
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA VÍBORA EN LA MANSIÓN
El sonido era inconfundible. No era solo el ruido de unos tacones golpeando el piso; era una declaración de guerra. Clac, clac, clac. El eco seco de los Louboutin de suela roja resonaba por el pasillo de mármol de Carrara de la mansión en Lomas de Chapultepec como si fueran martillazos clavando un ataúd.
Julia, postrada en aquella cama ortopédica que se había convertido en su prisión durante los últimos seis meses, sintió cómo el estómago se le hacía un nudo apretado, una mezcla de náusea y terror puro. Apretó los párpados con fuerza, deseando tener el superpoder de desaparecer, de fundirse con las sábanas de seda egipcia que ahora le parecían ásperas y frías.
—Toc, toc… ¿Hay alguien en casa? Ah, sí, la bella durmiente lisiada.
La puerta se abrió sin delicadeza. El perfume de Vanessa —una mezcla empalagosa de nardos y almizcle importado que costaba más de lo que una familia promedio ganaba en un año— inundó la habitación, desplazando el olor a alcohol y medicamentos.
Vanessa entró. Impecable, como siempre. Llevaba un vestido de diseñador que marcaba su figura perfecta, el cabello rubio peinado en ondas de salón y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Esos ojos… eran lo único que Julia nunca había podido descifrar del todo hasta que fue demasiado tarde. Eran pozos oscuros, gélidos, calculadores.
—Ya dejen de hacerse la muerta, querida. Las visitas ya se fueron. Ya no tienes que dar lástima —dijo Vanessa, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco. Se acercó a la cama y se inclinó sobre Julia.
Julia abrió los ojos. Estaban rojos de tanto llorar en silencio.
—¿Qué quieres, Vanessa? Me duele la cabeza, por favor, déjame descansar.
—¿Descansar? —Vanessa soltó una carcajada cristalina y cruel—. Tienes todo el tiempo del mundo para descansar, inútil. Llevas seis meses ahí tirada, comiendo de mi dinero, gastando mi aire.
—Es el dinero de mi papá —susurró Julia, con la voz quebrada.
La expresión de Vanessa cambió en un instante. La máscara de “madrastra preocupada” se derritió, dejando ver al monstruo. Agarró a Julia por la barbilla, clavándole las uñas con manicura francesa perfecta en la piel pálida.
—Escúchame bien, escuincla —siseó—. Tu papito ya no está. Se murió. Se hizo puré en esa carretera por tu culpa. Y todo lo que era de él, ahora es mío. O lo será muy pronto.
—Tú sabes que el testamento dice…
—¡Me importa un carajo el testamento! —gritó Vanessa, soltándola con desprecio—. Eres el único estorbo entre la fortuna real y yo. Esos fideicomisos, esas cláusulas estúpidas que Ricardo puso para “protegerte”… solo retrasan lo inevitable.
Vanessa comenzó a caminar por la habitación, tocando los objetos personales de Julia con asco. Tomó una foto enmarcada donde Julia y su padre sonreían en una graduación y la dejó caer “accidentalmente” al suelo. El vidrio se rompió con un estruendo.
—Uy, qué torpe soy —dijo con sarcasmo—. Mira, Julia, voy a ser honesta contigo porque ya me cansé de fingir. Espero que no dures mucho en este mundo. Sería un alivio para todos si te murieras de una buena vez. Una infección, un coágulo, una tristeza profunda… cualquier cosa me sirve.
Se acercó de nuevo, bajando la voz a un susurro conspiratorio, como si le estuviera contando un secreto de amigas.
—Pero como eres terca, y te atreviste a sobrevivir a ese choque para arruinarme los planes, te lo advierto: no te voy a matar yo. Eso es de gente vulgar y no quiero mancharme las manos ni arriesgarme a ir a la cárcel. Pero haré todo, absolutamente todo lo posible, para que tú solita quieras dejar de respirar antes de que cumplas los 21 años. Te voy a hacer la vida tan miserable que suplicarás por la muerte.
Julia sintió las lágrimas rodar por sus sienes hasta mojar la almohada. Lo peor no era el miedo a morir, sino la confirmación de que estaba sola. Completamente sola frente a una depredadora.
—¿Por qué me odias tanto? —preguntó Julia—. Yo nunca te hice nada. Cuando papá te trajo a casa, te acepté. Te traté con respeto.
Vanessa la miró con una mezcla de aburrimiento y odio.
—Porque existes. Porque mientras tú respires, yo no soy la dueña absoluta. Y porque siempre fuiste la favorita. “Mi princesa Julia”, “mi niña genio”, “la luz de mis ojos”. ¡Hartaba escucharlo! Ricardo te amaba tanto que era patético. Y mírale ahora, muerto por salvarte a ti.
La mención del accidente fue como un cuchillo en el corazón de Julia. El recuerdo la asaltó con violencia.
Hace apenas un año, la vida era un sueño. Julia estudiaba Relaciones Internacionales en la IBERO, tenía las mejores notas y un futuro brillante. Su padre, Don Ricardo, era un empresario del sector inmobiliario, un hombre hecho a sí mismo, viudo desde hacía quince años. Él y Julia eran un equipo.
Hasta que llegó ella. Vanessa. Una mujer veinte años más joven que Ricardo, a quien conoció en una gala de beneficencia.
Julia recordaba perfectamente el día que su padre la presentó.
—Hija, ella es Vanessa. Estamos saliendo. Me hace sentir vivo otra vez.
Julia, con sus veinte años y su corazón noble, sonrió.
—Si tú eres feliz, papá, yo también. Bienvenida a la familia.
Pero Julia notó algo desde esa primera cena. Mientras Ricardo hablaba apasionadamente de sus proyectos o de lo orgulloso que estaba de Julia, Vanessa asentía mecánicamente. Sus ojos no miraban a Ricardo; miraban el reloj Rolex en su muñeca, evaluaban la cubertería de plata, calculaban el precio de los cuadros en las paredes. Era una calculadora humana.
Aun así, Julia calló. No quería ser la hija celosa. Y entonces llegó el día fatal.
Julia había sacado su licencia de conducir. Se había negado a que su padre usara “palancas” para conseguírsela. Quería hacerlo por mérito propio. Y lo logró. Corrió a casa para darle la noticia y estrenar el regalo de cumpleaños adelantado: un convertible rojo deportivo.
—¡Papá, ya la tengo! —había gritado entrando al despacho.
Ricardo estaba discutiendo con alguien por teléfono, pero colgó al verla. Se veía demacrado.
—Felicidades, mi amor.
—¿Estás bien, pa?
—Sí, hija. Solo… problemas con Vanessa. Quiere que ponga propiedades a su nombre. Dice que se siente insegura.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no. Que todo está a tu nombre en el fideicomiso. Se puso como loca.
Para distraerlo, Julia le rogó que fueran a dar una vuelta en el auto nuevo. Salieron hacia la carretera de Toluca, buscando aire fresco.
El coche era una belleza. El motor rugía suavemente. Iban bajando hacia La Marquesa, con el viento despeinando a Julia y su padre riendo por primera vez en días.
—Te quiero mucho, hija. Nunca dejes que nadie te quite tu brillo.
Entonces, la curva.
Un tráiler invadió su carril.
Julia pisó el freno.
Nada.
El pedal se fue al fondo, flojo, inútil.
—¡Papá! ¡No frena! ¡No agarra!
La velocidad aumentaba. 100 km/h, 120 km/h.
—¡Bombea el freno! —gritó Ricardo.
—¡No sirve! ¡Está suelto!
El tráiler era un muro de acero acercándose a toda velocidad. Ricardo vio el pánico en los ojos de su hija. Tomó una decisión en una milésima de segundo.
—¡Agárrate fuerte!
Ricardo giró el volante violentamente hacia la izquierda, provocando que el auto derrapara y expusiera el costado del copiloto —su lado— al impacto directo contra el camión, protegiendo el lado del conductor donde iba Julia.
El sonido del metal retorciéndose fue ensordecedor. Cristales estallando. El mundo dando vueltas. Y luego, el silencio absoluto, solo roto por el goteo de gasolina y el vapor del radiador.
Ricardo murió al instante. Julia sobrevivió, pero con la columna dañada y múltiples fracturas que la dejaron postrada.
—¿Te acuerdas, verdad? —la voz de Vanessa la trajo al presente—. Los frenos… qué tragedia. Los peritos dijeron que fue una “falla mecánica extraña”. Qué conveniente.
Julia abrió los ojos como platos.
—Fuiste tú… —susurró, con el horror helándole la sangre—. Tú le hiciste algo al coche.
Vanessa sonrió y se encogió de hombros, sin confirmarlo ni negarlo, lo cual era peor.
—Piensa lo que quieras, inválida. Nadie le va a creer a una niña dopada con morfina. Pero basta de charla. Tengo noticias.
Vanessa sacó un cigarrillo delgado y lo encendió, a pesar de que en el cuarto había tanques de oxígeno cerca.
—Esta casa se vendió. Bueno, no se vendió, pero necesito remodelarla y tú… estorbas. Además, el ambiente de ciudad te hace daño. He decidido que te vas a mudar.
—¿Mudarme? ¿A dónde? No puedo moverme —dijo Julia, entrando en pánico.
—A la hacienda vieja. Esa que tu papá compró en ese pueblo bicicletero olvidado de la mano de Dios. Aire puro, pajaritos, y nadie a kilómetros a la redonda que escuche tus quejas.
—¡No! ¡Por favor, Vanessa! ¡Ahí no hay nada! ¡Necesito mis terapias!
—Ya cancelé tus terapias. Y despedí a tu enfermera hace una hora. Me costaba una fortuna.
—¡No puedes dejarme sola! ¡Me voy a morir!
—Ay, qué dramática. No vas a estar sola. Como soy una mujer cristiana y caritativa, te conseguí un cuidador. Alguien que se ajuste a mi nuevo presupuesto.
Vanessa sacó un papel doblado de su bolso y comenzó a leer, saboreando cada palabra.
—Sergio Ramírez. Alias “El Toro”. Salió del Reclusorio Norte hace una semana. Siete años en la sombra por homicidio calificado y lesiones graves en riña. Un angelito. Dicen que en el penal mató a dos más, pero no se lo pudieron probar.
Vanessa se rió, un sonido seco y aterrador.
—Imagínate, Julia. Un hombre que lleva siete años encerrado con puros hombres, sin ver una mujer, sin tocar una mujer… Y ahora va a estar solo, en una casa en medio de la nada, con una niña bonita que no puede correr, ni defenderse, ni gritar.
Se acercó a la cara de Julia, tanto que la chica pudo oler el tabaco en su aliento.
—Le ofrecí techo y comida a cambio de que te “cuide”. Él no tiene nada que perder. Si te pasa algo… bueno, ¿quién va a dudar de que fue el ex convicto el que se volvió loco? Yo quedo libre, tú te reúnes con papi, y el criminal vuelve a la cárcel. Todos ganamos.
—Eres el diablo… —sollozó Julia.
—Soy una mujer práctica, querida. La ambulancia está afuera. Despídete de tu vida de lujos.
CAPÍTULO 2: LA BESTIA Y LA SOLEDAD
El viaje fue una tortura. No contrataron una ambulancia equipada, sino un servicio de traslado barato, una camioneta vieja que saltaba en cada bache de la carretera. Julia iba atada a la camilla, sintiendo cada golpe en sus huesos recién soldados. Lloró hasta quedarse seca, rezando, pidiendo perdón a su padre por no haber podido salvarlo, y pidiendo un milagro que sabía que no llegaría.
El paisaje cambió. Dejaron atrás los edificios altos de la Ciudad de México, pasaron por las zonas industriales grises, y se adentraron en el campo profundo. La carretera pavimentada dio paso a un camino de terracería lleno de polvo.
La “hacienda” no era una finca de recreo. Era una casona vieja, de muros de adobe gruesos y techos altos, que Ricardo había comprado con la intención de restaurarla algún día, pero que llevaba años abandonada. Estaba rodeada de matorrales secos y un silencio sepulcral.
Los camilleros, dos tipos con cara de pocos amigos que claramente habían recibido una buena propina de Vanessa para no hacer preguntas, bajaron a Julia.
—¿Dónde la dejamos, señora? —preguntó uno de ellos a Vanessa, que había llegado en su camioneta blindada minutos antes.
—En el cuarto del fondo. El que tiene la puerta con cerrojo por fuera —ordenó ella, tapándose la nariz con un pañuelo de seda para no respirar el olor a humedad y polvo.
Dejaron a Julia en una cama antigua, con un colchón que olía a naftalina. La habitación era grande, sombría, con vigas de madera oscura en el techo que parecían costillas de un animal gigante. Apenas entraba luz por una ventana pequeña con barrotes oxidados.
—Bien, aquí estamos —dijo Vanessa, mirando su reloj—. Me tengo que ir, tengo una cita en el spa a las seis.
—No me dejes aquí, por favor… —suplicó Julia por última vez, aunque sabía que era inútil—. Te firmo lo que quieras. Quédate con la casa, con el dinero. Pero no me dejes con ese hombre.
Vanessa se rió.
—Tarde, querida. Ya firmé por ti usando el poder notarial. Y mira, hablando del rey de Roma… ahí viene tu príncipe azul.
El sonido de un motor asmático se escuchó en el patio. Unos minutos después, unos pasos pesados hicieron crujir la madera del corredor. Pasos lentos, grandes. Bum. Bum. Bum.
Vanessa salió al pasillo. Julia aguzó el oído, temblando bajo la sábana delgada que le habían dejado.
—Usted debe ser Sergio —escuchó decir a Vanessa con su voz más altanera.
—Sí, señora. Sergio Ramírez —respondió una voz. Era una voz profunda, rasposa, como si hubiera tragado grava y humo. Una voz que imponía respeto y miedo al mismo tiempo.
—Bien. Ya sabe el trato. Tiene el cuarto de servicio junto a la cocina. La comida está en la despensa. Ella —señaló hacia la habitación de Julia— está ahí dentro. Es una inútil, no puede hacer nada sola. Límpiela cuando sea necesario, dele de comer si quiere. No me importa lo que haga, mientras no me llamen. Solo asegúrese de que no salga de aquí.
—Entendido —dijo el hombre. Seco. Sin emoción.
—Aquí tiene un adelanto. —Se escuchó el roce de billetes—. Si hace bien su trabajo… y cuando digo “bien” me refiero a que la naturaleza siga su curso… habrá un bono muy grande al final.
—No se preocupe, jefa. Yo me encargo.
Vanessa se fue sin despedirse. El rugido de su camioneta alejándose fue el último vínculo de Julia con la civilización. El silencio regresó, más pesado que antes. Julia contuvo la respiración. Ahí viene, pensó. Ahora va a entrar y me va a matar. O peor.
Los pasos se acercaron. La perilla de la puerta giró lentamente, rechinando por falta de aceite.
La puerta se abrió.
Sergio tuvo que agachar la cabeza para no golpearse con el marco. Era inmenso. Medía casi dos metros. Llevaba una camiseta de tirantes blanca, manchada de grasa, que dejaba ver unos brazos gruesos como troncos, cubiertos de tatuajes carcelarios descoloridos por el sol. Tenía la cabeza afeitada, una cicatriz blanca que le partía la ceja izquierda y una barba de varios días entrecana.
Se detuvo en el umbral. Sus ojos recorrieron la habitación en penumbra hasta clavarse en la cama.
Julia sollozó, incapaz de contenerse, y se cubrió la cara con las manos, encogiéndose tanto como su cuerpo roto se lo permitía.
—¡No me hagas daño! ¡Por favor! ¡Toma lo que quieras, no tengo joyas, pero no me toques! —gritó, histérica.
El hombre no se movió. No se abalanzó. Solo se quedó ahí, parado como una estatua de granito.
Sergio miraba a la chica. Se veía minúscula en esa cama enorme. Un bulto tembloroso de huesos y miedo. Él sabía lo que ella veía: un monstruo. Un ex convicto. La escoria de la sociedad. Estaba acostumbrado a esa mirada; era la misma con la que lo miraban los guardias, los dueños de las tiendas cuando entraba a comprar un refresco, la gente en la calle que cruzaba la acera para no toparse con él.
Pero Sergio tenía hambre. Un hambre feroz que le roía las tripas. Llevaba dos días sin comer nada más que una torta rancia que encontró. Y necesitaba este trabajo. No podía volver a la calle, y mucho menos a la cárcel.
Cruzó los brazos sobre su pecho masivo.
—¿Daño? —Su voz retumbó en las paredes de adobe—. Señorita, baje las manos.
Julia, temblando, separó los dedos lentamente para espiarlo. Él seguía en la puerta.
—¿No… no vino a matarme? —preguntó ella, con un hilo de voz.
Sergio resopló y una mueca extraña cruzó su rostro rudo. Parecía casi ofendido.
—Mire, seño. Yo vengo del reclusorio, sí. He hecho cosas feas, sí. Pero no soy un sicario. Esa señora, la bruja que se acaba de ir, me ofreció techo y comida por cuidarla. Y yo tengo mucha hambre.
Se rascó la cabeza rapada, incómodo.
—Así que, si no le molesta, voy a ver qué hay en la cocina. ¿Usted ya comió?
Julia parpadeó, confundida. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a la extrañeza.
—No… no he comido desde ayer.
—Hijos de la… —murmuró Sergio entre dientes, pero se contuvo—. Bueno. Espéreme tantito. Ahorita vengo. Y no se preocupe, no voy a quemar la casa. Creo.
El hombre dio media vuelta y sus pasos se alejaron hacia la cocina. Julia se quedó mirando la puerta abierta, el corazón todavía latiéndole a mil por hora. ¿Era un truco? ¿La técnica del “policía bueno” para ganarse su confianza antes de atacar? ¿Por qué un asesino se preocuparía si ella había comido?
Pasaron veinte minutos. Julia escuchaba ruidos de sartenes, el abrir y cerrar de cajones, el agua corriendo. Olía a… ¿cebolla frita? El olor despertó su propio estómago, que rugió dolorosamente.
Entonces, Sergio regresó. No traía un cuchillo, ni una cuerda. Traía una charola de madera vieja. Encima había un plato humeante con huevos revueltos con tomate y cebolla, tortillas calientes envueltas en un trapo y una taza de café de olla que olía a canela.
—No es comida de restaurante de lujo, pero en el “tambo” uno aprende a hacer milagros con lo que sea —dijo él, entrando con cuidado, tratando de no hacer ruido con sus botas pesadas.
Puso la charola en una mesita de noche polvorienta y miró a Julia.
—El problema es que usted no puede comer acostada. Se me va a ahogar. A ver… —Se frotó las manos en el pantalón, nervioso—. ¿Me da permiso de ayudarla a sentarse? Le juro por mi madrecita santa que no me voy a propasar.
Julia lo miró a los ojos. Buscó la maldad, la lujuria, el odio. Pero solo encontró cansancio y una sinceridad brutal. Esos ojos oscuros, enmarcados por arrugas prematuras y cicatrices, tenían una profundidad triste.
—Está bien… —susurró ella.
Sergio se acercó. Era enorme, olía a jabón barato y tabaco. Se inclinó sobre ella. Julia contuvo el aliento, tensando cada músculo, esperando el dolor. Pero las manos de Sergio, que parecían capaces de aplastar una sandía sin esfuerzo, la tomaron por los hombros y la espalda con una delicadeza que la dejó atónita. Era como si estuviera manipulando una figura de porcelana rota.
Con un movimiento fluido y controlado, la levantó. Acomodó las almohadas detrás de su espalda rápidamente y la dejó recargada, cómoda.
—¿Ahí está bien? ¿No le lastimé nada? —preguntó él, retrocediendo un paso inmediatamente para darle espacio.
—No… gracias. Eres muy fuerte —dijo Julia, sorprendida.
—Gajes del oficio —respondió él secamente—. Ándele, coma que se enfría.
Sergio arrastró una silla vieja de madera, la puso al revés y se sentó a horcajadas, con su propio plato en la mano. Empezó a comer con voracidad, pero sin perder de vista a Julia.
Julia probó el huevo. Estaba delicioso. El sabor casero le trajo recuerdos de su infancia, antes de los chefs privados y las dietas estrictas. Comió con ganas, sintiendo cómo la vida volvía a su cuerpo.
—Oiga… —dijo ella después de unos minutos, limpiándose la boca con una servilleta de papel—. ¿Por qué aceptó este trabajo? Vanessa le dijo cosas horribles de mí. Dijo que soy una carga.
Sergio dejó de masticar. Tragó y la miró fijamente.
—Mire, jefa. En la calle, nadie le da chamba a un ex presidiario. La gente piensa que porque uno cometió un error, ya es basura para siempre. Esa señora me vio como si yo fuera un perro rabioso que podía usar para asustarla a usted. Y la neta, necesitaba el dinero. Pero…
Sergio señaló la habitación con el tenedor.
—Pero cuando entré aquí y la vi a usted, tan chiquita, tan asustada… me acordé de algo. Y también me di cuenta de que aquí huele a gato encerrado. Esa señora no la quiere. Y yo sé lo que es que nadie te quiera y que te traten como basura.
Se inclinó un poco hacia adelante, su voz bajando a un tono confidencial y grave.
—Así que vamos a dejar las cosas claras. Yo no soy su verdugo. Soy su empleado. Usted me dice qué necesita, y yo lo hago. Si esa bruja cree que voy a hacerle el trabajo sucio, está muy equivocada. Pero necesito que usted confíe en mí. ¿Podemos hacer ese trato?
Julia sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de miedo, sino de una emoción que no sentía hacía mucho tiempo: esperanza.
Miró al hombre lleno de tatuajes, al supuesto monstruo que le había cocinado huevos con cebolla y la había tratado con más dignidad en veinte minutos que su madrastra en seis meses.
—Trato hecho, Sergio —dijo ella, y por primera vez en medio año, intentó sonreír—. Me llamo Julia.
—Mucho gusto, señorita Julia. Ahora termine de comer, que se ve muy flaca. Mañana vemos cómo le hacemos para que empiece a moverse, porque eso de estar tirada todo el día no le va a servir de nada.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse sobre el campo mexicano, tiñendo el cielo de naranja y morado. Dentro de la vieja hacienda, dos almas rotas acababan de formar la alianza más improbable del mundo. Y Vanessa, en su spa de lujo, no tenía ni la menor idea de la tormenta que acababa de desatar.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: EL SECRETO BAJO LA PIEL
La noche cayó sobre la hacienda como un manto pesado y asfixiante. En el campo, la oscuridad no es como en la ciudad; no hay farolas, no hay resplandor de anuncios neón, solo un negro absoluto que parece tragarse el mundo. Lo único que rompía el silencio era el canto incesante de los grillos y el aullido lejano de los coyotes en los cerros, un sonido que a Julia le helaba la sangre.
Julia yacía despierta en la cama, mirando las sombras que las vigas del techo proyectaban sobre las paredes desconchadas. No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de su padre segundos antes del impacto, o la sonrisa viperina de Vanessa despidiéndose. Pero ahora, había un elemento nuevo en la ecuación: el hombre gigante que dormía en el cuarto de servicio.
¿Realmente podía confiar en él? ¿O era todo una fachada? La mente de Julia, entrenada en la desconfianza durante los últimos seis meses de tortura psicológica, le decía que era demasiado bueno para ser verdad. “Nadie ayuda a nadie gratis”, solía decir Vanessa. Y Sergio… Sergio era un convicto. Un hombre que había matado.
De repente, escuchó pasos.
El corazón de Julia se aceleró. Bum, bum, bum. Eran suaves, pero pesados. Se acercaban por el pasillo. Julia se tensó, agarrando la sábana hasta que sus nudillos se pusieron blancos. “Aquí viene”, pensó. “Esperó a que me durmiera. Ahora viene a cobrar su parte”.
La puerta se entreabrió lentamente, dejando entrar una franja de luz de la luna.
La silueta inmensa de Sergio apareció en el umbral. Julia contuvo la respiración, fingiendo estar dormida, espiando apenas por debajo de las pestañas. Vio cómo él entraba con sigilo, algo sorprendente para un hombre de su tamaño.
Sergio se acercó a la cama. Julia estaba lista para gritar, aunque sabía que nadie la escucharía. El hombre se detuvo a un metro de distancia. Se quedó observándola unos segundos, luego se inclinó… y acomodó la cobija que se le había resbalado de los pies.
—Descansa, niña. Aquí no entra ni el aire sin mi permiso —murmuró para sí mismo.
Luego, dio media vuelta, caminó hacia la ventana, revisó que los barrotes estuvieran firmes y salió de la habitación, sentándose en una silla vieja en el pasillo, justo afuera de su puerta. Escuchó el rechinido de la madera cuando él se acomodó. Iba a hacer guardia.
Julia soltó el aire que tenía contenido. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Por primera vez en medio año, alguien la cuidaba de verdad.
La mañana siguiente llegó con un frío húmedo que se colaba hasta los huesos. Julia despertó con el olor inconfundible del café recién hecho y… ¿jabón?
Sergio entró en la habitación. Ya no llevaba la camiseta sucia de ayer. Llevaba una camisa de franela vieja pero limpia y los pantalones de mezclilla lavados. Se había rasurado la cabeza para que se viera pulcra y recortado la barba.
—Buenos días, jefa. —Su voz seguía siendo grave, pero tenía un tono más ligero—. Hora de levantarse. El día es corto y tenemos mucho que hacer.
—¿Hacer? —preguntó Julia, con la voz pastosa por el sueño—. Sergio, no puedo moverme. No puedo hacer nada.
Sergio dejó una taza de café en la mesita y se cruzó de brazos.
—Eso es lo que le dijo la bruja. Y eso es lo que le dijeron los doctores pagados por la bruja. Pero hoy vamos a ver qué dice la realidad. Pero primero… el aseo.
Julia sintió que la cara le ardía de vergüenza. Ese era el momento más humillante de su día a día. Depender de alguien para ir al baño, para lavarse. Con las enfermeras era difícil, pero eran mujeres. ¿Con él? Prefería morir.
—No… yo… puedo esperar —balbuceó.
Sergio la miró con una seriedad profesional que la descolocó. No había morbo en su mirada, ni asco, ni lástima.
—Mire, Julia. Vamos a dejar la pena en la puerta. Usted es un ser humano, yo soy un ser humano. El cuerpo es solo carne y huesos. Si no se asea, le van a salir llagas. Y en esta casa no vamos a permitir eso. Así que, con su permiso.
Sin darle tiempo a protestar, Sergio la levantó. De nuevo, esa fuerza controlada, esa delicadeza técnica. La llevó al baño, que afortunadamente era amplio.
Lo que siguió fue una lección de dignidad. Sergio la ayudó con un respeto absoluto, manteniendo la mirada en su rostro o en la tarea, nunca desviándose. Colocó toallas para cubrirla en todo momento.
Mientras la ayudaba a lavarse la cara, Julia notó algo. Las manos de Sergio. Eran enormes, sí, con los nudillos marcados por viejas peleas, pero sus dedos… sus dedos eran largos, ágiles. Se movían con una precisión quirúrgica. No eran manos de alguien que solo sabe golpear. Eran manos que sabían tocar.
—Tienes manos de pianista —se le escapó a Julia.
Sergio se detuvo un instante, con la toalla en la mano. Una sombra de dolor cruzó sus ojos, tan rápida que Julia pensó que la había imaginado.
—O de carterista —bromeó él, pero su risa sonó hueca—. Listo. Ahora, vamos a desayunar y luego… quiero revisar esos papeles que trajo.
—¿Qué papeles?
—La carpeta que dejó la señora Vanessa en la mesa de la entrada. Dice “Historial Médico”. Supongo que la dejó para que yo viera que usted es un caso perdido y no me esforzara.
Después de un desayuno de avena con canela (“barato y llena la tripa”, dijo Sergio), él la llevó en brazos hasta un sofá viejo en la sala principal de la hacienda. La luz del sol entraba por los ventanales sucios, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
Sergio abrió la carpeta médica. Se puso unos lentes de lectura que le faltaba una patita y que se veían ridículamente pequeños en su cara ancha.
El silencio se alargó durante media hora. Julia lo observaba. Veía cómo los ojos de Sergio se movían rápido por las líneas, cómo fruncía el ceño, cómo murmuraba cosas como “idiotas”, “negligencia”, “dosis incorrecta”.
—¿Entiendes lo que dice ahí? —preguntó Julia, incrédula. Esos informes estaban llenos de terminología técnica que ni ella entendía—. Son palabras muy complicadas.
Sergio cerró la carpeta de golpe, levantando una nube de polvo. Se quitó los lentes y se frotó los ojos.
—Entiendo perfectamente lo que dice, Julia. Y lo que es más importante, entiendo lo que no dice.
Se levantó y caminó hacia ella. Su presencia llenaba la sala.
—Julia, necesito que confíes en mí. Voy a examinarte la espalda y las piernas. Puede que te duela un poco.
—¿Para qué? Los doctores dijeron que mi médula está seccionada. Que nunca voy a caminar.
—Los doctores dijeron muchas cosas. Permíteme verificarlo.
Julia asintió, hipnotizada por la seguridad que emanaba de él. Sergio la giró con cuidado. Sus dedos recorrieron su columna vertebral. Empezó por el cuello, bajando vértebra por vértebra. Presionaba, palpaba, buscaba.
—Aquí… ¿sientes?
—Sí, presión.
—¿Aquí?
—Un poco.
—¿Y aquí? —Presionó un punto en la zona lumbar.
—¡Ay! —Julia gritó. Fue un dolor agudo, como un calambre eléctrico.
Sergio retiró la mano inmediatamente, pero en lugar de preocuparse, una sonrisa amplia, casi infantil, iluminó su rostro rudo.
—¡Eso es! —exclamó, golpeando su propia pierna con el puño—. ¡Sentiste dolor!
Julia lo miró con lágrimas en los ojos por el pinchazo.
—¡Me dolió! ¿Por qué te alegras, sádico?
—Porque el dolor es vida, Julia. Si tu médula estuviera completamente cortada como dicen esos papeles basura, no habrías sentido ese pinchazo profundo. Habrías sentido presión, tal vez, pero no dolor agudo. Los nervios están ahí. Están dormidos, están aplastados, están traumatizados… pero no están muertos.
Sergio comenzó a caminar de un lado a otro, emocionado, gesticulando.
—Te han tenido sedada con relajantes musculares potentes. Mira la receta: Diazepam, Baclofeno en dosis de caballo. Eso mantiene tus músculos como gelatina, impidiendo que reaccionen. Te están convirtiendo en un vegetal a propósito.
Julia sentía que el mundo le daba vueltas.
—Espera, Sergio… ¿Cómo sabes todo esto? ¿Cómo sabes de dosis y de nervios? Dijiste que estuviste en la cárcel por homicidio. Dijiste que eras un matón.
Sergio se detuvo en seco. Se quedó de espaldas a ella, mirando por la ventana hacia los campos secos de la hacienda. Sus hombros anchos se tensaron. El silencio se estiró, denso y cargado de secretos.
—No siempre fui “El Toro” —dijo en voz baja, tan baja que Julia tuvo que inclinarse para oírlo—. Antes de la cárcel, antes de los tatuajes, antes de perderlo todo… yo tenía otro nombre. Y otra vida.
Se giró lentamente. Sus ojos estaban húmedos.
—Yo no era albañil, ni mecánico, ni sicario, Julia. Yo era el Doctor Sergio Ramírez. Jefe de Neurocirugía en el Hospital Central.
Julia se quedó boquiabierta. El hombre que tenía enfrente, con su camiseta de tirantes y su aspecto de presidiario, ¿un neurocirujano?
—¿Qué? —fue lo único que pudo articular.
—Es una historia larga —dijo él, sentándose en la mesa de centro frente a ella, quedando a su altura—. Y no es bonita. Pero tienes derecho a saber en manos de quién estás.
Sergio miró sus propias manos, esas manos grandes y fuertes.
—Amaba mi trabajo. Vivía para operar. Salvaba vidas que otros daban por perdidas. Pero trabajaba en un hospital privado muy exclusivo, dirigido por gente que amaba el dinero más que a los pacientes.
Suspiró, y el aire salió de sus pulmones como si fuera humo tóxico.
—Hace siete años, descubrí que el director del hospital estaba comprando implantes de columna y prótesis “piratas”, baratas, de China, y cobrándolas a precio de oro a los seguros. Esos implantes se rompían dentro de la gente, causaban infecciones, parálisis… muerte.
La voz de Sergio se endureció.
—Fui a confrontarlo. Le dije que iba a denunciarlo a la COFEPRIS y a la policía. Me ofreció dinero para callarme. Mucho dinero. Le escupí en la cara.
—¿Y qué pasó? —preguntó Julia, fascinada y horrorizada.
—Pasó que subestimé su poder. Esa misma noche, al salir de mi turno, tres tipos me esperaban en el estacionamiento. Me dieron una paliza. Pero yo me defendí. Crecí en un barrio bravo antes de ser médico, sabía pelear. En el forcejeo, uno de ellos sacó una navaja, se tropezó… y se la clavó él mismo en el cuello. Yo intenté salvarlo, te lo juro, intenté parar la hemorragia con mis manos… pero se murió ahí mismo.
Sergio se pasó la mano por la cara, borrando el recuerdo.
—Cuando llegó la policía, los otros dos dijeron que yo los había atacado. Que yo estaba drogado. El director del hospital movió sus hilos. Desaparecieron las grabaciones de las cámaras. Plantaron drogas en mi coche. Mi abogado de oficio se vendió. El juez era amigo del director.
—Homicidio calificado —susurró Julia, recordando las palabras de Vanessa.
—Exacto. Me quitaron mi licencia médica. Me quitaron mi casa, mi reputación, mi vida. Me echaron a una celda con lo peor de la sociedad. Ahí tuve que convertirme en “El Toro” para sobrevivir. Tuve que aprender a golpear antes de que me golpearan. Pero nunca, nunca olvidé lo que soy.
Sergio levantó la vista y la miró con una intensidad que quemaba.
—Soy médico, Julia. Y te juro por lo más sagrado que no voy a dejar que esa bruja te haga lo mismo que esos tipos me hicieron a mí. No voy a dejar que te ganen.
Julia lloraba abiertamente. Lloraba por la injusticia de la historia de Sergio, pero también lloraba de alivio. No estaba sola con un criminal. Estaba con un ángel guardián disfrazado de demonio.
—¿Crees… crees que pueda volver a caminar? —preguntó ella, con la voz temblorosa de esperanza.
Sergio sonrió, y esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos.
—Va a doler, Julia. Va a doler como el infierno. Vas a odiarme. Vas a gritarme groserías que ni sabías que conocías. Pero si tienes el coraje… sí. Te voy a poner de pie.
Julia se secó las lágrimas con el dorso de la mano y levantó la barbilla, recuperando ese orgullo que había heredado de su padre.
—No tengo miedo al dolor, Sergio. Tengo miedo a rendirme. Empieza cuando quieras.
CAPÍTULO 4: LA TORTURA Y LA ESPERANZA
El “gimnasio” de rehabilitación de la Hacienda San Miguel no tenía máquinas de alta tecnología, ni piscina climatizada, ni pelotas de pilates. Tenía sacos de arroz, ligas viejas de cámara de llanta que Sergio encontró en el granero, y unas barras paralelas que él mismo construyó con tubos de PVC y madera vieja lijada para no dejar astillas.
Había pasado una semana desde la revelación. Una semana en el infierno.
—¡Otra vez! —gritó Sergio. No usaba su voz de médico suave. Usaba su voz de entrenador, firme, inquebrantable.
Julia estaba tendida en una colchoneta en el suelo de la sala. Estaba empapada en sudor, el cabello pegado a la frente, temblando del esfuerzo.
—¡No puedo! —chilló ella—. ¡Me duele demasiado! ¡Siento que se me va a partir la espalda!
—¡Eso es bueno! —respondió él sin piedad—. El dolor es la señal que estamos buscando. ¡Vamos, Julia! ¡Intenta levantar la cadera! ¡Solo un centímetro! ¡Piensa en Vanessa! ¡Piensa en ella riéndose con tu dinero!
La mención de Vanessa fue como gasolina pura. Julia gruñó, apretó los dientes hasta que le rechinaron y concentró toda su furia en su núcleo.
—¡Aaaaaah!
Su cadera se despegó del suelo. Fue apenas un temblor, un movimiento casi imperceptible, tal vez dos centímetros. Pero se movió.
Julia cayó de golpe, jadeando, con el corazón golpeándole las costillas.
Sergio se arrodilló a su lado instantáneamente. Le pasó una toalla húmeda por la frente.
—Lo hiciste —dijo en voz baja, orgulloso—. Lo hiciste, carajo.
—Te odio —jadeó Julia, sonriendo débilmente.
—Lo sé. Ese es mi trabajo ahora. Ser el malo para que tú seas la fuerte.
Esa noche, mientras cenaban (un guisado de papas con carne que Sergio había cocinado), sonó el teléfono celular de Julia. Era el tono específico que le había asignado a Vanessa.
La atmósfera en la cocina cambió de inmediato. El aire se volvió denso.
—Es ella —susurró Julia, mirando el teléfono como si fuera una bomba.
Sergio dejó el tenedor. Su rostro se transformó. La amabilidad desapareció, sus ojos se entornaron, la mandíbula se tensó. Se convirtió en “El Toro” en un segundo.
—Contesta. Pon el altavoz. Y déjame hablar a mí primero. Recuerda: estás mal. Estás deprimida. Estás muriendo.
Julia asintió, respiró hondo y deslizó el dedo.
—¿Hola?
—Julia, querida. —La voz de Vanessa sonaba irritantemente alegre—. ¿Cómo estás? ¿Sigues viva?
Julia miró a Sergio. Él le hizo una señal.
—Estoy… estoy cansada, Vanessa. Me duele todo.
—Ay, pobrecita. Bueno, solo llamaba para ver si todo estaba en orden. ¿Y el cuidador? ¿Cómo se está portando el animal ese?
Sergio se acercó al teléfono y habló. Su voz cambió. Se volvió más tosca, más vulgar, arrastrando las palabras como un vago de barrio.
—Aquí anda la patrona, jefa. —Su actuación era perfecta—. No da lata. Se la pasa chillando y durmiendo. Casi ni come. Yo creo que no aguanta el invierno, la neta. Se ve bien pálida.
Al otro lado de la línea, se escuchó una risita de satisfacción.
—Excelente, Sergio. Me da gusto saber que estás haciendo tu trabajo. Mantenla así. Que no le falte… soledad. ¿Necesitas algo?
—Pues… la neta, se acabó el gas y hace un frío de la fregada. Y la comida pos… ahí vamos. Si me manda unos pesos extra, pos mejor.
—Te depositaré mañana. Cómprate algo bonito. Y Sergio… si deja de respirar en la noche, no te preocupes en llamar a la ambulancia rápido. A veces las líneas fallan, ¿entiendes?
—Entendido, jefa. Usted descanse.
La llamada se cortó.
Sergio y Julia se quedaron mirando el teléfono. La ira de Sergio era palpable; las venas de su cuello estaban hinchadas.
—Maldita sea… —gruñó—. “Si deja de respirar no llames rápido”. Te quiere muerta, Julia. Literalmente.
—Lo sé —dijo Julia, sintiendo un escalofrío—. Pero no le vamos a dar el gusto.
—No. —Sergio golpeó la mesa con el puño—. Escúchame bien. Mañana vamos a duplicar los ejercicios. Y vamos a empezar a retirar los medicamentos. Esas pastillas te están matando lentamente. Te voy a hacer tés de hierbas para el dolor, remedios de mi abuela. Vamos a limpiar tu sistema.
Los días se convirtieron en semanas. La rutina era brutal. Ejercicio, dolor, comida sana, descanso, más ejercicio. Sergio era implacable. No la dejaba autocompadecerse. Cuando Julia lloraba diciendo que no podía más, él le contaba historias de la cárcel, historias de hombres que habían perdido todo y aun así encontraban razones para reír.
Pero no todo era físico. Sergio sabía que para vencer a Vanessa, necesitaban algo más que músculos. Necesitaban información.
Una tarde, mientras Julia descansaba después de una sesión particularmente dura, Sergio desapareció en el piso de arriba de la hacienda. Esa zona estaba llena de polvo y telarañas, cerrada durante años.
Bajó una hora después, cubierto de polvo, con una caja de metal oxidada en las manos.
—¿Qué es eso? —preguntó Julia.
—Estaba en el despacho de tu papá. En el fondo de un armario falso. Tu papá era un hombre precavido, Julia.
Sergio puso la caja en la mesa. Estaba cerrada con un candado viejo.
—¿Tienes la llave? —preguntó él.
Julia negó con la cabeza.
—No importa. —Sergio sacó un clip de su bolsillo, lo desdobló y en cinco segundos, con esa habilidad manual asombrosa, el candado hizo clic.
Abrieron la caja. Dentro no había dinero. Había papeles. Cartas, documentos legales, y una memoria USB.
Julia tomó una de las cartas. La letra era inconfundible. Era de su padre. Estaba fechada una semana antes del accidente.
“Para mi amada Julia,
Si estás leyendo esto, es porque algo me ha pasado. He cometido un error terrible al casarme con Vanessa. He descubierto cosas. Desvíos de dinero, cuentas en las Islas Caimán a su nombre… y algo peor. Creo que me está envenenando. Me siento débil últimamente. He hablado con mi abogado, Artemio, para cambiar el testamento y anular el matrimonio, pero temo que ella lo sepa. He escondido pruebas en esta memoria. Si algo me pasa, no confíes en nadie. Busca a Artemio. Te amo más que a mi vida.”
Julia soltó la carta, temblando.
—Ella lo sabía… Ella sabía que él iba a dejarla. Por eso lo mató. No fue solo por el dinero, fue por desesperación.
Sergio tomó la memoria USB con cuidado.
—Esto es dinamita, Julia. Con esto podemos hundirla. Podemos mandarla a la cárcel por el resto de sus días plásticos.
—¡Tenemos que ir a la policía! ¡Llevame a la ciudad, Sergio!
Sergio negó con la cabeza lentamente.
—No todavía. Si vamos ahora, somos una inválida y un ex convicto contra una viuda millonaria y poderosa. Ella tiene jueces comprados, abogados caros. Si aparecemos con esto, esa memoria va a “desaparecer” en la delegación y nosotros vamos a aparecer en una zanja.
Se inclinó hacia ella, tomándola de las manos.
—Tenemos que ser inteligentes. Tenemos que esperar el momento perfecto. Tienes que recuperarte. El día que entremos a esa empresa, o a la fiscalía, tú vas a entrar caminando. Vas a entrar de pie, mirándola a los ojos. Y yo voy a estar a tu lado.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Julia.
—Dame tres meses. En tres meses te prometo que vas a caminar.
El tiempo pasó. La hacienda, antes una prisión, se convirtió en un santuario.
Julia dejó las pastillas. Los dolores de abstinencia fueron terribles; sudores fríos, temblores, pesadillas. Pero Sergio no se separó de su lado ni un momento. Le limpiaba el sudor, le daba caldos nutritivos, le cantaba canciones viejas con su voz desafinada para distraerla.
Su cuerpo empezó a cambiar. Sus piernas, antes flacas y atróficas, empezaron a ganar un poco de tono muscular. Su color de piel pasó del gris pálido a un tono saludable, besado por el sol que tomaba en el patio.
Un día, tres meses después de su llegada.
Estaban en las barras paralelas. Julia estaba de pie, sosteniéndose con fuerza de los tubos de PVC. Sus brazos temblaban, pero sus piernas… sus piernas la sostenían.
—Suéltate un poco —dijo Sergio, parado a un metro de distancia, listo para atraparla si caía.
—Tengo miedo.
—El miedo es bueno. Te mantiene alerta. Suelta una mano.
Julia soltó la mano derecha. Se tambaleó, pero corrigió la postura.
—Ahora la otra. Solo por un segundo.
Julia respiró hondo. Cerró los ojos. Visualizó a su padre. Visualizó a Vanessa.
Soltó la mano izquierda.
Uno. Dos. Tres segundos.
Estaba de pie. Sola. Sin apoyo.
Abrió los ojos y miró a Sergio. El gigante estaba llorando. Las lágrimas corrían libremente por su cara tatuada.
—Lo estás haciendo, Julia. Estás de pie.
Las piernas le fallaron. Cayó hacia adelante, pero Sergio estaba ahí. La atrapó en el aire, envolviéndola en un abrazo de oso, fuerte, seguro.
—¡Lo hice! ¡Lo hice! —gritaba Julia, riendo y llorando al mismo tiempo en su pecho.
Sergio la apretó contra él. Olía a sudor, a madera y a esperanza.
—Lo hiciste, guerrera. Ahora empieza la segunda fase.
—¿Cuál es la segunda fase? —preguntó ella, levantando la vista hacia él.
Los ojos de Sergio se oscurecieron. La mirada del médico desapareció y volvió la mirada de “El Toro”, pero esta vez, dirigida hacia el enemigo.
—La venganza. Vamos a preparar tu regreso. Y va a ser un espectáculo que esa bruja nunca olvidará. Pero necesitamos un aliado más. Necesitamos encontrar a ese abogado, Artemio. Y necesitamos que nadie sepa que puedes caminar. Para el mundo, sigues siendo la inválida moribunda.
Julia sonrió, y por primera vez, su sonrisa tuvo un filo peligroso, idéntico al de su padre cuando cerraba un negocio difícil.
—Me gusta. Vamos a cazar a la víbora.
En ese momento, el sonido de un claxon interrumpió el momento. Un auto se acercaba por el camino de tierra.
Sergio corrió a la ventana.
—Es un coche negro. Caro. No es Vanessa.
Julia se tensó.
—¿Quién es?
—No lo sé. —Sergio sacó un viejo bate de béisbol que tenía escondido detrás de la puerta—. Rápido, a la cama. Hazte la muerta. Yo me encargo.
Julia se arrastró a la cama (fingiendo incapacidad) y se cubrió. El corazón le latía en la garganta.
Sergio abrió la puerta principal justo cuando el visitante iba a tocar.
Era un hombre joven, de traje, con lentes y cara de preocupación.
—¿Busca a alguien? —gruñó Sergio, bloqueando la entrada con su cuerpo masivo.
—Busco a Julia… a la señorita Julia. Soy Artemio, el abogado de su padre. Me dijeron que estaba aquí. Necesito saber si está viva.
Sergio y Julia intercambiaron una mirada rápida desde la distancia. El destino acababa de tocar a su puerta. El juego había comenzado de verdad.
CAPÍTULO 5: LA ALIANZA EN LAS SOMBRAS
El aire en el umbral de la puerta se sentía eléctrico, cargado de una tensión que podía cortarse con un cuchillo. Sergio, con su metro noventa y tantos de estatura y el bate de béisbol apretado en su mano derecha, bloqueaba la entrada como un cerbero protegiendo las puertas del infierno. Sus músculos estaban tensos bajo la camiseta de tirantes, y la cicatriz en su ceja parecía latir con furia contenida.
Frente a él, el joven de traje impecable tragó saliva ruidosamente. Se ajustó los lentes de montura fina con un dedo tembloroso, claramente intimidado por la montaña humana que tenía delante, pero no retrocedió. Eso le ganó un punto de respeto en el libro mental de Sergio.
—Repito la pregunta, catrín —gruñó Sergio, su voz bajando una octava para sonar más amenazante—. ¿A qué vino? Y más le vale que la respuesta sea buena, porque mi paciencia es tan corta como mi libertad condicional.
El joven, Artemio, levantó las manos en un gesto de paz, mostrando las palmas vacías.
—Señor… escuche. No vengo de parte de la señora Vanessa. De hecho, si ella supiera que estoy aquí, probablemente yo amanecería en una zanja mañana. Soy Artemio Del Valle, el abogado personal de Don Ricardo, el padre de Julia. Él me nombró albacea del fideicomiso secreto que protege a su hija.
Sergio no bajó el bate. Entornó los ojos, escaneando al hombre. Zapatos italianos llenos de polvo de la carretera, un portafolios de cuero gastado, y ojos… ojos que reflejaban una preocupación genuina, no la codicia fría de Vanessa.
—¿Fideicomiso secreto? —repitió Sergio, masticando las palabras—. La bruja dice que ella controla todo.
—Ella cree que controla todo —corrigió Artemio con un destello de desafío—. Pero Ricardo era más listo. Dejó instrucciones. Si algo le pasaba, yo debía esperar seis meses para actuar. Un candado de seguridad. El plazo se cumplió ayer. He estado buscando a Julia por toda la ciudad. Fui a la casa de Lomas y los sirvientes me dijeron que la habían traído aquí “a morir”. Necesito verla. Necesito saber si sigue con nosotros.
Desde la penumbra de la habitación del fondo, Julia escuchaba todo. El corazón le martilleaba contra las costillas. Reconocía esa voz. Artemio había sido el pasante favorito de su padre, un chico brillante y honesto que Ricardo había tratado como a un hijo.
—¡Sergio! —gritó ella desde la cama, asegurándose de que su voz sonara débil pero audible—. ¡Déjalo pasar! ¡Es de confianza!
Sergio dudó un segundo más, evaluando el perímetro por si había alguien más escondido en el coche negro. Al confirmar que Artemio estaba solo, bajó el bate lentamente y se hizo a un lado.
—Pásale. Pero te advierto una cosa, licenciado: haces un movimiento brusco, sacas un teléfono o intentas algo raro, y te juro por mi madre que no sales caminando de aquí.
—Entendido —dijo Artemio, pasando rápidamente al interior de la hacienda.
El contraste entre el sol cegador del exterior y la penumbra fresca del interior lo dejó ciego unos segundos. Cuando sus ojos se adaptaron, vio la sala rústica, limpia pero humilde, y al fondo, la puerta abierta de la habitación.
Artemio corrió hacia allá. Al entrar, vio a Julia recostada en la cama, cubierta con una colcha de parches. Se veía pálida (aunque era en parte actuación) y delgada.
—¡Dios mío, Julia! —Artemio se arrodilló junto a la cama, dejando caer el portafolios—. Mira dónde te tienen… parece una celda. Perdóname por tardar tanto. Tuve que esquivar a los abogados de Vanessa, me tienen vigilado.
Julia le tomó la mano. La mano de Artemio estaba fría y sudorosa.
—Estoy bien, Arte. Mejor de lo que parece.
Artemio miró alrededor, sus ojos llenos de indignación.
—Esto es inhumano. Voy a llamar a la policía ahora mismo. Te sacaremos de aquí, te llevaré a un hospital privado de verdad y meteremos a esa mujer a la cárcel por negligencia y secuestro. Y a este… —señaló a Sergio con la cabeza— a este carcelero también.
Sergio, recargado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, soltó un bufido sarcástico.
—Aguanta tus caballos, licenciado. Si llamas a la policía, nos matas a todos.
Artemio se giró, furioso.
—¡Tú cállate! Sé quién eres. Sergio Ramírez. El médico asesino. Vanessa te contrató para terminar el trabajo, ¿verdad?
Fue entonces cuando Julia decidió que era hora de la verdad.
—Artemio, cállate y mira —dijo ella con autoridad.
Con un movimiento fluido que desafiaba todos los informes médicos que Artemio había leído, Julia apartó las cobijas. Giró las piernas hacia el borde de la cama. Apoyó los pies descalzos en el suelo de madera.
Y se puso de pie.
Artemio se quedó paralizado, con la boca abierta, como si estuviera viendo un fantasma. Se le cayeron los lentes al suelo.
—Pero… pero el reporte… decían que tu médula… decían que eras vegetal…
Julia caminó hacia él. Sus pasos eran lentos, todavía un poco vacilantes, pero firmes. Se paró frente a su amigo, quedando a su altura.
—Vanessa quería un vegetal. Sergio me devolvió las piernas.
Artemio miró a Sergio, luego a Julia, y luego a Sergio otra vez. La comprensión empezó a amanecer en su rostro, reemplazando el miedo por asombro.
—¿Tú… tú la curaste? —tartamudeó, dirigiéndose al gigante.
—Yo solo la empujé —dijo Sergio encogiéndose de hombros, restándose importancia—. Ella hizo el trabajo sucio. Tiene más agallas que cualquier hombre que haya conocido en el penal.
Julia puso una mano en el hombro de Artemio.
—Sergio no es mi carcelero, Artemio. Es mi aliado. Me salvó la vida cuando Vanessa me dejó aquí para pudrirme. Me alimentó, me limpió y me rehabilitó a escondidas.
Artemio, un hombre de leyes, de lógica y hechos, se quitó el saco y se aflojó la corbata, dejándose caer en una silla vieja.
—Esto… esto cambia todo. —Se pasó las manos por el cabello—. Julia, si puedes caminar, si estás lúcida… Vanessa está acabada. Pero tenemos que ser muy cuidadosos.
—Lo sabemos —dijo Sergio, acercando una silla para unirse al círculo—. Por eso no hemos ido a la policía. Esa mujer tiene el dinero y el poder. Si sabe que Julia está bien antes de que estemos listos para atacar, va a mandar a alguien más competente que yo para terminar el trabajo.
Artemio asintió, recuperando su compostura profesional. Abrió su portafolios y sacó un legajo de documentos y una laptop.
—Tienen razón. La situación es crítica. Vanessa ha convocado a una Junta Extraordinaria de Accionistas para dentro de tres semanas. El 15 de noviembre.
—¿Para qué? —preguntó Julia.
—Para declararte mentalmente incompetente de forma definitiva y asumir el control total de Inmobiliaria Monarca. Ha presentado informes médicos falsos, sobornado a dos psiquiatras… quiere el poder absoluto para vender la empresa a un consorcio extranjero y largarse del país con el dinero.
—Maldita… —susurró Julia.
—Pero hay algo que ella no sabe —Artemio sonrió, una sonrisa de tiburón legal—. Tu padre dejó una cláusula en los estatutos de la empresa. La “Cláusula del Heredero Presente”. Si el heredero directo (tú) se presenta en la junta, capaz de tomar decisiones, cualquier poder notarial o tutela queda anulado automáticamente frente al consejo.
Sergio soltó una carcajada seca.
—O sea que si Julia entra por esa puerta caminando y hablando, ¿se le cae el teatrito?
—Se le cae todo. Pero tiene que ser en esa junta. Es el único momento legal donde ella no puede impedirnos la entrada si llegamos con las acciones en mano.
Julia miró a Sergio. Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y emoción.
—Tenemos tres semanas.
—Es poco tiempo —dijo Sergio, analizando a Julia con ojo clínico—. Caminas, sí. Pero te cansas rápido. Necesitas resistencia. Necesitas poder pararte frente a un consejo de viejos lobos de mar y una víbora venenosa sin temblar, sin titubear, y con tacones altos.
—¿Tacones? —preguntó Julia.
—Claro. No vas a entrar en pantuflas. Vas a entrar como la dueña. Imponente. —Sergio miró a Artemio—. Licenciado, ¿usted puede conseguirnos cosas sin que nadie se entere? Ropa, vitaminas específicas, tal vez un poco de equipo mejor que mis sacos de arroz.
—Puedo conseguir lo que sea —dijo Artemio—. Tengo acceso a las cuentas de emergencia de Ricardo que Vanessa no conoce.
—Bien. —Sergio se puso de pie, su sombra proyectándose enorme sobre la mesa—. Entonces tenemos un plan. Operación Lázaro. Vamos a levantar a los muertos.
Durante las siguientes horas, la hacienda se convirtió en un cuartel de guerra. Revisaron los documentos que Sergio había encontrado en la caja fuerte. Artemio casi llora al ver la memoria USB.
—Con esto… con esto no solo recuperamos la empresa —dijo Artemio, con la voz temblorosa de emoción al ver los archivos de contabilidad real—. Con esto la metemos a la cárcel por fraude fiscal, lavado de dinero y administración fraudulenta. Y si sumamos el testimonio de Sergio sobre la negligencia médica… se va a pudrir en Santa Martha Acatitla.
—Pero primero la destrozamos en público —dijo Julia, con una frialdad que sorprendió a los dos hombres—. Quiero ver su cara cuando me vea. Quiero que sienta el miedo que yo sentí cuando me cortó los frenos.
La alianza estaba sellada. Un abogado honesto, un médico convicto y una heredera renacida. Tres piezas rotas que juntas formaban una máquina imparable.
CAPÍTULO 6: LA METAMORFOSIS DEL DOLOR
Las siguientes tres semanas fueron un borrón de dolor, sudor y determinación férrea. La Hacienda San Miguel dejó de ser un refugio para convertirse en un campo de entrenamiento espartano.
Sergio no tuvo piedad. Si antes era exigente, ahora era un tirano benevolente.
—¡Espalda recta, Julia! ¡Cabeza arriba! —le gritaba mientras ella caminaba por el pasillo irregular de piedra del patio—. ¡No mires al suelo! ¡La realeza no mira dónde pisa porque sabe que el suelo no se va a mover!
Artemio llegaba cada tres días, siempre de noche, siempre cambiando de coche para no ser seguido. Traía suministros: suplementos proteicos de alta calidad, pesas reales, y lo más importante: el arsenal de guerra de Julia. Vestidos, trajes sastres y zapatos.
La primera vez que Julia intentó ponerse unos tacones de diez centímetros, casi se rompe el tobillo.
—¡Ahhh! —gritó, cayendo sobre la colchoneta.
—Esto es estúpido, Sergio. ¡No necesito tacones para dirigir una empresa!
Sergio la ayudó a levantarse, pero no la dejó quitarse los zapatos.
—No se trata de los zapatos, Julia. Se trata de la postura. El tacón te obliga a tensar las pantorrillas, a arquear la espalda, a proyectar el pecho. Cambia tu centro de gravedad. Te hace ver poderosa. Vanessa usa tacones hasta para ir al baño. Si llegas en tenis, ya perdiste la batalla psicológica antes de abrir la boca.
Así que Julia practicó. Caminaba de un extremo a otro de la sala, horas y horas, hasta que sus pies sangraban y Sergio tenía que curarle las ampollas con delicadeza por las noches.
—Lo estás haciendo bien —le susurraba él mientras le vendaba los pies—. Eres más fuerte de lo que crees.
Hubo momentos de duda. Noches en las que el dolor de la columna regresaba, fantasmas del accidente que la hacían despertar gritando. En esas noches, Sergio estaba ahí. No entraba a su cama, pero se sentaba a su lado, le tomaba la mano y le contaba historias de su vida antes de la tragedia, o simplemente permanecían en silencio, compartiendo esa soledad acompañada que había nacido entre ellos.
Una tarde, una semana antes del Día D, el teléfono sonó. Era Vanessa.
Julia y Sergio intercambiaron una mirada. El ritual de engaño comenzaba.
—¿Bueno? —contestó Sergio, poniendo su voz de “El Toro”.
—Sergio, ¿cómo va todo? —La voz de Vanessa sonaba tensa, apresurada—. ¿Sigue viva?
—Apenas, jefa. Ya no come nada. Se la pasa durmiendo. Yo creo que ya está en las últimas. Tiene mucha fiebre.
—Perfecto. —El alivio en la voz de Vanessa fue palpable—. Escucha bien. El día 15 voy a mandar a un médico de mi confianza para que certifique… la situación. Necesito que ese día la tengas lista. Limpia, pero… ya sabes. Que se vea que no hay esperanza. Después de eso, te daré tu bono y podrás largarte a donde quieras.
—Entendido, patrona. Aquí la espero.
Colgaron. Sergio apretó el teléfono hasta que el plástico crujió.
—Va a mandar a alguien el mismo día de la junta para asegurarse de que no aparezcas. Quiere tener el certificado de defunción o de incapacidad total listo para presentarlo en la reunión a las 10:00 AM.
—Entonces tenemos que salir antes —dijo Julia—. Tenemos que estar en la ciudad antes de que su “médico” llegue aquí y se dé cuenta de que la cama está vacía.
—Saldremos de madrugada —decidió Sergio—. Artemio vendrá por nosotros a las 4:00 AM.
La noche antes de la partida fue extraña. La hacienda estaba en silencio, pero ya no era un silencio aterrador. Era un silencio de despedida. Julia se probó el atuendo que había elegido para su regreso: un traje sastre blanco impecable, cortado a la medida, que la hacía lucir como un ángel vengador. Se soltó el cabello, que había crecido y brillaba gracias a los cuidados y la buena alimentación. Se maquilló ligeramente, ocultando las ojeras de las noches sin dormir.
Se miró en el espejo de cuerpo entero que Artemio había traído.
La chica que le devolvía la mirada no era la niña asustada de hace seis meses. No era la inválida rota. Era una mujer. Tenía una mirada dura, una mandíbula firme y una postura de acero.
Sergio apareció detrás de ella en el reflejo. Él también había cambiado. Se había afeitado la barba por completo, dejando ver un rostro fuerte y noble. Llevaba un traje oscuro que Artemio le había conseguido (aunque le quedaba un poco ajustado en los hombros masivos), ocultando sus tatuajes. Ya no parecía un presidiario. Parecía un guardaespaldas de élite, o mejor aún, el doctor que solía ser.
—Te ves… —Sergio se detuvo, buscando la palabra, su voz atrapada en la garganta—. Te ves invencible, Julia.
Julia se giró y lo miró. Por un momento, la distancia entre ellos desapareció. Había una tensión magnética, un agradecimiento tan profundo que rozaba el amor, pero un amor forjado en el fuego de la supervivencia, algo más fuerte que el romance simple.
—No lo hice sola, Sergio. Tú me reconstruiste. —Ella levantó la mano y tocó suavemente la cicatriz en su ceja—. Pase lo que pase mañana… gracias.
Sergio cerró los ojos al contacto de su mano, respirando hondo.
—Mañana recuperas tu vida, Julia. Y yo… bueno, yo cumpliré mi promesa.
—Tú vienes conmigo. No te vas a ir a ningún lado. Eres parte de esto.
—Julia, soy un ex convicto. En ese mundo tuyo de cristal y corbatas, yo soy una mancha. Cuando recuperes la empresa, no puedes tener a “El Toro” a tu lado.
—No quiero a “El Toro”. Quiero al Doctor Sergio Ramírez. Y vamos a limpiar tu nombre también. Ese es mi trato.
Sergio asintió lentamente, aunque en sus ojos había una duda persistente. Sabía que el mundo real era cruel, mucho más cruel que la burbuja que habían creado en la hacienda.
A las 4:00 AM en punto, los faros del coche de Artemio barrieron el patio.
La salida fue rápida y silenciosa. Julia echó un último vistazo a la habitación que había sido su celda y su crisálida. Dejó la silla de ruedas vieja en el centro del cuarto, vacía, como un monumento a su pasado.
Subieron al coche. Artemio conducía, Sergio iba de copiloto, alerta a cualquier peligro, y Julia iba atrás, repasando mentalmente su discurso y los documentos legales.
El viaje hacia la Ciudad de México fue tenso. A medida que el sol salía, iluminando los volcanes a lo lejos, el tráfico comenzaba a espesarse. La civilización los recibía con ruido, smog y caos. Para Julia, después de meses de aislamiento, fue un choque sensorial abrumador, pero no dejó que el miedo la dominara.
Llegaron a la zona financiera de Santa Fe a las 9:00 AM. El edificio de Inmobiliaria Monarca se alzaba imponente, un rascacielos de cristal y acero que reflejaba el cielo azul.
Había prensa en la entrada. Vanessa se había asegurado de convertir la junta en un evento mediático para anunciar la “nueva era” de la empresa y, seguramente, anunciar con falsa tristeza el deterioro de su hijastra.
Artemio detuvo el coche en una entrada lateral, lejos de las cámaras.
—Esta puerta da acceso directo a los elevadores ejecutivos. Mi tarjeta sigue activa. —Artemio se giró hacia ellos. Estaba sudando, pero sonreía—. ¿Listos?
Sergio bajó primero. Se ajustó el saco, miró a todos lados y abrió la puerta trasera. Le tendió la mano a Julia.
—Hora del show, jefa.
Julia tomó su mano. Sintió la callosidad de su palma, la fuerza de su agarre. Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire acondicionado y determinación.
Bajó del auto. Sus tacones golpearon el asfalto. Clac. Un sonido firme.
Se irguió en toda su estatura. El dolor en su espalda era un susurro lejano, acallado por la adrenalina.
—Vamos por ella —dijo Julia.
El trío avanzó hacia el elevador. Artemio, el cerebro legal. Sergio, la fuerza protectora. Y Julia, la reina que regresaba a reclamar su trono.
Arriba, en el piso 40, en la sala de juntas principal, Vanessa estaba de pie frente a doce hombres de negocios serios, con una copa de agua en la mano y una expresión de falsa pesadumbre ensayada frente al espejo.
—Caballeros —dijo Vanessa con voz suave—, les agradezco que estén aquí en este momento tan difícil para mí. Como saben, la salud de mi querida Julia ha… empeorado drásticamente. Los médicos dicen que es cuestión de días. Por el bien de la empresa y para proteger el legado de mi difunto esposo, debo asumir la presidencia total hoy mismo…
Vanessa no sabía que el elevador estaba subiendo. No sabía que el marcador estaba a punto de cambiar. No sabía que su peor pesadilla estaba a solo cuarenta pisos de distancia, y subía a tres metros por segundo.
CAPÍTULO 7: EL JUICIO DE FUEGO
El elevador ascendía con un zumbido casi imperceptible, pero para Julia, el sonido era ensordecedor, como el rugido de una turbina antes del despegue. Veía los números de los pisos cambiar en el panel digital: 35… 36… 37… Cada número la acercaba más al cielo de la ciudad y al infierno de su madrastra.
El interior de la cabina de acero inoxidable reflejaba a tres figuras que parecían salidas de una película de espías. Artemio, revisando frenéticamente los últimos documentos en su tablet, secándose el sudor de la frente con un pañuelo. Sergio, inmóvil como una roca, con las manos cruzadas delante de él, escaneando el espacio reducido como si esperara un ataque sorpresa, emanando una energía de protección feroz. Y ella. Julia.
Se miró en el metal pulido. Su traje sastre blanco era una armadura de luz. Sus labios estaban pintados de un rojo carmín desafiante. Pero por dentro, sus rodillas, esas rodillas que Sergio había reconstruido con dolor y paciencia, temblaban ligeramente.
—Tengo miedo —confesó en un susurro, rompiendo el silencio tenso.
Sergio no se giró, pero su mano grande y cálida buscó la de ella y la apretó con firmeza.
—El miedo es combustible, Julia. Úsalo. No eres la niña que salió en camilla. Eres la dueña de todo esto. Y recuerda: no estás sola. Si ella intenta algo, yo seré tu escudo.
—Y yo tu espada legal —añadió Artemio, acomodándose los lentes—. Tenemos la ley, tenemos la verdad y tenemos el elemento sorpresa. Ella cree que estás muriendo en un rancho sin señal.
Ding.
El elevador se detuvo en el piso 40. Las puertas se abrieron suavemente.
El vestíbulo de la presidencia era todo lujo corporativo: alfombras gruesas, arte moderno pretencioso en las paredes y una recepcionista joven que levantó la vista, aburrida, para luego abrir los ojos como platos al reconocer a la “inválida moribunda”.
—Señorita Julia… —balbuceó la recepcionista, poniéndose de pie de un salto y tirando su café—. Pero… la señora Vanessa dijo que usted estaba…
—¿Indispuesta? —la cortó Julia con una sonrisa gélida, sin detener el paso. El sonido de sus tacones sobre el piso de mármol resonó con autoridad. Clac. Clac. Clac.
—¡No pueden pasar! —La chica corrió hacia el intercomunicador—. ¡Están en sesión privada! ¡Tengo órdenes estrictas de no molestar!
Sergio se interpuso suavemente entre la chica y el teléfono. No la tocó, simplemente ocupó el espacio con su inmensidad, bloqueando su acceso con una muralla de músculos y traje negro.
—Shhh… —dijo Sergio con voz tranquila pero intimidante—. Mejor siéntese y disfrute el show, señorita. No querrá ser cómplice de lo que va a pasar ahí dentro, ¿verdad?
La chica, intimidada por la cicatriz en la ceja de Sergio y su presencia abrumadora, se dejó caer en su silla, pálida.
Artemio llegó a las puertas dobles de caoba maciza de la sala de juntas. Eran puertas pesadas, diseñadas para intimidar. Miró a Julia.
—¿Lista?
Julia respiró hondo. Visualizó la cara de su padre. Visualizó los meses de dolor. Visualizó la sopa de fideos que Sergio le preparaba.
—Abre.
Dentro de la sala, la atmósfera era solemne. Doce hombres de trajes grises y azules rodeaban la mesa ovalada. Al frente, Vanessa, vestida de negro riguroso (un luto anticipado de muy mal gusto), fingía secarse una lágrima inexistente.
—Es una tragedia inmensa para mí —decía Vanessa con voz quebrada—. Los médicos me informaron esta mañana que Julia ha entrado en coma. No hay esperanza. Por eso, les pido que votemos para transferir los poderes plenos a mi persona inmediatamente, para evitar que el patrimonio de mi esposo quede congelado. Firme aquí, licenciado Méndez.
El notario de la empresa acercó el libro de actas. Vanessa tomó su pluma Montblanc con dedos ansiosos. La codicia brillaba en sus ojos, ocultando el supuesto dolor. Estaba a milímetros de firmar. A un segundo de ganar.
¡BAM!
Las puertas dobles se abrieron de golpe, golpeando los topes de la pared con un estruendo que hizo saltar a todos los presentes.
Vanessa dio un brinco, manchando el papel con tinta.
En el umbral, recortada por la luz del vestíbulo, estaba Julia. De pie. Erguida. Magnífica.
Detrás de ella, flanqueándola como dos guardianes del infierno, estaban Artemio y Sergio.
El silencio que siguió fue absoluto. Se podría haber escuchado caer un alfiler. Los accionistas se quedaron con la boca abierta. El notario dejó caer la pluma.
Vanessa se puso blanca como el papel. Sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas. Se agarró al borde de la mesa para no caerse, como si estuviera viendo a un fantasma.
—Lamentable… —dijo Julia, su voz clara y potente llenando la sala acústica—. Lamentable es tu actuación, Vanessa. Deberías pedir que te devuelvan el dinero de tus clases de teatro.
Julia avanzó.
Cada paso era una victoria. Caminó hacia la cabecera de la mesa, ignorando las miradas de shock. Sergio caminaba a su lado, escaneando a los presentes, asegurándose de que nadie hiciera un movimiento falso. Artemio cerró las puertas detrás de ellos y se quedó bloqueando la salida.
—¡Es… es imposible! —chilló Vanessa, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Tú estás tullida! ¡Tú estás muriendo! ¡Seguridad! ¡Saquen a esta impostora!
—¡Siéntate! —gritó Julia. El grito fue tan autoritario, tan parecido al tono de Don Ricardo cuando se enojaba, que Vanessa, por puro reflejo condicionado, se desplomó en su silla.
Julia llegó a la cabecera opuesta. Apoyó las manos sobre la mesa de caoba y miró a los accionistas uno por uno.
—Caballeros, lamento la interrupción teatral. Soy Julia Monarca, hija de Ricardo Monarca y dueña mayoritaria de estas acciones. Y como pueden ver, no estoy en coma. No estoy muriendo. Y ciertamente, no soy incompetente.
—Pero… —el Licenciado Méndez, el notario, tartamudeó—, la señora Vanessa presentó informes médicos… certificados de psiquiatría…
—Papel mojado —intervino Artemio, avanzando hacia la mesa y lanzando una carpeta gruesa sobre la superficie pulida. Los documentos se deslizaron hasta detenerse frente al notario—. Informes falsificados. Sobornos. Y lo más grave: intento de homicidio.
Un murmullo de horror recorrió la sala.
Vanessa se levantó de golpe, recuperando su veneno.
—¡Esto es absurdo! ¡Esa niña está drogada! ¡Miren a quién trae! —Señaló a Sergio con un dedo tembloroso y acusador—. ¡Ese hombre es un convicto! ¡Es un asesino! ¡Seguramente la tiene secuestrada y la obligó a venir! ¡Llamen a la policía!
Sergio dio un paso adelante. La luz de la sala iluminó su rostro afeitado y serio. No parecía un criminal. Parecía un juez.
—No hace falta que la llamen, señora —dijo Sergio con su voz profunda—. El licenciado Artemio ya lo hizo. Están subiendo.
Vanessa miró hacia la puerta, presa del pánico.
—¡No les crean! ¡Ella está loca! ¡Se inventó todo! ¡Yo la cuidé! ¡Yo le pagué los mejores médicos!
—¿Ah, sí? —Julia sacó de su bolsillo la memoria USB que habían recuperado de la caja fuerte—. ¿Y también le pagaste al mecánico que cortó los frenos del coche de mi papá?
El color desapareció por completo del rostro de Vanessa.
—¿De… de qué hablas?
—Hablo de esto. —Julia levantó la memoria—. Papá lo sabía. Sabía que le estabas robando. Sabía que lo estabas envenenando poco a poco con arsénico en su comida. Encontró las transferencias a las Islas Caimán. Iba a dejarte, Vanessa. Iba a anular el matrimonio. Por eso manipulaste el coche. Para quedarte con todo antes de que él pudiera firmar el divorcio.
—¡Mentira! ¡Son calumnias! —Vanessa gritaba, histérica, mirando a los accionistas que ahora la veían con horror y asco—. ¡No tienen pruebas!
—Tenemos la carta de mi padre —dijo Julia—. Tenemos los estados de cuenta reales. Y tenemos el testimonio del hombre al que contrataste para “terminar el trabajo”.
Julia miró a Sergio. Él asintió.
—Señores —dijo Sergio, dirigiéndose a la mesa—. Mi nombre es Sergio Ramírez. Fui contratado por esta mujer hace tres meses. Me ofreció dinero y casa a cambio de dejar morir a la señorita Julia en una hacienda abandonada, sin atención médica, sin comida adecuada y aislada del mundo. Me instruyó específicamente para no llamar a emergencias si ella “dejaba de respirar”.
—¡Él es un ex presidiario! —chilló Vanessa—. ¡Su palabra no vale nada!
—Tal vez mi palabra como convicto no —dijo Sergio con calma helada—. Pero tal vez mi palabra como ex Jefe de Neurocirugía del Hospital Central tenga algo de peso cuando presente el peritaje médico de las lesiones de la señorita Julia, que demuestran negligencia criminal y administración forzada de depresores del sistema nervioso para simular parálisis.
El silencio en la sala era total. La revelación de la identidad de Sergio cayó como una bomba.
Vanessa miró a su alrededor. Estaba acorralada. Los accionistas murmuraban, el notario guardaba sus cosas, Artemio sonreía con satisfacción.
Entonces, la máscara se rompió por completo.
Vanessa soltó una carcajada demente.
—¡Malditos! ¡Malditos todos! —Gritó, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Sí! ¡Ojalá se hubiera muerto ese viejo estúpido antes! ¡Y tú, maldita lisiada! ¡Debiste morirte en ese coche! ¡Yo merezco ese dinero! ¡Yo aguanté a tu padre y sus cursilerías! ¡Es mío!
Confesión. Delante de doce testigos y un notario público.
En ese momento, las puertas se abrieron de nuevo. Cuatro oficiales de policía y dos agentes del Ministerio Público entraron, armas en mano.
—Vanessa Romo —dijo el agente al mando—. Queda detenida por fraude, administración fraudulenta y tentativa de homicidio.
Vanessa intentó correr hacia la ventana, tal vez pensando en una salida dramática, o simplemente por instinto de rata acorralada, pero Sergio fue más rápido. Con dos zancadas largas, la interceptó y le sujetó el brazo con firmeza, sin lastimarla, pero inmovilizándola por completo.
—Se acabó, jefa —le susurró al oído—. Game over.
Mientras los policías esposaban a una Vanessa que pataleaba, escupía maldiciones y lloraba rímel negro, Julia se dejó caer en la silla de la presidencia. Sus piernas, por fin, cedieron al cansancio. Pero no era un cansancio de derrota. Era el dulce agotamiento de la victoria.
Artemio se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Lo lograste, Julia. La empresa está a salvo. Tu padre descansa en paz.
Julia miró cómo se llevaban a su madrastra arrastrando por el pasillo. Luego, buscó con la mirada a Sergio. Él estaba en un rincón, hablando con el jefe de policía, entregando una declaración escrita. Se veía cansado, pero sus hombros ya no cargaban el peso del mundo.
CAPÍTULO 8: CICATRICES Y NUEVOS COMIENZOS
El caos mediático duró semanas. “EL ESCÁNDALO MONARCA”, titulaban los periódicos. “LA VIUDA NEGRA Y LA HEREDERA MILAGROSA”. La historia de cómo Julia había regresado de entre los muertos para desenmascarar a su madrastra se convirtió en la comidilla de todo México.
Vanessa fue procesada rápidamente. Con la evidencia de la memoria USB, el testimonio de los accionistas sobre su confesión a gritos, y los peritajes médicos de Sergio, no tuvo escapatoria. Fue sentenciada a 40 años de prisión en Santa Martha Acatitla, sin derecho a fianza. Sus cuentas fueron congeladas y el dinero que había robado fue devuelto a la empresa.
Pero para Julia, el verdadero reto comenzó cuando se apagaron los flashes de las cámaras.
Un mes después del arresto, Julia estaba en el despacho de su padre. Ahora era su despacho. Había redecorado un poco, quitando las cortinas pesadas para dejar entrar la luz del sol.
Estaba firmando unos documentos cuando escuchó un toque tímido en la puerta.
—Adelante.
Era Sergio.
Julia sonrió al verlo. Ya no llevaba trajes prestados que le quedaban chicos. Llevaba una camisa blanca arremangada y pantalones de vestir. Se veía guapo, digno. Pero tenía una maleta en la mano.
La sonrisa de Julia se congeló.
—¿Qué es eso, Sergio?
Sergio entró y cerró la puerta. No se sentó. Se quedó de pie, jugueteando con el asa de la maleta.
—Vengo a despedirme, Julia.
—¿Qué? —Julia se levantó de golpe, ignorando el leve pinchazo en su espalda—. ¿De qué hablas?
—El trato se cumplió —dijo él, mirando al suelo—. Vanessa está en la cárcel. Tú recuperaste tu empresa, tu salud y tu vida. Mi trabajo aquí terminó.
—Tu trabajo… —Julia rodeó el escritorio y se plantó frente a él—. ¿Crees que esto fue solo un trabajo?
—Julia, mírame. —Sergio señaló su propia cara, sus tatuajes ocultos bajo la camisa—. Soy un ex convicto. Tengo antecedentes penales. No puedo ser la sombra de la presidenta de una de las inmobiliarias más grandes de México. Te hago daño con mi presencia. La prensa va a empezar a indagar quién soy, van a sacar mi pasado… van a decir que tu “héroe” es un asesino.
—Que digan lo que quieran.
—No es tan simple. Tú perteneces a este mundo. —Señaló la oficina de lujo—. Yo pertenezco… a otro lado. Tal vez regrese al pueblo, ponga un taller mecánico o algo.
Julia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No podía creer que, después de todo lo que habían pasado, él se rindiera ahora por el “qué dirán”.
—¿Y qué pasa con el Doctor Sergio Ramírez? —preguntó ella suavemente—. ¿También vas a abandonarlo a él?
Sergio suspiró con dolor.
—Ese hombre murió en la cárcel, Julia. No tengo licencia. Nadie me va a contratar.
Julia caminó hacia su escritorio, abrió un cajón y sacó un sobre grueso con el sello oficial de la Secretaría de Salud y otro de un bufete de abogados penalistas de alto nivel.
—Artemio ha estado ocupado —dijo ella, extendiéndole el sobre.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo.
Sergio dejó la maleta y tomó el sobre. Sus manos grandes temblaron al rasgar el papel. Sacó los documentos.
Sus ojos se movieron rápidamente por el texto. Se detuvo. Leyó de nuevo. Se llevó una mano a la boca.
—Esto… esto no puede ser.
—Es una exoneración completa —explicó Julia—. Artemio rastreó el caso original. Encontramos al juez que te sentenció; resulta que tenía cuentas bancarias pagadas por el mismo director de hospital que te arruinó. Con la caída de Vanessa y sus conexiones, muchas ratas empezaron a hablar. Se probó que fue defensa propia. Se probó la corrupción.
Julia dio un paso más cerca.
—Tu licencia médica ha sido restituida, Sergio. Eres libre. Eres inocente ante la ley. Y eres doctor otra vez.
Sergio dejó caer los papeles. Las lágrimas corrían por su rostro, mojando su camisa. Cayó de rodillas al suelo, abrumado por el peso de siete años de injusticia que se levantaban de sus hombros en un instante. Lloró como un niño, con sollozos profundos y desgarradores.
Julia se arrodilló junto a él y lo abrazó. Lo sostuvo mientras él sacaba todo el dolor.
—No estás solo, Sergio. Nunca más vas a estar solo.
Cuando Sergio se calmó, se quedaron ahí, sentados en la alfombra cara del despacho.
—Y ahora… —dijo él, con la voz ronca pero con una luz nueva en los ojos—, ¿qué hago? No tengo hospital.
—Bueno —dijo Julia, secándole una lágrima con el pulgar—, resulta que la dueña de Inmobiliaria Monarca tiene un proyecto nuevo. Quiero abrir una fundación. Un centro de rehabilitación gratuito para personas de bajos recursos que han sufrido accidentes graves. Gente que no puede pagar las cirugías que yo tuve.
Julia lo miró a los ojos, esos ojos oscuros que la habían visto en su peor momento y nunca parpadearon.
—Necesito un director médico. Alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos. Alguien que entienda que el dolor es vida. Alguien que haga milagros con sacos de arroz si es necesario. ¿Conoces a alguien?
Sergio sonrió. Una sonrisa completa, radiante, libre.
—Creo que conozco al tipo. Es medio gruñón, le gusta el café de olla y cocina unos huevos revueltos terribles, pero es buen cirujano.
—Suena perfecto —dijo Julia.
Se acercaron. La tensión que había estado ahí durante meses, oculta bajo capas de miedo y supervivencia, finalmente salió a la luz. Sergio acunó el rostro de Julia en sus manos grandes y gentiles.
—Gracias, jefa.
—Gracias a ti, doctor.
Se besaron. Fue un beso suave, lento, con sabor a promesas cumplidas y a futuro brillante. No era el final de la historia. Era el comienzo de la verdadera vida de ambos.
Afuera, la Ciudad de México seguía su curso caótico y ruidoso. Pero dentro de esa oficina, dos supervivientes habían encontrado su paz. Vanessa se pudriría en la cárcel, el dinero iba y venía, pero lo que ellos tenían —lealtad, coraje y amor— eso era para siempre.
FIN