Me Senté Sola en la Boda de mi Mejor Amiga y Todos se Burlaron, Hasta que un Magnate Desconocido Tomó mi Mano y Anunció: “Ella Viene Conmigo”

Parte 1 Capítulo 1: La Sombra en la Mesa 7

La peor parte no fue estar sentada sola en la boda de mi mejor amiga, rodeada de desconocidos que olían a perfume importado y arrogancia. Tampoco fueron las miradas de lástima, esas que te barren de arriba abajo, escaneando la marca de tus zapatos y calculando cuánto costó tu vestido, como si tuvieran un código de barras en las retinas. Esas miradas típicas de la “gente bien” de la Ciudad de México, que te hacen sentir que ocupas un espacio que no te corresponde. Ni siquiera fue la forma en que las conversaciones se detenían en seco, como si alguien hubiera bajado el volumen de la radio, cada vez que yo caminaba cerca de un grupo de invitados VIP.

No. Lo que realmente me estaba desgarrando por dentro, lo que sentía como si alguien me estuviera pasando una lija por el corazón, era ver a Rebeca.

Mi Rebeca. Mi supuesta mejor amiga desde los días en que compartíamos tortas de tamal afuera de la facultad en la UNAM. La veía allá, a lo lejos, en la mesa principal, riendo a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás, celebrando con gente que apenas había notado mi existencia en toda la noche. Gente que, estoy segura, ni siquiera sabía su segundo nombre ni le había sostenido el cabello mientras vomitaba por los nervios antes de un examen final.

Yo soy Amelia Johnson. Y esa noche, en uno de los salones de fiestas más exclusivos de Polanco, me alisé mi vestido verde esmeralda por centésima vez. Era un vestido bonito, sí, pero lo había comprado en una barata de fin de temporada en un outlet, y sentía que se notaba. Sentía que la tela gritaba “oferta” en medio de un mar de sedas italianas y trajes hechos a la medida.

Traté de hacerme chiquita, invisible, en la mesa 7. La famosa mesa de los “compromisos incómodos”. Ya sabes, esa mesa donde sientan al primo lejano del pueblo, al compañero de trabajo que invitaron por obligación y a la amiga de la infancia que ya no encaja en la nueva vida de “socialité” de la novia. El salón zumbaba con esa energía eléctrica del dinero viejo: risas controladas, el tintineo agudo de las copas de cristal de Baccarat y el murmullo de negocios cerrándose entre canapés de salmón. Pero yo sentía que lo veía todo a través de un vidrio grueso, empañado y sucio.

Cada pareja a mi alrededor parecía brillar con una felicidad de comercial de joyería. Se tomaban de la mano, se susurraban secretos, se besaban discretamente. Mientras tanto, yo estaba ahí, rígida como una estatua, sentada junto a una silla vacía que se burlaba de mí. Esa silla debería haber estado ocupada por Kevin.

¡No manches, Amelia! Perdóname, te lo juro por mi madre —me había mandado un mensaje de voz esa mañana, con una voz que sonaba sospechosamente poco enferma—. Me cayeron fatales los tacos de anoche. Tengo una intoxicación brutal. No voy a poder ir a la boda. Espero que entiendas, neta perdón.

Entendía perfectamente, Kevin. Eres un rajón.

Kevin, mi compañero de trabajo en la agencia de marketing donde ambos ganábamos sueldos miserables, se había enterado la semana pasada de la magnitud del evento. Había escuchado que la boda de Rebeca iba a salir en las páginas de sociales de la revista Hola! y Quién, todo porque su nuevo esposo, Miguel, no era cualquier mortal. Miguel era el dueño de “Azul Profundo”, un conglomerado de restaurantes de lujo que estaban de moda en Polanco y las Lomas.

De repente, la idea de ser el “más uno” de Amelia, la chica “godínez” que llevaba tuppers a la oficina, ya no le parecía un plan atractivo. Kevin se sintió intimidado. Se le “arrugó”, como decimos aquí. Sabía que no tenía el traje, ni el reloj, ni la confianza para pararse en ese salón. Y en lugar de ser un hombre y apoyarme, prefirió inventarse una diarrea imaginaria y dejarme tirada a mi suerte.

Suspiré, tomando un trago de mi copa. El champán estaba tibio. O tal vez era mi amargura la que le cambiaba el sabor.

De repente, un tintineo agudo cortó el murmullo del salón. Alguien estaba golpeando una copa con un tenedor. El sonido clásico para pedir silencio y dar un discurso. Se me heló la sangre cuando vi quién se ponía de pie.

Era Jéssica. La hermana mayor de Rebeca. La Dama de Honor.

Jéssica siempre había sido… complicada. Desde que éramos niñas, me miraba como si yo fuera una mancha de mole en su mantel blanco. Nunca entendió por qué su hermana, tan bonita y aspiracional, se juntaba con alguien tan “gris” y “común” como yo. Esta noche, Jéssica llevaba un vestido color lavanda que costaba más que mi auto, y su sonrisa parecía un cuchillo recién afilado brillando bajo los candelabros de cristal.

—¡Atención todos, por favor! —anunció Jéssica. Su voz, chillona y ligeramente arrastrada por el alcohol, resonó gracias al micrófono—. Quiero decir unas palabras. Un brindis por mi hermanita y su príncipe azul.

El salón guardó silencio. Todos los rostros bronceados y perfectamente maquillados se volvieron hacia ella.

—Quiero hablar sobre el amor —dijo Jéssica, paseando la mirada por el salón con teatralidad—. El amor verdadero es caprichoso. Pero encuentra a todos eventualmente. Bueno… —hizo una pausa dramática y soltó una risita maliciosa—… a casi todos.

Sentí un nudo en el estómago. Sabía lo que venía. Podía sentirlo en el aire, como la electricidad antes de una tormenta.

Sus ojos, cargados de una malicia que llevaba años acumulándose, buscaron la mesa 7. Me encontraron. Se clavaron en mí como dos dardos venenosos. No fue sutil. Fue un ataque directo, público y brutal.

—Porque seamos realistas —continuó, sin dejar de mirarme—, algunas personas simplemente no están hechas para el cuento de hadas. Algunas personas no son protagonistas. Están destinadas a ser los personajes secundarios, los extras, el relleno en las historias de amor de la gente que sí importa. Son los que miran desde la barrera, los que aplauden, pero nunca suben al escenario.

Una risa recorrió la multitud. No era una carcajada estruendosa, eso hubiera sido de mala educación. Era peor. Era esa risita discreta, educada y cómplice de la clase alta mexicana. Esa risa de “ay, qué ocurrente es Jéssica, pero qué cierto”.

Sentí mis mejillas arder con la intensidad de mil soles. Quería desaparecer. Quería meterme debajo de la mesa y no salir nunca. Varios invitados, contagiados por la mirada de Jéssica, se giraron descaradamente para ver a quién se refería. Sus ojos cayeron en mí, en mi soledad, en la silla vacía de Kevin. Pude leer sus pensamientos: “Pobrecita”, “qué pena”, “ni siquiera trajo pareja”.

Busqué desesperadamente a Rebeca en la mesa principal. Necesitaba que ella hiciera algo. Que le quitara el micrófono a su hermana, que dijera “basta”, que me defendiera como yo la defendí tantas veces.

Nuestras miradas se cruzaron.

Ahí estaba ella, radiante en su vestido de encaje francés. Me vio. Vio mi humillación. Vio cómo me estaba desmoronando en vivo y en directo. Y entonces… hizo lo impensable.

Rebeca me dio un pequeño saludo con la mano. Un gestito rápido, casi imperceptible, como quien saluda a un conocido lejano en el súper. No hubo indignación en su rostro. No hubo corrección para su hermana. Simplemente sonrió esa sonrisa perfecta que había perfeccionado para las fotos, tomó un sorbo de su vino y se volvió hacia Miguel, su esposo millonario, para susurrarle algo al oído. Él se rio y le besó la mano.

Ese momento fue el verdadero golpe final. Más doloroso que el discurso de Jéssica. Más doloroso que la ausencia de Kevin.

Me di cuenta, con una claridad brutal, de que mi mejor amiga ya no existía.

Recordé cuando vivíamos juntas en ese departamento húmedo en la colonia Roma, cuando apenas nos alcanzaba para pagar la luz. Recordé las noches que pasé consolándola cuando sus padres se divorciaron y ella sentía que el mundo se acababa. “Tú eres mi hermana, Amelia”, me decía llorando, “nunca me dejes sola”.

Recordé cuando reprobó farmacología en la escuela de enfermería y yo pasé tres noches enteras haciéndole resúmenes y explicándole los temas para que no perdiera el semestre. Recordé a sus exnovios: el músico vago que le robó dinero, el patán que la engañó con su prima. Yo estuve ahí para recoger los pedazos cada vez que le rompían el corazón. Yo fui su chofer, su paño de lágrima, su enfermera, su banco y su guardaespaldas emocional.

Cuando Miguel entró en su vida, yo me alegré. De verdad. Pensé: “Por fin, un buen tipo”. Pero no vi venir que, junto con Miguel, venía un cambio de código postal y un cambio de personalidad. Poco a poco, las llamadas se volvieron mensajes de texto. Las cenas de tacos se volvieron brunchs en lugares donde el huevo costaba 300 pesos y yo no podía pagar mi parte. Y finalmente, llegamos a esto: yo, convertida en la “amiga pobre” que invitas por lástima, siendo humillada públicamente por su hermana mientras ella miraba hacia otro lado.

—A la salud de los novios —terminó Jéssica, alzando su copa victoriosa.

—¡Salud! —coreó el salón.

Bebí mi copa de un trago, sintiendo cómo las burbujas quemaban mi garganta. Tenía que irme. No podía soportar un minuto más de esto. Estaba a punto de agarrar mi bolsa y salir corriendo hacia la calle Masaryk para pedir un Uber, cuando un mesero se materializó a mi lado.

—Señorita —dijo, colocando una copa fresca de champán frente a mí. Esta copa era diferente. El cristal era más fino, y el líquido dorado burbujeaba con una vivacidad distinta.

—No pedí esto —dije, con la voz un poco ronca por las ganas de llorar que estaba reprimiendo.

—Cortesía del caballero en la barra —dijo el mesero, con una leve inclinación de cabeza, señalando discretamente hacia el otro extremo del salón.

Fruncí el ceño y giré la cabeza.

Allá, apoyado contra la barra de caoba oscura, había un hombre.

Y no era cualquier hombre. En un salón lleno de tipos ricos que se esforzaban demasiado por parecer importantes, este hombre destacaba porque no parecía esforzarse en absoluto. Era alto, muy alto. Llevaba un traje oscuro, azul medianoche, que se ajustaba a sus hombros anchos de una manera que gritaba “sastrería italiana a la medida”. No había arrugas, no había fallas.

Tenía el cabello castaño, ligeramente despeinado de una forma elegante, y unos ojos que, incluso a la distancia, parecían tener una intensidad magnética. Su postura era relajada, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo su propia copa. Irradiaba esa seguridad tranquila que solo tienen los hombres que son dueños de su propio destino (y probablemente de medio edificio).

Nuestras miradas se encontraron. El ruido de la fiesta pareció desvanecerse un poco, como si alguien hubiera puesto mute al resto del mundo.

El hombre alzó su copa ligeramente en mi dirección, un brindis silencioso y privado.

Sentí un vuelco en el corazón. Un “aleteo” estúpido de esperanza. Pero mi cerebro, entrenado por años de decepciones y reforzado por la humillación de hace cinco minutos, reaccionó rápido.

“No seas tonta, Amelia”, me regañé a mí misma. “Hombres como ese no miran a mujeres como tú. No a la chica del vestido de outlet sentada sola en la mesa de los perdedores. Seguro está mirando a alguien detrás de ti. Tal vez hay alguna modelo o una hija de político sentada en la mesa 8”.

Bajé la mirada, avergonzada por haber pensado siquiera que el brindis era para mí. Me concentré en las burbujas de mi copa, decidida a ignorarlo.

Pero entonces, escuché un cambio en el ambiente cercano. El sonido de pasos firmes acercándose. El silencio de las personas en las mesas vecinas.

Levanté la vista. El hombre de la barra venía hacia mí.

Y, Dios mío, caminaba con una determinación que daba miedo. Se movía entre las mesas abarrotadas con una fluidez felina, esquivando a meseros y tías borrachas sin perder el ritmo. La gente se apartaba instintivamente para dejarlo pasar. Algunas mujeres se volteaban a mirarlo, susurrando entre ellas, pero él las ignoraba por completo. Sus ojos no se desviaban. Estaban fijos en mí, como un láser.

Mi corazón empezó a golpear contra mis costillas. Tun-tun, tun-tun, tun-tun. ¿Qué estaba pasando? ¿Me había confundido con alguien más? ¿Venía a decirme que estaba ocupando el lugar reservado para alguien importante?

Llegó a mi mesa. De cerca, era devastadoramente guapo. Tenía una mandíbula cuadrada, un rastro de barba de un día que lo hacía ver varonil y peligroso, y olía a una mezcla de madera de sándalo, cítricos caros y misterio. En su muñeca brillaba un reloj Patek Philippe que valía más que todos los muebles de mi departamento juntos.

Pero lo que más me impactó no fue su dinero, sino su expresión. No me miraba con lástima. No me miraba con burla. Me miraba con… curiosidad. Y algo de calidez.

—Disculpa —dijo. Su voz era grave, profunda, con ese tono de barítono que te vibra en el pecho. Era educado, pero había una firmeza subyacente—. Espero que no te moleste el champán. Pareces alguien que podría necesitar un aliado en este campo de batalla.

Me quedé muda un segundo, parpadeando. —Gracias —logré balbucear, sintiéndome la persona más torpe del mundo—. Y sí… digamos que la noche no ha sido mi favorita.

Él sonrió, y fue como si saliera el sol en medio de la tormenta. Sus ojos se arrugaron en las esquinas. Parecía genuino. —Soy Ethan —dijo, extendiendo su mano grande y bien cuidada—. Ethan Mitchell.

Miré su mano. Luego miré su cara. Ethan Mitchell. El nombre sonaba a poder. —Amelia —respondí, estrechando su mano. Su agarre fue firme, cálido y seco. No me apretó demasiado, ni dejó la mano muerta. Fue perfecto.

—Amelia —repitió él, como si probara el sabor del nombre—. ¿Sería terriblemente atrevido e inapropiado de mi parte preguntar si puedo sentarme?

Miré a mi alrededor. Jéssica nos estaba mirando desde la pista de baile con la boca abierta. Rebeca estiraba el cuello desde la mesa principal.

Señalé la silla vacía con un gesto que intentó ser casual, aunque mis manos temblaban. —Es toda tuya. Mi cita decidió que una intoxicación por tacos era más divertida que esta fiesta, así que el asiento está libre.

Ethan soltó una carcajada suave, un sonido rico y grave, y se sentó. Se acomodó el saco y suspiró, como si estuviera cansado. —Hombre inteligente, tu cita. Aunque un tonto por dejarte sola —dijo, mirándome a los ojos.

Me sonrojé furiosamente. —Bonita boda, ¿no? —dijo él, mirando irónicamente los arreglos florales gigantescos que impedían ver a la persona de enfrente—. Muy… discreta.

—Súper sencilla —respondí con sarcasmo—. Creo que gastaron el PIB de un país pequeño en las orquídeas. ¿Eres amigo del novio? —Negocios —dijo él—. Miguel es socio en algunos proyectos. ¿Y tú? ¿Cercana a la novia?

Sentí el pinchazo en el pecho otra vez. —Éramos mejores amigas —dije, y la corrección salió de mi boca antes de que pudiera detenerla—, o bueno, eso creía yo hasta hace una hora. —Las amistades cambian cuando entra el dinero y el estatus —dijo Ethan, su tono volviéndose más serio. Me miró como si pudiera leer mis pensamientos, como si entendiera exactamente lo que sentía—. A veces la gente olvida quién estuvo ahí cuando no tenían nada.

Me quedé helada. ¿Era adivino? La música cambió. La banda empezó a tocar “Culpable o no” de Luis Miguel, y la pista se llenó de parejas cantando a todo pulmón.

Ethan se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una manera que, sorprendentemente, no me molestó. Al contrario, sentí una corriente eléctrica. —¿Puedo preguntarte algo, Amelia? —dijo, bajando la voz para que solo yo pudiera escucharlo por encima de la música.

—Claro. —¿Estarías dispuesta a ayudarme con algo? —Su expresión cambió. La seguridad desapareció por un segundo, reemplazada por una urgencia intensa—. Prometo que no es nada ilegal, ni peligroso, ni inapropiado. Bueno, tal vez un poco loco.

Lo miré con cuidado. Había algo en sus ojos cafés. Una súplica silenciosa. —¿Qué tipo de ayuda necesita un hombre como tú?

Ethan miró nerviosamente hacia la entrada del salón, luego volvió a clavar sus ojos en los míos. —Necesito que finjas que eres mía esta noche.

El mundo se detuvo. Literalmente dejé de escuchar la música. —¿Perdón? —pregunté, segura de haber escuchado mal.

—Sé cómo suena —dijo él, rápido y en voz baja—. Suena a locura. Pero mi exnovia está aquí. Acaba de llegar.

Señalo discretamente con la cabeza hacia la entrada. —Terminamos hace seis meses, pero ella es… persistente. Obsesiva. Cuando me vio hace un rato desde el lobby, se le iluminó la cara con esa mirada de “tú me perteneces”. Cree que vamos a volver.

Seguí su mirada. Y entonces la vi. Cerca de la mesa de postres, hablando con la mamá de la novia, había una mujer. Y no era cualquier mujer. Era una diosa. Llevaba un vestido rojo sangre, tan ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo escultural. Era rubia, alta, imponente. Se movía con la confianza de una reina malvada. Era todo lo que yo no era: intimidante, poderosa, perfecta.

—¿Ella? —susurré—. Es… wow. Es hermosa.

—Ella es hermosa por fuera —corrigió Ethan con amargura—. Pero por dentro es manipuladora, celosa y cree que mi cuenta bancaria es una extensión de su bolso. Si me ve solo, no me dejará en paz en toda la noche. Hará una escena.

Miró de nuevo a la mujer de rojo, que empezaba a caminar en nuestra dirección, escaneando el salón como un terminador buscando a su objetivo.

—Por favor, Amelia —dijo Ethan, volviendo a mirarme con desesperación—. Solo finge ser mi novia un par de horas. Si me ve contigo, se detendrá.

Miré mi vestido sencillo de outlet. Miré mis zapatos que ya me apretaban. Luego miré a la mujer de rojo. —Ethan, nadie te va a creer —dije con honestidad brutal—. Mírala a ella. Y luego mírame a mí. No estamos en la misma liga. Ella es portada de revista y yo soy… bueno, yo soy yo. Van a pensar que soy tu asistente o algo así.

La expresión de Ethan se endureció. Se inclinó aún más cerca, tanto que podía sentir el calor de su cuerpo. —Escúchame bien —dijo con una intensidad que me robó el aliento—. Primero que nada, eres hermosa. Tienes una belleza natural que ella se operó para intentar conseguir. Segundo, tú tienes algo que ella jamás tendrá: bondad. Puedo verla en tus ojos. Ella es hielo, tú eres fuego.

Mis ojos se llenaron de lágrimas traicioneras. Nadie me había hablado así nunca. —¿Qué tengo que hacer? —pregunté, con la voz temblorosa. —Solo sígueme la corriente. Sonríe. Toma mi mano. Tal vez bailemos una vez. —¿Y qué gano yo? —pregunté, intentando recuperar un poco de dignidad y no parecer tan fácil—. ¿Por qué debería ayudarte?

Ethan sonrió, y esa sonrisa traviesa regresó. —Además de salvar a un hombre desesperado de las garras de su ex… te prometo algo: haré que valga la pena. Haré que tengas la mejor noche que has tenido en meses. Vi cómo te miraban hace rato, durante el brindis. Parecías necesitar un rescate tanto como yo. Hagamos un trato: yo te salvo de la mesa de los perdedores y tú me salvas de la ex tóxica.

Tenía razón. Estaba sola, humillada y triste. Y él me ofrecía una salida. Me ofrecía ser, por una noche, la mujer del brazo del hombre más guapo del salón. Suspiré, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. —Está bien —dije—. Trato hecho.

El alivio inundó el rostro de Ethan. —Gracias. Te debo una. Una grande.

En ese momento, la mujer de rojo nos ubicó. Sus ojos se entrecerraron. Empezó a caminar hacia nuestra mesa con paso firme, sus tacones de aguja resonando como tambores de guerra.

—Aquí viene —susurró Ethan.

Sin dudarlo, extendió su mano sobre la mesa y tomó la mía. Entrelazó sus dedos con los míos con una familiaridad asombrosa. Su piel era cálida. Me dio un apretón suave, tranquilizador.

La mujer llegó a nuestra mesa. Olía a Chanel No. 5 y a peligro. —Ethan, querido —dijo ella. Su voz era dulce como la miel, pero tenía un filo venenoso debajo—. Esperaba encontrarte aquí. Te he estado llamando.

Ethan no se levantó. No soltó mi mano. Me miró a mí con una adoración tan bien actuada que casi me la creo, y luego se volvió hacia ella con frialdad. —Hola, Carolina —dijo—. No he revisado el celular. Estoy un poco ocupado.

Carolina parpadeó, confundida por la falta de atención. Su mirada bajó a nuestras manos entrelazadas sobre el mantel blanco. Sus ojos se abrieron un poco más. Luego subió la vista y me escaneó. Fue como pasar por una máquina de rayos X. Analizó mi cabello, mi maquillaje, mi vestido. Hizo una mueca casi imperceptible de desdén.

—¿Ocupado? —preguntó ella, con una risa forzada—. ¿Y quién es… tu amiga?

Ethan sonrió. Se llevó mi mano a los labios y besó mis nudillos suavemente, sin dejar de mirar a Carolina a los ojos. —Carolina, me gustaría presentarte a Amelia. Mi novia.

El silencio que siguió fue absoluto, denso y electrizante. Sentí cómo el corazón se me salía del pecho.

El juego había comenzado.

Capítulo 2: El Baile de las Máscaras y las Verdades a Medias

El silencio que siguió a la declaración de Ethan fue tan espeso que casi se podía masticar, como el aire de la Ciudad de México en un día de contingencia ambiental.

—¿Tu… novia? —repitió Carolina. La palabra pareció atorársele en la garganta, como si fuera una espina de pescado.

Carolina parpadeó una vez, lentamente. Su cerebro, claramente entrenado para calcular el valor neto de las personas en nanosegundos, estaba sufriendo un cortocircuito. Bajó la mirada hacia nuestras manos entrelazadas sobre el mantel blanco. Ethan no solo me sostenía la mano; la apretaba con una firmeza posesiva, su pulgar acariciando distraídamente mi piel, como si llevara años haciéndolo. Un gesto tan íntimo que me hizo sonrojar de verdad, lo cual, irónicamente, le dio más credibilidad a nuestra mentira.

—Qué… inesperado —soltó finalmente Carolina, recuperando su compostura con una rapidez aterradora. Su sonrisa regresó, pero ya no llegaba a sus ojos. Ahora era una mueca afilada, de esas que te lanzan las señoras de sociedad antes de destrozarte con un chisme.

Sentí su mirada recorrer mi cuerpo otra vez. No fue una mirada de curiosidad; fue una auditoría forense. Escaneó mi vestido de outlet, buscando la etiqueta invisible que gritara “barato”. Se detuvo en mi collar de fantasía, en mi peinado que yo misma me había hecho frente al espejo del baño. Podía escuchar sus pensamientos tan claro como si los estuviera gritando: “¿Ella? ¿En serio, Ethan? ¿Esta mujer que parece que se equivocó de fiesta?”.

—No sabía que estabas saliendo con alguien —dijo Carolina, su voz goteando veneno endulzado—. Y mucho menos que era algo… serio.

—Llevamos un tiempo —dijo Ethan, con una calma que me ponía la piel de gallina. No se inmutó ante su escrutinio. Al contrario, se echó hacia atrás en su silla, relajado, proyectando esa arrogancia tranquila de los hombres que no tienen que dar explicaciones a nadie—. Preferimos mantenerlo privado. Ya sabes cómo es la gente. Les encanta hablar.

—Claro, la privacidad —dijo ella, soltando una risita seca—. Pero Ethan, querido, tú nunca has sido de los que se esconden. ¿Cuánto tiempo dices que llevan?

La pregunta fue un disparo directo. Carolina estaba buscando grietas en la historia. Si nuestras fechas no cuadraban, nos comería vivos. Sentí cómo el pánico me subía por la garganta, un sabor ácido de bilis y champán. ¿Qué se supone que debíamos decir? ¿Una semana? ¿Un año?

Ethan me apretó la mano bajo la mesa, una señal silenciosa.

—Tres meses —respondió él, sin titubear ni un segundo. Me miró a los ojos, y por un momento, el mundo desapareció. Su expresión se suavizó, transformándose en la imagen viva del hombre enamorado—. Los mejores tres meses que he tenido en años.

La forma en que lo dijo… Dios mío. Si no supiera que era una actuación digna de un Oscar, habría caído rendida ahí mismo. Había una calidez en su voz que hizo que el corazón me diera un vuelco estúpido. Casi me lo creo yo misma.

—¡Ay, qué romántico! —exclamó Carolina, con un sarcasmo tan evidente que dolía—. Tres meses. Vaya. ¿Y dónde se conocieron? Porque, sin ofender, querida —se dirigió a mí por primera vez, con una condescendencia brutal—, no me parece haberte visto nunca en nuestros círculos. ¿Eres amiga de la novia?

Era mi turno. Ethan me había dado el pie, pero ahora yo tenía que caminar sola. Carolina me estaba retando. Me estaba diciendo, en su idioma de alta sociedad: “Tú no perteneces aquí, naca. Admítelo”.

Enderecé la espalda. Recordé todas las veces que Rebeca me había hecho sentir menos, todas las veces que mi jefe me había robado el crédito. La rabia, a veces, es mejor combustible que el miedo.

—Nos conocimos por trabajo —dije. Me sorprendió lo firme que sonó mi voz. No temblé. No tartamudeé..

—¿Trabajo? —Carolina enarcó una ceja perfectamente depilada—. ¿Trabajas para él?

Ahí estaba. La trampa. Quería encasillarme. Quería que yo fuera la secretaria, la asistente, la empleada que se acostaba con el jefe. Quería reducirme a un cliché para poder pisotearme.

—Trabajamos juntos —corregí, mirándola directamente a los ojos. La adrenalina me estaba dando una claridad mental que no sabía que tenía—. Ethan necesitaba a alguien con visión en marketing para un proyecto nuevo. Empezamos como colegas… —hice una pausa dramática, mirando a Ethan con una sonrisa tímida—… pero la química fue imposible de ignorar.

Ethan sonrió, claramente impresionado por mi improvisación. —Exacto. Al principio intentamos ser profesionales, pero… bueno. Amelia es brillante. Y hermosa. Fue inevitable. Ahora somos socios. En todo.

La palabra “socios” golpeó a Carolina como una bofetada. Ella, que siempre había visto a Ethan como un trofeo o una cuenta bancaria, no podía procesar la idea de una relación basada en la admiración mutua.

—Socios… —repitió ella, con un tono despectivo—. Qué moderno..

El silencio volvió, pero esta vez era diferente. Esta vez, Carolina sabía que había perdido el primer round. No podía atacarnos abiertamente sin parecer una exnovia despechada y loca, algo que su orgullo no le permitiría jamás.

—Bueno —dijo Carolina, alisándose su vestido rojo como si quisiera quitarse una mancha invisible—, supongo que felicidades. Aunque ya veremos cuánto dura esa… “sociedad”. Ethan es un hombre complicado. No es para cualquiera.

—Tengo paciencia —respondí con una sonrisa dulce.

Carolina abrió la boca para lanzar otro dardo, pero la banda en el escenario cambió el ritmo. Las primeras notas de un saxofón llenaron el aire, seguidas por una melodía suave y romántica. Era una balada clásica, de esas que obligan a las parejas a pegarse en la pista.

Ethan aprovechó el momento. Se puso de pie con una elegancia fluida, tirando suavemente de mi mano.

—Esa es nuestra canción —mintió descaradamente—. ¿Me concedes este baile, mi amor?.

No esperó mi respuesta. Me sacó de la silla y me guio hacia la pista de baile, dejando a Carolina parada allí, sola, con su copa de champán y su furia contenida.

—Disculpa, Carolina —dijo él por encima del hombro—. Tenemos que aprovechar la música.

Mientras nos alejábamos, pude escucharla murmurar algo entre dientes. Algo que sonó sospechosamente a: “Ya veremos cuánto te dura el gusto”.

Caminar hacia la pista de baile con Ethan fue una experiencia surrealista. Sentía las miradas de todos. De repente, la “pobrecita Amelia” de la mesa 7, la solterona invisible, iba del brazo del hombre más guapo y rico de la fiesta. Podía escuchar los susurros como un zumbido de abejas.

“¿Quién es ella?” “¿Es la nueva novia de Ethan Mitchell?” “¿De dónde salió?” “Mira la cara de Carolina, se va a morir.”

Llegamos al centro de la pista. Ethan se giró hacia mí y, sin dudarlo, colocó una mano en mi cintura y tomó mi otra mano con la suya. Me atrajo hacia él. El contacto fue eléctrico. A través de la tela barata de mi vestido, podía sentir el calor de su mano, la firmeza de su agarre. Olía increíblemente bien, una mezcla de madera, cítricos caros y algo puramente masculino.

—Lo hiciste increíble —me susurró al oído, su aliento haciéndome cosquillas en el cuello—. De verdad. Esa respuesta sobre ser “socios”… brillante.

Me reí, una risa nerviosa que liberó un poco de la tensión acumulada. —Estaba improvisando. Sentí que me iba a desmayar. —Nadie lo notó. Carolina está echando humo por las orejas. Creo que la acabas de destrozar.

—Bien —dije, sorprendiéndome de mi propia malicia—. Se lo merece por intentar hacerte sentir mal.

—Eso significa que está funcionando —dijo él, girándome suavemente al ritmo de la música.

Bailar con él era fácil. Demasiado fácil. Yo no soy una gran bailarina; suelo tener dos pies izquierdos y tropezarme con mi propia sombra. Pero Ethan lideraba con tal confianza y suavidad que era imposible equivocarse. Me hacía sentir ligera, graciosa. Me hacía sentir que pertenecía ahí, en medio del lujo y las luces, y no escondida en un rincón.

Levanté la vista para mirarlo. Sus ojos marrones me observaban con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo que todo esto era una farsa.

—¿Qué acabo de hacer, Ethan? —pregunté, la realidad golpeándome de repente—. ¿En qué lío me metí?.

Él sonrió, pero había algo triste en su expresión. —Te metiste en el nido de víboras, Amelia. Pero no te preocupes. No dejaré que te piquen.

—Bailas muy bien —dije, tratando de cambiar el tema porque la intensidad de su mirada me estaba poniendo nerviosa.

—Mi madre insistió en lecciones de baile de salón cuando tenía doce años —confesó, rodando los ojos—. Lo odiaba entonces. Me sentía ridículo. Pero supongo que ahora le agradezco.

—Se nota. —Tú tampoco lo haces mal. —Es porque tú me guías. Si me soltaras, probablemente me caería encima del pastel de bodas.

Él rio, y sentí la vibración de su risa en mi pecho, ya que estábamos pegados cuerpo a cuerpo. —Eres divertida, Amelia. No eres lo que esperaba cuando me acerqué a tu mesa.

—¿Ah, no? ¿Qué esperabas? —Alguien triste. Alguien que necesitaba ser rescatada. —¿Y no es eso lo que soy? —pregunté, sintiendo una punzada de vergüenza. —No —dijo él, poniéndose serio—. Eres alguien que me está rescatando a mí, tanto como yo a ti.

La canción terminó, pero Ethan no me soltó. Seguimos ahí, parados en medio de la pista, tomados de la mano, mientras la banda hacía una pausa. El momento fue mágico… hasta que una voz familiar rompió el hechizo.

—¿Amelia?

Me congelé. Conocía esa voz. Era una voz que había escuchado mil veces: en pijamadas, en llamadas telefónicas de madrugada, en crisis existenciales. Pero ahora sonaba diferente. Sonaba… confundida. Y un poco acusatoria.

Me giré lentamente.

Rebeca estaba parada a unos metros de nosotros. Su vestido de novia, una obra maestra de encaje y seda, arrastraba por el suelo como una nube blanca. Pero su cara no era la de una novia feliz. Tenía el ceño fruncido y nos miraba, a Ethan y a mí, como si fuéramos un error en la Matrix.

—Rebeca, hola —dije, sintiendo que la culpa me golpeaba el estómago. Se suponía que esta era su noche, y yo estaba causando un espectáculo.— ¡Felicidades otra vez! Todo está hermoso.

Los ojos de Rebeca no estaban en mí. Estaban clavados en nuestras manos unidas. Luego subieron a la cara de Ethan. Se notaba que su cerebro estaba tratando de procesar la información: “Amelia, la amiga solterona” + “Ethan Mitchell, el magnate millonario” = “Error de cálculo”.

—No creo que nos hayamos presentado formalmente —dijo Rebeca, su tono oscilando entre la cortesía forzada y la sospecha—. Soy Rebeca. —Ethan Mitchell —dijo él, extendiendo su mano libre con una sonrisa encantadora—. Felicidades por tu matrimonio. Tienes una boda espectacular.

Rebeca estrechó su mano brevemente, pero su atención volvió a mí de inmediato. —Amelia… pensé que Kevin era tu acompañante —dijo, con un tono que casi sonaba a regaño. Como si me hubiera atrapado rompiendo una regla.

—Se enfermó —expliqué rápido—. Intoxicación. —¿Y entonces…? —Rebeca dejó la pregunta en el aire, señalando a Ethan con la mirada.

—Vine en su lugar —intervino Ethan con suavidad, salvándome de nuevo—. Bueno, en realidad, planeábamos venir juntos desde el principio, pero Amelia pensó que sería mejor traer a su amigo Kevin para no… abrumarte.

—¿Abrumarme? —Rebeca arqueó una ceja.

—Ya sabes —dijo Ethan, bajando la voz como si compartiera un secreto—, Amelia estaba muy emocionada de presentarme a su mejor amiga, pero también estaba nerviosa. Quería que hoy fuera tu día, sin distracciones. Pero cuando el tal Kevin canceló… bueno, no iba a dejar que mi novia viniera sola y se sentara en la mesa 7.

La palabra “novia” salió de su boca con tanta naturalidad que Rebeca parpadeó. —¿Son novios? —preguntó ella, incrédula.

—Sí —dije yo, forzando una sonrisa—. Sorpresa.

La expresión de Rebeca cambió. Hubo una mezcla de emociones en su rostro que me dolió ver. Había sorpresa, sí. Pero también había algo más… ¿Celos? ¿Molestia? Era como si le molestara que yo tuviera algo “brillante” que no le hubiera contado. Como si yo hubiera salido de mi papel de “personaje secundario” sin su permiso.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —preguntó lentamente.

—Unos meses —mentí, sintiendo que la nariz me crecía como a Pinocho.

—¿Y nunca me contaste? —Rebeca cruzó los brazos sobre su pecho. Su tono era de reproche—. Hablamos la semana pasada, Amelia. Te quejaste de que ibas a morir sola con tus gatos. No mencionaste a ningún Ethan.

Sentí el calor subir por mi cuello. Rebeca tenía razón. Yo era pésima mintiendo a mi mejor amiga. —Es que… es complicado, Rebe. Queríamos ver si funcionaba antes de hacerlo público. Ya sabes, por todo el tema de… —hice un gesto vago hacia Ethan, implicando su estatus y dinero—… sus negocios y la privacidad.

Ethan me pasó el brazo por los hombros y me apretó contra él. —Fui yo quien le pidió discreción —dijo él, asumiendo la culpa caballerosamente—. Mis relaciones anteriores han sido… mediáticas. Quería proteger lo que tenemos con Amelia hasta estar seguros. Y bueno, estamos muy seguros.

Rebeca nos miró a los dos. No parecía convencida del todo, pero no podía hacer una escena en su propia boda. —Ya veo —dijo finalmente, con una sonrisa tensa—. Bueno… eso es maravilloso, Amelia. Me alegro mucho por ti. De verdad. Es… un gran cambio.

—Gracias, Rebe. —Tengo que volver con Miguel —dijo ella, dando un paso atrás—. Pero tenemos que hablar. Pronto. Quiero todos los detalles. —Definitivamente —prometí.

Vimos cómo se alejaba, arrastrando su cola de novia. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, solté el aire que había estado conteniendo y me desplomé un poco contra el costado de Ethan.

—Ella sabe que algo no cuadra —murmuré—. Me conoce demasiado bien.

—Es sospechosa porque te ves culpable —me regañó Ethan suavemente, pero con una sonrisa—. Si vamos a hacer esto convincente, tienes que creértelo, Amelia. Tienes que actuar como si estuvieras feliz de estar aquí conmigo. Como si fueras la mujer más afortunada del mundo.

Me separé un poco y lo miré. —Estoy feliz de estar aquí contigo —admití, y me di cuenta de que era verdad—. O sea, estoy agradecida por tu ayuda. Si no hubieras llegado, probablemente estaría llorando en el baño ahora mismo.

—¿Pero estás feliz? —insistió él. La pregunta era simple, pero profunda—. No solo agradecida. ¿Te estás divirtiendo?.

Me quedé pensando. ¿Cuándo fue la última vez que me sentí genuinamente feliz? No solo “bien”, o “tranquila”, sino con esa chispa en el estómago. —Me la estoy pasando mejor de lo que esperaba —dije honestamente—. Mucho mejor.

—Bien. Eso es lo que quería escuchar —dijo él.

Un mesero pasó y Ethan pidió dos copas más. Nos llevó de regreso a nuestra mesa. Pero ahora todo era diferente. Ya no era la mesa de los perdedores. Mientras caminábamos, noté cómo la gente nos miraba con otros ojos. Ya no había lástima. Había curiosidad, envidia, respeto. La silla vacía de Kevin ya no importaba. El aura de Ethan llenaba todo el espacio.

Nos sentamos, un poco más cerca el uno del otro que antes. —Cuéntame sobre ti —dijo Ethan, girando su silla para quedar frente a mí—. Si se supone que somos novios desde hace tres meses, debería saber algo más que tu nombre y que trabajas en marketing.

—¿Qué quieres saber? —pregunté, tomando un sorbo de mi nueva copa. —Todo. ¿Dónde creciste? ¿Qué te gusta? ¿Qué te hace reír? ¿Cuál es tu taco favorito? —Bromeó—. Vamos, Amelia. Véndeme al personaje.

Me reí. —Bueno… crecí en la colonia Narvarte —empecé—. Mis papás son maestros jubilados. Gente normal, trabajadora. Tengo una hermana que se casó y se fue a vivir a Querétaro, así que soy la única hija que queda en la ciudad para decepcionar a mis padres con mi soltería.

—Dudo que los decepciones —dijo Ethan suavemente—. ¿Eres muy unida a ellos? —Mucho. Me mandan tuppers de comida los domingos y rezan a San Antonio para que consiga novio. Creo que hoy San Antonio hizo horas extras contigo.

Ethan soltó una carcajada genuina. —¿Y amigos? ¿Aparte de la novia escéptica? —No soy muy buena haciendo amigos —confesé, jugando con el tallo de mi copa—. Rebeca y yo nos conocimos en la universidad y simplemente… encajamos. Ella era el brillo y yo era la sombra que la apoyaba. La mayoría de mis otras amistades se desvanecieron después de graduarnos. Ya sabes, la vida adulta en la CDMX es difícil. El tráfico, el trabajo… te aísla.

—Te entiendo —dijo él, y su mirada se oscureció un poco—. La soledad en la cima es real, aunque suene a cliché. —¿Y tú? —pregunté, atreviéndome a indagar—. Cuéntame tu historia, Señor Misterio. ¿Naciste en cuna de oro o te encontraste el billete de lotería?

Ethan sonrió de lado, una sonrisa un poco cínica. —Un poco de las dos. Mi padre hizo dinero en la construcción, pero yo nunca quise ser el “hijo de papi”. Empecé mi primera empresa a los 25. Un startup de tecnología. Me maté trabajando, dormía tres horas al día, comía pizza fría. La vendí tres años después por una fortuna. —Wow. ¿Y ahora? —Ahora tengo mi empresa actual. Desarrollamos software para sistemas de salud. Hospitales, clínicas. Ayudamos a gestionar datos de pacientes de forma eficiente. —Suena importante —dije, impresionada. —Lo es. Y es rentable.

Hubo un tono en su voz cuando dijo “rentable” que me llamó la atención. Sonaba casi… culpable. —¿Es así como conociste a Carolina? —pregunté, atando cabos. —Sí. Ella era directora de marketing en una de las empresas cliente. Salimos dos años. Pensé que la amaba, o tal vez solo me gustaba cómo nos veíamos juntos en las fotos. Pero mirando atrás… creo que solo estaba solo. —¿Qué cambió? —Me di cuenta de que ella nunca me hacía preguntas. —¿Cómo cuáles? —Como las que yo te estoy haciendo a ti. Ella sabía mi saldo bancario, mi agenda de negocios, mi grupo sanguíneo y mi signo zodiacal. Pero no sabía qué me hacía reír. No sabía qué hago los domingos por la mañana cuando no hay eventos ni cámaras.

Lo miré con fascinación. Aquí estaba este hombre, que parecía tenerlo todo, confesando que se sentía tan vacío como yo. —¿Y qué haces los domingos por la mañana, Ethan Mitchell? —pregunté suavemente.

Su rostro se iluminó. La máscara de empresario cayó por completo. —Hago hot cakes —dijo, con un brillo infantil en los ojos—. Desde cero. Nada de harina de cajita. Y leo novelas de misterio. Me tiro en el sofá en pijama y no hablo con nadie hasta el mediodía.

—¿En serio? —Me reí—. ¿El magnate de la tecnología hace hot cakes? —Son los mejores de la ciudad. Y me encantan las novelas policíacas. Agatha Christie, Louise Penny… —¡Amo a Louise Penny! —exclamé, emocionada—. El inspector Gamache es mi amor platónico. —¡No puede ser! —Ethan parecía encantado—. Nadie lee a Louise Penny. Todos prefieren los thrillers sangrientos de moda. Gamache es un caballero.

Pasamos la siguiente hora hablando de libros, de comida (resultó que ambos amábamos los esquites con mucho chile), y de lo absurdo que eran estas bodas. Descubrimos que teníamos más en común de lo que parecía. A él también le gustaba caminar por el bosque en el Desierto de los Leones, odiaba el tráfico de Constituyentes y tenía una relación complicada con las redes sociales .

—Esta es la conversación más larga y real que he tenido con alguien nuevo en meses —admitió Ethan, mirándome con una intensidad que me hizo temblar las rodillas. —Lo mismo digo —respondí—. La mayoría de la gente solo quiere hablar de sí misma o quejarse.

—O pedirme favores —añadió él—. ¿Sabes por qué me caíste bien al principio, Amelia? —¿Porque estaba patéticamente sola y era un blanco fácil? —No. Porque cuando me acerqué, no me miraste con signos de dólares en los ojos. Me miraste como a una persona. Y tienes una capacidad de observación increíble. Notaste que no me gusta mi dinero.

—No es que no te guste —corregí suavemente—. Es que te sientes culpable por él. Lo dijiste como si estuvieras pidiendo perdón por ser exitoso. —Eres muy observadora —dijo él, negando con la cabeza, maravillado—. Es un mecanismo de defensa. —Cuando estás acostumbrada a ser invisible, aprendes a ver los detalles que los demás ignoran —dije yo, encogiéndome de hombros.

Ethan se inclinó sobre la mesa y tomó mi mano de nuevo. Esta vez no fue para actuar frente a nadie. Fue un gesto privado. —No creo que seas alguien que deba ser ignorada, Amelia. Ni invisible. Tienes una luz que… bueno, me está deslumbrando.

El corazón me latía desbocado. ¿Era esto parte del trato? ¿Seguíamos actuando? Porque se sentía peligrosamente real.

La banda anunció la última canción de la noche. —¿Nos vamos? —preguntó Ethan, señalando la salida—. Creo que ya cumplimos con nuestra cuota de apariciones sociales. Y sinceramente, me muero por salir de este traje.

Me sonrojé ante la imagen mental. —Sí, vámonos. Antes de que el carruaje se convierta en calabaza.

Caminamos hacia la salida. En el valet parking, mientras esperábamos su coche, el aire fresco de la noche nos golpeó. El silencio entre nosotros era cómodo, cargado de promesas no dichas.

Cuando llegó su auto —un deportivo negro, elegante y discreto—, él me abrió la puerta. —Te llevo a tu casa —dijo. No fue una pregunta.

Subí al coche, y mientras nos alejábamos de la fiesta, de la música, de Carolina y de Rebeca, me di cuenta de algo aterrador: no quería que la noche terminara. No quería dejar de ser la “novia” de Ethan Mitchell. Porque por primera vez en mucho tiempo, no me sentía como un extra en la película de alguien más. Me sentía viva.

Pero, ¿qué pasaría mañana, cuando la magia se acabara y volviera a mi realidad de desempleo y soledad?

Ethan me miró de reojo mientras conducía, y su mano buscó la mía en la oscuridad de la cabina. —Gracias, Amelia —dijo suavemente—. Me salvaste esta noche.

—Tú también a mí —susurré.

Y mientras recorríamos las calles iluminadas de la Ciudad de México, supe que mi vida acababa de dar un giro del que no habría retorno.

Capítulo 3: La Cena que no fue una Cita (¿O sí?)

A la mañana siguiente, me desperté con esa sensación extraña de no saber si lo que había vivido fue un sueño o una alucinación provocada por el estrés y el champán barato de la primera hora de la boda.

Me quedé mirando el techo despellejado de mi pequeño departamento en la colonia Narvarte. La realidad me golpeó como una cubeta de agua fría. No había candelabros de cristal, ni orquídeas importadas, ni un hombre millonario sosteniendo mi mano como si fuera lo más precioso del mundo. Solo estaba yo, el zumbido del refrigerador viejo y mi gato, Bigotes, mirándome con juicio desde el marco de la puerta, exigiendo sus croquetas.

—Ya voy, ya voy —murmuré, arrastrando los pies fuera de la cama.

Mientras servía el café soluble (porque el de grano se me había acabado y mi presupuesto de desempleada no daba para lujos), revisé mi celular con el corazón en la garganta. Parte de mí esperaba no encontrar nada. Parte de mí esperaba que Ethan Mitchell fuera producto de mi imaginación desesperada.

Pero ahí estaba. Un mensaje de WhatsApp, recibido a las 9:00 AM en punto.

“Espero que hayas descansado. No se me ha olvidado nuestra cena de hoy. Te veo a las 8:00 PM. Te mando la ubicación. Vente cómoda, nada de etiquetas. – Ethan.”

Sentí un vuelco en el estómago. No era un sueño. El hombre que podía comprar medio Polanco quería cenar conmigo. Y no para fingir frente a su ex tóxica, sino… ¿por qué? ¿Lástima? ¿Aburrimiento? ¿Curiosidad antropológica por ver cómo vive la plebe?

Pasé el resto del domingo en un estado de ansiedad frenética. Limpié mi departamento como si fuera a recibir a la Reina de Inglaterra, aunque sabía que él no vendría aquí. Envié tres currículums más a agencias de publicidad que probablemente ni los leerían. Y luego, llegó el momento temido: el armario.

Me paré frente a mi closet abierto durante veinte minutos, peleándome mentalmente con mi ropa. “Demasiado formal, va a pensar que estoy desesperada.” “Demasiado casual, va a pensar que soy una fachosa.” “Este tiene una mancha de vino de hace tres años.” “Este ya no me cierra.”

La boda había sido la excusa perfecta para usar mi mejor vestido, pero esta noche era diferente. Esta noche era real. Ethan había dicho “cómoda”, pero su definición de cómodo probablemente incluía mocasines Gucci y camisas de lino italiano. Finalmente, opté por lo seguro: unos jeans oscuros que me hacían ver bien (o eso quería creer), unos botines negros y un suéter azul suave que resaltaba mis ojos. Me maquillé lo más natural posible, tratando de ocultar las ojeras de una noche de insomnio pensando en él.

La ubicación que me mandó me sorprendió. Esperaba uno de esos restaurantes pretenciosos en Masaryk donde te sirven una hoja de lechuga con espuma de nitrógeno y te cobran la quincena entera. En cambio, el mapa me llevó a una callecita tranquila en la Roma Norte, llena de árboles y casonas viejas.

El restaurante se llamaba La Trattoria Nascosta. Estaba escondido entre una librería de viejo y una floristería que olía a nardos. No había letreros neón ni cadeneros groseros en la entrada. Solo una puerta de madera rústica y un brillo cálido saliendo de las ventanas.

Entré y el olor me golpeó: ajo, albahaca fresca, pan horneado y vino tinto. Era un lugar íntimo, con manteles de cuadros y velas derretidas sobre botellas vacías. Era acogedor, romántico y totalmente inesperado.

Ethan ya estaba ahí. Estaba sentado en una mesa de la esquina, lejos de la entrada, leyendo algo en su celular. Cuando me vio, guardó el teléfono de inmediato y se puso de pie.

Llevaba unos jeans oscuros y una camisa gris arremangada hasta los codos. Sin saco, sin corbata, sin la armadura de empresario millonario. Se veía… accesible. Se veía humano. Y maldita sea, se veía guapísimo.

—Llegaste —dijo, con una sonrisa que me derritió las rodillas. Jaló la silla para mí, un gesto de caballerosidad que ya casi no se ve en esta ciudad.

—Google Maps es una maravilla —bromeé, sentándome y tratando de controlar mis nervios—. Tengo que admitir algo: este lugar no es lo que esperaba.

—¿Ah, no? —Ethan se sentó frente a mí, apoyando los codos en la mesa—. ¿Qué esperabas? ¿Meseros con guantes blancos juzgando tu pronunciación del menú?

—Básicamente. O algún lugar con música lounge a todo volumen donde no se puede hablar. —Esos lugares los guardo para las cenas de negocios con gente que no me cae bien —dijo él, guiñándome un ojo—. Este es mi lugar favorito. Hacen la mejor carbonara de la ciudad. Un amigo me lo recomendó hace años y es mi refugio.

El mesero, un señor mayor con acento italiano real, se acercó a saludarnos como si fuéramos familia y nos dejó los menús.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Ethan, sirviéndome un poco de agua. —Tranquilo —mentí. No le iba a contar sobre mi ataque de pánico frente al closet—. Lavé ropa, mandé algunos correos… la vida glamorosa del desempleado. ¿Y el tuyo?

—Reuniones, llamadas, lo usual. Pero… —hizo una pausa y me miró fijamente a los ojos, con esa intensidad que me desarmaba—… no dejé de pensar en anoche.

Sentí que me ruborizaba. —¿Pensamientos buenos, espero? —Muy buenos.

El aire entre nosotros cambió. Se volvió más denso, cargado de una electricidad estática. Jugué con mi servilleta, nerviosa. —Ethan, sobre anoche… gracias otra vez. No sé qué hubiera hecho sin ti. Probablemente habría terminado llorando en el baño de mujeres mientras Jéssica se burlaba de mí.

—Tú me salvaste a mí, Amelia. Carolina me habría hecho una escena de telenovela si me hubiera visto solo. Fuiste la coartada perfecta. Pero… —su tono se volvió más serio, más profesional—… quería hablar contigo de algo más. No solo quería verte por ver tus ojos bonitos, aunque eso es un gran plus.

Me tensé. Aquí venía. El momento en que me ofrecería dinero por mis servicios de actuación, o tal vez una propuesta indecorosa para seguir fingiendo ser su novia en eventos sociales a cambio de una mensualidad. Me preparé para indignarme.

—Estuve pensando en lo que me dijiste ayer —continuó él—. Sobre tu trabajo. Dijiste que te despidieron por recortes de presupuesto y que estabas “freelanceando” sin mucho éxito. —Sí… el mercado está difícil —dije a la defensiva—. Hay mucha competencia y… —No es solo el mercado —me interrumpió suavemente—. Es que la gente no sabe ver el talento. Ayer, cuando improvisaste esa historia sobre ser “socios”, demostraste una agilidad mental increíble. Y luego, cuando hablábamos de libros y de la vida… tienes una visión, Amelia. Entiendes a las personas.

Dejó el menú a un lado y entrelazó sus manos sobre la mesa. —Tengo una vacante en mi empresa. Director de Marketing.

Me quedé helada. El tenedor que estaba acomodando se me resbaló de los dedos y golpeó el plato con un clanc ruidoso. —¿Qué?

—Necesito a alguien que lleve la estrategia de lanzamiento de nuestro nuevo producto —dijo, como si estuviera hablando del clima—. Mi equipo actual es bueno técnicamente, pero les falta… alma. Les falta esa conexión humana que tú tienes. Quiero que trabajes conmigo.

Lo miré, buscando la broma. O la trampa. —Ethan… —empecé, con la voz temblorosa—. Nos conocemos hace 24 horas. No puedes ofrecerme un puesto directivo así como así. Ni siquiera has visto mi currículum.

—Ya lo vi —confesó, sin pizca de vergüenza—. Lo busqué en LinkedIn esta mañana. Tienes experiencia, tienes las credenciales. Pero lo más importante, tienes el instinto. Y eso no se aprende en la universidad.

Me eché hacia atrás en la silla, cruzando los brazos. Mi orgullo mexicano se encendió. —¿Estás haciendo esto por lástima? —pregunté, con la voz dura—. Porque si me estás ofreciendo un trabajo de caridad porque me viste sola y patética en una boda, te puedes ir al diablo, Ethan Mitchell. Prefiero comer atún en lata el resto del año que aceptar un puesto inventado por un millonario que se siente culpable.

Ethan no se ofendió. Al contrario, sonrió. Una sonrisa de aprobación. —Sabía que dirías eso. Y por eso sé que eres la indicada. Si fueras una interesada, ya habrías preguntado cuánto pago. Pero tú tienes dignidad. Eso es raro en mi mundo.

Se inclinó hacia adelante, su expresión volviéndose ferozmente seria. —No es lástima, Amelia. Es negocios. Mi empresa, TechSalud, va a lanzar un software en seis meses. Es una plataforma para que los consultorios médicos pequeños —el doctor de barrio, la clínica familiar— puedan gestionar a sus pacientes igual que los grandes hospitales privados. Es un producto que puede cambiar la vida de miles de personas, democratizar la salud. Pero si no logramos comunicarlo bien, si no logramos que esos doctores confíen en nosotros, el producto va a fracasar.

Sus ojos brillaban con pasión real. No estaba actuando. —Necesito a alguien que sepa hablarle a la gente real —continuó—. No necesito a un egresado de Harvard que hable con tecnicismos. Necesito a alguien que entienda lo que es luchar, lo que es sentirse pequeño frente a los gigantes. Necesito a alguien como tú.

Me quedé callada, procesando sus palabras. Me estaba ofreciendo el trabajo de mis sueños. El tipo de reto que siempre había querido y que mi antiguo jefe machista nunca me dejó tocar.

—¿Y si soy un desastre? —susurré, dejando salir mi síndrome del impostor—. ¿Y si te fallo?

—¿Y si eres brillante? —reviró él—. ¿Y si eres exactamente lo que nos falta?

El mesero llegó con el vino y sirvió dos copas. El líquido rojo oscuro giró en el cristal, hipnótico. —Te propongo algo —dijo Ethan—. Ven mañana a la oficina. A las 10. Conoce al equipo, ve el producto, haz todas las preguntas que quieras. Si no te late, si sientes que no es para ti, nos damos la mano y seguimos siendo… lo que sea que somos. Amigos. Cómplices de boda. Pero dame la oportunidad de convencerte.

Miré la copa de vino. Miré sus manos fuertes sobre la mesa. Miré sus ojos esperanzados. Mi hermana me había dicho una vez: “Amelia, a veces la vida te tira un salvavidas y tú te quedas preguntando de qué color es en lugar de agarrarlo”.

—Está bien —dije, tomando mi copa—. Iré mañana. Pero tengo condiciones. —Las que quieras. —Quiero un sueldo justo, no inflado por… favoritismos. Y quiero que el equipo sepa que me contrataste por mis méritos, no porque… bueno, ya sabes. —Trato hecho. Nadie sabrá lo de la boda. Para ellos, te recluté por LinkedIn. Lo cual es técnicamente cierto, ya que hoy revisé tu perfil.

Brindamos. El sonido del cristal chocando selló un pacto que iba mucho más allá de lo laboral, aunque yo todavía no quería admitirlo.

La cena fluyó de una manera que me asustó. Hablamos de todo. Me contó sobre la presión de crecer bajo la sombra de su padre, un hombre de negocios de la vieja escuela, duro y frío, que veía las emociones como debilidades. —Él quería que fuera abogado o cirujano —me contó Ethan mientras comíamos la mejor pasta que había probado en mi vida—. Cuando le dije que quería emprender en tecnología, me dejó de hablar seis meses. Dijo que iba a fracasar. —¿Y qué cambió? —pregunté. —El éxito —respondió con una mueca—. Cuando vendí mi primera empresa por millones, de repente se acordó de que tenía un hijo. Es triste, pero en mi familia, el cariño se mide en resultados trimestrales.

Sentí una punzada de dolor por él. Bajo todos esos trajes caros y esa seguridad, había un niño que solo quería que su papá estuviera orgulloso. —Mis papás son lo opuesto —le conté—. Son maestros. Nunca tuvimos mucho dinero, pero mi casa siempre estaba llena. Mi mamá me manda recortes de periódico con ofertas de trabajo y mi papá me llama para preguntarme si ya comí. A veces me agobian, me presionan para que me case, para que regrese a vivir cerca de ellos… pero sé que me quieren.

—Eso vale más que cualquier herencia —dijo Ethan suavemente.

Terminamos la cena compartiendo un tiramisú. Me manché un poco la comisura del labio con cacao, y antes de que pudiera limpiarme, Ethan extendió la mano y me pasó el pulgar suavemente por la piel para limpiarme. El contacto fue eléctrico. Me quedé inmóvil, con la respiración contenida. Su dedo se demoró un segundo más de lo necesario en mi labio inferior. Sus ojos bajaron a mi boca, oscuros, intensos.

Por un momento, pensé que me iba a besar. Ahí, en medio del restaurante, con el mesero italiano tarareando ópera al fondo. Y Dios, quería que lo hiciera. Quería que cruzara esa línea invisible entre “jefe potencial” y “hombre interesado”.

Pero se apartó lentamente, rompiendo el hechizo. —Perdón —murmuró, aunque no parecía arrepentido.

Pagó la cuenta sin dejarme ver el ticket (otra batalla que perdí) y caminamos hacia mi coche. La noche estaba fresca, típica de la Ciudad de México, con ese olor a lluvia inminente. Me acompañó hasta la puerta de mi Uber.

—Entonces… —dije, sintiéndome como una adolescente en su primera cita—. ¿Te veo mañana? —A las 10 —confirmó él—. No llegues tarde. Soy un jefe exigente.

—No te tengo miedo, Mitchell. —Deberías —bromeó—. Buenas noches, Amelia.

Se inclinó y me dio un beso en la mejilla. Fue cerca, peligrosamente cerca de la comisura de mis labios. Pude oler su colonia una última vez. —Gracias por esta noche —susurró en mi oído.

Me subí al Uber y vi cómo se quedaba parado en la banqueta, con las manos en los bolsillos, viéndome partir hasta que el coche dio la vuelta en la esquina.

El conductor del Uber me miró por el retrovisor. —Se ve que está clavado el muchacho, ¿eh, señorita?

Sonreí, recargando la cabeza en la ventana fría. —Ojalá —susurré—. Ojalá no sea solo un cuento de hadas.


A la mañana siguiente, me presenté en el edificio de TechSalud en Paseo de la Reforma a las 9:45 AM. Iba vestida con mi “traje de poder”: un pantalón negro de sastre, una blusa blanca impecable y un saco que me hacía sentir más alta y competente.

El edificio no era lo que esperaba. No era una torre de cristal estéril y fría. Era un edificio antiguo renovado, con ladrillo expuesto, mucha luz natural y plantas por todas partes. Había gente joven trabajando en espacios abiertos, un perro durmiendo bajo un escritorio y un ambiente de energía creativa que vibraba en el aire.

—Tengo cita con el señor Mitchell —le dije a la recepcionista, tratando de que no me temblara la voz. —¡Ah, sí! Amelia Johnson. Él la está esperando. Pase, por favor. Es la oficina del fondo.

Caminé por el pasillo, sintiendo las miradas curiosas de algunos empleados. ¿Sabían quién era? ¿Sabían que ayer estaba fingiendo ser la novia del jefe? No, era imposible. Aquí, yo era una profesional.

Ethan estaba de pie junto a un pizarrón lleno de garabatos y diagramas, hablando con dos personas. Cuando me vio entrar, su cara se iluminó. No fue una sonrisa educada de negocios; fue una sonrisa genuina, de esas que llegan a los ojos.

—¡Amelia! —Se separó del grupo y vino a recibirme—. Justo a tiempo. Ven, quiero presentarte a tu equipo.

¿Mi equipo? ¿Ya daba por hecho que iba a aceptar?

Me presentó a Marcus, el jefe de desarrollo, un tipo con gafas y camiseta de Star Wars, y a Lucía, la diseñadora gráfica, una chica con el pelo rosa que me saludó con entusiasmo. —Ethan nos ha hablado maravillas de tu visión para el proyecto de clínicas rurales —dijo Marcus.

¿Visión? Pero si no le había dicho nada concreto. Ethan me estaba vendiendo como una estrella de rock antes de que yo tocara una sola nota.

Me llevó a su oficina, un espacio amplio con vistas al Ángel de la Independencia. —Bienvenida a tu posible futuro —dijo, cerrando la puerta y ofreciéndome asiento—. ¿Qué te parece el lugar?

—Es… increíble. Tiene mucha vida. —Quería un lugar donde la gente quisiera venir a trabajar, no una cárcel corporativa. Pero vamos a lo importante.

Sacó una carpeta y me la entregó. —Esta es la propuesta formal. Salario, prestaciones, seguro de gastos médicos mayores, bonos por desempeño. Léelo con calma.

Abrí la carpeta. Cuando mis ojos llegaron a la cifra del salario mensual, tuve que parpadear dos veces. Era el doble… no, casi el triple de lo que ganaba en mi anterior trabajo. Era una cifra que me permitiría mudarme de mi departamento en ruinas, pagar mis deudas, tal vez incluso viajar.

—Ethan… esto es demasiado —dije, levantando la vista—. No puedo aceptar esto. Es… —Es el precio de mercado para un Director de Marketing con tu responsabilidad —me cortó él firmemente—. No te estoy regalando nada. Te voy a exigir resultados. Ese sueldo es porque vas a tener que trabajar muy duro. El lanzamiento es en seis meses y estamos atrasados. Vas a tener que construir el departamento desde cero, contratar gente, pelearte con ventas… te vas a ganar cada peso.

Lo miré. Me estaba ofreciendo respeto. Me estaba ofreciendo valor. —¿Por qué confías tanto en mí? —pregunté, con un nudo en la garganta—. Apenas me conoces. —Tengo buen instinto —dijo él, encogiéndose de hombros—. Y anoche, cuando me contaste cómo tu jefe anterior te robaba las ideas y tú seguías trabajando porque creías en los proyectos… eso me dijo todo lo que necesitaba saber sobre tu ética. Eres leal, Amelia. Y eres capaz. Solo necesitas que alguien te dé la cancha para jugar.

Me levanté y caminé hacia la ventana, mirando el tráfico de Reforma. Era el momento de decidir. Podía seguir siendo la víctima, la chica con miedo, la que se esconde en la mesa 7. O podía ser la mujer que toma el reto, que lidera, que se atreve.

Me giré hacia él. —Acepto —dije—. Pero con una condición extra. Ethan sonrió, cruzándose de brazos. —Dime. —Si siento que mi relación personal contigo… sea cual sea… empieza a afectar mi trabajo o mi juicio, renuncio. No voy a ser la “novia del jefe” que destruye la empresa.

La expresión de Ethan se suavizó. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal de nuevo. —Trato hecho. Pero te advierto algo, Amelia Johnson. —¿Qué? —No planeo dejarte ir tan fácilmente. Ni como empleada, ni como… socia.

El aire se volvió eléctrico otra vez. Estábamos a centímetros. Podía ver las motas doradas en sus ojos marrones. En ese momento, la puerta se abrió de golpe.

—Señor Mitchell, su comida de negocios llegó… ¡Ay, perdón!

Era la asistente de Ethan, una chica joven que se puso roja como un tomate al vernos tan cerca. Nos separamos de un salto, como adolescentes atrapados por sus padres. —Gracias, Sofía —dijo Ethan, aclarándose la garganta y ajustándose el cuello de la camisa—. Amelia ya se iba. De hecho, Amelia empieza a trabajar con nosotros el lunes. Prepara su contrato y su credencial.

—¡Felicidades! —chilló Sofía, y salió corriendo.

Ethan me miró y soltó una carcajada nerviosa. —Bueno… eso fue sutil. —Muy profesional, jefe —me reí yo también, sintiéndome ligera, eufórica.

—Para celebrar… —dijo él, acompañándome a la puerta—. ¿Me dejas invitarte a cenar hoy? Ya como celebración oficial. —Ethan, vamos a trabajar juntos. Tenemos que mantener los límites. —El contrato empieza el lunes —dijo él con esa sonrisa tramposa—. Hoy todavía eres una civil. Y técnicamente, todavía me debes una cita falsa para despistar a los paparazzis, por si acaso.

Rodé los ojos, pero mi corazón saltaba de alegría. —Paso por ti a las 8 —dijo. —Ahí estaré.

Salí del edificio flotando. Tenía trabajo. Tenía un sueldo increíble. Y tenía una cita (o casi cita) con el hombre más increíble de México. Saqué mi celular para llamar a mi hermana y contarle todo, pero vi una llamada entrante.

Era Rebeca.

Mi estómago se apretó. Contesté. —¿Bueno? —Amelia —dijo Rebeca. Su voz no sonaba amigable. Sonaba fría, tensa—. Necesitamos hablar. Ahora. —Estoy ocupada, Rebe. Acabo de… —Es sobre Ethan —me interrumpió—. Investigué un poco. Y Amelia… creo que estás cometiendo un error enorme. Ese hombre no es quien tú crees.

La burbuja de felicidad en la que flotaba se pinchó un poco. —¿De qué hablas? —Te veo en el café de siempre en una hora. No faltes. Es por tu bien.

Colgó. Me quedé parada en la banqueta de Reforma, con el sol dándome en la cara, sintiendo cómo la sombra de la duda empezaba a arrastrarse de nuevo sobre mí. ¿Qué sabía Rebeca? ¿Era verdad o eran solo celos? Decidí ignorar el miedo. Por primera vez en mi vida, iba a confiar en mi instinto. Y mi instinto me decía que Ethan valía la pena el riesgo.

Pero no tenía idea de que la guerra apenas estaba comenzando.

Capítulo 4: El Nido de Víboras y la Dama de Rojo

Dicen que lo bueno dura poco, pero mis primeras tres semanas en TechSalud se sintieron eternas, en el buen sentido. Era como vivir en un montaje musical de una película romántica, de esas donde la protagonista pasa de ser el patito feo a la mujer exitosa que camina por Paseo de la Reforma con un café en la mano y tacones que resuenan con autoridad.

Mi vida se transformó. Dejé de ser la Amelia que contaba las monedas para el Metrobus y me convertí en la Amelia que lideraba juntas estratégicas en una sala de cristal con vista al Castillo de Chapultepec. Mis días estaban llenos de retos creativos, de diseñar campañas para doctores en Iztapalapa y en las Lomas, buscando ese hilo conductor que democratizara la salud. Mis compañeros, Marcus y Lucía, resultaron ser unos genios incomprendidos que solo necesitaban a alguien que los escuchara, y formamos un equipo que sacaba chispas.

Y mis noches… bueno, mis noches eran de Ethan.

No oficializamos nada con un letrero de neón, pero tampoco nos escondíamos. Éramos esa zona gris deliciosa y aterradora. Salíamos a cenar a lugares escondidos en la Juárez, caminábamos por Coyoacán comiendo churros rellenos mientras él me contaba historias de su infancia solitaria, y yo le enseñaba que la mejor salsa no es la que más pica, sino la que tiene más sabor.

Todo era perfecto. Demasiado perfecto. Y como buena mexicana acostumbrada a que la vida te cobre las facturas con intereses, debí haber sabido que el golpe venía en camino.

El primer aviso no vino de mis enemigos, sino de mi supuesta “mejor amiga”.

El encuentro con Rebeca fue en un café “fresa” en Polanco, uno de esos lugares donde el agua mineral cuesta lo mismo que una comida corrida en el centro. Ella llegó tarde, por supuesto, con sus lentes de sol enormes y esa actitud de “señora de las Lomas” que estaba adoptando con una rapidez alarmante.

—Te ves… diferente —dijo Rebeca al sentarse, escaneándome de arriba abajo. Yo llevaba un traje sastre azul marino que me había comprado con mi primer adelanto de sueldo. Me sentía poderosa en él.

—Es el trabajo, Rebe. Me encanta. Es intenso, pero increíble. —Y el jefe también debe ser increíble, ¿no? —soltó ella, quitándose los lentes con un movimiento teatral.

Suspiré. Sabía que veníamos a esto. —Ethan es un gran líder, sí. Y estamos… viendo qué pasa.

Rebeca soltó una risita seca, de esas que no tocan los ojos. Pidió un latte con leche de almendra sin azúcar y me miró con una mezcla de lástima y reproche. —Amelia, amiga, date cuenta. Estoy preocupada por ti. —¿Preocupada por qué? Estoy mejor que nunca. Tengo trabajo, tengo un sueldo digno, estoy saliendo con alguien que me trata como reina. —Exacto. Demasiado bueno para ser verdad. —¿Por qué no puedes simplemente alegrarte por mí? —pregunté, sintiendo cómo se me calentaba la cara—. Cuando tú te casaste con Miguel, yo estuve ahí. Te celebré. ¿Por qué te cuesta tanto creer que a mí también me pueden pasar cosas buenas?

Rebeca se inclinó sobre la mesa, bajando la voz como si me fuera a revelar un secreto de estado. —Porque conozco a los hombres como Ethan Mitchell, Amelia. Miguel hace negocios con gente así. Son depredadores. Tú eres… ingenua. Eres transparente. Él es un tiburón. —Ethan no es así. —¿Ah, no? —Rebeca arqueó una ceja perfectamente delineada—. Piénsalo. Te contrata de la nada, te duplica el sueldo, te pasea por la ciudad… ¿Qué crees que está comprando? No está comprando tu talento en marketing, güey. Está comprando una compañía fácil. Una mujer que no le va a exigir nada, que va a estar agradecida por las migajas de su atención.

Sus palabras fueron como bofetadas. Compañía fácil. Migajas. —Eso no es justo —dije, con la voz temblorosa—. Él valora mi trabajo.

—Tal vez ahora. Pero, ¿qué va a pasar cuando se aburra? Porque se aburren, Amelia. Siempre se aburren. Y cuando él pase a la siguiente, tú te vas a quedar sin trabajo, sin novio y con el corazón roto. Solo te estoy protegiendo de la caída.

Salí de ese café con el estómago revuelto. Quería creer que Rebeca estaba celosa, que no soportaba que su “amiga la fea” de repente tuviera brillo propio. Pero una parte oscura de mi cerebro, esa voz insegura que todos tenemos, susurraba: ¿Y si tiene razón? ¿Y si solo soy un capricho?

Traté de sacudirme esa sensación sumergiéndome en el trabajo. El jueves por la tarde, estaba en mi oficina revisando los datos de investigación de mercado para la campaña de lanzamiento. Los números eran buenos. Estábamos encontrando un nicho enorme de doctores que se sentían abandonados por la tecnología actual. Me sentía útil. Me sentía competente.

Hasta que sonaron tres toques secos en mi puerta.

Sofía, la asistente, asomó la cabeza. Se veía pálida, nerviosa. —Perdón, Amelia. Hay alguien aquí para verte. No tiene cita, pero dice que es urgente y… bueno, no aceptó un no por respuesta.

—¿Quién es? —pregunté, sin levantar la vista de mi laptop. —Carolina Westfield. Dice que te conoce.

El nombre me cayó como un balde de agua helada. Mi sangre se congeló. Carolina. La ex. La mujer del vestido rojo. La pesadilla de la boda.

—Hazla pasar —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque por dentro estaba temblando. Me alisé el saco, me puse de pie y respiré hondo. Soy la Directora de Marketing, me repetí. Este es mi territorio.

La puerta se abrió y Carolina entró. Y Dios mío, entró como si fuera la dueña del edificio, de la calle y de mi alma. Llevaba un traje sastre blanco impecable, de una tela que gritaba dinero, y un bolso Birkin colgado del brazo que costaba más que la hipoteca de mis papás. Su cabello rubio estaba peinado en ondas perfectas, ni un pelo fuera de lugar.

—Amelia —dijo, con esa sonrisa que mostraba demasiados dientes y ninguna calidez—. Qué… encantadora oficina. Pequeña, pero acogedora. —Carolina —respondí, quedándome detrás de mi escritorio, usándolo como barrera—. ¿Qué puedo hacer por ti?

Ella caminó por la oficina, tocando mis libros, mis plantas, como si estuviera inspeccionando mercancía dañada. —Ethan ciertamente cuida a sus empleados, ¿verdad? —dijo, con un tono arrastrado—. Muebles de diseño, vista a Reforma… Nada mal para alguien que hace un mes estaba rogando por trabajo freelance.

Apreté los puños debajo del escritorio. —Estoy ocupada, Carolina. Si vienes a hablar de negocios, saca una cita. Si vienes a otra cosa, te pido que te retires.

Carolina soltó una carcajada cristalina y se sentó en la silla frente a mí, cruzando sus piernas largas y elegantes. —Ay, querida. No vengo por negocios. Vengo a tener una charla. De mujer a mujer. —No tenemos nada de qué hablar. —Claro que sí. Tenemos un tema en común: Ethan. Y este… pequeño arreglo que tienen ustedes dos.

Me senté lentamente, mirándola a los ojos. No iba a dejar que me intimidara. —No sé a qué te refieres. —Por favor, no insultes mi inteligencia. Somos adultas. Sé exactamente cómo es Ethan cuando se “encapricha” con alguien. Y lo que vi en la boda… eso no fue amor a primera vista. Eso fue desesperación.

—Te equivocas —dije. —¿Me equivoco? —Se inclinó hacia adelante, sus ojos azules brillando con malicia—. Dime la verdad, Amelia. ¿Cuándo se conocieron realmente? ¿Fue hace tres meses? ¿O fue esa misma noche, cuando él necesitaba un escudo humano para evitarme y tú estabas convenientemente sola y patética en la mesa 7? .

La precisión de su ataque me dejó sin aire. Sabía la verdad. Lo había deducido todo. —Eso no es de tu incumbencia —respondí, pero mi falta de negación fue respuesta suficiente para ella.

—Lo sabía —dijo triunfante—. La pregunta es: ¿qué te prometió a cambio? ¿Dinero? ¿Este trabajo? —Miró alrededor de la oficina con desdén—. Supongo que ambos. Qué transacción tan… vulgar.

—Necesito que te vayas —dije, poniéndome de pie. Mi paciencia se había agotado. —Te estoy tratando de ayudar, Amelia —dijo ella, sin moverse—. Pareces una chica… agradable. Sencilla. Pero estás nadando con tiburones y te van a comer viva.

—No necesito tu ayuda. —Ethan no sale con mujeres como tú —soltó. Fue un golpe bajo, directo a mis inseguridades más profundas—. Mujeres… ordinarias. Mujeres que necesitan ser rescatadas. A él le gustan sus casos de caridad por un tiempo. Le hace sentir noble, poderoso. Le gusta ser el héroe. Pero eventualmente, se aburre. Siempre se aburre. Y vuelve a lo que conoce. A mujeres que entienden su mundo. Mujeres como yo.

Cada palabra estaba diseñada para doler, para abrir las grietas que Rebeca ya había marcado. Carolina estaba verbalizando mis peores miedos a las 3 de la mañana. ¿Soy un caso de caridad? ¿Soy un pasatiempo?

—Si estás tan segura de que él va a volver contigo, ¿por qué estás aquí? —pregunté, encontrando un hilo de valor—. ¿Por qué perder tu tiempo amenazándome?

La sonrisa de Carolina vaciló por una fracción de segundo. —Porque me importa Ethan. Y veo que está cometiendo un error. Él cree que quiere algo “real” y “simple”, pero eso no es quién es él. Él tiene responsabilidades, una imagen, un legado. Tú eres una mancha en ese legado. Una distracción temporal.

Se puso de pie con una gracia fluida y se alió la falda. —Piénsalo, Amelia. Pregúntate si esto es realmente amor, o si solo eres una solución conveniente para un problema temporal. Pregúntate si te contrató porque eres brillante, o porque quería tenerte cerca para jugar a la casita.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir. —Ah, y una cosa más. Disfruta la oficina mientras dure. No creo que te quedes mucho tiempo cuando él se dé cuenta de que la novedad se acabó.

Salió y cerró la puerta suavemente.

Me quedé parada en medio de mi oficina “de ensueño”, temblando. El silencio que dejó fue ensordecedor. Me dejé caer en mi silla de cuero ergonómica, sintiéndome más pequeña que nunca.

Las palabras de Carolina y Rebeca se mezclaban en mi cabeza como un cóctel venenoso. “Mujeres como tú”. “Caso de caridad”. “Compañía fácil”. “Se va a aburrir”.

Miré mi computadora, los planes de marketing, los éxitos de las últimas semanas. ¿Era todo mentira? ¿Era yo una farsa? ¿Me había dado el trabajo solo para acostarse conmigo o para sentirse bien consigo mismo?

En ese momento, mi celular vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de Ethan.

“Espero que tengas hambre. Paso por ti a las 7:00. Tengo algo especial planeado. Una sorpresa. :)”.

Normalmente, un mensaje así me habría hecho sonreír como tonta. Me habría hecho correr al baño a retocarme el labial. Pero hoy… hoy sentí un nudo en el estómago. La palabra “sorpresa” me sonó a amenaza. La palabra “especial” me sonó a compensación.

¿Era esta la noche en que se aburría? ¿O era la noche en que me daba otro regalo caro para comprar mi lealtad, confirmando todo lo que Carolina había dicho?

Me pasé las siguientes dos horas mirando por la ventana hacia el Paseo de la Reforma, viendo los autos pasar como hormigas, tratando de decidir si debía luchar por lo que sentía o si debía salir corriendo antes de que me destrozaran el corazón.

A las 7:00 PM en punto, Ethan apareció. No subió a la oficina. Me esperó abajo, recargado en su auto deportivo, luciendo tan guapo que dolía. Cuando salí del edificio, me recibió con un beso en la mejilla y me abrió la puerta. Estaba radiante. Lleno de energía.

—¿A dónde vamos? —pregunté, tratando de sonar normal, aunque sentía que llevaba una máscara de plomo. —Ya verás. Te va a encantar.

Manejó hacia el centro histórico. Nos estacionamos cerca del Zócalo y me llevó a la terraza de un hotel boutique, justo frente a la Catedral y al Palacio Nacional. La vista era espectacular. Las luces de la ciudad brillaban bajo nosotros, el aire olía a historia y a lluvia.

El maître nos saludó por nuestro nombre (o por el nombre de Ethan, claro) y nos llevó a la mejor mesa, apartada, privada, rodeada de velas.

—Es hermoso —dije, sintiéndome una impostora en mi propia cita. —Quería que esta noche fuera especial —dijo Ethan, tomando mi mano sobre la mesa. Su pulgar acarició mi piel, el mismo gesto que usó en la boda para engañar a Carolina. ¿Me estaba engañando a mí ahora?

—Amelia —empezó él, su voz suave y seria—. Estas últimas semanas han sido… increíbles. Has cambiado todo. El trabajo, mi vida… siento que por fin respiro aire fresco.

Me miró con una intensidad que casi me quiebra. —Sé que llevamos poco tiempo “oficialmente” juntos, pero siento que te he estado esperando toda mi vida. Contigo no tengo que fingir. Contigo soy solo Ethan.

Sus palabras eran perfectas. Eran el guion de la película romántica que yo quería vivir. Pero las voces de las víboras en mi cabeza eran demasiado fuertes. “Es un caso de caridad.” “Se va a aburrir.” “Te contrató para tenerte cerca.”

Retiré mi mano suavemente. No pude evitarlo. El miedo ganó. —¿Es por eso que me contrataste? —pregunté, y la pregunta salió más brusca de lo que pretendía.

Ethan parpadeó, confundido. La luz en sus ojos se apagó un poco. —¿Qué? ¿A qué te refieres?

—El trabajo. La dirección de marketing. El sueldo… —mi voz se quebró—. ¿Me lo diste porque soy buena? ¿O me lo diste porque querías “rescatarme”? ¿Porque querías tenerme cerca y era la forma más fácil de comprar mi tiempo?.

Ethan se quedó en silencio un momento. Su expresión pasó de la confusión a la ofensa. —¿De dónde viene esto, Amelia? —Carolina fue a verme hoy —solté la bomba.

La cara de Ethan se oscureció. Sus mandíbulas se tensaron. —¿Fue a la oficina? —Sí. Y me dijo muchas cosas. Cosas que tienen sentido, Ethan. Me dijo que soy tu caso de caridad. Que te gusta jugar al héroe. Que eventualmente te vas a cansar de la chica ordinaria y vas a buscar a alguien de tu nivel.

—Y tú le creíste —dijo él. No fue una pregunta. Fue una afirmación dolida.

—No sé qué creer —admití, con lágrimas picándome los ojos—. Todo esto ha sido muy rápido. El trabajo, nosotros… Es demasiado bueno. La gente como yo no tiene esta suerte, Ethan. La gente como yo trabaja duro y apenas sobrevive. Y de repente llegas tú y me das todo en bandeja de plata. Es… sospechoso.

Ethan suspiró y miró hacia la Catedral iluminada. Parecía estar contando hasta diez para no gritar. —Amelia, mírame.

Lo miré. —Carolina es una mujer amargada que no soporta perder. Ella proyecta sus propias inseguridades. Ella cree que todo en la vida es una transacción porque así vive ella. Pero yo no soy así. Y tú tampoco. —¿Cómo puedes estar tan seguro? —susurré.

—Porque nunca me había sentido así con nadie —dijo firmemente—. No es caridad. Te admiro. Admiro tu cerebro, tu pasión, tu risa escandalosa cuando algo te da mucha gracia. Te contraté porque eres brillante, y me enamoré de ti porque eres tú .

La palabra “enamoré” flotó en el aire entre nosotros. No la había dicho antes.

—Pero, ¿y si Carolina tiene razón? —insistí, mi autosabotaje trabajando a marchas forzadas—. ¿Y si somos demasiado diferentes? Tú eres Polanco y yo soy Narvarte. Tú eres caviar y yo soy tacos de canasta. Esos mundos no se mezclan, Ethan. Explotan.

—¿Y si las diferencias son lo que nos hace fuertes? —contraatacó él—. ¿Y si tú me das la tierra que me falta y yo te doy… no sé, el vuelo que te mereces?

Quería creerle. Dios, quería creerle. Pero el miedo a caer desde tan alto era paralizante. —Creo que necesito pensar —dije, bajando la mirada—. Necesito tiempo. Para separar lo que es real de lo que es… el cuento de hadas.

La cena terminó en silencio. La comida deliciosa me supo a ceniza. Ethan pagó la cuenta sin decir nada y me llevó a casa. El trayecto fue una tortura de silencios incómodos y música de radio genérica.

Cuando llegamos a mi edificio, él apagó el motor y se giró hacia mí. La luz de la farola de la calle iluminaba la mitad de su rostro, haciéndolo ver misterioso y triste.

—Amelia —dijo—. Tómate el tiempo que necesites. Piensa lo que tengas que pensar. Pero recuerda una cosa. —¿Qué? —Yo te elegí a ti. No porque fueras conveniente. No porque fueras fácil. Sino porque eres extraordinaria. Y voy a estar aquí cuando decidas creértelo .

Bajé del auto sin responder, porque si abría la boca iba a ponerme a llorar. Entré a mi departamento, cerré la puerta y me recargué en ella, deslizándome hasta el suelo. Bigotes se acercó a ronronearme, pero yo solo podía escuchar las palabras de Carolina y la confesión de Ethan peleando en mi cabeza.

“Te va a destrozar”. “Me enamoré de ti”.

Esa noche no dormí. Y a la mañana siguiente, descubrí que Carolina no era la única enemiga que tenía. Porque si la ex novia era peligrosa, el padre del novio era letal.

Capítulo 5: El Peso del Apellido y la Carpeta de las Mentiras

El fin de semana fue una tortura china, lenta y silenciosa. Me pasé 48 horas encerrada en mi departamento, analizando cada palabra que Carolina me había escupido, diseccionándola como si fuera un forense buscando la causa de muerte de mi autoestima.

“Te va a destrozar”. “Mujeres como tú”. “Caso de caridad”.

Revisé cada gesto de Ethan de las últimas semanas. ¿Me había regalado esa laptop porque la necesitaba para trabajar o porque le daba pena mi equipo viejo? ¿Me había llevado a cenar a ese lugar italiano porque le gustaba mi compañía o porque no tenía con quién más ir? La duda es como la humedad en las paredes de la Ciudad de México: empieza pequeña, casi invisible, pero si no la atiendes, se expande hasta que la estructura se pudre y se te cae el techo encima.

Para el domingo en la noche, ya no sabía quién era yo. ¿Era la exitosa Directora de Marketing de TechSalud o seguía siendo la chica invisible de la mesa 7, jugando a disfrazarse con ropa prestada?

El lunes llegó con un cielo gris plomizo, típico de esos días en los que la contaminación se queda atrapada en el valle. Llegué a la oficina con el estómago hecho un nudo. Sentía que todos me miraban. ¿Sabían? ¿Sofía, la asistente, notaba que yo era un fraude? ¿Marcus, el de sistemas, se reía a mis espaldas?.

Ethan fue profesional. Demasiado profesional. Cuando nos cruzamos en el pasillo cerca de la cafetera, me saludó con un “Buenos días, Amelia” seco y distante, y siguió caminando hacia una junta. No hubo sonrisa cómplice, ni roce de manos, ni ese brillo en los ojos que solía reservarme.

“Ya empezó”, pensé, sintiendo un hueco en el pecho. “Carolina tenía razón. Se aburrió. La novedad se acabó y ahora soy solo una empleada más con la que tiene que lidiar”.

Me encerré en mi oficina y traté de ahogar mis demonios en hojas de cálculo y métricas de campaña. Estaba tan absorta intentando demostrarme a mí misma que merecía mi sueldo, que no escuché cuando Sofía tocó la puerta.

—Amelia —dijo ella, asomando la cabeza. Se veía pálida, con los ojos muy abiertos, como si acabara de ver un fantasma o a una celebridad muy intimidante—. Perdón que te interrumpa, sé que pediste no ser molestada, pero… hay alguien aquí.

—¿Quién es, Sofi? No tengo citas hoy. —Dice que es el señor Mitchell. —¿Ethan? —pregunté, confundida. Ethan nunca se anunciaba; simplemente entraba como un torbellino. —No —susurró Sofía, bajando la voz—. Su papá. Don Tomás Mitchell.

Se me heló la sangre. El padre. El Patriarca. El hombre que había construido un imperio y que, según Ethan, medía el amor en resultados financieros. El hombre que probablemente pensaba que yo era una cazafortunas que había embaucado a su hijo.

—Dile que pase —dije, tratando de que no me temblara la voz. Me puse de pie, alisé mi falda y recé a todos los santos para no tartamudear.

La puerta se abrió y entró Tomás Mitchell.

Era una versión de Ethan dentro de treinta años, pero sin la calidez. Tenía el mismo cabello castaño, ahora plateado y peinado hacia atrás con una precisión militar. Llevaba un traje gris marengo de tres piezas que gritaba “dinero viejo”, de ese que no necesita logotipos para imponer respeto. Sus ojos eran del mismo color que los de Ethan, pero mientras los de su hijo solían ser café miel, los de Tomás eran café espresso: oscuros, duros y amargos.

—Señorita Johnson —dijo. Su voz era grave, educada, pero fría como el mármol—. Soy Tomás Mitchell. Gracias por recibirme sin cita .

—Señor Mitchell, por favor. Siéntese —señalé la silla frente a mi escritorio, tratando de mantener la compostura.

Él no se sentó de inmediato. Primero, se tomó un momento para inspeccionar mi oficina. Paseó la mirada por los libreros, por el pizarrón con mis estrategias, por la vista hacia Reforma. Era como si estuviera tasando la propiedad… o evaluando si la inquilina merecía el espacio.

Finalmente, se sentó con una elegancia rígida. —Ethan me ha hablado mucho de usted —comenzó, cruzando las manos sobre su regazo—. Dice que ha traído una “perspectiva fresca” a la empresa. Que sus números son impresionantes.

—Me gusta mi trabajo, señor. Y creo en el proyecto de su hijo. —Estoy seguro de que sí —dijo él, con una leve sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Es una oportunidad increíble para alguien… en su posición.

Ahí estaba. El primer golpe velado. “En su posición”. Traducción: “Para alguien que viene de abajo”. Me recordaba a Carolina, pero Tomás era más peligroso porque no parecía enojado. Parecía decepcionado.

—¿Qué puedo hacer por usted, Don Tomás? —pregunté, decidiendo ir al grano. —Entiendo que usted y mi hijo se han vuelto… cercanos.

Sentí el calor subir por mi cuello. —Estamos saliendo, sí. —Ya veo. ¿Y cuánto tiempo llevan conociéndose? —Unas semanas. —Semanas —repitió él, asintiendo lentamente, como si eso confirmara una hipótesis científica—. Señorita Johnson, voy a ser directo con usted. No tengo tiempo para rodeos y asumo que usted tampoco.

Se inclinó ligeramente hacia adelante. La atmósfera en la oficina cambió, volviéndose pesada, asfixiante. —Mi hijo es un buen hombre. Tiene un gran corazón. Pero tiene un defecto fatal: es impulsivo. Especialmente cuando se trata de asuntos del corazón.

—No entiendo a qué se refiere. —Ethan tiene el complejo del salvador —dijo Tomás, clavando sus ojos en los míos—. Ve a un pajarito con el ala rota y quiere curarlo. Ve a alguien en necesidad y quiere ayudar. Es una cualidad admirable en un filántropo, pero peligrosa en un CEO. A veces, confunde la lástima con el amor. Y a veces, toma decisiones basadas en la emoción del momento, no en la lógica empresarial.

La indignación empezó a hervir en mi pecho, desplazando al miedo. —¿Está sugiriendo que me contrató por lástima? —pregunté, con la voz más dura de lo que pretendía. —Estoy sugiriendo que tal vez esta relación se ha movido más rápido de lo que es prudente. Y que tal vez, solo tal vez, el juicio de mi hijo estaba nublado cuando decidió darle un puesto directivo a alguien que conoció en una fiesta.

—Me gané este puesto —dije, apretando los puños debajo del escritorio—. Mis resultados hablan por sí mismos. Las métricas de la campaña han subido un 40% desde que llegué. —Los números se pueden maquillar, señorita Johnson. La reputación, no.

Tomás suspiró, como si estuviera lidiando con una niña berrinchuda. —Mire, no estoy aquí para pelear. Estoy aquí para proteger el legado de mi familia. Cuando las decisiones personales de mi hijo afectan su juicio comercial, se convierte en un asunto familiar. Contratar a la novia… eso crea conflictos de interés. Problemas legales. Dudas sobre el favoritismo. ¿Qué pensarán los inversionistas cuando sepan que la Directora de Marketing duerme con el CEO?.

Cada palabra era un ladrillo más en el muro que me separaba de Ethan. Tenía razón. En el mundo corporativo, yo era un riesgo. —¿Qué quiere de mí? —pregunté, sintiéndome derrotada.

—Quiero que sea realista. Que considere si esto es justo para Ethan. Él merece tomar decisiones con la cabeza fría. Y usted… usted merece construir una carrera basada en sus propios méritos, no en… favores románticos.

Se puso de pie y se alisó el saco impecable. —Le sugiero que tome distancia. Que se aleje. Por el bien de todos.

Pensé que eso era todo. Pensé que se iría después de darme su discurso de “aléjate de mi hijo”. Pero Tomás Mitchell no había llegado a la cima dejando cabos sueltos. Se detuvo en la puerta y sacó una carpeta de piel delgada que llevaba bajo el brazo.

—Hay una cosa más —dijo, volviéndose hacia mí. Su expresión ya no era de advertencia; era de sentencia—. Mi preocupación no es solo por el nepotismo. Es por la integridad.

—¿De qué habla? —Hice mi tarea, Amelia. Cuando Ethan me dijo que la había contratado, pedí una investigación de antecedentes. Es procedimiento estándar para puestos de alto nivel.

Mi corazón se detuvo. —Yo no tengo nada que ocultar. —¿No? —Tomás caminó de regreso a mi escritorio y dejó caer la carpeta frente a mí. El sonido fue seco, definitivo—. Porque según esto, usted no dejó su último trabajo por “recortes de presupuesto”.

Abrí la carpeta con manos temblorosas. Adentro había copias de documentos con el logotipo de mi antigua empresa. Había correos electrónicos impresos. Había una carta de terminación laboral.

Mis ojos recorrieron las líneas, y el horror me invadió.

“Causa de despido: Violación grave de confidencialidad”. “La empleada Amelia Johnson fue sorprendida extrayendo bases de datos de clientes para venderlas a la competencia”.

“Acceso no autorizado a archivos financieros”. .

—¡Esto es mentira! —grité, poniéndome de pie de un salto. El papel temblaba en mi mano—. ¡Es completamente falso! ¡Jamás hice esto!

—Los documentos parecen muy reales —dijo Tomás con frialdad—. Tienen sellos. Tienen firmas. Si esto se hace público, TechSalud estaría empleando a una persona acusada de espionaje corporativo y fraude. ¿Se imagina el escándalo?

—¡Alguien fabricó esto! —La desesperación me ahogaba. ¿Quién haría algo así? ¿Quién me odiaba tanto?—. Me despidieron porque no tenían dinero. Mi jefe era un patán, pero no me acusó de esto.

—¿Puede probarlo? —preguntó Tomás.

Me quedé muda. ¿Cómo pruebas que algo no pasó cuando tienes un papel oficial enfrente que dice que sí? Mi carta de despido real era un papel genérico que probablemente tiré a la basura en un arranque de enojo. No tenía copias de mis correos. Me habían cortado el acceso al sistema el mismo día.

—No… no tengo los papeles aquí, pero… —Entonces es su palabra contra la evidencia documental —sentenció Tomás—. Y en los negocios, la evidencia siempre gana.

Me miró con una mezcla de desdén y lástima. —Señorita Johnson, le voy a dar una opción. Renuncie. Hoy. Váyase silenciosamente. Dígale a Ethan que el trabajo le quedó grande o que tiene una emergencia familiar. Desaparezca. Si lo hace, estos documentos se quedarán en esta carpeta. Pero si insiste en quedarse, si insiste en seguir “jugando a la casita” con mi hijo… me veré obligado a presentar esto ante el consejo de administración. Y le aseguro que no volverá a trabajar ni en una taquería.

Tomás Mitchell dio media vuelta y salió de mi oficina, dejándome sola con la carpeta de las mentiras abierta sobre mi escritorio.

Me sentí mareada. El aire de la oficina parecía haberse agotado. Me dejé caer en la silla, con las lágrimas corriendo por mis mejillas. Esto era. El fin. Carolina no solo quería que rompiera con Ethan; quería destruirme. Quería asegurarse de que yo no fuera nadie.

Estuve sentada ahí, paralizada, durante una hora. No podía moverme. No podía pensar. Solo veía las palabras “Robo de información” una y otra vez.

De repente, la puerta se abrió. —¿Amelia?

Era Ethan. Se veía preocupado. Entró y cerró la puerta de golpe. —Sofía me dijo que mi papá estuvo aquí. ¿Qué pasó? ¿Qué te dijo? ¿Vino a intimidarte?

Levanté la vista. Verlo me dolió más que cualquier otra cosa. Se veía tan preocupado, tan… bueno. Y yo era un desastre radioactivo que iba a arruinar su vida. —Tiene razón, Ethan —susurré, con la voz rota—. Tu papá tiene razón.

Ethan frunció el ceño y se acercó al escritorio. —¿De qué hablas? ¿Qué te metió en la cabeza? —Dijo que soy un riesgo. Que soy un conflicto de interés. Que me contrataste por lástima porque eres impulsivo y te gusta salvar gente .

—¡Eso es basura! —Ethan golpeó el escritorio con la mano, frustrado—. ¡Ya he tenido esta discusión con él! No te contraté por lástima. Te contraté porque eres la mejor. —¿Y esto? —Empujé la carpeta hacia él—. ¿También vas a decir que esto es basura?

Ethan tomó los documentos. Los leyó rápidamente. Su ceño se profundizó con cada línea. Su rostro palideció. —¿Qué es esto? —pregunté yo, sollozando—. Dice que soy una ladrona, Ethan. Que vendo información.

Ethan levantó la vista. Sus ojos marrones me escanearon, buscando la verdad. Por un segundo, solo por un segundo, vi la duda en su mirada. Y esa duda me mató. Era la prueba de que el veneno de Carolina había funcionado. Incluso él, que decía amarme, titubeaba ante la “evidencia”.

—Amelia… —dijo lentamente—. Esto dice que te despidieron por causa justificada. Por fraude.. —¡Es mentira! —grité, desesperada—. ¡Te lo juro por mi vida! ¡Son falsos! Pero tu papá dice que si no renuncio, los va a hacer públicos.

Ethan volvió a mirar los papeles. Luego me miró a mí. Respiró hondo. El silencio en la habitación era insoportable. Era el momento de la verdad. El momento en que él decidía si creer en la mujer que conoció hace un mes o en los documentos que traía su propio padre.

—Renuncia —dijo él en voz baja.

Sentí como si me hubiera disparado en el pecho. —¿Qué? —Si mi padre tiene esto… va a ir tras de ti con todo. No puedo dejar que te haga daño.

—¿Me estás corriendo? —pregunté, sintiendo que el mundo se me caía encima. —Te estoy protegiendo —dijo él, pero sonó a excusa—. Amelia, esto es grave. Si esto sale a la luz…

—Si esto sale a la luz, peleamos —dije, poniéndome de pie, secándome las lágrimas con rabia—. Eso es lo que hace la gente que se quiere. Se defiende. Pero tú… tú estás dudando.

Lo vi en sus ojos. No estaba seguro. La sombra de la duda estaba ahí, instalada como un parásito. —No sé qué creer —admitió él, y su honestidad fue brutal—. Estos papeles tienen firmas oficiales, Amelia. Y no te conozco desde hace tanto tiempo. Mi padre dice…

—Tu padre gana —interrumpí. Tomé mi bolsa. No iba a quedarme a ver cómo se rompía lo único bonito que había tenido—. Quédate con tu empresa, Ethan. Quédate con tu legado y con tu papá perfecto. Yo no necesito que nadie me “salve” si no confía en mí.

Salí de la oficina corriendo, ignorando los gritos de Ethan llamándome por el pasillo. Pasé junto a Sofía, que me miró asustada, y bajé por el elevador sintiendo que me faltaba el aire.

Salí a Paseo de la Reforma y caminé sin rumbo, llorando bajo la lluvia que empezaba a caer, mezclándose con mis lágrimas. Me sentía más sola que en la mesa 7 de la boda. Porque en la boda, al menos tenía la esperanza de que alguien me viera. Ahora, me habían visto, me habían juzgado y me habían desechado.

Carolina había ganado. Me había quitado el trabajo, el novio y la reputación en una sola mañana. Pero mientras caminaba hacia el metro, empapada y humillada, una chispa de furia se encendió en mi pecho. No la furia caliente y explosiva, sino la furia fría y calculadora de quien ya no tiene nada que perder.

Recordé la mirada de Tomás Mitchell. La sonrisa de Carolina. La duda de Ethan. Me habían arrinconado. Y como dicen en mi barrio: cuando arrinconas a un animal, es cuando más fuerte muerde.

Saqué mi celular. Tenía una llamada que hacer. No iba a renunciar. No iba a huir. Iba a demostrarles quién era Amelia Johnson, y me iba a llevar a Carolina entre las patas.

Capítulo 6: La Guerra de los Papeles y el Fantasma de Santo Domingo

Salí del edificio corporativo de TechSalud como alma que lleva el diablo, ignorando el aguacero bíblico que caía sobre Paseo de la Reforma. No llevaba paraguas, y en cuestión de segundos, mi traje sastre —ese que me había hecho sentir tan poderosa por la mañana— estaba empapado, pegándose a mi piel como una segunda capa de vergüenza.

Caminé sin rumbo, con el maquillaje corriéndoseme por la cara, pareciendo seguramente la protagonista de una telenovela de las 9 en su momento más trágico. La gente corría buscando refugio bajo los toldos de los edificios y las entradas del Metro, pero a mí no me importaba mojarme. De hecho, el frío de la lluvia me ayudaba a mantener a raya el incendio de rabia que sentía en el pecho.

¿Cómo se atrevían? ¿Cómo se atrevía Carolina a inventar una mentira tan sucia? ¿Cómo se atrevía el padre de Ethan a juzgarme sin conocerme? Pero lo que más me dolía, lo que se sentía como una astilla clavada en el corazón, era Ethan.

“Renuncia”, me había dicho.

No: “Vamos a investigar”. No: “Yo te creo”. Su primera reacción fue pedirme que me rindiera. Que agachara la cabeza y saliera por la puerta trasera para no manchar su precioso apellido.

Llegué a la estación del Metro Auditorio, tiritando de frío y de coraje. Me metí entre la multitud que olía a humedad y cansancio, y me dejé llevar por la marea humana hasta mi departamento en la Narvarte.

Cuando cerré la puerta de mi casa y vi a Bigotes esperándome en el sofá, me derrumbé. Me tiré al suelo y lloré. Lloré por la injusticia, por la humillación y por la estupidez de haber creído, aunque fuera por un mes, que yo podía tener un final feliz.

Pero las lágrimas, como la lluvia en esta ciudad, eventualmente se detienen. Y lo que queda después es el lodo. O en mi caso, la furia.

Me levanté, me sequé la cara con la manga y me miré al espejo del recibidor. Tenía los ojos hinchados y el rímel corrido, pero debajo de ese desastre, vi algo que no había visto en años. Vi a la Amelia que sobrevivió a la universidad comiendo atún. Vi a la Amelia que aguantó a jefes misóginos.

—Ni madres —dije en voz alta, asustando al gato—. No me voy a ir así.

Si me iban a hundir, me iba a llevar a Carolina conmigo.

Saqué mi laptop vieja, esa que tardaba diez minutos en prender, y busqué el número de mi antiguo jefe, Rogelio. Sabía que era un riesgo. Rogelio era un hombre cobarde que evitaba el conflicto a toda costa, pero también sabía dónde tenía enterrados sus esqueletos administrativos.

Marqué. —¿Bueno? —contestó él, con voz de estar a media siesta. —Rogelio, soy Amelia. No cuelgues.

—Amelia… oye, estoy ocupado… —Escúchame bien, Rogelio. Tengo en mi poder copias de una supuesta carta de despido mía que dice que robé información. Una carta que tiene tu firma. —¿Qué? ¡Yo nunca firmé eso! ¡Te fuiste por recortes! —Lo sé. Pero alguien está usando tu nombre para acusarme de fraude en una empresa multimillonaria. Y si no me ayudas a desmentirlo ahora mismo, cuando los abogados de TechSalud vengan a investigar, voy a decirles que tú autorizaste esa carta. Y también les voy a contar sobre las facturas infladas de la campaña de Navidad del 2021.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Sabía que lo tenía. —Amelia, tranquila. No hay necesidad de amenazas. ¿Qué necesitas?

—Necesito un correo oficial. Ahora. Dirigido a mí, con copia a mi abogado imaginario, declarando explícitamente que mi salida fue por temas presupuestales y que mi historial está limpio. Y quiero que adjuntes mi carta de recomendación real. Tienes diez minutos, Rogelio. O te juro que te hago famoso.

Colgué. Me temblaban las manos, pero por primera vez en horas, no era de miedo. Era de adrenalina.

Diez minutos después, el correo llegó. “A quien corresponda: Amelia Johnson es una profesional íntegra…”. Sonreí. Primer paso: listo. Tenía mi escudo. Ahora necesitaba mi espada.

En ese momento, alguien golpeó la puerta de mi departamento. No eran toquidos normales; eran golpes fuertes, urgentes, desesperados.

—¡Amelia! ¡Abre, por favor!

Era Ethan.

Mi primera reacción fue quedarme quieta y fingir que no estaba. No quería verlo. No quería escuchar sus excusas. —¡Sé que estás ahí! —gritó—. ¡Vi cómo se prendió la luz! ¡Amelia, por favor, estamos empapándonos aquí afuera!

¿Estamos? Me asomé por la mirilla. Ethan estaba ahí, empapado hasta los huesos, con el cabello pegado a la frente y la camisa blanca transparente por la lluvia. Se veía miserable. Y tenía una carpeta en la mano.

Abrí la puerta con la cadena puesta, dejándole solo una rendija. —Vete, Ethan. Ya te di lo que querías. Mañana tienes mi renuncia en el escritorio.

—No quiero tu renuncia —dijo él, jadeando un poco—. Quiero pedirte perdón.

—Llegas tarde. Tu papá ya me dejó claro lo que piensan de mí. —¡Me equivoqué! —gritó, sin importarle que mi vecina chismosa del 4B estuviera escuchando—. Me asusté, Amelia. Cuando vi esos papeles… entré en pánico. Pensé que si te quedabas, mi papá te iba a destruir legalmente. Te pedí que renunciaras para sacarte de la línea de fuego, no porque creyera que eras culpable.

Lo miré a los ojos a través de la rendija. Se veía desesperado. —Dudaste de mí —dije suavemente—. Eso es lo que duele.

—Lo sé. Y me odio por eso. Fui un idiota. Debería haberte defendido ahí mismo. Pero Amelia… por favor. Déjame arreglarlo. No vengo solo.

Se hizo a un lado y vi que detrás de él había otro hombre. Era bajito, moreno, con una chamarra de cuero y unos lentes gruesos. Parecía un hacker sacado de una película de bajo presupuesto o un vendedor de la Plaza de la Tecnología.

—¿Quién es él? —pregunté. —Soy “El Chato” —dijo el hombre con una sonrisa chimuela—. Investigador privado y experto en… documentos creativos. —Amelia —dijo Ethan, volviendo a mirarme—. No acepté tu renuncia. Fui a buscar al Chato. Le mostré los documentos que trajo mi papá. Queremos probar que son falsos. Pero necesito tu ayuda. Necesito que peleemos juntos.

Quité la cadena y abrí la puerta. —Pásele —dije—. Pero si mojan mi alfombra, los mato a los dos.

Ethan entró y, antes de que pudiera decir nada, me abrazó. No fue un abrazo romántico de película; fue un abrazo de náufrago. Me apretó contra su pecho mojado con tanta fuerza que me sacó el aire. —Perdóname —susurró en mi pelo—. Soy un estúpido. Nunca debí dudar.

Me permití, solo por un segundo, recargar la cabeza en su hombro. Olía a lluvia y a arrepentimiento. —Sí, eres un estúpido —dije, separándome—. Pero ahora eres mi estúpido. Y tenemos trabajo que hacer.

Esa noche, mi pequeño departamento se convirtió en un cuartel de guerra. Pedimos pizza, hicimos café cargado y nos sentamos en el suelo de la sala, rodeados de papeles y laptops.

El Chato resultó ser un genio. Conectó su computadora a la red y empezó a hacer su magia. —A ver, mis reyes —dijo, mordiendo un pedazo de pizza de pepperoni—. Estos documentos de despido… están bien hechos, pero tienen un error de novato. El sello digital.

—¿Qué tiene? —preguntó Ethan, que estaba sentado a mi lado, sin dejar de tocar mi rodilla, como si necesitara asegurarse de que yo seguía ahí.

—El código QR de validación —explicó el Chato, señalando la pantalla—. Si lo escaneas, te lleva a una página rota. Pero si rastreas el origen del archivo… —tecleó furiosamente—… nos lleva a un servidor. Y adivinen qué. Ese servidor no es de la empresa anterior de la señorita Amelia.

—¿De quién es? —pregunté. —Es de un negocio en la Plaza de Santo Domingo —dijo el Chato con una risa—. Ya saben, el centro mundial de la falsificación en el Centro Histórico. Ahí te imprimen desde títulos de la UNAM hasta actas de defunción si pagas lo suficiente.

Ethan apretó la mandíbula. —¿Podemos saber quién pagó por el trabajo?

—Difícil, porque suelen cobrar en efectivo. Pero… —El Chato sonrió maliciosamente—… el tonto que hizo el diseño dejó los metadatos en el PDF. Y el archivo fue enviado por correo electrónico para aprobación antes de imprimirse.

—¿A qué correo? —preguntó Ethan, con la voz helada.

El Chato giró la pantalla hacia nosotros. Ahí estaba. Una dirección de correo electrónico personal, pero inconfundible. [email protected].

—Carolina —dijo Ethan. Su voz no tenía emoción, y eso daba más miedo que si hubiera gritado—. Ella mandó hacer los documentos. Ella pagó para fabricar evidencia criminal contra ti.

—Esa maldita —susurré, sintiendo una mezcla de alivio y furia. Teníamos la prueba. No era solo mi palabra. Teníamos la huella digital del crimen.

—Hay más —dijo yo, abriendo mi correo—. Rogelio, mi exjefe, acaba de mandarme esto. Les mostré la declaración oficial que confirmaba que mi despido fue por presupuesto y que mi historial estaba limpio.

Ethan leyó el correo de Rogelio y luego miró el reporte del Chato. Sus ojos brillaron con una determinación peligrosa. —Tenemos todo. Tenemos la verdad y tenemos el arma humeante.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté. —Ahora vamos a dormir —dijo Ethan, poniéndose de pie—. Bueno, vamos a intentar dormir. Porque mañana a primera hora, mi papá va a tener la junta más incómoda de su vida. Y tú, Amelia… tú vas a entrar por la puerta grande.

El Chato se fue (con media pizza en un tupper para el camino), y Ethan y yo nos quedamos solos. —Deberías irte a descansar a tu casa —le dije, aunque no quería que se fuera. —No te voy a dejar sola —dijo él—. No hoy. Dormiré en el sofá si quieres. O en el tapete. Pero no me voy a separar de ti hasta que esto se acabe.

Esa noche, dormimos juntos en mi cama pequeña, vestidos con ropa seca que le presté (una camiseta gigante de un concierto que le quedaba apretada). No pasó nada físico. Solo nos abrazamos, como dos soldados en una trinchera esperando el amanecer de la batalla final.


A la mañana siguiente, llegamos a TechSalud como un comando de asalto. Ethan llevaba su mejor traje, y yo me puse mi vestido verde esmeralda, el mismo de la boda. Quería recordarme a mí misma dónde había empezado todo y que esa chica asustada ya no existía.

Entramos directo a la sala de juntas. Sofía intentó detenernos. —El señor Tomás está en una videollamada con Londres… —Que espere Londres —dijo Ethan, abriendo la puerta de par en par.

Tomás Mitchell estaba sentado en la cabecera de la mesa, tomando café. Al vernos entrar, colgó la llamada y nos miró con frialdad. Su mirada se detuvo en mí. —Señorita Johnson. Esperaba su carta de renuncia, no una visita social. Y mucho menos vestida para una fiesta.

—No vengo a renunciar, Don Tomás —dije, caminando hasta el otro extremo de la mesa. Puse mi carpeta sobre la superficie de cristal con un golpe seco—. Vengo a limpiar mi nombre.

—¿De qué se trata esto, Ethan? —preguntó Tomás, mirando a su hijo. —Se trata de que te vieron la cara, papá —dijo Ethan, sentándose a mi lado—. Y de que casi cometes el error más grande de tu carrera por confiar en la persona equivocada.

—¿Perdón? —Los documentos que me diste ayer. Los que acusan a Amelia de fraude. Son falsos. —Eso dicen todos los culpables. —No —intervine yo, abriendo la carpeta—. Esto es lo que dicen los forenses digitales. Y esto es lo que dice mi exjefe.

Deslicé los papeles hacia él. El reporte del Chato con la IP de Santo Domingo y el correo de Carolina, y la carta notariada de Rogelio.

Tomás se puso sus lentes de lectura y empezó a revisar los documentos. Al principio con escepticismo, luego con el ceño fruncido, y finalmente con una palidez mortal. Leyó el rastro del correo de Carolina tres veces.

El silencio en la sala era sepulcral. Podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.

Finalmente, Tomás se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa. Se frotó los ojos, viéndose de repente diez años más viejo. —Carolina… —murmuró—. Ella me los entregó personalmente. Me dijo que un amigo suyo en RH se los había filtrado. Me juró que eran reales.

—Te manipuló, papá —dijo Ethan, con voz dura pero controlada—. Usó tu miedo y tu instinto protector para atacar a Amelia. Sabía que si tú veías esos papeles, harías el trabajo sucio por ella. Te usó como un peón.

Tomás se quedó callado, procesando la traición. Para un hombre como él, ser engañado en su propio juego era el insulto máximo. Lentamente, levantó la vista y me miró. Ya no había desdén en sus ojos. Había vergüenza. Y algo parecido al respeto.

—Señorita Johnson… —empezó, aclarándose la garganta—. Parece que he cometido un error de juicio imperdonable. —Así es —dije sin pestañear. —Me dejé llevar por prejuicios y por información no verificada. Le debo una disculpa. Y le debo una compensación por el estrés causado.

—No quiero su dinero, Don Tomás —dije—. Quiero que me deje trabajar en paz. Y quiero que entienda que yo no estoy aquí por el dinero de su hijo. Estoy aquí porque soy buena en lo que hago. Y porque lo quiero.

Tomás asintió lentamente. —Entendido. Tiene mi palabra de que nadie volverá a cuestionar su posición en esta empresa.

—Gracias —dije. —Ahora… —Tomás se volvió hacia Ethan, y su expresión se endureció—. ¿Qué vamos a hacer con Carolina? Porque nadie usa el nombre de los Mitchell para sus vendettas personales sin pagar el precio.

Ethan sonrió, una sonrisa fría y depredadora. —De eso nos encargamos nosotros, papá. Amelia y yo tenemos un plan. Vamos a darle a Carolina una sopa de su propio chocolate.

—Bien —dijo Tomás, poniéndose de pie—. Tienen mi apoyo. Acábenla.

Salimos de la sala de juntas sintiéndonos invencibles. —¿Estás lista para la segunda parte? —me preguntó Ethan en el elevador. —Nací lista —respondí, arreglándome el cabello.

Fuimos directo al edificio corporativo donde Carolina tenía sus oficinas. Era una empresa de consultoría de imagen y relaciones públicas. La ironía era deliciosa. No pedimos cita. Entramos pasando por encima de la recepcionista atónita y abrimos la puerta de su despacho privado.

Carolina estaba al teléfono, riendo. Llevaba un vestido beige y se veía perfectamente tranquila, segura de que yo ya estaba llorando en una banqueta con mi caja de cosas. Al vernos, su sonrisa se congeló. Colgó el teléfono lentamente.

—Ethan. Y… Amelia. Qué sorpresa. Pensé que hoy sería tu último día. —Y lo fue —dijo Ethan, cerrando la puerta detrás de nosotros—. Fue el último día que permití que te metieras en mi vida.

—No sé de qué hablas. —Sabemos lo que hiciste, Carolina —dije yo, dando un paso adelante. Puse el reporte del investigador sobre su escritorio inmaculado—. Sabemos de los documentos falsos. Sabemos de la imprenta en Santo Domingo. Sabemos cuánto pagaste. Y tenemos los correos que lo prueban.

Carolina miró los papeles y su máscara de perfección se agrietó. Por primera vez, vi miedo en sus ojos. —Esto es ridículo. Esos papeles no prueban nada. —Prueban falsificación de documentos, difamación y fraude procesal —dijo Ethan—. Hablé con mis abogados esta mañana. Si presentamos esto a la fiscalía, te enfrentas a una pena de prisión de 3 a 5 años. Sin mencionar que tu reputación profesional quedará destruida. Nadie contrata a una consultora que fabrica evidencia .

Carolina se puso pálida. Se dejó caer en su silla. —¿Qué quieren? —siseó. —Queremos que desaparezcas —dijo Ethan—. De nuestras vidas, de nuestros círculos sociales, de todo. Si te vuelvo a ver cerca de Amelia, si vuelvo a escuchar que hablas de nosotros, o si mi papá recibe una sola llamada tuya… soltamos la bomba. Y créeme, tengo los medios para asegurarme de que salga en primera plana de todos los periódicos de negocios mañana mismo.

Carolina nos miró a los dos. Evaluó sus opciones. Sabía que había perdido. El jaque mate era absoluto. —Está bien —dijo, con voz temblorosa—. Me alejaré. Tienen mi palabra.

—Tu palabra no vale nada —dije yo—. Pero tu miedo sí. Que te quede claro, Carolina: yo no soy un caso de caridad. Y Ethan no es tu juguete. Si vuelves a intentar algo, no seré tan amable.

Nos dimos la vuelta y salimos de su oficina sin mirar atrás.

Cuando llegamos a la calle, el sol había salido. La lluvia de la mañana había lavado el cielo y la Ciudad de México brillaba bajo una luz dorada y limpia. Me sentí ligera, como si me hubiera quitado una mochila de piedras de la espalda.

—¿Se acabó? —pregunté, tomando la mano de Ethan. —Se acabó —confirmó él, besando mi frente—. Ganamos.

—¿Y ahora qué? Ethan me miró con una sonrisa traviesa. —Ahora, señorita Directora de Marketing, creo que tenemos un lanzamiento de producto que preparar. Y tal vez… solo tal vez… una expansión que planear.

—¿Expansión? —Me llegó una propuesta esta mañana. De California. Quieren llevar nuestro software allá. Es un proyecto enorme. —¿California? —repetí, sintiendo un nuevo tipo de emoción. —Sí. Pero eso implica muchas cosas. Viajes, cambios… tal vez mudanzas. ¿Te asusta?

Lo miré. Pensé en la Amelia de la mesa 7. Pensé en la Amelia que lloró en el metro ayer. Y luego pensé en la mujer que acababa de amenazar a su enemiga y poner en su lugar a un millonario. —Ya no me asusta nada, Ethan —dije—. Mientras estemos juntos, que venga lo que sea.

—Entonces vámonos —dijo él, abriéndome la puerta del coche—. El futuro nos espera.

Y mientras nos alejábamos por Paseo de la Reforma, supe que esta no era el final de la historia. Era apenas el comienzo de la mejor parte.

Capítulo 7: El Sueño Americano y la Traición de la Mejor Amiga

Dicen que después de la tormenta viene la calma, pero en mi vida, después de la tormenta vino un huracán de éxito que casi me despeina.

Tras derrotar a Carolina y ganarme el respeto (o al menos el miedo) de Don Tomás, TechSalud entró en una racha dorada. La campaña que diseñé para las clínicas de barrio fue un fenómeno. No me limité a poner anuncios en Facebook; nos metimos en el lodo. Hice alianzas con farmacias locales, rotulamos consultorios en Iztapalapa y Neza, y creamos un sistema tan sencillo que hasta el doctor más anticuado podía usarlo desde su celular.

En cuestión de semanas, las suscripciones se dispararon. Pasamos de ser una startup prometedora a ser la referencia en tecnología médica accesible. Y yo… bueno, yo dejé de ser “la novia del jefe” para convertirme en “La Licenciada Johnson”, la mujer que tenía la oreja de Ethan y el respeto del consejo directivo.

Mis días eran una locura de juntas, cafés cargados y risas con mi equipo. Mis noches eran refugios de paz en el departamento de Ethan en Santa Fe o en mi cueva de la Narvarte, que poco a poco se iba llenando de cosas de él (un cepillo de dientes, un cargador, su libro en la mesita de noche).

Llevábamos dos meses “oficiales”. Dos meses de felicidad real, sin fingir, sin cámaras. Ethan cumplió su palabra: éramos socios en todo. Me consultaba decisiones importantes, me escuchaba cuando no estaba de acuerdo con él y, lo más importante, me hacía hot cakes los domingos.

Pero la vida tiene la maña de cambiarte el guion cuando ya te aprendiste los diálogos.

Una noche de martes, estábamos en su estudio, tirados en la alfombra persa (que costaba más que mi vida entera), rodeados de laptops y cajas de pizza vacías. Estábamos revisando las proyecciones del trimestre.

—Esto es una locura, Amelia —dijo Ethan, señalando la gráfica de crecimiento en su pantalla—. Estamos seis semanas adelantados. Los inversionistas están eufóricos. Tu estrategia funcionó mejor de lo que nadie imaginó.

—Nuestra estrategia —corregí, dándole un empujoncito con el hombro—. El producto es bueno. Yo solo le puse el moño para que la gente lo viera.

Ethan cerró su laptop y se quitó los lentes de lectura. Se frotó la cara y luego me miró con una expresión que no pude descifrar. Era una mezcla de emoción, nervios y… ¿culpa?

—Tengo que decirte algo —soltó. Su tono hizo que se me activaran las alarmas internas—. Surgió una oportunidad.

Me senté derecha, dejando mi rebanada de pizza a medio comer. —¿Buena o mala? Porque si me dices que Carolina regresó con un ejército de abogados zombis, renuncio.

Ethan sonrió a medias. —Es buena. Muy buena. Pero… complicada. Se giró para quedar frente a mí. —Un consorcio de salud en California nos contactó. Han estado siguiendo nuestro crecimiento en México. Quieren licenciar nuestro software para toda su red en la Costa Oeste de Estados Unidos.

—¡Ethan! —Grité, emocionada—. ¡Eso es increíble! ¡Es el sueño dorado! ¡Felicidades! —Espera, hay más —me detuvo, tomándome las manos—. No solo quieren la licencia. Quieren una alianza estratégica. Quieren que movamos las operaciones centrales allá. A San Francisco. Al Silicon Valley.

El mundo se detuvo un segundo. —¿Mover la empresa? ¿A Estados Unidos? —Sí. Quieren tenernos cerca para desarrollar la versión 2.0. Nos ofrecen capital, oficinas en Palo Alto, acceso a un mercado de millones de dólares. Es la oportunidad de escalar esto a nivel global, Amelia. De jugar en las grandes ligas.

—Wow —susurré, abrumada—. Eso es… enorme. ¿Y cuándo tendrías que irte? —Tendríamos —corrigió él suavemente—. Tendríamos que irnos en seis meses. Tal vez antes.

La palabra “tendríamos” flotó en el aire, pesada y brillante como una moneda de oro. —¿Nosotros? —No voy a ir a ningún lado sin ti, Amelia —dijo, apretando mis manos con fuerza—. No es solo porque eres mi Directora de Marketing y el cerebro detrás de nuestro éxito actual. Es porque… no me imagino esta aventura sin ti. Quiero que vengas conmigo. A vivir, a trabajar, a construir esto juntos .

Me quedé muda. San Francisco. California. Dejar mi departamento, mi familia, mis tacos al pastor, mi idioma, mi caos chilango… ¿por un hombre que conocía hace tres meses?

—Ethan… es mucho —dije, sintiendo el vértigo—. Es… rápido. —Lo sé. Sé que suena a locura. Pero piénsalo. Allá no seríamos “el hijo de Tomás Mitchell” y “su novia”. Allá seríamos solo Ethan y Amelia. Un nuevo comienzo. Sin fantasmas. Sin Carolina. Sin prejuicios.

Me miró con esos ojos de cachorro suplicante que me desarmaban. —No tienes que contestar ahora. Piénsalo. Pero quiero que sepas que, si dices que no, tendré que pensar muy seriamente si tomo la oferta. Porque el éxito no me sabe igual si no estás tú para celebrarlo.

Esa noche regresé a mi departamento sintiéndome dividida en dos. Una mitad de mí quería hacer las maletas ya, agarrar a Bigotes y subirme al primer avión. La otra mitad, la mitad mexicana arraigada, sentía terror. Terror de fallar, terror de depender de él en un país extraño, terror de que, una vez allá, la magia se acabara y yo me quedara sola en una ciudad donde la renta cuesta 4,000 dólares al mes.

Llamé a mi hermana, Mariana, que vive en Los Ángeles desde hace años. Sabía que ella me daría la perspectiva brutal y honesta que necesitaba.

—¿Te estás volviendo loca o qué? —me dijo Mariana cuando le conté todo—. ¡Amelia, te están ofreciendo el boleto dorado de Willy Wonka! ¡San Francisco! ¡Dólares! ¡Tecnología! —Pero es por un hombre, Mariana. Apenas llevamos unos meses. ¿Y si no funciona? ¿Y si llego allá y me bota?

—A ver, hermana, bájale a tu drama —me regañó con cariño—. Primero, no te vas solo por un hombre. Te vas porque te ganaste un puesto directivo en una empresa que se va a internacionalizar. Eres una chingona en lo que haces. Si el tipo te bota, ¿qué? Tienes experiencia en Silicon Valley en tu currículum. Te consigues otro trabajo y listo. Deja de pensar como la víctima y empieza a pensar como la protagonista. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que regreses a México? Pues regresas y ya. Pero si no vas, te vas a arrepentir toda tu vida de haberte quedado en la zona de confort por miedo.

Mariana tenía razón. Siempre había jugado a lo seguro. Siempre había sido la amiga sensata, la empleada leal, la hija obediente. Tal vez era hora de ser la mujer valiente.

A la mañana siguiente, llegué a la oficina de Ethan antes que nadie. Él estaba revisando correos, con ojeras marcadas, señal de que tampoco había dormido. Cuando me vio en el marco de la puerta, se puso de pie de un salto, con esa esperanza nerviosa en la cara.

—Tengo una respuesta —dije. —¿Sí? —Sí. Me voy contigo a San Francisco.

Ethan soltó el aire que contenía y sonrió, una sonrisa que iluminó toda la oficina. —¿De verdad? —De verdad. Pero… tengo condiciones.

Su sonrisa se volvió curiosa. —Dime. Lo que quieras. —No voy a ir como tu novia, ni como tu “más uno”. Voy a ir como tu socia. Quiero equidad en la empresa, Ethan. Quiero acciones. Quiero voz y voto en la mesa directiva. Si vamos a construir esto juntos, quiero que mi nombre esté en los papeles, no solo en tu corazón.

Ethan no titubeó. Ni un segundo. —Hecho. De hecho, ya le había pedido a los abogados que redactaran una propuesta de acciones para ti. Iba a dártela independientemente de si venías o no, porque te la ganaste. Pero me alegra saber que piensas como dueña.

Se acercó, me tomó de la cintura y me besó. Fue un beso de celebración, de promesa, de alivio. —Vamos a conquistar el mundo, Amelia —susurró contra mis labios. —Primero conquistemos California —respondí riendo.


El anuncio de la expansión se hizo oficial una semana después en una junta general. Ethan explicó el plan, la alianza con el consorcio americano y la mudanza de las oficinas centrales. Hubo aplausos, hubo emoción, hubo miedo por los cambios.

Y luego vino la parte difícil.

—Como parte de esta reestructuración —anunció Ethan frente a los cincuenta empleados—, Amelia Johnson asumirá el cargo de Vicepresidenta de Marketing Global y se convertirá en socia accionista de la empresa. Ella liderará la transición de marca en Estados Unidos.

El silencio que siguió fue diferente. Hubo aplausos, sí, pero fueron más tibios. Vi las miradas cruzadas. Los codazos discretos. El “radio pasillo” se activó al instante.

Más tarde, en el baño de mujeres (el lugar donde se dicen las verdades más crueles), escuché a dos chicas de ventas hablando mientras yo estaba encerrada en un cubículo.

—Qué conveniente, ¿no? —dijo una—. Se liga al jefe y pum, tres meses después ya es socia y se va a vivir a San Francisco. —Y dicen que ni siquiera pasó por entrevistas —respondió la otra—. Dicen que la conoció en una boda y le inventó el puesto. Qué suerte tienen las que no se bañan, ¿verdad? .

Me quedé quieta, esperando a que salieran. Las palabras dolieron, claro. Nadie quiere que piensen que su éxito es regalado. Pero luego miré mi reflejo en el espejo. Sabía lo que había trabajado. Sabía las noches sin dormir. Sabía que había salvado mi reputación de las garras de Carolina. “Que hablen”, pensé. “Yo voy a estar facturando en dólares mientras ellas siguen chismeando en el baño”.

Salí con la frente en alto. Pero el verdadero golpe no vino de las empleadas envidiosas. Vino, otra vez, de Rebeca.

Esa noche, mientras empacaba mis primeras cajas en mi departamento, mi celular sonó. Era ella. No habíamos hablado desde el café en Polanco, pero las noticias vuelan en la Ciudad de México.

—¿Bueno? —Amelia —dijo Rebeca. Su voz sonaba aguda, tensa—. Me acabo de enterar por mi primo, que conoce a uno de tus ingenieros. ¿Es cierto? ¿Te vas a ir a vivir a California con él?

Suspiré, sentándome en una pila de libros. —Hola a ti también, Rebe. Sí, es cierto. Nos vamos en unos meses. La empresa se expande. —¿”La empresa”? —soltó una risa burlona—. Por favor, Amelia. No insultes mi inteligencia. Te vas porque él te lo pidió. Te vas persiguiendo a un hombre que conoces hace un cuarto de hora.

—Me voy porque me ofrecieron un puesto de vicepresidenta y acciones en la compañía —dije, tratando de mantener la calma—. Es una decisión de carrera. Y sí, también personal, porque lo amo.

—¿Lo amas? —Rebeca escupió las palabras como si fueran veneno—. ¿O amas la vida que te da? ¿Amas los restaurantes, los viajes, la ropa nueva? Amelia, date cuenta. Estás siendo la típica mujer que se deslumbra por el dinero. Estás vendiendo tu dignidad por un código postal en Estados Unidos.

—¡Basta! —grité, harta. Harta de sus juicios, harta de su superioridad moral—. ¿Cuál es tu problema, Rebeca? ¿Por qué no puedes soportar que me vaya bien? ¿Tanto te molesta que tu “amiga la solterona” ya no esté ahí para aplaudirte y consolarte?

—¡Me molesta que seas tan estúpida! —gritó ella—. ¡Ese hombre te está manipulando! Te está aislando. Te saca de tu país, te aleja de tu familia, te hace dependiente de él en un lugar donde no conoces a nadie. Es de manual, Amelia. Así empiezan las relaciones abusivas. Primero te dan todo, luego te quitan todo.

Sus palabras me golpearon en un lugar vulnerable. El aislamiento. La dependencia. Eran mis propios miedos, amplificados por la voz de quien se suponía que me quería.

—Ethan no es así —defendí, pero mi voz tembló un poco. —¿Cómo lo sabes? —insistió ella, implacable—. ¿Realmente lo conoces? ¿Conoces sus demonios? ¿O solo conoces al príncipe azul que te vendió en la boda? Te lo advierto, Amelia. Si te subes a ese avión, no vengas llorando conmigo cuando te deje tirada en San Francisco. Porque te lo dije.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono, con el sonido de tono muerto zumbando en mi oído. La alegría de la mudanza se evaporó, reemplazada por una ansiedad fría y pegajosa.

¿Y si Rebeca tenía razón? ¿Y si todo esto era una burbuja a punto de estallar? ¿Realmente conocía a Ethan? Sabía que le gustaban los hot cakes y las novelas de misterio. Sabía que odiaba a su papá. Pero, ¿conocía su oscuridad? ¿Sabía cómo reaccionaba ante el fracaso real? ¿Ante el aburrimiento?

Ethan llegó a mi departamento una hora después, cargando comida tailandesa. Me encontró sentada en el suelo, rodeada de cajas a medio llenar, con la mirada perdida.

—Hey —dijo, dejando las bolsas en la mesa—. ¿Qué pasa? Te ves como si hubieras visto un fantasma. —Hablé con Rebeca —dije, sin mirarlo.

Ethan suspiró y se sentó a mi lado en el suelo. —Déjame adivinar. Te dijo que soy un monstruo manipulador y que estás cometiendo el error de tu vida. —Algo así. Dijo que me estás aislando. Que me estás comprando. —¿Y tú qué piensas?

Lo miré. Ahí estaba. El hombre por el que estaba dispuesta a dejarlo todo. Se veía cansado, humano, preocupado. —Pienso que tengo miedo —admití—. Pienso que todo esto es una locura. Ethan, hace tres meses yo estaba cenando cereal sola. Y ahora estoy a punto de mudarme de país. ¿Qué tal si no funcionamos? ¿Qué tal si llegamos allá y descubrimos que somos incompatibles?

Ethan no me dio un discurso motivacional barato. No me prometió que todo sería perfecto. Hizo algo mejor. Me tomó la cara con las manos y me obligó a verlo.

—Tienes razón —dijo—. Es un riesgo enorme. Puede que lleguemos allá y nos peleemos por quién lava los platos. Puede que extrañes México tanto que quieras regresar a la semana. Puede que la empresa quiebre. No tengo una bola de cristal, Amelia.

Hizo una pausa, acariciando mi mejilla con el pulgar. —Pero te diré lo que sí sé. Sé que estos últimos meses han sido los más felices de mi vida. Sé que cuando tengo un problema, la primera persona a la que quiero contárselo eres tú. Sé que me haces mejor persona, no porque me “rescatas”, sino porque me retas.

Se acercó más. —Rebeca dice que no me conoces. Y tal vez tiene razón. No conoces todo de mí. No sabes que le tengo miedo a las alturas. No sabes que lloro con las películas de perros. No sabes que a veces me siento un fraude como empresario. Pero quiero que lo sepas. Quiero tener el tiempo para que descubras todo, lo bueno y lo malo. Y quiero descubrirte a ti.

—¿Y si no te gusta lo que descubres? —pregunté, con un hilo de voz. —Amelia, ya vi cómo te pones cuando tienes hambre y cómo te ves cuando lloras con el rímel corrido. Y sigo aquí. Creo que puedo con el resto.

Me eché a reír entre lágrimas. —Eres un tonto. —Soy tu tonto. Y tú eres mi socia. ¿Estamos juntos en esto o no?

Miré las cajas. Miré su cara. Recordé la amargura en la voz de Rebeca y me di cuenta de algo: ella no estaba preocupada por mí. Estaba envidiosa. Estaba atrapada en una vida “perfecta” que la hacía miserable, y no soportaba ver que yo me atreviera a buscar algo real, aunque fuera arriesgado.

—Estamos juntos —dije, y esta vez, sentí que era verdad hasta los huesos—. Pero si me llevas a San Francisco, vas a tener que encontrarme un lugar donde vendan buenos tacos. Si no, me regreso.

—Trato hecho —dijo él, besándome—. Buscaré el mejor taquero de California, aunque tenga que importarlo.

Esa noche, terminamos de empacar la primera tanda de cajas. Mientras cerraba con cinta adhesiva una caja marcada como “Libros y Recuerdos”, sentí que estaba cerrando también un capítulo de mi vida. La Amelia insegura, la Amelia solitaria, se quedaba en la Ciudad de México. La mujer que iba a California era alguien nueva. Alguien que tenía miedo, sí, pero que ya no dejaba que el miedo decidiera por ella.

Pero justo cuando pensábamos que el camino estaba despejado, que Carolina estaba derrotada y Rebeca neutralizada, el destino nos tenía guardada una última prueba. Una prueba que no tenía que ver con enemigos externos, sino con el pasado de Ethan. Un secreto familiar que ni siquiera él conocía y que amenazaba con derrumbar el imperio antes de que siquiera despegáramos el avión.

Dos días antes del viaje, mientras firmábamos los papeles finales de la expansión en la oficina del notario, llegó un sobre. Un sobre simple, manila, sin remitente. Ethan lo abrió pensando que eran trámites de la visa. Pero al leer la primera hoja, su rostro perdió todo el color. Se desplomó en la silla, como si le hubieran cortado las cuerdas.

—¿Ethan? —pregunté, alarmada—. ¿Qué pasa? Él levantó la vista, y vi en sus ojos un dolor que nunca había visto. —Es mi madre —susurró—. No murió en un accidente como mi papá siempre me dijo.

El secreto que Don Tomás había guardado por treinta años acababa de salir a la luz, y amenazaba con destruir no solo la relación de Ethan con su padre, sino la base misma de la empresa que estábamos a punto de internacionalizar.

Capítulo 8: La Verdad Detrás de la Mentira y el Anillo en la Bahía

El silencio en la oficina del notario era tan absoluto que podía escuchar el zumbido de la lámpara fluorescente sobre nuestras cabezas. Ethan sostenía la hoja de papel con manos que temblaban violentamente, su rostro drenado de todo color, como si acabara de ver su propia muerte.

—No puede ser… —susurró, con la voz rota—. Mi madre… ella murió en un accidente de auto cuando yo tenía seis años. Hubo un funeral. Hubo una tumba.

Me acerqué a él y tomé el papel, leyendo rápidamente. No era una carta larga. Era una nota mecanografiada, sin firma, pero con un sello postal de Santa Bárbara, California.

“Tu padre te mintió, Ethan. No morí. Me obligaron a irme. Me dijeron que si intentaba contactarte, perdería cualquier derecho a verte y te quitarían tu herencia. Acepté el dinero y me fui para protegerte de la guerra. Pero ahora que vienes a California, ya no puedo callar. Estoy viva. Y te he estado esperando treinta años.”

—Es una broma cruel —dijo Ethan, arrugando el papel—. Alguien quiere desestabilizarme antes del viaje. Debe ser Carolina otra vez.

—No, Ethan —dije suavemente, señalando algo en la esquina inferior de la hoja. Había una pequeña marca de tinta, un dibujo infantil de un sol con lentes oscuros—. ¿Reconoces eso?

Ethan miró el dibujo y soltó un sollozo ahogado que me partió el alma. —Yo… yo dibujaba eso en todas mis libretas cuando era niño. Era mi firma secreta. Solo mi mamá lo sabía.

El peso de la revelación cayó sobre la habitación como una losa de concreto. Don Tomás no solo había controlado la carrera de Ethan; había reescrito su historia, borrando a su madre del mapa y sustituyéndola por una mentira conveniente para mantener el control total sobre su hijo.

—Voy a matarlo —dijo Ethan, poniéndose de pie. Su silla cayó hacia atrás con un estruendo—. Voy a ir a su oficina y voy a destruir todo. La empresa, la expansión, todo. Si todo está construido sobre mentiras, no quiero nada. ¡Renuncio a todo!

Estaba fuera de sí. La furia y el dolor lo estaban cegando. Agarró su saco y se dirigió a la puerta.

—¡Ethan, espera! —Me interpuse en su camino, poniéndole las manos en el pecho para detenerlo—. ¡Mírame!

—¡Suéltame, Amelia! ¡Tengo que acabar con esto! —¡Si vas allá ahorita, vas a perder! —le grité, sacudiéndolo—. Vas a hacer exactamente lo que él espera: reaccionar con el hígado, ser el “hijo impulsivo” que él siempre dijo que eras. Vas a darle la razón.

Ethan se detuvo, respirando agitadamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre. —Me robó a mi madre, Amelia. Me robó treinta años. —Lo sé. Y es imperdonable. Pero no vas a destruir tu futuro por los pecados de tu padre. Esta empresa ya no es solo suya. Es tuya. Es mía. Es de Marcus, de Lucía, de toda la gente que cree en nosotros. Si la quemas ahora, Don Tomás gana, porque te habrá convertido en un hombre amargado igual que él.

—¿Entonces qué hago? —preguntó, con lágrimas corriendo por su cara—. ¿Cómo me subo a un avión para expandir el negocio del hombre que me quitó a mi mamá?

Le tomé la cara con mis manos, obligándolo a enfocarme. —No vas a expandir su negocio. Vas a usar su dinero y su plataforma para encontrarla. California es grande, pero ahora tenemos una pista. Santa Bárbara. Vamos a ir allá, vamos a hacer que la empresa sea un éxito rotundo, y vamos a usar cada recurso que tengamos para encontrarla. Y cuando la encuentres… entonces tú decides si quieres perdonar o si quieres cortar los lazos con tu padre para siempre. Pero lo harás desde una posición de poder, no de berrinche.

Ethan cerró los ojos y apoyó su frente contra la mía. Respiró hondo, una, dos, tres veces, tratando de absorber mi calma. —Tienes razón —susurró—. Tienes razón. Eres mi ancla, Amelia.

—Y tú eres mi capitán. Ahora, recógete, límpiate la cara y vamos a firmar esos papeles. Vamos a California. Tenemos una madre que encontrar y un imperio que conquistar.


La despedida de México fue agridulce. Entregué las llaves de mi departamento en la Narvarte con un nudo en la garganta. Ese lugar había sido mi refugio, testigo de mis llantos por desempleo y de mis noches de insomnio. Bigotes, mi gato, maullaba indignado desde su transportadora “business class”, claramente molesto por el cambio de código postal.

En el aeropuerto, mis papás me abrazaron como si me fuera a la guerra. —Cuídate mucho, mija —me dijo mi mamá, llorando—. Y no dejes de comer tortilla, que allá las hacen de harina y saben a cartón. —Te prometo que buscaré tortillería, mamá.

Ethan estaba a mi lado, sosteniendo mi mano con fuerza. Don Tomás no fue a despedirnos. Después de que Ethan lo confrontó fríamente por teléfono diciéndole: “Sé la verdad sobre mamá. Hablaremos cuando esté listo, no me busques”, el viejo patriarca se había recluido en su mansión, probablemente dándose cuenta por primera vez de que el dinero no compra el perdón.

El vuelo a San Francisco duró cuatro horas, pero se sintió como un salto cuántico. Mientras el avión descendía sobre la bahía, viendo el puente Golden Gate emerger de la niebla, sentí que estaba aterrizando en otro planeta.

—¿Lista? —preguntó Ethan, mirando por la ventanilla. —Lista —respondí, apretando su mano.

Los siguientes seis meses fueron un torbellino que hizo que mis días en la CDMX parecieran vacaciones.

San Francisco era hermosa, cara y frenética. Nos instalamos en un departamento en el distrito de Mission, lleno de murales latinos y cafeterías hipster, tratando de mantener un poco de sabor a casa. La oficina de TechSalud (ahora TechHealth Global) estaba en un edificio moderno en el distrito financiero.

El trabajo fue brutal. Tuvimos que adaptar todo: el lenguaje, la estrategia, la mentalidad. Aquí la competencia era feroz. Pero mi experiencia “de barrio”, mi capacidad para conectar con la gente real, resultó ser nuestra arma secreta. Mientras otras empresas hablaban de algoritmos complejos, nosotros hablábamos de cuidar a la familia. Nuestra campaña, enfocada en la comunidad latina de California, fue un éxito rotundo.

Pero la verdadera misión no era el software. Era la búsqueda.

Cada fin de semana, Ethan y yo manejábamos hacia el sur, hacia Santa Bárbara, siguiendo las pistas que el investigador privado (una versión gringa y más cara del “Chato”) nos daba. Fue difícil. Hubo pistas falsas, decepciones y momentos en los que Ethan quería tirar la toalla.

Hasta que un domingo de noviembre, llegamos a una pequeña librería de usados cerca de la costa. La dueña era una mujer de sesenta años, con el cabello gris recogido en una trenza y una sonrisa amable. Cuando Ethan entró, la mujer dejó caer la caja de libros que sostenía.

El reencuentro no fue como en las películas. No hubo música de violines. Hubo gritos, reclamos, llanto y muchas preguntas dolorosas. Ella le explicó cómo Tomás la había amenazado, cómo la había convencido de que Ethan estaría mejor sin una madre “inestable y bohemia”. Le contó cómo había seguido su vida desde lejos, recortando cada noticia sobre él.

Fue un proceso de sanación lento y doloroso, pero ver a Ethan recuperar esa parte de su alma fue el mayor éxito de todos. Verlo tomar café con su madre, ver cómo sus rasgos se suavizaban, cómo la sombra de su padre dejaba de oscurecer su corazón… eso valía más que cualquier acción en la bolsa.

Para cuando llegó diciembre, la empresa estaba facturando millones y Ethan había encontrado la paz.

Una mañana, llegué a la oficina temprano. La niebla típica de San Francisco cubría la bahía, dándole a la ciudad un aire místico y suave. Estaba en mi escritorio, revisando los planes para la fiesta de Navidad, cuando Ethan entró.

Se veía diferente. Llevaba un traje impecable, pero no tenía esa tensión habitual en los hombros. Se veía… luminoso.

—Buenos días, Vicepresidenta —dijo, cerrando la puerta detrás de él. —Buenos días, CEO. ¿A qué debo el honor de tu visita en mi humilde despacho? —Estaba admirando la vista —dijo, caminando hacia el ventanal de piso a techo que daba al puente—. Y pensando.

Me levanté y me uní a él frente a la ventana. La vista era espectacular, símbolo de todo lo que habíamos logrado. —¿Pensando en qué? —pregunté.

—En todo. En la boda de Rebeca. ¿Te acuerdas? Solté una risa. —Cómo olvidarlo. El día que mi dignidad murió y resucitó en tres horas. —Hace un año —dijo él, girándose para mirarme—. Hace un año exacto, te vi sentada sola en esa mesa, con tu vestido verde, pareciendo la mujer más triste y hermosa del mundo.

—Y tú eras el tipo arrogante de la barra que necesitaba una novia falsa. —¿Te arrepientes? —preguntó de repente. Su tono se volvió serio. —¿De qué? —De haber aceptado. De haber fingido. De haber dejado tu vida en México, tu familia, tus tacos… De haber venido aquí conmigo a perseguir fantasmas y pelear guerras corporativas. ¿Tienes algún arrepentimiento, Amelia?

Lo miré. Pensé en las noches de estrés, en el miedo, en las lágrimas. Pero luego pensé en la risa de Ethan cuando encontramos a su mamá. Pensé en el orgullo que sentía al ver nuestro logo en los hospitales. Pensé en cómo me despertaba cada mañana emocionada por vivir mi propia vida.

—De hecho —dije lentamente—, sí tengo un arrepentimiento.

La cara de Ethan cayó. El pánico cruzó sus ojos por un segundo. —¿Ah, sí? ¿Cuál?

Me acerqué a él, poniendo mis manos en las solapas de su saco. —Me arrepiento de haber tardado tanto en darme cuenta de que los cuentos de hadas sí existen. Me arrepiento de haber pasado tantos años creyendo que yo era un personaje secundario, cuando solo estaba esperando al coprotagonista correcto.

La tensión salió de su cuerpo y una sonrisa radiante, casi cegadora, apareció en su rostro. —Me alegra escuchar eso —dijo, metiendo la mano en el bolsillo interior de su saco—. Porque tengo una propuesta para la siguiente temporada de nuestra serie.

Mi corazón se detuvo. Literalmente dejó de latir un segundo. Ethan retrocedió un paso y, con la gracia de ese primer baile que compartimos, se arrodilló sobre la alfombra de la oficina.

Sacó una pequeña caja de terciopelo azul. La abrió. Adentro había un anillo. No era una roca vulgar y gigantesca como las que le gustaban a Carolina. Era un diamante elegante, clásico, rodeado de pequeñas esmeraldas que me recordaban a mi vestido de esa noche. Era perfecto. Era yo.

—Amelia Johnson —dijo Ethan. Su voz tembló un poco, y eso lo hizo aún más perfecto—. Me salvaste en una boda. Me salvaste de mi padre. Me salvaste de mi soledad. Eres mi socia, mi mejor amiga, mi estratega y el amor de mi vida. No quiero pasar un solo día más fingiendo nada. Quiero que sea real. Todo. Para siempre.

Me miró con esos ojos marrones llenos de lágrimas contenidas. —¿Te casarías conmigo? No como un trato, no por conveniencia. Sino porque no puedo imaginar mi vida sin ti.

Las lágrimas corrieron por mi cara, pero esta vez no me importó. —Sí —dije, con la voz ahogada—. Sí a todo. Sí a ti. Sí a nosotros. Sí a lo que venga después.

Ethan se levantó y deslizó el anillo en mi dedo. Me quedaba perfecto. Me besó, y en ese beso sentí todas las promesas del futuro: las risas, las peleas, los viajes, los hot cakes de domingo, los hijos que tal vez tendríamos, las empresas que construiríamos.

Nos separamos un poco, jadeando, con las frentes unidas. —Te amo, Amelia. —Te amo, Ethan.

En ese momento, mi celular vibró en el escritorio. Lo miré de reojo. Era una notificación de Instagram. Rebeca había subido una foto. Era una selfie de ella sola, en un spa, con un pie de foto que decía: “A veces hay que aprender a estar sola para encontrarse”. Se había divorciado de Miguel hacía un mes.

Sonreí, no con malicia, sino con paz. Deslicé el dedo y apagué el teléfono. Ya no me importaba la vida de los demás. Ya no me importaba ser validada por nadie.

Miré a Ethan, miré mi anillo, miré la ciudad de San Francisco a mis pies.

Recordé a la chica de la mesa 7. La chica que pensaba que su historia había terminado. Nunca se hubiera imaginado que un susurro de un extraño cambiaría el universo entero. “Finge que eres mía”, me había dicho.

Bueno, ya no tenía que fingir. Era suya. Y él era mío. Y juntos, éramos dueños del mundo.

A veces, cuando te atreves a decir “sí” a lo inesperado, descubres que nunca estuviste destinada a sentarte sola. Estabas destinada a encontrar a la persona que te daría la mano y te sacaría a bailar, incluso si la música apenas estaba empezando a sonar .

FIN

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