
CAPÍTULO 1: EL INVIERNO MÁS CRUEL EN LA COLONIA OBRERA
El frío en la Ciudad de México —o mejor dicho, en las orillas olvidadas del Estado de México donde el asfalto se convierte en terracería— tiene una manera particular de calar. No es ese frío elegante de las películas europeas donde la nieve cae suavemente sobre abrigos de lana; no, aquí el frío es húmedo, traicionero, se mete por las láminas oxidadas de los techos y se cuela por los huecos de las ventanas que llevan años esperando un vidrio nuevo.
Era el 24 de diciembre. Nochebuena.
Dentro del “Taller Automotriz Carmona”, el aire olía a una mezcla rancia de aceite quemado, gasolina vieja y la humedad que brotaba de las paredes de concreto desnudo. Don Elías Carmona estaba sentado en su escritorio, una estructura de metal gris que había sobrevivido a tres terremotos y a dos crisis económicas, pero que ahora parecía gemir bajo el peso de los codos de su dueño.
Elías se frotó la cara con sus manos grandes, ásperas como lija, manchadas permanentemente de grasa negra en las huellas dactilares y debajo de las uñas. Suspiró, y el vapor de su aliento se hizo visible en la penumbra de la oficina. Solo una lámpara de escritorio parpadeante iluminaba el caos frente a él: facturas de luz con el sello rojo de “URGENTE”, notas de remisión arrugadas, y una calculadora solar que apenas funcionaba.
—Maldita sea… —murmuró para sí mismo, su voz ronca rebotando en las paredes vacías.
Los números no mentían, y esa era la crueldad de las matemáticas. No importaba cuántas veces sumara y restara, el resultado era el mismo: estaba en números rojos. Y no un rojo pálido, sino un rojo sangre, profundo y alarmante. El taller, ese santuario de grasa y tuercas que su padre, Don Anselmo Carmona, había levantado ladrillo a ladrillo hace cuarenta años, estaba a punto de morir.
Había sido un año brutal para la colonia. La fábrica de textiles que daba empleo a la mitad del barrio había cerrado en marzo. Luego, la inflación se disparó. La gente dejó de arreglar sus coches. Si el “vocho” o la “troca” hacían ruidos extraños, le subían al radio para no oírlo. Nadie tenía lana para afinaciones, ni para cambios de aceite, y mucho menos para reparaciones mayores.
Elías miró hacia el taller a través del vidrio sucio de la oficina. Las bahías de servicio estaban vacías, salvo por el esqueleto de un Datsun 80 que llevaba ahí seis meses porque el dueño había desaparecido o, peor aún, se había quedado sin un peso para sacarlo. El silencio en el taller era lo que más le dolía. Un taller mecánico debe sonar a vida: el zumbido de las pistolas de impacto, el golpe metálico de los martillos, la cumbia sonando en una radio vieja, las risas y albures de los chalanes.
Pero ahora solo había silencio y el aullido del viento golpeando el portón de lámina.
Hace dos semanas, Elías había tenido que hacer lo más difícil de su vida: despedir a Chuy. Jesús “El Chuy” Martínez había sido su mano derecha por diez años. Un chamaco que llegó pidiendo una oportunidad para barrer y terminó siendo un maestro en inyección electrónica.
—No hay bronca, jefe, yo entiendo —le había dicho Chuy con los ojos agüitados mientras recibía su liquidación, que Elías había tenido que sacar de sus ahorros personales—. En cuanto la cosa mejore, yo regreso, ¿va?
—Va, mijo. En cuanto esto levante, aquí tienes tu casa —había prometido Elías, sabiendo en el fondo que era una mentira piadosa. No iba a levantar. Esto era el fin.
Elías se levantó y caminó hacia el pequeño altar que tenía en una repisa, junto a los catálogos de refacciones viejos. Había una imagen de la Virgen de Guadalupe, un poco tiznada por el humo del taller, y una foto en blanco y negro de su padre, Don Anselmo, sonriendo frente a este mismo taller pero en sus años dorados, lleno de coches y clientes.
—Perdóname, jefe —susurró Elías, tocando el marco de la foto—. Te fallé. No supe cómo pilotear este barco en la tormenta.
Se sentía pequeño, derrotado. A sus 54 años, Elías sentía que la vida se le había escapado entre las manos, escurriéndose como aceite de motor usado. No tenía esposa, no tenía hijos. Su vida era este taller. Y si el taller cerraba, ¿quién era él? Solo un viejo manchado de grasa sin propósito.
El sonido de un claxon lejano y el estallido de un cohete en la calle le recordaron qué día era. Navidad. La época de los milagros, decían. Pura mercadotecnia, pensaba él.
Su celular, un modelo viejo con la pantalla estrellada, vibró sobre el escritorio, bailando y haciendo un ruido sordo contra el metal.
La pantalla decía: Jazmín (Hermana).
Elías carraspeó, intentando aclarar su garganta para que no se le notara la quebradura emocional.
—¿Qué onda, carnala? —contestó, forzando un tono animado que sonó falso incluso para sus propios oídos.
—¡Elías! —la voz de Jazmín era un contraste total: cálida, vibrante, llena del caos doméstico de una casa feliz. De fondo se oían gritos de niños y música de Luis Miguel—. ¿Dónde estás, hombre? Ya son las siete y media. Los escuincles ya están preguntando si Santa Claus viene contigo o qué.
Elías sintió una punzada en el pecho. Sus sobrinos, Leo y Sofía. Eran la luz de sus ojos. Había ahorrado centavo a centavo las últimas semanas para comprarles unos juguetes sencillos: un balón de fútbol para Leo y un set de arte para Sofía. Estaban envueltos en papel periódico en el asiento de su camioneta.
—Ya voy para allá, Jaz. Estaba… estaba terminando de cerrar unos pendientes aquí en el taller. Ya sabes, la chamba nunca acaba.
—Ay, Elías, por Dios —reprochó ella con cariño—. Es Nochebuena. Nadie trabaja hoy. Deja de hacerte el mártir y vente a cenar. Hice los romeritos como le gustaban a mamá, y el Beto trajo un tequila bueno.
—Sí, sí, ya voy. En veinte minutos estoy ahí.
—Más te vale. Si no llegas, voy a ir a sacarte de las orejas. Te quiero, menso.
—Yo también te quiero, chaparra.
Colgó. El silencio regresó, más pesado que antes.
“Nadie trabaja hoy”, había dicho ella. Tenía razón. Pero Elías no estaba trabajando; estaba escondiéndose. Se estaba escondiendo de la realidad, del fracaso, de la vergüenza de mirar a su familia a los ojos y decirles que el legado de los Carmona estaba en bancarrota.
Comenzó a apagar las luces. Click. La oficina quedó a oscuras. Click. El pasillo. Solo quedó la luz ámbar de la calle que se colaba por las rendijas del portón.
Se puso su chamarra, esa vieja Levi’s con forro de borrega que ya estaba más gris que azul, y se ajustó la gorra de béisbol para cubrirse del frío. Caminó hacia la salida, sus botas de trabajo resonando en el concreto vacío. Cada paso era un eco de lo que alguna vez fue.
Abrió la puerta peatonal del portón y el viento helado lo golpeó en la cara como una bofetada. La calle estaba desierta, salvo por un perro callejero que buscaba refugio bajo un coche estacionado. A lo lejos, se veían las luces parpadeantes de las casas de los vecinos, se olía a ponche de frutas y a leña quemada.
Caminó hacia su camioneta, una Ford Lobo del 98 que él mantenía impecable mecánicamente, aunque la pintura ya estaba quemada por el sol. Abrió la puerta, el rechinido familiar le dio un poco de consuelo.
Justo cuando metió la llave en el contacto, el teléfono fijo del taller empezó a sonar.
Riiiing… Riiiing…
El sonido era estridente, casi violento en la quietud de la noche.
Elías se detuvo, con la mano en la llave.
—Déjalo sonar —se dijo a sí mismo—. Es Nochebuena. Seguro es número equivocado o alguna grabación de cobranza.
Riiiing… Riiiing…
El teléfono insistía. Había algo desesperado en ese timbre, o tal vez era su imaginación. Pero Elías Carmona tenía un defecto, o una virtud, según se viera: era incapaz de ignorar una llamada de auxilio. Su padre siempre le decía: “Hijo, un mecánico es como un doctor de fierros. Si alguien te llama, es porque tiene un dolor que no puede curar solo”.
Maldiciendo por lo bajo, Elías salió de la camioneta, volvió a abrir la puerta peatonal del taller y corrió hacia la oficina en la oscuridad, guiándose de memoria entre los estantes de herramientas.
Levantó el auricular justo antes de que la llamada se cortara.
—Taller Carmona, ¿quién habla? —dijo, un poco sin aliento.
Hubo un silencio breve al otro lado, solo se escuchaba estática y el sonido del viento soplando furiosamente en el micrófono del otro teléfono.
—¿Bueno? —insistió Elías.
—¡Por favor! ¡No cuelgue! —gritó una voz de mujer. Estaba llorando, se le notaba el pánico en la garganta, ese tono agudo que precede a la histeria—. Gracias a Dios, gracias a Dios alguien contesta. Señor, ayúdenos.
Elías se enderezó, su instinto de alerta se activó de inmediato.
—Tranquila, señora. Dígame qué pasa.
—Estamos varados… nuestro coche se murió. Estamos en medio de la nada.
—¿Dónde están? —preguntó Elías, buscando a tientas una pluma y un papel en la oscuridad de su escritorio.
—En la carretera federal, la que va para Toluca. No sé… mi esposo dice que pasamos el kilómetro 38 hace un rato. Está todo oscurísimo, no se ve nada. Y hace un frío horrible.
Elías conocía esa carretera. “La carretera de la muerte”, le decían los traileros. Curvas cerradas, niebla constante, sin señal de celular en muchos tramos y, lo peor de todo, asaltos constantes. Quedarse tirado ahí en Nochebuena no era solo mala suerte; era peligroso.
—¿Están orillados en lugar seguro? —preguntó Elías.
—Sí, creo que sí. Pero el coche no prende nada, ni las luces de emergencia. Señor, tengo a mis hijos aquí. Mi nena de cinco años está temblando mucho, no traíamos ropa para este frío, íbamos a una cena… —la voz se le quebró—. Hemos llamado a todos los talleres que salían en Google Maps. Nadie contesta. Usted es el único. Por favor, no nos deje aquí. Le pagamos lo que sea.
La mención del dinero le dio un sabor amargo en la boca a Elías, pero la mención de la niña lo desarmó. Imaginó a su sobrina Sofía en esa situación, congelándose en una carretera oscura mientras los coches pasaban zumbando a metros de distancia.
Miró su reloj. 7:45 PM. Si salía ahora, tardaría al menos 40 minutos en llegar a ellos, tal vez una hora en remolcarlos o arreglar el problema, y otra hora de regreso. Adiós a la cena. Adiós a los romeritos. Adiós a ver a sus sobrinos abrir los regalos antes de dormir.
Jazmín lo iba a matar.
Pero luego escuchó algo al otro lado de la línea. Era la voz de un hombre, lejana, gritando con frustración, y luego el llanto suave de un niño.
—Mami, quiero ir a casa…
Elías cerró los ojos y suspiró profundamente. No había opción. Nunca la hubo.
—Señora, escúcheme bien —dijo Elías con esa voz de mando que usaba cuando dirigía el taller—. No se bajen del auto a menos que sea necesario. Pongan los seguros. Voy para allá.
—¿De verdad? —la mujer sollozó de alivio—. ¿De verdad viene?
—Sí. Soy Elías. Aguante, señora. Ya voy en camino.
Colgó el teléfono. Se quedó un segundo en la oscuridad, sintiendo el peso de la decisión. Sabía que su hermana se enojaría, pero también sabía que ella, en el fondo, entendería. Era sangre Carmona. No dejaban a nadie atrás.
Salió corriendo al patio. En lugar de subirse a su Ford Lobo, se dirigió a la esquina donde estaba estacionada “La Bestia”: su grúa de plataforma. Era una Dodge Ram 4000 vieja, despintada, pero con un motor Cummins que Elías mantenía como una joya.
Subió a la cabina, que olía a tabaco viejo y a ambientador de pino. Giró la llave y el motor diésel cobró vida con un rugido estruendoso, vibrando con poder. Encendió las luces ámbar de la torreta.
Marcó rápido a Jazmín mientras abría el portón grande del taller.
—¿Ya vienes? —contestó ella al primer tono.
—Jaz… perdóname.
—No me digas eso, Elías —su tono cambió instantáneamente de alegría a preocupación—. ¿Qué pasó?
—Salió una emergencia. Una familia tirada en la federal, cerca del 40. Tienen niños, Jaz. Están congelándose.
Hubo un silencio largo. Elías podía imaginar a su hermana rodando los ojos, pero también sonriendo con resignación.
—Eres un caso perdido, Elías Carmona. Eres demasiado bueno para este mundo.
—No soy bueno, soy mecánico —respondió él, metiendo primera velocidad—. Guárdame cena. Llegaré tarde, pero llegaré.
—Ten cuidado, por favor. Esa carretera está fea y hay hielo. No te hagas el héroe.
—Siempre tengo cuidado. Nos vemos al rato.
Elías sacó la grúa a la calle, el sonido de las llantas dobles triturando la gravilla. Cerró el portón, se persignó frente a la oscuridad de la calle y aceleró.
La ciudad se desvanecía conforme avanzaba hacia la salida a la carretera. Las luces navideñas de las casas daban paso a la oscuridad de la zona industrial y luego a la negrura absoluta de la carretera federal. Empezó a lloviznar, una mezcla de agua y granizo fino que golpeaba el parabrisas como balas diminutas.
Elías puso la calefacción al máximo, encendió la radio en una estación de baladas viejitas para hacerse compañía y apretó el volante con fuerza. Iba al rescate de unos desconocidos, perdiéndose su propia Navidad, con el estómago vacío y las deudas al cuello.
Y sin embargo, por primera vez en semanas, mientras conducía hacia la tormenta, Elías sintió una extraña paz. Tenía una misión. Tenía un propósito. Y esa noche, eso era suficiente.
CAPÍTULO 2: LUCES EN LA TINIEBLA
La carretera federal México-Toluca es una bestia traicionera, y Elías Carmona la conocía mejor que a las líneas de sus propias manos. De día, es un río de asfalto lleno de camiones de carga que desafían la gravedad en las curvas de La Marquesa y automovilistas desesperados por llegar a la capital. Pero de noche, y especialmente en una noche de invierno con aguanieve, se transforma en un túnel de boca de lobo.
“La Bestia”, su vieja grúa Dodge Ram 4000, rugía mientras subía la pendiente. El motor diésel Cummins, aunque ruidoso, era una música reconfortante para Elías. Era el sonido de la fiabilidad. Adentro de la cabina, la calefacción zumbaba a todo volumen, luchando contra el frío que intentaba colarse por los empaques viejos de las puertas. En el espejo retrovisor colgaba un rosario de madera que se mecía hipnóticamente con cada bache, acompañado por una estampa de San Judas Tadeo pegada en el tablero con cinta adhesiva: el patrón de las causas difíciles. Y vaya que esta noche era una de esas.
Elías encendió la radio. La señal iba y venía entre la estática de las montañas, hasta que sintonizó una estación AM que tocaba “Navidad sin ti” de Los Bukis. Sonrió con amargura. Qué apropiado.
El limpiaparabrisas rechinaba rítmicamente, barriendo la mezcla de lluvia y hielo que comenzaba a acumularse. La visibilidad era apenas de unos diez metros. Los faros de halógeno de la grúa cortaban la niebla espesa que bajaba de los cerros, creando conos de luz amarilla que revelaban pinos fantasmales a los costados del camino.
Elías miró el odómetro y luego los marcadores verdes de la carretera. Kilómetro 36. Kilómetro 37.
Su mente divagaba mientras sus ojos escaneaban la oscuridad. Pensaba en los romeritos de Jazmín, en el calor de hogar que se estaba perdiendo. Pero también pensaba en el miedo. Sabía lo que era quedarse tirado. Recordaba una vez, hacía veinte años, cuando su padre y él se quedaron varados en una carretera de Zacatecas. Esa sensación de vulnerabilidad, de ser pequeño ante el mundo, de que cada coche que pasa a toda velocidad es una amenaza potencial. Y eso que eran dos hombres adultos y mecánicos. No quería imaginar lo que sentía una familia de ciudad, probablemente acostumbrada a la seguridad de los centros comerciales y las calles iluminadas, atrapada aquí arriba, donde el bosque es denso y la señal de celular muere.
Kilómetro 39.
Elías bajó la velocidad. Encendió las luces de trabajo traseras y la torreta ámbar en el techo, que comenzó a girar, lanzando destellos naranjas contra los árboles mojados.
—¿Dónde están? —murmuró, entrecerrando los ojos.
Entonces lo vio. O mejor dicho, vio la ausencia de luz.
En una curva peligrosa, justo donde el acotamiento se ensanchaba un poco antes de un barranco, había una sombra masiva. No había luces de emergencia parpadeando. No había reflejantes. Solo un bulto oscuro inerte bajo la lluvia.
Si un tráiler hubiera tomado esa curva muy cerrado… Elías se estremeció.
Frenó con suavidad, dejando que el peso de la grúa se asentara, y se orilló unos cincuenta metros detrás del vehículo varado para protegerlo con su propia estructura y luces.
Era una camioneta SUV. Una bestia negra, enorme. Mercedes-Benz o tal vez una Cadillac Escalade, difícil de distinguir con tanta suciedad de carretera. Un vehículo que costaba más de lo que Elías ganaría en diez vidas.
Vio una figura moverse afuera. Un hombre agitaba la luz de un celular frenéticamente, como si estuviera espantando fantasmas.
Elías puso el freno de mano, se subió el cuello de la chamarra de borrega, se caló la gorra hasta las cejas y tomó su linterna de trabajo Maglite, esa pesada de aluminio que servía tanto para alumbrar como para defenderse si la cosa se ponía fea.
Abrió la puerta y el invierno lo golpeó con violencia. El viento aullaba entre los pinos, un sonido agudo y lamentoso. El frío no era solo temperatura; era una presencia física, una mordida húmeda que atravesaba la mezclilla.
Caminó hacia el hombre.
A medida que se acercaba, los detalles se hicieron claros. El hombre era alto, de complexión atlética, pero su postura estaba derrotada. Vestía un abrigo de lana fino, de esos que sirven para ir de la oficina al coche, pero inútiles contra una tormenta en la sierra. Estaba empapado, el cabello pegado a la frente, y temblaba de manera incontrolable. No solo de frío, notó Elías, sino de adrenalina pura.
—¿Es usted el mecánico? —gritó el hombre para hacerse oír sobre el viento. Su voz tenía ese tono de incredulidad, como si estuviera viendo una aparición.
—Elías Carmona, para servirle —respondió Elías, extendiendo una mano enguantada. No le importó el protocolo social; sabía que el contacto humano calma los nervios.
El hombre estrechó la mano con fuerza, sus dedos estaban helados, casi rígidos.
—Marcos. Marcos Benítez. Dios mío, amigo, pensé que nos íbamos a morir aquí. Nadie se paraba. Los camiones pasan rozándonos.
—Tranquilo, jefe. Ya estoy aquí. Ya pasó lo peor —la voz de Elías era grave, calmada, un ancla en medio de la tormenta—. ¿Qué le pasó a la nave?
—No sé —Marcos se pasó una mano por la cara mojada, frustrado—. Veníamos bien, escuchando música, y de repente el tablero se iluminó como árbol de Navidad. Todas las luces de alerta. Luego se apagó el radio, las luces empezaron a bajar de intensidad y… puf. Se murió. El motor se cortó y nos dejamos ir con el vuelo hasta aquí. Traté de prenderla, pero no hace nada. Ni un ruido. Ni las intermitentes prenden ya.
—Suena a alternador muerto —diagnosticó Elías al instante—. Se comió toda la batería hasta dejarla seca.
—¿Puede arreglarlo? —preguntó Marcos, con los ojos llenos de una esperanza desesperada.
Elías miró el vehículo. Era una GMC Yukon Denali del año. Una computadora con ruedas.
—Déjeme ver. Pero con este clima, no le prometo milagros aquí en la orilla.
Elías caminó hacia la ventanilla del conductor. Marcos se adelantó para abrir la puerta manualmente, ya que los seguros eléctricos no funcionaban.
El interior de la camioneta olía a cuero nuevo y a un perfume costoso, pero debajo de eso, olía a miedo. Elías iluminó el interior con su linterna, con cuidado de no deslumbrar.
En el asiento del copiloto estaba una mujer joven, muy hermosa pero con el rostro demacrado por la angustia. Estaba envuelta en lo que parecía una manta de viaje delgada. Atrás, dos niños pequeños, un niño de unos seis años y una niña de cuatro, estaban abrazados, cubiertos con los sacos de sus padres.
Los niños miraron la luz de la linterna y luego vieron la cara barbuda y curtida de Elías.
—¿Es Santa? —preguntó la niña con un hilo de voz tembloroso.
El corazón de Elías se rompió en mil pedazos y se volvió a armar en un instante, lleno de una determinación feroz.
—No, mi reina —dijo Elías, suavizando su voz ronca lo más que pudo, regalándoles una sonrisa que arrugó las esquinas de sus ojos—. Soy el ayudante de Santa. Me mandó porque su trineo no pasa por estas curvas. Vengo a sacarlos de aquí.
La madre, Laura, soltó un sollozo ahogado y miró a Elías como si fuera un ángel bajado del cielo, a pesar de su chamarra grasienta y su gorra vieja.
—Gracias… —susurró ella.
Elías cerró la puerta suavemente para conservar el poco calor que quedaba adentro y se dirigió al cofre.
—Ábralo, por favor —le indicó a Marcos.
Marcos accionó la palanca y Elías levantó el pesado capó. Iluminó el motor. Era una bestia V8 impecable, pero cubierta de plásticos protectores. Elías metió la mano, tocando los bornes de la batería. Estaban fríos. Revisó la banda de accesorios. Estaba ahí, pero se veía un rastro de polvo negro alrededor del alternador.
—Lo que me temía —dijo Elías, enderezándose y sacudiéndose el agua de la gorra—. El alternador se amarró o se quemó el regulador interno. La batería está muerta total.
—¿Trae uno de repuesto? —preguntó Marcos.
Elías soltó una risa corta, sin burla, solo realista.
—Jefe, esta camioneta usa un alternador de alto amperaje, controlado por computadora. No es como los de antes que se arreglaban con un alambre y unas pinzas. Necesita la pieza exacta, y necesita programarse a veces. Además… —señaló el cielo negro y la lluvia helada— …aquí no puedo meter mano. Mis herramientas se congelan, y es peligroso. Si nos quedamos aquí, un borracho nos va a pegar por atrás.
La cara de Marcos palideció.
—¿Entonces?
—Entonces nos vamos —dijo Elías con firmeza—. Tengo mi grúa. Voy a subirlos a la plataforma y los llevo a mi taller. Está a unos 40 minutos de aquí, bajando hacia el pueblo. Ahí tengo techo, luz y café caliente. Ya veremos cómo resolvemos el problema allá. Pero aquí no se quedan ni un minuto más.
Marcos asintió vigorosamente.
—Lo que usted diga. Solo sáquenos de aquí.
La maniobra de rescate fue una danza de precisión bajo la lluvia. Elías movió “La Bestia”, reculando con una exactitud milimétrica hasta quedar frente a la camioneta de lujo. Bajó la plataforma hidráulica, el zumbido del sistema hidráulico compitiendo con el viento.
Sacó las cadenas y los ganchos “J”. Sus manos, aunque enguantadas, empezaron a sentir el entumecimiento, pero no se detuvo. Se tiró al suelo mojado, sobre el asfalto helado y sucio, para buscar los puntos de anclaje en el chasis de la camioneta. El agua helada se le coló por el cuello de la camisa, recorriéndole la espalda como un cuchillo frío, pero apretó los dientes. Es por los niños, se repitió. Es por los niños.
Enganchó el vehículo y activó el winch. El cable de acero se tensó y comenzó a arrastrar la pesada SUV hacia la plataforma. Marcos miraba fascinado y aterrorizado a la vez, viendo cómo su vehículo de dos millones de pesos quedaba a merced de esa grúa vieja.
—Súbanse a mi cabina —ordenó Elías cuando aseguró las llantas con las correas de seguridad—. No pueden ir en el coche arriba, es ilegal y peligroso.
—¿Todos cabemos? —preguntó Laura, bajando del auto con la niña en brazos.
—Vamos a ir apretados, como sardinas, pero calientitos —dijo Elías abriendo la puerta del pasajero de la grúa.
Ayudó a subir a la niña, luego al niño. Laura subió después, y Marcos al final. La cabina de la Ram 4000 era amplia, de banca corrida, pero cuatro personas más el conductor era multitud.
Laura se sentó junto a la ventana con la niña en las piernas. Marcos se sentó en medio, con el niño sobre sus rodillas. Elías subió al asiento del conductor, cerró su puerta y el silencio relativo de la cabina los envolvió.
El olor a humedad de la ropa mojada se mezcló con el olor a tabaco y café del interior.
—Perdonen el desorden —dijo Elías, quitando unos papeles del tablero y subiendo la calefacción al máximo—. Y perdonen el olor a viejo, es que esta camioneta es mi segunda casa.
—Huele a gloria —dijo Marcos, frotándose las manos frente a las ventilas del aire caliente—. Huele a que estamos a salvo.
Elías metió primera y la grúa comenzó a moverse, pesada y lenta, cargando su preciosa carga sobre la espalda. Volvieron a la carretera.
Durante los primeros minutos, nadie habló. La familia estaba descongelándose, procesando el trauma. Los niños, arrullados por el calor y el movimiento, empezaron a cabecear.
Elías conducía con concentración absoluta, sus ojos fijos en la neblina, pero podía sentir la tensión que emanaba del hombre a su lado.
—¿Iban lejos? —preguntó Elías para romper el hielo, bajando un poco el volumen de Los Bukis.
Marcos suspiró profundo, un sonido que venía desde el fondo de su alma.
—A la Ciudad de México. A un hospital en la zona sur.
Elías asintió.
—Mala noche para viajar, jefe. ¿Emergencia?
Marcos tardó un momento en responder. Miró a su esposa, quien tenía la vista perdida en la oscuridad de la ventana, con lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas.
—Mi madre —dijo Marcos, con la voz quebrada—. Le dio un infarto masivo esta tarde. Los doctores… los doctores dicen que no pasa de esta noche. Nos llamaron hace cuatro horas. Salimos con lo que traíamos puesto.
El silencio que siguió fue denso, pesado. Elías sintió un golpe en el estómago. De repente, el coche de lujo, la ropa fina, la diferencia de clases sociales… todo eso se desvaneció. Ahí, en esa cabina vieja, solo había un hijo desesperado por ver a su madre por última vez.
Elías apretó el volante con más fuerza, sus nudillos poniéndose blancos.
—Lo siento mucho —dijo Elías con sinceridad brutal—. De verdad lo siento.
—Solo quiero llegar —continuó Marcos, hablando más para sí mismo que para Elías—. Solo quiero decirle que estoy ahí. Que no está sola. Ella… ella nos crio sola a mis hermanos y a mí. Se partió el lomo trabajando doble turno para que yo pudiera estudiar, para que pudiera tener… todo esto —hizo un gesto vago con la mano, refiriéndose a su vida de éxito.
—Las jefecitas son sagradas —dijo Elías suavemente—. La mía se fue hace cinco años. Cáncer. Fue rápido, gracias a Dios, pero no hay día que no la extrañe.
Marcos giró la cabeza para mirar a Elías. Por primera vez, lo vio no como un mecánico, sino como un igual.
—¿Pudo despedirse? —preguntó Marcos.
—Sí —asintió Elías, tragando saliva—. Le sostuve la mano hasta el último suspiro. Es… es duro, amigo. Pero es necesario. Uno necesita cerrar ese ciclo.
—Tengo miedo de no llegar —confesó Marcos, su voz apenas un susurro para que los niños no oyeran—. Tengo miedo de que se vaya mientras estamos aquí, atorados en la carretera.
Elías miró el reloj del tablero. 8:30 PM.
—Va a llegar —prometió Elías, con una convicción que no sabía de dónde sacaba—. Mi taller está en la entrada de la ciudad, en la zona industrial de Lerma. Llegamos en veinte minutos. Arreglamos esa camioneta como sea, y usted llega al hospital. Se lo juro por mi madre.
Laura, desde la ventana, se estiró un poco y tocó el hombro de Elías con suavidad.
—Gracias, señor Elías. Usted es un ángel.
—No, señora. Solo soy un hombre con herramientas y una grúa rápida. Pero esta noche, “La Bestia” va a volar.
Elías pisó el acelerador. El motor Cummins rugió, devorando el asfalto. Conocía cada curva, cada bache. Manejó con una destreza que rozaba lo artístico, manteniendo la grúa estable a pesar del peso extra y el hielo.
Pasaron La Marquesa, la zona de comida y cabañas ahora desierta y fantasmagórica bajo la niebla. Empezaron el descenso hacia el valle. Las luces de la ciudad comenzaron a aparecer a lo lejos, un mar de estrellas eléctricas bajo la bruma.
—Miren eso —dijo Elías, señalando las luces—. Ya estamos cerca. Ya falta poco.
Los niños despertaron un poco con el cambio de presión en los oídos por la bajada.
—¿Tío mecánico? —preguntó el niño, frotándose los ojos—. ¿Tienes baño en tu taller?
Elías soltó una carcajada genuina.
—Claro que sí, campeón. Y tengo una máquina de refrescos, aunque creo que solo le quedan Manzanitas y Coca-Colas. Y tengo unas galletas por ahí.
El ambiente en la cabina cambió. El miedo paralizante se transformó en una ansiedad esperanzada. Ya no estaban solos en la montaña. Estaban regresando a la civilización.
Quince minutos después, Elías giró el volante bruscamente para tomar la salida hacia la zona industrial. Las calles estaban mal pavimentadas, llenas de charcos. Pasaron bodegas cerradas, fábricas silenciosas, perros ladrando tras rejas oxidadas.
Finalmente, llegaron a una callejuela donde un letrero despintado apenas se veía: TALLER AUTOMOTRIZ CARMONA.
Elías sacó un control remoto viejo de su visera y presionó el botón. El portón eléctrico se abrió con un chirrido agónico y lento.
Entró con la grúa de reversa, una maniobra experta para dejar la camioneta lista para ser bajada dentro de la nave principal.
—Bienvenidos a mi humilde palacio —anunció Elías, apagando el motor.
El silencio que siguió al apagado del motor fue ensordecedor, pero ya no era un silencio de muerte. Era un silencio de refugio. Estaban bajo techo. El viento golpeaba las láminas afuera, pero adentro, estaban secos.
Elías saltó de la cabina y corrió a abrir la puerta del copiloto. Ayudó a bajar a Laura y a los niños.
—Pásenle a la oficina, ahí al fondo —señaló—. Está calientito. Prendan la tele si quieren. Yo bajo la camioneta.
Marcos bajó al último, estirando las piernas entumecidas. Miró el taller. Vio las paredes manchadas de grasa, las herramientas viejas pero ordenadas, el suelo de concreto agrietado. Era un lugar pobre, de eso no había duda. Pero Marcos, con su ojo de empresario, vio algo más: vio dignidad. Vio un lugar donde se trabajaba duro.
—Elías —dijo Marcos, deteniéndolo antes de que se fuera a desenganchar el auto—. Gracias por traernos. Pero, ¿de verdad cree que pueda arreglarla hoy? Son casi las nueve de la noche. No hay refaccionarias abiertas.
Elías se quitó la gorra y se rascó la cabeza, mirando la camioneta GMC sobre la plataforma.
—Mire, jefe. No le voy a mentir. Está difícil. Conseguir un alternador para esta nave en Nochebuena es imposible.
La cara de Marcos cayó.
—Pero… —interrumpió Elías, levantando un dedo sucio de grasa— …mi papá decía que un buen mecánico no es el que cambia piezas, es el que resuelve problemas. Tengo un deshuesadero atrás. Tengo algunas piezas guardadas. A lo mejor no queda original, a lo mejor le tengo que hacer un “mexicanada”, un injerto, para que funcione. Pero de que prende, prende.
Marcos lo miró a los ojos. Vio el cansancio en la cara de Elías, las ojeras profundas, la ropa desgastada. Y vio una determinación de acero.
—Confío en usted —dijo Marcos.
—Váyase con su familia a la oficina. Yo me encargo. Y rece un Padre Nuestro para que encuentre la pieza que creo que tengo.
Elías se dio la vuelta y comenzó a maniobrar las palancas de la grúa. Mientras la plataforma bajaba, su mente ya estaba corriendo a mil por hora, visualizando el estante al fondo del almacén, la caja de cartón vieja marcada como “Varios Eléctrico”. Recordaba haber guardado un alternador de una Chevrolet Silverado chocada hace seis meses. Tiene que ser compatible, pensó. Por favor, Diosito, que le queden los soportes.
La noche apenas comenzaba, y la verdadera prueba estaba por iniciar. Elías no lo sabía aún, pero estaba a punto de realizar la mejor reparación de su vida. No por el dinero, no por la técnica, sino por el alma.
CAPÍTULO 3: LA CIRUGÍA A CORAZÓN ABIERTO
Una vez que la puerta de la oficina se cerró tras la familia, aislando sus voces y miedos del frío concreto del taller, Elías Carmona se quedó solo.
El silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de electricidad. Frente a él, sobre la plataforma de la grúa, descansaba la GMC Yukon Denali negra. Bajo la luz cruda de las lámparas fluorescentes —que zumbaban como moscas atrapadas—, la camioneta parecía una bestia herida, una joya tecnológica fuera de lugar entre las manchas de aceite y las herramientas oxidadas del “Taller Carmona”.
Elías exhaló, viendo su aliento condensarse en el aire helado. Se tronó los dedos, uno por uno, un ritual que hacía antes de cada “cirugía” mecánica, y miró el reloj de pared.
9:15 PM.
Tenía el tiempo en contra. Cada minuto que pasaba era un minuto que Marcos perdía con su madre moribunda. Y Elías sabía, por dolorosa experiencia propia, que la muerte no espera, no negocia y no hace pausas por Navidad.
—Bueno, grandulona —le habló a la camioneta, palmeando el guardabarros frío—, vamos a ver qué traes en las tripas.
Bajó el vehículo de la plataforma con cuidado. En cuanto las llantas tocaron el suelo del taller, Elías se movió con una velocidad que desmentía su edad y su cansancio. Empujó el gato hidráulico debajo del chasis, levantó el frente y aseguró las torres de soporte. Seguridad ante todo. No quería morir aplastado en Nochebuena.
Levantó el cofre. El motor V8 EcoTec3 de 6.2 litros era una maravilla de la ingeniería moderna, pero para un mecánico de la vieja escuela como Elías, también era una pesadilla de plásticos, sensores y computadoras. Todo estaba cubierto. No se veía ni una banda, ni una polea.
—Puros plásticos, pura finta —refunfuñó, buscando su juego de dados milimétricos.
Comenzó a desarmar. Sus manos se movían por memoria muscular. Quitó la cubierta del motor, desconectó el borne negativo de la batería (que estaba totalmente muerta) y accedió al frente del bloque.
Ahí estaba el culpable. El alternador.
Olía a quemado. Un olor acre, penetrante, a cobre fundido y barniz eléctrico chamuscado. Elías acercó la lámpara de trabajo. La carcasa del alternador estaba negra en las ventilas. Se había amarrado el rodamiento y el calor había frito el embobinado interno.
—Estás frito, compadre —dictaminó Elías.
Sacó su matraca y comenzó a luchar contra los tornillos. Estaban apretados a muerte. Con el frío, el metal se contrae y se vuelve terco. Elías gruñó, haciendo palanca con un tubo hueco para tener más torque.
—¡Afloja, desgraciado! —gritó, empujando con todo su peso.
Crrack.
El tornillo cedió. Cinco minutos después, tenía el alternador en sus manos. Pesaba como un ladrillo. Lo llevó a su banco de trabajo, un mesón de madera lleno de cicatrices de cincel y quemaduras de soldadura. Lo puso en el tornillo de banco y le hizo una prueba rápida con el multímetro, solo para confirmar lo obvio.
Muerto. Cero continuidad. Infarto masivo al sistema eléctrico.
Elías se limpió la grasa de la frente con el antebrazo. Ahora venía el verdadero problema. Esa camioneta era modelo reciente. El alternador era específico: 170 amperios, conector de cuatro pines controlado por la ECU (la computadora del coche). No le podías poner cualquier cosa. Si le ponías uno de menos amperaje, la camioneta ni siquiera prendería los sistemas de seguridad; si le ponías uno con el conector diferente, podrías quemar la computadora central, y eso costaría unos cincuenta mil pesos que Elías definitivamente no tenía.
Miró hacia la oficina. A través del vidrio sucio, vio a Laura, la esposa, meciendo a la niña más pequeña. Marcos estaba de pie, mirando hacia afuera, hacia él, con los brazos cruzados y una expresión de impotencia que le partió el alma a Elías.
—Piensa, Elías, piensa —se dijo a sí mismo, golpeando la mesa con los nudillos.
No había refaccionarias abiertas. AutoZone estaba cerrado. Los yonkes (deshuesaderos) grandes estaban cerrados. Estaba solo.
Entonces, un recuerdo brilló en su mente. Hace seis meses, un cliente le había dejado una Chevrolet Silverado 2500, una camioneta de trabajo pesado, chocada de frente. El seguro la había dado por pérdida total y el cliente le dijo: “Quédese con ella, Don Elías, véndala por fierro viejo o sáquele lo que sirva”.
Elías la había desarmado poco a poco. Recordaba haber guardado el motor y los accesorios en el “Cuarto del Olvido”, una pequeña bodega en la parte trasera del patio donde guardaba las cosas que “algún día podrían servir”.
El motor de esa Silverado era un Vortec, la generación anterior al de la Yukon de Marcos. Pero General Motors, en su infinita sabiduría corporativa, solía reciclar diseños de anclajes.
—Si los soportes coinciden… —susurró Elías, sintiendo una chispa de esperanza.
Salió corriendo al patio trasero. La lluvia había arreciado y ahora caía aguanieve con fuerza. El suelo era un lodazal helado. Elías no se detuvo a ponerse un impermeable. Corrió hacia la bodega de lámina, abrió el candado con manos temblorosas y entró encendiendo su linterna.
El lugar estaba lleno de telarañas y polvo. Había transmisiones viejas, radiadores picados, y en una estantería al fondo, una fila de alternadores y marchas.
Elías buscó frenéticamente.
—¿Dónde estás? ¿Dónde te dejé?
Ahí estaba. En la esquina, cubierto de polvo, pero intacto. El alternador de la Silverado.
Lo agarró. Pesaba casi lo mismo que el otro. Lo limpió con su camisa, sin importarle la suciedad. Examinó la etiqueta: 150 Amperios.
—Veinte amperios menos —calculó Elías—. Es poco, pero suficiente para que arranque y camine si apagan el aire acondicionado y la radio.
El problema real era el conector.
Elías iluminó el enchufe del alternador viejo. Era ovalado, de dos pines. El de la Yukon moderna era cuadrado, de cuatro pines.
—Mierda —masculló.
No eran compatibles. No enchufarían.
Se quedó parado en la bodega fría, con el alternador en las manos, sintiendo cómo la esperanza se escurría. Podía instalarlo mecánicamente, sí, pero eléctricamente no serviría. La computadora no lo reconocería, no mandaría la señal de carga, y la camioneta se volvería a morir en diez kilómetros.
A menos…
A menos que hiciera una “mexicanada”.
Una sonrisa torcida apareció en el rostro de Elías. Su padre siempre decía: “La ingeniería alemana es precisa, la gringa es robusta, pero la ingeniería mexicana es mágica, porque hacemos que las cosas funcionen con chicle y un alambre”.
Elías agarró el alternador y corrió de regreso al taller principal, protegiéndolo bajo su chamarra como si fuera un bebé.
Llegó al banco de trabajo y puso los dos alternadores lado a lado.
—A ver, ingenieros de Detroit, vamos a ver quién gana hoy —desafió al aire.
El plan era arriesgado. Tenía que desmontar el regulador de voltaje del alternador quemado (la parte electrónica que tiene el conector correcto) y ver si podía adaptarlo al cuerpo del alternador viejo que sí generaba electricidad. Era un trasplante de cerebro.
Abrió su caja de herramientas de precisión. Sacó el cautín para soldar y lo puso a calentar. Mientras tanto, desarmó la parte trasera de ambos alternadores.
Mientras trabajaba, la puerta de la oficina se abrió.
Marcos salió, caminando con cautela hacia el área de trabajo. Traía dos vasos de unicel en las manos.
—Encontré café soluble y una jarra eléctrica —dijo Marcos, ofreciéndole un vaso a Elías—. Espero no le moleste que hayamos tomado un poco.
Elías levantó la vista, con los ojos rojos por el esfuerzo visual.
—Para eso está, jefe. Gracias. —Tomó el café y dio un sorbo largo. Estaba hirviendo, pero el calor le reanimó el cuerpo—. ¿Cómo están su señora y los chavos?
—Mejor. Los niños se quedaron dormidos en el sillón viejo que tiene ahí. Mi esposa está rezando. —Marcos se recargó en una mesa cercana, cuidando de no manchar su abrigo de cachemir, aunque a estas alturas ya estaba arruinado por la lluvia—. ¿Cómo vamos, Elías? Sea honesto.
Elías señaló las piezas despanzurradas sobre la mesa.
—Le voy a ser sincero, Don Marcos. La pieza exacta no la tengo. Y no hay dónde comprarla.
Marcos cerró los ojos y bajó la cabeza, derrotado.
—Entiendo. Bueno… gracias por intentarlo. Llamaré a un taxi o a un Uber para que nos lleven al hospital, aunque dudo que quieran venir hasta acá con este clima.
—Espérese, no he terminado —dijo Elías, alzando la voz ligeramente—. Dije que no tengo la pieza exacta, no dije que no tuviera solución.
Marcos abrió los ojos, confundido.
—¿De qué habla?
—Mire esto —Elías señaló el alternador viejo—. Este es de una camioneta más vieja. Mecánicamente entra. El problema es que el cerebro electrónico no habla el mismo idioma que su camioneta moderna. Así que… le estoy haciendo una lobotomía.
—¿Una qué?
—Le estoy quitando el conector y el chip a su alternador quemado y se lo voy a injertar a este viejo. Voy a soldar los carbones directamente y a puentear el regulador. Es… —Elías buscó la palabra correcta— …es una cirugía delicada. Si me equivoco en un cable, quemo la computadora de su coche. Pero si funciona, los lleva a México y de regreso.
Marcos miró el lío de cables, cobre y soldadura. Para él, que vivía en el mundo de los corporativos, las garantías y los reemplazos certificados, aquello parecía brujería o locura.
—¿Es seguro? —preguntó.
—Seguro, seguro, lo que se dice seguro… pues nada en esta vida, jefe. Pero es la única carta que tenemos. ¿Se la juega conmigo?
Marcos miró el reloj. 10:00 PM.
—Me la juego —dijo Marcos sin dudar—. Hágale, Elías. Confío en sus manos.
Elías asintió y volvió a sumergirse en su trabajo.
Durante la siguiente hora, el taller desapareció para Elías. Solo existían el estaño derritiéndose, el olor a resina, y la precisión de sus dedos grandes manejando componentes diminutos.
Marcos se quedó ahí, en silencio, observando. Vio cómo ese hombre, que probablemente no tenía ni la secundaria terminada, aplicaba principios de electromecánica con una intuición que ningún ingeniero de escritorio tenía. Vio la paciencia. Vio el sudor en la frente a pesar del frío.
—Elías —dijo Marcos de repente, rompiendo el silencio—. ¿Por qué hace esto?
Elías no levantó la vista del cautín.
—¿Hacer qué? ¿Mi chamba?
—No. Esto. —Marcos señaló alrededor—. Es Nochebuena. Podría estar con su familia. Podría habernos dicho que no por teléfono. Podría habernos dejado en la oficina y decir “mañana vemos”. Pero está aquí, inventando una solución imposible para unos extraños. ¿Por qué?
Elías terminó de soldar el último puente. Sopló suavemente para enfriar el estaño.
Dejó el cautín en la mesa y miró a Marcos.
—Mire, Don Marcos. Mi papá fundó este taller hace cuarenta años. Él me enseñó una sola cosa que vale la pena: “Las máquinas se rompen, los fierros se oxidan, el dinero va y viene. Lo único que queda es lo que haces por los demás cuando nadie te está viendo”.
Elías tomó el alternador “Frankenstein”, ahora ensamblado y cerrado.
—Además —añadió Elías, con una voz más suave—, sé lo que es tener a la jefa en el hospital. Sé lo que es sentir que el mundo se te acaba porque ella se va. Si yo puedo darle a usted cinco minutos más con su mamá… esos cinco minutos valen más que todo el oro del mundo.
Marcos se quedó mudo. Sintió un nudo en la garganta que no pudo tragar. Asintió lentamente, con un respeto profundo naciendo en sus ojos.
—Vamos a probarlo —dijo Elías.
Fueron hacia la camioneta. La instalación fue física y brutal. Elías tuvo que luchar para meter el alternador en el espacio reducido. Se cortó el dorso de la mano con una abrazadera, sangrando un poco, pero ni se inmutó. Apretó los pernos. Conectó la banda serpenteante, haciendo palanca con todas sus fuerzas para vencer la tensión del resorte.
Finalmente, el momento de la verdad. Conectó el enchufe “injertado”. Click. Entró perfecto.
Conectó la batería. Hubo una chispa pequeña, normal.
Elías se limpió las manos en un trapo sucio y miró a Marcos.
—Súbase. Dele llave.
Marcos subió al asiento del conductor. Sus manos temblaban un poco. Insertó la llave (o presionó el botón de encendido). El tablero cobró vida. Las luces interiores se encendieron.
—¡Prendió el tablero! —gritó Marcos.
—Dele marcha —ordenó Elías desde el frente del motor.
Marcos presionó el freno y el botón de arranque.
Chaka-chaka-chaka…
El motor giró pesado dos veces.
—¡Venga, venga! —susurró Elías.
¡VROOOOM!
El V8 rugió a la vida. Un sonido potente, estable, hermoso.
Elías se inclinó sobre el motor, escuchando. No había rechinidos. La banda giraba suave. El alternador modificado zumbaba, haciendo su trabajo.
Sacó su multímetro y tocó los postes de la batería.
14.2 Voltios.
—¡Está cargando! —gritó Elías, levantando los brazos en señal de triunfo—. ¡Tenemos carga, carajo!
Marcos bajó de la camioneta, con una sonrisa que le partía la cara de oreja a oreja. Corrió hacia Elías y, olvidando cualquier protocolo, cualquier diferencia social, cualquier barrera, abrazó al mecánico lleno de grasa.
—¡Eres un genio, Elías! ¡Eres un maldito genio! —gritó Marcos, sacudiéndolo.
Laura salió de la oficina con los niños, alertada por el ruido del motor. Al ver la escena, se llevó las manos al pecho y empezó a llorar de nuevo, pero esta vez de alegría pura.
Elías se separó suavemente, sonriendo con humildad.
—No cante victoria todavía. Déjela calentar unos cinco minutos. Pero se oye pareja. Va a aguantar.
Revisaron todo una vez más. Elías le dio instrucciones precisas a Marcos:
—No prenda el aire acondicionado. No prenda la calefacción de los asientos. Use las luces normales, no las altas si no es necesario. El alternador da para el motor y las luces, pero no le exija lujos. Solo maneje hasta el hospital.
—Entendido —dijo Marcos, ayudando a su familia a subir al coche. Los niños subieron, todavía medio dormidos pero sintiendo la emoción de sus padres.
Ya con la familia a bordo y el motor ronroneando, Marcos se acercó a Elías una última vez.
Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una cartera de piel gruesa. La abrió. Se veía un fajo de billetes de quinientos y mil pesos. Había, fácilmente, diez o quince mil pesos ahí en efectivo.
Marcos sacó todo el fajo.
—Elías —dijo Marcos, extendiéndole el dinero—. Aquí hay un poco de efectivo que traía para el viaje. No sé cuánto sea, pero tómelo todo. Y dígame cuánto más le deposito mañana. Dígame su número de cuenta. Lo que hiciste hoy… la grúa, la pieza, la mano de obra, el salvar mi Navidad… esto no alcanza, pero es un inicio.
Elías miró el dinero.
Esos billetes resolverían todo. Podría pagar la luz. Podría pagarle una parte al banco. Podría comprarle regalos decentes a sus sobrinos. Era la salvación de su mes, tal vez de su año. Su mano tuvo el impulso instintivo de estirarse.
Pero luego miró a Marcos. Miró la gratitud desesperada en sus ojos. Y pensó en su padre.
Don Anselmo nunca cobraba a los clientes que llegaban llorando. “El dinero manchado de lágrimas no rinde, mijo. Mejor que te deban un favor a que te odien por usurero”.
Elías suspiró y, con suavidad, empujó la mano de Marcos de regreso hacia su pecho.
—No, jefe.
Marcos se quedó paralizado.
—¿Qué? No me ofendas, Elías. Trabajaste tres horas en Nochebuena. Usaste tus refacciones. Tienes que cobrar. Es tu negocio.
—Hoy no es negocio —dijo Elías con firmeza—. Hoy es Nochebuena. Y usted va a ver a su madre. Ese dinero guárdelo. Lo va a necesitar para el hospital, para las medicinas, o para… lo que venga.
—Pero Elías…
—Escúcheme —interrumpió Elías, poniendo una mano pesada y sucia sobre el hombro del abrigo fino de Marcos—. Solo págueme la pieza si quiere. Deme mil pesos por el alternador viejo. Eso es justo. La mano de obra va por la casa. Es mi regalo de Navidad para su jefa. Dígale que un mecánico necio le manda fuerzas.
Marcos lo miró, atónito. Sus ojos se humedecieron. Entendió que insistir sería insultar la dignidad de aquel hombre.
Sacó dos billetes de quinientos pesos y se los dio a Elías. Luego, buscó en otro bolsillo y sacó una tarjeta de presentación pequeña, blanca, minimalista, con letras en relieve plateado.
—Está bien, Elías. Acepto tu regalo. Pero acéptame esto —le puso la tarjeta en la mano—. No sé si sabes quién soy o a qué me dedico. Pero mi nombre vale. Si algún día necesitas algo, lo que sea, llamas a este número. Es mi celular personal. No a la oficina, a mí.
Elías tomó la tarjeta sin mirarla mucho y se la metió en el bolsillo de la camisa.
—Gracias, Don Marcos. Váyase ya. Su mamá lo espera.
Marcos asintió, le dio un último apretón de manos —fuerte, de hombre a hombre— y subió a la camioneta.
Laura bajó la ventanilla del copiloto.
—Que Dios lo bendiga siempre, Elías —dijo ella, lanzándole un beso al aire.
—Y a ustedes, señora.
La GMC Yukon Denali aceleró, saliendo del taller con fuerza. Elías vio las luces rojas traseras alejarse por la calle oscura, cruzando el portón, hasta perderse en la noche lluviosa rumbo a la autopista.
Elías se quedó parado en la entrada del taller, sintiendo el frío volver a invadir su cuerpo ahora que la adrenalina bajaba. Estaba sucio, le dolía la espalda, tenía una cortada en la mano y hambre en el estómago.
Miró los mil pesos en su mano. Apenas alcanzaba para la cena y un poco de gasolina.
Pero entonces, sintió algo extraño en el pecho. Una calidez que no venía de la calefacción ni del café. Se sentía ligero. Se sentía útil.
Cerró el portón eléctrico, viendo cómo la cortina de metal bajaba lentamente, sellando su santuario.
Apagó las luces del taller.
Caminó hacia su oficina para recoger sus cosas. Al pasar por el altar de su padre, se detuvo un segundo.
—Estuvo buena la chamba hoy, ¿no, viejo? —le dijo a la foto—. Una “mexicanada” de las tuyas.
Le pareció que Don Anselmo sonreía en la foto.
Elías tomó sus llaves, apagó la última luz y salió hacia su camioneta Ford Lobo.
Eran las 11:15 PM.
Si se apuraba, llegaba a casa de Jazmín antes de las doce. Llegaría oliendo a grasa y sudor, pero llegaría con la cabeza en alto.
Arrancó su camioneta y salió hacia la noche, sin saber que en su bolsillo, junto a los mil pesos, llevaba un pedazo de cartón que en pocos meses valdría más que todo el taller junto.
La tarjeta decía:
MARCOS BENÍTEZ
CEO / DIRECTOR GENERAL
GRUPO AUTOMOTRIZ BENÍTEZ – “El motor de México”
Pero Elías no la leyó esa noche. Solo quería llegar a cenar.
CAPÍTULO 4: LA CRUDA REALIDAD Y EL CARTÓN DE ORO
Elías llegó a casa de su hermana Jazmín faltando quince minutos para la medianoche. Estaba sucio, con grasa en la frente y oliendo a diesel, pero cuando cruzó la puerta, el aroma a ponche de frutas, bacalao a la vizcaína y el calor humano de su familia lo golpearon como un abrazo.
—¡Llegó el tío! —gritaron Leo y Sofía, corriendo a abrazarle las piernas, sin importarles manchar sus pijamas nuevas de Spiderman y Frozen.
Jazmín salió de la cocina, secándose las manos en un delantal. Lo miró de arriba abajo, vio el cansancio en sus ojos, la cortada en su mano y la sonrisa torcida en su boca. No dijo nada, solo se acercó y lo abrazó fuerte.
—Hueles a taller, cochino —le susurró al oído con cariño—. Pero llegaste.
—Te lo prometí, ¿no? —respondió Elías, besándole la frente.
La cena fue un bálsamo. Por un par de horas, entre brindis con sidra barata, risas y la alegría de los niños abriendo sus regalos modestos, Elías logró olvidar que estaba en la quiebra. Olvidó el banco, las facturas y el miedo. Solo existía el presente.
Pero la realidad, como una resaca, siempre llega al día siguiente.
La mañana del 25 de diciembre, Elías despertó en el sofá de su hermana. La casa estaba en silencio, todos dormían tras la desvelada. Se levantó con el cuerpo adolorido por el esfuerzo de la noche anterior. Fue al baño, se lavó la cara con agua fría y buscó en los bolsillos de su pantalón de trabajo, que había dejado tirado en una silla, para sacar sus llaves y regresar a su pequeño departamento encima del taller.
Sus dedos rozaron algo de papel.
Sacó los dos billetes de quinientos pesos que Marcos le había dado. “Gasolina y comida para la semana”, pensó con alivio.
Luego, sus dedos tocaron el cartón rígido. La tarjeta de presentación.
Elías la sacó. Estaba un poco doblada en una esquina por el ajetreo de la noche. Se sentó en la orilla del sofá, con la luz pálida de la mañana entrando por la ventana, y se puso sus lentes de lectura que colgaban de su camisa.
Leyó el texto.
ING. MARCOS BENÍTEZ
Director General (CEO)
GRUPO AUTOMOTRIZ BENÍTEZ S.A. DE C.V.
“Impulsando a México”
Abajo, venían los logos de varias marcas. No solo vendían coches; fabricaban componentes. Hacían motores. Eran proveedores de las plantas de armado más grandes del continente.
Elías sintió que se le helaba la sangre.
—No… no puede ser —susurró.
Conocía el nombre “Benítez”. Todo mecánico en México lo conocía. Las refacciones “Benítez-Tech” eran legendarias por su calidad. Había visto ese apellido en cajas de pistones, en alternadores, en sensores.
Sacó su celular, con la pantalla estrellada, y abrió Google. Escribió “Marcos Benítez”.
La primera imagen que salió fue la de Marcos, pero no con el abrigo mojado y la cara de angustia de anoche. En la foto, Marcos usaba un traje italiano impecable, sonreía con confianza frente a un micrófono en un foro de negocios internacional. El titular de la noticia decía: “El gigante automotriz mexicano que conquista Europa: Entrevista con Marcos Benítez, el hombre de los mil millones de dólares”.
Elías dejó caer el teléfono sobre el sofá.
—¡No mames! —exclamó en voz baja, usando la expresión más mexicana de incredulidad—. ¡Ayudé a uno de los hombres más ricos de México!
Una risa nerviosa burbujeó en su garganta. Anoche le había hecho una “mexicanada” al coche del dueño de la industria automotriz. Le había cobrado mil pesos a un tipo que probablemente ganaba eso cada vez que respiraba. Y lo peor, o lo mejor… había rechazado un fajo de billetes que hubiera solucionado todos sus problemas financieros de un golpe.
Se pasó las manos por el cabello, sintiéndose estúpido y orgulloso al mismo tiempo.
—Qué pendejo eres, Elías —se dijo—. Pudiste haberle pedido chamba. Pudiste haberle pedido un préstamo. Pudiste haberle cobrado los cincuenta mil pesos que te ofreció y él ni lo hubiera sentido.
Pero luego, recordó la mirada de Marcos. Recordó el apretón de manos. Recordó cómo Marcos lo había mirado no como a un empleado, sino como a un salvador.
Elías guardó la tarjeta en su cartera, justo detrás de su credencial de elector, como un amuleto secreto. No iba a llamar. Su orgullo era más grande que su cuenta bancaria. Marcos le había dicho “llámame si necesitas algo”, pero Elías interpretó eso como cortesía de rico. Los ricos siempre dicen eso, pensó. “Llámame, comemos un día”. Y nunca sucede.
—Hiciste lo correcto —se convenció—. Lo que es del César, al César. Y lo que es del alma, al alma.
Regresó al taller decidido a enfrentar el año nuevo con dignidad.
Enero llegó, y con él, la famosa y temida “Cuesta de Enero”.
En México, enero es el mes más largo del año. Dura como noventa días. La gente se gastó hasta lo que no tenía en Navidad y Reyes Magos, y ahora las calles estaban vacías, los bolsillos volteados al revés y el ánimo por los suelos.
Para el Taller Carmona, enero no fue una cuesta; fue un precipicio.
La primera semana, no entró ni un solo auto. Ni para un cambio de aceite. Elías se pasaba los días barriendo un suelo que ya estaba limpio, acomodando herramientas que ya estaban ordenadas, y mirando el teléfono que se negaba a sonar.
La segunda semana, llegó Doña Chonita, una vecina de la tercera edad con su Tsuru 94 que echaba humo azul.
—Ay, Don Elías —dijo la señora, contando monedas de a peso en su monedero tejido—. El carrito ya no quiere prender en las mañanas. Y tengo que ir por mis medicinas al Seguro.
Elías revisó el coche. Las bujías estaban carbonizadas, empapadas de aceite. El motor necesitaba un ajuste completo, anillos nuevos, sellos de válvula. Una reparación de cinco mil pesos mínimo.
Miró las monedas de Doña Chonita. Miró sus ojos cansados.
—No se preocupe, madre —dijo Elías—. Son las bujías nada más. Yo tengo unas ahí de medio uso que le quedan bien.
Le hizo una limpieza superficial, le cambió las bujías por unas suyas, le ajustó el tiempo y el Tsuru prendió, tosiendo menos.
—¿Cuánto le debo, hijo?
—Deme para un refresco, Doña Chonita. Con veinte pesos estamos a mano.
Ella le dio los veinte pesos y una bendición. Elías vio el billete arrugado con la cara de Benito Juárez y sintió ganas de llorar. Veinte pesos. Eso había ganado en dos semanas.
El 20 de enero, llegó la carta.
No era una carta normal. Era un sobre color manila, grueso, con el logotipo del banco y un sello rojo que decía: NOTIFICACIÓN JUDICIAL PREVIA A EMBARGO.
Elías se sentó en su escritorio, el mismo donde había recibido la llamada de Marcos un mes atrás. Abrió el sobre con manos que temblaban no por el frío, sino por el miedo.
“Estimado Sr. Elías Carmona. Hacemos de su conocimiento que, debido al incumplimiento de los pagos de su crédito hipotecario comercial número XXXX durante los últimos seis meses, la institución procederá a la ejecución de la garantía (el inmueble ubicado en…) el día 30 de enero del presente año.”
Le daban diez días.
Diez días para pagar ochenta mil pesos de atrasos e intereses moratorios, o le quitaban el taller. Le quitaban el legado de su padre. Le quitaban su casa, su vida, su historia.
Elías dejó la carta sobre el escritorio. El silencio del taller se sintió repentinamente hostil. Las paredes parecían cerrarse sobre él.
Durante los siguientes tres días, Elías intentó todo. Fue al banco a renegociar.
—Lo siento, señor Carmona —le dijo un ejecutivo joven con traje brillante y sin alma, sin siquiera mirarlo a los ojos—. Su cuenta ya pasó a jurídico. Ya no está en mis manos. Tiene que liquidar el total del adeudo vencido o entregar el inmueble.
Fue con un prestamista del barrio, de esos que te cobran el 10% semanal y te rompen las piernas si no pagas. Pero incluso el prestamista, al ver los números del taller, le negó el dinero.
—No tienes con qué pagar, Elías. Eres buen hombre, pero eres mala inversión. No te voy a hundir más.
Elías regresó al taller esa tarde, derrotado. Se sentó en el piso, recargado contra la llanta de “La Bestia”, su grúa. Sacó la tarjeta de Marcos Benítez de su cartera.
El relieve plateado brillaba bajo la luz de la tarde.
Marcó el número en su celular. Su dedo flotó sobre el botón de llamar.
Tuu… Tuu…
Colgó antes de que diera el primer tono completo.
—No —dijo en voz alta, aventando el celular al asiento de la grúa—. No voy a ser el pobre diablo que pide limosna. Si voy a caer, caigo de pie.
El orgullo de Elías era su virtud y su maldición. No podía concebir la idea de usar un acto de bondad como moneda de cambio. Sentía que si le pedía dinero a Marcos, ensuciaría lo único puro que había hecho en años. Convertiría un milagro navideño en una transacción comercial.
“Hice lo correcto porque era lo correcto, no para cobrarlo después”, se repitió como un mantra, aunque por dentro se estaba deshaciendo.
Los días pasaron volando, como hojas de calendario arrancadas por el viento.
28 de enero. Faltaban dos días.
Elías tomó la decisión. No iba a esperar a que el banco viniera con la policía a sacarlo. Se iría antes. Cerraría con dignidad.
Empezó a empacar.
Fue la tarea más triste de su vida. Comenzó a guardar sus herramientas personales en cajas de plástico. Cada llave, cada dado, tenía una historia. Esa llave de 10mm que siempre se perdía. Ese torquímetro que su papá le regaló cuando cumplió 18 años.
Llamó al “Chatarrero”, un viejo conocido que compraba fierro viejo.
—¿Te llevas todo, compadre? —preguntó Elías por teléfono, con la voz muerta.
—¿Todo, Elías? ¿Los gatos, las torres, la prensa hidráulica?
—Todo. Menos la grúa y mi camioneta. Véndelo por kilo o como quieras. Necesito limpiar el lugar para el viernes.
—No manches, Elías… ¿Vas a cerrar?
—Ya cerré, compadre. Solo estoy recogiendo los cadáveres.
Esa noche, Elías no durmió. Se paseó por el taller vacío, que ahora se veía enorme sin los coches y con las herramientas empacadas. Parecía un esqueleto de concreto. Se paró frente a la foto de su padre en la oficina.
—Perdón, apá —le habló a la imagen, con una botella de tequila barato en la mano—. No pude. El mundo cambió y yo me quedé viejo. Los coches ahora son computadoras y yo sigo siendo un mecánico de oído. Te fallé.
Bebió un trago largo, que le quemó la garganta y le sacó las lágrimas que había estado conteniendo por meses. Lloró en silencio, un llanto de hombre, seco, doloroso, que sacudía sus hombros anchos. Lloró por su fracaso, por su soledad, por la injusticia de ser honesto en un mundo de tiburones.
Se quedó dormido en la silla de la oficina, borracho de tristeza.
La mañana del 30 de enero amaneció gris y fría, como si el clima supiera lo que iba a pasar.
Era el día.
Elías se despertó con dolor de cabeza y el sabor amargo de la derrota en la boca. Se lavó la cara, se puso su mejor camisa de trabajo (planchada y limpia) y salió a esperar a los abogados del banco. Quería entregarles las llaves en la mano, firmar lo que tuviera que firmar e irse.
Estaba barriendo la entrada, un acto inútil pero simbólico, cuando escuchó el ruido.
No era el motor de un coche del banco (usualmente Nissan Tsurus o Chevrolet Aveos blancos). Era un rugido profundo. Varios rugidos.
Motores V8.
Elías levantó la vista, apoyándose en la escoba.
Por la calle llena de baches de la zona industrial, avanzaba un convoy que parecía sacado de una película presidencial.
Al frente, una camioneta negra inmensa. Una GMC Yukon Denali. Brillaba tanto que parecía que repelía el polvo del barrio.
Detrás de ella, dos sedanes negros de lujo, Audi o BMW, con vidrios polarizados.
Y cerrando la fila, un camión de carga rotulado con un logotipo plateado que Elías reconoció al instante: GRUPO BENÍTEZ.
El convoy se detuvo justo frente al Taller Carmona, bloqueando toda la calle. Los vecinos comenzaron a asomarse por las ventanas. Doña Chonita salió de su casa enfrente, persignándose.
Elías se quedó petrificado, con el corazón latiéndole en la garganta. ¿Qué estaba pasando?
La puerta del conductor de la primera camioneta se abrió. Pero no bajó un chofer. Bajó él.
Marcos Benítez.
Pero no era el Marcos de la Nochebuena. Este Marcos vestía un traje azul marino que costaba más que la grúa de Elías. Sus zapatos brillaban. Su postura era de poder absoluto. Sin embargo, cuando se quitó los lentes de sol y vio a Elías parado ahí con su escoba y su cara de espanto, su expresión se suavizó.
Marcos caminó hacia él, ignorando los charcos de aceite en la banqueta. Detrás de él, bajaron cuatro hombres de traje de los otros coches, cargando portafolios y tablets. Parecían un ejército de abogados o ejecutivos.
Elías soltó la escoba.
—Buenos días, Elías —dijo Marcos, deteniéndose a un metro de distancia. Su voz era tranquila, pero resonaba con autoridad.
—Don Marcos —respondió Elías, apenas un hilo de voz—. ¿Qué… qué hace aquí? ¿Se le volvió a descomponer la camioneta?
Marcos soltó una carcajada genuina que rompió la tensión.
—Para nada, amigo. Esa camioneta corre como sueño gracias a tu “mexicanada”. Mi chofer dice que nunca había sentido el sistema eléctrico tan estable.
Marcos miró alrededor. Vio el letrero de “CERRADO” colgado chueco. Vio las cajas apiladas dentro del taller. Vio la ausencia de herramientas en las paredes. Su sonrisa se desvaneció un poco, reemplazada por una mirada analítica, inteligente.
—Parece que llegué justo a tiempo —dijo Marcos, asintiendo hacia las cajas—. Te vas.
Elías bajó la mirada, avergonzado. No quería que Marcos lo viera así, derrotado.
—El banco viene en una hora, señor. Me quitan el local. Se acabó.
Marcos se acercó un paso más y, bajando la voz para que sus ejecutivos no oyeran, le dijo:
—¿Por qué no me llamaste, Elías? Te di mi tarjeta. Te dije que mi nombre valía.
Elías levantó la cabeza, recuperando un poco de su dignidad.
—Porque un favor no se cobra, Don Marcos. Lo que hice esa noche fue de corazón. Si le pedía dinero, sentía que… que le ponía precio a mi decencia. Y mi decencia es lo único que me queda.
Marcos lo miró fijamente por unos segundos interminables. Luego, sonrió. Una sonrisa de respeto profundo, casi de admiración.
—Eres un terco, Elías Carmona. Eres un maldito terco y orgulloso. Y eso es exactamente lo que necesito.
Marcos se giró hacia su “ejército” de trajes.
—¡Señores! —gritó Marcos—. ¿Traen los papeles?
Uno de los hombres, un abogado con cara de pocos amigos, se adelantó.
—Sí, Licenciado Benítez. Todo está listo. La transferencia al banco se realizó hace diez minutos. La deuda está liquidada al 100%, incluyendo intereses moratorios y gastos de ejecución. Tenemos la carta de liberación de hipoteca aquí mismo.
Elías sintió que las rodillas se le doblaban. Se tuvo que recargar en el marco del portón.
—¿Qué? —balbuceó.
Marcos volvió a mirarlo.
—Tu deuda está pagada, Elías. El taller es tuyo. Nadie te lo va a quitar. Ni hoy, ni nunca.
—Pero… yo no puedo pagarle eso —dijo Elías, en shock—. Son más de ochenta mil pesos. Yo…
—No es un préstamo, Elías —interrumpió Marcos, poniéndose serio—. Es una inversión.
Marcos señaló el camión de carga que estaba atrás. La puerta trasera se abrió y bajaron dos hombres con uniformes de “Benítez Tech”, empujando una caja enorme, del tamaño de un refrigerador, que parecía contener equipo de diagnóstico de última generación.
—He estado buscando algo, Elías. En mi empresa, tengo miles de empleados. Tengo ingenieros, tengo MBAs, tengo expertos en robótica. Pero me falta algo. Me falta gente que tenga lo que tú tienes: corazón y manos que resuelven. Me falta gente que entienda que un coche no es solo fierros, sino el medio para que una familia llegue a ver a su madre moribunda.
Marcos extendió los brazos, abarcando el viejo taller despintado.
—No vine a regalarte dinero. Vine a proponerte un negocio. Quiero asociarme contigo. Quiero convertir este lugar en el primer “Centro de Servicio Certificado Benítez & Carmona”. Yo pongo el capital, la remodelación, el equipo nuevo y la capacitación. Tú pones tu nombre, tu experiencia y, lo más importante, tú sigues al mando. Tú enseñas a mis nuevos mecánicos cómo se hacen las cosas con ética.
Elías miraba la escena como si fuera una alucinación. El camión descargaba cajas rojas brillantes de herramientas Snap-On. Los hombres de traje tomaban fotos del local. Marcos Benítez, el rey de los motores, le estaba ofreciendo el reino.
—¿Por qué? —preguntó Elías, con lágrimas en los ojos—. Solo le cambié un alternador viejo.
Marcos se acercó, le puso una mano en el hombro y lo miró a los ojos.
—Porque esa noche, Elías, tú no sabías quién era yo. No sabías que tenía dinero. Me viste tirado, desesperado, y me trataste como a un hermano. Y cuando te ofrecí todo el dinero de mi cartera, me dijiste que no. En mi mundo, Elías, nadie dice que no al dinero. Eso… eso es lealtad. Y la lealtad no tiene precio.
Marcos sacó una carpeta azul de manos de su abogado y se la entregó a Elías.
—Aquí está el contrato. Eres dueño del 51% de la sociedad. Yo me quedo el 49%. Tú mandas. Tienes sueldo de Director Técnico y utilidades. Y tu primera orden del día es recontratar a tu gente y tirar esas cajas de mudanza, porque mañana empezamos la remodelación.
Elías tomó la carpeta. Pesaba. Pesaba como el futuro.
Miró al cielo gris, donde las nubes empezaban a abrirse un poco.
—Jefe —susurró, pensando en su padre—, creo que ya salió el sol.
Extendió su mano, sucia y callosa, y estrechó la mano suave y manicurada de Marcos.
—Trato hecho, socio —dijo Elías, con la voz firme por primera vez en meses.
Marcos sonrió.
—Trato hecho. Ahora, invítame un café de esa jarra vieja tuya, que hace un frío del carajo.
Mientras entraban al taller, y los empleados de Benítez comenzaban a transformar el lugar, Elías supo que la “Cuesta de Enero” había terminado. La subida había sido dura, pero la vista desde la cima… la vista era hermosa.
CAPÍTULO 5: DE GRASA Y GLORIA
El ruido era lo primero que notabas. Antes, el Taller Carmona era un lugar de sonidos esporádicos: el golpe seco de un martillo, el zumbido de una matraca neumática, la cumbia sonando en una radio vieja. Pero ahora, durante todo febrero y marzo, el taller sonaba a guerra.
Taladros industriales rompiendo el concreto viejo, sierras cortando metal, grúas moviendo vigas de acero. El “renacimiento” del taller no fue una manita de gato; fue una cirugía mayor.
Elías se pasaba los días en medio del polvo, con un casco blanco que le habían obligado a usar y que le apretaba la cabeza, sosteniendo planos que apenas entendía al principio.
—Ingeniero Carmona —le gritaba el arquitecto encargado de la obra, un tipo joven con lentes de pasta y tenis carísimos—, ¿aquí quiere la fosa de alineación o prefiere las rampas de tijera?
Elías tardó una semana en acostumbrarse a que le dijeran “Ingeniero”. Al principio corregía a la gente: “No soy inje, soy maistro”. Pero Marcos, en una de sus visitas sorpresa, le dijo: “El título se gana con los años, Elías, no solo en la universidad. Tú eres el ingeniero jefe aquí”.
Así que Elías señalaba el plano con su dedo índice, todavía manchado de grasa vieja que parecía tatuada en su piel, y tomaba decisiones.
—Las rampas van aquí —decía con autoridad—. Y quiero que la oficina tenga vidrio por todos lados. Necesito ver a los muchachos trabajar, no quiero estar escondido en una cueva.
La transformación fue brutal. Las paredes de bloque gris fueron cubiertas con paneles modernos, limpios, con los colores institucionales de Grupo Benítez: azul marino y plata. El piso de cemento agrietado, donde Elías conocía cada bache, fue reemplazado por un epóxico brillante, antiderrapante, que parecía el piso de un quirófano.
Pero lo más difícil para Elías no fue ver cambiar el edificio. Fue cambiar su mentalidad.
Una tarde de martes, mientras los electricistas instalaban las nuevas lámparas LED de alta potencia, Elías salió del caos, se subió a su vieja Ford Lobo y manejó hacia el otro lado de la ciudad, hacia la Central de Abastos.
Tenía una misión pendiente. Una deuda moral.
Encontró a Jesús “El Chuy” Martínez cargando cajas de papaya en la bodega 44. Chuy, que había sido su mano derecha por diez años, el mejor diagnosticador de sistemas de inyección que Elías conocía, ahora estaba sudando la gota gorda, cargando bultos por el salario mínimo.
Elías estacionó la camioneta y se bajó.
—¡Hey, Chuy! —gritó, compitiendo con el ruido de los camiones de carga.
Chuy se volteó. Tenía la cara sucia de tierra, pero no de grasa de motor. Al ver a su ex-jefe, bajó la caja de papayas y se limpió las manos en el pantalón. Su expresión era una mezcla de alegría y vergüenza.
—¡Jefe Elías! —Chuy corrió a saludarlo, pero se detuvo antes de abrazarlo—. Perdone que ande todo mugroso. ¿Cómo está? ¿Qué hace por acá?
Elías lo miró. Vio el cansancio en los ojos de su amigo. Vio el desperdicio de talento.
—Vine por ti, cabrón —dijo Elías, sonriendo.
—¿Por mí? —Chuy soltó una risa nerviosa—. ¿Se le quedó tirada la Lobo? Traigo mi navaja, a lo mejor le puedo limpiar las bujías aquí en corto.
—No, la Lobo está bien. Vine porque te necesito.
Chuy bajó la mirada, pateando una piedra imaginaria.
—Jefe, ya sabe que yo jalo con usted, pero… necesito lana segura. Aquí es una chinga, pero me pagan el día. Mi vieja está embarazada otra vez y no puedo arriesgarme a que no haya chamba en el taller.
Elías sacó un sobre de su camisa. Era un contrato laboral oficial, con el logotipo de “Benítez & Carmona”.
—Lee eso, Chuy.
Chuy se secó las manos y tomó el papel. Leyó despacio. Sus ojos se fueron abriendo más y más a medida que bajaba por la hoja.
—No manches… —susurró Chuy—. ¿Este sueldo es neta? ¿Seguro social? ¿Aguinaldo de 30 días? Jefe, esto es lo que gana un supervisor en la planta de la Ford.
—Es lo que gana un Maestro Mecánico Senior en mi taller —corrigió Elías con orgullo—. Y tú eres el mejor que conozco. Regresa a casa, Chuy. Te necesito para liderar a los nuevos.
Chuy levantó la vista. Tenía los ojos aguados.
—¿Entonces sí la libró, jefe? ¿No cerró?
—No solo la libré, mijo. Nos fuimos para arriba. Pero no soy nadie sin mi equipo. ¿Qué dices? ¿Te vienes a manchar de grasa de la buena o te quedas cargando papayas?
Chuy aventó el mandil de cargador al suelo.
—¡Vámonos, jefe! ¡Ahorita mismo!
El regreso de Chuy fue la primera pieza del rompecabezas humano. Luego regresaron el “Tuercas” y Don Pepe, el especialista en suspensiones. El equipo original estaba de vuelta, pero ahora, no tenían que preocuparse por si la quincena llegaba completa.
Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas.
A mediados de marzo, llegaron los “nuevos”. Como parte del trato con Marcos, el taller serviría como centro de capacitación para jóvenes egresados de escuelas técnicas y para ingenieros junior de Grupo Benítez que necesitaban “práctica de campo”.
El choque cultural fue inmediato.
Un lunes por la mañana, llegó un grupo de tres ingenieros recién graduados del Tecnológico, con sus cascos inmaculados, sus laptops bajo el brazo y una actitud de “yo lo sé todo porque lo leí en el manual”.
Elías los recibió en la nueva sala de juntas (que antes era el almacén de chatarra).
—Buenos días, jóvenes. Soy Elías Carmona, el director del taller.
Uno de los ingenieros, un chico llamado Roberto, lo miró con cierto desdén. Probablemente veía a Elías y solo veía a un mecánico de barrio, sin título, sin inglés, sin maestría.
—Mucho gusto, señor Carmona —dijo Roberto—. Venimos a optimizar los procesos de diagnóstico usando el software propietario de Benítez.
—Adelante —dijo Elías—. El taller es suyo.
Esa misma tarde, llegó una camioneta pickup con una falla intermitente. El motor temblaba en baja, pero se estabilizaba al acelerar.
Roberto y su equipo conectaron la computadora. Sacaron gráficas. Discutieron sobre curvas de potencia y sensores de oxígeno. Estuvieron dos horas con el cofre abierto, sin tocar una sola tuerca, solo mirando la pantalla de la laptop.
—El escáner no marca código de error —concluyó Roberto, frustrado—. Según el software, el vehículo está dentro de parámetros. Debe ser gasolina de mala calidad. Hay que decirle al cliente que limpie el tanque.
Elías, que había estado observando desde lejos mientras tomaba una Coca-Cola, se acercó.
—¿Ya acabaron, ingenieros? —preguntó.
—El sistema dice que no hay falla —insistió Roberto, soberbio—. Es un falso positivo del cliente.
Elías sonrió. Dejó su refresco en la mesa de trabajo. Se acercó a la camioneta encendida. Cerró los ojos un momento y puso la palma de su mano sobre el monoblock del motor, sintiendo la vibración. Luego, acercó su oído al múltiple de admisión.
—Préstame un desarmador largo —pidió Elías.
Roberto le pasó la herramienta con mala gana.
Elías puso la punta del desarmador sobre el inyector número tres y pegó el mango a su oreja, usándolo como un estetoscopio mecánico.
—Escucha esto —le dijo a Roberto, pasándole el desarmador.
Roberto, dudoso, hizo lo mismo.
—¿Oyes ese click-click-click? —preguntó Elías—. Es el solenoide del inyector. Ahora escucha el número cuatro.
Roberto cambió de posición.
—Se oye igual.
—No —corrigió Elías—. El cuatro hace click-click, seco. El tres hace clack-clack, con eco. El inyector tres no está cerrando bien. Está goteando gasolina. Por eso tiembla en baja, porque se ahoga un poco. Pero al acelerar, quema el exceso y se empareja. La computadora no lo detecta porque la mezcla global sigue en rango, pero el motor lo siente.
Roberto se quedó callado. Desmontaron el inyector tres. Lo pusieron en el banco de pruebas. Efectivamente, goteaba.
Elías limpió el inyector, le cambió los orings y lo volvió a montar. Encendieron la camioneta. Parejita. Como seda.
Roberto miró a Elías, luego a su laptop inútil, y luego otra vez a Elías. Su arrogancia se desinfló como un globo pinchado.
—¿Cómo supo? —preguntó el joven, esta vez con genuina curiosidad.
—La computadora te dice lo que el coche piensa que tiene —explicó Elías, dándole una palmada en la espalda—. Pero tus manos y tus oídos te dicen lo que el coche siente. Ustedes saben mucho de teoría, muchachos, y eso es bueno. Pero aquí, en el Carmona, van a aprender a sentir los fierros. Bienvenidos a la escuela de verdad.
Desde ese día, Roberto y los otros ingenieros dejaron de usar sus laptops como escudos y empezaron a ensuciarse las manos. Empezaron a llamar a Elías “Maestro”.
Finalmente, llegó el día. 15 de Abril. La Gran Inauguración.
El Taller Carmona ya no era el local oscuro y frío de aquella Nochebuena. Ahora era un edificio imponente. El letrero frontal era enorme, iluminado con luces LED:
CENTRO DE SERVICIO AUTOMOTRIZ CARMONA
Una Alianza con Grupo Benítez
Abajo, en letras más pequeñas pero igual de importantes: “Calidad, Honestidad y Servicio”.
La calle de la zona industrial fue cerrada para el evento. Marcos no escatimó en gastos. Había montado una carpa elegante, había meseros con bandejas de canapés finos, y una banda de jazz tocaba suavemente.
Los invitados eran una mezcla surrealista que solo podía ocurrir en México.
Por un lado, estaban los ejecutivos de Grupo Benítez, hombres y mujeres de trajes impecables, llegando en sus BMW y Mercedes. Por otro lado, estaba la gente del barrio: Doña Chonita con su vestido de domingo, el carnicero de la esquina, los mecánicos de otros talleres vecinos que venían a ver el milagro con sus propios ojos.
Y en medio de todo, Elías.
Llevaba un traje nuevo que Marcos le había regalado. Se sentía raro, como si estuviera disfrazado. Se aflojaba la corbata constantemente.
Marcos llegó en su famosa Yukon Denali negra (la misma que había iniciado todo). Bajó y caminó directamente hacia Elías.
—Te ves bien, socio —dijo Marcos, estrechándole la mano.
—Me siento como pingüino, Don Marcos. Ya me quiero poner mi overol.
Marcos rio.
—Aguanta un par de horas. Tienes que dar el discurso.
—¿Yo? No, no. Yo arreglo coches, no hablo en público.
—Es tu taller, Elías. Es tu gente. Ellos no vinieron a verme a mí. Vinieron a verte a ti.
Llegó el momento del corte de listón. Elías y Marcos se pararon frente a la entrada principal, con unas tijeras gigantes doradas. Las cámaras de la prensa local y nacional disparaban flashes.
Elías miró a la multitud. Vio a Jazmín en primera fila, llorando de orgullo, abrazada a sus hijos. Vio a Chuy, limpio y rasurado, con su uniforme nuevo de Jefe de Taller, sonriendo con el pulgar arriba. Vio a Doña Chonita, que le lanzaba besos.
Y vio, en su mente, a su padre. A Don Anselmo. Imaginó que estaba ahí, parado junto a la puerta, con su overol sucio de siempre, asintiendo con la cabeza y diciendo: “Bien hecho, mijo. No dejaste caer el apellido”.
Elías tomó el micrófono. Le temblaban las manos, pero cuando empezó a hablar, su voz salió firme, esa voz ronca y honesta que generaba confianza.
—Buenas tardes a todos —comenzó—. No traigo discurso escrito porque no sé escribir bonito. Solo sé decir la verdad. Hace cuatro meses, en Nochebuena, este lugar estaba muerto. Yo estaba muerto por dentro. Pensé que el trabajo honesto ya no valía nada en este mundo. Pensé que el dinero era lo único que importaba.
Hizo una pausa. El silencio en la carpa era total. Incluso los ejecutivos dejaron de mirar sus celulares.
—Pero esa noche aprendí que estaba equivocado. Aprendí que cuando uno da sin esperar recibir, la vida te lo regresa multiplicado. Este taller nuevo, estas máquinas bonitas… todo esto es prestado. Lo único que es nuestro de verdad es cómo tratamos al que llega pidiendo ayuda.
Elías miró a Marcos.
—Mi socio, el señor Benítez, puso el dinero. Pero nosotros, mi equipo y yo, ponemos el corazón. Mientras yo esté aquí, en el Taller Carmona nunca se le va a cobrar de más a nadie, nunca se va a mentir sobre una refacción, y nunca, nunca se va a dejar a nadie tirado en el camino. Bienvenidos a su casa.
Los aplausos estallaron. No fueron aplausos educados de evento corporativo. Fueron gritos, chiflidos, vivas. Jazmín gritó: “¡Ese es mi hermano!”.
Marcos y Elías cortaron el listón. Los mariachis entraron tocando “El Son de la Negra” a todo volumen.
La fiesta fue legendaria. Se mezclaron los canapés de salmón con los tacos de canasta que Elías había ordenado en secreto (“porque a la gente le da hambre de verdad, no de bocadillos”, había dicho). Se vio a los ingenieros de Benítez bailando con las vecinas del barrio. Se vio a Marcos Benítez, el CEO millonario, sentado en una caja de herramientas, tomándose una cerveza “caguama” con Elías y Chuy, riéndose de anécdotas de talleres.
Esa noche, cuando todo terminó y el último invitado se fue, Elías se quedó solo en el taller nuevo.
Las luces estaban apagadas, salvo por la iluminación de seguridad. El piso brillaba. El olor era a pintura nueva y a posibilidad.
Elías caminó hacia su nueva oficina de cristal. Ahí, en la pared principal, había colgado dos cosas.
La primera era la foto vieja de su padre, ahora en un marco de plata.
La segunda, enmarcada con vidrio de museo, era una pequeña tarjeta de presentación blanca con relieve plateado, y junto a ella, un dibujo infantil hecho con crayolas que decía: “Tío Elías y el coche de papá”.
Se sentó en su silla ergonómica de director. Suspiró, pero esta vez no fue un suspiro de cansancio, sino de paz.
Sacó de su cajón su viejo overol, ese que tenía manchas de aceite de hace diez años. Lo acarició.
—Mañana —dijo en voz alta al taller vacío—. Mañana nos ensuciamos las manos otra vez.
El Taller Carmona había renacido. Pero lo más importante era que Elías Carmona no había cambiado. Seguía siendo el mecánico que, en la noche más fría del año, había elegido ser humano antes que ser rico. Y esa decisión, al final, lo había hecho ambas cosas.
CAPÍTULO 6: EL CÍRCULO SE COMPLETA
Tres años. En la vida de una ciudad, tres años son un suspiro, apenas un parpadeo entre una elección y otra, entre una obra vial y la siguiente. Pero en la vida del “Centro de Servicio Automotriz Carmona”, tres años fueron una eternidad de bendiciones.
El taller ya no era solo un taller; era una institución. Se había convertido en el corazón palpitante de la zona industrial de Lerma. No solo reparaban los motores más sofisticados de las flotillas de Grupo Benítez, sino que también habían abierto la “Escuela Técnica Don Anselmo”, un anexo en la parte trasera donde chavos banda, jóvenes que habían dejado la escuela o que estaban al borde de caer en la delincuencia, aprendían el noble oficio de la mecánica automotriz, becados al 100% por la fundación de Marcos.
Elías Carmona, ahora con 57 años y algunas canas más en la barba, caminaba por el taller con la misma autoridad tranquila de siempre. Aunque su cuenta bancaria ahora tenía ceros suficientes para retirarse a una playa en Vallarta, él seguía llegando a las 7:00 AM en punto, abriendo el portón y preparando el café para sus muchachos. No había dejado su departamento arriba del taller; lo había remodelado, sí, poniéndole ventanas dobles para el ruido y una cocina decente, pero seguía viviendo ahí, “encima del monstruo”, como él decía.
Era el 24 de diciembre otra vez.
La tradición se había establecido sin que nadie firmara un papel. Simplemente sucedió. En el Taller Carmona, la Nochebuena no se trabajaba por dinero. Se trabajaba por honor.
A las 6:00 PM, el taller cerró sus puertas comerciales. Las cortinas metálicas bajaron… pero una se quedó a medio abrir. Las luces de la bahía principal permanecieron encendidas.
Adentro, no había silencio. Había fiesta.
Chuy, ahora Gerente General de Operaciones, estaba encargado de la parrilla que habían improvisado en el patio trasero, asando carne para los empleados que se habían quedado voluntariamente.
—¡Jefe! —gritó Chuy—. ¿Ya le pongo la arrachera o se va a esperar a Don Marcos?
Elías miró su reloj, un Omega Seamaster que Marcos le había regalado en su cumpleaños (y que Elías solo usaba en ocasiones especiales por miedo a rayarlo).
—Espérate tantito, Chuy. Ya sabes que al licenciado le gusta la carne término medio, aunque yo digo que eso es carne cruda.
El ambiente era de camaradería pura. Había técnicos, ingenieros, lavadores, y recepcionistas, todos con sus familias. El taller se convertía en un refugio comunitario esa noche.
Pero la regla de oro, la “Ley Carmona”, seguía vigente: Si alguien llega con una emergencia, se deja el taco y se agarra la llave.
A las 7:30 PM, el sonido familiar de un motor fallando rompió la música de fondo.
No era un motor V8 poderoso como el de aquella noche histórica. Era un tosido agónico, metálico, de un motor de cuatro cilindros que pedía clemencia.
Un Chevrolet Chevy, modelo 2005, color despintado por el sol y con un golpe en la salpicadera, entró renqueando al estacionamiento. El vapor salía de debajo del cofre como un géiser.
Elías dejó su vaso de ponche y se limpió las manos.
—¡Guardia! —gritó suavemente.
De inmediato, tres de sus mejores aprendices, chavos que hace un año estaban robando autopartes y ahora eran técnicos certificados, saltaron de sus sillas.
—Nosotros lo checamos, Maestro —dijo “El Gato”, un chico flaco con tatuajes en el cuello que ahora era el mejor electricista junior.
—Vamos a ver —dijo Elías, acompañándolos.
Del Chevy bajó un hombre joven, no mayor de 25 años. Vestía ropa humilde, limpia pero gastada. Tenía los ojos rojos de llorar o de estrés, o de ambas cosas. Abrió la puerta trasera y sacó a un bebé envuelto en cobijas. Su esposa, una muchacha igual de joven, bajó cargando pañaleras y bolsas.
—Buenas noches —dijo el muchacho, con la voz temblorosa—. Sé que es Navidad, sé que están cerrados… pero por favor. Se nos calentó el carro. Vamos a Toluca, a casa de mis suegros.
Elías reconoció esa mirada. Era la misma mirada de Marcos hace tres años. La mirada del miedo. La mirada de un padre que siente que le está fallando a su manada.
—Tranquilo, hijo —dijo Elías, poniendo una mano en el hombro del muchacho—. Estás en el lugar correcto.
Los aprendices, bajo la supervisión de Chuy, se lanzaron sobre el coche como un equipo de Fórmula 1. Levantaron el cofre. El diagnóstico fue rápido: una manguera de refrigeración reventada y el termostato pegado.
—Tenemos la manguera en stock, Maestro —reportó El Gato—. El termostato lo podemos quitar directo para que lleguen, o le ponemos uno genérico que hay en almacén.
—Pónselo nuevo —ordenó Elías—. Y cámbiale el anticongelante completo, ese que trae ya es pura agua oxidadad.
Mientras los muchachos trabajaban, Elías invitó a la joven pareja a pasar a la zona de espera. Ya no eran sillas viejas; ahora había sofás de piel, una pantalla plana y una máquina de café Starbucks (capricho de Marcos).
La joven madre se sentó, arrullando al bebé. Elías les ofreció tacos y refrescos. Comieron con un hambre que delataba que no habían parado en horas.
—¿Cuánto nos va a salir, oiga? —preguntó el muchacho, contando billetes arrugados de veinte y cincuenta pesos en su mano—. Solo traigo quinientos pesos para la gasolina y la caseta… pero tengo un reloj, es bueno, se lo puedo dejar en garantía.
El muchacho empezó a quitarse un reloj Casio sencillo de la muñeca.
Elías sintió un déjà vu tan fuerte que tuvo que sonreír. La historia se repetía. La vida, en su infinita sabiduría, le mandaba recordatorios para que no se le subiera el éxito a la cabeza.
—Guarda eso, hijo —dijo Elías, deteniéndole la mano—. Tu reloj te queda mejor a ti.
—Pero… ¿y la reparación?
—Hoy es Nochebuena. En el Carmona no se cobra en Nochebuena. Es política de la empresa.
—¿De verdad? —Los ojos del muchacho se llenaron de lágrimas—. Oiga, no sabe el paro que me hace. Es la primera Navidad de mi hijo con sus abuelos.
—Entonces asegúrate de llegar para que lo abracen. Ese es tu pago.
Treinta minutos después, el Chevy estaba listo. Lavado (cortesía de los lavadores que no se quisieron quedar atrás), con mangueras nuevas, niveles a tope y el motor ronroneando lo mejor que podía.
La pareja se despidió con abrazos. La muchacha le dio a Elías una bolsa de galletas caseras que llevaban de regalo.
—Son de nuez, las hice yo —dijo ella—. Es lo único que tenemos para darle.
—Son mis favoritas —mintió Elías con una sonrisa, aceptando la bolsa como si fuera oro molido.
Vio al Chevy alejarse, sus luces rojas perdiéndose en la noche fría, tal como la Yukon de Marcos lo había hecho años atrás.
—Bonita costumbre tienes, Elías.
La voz vino de atrás. Elías se giró.
Marcos Benítez estaba recargado en el marco de la puerta de la oficina. No traía traje. Vestía jeans, botas de trabajo y una chamarra de cuero aviador. Se veía más relajado, más joven que en las fotos de las revistas de negocios.
—Llegaste tarde, socio —dijo Elías—. La carne ya se enfrió.
—Hubo tráfico en la salida de Santa Fe —Marcos caminó hacia él y le dio un abrazo fuerte, de esos que te acomodan las vértebras—. Feliz Navidad, compadre.
—Feliz Navidad, Marcos.
Ambos se quedaron parados en la entrada del taller, mirando la calle vacía y la llovizna que empezaba a caer.
—¿Te acuerdas? —preguntó Marcos, mirando hacia la carretera.
—Como si fuera ayer —respondió Elías.
—A veces me pregunto… —Marcos hizo una pausa, pateando una piedrita con la punta de su bota—. ¿Qué hubiera pasado si no hubieras contestado el teléfono esa noche? O si me hubieras cobrado los diez mil pesos y me hubieras dejado ir.
Elías se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Pues tú hubieras llegado al hospital igual, porque eres necio. Y yo… yo probablemente hubiera cerrado el taller en enero. Estaría trabajando de taxista o de chalán en otro lado.
—Y este lugar no existiría —Marcos señaló el edificio moderno, las luces, la gente riendo adentro—. Y esos chavos, como El Gato, probablemente estarían en la cárcel o muertos.
—Los “hubiera” no existen, Marcos. Las cosas pasan porque tienen que pasar. Dios acomoda las fichas, nosotros solo las jugamos.
Marcos sonrió y sacó algo de su bolsillo. Era aquella vieja tarjeta de presentación, la primera que le dio a Elías, ahora un poco arrugada y desgastada. Elías se la había devuelto el día que firmaron la sociedad, como un gesto simbólico, pero Marcos la conservaba.
—¿Sabes qué es lo más chistoso? —dijo Marcos—. Que yo venía esa noche a salvarte a ti, supuestamente. A darte el negocio de tu vida. Pero la realidad es que tú me salvaste a mí.
—¿Yo? —Elías arqueó una ceja—. Tú eres el de los millones, Marcos.
—No hablo de dinero. Hablo de… esto. —Marcos se tocó el pecho—. Antes de esa noche, yo era una máquina. Solo pensaba en números, en crecimiento, en acciones. Había olvidado por qué hacemos coches. Había olvidado que adentro de esas latas de metal viajan personas, familias, historias. Tú me recordaste que la tecnología sin humanidad no sirve para nada. Me devolviste el alma, Elías.
Elías sintió un nudo en la garganta. No era hombre de muchas palabras sentimentales, así que hizo lo único que sabía hacer para romper la tensión emocional.
—Ya, ya, mucho drama, licenciado. Se nos va a quemar la arrachera y Chuy se va a poner furioso. Y no quieres ver a Chuy enojado.
Marcos rio a carcajadas.
—Tienes razón. Vamos a cenar.
Entraron juntos al taller. El calor de adentro los envolvió. El olor a carne asada, a ponche y a grasa limpia llenaba el aire.
Adentro, la “familia” Carmona-Benítez celebraba. Brindaban por el año que se iba y por el que venía.
Elías se detuvo un segundo antes de unirse a la fiesta. Miró hacia la oficina de cristal, donde la foto de su padre Don Anselmo parecía vigilar todo desde las alturas.
Le guiñó un ojo a la foto.
—Misión cumplida, jefe —susurró.
El Taller Carmona estaba abierto. Y mientras Elías tuviera fuerza en las manos y aire en los pulmones, nunca, jamás, dejaría a nadie tirado en el camino.
Porque al final del día, no somos los coches que manejamos, ni el dinero que tenemos en la bolsa. Somos a quién ayudamos cuando se le apaga el motor a mitad de la noche.
Y esa, amigos míos, es la única reparación que tiene garantía de por vida.
FIN