¡ME HUMILLARON POR SER POBRE, PERO HICE UN PACTO OSCURO CON EL HEREDERO BASTARDO Y AHORA SOMOS LOS DUEÑOS DE MÉXICO! LA HISTORIA REAL DE CÓMO LA AMBICIÓN Y LA VENGANZA NOS LLEVARON A LA CIMA… Y AL INFIERNO.

CAPÍTULO 1: LA TIERRA DE LOS OLVIDADOS Y LOS MALDITOS

El autobús de segunda clase frenó con un chirrido metálico que pareció rasgar el silencio del mediodía. El aire acondicionado había dejado de funcionar tres horas atrás, y el interior del vehículo olía a humanidad rancia, a tortas de jamón sudadas y a ese polvo fino y rojizo que se te mete hasta en los pensamientos cuando viajas por la carretera libre hacia los pueblos olvidados de la sierra.

Me bajé con las piernas entumecidas. El sol caía a plomo, de ese sol mexicano que no calienta, sino que pica en la piel. Me ajusté la mochila al hombro. Ahí llevaba toda mi vida: tres mudas de ropa, un par de libros de cálculo avanzado y una foto de mis padres que prefería no mirar muy seguido. Tenía casi dieciocho años, pero me sentía como un anciano de ochenta. La vida no me había tratado mal; me había tratado con saña.

El pueblo se llamaba San Pedro de las Tunas, pero todos le decían “El Agujero”. Era uno de esos lugares mágicos donde la magia se había acabado hacía mucho, dejando solo casas de obra negra con varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores, y perros callejeros famélicos que te miraban con la misma desconfianza que los habitantes.

Caminé por la calle principal, esquivando baches y puestos de micheladas vacíos, hasta llegar a la dirección que había garabateado en un ticket de OXXO. La casa era un adefesio de ladrillo gris, sin enjarrar, con un techo de lámina que vibraba con el viento caliente.

Don Chuy, el casero, me esperaba sentado en una silla de plástico blanca, abanicándose con un periódico sensacionalista. Tenía la piel curtida como cuero viejo y unos ojos pequeños y negros que parecían contar las monedas en mis bolsillos antes de que yo las sacara.

—Tú eres el muchacho nuevo, ¿no? —preguntó sin levantarse, escupiéndole a un lado—. El tal Teo.

—Han Tae-ho —corregí, aunque sabía que era inútil. En este país, si tu nombre sonaba raro, te lo cambiaban y punto.

—Eso, el Teo. Llegas tarde, chavo. Ya iba a rentarle el cuarto a un primo que viene del norte.

Sabía que mentía. Nadie venía a este lugar por gusto. Saqué el fajo de billetes que había ahorrado limpiando baños y cargando cajas en la Central de Abastos antes de huir de la ciudad. Se lo puse en la mano.

—Aquí está el depósito y el primer mes. No doy lata, no hago fiestas y pago a tiempo.

Don Chuy contó los billetes lamiéndose el dedo pulgar, lento, disfrutando mi ansiedad.

—¿Y tus jefes, mijo? —preguntó de repente, clavándome la mirada—. Está muy raro que un escuincle de tu edad se venga a refundir a este cerro solo. ¿Estás huyendo de la tira o qué?

Sentí un nudo en el estómago, el mismo nudo que tenía desde que mi papá me llamó aquella noche.

—Se murieron —dije. La mentira salió fluida, ensayada—. Accidente de carretera hace dos años. Solo quiero terminar la prepa tranquilo y largarme a la universidad.

El viejo me sostuvo la mirada un segundo más, sopesando si creerme o no. Al final, el dinero pesó más que su curiosidad. Se levantó, haciendo crujir sus rodillas, y me hizo señas para que lo siguiera.

Mientras caminábamos por el patio de tierra, un rugido motorizado hizo vibrar el suelo. No era un camión, ni una carcacha vieja. Era el sonido inconfundible de un motor V8 de alta gama.

Un auto deportivo negro, bajito y agresivo como un tiburón de asfalto, pasó por la calle levantando una nube de polvo que nos cubrió por completo. El coche valía más que todo el código postal.

Don Chuy tosió y sacudió la mano frente a su cara.

—Pinche chamaco presumido —masculló entre dientes, aunque en su voz había más miedo que enojo.

—¿Quién es? —pregunté, limpiándome la tierra de los ojos.

—Es el In-ha —dijo bajando la voz, como si invocar el nombre atrajera desgracias—. Kang In-ha.

El apellido me sonó. En México, el apellido Kang era sinónimo de poder absoluto. Eran los dueños del “Grupo Kang”, un conglomerado que controlaba desde las telecomunicaciones hasta la construcción. Eran los reyes del dinero en este país.

—¿Qué hace un Kang en este basurero? —pregunté, genuinamente confundido.

Don Chuy se acercó, con aliento a tabaco y café rancio.

—Es el tercero. El bastardo. —La palabra salió con veneno—. El Patrón, el mero mero Kang, tuvo un desliz con una actriz de segunda hace años. Este es el resultado. Lo tienen aquí, escondido en la mansión de la colina, para que no manche la foto familiar perfecta en la Ciudad de México. Es un apestado, igual que nosotros, nomás que con cartera llena. Ojalá no te toque en su salón, dicen que el muchacho está mal de la cabeza. Dicen que es el diablo.

Esa noche, el “diablo” y yo tuvimos nuestro primer encuentro, aunque él no me vio.

Desde la ventanita de mi cuarto, que apenas tenía un vidrio roto pegado con cinta canela, se veía la mansión. Estaba en la cima del cerro, iluminada como un árbol de Navidad, humillando a la oscuridad del resto del pueblo. Se escuchaba música clásica a lo lejos y, de repente, el cielo estalló.

Fuegos artificiales. Rojos, verdes, dorados. Eran hermosos y obscenos al mismo tiempo. Era el cumpleaños de Kang In-ju, el hijo mayor, el heredero legítimo. Lo sabía porque lo había leído en las noticias del celular.

Pero mientras los cohetes estallaban, vi algo más. En una de las terrazas inferiores de la mansión, lejos de la fiesta, había una silueta. Un muchacho joven, recargado en el barandal, con una botella en la mano. Estaba completamente solo, mirando las luces que celebraban la vida de su hermano, la vida que él nunca tendría.

No vi tristeza en su postura. Vi rabia. Una rabia estática, fría, de esa que se acumula en el pecho hasta que te pudre por dentro. Yo conocía esa rabia. Era la misma que sentía yo cada vez que recordaba por qué estaba aquí. En ese momento, sin conocerlo, sentí una extraña conexión con el bastardo millonario. Éramos dos exiliados mirando la fiesta desde la barrera.


A la mañana siguiente, la realidad me golpeó con el hambre. Mi despensa consistía en una botella de agua y medio paquete de galletas. Necesitaba trabajo, y rápido.

Bajé al centro del pueblo. El calor ya era insoportable a las nueve de la mañana. Entré al único OXXO del lugar buscando aire acondicionado y una oportunidad.

—No contratamos estudiantes, y menos si no son de aquí —me dijo el encargado, un tipo gordo con una mancha de mostaza en la camisa, sin siquiera mirar mi solicitud—. Luego se roban las cosas o faltan por irse de pinta. Lléguele.

Me di la vuelta, frustrado, y ahí lo vi.

Kang In-ha estaba en el pasillo de las frituras. En persona era diferente a la silueta solitaria de la noche anterior. Tenía una cara que parecía tallada por ángeles, pero con una expresión de aburrimiento mortal que le daba un aire peligroso. Vestía ropa de marca, pero la llevaba descuidada, como si quisiera insultar a la tela fina con su desidia.

Lo observé por el reflejo del espejo de seguridad. In-ha tomó una bolsa de papas, luego unos chocolates, y finalmente una cajetilla de cigarros. No disimuló. No miró a los lados. Simplemente se los metió en los bolsillos anchos de sus pantalones de diseñador con una calma aterradora.

El encargado lo vio. Estoy seguro de que lo vio. Pero el gordo se hizo el ciego, bajó la vista a su celular y empezó a tararear una canción. El poder del apellido Kang pesaba más que el inventario.

In-ha caminó hacia la salida, pasando a mi lado sin verme, como si yo fuera parte del mobiliario. La campanita de la puerta sonó cuando salió.

No sé por qué lo hice. Quizás fue el rechazo del gerente, o el hambre, o la injusticia de ver a alguien que lo tenía todo robando por deporte. Salí detrás de él.

Estaba recargado en su auto deportivo, mordiendo una manzana que seguramente también se había robado de algún puesto callejero.

—Oye —le dije.

In-ha se giró despacio. Me escaneó con unos ojos oscuros, vacíos, que te hacían sentir pequeño.

—¿Qué me ves, jodido? —soltó. Su voz era grave, educada pero cargada de desprecio—. ¿Quieres un autógrafo o vienes a pedirme limosna?

Sentí el calor subirme por el cuello.

—Si vas a robar para llamar la atención de tu papi —le dije, dando un paso al frente—, al menos róbate algo que valga la pena. Robar chucherías es patético. Es de rateros de poca monta.

El silencio se hizo pesado. In-ha dejó de masticar. Tiró la manzana al suelo, a medio comer. Se acercó a mí hasta que pude oler su colonia cara mezclada con tabaco.

—¿Sabes quién soy? —susurró.

—Sé lo que eres —respondí, sosteniéndole la mirada—. Eres un niño rico aburrido que juega a ser malandro porque nadie le hace caso en su casa.

Sus ojos brillaron. No con enojo, sino con sorpresa. Por primera vez, alguien no le bajaba la mirada. Por primera vez, alguien lo veía, no a su dinero.

—Tienes agallas, muerto de hambre —dijo, y una media sonrisa torcida apareció en su rostro—. Lástima que te vas a arrepentir de haber abierto la boca.

Se subió a su auto y arrancó quemando llanta, dejándome de nuevo cubierto de polvo y con el corazón latiendo a mil por hora. Me acababa de declarar la guerra al dueño del pueblo.


La Escuela Preparatoria “Héroes de la Revolución” era un chiste de mal gusto. Paredes grafiteadas, mesabancos rotos y maestros que parecían más cansados de vivir que de enseñar.

El director me llevó al salón de Tercero “B”.

—Este es el joven Han Tae-ho —anunció con desgana—. Viene de la capital. Trátenlo bien.

Entré al aula y treinta pares de ojos se clavaron en mí. Pero solo me importaba un par. En la última fila, con los pies sobre el pupitre, estaba In-ha. Al verme, su sonrisa se ensanchó. Era la sonrisa de un depredador que acaba de ver entrar al conejo en su jaula.

—Siéntate donde puedas —dijo el maestro de matemáticas, borrando el pizarrón con un trapo sucio.

El único lugar libre estaba, por desgracia, cerca de In-ha. Caminé hacia allá, sintiendo la tensión en el aire. Los demás alumnos se apartaban, como si estar cerca de In-ha fuera contagioso.

—Miren quién llegó —dijo In-ha en voz alta, interrumpiendo la clase—. El justiciero del OXXO.

Ignoré su comentario y saqué mis cuadernos. El maestro empezó a explicar un problema de cálculo diferencial. Lo hizo mal. Se equivocó en el tercer paso. Levanté la mano, por instinto.

—Profe, le falta un signo negativo en la derivada —dije.

El maestro se detuvo, molesto. In-ha soltó una carcajada.

—Además de pobre, matadito. Eres el paquete completo, güey.

El maestro revisó, se puso rojo y corrigió el error sin agradecerme.

—Al parecer el joven Han es un genio —dijo el profe con sarcasmo—. De hecho, revisé su expediente. Tiene el promedio más alto a nivel nacional en las pruebas estandarizadas. Top 0.1%. Un cerebro así en este pueblo… qué desperdicio.

Todos murmuraron. In-ha dejó de reírse. Me miró con algo nuevo: cálculo. Ya no era solo una molestia; era competencia, o quizás, una curiosidad.

Llegó la hora del almuerzo. El comedor era una zona de guerra de gritos y comida volando. Me formé, recibí mi porción de algo que parecía estofado radiactivo y busqué una mesa vacía.

Me senté y empecé a comer rápido. Solo quería acabar el día.

De pronto, una sombra cubrió mi charola. Levanté la vista. In-ha estaba parado ahí, con dos de sus gorilas detrás.

—Ese es mi lugar —dijo.

Miré alrededor. Había diez mesas vacías.

—Hay mucho espacio, In-ha. No empieces.

—No me escuchaste —dijo, inclinándose sobre mí—. Dije que ese es mi lugar. Y tú estás contaminando mi aire. Lárgate.

Suspiré. No valía la pena. Mi objetivo era pasar desapercibido, graduarme y huir. Me levanté, tomé mi charola y me di la vuelta para irme a otra mesa.

—Así me gusta —dijo a mis espaldas—. Obediente como perro callejero. Me caes mal, Teo. Me caga tu cara de “yo no rompo un plato”.

Seguí caminando, dándole la espalda. Fue un error.

—¡Te estoy hablando, imbécil!

Sentí el impacto antes que el dolor. In-ha había tomado su propia charola, llena de sopa hirviendo y frijoles, y me la había estrellado en la nuca.

El líquido caliente me quemó la piel a través de la camisa. La comida escurrió por mi espalda. El comedor se quedó en un silencio sepulcral. Hasta las moscas dejaron de zumbar.

Me quedé quieto un segundo, sintiendo cómo la humillación se transformaba en algo oscuro y caliente dentro de mi pecho. Recordé a mi padre siendo arrestado, recordé a mi madre llorando, recordé cada vez que tuve que agachar la cabeza para sobrevivir.

“Ya no más”, pensé.

Me giré lentamente. In-ha sonreía, esperando verme llorar o correr.

—Ups —dijo—. Se me resbaló.

Sin decir una palabra, agarré mi charola de metal con las dos manos. Di un paso al frente y, con toda la fuerza que mi rabia acumulada pudo generar, se la estampé en la cara.

¡CLANG!

El sonido fue glorioso. In-ha tambaleó hacia atrás, con la nariz chorreando sangre y una expresión de shock absoluto.

—Ups —dije, con la voz temblando de adrenalina—. A mí también.

In-ha rugió y se me abalanzó.

La pelea fue brutal y sucia. No fue como en las películas. Fue rodar por el suelo sucio del comedor, entre restos de comida, tirando puñetazos ciegos, mordidas y jalones de pelo. In-ha sabía pelear, se notaba que había tomado clases de artes marciales caras, pero yo peleaba por supervivencia. Yo peleaba con el hambre de los que no tienen nada que perder.

Le conecté un derechazo en el pómulo que le cerró el ojo. Él me respondió con una patada en las costillas que me sacó el aire. Terminamos jadeando, con la ropa destrozada, detenidos por tres maestros que apenas podían con nosotros.

—¡A la dirección! ¡Los dos! —gritó el prefecto.

En la oficina del director, la justicia mostró su verdadero rostro.

El director, un hombre calvo que sudaba profusamente, ni siquiera miró a In-ha.

—Joven Kang, lamento mucho esto. Puede irse a casa. Le avisaré a su padre que fue provocado por este… elemento indeseable. Tómese el día libre.

In-ha se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano. Me miró. No había odio en sus ojos, había respeto. Un respeto retorcido, pero respeto al fin.

—Nos vemos, “gente invisible” —me dijo, y salió azotando la puerta.

A mí me tuvieron tres horas limpiando baños y escribiendo una carta de disculpa que sabía que In-ha nunca leería. Cuando finalmente me dejaron salir, el sol ya se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un rojo sangre que presagiaba lo peor.

Mi celular vibró en mi bolsillo. Era un número desconocido.

Contesté con miedo.

—¿Bueno?

—Hijo… —La voz al otro lado sonaba lejana, metálica, con eco. Se me heló la sangre. Era él. Era mi padre. Estaba llamando desde el reclusorio.

—Papá… ¿qué pasa? No deberías llamar.

—Escúchame bien, Teo. No tengo tiempo y se me acaban los minutos. Tienes que ir por tu madre. Ahora mismo.

—¿Qué? ¿Por qué? Ella está en el templo, está segura…

—¡No está segura! —gritó, y escuché el pánico en su voz, algo que nunca había escuchado en el hombre que solía ser el más duro del mundo—. Se filtró la información. Saben dónde está. Van por ella, Teo. Los hombres del “Carnicero” van para allá. ¡Corre, hijo! ¡Sácala de ahí y que se suba al primer camión que salga del estado! ¡Corre!

La llamada se cortó.

El mundo se detuvo. El “Carnicero” era el jefe del cartel rival, el hombre por el que mi padre estaba en la cárcel. Si encontraban a mi madre…

Salí corriendo de la escuela. No sentía las piernas, no sentía el dolor de las costillas rotas por la pelea con In-ha. Solo sentía el terror puro.

Corrí por las calles de tierra, atravesé el mercado tirando puestos, ignorando los insultos. Llegué al templo budista (una rareza en el pueblo, un refugio para los perdidos) con los pulmones ardiendo.

—¡Mamá! ¡Mamá!

Entré gritando, rompiendo la paz del lugar. Las monjas me miraron asustadas. Mi madre estaba arrodillada frente a una estatua dorada, rezando con los ojos cerrados. Se veía tan frágil, tan pequeña.

—¡Mamá, vámonos! ¡Ya vienen!

Ella abrió los ojos y entendió todo en un segundo. No hizo preguntas. Se levantó, tomó su bolso y corrimos.

Llegamos a la terminal de autobuses justo cuando el sol terminaba de ocultarse. Había un camión viejo con el motor encendido, a punto de salir hacia la costa.

—Súbete —le dije, empujándola hacia la puerta—. No me llames. Yo te busco cuando sea seguro. Vete lejos, mamá. Por favor.

—Teo… hijo… ven conmigo —suplicó ella, con lágrimas en los ojos, acariciándome la cara golpeada.

—No puedo. Si voy contigo, seremos más fáciles de rastrear. Yo me quedo. Yo los distraigo. ¡Vete ya!

El chofer cerró la puerta. El camión arrancó.

Me quedé parado en el andén, viendo las luces traseras alejarse hasta desaparecer en la oscuridad de la carretera.

Fue entonces cuando las vi. Dos camionetas negras, blindadas, entraron al estacionamiento de la terminal, lentas, como tiburones buscando sangre. Bajaron los vidrios polarizados. Hombres con armas largas escaneaban a la gente.

Me escondí detrás de un pilar, conteniendo la respiración. Si llegaba cinco minutos tarde…

Las camionetas dieron una vuelta y se fueron, siguiendo el camino equivocado hacia el norte.

Me dejé caer al suelo, temblando. Había salvado a mi madre, pero estaba solo. Completamente solo en el infierno. Y sin un peso en la bolsa, porque le había dado todo mi dinero a ella para el viaje.

Caminé sin rumbo por horas. La desesperación me llevó frente a un gimnasio de boxeo y MMA que estaba a punto de cerrar. “Gimnasio El Puño de Oro”.

Me quedé mirando el cartel de precios. “Mensualidad: $500”. Imposible. No tenía ni para una coca.

—¿Quieres aprender a pelear?

Esa voz.

Me giré. In-ha estaba ahí, recargado en su moto, bajo la luz parpadeante de una farola. Tenía un ojo morado, cortesía de mi puño, pero se veía fresco, intocable.

—¿Me estás siguiendo? —pregunté, poniéndome en guardia.

—Tal vez —dijo, bajándose de la moto—. Vi lo que hiciste en la terminal. Vi las camionetas. Estás metido en problemas grandes, cerebrito.

—No es tu asunto. Vete a tu palacio.

In-ha se rio y caminó hacia la puerta del gimnasio. Sacó una llave de su bolsillo y abrió el candado.

—El dueño le debe dinero a mi papá. Tengo llave. Entra.

—¿Para qué?

—Dijiste que querías aprender a pelear. ¿Para qué? ¿Para pegarme otra vez? Ya viste que aguantas, pero te falta técnica.

Entré. El olor a sudor viejo y cuero me golpeó.

—No quiero pelear para pegarte —le dije, mirándome las manos temblorosas—. Quiero aprender para matar.

—¿A quién? —preguntó, lanzándome unos guantes viejos.

—A todos. A los que persiguen a mi madre. A los que encerraron a mi padre. A los que hacen que mi vida sea una mierda. Quiero tener el poder de destruirlos.

In-ha se quedó callado. Se puso los guantes y subió al ring.

—Suena bien. Yo también quiero matar a alguien. A mi padre. A mi hermano. A mi destino.

Me hizo una seña para que subiera.

—Te propongo un trato, Teo. Sube. Si logras tocarme la cara una vez más, yo te pago la mensualidad de este lugar por un año. Yo te entreno.

—¿Y si pierdo?

—Si pierdes, serás mi sirviente personal hasta que nos graduemos.

Subí al ring.

La paliza que me dio fue técnica, precisa y dolorosa. In-ha era un experto. Me tiró una, dos, tres veces. Pero cada vez que mi cara tocaba la lona, veía la imagen de mi madre huyendo. Y me levantaba.

—¡Quédate abajo, idiota! —me gritaba In-ha, jadeando, impresionado por mi resistencia.

—¡No! —grité, y en un arranque de furia ciega, me lancé contra él, ignorando la técnica, usando solo el peso de mi odio.

Lo tacleé. Caímos juntos. Empecé a golpearlo en el suelo, una y otra vez, desahogando toda la frustración de mis dieciocho años de miseria.

—¡Ya! ¡Ya, cabrón! —gritó él, riéndose entre la sangre y los golpes, cubriéndose la cara.

Me detuve. Estábamos ambos tirados, respirando como animales heridos, mirando el techo de lámina del gimnasio.

—Estás loco —dijo In-ha, tocándose el labio partido de nuevo—. Me caes bien.

Se sentó y me miró seriamente.

—Oye… en la escuela dicen cosas. Dicen que tu papá mató a su jefe. Que es un asesino.

Sentí el frío volver.

—Sí. Lo es. Mató a un hombre a golpes porque insultó a mi madre. Por eso estamos así. Soy hijo de un asesino.

Esperé el rechazo. Esperé la burla.

In-ha sonrió.

—Pues mira qué coincidencia. Yo soy hijo de una puta, según mi abuela. Y mi papá es el hombre más rico del país, pero me trata como si fuera un error contable.

Se levantó y me tendió la mano para ayudarme a subir.

—Somos monstruos, Teo. Tú y yo. No encajamos en ningún lado. Los niños ricos me odian porque soy bastardo. Los pobres me odian porque soy rico. Y a ti te odian por ser hijo de un criminal. Estamos solos.

Acepté su mano. Su agarre fue firme.

—Tengo hambre —dijo él—. Vamos por unas hamburguesas. Yo invito. Y más te vale que aceptes, porque a partir de hoy, eres mi responsabilidad.

—No necesito tu caridad.

—No es caridad —dijo In-ha, con una seriedad que me asustó—. Es una inversión. Vi cómo peleas. Vi cómo piensas en clase. Tienes cerebro y tienes huevos. Yo tengo dinero y poder, pero estoy solo.

Caminamos hacia la salida. La noche estaba fresca.

—Seamos amigos —soltó él.

Me detuve junto a su moto. Lo miré a los ojos. En ese momento, mi mente de genio, esa que veía patrones donde otros solo veían caos, vio el futuro. Vi el camino.

In-ha quería validación. Quería el trono que le negaban. Yo quería seguridad. Quería venganza.

—No —le dije.

Su cara cayó.

—¿No? Después de todo esto, ¿me dices que no?

—No quiero ser tu amigo, In-ha. Los amigos se traicionan. Los amigos se pelean por tonterías.

Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal.

—Seamos socios.

—¿Socios? —Se rio con incredulidad—. ¿Qué me puedes ofrecer tú? No tienes ni dónde caerte muerto.

—Tengo lo que a ti te falta. Tengo hambre. Y tengo un cerebro que funciona mejor que el de todos tus asesores juntos. Tú tienes la sangre, el apellido. Yo te voy a llevar a la cima. Voy a hacer que el Grupo Kang sea tuyo. Voy a hacer que tu padre se arrodille ante ti. A cambio… tú me vas a dar el poder. Me vas a dar los medios para que nadie, nunca más, vuelva a tocar a mi familia.

In-ha dejó de reír. Me analizó profundamente. Vio que no estaba bromeando. Vio la ambición oscura que brillaba en mis ojos, un reflejo de la suya.

Extendió la mano de nuevo.

—Trato hecho, socio. Vamos a dueñarnos de este maldito país.

Nos dimos un apretón de manos bajo la luz amarillenta de la farola. En ese momento, dos destinos se entrelazaron. El hijo del asesino y el bastardo del millonario acababan de declarar la guerra al mundo. Y Dios se apiade de quien se pusiera en nuestro camino.

Ah, y las hamburguesas estaban buenísimas. Fue la primera vez que comí carne Angus en mi vida. Sabía a victoria. Sabía a sangre.

CAPÍTULO 2: LA CIUDAD DE LOS MONSTRUOS Y LA ESTRATEGIA DEL CABALLO DE TROYA

El pacto que sellamos esa noche con hamburguesas grasientas y promesas de sangre cambió la atmósfera de la preparatoria “Héroes de la Revolución” más rápido que un cambio de gobierno.

Al día siguiente, cuando entré al salón, el aire se sentía diferente. Pesado. Respetuoso. Los mismos idiotas que ayer se reían de mi ropa desgastada o murmuraban “hijo de asesino” a mis espaldas, hoy bajaban la mirada. Caminé hacia mi pupitre. Alguien había limpiado los grafitis insultantes que adornaban mi mesa el día anterior.

In-ha estaba sentado al fondo, con los pies sobre la mesa, balanceándose en la silla. Tenía el labio partido y el ojo morado, cortesía de nuestra pelea, pero lucía esos moretones como si fueran medallas de guerra. Cuando me vio entrar, no dijo nada. Solo asintió, un movimiento de cabeza casi imperceptible, y pateó la silla vacía a su lado, indicándome que me sentara.

—Si alguien te molesta —susurró sin mirarme, mientras sacaba un cigarro en plena clase—, solo dime. Tengo ganas de romperle la nariz a alguien más que no seas tú.

Así empezó nuestra extraña simbiosis. Yo era el cerebro; él, el músculo y la billetera. Yo le hacía las tareas, le explicaba cómo funcionaba el mundo más allá de su burbuja de privilegios y resentimiento, y él me daba protección. Nadie se mete con el perro guardián del hijo del dueño del pueblo.

Pero mi tutela iba más allá de pasarle las respuestas de los exámenes.

—Tu padre no te respeta porque eres un berrinche con patas —le dije una tarde, mientras estábamos tirados en el pasto seco detrás de la escuela, mirando el cielo gris—. Robar chicles en el OXXO no es rebeldía, In-ha. Es patético. Si quieres que el Viejo Kang te mire, tienes que dejar de ser el niño que pide atención a gritos y convertirte en el hombre que no pueden ignorar.

In-ha me miró, fumando.

—¿Y cómo hago eso, Einstein?

—Deja de ser transparente. Ahora mismo, eres un libro abierto: estás enojado, eres impulsivo, eres fácil de manipular. Tu hermano mayor, In-ju, sabe exactamente qué botones presionar para que explotes y quedes como un loco frente a tu papá. Tienes que volverte una esfinge. Que no sepan si vas a besarlos o a matarlos.

Esas palabras se convirtieron en su mantra. Y nuestra alianza nos llevó, arrastrándonos y empujándonos mutuamente, fuera de ese pueblo polvoriento.


CINCO AÑOS DESPUÉS

CIUDAD DE MÉXICO

La Ciudad de México no es una ciudad; es una bestia que respira, devora y nunca duerme. Es el lugar donde los sueños vienen a morir o a mutar en algo más grotesco pero rentable.

Habíamos logrado entrar a la “Universidad Nacional de Han-Kook” (nuestra versión de la universidad más prestigiosa y elitista del país). Yo había entrado por beca de excelencia académica, rompiéndome la espalda estudiando en el transporte público. In-ha había entrado… bueno, digamos que el Grupo Kang donó una nueva biblioteca a la facultad el mismo mes que In-ha fue aceptado.

Mi vida era un ciclo interminable de agotamiento. Vivía en una vecindad en la colonia Doctores, un cuarto de azotea donde el agua se iba tres veces por semana y los vecinos peleaban a gritos a las dos de la mañana. Trabajaba de todo: daba asesorías a niños ricos que no sabían sumar, cargaba cajas en la Central de Abastos los fines de semana y hacía de “asistente de investigación” (léase: esclavo) para los profesores de la facultad.

Ese día en particular, mi cumpleaños número 23, apestaba a humedad y a cansancio.

Llegué a mi cuarto después de un turno doble. Lo único que quería era dormir. Pero al abrir la puerta de metal oxidado, me encontré con una escena surrealista.

In-ha estaba sentado en mi única silla, que cojeaba de una pata. Vestía un traje italiano que costaba más que todo el edificio. A su lado, un chef con filipina blanca inmaculada estaba terminando de emplatar un filete Mignon sobre mi mesa de plástico cubierta con un mantel de hule.

—Sorpresa, socio —dijo In-ha, levantando una copa de vino tinto—. Feliz cumpleaños.

El contraste era insultante. El lujo obsceno de In-ha chocaba violentamente con la pintura descascarada de mis paredes y el olor a drenaje que subía del patio.

—¿Qué haces aquí, In-ha? —pregunté, tirando mi mochila al suelo. No tenía fuerzas para fingir gratitud.

—Celebrando que mi cerebro sigue vivo un año más. —Hizo una señal al chef, quien sirvió una salsa de trufa que llenó el cuarto de un aroma exquisito, totalmente fuera de lugar—. Siéntate. Come. Te ves fatal, parece que te atropelló un metrobús.

Me senté. El hambre pudo más que el orgullo. Comí en silencio mientras In-ha parloteaba sobre su última conquista amorosa y sobre lo idiota que era su hermano In-ju.

—Por cierto —dijo, limpiándose la boca con una servilleta de tela—, mañana es la entrega del proyecto final de Estrategia Corporativa. ¿Lo tienes?

Suspiré. Ahí estaba. El precio de la cena. El precio de la amistad.

Metí la mano en mi mochila y saqué una memoria USB plateada.

—Aquí está —la deslicé sobre la mesa—. No es solo una tarea, In-ha. Léelo. Es un plan de reestructuración real para el Grupo Kang.

—¿Ah, sí? —Lo tomó con curiosidad, girándolo entre sus dedos—. ¿Qué tiene de especial?

—Es un Caballo de Troya —expliqué, y mis ojos brillaron con esa fiebre que solo me daba cuando hablaba de poder—. Todo el mundo piensa que el Grupo Kang debe expandirse agresivamente. Tu hermano In-ju quiere comprar hoteles. Tu otro hermano, Sung-ju, quiere meterse en la tecnología. Todos quieren crecer hacia afuera.

—¿Y tú qué propones?

—Crecer hacia adentro. Propongo la creación del “Centro de Cooperación para la Co-Prosperidad”. Suena a beneficencia, ¿verdad? Suena a algo aburrido que haces para deducir impuestos y quedar bien con el gobierno.

—Suena a basura de relaciones públicas —admitió In-ha.

—Exacto. Por eso nadie lo verá venir. En el reporte detallo cómo usar ese centro para centralizar las decisiones de todas las filiales. Quien controle ese centro, controla el flujo de efectivo y la asignación de personal de todo el grupo. No es beneficencia, In-ha. Es un golpe de estado administrativo. Es el trono.

In-ha me miró, y su sonrisa se fue transformando en una mueca de admiración pura.

—Eres un maldito genio, Teo. Un genio retorcido.

—Entrégalo. Apréndetelo de memoria. Si tu padre llega a leer esto, o si alguno de los profesores que son espías de tu familia lo ve, van a saber que no eres solo el bastardo fiestero.

—Gracias, socio. —Guardó la USB en su saco—. Ah, casi lo olvido. Tengo tu regalo.

Me tendió un sobre con el logo del Grupo Kang.

—¿Qué es esto?

—Tu nuevo trabajo. Necesito que seas el tutor de matemáticas de mi hermanita, Hui-joo. La princesa está reprobando y mi madrastra está histérica. Paga una fortuna. Y lo mejor… te da acceso a la mansión. Te mete en la boca del lobo.

Miré el sobre. Era mi entrada al círculo íntimo. Era el siguiente paso.

—Acepto.


Al día siguiente, la facultad era un hervidero. Los hijos de los políticos y empresarios más grandes de México se paseaban por los pasillos con sus cafés de Starbucks y sus preocupaciones superficiales.

Yo caminaba como un fantasma entre ellos, invisible. Hasta que me topé con el Profesor Choi.

El Profesor Choi era una eminencia en Economía, pero todos sabían que su verdadero trabajo era ser un “cazatalentos” y asesor para las grandes corporaciones. Era un mercenario con título de doctorado.

—Joven Han —me llamó, interceptándome en el pasillo—. ¿Tiene un momento?

Me llevó a su oficina. Sobre su escritorio estaba impreso el reporte que le había dado a In-ha.

—In-ha entregó esto hoy —dijo Choi, golpeando el papel—. Es brillante. Brutalmente eficiente. Y sé que In-ha no tiene la capacidad cerebral para escribir ni el índice de este documento.

Me quedé callado. La primera regla del socio: nunca eclipses al maestro, a menos que sea necesario.

—Lo ayudé a editarlo —dije con calma.

—No me insulte, Han. Esto es suyo. —El profesor se quitó los lentes—. “Centro de Cooperación para la Co-Prosperidad”. Usted propone usar la responsabilidad social corporativa como una fachada para consolidar el poder de los accionistas minoritarios y eliminar a la competencia interna. Es maquiavélico.

—Es eficiente —corregí.

—¿Cuánto quiere por él?

—¿Disculpe?

—Quiero comprar la autoría intelectual. Se lo venderé a Kang Sung-ju, el segundo hijo. Él está buscando una estrategia para desbancar al primogénito. Le pagaré bien.

Sonreí. Ahí estaba la confirmación. Mi plan era tan bueno que ya se lo estaban peleando los buitres.

—No está a la venta, profesor. Ese plan tiene dueño. Y es para mi futuro.

Choi me miró con frialdad.

—Tenga cuidado, joven Han. En este juego, los peones que se creen reyes suelen ser los primeros en ser sacrificados.

Salí de la oficina sintiéndome intocable. Pero el destino tiene una forma curiosa de recordarte que eres humano.

Fui a la biblioteca a imprimir unos documentos para mi nuevo trabajo de tutor. Mientras esperaba en la fila, sentí una mirada quemándome la nuca.

Me giré.

Era ella. La vecina.

Vivía en el edificio de enfrente al mío, cruzando el patio de luces. La había visto mil veces tendiendo ropa, fumando en la ventana, o leyendo libros viejos con la avidez de quien busca escapar de su realidad. Sabía que iba en mi universidad, becada igual que yo, pero nunca nos habíamos hablado.

Se llamaba Na Hye-won, pero en su gafete de trabajo decía “Elena”.

Ella no era bonita de una forma convencional; era magnética. Tenía esa belleza dura, afilada, de las mujeres que han tenido que aprender a defenderse desde niñas. Ojos grandes y oscuros que no pedían permiso, y una boca que siempre parecía estar a punto de decirte una verdad incómoda.

Caminó hacia mí, ignorando la fila, y puso un vaso de café barato sobre la impresora, justo frente a mi cara.

—Toma —dijo. Su voz era rasposa, directa.

—¿Qué es esto? —pregunté, confundido.

—Es un café. Con dos de azúcar, como te gusta. Lo sé porque te veo tomarlo en el OXXO todas las mañanas.

—No te conozco.

Ella soltó una risa seca, sin humor.

—No te hagas el idiota, Teo. Vivimos a tres metros de distancia. Nos vemos las caras todos los días. Vamos en la misma generación. Somos los únicos dos en este campus que sabemos lo que es cenar cereal con agua porque se acabó la leche.

Me quedé helado. Ella veía a través de mi máscara de indiferencia.

—Me llamo Elena —dijo, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio—. Y estoy harta de que me mires como si fuera transparente. No soy uno de tus niños ricos a los que les limpias las botas. Soy tu igual. Así que la próxima vez que me veas, saluda.

Se dio la media vuelta y se fue, dejándome con el café en la mano y el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.

—¡Uff! —In-ha apareció de la nada, mordiendo una manzana (algunos hábitos nunca mueren)—. Esa mujer es fuego, socio. ¿La viste? ¿Cómo me dijiste que se llamaba?

—No te lo dije —respondí, sintiendo una punzada de algo que no supe identificar. ¿Celos? ¿Protección?

—Elena… —susurró In-ha, mirando por donde ella se había ido—. Me gusta. Tiene hambre en los ojos. Igual que nosotros. Averigua todo sobre ella. La quiero.

—No es tu tipo, In-ha. Ella no es una de tus modelos de Instagram.

—Mejor. Las modelos me aburren. Ella se ve… complicada. Consígueme su número. Es una orden de tu jefe.

Apreté el vaso de café hasta deformarlo.

—Sí, jefe.


Esa noche, me puse mi único traje decente. Era uno que había comprado en una tienda de segunda mano y que yo mismo había ajustado para que no se notara lo barato. Iba a la mansión Kang.

El lugar era imponente. Muros de piedra volcánica de cinco metros de altura, cámaras de seguridad cada dos pasos y un jardín que parecía un campo de golf.

Me recibió el Jefe de Seguridad, el Señor Moon. Un tipo que parecía haber sido militar o judicial, con esa mirada de quien ha visto cadáveres.

—Firma aquí —me dijo, empujándome una tablet—. Acuerdo de confidencialidad. Lo que veas aquí, lo que escuches aquí, se muere aquí. Si abres la boca, te demandamos hasta por el aire que respiras. O peor.

Firmé.

Me llevaron a la biblioteca de la mansión. Ahí estaba ella. Kang Hui-joo. La hija menor. La princesa.

Estaba sentada sobre el escritorio, no en la silla. Tenía 17 años y la arrogancia de quien nunca ha escuchado la palabra “no”. Llevaba el uniforme de la escuela más cara de México, pero la falda estaba subida más de lo permitido y la corbata deshecha.

—Tú eres el famoso Teo —dijo, masticando chicle y mirándome de arriba abajo como si fuera un caballo de carreras—. In-ha habla mucho de ti. Dice que eres su cerebro.

—Soy su tutor. Y ahora el tuyo —dije, sacando mis libros—. Bájate de la mesa, Hui-joo. Vamos a estudiar integrales.

Ella se rió y se bajó de un salto, quedando incómodamente cerca de mí.

—Eres guapo. De una forma… pobre. Me gusta. ¿Tienes novia?

—Abre el libro en la página cuarenta.

—Qué aburrido eres. —Se sentó, bufando—. Oye, ¿es cierto que tu papá es un asesino?

Me detuve. El lápiz se quedó inmóvil en mi mano. Levanté la vista y la miré con esa frialdad que había perfeccionado durante años.

—Sí. Y si no te pones a estudiar, vas a descubrir que la paciencia es hereditaria.

Hui-joo abrió los ojos como platos. Tragó saliva. Y por primera vez, abrió el libro.

—Wow —susurró—. Nadie me habla así. Creo que me voy a enamorar de ti, profe.

—No tienes suerte, niña. Soy inmune a los berrinches.

La sesión terminó dos horas después. Salí con un dolor de cabeza palpitante y un sobre con efectivo en el bolsillo. In-ha me esperaba afuera, recargado en su Ferrari.

—¿Cómo te fue con la fiera? —preguntó.

—Es insoportable. Pero inteligente. Solo necesita disciplina.

—Como todos en esta familia —dijo In-ha con amargura, mirando hacia la ventana iluminada de la habitación de su padre—. Oye, ¿averiguaste lo de Elena?

—In-ha, estoy cansado…

—Teo. —Su voz se puso seria—. No te pregunté si estás cansado. Te pregunté si lo hiciste.

El recordatorio de quién era el dueño y quién el perro.

—Vive en la Doctores. Trabaja medio tiempo en la cafetería de la facultad. Su madre es… complicada.

—Perfecto. Mañana vamos a verla. Súbete, te llevo a tu tugurio.

Me dejó en la entrada de la vecindad. El Ferrari rugió al alejarse, despertando a los perros de la cuadra.

Caminé hacia mi edificio, esquivando charcos de agua sucia. Entonces los escuché. Gritos. Vidrios rotos.

Venían del departamento de Elena.

—¡Abre la maldita puerta! ¡Sé que estás ahí! ¡Dame el dinero!

Era una mujer mayor, vestida con ropa que alguna vez fue elegante pero ahora estaba manchada y desgastada. Golpeaba la puerta de metal con una piedra.

—¡Mamá, vete! —se escuchaba la voz de Elena desde adentro, ahogada en llanto—. ¡No tengo más! ¡Te lo llevaste todo la semana pasada!

—¡Mentirosa! ¡Eres una malagradecida! ¡Yo te parí! ¡Te di la vida! ¡Necesito quinientos pesos para recuperar lo que perdí! ¡Solo una mano más!

La mujer rompió el vidrio de la ventanita con la piedra. Metió la mano, abrió el pasador y entró a empujones.

Escuché el forcejeo. Escuché cosas caerse. Y luego, el silencio.

Minutos después, la madre salió. Llevaba la cartera de Elena en la mano y una sonrisa desquiciada en el rostro. Pasó a mi lado corriendo, con los ojos inyectados en sangre, directo al casino clandestino de la esquina.

Me quedé parado en el pasillo oscuro. La puerta de Elena estaba abierta.

Ella salió despacio. Tenía el labio roto y la blusa rasgada del hombro. No lloraba. Ya no. Tenía esa expresión vacía que yo conocía tan bien. La expresión de quien ha perdido tanto que ya no le queda nada que le puedan quitar.

Me vio parado ahí, testigo de su vergüenza.

Esperé que me gritara, que me corriera. Pero solo suspiró, recargándose en el marco de la puerta.

—Bonito espectáculo, ¿no? —dijo con voz temblorosa—. Mejor que la novela de las nueve.

No dije nada. Caminé hacia mi cuarto, abrí la puerta y saqué dos cervezas Caguama que tenía en el mini refrigerador. Regresé y le tendí una.

—Está tibia —advertí—. Mi refri no sirve bien.

Elena tomó la botella. Sus dedos rozaron los míos. Estaban helados.

—Gracias, vecino.

Nos sentamos en la banqueta de la calle, bajo la luz de una farola que parpadeaba. Bebimos en silencio mientras las sirenas de la policía sonaban a lo lejos, la banda sonora eterna de nuestra colonia.

—Es ludópata —dijo ella de repente, rompiendo el silencio—. Mi madre. Apuesta hasta lo que no tiene. Hoy se llevó el dinero de mi renta y de los libros.

—Mi padre está en el reclusorio norte —dije, mirando al frente, hacia la nada—. Mató a su jefe. Dicen que fue en defensa propia, pero la verdad es que tenía tanta rabia acumulada que no pudo parar de golpearlo.

Elena giró la cabeza para mirarme. Por primera vez, bajamos las guardias. Ya no éramos los estudiantes becados que fingían ser fuertes en la universidad. Éramos dos niños asustados, sentados en la banqueta, compartiendo cicatrices.

—Estamos jodidos, Teo —dijo ella, dándole un trago largo a la cerveza.

—Sí. Lo estamos.

—¿Crees que algún día salgamos de aquí? ¿De verdad? ¿O solo nos estamos engañando pensando que la universidad nos va a salvar?

La miré. La luz ámbar de la calle iluminaba su perfil. Se veía hermosa y trágica, como una virgen de iglesia en ruinas.

—Yo voy a salir —le prometí, no a ella, sino al universo—. Voy a subir tan alto que nadie podrá volver a tocarme. Voy a ser el dueño de la ciudad.

—¿Y yo? —preguntó, retándome—. ¿Me vas a llevar contigo o me vas a dejar atrás?

—Eso depende.

—¿De qué?

—De qué estés dispuesta a hacer para llegar a la cima.

En ese momento, un auto se detuvo frente a nosotros. Era el Ferrari. In-ha había regresado. Bajó la ventanilla eléctrica con un zumbido suave.

Nos miró a los dos: sentados juntos, con cervezas baratas, compartiendo una intimidad que el dinero no podía comprar. Sus ojos se oscurecieron. No eran celos románticos, era posesión. Yo era “su” socio. Y Elena era “su” nuevo capricho. Verlos juntos, sin él, le molestaba.

—Vaya, vaya —dijo In-ha desde el auto, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Fiesta de pobres y no me invitaron?

Elena se puso tensa. Yo me levanté despacio.

—Solo estamos hablando, In-ha. Vete a casa.

—No. —In-ha apagó el motor y se bajó. Llevaba una botella de whisky Blue Label en la mano, que valía más que el edificio completo—. Si van a beber, beban bien.

Se sentó en la banqueta, en medio de los dos, forzando su entrada en nuestro pequeño círculo de miseria.

—Preséntame a tu amiga, Teo.

Elena lo miró con desdén, pero también con curiosidad. Sabía quién era él. Sabía lo que representaba.

—Me llamo Elena —dijo ella—. Y tú eres el príncipe heredero que viene a ver cómo viven los plebeyos.

In-ha se rió, encantado por su audacia.

—Soy el bastardo, linda. No el príncipe. Aquí el único que se cree rey es Teo.

In-ha sirvió whisky en vasos de plástico rojos que encontró tirados. Brindó.

—Por nosotros —dijo—. Por los tres. Los marginados. Vamos a comernos el mundo.

Bebimos. El whisky quemaba, pero la mirada de In-ha quemaba más. Estaba mirando a Elena como un lobo mira a una oveja… o quizás, como un lobo mira a otro lobo.

Esa noche, en esa banqueta sucia, se formó el triángulo que nos destruiría. In-ha tenía el poder. Yo tenía el plan. Y Elena… Elena tenía la ambición necesaria para prenderle fuego a todo.

El juego había comenzado de verdad. Y yo acababa de cometer mi primer error: dejar que In-ha entrara en el único lugar que era mío.

CAPÍTULO 3: LA MÁSCARA DE HIERRO Y EL BAILE DE LAS SERPIENTES

CINCO AÑOS DESPUÉS

SANTA FE, CIUDAD DE MÉXICO

Si subes lo suficiente en la Ciudad de México, el smog deja de verse como contaminación y empieza a parecerse a una bruma dorada y elegante. Desde el piso 50 de la Torre Kang, en el corazón de Santa Fe, la miseria de abajo —el tráfico desquiciado, los puestos de tacos de canasta, la gente peleando por entrar al metro— se convierte en hormigas invisibles. Aquí arriba, el aire es acondicionado, huele a lavanda y a dinero viejo.

Me ajusté el nudo de la corbata frente al ventanal de cristal templado. Mi traje ya no era de segunda mano; era un corte italiano hecho a medida que costaba lo que mi padre ganaba en cinco años antes de ir a la cárcel. Mi reloj marcaba las 8:55 a.m. La puntualidad es la cortesía de los reyes, pero la obligación de los sirvientes que quieren destronarlos.

Hoy era el quinto aniversario del “Centro de Cooperación para la Co-Prosperidad”. Mi creación. Mi monstruo.

Lo que empezó como un trabajo universitario en una USB barata se había convertido en el órgano más vital y temido del Grupo Kang. Oficialmente, éramos una división encargada de “apoyar a las pequeñas empresas y fomentar la responsabilidad social”. En la práctica, éramos la Inquisición. Centralizábamos las compras, auditábamos a las filiales y decidíamos quién vivía y quién moría en el organigrama. Y yo, Han Tae-ho (o Teo, como me decían los que se atrevían a tutearme), era el guardián de las llaves.

La puerta de la oficina se abrió. El silencio se hizo absoluto.

El Presidente Kang, el “Patrón”, entró caminando con esa lentitud depredadora de los viejos que saben que nadie se atreverá a apurarlos. Detrás de él venía su séquito: directores, vicepresidentes y lambiscones profesionales. Y entre ellos, camuflado como un empleado más, estaba In-ha.

In-ha llevaba cinco años jugando el papel del “empleado humilde”. Trabajaba en una división menor, aguantando los regaños de gerentes que no valían ni la suela de sus zapatos, esperando mi señal. Nuestras miradas se cruzaron un milisegundo. Paciencia, le dije con los ojos. Ya casi.

—Teo —dijo el Presidente, deteniéndose frente a mí. Su voz era grave, rasposa por décadas de puros y órdenes gritadas—. ¿Está listo el discurso?

—Sí, señor Presidente. —Le extendí una carpeta de piel—. He resaltado los puntos clave sobre la expansión hacia el mercado latinoamericano y la “ética” empresarial.

El viejo soltó una risa corta, seca. Sabía que la palabra “ética” en su boca era un chiste, y sabía que yo lo sabía.

—Bien. Vamos.

Caminamos hacia el auditorio. Cientos de empleados aplaudieron cuando el Presidente subió al estrado. Yo me quedé en las sombras, al lado del escenario, observando.

El Presidente Kang leyó mis palabras. Cada pausa, cada énfasis, cada promesa vacía había sido calculada por mí. Él era la cara, pero yo era la voz. Vi a Kang Sung-ju, el segundo hijo, sentado en primera fila, aplaudiendo con una sonrisa falsa que apenas ocultaba su rabia. Él sabía que el Centro de Co-Prosperidad le estaba quitando poder día a día, y sabía que yo estaba detrás de eso.

Cuando el evento terminó, el Presidente me hizo una seña.

—A mi oficina. Solo.

El trayecto en el elevador privado fue silencioso. Al llegar a su despacho, un santuario de caoba y arte robado (o “adquirido”), el Presidente se sentó y me miró fijamente durante un minuto entero.

—Estás despedido —dijo de pronto.

El aire en la habitación no cambió. Mi pulso tampoco. Había entrenado para esto.

—¿Puedo preguntar la razón, señor? —respondí con la misma calma con la que pediría un café.

—Cinco años. Llevas cinco años a mi lado. Has hecho que este grupo crezca un 300%. Has eliminado a mis enemigos internos. Has limpiado mi imagen. —Se inclinó hacia adelante—. Eres demasiado perfecto, Teo. Y la gente perfecta es peligrosa. O son mentirosos, o son traidores. ¿Cuál eres tú?

Era una prueba. La prueba final.

—No soy perfecto, señor. Soy eficiente. Y soy eficiente porque mi supervivencia depende de su éxito. Si usted cae, yo caigo. Si usted sube, yo subo. No tengo apellido, no tengo herencia, no tengo familia que me proteja. Lo único que tengo es mi utilidad para usted.

El Presidente entrecerró los ojos, buscando una grieta en mi armadura. Buscando miedo, ira, súplica. No encontró nada. Mi cara era una máscara de hierro.

—Dicen que tu padre es un asesino —soltó, buscando herirme—. Dicen que la sangre mala siempre sale.

—Mi padre está en la cárcel porque perdió el control —dije, mirándolo a los ojos—. Yo nunca pierdo el control. Esa es la diferencia entre un asesino y un ejecutivo.

El viejo sonrió. Una sonrisa terrible que mostraba dientes amarillentos.

—Bien. —Abrió un cajón de su escritorio y sacó una caja de puros—. No estás despedido. De hecho, te voy a ascender. Vas a ser mi Secretario Jefe. A partir de hoy, eres mi sombra. Pero recuerda una cosa, muchacho: para trabajar conmigo, necesitas matar a tu corazón. Si alguna vez veo que te tiembla la mano por lástima, por amor o por lealtad a alguien que no sea yo… te destruyo. ¿Entendido?

—Entendido, señor.

Salí de la oficina sintiendo el sudor frío bajando por mi espalda. Había pasado la prueba. Estaba dentro. Estaba en la cima.

Pero la cima es un lugar muy solitario.


Esa noche, me reuní con In-ha en un bar de mala muerte en la colonia Roma, lejos de los ojos curiosos de Santa Fe. Aquí, entre el humo de cigarro y el olor a mezcal barato, podíamos ser nosotros mismos. O al menos, lo que quedaba de nosotros.

In-ha estaba furioso. Se había aflojado la corbata y estaba golpeando la mesa con el vaso.

—¡Cinco años, Teo! —gritó, aunque la música de banda cubría su voz—. ¡Llevo cinco años lamiéndole las botas a gerentes idiotas! ¡Mi hermano Sung-ju se pasea como si fuera el dueño del mundo, y el imbécil de In-ju se gasta la fortuna en fiestas y drogas! ¿Y yo? Yo sigo siendo el “empleado ejemplar”. ¿Cuándo me toca a mí?

—Cállate y siéntate —le ordené, dándole un trago a mi cerveza.

—No me calles. Tú estás ahí arriba, con mi padre. Tú eres el que tiene poder ahora. A veces pienso que te olvidaste de quién es el heredero aquí.

Lo agarré del cuello de la camisa y lo acerqué a mí. Sus ojos inyectados en sangre me miraron con sorpresa.

—Escúchame bien, principito. Todo lo que hago, lo hago por ti. ¿Crees que es divertido limpiarle la mierda a tu padre? ¿Crees que me gusta ser su perro faldero? Estoy construyendo tu trono, ladrillo por ladrillo. Pero si te desesperas ahora, todo se derrumba.

—Sung-ju va a hacer una jugada —dijo In-ha, bajando la voz—. Está reclutando gente. Quiere el control del Centro.

—Lo sé. —Sonreí—. Y lo voy a dejar que lo intente.

—¿Qué?

—Necesitamos que Sung-ju se equivoque. Necesitamos que muerda el anzuelo. Y tengo justo la carnada perfecta.

Saqué mi celular y le mostré una foto. Era un hombre de mediana edad, con cara de político corrupto (redundancia en este país) y una sonrisa de espectacular.

—Este es el Senador Jo. Un tipo ambicioso, sucio y con ganas de ser Presidente de la República. Sung-ju cree que puede usarlo. Pero lo que Sung-ju no sabe es que el Senador Jo tiene un punto débil.

—¿Cuál?

—Elena.

In-ha se tensó al escuchar el nombre.

—¿Qué tiene que ver Elena en esto?

—Elena trabaja para el partido del Senador. Es su asesora de estrategia. Y Elena… es nuestra socia.


Elena había cambiado. Ya no era la chica de la vecindad que usaba tenis rotos.

La vi al día siguiente en un restaurante de Polanco. Llevaba un traje sastre blanco impecable, tacones de aguja y el cabello recogido en un peinado severo que gritaba “autoridad”. Estaba sentada frente a un diputado, explicándole algo con gestos firmes mientras el tipo la miraba con una mezcla de deseo y miedo.

Cuando el diputado se fue, me acerqué a su mesa.

—Licenciada Na —dije, usando su apellido coreano, aunque para mí siempre sería la vecina de la Doctores.

—Secretario Han —respondió ella sin levantarse, señalando la silla vacía—. Llegas tarde.

—El tráfico de Reforma está imposible. Te ves bien, Elena. El poder te sienta bien.

—Y a ti te sienta bien la hipocresía. —Me dedicó una media sonrisa, la primera real que veía en años—. ¿Cómo está el “príncipe”?

—In-ha está impaciente. Como siempre.

Elena tomó un sorbo de su agua mineral. Sus ojos escanearon el restaurante, asegurándose de que nadie nos escuchara.

—Sung-ju me contactó —dijo en voz baja—. Quiere que arregle una reunión con el Senador Jo. Quiere financiar su campaña a cambio de protección política para sus negocios sucios.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que lo pensaría.

—Dile que sí.

Elena alzó una ceja.

—¿Quieres que ayude a tu enemigo?

—Quiero que lo metas en la cama con el Senador. Literal y figurativamente. Sung-ju va a cometer el error de confiar en la política. Y cuando el Senador Jo caiga… Sung-ju caerá con él.

—¿Y quién va a tirar al Senador?

—Nosotros. —Saqué un sobre amarillo de mi maletín—. Aquí hay pruebas de las cuentas en las Islas Caimán del Senador. Y fotos de su “casa chica”. Cuando sea el momento, tú vas a filtrar esto. Pero antes, deja que Sung-ju le dé todo el dinero del mundo.

Elena tomó el sobre. Sus dedos rozaron los míos, una chispa eléctrica que ambos ignoramos, pero que ambos sentimos.

—Eres peligroso, Teo. Me das miedo.

—El miedo es bueno. Te mantiene viva. ¿Lo harás?

—Depende.

—¿De qué?

—De qué gano yo. No soy tu empleada, Teo. Soy tu socia.

—Cuando In-ha sea Presidente del Grupo Kang, tú tendrás la dirección de la Fundación de Arte. Tendrás el control de todo el lavado de dinero “legal” del grupo. Serás intocable.

Los ojos de Elena brillaron. Era la misma hambre que vi en la vecindad, pero ahora tenía dientes.

—Trato hecho.


Esa noche, la ciudad lloraba. Una tormenta eléctrica azotaba el Valle de México, inundando los pasos a desnivel y convirtiendo el tráfico en un estacionamiento gigante.

Fui a ver a mi “arma secreta”. No era un ejecutivo, ni un político. Era un niño. Bueno, un joven que actuaba como niño.

Vivía en un sótano en la Plaza de la Tecnología, rodeado de pantallas, cajas de pizza vacías y olor a red bull. Le decíamos “El Hacker”. Su nombre real era irrelevante.

—¿Lo tienes? —pregunté al entrar.

El Hacker giró en su silla gamer. Tenía ojeras profundas y una camiseta de anime.

—Tus códigos de seguridad son una basura, Teo. Entré al teléfono de Sung-ju en tres minutos.

—¿Y?

—Es un idiota. —El Hacker tecleó algo y en la pantalla gigante apareció una serie de conversaciones de WhatsApp y correos encriptados—. Está planeando un golpe. Quiere usar la próxima junta de accionistas para declarar al Presidente Kang incompetente por salud mental. Tiene a tres directores de su lado.

—Nombres.

—El Director de Finanzas, el de Recursos Humanos y… —hizo una pausa dramática— el Director Chu.

Sentí un golpe en el estómago. El Director Chu. El hombre que me contrató. El hombre que me enseñó cómo funcionaba la empresa. Mi mentor, antes de que yo lo superara.

—¿Chu? ¿Estás seguro?

—Aquí está el recibo de la transferencia, jefe. Todo el mundo tiene un precio. El de Chu fue pagar la deuda de juego de su hijo.

Me pasé la mano por la cara. En este mundo, la lealtad duraba hasta que llegaba el cheque correcto.

—Copia todo. Grábalo. Y prepárate para intervenir la presentación de la junta.

—¿Vas a destruir a tu mentor? —preguntó el Hacker con morbo.

—Voy a podar las ramas podridas. No es personal.

Salí a la lluvia. Mi teléfono vibró. Era In-ha.

“Ven a la casa. Ahora. Es urgente.”


La casa de In-ha ya no era la habitación en la mansión de su padre. Ahora vivía en un penthouse en Polanco, pagado con dinero que habíamos desviado sutilmente de algunas operaciones. Era su refugio.

Cuando llegué, el lugar estaba a oscuras, iluminado solo por los relámpagos y las luces de la ciudad.

In-ha estaba en el balcón, empapándose bajo la lluvia. Y no estaba solo.

Elena estaba ahí.

Me quedé congelado en la entrada. Verlos juntos siempre me provocaba una reacción visceral, una mezcla de celos y pánico estratégico. Eran fuego y gasolina.

In-ha se giró al verme. Tenía una botella de champagne en la mano y una expresión maníaca.

—¡Llegaste! —gritó sobre el trueno—. ¡Ven, únete a la fiesta!

Caminé hacia ellos, cubriéndome de la lluvia bajo el techo del balcón. Elena estaba recargada en el barandal, con el cabello mojado pegado a la cara, mirando a In-ha con una expresión indescifrable.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

—Le acabo de hacer una propuesta a nuestra querida Elena —dijo In-ha, abrazándola por la cintura. Ella no se apartó, pero tampoco lo abrazó de vuelta—. Le dije que se case conmigo.

El mundo se detuvo por un segundo.

—¿Qué? —Fue lo único que pude decir.

—Piénsalo, Teo. Es perfecto. —In-ha empezó a caminar de un lado a otro, gesticulando con la botella—. Yo necesito una esposa respetable, inteligente, que sepa moverse en la política para legitimar mi imagen. Elena necesita poder, dinero y protección contra su pasado y su madre loca. Juntos somos la pareja de poder definitiva. Los Kennedy mexicanos, pero más guapos y peligrosos.

Miré a Elena. Ella me sostuvo la mirada. En sus ojos vi el cálculo. Vi la frialdad. Pero también vi una pregunta. Dime que no lo haga. Dime que me vaya contigo.

Pero yo no podía decir eso. Mi plan requería que In-ha fuera estable. Requería que tuviera aliados fuertes. Y no había nadie más fuerte que Elena. Si ellos se casaban, nuestro triángulo se convertía en una fortaleza impenetrable… o en una bomba de tiempo.

—Es… una buena estrategia —dije, y sentí cómo las palabras me rasparon la garganta como vidrio molido.

La luz en los ojos de Elena se apagó. Se volvió hielo.

—¿Lo ves? —dijo In-ha, triunfante—. Hasta el cerebro lo aprueba.

Se giró hacia Elena y se arrodilló, sin importarle el charco de agua.

—Na Hye-won. Elena. Cásate conmigo. No por amor. Al diablo el amor, eso es para los pobres. Cásate conmigo por ambición. Cásate conmigo para vengarte de todos los que te miraron por encima del hombro. Te prometo que te daré el mundo para que lo quemes si quieres.

Elena miró a In-ha, luego me miró a mí una última vez. Yo me mantuve impasible, con mi máscara de hierro bien puesta, aunque por dentro me estaba desmoronando.

—Acepto —dijo ella.

In-ha soltó un grito de júbilo, la levantó en brazos y la besó. Un beso hambriento, posesivo. Yo desvié la mirada hacia la ciudad, hacia las luces infinitas de la capital.

En ese momento, comprendí el verdadero precio de mi ambición. Había vendido mi alma, había traicionado a mi mentor y ahora, acababa de vender a la mujer que… a la mujer que me importaba, al hombre que debía convertir en rey.

—¡Teo! —me llamó In-ha—. ¡Ven, brindemos! ¡Por los futuros dueños de México!

Me acerqué. Chocamos las copas.

—Por los dueños de México —repetí.

Pero en mi mente, solo escuchaba la advertencia del Presidente Kang: “Si alguna vez veo que te tiembla la mano por amor… te destruyo.”

Mi mano no tembló. Pero mi corazón, ese que se suponía que debía estar muerto, dio un último latido de agonía antes de endurecerse por completo.

La guerra por el Grupo Kang estaba a punto de empezar de verdad. Y la primera baja había sido nosotros mismos.


Días después, La Junta de Accionistas.

La sala de conferencias del Grupo Kang era un búnker de lujo. Madera de nogal, pantallas gigantes y veinte hombres viejos en trajes grises que decidían el destino de miles de empleados.

El Presidente Kang estaba sentado en la cabecera, conectado a un tanque de oxígeno portátil. Se veía débil. Era parte del teatro.

Sung-ju, el segundo hijo, se puso de pie. Se veía confiado, arrogante.

—Señores accionistas —empezó Sung-ju—. Estamos aquí para discutir el futuro. Mi padre, el Presidente, ha sido un gran líder. Pero su salud… —Hizo una pausa falsa de preocupación—. Su salud mental y física ya no le permite llevar el timón. Tengo informes médicos y el apoyo de varios directores clave que sugieren que es hora de un cambio. Propongo una moción de censura para remover al Presidente Kang de sus funciones operativas.

Hubo murmullos. El Director Chu, mi mentor, se levantó.

—Yo apoyo la moción —dijo Chu, sin atreverse a mirar al Presidente—. Por el bien de la empresa.

Sung-ju sonrió. Tenía los votos. Lo tenía ganado.

—Gracias, Director Chu. —Sung-ju miró a su padre—. Papá, es por tu bien. Descansa. Yo me encargo.

El Presidente Kang no dijo nada. Solo me miró a mí, que estaba parado en la esquina, invisible como siempre.

Asentí.

Saqué mi tablet y presioné “Enviar”.

Las pantallas gigantes de la sala parpadearon. La presentación de Sung-ju desapareció. En su lugar, apareció un video.

Era un video grabado con cámara oculta. Se veía a Sung-ju en un club privado, visiblemente borracho, hablando con el Director Chu.

“…Al viejo le queda poco tiempo, Chu. Si no se muere, lo empujamos. Tú solo firma los papeles médicos falsos. Te voy a dar el doble de lo que te paga él. Vamos a desmantelar esa estupidez del Centro de Co-Prosperidad y venderlo por partes. El Grupo Kang va a ser mi cajero automático personal…”

El audio era nítido. Brutal.

La sala se quedó en silencio. Sung-ju se puso pálido. El Director Chu se desplomó en su silla, tapándose la cara.

El Presidente Kang se quitó la mascarilla de oxígeno. Se levantó. Ya no parecía débil. Parecía un titán.

—¿Decías, hijo? —preguntó el Presidente, con una voz que hizo temblar las ventanas.

Sung-ju tartamudeó.

—Esto… esto es falso. Es un montaje. ¡Es Inteligencia Artificial!

—No —intervine yo, dando un paso al frente—. Es la realidad, Vicepresidente Kang. Y hay más. Tenemos registros de transferencias ilegales, sobornos a médicos y conspiración corporativa. La policía está en el lobby esperando.

Sung-ju me miró con un odio puro, destilado.

—Tú… —siseó—. ¡Tú maldito perro callejero! ¡Tú hiciste esto!

—Yo solo protejo los intereses del Grupo, señor.

La seguridad entró. Se llevaron a Sung-ju gritando amenazas. El Director Chu fue escoltado hacia la salida, llorando. Al pasar junto a mí, Chu me miró.

—Teo… yo te enseñé todo…

—Me enseñaste que en este negocio no hay amigos —le susurré—. Gracias por la lección, maestro.

Cuando la sala se vació, quedamos solo el Presidente y yo.

El viejo se sentó, exhausto pero victorioso.

—Bien hecho, Teo. —Sacó un cigarro—. Brutal. Frío. Exactamente como me gusta. Has salvado mi trono.

—Era mi deber, señor.

—Ahora, tenemos un hueco. Sung-ju está fuera. In-ju es un inútil drogadicto. Necesito a alguien en la Vicepresidencia.

Mi corazón se detuvo. Este era el momento.

—Señor… tengo una recomendación.

—¿Ah, sí?

—Kang In-ha.

El Presidente soltó una carcajada.

—¿El bastardo? ¿Ese inútil? Por favor, Teo. Sé serio.

—In-ha ha estado trabajando en las sombras durante cinco años. Conoce la empresa desde abajo. No tiene los vicios de In-ju ni la traición de Sung-ju. Y lo más importante… me tiene a mí. Yo lo controlaré. Será su mano, pero yo seré su cerebro. Usted seguirá mandando a través de él.

El Presidente lo pensó. Dio una calada larga al puro.

—Tráelo. Quiero ver si ha dejado de ser un niño llorón. Si me convence… tal vez le dé una oportunidad. Pero si falla, Teo… tú pagarás con tu cabeza.

—No fallará, señor.

Salí de la sala de juntas. Caminé hacia el ventanal y miré la ciudad abajo.

Había derribado al segundo hijo. Había sacrificado a mi mentor. Había entregado a la mujer que amaba a otro hombre. Y ahora, iba a poner a un bastardo inestable en la línea de sucesión.

Todo iba según el plan.

Pero mientras miraba mi reflejo en el cristal, me costó reconocer a la persona que me devolvía la mirada. Los ojos eran los mismos, pero algo dentro de ellos se había apagado para siempre.

Saqué mi celular y envié un mensaje al grupo encriptado que teníamos In-ha, Elena y yo.

“Sung-ju cayó. El camino está libre. Prepárense para el baile.”

La respuesta de In-ha llegó de inmediato: un emoji de fuego.
La respuesta de Elena tardó más. Solo una palabra: “Entendido.”

Guardé el teléfono y caminé hacia el elevador. El ascenso continuaba. Pero el aire allá arriba se estaba volviendo irrespirable.

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