
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA SANGRE EN EL ASFALTO Y EL AVISO DE LA VIRGEN
Eran las 5:30 de la mañana y la Ciudad de México todavía dormía bajo esa capa gris de smog y neblina que cubre las Lomas de Chapultepec antes de que salga el sol. Me desperté antes de que sonara la alarma, con ese sabor metálico en la boca que te deja el estrés acumulado de meses. No era un día cualquiera; hoy era el día.
Me quedé unos minutos mirando el techo alto de mi recámara, escuchando la respiración pesada de Marisol a mi lado. Llevábamos diez años casados, pero la distancia entre nosotros en esa cama king size se sentía de kilómetros. Ella dormía con un antifaz de seda, ajena a la guerra que yo libraba todos los días para mantener su estilo de vida: los viajes a Europa, las camionetas del año, las bolsas que costaban lo que una familia promedio gana en dos años.
Me levanté con cuidado para no despertarla. Si Marisol se despertaba de malas, el día entero se iba al carajo. Caminé descalzo sobre la alfombra persa hasta el baño principal. Me eché agua fría en la cara y me miré al espejo. Las ojeras no mentían. A mis 42 años, Silvestre Roca ya no era el chavo hambriento que vendía enciclopedias de puerta en puerta en la Colonia Roma. Ahora era “Don Silvestre”, el cofundador de Grupo Roca, uno de los desarrolladores inmobiliarios más cabrones del país. Pero los ojos… los ojos se veían cansados.
—Hoy se cierra, cabrón. Hoy coronamos —me dije a mí mismo, tratando de creérmelo.
La reunión era en Santa Fe a las 8:00 AM. Inversionistas texanos. “Gringos con lana”, como decía mi compadre Beto. Iban a soltar una inyección de capital que nos permitiría construir el rascacielos más alto de Reforma. Era la jugada de mi vida. Todo, absolutamente todo mi patrimonio y mi reputación, estaba apostado en esa mesa.
Me rasuré con navaja, con el pulso firme, y me puse el traje azul marino que me había llegado de Italia la semana pasada. La corbata roja, el reloj Patek Philippe que me regalé cuando hicimos el primer millón. Me vestí como un guerrero que se pone la armadura. Tenía que proyectar poder. Tenía que oler a éxito.
Bajé las escaleras de mármol de la mansión. La casa estaba en silencio, ese silencio caro y estéril de las casas grandes donde la gente ya no se habla. Mi plan era simple: un café rápido, subirme a la Suburban blindada, y que Chuy, mi chofer de confianza, le metiera pata para ganarles al tráfico del Periférico.
Pero al llegar al vestíbulo, el plan se fue al diablo.
Ahí estaba Juana.
Juana no era como las otras empleadas que Marisol contrataba y despedía como si fueran pañuelos desechables. Juana era una mujer de unos cincuenta años, bajita, de piel color barro y manos fuertes, manos de quien ha trabajado la tierra. Venía de un pueblo en la sierra de Oaxaca y apenas llevaba seis meses con nosotros, pero había algo en ella… una dignidad silenciosa que me recordaba a mi abuela.
Estaba hincada.
No estaba limpiando el piso. Estaba hincada justo en medio del paso, bloqueando la puerta principal, con las manos juntas a la altura del pecho y la cabeza gacha. El cuerpo le temblaba como si tuviera fiebre.
—Buenos días, Juana —dije, extrañado, revisando mi celular—. ¿Qué haces ahí? ¿Se te perdió algo?
Ella no contestó de inmediato. Escuché un sollozo ahogado. Me detuve en seco. Guardé el celular en el saco. —¿Juana? —pregunté, ya con otro tono—. ¿Te sientes mal? ¿Te hicieron algo?
Levantó la cara y lo que vi me heló la sangre más que el aire acondicionado. Tenía los ojos hinchados, rojos, inyectados de pánico. Lágrimas gordas le rodaban por las mejillas marcadas.
—Patrón… —su voz era un hilo, un susurro rasposo—. Por lo que más quiera… por la vida de su madre santa… no cruce esa puerta.
Solté una risa nerviosa. —¿De qué hablas, mujer? Tengo prisa. Se me hace tarde para la reunión. Quítate, por favor.
—¡No! —gritó, y se arrastró de rodillas para agarrarme de los pantalones. Aferró la tela fina de mi traje con una fuerza desesperada—. ¡No salga! ¡Se lo ruego!
—¡Juana, suéltame! Me vas a arrugar el traje. ¿Qué te pasa? —intenté soltarme, pero ella no cedía. —Tuve un sueño, Don Silvestre. Anoche. La Virgencita me lo puso en la cabeza y no se me borra. Lo vi a usted. Lo vi clarito.
Me quedé quieto. No soy un hombre religioso, soy un hombre de números, de concreto y acero. Pero había una electricidad en el aire, una estática pesada que me puso la piel de gallina. —¿Qué soñaste? —pregunté, contra toda lógica.
Juana tragó saliva, temblando. —Soñé que salía usted hoy, con ese mismo traje azul y esa corbata roja. Se subía a la camioneta negra. La que maneja el Chuy. Iban rápido por el Segundo Piso, porque ya iban tarde… y luego… —se le quebró la voz y empezó a llorar más fuerte, sacudiendo la cabeza como queriendo borrar la imagen—. Había un ruido espantoso. Fierros tronando. Fuego. Vi un camión grande, un tráiler sin control que se los llevaba de corbata. La camioneta quedaba hecha acordeón contra el muro. Había sangre, patrón… mucha sangre en el asfalto. Yo escuchaba a la gente gritar su nombre, pero usted no contestaba. Usted ya no estaba ahí.
El silencio que siguió fue sepulcral. Mi corazón empezó a latir rápido, pum-pum, pum-pum, golpeando mis costillas. Miré hacia la puerta de madera maciza. Afuera, Chuy ya debía tener la camioneta encendida.
En ese instante, mi celular vibró en el bolsillo. Era Beto. “¿Dónde estás, cabrón? Los gringos ya están en el lobby. No me hagas esto.”
La realidad me golpeó. Tenía un negocio de mil millones de pesos esperando. No podía cancelar por el sueño de la muchacha del aseo. Era ridículo. Era de locos.
—Juana, escúchame —dije, tratando de sonar calmado, aunque me temblaban las manos—. Tuviste una pesadilla. Eso es todo. Cenaste pesado. Yo tengo que ir a trabajar. Agradezco que te preocupes, pero…
—¡¿Qué es este escándalo?!
La voz de Marisol retumbó desde la escalera como un latigazo. Bajaba envuelta en su bata de seda color champán, con el pelo suelto y esa cara de furia que ponía cuando el servicio no cumplía sus expectativas imposibles.
—Marisol… —intenté mediar. —¡Cállate, Silvestre! —me cortó, y luego clavó su mirada en Juana como si fuera una cucaracha—. ¿Qué haces ahí tirada, ridícula? ¡Suelta a mi marido! ¿Me vas a arrugar el traje de tres mil dólares con tus manos sucias? ¡Quítate!
Juana me soltó, encogiéndose en el piso, pero no se levantó. —Señora, por favor, escúcheme… el patrón se va a matar si sale… —¡Cállate la boca, india igualada! —gritó Marisol, bajando los últimos escalones—. ¡Ya me tienes harta! Siempre con tus ruidos, con tus rezos, con tus supersticiones de pueblo. ¡Esto es una casa decente, no un mercado!
Marisol se giró hacia mí, con los ojos echando chispas. —Y tú, Silvestre, ¿qué haces ahí parado como estúpido escuchándola? ¡Vete! ¡Beto me ha mandado tres mensajes preguntando por ti! ¿Vas a dejar que esta gata nos arruine el negocio de nuestra vida? ¡Lárgate ya!
Tenía razón. Lógicamente, tenía razón. Era absurdo quedarme. Agarré las llaves del coche de repuesto y mi maletín. Di un paso hacia la puerta. Juana soltó un alarido, un grito tan desgarrador que me detuvo el corazón. —¡NO VAYA! ¡SI SALE HOY NO REGRESA! ¡PIENSE EN SU MADRE, PIENSE EN SU VIDA!
Me detuve. Giré la cabeza. Vi a Juana, con la cara bañada en lágrimas, y luego vi a Marisol, con la cara deformada por el asco y la rabia.
Había algo en los ojos de Juana. Una verdad cruda. Una desesperación genuina. Ella no ganaba nada haciendo esto. Al contrario, sabía que Marisol la iba a correr. Estaba arriesgando su chamba, su techo, su comida, solo para advertirme. Y Marisol… Marisol solo pensaba en el dinero. En el “negocio”. Ni por un segundo se detuvo a preguntar “¿Estás bien?”.
Sentí una opresión en el pecho. Una corazonada. Mi abuelo decía que cuando el diablo te invita a bailar, la música suena muy bonita, pero cuando Dios te habla, a veces te grita para que no te caigas al barranco.
El celular vibró de nuevo. Otra vez Beto. Miré la puerta. Miré las llaves en mi mano.
—No voy —dije. Mi voz sonó extraña, ajena.
Marisol se quedó con la boca abierta. —¿Qué? —Que no voy a ir. Cancela la reunión.
—¿Estás demente? —Marisol se acercó a mí, agarrándome del brazo, clavándome las uñas—. ¡Son mil millones de pesos, imbécil! ¡No puedes cancelar porque la sirvienta tuvo una pesadilla! ¡Te vas a ir ahora mismo o te juro que…!
—¡HE DICHO QUE NO VOY! —grité, y mi voz retumbó en las paredes vacías de la mansión. Arrojé el maletín al sofá—. ¡Se acabó! ¡No voy a salir!
Marisol retrocedió, asustada por mi reacción. Nunca le había gritado así. —Perfecto —siseó ella, con veneno en la voz—. Eres un mediocre. Un pobre diablo que se deja manipular por la servidumbre. Haz lo que quieras. Quédate aquí con tu “protectora”. Pero te advierto una cosa, Silvestre: cuando Beto te mande a la chingada y perdamos ese dinero, no me vengas a llorar.
Se dio la media vuelta y subió las escaleras corriendo, azotando la puerta de la recámara tan fuerte que vibraron los cristales.
El silencio regresó al vestíbulo. Solo se escuchaba la respiración agitada de Juana. Me dejé caer en un sillón individual, aflojándome la corbata. Me sentía ridículo. Me sentía irresponsable. ¿Qué acababa de hacer? Había tirado mi carrera por la borda.
—Levántate, Juana —dije suavemente. Ella se levantó despacio, limpiándose las lágrimas con el delantal. —Gracias, patrón —susurró—. Gracias por creerme. —Vete a la cocina. Hazme un café. Y no salgas hasta que yo te diga. Marisol está furiosa. —Sí, señor.
Pasaron las horas más largas de mi vida. A las 8:00 AM, mi teléfono era una bomba de tiempo. Beto me había llamado veinte veces, dejado notas de voz gritando, insultando. “¡Nos vas a quebrar!”, “¡Eres un traidor!”, “¡Contesta, cobarde!”. Apagué el celular. No podía lidiar con eso. Me serví un whisky a las 9 de la mañana. Me sentía fracasado. Marisol no había bajado.
A las 10:30 AM, sonó el teléfono fijo de la casa. Ese número casi nadie lo tenía. Lo dejé sonar. Uno, dos, tres, cuatro timbrazos. Finalmente, contesté.
—¿Residencia Roca? —dije. —¿Don Silvestre? —era Lupita, mi secretaria personal. Su voz… estaba destrozada. Lloraba histericamente. —Lupita, ¿qué pasa? Si es por la reunión, ya sé que la cagué… —¡No, señor! ¡No es la reunión! —chilló ella—. ¡Es Chuy! ¡Es la camioneta!
Sentí como si me echaran un balde de hielo en la espalda. —¿Qué pasó? —Don Chuy… como usted no bajaba y no contestaba… él pensó que se había ido con la señora o en Uber… y se llevó la camioneta al taller porque le tocaba servicio hoy… —Lupita tomaba aire entre sollozos—. Señor… en el Segundo Piso, a la altura de San Antonio. Un camión de volteo se quedó sin frenos.
Me agarré del respaldo del sillón. Las rodillas se me doblaron. —Dime, Lupita.
—El camión le pasó por encima a la Suburban, señor. La prensó contra el muro. Quedó… no quedó nada. Tuvieron que usar las quijadas de la vida para sacar a Chuy. Está en terapia intensiva en Xoco. Los paramédicos dijeron… dijeron que el lado del copiloto y el asiento trasero, donde usted se sienta siempre… quedaron totalmente aplastados. Si usted hubiera ido ahí… estaría muerto.
El auricular se me resbaló de la mano y quedó colgando del cable, balanceándose. Me quedé mirando a la nada. El mundo se detuvo. El sueño. El traje azul. La camioneta. Los fierros retorcidos. El tráiler sin frenos.
Juana no adivinó. Juana vio. Si yo hubiera salido por esa puerta, ahorita estarían recogiendo mis pedazos con una pala en el Periférico.
Me temblaban las piernas tanto que tuve que sentarme en el piso. Respiré hondo, tratando de no vomitar del shock. Estaba vivo. Vivo de milagro.
En ese momento, Juana apareció en la entrada de la sala. Traía una charola con café y unas galletas. Me vio pálido, tirado en el suelo junto al teléfono. No dijo “se lo dije”. No sonrió. Solo dejó la charola en la mesa, se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. Una mano caliente, rasposa y llena de paz. —Tómese el café, patrón. Tiene mucha azúcar. Es bueno para el susto.
La miré a los ojos. Ya no veía a la empleada doméstica. Veía a algo más. Algo que mi dinero no podía comprar. —Chuy… —balbuceé—. La camioneta… —Ya lo sé, señor —dijo ella con tristeza—. Lo sentí cuando pasó.
De repente, escuché tacones bajando la escalera. Marisol. Ya estaba vestida de punta en blanco, con sus lentes oscuros de diseñador y su bolsa Louis Vuitton. Se veía impecable, fría, perfecta. Se detuvo al verme en el suelo. —¿Ahora qué haces ahí tirado? —preguntó con desdén—. ¿Ya se te pasó el berrinche? ¿Ya hablaste con Beto para pedirle perdón de rodillas?
Me levanté despacio. La miré. Realmente la miré por primera vez en años. Vi su belleza vacía. Vi su egoísmo. —Hubo un accidente —dije, con la voz ronca. Ella se detuvo a revisar su maquillaje en un espejo del pasillo. —¿Ah sí? ¿Quién chocó? —La camioneta. Un tráiler la aplastó en el Periférico. Chuy está muriéndose en el hospital.
Marisol se giró. Hubo un segundo de silencio. —Ay, qué horror —dijo, pero su tono era el mismo que usaba cuando se le rompía una uña—. Pobre Chuy. Ojalá el seguro cubra la pérdida total de la camioneta, porque esa blindada nos costó un ojo de la cara. Luego me miró, y soltó lo que me terminó de romper el corazón: —Bueno, pero tú estás aquí, ¿no? Qué bueno que no fuiste. Oye, me voy al club con las chicas. Llego en la tarde. Y por favor, dile a esta mujer que limpie bien la entrada, huele a viejo.
Se dio la vuelta y salió. Ni un abrazo. Ni una lágrima de alivio al saber que su esposo casi muere. Solo le importaba el seguro de la camioneta.
Escuché el motor de su coche alejarse. Me quedé solo con Juana en esa mansión gigantesca. —Se queda, Juana —dije, rompiendo el silencio. —¿Mande, señor? —Que usted se queda. No la voy a despedir. Y le voy a triplicar el sueldo. Usted me salvó la vida.
Juana bajó la mirada, humilde. —Yo solo soy el recadero, patrón. El mensaje vino de arriba. Pero tenga cuidado… —su voz volvió a bajar de tono, volviéndose sombría otra vez—. La muerte no le gusta que la burlen. Y lo que vi en mi sueño no fue solo sangre… vi sombras. Sombras muy negras adentro de esta casa. El accidente no fue casualidad, patrón. Y esto… apenas empieza.
Yo no sabía entonces cuánta razón tenía. Pensé que había esquivado la bala, pero la verdadera bala no venía de un tráiler en el Periférico. La verdadera bala ya estaba adentro de mi vida, durmiendo en mi cama y sentándose en mi oficina.
Y Juana estaba a punto de abrirme los ojos a un infierno que yo llamaba hogar.
CAPÍTULO 2: EL ECO DE LA MUERTE Y LA GUERRA FRÍA
El Hospital de Xoco huele a cloro, a sangre vieja y a desesperanza. Es un olor que se te mete por la nariz y se te aloja en la garganta, recordándote que la línea entre estar vivo y ser un número en la morgue es más delgada que un cabello. Yo no tenía nada que hacer ahí. Un hombre de mi posición, con seguro de gastos médicos mayores en el ABC o en el Ángeles, no pisa hospitales públicos a menos que sea una emergencia de vida o muerte. Y esta lo era.
Pero no era mi emergencia. Era la de Chuy.
Llegué dos horas después de la llamada de Lupita. Me salté la oficina, ignoré los cincuenta mensajes de voz de Beto y me fui directo a ver lo que quedaba de mi chofer. Cuando entré a terapia intensiva, tuve que sostenerme del marco de la puerta.
Jesús “Chuy” Martínez, un hombre robusto del Estado de México que se reía de todo y que llevaba cinco años manejando para mí, parecía un muñeco roto. Estaba entubado, con la cabeza vendada y el rostro tan hinchado y morado que era irreconocible. El monitor cardíaco marcaba un ritmo lento, un bip… bip… que sonaba como una cuenta regresiva.
—El impacto fue brutal, señor Roca —me dijo el doctor de guardia, un tipo joven con ojeras de mapache—. Traumatismo craneoencefálico severo, costillas rotas que perforaron el pulmón, fractura de fémur. Lo indujimos al coma para que el cerebro se desinflame. Pero siendo honestos… es un milagro que llegara con pulso.
Asentí, sin poder hablar. El nudo en mi garganta era tan grande que sentía que me ahogaba.
—¿Y la camioneta? —pregunté, solo para llenar el silencio. —La vi cuando trajeron al paciente —dijo el doctor, bajando la voz—. Los bomberos tardaron cuarenta minutos en sacarlo. El lado derecho… el del copiloto y el asiento trasero… quedó comprimido. Si hubiera ido alguien ahí, señor, lo hubieran sacado en bolsa negra.
Salí del hospital tambaleándome. El sol del mediodía en la Ciudad de México caía a plomo, quemando la piel, pero yo sentía un frío glacial en los huesos. Me recargué en la pared de concreto gris del estacionamiento y saqué un cigarro. Me temblaban las manos tanto que tardé tres intentos en prenderlo.
Ese debía ser yo.
La imagen de Juana hincada en el vestíbulo me golpeó la mente. “Si sale hoy, no vuelve vivo”. No era una metáfora. No era una “vibra”. Era un hecho. Si no fuera por esa mujer humilde a la que mi esposa llamaba “gata”, ahorita mi cuerpo estaría en una plancha fría y mis socios estarían peleándose por mis acciones.
El cigarro me supo a ceniza. Lo tiré a la mitad y me subí a mi auto. Tenía que volver a casa. Tenía que entender qué demonios estaba pasando en mi vida.
El trayecto de regreso a las Lomas fue una tortura. Cada vez que veía un camión de carga, me tensaba, agarrando el volante con fuerza hasta que los nudillos se me ponían blancos. La ciudad, que siempre me había parecido mi campo de batalla y mi triunfo, ahora me parecía una trampa mortal llena de amenazas invisibles.
Al llegar a la mansión, el contraste fue insultante. Afuera, el caos y la muerte; adentro, el silencio perfecto, el aire acondicionado a 22 grados, el olor a velas aromáticas de sándalo importadas que le gustaban a Marisol. Todo estaba impecable, como si nada hubiera pasado. Como si el universo no hubiera intentado matarme esa mañana.
Encontré a Marisol en la terraza, sentada en una de las tumbonas de diseño italiano, con una copa de vino blanco en la mano y revisando una revista de modas. Eran las dos de la tarde.
Al verme entrar, se bajó los lentes de sol y me miró con esa mezcla de aburrimiento y reproche que había perfeccionado en los últimos años.
—Ah, volviste —dijo, pasando una página—. Pensé que te habías ido a esconder a la oficina después de tu numerito de la mañana. Beto está furioso, por cierto. Dice que los gringos se regresaron a Houston y que quién sabe si quieran reagendar. Felicidades, Silvestre. Acabas de tirar millones a la basura por una pesadilla.
Sentí una oleada de calor subirme por el cuello. No era enojo, era algo más oscuro. Decepción. Asco.
—Vengo del hospital —dije, seco. —Ajá. ¿Y? —dio un sorbo a su vino—. ¿Cómo está Chuy? —En coma. Se está debatiendo entre la vida y la muerte. El doctor dice que la camioneta quedó hecha acordeón. Justo en mi asiento.
Marisol suspiró, un sonido largo y dramático, como si le estuviera contando una historia aburrida. —Ay, qué tragedia, de verdad. Ya te dije que lo siento mucho. Le mandaremos un arreglo floral a la esposa, o lo que sea. Pero Silvestre, por favor, deja de actuar como si fueras el protagonista de una telenovela. Fue un accidente. Pasan diario. En Periférico chocan a cada rato.
Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal. La sombra que proyecté sobre su revista la hizo levantar la vista, molesta.
—No fue un choque cualquiera, Marisol. Fue exactamente como Juana lo describió. El tráiler. Los fierros. La hora. Todo. —¡Ay, por favor! —se rio, una risa tintineante y vacía—. Eso se llama coincidencia. O sugestión. Tú estabas estresado, la gata te vio nervioso y te inventó un cuento para hacerse la interesante. Y tú caíste redondito.
—Me salvó la vida —dije, marcando cada sílaba. —Te hizo perder un negocio millonario —replicó ella, poniéndose de pie y encarandome—. Y hablando de ella… ya hablé con la agencia. Mañana mandan a alguien nuevo. Quiero a esa mujer fuera de mi casa hoy mismo.
El mundo se detuvo por un segundo. —¿De qué hablas? —De Juana. Está despedida. Le di sus mil pesos de finiquito y le dije que recogiera sus trapos. No la quiero aquí. Me da mala espina, me mira feo, y ahora resulta que se cree bruja y manipula a mi marido. Se va.
Algo se rompió dentro de mí. Durante años, yo había sido el pacificador. “Sí, mi amor”. “Lo que tú digas, mi amor”. “No te enojes, Marisol”. Había dejado que ella corriera a choferes, jardineros y cocineras por caprichos absurdos: porque la sopa estaba fría, porque caminaban muy fuerte, porque la miraban a los ojos. Yo pagaba los finiquitos, pedía disculpas y buscaba reemplazos para mantener la “paz” en el hogar.
Pero esa paz era mentira.
—No —dije. Marisol parpadeó, confundida. No estaba acostumbrada a esa palabra. —¿Perdón? —Dije que no. Juana no se va. —¿Me estás retando? —su voz subió una octava, volviéndose chillona—. Esta es mi casa, Silvestre. Yo decido quién entra y quién sale. Yo administro el servicio. Si digo que se va, se va.
—Esta también es mi casa —respondí, con una calma que me sorprendió incluso a mí—. Y yo pago su sueldo. Y yo pago esta casa. Y yo pago ese vino que te estás tomando. Juana se queda.
La cara de Marisol pasó de la sorpresa a la furia pura. Se puso roja, las venas del cuello se le marcaron. —¡Eres un imbécil! ¿Vas a poner a una sirvienta por encima de tu esposa? ¿Te estás acostando con ella? ¿Es eso? ¡Claro! ¡Por eso la defiendes tanto! ¡Te estás revolcando con la gata!
La acusación era tan ridícula que ni siquiera me ofendió. Solo me dio lástima. —Me salvó la vida, Marisol. Entiéndelo. Si hubiera salido, estaría muerto. Y tú estarías viuda. Y por lo que veo, lo único que te preocuparía sería cobrar el seguro y quedarte con la herencia.
El golpe fue certero. Marisol se quedó callada un segundo, con la boca abierta. Luego, sus ojos se llenaron de lágrimas. Lágrimas falsas, de cocodrilo, esas que aprendió a usar para manipularme desde que éramos novios. —¿Cómo puedes decir eso? —sollozó—. Yo te amo, Silvestre. Solo quiero lo mejor para nosotros. Esa mujer es tóxica. Trae malas vibras. ¡Me da miedo!
—Pues acostúmbrate —dije, dándome la vuelta—. Porque se queda. Y si la vuelves a tratar mal, o si intentas correrla a mis espaldas, la que se va a tener que ir eres tú.
Caminé hacia la casa, dejándola llorando en la terraza. No sentí culpa. Por primera vez en diez años, sentí que había recuperado un pedazo de mi columna vertebral.
Entré a la cocina. Juana estaba ahí, fregando unos platos con una esponja, con la cabeza baja. Tenía una pequeña bolsa de plástico con sus cosas junto a la puerta de servicio. Ya estaba lista para irse.
Me recargué en el marco de la puerta. —Desempaca, Juana —le dije. Ella se detuvo, pero no volteó. —La señora dijo que me fuera, patrón. Me dio mi dinero. Dijo que si no me iba iba a llamar a la policía. —La señora no manda aquí. Yo mando. Y yo digo que te quedas.
Juana se giró lentamente. Sus ojos oscuros me escanearon, como si estuviera leyendo mi alma. —Se va a poner peor, señor —dijo en voz baja—. Si me quedo, ella me va a odiar más. Y el ambiente se va a poner muy pesado. El diablo no duerme, y cuando no puede entrar por la puerta, se mete por las ventanas. —Que se ponga como quiera. Tú tienes trabajo aquí mientras yo viva. Y te voy a subir el sueldo al doble a partir de hoy. Solo te pido una cosa.
—¿Qué cosa? —Si vuelves a ver algo… lo que sea… me dices. No importa la hora, no importa quién esté enfrente. Me dices.
Juana asintió, seria. —Se lo prometo, patrón. Pero rece. Porque la oscuridad que hay en esta casa no se quita con trapeador.
Esa noche, cené solo en el comedor principal. Marisol se encerró en la recámara de huéspedes. Escuché cómo azotaba cajones y hablaba por teléfono a gritos, seguramente quejándose con sus amigas o con su madre sobre el “monstruo” en el que me había convertido.
Yo me senté en la cabecera de la mesa larga de caoba, comiendo un guisado sencillo que Juana me había preparado. La casa estaba en silencio, pero no era un silencio de paz. Era el silencio tenso que hay antes de una tormenta eléctrica. Sentía la electricidad en el aire.
Me puse a pensar en mi vida. En Beto. En Marisol. Siempre pensé que éramos el equipo perfecto. “Los Tres Mosqueteros”, nos decía Beto cuando estábamos borrachos en las fiestas de fin de año. Beto y yo hacíamos el dinero, Marisol ponía la imagen social.
Pero ahora, con la mente clara por el miedo a la muerte, las piezas del rompecabezas no encajaban. Recordé las miradas. Recordé las veces que Marisol insistía en que firmara papeles sin leer. “Ay amor, Beto ya lo revisó, confía en él, no seas paranoico”. Recordé las veces que Beto llegaba a la casa cuando yo no estaba, supuestamente a “dejar documentos”.
Saqué mi celular. Tenía un mensaje de Beto. No era un audio gritando. Era un texto, escrito a las 8:00 PM.
“Compadre, perdóname por gritarte en la mañana. Me asusté. Ya me enteré de lo de Chuy. Está cabrón. Qué bueno que estás bien, güey. Neta. Descansa. Mañana paso a verte para ver cómo arreglamos lo del contrato. Te quiero, hermano.”
Leí el mensaje tres veces. “Te quiero, hermano”. Hace 24 horas, ese mensaje me hubiera reconfortado. Me hubiera hecho sentir culpable por haberle fallado a mi “hermano”. Hoy, me parecía falso. Como una moneda de plástico. ¿Por qué el cambio tan repentino de actitud? ¿Por qué la urgencia de “arreglar lo del contrato”?
Me levanté y fui a mi estudio. Cerré la puerta con llave. Me senté frente a mi computadora y abrí las cámaras de seguridad de la casa. Nunca las revisaba. Confiaba en mi gente. Confiaba en mi esposa. Pero Juana había dicho: “Sombras muy negras adentro de esta casa”.
Empecé a retroceder las grabaciones. Un mes atrás. Dos meses. Al principio, nada raro. Marisol saliendo al gimnasio. Marisol regresando de compras. El jardinero. Juana limpiando.
Pero luego, noté un patrón. Los martes y los jueves. Yo siempre jugaba tenis los martes y los jueves en el club, de 6 a 9 de la noche. Era mi rutina sagrada desde hacía cinco años. En las grabaciones, todos los martes y jueves, a las 6:30 PM, llegaba un auto. No era el deportivo amarillo de Beto. Era un Uber Black. O a veces, Beto llegaba caminando, dejando su coche lejos.
Entraba a la casa. Marisol lo recibía. No en la sala. No en el despacho. Subían. Las cámaras del pasillo de arriba estaban apagadas esos días a esas horas. “Fallas técnicas”, seguramente. O alguien las desconectaba.
Sentí náuseas. Un asco profundo, viscoso, que me revolvió el estómago más que la visión de la sangre en el hospital. Ahí estaba. La traición. Enfrente de mis narices. Mi mejor amigo. Mi esposa. En mi casa. En mi cama. Mientras yo sudaba en la cancha de tenis pensando en cómo ganar más dinero para que ellos vivieran como reyes.
Cerré la laptop de golpe. Me llevé las manos a la cara. Quería llorar, quería gritar, quería subir al cuarto de huéspedes y tirar la puerta a patadas y arrastrar a Marisol de los pelos. Pero no lo hice. La voz de Juana resonó en mi cabeza: “Si sale hoy, no vuelve vivo”.
Si los confrontaba ahora, con solo sospechas y un par de videos borrosos, ellos le darían la vuelta. Me dirían loco. Me dirían paranoico. Marisol diría que Beto iba a ver temas de decoración o cualquier estupidez. Y Beto me envolvería con su carisma de vendedor de autos usados. Y luego… luego buscarían otra forma de deshacerse de mí.
El accidente de la camioneta… ¿Fue realmente un accidente? El mecánico había revisado los frenos de la Suburban hace dos semanas. Estaba impecable. ¿Y si el camión no perdió los frenos por casualidad? ¿Y si…?
No. Eso ya era pensar demasiado. Eso ya era de película. Pero la duda, una vez sembrada, es como la hiedra: crece rápido y rompe los muros.
Esa noche no dormí en la recámara principal. Me quedé en el sofá de cuero de mi estudio, con la puerta cerrada con llave y una silla trabada bajo la manija. Me sentía un extraño en mi propio castillo. Un prisionero rodeado de lujos.
A las 3:00 de la mañana, bajé a la cocina por agua. La casa estaba en penumbra, llena de sombras alargadas que parecían fantasmas. Al pasar por el cuarto de servicio, vi una luz tenue por debajo de la puerta. Me acerqué y escuché un murmullo. Juana estaba rezando. No era un rezo normal. Era un canto bajo, repetitivo, en una lengua que no entendía. Quizás mixteco, o zapoteco. Sonaba antiguo. Sonaba poderoso.
—…protégelo de los lobos que comen en su mesa… abre sus ojos… quita el velo…
Me alejé de puntitas, sintiendo un respeto reverencial. Esa mujer, a la que Marisol despreciaba, estaba velando mi sueño. Estaba peleando una guerra espiritual mientras yo intentaba entender la guerra terrenal.
Al día siguiente, la atmósfera en la casa era irrespirable. Marisol bajó a desayunar como si nada hubiera pasado, pero con una frialdad calculada. Me saludó con un “buenos días” seco y se puso a ver su celular. Juana servía el café con movimientos precisos, invisibles.
—Beto viene al rato —dijo Marisol, sin mirarme—. Dice que trae los papeles nuevos para la firma. Que ya convenció a los gringos de darnos una segunda oportunidad, pero que urge firmar hoy para apartar el capital.
Me tensé. Ahí estaba. La prisa. La urgencia. —Hoy no voy a firmar nada —dije. Marisol levantó la vista, con los ojos entrecerrados. —¿Sigues con eso? Silvestre, por Dios. Ya pasó el susto. El negocio no espera. Beto se ha partido el lomo para arreglar tu desastre de ayer. Lo menos que puedes hacer es recibirlo y firmar. —Dije que no. No me siento bien. —Pues tómate una aspirina, porque viene a las 11. Y más te vale que lo atiendas bien. No voy a permitir que sigas actuando como un niño berrinchudo.
A las 11:00 AM en punto, el timbre sonó. Era Beto. Entró con su sonrisa de siempre, esa sonrisa de comercial de pasta de dientes que le abría todas las puertas. Traía un traje gris impecable y una carpeta de piel bajo el brazo.
—¡Compadre! —gritó, abriendo los brazos—. ¡Qué gusto verte, cabrón! ¡Veme esa cara! Estás pálido, güey. Te hace falta un tequila.
Me dejé abrazar. Sentí su loción cara, la misma que había olido tantas veces. Pero esta vez, sentí algo más. Sentí la rigidez en sus hombros. Sentí cómo me daba palmadas en la espalda un poco demasiado fuertes. Era el abrazo de Judas.
—Pásale, Beto —dije, tratando de que no me temblara la voz. Fuimos al despacho. Marisol nos siguió y se sentó en el sofá, cruzando las piernas, observándonos como un halcón.
—Bueno, al grano —dijo Beto, abriendo la carpeta sobre mi escritorio—. Fue un pedo, pero logré rescatar el barco. Los inversionistas aceptan mantener el trato, pero cambiaron algunas condiciones por el retraso. Nada grave. Solo necesitamos tu firma aquí, aquí y aquí para liberar los fondos y transferirlos a la cuenta puente en Panamá.
Me puso la pluma Montblanc enfrente. Esa pluma me la había regalado él en mi cumpleaños pasado. Miré los papeles. Letras chiquitas. Párrafos densos. Cláusulas y sub-cláusulas. Todo parecía “normal”. Lenguaje legal estándar.
Levanté la pluma. La mano de Beto estaba apoyada en el escritorio. Vi cómo sus dedos tamborileaban ligeramente. Estaba nervioso. Marisol, desde el sofá, contenía la respiración. Estaban desesperados.
La punta de la pluma tocó el papel. En ese preciso instante, la puerta del despacho se abrió. No tocaron. Simplemente se abrió.
Era Juana. Entró con la cabeza gacha, sosteniendo una charola vacía, como si fuera a recoger algo que no existía. —Permiso… —susurró.
Marisol saltó del sofá como un resorte. —¡Lárgate! —chilló—. ¡Estamos en una reunión! ¡¿Quién te dio permiso de entrar?! —Se me cayó una servilleta… —murmuró Juana, acercándose al escritorio.
Beto la miró con fastidio. —Sácala, Marisol. Neta, qué falta de profesionalismo. —¡Fuera! —gritó Marisol.
Pero Juana no retrocedió. Se acercó a mí, fingiendo limpiar una mancha invisible en la esquina de mi escritorio. Se inclinó hacia mi oído. El olor a jabón de ropa y maíz llenó mi nariz. Y susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo:
—Cadenas, patrón. Si firma hoy, firma sus cadenas. Vi a la policía. Lo vi a usted esposado. Y vi a ellos dos riéndose. No firme.
Se enderezó, hizo una reverencia torpe y salió corriendo antes de que Marisol pudiera agarrarla del brazo.
Me quedé helado. La pluma seguía tocando el papel, dejando un pequeño punto de tinta negra que se iba haciendo más grande, como un agujero negro que amenazaba con tragarse mi vida entera.
—Pinche vieja loca —resopló Beto, acomodándose el saco—. Perdón, compadre. Neta tienes que cambiar de personal. Pero bueno, firma ahí para que ya nos vayamos a comer y celebremos. Yo invito.
Miré a Beto. Miré a Marisol. Vi la ansiedad en sus ojos. No era emoción por el negocio. Era hambre. Hambre de mi dinero. Hambre de mi destrucción.
Dejé la pluma sobre la mesa. Cerré la carpeta.
—No —dije.
El silencio que siguió fue más fuerte que un disparo.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA TINTA INVISIBLE Y LOS NÚMEROS ROJOS
El “No” que solté en mi despacho retumbó como un disparo de cañón en una iglesia.
Beto se quedó con la boca entreabierta, una mueca congelada que intentaba ser sonrisa pero que parecía más un espasmo. Marisol, desde el sofá, dejó caer su celular sobre la alfombra. El silencio que siguió fue denso, pesado, de esos que te zumban en los oídos.
—¿Cómo que no? —preguntó Beto, soltando una risita nerviosa, como si acabara de contar un chiste malo—. Compadre, no mames. Ya hablamos de esto. Los gringos están esperando la confirmación de la transferencia. Si no firmamos ahorita, a las 12:00 del día, el sistema bloquea la operación y perdemos el anticipo. Son millones de dólares, güey. No estamos jugando a las tienditas.
Me recargué en el respaldo de mi silla de piel, cruzando las manos sobre el escritorio para que no vieran que me temblaban. La imagen de Juana entrando como un fantasma y susurrándome “Cadenas… policía… esposas” seguía grabada en mis retinas.
—No voy a firmar hoy, Beto. Y punto —dije, tratando de sonar como el CEO que se supone que era, y no como el hombre aterrorizado que me sentía por dentro—. Necesito revisar estas cláusulas con calma. Hay cosas que no me cuadran en la estructura de la sociedad nueva.
Beto se pasó la mano por el pelo engominado, un gesto que hacía siempre que se le caía una venta. Su cara empezó a ponerse roja. —¿Qué no te cuadra? Yo lo redacté. El despacho de “López & Asociados” lo revisó. Todo es estándar, Silvestre. ¿Desconfías de mí? ¿Después de veinte años de partirnos la madre juntos?
—No es desconfianza, es prudencia —mentí. Era desconfianza pura y dura—. Si el negocio es tan bueno, puede esperar 24 horas. Si los gringos se quieren ir por un día de retraso, entonces no eran socios serios.
Marisol se levantó del sofá, caminando hacia el escritorio con ese paso agresivo de depredadora. —¡Eres increíble, Silvestre! —gritó—. Primero el drama de la mañana con la sirvienta, ¿y ahora esto? ¡Estás saboteando nuestro futuro! Beto se ha desvivido por arreglar tus estupideces y tú le pagas con esta actitud de diva. ¡Firma el maldito papel!
Miré a mi esposa. Vi la urgencia en sus ojos. No era preocupación por la empresa. Era pánico. —No me grites, Marisol —dije con voz gélida—. Y no voy a firmar. Llévense los papeles. Mañana hablamos.
Beto cerró la carpeta de golpe, tan fuerte que el sonido me hizo saltar por dentro. —Va. Juega tu jueguito, cabrón. Pero si esto se cae, es tu culpa. Y te lo voy a cobrar. Agarró su maletín y salió del despacho sin despedirse, chocando el hombro contra el marco de la puerta. Marisol me lanzó una mirada de odio puro, de esas que si mataran, yo ya estaría tres metros bajo tierra, y salió corriendo detrás de él.
—¡Beto, espera! ¡Déjame hablar con él! —la escuché gritar en el pasillo.
Me quedé solo. El aire acondicionado zumbaba. Miré mis manos. Estaban sudando frío. Acababa de declararle la guerra a las dos personas más cercanas a mí. Y lo peor de todo es que no tenía pruebas. Solo tenía el sueño de una empleada doméstica y un presentimiento que me quemaba las entrañas.
Esperé diez minutos para asegurarme de que Beto se había ido. Luego, hice lo que cualquier hombre en mi posición haría cuando siente que el suelo se le abre: busqué a un profesional.
No llamé al abogado de la empresa. Ese le reportaba a Beto tanto como a mí. No llamé al contador interno. Ese era primo de Marisol. Llamé a Lalo.
Eduardo “Lalo” Vargas era un viejo compañero de la UNAM. Un tipo brillante para los números pero pésimo para la política corporativa. Tenía su propio despacho de auditoría forense en un edificio viejo de la colonia Del Valle. Era de esos contadores que no se vendían, que usaban trajes baratos pero que podían encontrar un peso perdido en una montaña de facturas. Llevábamos años sin vernos, pero sabía que era el único que no me traicionaría.
—¿Silvestre Roca? —contestó al tercer timbrazo—. ¡Qué milagro! Pensé que ya te habías olvidado de la prole ahora que sales en las revistas de Expansión. —Necesito verte, Lalo. Urge. —¿Qué tan urgente? —De vida o muerte. Y de cárcel. Su tono cambió de inmediato. —Te veo en una hora. ¿En tu oficina? —No. Ni de chiste. En “La Ópera”, en el Centro. En la barra. Y Lalo… que nadie sepa que vas a verme.
La Cantina La Ópera es un lugar donde el tiempo se detuvo en el Porfiriato. Techos altos, madera oscura y el famoso balazo de Pancho Villa en el techo. Llegué antes, pedí un tequila doble y me senté en una esquina oscura, dándole la espalda a la puerta, con una gorra de béisbol y lentes oscuros. Me sentía ridículo, como en una película de espías mal producida, pero el miedo es un gran director de escena.
Lalo llegó puntual. Se veía igual que en la universidad: despeinado, con la corbata chueca y esa mirada analítica detrás de unos lentes gruesos. —Te ves de la chingada, Silvestre —me saludó, sentándose—. Pálido y flaco. ¿Qué traes?
Le conté todo. Omití la parte del sueño de Juana porque no quería que pensara que me había vuelto loco. Le dije que tenía sospechas, que el accidente de mi chofer me había abierto los ojos y que había notado irregularidades en los contratos nuevos. —Necesito que audites todo, Lalo. Pero no por encima. Quiero que escarbes hasta el fondo. Cuentas personales, gastos de representación, proveedores, todo. Especialmente lo relacionado con Beto y los proyectos de los últimos dos años.
Lalo silbó bajo. —Auditar a tu propio socio… eso es guerra civil, mano. Si no encuentras nada, la sociedad se rompe para siempre. —La sociedad ya está rota. Solo quiero saber cuánto me costó la broma. Le entregué una USB. —Aquí están las claves maestras del servidor, los accesos bancarios digitales y los respaldos de la contabilidad que pude copiar anoche mientras todos dormían. ¿Puedes hacerlo sin dejar rastro?
Lalo tomó la USB y la guardó en el bolsillo de su saco. —Dame 48 horas. Si hay mierda, la voy a encontrar. Pero prepárate, Silvestre. Cuando uno levanta la alfombra, nunca le gusta lo que sale debajo.
Regresar a casa fue como entrar voluntariamente a una celda. La tensión era física. Marisol no me hablaba. Se había encerrado en su cuarto y solo salía para dar órdenes a gritos a Juana. —¡Esta sopa está fría! ¡Eres una inútil! —¡Limpia bien aquí, se ven las marcas de tus zapatos corrientes!
Juana aguantaba los insultos con una estoicidad de monje tibetano. “Sí, señora”. “Perdón, señora”. Pero cada vez que me veía, sus ojos me decían: Aguante, patrón. Ya falta poco.
Yo me encerré en mi estudio. Dormía ahí, comía ahí. Puse una silla trabada en la manija de la puerta por las noches. La paranoia se convirtió en mi compañera de cuarto. Cada ruido en la noche me hacía saltar. ¿Beto vendría a “arreglar” las cosas? ¿Marisol intentaría algo mientras dormía?
Dos días después, mi celular vibró. Era Lalo. “Ya tengo todo. No vengas al despacho. Voy a tu casa. Necesitas ver esto sentado.”
Lalo llegó a la mansión a las 7:00 de la noche. Marisol estaba en el gimnasio o fingiendo estarlo. Hice pasar a Lalo directo al estudio y cerré con llave.
Lalo no aceptó el whisky que le ofrecí. Sacó su laptop, la conectó a la pantalla grande de mi pared y abrió un archivo de Excel que parecía infinito. —Agárrate fuerte, Silvestre —dijo, sin rodeos—. Te han estado robando. Y no son centavos. Es un desfalco sistemático.
Empezó a explicarme, y cada palabra era un clavo más en el ataúd de mi amistad con Beto. —Mira esto —señaló una columna roja—. “Constructora del Valle Dorado SA de CV”. Les hemos pagado ochenta millones de pesos en los últimos dos años por “materiales de importación” y “consultoría urbanística”. —Nunca he oído de esa empresa —dije, sintiendo un hueco en el estómago. —Exacto. Porque no existe. Es una empresa fantasma. La dirección fiscal es un lote baldío en Ecatepec. Y el representante legal es un tipo que, según mis contactos, vende tacos de canasta afuera del Metro Hidalgo y le pagaron quinientos pesos por firmar.
Siguió pasando diapositivas. El horror crecía. —Aquí está el proyecto “Torre Azul”. Sobreprecio del 400% en el acero. El proveedor es una empresa vinculada al cuñado de Beto. —Aquí están los gastos de viaje. Beto ha cargado a la empresa viajes a Las Vegas, Mónaco, Dubái… viajes que tú no autorizaste. —Y lo más grave… los impuestos. Han estado declarando pérdidas falsas para evadir al SAT, pero el dinero se está yendo a cuentas offshore. Si Hacienda nos cae ahorita, Silvestre, tú eres el representante legal solidario. Tú vas al bote. Beto aparece solo como “asesor” en los papeles que firmaste hace seis meses sin leer.
Recordé la advertencia de Juana: “Si firma cualquier documento, puede terminar en la cárcel por algo que no hizo”. La profecía era exacta. Matemática. —¿De cuánto estamos hablando? —pregunté, con la voz rota. —Estimado conservador… unos doscientos millones de pesos desviados en tres años. Y el contrato que querían que firmaras antier… el de los gringos… —¿Qué pasaba con ese? —Era el golpe final. La cuenta destino no era de la empresa. Era una cuenta en las Islas Caimán a nombre de una sociedad anónima donde el único beneficiario es Roberto “Beto” Onishila. Iban a tomar el anticipo de los inversionistas, transferirlo allá y desaparecer. Te hubieran dejado con la deuda, el fraude y los gringos demandándote.
Me dejé caer en el sillón. Doscientos millones. Mi mejor amigo. Mi compadre. El padrino de mi boda. Pero faltaba la cereza del pastel. —Hay algo más, Silvestre —dijo Lalo, dudando por primera vez—. Y esto es lo que más me duele enseñarte. Cambió de pestaña en el Excel. —Rastreé las transferencias de las cuentas personales de Beto. Gran parte del dinero se queda ahí, en sus lujos. Pero hay transferencias mensuales recurrentes a otra cuenta nacional. —¿A quién? —A una cuenta en HSBC. A nombre de Marisol Roca.
El mundo se detuvo. —¿Mi esposa? —Cincuenta mil pesos mensuales hace dos años. Subió a cien mil hace un año. Y la semana pasada… hubo una transferencia de medio millón de pesos bajo el concepto “Gastos varios”.
Ahí estaba. La traición completa. No solo me engañaban en la cama. Me cobraban por hacerlo. Mi esposa estaba en la nómina de mi propia destrucción. Financiada con mi dinero.
—Gracias, Lalo —dije. Me sorprendió lo calmado que sonaba. Era la calma del hombre que ya no tiene nada que perder. —¿Qué vas a hacer? —preguntó Lalo, guardando su computadora—. Con esto tienes para meterlos a la cárcel veinte años. Fraude, administración fraudulenta, lavado de dinero, asociación delictuosa. —Prepara la denuncia. Quiero todo listo. Pero no la presentes todavía. —¿Por qué? —Porque quiero verles la cara cuando caigan. Quiero que sepan que fui yo.
Lalo asintió y se fue. Me quedé solo en el estudio, con las pruebas brillando en mi retina. Me serví un tequila. No me lo tomé. Lo tiré a la chimenea apagada.
Salí del estudio. Necesitaba aire. Al pasar por la sala, escuché gritos. Marisol estaba otra vez encima de Juana. —¡Te dije que no quiero verte sentada! —gritaba Marisol, histérica—. ¡Mírate! ¡Eres asquerosa! ¡Lárgate de mi vista!
Juana estaba de pie, con la cabeza baja, sosteniendo una escoba. —Señora, ya terminé mi quehacer… —¡No me contestes! —Marisol levantó la mano como para abofetearla.
—¡BASTA! Mi grito hizo que Marisol se congelara con la mano en el aire. Avancé hacia ellas. Ya no era el Silvestre sumiso. Era un hombre con la evidencia de su propia ejecución en el bolsillo.
—No la toques —dije en voz baja, pero letal—. Si le pones una mano encima, te vas de esta casa hoy mismo.
Marisol bajó la mano, temblando de rabia. —¿La defiendes a ella? ¿Otra vez? —se rio, una risa maníaca—. ¡Es una sirvienta, Silvestre! ¡No es nadie! —Ella es más honesta que tú y que tu amante juntos —solté.
Marisol palideció. —¿De qué hablas? —Tú sabes de qué hablo. De Beto. De los “gastos varios”. De los depósitos mensuales.
Marisol retrocedió un paso, como si le hubiera pegado. Sus ojos buscaban una salida, una excusa. —Estás loco… Beto es nuestro socio… es nuestro amigo… —Es tu cómplice. Y tú eres una ladrona.
Marisol intentó recuperar la compostura, enderezando la espalda. —Estás delirando. El estrés te afectó el cerebro. Voy a llamar a un médico. —Llama a quien quieras. Pero Juana se queda. Y tú… disfruta tu casa mientras puedas. Porque te queda poco tiempo aquí.
Me di la vuelta y regresé a mi estudio, cerrando la puerta con llave. Sabía lo que iba a pasar. Lo había provocado. Marisol estaba acorralada. Y una rata acorralada siempre llama a la manada.
Pegué la oreja a la puerta. Escuché los pasos rápidos de Marisol subiendo las escaleras. El azotón de la puerta de su cuarto. Saqué mi celular y abrí la aplicación de las cámaras de seguridad, pero esta vez, activé el audio de la cámara del pasillo de arriba. La había mandado instalar en secreto el día que Lalo vino.
Escuché su voz, ahogada por el llanto y el pánico, hablando por teléfono. —…ya sabe, Beto. Te lo juro que sabe algo… me dijo de los depósitos… sí, sí… está furioso… no, no tiene pruebas, solo está gritando… no aguanto más, Beto… esto se tiene que acabar ya… sí… mañana… ok… nos vemos ahí. En el hotel de siempre… necesito salir de esta casa… te amo… sí… máta… digo, acaba con esto ya.
Se me heló la sangre. “Acaba con esto ya”. No solo querían mi dinero. Mi existencia les estorbaba.
Esa noche, la casa se sintió como un campo minado. Juana tocó a mi puerta suavemente. —Patrón… —dijo a través de la madera. Abrí. Traía un té de tila. —Tómese esto, señor. Lo va a necesitar. —¿Escuchaste? —le pregunté. Juana asintió tristemente. —Las paredes oyen, señor. Y el mal no descansa. Pero no tenga miedo. Dios no le da alas a los alacranes. Mañana todo sale a la luz.
—¿Soñaste algo más? —le pregunté, buscando consuelo en su don. Ella me miró con esos ojos profundos y antiguos. —No soñé, patrón. Pero siento paz. Una paz que viene después de la tormenta. Mañana se rompe el espejo, y usted va a ver su verdadera cara. Descanse. Yo voy a rezar en la puerta.
Cerré la puerta. Me tomé el té. Sabía que mañana era el final. El final de mi matrimonio. El final de mi amistad. El final de la vida que conocía. Pero gracias a Juana, gracias a esa mujer humilde que dormía en el cuarto de servicio, yo iba a estar vivo para verlo.
Me acosté en el sofá, vestido, con los zapatos puestos. Mañana los cazaría.
CAPÍTULO 4: LA HABITACIÓN 406 Y EL DESMORONAMIENTO
El sábado amaneció nublado, uno de esos días grises de la Ciudad de México donde la contaminación atrapa la luz y todo se ve sucio. Yo estaba en la terraza, fingiendo leer el periódico financiero en mi tablet, pero mis ojos no se despegaban de la entrada principal.
A las 9:00 AM, Marisol bajó. Iba vestida para matar. Un vestido ligero de viaje, una pañoleta de seda cubriendo su cabello, lentes oscuros enormes. Llevaba una maleta pequeña de Louis Vuitton.
—Me voy —anunció, parándose en el umbral de la terraza. No se acercó a darme un beso. —¿A dónde? —pregunté sin levantar la vista. —A Cuernavaca. Mi papá está enfermo. Me necesita. Regreso el lunes.
Mentira. Su papá vivía en Monterrey y jugaba golf todos los sábados. Lo había visto en Facebook hace diez minutos posteando una foto en el Club Campestre. —Que te vaya bien —dije. —¿Eso es todo? ¿No vas a preguntar nada más? —No. Salúdame a tu papá.
Marisol dudó un segundo. Esperaba una pelea. Esperaba que le rogara que se quedara. Pero mi indiferencia la descolocó. Se encogió de hombros y salió caminando hacia su coche, un Mercedes blanco que yo le había regalado en nuestro último aniversario.
—Adiós, Silvestre —dijo al aire. —Adiós, Marisol —murmuré. Adiós para siempre.
En cuanto su coche cruzó el portón eléctrico, me puse en acción. No la seguí yo. Había contratado a un investigador privado el día anterior, recomendación de Lalo. Un ex-judicial que conocía las calles mejor que nadie. Mi celular vibró. “Objetivo en movimiento. Va hacia el Poniente. No va a la carretera a Cuernavaca. Va a Polanco.”
Me serví un café y esperé. Los minutos pasaban lentos como gotas de miel. 9:45 AM.
“El objetivo entró al Hotel Habita en Masaryk. Se registró sola. Habitación 406.”
10:15 AM.
“Segundo objetivo visualizado. Masculino. Camisa negra, gorra, lentes. Es Roberto Onishila. Entró al hotel. No pasó a recepción. Subió directo por el elevador.”
Ahí estaban. En la misma habitación. No había duda. No había “explicaciones”. No había “es solo negocios”. Era adulterio y conspiración en su forma más pura.
Me levanté. Me puse mi saco. Juana estaba barriendo la sala. Se detuvo al verme. —Ya voy, Juana —le dije. —Vaya con Dios, patrón. Que San Miguel Arcángel lo acompañe con su espada. —Gracias, Juana. Prepara la cena. Hoy ceno solo, pero ceno en paz.
Salí de la casa. Me subí a mi coche sedán, no a la camioneta nueva que había rentado. Manejé tranquilo. No tenía prisa. Ya estaban atrapados. El tráfico de sábado era ligero. Llegué a Polanco en treinta minutos.
El hotel era elegante, minimalista, lleno de gente guapa desayunando mimosas. Entré al lobby. Mi investigador estaba sentado en un sillón leyendo una revista. Me hizo una seña discreta con la cabeza y se levantó para irse. Su trabajo había terminado.
Me acerqué a la recepción. —Buenos días. Busco a la señora… Tolu Ogen —dije, usando el nombre falso que el investigador me había pasado por mensaje. Marisol usaba el apellido de soltera de su abuela para estas escapadas. Qué cliché. La recepcionista tecleó en la computadora. —Sí, habitación 406. ¿Usted es…? —Soy su esposo. Le traigo una sorpresa.
Saqué dos billetes de mil pesos y los deslicé sobre el mostrador. —No quiero que me anuncie. Es una sorpresa… romántica. La chica sonrió, cómplice, y me dio una tarjeta llave extra. —Qué detalle, señor. Elevador a la derecha.
Subí. El elevador de cristal me dejaba ver la ciudad, esa ciudad que habíamos conquistado Beto y yo. Ahora me parecía un escenario de cartón.
Cuarto piso. Pasillo alfombrado. Silencio. Habitación 406. Me paré frente a la puerta. No sentí rabia. Sentí una tristeza profunda, una decepción que me pesaba en los huesos. Respiré hondo. Pasé la tarjeta. La luz verde parpadeó. Click.
Abrí la puerta.
La escena se grabó en mi memoria en cámara lenta. Marisol estaba de pie junto al minibar, en una bata de baño blanca del hotel, sirviendo dos copas de vino. Beto estaba en el sofá, sin camisa, con los pies sobre la mesa, riéndose de algo en su celular.
Se voltearon al mismo tiempo. El sonido de la copa de Marisol cayendo al suelo y rompiéndose fue lo único que se escuchó. El vino tinto manchó la alfombra beige como si fuera sangre.
—¡Compadre! —Beto saltó del sofá como si tuviera resortes, tratando de taparse el pecho desnudo con un cojín. Su cara pasó de la risa al terror absoluto. Marisol se quedó congelada, con la boca abierta, incapaz de emitir sonido.
Entré y cerré la puerta suavemente detrás de mí. —Sigan, por favor —dije con voz calmada—. No se detengan por mí. Estaban celebrando, ¿no? ¿El anticipo de los gringos? ¿O mi muerte en el Periférico?
—Silvestre, espérate… —Beto levantó las manos—. No es lo que parece. Estábamos… estábamos discutiendo la estrategia de venta… se me manchó la camisa y me la quité… —¡Cállate! —grité. Fue un solo grito, seco y autoritario. Beto cerró la boca de golpe. —No me insultes más, Beto. Ya sé todo. Sé de las cuentas en Panamá. Sé de la Constructora Valle Dorado. Sé de los depósitos mensuales a Marisol. Y ahora… sé esto.
Beto miró a Marisol, buscando ayuda. Ella estaba temblando. —Silvestre… amor… déjame explicarte… me sentía sola… tú nunca estabas… —empezó a llorar Marisol, recurriendo a su vieja táctica. —Ahórrate las lágrimas, Marisol. Ya no compro ese boleto.
Me acerqué a la mesa donde estaba el celular de Beto. —¿Valió la pena? —les pregunté, mirándolos a los dos—. ¿Veinte años de amistad, Beto? ¿Diez años de matrimonio, Marisol? ¿Valió la pena por unos cuantos millones y unos revolcones en hoteles de paso?
Beto bajó la mirada. Sabía que estaba acabado. —¿Qué vas a hacer? —preguntó, con voz ronca. —Lo que debí hacer hace mucho. Limpiar la casa.
Saqué un sobre de mi saco y lo tiré sobre la mesa. —Ahí está la demanda de divorcio. Y la notificación de la auditoría forense que ya está en manos de la Fiscalía. Tienen 24 horas para largarse del país o buscarse los mejores abogados de México, porque los voy a perseguir hasta debajo de las piedras. Quiero cada centavo de regreso. Y quiero que sus nombres queden tan sucios que nadie les vuelva a dar ni los buenos días.
—¡No puedes hacernos esto! —gritó Marisol, recuperando su furia—. ¡Soy tu esposa! ¡Tengo derechos! ¡La mitad de todo es mío! —Leíste mal el contrato prenupcial, querida. En caso de adulterio comprobado… te vas con lo que traes puesto. Y esto —señalé la habitación, el vino derramado, a Beto semidesnudo— es toda la prueba que necesito.
Me di la vuelta para salir. —Silvestre… —Beto intentó acercarse—. Somos hermanos… Me detuve con la mano en la manija. No volteé. —Mi hermano murió el día que decidiste robarme. Tú eres solo un extraño que se parece a alguien que yo quería.
Salí de la habitación. Caminé por el pasillo escuchando los gritos de Marisol y los reclamos de Beto a mis espaldas. Bajé por el elevador. Salí al sol de Polanco.
Me sentí ligero. Vacío, sí. Dolido, muchísimo. Pero libre. La infección había sido extirpada. Me subí a mi coche y manejé de regreso a la única persona que me había sido leal en todo este infierno.
Llegué a casa al atardecer. La casa se veía diferente. Ya no se veía amenazante. Se veía triste, pero limpia. Entré. Juana estaba en la cocina, preparando masa para tortillas. Me vio entrar. Vio mi cara. No necesitó preguntar.
—¿Ya se fueron, patrón? —preguntó suavemente. —Ya se fueron, Juana. Para siempre. Ella asintió y siguió amasando. —El dolor pasa, señor. La vergüenza de ellos, esa se queda. Siéntese. Le hice un caldito de pollo.
Me senté en la barra de la cocina, no en el comedor principal. Comí en silencio, viendo trabajar a esa mujer sencilla. —Juana —dije después de un rato. —¿Mande? —¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me advertiste? Podías haberte quedado callada, dejar que me pasara lo que me pasara, y seguir con tu vida. Marisol te trataba mal. Yo ni te saludaba bien. ¿Por qué salvarme?
Juana se limpió las manos en el delantal y me miró con una sonrisa triste. —Porque usted es un hombre bueno, Don Silvestre. Está perdido, sí. El dinero lo mareó. Pero tiene buen corazón. Y cuando Dios le da a uno el don de ver, también le da la obligación de hablar. El silencio también mata, patrón.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Lloré ahí, frente a mi empleada, lloré por mi amigo, por mi esposa, por los años perdidos. Lloré como un niño. Y Juana, sin decir palabra, me puso una mano en el hombro y me dejó llorar, siendo la madre que yo no tenía, la amiga que Beto nunca fue, la compañera que Marisol nunca quiso ser.
Esa noche, dormí profundamente por primera vez en meses. Sin sillas en la puerta. Sin miedo. Sabía que venían tiempos difíciles. Juicios, escándalos, soledad. Pero estaba vivo. Y mientras hay vida, hay revancha.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: LA CASA DE LOS ESPEJOS ROTOS Y LA FIRMA FINAL
El regreso del hotel en Polanco no se sintió como una victoria. Se sintió como volver de un funeral donde el muerto eres tú, pero nadie te ha avisado todavía. Manejé por Paseo de la Reforma, viendo el Ángel de la Independencia brillar bajo el sol de la tarde, indiferente a mi desgracia. Esa ciudad que yo sentía mía, llena de rascacielos que ayudé a financiar, ahora me parecía un escenario vacío, una maqueta bonita construida sobre coladeras llenas de ratas.
Al llegar a la mansión de las Lomas, el silencio me recibió como un golpe físico. Ya no estaba el Mercedes de Marisol. Ya no estaba su perfume flotando en el vestíbulo. Solo quedaba el olor a cera para pisos y el leve aroma a frijoles de olla que venía de la cocina.
Me encerré en el despacho. No para llorar, sino para matar.
Saqué el whisky más caro que tenía, un Macallan de 25 años que guardaba para el nacimiento de mi primer hijo—hijo que nunca tuve porque Marisol decía que “arruinaría su figura”—y me serví una copa. Luego, levanté el teléfono y marqué el número de mi abogado penalista, el Licenciado Carbajal. Un tipo temido en los juzgados, conocido como “El Tiburón” porque cuando mordía, arrancaba el pedazo.
—Licenciado —dije cuando contestó—. Activa la orden. Quema todo. —¿Está seguro, Don Silvestre? —preguntó, con esa voz rasposa de fumador—. Una vez que presentemos la denuncia ante la Fiscalía, no hay vuelta atrás. Va a ser un escándalo. Saldrá en las noticias. Su reputación se va a manchar por asociación. —Mi reputación la limpio después. Quiero que ellos se ahoguen. Congela las cuentas de Beto. Solicita el arraigo. Y tramita el divorcio express por causal de adulterio y violencia psicológica. Quiero a Marisol fuera de mi vida legalmente para el lunes.
—Entendido. Empieza la cacería.
Las siguientes 48 horas fueron una neblina de trámites burocráticos y llamadas furiosas. Beto intentó contactarme mil veces. Primero con súplicas, luego con amenazas. “Silvestre, no sabes con quién te metes. Tengo grabaciones tuyas. Voy a decir que tú orquestaste el fraude.” Era puro blofeo. Lalo, mi auditor, había hecho un trabajo quirúrgico. Todas las huellas digitales del dinero llevaban a la IP de Beto y a sus cuentas en Panamá. Yo estaba limpio, aunque herido.
El lunes por la mañana, la noticia estalló. “ESCÁNDALO EN GRUPO ROCA: SOCIO FUNDADOR ACUSADO DE DESFALCO MILLONARIO”. Vi la noticia en el noticiero matutino mientras tomaba café solo en el comedor de caoba para doce personas. Pasaron imágenes de Beto saliendo de su departamento en Santa Fe, esposado, cubriéndose la cara con un saco. Se veía patético. Pequeño. Ya no era el “Rey Midas” del sector inmobiliario. Era solo un ladrón con traje caro.
Sentí una satisfacción amarga. No había alegría, solo la confirmación de que la justicia existe, aunque a veces llegue tarde y cojeando.
Esa tarde llegó el abogado de Marisol. No vino ella. Por supuesto que no. No tuvo las agallas de mirarme a los ojos después de lo del hotel. Mandó a un tipo joven, perfumado y arrogante, con un traje que le quedaba grande.
Nos sentamos en la sala. Juana sirvió agua y se retiró, quedándose parada en el umbral, vigilando como un gárgola de piedra. El abogado abrió su portafolio. —Señor Roca, mi clienta, la señora Marisol, está dispuesta a llegar a un acuerdo amistoso para evitar el circo mediático. Ella pide la casa de Valle de Bravo, el departamento en Miami y una pensión mensual de ciento cincuenta mil pesos por “compensación de estilo de vida”. A cambio, ella no impugnará el divorcio.
Me reí. Fue una risa seca, que me dolió en el pecho. —¿Compensación? —pregunté, mirándolo a los ojos—. Dígale a su clienta que la única compensación que va a recibir es no ir a la cárcel por complicidad en fraude corporativo. El abogado se puso tenso. —Esas son acusaciones graves, señor. Mi clienta no tiene nada que ver con los negocios del señor Onishila. —Tengo los estados de cuenta —interrumpí, lanzando una carpeta sobre la mesa—. Transferencias mensuales de Beto a Marisol durante dos años. Concepto: “Gastos varios”. Dinero robado de mi empresa para pagarle a mi esposa por ser la amante de mi socio.
El abogado abrió la carpeta. Palideció al ver los números resaltados en amarillo fosforescente. —Eso cambia… la situación —balbuceé. —La cambia totalmente. Así que aquí está mi contraoferta: Ella firma el divorcio hoy. Se queda con su ropa, sus joyas y su coche. Nada de propiedades. Nada de pensión. Y si abre la boca para hablar mal de mí en la prensa, publico estos estados de cuenta y la denuncio penalmente mañana mismo. ¿Tenemos un trato o prefiere que llame a la patrulla?
El abogado sudó. Sacó su celular. —Tengo que consultar. Salió al jardín. Lo vi gesticular, discutir. Marisol debía estar gritando al otro lado de la línea. Diez minutos después, regresó. —Acepta. ¿Dónde firma?
Firmé los papeles ahí mismo, en la mesa de centro donde tantas veces habíamos puesto el árbol de Navidad juntos. Mi firma fue firme, tajante. Con cada trazo de la pluma, cortaba un hilo de la telaraña que me había asfixiado por una década.
—Dígale que espero que encuentre lo que busca —dije, entregándole los papeles—. Pero dígale también que la paz no se compra con dinero robado.
Cuando el abogado se fue, la casa quedó en un silencio absoluto. Era un silencio diferente al de antes. Ya no era tenso. Era hueco. Era el silencio de un mausoleo.
Me quedé sentado en el sofá, mirando el vacío. Tenía cuarenta y dos años. Tenía una fortuna que acababa de salvar. Tenía una empresa que reconstruir. Pero no tenía a nadie. Las fotos en las paredes me miraban burlonas. Silvestre y Marisol en París. Silvestre y Beto inaugurando la Torre Reforma. Silvestre, Marisol y Beto brindando con champaña. Todos sonreían. Todos mentían.
Me sentí tan solo que el aire me pesaba en los pulmones. Había ganado la guerra, pero al mirar a mi alrededor, me di cuenta de que mi reino era un cementerio de recuerdos falsos. No comí en dos días. Deambulaba por la casa como un alma en pena, tocando los muebles, tratando de encontrar algún rastro de verdad en esa vida de plástico.
La única verdad en esa casa estaba en la cocina, tarareando himnos religiosos mientras limpiaba frijoles.
CAPÍTULO 6: EL VUELO DEL ÁNGEL Y LA ÚLTIMA PROFECÍA
Fue la tercera noche después del divorcio cuando la realidad me golpeó. Estaba sentado en la sala, a oscuras, solo iluminado por la luz de la calle que entraba por el ventanal gigante. Tenía el acta de divorcio definitiva en la mano y una botella de tequila medio vacía en la mesa.
Me sentía miserable. Sí, estaba vivo. Sí, tenía dinero. Pero el agujero en el pecho donde antes tenía confianza y amor ardía como si me hubieran echado ácido. ¿Cómo pude ser tan ciego? ¿Cómo pude dormir diez años con una enemiga? ¿Cómo pude llamar “hermano” a un Judas?
Escuché pasos suaves. No eran tacones. Eran las sandalias de goma de Juana. Entró a la sala sin pedir permiso. Ya no bajaba la cabeza. Caminaba erguida, con una dignidad que iluminaba la penumbra. Traía una maleta. No la bolsa de plástico de la otra vez. Una maleta vieja de tela, bien cerrada.
Se paró frente a mí. —Buenas noches, patrón. Levanté la vista, con los ojos nublados por el alcohol y el cansancio. —Hola, Juana. ¿Qué haces con eso? ¿A dónde vas? —Me voy, Don Silvestre. Mañana temprano tomo el camión para mi pueblo.
Sentí pánico. Un pánico infantil, irracional. Ella era lo único real que me quedaba. —¿Por qué? —pregunté, y mi voz se quebró—. ¿Es por el dinero? Te dije que te lo triplicaba. Te pongo un departamento si quieres. No te vayas. Juana negó con la cabeza, con una sonrisa maternal y triste. —No es el dinero, señor. Nunca fue el dinero. —Entonces, ¿qué es? ¿Alguien te trató mal? Ya no está Marisol. Nadie te va a gritar.
—Mi trabajo aquí terminó —dijo. Su voz resonó en la sala vacía con una autoridad extraña—. Yo no vine a trapear sus pisos, señor. Yo vine porque alguien allá arriba escuchó que usted estaba en peligro y me mandó.
Me quedé helado. —¿De qué hablas? —Yo voy a donde hay nubes negras, patrón. Voy a donde la traición está a punto de matar al inocente. Llegué cuando usted estaba ciego, para ser sus ojos. Llegué cuando estaba sordo, para ser sus oídos. Pero ahora… —señaló los papeles del divorcio y la noticia en el periódico sobre la caída de Beto— ahora usted ya ve. Ya escucha. La mala hierba ya se arrancó.
Me levanté tambaleándome y me acerqué a ella. —No te vayas, Juana —le supliqué, y no me dio vergüenza que se me salieran las lágrimas—. Eres la única persona que no me ha lastimado. Eres la única que me dijo la verdad. Tengo miedo de estar solo en esta casa gigante. Tengo miedo de no ver venir el próximo golpe.
Juana dejó la maleta en el suelo y me tomó las manos. Sus manos eran rasposas, calientes, vivas. —No tenga miedo de la soledad, Don Silvestre. Tenga miedo de la mala compañía. La soledad limpia. La soledad cura. Me miró fijo a los ojos, y sentí que me leía el alma. —Yo no fui enviada para quedarme, señor. Fui enviada para salvar. Si me quedo, usted se va a recargar en mí y nunca va a aprender a caminar solo de nuevo. Y usted necesita caminar. Tiene mucho que construir todavía.
—¿Construir qué? —pregunté con amargura—. Me robaron todo. Mi confianza, mi alegría. —Le robaron el dinero y el orgullo. Eso regresa. Pero no le robaron la vida.
Juana suspiró profundamente y soltó mis manos. —Escuche bien lo que le voy a decir, patrón. Tómelo como mi último servicio. Se puso seria, en ese modo “profético” que me ponía la piel de gallina.
—Si usted hubiera firmado ese papel aquel día, ahorita estaría en una celda fría, sin nombre y sin futuro. Los que decían amarlo estarían brindando con su dinero. Pero usted no firmó. Usted escuchó. Eso significa que está listo. —¿Listo para qué? —Para empezar de nuevo. Pero esta vez, con los ojos bien abiertos.
Dio un paso atrás, agarrando su maleta. —Viva derecho, señor —dijo, y cada palabra se sentía como un mandamiento—. Confíe despacio. Ame con cuidado. Y vigile a todos. El diablo siempre se disfraza de lo que más deseamos. No se deje deslumbrar por el brillo. Busque lo que es de verdad, aunque venga envuelto en papel periódico.
Caminó hacia la puerta principal. Yo me quedé paralizado. Quería correr tras ella, ofrecerle la mitad de mi fortuna, rogarle que fuera mi madre, mi abuela, mi guía. Pero sabía que no serviría de nada. Ella obedecía a leyes que no estaban en mis contratos.
Abrió la puerta pesada de madera. El viento de la noche entró, moviendo las cortinas. Se giró una última vez y sonrió. No una sonrisa de sirvienta sumisa. Una sonrisa de guerrera que cuelga la espada. —Dios lo bendiga, Silvestre. Y no se preocupe por mí. Hay muchas casas con sombras. Siempre hay trabajo.
Y así, sin más drama, se fue. Se la tragó la oscuridad de la calle.
Me quedé parado en el vestíbulo por mucho tiempo, escuchando el viento. Sentí un vacío enorme, pero por primera vez, no sentí miedo. Sentí… claridad. Era como si me hubieran quitado una catarata de los ojos. La casa ya no se sentía embrujada. Se sentía simplemente vacía. Y el vacío es bueno. El vacío se puede llenar con cosas nuevas.
Caminé de regreso a la sala. Mis ojos se posaron en la repisa de la chimenea. Ahí estaba todavía. La foto de nuestra boda. Marisol y yo, jóvenes, radiantes, cortando el pastel. Ella me miraba con adoración fingida. Yo la miraba con amor ciego. Esa foto había sobrevivido a la purga de los últimos días por pura inercia.
Me acerqué. La tomé con las dos manos. El marco era de plata, pesado. Miré la sonrisa de Marisol. Recordé sus palabras en el hotel: “Tú nunca estabas… me sentía sola”. Mentiras. Todo había sido un cálculo frío desde el día uno. Miré mi propia cara en la foto. Ese Silvestre joven e ingenuo estaba muerto. Murió en el Periférico junto con la camioneta que debió matarme a mí.
Levanté el marco por encima de mi cabeza. Y con un grito que me salió desde las entrañas, un rugido de animal herido que se libera de la trampa, lo estrellé contra el suelo de mármol.
¡CRASH!
El sonido del vidrio rompiéndose fue la música más hermosa que había escuchado en años. Los pedazos de cristal salieron volando. La plata se abolló. La foto se rasgó. La mentira estaba rota.
Me agaché y recogí un pedazo grande de vidrio. Me miré en el reflejo. Vi mis ojeras. Vi mis arrugas nuevas. Vi un corte pequeño en mi mejilla que me hice al rasurarme temblando esa mañana. Estaba magullado. Estaba solo. Estaba en la ruina emocional.
Pero entonces, sucedió algo extraño. Las comisuras de mis labios empezaron a subir. Empecé a reír. Primero bajito, luego a carcajadas. Una risa que limpiaba, que sacaba todo el veneno. Sonreí. No porque todo estuviera bien. Sino porque la tormenta había pasado, y yo seguía de pie. Había sobrevivido al naufragio.
Me levanté. Fui a la cocina, saqué una escoba y un recogedor. Y yo mismo, el CEO de Grupo Roca, el hombre de los mil millones, me puse a barrer los vidrios rotos de mi pasado. Mientras barría, empecé a hacer planes. Iba a purgar la empresa. Iba a correr a todos los lambiscones que Beto había metido. Iba a contratar gente que tuviera hambre de verdad, no hambre de poder. Iba a vender esta casa maldita.
Esa noche dormí en el suelo de la sala, sobre una cobija, porque la cama king size me parecía demasiado grande. Pero dormí en paz.
El año siguiente fue una reconstrucción brutal. Hice lo que prometí. Despedí al 40% de la plantilla. Reestructuré la deuda. Cerré los tratos sucios. Perdí dinero al principio, mucho dinero. Los socios se quejaban. La prensa decía que “Roca se hunde”. Pero yo sabía que no me estaba hundiendo. Me estaba cimentando. Cada ladrillo que ponía ahora era honesto. Abrí una sucursal en Querétaro y contraté a ingenieros recién egresados del Politécnico, chavos que venían de abajo como yo, que valoraban la oportunidad más que el sueldo. Rechacé sobornos del gobierno para licitaciones amañadas, algo que Beto hubiera aceptado sin pestañear.
Poco a poco, las cicatrices empezaron a sanar. Volví a comer con sabor. Volví a escuchar música. Empecé a caminar por los parques los domingos, viendo a las familias, a los perros, a la gente real. Me di cuenta de que la riqueza no estaba en las cuentas de banco, sino en la tranquilidad de saber que nadie te está esperando con un cuchillo en la espalda.
Y Juana… Nunca supe a dónde fue. A veces, cuando iba en el coche y veía a una mujer humilde cruzando la calle con su bolsa del mandado, frenaba pensando que era ella. Pero nunca era. Ella era como el viento. Se siente, te refresca, te despeina, y se va.
Pero su profecía final todavía resonaba en mi cabeza: “Busque lo que es de verdad”. Yo no sabía entonces que la verdad estaba a punto de tocar a mi puerta otra vez, pero esta vez, no vendría vestida de sirvienta ni de tragedia. Vendría vestida de esperanza. Y yo, gracias a Juana, ya tenía los ojos limpios para reconocerla.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: EL AMOR NO LLEVA ETIQUETA DE PRECIO
Pasaron doce meses. Un año completo de estaciones: las lluvias torrenciales de julio que inundan el Viaducto, el frío seco de enero, las jacarandas moradas de marzo. Para mí, fue el año de la desintoxicación.
Grupo Roca cambió. Ya no éramos los tiburones agresivos que se comían a la competencia con trucos legales. Nos volvimos… sólidos. Como el nombre. Me deshice de los contratos inflados, de los “amigos” en el gobierno que pedían su tajada, y de las fiestas de fin de año con edecanes y excesos. Mi nueva oficina en Querétaro era modesta. Me gustaba ir allá. Me gustaba manejar por la carretera, ver el campo, alejarme del ruido de la capital.
Y fue en ese proceso de sanación, cuando ya no buscaba nada, que la encontré.
No fue en un antro de Polanco, ni en un palco del Estadio Azteca, ni en una pasarela de moda, que eran los lugares donde Marisol solía cazar su estatus. Fue en una subasta benéfica en Coyoacán, en un centro cultural viejo con olor a humedad y libros antiguos. Yo fui porque mi fundación estaba donando computadoras para escuelas rurales.
Yo estaba en una esquina, con una copa de agua mineral en la mano, aburrido de las sonrisas falsas de la socialité que solo iba para la foto. Entonces la vi.
No llevaba un vestido de lentejuelas. Llevaba una falda larga, floreada, y una blusa blanca sencilla. No tenía joyas, solo unos aretes de plata artesanales. Estaba acomodando unos libros en una mesa, concentrada, ignorando a los meseros y a las cámaras. Se le cayó un libro. Me acerqué y lo recogí. —”Pedro Páramo” —leí la portada—. Un clásico. Ella levantó la vista. Tenía unos ojos color miel, grandes, transparentes. No había maquillaje cubriendo su cansancio, pero había una luz en su mirada que opacaba a cualquier diamante. —Gracias —sonrió. Una sonrisa tímida, real—. Es para la biblioteca de la sierra. Allá los niños no tienen internet, pero tienen imaginación. Con Rulfo van a volar.
—Soy Silvestre —le tendí la mano. —Soy Elena. Maestra de primaria. No hubo un “¿A qué te dedicas?” ni un “¿Qué coche traes?”. Hablamos de libros. Hablamos de la lluvia. Hablamos de los esquites que vendían en la esquina. Elena no sabía quién era yo. Para ella, yo era solo un tipo con un traje un poco demasiado formal que parecía perdido.
La invité a cenar. No la llevé al Pujol ni a ningún lugar con estrellas Michelin. La llevé a una taquería en Narvarte, de esas con banquitos de plástico y salsa que pica de verdad. —¿Te gustan los de pastor con piña? —le pregunté, nervioso como un adolescente. —Si no tienen piña, no son de pastor —respondió ella, mordiendo su taco con gusto, manchándose un poquito la comisura del labio y limpiándose con una servilleta de papel.
Me enamoré en ese preciso instante. Me enamoré de su sencillez. De su risa que no buscaba impresionar a nadie. De cómo trataba a los meseros con el mismo respeto con el que trataría a un presidente. Salimos por seis meses. Ella vivía en un departamento chiquito en la Colonia San Rafael, lleno de plantas y gatos recogidos de la calle. Yo dejaba mi coche de lujo a tres cuadras y llegaba caminando, para no romper la magia. Quería que me quisiera a mí, al Silvestre que comía tacos y leía a Rulfo, no al Silvestre de la cuenta bancaria.
Un domingo, estábamos caminando por los Viveros de Coyoacán. El sol se filtraba entre los árboles altos. —Tengo que decirte algo —dije, deteniéndome. Ella me miró preocupada. —¿Qué pasa? ¿Estás casado? —su voz tembló. —No. Divorciado. Y curado de espantos. Pero… te he mentido en algo. —¿En qué? —No soy gerente de ventas, Elena. Soy el dueño de Grupo Roca. Esos edificios que ves en Reforma… algunos son míos.
Elena se quedó callada. Miró mis zapatos, luego mi cara. Pensé que se iba a enojar. O peor, que sus ojos cambiarían y aparecería el símbolo de pesos, como le pasaba a Marisol. Pero Elena soltó una carcajada. —Ay, Silvestre. Ya lo sabía. —¿Qué? —Tengo Google, mi amor. Cuando salimos la tercera vez, te busqué. Vi las noticias. Vi lo de tu socio, lo del fraude, lo de tu esposa. —¿Y por qué no dijiste nada? ¿Por qué seguiste saliendo conmigo? —Porque quería ver si el dinero te había echado a perder el corazón. Y me di cuenta de que no. Me di cuenta de que eras un hombre triste que necesitaba que alguien lo escuchara, no que lo cobrara.
Se me hizo un nudo en la garganta. —¿No te importa la lana? —La lana sirve para comer y para tener techo. Pero no sirve para que te abracen en la noche cuando tienes frío. Yo quiero al hombre que me trae flores del mercado, no al que me manda arreglos de cinco mil pesos con el chofer.
La abracé ahí mismo, en medio del parque, sin importarme la gente. Sentí una paz absoluta. Una paz sólida, como los cimientos de un buen edificio. Recordé a Juana. “Busque lo que es de verdad”. La había encontrado.
No hubo una boda gigante con quinientos invitados y portada en la revista ¡Hola!. Nos casamos en un jardín pequeño, solo con su familia y mis pocos amigos verdaderos (Lalo fue mi testigo). Cuando Elena dijo “Sí, acepto”, no estaba mirando mi reloj ni mi cartera. Me estaba mirando a los ojos.
Esa noche, mientras bailábamos una canción lenta bajo las luces de una carpa sencilla, miré al cielo. No había nubes. Estaba despejado. —Gracias, Juana —susurré al viento. Elena me escuchó. —¿Quién es Juana? —preguntó. Sonreí. —El ángel que me enseñó a distinguir el oro de la pirita. Algún día te contaré la historia. Es una historia de terror, pero con final feliz.
Mi vida se había reconstruido. Ya no era perfecta, tenía cicatrices, pero era mía. Y era real. Pero mientras yo bailaba, al otro lado de la ciudad, la historia estaba a punto de repetirse para alguien más.
CAPÍTULO 8: LA PUERTA DE LOS LAMENTOS Y LA VISITANTE
La colonia Del Valle es una zona de clase media alta, llena de edificios viejos y casas californianas que han visto mejores tiempos. En la calle de Amores, había una casa grande, de fachada color crema, que por fuera parecía respetable. Tenía un jardín bien cortado y dos coches en la cochera. Pero las casas, como las personas, tienen secretos que se filtran por las grietas.
Si te acercabas a la fachada, podías ver que la pintura se estaba descascarando en las esquinas. Había una grieta fea en uno de los pilares del portón, una herida en el concreto que nadie había reparado. Adentro, el aire estaba viciado.
Era una tarde lluviosa de martes. El cielo estaba negro, amenazando con una tormenta eléctrica. En la sala de esa casa, una mujer llamada Claudia estaba sentada en el sillón, con los ojos hinchados como dos tomates. Llevaba días llorando. Claudia tenía cuarenta años, pero se veía de cincuenta. El estrés y la tristeza la habían consumido.
Su marido, Ricardo, era un abogado exitoso. O eso decía él. Ricardo llegaba tarde todas las noches. “Mucho trabajo en el bufete, mi amor”, decía, oliendo a perfume barato y a mezcal. Claudia sabía. Las mujeres siempre saben. Había encontrado tickets de restaurantes románticos en los sacos de él. Había visto mensajes que aparecían en su pantalla a medianoche: “Te extraño, bebé”. El remitente era “Licenciado Gómez”, pero Claudia sabía que Gómez no le decía “bebé” a su colega.
Era su secretaria. Una chica de veintidós años que Ricardo había contratado hacía seis meses. La historia de siempre. El cliché más viejo del mundo. Pero saberlo no hacía que doliera menos. Claudia estaba atrapada. Tenía dos hijos en la escuela, una hipoteca y una autoestima que Ricardo se había encargado de pisotear durante quince años. —Estás loca, Claudia. Eres una celosa. Nadie te va a aguantar como yo. Estás vieja.
Esa tarde, Claudia estaba considerando tomarse un frasco de pastillas para dormir y no despertar. La desesperación era un pozo negro y profundo. Ricardo estaba en el estudio, hablando en voz baja por teléfono. —Sí, mi amor. Ya casi. Ya la tengo harta. En cuanto consiga que firme los papeles de la casa, la dejo y nos vamos a Cancún. Te lo prometo.
Claudia escuchó un murmullo, pero no distinguió las palabras. Solo sintió el frío de la muerte rondando la casa.
Entonces, sonó el timbre.
Ding-dong.
El sonido fue extraño, intrusivo en medio de la atmósfera fúnebre de la casa. Claudia se secó las lágrimas con el dorso de la mano. No esperaba a nadie. Se levantó pesadamente y caminó hacia la puerta. Abrió.
Afuera, bajo la llovizna fina, había un coche negro, modesto, estacionado en la calle. Un Uber que ya se iba. Y parada en el tapete de bienvenida, había una mujer. Bajita. De piel morena, curtida por el sol. Pelo negro recogido en una trenza perfecta, sin un solo pelo fuera de lugar. Llevaba un vestido sencillo, color café, y zapatos de piso cómodos. Traía una maleta de tela vieja en la mano.
Claudia parpadeó, confundida. —¿Sí? ¿Busca a alguien? La mujer levantó la vista. Sus ojos eran oscuros, profundos, como dos pozos de agua antigua que han visto pasar siglos. —Buenas tardes, señora —dijo con una voz suave pero firme—. Vengo por el anuncio.
Claudia frunció el ceño. —¿Qué anuncio? Yo no puse ningún anuncio. —El anuncio de trabajo. Para la limpieza. Me dijeron que aquí necesitaban ayuda urgente.
Claudia negó con la cabeza. —Se equivocó de casa. Yo no he pedido a nadie. De hecho… iba a correr a la muchacha que tengo porque ya no puedo pagarle. La mujer no se movió. No pidió disculpas. No se dio la vuelta. Simplemente sonrió. Una sonrisa leve, enigmática. —No me equivoqué, señora. Esta es la casa donde el pilar está roto, ¿verdad? —señaló la grieta en la entrada—. Y donde las paredes lloran por dentro.
Claudia sintió un escalofrío. ¿Quién era esta mujer? —¿Quién es usted? —preguntó, con un hilo de voz.
La mujer dio un paso adelante. No era invasivo, pero era inevitable. Como la marea que sube. —Me llamo Juana. Pero me puede decir como quiera. Soy la muchacha. Dejó la maleta en el suelo y miró hacia adentro de la casa, hacia el pasillo oscuro que llevaba al estudio donde Ricardo planeaba su traición. Juana olfateó el aire. —Huele a humedad —dijo—. Y huele a mentiras. Pero no se preocupe, señora. Yo soy muy buena para sacar la basura.
En ese momento, Ricardo salió del estudio, molesto por el ruido. —¿Quién es, Claudia? —gritó—. ¡Te dije que no quiero interrupciones! Vio a Juana en la puerta y se detuvo. La miró con desdén, con esa arrogancia de hombre que se cree intocable. —¿Y esta quién es? ¿Otra de tus parientas pobres pidiendo dinero?
Juana lo miró. Fue una mirada de un segundo. Pero en ese segundo, Ricardo sintió algo que no había sentido en años: miedo. Sintió que esa mujer bajita podía ver a través de su ropa, a través de su piel, directo a su conciencia negra. Juana sostuvo la mirada y luego se volvió hacia Claudia. —¿Puedo pasar, señora? Traigo mis propias cosas. No cobro mucho. Solo cobro con la verdad.
Claudia miró a su marido, luego a la mujer extraña. Sintió algo en el pecho. Una chispa. Una esperanza irracional. Sintió que si cerraba la puerta, se moría. Pero si dejaba entrar a esta mujer, algo iba a pasar. Algo grande. —Pásale, Juana —dijo Claudia, abriendo la puerta por completo.
Ricardo bufó. —¿Estás loca? No tenemos dinero para… —Cállate, Ricardo —dijo Claudia. Fue la primera vez que lo callaba en diez años.
Juana tomó su maleta y cruzó el umbral. Sus zapatos de goma no hicieron ruido sobre el piso. Al entrar, el aire de la casa pareció cambiar. La pesadez se levantó un poco, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada por años.
Juana caminó hacia la cocina, como si conociera la casa de toda la vida. —Voy a empezar por trapear —dijo sin voltear—. Hay mucha suciedad acumulada en las esquinas. Y señora… Se detuvo y miró a Claudia por encima del hombro. —…esta noche no duerma profundo. Si oye ruidos, no se tape los oídos. Es hora de despertar.
Claudia cerró la puerta principal. Afuera, la lluvia arreció, limpiando las calles. Adentro, la limpieza acababa de comenzar.
El marido no lo sabía, pero su tiempo se había acabado. La amante no lo sabía, pero su juego había terminado. Porque Juana había llegado. Y donde entra Juana, la mentira no sobrevive la noche.
La traición no hace ruido al llegar. Entra sonriendo, besando, abrazando. Pero la justicia… la justicia entra con zapatos de goma y una escoba, y cuando golpea, retumba para siempre.
FIN