
PARTE 1
CAPÍTULO 1: El precio de una vida entera
El sol de Guadalajara a las doce del día no perdona; cae a plomo, pica en la nuca y hace que el aire tiemble sobre el asfalto de la Calzada Independencia. Pero aquel martes de abril, yo no sentía el calor. Sentía un frío que me nacía desde los huesos, un frío de morgue que me recorría la espina dorsal y me entumía los dedos de las manos.
Estábamos sentados en una banca de madera dura, barnizada y resbalosa, en el pasillo del Juzgado de lo Familiar. El ruido ambiente era una mezcla de murmullos nerviosos, llantos de niños aburridos y el taconeo incesante de abogados con prisa que cargaban expedientes como si cargaran vidas ajenas bajo el brazo.
A mi lado, separado por apenas treinta centímetros de aire viciado, estaba Rafael.
Mi Rafael. O al menos, el que había sido mío durante treinta y siete años.
Llevaba puesta su camisa de los domingos, esa de cuadros azules que yo misma le había planchado la noche anterior, rociándola con almidón para que el cuello quedara firme, tal como a él le gustaba. Qué ironía tan cruel, pensé mientras me miraba las manos arrugadas sobre el regazo. Hasta para venir a divorciarse de mí, yo lo había arreglado. Hasta para dejarme, yo me aseguré de que se viera bien.
—Doña María, Don Rafael —llamó el secretario con voz gangosa, sin siquiera levantar la vista de sus papeles—. Pasen a firmar.
Esas tres palabras resonaron como una sentencia de muerte. Me levanté con las piernas temblorosas. Sentía que las rodillas se me iban a doblar al revés, como las de los flamencos. Rafael se puso de pie de un salto, ágil, o al menos eso aparentaba. No me miró. Llevaba meses sin mirarme realmente a los ojos. Miraba mi frente, mi oreja, o un punto imaginario detrás de mi cabeza, pero nunca a mis pupilas. Como si tuviera miedo de ver lo que había roto adentro de mí.
Entramos a la oficina. Olía a papel viejo, a polvo y a café quemado. El juez, un hombre calvo con cara de aburrimiento, nos indicó dónde sentarnos.
—Bien, ya está todo acordado —dijo el juez, hojeando el expediente como quien revisa la lista del supermercado—. Divorcio voluntario. Bienes separados. No hay pensión alimenticia solicitada por la cónyuge, ¿es correcto?
Sentí un nudo en la garganta. Yo no había pedido nada porque mi orgullo era lo único que me quedaba intacto, aunque estuviera remendado. Rafael había insistido en que “arreglaríamos las cosas por fuera”, que él no me dejaría desamparada, pero legalmente, yo estaba renunciando a todo. A la casa que construimos ladrillo por ladrillo en la colonia Santa Tere, a los ahorros que él manejaba porque “él sabía de cuentas”, a la camioneta vieja.
—Es correcto —susurré. Mi voz sonó ajena, como la de una niña asustada.
—Firme aquí, señora.
Tomé la pluma. Una pluma corriente, de plástico negro, mordisqueada en la punta. Mi mano temblaba tanto que tuve que sostener mi muñeca derecha con la mano izquierda para poder escribir “María González”.
Al ver mi firma en ese papel, tuve un flashback violento. Vi mi mano joven, tersa, con las uñas pintadas de rosa pálido, firmando el acta de matrimonio hacía casi cuatro décadas. Recordé la música de mariachi, el sabor del mole, la promesa de “en la salud y en la enfermedad”. Recordé la noche de bodas en un hotelito de Chapala, con el miedo y la emoción mezclados en el estómago.
Y ahora, esa misma firma servía para borrarlo todo. Treinta y siete años de lavar ropa, de cuidar fiebres, de estirar el gasto, de esperar despierta, de perdonar olvidos, de criar a tres hijos que ahora tenían sus propias vidas y apenas llamaban. Todo eso, cancelado con tinta negra.
Rafael firmó rápido. Un garabato fuerte, decidido.
—Listo. Ya están divorciados —dijo el juez, cerrando la carpeta con un golpe seco que sonó como un disparo—. Pueden retirarse.
Salimos del juzgado en silencio. El pasillo parecía más largo ahora. Sentía las miradas de la gente. ¿Se me notaba en la cara? ¿Se me notaba que acababa de convertirme en una “dejada”, en una mujer sola a los 65 años? En México, una mujer sola a mi edad es invisible o es un estorbo. No hay punto medio.
Salimos a la calle. El sol nos golpeó de lleno. El ruido de los camiones sobre la avenida, los gritos de los vendedores de tejuino y fruta picada, el caos de la ciudad seguía igual, indiferente a mi tragedia.
Caminamos hasta la esquina, bajo la sombra raquítica de unos árboles tabachines que apenas empezaban a florecer. Yo esperaba que él dijera algo. No sé, tal vez: “¿Te llevo a casa?” o “¿Estás bien?”. O quizás un: “Perdóname, María, pero ya no soy feliz”. Cualquier cosa que me confirmara que yo había significado algo para él, que no era un objeto desechable.
Rafael se detuvo y metió la mano en el bolsillo de su pantalón. Sacó su cartera de piel, esa que le regalé hace tres navidades. De ella extrajo una tarjeta bancaria. Era de débito, azul, de un banco común y corriente. Se veía usada, con el plástico un poco levantado en las esquinas.
Me la extendió sin mirarme a la cara.
—Ten —dijo. Su voz era tranquila, demasiado tranquila. Una calma que me asustaba.
La tomé por inercia. El plástico estaba tibio por el calor de su cuerpo.
—Aquí hay 3,000 pesos —continuó, mirando hacia el tráfico, como si buscara un taxi—. El NIP es tu año de nacimiento. Te alcanzará para sobrevivir unos meses si te administras bien. Ya sabes cómo eres de buena para estirar el dinero.
Me quedé paralizada, con la tarjeta en la mano, mirándola como si fuera un insecto raro.
¿Tres mil pesos?
¿Eso valía yo? ¿Eso costaba mi vida entera?
Hice la cuenta mentalmente en una fracción de segundo, con esa rapidez dolorosa que da la desesperación. Tres mil pesos divididos entre 37 años. Eso eran… ochenta y un pesos por año. Menos de siete pesos al mes.
¿Siete pesos al mes valían mis desvelos? ¿Siete pesos valía el haber renunciado a mi carrera de secretaria para cuidar la casa? ¿Siete pesos valía el haberlo cuidado cuando se rompió la pierna y no pudo trabajar por seis meses?
Sentí que la sangre me hervía en las orejas. Quería gritarle. Quería aventarle la tarjeta en la cara y decirle que se metiera su dinero por donde le cupiera. Quería golpearle el pecho y exigirle que me devolviera mi juventud, mi belleza, mi tiempo.
Pero no hice nada. Mi educación, esa educación de mujer mexicana abnegada y silenciosa que me taladraron desde niña, me mantuvo inmóvil.
—Rafael… —logré decir, con un hilo de voz—. ¿Y ya? ¿Así nomás?
Él suspiró. Fue un suspiro profundo, cansado, como si cargara el peso del mundo. Por un segundo, solo por un microsegundo, vi que su mano intentaba acercarse a mi hombro, pero se detuvo a medio camino y la cerró en un puño.
—Es lo mejor, María —dijo, con la voz un poco más ronca—. Créeme. Es lo mejor para los dos. Ya no… ya no podemos seguir así.
—¿Así cómo? —pregunté, sintiendo que las lágrimas empezaban a picarme los ojos—. Si estábamos bien, Rafa. Nunca peleábamos.
—Ese es el problema —murmuró él, tan bajo que apenas lo escuché—. Cuídate, María. Come bien. No hagas corajes.
Y entonces, hizo lo impensable. Levantó la mano, paró un taxi verde que pasaba, abrió la puerta y se subió.
Lo vi a través del cristal sucio del taxi. Él miraba al frente, rígido como una estatua. El taxi arrancó, soltando una nube de humo negro que me hizo toser.
Me quedé ahí, parada en la esquina de Alcalde e Hidalgo, rodeada de extraños. Me sentí más pequeña que nunca. Me sentí como una niña perdida en el mercado.
Miré la tarjeta en mi mano.
Banco Nacional. Débito. Vence: 12/28.
Tres mil pesos. “Para que sobrevivas unos meses”, había dicho. Como si sobrevivir fuera lo único a lo que yo podía aspirar. No a vivir, no a ser feliz. Solo a sobrevivir. A no morirme de hambre por un rato.
La rabia empezó a mezclarse con la tristeza. Lo odié en ese momento. Lo odié con una fuerza volcánica. Odié su camisa de cuadros, odié su calma, odié su cobardía de irse en un taxi dejándome ahí tirada como basura.
“No la voy a usar”, me prometí a mí misma, apretando la tarjeta hasta que las orillas se me clavaron en la palma de la mano. “Me voy a morir de hambre antes de tocar un centavo de su limosna. Le voy a demostrar a ese viejo canijo que yo valgo más que tres mil pesos”.
Guardé la tarjeta en lo más profundo de mi monedero, en el compartimento del cierre que nunca abro, junto a una estampa de San Judas Tadeo y una moneda vieja. Sentía que guardaba un trozo de material radiactivo.
Caminé hacia la parada del camión. No tenía dinero para un taxi. Me subí al ruta 380, ese camión que da la vuelta a todo el periférico, lleno de gente, de olores, de vida real. Me fui de pie, apretada entre una señora con bolsas del mandado y un muchacho con audífonos.
Mientras el camión avanzaba, sacudiéndome de un lado a otro, las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas en silencio. Nadie me dijo nada. En esta ciudad, el dolor ajeno es invisible.
Llegué al cuartito que había rentado dos días antes. Un cuarto en una vecindad en las orillas de Tonalá. Paredes despintadas, un baño compartido en el patio, y una ventanita que daba a un muro de ladrillo.
Me senté en el catre viejo que había conseguido prestado. Saqué la tarjeta de nuevo y la aventé al fondo de un cajón de madera polillada, debajo de unos calcetines zurcidos.
—Ahí te vas a quedar —le dije a la tarjeta, hablando sola en la penumbra—. Te vas a podrir ahí. Y yo… yo voy a ver cómo le hago.
Esa noche no cené. No tenía hambre. Tenía el estómago lleno de piedras. Me acosté vestida, mirando las manchas de humedad en el techo, escuchando los perros ladrar a lo lejos.
Así empezó mi nueva vida. Con 65 años, un corazón roto, tres mil pesos que juré no tocar, y un miedo terrible a que amaneciera el día siguiente.
Lo que yo no sabía, mientras lloraba esa primera noche de soledad, era que esa tarjeta de plástico barato guardaba un secreto que cambiaría no solo mi futuro, sino todo lo que yo creía saber sobre el amor, el sacrificio y el hombre con el que había dormido treinta y siete años.
Pero para descubrirlo, primero tenía que tocar fondo. Y vaya que toqué fondo.
CAPÍTULO 2: La caída al abismo
La primera noche en mi nuevo “hogar” no dormí. ¿Cómo iba a dormir si el silencio era un lujo que ya no me podía permitir? En mi casa de Santa Tere, el ruido de la ciudad llegaba amortiguado, respetuoso. Aquí, en este cuartito de vecindad en las orillas de Tonalá, las paredes parecían hechas de papel de arroz. Escuchaba al vecino de la izquierda roncar como un motor desbielado, a la pareja de la derecha peleando por dinero a gritos, y el llanto incesante de un bebé en el piso de arriba que parecía llorar mi propia desgracia.
El cuarto era un cubo de cuatro por cuatro. Tenía una ventana pequeña que daba a un patio interior donde la gente tendía su ropa interior gastada y donde el olor a jabón barato se mezclaba con el de frijoles quemados y cañería. El piso era de cemento pulido, frío, lleno de grietas por donde, estoy segura, me espiaban las cucarachas esperando a que apagara la luz.
Me senté en la orilla del catre. No tenía colchón propio todavía, solo una colchoneta de hule espuma que me había regalado la portera, Doña Chuy, al verme llegar con mis dos maletas y la cara lavada en lágrimas.
—Pa’ que no duerma en el suelo, madre —me había dicho con lástima.
Esa palabra. “Lástima”. Se convirtió en mi sombra. Yo, María, que siempre fui la que llevaba la olla de tamales a las posadas, la que prestaba dinero a las cuñadas, la que organizaba las tandas… ahora era objeto de la lástima de desconocidos.
Pasaron los primeros días y la realidad me golpeó más fuerte que el divorcio mismo: el hambre y la necesidad no saben de duelos amorosos. Las tripas me rugían sin importar cuánto llorara por Rafael.
Tenía que trabajar.
A mis 60 años, mi currículum era invisible para el mundo moderno. “Ama de casa experta”, “Gerente del hogar”, “Psicóloga de hijos”, “Enfermera de esposo”. Nada de eso servía para las empresas que buscaban “jóvenes proactivos”.
Salí a buscar chamba una mañana de lunes. Me puse mis zapatos más cómodos, aunque ya estaban un poco gastados del tacón, y caminé. Caminé hasta que me ardieron las plantas de los pies. Fui a una panadería donde solicitaban mostrador.
—Híjole, señora… es que buscamos a alguien más… ágil. Ya sabe, pa’ las charolas calientes —me dijo el dueño, un hombre panzón que ni siquiera me miró a los ojos.
Fui a una tienda de ropa en el centro.
—No, madre, aquí es pura parada todo el día, se me va a cansar muy rápido. Mejor váyase a descansar a su casa.
“¿A cuál casa?”, quería gritarles. “¿A la que mi marido me quitó o al agujero donde vivo ahora?”. Pero me tragaba las palabras, asentía con una sonrisa mueca y seguía caminando.
Finalmente, la necesidad me llevó a lo único que el mundo cree que una mujer vieja sabe hacer: limpiar la mugre de otros.
Conseguí trabajo con una señora en la colonia Providencia. Una casa enorme, moderna, de esas con pisos de mármol blanco que parecen espejos y que da miedo pisar. La dueña, una mujer de unos cuarenta años, estirada y con olor a perfume caro, me recibió en la cocina.
—Mire, Doña María, aquí nos gusta la limpieza profunda. Nada de pasar el trapo por encima. Quiero que talle las juntas de los azulejos, que mueva los sillones, que limpie los vidrios por fuera y por dentro. Son 300 pesos el día. ¿Le sirve o busco a otra?
Trescenientos pesos. Hice el cálculo rápido. Pasajes, comida, renta… Apenas saldría.
—Sí, señora. Me sirve.
Y así empezó mi calvario físico.
Yo sabía limpiar, claro que sabía. Había mantenido mi casa impecable durante 37 años. Pero no es lo mismo limpiar tu propio nido con amor y a tu ritmo, poniendo a Juan Gabriel en el radio, que limpiar la mansión de una extraña que te vigila con el dedo índice listo para señalar el polvo.
El primer día terminé molida. Mis rodillas, que ya traían el desgaste de la edad, ardían como si tuviera brasas dentro de las rótulas. Mis manos, acostumbradas a cremas y cuidados, se empezaron a curtir con el cloro y los desengrasantes industriales que la señora usaba.
Recuerdo estar de rodillas en el baño de visitas, tallando el inodoro, con la cara pegada a la porcelana fría, y ver mi reflejo en el agua.
—¿En esto terminaste, María? —me pregunté.
Y la respuesta venía siempre acompañada de la imagen de Rafael entregándome la tarjeta. “Te alcanzará para sobrevivir unos meses”.
Esa frase me taladraba el cerebro. Cada vez que me dolía la espalda, cada vez que la patrona me regañaba porque dejé una mancha en el espejo, el odio hacia Rafael crecía. Él debía estar en nuestra casa, sentado en su sillón reclinable, viendo el fútbol, quizás tomándose una cerveza bien fría, mientras yo estaba aquí, oliendo a “Pinol” y sudor ajeno.
Llegaba a mi cuarto en Tonalá ya de noche. El trayecto en el camión 380 era otra tortura. Iba apretada, oliendo el cansancio de otros obreros, cuidando mi bolsa para que no me robaran lo poco que había ganado.
Abría la puerta de mi cuarto, prendía el foco pelón que colgaba del techo y me dejaba caer en la colchoneta.
Ahí, en la soledad de la noche, el hambre se hacía presente. Con lo que ganaba pagaba la renta, la luz, el agua y los pasajes. Para comer me quedaban miserias.
Mi dieta se convirtió en la dieta de la pobreza mexicana: frijoles de la olla (cuando alcanzaba para el gas), tortillas con sal, y a veces, si había suerte, un huevo revuelto para que rindiera. La carne se volvió un recuerdo lejano, un lujo de cumpleaños. La fruta, solo la que encontraba muy madura, casi pasada, que los del tianguis me dejaban a mitad de precio.
—¿A cómo los jitomates, joven? —preguntaba yo en el mercado sobre ruedas de los jueves. —A veinte el kilo, madre. —¿Y esos de ahí? —señalaba unos golpeados, un poco aguados. —Esos lléveselos en cinco, ya pa’ que salgan.
Y me los llevaba. Llegaba al cuarto, les cortaba lo podrido y hacía una salsa. Esa salsa era mi banquete.
Hubo noches, muchas noches, en las que el estómago me dolía de vacío. Un dolor sordo, como un puño apretando desde adentro. Tomaba agua del grifo, vaso tras vaso, para engañar al cuerpo, para sentirme llena de algo, aunque fuera de agua clorada.
Y en esas noches de insomnio y hambre, mis ojos se iban inevitablemente hacia el cajón de madera.
Sabía que ahí estaba. La tarjeta azul.
Tres mil pesos.
En mi mente, tres mil pesos se convertían en un festín. Imaginaba ir al supermercado y llenar un carrito. Comprar un pollo rostizado, de esos que giran en las vitrinas y sueltan un jugo dorado. Comprar jamón, queso, pan dulce, leche de verdad y no fórmula láctea. Pagar un doctor para que me revisara las rodillas. Comprarme unos zapatos con suela suave.
Me levantaba, arrastrando los pies, y abría el cajón.
Ahí estaba el plástico, brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventanita.
La tomaba entre mis manos. Mis dedos callosos acariciaban los números en relieve.
—Úsala, María —me susurraba una voz en mi cabeza, la voz de la supervivencia—. Es dinero. El dinero no tiene dueño. Te lo dio él. Te corresponde. Es una migaja de todo lo que construyeron. Tómala.
Estuve a punto tantas veces. Una noche, con una fiebre terrible por una infección en la garganta, me puse los zapatos decidida a ir al cajero automático de la esquina. Ya tenía la mano en el picaporte.
Pero entonces, la voz de Rafael resonó en mi memoria: “Te alcanzará para sobrevivir unos meses”.
Lo dijo con tanta lástima. Con tanta superioridad.
Si yo usaba esa tarjeta, le estaba dando la razón. Estaba admitiendo que sin él yo no era nada. Estaba aceptando mi papel de víctima, de mujer abandonada que necesita la caridad del exmarido para no morir.
—¡No! —grité en la soledad del cuarto, aventando la tarjeta de regreso al cajón como si me quemara—. ¡No la necesito! ¡Que se meta sus tres mil pesos por el culo!
Prefería el hambre. Prefería el dolor de rodillas. Prefería la humillación de limpiar inodoros ajenos antes que tocar un centavo de ese hombre que me había desechado. Mi orgullo era lo único que me calentaba en las noches frías. Era mi cobija y mi alimento. Un alimento amargo, sí, pero mío.
El tiempo empezó a pasar de una forma extraña. Los días eran eternos mientras tallaba pisos, pero los años se iban como agua entre los dedos.
Uno, dos, tres años.
Mi cuerpo empezó a cambiar drásticamente. Perdí peso, mucho peso. La ropa que me había traído de mi vida anterior me quedaba enorme. Tuve que hacerle pinzas con seguros a mis faldas. Mi cabello, antes negro y brillante, se llenó de canas y perdió su fuerza. Se me caía a puños en la regadera. Mi piel se volvió grisácea, acartonada, como papel viejo.
Mis hijos venían de vez en cuando. No los culpo del todo, o al menos eso trato de decirme. La vida es dura para todos. Mi hijo mayor, Jorge, tenía tres hijos y una hipoteca que lo ahorcaba. Mi hija, Laura, tenía un marido celoso que le contaba cada peso. El menor, Beto, siempre fue un desastre, viviendo al día.
Llegaban en mi cumpleaños o el Día de las Madres. Se sentaban en la única silla que tenía y miraban alrededor con incomodidad. El cuarto olía a humedad y a pobreza, y ellos lo sabían.
—Mamá, ¿segura que estás bien? —me preguntaba Laura, viéndome los brazos flacos. —Sí, mija, estoy a dieta. Ya ves que el doctor me dijo que le bajara al azúcar —mentía yo con una sonrisa ensayada.
No quería ser una carga. No quería ser la “viejita pobre” que hay que mantener. Ya bastante tenía con haber perdido a mi esposo; no quería perder la dignidad frente a mis hijos.
Me traían una despensa pequeña: arroz, aceite, papel de baño, atún. A veces me dejaban un billete de 200 o 500 pesos, arrugado, metiéndomelo en la mano como quien le da propina a un “viene viene”.
—Ten, ma, para tus chicles.
Yo aceptaba el dinero con una mezcla de gratitud y vergüenza infinita. Esos 200 pesos significaban comer carne esa semana. Significaban no tener que pedir fiado en la tiendita.
Pero nunca les dije la verdad. Nunca les dije que a veces recogía botellas de plástico en la calle.
Esa fue la parte más baja de mi caída. Ocurrió en el cuarto año.
Me había quedado sin trabajo de limpieza por dos semanas porque la señora se fue de vacaciones. No tenía un peso. Literalmente. Abrí mi monedero y solo había pelusa.
Caminaba de regreso del mercado, donde solo había ido a ver, a oler la comida que no podía comprar. Vi una botella de refresco tirada en la banqueta. Luego otra.
Sabía que en la recicladora pagaban a tres pesos el kilo de PET.
Miré a mi alrededor. No había nadie conocido. El sol estaba bajando.
Me agaché.
Sentí que algo se rompía dentro de mí al tocar esa botella sucia del suelo. La primera fue la más difícil. Sentí que todos me miraban, que me juzgaban. “Mira a la señora María, pepenando basura”.
Pero la metí en mi bolsa de mandado. Luego vi una lata de aluminio. También la agarré.
Ese día llegué al cuarto con la bolsa llena. Fui a la recicladora. Me dieron 15 pesos.
Con 15 pesos compré medio kilo de tortillas y un sobre de sopa de pasta. Comí caliente esa noche. Y lloré. Lloré mientras soplaba la cuchara, mezclando el sabor salado de las lágrimas con el caldo aguado.
—Rafael, maldito seas —murmuré entre sollozos—. Mírame. Mira en lo que me convertiste.
El odio se volvió mi compañero fiel. Imaginaba a Rafael feliz, tal vez con otra mujer, una más joven, gastándose el dinero que habíamos ahorrado juntos, viajando, comiendo en restaurantes. Esa imagen me envenenaba la sangre, pero también me daba fuerzas para levantarme al día siguiente. “No me voy a morir para darle el gusto”, pensaba.
Pero el cuerpo tiene límites, y yo estaba cruzando la línea roja.
Hacia el quinto año, la fatiga se volvió crónica. Ya no era cansancio normal; era un agotamiento que me llegaba al alma. Me levantaba mareada. Veía puntos negros cuando hacía esfuerzo. Se me olvidaban las cosas.
Las escaleras de la vecindad se convirtieron en el Everest. Tenía que detenerme dos veces para llegar al primer piso, con el corazón queriéndoseme salir del pecho, bombeando sangre aguada, sin hierro, sin fuerza.
Una tarde, me encontré con una antigua vecina de Santa Tere en el camión. Ella subió y se sentó frente a mí. Me reconoció, a pesar de mis harapos y mi delgadez.
—¿María? ¿María González? —preguntó, con los ojos abiertos de par en par.
Yo quise hacerme la desentendida, voltear la cara, pero no pude.
—Hola, Lupita —dije.
—Dios mío, mujer… ¿qué te pasó? Estás… estás acabada.
Su honestidad brutal me dolió más que una bofetada.
—La vida, Lupita. La vida pasó —respondí secamente.
—¿Y Rafael? ¿Qué dice de verte así?
—Rafael se murió para mí hace cinco años —escupí las palabras.
—Pero… ¿no te ayuda? Siempre fue un hombre tan… derecho.
Me bajé del camión dos paradas antes. No aguantaba su mirada de lástima ni sus preguntas. Caminé las cuadras que faltaban llorando de rabia. ¿Derecho? ¿Un hombre derecho te deja con una tarjeta de tres mil pesos y se olvida de ti? ¿Un hombre derecho permite que su esposa recoja basura para comer?
Llegué al cuarto temblando. No de frío, sino de debilidad. Me senté en el suelo porque no tuve fuerzas para llegar a la cama.
Mi vista se nubló. El cuarto empezó a dar vueltas. Las paredes descascaradas parecían cerrarse sobre mí.
—Ya no puedo más —susurré. Y era verdad. Mi resistencia de acero se había oxidado.
Me arrastré hasta el cajón. Lo abrí.
Ahí estaba la tarjeta. Cinco años después, seguía ahí. Intacta.
La saqué.
—Tres mil pesos —le dije al plástico—. Tres mil pesos. Tal vez ahora sí. Tal vez solo para ir al doctor. Tal vez solo para comprar vitaminas.
Pero la dejé sobre la mesa. No pude. Aún no. Mi estupidez era más grande que mi anemia.
Me acosté, rezando para amanecer mejor. “Mañana será otro día”, me dije, la mentira que nos decimos los pobres para poder cerrar los ojos. “Mañana sale algo”.
Pero “mañana” no salió nada.
Al día siguiente, al intentar levantarme para ir a lavar ropa ajena (ahora lavaba a mano por docena para unas vecinas), mis piernas simplemente no respondieron.
Me desplomé frente a la puerta del cuarto. El golpe fue seco. Mi cabeza rebotó contra el concreto.
Lo último que escuché antes de que la oscuridad me tragara fue el grito de Doña Chuy, la portera, que venía a cobrarme el agua.
—¡Ay, Diosito santo! ¡Doña María! ¡Se nos muere!
Y en ese momento, mientras mi conciencia se apagaba, sentí una extraña paz. Pensé: “Por fin. Por fin se acabó la lucha. Ya no tengo que odiarte más, Rafael. Ya voy contigo, o al infierno, pero ya no voy a tener hambre”.
No sabía que el destino, o Dios, o el mismo Rafael desde donde estuviera, tenían otros planes. No era el final. Era apenas el comienzo de la verdad más dolorosa y hermosa de mi vida.
Desperté horas después, entre luces blancas y olor a alcohol. Estaba en la Cruz Verde.
Y ahí, en esa camilla dura, con un suero goteando vida en mis venas secas, fue cuando el doctor pronunció la sentencia que quebró mi última resistencia:
—Desnutrición severa, señora. Su cuerpo se está comiendo a sí mismo. Necesita tratamiento, medicinas, comida especial. Esto no se cura con reposo. Se cura con dinero.
Dinero.
Esa palabra resonó en la sala de urgencias.
Yo no tenía dinero. Mis hijos no tenían dinero.
Solo tenía una cosa.
Una tarjeta azul, vieja y odiada, guardada en un cajón en Tonalá, con un saldo, según yo, de tres mil miserables pesos.
—Está bien —pensé, cerrando los ojos, derrotada—. Ganaste, Rafael. Ganaste. Voy a usar tu limosna. Voy a gastarme tus tres mil pesos y luego… luego veré si me muero o qué hago.
Esa decisión, tomada desde la derrota más profunda, fue la llave que abrió la puerta al secreto que llevaba cinco años esperándome.
CAPÍTULO 3: La rendición del orgullo
El despertar en la Cruz Verde no fue como en las telenovelas, donde la protagonista abre los ojos pestañeando suavemente con una luz celestial de fondo. No. Mi despertar fue tosco, doloroso y con un sabor a fierro en la boca que me dieron ganas de vomitar, aunque no tenía nada en el estómago para echar fuera.
El suero goteaba con una lentitud desesperante: plic, plic, plic. Cada gota era un segundo más de vida que yo no sabía si quería tener.
A mi lado, en la camilla vecina separada por una cortina de tela azul llena de manchas sospechosas, un hombre gemía bajito, como si le doliera hasta el alma. El olor del lugar era una mezcla penetrante de trapeador sucio, alcohol barato y sudor rancio de gente enferma y pobre. Porque eso es lo que éramos ahí: la fila de los rotos, los que no tienen seguro de gastos médicos mayores, los que rezan para que el dolor no sea cáncer porque si lo es, ya nos llevó la tiznada.
Una enfermera robusta, con cara de llevar tres turnos seguidos sin dormir, entró jalando un carrito de metal que rechinaba como si estuviera maldito.
—A ver, madre, despierte —me dijo, no con mala fe, pero sí con esa rudeza práctica de quien ha visto demasiada miseria para andarse con rodeos—. Ya se acabó el suero y necesitamos la cama. Hay gente esperando afuera en las sillas de plástico.
Me senté despacio. El mundo me dio tres vueltas antes de quedarse quieto.
—¿Ya me voy? —pregunté, con la voz rasposa.
—Pues ya la estabilizamos, señora María. Le subimos el azúcar y la hidratamos. Pero no es hotel. El doctor ya firmó su alta. Tenga.
Me extendió un papel arrugado y una receta médica escrita con esa letra de doctor que parece jeroglífico egipcio.
—Ahí le encargo que se compre esto hoy mismo —señaló la receta con un dedo regordete—. Hierro, complejo B inyectable, un suplemento alimenticio de esos caros, y pastillas para la presión porque la trae por los suelos. Si no se toma esto, va a regresar en una semana, pero con los pies por delante. ¿Me oyó?
Asentí, avergonzada. Tomé el papel. Mis ojos recorrieron los nombres de los medicamentos. Hice la cuenta mental rápida, esa calculadora de la pobreza que nunca falla: Suplemento Ensure o similar: $60 pesos la botellita. Necesito una diaria. Inyecciones de hierro: como $800 la caja. Consultas, pasajes…
La suma total me dio vértigo. Eran fácil unos dos mil quinientos pesos solo para arrancar el tratamiento.
—Gracias, señorita —murmuré.
Me bajé de la camilla. Mis piernas se sentían como de trapo, como si los huesos se hubieran vuelto de hule. Me puse mis zapatos, que alguien había dejado acomodados bajo la cama. Al atarme las agujetas, me di cuenta de lo hinchados que tenía los tobillos. “Retención de líquidos por desnutrición”, había dicho el médico. Qué palabra tan fea. Desnutrición. Suena a niño de la guerra, no a señora de 65 años que tuvo casa propia y chofer alguna vez.
Salí a la sala de espera. Ahí estaba Doña Chuy, mi casera. La pobre mujer estaba dormitando en una silla de plástico duro, con la boca abierta y su rebozo cubriéndole los hombros. Al verme, dio un respingo.
—¡Ay, Doña Mari! ¡Bendito sea Dios! —se persignó rápido—. Pensé que se nos quedaba en el viaje. El doctor dijo que llegó usted blanca como papel.
—Gracias por traerme, Chuy. De verdad. No sé cómo pagarte.
Doña Chuy me miró con una mezcla de cariño y preocupación práctica.
—Pues… con que se ponga bien, basta. Y bueno, nomás le encargo lo del taxi de venida, fueron ochenta pesos. Yo los puse, pero ya ve que la cosa está dura…
Ochenta pesos.
Metí la mano a mi bolsa. Saqué las monedas que traía. Veintitrés pesos con cincuenta centavos.
La vergüenza me quemó la cara más fuerte que la fiebre.
—Chuy… no traigo ahorita. En la casa… en la casa tengo —mentí. O tal vez no mentía. En la casa tenía “La Tarjeta”.
—No se apure, allá me los da. Ámonos, que ya hace hambre.
El regreso a Tonalá fue un calvario silencioso. Nos fuimos en camión porque ya no había para taxi. El chofer manejaba como si llevara ganado, frenando de golpe en cada esquina. Yo iba agarrada del pasamanos con los nudillos blancos, cerrando los ojos para no vomitar la bilis.
Cuando llegamos a la vecindad, eran las dos de la tarde. El sol estaba en su punto más cruel. Entrar al patio fue sentir las miradas de las vecinas clavadas en mi espalda.
—Mira, ya regresó la doña. Dicen que se desmayó de hambre. —Pobrecita, y tan arreglada que se veía cuando llegó hace años. —Pues así acaban las que se creen mucho y no tienen nada.
Murmullos. Susurros venenosos que se colaban por mis oídos. Bajé la cabeza, apreté el paso lo más que pude y me encerré en mi cuarto.
El cuarto olía a encierro, a viejo y a soledad.
Me dejé caer en el catre. Mi respiración era agitada.
—Ya no más —dije en voz alta a las cuatro paredes descarapeladas—. Ya no más, María. Se acabó el teatro.
Me levanté y fui directo al cajón. Mis manos temblaban, pero ya no de duda, sino de desesperación. Saqué la tarjeta azul.
Ahí estaba. Banco Nacional. La misma que Rafael me dio hace cinco años bajo los tabachines.
La puse sobre la mesa de plástico, junto a la receta médica.
Era un duelo. A un lado, la muerte lenta por orgullo. Al otro lado, la vida comprada con la limosna de mi exmarido.
Me senté frente a la tarjeta y la miré fijamente durante horas, mientras la tarde caía y el cuarto se llenaba de sombras.
Empecé a hablar con ella. Sí, como una loca. La soledad te hace hablar con las cosas.
—Así que tú ganaste, ¿eh? —le dije al plástico—. Tú y él. Él, desde donde esté, riéndose de mí. “Mírala, al final tuvo que usar mis tres mil pesitos. Al final no pudo sola”.
Recordé la voz de Rafael el día del divorcio. “Te alcanzará para sobrevivir unos meses”.
—Pues tenías razón, viejo —susurré, sintiendo una lágrima correr por mi nariz—. Sobreviví cinco años sin ti. Cinco años comiendo basura, lavando escusados, aguantando humillaciones. Pero ya me rompí, Rafa. Ya me rompí.
Tomé la tarjeta. Estaba fría.
—Tres mil pesos —repetí la cifra como un mantra—. Tres mil pesos.
Empecé a hacer cuentas mentales de nuevo, pero ahora con el dinero “en mano”. Ochenta pesos para Chuy. Dos mil quinientos para las medicinas y el Ensure. Me sobran… cuatrocientos veinte pesos.
Cuatrocientos veinte pesos. Eso me quedaría después de salvar mi vida. ¿Y luego qué?
—Luego Dios dirá —me respondí—. Por lo menos tendré fuerzas para volver a limpiar casas. Por lo menos no me moriré mañana.
La noche cayó pesada sobre Tonalá. No tenía luz porque se me había olvidado pagarla la semana pasada, o más bien, no había tenido con qué. Me alumbré con una veladora que le quedaba un culito de cera.
Esa noche fue la más larga de mi vida. El hambre me mordía el estómago, pero los nervios me lo cerraban.
¿Y si la tarjeta ya no servía? ¿Y si el banco la había cancelado por inactividad? ¿Y si Rafael la había reportado como robada después de dármela, solo por crueldad?
El miedo me heló la sangre. Si llegaba al cajero y la máquina me decía “Tarjeta Inválida” o “Retenida”, entonces sí, no me quedaría más camino que tirarme de un puente del Periférico. Esa tarjeta era mi última bala.
Revisé la fecha de vencimiento a la luz de la vela. Vence: 12/28. Todavía estaba vigente. Al menos el plástico servía.
—Mañana —decreté—. Mañana temprano voy al banco. No al cajero. Al banco. Quiero verle la cara a alguien cuando saque el dinero. Quiero que me den los billetes en la mano. Quiero sentir que es real.
Me acosté vestida, abrazando mi bolsa contra el pecho como si fuera un bebé, protegiendo ese pedazo de plástico que ahora era mi única esperanza.
Soñé con Rafael. Lo soñé joven, cuando éramos novios y me llevaba a pasear al Parque Agua Azul. En el sueño, él me compraba un algodón de azúcar gigante, rosa, esponjoso. Yo estiraba la mano para tomarlo, pero cuando lo tocaba, el algodón se convertía en polvo gris y se deshacía entre mis dedos. Rafael se reía, pero no era una risa feliz, era una risa triste, como de llanto. Desperté sudando frío justo antes del amanecer.
La mañana de la derrota
Me levanté con el canto de los gallos del vecino. A pesar de la debilidad, me obligué a seguir mi ritual de dignidad. No iba a ir al banco pareciendo una pordiosera. No le iba a dar ese gusto a la gente.
Calenté agua en una ollita con una resistencia eléctrica (me robaba la luz del pasillo con un cable pelón, otro secreto de mi pobreza). Me bañé a jicarazos. El agua tibia me ayudó a relajar los músculos tensos.
Abrí mi maleta vieja, esa donde guardaba la ropa de “antes”. Saqué mi mejor vestido. Era uno de flores azules, sencillo pero de buena tela, que Rafael me había regalado un Día de las Madres hacía diez años. Me quedaba enorme. Me lo puse y tuve que usar un cinturón apretado al máximo para que no pareciera un costal de papas. Me vi al espejo. El vestido colgaba triste sobre mis hombros huesudos.
—Ni modo, María. Es lo que hay.
Me peiné. Me hice mi chongo de siempre, estirando bien el pelo para tapar las raíces blancas. Me puse un poquito de labial que rescaté del fondo de un cosmético seco. Un toque de color en mis labios pálidos.
—Listo. Pareces una señora decente. Pobre, pero decente.
Salí del cuarto. Doña Chuy estaba barriendo el patio.
—Buenos días, Chuy. Ahorita vengo. Voy al banco.
—¿Al banco? —me miró extrañada—. Ándele pues, con cuidado. No se me vaya a marear.
Salí a la calle de tierra. Caminé despacio hasta la parada del camión. El sol de la mañana era suave, pero yo sabía que en un par de horas quemaría como comal.
Esperé el Ruta 616. Cuando llegó, subí con dificultad los escalones altos. El chofer ni me volteó a ver. Pagué mis 9.50 con las monedas contadas. Me senté en el primer asiento reservado para la tercera edad y discapacitados. Por primera vez en mi vida, sentí que ese asiento me pertenecía por derecho propio, no solo por edad, sino por desgracia.
El viaje hacia el centro de Guadalajara fue eterno. Veía pasar la ciudad por la ventanilla. Los negocios abriendo, la gente corriendo a trabajar, los niños con sus mochilas. La vida seguía. El mundo giraba sin importarle que María González iba a gastarse los últimos tres mil pesos de su existencia.
Pasamos por la zona de Oblatos, luego por Belisario. La ciudad cambiaba. De las calles polvorientas a las avenidas asfaltadas. De las casas sin enjarrar a los edificios de cristal.
Yo iba repasando mi discurso para el cajero. “Buenos días, joven. Quiero retirar todo. Sí, todo. Cancele la cuenta si quiere”.
Me imaginaba la escena. Me imaginaba saliendo con los billetes. Comprando un pollo asado de camino a casa. Comiéndome un muslo yo sola, con la piel crujiente. La boca se me hizo agua y el estómago me rugió tan fuerte que la muchacha sentada a mi lado se recorrió un poco.
Bajé en el centro, cerca de la Catedral. Las campanas estaban sonando las diez de la mañana. Había palomas volando por todos lados y turistas tomándose fotos. Yo caminé entre ellos como un fantasma.
Busqué la sucursal del Banco Nacional más cercana. Había una en la esquina de Juárez y 16 de Septiembre. Un edificio grande, imponente, con puertas de cristal dobles y guardias de seguridad con armas largas.
Me detuve frente a la puerta. El reflejo del cristal me devolvió la imagen de una viejita encorvada, con un vestido que le quedaba grande y una bolsa aferrada al pecho.
—Vamos, María. Es solo un trámite. Entras, sacas, y te vas.
Empujé la puerta.
El aire acondicionado me golpeó como una bofetada helada. Contrastaba violentamente con el calor de la calle. El banco olía a limpio, a dinero, a perfume de gente que se baña diario con agua caliente. El piso brillaba tanto que podía ver mis zapatos viejos reflejados en él.
Había mucha gente. Una fila larga para el cajero automático y otra fila de gente sentada esperando turno para ventanilla.
Me acerqué a la maquinita que da los turnos. Me quedé parada frente a ella, sin entenderle muy bien a la pantalla táctil. Mis dedos torpes dudaron.
—¿Le ayudo, abuela? —dijo un guardia joven, acercándose.
Me tragué el orgullo por enésima vez. “Abuela”. Ya ni siquiera “señora”.
—Sí, por favor. Quiero… quiero pasar a la caja. A retirar.
El guardia picó la pantalla. Salió un papelito térmico.
Turno: C-45.
—Siéntese allá y espere a que salga su número en la tele —me indicó, señalando las sillas de metal.
Me senté. Las sillas estaban frías. A mi lado había un señor de traje revisando su celular, seguramente haciendo negocios de millones. Al otro lado, una señora con un bebé. Y en medio yo, con mi tarjeta de tres mil pesos y mi hambre de cinco años.
La espera fue una tortura psicológica.
Tin-tan. Sonaba la campanita. “A-23, Ventanilla 4”.
Miraba la pantalla obsesivamente.
Tin-tan. “B-12, Ventanilla 2”.
Sentía que todos me miraban. Sentía que sabían que yo no pertenecía ahí. Que yo era una impostora en el templo del dinero. Me sudaban las manos. Saqué un pañuelo de papel y me sequé el sudor de la frente.
Empecé a dudar. ¿Y si mejor me iba al cajero automático? Sería más rápido. Menos vergonzoso. Si la tarjeta no servía, nadie me vería la cara de decepción.
Me levanté a medias, dispuesta a huir hacia las máquinas.
Pero en ese momento…
Tin-tan. “C-45, Ventanilla 3”.
Era mi turno. El destino me llamaba.
Me volví a sentar un segundo, tomando aire. “Valor, María. Valor”.
Me levanté. Mis piernas temblaban visiblemente. Caminé hacia la ventanilla 3. El trayecto de cinco metros pareció de cinco kilómetros. Sentía que caminaba sobre el fondo del mar, lento, pesado.
En la ventanilla 3 había una cajera joven, muy bonita, con el pelo recogido en una coleta impecable y uñas pintadas de rojo perfecto. Tenía un gafete que decía “Susana”.
Llegué al mostrador. Era alto para mí. Tuve que ponerme de puntitas un poco.
—Buenos días —dijo Susana, sin levantar mucho la vista, tecleando algo en su computadora—. ¿En qué puedo servirle?
Saqué la tarjeta azul de mi monedero. Mis dedos la apretaron una última vez, despidiéndose de ella, despidiéndose de la última conexión física que tenía con Rafael.
La deslicé por debajo del cristal blindado, a través de esa pequeña ranura de metal que separa el mundo de los pobres del mundo de los ricos.
—Buenos días, señorita —mi voz salió más firme de lo que esperaba, una firmeza nacida de la resignación—. Quiero retirar todo el dinero de esta cuenta, por favor. Todo. Y quiero cancelarla.
Susana tomó la tarjeta. La miró un segundo, verificando la firma o el estado del plástico.
—Claro que sí, señora. Permítame su identificación oficial, por favor.
Le entregué mi INE. La vieja, la que todavía tenía la dirección de la casa de Santa Tere, la casa que ya no era mía.
Susana insertó la tarjeta en su lector. Tecleó algo. Esperó.
Esos segundos de silencio fueron los más largos de la historia del universo. Yo contuve la respiración. Esperaba que ella frunciera el ceño. Esperaba que me dijera: “Señora, esta tarjeta está vencida” o “Señora, no tiene fondos, solo tiene 50 pesos”. Esperaba la humillación final que confirmara que Rafael me había odiado hasta el último día.
Ya me veía a mí misma recogiendo mi INE, bajando la cabeza, saliendo del banco con las lágrimas tragadas y caminando hacia el puente más alto.
Pero Susana no frunció el ceño.
Al contrario.
Dejó de teclear. Se quedó inmóvil. Sus ojos se fijaron en la pantalla. Parpadeó una vez. Parpadeó dos veces. Se inclinó un poco más hacia el monitor, como si no creyera lo que estaba viendo.
El silencio se alargó. Se hizo denso.
—¿Pasa algo, señorita? —pregunté, con el corazón latiéndome en la garganta—. ¿No… no hay dinero?
Susana levantó la vista lentamente. Sus ojos marrones se encontraron con los míos. Ya no había prisa profesional en su mirada. Había algo más. Había asombro. Había confusión. Había… respeto.
Se aclaró la garganta. Tragó saliva visiblemente.
—Señora… —su voz cambió de tono, se volvió más suave, casi reverente—. Disculpe, ¿usted dijo que quería retirar todo? ¿En efectivo?
—Sí —insistí, sintiéndome pequeña—. Los tres mil pesos. O lo que quede. Necesito comprar medicinas urgentes.
Susana me miró como si yo estuviera hablando en otro idioma. Luego miró a su compañera de al lado, y luego volvió a mirarme a mí.
—Señora… —hizo una pausa, buscando las palabras—. El saldo de esta cuenta no es de tres mil pesos.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Menos? —susurré, sintiendo que las lágrimas empezaban a salir—. ¿Me cobraron comisiones? ¿No hay nada?
Susana negó con la cabeza, despacio.
—No, señora María. No es menos.
Imprimió un papel. El sonido de la impresora zrrrt-zrrrt-zrrrt rompió el silencio de mi angustia. Arrancó el estado de cuenta, lo dobló cuidadosamente para que nadie más lo viera, y lo deslizó por la ranura hacia mí.
—Creo que es mejor que lo vea usted misma. Por seguridad, no puedo decir la cantidad en voz alta aquí.
Mis manos temblorosas tomaron el papel tibio. Mis ojos, nublados por la anemia y el miedo, tardaron en enfocar.
Busqué la línea final. “SALDO TOTAL DISPONIBLE”.
Esperaba ver un $2,000. O un $3,000.
Pero vi un número largo. Un número que ocupaba mucho espacio.
Vi un 9. Luego un 8. Luego un 3.
Luego una coma.
Y luego tres ceros más.
$983,500.00
El mundo se detuvo. El aire acondicionado dejó de zumbar. Las voces de la gente se apagaron. Solo existía ese número en el papel.
Casi un millón de pesos.
Me agarré del mostrador porque sentí que el piso se abría. Mi cerebro no procesaba la información.
—Esto… esto está mal —balbuceé, mirando a la cajera con pánico—. Señorita, se equivocó de cuenta. Mi esposo… mi exesposo me dejó tres mil pesos. Me lo dijo él. Hace cinco años. Esto no es mío. No me meta en problemas.
Susana giró el monitor hacia mí.
—No es un error, señora. Mire.
Señaló la lista de movimientos. Una columna interminable de depósitos verdes.
—Mire las fechas. Cada mes. Día 15 de cada mes. Un depósito. Enero: $15,000. Febrero: $15,000. Marzo: $15,000.
—¿De quién? —pregunté, con un hilo de voz que apenas salía de mi garganta cerrada.
—El remitente es siempre el mismo —dijo Susana, señalando el nombre en la pantalla—. Dice: SPEI – RAFAEL G.
Leí el nombre. Las letras bailaron ante mis ojos. RAFAEL.
—Y mire aquí —continuó Susana, bajando el cursor—. Hace un mes, un depósito único de $200,000 pesos. Concepto: “Liquidación final”.
Me quedé petrificada.
Cinco años. Sesenta meses. Mientras yo recogía botellas en la calle. Mientras yo tallaba pisos de rodillas. Mientras yo lloraba de hambre en la oscuridad.
Rafael había estado depositando dinero. Cada. Maldito. Mes.
No tres mil pesos. Sino una fortuna.
Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito que venía desde las entrañas. Las rodillas me fallaron. Me sostuve del cristal blindado, dejando mis huellas empañadas en el vidrio.
—Señora, ¿está bien? —preguntó Susana, alarmada, levantándose de su silla—. ¿Quiere que llame a alguien? ¿Quiere un vaso de agua?
No escuché. Solo escuchaba el latido ensordecedor de mi corazón y una pregunta que estallaba en mi cabeza como una bomba nuclear:
¿Por qué?
Si me amaba lo suficiente para darme esto… ¿por qué me dejó tirada? Si tenía este dinero… ¿por qué me hizo creer que era pobre?
Y lo peor de todo… si él había estado mandando dinero hasta el mes pasado… significaba que él sabía dónde estaba yo. O al menos, sabía que yo existía.
Miré el papel de nuevo. Novecientos ochenta y tres mil pesos.
Con eso podía comprar la farmacia entera. Podía comprar la casa de Tonalá. Podía comer pollo asado todos los días por el resto de mi vida.
Pero en ese momento, con el papel en la mano, no sentí alegría. Sentí un terror absoluto. Porque ese dinero no era normal. Ese dinero olía a despedida. Olía a secreto. Olía a algo que yo no estaba entendiendo y que me iba a doler más que el hambre.
Levanté la vista hacia Susana. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, pero ya no de humillación, sino de una confusión aterradora.
—Señorita… —dije, temblando—. No quiero retirar todo. Solo… solo deme dos mil pesos.
—¿Segura?
—Sí. Y dígame… —mi voz se quebró—. ¿Desde dónde mandan este dinero? ¿De qué sucursal?
Susana revisó la pantalla.
—Los depósitos vienen de una cuenta digital, señora. Pero la dirección registrada del remitente… —frunció el ceño—. Qué raro.
—¿Qué?
—La dirección registrada es en Pátzcuaro, Michoacán.
Michoacán.
El pueblo de su hermana Teresa.
Rafael no estaba en Guadalajara. Rafael no estaba con otra mujer joven y rica.
Rafael estaba en el pueblo donde nacimos.
Guardé el dinero y el estado de cuenta en mi bolsa, pegándolos a mi pecho. Salí del banco tambaleándome, ciega por el sol del mediodía, ciega por las lágrimas.
Tenía el dinero. Ya no iba a morir de hambre.
Pero ahora tenía un hambre nueva. Un hambre de verdad. Tenía que saber qué demonios estaba pasando. Y tenía que ir a Michoacán.
CAPÍTULO 4: El peso del fantasma
Salí del banco como quien sale de un terremoto: caminando, pero sin sentir las piernas. El sol del mediodía en el centro de Guadalajara caía a plomo, rebotando en el pavimento caliente de la Avenida 16 de Septiembre, pero yo sentía un frío glacial recorriéndome la espalda.
Apreté mi bolsa contra el pecho con tanta fuerza que los dedos se me pusieron blancos. Ahí dentro, en un sobre amarillo que me había dado Susana, la cajera, iban dos mil pesos en efectivo. Pero lo que realmente pesaba no eran los billetes; era el papel doblado, el estado de cuenta con esa cifra monstruosa: $983,500.00.
Caminé sin rumbo fijo durante unas cuadras, esquivando a la gente, sorda al ruido de los cláxenes y a los gritos de los vendedores de periódicos. Mi mente era un torbellino de ruido blanco.
Novecientos ochenta y tres mil pesos.
Rafael.
Michoacán.
Me detuve frente a un aparador de una tienda de electrodomésticos. Vi mi reflejo. Una anciana flaca, con el vestido grande, el pelo mal peinado y los ojos desorbitados.
—¿Quién eres tú? —le pregunté a mi reflejo—. ¿La viuda de un vivo? ¿O la esposa de un fantasma?
El hambre, esa compañera fiel y maldita de los últimos cinco años, me dio un pellizco violento en el estómago, recordándome que el drama no alimenta. Me mareé. Tuve que recargarme en la pared caliente.
—Comida —pensé—. Necesito comida. Y medicina.
Entré a una farmacia de genéricos que estaba en la esquina. El aire acondicionado me alivió un poco el bochorno. Saqué la receta arrugada que me habían dado en la Cruz Verde.
—Buenas tardes —le dije al muchacho del mostrador, con voz temblorosa—. Necesito todo esto.
El chico tecleó en la computadora, fue a los estantes y regresó con tres cajas y dos botes de suplemento alimenticio.
—Son mil doscientos cuarenta pesos, señora.
En otro momento, esa cifra me hubiera provocado un infarto. Hubiera tenido que dejar las medicinas y salir corriendo de vergüenza. Pero hoy no.
Abrí el sobre. El olor a billetes nuevos me golpeó la nariz. Saqué tres billetes de quinientos. Mi mano tembló al entregarlos, no por pobreza, sino por la irrealidad de la situación.
—Aquí tiene. Quédese con el cambio —dije, en un impulso de locura.
El muchacho me miró sorprendido.
—Gracias, madre. Que se mejore.
Salí de la farmacia y abrí ahí mismo, en la banqueta, un bote de Ensure de vainilla. Me lo bebí de un trago, sintiendo cómo el líquido espeso y dulce bajaba por mi garganta reseca, reviviendo mis células muertas. Fue como echarle gasolina premium a un vochito desvielado. Sentí un chispazo de energía.
Luego, caminé hacia el Mercado Corona. El olor a comida me guio como a un perro sabueso. Olor a carne asada, a cebolla frita, a cilantro.
Me paré frente a un puesto de pollos rostizados. Esos que dan vueltas en la vitrina, doraditos, goteando grasa. Llevaba años sin probar uno. Años soñando con morder un muslo jugoso.
—Me da uno entero, joven. Con papas y salsa —ordené.
Pagué. Me dieron la bolsa caliente. El calor del pollo traspasó el plástico y me calentó las manos y el alma.
Tomé un taxi. Sí, un taxi. Nada de camión 380 apretujado. Nada de esperar bajo el sol.
—A Tonalá, joven. A las orillas.
El taxista me miró por el retrovisor, juzgando mi aspecto humilde y el olor a pollo.
—Está lejos, seño. Le va a salir caro.
—No le pregunté cuánto, le dije que me llevara —respondí con una seguridad que no sabía que tenía. El dinero, aunque sea un misterio doloroso, te da una armadura instantánea.
Durante el trayecto, mientras veía pasar la ciudad que me había escupido y humillado, abrí la bolsa del pollo. Arranqué un pedazo de pechuga con los dedos y me lo metí a la boca.
Lloré.
Lloré masticando. El sabor de la sal, del adobo, de la grasa… era el sabor de la dignidad recuperada. Pero también era un sabor amargo. Porque cada bocado me recordaba que Rafael me había dado esto. Que este pollo lo pagó él. Que mi vida dependía de él, incluso cinco años después de que me “botara”.
El regreso a la cueva
Llegué a la vecindad. El taxista me cobró ciento cincuenta pesos. Se los pagué sin chistar.
Doña Chuy estaba en el patio, lavando ropa en el lavadero de cemento. Al verme bajar del taxi con bolsas de farmacia y comida, se secó las manos en el delantal y corrió hacia mí.
—¡Doña Mari! ¡Qué milagro que llega en taxi! ¿Pues qué pasó? ¿Se sacó la lotería o qué?
Su broma se clavó como un puñal.
—Algo así, Chuy. Algo así —murmuré.
Saqué un billete de cien pesos del sobre.
—Ten. Lo del taxi de la mañana y lo que te debía del agua. Quédate con el cambio.
Chuy tomó el billete, mirándolo con desconfianza y asombro.
—Oiga, Doña Mari… ¿no se metió en líos, verdad? Mire que dinero rápido es dinero del diablo…
—No, Chuy. Es dinero viejo. Dinero de un muerto en vida.
Entré a mi cuarto y cerré la puerta con el pasador. Puse el pollo en la mesa, las medicinas en el buró y me senté en la cama.
Saqué de nuevo el estado de cuenta. Lo alisé sobre mis rodillas.
Ahí estaba la dirección del remitente, impresa en letras pequeñitas al final de la hoja, casi ilegible para mis ojos cansados, pero clara para mi corazón: Sucursal 045 – Pátzcuaro Centro.
Pátzcuaro.
Cerré los ojos y los recuerdos me atropellaron. Nuestra luna de miel fue en Pátzcuaro. No teníamos dinero para ir a la playa, así que fuimos al pueblo de su hermana. Recuerdo el lago, gris y tranquilo. Recuerdo el frío de la mañana. Recuerdo comer corundas y nieve de pasta en la plaza bajo los portales. Recuerdo a Rafael joven, fuerte, abrazándome bajo una cobija de lana, diciéndome: “Algún día vamos a comprar una casita aquí, María. Para cuando estemos viejos”.
—¿Estás ahí, Rafa? —pregunté al aire viciado del cuarto—. ¿Te fuiste a nuestra casita imaginaria sin mí?
La confusión se transformó en una urgencia febril. No podía quedarme aquí. No podía pasar una noche más en este cuarto mirando ese papel y comiendo pollo sola.
Tenía que ir. Tenía que verlo a la cara. Tenía que aventarle el dinero en la cara y exigirle una explicación. O tenía que abrazarlo. No sabía cuál de las dos, y eso me aterraba.
Me levanté. Me tomé las pastillas que el doctor me mandó. Me inyecté yo misma la vitamina B12 en la nalga, con la práctica de años de inyectar a mis hijos. Me dolió, pero el dolor me despertó.
Empecé a empacar. No tenía mucho. Mi maleta vieja, la misma con la que llegué hace cinco años, seguía ahí, debajo de la cama, acumulando polvo. Metí mis dos vestidos decentes. Mi rebozo. Mis zapatos cómodos. La foto de mis hijos que tenía en el buró. Y el rosario de mi madre.
Dejé la ropa vieja de trabajo. Dejé los trapos de limpiar. Dejé las botellas de plástico que había juntado ayer. Eso pertenecía a la María indigente. La María que iba a Michoacán era otra. No sabía quién era, pero ya no era esa.
Salí al patio. Ya estaba oscureciendo.
—Chuy —llamé a la portera.
Ella salió de su cuarto, con una tortilla en la mano.
—Dígame, seño.
—Me voy.
—¿Cómo que se va? ¿Ahorita? ¿Ya no va a volver?
—No lo sé. Pero te dejo el cuarto. Ahí te dejo las cosas que se quedan. La parrilla, la cobija… véndelas o úsalas.
—Pero doña Mari… ¿a dónde va tan solita y tan noche?
—Voy a buscar una respuesta, Chuy. O voy a buscar a un fantasma.
Salí de la vecindad sin mirar atrás. Caminé por la calle de tierra de Tonalá por última vez. Sentí que me quitaba una piel pesada, una costra de mugre y tristeza que se me había pegado durante un lustro.
La carretera de la memoria
Llegué a la Nueva Central Camionera en otro taxi. El lugar era un monstruo de concreto y luces neón, lleno de gente que iba y venía, de maletas, de despedidas y reencuentros.
Busqué la línea de autobuses que iba a Michoacán. “Primera Plus”, “ETN”… Nombres que antes eran comunes para mí y que ahora parecían lujos inalcanzables.
Me acerqué a la taquilla.
—Un boleto a Pátzcuaro, por favor. El que salga más pronto.
—Sale uno en veinte minutos, señora. Son seiscientos pesos.
Pagué. Tenía el boleto en la mano. Asiento 14. Ventanilla.
Subí al autobús. El aire acondicionado olía a pino sintético. Los asientos eran de terciopelo azul, amplios, cómodos. Me hundí en el mío. Mi cuerpo huesudo agradeció el acolchado.
El autobús arrancó. Salió de la terminal y tomó la autopista a Zapotlanejo.
Vi las luces de Guadalajara alejarse. Esa ciudad que había sido mi hogar, mi prisión y mi infierno. La dejaba atrás.
El viaje duró cuatro horas, pero para mí fueron cuatro años repasando mi vida.
Miraba por la ventana oscura, viendo pasar las siluetas de los cerros y los espectaculares. Y en el reflejo del vidrio, veía escenas de mi matrimonio.
Vi a Rafael el día que nació nuestro primer hijo, llorando de felicidad. Vi a Rafael enseñándome a manejar, con una paciencia infinita. Vi a Rafael bailando conmigo en la boda de mi sobrina, apretándome la cintura.
Y luego, las imágenes cambiaron. Vi a Rafael seis meses antes del divorcio. Lo vi sentado en la orilla de la cama, a oscuras, con la cabeza entre las manos. —¿Qué tienes, viejo? —le preguntaba yo. —Nada, María. Cansancio del trabajo. Duérmete.
Lo vi adelgazar. Yo pensé que era por la dieta que le mandó el doctor para el colesterol. Lo vi volverse huraño. Dejó de tocarme. Dejó de besarme. Yo pensé que ya no le gustaba, que mi cuerpo viejo le daba asco.
—”No me toques, María” —me dijo una noche que intenté abrazarlo—. “Hace calor”.
Lloré esa noche pensando que tenía a otra.
Pero ahora… ahora, con el estado de cuenta en mi bolsa y la dirección de Pátzcuaro, todo se veía diferente.
¿Y si no era asco? ¿Y si era dolor? ¿Y si no me tocaba para que yo no sintiera algún bulto, alguna fiebre, algún hueso salido?
El autobús cruzó la frontera con Michoacán. El paisaje cambió, aunque fuera de noche. Se sentía en el aire. El olor a tierra mojada, a pino, a aguacate. La carretera se volvió más curva.
Mi ansiedad crecía con cada kilómetro. Mi corazón, bombardeado por las vitaminas y la adrenalina, latía rápido.
“¿Qué voy a encontrar?”, me preguntaba. “¿A Rafael viviendo con una mujer joven? ¿A Rafael enfermo? ¿O a una tumba?”.
La idea de la tumba me hizo sollozar en voz alta. El pasajero de al lado, un señor bigotón que venía dormido, se despertó y me miró feo.
—Perdón —murmuré, secándome los ojos con el rebozo.
No quería que estuviera muerto. A pesar del odio, a pesar de los cinco años de miseria, no quería que estuviera muerto. Quería gritarle, quería golpearlo, quería que me explicara, pero quería que estuviera vivo para hacerlo.
Llegada a la niebla
El autobús entró a la terminal de Pátzcuaro pasadas las once de la noche. Hacía frío. Un frío húmedo que calaba hasta los huesos, muy diferente al calor seco de Jalisco.
Bajé del camión temblando. Me puse mi rebozo sobre la cabeza.
La terminal estaba casi vacía. Solo un par de taxis viejos esperando.
—¿A dónde la llevo, madre? —preguntó un taxista envuelto en una chamarra gruesa.
Dudé. Tenía la dirección de Teresa, su hermana. Pero eran las once de la noche. No podía llegar a tocar así nada más. Teresa era una mujer de campo, se dormía con las gallinas.
—Lléveme a un hotelito en el centro. Uno barato pero limpio.
El taxi traqueteó por las calles empedradas. El sonido de las llantas sobre la piedra era rítmico, hipnótico. Vi las casas de adobe con sus techos de teja roja, las paredes blancas con guardapolvos color almagre. Todo estaba igual. El tiempo aquí se detenía.
El taxista me dejó en la “Posada de Don Vasco”. Pagué una habitación sencilla.
La habitación era pequeña, con vigas de madera en el techo y un crucifijo en la pared. La cama tenía cobertores de lana pesados.
Me acosté, pero no dormí. ¿Cómo iba a dormir si estaba a unas cuadras de la verdad?
Escuché las campanadas de la Basílica dar las doce, la una, las dos, las tres…
A las seis de la mañana, cuando apenas empezaba a clarear y la niebla bajaba del lago cubriendo el pueblo como un manto fantasma, me levanté.
Me lavé la cara con agua helada. Me puse mi vestido de flores y mi rebozo.
Salí a la calle. El pueblo despertaba. Señoras con canastas de pan, hombres con sarapes y sombreros yendo al campo. El olor a leña quemada inundaba todo. Ese olor a hogar que yo no tenía.
Caminé hacia la dirección que recordaba. La casa de Teresa no estaba en el mero centro, sino en las orillas, cerca de los campos de maíz, rumbo al muelle.
Mis pasos resonaban en el empedrado. Tac, tac, tac. El sonido de mi destino acercándose.
Llegué a la calle. “Calle del Lago”.
Vi la casa a lo lejos. Era pequeña, humilde, pintada de azul añil, con muchas macetas de geranios en la entrada y una bugambilia enorme trepando por el techo.
Me detuve a unos metros. El corazón se me quería salir por la boca. Me faltaba el aire. Tuve que recargarme en un poste de luz.
Vi humo saliendo de la chimenea. Alguien estaba cocinando.
—Valor, María. Valor.
Avancé. Llegué a la puerta de madera vieja, gastada por el sol y la lluvia.
Levanté la mano para tocar. Mi mano temblaba tanto que apenas pude hacer fuerza.
Toc, toc, toc.
El sonido fue seco. Definitivo.
Esperé.
Oí pasos adentro. Pasos lentos, arrastrados. No eran los pasos firmes de Rafael. Eran pasos de alguien mayor.
Se quitó el cerrojo. La puerta rechinó al abrirse.
Y ahí, en el marco de la puerta, apareció Teresa.
Estaba mucho más vieja. Su pelo era completamente blanco, recogido en una trenza larga. Su cara era un mapa de arrugas profundas. Llevaba un delantal de cuadros y olía a café de olla.
Me miró. Entornó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, como si estuviera viendo a una aparición entre la niebla de la mañana.
Sus ojos se llenaron de agua. Se llevó las manos a la boca, cubriendo un grito ahogado.
—¿María? —preguntó con voz quebrada—. ¿Eres tú?
Yo intenté hablar, pero el nudo en mi garganta era una piedra gigante. Solo asentí con la cabeza, llorando.
—Teresa… —logré decir—. Vine… vine a buscar a Rafael.
Teresa no dijo nada. Solo se quedó ahí, mirándome con una tristeza infinita, una tristeza que me heló la sangre más que el frío de Pátzcuaro.
Abrió la puerta completamente.
—Pásale, hija… —dijo, y su voz sonó a pésame—. Pásale. Te estábamos esperando.
Esa frase. “Te estábamos esperando”.
Entré a la casa. La penumbra era acogedora. Olía a incienso y a flores.
Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad.
—¿Dónde está? —pregunté, girando la cabeza, buscando a mi marido en cada rincón, esperando verlo salir de la cocina o de un cuarto.
Teresa cerró la puerta detrás de mí. El sonido del cerrojo sonó como la tapa de un ataúd cerrándose.
—Siéntate, María. Te voy a servir un té. Tienes las manos heladas.
—No quiero té, Teresa. Quiero a mi esposo. Quiero saber por qué me mandó dinero. Quiero saber por qué me dejó. ¿Dónde está?
Teresa se detuvo frente a mí. Me tomó de las manos. Sus manos eran cálidas, rasposas, manos de mujer trabajadora.
Me miró a los ojos y vi el final de mi esperanza.
—María… —susurró—. Rafael no está.
—¿Salió? ¿Fue al doctor?
—No, María. Rafael… Rafael ya descansa.
El mundo se detuvo por tercera vez. Primero en el juzgado. Luego en el banco. Y ahora aquí, en esta casita de adobe.
—¿Qué… qué quieres decir con “descansa”?
Teresa apretó mis manos.
—Rafael falleció, María.
Sentí que el techo se me caía encima. Sentí que el piso desaparecía. Un zumbido agudo me llenó los oídos.
—No… —negué, riendo nerviosamente, una risa histérica—. No, Teresa. Eso es mentira. Él me mandó dinero el mes pasado. El banco me lo dijo. “SPEI Rafael”. Él está vivo. Él me está manteniendo. ¡No me mientas!
—El dinero está programado, María —dijo Teresa, llorando también—. Él lo dejó todo arreglado antes de irse. Las transferencias automáticas. Todo.
Me solté de sus manos. Retrocedí, chocando con una mesa.
—¡No! ¡Mientes! ¡Solo pasaron cinco años! ¡Él estaba sano! ¡Era fuerte como un roble!
—Tenía cáncer, María. Cáncer de páncreas.
La palabra “cáncer” flotó en el aire como humo negro.
—¿Cáncer? —susurré.
—Se lo detectaron seis meses antes de pedirte el divorcio. Ya no había remedio. Le daban un año de vida, máximo.
Caí sentada en una silla de paja. Mis piernas ya no me sostenían.
—¿Antes… antes del divorcio?
—Sí. Por eso te dejó.
—¡Pero yo lo hubiera cuidado! —grité, un grito desgarrador que salió desde mis entrañas, rompiendo el silencio de la mañana—. ¡Yo soy su esposa! ¡Yo juré estar en la salud y en la enfermedad! ¿Por qué me quitó ese derecho?
—Porque te amaba demasiado, tonta —dijo Teresa con ternura, acariciándome el pelo como si fuera una niña—. Él me lo dijo. “Teresa, no quiero que María me limpie el vómito. No quiero que me vea consumirme hasta ser un esqueleto. No quiero que sus últimos recuerdos de mí sean de dolor y de morfina. No quiero que se gaste los ahorros de su vejez en doctores que no me van a salvar”.
—¡Era mi decisión! —sollocé, golpeando mis rodillas con los puños—. ¡Era mi decisión, no la suya!
—Él quería que fueras libre. Quería que lo odiaras. Dijo: “Si me odia, no sufrirá cuando me muera. Si piensa que soy un cabrón que la dejó por otra, tendrá coraje para salir adelante. El coraje levanta más que la tristeza”.
Lloré. Lloré como no había llorado en cinco años. Lloré de dolor, pero también de una rabia infinita por su estupidez masculina, por ese heroísmo tonto y silencioso de los hombres mexicanos que creen que proteger es ocultar, que amar es sufrir en silencio.
—¿Cuándo…? —pregunté entre hipos—. ¿Cuándo murió?
—Ocho meses después de que firmaron. Se vino aquí conmigo. Sufrió mucho, María. Pero nunca se quejó. Solo hablaba de ti.
Teresa caminó hacia un mueble viejo de madera tallada. Abrió una puertita y sacó una caja de madera sencilla, barnizada a mano.
—Me hizo jurar que nunca te buscaría. Dijo: “Si ella necesita el dinero, vendrá. Si no viene, es que está bien, que es fuerte. Pero si viene, Teresa, entrégale esto”.
Me puso la caja en las manos. Pesaba.
—Ábrela.
Con los dedos temblorosos, levanté la tapa.
Adentro había olor a él. Olor a tabaco y a loción “Siete Machos”.
Había un reloj viejo, el que usaba diario. Había un rosario de madera. Había una foto nuestra, de la boda, en blanco y negro.
Y había una carta. Un sobre blanco, sellado, con mi nombre escrito con su letra inconfundible, esa letra inclinada y firme que yo conocía mejor que la mía.
Para mi María.
Tomé la carta. Sentí que estaba tocando su piel.
—Léela —dijo Teresa, retirándose hacia la cocina para dejarme sola—. Es su despedida. Lleva cinco años esperando a que la leas.
Me quedé sola en la sala, con la caja en el regazo, la carta en la mano y el fantasma de mi marido abrazándome por la espalda.
Era el momento de la verdad. El momento de entender por qué mi vida se había roto para luego ser salvada de esta manera tan cruel y milagrosa.
Rompí el sobre.
CAPÍTULO 5: La voz desde la tumba
Mis dedos acariciaron el papel del sobre. No era un papel cualquiera; era papel bond, del barato, del que comprábamos en la papelería de la esquina para que los muchachos hicieran la tarea. Pero al tacto, se sentía como si estuviera tocando piel humana.
El silencio en la casa de Teresa era absoluto. Solo se escuchaba el crujido de la leña consumiéndose en la estufa de la cocina y, muy a lo lejos, el ladrido de un perro. Parecía que el tiempo en Pátzcuaro se había detenido por respeto, para dejarme escuchar lo que mi marido tenía que decirme desde el más allá.
Rompí el sello. Mis manos temblaban tanto que rasgué un poco la esquina de la hoja.
Desdoblé la carta.
Eran tres hojas escritas a mano. Su letra. Esa letra inclinada hacia la derecha, con las mayúsculas grandes y los puntos marcados con fuerza, como si estuviera enojado con el papel. La misma letra que vi mil veces en las listas del supermercado (“No olvides el cilantro, María”), en las notas que dejaba en el refrigerador (“Fui al taller, regreso tarde”), y en las tarjetas de aniversario que guardaba en una caja de zapatos.
Pero esta vez, la letra se veía diferente. Se veía temblorosa en algunas partes. Se veía débil. Había manchones de tinta, como si hubiera dudado, o como si le hubiera fallado el pulso.
Respiré hondo, tratando de llenar mis pulmones con valentía, y empecé a leer.
Pátzcuaro, Michoacán. 10 de Octubre de 2020.
Para mi María, mi única mujer, mi compañera de batalla:
Si estás leyendo esto, mi vida, es porque al fin venciste a tu orgullo. Y te conozco tan bien, mi vieja terca, que sé que te tomó tiempo. Seguro pasaron años. Seguro me odiaste cada uno de esos días. Y quiero que sepas que eso está bien. Ese era el plan.
Perdóname. Esa es la primera palabra que tengo que decirte, aunque sé que ahorita debes tener ganas de sacarme de la tumba para matarme tú misma a golpes. Perdóname por ser un cobarde. Perdóname por huir. Perdóname por mentirte en la cara aquel día en el juzgado, cuando te miré con frialdad mientras por dentro me estaba deshaciendo.
María, no te dejé porque te dejara de amar. Nunca, ni por un segundo, dejé de amarte. Eres lo mejor que me pasó en esta vida perra. Desde que te vi en aquella fiesta patronal con tu vestido amarillo, supe que eras tú. Y 37 años después, seguía pensando lo mismo cada vez que te veía dormir.
Te dejé porque me estaba muriendo.
Seis meses antes del divorcio, empecé a sentir ese dolor en la espalda. ¿Te acuerdas que te dije que me había lastimado cargando cajas? Fue mentira. Fui al doctor a escondidas. Me hicieron estudios. El diagnóstico fue rápido y brutal: Cáncer de páncreas. Fase 4. Ya estaba invadido, María. Me dieron un año, a lo mucho.
Cuando el doctor me lo dijo, mi primer impulso fue correr a abrazarte y llorar en tu hombro. Quería que me consolaras, quería que me dijeras que todo iba a estar bien, como siempre hacías cuando teníamos problemas. Pero luego pensé en ti.
Pensé en tu madre. ¿Te acuerdas cómo sufrió Doña Lupe cuidando a tu papá cuando le dio la embolia? ¿Te acuerdas de cómo se le acabó la vida a ella mientras él se apagaba en una cama? No quería eso para ti, María. No quería que tus últimos recuerdos de tu “viejo fuerte” fueran verme cagado en una cama, flaco, gritando de dolor, con morfina hasta las orejas. No quería que te convirtieras en mi enfermera. Quería que siguieras siendo mi esposa, mi amor.
Y luego pensé en el dinero. Sabía que si te decía la verdad, ibas a querer vender la casa, la camioneta, hasta tu alma, para pagar tratamientos, operaciones y milagros que no iban a servir de nada. Te ibas a gastar nuestra vejez en alargar mi agonía un par de meses. Y te ibas a quedar viuda, sola y en la ruina.
No podía permitir eso.
Así que tomé la decisión más difícil de mi vida: romperte el corazón para salvarte el futuro.
Vendí la casa de Santa Tere a escondidas, mucho antes del divorcio. La vendí bien. Vendí el terreno que tenía mi papá. Vendí la camioneta. Junté todo lo que teníamos. Invertí el dinero en un fondo seguro, de esos que dan rendimientos y que nadie puede tocar.
Programé las transferencias. Me aseguré de que te llegara una mensualidad sagrada, mes con mes, por el resto de tu vida. Suficiente para que vivas como reina, como te mereces. El depósito grande, el de la liquidación, es porque calculé que para esta fecha ya no estaré aquí para proteger la cuenta, así que mejor que lo tengas todo tú.
El día del juzgado… Dios, María, ese día casi me rajo. Verte ahí, tan arregladita, tan digna, con tus ojos llenos de lágrimas contenidas… me dieron ganas de gritar “¡Es broma!” y besarte. Pero tuve que aguantarme. Tuve que ser un actor de primera. Tuve que darte esa tarjeta con 3,000 pesos y decirte esa frase cruel: “Para que sobrevivas”.
Lo hice para que te enojaras. El odio es un motor muy fuerte, María. La tristeza te tumba, pero el coraje te levanta. Sabía que si pensabas que yo era un cabrón que te humilló, ibas a salir adelante por puro orgullo, para demostrarme que podías. Y mira, lo hiciste. Sé que lo hiciste.
Me vine a Pátzcuaro a morir. Teresa me cuidó. Fue difícil, no te voy a mentir. Hubo noches de mucho dolor donde gritaba tu nombre. Hubo días en que me arrepentí y quise llamarte. Pero Teresa, bendita sea, me recordaba el plan: “Déjala vivir, Rafa. Déjala libre”.
Morí pensando en ti. Morí recordando tus chilaquiles, tu risa cuando veías películas de Cantinflas, el olor de tu pelo.
No llores por mí, chaparrita. Yo ya descansé. Ahora te toca a ti vivir. Tienes el dinero. Úsalo. Cómprate vestidos, viaja, come rico, ayuda a los hijos si quieres, pero primero tú. Vive los años que nos faltaron.
No estuve contigo estos cinco años físicamente, pero estuve en cada depósito, en cada peso. Cuidándote desde la sombra.
Te amé ayer, te amo hoy y te amaré siempre, donde quiera que esté.
Tu viejo latoso, Rafael.
Dejé caer la carta al suelo.
No grité de inmediato. Primero sentí un silencio interior, como si mi alma se hubiera quedado vacía de golpe. Todo lo que había creído los últimos cinco años… todo mi rencor, todo mi odio, toda mi narrativa de “mujer víctima”, se desmoronó como un castillo de naipes.
Y luego vino el dolor.
Pero no era el dolor del abandono. Era un dolor mucho peor. Era el dolor de la gratitud mezclada con la culpa.
—¡Viejo estúpido! —grité de repente, con una voz gutural que asustó a Teresa, que asomó la cabeza desde la cocina—. ¡Viejo tonto, necio, hijo de la chingada!
Me tiré al suelo, sobre las baldosas frías, buscando la carta, arrugándola contra mi pecho.
—¡Por qué no me dejaste decidir! —le reclamaba al papel, bañándolo con mis lágrimas—. ¡Yo te hubiera limpiado! ¡Yo te hubiera cuidado! ¡Para eso era tu esposa! ¡No me importaba el dinero! ¡Me importabas tú!
Lloré golpeando el piso con el puño. Lloré por los cinco años que perdí odiándolo mientras él sufría. Lloré imaginándolo solo, o con Teresa, gritando de dolor en una cama extraña, sin mi mano para sostener la suya.
—¿Cómo pudiste morirte sin mí? —sollozaba—. ¿Cómo pudiste ser tan valiente y tan cobarde al mismo tiempo?
Teresa corrió hacia mí y se arrodilló. Me abrazó fuerte, meciéndome como a un bebé.
—Ya, María, ya… —susurraba ella, llorando también—. Él así lo quiso. Era terco como una mula, ya lo conocías. No hubo poder humano que lo hiciera cambiar de opinión.
—Sufrió mucho, Teresa? —pregunté entre el llanto, necesitando saber la verdad aunque me doliera.
Teresa suspiró y me limpió las lágrimas con su delantal.
—Al final sí, hija. El cáncer es perro. Pero él estaba en paz. Tenía tu foto en la mesita de noche. Todos los días le hablaba a la foto. Le decía: “Buenos días, mi amor”, “Buenas noches, mi amor”. Tú estuviste aquí todo el tiempo, María.
Esa imagen me rompió y me sanó al mismo tiempo. Rafael hablándole a mi foto mientras yo le mentaba la madre en Tonalá. La ironía de la vida. El amor y el odio viviendo en paralelo.
Pasé horas en el suelo de esa sala. Leí la carta una vez. Y otra. Y otra. Hasta que me aprendí cada palabra, cada coma, cada mancha de tinta.
Analicé cada frase. “Te dejé esa tarjeta con 3,000 pesos… para que te enojaras”.
Y vaya que funcionó. Su plan maestro funcionó a la perfección. Mi odio me mantuvo viva. Si me hubiera dejado viuda y triste hace cinco años, quizás me hubiera dejado morir de depresión. Pero el coraje… el coraje me hizo levantarme a lavar baños, me hizo pepenar botellas, me hizo aguantar.
Él me conocía mejor que yo misma. Sabía que mi orgullo era mi columna vertebral.
—Ganaste, Rafa —susurré, besando su firma—. Ganaste la partida, viejo mañoso.
El encuentro final
Cuando pude ponerme de pie, ya era mediodía. Teresa me preparó un caldo de pollo. Comí en silencio, sintiendo que cada cucharada me sabía a perdón.
—Quiero verlo —dije, limpiándome la boca.
—Te llevo —respondió Teresa.
Salimos de la casa. El sol había disipado la niebla y ahora Pátzcuaro brillaba con colores vivos. Caminamos hacia el panteón municipal.
El cementerio era antiguo, lleno de tumbas de piedra, ángeles de mármol manchados por el musgo y flores de cempasúchil frescas y secas por todos lados.
Caminamos por los pasillos de tierra. Teresa se detuvo frente a una tumba sencilla, blanqueada con cal, bajo la sombra de un árbol de jacaranda.
No tenía una lápida lujosa. Solo una cruz de herrero y una placa pequeña.
RAFAEL GONZÁLEZ 1955 – 2021 “Amó hasta el último suspiro”
Me quedé parada frente a la tierra que cubría a mi hombre.
No sentí miedo. Sentí paz.
Me arrodillé en la tierra. No me importó ensuciar mi vestido de flores. Puse mi mano sobre la placa fría.
—Hola, viejo —le dije.
Imaginé que él me escuchaba. Imaginé que estaba sentado ahí, en la cruz, con su camisa de cuadros y su sonrisa de medio lado.
—Ya vine. Me tardé un poquito, ¿verdad? Cinco años nomás. Perdón por la tardanza, es que estaba muy ocupada odiándote y juntando botellas.
Me reí. Una risa que se mezcló con llanto.
—Gracias —continué—. Gracias por el dinero. Ya vi que soy rica. Casi millonaria. ¿Quién lo diría? La pepenadora millonaria. Pero más gracias por cuidarme. Aunque fueras un menso por no decirme.
Le conté todo. Ahí, frente a la tumba, le conté de mi cuarto en Tonalá, de la señora rica que me humillaba, del hambre, de mis hijos y sus vidas lejanas. Le conté todo lo que no pudimos hablar en cinco años.
—Te perdono, Rafa —dije finalmente, sintiendo que me quitaba una mochila de cien kilos de la espalda—. Te perdono por irte así. Y te pido perdón por no haberte buscado antes.
Saqué de mi bolsa el estado de cuenta del banco. Lo doblé en cuatro pedacitos y lo enterré un poquito en la tierra de la maceta que tenía la tumba.
—Este dinero es tuyo y mío. Te prometo que no lo voy a desperdiciar. Voy a vivir, Rafa. Voy a vivir por los dos.
Estuve ahí toda la tarde, hasta que el sol se metió y los panteoneros empezaron a cerrar. Teresa me esperó sentada en una banca, respetando mi duelo.
Al salir del panteón, me sentí diferente. Ya no era la mujer abandonada. Ya no era la víctima. Era la esposa amada. Era la viuda de un hombre que movió cielo y tierra para protegerme.
La nueva María
Esa noche dormí en casa de Teresa. Dormí profundamente, sin soñar pesadillas, arrullada por el silencio del campo.
A la mañana siguiente, me levanté temprano. Tenía cosas que hacer. Tenía casi un millón de pesos y una vida que reconstruir.
—Teresa —le dije mientras desayunábamos—, ¿qué te hace falta?
—¿A mí? Nada, hija. Con que estés aquí estoy bien.
—No, en serio. ¿Te hace falta arreglar el techo? ¿Medicina?
—Pues… el techo de la cocina gotea cuando llueve fuerte.
—Se arregla hoy mismo —dije con firmeza—. Y vamos a ir al doctor a que te revisen esas piernas.
Fui al banco de Pátzcuaro esa misma mañana. Entré con la cabeza en alto. Ya no tenía miedo. Retiré una cantidad fuerte.
Contraté albañiles para la casa de Teresa. Le compré una estufa nueva. Le llené la despensa.
Dos días después, me despedí de ella.
—¿Vas a regresar a Guadalajara? —me preguntó.
—Sí. Tengo cuentas pendientes allá. Tengo que cerrar ciclos. Y tengo que ir por mis cosas a Tonalá. No voy a dejar mis recuerdos tirados.
—Esta es tu casa, María. Cuando quieras.
—Lo sé. Vendré seguido. A ver al viejo.
El viaje de regreso a Guadalajara fue muy distinto al de ida. Ya no iba huyendo. Iba planeando.
Llegué a Tonalá. Doña Chuy casi se desmaya cuando me vio llegar en un taxi del aeropuerto, bien peinada, con otra actitud.
—¡Doña Mari! ¡Volvió!
—Volví, Chuy. Pero solo para irme bien.
Entré a mi cuartito. Ese cuarto que fue mi cárcel y mi refugio. Lo miré con otros ojos. Ya no lo odiaba. Me había enseñado a ser fuerte.
Recogí mis cosas. Mi ropa vieja, mis santos.
Fui a ver a la señora rica de Providencia, la que me hacía tallar los baños.
Toqué el timbre. Salió ella, con su cara de siempre.
—María, ¿qué haces aquí? Hoy no te toca venir. Y mira qué facha, ¿por qué no traes el uniforme?
La miré a los ojos. Sonreí.
—No vine a limpiar, señora. Vine a renunciar.
—¿Renunciar? ¿Y quién va a limpiar el desastre de la fiesta de ayer? No puedes dejarme así.
—Claro que puedo. Y le voy a dar un consejo gratis, señora: valore a la gente. Porque uno nunca sabe cuándo la que limpia los baños puede tener más dignidad y más dinero que usted.
Me di la vuelta y la dejé con la palabra en la boca. Fue el momento más satisfactorio de mi vida laboral.
Epílogo: La vida después del dolor
Han pasado seis meses desde que fui a Pátzcuaro.
Compré una casita. No una mansión, no la necesito. Una casa bonita, de una planta para no batallar con escaleras, en un barrio tranquilo de Tlaquepaque, cerca de donde venden artesanías. Tiene un jardín grande donde planté rosales y un árbol de limón.
Tengo un perro. Se llama “Rafa”. Sí, le puse así. Es un perro callejero que adopté, feo pero fiel. A veces le hablo y siento que me entiende.
Mis hijos… esa fue otra historia.
Cuando se enteraron de que “mamá tenía dinero”, aparecieron mágicamente.
—Mamá, qué bueno que estás bien. —Mamá, fíjate que necesito para el coche…
Los senté a los tres en mi sala nueva. Les serví café y pan dulce.
—Hijos —les dije con calma—, los quiero mucho. Pero este dinero es de su padre y mío. Es el fruto de nuestro trabajo y de su sacrificio. Ustedes ya están grandes. Tienen manos y pies. Yo les voy a ayudar si hay una emergencia real, de salud o de vida. Pero no voy a ser su banco. Su papá me dejó esto para que yo viviera, no para mantenerlos a ustedes.
Se quedaron callados. Al principio se enojaron, pero luego, creo que entendieron. O al menos, respetaron. Ahora vienen a visitarme, no a pedirme, sino a verme. Y eso vale más.
Me he dedicado a viajar un poco. Fui a la playa. Me metí al mar con un traje de baño completo, sin importarme mis lonjas ni mis cicatrices. Sentí el agua salada y pensé en Rafa.
También me inscribí a clases de pintura. Siempre quise pintar y nunca tuve tiempo. Pinto paisajes horribles, la verdad, pero me divierto mucho.
Cada mes, el día 15, reviso mi cuenta. Ahí está el depósito. Puntual.
Es como recibir una carta de amor mensual.
Banco Nacional. Depósito recibido. SPEI – RAFAEL G.
A veces lloro. Claro que lloro. La soledad cala, sobre todo en las noches de lluvia. Extraño su calor en la cama. Extraño sus ronquidos.
Pero ya no es un llanto amargo. Es un llanto dulce. Porque sé la verdad.
Sé que aquel día, bajo los tabachines, cuando me dio la tarjeta de 3,000 pesos y me dio la espalda, no me estaba abandonando. Me estaba salvando.
Fue el acto de amor más grande y más doloroso que alguien ha hecho por mí.
Y cada vez que uso esa tarjeta para comprarme un helado, para pagar la luz, o para comprarle croquetas al perro Rafa, miro al cielo y digo:
—Gracias, viejo. Invitas tú.
Tengo 65 años. Me divorcié hace 5 años. Mi exesposo me dejó una tarjeta con 3,000 pesos.
Pensé que era el precio de mi abandono. Resultó ser la llave de mi libertad y la prueba de un amor eterno.
Nunca estuve sola. Fui amada… hasta el final.
FIN.