MI ESPOSA JURABA POR NUESTROS HIJOS QUE SOLO IBA A CENAR CON SUS AMIGAS, PERO CUANDO VI QUIÉN LE ABRÍA LA PUERTA DEL COCHE, ME DI CUENTA DE QUE MI MEJOR AMIGO ME HABÍA ROBADO LA VIDA

PARTE 1

CAPÍTULO 1: CUANDO EL SILENCIO HACE MÁS RUIDO QUE LOS GRITOS

Irene ni en su pinche pesadilla más oscura se imaginó cómo iba a terminar su “aventurita”. Si alguien nos veía desde fuera, éramos la definición de la familia de comercial de cereal: Óscar y Irene, diez años de casados, aguantando vara juntos, con dos chamacos hermosos —un niño de ocho y una niña de cinco— y una casa en un fraccionamiento privado en las afueras de la ciudad, de esas que pagas a veinte años con un interés que te saca hasta los ojos, pero que al final, es tu patrimonio.

Yo, Óscar, siempre fui un hombre de chamba. No nací en cuna de oro, me hice a base de puros chingadazos. Empecé cargando bultos de cemento y terminé montando mi propia constructora. No era una empresa transnacional, pero nos daba para vivir bien: camioneta del año para la señora, colegios privados para los niños y vacaciones en Cancún o Vallarta por lo menos una vez al año. Mi filosofía era simple: yo me parto la madre afuera para que a mi familia no le falte nada adentro.

Irene, por otro lado, tenía la vida que muchas de sus amigas envidiaban. No trabajaba. Su única obligación era mantener la casa al tiro y cuidar a los niños. Y no me malentiendan, sé que ser ama de casa es una chinga, pero Irene tenía ayuda doméstica tres veces por semana. Se la vivía en el gimnasio, en el cafecito, en el salón de uñas. Siempre andaba impecable, oliendo a perfume caro, con el pelo planchado y las uñas perfectas. Yo la veía y se me inflaba el pecho de orgullo. “Esa mujer es mi vieja”, pensaba. Qué pendejo estaba.

Pero dicen que uno nunca sabe para quién trabaja. Algo cambió hace unos seis meses. Fue sutil, como esa humedad en la pared que apenas se nota hasta que se te cae el techo encima. Irene se volvió fría, distante, como si yo fuera un mueble más en la sala.

Antes, mis llegadas a casa eran una fiesta. Los niños corrían a abrazarme y ella me recibía con un beso y la cena caliente. Nos sentábamos a echar taco, a platicar del día, a reírnos de cualquier tontería. Pero poco a poco, la bienvenida se convirtió en silencio.

Una noche de martes, llegué molido. Habíamos tenido un problema con unos permisos en la obra y me traían de un lado a otro. Eran las nueve de la noche. Abrí la puerta esperando el calor de hogar, pero la casa estaba en penumbras. Solo se escuchaba el zumbido del refrigerador y la televisión prendida en la sala.

Caminé hacia la cocina, arrastrando los pies. En la mesa, había un plato tapado con una servilleta. Lo destapé: unos chilaquiles que se veían más secos que mi lengua después de una cruda. Estaban helados. Ni siquiera se había molestado en dejarlos en el microondas.

Suspiré, sintiendo ese cansancio que no es físico, sino del alma. Me calenté la cena y fui a la sala. Ahí estaba Irene, acurrucada en el sofá, pero no estaba viendo la tele. La pantalla iluminaba la habitación, pero sus ojos estaban clavados en el celular. Sus dedos volaban sobre el teclado y tenía una sonrisita estúpida dibujada en la cara, de esas que uno pone cuando está “enculado”.

—Buenas noches, ¿eh? —dije, tratando de no sonar tan encabronado como me sentía.

Irene dio un brinco, como si la hubiera cachado robando. Bloqueó el teléfono de un chingadazo y lo puso boca abajo contra su pierna, protegiéndolo como si fueran los códigos nucleares.

—Ay, Óscar, me asustaste —dijo, con una voz que fingía inocencia pero le salía nerviosa—. No te escuché entrar.

—Pues no, si estás hipnotizada con esa madre. ¿Qué hay de cenar? Ah, sí, chilaquiles fríos. Gracias.

Ella rodó los ojos, ese gesto que últimamente hacía cada vez que yo abría la boca.

—No seas dramático. El microondas funciona, ¿no? Además, estoy agotada. Los niños estuvieron insoportables hoy, Carlitos se peleó en la escuela y la niña no quería hacer la tarea. Me duele la cabeza.

Me senté en el sillón de enfrente, con mi plato humeante, y la miré fijamente. Se veía hermosa, sí, pero se sentía como una extraña.

—¿Y qué tanto le escribes al celular? Te estabas riendo sola.

Se puso a la defensiva de inmediato, erizándose como gato panza arriba.

—Estaba viendo memes, Óscar. ¿Ahora no puedo ni reírme? Qué afán de estar chingando apenas llegas.

No dije nada más. Me tragué los chilaquiles y el coraje. Esa noche, en la cama, ella se volteó dándome la espalda. “Me duele la cabeza”, repitió antes de que yo siquiera intentara abrazarla. Me quedé mirando el techo, escuchando su respiración, sintiendo un hueco en el estómago. Ese instinto que tenemos los hombres, aunque a veces nos hagamos pendejos, me decía a gritos: Aquí hay gato encerrado.

La cosa se puso peor. Empezaron las “salidas”. Irene, que antes no salía ni a la esquina sin avisarme para que no me preocupara, ahora resultaba que tenía una vida social más activa que adolescente en vacaciones.

—Voy con las de la prepa al cine.
—Voy a un cafecito con Sandra para desahogarnos.
—Voy a clases de yoga nocturno.

Tres, cuatro veces por semana. Yo me quedaba con los niños, revisando tareas, haciendo de cenar, mientras ella llegaba a las once, doce de la noche, oliendo a vino y a mentas, con los ojos brillantes y una actitud esquiva.

Una noche, no aguanté más. La vi arreglándose frente al espejo, poniéndose ese vestido rojo que me encantaba, perfumándose el cuello con una delicadeza que ya no usaba para mí.

—¿A dónde vas tan producida, Irene? —le solté desde la puerta del baño.

Ella ni parpadeó mientras se delineaba los ojos.

—Con las chicas, ya te dije. Vamos a ir a un bar tranquilo a platicar.

—¿Un martes? ¿En vestido de noche? No mames, Irene. ¿Me quieres ver la cara de pendejo?

Ella azotó el delineador en el lavabo y se giró hecha una furia.

—¡Ya vas a empezar con tus celos de inseguro! ¡Qué hueva me das, Óscar! Me la paso encerrada aquí todo el día limpiando tus calzones y cuidando a tus hijos. ¿No tengo derecho a sentirme mujer un rato? ¿A que me dé el aire? Tú te largas a la “oficina” todo el día, quién sabe qué hagas allá, y yo no te digo nada.

Ahí estaba la manipulación. La clásica vuelta de tortilla. Me hacía sentir culpable por trabajar para mantenerla.

—Yo voy a trabajar, Irene. A partirme la madre para que tú puedas ir a tus cafecitos. Y no son celos, es que ya ni me pelas. Parecemos roomies.

—Pues si parecemos roomies es porque tú eres un aburrido que solo piensa en cemento y varillas. Ya, me voy, se me hace tarde. Y no me esperes despierto.

Salió del cuarto hecha un bólido. Escuché sus tacones bajando la escalera, el portazo de la entrada y el motor de la camioneta arrancando. Me quedé ahí, parado en medio del baño, sintiéndome el hombre más solo del mundo en mi propia casa.

Fui a ver a mis hijos. Dormían como angelitos. Les di un beso en la frente y les prometí en silencio que, pasara lo que pasara, a ellos no les iba a faltar nada. Luego bajé a la cocina, saqué una botella de tequila y me serví un trago derecho.

El alcohol me quemó la garganta, pero me aclaró la mente. Dejé de ser el esposo dolido y empecé a pensar como el ingeniero que era. Cuando una estructura falla, no es de golpe; siempre hay grietas, fatiga de materiales. Y mi matrimonio estaba a punto de colapsar.

—Muy bien, Irenita —murmuré a la soledad de la cocina—. Quieres jugar a las escondidas. Pues vamos a ver quién encuentra a quién.

Esa noche no dormí. Me quedé despierto, esperando, planeando. Ya no iba a preguntar. Iba a saber.


CAPÍTULO 2: LA PUÑALADA POR LA ESPALDA (Y EL CUCHILLO ERA DE MI MEJOR AMIGO)

La oportunidad perfecta llegó un viernes, dos semanas después. Irene andaba nerviosa desde la mañana, mensajeando como loca y escondiendo el celular cada que yo entraba al cuarto. A la hora de la comida me soltó la bomba.

—Oye, Óscar, hoy tengo la despedida de soltera de Marisa, la prima de Karla. Va a ser en un antro en San Pedro, así que voy a llegar tarde. Igual y me quedo a dormir en casa de Karla para no manejar tomada, ¿va?

Yo sabía perfectamente que Marisa se había casado hacía tres años y ya tenía hasta un bebé. Era una mentira tan chafa, tan mal elaborada, que me ofendió más que me creyera tan imbécil que el hecho de que me mintiera. Pero no dije nada. Puse mi mejor cara de póker.

—Ah, órale. Qué chido. Diviértete, te lo mereces, flaca. Yo me encargo de los chavos.

Le vi en la cara el alivio. Me dio un beso rápido en la mejilla, un beso seco, sin ganas, y se fue a arreglar. Se tardó horas. Se puso lencería nueva (lo noté porque dejó la etiqueta en el bote de basura del baño), se alació el pelo y se maquilló como para salir en portada de revista.

Cuando bajó las escaleras, se veía espectacular. Me dolió el corazón de solo verla. Era la mujer de mi vida, y se estaba poniendo guapa para otro.

—Te ves hermosa —le dije, y era la pura verdad.
—Gracias. Ya me voy, que Karla ya está afuera esperándome —mintió. No había nadie afuera.

En cuanto cerró la puerta, mi sangre se convirtió en hielo. Corrí a la ventana y vi que se subía a un Uber. No a su camioneta. “Claro, para no dejar rastro”, pensé.

Esperé dos minutos, contando los segundos con el reloj en la mano. 120 segundos. Agarré las llaves de un Tsuru viejo que teníamos en la empresa para los mandados de los albañiles, un coche despintado y ruidoso que ella jamás reconocería. Le dije a la muchacha que cuidaba a los niños que iba a salir por unos cigarros y que regresaba rápido.

Arranqué el Tsuru y salí quemando llanta. Alcancé a ver el Uber al final de la avenida. Mantuve la distancia, mezclándome entre el tráfico de la ciudad, entre taxis y microbuses. Mis manos sudaban sobre el volante, apretándolo tanto que los nudillos se me pusieron blancos.

“Por favor, Diosito, que sea verdad. Que llegue a una casa con amigas. Que yo sea el loco celoso”, rezaba en mi mente. Pero el nudo en la panza me decía otra cosa.

El Uber no fue a ningún antro. Se desvió hacia la zona hotelera, pero no entró a ningún hotel. Se paró en la esquina de un restaurante italiano muy fresa, de esos donde te cobran hasta el aire que respiras.

Me estacioné a media cuadra, apagando las luces para no llamar la atención. Vi a Irene bajar del Uber. Se alisó el vestido, sacó un espejito para checarse el labial y esperó en la banqueta, mirando el reloj.

Cinco minutos después, apareció un coche. No era cualquier coche. Era un BMW Serie 5, color negro, impecable, brillando bajo las luces de la calle. Sentí un putazo en el estómago, como si me hubieran dado una patada de mula.

Conocía ese coche. Conocía la placa.

—No puede ser… —susurré, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas de pura rabia—. No mames, no puede ser.

El coche se detuvo frente a ella. La ventanilla del conductor bajó. Y ahí estaba él.

Mario.

Mario no era un conocido. Mario era mi compadre. El padrino de bautizo de mi hijo mayor. Mi socio en varios negocios. El cabrón con el que me iba a echar chelas los viernes, con el que compartía asados los domingos. El tipo que me palmeaba la espalda y me decía “eres como mi hermano, güey”.

Vi cómo Irene sonreía, una sonrisa coqueta, zorra, que tenía años sin dedicarme a mí. Se subió al asiento del copiloto. Y antes de cerrar la puerta, se inclinó hacia él y le plantó un beso en la boca. No fue un beso de saludo. Fue un beso de amantes, largo, descarado, hambriento.

Sentí que iba a vomitar ahí mismo, en el tablero del viejo Tsuru. La traición tiene un sabor amargo, como a bilis y moneda vieja. Mi esposa y mi mejor amigo. Los dos pilares de mi vida, burlándose de mí en mi propia jeta.

El BMW arrancó. Yo, actuando por puro instinto, arranqué detrás de ellos. No sabía qué iba a hacer. ¿Chocarlos? ¿Bajarlos a golpes? ¿Gritarles?

Manejaron hasta un hotel boutique en las afueras, un lugar discreto, escondido entre árboles, famoso por ser nido de amores prohibidos. Se estacionaron en el valet parking. Yo me quedé lejos, en la oscuridad, viendo cómo bajaban.

Mario la abrazaba por la cintura, posesivo, con una confianza que me dio asco. Ella le susurraba cosas al oído y se reía. Se veían felices. Se veían cómplices. Entraron al lobby tomados de la mano, como si fueran una pareja legítima, pisoteando diez años de mi matrimonio y veinte años de mi amistad.

Saqué mi celular. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae. Respiré hondo, tratando de controlar el temblor. Tenía que documentarlo. Si no tenía pruebas, me iban a tachar de loco paranoico. Tomé fotos. Muchas. Del coche, de la placa, de ellos entrando abrazados, de la mano de Mario en el trasero de Irene.

Cada clic de la cámara era un clavo en el ataúd de mi vida anterior.

Me quedé ahí, sentado en el Tsuru que olía a polvo y a tabaco viejo, viendo la puerta por donde habían desaparecido. Quería entrar, romper la puerta de la habitación y matarlos a los dos. Imaginé mis puños destrozando la cara perfecta de Mario. Imaginé los gritos de Irene pidiendo perdón.

Pero entonces, algo cambió dentro de mí. El calor de la furia se enfrió de golpe. Dejé de llorar. Me sequé las lágrimas con la manga de la camisa y me miré en el retrovisor. Mis ojos ya no tenían tristeza. Tenían odio. Un odio frío, calculado, matemático.

Si hacía un escándalo ahorita, ¿qué ganaba? Un pleito, gritos, quizás terminar yo en la cárcel por agresión. Ellos se harían las víctimas, dirían que “el amor surgió sin querer”, que “no querían lastimarme”. Mario inventaría excusas, Irene lloraría para manipular a los jueces en el divorcio.

No. Eso era para novatos. Yo soy un hombre de negocios. Y esto… esto era un negocio que había salido muy mal.

Mario pensaba que era muy chingón. Siempre fue el carismático, el de las ventas, el que enamoraba a los clientes. Pero se le olvidaba un pequeño detalle: yo era el de los números. Yo era el que sabía dónde estaba cada peso, cada factura, cada transa fiscal, cada deuda oculta de la empresa y de sus finanzas personales.

Mario vivía de apariencias. Su BMW era leasing. Su casa estaba hipotecada hasta el tope. Debía dinero a medio mundo, y yo le había estado cubriendo las espaldas durante años porque “somos hermanos”.

—Disfruta tu noche, compadre —murmuré, con una voz que me sonó extraña, metálica—. Pásatela poca madre con mi vieja. Porque te juro, por la vida de mis hijos, que esta va a ser la cogida más cara de tu perra vida.

Arranqué el coche y di la vuelta. No regresé a casa. Me fui directo a mi oficina. Eran las once de la noche. El edificio estaba vacío. Entré, prendí solo la luz de mi escritorio y encendí la computadora.

Mientras ellos se revolcaban en sábanas de seda egipcia, yo abrí las cuentas bancarias mancomunadas, los libros de la empresa y los archivos privados de Mario a los que solo yo tenía acceso.

Esa noche no hubo gritos ni platos rotos. Solo el sonido de mis dedos tecleando furiosamente en el silencio de la oficina. Empecé a mover dinero. Pequeñas transferencias, desvíos sutiles, cancelaciones de avales. Empecé a desarmar la vida de Mario tornillo por tornillo.

La venganza había comenzado, y ellos estaban demasiado ocupados gimiendo como para darse cuenta de que el techo se les estaba viniendo encima.

CAPÍTULO 3: LA SONRISA DEL VERDUGO Y EL ARTE DE LA GUERRA SILENCIOSA

Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero nadie te dice lo difícil que es mantener la comida en el congelador sin que se te pudra el alma.

Regresé a casa esa madrugada con el cuerpo entumido y el corazón hecho piedra. Entré en silencio, como un ladrón en mi propia casa. Subí las escaleras, y ahí estaba ella. Irene dormía a pierna suelta, desparramada en la cama matrimonial King Size que habíamos comprado a meses sin intereses hacía dos años. Se veía tranquila, angelical, con el cabello esparcido sobre la almohada.

Me quedé parado en el marco de la puerta, mirándola. Sentí una mezcla de asco y de un dolor tan profundo que me costaba respirar. Hacía apenas unas horas, esa boca que ahora estaba entreabierta soltando un leve ronquido, había estado besando a mi compadre. Esas manos que yo había sostenido durante el parto de nuestros hijos, habían estado acariciando la espalda de Mario.

Me dieron ganas de despertarla a gritos. De sacudirla y escupirle la verdad en la cara. “¿Cómo pudiste, cabrona? ¿Cómo tuviste el cinismo de llegar y meterte en nuestra cama sin bañarte el alma?”.

Pero me aguanté. Me tragué el sapo, aunque me raspara la garganta. Me fui al cuarto de visitas, me tiré en el sofá cama y miré al techo hasta que salió el sol. No pegué el ojo. Mi mente era un hervidero de números, cuentas bancarias y estrategias legales. Ya no era Óscar el esposo; era Óscar el arquitecto de una demolición.

A la mañana siguiente, empezó mi actuación digna de un Óscar, y no por mi nombre.

Bajé a la cocina. Irene ya estaba ahí, preparando café. Se veía fresca, radiante. Dicen que el pecado rejuvenece, y vaya que a ella le había sentado bien la noche de revolcada.

—Buenos días, amor —me dijo, dándome un beso rápido en la mejilla. Me tensé. Sentí como si me hubiera quemado con un cigarro. Su perfume se mezclaba con el olor a café, pero yo juraba que todavía podía oler la loción barata de Mario en ella.

—Buenos días —respondí, con la voz ronca. Me serví café para tener las manos ocupadas y no ahorcarla—. ¿Qué tal la despedida de soltera? ¿Se puso buena?

Ella ni parpadeó. Era una profesional de la mentira.

—Ay, sí, estuvo padrísima. Bailamos un montón, tomamos unos drinks. Marisa estaba feliz. Lástima que te la perdiste, pero bueno, es cosa de mujeres. Terminé muerta, por eso me quedé con Karla.

—Qué bueno —dije, soplándole a la taza—. Me da gusto que te distraigas. Te lo mereces.

Me senté a la mesa y abrí el periódico, usándolo como escudo. Por dentro, me estaba carcajeando con una risa macabra. “Marisa”, pensé. “Si supieras que Marisa subió fotos anoche cenando con su esposo en Valle de Bravo”. Pero la dejé hablar. La dejé enredarse en su propia telaraña.

—Oye, Óscar… —empezó, con ese tonito meloso que usaba cuando quería pedir lana—. Fíjate que vi unas bolsas increíbles en Palacio. Y como ya viene el cumple de mi mamá… pensaba que igual y me prestabas la tarjeta de crédito, la negra.

Ahí estaba. El descaro total. No solo me ponía los cuernos, sino que quería que yo financiara su estilo de vida mientras ella se daba la gran vida con otro.

—Híjole, flaca —dije, fingiendo preocupación—. Fíjate que andamos medio atorados con el flujo de efectivo en la empresa. Unos clientes se retrasaron con los pagos. Mejor espérame a fin de mes, ¿va? Ahorita hay que apretarnos el cinturón.

Su cara cambió. De la dulzura pasó a la molestia en un segundo.

—Ay, Óscar, siempre es lo mismo. Trabajas como negro y nunca hay dinero. ¿Pues qué haces con él? Mario siempre trae coche nuevo y anda invitando a todo mundo, y tú que eres el socio, siempre andas llorando miseria.

Ese comentario fue como echarle gasolina al fuego. Me comparaba con él. Me decía mediocre comparándome con el parásito que yo mantenía.

—Mario tiene un estilo de… administración diferente —dije, apretando la mandíbula—. Pero no te preocupes. Todo va a cambiar muy pronto. Te lo prometo.

Salí de la casa antes de perder el control. Me subí a mi camioneta y manejé hacia la oficina. El tráfico de la ciudad era un caos, pero mi mente estaba clara y enfocada.

Llegué a la constructora. “Constructora M&O”. Mario y Óscar. Hasta en el nombre me había chingado, poniendo su inicial primero aunque yo había puesto el 70% del capital inicial.

Entré y saludé a la secretaria, Betty, una señora chismosa pero leal que llevaba con nosotros desde el inicio.

—Buenos días, Ingeniero —me dijo—. El Licenciado Mario ya llegó. Está en su oficina.

—Gracias, Betty. Oye, hazme un favor. Necesito que me saques el reporte de gastos de representación de los últimos seis meses. De los dos. Pero discretamente, que no se entere Mario, quiero darle una sorpresa con una auditoría… “amigable”.

Betty me guiñó el ojo.

—Entendido, Inge.

Caminé hacia la oficina de Mario. La puerta estaba abierta. Ahí estaba él, sentado en su sillón ejecutivo de piel, con los pies sobre el escritorio, hablando por teléfono y riéndose a carcajadas. Se veía relajado, el muy cabrón.

Entré y él colgó el teléfono.

—¡Compadre! —gritó, abriendo los brazos—. ¡Qué milagro que te dejas ver temprano! ¿Cómo te trata la vida?

Me dieron ganas de vomitar. Me levantó la mano para chocarla. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para extender mi mano y tocar la suya. Sentí una descarga eléctrica de odio.

—Pues aquí andamos, Mario. La vida… la vida da muchas vueltas —dije, sentándome frente a él—. Oye, vengo a ver lo del proyecto de “Residencial Los Álamos”. ¿Cómo vamos con eso?

Mario se puso un poco nervioso. Se acomodó el saco y bajó los pies del escritorio.

—Ah, eso. Pues fíjate que está un poco atorado. El cliente anda medio rejego con los precios. Pero no te preocupes, yo lo manejo. Ya sabes que tengo verbo. Anoche… anoche estuve cenando con unos inversionistas potenciales hasta tardísimo. Por eso traigo estas ojeras.

—¿Ah, sí? —pregunté, mirándolo fijamente a los ojos—. ¿Y qué tal? ¿Hubo “final feliz” con los inversionistas?

Mario soltó una risita nerviosa.

—Pues… digamos que las negociaciones van por buen camino. Tú tranquilo, Óscar. Tú dedícate a los planos y a los números, que yo me encargo de las relaciones públicas. Para eso somos el dúo dinámico, ¿no?

—Claro. El dúo dinámico. Oye, Mario, hablando de números. Fíjate que estuve revisando las líneas de crédito de la empresa. Creo que necesitamos reestructurar para tener más liquidez. Tengo un plan para mover unas cuentas a otro banco que nos da mejor tasa. Necesito tu firma.

Le pasé una carpeta con un montón de documentos. Eran hojas y hojas de jerga legal y financiera. Sabía que Mario era un huevón para leer. Le daba flojera todo lo que tuviera letras chiquitas.

—¿Todo esto? Qué hueva, compadre. ¿Tú ya lo revisaste?

—Al derecho y al revés. Es lo mejor para la empresa. Si firmamos esto, nos liberan como dos millones de pesos en crédito para la otra semana.

Los ojos le brillaron al escuchar “dos millones”.

—¿Neta? Uy, con eso cambiamos las camionetas, ¿no? Ya me anda fallando el aire acondicionado del Beema.

—Firma aquí, aquí y acá —le señalé, ignorando su comentario estúpido.

Mario sacó su pluma Montblanc de oro (que compró con la tarjeta de la empresa, por cierto) y firmó sin leer ni un solo párrafo.

—Listo, papá. Confío en ti ciegamente. Eres el cerebro de esta operación.

—Gracias por la confianza, Mario. No te vas a arrepentir. O bueno… tal vez sí —murmuré lo último para mis adentros.

Lo que Mario acababa de firmar no era una reestructuración simple. Era su sentencia de muerte financiera. Me acababa de dar poder notarial irrevocable para manejar los activos de la empresa sin su consentimiento, y además, había firmado como aval personal solidario de una deuda tóxica que yo pensaba adquirir a nombre de la empresa, para luego vaciar las cuentas.

Salí de su oficina con la carpeta bajo el brazo, sintiéndome como si llevara una bomba de tiempo.

Esa tarde me encerré en mi despacho. Le dije a Betty que no me pasara llamadas. Empecé a tejer la red.

Primero, creé tres empresas fantasma. “Inmobiliaria Z”, “Consultoría O&G” y “Logística Norte”. Nombres genéricos, aburridos, que nadie voltearía a ver. Luego, empecé a hacer contratos de servicios. La empresa “M&O” (la nuestra) contrataba a estas nuevas empresas para “asesoría estratégica”, “renta de maquinaria” y “estudios de mercado”.

Eran servicios intangibles. Humo. Pero las facturas eran reales.

Empecé a transferir dinero. No cantidades grandes de golpe para no activar las alarmas del banco, sino el famoso “robo hormiga”, pero con esteroides. 50 mil pesos por aquí, 80 mil por allá. Pagos a proveedores inexistentes.

En una semana, había drenado casi el 40% del capital líquido de la empresa hacia cuentas que solo yo controlaba.

Pero el golpe maestro no era el dinero. Eran los clientes.

Llamé a Don Roberto, nuestro cliente más grande e importante. Un viejo lobo de mar que tenía fraccionamientos por todo el norte del país. Él siempre había tratado conmigo, porque sabía que Mario era puro pájaro nalgón.

—Don Roberto, habla Óscar. ¿Cómo está?

—¡Mi estimado Óscar! Qué gusto. ¿A qué debo el honor? ¿Ya está listo el presupuesto para la plaza comercial?

—De eso quería hablarle, Don Roberto. Mire, voy a ser muy franco con usted porque le tengo un respeto enorme. Hay… problemas internos en M&O. Temas administrativos delicados. No quiero entrar en detalles por ética, pero me preocupa que su proyecto se vea afectado.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Don Roberto no era tonto.

—¿Problemas de lana, Óscar?

—Digamos que mi socio ha tomado decisiones… arriesgadas. Y yo no quiero que usted salga bailando. Mire, estoy abriendo una consultora independiente. Algo pequeño, pero seguro. Yo personalmente me encargaría de su obra, sin los costos inflados de M&O y con mi garantía personal.

—¿Me estás diciendo que deje a M&O y me vaya contigo? Eso suena feo, Óscar.

—Le estoy diciendo que el barco se está hundiendo, Don Roberto. Y yo soy el único que tiene chalecos salvavidas. Si se queda, es bajo su riesgo. Si se viene conmigo, le respeto el precio y le bajo un 10% por la molestia.

Don Roberto se rió. Una risa ronca de fumador.

—Siempre me has caído bien, cabrón. Eres derecho. Y la verdad, tu socio siempre me ha parecido un payaso. Tráeme los papeles mañana. Pero quiero discreción.

—Tumba, Don Roberto. Soy una tumba.

Colgué el teléfono con las manos temblando de adrenalina. Acababa de robarme el 60% de la facturación futura de la empresa.

Pasaron dos semanas. La tensión en mi casa se podía cortar con cuchillo. Irene seguía saliendo, cada vez con más descaro. Ya ni siquiera inventaba excusas elaboradas. “Voy a cenar”, decía, y llegaba a las dos de la mañana.

Yo me dedicaba a mis hijos. Jugaba Xbox con Carlitos, peinaba muñecas con la niña. Ellos eran mi refugio. Me dolía pensar que pronto su vida iba a cambiar, que les iba a quitar su casa, su escuela, su estabilidad. Pero me repetía a mí mismo: “No soy yo quien les quita esto. Es su madre. Yo solo estoy salvando lo que puedo del incendio”.

Y entonces, llegó el día del primer crujido.

Estábamos en la oficina, un martes cualquiera. De repente, escuché gritos en el despacho de Mario.

—¡¿Cómo que declinada?! ¡Pásala otra vez, pendejo! ¡Es platino!

Salí de mi oficina y vi a Mario rojo de la ira, gritándole al teléfono. Betty me miraba asustada.

—¿Qué pasa, compadre? —pregunté, recargándome en el marco de la puerta.

Mario tapó el teléfono.

—¡El pinche banco! Estoy tratando de pagar el anticipo del viaje a Las Vegas para el aniversario de mis papás, y me dicen que la tarjeta corporativa está sobregirada. ¡Es imposible! Tenemos una línea de dos millones.

—Qué raro —dije, frunciendo el ceño—. A ver, déjame checar el sistema.

Me senté en su computadora (porque yo tenía las claves de todo) y tecleé rápido. Sabía exactamente lo que iba a encontrar, porque yo lo había provocado.

—Híjole, Mario… —dije, poniendo cara de funeral—. Tenemos un problema.

—¿Qué? ¿Nos hackearon?

—No. Parece que el SAT nos congeló una parte de la cuenta por una discrepancia fiscal de… —revisé la pantalla— del año pasado. Y como la línea de crédito está vinculada a esa cuenta, el banco bloqueó todo por precaución.

Mario se puso pálido.

—¿El SAT? ¡Pero si pagamos todo! Tú te encargas de eso.

—Yo me encargo de lo operativo, Mario. Tú firmaste las declaraciones, ¿te acuerdas? Esas que no leíste. Parece que hubo gastos no deducibles que metiste… comidas, viajes, la joyería… todo eso botó. Y ahora nos tienen agarrados de los huevos.

—¡No mames, Óscar! ¿Y qué hacemos? ¡Necesito esa tarjeta! Tengo una cena con los de Gobierno en la noche.

—Pues vas a tener que usar la tuya personal, compadre. Porque esto va a tardar en arreglarse. Voy a tener que ir a pelearme con los auditores, pero mínimo se va a llevar un mes desbloquearlo.

Mario se dejó caer en la silla, derrotado.

—Mi tarjeta personal está topada… —murmuró—. La remodelación de la casa de campo… Irene quería mármol italiano…

Sonreí por dentro. Irene. Siempre Irene gastándose lo que no teníamos.

—Pues vende algo, Mario. O pide prestado. Porque la empresa ahorita no te puede soltar ni un peso. De hecho… —hice una pausa dramática— vamos a tener que retrasar la nómina tuya y mía esta quincena para pagarle a los albañiles.

—¡¿Qué?! ¡No puedo quedarme sin sueldo! ¡Tengo la hipoteca, la letra del coche, las colegiaturas!

Me encogí de hombros.

—Bienvenido al mundo real, socio. A veces hay vacas flacas. Toca aguantar vara.

Lo dejé ahí, sudando frío, aflojándose la corbata. Fue el primer golpe real. Verlo sufrir por dinero, verlo darse cuenta de que su castillo de naipes temblaba, fue el mejor afrodisíaco que había probado en años.

Esa noche, llegué a casa y encontré a Irene hecha una furia.

—¡Óscar! —me gritó desde la sala—. ¡Me rebotó la tarjeta en el súper! ¡Qué vergüenza! Tuve que dejar el carrito lleno ahí tirado. ¡La cajera me vio como si fuera una muerta de hambre!

Caminé hacia ella con una calma que daba miedo.

—Se los dije, Irene. Estamos en crisis. Mario y yo no vamos a cobrar este mes.

—¡¿Y qué se supone que hagamos?! ¡Los niños necesitan cosas! ¡Yo necesito cosas!

—Pues dile a tu… a tus amigas que te inviten el café. Porque en esta casa, se acabó la fiesta. A partir de hoy, solo hay dinero para comida básica y luz. Se acabaron los salones, se acabaron las uñas, se acabó el gimnasio.

Irene me miró como si le hubiera hablado en chino. Nunca en su vida le había negado nada.

—¡Eres un inútil! —chilló—. ¡Mi papá tenía razón, debí haberme casado con alguien con más ambición! ¡Mira a Mario! Él seguro no tiene a su esposa pasando vergüenzas.

Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal, tanto que tuvo que retroceder hasta chocar con la pared.

—Tienes razón, Irene. Deberías preguntarle a Mario cómo le va. A lo mejor él te puede… financiar.

Ella palideció. Por un segundo, vi el miedo en sus ojos. ¿Sabía? ¿Sospechaba que yo sabía? Pero su arrogancia pudo más.

—Estás loco. Me voy a dormir.

Se fue azotando los pies.

Yo me quedé en la cocina, en la oscuridad. Saqué mi celular y abrí la aplicación del banco. Mi cuenta personal, la secreta, la que estaba a nombre de una sociedad anónima en otro estado, tenía un saldo muy saludable. El dinero de la empresa estaba seguro ahí.

Mi plan estaba funcionando a la perfección. Mario estaba sin liquidez, con las tarjetas bloqueadas y el SAT respirándole en la nuca (aunque eso era mentira, era solo yo bloqueando los accesos internos, pero él era tan ignorante que se lo creyó). Irene estaba empezando a sentir la presión de la falta de dinero.

Pero faltaba la estocada final.

Necesitaba que Mario cometiera un error grave. Un delito. Algo que no solo lo dejara en la calle, sino que pudiera meterlo a la cárcel si yo quisiera. Y para eso, necesitaba tentarlo.

Al día siguiente, convoqué a una junta de emergencia. Solo Mario y yo.

—Compadre, la situación está crítica —le dije, poniendo sobre la mesa unos estados de cuenta falsos—. Si no inyectamos capital para el viernes, perdemos la obra de gobierno. Y si perdemos esa obra, nos ejecutan las fianzas y perdemos todo. Hasta las casas.

Mario estaba sudando a chorros. Se veía diez años más viejo que hace dos semanas.

—¿Y qué hacemos, Óscar? ¡Dime qué hacemos! Yo no tengo de dónde sacar.

—Hay una opción… —dije, bajando la voz, como si fuera un secreto—. Conozco a un prestamista. No es banco. Es… capital privado. Prestan rápido, sin revisar buró. Pero cobran caro y piden garantías fuertes.

—¡Lo que sea! —gritó Mario—. ¡Firmo lo que sea!

—Piden propiedades libres de gravamen. La única que tenemos… es el terreno que compraste en la playa. Ese que pusiste a nombre de la empresa para deducir impuestos.

Ese terreno era el orgullo de Mario. Su plan de retiro. Su joya.

—¿El terreno de Tulum? No, Óscar, ese no. Ese es sagrado.

—Pues entonces despídete de tu BMW, de tu casa y de tu reputación. Porque si tronamos, tronamos feo. Yo ya puse mi casa en garantía con otro crédito (mentira). Te toca poner tu parte. ¿O te vas a rajar?

Mario dudó. Pensó en Irene, en sus lujos, en su imagen de hombre exitoso. El miedo a ser pobre era más grande que su inteligencia.

—Trae los papeles —dijo con voz temblorosa—. Vamos a hipotecar el terreno.

Le puse el contrato enfrente. No era una hipoteca. Era una compraventa simulada. Le estaba vendiendo el terreno a mi empresa fantasma “Inmobiliaria Z” por una fracción de su valor, con una cláusula de recompra imposible de cumplir.

Mario firmó.

En ese momento, Mario dejó de ser dueño de su futuro. Ahora era mi empleado, mi deudor y mi marioneta.

Salí de la oficina con el contrato firmado. Sentí una paz extraña. No era felicidad, era la satisfacción del deber cumplido.

Esa tarde, pasé por la escuela de mis hijos. Los llevé a comer helado. Los veía reír, manchándose la cara de chocolate, y sentí un nudo en la garganta.

—Papi, ¿por qué estás triste? —me preguntó mi hija, con esa intuición que solo tienen las mujeres, aunque sean chiquitas.

—No estoy triste, princesa —le dije, limpiándole el cachete—. Estoy pensando.

—¿En qué?

—En que vamos a hacer un viaje. Solo nosotros. Muy pronto.

Regresé a la oficina para cerrar el día. Ya casi todos se habían ido. Pasé por el estacionamiento y vi el BMW de Mario. Tenía una llanta baja. Me dio risa. Hasta el coche sabía que su dueño estaba acabado.

Subí a mi despacho y, por primera vez en semanas, abrí el sistema de cámaras de seguridad de la oficina. Había instalado una cámara oculta en la oficina de Mario hacía unos días, solo por precaución.

Lo que vi en la pantalla me heló la sangre, pero también me dio la última pieza del rompecabezas.

Irene estaba ahí. En la oficina de Mario.

Estaban discutiendo. No había besos ni risas. Irene manoteaba, gritaba (aunque no tenía audio, se notaba la furia). Mario se agarraba la cabeza, desesperado. Ella le aventó algo… parecía un estado de cuenta.

Ah, claro. La tarjeta rechazada. Irene había ido a reclamarle a su amante por qué no había dinero.

“Amor con hambre no dura”, dice el dicho. Y ahí estaba la prueba. En cuanto corté el flujo de efectivo, el “gran amor” de Irene y Mario empezó a oler a podrido.

Le di un sorbo a mi café frío y me acomodé en mi silla para disfrutar la función.

—Grítale más, Irene —susurré a la pantalla—. Exígele. Prímelo. Haz que se desespere. Porque un hombre desesperado comete errores fatales. Y yo voy a estar aquí para cobrar cada uno de ellos.

La guerra había dejado de ser fría. Ahora estaba ardiendo, y yo tenía el control del termostato.

CAPÍTULO 4: CUANDO EL BARCO SE HUNDE, LAS RATAS SON LAS PRIMERAS EN MORDERSE

Me quedé ahí, en la penumbra de mi oficina, hipnotizado por la pantalla de mi laptop. Era como ver una película de cine mudo, de esas viejitas en blanco y negro, pero con una trama mucho más morbosa. La cámara oculta que había instalado en el despacho de Mario tenía una definición impresionante; podía ver hasta las gotas de sudor perlando la frente de mi “socio”.

No había audio, pero no hacía falta ser experto en lectura de labios para entender el guion. El lenguaje corporal lo decía todo. Irene estaba hecha una fiera. Caminaba de un lado a otro de la oficina, manoteando, señalando a Mario con ese dedo índice que tantas veces usó para ordenarme cosas a mí. Su cara estaba descompuesta, roja de coraje. Ya no era la dama de sociedad, la esposa perfecta; era una mujer asustada y furiosa porque le habían cerrado la llave del dinero.

Mario, por su parte, estaba derrumbado en su silla. Se veía pequeño, insignificante. Trataba de agarrarle las manos, de calmarla, pero ella se soltaba con asco. En un momento, vi cómo Irene sacaba de su bolso lo que parecía ser un estado de cuenta arrugado y se lo aventaba en la cara. Los papeles volaron como confeti triste alrededor de Mario.

—Eso, mi reina, saca el cobre —murmuré, dándole un trago a mi café ya helado—. Muéstrale quién eres en realidad cuando no hay tarjeta Platino de por medio.

La discusión duró unos veinte minutos más. Terminó cuando Irene agarró su bolso Louis Vuitton (que probablemente yo había terminado pagando indirectamente) y salió dando un portazo que, aunque no escuché, vi vibrar en el marco de la cámara. Mario se quedó solo, escondiendo la cara entre las manos, jalándose el pelo.

Cerré la laptop con suavidad. Sentí una satisfacción oscura, fría, como si me hubiera tragado un cubo de hielo. Ya no había vuelta atrás. La fisura entre ellos estaba abierta, y yo iba a meter una barreta para hacerla un abismo.

Salí de la oficina tarde, como siempre. Al pasar por el despacho de Mario, vi que la luz seguía prendida, pero no entré. No tenía nada que decirle. Hoy no. Hoy lo dejaría marinarse en su propia miseria.

Llegué a la casa cerca de las diez de la noche. Esperaba encontrar un campo de batalla, pero lo que encontré fue algo mucho más inquietante: silencio y una actuación digna de un premio Ariel.

Irene estaba en la sala, con los ojos hinchados, pero ya no estaba furiosa. Estaba en modo “víctima”. Cuando me vio entrar, corrió hacia mí y, para mi sorpresa, me abrazó. Un abrazo tenso, desesperado.

—Óscar, qué bueno que llegas —dijo, con la voz quebrada—. He tenido un día espantoso.

Me quedé rígido como un poste. Su contacto me repugnaba. Olía a angustia y a mentiras.

—¿Qué pasó? —pregunté, apartándola suavemente con la excusa de quitarme el saco—. ¿Problemas con las amigas?

—No… es que… —dudó. Sabía que no podía decirme la verdad, que no podía decirme: “Fui a gritarle a mi amante porque está quebrado”. Tuvo que improvisar—. Es mi mamá. Dice que se siente mal, que le faltan medicinas, y con esto de que no hay dinero… me siento una inútil, Óscar. Siento que les estoy fallando a todos.

“Qué hija de tu pinche madre eres”, pensé. Usar a la suegra, que estaba más sana que un roble, como escudo.

—Ya te dije, Irene. La cosa está crítica. Pero no te preocupes. Mañana veo si puedo sacar algo de la caja chica para las medicinas de tu mamá. Aunque sea unos quinientos pesos.

Ella me miró como si le hubiera ofrecido una limosna. ¿Quinientos pesos? Eso se lo gastaba ella en un desayuno. Pero no podía reclamar. Se tragó el orgullo.

—Gracias, Óscar. Eres… eres bueno. A veces se me olvida lo bueno que eres.

Esa frase me revolvió el estómago. “Se me olvida lo bueno que eres”. Traducción: “Se me olvida que eres mi plan B, mi red de seguridad cuando el pendejo de Mario falla”.

—Voy a ver a los niños —dije, cortando la conversación antes de decirle algo de lo que me arrepintiera (o mejor dicho, algo que arruinara el plan).

Subí a las recámaras. Mis hijos dormían. Me senté en el borde de la cama de Santi, mi hijo mayor. Le acaricié el pelo. Se parecía tanto a mí a su edad. Inocente, confiado. Me juré a mí mismo que él nunca iba a ser un Mario. Él iba a ser un hombre de verdad, de los que cumplen su palabra.

Al día siguiente, la “Operación Tierra Quemada” entró en su fase dos.

Llegué a la oficina y el ambiente estaba más tenso que calzón de gordo. Betty, la secretaria, me recibió con cara de susto.

—Inge, hay unos señores en la sala de juntas. Dicen que vienen de parte de “Maquinaria del Norte”. Quieren llevarse la retroexcavadora y los camiones de volteo.

Sonreí por dentro. “Maquinaria del Norte” era, por supuesto, una de mis empresas fantasma. Yo había subarrendado la maquinaria a M&O con un contrato leonino que estipulaba que, al primer atraso de pago, se recogía el equipo. Y como yo controlaba los pagos, adivinen quién no había pagado la renta de la maquinaria este mes.

—¿Y el Licenciado Mario? —pregunté, haciéndome el sorprendido.

—Está allá adentro, peleándose con ellos. Se oyen los gritos hasta acá.

Entré a la sala de juntas como el salvador. Mario estaba rojo, con la vena del cuello saltada, gritándole a dos tipos enormes (actores contratados, o mejor dicho, ex-judiciales a los que les pasé una lana para que se vieran intimidantes).

—¡No se pueden llevar nada! ¡Tenemos un contrato! ¡Les pago la próxima semana! —gritaba Mario.

—El contrato dice que al día tres de atraso, se recoge el equipo. Y van cinco días, licenciado. Venimos por las llaves o nos llevamos los camiones con grúa, y eso le va a salir más caro —dijo uno de los tipos, con una calma amenazante.

—¡Compadre! —exclamó Mario al verme—. ¡Diles algo! ¡Están locos! Se quieren llevar la maquinaria a mitad de la obra de los departamentos. Si se llevan las máquinas, paramos la obra. Si paramos la obra, nos penalizan.

Miré a Mario, luego a los tipos, y luego puse mi mejor cara de “estoy haciendo cálculos mentales”.

—Mario, tienen razón —dije suavemente—. Leí el contrato. Es cláusula de ejecución inmediata. No tenemos liquidez para pagarles hoy.

—¡Pues saca de donde sea, Óscar! ¡Vende tu coche! ¡Empeña algo! ¡No podemos perder las máquinas!

—Mi coche ya está empeñado para pagar la nómina de los albañiles, Mario. ¿No te acuerdas? —mentí descaradamente—. Y la caja está vacía. Tú te gastaste lo último en… bueno, en tus gastos de representación.

Mario se puso pálido. Sabía que me refería a las cenas, los hoteles y los regalos para Irene. La culpa le cayó como un yunque.

—Señores —me dirigí a los “cobradores”—. Dennos una hora. Déjenme ver qué puedo hacer.

Los tipos asintieron y se salieron de la sala. Mario se dejó caer en una silla, temblando.

—Estamos jodidos, Óscar. Estamos jodidos. Me van a meter a la cárcel. Don Roberto me va a matar si paramos la obra.

Me senté a su lado y le puse una mano en el hombro. El Judas consolando al Cristo, solo que aquí el Cristo era un ladrón.

—Tranquilo, compadre. No voy a dejar que te hundas. Tengo una solución, pero no te va a gustar.

—¡Lo que sea! ¡Dime qué hago!

—Mira, la empresa ya no tiene crédito. Tú estás en buró. Yo estoy al límite. Pero… hay un inversionista interesado en comprar la deuda. Una empresa nueva, “Logística Norte”.

—¿Quiénes son?

—Unos regios. Tienen lana. Están comprando carteras vencidas. Ellos pueden pagarle a la arrendadora ahorita mismo y dejarnos las máquinas, pero… la propiedad de los camiones pasa a ser de ellos. Nosotros solo los rentaríamos por día. Y… piden acciones de M&O como garantía.

Mario ni siquiera lo pensó. El pánico no lo dejaba pensar.

—¡Dales las acciones! ¡Dales lo que pidan, pero que no se lleven las máquinas!

—Van a pedir el 40% de tus acciones, Mario. Te vas a quedar siendo socio minoritario en tu propia empresa. Yo también voy a ceder parte de las mías —mentí de nuevo, yo no iba a ceder nada, iba a comprar las suyas—. Es la única forma de salvarnos.

—¡Hazlo! ¡Firma! ¡Sálvame el pellejo, Óscar, por favor!

Saqué los contratos que ya tenía listos en mi portafolio. Mario firmó cediendo el control mayoritario de su empresa a “Logística Norte”, que, sorpresa, era 100% propiedad de una S.A. de C.V. donde yo era el administrador único.

En ese momento, Mario dejó de ser mi socio. Ahora era mi empleado. Y ni siquiera lo sabía.

—Listo —dije, guardando los papeles—. Voy a hablar con ellos. Tú tranquilo. Vete a tu casa, descansa. Te ves muy mal, güey. Te va a dar un infarto.

Mario asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

—Gracias, hermano. Neta, gracias. No sé qué haría sin ti. Perdón por meterte en tantos pedos. Te juro que cuando salgamos de esta, te voy a compensar todo.

—Lo sé, Mario. Lo sé. Ya me lo estás compensando.

Salió de la oficina arrastrando los pies. Lo vi irse y sentí una punzada de… ¿lástima? No. Era pena ajena. Era ver a un animal herido que sigue caminando hacia el matadero pensando que va al veterinario.

Pero el día no había terminado. Faltaba la cereza del pastel.

A las tres de la tarde, mi teléfono sonó. Era Don Roberto.

—Ya está hecho, Óscar. Acabo de mandar la carta de rescisión de contrato a M&O por “incumplimiento de plazos” y “dudas sobre la solvencia financiera”. Y mi abogado ya está redactando el nuevo contrato con tu empresa, “Grupo Constructor O&G”.

—Perfecto, Don Roberto. Mañana empezamos con su gente. Y no se preocupe, la maquinaria ya está lista y asegurada bajo la nueva razón social.

—Eres un cabrón, Óscar —se rió Don Roberto—. Me gusta cómo te mueves. Rápido y sin hacer ruido. Así se hacen los negocios. Ese socio tuyo era un lastre. Qué bueno que te lo quitaste de encima.

—Gracias por la confianza, Don Roberto. Nos vemos en la obra.

Colgué. El golpe final estaba dado. M&O acababa de perder su único proyecto activo. La empresa era un cascarón vacío: sin dinero, sin maquinaria propia, sin clientes y con deudas impagables. Y Mario seguía creyendo que la habíamos “salvado”.

Esa tarde, decidí ir a casa temprano. Quería ver el espectáculo en primera fila. Sabía que Mario iba a llamar a Irene. Sabía que él buscaría consuelo en sus brazos, y sabía que ella, al ver que él era un fracasado, lo iba a rechazar.

Llegué y encontré a Irene en la cocina, hablando por teléfono en voz baja. Cuando entré, colgó de inmediato. Tenía la cara pálida.

—¿Todo bien? —pregunté, abriendo el refri para sacar una cerveza.

—Sí… no… bueno, es que… —balbuceó—. Una amiga. Tiene problemas con su esposo. Está muy deprimida.

“Tu ‘amiga’ Mario está llorando porque perdió la empresa”, pensé.

—Qué mal plan. Oye, te tengo una noticia —dije, destapando la cerveza. El sonido del gas escapando sonó como un disparo en la cocina silenciosa.

—¿Qué? ¿Conseguiste dinero? —sus ojos brillaron con avaricia instantánea.

—Al contrario. La cosa se puso peor. Hoy… hoy prácticamente perdimos la empresa, Irene.

Ella soltó el trapo de cocina que tenía en la mano.

—¿Qué estás diciendo?

—Mario cometió un error grave. Perdimos al cliente principal. Y tuvimos que ceder casi todas las acciones para pagar deudas. Básicamente, estamos en la ruina. Yo voy a tratar de rescatar lo que pueda, buscar chamba de residente de obra o algo, pero M&O… M&O ya fue.

Irene se agarró del borde de la mesa para no caerse. Pero no estaba preocupada por mí, ni por nosotros. Estaba haciendo cálculos. Si M&O estaba en la ruina, Mario estaba en la ruina. Su amante rico, su escape, su boleto a la “high life”, ahora era un pobre diablo más jodido que su marido.

—¿Y Mario? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Qué va a hacer Mario?

—Mario está acabado —dije con brutal honestidad—. Debe millones. Probablemente le quiten la casa, el coche. Se va a quedar en la calle. Me da lástima, pobre cabrón. A lo mejor le ofrezco chamba de albañil si consigo algo, para que no se muera de hambre.

La cara de Irene fue un poema. Una mezcla de horror, asco y decepción. La imagen de su galán de telenovela, ese que la llevaba en BMW y le compraba joyas, reemplazada por la de un chalán pidiendo prestado.

—No puede ser… —susurró—. Él me dijo que tenía inversiones… que tenía dinero guardado…

—Pues te mintió —solté, disfrutando cada sílaba—. O a quien se lo haya dicho. Mario es puro cuento. Siempre lo ha sido. Yo era el que mantenía el barco a flote, pero ya me cansé.

Irene se quedó callada un largo rato. Vi cómo los engranajes de su cerebro podrido giraban. Estaba recalibrando. Si Mario ya no servía, tenía que asegurar su posición aquí. Conmigo.

Se acercó a mí y me puso las manos en el pecho.

—Óscar… mi amor… no importa. Tú eres muy inteligente. Tú vas a salir adelante. Siempre lo haces. Yo confío en ti. Estamos juntos en esto, ¿verdad? En las buenas y en las malas.

Me dieron ganas de escupirle. “En las malas”, dijo la mujer que me ponía el cuerno cuando estábamos en “las buenas”.

—Claro, Irene —le quité las manos de mi pecho con frialdad—. Juntos. Pero ahora, necesito que te aprietes el cinturón de verdad. Vamos a tener que vender tu camioneta.

—¿Qué? ¡No! ¡La camioneta no! ¿Cómo voy a llevar a los niños a la escuela?

—En camión. O caminando. O en el Tsuru de la empresa, si es que no nos lo embargan también. La camioneta es lo único que tiene valor de reventa rápido. Mañana mismo le pongo el signo de pesos.

—¡Pero Óscar! ¡Es mi camioneta!

—Era tu camioneta. Ahora es nuestra supervivencia. ¿No que “en las buenas y en las malas”? Demuéstralo.

La dejé ahí, llorando de impotencia. Subí a mi despacho personal en casa y cerré con llave.

Saqué mi teléfono y vi que tenía cinco llamadas perdidas de Mario. Y un mensaje de voz.

Lo puse en altavoz.

“Óscar, contéstame por favor, güey. Estoy desesperado. Irene no me contesta las llamadas. Fui a su casa de sus papás a buscarla (mentira, seguro fue a esperarla en algún lado) y no aparece. Me siento muy solo, cabrón. Siento que el mundo se me viene encima. Necesito hablar con alguien. Eres el único que me queda.”

Escuchar su voz quebrada, llena de miedo, me provocó una sensación extraña. Por un segundo, recordé al Mario de la universidad, al amigo que me prestaba apuntes, con el que compartía tortas. Sentí una punzada de culpa.

Pero luego miré la foto que tenía en mi escritorio. Una foto vieja, de hace dos meses, donde Irene y yo nos veíamos felices. Y luego recordé la foto que tenía en mi celular: Irene besándolo en el coche.

La culpa se esfumó.

Le mandé un mensaje de texto:

“Aguanta vara, compadre. Estoy moviendo cielo, mar y tierra para ayudarte. Mañana hablamos. Descansa.”

No iba a descansar. Yo sabía que no iba a descansar.

Esa noche, mientras Irene lloraba en la almohada pensando en su camioneta perdida y en su amante arruinado, yo dormí como un bebé.

La fase de destrucción financiera estaba completa. Mario estaba desnudo ante el mundo. Irene estaba atrapada en una jaula que se hacía cada vez más pequeña.

Pero faltaba lo más importante. La destrucción emocional. Tenían que saber que yo sabía. Tenía que ver sus caras cuando se dieran cuenta de que el arquitecto de su desgracia no era el destino, ni la mala suerte, ni el mercado.

Era yo.

Y el momento de la revelación estaba cerca. Había planeado una “cena de celebración” para el viernes. Una cena para “animarnos” y “buscar soluciones”. Invitaría a Mario a la casa. Los tendría a los dos en la misma mesa.

Sería la Última Cena, pero aquí, Judas no iba a besar a nadie. Aquí, el que iba a repartir el pan y el veneno era yo.

CAPÍTULO 5: LA ÚLTIMA CENA (CON TEQUILA Y TRAICIÓN)

El viernes llegó con una pesadez en el aire, como cuando se avecina una tormenta eléctrica de esas que hacen vibrar las ventanas. El cielo de la ciudad estaba gris, plomizo, cargado de smog y de presagios. Para mí, sin embargo, era el día más brillante de los últimos diez años.

Me desperté con una calma que me asustó un poco. No sentía nervios, ni miedo, ni siquiera esa ansiedad que me había acompañado las primeras semanas después de descubrir el pastel. Sentía una claridad absoluta. Como un cirujano que se lava las manos antes de abrir un pecho; sabe que va a haber sangre, sabe que va a doler, pero también sabe que es necesario extirpar el tumor para que el cuerpo sobreviva. Y mi matrimonio, mi vida entera, tenía un cáncer terminal de dos cabezas: Irene y Mario.

Lo primero que hice fue asegurar el perímetro. No quería daños colaterales. A mis hijos no les tocaba ver el espectáculo dantesco que estaba a punto de desatarse.

—Niños, alístense, que su abuela va a pasar por ustedes —les dije durante el desayuno. Irene ni siquiera se había levantado; seguía en la cama, deprimida por la venta de su camioneta, que se había concretado ayer. Se la habían llevado por una fracción de su precio porque “urgía la lana”.

—¿Vamos a dormir allá, papi? —preguntó Carlitos, con la boca llena de cereal.

—Sí, campeón. Todo el fin de semana. Su abuela les prometió hacerles pozole y llevarlos al parque ese de los dinosaurios.

Los niños gritaron de emoción. Yo les sonreí, pero por dentro se me estrujó el corazón. Sabía que cuando regresaran el domingo, su casa ya no sería la misma. Su familia ya no sería la misma. Les di un abrazo más fuerte de lo normal antes de subirlos al coche de mi mamá.

—Cuídalos mucho, jefa —le dije a mi madre, una mujer de carácter fuerte que siempre sospechó que Irene era “mucha crema para mis tacos”, como ella decía.

—¿Pasa algo, mijo? Te veo los ojos raros —me preguntó, escaneándome con esa visión de rayos X que tienen las madres mexicanas.

—Nada, ma. Negocios. Solo… quiero que los niños estén tranquilos.

Mi madre asintió, no hizo preguntas, y arrancó. Ver el coche alejarse fue mi señal de “no hay marcha atrás”.

Regresé a la casa y subí a la recámara. Irene estaba sentada en el borde de la cama, mirando hacia la nada, con el pelo alborotado y una bata vieja.

—¿Ya se fueron los niños? —preguntó sin mirarme.

—Ya. Oye, arréglate. Hoy tenemos cena.

Ella volteó a verme como si le hubiera salido un tercer ojo.

—¿Cena? ¿Estás loco? No tenemos ni para el súper, acabas de vender mi camioneta, ¿y quieres hacer una cena? ¿Con qué dinero, Óscar? ¿Y para celebrar qué? ¿Nuestra ruina?

Me recargué en el marco de la puerta, cruzando los brazos.

—No es una cena cualquiera. Es una cena de negocios. Invité a un posible… inversionista. Alguien que nos puede sacar del hoyo. Y también invité a Mario.

Al escuchar el nombre de Mario, Irene se tensó visiblemente. Sus ojos se abrieron un poco más.

—¿A Mario? ¿Para qué? Si él está igual o peor que nosotros. Me dijiste que perdió todo.

—Precisamente. Mario sigue siendo mi socio, aunque sea en papel. Y este inversionista quiere vernos a los dos. Quiere ver que hay “unión” y “lealtad” en el equipo antes de soltar la lana. Así que necesito que te bañes, te pintes esa boquita y te pongas el vestido azul, ese que me gusta.

—Ese vestido me aprieta —rezongó ella.

—Pues fíjate que a mí me gusta cómo se te ve. Y hoy necesito que te veas bien. De eso depende que comamos el próximo mes. Así que, por favor, Irenita, haz un esfuerzo. Por la familia.

Irene bufó, pero se levantó. La codicia y el miedo al hambre son motores poderosos. Sabía que ella quería ver a Mario, aunque fuera para reclamarle, o quizás, en su mente retorcida, pensaba que juntos podrían idear algo para salvarse. Pobre ilusa.

Me pasé la tarde preparando el escenario. No contraté servicio, obvio, “no había dinero”. Yo mismo mariné unos cortes de carne (que compré con mi tarjeta secreta, pero les quité las etiquetas de precio). Puse la mesa del comedor, esa mesa de madera fina que habíamos comprado en Liverpool a 48 mensualidades. Saqué la vajilla buena, la que solo usábamos en Navidad.

Y en el centro de la mesa, coloqué una botella de Tequila Reserva de la Familia. Una botella cara. Un lujo absurdo para alguien en quiebra. Quería que esa botella fuera el símbolo de la ironía de la noche.

A las ocho en punto sonó el timbre.

Fui a abrir. Era Mario.

Verlo fue impactante, incluso para mí que había orquestado su caída. El Mario de hace un mes llegaba en su BMW, con trajes de Hugo Boss, oliendo a loción de tres mil pesos y con una sonrisa de “soy el rey del mundo”.

El Mario que estaba en mi puerta había llegado en Uber (vi el Nissan Versa alejarse). Traía un saco que le quedaba grande, como si hubiera bajado cinco kilos en una semana. No traía corbata. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos y una barba de tres días que no era de estilo, sino de descuido.

—Compadre… —dijo, y su voz sonó rasposa.

—¡Mario! Pásale, güey. Mi casa es tu casa —le dije, abriendo los brazos y dándole un abrazo.

Sentí su cuerpo tenso, frágil. Olía a alcohol rancio y a tabaco, una mezcla de desesperación barata. Me dieron ganas de empujarlo, pero le di unas palmadas en la espalda.

—Gracias, Óscar. Neta, gracias por invitarme. Me estaba volviendo loco en mi departamento. Me cortaron la luz hoy en la mañana.

Sonreí por dentro. Yo sé, yo llamé a CFE para reportar un “error en el pago” y bloquear tu servicio.

—No te preocupes, hermano. Aquí hay luz, hay comida y hay tequila. Pásale a la sala.

En eso bajó Irene. Se había puesto el vestido azul. Se veía guapa, no lo voy a negar, pero su cara era una máscara de tensión. Cuando vio a Mario, se detuvo en el último escalón. Hubo un silencio incómodo, espeso, cargado de electricidad estática.

Se miraron. No como amantes que se extrañan, sino como cómplices de un crimen que salió mal. Ella lo miró con reproche, escaneando su aspecto descuidado. Él la miró con súplica, como un perro pateado buscando a su dueña.

—Hola, Mario —dijo ella, seca.

—Hola, Irene. Te ves… te ves muy bien.

—Siéntense, por favor —intervine, rompiendo el momento—. Irenita, tráenos unos hielos, por fa. Vamos a abrir esta botella para calentar motores.

Irene me fulminó con la mirada por mandarla a la cocina como sirvienta, pero obedeció. Mientras ella iba por los hielos, Mario se dejó caer en el sofá de piel.

—¿Y el inversionista? —preguntó Mario, mirando a todos lados nervioso—. Dijiste que venía alguien.

—Llega en un rato. Es impuntual, ya sabes cómo son estos regios de lana. Pero mejor, así platicamos nosotros. Tenemos mucho de qué hablar.

Irene regresó con la hielera. Serví tres caballitos de tequila, llenos hasta el tope.

—Salud —dije, levantando mi vaso—. Por la amistad. Y por la lealtad. Que son las cosas que, cuando faltan, uno se da cuenta de cuánto valen.

Mario tragó saliva antes de beber. Irene bebió de golpe, casi atragantándose. El tequila bajó quemando, pero no tanto como las miradas que se cruzaban.

—Está fuerte —murmuró Mario.

—Es del bueno. Lo tenía guardado para una ocasión especial. Y creo que hoy es el día.

Nos sentamos a la mesa. Serví la carne. Nadie tenía hambre, pero yo cortaba mi filete con una calma exasperante, masticando despacio, saboreando cada bocado mientras ellos picaban la comida con el tenedor, moviéndola de un lado a otro.

—Y bien, Mario —dije, limpiándome la boca con la servilleta de tela—. Cuéntame. ¿Cómo te sientes? Digo, después de perder la empresa, los camiones, el crédito… debe ser duro.

Mario bajó la cabeza, avergonzado frente a Irene.

—Pues… está de la chingada, Óscar. Tú sabes. Siento que… siento que alguien me echó una maldición o algo. Todo me sale mal. Los clientes se van, el banco me bloquea, hasta el terreno de Tulum tuve que malbaratarlo. No entiendo qué pasó. Íbamos tan bien.

—Así es la vida, compadre —dije, echándome hacia atrás en la silla—. A veces uno cree que lo tiene todo controlado. Crees que puedes engañar al sistema, hacer tranzas por debajo del agua, gastar lo que no tienes… y de repente, ¡pum! El destino te pasa la factura. Y el destino cobra intereses moratorios muy altos.

Irene dejó caer su tenedor. El ruido metálico contra el plato de porcelana resonó como un disparo.

—¿Por qué hablas así, Óscar? —preguntó ella, con la voz temblorosa—. Pareces… no sé, pareces contento de que estemos mal.

—¿Contento? No, mi amor. Estoy reflexivo. Estaba pensando en la confianza. Fíjense que el otro día leí una frase que me gustó mucho: “El problema de la traición es que nunca viene de un enemigo”.

Se hizo un silencio sepulcral. Mario se puso pálido, más de lo que ya estaba. Irene se llevó la copa de agua a los labios, pero su mano temblaba tanto que derramó un poco en el mantel.

—¿A qué… a qué te refieres? —balbuceó Mario.

—A los negocios, compadre. ¿A qué más? —sonreí, una sonrisa que no me llegaba a los ojos—. Me refiero a que yo confiaba en el mercado, confiaba en los bancos… y mira. Nos dieron la espalda.

Soltaron el aire. Creyeron que hablaba de economía. Pobres idiotas.

—Oye, Óscar —dijo Mario, tratando de cambiar el tema desesperadamente—. ¿Y ese inversionista? ¿A qué hora llega? Neta me urge saber si nos van a rescatar. Necesito lana, güey. Aunque sea para pagar la renta.

—Ah, sí. El inversionista. Fíjate que hubo un cambio de planes.

Me levanté de la silla. Caminé hacia el mueble trinchador que estaba a mis espaldas. Ellos me seguían con la mirada, como animales acorralados viendo al cazador cargar la escopeta.

—El inversionista no va a venir —dije, dándome la vuelta—. Porque ya está aquí.

Mario frunció el ceño, confundido.

—¿Cómo? ¿Dónde?

—Soy yo, Mario.

Mario soltó una risita nerviosa.

—No mames, Óscar. Deja de bromear. Tú estás tan jodido como yo. Si hasta vendiste la camioneta de Irene.

—Vendí la camioneta de Irene porque quería deshacerme de esa porquería que elegiste tú con ella. Me traía malos recuerdos. Pero… —metí la mano en mi saco y saqué un documento doblado—… déjame presentarte al dueño mayoritario de “Grupo Logística Norte”, la empresa que compró tu deuda, tus camiones y tus acciones.

Les aventé el documento sobre la mesa. Cayó justo entre el plato de Mario y el de Irene.

Mario lo agarró con manos temblorosas. Leyó. Sus ojos se abrieron desmesuradamente.

—Administrador Único: Óscar González… —leyó en voz alta, casi susurrando—. Accionista mayoritario… Capital social… Cien por ciento…

Levantó la vista. Me miró como si estuviera viendo al diablo en persona.

—¿Tú? ¿Tú eres Logística Norte? ¿Tú compraste mi deuda?

—Yo compré tu deuda. Yo compré tus camiones. Yo tengo el contrato con Don Roberto. Y gracias a que firmaste sin leer, como el huevón que siempre has sido, ahora soy dueño del 80% de lo que alguna vez fue M&O. Básicamente, Mario, trabajas para mí. Bueno, trabajarías, si no te fuera a despedir ahorita mismo.

—¡Pero… pero me dijiste que no tenías dinero! —gritó Irene, parándose de la silla—. ¡Me hiciste pasar vergüenzas! ¡Me hiciste sentir pobre! ¡Óscar, me mentiste!

Solté una carcajada. Una carcajada sonora, liberadora, que rebotó en las paredes del comedor.

—¿Yo te mentí? —le pregunté, bajando la voz a un tono letal—. ¿Tú te atreves a hablarme de mentiras, Irene?

—¿De qué hablas? —Irene retrocedió un paso.

—Hablo de lealtad, Irene. Hablo de que mientras yo me partía la madre trabajando para darte todo, tú te estabas revolcando con este pendejo —señalé a Mario— en hoteles de paso, en mi coche, en su coche… ¿y quién sabe si hasta en mi propia cama?

El silencio que siguió fue absoluto. Fue como si el oxígeno se hubiera fugado de la habitación. Mario se quedó petrificado, con la boca abierta. Irene se puso blanca como el papel.

—Óscar… estás malinterpreteando… —empezó a decir Mario, con la voz más cobarde que he escuchado en mi vida.

—¡Cállate el hocico! —le grité, golpeando la mesa con el puño. Los cubiertos saltaron—. ¡No me insultes más! ¡No trates de negar lo que vi con mis propios ojos!

Metí la mano en el otro bolsillo y saqué el sobre amarillo. El sobre que había estado quemándome el bolsillo toda la noche. Lo abrí y dejé caer las fotos sobre la mesa, esparciéndolas como si fueran cartas de baraja.

Ahí estaban. En alta definición.
El beso en el coche.
Ellos entrando al hotel.
Ellos cenando y riéndose de mí.
La mano de Mario en la pierna de Irene.

Irene miró las fotos y se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo. Mario las miró y se hundió en la silla, derrotado. Ya no había excusas. No había “malentendidos”. La verdad estaba ahí, impresa en papel brillante a todo color.

—¿Pensaron que no me iba a dar cuenta? —les pregunté, caminando alrededor de la mesa como un tiburón—. ¿Pensaron que yo era el estúpido que solo servía para firmar cheques? Diez años, Irene. Diez años de matrimonio. Y tú, Mario… veinte años de conocernos. Eras mi hermano, cabrón.

Mario empezó a llorar. Lágrimas patéticas que rodaban por sus mejillas sin rasurar.

—Óscar, perdóname… no sé qué pasó… fue una debilidad… estaba borracho… ella… ella me buscó…

—¡Eres un poco hombre! —gritó Irene, volteándose hacia Mario—. ¡No me eches la culpa a mí! ¡Tú me decías que Óscar era un aburrido! ¡Tú me decías que me merecía algo mejor! ¡Tú me llevaste a ese hotel!

—¡Tú te subiste al coche! —le respondió Mario a gritos—. ¡Tú me dijiste que ya no lo aguantabas, que solo estabas con él por el dinero!

—¡Ya basta! —les grité, y ambos se callaron—. Mírense. Mírense nada más. Hace un mes se creían los reyes del mundo engañando al tonto de Óscar. Y ahora… ahora se están despedazando entre ustedes como ratas en una cubeta. Me dan asco. Los dos.

Me serví otro tequila y me lo tomé de un trago. Sentía una adrenalina brutal corriendo por mis venas.

—Mario —dije, mirándolo con desprecio—. Estás acabado. Me debes, legalmente, cerca de cuatro millones de pesos por los pagarés que firmaste. Tu casa está hipotecada a favor de una de mis empresas. Tu coche ya no es tuyo. No tienes trabajo, no tienes reputación, porque mañana mismo me voy a encargar de que todos en el gremio de la construcción sepan qué clase de rata traicionera eres. Nadie te va a dar ni para cargar ladrillos.

Mario se deslizó de la silla y cayó de rodillas al suelo.

—Óscar, por favor… por favor no me hagas esto. Tengo familia. Mis papás… me van a matar. Te pago, te juro que te pago, pero dame tiempo. No me quites todo.

—Tú me quitaste a mi mujer —dije fríamente—. Tú rompiste mi familia. Lo que yo te quito es solo dinero. Deberías agradecerme que no te estoy rompiendo las piernas ahorita mismo. Y lárgate. Lárgate de mi casa antes de que me arrepienta y te saque a patadas.

Mario se levantó como pudo, temblando, llorando, sorbiendo los mocos. Ni siquiera miró a Irene. Caminó hacia la puerta arrastrando su dignidad.

—¡Y quiero tu renuncia firmada mañana a primera hora en mi escritorio! —le grité mientras abría la puerta—. ¡Si no, te demando por fraude y te meto al bote!

Mario salió corriendo hacia la oscuridad de la calle, desapareciendo en la noche como la sombra que era.

Cerré la puerta y puse el cerrojo. El “clack” metálico resonó en la casa.

Me di la vuelta. Irene seguía ahí, parada junto a la mesa, mirando las fotos. Estaba llorando, pero no era un llanto de arrepentimiento, era un llanto de terror. Sabía que se había quedado sola con el verdugo.

—Óscar… —susurró—. Déjame explicarte.

—No hay nada que explicar, Irene. Las fotos explican todo. Lo que quiero saber es… ¿valió la pena?

Me acerqué a ella. Ella retrocedió hasta chocar contra la pared.

—¿Valió la pena cambiar a tu familia, a tus hijos, tu casa, tu estabilidad… por ese perdedor que acaba de salir corriendo y llorando? ¿Era tan bueno en la cama como para destruir tu vida?

—No… no significó nada… fue un error… —sollozó—. Me sentía sola, Óscar. Tú siempre trabajabas… me sentía abandonada…

—¡No me vengas con esa estupidez! —golpeé la pared junto a su cabeza—. ¡Trabajaba para ti! ¡Para que tuvieras esa camioneta, esa ropa, esa vida de reina! ¿Te sentías sola? Podías habérmelo dicho. Podíamos haber ido a terapia. Podíamos haber hablado. Pero decidiste abrirle las piernas a mi mejor amigo. Eso no es soledad, Irene. Eso es ser una puta.

Irene se cubrió la cara con las manos y se dejó caer al suelo, hecha un ovillo.

—Perdóname… perdóname, por favor. No me corras. No tengo a dónde ir. Mis papás no me van a recibir si saben esto. No tengo dinero. No sé hacer nada.

La miré desde arriba. Hace unos meses, verla llorar me hubiera partido el alma. Hubiera hecho cualquier cosa por consolarla. Ahora, solo sentía una frialdad inmensa.

—Tienes razón. No sabes hacer nada. Nunca te preocupaste por aprender, por trabajar, por construir algo tuyo. Dependías de mí al cien por ciento. Y aún así, me traicionaste. Mordiste la mano que te daba de tragar, Irene. Y esa mano ya se cerró.

Fui a la mesa, tomé el sobre amarillo y saqué un último documento que quedaba dentro.

—Ten —se lo tiré encima—. Léelo.

Irene levantó la cabeza, con los ojos rojos e hinchados. Tomó el papel.

—Demanda de Divorcio Incausado… —leyó, temblando—. Custodia total para el padre… Pérdida de la patria potestad… Desalojo…

—La casa está a nombre de la empresa, Irene. De mi empresa. Técnicamente, estás invadiendo propiedad privada. Tienes hasta el lunes para sacar tus cosas.

—¿El lunes? ¡Es pasado mañana! ¿A dónde voy a ir? ¡Y mis hijos! ¡No me puedes quitar a mis hijos!

—Tus hijos —dije, remarcando las palabras— están con mi mamá. Y ahí se van a quedar hasta que un juez decida. Y créeme, con estas fotos, con los videos que tengo, y con el hecho de que no tienes ingresos, ni casa, ni moral… ningún juez te va a dar la custodia. Los vas a ver, claro. Cuando yo diga y bajo supervisión. Pero no voy a dejar que crezcan viendo cómo su madre mete hombres a la casa.

Irene soltó un alarido de dolor. Un grito desgarrador que llenó la casa vacía. Se arrastró hacia mis pies, abrazando mis piernas.

—¡No, Óscar! ¡Por favor! ¡Hago lo que quieras! ¡Me humillo! ¡Te sirvo! ¡Pero no me quites a mis hijos y no me corras! ¡Te lo suplico!

Me solté de su agarre con un movimiento brusco.

—Levántate. Ten un poco de dignidad. La que te queda.

Caminé hacia la cocina, me serví un vaso de agua y miré por la ventana hacia el jardín oscuro. Todo había terminado. El plan se había ejecutado a la perfección. Mario estaba destruido. Irene estaba en la calle. Yo tenía el control de todo.

Pero mientras escuchaba los llantos de mi esposa en la sala, me di cuenta de algo. La venganza se había cumplido, sí. Había ganado la guerra. Pero al mirar alrededor, a mi casa vacía, a mi mesa con comida fría y platos sucios, entendí el precio de la victoria.

Estaba solo.

Absolutamente solo.

—Recoge la mesa antes de irte a dormir —le dije desde la cocina, con voz muerta—. Y duermes en el cuarto de visitas. Mañana no te quiero ver la cara.

Subí a mi habitación, cerré la puerta y, por primera vez en meses, me permití derrumbarme. No lloré por Irene. No lloré por Mario. Lloré por Óscar, el hombre inocente y confiado que había muerto esa noche, para dar paso a este hombre frío y calculador que ahora me miraba desde el espejo.

El lunes empezaba mi nueva vida. Una vida llena de dinero, de éxito, de poder. Pero vacía de todo lo demás.

Pero bueno… como dicen por ahí: es mejor llorar en un Ferrari (o en mi nueva camioneta blindada) que reír en un camión. O al menos, eso es lo que me voy a repetir todas las noches para poder dormir.

CAPÍTULO 6: EL ÉXODO DE LA VERGÜENZA Y EL PESO DEL SILENCIO

El fin de semana que siguió a la “Última Cena” fue, sin temor a equivocarme, los cuarenta y ocho horas más largas y miserables de mi vida. La casa se convirtió en un mausoleo. No se escuchaban risas, ni música, ni siquiera el ruido de la televisión. Solo se oía el sonido sordo de objetos siendo arrastrados, cajones abriéndose y cerrándose, y el eco de los sollozos ahogados de Irene que parecían filtrarse por las paredes.

Yo me mantuve en mi posición: atrincherado en mi despacho o saliendo a hacer “mandados” para no verla. No quería darle oportunidad de manipularme. Sabía que Irene era experta en jugar la carta de la lástima. Si la veía llorando, abrazada a un peluche de los niños, era probable que mi resolución flaqueara. Y no podía permitirme eso. No después de todo lo que había descubierto.

El sábado por la mañana, bajé por un café. Irene estaba en la sala, rodeada de cajas de cartón que había conseguido en el Oxxo de la esquina. Se veía terrible. Los ojos hinchados como pelotas de golf, el cabello sucio, la piel grisácea. Estaba empacando su ropa. Esa ropa de marca que yo le había pagado, esos vestidos de Liverpool y Palacio de Hierro, ahora eran embutidos sin cuidado en bolsas negras de basura y cajas de huevo.

—Óscar… —dijo cuando me vio, con una voz rasposa—. No tengo a dónde ir. Mis papás… les hablé, pero mi papá me dijo que si me divorcio es mi problema. Que “lo que Dios une no lo separa el hombre”. No me quieren recibir.

Sentí una punzada en el pecho. Sus padres eran de la vieja escuela, gente de rancho muy conservadora que veía el divorcio como una mancha en el honor familiar. Pero endurecí mi corazón.

—Pues vas a tener que convencerlos, Irene. O buscar un cuarto de azotea. O pedirle asilo a alguna de esas “amigas” con las que te ibas de fiesta. ¿Dónde está Karla? ¿Dónde está Sandra? Ellas te solapaban tus aventuras, ¿no? Que te solapen ahora tu desgracia.

Irene bajó la cabeza.

—Nadie me contesta. Desde que saben que estamos… que estoy en la ruina, nadie me contesta.

—Bienvenida a la realidad —le dije, sirviéndome el café—. En las buenas todos son compadres, en las malas no conoces ni a tu perro. Tienes hasta el lunes a las diez de la mañana. A esa hora viene el cerrajero.

Subí las escaleras sin mirar atrás, sintiendo su mirada clavada en mi nuca como un puñal.

El domingo fue peor. Fui a recoger a mis hijos a casa de mi madre. Ver sus caritas inocentes, ajenas al huracán que había devastado su hogar, fue lo más difícil.

—¿Mami va a estar en la casa? —preguntó mi hija, Sofía, abrazando su mochila de Frozen.

Me arrodillé para estar a su altura.

—No, mi amor. Mami… mami se va a ir un tiempo a casa de los abuelos.

—¿Por qué? —preguntó Santi, mi hijo mayor, con esa perspicacia que me asustaba.

—Porque mami y yo tenemos problemas de grandes que tenemos que arreglar. Y a veces, para arreglar las cosas, hay que estar separados un ratito. Pero ustedes se quedan conmigo. En su casa, en sus cuartos, con sus juguetes. Y vamos a estar bien. Se los prometo.

Mi madre me miró desde la puerta de la cocina. Tenía los ojos llorosos. Ella sabía. Las madres siempre saben. Se acercó y me dio un abrazo de esos que te reinician el sistema operativo.

—Sé fuerte, mijo. Dios no le da cargas a quien no puede cargarlas. Y esa mujer… bueno, Dios la perdone, porque yo no puedo.

Regresamos a casa por la tarde. Había coordinado para que Irene no estuviera en las áreas comunes. Se había encerrado en el cuarto de huéspedes. Cenamos pizza en la sala, viendo películas, tratando de llenar el silencio con ruido artificial. Los niños preguntaron por ella un par de veces, pero logré distraerlos.

Esa noche, acosté a mis hijos. Me quedé un rato viéndolos dormir, escuchando su respiración rítmica. “Por ellos”, me repetí. “Todo este infierno es para que ellos no vivan en una mentira”.

Llegó el lunes. El Día D.

A las 9:00 AM, llegó el Licenciado Torres, mi abogado. Un tipo bajito, calvo, pero con una mente tan afilada como un bisturí. Venía acompañado de dos cargadores y un cerrajero.

Irene bajó las escaleras arrastrando dos maletas grandes y cargando tres bolsas de basura llenas de zapatos. Cuando vio el comité de bienvenida, se soltó a llorar de nuevo.

—Óscar, no tienes que hacer esto con público… —sollozó—. Qué humillación.

—La humillación pública la hiciste tú cuando te paseabas con Mario por toda la ciudad, Irene —le contestó el Licenciado Torres, interviniendo antes de que yo hablara—. Señora, firme aquí, por favor. Es la notificación de que abandona el domicilio conyugal voluntariamente y se lleva sus pertenencias personales.

—¡Yo no lo abandono voluntariamente! ¡Me están corriendo!

—Técnicamente, la casa es propiedad de una Sociedad Anónima que ha rescindido el contrato de comodato que tenía con usted —explicó Torres con frialdad burocrática—. Si no firma y se va por las buenas, tendremos que llamar a la patrulla para desalojo por invasión. Y no creo que quiera que sus vecinos la vean salir en una patrulla, ¿o sí?

Irene tembló. Miró a la puerta, donde los vecinos chismosos ya empezaban a asomarse por las cortinas. El miedo al “qué dirán” pudo más que su desesperación.

Agarró la pluma y firmó el papel con rabia, rompiendo la hoja.

—Te odio, Óscar —me dijo, mirándome a los ojos con un veneno puro—. Ojalá te pudras con tu dinero y tu orgullo.

—Ya me pudrí, Irene. Me pudrí el día que me traicionaste. Ahora solo soy el cascarón que dejaste. Que te vaya bien.

Los cargadores sacaron sus cosas a la banqueta. Ella pidió un taxi, porque Uber ya no podía pagarlo con tarjetas bloqueadas y no tenía efectivo. Se subió a un taxi Tsuru despintado, metiendo sus bolsas de basura en la cajuela amarrada con un mecate.

La vi irse. Vi cómo el taxi doblaba la esquina y desaparecía.

—Cierre todo, maestro —le dije al cerrajero—. Cambie todas las chapas. Y ponga pasadores de seguridad extra.

Mientras el cerrajero trabajaba, sentí que me quitaban un chaleco de plomo de encima. Pero no me sentía ligero. Me sentía vacío. Entré a la casa. Olía a ella. Su perfume seguía flotando en el aire.

—Vamos a tener que pintar —le dije al abogado—. Y cambiar los muebles. Todo huele a mentira aquí.

Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, el segundo acto de la tragedia se estaba llevando a cabo.

Mario, ingenuo hasta el final, intentó entrar a las oficinas de M&O a las diez de la mañana.

Según me contó Betty después, llegó tratando de fingir dignidad. Se había rasurado, se había puesto su mejor traje (que ya le quedaba flojo) y caminó hacia la entrada principal como si nada hubiera pasado el viernes.

Pero su gafete de acceso no funcionó. La luz roja del torniquete parpadeó y soltó un pitido de “Acceso Denegado” que resonó en todo el lobby.

—Debe ser un error —le dijo Mario al guardia de seguridad, un tipo nuevo que yo había contratado el sábado, un ex-militar llamado Goliat que hacía honor a su nombre.

—No hay error, señor —dijo Goliat, bloqueándole el paso con su cuerpo de dos metros—. Su acceso ha sido revocado.

—¿Cómo que revocado? ¡Soy el dueño! ¡Soy el Director General! ¡Déjame pasar o te despido!

—El Director General es el Ingeniero Óscar González. Y tengo órdenes estrictas de no dejarlo pasar a usted, señor Mario. Además, se le notifica que si insiste, se le acusará de allanamiento.

En ese momento, varios empleados empezaron a salir al lobby, atraídos por los gritos. Ex-compañeros de Mario. Gente que él había tratado con arrogancia, a la que había negado aumentos mientras él se iba de viaje. Lo miraban con curiosidad y morbo.

—¡Óscar! —gritó Mario hacia los elevadores, perdiendo los estribos—. ¡Sé que estás ahí arriba! ¡Da la cara, cobarde! ¡No me puedes robar mi empresa!

Bajó el Licenciado Torres, que había llegado rápido desde mi casa.

—Señor Mario —dijo Torres, entregándole un sobre manila—. Aquí está su liquidación conforme a la ley, calculada sobre el salario mínimo que usted mismo se asignó en nómina para evadir impuestos. Son tres mil quinientos pesos. Y aquí está la notificación de la demanda mercantil por el pagaré vencido de cuatro millones de pesos. Y la notificación de embargo precautorio de sus bienes personales.

Mario agarró los papeles como si quemaran.

—¡Esto es ilegal! ¡Voy a demandarlos!

—Hágalo —sonrió Torres—. Pero le sugiero que guarde esos tres mil pesos para un buen abogado de oficio, porque los va a necesitar. Ah, y por cierto… la camioneta BMW que dejó en el estacionamiento… la grúa ya se la llevó. Era arrendamiento puro a nombre de la empresa, y la empresa ha cancelado el contrato.

Mario corrió hacia el ventanal del lobby justo a tiempo para ver cómo su preciado BMW negro era remolcado por una grúa de plataforma. Fue el golpe final. Se dejó caer de rodillas en el piso de mármol del edificio, llorando frente a todos los empleados, recepcionistas y repartidores de Rappi que pasaban por ahí.

Fue el fin de “Mario el Magnífico”. Salió del edificio escoltado por Goliat, con su sobre de tres mil pesos en la mano, caminando hacia la parada del camión bajo la lluvia que empezaba a caer.

Regresé a la oficina al mediodía. El ambiente era extraño. Había miedo, sí, pero también había una sensación de orden. La gente sabía que Mario era el caos, el de las promesas vacías. Sabían que yo era duro, pero que pagaba a tiempo.

Convoqué a una junta general.

—Señores —les dije, parándome al frente de la sala de juntas, donde todavía se sentía la presencia fantasma de Mario—. M&O ha dejado de existir. A partir de hoy, somos “Grupo O&G”. Hubo malos manejos en la administración pasada que pusieron en riesgo su trabajo. Yo tomé el control para salvar el barco. Nadie va a ser despedido. Sus sueldos están seguros. Pero las cosas van a cambiar. Aquí se viene a trabajar, no a hacer relaciones públicas.

Vi cómo se relajaban los hombros de mis ingenieros y arquitectos. Aplaudieron. No por amor a mí, sino por alivio de no perder la chamba. Eso me bastaba. El amor no paga facturas; el respeto y el miedo sí.

Esa tarde recibí una llamada de un número desconocido. Contesté.

—¿Óscar?

Era el padre de Irene. Don Anselmo. Un hombre de campo, duro como el mezquite, que siempre me había mirado con cierto recelo por ser “citadino”, pero que respetaba al hombre que proveía.

—Buenas tardes, Don Anselmo.

—Óscar… aquí está mi hija. Llegó en un taxi, llorando, con bolsas de basura. Dice que la corriste. Dice que le quitaste todo.

Hubo un silencio. Respiré hondo.

—No le quité nada que fuera suyo, Don Anselmo. Y no la corrí. Ella se fue cuando decidió meterse con mi mejor amigo.

Escuché un suspiro profundo al otro lado de la línea. Un suspiro de decepción infinita.

—¿Es cierto eso? —preguntó el viejo, con voz grave—. Ella dice que son inventos tuyos, que te volviste loco.

—Tengo fotos, Don Anselmo. Videos. Mensajes. Si quiere se los mando por WhatsApp ahorita mismo. No son inventos. Su hija me traicionó con Mario, mi socio. El hombre que comió en su mesa la Navidad pasada.

El viejo se quedó callado un largo rato. Escuché de fondo la voz chillona de Irene gritando “¡Papá, no le creas!”.

—No, hijo. No me mandes nada. No quiero ver cochinadas. Te creo. Tú eres un hombre de palabra. Siempre lo has sido.

—Lo siento mucho, Don Anselmo. Yo la quería. Le di todo.

—Lo sé. Bueno… pues aquí está. Es mi hija, no la puedo dejar en la calle como a un perro, aunque se lo merezca. Pero te digo una cosa, Óscar… qué vergüenza. Qué pinche vergüenza. Perdóname tú a mí por no haberla educado mejor.

—Usted no tiene la culpa, señor. Cuídela. Y dígale que mis abogados se comunicarán con ella para lo del divorcio.

Colgué. Sentí un respeto renovado por ese viejo. Al menos alguien en esa familia tenía honor.

Pasaron las semanas. Mi vida se convirtió en una rutina militarizada.
5:30 AM: Despertar, gimnasio (había empezado a hacer ejercicio para sacar la rabia y porque, seamos honestos, quería verme bien para cuando volviera al mercado).
6:30 AM: Despertar a los niños, hacer desayuno (aprendí a hacer hot cakes con figuras de Mickey Mouse, aunque al principio parecían amebas deformes).
7:30 AM: Llevarlos a la escuela.
8:00 AM a 8:00 PM: Oficina. Reconstruir la empresa, recuperar clientes, sanear finanzas.
8:30 PM: Cena con los niños, revisar tareas, leer cuentos.
10:00 PM: Colapsar en la cama.

Era agotador. Era solitario. Pero era mío. No había mentiras. No había fugas de dinero inexplicables. Mi cuenta bancaria crecía, mi empresa se estabilizaba.

De Irene supe poco. Los chismes vuelan en esta ciudad. Supe que vivir con sus padres fue un infierno. Don Anselmo no la dejaba salir ni a la esquina. Le quitó el celular. La puso a trabajar en la tienda de abarrotes que tenían en el pueblo, atendiendo el mostrador, cobrando kilos de huevo y tortillas.

Imagínense a Irene, la reina de los desayunos sociales y las uñas de gel, despachando refrescos y barriendo el piso de una tienda de pueblo, bajo la mirada severa de su padre y las habladurías de los vecinos que sabían que era una “divorciada infiel”. Era un castigo poético.

De Mario supe menos, y lo que supe fue patético. Intentó demandarme laboralmente, pero el Licenciado Torres lo aplastó en la primera audiencia mostrando las pruebas del fraude y el desvío de recursos que él mismo había firmado. Tuvo que retirar la demanda para que yo no lo metiera a la cárcel.
Se fue de la ciudad. Dicen que se fue a Tijuana o a algún lugar de la frontera, huyendo de los cobradores y de la vergüenza. Vendió su reloj, sus trajes, todo. Se fue con una mano adelante y otra atrás.

Un día, unos tres meses después del divorcio, tuve que ir al juzgado familiar para una audiencia de conciliación sobre las visitas a los niños.

Ahí la vi.

Irene estaba sentada en una banca de metal, esperando. Había cambiado. Ya no era la mujer despampanante. Había bajado de peso, pero no de la manera saludable; se veía demacrada. No traía maquillaje. Llevaba unos jeans sencillos y una blusa blanca de algodón. Se le notaban las raíces del tinte. Sus manos, antes perfectas, se veían secas, trabajadas.

Cuando me vio entrar con mi traje impecable, mis zapatos boleados y mi abogado al lado, bajó la mirada.

—Buenos días —dije, por pura cortesía.

—Hola, Óscar —murmuró. Su voz sonaba apagada, sin vida.

Entramos con el juez. Fue rápido. Ella no peleó nada. Firmó el convenio donde aceptaba que los niños vivieran conmigo y ella los vería cada quince días, supervisada por mis padres o los suyos, porque no tenía domicilio propio adecuado. No pidió pensión para ella (no se la hubieran dado por la causal de adulterio, aunque en México ya no es causal directa, mi abogado la asustó tanto que ella renunció a todo).

Al salir, me detuvo en el pasillo.

—Óscar… —dijo, tocándome el brazo tímidamente. Me aparté instintivamente.

—¿Qué pasa?

—¿Cómo están? Los niños.

—Están bien. Sacaron dieces. Santi metió gol en el partido del sábado. Sofi ya aprendió a andar en bici sin rueditas.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Me perdí todo eso…

—Tú decidiste perdértelo, Irene. Tú escogiste el coche de Mario en lugar de la bici de Sofi.

—Lo sé. Y me arrepiento cada segundo de mi maldita vida. Óscar… te extraño. Extraño mi casa. Extraño nuestra vida. ¿No hay… no hay ninguna posibilidad? Digo, ya pasó tiempo. Ya pagué. Estoy viviendo un infierno. ¿No puedes perdonarme?

La miré. La analicé. ¿Sentía algo? Sí. Sentía lástima. Sentía pena por ver en qué se había convertido la mujer que alguna vez amé. Pero amor… amor ya no había ni una gota. El pozo estaba seco.

—Irene, el perdón es una cosa. Yo te perdono. No te guardo rencor porque el rencor pesa y yo necesito viajar ligero. Pero la confianza… la confianza es como un vaso de cristal. Una vez que lo rompes, puedes pegarlo, sí, pero siempre se van a ver las grietas. Y yo no voy a beber de un vaso roto por miedo a cortarme la boca.

—Pero… podemos intentarlo. Por los niños.

—Por los niños es que no voy a volver contigo. Ellos merecen un padre feliz y tranquilo, no un padre que revisa el celular de su esposa cada cinco minutos y que vive con la sospecha en la nuca. Se acabó, Irene. Tú tomaste tu camino. Ahora camínalo.

Me di la media vuelta y salí del juzgado. El sol brillaba afuera. El aire olía a libertad. Me subí a mi coche, puse música y manejé hacia la oficina.

Esa tarde, decidí salir temprano. Pasé por una juguetería y compré el set de Lego de Star Wars que Santi quería y una muñeca nueva para Sofi. Llegué a casa, nos tiramos en la alfombra a armar la nave espacial.

—Papi, ¿eres feliz? —me preguntó Sofi de la nada, mientras le ponía un casco a un muñequito.

Me detuve. Pensé en la pregunta. ¿Era feliz? No tenía pareja. Llegaba a una cama vacía y fría. A veces, los domingos por la tarde, la soledad me pegaba duro. Pero luego veía mi cuenta bancaria, veía mi empresa creciendo, veía a mis hijos tranquilos, sin los gritos y la tensión de los últimos meses de matrimonio.

—Sí, mi amor —le contesté, y por primera vez, sentí que era verdad—. Soy feliz. Estamos tranquilos. Y la tranquilidad vale más que el oro.

La vida seguía. La herida estaba cicatrizando. Iba a quedar una marca fea, una queloide gruesa, sí. Pero ya no sangraba.

Lo que no sabía es que el destino, ese guionista caprichoso que a veces parece escribir telenovelas baratas, me tenía guardada una última sorpresa. Un encuentro fortuito que me demostraría que, a veces, cuando crees que tu corazón está cerrado por clausura definitiva, alguien llega y se mete por la ventana.

Pero esa… esa es historia para el siguiente capítulo.

CAPÍTULO 7: EL ARTE DE RECONSTRUIRSE (Y LA SORPRESA EN EL PASILLO 4)

Pasaron dos años. Dos vueltas completas al sol desde el “Apocalipsis de la Traición”.

Si me hubieran visto en la calle, habrían dicho que Óscar González lo tenía todo. “Grupo O&G” ya no era una constructora pequeña; nos habíamos convertido en una de las desarrolladoras medianas más respetadas del estado. Teníamos tres torres de departamentos en construcción, contratos con el gobierno municipal para pavimentación (sin moches, curiosamente, mi reputación de “perro bravo” me había ganado el respeto de los políticos que preferían no meterse conmigo) y una flotilla de maquinaria nueva que brillaba bajo el sol.

Me había comprado una casa nueva. No quería vivir en la casa vieja, la que olía a los fantasmas de Irene y a mis propios fracasos. Compré un terreno en un fraccionamiento con campo de golf, no porque jugara golf, sino porque quería que mis hijos tuvieran pasto verde infinito para correr. Diseñé la casa yo mismo: moderna, minimalista, con mucha luz y acero. Una fortaleza de soledad y éxito.

Mi rutina era perfecta. Reloj suizo.
Trabajo, gimnasio, hijos. Trabajo, gimnasio, hijos.
Los fines de semana eran sagrados para Santi y Sofi. Aprendí a peinar a mi hija (las trenzas francesas ya me salían decentes gracias a tutoriales de YouTube) y me convertí en el entrenador asistente del equipo de fútbol de mi hijo.

Pero si rascabas un poquito la superficie, si mirabas más allá del traje italiano y la camioneta blindada, veías al ermitaño.

No había salido con nadie en serio. Tuve un par de citas, sí. Cenas aburridas con mujeres que mis amigos me presentaban. “Es divorciada, buena onda”, me decían. Pero en cuanto se sentaban frente a mí y empezaban a hablar, yo activaba el escáner.
¿Por qué se divorció? ¿Mentirá? ¿Le gustará el dinero fácil? ¿Será otra Irene?
La desconfianza era mi guardaespaldas. A la primera señal de alerta (o lo que yo interpretaba como alerta, como que pidieran el vino más caro sin preguntar), yo cerraba la cortina. “Muchas gracias, qué rico cenamos, te llamo”. Y borraba el número.

Me había convencido de que estaba mejor solo. “Mejor solo que mal acompañado”, dice el dicho, y yo lo había tatuado en mi cerebro.

Hasta que llegó ese sábado.

Era un sábado cualquiera. Me tocaba hacer el súper. Me gustaba ir yo mismo, era mi terapia. Recorrer los pasillos, escoger la fruta, comparar precios de cereales. Me daba una sensación de control doméstico que disfrutaba.

Estaba en el pasillo 4, debatiendo entre llevar detergente líquido o en polvo, cuando escuché un estruendo.

—¡No, Mati! ¡Cuidado!

Volteé y vi el desastre. Un niño pequeño, de unos cuatro años, se había colgado de un estante de frascos de mermelada y se le había venido encima la pirámide de exhibición. Había vidrio y mermelada de fresa por todos lados. Parecía una escena del crimen pegajosa.

La mamá del niño estaba ahí, paralizada, con la cara roja de vergüenza. Era una mujer delgada, de cabello castaño recogido en una coleta despeinada, vestida con jeans y tenis. No era despampanante como Irene. Era… normal. Tenía una belleza tranquila, de esas que no gritan pero que, si te fijas bien, te atrapan.

—¡Ay, Dios mío! —decía ella, tratando de levantar al niño sin cortarse—. Perdón, perdón… ahorita lo pago, ahorita lo limpio.

La gente pasaba y la miraba con desaprobación. “Señora, controle a su hijo”, murmuró una vieja copetuda al pasar.

Sentí empatía. Yo había estado ahí. Santi una vez vomitó en medio de Liverpool. Sé lo que es querer que la tierra te trague.

Me acerqué.

—No se preocupe —le dije, poniéndome en cuclillas—. A ver, campeón, ven para acá antes de que te llenes de vidrios.

Cargué al niño, que estaba llorando del susto, y lo saqué de la zona de desastre.

—Gracias… qué pena, de verdad —dijo ella, con los ojos brillosos—. Es que es muy inquieto y me distraje un segundo viendo el precio del atún.

—No pasa nada. Son mermeladas, no diamantes. A ver, déjeme ayudarle.

Llamé a un empleado de limpieza y le pedí una escoba. Entre los dos empezamos a recoger los vidrios grandes. Ella me miraba de reojo, sorprendida de que un tipo de traje (sí, iba de traje porque venía de una cita con un cliente) estuviera ahí, agachado, embarrándose las manos de mermelada.

—Soy Óscar —le dije, pasándole un trapo húmedo.

—Ana —respondió ella, sonriendo tímidamente. Tenía una sonrisa bonita, honesta, con un diente ligeramente chueco que la hacía ver real—. Y el destructor de mundos es Matías.

Nos reímos. Fue una risa genuina, ligera. Hacía mucho que no me reía así con una mujer desconocida.

—¿Y el papá del destructor de mundos no anda por aquí para ayudar? —pregunté, tanteando el terreno sin querer queriendo.

Su sonrisa se apagó un poco.

—No. Soy viuda. Su papá falleció hace tres años. Un accidente en la carretera.

Sentí un cubetazo de agua fría. Y de inmediato, me sentí un imbécil por preguntar.

—Lo siento mucho, Ana. Qué metiche soy.

—No te preocupes. Ya pasó tiempo. Aprendes a vivir con eso, ¿no? Como con una cicatriz que ya no duele pero que ahí está.

Esa frase me resonó. Una cicatriz que ya no duele pero que ahí está. Exactamente así me sentía yo.

—Sí… te entiendo. Yo soy divorciado. Mi “accidente” fue un poco menos trágico pero igual de desastroso. Digamos que mi esposa chocó nuestro matrimonio contra un BMW.

Ana soltó una carcajada sorpresiva. Se tapó la boca.

—Perdón, no debí reírme. Suena horrible.

—Fue horrible. Ahora ya me da risa. A veces.

Terminamos de limpiar (y pagué yo las mermeladas, a pesar de que ella insistió en que no). Nos quedamos platicando en el estacionamiento un rato. Me contó que era enfermera pediátrica, que trabajaba turnos dobles para mantener a Mati, que vivía con su mamá para poder solventar los gastos.

No había pretensiones. No trataba de impresionarme. No se fijó en mi reloj ni en mi coche. Se fijó en que yo tenía una mancha de mermelada en la corbata.

—Oye… —dije, sintiendo un nerviosismo adolescente—. Sé que acabamos de limpiar un desastre y hueles a fresa, pero… ¿te gustaría ir por un café? Digo, para quitarnos el sabor dulce.

Ella lo dudó un segundo. Miró a Matías, que ya estaba dormido en su silla del coche.

—Ahorita no puedo, tengo que llevar al monstruo a su siesta. Pero… si me das tu teléfono, igual y te escribo.

Intercambiamos números. Me subí a mi camioneta con una sensación extraña en el pecho. No era la euforia de la conquista. Era una calidez suave. Como cuando te tomas un chocolate caliente en un día de lluvia.

Pasaron tres días y no me escribió. “Ya valió”, pensé. “Seguro pensó que soy un intenso”. Pero el miércoles me llegó un mensaje:

“Hola, Óscar. Soy Ana, la de las mermeladas. ¿Sigue en pie lo del café anti-dulce? Tengo libre el viernes en la tarde.”

Sonreí como idiota frente a mi secretaria, que me miró raro.

La cita fue en una cafetería sencilla, nada de lugares pretenciosos. Ana llegó con unos jeans y una blusa bonita, pero discreta. Hablamos durante tres horas. Me contó de su esposo, un hombre bueno que trabajaba en una fábrica, de lo duro que fue quedarse sola con un bebé de un año. De cómo tuvo que reconstruirse desde cero.

Yo le conté mi historia. La versión resumida, sin tanto veneno, pero sin ocultar la traición.

—¿Y todavía la odias? —me preguntó, mirándome a los ojos por encima de su taza de té.

—No. Ya no. Al principio quería verla arder. Ahora… ahora solo me da lástima. Y a veces, agradecimiento. Porque si no hubiera hecho lo que hizo, yo seguiría viviendo una mentira.

—Eso es bueno —dijo Ana, asintiendo—. El odio es como tomar veneno esperando que el otro se muera. Yo tardé mucho en dejar de estar enojada con la vida por quitarme a Paco. Pero luego ves a tu hijo sonreír y dices: aquí sigo. Y la vida sigue.

Me di cuenta de que Ana tenía una fortaleza que Irene jamás conoció. Irene se quebraba si se le rompía una uña. Ana se había roto entera y se había vuelto a armar, pieza por pieza, sin instructivo y sin ayuda.

Empezamos a salir. Despacio. Con el freno de mano puesto. Yo tenía miedo de confiar. Ella tenía miedo de que alguien entrara en la vida de Mati y luego se fuera.

Pero poco a poco, las barreras cayeron.
Conoció a mis hijos en un parque, de manera “casual”. Santi y Sofi, que ya estaban más grandes, se llevaron bien con Matías. Lo adoptaron como a un hermanito menor al que hay que cuidar para que no se mate. Ver a Ana jugando con Sofi, enseñándole a hacer pulseras, me derritió el hielo que me quedaba en el corazón.

Un día, seis meses después de conocernos, la invité a cenar a mi casa. Cociné yo. Hice una pasta que me salía bastante bien.

—Tienes una casa hermosa, Óscar —me dijo, mirando los techos altos y los ventanales—. Pero… se siente un poco vacía. Como de revista. Le falta… desorden.

—Soy un hombre ordenado —me defendí, sirviendo vino.

—Eres un hombre que le tiene miedo al caos porque el caos te lastimó. Pero el amor es caos, Óscar. Los niños son caos. La vida es caos. Si quieres tener un hogar, tienes que aceptar que a veces va a haber mermelada en el piso.

Esa noche, nos besamos por primera vez en mi sala. No fue un beso de película de Hollywood. Fue un beso tierno, pausado, con sabor a vino tinto y a promesa.

Mientras tanto, el universo se encargaba de cerrar los círculos abiertos.

Una tarde, iba manejando por una avenida del centro, de esas zonas viejas y descuidadas de la ciudad, cuando tuve que parar en un semáforo. Miré por la ventana. Había una obra en construcción, un edificio de departamentos barato.

Y ahí lo vi.

Entre los albañiles, cargando un bulto de cemento en el hombro, lleno de polvo gris, con un chaleco naranja sucio y un casco rayado.

Era Mario.

No, no podía ser. Entrecerré los ojos. El semáforo seguía en rojo. El hombre bajó el bulto, se quitó el casco para secarse el sudor con el antebrazo. Sí era él. Más viejo, más flaco, quemado por el sol. Ya no quedaba nada del “Licenciado Mario”. Sus manos, que antes solo tocaban teclados y copas de cristal, ahora estaban callosas y sucias.

Se veía… roto. Pero vivo.

Por un segundo, pensé en bajar el vidrio. Pensé en gritarle: “¡Mírame, cabrón! ¡Mírame en mi camioneta con aire acondicionado mientras tú te pudres en el sol!”.

Pero no lo hice.

Sentí una paz absoluta. Ya no necesitaba restregarle mi éxito. Su castigo no era mi venganza; su castigo era su vida. Él, que se sentía superior a los albañiles, que los trataba con desprecio, ahora era uno de ellos. La justicia poética era mucho más cruel de lo que yo podría haber planeado.

El semáforo cambió a verde. Arranqué suavemente y dejé a Mario atrás, en su nube de polvo, sin que él supiera que yo había pasado por ahí. Nunca más volví a pensar en él con odio. Simplemente se convirtió en una anécdota, en un fantasma del pasado.

De Irene supe una última cosa antes de cerrar el libro.

Mis padres fueron a visitar a unos parientes al pueblo de Don Anselmo y regresaron con noticias. Irene se había vuelto a casar. Bueno, “juntar”. Con un viudo del pueblo, un ganadero veinte años mayor que ella. Un hombre rudo, de campo, que buscaba a alguien que le cuidara la casa y a sus hijos adolescentes.

—Dicen que la trae cortita —me contó mi mamá, mientras tomábamos café en la terraza de mi casa nueva—. Que no la deja ni respirar. Pero ella dice que “está bien”, que “tiene techo y comida”. Se ve… apagada, hijo. Como una vela que ya no tiene cera.

—Pues… ojalá encuentre paz —dije sinceramente—. Porque felicidad, lo dudo. Pero cada quien escoge su cruz.

Ana salió al jardín con una charola de galletas que había horneado con Sofi. Matías venía corriendo detrás de ella con el perro que acabábamos de adoptar, un Golden Retriever que sí, traía lodo y caos a mi casa inmaculada, pero también traía alegría.

Ana se sentó a mi lado y me tomó la mano. Mi mamá la miró con cariño. Ana se había ganado a mi madre no con lujos, sino con respeto y bondad.

—¿De qué hablaban tan serios? —preguntó Ana.

—De nada importante —le contesté, apretando su mano—. De cosas viejas que ya no importan. Lo importante está aquí.

Miré a mis hijos jugando con Matías y el perro. Miré a Ana, con su harina en la nariz y su sonrisa chueca. Miré mi casa, que ya tenía juguetes tirados en la sala y cuadros pintados por los niños en el refri.

Ya no era una casa de revista. Era un hogar.

Entendí que la venganza me había servido para sobrevivir, para no ahogarme en el dolor. Había sido el salvavidas en medio del naufragio. Pero el amor… el amor de mis hijos, el amor de Ana, el amor propio que recuperé… eso era la tierra firme.

Me levanté y fui hacia ellos.

—¡A ver quién llega primero a la portería! —grité, y salí corriendo.

Mis hijos se rieron y corrieron detrás de mí. Ana se quedó en la terraza, viéndonos, y supe que ella también estaba sanando sus propias heridas al vernos felices.

La historia de Óscar, el vengador, había terminado.
La historia de Óscar, el hombre feliz, apenas comenzaba.

CAPÍTULO 8: LA COSECHA DE UN HOMBRE NUEVO (EPÍLOGO)

El tiempo tiene una manera curiosa de sanar. No borra las cicatrices, no te devuelve la memoria virgen, pero le quita el filo al dolor. Lo que antes era una puñalada en el pecho, con los años se convierte en un simple piquete, y luego, en nada más que un recuerdo lejano, como una película que viste hace mucho y de la que apenas recuerdas la trama.

Han pasado cinco años desde que firmé el divorcio. Cinco años desde que vi a Mario salir corriendo de mi casa y a Irene subir sus bolsas de basura a un taxi.

Hoy es el día de la graduación de primaria de Santi. Mi hijo, mi “campeón”, ya es un preadolescente que me llega al hombro, con la voz empezando a cambiarle y esa actitud de “ya me las sé todas” que me da risa y miedo a la vez.

Estamos en el auditorio del colegio. Ana está a mi lado, sosteniendo mi mano. Se ve hermosa con un vestido color crema. Matías, que ya tiene siete años, está jugando con mi corbata, tratando de desaburrirse mientras el director da un discurso eterno sobre “los líderes del mañana”. Sofi, ahora de diez años, está sentada al otro lado de Ana, susurrándole chistes al oído.

Somos una familia. Una familia “reconstruida”, “mosaico”, o como quieran llamarle los psicólogos modernos. Para mí, simplemente somos nosotros.

Cuando nombran a Santiago González, mi corazón da un brinco. Lo veo subir al escenario, con su toga azul y su birrete ladeado. Sonríe, busca entre el público hasta que nos encuentra y levanta el diploma. Ana y yo aplaudimos como locos. Sofi chifla (le enseñé a chiflar con dos dedos, para horror de su abuela). Matías grita “¡Ese es mi hermano!”.

En ese momento, siento una paz tan profunda que me dan ganas de llorar. Lo logré. Logré que ese niño no creciera amargado. Logré protegerlo de la toxicidad de su madre y de la traición que destruyó su primer hogar. Es un niño feliz, seguro, noble.

Al terminar la ceremonia, hay un pequeño convivio en el patio. Estamos tomando fotos, abrazándonos, cuando de repente siento una presencia incómoda. Ese sexto sentido que desarrollé durante mis meses de detective marital se activa.

Volteo hacia la entrada del patio.

Ahí está ella.

Irene.

No la había visto en dos años. Sabía que venía a la ciudad de vez en cuando a ver a los niños bajo la supervisión de mis papás, pero yo siempre evitaba estar presente. Hoy, sin embargo, era un evento público. No podía prohibirle la entrada.

Se ve mejor que la última vez en el juzgado, pero los años no la han perdonado. Tiene arrugas prematuras alrededor de los ojos y la boca, marcas de amargura y de sol. Viene vestida con ropa sencilla, limpia pero pasada de moda. Viene sola. Nadie la acompaña. Se queda parada cerca de la reja, como si tuviera miedo de cruzar una línea invisible.

Santi también la ve. Su sonrisa se congela por un segundo. Mira a Ana, luego me mira a mí, y luego vuelve a mirar a su madre. Hay un momento de duda en sus ojos.

Yo me agacho a su altura.

—Es tu mamá, hijo —le digo suavemente—. Ve a saludarla. Es tu día y ella vino a verte.

Santi asiente. Camina hacia ella, despacio. Irene lo recibe con un abrazo torpe, como si tuviera miedo de romperlo o de que él la rechace. Veo que le entrega un regalito pequeño, una bolsa de papel. Hablan un par de minutos. Irene llora, se seca las lágrimas rápido. Santi le da un beso en la mejilla y regresa con nosotros.

Ana me aprieta el brazo.

—Lo hiciste bien, Óscar. Eres un gran papá.

—Gracias, amor. No es fácil, pero el rencor no cabe en este día.

Irene me busca con la mirada. Yo asiento levemente con la cabeza, un saludo seco, de reconocimiento. Ella me devuelve una mirada llena de tristeza y arrepentimiento. Luego se da la media vuelta y se va, caminando sola hacia la salida, mientras nosotros nos quedamos rodeados de amigos, risas y familia.

Esa imagen, Irene alejándose sola mientras nosotros celebramos, es el cierre definitivo. Es la confirmación de que la justicia divina existe, pero no es un rayo que cae del cielo; es la suma de las decisiones que tomamos cada día. Ella eligió la traición y cosechó soledad. Yo elegí la integridad (aunque con un toque de venganza estratégica, admitámoslo) y coseché una nueva vida.

Esa noche, después de la fiesta, Santi me pide hablar. Nos sentamos en la terraza de la casa, bajo las estrellas. El aire huele a jazmín.

—Papá… —dice, jugando con su diploma—. Gracias.

—¿Por qué, campeón? ¿Por la fiesta?

—No. Bueno, sí, la fiesta estuvo chida. Pero gracias por… por no hablar mal de mi mamá.

Me quedo callado. Es un tema delicado.

—Yo sé lo que pasó, papá —continúa, mirándome a los ojos con una madurez que me asusta—. Escuché a la abuela hablar con una tía hace tiempo. Sé lo de Mario. Sé por qué se divorciaron.

Siento un nudo en la garganta. Nunca quise que supiera los detalles sórdidos.

—Santi… yo…

—Déjame terminar. Sé que ella te hizo cosas muy feas. Y sé que tú pudiste haberla odiado y habernos enseñado a odiarla. Pero nunca lo hiciste. Siempre nos dejaste verla, siempre nos dijiste que la respetáramos. Y hoy… hoy la dejaste estar ahí, aunque te doliera. Eso es de hombres, papá.

Se me salen las lágrimas. No puedo evitarlo. Mi hijo, mi pequeño Santi, me está dando una lección de hombría.

—Hijo… —le pongo la mano en el hombro—. Un hombre no se mide por cuánto dinero tiene, ni por qué coche maneja, ni por cuántas mujeres conquista. Un hombre se mide por su palabra y por cómo protege a los suyos. Tu mamá… tu mamá se equivocó. Mucho. Pero sigue siendo tu mamá. Y mi trabajo como papá es asegurarme de que tú tengas el corazón limpio. El odio es una carga muy pesada, Santi. Y yo no quiero que tú cargues mis maletas.

Santi me abraza. Un abrazo fuerte, de oso.

—Te quiero mucho, papá. Quiero ser como tú cuando sea grande.

—No, hijo. Sé mejor que yo. No cometas mis errores. Y fíjate muy bien con quién te casas —agrego, medio en broma, medio en serio.

Nos reímos. El momento de tensión se rompe.

—Oye, ¿y Ana? —pregunta Santi—. Ana es a todo dar, ¿no?

—Ana es un ángel que nos cayó del cielo en el pasillo de las mermeladas —le digo sonriendo.

—Deberías casarte con ella, pa. Digo, ya viven juntos, ya nos regaña como si fuera nuestra mamá… ya nomás falta el anillo.

Me quedo pensando. El anillo.

Llevo meses pensándolo. Tengo el anillo guardado en la caja fuerte de la oficina desde hace tres semanas. Un diamante modesto pero hermoso, nada que ver con la roca ostentosa que le di a Irene para presumir. Este es un anillo elegido con el corazón, no con el ego.

—¿Tú crees? —le pregunto a Santi.

—Sí. Hazlo. Todos queremos que lo hagas. Hasta Mati me dijo el otro día que si te casabas con su mamá, yo sería su hermano de verdad y no solo de “mentiris”.

Esa noche, no puedo dormir. Pero no por ansiedad, sino por emoción.

Al día siguiente, domingo, organizo una comida familiar. Carne asada, obvio. Están mis papás, la mamá de Ana, mis hijos, Mati. El ambiente es perfecto.

Espero al momento del postre. Ana trae un pastel de chocolate que hizo ella misma (le queda un poco chueco, pero sabe a gloria).

Me levanto y golpeo suavemente mi copa con el tenedor.

—Familia, su atención por favor.

Todos se callan. Ana me mira curiosa, con el cuchillo del pastel en la mano.

—Quiero decir unas palabras. Hace unos años, yo pensaba que mi vida se había acabado. Pensaba que el amor era una mentira y que la lealtad era un cuento para niños. Estaba enojado, estaba herido y estaba decidido a vivir solo para siempre.

Miro a Ana. Sus ojos se abren un poco más.

—Pero luego, la vida me dio una lección de humildad. Me enseñó que cuando una puerta se cierra, se abre un ventanal enorme. Me enseñó que se puede volver a confiar, que se puede volver a amar, y que las segundas oportunidades a veces son mejores que las primeras, porque ya no las desperdicias.

Meto la mano en el bolsillo. Saco la cajita de terciopelo azul.

Ana suelta el cuchillo. Se lleva las manos a la boca. Sofi y Santi empiezan a dar saltitos en sus sillas.

Me arrodillo. Sí, yo, Óscar González, el hombre duro de negocios, el vengador implacable, me arrodillo frente a una enfermera con las manos manchadas de chocolate.

—Ana… tú recogiste mis pedazos y me ayudaste a pegarlos sin pedir nada a cambio. Tú amaste a mis hijos como si fueran tuyos. Tú me devolviste la risa. No te prometo una vida perfecta, porque ya sabemos que la perfección no existe. Pero te prometo lealtad, te prometo honestidad y te prometo que nunca, nunca vas a estar sola en las batallas. ¿Te quieres casar conmigo?

Ana no puede hablar. Solo asiente frenéticamente, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—¡Di que sí, mamá! —grita Matías.

—¡Sí! —logra decir ella—. ¡Sí, sí, sí!

Le pongo el anillo. Le queda perfecto. Nos abrazamos y la familia estalla en aplausos y gritos. Mis papás lloran. Los niños corren a abrazarnos y terminamos todos en un abrazo grupal, una bola de amor y felicidad en medio del jardín.

Mientras abrazo a mi futura esposa y a nuestros hijos, miro al cielo. El azul es intenso, limpio.

Pienso en Mario, cargando bultos en alguna obra perdida.
Pienso en Irene, atendiendo su tiendita en el pueblo, sola.
Y pienso en mí.

La venganza fue necesaria para limpiar el terreno. Fue el incendio controlado que quemó la maleza. Pero esto… esto que tengo aquí, este amor, esta familia… esto es la cosecha. Y vaya que la cosecha es buena.

Dicen que la mejor venganza es ser feliz. Y tienen razón. Porque mi felicidad no depende de su desgracia. Mi felicidad es mía. Me la gané. La construí ladrillo por ladrillo, con lágrimas y sudor, como las casas que hago. Y esta casa, la casa de mi vida, tiene cimientos tan fuertes que ningún lobo, por más que sople, la podrá derribar.

Así que aquí estoy. Óscar. Esposo, padre, hombre.
Y soy, por fin, libre.

(FIN)

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