
PARTE 1
Capítulo 1: Cimientos de Arena
Dicen que el amor entra por los ojos, pero la realidad es que las casas se construyen con ladrillos, varilla y un chingo de sudor. Mi nombre es Jorge, y si algo sé hacer en esta vida, es aguantar vara. Soy ingeniero civil, de esos que se ensucian las botas de lodo y comen tacos parados en la esquina de la obra con los albañiles. No soy de los que se quedan en la oficina con aire acondicionado. Yo estoy ahí, bajo el solazo, asegurándome de que nada se caiga. Irónico, ¿no? Me pasé la vida cuidando que los edificios no colapsaran, y no vi que mi propia vida se estaba desmoronando ladrillo por ladrillo.
Todo empezó como un cuento de hadas, o al menos eso me quería creer yo. Valeria y yo llevábamos un año de casados. Ella… híjole, ella es de esas mujeres que te quitan el aliento. Fotógrafa, artista, con una vibra bohemia que me volvía loco. Cuando nos casamos, me prometí a mí mismo que le daría todo. Que no pasaría carencias como mis jefes. Así que nos embarcamos en la deuda de nuestras vidas: una casa en un fraccionamiento privado por la salida a Toluca, de esos “fufurufos” con vigilancia y áreas verdes.
—Es perfecta, Jorge. Aquí veo a nuestros hijos corriendo —me dijo el día que nos dieron las llaves. Sus ojos brillaban más que el piso de mármol recién pulido.
Esa mirada fue mi condena. Para pagar esa hipoteca, tuve que volverme un esclavo de la constructora. Agarré todos los proyectos que pude: supervisiones nocturnas, fines de semana, viajes relámpago a Querétaro o Puebla. Mi vida se convirtió en una rutina de salir a las 5 de la mañana y regresar a las 10 de la noche, oliendo a mezcla y gasolina.
Al principio, Valeria lo entendía. “Échale ganas, amor, es por nosotros”, decía. Pero a los seis meses, el “nosotros” empezó a sonar vacío.
La distancia se notaba en la cena. Yo llegaba muerto, con ganas de echarme un baño y dormir. Ella quería platicar, quería salir, quería vida.
—Oye, ¿viste que abrieron un restaurante nuevo en la Condesa? Podríamos ir el viernes —me sugería, sirviéndome unas quesadillas frías.
—No puedo, flaca. El viernes tenemos colado en la torre B. Si no estoy, la raza se hace pato y nos atrasamos.
Ella soltaba el plato con fuerza sobre la mesa. Ese sonido seco de la cerámica contra la madera se volvió mi soundtrack diario.
—Siempre es la torre, siempre es la obra, siempre es el dinero. ¿Y yo qué, Jorge? ¿Yo soy un adorno más en esta pinche casa grandota?
—¡Es para pagarla, Valeria! ¡Es para que tú estés cómoda! —le gritaba yo, con la paciencia ya quemada por el sol.
—Pues felicidades, la casa está divina. Pero está vacía. Igual que tú.
Esas peleas se volvieron el pan de cada día. Pero uno es necio. Yo pensaba: “Ya se le pasará, es una racha”. No sabía que el silencio de una mujer es más peligroso que un grito. Cuando Valeria dejó de reclamar, debí haberme preocupado. Pero no, el pendejo de mí pensó que las cosas se habían “calmado”.
Hasta ese maldito viernes.
Era quincena y la cuadrilla decidió ir a “El Torito”, una cantina de mala muerte cerca de la obra, de esas donde el piso es pegajoso y la música de banda está a todo volumen. Estábamos Max, el “Chaneque” (un topógrafo chaparrito), Beto y yo.
El ambiente estaba pesado. Llevábamos semanas con presión de los inversionistas. Pedimos una cubeta de cervezas y unos cacahuates.
—¡Salud, cabrones! —gritó el Chaneque—. Por fin viernes, gracias a Dios y a la Virgen.
Empezamos hablando de lo de siempre: fútbol, política y qué tan caro estaba todo. Pero después de la tercera ronda, la plática inevitablemente giró hacia las viejas.
Max, que traía broncas de divorcio, empezó a lloriquear.
—No, mi mujer me trae cortito. Que si no le doy gasto, que si llego tarde. Me revisa hasta los calzones buscando pelos de otra. Está loca, me cae.
Todos nos reímos. Yo me sentí superior.
—Pues te falta mano dura, compadre —dije yo, dándole un trago largo a mi Victoria—. La mía sabe que si no estoy es porque estoy trayendo la lana. Ella no me hace panchos.
Beto, un arquitecto que siempre me había tenido envidia porque a mí me ascendieron antes que a él, soltó una risita burlona. De esas que te pican el orgullo. Se limpió la espuma del bigote y me miró fijamente.
—¿Ah, sí, George? ¿Muy segura tu señora?
—¿Qué traes? —le contesté, frunciendo el ceño.
—Nada, güey. Nomás digo… Tú te la vives aquí, entre puro macho sudoroso, polvo y mentadas de madre. Tu mujer está allá, en su casita de muñecas, solita, aburrida… Y con lo guapa que está.
—Bájale de huevos, Beto —le advertí, sintiendo cómo se me calentaban las orejas.
—No te enojes, es la neta. Mira, las mujeres son como las plantas: si no las riegas tú, viene otro jardinero y les echa agua. Y a veces hasta les poda el arbusto, si me entiendes.
Hubo un silencio incómodo en la mesa. Nadie se rió. El Chaneque miró su celular haciéndose el loco. Max tosió.
—¿Qué tratas de insinuar, imbécil? —me levanté a medias de la silla.
—Tranquilo, Jorge, es cotorreo —Beto levantó las manos en señal de paz, pero esa sonrisita cínica seguía ahí—. Solo digo que he visto cómo te mira el de la ferretería cuando vas, o cómo te saludan los proveedores. Tú crees que todos son compas, pero en este mundo nadie respeta nada. Y una mujer sola… es mucha tentación. Ojalá no te estén “pedaleando la bicicleta” mientras tú te sientes el rey del concreto.
Me senté de golpe, pero el daño ya estaba hecho. La frase “pedaleando la bicicleta” se me quedó grabada. Miré a los demás. ¿Sabían algo? ¿Por qué se quedaron callados? ¿Acaso yo era el “cornudo” del grupo y no me había dado cuenta?
La cerveza me supo a vinagre. Pagué mi parte aventando los billetes en la mesa y me largué sin despedirme.
Manejé a casa con la cabeza hecha un nudo. Recordé las veces que Valeria no me contestaba el teléfono. “Estaba bañándome”, decía. O las veces que se arreglaba demasiado para ir “al súper”. “Me gusta verme bien para ti”, decía. ¿Y si era mentira? ¿Y si Beto tenía razón y yo era el único idiota que no lo veía?
El tráfico de la ciudad estaba imposible, pero yo sentía que iba en cámara lenta. Cada semáforo en rojo era una tortura. Quería llegar. Quería verla. Quería encontrar algo que me dijera que estaba loco, que Beto era un envidioso y que mi matrimonio estaba bien. Pero en el fondo, esa intuición masculina que pocas veces escuchamos, me gritaba: “Algo anda mal, cabrón. Algo huele a podrido”.
Capítulo 2: Fantasmas en la Sala
Llegué a la casa pasadas las 10:30 de la noche. Desde afuera, la casa se veía imponente, con esa fachada moderna que tanto nos costó. Las luces de la sala estaban encendidas. Me quedé un momento en el coche, con el motor apagado, mirando la ventana. ¿Qué estaría haciendo? ¿Estaría sola?
Me sentí ridículo por dudar. Sacudí la cabeza y bajé del coche. Al abrir la puerta principal, me recibió el olor a su perfume. No era un olor suave, era intenso, como si se lo acabara de poner.
—¿Val? —grité desde la entrada, dejando las llaves en la mesita.
Ella estaba en el sofá, con la laptop en las piernas y el celular a un lado. Dio un brinco cuando me vio, algo exagerado.
—¡Ay, Jorge! ¡Qué susto me diste! —Se llevó la mano al pecho—. No escuché el coche.
—Vengo cansado, no venía echando arrancones —respondí seco, observándola.
Llevaba puesta una bata de seda que le regalé en la luna de miel. Debajo, se notaba que traía lencería. Y estaba maquillada. No mucho, pero traía rímel y los labios pintados.
—¿Ibas a salir? —pregunté, acercándome para darle un beso. Ella me puso la mejilla, un beso frío, de esos que das a la tía lejana.
—No, ¿cómo crees? Estaba editando unas fotos de la boda de los Martínez.
—¿Y por qué tan arreglada? Hueles a perfume del caro.
—Ay, qué latoso vienes hoy —se rió nerviosa, cerrando la laptop de golpe—. Me probé unos cosméticos nuevos, estaba haciendo un tutorial… ya sabes, cosas de mujeres. ¿Tú qué? ¿Cenaste?
No le creí. Conocía esa risa. Era la misma risa que ponía cuando gastaba de más en la tarjeta y no quería decirme. Pero esta vez no era dinero. Era algo más denso.
—No tengo hambre —dije, y me senté en el sillón de enfrente, sin quitarme las botas. La miré fijamente. Ella evitaba mi mirada, scrolleando en su celular con el dedo rápido, nervioso.
De repente, el teléfono vibró en la mesa de centro. Un zumbido seco que rompió el silencio. La pantalla se iluminó. Estaba boca arriba.
Alcancé a ver la notificación de WhatsApp. No vi el nombre, pero el mensaje fue claro, corto y brutal:
“¿Ya se durmió el ogro? Te extraño, bebé.”
El tiempo se detuvo. Sentí como si me hubieran dado un batazo en el estómago. El ogro. Yo era el pinche ogro.
Valeria se lanzó sobre el teléfono como si fuera una granada a punto de explotar. Lo agarró y lo bloqueó, apretándolo contra su pecho.
—¿Quién es? —pregunté. Mi voz salió ronca, irreconocible.
—Nadie… es… es mi hermana. Tiene broncas con su novio —tartamudeó. Sus ojos se movían de un lado a otro, buscando una salida.
—Tu hermana te dice “bebé” y me dice “ogro” a mí? —Me levanté despacio, sintiendo la furia subir por mis venas.
—¡No! Leíste mal. Dice “el otro”. Estaba hablando de… del novio de su amiga. ¡Estás loco, Jorge! ¡Ya vas a empezar con tus celos enfermizos!
Se puso a la defensiva. La táctica clásica. Si te cachan, ataca.
—A ver, enséñame el mensaje —extendí la mano—. Si es tu hermana, no hay pedo. Enséñame.
—¡No tengo por qué enseñarte nada! —gritó, poniéndose de pie—. ¡Es mi privacidad! ¡Tú no confías en mí! ¡Me mato trabajando en la casa, te espero todo el día y llegas a hacerme un interrogatorio como si fuera una delincuente!
Sus gritos llenaron la sala. Se hacía la víctima tan bien que por un segundo, un maldito segundo, dudé. ¿Habré leído mal? ¿Estaré tan cansado que alucino?
Pero no. Yo sabía lo que había leído.
—Valeria, no me veas la cara de pendejo.
—¡Vete a la chingada, Jorge! —Me dio la espalda y corrió hacia la recámara, azotando la puerta con tanta fuerza que los cuadros de la pared temblaron.
Me quedé solo en la sala. El silencio regresó, pero ahora pesaba toneladas. Me senté y me agarré la cabeza. Me sentía humillado, confundido. ¿Quién era ese tipo? ¿Desde cuándo?
Esa noche dormí en el sofá. No podía acostarme al lado de ella. Cada vez que cerraba los ojos, veía el mensaje. “El ogro”. Así me veían. Yo era el proveedor, el que pagaba las cuentas, el estorbo que tenía que dormirse para que ellos pudieran hablar.
Pasaron tres días de ley del hielo. Nos hablábamos con monosílabos. “Sí”, “no”, “ya me voy”. Yo salía más temprano y regresaba más tarde, solo para no verla. Pero la duda me estaba comiendo vivo. Necesitaba saber la verdad. No podía vivir así.
El miércoles regresé a casa a mediodía. Se me había olvidado la cartera (o eso me dije a mí mismo, en realidad quería ver si encontraba algo). Al entrar al fraccionamiento, me topé con Doña Conchita, la vecina del 4B. Es una señora ya grande, viuda, que se pasa la vida en la ventana “regando las plantas”, que es código para “vigilando al vecindario”.
Me estacioné y ella ya estaba ahí, barriendo la banqueta que ya estaba limpia.
—¡Buenas, Jorgito! —saludó con esa sonrisa de viejita tierna que esconde una lengua viperina—. ¡Qué milagro! ¿Te dieron el día?
—No, Doña Conchita, vine de rápido. Se me olvidó algo.
Ella se recargó en la escoba y bajó la voz, como si fuera a contarme un secreto de estado.
—Oye, mijo… qué bueno que ya le pusiste compañía a Valeria. Pobrecita, se veía muy solita.
Sentí un escalofrío.
—¿Compañía? ¿De qué habla?
—Pues del muchacho ese. El alto, morenito, así medio fortachón. Ha venido seguido en las mañanas. Llega como a las 10 y se va después de comer. Yo dije: “Mira qué bueno, ha de ser su primo o su hermano que viene a ayudarle con las cosas de la casa”.
El mundo se me vino encima. Doña Conchita acababa de confirmar lo que mi corazón ya sabía.
—Ah… sí… es… un primo lejano. Vino a arreglar unas tuberías —mentí. Me supo a hiel la mentira. No quería que la vecina viera que me estaban poniendo los cuernos en mi propia casa.
—Ah, con razón. Sí, se ve que trabaja duro, porque cierran las cortinas y todo. Bueno, mijo, salúdamela.
Entré a mi casa temblando. No había nadie. Pero en el piso de la entrada, vi algo. Un rastro de lodo. Una huella de zapato de hombre, grande, tipo tenis deportivo. Yo uso botas de seguridad. Ese no era mi rastro.
Caminé por la casa como un fantasma. En el baño, la tapa estaba levantada. Yo siempre la bajo, es una manía mía. En el cesto de la ropa sucia, había toallas húmedas. Dos.
Me senté en la orilla de la cama y sentí ganas de llorar, pero la rabia era más fuerte. Me estaban viendo la cara en mi propio castillo. Ese “primo” se estaba comiendo mi comida, bebiendo mi licor y acostándose con mi mujer mientras yo me partía la madre bajo el sol.
Fue ahí cuando me acordé de Dani.
Daniel era un compa de la prepa, un genio para la tecnología. Se dedicaba a instalar sistemas de seguridad, alarmas, cámaras.
Saqué el celular. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae. Busqué su número.
—¿Bueno? —contestó Dani.
—Qué onda, carnal. Soy Jorge.
—¡George! ¡Qué milagro, cabrón! ¿Cómo estás?
—Mal, güey. Estoy de la chingada. Necesito un favor. Pero tiene que ser algo entre tú y yo. Nadie puede saber.
—Me estás asustando, güey. ¿Qué pasó? ¿Te metiste en broncas?
—No. Pero creo que me están metiendo gol en mi propia portería. Necesito ojos, Dani. Necesito ver qué pasa en mi casa cuando yo no estoy.
Dani guardó silencio un momento. Entendió todo sin que yo dijera más.
—Cámaras espía —dijo, con voz seria—. Tengo unas nuevas, tamaño botón. Se conectan al Wi-Fi y las ves desde el celular en tiempo real. Alta definición, micrófono, todo.
—¿Cuándo puedes venir?
—Mañana mismo. Pero tienes que sacar a tu vieja de la casa un rato para instalarlas.
—Mañana se va al gimnasio a las 9. Yo te espero aquí.
Colgué el teléfono. Miré a mi alrededor. La casa se sentía hostil, ajena. Ya no era mi hogar. Era la escena del crimen. Y yo estaba a punto de convertirme en el detective que iba a destapar toda la porquería.
Valeria llegó una hora después, fresca como una lechuga, tarareando una canción.
—Hola, amor. ¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó, dándome un beso en la mejilla.
La miré a los ojos. Esos ojos cafés que tanto amaba. Ahora solo veía mentiras reflejadas en ellos.
—Nada. Me sentía mal y vine a descansar un rato —mentí.
—Pobrecito. ¿Quieres un té?
—No. Estoy bien.
Esa noche, mientras ella dormía a mi lado, yo no pegué el ojo. Escuchaba su respiración tranquila. ¿Cómo podía dormir tan en paz después de lo que estaba haciendo? Mañana. Mañana se acabaría la duda. Mañana vería la verdad, aunque esa verdad me destrozara el alma.
Capítulo 3: El Ojo de Dios
Esa mañana, el café me supo a tierra. Estaba sentado en la barra de la cocina, con las manos apretando la taza hasta que sentí que la cerámica iba a tronar. Valeria andaba de un lado a otro, preparándose su licuado “detox” verde que se había puesto de moda. La veía moverse por la cocina, con esa naturalidad que me enfermaba. ¿Cómo podía actuar como si nada? Tarareaba una canción de reggaetón mientras metía espinacas a la licuadora. Yo la miraba y pensaba: “¿En qué momento te volviste tan buena actriz, mi amor?”.
—Oye, gordo, hoy tengo que ir al centro a comprar unos fondos para el estudio —me dijo, sin voltear a verme—. Voy a tardar un rato, así que no me esperes a comer.
—Está bueno —respondí, tratando de que no me temblara la voz—. Yo también voy a andar en chinga en la obra. Tenemos colado y ya sabes cómo se pone la raza si no estoy supervisando.
Era mentira. Los dos mentíamos. Ella seguramente iba a verse con “el primo” y yo… bueno, yo tenía una cita con la verdad.
En cuanto escuché el motor de su coche alejarse por la calle, saqué el celular y le marqué a Dani.
—Ya está limpio el terreno, carnal. Cáele.
—Llego en quince. Ten lista una escalera y un desarmador de cruz —respondió Dani, seco y profesional.
Dani llegó en su camioneta rotulada de “Sistemas de Seguridad Águila”. Entró con su maletín de herramientas como si fuera a desactivar una bomba. Y la neta, eso sentía yo. Sentía que mi casa era un campo minado y cualquier paso en falso iba a volar todo en pedazos.
—¿Dónde las quieres? —preguntó, echándole un ojo a la sala.
—Donde se vea todo, güey. No quiero puntos ciegos. Quiero saber quién entra, quién sale y qué hacen en mi sofá.
Dani asintió y sacó unas cajitas negras diminutas.
—Mira, estas son las “Spy-Cam 3000”. Son una chulada. Tienen lente gran angular, visión nocturna y micrófono de alta ganancia. Si susurran, lo vas a escuchar. Si apagan la luz, los vas a ver.
Sentí una punzada de asco en el estómago. ¿En qué me había convertido? Estaba a punto de violar la privacidad de mi esposa en nuestra propia casa. Me sentía sucio, como un pervertido espiando por la cerradura.
—¿Crees que soy un cabrón por hacer esto, Dani? —le pregunté mientras él desmontaba el detector de humo del techo.
Dani se detuvo y me miró desde la escalera.
—Mira, George, te la voy a barajear despacio. Cabrón es el que engaña. Cabrón es el que le ve la cara a su pareja mientras el otro se parte la madre trabajando. Tú… tú solo buscas paz mental. Si no encuentras nada, pues quitas las pinches cámaras, le pides perdón a Dios y la llevas a cenar. Pero si encuentras algo… al menos no vas a vivir como un pendejo el resto de tu vida.
Sus palabras me calmaron un poco, pero la “cruda moral” seguía ahí.
Instalamos tres cámaras. Una en la sala, escondida dentro del sensor de movimiento de la alarma (que estaba desconectado). Esa cubría la entrada principal, el sofá y el pasillo hacia la cocina. Otra en el pasillo que llevaba a las recámaras, oculta en una repisa entre unos libros viejos. Y la tercera… la tercera fue la más difícil.
—¿La recámara también? —preguntó Dani, dudando.
Me quedé callado mirando la puerta de nuestra habitación. Ese era nuestro santuario. Ahí habíamos hecho el amor mil veces, ahí habíamos planeado el futuro. Poner una cámara ahí era profanar lo último sagrado que nos quedaba.
—No —dije al principio—. La recámara no.
Dani se encogió de hombros y empezó a guardar sus cosas. Pero entonces, la imagen del mensaje de texto me golpeó la mente: “Te extraño, bebé”. Y la imagen de las toallas húmedas.
—Espera —lo detuve—. Sí. Ponla. Pero que no se vea a simple vista.
—La voy a poner en el marco de la tele. Tiene un foquito rojo que parece el del standby. Nadie se da cuenta.
Tardamos dos horas. Cuando terminamos, Dani me hizo descargar una aplicación en mi celular.
—A ver, pícale ahí donde dice “Casa Jorge”.
Le piqué. La pantalla de mi teléfono se dividió en tres recuadros. La imagen era nítida, a todo color. Podía ver mi sala desde un ángulo que nunca había visto. Podía ver el pasillo. Podía ver mi cama, perfectamente tendida, con los cojines decorativos que Valeria acomodaba cada mañana.
—No mames… se ve clarito —murmuré, fascinado y aterrorizado al mismo tiempo.
—El audio también jala chido. A ver, habla —dijo Dani.
—Probando, probando, uno dos tres.
Mi voz salió con un pequeño retraso por la bocina del teléfono de Dani.
—Listo, papá. Ya tienes ojos en la nuca. Ahora, el consejo de compas: no te obsesiones. No te quedes pegado a la pantalla todo el día o te vas a volver loco. Úsalo solo cuando tengas sospechas.
Le pagué a Dani y le di un abrazo fuerte.
—Gracias, güey. Te debo una.
—Ojalá no encuentres ni madres, Jorge. De corazón te lo digo. Ojalá me digas mañana “Dani, eres un paranoico y gasté mi dinero a lo pendejo”.
—Ojalá —respondí.
Cuando se fue, me quedé solo en la casa. Me senté en el sofá, justo enfrente de donde estaba la cámara oculta. Miré hacia el sensor de alarma. No se notaba nada. Era invisible. Saludé a la cámara, sintiéndome ridículo. Luego miré mi teléfono. Ahí estaba yo, saludándome a mí mismo con cinco segundos de retraso.
El Gran Hermano había llegado a mi casa. Y el show estaba por comenzar.
Valeria llegó tarde, como a las 7 de la noche. Yo ya estaba “actuando normal”, viendo el fútbol en la tele.
—¡Hola! —gritó desde la entrada.
Mi corazón dio un vuelco. Saqué el celular discretamente y abrí la aplicación. En la pantalla, vi a Valeria entrar. La vi dejar las llaves, la vi suspirar cansada. La vi sacarse los zapatos de tacón y masajearse los pies.
Era surrealista. La tenía a tres metros en la vida real, pero mis ojos estaban clavados en la pantalla, analizándola. ¿Traía el pelo despeinado? ¿Traía la ropa arrugada?
—¿Cómo te fue? —le grité desde el sofá, sin voltear.
—Bien, cansada. No encontré el fondo que quería, tuve que ir hasta Tlaquepaque.
Mentira. Yo sabía que Tlaquepaque estaba al otro lado de la ciudad y no te tardas tanto. Pero me mordí la lengua.
Esa noche, mientras cenábamos, no pude evitar mirarla con otros ojos. Ya no veía a mi esposa. Veía a una sospechosa. Cada gesto, cada mirada al celular, cada sonrisa… todo lo pasaba por el filtro de la duda.
—¿Qué tanto me ves? —me preguntó, incómoda, mientras picaba su ensalada.
—Nada. Solo que… te ves muy guapa hoy.
Ella sonrió, pero fue una sonrisa fugaz.
—Gracias. Oye, ¿mañana vas a estar en la obra todo el día?
—Sí, ¿por qué?
—Nada, para saber si hago comida o no.
Ahí estaba. La pregunta clave. Quería saber mis horarios. Quería saber cuándo iba a estar el terreno libre.
—De hecho… —empecé a decir, lanzando el anzuelo—. Mañana tengo que salir a una supervisión fuera. Me mandaron a León. Unos pedos con unos permisos y unos materiales que no llegaron. Voy a tener que quedarme allá una noche.
Vi cómo sus ojos brillaron por una milésima de segundo. Fue casi imperceptible, pero la cámara lenta de mi cerebro lo captó. Sus hombros se relajaron.
—¿A León? Uy, qué pesado. ¿Te vas mañana temprano?
—Sí, salgo a las 6 am. Regreso hasta el viernes en la tarde.
—Bueno, pues ni modo. Te preparo tu maleta al rato.
—No te preocupes, yo me la armo.
Esa noche, acostado en la cama bajo la mirada invisible de la cámara que yo mismo había mandado poner, sentí un frío que me calaba hasta los huesos. Estaba durmiendo con el enemigo. Y mañana… mañana iba a poner la trampa definitiva.
Capítulo 4: La Calma Antes de la Tormenta
Jueves. 5:30 AM.
La alarma sonó y me levanté de un salto. Normalmente me cuesta un huevo despertarme, pero hoy la adrenalina me tenía con los ojos pelones desde las 4. Valeria seguía dormida, hecha bolita entre las sábanas. Se veía tan inocente, tan tranquila. Por un momento, quise mandarlo todo al diablo, despertarla, abrazarla y decirle: “Dime que me amas, dime que todo es mentira y borramos esto”. Pero el orgullo es cabrón, y el miedo a ser un cornudo es peor.
Me bañé rápido, me puse mi ropa de trabajo y agarré la maleta pequeña que había preparado la noche anterior. Solo eché un par de mudas, cepillo de dientes y, lo más importante, el cargador de mi celular y una batería externa. Iba a necesitar mucha pila.
—Ya me voy, Val —le susurré, dándole un beso en la frente.
Ella se removió un poco y murmuró algo ininteligible.
—Mmm… con cuidado… me avisas cuando llegues.
—Sí. Te quiero.
Lo dije para ver si me contestaba.
—Mmm… ajá… bye.
Ni un “te quiero” de vuelta. “Ajá”. Eso fue todo. Salí de la recámara sintiendo que me habían dado una cachetada con guante blanco.
Salí de la casa, me subí a mi camioneta y arranqué. Pero no agarré la carretera a León. Manejé hacia el otro lado de la ciudad, a casa de mi primo Lalo, que vivía solo en un departamento de soltero por la zona de Chapalita. Lalo sabía que tenía broncas, pero no le conté todo el detalle. Solo le dije: “Güey, necesito asilo político un par de días, tengo pedos con la Val y necesito pensar”. Lalo, que es a todo dar, me dio un juego de llaves y se fue a trabajar.
Me instalé en su sala. Conecté el celular al cargador, me preparé un café bien cargado y abrí la aplicación.
7:00 AM.
La casa estaba en silencio. La cámara de la recámara mostraba a Valeria aún dormida. Era aburrido, pero hipnótico. Ver a tu esposa dormir cuando ella cree que estás a trescientos kilómetros de distancia es una sensación voyerista muy extraña.
8:30 AM.
Valeria se despertó. La vi estirarse, agarrar el celular y checar sus mensajes. Sonrió. Esa sonrisa matutina que antes era para mí, ahora era para la pantalla de su iPhone. Escribió algo rápido.
Mis manos empezaron a sudar. “Ya le está avisando”, pensé. “Ya le está diciendo que el pendejo del marido se fue a León”.
Se levantó, se fue al baño (que no tenía cámara, gracias a Dios, porque hay límites) y salió envuelta en una toalla. Empezó a arreglarse. No se puso sus pants aguados de “estar en casa”. Se puso un vestido ligero, de esos que le quedan pegaditos y que usa cuando salimos a cenar. Se maquilló. Se peinó.
—¿A dónde vas, cabrona? —le hablé a la pantalla, como si fuera un partido de fútbol.
10:00 AM.
Bajó a la cocina. Se hizo un desayuno ligero y se puso a limpiar un poco la sala. Acomodó los cojines, guardó unas revistas. Estaba preparando el escenario.
De repente, su celular sonó. Contestó en altavoz mientras lavaba un plato. La cámara de la sala captó el audio perfectamente.
—¿Bueno?
—Hola, preciosa. ¿Ya se fue? —Una voz de hombre. Grave, rasposa. No era la voz de ningún primo.
Sentí que la sangre se me iba a los talones. Mi corazón empezó a golpear contra mis costillas como si quisiera romperlas.
—Sí, se fue tempranito. Dice que regresa hasta mañana en la tarde. Tenemos la casa sola, bebé.
—Perfecto. Llego en una hora. Voy a pasar a comprar algo de beber. ¿Quieres vino?
—Sí, trae tinto. Y no tardes, que ya te extraño.
—Ya voy volando. Besos.
Colgó.
Me quedé paralizado. El mundo se me detuvo. Ya no había dudas. Ya no había “quizás estoy loco”. Ahí estaba la prueba, grabada en alta definición. “Tenemos la casa sola”. “Ya se fue”.
Sentí una mezcla de furia volcánica y un dolor profundo, agudo, como si me estuvieran arrancando la piel a tiras. Quise vomitar. Quise aventar el teléfono contra la pared. Quise subirme a la camioneta e ir a quemar la casa con ellos adentro.
Pero me contuve. Dani me lo había dicho: “Cabeza fría, George”. Si llegaba ahorita, capaz que hacía una locura y terminaba en el bote. Necesitaba ver quién era. Necesitaba verle la cara al desgraciado que se estaba metiendo en mi cama. Necesitaba que la traición se consumara para que no hubiera excusas, para que Valeria no pudiera decir “solo vino a platicar”.
Pasó una hora. La hora más larga de mi vida. Yo caminaba por el departamento de Lalo como león enjaulado. Me fumé media cajetilla de cigarros, aunque yo casi no fumo. Me tomé tres cafés. Me comí las uñas.
Miraba el reloj: 10:45. 10:50. 10:55.
Valeria estaba en la sala, sentada, moviendo el pie con nerviosismo. Se veía ansiosa. Se veía… enamorada. Y eso era lo que más me dolía. No era solo sexo. Había emoción. Había esa chispa que conmigo se había apagado hacía meses.
11:15 AM.
El timbre de la casa sonó.
Valeria dio un brinco y corrió a la puerta. Se arregló el cabello en el espejo de la entrada antes de abrir.
Abrió la puerta.
Entró un hombre. Alto, delgado, moreno, con cabello corto. Vestía una camisa tipo polo azul y jeans. Traía una bolsa de papel en una mano (el vino) y las llaves de un coche en la otra.
No lo reconocí al instante. No era nadie de la obra. No era ningún amigo nuestro. Era un completo desconocido para mí.
Valeria se le lanzó encima. Lo abrazó por el cuello y él la levantó del suelo. Se besaron. No fue un beso de saludo. Fue un beso hambriento, desesperado, de esos que te quitan el aire. Él la agarró de las nalgas con una confianza que me hizo querer vomitar bilis.
—Te extrañé un chingo —le dijo él cuando se separaron para respirar.
—Yo más. Pensé que nunca se iba a largar —contestó ella, riéndose.
“Pensé que nunca se iba a largar”.
Esa frase fue mi sentencia de muerte. Ahí murió Jorge, el esposo amoroso. Ahí murió la esperanza. Ahí murió todo lo bueno que había en mí.
Cerraron la puerta con llave.
Caminaron abrazados hacia la sala. Él dejó la botella en la mesa y se sentó en MI sofá. Se desparramó como si fuera el dueño. Valeria fue a la cocina por copas.
Yo estaba viendo todo esto en la pantalla de 6 pulgadas de mi celular, temblando de rabia. Mis ojos estaban llenos de lágrimas de coraje.
—¿Quién eres, hijo de tu puta madre? —gruñí.
Hice zoom en la imagen. La cara del tipo se veía clara. Era joven, quizá unos años menor que yo. Tenía esa pinta de “mirrey” o de oficinista galán. Nada que ver conmigo, que tengo las manos callosas y la piel quemada por el sol.
Valeria regresó con las copas. Se sentó encima de él, a horcajadas. Empezaron a besarse otra vez. Él le metió la mano por debajo del vestido.
—¿Vamos a la recámara? —preguntó él, jadeando.
—Espera… quiero platicar tantito. Tenemos todo el día —dijo ella, acariciándole el pelo—. Además, me gusta hacerlo esperar.
—Eres mala, Val. Por eso me encantas.
Ya no pude ver más. Cerré la aplicación un segundo porque sentía que me iba a dar un infarto. Respiré hondo. Uno, dos, tres. El aire no me entraba a los pulmones.
Tenía que ir.
Tenía que ir AHORA.
Agarré las llaves de la camioneta. Agarré mi cartera. No sabía qué iba a hacer. No tenía un plan. Solo sabía que tenía que estar ahí. No para matarlos (aunque ganas no me faltaban), sino para que me vieran. Para verle la cara a Valeria cuando se le cayera el teatro. Para ver el terror en los ojos de ese cabrón cuando viera llegar al “ogro”.
Salí del departamento de Lalo corriendo. Bajé las escaleras de dos en dos. Me subí a la camioneta y arranqué rechinando llantas.
El camino de regreso, que normalmente hago en 40 minutos, lo hice en 20. Me pasé altos, menté madres, le eché el coche encima a los taxistas. Iba poseído. En mi cabeza solo escuchaba su risa: “Pensé que nunca se iba a largar”.
Llegué al fraccionamiento. El guardia de seguridad me saludó:
—Buenas tardes, Inga, ¿no que andaba de viaje?
—Se canceló —le dije, sin detenerme, y la pluma se levantó lento, demasiado lento para mi gusto.
Manejé hasta mi calle. Vi un coche estacionado frente a mi casa. Un Mazda rojo, limpiecito, brillante. Ese debía ser el coche del “Licenciado” o quien quiera que fuera este imbécil.
Me estacioné detrás de él, bloqueándole la salida.
Apagué el motor.
Me quedé un segundo en silencio, escuchando el zumbido de mis oídos. Mis manos temblaban sobre el volante.
Miré la casa. Las cortinas estaban cerradas. Todo se veía tranquilo por fuera. Adentro, mi vida estaba siendo pisoteada.
Saqué el celular una última vez. Abrí la cámara de la recámara.
Estaban ahí.
Ya no estaban platicando.
Estaban en mi cama. La ropa estaba tirada en el suelo.
Guardé el teléfono en el bolsillo. Sentí un frío metálico en el pecho. Ya no había vuelta atrás.
Bajé de la camioneta y caminé hacia la puerta. No corrí. Caminé con paso firme, pesado, como quien camina hacia el patíbulo. O hacia la guerra.
Saqué mis llaves.
Metí la llave en la cerradura. Giré suavemente. El “clic” sonó como un disparo en el silencio de la tarde.
Empujé la puerta.
Estaba adentro.
El pasillo estaba en penumbra. Se escuchaban risas ahogadas y gemidos que venían del fondo, de la recámara principal. El sonido era grotesco, animal.
Mis botas de trabajo hicieron eco en el piso de mármol.
Toc, toc, toc.
Avancé. Pasé la sala. Vi las copas de vino a medio tomar en la mesa. Vi la bolsa de papel tirada.
Llegué a la puerta de la recámara. Estaba entreabierta.
La empujé con la mano.
Y ahí estaban.
Congelados en el tiempo.
Valeria gritó. El tipo se cubrió con la sábana, con los ojos desorbitados.
Yo me paré en el umbral, con los puños cerrados, y los miré.
—Se te acabó la fiesta, Valeria —dije, con una voz tan tranquila que hasta a mí me dio miedo.
Capítulo 5: Carne de Cañón
El tiempo se detuvo. Juro por Dios que se detuvo. Fue como si alguien hubiera puesto pausa en una película de terror. El silencio que siguió a mi frase “Se te acabó la fiesta, Valeria” fue tan pesado que casi podía escucharlo zumbar en mis oídos.
La escena se me grabó en la retina para siempre, como una cicatriz de quemadura. Valeria, mi esposa, la mujer por la que me partía el lomo cargando bultos de cemento y peleándome con arquitectos prepotentes, estaba ahí, hecha un nudo de sábanas blancas, con la piel brillando de sudor y los ojos desorbitados, como un venado a punto de ser atropellado en la carretera.
Y a su lado, el tipo. El tal “licenciado”. El “primo”. Un pendejo con cara de niño rico, flaco, sin camisa, con los pelos parados y una expresión de terror puro. Se veía patético. En la pantalla del celular se veía como un Don Juan, pero aquí, frente a mí, temblando en calzones, no era más que una rata acorralada.
—¡Jorge! —gritó Valeria, rompiendo el hechizo. Su voz salió aguda, quebrada—. ¡No es lo que parece! ¡Juro que no es lo que parece!
Solté una carcajada seca, amarga, que me raspó la garganta.
—¿No es lo que parece? —repetí, caminando despacio hacia la cama. Sentía la adrenalina bombeando en mis venas como gasolina de avión. Mis manos se cerraban y abrían solas, buscando algo que romper—. ¿Entonces qué es, Valeria? ¿Están jugando a las escondidas encuerados? ¿Se tropezaron y cayeron así? ¡No me quieras ver la cara de estúpido!
El tipo intentó moverse. Fue un error.
—Carnal, tranquilo… —balbuceó, levantando las manos como si quisiera calmar a una bestia—. Vamos a hablar, somos gente civilizada…
—¿Carnal? —rugí.
En dos zancadas estuve encima de él. No lo pensé. Fue instinto puro, primitivo. Lo agarré del cuello, justo donde se le notaba la nuez de Adán subiendo y bajando del miedo, y lo levanté de la cama como si fuera un muñeco de trapo.
—¡No me digas carnal, hijo de tu puta madre! —le grité en la cara, escupiéndole la rabia—. ¡Tú y yo no somos nada! ¡Te metiste a mi casa, te tragaste mi vino y te metiste con mi mujer!
Lo aventé contra el armario. El golpe sonó seco, pum, y él cayó al suelo, gimiendo, tratando de taparse con las manos.
Valeria empezó a gritar histérica.
—¡Déjalo! ¡Jorge, por favor, lo vas a matar! ¡Cálmate!
—¡Cállate el hocico! —le grité sin voltear a verla—. ¡Tú no tienes derecho a pedir nada!
Me volví hacia el tipo, que estaba tratando de gatear hacia su ropa, que estaba tirada en un rincón como basura. Me agaché y lo agarré del pelo, obligándolo a mirarme. Tenía los ojos llorosos. Me dio asco. Ni siquiera tuvo los huevos de defenderme. Ni siquiera se paró a pelear por ella. Era un cobarde.
—Mírate —le dije, con voz venenosa—. Tiemblas como una gelatina. ¿Este es el hombre por el que me cambiaste, Valeria? ¿Este pedazo de mierda?
El tipo lloriqueaba.
—Perdón, viejo, perdón… yo no sabía… ella me dijo que…
—¡Cállate! —Lo levanté de un tirón—. Tienes diez segundos para largarte de mi casa antes de que se me olvide que no quiero ir a la cárcel por matar a una cucaracha como tú.
—Sí, sí, ya me voy… —empezó a buscar sus pantalones desesperado, tropezándose con sus propios pies.
—¡Así no! —le di una patada a su ropa, mandándola lejos, hacia el pasillo—. ¡Te largas como llegaste al mundo, cabrón! ¡Para que todo el fraccionamiento vea la clase de basura que eres!
El tipo me miró con pánico.
—No, por favor, mi ropa… las llaves…
Lo agarré del brazo y lo arrastré hacia la salida. Él forcejeaba, pataleaba, pero yo mido 1.85 y trabajo cargando vigas; él no tenía oportunidad. Lo saqué de la recámara, pasamos por la sala donde minutos antes se estaban besuqueando, y llegamos a la puerta principal.
Abrí la puerta de golpe. La luz del sol de la tarde entró de golpe, cegadora.
—¡Fuera! —Lo empujé con todas mis fuerzas.
El tipo salió trastabillando, cayó de rodillas en el pasto de la entrada, en calzones, con un calcetín puesto y el otro en la mano.
Le aventé sus pantalones y su camisa a la calle, lejos, donde tendría que correr para alcanzarlos.
—¡Y si te vuelvo a ver cerca de mi casa, te juro por mi madre que te rompo las piernas! —le grité.
El tipo se levantó como pudo, rojo de vergüenza, agarró sus garras y corrió hacia su Mazda rojo, tratando de vestirse mientras corría. Un par de vecinos ya se habían asomado por las ventanas. Doña Conchita estaba ahí, con la boca abierta.
Me valió madre. Que vieran. Que supieran.
Cerré la puerta de un portazo que hizo temblar los vidrios.
Le puse el seguro.
Respiré hondo. Uno, dos, tres. Mis manos seguían temblando, pero ya no era de sorpresa, era de pura furia contenida.
Me di la vuelta. El pasillo estaba en silencio otra vez. Pero ahora, al final del pasillo, en la puerta de la recámara, estaba ella. Valeria.
Se había puesto la bata de seda mal amarrada. Estaba pálida, con el maquillaje corrido por las lágrimas.
Era el momento. El tipo ya se había ido. Ahora solo quedábamos nosotros dos. Y esta batalla iba a ser mucho más dolorosa que arrastrar a un desconocido por el piso.
Capítulo 6: La Guerra de Palabras
Caminé hacia ella. Lento. Mis botas hacían un ruido sordo en el piso: tac, tac, tac. Ella retrocedió un paso, entrando a la recámara, como buscando refugio en el lugar del crimen.
Entré a la habitación. Olía a sexo. Ese olor dulzón, almizclado, inconfundible. Me dieron ganas de vomitar. Olía a traición. Olía a todo lo que había muerto en los últimos veinte minutos.
Me quedé parado en el centro del cuarto, mirándola. Ella estaba pegada a la pared, abrazándose a sí misma, temblando.
—Jorge… —empezó a decir, con esa voz de niña regañada que usaba cuando chocaba el coche o perdía la tarjeta de crédito—. Déjame explicarte…
—¿Explicarme qué? —pregunté, con una calma helada que me sorprendió hasta a mí—. ¿Me vas a explicar la física de los cuerpos? ¿Me vas a explicar cómo tropezaste y caíste encima de su verga? ¿O me vas a explicar por qué en la mañana me dijiste “te quiero” cuando en realidad estabas pensando en a qué hora llegaba ese pendejo?
—¡Fue un error! —sollozó ella—. ¡No significó nada! Me sentía sola, estaba confundida…
—¿Sola? —Esa palabra detonó algo dentro de mí. Golpeé la pared con el puño. Hice un agujero en el panel de yeso. Valeria gritó y se cubrió la cara—. ¡No me hables de soledad, Valeria! ¡Yo soy el que está solo! ¡Yo soy el que se va a las 5 de la mañana a tragar polvo y a pelear con albañiles para pagar ESTA casa! ¡Para pagar TUS lujos! ¡Para que tú puedas jugar a la fotógrafa artista mientras yo me parto la madre!
Ella bajó las manos y, por primera vez, vi un destello de enojo en sus ojos. El miedo se estaba convirtiendo en defensiva. La clásica táctica: cuando no puedes negar el crimen, culpa a la víctima.
—¡Sí! ¡Sola! —gritó ella, irguiéndose—. ¡Tú nunca estás, Jorge! ¡Te casaste con la constructora, no conmigo! Llegas de noche, cansado, malhumorado, te duermes y al día siguiente es lo mismo. ¡Soy una mujer, no un mueble! ¡Tengo necesidades! ¡Necesito atención, necesito cariño, necesito sentirme deseada!
Sus palabras eran como cuchillos. Y lo peor es que, en una parte retorcida de mi cerebro, sabía que tenía un punto. Pero eso no le daba derecho a esto.
—¿Y por eso trajiste a un extraño a nuestra cama? —le pregunté, bajando la voz—. ¿Por eso planeaste todo? Porque no fue un desliz, Valeria. No fue que te tomaste unas copas y pasó. ¡Lo planeaste! Esperaste a que yo me fuera de viaje. Me mentiste en la cara. Me preparaste la maleta sabiendo que ibas a meter a otro hombre aquí en cuanto yo cruzara la puerta. Eso no es soledad. Eso es maldad. Eso es ser una cínica.
—¡Tú me orillaste a esto! —chilló ella, con la cara roja—. ¡Si me hubieras prestado atención, si me hubieras escuchado cuando te decía que me sentía abandonada, esto no habría pasado! Él… él me escucha. Él me hace sentir especial.
—¿Ah, sí? —Me reí, sarcástico—. ¿El tipo que salió corriendo en calzones y te dejó aquí sola para enfrentar el pedo? ¿Ese es el que te hace sentir especial? ¡Vaya príncipe azul te conseguiste, Valeria! Un cobarde que no vale ni un centavo.
Valeria se quedó callada un momento, mordiéndose el labio. Sabía que tenía razón sobre el tipo. Sabía que el “amor” de su amante no había durado ni cinco segundos frente al peligro. Pero no quería dar su brazo a torcer.
—Tú no entiendes… —murmuró.
—Entiendo perfectamente —la interrumpí—. Entiendo que todo lo que construimos fue una mentira. Entiendo que mientras yo pensaba en nuestro futuro, tú pensabas en tu placer. Entiendo que no me respetas. Y si no hay respeto, Valeria, no hay nada.
Me acerqué a la cama y arranqué las sábanas de un tirón. Las hice bola y las aventé al suelo.
—¡Me das asco! —le escupí—. Me da asco ver esta cama. Me da asco pensar que te toqué.
Valeria rompió a llorar de nuevo, pero esta vez eran lágrimas de derrota. Se dejó caer al suelo, hecha un ovillo, llorando ruidosamente.
—Perdóname, Jorge… por favor, perdóname… podemos ir a terapia… podemos arreglarlo… te juro que no lo vuelvo a ver… te amo a ti…
—¡No mientas más! —Grité tan fuerte que me dolió la garganta—. ¡No me amas! Si me amaras, no me habrías destruido así. El amor no hace esto. El amor no traiciona. El amor no planea a mis espaldas.
Me pasé la mano por el pelo, tratando de calmarme. Sentía que la cabeza me iba a estallar. Miré alrededor de la habitación. Las fotos de nuestra boda en la pared. El reloj que compramos en Liverpool. La ropa en el closet. Todo me parecía ajeno, falso, como un set de televisión barato.
—Levántate —le dije, seco.
Ella me miró, con los ojos hinchados.
—¿Qué?
—Que te levantes. Y que agarres una maleta.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con pánico—. ¿Me vas a correr? Esta es mi casa también.
—No, Valeria. Esta casa la pago yo. La hipoteca está a mi nombre. Los muebles los pagué yo. Tú pusiste los adornos, pero los cimientos son míos. Y en mis cimientos no viven traidoras.
Ella se puso de pie, temblando.
—No puedes hacerme esto… no tengo a dónde ir… mis papás están en Monterrey…
—Hubieras pensado en eso antes de abrirle las piernas al “Licenciado” —le contesté sin piedad—. Tienes una hora. Una hora para sacar tus garras y largarte. Lo que no te lleves hoy, lo quemo en el patio mañana.
—¡Jorge, por favor! —se intentó acercar a mí, tratando de abrazarme.
Me hice para atrás como si tuviera lepra.
—¡No me toques! —le advertí—. Si tienes un gramo de dignidad, si es que te queda algo, vete por las buenas. No me hagas sacarte a empujones como a tu novio.
Valeria se quedó quieta, mirándome. Vio en mis ojos que no estaba jugando. Vio que el Jorge bonachón, el Jorge que la consentía, el Jorge que le perdonaba los berrinches, había muerto esa tarde. En su lugar había un hombre roto, frío y decidido.
Bajó la mirada.
Caminó hacia el closet y sacó una maleta grande. Empezó a meter ropa al azar, llorando en silencio. Zapatos, vestidos, blusas. Todo hecho bola.
Yo me quedé ahí, recargado en el marco de la puerta, vigilándola. No me iba a mover hasta que saliera. No le iba a dar ni un minuto de privacidad. Quería asegurarme de que se fuera.
Mientras ella empacaba, mi celular vibró en mi bolsillo.
Lo saqué. Era una notificación de la cámara de seguridad.
“Movimiento detectado en la Sala”.
Era yo mismo, en la grabación de hace un rato, arrastrando al amante.
Guardé el celular. Ya no necesitaba cámaras. La película había terminado y el final era una tragedia.
—Ya está —dijo ella media hora después, cerrando la maleta con dificultad. Tenía la cara lavada, se había puesto unos jeans y una playera. Se veía como una niña perdida.
—Las llaves —extendí la mano.
Ella buscó en su bolsa y sacó el llavero con el control de la alarma y la llave de la entrada. Me las puso en la mano. Sus dedos rozaron los míos y sentí una descarga eléctrica de dolor. Hace 24 horas, esas manos me acariciaban. Hoy, eran las manos de una extraña.
—Jorge… —dijo, con la voz rota, parada en la puerta—. Te juro que te quería. A mi manera, pero te quería.
—Lástima que tu manera es una mierda, Valeria.
Se dio la media vuelta y caminó hacia la salida. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo. Escuché la puerta principal abrirse. Escuché la puerta cerrarse.
Y entonces, el silencio regresó.
Pero no era un silencio de paz. Era un silencio sepulcral.
Me quedé solo en la habitación, rodeado de los fantasmas de mi matrimonio. Miré la cama desecha.
Me senté en el suelo, recargué la espalda en la pared y, por primera vez en todo el día, me permití llorar. No lloré a gritos. Lloré en silencio, con lágrimas calientes que me quemaban las mejillas.
Había ganado la batalla. Había descubierto la verdad. Había corrido a los invasores.
Pero mientras miraba el techo vacío de mi casa perfecta, me di cuenta de que, en realidad, había perdido todo.
Capítulo 7: La Resaca del Alma
Cuando la puerta se cerró detrás de Valeria, el sonido fue definitivo. Un clac metálico que resonó en mis oídos como el disparo de salida de una carrera que no quería correr. Me quedé ahí, sentado en el suelo de la recámara, mirando las partículas de polvo bailar en el rayo de luz que entraba por la ventana. Ese mismo polvo que horas antes ella y su amante habían levantado en su revolcón.
La casa se sentía inmensa. Ridículamente grande. Antes, ese espacio era sinónimo de éxito, de “ya la hicimos”. Ahora, cada metro cuadrado era un recordatorio de mi estupidez. El silencio no era paz; era un zumbido constante, pesado, como cuando sales de un antro y te pitan los oídos, pero esto era por dentro.
Me levanté porque el cuerpo me lo pidió, no porque tuviera ganas. Mis rodillas tronaron. Me sentía viejo. Caminé hacia la cama deshecha. Ver esas sábanas arrugadas, con la marca de dos cuerpos que no eran los nuestros, me provocó una arcada violenta. Sentí la bilis subir por mi garganta.
—¡A la chingada! —grité al aire.
Agarré las sábanas, las almohadas, el cobertor. Lo arranqué todo con una fuerza que no sabía que tenía. Hice una bola gigante con todo eso. No las iba a lavar. No iba a dormir nunca más en esa tela manchada por la traición. Cargué el bulto y salí al patio trasero.
Teníamos un asador de ladrillo que yo mismo había construido el verano pasado para las carnes asadas con la familia. Aventé las sábanas ahí. Fui al cuarto de lavado, agarré el bidón de gasolina que usaba para la podadora y rocié todo.
El olor a combustible llenó el aire, tapando el olor a su perfume barato y a sexo. Saqué mi encendedor, prendí un cigarro (el primero en años) y dejé caer el Zippo sobre la pira.
Fwoosh.
El fuego prendió de golpe, voraz, anaranjado y furioso. Me quedé ahí, viendo cómo se consumía la “evidencia”. Viendo cómo se quemaban mis sueños, mi confianza y mi ingenuidad. El humo negro subía al cielo de Guadalajara, llevándose con él los restos de mi matrimonio.
Esa noche no dormí. ¿Cómo iba a dormir? Me acabé una botella de Tequila Herradura que tenía guardada para una ocasión especial. Pues qué más especial que el funeral de mi vida, ¿no?
Me senté en el sofá de la sala, con la botella en una mano y el celular en la otra. Desinstalé la aplicación de las cámaras. Ya no quería ver. Ya había visto suficiente para tres vidas. Arranqué la cámara del sensor de movimiento y la pisé hasta hacerla añicos.
El alcohol me pegó duro, pero no me dormía. Solo me entumía. Empezaron a llegar los mensajes de Valeria.
10:30 PM: “Jorge, por favor, contéstame. Estoy en un hotel barato, tengo miedo.”
10:45 PM: “No seas cruel. Hablamos mañana con calma.”
11:20 PM: “Te extraño. Cometí un error, pero te amo.”
Leí cada mensaje y con cada uno sentía una punzada de dolor y rabia. “Te amo”. Qué fácil escriben eso. Qué barato les sale. Si me amara, no se habría traído al “Licenciado” a mi casa. Si me amara, no me habría mentido en la cara.
Bloqueé su número. Bloqueé sus redes sociales. La borré de mi vida digital con un dedo, aunque borrarla de mi corazón iba a tardar mucho más.
Amaneció. El sol me dio en la cara, encontrándome tirado en el suelo de la sala, con dolor de cabeza y el cuerpo molido. Tenía que ir a trabajar. La obra no espera. El concreto no espera a que se te pase la depresión.
Me bañé con agua helada para despabilarme. Me vi en el espejo. Tenía ojeras moradas, los ojos inyectados de sangre y barba de tres días. Parecía un convicto.
—Arre, Jorge. A chingarle —me dije a mí mismo, aunque mi voz sonaba hueca.
Llegué a la obra. El ruido de la maquinaria, los gritos de los albañiles, el polvo… todo lo que antes me daba energía, hoy me aturdía.
Max se me acercó con unos planos.
—Jefe, hay un pedo con la varilla del tercer piso, no llegó el calibre que… —se detuvo al verme la cara—. A la madre, George. ¿Te atropelló un tráiler o qué? Te ves de la verga.
—Me divorcio, Max —solté. Así, sin anestesia.
Max se quedó callado. Bajó los planos.
—No mames… ¿es neta?
—Simón. Ayer la caché. En mi casa. Con otro.
El chisme corrió como pólvora. En una obra, no hay secretos. A la hora de la comida, nadie me hizo bromas. Nadie me preguntó detalles morbosos. Simplemente, el ambiente cambió.
El “Chaneque” se acercó y me puso una coca cola fría en la mesa.
—Tenga, Inga. Pa’l susto.
Beto, el que me había advertido en el bar, se sentó frente a mí. Yo esperaba que me dijera “Te lo dije”, pero no lo hizo. Solo me miró y asintió.
—Lo siento, güey. Neta. Nadie se merece eso. Si necesitas un paro para la mudanza o para ponerle unos madrazos al sancho, aquí estamos.
Sentí un nudo en la garganta. Esa solidaridad masculina, tosca, sin abrazos pero firme, fue lo único que evitó que me quebrara ahí mismo.
—Gracias, cabrones —dije, y le di un trago a la coca para pasar el trago amargo.
Los días siguientes fueron un trámite burocrático infernal. Busqué a un abogado, el Licenciado Treviño, un viejo lobo de mar con colmillos retorcidos.
—Mire, Ingeniero —me dijo en su despacho que olía a tabaco y libros viejos—. Aquí hay de dos sopas. O nos vamos a un divorcio incausado y peleamos bienes, o llegamos a un acuerdo. ¿Cómo están los papeles de la casa?
—La casa está a mi nombre, pero nos casamos por bienes mancomunados.
El abogado hizo una mueca.
—Híjole. Ahí está el detalle. Ella tiene derecho al 50%. Aunque le haya puesto el cuerno con medio batallón, la ley es la ley.
—¿Le tengo que dar la mitad de mi esfuerzo a esa traidora? —golpeé el escritorio.
—Así es la justicia, mijo. Ciega y a veces pendeja. Pero podemos negociar. Si ella se siente culpable, a lo mejor firma por menos.
La negociación fue una guerra fría. Valeria no quería dar la cara, mandó a una abogada feminista muy agresiva que me quería quitar hasta los calzones. Decían que yo ejercía “violencia económica” y “abandono de hogar”.
¡Háganme el favor! Yo, que me mataba trabajando, ahora resultaba ser el villano.
Fueron semanas de estira y afloja. Yo vivía en la casa, pero ya no era mi hogar. Era una trinchera. Dormía en el cuarto de visitas. Empaqué todas las cosas de ella en cajas y las puse en la cochera.
—Que venga por sus garras o las tiro a la basura —le dije a su abogada.
Finalmente, un martes gris, nos vimos en el juzgado.
Valeria llegó. Se veía delgada, demacrada. Ya no tenía ese brillo de “mujer fatal” que tenía el día que la caché. Se veía triste. O tal vez solo actuaba, ya no sabía qué creer.
No nos hablamos. Solo cruzamos miradas. En sus ojos vi arrepentimiento, sí, pero también vi rencor. Me odiaba por haber descubierto su mentira. Me odiaba por no haberla perdonado.
Firmamos.
Al salir, ella intentó acercarse.
—Jorge…
—No —la corté en seco, sin detenerme—. Ya firmamos. Ya no hay nada que decir. Que te vaya bien. O mal. Me da igual.
Me subí a mi camioneta y arranqué sin mirar atrás por el retrovisor.
Era libre.
Pero la libertad sabía a ceniza. Tenía 32 años, estaba divorciado, endeudado (porque tuve que comprarle su parte de la casa para que no la vendiéramos) y emocionalmente en bancarrota.
Llegué a la casa. Mi casa. Ahora sí, 100% mía.
Entré y el eco de mis pasos resonó en las paredes vacías. Me senté en el suelo de la sala, abrí una cerveza y brindé con mi propia sombra.
—Salud, Jorge. Sobreviviste.
Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir. Ahora tocaba la parte más difícil: reconstruir un edificio que había sido demolido hasta los cimientos.
Capítulo 8: Cimientos Nuevos
Pasaron seis meses. Seis meses que se sintieron como seis años.
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero es mentira. El tiempo solo hace que la herida deje de sangrar y se convierta en cicatriz. La cicatriz se queda ahí, dura, insensible, recordándote cada vez que llueve que alguna vez te rompiste.
Lo primero que hice fue vender la casa.
No podía vivir ahí. Cada rincón tenía un fantasma. La cocina donde desayunábamos, el jardín donde planeábamos poner columpios, la recámara maldita. Era un mausoleo de un futuro que nunca llegó.
La vendí rápido, a una pareja de recién casados. Los vi tan ilusionados, agarrados de la mano, firmando las escrituras con los ojos brillantes. Me dieron lástima. Quise decirles: “Corran, no se aten, disfruten la vida”. Pero me callé. Ojalá ellos tuvieran mejor suerte que yo.
Con el dinero de la venta liquidé la hipoteca, le pagué su parte a Valeria (que Dios se la cobre) y me sobró un buen capital.
Me mudé a un departamento en el centro, cerca de Chapultepec. Un lugar más chico, tipo loft industrial. Ladrillo aparente, tuberías expuestas. Algo más yo. Algo que no necesitaba adornos para verse bien. Un lugar honesto.
Mi vida cambió radicalmente.
Dejé de hacer horas extra a lo pendejo. Hablé con mi jefe.
—Inge, ya no voy a trabajar los fines de semana.
—Pero Jorge, la producción…
—La producción sale, jefe. Pero yo necesito vida. Si no le parece, renuncio.
Se quedó callado y aceptó. Sabía que yo era bueno.
Empecé a ir al gimnasio. No para ponerme “mamado” para las viejas, sino para sacar la rabia. Levantar pesas se volvió mi terapia. Cada kilo que levantaba era un “chinga tu madre” al pasado. El dolor físico me ayudaba a apagar el dolor mental.
Me compré una moto. Siempre quise una y Valeria decía que eran peligrosas. Ahora, sentir el viento en la cara mientras manejaba por López Mateos en la noche era mi momento de paz.
Con las mujeres… uff. Eso fue otro tema.
Al principio, me volví un perro. Salía con chavas de Tinder, una noche y adiós. No quería compromisos. No quería sentimientos. Veía a todas con sospecha. “¿Me estará mintiendo?”, “¿Tendrá otro?”. Me volví cínico.
Mis amigos, Dani y los de la obra, me decían:
—Tranquilo, George. No todas son como Valeria.
—Todas son iguales, cabrón. Solo cambia el nombre y la maña —respondía yo, amargado.
Pero poco a poco, la niebla se fue levantando. Empecé a disfrutar de mi soledad. Aprendí a cocinar para mí, no para impresionar a nadie. Aprendí a ir al cine solo y disfrutar la película. Aprendí que mi valor no dependía de tener una “esposa trofeo” ni una casa de revista.
Un sábado por la tarde, estaba en un bar de Andares con Dani, echando una chela tranquila. Ya no íbamos a antros ruidosos, preferíamos platicar.
De repente, Dani me dio un codazo discreto.
—Güey… no voltees, pero a las tres en punto.
Obviamente volteé.
Ahí estaba. Valeria.
Estaba sentada en una mesa de la terraza. No estaba sola. Estaba con un tipo. Pero no era el “Licenciado” flaco y miedoso. Era un señor ya grande, canoso, con cara de tener dinero pero cero personalidad.
Valeria se veía… diferente. Traía ropa de marca, muy ostentosa, pero su cara estaba apagada. Sonreía, pero era esa sonrisa de plástico que yo conocía tan bien. La sonrisa de “estoy aburrida pero aguanto porque este güey paga la cuenta”.
El tipo le estaba hablando y ella miraba el celular por debajo de la mesa.
La historia se repetía.
Me quedé mirándola un momento. Esperaba sentir odio. Esperaba sentir celos. O tal vez ganas de ir a decirle sus verdades.
Pero no sentí nada.
Absolutamente nada.
Ni frío ni calor. Era como ver a una extraña. Como ver a alguien que conociste en la prepa y ya no te importa.
—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó Dani, preocupado.
Sonreí, y esta vez fue una sonrisa real, sincera.
—No, güey. Pide otra ronda. Estoy a toda madre.
En ese momento, Valeria levantó la vista y me vio.
Se congeló. Su copa se detuvo a medio camino de su boca.
Me vio bien. Vio que ya no tenía ojeras. Vio que estaba más fuerte, más tranquilo. Vio que me estaba riendo con un amigo. Vio al hombre que perdió por un rato de calentura.
Yo alcé mi cerveza levemente, un brindis mudo, y me volví hacia Dani para seguir platicando de motos.
No necesité decirle nada. Mi indiferencia fue mi mejor venganza. Ella se quedó ahí, atrapada en su ciclo de buscar la felicidad en carteras ajenas, mientras yo… yo me había reconstruido a mí mismo.
Esa noche regresé a mi departamento. Me asomé al balcón viendo las luces de la ciudad.
Recordé la frase que me dijo Dani el día de las cámaras: “Ojalá no encuentres nada”.
Encontré todo. Encontré la verdad dolorosa. Pero también me encontré a mí mismo.
Había pasado por el fuego. Me habían derrumbado. Pero los cimientos… ¡ah, los cimientos eran buenos!
Estaba solo, sí. Pero ya no estaba vacío.
Saqué mi celular y escribí un estado, no para ella, sino para mí y para cualquiera que estuviera pasando por lo mismo.
“A veces tienes que dejar que todo se derrumbe para ver qué es lo que realmente vale la pena rescatar de los escombros. La casa se cayó, pero el ingeniero sigue en pie. Y esta vez, voy a construir algo que no se caiga con mentiras.”
Le di publicar.
Apagué el celular.
Y por primera vez en un año, dormí en paz, soñando con el futuro, no con el pasado.
FIN