
Parte 1: El Derrumbe y el Renacer
Capítulo 1: El Adiós Frío
El sonido agudo y repetitivo del claxon del camión del gas despertó a Roberto antes que la alarma. Eran las seis de la mañana en la colonia Narvarte, y la Ciudad de México ya rugía con esa mezcla de vitalidad y desesperanza que la caracteriza. Sin embargo, dentro del departamento 402, el aire estaba viciado, pesado, como si las paredes hubieran absorbido años de silencios incómodos y resentimientos acumulados.
Roberto se quedó mirando el techo, notando una nueva mancha de humedad en la esquina. “Otra cosa que no tengo dinero para arreglar”, pensó, sintiendo esa familiar opresión en el pecho que lo acompañaba desde hacía dos años. Se levantó con la pesadez de un anciano, aunque apenas rozaba los cuarenta y cinco años. Arrastró los pies hacia la cocina, pasando por el pasillo donde las fotos de su boda, hace quince años, parecían burlarse de él: dos jóvenes sonrientes, con la piel tersa y los ojos llenos de un futuro que nunca llegó.
En la cocina, Claudia ya estaba despierta. El contraste era brutal. Mientras Roberto vestía una playera de propaganda política deslavada y unos pants aguados, Claudia lucía impecable. Llevaba un traje sastre color crema que costaba más de lo que Roberto había ganado en sus últimos tres “chambitas” juntas. El aroma a su perfume, una fragancia floral y agresiva, dominaba el olor a café quemado.
Ella estaba frente al espejo de la entrada, dándose los últimos toques de rímel con una precisión quirúrgica. No lo miró cuando él entró. Ni siquiera un “buenos días”. Roberto se sirvió una taza de café soluble, el agua estaba tibia.
—Ya me voy, Roberto. —Su voz cortó el aire, seca, sin inflexiones de cariño—. No se te olvide que hoy es el límite para pagar el gas. Dejé quinientos pesos en la mesa. Y por favor, no te los gastes en cigarros o en tus… cosas.
Roberto miró el billete de quinientos pesos sobre el mantel de plástico. Se sintió pequeño, humillado. Hubo una época, no hace mucho, en la que él dejaba fajos de billetes sobre esa misma mesa, fruto de su consultora ambiental. Ahora, tenía que administrar la limosna de su esposa como un niño chiquito.
—¿A qué hora sale tu vuelo? —preguntó él, tratando de que su voz no temblara. Quería sonar casual, digno, pero sonó ronco y patético.
Claudia chasqueó la lengua, impaciente.
—A las tres. Pero tengo que pasar primero a las oficinas de Santa Fe. El Licenciado Méndez quiere revisar la presentación final antes de volar a Monterrey. Dice que no podemos permitirnos ni un error con los inversionistas regios. Son gente muy especial.
Al escuchar el nombre, Roberto sintió un ardor en el estómago. Méndez. Rodrigo Méndez. Un “mirrey” de treinta y dos años, hijo del dueño, que había heredado la dirección comercial sin saber sumar dos más dos. Pero tenía el apellido, el auto deportivo y esa sonrisa de depredador que a Claudia parecía fascinarle. Roberto había visto cómo cambiaba ella cuando hablaba por teléfono con él: la voz se le agudizaba, se reía de chistes estúpidos, se tocaba el cabello.
—¿Tres semanas, Claudia? —insistió Roberto, recargándose en la barra de la cocina, buscando su mirada en el reflejo del espejo—. ¿De verdad es necesaria una convención de tres semanas? Ni que fueran a construir la planta de Tesla ustedes solos. Se me hace… excesivo.
Claudia soltó el rímel con un golpe seco sobre la credenza. Se giró lentamente, y Roberto vio esa mirada que tanto temía últimamente: una mezcla de lástima, asco y aburrimiento infinito.
—Ay, por favor, Roberto. No empieces. —Levantó las manos, mostrando su manicura perfecta—. No empieces con tus celos absurdos de macho inseguro y desempleado. Es trabajo. T-R-A-B-A-J-O. ¿Te suena la palabra? Es eso que la gente hace para comer. Algo que tú deberías estar buscando en lugar de estar aquí, interrogándome como si fueras mi papá.
—No te estoy interrogando, soy tu esposo —replicó él, sintiendo que el calor le subía a las orejas—. Solo digo que irte tres semanas a encerrarte en hoteles con ese tipo… se ve mal. Y te extraño, Clau. La casa se siente vacía.
—¿Se ve mal? —Claudia soltó una risa fría, carente de humor—. ¿Sabes qué se ve mal, Roberto? Que me llamen del banco para cobrarme tu tarjeta de crédito. Que tenga que pedirle prestado a mi mamá para completar la renta. Que mi marido, el “Gran Ingeniero Salinas”, se pase los días en pijama viendo la tele y jugando al inventor en el cuarto de triques. Eso sí se ve mal.
Roberto bajó la mirada. Cada palabra era un dardo envenenado, y lo peor es que eran verdad. Desde que su socio lo traicionó y la consultora quebró, Roberto había caído en un pozo. La depresión le había quitado la energía para salir a buscar, y el mercado laboral era cruel con los hombres de su edad. Se había refugiado en sus “proyectos”, garabatos en cuadernos viejos que Claudia despreciaba.
—Estoy intentándolo, Claudia. El mercado está difícil… —murmuró.
—¡Excusas! —gritó ella, perdiendo la compostura por un segundo—. Siempre tienes una excusa. “Es la economía”, “es el gobierno”, “es que no valoran mi experiencia”. La verdad, Roberto, es que te acomodaste. Te gustó que yo trajera el dinero. Pero ya me cansé.
Ella caminó hacia su maleta, una Samsonite rígida que brillaba bajo la luz de la mañana. Roberto notó que llevaba ropa nueva. No solo el traje. Zapatos nuevos, bolso nuevo. Inversiones que ella hacía en “su imagen” mientras él usaba zapatos con la suela desgastada.
—Si cierro este trato en Monterrey —dijo ella, bajando el tono a uno más letal, casi confidencial—, me dan la Gerencia Regional. ¿Entiendes lo que eso significa? Un bono enorme. Coche de la compañía. Podríamos salir de deudas. Podrías dejar de fingir que buscas trabajo y aceptar que… que simplemente ya no diste el ancho.
—¿Eso piensas de mí? —Roberto sintió que se le quebraba la voz—. ¿Que soy un inútil?
Claudia lo miró fijamente. No hubo duda en sus ojos.
—Pienso que eres una carga, Roberto. —La palabra quedó flotando en el aire, pesada como una lápida—. Llevo dos años cargando contigo, con tus depresiones, con tu falta de ambición. Este viaje… necesito este viaje para respirar. Para acordarme de quién soy cuando no estoy arrastrando un cadáver emocional.
El silencio que siguió fue absoluto. Afuera, un perro ladraba y se escuchaba el “fierro viejo” a lo lejos, pero en la cocina, el tiempo se detuvo. Roberto sintió que algo se rompía dentro de él. No fue el corazón, eso ya estaba roto. Fue algo más profundo. Fue la esperanza de que ella todavía lo amara.
Claudia revisó su celular. Una notificación iluminó su rostro y, por una fracción de segundo, Roberto vio una sonrisa genuina, coqueta, que ella borró de inmediato al notar que él la veía.
—El Uber ya está abajo. —Tomó la maleta—. No me esperes despierto cuando llame. Seguramente estaremos en cenas de negocios hasta tarde. Y no me estés mandando mensajes a cada rato, me distraes y quedo mal con el Licenciado Méndez.
—¿Cenas con Méndez? —preguntó él, con un hilo de voz.
—Con el equipo, Roberto. Con el equipo. —Rodó los ojos, fastidiada—. Adiós. Ahí te encargo que limpies el patio, parece basurero. Haz algo útil, por favor.
Abrió la puerta y salió sin darle un beso, ni siquiera una palmada en el hombro. Roberto escuchó el sonido de las ruedas de la maleta sobre el pasillo del edificio, luego el elevador abriéndose y cerrándose.
Corrió hacia la ventana de la sala, apartando la cortina polvorienta. Vio cómo Claudia salía del edificio. Un auto negro, limpio y brillante, la esperaba. El chofer se bajó para abrirle la puerta, pero Roberto notó algo más. La ventanilla trasera bajó un poco y alcanzó a ver una mano masculina con un reloj dorado saludándola. No era un Uber normal.
El auto arrancó y se perdió en el tráfico de la Avenida Cuauhtémoc.
Roberto se quedó allí, parado en medio de su sala, rodeado de muebles que habían comprado a plazos cuando eran felices. “Una carga”. “Un cadáver emocional”. Las palabras se repetían en su mente. Se miró en el espejo del recibidor. Vio a un hombre con ojeras, sin rasurar, con la mirada apagada.
—¿En esto me convertí? —se preguntó en voz alta.
Pero entonces, mientras el dolor inicial empezaba a asentarse, algo extraño sucedió. La tristeza, que había sido su compañera constante, empezó a mutar. El frío en su estómago se convirtió en calor. Un calor que subía por su esófago como lava. No era solo dolor. Era rabia. Era dignidad herida.
Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Tres semanas… —susurró—. Tienes tres semanas para demostrarle, y demostrarte, que no estás muerto.
Capítulo 2: El Despertar del Ingeniero
El departamento quedó en un silencio sepulcral tras la partida de Claudia. Era un silencio diferente al de otros días; no era paz, era el vacío que deja un huracán tras llevarse todo. Roberto caminó de regreso a la cocina, sus pasos resonando en la loseta fría. Vio el billete de quinientos pesos en la mesa. Lo tomó con asco, estuvo a punto de romperlo, de gritar, pero la realidad lo detuvo: lo necesitaba para comer. Esa era su realidad. Dependía de ella hasta para las tortillas.
Esa comprensión fue la gota que derramó el vaso.
Lanzó el billete contra la mesa y soltó un grito gutural, un rugido de frustración que llevaba dos años atorado en su garganta.
—¡A la chingada! —gritó, golpeando la mesa con el puño—. ¡Ya estuvo bueno!
Se fue al baño y se miró en el espejo con una intensidad que asustaba. Se quitó la playera vieja. Vio su cuerpo, un poco descuidado, pero todavía fuerte. Recordó quién era antes de todo esto. Roberto Salinas, Ingeniero Hidráulico por la UNAM, mención honorífica, el hombre que había diseñado sistemas de riego para el Bajío, el hombre al que los empresarios buscaban para resolver problemas imposibles.
—No eres una carga —se dijo al espejo, señalando su reflejo con un dedo acusador—. Eres un cabrón que se durmió. Pero ya te despertaste.
Abrió la llave del agua fría y se lavó la cara con violencia, como queriendo arrancarse la piel de fracasado. Se rasuró. Se cortó un par de veces por la prisa, pero no le importó. Se puso una camisa limpia, unos jeans que le quedaban bien y sus botas de trabajo, esas que tenían polvo de obras pasadas.
Salió del baño transformado. No tenía a dónde ir, no tenía trabajo, pero ya no tenía la actitud de víctima. Caminó decidido hacia el “Cuarto de Triques”.
Ese cuarto, al fondo del departamento junto al área de lavado, era el cementerio de sus sueños. Ahí estaban las cajas de adornos de Navidad, la aspiradora descompuesta y montones de ropa vieja. Pero en el rincón, bajo una lona azul llena de polvo, estaba su santuario.
Roberto arrancó la lona de un tirón. Una nube de polvo lo hizo toser, pero cuando se disipó, ahí estaba: su viejo restirador de madera de pino y su torre de computadora, una máquina potente que él mismo había armado años atrás.
Se sentó en el banco giratorio. El rechinido del metal oxidado sonó como música de batalla.
—Vamos a ver si todavía prendes, vieja amiga —murmuró, presionando el botón de encendido.
Los ventiladores rugieron. La pantalla parpadeó y mostró el escritorio de Windows. Estaba lleno de archivos viejos: “Presupuesto 2021”, “Carta de Despido”, “Deudas”. Roberto seleccionó todo y lo mandó a la papelera de reciclaje. Vació la papelera.
—Borrón y cuenta nueva.
Abrió una carpeta oculta, una que no había tocado en años por miedo a sentir dolor. Se llamaba “PROYECTO TLÁLOC”.
El corazón le empezó a latir rápido. Tláloc. Su obsesión. Un sistema de filtración de agua pluvial a bajo costo usando grafeno y materiales reciclados locales. Una tecnología pensada para las colonias populares de Iztapalapa y los pueblos de la sierra que sufrían sequía crónica. Era brillante, era barato, y era escalable. Pero cuando intentó venderlo hace años, los inversionistas se rieron. “No hay dinero en venderle a los pobres, Salinas”, le habían dicho. Y Claudia… Claudia le había dicho que dejara de jugar al salvador del mundo y consiguiera un empleo “de verdad” en una oficina.
Roberto abrió los planos en AutoCAD. Sus ojos recorrieron las líneas azules y blancas. Su cerebro, dormido por la depresión, empezó a disparar conexiones neuronales a la velocidad de la luz.
—Aquí… aquí estaba el error —murmuró, acercándose a la pantalla—. El filtro de cerámica era muy caro. Si lo cambio por celulosa compactada y carbón activado de cáscara de coco… bajo el costo un 40%.
Empezó a teclear. El sonido de sus dedos golpeando el teclado llenó el cuarto. Pasaron las horas. Se olvidó de comer, se olvidó de Claudia, se olvidó de Méndez y su reloj dorado. Estaba en su elemento. Estaba creando.
De repente, el timbre del teléfono de casa, ese teléfono fijo que solo usaban los cobradores y su suegra, rompió el trance.
Roberto miró el reloj. Eran las cuatro de la tarde. Había estado trabajando seis horas seguidas sin parar. Se levantó, sintiendo los músculos entumecidos pero vivos, y fue a contestar a la sala.
—¿Bueno? —contestó con voz firme, nada que ver con el susurro de la mañana.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Se escuchaba ruido de fondo, como maquinaria pesada o viento fuerte.
—¿Ingeniero Salinas? ¿Roberto?
Roberto frunció el ceño. Esa voz. Ronca, norteña, inconfundible.
—¿Damián? ¿Damián Torres?
—¡Ese mero, compadre! —gritó Damián. Roberto podía imaginarlo con su sombrero y su cigarro—. ¡Qué milagro! Pensé que ya te habías cambiado de número o que te habías vuelto monje. Llevo días tratando de localizarte al celular pero me manda a buzón.
—Lo perdí… bueno, me lo cortaron —admitió Roberto sin vergüenza—. ¿Qué pasó, Damián? Pensé que andabas en el gabacho o en Sonora. La última vez que supe de ti fue cuando se disolvió la sociedad.
Damián suspiró.
—Sí, güey. Fueron tiempos jodidos. Pero la vida da vueltas. Estoy en Monterrey ahorita. Y fíjate que las cosas se alinearon de una forma muy loca. Estoy trabajando con una consultora gringa, una ONG grandota, de esas que tienen dólares de a madre. Traen un tema de crisis hídrica muy fuerte para el norte del país. Nuevo León se está secando, Roberto.
Roberto escuchaba, su mente ingenieril ya procesando la información.
—Lo sé, he leído las noticias. Las presas están al 10%.
—Exacto. Bueno, el caso es que ayer, en una junta con los gringos, estábamos viendo propuestas de purificación y captación. Puras mamadas caras, tecnologías israelíes que cuestan un ojo de la cara y no sirven para nuestra infraestructura. Y me acordé de ti. Me acordé de ese prototipo loco que llevaste a la Expo Guadalajara hace años. El Tláloc.
Roberto sintió un escalofrío. Miró hacia el pasillo, hacia la luz azul que salía del cuarto de triques.
—¿Te acordaste del Tláloc?
—Sí, cabrón. Les platiqué la idea general. Filtración barata, modular, materiales locales. Se les iluminaron los ojos, Roberto. Quieren verlo. Pero hay un pedo.
—¿Cuál?
—Tienen prisa. Se van en un mes a presentar el presupuesto anual en Washington. Necesitan un prototipo funcional, pruebas de laboratorio y un plan de negocios escalable… para ayer. Básicamente, tenemos tres o cuatro semanas para armar todo el circo. Si les gusta, Roberto… estamos hablando de un contrato en dólares. De los que te cambian la vida. De los que te retiran.
Roberto se recargó en la pared. Tres semanas. El mismo tiempo que Claudia estaría fuera “haciendo carrera” con Méndez. El universo tenía un sentido del humor muy extraño.
—Damián… —Roberto tragó saliva—. No solo tengo los planos. Justo hoy… justo hoy empecé a rediseñarlo. Encontré la forma de bajar los costos un 40% usando cáscara de coco carbonizada.
—¡No mames! —Damián soltó una carcajada eufórica—. ¡Sabía que eras un genio, pinche Roberto! ¡Sabía! Escucha, necesito que te pongas las pilas. Yo pongo el varo para los materiales y los análisis de laboratorio. Tú pon el cerebro. ¿Jalas o te pandeas?
Roberto miró alrededor de su departamento. Vio la pintura descarapelada, los muebles viejos, la soledad. Luego pensó en la cara de Claudia diciéndole “eres una carga”. Pensó en Méndez y su soberbia. Y finalmente, pensó en sí mismo, en el hombre que quería volver a ser.
—Jalo, Damián. Jalo con todo —dijo Roberto, y su voz sonó tan dura como el acero—. Pero vamos a hacerlo bien. No quiero chapuzas. Quiero que esta tecnología sea la mejor del mercado.
—¡Eso es todo! Te deposito mañana temprano para que compres lo que necesites. Ponte a jalar, Inge. Tenemos tres semanas para hacer historia.
Al colgar, Roberto no gritó de alegría. No saltó. Simplemente sonrió. Fue una sonrisa lenta, peligrosa. Caminó hacia la cocina, tomó el calendario de la carnicería que colgaba en la pared y arrancó la hoja del mes anterior con violencia.
Tomó un plumón rojo y marcó el día 25. El día que Claudia regresaba.
—Tres semanas, Claudia —dijo al aire—. Vete a tus cenas, vete con tu jefecito. Disfruta tu “ascenso”. Porque cuando regreses, no vas a encontrar al perro apaleado que dejaste. Vas a encontrar al dueño de la casa.
Regresó al cuarto de triques, subió el volumen de la música en la computadora —puso rock clásico, fuerte, como le gustaba antes de que Claudia le prohibiera hacer ruido— y se puso a trabajar. Mientras afuera la Ciudad de México se oscurecía, dentro de ese pequeño cuarto, una luz brillante acababa de encenderse. El Ingeniero había despertado, y tenía hambre de triunfo.
Parte 2: La Metamorfosis
Capítulo 3: Sangre, Sudor y Soldadura
El sol apenas comenzaba a despuntar sobre los tinacos de la colonia Narvarte, pintando el cielo de un naranja sucio mezclado con el esmog habitual de la capital. Eran las 5:30 de la mañana del lunes. En el departamento 402, el silencio ya no era ese vacío depresivo de los días anteriores; ahora era un silencio eléctrico, cargado de expectativa.
Roberto no había dormido más que cuatro horas, pero se despertó antes de que sonara la alarma del celular. Sentía el cuerpo adolorido, no por el ejercicio, sino por la tensión acumulada de haber pasado la noche entera dibujando diagramas y haciendo listas de materiales. Pero era un dolor sabroso, de ese que te recuerda que estás vivo. Se levantó de un salto, sin la pesadez de plomo que solía arrastrar hasta el baño.
Se miró al espejo mientras se lavaba los dientes. Las ojeras seguían ahí, moradas y profundas, pero la mirada era otra. Ya no había lástima en sus ojos, había cálculo.
—Hoy empieza la guerra, cabrón —se dijo a sí mismo, escupiendo la pasta de dientes con fuerza.
Fue a la cocina. La nota de Claudia con los quinientos pesos seguía en la mesa, pero Roberto la ignoró. Abrió el refrigerador: medio cartón de leche, unos huevos viejos y salsa valentina. Suficiente. Se preparó unos huevos revueltos con prisa, devorándolos de pie. Necesitaba calorías. Necesitaba energía para lo que venía.
El depósito de Damián caería hasta el mediodía, según le había dicho por mensaje, pero Roberto no podía esperar. El tiempo era su recurso más escaso. Tres semanas. Veintiún días para construir un milagro desde cero. Necesitaba dinero en efectivo ya para empezar a comprar las piezas básicas en el centro.
Caminó hacia la recámara principal, ese santuario de sábanas de hilo egipcio y perfumes caros que Claudia mantenía impecable. Fue directo a su buró. Abrió el cajón de abajo, donde guardaba las pocas cosas de valor que le quedaban. Sacó una caja de terciopelo azul. Dentro estaba un reloj Tag Heuer, un regalo que Claudia le había hecho hace cinco años, cuando su consultora estaba en la cima y ella presumía a su “marido exitoso” ante sus amigas.
Roberto sostuvo el reloj en su mano. Pesaba. Pesaba en gramos y pesaba en recuerdos. Recordó la cena en el Puerto Madero donde se lo dio. Ella sonreía, orgullosa. Ahora, ese reloj solo marcaba las horas de su fracaso.
—Inversión inicial —murmuró Roberto, cerrando la caja con un golpe seco. No sintió nostalgia, sintió liberación.
Salió del departamento con una mochila vieja de la universidad al hombro. Bajó las escaleras saltando los escalones de dos en dos. Al salir a la calle, el aire frío de la mañana le golpeó la cara. Caminó rápido hacia la estación del Metro Etiopía. Se sentía extraño mezclarse de nuevo con la “prole”, como decía Claudia despectivamente. Hacía meses que Roberto no salía en hora pico.
El vagón del metro iba a reventar. Olores a perfume barato, sudor, garnacha mañanera y humanidad comprimida. Roberto se hizo un hueco a empujones, protegiendo su mochila contra el pecho. Un señor con traje brillante y tupper en mano le clavaba el codo en las costillas, pero a Roberto no le importó. Se sentía parte del engranaje otra vez. Toda esa gente iba a luchar por la chuleta, y él también.
Bajó en la estación Zócalo y caminó directo al Monte de Piedad. Todavía no abrían, pero ya había una fila de cinco personas: una señora con una licuadora, un chavo con una guitarra y un señor mayor con lo que parecía un anillo de compromiso. Roberto se formó, bajando la gorra para que nadie conocido lo viera. El orgullo le picaba un poco, pero se lo tragó.
Cuando salió de ahí, cuarenta minutos después, el reloj ya no estaba en su muñeca, pero tenía quince mil pesos en efectivo en la bolsa interior de su chamarra. Le habían dado una miseria comparado con lo que costaba, pero era liquidez inmediata.
—Vámonos de compras —dijo, palmeando su bolsillo.
Se dirigió a la calle de República del Salvador y Artículo 123. El corazón tecnológico y ferretero del centro histórico. Ahí se consigue desde un tornillo hasta un condensador nuclear si sabes preguntar.
Roberto entró en “Electrónica y Controles del Centro”, un local atiborrado de cables y componentes donde el olor a estaño quemado era el perfume ambiental.
—¡Quihubo, Ingeniero! —gritó un hombre gordo y calvo desde el mostrador, limpiándose las manos llenas de grasa en un trapo—. ¡Milagro que se deja ver! Pensé que ya se había retirado a vivir a Miami.
Era Don Chuy, el mejor proveedor de componentes de la zona. Roberto sonrió genuinamente.
—Qué pasó, Don Chuy. Ya ve, la mala hierba nunca muere. Vengo por material pesado.
Sacó su lista, una hoja de cuaderno arrugada llena de especificaciones técnicas: Sensores de flujo de 1/2 pulgada, microcontroladores Arduino, válvulas solenoides de 12 voltios, tubería de PVC de alto impacto, carbón activado grado industrial.
Don Chuy revisó la lista y silbó.
—Oiga, Inge, esto no es para una reparación casera. ¿Qué está armando? ¿Una bomba o una cafetera nuclear?
—Algo mejor, Chuy. Un sistema de purificación para el norte. Necesito lo mejor que tengas, pero barato. No tengo presupuesto de gobierno esta vez.
—Híjole… Los sensores subieron un chorro por lo del dólar. Y el carbón activado está escaso. Pero déjeme ver qué tengo en la bodega. Para usted, precio de cuates.
Roberto pasó las siguientes cuatro horas recorriendo el centro. Cargando bolsas, regateando precios, peleándose con taxistas, sudando la gota gorda. Compró tubos, pegamento, cables, una bomba de agua de medio caballo y un tanque presurizado usado que encontró en una chachara de la Doctores.
Cuando regresó al departamento, eran las tres de la tarde. Subió las escaleras jadeando, cargado como mula de carga. Abrió la puerta y soltó todo en la sala. El piso de duela se llenó de fierros, plástico y cajas. Parecía que habían saqueado una ferretería.
Se dejó caer en el sofá, empapado en sudor, con los brazos temblando por el esfuerzo. Pero estaba feliz. Miró el montón de chatarra y vio oro.
Su celular vibró. Una notificación del banco.
“Depósito recibido: $50,000.00 MXN. Concepto: PROYECTO AGUA”.
Damián había cumplido.
Roberto soltó una carcajada que resonó en el departamento vacío.
—¡Arre! —gritó—. Ahora sí, Claudia. Agárrate.
Los siguientes tres días fueron un borrón de actividad frenética. Roberto transformó el “Cuarto de Triques” en un laboratorio de ingeniería de combate. Sacó todo lo que estorbaba: las decoraciones de Halloween, las maletas viejas, la ropa que Claudia ya no usaba. Vendió lo que pudo al ropavejero que pasaba gritando “¡Se compran colchones…!”, y lo demás lo tiró.
Instaló una mesa de trabajo con unos tablones y unos caballetes. Puso iluminación LED potente que compró en el centro. El cuarto, antes oscuro y húmedo, ahora brillaba con una luz blanca, clínica, casi quirúrgica.
Roberto trabajaba en calzoncillos y camiseta, con la música de Caifanes y Héroes del Silencio a todo volumen. Soldaba circuitos, cortaba tubos con segueta, programaba código en su vieja PC. Sus manos, que se habían suavizado en los últimos años de inactividad, volvieron a llenarse de callos, cortes y manchas de pegamento PVC morado.
Comía atún directo de la lata, galletas saladas y litros de café. Dormía en el sofá por ratos de tres horas y volvía al trabajo. Era una obsesión. El “Proyecto Tláloc” estaba tomando forma física.
Era un cilindro feo, hecho de tres tubos de PVC grueso conectados en serie, llenos de diferentes capas de filtración: grava, arena sílica, zeolita y su ingrediente secreto: carbón activado impregnado con nanopartículas de plata que él mismo estaba sintetizando de forma casera con un proceso de electrólisis que había leído en un paper japonés.
La noche del jueves, Roberto estaba agotado. Tenía una quemadura en el dedo índice y le dolía la espalda horrores. Estaba ajustando la válvula de entrada cuando sonó su celular.
La pantalla se iluminó con una foto: Claudia.
Roberto se congeló. Bajó el volumen de la música. Se limpió las manos en el pantalón sucio y respiró hondo tres veces antes de contestar. Tenía que modular la voz. No podía sonar eufórico, ni cansado, ni victorioso. Tenía que sonar como el Roberto que ella conocía: el derrotado.
—¿Bueno?
—Roberto, ¿por qué tardas tanto en contestar? —La voz de Claudia sonaba un poco pastosa, arrastrando las erres. Había alcohol de por medio. De fondo se escuchaba música de piano, risas, cubiertos chocando contra platos finos. Ambiente de restaurante caro.
—Estaba en el baño, Clau. ¿Cómo estás?
—Cansadísima. No tienes idea. Estos regios son insaciables para los negocios. Llevamos todo el día en juntas y ahora en esta cena interminable. —Suspiró, pero era un suspiro de satisfacción, no de fatiga real. Le encantaba ese mundo—. Oye, ¿pagaste el gas?
—Sí, Clau. El lunes a primera hora.
—¿Y el patio? ¿Lo limpiaste?
Roberto miró hacia el pasillo, donde había pedazos de tubo y aserrín que no había barrido.
—Sí, todo limpio. No te preocupes.
—Más te vale. Oye, necesito que busques en mi clóset la factura de la aseguradora del coche. Creo que está en la caja fuerte. Mándame una foto mañana, la necesito para un trámite de la empresa.
—Claro, mañana te la mando.
Hubo una pausa. Roberto escuchó una voz masculina al fondo, cerca del teléfono de Claudia.
—Clau, vente, ya sirvieron el Rib Eye. Deja al “husband” tranquilo, seguro ya se va a dormir.
Era Méndez. Y le había dicho “husband” con un tono burlón, condescendiente. Roberto apretó el teléfono con tanta fuerza que crujió el plástico de la funda.
Claudia se rió. Una risita coqueta, ligera.
—Ya voy, Rodri. Espérame tantito. —Volvió a hablarle al teléfono—. Bueno, Roberto, te dejo. Tengo que seguir haciendo relaciones públicas. Tú sabes, cosas de gente productiva. No te desveles viendo la tele.
—Claudia… —Roberto la interrumpió antes de que colgara.
—¿Qué?
—Diviértete en tu cena.
—Ay, Roberto, no es diversión, es trabajo. Pero gracias. Bye.
La llamada se cortó. Roberto se quedó mirando el teléfono negro. La risa de ella y la voz de Méndez resonaban en su cabeza como un eco en una cueva vacía. “Deja al husband tranquilo”.
Roberto sintió que la bilis le subía por la garganta. Podría haberse deprimido. Podría haberse ido a la cama a llorar su miseria. Pero miró hacia el cuarto de atrás, donde el prototipo Tláloc descansaba sobre la mesa, feo pero prometedor.
—”Cosas de gente productiva” —repitió Roberto, imitando la voz de Claudia.
Caminó hacia el cuarto de trabajo, tomó el cautín caliente y miró el circuito.
—Rodri… Méndez… —dijo en voz baja, mientras soldaba un capacitor con precisión milimétrica—. Disfruta tu Rib Eye, imbécil. Porque te voy a comer vivo.
El viernes por la tarde llegó el momento de la verdad: la primera prueba hidráulica.
Roberto había montado el sistema en el baño de servicio. Conectó la entrada del filtro a la toma de agua de la lavadora. Preparó un contenedor con “agua problema”: una mezcla asquerosa de agua de la llave, tierra del patio, un poco de aceite de cocina y colorante vegetal azul. Quería simular las peores condiciones posibles: agua de lluvia contaminada en una cisterna sucia.
—Muy bien, Tláloc. No me falles, cabrón —susurró.
Encendió la bomba. El motor zumbó agresivamente. El agua sucia comenzó a subir por la manguera transparente, entrando en la primera etapa del filtro.
Roberto observaba los manómetros. La presión subía. 20 PSI… 30 PSI… 40 PSI.
—Aguanta, aguanta… —rezaba.
De repente, un silbido agudo. ¡Psssss!
Un chorro de agua salió disparado de la unión entre el segundo y tercer tubo, empapando a Roberto en la cara. El agua salía turbia, sucia.
—¡Mierda! —gritó, apagando la bomba.
Se limpió la cara con el antebrazo. El agua sabía a tierra y aceite. Un fracaso. La presión había reventado los empaques genéricos que había comprado.
Se sentó en el piso mojado, mirando el charco de agua sucia que se expandía por las baldosas. La frustración lo golpeó como un mazo.
—Eres un pendejo, Roberto —se dijo—. Quieres jugar al inventor con tubería de PVC y pegamento barato. Claudia tiene razón. Eres un aficionado.
Se quedó ahí sentado diez minutos, sintiendo el frío del agua en los pantalones. La duda, ese monstruo que vivía bajo su cama, asomó la cabeza. ¿Y si Damián se equivocó? ¿Y si ya no tienes el toque? ¿Y si te gastaste el dinero a lo tonto?
Miró el tubo que goteaba. El problema no era el filtro, era la unión. La presión interna era demasiada para un cople estándar. Necesitaba algo que reforzara la estructura, algo que aguantara la “patada” inicial de la bomba.
Sus ojos recorrieron el baño, buscando una solución. Vio la vieja bicicleta estática que había sacado del cuarto. Tenía unas abrazaderas de metal en el asiento, acero sólido.
El cerebro de Roberto hizo clic. Ingenio mexicano. Si no tienes la pieza, la fabricas.
Se levantó, mojado y todo. Fue por su caja de herramientas. Desmanteló el asiento de la bicicleta con furia. Sacó las abrazaderas de acero. Las llevó al banco de trabajo. Las calentó con un soplete de plomería hasta que estuvieron al rojo vivo y las moldeó a martillazos para que abrazaran el tubo de PVC.
—Si no aguantas por las buenas, vas a aguantar por las malas —gruñó.
Volvió a montar todo. Puso las abrazaderas reforzadas, apretó los tornillos hasta que le dolieron las manos. Puso doble capa de teflón industrial y sellador epóxico de secado rápido.
Esperó una hora a que secara, caminando de un lado a otro del departamento como león enjaulado. Se comió las uñas. Se tomó tres vasos de agua.
—Hora de la verdad, toma dos.
Encendió la bomba. El zumbido llenó el baño otra vez. El agua sucia entró al sistema.
Los manómetros subieron. 20… 40… 50 PSI.
El tubo vibraba, pero las abrazaderas de la bicicleta aguantaban como campeonas. No había fugas.
Roberto contuvo la respiración. Miró la manguera de salida, que desembocaba en una jarra de cristal limpia.
Al principio, solo salió aire. Unos escupitajos de agua. Y luego…
Un hilo de agua. Cristalina. Pura. Transparente.
El caudal aumentó. El agua fluía constante, llenando la jarra. El colorante azul había desaparecido. El aceite había desaparecido.
Roberto apagó la bomba cuando la jarra estuvo llena. El silencio volvió al baño, pero ahora era un silencio sagrado.
Levantó la jarra a contra luz. El agua brillaba bajo la luz del foco pelón. No había sedimentos. Parecía agua de manantial.
Pero faltaba la prueba final. La prueba de fuego. O mejor dicho, de gusto.
Roberto acercó la jarra a sus labios. Le temblaba la mano. Si había fallado en la filtración química, esto iba a saber a rayos, o peor, le iba a dar una infección estomacal de campeonato. Pero confiaba en su diseño. Confiaba en su ciencia.
Bebió un trago largo.
Cerró los ojos, saboreando el líquido. Fresca. Neutra. Sin sabor a cloro, sin sabor a tierra. Agua. Simplemente agua perfecta.
Abrió los ojos y, sin poder contenerse, soltó una carcajada que se convirtió en llanto. Se recargó en el lavabo y lloró. Lloró por la tensión, por el miedo, por el alivio. Lloró porque, por primera vez en dos años, había hecho algo que funcionaba. Algo que valía la pena.
Se secó las lágrimas con la manga mojada y sacó su celular. Grabó un video corto: la bomba funcionando, los manómetros estables y el agua cristalina cayendo en la jarra. Luego se grabó a sí mismo, despeinado, sucio, con ojeras, pero con una sonrisa de oreja a oreja, brindando con el vaso de agua.
—¡Salud, Damián! Tenemos prototipo. El Tláloc vive.
Envió el video.
Dos minutos después, su teléfono sonó. Videollamada de Damián.
Roberto contestó. La cara de Damián llenó la pantalla. Estaba en una oficina moderna, con ventanales atrás.
—¡No mames, Roberto! —gritó Damián, y se veía que estaba brincando—. ¡Se ve perrón! ¡Esa madre purifica hasta el agua del drenaje profundo!
—Funciona, Damián. 99% de pureza estimada. Mañana llevo la muestra al laboratorio de la UNAM para certificar, pero te firmo donde quieras que pasa la norma oficial.
—¡Eres un chingón! Oye, le enseñé el video a los gringos ahorita mismo, aquí están en la sala de juntas. —Damián bajó la voz—. Están cagados, güey. Dicen que si logramos escalar esto para producir mil unidades en seis meses… nos van a soltar un contrato de prueba por doscientos mil dólares. De entrada.
Roberto sintió que las piernas se le aflojaban. Doscientos mil dólares. Cuatro millones de pesos. Eso pagaba la hipoteca, las deudas, y le sobraba para poner su propia planta.
—Diles que preparen la chequera, Damián. Porque voy para allá.
—¿Cómo que vienes?
—Necesito ir a Monterrey. Necesito presentarles esto en persona. No quiero intermediarios, quiero que me vean a los ojos y vean que esto es real. Además… —Roberto hizo una pausa, mirando su reflejo en el espejo del baño—. Tengo un asunto personal que arreglar allá.
Damián sonrió, entendiendo a medias.
—Arre. Te pago el vuelo. Vente el lunes. Prepara tu mejor traje, Inge. Vamos a jugar en las grandes ligas.
Roberto colgó. Se quedó mirando el agua en la jarra.
Era viernes en la noche. Claudia estaba en Monterrey, probablemente cenando o bebiendo con Méndez, pensando que su marido estaba en casa viendo la tele y comiendo sobras.
Roberto fue a su clóset. Apartó las camisas viejas y sacó, del fondo, una funda de plástico. Dentro estaba su traje de “batalla”. Un traje azul marino de lana italiana que no usaba desde la boda de su prima, hacía tres años. Le quedaba un poco apretado de la cintura, pero le cerraba.
Se miró al espejo con el saco puesto, aunque abajo traía los calzones mojados y las botas de trabajo. Se acomodó las solapas.
—Monterrey —dijo en voz alta—. Allá nos vemos, mi amor. Y tú también, Méndez. Me van a conocer.
El fin de semana lo pasó encerrado, no descansando, sino escribiendo el plan de negocios y la patente provisional. No durmió. Comió pura cafeína y adrenalina. Cuando llegó el domingo por la noche, Roberto estaba exhausto, parecía un zombi, pero tenía en su mochila una USB con el futuro de la industria hídrica y un prototipo empacado en una caja de herramientas reforzada con hule espuma.
Pidió un Uber para el aeropuerto a las 4:00 AM del lunes. Mientras cerraba la puerta del departamento, miró hacia adentro una última vez. La casa estaba hecha un desastre, llena de cables y herramientas, pero ya no se sentía vacía. Se sentía como un taller. Como el hogar de un hombre que construye cosas.
Bajó al taxi. El conductor, un señor mayor que escuchaba noticias en la radio, lo vio por el retrovisor.
—¿Viaje de negocios o de placer, joven?
Roberto miró por la ventana cómo la Ciudad de México se despertaba bajo la neblina. Apretó la mochila contra su pecho.
—De negocios, jefe. De puros negocios. Y de un poquito de venganza.
El taxi arrancó hacia el aeropuerto, llevándose a un Roberto que ya no tenía nada que perder y todo por ganar. El juego había cambiado. Y Claudia no tenía ni la menor idea de la tormenta que se le venía encima.
Capítulo 4: La Cima del Éxito y el Abismo de la Verdad
El avión tocó tierra en el Aeropuerto Internacional de Monterrey a las 9:15 de la mañana. Cuando las puertas automáticas se abrieron, Roberto sintió el golpe seco del calor norteño. Aunque era octubre, el sol en Nuevo León no perdonaba; era una luz blanca, intensa, que rebotaba en el concreto y te obligaba a entornar los ojos.
Roberto ajustó la correa de su mochila, donde llevaba su laptop, y agarró con firmeza el asa de la caja de herramientas reforzada que contenía al “Tláloc”. Se sentía un extraño en su propio cuerpo. Hacía años que no viajaba, años que no sentía esa mezcla de ansiedad y adrenalina que produce el tener una misión. Caminó entre ejecutivos con maletines de piel y familias que regresaban de McAllen con bolsas de compras. Él, con su traje azul marino un poco ajustado y sus botas de trabajo boleadas hasta el brillo, parecía una mezcla rara entre obrero y empresario.
—¡Inge! ¡Acá, chingao!
La voz retumbó en la zona de llegadas. Damián estaba recargado en una columna, con un sombrero texano impecable, camisa a cuadros y unas botas de avestruz que costaban más que el coche de Roberto. Se veía más viejo, más ancho, pero con esa misma energía de toro de lidia que siempre había tenido.
Se dieron un abrazo fuerte, de esos que te sacan el aire y te reacomodan las vértebras.
—¡Mírate nomás! —dijo Damián, dándole palmadas en la espalda—. Te ves jodido de la cara, traes unas ojeras de mapache, pero te ves vivo, cabrón. Eso es lo que importa.
—No he dormido en tres días, Damián. Pura cafeína y miedo —admitió Roberto, sonriendo por primera vez en días.
—El miedo es bueno. Te mantiene alerta. Vámonos, la camioneta está afuera. Los gringos nos esperan a las doce en San Pedro. Tenemos tiempo para unos tacos de barbacoa para que agarres fuerza.
Subieron a una Cheyenne blanca del año, con el aire acondicionado al máximo. Mientras recorrían la autopista hacia la ciudad, viendo el Cerro de la Silla recortado contra el cielo azul, Damián lo puso al tanto.
—Escucha, Roberto. Estos gringos, Global Water Solutions, no se andan con juegos. El que viene es el Vicepresidente de Operaciones, un tal Mr. Henderson. Es un tipo duro. Ha visto mil proyectos como el tuyo en India, en África. El güey cree que ya lo vio todo. Tu chamba no es convencerlo con palabras bonitas, a ese bato le valen madre los discursos ecológicos. Él quiere números y quiere ver que el agua salga limpia. Punto.
Roberto acarició la caja del prototipo.
—Va a salir limpia, Damián. Pongo las manos al fuego.
—Más te vale, porque me jugué mi reputación recomendándote. Les dije que eras el “Tony Stark mexicano del agua”. No me hagas quedar mal.
Llegaron a un restaurante de barbacoa en la Carretera Nacional. Roberto comió como un náufrago. La carne suave, la salsa picante, las tortillas de harina recién hechas… sintió que la vida regresaba a su cuerpo. Mientras comía, revisó su celular. Ningún mensaje de Claudia. Ni uno solo. La última conexión de WhatsApp había sido a las 3:00 AM.
“Seguro sigue dormida”, pensó, tratando de ignorar la punzada en el estómago. “O está en junta”.
—¿Todo bien en casa? —preguntó Damián, notando su mirada perdida.
Roberto guardó el celular.
—Todo excelente. Vamos a hacer dinero, Damián. Eso es lo único que importa hoy.
San Pedro Garza García es otro país dentro de México. Rascacielos de cristal, avenidas limpias, autos deportivos alemanes en cada semáforo. La sede de la reunión era en la Torre Koi, uno de los edificios más altos y lujosos.
Subieron al piso 40. La vista era imponente: toda la ciudad a sus pies, las montañas abrazando el valle. Entraron a una sala de juntas que olía a dinero: mesa de caoba kilométrica, sillas de piel ergonómicas, pantallas gigantes.
Ahí estaban. Mr. Henderson, un hombre de unos cincuenta años, calvo y con mirada de tiburón, y dos asesores jóvenes que tecleaban furiosamente en sus laptops.
—Mr. Torres, good to see you, —dijo Henderson con un acento marcado, sin levantarse de la silla.
—Mr. Henderson, let me introduce you to Engineer Roberto Salinas. The man behind the magic.
Henderson escaneó a Roberto de arriba abajo. Se detuvo un segundo en las botas de trabajo que asomaban bajo el pantalón de traje, pero no dijo nada. Le extendió una mano seca y fría.
—Let’s keep this short, Mr. Salinas. We have a flight to catch at 5 PM. —dijo Henderson, cambiando a un español fluido pero golpeado—. Muéstreme qué tiene.
Roberto no se amedrentó. La arrogancia del gringo le recordó a Méndez, y eso encendió su motor interno. Colocó la caja de herramientas sobre la mesa inmaculada.
—Con gusto —dijo Roberto.
Abrió la caja y sacó el “Tláloc”.
Se hizo un silencio incómodo en la sala. El prototipo, seamos honestos, se veía horrible. Tubos de PVC gris, abrazaderas de bicicleta oxidadas, cables pegados con cinta de aislar negra y una bomba ruidosa. Parecía una bomba casera o un proyecto de secundaria mal hecho.
Uno de los asesores soltó una risita nerviosa. Henderson arqueó una ceja, incrédulo.
—¿Esto es? —preguntó el gringo, señalando el aparato con desprecio—. ¿Me hizo venir a Monterrey para ver… plomería casera?
Damián se puso pálido. Empezó a sudar.
—Mr. Henderson, la estética es… rústica, pero la tecnología…
Roberto levantó una mano, callando a Damián. Miró a Henderson a los ojos.
—Señor Henderson. Usted no vende carcasas de iPhone, usted vende soluciones para comunidades donde la gente se muere de cólera y disentería. En la sierra de Oaxaca o en el desierto de Sonora, a nadie le importa si el filtro se ve bonito. Les importa que funcione, que sea barato de reparar y que no necesite un técnico alemán para cambiarle el repuesto.
Roberto sacó una botella de plástico de dos litros. Estaba llena de un líquido café, espeso y repugnante.
—Esto —dijo Roberto, levantando la botella— es agua que tomé del Río Santa Catarina hace una hora, mezclada con aceite de motor y tierra. ¿Se la tomaría?
Henderson hizo una mueca de asco.
—Por supuesto que no.
Roberto vertió el líquido asqueroso en el tanque de entrada del Tláloc. Conectó el aparato a la corriente. La bomba rugió, vibrando sobre la mesa de caoba. Los asesores retrocedieron, temiendo que aquello explotara.
—El sistema Tláloc usa un filtrado de cuatro etapas —explicó Roberto, alzando la voz sobre el ruido del motor—. Grava, zeolita, celulosa compactada y mi diseño propietario: carbón activado impregnado con nanopartículas de plata generadas por electrólisis de bajo voltaje. Costo de producción por unidad: 45 dólares. Costo de mantenimiento anual: 5 dólares.
Mientras hablaba, el milagro ocurrió.
Del otro lado del tubo de PVC, empezó a caer un hilo de agua en un vaso de cristal que Roberto había puesto.
No era café. No era turbia.
Era cristalina. Brillante. Pura.
El ruido de la bomba llenaba la sala, pero nadie hablaba. Todos miraban el vaso llenarse. Cuando estuvo lleno, Roberto apagó la máquina. El silencio regresó, pero ahora era un silencio de asombro.
Roberto tomó el vaso. Lo levantó a contraluz.
—La Organización Mundial de la Salud establece que el agua potable debe tener menos de 5 unidades de turbidez nefelométrica. Esto tiene 0.5. —Roberto miró a Henderson—. ¿Tiene sed, Mr. Henderson?
El gringo dudó. Miró el agua sucia en la entrada y el agua limpia en el vaso. Era un salto de fe.
Roberto sonrió, se llevó el vaso a la boca y bebió la mitad de un trago. Se limpió los labios con el dorso de la mano.
—Fresca.
Le extendió el vaso con la mitad restante a Henderson.
—Pruébela. Si le hace daño, le regalo la patente. Si le gusta, firmamos contrato hoy.
Henderson miró a Roberto, luego a Damián, y finalmente al vaso. Su pragmatismo de negocios pudo más que su escepticismo. Tomó el vaso. Olió el líquido. Nada. Olor neutro.
Dio un sorbo pequeño. Hizo una pausa, saboreando.
Dio otro sorbo más grande.
Bajó el vaso y miró a Roberto con una expresión indescifrable que lentamente se transformó en una sonrisa de tiburón que acaba de oler sangre fresca.
—Holy shit —murmuró Henderson—. Sabe mejor que la que sirven en el hotel.
Damián soltó el aire que había estado conteniendo durante diez minutos.
—Cuarenta y cinco dólares por unidad, ¿dijo? —preguntó Henderson, sacando una pluma Montblanc de su saco.
—Cuarenta si escalamos la producción a diez mil unidades —respondió Roberto sin parpadear.
Henderson asintió.
—Caballeros, tenemos un negocio. Quiero exclusividad para distribución en Latinoamérica y África. Mis abogados redactarán el contrato final, pero aquí firmamos una carta de intención y un cheque de anticipo por desarrollo.
Media hora después, Roberto salía de la Torre Koi con un cheque de cincuenta mil dólares (el primer pago) en el bolsillo interior del saco y una carta de intención que valía millones a futuro.
Cuando el elevador bajaba, Roberto se recargó en la pared de espejo y cerró los ojos. Lo había logrado. Había vuelto. Ya no era el desempleado. Era Roberto Salinas, socio tecnológico de Global Water Solutions.
—¡A huevo! —gritó Damián, abrazándolo casi hasta asfixiarlo—. ¡Te dije, cabrón! ¡Te dije! ¡Eres rico, Roberto! Bueno, casi rico, pero vas para allá.
—Gracias, Damián. En serio… gracias por creer en mí cuando ni yo creía.
—Para eso son los compadres. Oye, esto hay que celebrarlo. No te puedes ir así. Mi vuelo sale hasta mañana y el tuyo en la noche. Vamos a comer como reyes. Yo invito.
—No sé, Damián… estoy muerto de cansancio.
—¡Ni madres! Estamos en San Pedro. Vamos al Fashion Drive, hay un restaurante argentino increíble, el La Cabrera. Unos cortes, un vino tinto y brindamos por el Tláloc. Además, te sirve para distraerte.
Roberto asintió. Tenía razón. Se merecía celebrar. Y pensó en Claudia. Con este contrato bajo el brazo, las cosas cambiarían. Podría llegar a casa, poner el cheque en la mesa y decirle: “Ya no soy una carga. Ahora, vamos a arreglar nuestro matrimonio. Renuncia a ese trabajo matado y vámonos de viaje”.
La esperanza, esa droga peligrosa, volvió a colarse en su corazón. Quizás el éxito profesional podría salvar su vida personal.
Qué equivocado estaba.
El restaurante estaba lleno, pero Damián, que conocía a medio Monterrey, consiguió una mesa en la terraza. El ambiente era sofisticado: gente guapa, música suave, olor a carne a las brasas y dinero.
Pidieron una botella de vino Malbec caro. Brindaron.
—Por el Tláloc —dijo Damián.
—Por las segundas oportunidades —respondió Roberto, pensando en Claudia.
Después de dos copas, Roberto sintió la necesidad imperiosa de compartir la noticia. Sacó su celular.
—Voy a llamar a Claudia. Quiero contarle.
Damián hizo una mueca.
—¿Seguro? ¿No prefieres llegar de sorpresa a México y darle la noticia en persona?
—No, no aguanto. Necesito que sepa que ya no… que ya no estamos jodidos.
Marcó el número. Sonó una vez. Dos veces. Tres veces. Mandó a buzón.
Intentó de nuevo. Buzón.
—No contesta.
—Estará ocupada, güey. Ya sabes cómo son esas convenciones —dijo Damián, sirviéndose más carne—. Deja el teléfono y disfruta.
Roberto intentó relajarse, pero una inquietud le picaba en la nuca. Fue al baño. Se lavó la cara. Al salir del baño, en lugar de regresar directo a la mesa, se equivocó de pasillo y terminó cerca de la zona de los privados, unos booths más reservados con cortinas semitransparentes para gente que quería privacidad.
Caminaba rápido para volver, cuando una risa lo detuvo en seco.
Esa risa.
Era una risa que conocía de memoria, pero que no escuchaba hacía años. Una risa cantarina, despreocupada, coqueta. La risa de Claudia cuando estaba realmente feliz… o cuando quería seducir a alguien.
Roberto se quedó congelado. El corazón le golpeó las costillas como un martillo. Giró la cabeza lentamente hacia la izquierda.
A unos cinco metros, en una mesa apartada en la penumbra, había una pareja.
El hombre estaba de espaldas, pero Roberto reconoció el saco, el corte de cabello engominado y el reloj dorado que brillaba en su muñeca izquierda mientras gesticulaba. Méndez.
Y frente a él, iluminada por la luz de una vela, estaba Claudia.
Pero no era la Claudia ejecutiva y fría que vivía con él. Llevaba un vestido rojo que Roberto nunca había visto. Un vestido escotado, atrevido. Tenía el cabello suelto, cayendo sobre sus hombros desnudos. Sus ojos brillaban, clavados en Méndez con una adoración que Roberto no había recibido ni el día de su boda.
El tiempo se alentó. El ruido del restaurante desapareció. Roberto solo podía escuchar el latido ensordecedor de su propia sangre en los oídos.
Vio cómo Méndez extendía la mano sobre la mesa. Vio cómo Claudia entrelazaba sus dedos con los de él. Vio cómo Méndez acariciaba el dorso de su mano con el pulgar, un gesto íntimo, posesivo.
—Eres increíble, Rodri… —escuchó Roberto. Estaba lo suficientemente cerca para oír fragmentos—. Nunca me había sentido así con nadie. Gracias por traerme.
—Te mereces esto y más, bonita —respondió Méndez con esa voz empalagosa de mirrey—. Ese lastre que tienes en México no te deja brillar. Pero ya te dije, en cuanto te den la gerencia, lo mandas a volar.
—Ya sé… —Claudia suspiró, y ese suspiro le dolió a Roberto más que una puñalada—. Solo me da pena. Es tan… patético. Pero ya no aguanto más. Este viaje ha sido… liberador.
Méndez se rió y se inclinó hacia ella.
—Pues vamos a liberarnos más. Ya pedí la cuenta. La suite del Live Aqua nos espera. Tengo una botella de champaña enfriándose.
Claudia sonrió, una sonrisa llena de promesa y deseo. Se inclinó sobre la mesa y besó a Méndez.
No fue un beso tímido. Fue un beso hambriento. Un beso de amantes que llevan tiempo esperando.
Roberto sintió que el piso se abría bajo sus pies. Sintió náuseas. El vino y la barbacoa amenazaban con salir. Todo su triunfo, el cheque de cincuenta mil dólares, el contrato, el éxito… todo se convirtió en ceniza en su boca.
Su primer impulso fue gritar. Correr hacia la mesa, golpear a Méndez en su cara perfecta, arrastrar a Claudia y exigirle una explicación. La furia mexicana, caliente y violenta, le quemaba las venas. Quería armar un escándalo, quería romper todo.
Dio un paso al frente, con los puños apretados, listo para matar.
Pero entonces, se detuvo.
Algo en su cerebro, quizás la parte lógica del ingeniero, o quizás el frío del acero que había estado manipulando toda la semana, tomó el control.
Si hacía una escena ahora, ¿qué ganaba? Quedaría como el marido loco y celoso. Méndez llamaría a seguridad. Claudia lo miraría con asco y lástima, confirmando que era “patético”. Perdería la dignidad que acababa de recuperar. Y lo peor, les daría el gusto de verlo derrotado emocionalmente.
No. Eso era lo que el viejo Roberto haría. El nuevo Roberto… el Roberto que acababa de impresionar a unos gringos y vender tecnología de punta, pensaba diferente.
Sacó su celular. Sus manos temblaban, pero se obligó a estabilizarlas.
Abrió la cámara. Puso el modo de video. Hizo zoom.
Grabó diez segundos. Suficientes. Capturó las manos entrelazadas. Capturó el beso. Capturó el audio donde ella lo llamaba “patético” y Méndez hablaba de la suite del hotel.
Guardó el video. Hizo una copia de seguridad en la nube inmediatamente.
Se dio la vuelta.
Cada paso que daba alejándose de esa mesa le costaba un esfuerzo sobrehumano. Sentía que dejaba pedazos de su alma en ese piso de mármol. Pero no volteó.
Regresó a la mesa con Damián. Estaba pálido, sudando frío.
—¡Inge! ¿Qué pedo? Te tardaste años. ¿Todo bien? Pareces fantasma —dijo Damián, sirviendo más vino.
Roberto se sentó. Tomó su copa de vino y se la bebió de un solo trago, como si fuera agua.
—Damián —dijo Roberto, con una voz que sonaba como grava triturada—. Pide la cuenta. Nos vamos.
—¿Qué? Pero si apenas…
—Nos vamos. Ahora. —La intensidad en los ojos de Roberto asustó a Damián. No había discusión.
Salieron del restaurante. Mientras esperaban el Uber, Roberto miró hacia el balcón del restaurante. Vio salir a Claudia y a Méndez, abrazados, riendo, subiéndose a un deportivo rojo del valet parking.
Roberto los vio alejarse.
—¿Qué pasó, Roberto? —preguntó Damián, preocupado—. ¿Te sientes mal?
Roberto metió la mano en su saco y tocó el cheque. Luego tocó el celular donde tenía el video.
—No, Damián. Me siento… despierto. Por fin estoy completamente despierto.
—¿Hablaste con Claudia?
—No hizo falta —dijo Roberto mirando las luces rojas del auto de Méndez desaparecer en la avenida—. Ya sé todo lo que necesitaba saber.
—¿Y qué vas a hacer?
Roberto miró el cielo nocturno de Monterrey. Ya no sentía dolor. O al menos, el dolor se había congelado, convirtiéndose en un combustible nuclear.
—¿Hacer? —Roberto sonrió, pero esa sonrisa no llegó a sus ojos. Era una mueca fría, calculadora—. Voy a regresar a México. Voy a esperar a que ella regrese. Voy a dejar que crea que ganó. Voy a dejar que se sienta la reina del mundo con su ascenso y su amante.
—¿Y luego?
—Y luego… le voy a quitar el piso. Voy a usar este dinero y este éxito para construir mi vida, Damián. Y cuando ella se de cuenta de lo que perdió, cuando venga a buscarme porque su “mirrey” la deseche… yo ya estaré muy lejos, en la cima, mirándola hacia abajo.
El Uber llegó. Roberto subió.
—Se acabó el luto, compadre —dijo Roberto cerrando la puerta—. Empieza la cacería.
El viaje de regreso al aeropuerto fue silencioso. Roberto Salinas había llegado a Monterrey buscando salvar su economía, y tal vez su matrimonio. Se iba con la economía resuelta, el matrimonio destruido, pero con algo mucho más peligroso en su interior: un plan. Y Dios ampare a Claudia cuando ese plan se pusiera en marcha.
Capítulo 5: Abogados, Mentiras y Cajas de Cartón
El vuelo de regreso a la Ciudad de México fue una experiencia surrealista para Roberto. Aterrizó en el Benito Juárez a las once de la noche, rodeado de pasajeros que dormitaban o revisaban sus redes sociales. Él, sin embargo, venía con los ojos muy abiertos, inyectados en sangre y cafeína, y con el pecho blindado por una coraza de hielo.
Traía en el bolsillo interior del saco un cheque por cincuenta mil dólares y una carta de intención que valía millones. En el bolsillo del pantalón, un celular con un video de diez segundos que destruía su pasado. Éxito y ruina, conviviendo a centímetros de distancia en su propia ropa.
El taxi cruzó el Viaducto iluminado por las luces amarillentas del alumbrado público. La ciudad se veía igual que siempre: caótica, interminable, indiferente. Pero Roberto la veía con otros ojos. Ya no era la ciudad que lo aplastaba; ahora era un tablero de ajedrez. Y le tocaba mover ficha.
Al llegar al departamento de la Narvarte, el silencio lo recibió como un viejo enemigo. Olía a encierro y al perfume floral de Claudia que impregnaba los cojines de la sala. Antes, ese olor le provocaba nostalgia cuando ella no estaba. Ahora, le revolvió el estómago. Tuvo que correr al baño a vomitar la bilis que llevaba guardando desde el restaurante en Monterrey.
Se lavó la cara con agua helada. Se miró al espejo.
—Se acabó el lloriqueo —dijo, secándose la boca con el dorso de la mano—. Tienes trabajo que hacer.
Esa noche no durmió. No por insomnio depresivo, sino por planificación estratégica. Se sentó en la mesa del comedor, apartó el mantel de plástico y sacó una libreta nueva. Empezó a escribir. No era un diario, era un plan de batalla.
Objetivo 1: Proteger el capital.
Objetivo 2: Asegurar la propiedad intelectual del Tláloc.
Objetivo 3: Ejecutar la separación sin perder patrimonio.
Objetivo 4: Desaparecer antes de que ella entienda qué pasó.
Roberto sabía que estaba casado por bienes mancomunados. Si Claudia se enteraba del contrato con los gringos antes del divorcio, tenía derecho al cincuenta por ciento. Después de haberlo llamado “carga” y de revolcarse con Méndez, Roberto prefería quemar el dinero antes que darle un solo centavo.
Necesitaba ayuda legal. Y necesitaba que fuera alguien ajeno a su círculo social, alguien que no conociera a Claudia ni a sus amigos chismosos.
Recordó que Damián le había mencionado un contacto en la Ciudad de México para formalizar la empresa. “Una abogada tiburona”, había dicho. “Especialista en propiedad intelectual y blindaje corporativo”.
Buscó en el chat de WhatsApp con Damián. Ahí estaba la tarjeta digital:
Lic. Anna Velasco. Derecho Corporativo y Propiedad Industrial.
Eran las 3:00 AM. Roberto mandó un correo solicitando una cita urgente para esa misma mañana. “Asunto: Constitución de sociedad y protección de activos. Capital inmediato disponible”.
A las 9:00 AM en punto, Roberto estaba en Polanco. Se había bañado, rasurado y puesto su traje azul, que ahora sentía que le quedaba un poco más holgado, como si hubiera perdido peso emocional en las últimas horas.
El despacho de Anna Velasco estaba en un edificio discreto pero elegante en la calle Homero. Nada de lujos ostentosos, pero todo gritaba eficiencia. La recepcionista lo hizo pasar de inmediato.
Anna Velasco no era lo que Roberto esperaba. Imaginaba a una señora mayor, seria, estilo notaria pública aburrida. Anna era joven, quizás de unos treinta y cinco años, con una mirada inteligente detrás de unos lentes de armazón grueso y una actitud que transmitía autoridad sin necesidad de alzar la voz.
—Ingeniero Salinas —dijo ella, levantándose para estrecharle la mano. Su apretón fue firme—. Damián me habló maravillas de usted y de su invento. Dice que hizo beber agua del drenaje a un gringo.
Roberto esbozó una media sonrisa.
—Damián tiende a exagerar, Licenciada. Pero sí, el proyecto es real. Y el dinero también.
Roberto puso el cheque de cincuenta mil dólares sobre el escritorio de cristal. Anna levantó una ceja, impresionada, pero no por el monto, sino por la determinación en los ojos de su cliente.
—Bien. ¿Qué necesita de mí? —preguntó ella, sentándose y cruzando las manos.
—Necesito constituir la empresa para recibir este capital y los futuros pagos. Pero hay un problema. —Roberto hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Estoy casado por bienes mancomunados. Y mi matrimonio… se terminó ayer.
Anna lo observó en silencio durante unos segundos. Tenía esa capacidad de los buenos abogados de leer entre líneas.
—Entiendo. ¿Ella sabe del contrato?
—No. Piensa que soy un desempleado fracasado. Y necesito que siga pensando eso hasta que el divorcio sea definitivo o hasta que los activos estén blindados.
Anna asintió y abrió una carpeta.
—Muy bien, Roberto. Hablaremos claro. Si ese dinero entra a una cuenta personal suya hoy, es patrimonio conyugal. Si constituye la empresa a su nombre hoy, las acciones son patrimonio conyugal. Ella es dueña de la mitad de su idea.
Roberto sintió un frío en la espalda.
—¿Entonces? ¿Estoy atado de manos?
—No —dijo Anna, y sus ojos brillaron con astucia—. Hay formas. Legales, por supuesto. Podemos constituir un Fideicomiso de Administración donde usted aporte los derechos de la patente —que entiendo aún no está registrada formalmente— como capital intelectual. El fideicomiso puede tener reglas específicas. O, podemos constituir la sociedad con un socio mayoritario temporal, digamos Damián, y usted entra como empleado con opción a acciones futuras, efectivas post-divorcio.
Roberto respiró aliviado.
—Me gusta la opción del socio temporal. Damián va a jalar.
—Perfecto. Pero Ingeniero… esto es solo lo financiero. Lo personal es más delicado. Si ella descubre que usted está moviendo dinero, puede acusarlo de fraude conyugal. Tiene que ser extremadamente cuidadoso. Nada de cambios de vida radicales, nada de coches nuevos, nada de gastos sospechosos hasta que se firme el divorcio.
—No se preocupe —dijo Roberto, con la mandíbula tensa—. Para ella, sigo siendo el esposo mantenido.
Anna lo miró con curiosidad. Había visto a muchos hombres en procesos de divorcio: furiosos, tristes, vengativos. Pero Roberto tenía una calma gélida que le llamó la atención.
—Parece que tiene un plan, Roberto.
—Lo tengo. Ella regresa en dos semanas. Para entonces, la casa estará vacía y yo seré un fantasma.
Anna sonrió levemente.
—Me gusta trabajar con gente decidida. Manos a la obra.
Pasaron las siguientes tres horas redactando documentos, haciendo llamadas a Damián (quien aceptó ser el testaferro temporal encantado de la vida) y diseñando la estructura legal. Roberto se sintió, por primera vez en años, respaldado por alguien competente. Anna era brillante, rápida y pragmática.
Al terminar, Roberto se levantó.
—Gracias, Licenciada. No sabe el peso que me quita de encima.
—Dígame Anna, por favor. Vamos a trabajar mucho tiempo juntos. Y Roberto… —Ella lo detuvo antes de que saliera—. Un consejo extra-legal. No deje que el rencor se coma su éxito. La mejor venganza es que a usted le vaya bien, no que a ella le vaya mal. Aunque, a veces, ambas cosas van de la mano.
Roberto asintió.
—Lo tendré en mente, Anna.
Los días siguientes fueron una obra de teatro digna de un Óscar. Roberto vivía una doble vida dentro de su propio departamento.
Por las mañanas, salía temprano “a buscar chamba” o “a caminar al parque”, según le decía a la vecina chismosa. En realidad, iba al despacho de Anna o se reunía con proveedores para empezar a fabricar las primeras 100 unidades del Tláloc en un taller que rentó en la colonia Doctores, lejos de la vista de Claudia.
Abrió una cuenta bancaria secreta. Compró un teléfono de prepago que mantenía escondido en el ducto del aire acondicionado del baño.
Por las tardes, regresaba al departamento y se ponía su “disfraz”: la ropa vieja, la cara de cansancio. Desordenaba un poco la sala para que pareciera que había estado ahí todo el día sin hacer nada.
Y cada noche, llegaba la prueba de fuego: la llamada de Claudia.
Sonaba el teléfono a las 9:00 o 10:00 PM.
—Hola, mi amor —decía ella, con esa voz fingida que ahora Roberto detectaba tan claramente.
—Hola, Clau. ¿Cómo va todo por allá? —contestaba él, desde el sofá, mirando las cajas que ya había empezado a empacar secretamente y que escondía en el cuarto de triques.
—Ay, cansadísimo. Los inversionistas son unos pesados. Hoy estuvimos todo el día revisando números en la planta. Me duelen los pies.
Mentira, pensaba Roberto. Damián me dijo que los inversionistas se fueron ayer. Hoy estuviste de shopping en San Pedro o encerrada en el hotel con Méndez.
—Pobrecita. Pero tú eres la mejor, seguro los tienes comiendo de tu mano —decía él, inyectando la dosis justa de admiración sumisa que ella necesitaba para sentirse segura.
—Pues sí, la verdad les encantó mi propuesta. Oye, ¿y tú? ¿Qué hiciste hoy?
—Nada interesante. Mandé unos currículums, pero nadie llama. Estuve viendo una serie. Lo de siempre.
—Mmm. Bueno, a ver si te pones las pilas, Roberto. No quiero llegar y encontrarte en el mismo hoyo.
—Lo sé, Clau. Te prometo que estoy intentando.
—Bueno, te dejo. Voy a cenar algo ligero y a dormir. Te quiero.
Ese “te quiero” sonaba hueco, metálico.
—Descansa —respondía él, sin devolverle el “te quiero”. Ella nunca lo notaba. Estaba demasiado ocupada en su propia mentira.
Al colgar, Roberto sentía una mezcla de asco y triunfo. La tenía engañada. Ella pensaba que tenía el control total, que su marido era un perrito faldero esperando en la puerta. La caída iba a ser monumental.
El miércoles de la segunda semana, Roberto tuvo que enfrentar la tarea más dolorosa: la purga física.
Decidió que no se llevaría nada que le recordara a ella. Ni los regalos, ni las fotos, ni los muebles que compraron juntos. Solo se llevaría su ropa, sus libros, su equipo de trabajo y su dignidad.
Mientras buscaba unos documentos personales en el archivero metálico que compartían en el estudio, encontró una carpeta vieja de estados de cuenta bancarios de Claudia que ella, por descuido, no había triturado.
La curiosidad pudo más. Roberto abrió el sobre de hacía seis meses. Empezó a leer los cargos.
Liverpool, Palacio de Hierro, Uber, Uber, Restaurante Loma Linda…
Y entonces, vio algo que le heló la sangre.
Un cargo recurrente en una farmacia especializada. Y otro cargo en una clínica de ginecología en la zona de Satélite.
Roberto frunció el ceño. Claudia siempre decía que iba al ginecólogo de la empresa en el sur. Buscó el nombre de la clínica en Google.
“Clínica de Fertilidad y Salud Reproductiva”.
Roberto se sentó en el suelo, rodeado de papeles. Ellos habían intentado tener hijos hacía años, pero Claudia siempre dijo que “no era el momento” o que “después”. Hace dos años, cuando él quebró, ella empezó a tomar pastillas anticonceptivas rigurosamente.
Siguió buscando en los papeles. Encontró una receta médica arrugada al fondo del cajón.
Fecha: Hace cuatro meses.
Paciente: Claudia R.
Prescripción: Medicamento post-interrupción.
Roberto sintió que el aire se escapaba de la habitación. No era solo infidelidad sexual.
Ella había estado embarazada. Hace cuatro meses.
Y él no lo sabía.
Y claramente, no lo tuvo.
Las fechas… hace cuatro meses él ya dormía en el sofá la mayoría de las noches. Hacía meses que no tenían intimidad real.
Ese embarazo no era de él.
La realización lo golpeó con la fuerza de un tren. El engaño con Méndez no era una “aventura de viaje de negocios”. Llevaba tiempo. Mucho tiempo. Y ella había manejado una crisis de embarazo y un aborto a sus espaldas, mientras llegaba a casa a gritarle que no había lavado los platos.
Roberto sintió una lágrima correr por su mejilla. No de tristeza por el bebé que no fue, sino por el nivel de monstruosidad en el que vivía. Estaba durmiendo con una extraña. Con una enemiga.
—Hija de puta —susurró, con una voz que temblaba de pura ira.
Tomó la receta y el estado de cuenta. Les tomó foto. Luego, con cuidado quirúrgico, volvió a guardar los papeles exactamente donde estaban.
Si antes tenía alguna duda moral sobre dejarla sin nada, sobre irse sin despedirse, esa duda se evaporó en ese instante. Ya no había piedad.
Faltaban tres días para que Claudia regresara.
Roberto ya tenía listo su nuevo “hogar”. Con el anticipo de las utilidades que Anna había estructurado legalmente como un “préstamo personal”, rentó un departamento amueblado en la colonia Nápoles, cerca del World Trade Center. Era pequeño, moderno, soltero. No tenía recuerdos.
Llevó sus cajas poco a poco, en viajes de hormiga, aprovechando las horas en que el portero del edificio de la Narvarte (que era chismoso y amigo de Claudia) estaba comiendo.
El viernes por la tarde, el departamento de la Narvarte se veía extrañamente normal. Roberto había dejado los muebles, la decoración, todo en su lugar. Solo faltaban sus cosas personales: su ropa del clóset, sus cepillo de dientes, sus libros, su computadora.
El clóset de su lado estaba vacío, solo quedaban los ganchos desnudos colgando como esqueletos.
Se sentó en el sofá por última vez. Miró el reloj. Eran las 6:00 PM.
Su celular sonó. Era Anna.
—Roberto, buenas noticias. El registro de la patente provisional “Tláloc” quedó ingresado en el IMPI a nombre del Fideicomiso. Y la sociedad “HidroTech Solutions” ya tiene RFC. Eres legalmente el Director de Tecnología, empleado de la empresa, sin acciones a tu nombre… por ahora. Estás blindado.
—Gracias, Anna. Eres un ángel.
—Solo soy una buena abogada. ¿Cómo vas con la mudanza?
—Terminé. Hoy es mi última noche aquí. Mañana me mudo al nuevo depa.
—¿Ella llega el domingo?
—Sí. El domingo en la tarde.
—¿Vas a dejarle la nota?
Roberto miró la hoja de papel en blanco que tenía sobre la mesa. Había pensado en escribirle una carta larga, explicándole todo, vomitándole su dolor y su descubrimiento. Pero se dio cuenta de que eso era lo que ella querría: drama. Ella se alimentaba del drama.
—No, Anna. Una carta larga le daría importancia. Le voy a dejar algo que le duela más.
—¿Qué?
—La indiferencia.
Roberto colgó. Tomó una pluma.
En la hoja de papel bond, escribió solo dos líneas.
Claudia:
Se acabó. No me busques. Habla con mi abogado para el divorcio.
Roberto.
Era frío. Era brutal. Sin explicaciones. Sin “te odios”. Sin “sé lo de Méndez”. Nada. Solo el vacío.
Dejó la nota en la mesa del comedor, encima del mantel de plástico, junto a las llaves del departamento.
Pero antes de irse, preparó la estocada final.
Fue a la cocina. Abrió la alacena. Sacó una botella de vino tinto barato que tenían ahí guardada para visitas. La destapó y tiró el vino por el fregadero.
Llenó la botella con agua del grifo.
Luego, sacó de su mochila una pequeña etiqueta que había impreso en su nuevo trabajo. Una etiqueta elegante, dorada, que decía:
AGUA PURIFICADA TLÁLOC.
Lote #001.
Valor de mercado: Incalculable.
Pegó la etiqueta en la botella. Dejó la botella llena de agua clara justo al lado de la nota de despedida.
Era un mensaje críptico. Ella no entendería al principio. Pensaría que era una broma estúpida. Pero cuando viera las noticias, cuando viera el éxito de Roberto en unos meses, recordaría esa botella. Recordaría que él se fue dejándole la prueba de su éxito en la mesa, y ella fue demasiado ciega para verlo.
Roberto tomó su última maleta.
Miró el departamento una última vez. No sintió nostalgia. Sintió que se quitaba un traje de plomo que había cargado durante años.
Abrió la puerta.
Salió.
Cerró con llave por última vez y deslizó las llaves por la rendija de abajo hacia el interior.
Escuchó el tintineo de las llaves cayendo al piso.
Cling.
El sonido de la libertad.
Bajó las escaleras silbando. Afuera, la noche de la Ciudad de México estaba fresca. Pidió un Uber.
—¿A dónde, joven?
—A la colonia Nápoles, jefe. Y póngale música alegre, que hoy empieza mi vida.
Roberto se subió al auto y no miró atrás. En cuarenta y ocho horas, Claudia abriría esa puerta esperando encontrar a su marido sumiso, y se encontraría con un abismo. El show estaba por comenzar.
Capítulo 6: El Eco de una Casa Vacía
El domingo por la tarde, el cielo de la Ciudad de México se había nublado, presagiando una de esas tormentas eléctricas que inundan los bajo puentes del Viaducto.
En el departamento de la colonia Nápoles, Roberto estaba sentado en un sillón nuevo, minimalista, color gris oxford. No había televisión encendida, ni música. Solo el sonido de la lluvia golpeando el ventanal de piso a techo que daba a la calle Pennsylvania. En sus manos tenía una taza de café de grano, recién molido en su cafetera italiana.
Su teléfono, el nuevo, estaba sobre la mesa de centro. El viejo, el que Claudia conocía, estaba apagado, guardado en un cajón de la cocina.
Eran las 6:45 PM. El vuelo de Monterrey aterrizaba a las 5:30. Si el tráfico estaba habitual, Claudia debería estar abriendo la puerta del departamento de la Narvarte justo… ahora.
Roberto dio un sorbo al café. No sentía alegría, ni tristeza. Sentía esa calma tensa que tienen los soldados en la trinchera segundos antes de que explote la primera granada. Sabía que la bomba que había dejado en la mesa del comedor no era explosiva, era psicológica. Y su onda expansiva estaba a punto de cambiarlo todo.
—Salud, Claudia —susurró al aire, levantando su taza—. Bienvenida a tu nueva vida.
Treinta minutos antes, en un Uber Black que cruzaba Tlalpan, Claudia revisaba su maquillaje en el espejo de vanidad. Se veía radiante, o al menos eso se decía a sí misma. El bronceado de alberca de hotel le sentaba bien, y traía puesto un conjunto de lino blanco que gritaba “mujer exitosa”.
Venía eufórica. El fin de semana con Méndez había sido, en su mente, “mágico”. Habían hablado de futuro, de viajes a Europa, de la Gerencia Regional. Méndez le había dicho que ella era “demasiada mujer” para un tipo como Roberto. Esas palabras habían sido la gasolina que necesitaba para tomar la decisión.
—Voy a llegar y se lo voy a decir —pensó, ensayando el discurso en su mente—. “Roberto, esto no funciona. Necesito espacio. Vete a casa de tu mamá un tiempo”.
Sí, eso haría. Lo correría suavemente, pero con firmeza. Se sentía poderosa, en control. Era la protagonista de su propia telenovela y el guion estaba saliendo perfecto.
El Uber se detuvo frente al edificio viejo pero digno de la Narvarte.
—Llegamos, señorita.
Claudia bajó, arrastrando su maleta y una bolsa de compras de marcas de lujo que había escondido un poco para que Roberto no hiciera preguntas incómodas de inmediato.
En la entrada estaba Don Chucho, el portero de toda la vida. Un señor mayor, bigotón, que siempre la saludaba con una sonrisa amable. Pero hoy, cuando Claudia entró, Don Chucho la miró raro. No fue la sonrisa de siempre. Fue una mirada esquiva, nerviosa. Se quitó la gorra y asintió levemente.
—Buenas tardes, señora Claudia.
—Buenas tardes, Don Chucho. ¿Todo tranquilo?
—Pues… sí. Todo tranquilo —dijo el hombre, bajando la vista a su periódico. Parecía querer decirle algo, pero se mordió la lengua.
Claudia no le dio importancia. “Viejo raro”, pensó. Subió al elevador. Se miró en el espejo, se acomodó el cabello. Sacó sus llaves.
Al llegar al cuarto piso, notó algo extraño. El tapete de bienvenida estaba ligeramente movido, como si alguien hubiera arrastrado algo pesado sobre él.
Metió la llave en la cerradura. Giró.
Abrió la puerta.
—¡Roberto! ¡Ya llegué! —gritó, con ese tono de voz que usaba siempre: una mezcla de anuncio y orden.
Silencio.
No el silencio de cuando alguien está dormido o viendo la tele con audífonos. Era un silencio denso, estancado. El aire olía a cerrado, a polvo que se asienta cuando no hay movimiento.
Claudia frunció el ceño. Dejó la maleta en la entrada.
—¿Roberto?
Caminó hacia la sala. Todo parecía normal a primera vista. Los muebles estaban ahí. Los cojines en su lugar. Pero faltaba algo. La “vibra” de Roberto no estaba. No había zapatos tirados, no había un vaso de agua en la mesa de centro, no se escuchaba el ventilador de su computadora vieja.
Fue a la cocina. Estaba impecable. Demasiado impecable. Ni un traste sucio.
—Qué raro, le dio por limpiar —murmuró, sintiendo una punzada de inquietud en el estómago.
Caminó hacia el pasillo de las recámaras. La puerta del “cuarto de triques”, donde Roberto se pasaba la vida jugando al inventor, estaba abierta de par en par.
Claudia se asomó.
Vacío.
No estaba la mesa de trabajo. No estaba la computadora vieja. No había cables, ni herramientas, ni cajas. Solo quedaban las marcas en el suelo donde habían estado los muebles y una bolsa de basura negra con papeles triturados en una esquina.
El corazón de Claudia dio un vuelco.
—¿Roberto? —Su voz salió más aguda, con un tinte de miedo.
Corrió a la recámara principal. Abrió el clóset de golpe.
El lado de Roberto era un agujero negro.
No había camisas. No había trajes. No había zapatos. Ni siquiera quedaban los ganchos de plástico. Se había llevado todo.
Fue al baño. No estaba su cepillo de dientes, ni su rastrillo, ni su toalla vieja que ella odiaba.
Claudia retrocedió, chocando contra la cama. La cama estaba hecha perfectamente, con la colcha estirada como en un hotel, pero se veía fría.
—Me robó… —fue su primer pensamiento irracional—. Se llevó las cosas.
Regresó a la sala, respirando agitadamente. Su mente trataba de procesar la información, pero su ego le impedía ver la verdad. ¿Se fue? No, no puede ser. Roberto no tiene a dónde ir. No tiene dinero. No tiene nada sin mí.
Entonces, la vio.
En la mesa del comedor, sobre el mantel de plástico que ella tanto despreciaba, había una hoja de papel blanca y una botella de vino… no, una botella de vidrio llena de agua.
Se acercó lentamente, como si la hoja fuera a morderla.
Leyó la nota.
Claudia:
Se acabó. No me busques. Habla con mi abogado para el divorcio.
Roberto.
Claudia leyó las líneas tres veces.
“Se acabó”.
“Mi abogado”.
“Divorcio”.
Soltó una risa nerviosa. Una risa corta, histérica.
—¿Abogado? ¿Qué abogado? Si no tiene ni para el saldo del celular.
Tomó la nota y la arrugó con furia, lanzándola al suelo.
—¡Estúpido! —gritó a la casa vacía—. ¡Imbécil! ¿Crees que me vas a asustar con esto? ¿Te fuiste a casa de tu mamá a hacer berrinche?
La furia la invadió. Era una furia caliente, roja. ¿Cómo se atrevía? Ella era la que iba a dejarlo. Ella era la que tenía el poder. Él no tenía derecho a renunciar; ella tenía que despedirlo. Le había robado su escena, su momento de triunfo.
Luego, miró la botella.
La tomó con desprecio. Vio la etiqueta dorada, impresa con calidad profesional.
AGUA PURIFICADA TLÁLOC.
Lote #001.
Valor de mercado: Incalculable.
—¿Tláloc? —Claudia leyó en voz alta—. ¿Qué es esta payasada?
Creyó que era una burla. Un último “invento” ridículo para demostrarle algo.
—Valor incalculable… Por favor. Vale lo que vale el agua de la llave, inútil.
Con un gesto de rabia, lanzó la botella contra la pared de la cocina. El vidrio estalló en mil pedazos. El agua se escurrió por la pintura, mojando el piso, mezclándose con los cristales rotos.
Claudia se quedó parada en medio del desastre, jadeando.
De repente, el silencio de la casa se le vino encima. Ya no había nadie a quien gritarle. Ya no había nadie a quien culpar. Estaba sola.
Sacó su celular. Le temblaban las manos. Marcó el número de Roberto.
Tuu… Tuu… Tuu…
“El número que usted marcó está apagado o fuera del área de servicio…”
—¡Contesta, cobarde! —gritó al teléfono.
Marcó otra vez. Buzón.
Marcó una tercera vez. Buzón.
Lanzó el teléfono al sofá y se llevó las manos a la cabeza. Empezó a caminar en círculos.
—Ok, ok, Claudia. Calma. Está haciendo un drama. Quiere llamar la atención. Mañana va a volver con la cola entre las patas pidiendo perdón porque se le acabó el dinero para los tacos.
Pero una voz en su interior, una voz pequeña y cruel, le susurró: ¿Y si no vuelve? ¿Y si sabe lo de Méndez?
No. Imposible. Ella había sido discreta.
¿O no?
Corrió al estudio, donde estaba el archivero. Abrió los cajones. Faltaban carpetas. Faltaban los estados de cuenta viejos. Faltaban documentos personales de él: acta de nacimiento, pasaporte, título profesional.
Se sentó en la silla giratoria, sintiendo que el piso se movía.
Roberto no había hecho un berrinche. Roberto se había mudado. Con planificación. Con orden.
Y si tenía abogado… ¿con qué dinero le pagaba?
El miedo empezó a filtrarse por las grietas de su enojo. Un miedo frío, económico y social.
¿Qué le iba a decir a su mamá? ¿A sus amigas? ¿A Méndez?
“Mi marido mantenido me dejó”. No, eso sonaba fatal.
Tenía que controlar la narrativa. Ya.
Recogió su celular y marcó el número de Leti, su mejor amiga y compañera de chismes en la oficina.
—¿Bueno? ¿Clau? ¿Ya llegaste? —contestó Leti.
—Leti… —Claudia forzó un sollozo. No le costó mucho, estaba al borde del colapso—. No vas a creer lo que pasó. Es horrible.
—¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
—Llegué a la casa y… Roberto se fue. Se llevó todo. Me abandonó, Leti.
—¡No mames! ¿Cómo que te abandonó?
—Sí… —Claudia empezó a tejer su mentira, improvisando sobre la marcha—. Se volvió loco. Le dio una crisis de la edad o no sé. Me dejó una nota horrible, llena de insultos. Se puso agresivo… bueno, en la nota. Creo que no soportó que me fuera bien en el trabajo. Sus celos enfermizos… ya no pudo más.
—¡Qué poca madre! —gritó Leti al otro lado—. Después de todo lo que lo has apoyado. Después de que lo has mantenido dos años. Es un malagradecido.
—Lo sé… Estoy en shock. Tengo miedo, Leti. Se llevó papeles, no sé si me robó algo.
—Cierra todo, amiga. Cambia las chapas mañana mismo. Y no te preocupes, ese güey no vale la pena. Estás mejor sin él. ¿Quieres que vaya?
—No, no… prefiero estar sola hoy. Solo quería avisarte. Mañana nos vemos en la oficina.
Colgó. Se sintió un poco mejor. Ya había sembrado la semilla: Roberto era el loco, el celoso, el malagradecido. Ella era la víctima exitosa.
Pero al mirar alrededor, a la casa vacía y al charco de agua en la cocina, la victoria se sentía vacía.
Se acercó a los cristales rotos. Vio un pedazo de la etiqueta dorada, mojada y rota.
…lizable… se leía en el fragmento.
Pateó el vidrio lejos.
—Púdrete, Roberto —dijo.
Se fue a su cuarto, se quitó el traje de lino y se metió en la cama sin cenar. Se acurrucó bajo las sábanas, esperando sentir el calor de su hogar, pero la cama estaba helada. Esa noche, Claudia durmió con la luz encendida.
A la mañana siguiente, lunes.
Roberto se despertó a las 6:00 AM en su nuevo departamento. Se estiró en la cama King Size. No le dolía la espalda.
Se levantó, se puso ropa deportiva y salió a correr al Parque Hundido. El aire estaba fresco, limpio por la lluvia de la noche anterior. Corrió 5 kilómetros. Se sentía ligero, fuerte.
Al regresar, se bañó y se vistió para ir a “la oficina”.
Su oficina ahora era un espacio de coworking en la Roma, donde Anna le había rentado una sala privada para HidroTech Solutions mientras buscaban una planta física.
Llegó a las 9:00 AM. Anna ya estaba ahí, con dos cafés de Starbucks.
—Buenos días, señor Director —dijo ella, sonriendo. Hoy llevaba el cabello suelto y se veía menos “abogada agresiva” y más… relajada.
—Buenos días, Anna. ¿Novedades?
—Varias. Primero, Damián mandó los contratos firmados de los proveedores. La producción de las primeras mil unidades empieza el miércoles. Segundo, ya depositaron el anticipo completo. Tienes liquidez operativa. Y tercero… —Anna sacó una tablet—. Tu esposa, perdón, tu aún esposa, ya empezó a moverse.
Roberto se tensó.
—¿Qué hizo?
—Me llamó un abogado hace media hora. Un tal Licenciado Garibay. De esos de despacho de medio pelo que cobran por hora. Dice que representa a la Señora Claudia R. y que quieren saber “las condiciones de la separación”.
—¿Qué le dijiste?
—Lo que acordamos. Que cualquier comunicación sea por escrito. Y que la demanda de divorcio incausado se presentará esta semana. Ah, y me preguntó si tenías activos.
Roberto sonrió.
—¿Y?
—Le dije la verdad técnica: “El Señor Salinas no tiene propiedades a su nombre, ni cuentas bancarias mancomunadas con saldo relevante, y su situación fiscal actual es de desempleado según el SAT”.
Roberto soltó una carcajada.
—Técnicamente cierto. HidroTech es dueña de todo, y yo soy un empleado que aún no cobra su primera quincena.
—Exacto. El abogado sonaba decepcionado. Creo que Claudia pensaba sacarte algo, o al menos asustarte con quitarte algo. Pero como “no tienes nada”, no eres un objetivo financiero interesante para ellos. Probablemente querrán el divorcio rápido para que dejes de ser, como ella dice, una carga.
—Perfecto. Que me firmen el divorcio rápido pensando que soy pobre. Es justo lo que quiero.
En ese momento, el celular “secreto” de Roberto (el que solo tenían Anna y Damián) sonó. Era Damián.
—¡Inge! Pon las noticias. Canal financiero. ¡Ahorita!
Roberto y Anna corrieron a la pantalla de la sala de juntas. Pusieron el canal.
Estaba terminando una entrevista con Mr. Henderson, el gringo de Global Water Solutions.
El cintillo abajo decía:
INVERSIÓN MILLONARIA EN TECNOLOGÍA HÍDRICA EN EL NORTE DE MÉXICO.
Henderson hablaba en inglés, doblado al español:
—…estamos muy emocionados de anunciar nuestra alianza con talento local mexicano. Hemos encontrado una tecnología revolucionaria, desarrollada por ingenieros mexicanos, que cambiará las reglas del juego en la purificación de agua. Es eficiente, económica y brillante.
El reportero preguntó:
—¿Puede decirnos el nombre de la empresa mexicana?
Henderson sonrió a la cámara.
—Se llama HidroTech. Y su creador es un genio. Pronto sabrán más de él.
Roberto sintió un escalofrío en la nuca. Anna le apretó el brazo, emocionada.
—”Un genio”, Roberto. Eso eres.
Roberto miró la pantalla, hipnotizado.
—Apenas empieza, Anna.
Mientras tanto, en las oficinas corporativas en Santa Fe.
Claudia estaba en la sala de juntas, intentando concentrarse en su reporte de gastos. Tenía ojeras que el maquillaje apenas cubría. Todos la miraban con un poco de lástima fingida; ya les había contado la versión trágica de su “abandono” a las de Recursos Humanos y el chisme había corrido como pólvora.
Su celular vibró. Un mensaje de Méndez.
Bebé, ¿nos vemos hoy en la noche? Tengo ganas de repetir lo de Monterrey.
Claudia sonrió, sintiendo un alivio momentáneo. Al menos tenía a Méndez. Él era su boleto de salida, su premio de consolación de lujo.
Claro, guapo. Misma hora, respondió.
Levantó la vista hacia la televisión que estaba en la sala de espera, visible a través del cristal. Estaban pasando noticias financieras.
Vio a un gringo hablando. No le prestó atención.
Pero luego, escuchó algo. O creyó escucharlo.
“…tecnología hídrica…”
Claudia frunció el ceño. Roberto siempre hablaba de eso, pensó con fastidio. Qué bueno que ya no tengo que escuchar sus tonterías.
En ese momento, entró el Licenciado Méndez a la oficina, con su traje impecable y su sonrisa de comercial de dentífrico. Se acercó al escritorio de Claudia.
—Hola, hermosa. ¿Cómo amaneciste?
—Bien, Rodri. Un poco cansada por… ya sabes, el drama de mi ex.
—Ni te agobies. Ese tipo es historia. Oye, ¿viste las noticias? Está sonando fuerte un rumor de que Global Water va a invertir durísimo en el país. Mi papá quiere que averigüemos quiénes son los socios locales para ver si podemos ofrecerles financiamiento.
—¿Ah, sí? —Claudia bostezó, desinteresada—. Ni idea. Seguro son los mismos de siempre, Slim o alguno de esos.
—No, dicen que es una startup nueva. HidroTech o algo así. ¿Te suena?
Claudia se congeló. El bolígrafo se le resbaló de la mano.
HidroTech.
El nombre le sonaba. ¿Dónde lo había visto?
Su mente viajó al pasado reciente. A las noches en que Roberto se quedaba despierto tecleando. A una hoja de papel que ella usó una vez para anotar la lista del súper y que tenía garabatos en el reverso.
H.T. Solutions… Tláloc… HidroTech.
No. No podía ser.
Roberto era un inútil. Un fracasado que pegaba tubos de PVC con kola-loka.
—No, no me suena —dijo Claudia, con la voz un poco temblorosa—. Debe ser alguna empresa gringa con nombre en español.
—Seguro. Bueno, checa eso si puedes. Nos vemos al rato. —Méndez le guiñó un ojo y se fue.
Claudia se quedó mirando la pantalla de su computadora. Su corazón latía rápido.
Abrió Google.
Escribió: HidroTech Solutions México.
Cargando…
Cargando…
Apareció una página web muy simple, tipo “Landing Page”, fondo negro, letras azules elegantes.
HIDROTECH SOLUTIONS.
Tecnología de purificación avanzada.
Innovación para un futuro sustentable.
No había nombres. No había fotos. Solo un formulario de contacto y una dirección en la colonia Roma.
Y el logo.
Era una gota de agua estilizada dentro de un engrane azteca.
Claudia reconoció el dibujo. Roberto lo había dibujado en una servilleta hace tres años, en una cena, diciéndole: “Este va a ser mi legado, Clau”. Ella se había burlado y había usado la servilleta para limpiar una mancha de salsa.
Claudia sintió que le faltaba el aire.
—No puede ser… —susurró—. Es él.
Pero luego, la negación, su mecanismo de defensa favorito, entró al rescate.
—No, seguro alguien le robó la idea. O es coincidencia. Roberto no tiene dinero para montar una web así. No tiene oficina en la Roma. Ayer estaba viviendo de mis 500 pesos.
Cerró el navegador con fuerza.
—Estás paranoica, Claudia. Olvídalo. Concéntrate en Méndez. Él es el dinero real. Roberto es un fantasma.
Pero la duda, esa pequeña semilla venenosa, ya estaba plantada en su cerebro. Y esa noche, cuando estuviera con Méndez, en lugar de disfrutar, estaría pensando en una gota de agua dentro de un engrane.
El juego del gato y el ratón había comenzado, pero el ratón todavía no sabía que el gato se había convertido en tigre.
Capítulo 7: La Firma y el Fantasma
Pasaron dos semanas. Catorce días en los que la Ciudad de México siguió su ritmo frenético, ajena a la guerra fría que se libraba entre la colonia Nápoles y Santa Fe.
Para Roberto, fueron días de construcción. HidroTech Solutions dejó de ser un papel notarial para convertirse en una realidad operativa. En la bodega de la Doctores, diez técnicos contratados por Damián ensamblaban los primeros filtros Tláloc bajo la supervisión estricta de Roberto. El olor a ozono y plástico nuevo era, para él, el aroma del éxito.
Pero su mayor victoria no estaba en el taller, sino en el despacho de Anna.
Era jueves por la mañana. Roberto llegó a la oficina de Polanco con un café en la mano y el periódico El Financiero bajo el brazo.
—Buenos días, socia —saludó, entrando sin llamar. La confianza en sí mismo había regresado, y se notaba en su postura, en su forma de caminar, incluso en cómo se peinaba.
Anna levantó la vista de unos documentos legales. Se quitó los lentes y le dedicó una sonrisa cansada pero genuina.
—Buenos días, “Fantasma”. Tengo noticias de tu aún esposa.
Roberto se sentó, dejando el periódico sobre el escritorio. En la portada, una pequeña nota hablaba sobre “Nuevas tecnologías hídricas impulsan el mercado norteño”, sin mencionar nombres específicos todavía.
—¿Ya firmó? —preguntó él, yendo al grano.
—El abogado de Claudia, el tal Garibay, mandó el borrador final del convenio de divorcio ayer en la noche. —Anna le extendió una carpeta azul—. Es… interesante.
Roberto abrió la carpeta. Leyó rápido, buscando las cláusulas clave.
Cláusula 4: De la Pensión Alimenticia y Compensatoria.
“Ambas partes renuncian expresamente a cualquier pensión, dado que ambos declaran tener capacidad económica propia o, en su defecto, no requerirla del otro.”
Cláusula 5: De los Bienes.
“Las partes declaran que no existen bienes inmuebles ni muebles de valor considerable adquiridos durante la sociedad conyugal que deban ser liquidados, y que cada uno conservará los bienes que tenga en su posesión física al momento de la firma.”
Roberto soltó una carcajada seca.
—Renuncia a todo. Básicamente dice: “Quédate con tu ropa vieja y déjame en paz”.
—Exacto —dijo Anna, jugando con su pluma—. Su abogado presionó mucho para que esto saliera rápido. Me dio la impresión de que tienen prisa. Mucha prisa.
—Claudia quiere casarse con Méndez —dijo Roberto, mirando por la ventana hacia la calle Homero—. O al menos, quiere estar libre para que él la exhiba sin problemas legales. Cree que soy un lastre que le impide subir de nivel social.
—Pues ese “lastre” acaba de salvar su patrimonio futuro —Anna señaló el documento—. Al firmar esto, ella renuncia a cualquier reclamo sobre HidroTech, sobre la patente, sobre los contratos. Legalmente, Roberto, estás libre. En cuanto ella firme ante el juez, serás un hombre soltero y dueño absoluto de tu imperio.
—¿Cuándo firmamos?
—La cita en el juzgado familiar es el próximo martes a las 10:00 AM. ¿Estás listo para verla?
Roberto sintió una punzada en el estómago. No era amor, era… memoria. Quince años de vida no se borran con tinta. Pero luego recordó el video en su celular. Recordó la palabra “patético”. Recordó la botella de agua rota en la cocina.
—Estoy listo. Quiero verle la cara cuando firme su propia sentencia de pobreza.
Mientras tanto, en Santa Fe, el ambiente era muy distinto.
Claudia estaba en su oficina, mirando su reflejo en la pantalla apagada de su computadora. Se veía bien, pero se sentía agotada. Mantener la fachada de “mujer exitosa y felizmente liberada” era un trabajo de tiempo completo.
Todo el mundo en la oficina sabía que su marido la había dejado, aunque ella insistía en que fue mutuo acuerdo. Pero los rumores son crueles. Había escuchado a dos secretarias cuchicheando en el baño: “Dicen que el marido se fue porque la encontró con el jefe”. Claudia había salido del cubículo haciendo ruido para asustarlas, pero el daño estaba hecho.
Su relación con Méndez, su gran trofeo, empezaba a mostrar grietas.
Méndez era encantador, sí. Generoso con las cenas y los regalos. Pero era… vacío. Sus pláticas siempre giraban en torno a coches, relojes, y chismes de la alta sociedad a la que Claudia aspiraba pertenecer pero en la que siempre se sentía una intrusa.
Además, Méndez estaba estresado.
—¡Es que no entiendo! —gritaba Méndez al teléfono, paseándose por la oficina de cristal—. ¿Cómo que no encuentran a los de HidroTech? ¡Papá quiere esa cuenta! ¡Búsquenlos hasta debajo de las piedras!
Colgó el teléfono con furia y miró a Claudia, que estaba sentada frente a él revisando unas facturas.
—¿Tú no has averiguado nada, Claudia? Te pedí que checaras lo de esa empresa.
Claudia se tensó. Había intentado olvidar el tema.
—Busqué en internet, Rodri. Pero no hay nada claro. Solo una página web genérica. Seguro son unos nadie que tuvieron suerte con un comunicado de prensa.
—Pues esos “nadie” acaban de cerrar un contrato de distribución en Texas —dijo Méndez, golpeando el escritorio—. Y mi papá me está presionando. Si logramos financiar su expansión, nos llevamos una comisión millonaria. Necesito encontrar al dueño. Dicen que es un ingeniero chilango.
Claudia sintió un escalofrío. Ingeniero chilango.
—¿Tienes… tienes algún nombre? —preguntó, con un hilo de voz.
—No. Se manejan con mucho secreto. Puro fideicomiso y abogados. Pero voy a dar con ellos.
Méndez se acercó a ella y le cambió el tono de voz. Le acarició la mejilla.
—Oye, bebé… ¿ya está lo de tu divorcio?
—Sí… —Claudia tragó saliva—. Firmamos el martes.
—Excelente. Porque mi papá es muy conservador, ya sabes. No le gusta que ande con… mujeres casadas. En cuanto tengas ese papelito, te presento oficialmente en la cena de Navidad de la empresa. Como mi pareja.
Los ojos de Claudia se iluminaron. La Cena de Navidad. El evento social del año. Ahí estarían los dueños, los socios, la élite. Ser presentada como la novia oficial de Rodrigo Méndez era la consagración de su carrera y de su vida social.
—El martes queda, Rodri. Te lo prometo.
—Más te vale, preciosa. Porque si no… se complica todo.
La amenaza velada quedó flotando en el aire. Claudia entendió el mensaje: Méndez la quería, pero la quería sin problemas. Si ella no resolvía su pasado rápido, él la desecharía como a un juguete viejo.
El martes llegó con un cielo gris y lluvioso, típico de noviembre en la ciudad.
El Juzgado de lo Familiar en la Avenida Juárez era un edificio deprimente, lleno de gente triste, abogados corriendo con expedientes y niños llorando. El olor a humedad y burocracia impregnaba las paredes.
Roberto llegó temprano, acompañado de Anna. Llevaba su traje azul, pero ahora combinaba con una camisa blanca impecable y mancuernillas de plata. Se había cortado el cabello en una barbería de lujo. Se veía, en una palabra, caro.
Anna le apretó el brazo antes de entrar a la sala de audiencias.
—Recuerda: pocas palabras. No entres en su juego emocional. Eres de hielo.
—De hielo —repitió Roberto.
Entraron a la pequeña sala. El juez, un hombre mayor con cara de aburrimiento eterno, revisaba unos papeles.
Y ahí estaba ella.
Claudia estaba sentada junto a su abogado, el Licenciado Garibay, un hombre bajito con un traje gris que le quedaba grande.
Cuando Roberto entró, Claudia levantó la vista.
Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.
Esperaba ver al Roberto derrotado, al Roberto en pants, al Roberto con ojeras de depresión.
Se encontró con un hombre que parecía sacado de una revista GQ. Erguido, seguro, oliendo a loción fina.
Roberto no la saludó. Ni siquiera la miró a los ojos directamente. Se sentó junto a Anna, al otro lado de la mesa.
—Buenos días —dijo Anna, profesional.
—Buenos días —respondió Garibay, nervioso.
El juez carraspeó.
—Bien, estamos aquí para la ratificación del convenio de divorcio incausado promovido por el Señor Roberto Salinas…
Claudia interrumpió, incapaz de contenerse.
—¿Tú lo promoviste? —preguntó, mirando a Roberto con incredulidad—. Yo iba a pedirlo.
Roberto giró la cabeza lentamente. La miró con una indiferencia tan profunda que a Claudia le dolió más que un insulto.
—Alguien tenía que hacer el trámite, Claudia. Tú estabas muy ocupada.
Su voz era tranquila, grave. No había temblor.
Claudia sintió un golpe de inseguridad. ¿De dónde sacaba esa actitud? ¿Y ese traje? ¿Y esa abogada que parecía modelo?
Seguro se gastó los ahorros de su mamá para aparentar, pensó para consolarse. Pobre diablo.
El juez continuó leyendo las cláusulas.
—…ambas partes renuncian a pensión… no hay bienes que liquidar… ¿Están de acuerdo?
—Sí, su Señoría —dijo Roberto, firme.
El juez miró a Claudia.
—¿Señora Claudia?
Ella dudó un segundo. Algo en el ambiente no le cuadraba. La calma de Roberto era sospechosa. Pero luego pensó en Méndez, en la cena de Navidad, en el ascenso.
—Sí, estoy de acuerdo. Solo quiero terminar con esto.
—Bien. Pasen a firmar.
Roberto se levantó primero. Tomó la pluma del juzgado. Firmó con un trazo rápido y elegante.
Le pasó la pluma a Claudia.
Sus dedos se rozaron por un milisegundo. La mano de Claudia estaba fría y sudorosa. La de Roberto estaba seca y caliente.
Claudia firmó.
—Con esto queda disuelto el vínculo matrimonial —declaró el juez, golpeando el mazo (metafóricamente, en México solo sellan el papel con fuerza)—. Pueden retirar su acta en tres días hábiles.
Salieron de la sala.
En el pasillo, el abogado Garibay se despidió rápido y se fue a fumar. Claudia y Roberto quedaron frente a frente, con Anna a unos pasos de distancia, dándoles privacidad.
Este era el momento. El momento del cierre.
Claudia cruzó los brazos, adoptando su postura de superioridad.
—Te ves bien, Roberto —dijo, con un tono condescendiente—. Se ve que la vida de soltero te sienta. Supongo que tu mamá te está cuidando bien.
Roberto la miró con una leve sonrisa, casi imperceptible.
—Mi mamá está bien, gracias. Pero vivo solo.
—Ah, ¿sí? ¿Y de qué vives? ¿Ya conseguiste alguna chambita de capturista o algo así?
Roberto soltó una risa suave.
—Algo así. Un proyecto pequeño. Nada que te interese, Claudia. Tú estás en las grandes ligas, ¿no? Con Méndez y todo eso.
Claudia palideció.
—¿Cómo sabes de…?
—Claudia, por favor —la interrumpió Roberto, acercándose un paso. Bajó la voz para que solo ella escuchara—. Monterrey es un pañuelo. Y el mundo es muy pequeño.
Claudia sintió que el piso se movía. Él sabía. Sabía lo de Monterrey.
Pero si sabía… ¿por qué no gritaba? ¿Por qué no le reclamaba? ¿Por qué estaba tan tranquilo?
—Yo… Roberto, las cosas no fueron así… —empezó a balbucear, perdiendo su máscara de arrogancia.
—Shhh. —Roberto le puso un dedo sobre los labios, pero sin tocarla—. No importa. De verdad. No importa. Te hiciste un favor, y me hiciste un favor a mí. Firmaste el papel, Claudia. Eres libre. Ve con tu “Licenciado”. Sé feliz. O inténtalo.
Se alejó un paso y se abotonó el saco.
—Adiós, Claudia. Y un consejo gratis: cuida tu trabajo. He oído que los Méndez son… volubles.
Roberto se dio la media vuelta y caminó hacia Anna.
—Vámonos, licenciada. Tengo una junta con los inversionistas a las doce.
Claudia se quedó parada en medio del pasillo del juzgado, sola. Vio cómo Roberto se alejaba, caminando con una seguridad que nunca le había visto antes.
“Inversionistas”. Esa palabra resonó en su cabeza.
—¿Qué inversionistas? —murmuró—. ¡Roberto!
Pero él ya había doblado la esquina.
Claudia sintió un hueco en el estómago. Una sensación de peligro inminente.
Sacó su celular para llamar a Méndez, buscando consuelo, buscando seguridad.
—Hola, bebé. Ya firmé. Soy libre —escribió.
La respuesta llegó de inmediato.
Qué bueno. Oye, necesito que te quedes tarde hoy. Hay un relajo con una cuenta y mi papá está furioso. No me esperes para cenar.
Frío. Distante.
Claudia guardó el teléfono. Miró hacia donde se había ido Roberto.
Por primera vez en años, tuvo la certeza de que había cometido un error terrible. Pero no sabía cuál. Todavía no.
Esa tarde, en el coworking de la Roma.
Roberto y Anna brindaban con whisky en la oficina privada.
—¡Libre! —dijo Anna, chocando su vaso contra el de él—. Felicidades, Roberto. Oficialmente, HidroTech es 100% tuya y de nadie más.
—Gracias a ti, Anna.
—Y ahora… ¿qué sigue? —preguntó ella, mirándolo con curiosidad.
Roberto se giró hacia el pizarrón blanco donde tenía trazado su plan de negocios.
Tomó un marcador rojo.
Dibujó un círculo alrededor de un nombre: GRUPO FINANCIERO MÉNDEZ.
—Ahora sigue la parte divertida, Anna —dijo Roberto, con esa sonrisa lobuna—. Ahora vamos a hacer negocios.
—¿Vas a buscar financiamiento con ellos? —Anna se sorprendió—. ¿Con el papá de… del amante de tu ex?
—No voy a buscar financiamiento, Anna. Ellos me van a buscar a mí. Méndez Junior está desesperado por encontrar a HidroTech. Quiere colgarse la medalla.
—¿Y vas a dejar que lo haga?
—Voy a dejar que crea que lo hace. Voy a dejar que me lleve hasta su papá, el Gran Jefe. Y ahí, en su propia cancha, frente a todos… voy a tirar el telón.
Roberto tomó un trago de whisky. El sabor a madera y humo le llenó la boca.
—Claudia quería ir a la Cena de Navidad de la empresa, ¿no? Pues creo que HidroTech debería aceptar la invitación para negociar justo en esa fecha.
Anna sonrió, entendiendo el plan. Era maquiavélico. Era teatral. Era perfecto.
—Eres peligroso, Roberto Salinas.
—Solo soy un hombre que aprendió a filtrar la basura de su vida —respondió él, mirando la ciudad a través de la ventana—. Y ahora, el agua está cristalina.
El escenario estaba listo para el acto final. La cena de Navidad de Grupo Méndez sería inolvidable. Y Roberto ya tenía su invitación asegurada, aunque ellos todavía no supieran a quién estaban invitando.
Capítulo 8: La Cena de Navidad y el Jaque Mate
Diciembre llegó a la Ciudad de México con su caos habitual: tráfico desquiciado en Periférico, adornos de Nochebuena marchitos en los camellones y ese frío seco que se cuela por los huesos en las noches. Pero en las altas esferas corporativas, diciembre significaba una sola cosa: las fiestas de fin de año.
Para Grupo Financiero Méndez, la Cena de Navidad no era una simple fiesta; era una demostración de poder. Se celebraba en la Hacienda de los Morales, uno de los lugares más exclusivos y tradicionales de Polanco. Ahí, entre muros de piedra colonial y jardines iluminados por miles de luces led, se cerraban los tratos que definirían el siguiente año fiscal.
Rodrigo Méndez, el “Licenciado”, estaba más nervioso que nunca. Su padre, Don Augusto Méndez —un tiburón de las finanzas de la vieja escuela, de esos que te saludan de mano y te están calculando el precio—, lo tenía contra las cuerdas.
—Quiero a HidroTech, Rodrigo —le había dicho esa mañana en la oficina—. He leído los reportes. Su tecnología es disruptiva. Ya firmaron con los gringos. Si no los traes a nuestro portafolio de inversión antes de que termine el año, Inbursa o Banorte nos los van a ganar. Y si eso pasa, olvídate de tu bono y de la vicepresidencia.
Rodrigo había movido cielo, mar y tierra. Finalmente, a través de un intermediario (un tal Damián Torres), había logrado lo imposible: el CEO de HidroTech había aceptado asistir a la Cena de Navidad para discutir una posible “alianza estratégica”.
—Ya está, papá —le dijo Rodrigo, ajustándose el nudo de la corbata frente al espejo del baño de la Hacienda—. Hoy viene. Va a firmar. Es un tal Ingeniero Salinas. Un nobody que tuvo suerte. Lo voy a marear con la champaña y nos va a dar el 40% de las acciones.
Rodrigo salió del baño sintiéndose el rey del mundo. Buscó a Claudia entre la multitud de invitados.
Claudia estaba parada cerca de la barra libre, con una copa de Moët & Chandon en la mano. Llevaba un vestido rojo sangre, largo, de espalda descubierta, que había comprado en Saks Fifth Avenue tarjeteando a 24 meses sin intereses. Se sentía, por fin, donde pertenecía.
Miraba a sus compañeros de oficina —los “Godínez”, como ella los llamaba ahora en su mente— desde arriba. Ellos estaban en las mesas de atrás, cerca de la cocina. Ella estaba en la mesa principal, la Mesa 1, reservada para la familia Méndez y los socios VIP.
—Te ves espectacular, bebé —le susurró Rodrigo al oído, abrazándola por la cintura.
Claudia se estremeció de placer.
—Gracias, guapo. ¿Estás nervioso por tu invitado?
—Un poco. Pero ya lo tengo en la bolsa. Es un ingeniero chilango, seguro nunca ha pisado un lugar así. Se va a deslumbrar con todo esto. En cuanto vea el lujo, firma lo que sea.
—¿Cómo se llama la empresa otra vez? —preguntó Claudia, solo por hacer plática, mientras saludaba con la mano a una secretaria que la miraba con envidia.
—HidroTech. El dueño es un tal Salinas.
Claudia sintió un leve piquete en el estómago al escuchar el apellido. Salinas. Como Roberto.
“Ay, Claudia, por favor”, se regañó a sí misma. “Salinas es un apellido súper común. Hay millones de Salinas. Carlos Salinas, Ricardo Salinas… Roberto es un Salinas perdedor. Este es un Salinas millonario”.
Bebió un trago largo de champaña para ahogar esa pequeña voz paranoica. Esta era su noche. Iba a ser presentada oficialmente a Don Augusto. Iba a dejar de ser “la empleada” para ser “la nuera”.
—¡Atención todos! —la voz de Don Augusto resonó en los altavoces. El patriarca subió al escenario, un hombre de setenta años con el cabello blanco y una presencia que imponía silencio absoluto.
—Bienvenidos a otra noche de éxito —comenzó Don Augusto—. Este año ha sido difícil, pero los Méndez no conocemos la derrota. Y para cerrar con broche de oro, hoy tenemos un anuncio especial. Estamos a punto de cerrar una alianza con la empresa revelación del año en tecnología sustentable. Una empresa 100% mexicana que está conquistando el mercado global.
La gente aplaudió. Rodrigo infló el pecho, orgulloso. Claudia le apretó la mano, sintiéndose parte de la realeza.
—Quiero dar la bienvenida —continuó Don Augusto, mirando hacia la entrada principal del salón— a nuestros invitados de honor. Los representantes de HidroTech Solutions.
Las grandes puertas de madera de la Hacienda se abrieron de par en par.
Un silencio expectante llenó el salón.
Primero entró Damián. Con su sombrero texano (que se quitó respetuosamente al entrar) y un traje negro impecable. Caminaba con esa seguridad norteña, sonriendo a todos.
Rodrigo dio un paso al frente para recibirlo.
—¡Damián! Qué gusto. Pásale.
—Gracias, Licenciado —dijo Damián con voz potente—. Pero no vengo solo. Les presento al fundador, dueño y cerebro detrás de HidroTech. El Ingeniero Roberto Salinas.
Damián se hizo a un lado.
Y entonces, entró él.
Roberto.
Pero no era el Roberto que Claudia conocía. No era el hombre que usaba camisetas de propaganda política y comía sobras en la cocina.
El hombre que cruzó el umbral vestía un esmoquin de corte italiano hecho a la medida, color negro profundo, que se ajustaba a su cuerpo atlético (resultado de meses de gimnasio y buena alimentación). Llevaba el cabello perfectamente peinado, con unas ligeras canas en las sienes que le daban un aire de distinción intelectual.
Pero lo más impactante no era su ropa. Era su cara.
Tenía una expresión de calma absoluta, de poder sereno. Caminaba despacio, saboreando cada paso, mirando a los ojos a la gente.
Y no venía solo.
De su brazo, agarrada con confianza y elegancia, venía Anna. Llevaba un vestido azul noche de seda que la hacía ver como una diosa griega, y miraba a Roberto con una mezcla de admiración y complicidad.
El salón entero se quedó mudo. Se escuchó el tintineo de un tenedor cayendo al plato en alguna mesa lejana.
Claudia sintió que la sangre se le drenaba del cuerpo. Sus piernas, enfundadas en el vestido rojo, empezaron a temblar violentamente. El aire se le atoró en la garganta.
—No… —susurró, tan bajo que nadie la oyó—. No puede ser…
Rodrigo Méndez, que estaba a su lado, frunció el ceño, confundido.
—¿Ese es? —le preguntó a Claudia en un susurro—. Se ve… se ve bien. ¿Lo conoces? Se apellida como tu ex, ¿no?
Claudia no pudo responder. Estaba paralizada, viendo cómo su “ex marido mantenido” cruzaba el salón como si fuera el dueño del lugar.
Roberto y Anna llegaron hasta la mesa principal.
Don Augusto bajó del escenario y se acercó a ellos con la mano extendida, encantado con la presencia de este hombre que irradiaba éxito.
—¡Ingeniero Salinas! Un honor. He oído maravillas de su trabajo.
Roberto estrechó la mano del patriarca con firmeza.
—El honor es mío, Don Augusto. Gracias por la invitación. Le presento a mi socia legal y… pareja, la Licenciada Anna Velasco.
—Encantado, encantada —dijo Don Augusto, besando la mano de Anna—. Por favor, tomen asiento. Rodrigo, atiende a nuestros invitados.
Rodrigo salió de su estupor y se acercó, poniendo su mejor sonrisa de vendedor, aunque algo en la mirada de Roberto lo inquietaba.
—Ingeniero, qué tal. Soy Rodrigo Méndez. Hablamos por correo… bueno, con su equipo.
Roberto giró la cabeza lentamente hacia Rodrigo. Sus ojos se clavaron en los del joven “mirrey”. Fue una mirada fría, quirúrgica, que desnudó el alma de Rodrigo en un segundo.
—Sí, Rodrigo. Sé perfectamente quién eres —dijo Roberto. Su voz era grave, modulada.
Luego, la mirada de Roberto se desplazó unos centímetros a la derecha. Hacia la mujer de rojo que temblaba junto a Rodrigo.
Claudia sentía que se iba a desmayar. Quería correr, quería desaparecer, quería que la tierra se la tragara. Pero estaba clavada al piso.
Roberto la miró. No hubo odio. No hubo furia. Hubo un reconocimiento tranquilo, casi divertido.
—Buenas noches, Claudia —dijo él, suavemente.
Rodrigo miró a Roberto, luego a Claudia, luego otra vez a Roberto. Su cerebro lento empezó a conectar los cables.
—¿Se… se conocen? —preguntó Rodrigo, con una risa nerviosa.
Roberto sonrió. Fue una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Digamos que tenemos un pasado en común. Claudia fue… una pieza clave en mi desarrollo personal. Sin ella, HidroTech no existiría.
Claudia sintió ganas de vomitar. Entendió la ironía brutal de esas palabras.
Don Augusto, ajeno a la tensión sexual y emocional, intervino.
—¡Vaya! El mundo es un pañuelo. Bueno, siéntense, por favor. Vamos a cenar y a hablar de negocios.
La cena fue una tortura medieval para Claudia.
Roberto estaba sentado justo enfrente de ella.
Mientras servían la crema de langosta, Roberto hablaba con Don Augusto sobre nanotecnología, mercados emergentes y patentes internacionales. Hablaba con una elocuencia y una cultura que Claudia desconocía.
¿Quién es este hombre?, pensaba ella, viéndolo beber vino con elegancia. Yo viví con él 15 años y nunca lo vi así. ¿Por qué conmigo era un trapo y ahora es un rey?
La respuesta le llegó como un golpe: Porque tú lo aplastabas.
Rodrigo, por su parte, intentaba meterse en la conversación, pero Roberto lo bloqueaba sutilmente, ignorando sus comentarios tontos o corrigiendo sus datos financieros erróneos con una cortesía devastadora.
Anna, a su lado, jugaba su papel a la perfección. Era encantadora, inteligente y cada vez que Claudia intentaba decir algo, Anna la miraba con una superioridad intelectual que la hacía sentir diminuta.
Llegó el momento del postre. Y el momento de los negocios.
Don Augusto se limpió la boca con la servilleta de lino.
—Bien, Roberto… si me permites tutearte. Vamos al grano. Grupo Méndez quiere invertir en HidroTech. Queremos ser tus socios exclusivos en México. Rodrigo me dice que preparó una propuesta muy agresiva.
Rodrigo sacó una carpeta de piel. Le sudaban las manos.
—Así es, papá. Ingeniero, le ofrecemos una inyección de capital de 5 millones de dólares por el 40% de la empresa, y acceso total a nuestra red de contactos gubernamentales. Es una oferta que no puede rechazar.
Roberto ni siquiera miró la carpeta.
Tomó su copa de agua. Miró el líquido transparente.
—Es una oferta generosa, Don Augusto —dijo Roberto, pausadamente—. Y hace seis meses, cuando yo estaba comiendo atún de lata en mi cocina, hubiera besado el suelo por ella.
Claudia bajó la cabeza, avergonzada.
—Pero —continuó Roberto—, en HidroTech tenemos una filosofía muy estricta. El agua es transparente. Y nuestros negocios también deben serlo.
—¿A qué te refieres? —preguntó Don Augusto, frunciendo el ceño.
Roberto dejó la copa en la mesa. Se inclinó hacia adelante.
—Me refiero a la ética, Don Augusto. Para mí, la confianza es el activo más valioso. Y lamentablemente, no puedo confiar mi empresa a una familia… o mejor dicho, a un miembro de la familia, que no entiende el concepto de lealtad.
Don Augusto miró a su hijo. Rodrigo se puso pálido.
—¿De qué hablas? —preguntó Rodrigo, a la defensiva.
Roberto sacó su celular. No, no iba a poner el video en la pantalla gigante. Eso era vulgar. Hizo algo mucho más sutil.
Deslizó el teléfono sobre la mesa, boca arriba, hacia Don Augusto.
En la pantalla había una foto.
Era una foto simple. Un estado de cuenta corporativo de Grupo Méndez, subrayado. Gastos personales excesivos: hoteles, joyas, viajes a Monterrey no justificados.
Y junto a eso, una copia del código de ética de la empresa Méndez, que prohibía estrictamente “relaciones sentimentales entre directivos y subordinados que generen conflicto de interés o desvío de recursos”.
Don Augusto se puso las gafas. Miró la foto. Miró a Rodrigo. Miró a Claudia.
Su cara pasó del rojo al morado.
—¿Esto… esto es cierto? —preguntó Don Augusto con voz temblorosa de ira.
Roberto retiró el celular suavemente.
—Don Augusto, mi ex esposa, Claudia —señaló a la mujer de rojo—, es una gran ejecutiva. Pero también fue la beneficiaria de esos “gastos de representación” mientras aún estaba casada conmigo. Y su hijo… bueno, su hijo financió su aventura con el dinero de sus inversionistas.
El silencio en la mesa fue sepulcral.
La gente de las mesas cercanas empezó a voltear.
—Yo no puedo asociarme con alguien que roba a su propia empresa para seducir mujeres casadas —remató Roberto, con una frialdad letal—. Si Rodrigo es capaz de engañarlo a usted, a su propio padre, ¿qué me haría a mí como socio?
Don Augusto se levantó de golpe. Tiró la silla.
—¡Rodrigo! —rugió.
Rodrigo estaba temblando.
—Papá, no es lo que parece… ella… ¡ella me sedujo! —gritó, señalando a Claudia—. ¡Ella me buscó! ¡Me dijo que estaba separada!
Claudia abrió los ojos, horrorizada.
—¿Qué? —exclamó—. ¡Tú fuiste el que me invitó a Monterrey! ¡Tú me prometiste la gerencia!
—¡Cállate, trepadora! —le gritó Rodrigo, perdiendo toda compostura—. ¡Solo eras un爬to! ¡No significas nada!
El escándalo estalló.
Los meseros se detuvieron. Los socios murmuraban.
Don Augusto miró a su hijo con asco.
—Estás despedido, Rodrigo. Lárgate de mi vista. Y tú —señaló a Claudia—, mañana pasas a Recursos Humanos por tu liquidación. Si es que te toca algo después de lo que robaste. ¡Fuera los dos!
Rodrigo salió corriendo, humillado, cubriéndose la cara.
Claudia se quedó sola, parada en medio del salón, con su vestido rojo de marca que ahora parecía un disfraz de payaso. Todos la miraban. Las miradas de envidia se habían convertido en miradas de burla y desprecio.
Miró a Roberto. Buscando… ¿qué? ¿Piedad? ¿Ayuda?
Roberto se levantó. Se abotonó el saco.
Le ofreció el brazo a Anna.
—Creo que se nos quitó el apetito, Don Augusto. Gracias por la invitación, pero HidroTech buscará financiamiento en otro lado. Con permiso.
Roberto y Anna empezaron a caminar hacia la salida, cruzando el salón como Moisés cruzando el Mar Rojo. La gente se apartaba.
—¡Roberto! —gritó Claudia.
Roberto se detuvo, pero no volteó.
Claudia corrió hacia él, con lágrimas negras de rímel corriendo por sus mejillas. Lo alcanzó cerca de la puerta.
—Roberto… espera —jadeó ella, agarrándolo del brazo.
Anna se tensó, pero Roberto le hizo una seña de que estaba bien. Se soltó suavemente del agarre de Claudia.
—¿Qué quieres, Claudia?
—Roberto… por favor. No me dejes así. Me corrieron. No tengo trabajo. Debo mucho dinero… el vestido… el coche… —Empezó a llorar, ahora sí, de verdad. Un llanto de desesperación pura—. Perdóname. Me equivoqué. Fui una tonta. Pero podemos arreglarlo. Todavía te quiero. Sé que tú también me quieres, por eso viniste… ¿verdad?
Claudia intentó usar su vieja táctica: la manipulación emocional. Puso esa cara de niña regañada que antes funcionaba.
—Podemos empezar de nuevo. Tú tienes dinero ahora, podemos viajar, como siempre quisimos. Yo te puedo ayudar a administrar la empresa…
Roberto la miró. Y en ese momento, se dio cuenta de que no sentía nada. Ni odio. Ni amor. Solo una inmensa lástima.
Vio a una mujer vacía, materialista, que nunca lo había visto a él, solo a su utilidad.
Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal.
—Claudia —dijo en voz baja—. ¿Te acuerdas de la botella de agua que dejé en la mesa?
Claudia asintió, sollozando.
—La rompí…
—Esa botella era el prototipo número uno. Vale millones ahora. Y la rompiste. Igual que rompiste lo nuestro.
Roberto se enderezó.
—No vine a recuperarte. Vine a asegurarme de que nunca más pudieras hacerme daño. Y de paso, a limpiar mi nombre.
—Pero… ¿qué voy a hacer? —gimió ella—. ¡Soy una carga para mi mamá! ¡No tengo nada!
Roberto sonrió levemente.
—Bienvenida al mundo real, Claudia. Te sugiero que busques trabajo. Escuché que en el OXXO están contratando. Es trabajo honesto. T-R-A-B-A-J-O. ¿Te suena?
Le dio la espalda definitivamente.
Tomó la mano de Anna, entrelazando sus dedos.
—Vámonos, Anna. Tengo ganas de unos tacos de verdad. Esta comida estaba muy desabrida.
—Yo conozco un lugar buenísimo en Narvarte —dijo Anna, sonriendo.
Salieron de la Hacienda de los Morales hacia la noche fría de diciembre. El aire les pegó en la cara, fresco y limpio.
Atrás, en el salón, quedaba el caos, los gritos de Don Augusto y el llanto de una mujer vestida de rojo que acababa de descubrir que el karma no solo existe, sino que tiene un sentido del humor muy negro.
Roberto miró el cielo. No se veían estrellas por la contaminación, pero él las sentía.
Sacó su celular y borró, por fin, el video de Monterrey. Ya no lo necesitaba.
Era libre.
Era exitoso.
Y por primera vez en su vida, era el protagonista de su propia historia.
—¿Estás bien? —preguntó Anna, apretándole la mano mientras el valet parking traía su camioneta.
Roberto respiró hondo.
—Mejor que nunca. Vámonos a casa.
FIN