, había un pequeño grabado en la madera, casi invisible si no lo buscabas. Una pequeña flor de cuatro pétalos, tallada en el relieve de la base, no pintada.
Presioné la flor con el pulgar.
Se escuchó un clic seco, casi imperceptible.
Dentro de la caja, el fondo de terciopelo rojo se levantó un par de milímetros de un lado.
¡Gracias a Dios!
Metí la uña en la ranura y levanté la tapa falsa. Debajo había un hueco de apenas dos centímetros de profundidad. Y ahí, descansando en la oscuridad, había un sobre color manila doblado por la mitad y una llave plateada, pequeña, de esas que se usan para cajas de seguridad bancarias.
Saqué el sobre. Tenía mi nombre escrito con la letra de mamá, pero la letra se veía temblorosa, débil. “Para mi hija Larisa. Leélo solo cuando sea necesario”.
Escuché el pomo de la puerta del estudio girar.
—¿Estás ahí, inútil? —gruñó Víctor desde el otro lado.
Estaba cerrado con seguro. Eso me daba unos segundos.
Rompí el sobre con desesperación. Saqué el documento. Era papel oficial, con sellos y firmas. Mis ojos volaron sobre el texto legal, tratando de entender entre la jerga de abogados.
“… revocación de testamento anterior…”
“… plena facultad mental…”
“…declaro como único y universal heredero de todos mis bienes presentes y futuros, incluyendo el inmueble ubicado en…”
Mis ojos se abrieron como platos.
“…a mi nieto, Miguel Ángel Torres Sokolov.”
“…designando a mi hija, Larisa Sokolova, como albacea y administradora única de los bienes hasta la mayoría de edad del beneficiario, con poder irrevocable para habitar, gestionar y usufructuar dicha propiedad, excluyendo explícitamente a cualquier cónyuge…”
¡Le había dejado la casa a Miguelito! No a mí, para que mi exmarido no pudiera reclamar nada, y definitivamente no a Víctor. A su nieto.
Y había algo más. Una hoja de papel de cuaderno arrancada, doblada junto al documento legal.
“Hija mía: Perdoname por no decirte esto antes. No quería preocuparte mientras lidiabas con tu divorcio. Hace meses descubrí que Víctor ha estado desviando dinero de mi cuenta de ahorros para sus ‘negocios’. Falsificó mi firma para hipotecar un terreno en las afueras. Lo confronté, y me amenazó. Tuve miedo. No por mí, yo ya me estaba yendo, sino por ti y por Misha. Fui con el notario Pérez en secreto. Este es el testamento válido. La llave es de la caja 204 del Banco del Norte. Ahí están las pruebas de sus fraudes, estados de cuenta y grabaciones. Si intenta algo, destrúyelo. Te amo más que a mi vida. Mamá.”
La puerta del estudio retumbó bajo un golpe brutal.
—¡Abre esta maldita puerta, Larisa! —gritó Víctor—. ¡Sé que estás ahí! ¡Oigo tus ruidos de ratona!
Me sequé las lágrimas de golpe. Ya no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de furia. Me guardé la llave en el bolsillo de mis jeans y apreté el testamento en mi mano derecha como si fuera una espada.
Caminé hacia la puerta. Quité el seguro.
Abrí la puerta de golpe.
Víctor casi se cae hacia adelante. Estaba rojo de ira, con las venas del cuello marcadas.
—¿Qué chingados haces encerrada aquí? —me escupió, entrando al estudio y mirando alrededor—. ¿Qué estás buscando? ¿Dinero? ¡Tu madre no dejó ni un centavo, todo se lo gastó en medicinas!
Me mantuve firme. Por primera vez en años, no bajé la mirada.
—No buscaba dinero, Víctor —dije con una voz que me salió fría, calmada, terroríficamente serena—. Buscaba la verdad.
Él se detuvo, confundido por mi cambio de actitud. Vio los papeles en mi mano y el joyero desarmado en el escritorio. Su mirada pasó de la confusión a la burla.
—¿Qué es eso? ¿Cartitas de amor? —se rió, extendiendo la mano—. A ver, dame eso. Seguramente son delirios de la vieja.
—No te atrevas a llamarla así —siseé, dando un paso hacia él. Él retrocedió instintivamente—. Esto, Víctor, es un testamento. El verdadero testamento. Fechado hace tres meses, ante el notario Pérez.
La sonrisa de Víctor vaciló.
—Estás loca. Yo tengo el testamento. Es de hace un año.
—Este revoca al tuyo —levanté el papel, mostrándole los sellos oficiales—. Mamá te conocía, Víctor. Sabía que eras un ladrón. Sabía que le robabas dinero de sus cuentas.
La cara de Víctor se transformó. El color se le fue del rostro, dejándolo de un tono grisáceo, como ceniza mojada.
—Eso… eso es mentira —balbuceó, pero su voz ya no tenía fuerza.
—¿Ah sí? —Saqué la llave del bolsillo y la tintineé frente a sus ojos—. ¿Sabes qué es esto? Es la llave de una caja de seguridad. Mamá dejó todo ahí. Los estados de cuenta, las firmas falsificadas… todo lo que prueba que eres un estafador y un abusador.
Víctor miró la llave como si fuera una pistola cargada apuntando a su cabeza. Empezó a sudar. Gotas gruesas le bajaban por la sien. Sabía que si esos documentos salían a la luz, no solo perdería la casa. Iría a la cárcel. Sus “socios” de la constructora lo abandonarían. Estaría acabado.
—Larisa… —Su tono cambió radicalmente. Alzó las manos en un gesto de paz fingida, mostrando una sonrisa nerviosa y repugnante—. Hija, por favor… no nos precipitemos. Estás alterada. El duelo te hace imaginar cosas. Mira, podemos llegar a un acuerdo.
—¿Acuerdo? —Me reí, una risa corta y amarga—. ¿Hace diez minutos querías echar a mi hijo a la calle bajo la lluvia? ¿Y ahora quieres un acuerdo?
—La casa es grande —dijo él, rápido, desesperado—. Pueden quedarse. Tú y el niño. Yo… yo puedo darles una mensualidad. No hace falta involucrar abogados, ni bancos… ni a la policía. Somos familia, ¿no?
Sentí un asco profundo. Verlo así, rogando, tratando de manipularme como siempre lo había hecho, me dio la certeza final.
—No somos familia —le dije, disfrutando cada sílaba—. Y tienes razón en una cosa, Víctor. El tiempo se acaba. Pero no para mí.
Miré el reloj de pared.
—Tienes una hora para sacar tus porquerías de la recámara de mis padres. Quiero que te largues. Si a las doce sigues aquí, no voy a esperar a los de la constructora. Voy a llamar a la policía y les voy a entregar esta llave y este documento. Y créeme, tengo muchas ganas de ver cómo te sacan esposado.
Víctor abrió la boca para decir algo, pero la cerró. Me miró con un odio puro, destilado, pero también con miedo. Mucho miedo. Sabía que había perdido. Sabía que la “vieja tonta” y la “hijastra inútil” lo habían jaqueado.
Dio media vuelta y salió del estudio, arrastrando los pies, derrotado.
Me quedé sola en la habitación, con el corazón latiéndome en la garganta. Me dejé caer en la silla de mamá, abracé el documento contra mi pecho y cerré los ojos.
—Gracias, mamá —susurré al aire cargado de olor a vainilla—. Gracias.
Pero en el fondo sabía que esto no había terminado. Víctor era una rata acorralada, y las ratas acorraladas muerden. Se iría hoy, sí. Pero volvería. Y yo tenía que estar lista.
Corrí de vuelta a mi cuarto. Miguelito seguía jugando con sus carritos, ajeno a que su madre acababa de declarar la guerra.
—Mami, ¿ya encontraste lo que buscabas? —preguntó.
Lo cargué y le di un beso sonoro en el cachete.
—Sí, mi amor. Encontré el escudo y la espada. Y adivina qué…
—¿Qué?
—Nadie nos va a sacar de aquí. Esta es tu casa, mi capitán. Tu casa y la de la abuela.
Pero mientras abrazaba a mi hijo, escuché a Víctor abajo, azotando cosas, y supe que la verdadera batalla apenas comenzaba. Tenía que llamar a alguien. Necesitaba ayuda. Necesitaba un abogado que no le tuviera miedo a Víctor.
Y entonces recordé un nombre. Un nombre que mamá había mencionado una vez en secreto, años atrás. Una hija. La hija que Víctor había abandonado hacía décadas y que ahora era una abogada famosa en la capital.
Alena.
Si había alguien que odiara a Víctor tanto como yo, tenía que ser ella.
PARTE 2: LA ALIANZA Y LA CAJA DE PANDORA
CAPÍTULO 3: SANGRE DE MI SANGRE, ENEMIGO DE MI ALMA
Víctor no se fue en silencio. Nadie pierde un reino sin dar un último zarpazo.
Después de que lo confronté en el estudio con el testamento y la llave, bajó las escaleras como un animal herido. Escuché el estruendo de vidrios rotos en la sala; había barrido con el brazo la colección de figuras de porcelana de mamá, esas bailarinas delicadas que ella limpiaba con tanto cuidado cada domingo. Era su forma de decirme: “Te dejo la casa, pero te la dejo rota”.
Me quedé arriba, abrazada a Miguelito en el pasillo, temblando, escuchando cómo arrastraba sus maletas por el piso de madera. Luego, el portazo final. Fue tan fuerte que sentí que la casona entera exhalaba un suspiro de alivio y dolor al mismo tiempo. El motor de su camioneta rugió en la entrada y las llantas chirriaron sobre el pavimento mojado al alejarse.
Se había ido. Pero el silencio que dejó atrás era más aterrador que sus gritos.
—¿Ya se fue el monstruo? —preguntó Miguelito, con los ojos muy abiertos y húmedos.
—Sí, mi amor. Ya se fue —le contesté, besándole la frente sudada—. Pero tenemos que ser muy inteligentes ahora.
Bajé a la sala con el corazón en un puño. El lugar era un desastre. Había papeles tirados, cojines destripados y el olor a alcohol de Víctor impregnaba las cortinas. Me senté en el sofá, con el testamento y la llave apretados en mi mano como si fueran un rosario. Sabía que esto era solo una tregua. Víctor Estévez no era un hombre que aceptara la derrota. Tenía dinero, tenía amigos corruptos en el ayuntamiento y en la policía, y tenía un orgullo enfermizo. Volvería, y volvería con abogados más caros y matones más grandes.
Yo era una bibliotecaria de pueblo. Él era un tiburón de la construcción. La ecuación no estaba a mi favor.
Necesitaba un aliado. Alguien que conociera a la bestia desde adentro.
Fue entonces cuando mi mirada cayó sobre la vieja agenda telefónica de mamá, esa libreta de cuero negro ajada por los años que reposaba junto al teléfono fijo. Mamá guardaba todo ahí. Recetas, números de fontaneros, fechas de cumpleaños… y secretos.
Recordé una conversación susurrada hacía años, una noche de lluvia parecida a esta. Mamá había bebido una copa de vino de más y me habló de la “otra familia” de Víctor. De una hija a la que él había repudiado porque se atrevió a desafiarlo. Una hija que se había convertido en todo lo que él odiaba: una abogada incorruptible en la Ciudad de México.
Abrí la agenda con manos temblorosas. Pasé las páginas: A… B… C… “Carpintero Juan”, “Comadre Lupe”… Hasta que llegué a la “K”.
Klímova.
Alena Klímova. Usaba el apellido de su madre rusa, no el de Víctor. Había un número de celular anotado con la letra temblorosa de mamá y una nota al margen: “Para emergencias extremas”.
Si esto no era una emergencia extrema, no sabía qué lo era.
Marqué el número. Uno, dos, tres timbres. Mi respiración se agitaba.
—¿Bueno? —contestó una voz femenina, seca, profesional y cortante como un cuchillo recién afilado—. Despacho Klímova y Asociados. Si es por la demanda de Grupo Delta, hablen con mi secretaria.
—No… no es por eso —balbuceé, sintiéndome pequeña—. ¿Hablo con Alena? Soy… soy Larisa. La hija de Catalina.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio denso, pesado. Podía escuchar el tráfico de la gran ciudad de fondo.
—Larisa —dijo finalmente, y su tono se suavizó apenas un milímetro, aunque seguía siendo cauteloso—. Me enteré de lo de tu madre. Lo siento mucho. Era una buena mujer. La única que logró humanizar un poco a mi padre… por un tiempo.
—Gracias —dije, tragando saliva—. Alena, te llamo porque… porque Víctor acaba de intentar echarnos a la calle a mí y a mi hijo de cinco años. Hoy. Una semana después del entierro.
Escuché una exhalación brusca al otro lado. Un sonido que era mitad risa incrédula, mitad disgusto.
—Clásico de Víctor —murmuró ella con amargura—. Déjame adivinar: alegó que la casa es suya, que tiene un testamento anterior y amenazó con sus amigos de la constructora.
—Exactamente. Pero… encontré algo. Mamá me dejó un testamento nuevo y una llave de una caja de seguridad.
—¿Un testamento nuevo? —El interés en su voz se afiló—. ¿Notariado?
—Sí. Ante el notario Pérez. Le deja la casa a mi hijo Miguel.
—¡Ja! —Alena soltó una carcajada genuina esta vez—. ¡Esa es mi Catalina! Le dio donde más le duele: en el ego y en la cartera. Escúchame bien, Larisa. No hagas nada. No salgas de la casa. Cierra todo con llave. Víctor va a tratar de intimidarte, va a mandar a alguien o va a tratar de bloquear esa cuenta bancaria antes de que llegues.
—Tengo miedo, Alena. Estoy sola aquí.
—No, ya no estás sola —su voz se volvió de acero—. Voy para allá. Salgo de la Ciudad de México ahorita mismo. En tres horas estoy en San Miguel. No le abras a nadie que no sea yo. ¿Entendido?
—Entendido.
Colgué el teléfono y sentí que por primera vez en el día podía respirar.
Las siguientes tres horas fueron una eternidad. Me dediqué a limpiar la sala, barriendo los vidrios rotos mientras Miguelito veía caricaturas con el volumen alto para no escuchar la tormenta. Cada vez que pasaba un coche por la calle, me asomaba por la cortina con el corazón en la boca, esperando ver la camioneta negra de Víctor o una patrulla.
Pero quien llegó fue un auto deportivo gris, modesto pero elegante, que se estacionó frente a la reja bajo la lluvia torrencial.
De él bajó una mujer. Y Dios mío, no se parecía en nada a mí. Mientras yo llevaba mis jeans desgastados, un suéter de lana lleno de pelusa y el cabello en un chongo deshecho, Alena parecía salida de una revista de negocios. Traía un traje sastre impecable color azul marino, tacones que repiqueteaban con autoridad sobre el pavimento mojado y un portafolio de cuero. Tenía el cabello rubio recogido en una coleta tensa y unos ojos azules, idénticos a los de Víctor, pero donde los de él tenían crueldad, los de ella tenían una inteligencia fría y calculadora.
Corrí a abrirle la reja bajo la lluvia.
—¡Métete, te vas a mojar! —le grité.
Ella entró corriendo al porche, sacudiéndose el agua de la saco con elegancia. Me miró de arriba abajo y, para mi sorpresa, me dio un abrazo breve pero firme. Olía a perfume caro y a café expreso.
—Estás igualita a las fotos que Catalina me mandaba —dijo, separándose—. Tienes cara de no haber dormido en una semana.
—Y tú tienes cara de que vas a matar a alguien —respondí, intentando sonreír.
—Oh, créeme. Tengo planeado algo peor que matar a Víctor. Tengo planeado dejarlo en la ruina. —Sonrió, y vi los dientes de una loba—. Vamos a ver esos papeles.
Nos sentamos en la cocina. Alena desplegó los documentos sobre la mesa con la precisión de un cirujano. Se puso unos lentes de lectura y analizó el testamento en silencio durante diez minutos que se me hicieron eternos. Solo se oía el golpeteo de sus dedos manicurados sobre la mesa y la lluvia afuera.
—Es sólido —dictaminó finalmente, quitándose los lentes—. El notario Pérez es un viejo zorro, pero es legalista hasta la médula. Si él selló esto, es porque Catalina estaba lúcida. Víctor va a intentar alegar demencia senil o coacción, pero con la fecha y los testigos, lo tiene difícil. La casa es de tu hijo.
Suspiré, sintiendo que un peso de mil toneladas se me quitaba de encima.
—Pero —añadió Alena, levantando un dedo—, la casa es lo de menos. Lo que preocupa a Víctor no son los ladrillos. Es esto.
Señaló la llave plateada.
—La caja de seguridad —susurré.
—Exacto. Mi padre ha lavado dinero para la constructora “Olimpo” durante años. Yo lo sospechaba, pero nunca tuve pruebas. Si Catalina guardó lo que creo que guardó en esa caja… estados de cuenta, grabaciones, contratos dobles… Víctor no solo pierde la casa. Pierde su libertad.
—Mamá me dijo que era mi escudo.
—Es más que un escudo, Larisa. Es una bomba nuclear. Y tenemos que detonarla antes de que él encuentre la forma de desactivarla. —Alena miró su reloj—. Son las dos de la tarde. Los bancos cierran a las cuatro. Tenemos que ir ahora mismo.
—¿Ahora? ¿Con esta lluvia? ¿Y si Víctor está vigilando el banco?
—Es precisamente lo que él no espera. Él cree que estás aquí, llorando y empacando, o muerta de miedo. No espera que salgas al ataque. Además… —Alena sacó de su bolsa un gas pimienta y me guiñó un ojo—, si se acerca, tengo muchas ganas de vaciarle esto en la cara. Es un sueño que tengo desde los quince años.
Dejé a Miguelito con Doña Chuy, la vecina de confianza que vivía al lado y que adoraba al niño. Le dije que no le abriera a nadie, bajo ninguna circunstancia.
Nos subimos al auto de Alena. Ella conducía rápido y con seguridad, esquivando los baches llenos de agua de las calles de San Miguel.
—¿Por qué lo odias tanto? —le pregunté mientras veíamos pasar las casas coloniales bajo la lluvia.
Alena apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Porque él destruyó a mi madre igual que intentó destruirte a ti. La dejó sin nada cuando se enfermó. Vendió las joyas de la abuela para pagar sus deudas de juego y luego se largó con una secretaria de veinte años. Mi madre murió en un hospital público, sola, mientras él compraba esta casa con Catalina. —Me miró de reojo—. Catalina fue la única que me buscó. Me pidió perdón en nombre de él, aunque ella no tenía la culpa. Ella me pagó el último semestre de la universidad en secreto. Le debo esto, Larisa.
Sentí un nudo en la garganta. Mamá nunca me había dicho eso. Ella había cuidado de la hija abandonada de su esposo, en silencio, tejiendo redes de amor incluso donde solo había odio.
—Llegamos —anunció Alena, frenando frente al Banco del Norte.
El edificio gris y moderno desentonaba con la arquitectura del pueblo. Había poca gente debido a la tormenta. Bajamos corriendo, chapoteando en los charcos, y entramos al aire acondicionado helado del banco.
Mi corazón iba a mil por hora. Sentía que todos me miraban. ¿Habría algún espía de Víctor aquí? ¿El gerente sería su amigo?
Nos acercamos a la ventanilla de cajas de seguridad.
—Buenas tardes —dijo Alena con su voz de abogada poderosa, sacando una tarjeta de presentación—. Acompaño a la señora Larisa Sokolova, albacea de la finada Catalina Pineda. Venimos a acceder a la caja 204. Aquí está la documentación notarial que acredita su personalidad jurídica.
La empleada, una chica joven y nerviosa, miró los papeles, miró a Alena, me miró a mí y luego a la llave.
—Permítame un momento, voy a llamar al gerente —dijo, desapareciendo tras una puerta.
Esos minutos de espera fueron agonía pura. Miré hacia la entrada de cristal. La lluvia golpeaba tan fuerte que no se veía la calle, solo una cortina gris.
—Tranquila —susurró Alena, tomándome del brazo—. Si intentan negarnos el acceso, armo un escándalo que saldrá en las noticias nacionales.
El gerente salió. Era un hombre calvo, sudoroso, con un traje que le quedaba apretado. Reconocí su cara. Era amigo de Víctor. Lo había visto en algunas parrilladas en el jardín. Se puso pálido al verme.
—Señora Larisa… mi más sentido pésame —dijo, con una falsedad que goteaba como aceite—. Este… hay un problema. El señor Víctor Estévez llamó hace un rato. Dijo que… bueno, que los papeles de la señora Catalina estaban en disputa y que no debíamos permitir el acceso a nadie hasta que se aclarara.
—Eso es ilegal —interrumpió Alena, dando un paso al frente. Su voz resonó en todo el banco—. El señor Estévez no es titular de la caja. El contrato está a nombre de Catalina Pineda. Aquí está el acta de defunción y el testamento que nombra a mi clienta como única albacea. Si usted le niega el acceso basándose en una llamada telefónica de un tercero sin orden judicial, lo voy a demandar a usted personalmente y a esta sucursal por obstrucción y complicidad en robo de patrimonio. Y créame, licenciado, tengo los recursos para hacer que lo despidan antes de que termine el día.
El gerente tragó saliva. Miró a Alena, vio el fuego en sus ojos y la calidad de su traje. Sabía reconocer el peligro cuando lo veía.
—No… no es necesario llegar a eso —balbuceó—. Si los papeles están en orden… pasen. Por aquí.
Nos condujo a la bóveda. El olor a metal frío y dinero viejo me revolvió el estómago.
Llegamos a la pared de cajas metálicas. La 204 estaba a la altura de mis ojos.
—Déjanos solas —ordenó Alena al gerente. El hombre asintió y se retiró, cerrando la reja pero quedándose cerca.
Me temblaba la mano tanto que no podía meter la llave.
—Déjame a mí —dijo Alena suavemente.
Tomó la llave, la introdujo en la cerradura y giró. Clac.
Sacó la caja metálica larga y la puso sobre la mesa de revisión.
Nos miramos una a la otra. El momento de la verdad.
Levanté la tapa.
CAPÍTULO 4: LA CAJA DE PANDORA Y EL ASEDIO
Dentro de la caja no había dinero. Ni joyas. Víctor tenía razón en una cosa: mamá no tenía riquezas materiales.
Lo que había era papel. Montones de papel. Y una memoria USB roja.
Alena empezó a sacar los documentos con rapidez profesional.
—Dios mío… —murmuró mientras leía—. Larisa, esto es dinamita pura.
—¿Qué es? —pregunté, asomándome sobre su hombro.
—Mira esto. —Me mostró un estado de cuenta de un banco en las Islas Caimán—. Está a nombre de una empresa fantasma, “Inversiones del Sol”. Pero aquí, en este otro papel, está el acta constitutiva donde aparece la firma de Víctor como socio mayoritario. Y mira las fechas de los depósitos. Coinciden exactamente con las fechas en que la constructora Olimpo ganó las licitaciones para pavimentar las carreteras del estado.
—Sobornos —entendí, sintiendo un escalofrío.
—Masivos. Estamos hablando de millones de pesos. Y aquí… —Alena tomó un cuaderno pequeño de notas, escrito con la letra de mamá—. Es un diario. Catalina anotó todo. Escuchaba sus llamadas. “24 de agosto: Víctor se reunió con el alcalde. Trajo un maletín con efectivo. Lo escondió en el sótano antes de llevarlo al banco”.
—Mamá estaba viviendo con un criminal —dije, sintiendo náuseas.
—Y lo sabía. Por eso recopiló todo esto. Sabía que si se divorciaba, él la mataría o la dejaría en la calle. Estaba esperando el momento, o protegiéndote a ti. —Alena tomó la memoria USB—. Aquí deben estar las grabaciones de audio. Si tenemos su voz admitiendo los sobornos… Víctor se va a pudrir en la cárcel el resto de su vida.
Metimos todo en el portafolio de Alena. Sentía que llevábamos plutonio radiactivo.
—Vámonos —dijo ella—. Tenemos que hacer copias de esto y mandarlas a la Fiscalía en la Ciudad de México. No confío en la policía local. Víctor los tiene comprados.
Salimos de la bóveda. El gerente nos miraba con ansiedad desde su escritorio, probablemente debatiéndose entre llamar a Víctor o esconderse debajo de la mesa.
Caminamos hacia la salida. La lluvia había amainado un poco, pero el cielo seguía negro.
Justo cuando Alena empujó la puerta de cristal para salir a la calle, una camioneta negra, enorme, se subió a la banqueta, bloqueándonos el paso. Las llantas chirriaron y salpicaron agua sucia contra los vidrios del banco.
Reconocí la camioneta. Era la de Víctor.
—¡Mierda! —gritó Alena, jalándome hacia atrás—. ¡Adentro!
Dos hombres bajaron de la camioneta. No era Víctor. Eran dos tipos grandes, con chamarras de cuero y cara de pocos amigos. Matones.
El gerente del banco se levantó gritando: —¡Oigan, no pueden estacionarse ahí!
Los tipos ignoraron al gerente y entraron al banco. Las pocas personas que había gritaron. No sacaron armas, pero no les hacía falta. Su presencia llenaba el lugar de violencia.
—Señora Larisa —dijo uno de ellos, un tipo con una cicatriz en la ceja y acento norteño—. El patrón quiere hablar con usted. Y quiere la cajita que sacaron.
Me pegué a la pared, abrazando el portafolio de Alena como si fuera mi hijo.
—No vamos a ir a ningún lado —dijo Alena, poniéndose delante de mí. Su postura era increíble. Piernas separadas, barbilla en alto, mirada desafiante. No parecía asustada, parecía furiosa—. Y si dan un paso más, voy a gritar tan fuerte que van a venir hasta los federales. Están en un banco, imbéciles. Hay cámaras por todos lados. Esto es un delito federal. Intento de secuestro y robo en institución bancaria.
El de la cicatriz se rió.
—Licenciada, no se meta. Es asunto familiar. Solo queremos los papeles.
Dieron un paso hacia nosotras.
—¡Seguridad! —gritó Alena.
El guardia del banco, un señor mayor con un revólver viejo, se acercó temblando.
—Jóvenes… por favor, retírense…
El matón simplemente lo empujó con una mano, mandándolo al suelo.
—¡Dámelos! —gruñó el tipo, lanzándose hacia mí para arrebatarme el portafolio.
—¡NO! —grité.
Fue un caos. Alena sacó el gas pimienta de su bolsa y roció una nube naranja directo a los ojos del tipo.
—¡AAAAHHH! —El hombre aulló, llevándose las manos a la cara, cayendo de rodillas.
El otro intentó agarrar a Alena, pero ella, con una agilidad que no esperaba, le clavó el tacón de su zapato en el empeine y luego le dio un rodillazo en la entrepierna.
—¡Clase de defensa personal, cabrón! —gritó ella, jadeando.
El tipo se dobló del dolor.
—¡Corre, Larisa! —me gritó Alena—. ¡Al coche!
Salimos corriendo del banco, saltando sobre el tipo que se retorcía en el suelo ciego por el gas. La gente gritaba. Las alarmas del banco empezaron a sonar.
Nos subimos al auto de Alena. Le temblaban las manos al meter la llave, pero el motor arrancó al primer intento.
—¡Agárrate! —gritó, y pisó el acelerador a fondo.
El auto derrapó en el asfalto mojado y salió disparado por la avenida principal. Miré hacia atrás. Los tipos salían del banco, tambaleándose, pero no nos seguían. Habían llamado mucho la atención.
—¡Estás loca! —le grité a Alena, entre risas histéricas y llanto—. ¡Le diste una paliza!
—Te dije que tenía ganas de desquitarme —dijo ella, con la respiración agitada y una sonrisa salvaje en los labios—. Nadie se mete con mi familia. Y tú… tú eres mi familia ahora.
Esa frase me golpeó más fuerte que cualquier amenaza. Tú eres mi familia ahora.
—¿A dónde vamos? —pregunté, mirando por el retrovisor por si nos seguían.
—A la casa. A recoger a Miguelito. No es seguro quedarse en San Miguel esta noche. Víctor ya cruzó la línea. Mandó matones a un banco a plena luz del día. Está desesperado. Eso lo hace peligroso.
—¿Y a dónde iremos?
—A la Ciudad de México. A mi departamento. Allá tengo seguridad privada y cámaras. Y desde allá, mañana mismo, presentaré esto en la Fiscalía General de la República. Vamos a quemar su reino hasta los cimientos, Larisa.
Llegamos a la casa de Doña Chuy derrapando. Recogí a Miguelito, que estaba feliz comiendo pan dulce, ajeno a que su madre acababa de escapar de un asalto.
—¿Nos vamos de viaje? —preguntó emocionado al ver que lo subía al coche de la “tía Alena”.
—Sí, mi amor. Una aventura —le dije, abrazándolo fuerte—. Vamos a la gran ciudad.
Mientras dejábamos atrás el pueblo, bajo la lluvia que no cesaba, miré por última vez la casona de mamá. Se veía triste, oscura, solitaria.
—Volveremos —prometí en voz baja—. Y cuando volvamos, será para siempre.
Alena me tomó la mano libre mientras conducía con la otra.
—Te lo juro por mi vida, Larisa. Vamos a recuperar esa casa. Y Víctor va a pagar cada lágrima que te hizo derramar.
La carretera se abría frente a nosotras, oscura y peligrosa, pero por primera vez en mucho tiempo, no veía solo oscuridad. Veía las luces de la ciudad a lo lejos. Veía un futuro. Y en el asiento trasero, mi hijo dormía seguro.
La guerra había empezado, pero ahora, éramos dos contra uno. Y teníamos la caja de Pandora abierta en el asiento del copiloto.
PARTE 3: EL EXILIO DE CRISTAL Y LOS FANTASMAS DEL PASADO
CAPÍTULO 5: LA FORTALEZA EN EL CIELO
La carretera México-Toluca era una serpiente de luces rojas y blancas bajo la lluvia incesante. Llevábamos tres horas conduciendo en un silencio tenso, roto solo por el sonido de los limpiaparabrisas luchando contra el aguacero y la respiración suave de Miguelito, que dormía en el asiento trasero abrazado a su mochila de superhéroes.
Yo miraba por la ventana, viendo cómo los pinos oscuros de La Marquesa daban paso poco a poco a la mancha urbana. La Ciudad de México. El “Monstruo”, como le decíamos en el pueblo. Un océano de concreto y luz que prometía anonimato, pero también soledad.
—¿Estás bien? —preguntó Alena, rompiendo el silencio. Su voz sonaba cansada. Se había quitado el saco sastre y conducía con una mano en el volante y la otra masajeándose el cuello.
—No lo sé —respondí sinceramente—. Siento que me arrancaron la piel. Hace ocho horas estaba desayunando en la cocina de mi madre, y ahora… ahora soy una fugitiva con una memoria USB llena de crímenes y un niño que no tiene casa.
Alena suspiró y negó con la cabeza.
—No eres una fugitiva, Larisa. Eres una testigo protegida, aunque el gobierno todavía no lo sepa. Y casa… casa tienes. Mientras yo respire, tú y el niño no van a dormir en la calle.
Llegamos a Santa Fe, la zona más moderna y exclusiva de la capital. Los rascacielos de cristal se alzaban hacia la niebla como gigantes futuristas. Alena vivía en uno de ellos, una torre que parecía una aguja de plata clavada en el cielo.
Entramos al estacionamiento subterráneo. Había guardias de seguridad privada con armas largas y perros en la entrada. Alena bajó la ventanilla, pasó una tarjeta magnética y el guardia la saludó con respeto militar.
—Buenas noches, licenciada Klímova.
—Nadie sube a mi piso sin mi autorización expresa, Ramírez. Nadie. Ni aunque diga que es el Papa. ¿Entendido?
—Entendido, licenciada.
Subimos en el elevador hasta el piso 25. Cuando las puertas se abrieron, me quedé sin aliento. El departamento de Alena no era una casa, era una nave espacial. Todo era blanco, cromo y cristal. Ventanales de piso a techo mostraban la ciudad iluminada a nuestros pies, millones de luces parpadeando como un reflejo de las estrellas que Miguelito buscaba.
Pero era frío. No había fotos familiares, no había desorden, no había olor a comida casera. Era el refugio de una mujer que había aprendido a vivir sola y blindada.
—Pon a Miguelito en la recámara de huéspedes —me indicó Alena, señalando una puerta—. Yo voy a servirnos algo fuerte. Lo necesitamos.
Acosté a mi hijo en una cama enorme con sábanas de seda que costaban más que mi sueldo de un mes. Le quité los zapatos con cuidado. Él se removió en sueños y murmuró: “Abuela, no te vayas”. Le di un beso en la frente, conteniendo las lágrimas, y salí a la sala.
Alena me esperaba con dos copas de tequila añejo. Se había soltado el pelo y se veía más joven, más vulnerable.
—Salud —dijo, levantando su copa—. Por Catalina. Y por ver caer a ese bastardo.
Bebimos. El líquido ámbar me quemó la garganta y me calentó el pecho.
—Ahora —dijo Alena, dejando la copa en una mesa de vidrio—, veamos qué nos dejó tu madre.
Sacamos la laptop de Alena y conectamos la memoria USB roja que habíamos rescatado del banco.
La pantalla se iluminó mostrando varias carpetas. “Cuentas”, “Contratos Olimpo”, “Fotos” y una carpeta llamada simplemente “AUDIO”.
—Empieza por el audio —sugerí, sintiendo un presentimiento.
Alena hizo clic. El reproductor de medios se abrió. Solo había un archivo: “La Verdad.mp3”.
Le dio play.
Hubo unos segundos de estática, y luego, la voz de mamá llenó la sala fría de Santa Fe. Sonaba cansada, con esa tos seca que la atormentaba al final, pero firme.
“Larisa… si estás escuchando esto, es que ya no estoy contigo. Y si Alena está contigo, entonces Dios escuchó mis oraciones.”
Me llevé la mano a la boca. Alena se tensó en el sofá.
“Hija, perdóname. Perdóname por meter a ese hombre en nuestras vidas. Yo estaba sola, triste por la muerte de tu padre, y Víctor… Víctor sabe ser encantador cuando quiere algo. Me vendió la imagen de un hombre bueno, de un protector. Pero es un depredador.”
Se escuchó el sonido de papeles moviéndose en la grabación.
“Hace un año descubrí los primeros desfalcos en la cuenta de la escuela. Dinero que debía ir para los libros de los niños, desviado a sus cuentas personales. Lo confronté. Fue… fue la primera vez que vi su verdadera cara. Me dijo que si abría la boca, te haría daño a ti. Que inventaría que tú robabas en la biblioteca. Que le quitaría la custodia de Miguelito a Sergio y luego a ti, alegando que eras inestable.”
—Maldito hijo de perra —susurró Alena, con lágrimas de rabia en los ojos.
“Tuve miedo, mi amor. Mucho miedo. Así que decidí jugar su juego. Fingí que le creía sus disculpas. Fingí ser la esposa sumisa y enferma que no se entera de nada. Pero empecé a grabar. Puse una grabadora en su despacho, debajo del escritorio. Y lo que escuché… es peor que robar dinero.”
La voz de mamá se quebró. Hubo una pausa larga, donde solo se oía su respiración dificultosa.
“Víctor y la constructora Olimpo no solo quieren nuestro terreno. Quieren toda la manzana. Planean demoler las casas históricas del centro, incluyendo la nuestra, para hacer un complejo comercial. Han estado pagando sobornos al alcalde para cambiar el uso de suelo. Y… Larisa… escuché a Víctor hablar con un hombre. Un tal ‘El Carnicero’. Hablaban de provocar un ‘accidente’ en la casa de los Ramírez, los vecinos que se negaban a vender. Un incendio.”
Alena pausó la grabación. Nos miramos. El color había desaparecido de su rostro.
—El incendio de los Ramírez… —murmuré, recordando—. Fue hace seis meses. Se quemó su cocina. Dijeron que fue un corto circuito.
—No fue un corto circuito —dijo Alena, gélida—. Fue terrorismo inmobiliario. Provocan accidentes para que la gente venda barato o se vaya por miedo. Víctor no es un estafador, Larisa. Es un criminal organizado.
Volvió a dar play.
“He reunido todo lo que pude. Copias de los cheques, las grabaciones con el alcalde, los planos ilegales. Alena, si estás ahí… sé que no fui tu madre, y sé que tu padre te hizo mucho daño. Pero siempre te admiré. Eras la rebelde, la fuerte, la que escapó. Por favor, usa tu fuerza para proteger a mi hija y a mi nieto. Destruyan a Víctor con esto. Háganlo por mí, pero sobre todo, háganlo por ustedes. Las amo. Adiós.”
El audio terminó.
El silencio en el departamento era absoluto, como si la ciudad entera hubiera contenido el aliento. Yo lloraba en silencio, dejando que las lágrimas cayeran sobre mis manos. Mamá había vivido un infierno en silencio para protegernos. Se había convertido en una espía en su propia casa, muriendo de cáncer y de miedo, pero resistiendo para dejarnos esta arma.
Alena cerró la laptop de golpe. Se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando las luces de la ciudad.
—Mañana a primera hora —dijo, sin voltear—, vamos a la Fiscalía Especializada en Delincuencia Organizada. Con esto, no solo le quitamos la casa. Lo metemos en un hoyo tan profundo que no va a ver la luz del sol nunca más.
—¿Crees que sea suficiente? —pregunté, secándome los ojos—. Él tiene amigos poderosos. El alcalde…
—El alcalde es un pez chico comparado con lo que yo muevo en esta ciudad —dijo Alena, girándose. Su rostro ya no tenía tristeza, solo una determinación feroz—. Mañana empieza la cacería, hermanita. Y nosotros somos los cazadores.
Pero no sabíamos que Víctor también tenía sus propios movimientos.
Apenas amanecía cuando mi celular empezó a vibrar sobre la mesa de centro como un insecto moribundo. Era un número desconocido.
Contesté, con el corazón acelerado.
—¿Sí?
—Larisa, mi amor —la voz de Víctor sonó al otro lado, tranquila, casi cariñosa. Me dio una arcada—. Espero que hayan dormido bien. ¿Cómo está el clima en la ciudad?
—¿Cómo sabes dónde estoy? —pregunté, sintiendo un escalofrío.
—Por favor, Larisa. Tengo el registro de llamadas de la casa. Sé que llamaste a mi hija pródiga. Dile a Alena que le mando saludos.
—Púdrete, Víctor. Vamos a ir a la policía. Tenemos pruebas.
—Ay, ternurita. —Se rió—. ¿Qué pruebas? ¿Unos papeles viejos de una loca que se moría de cáncer? Mira, te propongo algo. Devuélveme lo que sacaste del banco y firma la cesión de derechos de la casa hoy mismo. Si lo haces, te dejaré en paz. Te daré algo de dinero para que te vayas a otro lado.
—Jamás —escupí la palabra—. Esa casa es de Miguelito.
—Qué lástima —dijo él, y su voz se volvió de hielo—. Entonces prepárate. Porque acabo de reportarte como persona desaparecida con facultades mentales perturbadas que secuestró a un menor. Y acabo de congelar las cuentas mancomunadas que tu madre tenía conmigo, de donde sacabas para comer. Ah, y una cosa más… la casa ya no es segura. Los accidentes pasan, Larisa. Sobre todo en casas viejas con instalaciones eléctricas defectuosas.
—Si le tocas un pelo a esa casa…
—Tic, tac, Larisa. Tic, tac.
Colgó.
Miré a Alena, que había salido de su habitación en bata al escucharme gritar.
—Sabe que estamos aquí —le dije, temblando—. Y dice que va a haber un “accidente” en la casa.
Alena maldijo en ruso y luego en español.
—Quiere quemarla —dijo—. Quiere quemar la evidencia física o simplemente destruirla para cobrar el seguro y vender el terreno vacío. Si la casa se quema, el valor histórico desaparece y puede construir su edificio.
—Tenemos que volver —dije, sintiendo pánico—. No puedo dejar que queme la casa de mamá.
—¡No! Eso es lo que él quiere. Quiere que regreses al pueblo para atraparte. Allá es su territorio. Aquí es el mío. —Alena empezó a caminar de un lado a otro, pensando—. Necesitamos a alguien allá. Alguien que pueda vigilar la casa, alguien que no sea tú, pero que sea de confianza.
—No tengo a nadie. Los vecinos tienen miedo.
—¿Y el padre del niño? —preguntó Alena de repente.
—¿Sergio? —Me reí con amargura—. Sergio nos abandonó por una contadora de veinticinco años. No le importamos.
—¿Le importa su hijo?
—Dice que sí, pero…
—Entonces llámalo. —Alena me pasó su teléfono—. Si Víctor quema la casa, quema la herencia de su hijo. A los hombres como Sergio a veces no les importa la exesposa, pero el dinero y el “legado” de sus hijos sí les mueve el orgullo. Y necesitamos ojos en San Miguel ahora mismo.
Dudé. Llamar a Sergio era abrir otra herida. Pero la imagen de la casa de mamá ardiendo fue más fuerte.
Marqué el número.
CAPÍTULO 6: EL REGRESO DEL PASADO
Sergio llegó al departamento de Alena a medio día.
No había sido fácil convencerlo de venir a la Ciudad de México, pero cuando le conté que Víctor había amenazado a Miguelito y que estábamos escondidas, algo en su voz cambió. Dejó de ser el exmarido indiferente y se convirtió en el hombre que alguna vez conocí.
El timbre sonó. Alena verificó las cámaras de seguridad antes de abrir.
—Es él —dijo—. Viene solo. Y parece que no ha dormido.
Abrió la puerta. Sergio estaba allí, parado en el pasillo impoluto, con sus jeans desgastados y una mochila al hombro. Se veía más viejo, más cansado que la última vez que lo vi. Tenía ojeras marcadas y una barba de tres días.
Cuando me vio, sus ojos se suavizaron, pero yo me crucé de brazos, levantando una barrera invisible.
—Larisa —dijo, dando un paso adelante—. ¿Están bien? ¿Dónde está Misha?
—Miguel está viendo la tele en el cuarto —respondí secamente—. Gracias por venir. Esta es Alena, mi abogada y… hermanastra.
Sergio saludó a Alena con un movimiento de cabeza, intimidado por la presencia de ella y el lujo del departamento.
—No sabía que tenías familia con… tantos recursos —comentó él, mirando el ventanal.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Sergio. Sobre todo desde que te fuiste —repliqué. No podía evitarlo. El dolor seguía ahí, latente.
—Lo sé —bajó la mirada—. Fui un imbécil. La tal Brenda… eso se acabó hace meses. Fue un error. Pero no vine a hablar de eso. Vine porque me dijiste que ese viejo loco amenazó a mi hijo.
Alena intervino, pragmática como siempre.
—Siéntate, Sergio. No tenemos tiempo para terapias de pareja. Tenemos una crisis.
Nos sentamos alrededor de la mesa de cristal. Alena le explicó la situación: el testamento, los fraudes, la amenaza de demolición o incendio. Sergio escuchaba con la boca abierta. Él era ingeniero en sistemas, un tipo lógico, de números. La magnitud de la corrupción de Víctor lo desbordaba.
—¿Entonces planea quemar la casa para construir un centro comercial? —preguntó, incrédulo.
—Exactamente. Y necesitamos saber qué está pasando en San Miguel en tiempo real. Víctor bloqueó mis accesos remotos a las cámaras de seguridad del pueblo —dijo Alena—. ¿Tú sabes de computadoras, no?
Sergio asintió, enderezándose.
—Soy jefe de seguridad informática en una empresa de logística. Si hay algo digital, puedo encontrarlo.
—Bien. —Alena le empujó su laptop—. Necesito que entres al sistema del Registro Público de la Propiedad de San Miguel. Quiero ver si ya ingresaron algún permiso de demolición exprés. Y necesito ver si podemos hackear… digo, acceder a las cámaras de seguridad de la calle de la casa.
Sergio me miró, buscando mi aprobación. Yo asentí levemente.
—Hazlo. Por Miguel.
Sergio se puso a trabajar. Sus dedos volaban sobre el teclado. El ambiente en la sala cambió. Ya no éramos tres extraños incómodos, éramos un equipo de crisis.
Pasaron veinte minutos. Miguelito salió del cuarto, y al ver a su papá, gritó de alegría.
—¡Papá! ¡Papá viniste!
Sergio se levantó y cargó a su hijo, abrazándolo con una fuerza desesperada. Vi cómo se le humedecían los ojos. Tal vez sí lo extrañaba. Tal vez sí había cometido un error del que se arrepentía. Pero ahora no era momento para el perdón.
—Campeón, ve a jugar un ratito más, papá está ayudando a mamá a atrapar a los malos —le dijo Sergio, bajándolo con suavidad.
Volvió a la computadora. Su rostro se puso serio de repente.
—Mierda… —murmuró.
—¿Qué? —preguntamos Alena y yo al unísono.
—Entré al servidor del Ayuntamiento. Es un sistema viejo, tienen la seguridad de un queso gruyere. Encontré una orden de trabajo. —Giró la pantalla hacia nosotras.
Era un documento digital con el sello de “Urgente”.
ORDEN DE DEMOLICIÓN #4589. MOTIVO: RIESGO ESTRUCTURAL INMINENTE POR DAÑO EN CIMIENTOS (LLUVIAS). PROPIEDAD: CALLE HIDALGO #45. FECHA DE EJECUCIÓN: INMEDIATA.
—¡Maldito mentiroso! —grité—. ¡La casa está perfecta! ¡Los cimientos son de piedra de cantera!
—Hay más —dijo Sergio, señalando la fecha—. La orden está firmada por el Director de Obras Públicas ayer a las 11 de la noche. Y la fecha de ejecución es… hoy.
—¿Hoy? —Alena miró su reloj—. Son las dos de la tarde.
—No, dice “Inicia maniobras 16:00 horas”. Tienen maquinaria pesada desplazándose hacia allá.
—¡Van a tirar la casa hoy! —Sentí que me faltaba el aire—. ¡Con todas las cosas de mamá adentro! ¡Con sus libros, sus fotos, el piano…!
—Quiere destruir la escena del crimen antes de que lleguen los peritos federales —analizó Alena, pálida—. Si tira la casa, alega que estaba en ruinas y se pierden las pruebas físicas del “incendio” que planeaba o cualquier otra cosa que haya escondido ahí.
—Tenemos que pararlo —dije, agarrando las llaves del coche de Alena—. Tenemos que ir.
—No llegamos —dijo Sergio—. Son tres horas de camino con este tráfico y lluvia. Llegaríamos a las cinco. Para entonces ya habrán tirado la fachada.
—¿Entonces qué hacemos? —grité, desesperada—. ¿Dejamos que gane?
Alena se quedó pensando un segundo, con los ojos cerrados. Luego los abrió, brillantes.
—Sergio, ¿puedes entrar a las redes sociales locales? ¿A los grupos de Facebook del pueblo? “Chismes de San Miguel”, “Mercado Libre San Miguel”, todo eso.
—Claro. ¿Para qué?
—Vamos a hacer un escándalo. Larisa, tienes el video, ¿no?
—¿Qué video?
—El video de cuando nos echaron. El audio de mamá. Todo. Vamos a subirlo todo. Ahora mismo. Vamos a etiquetar al noticiero local, al gobernador, a los influencers de la zona.
—Pero… Víctor me va a demandar por difamación.
—¡Que demande! —Alena golpeó la mesa—. En este momento, la opinión pública es nuestro único escudo. Si la gente del pueblo ve que van a demoler la casa de la maestra Catalina… la maestra que les enseñó a leer a sus hijos… se van a levantar.
Miré a Sergio. Él ya estaba abriendo Facebook y Twitter.
—Tengo el video de la cámara de seguridad de la entrada de cuando Víctor te gritó y tiró las cosas de Miguelito —dijo Sergio—. Lo guardé en la nube de la casa hace meses porque desconfiaba de él, pero la cuenta sigue activa.
—¡Úsalo! —ordenó Alena—. Ponle un título viral. Algo que haga que la gente hierva de rabia.
Sergio empezó a escribir. Sus manos temblaban un poco, pero escribía rápido.
“¡COMPARTAN POR FAVOR! El empresario Víctor Estévez está a punto de demoler ILEGALMENTE la casa de la Maestra Catalina, apenas una semana después de su muerte, para dejar a su nieto en la calle y construir un centro comercial. ¡AYUDA! ¡Están mandando las máquinas AHORA MISMO a la calle Hidalgo #45!”
Adjuntó el video donde Víctor me gritaba “¡Lárgate con tu bastardo!” y tiraba los juguetes. Y adjuntó un fragmento del audio de mamá donde decía que tenía miedo.
—Publicar —dijo Sergio, presionando Enter.
Nos quedamos mirando la pantalla.
Un minuto. Dos minutos.
Un comentario. “¿Qué? ¿Ese viejo loco? ¡Si la maestra Cata era una santa!”
Tres comentarios. “No manches, yo vi las máquinas pasar por la avenida hace rato.”
Diez compartidos. Cincuenta compartidos.
El teléfono de Sergio empezó a sonar. Era un amigo suyo del pueblo.
—¿Bueno? Sí, güey, es verdad. Van a tirar la casa. Sí, Larisa está escondida. Por favor, vayan. No dejen que entren las máquinas.
Colgó.
—La gente se está moviendo —dijo Sergio—. Están convocando a los exalumnos de tu mamá.
—Tenemos que ir —dije yo, sintiendo una adrenalina nueva—. No me voy a esconder aquí mientras otros defienden mi casa.
Alena asintió.
—Tienes razón. Pero no vamos a ir solas. Voy a llamar a la prensa nacional. Tengo un contacto en el noticiero de la noche. Si llegamos allá con cámaras de televisión, Víctor no se atreverá a tocarte.
—Yo manejo —dijo Sergio, tomando las llaves—. Mi camioneta es vieja pero aguanta los baches y puedo ir rápido. Y… Larisa… no voy a dejar que te pase nada. Te lo prometo.
Lo miré. Todavía tenía rabia contra él, pero en ese momento, lo necesitaba.
—Vámonos —dije—. Miguelito viene con nosotros. No lo voy a dejar solo.
Bajamos al estacionamiento corriendo. Subimos a la camioneta de Sergio. Alena iba en el asiento del copiloto, telefoneando a gritos a sus contactos en la prensa. Yo iba atrás, abrazando a Miguelito.
Salimos a la carretera bajo la lluvia. Era una carrera contra el tiempo.
Mientras avanzábamos, Sergio me pasaba el teléfono para ver las actualizaciones. El post se había vuelto viral en los grupos del pueblo. Había fotos de gente llegando a la calle Hidalgo. Señoras con paraguas, jóvenes con pancartas hechas a mano.
“Nadie toca la casa de la Maestra”, decía un cartel.
Lloré. Lloré de emoción. Víctor tenía el dinero y el poder, pero mamá había sembrado amor durante cuarenta años, y ahora ese amor estaba floreciendo para protegernos.
—Más rápido, Sergio —pedí—. Por favor.
—Voy a fondo —respondió él, rebasando un camión por la derecha bajo la lluvia.
Pero entonces, el teléfono de Alena sonó. Era un número desconocido. Lo puso en altavoz.
—¿Sí?
—Licenciada Klímova —dijo una voz masculina, distorsionada—. Dígale a su clienta que deje de jugar en Facebook. Si no retiran la publicación en cinco minutos y detienen a la gente… bueno, los frenos de esa camioneta vieja en la que viajan podrían fallar en la próxima curva.
Sergio se puso pálido y miró el tablero. Pisó el freno suavemente para probar.
El pedal se fue hasta el fondo.
—¡Sergio! —grité.
—¡No tengo frenos! —gritó él, bombeando el pedal inútilmente—. ¡No agarran!
Estábamos bajando las curvas de La Marquesa, a 100 kilómetros por hora, bajo la lluvia, con un precipicio a un lado y camiones de carga al otro.
Víctor no solo quería la casa. Nos quería muertos.
—¡Agárrense fuerte! —gritó Sergio, aferrándose al volante con los nudillos blancos mientras una curva cerrada se acercaba a toda velocidad.
Miguelito se despertó gritando.
—¡Mamá!
Cerré los ojos y abracé a mi hijo, rezando a mamá, a Dios y a quien fuera que nos escuchara. La guerra se había convertido en una cacería a muerte en la carretera.
PARTE 4: LA CAÍDA DEL REY Y EL JARDÍN ETERNO
CAPÍTULO 7: LA RAMPA DE LA MUERTE Y EL PUEBLO DESPIERTO
El velocímetro marcaba 110 kilómetros por hora y subiendo.
La camioneta de Sergio, una Ford vieja y pesada, se había convertido en un misil de dos toneladas deslizándose sobre el asfalto mojado de la carretera México-Toluca. La lluvia golpeaba el parabrisas con tal furia que el mundo exterior era solo una mancha gris y verde que pasaba zumbando a velocidad vertiginosa.
—¡Sergio, haz algo! —gritó Alena, aferrada al tablero con una mano y con el teléfono en la otra, donde la llamada amenazante de Víctor ya se había cortado.
—¡Estoy bombeando, no agarran! —rugió Sergio. Tenía la mandíbula trabada, los músculos de los brazos tensos como cables de acero luchando contra el volante—. ¡Me cortaron la línea de frenos! ¡Maldito hijo de perra!
Estábamos bajando las curvas peligrosas de La Marquesa. Del lado derecho, camiones de carga bajaban lentos con las intermitentes puestas. Del lado izquierdo, el muro de contención y, más allá, el abismo de los barrancos llenos de pinos.
Miguelito, en el asiento de atrás conmigo, había dejado de gritar. Estaba paralizado, con los ojos cerrados y la cara enterrada en mi pecho. Yo lo abrazaba con tal fuerza que temía lastimarlo, envolviéndolo con mi cuerpo, convirtiéndome en su cinturón de seguridad humano, en su armadura de carne y hueso.
—¡Mamá, ayúdanos! —recé en voz alta, no a Dios, sino a ella. A Catalina.
—¡Agárrense! —gritó Sergio—. ¡Veo la rampa!
A unos quinientos metros, un letrero amarillo y negro anunciaba: RAMPA DE FRENADO DE EMERGENCIA. Era una pista de grava profunda que subía hacia la ladera de la montaña, diseñada para detener camiones sin frenos. Era nuestra única oportunidad. Pero para llegar a ella, teníamos que cruzar dos carriles de tráfico pesado.
—¡Voy a cruzar! —avisó Sergio.
Giró el volante bruscamente a la derecha. La camioneta derrapó, las llantas traseras perdieron tracción sobre el agua (aquaplaning). Sentí que el vehículo flotaba, un segundo de ingravidez aterradora donde la física decide si vives o mueres.
—¡Cuidado! —gritó Alena.
Un tráiler de doble remolque venía en el carril derecho. Su claxon sonó como la trompeta del apocalipsis: ¡BLAAAAAM!
Sergio volantéo al lado contrario para evitar ser aplastados por las llantas del gigante. La camioneta se inclinó peligrosamente. Por un instante, vi el asfalto a centímetros de mi ventanilla. Íbamos a volcar.
Pero Sergio, con una habilidad que no sabía que tenía, contravolanteó y logró estabilizar el vehículo justo a tiempo para enfilar hacia la entrada de la rampa de grava.
—¡Cabeza abajo! ¡Va a ser golpe seco! —ordenó.
Cubrí la cabeza de Miguelito.
La camioneta entró en la grava. El ruido fue ensordecedor. Piedras golpeando el chasis como metralla. La desaceleración fue brutal. Sentí que el cinturón de seguridad me cortaba el pecho y el aire se me escapaba de los pulmones. La camioneta se sacudió violentamente, saltando, hundiéndose en la tierra suelta, hasta que finalmente se detuvo en seco, inclinada hacia arriba, con el cofre humeante enterrado en un montículo de arena.
Silencio.
Solo se oía el siseo del radiador roto y la lluvia repiqueteando en el techo.
—¿Están bien? —La voz de Sergio sonaba lejana, ronca.
Abrí los ojos. Me dolía todo el cuerpo. Miguelito empezó a llorar bajito en mis brazos.
—¡Misha! ¿Estás bien, mi amor? ¿Te duele algo? —Lo revisé frenéticamente. Estaba asustado, pero entero. El asiento infantil y mi abrazo lo habían salvado.
—Alena… —llamé.
Alena estaba en el asiento del copiloto, frotándose la frente. Tenía un pequeño corte en la ceja por el golpe contra el marco de la puerta, y un hilo de sangre le bajaba por la cara pálida.
—Estoy viva —dijo, mirando la sangre en sus dedos con incredulidad—. Ese malnacido intentó matarnos. Realmente intentó matarnos.
Sergio golpeó el volante con frustración.
—La camioneta está muerta. No vamos a llegar.
Miré el reloj del tablero, cuyo cristal estaba roto. Las 3:45 PM. Faltaban quince minutos para que empezara la demolición.
—Tenemos que llegar —dije, desabrochándome el cinturón con manos temblorosas—. No sobrevivimos a esto para rendirnos ahora.
Salimos del vehículo. La lluvia era helada. Estábamos a mitad de la carretera, en medio de la nada. Los coches pasaban rápido, ignorando el accidente.
—¡Necesitamos un aventón! —gritó Sergio, parándose en el acotamiento y agitando los brazos desesperadamente.
Nadie paraba. Veían a un hombre barbudo y a dos mujeres desaliñadas bajo la lluvia y aceleraban. El miedo a los asaltos era mayor que la solidaridad.
—¡Por favor! —grité yo, con Miguelito en brazos, empapándonos—. ¡Ayuda!
Entonces, un camión de redilas viejo, cargado de naranjas, frenó ruidosamente unos metros adelante. El conductor, un señor mayor con sombrero de paja y bigote canoso, se asomó por la ventanilla.
—¿Están bien, familia? Vi el trancazo desde atrás.
—¡Señor, por favor! —corrió Sergio hacia él—. ¡Nos quisieron matar! ¡Necesitamos llegar a San Miguel de los Pinos urgente! ¡Es vida o muerte!
El señor nos miró, vio al niño llorando y a Alena sangrando. No hizo preguntas estúpidas. Abrió la puerta del copiloto.
—Súbanle. No voy muy rápido, pero llego.
Nos amontonamos en la cabina del camión, que olía a cítricos y a diésel. Nunca un olor me había parecido tan maravilloso.
Mientras el camión avanzaba pesadamente, Alena volvió a sacar su teléfono. La pantalla estaba estrellada, pero funcionaba.
—Miren esto —dijo.
Entró a Facebook. La publicación de Sergio había explotado.
5,000 compartidos.
2,000 comentarios.
Y lo más importante: había videos en vivo. Gente del pueblo transmitiendo desde la calle Hidalgo.
En la pantalla pequeña, vi mi casa. O lo que se veía de ella detrás de una muralla humana.
Había decenas de personas paradas frente al portón de hierro forjado. Señoras con delantales, hombres con ropa de trabajo, jóvenes con mochilas de la escuela. Reconocí a Doña Chuy, a mis compañeras de la biblioteca, incluso al panadero que siempre le regalaba galletas a Miguelito. Estaban tomados de los brazos, formando una cadena humana bajo la lluvia.
Frente a ellos, dos enormes máquinas retroexcavadoras amarillas rugían, escupiendo humo negro. Tenían el logotipo de “Constructora Olimpo”.
Y ahí estaba él. Víctor.
Se veía diminuto en la pantalla, pero su postura era inconfundible. Estaba gritando, manoteando, señalando a la gente. Junto a él, varios policías municipales trataban de empujar a los vecinos, pero la gente no se movía.
—¡El pueblo unido, jamás será vencido! —se escuchaba el cántico distorsionado por el micrófono del celular.
Empecé a llorar de nuevo, pero esta vez de emoción.
—No están solos —susurró Sergio, tomando mi mano—. Tu mamá sembró mucho amor, Larisa. Esta es su cosecha.
—Señor —le dijo Alena al conductor del camión—, ¿puede ir más rápido? Le pago lo que quiera.
El viejo sonrió, mostrando unos dientes de oro.
—No se preocupe por el dinero, güerita. Mi nieta va a esa escuela donde daba clases la maestra Cata. Esa señora le enseñó a leer cuando nadie le tenía paciencia. Agárrense, que le voy a meter pata a esta carcacha.
El camión de naranjas rugió y aceleró, devorando los kilómetros que nos separaban del destino final.
CAPÍTULO 8: EL JUICIO FINAL BAJO LA LLUVIA
Llegamos a San Miguel a las 4:30 PM.
El centro del pueblo era un caos. Había patrullas bloqueando las calles aledañas, pero nuestro conductor, con una maniobra experta, se subió a la banqueta y rodeó el bloqueo, dejándonos a una cuadra de la casa.
Bajamos corriendo. La lluvia había amainado un poco, convirtiéndose en una llovizna fría y persistente.
El ruido era ensordecedor. El rugido de los motores diésel de las máquinas se mezclaba con los gritos de la multitud y las sirenas.
Corrimos hacia la multitud.
—¡Déjenme pasar! —grité—. ¡Soy Larisa! ¡Soy la hija de Catalina!
La gente se giró. Al verme, se abrió un pasillo entre la multitud como las aguas del Mar Rojo. Rostros conocidos me miraban con alivio y preocupación.
—¡Ya llegó! ¡Llegó Larisa! —empezaron a gritar.
Avancé hasta el frente de la barrera humana, con Sergio y Alena a mis flancos. Miguelito se quedó atrás, cuidado por Doña Chuy, quien lo abrazó llorando.
Ahí estaba la escena.
Las máquinas estaban a solo dos metros de la barda perimetral. Una de ellas ya tenía el brazo levantado, con el cucharón de acero listo para golpear el pilar de cantera donde estaba el número 45.
Y en medio de la calle, Víctor.
Llevaba un impermeable caro y estaba rodeado de tres abogados y el comandante de la policía municipal. Al verme, su rostro palideció. Se quedó estático, como si hubiera visto un fantasma. Sus ojos viajaron de mí a Sergio y a Alena, notando nuestra ropa sucia, el golpe en la frente de Alena, el lodo en nuestros zapatos.
Entendió que habíamos sobrevivido a su trampa.
—¡Detengan esto! —grité con una voz que me salió de las entrañas, amplificada por el silencio repentino de la gente al verme.
Víctor se recuperó rápido. Su sorpresa se transformó en una mueca de odio puro.
—¡Tú no tienes nada que hacer aquí! —bramó, acercándose protegido por los policías—. ¡Esta propiedad es mía! ¡Tengo una orden de demolición por riesgo estructural! ¡Quítense o los arresto a todos por obstrucción!
Sacó un papel mojado y lo agitó en el aire.
—¡Comandante! —le gritó al policía—. ¡Haga su trabajo! ¡Quite a esta gentuza!
Los policías, incómodos, dieron un paso adelante con los toletes en la mano. La gente se tensó. Un enfrentamiento estaba a punto de estallar.
—¡Alto! —La voz de Alena cortó el aire como un latigazo.
Dio un paso al frente, con la sangre seca en su ceja dándole un aspecto temible. Sacó de su saco el documento del testamento y, más importante, su credencial de abogada federal.
—Comandante Ramírez —dijo Alena, dirigiéndose al jefe de policía por su nombre—. Si usted o alguno de sus hombres toca a un solo civil, le garantizo que mañana amanecerá en una celda federal por abuso de autoridad y complicidad en intento de homicidio.
El comandante vaciló.
—Licenciada, tengo una orden del alcalde… —murmuró.
—El alcalde está a punto de ser detenido —mintió Alena con una seguridad aplastante, aunque quizás no era tan mentira—. Venimos de la Ciudad de México. Sobrevivimos a un atentado contra nuestra vida en la carretera. Un atentado orquestado por este hombre. —Señaló a Víctor.
Un murmullo de horror recorrió la multitud.
—¡Mentira! —gritó Víctor, perdiendo la compostura. Las venas de su cuello se hinchaban—. ¡Están locas! ¡Demuelan! ¡Ahora!
Le hizo una señal frenética al operador de la máquina. El conductor, confundido y presionado, accionó la palanca.
El brazo hidráulico bajó con un chirrido metálico.
¡CRACK!
El cucharón golpeó la esquina de la barda. Ladrillos y cantera cayeron al suelo. La gente gritó.
—¡No! —Sergio se lanzó hacia adelante, poniéndose justo en la trayectoria de la máquina.
—¡Sergio, quítate! —grité.
—¡Si tiran la casa, me tiran a mí! —gritó él, abriendo los brazos frente a la excavadora de toneladas de acero.
El operador frenó de golpe. La máquina se sacudió y se detuvo a centímetros del pecho de Sergio.
Víctor estaba fuera de sí. Parecía un demonio.
—¡Pásale por encima! —aulló—. ¡Es propiedad privada! ¡Te pago el doble! ¡Hazlo!
En ese momento de locura absoluta, donde la tragedia parecía inevitable, se escuchó un sonido nuevo. Diferente.
Sirenas. Pero no las sirenas cansadas de las patrullas locales. Eran sirenas bitonales, agudas, rápidas.
Tres camionetas blancas tipo Suburban, con luces estroboscópicas rojas y azules, entraron a la calle a toda velocidad, frenando chillando llantas detrás de las máquinas. De ellas bajaron una docena de agentes tácticos con chalecos que decían: FGR – AGENCIA DE INVESTIGACIÓN CRIMINAL.
Alena sonrió. Una sonrisa cansada pero triunfal.
—Les dije que tenía contactos —murmuró.
Un hombre de traje bajó de la primera camioneta. Caminó directo hacia nosotros, ignorando a los policías locales que bajaban las armas asustados.
—¿Quién es Víctor Estévez? —preguntó el agente federal con voz potente.
Víctor, que segundos antes parecía el rey del mundo, se encogió. Dio un paso atrás, buscando huir, pero estaba rodeado por la multitud que lo miraba con desprecio.
—Soy yo… —dijo con un hilo de voz—. Soy un empresario respetable. Estas mujeres me están acosando…
—Víctor Estévez —interrumpió el agente, sacando unas esposas—, queda detenido por los delitos de fraude fiscal, lavado de dinero, asociación delictuosa y tentativa de homicidio. Tenemos una orden de aprehensión girada hace una hora por un juez federal, basada en la evidencia entregada digitalmente por la licenciada Klímova.
El clic de las esposas cerrándose sobre las muñecas de Víctor fue el sonido más dulce que había escuchado en mi vida.
La multitud estalló en vítores. Aplaudían, gritaban, algunos lloraban.
Víctor intentó mantener la dignidad, pero cuando pasó junto a mí, escoltado por los agentes, nuestras miradas se cruzaron. Ya no había arrogancia en sus ojos grises. Solo había el terror de un animal viejo que sabe que va al matadero.
—La casa… —balbuceó él, mirándome—. Era mía…
—Nunca fue tuya, Víctor —le contesté, mirándolo fijamente—. Era de mamá. Y el amor siempre vence al odio. Siempre.
Lo subieron a la camioneta. El comandante de la policía local, viendo el cambio de marea, empezó a dar órdenes a sus hombres para que se retiraran las máquinas.
Me acerqué a Sergio, que seguía temblando frente a la excavadora apagada. Lo abracé. Lo abracé como no lo hacía desde hacía años.
—Estás loco —le dije llorando en su hombro—. Te pudieron haber matado.
—Te prometí que no dejaría que les pasara nada —dijo él, devolviéndome el abrazo con fuerza—. Y esta vez sí cumplí.
Alena se acercó a nosotras. Se veía exhausta, sucia, con sangre seca en la cara, pero radiante.
—Se acabó, hermana —dijo—. Se acabó.
Miguelito corrió hacia nosotros, escapando de los brazos de Doña Chuy.
—¡Mami! ¡Papá! ¡Ganamos! ¡Los malos se fueron!
Lo levantamos entre los dos. La lluvia finalmente cesó, y entre las nubes grises, un rayo de sol del atardecer, dorado y cálido, iluminó la fachada de la casona. La barda estaba rota en una esquina, sí. Había lodo y caos. Pero la casa seguía en pie. Firme. Eterna.
Miré hacia la ventana del estudio de mamá, en el segundo piso. Por un segundo, juraría que vi una sombra detrás del cristal. Una silueta familiar que nos observaba.
—Gracias, mamá —susurré al viento.
EPÍLOGO: EL LEGADO DE LOS CEREZOS
Seis meses después.
La primavera llegó temprano a San Miguel de los Pinos ese año.
Estaba parada en el jardín trasero de la casa, viendo cómo los cerezos, esos árboles viejos que mamá amaba tanto, estallaban en una nube de flores rosas y blancas. El aire olía a vida, a tierra mojada y a pintura fresca.
Ya no era solo mi casa.
En la entrada, un letrero de madera tallada a mano, hecho por el carpintero Juan (el mismo de la agenda de mamá), rezaba:
CENTRO CULTURAL Y BIBLIOTECA INFANTIL “CATALINA PINEDA”
Las risas de los niños llenaban cada rincón de la casona. Donde antes había un comedor formal y silencioso, ahora había mesas bajitas donde una docena de niños leía cuentos o dibujaba. La sala, donde Víctor solía beber whisky solo, se había convertido en un salón de música.
Sergio estaba allí, instalando unas computadoras nuevas que había conseguido donadas por su empresa. No habíamos vuelto a ser pareja, no todavía. Las heridas tardan en sanar. Pero éramos amigos, éramos padres, y él venía cada fin de semana a ayudar con las reparaciones y a jugar con Miguelito. Había recuperado el brillo en los ojos que perdió cuando nos divorciamos. Estaba redimiéndose, clavo por clavo, cable por cable.
Alena también estaba ahí. Venía desde la Ciudad de México cada quince días. Ya no vestía trajes sastres rígidos cuando visitaba San Miguel; usaba jeans y blusas de lino. Se había convertido en la asesora legal pro-bono de muchas mujeres del pueblo que sufrían abusos similares a los que vivimos nosotras.
—¿En qué piensas? —preguntó Alena, acercándose con dos vasos de limonada.
—En que mamá tenía razón —dije, aceptando el vaso—. En el diario escribió que soñaba con que esta casa estuviera llena de vida, no de fantasmas.
—Bueno, fantasmas ya no hay —rió Alena—. Víctor fue sentenciado la semana pasada. Treinta años. Sin posibilidad de libertad condicional. Sus socios de Olimpo están cantando como canarios para reducir sus condenas. Se acabaron los “accidentes” en el barrio.
—¿Te duele? —pregunté suavemente—. Es tu padre, a fin de cuentas.
Alena miró hacia los cerezos. Su expresión era serena.
—Me dolió la niña que fui, la que esperaba que él la quisiera. Pero la mujer que soy… esa mujer sabe que se hizo justicia. Además… —me miró y sonrió—, encontré una familia de verdad. Una que no se define por la sangre, sino por la lealtad.
Miguelito pasó corriendo, perseguido por otros tres niños. Llevaba una capa de superhéroe hecha con una cortina vieja.
—¡Al infinito y más allá! —gritó.
Me reí.
Entré a la casa. Fui al estudio, que ahora era mi oficina de directora del centro. El viejo joyero de madera de Olinalá estaba en su lugar de honor sobre el escritorio, restaurado y brillante.
Ya no guardaba secretos, ni llaves de cajas fuertes, ni testamentos de emergencia. Ahora guardaba cartas. Cartas de los niños del pueblo agradeciendo por los libros, dibujos de Miguelito, fotos de nosotros tres: Alena, Sergio, Miguel y yo, cubiertos de pintura el día que remodelamos la fachada.
Abrí el cajón y saqué el último objeto que había encontrado en el doble fondo, días después de la tormenta, cuando ya todo estaba en calma. Era una foto vieja, en blanco y negro. Estaban mamá y Víctor, el día de su boda. Él sonreía, pero sus ojos ya eran fríos. Ella sonreía con esperanza.
Le di la vuelta a la foto. Con su letra inconfundible, mamá había escrito una cita de su autor favorito, Chéjov, de El Jardín de los Cerezos:
“Toda la Rusia es nuestro jardín. La tierra es grande y hermosa, hay en ella muchos lugares maravillosos. Piénsalo, Ania: tu abuelo, tu bisabuelo y todos tus antepasados fueron dueños de esclavos, poseedores de almas vivas. ¿No oyes sus voces en cada hoja del jardín, en cada tronco? … Para empezar a vivir en el presente hay que rescatar el pasado, hay que terminar con él.”
Rompí la foto de la boda en pedazos pequeños y los dejé caer en el bote de basura.
Habíamos rescatado el pasado. Habíamos terminado con él.
Salí al porche, donde el sol de la tarde bañaba el mundo en oro líquido. Me senté en los escalones de cantera tibia. Sergio salió y se sentó a mi lado, sin decir nada, solo acompañándome. Alena jugaba a las traes con los niños en el pasto.
Cerré los ojos y respiré hondo el aroma de las flores de cerezo.
Por fin, después de la tormenta, de la traición y del miedo, en la casa de la calle Hidalgo número 45, reinaba una paz absoluta.
Y supe, con certeza total, que mamá estaba sonriendo.
FIN