
PARTE 1: EL PRINCIPIO DEL FIN
CAPÍTULO 1: El Café Amargo y la Sombra del Taller
Dicen que el cuerpo avisa, que la máquina perfecta que Dios nos prestó tiene sus propias luces de advertencia en el tablero, igual que esos coches viejos que me he pasado la vida arreglando. Pero uno, por terco, por macho o por simple miedo, decide ignorar ese “Check Engine” que se prende en el alma. Yo fui de esos. De los que creen que con un par de aspirinas y un “no pasa nada, vieja”, se arregla hasta lo inarreglable. Qué equivocado estaba.
Mi nombre es Daniel. Durante cincuenta y cinco años, mi vida fue una línea recta, trazada con la precisión de un ingeniero, aunque yo apenas terminé la prepa. Mi mundo se reducía a tres cosas sagradas: mi familia, mi taller y mi rutina. Ah, esa bendita rutina. Para un hombre como yo, saber qué va a pasar al día siguiente es la única paz que existe en este país donde todo cambia de golpe.
Mi día comenzaba siempre igual, a las 5:45 de la mañana, quince minutos antes de que sonara la alarma del celular. No necesitaba reloj; mi cuerpo tenía grabado el horario a fuego. Abría los ojos y me quedaba mirando el techo de tirol de mi recámara, escuchando cómo la Ciudad de México empezaba a despertar. A lo lejos, se oía el claxon desafinado del camión del gas o el ladrido de los perros callejeros persiguiendo alguna moto. Esos ruidos, que para otros son molestos, para mí eran música. Significaban que seguíamos vivos, que la maquinaria del mundo seguía girando.
Me levantaba con cuidado para no despertar a Mariana. Ella dormía de su lado, hecha bolita, respirando con ese ritmo suave que yo tanto envidiaba. Mariana… mi compañera de vida, la mujer por la que me partí el lomo durante treinta años. Verla dormir me daba una mezcla de ternura y orgullo. Pensaba: “Ahí está, tranquila, porque sabe que yo estoy a cargo, que no le falta nada”. Qué ingenuo es uno cuando ama.
Bajaba a la cocina en pantuflas, sintiendo el frío del mosaico en los pies. Ese era mi momento. La casa en silencio, oliendo a limpio, con esa quietud que solo se rompe cuando pones la cafetera. Yo no soy de cafés caros ni de máquinas sofisticadas; soy de café de olla o, si hay prisa, un soluble bien cargado, negro como mi conciencia y caliente como el infierno. Mientras el agua hervía, sacaba el pan de caja, el jamón y el queso manchego. Dos sándwiches. Ni uno más, ni uno menos. Ese era mi combustible.
Me sentaba en la cabecera de la mesa de madera, esa que compramos a crédito cuando nos casamos y que ahora tiene marcas de tareas escolares de Andrea y quemaduras de cigarro de mis compadres. Comía despacio, saboreando el silencio. Pero hace seis meses, el sabor del café cambió. No era el grano, no era el agua. Era yo.
Empezó como algo sutil, casi imperceptible. Una mañana de febrero, al levantar la taza, sentí que pesaba más de la cuenta. Como si fuera de plomo macizo. Me tembló la muñeca. “Qué raro”, pensé, y lo achaqué a que el día anterior había estado bajando una transmisión de una Grand Cherokee yo solo. “Ya estás viejo, Daniel, ya no eres el Sansón de la colonia”, me dije, soltando una risita nerviosa para espantar el miedo.
Pero la pesadez no se fue. Se instaló en mis piernas. Levantarme de la silla dejó de ser un acto reflejo para convertirse en una maniobra calculada. Tenía que apoyar las manos en la mesa, tomar aire, empujar con los muslos y esperar a que el mareo pasara. Porque sí, había mareos. Pequeños destellos negros en la orilla de los ojos, como si la luz de la cocina parpadeara.
Esa mañana en particular, la mañana que lo cambió todo, el síntoma fue brutal. Estaba terminando mi segundo sándwich cuando un sudor frío me bajó por la espalda. No hacía calor; estábamos en pleno invierno chilango. Sentí una náusea profunda, un hueco en la boca del estómago que no era hambre. Me quedé quieto, agarrando el borde la mesa con los nudillos blancos. —Ándale, Daniel, no seas marica —me susurré a mí mismo—. Respira, cabrón.
El reloj de la pared marcaba las 6:30. Hora de irse al taller. “Servicio Automotriz Daniel”. Mi orgullo. Mi reino. Me forcé a levantarme. Las rodillas me tronaron, pero no con el crujido familiar de la edad, sino con una debilidad que me hizo tambalear. Tuve que recargarme en el refrigerador, jadeando como si hubiera corrido un maratón.
En ese momento, Mariana entró a la cocina. Llevaba su bata rosa y el cabello alborotado. Me vio pálido, agarrado del refri. —¿Daniel? ¿Qué tienes? —preguntó, con esa voz adormilada que cambia a alerta en un segundo. Me enderecé de golpe, usando toda mi fuerza de voluntad para no parecer un trapo viejo. El machismo mexicano es una enfermedad aparte; nos enseña que mostrar dolor es mostrar debilidad. —Nada, vieja. Me paré muy rápido. Se me bajó la presión, yo creo. —Estás blanco como un papel. Siéntate, te voy a dar un vaso con coca para el azúcar —dijo ella, yendo al estante de los vasos. —No, no. Ya se me pasó. Se me hace tarde para abrir. El Beto me va a estar esperando y ese chamaco no sabe ni abrir el candado sin que yo esté.
Le di un beso rápido en la frente, evitando sus ojos inquisidores, agarré mis llaves y salí huyendo. Sí, huyendo. Porque en el fondo, yo sabía que algo estaba muy mal, y no quería que ella lo confirmara.
El camino al taller fue una tortura. Manejar mi vieja Ford Lobo, que antes era una extensión de mis brazos, se sentía como pilotar un tanque de guerra. El tráfico de la ciudad, los peseros metiéndose a la brava, los baches… todo me irritaba, todo me agotaba. Llegué al taller bañado en sudor. —¡Buenos días, Jefe! —me gritó el Beto, mi ayudante, un chavo de veinte años que masticaba chicle como si le pagaran por ello. Estaba barriendo la entrada. —Buenos días, Beto. ¿Ya llegó la refacción del Jetta? —pregunté, tratando de sonar autoritario. —Todavía no, Don Dani. Oiga… ¿se siente bien? Trae mala cara.
Otra vez la pregunta. “Mala cara”. Me fui directo a mi pequeña oficina, un cubículo de cristal sucio lleno de facturas, calendarios de refaccionarias con mujeres en bikini y olor a aceite quemado. Me dejé caer en la silla giratoria. Mi refugio. Aquí nadie me veía. Aquí podía cerrar los ojos y dejar que el mundo dejara de dar vueltas.
Pasé las siguientes semanas fingiendo. Me convertí en un actor de primera. En el taller, daba órdenes sentado. “Beto, checa el aceite”, “Chuy, bájame ese alternador”. Ya no me metía debajo de los coches. Decía que tenía que “administrar”, que ya era hora de ser gerente. Mis empleados me miraban raro, pero no decían nada. El patrón es el patrón.
En casa era más difícil. Mariana me observaba. Veía que dejaba la comida en el plato. —¿No te gustó el guisado, Daniel? Es puerco con verdolagas, tu favorito. —Está riquísimo, mi amor. Pero ando empachado. Comí unos tacos en la calle —mentía yo, sintiendo que el olor de la carne me revolvía las tripas. Andrea, mi hija, estaba en su mundo. La universidad, el novio, las amigas. Llegaba, me daba un beso al aire y se encerraba en su cuarto. Yo agradecía esa distancia. No quería que mi niña me viera débil. Para ella, yo era Superman. Y Superman no se cansa, Superman no tiembla cuando levanta una cuchara.
Pero la mentira tiene patas cortas.
Fue un martes. Lo recuerdo perfecto porque era día de tianguis en la colonia y la calle estaba cerrada. Tuve que estacionarme lejos y caminar tres cuadras hasta la casa. Esas tres cuadras fueron mi Everest. Cada paso era un suplicio. Sentía que arrastraba cadenas. El sol me quemaba la nuca. La gente pasaba a mi lado, señoras con bolsas de mandado, niños corriendo… y yo sentía que me movía en cámara lenta. El aire me faltaba. El corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado. “No te caigas, Daniel. No te caigas aquí, carajo”, me repetía.
Llegué a la puerta de mi casa viendo puntos negros. Metí la llave, giré y entré. Estaba Mariana en la sala doblando ropa. Al verme entrar, soltó una camisa. —¡Dios mío, Daniel! No alcancé a contestar. El suelo se me acercó a toda velocidad. Las rodillas cedieron. No me desmayé por completo, pero caí de rodillas, jadeando, incapaz de levantarme. Mariana corrió hacia mí. Me agarró la cara. Sus manos estaban frías. —¡Andrea! ¡Baja rápido! ¡Tu papá! —gritó con una voz que me heló la sangre.
Me ayudaron a sentarme en el sofá. Yo estaba empapado, temblando, con lágrimas de frustración en los ojos. No de dolor, sino de vergüenza. Mi esposa y mi hija me veían como a un animal herido. —Se acabó, Daniel —dijo Mariana, llorando pero firme—. Mañana mismo vamos al médico. Y no quiero oír ni una palabra. Solo pude asentir. Ya no tenía fuerzas para ser macho.
La Doctora Rocío tiene su consultorio en una clínica privada cerca del centro. Nos conoce desde que Andrea era una bebé. Es una mujer de unos cincuenta años, seria, profesional, de esas que no te endulzan la píldora. Cuando entramos, me saludó con cariño, pero en cuanto me vio bajo la luz blanca de su lámpara, su sonrisa se borró. —Daniel… has bajado mucho de peso. ¿Desde cuándo te sientes así? —Unos meses, doctora. Cansancio, nada más. Mucha chamba —respondí, minimizando todo. Mariana intervino, enojada: —¡Mentira! No come, se marea, se queda dormido sentado. Rocío, por favor, revísalo bien.
Me mandó a hacer análisis. De todo. Sangre, orina, radiografías, tomografías. Me sentí como un coche desvielado al que le están haciendo un diagnóstico general. Me picaron, me escanearon, me revisaron hasta el alma.
La espera de los resultados fue de tres días. Tres días eternos. Yo seguía yendo al taller, pero ya solo por inercia. Me sentaba en mi oficina y miraba la pared. Tenía un presentimiento oscuro, una voz en la nuca que me decía: “Empieza a despedirte, Daniel”. Mariana trataba de ser positiva. —Vas a ver que es anemia, viejo. O diabetes. Mi papá tenía diabetes y vivió hasta los ochenta. Te vamos a poner a dieta y listo. Yo le sonreía, pero por dentro sabía que no era diabetes.
El día de la cita para los resultados, el cielo estaba gris, plomizo, amenazando lluvia. Fuimos los dos. Andrea se quedó en la escuela, o eso dijo, aunque creo que tenía miedo de venir. La sala de espera olía a alcohol y a enfermedad. Ese olor dulzón y penetrante que tienen los hospitales y que se te mete en la ropa. —Señor Daniel García —llamó la enfermera.
Entramos. La Doctora Rocío estaba sentada detrás de su escritorio. Tenía el expediente abierto frente a ella. No nos miró cuando entramos. Mala señal. Muy mala señal. Nos sentamos. El silencio pesaba toneladas. Se escuchaba el tic-tac de un reloj de pared y el zumbido del aire acondicionado. Rocío se quitó los lentes, se talló los ojos y nos miró. Sus ojos, normalmente duros, estaban tristes. —Daniel, Mariana… —empezó, y su voz titubeó. —Dígame, doctora. ¿Qué tengo? ¿Es el azúcar? —pregunté, aferrándome a la esperanza de Mariana.
Rocío negó con la cabeza lentamente. —No, Daniel. No es azúcar. Los estudios muestran una masa… un tumor en el páncreas. Sentí que el mundo se detenía. Mariana soltó un gemido ahogado y me apretó la mano tan fuerte que me dolió. —¿Un tumor? —repetí, como idiota—. ¿Cáncer? —Sí, Daniel. Es cáncer. —Bueno… pues hay que operarlo, ¿no? —dijo Mariana, con voz aguda, desesperada—. Lo operamos, le damos quimio, lo que sea. Tenemos ahorros, Rocío. El dinero no importa.
La doctora suspiró. Fue un suspiro largo, cargado de malas noticias. Se levantó, dio la vuelta al escritorio y se sentó en la orilla, frente a nosotros, casi tocando nuestras rodillas. —Mariana… escúchame bien. El cáncer está muy avanzado. Ha hecho metástasis. Está en el hígado y en los pulmones. Es una etapa terminal. —¿Qué significa eso? —pregunté yo, aunque ya sabía la respuesta. Solo quería que alguien me despertara de esta pesadilla. —Significa que ya no podemos operar. La quimioterapia solo sería paliativa, para el dolor, pero… destruiría tu calidad de vida muy rápido.
Me quedé mudo. Miré mis manos. Manos de mecánico, llenas de cicatrices, con grasa metida en las huellas dactilares que nunca sale del todo. Manos que habían construido una vida. Y ahora me decían que esa vida tenía fecha de caducidad. —¿Cuánto tiempo? —preguntó Mariana, llorando abiertamente. Rocío me miró directo a los ojos. Hubo una honestidad brutal en esa mirada. —Siendo optimistas… seis meses. Quizás un poco menos. Lo siento mucho, Daniel. De verdad lo siento.
Seis meses. 180 días. Eso era lo que valía mi futuro.
Salimos del consultorio como zombis. No recuerdo haber pagado la consulta. No recuerdo haber bajado por el elevador. Solo recuerdo el golpe del aire de la calle en la cara. La ciudad seguía igual: ruidosa, caótica, viva. La gente corría para alcanzar el metrobus, los vendedores gritaban sus ofertas, los cláxones sonaban. Y yo… yo era un hombre muerto caminando entre ellos.
Nos subimos a la camioneta. Mariana se abrazó al volante y soltó un alarido de dolor que me desgarró el alma. Lloraba como una niña, golpeando el volante. —¡No es justo! ¡No es justo, chingada madre! —gritaba. Yo me quedé quieto, mirando por la ventana. Extrañamente, no lloré. Estaba en shock. Mi mente se fue a cosas prácticas, estúpidas. “¿Quién va a llevar la contabilidad del taller? ¿Quién va a arreglar la gotera del baño? ¿Quién va a caminar a Andrea al altar?”.
—Daniel, di algo, por favor —me suplicó Mariana entre sollozos. Me giré hacia ella. Le sequé una lágrima con mi pulgar rasposo. —Vamos a casa, vieja. Tengo que decirle a mi hija que su papá se va a morir.
Arrancamos el coche. Empezó a llover. Esas lluvias de la Ciudad de México que inundan todo en cinco minutos. Mientras los limpiaparabrisas luchaban contra el agua, yo pensaba en la muerte. Siempre le tuve miedo. Pero ahora que la tenía de frente, no sentía miedo. Sentía tristeza. Una tristeza infinita por todo lo que no iba a ver.
Lo que no sabía en ese momento, mientras manejábamos bajo la lluvia, era que el cáncer sería el menor de mis problemas. No sabía que el verdadero dolor no vendría de los tumores, sino de la traición. No sabía que las dos mujeres por las que hubiera dado la vida, pronto me demostrarían que la lealtad tiene un precio, y que el amor, a veces, se acaba cuando se acaba la salud.
Llegamos a casa. La luz de la sala estaba prendida. Andrea estaba ahí. Esa noche, mi vida anterior terminó. Y empezó el calvario.
CAPÍTULO 2: Promesas de Cristal y la Muerte Lenta del Amor
La lluvia seguía golpeando el techo de la camioneta cuando nos estacionamos frente a la casa. Mariana apagó el motor, pero ninguno de los dos hizo el intento de bajar. Nos quedamos ahí, escuchando el golpeteo del agua contra el metal, como si el silencio dentro de la cabina fuera más pesado que la tormenta de afuera.
—¿Cómo se lo decimos? —preguntó Mariana, mirando al frente, con el rímel corrido por las lágrimas que ya se habían secado en sus mejillas, dejando surcos negros como cicatrices.
—Con la verdad, Mariana. Siempre con la verdad —le contesté, aunque por dentro me estaba muriendo de miedo. Prefería enfrentarme a diez cobradores de Coppel o a una auditoría del SAT antes que verle la cara a mi hija y romperle el corazón.
Entramos a la casa empapados. El olor a suavizante de telas y a comida casera me golpeó. Era el olor de una vida normal, una vida que yo ya no tenía derecho a disfrutar. Andrea estaba en la sala, con los pies subidos al sofá, viendo una serie en Netflix y mensajeándose con alguien en el celular. Se reía. Esa risa cristalina, despreocupada, de quien cree que el futuro es infinito.
Al vernos entrar, su sonrisa se congeló. No hace falta ser adivino para saber cuando tus papás traen una desgracia encima. Mariana tenía los ojos hinchados y yo… bueno, yo debía parecer un fantasma.
—¿Qué pasó? —preguntó Andrea, bajando el celular lentamente—. ¿Por qué tardaron tanto? ¿Qué dijo la doctora Rocío?
Mariana no aguantó. Se cubrió la boca con la mano y soltó un sollozo que retumbó en las paredes. Corrió hacia la cocina, incapaz de hablar. Me quedé solo en la arena, frente al toro.
—Papá… me estás asustando. ¿Qué tienes? —Andrea se levantó, con ese miedo infantil que nunca se quita, aunque tengas veinte años.
Caminé hacia ella. Mis piernas pesaban toneladas. Me senté en el sillón individual, ese que es “mi sillón”, y le hice una seña para que se acercara. Se sentó en la mesa de centro, frente a mí, tomándome las manos. Sus manos eran suaves, calientes, vivas. Las mías estaban heladas.
—Hija… los estudios no salieron bien —empecé, y la voz se me quebró como una rama seca—. Tengo cáncer, mi amor. Y está muy avanzado.
Andrea negó con la cabeza, una risita nerviosa escapándose de sus labios. La negación, el primer mecanismo de defensa. —Ay, papá, no inventes. Seguro es algo operable, ¿verdad? Hoy en día curan todo. Al papá de Sofía le quitaron un tumor y anda como si nada jugando tenis.
—No, mija. Esto no es como lo del papá de Sofía —le apreté las manos, obligándola a mirarme—. Es terminal. La doctora me dio seis meses. Tal vez un poco más, si Dios quiere, pero… no hay cura.
El silencio que siguió fue terrible. Vi el momento exacto en que la niña se rompió. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su boca se abrió en una “O” muda. —¿Te vas a morir? —susurró.
Esa pregunta. Tan simple, tan brutal. —Sí, mi vida. Me voy a morir.
Andrea se lanzó a mis brazos. Lloró con una fuerza que me sacudió el pecho. Mariana salió de la cocina y se unió al abrazo. Nos fundimos los tres en una masa de llanto y dolor en medio de la sala. En ese momento, sentí algo parecido a la paz. Pensé: “Bueno, es horrible, pero estamos juntos. Somos una familia. Vamos a enfrentar esto como los García que somos”.
Entre hipidos, Mariana levantó la cara y me miró a los ojos, con esa intensidad de las telenovelas que tanto le gustaba ver. —Escúchame bien, Daniel García —dijo, tomándome la cara con ambas manos—. No te vas a ir solo. Vamos a luchar. Vamos a buscar segundas opiniones, medicina alternativa, lo que sea. Y si no hay cura, entonces vamos a hacer que estos meses sean los mejores de tu vida. No te vamos a dejar caer, viejo. Te lo juro por mi madre santa.
—Yo también, papá —dijo Andrea, limpiándose los mocos con la manga, volviendo a ser mi niña chiquita—. Voy a dejar las fiestas, voy a estar aquí contigo. Te voy a cuidar. No te vamos a soltar.
Les creí. Juro por Dios que les creí. ¿Cómo no iba a creerles? Eran mi sangre, mi vida. Pensé que el amor era un escudo blindado contra cualquier desgracia. No sabía que el amor de palabra es fácil, pero el amor de obra, el que requiere limpiar vómito y aguantar el mal humor de un moribundo, ese… ese es harina de otro costal.
Las primeras semanas fueron una extraña luna de miel con la muerte. La casa se llenó de atenciones. Mariana me preparaba caldos de pollo “para levantar las defensas”, jugos verdes que sabían a pasto pero que yo me tomaba sin chistar, y me acomodaba las almohadas tres veces por noche. Andrea llegaba temprano de la universidad y se sentaba conmigo a ver el fútbol, aunque yo sabía que odiaba el fútbol.
—¿Quién va ganando, pa? —preguntaba, fingiendo interés. —El América, mija. Van 2-0. —Ah, qué bueno. Qué chido juegan, ¿no?
Yo sonreía. Sabía que lo hacía por mí. Me sentía querido, protegido. Incluso llegué a pensar: “Bueno, si me voy a ir, al menos me voy rodeado de cariño”. Intenté seguir yendo al taller, pero mi cuerpo ya no respondía. Subir la cortina metálica era imposible. Darle la vuelta a una tuerca me dejaba exhausto.
Un día, intenté aflojar un birló de una llanta. Me puse la llave de cruz, hice fuerza y sentí un pinchazo agudo en el costado, justo donde estaba el hígado. El dolor fue tan intenso que me doblé y caí al suelo sucio de grasa. El Beto corrió a levantarme. —¡Patrón! ¡Don Dani! ¿Está bien? —Sí, Beto… nomás me resbalé —mentí, con el orgullo herido y el costado ardiendo.
Ese día entendí que mi vida de mecánico había terminado. Llegué a casa derrotado, sucio, sintiéndome inútil. Un hombre en México se define por lo que provee, por lo que hace. Si no trabajas, si no traes el pan, ¿qué eres? Me sentía como un trasto viejo que estorba en el patio.
Fue ahí cuando la “luna de miel” empezó a agriarse. El cáncer no es romántico como en las películas, donde el protagonista se pone pálido y guapo y dice frases profundas antes de expirar con música de violines. No. El cáncer es sucio, huele mal, duele y cansa. Cansa al que lo tiene y cansa al que lo ve.
Empecé a necesitar ayuda para cosas básicas. Bañarme se volvió un deporte extremo. El vapor del agua caliente me mareaba. Un martes, tuve que gritarle a Mariana desde la regadera. —¡Vieja! ¡Ayúdame, por favor! Entró corriendo, asustada. Me encontró sentado en el piso de la ducha, desnudo, temblando de frío y debilidad, incapaz de levantarme. Al principio, me ayudó con ternura. Me secó con la toalla como si fuera un bebé. Pero vi algo en sus ojos. No era asco, todavía no. Era lástima. Y para un hombre que siempre fue el fuerte, la lástima de su mujer es peor que una cachetada.
Con el paso de los días, la ternura se fue transformando en rutina, y la rutina en impaciencia. —Daniel, trata de comer sin tirar la sopa, por favor. Acabo de cambiar el mantel —me dijo Mariana una tarde, cuando me tembló la mano y derramé un poco de caldo. —Perdón, mi amor. Se me fue la fuerza. —Pues agarra bien la cuchara. No eres un niño chiquito —resopló, levantándose a buscar un trapo con un movimiento brusco.
Ese “no eres un niño chiquito” se me clavó en el pecho. Me dolía más que los tumores. ¿Acaso no veía que no lo hacía a propósito? ¿Que me estaba esforzando por mantener un gramo de dignidad?
La transformación de Andrea fue diferente, pero igual de dolorosa. Al principio estaba ahí, pero pronto el peso de la enfermedad la asfixió. Ella tenía veinte años. Quería vivir, salir, enamorarse. Y tener una casa que olía a medicina y a tristeza no estaba en sus planes. Empezó a llegar tarde. —Tengo que estudiar en la biblioteca con unas amigas, pa. Llego tarde —me decía por mensaje. Pero cuando llegaba, a las 11 o 12 de la noche, no olía a libros. Olía a cigarro y a mezcal barato. Trataba de no acercarse mucho a mí para que no la oliera, pero yo tengo nariz de sabueso. —¿Andabas tomando, hija? —le pregunté una noche, desde mi sillón, donde ya pasaba casi todo el día. —Ay, papá, me tomé una cerveza con los de la facu. No empieces de regañón, ¿sí? Ya bastante tengo con todo lo que pasa aquí como para que me sermonees.
“Todo lo que pasa aquí”. Yo era lo que pasaba ahí. Yo era el problema.
La enfermedad avanzaba rápido. Los dolores se hicieron constantes, agudos, como si tuviera vidrios molidos en las entrañas. La doctora Rocío me recetó morfina, pero me dejaba atontado, babeando, durmiendo dieciséis horas al día. Cuando estaba despierto, veía cómo mi familia se alejaba.
La casa se partió en dos. Mi cuarto y la sala eran territorio de enfermedad. La cocina y el cuarto de Andrea eran territorio de “vida normal”. Ellas se encerraban a platicar en la cocina. Yo escuchaba sus murmullos, pero cuando entraba (arrastrando los pies o apoyado en mi bastón), se callaban de golpe. —¿De qué hablaban? —preguntaba yo, intentando sonreír. —De nada, cosas de mujeres. ¿Necesitas algo? —respondía Mariana, sin mirarme, lavando trastes con una energía furiosa. —Solo quería un vaso de agua… —Ahí está el garrafón, Daniel. Sírvete. ¿O tampoco puedes hacer eso ya?
Esa frase me dejó helado. Mariana se dio cuenta de lo que dijo y se detuvo un segundo, pero no se disculpó. Siguió lavando. Yo me serví el agua con las manos temblorosas, derramando la mitad, y me regresé a mi cuarto sintiéndome una basura.
El punto de quiebre, el momento en que supe que las estaba perdiendo, fue una noche que me sentí muy mal. Tuve un episodio de vómito violento. No llegué al baño. Ensucié la alfombra del pasillo, esa alfombra persa (bueno, imitación) que Mariana cuidaba tanto. Me quedé ahí, tirado, tosiendo, oliendo a ácido y a muerte. Mariana y Andrea salieron de sus cuartos por el ruido. Al verme, Mariana no corrió a abrazarme. Se llevó las manos a la cabeza. —¡No puede ser! ¡Daniel! ¡La alfombra! —gritó. —Mamá, qué asco… huele horrible —dijo Andrea, tapándose la nariz y retrocediendo hacia su cuarto.
Yo estaba en el suelo, llorando de vergüenza. —Perdón… no llegué… perdónenme… —¡Estoy harta! —estalló Mariana—. ¡Harta de limpiar! ¡Harta de que esta casa huela a hospital! ¡Harta de no poder dormir esperando a ver a qué hora te sientes mal! —Mariana, por favor… —supliqué, extendiendo una mano hacia ella. No la tomó. Se dio la media vuelta y fue por el trapeador. Regresó y empezó a limpiar con rabia, golpeando mis piernas con el palo sin querer, o tal vez queriendo. —Levántate, Daniel. Vete a tu cuarto. Yo limpio tu desastre. Como siempre.
Me levanté como pude, apoyándome en la pared, dejando huellas de sudor en el yeso. Andrea cerró la puerta de su cuarto con seguro. Escuché el “clack” del cerrojo. Ese sonido fue el final de mi paternidad. Mi hija se encerraba para protegerse de mí.
Esa noche no dormí. Me quedé mirando la oscuridad, escuchando los ronquidos de Mariana, que ahora dormía en el cuarto de huéspedes “porque yo me movía mucho y gemía de dolor”. Pensé en los años felices. En cuando llevé a Andrea al kinder y lloró porque no quería soltarme. En cuando Mariana y yo bailamos “Si nos dejan” en nuestra boda, prometiendo estar juntos en la salud y en la enfermedad. “En la enfermedad”, pensé con amargura. Esa es la letra chiquita del contrato que nadie lee. Todo el mundo se imagina cuidando al enfermo con amor, tomándole la mano mientras la luz entra por la ventana. Nadie se imagina limpiando vómito a las tres de la mañana, ni el olor a orina, ni la frustración de ver que tus planes de vida se pausan porque alguien se está muriendo lentamente en tu sala.
Al día siguiente, la atmósfera en la casa era de hielo. Nadie me hablaba. Me dejaban la comida en la mesa y se iban. Me sentía un leproso. Un intruso en mi propia casa, esa que pagué ladrillo por ladrillo.
Intenté hablar con Andrea una tarde que la atrapé en la cocina. —Hija… necesitamos hablar. Ella rodó los ojos. Sí, rodó los ojos a su padre moribundo. —¿Ahora qué, papá? Tengo prisa. —Siento que me están evitando. Siento que les estorbo. —Ay, papá, no seas dramático. Es que es difícil, ¿ok? Mis amigas se van de viaje a Cancún y yo no puedo ir porque “tengo que cuidar a mi papá”. Me estoy perdiendo mi juventud aquí encerrada oliendo a medicina. —Mija… me estoy muriendo. Solo te pido unos meses. —¡Pues son meses que no van a volver para mí! —me gritó, y vi en su cara algo que me heló la sangre: resentimiento. Me odiaba por estar enfermo. Me odiaba por no morirme rápido y dejarla vivir.
Salió de la cocina azotando la puerta. Me quedé ahí, con mi vaso de Ensure en la mano, sintiendo que el cáncer era el enemigo más piadoso que tenía. El cáncer solo quería matarme. Ellas querían borrarme.
Los días pasaron y se convirtieron en una guerra silenciosa. Yo trataba de ser invisible. Pasaba horas en mi sillón mirando por la ventana, viendo cómo la vida pasaba afuera. Veía a Don Pepe, el vecino, pasear a su perro. Veía al de los tamales pasar en su triciclo. Me daban ganas de salir corriendo y gritar: “¡Todavía estoy aquí! ¡No me ignoren!”.
Mariana empezó a salir más. Se arreglaba mucho. Se ponía perfume. —Voy con mi hermana, a despejarme —decía, y regresaba cinco o seis horas después, con una sonrisa que se le borraba en cuanto cruzaba el umbral y me veía. —¿Cómo te fue? —le preguntaba. —Bien. Normal. ¿Te tomaste la pastilla? Esa era nuestra conversación. Fría. Clínica.
Una noche, escuché a Mariana hablando por teléfono en la sala. Pensó que yo estaba dormido por la morfina, pero el dolor me mantenía despierto. —No sé qué hacer, hermana… ya no puedo. Es insoportable… Sí, ya sé que está enfermo, pero yo también tengo vida… Me está consumiendo… No, no se muere, parece que aguanta por puro coraje… Sí, lo he pensado. Irnos un tiempo. Dejarlo con una enfermera o algo… No sé si me atreva, pero te juro que cada día que paso aquí siento que me asfixio.
Las lágrimas me rodaron por las sienes hasta mojar la almohada. Mi esposa, mi compañera, deseaba que me muriera rápido. O peor aún, planeaba abandonarme. “Aguanta por puro coraje”. Qué frase tan cruel. No aguantaba por coraje, aguantaba porque tenía miedo de irme, porque quería verlas un día más, aunque fuera con caras largas.
Al día siguiente, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Andrea y Mariana cuchicheaban en los rincones. Me miraban de reojo. Había maletas en el pasillo. Al principio pensé que Mariana iba a sacar ropa de invierno o algo así. Mi mente se negaba a aceptar lo que mis oídos habían escuchado la noche anterior.
—¿Van a salir de viaje? —pregunté inocentemente durante la comida. Mariana dejó el tenedor en el plato con un ruido seco. Se miró con Andrea. Una mirada de complicidad, de esas que dicen: “Hazlo tú”. “No, hazlo tú”. —Daniel… termina de comer. Tenemos que hablar en la sala —dijo Mariana, con una voz que no admitía réplica.
Me levanté con dificultad. Arrastré mis pies hasta la sala. Me senté en mi sillón, sintiéndome como un reo esperando sentencia. Ellas se quedaron de pie. Las dos. Como un frente unido contra el enemigo. Y el enemigo era yo.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo que el corazón me latía en la garganta, saltándose latidos. Mariana tomó aire. Se alisó la falda, un gesto que siempre hacía cuando estaba nerviosa o cuando iba a mentir. —Mira, Daniel… esto no está funcionando. —¿Qué cosa no está funcionando? ¿El tratamiento? —No. Nosotros. Esta situación. La casa. Todo.
Me quedé mirándola, sin entender. O sin querer entender. —Andrea y yo hemos estado platicando. Y la verdad es que estamos agotadas. Físicamente, mentalmente, emocionalmente. Esto de cuidarte… nos rebasó. No somos enfermeras, Daniel. Somos personas. —¿Y qué quieren decir con eso? —mi voz salió como un susurro.
Andrea dio un paso adelante. Tenía los brazos cruzados, defensiva. —Que nos vamos, papá. Nos vamos a ir a vivir a casa de mi tía Lupe, en Monterrey. Un tiempo. Necesitamos espacio. Necesitamos… respirar aire limpio.
El mundo se detuvo. El reloj de la pared dejó de hacer tic-tac. —¿Se van? —repetí, incrédulo—. ¿Me van a dejar aquí? ¿Solo? ¿Enfermo? —No estás tan mal, Daniel —dijo Mariana, tratando de justificar lo injustificable—. Todavía puedes caminar, puedes calentarte comida en el micro. Además, puedes contratar a alguien si quieres. Tienes dinero del taller. —¡Tengo cáncer terminal, Mariana! —grité, y el esfuerzo me hizo toser—. ¡Me quedan meses! ¡Meses! ¿Y me van a dejar solo para morirme como un perro?
Mariana endureció la cara. Se puso esa máscara fría que usan las personas cuando saben que están haciendo algo mal pero no quieren admitirlo. —No seas manipulador. No te vas a morir mañana. Solo necesitamos un descanso. Si nos quedamos aquí, nos vamos a volver locas. Yo ya estoy con antidepresivos por tu culpa. Andrea reprobó dos materias por tu culpa. Nos estás arrastrando contigo al hoyo, Daniel. Y no es justo. Queremos vivir.
—¿Por mi culpa? —las lágrimas me brotaron de rabia—. Yo no pedí esto. Yo no pedí enfermarme. Trabajé treinta años para darles esta casa, esos coches, esa ropa, ¿y ahora soy un estorbo? —Ya tomamos la decisión —cortó Andrea, fría como el hielo—. Las maletas ya están en el coche. Nos vamos hoy.
Intenté levantarme para detenerlas, para rogarles, para gritarles. Pero mis piernas fallaron. Caí de rodillas en la alfombra, esa misma alfombra que había ensuciado días atrás. Me quedé ahí, de rodillas, suplicando. —No me hagan esto. Por favor. Tengo miedo. No quiero estar solo. Mariana, amor mío, no me dejes. Andrea, hijita, soy tu papá…
Mariana me miró desde arriba. Hubo un segundo, solo un segundo, donde vi duda en sus ojos. Pero luego miró a Andrea, y Andrea le hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta. —Te llamaremos, Daniel. Cuídate.
Dieron la media vuelta. Escuché el ruido de las ruedas de las maletas sobre el piso de madera. Escuché la puerta principal abrirse. El aire frío de la tarde entró en la sala. —¡Mariana! ¡Andrea! —grité con lo último que me quedaba de voz.
La puerta se cerró. El golpe seco resonó en toda la casa como un disparo. Escuché el motor del coche arrancar. Escuché cómo se alejaban por la calle. Y luego… silencio. Un silencio absoluto, terrible, mortal.
Me quedé tirado en la alfombra, hecho un ovillo, llorando hasta que me dolió el estómago. Me habían abandonado. Mis promesas de cristal se habían roto en mil pedazos. En el momento más oscuro de mi vida, las luces de mi hogar se apagaron. Estaba solo. Solo con mi cáncer. Solo con mis fantasmas. Y en ese momento, tirado en el suelo, deseé morirme ahí mismo. No sabía que el destino tenía preparado un giro, y que la soledad sería mi mejor maestra.
CAPÍTULO 3: El Eco de la Soledad y los Fantasmas de la Casa
El sonido del motor del coche de Mariana alejándose fue lo último que escuché con claridad esa tarde. Después, el mundo se envolvió en algodón. Me quedé tirado en la alfombra de la sala, esa que habíamos comprado en Liverpool a doce meses sin intereses hace un par de años, pensando estúpidamente en si la habían terminado de pagar o si esa deuda también me la dejaban a mí.
No sé cuánto tiempo pasé ahí, ovillado como un feto, con las rodillas pegadas al pecho. El sol de la tarde se fue moviendo por el piso, alargando las sombras de los muebles, hasta que la sala quedó en penumbra. El frío del suelo se me metió en los huesos, esos huesos que el cáncer ya estaba carcomiendo por dentro.
“Levántate, Daniel. Ten dignidad”, me decía una voz en mi cabeza. Pero otra voz, más fuerte y oscura, me respondía: “¿Para qué? Ya no hay nadie. Si te mueres aquí ahorita, a nadie le importa. Es más, les harías un favor”.
La noche cayó sobre la Ciudad de México y, con ella, el silencio. Pero no era un silencio de paz, de esos que disfrutaba antes con mi café mañanero. Era un silencio denso, pesado, “silencio de panteón”, como decía mi abuela. La casa, que siempre tuvo ruidos —la tele de Andrea, los tacones de Mariana, el zumbido de la licuadora—, ahora crujía como un barco viejo a la deriva. Cada crujido de la madera, cada asentamiento de los cimientos, sonaba como un disparo en la oscuridad.
Finalmente, el dolor físico le ganó a la autocompasión. La vejiga me iba a estallar y la garganta la sentía como si hubiera tragado lija. Me arrastré. Literalmente. Me apoyé en el sofá, luego en la mesita de centro, tirando un adorno de cerámica que se rompió en mil pedazos. Ni siquiera volteé a verlo. ¿Qué importaba un adorno roto cuando mi vida entera estaba hecha añicos?
Llegué a la cocina. Abrí el refrigerador y la luz blanca me lastimó los ojos. Estaba medio vacío. Mariana se había llevado los tuppers buenos, los quesos caros, el jamón de pavo. Había dejado un cartón de leche abierto, un par de jitomates arrugados y mis medicinas. “Gracias por el detalle”, pensé con amargura. Bebí agua directamente de la jarra, derramándome la mitad en la camisa. Me importó un carajo. Me senté en la silla de la cocina, tiritando, y miré el celular.
Cero mensajes. Cero llamadas. Entré a WhatsApp. Busqué a Mariana. “En línea”. Estaba conectada. Probablemente avisándole a su hermana que ya iban en camino, o quizás quejándose con alguna amiga de lo difícil que había sido “tomar la decisión”. Busqué a Andrea. “Última vez hoy a las 19:30”. Había subido una historia a Instagram. No pude evitarlo. La abrí. Era una foto de la carretera, tomada desde el asiento del copiloto, con un filtro nostálgico y una canción triste de fondo. El texto decía: “Nuevos comienzos. A veces hay que soltar para sanar. 💔✈️”.
Solté el celular sobre la mesa como si quemara. “Soltar para sanar”. Qué forma tan elegante de decir “abandonar a tu padre moribundo para irte de fiesta”. La rabia me subió por el esófago, caliente como la bilis. Quise gritar, romper algo, llamarles y mentarles la madre. Pero no tenía fuerzas. La energía que me quedaba la estaba usando solo para respirar.
Me fui a mi cuarto. La cama matrimonial se veía inmensa. Del lado de Mariana, el buró estaba vacío. Se había llevado hasta la lámpara. Me acosté en mi lado, con la ropa puesta, oliendo mi propio sudor rancio y el aroma fantasma de su perfume que todavía flotaba en las sábanas. Esa primera noche no dormí. Pasé las horas mirando el techo, escuchando a los perros de la colonia ladrar, esperando estúpidamente escuchar la llave en la cerradura. Esperando que fuera una broma cruel, un arrebato, y que regresarían arrepentidas. “Perdónanos, viejo, nos dio miedo, pero ya estamos aquí”. Pero nadie llegó. Solo llegó el amanecer, gris y sucio, recordándome que seguía vivo, desgraciadamente.
Los siguientes días fueron una neblina. Perdí la noción del tiempo. ¿Era martes? ¿Jueves? ¿Domingo? Daba igual. Mi rutina sagrada de las 6:00 a.m. se fue al diablo. Me despertaba cuando el dolor me dejaba, a veces a mediodía, a veces a las tres de la tarde.
Sobreviví como un animal herido. Comía lo que encontraba a la mano sin prepararlo. Pan de caja seco. Galletas Marías. Una lata de atún que abrí y me comí a cucharadas, sin mayonesa ni nada, con un sabor metálico en la boca. Dejé de bañarme. El esfuerzo de desnudarme, entrar a la regadera y secarme era titánico. Me pasaba toallitas húmedas por la cara y las axilas cuando el olor era insoportable, pero la mayor parte del tiempo, simplemente me dejaba estar. Me creció la barba, dispareja y canosa. La ropa me quedaba enorme; había perdido otros tres kilos en una semana. Si me hubiera visto en el espejo, no me habría reconocido. Parecía un indigente que se había metido a invadir una casa ajena.
Pero lo peor no era el hambre ni la suciedad. Era la mente. La soledad te juega trucos muy sucios. Empecé a escuchar cosas. Estaba en la sala y juraba oír la voz de Andrea diciendo “¡Pa!”. Volteaba rápido, con el corazón acelerado, y solo veía el pasillo vacío. Oía los tacones de Mariana en la planta alta. —¿Mariana? —preguntaba al aire, con voz rasposa. Nadie contestaba.
Me sentaba horas en mi sillón frente a la ventana. Me convertí en el “viejo loco” de la cuadra. Veía a los vecinos pasar y me escondía detrás de la cortina. No quería que me vieran. Don Pepe, el de la casa de enfrente, un señor jubilado que siempre me saludaba, tocó el timbre un par de veces. —¡Don Daniel! ¡Hace días que no lo veo! ¿Todo bien? Me quedé petrificado en el pasillo, aguantando la respiración, rezando para que se fuera. “Que no me vea así”, pensaba. “Que no me vea derrotado, abandonado, oliendo a miados”. El orgullo mexicano es cabrón, incluso al borde de la muerte. Prefería pudrirme solo a que me tuvieran lástima.
Al quinto día, se acabó el agua del garrafón. Tenía sed. Mucha sed. La boca me sabía a algodón. Intenté cargar el garrafón lleno que estaba en la entrada para ponerlo en el dispensador. En mis tiempos, levantaba motores con una mano. Ese día, el garrafón de 20 litros me pareció hecho de concreto. Lo abracé, intenté levantarlo, mis rodillas temblaron y caí. El garrafón rebotó (gracias a Dios era de plástico y no de vidrio) y rodó por la cocina. Yo caí de espaldas, golpeándome la cabeza contra la alacena. Me quedé ahí, tirado en el mosaico frío, mirando el techo. El dolor del golpe se mezcló con el dolor del cáncer. Empecé a llorar, pero ya no con lágrimas, porque estaba deshidratado. Lloraba con gemidos secos, como un perro atropellado.
—Diosito, ya llévame —supliqué en voz alta—. Ya no quiero jugar. Ya estuvo bueno. Te doy mi alma, te doy lo que quieras, pero apaga el switch. Por favor.
Cerré los ojos, esperando el final. Me quedé dormido, o tal vez me desmayé.
Me despertó un ruido estruendoso. Alguien golpeaba la puerta principal como si quisiera derribarla. —¡Daniel! ¡Abre, cabrón! ¡Sé que estás ahí! ¡Veo tu camioneta!
Esa voz. Ronca, potente, inconfundible. Eugenio. Mi compadre. Mi hermano. No nos habíamos visto en dos semanas porque él andaba en Veracruz supervisando una obra (es ingeniero civil). No sabía nada. Los golpes seguían. —¡Daniel! ¡Si no abres voy a saltarme la barda!
El miedo a que me viera así luchó contra la necesidad desesperada de ayuda. Ganó la necesidad. —¡Voy! —intenté gritar, pero salió un graznido. Me arrastré hasta la entrada. Usé la mesita del teléfono para impulsarme. Me levanté, tambaleándome, mareado, apoyándome en la pared dejando marcas de mis manos sucias. Llegué a la puerta. Mis dedos torpes batallaron con el cerrojo. Finalmente, giré la chapa y abrí.
La luz de la tarde me cegó un momento. Y ahí estaba Eugenio. Grande, moreno, con su bigote de siempre y su chaleco de obra, sosteniendo una bolsa de pan dulce. Su sonrisa de “ya llegué, compadre” se borró instantáneamente. Se le cayó la bolsa de pan al suelo. Se quedó helado, escaneándome de pies a cabeza. Mis ojos hundidos, mi piel amarilla, la ropa sucia, el olor. —¡Ay, cabrón! —susurró, y vi cómo se le llenaban los ojos de agua—. ¿Qué te pasó, Daniel? ¿Qué chingados te pasó?
Me tambaleé hacia adelante y él me atrapó antes de que cayera. Sus brazos fuertes me sostuvieron. Me sentí pequeño, frágil. —Me dejaron, Genio… —le dije al oído, aferrándome a su chaleco—. Se fueron. Me dejaron solo.
Eugenio no preguntó más en ese momento. Me cargó casi en vilo, como si yo fuera un costal de cemento ligero, y me llevó al sofá. —Tranquilo, compadre. Tranquilo. Ya estoy aquí.
Lo que siguió fue un torbellino de eficiencia. Eugenio es de esos hombres que no saben consolar con palabras, pero saben resolver problemas. Entró en modo “jefe de obra”. Primero, fue a la cocina. Vio el desastre. Vio el garrafón tirado. Soltó una maldición entre dientes (“Hijas de su puta madre”), pero se puso a trabajar. Me trajo un vaso de agua. Me lo dio a beber despacito, sosteniéndome la cabeza. —Despacio, Dani. Sorbitos chiquitos. Eso es. Luego, revisó mis medicinas. Vio que me había saltado varias dosis. —¿A qué hora te toca esta madre? —preguntó, leyendo la caja de morfina. —Hace… no sé. Ayer. Me dio la pastilla. —Ahorita vengo. Voy al Oxxo. No te muevas. Bueno, ni puedes moverte, cabrón, pero tú me entiendes.
Regresó en diez minutos con bolsas. Traía Gatorade, suero, jamón, queso, pan fresco y jabón. Se metió a la cocina y en quince minutos, el olor a comida caliente llenó la casa por primera vez en una semana. Hizo unas quesadillas y calentó una lata de caldo de pollo que trajo. Me sentó en la mesa. Me vio intentar agarrar la cuchara y ver que me temblaba. Sin decir una palabra, sin hacerme sentir menos, agarró la cuchara él. —Abre la boca, pinche viejo terco. Me dio de comer. Bocado a bocado. Yo lloraba mientras tragaba el caldo caliente que sentía que me revivía el alma. —Perdón, compadre… qué vergüenza… —balbuceé. —Cállate el hocico —me regañó, con esa brusquedad cariñosa de los amigos mexicanos—. Vergüenza es robar. Esto es… esto es la vida, cabrón. Y pa’ eso estamos los amigos.
Cuando terminé de comer y recuperé un poco de color, me ayudó a ir al baño. Me esperó afuera. Luego me ayudó a lavarme la cara y las manos. Me cambió la camisa por una limpia que sacó de mi closet. Ya más decente, me sentó de nuevo en el sillón y él se jaló una silla del comedor para ponerse enfrente de mí. Sacó una cajetilla de cigarros, la miró, y la guardó. Por respeto. —Ahora sí, Daniel. Cuéntamelo todo. ¿Dónde están Mariana y Andrea? ¿Y por qué carajos estás en los huesos?
Respiré hondo. Y solté todo el veneno. Le conté de los desprecios, de las miradas de asco, de la noche del vómito, de la conversación telefónica que escuché y de la tarde en que agarraron sus maletas y se largaron a Monterrey “a respirar”. Mientras yo hablaba, la cara de Eugenio pasaba de la incredulidad a la furia absoluta. Sus manos, apoyadas en sus rodillas, se cerraban en puños tan fuertes que los nudillos se le pusieron blancos. La vena de su frente palpitaba.
—Dijeron que no podían verme morir… que era mucha presión —terminé, bajando la vista.
Hubo un silencio largo. Eugenio se levantó y caminó hacia la ventana. Miró hacia afuera un momento, respirando agitado, como toro antes de embestir. Luego se giró y soltó una patada al aire, gritando: —¡Maldita sea! ¡No tienen madre! ¡No tienen perdón de Dios! Se pasó las manos por el pelo, caminando de un lado a otro. —¿Dejarte así? ¿A ti? ¿Que les diste todo? ¡Daniel, les pagaste la carrera, les compraste coches, las trataste como reinas! ¡Y te dejan tirado como basura cuando te enfermas!
Se acercó a mí y me señaló con el dedo, temblando de coraje. —Escúchame bien lo que te voy a decir. Ellas ya no son tu familia. La sangre no vale madre si no hay lealtad. Esas viejas… esas viejas están muertas para nosotros desde hoy.
—Genio, no digas eso… es mi hija —intenté defenderla, por esa estupidez del amor incondicional. —¡Tu hija mis huevos! —me gritó, y fue la primera vez que lo vi llorar de rabia—. Una hija no deja a su padre cagado y hambriento. Una hija se queda al pie del cañón. No, Daniel. Ya basta de ser el bueno. Basta de justificarlas. Te abandonaron. Acéptalo.
Sus palabras dolieron, pero eran la verdad. La verdad quemante que necesitaba para cauterizar la herida. Eugenio se calmó un poco. Se secó los ojos con el dorso de la mano. Se volvió a sentar frente a mí y me puso una mano en la rodilla. Su agarre era firme, real. —Mira, compadre. Yo no soy doctor. No te puedo curar el cáncer. Pero te juro por la tumba de mi padre que no vas a volver a pasar hambre. No vas a volver a estar sucio. Y sobre mi cadáver vas a volver a estar solo.
—Tú tienes tu vida, Genio. Tu trabajo, tus cosas… —Mi trabajo puede esperar. Y mi vida… tú eres parte de mi vida, cabrón. Nos conocemos desde la prepa. ¿Te acuerdas cuando me sacaste del bote cuando choqué el coche de mi papá? ¿Te acuerdas cuando me prestaste lana para mi primer negocio? Nunca me cobraste ni un peso. —Eso hacen los amigos… —Exacto. Eso hacen los amigos. Y ahora me toca a mí.
Sacó su celular. —Voy a llamar a Irene. Esa niña te adora. Y estudia enfermería. Ella va a saber qué hacer mejor que yo. —No la molestes, está en exámenes… —Le va a valer madre los exámenes cuando sepa esto.
Marcó el número y puso el altavoz. —¿Bueno? ¿Papá? —se escuchó la voz dulce de Irene. —Hija… estoy en casa de tu tío Daniel. —¡Ah! Salúdamelo. ¿Cómo sigue? Eugenio tragó saliva, tratando de que no se le quebrara la voz. —Hija… está mal. Muy mal. Mariana y Andrea se fueron. Lo dejaron solo. Lo encontré… lo encontré muy mal, mi amor. Hubo un silencio al otro lado de la línea. —¿Cómo que se fueron? ¿Lo abandonaron? —Sí. Necesitamos ayuda, hija. Yo no sé poner sueros ni nada de eso. —Voy para allá, papá. Llego en veinte minutos. No te muevas.
Colgó. Eugenio me miró y sonrió, una sonrisa triste pero llena de determinación. —¿Ves? Ya viene la caballería. Esa tarde, mientras el sol se ponía y Eugenio prendía las luces de la casa para espantar a los fantasmas, sentí algo extraño en el pecho. No era dolor. Era alivio. Había perdido a mi esposa y a mi hija. Había perdido mi salud. Pero había recuperado algo que creía extinto: la fe en la humanidad.
“No estás solo”, me repetía Eugenio mientras lavaba los platos sucios de una semana. Y por primera vez en mucho tiempo, le creí. Las mujeres de mi vida me habían tirado a la basura, pero mi hermano de la vida me había recogido, sacudido el polvo y puesto de nuevo en la repisa. Y eso… eso valía más que toda la morfina del mundo.
Cuando Irene llegó, traía su uniforme blanco impecable y una mochila llena de cosas. Al verme, no hizo cara de asco ni de miedo. Sus ojos se llenaron de compasión, pero no de lástima. Se acercó, me dio un beso en la mejilla (que picaba por la barba) y me dijo: —Hola, tío. Ya llegué. A ver, vamos a arreglar este desastre. Me tomó el pulso, me revisó los ojos, me checó la temperatura. Sus manos eran profesionales, seguras. —Estás deshidratado, tío. Y traes la presión por los suelos. Pero nada que no podamos arreglar con un buen suero y cuidados. Se giró hacia su papá. —Papá, vete a mi casa y trae ropa tuya, pijama, y cosas de aseo. Nos vamos a quedar aquí. —¿Aquí? —pregunté débilmente. —Sí, aquí —dijo ella firme—. No te vamos a dejar solo ni un minuto más. Y ni creas que te vas a librar de mis pláticas, eh. Tengo mucho chisme de la universidad que contarte.
Esa noche, me instalaron en mi cama limpia (Irene cambió las sábanas). Eugenio durmió en el sofá de mi cuarto “por si se ofrecía algo”. Irene se quedó en el cuarto de huéspedes. Escuchar los ronquidos de Eugenio en el sofá fue la mejor canción de cuna que pude haber pedido. La casa ya no estaba en silencio. Había vida. Había lealtad. Y aunque sabía que mi cuerpo se estaba apagando, mi corazón… mi corazón se sentía un poquito más vivo que ayer.
Pero la historia no acaba aquí. Porque mientras yo recuperaba un poco de paz, en mi cabeza empezaba a formarse una idea. Una idea que creció con cada día de cuidados de mis amigos y con cada día de silencio de mi familia. Ellas pensaron que al irse se libraban del problema. No sabían que al irse, habían firmado su sentencia. Porque un hombre moribundo tiene mucho tiempo para pensar. Y yo… yo tenía mucho que planear.
CAPÍTULO 4: Ángeles con Bata y la Muerte del “Talleres Daniel”
Dicen que uno no sabe quién es su familia hasta que se le acaba la salud o el dinero. En mi caso, se me acabaron las dos cosas al mismo tiempo, y fue ahí, en la ruina absoluta, donde descubrí que la sangre es solo un líquido rojo, pero la lealtad… la lealtad es el verdadero vínculo sagrado.
Con la llegada de Irene y Eugenio, mi casa dejó de ser una cripta fría y silenciosa para convertirse en un hogar de campaña, un refugio improvisado contra la muerte. Irene, mi ahijada, esa niña que vi crecer y a la que le regalé su primera bicicleta, se convirtió en mi comandante en jefe.
—A ver, tío, aquí las reglas cambian —me dijo la primera mañana, abriendo las cortinas de par en par, dejando que el sol de la Ciudad de México entrara sin miedo—. Nada de estar a oscuras, nada de no bañarse y, sobre todo, nada de lástima. Usted es un guerrero, y los guerreros mueren de pie… o por lo menos, bien peinados.
Me dio risa. Una risa que me dolió en las costillas, pero que sentí como un bálsamo. Hacía semanas que no me reía.
La rutina que establecieron fue militar, pero llena de amor. A las 8:00 a.m., Irene entraba con una palangana de agua tibia, jabón neutro y esponjas suaves. El primer baño fue el más difícil. No por el dolor, sino por la vergüenza. Soy un hombre de la vieja escuela, de esos que creen que su cuerpo es privado, que su desnudez es símbolo de fortaleza. Tener a una mujer joven, aunque fuera mi ahijada, viéndome los huesos salidos, la piel amarilla y las cicatrices, me hacía querer desaparecer.
—Me da pena, mija… estoy hecho una piltrafa —murmuré, cubriéndome con la sábana. Irene no pestañeó. Mojó la esponja y me miró con una ternura profesional que me desarmó. —Tío Daniel, he visto de todo en el hospital. Cuerpos rotos, quemados, viejitos, jóvenes. El cuerpo es solo el estuche, tío. Lo que cuenta es lo que trae adentro. Además, usted me cambiaba los pañales cuando yo era bebé, así que estamos a mano. Déjese querer.
Esa frase se me clavó: “Déjese querer”. Me dejé. Cerré los ojos y dejé que me lavara. Sentí el agua tibia limpiando no solo el sudor rancio de una semana de abandono, sino también la mugre emocional que me habían dejado Mariana y Andrea. Irene me rasuró la barba dispareja con una delicadeza de cirujano. Me puso loción, esa “Siete Machos” que Eugenio trajo de broma pero que olía a limpio, a hombre.
Cuando terminó y me puso una pijama limpia de algodón, me sentí humano otra vez. Me miré en el espejo que me acercó. Seguía viéndome enfermo, sí, con los ojos hundidos en cuencas oscuras, pero ya no parecía un indigente. Parecía Daniel.
Eugenio, por su parte, se encargó de la logística y del alma. Él no sabía de medicinas, pero sabía de la vida. Se trajo su cafetera italiana porque decía que mi café soluble era “agua de calcetín”. Todas las tardes, cuando regresaba de “supervisar” sus obras (aunque yo sabía que estaba descuidando su chamba por mí), se sentaba a mi lado. —¿Qué hubo, compadre? ¿Cómo nos portamos hoy? —preguntaba, quitándose las botas con un gemido de satisfacción. —Aquí nomás, Genio. Sobreviviendo. —Eso es todo. Oye, traje unos tamales de dulce para la cena. Irene me va a regañar porque tienen mucha azúcar, pero un gustito no mata a nadie… bueno, ya me entendiste.
Nos reíamos. Veíamos las noticias, mentábamos madres contra el gobierno, discutíamos si el Cruz Azul iba a ser campeón algún día (spoiler: no). Él me trataba como a su igual, no como a un moribundo. No bajaba la voz, no me hablaba chiquito. Me hablaba a golpe de “cabrón”, “güey” y “pinche viejo”. Y eso me hacía sentir vivo.
Pero aunque la casa estaba llena de calor humano, mis demonios seguían ahí, agazapados en las esquinas. Mi celular seguía siendo una fuente de tortura. Lo revisaba a escondidas. Mariana: Última conexión ayer a las 11:00 p.m. Andrea: Historias nuevas en Instagram.
Una noche, la curiosidad morbosa me ganó. Entré al perfil de Andrea. Había una foto de ella en un antro en San Pedro, allá en Monterrey. Salía brindando con una copa de algo azul, muy maquillada, sonriendo de oreja a oreja. El texto decía: “Viviendo el momento. La vida es hoy. ✨🥂 #Party #Free #Monterrey”.
“Free”. Libre. Se sentía libre de mí. Libre de la carga de su padre. Sentí una punzada en el hígado, más fuerte que cualquier metástasis. No era dolor físico, era el dolor de ser borrado. Ellas no estaban “sufriendo a la distancia” como me habían dicho. No estaban “tomándose un tiempo para sanar”. Estaban celebrando. Estaban viviendo la vida loca con el dinero que yo les depositaba mensualmente en sus tarjetas adicionales.
Eugenio me cachó viendo el celular. Me lo quitó de la mano con suavidad pero con firmeza. —No te hagas esto, Daniel. Es veneno. —Se ven felices, Genio. Se ven… aliviadas. Eugenio suspiró y se sentó en la orilla de la cama. —Mira, compadre. Hay gente que es como los parásitos. Se alimentan de ti mientras estás fuerte, pero cuando te debilitas, buscan otro huésped o simplemente se van. Mariana y Andrea… —se detuvo, buscando las palabras para no herirme, pero luego decidió ser brutalmente honesto—, ellas nunca te merecieron. Tú eras el proveedor, el cajero automático, el chofer. Pero no te veían como hombre. Y eso duele, lo sé, pero mejor saberlo ahorita que morirse engañado.
—¿Tú crees que regresen? —pregunté, con esa estúpida esperanza que se niega a morir. —Si regresan, será cuando se les acabe el dinero. O cuando se enteren de que te nos fuiste. Pero por amor… no, Daniel. Por amor no van a volver.
Esa noche, algo se rompió dentro de mí. Pero no fue un rompimiento que me dejara tirado en el suelo. Fue como cuando se rompe un hueso y suelda más fuerte, con callo. La tristeza se convirtió en frialdad. El llanto se secó. “Si yo soy solo un cajero automático para ellas”, pensé mirando la oscuridad, “entonces voy a cerrar el banco”.
A la mañana siguiente, me sentí extrañamente lúcido. El dolor estaba controlado gracias a Irene y sus horarios perfectos de medicación. Le pedí a Eugenio que se sentara conmigo después del desayuno. —Genio, necesito que me hagas un paro. Un favor grande. —Lo que sea, compadre. ¿Quieres que le vaya a partir la madre a alguien? Porque traigo ganas. Sonreí. —No, nada de violencia. Quiero hablar de negocios. Quiero hablar del Taller.
Eugenio se puso serio. Sabía lo que el taller significaba para mí. “Servicio Automotriz Daniel” no era solo un negocio; era mi vida. Ahí había pasado más horas que en mi propia casa. Ahí me había ganado cada peso, cada cana, cada dolor de espalda. —¿Qué pasa con el taller? El Beto me dijo que ahí la llevan, sacando la chamba como pueden, pero que los clientes preguntan por ti. —Genio… no voy a volver. —No digas eso, a lo mejor te recuperas un poco y… —No. Mírame. —Señalé mi cuerpo consumido—. Ya no puedo levantar ni una llave de cruz. Y no voy a ir a dar lástima, a sentarme en la oficina a ver cómo los demás trabajan. Además, necesito lana.
Eugenio frunció el ceño. —¿Lana? Yo tengo ahorros, Daniel. No te preocupes por eso. Irene y yo cubrimos los gastos. —No, cabrón. No voy a vivir de tu caridad. Tengo dignidad. Las medicinas son carísimas, los sueros, la comida… y quiero dejar todo pagado. No quiero deberle nada a nadie cuando me vaya. Tomé aire. Me dolía decirlo, pero era necesario. —Quiero vender el taller, Genio. Quiero venderlo todo. El terreno, la herramienta, la cartera de clientes, el nombre. Todo.
Eugenio se quedó callado un buen rato. Se alisó el bigote, mirando hacia la nada. Entendía el peso de mis palabras. Vender el taller era aceptar que mi vida productiva había terminado. Era empezar a cerrar el libro. —¿Estás seguro, Daniel? Es tu legado. Pensé que… no sé, que a lo mejor querías dejárselo a Andrea, contratar un administrador… Solté una risa amarga. —¿A Andrea? ¿Para qué? ¿Para que lo venda en tres pesos y se lo gaste en viajes y ropa? No, Genio. Ella no sabe ni cambiar una llanta. Ese taller se va a ir al carajo en dos meses si se lo dejo a ella. Prefiero venderlo bien, a alguien que lo trabaje, y tener el dinero líquido.
Eugenio asintió lentamente. —Tienes razón. Es lo más inteligente. —¿Me ayudas? Tú conoces gente. Tú sabes de contratos. No quiero que me vean la cara de enfermo y me quieran pagar cacahuates. —Cuenta con eso. Hoy mismo empiezo a mover los hilos. Tengo un conocido que tiene una flotilla de taxis, siempre ha querido un taller propio. Le voy a marcar.
El proceso de venta fue rápido, dolorosamente rápido. Cuando tienes un negocio acreditado de treinta años, los compradores aparecen. Eugenio se encargó de todo. Fue mis ojos, mi voz y mis puños en la mesa de negociación. —Les dije que no bajamos ni un peso, Daniel. El taller vale oro y ellos lo saben —me contaba por las noches, mostrándome los borradores de los contratos.
Una semana después, estaba todo listo. Tenía que ir a firmar. Y tenía que ir a despedirme. Irene no quería que fuera. —Tío, es mucho esfuerzo. Se va a cansar, se le puede bajar la presión. —Tengo que ir, hija. Es mi despedida. Si no voy, no voy a descansar en paz.
Me vistieron con mi mejor ropa, la que ahora me quedaba nadando. Eugenio me prestó un cinturón para que no se me cayeran los pantalones. Me puse una gorra para tapar mi pelo ralo y gris. Me subieron al coche de Eugenio. El viaje fue silencioso. Yo iba viendo las calles de mi ciudad, sabiendo que probablemente era la última vez que las veía así, como un ciudadano más.
Cuando llegamos al taller, sentí un nudo en la garganta del tamaño de una pelota de béisbol. Ahí estaba. El letrero despintado: “Servicio Automotriz Daniel. Mecánica en General, Ajustes, Frenos”. El olor a aceite, a gasolina, a metal frío. Ese olor que había sido mi perfume durante tres décadas. Eugenio me ayudó a bajar. Me apoyé en mi bastón y en su brazo. Entramos. El ruido de las pistolas neumáticas cesó. El Beto, Chuy, el viejo Don Tomás… todos se detuvieron. Se limpiaron las manos en estopas sucias y se acercaron. Me vieron. Vi el shock en sus caras. Recordaban al Daniel fuerte, al que cargaba motores. Veían a un anciano decrépito. Pero, por respeto, no dijeron nada. —¡Jefe! Qué milagro —dijo el Beto, con los ojos brillosos. —Vine a despedirme, muchachos —les dije, con la voz firme, aunque las piernas me temblaban—. Ya saben que vendí el negocio. El nuevo dueño viene mañana. Les conseguí que les respetaran la antigüedad y los sueldos. Nadie se queda sin chamba.
Don Tomás, un mecánico de sesenta años que había empezado conmigo, se quitó la gorra y agachó la cabeza. —Gracias, Don Dani. Usted siempre fue derecho. Lo vamos a extrañar un chingo. Se acercaron a darme la mano. Uno por uno. Manos ásperas, callosas, sucias de grasa. Las mejores manos del mundo. Sentí su calor, su respeto. Eso valía más que cualquier diploma.
Fui a mi oficina. Me senté en mi silla giratoria por última vez. Saqué mis cosas personales: una foto vieja de Mariana (que tiré a la basura ahí mismo), un calendario, mi taza favorita. Firmé los papeles de la venta frente al notario que Eugenio había llevado. Cuando estampé mi firma, sentí que algo moría dentro de mí, pero también sentí una liberación inmensa. Ya no tenía ataduras. Ya no tenía responsabilidades. El cheque era por una suma fuerte. Muy fuerte. Tres millones de pesos, libres de polvo y paja. El trabajo de toda una vida convertido en un papelito bancario.
—Vámonos, Genio —dije, guardando el cheque en la bolsa de mi camisa, junto al corazón—. Aquí ya no tengo nada que hacer.
Salimos. No volteé atrás. Aprendí a la mala que mirar atrás solo sirve para convertirte en estatua de sal, o en un viejo amargado. En el coche, de regreso a casa, Eugenio me miró de reojo. —¿Estás bien? —Sí. Mejor que nunca. Oye, Genio… —Dime. —Mañana quiero ver al notario otra vez. Pero para otra cosa. —¿Para qué? Toqué el bolsillo donde estaba el cheque. —Para hacer mi testamento. El verdadero. Voy a repartir este pastel, y te aseguro que a algunas se les va a indigestar.
Eugenio sonrió. Una sonrisa de complicidad, de justicia. —Me parece perfecto, compadre. Mañana mismo le marco al Licenciado Pedro.
Llegamos a casa. Irene me esperaba con té de manzanilla y una cobija caliente. Me senté en mi sillón, agotado hasta la médula, pero con la mente clara como el agua. Tenía el dinero. Tenía el plan. Y tenía el tiempo justo para ejecutar mi última jugada maestra. Mariana y Andrea pensaban que me había quedado a llorar en un rincón. No sabían que el “viejo inútil” acababa de vender el imperio y estaba a punto de reescribir la historia.
Esa noche, soñé con ellas. Pero no soñé que volvían. Soñé con sus caras el día que se enteraran de lo que había hecho. Y por primera vez en meses, me desperté con una sonrisa. La venganza, dicen, es un plato que se sirve frío. Y yo… yo ya estaba poniendo la mesa.
CAPÍTULO 5: La Firma del Destino y el Calor de un Hogar Prestado
Amaneció con esa luz dorada y polvorienta típica de la Ciudad de México cuando el smog da tregua. Me desperté, no por el dolor —que la morfina mantenía a raya como a un perro rabioso encadenado—, sino por el olor. No olía a medicina, ni a humedad, ni a la soledad rancia de días pasados. Olía a chilaquiles. A salsa verde hirviendo, a epazote y a tortillas fritas.
Por un segundo, en la neblina del sueño, pensé que era domingo y que Mariana estaba en la cocina preparando el desayuno, como lo hacía hace diez años, antes de que las apariencias y las compras se volvieran su prioridad. Pero luego, la realidad me cayó de golpe. Mariana no estaba. Y si estuviera, seguramente estaría quejándose de que el olor a grasa se le impregnaba en el cabello.
Quien cocinaba era Irene.
Me intenté incorporar. Mis brazos parecían ramas secas, pero tenía algo nuevo en el pecho: un propósito. Hoy era el día. Hoy iba a blindar mi legado y a sellar la sentencia de quienes me traicionaron. Toqué el bolsillo de mi pijama. Ahí estaba el papelito doblado con el número del Licenciado Pedro.
—¡Buenos días, tío! —entró Irene con una charola. Traía un plato de chilaquiles (sin grasa para mí, puros totopos horneados con pollito deshebrado) y un té—. ¿Cómo amaneció el hombre más guapo de la colonia?
—Amanecí, que ya es ganancia, mija —le contesté, tratando de sonreír. La parálisis facial del cansancio a veces me hacía sentir que mi sonrisa era una mueca, pero a ella no le importaba.
Eugenio entró detrás de ella, masticando un pedazo de bolillo. —Apúrate a desayunar, compadre, que el Licenciado Pedro llega a las 11 en punto. Ya sabes cómo es de puntual ese viejo, parece inglés en lugar de chilango.
Comimos juntos en mi cuarto. Irene había puesto flores frescas en el buró, unas gerberas de colores que compró en el mercado. Esos detalles… esos malditos detalles eran los que me hacían nudos en la garganta. Mariana compraba flores caras, orquídeas de invernadero que se veían bonitas pero frías. Irene traía vida.
A las 11:00 a.m., el timbre sonó. El Licenciado Pedro es una institución. Un abogado de la vieja guardia, de traje gris cruzado (aunque estuviéramos a 28 grados), portafolio de piel gastada y bigote recortado. Ha llevado los asuntos del taller desde que lo abrí. Es testigo de mi vida. Eugenio lo hizo pasar y lo trajo a mi cuarto, que ahora funcionaba como mi oficina, sala y trinchera.
—Don Daniel, qué gusto verlo, aunque sea en estas circunstancias —dijo Pedro, estrechándome la mano con cuidado, como si temiera romperme. —Gracias por venir, Licenciado. Siéntese, por favor. Irene, ¿nos dejas solitos un rato? Es tema de viejos. Irene asintió, nos dejó una jarra de agua y cerró la puerta.
El ambiente cambió. Se volvió solemne. —Usted dirá, Daniel. Eugenio me comentó que vendió el taller y que quiere arreglar su testamento. —Así es. Vendí todo, Pedro. El cheque ya está depositado. Ahora, quiero que redacte mi última voluntad. Y quiero que sea blindada. Que no haya poder humano, ni juicio, ni lágrimas falsas que puedan cambiar una sola coma.
Pedro sacó su libreta y una pluma fuente. —Lo escucho. Normalmente, la ley protege a la esposa y a los hijos, a menos que haya causales muy específicas o que usted decida disponer de la parte libre… —No, Pedro. Escúcheme bien. —Me acomodé en las almohadas, tomando aire para no toser—. Ellas me abandonaron. Se fueron cuando me diagnosticaron terminal. Me dejaron tirado en el piso, sin comida y sin agua. Si no fuera por Eugenio, yo ya estaría muerto por inanición, no por el cáncer.
El Licenciado levantó las cejas. La pluma se detuvo en el aire. —Eso es… abandono de persona, Daniel. Es un delito. —No quiero meterlas a la cárcel. No valen la pena el trámite. Quiero darles una lección. Quiero pegarles donde más les duele: en la cartera y en el orgullo.
Empecé a dictar. Cada cláusula era un ladrillo en el muro que estaba construyendo entre ellas y yo. —Primero: Revoco cualquier testamento anterior. —Segundo: Declaro como mis únicos y universales herederos a Eugenio Martínez y a su hija Irene Martínez. A ellos les dejo la casa en la que estamos, con todo su menaje, y el 100% del dinero líquido producto de la venta del taller y de mis cuentas bancarias.
Pedro escribía rápido, pero se detuvo. —Daniel… ¿el 100%? Si deja fuera a la esposa y a la hija por completo, pueden impugnar. Pueden alegar demencia, o que usted fue coaccionado por el Señor Eugenio. Es un pleito que puede durar años. Sonreí. Una sonrisa zorra, de esas que aprendí negociando con proveedores mañosos. —Lo sé. Por eso no las voy a dejar fuera del todo. Vamos a dejarles un “legado”. —¿De cuánto estamos hablando? —Escribe esto, Pedro, textualmente: “A mi esposa Mariana y a mi hija Andrea, quienes decidieron partir a ‘buscar paz’ mientras yo enfrentaba la muerte, les dejo la cantidad de diez mil pesos mexicanos a cada una. Esta suma es para que, cuando regresen a reclamar, tengan con qué pagar el taxi de regreso a donde sea que se hayan ido. Es mi voluntad que no reciban ni un centavo más, pues su herencia ya la cobraron en vida con mi abandono.”
El Licenciado Pedro se quitó los lentes y me miró con una mezcla de sorpresa y admiración. —Es duro, Daniel. Muy duro. —Más duro es estar tirado en tu propia mierda esperando a que alguien te dé un vaso de agua, Licenciado. Escríbalo así. Y quiero que grabe un video. Hoy mismo. Con mi celular y con el suyo. Donde yo diga que estoy en pleno uso de mis facultades y que esta es mi voluntad. Que quede constancia de que nadie me está obligando.
Hicimos el video. Me peiné, me senté lo más derecho que pude y hablé a la cámara. Dije mi nombre, la fecha y expliqué mis motivos. No lloré. Mi voz no tembló. Fue la declaración de un hombre que recupera el control de su destino en el último minuto del partido. Cuando Pedro se fue con el borrador para protocolizarlo, sentí que me quitaba cien kilos de encima. Ya estaba hecho. La trampa estaba puesta. Ahora solo faltaba esperar.
Los días siguientes fueron, irónicamente, los más felices que había tenido en años. Eugenio e Irene no solo me cuidaban; me integraron a una vida que yo no sabía que existía. Eugenio trajo sus cosas. Llenó la sala (esa sala vacía y triste) con sus planos, sus maquetas, su música de José Alfredo Jiménez. —Compadre, ¿te molesta si pongo un clavo aquí para colgar mi sombrero? —me preguntaba. —Genio, es tu casa. Taladra la pared si quieres.
Irene, por su parte, llenó la casa de aromas. Hizo pan de elote. Hizo caldo tlalpeño. Hizo arroz con leche. —Tío, tiene que comer poquito pero seguido —me decía, sentándose a mi lado con la cuchara—. Ándele, por el amor de Dios, que si no come, mi papá dice que cocino feo. Yo comía. A veces vomitaba después, sí, porque mi estómago ya no aguantaba mucho, pero el sabor del cariño se quedaba.
Una tarde lluviosa, Eugenio se puso a buscar en los cajones de la sala. —¿Qué buscas, viejo loco? —El dominó, cabrón. Sé que tienes uno cubano por ahí. —En el cajón del trinchador, hasta el fondo. Lo sacó. Esa tarde jugamos dominó. Irene aprendió a jugar. —¡Mula de seises! —gritaba Eugenio, azotando la ficha en la mesita que me habían puesto en la cama—. ¡Te ahorqué la mula, Daniel! —Estás bien pendejo, Genio, yo traigo el cierre —le contestaba yo, riéndome.
Reír. Cuánto tiempo hacía que no me reía hasta que me doliera la panza. Con Mariana y Andrea, las cenas eran silenciosas, cada quien en su celular. Aquí, había gritos, bromas, “carrilla”. En medio de una partida, me quedé mirando a Eugenio. Estaba concentrado, con el ceño fruncido, calculando las fichas. Pensé en todo lo que habíamos vivido. Las borracheras de jóvenes, las veces que le presté dinero, las veces que él me ayudó a colar el techo de esta misma casa. —Gracias —le solté de la nada. Él levantó la vista, con una ficha en la mano. —¿Y ahora? ¿Te pusiste sentimental o qué? Juega, que te toca. —Gracias por estar aquí. En serio. Podrías estar en tu depa, tranquilo, sin aguantar mis olores ni mis quejas. Eugenio bajó la ficha suavemente. —Daniel… tú harías lo mismo por mí. Además, no te hagas ilusiones, lo hago porque quiero quedarme con tu colección de discos de los Beatles —bromeó, pero sus ojos brillaban—. Somos carnales. Y los carnales no se rajan.
Irene nos miraba sonriendo. Esa niña era un ángel. A veces la veía cansada, con ojeras por desvelarse cuidándome o estudiando para sus exámenes en el sillón de mi cuarto, pero nunca, ni una sola vez, me hizo una mala cara. —Tío, ya pasé Anatomía II —me presumió un día, mostrándome su celular con la calificación. —¡Eso es todo, doctora! —le celebré—. Cuando me cure, te voy a poner tu consultorio. Ambos sabíamos que no me iba a curar. La frase quedó flotando en el aire un segundo, pero ella la atrapó al vuelo. —Con que me deje cuidarlo ahorita, me doy por bien servida.
Pero el cáncer es un inquilino que no paga renta y destruye la casa. A pesar del amor y los cuidados, mi cuerpo se apagaba. Empecé a dormir más. La morfina ya no era opcional, era necesaria cada cuatro horas. Los dolores en el abdomen eran como cuchilladas calientes. Dejé de poder ir al baño. Me tuvieron que poner sonda. Ese día lloré. Lloré de humillación. Irene me sostuvo la mano mientras la enfermera (que contratamos para los procedimientos más feos) me la ponía. —No pasa nada, tío. Es solo un tubo. Usted siga respirando. —Ya no soy un hombre, Irene. Soy un envase con mangueras. —Es usted el hombre más valiente que conozco —me dijo ella, secándome las lágrimas—. No diga tonterías.
Las noches se volvieron largas. El “síndrome del ocaso”, le llaman. Cuando cae el sol, te entra ansiedad. Me daban ataques de pánico. Sentía que me ahogaba. —¡Eugenio! ¡Eugenio! —gritaba yo en la oscuridad. Y ahí estaba él. En tres segundos. —Aquí estoy, Dani. Aquí estoy. Respira conmigo. Uno, dos… Me sobaba la espalda. Me ponía paños fríos en la frente. A veces se quedaba sentado en la silla toda la noche, vigilando mi sueño, como un guardián leal.
Una de esas noches, con la lucidez extraña que da la madrugada, le pedí mi celular. —¿Para qué, Daniel? Son las 3 de la mañana. —Quiero verlas. Por última vez. Eugenio dudó, pero me lo dio. Entré al perfil de Mariana. Había subido una foto hacía dos horas. Estaba en una terraza, con una copa de vino tinto. Se veía guapa, arreglada, bronceada. El texto: “Salud por la vida. A veces hay que alejarse de lo tóxico para volver a brillar.”
“Lo tóxico”. Yo era lo tóxico. Mi cáncer era lo tóxico. Miré la foto un largo rato. Ya no sentí rabia. Sentí una pena profunda por ella. Pobre mujer. Pensaba que la vida era eso: copas, fotos, likes. No sabía que la vida real estaba aquí, en esta habitación que olía a alcohol y lavanda, donde un amigo le sostenía la mano a otro mientras la muerte rondaba. Ella estaba brindando por su “libertad”, sin saber que estaba brindando por su ruina.
—Genio —le dije, devolviéndole el celular. —¿Mande? —Ya estoy listo. —¿Listo para qué? —Para irme. Ya no tengo pendientes. Ya vi lo que tenía que ver. Ya firmé lo que tenía que firmar. Y ya me despedí de quien valía la pena. Eugenio me apretó la mano. —No te me adelantes, cabrón. Todavía aguantas otro rato. —Quizás. Pero ya no tengo miedo.
La última semana fue una mezcla de sueños y realidad. A veces despertaba y pensaba que estaba en el taller. —Beto, pásame la llave de media… —murmuraba. Irene me seguía la corriente. —Aquí está la llave, tío. Ya quedó apretado el tornillo. Descanse.
Vinieron a visitarme algunos de los muchachos del taller. Don Tomás lloró al verme tan flaco. —No llore, Don Tomás. Me voy a un taller mejor, donde no faltan las refacciones —le dije, intentando bromear.
Pero lo más importante pasó dos días antes del final. Llamé a Irene y a Eugenio. Les pedí que se acercaran. Mi voz ya era un susurro. Me costaba mucho hablar. —Quiero… quiero darles las gracias. No por cuidarme. Sino por enseñarme que… que no fui un fracaso. —Tío, usted es un exitoso —dijo Irene, con los ojos llenos de lágrimas. —No hablo de dinero… hablo de amor. Pensé que me iba a morir pensando que nadie me quería. Que mi vida había sido un desperdicio trabajando para dos mujeres que me odiaban. Pero ustedes… ustedes me devolvieron mi valor. Me voy sabiendo que fui un buen amigo y un buen tío. Y eso… eso es mejor que ser millonario.
Eugenio se quebró. Ese hombre de hierro, de bigote espeso y manos duras, escondió la cara en el colchón y lloró como niño. —Te quiero un chingo, hermano —sollozó—. No te vayas, por favor. Le puse la mano en la cabeza. Le acaricié el pelo canoso. —Tengo que irme, Genio. El motor ya no da más. Está desbielado. Pero les dejo todo. La casa es suya. Sean felices aquí. Llenenla de nietos, de ruido, de vida. Que no se quede en silencio nunca más.
Irene me besó la mano. —Se lo prometemos, tío. Esta casa siempre va a ser su casa.
Cerré los ojos. Sentí una paz inmensa. El dolor físico seguía ahí, agazapado, pero el dolor del alma se había ido. Ya no me importaba Mariana. Ya no me importaba Andrea. Eran personajes de una película que ya había terminado. Ahora solo estábamos nosotros. Los leales. Los de verdad. Y con esa imagen, la de Eugenio e Irene a mi lado, me dejé ir hacia el sueño, esperando que, cuando despertara, ya no hubiera dolor.
Lo que no sabía, es que mi muerte no sería el final de la historia, sino el detonante de la segunda parte. La parte donde los buitres regresarían a volar en círculos, pensando que había carroña, sin saber que el cazador les había dejado una trampa explosiva. Pero eso… eso ya no me tocaría verlo a mí. Eso le tocaría a Eugenio. Y yo sabía, con certeza absoluta, que mi compadre no iba a fallar.
CAPÍTULO 6: El Vuelo de los Zopilotes y el Funeral sin Llantos Falsos
Dicen que cuando uno se muere, el oído es el último sentido que se apaga. Y es verdad. Escuché el llanto ahogado de Eugenio, ese sonido gutural y profundo que solo hacen los hombres que rara vez lloran. Escuché la voz dulce de Irene diciéndome: “Vaya con Dios, tío”. Y luego, escuché el silencio. Pero no el silencio aterrador de la soledad que sufrí semanas atrás, sino un silencio de paz, como cuando se apaga un motor que ha estado fallando y vibrando durante horas.
Mi cuerpo se quedó ahí, en esa cama que mis amigos habían convertido en un altar de dignidad, pero yo… yo ya estaba lejos. Sin embargo, no me fui del todo. La curiosidad, o quizás el deseo de ver justicia, me mantuvo atado un poco más a esa casa en la colonia Narvarte. Quería ver el final de la obra. Quería ver la cara de las actrices principales cuando se dieran cuenta de que el teatro se les había caído.
Eugenio e Irene se encargaron de todo con una eficiencia amorosa que me hubiera hecho sentir orgulloso. No hubo gritos histéricos. Eugenio me cerró los ojos con sus dedos callosos, me acomodó las manos sobre el pecho y me cubrió con la sábana blanca. —Descansa, hermano. Ya se acabó la chingaden —susurró, besándome la frente fría.
Lo que siguió fue un funeral modesto, pero real. No hubo coronas de flores de diez mil pesos enviadas por compromiso. Hubo docenas de ramos sencillos, traídos por los mecánicos del taller, por Don Pepe el vecino, por la señora de los tamales a la que siempre le compraba los domingos. La funeraria estaba llena de gente que me quería por quien era, no por lo que les daba. El Beto lloraba en una esquina, limpiándose los mocos con una estopa limpia que traía en la bolsa por costumbre. —El Don Dani era a toda madre —decía a quien quisiera escucharlo—. Él me enseñó a no ser transa.
Pero había un hueco enorme en esa sala de velación. Un hueco con forma de esposa e hija. La gente murmuraba. En México, el chisme corre más rápido que la electricidad. —¿Y la viuda? —preguntaba una vecina metiche. —Dicen que lo abandonaron —contestaba otra en voz baja—. Que se fueron al norte cuando se puso malo. ¡Qué poca madre! —Pues mejor que no estén. Pa’ hipocresías, mejor la ausencia.
Eugenio recibía el pésame con cara de piedra. Cuando alguien preguntaba por Mariana, él solo decía: “No están. Daniel murió rodeado de la gente que lo amaba”. Esa frase, dicha con su voz ronca, era una cachetada con guante blanco.
Mientras mi cuerpo bajaba a la tierra en el Panteón Español, a novecientos kilómetros de distancia, en una terraza de moda en San Pedro Garza García, Monterrey, el celular de Mariana vibró. Era un mensaje de una vecina, la única que todavía le hablaba, más por morbo que por amistad. “Mariana, te doy el pésame. Me acabo de enterar de que Daniel falleció anoche. El funeral es hoy. Pensé que querrías saber.”
Vi, o imaginé con una claridad perfecta, cómo se le caía la copa de vino de la mano. El cristal se rompió contra el piso de mármol, manchando sus zapatos caros de un líquido rojo que parecía sangre. —¿Qué pasa, mamá? —preguntó Andrea, que estaba tomándose una selfie con la luz del atardecer. Mariana se quedó pálida. No de tristeza, sino de shock. La realidad acababa de poncharle su burbuja de “tiempo fuera”. —Tu papá… se murió.
Andrea bajó el teléfono. Su reacción fue distinta. Ella sí sintió el golpe. Se llevó las manos a la boca y sus ojos se llenaron de lágrimas. A fin de cuentas, era mi sangre. La culpa, ese monstruo que dormía bajo su cama, despertó de golpe y le mordió el corazón. —¡No! ¡No puede ser! Dijiste que teníamos tiempo, mamá. ¡Dijiste que iba a durar meses! —gritó Andrea, histérica. —Eso dijo la doctora… —balbuceó Mariana, tratando de recalcular la situación—. Se fue muy rápido. Maldita sea, Daniel, siempre haciéndome quedar mal.
Fíjense en eso. Incluso en mi muerte, su primera reacción fue pensar en cómo le afectaba a ella. “Haciéndome quedar mal”. No “pobre Daniel”, no “mi esposo”. Sino el inconveniente de que me muriera antes de que ellas pudieran armar su narrativa de “regreso triunfal”.
Mariana se recuperó rápido. Su cerebro de contadora (aunque nunca ejerció) empezó a trabajar a mil por hora. Se secó las lágrimas que ni siquiera le habían salido y agarró a Andrea por los hombros. —Cálmate, Andrea. Llorar no sirve de nada ahorita. Tenemos que regresar. Ya. —¡No me pude despedir! —lloraba mi hija—. ¡Lo dejamos solo, mamá! ¡Soy una mierda! —¡Cállate! No lo dejamos solo, le dimos espacio. Y ahora tenemos que ir a reclamar lo que es nuestro. Si no estamos ahí, ese “amigo” suyo, el tal Eugenio, seguro se quiere quedar con cosas. Tenemos que asegurar la casa y el taller.
Esa era la prioridad. No mi tumba. No mi memoria. El taller y la casa. Hicieron las maletas en tiempo récord. Mariana aventaba la ropa de marca dentro de las Louis Vuitton con una desesperación febril. —Busca los vuelos. El primero que salga a México. Y deja de llorar, que se te van a hinchar los ojos y no queremos que nos vean mal en el velorio. Tenemos que vernos dignas. Somos las dolientes, Andrea. Recuérdalo. Somos las víctimas de la viudez.
El viaje de regreso fue tenso. Aterrizaron en la Ciudad de México al día siguiente del entierro. Llegaron tarde al funeral, tarde al entierro y tarde a la decencia. Tomaron un Uber directo a la casa. Durante el trayecto, Mariana iba ensayando su discurso. —Vamos a decir que los vuelos se cancelaron, que intentamos llegar pero no pudimos. Y que estábamos en Monterrey buscando un tratamiento experimental para él. Sí, eso suena bien. Buscábamos una cura y por eso no estábamos.
Andrea iba callada, mirando por la ventana la ciudad gris que tanto odiaba y que ahora le parecía una cárcel de culpa. —Mamá… ¿y si papá estaba enojado? —Tu papá no se enojaba con nosotras, mensa. Nos adoraba. Era un blandengue. Seguro se murió pensando en nosotras. Además, la ley es la ley. Soy la esposa. Tú eres la hija. Todo es nuestro. —¿Y el taller? —El taller lo vendemos. Ya estuve investigando precios. Vale una millonada. Con eso nos compramos un depa en Polanco y tú te vas de intercambio a Europa como querías. Vas a ver, hijita. Todo va a estar bien. Tu papá, al final, nos va a dar la vida que merecemos.
Llegaron a la calle de mi casa. Mariana esperaba ver la casa descuidada, sucia, tal como la habían dejado o peor. Esperaba encontrar un escenario que justificara su narrativa: “Miren cómo vivía, era imposible cuidarlo”. Pero se encontraron con otra cosa. La fachada estaba barrida. Las plantas de la entrada, esas que Mariana había dejado secar, estaban verdes y floreciendo (obra de Irene). La casa se veía digna. Se veía viva. Y en la puerta, sentado en una silla de madera, fumándose un cigarro con la calma de un volcán dormido, estaba Eugenio.
El Uber se detuvo. Mariana y Andrea bajaron con sus maletas, vestidas de negro impecable, con lentes oscuros enormes para ocultar la falta de lágrimas (o en el caso de Andrea, el exceso de ellas). Caminaron hacia la reja. Eugenio no se levantó. Solo las miró. Se quitó el cigarro de la boca y exhaló el humo lentamente hacia el cielo.
—Abran la reja, por favor —dijo Mariana, con ese tono de patrona que usaba con los meseros. Eugenio no se movió. —¿Para qué? —preguntó, con voz tranquila. —¿Cómo que para qué? Es mi casa, imbécil. Vengo a ver a mi esposo. O lo que quede de sus cosas. Vengo a hacerme cargo.
Eugenio soltó una risa seca, sin humor. Se levantó despacio, alisándose el chaleco. Caminó hasta la reja, pero no la abrió. Se quedó del otro lado, mirándolas a través de los barrotes de hierro forjado. —Llegan tarde, señoras. Daniel ya no está aquí. Lo enterramos ayer. —¡Ya lo sabemos! —gritó Mariana, perdiendo la compostura—. ¡Queremos entrar! Tengo que revisar los papeles, tengo que ver el testamento, tengo que sacar su ropa… —Aquí no van a sacar nada —la interrumpió Eugenio, y su voz se endureció como el acero—. Esta casa está bajo mi cuidado. Y ustedes… ustedes perdieron el derecho de entrar aquí el día que lo dejaron tirado en su propio vómito.
Andrea sollozó y se agarró de los barrotes. —Eugenio… por favor. Quiero ver su cuarto. Quiero oler su ropa. Por favor. Papá me hubiera dejado entrar. Eugenio miró a Andrea y sus ojos se suavizaron un poco, pero solo un poco. La lástima no borra la traición. —Tu papá te esperó, Andrea. Te esperó muchas noches. Preguntaba por ti. Revisaba tu Instagram para ver si estabas bien mientras él se retorcía de dolor. Y tú estabas “viviendo el momento”, ¿no? Andrea bajó la cabeza, destruida. —No tienes derecho a juzgarnos —intervino Mariana, venenosa—. Tú eres un simple amigo. Un arrimado. Seguro te aprovechaste de que estaba medicado para meterte aquí. Voy a llamar a la policía. ¡Estás invadiendo propiedad privada!
—Llama a quien quieras, Mariana —dijo Eugenio, cruzándose de brazos—. Pero no vas a entrar. No hoy. Mariana sacó el celular, temblando de rabia. —¡Esto es secuestro de bienes! ¡Te voy a refundir en la cárcel! ¡Esa casa es mía! ¡Daniel no hizo testamento, yo lo sé! ¡Todo pasa a ser mío automáticamente!
Eugenio sonrió. Esa sonrisa que yo le había visto días antes, cuando planeábamos la jugada maestra. —Ah, ¿estás segura de eso? Mariana se detuvo. La duda cruzó por su cara maquilada. —¿De qué hablas? —De que Daniel no era tonto, Mariana. Y tuvo mucho tiempo libre. Tiempo para pensar, para firmar y para decidir quién es su verdadera familia.
El color abandonó el rostro de mi viuda. —¿Hizo… hizo un testamento? —Sí. Y se va a leer mañana. En la notaría del Licenciado Pedro. A las 10 de la mañana. Ahí nos vemos. Hasta entonces, esta casa está cerrada para ustedes.
—¡No puedes hacerme esto! —chilló Mariana, golpeando la reja—. ¡Tengo mis vestidos ahí! ¡Mis joyas! —Tus joyas están seguras. Nadie las quiere. Pero tú no entras. Búscate un hotel. Tienes dinero, ¿no? Ese que te gastaste en Monterrey. Eugenio dio media vuelta y empezó a caminar hacia la puerta de la casa. —¡Eugenio! ¡No nos des la espalda! —gritó Mariana. Eugenio se detuvo, giró la cabeza y les soltó la última estocada: —Ustedes le dieron la espalda primero. Y con un moribundo no se juega.
Entró a la casa y cerró la puerta. Escuché el golpe seco del cerrojo. Afuera, en la banqueta, Mariana y Andrea se quedaron paradas junto a sus maletas Louis Vuitton, bajo el sol implacable de la tarde. Los vecinos, asomados por las ventanas, miraban el espectáculo. —¡Vámonos, mamá! —suplicó Andrea, jalándola del brazo—. Todo el mundo nos está viendo. Qué vergüenza. —¡Esto no se queda así! —masculló Mariana, roja de ira—. Mañana en la notaría voy a destruir a ese desgraciado. La casa es mía. El taller es mío. Todo es mío. Daniel no se atrevería a dejarme sin nada. Él me amaba demasiado. Era un idiota enamorado.
Se subieron a otro taxi, rumbo a un hotel. Iban furiosas, asustadas, pero sobre todo, iban ciegas. No tenían ni la menor idea de que el “idiota enamorado” había dejado de ser idiota el día que probaron ser unas arpías. No sabían que el taller, su supuesta mina de oro, ya tenía otro dueño. Y no sabían que mañana, a las 10 de la mañana, no iban a recibir una herencia, sino una lección de moralidad que les iba a arder el resto de sus vidas.
Esa noche, en la casa, Eugenio e Irene cenaron tranquilos. —¿Vinieron? —preguntó Irene, sirviendo café. —Vinieron. Zopilotes de primera. Querían entrar a rapiñar. —¿Qué les dijiste? —Que se esperen a mañana. A la hora de la verdad. Irene miró una foto mía que habían puesto en la sala, con una veladora encendida. —El tío Daniel va a estar presente mañana, papá. De alguna forma. —Va a estar cagado de risa, hija. Eso te lo aseguro.
Yo, desde donde sea que esté, observaba la escena. Y sí, Eugenio tenía razón. No sentía rencor. Sentía una satisfacción profunda. La trampa estaba lista. El queso estaba puesto. Y los ratones acababan de llegar hambrientos. Mañana sería el gran día. El día en que el “muertito” hablaría más fuerte que los vivos.
CAPÍTULO 7: La Noche de los Buitres y el Juicio de Papel
La noche previa a la lectura de un testamento es extraña. Debería ser una noche de luto, de recuerdos, de prender una veladora y rezar por el alma del que se fue. Pero para Mariana y Andrea, fue una noche de matemáticas.
Se hospedaron en un hotel boutique en la colonia Roma, uno de esos lugares con muebles vintage y precios de Nueva York, pagado con la tarjeta de crédito que yo solía liquidar mes con mes. Desde mi nueva “ubicación” —llamémosle el palco VIP del universo—, las observé. No con odio, fíjense bien, sino con esa curiosidad científica con la que uno mira a los insectos bajo una lupa.
Mariana no podía dormir. Caminaba de un lado a otro de la habitación, con una copa de vino del minibar en la mano. —A ver, Andrea, concéntrate —decía, sacando una libreta de su bolso—. El taller. Tu papá siempre dijo que el terreno valía mucho porque la zona se gentrificó. Mínimo, bajita la mano, nos dan cinco o seis millones por el puro terreno. Más la maquinaria, la cartera de clientes… ponle otros dos. —Mamá, ¿podemos dejar de hablar de dinero? —suplicó Andrea, acostada en la cama con la cara tapada por una almohada. Se le escuchaba la voz mormada de tanto llorar. —No, no podemos. Porque el dinero es libertad, hijita. Con eso pagamos tu maestría en Barcelona, compramos el depa y nos olvidamos de esta pesadilla. Tu papá… bueno, tu papá ya descansó. Ahora nos toca a nosotras vivir.
“Descansó”. Qué forma tan conveniente de resumir mi agonía. Mariana hacía sumas y restas en el papel. Sus ojos brillaban, no por las lágrimas, sino por la codicia. Ya se veía caminando por Masaryk con bolsas de compras, ya se veía remodelando la cocina que nunca usaba. —Mañana, en cuanto nos den los papeles, vamos a la casa y cambiamos las chapas. Ese tal Eugenio no me da buena espina. Seguro se robó la tele o algo. Hay que hacer inventario.
Andrea se sentó en la cama, con los ojos rojos e hinchados. —Mamá… ¿y si papá estaba muy enojado? Eugenio dijo cosas muy feas hoy. Dijo que papá sabía que lo abandonamos. Mariana se detuvo. Tomó un trago largo de vino. —Tu papá era un hombre bueno, Andrea. Demasiado bueno. Sí, a lo mejor estaba dolido, pero… la sangre es la sangre. No le dejaría su patrimonio a un amigo de borracheras. La ley protege a la familia. Además, ¿quién lo cuidó durante treinta años? Yo. Yo le planché sus camisas, yo le aguanté sus ronquidos, yo le crié a su hija. Unos meses de “distancia” no borran treinta años de matrimonio.
Se autoengañaba con una facilidad impresionante. Creía su propia mentira porque la necesitaba para no derrumbarse. Yo la miraba y pensaba: “Mariana, te aguanté los ronquidos yo a ti. Te pagué las cirugías. Te perdoné tus gastos excesivos. Y esos ‘meses de distancia’ fueron los meses donde definiste quién eras realmente”.
Amaneció gris en la Ciudad de México. El día del juicio final para mis herederas. Se vistieron con un luto de pasarela. Mariana se puso un vestido negro entallado, tacones de aguja y unos lentes oscuros enormes, tipo Jackie Kennedy, para ocultar las ojeras (o la falta de ellas). Andrea se puso un vestido sencillo, negro, y se recogió el pelo. Ella sí se veía triste. La culpa se le notaba en los hombros caídos.
Pidieron un Uber Black. Durante el trayecto a la notaría del Licenciado Pedro, en la colonia Del Valle, Mariana iba repasando su papel. —Recuerda, Andrea: estamos destrozadas. Si preguntan por qué no estuvimos, fue porque estábamos buscando una segunda opinión médica en el norte. No te salgas del guion. —Mamá, es una notaría, no un casting de Televisa. —Es lo mismo, mi amor. En esta vida todo es imagen. Si nos vemos culpables, nos van a tratar como culpables. Tenemos que vernos dignas.
Llegaron a la notaría cinco minutos antes de las 10:00 a.m. El despacho del Licenciado Pedro olía a madera vieja, a café y a papel sellado. Esos lugares imponen respeto. Las paredes forradas de libros de derecho y los diplomas enmarcados te recuerdan que ahí, la ley es la que manda.
Eugenio e Irene ya estaban ahí. Estaban sentados en un sofá de piel café, en silencio. Eugenio llevaba su mejor traje, uno azul marino que se compró para la boda de Irene (que nunca pasó porque la niña se dedicó a estudiar), y una corbata negra. Irene vestía un conjunto gris, discreto. Se veían tranquilos. Se veían en paz. Cuando Mariana y Andrea entraron, el aire se tensó como una cuerda de violín a punto de reventar.
Mariana se quitó los lentes oscuros y barrió a Eugenio con la mirada. —Buenos días —dijo, seca, como si estuviera saludando al personal de limpieza. Eugenio asintió levemente con la cabeza. No dijo nada. No hacía falta. Su presencia llenaba la habitación. Irene le sonrió tristemente a Andrea. —Hola, Andrea. Lo siento mucho —le dijo, sincera. Andrea bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos a la mujer que había hecho el trabajo que le correspondía a ella como hija. —Gracias… —susurró.
La secretaria, una señora amable de lentes, rompió el hielo. —Pasen, por favor. El Licenciado Pedro los espera en la sala de juntas.
Entraron. Una mesa larga de caoba dominaba el cuarto. El Licenciado Pedro estaba en la cabecera, con una carpeta gruesa frente a él. Tenía cara de póker. Nadie hubiera adivinado lo que contenía esa carpeta. —Siéntense, por favor. Mariana y Andrea se sentaron de un lado. Eugenio e Irene del otro. Como dos ejércitos enemigos antes de la batalla.
—Estamos aquí reunidos para dar lectura al testamento público abierto del Señor Daniel García —empezó Pedro, con su voz de barítono—. Antes de comenzar, quiero expresar mis condolencias a todos los presentes. Daniel fue un gran hombre y un cliente estimado.
Mariana sacó un pañuelo de encaje y se limpió una lágrima invisible. —Gracias, Licenciado. Ha sido… ha sido devastador para nosotras. No pudimos llegar a tiempo para despedirnos y eso nos tiene el alma rota. Eugenio soltó un bufido por la nariz. Un sonido corto, de desprecio puro. Mariana lo fulminó con la mirada. —¿Algún problema, Señor Martínez? —Ninguno, Señora. Solo admiro su capacidad de oratoria. Prosiga, Licenciado.
Pedro abrió la carpeta. El sonido del papel crujiendo resonó en el silencio. —El testamento que voy a leer es el último otorgado por el Señor Daniel, fechado hace apenas tres semanas. Revoca cualquier disposición anterior. Se realizó ante mí, con todas las formalidades de ley, y cuento con un video de respaldo que certifica la plena lucidez del testador al momento de su firma.
Mariana se tensó. —¿Hace tres semanas? —interrumpió—. Pero si él estaba muy mal… estaba medicado. ¿Cómo sabemos que estaba lúcido? —Porque yo lo certifiqué, Señora —respondió Pedro, tajante, mirándola por encima de sus lentes—. Y porque en el video se ve claramente que sabía lo que hacía. Si gusta impugnar después, está en su derecho, pero le advierto que el caso está blindado. ¿Puedo continuar?
Mariana asintió, apretando la mandíbula. Sus manos, con manicura perfecta, arañaban la piel de su bolso. Pedro empezó a leer. “Yo, Daniel García, mexicano, mayor de edad, en pleno uso de mis facultades mentales y libre de cualquier coacción, dicto mi última voluntad…”.
Las palabras legales fluían monótonas, pero cargadas de significado. —“Primero: Declaro que estuve casado con la Señora Mariana López y que procreamos una hija, Andrea García López.” Mariana se enderezó, esperando la frase mágica: “A quienes instituyo como herederas universales”.
Pero Pedro continuó: —“Segundo: Es mi deseo dejar constancia de los hechos ocurridos en los últimos meses de mi vida. Fui diagnosticado con una enfermedad terminal. En el momento de mayor vulnerabilidad, cuando mi cuerpo fallaba y mi espíritu necesitaba consuelo, las personas que juraron amarme, mi esposa y mi hija, decidieron abandonarme.”
El silencio en la sala se volvió sólido. Pesado. Mariana abrió la boca, indignada. Andrea se cubrió la cara con las manos. Pedro siguió leyendo, implacable, dando voz a mis palabras. —“Se fueron bajo el pretexto de que mi sufrimiento era ‘demasiada presión’ para ellas. Me dejaron en mi casa, enfermo, sin capacidad de valerme por mí mismo, expuesto al hambre y a la soledad. Si no fuera por la intervención de mi amigo Eugenio Martínez y su hija Irene, mi muerte hubiera ocurrido mucho antes y en condiciones inhumanas.”
—¡Eso es mentira! —gritó Mariana, poniéndose de pie—. ¡Es una calumnia! ¡Él estaba resentido, estaba loco por la medicina! ¡Nosotras lo amábamos! —Siéntese, Señora —ordenó Pedro con voz de trueno—. No he terminado.
Mariana se dejó caer en la silla, jadeando. Eugenio la miraba fijo, sin pestañear. Pedro retomó la lectura. —“Tercero: El amor se demuestra con hechos, no con palabras. La lealtad se prueba en la tormenta, no en la calma. Mi esposa Mariana rompió sus votos matrimoniales al abandonarme en la enfermedad. Mi hija Andrea rompió el vínculo natural de piedad filial al dejar a su padre morir solo.”
Andrea sollozó audiblemente. —Papá… perdóname… —gemía. —“Por lo tanto…” —la voz de Pedro subió de volumen, enfatizando lo que venía— “He tomado la siguiente decisión respecto a mis bienes.”
Mariana dejó de respirar. Sus ojos estaban clavados en los labios del abogado. —”Cuarto: Instituyo como mis ÚNICOS Y UNIVERSALES HEREDEROS a los Señores Eugenio Martínez e Irene Martínez. A ellos les lego la totalidad de mis bienes presentes y futuros, incluyendo la propiedad ubicada en la colonia Narvarte, así como la totalidad del dinero líquido existente en mis cuentas bancarias, producto de mis ahorros y de la venta de mi negocio ‘Servicio Automotriz Daniel’.”
¡Bam! La bomba estalló. —¿Qué? —susurró Mariana, pálida como un muerto—. ¿La venta del negocio? ¿Vendió el taller? —Así es —confirmó Pedro—. El taller fue vendido hace dos semanas. El dinero está íntegro en la cuenta que ahora pertenece al Señor Eugenio.
Mariana parecía que le iba a dar un infarto. Se agarró el pecho. —¡No puede ser! ¡Ese taller vale millones! ¡Es nuestro! ¡Nosotras somos su familia! ¡Esto es un robo! —gritó, señalando a Eugenio—. ¡Tú! ¡Tú le lavaste el cerebro! ¡Te aprovechaste de un viejo enfermo para quedarte con todo!
Eugenio, con una calma que daba miedo, habló por primera vez. —Yo le limpié el culo, Mariana. Yo le di de comer en la boca. Yo le sostuve la mano cuando gritaba de dolor en las noches. ¿Dónde estabas tú? Ah, sí… en Monterrey, “viviendo el momento”. —¡Eres un ladrón! —chilló ella.
—“Quinto…” —interrumpió Pedro, alzando la voz para callarlos— “No me he olvidado de mi esposa y mi hija. Para ellas, tengo un legado especial.”
La esperanza brilló un segundo en los ojos de Mariana. “Ahí está”, pensó seguramente. “Nos asustó, pero seguro nos dejó la mitad. O un fideicomiso. Algo”. Se inclinó hacia adelante, ansiosa. Pedro me miró —o miró al vacío donde sentía mi presencia— y leyó la cláusula final, esa que redactamos con tanto cuidado.
—“A mi esposa Mariana y a mi hija Andrea, les lego la cantidad de $10,000.00 (Diez mil pesos 00/100 M.N.) a cada una. Esta suma tiene como finalidad que puedan reiniciar su vida desde cero, tal como tuve que reiniciar yo mi estado emocional cuando se marcharon. Espero que este dinero les sirva para pagar un curso de primeros auxilios o de ética, por si algún día vuelven a tener a un familiar enfermo.”
Diez mil pesos. Quinientos dólares, más o menos. Lo que costaba una de las bolsas de Mariana. Lo que se gastaba Andrea en una noche de antro.
La sala quedó en silencio absoluto. Se escuchaba el zumbido del aire acondicionado. Mariana miraba al abogado con la boca abierta. No podía procesarlo. Su cerebro no aceptaba que su fortuna, su futuro asegurado, sus viajes a Europa, se hubieran convertido en diez mil miserables pesos.
—¿Es… es una broma? —preguntó, con voz temblorosa. —No, Señora. Es la voluntad del testador. Diez mil pesos. Pueden pasar a recoger su cheque en la recepción al terminar la sesión.
Andrea rompió a reír. Una risa histérica, nerviosa, dolorosa. —Es justo… —dijo entre carcajadas y llanto—. Es justo, mamá. Nos lo merecemos. —¡Cállate, estúpida! —le gritó Mariana, y le soltó una cachetada a su propia hija. El sonido del golpe resonó seco en la sala. Andrea se llevó la mano a la mejilla, mirando a su madre con horror.
Eugenio se levantó de golpe. —¡Ya basta! —tronó—. Aquí no vas a hacer tus escenas, Mariana. Mariana se giró hacia él, con los ojos desorbitados, llenos de odio. Parecía una fiera acorralada. —¡Me las vas a pagar! ¡Voy a impugnar! ¡Voy a contratar a los mejores abogados! ¡No vas a ver un peso de ese dinero! ¡Ese dinero es mío! ¡Yo lo sufrí treinta años!
El Licenciado Pedro cerró la carpeta con calma. —Puede intentarlo, Señora. Pero le advierto que el Señor Daniel dejó grabada una declaración en video donde explica detalladamente el abandono del que fue víctima. Si usted lleva esto a juicio, ese video se hará público. Y créame… la sociedad no suele ser amable con las esposas que abandonan a maridos con cáncer terminal. Su reputación, y la de su hija, quedarán destruidas. ¿De verdad quiere arriesgarse a eso por… la posibilidad de perder y pagar costas judiciales?
Mariana se quedó helada. La reputación. El “qué dirán”. Eso era lo único que le importaba más que el dinero. Se dejó caer en la silla, derrotada. Empezó a llorar, pero esta vez no era teatro. Era el llanto de la rabia, de la impotencia, de saberse vencida por un muerto.
—Maldito seas, Daniel… —susurró entre dientes—. Maldito seas. —Él ya no te escucha, Mariana —dijo Eugenio, acomodándose el saco—. Pero nosotros sí. Y te sugiero que agarres tu cheque de diez mil pesos y te vayas. Porque si sigues insultando la memoria de mi amigo, te saco de aquí a rastras.
Mariana se levantó, temblando. Agarró su bolso. No miró a nadie. Caminó hacia la puerta con la poca dignidad que le quedaba, que era nula. —Vámonos, Andrea. Andrea no se movió. Seguía sentada, llorando en silencio. —¡Te dije que vámonos! —le gritó Mariana desde la puerta. Andrea levantó la vista. Miró a Eugenio. Miró a Irene. Y luego miró a su madre. —Vete tú, mamá. Yo… yo me voy a quedar un momento. —¡Haz lo que se te dé la gana! ¡Eres igual de inútil que tu padre! —escupió Mariana y salió azotando la puerta.
La oficina quedó en silencio otra vez. Eugenio suspiró y se volvió a sentar. Irene se levantó, sacó un pañuelo desechable de su bolsa y se lo dio a Andrea. —Tómalo. Andrea lo aceptó. Se limpió la cara. —Perdón… perdón por todo —dijo, con voz pequeñita—. Yo no quería irme. Ella me convenció. Me dijo que era lo mejor. Yo fui débil. —Lo fuiste —dijo Eugenio, sin endulzarlo—. Pero al menos tienes la decencia de avergonzarte. Tu madre ni eso tiene.
El Licenciado Pedro nos miró a todos (bueno, a ellos). —Bien. El trámite está concluido. Eugenio, Irene, necesito sus firmas aquí. Andrea, si gustas tu cheque… Andrea negó con la cabeza. —No lo quiero. Dónenlo. O úsenlo para las flores de la tumba. Yo no quiero ese dinero. Me quema.
Se levantó. Se veía más pequeña, más joven. La arrogancia se le había caído junto con las esperanzas de herencia. —Adiós, Eugenio. Adiós, Irene. Gracias por cuidarlo. De verdad. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró al techo. —Adiós, papá. Y perdón. Salió cerrando la puerta suavemente.
Eugenio se quedó mirando la puerta cerrada. Luego miró a Irene. —Bueno, hija. Parece que se hizo justicia. —Sí, papá. Se hizo justicia.
Desde mi palco VIP, yo sonreía. Mariana se iba con las manos vacías y el hígado retorcido. Andrea se iba con una lección de vida que, ojalá, la hiciera mejor persona en el futuro. Y mis amigos… mi verdadera familia… se quedaban con el fruto de mi trabajo, para usarlo en cosas buenas, para vivir, para recordar. No podía haber pedido un mejor final. Bueno… todavía faltaba ver qué hacían con sus vidas. Pero esa… esa es la última parte de la historia.
CAPÍTULO 8: La Cosecha de lo Sembrado y el Altar de los Leales
Cuando uno muere, se imagina que el tiempo se detiene, pero no es así. El tiempo es una máquina indiferente que sigue avanzando, aplastando o sanando, según se le deje. Desde mi trinchera en la eternidad, vi cómo las estaciones cambiaban en la Ciudad de México. Vi caer las lluvias de julio, vi llegar el viento de octubre y vi cómo la vida de los que dejé atrás tomaba rumbos opuestos, como ríos que se bifurcan ante una montaña.
La salida de la notaría del Licenciado Pedro fue el punto de quiebre definitivo. En la banqueta de la colonia Del Valle, bajo un sol que no calentaba, se rompió el último eslabón de lo que alguna vez llamé “mi familia”.
Mariana, temblando de rabia y humillación, intentó parar un taxi. —Vámonos al hotel, Andrea. Tenemos que llamar a mi abogado de confianza. Esto no se va a quedar así. Vamos a demandar por demencia senil, por coacción… vamos a destruir a ese albañil y a su hija mosquita muerta. Andrea se quedó parada en el concreto, mirando sus zapatos. —No, mamá. Mariana se giró, con los ojos inyectados en sangre. —¿Qué dijiste? —Dije que no. No voy a ir contigo. No voy a demandar a nadie. Y no voy a seguir jugando a ser la víctima.
Mariana soltó una carcajada incrédula. —¿Y qué vas a hacer, niña tonta? ¿Vivir bajo un puente? No tienes dinero. No tienes trabajo. No sabes hacer nada. Me necesitas. Andrea levantó la cara. Tenía los ojos rojos, pero había una firmeza nueva en su mandíbula, algo que quizás heredó de mí y que había estado dormido bajo capas de mimos y comodidad. —Prefiero lavar baños que seguir escuchándote. Tú me convenciste de irnos, mamá. Tú me dijiste que papá iba a estar bien. Y yo, por cobarde, te creí. Pero ya no te creo. Papá tenía razón. Nos merecemos esos diez mil pesos. Y ni un centavo más.
Andrea dio media vuelta y empezó a caminar hacia la estación del Metrobús. —¡Si te vas, olvídate de que tienes madre! —le gritó Mariana a su espalda, importándole poco que la gente la mirara—. ¡Vas a volver arrastrándote cuando tengas hambre! Andrea no volteó. Se perdió entre la multitud, una figura negra y solitaria tragada por la ciudad. Mariana se quedó sola, gritándole al aire, con su bolso de diseñador y su alma vacía.
El Purgatorio de Mariana
El destino de Mariana fue una caída lenta y dolorosa, como ver un edificio derrumbarse en cámara lenta. Intentó impugnar el testamento. Claro que lo intentó. Gastó lo poco que le quedaba en abogados de segunda categoría que le prometían la luna y las estrellas. Pero en cuanto veían el video —ese video donde yo, flaco pero lúcido, explicaba con lujo de detalle cómo me habían dejado tirado en mi propia suciedad—, los abogados cerraban la carpeta. —No hay caso, señora. El video es contundente. Si esto llega a un juez, no solo va a perder, sino que la pueden acusar de abandono de persona incapaz. Mejor déjelo así.
Pero Mariana no podía dejarlo así. Su orgullo era más grande que su instinto de supervivencia. El dinero se acabó. El hotel boutique la echó cuando la tarjeta rebotó. Tuvo que vender sus joyas. Luego las bolsas. Luego la ropa. Terminó rentando un cuarto de azotea en una colonia popular, lejos de sus amados cafés de la Roma. Lo peor no fue la pobreza, sino la soledad social. El chisme del testamento corrió como pólvora. En los círculos donde ella se movía, las “amigas” que antes le celebraban sus viajes, ahora le cerraban la puerta. Nadie quiere estar cerca de la mujer que abandonó a su marido con cáncer. Se convirtió en una paria.
La vi un año después. Estaba sentada en una fonda económica, comiendo sola. Había envejecido diez años en uno. El tinte de pelo ya no le cubría las canas, y las arrugas de la amargura le habían marcado la boca hacia abajo. Murmuraba sola. Repasaba una y otra vez sus argumentos, culpándome a mí, a Eugenio, a Andrea, al mundo entero. Nunca se miró al espejo para decir: “Yo tuve la culpa”. Su castigo no fue la cárcel. Fue vivir encerrada en la prisión de su propio rencor, condenada a recordar, cada día, que tuvo todo y lo perdió por no tener corazón.
La Redención de Andrea
Andrea, por otro lado, eligió el camino difícil, el de las piedras. Y eso me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, un poco de orgullo póstumo. Ese día, salió de la notaría con los diez mil pesos (que finalmente aceptó porque no tenía ni para comer) y rentó un cuarto compartido con tres estudiantes cerca de la UNAM. Buscó trabajo. Al principio, nadie la contrataba. “Sin experiencia”, le decían. Terminó de mesera en una cafetería de cadena, de esas donde tienes que usar uniforme feo y sonreír aunque te traten mal.
La vi llorar muchas noches. Lloraba porque le dolían los pies de estar parada ocho horas. Lloraba porque los clientes la humillaban por no traer rápido el café. Lloraba porque extrañaba su vida fácil. Pero, sobre todo, lloraba de arrepentimiento. —Perdón, pa —susurraba abrazada a su almohada barata—. Soy una estúpida.
Pero el trabajo la transformó. Aprendió el valor de un peso. Entendió lo que yo sentía cuando llegaba cansado del taller y ella me pedía dinero sin pensar. Con el tiempo, Andrea retomó sus estudios, pero esta vez en una universidad pública, pagándosela ella misma con sus propinas. Maduró. Se le quitó lo niña fresa y le salió lo mujer trabajadora. No volvió a buscar a su madre. Sabía que Mariana era un ancla que la hundiría de nuevo.
Un día, juntó valor y fue al panteón. No llevó flores caras. Llevó un ramito de nubes blancas. Se sentó en mi tumba, limpió la lápida con su suéter y habló conmigo durante horas. —No vengo a pedirte nada, papá. Solo vengo a decirte que ya entendí. Ya entendí lo que es ganarse la vida. Y te prometo que voy a ser alguien de quien no te avergüences. Sentí sus palabras como un bálsamo. No podía abrazarla, pero le mandé una ráfaga de viento suave que le movió el pelo. Creo que lo sintió, porque sonrió entre lágrimas.
El Jardín de los Leales
Mientras tanto, en la casa de la Narvarte, la vida florecía. Eugenio e Irene no solo ocuparon la casa; la revivieron. No borraron mi recuerdo, al contrario, lo integraron en cada rincón. Eugenio remodeló el taller (bueno, su taller mental, porque el negocio ya era de otros) en el garaje. Ahí se ponía a arreglar cosas de los vecinos gratis. Una licuadora, una plancha, una bici. —Es para mantener la tradición de Don Daniel —decía, guiñando un ojo al cielo.
Irene cumplió su promesa. Usó parte de la herencia para pagar su carrera de medicina. Era la mejor de su clase. Pero lo más hermoso era verla usar la casa para estudiar con sus compañeros. La sala, antes silenciosa y fría, ahora estaba llena de libros, de risas de jóvenes, de olor a café y galletas. —El tío Daniel hubiera querido esto —les decía Irene a sus amigos—. Él decía que las casas tristes se enferman. Esta casa ahora está sana.
Con el dinero que les dejé, Eugenio también creó un pequeño fondo de ayuda para gente que, como yo, se quedaba sola en la enfermedad. No era una gran fundación, pero pagaban enfermeras o medicinas para vecinos que no tenían a nadie. —Es el “Fondo Daniel” —le explicó Eugenio a Don Pepe un día—. Para que nadie se muera de soledad en esta colonia mientras yo viva.
Mi legado no fue el taller. No fueron los ladrillos. Mi legado fue eso: la bondad que sembré en mi amigo y en mi ahijada, y que ellos se encargaron de multiplicar.
Día de Muertos: El Final
Llegó el 2 de noviembre. Día de Muertos en México. La fecha sagrada donde el velo se rompe y se nos permite volver a echar un vistazo. La casa olía a cempasúchil y a copal. Eugenio e Irene habían montado un altar monumental en la sala. Había papel picado de colores, calaveritas de azúcar, pan de muerto y, en el centro, mi foto. Esa foto donde salgo sonriendo en una carne asada, con una cerveza en la mano, antes de enfermarme. También pusieron mis cosas favoritas: mis cigarros (aunque ya no fumaba), un carrito a escala de un Mustang, y un plato de mole con pollo.
—¡Véngase, compadre! —gritó Eugenio, sirviéndose un tequila—. ¡Aquí lo estamos esperando!
Esa noche, la casa se llenó de gente. Vinieron los del taller, los vecinos, los amigos de Irene. Contaron anécdotas mías. Se rieron. Lloraron un poquito, pero sobre todo, celebraron que existí. Yo estaba ahí, sentado en mi sillón favorito (que Eugenio nunca quiso tirar), disfrutando de la fiesta.
En un momento de la noche, tocaron la puerta tímidamente. Irene fue a abrir. Era Andrea. Traía un pan de muerto en las manos y se veía nerviosa. —Hola, Irene… Hola, Eugenio. No quiero molestar. Solo… solo quería traerle esto a mi papá. Eugenio se levantó. Hubo un silencio tenso. Andrea agachó la cabeza, lista para que le cerraran la puerta en la cara. Pero Eugenio, con ese corazón enorme que no le cabía en el pecho, suspiró y abrió la reja. —Pásale, mija. Tu papá no querría que estuvieras allá afuera con frío.
Andrea entró. Al ver el altar, se soltó a llorar. Pero no fue un llanto de niña caprichosa. Fue un llanto de sanación. Puso el pan en el altar y tocó mi foto. —Te extraño, pa —susurró. Eugenio se acercó y le puso una mano en el hombro. No la abrazó, todavía no, pero el gesto fue suficiente. Le ofreció un vaso de atole. —Siéntate. Estamos contando las historias de cuando tu papá se cayó de la escalera pintando la fachada.
Esa noche, mi hija compartió la mesa con mi verdadera familia. No recuperó la herencia, ni la casa, pero recuperó algo más importante: la oportunidad de ser perdonada. Mariana no vino. Ella estaba sola en su cuarto de azotea, rumiando su odio, muerta en vida.
Y así, mientras el humo del copal subía hacia el techo y las risas de mis seres queridos llenaban el aire, supe que ya podía irme del todo. Mi historia no fue una tragedia. Fue una lección. Aprendí que la sangre te da parientes, pero la lealtad te da familia. Aprendí que el dinero va y viene, pero la dignidad es lo único que te llevas a la tumba. Y aprendí que, incluso después de la muerte, el amor verdadero siempre encuentra la manera de mantenerte vivo.
Me levanté de mi sillón invisible. Le di una última mirada a Eugenio, a Irene y a Andrea. —Gracias —les dije, aunque no me oyeron. O tal vez sí, porque Eugenio levantó su copa hacia donde yo estaba. —Salud, Daniel —dijo. —Salud, hermano.
Di media vuelta y caminé hacia la luz, tranquilo, ligero, feliz. Porque al final, el que ríe al último, ríe mejor. Y yo me fui con una sonrisa eterna.
FIN.