
CAPÍTULO 1: EL SONIDO DE UN MILLÓN DE PESOS ROTO
La lluvia en la Ciudad de México tiene una forma muy particular de romperte el espíritu. No es esa lluvia romántica de las películas; es una lluvia ácida, fría, gris, que se mezcla con el smog y el tráfico de las siete de la noche en Periférico. Afuera, el cielo se caía a pedazos sobre el asfalto, pero adentro, en el tercer piso de la Clínica “Lomas Elite”, el aire acondicionado mantenía una atmósfera gélida y perfecta, con ese olor a lavanda sintética y dinero viejo que solo los hospitales de lujo tienen.
Me pasé el dorso de la mano por la frente. El sudor se me pegaba bajo el gorro quirúrgico azul desechable. Mis piernas… Dios mío, mis piernas ya no las sentía. Llevaba de pie desde las cinco de la mañana. Primero, preparando el desayuno para Catita, luego el trayecto de hora y media en el Metro desde la estación Obrera hasta Polanco, apretada como sardina, cuidando que no me bolsearan la quincena, y luego, el turno de diez horas limpiando los desastres de la gente rica.
—Ánimo, Ana, ya casi sale pa’l chivo —me susurré a mí misma, exprimiendo el trapeador con fuerza en la cubeta roja. El agua olía a cloro barato, el único olor que me recordaba quién era yo en este lugar: la invisible. La que limpia. La “muchacha”.
Entré al consultorio 3. Este era el santuario del Dr. Covarrubias. Paredes blancas inmaculadas, diplomas enmarcados en caoba, y en el centro, como un ídolo pagano, el nuevo equipo de ultrasonido 4D. Una bestia tecnológica marca Philips que costaba lo que yo no ganaría ni en diez vidas.
Mientras pasaba el trapo por la camilla de piel, mi mente, como siempre, voló hacia el pequeño departamento en la Obrera. Hice las cuentas mentales por enésima vez. Renta: pagada. Luz: pendiente. Comida: frijoles y huevo para la semana. Fondo de operación de Catita: 128,000 pesos.
Me faltaban 72,000 varos. Setenta y dos mil pesos para que mi sobrina, la hija de mi hermana muerta, dejara de llorar por las noches cuando el dolor en su pierna se volvía insoportable. Dos años habían pasado desde que el cáncer se llevó a mi hermana, dejándome con una niña de ocho años y un corazón roto. Catita era mi motor, mi sol, mi todo.
—Por ti aguanto todo, mi niña. Por ti aguanto a la bruja —murmuré, tallando una mancha imaginaria en el piso.
Hablando del diablo.
La puerta del consultorio se abrió de golpe, rompiendo el silencio aséptico. No necesité voltear para saber quién era. El perfume “Chanel No. 5”, aplicado en exceso para cubrir el olor a cigarro, la delató antes que sus pasos.
—¿Todavía aquí, Petrona? —La voz chillona de Irene, la jefa de enfermeras, me taladró los oídos. Me llamaba “Petrona” para burlarse de mi apellido, Petrov, o simplemente porque le gustaba hacerme sentir menos.
Me enderecé, sintiendo un pinchazo en las lumbares. —Ya casi termino, Jefa Irene. Solo estoy secando —respondí, bajando la mirada. Mi mamá siempre decía: “Al perro bravo, no se le mira a los ojos”.
Irene entró al consultorio como si fuera dueña de la clínica. A sus cincuenta años, luchaba contra la gravedad con inyecciones de bótox y fajas apretadas. Me odiaba. No sabía por qué, pero desde el día uno que entré con mis tenis gastados y mis ganas de trabajar, me puso la cruz. Quizás porque yo era joven, quizás porque a pesar de mi pobreza, yo sonreía, y ella, con su sueldo de jefa y su coche del año, siempre tenía cara de haber chupado limón.
—Eres una lenta, Ana. Una pinche tortuga —escupió las palabras mientras caminaba inspeccionando mi trabajo con ojo clínico, buscando cualquier error, cualquier pelusa—. El Dr. Covarrubias tiene pacientes VIP mañana a las 8. Si encuentro una sola huella, te juro que te descuento el día.
—Está todo limpio, señora —dije, apretando el palo del trapeador hasta que mis nudillos se pusieron blancos. “Trágate el orgullo, Ana. Piensa en Catita. Piensa en la operación”.
Irene se acercó al equipo de ultrasonido. Ese aparato era la joya de la corona. El Dr. Covarrubias nos había dado una charla de media hora esa mañana: “Nadie lo toca, nadie lo mueve, cuesta más de un millón de pesos”.
—Mira esto… —Irene pasó su dedo índice, con una uña acrílica pintada de rojo sangre, sobre la carcasa del monitor—. Aquí hay polvo. ¿Es que no sirves para nada? ¡Todo lo haces al aventón!
Era mentira. Yo misma lo había limpiado con el paño de microfibra especial hacía diez minutos. Estaba impoluto.
Irene, en su afán de superioridad, se recargó con pose de diva sobre la mesa auxiliar donde descansaba el equipo. Esa mesa… yo sabía que tenía una pata floja. Se lo había reportado a mantenimiento tres veces, pero como lo reportó “la de la limpieza”, nadie hizo caso.
Todo pasó en cámara lenta.
Vi cómo Irene echaba todo su peso sobre la esquina de la mesa. Vi cómo la pata delantera derecha cedía. Vi la cara de Irene transformarse de la arrogancia al pánico absoluto. Vi su codo golpear violentamente el transductor y el cuerpo principal del equipo mientras ella intentaba no caerse.
—¡Cuidado! —El grito se me ahogó en la garganta.
Solté el trapeador y me lancé hacia adelante. Fue un instinto estúpido, un reflejo de portera de fútbol llanero. Quise atrapar un aparato de 50 kilos en el aire.
No llegué.
¡CRASH!
El sonido fue horrible. No fue un golpe seco. Fue el sonido crujiente de plásticos caros estallando, de cristales líquidos haciéndose añicos, de circuitos electrónicos muriendo contra la loseta de cerámica importada. El eco del golpe retumbó en las paredes vacías del consultorio como un disparo.
El silencio que siguió duró tres segundos. Tres segundos donde el mundo dejó de girar.
Irene estaba de pie, temblando, con la mano en la boca. El aparato yacía en el suelo, con la pantalla partida a la mitad y las tripas de fuera. Un millón doscientos mil pesos convertidos en basura en un instante.
Entonces, la puerta se abrió de nuevo.
El Dr. Covarrubias, un hombre alto, canoso, que imponía miedo con solo respirar, se quedó paralizado en el umbral. Detrás de él, el murmullo de la clínica se detuvo. Su rostro pasó del desconcierto a una furia roja, volcánica.
—¿Qué… carajos… pasó aquí? —Su voz fue un susurro peligroso, más aterrador que un grito.
Yo estaba de rodillas, cerca de los escombros, con las manos extendidas, como si todavía intentara atraparlo. Irene estaba junto a la ventana, recuperando la compostura a una velocidad diabólica.
Cruzamos miradas. En los ojos de Irene vi el cálculo frío de una víbora acorralada. Ella sabía que la mesa estaba floja. Ella sabía que fue su culpa. Pero también sabía quién era ella y quién era yo.
—¡Fue ella, doctor! —Irene gritó, señalándome con un dedo acusador que temblaba con una actuación digna de un Oscar—. ¡Le dije mil veces! ¡Le dije: “Ana, ten cuidado con el palo de la escoba”! ¡Pero es una torpe! ¡Estaba bailando con el trapeador y le pegó a la mesa!
Sentí como si me hubieran dado una cachetada. Me quedé helada. La sangre se me fue a los talones.
—¡No! —Logré decir, poniéndome de pie, con las piernas de gelatina—. ¡Eso es mentira! ¡Dios mío, es mentira! Doctor, yo estaba en la puerta… la Jefa Irene se recargó y…
—¡Cállate! —Me interrumpió Covarrubias, entrando al consultorio y pateando un pedazo de plástico—. ¡No te atrevas a culpar a la Jefa de Enfermeras de tu ineptitud!
—¡Pero doctor, revise las cámaras! —supliqué. Era mi única salvación. Sabía que había una cámara en la esquina superior—. ¡Ahí se va a ver todo!
Covarrubias levantó la vista hacia la esquina. Irene, rápida como una cobra, intervino.
—Doctor… recuerde que mantenimiento bajó las cámaras de este pasillo ayer para la actualización del sistema. No hay grabación.
El mundo se me vino encima. Era la tormenta perfecta. Sin cámaras. Sin testigos. La palabra de la señora “respetable” contra la palabra de la “chacha”.
Covarrubias se pasó las manos por el cabello, desesperado. Miró el equipo destruido. —Esto es pérdida total. El seguro no va a cubrir esto como accidente si fue negligencia del personal de limpieza. El deducible es altísimo.
Se giró hacia mí. Sus ojos eran dos pozos de desprecio. —¿Tienes idea de lo que has hecho, mujer? Has arruinado el presupuesto del trimestre.
—Doctor, se lo juro por mi madre santa, por mi sobrina… yo no fui —Lloraba abiertamente, las lágrimas mezclándose con el sudor.
—No me interesan tus juramentos de vecindad —escupió él—. Escúchame bien, Ana Petrov. Vas a pagar por esto.
—No tengo dinero… —susurré.
—Se te descontará de tu nómina. Y olvídate de tu liquidación si te atreves a renunciar. Vamos a retener 48,000 pesos por daños y perjuicios para cubrir el deducible y la penalización administrativa.
—¿Cuarenta y ocho mil pesos? —Sentí que me desmayaba. El cuarto empezó a dar vueltas.
Eso era meses de sueldo. Eso era… eso era la mitad del dinero de la operación de Catita. Sentí un dolor físico en el pecho, como si me hubieran arrancado el corazón. Todo el esfuerzo. Todas las tortas de tamal que no me comí, todos los camiones que no tomé para caminar y ahorrar cinco pesos… todo se iba al caño por la mentira de esta mujer.
—Firme los papeles de reconocimiento de deuda mañana en Recursos Humanos. Si no firmas, te demando por daño a propiedad ajena y te vas a la cárcel. ¿Entendido?
No pude contestar. Solo asentí, derrotada, humillada, destruida.
Covarrubias salió hecho una fiera, sacando su celular para llamar a los proveedores.
Me quedé sola con Irene. El silencio regresó, pero ahora estaba cargado de maldad. Me agaché lentamente para recoger los vidrios. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener los trozos grandes.
—Limpia bien, Petrona —dijo Irene, con su voz normal, fría y sin remordimientos—. Que no quede ni un vidriocito.
Caminó hacia la salida. Pasó junto a mí. Yo estaba en el suelo, gateando, recogiendo los pedazos de mi vida.
De repente, sentí un dolor agudo, punzante, brutal en mi mano derecha.
—¡AHHH! —Grité.
Irene había dejado caer todo el peso de su cuerpo sobre su tacón de aguja, directamente sobre el dorso de mi mano, aplastándola contra el suelo. Un fragmento de la pantalla de cristal, afilado como bisturí, se me clavó profundo entre el dedo índice y el pulgar.
La sangre brotó caliente y roja, manchando el piso blanco inmaculado.
Levanté la vista, con los ojos llenos de lágrimas de dolor puro. Irene me miraba desde arriba, con una sonrisa apenas perceptible en la comisura de sus labios pintados.
—Ups. Perdón. No te vi —dijo con un tono que destilaba veneno—. Como eres tan poca cosa, a veces se me olvida que estás ahí.
Levantó el pie y se sacudió como si hubiera pisado popó de perro. —Limpia esa sangre. Qué asco. Y lárgate, ya no te quiero ver hoy.
Salió cerrando la puerta tras de sí.
Me quedé ahí, tirada en el piso del consultorio más caro de México, abrazando mi mano sangrante, llorando no por el dolor de la herida, sino por la impotencia. La sangre goteaba sobre el piso blanco, tip, tap, tip, tap, marcando el ritmo de mi desgracia.
Había perdido mi dignidad. Había perdido mi dinero. Y sentía que estaba a punto de perder la esperanza.
Me levanté como pude, mareada. Envolví mi mano en un montón de papel de baño áspero del dispensador. La sangre empapaba el papel rápidamente. Me quité la filipina manchada, me puse mi chamarra vieja que ya no calentaba nada, y salí por la puerta trasera, la de servicio, por donde sacan la basura. Porque eso era yo para ellos. Basura.
Afuera, la noche me recibió con una bofetada de viento helado y aguanieve.
No tenía pila en el celular. No tenía dinero para un taxi. Me dolía el alma.
Caminé hacia la banqueta, bajo la lluvia torrencial, sintiendo cómo el agua helada se metía por mis zapatos rotos. Me senté en el borde de la acera, me abracé las rodillas y dejé que la lluvia se mezclara con mis lágrimas.
—Virgencita… ¿por qué? —sollocé al cielo negro—. Solo quería curar a mi niña.
Fue entonces, en el punto más bajo de mi existencia, cuando unos faros rompieron la oscuridad. Un coche sedán azul marino, un Toyota Camry de hace unos años, se orilló lentamente frente a mí. El vidrio del copiloto bajó con un zumbido eléctrico.
No era un taxi. No era Uber.
Un hombre se asomó. Tenía barba de unos días, ojos cansados pero bondadosos, y una expresión de preocupación genuina.
—Señorita… —dijo, alzando la voz sobre el ruido de la lluvia—. ¿Está usted bien? Está sangrando mucho.
No lo sabía en ese momento, mientras temblaba de frío y miedo, pero ese coche azul no solo me iba a sacar de la lluvia. Me iba a sacar del infierno.
CAPÍTULO 2: EL ÁNGEL QUE MANEJABA UN TOYOTA
Dudé. Por supuesto que dudé. En esta ciudad, subirte al coche de un desconocido es jugar a la ruleta rusa con cinco balas en el tambor. Mi mamá, que en paz descanse, me lo repitió hasta el cansancio desde que era niña: “Ana, nunca, pero nunca, te subas con extraños. El diablo tiene muchas caras y a veces usa cara de gente decente”.
Pero el frío… Dios mío, el frío me estaba calando hasta la médula. Mis dientes castañeteaban con un ritmo propio, incontrolable. La sangre en mi mano ya había empapado la bola de papel de baño, convirtiéndola en una masa roja y pegajosa que empezaba a gotear sobre mis pantalones de mezclilla. Me dolía el cuerpo, me dolía la mano, pero lo que más me dolía era el orgullo pisoteado y el miedo al futuro.
El hombre del Toyota azul me miraba expectante, con el motor en marcha y los limpiaparabrisas luchando contra el aguacero.
De repente, una idea cruzó mi mente nublada. ¡Marina! Mi compañera Marina, la recepcionista del turno matutino, me había dicho en el vestidor: “Mana, tu cel anda fallando, si sales muy tarde y llueve, te pido un taxi de aplicación desde mi cuenta, nomás avísame”. Yo no le había avisado, pero Marina era un ángel, siempre pendiente de todos. Quizás, al ver que no salía y que caía este diluvio, me lo había mandado.
—¿Usted… usted viene de parte de Marina? —pregunté, gritando para hacerme oír sobre el estruendo de la lluvia y los cláxones de Polanco.
El hombre pareció confundido por un microsegundo. Sus cejas se juntaron ligeramente, pero luego, al ver mi estado —temblando como perro callejero, con la mano herida y la cara lavada en llanto—, su expresión se suavizó. Asintió levemente, casi con timidez.
—Eh… sí. Sí, claro. Vengo por usted. Súbase, por favor, que se nos va a congelar.
Ese “sí” fue mi salvación. No lo pensé dos veces. Abrí la puerta trasera y me dejé caer en el asiento como un bulto.
El cambio fue instantáneo. El silencio del interior del auto me envolvió como una cobija. El ruido de la ciudad se convirtió en un rumor lejano. Adentro estaba calientito, la calefacción zumbaba suavemente, y olía… olía rico. No a ese olor sintético de “carro nuevo” que marea, sino a algo hogareño: café recién hecho y un toque de pino, probablemente del aromatizante de cartón que colgaba del espejo retrovisor y bailaba con el movimiento del coche.
—Gracias… muchas gracias —murmuré, cerrando la puerta. Mi voz sonaba rota, ajena.
—No hay de qué —respondió él, mirándome por el espejo retrovisor. Sus ojos eran oscuros, profundos, enmarcados por unas ligeras patas de gallo que denotaban que sonreía mucho, o que se preocupaba mucho—. ¿A dónde la llevo, señorita?
—A la colonia Obrera, por favor. Calle Bolívar, número 12. Cerca del metro.
El hombre asintió y metió primera. El coche arrancó con una suavidad que contrastaba con mi turbulencia interna. Nos incorporamos al tráfico de Ejército Nacional, ese río de luces rojas y blancas que se mueve a vuelta de rueda bajo la lluvia.
Me recargué en el asiento y cerré los ojos un momento. El dolor en la mano regresó con una punzada violenta, recordándome la realidad. 48,000 pesos. La cifra brillaba en mi mente como un letrero de neón maldito. 48,000 pesos. Irene riéndose. El Dr. Covarrubias gritando. El vidrio entrando en mi carne.
Sin querer, un sollozo se me escapó. Fue un sonido feo, ahogado, como de animal herido. Me tapé la boca con la mano sana, avergonzada. “No llores enfrente del taxista, Ana. Qué oso. Aguántate”.
—¿Fue un día pesado, verdad? —La voz del conductor rompió el silencio. No era una pregunta de cortesía, de esas que hacen los taxistas para llenar el vacío mientras escuchan la Ke-Buena. Había una curiosidad genuina, un tono suave que invitaba a soltar la carga.
Abrí los ojos y vi que me observaba por el espejo. No había morbo en su mirada, solo humanidad.
—No tiene idea… —susurré. Y entonces, la presa se rompió.
No sé qué fue. Quizás el calor del auto, quizás el shock, o tal vez el simple hecho de que este desconocido me trataba con más respeto en cinco minutos que mis jefes en tres años. Pero empecé a hablar. Y una vez que empecé, no pude parar.
—Me… me acusaron de algo que no hice —las palabras salían a borbotones, mezcladas con lágrimas—. Rompieron un aparato. Un ultrasonido carísimo. Más de un millón de pesos. Yo solo estaba limpiando, señor. Se lo juro. Solo trapeaba.
El conductor escuchaba en silencio, asintiendo levemente, maniobrando con destreza entre los coches que se cerraban en el Circuito Interior.
—Fue la jefa de enfermeras —continué, sintiendo la bilis en la garganta—. Ella se recargó. Ella lo tiró. Pero es la consentida del dueño. Y yo… yo solo soy la de la limpieza. ¿A quién le iban a creer? ¿A la señora con título o a la gata que saca la basura?
—A veces la gente con título es la que menos educación tiene —dijo él, suavemente. Su comentario fue como un bálsamo.
—Me van a cobrar 48,000 pesos —dije, y al pronunciar la cifra en voz alta, el pánico me golpeó de nuevo—. ¡48,000 pesos! Me los van a descontar de la nómina. Es… es casi todo lo que tenía ahorrado.
—¿Ahorrado para qué? —preguntó.
Me limpié las lágrimas con la manga mojada de mi chamarra. Miré por la ventana empañada las luces de la ciudad distorsionadas por el agua.
—Para Catita.
—¿Su hija?
—Mi sobrina. Pero es como si fuera mía. —Sonreí tristemente al pensar en ella—. Mi hermana… mi hermana falleció hace dos años. Cáncer de páncreas. Se la llevó rapidísimo. Me dejó a la niña. Catita tiene diez años, pero nació con un problema en la pierna derecha, un acortamiento del tendón y displasia.
El hombre guardó silencio, dándome espacio.
—Le duele mucho, sabe. A veces, en las noches, la escucho llorar bajito para no despertarme. Quiere ser bailarina, imagínese. Se pone a ver videos de ballet en mi celular y trata de imitar las poses, pero se cae. Los doctores del Hospital Infantil dicen que necesita una cirugía correctiva urgente. Cuesta 200,000 pesos. Llevo dos años juntando peso sobre peso. Tenía 128,000 guardaditos. Me faltaban 72,000. Iba bien. Iba a llegar.
Me miré la mano ensangrentada.
—Y ahora… ahora con esta deuda, me van a quitar la mitad. Voy a retroceder años. Y Catita no puede esperar años. Su columna se está desviando. Si no la operan en seis meses, el daño será permanente.
El llanto me ganó otra vez. Lloré con rabia, golpeando suavemente mi muslo con el puño sano.
—Es injusto. ¡Es tan maldita sea injusto! Yo no hice nada. Y encima… encima esa bruja me pisó la mano. A propósito. ¡Me clavó los vidrios y se rio!
El conductor apretó el volante con fuerza. Vi cómo sus nudillos se tensaban.
—¿La pisó? —preguntó, y su voz ya no era tan suave; tenía un filo de indignación—. ¿A propósito?
—Sí. Y ni siquiera se disculpó. Solo me dijo que limpiara mi sangre.
Hubo un silencio largo en el coche. Solo se escuchaba el swish-swish de los limpiaparabrisas y el golpeteo de la lluvia. Habíamos dejado atrás las zonas bonitas de la ciudad. Ya no había rascacielos de cristal ni restaurantes de lujo. Ahora pasábamos por el Viaducto, rumbo a las colonias donde la luz mercurial parpadea y las banquetas están rotas.
—Lamento mucho que le haya pasado eso —dijo finalmente el hombre. Su tono era solemne—. Hay gente que está podrida por dentro, señorita. Pero créame, la vida cobra todas las facturas. A veces tarda, pero cobra con intereses.
—Pues ojalá le cobre pronto, porque a mí ya me dejó en la calle —repliqué con amargura.
El coche salió de la vía rápida y entró en las calles estrechas de la colonia Obrera. Aquí la lluvia formaba charcos enormes y la basura flotaba en las esquinas. El Toyota avanzó con cuidado entre los baches.
—Es aquí, en el edificio gris —señalé un bloque de departamentos de los años setenta, con la pintura descascarada y ropa tendida en las jaulas de la azotea.
El auto se detuvo suavemente frente al zaguán. Me quedé un momento inmóvil, sintiendo que no quería bajarme. Allí adentro, en ese coche, me sentía protegida, escuchada. Afuera estaba la realidad: la pobreza, la deuda, el dolor.
—Gracias por escucharme —dije, sintiéndome un poco avergonzada por haberle contado mi vida entera a un desconocido—. Perdón por la lloradera. Lo he de haber aburrido.
—Para nada. A veces hace falta sacarlo todo —respondió él, girándose en el asiento para mirarme.
Saqué mi monedero de tela. Busqué entre las monedas y los billetes arrugados. Tenía cincuenta pesos. No era mucho para un viaje desde Polanco, pero era lo que traía.
—¿Cuánto le debo, joven? Disculpe que no sea mucho, pero…
El hombre negó con la cabeza y levantó una mano para detenerme.
—Nada.
—¿Cómo que nada? No, oiga, es su trabajo. La gasolina está carísima. Tenga.
—No, de verdad —insistió, con una sonrisa leve—. El viaje ya está pagado.
—¿Pagado? ¿Por Marina? —pregunté confundida.
—Digamos que… hoy corre por cuenta de la casa. Considéielo un pequeño favor del universo para equilibrar la balanza.
Me quedé mirándolo. Tenía unos ojos tan… buenos. No había otra palabra.
—Gracias… —La voz se me quebró de nuevo—. Que Dios se lo pague con mucha salud.
—Cuídese esa mano, por favor. Lávela bien y póngase algo para que no se le infecte. Y no pierda la fe. Por la niña.
Asentí, abrí la puerta y salí corriendo bajo la lluvia hacia el techito del edificio. El Toyota azul esperó a que yo entrara al zaguán antes de arrancar y perderse en la oscuridad de la calle Bolívar.
Me recargué en la puerta de metal frío del edificio, respirando agitada. Saqué las llaves con la mano izquierda, torpemente, porque la derecha me punzaba como si tuviera un corazón propio latiendo dolor.
En ese momento, mi celular vibró en mi bolsillo. Milagrosamente, le quedaba un 2% de batería y había decidido revivir.
Lo saqué. Era un mensaje de WhatsApp de Marina.
-
“¡Ana! ¿Dónde andas? Te pedí el Uber pero el chofer dice que lleva 10 minutos esperándote afuera de la clínica y no sales. Me está cancelando el viaje. Avísame si ya te fuiste por tu cuenta.”*
Sentí un cubetazo de agua helada en la espalda.
Leí el mensaje dos veces. “El chofer dice que lleva 10 minutos esperándote…”
Me quedé paralizada en el pasillo oscuro del edificio. Si el Uber de Marina me estaba esperando allá… entonces, ¿quién era el hombre del Toyota azul?
No era un taxi. No era un Uber. No venía de parte de Marina.
Recordé el momento en que le pregunté: “¿Viene de parte de Marina?”. Él había dudado. Había hecho una pausa extraña y luego dijo que sí.
Había mentido.
Pero no había mentido para secuestrarme, ni para robarme (¡qué me iba a robar, si no tengo nada!). Había mentido para que me subiera. Para sacarme de la lluvia. Para que no me congelara en la banqueta con la mano sangrando.
Me llevé la mano a la boca. Un desconocido me había visto llorando y sangrando, se había detenido, había fingido ser mi transporte solo para ayudarme, me había escuchado llorar durante cuarenta minutos, me había traído hasta la puerta de mi casa y no me había cobrado un peso.
—¿Quién eres? —susurré al aire vacío.
Subí las escaleras arrastrando los pies. Tercer piso. Departamento 304.
Abrí la puerta con cuidado para no hacer ruido. El departamento estaba en penumbras, solo iluminado por la luz de la calle que entraba por la ventana. Olía a humedad y a frijoles refritos.
Caminé de puntitas hacia la recámara que compartía con Catita. Ella estaba dormida, hecha bolita bajo las cobijas, abrazada a un conejo de peluche al que le faltaba una oreja. Su respiración era suave, rítmica. Me acerqué y le besé la frente sudorosa. Estaba tibia.
Al verla ahí, tan inocente, tan frágil, la realidad me cayó encima como una losa de concreto.
48,000 pesos.
Me fui al baño, que era un cuartito minúsculo con azulejos rotos. Me miré en el espejo manchado. Tenía los ojos hinchados como sapo, el rímel corrido (el poco que usaba) y la cara gris del cansancio.
Empecé a desenrollar el papel de baño de mi mano. Estaba pegado a la herida por la sangre seca. Tuve que mojarlo con agua tibia para despegarlo. —¡Ay, carajo! —chillé bajito, mordiéndome el labio.
La herida era fea. Un corte profundo e irregular en el dorso, entre los tendones. La piel estaba amoratada alrededor, cortesía del tacón de Irene. Lavé la herida con jabón zote y agua. Ardía como si me estuvieran quemando con un cigarro. No tenía alcohol, ni Merthiolate. Encontré un tubo de pomada para rozaduras de bebé casi vacío y me unté lo que quedaba. Luego, busqué un trapo limpio —una camiseta vieja de algodón— y me vendé la mano lo mejor que pude, apretando fuerte con los dientes para hacer el nudo.
Me senté en la taza del baño, con la cabeza entre las manos.
¿Qué iba a hacer? Mañana tenía que firmar los papeles. Si no firmaba, Covarrubias me echaría a la policía. Si firmaba, me quedaría con la mitad del sueldo por meses. ¿Y la operación? Tendría que decirle al Dr. Suárez, del Hospital Infantil, que perdimos el turno. Que nos pusiera otra vez al final de la lista de espera. Eso significaba otro año de dolor para Catita. Otro año de ver cómo su cadera se desviaba.
Me sentí la peor tía del mundo. La peor madre sustituta. —Perdóname, hermana —le hablé al techo—. Te fallé. Le fallé a la niña.
Esa noche no dormí. Me acosté junto a Catita, con la mano palpitando al ritmo de mi corazón angustiado, mirando las manchas de humedad en el techo, escuchando las sirenas de las patrullas pasar por el Eje Central.
A la mañana siguiente, el sol entró sin piedad por la ventana, anunciando que el mundo seguía girando a pesar de mi desgracia.
Catita se despertó primero. Sentí sus deditos tocando mi vendaje casero.
—Tía Ana… —su voz adormilada me sacó de mi trance—. ¿Qué te pasó? ¿Por qué tienes ese trapo?
Abrí los ojos. Me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran apaleado. Me senté en la cama, escondiendo la mano instintivamente.
—Nada, mi amor. Un accidente en el trabajo. Me rasguñé con… con una puerta.
Catita me miró con sus ojos grandes, color café, tan parecidos a los de su madre. Tenía esa mirada de los niños que han sufrido mucho y que entienden más de lo que dicen.
—¿Te duele mucho? —preguntó, tocando el trapo con delicadeza infinita.
—No, mi vida. Solo un poquito. —Mentí. Me dolía horrores. La mano estaba caliente e hinchada. Probablemente se estaba infectando.
—Te escuché llorar en la noche —dijo ella, bajando la vista a sus manos—. ¿Es por mi pierna? ¿Por qué todavía no juntamos el dinero?
El corazón se me estrujó.
—No, Catita. No es por eso. —La abracé con mi brazo sano, atrayéndola hacia mi pecho. Olía a sueño y a champú de manzanilla—. Lloraba porque… porque me pegué en el dedo chiquito del pie. Ya sabes cómo duele eso.
Ella soltó una risita nerviosa, pero no me creyó del todo.
—Tía… si no juntamos el dinero, no importa. Yo me aguanto. Ya me acostumbré a cojear. No llores, por favor.
Esas palabras fueron peores que el vidrio de Irene. Que una niña de diez años me consolara a mí, diciéndome que se aguantaba el dolor para que yo no sufriera… eso me rompió en mil pedazos más.
—Vamos a juntarlo, mi amor. Te lo prometo. Aunque tenga que trabajar de día y de noche. Tú vas a ser bailarina.
Me levanté para hacer el desayuno. Había tres huevos y medio paquete de tortillas duras. Hice chilaquiles improvisados. Mientras comíamos en la mesita de plástico coja, mi mente era un torbellino.
Tenía que ir a la clínica. Tenía que firmar mi sentencia. Tenía que verle la cara a Irene y agachar la cabeza.
Dejé a Catita con Doña Chole, la vecina del 102 que me la cuidaba por cien pesos a la semana.
—Pórtate bien, mi niña. Te veo en la noche.
Salí del edificio. El cielo estaba despejado, irónicamente azul y brillante después de la tormenta de anoche. Caminé hacia la parada del camión, sintiendo el peso del mundo en los hombros. Mi mano derecha era inútil, palpitaba dentro del trapo sucio.
El camión tardaba años. Miré el reloj. Iba a llegar tarde. Otra excusa para que Irene me gritara.
Estaba a punto de resignarme a perder el bono de puntualidad, cuando un coche se detuvo frente a mí.
No podía ser.
Era el mismo Toyota azul. El mismo sedán con el golpe en la defensa trasera.
El vidrio bajó. Y ahí estaba él. El “no-taxista”. El ángel mentiroso. Se veía más fresco que ayer, había dormido, pero tenía la misma mirada amable.
—Buenos días, Ana —dijo, sonriendo—. ¿Va para la clínica?
Me quedé boquiabierta. ¿Qué hacía aquí? ¿Me estaba espiando?
—¿Usted? —balbuceé—. ¿Qué hace aquí?
—Vivo… eh, por aquí cerca —mintió. Sabía que mentía porque su ropa se veía demasiado bien planchada para alguien de la Obrera, y su coche olía demasiado limpio—. Y voy para el rumbo de Polanco. Súbase, se le va a hacer tarde.
El sentido común me gritaba: “¡Peligro! ¡Te está siguiendo!”. Pero el corazón me decía: “Es el único que te ha ayudado”.
Y mi mano me dolía tanto que la idea de irme colgada del tubo del camión me daba náuseas.
Abrí la puerta.
—Usted no es taxista, ¿verdad? —le solté antes de subirme, mirándolo a los ojos.
Él se rio. Una risa franca, bonita.
—No. No lo soy. Me llamo Daniel. Y no, no soy un acosador, se lo prometo. Solo… solo pensé que hoy necesitaría un aventón.
Me subí.
—Me llamo Ana —dije, cerrando la puerta.
—Mucho gusto, Ana. —Daniel metió primera—. Vámonos, que el tráfico en Viaducto se pone horrible a esta hora.
Mientras el coche avanzaba, sentí algo extraño en el pecho. Una sensación que no había sentido desde hacía mucho tiempo, desde antes de que mi hermana enfermara.
No era felicidad. Era… alivio. Como si, por primera vez en años, alguien me estuviera ayudando a cargar el peso de mi vida, aunque fuera solo por un trayecto de cuarenta minutos.
—¿Cómo sigue la mano? —preguntó él.
—Mejor —mentí de nuevo.
—No le creo —dijo él sin mirarme—. Pero no la voy a regañar. Oiga, estuve pensando en lo que me contó anoche. Sobre la clínica y su jefa…
Daniel empezó a hablar, y yo escuché. No sabía que ese viaje en coche, esa segunda coincidencia imposible, iba a ser el primer paso para destruir el imperio de mentiras de Irene y Covarrubias.
Pero eso… eso todavía no lo sabía. Solo sabía que el coche olía a café y a esperanza.
CAPÍTULO 3: ENTRE LOBOS Y PAPELES
El trayecto en el Toyota azul hacia Polanco fue, al mismo tiempo, el momento más corto y más largo de mi vida. Corto, porque la compañía de Daniel y la calidez de su auto hacían que el tiempo volara, borrando por unos instantes la pesadilla que me esperaba. Largo, porque cada semáforo en rojo en el Viaducto era un recordatorio de que me acercaba inevitablemente a la boca del lobo.
—¿Segura que no quiere ir al médico antes? —preguntó Daniel, rompiendo el silencio. Había notado cómo me sobaba el brazo derecho, tratando de calmar las punzadas que subían desde mi mano vendada hasta el codo.
—No puedo, Daniel. Si llego tarde hoy… —Dejé la frase en el aire. No necesitaba explicarle que llegar tarde el día que iba a firmar mi sentencia de muerte financiera era suicidio laboral—. Además, en la clínica hay botiquín. Ahí me echo alcohol.
Él apretó los labios, desaprobando, pero no insistió. Era un hombre prudente. En el poco tiempo que llevaba de conocerlo (apenas unas horas sumadas entre ayer y hoy), me había dado cuenta de que Daniel no era de los que imponían su voluntad, sino de los que ofrecían una mano y esperaban a que tú la tomaras.
El coche se detuvo en la esquina de la calle Hegel, a una cuadra de la entrada de servicio de “Lomas Elite”.
—La dejo aquí para que no la vean llegar en coche ajeno —dijo él, con esa perspicacia que me sorprendía—. Ya sabe cómo es la gente de chismosa.
—Gracias. Usted piensa en todo.
Abrí la puerta, pero antes de bajar, él me detuvo. Sacó algo de la bolsa de su camisa. Una pequeña tarjeta blanca, sencilla, sin logotipos dorados ni relieves pretenciosos.
—Tenga.
La tomé con mi mano izquierda. Decía simplemente: Daniel Solís. Y un número de celular. Nada de “Director General”, ni “Gerente”, ni empresa. Solo su nombre.
—¿Para qué es esto? —pregunté.
—Para lo que necesite, Ana. Si la vuelven a tratar mal, si necesita que la recojan, o si simplemente quiere platicar. —Me miró fijamente a los ojos, y por un segundo, sentí que él veía más allá de mi uniforme desgastado y mis ojeras—. A veces, la carga es menos pesada cuando se comparte.
—¿Por qué hace esto? —La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera frenarla—. Ayer me trajo, hoy me trae… ni siquiera me conoce. En esta ciudad nadie da nada gratis, joven. ¿Qué gana usted?
Daniel sonrió, una sonrisa un poco triste, como si cargara con sus propios fantasmas.
—Digamos que estoy pagando una deuda con el universo. Y que me cae usted muy bien. Tiene agallas, Ana. Y eso es raro de ver.
Bajé del auto con la tarjeta apretada en el puño, como si fuera un amuleto contra el mal de ojo. Vi cómo el Toyota se alejaba, mezclándose con los autos de lujo que empezaban a llenar las calles de Polanco. Me quedé sola en la banqueta, frente al edificio de cristal y acero que brillaba bajo el sol de la mañana, hermoso por fuera, podrido por dentro.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de smog y valor. —Va por ti, Catita. Va por ti.
Entrar a la clínica fue como entrar a una zona de guerra desarmada. El ambiente estaba tenso. Las miradas de las otras chicas de limpieza, de las recepcionistas, incluso de los guardias de seguridad, se clavaban en mí como agujas. El chisme había corrido como pólvora: “La Ana rompió el aparato del millón”, “Dicen que estaba jugando con la escoba”, “Dicen que el Dr. Covarrubias la va a meter al bote”.
Nadie me saludó. Mis compañeras, con las que solía compartir el taco en la hora de la comida, bajaron la vista o se voltearon fingiendo acomodar expedientes. Me había convertido en una apestada. La lepra de la desgracia es contagiosa, y nadie quería que los asociaran con la mujer que había hecho enojar al dueño.
Fui directo al sótano, a los vestidores. Me cambié con dificultad. Ponerse la filipina con una mano inutilizada es un arte que no dominaba. El dolor en la herida era constante, un latido sordo y caliente. Me quité el trapo sucio. La herida se veía fea, los bordes de la piel estaban rojos e hinchados, y supuraba un líquido amarillento. Irene tenía razón en algo: era asqueroso. Pero era su culpa.
Me envolví la mano con gasas limpias que “tomé prestadas” del carrito de curaciones del pasillo (un pequeño robo hormiga, pero necesario) y me puse un guante de látex encima para que no se mojara. El guante me apretaba horrores, pero no tenía opción.
A las 9:00 AM en punto, el interfón del pasillo sonó.
—Petrov, a la oficina de Administración. Ahora.
La voz de la secretaria del Dr. Covarrubias sonaba metálica y sentenciosa.
Subí al segundo piso. El pasillo administrativo olía a café caro y a miedo. Toqué la puerta de cristal esmerilado.
—Pase.
Adentro estaba la Licenciada Mendiola, la jefa de Recursos Humanos. Una mujer seca, de esas que parecen disfrutar con la burocracia, sentada detrás de un escritorio inmenso. Y en una silla en la esquina, como un buitre esperando las sobras, estaba Irene.
Irene me miró y sonrió. No con los labios, sino con los ojos. Una mirada de triunfo absoluto. Tenía las piernas cruzadas y jugaba con un bolígrafo, tamborileando sobre su rodilla.
—Siéntese, Ana —dijo la Licenciada Mendiola sin levantar la vista de unos papeles.
Me senté en la silla de visitas, que era notablemente más baja que la suya, haciéndome sentir pequeña, como una niña regañada en la dirección de la escuela.
—Aquí está el acuerdo —Mendiola deslizó un legajo de hojas hacia mí—. El Dr. Covarrubias ha sido extremadamente generoso al no proceder legalmente. Como se le informó ayer, el costo del equipo dañado asciende a 1.2 millones de pesos. El deducible del seguro y la penalización administrativa suman 48,000 pesos.
Hizo una pausa para dejar que la cifra flotara en el aire y me aplastara.
—La clínica absorberá el resto del costo. Usted se hará responsable únicamente de esos 48,000 pesos.
—Licenciada… —mi voz tembló—. Yo no gano eso ni en medio año. Tengo gastos. Mi sobrina está enferma.
—Eso no es problema de la empresa, Ana —interrumpió Mendiola con frialdad—. Usted causó un daño patrimonial grave por negligencia. Si no firma este reconocimiento de deuda y el esquema de pagos, el Dr. Covarrubias llamará a la patrulla ahora mismo. El daño a propiedad ajena por este monto es delito, y no alcanza fianza fácilmente. ¿Quiere ir al reclusorio de Santa Martha?
Santa Martha. La cárcel de mujeres. Imaginé a Catita sola, con la vecina, preguntando por qué su tía no volvía. Imaginé a los servicios sociales llevándosela a un orfanato.
El terror me heló la sangre. Sabían exactamente dónde pegarme.
—No… no quiero ir a la cárcel.
—Entonces firme. —Me tendió una pluma—. Se le descontará el 60% de su sueldo quincenal hasta cubrir la deuda. Le quedarán aproximadamente 1,800 pesos a la quincena para vivir. Es poco, lo sé, pero es el precio de sus errores.
Mil ochocientos pesos. Tres mil seiscientos al mes. La renta eran dos mil. Me quedaban mil seiscientos para comer, pasajes, luz, agua… y las medicinas de Catita. Era imposible. Era esclavitud.
Miré a Irene. Ella seguía sonriendo, disfrutando el espectáculo. —Firma, Petrona —dijo suavemente—. ¿O prefieres que llamemos a los azules?
Tomé la pluma con mi mano vendada. Me dolía tanto apretarla que se me salieron las lágrimas. Pero firmé. Ana Petrov.
Mi firma, temblorosa y chueca, quedó plasmada en el papel. Acababa de vender mi alma al diablo por 48,000 pesos que no debía.
—Excelente —Mendiola retiró los papeles rápidamente—. Ahora, regrese a trabajar. Y Ana… que no se repita. A la próxima, no habrá tanta benevolencia.
Salí de la oficina sintiéndome mareada, con ganas de vomitar. Irene salió detrás de mí.
En el pasillo, cuando estuvimos lejos de la puerta de Recursos Humanos, Irene me alcanzó y me agarró del brazo, justo donde terminaba el vendaje. Sus uñas se clavaron en mi piel.
—Te salió barato, gata —susurró en mi oído, su aliento oliendo a mentas y tabaco—. Deberías darme las gracias. Podrías estar en la cárcel, pero te dejé quedarte aquí para que limpies mis desastres. Porque para eso sirves. Para limpiar la mierda de los demás.
Me soltó con un empujón.
—Ah, y ten cuidado con esa mano —dijo, señalando mi vendaje con una mueca de asco—. Si manchas algo de sangre, te reporto por riesgo biológico.
Se alejó taconeando, moviendo las caderas, victoriosa.
Me quedé parada en el pasillo, temblando de una rabia tan pura, tan caliente, que me asusté de mí misma. En ese momento, si hubiera tenido un cuchillo… no sé qué hubiera hecho. Pero luego pensé en Daniel. “La vida cobra todas las facturas”, me había dicho.
—Ojalá te cobre pronto, maldita. Ojalá te cobre pronto.
El resto de la semana fue un borrón de dolor y humillación. Limpiar con una mano era un infierno. Tenía que exprimir el trapeador apoyando el palo contra la pared y usando mi antebrazo. Tardaba el doble. Irene me cronometraba, apareciendo de la nada para decirme: “Vas lenta, Petrov”, “Ese vidrio tiene manchas, Petrov”.
Mis compañeras me evitaban. Solo Marina, la recepcionista, se atrevió a hablarme un día en el baño.
—Ana… no te creo capaz de haber roto esa madre —me susurró mientras se lavaba las manos, vigilando la puerta—. La Pinche Irene es una víbora. Todos lo sabemos. Pero nadie se atreve a decir nada. Covarrubias come de su mano.
—Gracias, Marina —dije, conteniendo el llanto—. Cuídate, no quiero que te metan en problemas por hablarme.
—Toma. —Me metió un billete de doscientos pesos en la bolsa de la filipina—. Cómprale algo a la niña. Sé que te van a dejar sin sueldo.
Ese gesto, esos doscientos pesos, fueron la única luz en la oscuridad de la clínica. Eso, y las tardes.
Porque cada tarde, a las 7:15 PM, sin falta, el Toyota azul estaba estacionado a dos cuadras.
Daniel nunca falló. Lunes, martes, miércoles… ahí estaba.
Al principio, yo subía avergonzada. —Daniel, en serio, no tiene que hacer esto. Gasta mucha gasolina. —Me queda de paso, Ana. Ya le dije. Además, no me gusta el radio, prefiero que me cuente cómo le fue.
Y yo le contaba. Le contaba las humillaciones de Irene, la frialdad de Mendiola, el dolor de la mano que no cedía. Daniel escuchaba, apretaba el volante, a veces soltaba una maldición por lo bajo, pero siempre me dejaba desahogarme.
Se convirtió en mi confesionario. En mi terapia. Aprendí cosas de él también, aunque él hablaba poco. Supe que le gustaba el café negro sin azúcar, que odiaba el reggaetón y que tenía una debilidad por los perros callejeros. Pero nunca me dijo a qué se dedicaba exactamente. “Logística”, decía vagamente. “Muevo cosas de un lado a otro”. Yo imaginaba que era chofer de alguna empresa, o repartidor.
Para el jueves, mi situación en casa era crítica. Había cobrado mi quincena: 1,820 pesos. Pagué la luz (300 pesos), compré gas (400 pesos), y compré analgésicos para Catita (600 pesos, porque los genéricos ya no le hacían efecto). Me quedaban 520 pesos para comer dos semanas y pagar pasajes.
Esa noche, cuando llegué a casa, Catita estaba sentada en la cama, con su piernita estirada, masajeándosela.
—Tía… —me dijo con los ojos llorosos—. Hoy me caí en la escuela.
—¡Mi amor! —Corrí a revisarla. Tenía un moretón feo en la rodilla—. ¿Qué pasó?
—Me empujaron jugando. No fue a propósito… creo. Pero me dolió mucho. Tía, ¿cuándo me operan? El Dr. Suárez dijo que si no me operaban antes de diciembre, mi cadera se iba a poner chueca para siempre. Ya es noviembre.
Sentí que el mundo se me caía encima. Diciembre. Faltaba un mes. Y yo no tenía los 200,000 pesos. Ahora tenía menos que antes. Tenía una deuda impagable.
—Pronto, mi vida. Pronto. —La abracé para que no viera mi cara de desesperación—. Tú confía en mí.
Me fui a la cocina y lloré en silencio, mordiendo un trapo para no hacer ruido. Me sentía una fracasada. Una inútil. Había trabajado como mula toda mi vida y no podía salvar a lo único que amaba.
Al día siguiente, viernes, salí de la clínica con el alma en los pies. Irene me había hecho limpiar los baños de la recepción tres veces porque decía que “olían a pobre”.
Subí al coche de Daniel y no dije nada. Solo me recargué en la ventana y dejé que las lágrimas corrieran.
Daniel manejó en silencio un par de cuadras. Luego, en lugar de tomar la ruta habitual hacia el Viaducto, giró hacia una calle lateral y se estacionó frente a una cafetería pequeña, de esas de barrio, con mesas de metal afuera.
—Ana, hoy no la voy a llevar directo a su casa —dijo apagando el motor.
Me asusté. El instinto de supervivencia se activó. —¿A dónde vamos? Tengo que llegar con Catita.
—Vamos a tomarnos un café. Aquí. —Señaló el local—. Invito yo. Y quiero hablar con usted. Seriamente.
—Daniel, no estoy para pláticas. Me duele la cabeza, no traigo dinero y…
—Ana —me interrumpió, girándose hacia mí. Su tono era diferente hoy. Más firme. Más decidido—. No es una plática cualquiera. Tengo una propuesta. Y creo que es la solución a sus problemas. O al menos, el comienzo de la solución.
Lo miré. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que no había visto antes. No era lástima. Era determinación.
—¿Qué tipo de propuesta? —pregunté, con la voz ronca.
—Bájese. Tómese un café conmigo. Si no le gusta lo que le voy a decir, la llevo a su casa y no la vuelvo a molestar nunca. Se lo prometo.
Dudé un segundo. Pero luego pensé en los 520 pesos en mi bolsa. Pensé en la pierna de Catita. Pensé en Irene riéndose.
—Está bien —dije—. Un café.
Bajé del Toyota. El aire de la noche estaba fresco. Entramos a la cafetería. Olía a pan dulce y café de olla. Nos sentamos en una mesa del rincón.
Daniel pidió dos cafés americanos y una concha de vainilla para mí. Esperó a que la mesera se fuera. Cruzó las manos sobre la mesa, me miró fijamente y soltó la bomba.
—Ana, quiero que renuncie a la clínica. Mañana mismo.
Me atraganté con el café. —¿Qué? ¿Está loco? Tengo una deuda. Tengo un contrato firmado. Si renuncio, me demandan, me meten a la cárcel. Además, ¿de qué voy a vivir?
—Escúcheme —dijo él, tranquilo—. Estoy abriendo un proyecto. Una clínica. En Iztapalapa. Es un proyecto personal, algo pequeño, para gente que no tiene recursos. Gente como sus vecinos. Gente como usted.
—¿Y? Yo no soy doctora. Soy la de la limpieza.
—No necesito a alguien que limpie. Bueno, sí, pero eso lo puede hacer cualquiera. Necesito a alguien que coordine. Alguien que reciba a los pacientes, que les dé fichas, que los escuche, que organice a los doctores voluntarios. Necesito a alguien que tenga corazón, Ana. He visto cómo se preocupa por su sobrina. He visto cómo aguanta las humillaciones sin perder la dignidad. He visto cómo, a pesar de estar jodida —perdone la palabra—, sigue sonriendo. Eso no se aprende en la universidad. Eso se trae en la sangre.
—Daniel… no sé de qué me habla. Yo apenas terminé la prepa. No sé administrar una clínica.
—Aprenderá. Yo le enseño. O le conseguimos quien le enseñe.
—¿Y la deuda? —Ese era el muro impasable—. Le debo 48,000 pesos a Covarrubias. Si me voy, me los cobra de golpe.
Daniel sonrió. Una sonrisa de tiburón, pero de tiburón bueno, si es que eso existe.
—De Covarrubias me encargo yo. Tengo un equipo de abogados que se mueren de ganas de masticar a un tipo como él. El acoso laboral es delito. La coacción para firmar un pagaré bajo amenaza es delito. Lesiones no tratadas —señaló mi mano— es delito. Si usted renuncia y nosotros le metemos una demanda laboral por despido injustificado y acoso, créame, Covarrubias le va a rogar que se olvide de la deuda con tal de que no le cierren el changarro.
Me quedé muda. La propuesta sonaba a sueño guajiro. Demasiado bueno para ser verdad. —¿Y cuánto… cuánto pagaría?
—Lo mismo que gana en Lomas Elite. Neto. Sin descuentos. Y con seguro social desde el día uno. Para que pueda llevar a Catita a sus terapias.
Miré la concha de vainilla en el plato. Miré mis manos, una sana, la otra vendada y sucia. Miré a Daniel. Estaba ofreciéndome un salvavidas en medio del océano.
—¿Por qué yo? —pregunté, con lágrimas en los ojos—. Hay miles de personas mejor preparadas.
—Porque usted es honesta, Ana. Y porque… —hizo una pausa, como si buscara las palabras—, porque a veces, uno necesita encontrar a alguien que crea en lo imposible para hacer milagros. Y yo creo que usted necesita un milagro, y mi clínica necesita un alma.
El silencio en la mesa se hizo pesado, pero era un peso bueno. Estaba al borde del precipicio. Podía seguir cayendo en la oscuridad de la deuda y la humillación con Irene, o podía saltar hacia la mano que me tendía este desconocido.
Tomé un sorbo de café. Estaba caliente, amargo y delicioso. —¿Cuándo empiezo? —pregunté.
Daniel sonrió, y por primera vez, vi que sus ojos también reían.
—Primero, vamos a redactar esa carta de renuncia. Y mañana… mañana vamos a darle una sorpresa a la Jefa Irene.
No sabía en qué me estaba metiendo. No sabía que esa decisión iba a desatar una guerra. Pero por primera vez en una semana, el miedo desapareció y dejó lugar a algo mucho más peligroso: la esperanza.
CAPÍTULO 4: LA DIGNIDAD NO CABE EN UNA CAJA DE CARTÓN
Esa noche, después del café con Daniel, apenas pegué el ojo. Mi cabeza era un ring de lucha libre donde dos máscaras se daban con todo: el “Miedo” contra la “Esperanza”. El Miedo me decía: “Ana, no seas pendeja, tienes una deuda, si renuncias te van a meter al bote, ¿qué vas a tragar?”. Pero la Esperanza, alimentada por la concha de vainilla y la mirada firme de Daniel, me susurraba: “Ya estuvo suave de agachar la cabeza. Si te quedas, te matan el alma”.
Amaneció el sábado con ese gris plomizo típico de la CDMX, cuando la contaminación se mezcla con la neblina. Me vestí no con el uniforme de “chacha” que Irene tanto despreciaba, sino con mi mejor ropa: unos jeans negros que no estaban deslavados y una blusa blanca planchada a conciencia. Me dolía la mano, sí, el vendaje seguía ahí, pero me dolía menos que el orgullo.
Daniel había cumplido su palabra. A las 7:00 AM, tenía en mi WhatsApp un PDF redactado por sus abogados. No entendía la mitad de las palabras —”coacción”, “vicios del consentimiento”, “riesgo de trabajo no reportado”—, pero sonaban a artillería pesada.
—Apréndete esto, Ana —me había dicho en un audio—. No vas a pedir permiso. Vas a avisar que te vas. Y si respingan, les sueltas el bombazo legal.
Llegué a la clínica “Lomas Elite”. No entré por la puerta de servicio, esa por donde sacan la basura y entramos los “invisibles”. Entré por la puerta principal, la de cristal giratoria, la que usan las señoras de las Lomas con sus bolsas Louis Vuitton.
El guardia de seguridad, el “Jefe Rigo”, se me quedó viendo. —Oiga, Ana, ya sabe que el personal entra por… —Hoy no, Rigo —lo interrumpí, sin detenerme—. Hoy vengo a ver al dueño, no a trapear.
Caminé hacia el elevador de pacientes. Sentía las miradas de las recepcionistas quemándome la nuca. Me importó un carajo.
Subí al segundo piso. Mi corazón bombeaba como motor de vocho en subida, pero por fuera, traté de mantener la cara de piedra. Fui directo a la oficina del Dr. Covarrubias. Su secretaria no estaba; era sábado temprano. La puerta estaba entreabierta.
Entré sin tocar.
Covarrubias estaba ahí, revisando unos expedientes con su café de Starbucks en la mano. Alzó la vista, molesto por la interrupción. Cuando vio que era yo, su expresión pasó de la molestia a la burla.
—¿Qué haces aquí vestida de civil, Petrov? —preguntó, dejando el café—. Tu turno empezó hace veinte minutos. Y te recuerdo que cada minuto tarde se descuenta de tu deuda.
—No vengo a trabajar, doctor —dije. Mi voz tembló un poquito al principio, pero me aclaré la garganta y seguí—. Vengo a entregarle esto.
Puse el sobre manila sobre su escritorio de caoba. Él lo miró como si fuera una cucaracha.
—¿Qué es esto?
—Mi renuncia. Irrevocable.
Covarrubias soltó una carcajada seca, sin alegría. Se echó para atrás en su silla ejecutiva de piel. —¿Renuncia? Ay, Ana, qué tierna. Tú no puedes renunciar. Firmaste un reconocimiento de deuda hace dos días. Me debes 48,000 pesos. Si te vas, ese documento se hace exigible inmediatamente. ¿Tienes 48,000 pesos en esa bolsa del tianguis? Si no, te veo en el Ministerio Público.
El miedo me quiso doblar las rodillas. Pero recordé a Daniel. Recordé a Catita.
—No voy a pagar ni un peso, doctor —dije, y esta vez mi voz salió firme, resonando en la oficina—. Porque esa firma fue obtenida bajo coacción y amenazas.
Covarrubias dejó de sonreír. Se inclinó hacia adelante. —¿Qué dijiste?
—Dije que sus abogados van a recibir una notificación el lunes —recité lo que Daniel me había enseñado—. Despido constructivo, acoso laboral sistemático por parte de la Jefa de Enfermeras, y lo más grave: accidente de trabajo no reportado ante el IMSS.
Levanté mi mano vendada. —Ustedes no me dieron atención médica. Me obligaron a trabajar sangrando. Eso es negligencia patronal. Y si sumamos que la Jefa Irene causó el daño al equipo —vi cómo le temblaba un párpado a Covarrubias— y que ustedes manipularon la evidencia al decir que no había cámaras cuando sabemos que el servidor guarda respaldos por 30 días… creo que la Secretaría del Trabajo y la Fiscalía van a estar muy interesadas.
Silencio. Un silencio pesado, denso. Se escuchaba el zumbido del aire acondicionado. Covarrubias se puso pálido. No porque le importara yo, sino porque le importaba su reputación. Una inspección laboral en una clínica de lujo podría costarle millones en multas y sobornos.
—¿Quién te asesora? —preguntó entre dientes—. Tú no sabes hablar así.
—Eso no importa. Aquí está mi renuncia. Considérese la deuda saldada como compensación por mi lesión y mi silencio. Si no me molestan, yo no los molesto.
Di media vuelta para salir. Mis piernas temblaban tanto que sentí que iba a caerme, pero mantuve el paso.
—¡Lárgate! —gritó Covarrubias a mis espaldas, golpeando el escritorio—. ¡Lárgate y no vuelvas a pisar mi clínica, muerta de hambre!
No me detuve.
En el pasillo me topé de frente con Irene. Parecía que me estaba esperando. Tenía los brazos cruzados y esa sonrisa torcida que me había perseguido en mis pesadillas.
—Escuché gritos —dijo, bloqueándome el paso—. ¿Ya te corrieron, inútil?
La miré. Por primera vez, vi lo que realmente era: una mujer amargada, sola, que necesitaba pisar a otros para sentirse alta. Ya no me daba miedo. Me daba lástima.
—Me voy, Irene. Renuncié.
Ella soltó una risita chillona. —¿Renunciaste? Ja. No tienes dónde caer muerta. Vas a volver arrastrándote pidiendo chamba en una semana. Nadie contrata a gente conflictiva como tú.
—Puede ser —respondí, mirándola a los ojos, esos ojos llenos de delineador negro—. Pero prefiero morirme de hambre que aguantar un minuto más tu veneno. Y te digo una cosa: cuídate. Porque todo lo que haces se te va a regresar. Y cuando te llegue la factura, va a estar bien cara.
Irene se quedó callada un segundo, sorprendida de que la “chacha” le contestara. Luego, su cara se contrajo de rabia. —¡Vete a la chingada, Petrov! —gritó mientras yo me alejaba—. ¡No eres nadie!
Seguí caminando. Llegué a la zona de casilleros. Saqué mi caja de cartón. Mis cosas eran pocas: un par de chanclas viejas para descansar los pies, una taza despostillada que decía “Recuerdo de Acapulco”, y la foto de Catita pegada con diurex en la puerta metálica. Despegué la foto con cuidado. La besé y la guardé en mi bolsa.
Cuando salí al pasillo de servicio, Marina, la recepcionista, venía corriendo. Tenía los ojos llorosos. —¡Ana! —Me alcanzó y me dio un abrazo fuerte, de esos que te reinician la vida —. Escuché el chisme. ¿De verdad te vas?
—Sí, mana. Ya no puedo más.
—Haces bien. Este lugar está podrido. —Me apretó la mano—. Te voy a extrañar un chingo. ¿Qué vas a hacer?
—Voy a empezar de nuevo. Tengo… tengo una oportunidad.
—Que Dios te bendiga, amiga. Y ojalá se les caiga el changarro a estos ojetes. —Marina se rio entre lágrimas—. ¡Escríbeme!
Salí por la puerta de servicio. El aire de la calle me golpeó la cara. Olía a lluvia y a escape de camión, pero para mí, olía a libertad.
Ahí estaba. En la esquina. El Toyota azul. Daniel estaba recargado en el cofre, fumando un cigarro. Cuando me vio salir con mi cajita de cartón, tiró el cigarro, lo pisó y sonrió.
—¿Lista para la nueva vida? —preguntó, abriéndome la puerta del copiloto.
—Tengo miedo, Daniel —confesé, subiéndome al auto—. Siento que acabo de saltar de un avión sin paracaídas.
—No se preocupe —dijo él, arrancando el motor—. Yo traigo el paracaídas. Y si falla, pues aprendemos a volar en la caída. Vámonos.
El trayecto fue largo. Cruzamos toda la ciudad, de poniente a oriente. Dejamos atrás los edificios de cristal de Polanco, las avenidas arboladas de la Roma, y nos metimos al Viaducto, luego a Churubusco, y finalmente, a la Calzada Ermita Iztapalapa.
El paisaje cambió drásticamente. El asfalto se llenó de baches. Los edificios se volvieron casas de autoconstrucción, con varillas saliendo de los techos esperando un segundo piso que nunca llega. Los colores grises se volvieron un caos de rótulos brillantes de “Tacos”, “Vulcanizadora”, “Farmacia Similares”. La gente caminaba esquivando puestos ambulantes.
Era mi mundo. El mundo real. Pero también era el mundo donde la necesidad se respira en cada esquina.
—Es aquí —dijo Daniel después de una hora de camino.
Se estacionó frente a un edificio antiguo de dos plantas. Alguna vez debió ser una casona bonita, pero ahora la pintura amarilla estaba descarapelada, mostrando el ladrillo rojo debajo. Las ventanas tenían rejas oxidadas. Un letrero pintado a mano sobre una lona decía: “CLÍNICA COMUNITARIA – PRÓXIMAMENTE”.
Mi corazón se hundió un poquito. Comparado con el mármol y el cristal de Lomas Elite, esto parecía una casa abandonada. “¿Aquí voy a trabajar? ¿Aquí me van a pagar?”, pensé. La duda me mordió el estómago.
—No juzgue el libro por la portada —dijo Daniel, notando mi cara—. Por fuera le falta una manita de gato, pero por dentro… venga.
Bajamos. Daniel sacó un manojo de llaves y abrió la puerta de metal pesado. Al entrar, me sorprendí.
Estaba impecable. El piso no era de mármol, era de loseta sencilla, pero brillaba de limpio. Las paredes estaban recién pintadas de blanco. Olía a cloro y a medicina, ese olor universal de la salud. Había una sala de espera con sillas de plástico, pero estaban ordenadas. Un mostrador de madera barnizada servía de recepción.
—Es… es bonito —dije, recorriendo el lugar con la mirada.
—Lo estamos arreglando poco a poco. —Daniel caminó hacia el fondo—. ¡Olga! ¡Ya llegamos!
De una puerta salió una mujer de unos cincuenta años, bajita, robusta, con el cabello recogido en un chongo y una bata blanca que le quedaba un poco grande. Tenía cara de estar exhausta, pero sus ojos sonreían.
—¡Daniel! Qué bueno que llegas, se nos acabó el paracetamol infantil y la señora de la diabetes sigue esperando al doctor Martínez —dijo ella rápidamente, secándose las manos en la bata.
—Olga, ella es Ana —me presentó Daniel—. La nueva directora… bueno, coordinadora operativa, por ahora.
Olga me miró de arriba abajo. Yo seguía abrazando mi caja de cartón con mis chanclas. Me sentí fuera de lugar. —¿Directora? —preguntó Olga, arqueando una ceja—. Te ves muy joven. ¿Eres doctora?
—No, señora. Soy… era personal de limpieza —dije, sintiéndome chiquita.
Olga sonrió, y su cara se transformó. Se acercó y me dio un apretón de manos firme. —Aquí no importan los títulos, mija. Importan las manos. Y si vienes a ayudar, eres bienvenida. Yo soy enfermera jubilada, pero aquí hago de todo, desde inyectar hasta destapar el baño. Nos faltan manos, así que prepárate.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunté, dejando mi caja en el mostrador.
—Por lo pronto, respirar —dijo Daniel—. Hoy es sábado, día de consultas gratuitas. Se va a poner feo en un rato.
No terminó la frase cuando la puerta de la entrada se abrió de golpe. Entró una mujer joven, casi una niña, cargando un bulto envuelto en cobijas sucias. Venía llorando, desesperada. —¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Mi bebé se quema!
Olga corrió hacia ella. Daniel también. Yo me quedé paralizada un segundo. En Lomas Elite, si alguien entraba gritando así, seguridad lo sacaba por “alterar el orden”.
—¡Tiene mucha fiebre! —gritaba la muchacha—. ¡Fui al Centro de Salud y me dijeron que no hay fichas, que regrese el lunes! ¡Pero está hirviendo!.
Olga tocó la frente del bebé. —¡Virgen santa, está volando en fiebre! ¡Daniel, busca al Dr. Martínez, está en la bodega! ¡Ana, trae alcohol y paños fríos, están en el consultorio 1! ¡Corre!
La orden me sacó del trance. “Corre, Ana”. No pensé. No dudé. Solté mi bolsa y corrí.
Encontré el consultorio 1. Abrí los cajones. Algodón, alcohol, gasas. Mis manos, a pesar del vendaje, se movieron rápidas. Agarré una riñonera de metal, eché el alcohol y las gasas. Regresé a la sala de espera.
Olga ya tenía al bebé en una camilla improvisada. Era un niño de unos ocho meses, rojo como un tomate, respirando con dificultad. La madre lloraba histérica a un lado.
—¡Dámelo! —Olga me arrebató las gasas—. Ana, agarra a la mamá. Cálmala. Necesito espacio.
Me acerqué a la muchacha. Temblaba. Olía a sudor y a angustia. La abracé. —Tranquila, tranquila… ya lo están atendiendo —le dije al oído, acariciándole la espalda—. Aquí no te van a pedir ficha. Aquí sí lo van a curar.
—Es que no tengo dinero… —sollozó ella—. Me corrieron del otro hospital… me dijeron que si no traía el Seguro Popular vigente no me atendían…
—Shhh… aquí no cobramos. Respira. Mira a tu bebé. Está en buenas manos.
El Dr. Martínez, un señor canoso que parecía haber salido de una película de los años 50, llegó corriendo con su estetoscopio. Empezó a dar órdenes. Inyecciones. Compresas. Yo no solté a la mamá. Me convertí en su ancla. Le traje un vaso de agua. Le limpié las lágrimas.
Pasaron veinte minutos eternos. El llanto del bebé cambió. De un quejido agónico a un llanto fuerte, de enojo.
—Ya bajó —anunció el Dr. Martínez, quitándose el estetoscopio—. Fue un pico febril por infección de garganta. Si hubieran tardado una hora más, convulsionaba. Le pusimos dipirona. Ya está fuera de peligro.
La madre se desplomó en la silla, llorando de alivio. Yo también sentí que las piernas se me doblaban.
Olga se acercó a mí, secándose el sudor de la frente. —Bien hecho, Ana. Tienes buen instinto. No te asustaste con los gritos.
—Estaba muerta de miedo —confesé.
—Pero no te paralizaste. Eso es lo que cuenta.
Daniel nos miraba desde la puerta de la entrada. Tenía esa media sonrisa en la cara. Me acerqué a él.
—¿Esto es siempre así? —le pregunté.
—A veces es peor —dijo él—. A veces no podemos salvarlos. A veces no hay medicina. Pero hoy… hoy ese niño va a dormir en su casa y no en una caja de pino. ¿Vale la pena?
Miré a la madre besando la frente de su hijo, que ya dormía tranquilo. Recordé los consultorios de lujo de Polanco, vacíos de humanidad, llenos de máquinas millonarias que servían para engordar la cartera de un patán. Y miré este lugar, con pintura vieja pero lleno de vida.
—Vale la pena —dije. Y por primera vez en años, sentí que estaba exactamente donde tenía que estar.
Esa tarde, salí de la clínica con la cabeza llena de información nueva. Olga me enseñó el sistema de fichas (un cuaderno Scribe), dónde estaban los medicamentos donados, y me presentó a los otros dos voluntarios: un estudiante de medicina llamado Beto y una señora que hacía la limpieza llamada Doña Lupe.
—Doña Lupe, yo le ayudo con eso —le dije cuando la vi batallando con la cubeta. Ella me miró sorprendida. —No, jefa, usted es la directora. Usted no trapea.
—Aquí todos hacemos de todo —le dije, quitándole el trapeador con mi mano buena—. Y no me diga jefa. Dígame Ana. Yo vengo de donde usted está.
Daniel me llevó a casa al atardecer. Yo iba callada, procesando todo.
—¿Se arrepiente? —preguntó él cuando llegamos a la Obrera.
—No. —Me giré para verlo—. Pero Daniel… usted dijo que iba a haber sueldo. Y vi la caja chica de la clínica. Tienen 500 pesos. ¿Cómo me va a pagar?
Daniel suspiró. Tamborileó los dedos en el volante. —Ana, seré honesto. El proyecto lo financio yo con las ganancias de mi empresa de transporte. Pero ahorita… ahorita andamos justos. Flujo de efectivo, le llaman.
Mi corazón se detuvo un segundo. “Ya valió. Me mintió”.
—Pero —se apresuró a decir—, su sueldo está garantizado. Sale de mi bolsa, no de la clínica. Usted no se preocupe por eso. Tenga.
Me extendió un sobre blanco. —Es un adelanto. La primera quincena. Para que vea que va en serio. Y para las medicinas de Catita.
Abrí el sobre. Había billetes. Cinco mil pesos. Más de lo que ganaba en una quincena en Lomas Elite.
—Daniel… yo no puedo…
—Es su sueldo. Se lo ganó hoy calmando a esa mamá. Véalo como un bono de contratación. —Me guiñó el ojo—. Descanse, directora. El lunes empezamos con todo. Hay que organizar ese caos de papeles que tiene Olga.
Bajé del auto sintiéndome flotar. Subí las escaleras de mi edificio corriendo, ignorando el dolor de la mano. Abrí la puerta del departamento.
—¡Catita! ¡Catita!
Mi sobrina salió de la recámara, cojeando pero sonriendo. —¿Qué pasó, tía? ¿Por qué tan contenta?
La cargué y le di vueltas, aunque me dolió el brazo. —Porque hoy, mi amor… hoy mandé al diablo a los malos. Y hoy, por primera vez, me siento importante.
Nos sentamos a cenar. Compramos pollo rostizado con el dinero del adelanto. Un lujo. Le conté sobre la clínica, sobre el bebé, sobre Daniel. Catita escuchaba con los ojos abiertos como platos.
—¿Entonces ya no eres la de la limpieza? —preguntó con la boca llena de tortilla.
—Sigo limpiando, mi amor. Pero ahora… ahora limpio lágrimas también. Y eso es más difícil, pero más bonito.
Esa noche, dormí profundo. Sin pesadillas de vidrios rotos. Soñé con una clínica grande, llena de luz, donde Catita corría por los pasillos sin cojear. No sabía que ese sueño estaba más cerca de lo que creía, pero que para llegar ahí, todavía faltaba enfrentar fantasmas del pasado y descubrir quién era realmente Daniel, el hombre que regalaba dinero y esperanza a manos llenas.
Porque en esta vida, nada es gratis. Y la generosidad de Daniel escondía un secreto, una razón profunda y dolorosa que pronto saldría a la luz.
CAPÍTULO 5: LO QUE SE HEREDA NO SE HURTA
La rutina en Iztapalapa tiene un sabor distinto al de Polanco. En Polanco, la rutina sabe a espresso cortado y huele a prisa perfumada. En Iztapalapa, la rutina sabe a atole de champurrado a las seis de la mañana, huele a escape de microbús y se siente como una lucha cuerpo a cuerpo contra el reloj y la carencia.
Llevaba ya tres semanas trabajando en la “Clínica Comunitaria”. Tres semanas que parecieron tres años, pero de los buenos. Mi vida había dado un giro de 180 grados. Ya no me levantaba con el estómago hecho nudo pensando en si Irene me iba a gritar por una mancha en el espejo. Ahora me levantaba con la adrenalina de saber que había treinta personas haciendo fila desde la madrugada, esperando una ficha para ver al doctor.
Mi “oficina” era una mesa de metal oxidado que Daniel había rescatado de quién sabe dónde, colocada estratégicamente en la entrada para filtrar a los pacientes. Mi uniforme ya no era la filipina azul de limpieza, sino unos jeans cómodos y una bata blanca que Olga me había regalado.
—Póntela, mija —me dijo—. Para que te respeten. La gente necesita ver autoridad, aunque por dentro te estés muriendo de miedo.
Y vaya que me moría de miedo a veces. Como cuando llegaba un chavo navajeado porque se peleó por un celular, o una abuelita con la presión tan alta que parecía olla express a punto de reventar. Pero aprendí rápido. Aprendí a distinguir entre una urgencia real y un drama. Aprendí a decir “no hay medicina” con tacto, y a mover cielo, mar y tierra para conseguirla después.
Ese miércoles, el caos estaba en su punto máximo. El Dr. Martínez no había llegado (se le ponchó la llanta en Calzada Zaragoza, típico), y la sala de espera estaba a reventar. El calor se encerraba en el edificio, mezclándose con el olor a humanidad y desinfectante.
—¡Señorita Ana! —gritó Doña Chonita, una paciente frecuente—. ¡A mi viejo le falta el aire!
Corrí hacia ellos, dejando mi torta de tamal a medio comer. —A ver, Don Beto, respire despacio. Olga, ¡trae el nebulizador!
Mientras conectábamos el aparato, la puerta de la entrada se abrió. No entró un paciente. Entró un fantasma. O al menos, eso pareció por el silencio respetuoso que se hizo entre los que lo reconocieron.
Era un hombre mayor, de unos setenta y tantos años, alto, flaco como un Quijote, con una barba blanca bien recortada y un traje gris que había visto tiempos mejores, pero que portaba con una dignidad inquebrantable. Llevaba un maletín de cuero gastado en la mano.
Se paró frente a mi escritorio improvisado. Yo estaba sudando, con el cabello alborotado, terminando de anotar los signos vitales de Don Beto.
—Buenos días —dijo el hombre. Su voz era grave, profunda, de esas que llenan una habitación sin necesidad de gritar.
—Buenos días, señor. ¿Viene a consulta? —pregunté, buscando la lista de espera—. Híjole, estamos llenísimos, pero si es urgencia…
—No, señorita. No soy paciente. Soy médico.
Me detuve. Levanté la vista. Me miraba con unos ojos azules acuosos, enmarcados por arrugas que contaban mil historias.
—Me llamo Samuel Villalobos. Soy pediatra. Jubilado del Hospital General hace cinco años. —Hizo una pausa, mirando el caos a nuestro alrededor con una media sonrisa—. Me enteré por el periódico de barrio que abrieron este lugar. Dicen que aquí no cobran. Dicen que aquí atienden a los que nadie quiere.
—Así es, doctor. Hacemos lo que podemos.
—Pues… mis manos ya tiemblan un poco para operar, pero mis ojos y mi estetoscopio todavía sirven. Vengo a ofrecer mis servicios. Gratis, por supuesto. Si es que aceptan a un viejo.
Sentí una emoción enorme. Nos hacían falta pediatras como agua en el desierto. —¡Claro que sí, doctor! ¡Es un regalo del cielo! Pase, por favor. Olga, ¡llegó refuerzo!
Lo instalamos en el Consultorio 2, que en realidad era un cuartito que usábamos de bodega, pero limpiamos una mesa y pusimos dos sillas. El Dr. Villalobos se puso a trabajar de inmediato. Atendió niños con gripa, revisó gargantas, calmó a madres histéricas. Tenía una paciencia infinita.
A la hora de la comida, cuando la marea de gente bajó un poco, le llevé un vaso de agua de jamaica. Él estaba llenando unas recetas con una letra cursiva impecable, de esas que ya no se usan.
—Gracias, hija —dijo, tomando el vaso—. Oiga… he estado viendo su letra en las fichas de ingreso. Y escuché que Olga la llama Ana.
—Sí, doctor. Ana Petrov. Para servirle.
El vaso de agua se detuvo a medio camino de su boca. El Dr. Villalobos se quedó congelado. Giró la cabeza lentamente hacia mí, entornando los ojos como si quisiera enfocar una imagen lejana.
—¿Petrov? —repitió—. No es un apellido común por estos rumbos.
—Mi abuelo era ruso, llegó huyendo de la guerra, pero mi mamá ya era más mexicana que el mole.
—Tu mamá… —El doctor dejó el vaso en la mesa con cuidado, como si fuera de cristal cortado—. ¿Cómo se llamaba tu madre?
—Elena. Elena Petrov.
Vi cómo el color abandonaba el rostro del viejo doctor. Se quitó los lentes y se frotó los ojos. Cuando me volvió a mirar, tenía lágrimas contenidas.
—Elena… Lenita. —Suspiró, y ese suspiro cargaba toneladas de nostalgia—. Santo Dios. Con razón tienes esa mirada. Tienes los mismos ojos de determinación que ella.
—¿Usted… usted conoció a mi mamá? —pregunté, sintiendo un escalofrío. Mi mamá había muerto hacía años, y su vida laboral siempre fue un misterio gris para mí. Yo sabía que era enfermera, que trabajaba mucho y que siempre llegaba triste, pero nada más.
—¿Que si la conocí? —El doctor soltó una risa melancólica—. Hija, trabajé con tu madre veinte años en el Orfanato Estatal de la Doctores. Antes de que lo cerraran. Ella era la jefa de enfermeras del turno nocturno.
Me senté en la silla de los pacientes. Mis piernas flaquearon. —Ella nunca me contó mucho. Solo decía que era un trabajo pesado.
—Pesado es poco. Era un infierno. —El Dr. Villalobos se inclinó hacia adelante—. El presupuesto se lo robaban los directores. No había gasas, no había antibióticos. Los niños… los niños huérfanos se nos morían de neumonías simples o de infecciones estomacales porque la administración decía que “no había recursos”.
Guardó silencio un momento, recordando.
—Pero tu madre… Elena no aceptaba eso. Ella tenía un corazón que no le cabía en el pecho, Ana. Empezó a hacer cosas. Cosas “ilegales” según el reglamento, pero sagradas ante los ojos de Dios.
—¿Qué cosas? —susurré.
—Robaba. —Lo dijo sin tapujos—. O bueno, “reasignaba recursos”. Sacaba medicinas de los hospitales privados donde tenía amigas y las traía al orfanato escondidas en su bolsa. Convencía a cirujanos picudos para que operaran gratis a los niños en sus horas libres, a espaldas del director.
El doctor sonrió al recordar. —Hubo un caso… “El niño azul”. Carlitos. Tenía un defecto en el corazón. Necesitaba una válvula que costaba lo que tú y yo no ganaríamos en diez vidas. El director dijo: “Déjenlo ir, es un caso perdido”. Tu madre se puso como fiera. Movió cielo y tierra. Consiguió la válvula con un proveedor gringo, la pasó de contrabando, y me obligó a mí y a otro cirujano a operar a medianoche en un quirófano prestado.
—¿Y el niño? —pregunté con un hilo de voz.
—Carlitos hoy es ingeniero civil. Tiene tres hijos. Y todo porque tu madre no aceptó un “no”.
Las lágrimas rodaban por mis mejillas sin control. Yo siempre pensé que mi mamá llegaba tarde y cansada porque doblaba turnos para pagarme la escuela o para pagar la renta. Pensé que su tristeza era resignación. Nunca imaginé que llegaba agotada de salvar vidas en la clandestinidad, cargando el peso de ser una heroína anónima.
—¿Por qué nunca me lo dijo? —lamenté—. Yo pensé que… que ella era solo una enfermera más.
—Porque era humilde, Ana. Y porque tenía miedo. —El rostro del doctor se ensombreció—. Al final, la descubrieron.
—¿Qué?
—Sí. El nuevo director se enteró de su red de ayuda. La acusó de insubordinación, de robo hormiga, de poner en riesgo la “reputación” de la institución por meter médicos externos. La obligaron a firmar su renuncia bajo amenaza de boletinarla y quitarle su cédula. La echaron como a un perro, Ana. Después de veinte años de dar la vida. Se fue con una mano adelante y otra atrás, sin liquidación, humillada.
Sentí un golpe en el estómago. La historia se repetía. Covarrubias. Irene. Yo. Mi madre. El director. El orfanato.
Era el mismo patrón de injusticia. La misma bota pisando el cuello de los que intentan hacer el bien.
—Ella murió de un infarto dos años después —dije, atando cabos—. Se le rompió el corazón.
—Se le rompió el espíritu —corrigió el doctor—. Le quitaron su propósito. Pero ahora… —Me miró, y su expresión cambió a una de orgullo—. Ahora te veo a ti. Aquí. En este edificio viejo, sin recursos, haciendo exactamente lo mismo que ella. Peleando por los olvidados. Ana, lo que se hereda no se hurta. Llevas su sangre. Eres la continuación de su guerra.
Me levanté y abracé al viejo doctor. Lloré en su hombro, oliendo a naftalina y a loción de abuelito. Lloré por mi madre, por no haberla valorado lo suficiente en vida, por no haberle dicho “gracias”. Pero también lloré de alivio. Porque ahora entendía de dónde venía mi terquedad. No era necedad. Era legado.
Esa noche, Daniel pasó por mí para cerrar la clínica. Yo estaba sentada en la banqueta, afuera, mirando el letrero de lona que se agitaba con el viento sucio de la calle.
—¿Qué pasa? —preguntó Daniel, notando mis ojos rojos—. ¿Salió mal algo? ¿Faltó dinero?
—No, Daniel. Todo salió bien. —Me limpié la cara—. Solo… me enteré de algo.
—¿Quiere cenar? Conozco unos tacos de suadero aquí a la vuelta que reviven muertos. Y me cuenta.
Fuimos a los tacos. Un puesto callejero con focos colgando y olor a grasa y cilantro. Nos sentamos en unos banquitos de plástico. Daniel pidió cinco con todo para cada uno y dos Boings de guayaba.
Mientras comíamos, le conté todo. La historia del Dr. Villalobos, la vida secreta de mi madre, el niño azul, el despido injustificado.
Daniel dejó de comer. Me escuchaba con una atención absoluta, ignorando el ruido de la calle.
—Es increíble —murmuró—. De verdad que el destino tiene formas muy raras de tejer las cosas.
—Daniel… —Dejé mi taco en el plato—. Necesito preguntarle algo. Y quiero que me diga la verdad. Nada de cuentos chinos.
Él me sostuvo la mirada. —Pregunte.
—¿Por qué hace esto? Usted tiene lana. Lo veo en sus zapatos, en su reloj, aunque trate de esconderlo. Trae un Toyota viejo, pero sus manos no son de obrero. Usted podría estar en Cancún gastándose su dinero. ¿Por qué venir a Iztapalapa a meterse en problemas, a financiar medicinas para gente que no conoce, a rescatar a una afanadora despedida?
Daniel suspiró. Tomó un trago de su Boing. Miró hacia la calle, donde unos niños jugaban fútbol con una botella de plástico.
—Tiene razón. Tengo dinero. Mucho. —Confesó—. No soy chofer. Soy dueño de “Logística Solís”. Tengo una flotilla de doscientos camiones que mueven carga por todo el país. Empecé desde abajo, cargando cajas en la Central de Abastos, y me fue bien. Muy bien.
—¿Entonces?
—Entonces… me di cuenta de que el dinero llena la cartera, pero vacía el alma si no sirve para nada. —Se volvió hacia mí—. Hace tres años, mi esposa enfermó. Cáncer. Teníamos el mejor seguro, los mejores hospitales en Houston. Gasté millones. Y no sirvió de nada. Se murió agarrándome la mano.
Sentí un nudo en la garganta. —Lo siento mucho…
—Lo que más me dolió no fue perderla. Fue darme cuenta de que, en la sala de espera de esos hospitales gringos, había gente que vendía su casa solo para pagar una consulta. Y yo, con todo mi dinero, me sentía igual de impotente que ellos. Cuando ella murió, me prometí que iba a hacer algo con lo que ganara. Que no iba a ser solo para comprar coches o casas vacías.
Me miró fijamente, y en sus ojos vi su propia herida, tan profunda como la mía.
—Cuando la vi a usted esa noche, bajo la lluvia, sangrando… no vi a una víctima. Vi a alguien que peleaba. Usted estaba ahí, jodida, pero pensando en su sobrina. Me recordó a mi esposa. Ella también peleó hasta el final. Y me recordó a mí mismo cuando empezaba, cuando nadie daba un peso por mí.
—Usted me salvó la vida, Daniel.
—No, Ana. Usted me la está salvando a mí. Me está dando un motivo para levantarme que no sea solo revisar estados de cuenta. Esta clínica… es mi terapia.
Hubo un silencio cómodo entre los dos. El ruido de los taqueros picando carne parecía música de fondo.
—Tenemos que hacer esto bien —dije de repente, sintiendo una oleada de energía—. Ya no puede ser solo un “proyecto”. Tiene que ser un hospital de verdad. Con quirófano. Con especialistas. Para que ninguna niña como Catita tenga que esperar dos años, y ningún niño como el “niño azul” dependa de que una enfermera robe una válvula.
—Estoy de acuerdo —Daniel asintió—. Tengo el capital. Puedo desviar utilidades de la empresa. Pero necesito a alguien que lo dirija con el corazón, no con la calculadora.
—Yo lo hago. —Levanté la barbilla—. No sé de administración, pero aprendo rápido. Ya vio cómo manejo a Olga.
—Lo sé. —Daniel sonrió—. Pero necesitamos un nombre. “Clínica Comunitaria” suena muy aburrido.
Miré el cielo nocturno de la Ciudad de México, que esa noche, milagrosamente, dejaba ver una o dos estrellas a través del smog. Pensé en mi madre, caminando por los pasillos oscuros del orfanato con antibióticos escondidos en la faja. Pensé en su despido. En su olvido.
—Centro Médico Elena Petrov —dije.
Daniel probó el nombre en sus labios. —Centro Médico Elena Petrov. Suena fuerte. Suena a historia.
—Ella nunca tuvo reconocimiento en vida. La trataron como delincuente. Quiero que su nombre esté en letras grandes, en la entrada, donde todos lo vean. Quiero que Covarrubias pase por enfrente y vea el apellido que despreció brillando en neón.
—Hecho. —Daniel levantó su Boing como si fuera champaña—. Por el Centro Médico Elena Petrov. Y por la Directora Ana.
Chocamos los envases de cartón. —Por la Directora Ana —repetí, y por primera vez, la palabra no me sonó grande. Me sonó a chaleco a la medida.
Las semanas siguientes fueron un torbellino. Daniel cumplió su palabra (siempre lo hacía). Llegaron albañiles, pintores, electricistas. El edificio viejo se llenó de polvo y ruido, pero era ruido de progreso.
Daniel compró el local de al lado para ampliar. Mandó traer equipo médico, no nuevo, pero sí funcional, de subastas de hospitales. Yo me encargué de la “grilla”. Fui a la delegación a pelear los permisos. Me enfrenté a burócratas panzones que querían mordida.
—Mire, licenciado —le dije a uno que me ponía trabas con la licencia de funcionamiento—. Este es un centro gratuito. Si usted me pide dinero, se lo está quitando a los niños con cáncer. ¿Quiere que le diga eso a la prensa que va a venir a la inauguración?
El tipo me firmó el papel en dos minutos. Aprendí que mi “barrio” y mi nueva posición eran una combinación letal.
Mientras tanto, en casa, Catita estaba feliz. Con mi sueldo completo y seguro, habíamos retomado sus terapias físicas. Todavía necesitaba la operación, pero ya no le dolía tanto. Y lo mejor de todo: me veía llegar a casa no como una trapeadora derrotada, sino como una mujer que construía cosas.
—Tía, cuando sea grande quiero ser como tú —me dijo una noche mientras hacíamos la tarea. —¿Directora? —No. Valiente.
Esa palabra se me quedó grabada. Valiente.
Pero la valentía se pone a prueba cuando menos te lo esperas. Un mes después, cuando estábamos a punto de inaugurar oficialmente la ampliación, llegó una carta. No era una carta de amor. Era una notificación judicial.
El Dr. Covarrubias no se había quedado quieto. Al parecer, mi “renuncia explosiva” y la amenaza de demanda le habían picado el orgullo más de lo que pensábamos. Y un hombre rico con el ego herido es más peligroso que una serpiente.
—¿Qué es esto? —le pregunté a Daniel, mostrándole el papel que un actuario me aventó en la cara esa mañana.
Daniel lo leyó y su mandíbula se tensó. —Es una demanda penal. Por difamación, daño moral y… robo.
—¿Robo? —Grité—. ¡Yo no me robé nada!
—Dice aquí que sustrajiste información confidencial de pacientes antes de irte. Y que te llevaste “insumos”. Es mentira, claro. Pero es una táctica sucia para asustarnos y frenar la apertura. Saben que estamos creciendo. Saben que les vamos a quitar clientes de su beneficencia deducible de impuestos.
Sentí que el piso se movía. Otra vez la amenaza de la cárcel. Otra vez Covarrubias usando su poder para aplastarme.
Pero miré el letrero que acababan de instalar en la fachada: CENTRO MÉDICO ELENA PETROV. Miré al Dr. Villalobos atendiendo a un niño en la recepción. Miré a Daniel, que ya estaba sacando su celular para llamar a sus abogados.
Esta vez no estaba sola. Esta vez no era la Ana que lloraba bajo la lluvia.
—Que vengan —dije, arrugando la notificación en mi puño (mi mano ya estaba casi curada, solo quedaba una cicatriz blanca, fina y dura).—. Que vengan. Porque esta vez, no me voy a esconder. Esta vez, vamos a pelear. Y tengo al mejor ejército: la memoria de mi madre y la gente de Iztapalapa.
Daniel colgó el teléfono y me sonrió. —Esa es la actitud. Pero prepárate, Ana. La guerra apenas empieza. Y Covarrubias acaba de despertar al gigante equivocado.
No sabía que la verdadera amenaza no vendría solo de Covarrubias. Sino de alguien que yo creía borrada del mapa. Alguien que, en su desesperación, estaba dispuesta a vender su alma (lo poco que le quedaba) para destruirme. Irene estaba ahí afuera. Sin trabajo. Sin dinero. Y con mucho odio. Y el odio, como el moho, crece en la oscuridad.
CAPÍTULO 6: CUANDO EL ÉXITO MOLESTA, LOS PERROS LADRAN
Dicen que en México el éxito ajeno es el peor pecado. Puedes ser narco y te hacen corridos, puedes ser político ratero y te invitan a las bodas, pero si eres una ex limpiadora que puso una clínica gratuita para humillar a los ricos con pura bondad, entonces prepárate, porque te van a querer comer viva.
El “Centro Médico Elena Petrov” brillaba. Literalmente. Habíamos pintado la fachada de un azul cielo que contrastaba con el gris smog de Iztapalapa. La gente hacía fila desde las cinco de la mañana, no porque el servicio fuera lento, sino porque sabían que aquí se les trataba como personas, no como expedientes.
Pero como bien me advirtió Daniel, habíamos despertado al gigante. Y el gigante tenía tentáculos largos, viscosos y llenos de burocracia.
Todo empezó un martes por la mañana. Yo estaba coordinando la entrada de un lote de sillas de ruedas donadas, cuando vi llegar una camioneta blanca con logotipos oficiales. Bajaron tres tipos con chalecos caqui y carpetas bajo el brazo. Tenían esa cara inconfundible del burócrata que viene a buscar problemas donde no los hay para ver cuánto le cae en la “mordida”.
—¿Quién es el responsable legal? —preguntó el más gordo, masticando un chicle con la boca abierta.
—Soy yo. Ana Petrov. —Salí a su encuentro, secándome el sudor de la frente.
—Venimos de Protección Civil y Regulación Sanitaria. Tenemos una denuncia anónima por “condiciones insalubres y riesgo estructural”. Vamos a proceder a la inspección y posible clausura preventiva.
—¿Clausura? —Sentí que me hervía la sangre—. Oiga, acabamos de abrir hace dos meses. Tenemos todos los permisos en regla. Daniel… el licenciado Solís se encargó de todo.
—Los papeles son una cosa, señorita, y la realidad es otra. —El tipo sonrió con malicia—. A ver, déjeme ver sus extintores. ¿Tienen la carga vigente de esta semana? ¿Dónde está el dictamen de gas? ¿Y los residuos biológicos? Me dicen que aquí tiran jeringas a la basura común.
Era mentira. Teníamos contrato con una empresa de recolección de RPBI. Daniel no escatimaba en eso. Pero ellos no venían a revisar; venían a encontrar.
Estuvieron cuatro horas. Cuatro horas de terror psicológico. Revisaron hasta el último rincón. Midieron el ancho de las puertas (según ellos, faltaban dos centímetros para la norma), criticaron la ventilación, dijeron que el foco del baño parpadeaba y eso era “riesgo de corto circuito”.
Al final, el gordo se me acercó en la oficina, cerrando la puerta.
—Mire, directora… la cosa está fea. Tienen muchas “irregularidades”. La multa anda por los 150,000 pesos y la clausura temporal. Pero… —bajó la voz y se rascó la panza—, podemos arreglarlo. Como “asesoría”. Unos 30,000 varos ahorita, en efectivo, y nos hacemos de la vista gorda con los extintores y las puertas.
Treinta mil pesos. Eso era medicina para un mes. Me acordé de Covarrubias. Él seguramente pagaba estas mordidas con la mano en la cintura. Pero si yo pagaba, me convertía en uno de ellos.
—No tengo dinero —dije firme—. Y si tuviera, no se lo daría. Esta es una clínica de beneficencia. ¿No le da vergüenza pedir mordida a un lugar que atiende niños pobres?
El tipo se puso rojo de coraje. —Pues entonces aténgase a las consecuencias. Le dejo el acta. Tienen 48 horas para subsanar o venimos con los sellos.
Salieron echando humo. Cuando Daniel llegó en la tarde y vio el acta, se rio. Pero fue una risa fría, de esas que dan miedo.
—No te preocupes, Ana. Esto es obra de Covarrubias. Está moviendo sus hilos en la delegación. Pero no sabe con quién se metió. Mis abogados desayunan inspectores como estos. No van a clausurar nada.
Daniel tenía razón. Al día siguiente, un amparo frenó la clausura. Pero el ataque no paró ahí.
A la semana siguiente, salió en el periódico local, ese pasquín amarillista que se vende en los semáforos, un titular a ocho columnas: “¿CARIDAD O LAVADO? LA VERDAD DETRÁS DE LA CLÍNICA DE LA OBRERA”.
El artículo era veneno puro. Decía que “fuentes confiables” aseguraban que la clínica era una fachada para lavar dinero del narco, que no teníamos médicos titulados y que poníamos en riesgo la salud pública. No mencionaban mi nombre, pero decían “dirigida por una ex empleada de limpieza sin estudios”.
Eso me dolió más que la multa. Ver a Doña Chole, mi vecina, leyendo el periódico con cara de duda. —Oiga, Anita… ¿es cierto eso de que lavan dinero? Digo, porque usted de la noche a la mañana ya es jefa…
—No, Doña Chole. Son mentiras de los ricos que están ardidos porque les quitamos el negocio —le expliqué, aguantándome las ganas de llorar.
Daniel me encontró en la bodega, llorando de coraje con el periódico en la mano. —No llores, Ana. —Me quitó el papel—. Si ladran, es porque avanzamos. Covarrubias y los dueños de las clínicas privadas nos ven como competencia desleal. Ellos cobran mil pesos la consulta; nosotros cero. Les estamos pegando en el bolsillo. Por eso atacan.
—Pero dicen que soy una ignorante…
—Que digan misa. Tú sigue trabajando. La verdad siempre flota, Ana. Siempre.
Y la verdad flotó, pero no como yo esperaba.
Era un jueves lluvioso, de esos que inundan la ciudad y colapsan el tráfico. Habíamos tenido un día pesadísimo. Se había ido la luz dos veces y tuvimos que atender partos con linternas de celular.
Eran las 9:00 de la noche. Ya todos se habían ido. El Dr. Villalobos, Olga, los voluntarios. Solo quedábamos yo y el velador, Don Jacinto.
Estaba cerrando la cortina metálica de la entrada, peleándome con el candado que se había oxidado por la lluvia, cuando vi una figura parada en la esquina, bajo la luz parpadeante de un poste.
Al principio pensé que era alguna paciente rezagada, o quizás alguien pidiendo limosna. La figura no se movía. Estaba empapada. Llevaba una chamarra de plástico delgada, de esas baratas que venden en el metro, y unos tenis viejos llenos de lodo.
—Señora, ya cerramos —grité, tratando de que mi voz sonara amable pero firme—. Si es urgencia, vaya al Hospital General, aquí ya no hay doctores.
La figura dio un paso adelante. Se quitó la capucha de plástico.
El corazón se me detuvo un segundo y luego arrancó a galope.
Era Irene.
Pero no era la Irene que yo conocía. No era la “Jefa Волкова” (como le gustaba que le dijeran, presumiendo un apellido que quién sabe de dónde sacó). La mujer que tenía enfrente era un espectro.
Su cabello, siempre teñido de un rubio cenizo perfecto y peinado con spray, ahora estaba opaco, con raíces negras de tres centímetros y pegado al cráneo por la lluvia. No traía su maquillaje de batalla; su cara estaba lavada, mostrando manchas de sol y unas ojeras profundas, moradas, como si no hubiera dormido en un mes. Había bajado de peso, mucho. Sus pómulos resaltaban de forma calavérica.
Y su ropa… Adiós al uniforme blanco inmaculado y a los zapatos clínicos de marca. Traía unos jeans desgastados y una blusa que le quedaba grande.
—Hola, Petrov —dijo. Su voz temblaba. No sé si de frío o de vergüenza.
Me quedé quieta, con las llaves en la mano, bajo el techo de la entrada. La lluvia caía entre nosotras como una cortina.
—¿Qué haces aquí? —pregunté. Mi tono fue seco. El instinto me decía que cerrara la reja y me metiera. Esa mujer era el diablo. Me había pisado la mano. Me había humillado. Me había robado la paz.
—Vine a… vine a ver tu palacio. —Irene miró el edificio, el letrero brillante—. Dicen que te va muy bien. Que eres la madre Teresa de Iztapalapa.
Había un dejo de su antiguo sarcasmo, pero sonaba hueco, sin fuerza.
—Me va bien porque trabajo, Irene. Algo que tú solo fingías hacer mientras mangoneabas a los demás. —Di un paso atrás—. Vete. No tienes nada que hacer aquí. Si Covarrubias te mandó a espiar, dile que ya le ganamos dos demandas y vamos por la tercera.
Irene soltó una risa amarga, que terminó en una tos seca. —Covarrubias… —Escupió el nombre—. Ese imbécil no me mandó. Ese imbécil me corrió.
Me detuve. —¿Qué?
—Me corrió, Ana. Un mes después de que te fuiste.
Irene se abrazó a sí misma para darse calor. El agua le escurría por la nariz. —Resulta que sin ti, no había a quién echarle la culpa de los errores. Las otras chicas de limpieza… cuando vieron que te fuiste y les metiste la demanda, se envalentonaron. Fueron a Recursos Humanos en bola. Le contaron todo a Mendiola. Cómo las trataba, cómo les cobraba cuota para darles los mejores turnos… y contaron lo del aparato.
—¿Lo del aparato?
—Sí. La tal Lupita, la que limpia vidrios… vio todo. Estaba en el pasillo. Vio que yo me recargué. Vio que te pisé la mano. —Irene bajó la mirada—. Testificaron en mi contra. Covarrubias se puso furioso. Dijo que yo era un pasivo laboral, que mi actitud le costaba dinero. Me echó como a un perro, Ana. Sin liquidación. Sin carta de recomendación. Me boletinó en todas las clínicas privadas. “Persona no grata”. “Conflictiva”. “Ladrona”.
—¿Y tu marido? —pregunté, recordando que Irene siempre presumía que su esposo era un ingeniero importante que le pagaba los lujos.
—Se fue. —Irene se limpió una lágrima que se mezclaba con la lluvia—. Cuando se acabó el dinero, se acabó el amor. Dijo que estaba harto de mi carácter, de mis gritos. Agarró sus cosas y se largó con una secretaria de veinte años. Me dejó con la hipoteca del departamento, que no pude pagar. El banco me lo quitó hace dos semanas.
La miré. Estaba destruida. La vida le había pasado una aplanadora por encima. El karma, del que Daniel hablaba tanto, le había llegado por paquetería express.
—Estoy viviendo en un cuarto de azotea en la colonia Doctores —continuó, con la voz rota—. Vendo ropa usada en el tianguis los domingos. A veces… a veces no como.
—¿Y a qué vienes, Irene? —pregunté, endureciendo mi corazón. No podía olvidar el dolor de mi mano. No podía olvidar los 48,000 pesos. No podía olvidar el miedo de perder a Catita—. ¿Vienes a pedirme trabajo? Porque si crees que te voy a contratar después de lo que hiciste…
—No —me interrumpió ella rápidamente. Levantó las manos como rindiéndose—. No quiero trabajo. Sé que no me lo darías. Y no quiero tu dinero.
—¿Entonces?
—Vine a… —Se le quebró la voz. Se tapó la cara con las manos sucias—. Vine a pedirte perdón.
El silencio que siguió fue solo interrumpido por el paso de un camión lejano.
—¿Perdón? —repetí, incrédula.
—Sí. Perdón. Por todo. Por el aparato. Por la deuda. Por pisarte la mano. Por tratarte como basura tres años.
Se quitó las manos de la cara. Sus ojos estaban inyectados de sangre y lágrimas. —Te odiaba, Ana. Te tenía una envidia que me quemaba las entrañas.
—¿Envidia? —Casi me río—. ¿De mí? ¿De la que limpiaba escusados? Tú eras la jefa. Tenías coche, dinero, puesto…
—Sí, pero tú tenías algo que yo nunca tuve. —Irene dio un paso hacia la reja—. Tú tenías luz. La gente te quería. Los pacientes te sonreían aunque solo fueras a vaciar el bote de basura. Las enfermeras te contaban sus problemas. A mí me tenían miedo, pero nadie me quería. Yo llegaba a mi casa llena de cosas caras y me sentía vacía. Tú llegabas a tu casa pobre y tenías a tu sobrina, tenías amor. Y cuando te vi ese día, tan digna, tan entera a pesar de que yo te estaba destruyendo… no lo soporté. Quise aplastarte para ver si así se me quitaba lo podrido que tengo adentro.
—Y no funcionó —dije.
—No. Solo me pudrí más. Y ahora… ahora no tengo nada. Y sé que es mi culpa. —Irene cayó de rodillas en el charco de agua sucia frente a la clínica—. Solo quería decírtelo. Porque no puedo dormir. Porque cada vez que cierro los ojos te veo sangrando en el piso. Necesito que me perdones, Ana. No para que seamos amigas. Sino para que yo pueda, tal vez, dejar de odiarme un poquito.
La vi ahí, hincada en el lodo. La gran señora. La intocable. Reducida a un bulto de miseria humana.
Sentí muchas cosas. Rabia. Ganas de decirle: “¡Jódete! ¡Sufre lo que yo sufrí!”. Satisfacción. “Mírate ahora”.
Pero luego… luego miré hacia adentro de la clínica. A través del cristal de la entrada, se veía el cuadro de mi madre, Elena Petrov, colgado en la recepción. Mi madre, que perdonaba a todos. Que curaba a los hijos de los directores que la trataban mal. Que nunca guardó rencor porque decía que el rencor es tomar veneno esperando que el otro se muera.
Y pensé en Daniel. En cómo me levantó del suelo esa noche lluviosa sin pedir nada a cambio.
Abrí la reja. El chirrido del metal oxidado hizo que Irene levantara la cabeza, asustada.
Salí a la lluvia. Me paré frente a ella.
—Levántate, Irene —le dije.
Ella se levantó despacio, temblando, esperando quizás una cachetada o un escupitajo.
—Te perdono —dije. Las palabras salieron más fáciles de lo que pensé.
Irene soltó un sollozo fuerte, gutural. —¿De verdad?
—Sí. Te perdono. No porque te lo merezcas. Te lo mereces muy poco, la verdad. Te perdono porque yo no soy como tú. Y porque no quiero cargar con tu fantasma el resto de mi vida. Ya cargué bastante.
Ella intentó agarrarme la mano, pero yo me aparté suavemente. —No, Irene. Te perdono, pero eso no borra lo que hiciste. El perdón es para mi paz, no para tu absolución.
Metí la mano a mi bolsa. Saqué mi cartera. Traía mil pesos. Era para la despensa de la semana. Saqué los billetes.
—Ten. —Se los extendí.
—No, Ana, no vine por dinero…
—Tómalos. —Se los puse en la mano fría—. No es limosna. Es para que comas caliente hoy. Y para que te compres algo de dignidad.
Irene apretó los billetes contra su pecho, llorando sin control. —Gracias… gracias…
—Vete a tu casa, Irene. O a donde estés viviendo. Y trata de empezar de nuevo. Pero esta vez… trata de no ser una mierda de persona. Aún no es tarde.
—Lo intentaré. Te lo juro.
—Adiós, Irene.
Me di la media vuelta y entré a la clínica. Cerré la reja. Puse el candado. Escuché los pasos de Irene alejándose, chapoteando en el agua, hasta que se perdieron en el ruido de la tormenta.
Me recargué en la puerta de cristal y me deslicé hasta el suelo. Y ahí, sentada en la entrada de mi clínica, lloré. Pero no lloré de tristeza. Lloré porque sentí que me acababa de quitar una mochila de piedras de la espalda. Irene ya no tenía poder sobre mí. Ni en mis recuerdos.
El teléfono de la recepción sonó, asustándome. Me levanté y contesté. Era Daniel.
—Ana, ¿sigues ahí? Está cayendo el cielo. Voy por ti.
—Sí, aquí sigo. Pero no te preocupes, Daniel. Estoy bien.
—¿Pasó algo? Te oigo rara.
—Nada. Solo… saqué la basura que quedaba. —Sonreí—. Ya está todo limpio.
—Bueno. Llego en diez. Oye, te tengo una noticia.
—¿Buena o mala?
—Buenísima. Mis abogados acaban de encontrar algo en la contabilidad de Covarrubias. Algo gordo. Parece que el buen doctor ha estado evadiendo impuestos por millones. Y creo que el SAT va a querer platicar con él muy pronto.
La vida cobra todas las facturas. Daniel tenía razón. Irene ya había pagado la suya. Y a Covarrubias… a Covarrubias le estaba llegando el estado de cuenta.
—Te espero, Daniel.
Colgué el teléfono. Miré mi mano derecha. La cicatriz blanca apenas se veía bajo la luz del fluorescente. La acaricié suavemente. Ya no dolía. Ya no dolía nada.
CAPÍTULO 7: LA JUSTICIA LLEGA EN SOBRES BLANCOS Y BATAS VERDES
Dicen que en México la justicia es como la serpiente: solo muerde a los que andan descalzos. Y yo, que me pasé la vida sin zapatos metafóricos, sabía que eso era verdad. Pero a veces… a veces, la serpiente se confunde y muerde al que trae mocasines italianos.
Pasaron dos semanas desde la visita fantasmal de Irene bajo la lluvia. Dos semanas donde la clínica seguía operando a marchas forzadas, atendiendo gripas, suturando heridas de maquila y consolando almas. Pero el verdadero terremoto no ocurrió en Iztapalapa, sino en Polanco.
Era un lunes por la mañana. Estábamos en la recepción, con la tele prendida en las noticias locales mientras Olga organizaba las fichas. De repente, el noticiero interrumpió su programación habitual.
“Última hora. Elementos de la Fiscalía General de la República y del SAT realizan un operativo masivo en la prestigiosa Clínica Lomas Elite…”
Se me cayó el lápiz de la mano. Subí el volumen.
En la pantalla, vi la fachada de cristal que yo limpiaba con tanto esmero. Pero ahora estaba rodeada de cinta amarilla de “Asegurado”. Vi agentes sacando cajas y cajas de documentos. Vi computadoras siendo cargadas en camionetas oficiales.
Y luego, lo vi a él. El Dr. Olegario Covarrubias. El hombre que me miraba como si fuera una cucaracha. El hombre que me gritó y me humilló. Salía esposado. Con una chamarra cubriéndose las manos, tratando de taparse la cara de las cámaras, despeinado, pálido. Ya no parecía el rey del mundo. Parecía un viejito asustado.
“…se le imputan cargos por evasión fiscal equiparada, lavado de dinero y uso de recursos de procedencia ilícita. Se estima un fraude superior a los cincuenta millones de pesos…”
Cincuenta millones. Y a mí me quería meter a la cárcel por cuarenta y ocho mil pesos que yo no debía.
Sentí una mano en mi hombro. Era Daniel. Había entrado sin que me diera cuenta y miraba la pantalla con una expresión seria.
—Se le cayó el teatro —dijo suavemente.
—¿Fuiste tú? —pregunté, sin apartar la vista de Covarrubias siendo empujado a una patrulla.
—No fui yo, Ana. Fueron sus propios números. Mis abogados solo… le dieron un empujoncito a la información para que llegara al escritorio correcto en Hacienda. —Daniel se cruzó de brazos—. La soberbia es mala consejera. Covarrubias se creía intocable. Pensó que podía pisotear a todos, robar al fisco y salirse con la suya. Pero se le olvidó la regla de oro: nunca subestimes a la gente que limpia tu desorden, porque ellos ven dónde escondes la basura.
No sentí alegría. No salté de gusto. Sentí… paz. Una paz profunda, como cuando deja de llover y sale el sol. El hombre que había sido mi verdugo ahora era solo una noticia más en la sección policiaca.
—¿Qué va a pasar con la clínica? —pregunté.
—La van a asegurar. Probablemente la cierren un tiempo. Los empleados… bueno, los inocentes encontrarán trabajo. Los cómplices, no.
—Pobre gente —suspiré—. Las enfermeras, los de limpieza… ellos no tienen la culpa.
—Tal vez podamos contratar a algunos aquí —sugirió Daniel—. Necesitamos personal de limpieza que sepa trabajar, ¿no?
Lo miré y sonreí. —Eres tremendo, Daniel.
—Soy práctico. Y hablando de cosas prácticas… Ana, ya es hora.
—¿Hora de qué?
—De la operación de Catita.
El estómago se me hizo un nudo instantáneo. La operación. El momento que habíamos esperado por dos años, por el que había llorado, ahorrado y sufrido.
Daniel había movido sus contactos. No sería en el Hospital Infantil público, donde la lista de espera era de meses. Sería en el Hospital Ángeles, con el Dr. Fuentes, el mejor ortopedista pediátrico del país, amigo personal de Daniel. Todo pagado.
—Es mañana a las 7:00 AM —dijo Daniel—. Ya está todo listo.
Esa noche no dormí. Me la pasé rezando, doblando la ropita de Catita en una maleta, revisando los papeles. Catita, en cambio, estaba tranquila. Tenía esa valentía inconsciente de los niños.
—Tía, ¿me va a doler? —me preguntó antes de dormir. —Un poquito, mi amor. Pero luego… luego vas a correr. Vas a bailar.
Llegamos al hospital al amanecer. El olor a antiséptico me trajo recuerdos horribles de Lomas Elite, recuerdos de Irene, de vidrios rotos. Me temblaban las manos.
—Tranquila —me susurró Daniel en la sala de espera, pasándome un café—. Esto no es allá. Aquí estás como familia, no como empleada.
Se llevaron a Catita en una camilla. Ella iba abrazada a su conejo de peluche, saludando con la manita como si fuera una reina en desfile. —¡Adiós, tía! ¡Adiós, Daniel!
Cuando las puertas dobles del quirófano se cerraron, sentí que me arrancaban el aire. Fueron cuatro horas. Cuatro horas eternas.
Caminé de un lado a otro como león enjaulado. Leí la misma revista de sociales cinco veces sin entender nada. Daniel se quedó conmigo todo el tiempo. No revisó su celular, no hizo llamadas de negocios. Solo estuvo ahí, siendo mi ancla.
—Ana —me dijo en un momento, cuando me vio llorando en silencio—. Todo va a salir bien.
—¿Y si no? —sollozé—. ¿Y si algo sale mal con la anestesia? Es lo único que me queda de mi hermana. Si le pasa algo a Catita, me muero, Daniel. Me muero de verdad.
—No va a pasar nada. Catita es una guerrera. Igual que tú. —Me tomó la mano. Su mano era cálida, fuerte, áspera por el trabajo (porque aunque fuera rico, Daniel tenía manos de quien ha trabajado).
A las 12:30, el Dr. Fuentes salió. Vestía pijama quirúrgica verde. Se quitó el cubrebocas. Me levanté de un salto, con el corazón en la garganta.
—¿Doctor?
El médico sonrió. —Todo un éxito, Ana. Corregimos la displasia y alargamos el tendón. Fue laborioso, pero quedó perfecto.
Me solté a llorar. Me abracé a Daniel sin pensarlo, enterrando mi cara en su pecho. Él me rodeó con sus brazos y me sostuvo mientras yo sacaba dos años de angustia en forma de lágrimas. —Gracias… gracias… —repetía yo.
—Va a necesitar mucha terapia —advirtió el doctor—. Meses. Va a dolerle la rehabilitación. Pero te firmo donde quieras: esa niña va a caminar normal. Y si se aplica, hasta ballet podrá bailar.
Los meses siguientes fueron una mezcla de dolor y triunfo. La rehabilitación de Catita fue dura. Había días que lloraba y gritaba que ya no quería ir, que le dolía. —¡Ya no quiero, tía! ¡Me duele!
Yo tenía que ser fuerte. Tenía que ser la mala del cuento. —Tienes que hacerlo, Catita. Un esfuerzo más. Por tu mamá. Por ti.
Y poco a poco, el milagro ocurrió. Primero dejó la silla de ruedas. Luego las muletas. Luego el bastón. Un martes de mayo, seis meses después de la operación, Catita entró corriendo a la cocina. Corriendo. Sin cojear.
—¡Tía, mira! —Dio una pirueta torpe, pero hermosa—. ¡Soy una bailarina!
Lloré sobre el guisado que estaba cocinando.
Mientras tanto, el Centro Médico Elena Petrov seguía creciendo. Con la caída de Lomas Elite, muchos pacientes que antes iban allá (los que no eran millonarios, pero hacían el esfuerzo) empezaron a venir con nosotros al enterarse de que teníamos buenos médicos. Y con ellos, llegaron donaciones.
La gente empezó a ver que no éramos un “lavadero de dinero”, sino un milagro en medio de la podredumbre.
Una mañana, el cartero dejó un sobre en la recepción. No tenía remitente, pero el papel era de calidad, grueso, color crema. Lo abrí en mi oficina.
Reconocí la letra de inmediato. Una letra picuda, nerviosa.
“Ana Petrov:
Te escribo desde… bueno, no importa desde dónde. Mis abogados dicen que saldré bajo fianza pronto, aunque el proceso será largo y probablemente perderé mi licencia médica. Lo he perdido todo. La clínica, mi reputación, mi dinero.
He tenido mucho tiempo para pensar. Leí el artículo sobre tu centro médico. Leí sobre lo que haces. Al principio me dio coraje. Pensé: ‘¿Cómo esa gata pudo hacer esto?’. Pero luego… luego me di cuenta de que la ‘gata’ tenía más dignidad en una uña que yo en todo el cuerpo.
Me equivoqué contigo. No por el aparato roto (que ya sé que fue Irene), sino por no haber visto a la persona detrás del uniforme. Te subestimé. Y pagué el precio.
No te pido perdón esperando que me perdones. Sé que no lo merezco. Te escribo esto porque necesito admitir, por primera vez en mi vida, que perdí. Y que ganaste tú. No por el dinero, sino por la calidad humana.
Si algún día necesitas… no sé, consejo médico administrativo (de lo poco que sé y que no sea ilegal), aquí estaré.
O. Covarrubias.”
Leí la carta dos veces. Era la confesión de un hombre derrotado. No había arrepentimiento espiritual, solo el reconocimiento de la derrota. Pero venía de Covarrubias, el hombre más soberbio que había conocido. Eso ya era mucho.
Tomé una pluma y una hoja de papel membretado del Centro. Escribí:
“Dr. Covarrubias: Gracias por su carta. El pasado está pisado. No necesito su consejo, pero agradezco el gesto. Espero que encuentre paz, o al menos, que aprenda a limpiar sus propios desastres. Atte. Ana Petrov, Directora.”
Guardé la carta en el cajón, junto con la foto de mi madre y la primera ficha de paciente de la clínica. Era el cierre de un ciclo.
Llegó el día del primer aniversario oficial del Centro. Daniel había organizado una fiesta en grande. Carpas en la calle (con permiso de la delegación, ahora que ya no nos odiaban), música, comida para todos los vecinos. Había invitados importantes: empresarios amigos de Daniel, periodistas (de los serios), y hasta el delegado.
Yo estaba en mi oficina, temblando. Tenía que dar un discurso. Yo. Ana. La que limpiaba baños. Hablar frente a cien personas.
—¿Nerviosa? —Daniel entró. Traía un traje azul marino que le quedaba pintado. Se veía guapísimo.
—Aterrada. —Me alisé el vestido sencillo que me había comprado—. Daniel, yo no sé hablar bonito. Se me va a salir lo “ñera”. Voy a tartamudear.
—No tienes que hablar bonito, Ana. Tienes que hablar con la verdad. Eso es lo único que importa.
—¿Y si me equivoco?
Daniel se acercó. Me tomó de los hombros y me miró a los ojos. —Ana, has enfrentado a directores corruptos, a enfermeras psicópatas, al SAT, a inspectores corruptos y has sacado adelante una cirugía de columna. ¿Le tienes miedo a un micrófono?
Sonreí. —Visto así… suena ridículo.
—Además… —Daniel bajó la voz, y el ambiente en la oficina cambió. Se volvió más íntimo, más eléctrico—. Yo voy a estar ahí, en primera fila. Como siempre.
Nos quedamos mirando un segundo más de lo necesario. Había algo entre nosotros. Llevaba meses cocinándose a fuego lento, como un buen mole. Respeto, admiración, gratitud… y algo más. Pero ninguno de los dos se había atrevido a cruzar la línea. Yo por miedo a arruinar la amistad, y él… él quizás por respeto a su difunta esposa, o por no hacerme sentir comprometida.
—Vamos —dijo él, ofreciéndome el brazo—. Tu público espera, directora.
Salimos al patio. Hubo aplausos. Vi a Catita en primera fila, con un vestido rosa, parada sobre sus dos piernas fuertes y rectas. Vi a Olga llorando de emoción. Vi al Dr. Villalobos asintiendo con orgullo.
Subí al estrado. El micrófono chilló un poco. Respiré hondo.
—Buenas tardes a todos —mi voz tembló, pero me sostuve—. Yo no preparé un discurso. Solo quiero contarles una historia. La historia de una mujer que limpiaba pisos y que un día rompió un aparato de un millón de pesos. O mejor dicho, la culparon de romperlo.
La gente se rió. Empecé a relatar todo. Sin vergüenza. Conté sobre la lluvia, sobre el Toyota azul, sobre el miedo. Conté sobre mi madre, Elena Petrov, y su trabajo secreto.
—…y por eso este lugar lleva su nombre. Porque ella me enseñó que no importa si traes bata de médico o uniforme de limpieza. Lo que importa es lo que haces con tus manos para ayudar al otro.
Terminé señalando el letrero. —Este centro no es mío. Es de todos los que alguna vez se sintieron invisibles. Aquí, nadie es invisible. Gracias.
La ovación fue ensordecedora. Catita corrió y me abrazó las piernas. Fue el momento más feliz de mi vida profesional.
Pero la noche aún no terminaba. Cuando la fiesta se fue apagando y los invitados se fueron yendo, me quedé ayudando a recoger (viejos hábitos). Daniel estaba guardando unas sillas.
—Deje eso, directora. Mañana viene el personal de limpieza —me regañó jugando.
—Me gusta hacerlo. Me recuerda quién soy.
Nos sentamos en las escaleras de la entrada, mirando la calle vacía. La noche estaba fresca. —Daniel… —empecé—. Hoy me preguntaron algo los periodistas. Me preguntaron por qué usted hace todo esto. Les dije lo de su esposa… pero siento que hay algo más.
Daniel miró sus zapatos. —Sí, hay algo más.
—¿Qué es?
Se giró hacia mí. La luz de la luna le iluminaba la mitad de la cara. —Es que… cuando te encontré esa noche, Ana, yo también estaba perdido. Tenía dinero, sí, pero estaba solo. Mi vida era gris. Y tú… tú venías con tu caos, con tu sangre, con tu sobrina, con tus problemas… y le diste color a mi mundo.
—¿Yo? —Me señalé el pecho.
—Sí, tú. —Daniel tomó mi mano. La derecha. La que tenía la cicatriz. Pasó su dedo pulgar suavemente sobre la marca blanca—. Esta cicatriz es lo que nos unió. Y no quiero que se borre nunca. Ana… he invertido en esta clínica porque creo en la causa. Pero he invertido en ti… porque creo en nosotros.
El corazón me dio un vuelco. —Daniel… yo soy una mujer sencilla. Vengo de abajo. Usted es un empresario.
—A la chingada con eso —dijo él, usando una de mis frases—. Aquí no hay títulos, ¿recuerdas? Aquí solo importan las manos. Y yo quiero tomar tu mano.
Se inclinó despacio. Yo no me moví. Sus labios tocaron los míos. Fue un beso suave, con sabor a promesa, a café y a paciencia. No fue un beso de película de Hollywood. Fue un beso real, de esos que sellan pactos de vida.
Cuando nos separamos, él me sonrió. —¿Y ahora qué sigue, directora?
Lo miré. Miré mi clínica. Miré la calle de mi barrio. Miré al hombre que me había salvado y al que yo había salvado de vuelta.
—Sigue trabajar, Daniel. —Sonreí—. Mañana abrimos a las 8. Y hay mucha gente que nos necesita. Pero por hoy… por hoy solo quiero que me lleves a casa. En tu Toyota viejo.
—A la orden, jefa.
Nos levantamos. Él me abrió la puerta del coche. Mientras nos alejábamos, miré por el retrovisor el letrero iluminado: CENTRO MÉDICO ELENA PETROV. Mi madre estaría orgullosa. Covarrubias estaba en la cárcel. Irene estaba pagando sus deudas con la vida. Catita podía bailar. Y yo… yo, Ana Petrov, la ex limpiadora, finalmente era libre.
La vida, efectivamente, cobra todas las facturas. Pero a veces, si tienes fe y aguantas la lluvia, también te da el cambio y hasta propina.
CAPÍTULO 8: CUANDO LA VIDA TE DEVUELVE EL CAMBIO Y TE DEJA PROPINA
Dicen que el tiempo en la Ciudad de México vuela, pero yo creo que depende de cómo lo vivas. Cuando limpiaba pisos en Lomas Elite, cada minuto era una eternidad de dolor de espalda y humillación. Ahora, seis meses después del arresto de Covarrubias y un año después de aquel fatídico día lluvioso, el tiempo se me escapaba como agua entre los dedos, pero era agua fresca, de esa que te quita la sed.
Era una tarde de sábado. Pero no cualquier sábado. Hoy era el día.
Estaba frente al espejo de mi recámara. Ya no vivía en el departamento húmedo de la Obrera. Con mi sueldo de directora y un préstamo que Daniel me ayudó a gestionar (legal y transparente, nada de favores turbios), nos habíamos mudado a un departamento en la Narvarte. No era un palacio, pero tenía ventanas grandes por donde entraba el sol, piso de madera que no rechinaba y, lo más importante, una recámara propia para Catita.
Me alisé el vestido color vino que me había comprado. Me maquillé un poco, tapando las últimas huellas del cansancio de la semana.
—¡Tía! ¡Ya vámonos! ¡Se nos hace tarde! —El grito de Catita desde la sala me hizo sonreír.
Salí. Ahí estaba ella. Mi niña. Llevaba un tutú blanco inmaculado, mallas rosas y el cabello recogido en un chongo perfecto con gel y diamantina. Estaba parada en primera posición, con los pies juntos y la barbilla en alto. Hace un año, esa niña no podía ni caminar sin llorar. Hoy, iba a tener su primer recital de ballet en el Centro Cultural.
Daniel estaba sentado en el sofá, con su traje impecable, intentando hacerle una trenza a una muñeca mientras esperaba. Cuando me vio salir, se puso de pie y soltó un silbido largo.
—Jefa, se ve usted… —buscó la palabra— monumental.
—No empiece, licenciado, que me chiveo —le respondí, sintiendo el calor en las mejillas.
—Vámonos, que la prima ballerina está nerviosa —dijo Daniel, cargando la mochila con el cambio de ropa y las zapatillas.
Bajamos al estacionamiento. El viejo Toyota azul seguía ahí, fiel como un perro, aunque Daniel ya podía comprarse diez coches del año. Decía que ese coche era nuestro amuleto. Y tenía razón.
El teatro del Centro Cultural estaba a reventar. Olía a laca para el pelo, a flores y a esa emoción eléctrica de los padres orgullosos. Nos sentamos en la tercera fila. Daniel me tomó la mano. Su pulgar acarició distraídamente la cicatriz blanca en mi dorso derecho. Ya era un hábito inconsciente, un recordatorio silencioso de dónde veníamos.
Se apagaron las luces. Se abrió el telón. Sonaron los primeros acordes de Tchaikovsky.
Salieron las niñas. Eran como copos de nieve moviéndose por el escenario. Y ahí, en el centro, estaba Catita. Se movía con una gracia que no parecía posible después de tantas cirugías. Saltaba. Giraba. Sonreía. No había dolor en su rostro, solo pura felicidad concentrada.
Recordé las noches en vela poniéndole compresas calientes. Recordé el día que Irene me pisó la mano y pensé que nunca juntaría el dinero. Recordé el miedo a la cárcel. Recordé a Covarrubias diciéndome “muerta de hambre”.
Y mientras veía a mi sobrina volar por el escenario, sentí que las lágrimas me escurrían por la cara, arruinando mi maquillaje. Pero no me importó.
—Lo lograste, Ana —me susurró Daniel al oído—. Mírala. Es obra tuya.
—Es obra nuestra —corregí, apretándole la mano.
Cuando terminó el baile, el aplauso fue estruendoso. Yo me paré y grité “¡Bravo!” hasta quedarme afónica. Catita buscó mi cara entre el público, me vio y me lanzó un beso. En ese momento, supe que todo, absolutamente todo —cada insulto, cada piso trapeado, cada lágrima— había valido la pena solo por ver esa sonrisa.
Después del recital, fuimos a cenar a Coyoacán para celebrar. Catita, todavía con su tutú (porque se negó a quitárselo), devoraba un churro relleno de cajeta como si no hubiera mañana.
—Tía, ¿viste mi plié? ¿Viste que no me caí?
—Lo vi, mi amor. Fuiste la mejor de todas. Parecías un cisne de verdad.
Daniel nos miraba con esa expresión de satisfacción tranquila. —Oigan, tengo noticias —dijo, limpiándose el azúcar de los dedos—. Ayer cerré el trato.
Dejé mi chocolate caliente en la mesa. —¿Cuál trato?
—El del local en la Gustavo A. Madero. —Daniel sonrió—. Vamos a abrir la segunda sucursal. “Centro Médico Elena Petrov – Norte”.
—¿Es en serio? —Casi grité.
—Muy en serio. Ya tenemos el edificio. Es más grande que el de Iztapalapa. Y el Dr. Villalobos ya convenció a dos colegas suyos para que se hagan cargo de la dirección médica allá. Ana, esto está creciendo. Ya no es una clínica de barrio. Estamos creando una red.
Sentí un vértigo bueno. —Pero eso significa más trabajo, más peleas con inspectores…
—Significa más niños curados —interrumpió Daniel—. Y significa que la directora general va a necesitar un aumento de sueldo y, quizás, un asistente. Porque no puedes estar en dos lugares a la vez.
—¿Directora General? —Probé el título. Sonaba grande.
—Claro. Tú vas a coordinar todo el sistema. Ana, tienes un don. La gente te sigue. Los médicos te respetan porque saben que no eres una burócrata de escritorio, sino alguien que sabe lo que cuesta cada gasa. Eres el corazón de esto.
Me quedé mirando la plaza de Coyoacán, con su gente paseando, los mimos, los vendedores de globos. Pensé en mi mamá. Pensé en cómo murió sola y triste, creyendo que su esfuerzo no había servido de nada. Si pudiera verme ahora. Dirigiendo una red de clínicas con su nombre. Cenando churros con un hombre maravilloso y una niña sana.
—Mamá… ganamos —pensé.
De regreso al coche, Catita se quedó dormida en el asiento de atrás, abrazada a su ramo de flores. Daniel manejaba despacio por Tlalpan.
—Ana… —dijo, bajando el volumen del radio.
—¿Mande?
—Estaba pensando. Ya tenemos la clínica. Ya tenemos la sucursal. Catita está sana. Covarrubias está en el reclusorio (y dicen que la está pasando muy mal, por cierto). Irene… bueno, supe que Irene consiguió trabajo en una farmacia, de mostrador. Es una vida honesta. Creo que ya cerramos todos los círculos.
—Sí. Parece que sí.
—Falta uno.
Me giré para verlo. —¿Cuál?
Daniel detuvo el coche en un semáforo en rojo. Se giró hacia mí. La luz ámbar de la calle iluminaba sus ojos oscuros. —El nuestro.
—¿El nuestro?
—Sí. Ana, llevamos un año siendo socios, amigos, cómplices, guerreros… —Hizo una pausa, nervioso—. Pero yo ya no quiero ser solo tu socio. Yo quiero llegar a casa y que tú estés ahí. No quiero dejarte en tu puerta e irme a mi departamento vacío. Quiero despertar y saber que vamos a pelear contra el mundo juntos, desde el desayuno hasta la cena.
Mi corazón empezó a latir fuerte, como tambor de feria.
—Ana Petrov… —Daniel sacó una cajita de terciopelo de su saco—. No es un anillo de diamantes de esos que venden en Polanco. Es… bueno, ábrelo.
Lo abrí. Era un anillo sencillo, de plata. Pero tenía una pequeña piedra azul. —Es lapislázuli —explicó él—. Dicen que es la piedra de la verdad y la curación. Me pareció adecuada. Ana, ¿te quieres casar con este chofer de Toyota que se cree empresario?
Miré el anillo. Miré a Daniel. Miré a Catita durmiendo atrás. No hubo dudas. No hubo miedo.
—Sí —dije, y las lágrimas volvieron a salir, pero esta vez eran dulces—. Sí, Daniel. Sí al Toyota, sí al empresario, sí a todo.
Él me puso el anillo. Me quedaba perfecto. El semáforo cambió a verde. —Vámonos a casa, futura señora Solís —dijo él, arrancando el coche.
—No —corregí sonriendo—. Señora Petrov-Solís. Mi apellido se queda en el letrero.
—Trato hecho.
Llegamos a la casa. Cargamos a Catita hasta su cama. La arropé y le di un beso en la frente. Salí al balcón del departamento. La Ciudad de México se extendía frente a mí, un mar de luces infinitas, ruidosa, caótica, hermosa y cruel a la vez.
Pensé en aquel día en el consultorio. Si esa mesa no hubiera estado floja… Si Irene no hubiera sido tan malvada… Si Covarrubias no hubiera sido tan avaro… Yo seguiría allá. Limpiando baños. Ganando el mínimo. Con Catita coja. Sin conocer a Daniel.
Es curioso cómo funciona la vida. A veces, te tiene que romper en mil pedazos para que puedas armarte de nuevo, pero esta vez, con las piezas en el lugar correcto. A veces, la peor injusticia es la llave que abre la puerta de tu verdadero destino.
Daniel salió al balcón con dos tazas de café. Me abrazó por la espalda. —¿En qué piensas?
—En que soy la mujer más afortunada del mundo.
—¿Tú? —Daniel rio—. La afortunada es la clínica. Y yo.
Me recargué en su pecho. Sentí su corazón latiendo contra mi espalda, un ritmo seguro y constante.
—Daniel…
—¿Dime?
—Mañana hay que llegar temprano. Llega el camión con el equipo de rayos X para la sucursal norte. Y tengo que entrevistar a la nueva jefa de enfermeras.
—¿Vas a ser dura con ella?
—No. —Me giré y lo miré a los ojos—. Voy a ser justa. Solo le voy a pedir una cosa: que trate a todos, desde el director hasta el que limpia los baños, con el mismo respeto. Porque uno nunca sabe cuándo el que limpia los baños te va a salvar la vida.
Daniel me besó. Un beso largo, bajo la luna de la Narvarte.
A lo lejos, se escuchaba una sirena de ambulancia. Ya no me daba miedo el sonido. Ahora sabía que, al final de esa sirena, había alguien luchando. Y mientras hubiera gente luchando, había esperanza.
Mi nombre es Ana Petrov. Fui la de la limpieza. Fui la acusada. Fui la víctima. Ahora soy la Directora. Soy madre. Soy esposa. Y sobre todo… soy libre.
Y si alguien te dice que no se puede, que el sistema siempre gana, que los pobres siempre pierden… diles que vengan a buscarme. Diles que vengan al Centro Médico Elena Petrov. Yo les invito un café y les cuento cómo se le gana a los gigantes: trabajando duro, amando mucho y nunca, nunca agachando la cabeza.
FIN