Mi mejor amiga vivía un infierno con su esposo. Para salvarla, tuve que convertirme en un monstruo y planear lo impensable. Esta es nuestra historia.

Capítulo 1: Las Cicatrices que Ocultamos

El miedo tiene un olor particular. No es algo que te enseñen a reconocer; se aprende a la mala, se te mete por la nariz y se ancla en el fondo del alma, como el óxido. Es un olor agrio, una mezcla perversa de sudor helado que te empapa la nuca, de lágrimas que se secaron hace horas sobre la piel y del hedor metálico y dulzón de la sangre fresca. Esa noche, el departamento de Valentina, mi mejor amiga, mi hermana, apestaba a miedo. El penthouse en el corazón de Polanco, ese que presumía en las páginas de la revista Caras como su “nido de amor”, olía a matadero.

La encontré hecha un ovillo en un rincón de su sala de diseño, junto a un ventanal que ofrecía una vista panorámica de una Ciudad de México indiferente y lluviosa. Estaba acurrucada sobre una alfombra persa color marfil, una pieza de arte que probablemente costaba más que la hipoteca del departamento de mis padres. Temblaba. No como cuando tienes frío, sino con ese temblor interno, incontrolable, que sacude el cuerpo después de un trauma, como si el alma intentara escapar de una jaula de carne y hueso que ya no siente como suya.

Su rostro, ese que yo había visto iluminarse con las carcajadas más escandalosas y puras, era un mapa de dolor. Un moretón violáceo, hinchado y grotesco, florecía debajo de su ojo izquierdo, cerrándoselo casi por completo, como una flor carnívora. Su labio inferior, siempre carnoso y perfilado, estaba partido en dos, una línea roja y brillante que no dejaba de supurar una gota de sangre tras otra, cada una cayendo sobre la seda de su vestido como una condena silenciosa. Llevaba un vestido azul cobalto que se ceñía a su cuerpo, un cuerpo que se había ido encogiendo, desvaneciendo, como si el monstruo con el que vivía se la estuviera comiendo a pedacitos.

“Fue mi culpa, Sofi…”, susurró, y el sonido fue tan frágil que casi se pierde en el zumbido del aire acondicionado. Cada palabra era un esfuerzo sobrehumano, un trozo de vidrio roto que se abría paso por su garganta lastimada. “Se me resbaló su vaso… era su whisky favorito, el Macallan de veinticinco años. Se me cayó”.

El “accidente”. Siempre había un “accidente”. Su torpeza, su descuido, su mala suerte. Ricardo, su “esposo perfecto”, el encantador tiburón de las finanzas que seducía a todos en las cenas de gala con su labia y su sonrisa de un millón de pesos, le había regalado otra paliza. Era nuestro secreto. El pacto de silencio que nos unía en su infierno privado, un infierno con acabados de lujo y vista al Castillo de Chapultepec.

Corrí al baño principal, un santuario de mármol de Carrara y llaves doradas. Abrí de golpe el botiquín detrás del espejo. Entre frascos de cremas La Mer y perfumes de Tom Ford, encontré lo que buscaba: gasas, alcohol, mertiolate, cinta. Mis manos temblaban de una furia que me subía desde la boca del estómago, un fuego que me quemaba las venas. Mientras mis dedos torpes buscaban el algodón, los recuerdos me asaltaron, no como una ola, sino como un golpe seco y brutal.

Imágenes de mi propia infancia en la colonia Doctores. Una vecindad ruidosa, llena de olores a fritanga, a humedad, a vida y a miseria. Yo, con siete años, flacucha y con las rodillas siempre raspadas. Mi hermano Mateo, de cinco, agarrado de mi mano, sus deditos fríos y sudorosos. Los dos, escondidos en el fondo de un ropero de madera que olía a naftalina, a ropa vieja y al miedo de mi madre. Nos metíamos ahí, hechos bolita en la oscuridad, conteniendo la respiración hasta que nos dolían los pulmones. Era nuestro ritual cada vez que la puerta de la entrada se abría de una patada y nuestro padre, Don Julio, entraba tropezando, con el aliento apestoso a pulque barato y la mirada perdida. Sus gritos eran el preludio, el trueno que anunciaba la tormenta. Y luego venía el sonido. El sonido sordo, ahogado, de sus puños contra el cuerpo de mi madre. Un “¡pam, pam, pam!” que aprendimos a contar, a reconocer y a odiar con cada fibra de nuestro ser.

Mi mamá, Doña Carmen, una mujer que alguna vez fue hermosa, siempre tenía una excusa lista a la mañana siguiente, mientras nos servía el café de olla en pocillos despostillados. “Me resbalé en el piso mojado del patio, niños”, decía, sin mirarnos a los ojos, mientras intentaba ocultar un pómulo hinchado. “Choqué con la puerta del baño, ando bien mensa”. “Soy tan torpe”. Las mismas, las mismitas malditas mentiras que Valentina usaba ahora como un escudo hecho pedazos. Mentiras para los vecinos chismosos, para sus hermanas que la visitaban desde el pueblo, para el mundo que prefería no ver, no preguntar.

Volví a la sala. El contraste entre mi recuerdo y la opulencia que me rodeaba era nauseabundo. El arte de Leonora Carrington en las paredes, los muebles de diseño italiano, todo parecía una burla. Me arrodillé frente a Valentina, apartando con cuidado un mechón de su cabello pegado a la herida de su frente. Con un algodón empapado en alcohol, empecé a limpiar la comisura de su labio. Ella se encogió, un gemido agudo escapó de su boca. El olor a sangre fresca se intensificó.

En sus ojos, en el único que podía abrir bien, vi un vacío tan profundo que me dio vértigo. Y en ese vacío, vi un desfile de fantasmas. Vi a mi madre, con la mirada perdida en la nada después de una noche de golpes, sirviéndonos el desayuno como una autómata. Vi a la Señora Villarreal, una de mis clientas más ricas en la joyería de lujo donde trabajaba como gerente. Recuerdo el día que fue a la tienda, buscando un regalo para el aniversario de su esposo, un político influyente. Se probó un vestido de noche sin mangas en el probador privado y me llamó para que le subiera el cierre. Al hacerlo, mi mano rozó su espalda. Era un lienzo de cicatrices, unas blancas y viejas, otras moradas y recientes. Ella sintió mi vacilación y susurró, sin voltear, con la voz quebrada por la vergüenza: “Mi esposo tiene un carácter… difícil. Es muy apasionado”. Apasionado. Así le llamaba a la barbarie.

Vi a tantas mujeres, rotas por los hombres que un día les juraron amor eterno frente a un altar. Mujeres de la alta sociedad y de la clase trabajadora, unidas por el mismo dolor secreto, por la misma cadena invisible de miedo y vergüenza. Y sentí que algo dentro de mí, un resorte que llevaba años, décadas, una vida entera tensándose, finalmente se rompía. Se partió con un chasquido seco, violento, liberando una rabia que no era caliente y explosiva, sino fría, afilada y calculadora. Una rabia que no sabía que poseía.

“Esto se tiene que acabar, Valentina”, le dije, y mi voz sonó extraña, más grave, un gruñido que no reconocía como mío. “Ya no más. No puedes seguir así”.

Ella negó con la cabeza, las lágrimas silenciosas volviendo a trazar caminos limpios sobre sus mejillas golpeadas. “No puedo, Sofi. Es que tú no entiendes. Tiene a mi mamá. Si lo dejo, si lo denuncio… él le hará daño. Ya lo hizo una vez”.

El recuerdo me quemó la memoria como un fierro al rojo vivo. La llamada de Valentina hace apenas un mes. Su voz era un chillido de pánico puro al otro lado de la línea. Ricardo se había enterado de que ella había hablado con un abogado de divorcios. Solo una consulta. Como advertencia, manejó hasta la casa de retiro en Cuernavaca donde vivía la madre de Valentina, una mujer dulce y frágil con un Alzheimer incipiente. No le levantó la mano. Hizo algo peor, algo más retorcido. Le tomó la mano a la anciana, supuestamente para saludarla con cariño, y mientras le sonreía a las enfermeras, la apretó con una fuerza sádica, inhumana, hasta que los nudillos de la viejita tronaron. Luego, con la misma sonrisa, le tomó una foto a la mano enrojecida, con las marcas de sus dedos impresas a fuego, y se la envió a Valentina con un texto: “Así que andas de revoltosa, mi amor. La próxima vez le rompo los dedos. Uno por uno. Y te mando el video”.

Ricardo no solo la golpeaba. La tenía secuestrada. No a ella, sino a su corazón, a lo que más amaba. Era un secuestro emocional, una tortura psicológica perfectamente diseñada para paralizarla, para aniquilar cualquier intento de rebelión. Era un genio del mal.

Esa noche, me quedé con ella. Le preparé un té de tila bien cargado con unas gotas de valeriana, una mezcla que mi abuela llamaba “tumbaburros” y que yo siempre llevaba en mi bolso para mis propias noches de insomnio. La vi quedarse dormida en mi regazo, en el sofá de trescientos mil pesos, su respiración entrecortada por sollozos que no cesaban ni en sueños. Yo no pude cerrar los ojos. La rabia era un veneno que me recorría, manteniéndome despierta, alerta. Era una energía oscura y vibrante.

Me asomé al enorme balcón. La lluvia había cesado. Abajo, la vida nocturna de Polanco seguía su curso indiferente. Los coches de lujo pasaban como insectos brillantes. Las risas y la música escapaban de los bares y restaurantes caros. El mundo seguía girando, ajeno a la guerra silenciosa que se libraba en este piso veinte, en esta jaula de oro.

Fue entonces, con la primera y tímida luz del amanecer filtrándose a través del velo gris del smog, pintando de un naranja pálido los volcanes a lo lejos, cuando la idea echó raíces en mi mente. No fue un pensamiento fugaz. Fue una revelación. Una certeza absoluta, fría y pesada como el acero. Era una idea monstruosa, oscura y definitiva.

Si la ley era un chiste, si la policía estaba comprada o era indiferente, si el amor no era suficiente para salvarla, si no había escapatoria, entonces la única salida era crear una. Ricardo no solo iba a desaparecer de la vida de Valentina. Iba a desaparecer de la faz de la tierra. Como si nunca hubiera existido. Y yo, Sofía, su mejor amiga, la que le debía la vida entera, la que una vez fue rescatada del borde del abismo por su mano, iba a ser la arquitecta de su final.

Me convertiría en el monstruo necesario para cazar a otro. No por venganza. Por justicia. Por supervivencia. La suya.

Miré a Valentina, dormida, su rostro hinchado y amoratado bajo la luz del alba. Parecía una niña rota. Una promesa silenciosa se formó en mis labios, un juramento hecho a la ciudad que despertaba.

La decisión estaba tomada. El infierno de Valentina estaba a punto de terminar.

A cualquier costo.

Capítulo 2: Una Promesa en la Oscuridad

Nuestra amistad no nació entre risas en el patio de la escuela ni compartiendo secretos sobre el niño que nos gustaba. La nuestra se forjó en el fuego, en el borde mismo del abismo. Teníamos dieciséis años y el mundo nos parecía un lugar hostil, un chiste cruel sin remate. Para mí, al menos, lo era sin lugar a dudas. La violencia en mi casa, en ese pequeño departamento de la Doctores que siempre olía a gas y a desinfectante barato, había escalado a un punto insoportable. Mi padre, Don Julio, había perdido su trabajo de obrero en una fábrica textil y ahogaba su vergüenza y su furia en un tequila de garrafa que le vendían en la tiendita de la esquina. Cada noche era una ruleta rusa. ¿Llegaría cantando canciones de José Alfredo, o llegaría con los ojos inyectados en sangre, buscando a quien culpar de su fracaso? La respuesta casi siempre era la misma.

Yo vivía con un nudo perpetuo en el estómago, un nudo que me impedía comer, que me hacía despertarme a mitad de la noche con el corazón desbocado. La oscuridad de mi pequeño cuarto, que compartía con mi hermano Mateo, se había convertido en mi único refugio. Me sentía como un animalito acorralado, esperando el golpe final.

Una tarde, un martes para ser exactos, volví de la preparatoria y encontré a mi madre en la cocina. Intentaba ocultar con una capa gruesa de maquillaje Ma-Evans, ese que olía a talco, un nuevo moretón que le abarcaba casi toda la mejilla. Tenía el color de una berenjena podrida. Cuando me vio, forzó una sonrisa y dijo la frase de siempre: “¡Qué bárbara, Sofi, qué torpe soy! Me pegué con la alacena”. En ese momento, sentí que algo dentro de mí, un hilo de esperanza al que me había estado aferrando, se rompía en mil pedazos. Ya no podía más. No podía seguir fingiendo, no podía seguir viviendo en esa mentira asfixiante.

La semana siguiente teníamos el viaje de graduación de la prepa a Acapulco. Para todos mis compañeros era la promesa de reventón, de sus primeras borracheras, de la libertad. Para mí, era solo un cambio de escenario para la misma miseria. Aun así, fui. Recuerdo el calor pegajoso, el olor a sal, a bloqueador solar y a fritanga de la Costera. Recuerdo ver a mis compañeros reír, jugar en las olas, ajenos a todo, y sentirme como un fantasma entre ellos, una extraterrestre.

La segunda tarde, después de una discusión telefónica con mi madre en la que escuché de fondo los gritos de mi padre, me escapé del grupo. Caminé sin rumbo, con la mirada perdida, el sol pegándome en la cabeza. No sé cómo, pero mis pies me llevaron hasta los acantilados de La Quebrada. No había turistas en ese momento, solo el rugido ensordecedor del mar contra las rocas y el graznido de las gaviotas. El sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas, púrpuras y rojos violentos. Era hermoso y terrible. El mar, allá abajo, parecía una promesa. Una promesa de silencio, de paz, de que el nudo en mi estómago por fin se desharía. Cerré los ojos. El olor a salitre me llenó los pulmones. Di un paso hacia el borde. Estaba lista.

“¡SOFÍA, NO!”

El grito de Valentina atravesó el estruendo de las olas como un rayo. Me di la vuelta, desorientada. Ella corría hacia mí, con el uniforme de la escuela todo desarreglado, su rostro pálido de pánico, sus ojos desorbitados por el terror. Se había dado cuenta de mi ausencia en el hotel, había preguntado por mí y, al no encontrarme, algo en su instinto le dijo que me buscara en el lugar más dramático posible. Siempre me conoció mejor que yo misma.

Llegó hasta mí, jadeando, y me agarró del brazo con una fuerza que yo no sabía que tenía. Me arrastró lejos del borde, tropezamos y caímos juntas al suelo polvoso. Y ahí, en sus brazos, me rompí. Lloré como nunca en mi vida. No fue un llanto silencioso; fue un aullido desgarrador, un vómito de años de dolor, de miedo, de rabia contenida. Lloré por mi madre, por mi hermano, por la niña que fui y que se escondía en el ropero. Lloré por mi vida miserable.

Valentina no dijo una palabra. No intentó darme consejos estúpidos ni frases de cajón. Solo me abrazó. Me abrazó con todas sus fuerzas, como si temiera que pudiera desintegrarme y convertirme en polvo. Su calor, su olor a champú de manzanilla, su presencia sólida, se convirtieron en mi ancla. Me mantuvo atada a la tierra, a la vida, mientras el sol desaparecía por completo y la oscuridad nos envolvía.

Cuando por fin mis sollozos se convirtieron en hipidos temblorosos, ella me apartó un poco, me limpió las lágrimas con sus pulgares y me miró a los ojos. La luz de la luna iluminaba su rostro preocupado.

“Pase lo que pase, Sofi, ¿me oyes?”, me susurró con una intensidad feroz. “Siempre, siempre voy a estar aquí para ti. Nunca, jamás, vas a estar sola. Te lo prometo. Es una promesa de sangre”.

Esa promesa se convirtió en el cimiento de nuestra hermandad. No éramos amigas; éramos cómplices, soldadas en la misma trinchera. Ella se volvió mi familia, la única que yo sentía que había elegido. Por eso, verla ahora, tan rota y sin esperanza, consumida por un monstruo peor que el mío, era como sentir que me arrancaban un pedazo del alma. Era una deuda de vida que yo tenía que pagar.


Unas semanas después de aquella noche infernal en su departamento, cuando tomé la decisión de que Ricardo tenía que morir, intenté sumergirme en una especie de normalidad forzada. Iba a trabajar, sonreía a los clientes, vendía relojes que costaban lo que una casa, y por las noches, me sentaba sola en mi pequeño departamento de la Roma a dibujar diagramas en una libreta, a pensar en venenos, en accidentes, en coartadas. El plan era una bestia abstracta y aterradora en mi mente. Parte de mí, una parte ingenua que se negaba a morir, todavía esperaba un milagro. Quizás Ricardo se iría. Quizás Valentina encontraría la fuerza para escapar. Quizás yo no tendría que mancharme las manos de sangre.

Pero el destino, o la mierda de vida que nos tocó, no conoce los milagros.

Un jueves por la tarde, mi celular vibró. Era un número desconocido. Contesté con la típica desconfianza de quien vive en esta ciudad. Una voz de mujer, del otro lado, hablaba en susurros, con un temblor que denotaba pánico.

“¿Hablo con Sofía, la amiga de Valentina García?”, preguntó.

“Sí, soy yo. ¿Quién habla?”.

“Soy… soy una vecina del 20B. Del mismo piso que su amiga”, dijo, tragando saliva. “Yo… no debería estar haciendo esto, pero estoy muy asustada. Hace como una hora escuché una discusión terrible. Gritos. Cosas rompiéndose. Y luego… luego un grito de Valentina. Un grito que no era humano. Y después, nada. Un silencio total. Llamé a seguridad, y ellos llamaron a la policía”.

Mi corazón empezó a martillarme contra las costillas, un tambor de guerra en mi pecho. “¿Y qué pasó? ¿La policía hizo algo?”.

“Cuando llegaron”, continuó la mujer, su voz quebrándose, “el señor Ricardo, tan propio como siempre, les abrió la puerta. Les dijo que estaban viendo una película de acción a todo volumen, que lamentaba el escándalo. Valentina salió detrás de él. Llevaba una toalla envuelta en el brazo… y dijo que se había resbalado en la ducha, que se había quemado con el agua caliente. Pero su cara, señorita… su cara estaba pálida como un fantasma. Y ese grito… yo sé lo que oí. Eso no era de una película”.

Colgué sin despedirme. No había tiempo. La bilis me subió por la garganta. Corrí a mi coche, un March destartalado que rechinaba a cada bache. Manejé como una endemoniada por el Viaducto, mentando madres, metiéndome entre los coches, con la imagen de Valentina y la toalla en el brazo quemándome la retina. ¿Por qué una toalla? ¿Por qué manga larga en pleno calor de mayo?

Llegué a su edificio en Polanco en un tiempo récord. No usé el intercomunicador. Subí directamente al piso veinte y usé la llave de emergencia que Valentina me había dado hacía años, “por si acaso”. La metí en la cerradura con manos temblorosas. Giró.

Entré. El departamento estaba en un silencio sepulcral. Impecable, como siempre. Pero en el aire flotaba un olor extraño, un olor acre, como a plástico quemado y… algo más. Algo orgánico y nauseabundo.

Encontré a Valentina sentada en el carísimo sofá de piel blanca, con la mirada perdida en la pared, donde colgaba un cuadro de Siqueiros. Llevaba una blusa de manga larga, de cuello alto, de un color beige que la hacía parecer aún más pálida. Estaba inmóvil, como una estatua de cera.

“Val”, le dije suavemente, acercándome como si me acercara a un animal herido. “Val, soy yo, Sofi. ¿Qué pasó?”.

Ella parpadeó, como si despertara de un trance. Me miró y forzó una sonrisa que fue una mueca de dolor. “Nada, Sofi. No te preocupes. Me resbalé en la regadera, me quemé un poco con el agua. Soy tan torpe, ya sabes”.

La misma maldita, pinche mentira.

Me arrodillé frente a ella. El olor a quemado era más fuerte cerca de ella. Le tomé la mano. Estaba helada.

“Val, por favor. Déjame ver”.

“No es nada, de verdad”, insistió, intentando retirar el brazo.

Pero yo fui más firme. “Valentina. Déjame ver”.

Mi tono no admitía réplica. Lentamente, con la delicadeza de quien desarma una bomba, tomé el borde de la manga de su blusa. Ella cerró los ojos con fuerza, mordiéndose el labio sano. Empecé a subir la tela.

Y entonces lo vi.

Y el mundo se detuvo.

No era una quemadura de agua. Su antebrazo, desde la muñeca hasta casi el codo, estaba cubierto de marcas horribles. Círculos perfectos, del tamaño de la punta de un cigarro. Unos eran rojos y supuraban, otros ya eran costras negruzcas. Estaban dispuestos en un patrón grotesco, casi simétrico. El olor… era el olor a carne quemada. A piel humana carbonizada.

Sentí que el estómago se me revolvía y tuve que tragar para no vomitar ahí mismo. El aire se me atoró en los pulmones. No podía respirar. El horror era una cosa física, una mano helada que me apretaba la garganta.

“¿Qué es esto, Val?”, pregunté, la voz ahogada, irreconocible. “Por el amor de Dios, ¿qué te hizo?”.

Y entonces, finalmente, se quebró. Se derrumbó. El dique que contenía su dolor reventó y un torrente de sollozos incontrolables la sacudió. Se abrazó a mí, escondiendo su rostro en mi hombro, su cuerpo convulsionando.

“¡Estaba haciendo las maletas!”, gimió entre sollozos, las palabras atropelladas por el llanto. “Le dije que me iba, Sofi, te lo juro. Le dije que no aguantaba más, que me iba a casa de mis papás. Se volvió loco. Me arrastró a la cocina… me tiró al suelo… encendió la estufa con el encendedor de cigarros… y me apagó los cigarros en el brazo… uno… por… uno”. Hizo una pausa para tomar aire, su cuerpo temblando violentamente. “Decía… decía que era para que nunca olvidara… para que nunca olvidara a quién le pertenezco. ¡Que yo era su propiedad y que iba a marcar a su propiedad!”.

La abracé con todas mis fuerzas, sintiendo su dolor como si fuera mío, el olor a pelo quemado y tabaco impregnado en su ropa. Mi mente, que hasta ese momento había estado jugando con ideas oscuras y abstractas, ahora trabajaba con una claridad aterradora, con la precisión de un láser. Ya no era una fantasía de venganza. Era una necesidad. Una cuestión de supervivencia. La suya. Él no iba a parar. La próxima vez la mataría. Lo supe con una certeza que me heló la sangre.

Esa noche, me la llevé a mi departamento. La drogué con un par de Tafil que tenía guardados para mis peores ataques de ansiedad y la acosté en mi cama. Mientras ella dormía un sueño sin sueños, yo me senté en la oscuridad de mi pequeña sala, con la vista fija en la noche de la Ciudad de México. El plan ya no era un borrador. Tomó una forma concreta, detallada, con pasos a seguir. No podía ser un crimen pasional. Tenía que ser perfecto, invisible, sin cabos sueltos. Ricardo tenía que desaparecer como si se lo hubiera tragado la tierra.

Volví a mirar a Valentina, su rostro amoratado, su brazo vendado. Recordé su promesa en aquel acantilado de Acapulco, su abrazo que me salvó del abismo. Ahora era mi turno. El abismo la estaba devorando a ella, y yo era la única que podía sacarla.

“Te lo prometo, Val”, susurré en la oscuridad, una promesa que ya no era de amor y amistad, sino un pacto con el diablo. “Yo voy a sacarte de aquí. Él nunca más volverá a ponerte una mano encima. Te lo juro. Nunca más”.

En ese momento, dejé de ser solo Sofía, la amiga, la confidente, la gerente de una tienda de lujo. Me convertí en algo más. Me convertí en una estratega, una conspiradora. Me convertí en la guardiana de la vida de mi amiga. Y para cumplir mi promesa, estaba dispuesta a destruir la mía y la de quien se pusiera en mi camino. El juego había comenzado.

Capítulo 3: El Fantasma de un Hombre

Mi vida se partió en dos. Eran dos universos paralelos que existían en la misma línea de tiempo, con la misma protagonista, pero con almas completamente distintas.

El universo uno era mi escenario diurno. De lunes a sábado, a las nueve de la mañana en punto, me ponía mi máscara. Me convertía en Sofía Ramírez, la impecable y sonriente gerente de ventas en “Horologivm”, la boutique de relojes de lujo más exclusiva de la Avenida Presidente Masaryk. Mi uniforme era una armadura: una falda lápiz negra que me quedaba como un guante, una blusa de seda blanca que susurraba elegancia y un blazer perfectamente entallado que me daba un aire de autoridad que no sentía en lo absoluto. Mi trabajo consistía en vender tiempo, encapsulado en oro de 18 quilates, platino y diamantes, a gente que tenía tanto dinero que el tiempo mismo parecía ser solo otra de sus muchas posesiones.

Aprendí a hablar su idioma, un dialecto de opulencia y tedio. El de los viajes de último minuto a Vail para esquiar, las cenas de degustación de dieciséis tiempos en Pujol, y los fines de semana en yates anclados en Los Cabos. Aprendí a sonreír con la cantidad justa de deferencia, a asentir con complicidad cuando se quejaban de lo difícil que era encontrar buen servicio, y a ignorar la condescendencia en sus miradas cuando me veían como poco más que una dependienta glorificada. Mi chamba era un teatro, una puesta en escena diaria, y yo era la actriz principal, nominada al Oscar de la hipocresía.

Conocía a mis clientes a la perfección. Estaban las “señoras bien” de las Lomas, esposas de empresarios o políticos, que venían a matar el tiempo entre el yoga y la comida con las amigas, comprando un reloj de cien mil pesos como quien compra un litro de leche. Estaban los “juniors”, herederos de fortunas incalculables que llegaban con sus séquitos, oliendo a loción cara y privilegio, y pagaban con tarjetas American Express negras sin siquiera preguntar el precio. Y luego estaban los otros, los más interesantes para mí: los de dinero nuevo y origen dudoso. Los empresarios misteriosos, los políticos de bajo perfil con un poder inmenso, los que parecían “narco-juniors” tratando de lavar su imagen a base de lujo. A ellos los observaba con una atención casi científica.

Detrás de mi sonrisa ensayada y mis explicaciones sobre los mecanismos de tourbillon y las fases lunares, mi mente era un cuarto de guerra. Mientras le explicaba a un cliente las virtudes de un cronógrafo de edición limitada, mi cerebro calculaba en paralelo las dosis letales de ciertos medicamentos, las coartadas, los puntos ciegos de las cámaras de seguridad de la ciudad. Mi doble vida me estaba consumiendo. Dormía tres, cuatro horas por noche. El resto del tiempo lo pasaba en internet, en la deep web, investigando métodos indetectables, leyendo foros de forenses, convirtiéndome en una experta teórica del crimen perfecto. La cafeína y la rabia eran mi combustible.

Un jueves por la tarde, mientras reorganizaba una vitrina con cronógrafos Patek Philippe, la campanilla de la puerta sonó con una elegancia discreta. Y entró él. Alejandro. Lo recordaba vagamente de un par de visitas fugaces meses atrás. Era un hombre imposible de olvidar. No era alto, pero su presencia llenaba la habitación, una extraña y peligrosa mezcla de barrio bravo y elegancia europea. Vestía un traje italiano de lino color gris perla que le quedaba como un guante, a la medida, pero sus ojos… sus ojos tenían la astucia y la dureza de quien se ha criado en las entrañas de Tepito, de quien ha visto de todo y no se espanta con nada. Tenía el colmillo retorcido y afilado. El rumor en el mundillo del lujo era que él era el rey de la fayuca de alta gama, un intermediario que movía millones en mercancía de origen dudoso: relojes, joyas, bolsas de marca. Era un coyote vestido de Armani. Un rey sin corona.

“Señorita Ramírez”, dijo con una sonrisa que no le llegó a los ojos. Su voz era grave, con un acento chilango de la vieja escuela, de ese que ya casi no se escucha, pulido pero no erradicado. “Qué bueno verla. Muéstreme algo… excepcional”.

La palabra “excepcional” resonó en el aire silencioso de la boutique. Sentí que no se refería solo a los relojes.

Con una profesionalidad que me costó un esfuerzo sobrehumano mantener, abrí la vitrina principal. “Claro, señor. Justo nos acaba de llegar una pieza única”.

Le presenté la joya de la corona: una edición limitada de Vacheron Constantin. Caja de platino, correa de piel de cocodrilo, y noventa diamantes talla baguette incrustados en el bisel. Una obra de arte de casi dos millones de pesos. Mientras se lo extendía sobre un cojín de terciopelo negro, noté un detalle que había pasado por alto en sus visitas anteriores: en el dorso de su mano derecha, casi desvanecido por el tiempo, se veía el contorno de un tatuaje de una calavera, el tipo de marca rudimentaria que se hace en la cárcel con una aguja y tinta china.

“Es una belleza”, dijo, tomando el reloj y probándoselo en la muñeca con una familiaridad que me indicó que estaba acostumbrado a manejar objetos de ese calibre. Hablamos durante casi media hora. No hablamos solo del reloj. Hablamos de arte, de historia, de la ciudad. Era inteligente, culto a su manera salvaje, y leía a la gente con una facilidad aterradora. Sentía su mirada analizándome, desnudando mi fachada, y tuve que usar cada gramo de mi autocontrol para no flaquear.

Finalmente, se quitó el reloj. “Tengo que pensarlo”, dijo, con esa sonrisa enigmática. “Gracias por su tiempo, Sofía”.

Se dio la vuelta y salió de la tienda. Yo respiré hondo, sintiéndome extrañamente agotada. Me volví hacia la bandeja de terciopelo para guardar la pieza. Y mi corazón dio un vuelco.

El reloj no estaba.

La bandeja estaba vacía.

Revisé el mostrador, el suelo, mis bolsillos, presa de un pánico inicial. Nada. Se lo había llevado. Pero no de una manera burda. Había sido un truco de manos, un acto de prestidigitación tan sutil, tan profesional, que me había dejado sin aliento. Lo había hecho frente a mis narices y no me había dado cuenta. No estaba enojada. Estaba impresionada. Y aterrada. Y, extrañamente, emocionada.

Mi gerente, el señor Molina, un hombrecito nervioso y servil que siempre olía a sudor y a miedo, salió de su oficina. Al ver mi cara y la bandeja vacía, su rostro se tornó de un color verdoso.

“¡No puede ser! ¡Ramírez, ¿dónde está el reloj?! ¡Voy a llamar a la policía ahora mismo!”.

“¡No!”, le dije, y mi voz sonó tan autoritaria que hasta yo me sorprendí. Mi mente trabajaba a mil por hora. Esto no era un problema. Era una oportunidad. Una invitación. “Señor Molina, déjemelo a mí. Conozco a este hombre. Es un cliente… complicado. Muy poderoso. Si llamamos a la policía, negará todo, armará un escándalo y perderemos a otros clientes importantes que son amigos suyos. Yo lo voy a resolver. Deme veinticuatro horas”.

El señor Molina, aliviado hasta las lágrimas de no tener que enfrentarse al problema, aceptó de inmediato. “Está bien, Ramírez, está bien. Pero si para mañana no está ese reloj aquí, usted y yo estaremos en serios problemas”.

Esa era mi puerta de entrada. No me interesaba en lo más mínimo el reloj de dos millones de pesos. Me interesaba el ladrón.

Llegar a él no fue fácil. Un hombre como Alejandro no aparece en la guía telefónica ni tiene perfil de LinkedIn. Tuve que recurrir a mis propios recursos, a la red de contactos que había tejido en el mundo del lujo, un mundo que tiene un lado B muy oscuro. Recordé a un valuador de arte, un hombre llamado Fausto, que a veces trabajaba con piezas de dudosa procedencia y tenía conexiones en todos los estratos de la ciudad. Le debía un favor desde que le ayudé a autentificar un reloj antiguo para un cliente suyo.

Lo llamé. “Fausto, necesito un favor. Busco a un hombre. Le dicen Alejandro, se mueve en el mundo de la fayuca de lujo. Traje italiano, tatuaje de calavera en la mano”.

Hubo un silencio al otro lado. “Sofía, Sofía… ¿en qué te andas metiendo? Ese hombre no es un juego de niños. Es el diablo. ¿Para qué lo buscas?”.

“Un cliente me lo quiere presentar, un asunto de negocios”, mentí. “Solo necesito saber dónde encontrarlo”.

Fausto suspiró. Me dio la información a regañadientes, como quien le da una navaja a un niño. “Hay una bodega industrial por la zona de aduanas, cerca del aeropuerto. Es una fortaleza. Si vas, ve con cuidado. Y haz de cuenta que yo nunca te dije nada”.

Al día siguiente, me pedí la tarde libre. Me quité la armadura de gerente y me puse unos jeans, una camiseta negra y una chamarra de piel. Conduje hasta la zona industrial que me había indicado Fausto. Era otro mundo. Un laberinto de calles polvorientas, tráileres y bodegas anónimas de lámina. El aire olía a diésel, a metal y a la basura de los puestos de comida callejera que alimentaban a los trabajadores.

Encontré la bodega. No tenía nombre, solo un número. Era, como dijo Fausto, una fortaleza. Un portón de acero, cámaras por todas partes. Me estacioné a una distancia prudente y observé. Hombres con cara de pocos amigos, con radios en el cinturón, vigilaban la entrada. Esto no era un negocio de fayuca cualquiera. Esto era un imperio.

Respiré hondo y me bajé del coche. Caminé con una seguridad que no sentía hacia el portón. Uno de los guardias, un tipo enorme con el cuello más ancho que su cabeza, me cortó el paso.

“¿A dónde crees que vas, muñeca?”.

“Vengo a ver a Alejandro”, dije, mirándolo directamente a los ojos. “Dile que Sofía Ramírez, de Horologivm, está aquí. Por el asunto del reloj”.

El hombre me miró con desconfianza, pero mi mención de la tienda y del reloj pareció funcionar. Habló por su radio, con un lenguaje de claves. Después de un minuto que se sintió como una hora, el portón de acero rechinó y se abrió lentamente.

“Pasa. Te está esperando”.

El interior era un caos organizado. Montacargas moviéndose a toda velocidad, estanterías que llegaban hasta el techo repletas de cajas sin marcar, hombres empacando y desempacando mercancía a un ritmo frenético. Era el corazón de una operación de contrabando masiva. En el segundo piso, dominando todo el espacio, había una oficina de cristal, como la guarida de un villano de película. Y dentro, estaba él. Alejandro. Observando su reino.

Cuando me vio cruzar el patio de la bodega, una sonrisa lenta y genuina, la primera que le veía, se dibujó en su rostro. Me hizo una seña con la cabeza para que subiera.

Subí las escaleras metálicas, el sonido de mis botas resonando en el ruido industrial. Entré a su oficina. Estaba impecable, minimalista. Un escritorio de madera oscura, una laptop, y una sola silla para visitas frente a él. Olía a cuero y a café caro.

“Sabía que vendrías”, dijo, indicándome con un gesto que me sentara.

“Vengo por el reloj”, dije, mi voz sonando firme a pesar del nudo que tenía en el estómago.

Él se rio. Una risa corta, grave. Se inclinó sobre el escritorio y me miró con esos ojos penetrantes que parecían leer hasta el último de mis pensamientos.

“El reloj es solo un pretexto, Sofía. Un boleto de entrada. Y tú lo sabes tan bien como yo. No estás aquí por un puto reloj. Así que, déjate de mamadas. ¿Qué es lo que realmente quieres?”.

Su franqueza me desarmó. Por un segundo, mi fachada se tambaleó. Respiré hondo. Decidí jugar con una verdad a medias.

“Necesito tu ayuda”, dije. “Tengo una amiga… muy querida. Está en una situación desesperada. Su esposo es un hombre violento, muy poderoso. Necesita escapar. Necesito que él… desaparezca”.

Alejandro escuchó sin interrumpir, sin parpadear, su mirada fija en mí, evaluando cada palabra, cada microexpresión de mi rostro. Se reclinó en su silla, juntando las yemas de los dedos.

“‘Desaparecer’ a alguien es complicado. Y muy, muy caro. Requiere recursos, planificación. Y es un riesgo enorme. ¿Por qué debería ayudarte? ¿Qué me ofreces tú?”.

Fue entonces, mientras él hablaba, que mi mirada se desvió por el cristal de la oficina hacia el patio de la bodega. Y lo vi.

Un hombre estaba cargando unas cajas pesadas en la parte trasera de un camión. Era alto, de complexión atlética, con el cabello oscuro y un perfil que… que me era familiar. Se movió, giró la cabeza para limpiarse el sudor de la frente, y la luz del sol le dio de lleno en la cara.

Y me quedé helada.

El aliento se me atoró en la garganta. Era como ver a un fantasma. El hombre era idéntico a Ricardo. La misma altura, la misma complexión, el mismo corte de pelo. Incluso la forma en que se movía, con una especie de arrogancia contenida en sus gestos, era perturbadoramente similar. Una copia al carbón, pero con la ropa sucia y el rostro curtido por el sol.

“¿Quién es él?”, pregunté, mi voz apenas un susurro, sin poder apartar la vista de aquella aparición.

Alejandro siguió mi mirada, curioso. “¿Él? Se llama Ángel. Es un pobre diablo que cruzó la frontera de mojado desde Honduras. No tiene papeles, no tiene a nadie. Es un buen trabajador, fuerte como un toro. Lleva aquí unos meses. ¿Por qué? ¿Se te hace conocido?”.

En ese instante, en una fracción de segundo, todas las piezas del rompecabezas caótico que había en mi cabeza encajaron con una claridad cegadora y aterradora. El plan, que antes era una nebulosa de violencia y escape, se volvió sólido, brillante, perfecto. No solo iba a hacer desaparecer a Ricardo. Iba a reemplazarlo.

Volví mi mirada hacia Alejandro. Mis ojos debieron reflejar la locura, la audacia y la determinación que de repente se habían apoderado de mí. Ya no había miedo. Solo una certeza absoluta.

“No solo quiero que lo desaparezcas”, le dije, mi voz recuperando su fuerza, ahora cargada de una nueva convicción. “Quiero que me ayudes a orquestar una obra maestra. Quiero que el mundo crea que Ricardo García se fugó del país, que es un prófugo. Y ese hombre”, dije, señalando con la barbilla a Ángel, que seguía trabajando ajeno a su nuevo destino, “ese hombre va a ser mi actor principal. Él va a ‘dar el gatazo’. Él se va a convertir en Ricardo”.


Capítulo 4: El Precio de un Milagro

La bodega de Alejandro, ese monstruo de lámina y concreto anclado en las entrañas industriales de la ciudad, se convirtió en mi santuario y mi infierno personal. Durante las siguientes semanas, mi existencia se fracturó en dos realidades tan dispares que sentía que la esquizofrenia era una posibilidad inminente. Llevé una doble vida que me estaba consumiendo, carcomiendo por dentro como un ácido lento y silencioso.

De día, era la Sofía de siempre, o al menos una versión convincente de ella. La que llegaba a la boutique de Masaryk con una sonrisa impecable, oliendo a Chance de Chanel, la que dirigía a su equipo con una eficiencia que rayaba en lo robótico. Recuerdo una tarde, estaba atendiéndole a la esposa de un senador, una mujer cuya única preocupación en la vida era que el color del diamante de su nuevo reloj combinara con el de su Bentley. Mientras ella parloteaba sobre un escándalo en su club de golf, yo asentía y sonreía, pero en mi mente, no estaba ahí. Estaba en la bodega, repasando los tiempos de coagulación de la sangre y la composición química del cloro industrial. “Sí, señora, el bisel de platino le da una presencia inigualable”, decía mi boca, mientras mi cerebro gritaba: “¿Y si la cal viva acelera la descomposición? ¿A qué profundidad exacta hay que cavar para que los perros no lo detecten?”. Me estaba convirtiendo en un monstruo de dos caras, y la cara sonriente de la vendedora de lujo era, por mucho, la más aterradora.

Por las noches, mi otro yo despertaba. Manejaba mi modesto March hacia el cinturón industrial de la ciudad, dejando atrás el glamour falso de Polanco y adentrándome en un mundo de asfalto cuarteado, de olor a diésel y a la cumbia que escapaba de las radios de los veladores. La bodega de Alejandro era mi universidad del crimen. Su oficina de cristal, suspendida sobre el caos de su operación de contrabando, era mi aula.

“Lo que me estás pidiendo no es un favorcito, Sofía, ni siquiera es un negocio. Es un milagro con guion de Hollywood”, me dijo Alejandro una de esas primeras noches, mientras me servía un vaso de mezcal de Oaxaca, uno de esos que raspan la garganta y te calientan el alma. “Y los milagros, mi reina, son caros y muy cabrones de lograr”.

Su mente era brillante, una navaja suiza de ingenio criminal. Desglosó el plan en el pizarrón blanco de su oficina como un director técnico preparando una final de campeonato.

“Punto uno: el pretexto”, dijo, dibujando un círculo. “Ricardo no es pendejo. No podemos simplemente desaparecerlo. El mundo tiene que creer que él decidió irse. Necesitamos una narrativa. Una buena. ¿Amantes? ¿Deudas? ¿Un negocio turbio que salió mal? Hay que sembrar la semilla. Que la gente empiece a hablar”.

“Punto dos: el fantasma”, continuó, dibujando una flecha hacia otro círculo. “Tu hondureño, Ángel. No basta con que se parezca. Tiene que ‘dar el gatazo’ a la perfección. Tiene que caminar como Ricardo, hablar como Ricardo, oler a Ricardo. Porque él será la última persona que las cámaras verán antes de que Ricardo ‘se suba a un avión’”.

“Y punto tres”, dijo, su voz bajando un tono, volviéndose más grave, “el más importante. La basura. Tenemos que deshacernos del cuerpo de una manera tan perfecta, tan definitiva, que ni el mejor perito de la Fiscalía, ni el perro más cabrón entrenado en Quantico, puedan encontrar jamás un solo pelo. Porque sin cuerpo, Sofía, no hay crimen. Solo un cabrón que se largó con la lana”.

Alejandro, con su red de contactos que se extendía como una telaraña por toda la ciudad, se encargaría de la logística pesada: los pasaportes falsos para Ángel, la creación de un rastro digital para la fuga de Ricardo, y la preparación del lugar de descanso final. Mi tarea era la más delicada, la más íntima y retorcida: tenía que convertirme en la titiritera de Ángel. Tenía que destruir a un hombre para crear a otro.

Conocí a Ángel formalmente al día siguiente. No en la oficina de cristal, sino abajo, en el patio, entre el ruido de los montacargas y los gritos de los trabajadores. Alejandro nos dejó solos junto a un puesto de tacos de canasta que se ponía justo afuera de la bodega. El contraste era brutal. Estábamos planeando un crimen de millones de dólares mientras el olor a chicharrón en salsa verde llenaba el aire.

Ángel era un hombre callado, casi taciturno. Tenía la mirada triste y resignada de quien ha sufrido demasiado. Sus manos eran grandes y ásperas, las manos de un hombre que ha trabajado bajo el sol toda su vida. Había dejado a su esposa, María, y a su hijo de cinco años, Mateo —el mismo nombre que mi hermano, una coincidencia que me retorció las tripas—, en un pueblo polvoriento cerca de San Pedro Sula. Había cruzado México en La Bestia, había visto horrores, todo para buscar una vida mejor, y había terminado aquí, como un fantasma sin papeles, ganando una miseria, explotado y sin esperanza.

Al principio, cuando le expliqué en voz baja lo que quería de él, me miró como si le estuviera hablando en otro idioma. Su rostro se llenó de una confusión que rápidamente se transformó en miedo.

“Señorita… ¿usted quiere que yo… que yo me haga pasar por otro hombre? ¿Y que me vaya del país con su nombre?”, dijo, su acento centroamericano marcando cada palabra con un cantito suave. “Eso es… eso es muy peligrogozo. A mí me pueden matar. O meter al bote para siempre”.

No intenté endulzarlo. Puse sobre la mesa de plástico grasienta del puesto de tacos una oferta que no podía rechazar. Era su vida contra la de Valentina.

“Cien mil dólares, Ángel. En efectivo. Americanos”, le dije, mirándolo fijamente. “Lo suficiente para que regreses a Honduras, compres una casa grande, montes un negocio, le pagues la universidad a Mateo y nunca, nunca más, ni tú ni tu esposa tengan que preocuparse por la lana. Y lo más importante: un pasaporte mexicano. Limpio. A tu nombre. Ángel Cruz, ciudadano mexicano. Una nueva vida, legal y sin tener que esconderte”.

Vi la lucha en sus ojos. El miedo era una bestia enorme, pero la desesperación y el amor por su familia eran una bestia aún más grande. Todavía dudaba. Saqué mi teléfono. Le había pedido a Valentina que me enviara las fotos que ella misma se había tomado a lo largo de los años, el catálogo de su infierno personal. Se las mostré. La foto de su labio partido. La de su espalda cubierta de moretones. Y la última, la más reciente: su antebrazo, un mapa de quemaduras circulares y grotescas.

“El hombre al que vas a reemplazar no es un hombre, Ángel. Es un monstruo”, le dije, mi voz un susurro cargado de veneno. “Le hizo esto a una mujer buena, a mi hermana. Si no hacemos algo, la va a matar. Haciendo esto, no solo salvarás el futuro de tu familia. Salvarás la vida de una mujer inocente. No serás un impostor. Serás un héroe”.

Ángel miró las fotos. Su rostro, curtido y duro, se contrajo en una mueca de asco. Quizás reconoció esa violencia, quizás la había visto antes en su propio mundo. Levantó la vista de la pantalla, me miró a los ojos, y en su mirada ya no había miedo. Había una resolución sombría.

“Cuente conmigo, señorita”, dijo, su voz firme por primera vez.

Comenzamos el entrenamiento de inmediato. Era una versión macabra de “My Fair Lady”. Mi tarea era pulir al diamante en bruto. Durante el día, yo me dedicaba a mi verdadera labor de espionaje: seguía a Ricardo. Grababa videos de él con mi celular desde la distancia. En el club de polo de Tecámac, caminando con esa arrogancia de quien se sabe dueño del mundo. En un restaurante en Masaryk, gritándole a un mesero porque el vino no estaba a la temperatura correcta. En el estacionamiento del centro comercial Antara, riendo a carcajadas con sus amigos, una risa estruendosa y vacía.

Por las noches, en un cuarto trasero de la bodega, Ángel y yo estudiábamos esas grabaciones durante horas. “Fíjate cómo echa los hombros hacia atrás cuando camina”, le decía yo. “Es un pavo real. El pecho siempre inflado. Mira cómo sostiene la copa de vino, no por el tallo, sino por el cáliz. Es un nuevo rico, no tiene clase, solo dinero. Repite después de mí: ‘¡Qué pedo, mi güey!’. No, no, con más arrogancia. Como si te valiera madres todo”.

Fue una transformación lenta y fascinante. Le compré ropa carísima en el Palacio de Hierro. Recuerdo la sensación de su piel áspera rozando la seda de una camisa Zegna, su asombro al ver la etiqueta con el precio. Lo llevé a una de las peluquerías más exclusivas de la Condesa. El estilista, un tipo pretencioso, lo miraba con desdén, pero cuando terminé de darle las instrucciones, el cambio fue asombroso. Con el corte de pelo adecuado, con la ropa correcta, Ángel dejó de ser un obrero centroamericano. En el espejo, empezaba a aparecer la silueta de Ricardo García.

Mientras yo jugaba a ser Pigmalión con mi monstruo de Frankenstein, el infierno de Valentina se recrudecía. Una noche, Ricardo llegó a casa inesperadamente. Valentina estaba hablando conmigo por teléfono, contándome entre susurros sobre los planes de Ricardo, sobre la fiesta anual de su empresa que se acercaba. Ricardo le arrebató el teléfono. Me escuchó decir “Ten cuidado, Val”. No le gustó. Colgó.

Valentina me llamó una hora después, desde el teléfono de una vecina. Su voz era un hilo de sonido roto, inhumano. “Sofi… Sofi… mató a Persa”.

Persa era su gato. Un hermoso gato persa de color gris que Valentina adoraba, su única fuente de consuelo en esa cárcel de oro. Ricardo, como castigo por su “indiscreción”, lo había tomado y lo había ahogado en el inodoro. Y luego, en un acto de crueldad psicopática, había dejado el cuerpo mojado y sin vida sobre la almohada de seda de Valentina, para que ella lo encontrara.

Fui por ella esa misma noche. Estaba en estado de shock, catatónica. La saqué de allí y la llevé a mi departamento. La abracé mientras temblaba, mientras sus lágrimas silenciosas empapaban mi hombro. Fue entonces, en la oscuridad de mi sala, con Valentina acurrucada a mi lado, que le conté todo. El plan. Alejandro. El robo del reloj. La bodega. Ángel. El parecido. El reemplazo. La fuga a Shanghái. El asesinato.

Al principio, me miró con un horror que nunca olvidaré. No era solo miedo. Era como si estuviera viendo a un demonio.

“¡Estás loca, Sofía!”, gritó, apartándose de mí. “¡Matarlo! ¡Eso… eso nos convierte en él! ¡Nos iremos a la cárcel para siempre! ¡Es una locura!”.

“¡Peor que esto no puedes estar, Valentina!”, le respondí, mi voz dura como una piedra, sosteniendo su rostro entre mis manos para obligarla a mirarme. “¡Abre los ojos! ¡Ya estás en una cárcel! ¡Una que te está matando lentamente! Esto no es vida. Es una lenta ejecución. Y él no va a parar. ¿Qué sigue después del gato, eh? ¿Tu mamá? ¿Yo? ¿Tú? Confía en mí. Una vez más. Como yo confié en ti en ese acantilado de Acapulco cuando me salvaste la vida”.

La mención del acantilado la golpeó. Vi el recuerdo pasar por sus ojos. La deuda de vida que nos unía.

Le tomó dos días decidirse. Dos días en los que apenas comió, apenas durmió. Se paseaba por mi pequeño departamento como un fantasma, mirando por la ventana hacia la nada. Yo no la presioné. Sabía que esta era una decisión que tenía que tomar ella. Era su alma la que estaba en juego, tanto como la mía.

Finalmente, en la tercera mañana, mientras el sol se filtraba por mi ventana, ella se acercó a mí. Me miró con una determinación que no le había visto en años. Sus ojos ya no estaban vacíos. Estaban llenos de una furia helada, de una resolución que daba miedo.

“Hagámoslo”, dijo, su voz tranquila y firme. “Vamos a quemar su infierno hasta los cimientos”.

El plan final se solidificó. La fecha fijada: la noche de la fiesta anual de la empresa de Ricardo, en tres semanas. Él siempre volvía a casa eufórico y borracho como una cuba después de ese evento. Sería el momento perfecto. Alejandro ya tenía el lugar para el “descanso final”: una fosa profunda en una zona boscosa y remota del Ajusco, un lugar que él conocía por “viejos negocios”. Ángel tenía su pasaje de avión, un vuelo en primera clase a Shanghái. El hacker de Alejandro había creado un rastro digital impecable: Ricardo había estado buscando propiedades en China, había abierto una cuenta bancaria offshore, y le había estado enviando mensajes a una supuesta amante. La narrativa estaba lista: Ricardo García, el exitoso empresario, iba a malversar una fortuna y a fugarse con su amante, dejando atrás a su esposa y sus problemas.

Todo estaba en su lugar. El escenario listo. Los actores en sus posiciones. Solo faltaba que cayera el telón sobre el acto final de la vida de Ricardo.

Y nosotras éramos las encargadas de bajarlo.


Capítulo 5: La Noche Más Larga

La noche elegida llegó envuelta en un sudario de humedad y expectación. La Ciudad de México, ese monstruo de veinte millones de almas, contenía la respiración. El cielo, de un color panza de burro, se había pasado todo el día amenazando con un aguacero de esos que inundan el Periférico y colapsan la ciudad. Por la tarde, finalmente cumplió su promesa. No fue una tormenta, sino un chipichipi persistente, una llovizna fina y tenaz que hacía brillar el asfalto como piel de serpiente y distorsionaba las luces de los semáforos, convirtiéndolas en manchas de colores borrosos que sangraban en el pavimento. Era la atmósfera perfecta para una pesadilla, un escenario diseñado por un dios con un sentido del humor muy negro.

Ese día en el trabajo fue el acto de teatro más difícil de mi vida. Cada sonrisa que le dediqué a un cliente me costaba un esfuerzo físico. Cada vez que explicaba la hermeticidad de un reloj sumergible a 300 metros, sentía que me ahogaba. Tenía la cabeza en otro lado, en un futuro incierto que comenzaría en unas pocas horas. El señor Molina, mi gerente, incluso me felicitó por haber cerrado una venta importante con un empresario regiomontano. “¡Bravo, Ramírez, está usted que no la calienta ni el sol!”, me dijo con su habitual falta de tacto. Yo solo sonreí, mientras por dentro pensaba que esa noche el sol no sería el problema, sino la falta de él.

A las ocho de la noche, salí de la boutique. La lluvia se había intensificado. Me senté en mi coche y me quedé ahí, inmóvil, durante casi media hora, con el motor apagado, escuchando el golpeteo rítmico de las gotas en el techo. Era el metrónomo de mi ansiedad. Mi plan original, el que había diseñado con una frialdad que ahora me parecía ajena, era relativamente limpio. Implicaba el uso de una droga potente, una mezcla de barbitúricos y opioides que había conseguido a través de uno de los contactos de Alejandro, un médico de dudosa reputación que trabajaba en un hospital privado. La idea era que Valentina la mezclara en la copa de coñac que Ricardo siempre se tomaba antes de dormir después de sus noches de juerga. Una sobredosis accidental. Trágico, pero creíble para un hombre con su estilo de vida. Pero después del incidente del gato, después de ver la locura total en los ojos de Ricardo, supe que no podíamos arriesgarnos. No podíamos depender de que se tomara la copa. El plan tenía que ser más… definitivo.

Valentina había vuelto a su jaula de oro esa mañana. Había sido la escena más difícil. La vi entrar al lobby de su edificio, con los hombros caídos, interpretando el papel de la esposa arrepentida y sumisa. Ricardo, en su arrogancia infinita, se había tragado la mentira sin masticar. Estaba demasiado excitado, demasiado henchido de ego con su fiesta anual, el evento donde él era el rey, el sol alrededor del cual giraban todos los planetas de su universo corporativo. Antes de que ella entrara, nos abrazamos en el estacionamiento. “No tengas miedo”, le susurré. “Esta noche se acaba. Te lo juro por mi vida”. Ella no dijo nada, solo me apretó con una fuerza que me dejó sin aire y luego caminó hacia la entrada sin mirar atrás.

Ahora, yo esperaba. Me estacioné en una calle aledaña, una calle oscura bordeada por jacarandas que lloraban flores moradas sobre el asfalto mojado. Desde mi posición, no podía ver su edificio, pero lo sentía, una torre de Babel de lujo y podredumbre. Apagué el motor de mi March. El silencio dentro del coche era casi total, roto solo por mi propia respiración y el golpeteo incesante de la lluvia. El tiempo se volvió denso, pegajoso. Cada minuto era una tortura, una gota de ácido cayendo sobre mi sistema nervioso. Repasé el plan mil veces. La entrada por la escalera de servicio para evitar las cámaras del lobby. La maleta Samsonite, la más grande y resistente que encontramos, escondida en el clóset de visitas. Las bolsas de basura industriales, el cloro, los guantes de látex. Todo estaba listo. Pero un plan es solo un mapa. El territorio, la realidad, siempre es más salvaje e impredecible.

A la una y veintidós de la mañana, la pantalla de mi celular se iluminó. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí un dolor agudo en el pecho. Era un mensaje de WhatsApp de Valentina. No había palabras. Solo un emoji: 🍷.

La señal. El vino. Ricardo venía en camino, borracho. La función estaba por comenzar.

Me tomó menos de cinco minutos llegar al edificio. Estacioné en la zona de servicio, como habíamos acordado. La escalera de emergencia olía a humedad y a abandono. Subí los veinte pisos sintiendo cada escalón en mis pulmones, el eco de mis pasos como un tambor fúnebre. Para cuando llegué a la puerta de servicio del penthouse, estaba sudando frío, el corazón a punto de salírseme por la boca. Usé mi copia de la llave. Giró sin hacer ruido.

Entré al departamento. El silencio me golpeó. Era un silencio denso, antinatural. Encontré a Valentina en la cocina. Estaba de pie junto a la barra de granito, pálida como un fantasma bajo la luz de los focos dicroicos, pero extrañamente serena. Tenía las manos quietas sobre la barra. Había una calma aterradora en ella, la calma del ojo de un huracán. Estaba preparando un café en la cafetera italiana, el aroma llenando el aire, una nota de normalidad tan incongruente que resultaba grotesca.

“¿Estás lista?”, le pregunté, mi voz un susurro ronco.

Ella asintió, sin mirarme, sus ojos fijos en la cafetera que empezaba a borbotear. “Nací lista para esto, Sofi”.

En ese momento, oímos el zumbido del ascensor privado llegando al piso. Ambas nos tensamos. Luego, el sonido metálico de la llave en la cerradura. La puerta principal se abrió.

Ricardo entró tropezando, canturreando una versión desafinada y borracha de “El Rey” de José Alfredo. Se quitó el saco de Hugo Boss y lo tiró al suelo con desdén. Su corbata estaba floja y su camisa, desabotonada, revelaba un pecho sudoroso. Olía a alcohol caro, a tabaco y a victoria.

“¡Mi amoooor!”, gritó, su voz retumbando en el silencio. “¡Mi reinita! ¡La fiesta fue un éxito rotundo! ¡Cerramos el trato del año con los gringos! ¡Soy el puto amo! ¡Vamos a celebrar como se debe!”.

Se acercó a Valentina para besarla, sus movimientos torpes y bruscos. Ella se apartó con un movimiento rápido y sutil, un gesto que en otras circunstancias habría desatado una tormenta, pero que ahora Ricardo, en su euforia alcohólica, apenas notó.

“Tenemos que hablar, Ricardo”, dijo Valentina, su voz sorprendentemente calmada, casi fría.

La sonrisa de Ricardo se desvaneció, reemplazada por una mueca de fastidio. “¿Hablar? ¿Ahorita? No me jodas, Valentina. Vengo de humor para festejar, no para tus pinches dramitas de vieja histérica. Sírveme un trago”.

Fue entonces cuando salí de las sombras de la cocina. Me paré bajo el dintel de la puerta, con los brazos cruzados. La cara de Ricardo pasó de la confusión a la incredulidad, y finalmente a una furia oscura que le enrojeció el rostro.

“¿Tú?”, escupió, señalándome con un dedo tembloroso. “¿Qué carajos haces tú aquí a estas horas, pinche gata arribista? ¡Lárgate de mi casa! ¡Ahora!”.

“No nos vamos a ninguna parte, Ricardo”, dije, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz. “La que se va es Valentina. Para siempre. Y tú la vas a dejar en paz”.

Ricardo soltó una carcajada. Una risa fea, hueca, llena de desprecio y alcohol. “¿Ah, sí? ¿Neta? ¿Y quién me va a obligar? ¿Tú, pedazo de muerta de hambre? A ver, ven y oblígame”.

Se abalanzó sobre mí. Era rápido, a pesar de la borrachera. Una furia animal le daba una velocidad inesperada. Pero yo estaba preparada. O eso creía. Las semanas de entrenamiento en Krav Magá no habían sido en vano. Cuando me agarró de la blusa para estamparme contra la pared, en lugar de resistirme, usé su propio impulso. Giré mi cuerpo, me agaché y le metí un codazo con toda mi fuerza en las costillas flotantes, justo donde el instructor me había dicho.

Ricardo gruñó, un sonido gutural, como el de un jabalí herido. Me soltó, sorprendido por el dolor agudo. Se dobló un poco, llevándose una mano a las costillas. Pero el dolor solo lo enfureció más. Sus ojos se inyectaron en sangre. Se olvidó de mí. Su ira, como siempre, encontró su blanco más fácil, su pararrayos de toda la vida. Se volvió hacia Valentina.

“¡TÚ, PINCHE PERRA TRAIDORA!”, rugió. “¡METISTE A ESTA ZORRA EN MI CASA!”.

Y la abofeteó. No fue un golpe normal. Fue un manotazo a mano abierta, con todo el peso de su cuerpo, un golpe diseñado para humillar y destruir. El sonido fue como un latigazo. Seco. Brutal. Valentina salió volando, cayendo de espaldas al suelo. Su cabeza golpeó contra el borde de mármol de la chimenea de etanol con un ruido sordo y horrible.

Y en ese preciso instante, todo el plan, toda la estrategia, la droga, la coartada, todo se fue al carajo. La civilización se desvaneció. La rabia pura, ciega y animal tomó el control.

Me lancé sobre su espalda como una fiera, intentando hacerle la llave al cuello que había practicado cien veces. Pero él era demasiado fuerte. Me sacudió como si yo fuera una muñeca de trapo, me agarró del pelo y me estampó contra la pared. Mi cabeza golpeó el yeso con un ruido hueco. Vi estrellas, un universo de luces blancas y dolor. Caí al suelo, aturdida.

Valentina, desde el suelo, levantó la vista. Su rostro era una máscara de sangre y furia. Vio la estatuilla de bronce que Ricardo tenía sobre una mesa de centro de ónix. Era un premio que le habían dado el año anterior: el “Toro de Oro” al Financiero del Año. Un toro de bronce, pesado, musculoso, con los cuernos apuntando hacia arriba. Símbolo de su éxito, de su poder.

Sin pensarlo, sin una pizca de duda, Valentina se arrastró hasta la mesa, agarró la pesada estatuilla con ambas manos y, con un grito que no parecía venir de su garganta sino de las profundidades de la tierra, de siglos de mujeres maltratadas, se levantó.

Ricardo, que se había girado para venir a rematarme, solo tuvo tiempo de voltear, sorprendido por el grito.

Y Valentina le estrelló el toro de bronce en la parte de atrás de la cabeza.

El sonido. Nunca olvidaré ese sonido. No fue un golpe seco. Fue un chasquido húmedo, profundo, el sonido de metal macizo aplastando hueso. Un sonido que silenció al mundo.

Ricardo se tambaleó. Se quedó de pie un segundo, como si su cuerpo no hubiera recibido la orden de caer. Se dio la vuelta lentamente, sus ojos desorbitados por la sorpresa y el dolor. Sangre oscura y espesa empezó a brotar de su cabello, mezclándose con el sudor. Se llevó una mano a la nuca, como si no entendiera qué había pasado. Miró sus dedos ensangrentados. Y luego nos miró a nosotras. Su expresión no era de furia. Era de incredulidad, casi de decepción.

“Valen…”, murmuró, su voz un gorgoteo.

Y luego se desplomó. Como un árbol talado. Cayó de bruces sobre la alfombra persa, con un golpe sordo que hizo vibrar el suelo.

El silencio que siguió fue más ruidoso, más ensordecedor que cualquier grito. Nos quedamos allí, las dos, de pie, jadeando, cubiertas de sudor y miedo, mirando el cuerpo inerte de Ricardo. Un charco de sangre empezó a extenderse lentamente a su alrededor, una mancha oscura y obscena sobre el marfil y los intrincados diseños de la alfombra.

“¿Está… está muerto?”, susurró Valentina, su voz temblando. La estatuilla de bronce cayó de sus manos, resonando con un golpe metálico y final en el suelo de mármol.

Me arrastré hasta él, mi cuerpo adolorido. Con los dedos temblorosos, le busqué el pulso en el cuello, donde el instructor de primeros auxilios nos había enseñado. Su piel todavía estaba caliente, pero debajo no había nada. Ningún latido. Nada. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo de diseño, vacíos de toda la maldad que los había llenado en vida.

“Sí”, dije, mi voz saliendo como un graznido. “Está muerto”.

La realidad nos golpeó con la fuerza de un tsunami. No había sido un asesinato limpio y planeado. Había sido una carnicería. Sangre, violencia, caos. Valentina se derrumbó sobre sus rodillas, vomitando una mezcla de bilis y café. Y luego empezó a sollozar, un llanto histérico, el llanto de un alma que se ha roto para siempre.

Por un segundo, yo también quise derrumbarme. Pero la imagen del brazo quemado de Valentina, la imagen de mi madre escondiendo sus moretones, me golpeó como un electroshock. La adrenalina, fría y pura, inundó mi sistema.

Me acerqué a Valentina y la sacudí con fuerza.

“¡Val, escúchame! ¡Mírame!”, le ordené, casi gritando. “¡No tenemos tiempo para esto! ¡No hay vuelta atrás! ¡Tenemos que seguir el plan! ¡Ahora!”.

Ella levantó la vista, sus ojos llenos de terror y locura. Pero asintió.

La noche más larga de nuestras vidas apenas comenzaba. Y ahora, teníamos que limpiar el infierno.


Capítulo 6: Cenizas y Silencio

El pánico es un ácido. Un ácido invisible que lo disuelve todo: el pensamiento racional, la moral, el tiempo. Los segundos se estiran y se contraen, los minutos se vuelven una eternidad o desaparecen en un parpadeo. Valentina estaba ahogándose en ese ácido, de rodillas sobre el piso de mármol, su cuerpo sacudido por arcadas secas y violentas, sus ojos fijos en el charco de sangre que se extendía desde la cabeza de su esposo como una marea roja y obscena.

Yo, por otro lado, sentía el efecto contrario. La adrenalina, fría y metálica, había cristalizado mi pánico en una forma de hiperlucidez. El mundo se había vuelto nítido, los colores más brillantes, los sonidos más agudos. No había tiempo para el horror. El horror era un lujo que no podíamos permitirnos.

Me acerqué a ella y la tomé por los hombros. Sus huesos se sentían frágiles, como los de un pajarito. “¡Valentina!”, le dije, mi voz sonando como un látigo en el silencio. No reaccionó. Estaba perdida, navegando en un mar de shock. Tuve que hacerlo. Levanté la mano y le di una bofetada. No fue fuerte, pero el chasquido agudo resonó en la habitación, un sonido tan fuera de lugar, tan violento, que la sacó de su trance.

Sus ojos llorosos finalmente enfocaron los míos. El terror seguía ahí, pero ahora había una chispa de conciencia.

“Escúchame bien”, le dije, mi voz baja y urgente. “Lo hecho, hecho está. No hay vuelta atrás. Ahora tenemos que ser inteligentes. Tenemos que ser unas hijas de la chingada. Tenemos que limpiar esto. ¿Entendiste?”.

Ella asintió, un movimiento apenas perceptible, mientras un hilo de baba y vómito se deslizaba por su barbilla. La ayudé a levantarse. Sus piernas temblaban, apenas la sostenían.

“Ve al cuarto de servicio”, le ordené, empujándola suavemente. “Busca las bolsas de basura industriales, las negras, las más grandes. Trae todo el cloro que encuentres. Y los guantes de látex que guardas debajo del fregadero. ¡Ahora!”.

Verla moverse, aunque fuera como una autómata, me dio un respiro. Mientras ella se iba, yo enfrenté la primera tarea. Arrastrar el cuerpo. Ricardo, en vida, había sido un hombre vanidoso, obsesionado con su físico. En la muerte, era una mole. Un peso muerto, una ancla de carne y hueso que se resistía. Lo agarré por las axilas. Su piel todavía estaba tibia, una sensación horripilante que me revolvió el estómago. Tiré con todas mis fuerzas. Su cuerpo se movió unos centímetros, dejando un rastro de sangre espesa sobre el mármol blanco y pulido, como la baba de un caracol infernal.

Pulgada a pulgada, lo arrastré por la sala, pasando junto a los muebles de diseño, junto a las fotos de su boda donde ambos sonreían una mentira descarada. Lo llevé hasta el baño de visitas, un espacio pequeño y aséptico que ahora se convertiría en nuestro matadero.

Valentina regresó, con los brazos cargados. Dejó todo en el suelo. Sus ojos evitaron mirar el cuerpo. Se movía con la precisión mecánica de quien ha desconectado su alma para poder funcionar.

“Ponte los guantes”, le dije, mientras yo hacía lo mismo. “Necesito que limpies ese rastro de sangre. Con cloro. Mucho cloro. Que no quede ni una puta molécula. Y luego, empieza con la alfombra”.

Ella asintió y se puso a trabajar. El olor penetrante y químico del cloro comenzó a llenar el aire, una batalla olfativa contra el hedor metálico de la sangre.

Dentro del baño, enfrenté el siguiente problema. La maleta. Era una Samsonite negra, de lona, la más grande que fabricaban. La abrí. Parecía un sarcófago vacío. Pero Ricardo no cabía. Su cuerpo, ahora empezando a enfriarse, adquiría la rigidez del rigor mortis. Sus brazos y piernas se negaban a doblarse en los ángulos necesarios. Empujé, tiré, intenté forzarlo. Imposible.

Me senté en el suelo frío del baño, junto al cadáver, y sentí que el pánico, esa bestia que había mantenido a raya, empezaba a arañar la puerta. “Piensa, Sofía, piensa, carajo”. El plan de Alejandro, los diagramas, la teoría… nada me había preparado para esto. Para la cruda, obstinada y física realidad de un cuerpo que se niega a ser escondido.

Y entonces, una idea horrible, sacada de las profundidades más oscuras de las series de crímenes que había devorado, me vino a la mente. No había otra opción.

“Val…”, la llamé, mi voz temblando por primera vez. Ella apareció en el umbral, su rostro pálido y manchado, los guantes de látex goteando agua con cloro. “Necesito… necesito algo pesado. Un mazo, un martillo grande. Algo para…”. No pude terminar la frase.

Ella pareció entender. Su rostro se descompuso en una máscara de horror puro, pero no dijo nada. Desapareció y regresó minutos después con un martillo de bola, de esos que se usan para la mecánica, que Ricardo guardaba en una caja de herramientas en el cuarto de lavado. Me lo entregó. Nuestras manos enguantadas se tocaron. Fue como un pacto sellado en el infierno.

Cerré la puerta del baño. No quería que ella viera esto. Me arrodillé junto al cuerpo. La primera articulación fue la rodilla. Coloqué una toalla sobre ella para amortiguar el golpe y evitar salpicaduras. Levanté el pesado martillo. El aire se volvió espeso. Mis brazos temblaban. Cerré los ojos y golpeé.

El sonido.

Fue un crujido sordo y húmedo. El sonido de un hueso grande partiéndose. Un sonido antinatural, obsceno, que vibró a través del martillo, subió por mi brazo y se instaló para siempre en mi cerebro.

Vomité. En el lavabo de diseño, vomité la poca comida que tenía en el estómago y la bilis amarga del miedo. Me apoyé en la pared, jadeando, sudando frío. Afuera, escuché un sollozo ahogado de Valentina. Ella lo había oído. Ambas lo habíamos oído. Habíamos cruzado una nueva frontera. Ya no éramos solo asesinas. Éramos carniceras.

Pero no había tiempo para la debilidad. Con una rabia renovada, volví a la tarea. Hombros, codos, rodillas. Golpe tras golpe. El sonido se volvió repetitivo, casi rítmico, una percusión macabra en la quietud de la noche. Cuando terminé, el cuerpo de Ricardo era una masa maleable, una marioneta rota. Y yo era una cáscara vacía.

“Ayúdame”, le dije a Valentina, mi voz muerta.

Juntas, con un esfuerzo sobrehumano, logramos meter el cuerpo en la maleta. Fue una lucha grotesca, empujando y acomodando extremidades flácidas, manchándonos de sangre a pesar de los guantes. Finalmente, la cerramos. La cremallera se forzó, gimiendo en protesta, pero cedió, conteniendo nuestro terrible secreto.

Luego vino la limpieza. Una limpieza frenética, obsesiva. Fregamos cada centímetro del baño, cada azulejo, cada junta. Quitamos la alfombra persa, ahora una masa apelmazada y empapada de un color rojizo oscuro. Era demasiado grande para una bolsa. Tuvimos que enrollarla, envolverla en plásticos y sellarla con cinta industrial, creando un capullo gigante y siniestro. Rociamos el aire con tanto Fabuloso de lavanda que el olor químico y dulzón se mezclaba de forma nauseabunda con el del cloro y la sangre. Era el perfume del infierno.

A las cuatro de la mañana, el departamento parecía casi normal. El baño relucía. La sala, sin su alfombra, se veía extrañamente desnuda, pero limpia. Todo rastro visible de la carnicería había desaparecido. Pero el aire seguía siendo pesado, cargado de lo innombrable.

Tomé el teléfono desechable que Alejandro me había dado. Mis dedos temblorosos apenas podían teclear.

“Está hecho. Fase dos.”

La respuesta de Alejandro fue inmediata, como si hubiera estado esperando junto al teléfono.

“Te veo en el punto de encuentro en una hora. Ven sola”.

Miré a Valentina. Estaba sentada en el suelo de la cocina, abrazando sus rodillas, con la mirada perdida. Su calma robótica se había desvanecido, dejando tras de sí un agotamiento total. La ayudé a levantarse y la llevé a su habitación. Le di uno de los tranquilizantes que yo usaba, una pastilla que noquearía a un caballo.

“Duerme”, le susurré, arropándola como a una niña. “Cuando despiertes, intenta pensar que todo esto fue una pesadilla”. No sabía si intentaba convencerla a ella o a mí misma.

Bajar la maleta y el rollo de la alfombra fue una odisea. Usé el elevador de servicio, rezando a un dios en el que no creía para no encontrarme con nadie, ni con el de mantenimiento, ni con algún vecino insomne. La maleta pesaba una tonelada. Cada golpe contra las paredes metálicas del elevador sonaba como una acusación, un disparo en el silencio de la madrugada. Metí todo en la cajuela de mi March, que se hundió visiblemente bajo el peso. Sentía que no solo cargaba con un cadáver, sino con el peso del mundo entero.

Conduje por las calles desiertas de la ciudad. La lluvia había parado. El asfalto mojado reflejaba las luces de los postes como estrellas caídas. Pasé junto a puestos de periódicos cerrados, junto a un barrendero que me miró con curiosidad. ¿Se notaría en mi cara? ¿Podía oler la muerte en mi coche?

Llegué al punto de encuentro: un estacionamiento abandonado debajo de un puente del Viaducto, en los límites de la ciudad, un no-lugar donde los trailers se detenían a descansar y el mundo parecía terminar. La camioneta de Alejandro, una Suburban negra sin placas, ya estaba allí, con las luces apagadas, oscura como un agujero en la noche.

Él bajó de la camioneta. Estaba vestido completamente de negro. No hizo preguntas sobre el retraso, sobre mi cara pálida y ojerosa, sobre mis manos que no dejaban de temblar. Su profesionalismo era casi inhumano. Simplemente abrió la cajuela de su vehículo.

Juntos, en silencio, movimos la pesada maleta de mi coche al suyo. Luego el rollo de la alfombra. El esfuerzo me dejó sin aliento.

“Ángel ya está en el aeropuerto”, dijo Alejandro, su voz tranquila rompiendo la tensión. “Usó la entrada de servicio de una aerolínea que me debe un favor. Pasó los filtros sin problemas. El vuelo a Shanghái sale en dos horas. A partir de este momento, Ricardo García está oficialmente en camino a China. El dinero de sus cuentas fue transferido esta noche a una cuenta en las Islas Caimán”. Me entregó el teléfono desechable que yo había dejado en mi coche. “Quédate con esto. Para emergencias. Y solo para emergencias. No me llames desde tu número. No existo. ¿Entendido?”.

Asentí, incapaz de hablar.

“Ahora vete a casa, Sofía”, dijo, su mirada suavizándose un poco por primera vez. “Date un baño. Tira esa ropa. Intenta dormir. Y mañana, actúa normal. Absolutamente normal. La parte más difícil viene ahora: la espera. La gente empezará a hacer preguntas”. Hizo una pausa, y me miró con una intensidad que me heló los huesos. “Especialmente su hermana. La detective”.

Se subió a su camioneta y se fue, desapareciendo en la oscuridad tan rápido como había aparecido, llevándose consigo la evidencia física de nuestro crimen.

Volví a mi departamento justo cuando el cielo en el oriente comenzaba a teñirse de un gris pálido, anunciando un nuevo día. Entré a la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí durante casi una hora. Vi mis uñas sucias, los raspones en mis brazos, y me froté la piel con un estropajo hasta que me ardió, como si pudiera arrancar el recuerdo, el olor, la sensación. Pero no se iban. El agua se llevaba por el desagüe la sangre seca, la suciedad, pero no podía lavar la mancha que sentía en el alma.

La Sofía que entró a esa ducha ya no existía. La que salió era otra persona. Una mujer con un secreto terrible guardado en las entrañas, una mujer con las manos manchadas para siempre. Una asesina. Me miré en el espejo empañado. Mis ojos eran los de una extraña. Y supe, con una certeza absoluta, que nunca, nunca volvería a ser la misma.


Capítulo 7: Fantasmas del Pasado

El tiempo, después de la noche de la carnicería, se volvió una sustancia extraña y maleable. Se estiró como una goma pegajosa, donde cada segundo estaba cargado de una ansiedad eléctrica. Los días se arrastraban, lentos y pesados, y sin embargo, cuando miraba hacia atrás, las semanas parecían haberse desvanecido en un parpadeo de miedo. Vivíamos en un estado de alerta constante, como animales en un bosque lleno de depredadores. Cada llamada telefónica era un sobresalto que me paralizaba el corazón. Cada vez que una patrulla pasaba por mi calle, con la sirena ululando, sentía un sudor frío en la espalda y el sabor metálico del pánico en la boca.

Valentina se mudó a mi pequeño departamento de la Roma. No podía quedarse sola en esa jaula de oro, ahora impregnada de los fantasmas de lo que habíamos hecho. Dormía en mi cama, mientras yo lo hacía en el sofá. Apenas hablaba. Se pasaba las horas sentada junto a la ventana, fumando un cigarrillo tras otro, con la mirada perdida en el caos de la Avenida de los Insurgentes. Parecía una estatua de porcelana a punto de quebrarse. Yo no sabía qué decirle. ¿Qué se le dice a alguien con quien acabas de descuartizar a su esposo? No hay manual para eso. Nuestro silencio estaba lleno de palabras no dichas, de gritos ahogados, del eco del sonido de huesos rompiéndose.

La historia que Alejandro había tejido con hilos de mentira y tecnología parecía estar funcionando, al menos al principio. La empresa de Ricardo, un prestigioso fondo de inversión en Santa Fe, manejó el asunto con una discreción quirúrgica. Para evitar un escándalo de malversación que mancharía su reputación, aceptaron y propagaron la narrativa de la fuga. Ricardo García, su estrella en ascenso, había quebrado. Había desviado fondos de clientes, vaciado las arcas y huido del país, probablemente a un paraíso fiscal sin tratado de extradición. Era una historia mucho más conveniente y menos problemática que una investigación por asesinato. La gente del mundo financiero es pragmática. Un socio ladrón es un problema; un socio asesinado es una catástrofe mediática.

Los amigos de Ricardo, esa fauna de juniors y empresarios que se movían en los mismos círculos de poder, chismorrearon durante un par de semanas en las comidas del Club de Industriales y en los chats de WhatsApp. La versión de la fuga con una amante colombiana, una modelo espectacular que nadie había visto pero que todos juraban conocer, se volvió la más popular. Era una historia jugosa, predecible, casi un cliché. Y por eso mismo, todos la creyeron.

Todos, excepto una persona.

Isabel García. La hermana mayor de Ricardo.

Isabel no era cualquier persona. Era detective en la Policía de Investigación de la Ciudad de México. Una de las buenas. Una mujer astuta, tenaz y con un instinto que daba miedo. A diferencia de Ricardo, Isabel no había nacido en cuna de oro. Habían sido medios hermanos. Ella era hija del primer matrimonio de su padre, una mujer de clase trabajadora. Isabel se había hecho a sí misma a base de puro coraje y dedicación, escalando en un mundo de hombres corruptos y cínicos. Odiaba a Ricardo. Odiaba su arrogancia, su privilegio, el desprecio con el que siempre la había tratado. Pero era su hermano. Era su sangre. Y su instinto de sabueso le decía que algo en la historia de la fuga apestaba.

Nos enteramos por Alejandro, a través de una llamada corta y críptica al teléfono desechable. “La hermanita no se traga el cuento. Abrió una investigación no oficial. Está moviendo sus hilos. Tengan cuidado”.

Isabel empezó a llamar a Valentina. Su tono, al principio, era falsamente comprensivo.

“Valen, soy yo, Isa. ¿Cómo estás, nena? Me imagino que destrozada. Pero necesito que me ayudes. ¿De verdad no sabes nada de mi hermano? ¿No te dijo a dónde iba? Cualquier detalle, por más pequeño que sea, me puede servir”.

Valentina, con la voz que yo le había ensayado hasta el cansancio, una mezcla de fragilidad y enojo, le respondía: “Isabel, ya te lo dije mil veces. Discutimos esa noche. Fue la peor pelea de nuestras vidas. Me dijo que estaba harto, que necesitaba espacio, que se iba a largar un tiempo. No sé a dónde. Y francamente, no me importa”.

Pero Isabel no es de las que se rinden. Volvía a llamar. Sus preguntas se volvían más incisivas.

“Oye, Valen, es que hay algo que no me cuadra”, le dijo una tarde, su voz perdiendo la dulzura fingida. “¿Así nada más se fue? ¿Y se llevó todo su dinero? Porque sus cuentas están prácticamente en ceros. Estamos hablando de millones. ¿No notaste nada raro en sus finanzas?”.

“Yo no sé nada de su dinero, Isabel”, respondió Valentina, y por primera vez, escuché un atisbo de la vieja Valentina en su voz, una chispa de desafío. “Ricardo y yo teníamos vidas financieras separadas. Es lo que la gente moderna hace, ¿no? O al menos, eso me decía él. ¿Por qué no le preguntas a sus amantes? A la colombiana, a la argentina, a la secretaria de su oficina a la que le pagaba el depa en la Anzures. Seguro alguna de ellas sabe dónde está su pinche dinero”.

Y colgó. Fue un acto de valentía que me llenó de orgullo, pero también de terror. Estaba provocando a una leona.

Las semanas se convirtieron en un mes. Valentina, poco a poco, empezó a volver a la vida. Fue como ver una flor marchita recibir agua. Empezó a comer de nuevo, a recuperar el color en sus mejillas. Un día, la encontré tarareando una canción mientras se preparaba un café. Incluso la escuché reír, una risa pequeña y tímida, mientras veíamos una comedia romántica en Netflix. La sombra de Ricardo, la constante amenaza de su presencia, se estaba desvaneciendo. La paz, o algo que se le parecía, parecía posible.

Estábamos en esa burbuja de falsa normalidad una tarde de julio. Llovía a cántaros afuera. Estábamos en pijama, en mi pequeño departamento, viendo una película de Guillermo del Toro, intentando simular una tarde de amigas como las de antes. Y entonces, mi teléfono desechable, que guardaba en el fondo de un cajón de mi clóset, empezó a vibrar.

El sonido, aunque ahogado por la ropa, me paralizó. Nadie, excepto Alejandro, tenía ese número. Y él había sido muy claro: solo para emergencias.

Con el corazón en la garganta, fui al clóset y saqué el teléfono. En la pantalla, un número desconocido. No era el de Alejandro. Era un número con lada de la Ciudad de México. Dudé. Podía ser una llamada equivocada. Podía ser un fraude. Pero mi instinto, ahora afilado por el miedo, me dijo que contestara.

“¿Bueno?”, dije, mi voz sonando extrañamente lejana.

“Sofía. Qué bueno que por fin te encuentro. Ya me estaba preocupando”.

El aliento se me heló en los pulmones. El mundo se detuvo. Reconocí la voz al instante. El cantito suave. El acento centroamericano.

Ángel.

“Ángel…”, logré decir, mi voz apenas un susurro. “¿Qué quieres? Se supone que estás en Shanghái”.

Él se rio. Pero no era su risa. Era una risa que ya no tenía la humildad del pobre diablo que conocí en la bodega. Era una risa nueva, cargada de una arrogancia y un cinismo que me revolvieron el estómago. Era la risa de Ricardo. Habíamos hecho nuestro trabajo demasiado bien. El monstruo había poseído a su doble.

“Shanghái es muy aburrido, Sofi. Y muy caro. Y la verdad, el dinero se acaba, ¿sabes? Cien mil dolaritos no rinden como uno piensa. Sobre todo, cuando descubres que el tipo al que tuviste que reemplazar, el cabrón al que mataron, tenía millones de dólares escondidos por todos lados”.

Un frío glacial, un frío de tumba, me recorrió la espalda y se instaló en mi médula ósea. “¿De qué chingados estás hablando, Ángel?”.

“Mira, es una historia bien cagada”, continuó, su tono burlón y conversacional, como si me estuviera contando un chiste. “Resulta que mientras esperaba en la sala VIP del aeropuerto, aburrido como una ostra, me puse a jugar con el teléfono de Ricardo. El que me dieron ustedes. Un juguetito muy caro. Y me di cuenta de que este güey, Ricardo, era un paranoico de mierda. Tenía aplicaciones de espionaje por todos lados. Y encontré una, una muy chingona, para recuperar archivos borrados recientemente. Y adivina qué encontré, mi Sofi querida”.

Hizo una pausa dramática. Yo no podía respirar.

“Encontré un video. Un video muy, muy interesante. De una nanny cam, de esas que se usan para vigilar a las sirvientas. Estaba escondida en un libro falso, en la estantería de la sala. Ricardo era un enfermo, ¿eh? Le gustaba grabar todo. La calidad del video no es de Hollywood, se ve medio oscuro, pero se ve todo con bastante claridad. Se ve una discusión. Se ven unos golpes. Se ve a la bonita de tu amiga Valentina en el suelo. Se te ve a ti, también. Y luego, el gran final. Se ve cómo Valentina se levanta y le da en la madre a su maridito con una estatuilla de bronce. ¡PUM! Es una película bastante dramática. De esas que ganan premios en festivales de cine independiente”.

Dejé caer el teléfono. Rebotó en la alfombra sin romperse. Me apoyé contra la pared, mis piernas se negaban a sostenerme. El cuarto empezó a dar vueltas. Una cámara. Ricardo tenía una puta cámara oculta. Y nosotras, en nuestra estupidez, en nuestro pánico, nunca pensamos en buscarla.

“¿Qué… qué quieres, Ángel?”, logré balbucear, recogiendo el teléfono del suelo.

“Quiero lo que me corresponde, mi reina. La herencia. Vi los estados de cuenta, los negocios. Ese güey tenía una fortuna. Así que no te voy a pedir migajas. Quiero la mitad de lo que él tenía. Digamos… tres millones de dólares. Verdes. Tienen una semana para conseguirlos. Una. O esta película tan interesante, este cortometraje de arte, se va a estrenar en una función privada. En la oficina de una detective muy, muy curiosa que se llama Isabel. Y creo que a ella le va a encantar. Piénsalo, Sofía. El reloj corre. Tic, tac, tic, tac…”.

Y colgó.

Me quedé con el teléfono en la mano, el pitido de la línea muerta sonando en mi oído como una sentencia de muerte. Miré a Valentina. Estaba de pie en el umbral de la sala. Había escuchado toda la conversación. Su rostro, que apenas comenzaba a sanar, que apenas había recuperado el brillo de la vida, se descompuso de nuevo. Pero esta vez no era solo terror. Era una desesperación absoluta, negra, sin fondo. La desesperación de quien se da cuenta de que ha escapado de una jaula solo para caer en otra, una mucho peor.

El fantasma de Ricardo no había desaparecido. No se había ido a descansar en paz. Solo había cambiado de cara. Se había reencarnado en el rostro de un hombre al que nosotras mismas habíamos elegido. Habíamos creado un monstruo para destruir a otro, y ahora, nuestra propia creación, nuestro propio milagro, venía a devorarnos.

Estábamos atrapadas. Jodidas. El plan perfecto se había desmoronado, revelando la chapuza que siempre fue. La libertad que habíamos comprado a un precio tan alto se estaba convirtiendo en una deuda impagable, en otra jaula.

Y esta vez, la habíamos construido nosotras mismas.


Capítulo 8: El Precio de la Libertad

La llamada de Ángel fue como un balde de agua helada en la cara, despertándonos de un sueño frágil y efímero. La burbuja de paz que habíamos construido con tanto esfuerzo en mi pequeño departamento de la Roma estalló en mil pedazos. El silencio que siguió a la llamada fue más aterrador que cualquier grito. Era un silencio lleno de la estática del pánico, del zumbido de la catástrofe inminente. Nos quedamos mirando la una a la otra, dos náufragas que, tras avistar tierra firme, se dan cuenta de que solo era un espejismo en un mar infestado de tiburones.

Valentina fue la primera en romperse. Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo, abrazando sus rodillas, su cuerpo sacudido por temblores violentos. “Se acabó, Sofi”, susurró, su voz rota, apenas audible. “Se acabó. Vamos a ir a la cárcel. Nos vamos a pudrir ahí dentro. Por su culpa. Por mi culpa. Por todo”.

“No, no, no”, le dije, aunque mis propias palabras sonaban huecas. Me arrodillé frente a ella, tomé su rostro entre mis manos. “No se ha acabado nada. Vamos a pensar. Tiene que haber una salida”.

“¿Qué salida, Sofía?”, gritó, su voz subiendo de tono, teñida de histeria. “¡No tenemos tres millones de dólares! ¡Ni en nuestros sueños más locos! ¡Y ese cabrón tiene el video! ¡Nos tiene agarradas del cuello! ¡Se acabó!”.

“Tenemos que decírselo a Alejandro”, dije, mi mente corriendo a mil por hora, buscando una tabla de salvación en medio del naufragio. “Él sabrá qué hacer. Él nos metió en esto, él tiene que sacarnos”.

“¿Y si no quiere?”, replicó Valentina. “¿Y si dice que ya hizo su parte? ¡Nosotras fuimos las pendejas que no buscamos la cámara! ¡Es nuestro problema!”.

“No lo sé, Val. Pero es la única carta que nos queda por jugar”.

Con un nudo en la garganta que apenas me dejaba tragar, fui por el teléfono desechable. Marqué el número de Alejandro, el que me había dicho que solo usara para emergencias. Bueno, esto calificaba como una emergencia nivel Armagedón. Sonó una, dos, tres veces. Creí que no contestaría. Y entonces, su voz grave, tranquila, sonó al otro lado.

“Sofía. Esperaba no volver a escuchar de ti. Eso solo puede significar que hay problemas”.

Le conté todo. La llamada de Ángel. Su nueva risa arrogante. El video de la nanny cam. La extorsión. Los tres millones de dólares. Mientras hablaba, sentía cómo cada palabra era un clavo más en nuestro ataúd. Cuando terminé, hubo un largo, larguísimo silencio al otro lado de la línea. Un silencio tan pesado que podía sentirlo físicamente, aplastándome.

Finalmente, Alejandro habló. Su voz ya no era tranquila. Era peligrosamente calma, como la superficie de un lago helado sobre una profundidad abisal.

“Ese hijo de la chingada”, dijo, y en esas cinco palabras había un veneno, una furia contenida que me heló la sangre. “Subestimé su ambición. Creí que era un perro agradecido, y resultó ser una rata traicionera”. Hizo una pausa. “Dame su número de teléfono”.

Se lo di.

“¿Qué vas a hacer?”, le pregunté, con una mezcla de miedo y una esperanza retorcida.

“Voy a tener una charla con él”, dijo Alejandro. “Voy a recordarle a Ángel que los tratos, en mi mundo, se respetan. Y que la traición tiene un precio muy, muy alto. Un precio que se paga con intereses”. Su voz era tan fría que sentí un escalofrío. “Ustedes dos, quédense donde están. No hagan ninguna pendejada. No contesten sus llamadas, no respondan sus mensajes. Desaparezcan del mapa por unos días. Yo me encargo. No existo. Esta conversación nunca ocurrió”.

Y colgó.

Los siguientes dos días fueron la definición de la tortura psicológica. No supimos nada de Alejandro. No supimos nada de Ángel. Cada minuto era una agonía. No podíamos comer, no podíamos dormir. Dábamos vueltas por mi departamento como dos leonas enjauladas, consumidas por una ansiedad que era casi insoportable. ¿Qué estaría pasando? ¿Habrían llegado a un acuerdo? ¿O Alejandro simplemente nos había abandonado a nuestra suerte?

El acoso de Ángel no cesó. Empezó a enviarnos mensajes de texto. Fotos. Fotogramas del video. Una imagen borrosa de Valentina levantando la estatuilla. Una de mi rostro, deformado por la furia. Y luego, un pequeño clip de video, de apenas tres segundos, sin sonido. El momento exacto del impacto. Una y otra vez nos llegaba la notificación. Era una tortura china, un goteo constante de terror digital.

Mientras tanto, la otra amenaza, la legal, seguía creciendo. Isabel no descansaba. Una amiga en común de Valentina, de esas amigas de la alta sociedad que lo saben todo, nos llamó para advertirnos.

“Oigan, niñas, no es por ser chismosa, pero tengan cuidado. Isabel, la hermana de Ricardo, anda como loca. Está convencida de que Valentina tuvo algo que ver con la ‘desaparición’. Y me estuvo preguntando mucho por ti, Sofi. Que cuál era tu relación exacta con Valentina, que si tenían problemas de dinero, que si se veían mucho. Anda escarbando, y esa mujer es un perro de presa. Aguas”.

El cerco se estaba cerrando por dos frentes. Por un lado, un extorsionista con la prueba reina de nuestro crimen. Por el otro, una detective inteligente y tenaz que nos olía la culpa a kilómetros de distancia. Estábamos atrapadas en una pinza mortal.

En la tercera noche, cuando ya estábamos al borde del colapso nervioso, el teléfono desechable vibró. Era un mensaje de Alejandro.

“Estacionamiento. Medianoche”.

Fui sola. Le dije a Valentina que se quedara, que cerrara la puerta con llave y no le abriera a nadie. Conduje por las calles lluviosas, mi corazón un tambor desbocado. Cuando llegué al estacionamiento abandonado debajo del puente, la Suburban negra ya estaba allí, un espectro en la penumbra.

Alejandro estaba recargado en el cofre, fumando un cigarrillo, la pequeña brasa naranja iluminando intermitentemente su rostro impasible.

“Se acabó”, dijo, sin preámbulos, mientras yo me acercaba con cautela.

“¿Qué… qué pasó?”, pregunté, mi voz temblando.

Él dio una larga calada al cigarrillo, y luego exhaló una nube de humo que se disolvió en el aire húmedo de la noche. “Digamos que Ángel tuvo un… accidente. Muy desafortunado. Al parecer, se involucró con la gente equivocada aquí en la ciudad. Unos tipos a los que les debía dinero. Lo encontraron esta tarde en un terreno baldío en Iztapalapa. Parece que decidieron cobrarle la deuda a la mala”. Hizo una pausa, y me miró directamente a los ojos. “El teléfono con el video se ‘perdió’ en el altercado. La policía no lo encontró. Qué lástima”.

No pregunté los detalles. No quería saberlos. La cruda brutalidad de sus palabras me golpeó como una pared. Había matado a Ángel. O había ordenado que lo mataran. Así de simple. El alivio que sentí fue tan inmenso, tan abrumador, que casi me dobla las rodillas. Pero venía mezclado con un sabor amargo, con una dosis de culpa y de miedo que me revolvió el estómago. Nuestra libertad, nuestra supervivencia, estaba cimentada sobre una pila de cadáveres. Primero Ricardo. Ahora Ángel. ¿Quién seguía? ¿Cuándo terminaría?

“Ahora, el otro problema”, continuó Alejandro, imperturbable, como si hablara del pronóstico del tiempo. “La detective Isabel. Es persistente, la cabrona. Pero sin el video, no tiene nada. Solo sospechas, corazonadas. Y con eso no puede hacer ni madres legalmente”. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la punta de su bota italiana de piel de cocodrilo. “Pero para que te quedes más tranquila, voy a darle algo en qué ocupar su tiempo. Mis contactos van a filtrar una pista anónima. Muy jugosa. Sobre un gran cargamento de fentanilo que está a punto de llegar por el puerto de Veracruz, disfrazado de productos químicos. Es una investigación federal, enorme. Un caso así la mantendrá ocupada, viajando y enterrada en papeles durante meses. Para cuando termine, si es que termina, el caso de su hermanito estará más frío que un cadáver de dos meses”.

Se acercó a la puerta de su camioneta, la abrió y sacó un sobre grande de manila. Me lo entregó.

“Ábrelo”.

Lo abrí con manos temblorosas. Dentro había dos pasaportes mexicanos, nuevos, impecables. Y dos boletos de avión. Solo de ida. A Oaxaca.

Miré los pasaportes. Tenían nuestras fotos, pero los nombres eran diferentes. Sofía Ramírez ahora era “Laura Herrera”. Valentina Torres era “Ana Martínez”.

“Sofía Ramírez y Valentina Torres necesitan desaparecer por un tiempo”, dijo Alejandro, su voz ahora casi paternal, un tono que nunca le había escuchado. “Váyanse a Oaxaca. Es un buen lugar para perderse. Monten un pequeño café, una galería de arte, una tienda de artesanías, lo que se les dé la chingada gana. Vivan una vida tranquila, de bajo perfil. En el sobre también hay diez mil dólares en efectivo. Para que empiecen. Considérenlo el pago final por mis servicios. Y un regalo de despedida”.

Lo miré, confundida, abrumada. “¿Por qué? ¿Por qué haces todo esto por nosotras, Alejandro? Podrías habernos dejado morir. Podrías habernos extorsionado tú también”.

Él me sostuvo la mirada durante un largo rato. Por primera vez, vi algo en sus ojos además de dureza y cálculo. Vi una sombra de tristeza, un fantasma de un dolor antiguo.

“Digamos que tengo una debilidad por las mujeres que se niegan a ser víctimas. Las que deciden morder de vuelta, aunque no tengan los dientes tan afilados”, dijo, su voz un murmullo. “Y digamos que hace mucho, mucho tiempo, alguien a quien yo quería mucho, más que a mi propia vida, no tuvo a nadie que la defendiera. Y terminó mal. Muy mal”. Se aclaró la garganta, como si se hubiera tragado una emoción. “Ahora váyanse. Mañana a primera hora. Y no vuelvan a contactarme. Nunca. Esta es la última vez que nos vemos”.

Se subió a su camioneta, arrancó el motor y desapareció en la noche, dejándome allí, en medio de la nada, con nuestras nuevas identidades en la mano y el peso de todo lo que habíamos hecho sobre mis hombros.

Una semana después, Valentina —o Ana— y yo estábamos sentadas en un autobús ADO Platino que se dirigía al sur, dejando atrás la monstruosa Ciudad de México, con sus rascacielos, sus fantasmas y sus secretos enterrados. Mientras veíamos la megalópolis desvanecerse en el horizonte a través de la ventana empañada, ninguna de las dos dijo nada. No había palabras para describir la mezcla de alivio, culpa, miedo y esperanza que sentíamos.

Encontramos un pequeño local en una calle empedrada del centro de Oaxaca, a unas cuadras de Santo Domingo. Era una ciudad mágica, una explosión de colores, olores y sonidos. Con el dinero de Alejandro, lo rentamos y lo convertimos en un pequeño café-galería al que llamamos “Renacer”. Un nombre cursi, quizás, pero para nosotras lo significaba todo.

Pintamos las paredes de blanco, colgamos luces cálidas. Yo me encargué del café, aprendiendo a usar una máquina de espresso profesional, descubriendo el mundo de los granos de Pluma Hidalgo. Valentina, por su parte, volvió a pintar. Compró lienzos, óleos, pinceles. Y la magia regresó a sus manos. Sus cuadros ya no eran oscuros y torturados. Eran explosiones de color. Alebrijes fantásticos, mercados llenos de vida, retratos de mujeres zapotecas con flores en el pelo. Su dolor se estaba transformando en belleza.

Nuestra vida era tranquila. Simple. Abríamos el café por la mañana, cerrábamos al atardecer. Los fines de semana, explorábamos los pueblos de los alrededores, Mitla, Hierve el Agua, Teotitlán del Valle. Pero la paz era frágil, una capa fina de hielo sobre un lago profundo y oscuro.

A veces, por la noche, me despertaba sudando, con el eco del sonido de huesos rompiéndose resonando en mis oídos. A veces, veía a Valentina quedarse con la mirada perdida en la mitad de una conversación, con los ojos llenos de una tristeza infinita, y sabía que estaba reviviendo esa noche. Sabía que ambas lo hacíamos.

Éramos libres, sí. Pero la libertad tenía un precio, un precio pagado con sangre. Éramos sobrevivientes, pero las cicatrices, aunque invisibles para el mundo, seguían ahí, grabadas a fuego en nuestra memoria, recordándonos siempre el infierno que habíamos atravesado y el pacto oscuro que nos uniría para siempre.

Habíamos matado a un monstruo, pero para hacerlo, nos habíamos convertido en algo que no reconocíamos en el espejo. Y esa era una deuda, lo sabíamos, que pasaríamos el resto de nuestras vidas pagando. No con dinero, sino con el peso silencioso de nuestro secreto, con las cenizas de los hombres que habíamos destruido para poder renacer.

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