MI ESPOSA EMPEZÓ A IR A LOS “BAÑOS DE VAPOR” A ESCONDIDAS. PENSÉ QUE ME ENGAÑABA, PERO CUANDO ENTRÉ A LA FUERZA, LO QUE VI ME HIZO CAER DE RODILLAS LLORANDO.

CAPÍTULO 1: El Fantasma del Asfalto y la Voz en la Radio

El rugido del motor Cummins ISX de 450 caballos de fuerza era la única música que Sergio había escuchado durante las últimas dieciocho horas, una sinfonía monótona de pistones y engranajes que se mezclaba con el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto hirviente. Estaba cruzando el tramo más traicionero de “La Rumorosa”, esa serpiente de concreto que baja desde las montañas de Tecate hacia el desierto de Mexicali, donde el viento aúlla con tanta fuerza que dicen que son los lamentos de los traileros que nunca llegaron a casa.

El sol de la tarde golpeaba el parabrisas del Kenworth T680, convirtiendo la cabina en un horno, a pesar de que el aire acondicionado luchaba valientemente por mantener el ambiente fresco. Sergio se ajustó la gorra, secándose el sudor que le corría por la sien. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio y el polvo del camino, escaneaban los espejos retrovisores con la paranoia habitual de quien lleva carga valiosa.

—Ánimo, mi “Matador”, ya falta menos —se dijo a sí mismo, acariciando el volante forrado en cuero gastado.

En el tablero, junto a los indicadores de presión de aire y temperatura, descansaba su altar personal: una estampa de la Virgen de Guadalupe con los bordes ya rizados por el sol, un rosario de madera que se balanceaba hipnóticamente con cada bache, y la foto. Esa foto. Era una imagen de hace diez años, tomada el día de su boda en el registro civil de Ecatepec. Karina sonreía con esa inocencia que te desarma, y él, con su traje prestado que le quedaba un poco grande, la miraba como si hubiera ganado la lotería sin comprar boleto.

Sergio tomó la radio CB, el “cuadrito”, aunque ya casi nadie lo usaba como antes.
Breiko, breiko, para los que van bajando, ¿cómo pinta la 57? Cambio.
Solo estática. La soledad del operador.

El celular, montado en el soporte magnético, se iluminó. Era ella. El nombre “Mi Flaca ❤️” parpadeó en la pantalla y, por primera vez en tres semanas, la tensión en los hombros de Sergio desapareció.

—¡Bueno! —contestó, tratando de que su voz no sonara tan quebrada por la fatiga.
—¿Dónde andas, viejo? —La voz de Karina se escuchó clara, dulce, como un trago de agua fresca en medio del desierto.
—Ya voy bajando la sierra, mi amor. Ya pasé el retén de los militares. Si Dios quiere y la Virgen me presta vida, ceno contigo.
—Más te vale, Sergio —bromeó ella, aunque él conocía cada matiz de su voz y pudo notar ese ligero temblor de ansiedad—. Ya se me olvidó si tienes bigote o no.
—¡No manches, Karina! —Sergio soltó una carcajada ronca—. ¿Cómo se te va a olvidar? Si llevo diez años picándote con él cada vez que te beso.
—Pues diez años son muchos, pero tres semanas se sienten como un siglo cuando la cama está vacía, eh. Aquí hace frío.

Esas palabras golpearon a Sergio más fuerte que cualquier bache. “Aquí hace frío”. No se refería al clima. Se refería a esa soledad que se instala en las casas de las esposas de los traileros, mujeres de acero que aprenden a ser padre y madre, a arreglar enchufes y a espantar miedos nocturnos, mientras sus maridos cruzan el país llevando todo lo que México consume.

—Ya voy, chiquita. Y te traigo una noticia que te va a quitar el frío —dijo Sergio, bajando la velocidad al tomar una curva cerrada—. El “Patrón” me autorizó el mantenimiento mayor. Van a meter el tracto al taller por dos semanas completas.
—¿Dos semanas? —Hubo un silencio, y luego un grito ahogado de alegría—. ¿De verdad? ¿No me estás choreando?
—Te lo juro por esta. Dos semanas en casa. Sin viajes, sin llamadas de madrugada, sin dormir en paraderos llenos de malandros. Soy todo tuyo.
—Ay, Sergio… no sabes cuánto necesito eso. Ya urge que estemos juntos. Además, la casa se nos está cayendo a pedazos, la humedad de la sala ya parece mapa de la república.

Sergio sintió una punzada de culpa. La casa. Su eterno proyecto. Habían comprado esa casita de interés social en las afueras de la ciudad con mucho sacrificio, usando su crédito Infonavit y los ahorros de años. Pero entre los pagos de la hipoteca, las medicinas de Karina y los gastos diarios, nunca sobraba para “los lujos”, y para ellos, un piso de loseta o una pared bien aplanada era un lujo.

—Por eso me quedé más tiempo, flaca —confesó Sergio, con la voz suave—. Agarré ese flete extra a Tijuana, el que nadie quería porque era peligroso. Me pagaron el doble por el riesgo. Con eso nos alcanza para el piso, para la pintura y hasta para que te compres esos vestidos que te gustaron en el catálogo.

Escuchó un sollozo al otro lado de la línea.
—Eres un terco, Sergio. Te arriesgas demasiado. No me importan los vestidos, me importas tú. ¿Qué hago yo con un piso nuevo si tú no regresas?
—Hierba mala no muere, mi amor. Y yo soy puro nopal. Ya te dejo, que la señal se está cortando y aquí la curva está cabrona. Te amo. Pon a enfriar las caguamas.

Colgó. El silencio volvió a la cabina, pero ahora estaba cargado de promesas.

Mientras el camión descendía hacia las luces lejanas de la ciudad, Sergio dejó que su mente vagara. Pensó en el dinero que traía escondido en la “cachimba” (el compartimento secreto bajo el asiento). Era suficiente. Suficiente para arreglar la casa, sí. Pero él tenía otro plan secreto. Quería pagarle a un especialista nuevo, uno que le recomendaron en Monterrey. Un doctor que decían que hacía milagros con casos “imposibles”.

Porque esa era la verdadera herida que sangraba en su matrimonio, la grieta invisible que amenazaba con derrumbar los cimientos de esos diez años de amor: el silencio de una casa sin niños.

Sergio apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Recordó las navidades pasadas, viendo a sus hermanos llegar con sus hijos, el ruido, los juguetes tirados, las risas. Y ellos dos, sentados en un rincón, sonriendo educadamente, con los brazos vacíos. Karina siempre terminaba llorando en el baño, y él terminaba emborrachándose con tequila barato para no sentir la impotencia.

“Esta vez será diferente”, se prometió a sí mismo mientras las luces de la ciudad lo recibían como un abrazo de neón. “Esta vez, con el descanso y el dinero, vamos a lograrlo. Tiene que ser”.

Pero el destino, como la carretera, tiene curvas que no aparecen en el mapa. Y Sergio estaba a punto de entrar en la más cerrada de todas.


CAPÍTULO 2: El Eco de una Casa Silenciosa

Llegar a la colonia era como aterrizar en otro planeta después de la soledad de la carretera. Las calles estrechas, llenas de baches que hacían brincar al taxi (había dejado el tráiler en el patio de la empresa), estaban vivas. Perros callejeros ladraban a las motos de los repartidores de pizza; el señor de los elotes tocaba su corneta melancólica en la esquina; un grupo de chavos escuchaba reguetón a todo volumen recargados en un Tsuru tuneado.

Era México en estado puro. Ruidoso, caótico, vibrante. Y para Sergio, era el paraíso.

Se bajó del taxi cargando su maleta de lona y una caja de dulces típicos que había comprado en el norte. Caminó hacia su casa, la número 142, la que tenía la reja despintada y un pequeño jardín donde Karina intentaba, contra todo pronóstico, cultivar rosales.

Abrió la reja con cuidado para no hacer ruido, pero fue inútil. La puerta principal se abrió de golpe antes de que pudiera meter la llave.

—¡Llegaste!

Karina se lanzó a sus brazos con tal fuerza que Sergio tuvo que dar un paso atrás para no caerse. Soltó la maleta y la envolvió en sus brazos, aspirando su olor. Olía a suavizante de telas “Ensueño”, a guiso de tomate y comino, y a esa fragancia natural de ella que a él le recordaba a la vainilla.

—Me tenías con el Jesús en la boca, condenado —susurró ella contra su cuello, mojando su camisa con un par de lágrimas.
—Ya estoy aquí, mi negra. Ya estoy aquí.

Entraron a la casa. El interior era modesto pero impecable. Karina tenía ese don de hacer que cuatro paredes de bloque y un techo de lámina se sintieran como un palacio. Había carpetitas tejidas sobre los muebles, fotos de ellos en cada rincón, y una veladora encendida en el pequeño altar de la sala.

—Siéntate, te sirvo de cenar. Hice costillas en salsa verde con verdolagas, tus favoritas. Y hay tortillas recién hechas de la tortillería de la esquina.
—Eres una santa, Karina. En el camino puro atún y galletas saladas comí.

Mientras cenaban, Sergio la observó detenidamente. A sus 32 años, Karina seguía siendo hermosa, con ese cabello negro azabache que le caía hasta la cintura y unos ojos grandes y expresivos. Pero había algo en su mirada, una sombra de tristeza que ni la sonrisa más amplia podía ocultar del todo. Estaba más delgada. Los pómulos se le marcaban un poco más.

—¿Has estado comiendo bien? —preguntó él, sirviéndose otro taco.
—Sí, claro. Es que con el calor se me va el hambre, ya sabes.
—No me gusta que te mal pases. Ahora que estoy aquí, te voy a cebar. Vamos a ir a los tacos de pastor, a las tortas gigantes, a todo.

Ella rió, pero desvió la mirada hacia el plato. Ese gesto. Ese maldito gesto de evasión. A Sergio se le erizó la piel. Lo conocía demasiado bien. Era el mismo gesto que puso hace dos años, la noche que casi lo pierde todo.

De repente, el sabor de la salsa verde se volvió amargo en la boca de Sergio. La mente lo arrastró, sin su permiso, a Aquel Día.

Fue un martes de noviembre, dos años atrás. Sergio había llegado de un viaje corto a Veracruz. Entró silbando, feliz porque le habían dado un bono. Pero al entrar, sintió el frío. No había olor a comida. La casa estaba en penumbras.

Encontró a Karina en la recámara, sentada al borde de la cama, con una carpeta de documentos médicos esparcidos a su alrededor como hojas secas. No lloraba. Estaba catatónica.

—¿Qué pasó, mi amor? ¿Qué te dijo el doctor del IMSS? —había preguntado él, temiendo lo peor. ¿Cáncer? ¿Alguna enfermedad terminal?

Karina levantó la vista y sus ojos estaban muertos.
—Dijo que no hay nada que hacer, Sergio. Mi útero… es infantil. Incompetente. Nunca voy a poder retener un embarazo. Nunca.

Sergio sintió alivio al principio —¡no era cáncer!— pero luego vio el dolor infinito en el alma de su esposa. Se arrodilló frente a ella.
—Bueno, flaca… pues ni modo. Hay otras opciones, ¿no? Adoptamos, o…
—¡No! —gritó ella, poniéndose de pie de un salto, tirando los papeles—. ¡No entiendes! ¡Yo soy la que está mal! ¡Tú estás sano! ¡Tú mereces tu sangre, tu apellido!

Fue entonces cuando sacó el sobre amarillo que tenía escondido bajo la almohada.
—Quiero el divorcio, Sergio. Vete. Vete ahora que eres joven y puedes conseguirte una mujer de verdad, una que te dé hijos, no un árbol seco como yo.

Esa noche fue la guerra más dura que Sergio había peleado en su vida. No contra asaltantes en la carretera, no contra federales corruptos, sino contra el autodesprecio de la mujer que amaba.
—¡Escúchame bien, chingada madre! —le había gritado él, sacudiéndola por los hombros mientras ella pataleaba y lloraba—. ¡Yo me casé con Karina! ¡No con una incubadora! ¡Si no tenemos hijos, nos tenemos a nosotros! ¡Y si me vuelves a correr, me amarro a la pata de la cama, pero de aquí no me saca ni la Guardia Nacional!

Recordar eso le provocó un escalofrío en el presente.
—¿Sergio? ¿Te fuiste? —La voz de Karina lo trajo de vuelta a la mesa y a las costillas de puerco.
—Perdón, flaca. Me quedé pensando en el jale. El cansancio.

Karina se levantó y empezó a recoger los platos.
—Vete a bañar y a dormir. Mañana empezamos con lo de la casa. Descansa, que te hace falta.

Sergio la obedeció. Se dio un baño largo, dejando que el agua caliente se llevara el polvo de mil kilómetros. Cuando salió, Karina ya estaba acostada, dándole la espalda. Se metió bajo las cobijas y la abrazó, haciendo “cucharita”.

—Te extrañé un chingo —le susurró al oído.
Ella se relajó contra su cuerpo, pero no dijo nada. Solo suspiró. Un suspiro largo y pesado que vibró en sus costillas.

Al día siguiente, la rutina doméstica los absorbió. Sergio se puso su ropa de trabajo más vieja, esa playera de campaña política de hace tres elecciones llena de agujeros, y empezó a picar la pared de la sala para quitar el yeso podrido por la humedad.
Karina iba y venía, preparándole limonada, barriendo el escombro, poniendo música de Juan Gabriel a todo volumen. Parecían la pareja perfecta.

Pero al tercer día, la burbuja se rompió.

Eran las cuatro de la tarde. El sol caía a plomo. Sergio estaba mezclando cemento en el patio cuando vio salir a Karina. Iba muy arreglada para ser un miércoles cualquiera. Llevaba unos jeans ajustados, una blusa de flores y… ¿maquillaje? Se había delineado los ojos y puesto labial rosa.

—¿A dónde tan guapa? —preguntó Sergio, apoyándose en la pala.
Karina se sobresaltó, como si la hubieran pillado robando.
—Ay, me asustaste. Voy… voy aquí a los Baños de Vapor San Joaquín.
—¿Al vapor? —Sergio frunció el ceño—. ¿Tú? Pero si siempre dices que te baja la presión y que te da asco pisar donde pisa tanta gente.
—Pues… la Caty me convenció —dijo ella rápido, demasiado rápido—. Dice que el eucalipto es bueno para los nervios. Y como ando medio estresada con lo de la obra… pues voy a probar.

—¿Vas con la Caty?
—Sí, ahí me veo con ella. Regreso al rato. No me esperes para cenar, igual y pasamos por unos esquites.

Y se fue. Sin darle un beso. Sin mirarlo a los ojos.

Sergio se quedó parado en medio del patio, con las botas llenas de mezcla fresca. Algo en su pecho se apretó. No eran celos, se dijo. Él confiaba en ella. ¿O no?
“Se arregló mucho para ir a sudar”, pensó una voz insidiosa en su cabeza. “Y se puso el perfume caro. El que le regalé en su cumpleaños”.

Trató de ignorarlo. Siguió trabajando hasta que le dolieron los brazos. Pero cuando Karina regresó tres horas después, la duda echó raíces.
Venía radiante. Tenía la piel sonrosada, el cabello húmedo y una luz en los ojos que Sergio no veía desde hacía años. Una luz de… ¿felicidad? ¿Plenitud?

—¿Qué tal el baño? —preguntó él, escrutándola.
—¡Ay, buenísimo! —exclamó ella, esquivando su mirada y yéndose directo a la cocina—. Me siento renovada. Tenía razón la Caty, es lo mejor del mundo.

—¿Y la Caty qué cuenta?
—Bien, bien. Saludos te manda.

Mentira. Sergio lo supo en ese instante. No sabía por qué, ni cómo, pero sabía que mentía. Conocía a su esposa. Cuando Karina mentía, se le ponía roja la punta de las orejas y hablaba más agudo de lo normal.

Pasaron dos días más. Viernes por la tarde.
—Voy al vapor otra vez, Sergio. Hoy es día de vapor con hierbas medicinales.
—¿Otra vez? —Sergio soltó el martillo—. Oye, ya te gustó mucho, ¿no? Antes ni a la regadera te querías meter si no estaba hirviendo el agua, y ahora vas a meterte a un cuarto lleno de desconocidas sudadas.
—Ay, déjame en paz. Es mi único gusto —replicó ella, a la defensiva, y salió azotando la puerta.

Sergio se quedó mirando la puerta cerrada. El silencio de la casa, que antes le parecía paz, ahora le gritaba sospechas.
Se sentó en el sofá, con las manos llenas de polvo.

“¿Y si hay alguien más?”, pensó, y el pensamiento fue como un puñal.
Recordó sus largas ausencias. Semanas enteras fuera. Meses acumulados al año. ¿Qué hacía una mujer joven y sola tanto tiempo? Y con el tema del bebé… esa herida abierta.
“¿Y si encontró a alguien que sí puede? ¿Y si se cansó de un marido estéril, aunque el problema sea ella? ¿O tal vez… tal vez el problema siempre fui yo y ella solo me protegió?”.

La inseguridad masculina, esa bestia que duerme bajo la piel de los hombres duros, despertó rugiendo. Se imaginó a Karina riendo con otro. Un hombre de oficina, tal vez. Alguien con las manos suaves, que oliera a loción cara y no a diésel. Alguien que estuviera ahí todas las noches.

Sergio se levantó de un salto. La sangre le hervía en las sienes.
—Ni madres —gruñó—. A mí no me ven la cara de pendejo.

Fue a la recámara, buscó en el cajón y sacó su gorra de los Tigres del Norte para cubrirse un poco la cara. Cambió sus botas de trabajo por unos tenis silenciosos.
Salió a la calle. Vio la figura de Karina doblando la esquina, bajo la luz naranja de los faroles que apenas se encendían.

Caminaba rápido, decidida. No caminaba como quien va a relajarse. Caminaba como quien tiene una cita urgente con el destino.
Sergio escupió al suelo, se subió el cuello de la chamarra y empezó a seguirla, sin saber que cada paso lo acercaba a una verdad que lo pondría de rodillas.


PARTE 2: EL LABERINTO DE LA DUDA

CAPÍTULO 3: Sombras en el Barrio y la Cómplice Inesperada

La tarde caía sobre la colonia Obrera como una manta pesada y gris. Las nubes de lluvia se acumulaban sobre los cerros lejanos, y el viento comenzaba a levantar remolinos de polvo y basura en las esquinas. Sergio se ajustó la gorra de los Tigres del Norte hasta que la visera casi le tocaba la nariz. Se sentía ridículo, como un personaje de telenovela barata, escondiéndose detrás de un poste de luz mientras su esposa, la mujer con la que había compartido sábanas y miserias durante una década, caminaba diez metros adelante como si fuera una desconocida.

Karina no caminaba con la calma de alguien que va a relajarse a un spa. No. Caminaba con prisa, con determinación. Sus pasos repiqueteaban sobre la banqueta rota, esquivando con agilidad los puestos de piratería y a los perros callejeros que dormían la siesta. Llevaba su bolsa de plástico apretada contra el pecho, abrazándola como si llevara lingotes de oro o secretos de estado, no una toalla y un jabón “Rosa Venus”.

Sergio mantenía la distancia, el corazón martilleándole en las costillas. Cada paso era una puñalada.
No voltees, flaca, por favor no voltees —pensaba, con una mezcla de miedo a ser descubierto y un deseo perverso de que ella lo viera y todo terminara ahí mismo.

Pasaron frente a la carnicería “El Toro”, donde Don Chuy saludó a Karina con un gesto amable. Ella respondió con una sonrisa rápida, nerviosa, y apresuró el paso. Sergio se detuvo en seco detrás de un puesto de revistas, fingiendo leer la portada de un “Alarma!”.

—¿Qué traes, Karina? ¿En qué pasos andas? —murmuró Sergio, sintiendo cómo el ácido de los celos le quemaba la garganta.

La mente de un hombre celoso es el peor guionista del mundo. Mientras caminaba, Sergio no solo veía a su esposa caminando; veía películas enteras de traición. Se imaginaba que en esos baños de vapor, que tenían fama de ser de mala muerte, la esperaba alguien. Tal vez un tipo más joven. O peor, alguien con dinero. Alguien que no pasara tres semanas al mes oliendo a diésel y durmiendo en una cabina de dos metros cuadrados.

“¿Y si es por el niño?”, pensó, y esa idea fue la que casi lo hizo detenerse. La infertilidad. Esa maldita palabra que había sido el tercer pasajero en su matrimonio. Los doctores decían que era ella, pero en el barrio se decían muchas cosas. Se decía que a veces, cuando la sangre no es compatible, el cuerpo rechaza la semilla. ¿Y si ella quería probar con otro para ver si pegaba? ¿Y si su deseo de ser madre era más grande que su amor por él?

Sergio sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos. Eran veneno puro.
—No, mi Karina no es así. Ella es derecha.

Pero entonces, ¿por qué las mentiras? ¿Por qué el perfume caro para ir a sudar? ¿Por qué la prisa?

Karina dobló en la esquina de la calle Héroes de Nacozari. Al fondo, el letrero de neón de los “Baños de Vapor San Joaquín” parpadeaba con una luz rojiza, intermitente, como un ojo enfermo guiñando en la oscuridad. El edificio era viejo, de esos construidos en los setentas, con azulejos que alguna vez fueron blancos y ahora eran amarillentos por el sarro y el tiempo.

Sergio la vio detenerse en la entrada. Miró a la izquierda, miró a la derecha —un gesto furtivo que le heló la sangre a Sergio— y entró rápidamente, perdiéndose en la oscuridad del vestíbulo.

Sergio se quedó al otro lado de la calle, oculto en la sombra de un árbol de hule.
—Ya entró. Ahora a esperar.

Sacó su celular. Eran las 6:15 PM.
“Voy a esperar media hora”, decidió. “Si en media hora no sale, entro por ella aunque me saquen a patadas”.

Los minutos pasaban lentos, pegajosos. Empezó a llover, una llovizna fina y molesta, el famoso “chipi-chipi” que no moja pero empapa. Sergio se subió el cuello de la chamarra de mezclilla. Veía entrar a algunas señoras mayores con sus bolsas de mandado, y salir a otras con el cabello mojado y la cara roja. Todo parecía normal. Demasiado normal.

Entonces, a las 6:40 PM, sucedió lo imposible.

Por la misma banqueta por la que había llegado Karina, apareció una figura familiar. Caminaba despreocupada, comiéndose una bolsa de papitas con salsa, tarareando una canción y revisando su celular. No traía bolsa de baño. No traía toalla. Traía su uniforme de empleada de mostrador de la ferretería.

Era Caty.

Sergio parpadeó dos veces. No podía ser. Karina le había dicho, jurado y perjurado, que iba a verse con Caty. Que Caty la estaba esperando adentro.
Me lleva la chingada —susurró Sergio.

La ira, que hasta ese momento había sido una brasa ardiendo lento, se convirtió en un incendio forestal. Sin pensar, sin medir consecuencias, cruzó la calle sorteando un taxi verde que le pitó mentando madres.

—¡Caty! —gritó, con una voz que hizo que dos perros callejeros salieran corriendo.

La mujer dio un brinco y casi tira sus papitas. Se giró, con los ojos abiertos como platos. Al reconocer a Sergio, su expresión pasó del susto al pánico absoluto en un nanosegundo.
—¡Ay, Sergio! ¡Virgen santísima! Me vas a matar de un infarto. ¿Qué haces aquí tan temprano? Pensé que andabas en el jale.

Sergio llegó hasta ella y la tomó del brazo. No con violencia, pero con la firmeza de quien no va a aceptar cuentos chinos.
—No te hagas la tonta, Caty. ¿Qué haces aquí afuera?
—Pues… voy a mi casa, salí de la chamba. ¿Qué tiene de malo?
—¿A tu casa? —Sergio se acercó más, invadiendo su espacio personal—. Karina me dijo hace media hora que venía a verse contigo. Aquí. En los vapores. Me dijo: “Voy con la Caty”.

Caty se puso pálida. Empezó a tartamudear y a mirar hacia todos lados, buscando una salida.
—Ah… este… sí, sí. Es que… es que llegué tarde. Sí, eso. Llegué tarde y ya no entré porque se me hizo tarde para la novela. Ya ves como soy de despistada.

—¡Mientes! —Sergio apretó los dientes—. No traes ni toalla, Caty. Vienes del trabajo. Nunca quedaste de verla.
Caty bajó la mirada, mordiéndose el labio pintado de rojo.
—Sergio, por favor… no me metas en broncas.
—¡Tú te metiste sola en la bronca cuando le cubriste las espaldas a mi mujer! —Sergio sentía que le faltaba el aire—. Dime la verdad, Caty. Al chile. ¿Con quién está? ¿Quién la está esperando ahí adentro? ¿Es un vato? ¿Es alguien del barrio? ¡Dímelo!

Caty levantó la vista y, para sorpresa de Sergio, no había malicia en sus ojos, sino lástima. Una lástima profunda que le dolió más que un insulto.
—No es lo que tú crees, Sergio. Te lo juro por mi madrecita santa que no es lo que tú crees. Karina te adora. Eres su vida entera.
—¿Entonces por qué me miente en la cara? ¿Por qué me usa de pendejo?
—Porque hay cosas… hay cosas que una mujer tiene que hacer sola. Cosas que los hombres no entienden porque… porque ustedes arreglan todo a golpes o con dinero, y esto es del corazón.
—No me vengas con acertijos, Catalina. ¿Está con otro hombre o no?
—¡No! —gritó ella—. ¡No hay ningún hombre! ¡Deja de pensar tonterías!

—Entonces voy a entrar —dijo Sergio, soltándola bruscamente—. Y voy a ver con mis propios ojos qué es eso tan misterioso que “no puedo entender”.
Caty intentó agarrarlo de la manga.
—¡No entres, Sergio! ¡La vas a cagar! ¡Si entras así, vas a romper algo que no se puede arreglar! Ella te lo iba a decir… a su tiempo.
—Pues su tiempo se acabó. Se le acabó la carretera.

Sergio le dio la espalda a la amiga de su esposa y caminó hacia la entrada de los baños. Sentía el cuerpo pesado, como si llevara el tráiler cargado a cuestas. Caty se quedó atrás, gritando algo que se perdió con el ruido de un camión de la basura que pasaba, pero Sergio ya no escuchaba. Solo escuchaba el latido furioso de su corazón en los oídos: Pum-pum, pum-pum. Traición. Mentira. Traición.


CAPÍTULO 4: La Puerta Prohibida

El vestíbulo de los “Baños San Joaquín” era un viaje en el tiempo a 1980. El piso era de un granito gris opaco, las paredes estaban forradas de madera oscura y había un olor penetrante, una mezcla de humedad, cloro, eucalipto y sudor humano que se te pegaba en la ropa al instante.

Detrás de un mostrador alto, protegido por un cristal con una ventanilla circular para hablar, estaba “La Generala”. Así le decían en el barrio a Doña Lupe, la dueña. Una mujer de sesenta y tantos años, con el cabello teñido de un rojo intenso, cejas tatuadas y una verruga en la barbilla. Estaba contando monedas y anotando números en una libreta escolar, con un cigarro consumiéndose en el cenicero a su lado.

Sergio se acercó a la ventanilla. Su respiración era agitada.
—Buenas tardes —dijo, tratando de sonar civilizado, aunque por dentro quería romper el vidrio.

Doña Lupe ni siquiera levantó la vista.
—Caballeros es mañana, joven. Hoy es exclusivo damas. Lunes, miércoles y viernes damas; martes, jueves y sábado caballeros. Domingo mixto familiar. Lea el letrero.

Señaló con el dedo, sin mirar, un cartel de cartulina fluorescente pegado en la pared que decía exactamente eso.

—No vengo a bañarme, señora. Vengo por mi esposa.
Doña Lupe finalmente levantó la vista. Sus ojos, enmarcados por arrugas profundas, lo escanearon de arriba a abajo. Vio las botas de trabajo, los jeans gastados, la camisa de franela y la mirada de loco.
—Aquí no se viene a buscar esposas, mijo. Aquí se viene a sudar. Si su mujer está adentro, espérela afuera. No puede pasar.

—Es una emergencia —mintió Sergio. O tal vez no era mentira. Sentía que su vida estaba en emergencia—. Necesito hablar con ella. Se llama Karina. Entró hace media hora.

La señora soltó una risa seca, como un ladrido.
—Uy, joven. Entraron como cincuenta Karinas hoy. No soy niñera. Y le repito: está prohibido el paso a varones. Es zona de desnudez. Si usted entra, llamo a la patrulla. Y créame que el Comandante Pacheco llega en dos minutos porque le invito sus cocas.

Sergio golpeó el mostrador con la palma de la mano abierta. El sonido retumbó en el vestíbulo vacío.
—¡Mire, señora! No estoy para juegos. Sé que mi mujer está aquí. Sé que me mintió. Y sé que algo raro está pasando en su negocio.
—¿Raro? —Doña Lupe se puso de pie, y resultó ser más alta e imponente de lo que parecía sentada—. Cuidadito con lo que dices, trailero. Mi negocio es decente.

—Si es tan decente, déjeme pasar cinco minutos. La saco y me voy.
—¡Que no! —gritó ella—. ¡Lárguese o llamo a la policía!

Sergio retrocedió un paso. Miró el torniquete de metal oxidado que separaba el vestíbulo del pasillo que llevaba a las calderas y a los vapores. Era viejo. De esos que se traban si les das una patada fuerte.
Miró a Doña Lupe, que ya estaba descolgando el teléfono fijo de disco.

No había tiempo.
“Perdóname, Diosito, por lo que voy a hacer”, pensó.

Sergio no esperó. Saltó.
Apoyó las manos en el mostrador y se impulsó por encima del torniquete como si estuviera saltando una cerca. Aterrizó pesadamente del otro lado, resbalando un poco en el piso mojado.

—¡Oiga! ¡Animal! ¡Deténgase! —gritaba Doña Lupe, soltando el teléfono y agarrando una escoba como arma—. ¡Policía! ¡Auxilio!

Sergio no se detuvo. Corrió hacia el pasillo. El aire se volvió más denso y caliente a medida que avanzaba. El vapor se escapaba por debajo de las puertas, creando una atmósfera onírica y asfixiante. Las paredes sudaban gotas de condensación.
Había varias puertas. “Vapor Individual 1”, “Vapor Individual 2”, “Regaderas”, “Vapor General”.

Su corazón iba a mil por hora. ¿Dónde estaba?
Si estaba en un individual… eso confirmaría todo. Los individuales eran cuartos pequeños, privados, con camastro. El lugar perfecto para una infidelidad.
Se detuvo frente a la puerta del “Individual 3”. Escuchó ruidos. Gemidos.
Sergio sintió que se moría. La mano le temblaba tanto que apenas podía cerrar el puño.

Abrió la puerta de golpe, sin pensarlo.
—¡Te caché!

Dentro, una señora muy gorda, cubierta de barro medicinal, gritó tapándose con una toalla diminuta. Estaba sola, gimiendo de dolor mientras se daba un masaje en una pierna varicosa.
—¡Lárguese, pervertido! —chilló la mujer, lanzándole una jícara con agua.

—Perdón, perdón —balbuceó Sergio, cerrando la puerta y retrocediendo. La cara le ardía de vergüenza, pero el alivio fue momentáneo. No estaba ahí.

Siguió corriendo por el pasillo. Al fondo, había una puerta doble, grande, de metal pintado de azul, con ventanillas empañadas por el vapor blanco.
“VAPOR GENERAL”.

Ahí tenía que ser. Si no estaba en los privados con un amante, estaba en el general. Pero, ¿por qué? ¿Para qué mentir para ir al general con un montón de señoras?

Sergio llegó a la puerta doble. Podía escuchar voces del otro lado. Risas. Chapoteos de agua.
Detrás de él, escuchaba los pasos pesados de Doña Lupe que venía corriendo con la escoba, gritando insultos que harían sonrojar a un marinero.

—¡Salte de ahí, cabrón! —gritaba la dueña.

Sergio puso las manos sobre el metal caliente de la puerta. Estaba a un empujón de la verdad.
Si abría esa puerta, no había vuelta atrás. Invadir la privacidad de un baño de mujeres era delito, era inmoral, era el fin de su reputación en el barrio. Pero la necesidad de saber era más fuerte que el miedo.

“Tengo que saber si me amas o no, Karina. Tengo que saber si soy suficiente para ti”, pensó con una tristeza infinita.

Cerró los ojos un segundo, visualizó la cara de su esposa, y empujó con todo su peso.

La puerta cedió con un gemido metálico.
Una nube inmensa de vapor blanco, denso y caliente, lo golpeó en la cara, cegándolo por completo. El olor a eucalipto era tan fuerte que le picaron los ojos.
—¡Karina! —rugió Sergio hacia la niebla blanca.

El ruido dentro del cuarto cesó de golpe. El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el siseo de las tuberías de vapor.
Poco a poco, la nube blanca se fue disipando, revelando las siluetas que había dentro. Sergio parpadeó, limpiándose las lágrimas provocadas por el calor y la emoción, esperando ver lo peor. Esperando verla en brazos de otro. Esperando verla drogándose. Esperando ver el fin de su mundo.

Pero lo que vio… lo que vio fue algo para lo que ninguna de sus pesadillas lo había preparado.

En el centro del cuarto, entre la bruma, no había hombres. No había amantes.
Había niños.
Un ejército de niños pequeños, desnudos o en calzoncillos, jugando con cubetas, riendo en silencio, mirándolo con ojos grandes y asustados.
Y en medio de ellos, como una virgen en una pintura renacentista pero con ropa mojada y el cabello pegado a la cara, estaba Karina. Estaba arrodillada en el suelo, con una esponja llena de espuma en una mano, sosteniendo el brazo de una niña pequeña que temblaba de frío.

Karina levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Sergio.
En ese momento, el tiempo se detuvo. No había ira en la mirada de ella. Había miedo, sí. Pero sobre todo, había una vergüenza profunda, la vergüenza de quien ha sido descubierto haciendo algo prohibido, aunque ese “algo” no fuera lo que él pensaba.

—¿Sergio? —susurró ella, y su voz sonó pequeña en la inmensidad del cuarto de azulejos.

Sergio se quedó petrificado en el umbral, con Doña Lupe llegando a sus espaldas, jadeando, lista para golpearlo con la escoba. Pero incluso la furia de la dueña se detuvo al ver la escena.
El trailero bajó los brazos. La rabia se evaporó, reemplazada por una confusión total y absoluta.
—¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó él, con la voz rota.

Y así, entre el vapor y el olor a jabón barato, la verdad comenzó a emerger, una verdad mucho más dolorosa y hermosa que cualquier traición que él hubiera podido imaginar.


PARTE 3: ENTRE EL VAPOR Y LA VERDAD

CAPÍTULO 5: El Juicio del Silencio

El tiempo tiene una forma extraña de comportarse cuando uno se enfrenta a lo inesperado. A veces corre como agua, y otras, como en ese preciso instante dentro del “Vapor General”, se congela, volviéndose espeso y pesado como la misma niebla que llenaba la habitación.

Sergio estaba parado ahí, con el pecho subiendo y bajando violentamente, los puños todavía apretados por una inercia de violencia que ya no tenía a dónde ir. El sonido de su respiración agitada era lo único que competía con el siseo constante de las tuberías viejas. Frente a él, la escena era un cuadro surrealista: Karina, su esposa, su “flaca”, arrodillada en el suelo de mosaicos resbalosos, empapada de pies a cabeza, sosteniendo una esponja amarilla llena de espuma. Y alrededor de ella, como pollitos asustados buscando el calor de la gallina, una docena de niños y niñas lo miraban con ojos inmensos, llenos de terror.

No había ningún amante. No había ningún “Sancho”. No había traición carnal.
Había pobreza. Había necesidad. Y había una ternura que golpeó a Sergio en la cara más fuerte que cualquier puñetazo.

—¿Qué… qué es esto? —repitió Sergio, pero su voz salió como un graznido, despojada de toda la furia de hace unos segundos.

Detrás de él, Doña Lupe llegó derrapando, frenando su carrera con la escoba en alto.
—¡Ahora sí te va a cargar el payaso, desgraciado! —gritó la dueña, lista para asestarle un golpe en la cabeza—. ¡Salte o te…!

Pero la amenaza murió en su garganta cuando vio la postura de Sergio. Ya no era el toro bravo que había saltado el torniquete. Ahora parecía un niño regañado, un gigante de barro desmoronándose bajo la lluvia.

Karina se puso de pie lentamente. El agua le escurría por la ropa —una camiseta vieja de propaganda política y unos shorts de licra—. Se pasó una mano por la cara para quitarse el pelo mojado de los ojos. No estaba enojada. Estaba… triste. Una tristeza profunda y resignada.

—No le pegue, Doña Lupe —dijo Karina con voz suave, protegiendo instintivamente a la niña que estaba bañando—. Es mi esposo. Es Sergio.

Los niños, al escuchar la palabra “esposo”, parecieron relajarse un poco, aunque seguían pegados a las paredes del cuarto de vapor.
Una de las niñas más grandes, de unos siete años, con el cabello cortado a trasquilones, susurró:
—¿Nos va a pegar?

Esa pregunta, lanzada al aire con la inocencia brutal de quien ya conoce la violencia, perforó el corazón de Sergio.
—No, mija… no —balbuceó él, retrocediendo un paso, sintiendo que sus botas de trabajo ensuciaban la pureza de ese momento—. Yo no… yo solo buscaba a…

De pronto, desde la esquina más oscura del vapor, donde la niebla era más densa, emergió una figura pequeña y encorvada. Era una mujer anciana, vestida con un hábito gris desgastado y arremangado hasta los codos, dejando ver unos brazos flacos y nervudos. Llevaba una cofia sencilla en la cabeza.

Era Sor Gertrudis, la Madre Superiora.
La monjita se acercó a Sergio con una autoridad que no correspondía a su metro y medio de estatura. Lo miró a los ojos con una severidad que hizo que Sergio quisiera esconderse debajo de las piedras.

—Joven —dijo la monja, con voz rasposa pero firme—. Usted acaba de interrumpir un acto de caridad con la delicadeza de un elefante. ¿Se puede saber qué demonios cree que está haciendo? Y perdone mi lenguaje, pero Dios sabe que la paciencia no es mi virtud hoy.

Sergio miró a la monja, miró a Karina, miró a Doña Lupe que seguía con la escoba en la mano pero ya bajándola lentamente.
—Madre… yo… pensé que… —Sergio no podía decirlo. ¿Cómo decir en voz alta, frente a esos niños y esa monja, que pensaba que su mujer era una cualquiera? La vergüenza le quemaba las orejas.

Karina dio un paso adelante, rompiendo la tensión.
—Sergio, salte. Por favor. Estás asustando a los niños. Espérame afuera. Ahorita salgo y te explico.

—No —dijo Sergio. No quería irse. Sentía que si salía de ahí, la realidad volvería a distorsionarse. Necesitaba entender—. No me voy a ir hasta que me digas qué pasa aquí. ¿Por qué me mentiste? ¿Por qué te escondes?

Doña Lupe resopló, guardando su escoba.
—¡Ay, qué necios son los hombres, caray! Siempre pensando con lo de abajo o con el hígado. Mira, muchacho, vamos a la oficina. Aquí no se puede hablar y los chamacos se me van a enfriar si seguimos con la puerta abierta. ¡Ande! ¡Camine!

La dueña lo empujó, literalmente, hacia el pasillo. Sergio se dejó llevar, pero no sin antes mirar a Karina una última vez. Ella le devolvió una mirada que era una mezcla de súplica y decepción.
—Ve, Sergio. Termino de enjuagar a Sofi y voy.

Sergio salió del vapor como un sonámbulo. El cambio de temperatura en el pasillo lo hizo estremecerse. Caminó detrás de Doña Lupe hasta una pequeña oficina abarrotada de papeles, cajas de jabón y un ventilador que hacía un ruido infernal.

—Siéntese ahí y no toque nada —ordenó Doña Lupe, señalando una silla de plástico blanca que tenía una pata reparada con cinta canela.

Sergio se sentó, con las manos entre las rodillas, mirando el suelo de linóleo gastado. Su mente era un torbellino. Había pasado de la furia asesina a la confusión total, y de ahí a una culpa que le pesaba en el estómago como plomo derretido.
“¿Niños del orfanato?”, pensó. “¿Por qué Karina no me dijo? ¿Por qué hacerlo a escondidas como si fuera un crimen?”.

Minutos después, la puerta se abrió. Entró Karina, ya seca, vestida con sus jeans y su blusa de flores, aunque el cabello seguía húmedo y pegado al cráneo. Detrás de ella entró la monjita, Sor Gertrudis.

Karina se sentó en otra silla frente a él. No lo tocó. No le tomó la mano. Se sentó con las manos juntas en el regazo, como esperando una sentencia.
—Perdón por el susto, Sergio —dijo ella, rompiendo el silencio.

Sergio levantó la vista. Tenía los ojos vidriosos.
—No me pidas perdón tú a mí, Karina. Yo soy el animal que entró pateando puertas. Pero… —tragó saliva—. Necesito entender. La cabeza me da vueltas. Pensé que tenías a otro. Te lo juro, pensé que me estabas viendo la cara.

Karina sonrió tristemente y negó con la cabeza.
—Ay, Sergio… ¿cuándo vas a entender que para mí no hay otro?
—Entonces explícame. ¿Por qué el secreto? ¿Por qué mentirme a mí, a tu marido?

Sor Gertrudis carraspeó, tomando la palabra.
—Si me permite, señor Sergio… creo que la culpa es un poco mía y de la Providencia.

CAPÍTULO 6: Las Tuberías Rotas del Alma

La pequeña oficina olía a café recocido y a tabaco mentolado. Sor Gertrudis se acomodó el hábito y miró a Sergio con una mezcla de severidad y compasión.

—Verá, joven —comenzó la monja—, yo dirijo la Casa Hogar “Pequeños Milagros”, aquí a tres cuadras, en la calle de Doctor Balmis. Es una casa vieja, donada por una viuda hace treinta años. El edificio se cae a pedazos, literalmente. El gobierno nos da una miseria, y con lo que juntamos vendiendo rompopo y galletas apenas sale para los frijoles y el arroz.

Sergio asintió, escuchando con atención, aunque su mirada no se despegaba de Karina.

—Hace tres semanas —continuó la madre—, la bomba de agua tronó. Y no solo la bomba; las tuberías son de plomo y fierro viejo, se reventaron por la presión. Nos quedamos secos. Ni una gota de agua, Sergio. Ni para los baños, ni para lavar la ropa, ni para bañar a los veinticinco niños que tenemos.

—¿Y no pidieron pipas? —preguntó Sergio, instintivamente buscando soluciones prácticas, como buen trailero.

—¡Claro que pedimos! —intervino Doña Lupe desde su escritorio—. Pero las pipas cuestan, mijo. Y el municipio dice que “está en trámite”. Mientras tanto, los chamacos llevaban días sin bañarse. Empezaron a salirles granos, piojos… una cosa triste.

Karina tomó la palabra entonces. Su voz era baja, pero firme.
—Yo me encontré a la Madre Gertrudis en el mercado hace dos semanas. La vi comprando jabón zote y contando las monedas para ver si le alcanzaba. Me acerqué a saludarla, porque mi mamá —que en paz descanse— siempre le ayudaba. Y me contó. Me contó que los niños lloraban por la comezón. Que olían mal y que en la escuela se burlaban de ellos.

Karina hizo una pausa, y Sergio vio cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Sergio, tú sabes cómo soy. No puedo ver sufrir a un niño. Se me parte el alma. Así que se me ocurrió venir a ver a Doña Lupe.
—Karina llegó aquí casi llorando —dijo Doña Lupe, encendiendo otro cigarro—. Me dijo: “Lupe, por el amor de Dios, préstanos el vapor. Yo limpio, yo tallo, yo pago el gas si quieres, pero deja que se bañen”. Yo soy dura, Sergio, el negocio es el negocio, pero tampoco tengo piedra en el pecho. Le dije que sí, pero que tenía que ser a escondidas, en horas muertas, porque si mis clientas “fifís” se enteran de que meto a niños de la calle, me dejan de venir.

Sergio se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos cansados. Todo tenía sentido ahora. La lógica era aplastante. Pero seguía faltando una pieza. La pieza más importante.

—Entiendo todo eso, flaca —dijo Sergio, inclinándose hacia adelante—. Entiendo que eres buena, que tienes un corazón de oro. Eso no me sorprende. Lo que no entiendo es… ¿por qué no me dijiste? Yo te hubiera ayudado. Yo hubiera traído una pipa con el camión. Hubiera venido a cargar cubetas. ¿Por qué escondérmelo como si fuera un pecado?

El silencio volvió a caer en la habitación. Esta vez, fue un silencio denso, doloroso. Karina bajó la mirada a sus manos, entrelazando los dedos hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Porque me daba vergüenza, Sergio —susurró ella.

—¿Vergüenza? ¿De ayudar?
—No. Vergüenza de mí. Vergüenza de mi cuerpo fallido.

Sergio se quedó helado.
—¿De qué hablas?

Karina levantó la vista y, por primera vez en años, Sergio vio el fondo de su dolor. No era solo tristeza; era una herida abierta, supurante.

—Sergio… tú sabes cuánto hemos sufrido por no poder tener hijos. Sabes cuántas noches he llorado sintiéndome menos mujer, sintiendo que te fallé. Cuando me encontré a la Madre y vi a esos niños… sentí una necesidad física de cuidarlos. No fue solo caridad. Fue egoísmo, Sergio.

Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Karina, dejando surcos brillantes.
—Yo quería sentir qué se siente ser mamá, aunque fuera por un ratito. Quería saber qué se siente tallarle la espalda a un niño, secarle el pelo, ponerle crema, que te abracen y te digan “gracias”. Pero me daba pánico que tú lo supieras.

—¿Pánico de mí? —Sergio sintió un dolor agudo en el pecho.

—Pánico de lo que pensarías. Pensé que me dirías: “Karina, deja de torturarte”. O peor, que pensarías que me volví loca, que estoy jugando a las muñecas con niños de verdad para llenar mi vacío. Pensé que te daría lástima verme así, mendigando amor de hijos ajenos. No quería que me vieras con lástima, Sergio. Quería que me siguieras viendo como tu esposa fuerte, no como la mujer estéril que se consuela bañando huérfanos.

Sergio sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se había sentido el protagonista de una tragedia de celos, el macho ofendido, cuando en realidad, había sido un espectador ciego del drama interno de su mujer.
Él pensaba en su hombría, en su “sangre”, en su apellido. Ella pensaba en dar amor, aunque ese amor no llevara su ADN.

La pequeñez de sus celos comparada con la magnitud de la compasión de Karina lo hizo sentir minúsculo. Se levantó de la silla. Doña Lupe y la monja se tensaron, esperando tal vez otro grito, pero Sergio hizo lo único que un hombre de verdad podía hacer en ese momento.

Se arrodilló.
Ahí, en el suelo sucio de linóleo, entre cajas de jabón y colillas de cigarro, Sergio se arrodilló frente a su esposa y le tomó las manos.

—Perdóname, mi vida. Perdóname por ser tan bruto. Perdóname por ser tan ciego —dijo Sergio, con la voz quebrada, llorando sin importarle quién lo viera—. Yo aquí pensando pendejadas, pensando que te habías cansado de mí, y tú… tú estabas dando lo que a nosotros nos falta.

Karina se inclinó y lo abrazó, enterrando la cara en su cuello. Lloraron juntos, un llanto que limpiaba años de silencios, de diagnósticos médicos fríos, de pruebas de embarazo negativas, de soledad compartida.

Sor Gertrudis se sonó la nariz con un pañuelo de tela ruidoso.
—Bueno, bueno —dijo la monja, con los ojos rojos—. Ya mucho drama, ¿no? Aún quedan tres niños con jabón en la cabeza y yo tengo artritis en las manos. Si ya terminaron su escena de telenovela, ¿nos van a ayudar o qué?

Sergio se separó de Karina, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y soltó una risa nerviosa. Miró a la monja.
—Madre, usted manda. ¿Qué hay que hacer?

—Pues arremánguese esa camisa, joven —ordenó la monja—. Y usted, Karina, deje de llorar que se le hinchan los ojos. Vamos, que el agua caliente no es eterna y el gas está caro.

Sergio se puso de pie, ayudó a Karina a levantarse y la besó en la frente. Fue un beso casto, pero cargado de una promesa nueva.
—Vamos a terminar lo que empezaste, flaca. Juntos.

Regresaron al vapor. La niebla seguía ahí, pero ya no parecía amenazante. Ahora parecía un refugio.
Los niños seguían esperando. Sergio vio a uno en particular, un niño morenito, flaco como una vara, que tiritaba de frío. Sin pensarlo, se quitó la camiseta de franela, quedándose en su camiseta interior de tirantes.

—A ver, campeón —dijo Sergio, con su voz de trailero, pero suave—. Vente pa’cá. Vamos a quitarte esa mugre para que quedes rechinando de limpio.

Karina lo miró desde el otro lado del cuarto, donde ya estaba enjuagando a otra niña. Le sonrió. Y en esa sonrisa, Sergio vio algo que no había visto en diez años: esperanza. No la esperanza tonta de “a ver si el próximo mes pega”, sino una esperanza real, tangible, hecha de agua, jabón y risas de niños que no eran suyos, pero que en ese momento, se sentían como si lo fueran.

—Oye, viejo —le gritó Karina sobre el ruido del agua.
—¿Qué pasó?
—Tallas bien. Tienes mano suave para ser trailero.

Sergio rió, con la espuma hasta los codos.
—Es que trato al camión con cariño, flaca. Y estos chavos valen más que cualquier camión.

Esa tarde, en un baño público de mala muerte, Sergio no solo lavó la suciedad de unos huérfanos. Lavó también sus propios prejuicios, su egoísmo y la idea equivocada de que ser padre es solo poner una semilla. Entendió, mientras le tallaba las orejas a aquel niño desconocido, que padre es el que cuida, el que protege, el que está. Y él, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde tenía que estar.


PARTE 4: UN NUEVO DESTINO

CAPÍTULO 7: Lazos de Espuma y la Niña de los Ojos Tristes

El cuarto de vapor, que apenas una hora antes parecía el escenario de una tragedia de celos, se había transformado en un parque acuático improvisado. El aire denso y caliente ya no asfixiaba a Sergio; ahora se sentía como un abrazo.

Sergio, el trailero rudo que había cruzado la frontera norte enfrentando narcos y federales sin pestañear, estaba ahora sentado en un banco de plástico rosa que crujía peligrosamente bajo su peso, con una camiseta de tirantes empapada pegada al pecho. Sus manos, grandes y callosas, acostumbradas a cambiar llantas de tráiler y manejar cadenas de acero, se movían con una delicadeza sorprendente sobre la cabecita de un niño llamado Carlitos.

—A ver, mi “Chicharito”, cierra los ojos que ahí va el enjuague —decía Sergio, echándole agua con una jícara roja.
El niño cerraba los ojos con fuerza, haciendo muecas, y cuando el agua pasaba, soltaba una carcajada chimuela.
—¡Otra vez, señor Oso! ¡Otra vez!

“Señor Oso”. Así lo habían bautizado los niños en cuestión de minutos. Tal vez por su tamaño, por su voz grave o por la barba de tres días que le raspaba un poco. A Sergio, ese apodo le supo a gloria. Le supo mejor que cualquier “Jefe” o “Patrón” que le hubieran dicho en su vida.

Al otro lado del cuarto, Karina coordinaba la operación como una generala amorosa. Envolvía a los niños en toallas ásperas (cortesía de la tacaña pero noble Doña Lupe), les secaba los pies y les ponía crema en los codos resecos.
Sergio la observaba de reojo mientras tallaba. La veía cansada, sí, con el rímel corrido y el pelo hecho un desastre, pero nunca la había visto tan hermosa. Brillaba. Esa sombra de tristeza que había oscurecido su rostro durante dos años había desaparecido, lavada por el vapor y las risas.

—Oiga, señor Oso —dijo una vocecita tímida a su lado.

Sergio volteó. Era la niña que había visto al principio, la que Karina protegía cuando él entró pateando la puerta.
Era pequeñita, tal vez de cuatro o cinco años. Tenía el cabello negro, lacio y mojado cayéndole sobre la cara, y unos ojos enormes, oscuros y profundos como dos pozos de agua. Estaba parada abrazándose a sí misma, tiritando un poco, sosteniendo una barra de jabón “Zote”.

—¿Qué pasó, mija? —preguntó Sergio, bajando la voz instintivamente para no asustarla.
—Es que… no alcanzo mi espalda. Y la Madre Gertrudis está ocupada con Beto.
—No te apures, chaparrita. Para eso estamos. Ven acá.

Sergio tomó la esponja, le puso jabón y comenzó a tallar suavemente la espaldita de la niña. Era tan frágil. Sus huesitos se marcaban bajo la piel morena. Sergio sintió un nudo en la garganta. ¿Cómo era posible que una criatura tan pequeña estuviera sola en el mundo? ¿Quién podía abandonar algo así?

—¿Cómo te llamas? —le preguntó, tratando de distraerse del dolor que sentía por ella.
—Sofía —dijo ella bajito—. Pero me dicen Sofi.
—Mucho gusto, Sofi. Yo soy Sergio. Pero tú dime Oso si quieres.

La niña se rió. Fue una risa cortita, tímida, pero a Sergio le pareció el sonido más bonito del mundo.
—Oye, Oso… ¿tú eres el papá de Karina?
Sergio se detuvo un segundo. La pregunta lo agarró en curva.
—No, mija. Soy su esposo. Su marido.
—Ah… —Sofi pareció pensarlo un momento—. ¿Y tienen hijos?

La pregunta maldita. La pregunta que siempre hacía que Sergio se pusiera a la defensiva o que Karina llorara. Pero aquí, en medio del vapor, rodeado de niños ajenos, la respuesta salió natural, sin dolor.
—No, Sofi. Diosito no nos mandó ninguno.
—Ah… —Sofi se quedó callada mientras él le enjuagaba el jabón—. A mí tampoco me mandó papás. Bueno, sí me mandó, pero se fueron al cielo en un choque. Y mi abuelita dijo que yo comía mucho y no podía tenerme. Por eso vivo con las monjitas.

La crudeza de la confesión infantil, dicha con esa naturalidad espantosa, rompió algo dentro de Sergio. El “click” fue audible en su alma.
Sintió una oleada de calor que no venía de la caldera. Sintió una rabia inmensa contra esa abuela desconocida, y al mismo tiempo, un deseo protector tan fuerte que le dieron ganas de envolver a Sofi en sus brazos y no soltarla nunca.

—Pues tu abuelita estaba bien mensa, con todo respeto —dijo Sergio, con la voz ronca—. Tú eres una niña muy valiosa, Sofi.
La niña se volteó y lo miró a los ojos.
—¿De verdad?
—De verdad. Te lo dice el Oso, y los osos no mienten.

Sofi sonrió y, sin previo aviso, se adelantó y le dio un abrazo mojado, pegando su carita contra el pecho peludo de Sergio.
—Hueles a jabón y a… a papá —susurró la niña.

Sergio se quedó congelado. Levantó la vista y vio que Karina los estaba mirando desde el otro lado. Ella tenía las manos en la boca y los ojos llenos de lágrimas. Sergio no pudo contenerse más. Una lágrima solitaria, pesada, rodó por su mejilla y se mezcló con el agua del baño.
Abrazó a la niña con sus brazos enormes, con cuidado, como si estuviera sosteniendo una figura de cristal.

En ese momento, entre el olor a eucalipto y humedad, Sergio entendió todo. Entendió que la sangre es un pretexto. Entendió que el ADN es un manual de instrucciones biológico, pero que el amor… el amor es lo que construye.
Se dio cuenta de que había pasado años llorando por el hijo que no venía, cuando había hijos que ya estaban aquí, llorando por el padre que no llegaba.

—¡Bueno, ya estuvo suave! —tronó la voz de Sor Gertrudis, rompiendo el momento mágico con su pragmatismo habitual—. ¡Sofi, ya te arrugaste como pasita! ¡Sálganse todos que ya se va a acabar el gas y Doña Lupe nos cobra extra!

El caos organizado del secado comenzó. Sergio ayudó a vestir a los niños. Poner calcetines en pies húmedos, abotonar camisas deslavadas que les quedaban grandes o chicas, peinar remolinos rebeldes.
Era un trabajo duro. Mucho más duro que manejar un tráiler 12 horas seguidas. Pero Sergio no se sentía cansado. Se sentía útil. Se sentía vivo.

Cuando salieron de los baños, ya era de noche. La lluvia había parado y el aire fresco de la calle golpeó sus rostros encendidos.
Una camioneta van vieja y despintada, propiedad del orfanato, esperaba afuera. Un voluntario anciano estaba al volante.

Llegó el momento de la despedida.
Los niños subieron en fila. Carlitos, el niño chimuelo, le chocó la mano a Sergio.
—¡Adiós, Oso!
—Adiós, campeón. Pórtate bien.

Y luego vino Sofi.
Ya estaba vestida con un pants rosa deslavado y una sudadera gris. Se paró frente a Sergio y Karina.
Karina se agachó y le dio un beso en la frente.
—Nos vemos luego, mi amor.
—¿Vas a venir el viernes? —preguntó Sofi con esperanza.
—Claro que sí. Te lo prometo.

Luego Sofi miró a Sergio. Él se agachó a su altura, hincando una rodilla en la banqueta sucia.
—Oso… ¿tú también vas a venir?
Sergio sintió que el corazón se le hacía pasita.
—No sé si pueda, mija. Tengo que trabajar…
La carita de Sofi se entristeció, como una flor que se cierra sin sol.
—Ah… bueno. Adiós.

Se dio la vuelta y corrió a la camioneta.
Sergio se quedó ahí, arrodillado, viendo cómo la puerta corrediza se cerraba. Vio la carita de Sofi pegada a la ventana, empañando el vidrio con su aliento, saludando con su manita pequeña hasta que la camioneta dobló la esquina y desapareció en la oscuridad de la colonia Obrera.

El silencio que dejaron atrás fue ensordecedor.
Karina y Sergio se quedaron parados en la banqueta, bajo la luz amarilla del alumbrado público. Doña Lupe ya había cerrado la cortina metálica de los baños, contando sus ganancias del día.

Sergio se puso de pie lentamente. Le dolían las rodillas y la espalda, pero el dolor más fuerte estaba en el pecho. Un vacío nuevo. No el vacío viejo de la infertilidad, sino el vacío de haber tenido algo maravilloso en los brazos y haberlo dejado ir.

—Tengo hambre —dijo Sergio, rompiendo el silencio, aunque en realidad tenía el estómago cerrado.
Karina lo miró, entendiendo perfectamente que él no hablaba de comida.
—Vamos a los tacos de la esquina, viejo. Invito yo.

Caminaron juntos, tomados de la mano. Pero esta vez, el agarre era diferente. Ya no era la mano de una pareja que se consuela; era la mano de dos cómplices que acaban de descubrir un secreto que les cambiará la vida.


CAPÍTULO 8: El Milagro del Amor y el Camino a Casa

La taquería “El Paisa” estaba llena, como siempre un viernes por la noche. El olor a carne al pastor, piña, cilantro y salsa roja llenaba el aire. La música de banda sonaba a todo volumen desde una rockola vieja.
Sergio y Karina se sentaron en una mesa de plástico en la banqueta. Pidieron diez tacos con todo y dos refrescos de cola en botella de vidrio.

Comieron en silencio durante los primeros minutos. Sergio miraba su taco como si fuera un jeroglífico que necesitaba descifrar.
Karina lo observaba con cautela. Tenía miedo. Miedo de que la magia del vapor se hubiera disipado con el aire frío. Miedo de que Sergio, ahora que estaba “en el mundo real”, volviera a ser el macho tradicional que necesita que su hijo lleve su sangre.

—Estuvo… intenso, ¿no? —dijo ella, probando el terreno.
Sergio masticó lentamente, tragó y le dio un trago largo a su refresco. Se limpió la boca con una servilleta de papel delgada.
—Intenso se queda corto, Karina. Estuvo cabrón.

Karina bajó la mirada.
—Perdón si te incomodó. Sé que no es lo tuyo. Yo sé que tú querías un hijo propio, y ver a esos niños que no son nada nuestro…
—Cállate, Karina —la interrumpió Sergio, pero sin agresividad. Fue una orden suave—. Deja de poner palabras en mi boca que no he dicho.

Sergio se recargó en la silla, cruzando los brazos. Miró hacia la calle, donde pasaban los coches.
—¿Sabes qué pensé cuando iba persiguiéndote? —confesó él—. Pensé que te habías buscado a otro porque yo no servía. Pensé que mi “hombría” no valía nada porque no podía embarazarte. Me sentía menos hombre, Karina.

—Sergio, tú eres el hombre más hombre que conozco…
—Espérate, déjame terminar. Hoy, cuando estaba ahí adentro, bañando al Carlitos y platicando con la Sofi… me di cuenta de una cosa. Me di cuenta de que soy un pendejo.
Karina abrió los ojos, sorprendida.
—Llevo diez años obsesionado con mi apellido, con mi sangre. “Que los genes de los García”, “que la nariz de mi abuelo”. Puras tonterías. ¿De qué me sirve mi sangre si se va a morir conmigo?

Sergio se inclinó sobre la mesa, tomando las manos de su esposa entre las suyas, ignorando la grasa de los tacos.
—Esa niña, Sofi… cuando me abrazó… sentí lo mismo que sentí el día que me casé contigo. Sentí que llegué a casa.

Karina sintió que el corazón se le salía del pecho.
—¿Qué estás diciendo, Sergio?
—Estoy diciendo que la casa está muy grande, Karina. El cuarto de atrás, el que uso para guardar mis herramientas y tiliches… está bastante amplio. Si le damos una mano de pintura, esa rosa que le gustó a la niña, y le ponemos una cama…

Karina se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo.
—Sergio… ¿hablas en serio? Adoptar es difícil. Piden muchos papeles. Somos pobres. Tú eres trailero, yo soy ama de casa… el DIF es muy estricto.
—¡Que chinguen a su madre los papeles! —exclamó Sergio, golpeando la mesa y haciendo saltar la salsa—. Yo trabajo doble si hace falta. Vendo el Tsuru viejo. Me aviento las rutas a Alaska si pagan mejor. No me importa. Tenemos casa propia, no tenemos deudas grandes, somos gente decente.

La mirada de Sergio ardía con una determinación que Karina no había visto ni cuando él defendía su camión de asaltantes.
—Esa niña no tiene a nadie, Karina. Dijo que su abuela la tiró como basura. ¡Nadie le hace eso a una niña mientras yo respire! Ella nos necesita. Y la neta… yo la necesito a ella. Ya no quiero llegar a una casa silenciosa. Ya no quiero que me digas que hace frío cuando te llamo por teléfono. Quiero que haya ruido, quiero juguetes tirados en la sala, quiero que me digan “Papá Oso”.

Karina se levantó de la silla, rodeó la mesa y se sentó en las piernas de Sergio, abrazándolo frente a todos los taqueros y comensales. Lloraba abiertamente, sin vergüenza.
—Te amo, te amo, te amo —repetía ella entre besos—. Gracias por ser así. Gracias por tener ese corazón tan grandote que no te cabe en el pecho.

Los taqueros, acostumbrados a ver borrachos y pleitos, se quedaron mirando la escena. El parrillero sonrió y le guiñó un ojo a Sergio.
—¡Eso es todo, pariente! ¡Viva el amor!

Sergio abrazó a su mujer, oliendo todavía el leve rastro de eucalipto en su cabello.
—Mañana mismo vamos, flaca. Mañana vamos a hablar con la Madre Gertrudis y con quien tengamos que hablar. Esa niña se viene con nosotros. Es una promesa.


SEIS MESES DESPUÉS

El Kenworth T680 brillaba bajo el sol del mediodía en un paradero cerca de Guadalajara. Sergio acababa de terminar de lavar el parabrisas y estaba revisando el aceite antes de seguir la ruta hacia el norte.

Su celular sonó. Videollamada.
Sergio se secó las manos rápidamente en el pantalón y contestó, acomodando el teléfono en el tablero.
La pantalla se iluminó con la imagen de la sala de su casa. Ya no era la sala húmeda y triste de antes. Las paredes estaban pintadas de un color durazno cálido, y había un piso de loseta brillante. Pero lo mejor no era la casa.

En la pantalla aparecieron dos caras pegadas a la cámara.
—¡Hola, Papá Oso! —gritó Sofi, mostrando una sonrisa chimuela (se le había caído un diente de leche la semana pasada).
—¡Hola, mi amor! —respondió Sergio, y su cara de trailero rudo se derritió en una sonrisa boba—. ¿Cómo te portaste en la escuela?
—¡Bien! La maestra dijo que dibujo muy bonito. Hice un dibujo para ti.

Karina apareció detrás de la niña, radiante, con un brillo en los ojos que iluminaba toda la habitación.
—Enséñaselo, mija.

Sofi levantó una hoja de cuaderno arrugada hacia la cámara. Era un dibujo hecho con crayolas, lleno de colores. Había un camión gigante (que parecía más una caja de zapatos con ruedas), un sol con lentes oscuros y tres figuras de palitos tomadas de la mano.
Debajo de las figuras, con letras chuecas y coloridas, decía:
“MAMÁ, SOFI Y PAPÁ OSO”.

—Está hermoso, hija. Lo voy a pegar aquí en el tablero, junto a la Virgencita —dijo Sergio, con la voz quebrada por la emoción.

—¿Cuándo vienes, papá? —preguntó la niña.
—Ya mérito. Pasado mañana estoy ahí para llevarte por un helado.
—¡Siiiii! ¡De chocolate!

Karina tomó el teléfono.
—Te amamos, viejo. Con cuidado en la carretera.
—Y yo a ustedes, mis reinas. Son mi motor.

Sergio colgó la llamada. Se quedó mirando la pantalla negra un momento, sonriendo como un tonto. Luego, miró el asiento del copiloto. Ya no estaba vacío. Había una muñeca de trapo vieja sentada ahí, cuidándole el lugar.
Arrancó el motor. El rugido del diésel sonó poderoso, pero ya no sonaba a soledad. Sonaba a futuro.

Sergio metió primera y el tráiler comenzó a moverse.
Había pasado años buscando su destino en mapas de carretera, pensando que su felicidad estaba al final de un viaje largo o en una cuenta de banco. No sabía que su destino estaba mucho más cerca, escondido entre el vapor de un baño público, en los ojos tristes de una niña que solo necesitaba que alguien fuera su Oso.

A veces, la vida te quita lo que quieres para darte lo que necesitas. Y a Sergio, la vida le había dado el viaje más hermoso de todos: el viaje de regreso a casa, donde ya no hacía frío.

FIN

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