Me humillaron en mi trabajo y me abofetearon frente a todos, pero la voz de un multimillonario me salvó y cambió mi vida para siempre con una propuesta que no pude rechazar.

Parte 1

Capítulo 1: El sábado que lo cambió todo

Nunca, ni en mis sueños más extraños o en mis peores pesadillas, pensé que un simple día de trabajo en un centro comercial podría ser el cataclismo que partiera mi vida en dos. En un momento, yo era Sofía Morales, una vendedora anónima luchando por llegar a fin de mes, una pieza más en el engranaje de la Ciudad de México, tratando de pagar las cuentas que se acumulaban como una torre de naipes a punto de colapsar. Al momento siguiente, estaba siendo públicamente despojada de mi dignidad, humillada y degradada frente a una multitud de extraños con sus celulares listos para inmortalizar mi vergüenza. Pero lo que sucedió después, en el punto más bajo de mi existencia, fue aún más increíble. Una voz que nunca había escuchado antes, una voz profunda y cargada de una autoridad que parecía capaz de detener el tiempo, pondría mi mundo de cabeza, lo sacudiría hasta sus cimientos y lo reconstruiría de una forma que nunca podría haber imaginado. Si alguna vez te has sentido invisible, si has sentido que el mundo te pasa por encima sin notarte, si te han tratado como si tu existencia no importara, esta historia es un testimonio de que, a veces, el universo tiene planes para nosotros que son mucho más grandes, complejos y extraños de lo que nuestra mente podría concebir. Planes que, a menudo, nacen del caos y la más absoluta desesperación.

Mi nombre es Sofía Morales y, hace apenas seis meses, mi vida era un lienzo pintado en tonos de gris. A mis veintiséis años, la rutina era mi única constante. Me levantaba, me vestía con un uniforme que no era mío, y pasaba ocho horas al día en “La Elegancia”, una boutique de lujo en el opulento y ajeno mundo del Centro Comercial Santa Fe. Mi sueldo base era una broma de mal gusto, apenas suficiente para cubrir la renta y los servicios básicos, y las comisiones, esa zanahoria que siempre colgaba frente a mí, eran tan volátiles como el humor de las mujeres ricas y aburridas que conformaban nuestra clientela.

Mi divorcio se había concretado hacía tres meses. “Concretado” es una palabra tan clínica, tan final, para describir el brutal desgarro que fue. Ricardo, mi exesposo, el hombre al que le había entregado mis sueños y mi juventud, había decidido que el “para siempre” tenía una fecha de caducidad. Se había encargado, con una eficiencia escalofriante, de vaciar nuestra cuenta de ahorros conjunta y de dejarme con la mayor parte de la deuda de las tarjetas de crédito, esas cenas caras y viajes que él insistía que “nos merecíamos”. Así que ahí estaba yo, a los veintiséis, empezando no desde cero, sino desde menos diez. Mi único patrimonio era un pequeño departamento rentado en la colonia Narvarte, cuyas paredes parecían encogerse cada día un poco más; una montaña de estados de cuenta con cifras en rojo que me robaban el sueño noche tras noche; y la frágil, casi infantil, esperanza de que, de alguna manera, las cosas mejorarían. Una esperanza que se sentía más como una obligación que como una convicción.

Ese sábado por la mañana empezó como cualquier otro sábado. El despertador de mi celular sonó a las siete en punto con una melodía que ya había aprendido a odiar. Me levanté de la cama con el peso del mundo sobre los hombros, un peso familiar, casi reconfortante en su constancia. El frío del suelo de loseta me recorrió los pies mientras caminaba hacia la cocina. Me preparé un café instantáneo, amargo y necesario, y me lo tomé de pie, mirando por la ventana la vida de otras personas comenzar. Veía a los vecinos sacar a pasear a sus perros, a las parejas salir a correr. Vidas que parecían tener un propósito, una dirección. La mía se sentía como un barco a la deriva.

Me puse el uniforme de la tienda: una falda gris a la rodilla, una blusa blanca de poliéster. Prendas que no decían nada de mí, diseñadas para hacerme desaparecer, para convertirme en un telón de fondo para la ropa cara que vendía. Me recogí el cabello castaño en una coleta pulcra y tirante, un peinado que gritaba eficiencia y sumisión. Me apliqué una capa de maquillaje discreto, lo suficiente para cubrir las ojeras y para proyectar una imagen de serenidad que no sentía en lo más mínimo. Era mi máscara, mi armadura para enfrentar el día.

El viaje en el Metrobús fue, como siempre, una lección de humildad. Apretada entre cuerpos extraños, el olor a sudor, perfume barato y la comida del día anterior flotando en el aire. Miraba los rostros a mi alrededor: cansados, resignados, aburridos. Me preguntaba sobre sus vidas, sus deudas, sus sueños rotos. ¿Cuántos de ellos también se sentían como yo? ¿Atrapados en una vida que no habían elegido? Me bajé en la estación de Santa Fe y caminé el último tramo hacia el centro comercial, un templo de cristal y acero dedicado al consumismo, un mundo tan alejado de mi realidad que a veces sentía que necesitaba un pasaporte para entrar.

Llegué a “La Elegancia” a las diez y media, treinta minutos antes de la hora de apertura. Era mi ritual, mi pequeño acto de control en una vida que se sentía fuera de control. Me gustaba asegurarme de que todo estuviera perfecto antes de que la primera clienta cruzara la puerta. Los maniquíes, con sus posturas lánguidas y sus ropas de miles de pesos, debían lucir impecables. La ropa en los percheros, perfectamente alineada y planchada al vapor, sin una sola arruga que delatara su encierro. Y las vitrinas de joyería, esos pequeños altares de oro y diamantes, debían brillar sin una sola huella dactilar. Trabajar en el sector del lujo te enseña una lección fundamental: la presentación lo es todo. Nuestros clientes no compraban un vestido o un collar; compraban una fantasía, una experiencia de exclusividad, un escape de sus vidas ordinarias, por más lujosas que ya fueran. Y esperaban, o más bien, exigían, nada menos que la perfección. Y yo, que necesitaba este trabajo como el aire que respiraba, no iba a darle a mi gerente, el señor Velasco, ni la más mínima razón para siquiera pensar en mi reemplazo.

El centro comercial estaba inusualmente lleno ese día. Era quincena, y se notaba. La gente fluía por los amplios y relucientes pasillos con una energía casi frenética. Familias enteras, con niños corriendo y gritando. Adolescentes en grupos ruidosos, arremolinándose en el área de comida rápida, flirteando y viviendo sus dramas de fin de semana. Y luego, estaban ellos: los compradores serios, los habitantes naturales de este ecosistema. Hombres y mujeres bien vestidos, moviéndose de tienda en tienda con una determinación silenciosa, cargados con bolsas de marcas cuyos nombres yo pronunciaba con reverencia: Chanel, Gucci, Louis Vuitton.

Desde mi puesto estratégico detrás del mostrador de caja, observaba el flujo constante de humanidad. Algunos lanzaban una mirada curiosa a nuestros aparadores, donde un vestido de lentejuelas plateadas parecía susurrar promesas de noches inolvidables. Otros pasaban de largo sin una segunda mirada, indiferentes a la opulencia que ofrecíamos. En mis tres años en este trabajo, había desarrollado un sexto sentido, una habilidad casi animal para leer a las personas. En los primeros cinco segundos después de que una persona cruzaba el umbral, yo ya sabía. Sabía si era una compradora seria, si su tarjeta de crédito tenía un límite estratosférico y estaba lista para usarlo. O si solo estaba “echando un ojo”, matando el tiempo mientras esperaba a alguien, buscando inspiración o simplemente fantaseando con una vida que no era la suya. Como yo.

Alrededor del mediodía, cuando el sol estaba en su punto más alto y el murmullo del centro comercial se había convertido en un rugido constante, la campanilla de la puerta sonó con un tintineo delicado. Y ella entró.

Mi sexto sentido no solo sonó; gritó. Fue una alarma de cinco estrellas. La mujer debía tener unos cincuenta y tantos años, pero luchaba contra ellos con todas las armas que el dinero podía comprar. Su cabello rubio, de un tono demasiado perfecto para ser natural, estaba peinado en un casco impecable que ningún viento se atrevería a despeinar. Llevaba un traje de dos piezas, de un color crema que solo alguien que nunca se acerca al transporte público podría usar. La tela, probablemente lino o una seda cruda, caía con una gracia que susurraba “hecho a la medida”. Y luego estaba el bolso. Colgado de su brazo como un trofeo, un Birkin de Hermès de piel de cocodrilo. Ese bolso, por sí solo, representaba varios años de mi sueldo. Representaba una vida entera que yo nunca tendría.

Pero no era solo la ropa o los accesorios. Era su aire. La forma en que caminaba, la manera en que su barbilla se mantenía perpetuamente levantada. Irradiaba una confianza blindada, una prepotencia tan natural en ella como respirar. Era la confianza de alguien que nunca ha tenido que preocuparse por el dinero, que nunca ha mirado con pánico el saldo de su cuenta bancaria, que nunca ha tenido que decidir entre pagar la luz o la tarjeta de crédito.

Se plantó en medio de la tienda, sus ojos barriendo el espacio con una mirada de evaluación y ligero desdén. Ignoró por completo a mi compañera, Lucía, que estaba doblando unos suéteres de cachemira, y clavó su mirada directamente en mí. Quizás fue porque yo estaba detrás del mostrador, un símbolo de autoridad, aunque fuera una autoridad prestada.

“Oye, tú”, dijo. Su voz no fue una pregunta, ni una solicitud. Fue una orden. Aguda, cortante, y cargada de una impaciencia que me erizó la piel. Era la voz de alguien acostumbrado a que el mundo se doble a su voluntad.

Forzando la sonrisa más amable y profesional que pude convocar desde las profundidades de mi agotamiento, salí de detrás del mostrador y me acerqué a ella. Sentí su mirada crítica recorrer mi modesto uniforme de arriba abajo, deteniéndose un instante en mis zapatos de tacón bajo, prácticos y sin marca. El juicio en sus ojos era tan palpable que casi podía oírlo.

“Claro que sí, con mucho gusto le ayudo a encontrar algo hermoso”, dije, mi voz sonando, esperaba, cálida y servicial. “¿Qué tipo de evento es?”

“Una cena de gala de la empresa”, respondió, mirando por encima de mi hombro como si buscara a alguien más competente. “Muy exclusiva. Necesito algo que llame la atención, pero no demasiado. Sofisticado. Y tiene que ser perfecto, porque me van a tomar fotos”. Hizo una pausa dramática, como si estuviera a punto de revelar un secreto de estado. Luego, con una ceja perfectamente arqueada, me miró directamente a los ojos y añadió: “Supongo que entiendes la importancia de dar la impresión correcta, ¿o no?”.

La pregunta retórica, cargada de condescendencia, me golpeó como una pequeña bofetada verbal. Estaba diseñada para ponerme en mi lugar, para establecer desde el principio la vasta distancia social que nos separaba. Ella era la reina, visitando sus dominios, y yo era una simple plebeya cuyo único propósito era servirle. Pero yo era una profesional. Había aprendido a tragarme mi orgullo junto con mi café amargo de la mañana.

“Por supuesto. Entiendo perfectamente”, respondí, manteniendo mi sonrisa en su lugar como si estuviera pegada con cemento. Era mi máscara de servicialidad, y no iba a dejar que se cayera. Todavía no. “Permítame mostrarle nuestras nuevas colecciones. Acaban de llegar unas piezas espectaculares de diseñadores internacionales que serían perfectas para una cena de gala”.

Mi voz sonaba serena, incluso entusiasta. Pero por dentro, una pequeña alarma de advertencia había comenzado a sonar, una sirena silenciosa que solo yo podía oír. Este tipo de clienta era una bomba de tiempo. Y yo estaba sentada justo encima de ella.

Capítulo 2: La bofetada

La conduje con mi sonrisa profesional firmemente plantada en el rostro hacia la sección de vestidos de noche, nuestro santuario de opulencia. Era la parte más exclusiva de la tienda, un área alfombrada donde la iluminación era más tenue y dramática, diseñada para hacer que las telas brillaran y los precios parecieran justificados. Comencé el ritual, un baile que había ejecutado cientos de veces. Con la delicadeza de un curador de museo manejando artefactos preciosos, empecé a sacar, uno por uno, los tesoros de la tienda, tratando desesperadamente de descifrar el código de sus gustos a través de su armadura de desdén.

Primero, mis dedos se deslizaron sobre la seda de un elegante vestido color borgoña. Tenía una silueta clásica, atemporal, con un sutil y exquisito bordado de cuentas negras en el escote que atrapaba la luz de forma discreta. “Este es de un diseñador italiano”, comenté con voz suave, “la caída es maravillosa y el color es muy sofisticado para la noche”. Ella lo tomó, lo sostuvo frente a sí por un instante, y lo dejó caer de nuevo en el perchero con un gesto de desinterés. “Demasiado oscuro”, sentenció, sin dar más explicaciones.

Mi sonrisa no flaqueó. Siguiente opción. Un sofisticado vestido gris perla, de un tejido ligero que parecía flotar. Su belleza residía en su simplicidad: un drapeado magistral que partía de un hombro y caía en cascada por el cuerpo, insinuando la figura sin revelarla. Era elegancia pura. “Este es uno de mis favoritos personales”, me aventuré a decir. “Es moderno, pero increíblemente chic. La simplicidad es su mayor declaración”. Ella lo examinó con la intensidad de un perito forense buscando una falla. “Esto es demasiado simple”, dijo, su voz con un tono de ofensa, como si le hubiera ofrecido algo indigno. Despidió el vestido con un gesto displicente de la mano, como si estuviera espantando una mosca molesta.

Mantuve la calma, aunque una pequeña vena en mi sien comenzaba a palpitar. Tercer intento. Un impactante vestido de cóctel azul rey. El color era vibrante, lleno de vida, y el corte, con un escote asimétrico y una falda lápiz, era audaz y seguro. Estaba segura de que se vería increíble en las fotografías, un destello de confianza en un mar de vestidos negros. “Este color es tendencia esta temporada”, informé, “y le daría una presencia inolvidable”. Ella lo sostuvo con la punta de dos dedos, como si estuviera contaminado. “Y esto…”, dijo, arrastrando la palabra con desprecio, “…parece algo que usaría una secretaria que quiere impresionar a su jefe”.

Cada palabra era un pequeño dardo envenenado. Me estaba evaluando no solo la ropa, sino a mí. Mi gusto, mi juicio, mi valor como persona. Pero yo había construido muros alrededor de mi orgullo. Muros hechos de necesidad, de facturas por pagar. Así que respiré hondo y forcé a mi sonrisa a permanecer. En mis tres años vendiendo lujo a quienes lo dan por sentado, había aprendido una dura y amarga lecindiscriminada, una insatisfacción crónica que nada en el mundo podía saciar. Y descargaban esa frustración, ese vacío existencial, en la primera empleada que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino. Hoy, esa empleada era yo. Mi número había salido en la lotería de la desdicha.

“Permítame mostrarle algunas otras opciones”, dije, mi voz manteniendo un tono profesional y calmado que era una obra maestra de la actuación, una completa traición a la tormenta de frustración que se gestaba en mi interior. “Acabamos de recibir unas piezas magníficas de nuestra colección de alta costura, están en el área reservada”.

Durante la siguiente hora, que se sintió como una eternidad, continuó el desfile interminable de fracasos. Le mostré todo. Un vestido de lentejuelas doradas (“demasiado vulgar”), uno de terciopelo negro (“demasiado fúnebre”), uno de chifón con estampado floral (“¿crees que voy a un día de campo?”). Cada prenda era recibida con una nueva crítica, cada vez más personal y mordaz. Demasiado largo, demasiado corto, demasiado formal, no lo suficientemente formal. El color equivocado, el estilo equivocado, la tela equivocada, el todo equivocado. Era como intentar llenar un pozo sin fondo con una cuchara.

Mientras tanto, la tienda seguía su curso. Otros clientes entraban y salían. Algunos compraban, otros no. Mi compañera, Lucía, una chica joven y optimista que aún no había sido completamente aplastada por el sistema, los atendía con una sonrisa genuina. Podía escuchar sus risas, sus conversaciones amables. Podía verla cerrar ventas, escuchando el alegre sonido de la caja registradora. Cada uno de esos sonidos era un recordatorio de la comisión que yo estaba perdiendo, de las ventas potenciales que se me escapaban de las manos mientras estaba secuestrada en este infierno personal. Pero las reglas de la tienda, dictadas por el señor Velasco, eran claras: dale a cada cliente tu atención completa y exclusiva, sin importar cuán difícil sea. “La perseverancia es la clave de la venta de lujo”, nos repetía en cada junta.

“¿Acaso me estás escuchando?”, espetó la mujer de repente, su voz subiendo de volumen y cortando el murmullo de la tienda. El veneno en su tono atrajo las miradas curiosas de otros compradores. Le había sugerido un hermoso vestido verde esmeralda con un corte asimétrico y una sola manga larga, una pieza de vanguardia. “¡Dije específicamente que no quiero nada demasiado llamativo! ¡Esto es completamente inapropiado! ¿Eres sorda o simplemente estúpida?”

El insulto directo, crudo, me golpeó con la fuerza de un golpe físico. Sentí la sangre subir a mis mejillas. “Le pido una disculpa”, dije automáticamente, mi voz sonando débil, estrangulada. Ya ni siquiera sabía por qué me estaba disculpando. ¿Por existir? ¿Por intentar hacer mi trabajo? “Permítame intentar un enfoque diferente. Quizás si me cuenta un poco más sobre el evento, sobre las personas que asistirán, el código de vestimenta… quizás eso me ayude a entender exactamente lo que está buscando”.

Ella suspiró dramáticamente, un sonido largo y exasperado, como si le hubiera pedido que me explicara la teoría de la relatividad. Se pasó una mano por su frente, fingiendo un agotamiento extremo. “Es una cena corporativa para la compañía de mi esposo, Grupo Inmobiliario del Valle. Gente muy importante estará ahí. Políticos, empresarios, los dueños de este país. Necesito verme sofisticada, elegante, inalcanzable, pero no como si me estuviera esforzando demasiado. ¿Es tan, tan difícil de entender?”

Asentí, sintiendo cómo se me formaba un nudo apretado en el estómago. La presión era inmensa. Volví a los percheros, mi mente corriendo a toda velocidad, buscando desesperadamente algo, cualquier cosa que pudiera apaciguar a esta mujer. Mis manos, ahora ligeramente temblorosas, se posaron en un clásico atemporal. Un “little red dress”. Era de una simplicidad engañosa, pero su poder radicaba en eso. Un corte impecable, una tela de crepé de seda que caía como un guante, y un color, el rojo, que era pura confianza. Era el tipo de vestido que luciría perfecto en cualquier evento de alta categoría, un símbolo de poder femenino.

“Este es precioso”, dije, mi voz casi un ruego. Se lo mostré con una renovada y frágil pizca de esperanza. “Es uno de nuestros más vendidos, un clásico de la casa. Y el corte es universalmente favorecedor”.

Para mi sorpresa, tomó el vestido de mis manos. Lo sostuvo frente a ella, examinándolo desde todos los ángulos. Por un instante, un silencio tenso y esperanzador llenó el aire. Creí, por un segundo loco, que por fin había encontrado algo que le gustaba. Vi un destello de consideración en sus ojos. Pero entonces, negó lentamente con la cabeza, una sonrisa de suficiencia dibujándose en sus labios.

“La tela se siente barata”, sentenció, aunque era una seda italiana que costaba más que mi renta de tres meses. “Y el rojo es tan… común. Tan predecible. ¿No tienes nada original? ¿Nada que demuestre que realmente conoces la moda?”

Fue en ese momento que la dinámica cambió. Una pequeña multitud, atraída por el drama que se desarrollaba, había comenzado a formarse discretamente fuera de nuestra tienda. El centro comercial estaba en su punto más concurrido, y la gente, con sus bolsas de compras y sus vidas de fin de semana, se detenía a mirar a través del cristal. Podía ver a otros clientes dentro de la tienda, fingiendo mirar ropa en los percheros cercanos, pero sus oídos estaban claramente sintonizados con nuestra conversación. Me sentí como un animal en un zoológico, expuesta en una jaula de cristal. La tensión era asfixiante, humillante.

“Señora”, dije, y esta vez, a pesar de mis mejores esfuerzos, mi voz tembló. Era el temblor de la rabia contenida y la humillación. “Con todo respeto, le he mostrado casi todo lo que tenemos en su talla y que se ajusta a la ocasión. Quizás si pudiera ser un poco más específica sobre la silueta, la tela, el diseñador que busca, podría ayudarla a encontrar exactamente lo que necesita”.

Fue la chispa que encendió la pólvora. La máscara de desdén se resquebrajó por completo, revelando un rostro de furia pura y descontrolada. Su cara se congestionó, enrojeciendo violentamente.

“¿Estás insinuando que no sé lo que quiero?”, gritó, su voz resonando en la tienda. “¿Me estás diciendo que yo soy la difícil?”

“No, para nada, señora, por favor no me malinterprete”, respondí rápidamente, retrocediendo un paso instintivamente. Había pisado una mina terrestre. “Solo estoy tratando de ayudarla a encontrar el vestido perfecto”.

“¿Tú, ayudarme a mí?”, soltó una carcajada, un sonido feo, agudo y desprovisto de humor. Era pura burla. “Eres una simple vendedora en una tienda de centro comercial. Una ‘gata’ con uniforme. ¿Qué podrías saber tú de estilo, de clase, de sofisticación? ¡Por Dios, mírate! Mira lo que llevas puesto”.

Instintivamente, bajé la mirada a mi atuendo. Mi uniforme. La falda gris, la blusa blanca. Estaba limpio, planchado, profesional. Pero la forma en que ella me miraba, con tanto desprecio, te habría hecho pensar que estaba vestida con harapos.

“Lamento sinceramente si de alguna manera la he molestado”, dije, en un último y desesperado intento por calmar la situación, por salvar mi trabajo. “Mi intención es solo servirle. Quizás una de mis compañeras podría…”

“¡Ah! ¿Así que ahora te rindes y me vas a pasar con otra? ¡Qué servicio tan patético! Este es exactamente el tipo de mediocridad que uno espera de lugares como este, lleno de gente incompetente que no sabe cuál es su lugar”.

La gente definitivamente estaba mirando ahora. Sin disimulo. Podía ver rostros pegados al cristal de nuestro escaparate, y varios clientes dentro de la tienda habían dejado de fingir y nos miraban abiertamente, sus rostros una mezcla de curiosidad, morbo y, en algunos, una pizca de lástima por mí.

“Señora, de verdad que estoy tratando de ayudarla”, dije, mi voz apenas un susurro. Me sentía desnuda, expuesta, juzgada por un jurado de extraños. “Si pudiera decirme qué es lo que busca, estoy segura de que encontraremos algo perfecto para usted”.

Ella dio un paso agresivo hacia mí, invadiendo mi espacio personal, forzándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra un perchero. Su voz se hizo más fuerte, más estridente, asegurándose de que todos en un radio de veinte metros pudieran escucharla. “¡Lo que estoy buscando es un servicio competente! ¡Lo que estoy buscando es alguien que sepa lo que está haciendo! ¡Lo que estoy buscando es que me traten con el respeto que alguien de mi posición, la esposa de Javier de la Torre, merece!”

Sentí mis mejillas arder con el fuego de la vergüenza más profunda que jamás había sentido. La tienda estaba llena de espectadores silenciosos, todos ellos testigos de cómo esta mujer me destrozaba en público, pieza por pieza. Quería que me tragara la tierra. Quería responderle, gritarle que se detuviera, defender el último jirón de mi dignidad. Pero sabía que eso solo empeoraría las cosas. La imagen de mis estados de cuenta bancarios, de la carta de desalojo que podría llegar en cualquier momento, parpadeó en mi mente. Necesitaba este trabajo. No podía permitirme el lujo del orgullo.

“Entiendo que esté frustrada”, dije, mi voz quebrándose por la emoción contenida. “Por favor, permítame intentar ayudarla. De verdad quiero que se vaya de aquí feliz con su compra”.

“¿Feliz?”, chilló, y el sonido agudo rebotó en las paredes de cristal de la tienda. “¿Cómo carajos puedo estar feliz cuando he desperdiciado más de una hora de mi valioso tiempo con alguien que claramente no entiende lo más mínimo sobre servicio al cliente? ¿Tienes la más remota idea de quién soy yo? ¿Sabes el tipo de contactos que tiene mi esposo? Podría hacer que cierren este miserable lugar con una sola llamada”.

La amenaza era clara, brutal. Me estaba diciendo que podía destruirme. Que podía arruinar no solo mi día, sino mi vida. Sentí las lágrimas, calientes y traicioneras, comenzar a formarse en mis ojos. Pero parpadeé rápidamente, furiosamente, para contenerlas. No iba a llorar. No le daría esa satisfacción.

“Lo siento de verdad”, dije, mi último recurso. “Por favor, déjeme llamar a mi gerente. Él podrá…”

“Tu gerente no está”, espetó, lo cual era cierto. El señor Velasco estaba en su hora de comida. “Solo estás tú y tu completa, absoluta y total incompetencia”.

Fue entonces cuando cometí mi último y fatal error. En un intento desesperado por encontrar una salida, por decir algo, cualquier cosa que sonara profesional, recurrí al manual. Traté de explicarle nuestra política de devoluciones, pensando estúpidamente que quizás eso la calmaría, que le daría seguridad. Mencioné que, si no estaba completamente satis-fecha con su compra, siempre podría devolverla en un plazo de 30 días con el recibo.

Se detuvo en seco. Su furia se transformó en algo mucho más frío y peligroso. Su voz bajó a un susurro que helaba la sangre. “¿Estás insinuando que yo… necesitaría devolver algo?”, preguntó. “¿Estás implicando que yo, Beatriz de la Torre, podría no estar satisfecha con mi compra?”

“No, no, yo solo intentaba tranquilizarla, asegurarle que su compra está…”

“Estás haciendo suposiciones sobre mí”, me interrumpió, su voz como el filo de un cuchillo. “Me estás tratando como si fuera una clienta problemática, una de esas ‘viene-viene’ que van a causar problemas”.

En ese instante, lo supe. No había salida. No había forma de ganar esta conversación. Nada de lo que dijera o hiciera la haría feliz. Había decidido estar enojada, y yo era el blanco perfecto para su ira, una catarsis para su vida vacía y privilegiada.

“Señora”, dije, en un último y fútil intento de restaurar la paz, de apelar a una humanidad que quizás no existía. “Le pido una sincera y profunda disculpa si he hecho algo para molestarla. Esa nunca, nunca fue mi intención. Mi único objetivo era ayudarla a encontrar algo hermoso para su evento”.

Me miró fijamente durante un largo y tenso momento. Sus ojos, inyectados en sangre por la rabia, estaban llenos de un odio que parecía completamente desproporcionado con cualquier cosa que hubiera sucedido en esa tienda. Luego, sin previo aviso, sin un solo indicio, levantó su mano enjoyada.

Y me abofeteó.

Con todas sus fuerzas. En toda la cara.

El sonido, agudo, violento, un chasquido húmedo y repugnante, resonó por toda la tienda como un disparo. Un silencio absoluto, pesado y denso, cayó sobre todos como una manta. Me quedé allí, paralizada, completamente aturdida. El dolor llegó un segundo después, una explosión ardiente que se extendió por toda mi mejilla. Pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación. Una humillación tan profunda, tan total, que sentí que me ahogaba, que me borraba. Podía sentir docenas de ojos sobre mí, los flashes imaginarios de los teléfonos que seguramente ya estaban grabando. Mi mundo se encogió a ese instante de dolor, a ese sonido espantoso, y a la vergüenza pública que sabía que me marcaría para siempre.

Parte 2

Capítulo 3: La voz en el silencio

El eco de la bofetada pareció colgar en el aire, una onda de choque visible que silenció hasta el último murmullo del centro comercial. El tiempo mismo pareció detenerse, fracturándose en una serie de imágenes nítidas y aterradoras. El rostro de Beatriz de la Torre, contorsionado en una máscara de triunfo y desprecio. Los ojos abiertos como platos de mi compañera Lucía detrás del mostrador. Las caras de los extraños, algunas horrorizadas, otras fascinadas, pero todas, absolutamente todas, clavadas en mí. Y luego estaba el dolor. Primero, un zumbido agudo en mi oído, como una interferencia de radio. Luego, el calor, una llamarada que se extendió por mi mejilla, por mi mandíbula, subiendo hasta mi sien. Podía sentir el pulso de mi propia sangre latiendo contra la piel violentamente ultrajada. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca; me había mordido la lengua con la fuerza del impacto.

Me quedé allí, congelada, no por el dolor físico, sino por la magnitud de la humillación. Era un sentimiento tan abrumador, tan total, que mi cerebro simplemente se desconectó. Era como si mi espíritu hubiera abandonado mi cuerpo y estuviera flotando cerca del techo, mirándome desde arriba: una figura patética y temblorosa, con una mano presionada contra su mejilla enrojecida. Quería que la tierra se abriera y me tragara. Quería evaporarme, convertirme en aire, desaparecer en la nada para no tener que soportar el peso de tantas miradas. Cada par de ojos se sentía como un dedo acusador, no contra ella, la agresora, sino contra mí, la víctima. La humillada. La que no supo defenderse. Los segundos se estiraron hasta convertirse en una agonía sin fin. El silencio era un ente vivo, una presión que me aplastaba el pecho y me dificultaba respirar.

Fue Beatriz quien finalmente lo rompió. Su voz, ahora desprovista de la estridencia de la ira y llena de una calma venenosa y satisfecha, cortó el silencio como un bisturí.

“Eso es lo que pasa cuando le faltas al respeto a la gente que sí importa”, dijo, hablando no solo para mí, sino para toda la audiencia que había congregado. Estaba dando una lección, y yo era el ejemplo. “Quizás ahora lo pienses dos veces antes de tratar tan mal a tus superiores. Un poco de humildad es lo que te hacía falta, muchachita”.

Sus palabras apenas me rozaron. Estaba atrapada en mi propia espiral de vergüenza. Quería correr, huir de la tienda, de la ciudad, de mi propia piel. Pero mis pies estaban pegados al suelo, como si fueran de plomo. Las lágrimas que había luchado tanto por contener ahora amenazaban con desbordarse, y la idea de llorar frente a ella, de darle esa última victoria, era más dolorosa que la propia bofetada. Así que me quedé allí, un monumento a la impotencia, respirando de forma entrecortada, luchando por mantenerme en pie bajo el peso de mi propia mortificación. La mujer me observaba, esperando mi reacción, disfrutando de mi parálisis. La multitud observaba, esperando el siguiente acto de este inesperado y cruel espectáculo.

Fue entonces, en el punto más profundo de mi abismo, cuando la oí. Una voz.

“Tócala otra vez y veremos qué pasa”.

No fue un grito. No fue una amenaza estridente. Fue una declaración. Profunda, masculina, y con una calma tan absoluta que resultaba infinitamente más intimidante que cualquier grito. La voz no solo rompió el silencio; lo aniquiló. Era como el primer trueno de una tormenta lejana, una vibración que se sintió en el pecho antes de que el oído la procesara por completo. Cada persona en la tienda, sin excepción, se giró como un solo ser hacia la fuente de esa voz.

Mi propia cabeza giró por puro instinto, mis ojos llorosos buscando al dueño de esa inesperada intervención. Y entonces lo vi. Se movía desde la entrada de la tienda, y la palabra “moverse” no le hacía justicia. Se deslizaba a través de la multitud de curiosos que se habían agolpado en la puerta, y la gente no se apartaba conscientemente; simplemente retrocedían, como si una fuerza invisible los estuviera empujando. Era alto, probablemente en sus treintas, y vestía un traje oscuro, de un corte tan impecable que parecía cosido sobre su cuerpo. No era la ostentación del traje de Beatriz; era la quintaesencia de la elegancia discreta. Lujo que no necesitaba gritar para ser reconocido. Su cabello era oscuro, sus facciones definidas, pero no era su atractivo físico lo que imponía. Era su presencia. Irradiaba una autoridad tan natural, una confianza tan innata, que el espacio a su alrededor parecía curvarse a su voluntad. Caminaba como si fuera el dueño no solo de la tienda, sino del mundo entero.

Beatriz, visiblemente molesta por la interrupción de su momento triunfal, se giró hacia él. “¿Disculpe? ¿Se está dirigiendo a mí?”, preguntó, intentando recuperar su tono altanero.

El hombre no le respondió. Sus ojos, oscuros e intensos, pasaron por encima de ella como si no existiera y se fijaron en mí. Por un instante, su mirada me recorrió, evaluando mi estado, mi mejilla enrojecida, mis ojos llenos de lágrimas contenidas. Fue una mirada rápida, pero sentí que lo veía todo. Luego, sin dudarlo un segundo, caminó los últimos pasos que nos separaban. Ignoró a Beatriz, ignoró a la multitud, y se detuvo directamente a mi lado.

Y entonces, hizo lo impensable. Pasó su brazo por mis hombros, atrayéndome hacia él en un gesto firme y protector. El contacto me sobresaltó. Su cuerpo era una fuente de calor y solidez en mi mundo que se desmoronaba. El aroma de su colonia, una mezcla sutil de sándalo y algo más, limpio y masculino, me envolvió. Estaba tan en shock que no pude hablar, no pude moverme. ¿Quién era este hombre? ¿Por qué me estaba tocando? Jamás en mi vida lo había visto.

“Acabas de agredir a mi esposa”, dijo él. Su voz seguía siendo tranquila, pero ahora tenía un filo de acero que helaba la sangre. No me miraba a mí, sino a Beatriz. Sus ojos oscuros estaban clavados en ella, y por primera vez, vi a la mujer flaquear.

“¿Su… su esposa?”, tartamudeó Beatriz, su confusión palpable. Una risa nerviosa escapó de sus labios. “No sea ridículo. No sé de qué está hablando. Esta… esta es solo una empleada”.

El hombre me apretó ligeramente contra él, un gesto que se sintió a la vez como una reafirmación y una advertencia para ella. “Acabas de agredir a una mujer que, para tu mala fortuna, es mi esposa”, repitió, articulando cada palabra con una claridad letal. “Vi todo el patético espectáculo desde la cafetería de enfrente. Vi tu arrogancia. Vi su paciencia. Y vi cómo la abofeteaste frente a todas estas personas”.

“¡No sabe quién soy yo!”, replicó Beatriz, tratando desesperadamente de recuperar el control, de aferrarse a su estatus. “¡Esta niña fue grosera e incompetente, y yo simplemente le di una lección!”

“Tú no fuiste ‘simplemente’ nada”, la interrumpió él, su voz bajando un tono, volviéndose más peligrosa, más personal. “Atacaste a una mujer que intentaba hacer su trabajo. La humillaste en público porque te sentiste poderosa, porque pensaste que ella estaba sola, que era insignificante, que no podía defenderse. Lo hiciste porque eres una abusadora y una cobarde”.

Cada palabra era un golpe, un desmantelamiento público de la fachada de Beatriz. La atmósfera en la tienda se había electrificado por completo. Los susurros se extendieron como un reguero de pólvora entre los espectadores. Ya no era solo morbo; ahora era un drama de alto calibre. Pude escuchar fragmentos de conversaciones: “¿Es él?”, “No puede ser…”, “¿Te das cuenta de quién es?”.

Beatriz de la Torre, la mujer que hacía cinco minutos era la reina indiscutible de este pequeño universo, comenzaba a verse acorralada. Su rostro, antes rojo de ira, ahora palidecía.

“Quiero que te vayas”, dijo el hombre. Su voz era una orden innegociable. “Ahora”.

“Tú no puedes decirme qué hacer”, respondió ella, pero su voz había perdido toda su arrogancia. Ahora sonaba débil, temblorosa, casi un quejido. “Tú no eres el dueño de esta tienda”.

El hombre sonrió. Pero no fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa fría, calculadora, una que no llegó a sus ojos. Era la sonrisa de un depredador que está a punto de cerrar su trampa. “En eso te equivocas. De hecho, soy dueño de varias tiendas en este centro comercial, incluida esta. Y puedo, con una sola llamada, hacer que te prohíban la entrada a todas ellas de por vida. Pero eso sería demasiado simple”. Hizo una pausa, dejando que el peso de sus siguientes palabras cayera sobre ella como una losa. “Más importante aún, puedo hacer que te arresten aquí y ahora por agresión. Y créeme, los videos de los teléfonos de todos estos testigos serían evidencia más que suficiente”.

Como si hubieran sido convocados por sus palabras, dos guardias de seguridad del centro comercial aparecieron en la entrada de la tienda, abriéndose paso entre la multitud. Eran altos, corpulentos, y sus rostros eran máscaras de seria profesionalidad. El hombre a mi lado debió haberles hecho una señal, un gesto discreto que yo, en mi aturdimiento, no había visto.

“¿Hay algún problema aquí, señor?”, preguntó uno de los guardias, y noté que se dirigía directamente al hombre a mi lado, reconociendo instintivamente quién estaba al mando de la situación.

“Esta mujer acaba de agredir a mi esposa”, dijo el hombre, su brazo todavía firme y protector sobre mis hombros. Su pulgar rozó mi brazo, un gesto casi imperceptible que, extrañamente, me ancló a la realidad. “Me gustaría que la escoltaran fuera del centro comercial. Inmediatamente”.

“¡Eso es ridículo!”, protestó Beatriz, su voz ahora aguda por el pánico. “¡Apenas la toqué! ¡Ella estaba siendo insolente conmigo!”

“Señora”, dijo el guardia con una firmeza que no admitía discusión, “vamos a tener que pedirle que nos acompañe”.

“¿No sabe quién soy yo?”, exigió ella, jugando su última y más patética carta. “¡Mi esposo es Javier de la Torre! ¡Un hombre muy importante en esta ciudad! ¡No pueden tratarme así!”

Fue entonces cuando el hombre a mi lado se inclinó ligeramente hacia ella. Su pregunta fue casi un susurro, un murmullo confidencial pero cargado con el peso de una bomba a punto de estallar. “¿Y usted, señora de la Torre, sabe quién soy yo?”

Por primera vez, Beatriz realmente lo miró. No solo lo vio como una interrupción, sino que lo miró de verdad. Sus ojos se abrieron, recorriendo su rostro, y vi el momento exacto en que el reconocimiento la golpeó. Fue como un relámpago. Su rostro pasó de la pálida indignación al blanco puro del terror. Su boca se abrió, pero ningún sonido salió.

“Oh, Dios mío”, susurró finalmente, el horror evidente en su voz temblorosa. “Usted es… usted es Alejandro del Castillo”.

Había escuchado ese nombre antes. ¿Quién no en el círculo empresarial de México? Alejandro del Castillo era una leyenda, casi un mito. Un multimillonario que había construido su imperio tecnológico desde la nada. Un genio del software que había revolucionado la industria global, pero que se mantenía ferozmente alejado de los reflectores. Rara vez aparecía en las revistas de sociedad o en los noticieros. Era un fantasma increíblemente poderoso, y por eso mismo, infinitamente más temido.

“Ahora lo sabe”, dijo Alejandro con una calma aterradora. “Y ahora se va a ir”.

Beatriz miró desesperadamente a su alrededor, buscando una salida, una pizca de ayuda, pero solo encontró rostros que la miraban con una mezcla de fascinación morbosa y frío desprecio. En cuestión de minutos, su universo se había invertido. Había pasado de ser la cazadora a la presa, juzgada y condenada por el mismo público ante el cual se había pavoneado.

“Esto no se ha acabado”, dijo, pero su voz temblaba tanto que la amenaza sonaba hueca y lamentable. “Presentaré una queja formal sobre esta tienda y sus empleados”.

“Por favor, hágalo”, la animó Alejandro, su sonrisa fría ampliándose. “Estoy seguro de que mi equipo de abogados, en el piso 40 de la Torre Reforma, estaría muy interesado en discutir su comportamiento de hoy. Quizás podamos revisar juntos el video de seguridad de la tienda y los amables videos que estos testigos han grabado”.

Esa fue la última estocada. Derrotada, humillada de una forma mucho más profunda de la que ella me había infligido a mí, Beatriz de la Torre permitió que los guardias de seguridad la tomaran suavemente por los brazos. Mientras la escoltaban hacia la salida, pasando entre la multitud que se apartaba en silencio, no pude evitar sentir una extraña y terrible satisfacción.

La multitud comenzó a dispersarse, susurrando emocionada, llevándose consigo la historia del día. Pero Alejandro del Castillo no movió su brazo de mis hombros. Yo todavía estaba en shock, temblando de pies a cabeza, intentando procesar el torbellino de los últimos minutos.

Cuando la tienda quedó casi vacía, solo con Lucía mirándonos desde lejos, él finalmente se giró para mirarme. La intensidad de su mirada se suavizó, el acero en sus ojos se derritió, dando paso a una preocupación genuina.

“¿Estás bien?”, me preguntó, su voz ahora sorprendentemente gentil.

Asentí, aunque era una mentira. No estaba bien. Estaba rota, confundida, aterrorizada y extrañamente agradecida. Mi mejilla todavía palpitaba con un dolor sordo y mi mente era un caos.

“Gracias”, susurré, mi voz apenas un hilo de sonido. “No sé por qué hizo eso, por qué me ayudó, pero… gracias”.

Él miró alrededor de la tienda, a los restos del drama, y luego sus ojos volvieron a mí. Eran tan oscuros y profundos que sentí que podía perderme en ellos.

“¿Hay algún lugar donde podamos hablar en privado?”

Capítulo 4: La propuesta

Lo guié en un silencio aturdido hacia la parte trasera de la tienda, a través de una puerta discreta que conducía a nuestro santuario y prisión: la bodega. El contraste con la elegancia pulida de la tienda era brutal y repentino. El aire cambió, volviéndose denso y cargado con el olor a cartón nuevo, a productos químicos de limpieza y al polvo acumulado en los rincones olvidados. La suave iluminación ambiental fue reemplazada por la luz cruda y parpadeante de un tubo fluorescente que zumbaba sobre nosotros. Era un espacio feo, funcional, lleno de cajas de mercancía apiladas hasta el techo, percheros con ropa envuelta en plástico y una pequeña mesa donde tomábamos nuestros almuerzos apresurados. Era el corazón oculto y sin glamour de la fantasía que vendíamos afuera.

Una vez que la puerta de la bodega se cerró detrás de nosotros, aislándonos del mundo exterior, el silencio se sintió abrumador, casi sólido. Me apoyé contra una pila de cajas de cartón, sintiendo que mis piernas, que habían estado temblando incontrolablemente, finalmente amenazaban con ceder. Y fue allí, en la cruda intimidad de ese feo almacén, bajo la mirada de este extraño increíblemente poderoso, que mi compostura finalmente se hizo añicos.

Fue como si una presa dentro de mí, construida con meses de estrés, de facturas impagadas, de la soledad de mi divorcio, y finalmente rota por la humillación de la bofetada, se reventara. Un sollozo seco y doloroso escapó de mi garganta, y luego otro, y otro. Las lágrimas que había contenido con tanta fuerza comenzaron a caer, no de forma silenciosa y digna, sino en un torrente descontrolado. Me cubrí la cara con las manos, avergonzada de mi propia debilidad, pero incapaz de detener el diluvio. Lloré por la bofetada, sí, pero lloré más por todo lo demás: por mi vida rota, por mis sueños abandonados, por la sensación aplastante de estar completamente sola y atrapada.

Alejandro del Castillo no dijo nada. No se acercó a tocarme, no ofreció palabras vacías de consuelo. Simplemente se quedó allí, en silencio, dándome el espacio para romperme. Su quietud, extrañamente, era más reconfortante que cualquier gesto condescendiente. Esperó pacientemente, con una calma que parecía inagotable, hasta que mis sollozos comenzaron a disminuir, convirtiéndose en jadeos temblorosos.

“Lo siento”, dije finalmente, mi voz ronca y ahogada por el llanto. Me sequé las lágrimas con el dorso de las manos, sintiéndome infantil y patética. “No entiendo nada de lo que acaba de pasar. ¿Por qué… por qué les dijo a todos que yo era su esposa?”

Él me estudió por un momento, su expresión seria e indescifrable. Había una intensidad en su mirada que me hacía sentir completamente transparente, como si pudiera ver cada una de mis inseguridades, cada uno de mis miedos.

“Porque te he estado observando durante la última hora, Sofía”, dijo finalmente, su voz tranquila y mesurada. Me sorprendió que supiera mi nombre; debió haberlo visto en mi gafete. “Estaba en la cafetería de enfrente, esperando a un socio que llegó tarde. Te vi a través del ventanal. Vi cómo esa mujer te trataba desde el momento en que entró. Y me impresionó cómo te manejaste. Fuiste profesional, paciente y amable, incluso cuando ella te estaba tratando como a un objeto. No merecías lo que te pasó. Nadie lo merece”.

Sus palabras eran un bálsamo inesperado para mi dignidad herida. Alguien me había visto. Alguien había presenciado mi lucha silenciosa y no me había juzgado. Había entendido.

“Pero, ¿por qué mentir de esa forma? Era una locura. ¿Por qué no solo le dijo que se detuviera?”

“Porque la gente como Beatriz de la Torre no entiende de razones, ni de lógica, ni de decencia común”, respondió él, con una certeza que solo podía venir de una vida entera lidiando con personas así. “Ellos solo entienden un lenguaje: el poder. Y en su pequeño y miserable mundo, el estatus lo es todo. Reclamarte como mi esposa fue la forma más rápida y efectiva de arrancarle ese poder de las manos. Al convertite en ‘alguien’ a sus ojos, la convertí a ella en ‘nadie’. Fue jaque mate en un solo movimiento”.

Me quedé en silencio, procesando su lógica fría y despiadada. Era maquiavélico, pero innegablemente cierto. Había jugado su juego, pero a un nivel que ella ni siquiera podía comprender.

“Usted dijo… ¿dijo que es dueño de esta tienda?”

Él asintió, restándole importancia. “Mi conglomerado, Grupo Castillo, tiene una división de inversiones en retail de lujo. Poseemos participaciones mayoritarias en varias de las tiendas de este centro comercial. Pero eso no es importante ahora mismo”. Se acercó un paso más, su imponente figura llenando el pequeño espacio. Su mirada se suavizó ligeramente, perdiendo parte de su dureza analítica. “Lo que es importante es que no deberías tener que trabajar en un ambiente donde los clientes creen que tienen el derecho de abusar de ti de esa manera”.

“No siempre es así”, dije rápidamente, casi por instinto, defendiendo el trabajo que, a pesar de todo, era mi única fuente de ingresos. “La mayoría de nuestros clientes son amables. Esa mujer… era solo un caso aislado, era difícil”.

“¿Difícil?”, repitió él, arqueando una ceja. Su voz era suave, pero llevaba una reprimenda. “Sofía, ella te agredió físicamente. Te humilló públicamente. Eso no es ser ‘difícil’. Eso es ser una criminal. Y la gente que lo permite, los gerentes que no te protegen, son cómplices”. Tocó suavemente mi mejilla con la punta de sus dedos, un gesto tan inesperado y delicado que me hizo estremecer. Su toque no fue invasivo, fue casi clínico, pero extrañamente reconfortante. El lugar donde la mano de Beatriz me había golpeado todavía ardía, y su fría piel contra la mía pareció aliviar parte del fuego.

“Necesito este trabajo”, susurré, la dura realidad de mi situación cayendo sobre mí de nuevo como una tonelada de ladrillos. “Tengo deudas. No puedo darme el lujo de crear problemas, de quejarme”.

“Bueno, Sofía Morales”, dijo, retirando su mano y usando mi nombre completo, lo que le dio una extraña formalidad al momento. “Tengo una propuesta para ti. Pero primero, déjame hacerte una pregunta. Y quiero que seas completamente honesta, no conmigo, sino contigo misma. ¿Eres feliz?”

La pregunta me tomó completamente por sorpresa. Fue tan directa, tan personal, que me desarmó. ¿Feliz? La palabra se sentía ajena, como de un idioma que había olvidado. Abrí la boca para dar la respuesta automática, la que me repetía a mí misma cada mañana: “Estoy bien”, “Estoy agradecida de tener trabajo”, “Las cosas podrían ser peores”. Pero las palabras no salieron. Sus ojos oscuros me miraban fijamente, esperando una respuesta real, y bajo esa mirada intensa, las mentiras se sentían baratas e inútiles.

Lo pensé. Realmente lo pensé, por primera vez en mucho tiempo. Pensé en el sabor del café instantáneo por la mañana, en la presión del Metrobús, en la sonrisa falsa que me pegaba al rostro durante ocho horas, en el dolor de pies al final del día, en la ansiedad constante por las comisiones, en llegar a mi departamento vacío y silencioso, en cenar sola una quesadilla, en mirar los estados de cuenta y sentir un pánico frío.

“No”, admití finalmente, la palabra saliendo en un susurro apenas audible. La confesión se sintió como una liberación y una sentencia al mismo tiempo. “No, no soy feliz. Estoy sobreviviendo, apenas. Pero no estoy feliz. Mi sueño era… era volver a la universidad. Terminar mi carrera en administración de empresas. Quizás hacer una maestría en marketing. Pero mi exesposo… bueno, la vida pasó. Y ahora, con las deudas, es imposible. Solo… sobrevivo”.

Él asintió lentamente, como si mi respuesta confirmara algo que ya sospechaba. Se tomó un momento, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón, como si estuviera eligiendo sus próximas palabras con sumo cuidado.

“Tengo una oferta inusual para ti, Sofía. Va a sonar a completa locura, y tienes todo el derecho a pensar que estoy loco. Pero quiero que me escuches hasta el final”.

“Está bien”, dije, mi curiosidad superando mi confusión y mi miedo. ¿Qué más podría pasar en este día surrealista?

Se me quedó mirando fijamente, su mirada directa y sin adornos. “Necesito una esposa”, dijo, sin rodeos.

Parpadeé. Una, dos veces. Un sonido extraño, a medio camino entre una risa y un sollozo, escapó de mis labios. “¿Perdón? ¿Qué dijo?”

“Necesito una esposa”, repitió, con la misma calma y seriedad con la que se discute un negocio. “Por razones puramente contractuales. Mi abuelo, que me crió y me dejó su empresa, era un hombre… particular. Un romántico empedernido de la vieja escuela. En su testamento, incluyó una cláusula que establece que debo estar casado para mi trigésimo segundo cumpleaños si quiero mantener el control mayoritario de la junta directiva de Grupo Castillo. Si no lo estoy, ese control pasa a un fideicomiso gestionado por una fundación de caridad que él mismo creó. Cumplo treinta y dos en exactamente seis meses”.

“Eso… eso es una locura”, tartamudeé, mi mente luchando por procesar la información. “¿Por qué alguien haría algo así?”

“Porque creía, en su corazón, que un hombre necesita una familia para mantenerse con los pies en la tierra”, dijo Alejandro, y por primera vez vi una sombra de emoción en su rostro, una mezcla de exasperación y afecto por el recuerdo. “Pensaba que sin una esposa, me convertiría en una máquina de hacer dinero, un hombre hueco y solitario. Quería forzarme a tener una vida personal”.

“Pero seguramente usted… podría encontrar a alguien”, dije, la lógica de la situación era absurda. “Es exitoso. Es… bueno, debe conocer a cientos de mujeres que estarían más que interesadas”.

Una sonrisa cínica y cansada cruzó sus labios. “Lo he intentado, créeme. Pero cada mujer que he conocido en los últimos años ha estado más interesada en el nombre ‘Del Castillo’ que en el hombre. Ven mi cuenta bancaria, no a mí. Me ven como un premio que hay que ganar, un atajo a una vida de lujo. Y, francamente, no tengo el tiempo ni la energía para el tipo de cortejo prolongado y lleno de trampas que podría, quizás, llevar a un amor real. El reloj está corriendo, y las apuestas son demasiado altas”.

Mi mente daba vueltas. “Entonces… ¿lo que usted quiere es un matrimonio falso? ¿Un arreglo?”

“Un acuerdo de negocios”, corrigió él, su tono volviéndose nítido y preciso. “Un contrato. Nos casamos discretamente. Permanecemos casados por un año, lo suficiente para satisfacer los términos del testamento y consolidar mi posición sin que parezca sospechoso. Después de ese año, nos divorciamos de forma amistosa y silenciosa. Y tú, Sofía, te vas con suficiente dinero para pagar todas tus deudas, la educación que quieras en la universidad que elijas, y para empezar cualquier tipo de vida que desees, libre de preocupaciones económicas para siempre”.

No podía creer lo que estaba escuchando. Era el argumento de una telenovela, la fantasía más descabellada.

“Esto es una locura. Usted ni siquiera me conoce”.

“Sé lo suficiente”, replicó él, su mirada volviéndose intensa de nuevo. “Sé que eres honesta. Sé que eres trabajadora. Sé que tienes dignidad, porque la vi cuando esa mujer intentó arrebatártela. Sé que trataste a esa persona horrible con más respeto del que merecía, no porque seas débil, sino porque eres decente. Y sé que no eres el tipo de persona que intentaría aprovecharse de alguien. Te vi, Sofía. Vi tu carácter bajo fuego. Y eso es más de lo que sé de la mayoría de la gente que he conocido en años”.

“Pero… un matrimonio… es algo enorme”.

“Sería un matrimonio solo de nombre”, aclaró rápidamente. “Un performance. Tendrías tu propia habitación, tu propio espacio, tu propia vida. Nuestra interacción se limitaría a apariciones públicas necesarias. Asistiríamos juntos a eventos, sonreiríamos para los fotógrafos, cenaríamos con socios de negocios. En privado, serías completamente libre, siempre y cuando mantuviéramos las apariencias. Sin escándalos, sin indiscreciones”.

Mi cerebro, sobrecargado y agotado, intentaba asimilar la enormidad de su propuesta. Era la idea más descabellada, más peligrosa y más tentadora que había oído nunca. Y entonces, una pregunta, una pregunta práctica y terriblemente humana, se abrió paso a través de la niebla de mi confusión.

“¿Y… de cuánto dinero estamos hablando?”, pregunté, e inmediatamente me sentí sucia, como si estuviera demostrando ser exactamente el tipo de mujer que él acababa de decir que yo no era.

Pero él no se inmutó. Parecía haber estado esperando la pregunta. Su expresión no cambió.

“Cinco millones de dólares”, dijo, con la misma naturalidad con la que alguien diría “cien pesos”.

Me dejé caer pesadamente sobre una pila de cajas, mis rodillas finalmente fallando. Cinco. Millones. De dólares. La cifra era tan astronómica, tan fuera de mi escala de realidad, que mi cerebro ni siquiera podía procesarla. Repetí el número en mi cabeza, tratando de convertirlo a pesos, pero los ceros bailaban frente a mis ojos. No era solo dinero. Era una vida nueva. Era pagar la deuda que Ricardo me dejó. Era comprarle una casa a mi padre jubilado. Era pagar la mejor universidad del mundo. Era viajar, era no volver a mirar el precio de nada nunca más. Era la libertad. Absoluta, total e inimaginable.

“¿Por qué yo?”, susurré, mi voz temblorosa, la pregunta más importante de todas. “¿Por qué no contratar a una actriz profesional? ¿A una modelo? Alguien que sería más… convincente como su esposa. Alguien de su mundo”.

“Porque las actrices y las modelos buscan publicidad”, explicó pacientemente. “Son expertas en el juego de las apariencias y lo usarían. Convertirían nuestro falso matrimonio en una oportunidad para su carrera, venderían la historia a las revistas, crearían un circo. Sería una transacción, sí, pero una caótica y pública. Tú, Sofía…” Se detuvo, y su mirada se suavizó. “…tú solo quieres una oportunidad. Una salida. Quieres construir una vida mejor para ti. Eso es algo que puedo entender y respetar. Eres real. Y esa autenticidad, esa falta de ambición por la fama, es precisamente lo que necesito para que esto funcione. No necesito una actriz que finja ser real. Necesito a una persona real que pueda actuar”..

Capítulo 5: Una noche en el abismo

Después de que Alejandro del Castillo se fuera, dejándome sola en la cruda luz fluorescente de la bodega, me quedé allí, de pie, por un tiempo que no pude medir. El silencio que dejó tras de sí era más ruidoso que cualquier grito. Sostenía en mi mano su tarjeta de presentación. No era una tarjeta, era un lingote. Un cartón grueso y pesado, de un color marfil pálido, con su nombre grabado en un relieve sutil y elegante. “Alejandro del Castillo”. Sin títulos, sin dirección, solo el nombre y un número de teléfono. Era la tarjeta de un hombre que no necesitaba explicar quién era. El mundo ya lo sabía.

Mi compañera, Lucía, finalmente asomó la cabeza por la puerta, sus ojos jóvenes y curiosos brillando con una mezcla de miedo y emoción. “Sofía, ¿estás bien? ¿Qué pasó? ¿Quién era ese hombre? ¿De verdad era…? ¿Y la señora esa? ¿La corrieron?”

Las preguntas se agolpaban, pero mi mente era un lienzo en blanco. Apenas pude encogerme de hombros, murmurando algo incoherente sobre un malentendido, sobre un hombre amable que había intervenido para calmar las cosas. No podía contarle la verdad. Decirle a Lucía que el hombre más enigmático de México acababa de proponerme un matrimonio falso a cambio de cinco millones de dólares sonaba como el delirio de una persona que acababa de sufrir un colapso nervioso. Y, para ser sincera, no estaba segura de no haberlo sufrido.

Pasé el resto de mi turno en un trance, moviéndome como un autómata. Atendí a un par de clientes más, sonriendo, asintiendo, doblando ropa, procesando pagos. Pero mi cuerpo y mi mente estaban en dos planos diferentes. Mi cuerpo estaba allí, en “La Elegancia”, realizando las tareas mecánicas que conocía tan bien. Pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en esa bodega, repitiendo en un bucle sin fin las palabras de Alejandro: “Necesito una esposa”. “Cinco millones de dólares”. “Bienvenida a tu nueva vida, señora Del Castillo”. Cada vez que la frase resonaba en mi cabeza, una oleada de vértigo me recorría.

La normalidad del resto de la tarde era casi una tortura. Los clientes que entraron después del incidente eran amables, educados, personas que me trataban con la cortesía humana básica que uno da por sentada hasta que te la arrebatan brutalmente. “Gracias”, “por favor”, “qué amable”. Palabras simples que ahora sonaban extrañas y preciosas. La discordancia entre la civilidad de estas interacciones y el drama cataclísmico que acababa de vivir era tan grande que me hacía dudar de mi propia cordura. ¿Había sucedido de verdad? ¿O había sido todo una alucinación, un cortocircuito en mi cerebro provocado por el estrés y la humillación? Pero la sensación ardiente en mi mejilla y la pesada tarjeta en el bolsillo de mi falda eran pruebas irrefutables.

Cuando por fin mi turno terminó y cerré la tienda, sentí un agotamiento tan profundo que era casi físico. El largo viaje a casa en el Metrobús, que normalmente era una prueba de resistencia, esa noche fue un descenso al infierno. Apretada entre la multitud de la hora pico, rodeada de cuerpos cansados y rostros anónimos, la cruda realidad de mi vida me golpeó con la fuerza de un tren. Hacía unas horas, un hombre me había ofrecido una suma de dinero que podía cambiar el destino de mi familia por generaciones. Ahora, estaba contando las monedas en mi bolso con ansiedad, asegurándome de que tenía suficiente para comprar una quesadilla y un Boing de mango para la cena en el puesto de la esquina.

El contraste era una bofetada mucho más cruel que la que me había dado Beatriz de la Torre. Era la bofetada de la realidad. Una realidad de la que Alejandro del Castillo me ofrecía un escape. Un escape de oro, sí, pero ¿a qué precio?

Llegué a mi pequeño departamento en la colonia Narvarte. Mi refugio. Mi santuario. Pero esa noche, al abrir la puerta, no se sintió como un refugio. Se sintió como una jaula. Las paredes con la pintura desconchada en las esquinas, la persistente gotera en el grifo del baño que era una tortura de agua china por las noches, los muebles de segunda mano que había conseguido en La Lagunilla, cada objeto me gritaba la precariedad de mi existencia. La mesa del comedor donde cenaba sola todas las noches. El sofá donde me sentaba a ver telenovelas para escapar de mi propia vida. La cama donde me despertaba cada mañana con la misma angustia en el pecho.

Me senté en el borde de mi cama, la que rechinaba con cada movimiento, y saqué la tarjeta de Alejandro de mi bolsillo. La coloqué sobre mi gastada mesita de noche, junto a una pila de libros de bolsillo y una crema de manos barata. La tarjeta parecía fuera de lugar, un artefacto de otro universo que había aterrizado por error en mi mundo de mediocridad. Se sentía pesada, como si contuviera el peso de dos futuros posibles. Mi futuro.

La oferta era una locura. Una demencia absoluta. Era impráctica, peligrosa, y casi con toda seguridad, demasiado buena para ser verdad. Era un pacto con un diablo vestido con un traje de Tom Ford. ¿Vender un año de mi vida? ¿Convertirme en una mentira andante? ¿Fingir ser la esposa de un extraño, un hombre poderoso, enigmático y potencialmente peligroso que apenas conocía? Era aterrador. Me hacía preguntas que nunca pensé que tendría que considerar. ¿Era esto una forma elegante de prostitución? ¿Estaba vendiendo mi cuerpo, mi tiempo, mi nombre? La idea me revolvió el estómago. Me sentí sucia solo de pensarlo. ¿En qué me convertiría? ¿Perdería la poca identidad que me quedaba? ¿Me convertiría en una de esas mujeres que tanto despreciaba, una muñeca de lujo, una posesión más en la colección de un hombre rico? El miedo me atenazaba, un frío helado que se extendía desde mi estómago hasta la punta de mis dedos.

Pero luego, la cruda y brutal lógica de la desesperación comenzó a abrirse paso. Pensé en la alternativa. ¿Cuál era mi otra opción? Seguir aquí. Seguir en este departamento, con esta gotera, con esta soledad. Seguir trabajando en “La Elegancia”, sonriendo a mujeres como Beatriz de la Torre, permitiendo que me pisotearan por un sueldo miserable. Seguir ahogándome lentamente en el mar de deudas que Ricardo me había dejado como regalo de despedida.

Pensé en él, en Ricardo. Recordé la noche en que, con una copa de vino en la mano, me había reído en la cara cuando le dije que quería ahorrar para volver a la universidad. “Ay, Sofi, tan soñadora”, me había dicho con esa sonrisa condescendiente que yo solía confundir con encanto. “Ya no estamos para eso. La vida real es trabajar, pagar las cuentas. Deja de pensar en tonterías”. Unos meses después, se fue con una mujer más joven, una “influencer” cuyo único talento era posar en bikini, y me dejó con la “vida real” que tanto pregonaba: sus deudas, su desorden, su vacío.

Pensé en mi trabajo. En la sonrisa falsa que se sentía como una máscara de yeso al final del día. En el dolor punzante en mis pies después de ocho horas de pie sobre tacones. En la ansiedad corrosiva de no llegar a la meta de ventas del mes y ver mi comisión reducida a casi nada. Pensé en la humillación de hoy. En el sonido de la bofetada. En las caras de la multitud. En la sensación de impotencia absoluta, de ser un insecto bajo la suela de un zapato caro. ¿Quería seguir viviendo así? ¿Sintiendo que cualquiera, en cualquier momento, podía pisotearme y salirse con la suya? ¿Era eso dignidad? ¿Era eso libertad? No, era una prisión, solo que una con paredes invisibles.

Me levanté y caminé hacia la pequeña repisa donde tenía mi único tesoro verdadero: una foto enmarcada de mi madre. Había fallecido hacía tres años, víctima de un cáncer agresivo que no solo se la llevó a ella, sino que también nos dejó emocional y económicamente devastados. Los ahorros de la familia se fueron en tratamientos que no sirvieron de nada. Mi padre, un hombre bueno y trabajador ahora jubilado, había quedado con una pensión miserable. Mi madre. Ella había sido mi ancla, mi inspiración, una mujer fuerte que había luchado contra todo y contra todos. Recordé algo que siempre me decía, especialmente cuando yo era una adolescente llena de miedos e inseguridades: “Mija, en esta vida, las oportunidades no tocan a la puerta con traje y corbata. A veces, vienen disfrazadas de locura, a veces parecen un callejón sin salida. Y solo se les aparecen a aquellos que son lo suficientemente valientes como para mirar más allá del disfraz y tomarlas de la mano”.

Miré el rostro sonriente de mi madre en la fotografía, congelada en un tiempo más feliz. Y le pregunté en silencio: “¿Qué hago, mamá? ¿Qué harías tú?”. Y casi pude escuchar su respuesta, no en mis oídos, sino en mi corazón. Me diría que fuera inteligente, que tuviera cuidado, que leyera las letras pequeñas. Pero también me diría que no dejara que el miedo dictara mi vida. Me diría que la dignidad no se encuentra en la pobreza ni en la sumisión, sino en el poder de elegir tu propio destino.

La oferta de Alejandro del Castillo ya no parecía solo dinero. Se transformó en algo más. Era una llave. Una salida de emergencia. Era una escalera para salir del pozo oscuro y profundo en el que sentía que me había estado ahogando durante años. Era una oportunidad no solo para cambiar mi vida, sino para tomar el control total de ella. Un año. Doce meses de mi vida. 365 días a cambio de la libertad de hacer lo que quisiera por el resto de mi existencia. Podría pagar todas mis deudas de un plumazo. Podría mandarle a mi padre el dinero suficiente para que viviera sus últimos años con la dignidad que se merecía, sin preocuparse por el precio del gas o de las medicinas. Podría entrar a la mejor universidad de México, o del mundo, y terminar mi carrera, y luego hacer esa maestría. Podría, quizás, incluso abrir mi propio negocio algún día, una pequeña consultoría de marketing, mi sueño secreto. Podría convertirme en la mujer que mi madre siempre supo que podía ser. La mujer que yo, en algún lugar muy dentro de mí, todavía esperaba ser.

Pasé toda la noche en vela, sentada en la oscuridad de mi sala, el resplandor de las luces de la ciudad filtrándose por la ventana. La balanza en mi mente se inclinaba de un lado a otro. De un lado, el riesgo, la mentira, el miedo a lo desconocido, el peligro de perder mi alma en el proceso. Del otro lado, la libertad, la seguridad, la oportunidad, la venganza contra un destino que parecía haberme tratado injustamente.

Al amanecer, con los primeros y tímidos rayos de sol pintando rayas de luz pálida sobre el suelo polvoriento de mi departamento, tomé una decisión. El miedo seguía ahí, un nudo frío y pesado en el fondo de mi estómago. No se había ido. Pero por debajo del miedo, algo más había nacido durante la noche: una chispa de emoción, un atisbo de poder, una resolución de acero. La mujer que había sido abofeteada y humillada el día anterior se sentía lejana, como un personaje de una historia triste que le había pasado a otra persona. En su lugar, había una mujer a punto de tomar la decisión más audaz, más aterradora y más importante de toda su vida. Una mujer que estaba a punto de apostar todo a un solo número, a un solo hombre.

Capítulo 6: La llamada

Con el sol de la mañana ya en lo alto, tiñendo el cielo de la Ciudad de México de un azul brumoso, me di cuenta de que había pasado toda la noche en vela. Mi cuerpo era un saco de huesos doloridos, mis ojos ardían por la falta de sueño, pero mi mente, contra toda lógica, estaba extrañamente lúcida, afilada como un cristal. El caos de emociones que me había atormentado durante la noche —el miedo, la duda, la ira, la esperanza— se había asentado, decantado en el fondo de mi ser, dejando en la superficie una determinación fría y sólida como el diamante. Sabía lo que tenía que hacer. No quería hacerlo, y al mismo tiempo, lo deseaba con cada fibra de mi ser.

Me levanté del sofá, mis articulaciones protestando, y caminé hacia la cocina. Llené la cafetera con el café más cargado que tenía y, mientras el aroma llenaba el pequeño espacio, no pensé en la rutina de otro día de trabajo. Pensé en el combustible que necesitaría para el primer día del resto de mi vida. El café de hoy no era de resignación; era de fortificación.

Con una taza humeante en la mano, volví a la recámara. Mis manos, que la noche anterior temblaban incontrolablemente, ahora estaban firmes. Tomé la elegante tarjeta de presentación de la mesita de noche. El cartón se sentía frío y pesado contra la piel de mis dedos. El número de teléfono, grabado en una tipografía limpia y sin adornos, parecía mirarme, un portal a un universo paralelo. Respiré hondo, una, dos, tres veces, un viejo truco que mi madre me había enseñado para calmar los nervios antes de un examen. Esto se sentía como el examen final de mi vida.

Marqué los números en la pantalla de mi celular. Cada toque era deliberado, final. El dedo me tembló sobre el botón verde de “llamar”. Era el último umbral. Una vez que lo cruzara, no habría vuelta atrás. Lo pulsé.

El teléfono sonó solo una vez al otro lado. No hubo buzón de voz, no hubo música de espera. Fue respondido con una inmediatez que me sobresaltó.

“Diga”, contestó. Era su voz. La misma voz profunda, resonante y calmada que había silenciado una tienda entera. Escucharla de nuevo, ahora directamente en mi oído, envió un escalofrío por mi espina dorsal.

“Soy… soy Sofía Morales”, tartamudeé, mi recién encontrada determinación vacilando por un instante. Mi nombre sonó débil e insignificante en la línea.

Hubo una breve pausa, tan corta que pudo haber sido mi imaginación, pero en ella sentí un universo de cálculos. “Sofía. Sabía que llamarías”. Su tono no era arrogante ni triunfante. Era neutro, una simple declaración de hechos, lo que lo hacía aún más intimidante. Él no había tenido dudas. Él había estado esperando.

“He tomado una decisión”, dije, mi voz ganando un poco de la fuerza que había reunido durante la noche.

“¿Y bien?”, preguntó, sin rodeos. Sin persuasión. Solo una simple pregunta que colgaba en el aire.

Tragué saliva, sintiendo el latido de mi corazón en mi garganta. Era el momento. Era saltar al vacío. “Lo haré”, dije, y las palabras salieron con más firmeza de la que esperaba. “Acepto su propuesta. Acepto casarme con usted”.

Silencio. Un silencio largo y pesado que duró una eternidad de dos segundos. Por un instante aterrador, mi mente se llenó de posibilidades horribles. Que se reiría. Que me diría que era una prueba, que estaba loca por considerarlo, que todo era una broma cruel. Pero luego, su voz volvió, más suave esta vez, casi gentil.

“¿Estás absolutamente segura, Sofía? No te estoy presionando. Tienes que entenderlo. Una vez que empecemos esto, no hay vuelta atrás. Esto cambiará cada aspecto de tu vida, para bien y para mal”.

“Estoy segura”, respondí, y para mi propia sorpresa, la certeza en mi voz era absoluta, inquebrantable. Era la primera vez en meses, quizás en años, que estaba completamente segura de una decisión. El camino frente a mí era un territorio desconocido y aterrador, cubierto de niebla, pero al menos era un camino. Y por primera vez en mucho tiempo, sentía que era yo quien lo estaba eligiendo, en lugar de ser arrastrada por las corrientes de la vida.

Pude escuchar una exhalación contenida al otro lado de la línea, casi como un suspiro de alivio, aunque fue tan sutil que pude haberlo imaginado. “Bien”, dijo. Y entonces, su tono cambió, una sonrisa audible formándose en su voz. “Entonces, bienvenida a tu nueva vida, señora Del Castillo”.

El título. Señora Del Castillo. Sonaba tan extraño, tan surrealista, tan ajeno, que casi solté una risa histérica. Yo, Sofía Morales de la Narvarte, ¿señora Del Castillo? Era la trama de la telenovela que veía por las noches. Solo que ahora era mi vida.

“¿Qué… qué pasa ahora?”, pregunté, sintiéndome como una actriz a la que le acaban de dar el papel principal de su vida sin haberle entregado el guion.

“Ahora, las cosas se moverán muy rápido”, explicó Alejandro, su tono volviéndose completamente pragmático y profesional. La ventana de gentileza se había cerrado; ahora era el director ejecutivo dando órdenes. “Necesito tu completa cooperación. Primero: vas a llamar a tu trabajo de inmediato y vas a renunciar. No quiero que vuelvas a poner un pie en esa tienda. Diles que has tenido una emergencia familiar grave e inesperada y que te tienes que ir de la ciudad. Sé vaga, pero firme. No des más explicaciones y no respondas a más preguntas. Corta la llamada. ¿Entendido?”

“Entendido”, susurré, mi mente tratando de seguir el ritmo.

“Segundo: quiero que empaques una maleta. Solo una. Con tus cosas personales esenciales. Ropa para un par de días, tus documentos importantes —acta de nacimiento, pasaporte, todo—, artículos de aseo, y cualquier cosa de pequeño tamaño que tenga un valor sentimental irremplazable para ti. No te preocupes por los muebles, la televisión, ni por la mayoría de tu ropa. Te compraremos todo lo que necesites y más. Un auto, un sedán negro sin distintivos, pasará por ti a las cinco de la tarde en punto. El conductor preguntará por ‘Sofía’. No hables con nadie más que se te acerque. ¿Entendido?”

“Entendido”. Renunciar a mi trabajo. Empacar mi vida en una maleta. Irme en un auto con un extraño. Cada instrucción era una palada de tierra sobre la tumba de mi antigua vida.

“¿A dónde… a dónde iré?”, me atreví a preguntar.

“A tu nuevo hogar. Te enviaré la dirección por mensaje de texto una vez que me confirmes que has renunciado. Es un penthouse en Polanco. Por razones de seguridad, no quiero que compartas esa dirección con absolutamente nadie. Ni tu padre, ni tus amigos. Por ahora. Ya encontraremos la manera de manejar eso más adelante. ¿Entendido?”

“Entendido”, repetí como un soldado.

“Bien. Habrá un contrato esperándote cuando llegues. Mi abogado personal, el licenciado Herrera, lo redactó anoche. Es un documento detallado que te protege tanto a ti como a mí. Quiero que lo leas con suma atención. Si tienes alguna pregunta legal, el licenciado estará disponible por teléfono para aclarártela. Cualquier otra pregunta, me la puedes hacer a mí directamente”. Hizo una pausa, y su tono se suavizó de nuevo, como si se diera cuenta de la enormidad de lo que me estaba pidiendo. “Sofía. Sé que esto es mucho que asimilar. Parece una locura. Pero confía en mí en esto. Este es el comienzo de algo bueno para ambos. Es una transacción, sí, pero creo que podemos ser buenos socios”.

“Confío en usted”, dije, y me di cuenta de que, por más extraño y aterrador que sonara, era verdad. Había algo en su calma, en su control, que me hacía sentir, por primera vez, segura.

“Excelente. Nos vemos esta tarde, entonces, Sofía”. Y con eso, colgó.

Colgué el teléfono y me quedé mirando la pantalla en blanco de mi celular durante un largo minuto. El pánico, que había mantenido a raya, amenazó con abrumarme. ¿Qué demonios había hecho? Pero entonces, una extraña y poderosa oleada de euforia me invadió, desplazando al miedo. Era real. Estaba sucediendo. No era un sueño.

Lo primero fue lo primero. Bebí el resto de mi café de un trago y, con el corazón martilleándome, busqué el número del señor Velasco, mi gerente. Contestó al segundo tono, su voz sonando irritada.

“¿Bueno?”

“Señor Velasco, habla Sofía”.

“Morales, ¿qué pasa? Es temprano”.

Respiré hondo. “Le llamo para informarle que, por una emergencia familiar muy grave e inesperada, me veo en la necesidad de renunciar. De forma inmediata”.

Hubo un silencio de estupefacción. “¿Qué? ¿Cómo que renunciar? ¿Qué emergencia? Tienes que cumplir con tus quince días, lo sabes”.

“Lo sé, señor, y lo lamento, pero es imposible. Me tengo que ir de la ciudad hoy mismo. Lamento mucho los inconvenientes”.

“¡Pero esto es inaceptable, Sofía! ¿Y el incidente de ayer? ¿Tiene algo que ver con eso? ¿Vas a demandar? Porque si es así…”

“No tiene nada que ver, señor. Es algo personal. De verdad lo siento”. Y antes de que pudiera seguir protestando, colgué. Sentí una punzada de culpa, pero fue rápidamente reemplazada por una sensación de liberación. Ya no les debía nada. Mi lealtad ahora era para mí misma.

Inmediatamente después, le envié un mensaje a Alejandro: “Hecho”. La respuesta fue instantánea: una dirección en la calle Rubén Darío, en Polanco, seguida de un “Te veo a las 5”.

Luego, la tarea más surrealista de todas: empacar mi vida. Abrí mi viejo clóset y empecé a sacar ropa. Pero ¿qué se empaca para una nueva vida como la esposa falsa de un multimillonario? Era absurdo. Terminé guardando un par de jeans, algunas camisetas, mi ropa interior, y el único vestido decente que tenía. Luego, reuní mis documentos. Mi acta de nacimiento, mi título de la prepa, mi pasaporte vencido. Y finalmente, los tesoros. La foto enmarcada de mi madre, que envolví con cuidado en una blusa. Un pequeño collar de plata con un dije de colibrí que ella me había regalado. Y un par de mis libros favoritos, con las páginas gastadas y las esquinas dobladas.

Mientras metía todo en mi única maleta, una maleta barata con una rueda rota, miré a mi alrededor. Este pequeño departamento, que había sido mi refugio y mi prisión, ahora se sentía como un escenario. La escenografía de una vida que estaba a punto de terminar. Era un acto de desprendimiento radical. Estaba dejando atrás no solo mis posesiones, sino a la persona que las había acumulado.

A las cuatro y media de la tarde, me senté en mi maleta cerrada en medio de la sala vacía, esperando. La adrenalina y el agotamiento luchaban dentro de mí. Estaba dejando atrás todo lo que conocía por una promesa hecha por un extraño. Un extraño que me había defendido. Un extraño que me había ofrecido un escape.

Una sonrisa irónica se dibujó en mis labios. Beatriz de la Torre. En su infinita crueldad y arrogancia, en su intento por destruirme, en realidad me había liberado. Su desprecio había sido la chispa que encendió este fuego inesperado. Su humillación había traído a Alejandro del Castillo a mi vida. A veces, los peores momentos de nuestras vidas, nuestros puntos más bajos, resultan ser las puertas a nuestras mayores oportunidades.

A las cinco en punto, mi teléfono vibró. Un número desconocido. Un mensaje de texto. “Estoy afuera”.

Miré por la ventana y lo vi. Un sedán negro, pulcro, anónimo, con los vidrios polarizados. Parecía una pantera esperando en la jungla de asfalto de mi modesta calle. Era tan fuera de lugar que era casi cómico.

Tomé mi maleta, le di una última mirada a mi departamento, a las paredes desnudas y a los muebles tristes. No sentí nostalgia. Sentí alivio.

Cerré la puerta detrás de mí sin mirar atrás y bajé las escaleras. Mi nueva vida, la vida surrealista y aterradora de la señora Del Castillo, estaba a punto de comenzar. Y yo caminaba hacia ella con el corazón en la garganta y un extraño fuego en el alma.

Capítulo 7: El penthouse en las nubes

El viaje en el sedán negro fue una transición silenciosa y hermética hacia otro mundo. El interior del coche olía a cuero nuevo y a un sutil ambientador que evocaba algo limpio y caro. Los vidrios, tan oscuros que convertían el brillante sol de la tarde en un crepúsculo perpetuo, me aislaban del caos familiar de la Ciudad de México. Mirando a través de ellos, veía pasar las escenas de mi vida anterior como si fueran parte de una película muda. Las fachadas de los edificios de la Narvarte, con sus colores disparejos y sus cables de luz colgando como telarañas. Los puestos de tacos en las esquinas, con su humo y su bullicio. La gente caminando a toda prisa por las aceras rotas. Mi mundo. Un mundo que se desvanecía rápidamente en el espejo retrovisor.

El conductor, un hombre de mediana edad con un traje impecable y un rostro impasible, no había dicho una palabra desde que confirmé mi nombre. Su silencio profesional era más intimidante que cualquier conversación. Navegaba por el tráfico con una calma y eficiencia que sugerían que estaba acostumbrado a transportar a personas para quienes el tiempo era más valioso que el dinero. A medida que nos adentrábamos en las avenidas arboladas de Polanco, el paisaje urbano cambió drásticamente. Los edificios se volvieron más altos y elegantes, las banquetas más anchas y limpias. Las tiendas ya no eran tlapalerías y recauderías, sino boutiques de lujo con nombres extranjeros y escaparates que parecían instalaciones de arte. Me sentí como una extranjera en mi propia ciudad, una polizona en un barco de lujo.

Finalmente, el auto se deslizó suavemente hasta detenerse frente a un rascacielos que parecía desafiar las leyes de la gravedad. Era una torre de cristal y acero que se elevaba hacia el cielo, tan moderna y minimalista que parecía haber sido diseñada por el propio futuro. “Torre Alcázar”, leí en unas discretas letras de metal pulido. El portero, un hombre alto vestido con un uniforme gris marengo que parecía sacado de una película, se apresuró a abrir la puerta del coche antes de que el conductor pudiera hacerlo, saludando con un respetuoso y casi imperceptible “Buenas tardes, señorita”.

“Señorita”. La palabra me sonó extraña, como si se la estuvieran diciendo a otra persona. Caminé detrás del conductor a través de un vestíbulo que era más grande y lujoso que todo el piso de mi antiguo edificio. El suelo era de un mármol negro tan pulido que reflejaba las luces como un lago nocturno. En el centro, una enorme escultura abstracta de bronce reposaba sobre un pedestal. El aire no olía a la ciudad, olía a lirios frescos y a un perfume caro que parecía emanar de las propias paredes. El silencio era casi total, un silencio reverencial, el tipo de silencio que solo el dinero puede comprar. Sentí las miradas discretas del personal de recepción sobre mí, evaluando mi ropa sencilla, mi maleta barata con la rueda rota que el conductor ahora llevaba por mí. Me sentí completamente fuera de lugar, un gorrión que había volado por error a un nido de águilas.

El conductor nos guio a un elevador en una alcoba privada. No había botones para elegir el piso. Él simplemente pasó una tarjeta negra por un lector y las puertas se deslizaron para cerrarse. El ascenso fue rápido y silencioso, sin el menor sobresalto. Y entonces, las puertas se abrieron de nuevo, y contuve el aliento. No se abrieron a un pasillo. Se abrieron directamente al interior del penthouse.

La primera impresión no fue de un lugar, sino de espacio y luz. No era un departamento; era un palacio suspendido en el cielo. Las paredes de tres lados del enorme espacio eran ventanales de cristal que se extendían desde el suelo de madera oscura hasta el techo de doble altura. Y a través de ellos, se desplegaba una vista panorámica de 360 grados de la Ciudad de México. Era una vista de dios. Podía ver el verde intenso del Bosque de Chapultepec, la aguja dorada del Ángel de la Independencia, la silueta de los rascacielos de Reforma y, a lo lejos, en el horizonte brumoso, la silueta majestuosa de los volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Estar allí arriba era estar, literalmente, por encima de todo.

El espacio era de una elegancia minimalista y brutal. Muebles de diseño de líneas puras en tonos de gris, blanco y negro. Un sofá tan grande que mi antiguo departamento entero cabría en él. Una alfombra de seda que parecía una nube en el suelo. En las paredes blancas colgaban enormes cuadros de arte contemporáneo que reconocí de libros y museos: un Tamayo, un Toledo. Y dominando el espacio, una espectacular escalera de caracol de cristal y acero pulido que parecía flotar en el aire, conduciendo a un segundo nivel.

“Bienvenida a casa, Sofía”.

La voz de Alejandro me hizo saltar. Estaba de pie junto a la base de la escalera, como si hubiera estado esperándome. Vestía de manera informal, con unos pantalones de lino oscuro y una camisa blanca de manga larga arremangada hasta los codos. Descalzo sobre la madera oscura. Aun así, en su propio entorno, su aura de autoridad era aún más potente. A su lado, una mujer mayor, de unos sesenta y tantos años, con el cabello completamente gris recogido en un moño impecable y una cálida y genuina sonrisa en el rostro, me miraba con amabilidad. Llevaba un sencillo pero elegante vestido negro y un delantal blanco y almidonado.

“Ella es Elena”, dijo Alejandro, presentándome a la mujer con un gesto de la cabeza. “Es la jefa de personal de la casa. Ha trabajado para mi familia durante más de treinta años. Es mi persona de mayor confianza en el mundo. Puedes confiar en ella para absolutamente todo lo que necesites”.

“Es un verdadero placer conocerla, señorita”, dijo Elena, su voz suave y respetuosa, con un tono maternal que me desarmó al instante. “El señor Alejandro me ha puesto al tanto de la situación. Por favor, siéntase como en su casa. Permítame llevar su maleta a su habitación”.

Antes de que pudiera protestar o decir que yo podía llevar mi propia y humilde maleta, Elena la tomó de la mano del conductor con una eficiencia silenciosa y se dirigió con paso ligero hacia la escalera de cristal. Ver mi maleta abollada y barata en manos de esa mujer elegante, subiendo esa escalera de ensueño, fue una de las imágenes más surrealistas que había experimentado hasta ahora.

“Ven, te mostraré el lugar”, dijo Alejandro, rompiendo mi trance. Su tono era neutro, como un agente inmobiliario mostrando una propiedad.

Me guio por el enorme espacio de la planta baja. La cocina era un sueño de acero inoxidable y mármol blanco, con electrodomésticos que parecían naves espaciales. El comedor tenía una mesa de madera maciza tan larga que fácilmente podría sentar a veinte personas. Y la sala de estar principal, con su vista panorámica, se sentía más como el lobby de un hotel de cinco estrellas que como la casa de alguien. Todo era abrumador, impersonal y absolutamente magnífico.

“Tu habitación está arriba”, dijo, guiándome finalmente por la escalera de caracol. Mis pies sobre los escalones de cristal se sentían inseguros, como si caminara sobre el aire. “He dispuesto que tengas toda el ala oeste del penthouse para ti. Yo ocupo el ala este. Cada ala es completamente independiente, con su propio estudio, baño y vestidor. Tendrás toda la privacidad que necesites y desees”.

Mi “habitación” era, en realidad, una suite presidencial. Era más grande que cualquier lugar en el que hubiera vivido. La cama era tamaño king, un monstruo blanco y mullido cubierto con sábanas que se sentían como agua fría al tacto. Había una pequeña sala de estar con un sofá y un escritorio, y puertas de cristal que daban a un balcón privado con una vista impresionante hacia el poniente de la ciudad. Pero lo más impactante fue el vestidor. Era una habitación del tamaño de la boutique donde trabajaba, con hileras de estantes vacíos, cajones de madera clara y barras de metal esperando ser llenadas. Estaba completamente vacío, a excepción de una sola bata de seda color marfil que colgaba de un gancho. La imagen de ese espacio vacío, esperando a ser llenado por una nueva identidad, me dio un escalofrío.

“Mañana por la mañana, un estilista personal llamado Marco vendrá a tomarte las medidas y a discutir tus preferencias de estilo”, explicó Alejandro, apoyado casualmente en el marco de la puerta. Su presencia llenaba el espacio. “Necesitamos construirte un guardarropa adecuado para tu nuevo… papel”.

“Mi… papel”, repetí en voz baja, la palabra sintiéndose áspera y extraña en mi boca.

“Sobre eso”, dijo, entrando finalmente en la habitación. Sobre una mesa de cristal junto a la pequeña sala, había una elegante carpeta de cuero negro. “Este es el contrato. Tómate toda la noche para leerlo con calma. Es un documento legal, pero he pedido a mi abogado que lo redacte en un lenguaje lo más claro posible. El licenciado Herrera está disponible por teléfono a cualquier hora si tienes alguna pregunta legal. Yo puedo responder cualquier otra cosa”.

Mientras él hablaba, me senté en el borde de la cama, la suavidad del colchón casi absorbiéndome. Me sentía abrumada por la opulencia, por la velocidad de los acontecimientos, por la extrañeza de todo. Él pareció notarlo, porque su tono se suavizó un poco.

“Sofía, sé que esto es un shock. Parece una locura. Pero las reglas del juego son simples”, dijo, sentándose en el sofá frente a mí, inclinándose hacia adelante, creando una burbuja de intimidad en la inmensidad de la suite. “En público, somos un matrimonio feliz y enamorado. Nos tomaremos de la mano, nos sonreiremos, te abriré la puerta del coche, me reiré de tus chistes aunque no sean graciosos. Asistiremos a eventos juntos. Crearemos una narrativa creíble. En privado, aquí dentro, somos socios de negocios. Compañeros de piso. Tienes tu libertad, siempre y cuando seas absolutamente discreta. Y eso me lleva a la cláusula más importante: no puedes tener relaciones románticas con otros hombres durante este año. Es una cláusula de no infidelidad, y no es negociable. La imagen de una esposa infiel destruiría el propósito de todo esto y me haría parecer un idiota. A cambio de tu cooperación y discreción, todos tus gastos, desde la comida hasta la ropa y los viajes, están cubiertos. Y al final del año, como acordamos, recibirás la suma que te prometí, transferida a la cuenta bancaria que tú elijas en cualquier parte del mundo”.

Asentí, incapaz de hablar. Mi garganta estaba seca. Tomé la carpeta de cuero. Pesaba más de lo que parecía. La abrí sobre mi regazo. El contrato era grueso, unas veinte páginas de papel de alta calidad, lleno de cláusulas y sub-cláusulas. Pero como él había dicho, el lenguaje era sorprendentemente directo. Detallaba todo: la duración del acuerdo (366 días), las responsabilidades de cada parte (“El Contratante A” y “La Contratante B”), la compensación económica, las estrictas cláusulas de confidencialidad que me prohibían hablar de esto por el resto de mi vida bajo pena de acciones legales devastadoras. Era real. Era frío, calculador y aterradoramente real.

Esa noche, cenamos juntos en el enorme y silencioso comedor. Fue la comida más incómoda de mi vida. Nos sentamos en los extremos opuestos de la larga mesa de madera, con una galaxia de espacio vacío entre nosotros. Elena nos sirvió una cena de tres platos que sabía a gloria pero que comí sin apenas registrar. Una sopa fría de aguacate, un salmón perfectamente cocido sobre una cama de espárragos, y una mousse de chocolate amargo. El silencio entre nosotros era denso, roto solo por el sonido casi imperceptible de los cubiertos de plata contra la porcelana fina.

“¿Tienes alguna pregunta sobre el contrato?”, preguntó Alejandro finalmente, limpiándose los labios con una servilleta de lino.

Negué con la cabeza. “Es… muy claro”.

“Bien. Quiero que te sientas protegida por él, no atrapada”.

Asentí de nuevo, sin saber qué decir.

“¿Cuándo…?”, empecé, mi voz sonando pequeña en el vasto espacio. “¿Cuándo nos casaremos?”

“En dos semanas”, respondió con total naturalidad. “Será una ceremonia civil muy pequeña y privada, aquí mismo en el penthouse. Solo nosotros, dos testigos de mi confianza —mi abogado y Elena— y un juez. Después, filtraremos la noticia a un par de medios selectos, explicando que fue un romance rápido y que decidimos casarnos en secreto para evitar el circo mediático”.

Dos semanas. En dos semanas, me convertiría legalmente en la señora Del Castillo. La idea era a la vez aterradora y extrañamente, vertiginosamente emocionante. Esa noche, después de que Alejandro se retirara a su ala del penthouse, me quedé de pie en mi balcón privado. El aire de la noche era fresco. La ciudad a mis pies era un océano de luces parpadeantes, un monstruo hermoso y vivo. Millones de personas vivían y morían allí abajo, cada una con sus propias luchas, sus propias esperanzas. Y yo estaba aquí arriba, en una jaula de oro, a punto de vender un año de mi vida por la oportunidad de conquistar ese mundo que ahora parecía tan pequeño. La soledad que sentí en ese momento fue la más profunda y absoluta que jamás había conocido.

Capítulo 8: La transformación

Los siguientes días fueron un torbellino desenfrenado, una vorágine de actividad tan intensa y programada que apenas me daba tiempo para respirar, y mucho menos para procesar la enormidad del cambio en mi vida. Alejandro había dicho que las cosas se moverían rápido, pero no había estado preparada para esto. Era como si hubiera sido reclutada por una agencia secreta para convertirme en una espía, y mi misión fuera “Operación Esposa”.

Tal como había prometido, a las nueve de la mañana del día siguiente, Elena tocó suavemente a mi puerta. “El señor Marco está aquí para verla, señorita”.

Marco era un torbellino de energía y estilo. Un hombre de unos cuarenta años, delgado, con unas gafas de diseñador de pasta negra, vestido con unos pantalones ajustados y una camisa de seda estampada. Hablaba con un acento que era una curiosa mezcla de fresa de Polanco y un español con inflexiones italianas.

“¡Sofía, querida! ¡Un placer! ¡Alejandro me ha contado todo sobre ti y estoy fascinado! ¡Tenemos un lienzo en blanco, qué emoción!”, exclamó, dándome dos besos en el aire y recorriéndome con la mirada de un escultor evaluando un bloque de mármol. No me sentí halagada; me sentí como un objeto, un proyecto. “Huesos maravillosos, una piel estupenda… ¡vamos a hacer magia!”

La siguiente hora fue un interrogatorio. Me midió cada parte de mi cuerpo con una cinta métrica fría. Me hizo pararme bajo diferentes luces mientras sostenía muestras de tela de colores junto a mi cara para determinar mi “paleta”. Me hizo un sinfín de preguntas sobre mis gustos, gustos que ni siquiera sabía que tenía. “¿Prefieres siluetas estructuradas o fluidas? ¿Escotes en V o cuello de barco? ¿Estampados geométricos o florales?”. Yo respondía con un tímido “no sé”, sintiéndome cada vez más ignorante y fuera de lugar. “No te preocupes, querida”, dijo con una palmada tranquilizadora en mi brazo. “Para eso estoy yo. Tu trabajo es ser hermosa. El mío es encargarme de los detalles”.

Horas después de que Marco se fuera, el verdadero diluvio comenzó. Empezaron a llegar cajas y portatrajes de las boutiques más caras de la Avenida Masaryk. Chanel, Dior, Prada, Saint Laurent. Elena y un par de doncellas silenciosas y eficientes deshacían las cajas y colgaban las prendas en mi vestidor. En cuestión de horas, mi vestidor vacío, que había sido un símbolo de un futuro incierto, se transformó en el paraíso de cualquier amante de la moda. Había vestidos de cóctel, vestidos de gala, trajes sastre, pantalones de seda, blusas de todos los estilos, abrigos de cachemira, y una colección de zapatos que haría llorar a Carrie Bradshaw. Era abrumador y despersonalizante. Nada de eso era mío. Era un disfraz. El uniforme de la Señora Del Castillo.

Los días siguientes siguieron el mismo patrón. Después de Marco, el estilista, vinieron Jean-Pierre, el peluquero (un francés que apenas hablaba español pero que manejaba las tijeras como un artista), y Regina, la maquillista, una mujer joven y moderna que me enseñó pacientemente a diferenciar entre un look de día, uno de almuerzo de negocios y uno de gala. Me enseñó a contornear mi rostro, a aplicarme pestañas postizas, a crear un “smoky eye” perfecto. Me sentía como Eliza Doolittle en “My Fair Lady”, siendo pulida y moldeada, mi antiguo yo siendo borrado y reemplazado por una versión más brillante y sofisticada.

Elena también se convirtió en mi tutora. Con una amabilidad y paciencia infinitas, me daba lecciones de etiqueta. Cómo sentarme, cómo levantarme de una silla con elegancia, qué cubierto usar para el pescado, cómo sostener una copa de vino por el tallo y no por el cáliz. Me instruyó sobre los nombres y las historias de las familias más importantes de México, los socios de negocios de Alejandro, sus amigos y sus enemigos. Era un curso intensivo sobre cómo navegar en las aguas infestadas de tiburones de la alta sociedad.

Durante todo este proceso de transformación, Alejandro se mantenía a una distancia profesional y calculada. Pasaba la mayor parte del día encerrado en su estudio, en el otro extremo del penthouse, dirigiendo su imperio global a través de una serie de pantallas y videoconferencias. A veces nos cruzábamos en las áreas comunes. Él me preguntaba cómo iba mi “entrenamiento”, con la misma cortesía con la que un director de proyecto preguntaría por el avance de una tarea. “¿Cómo te fue con Marco? ¿Ya dominas el arte de caminar en tacones de 12 centímetros?”. Su tono era ligero, casi burlón, pero sus ojos siempre estaban analizando, evaluando.

Sin embargo, hubo momentos, breves y fugaces, en los que la fachada se agrietaba. Una tarde, me encontró en la sala de estar, de pie frente al enorme cuadro de Tamayo, un lienzo abstracto de colores vibrantes.

“¿Te gusta?”, preguntó, su voz sorprendiéndome.

“No estoy segura de entenderlo”, admití honestamente. “Pero… me provoca algo. Tristeza y fuerza al mismo tiempo”.

Él se paró a mi lado, y por un momento, no éramos “El Contratante A” y “La Contratante B”. Éramos solo dos personas mirando un cuadro. “Eso es exactamente lo que se supone que debe hacer”, dijo en voz baja. “Mi abuelo solía decir que el gran arte no te da respuestas, te hace mejores preguntas”. Se quedó en silencio un momento, perdido en sus pensamientos, y en ese instante, vi un atisbo del hombre detrás del multimillonario: un hombre con su propia historia, sus propias tristezas.

Una semana después de mi llegada, una semana antes de nuestra boda, Alejandro tocó a mi puerta por la noche. Yo estaba leyendo uno de los libros que había traído de mi antigua vida, un refugio de familiaridad en este mundo extraño.

“Tenemos nuestro primer evento mañana por la noche”, anunció sin preámbulos, apoyado en el marco de la puerta. “Es una pequeña cena benéfica para un hospital infantil. Algo relativamente discreto, con poca prensa. Perfecto para nuestra primera aparición pública juntos”.

Sentí una punzada de pánico helado en el estómago. “¿Tan… tan pronto? ¿Antes de la boda?”

“Es parte de la estrategia”, explicó, su mente de estratega siempre trabajando. “Empezaremos a construir nuestra historia. Mañana, seremos vistos juntos por primera vez. Un par de fotos discretas aparecerán en las columnas de sociedad. La próxima semana, nos ‘casamos en secreto’. La narrativa será la de un romance vertiginoso que tratamos de mantener en privado. Es más creíble así”. Su mirada se posó en mí, y notó mi ansiedad. “Estarás bien. Marco ya ha seleccionado un vestido perfecto para ti. Todo lo que tienes que hacer es recordar tus lecciones. Y… ser mi esposa por un par de horas”.

La noche siguiente, el pánico se había convertido en un nudo apretado y doloroso en mi estómago. Me sentía como una estudiante antes de su examen final. Regina y Jean-Pierre trabajaron en mí durante dos horas. Me sentía como un coche de carreras en los pits antes de la gran carrera. Cuando finalmente me miré en el espejo de cuerpo entero, apenas me reconocí. La mujer que me devolvía la mirada era una extraña. Una extraña hermosa y segura de sí misma. Llevaba un vestido de seda negro, de una simplicidad engañosa, pero que se ajustaba a mi cuerpo con una perfección milimétrica. Era elegante, sofisticado y discreto. Mi cabello, que siempre había llevado en una coleta sin chiste, estaba recogido en un moño bajo y pulcro en la nuca, dejando algunos mechones suaves enmarcando mi rostro. El maquillaje era sutil pero transformador, haciendo que mis ojos parecieran más grandes y mis pómulos más definidos. Y en mi cuello, descansaba un delicado collar de diamantes sobre platino, una cascada de luz fría. Alejandro lo había dejado en mi habitación esa tarde con una nota que simplemente decía: “Parte del uniforme. A.”.

Cuando bajé la escalera de caracol de cristal, mis tacones de aguja haciendo un sonido suave en cada escalón, vi a Alejandro esperándome al pie. Llevaba un esmoquin clásico, perfectamente entallado. El blanco de su camisa contrastaba con su piel ligeramente bronceada. Se veía imposiblemente guapo, como una estrella de cine de la época dorada. Se detuvo en medio de una conversación por teléfono cuando me vio. Y por primera vez desde que lo conocí, su máscara profesional no solo se agrietó; se hizo añicos. Vi una chispa de genuina sorpresa, seguida de algo que solo podría describir como admiración, en sus ojos oscuros. Se quedó en silencio, olvidando su llamada.

“Te ves… impresionante, Sofía”, dijo finalmente, su voz un poco más ronca de lo normal.

“Gracias”, susurré, sintiendo un sonrojo caliente subir por mi cuello. Era la primera vez que me hacía un cumplido personal, y me desestabilizó por completo.

Extendió su brazo, una invitación silenciosa. “¿Lista?”

Coloqué mi mano temblorosa en la curva de su codo. El contacto de mi piel contra la tela fina y cara de su traje envió una pequeña descarga eléctrica a través de mí. Asentí, incapaz de hablar.

“Recuerda”, dijo en voz baja y profunda mientras caminábamos hacia el elevador privado, su aliento rozando mi cabello. “Allá afuera, somos un equipo. La gente nos observará, nos juzgará. No les des nada. Mírame a mí, sonríe y no tengas miedo. Si te sientes perdida, solo aprieta mi brazo. Yo me encargo del resto”.

El viaje en auto hasta el museo donde se celebraba el evento fue corto y silencioso. Pero este silencio era diferente al de la cena. Estaba cargado de anticipación, de una extraña camaradería. Éramos dos soldados a punto de entrar en batalla. Cuando llegamos, una manada de fotógrafos ya estaba congregada en la entrada, un monstruo de mil ojos parpadeantes.

“Respira hondo”, me susurró Alejandro al oído justo antes de que el chófer abriera la puerta. “Comienza el espectáculo”.

En el momento en que salimos del auto, los flashes de las cámaras explotaron. Fue una lluvia cegadora y violenta de luz blanca. El ruido era un rugido: gritos, preguntas, mi nombre y el suyo lanzados como piedras. Instintivamente, me encogí, queriendo volver a la seguridad oscura del coche. Pero el brazo de Alejandro se tensó a mi alrededor, su mano se posó con firmeza en la parte baja de mi espalda, una presencia sólida y tranquilizadora que me anclaba en medio del caos.

“Sonríe”, murmuró cerca de mi oído.

Levanté la cabeza, recordé mi entrenamiento, y forcé una sonrisa que esperaba no pareciera una mueca de terror. Miré directamente a las cámaras, como Regina me había enseñado, sin mirar a ningún fotógrafo en particular. Alejandro me guio con una confianza imperturbable por la alfombra roja, asintiendo a los periodistas, moviéndose con la gracia de un hombre que estaba acostumbrado a ser el centro del universo.

Justo cuando estábamos a punto de cruzar las puertas del museo y escapar del huracán, Alejandro se detuvo. Se giró hacia mí, y con el mundo entero mirando, con cientos de cámaras disparando y grabando, me tomó suavemente por la barbilla. Su pulgar rozó mi labio inferior, un gesto íntimo y posesivo. Y entonces, se inclinó y me besó.

Fue un beso suave, deliberado, apenas un roce de labios que duró no más de tres segundos. Pero en ese instante, el mundo se detuvo. El rugido de los fotógrafos se desvaneció en un zumbido lejano. Los flashes se convirtieron en un resplandor borroso. Todo lo que pude sentir, todo lo que pude registrar, fueron sus labios sobre los míos. Eran cálidos, firmes y sabían ligeramente a menta y a algo más, algo que era únicamente él. Fue un beso para las cámaras, un acto calculado para el público, una pieza de la narrativa que estábamos construyendo.

Pero cuando se apartó, sus ojos oscuros, ahora a centímetros de los míos, se encontraron con los míos. Y en su profundidad, por una fracción de segundo, vi algo que no era parte del guion. Algo que no era para las cámaras. Algo real, vulnerable y tan intenso que me dejó sin aliento.

Fue entonces cuando lo supe, con una certeza aterradora que me heló la sangre. Este matrimonio falso, este acuerdo de negocios tan claro y definido en el papel, iba a ser mucho, mucho más complicado de lo que jamás había imaginado.

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