ME ECHARON A LA CALLE CON MI BEBÉ ENFERMO POR “NO APORTAR DINERO”, PERO EL KARMA LES LLEGÓ CUANDO DESCUBRIERON QUIÉN ERA MI NUEVO JEFE

PARTE 1

Capítulo 1: El Sonido del Cerrojo

Nunca olvidas el sonido exacto de tu vida rompiéndose en pedazos. Para algunos es el chirrido de unos frenos antes de un choque, para otros es el tono de llamada de un teléfono a medianoche. Para mí, fue el sonido seco, metálico y oxidado del cerrojo de la puerta de la casa que yo misma ayudé a pintar. Clac. Un sonido pequeño, insignificante en decibeles, pero que resonó en mi cabeza como una explosión nuclear.

Me quedé parada ahí, frente a la puerta de metal color verde despintado, con la mano todavía levantada, como si fuera a tocar de nuevo. Pero mis fuerzas se habían esfumado. Mis nudillos estaban rojos, casi morados, de tanto golpear.

—¡Ricardo! ¡Por favor! —grité una última vez, aunque mi voz ya no era un grito, sino un hilo quebrado por el llanto y la desesperación—. ¡Abre la puerta! ¡Santiago tiene fiebre! ¡No me puedes hacer esto!

El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier insulto. No se escuchaban pasos, ni susurros. Solo el zumbido lejano de los autos pasando por la avenida principal y el ladrido de los perros callejeros que, irónicamente, parecían tener más compañía que yo en ese momento.

Abracé a Santiago con más fuerza. Mi hijo, mi Santi, de apenas tres años, estaba envuelto en una cobija de lana que mi mamá me había tejido antes de morir. Sentía su calor traspasando mi ropa, un calor enfermizo, húmedo. Estaba ardiendo. Sus sollozos se habían calmado, no porque estuviera mejor, sino porque estaba agotado.

—Mamá… tengo sed —susurró, con esa vocecita rasposa que me partió el alma en dos mil pedazos.

—Ya mi amor, ya casi… ahorita buscamos agüita —le mentí. No tenía a dónde ir. No tenía agua. No tenía ni un peso en la bolsa porque Ricardo me había quitado mi cartera “para que aprendiera a administrarme”.

Retrocedí unos pasos y miré hacia la ventana del segundo piso. Ahí vivía mi suegra, Doña Carmen. La mujer a la que cuidé cuando le dio ciática, a la que le cocinaba sus caldos de pollo todos los domingos, a la que le limpiaba la casa porque “pobrecita, ya está grande”. Vi cómo se movía la cortina. Sé que estaba ahí. Podía sentir su mirada venenosa clavada en mí.

—¡Doña Carmen! —grité hacia arriba, tragándome mi orgullo—. ¡Señora, por favor! No por mí, ¡por su nieto! ¡Está enfermo!

La ventana se abrió de golpe. Doña Carmen asomó la cabeza, con los tubos todavía puestos en el cabello y esa bata de flores que olía a naftalina y amargura.

—¡Cállate, escandalosa! —bramó, con esa voz chillona que siempre me ponía los pelos de punta—. ¡Vas a despertar a los vecinos! Ya te lo dijo mi hijo: en esta casa no mantenemos huevonas. Si no traes dinero a la mesa, no sirves.

—¡Pero si yo hago todo en la casa! —repliqué, sintiendo cómo la injusticia me quemaba la garganta—. ¡Yo cuido a Santi, yo lavo, yo plancho…!

—¡Eso no paga la luz, niña! —me interrumpió—. Ricardo está harto de mantenerte. Quiere una mujer de verdad, una que facture, no una gata sirvienta. Así que agarra tus tiliches y lárgate. Y agradece que te dejamos llevarte al escuincle, que nomás es otra boca que alimentar.

Se me heló la sangre. “¿Otra boca que alimentar?”. Era su nieto. Su propia sangre. ¿Cómo podía existir gente tan podrida por dentro?

—Es su nieto… —susurré, incapaz de gritar más.

—¡Ni se parece a mi Ricardo! —escupió ella antes de cerrar la ventana con fuerza.

Me quedé sola. Completamente sola en la banqueta. Miré a mi alrededor. La calle estaba oscura, iluminada apenas por una lámpara que parpadeaba como si estuviera a punto de morir, igual que mi esperanza. Una maleta vieja, donde Ricardo había metido mi ropa a la fuerza y la había aventado por el balcón minutos antes, yacía abierta en el suelo, con mis calzones y blusas regados por el asfalto sucio.

Me agaché para recoger mis cosas, tratando de no soltar a Santi. Mis lágrimas caían sobre la ropa mientras la metía de cualquier forma en la maleta. Sentía una mezcla de vergüenza y terror. ¿Qué iba a hacer? Eran las dos de la mañana en una de las colonias más peligrosas de Ecatepec. No tenía saldo en el celular. No tenía familia; mis papás habían fallecido en un accidente hacía dos años, y desde entonces, Ricardo y su madre eran mi “familia”. Qué chiste macabro.

—Mami… quiero ir a mi cama —lloró Santi de nuevo.

Me sequé las lágrimas con la manga de mi suéter. No, no podía derrumbarme. No ahora. Si me quebraba, Santi se quebraba conmigo. Tenía que sacar la casta, esa fuerza que dicen que tenemos las mexicanas cuando el mundo se nos viene encima.

—Vamos a jugar a una aventura, Santi —le dije, forzando una sonrisa que me dolió en el alma—. Vamos a ir a… a un castillo mágico.

Cargué la maleta con una mano y a Santi con la otra. Pesaba. Todo pesaba. Caminé hacia la avenida, rezando para que pasara un taxi y que el chofer se apiadara de mí y me dejara pagarle al llegar con mi comadre Lupe, que vivía a unos veinte minutos. Lupe era la única amiga que me quedaba, la única que Ricardo no había logrado alejar de mí con sus celos enfermizos.

Mientras caminaba, los recuerdos me golpeaban como ráfagas de viento helado. Recordé cuando conocí a Ricardo. Era tan encantador, tan “caballeroso”. Me abría la puerta del coche, me traía flores, me prometía el cielo y las estrellas. “Vas a ser mi reina”, me decía. “No vas a tener que trabajar nunca, yo te cuido”. ¡Qué estúpida fui! Me tragué el cuento de hadas sin ver que el castillo era una prisión y el príncipe un ogro disfrazado.

Me convenció de dejar mis estudios de contabilidad. “Para qué estudias si nos vamos a casar”, decía. “Mejor aprende a cocinar como mi mamá”. Y yo, enamorada y ciega, acepté. Me aisló poco a poco. Primero fueron mis amigos de la prepa, luego mis primas, y finalmente, me hizo sentir culpable por querer visitar a mis propios padres. Cuando ellos murieron, sentí que Ricardo era mi salvavidas. Ahora me daba cuenta de que él era el ancla que me estaba ahogando.

Llegué a la avenida. Estaba desierta. El viento soplaba fuerte, levantando polvo y basura. Me senté en la banqueta de una tienda OXXO que ya estaba cerrada, protegiendo a Santi del aire con mi cuerpo.

—Tengo frío, mami —temblaba él.

Me quité mi suéter y se lo puse encima, quedándome yo solo con una camiseta delgada. El frío me calaba los huesos, pero no me importaba. Ver a mi hijo sufrir por culpa de ese desgraciado me encendía una rabia que empezaba a calentar mi sangre.

De pronto, un coche se detuvo frente a mí. Un Tsuru viejo, despintado. Me tensé. En estas calles, un coche que se para a esa hora rara vez es una buena noticia. Abrace a Santi con fuerza, lista para correr o pelear.

La ventanilla bajó. Era un señor mayor, con bigote canoso y una gorra de béisbol.

—¿Está bien, seño? —preguntó, mirándome con preocupación genuina—. No es hora para andar con un niño en la calle.

Dudé. Ricardo siempre me decía que todos los hombres querían aprovecharse de mí, que no confiara en nadie. Pero mi instinto me dijo que este señor no era malo. O tal vez era la desesperación.

—No… no estoy bien, señor —admití, y la voz se me quebró de nuevo—. Mi… mi esposo me corrió. Mi hijo tiene fiebre. Necesito ir a la colonia Jardines, con una amiga. Pero no traigo dinero.

El señor me miró a los ojos, luego miró a Santi, que dormitaba febril. Suspiró y quitó el seguro de la puerta.

—Súbale, hija. Yo tengo nietos. No la voy a dejar aquí tirada.

Me subí al taxi llorando de agradecimiento. “Gracias, gracias, Dios se lo pague”, repetía como disco rayado.

Durante el trayecto, el señor no preguntó nada, cosa que agradecí. Solo puso la calefacción a todo lo que daba. Yo miraba por la ventana las calles vacías de la ciudad, sintiendo cómo cada kilómetro que me alejaba de esa casa maldita era un alivio, pero también un paso hacia un abismo desconocido. ¿Qué iba a hacer mañana? ¿Cómo iba a comprarle medicina a Santi? ¿Cómo iba a comer?

Llegamos a casa de Lupe. La casa estaba oscura, obviamente. Eran casi las 3 de la mañana.

—Es aquí, señor. De verdad, deme su número, le prometo que le pago en cuanto tenga…

—Olvídalo, mija —me interrumpió el taxista, dándome una sonrisa triste—. Nomás cuide a ese chamaco. Y échele ganas. A veces Dios nos quita cosas para que no nos estorben el camino.

Esas palabras se me quedaron grabadas. Bajé del taxi y toqué el timbre de Lupe con insistencia. Tardó un rato, pero finalmente se encendió la luz de la entrada. Lupe abrió, con los ojos hinchados de sueño y una bata rosa puesta al revés.

—¿Elena? —preguntó, parpadeando confundida—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué pasó?

Al ver a mi amiga, a mi comadre, ya no pude más. Me solté a llorar a gritos, cayendo de rodillas en su entrada.

—¡Me corrió, Lupe! ¡Me corrió como a un perro!

Lupe no hizo preguntas. Me levantó del suelo, metió mi maleta y cerró la puerta. Esa noche, mientras le bajábamos la fiebre a Santi con trapos húmedos y yo le contaba todo entre sollozos y tazas de té de canela, Lupe me dijo algo que cambió mi chip mental.

—Amiga, ahorita te duele —me dijo, tomándome las manos—, pero esto es lo mejor que te pudo pasar. Ese tipo es basura. Tú eres una chingona. ¿Te acuerdas que eras la mejor de la clase en contabilidad? ¿Te acuerdas que tenías sueños? Pues es hora de desempolvarlos. Mañana vamos a ver qué hacemos, pero te juro por esta cruz que no vas a volver a depender de ese infeliz.

Me quedé dormida en el sofá de Lupe, con Santi en mis brazos. Soñé con el sonido del cerrojo. Clac. Pero esta vez, en mi sueño, no era un sonido de encierro. Era el sonido de unas cadenas rompiéndose.

Al día siguiente, la realidad me golpeó con la luz del sol. No tenía trabajo. No tenía casa. Tenía 26 años, un hijo enfermo y la carrera trunca. Pero tenía algo que no tenía ayer: rabia. Una rabia fría, calculadora. Ricardo pensaba que yo era una inútil, que regresaría arrastrándome a pedirle perdón en dos días cuando se me acabara el hambre.

“Pues espérate sentado, Ricardo”, pensé mientras me miraba en el espejo del baño de Lupe, viendo mis ojos hinchados pero con una chispa nueva en la mirada. “Te voy a demostrar quién es la inútil”.

Lo que no sabía era que el destino tenía un sentido del humor muy retorcido. Esa misma tarde, mientras buscaba empleo en el periódico (porque mi celular seguía muerto), vi un anuncio marcado con rojo.

“SE SOLICITA AUXILIAR ADMINISTRATIVO. URGENTE. DISPONIBILIDAD INMEDIATA.”

La dirección era en una zona industrial, lejos de aquí. Pero el nombre de la empresa me hizo detener el corazón: Grupo Logístico Alva.

Ricardo trabajaba ahí. Él era supervisor de almacén. Siempre se jactaba de ser “el jefe”, de que todos le tenían miedo.

Si yo iba ahí, me arriesgaba a verlo. Me arriesgaba a que me humillara frente a todos. Pero… la paga era buena. Y necesitaban a alguien ya. Y yo era buena con los números, maldita sea, era muy buena antes de que él me apagara el cerebro.

Miré a Santi, que jugaba con un carrito en la alfombra de Lupe, ya sin fiebre pero pálido.

—Por ti, mi amor —susurré.

Me arreglé con la mejor ropa que pude rescatar de la maleta: una blusa blanca y un pantalón negro de vestir que ya me quedaba un poco flojo por los nervios. Me maquillé para tapar las ojeras. Me puse los tacones que Ricardo odiaba porque “me hacían ver más alta que él”.

—¿A dónde vas tan guapa? —me preguntó Lupe.

—A buscar chamba —le dije, con una determinación que me asustó hasta a mí misma—. Y no a cualquier lado. Voy a la boca del lobo.

Salí a la calle, con el sol de mediodía quemándome la piel, pero sintiéndome más viva que en los últimos cinco años. No sabía qué iba a pasar. No sabía si me iban a contratar o si Ricardo me iba a sacar a patadas. Pero algo sí sabía: la Elena sumisa que lloraba en la banqueta se había quedado anoche en esa acera. La Elena que iba hoy en el metro, apretada entre la gente pero con la cabeza en alto, iba dispuesta a todo.

Lo que nunca imaginé es que al llegar a esa entrevista, no me encontraría con Ricardo… sino con alguien que cambiaría mi destino para siempre. Alguien que, sin saberlo, se convertiría en el instrumento de mi venganza perfecta.

Capítulo 2: En la Boca del Lobo

El trayecto en la combi fue un infierno particular. Iba apretada entre un señor que olía a sudor rancio y una señora que cargaba dos bolsas enormes de mandado que se me clavaban en las costillas cada que el chofer frenaba de golpe. Pero el verdadero infierno no era el calor, ni la música de cumbia a todo volumen que hacía vibrar las ventanas sucias del transporte; el infierno estaba en mi cabeza.

Cada parada que nos acercaba a la zona industrial de Vallejo aumentaba mis náuseas. Mis manos sudaban frío. Me las secaba disimuladamente en el pantalón de vestir negro que Lupe me había prestado. Me quedaba un poco grande de la cintura, pero me apretaba en las caderas. “Te ves bien, Elena, te ves profesional”, me repetía mentalmente, tratando de acallar la voz de Ricardo que resonaba en mi cerebro como un disco rayado: “Tú no sirves para trabajar, estás muy pendeja para los números, lo tuyo es trapear y cuidarme a mí”.

Miré por la ventanilla. El paisaje gris de la ciudad pasaba rápido. Fábricas, bodegas, tráileres echando humo negro. Ese era el mundo de Ricardo. Él siempre llegaba a casa con ese olor a grasa y cartón, presumiendo de cómo mangoneaba a los cargadores, de cómo era el “rey” del almacén. Y yo iba directo a su reino, sin espada y sin escudo, solo con una solicitud de empleo arrugada en el bolso y la necesidad desesperada de comprarle leche y medicina a mi hijo.

—Bajan en la Bimbo —gritó el chofer.

Me levanté como pude. Mis piernas temblaban tanto que casi me caigo al bajar los escalones de la combi. El sol de la una de la tarde caía a plomo, quemando el asfalto. Me ajusté la blusa, respiré hondo ese aire contaminado y caminé.

A lo lejos vi el letrero, enorme y azul: GRUPO LOGÍSTICO ALVA.

El edificio era imponente, de cristales oscuros que reflejaban el cielo nublado. Me sentí minúscula. ¿En qué estaba pensando? Ricardo me iba a ver. Me iba a matar. O peor, se iba a burlar de mí delante de todos y luego haría que me corrieran. Estuve a punto de dar la media vuelta. El miedo es un animal que te muerde los tobillos y no te deja avanzar. Recordé la cara de Doña Carmen en la ventana, su risa burlona. Recordé a Santi temblando de fiebre en la banqueta.

—No —dije en voz alta, apretando los puños—. Por mi hijo, me aguanto el miedo. Si me tengo que enfrentar al diablo, me enfrento.

Caminé hacia la caseta de vigilancia. El guardia, un hombre mayor con cara de pocos amigos, me miró de arriba abajo.

—¿A dónde va, señorita?

—Vengo… vengo a la entrevista. Para auxiliar administrativo —mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Identificación.

Le entregué mi INE con la mano temblorosa. Él la revisó, anotó mis datos en una libreta mugrosa y me dio un gafete de “VISITANTE”.

—Recepción, planta baja. No se ande paseando por otras áreas, ¿oyó?

—Sí, gracias.

Crucé el patio de maniobras. Había tráileres entrando y saliendo, montacargas zumbando de un lado a otro con sus pitidos de reversa bip-bip-bip. Busqué con la mirada, aterrorizada de ver la silueta inconfundible de Ricardo, con su chaleco naranja y esa forma de caminar como si perdonara vidas. Pero había demasiada gente, demasiado movimiento. “Diosito, hazme invisible”, recé.

Entré al edificio y el aire acondicionado me golpeó de lleno, secando el sudor de mi frente. El lobby era elegante, con pisos de mármol y sillones de piel que se veían más caros que toda la casa de mi suegra. Detrás de un mostrador alto de madera, una recepcionista con uñas kilométricas de acrílico y pestañas postizas tecleaba en su celular sin mirarme.

—Buenos días —dije, acercándome con timidez.

Ella levantó la vista lentamente, masticando chicle con una indiferencia olímpica. Me escaneó. Vio mis zapatos un poco raspados, mi bolso pasado de moda, mi cabello recogido en una coleta sencilla. Su mirada gritaba: “Tú no perteneces aquí”.

—Vengo por el anuncio del periódico. Auxiliar administrativo.

—¿Traes currículum? —preguntó, sin dejar de masticar.

—Sí… bueno, traigo la solicitud llena.

Sacó una hoja de registro y me señaló una pluma atada con un cordón.

—Anótate y siéntate. La Licenciada Sonia está ocupada.

Me senté en la orilla de uno de los sillones, abrazando mi bolso como si fuera un salvavidas. El reloj de la pared hacía tic-toc, marcando los segundos de mi agonía. Cada vez que se abría la puerta de cristal que daba a las oficinas, mi corazón se detenía. ¿Sería Ricardo?

Pasaron diez minutos. Veinte. Treinta. Empecé a desanimarme. Seguro ya tenían a alguien. Seguro vieron mi facha y pensaron que venía a pedir limosna.

Entonces, la puerta se abrió de golpe. No era Ricardo. Era un hombre joven, de unos treinta y tantos años, alto, impecable en un traje gris a la medida que gritaba “dinero”. Pero lo que más llamaba la atención no era su ropa, sino su cara. Estaba rojo de furia. Venía hablando por celular, o más bien, gritándole al celular.

—¡Me vale madre las excusas, Roberto! —bramaba, caminando a zancadas largas por el lobby, ignorando a la recepcionista que se había puesto firme como soldado—. ¡Quiero ese reporte de aduanas hoy! ¡Si tengo que ir yo mismo a sacar las cajas, voy, pero tú te vas a la calle!

Colgó la llamada con tanta fuerza que temí que rompiera la pantalla. Se detuvo en medio del lobby, se pasó la mano por el cabello perfectamente peinado, desordenándolo, y soltó un suspiro que pareció desinflarlo. Se veía agotado, estresado al límite.

Detrás de él salió una mujer bajita, de lentes, corriendo con una tablet en la mano.

—Licenciado Alejandro, por favor, cálmese —decía ella, casi sin aliento—. Ya llegó la chica de la entrevista.

El hombre, Alejandro, se giró y me vio. Sus ojos eran oscuros, intensos, inteligentes, pero en ese momento estaban nublados por la frustración. Me sentí como un conejo frente a los faros de un camión.

—¿Es ella? —preguntó, señalándome sin disimulo.

—Sí, señor. Elena… Elena Ramírez —dijo la mujer de lentes, leyendo mi nombre en la lista.

Alejandro me miró fijamente. No hubo la mirada de desprecio de la recepcionista, ni la mirada lujuriosa de los hombres en la calle. Fue una mirada analítica, fría, como si estuviera calculando si yo era la solución a su problema o un problema más.

—Pásala a mi oficina. Sonia no sirve para esto, yo la entrevisto.

—Pero señor, el protocolo…

—¡Al diablo el protocolo, Beatriz! ¡Necesito a alguien que sepa usar Excel y que tenga cerebro, no una modelo de Instagram como la última que contrató Recursos Humanos! —Se giró hacia mí y me apuntó con el dedo—. Tú. ¿Sabes usar tablas dinámicas?

Me quedé helada. Hacía cinco años que no tocaba una computadora de verdad. Pero en la prepa técnica había sido la mejor. Y el hambre… el hambre te refresca la memoria.

—Sí —respondí, poniéndome de pie. Mis piernas ya no temblaban. El miedo se había transformado en adrenalina.

—¿Eres rápida?

—Sí.

—¿Te asusta que te griten?

Pensé en Ricardo. En sus gritos borrachos a las tres de la mañana. En los insultos de mi suegra. Miré a este hombre trajeado y berrinchudo a los ojos.

—Ya estoy curada de espantos, señor.

Por primera vez, una sombra de interés cruzó su rostro. Una media sonrisa, casi imperceptible.

—Bien. Vamos. Si aguantas diez minutos conmigo, tienes el trabajo.

Caminé detrás de él, pasando junto a la recepcionista que me miraba con la boca abierta. Entramos a la zona de oficinas. Era un laberinto de cubículos grises, gente tecleando frenéticamente, teléfonos sonando. El ambiente olía a café barato y estrés. Alejandro caminaba rápido y yo tenía que trotar para seguirle el paso.

—Esta empresa es un caos —dijo él sin voltear, como si hablara solo—. Mi padre fundó esto hace cuarenta años con un camión. Ahora tenemos quinientos y nadie sabe dónde está la mitad de la mercancía. Los supervisores roban, los choferes se pierden y administración es un chiste.

Llegamos a una oficina grande al fondo, con paredes de cristal que daban hacia… el almacén.

Mi sangre se congeló. Desde ahí, desde esa pecera de cristal elevada, se veía todo el piso de operaciones. Los racks gigantes llenos de cajas, los montacargas y los hombres con chalecos naranjas.

Ahí estaba él.

Ricardo.

Estaba abajo, a unos cincuenta metros, recargado en una tarima, riéndose con otros dos tipos mientras se tomaba una Coca-Cola. Se veía tan tranquilo, tan despreocupado. Mientras yo había pasado la noche en la calle con su hijo enfermo, él estaba ahí, contando chistes, siendo el “hombre importante”. Una ola de odio puro me subió desde el estómago hasta la garganta. Tuve ganas de vomitar.

—¿Te pasa algo? —La voz de Alejandro me trajo de vuelta. Estaba parado junto a su escritorio, mirándome con extrañeza. Me di cuenta de que me había quedado pálida, mirando fijamente hacia abajo.

—No… no es nada. Solo… la altura —mentí.

—Siéntate.

Me senté frente a su escritorio, que estaba cubierto de papeles desordenados, facturas y carpetas. Él se sentó al otro lado, abrió su laptop y la giró hacia mí.

—Mira esto. —En la pantalla había una hoja de cálculo monstruosa, llena de números rojos y celdas resaltadas—. Es el inventario del mes pasado. No cuadra. Faltan casi cincuenta mil pesos en mercancía y nadie sabe explicarme por qué. El sistema dice una cosa, las facturas dicen otra y el físico dice otra. Tienes cinco minutos para decirme dónde está el error.

Me acerqué a la computadora. Mis manos dudaron un segundo sobre el teclado. “Tú no sirves”, susurró Ricardo en mi mente.

“Cállate”, le ordené a la voz. “Tengo que comer”.

Empecé a revisar. Al principio, los números bailaban. Pero luego, la lógica volvió a mí. Era como andar en bicicleta. Sumas, restas, cruces de información. Mis ojos se movían rápido por las columnas. Entradas, salidas… Espera. Aquí.

Había un patrón. Ciertas entradas de mercancía estaban registradas dos veces con folios diferentes pero con la misma fecha y hora exacta. Era un truco viejo, tonto incluso. Inflaban el inventario para cubrir robos hormiga.

—Aquí —señalé la pantalla con el dedo, interrumpiendo el silencio tenso—. En la columna F. Estas entradas están duplicadas. Mire la hora de registro: 10:42:15 AM en ambas. Es imposible recibir dos cargas idénticas en el mismo segundo exacto. Alguien copió y pegó la entrada para que cuadrara el número total, pero no cambió el folio de origen. Están inflando el sistema para tapar que falta mercancía física.

Levanté la vista. Alejandro estaba mirándome. No a la pantalla, a mí. Sus ojos estaban muy abiertos.

—¿Cómo te diste cuenta tan rápido? —preguntó, su voz había bajado de volumen. Ya no gritaba.

—Sentido común —respondí, encogiéndome de hombros—. Y porque… porque en mi casa yo tenía que estirar el gasto. Cuando te falta dinero, aprendes a ver dónde se fugan los centavos.

Alejandro se recargó en su silla, estudiándome como si fuera un espécimen raro.

—¿Estudiaste contabilidad?

—Trunca. Me casé y… bueno, la vida pasó.

—Ya veo. —Miró de nuevo la pantalla y luego a mí—. Beatriz me dijo que tienes un hijo.

—Sí. De tres años.

—¿Y tienes quién te lo cuide? Porque aquí la hora de entrada es a las 8, pero la de salida… bueno, ya viste cómo soy. A veces salimos tarde.

—Sí. Tengo quien lo cuide. Y necesito el trabajo. No le voy a fallar, señor.

Alejandro tamborileó los dedos sobre el escritorio. Parecía estar debatiendo consigo mismo.

—Mira, Elena. Voy a ser brutalmente honesto. No eres el perfil que Recursos Humanos busca. No tienes la experiencia reciente, no tienes el título y, sinceramente, te ves como si no hubieras dormido en tres días.

Me mordí el labio, bajando la mirada. Ya venía el rechazo. Ya venía el “nosotros te llamamos”.

—Pero… —continuó él—, eres la única persona que ha encontrado ese error en menos de un minuto. Mi anterior asistente tardó tres días y no vio nada. Y yo valoro más los resultados que los títulos bonitos.

Abrió un cajón y sacó un contrato.

—El puesto es tuyo. A prueba tres meses. Sueldo base más prestaciones. Si me demuestras que puedes limpiar este desorden administrativo, te subo el sueldo en seis meses. ¿Trato?

No podía creerlo. Sentí que las lágrimas me picaban los ojos, pero las contuve. No iba a llorar frente a este desconocido.

—Trato —dije, tratando de que no me temblara la voz.

—Bienvenida al infierno, Elena —dijo él, con esa media sonrisa irónica—. Empiezas ahora mismo. Ve con Beatriz para que te dé de alta en el sistema y te asigne una computadora. Ah, y dile que te dé un anticipo de viáticos para transporte, te ves como si lo necesitaras.

Eso último me rompió un poco, pero de gratitud. Asentí, incapaz de hablar, y salí de la oficina.

Caminé hacia el cubículo de Beatriz flotando en una nube. ¡Tenía trabajo! ¡Tenía dinero! Iba a poder comprarle un juguete a Santi. Iba a poder pagarle a Lupe. Ricardo se iba a tragar sus palabras.

Beatriz me atendió de mala gana al principio, pero cuando vio que el “Jefe Alejandro” me había contratado personalmente, su actitud cambió a una de cautela. Me dio unos papeles para firmar, me tomó una foto para el gafete y me entregó un sobre amarillo.

—El licenciado autorizó mil pesos de caja chica para tus pasajes de la semana —dijo, dándome el sobre—. No los desperdicies.

Agarré el sobre como si fuera oro. Mil pesos. Para mí, en ese momento, eran millones.

—Gracias, muchas gracias.

—Tu lugar va a ser ese —señaló un escritorio pequeño justo afuera de la oficina de cristal de Alejandro—. Vas a ser su sombra. Suerte, la vas a necesitar. Tiene un carácter de los mil demonios.

Me senté en mi nueva silla. Giratoria. Cómoda. Toqué el teclado. Era real. Estaba pasando.

—Elena —gritó Alejandro desde su oficina—. ¡Necesito que bajes al almacén y busques al supervisor de turno! ¡Quiero que verifique físicamente las cajas del error que encontraste! ¡Ahora!

Mi corazón se detuvo en seco.

Bajar al almacén.

Buscar al supervisor.

El supervisor era Ricardo.

Me quedé paralizada. Si bajaba, él me vería. Me vería aquí, en su territorio, pero no como su esposa sumisa, sino como empleada de la dirección general. ¿Qué iba a hacer? ¿Me iba a gritar? ¿Iba a decirle a todos que yo era su mujer? ¿Iba a intentar golpearme?

Pero entonces recordé el sobre con dinero en mi bolsa. Recordé la cara de Santi. Y recordé la mirada de respeto, aunque fuera mínima, que me había dado Alejandro al encontrar el error.

No. Ya no más miedo.

Me levanté, alisé mi pantalón y tomé la hoja con el reporte de errores.

—Ahorita vengo —le dije a Beatriz.

Caminé hacia el elevador de carga. Mis tacones resonaban en el piso de concreto. Clac, clac, clac. Cada paso era una declaración de guerra.

El elevador se abrió en la planta baja. El ruido del almacén era ensordecedor. Música de banda, gritos, motores. El olor a polvo y cartón me llenó la nariz. Caminé por el pasillo central, esquivando un montacargas.

Y ahí estaba él. De espaldas. Regañando a un muchachito nuevo.

—¡Eres un imbécil! —le gritaba Ricardo, empujándolo del hombro—. ¡Te dije que las cajas rojas van allá! ¡No sirves para nada, igual que todos aquí!

Esa frase. “No sirves para nada”. La misma que me decía a mí.

Me acerqué. Sentía que las piernas se me hacían de gelatina, pero mi columna estaba recta como una varilla de acero.

—Disculpe —dije, con voz fuerte y clara, proyectando la voz como me habían enseñado en mis clases de oratoria de la prepa, esas que él decía que eran pérdida de tiempo.

Ricardo se giró bruscamente, listo para insultar a quien fuera que lo interrumpiera.

—¡Qué quieres, pinche…!

Se quedó mudo.

Sus ojos se abrieron tanto que casi se le salen de las órbitas. Se le cayó la tabla de notas que traía en la mano. El color se le fue de la cara, dejándolo pálido bajo la mugre del trabajo.

—¿Elena? —susurró, como si estuviera viendo a un fantasma—. ¿Qué chingados haces aquí? ¿Me vienes a espiar, loca? ¡Vete a la casa ahorita mismo si no quieres que te…!

Dio un paso hacia mí, con esa mirada amenazante que tantas veces me había hecho hacerme pequeña. Levantó la mano, un gesto reflejo para intimidarme.

Pero esta vez no retrocedí.

Levanté la hoja con el logo de la Dirección General.

—No vengo a espiarte, Ricardo —dije, y mi voz sonó fría, desconocida incluso para mí—. Vengo de parte del Ingeniero Alejandro Alva. Soy su nueva Asistente Administrativa. Y me manda a decirte que tienes un faltante de cincuenta mil pesos en tu inventario. Y quiere que le expliques… ahora mismo.

El silencio que se hizo alrededor de nosotros fue sepulcral. Los otros cargadores nos miraban. El muchachito regañado nos miraba.

Ricardo abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua. Miró mi gafete nuevo que colgaba de mi blusa. Miró mi ropa de oficina. Miró la hoja oficial. Y por primera vez en cinco años, vi algo nuevo en sus ojos.

Miedo.

—¿Tú…? ¿Trabajas… para el hijo del dueño? —tartamudeó.

Sonreí. No fue una sonrisa bonita. Fue una sonrisa afilada.

—Sí, Ricardo. Ahora soy yo la que revisa tus números. Así que… empieza a explicar, porque al jefe no le gusta esperar.

En ese momento supe que la guerra había comenzado. Y por primera vez, yo tenía las armas.

Lo que no sabía era que ese error de inventario no era solo un error. Era la punta del iceberg de una red de corrupción que Ricardo había estado tejiendo durante años. Y al tirar de ese hilo, yo no solo iba a destruir su trabajo… iba a poner en peligro mi vida y la de mi hijo.

Pero eso… eso lo descubriría después. Por ahora, solo disfruté el sabor dulce, metálico y embriagador de ver temblar al hombre que me había roto.

PARTE 2

Capítulo 3: El Sabor del Miedo y la Victoria

El ruido del almacén parecía haberse apagado, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero. Solo existíamos Ricardo y yo, mirándonos a los ojos en medio de ese pasillo de concreto manchado de grasa.

Él estaba pálido, con esa palidez verdosa de quien acaba de tragarse un sapo vivo. Yo, por fuera, me mantenía firme como una estatua, pero por dentro… por dentro mis órganos estaban bailando cumbia del puro nervio. Sentía el corazón golpeándome las costillas, pum-pum, pum-pum, amenazando con salirse por la garganta.

—¿Qué dijiste? —susurró Ricardo, acercándose un paso más, invadiendo mi espacio personal. Su aliento olía a cigarros baratos y a esa loción dulzona que se ponía para impresionar a las cajeras del OXXO—. ¿Qué le dijiste al jefe, estúpida?

En otro tiempo, en otra vida (hace apenas 24 horas), yo habría bajado la cabeza. Me habría hecho chiquita, pidiendo perdón por existir. Pero el peso del gafete en mi pecho y la imagen de mi hijo durmiendo en un sofá ajeno me dieron una fuerza que no sabía que tenía.

—No le dije nada de ti, Ricardo —respondí, sosteniendo su mirada con un esfuerzo titánico—. Le dije lo que dicen los números. Que faltan cincuenta mil pesos. Y que tú firmaste las entradas.

Ricardo miró a los lados, verificando que los cargadores hubieran vuelto a lo suyo, aunque yo sabía que todos tenían la oreja parada. El chisme en las bodegas corre más rápido que la luz.

—Mira, Elena —cambió el tono, bajando la voz a ese susurro rasposo que usaba cuando quería “convencerme” de algo—. No sé qué juego te traes, ni cómo le hiciste para engatusar al fresita ese del dueño, pero esto se acaba ahorita. Te vas a subir, vas a decir que te equivocaste, que leíste mal, y te vas a largar a la casa. Y si lo haces… tal vez te perdone por haberte ido ayer.

“Tal vez te perdone”. La audacia de este hombre no tenía límites. Me echó a la calle a las dos de la mañana y ahora me ofrecía su perdón como si fuera un premio.

Sentí una risa amarga subir por mi garganta.

—¿Perdonarme? —le dije, y vi cómo se le tensaba la mandíbula—. Ricardo, no tienes idea de lo que estás hablando. No voy a renunciar. Necesito el dinero. Y si tú hiciste tus tranzas, ese es tu problema, no el mío. Yo solo hago mi trabajo.

Él me agarró del brazo. Fue un movimiento rápido, violento. Me apretó fuerte, clavándome los dedos justo donde sabía que me dejaría moretón.

—¡Suéltame! —grité, y esta vez no me importó quién escuchara.

—¡Hey! —una voz tronó desde la entrada del andén.

Ricardo me soltó como si le quemara la piel. Nos giramos. Era Alejandro. Estaba parado en la puerta del elevador de carga, con las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir, pero con una postura que gritaba peligro. No había bajado solo; traía a dos guardias de seguridad detrás de él.

—¿Todo bien aquí, Elena? —preguntó Alejandro, sin dejar de mirar a Ricardo. Su voz era tranquila, pero sus ojos eran dos puñales de hielo.

Ricardo se transformó al instante. Esa era su especialidad: el camaleón. Soltó una risa nerviosa y se pasó la mano por el pelo, adoptando una postura sumisa, casi servil.

—Sí, Licenciado, todo bien. Aquí nomás… saludando a la nueva compañera. Le estaba explicando… eh… los procedimientos de seguridad del área. Ya ve que es peligroso andar por aquí con tacones.

Alejandro no sonrió. Caminó despacio hasta nosotros, ignorando la mano que Ricardo le había extendido para saludar.

—Los procedimientos de seguridad los dicto yo, Ramírez —dijo Alejandro secamente—. Y el primer procedimiento es que nadie toca a mi personal administrativo. ¿Entendido?

—Sí, señor, claro, fue un malentendido… —Ricardo retrocedió, haciéndose pequeño. Verlo así, acobardado frente a un hombre con verdadero poder, me provocó una mezcla de satisfacción y asco. ¿A este hombre le tenía miedo? ¿A este cobarde?

Alejandro se giró hacia mí.

—¿Tienes la información que te pedí?

—Sí, Licenciado —le entregué la hoja con las notas que había tomado—. El Supervisor Ramírez dice que va a revisar los folios duplicados. Al parecer hubo un… “error de sistema”.

Ricardo me fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Sabía que si hablaba se hundía más.

—Bien —dijo Alejandro—. Sube a mi oficina. Tenemos mucho trabajo. Y Ramírez… —volvió a mirar a mi esposo—, quiero ese reporte justificado antes de las seis. Si falta un solo peso, lo vas a pagar de tu nómina. Y si no te alcanza, te vas.

Dimos la vuelta y caminamos hacia el elevador. Sentía la mirada de odio de Ricardo clavada en mi nuca como una aguja caliente. Mientras las puertas metálicas del elevador se cerraban, lo vi patear una caja de cartón con furia.

En cuanto quedamos solos en el elevador, mis piernas decidieron que ya habían tenido suficiente valentía por hoy y empezaron a temblar. Me recargué en la pared metálica, tratando de respirar.

—¿Lo conoces? —preguntó Alejandro de repente.

El corazón se me detuvo. ¿Decirle? Si le decía que era mi esposo, ¿me despediría? Seguramente pensaría que éramos cómplices, que yo estaba ahí para cubrirlo o para espiarlo. “En esta empresa no se permiten familiares directos en la misma línea de reporte”, decía el reglamento que Beatriz me había dado hacía una hora.

—Es… vecino de mi colonia —mentí. Una mentira piadosa. Una mentira de supervivencia—. Lo conozco de vista. Es… una persona difícil.

Alejandro asintió, aunque me miró con curiosidad.

—Se ve que es un patán. Si te vuelve a molestar, me dices. Aquí no tolero el acoso.

—Gracias, Licenciado.

—Y por favor, dime Alejandro. Eso de “Licenciado” me hace sentir como mi papá.

Cuando regresé a mi escritorio, me sentí como si hubiera corrido un maratón. Beatriz me miraba con otros ojos. Ya no con desprecio, sino con esa especie de respeto cauteloso que se le tiene a quien sobrevive a un campo minado.

—Oye… —me susurró, pasándome una taza de café (café de verdad, no del soluble)—. ¿Qué pasó abajo? El rumor dice que el Jefe bajó personalmente por ti. Nunca hace eso.

—Nada —sonreí débilmente, tomando el café caliente entre mis manos frías—. Solo fuimos a aclarar unos puntos.

El resto de la tarde fue un torbellino. Alejandro era un jefe exigente, caótico y brillante. Su mente iba a mil por hora. Me pedía tres cosas a la vez: “Elena, consígueme el proveedor de llantas”, “Elena, revisa por qué pagamos tanta luz”, “Elena, pídele comida china, pero sin cebolla”. Yo corría, anotaba, llamaba. Me sentía útil. Me sentía capaz. Cada tarea completada era un ladrillo más en la reconstrucción de mi autoestima.

A las seis de la tarde, Alejandro salió de su oficina poniéndose el saco.

—Vámonos. Ya fue mucho por hoy. Mañana seguimos buscando ese dinero perdido.

—¿Ya me puedo ir? —pregunté, sorprendida. Ricardo siempre llegaba a las 10 u 11 de la noche, diciendo que “había mucho trabajo”. Ahora me daba cuenta de que seguramente se quedaba a perder el tiempo o a verse con alguien.

—Sí. Tienes un hijo, ¿no? Ve a cuidarlo. Ah, y Elena… —se detuvo en la puerta—. Buen trabajo hoy. De verdad.

Salí de la oficina sintiendo que flotaba. Pasé al cajero automático de la esquina y retiré quinientos pesos de los viáticos que me habían dado. Fui al supermercado.

Comprar comida nunca había sido tan emocionante. Agarré leche, cereal, pan, jamón, queso. Y para Santi, un huevo Kinder. Lloré en el pasillo de los lácteos. Lloré de felicidad porque esa noche mi hijo no tendría hambre, y lloré de rabia por todas las veces que Ricardo me negó dinero para comida mientras él se gastaba el sueldo en cervezas.

Llegué a casa de Lupe cargada de bolsas.

—¡Mami! —gritó Santi, corriendo hacia mí. Ya se veía mejor, sus chapitas habían vuelto a su color normal.

—¡Mira lo que te traje, mi amor! —le di el chocolate y lo abracé, aspirando su olor a bebé y jabón barato.

Lupe salió de la cocina secándose las manos. Cuando vio las bolsas del súper, abrió los ojos como platos.

—¡No manches, Elena! ¿Asaltaste un banco o qué?

—Me dieron el trabajo, Lupe —dije, y solté una risa que sonó a campanillas—. Y me dieron un adelanto. ¡Hoy cenamos como reinas!

Esa noche, sentadas en la mesa pequeña de Lupe, comiendo sándwiches con jamón del bueno y tomando refresco, me sentí en paz. Le conté todo a Lupe. Lo de Alejandro, lo del almacén, lo de la cara de Ricardo.

Lupe escuchaba fascinada, mordiendo su sándwich.

—Está cañón, amiga. O sea, ¿tu jefe es el hijo del dueño y está guapo? Eso suena a telenovela.

—No empieces, Lupe. Es mi jefe y punto. Además, es súper estresado.

—Pero te defendió. Eso cuenta. Oye, pero… ¿qué vas a hacer con Ricardo? Ese güey no se va a quedar quieto. Es rencoroso como él solo.

Su pregunta pinchó mi burbuja de felicidad. Tenía razón. Ricardo no iba a aceptar la derrota así como así.

—No sé. Por lo pronto, evitarlo. Y juntar dinero para rentar un cuartito. No quiero ser una carga para ti.

—Tú nunca eres carga, tonta. Pero sí cuídate. El ego de un macho herido es lo más peligroso que hay.

Lupe tenía razón. Lo comprobé a la mañana siguiente.

Llegué a la oficina temprano, a las 7:45 am. Quería tener todo listo antes de que llegara Alejandro. Pero cuando intenté encender mi computadora, no prendía. La pantalla estaba negra.

Revisé los cables. Todo conectado. Apreté el botón mil veces. Nada.

—Qué raro… ayer servía perfecto —murmuré.

En eso, vi algo sobre mi escritorio. Un papel doblado. No era una nota oficial. Era un pedazo de hoja de cuaderno, arrancado con descuido.

Lo desdoblé. Tenía una sola frase escrita con letras mayúsculas, hechas con plumón negro:

“LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO. Y TÚ TIENES UN GATITO QUE CUIDAR.”

El aire se me escapó de los pulmones. Sentí un frío glacial recorrer mi espalda.

No era una amenaza contra mí. Era contra Santi.

Ricardo había estado aquí. ¿Cómo? Él no tenía acceso a las oficinas administrativas. ¿O sí?

Miré hacia la pecera de cristal de Alejandro. Estaba vacía. Miré a los lados. Las oficinas empezaban a llenarse de gente, pero nadie me prestaba atención. Me sentí observada, vulnerable.

Arrugué el papel en mi mano, sintiendo cómo el miedo de ayer regresaba, pero ahora mezclado con un terror más profundo. Ricardo estaba jugando sucio. Sabía que Santi era mi único punto débil.

En ese momento, entró Alejandro. Venía con un café en la mano y hablando por teléfono, como siempre.

—¡Buenos días! —me saludó al pasar, sin detenerse—. ¡Necesito el reporte de ventas de ayer en cinco minutos!

Entró a su oficina y cerró la puerta.

Me quedé parada con el papel arrugado en el puño. ¿Qué hacía? Si le enseñaba la nota a Alejandro, tendría que explicarle quién era Ricardo. Tendría que decirle que mi esposo, su empleado, estaba amenazando a su hijo. Y eso destaparía toda la cloaca. Ricardo diría que yo estaba loca, que era un pleito marital, que yo inventaba cosas para perjudicarlo. Podría perder el trabajo por “conflictiva”.

Y si perdía el trabajo, perdía la única forma de proteger a Santi y sacarlo adelante.

Guardé la nota en mi bolsa. Me tragué el miedo.

—Beatriz —llamé a la secretaria, tratando de que mi voz sonara normal—. Mi compu no prende. ¿Crees que puedas llamar a Sistemas?

—Ay, estas máquinas son viejísimas —resopló ella—. Ahorita les marco.

Mientras esperaba al técnico, decidí que no me iba a quedar quieta. Si Ricardo quería guerra, tendría guerra. Pero yo no iba a pelear con fuerza bruta, iba a pelear con inteligencia. Él tenía acceso al edificio, pero yo tenía acceso a la información.

Cuando finalmente arreglaron mi computadora (alguien había desconectado un cable interno, un sabotaje obvio pero difícil de probar), me puse a trabajar como poseída.

Alejandro me había pedido revisar el inventario. Bien. Iba a revisar hasta el último tornillo.

Empecé a cruzar las bases de datos. Descubrí algo interesante. Las “pérdidas” no eran aleatorias. Siempre eran productos de alto valor y fácil reventa: llantas, baterías, herramientas eléctricas. Y siempre ocurrían en el turno de la noche. El turno de Ricardo.

Pero había algo más. Algo que no cuadraba.

Para sacar esa mercancía del almacén se necesitaba una autorización de salida firmada por un Gerente. Ricardo era Supervisor, él no podía autorizar salidas grandes. Alguien más arriba le estaba firmando los papeles.

Busqué las firmas en los documentos escaneados. Eran garabatos ilegibles. Pero el sello… el sello digital pertenecía a la Gerencia de Compras.

El Gerente de Compras era el Licenciado Roberto. El mismo al que Alejandro le gritaba por teléfono el primer día. La mano derecha del papá de Alejandro.

Me quedé helada frente a la pantalla. Esto no era solo Ricardo robando unas cuantas cosas. Esto era una red organizada. Ricardo era solo el peón que movía las cajas, pero el cerebro estaba arriba.

Si yo hablaba, me echaba encima no solo a mi ex marido violento, sino a un alto ejecutivo de la empresa.

—¿Qué encontraste? —la voz de Alejandro me sobresaltó. Estaba parado detrás de mi silla, mirando la pantalla sobre mi hombro. Olía a colonia cara y café.

Salté en mi asiento, cerrando la ventana del archivo rápidamente por instinto.

—¡Nada! Digo… solo estaba revisando lo de ayer.

Alejandro entrecerró los ojos. Se inclinó un poco, apoyando una mano en mi escritorio y la otra en el respaldo de mi silla, dejándome atrapada entre él y la mesa.

—Elena, eres muy mala mintiendo. Te pusiste pálida. ¿Qué viste?

Miré sus ojos oscuros. Había inteligencia en ellos, pero también había una honestidad brutal. Alejandro quería salvar la empresa de su padre. Se le notaba en cómo se desesperaba, en cómo trabajaba más que nadie.

Decidí arriesgarme. Un poco.

—Licenciado… Alejandro. Creo que el problema es más grande que el almacén.

—Explícate.

—Las salidas de mercancía… tienen autorizaciones de nivel gerencial. —Abrí el archivo de nuevo y señalé el sello—. Alguien de arriba está abriendo la puerta para que los de abajo saquen las cosas.

Alejandro miró la pantalla en silencio durante un largo minuto. Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Reconoció el sello inmediatamente.

—Roberto —susurró, con una mezcla de decepción y furia—. Ese infeliz… mi papá confía en él como si fuera su hermano.

Se enderezó y caminó hacia la ventana de su oficina, mirando hacia el patio de maniobras.

—Si esto es verdad, Elena, estamos solos. Roberto tiene a la mitad de la empresa en su bolsillo. Si lo acusamos sin pruebas contundentes, él nos va a destruir. Y mi papá le va a creer a él antes que a su hijo “rebelde” y a la asistente nueva.

Se giró hacia mí. Su mirada era intensa, casi febril.

—Necesito pruebas físicas, Elena. Papeles originales. Fotos. Videos. Lo que sea que demuestre que la mercancía está saliendo ilegalmente.

—¿Y cómo conseguimos eso? —pregunté, aunque ya temía la respuesta.

—Necesitamos a alguien adentro. Alguien en el almacén que pueda ver cuándo cargan los camiones en la noche.

Mi estómago dio un vuelco. Yo no podía bajar de noche. Ricardo me mataría. Pero… yo conocía los horarios de Ricardo. Sabía cuándo se iba a “cenar”. Sabía que los jueves (hoy era jueves) era cuando llegaban los tráileres “fantasmas”.

—Yo puedo conseguir las bitácoras —dije, sintiendo que estaba firmando mi sentencia—. Sé… sé dónde guardan los supervisores sus copias personales. Los “seguros” por si algo sale mal.

Alejandro me miró con seriedad.

—Es peligroso, Elena. No te voy a pedir que te arriesgues.

—Necesito este trabajo, Alejandro —le dije, poniéndome de pie—. Y necesito que esta empresa no quiebre para que me sigan pagando. Además… no me gustan los ladrones.

Alejandro me sostuvo la mirada unos segundos. Luego asintió lentamente.

—Está bien. Pero no vas sola. Esta noche me quedo. Vamos a hacer inventario sorpresa. Tú y yo.

El plan sonaba bien en teoría. Inventario sorpresa. El jefe y su asistente. Pero no contábamos con que Ricardo ya se había adelantado.

A la hora de la comida, bajé al comedor de empleados por un refresco. Estaba vacío, excepto por una mesa en la esquina. Ahí estaba Ricardo, sentado con otros dos tipos que parecían sacados de un penal de máxima seguridad.

Traté de salir sin que me vieran, pero Ricardo se levantó.

—¡Elenita! —gritó, con esa falsa alegría que me daba náuseas—. ¡Ven, saluda a mis amigos!

Me detuve. Los dos tipos me miraron con una sonrisa lasciva que me hizo sentir sucia.

—Tengo prisa —dije, abrazando mi refresco.

Ricardo se acercó a mí, bloqueándome el paso. Ya no sonreía.

—¿Leíste mi recado?

—Sí. Y si le tocas un pelo a Santiago, te juro que te mato —susurré, temblando de ira.

Ricardo soltó una carcajada seca.

—Uy, qué miedo. La gatita sacó las uñas. Mira, mija, deja de jugar al detective. Roberto ya sabe que estás husmeando. Y Roberto no es tan paciente como yo. Esta noche… ten cuidado al salir. Las calles están muy oscuras. Y sería una lástima que te pasara un accidente… o que alguien se llevara al niño mientras tú estás aquí jugando a la secretaria.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy advirtiendo. Renuncia hoy. Vete lejos. Y tal vez nos olvidemos de ti. Si te quedas… no respondo.

Se dio la vuelta y regresó con sus amigos, riéndose a carcajadas.

Subí las escaleras corriendo, con las lágrimas nublándome la vista. Me encerré en el baño de mujeres. Me miré al espejo. Estaba pálida, aterrorizada. Quería correr. Quería ir por Santi y huir a otro estado, a otro país.

Pero luego pensé en el dinero. En la comida. En el futuro. Si huía, siempre huiría. Si me iba, Ricardo ganaba. Él se quedaría con su vida de crimen, con su amante seguramente, y yo me quedaría en la miseria.

No.

Me lavé la cara con agua fría. Se me corrió un poco el rímel, pero no me importó.

Salí del baño y fui directo a la oficina de Alejandro.

—Alejandro —dije, interrumpiéndolo a media llamada.

Él colgó de inmediato al ver mi cara.

—¿Qué pasa?

—El inventario sorpresa… tiene que ser hoy.

—¿Por qué?

—Porque esta noche van a sacar un cargamento grande. Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me acaban de amenazar para que no esté aquí.

Alejandro se levantó de golpe, tirando su silla.

—¿Quién?

—Ramírez. Y mencionó a Roberto.

Alejandro golpeó el escritorio con el puño.

—Hijos de… Muy bien. Si quieren guerra, guerra tendrán. Pero no nos vamos a exponer a lo tonto.

Sacó su celular y marcó un número.

—¿Comandante? Sí, soy Alejandro Alva. Necesito un favor. Un operativo privado. Esta noche. En mis bodegas. Sí… creo que vamos a pescar peces gordos.

Colgó y me miró. Sus ojos brillaban con una intensidad que me hizo sentir segura por primera vez en años.

—Vete a tu casa, Elena. Ve por tu hijo. Enciérrate. Yo me encargo de esta noche.

—No —repliqué—. Yo encontré el error. Yo quiero ver cuando caigan. Además… si me voy a mi casa, estoy sola. Aquí… aquí hay seguridad.

Alejandro dudó, pero luego asintió.

—Te quedas en mi oficina. Con llave. Y no le abres a nadie que no sea yo.

Esa noche, la tormenta se desató. Y no me refiero solo a la lluvia torrencial que empezó a caer sobre la Ciudad de México, sino al caos que estaba a punto de estallar dentro de los muros de Grupo Alva. Ricardo creía que tenía el control, que yo era su víctima. Pero esa noche, la víctima iba a convertirse en testigo de su caída.

Lo que no sabía era que Ricardo tenía un as bajo la manga, un plan B tan cruel que pondría a prueba no solo mi valentía, sino mi amor de madre.

Capítulo 4: La Tormenta Perfecta

La lluvia golpeaba los cristales de la oficina de Alejandro con una violencia que parecía personal. Eran las nueve de la noche y el edificio administrativo estaba en penumbras, salvo por la luz tenue de la lámpara de escritorio que yo mantenía encendida como si fuera una fogata en medio de un bosque lleno de lobos.

Desde mi posición en la “pecera” —esa oficina elevada que dominaba todo el almacén—, podía ver hacia abajo. El piso de operaciones estaba extrañamente tranquilo. La mayoría de los trabajadores del turno de la tarde ya se habían ido. Solo quedaba el equipo de confianza de Ricardo, el “Turno Especial”, como ellos lo llamaban con sarcasmo. Eran cinco hombres, incluyendo a los dos gorilas que había visto en el comedor, moviéndose entre las sombras de los racks gigantes como ratas de alcantarilla.

Alejandro estaba abajo, escondido en algún lugar con el equipo de seguridad privada que había contratado. Me había dejado encerrada con llave, con una orden estricta: “No abras, no contestes el teléfono fijo, y si escuchas disparos, tírate al suelo”.

Mi celular vibró en mi mano por enésima vez. Era Lupe.

—¿Bueno? —contesté susurrando, aunque nadie podía oírme.

—Amiga, ¿ya vienes? Santi está preguntando por ti. Ya cenó, pero no se quiere dormir sin que le leas el cuento ese del conejo.

Se me hizo un nudo en la garganta. La inocencia de mi hijo contrastaba brutalmente con la realidad de lo que estaba a punto de pasar.

—No… no voy a llegar todavía, Lupe. Se… se complicó el trabajo. Por favor, no le abras a nadie. A nadie, ¿me oyes? Ni aunque digan que van de mi parte. Cierra todo con doble llave.

—Elena, me estás asustando. ¿Qué pasa?

—Solo hazlo, Lupe. Te explico luego. Cuida a mi niño. Lo amo.

Colgué antes de que mi voz se quebrara y Lupe notara mi pánico. Me abracé a mí misma. El aire acondicionado estaba a todo lo que daba, o tal vez era el frío del miedo que me calaba los huesos.

Abajo, una cortina metálica se abrió con un chirrido que resonó en todo el galpón. Un tráiler negro entró de reversa. No tenía logotipos de la empresa. Las luces traseras rojas iluminaron las caras de los hombres que esperaban.

Ahí estaba Ricardo. Lo reconocí por su chamarra de mezclilla y esa forma arrogante de pararse, con las manos en la cintura, como si fuera el dueño del mundo. Hizo una seña y los montacargas empezaron a moverse. Iban directo a la zona de “Alta Seguridad”, donde se guardaban las electrónicos y las refacciones importadas.

Mi corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en los oídos. Pum, pum, pum. Estaban robando. Ahí, frente a mis ojos. Descaradamente.

De repente, la puerta de la oficina de Alejandro sonó. Alguien intentaba abrir la perilla.

Me congelé. Alejandro tenía llave. Si fuera él, entraría.

La perilla giró con violencia. Clac, clac, clac. Luego, un golpe seco contra la madera.

—¡Abre la puerta, perra! —era la voz de Ricardo.

Me tapé la boca para no gritar. ¿Cómo había subido? ¿No estaba abajo? Miré hacia el almacén. La figura con la chamarra de mezclilla seguía allá abajo dando órdenes.

No era Ricardo el que estaba en la puerta. Era uno de sus cómplices. Ricardo había mandado a alguien por mí mientras él coordinaba el robo. Sabía que yo estaba aquí.

—¡Sé que estás ahí, Elena! —gritó la voz al otro lado de la puerta. Reconocí la voz ronca de “El Tuercas”, uno de los amigos de parranda de Ricardo—. ¡Abre o tumbo la puerta y te va a ir peor!

Retrocedí hasta pegar la espalda contra el ventanal de cristal que daba al almacén. Estaba atrapada. Si El Tuercas entraba, ¿qué me iba a hacer? ¿Matarme? ¿Golpearme para que no testificara?

Busqué algo con qué defenderme. Una engrapadora pesada. Un abrecartas. Agarré el abrecartas de metal con la mano temblorosa.

—¡A la de tres! —gritó El Tuercas—. ¡Uno…!

Abajo, en el almacén, el infierno se desató.

Sirenas estridentes llenaron el aire, pero no venían de afuera, venían de adentro del almacén. Reflectores potentes se encendieron desde las vigas del techo, cegando a los hombres que cargaban el tráiler.

—¡ALTO! ¡SEGURIDAD PRIVADA! ¡TÍRENSE AL SUELO!

Vi a Alejandro salir de detrás de unas tarimas, con un chaleco antibalas puesto sobre su camisa de vestir, apuntando con lo que parecía un arma taser. Detrás de él, diez hombres uniformados de negro rodearon el tráiler.

El hombre que estaba golpeando mi puerta se detuvo. Escuché sus pasos correr por el pasillo, alejándose. Seguramente iba a intentar huir o avisarle a los demás.

Me pegué al cristal, mirando la escena como si fuera una película de acción en cámara lenta.

Ricardo intentó correr. Corrió hacia el montacargas, quizás pensando en usarlo como arma o escudo. Pero dos guardias le cerraron el paso. Ricardo, el “macho”, el que me golpeaba cuando llegaba borracho, el que me gritaba que yo no valía nada, intentó soltar un golpe torpe. Un guardia lo esquivó con facilidad y le dio un toletazo en las corvas.

Ricardo cayó de rodillas. El dolor en su cara fue visible incluso desde la distancia. Lo sometieron contra el suelo, esposándole las manos a la espalda.

Vi a Alejandro acercarse a él. Le dijo algo. Ricardo levantó la cabeza y escupió al suelo, cerca de los zapatos de Alejandro. Alejandro no se inmutó. Hizo una seña hacia arriba, hacia mi oficina.

Ricardo levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron a través del cristal y la distancia. A pesar de estar sometido, a pesar de estar derrotado, su mirada no era de miedo. Era de triunfo. Una sonrisa retorcida, llena de sangre, se dibujó en su boca.

Movió los labios. No pude escucharlo, pero leí perfectamente lo que dijo:

“BOOM”.

¿Boom? ¿Una bomba?

En ese instante, mi celular sonó de nuevo. No era Lupe. Era un número desconocido.

Contesté con manos temblorosas.

—¿Bueno?

—¿Te gustó el show, mi amor? —Era la voz de Ricardo. Pero… ¿cómo? Si él estaba esposado abajo. Lo estaba viendo. No tenía teléfono.

—¿Quién habla? —grité.

—Soy yo, estúpida. —La voz venía del teléfono, pero también resonaba en mi cabeza—. ¿Creíste que era tan pendejo como para no tener un plan B? El que está abajo es mi primo. Se parece a mí de lejos con la gorra, ¿no? Yo no estoy en el almacén, Elena.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Miré hacia abajo. Los guardias levantaron al hombre esposado. Le quitaron la gorra. Era “El Chato”, un primo de Ricardo que siempre le hacía segunda en sus fechorías. De lejos y con la ropa de trabajo, eran idénticos.

—¿Dón… dónde estás? —pregunté, sintiendo que el aire me faltaba.

—Estoy donde debería estar un padre preocupado. Visitando a su hijo.

El mundo se detuvo. El sonido de la lluvia desapareció. Solo escuchaba el zumbido de mi propia sangre.

—No… —susurré—. No te atrevas. Lupe no te va a abrir.

—Lupe es muy confiada. Solo tuve que decirle que tuviste un accidente en el trabajo y que yo venía a recoger al niño para llevarte al hospital. La pobre gorda casi me abre la puerta sin preguntar.

—¡No le toques un pelo! ¡Ricardo, te lo juro por Dios, si le haces algo te mato!

—Ya estoy adentro, Elena. Santi está dormidito. Se ve tan tranquilo. Sería una lástima que despertara… asustado.

—¿Qué quieres? —lloré. Estaba histérica. Golpeaba el cristal con la mano libre—. ¡Dime qué quieres! ¡Llévate todo, el dinero, el trabajo, pero deja a mi hijo!

—Quiero que salgas de esa oficina. Quiero que bajes. Y quiero que le digas a tu jefecito que todo fue un error. Que tú inventaste lo del robo porque estabas despechada. Que tú plantaste las pruebas. Vas a destruir tu reputación, Elena. Vas a ir a la cárcel por falsedad de declaraciones y difamación. Y mientras tú te pudres en el bote, yo me quedo con la custodia del niño. O eso… o Santi no amanece.

Colgó.

Grité. Un grito desgarrador, animal, que salió desde lo más profundo de mis entrañas.

Abrí la puerta de la oficina y salí corriendo. No me importaba El Tuercas, no me importaba la policía. Bajé las escaleras de dos en dos, tropezándome con mis propios tacones, cayendo, raspándome las rodillas, levantándome.

Llegué al piso del almacén jadeando, con el cabello revuelto y la blusa manchada de sangre de mis rodillas.

—¡Alejandro! —grité.

Alejandro estaba hablando con el jefe de seguridad. Al verme, su cara de triunfo cambió a una de terror absoluto.

—¡Elena! ¿Qué haces aquí abajo? ¡Todavía no es seguro!

Me lancé sobre él, agarrándolo de las solapas de su saco.

—¡No es Ricardo! —le grité en la cara, sacudiéndolo—. ¡El que agarraron no es Ricardo! ¡Ricardo está en mi casa! ¡Tiene a mi hijo!

Alejandro miró al detenido. El Chato se reía cínicamente.

—¡Maldita sea! —bramó Alejandro. Empujó al Chato hacia los guardias—. ¡Enciérrenlo y que no salga! ¡Tú, Ramírez, dame las llaves de tu camioneta, ahora!

—No traigo… —empezó a decir uno de los guardias.

—¡Mi coche! —gritó Alejandro—. ¡Vamos en mi coche!

Corrimos hacia la salida. La lluvia caía como un diluvio bíblico. Nos subimos al BMW de Alejandro. Él arrancó haciendo rechinar las llantas, saliendo del complejo industrial a toda velocidad, casi llevándose la pluma de la caseta de vigilancia.

—¿Dónde vive Lupe? —gritó él, maniobrando el volante con una mano mientras con la otra activaba el GPS.

—En Jardines de Morelos. Calle Alcatraces número 45. ¡Acelera, por favor, acelera!

El camino fue una tortura. Cada semáforo en rojo era una eternidad. Cada coche que iba lento me daba ganas de bajarme y empujarlo. Yo iba marcando el número de Lupe una y otra vez.

Tuu… tuu… tuu…

—¡Contesta, maldita sea, contesta!

Nadie contestaba.

—Tranquila, Elena —decía Alejandro, aunque yo veía cómo sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante—. Vamos a llegar. Voy a llamar a la policía estatal, tengo un contacto.

—¡No! —lo detuve—. Si ve patrullas… le va a hacer daño. Ricardo está loco. Está desesperado. Sabe que si lo agarran se acabó todo.

Alejandro asintió, entendiendo la gravedad. Guardó el teléfono.

—Entonces lo hacemos nosotros.

Llegamos a la colonia. Las calles estaban inundadas, el agua llegaba a media llanta. El BMW, que no estaba hecho para estos terrenos, avanzaba con dificultad entre los baches invisibles bajo el agua negra.

—Es ahí —señalé la casa de Lupe. Una casita de un piso, color amarillo, con una reja blanca.

La puerta de la calle estaba abierta.

El corazón se me paró.

—¡No, no, no!

Salté del coche antes de que Alejandro frenara por completo. Corrí chapoteando en el agua sucia, ignorando la lluvia que me empapaba en un segundo.

Entré a la casa.

—¡Lupe! ¡Santi!

La sala estaba revuelta. El sofá volteado. La lámpara rota en el suelo. Había señales de lucha.

—¡Lupe!

Escuché un gemido proveniente de la cocina. Corrí hacia allá.

Lupe estaba tirada en el suelo, con un golpe en la cabeza que sangraba. Trataba de levantarse.

—Elena… —sollozó al verme—. Perdóname… me dijo que tú estabas mal… abrió la puerta… me empujó…

Me arrodillé junto a ella, revisando que estuviera viva.

—¿Y Santi? —pregunté, con un hilo de voz, temiendo la respuesta más que a la muerte misma.

Lupe señaló hacia la puerta trasera, la que daba al pequeño patio de servicio y al callejón trasero.

—Se lo llevó… se lo llevó hace dos minutos… dijo que iba a la “casa vieja”.

La “casa vieja”.

Ricardo tenía una propiedad abandonada, una obra negra que sus papás habían empezado a construir hace años en un cerro cercano y nunca terminaron. Él la usaba para guardar sus cosas, para irse a emborrachar con sus amigos lejos de la mirada de su madre. Era un lugar aislado, lleno de escombros y varillas oxidadas.

—Quédate aquí, Lupe. Ya viene ayuda —le dije, besándole la frente.

Salí corriendo de nuevo. Alejandro estaba entrando a la casa, con una llave de cruz en la mano que había sacado de la cajuela, listo para pelear.

—¡Se lo llevó! —le grité—. ¡Sé a dónde! ¡Es cerca, pero el coche no entra ahí!

—¡Vamos!

Corrimos bajo la lluvia. Yo ya no sentía el frío, ni el cansancio, ni el dolor de mis pies destrozados por los tacones. Me quité los zapatos y corrí descalza sobre el pavimento y el lodo. Era una leona, una furia. Iba a matar a Ricardo con mis propias manos.

Subimos por una calle empinada, sin pavimentar, que se convertía en un sendero de lodo hacia el cerro. A lo lejos, entre la oscuridad y la lluvia, vi la estructura de concreto gris, sin ventanas ni puertas, como un esqueleto gigante.

Había una luz encendida adentro. Una fogata o una linterna.

—Es ahí —jadeé.

Alejandro me detuvo del brazo.

—Espera. No podemos entrar así. Él te está esperando.

—¡Tiene a mi hijo!

—Exacto. Y si entras gritando, lo puede usar de escudo. Tenemos que ser inteligentes, Elena. Como en la oficina. Tú distrajiste al sistema, yo ataqué. Hagamos lo mismo.

Alejandro me explicó su plan en diez segundos. Era arriesgado. Era una locura. Pero era la única opción.

Me acerqué a la entrada principal de la obra negra. Alejandro rodeó la construcción para tratar de entrar por atrás.

—¡Ricardo! —grité, parándome bajo el marco de la puerta inexistente. Mi silueta se recortaba contra la luz de los relámpagos.

Adentro, Ricardo estaba sentado sobre un bote de pintura vacío. Santi estaba en sus rodillas, llorando, abrazado a él. Ricardo tenía un cuchillo de cocina en la mano, apuntando hacia el aire, pero peligrosamente cerca de mi hijo.

Al verme, Ricardo sonrió. Una sonrisa de demente.

—Llegaste rápido, mi amor. Se ve que sí te importa el escuincle.

—Déjalo ir, Ricardo —dije, avanzando un paso. El piso estaba lleno de basura y vidrios. Sentí un corte en la planta del pie, pero ni me inmuté—. El problema es conmigo. Déjalo ir y hago lo que quieras. Firmo lo que quieras. Digo lo que quieras.

—Eso ya no me sirve —dijo él, acariciando el pelo de Santi con la mano libre. Santi tembló—. Roberto me llamó. Dice que el operativo fue un éxito… para ustedes. Agarraron al Chato y a los demás. Ya cantaron todo. Ya saben que yo era el líder operativo. Estoy acabado, Elena. Y todo es por tu culpa. Por tu maldita culpa.

—Entonces vete —le dije, tratando de mantener la calma—. Tienes tiempo. Vete lejos. Nadie te va a buscar si desapareces. Pero deja al niño. Él te estorba para huir.

Ricardo pareció considerarlo un segundo. Miró a Santi.

—No. Él es mi seguro. Me lo voy a llevar. Y si alguien me sigue… bueno, ya sabes.

—¡No! —grité, dando otro paso.

Ricardo se levantó de golpe, poniendo el cuchillo en el cuello de Santi.

—¡Atrás! ¡Ni un paso más o te juro que…!

En ese momento, una sombra se desprendió del techo.

Alejandro no había entrado por atrás. Había trepado por los andamios oxidados de la obra y estaba justo encima de ellos, en una viga de concreto.

Se dejó caer.

Fue un movimiento suicida. Alejandro cayó justo encima de Ricardo, derribándolo. El cuchillo salió volando, perdiéndose en la oscuridad. Santi rodó por el suelo, gritando.

—¡Corre, Santi! ¡Corre con mamá! —grité.

Santi corrió hacia mí. Lo atrapé en mis brazos, lo levanté y corrí hacia afuera, poniéndolo detrás de un muro de ladrillos.

—¡Quédate ahí y no te muevas!

Me giré. Adentro, Alejandro y Ricardo estaban rodando por el suelo, golpeándose con una violencia brutal. Ricardo era callejero, peleaba sucio. Mordía, picaba los ojos. Alejandro era más fuerte, más alto, pero no estaba acostumbrado a pelear a muerte en el lodo.

Ricardo agarró una piedra. Levantó el brazo para reventársela en la cabeza a Alejandro.

—¡NO!

No lo pensé. Agarré una varilla de metal oxidada que estaba tirada a mis pies. Entré corriendo y, con toda la fuerza de mi odio, de mi miedo, de mi amor de madre, golpeé a Ricardo en las costillas.

El sonido fue seco. Crack.

Ricardo soltó la piedra y gritó de dolor, cayendo de lado.

Alejandro aprovechó el momento. Se montó sobre él y le soltó un derechazo en la mandíbula que lo dejó noqueado al instante. Ricardo quedó tendido en el lodo, respirando con dificultad, con los ojos en blanco.

Alejandro se dejó caer a su lado, jadeando, con la camisa destrozada y la cara llena de sangre y barro.

Me acerqué a él.

—¿Estás bien? —le pregunté, llorando.

Alejandro me miró. Intentó sonreír, pero le salió una mueca de dolor.

—Te dije… que no me gustaban… los ladrones.

Lo abracé. Lo abracé ahí, en medio de la mugre y la lluvia, mientras Santi corría a abrazarnos a los dos. Éramos un cuadro patético y hermoso: una madre descalza, un ejecutivo millonario golpeado y un niño asustado, unidos por la tragedia.

A lo lejos, se escuchaban las sirenas de verdad. Esta vez sí venían por él.

Cuando la policía se llevó a Ricardo, esposado y cojeando, él me miró una última vez antes de subir a la patrulla. Ya no había burla, ni odio. Solo había derrota. Había perdido todo. Su libertad, su “poder”, su familia. Y yo… yo había ganado mi vida de vuelta.

Pero la historia no termina aquí. Porque cuando crees que la tormenta pasó, a veces solo estás en el ojo del huracán.

Días después, cuando las cosas parecían calmarse, cuando Alejandro me había ofrecido un puesto fijo y un departamento seguro pagado por la empresa “por daños y perjuicios”, recibí un sobre en mi nuevo escritorio.

No tenía remitente.

Adentro había una foto. Una foto borrosa, tomada desde lejos, de mí y Alejandro abrazados esa noche en la obra negra.

Y una nota escrita a máquina:

“RICARDO ERA UN IDIOTA. PERO TÚ Y TU AMANTE ACABAN DE INICIAR UNA GUERRA CON ALGUIEN QUE NO PIERDE. BIENVENIDA AL JUEGO DE VERDAD, ELENA. ATTE: EL LICENCIADO.”

Roberto.

El verdadero villano no había caído. Y ahora, sabía que Alejandro y yo éramos más que jefe y empleada. Éramos un equipo. Y nos tenía en la mira.

Alejandro salió de su oficina en ese momento, con una sonrisa radiante.

—Elena, prepárate. Mi papá quiere conocerte. Viene para acá.

Guardé la foto rápidamente en mi cajón. Mi corazón volvió a acelerarse, pero esta vez no de miedo, sino de determinación.

—Estoy lista —dije, levantándome y alisando mi falda.

Había sobrevivido a Ricardo. Sobreviviría a Roberto. Porque ahora sabía algo que no sabía antes: no soy una víctima. Soy una sobreviviente. Y los sobrevivientes son los más peligrosos, porque ya no tienen nada que perder.

Capítulo 5: Entre Leones y Hienas

El silencio en las oficinas de Grupo Alva a las ocho de la mañana era diferente ese día. No era el silencio habitual de la gente llegando adormilada con su café en mano; era un silencio eléctrico, tenso, como el aire antes de que caiga un rayo. Los empleados caminaban de puntitas, los teléfonos sonaban con un volumen que parecía grosero y hasta el aire acondicionado parecía zumbar con nerviosismo.

La razón tenía nombre y apellido: Don Augusto Alva.

El fundador. El Patriarca. El hombre que había empezado cargando cajas de huevo en la Central de Abastos y ahora era dueño de medio parque industrial. Y venía para acá.

Yo estaba en mi escritorio, intentando concentrarme en una hoja de cálculo, pero mis ojos se desviaban constantemente hacia el cajón cerrado con llave donde guardaba la foto y la amenaza de Roberto. “Bienvenida al juego de verdad, Elena”. La frase me taladraba el cerebro.

Alejandro salió de su oficina. Se veía impecable, como siempre, pero si te fijabas bien —y yo ya había aprendido a fijarme en él—, podías ver las grietas. Tenía ojeras oscuras que el maquillaje de televisión no podría cubrir, y una venda discreta asomaba bajo el puño de su camisa blanca, cubriendo las heridas de la pelea con Ricardo.

—Elena —me llamó. Su voz era firme, pero sus ojos me buscaban con esa urgencia que había nacido la noche de la tormenta—. Mi papá llega en diez minutos. Quiero que entres a la junta conmigo.

—¿Yo? —sentí que el estómago se me iba a los pies—. Licenciado… Alejandro, yo soy la asistente. Esas juntas son para directivos.

—Tú eres la que descubrió el fraude. Tú eres la testigo principal. Y, sinceramente, eres la única persona en este edificio en la que confío plenamente en este momento. Roberto va a estar ahí. Necesito que me cuides la espalda.

Al mencionar a Roberto, sentí un escalofrío. Desde el incidente, el Gerente de Compras no se había aparecido por la oficina, alegando “viajes de negocios”. Hoy sería la primera vez que lo vería cara a cara sabiendo que él era el titiritero detrás de Ricardo.

—Está bien —dije, levantándome y alisando mi falda lápiz color azul marino que me había comprado con el bono de emergencia. Me puse el saco a juego. Me sentía disfrazada de ejecutiva, pero recordé las palabras de Lupe: “Finge hasta que te la creas, amiga. Eres una chingona”.

En ese momento, el elevador principal se abrió con un ding que sonó como una sentencia.

Salió primero una asistente, corriendo para detener la puerta. Y luego, salió él.

Don Augusto Alva era un hombre bajito, robusto, de unos setenta años, con el cabello completamente blanco y un bigote espeso que le daba aire de general revolucionario. Caminaba con un bastón de madera fina, no porque lo necesitara para caminar, sino porque lo usaba para señalar cosas y gente como si fuera un cetro real.

Detrás de él, como una sombra pegajosa y sonriente, venía Roberto.

Roberto “El Licenciado”. Era un hombre de unos cincuenta años, calvo, con lentes de armazón dorado y trajes que costaban más que la casa de mis papás. Sonreía con todos los dientes, saludando a las secretarias por su nombre, proyectando esa imagen de “tío buena onda” que engañaba a todos.

Nuestras miradas se cruzaron por un milisegundo. Roberto no dejó de sonreír, pero sus ojos detrás de los cristales dorados eran fríos, muertos. Me hizo un pequeño asentimiento con la cabeza, un gesto casi imperceptible que decía: “Te veo. Y te voy a aplastar”.

—¡Hijo! —bramó Don Augusto, ignorando a todos los demás y caminando directo hacia Alejandro. Le dio un abrazo fuerte, de esos que te sacan el aire, y luego le dio dos palmadas en la mejilla que sonaron bastante fuerte—. ¡Me dicen que te convertiste en Rambo! ¡Peleando con delincuentes en la obra negra! ¡Carajo, Alejandro, para eso pago seguridad!

—Buenos días, papá —dijo Alejandro, aguantando el golpe emocional y físico—. Hice lo que tenía que hacer.

—Sí, sí, muy valiente. Pero imprudente. Si te hubieran matado, ¿quién hereda todo esto? ¿Tu hermana la que vive en Tulum haciendo yoga? ¡Por Dios!

Don Augusto se giró y me vio. Me escaneó de arriba abajo con una mirada que pesaba una tonelada. No era una mirada lasciva, era una mirada de tasador. Estaba calculando mi valor.

—¿Y esta quién es? ¿La famosa Elena?

—Sí, señor —me adelanté, extendiendo la mano con firmeza, aunque por dentro temblaba—. Elena Ramírez. Asistente de Dirección. Mucho gusto, Don Augusto.

El viejo miró mi mano, luego me miró a los ojos. Sonrió levemente y me estrechó la mano. Su agarre era fuerte, rasposo. Manos de trabajador envueltas en seda.

—Tienes buen agarre, muchacha. Roberto me contó que tú encontraste el desfalco. Y que tú le salvaste el pellejo a mi hijo dándole un varillazo al otro infeliz.

Miré a Roberto sorprendida. ¿Roberto le había contado?

Roberto intervino suavemente, poniendo una mano en el hombro de Don Augusto.

—Así es, Don Augusto. Como le comentaba en el coche, Elena ha sido… una revelación. Un diamante en bruto que Alejandro encontró. Lástima que su vida personal haya traído tanto… drama a la empresa, pero bueno, nadie es perfecto.

Ahí estaba. El primer golpe. Sutil. Elegante. Me halagaba y me apuñalaba al mismo tiempo, recordándole al dueño que yo era la ex esposa del ladrón, la fuente del “drama”.

—Vamos a la sala de juntas —ordenó Don Augusto—. Quiero saber cuánto perdimos y cómo vamos a recuperarlo. Y quiero saber por qué carajos mi Gerente de Compras no se dio cuenta de que nos robaban en sus narices.

Roberto no se inmutó.

—Excelente pregunta, señor. Tengo preparada una presentación al respecto.

Entramos a la sala de juntas. Era enorme, con una mesa de caoba kilométrica y sillas de piel negra. Don Augusto se sentó en la cabecera. Alejandro a su derecha. Roberto a su izquierda. Yo me quedé parada, dudando.

—Siéntate, niña —me ladró Don Augusto, señalando una silla junto a Alejandro—. Si vas a estar aquí, participa. No quiero muebles decorativos.

Me senté. Alejandro me rozó la rodilla con la suya por accidente bajo la mesa. Sentí una corriente eléctrica. Él me miró de reojo, dándome ánimos.

La reunión comenzó. Roberto tomó la palabra. Conectó su laptop al proyector y empezó a mostrar gráficos.

—Señores —comenzó Roberto con voz melosa—, lo que sucedió con el ex-supervisor Ricardo Ramírez es lamentable. Un caso clásico de abuso de confianza. Ricardo, aprovechándose de su posición y —hizo una pausa dramática mirando hacia mí— de sus conexiones personales, logró burlar los controles básicos del almacén nocturno.

—¿Controles básicos? —interrumpió Alejandro, molesto—. Roberto, las salidas estaban autorizadas con TÚ firma digital.

Roberto suspiró con tristeza, como un padre decepcionado de un hijo tonto.

—Exacto, Alejandro. Eso es lo más grave. Este criminal, Ricardo, logró hackear mi token de seguridad. Seguramente lo robó de mi oficina en algún descuido, o quizás… alguien con acceso a mis claves se las proporcionó.

Todas las miradas se giraron hacia mí.

Roberto estaba insinuando que yo le había dado las claves a Ricardo. Era brillante y perverso. Estaba usando la verdad (que Ricardo y yo fuimos esposos) para construir una mentira perfecta.

—Eso es imposible —dije. Mi voz salió un poco aguda, pero la corregí—. Yo no tenía acceso a sus claves, Licenciado Roberto. Ni siquiera trabajaba aquí cuando empezaron los robos. Llevo una semana en la empresa. Los robos tienen meses.

Don Augusto golpeó la mesa con la mano abierta. ¡Pum!

—¡Tiene razón la niña! —gritó el viejo—. ¡Deja de echar culpas, Roberto! ¡Te robaron la clave porque eres un descuidado o porque tus sistemas de seguridad son una mierda! ¡Cualquiera de las dos opciones te hace ver mal!

Roberto apretó los labios. Por primera vez, su sonrisa flaqueó.

—Asumo mi responsabilidad, Don Augusto. Por eso, he tomado medidas. Despedí a todo el equipo de seguridad del turno nocturno. Contraté una auditoría externa. Y propongo… —miró a Alejandro y luego a mí con veneno puro—… propongo que Elena sea reasignada.

—¿Reasignada? —preguntó Alejandro, tensándose.

—Sí. Es evidente que tiene talento para los números. Pero tenerla aquí, en Dirección General, tan cerca de los hechos y siendo la ex esposa del perpetrador… es un riesgo de imagen y un conflicto de interés. La gente murmura, Don Augusto. Dicen que Alejandro la contrató por… motivos personales. Que el “heroísmo” de la obra negra fue más un drama pasional que un operativo corporativo. Sugiero moverla a la sucursal de Querétaro. Lejos del escándalo. Con un buen sueldo, claro.

Me quedé helada. Me querían exiliar. Querétaro estaba a tres horas. Me alejarían de Alejandro, del centro de poder, y me dejarían aislada donde Roberto pudiera aplastarme sin testigos.

Alejandro se puso de pie de golpe.

—¡Eso es ridículo! ¡Elena es la única que…!

—¡Siéntate, Alejandro! —ordenó Don Augusto.

El viejo se quedó callado, acariciando la empuñadura de su bastón. El silencio se estiró hasta hacerse insoportable. Miró a Roberto, luego a Alejandro y finalmente a mí.

—¿Tú qué quieres, niña? —me preguntó directamente.

Tragué saliva. Podía aceptar Querétaro. Sería seguro. Un nuevo comienzo. Lejos de las amenazas.

Pero luego pensé en la foto. En la nota. “Tú y tu amante acaban de iniciar una guerra”. Si me iba, Roberto ganaba. Si me iba, Alejandro se quedaba solo contra este monstruo. Y tarde o temprano, Roberto destruiría a Alejandro y se quedaría con la empresa.

Levanté la barbilla.

—Yo quiero quedarme aquí, señor. Quiero terminar lo que empecé. Encontré el desfalco de cincuenta mil pesos, pero revisando los archivos históricos ayer en la noche… creo que el agujero es de más de cinco millones en el último año.

Roberto se puso pálido. Don Augusto abrió los ojos como platos.

—¿Cinco millones?

—Sí, señor. Y no fue solo robo hormiga. Hay facturación fantasma a empresas que no existen. Empresas que… casualmente, tienen domicilio fiscal en propiedades que solían ser de la familia de… ciertos directivos.

Solté la bomba. No tenía las pruebas físicas completas todavía, era una corazonada basada en nombres que googleé en la madrugada, pero tenía que blofear. Tenía que golpear fuerte.

Roberto se levantó, furioso.

—¡Esto es inaudito! ¡Esta mujer está inventando calumnias para salvar su puesto! ¡Don Augusto, exijo que…!

—¡Cállate, Roberto! —rugió el viejo. Se giró hacia mí, con una sonrisa de lobo hambriento—. ¿Puedes probar eso de los cinco millones?

—Deme una semana —dije, sintiendo que me jugaba la vida—. Deme acceso total a los archivos de Compras, sin restricciones. Y le entregaré las cabezas de todos los responsables.

Don Augusto soltó una carcajada que retumbó en las paredes.

—¡Jajajaja! ¡Mírala! ¡Tiene más huevos que tú, Roberto! ¡Y más que tú, Alejandro!

El viejo se puso de pie.

—Muy bien. Tienes una semana, Elena. Acceso total. Roberto, si le niegas un solo papel, te despido. Y Alejandro… cuídala. Porque si lo que dice es verdad, tenemos ratas muy gordas en el barco.

Don Augusto salió de la sala, golpeando el piso con su bastón.

Roberto se quedó parado, recogiendo su laptop. Se acercó a mí lentamente. Alejandro se interpuso, poniéndose frente a mí como un escudo humano.

—Ni se te ocurra, Roberto —advirtió Alejandro.

Roberto sonrió. Esa sonrisa muerta.

—Felicidades por la promoción temporal, Elena. Disfrútala. Pero recuerda… cuanto más alto subes, más dura es la caída. Y los accidentes pasan. En los archivos… y en la vida real.

Salió de la sala.

En cuanto la puerta se cerró, me desplomé en la silla. Me temblaban las manos incontrolablemente.

Alejandro se arrodilló a mi lado, tomándome las manos entre las suyas.

—Estuviste increíble —me dijo, con admiración pura en los ojos—. Nunca había visto a nadie callar a Roberto así. Ni siquiera mi papá lo hace.

—Tengo miedo, Alejandro —confesé, y las lágrimas que había contenido empezaron a salir—. No tengo pruebas de los cinco millones. Me lo inventé. O sea, los números no cuadran, pero no sé si podré probarlo en una semana.

Alejandro me apretó las manos.

—No estás sola. Lo vamos a encontrar. Juntos.

Nos quedamos así un momento, en silencio, muy cerca el uno del otro. La adrenalina de la reunión estaba bajando, dejando paso a otra cosa. Una tensión diferente. Él olía a madera y cítricos. Sus ojos oscuros bajaron a mis labios y luego volvieron a mis ojos.

—Elena… —susurró, acercándose un poco más.

Mi corazón, traicionero, dio un vuelco. Quería besarlo. Dios sabe que quería besarlo. Después de años de desprecio con Ricardo, tener a un hombre que me miraba como si fuera una maravilla del mundo era embriagador.

Pero me alejé. Suavemente, retiré mis manos.

—Alejandro, no —dije bajito—. Roberto está esperando justo esto. Que cometamos un error. Que confirmemos el “drama pasional”. Si nos liamos… perdemos toda credibilidad. Y yo pierdo a mi hijo.

Alejandro parpadeó, volviendo a la realidad. Se pasó la mano por el pelo y asintió, avergonzado pero entendiendo.

—Tienes razón. Perdóname. Es solo que… eres extraordinaria.

—Vamos a trabajar —dije, poniéndome de pie para romper la tensión—. Tenemos cinco millones que encontrar.


Pasaron tres días. Tres días de encierro en la oficina, comiendo pizza fría y revisando miles de facturas. Alejandro y yo trabajábamos codo a codo, profesionales, pero con esa electricidad estática siempre presente.

Santi estaba bien. Lupe se había mudado temporalmente conmigo al departamento que la empresa pagaba. Teníamos seguridad en la puerta las 24 horas. Me sentía segura.

Grave error.

El jueves por la tarde, salí temprano para ir a ver a Santi. Necesitaba abrazarlo. Había estado tan obsesionada con los números que sentía que lo estaba descuidando.

Al llegar al edificio, vi una camioneta negra estacionada enfrente. No era de la empresa.

Subí corriendo las escaleras. El guardia de la puerta no estaba. Mal, muy mal.

Abrí la puerta del departamento.

—¿Lupe?

Lupe estaba en la sala, sentada en el sofá, llorando. Tenía un papel en la mano. Santi estaba jugando en su cuarto, ajeno a todo.

—¿Qué pasó? —pregunté, soltando el bolso y corriendo hacia ella.

—Vino… vino un abogado —sollozó Lupe—. Y trajo esto.

Me entregó el papel. Era una notificación judicial.

JUZGADO DE LO FAMILIAR
JUICIO DE PÉRDIDA DE PATRIA POTESTAD

Leí el documento y sentí que el mundo se me venía encima. Ricardo, desde la cárcel, me estaba demandando.

Pero no era una demanda escrita por un abogado de oficio. Estaba redactada impecablemente, con términos legales agresivos.

Argumentaban que yo no era apta para cuidar a Santiago.
Las “pruebas” adjuntas eran devastadoras:

  1. “Inestabilidad mental”: Testimonios de Doña Carmen (mi suegra) diciendo que yo era violenta, que gritaba, que abandonaba al niño.
  2. “Conducta inmoral”: Fotos. Las fotos mías con Alejandro en la obra negra, abrazados. Y otras fotos… fotos trucadas, photoshopeadas, donde parecía que yo estaba besándome con Alejandro en su coche.
  3. “Peligro para el menor”: Argumentaban que mi “estilo de vida riesgoso” y mis “enemistades con criminales” (¡culpándome a mí de lo de Ricardo!) ponían en riesgo la vida de Santi.

Y lo peor: El abogado que firmaba la demanda.

Despacho Jurídico “Montes & Asociados”.

Conocía ese nombre. Lo había visto en las facturas de la empresa. Era el despacho personal de Roberto.

Roberto no solo me estaba atacando en el trabajo. Me estaba atacando donde más me dolía. Estaba financiando la defensa de Ricardo y el ataque contra mí.

—Dicen… dicen que tienen una orden provisional —dijo Lupe, temblando—. Que el juez autorizó que el niño pase a custodia de la abuela paterna mientras dura el juicio.

—¿Qué? —grite—. ¡Doña Carmen! ¡Esa bruja odia a Santi! ¡No pueden quitármelo!

—Vienen mañana a las 9 am por él —dijo Lupe, con la voz rota—. Con la policía.

Me caí al suelo. Literalmente, las piernas no me sostuvieron.

Me iban a quitar a mi hijo. Mañana.

Roberto había cumplido su amenaza. “La curiosidad mató al gato. Y tú tienes un gatito que cuidar”.

En ese momento de desesperación absoluta, sonó mi celular.

Era un mensaje de WhatsApp. De un número desconocido.

Abrí el mensaje. Era un video corto.

En el video, se veía a Roberto sentado en su escritorio, tomando una copa de vino. Miraba a la cámara y sonreía.

“Hola, Elena. Tic, tac. Tienes hasta mañana a las 8:59 am. Si renuncias públicamente, admites que te inventaste lo del fraude y te vas de la ciudad… detengo el juicio. Tú decides. Tu carrera y tu justicia… o tu hijo. No puedes tener las dos cosas.”

El video terminó.

Me quedé mirando la pantalla negra.

Alejandro no podía ayudarme aquí. Esto era legal. Si intervenía, parecería tráfico de influencias y confirmaría la teoría de que somos amantes, dándole la razón al juez para quitarme al niño.

Estaba sola. Acorralada.

Me levanté del suelo. Me sequé las lágrimas. Fui al cuarto de Santi. Él estaba construyendo una torre con bloques. Me vio y sonrió.

—Mami, ¡mira qué alto!

—Es hermosa, mi amor —le dije, conteniendo el llanto.

Lo abracé. Olía a vida. Olía a todo lo que valía la pena.

Roberto creía que me había ganado. Creía que, como cualquier madre, yo elegiría a mi hijo y me rendiría. Y tenía razón en una cosa: por mi hijo haría cualquier cosa.

Pero Roberto cometió un error. No conocía a las mujeres mexicanas. No sabía que cuando nos tocan a los hijos, no nos rendimos. Nos convertimos en algo peor que un monstruo.

Salí del cuarto. Tomé el celular. No llamé a Alejandro. Llamé al único número que me había dado el taxista aquella primera noche, el señor que me salvó. Él me había dado una tarjeta vieja. “Si algún día necesitas algo que la ley no resuelve, llámame. Mi hijo es reportero de nota roja. Le encantan los escándalos”.

Marqué el número.

—¿Bueno? —contestó una voz rasposa.

—Señor… soy Elena. La chica del niño enfermo. Necesito a su hijo. Tengo una historia que va a tirar a uno de los hombres más ricos de México. Y la quiero contar en vivo mañana a las 8 de la mañana.

Si Roberto quería un circo, yo le iba a dar el espectáculo más grande de su vida.

Capítulo 6: La Hoguera Digital

Colgué el teléfono con las manos sudando, pero el corazón ya no me latía con miedo, sino con un ritmo pesado y constante, como un tambor de guerra. Miré el reloj de la pared: 6:45 PM. Tenía menos de catorce horas antes de que la maquinaria corrupta de Roberto y el sistema judicial me arrancaran a mi hijo de los brazos.

Catorce horas para destruir a un gigante.

—¿Qué vas a hacer, Elena? —preguntó Lupe, secándose los mocos con una servilleta, mirándome como si me hubiera salido un tercer ojo.

Me agaché y saqué de mi bolsa una memoria USB. La apreté en mi puño hasta que los bordes de plástico se me clavaron en la piel.

—Voy a hacer lo que ellos nunca esperan que haga una “gatita” como yo —respondí, sintiendo cómo la adrenalina limpiaba mi mente de dudas—. Voy a dejar de jugar a la defensiva. Lupe, necesito que empaques una maleta pequeña para Santi. Ropa, su medicina, su peluche favorito.

—¿Nos vamos a escapar?

—No. Ustedes se van a esconder. Esta noche no duermen aquí. Si Roberto manda a alguien antes de tiempo, no quiero que los encuentren. Te voy a pedir un Uber a casa de tu tía en Iztapalapa. Nadie sabe dónde vive ella, ni siquiera Ricardo.

—¿Y tú?

—Yo tengo una cita con el diablo. O bueno, con el hijo de un taxista que le sabe pisar la cola al diablo.

Besé a Santi, que seguía construyendo su torre, ajeno a que su madre estaba a punto de incendiar el mundo para protegerlo.

—Pórtate bien con la tía Lupe, mi amor. Mamá tiene que trabajar para comprarte más bloques.

Salí del departamento sintiendo que dejaba un pedazo de mi alma ahí, pero sabía que si me quedaba a llorar, los perdía a ambos.

El lugar de la cita no era un café elegante de Polanco, ni una oficina corporativa. Era una taquería de mala muerte en la colonia Doctores, cerca de los juzgados y de las redacciones de los periódicos de nota roja. El olor a suadero y cilantro inundaba el aire, mezclado con el humo de los camiones.

En una mesa de plástico roja, al fondo, estaba sentado un muchacho flaco, con tatuajes asomando por el cuello de su camisa desabotonada y unos lentes de pasta gruesa. Tenía una laptop llena de calcomanías y tres celulares sobre la mesa.

—¿Tú eres Elena? —preguntó sin levantar la vista de una de las pantallas—. Mi papá dice que eres brava.

—Y tú debes ser “El Chale”.

El muchacho sonrió de lado. Tenía un diente de oro que brillaba con la luz fluorescente del local.

—Beto para los cuates. El Chale para la firma. Siéntate, reina. ¿Qué traes que vale tanto la pena como para sacarme de mi casa en jueves de pozole?

Me senté y puse mi celular sobre la mesa. Abrí el video que Roberto me había mandado. Ese video donde amenazaba con quitarme a mi hijo si no renunciaba.

—Mira esto.

El Chale vio el video. Una vez. Dos veces. Su sonrisa cínica desapareció. Se ajustó los lentes y se inclinó hacia adelante.

—Verga… —susurró—. Ese es Roberto Montes. El de Grupo Alva. Ese güey es intocable. Tiene comprados a jueces, diputados… hasta al de los tamales.

—Nadie es intocable —dije yo, con la voz fría—. Me está extorsionando. Quiere que renuncie y que me largue para no destapar un fraude millonario. Y está usando a mi hijo como rehén legal. Mañana a las 9 tienen una orden para quitármelo.

El Chale silbó.

—Fuerte. Pero reina, si vas a la policía con esto, se van a reír en tu cara. El video… podrían decir que es “deepfake”, que es IA. Ahora está de moda esa excusa. Y mientras peritas si es real o no, tu hijo ya está en el DIF o con la suegra bruja.

—Lo sé. Por eso no quiero ir a la policía. Quiero ir a la gente.

El Chale me miró con interés.

—¿Qué tienes en mente?

—Roberto cuida su imagen más que a su madre. Se vende como el ejecutivo perfecto, el filántropo, el hombre de familia. Si lo quemamos… si lo exhibimos como el monstruo que es, en vivo, sin edición, justo cuando él cree que ganó… su poder se va a tambalear. Don Augusto, el dueño, es un hombre de la vieja escuela. Odia los escándalos. Si ve esto en redes, si ve que todo México está hablando de su empresa… va a cortar la cabeza de Roberto para salvar el negocio.

—Quieres hacer un circo.

—Quiero hacer justicia. Tengo documentos también. —Saqué la USB—. Aquí hay copias de las facturas falsas. No son definitivas, pero junto con el video… pintan un cuadro muy feo.

El Chale tomó la USB y la hizo girar entre sus dedos.

—Mira, Elena. Esto es peligroso. Si publico esto, me pueden demandar. O me pueden dar un levantón. A ti te va a ir peor.

—Ya me amenazaron de muerte, ya me golpearon, ya intentaron robarme a mi hijo. Ya no me queda miedo, Beto. Solo me queda rabia. ¿Le entras o busco a otro?

El periodista me miró a los ojos. Vio la desesperación, pero también la determinación. Sonrió de nuevo, mostrando el diente de oro.

—Mi papá me dijo que le salvaste la noche cuando andabas en la calle. Y en mi barrio, los favores se pagan. Además… siempre he querido chingar a un millonario.

Abrió su laptop y empezó a teclear frenéticamente.

—Ok, este es el plan. No lo soltamos ahorita en la noche porque la gente está dormida o viendo Netflix. Lo soltamos mañana. A la hora pico. Justo cuando tú estés con él. Necesito que lo hagas confesar, Elena. Necesito que grabes el audio en tiempo real mientras él te recibe. Yo voy a estar afuera, transmitiendo. Vamos a hacer un “sandwich” mediático. Tú por dentro y yo por fuera.

—¿A qué hora?

—¿A qué hora te citó?

—Tengo hasta las 8:59.

—Perfecto. Mañana a las 8:30 empieza el show. Vete a dormir, o a rezar, lo que te funcione mejor. Porque mañana va a correr sangre. Metafóricamente… espero.


No dormí. Pasé la noche en un hotel barato cerca de la oficina, vestida con mi ropa de “guerra”: el traje sastre azul, pero esta vez con una blusa blanca impecable. Me maquillé con cuidado, tapando las ojeras, poniéndome un labial rojo oscuro. Quería verme poderosa. Quería que cuando Roberto me viera, no viera a la víctima llorosa que él esperaba.

A las 8:00 AM estaba frente al espejo del baño del hotel. Me puse el pequeño micrófono que El Chale me había dado. Era un dispositivo diminuto, conectado por Bluetooth a mi celular, que iba escondido en mi sostén.

—Probando, probando —susurré.

—Te escucho fuerte y claro, reina —respondió la voz de El Chale por el audífono invisible que llevaba en la oreja derecha—. Estoy estacionado a dos cuadras. Tengo a dos colegas de otros medios listos para retuitear en cuanto yo dé la señal. Y tengo el video del “Tic Tac” cargado en la recámara listo para disparar.

—Voy para allá.

Caminé hacia las oficinas de Grupo Alva. El cielo estaba gris, nublado, típico de la ciudad. Sentía las miradas de la gente en la calle. ¿Sabrían que iba a una ejecución? ¿O a un duelo?

Entré al edificio. Beatriz, la secretaria, me miró con lástima. Seguramente ya sabía el chisme. Seguramente Roberto ya había esparcido el rumor de que me iba a ir.

—Buenos días, Beatriz —dije con una sonrisa que no llegó a mis ojos.

—Hola, Elena… El Licenciado Roberto te espera en la sala de juntas. Está… está con Don Augusto.

Perfecto. Mejor escenario imposible.

Respiré hondo. Toqué mi estómago, recordando por quién hacía esto. Por Santi.

Empujé las puertas dobles de la sala de juntas.

Ahí estaban. Roberto, sentado con una taza de café, luciendo relajado, triunfante. Y Don Augusto, al otro lado, revisando unos papeles con cara de pocos amigos. Alejandro estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera, con los hombros tensos. Al verme entrar, Alejandro se giró. Sus ojos estaban rojos. Sabía lo de la demanda. Me había llamado veinte veces en la noche, pero no le contesté. No podía involucrarlo hasta el final.

—Buenos días —dije, cerrando la puerta detrás de mí.

—Elena —dijo Roberto, levantándose con esa falsa cortesía que me enfermaba—. Qué puntual. ¿Traes lo que acordamos?

Hablaba en código frente a Don Augusto. “Lo que acordamos” era mi renuncia y mi silencio.

Don Augusto me miró por encima de sus lentes.

—¿De qué habla, niña? Roberto me dice que vas a renunciar. Que la presión fue mucha para ti. Es una lástima, pensé que tenías agallas.

Miré a Alejandro. Él me miraba con súplica, como diciendo: “No lo hagas, pelearemos”.

Me acerqué a la mesa. Saqué un sobre blanco de mi bolsa. Roberto estiró la mano, sonriendo como un cocodrilo que recibe un pollo.

—Aquí está —dije, poniendo el sobre en la mesa, pero sin soltarlo—. Pero antes, Licenciado Roberto, quiero aclarar unos puntos.

—Claro, querida, lo que gustes —dijo él, impaciente por tomar el sobre.

—¿Está el acuerdo de custodia garantizado? —pregunté en voz alta y clara.

Roberto se tensó. Miró a Don Augusto de reojo.

—Elena, este no es el lugar para hablar de temas personales…

—Es el único lugar —interrumpí—. Porque usted mezcló lo personal con lo laboral. Usted financió la demanda de mi ex esposo. Usted contrató al despacho Montes & Asociados para quitarme a mi hijo. Usted me mandó un video ayer amenazándome.

Don Augusto soltó los papeles.

—¿Qué chingados estás diciendo? —preguntó el viejo.

Roberto soltó una risa nerviosa.

—Don Augusto, por favor. La chica está histérica. Está inventando conspiraciones. Está desequilibrada, tal como dice la demanda de su esposo. Elena, firma la renuncia y vete a atender tu salud mental.

—¿Entonces niega haberme enviado el video? —insistí, acercándome a él.

—¡Por supuesto que lo niego! ¡Nunca te he mandado nada! ¡Eres una mentirosa patológica! —gritó Roberto, perdiendo la compostura por un segundo—. ¡Lárgate de mi oficina antes de que llame a seguridad y te saque a rastras! ¡Y olvídate de tu hijo, porque después de este numerito, te voy a asegurar que no lo veas nunca más!

BINGO.

—Beto, ahora —susurré apenas moviendo los labios.

En ese instante, los celulares de todos en la sala vibraron.

El de Roberto. El de Don Augusto. El de Alejandro. Incluso el de Beatriz afuera.

Y no solo ellos. Miles de notificaciones empezaron a llegar.

Roberto miró su teléfono, molesto.

—¿Qué es esto?

En la pantalla de su celular, y en la pantalla gigante de la sala de juntas que de repente se encendió (gracias a un pequeño “favor” que le pedí a Sistemas el día anterior aprovechando que arreglaban mi compu), apareció la transmisión en vivo.

Era la cara de El Chale.

“¡Buenos días, México! Soy El Chale y esto es ‘La Verdad Sin Filtro’. Hoy les traigo una joyita. ¿Conocen a Grupo Alva? ¿Empresa líder? Pues miren lo que su Director de Compras, el Licenciado Roberto Montes, hace en sus ratos libres para tapar sus robos…”

Y entonces, salió el video.

El video de Roberto con su copa de vino. “Tic, tac. Tienes hasta mañana…”.

La cara de Roberto se transformó. Pasó del rojo de la ira al blanco de la muerte en un segundo. Se le cayó el teléfono de la mano.

Pero el video no terminó ahí.

“Y si creen que eso es todo, escuchen lo que acaba de decir hace diez segundos en vivo…”

Y se escuchó el audio nítido de Roberto gritando en la sala: “¡Y olvídate de tu hijo, después de este numerito te voy a asegurar que no lo veas nunca más!”.

La sala de juntas se quedó en un silencio sepulcral.

Don Augusto se levantó lentamente. Su cara estaba morada de furia. Miró la pantalla, donde los comentarios de la gente empezaban a subir como espuma:

“¡Maldito desgraciado!”
“¡Con los hijos no!”
“¡Cancelemos a Grupo Alva!”
“#JusticiaParaElena”

Don Augusto giró la cabeza hacia Roberto. Parecía un toro a punto de embestir.

—¿Eso… —señaló la pantalla con su bastón, temblando de rabia—… eso es verdad? ¿Estás usando mi empresa, mi nombre, para extorsionar a una madre y tapar tus cochinadas?

Roberto tartamudeaba, retrocediendo.

—Es… es inteligencia artificial, Don Augusto… es un montaje… ella… ella lo planeó…

Alejandro se adelantó. Ya no era el hijo sumiso. Era un depredador.

—¡Deja de mentir, Roberto! —gritó Alejandro—. ¡Te escuchamos todos! ¡Acabas de admitirlo aquí mismo!

Roberto, viéndose acorralado, cambió de táctica. Su máscara de hombre amable se cayó por completo, revelando la hiena que llevaba dentro.

—¡Pues sí! —gritó, arreglándose el saco con violencia—. ¡Sí lo hice! ¿Y qué? ¡Lo hice por la empresa! ¡Para sacar a esta muerta de hambre que vino a revolver todo! ¡Yo he mantenido este negocio a flote mientras tú —señaló a Alejandro— jugabas al ejecutivo moderno y tú —señaló a Don Augusto— te hacías viejo! ¡Yo merezco todo lo que tomé! ¡Yo soy Grupo Alva!

Hubo un segundo de silencio atónito ante tal confesión de soberbia.

Elena… —me habló El Chale por el audífono—. Tenemos 50,000 espectadores en vivo. Y la policía cibernética acaba de comentar en el chat. Ya les cayó.

Me sentí ligera. Como si me hubiera quitado una armadura de plomo.

Me acerqué a la mesa, tomé el sobre blanco que había dejado ahí.

—Se me olvidó decirte qué había en el sobre, Roberto —dije con suavidad.

Abrí el sobre y saqué el único papel que había dentro. No era mi renuncia.

Era una copia impresa de una foto. Una foto de Roberto saliendo de un motel con la esposa de un Juez Federal. Una foto que El Chale tenía guardada para una ocasión especial y que me regaló como “bono extra”.

—Es una cortesía —le dije, dejándola caer sobre la mesa—. Para que tengas algo en qué pensar mientras vas a la cárcel.

Roberto miró la foto. Sus ojos se vidriaron. Sabía que con eso perdía no solo su libertad, sino sus aliados. El Juez Federal lo destruiría.

—¡Eres una maldita…! —se abalanzó sobre mí.

Pero no llegó.

Alejandro lo interceptó con un tacle de fútbol americano que lo mandó a volar contra las sillas de piel. Roberto cayó al suelo, jadeando.

—¡Seguridad! —bramó Don Augusto—. ¡Saquen a esta basura de mi edificio! ¡Y llamen a la policía! ¡Que se lo lleven directo al Ministerio Público!

Dos guardias entraron corriendo. Levantaron a Roberto, que pataleaba y gritaba amenazas incoherentes.

—¡Se van a arrepentir! ¡Tengo archivos! ¡Tengo pruebas contra todos!

Cuando lo sacaron a rastras, el silencio volvió a la sala. Pero era un silencio diferente. Un silencio limpio.

Don Augusto se dejó caer en su silla, respirando con dificultad. Parecía haber envejecido diez años en diez minutos.

Alejandro se acercó a él.

—Papá, ¿estás bien?

El viejo asintió, sacando un pañuelo para secarse el sudor.

—Ese hijo de perra… —murmuró—. Cuarenta años confiando en él. Y me vendió. Me robó. Y casi destruye la reputación de mi vida.

Luego, levantó la vista y me miró. Yo seguía de pie, temblando por la descarga de adrenalina.

—Niña —me llamó.

Me acerqué.

—Lo que hiciste fue… imprudente. Peligroso. Pusiste a la empresa en la boca de todos los chismosos del país.

Bajé la cabeza.

—Lo sé, señor. Y acepto mi despido. Solo quería salvar a mi hijo.

Don Augusto golpeó la mesa con el bastón.

—¡Quién habló de despido, carajo! —gritó, pero esta vez había una chispa de diversión en sus ojos—. ¡Eso fue la mejor maniobra de relaciones públicas y limpieza corporativa que he visto en mi vida! ¡Destruiste al traidor y te ganaste a la opinión pública en cinco minutos! ¿Viste los comentarios? ¡Te aman! ¡Dicen que eres la “Madre Coraje”!

Me quedé boquiabierta.

—Alejandro —dijo Don Augusto—, asciende a esta mujer. Gerente de Compras. No, mejor… Directora de Auditoría Interna. Necesito a alguien que tenga los ovarios para vigilar a las ratas. Y págale lo que pida.

Alejandro sonrió, una sonrisa radiante, de alivio y orgullo.

—Sí, papá.

—Y en cuanto a tu hijo, Elena —añadió el viejo, poniéndose serio—. Voy a llamar a mis propios abogados. Los de verdad, no los payasos que contrató Roberto. Vamos a aplastar esa demanda en diez minutos. Nadie le quita un hijo a una empleada de la Familia Alva.

Sentí que las rodillas me fallaban. Alejandro corrió a sostenerme antes de que cayera.

—Gracias… gracias… —fue lo único que pude decir antes de soltarme a llorar. No lloraba de tristeza, lloraba porque por primera vez en años, podía soltar el peso del mundo.


Una hora después, el caos afuera del edificio era total. Periodistas, patrullas, gente curiosa. Roberto había salido esposado, cubriéndose la cara con el saco, mientras la gente le gritaba “ladrón” y “poco hombre”.

Yo estaba en la oficina de Alejandro (mi nueva oficina temporal), tomando un té para calmar los nervios.

Alejandro entró. Cerró la puerta y puso el seguro.

Se quedó mirándome desde la puerta.

—Estás loca —dijo, pero con ternura.

—Tuve un buen maestro —respondí, sonriendo débilmente.

Se acercó despacio. Se sentó en la orilla de mi escritorio.

—Roberto está detenido. Sin derecho a fianza por extorsión agravada. El Juez de lo Familiar ya desestimó la demanda de Ricardo por “vicios en el proceso” y “evidencia de mala fe”. Tienes la custodia total, Elena. Se acabó.

Cerré los ojos, respirando hondo.

—¿Se acabó de verdad?

—La pesadilla sí. —Alejandro me tomó la barbilla y me obligó a mirarlo—. Pero creo que lo nuestro apenas empieza.

—Alejandro… recuerda lo que dijimos. El chisme…

—Al diablo el chisme —me interrumpió—. Ya eres la heroína de México. Y yo… yo ya no quiero disimular.

Se inclinó. Esta vez no me alejé. Esta vez, dejé que sucediera.

Su beso fue como la tormenta de aquella noche: intenso, inevitable, eléctrico. Fue un beso que sabía a victoria, a café y a promesa. Mis manos fueron a su cuello, sus manos a mi cintura. Por un momento, olvidé que era una madre soltera con deudas y él un heredero millonario. Solo éramos dos supervivientes encontrando refugio el uno en el otro.

Nos separamos por falta de aire, con las frentes unidas.

—¿Y ahora qué? —pregunté, con los labios hinchados y el corazón a galope.

—Ahora… vamos a trabajar —dijo él, sonriendo—. Tenemos una empresa que limpiar, cinco millones que recuperar y… creo que le debes una cena a un tal “El Chale”.

Me reí. Una risa franca, ligera.

Pero mientras Alejandro me abrazaba, miré por la ventana hacia la ciudad gris. Habíamos ganado la batalla. Roberto estaba fuera. Ricardo estaba fuera.

Pero la vida me había enseñado que la felicidad es prestada.

En ese momento, mi celular vibró de nuevo. Un mensaje de un número privado.

Pensé que sería otra amenaza. Me tensé.

Lo abrí.

Era un texto simple:

“Felicidades, Elena. Buen espectáculo. Quitaste a Roberto del camino. Me hiciste un favor. Ahora el negocio es todo mío. Nos vemos pronto. – El Socio Silencioso.”

Se me heló la sangre.

Roberto no era el jefe final. Roberto robaba, sí. Pero había alguien más. Alguien arriba de él. Alguien a quien Roberto le rendía cuentas o con quien compartía el botín. Un “Socio Silencioso”.

Miré a Alejandro, que reía feliz revisando las noticias en su tablet.

No le dije nada. No podía arruinarle el momento. Pero guardé el teléfono en mi bolsa con una certeza fría en el estómago.

La guerra no había terminado. Solo habíamos pasado de nivel. Y el siguiente monstruo no iba a cometer los errores de Roberto.

Apreté los puños.

“Vengan”, pensé. “Ya no soy la misma. Ahora tengo poder. Tengo dinero. Y tengo al amor de mi vida. Vengan por mí si se atreven.”

Tomé la mano de Alejandro y salí de la oficina, lista para enfrentar lo que fuera, con mis tacones resonando fuerte contra el piso de mármol. Clac, clac, clac. El sonido de una mujer que ya no pide permiso.


PARTE 3: EL JUEGO DE LAS SOMBRAS

Capítulo 7: El Enemigo que Duerme en Casa

Dicen que el dinero no compra la felicidad, pero mentiría si dijera que no ayuda a dormir mejor. O al menos, a dormir en una cama más suave.

Habían pasado tres meses desde la caída de Roberto y mi vida parecía sacada de una de esas revistas de “socialité” que antes leía en la sala de espera del dentista. Ya no vivía en el departamento prestado; con mi nuevo sueldo de Directora y un bono generoso que Don Augusto insistió en darme (“Pago por daños morales”, le llamó), renté un penthouse en la colonia Del Valle. Nada ostentoso, pero seguro. Tenía portero 24 horas, cámaras de circuito cerrado y, lo más importante, una habitación para Santi llena de luz y juguetes, lejos de la humedad y el miedo de Ecatepec.

Santi iba a un kinder Montessori. Ya no tenía esa tos crónica por el frío de las mañanas. Comía bien, reía fuerte y llamaba a Alejandro “Tío Ale” con un cariño que me derretía el corazón.

Y Alejandro… Alejandro era el sueño. No solo era guapo y rico, era bueno. Me respetaba. Me admiraba. Nuestra relación había pasado del torbellino de la crisis a una calma dulce y estable. Cenábamos juntos, trabajábamos juntos, y los fines de semana nos escapábamos a Cuernavaca a la casa de campo de su papá.

Todo era perfecto.

Excepto por el celular que guardaba en el fondo de mi cajón de ropa interior.

Ese teléfono barato de prepago donde había recibido el mensaje del “Socio Silencioso”.

“Ahora el negocio es todo mío.”

Nadie más sabía de ese mensaje. Ni Alejandro, ni Don Augusto, ni la policía. ¿Por qué no les dije? Porque la desconfianza es una cicatriz que no se borra. Si había un “Socio Silencioso”, tenía que ser alguien con poder. Alguien que vio caer a Roberto y no hizo nada. Alguien que estaba dentro. Y hasta no saber quién era, todos eran sospechosos.

Esa mañana de martes, el cielo de la Ciudad de México estaba despejado, un azul raro y brillante que usualmente me ponía de buenas. Me vestí con un traje sastre color vino, tacones de aguja negros y mi gafete dorado de “Directora de Auditoría Interna”. Me miré al espejo. La Elena que lloraba en la banqueta ya no existía. Esta mujer me devolvía la mirada con ojos duros y calculadores.

Llegué a la oficina manejando mi propia camioneta (una prestación de la empresa). Al entrar al lobby, la recepcionista —la misma que me había mirado feo el primer día— se levantó de un salto.

—Buenos días, Licenciada Elena. ¿Le ofrezco un café?

—No, gracias, Paty. Que me lo suban a la sala de juntas. Hoy tengo revisión con Logística.

Subí al elevador privado. Sí, ahora tenía llave del elevador privado. La vida da muchas vueltas.

Al llegar a mi oficina, Beatriz (quien ahora era mi asistente personal porque se la robé a Alejandro) me esperaba con cara de preocupación.

—Jefa, hay un problema.

—¿Qué pasó? ¿Santi está bien? —fue mi primer instinto, siempre.

—Santi está bien. Es… es un camión. La unidad 405. No llegó a Monterrey.

Suspiré, dejando mi bolso en el escritorio de caoba.

—¿Se descompuso? ¿Se ponchó una llanta? Beatriz, eso repórtalo a Mantenimiento.

—No, jefa. Desapareció. El GPS dejó de emitir señal a las 3 de la mañana en la carretera de Matehuala. Y el chofer no contesta.

Me detuve en seco. La carretera de Matehuala era zona roja. Pero nuestros camiones ahora iban escoltados y monitoreados por satélite con tecnología de punta que yo misma había aprobado comprar.

—¿Qué llevaba? —pregunté, sintiendo un cosquilleo en la nuca.

Beatriz revisó su tablet.

—Nada de valor. Papelería, cajas de cartón corrugado y… unos pallets de “devoluciones” de la planta de químicos.

—¿Químicos? —fruncí el ceño. Grupo Alva transportaba de todo, pero los químicos requerían permisos especiales—. ¿Qué tipo de químicos?

—Disolventes industriales. Acetona, tolueno… cosas para limpieza de maquinaria.

Mi mente de auditora, esa que había desarrollado a la fuerza peleando contra Roberto, hizo clic. Acetona. Tolueno. Eran precursores. Precursores que se usan para fabricar drogas sintéticas.

—Quiero la bitácora de ese viaje. Quiero saber quién lo autorizó, quién lo cargó y quién iba manejando. ¡Ahora!

Beatriz salió corriendo.

Me senté en mi silla giratoria y miré por la ventana hacia el patio de maniobras. Todo se veía normal. Pero el mensaje del Socio Silencioso resonó en mi cabeza. “Ahora el negocio es todo mío”.

¿Y si Roberto solo robaba televisiones y llantas, pero el verdadero negocio, el negocio del Socio, era otro? ¿Y si Grupo Alva estaba siendo usado para mover algo más oscuro que mercancía robada?

La puerta se abrió y entró Alejandro. Venía sonriendo, con dos cafés de Starbucks en la mano.

—Buenos días, Directora más guapa del mundo. Te traje tu latte de vainilla.

Lo miré y traté de sonreír, pero la preocupación debió notarse en mi cara porque él borró su sonrisa de inmediato.

—¿Qué pasa? —puso los cafés en la mesa y rodeó el escritorio para abrazarme—. Estás tensa.

—Perdimos un camión. En Matehuala.

Alejandro suspiró, aliviado.

—Amor, eso pasa. Es México. El seguro lo cubre. No te angusties por un camión. Tenemos quinientos.

—Llevaba precursores químicos, Alejandro. Y desapareció en una zona controlada por el cártel.

Alejandro se tensó. Se apartó un poco y me miró a los ojos.

—¿Estás sugiriendo…?

—Estoy sugiriendo que tal vez no limpiamos la casa por completo. Roberto se fue, sí. Pero la estructura que él usaba… las rutas, los contactos… tal vez alguien más las está usando.

Alejandro negó con la cabeza, pasando una mano por su cabello.

—Elena, ya auditamos todo. Despedimos a la mitad de la plantilla. Mi papá está encima de cada operación. No hay manera. Fue un asalto común. Se robaron el camión para vender las partes o el combustible. No veas fantasmas donde no los hay.

—¿Y si los fantasmas me están mandando mensajes de texto? —casi se me escapa. Me mordí la lengua justo a tiempo.

—¿Qué dijiste?

—Nada. Que… que tengo un mal presentimiento.

Alejandro me tomó de los hombros, con ternura pero con firmeza.

—Escúchame. Has pasado por mucho trauma. Es normal que estés hipervigilante. Pero ya ganamos. Estamos seguros. Esta noche es la cena de aniversario de la empresa. Mi papá va a anunciar la expansión a Estados Unidos. Ponte ese vestido verde que me encanta y olvídate de los camiones por un rato. ¿Sí?

Asentí, no porque estuviera de acuerdo, sino porque no quería pelear. Alejandro era un hombre de luz; no entendía que las sombras no desaparecen solo porque enciendes un foco. A veces, las sombras se esconden mejor.

—Está bien. Nos vemos en la noche.

Cuando salió, saqué el celular de prepago del cajón.

Marqué el número de El Chale.

—¿Qué transa, jefa? —contestó al primer tono. Se oía ruido de tecleo de fondo.

—Beto, necesito un favor. Y este no es para publicar. Es para investigar.

—Suéltala.

—Camión 405 de Grupo Alva. Desaparecido hoy en la madrugada cerca de Matehuala. Placas 45-UA-90. Quiero saber si apareció. Pero no en los reportes de policía. Quiero que preguntes en tus foros, en esos chats de traileros y de nota roja donde te metes. Quiero saber si alguien vio algo raro.

—Va. Te cobro lo de siempre: una exclusiva cuando esto reviente y dos órdenes de tacos al pastor.

—Hecho. Y Beto… con cuidado. Esto huele a azufre.

—El azufre es mi perfume favorito, reina. Te aviso.

Colgué.

El resto del día fue una tortura burocrática. Firmar papeles, revisar presupuestos, sonreírle a proveedores. Pero mi mente estaba en la carretera de Matehuala.

A las 7:00 PM, me fui a arreglar para la cena. El evento era en el Hotel Camino Real. Iba a estar toda la crema y nata de la industria logística, políticos, empresarios. Tenía que verme impecable.

Me puse el vestido verde esmeralda de seda, largo, con un escote en la espalda. Me recogí el pelo en un chongo elegante y me puse unos aretes de diamantes que Alejandro me había regalado por mi cumpleaños (bueno, mi “cumplemes”).

Me veía como una princesa. Pero debajo de la seda, mi corazón latía como el de un soldado en trinchera.

Alejandro pasó por mí en su BMW. Se veía guapísimo en su smoking.

—Wow —dijo al verme bajar las escaleras del lobby de mi edificio—. Si no fueras mi novia, te pediría matrimonio ahorita mismo.

Me reí y le di un beso.

—Vámonos, Romeo. Tu papá se enoja si llegamos tarde.

La cena fue espectacular. Lustrosos candelabros, música de jazz en vivo, meseros con guantes blancos. Don Augusto estaba en su elemento, saludando a todos, presumiendo a su hijo y, sorprendentemente, presumiéndome a mí.

—¡Y esta es Elena! —decía a los inversionistas—. La mujer que limpió mi empresa. ¡Tiene más pantalones que todos nosotros juntos!

Yo sonreía, daba la mano, tomaba champán. Pero mis ojos escaneaban el salón. ¿Estaría aquí el Socio Silencioso? ¿Sería ese banquero gordo que se reía demasiado fuerte? ¿Sería el consultor externo que no dejaba de mirar su reloj? ¿O sería alguien que ni siquiera imaginaba?

De repente, sentí una vibración en mi bolso de mano.

Me disculpé y fui al baño. Me encerré en un cubículo y saqué el celular “seguro” (el de la empresa). Nada.

Saqué el celular de prepago, el que tenía escondido en el forro del bolso.

Mensaje de El Chale.

“Jefa. No te va a gustar. Encontraron el camión. O lo que queda de él. Estaba en un deshuesadero clandestino en San Luis. Quemado. Pero mis contactos dicen que antes de quemarlo, lo descargaron. Y no eran cajas de cartón. Subieron tambos azules a unas camionetas blindadas. Y adivina qué… las camionetas traían logotipos de una empresa de seguridad.”

“¿Qué empresa?”, escribí con los dedos temblorosos.

“Seguridad Privada IronShield.”

Se me cayó el teléfono.

IronShield.

IronShield era la empresa que Grupo Alva acababa de contratar para reemplazar a la seguridad interna que corrimos después del escándalo de Roberto.

IronShield había sido recomendada por…

Traté de hacer memoria. ¿Quién había traído a IronShield a la mesa?

Fue en una junta hace dos meses. Estábamos Alejandro, yo, Don Augusto y…

Mi sangre se heló.

Valeria Alva.

La hermana de Alejandro. La “hippie” de Tulum.

Valeria había venido a la ciudad para “apoyar a la familia” después de la crisis. Ella había sugerido a IronShield. “Conozco al dueño, son súper profesionales, cuidan hoteles en la Riviera Maya”, había dicho con su voz suave y relajada.

Salí del baño tambaleándome.

Regresé al salón. Todo se veía borroso. La música, las risas, el brillo de las copas.

Busqué a Valeria con la mirada. Ahí estaba. Sentada en la mesa principal, al lado de Don Augusto. Llevaba un vestido blanco, sencillo, estilo boho-chic, y el cabello suelto. Se veía angelical. Reía de algo que le decía su padre, acariciándole la mano con cariño.

¿Valeria? ¿La hermana que hacía yoga y retiros espirituales? No podía ser. Era absurdo.

Pero luego recordé algo. Tulum. Riviera Maya. Zona caliente de turismo… y de distribución.

Me acerqué a la mesa. Alejandro me vio y me hizo señas para que me sentara a su lado.

—¿Todo bien? —me susurró al oído—. Estás pálida.

—Solo… me cayó mal el champán —mentí.

Me senté frente a Valeria. Ella me sonrió. Una sonrisa cálida, perfecta.

—Elena, te ves hermosa —me dijo—. Ese color te queda increíble. Resalta tus ojos de… guerrera.

La última palabra la dijo con un tono ligeramente diferente. ¿O fue mi imaginación?

—Gracias, Valeria. Tú también te ves muy bien. ¿Qué tal Tulum?

—Ay, lo extraño —suspiró—. La energía de la ciudad es muy pesada. Pero papá me necesita. Y bueno, alguien tiene que cuidar que ustedes dos no trabajen hasta morir.

—Hablando de trabajo —dije, tratando de sonar casual, mientras cortaba mi filete—, ¿sabes algo de los de IronShield? Tuvimos un incidente hoy y no me contestan.

Valeria no parpadeó. Siguió cortando su carne con elegancia.

—¿Ah sí? Qué raro. Son muy eficientes. Seguro es un problema de señal. Yo les marco mañana temprano a ver qué pasa. No te preocupes, cuñada. Relájate. Hoy es noche de fiesta.

Me guiñó un ojo.

Fue un gesto inocente. Pero mi instinto, ese animal salvaje que vivía en mi estómago desde que me echaron a la calle, gruñó.

Ella sabía.

No sabía cómo ni por qué, pero ella sabía del camión. Su tranquilidad no era paz espiritual; era indiferencia sociópata.

En ese momento, Don Augusto se levantó para dar su discurso.

—¡Familia, amigos! —empezó, levantando su copa—. Hoy celebramos 45 años de Grupo Alva. Hemos pasado tormentas, hemos tenido ratas en el barco, pero aquí seguimos. Y seguimos porque somos una familia unida. Y porque tenemos sangre nueva. Quiero proponer un brindis por mis hijos, Alejandro y Valeria, que son el futuro de esta empresa.

Todos aplaudieron. Alejandro se levantó y abrazó a su padre. Valeria también se levantó y lo abrazó. Era la imagen de la familia perfecta.

Y yo me sentí más sola que nunca.

Si Valeria era el Socio Silencioso, yo estaba en problemas graves. No podía ir con Alejandro y decirle: “Tu hermana es una narco”. Me tiraría de loca. Me odiaría. Don Augusto me destruiría.

Estaba atrapada en la boca del lobo otra vez. Pero esta vez, el lobo era de la familia.

De repente, el teléfono de Alejandro sonó. Él lo miró, frunció el ceño y contestó.

—¿Bueno? Sí, soy yo… ¿Qué?

Su cara cambió. Se puso blanco como el papel. Soltó la copa de champán, que se rompió contra el suelo, derramando el líquido dorado sobre la alfombra. El sonido de los cristales rotos silenció al salón entero.

—¡No! —gritó Alejandro al teléfono—. ¡No puede ser!

Valeria lo miró con preocupación exagerada.

—¿Ale? ¿Qué pasa?

Alejandro colgó y nos miró a todos con ojos de terror.

—Es… es la planta de Querétaro. Hubo una explosión.

El salón estalló en murmullos.

—¿Qué? —Don Augusto se tambaleó—. ¿Qué tan grave?

—Papá… —Alejandro tragó saliva, con lágrimas en los ojos—. Dicen que fue… fue intencional. Un coche bomba. Hay… hay muertos.

El caos se desató. La gente corría, gritaba. Don Augusto se llevó la mano al pecho, colapsando en su silla. Valeria gritó “¡Papá!” y se lanzó a atenderlo.

Yo me quedé petrificada en medio del torbellino.

Un coche bomba. Terrorismo.

Miré a Valeria. Ella estaba sosteniendo a su padre, gritando por un médico. Pero por un segundo, solo un segundo, levantó la vista y me miró a través del caos.

Y sonrió.

Fue una sonrisa mínima, rápida, fría como el hielo.

En ese instante, mi celular de prepago vibró.

Lo saqué sin importarme quién me viera.

Nuevo mensaje del Socio Silencioso.

“Te dije que el negocio era mío. Y no me gustan las auditoras metiches. Esto fue solo fuegos artificiales para la fiesta. La próxima vez, el fuego será en tu casa. Aléjate o muérete. Tú decides, Elena.”

Guardé el teléfono.

Miré a Alejandro, que estaba desesperado tratando de reanimar a su padre junto con los paramédicos que llegaban. Miré a Valeria, la actriz perfecta, llorando lágrimas de cocodrilo.

Sentí que el miedo me invadía. Un miedo paralizante. Querían matarme. De verdad querían matarme. Y no les importaba volar una planta entera para demostrar su poder.

Debía huir. Agarrar a Santi, a Lupe, e irme lejos. A otro país. Tenía dinero ahorrado. Podía desaparecer.

Di un paso hacia atrás, alejándome de la mesa, alejándome de Alejandro.

Pero entonces, vi a Alejandro. Vi su dolor. Vi cómo se le rompía el mundo. Él era el único hombre que me había amado de verdad. El único que me había defendido.

Si me iba, lo dejaba solo con el monstruo. Valeria lo devoraría. Lo culparía del ataque, lo metería a la cárcel o lo mataría para quedarse con todo.

No.

No podía irme.

Me quité los tacones ahí mismo, en medio del salón de baile. Sentí la alfombra suave bajo mis pies descalzos.

Me acerqué a Alejandro. Puse mi mano en su hombro.

—Alejandro —le dije, y mi voz sonó extrañamente calmada en medio de la histeria—. Estoy aquí. No me voy a ir. Vamos a resolver esto.

Él me miró, perdido, y asintió, aferrándose a mi mano como si fuera su única ancla a la realidad.

Levanté la vista y clavé mis ojos en Valeria. Ella me sostuvo la mirada, desafiante. Ya no había máscaras entre nosotras. Ella sabía que yo sabía. Y yo sabía que ella sabía.

Era una declaración de guerra.

Pero esta vez, no iba a pelear con videos virales y chismes. Esta vez, la guerra sería a muerte.

—Vamos al hospital —ordené a los guardias de seguridad, tomando el control de la situación—. ¡Saquen las camionetas! ¡Nadie entra ni sale sin mi autorización!

Mientras corríamos hacia la salida, hice una promesa silenciosa.

“Vas a caer, Valeria. Y te juro por mi hijo que cuando caigas, no habrá hoyo suficientemente profundo para esconderte.”

El viaje al hospital fue un borrón de sirenas y luces rojas. Don Augusto había sufrido un infarto masivo por la impresión. Estaba en terapia intensiva, luchando por su vida. Alejandro estaba en la sala de espera, en shock, con la camisa manchada de sangre (se había cortado con la copa rota y ni se había dado cuenta).

Yo estaba en un rincón, hablando con El Chale por teléfono.

—Beto, escúchame bien. Olvida los tacos. Olvida la exclusiva. Esto es guerra.

—Ya vi las noticias, Elena. Está cabrón. Dicen que fue el cártel.

—No fue el cártel. O bueno, no solo ellos. Fue interno. Beto, necesito que investigues a Valeria Alva.

—¿La hermana fresa?

—Esa misma. Quiero todo. Cuentas bancarias, viajes, novios, amantes… y sobre todo, su relación con IronShield Seguridad Privada.

—Eso está difícil, jefa. Esa morra se mueve en círculos muy altos. Si meto las narices ahí, me las pueden cortar.

—Te pago medio millón de pesos.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿De dónde vas a sacar medio millón?

—Tengo mis ahorros. Y si hace falta, vendo mi camioneta. ¿Le entras o te rajas?

—Por medio melón… le entro hasta al infierno. Dame 24 horas.

Colgué.

Me senté junto a Alejandro. Le tomé la mano vendada.

—Ale… —susurré.

—Es mi culpa —dijo él, con la voz rota—. Yo debí revisar la seguridad de la planta. Yo debí estar ahí.

—No es tu culpa. Fue un ataque.

—¿Quién haría algo así, Elena? ¿Quién nos odia tanto?

Lo miré. Quería decirle. Quería gritarle: “¡Tu hermana! ¡La que está allá adentro llorando con los doctores!”. Pero no tenía pruebas. Solo una corazonada y un mensaje de texto. Necesitaba el arma humeante.

—Lo vamos a averiguar —le prometí—. Pero ahora necesito que seas fuerte. Tu papá te necesita. La empresa te necesita. Y yo te necesito.

Alejandro me abrazó, escondiendo su cara en mi cuello. Sentí sus lágrimas calientes sobre mi piel.

En ese momento, Valeria salió de la zona de terapia intensiva. Venía secándose los ojos con un pañuelo de encaje.

—Ale… —dijo con voz temblorosa—. El doctor dice que está estable, pero… muy grave. Si sobrevive, es posible que no vuelva a hablar bien.

Alejandro sollozó.

Valeria se acercó y le puso una mano en el hombro. Luego me miró a mí.

—Elena, gracias por estar aquí. Pero esto es un momento familiar. Deberías irte a descansar. Mañana va a ser un día difícil para los empleados.

Me estaba corriendo. Me estaba marcando el territorio. “Tú eres la empleada, nosotros somos los dueños”.

Me puse de pie. Me puse los tacones que traía en la mano.

—No me voy a ir, Valeria —le dije, mirándola desde mi altura (con tacones era más alta que ella)—. Alejandro es mi pareja. Y Don Augusto es mi jefe. Y hasta que Alejandro me diga que me vaya, de aquí no me mueve nadie.

Valeria entrecerró los ojos. Suspiró como si tuviera paciencia con una niña berrinchuda.

—Como quieras. Solo no estorbes.

Se dio la vuelta y regresó a la habitación de su padre.

Me volví a sentar. La noche iba a ser larga.

Saqué mi libreta y empecé a escribir. No eran números. Eran nombres. Fechas. Conexiones.

IronShield.
Tulum.
Valeria.
Explosión Querétaro.
Robo Matehuala.

Tenía que haber un hilo conductor. Un error. Valeria era lista, sí. Pero era arrogante. Y la arrogancia es la madre de todos los errores.

Recordé algo que dijo en la cena. “Conozco al dueño de IronShield, cuidan hoteles en la Riviera”.

Saqué mi celular y busqué en Google: “Dueño IronShield México”.

El nombre legal de la empresa era “Grupo de Seguridad Integral del Sureste SA de CV”.
Representante legal: Carlos Dávila.

Busqué a Carlos Dávila. No había fotos. Solo perfiles de LinkedIn vacíos.

Pero luego, busqué en las páginas de sociales de Cancún. “Fiestas Tulum 2024”.

Y ahí estaba.

Una foto de una fiesta en la playa. Valeria Alva, en bikini, abrazada a un hombre alto, bronceado, con tatuajes tribales.
El pie de foto decía: “Valeria Alva y su prometido, el empresario hotelero Charly Dávila, disfrutando del verano”.

Prometido.

No solo conocía al dueño. Se iba a casar con él.

Y Alejandro no sabía nada. En la cena, Valeria no había mencionado ningún compromiso.

Ahí estaba el eslabón. IronShield no era un proveedor. Era parte de la familia política secreta. Y “Charly” Dávila seguramente no era solo hotelero.

Sonreí en medio de la tragedia.

Te tengo, Valeria.

Le mandé la foto a El Chale.

“Busca antecedentes penales de Carlos ‘Charly’ Dávila. Y busca si tiene alias.”

Cinco minutos después, El Chale contestó.

“Jefa… eres una bruja. Charly Dávila es el alias de ‘El Lagarto’, lugarteniente del Cártel del Golfo en Quintana Roo. Buscado por la DEA. Y al parecer… futuro cuñado de tu novio.”

Guardé el teléfono. Sentí un escalofrío de terror y emoción.

Estábamos durmiendo con el enemigo. Literalmente. El narco no estaba afuera de la empresa. El narco estaba a punto de heredarla a través de Valeria.

Si Don Augusto moría, Valeria heredaba la mitad. Y si Alejandro tenía un “accidente”… Valeria heredaba todo. Y Grupo Alva se convertiría en la flota de transporte de drogas más grande de América Latina, con fachada legal perfecta.

Ese era el plan. El “Socio Silencioso” era El Lagarto. Y Valeria era su reina.

Miré a Alejandro, dormitando en la silla incómoda del hospital. Tan inocente. Tan bueno.

No iba a permitir que le hicieran daño.

Me levanté y fui a la máquina de café. Necesitaba cafeína. Necesitaba estar alerta.

Porque ahora sabía que la explosión en Querétaro no fue un ataque terrorista. Fue una distracción. Y probablemente, el primer intento de asesinato… contra Alejandro. Él debía haber estado en esa planta hoy para una revisión, pero canceló de último momento para ir a comprar mi regalo de aniversario.

Mis aretes de diamantes le habían salvado la vida.

Tomé el café negro, amargo.

—Salud, Valeria —susurré al aire—. Disfruta tu victoria de hoy. Porque mañana… mañana empieza la cacería.

Capítulo 8: Jaque Mate a la Reina

El café del hospital sabe a agua sucia y desesperación, pero me lo tomé como si fuera el elíxir de la vida. Eran las 6:00 AM. Don Augusto seguía en coma inducido. Alejandro dormitaba en una silla de plástico, con la cabeza apoyada en la pared, luciendo como un niño perdido.

Yo no había pegado el ojo. Mi mente era un tablero de ajedrez donde las piezas se movían a la velocidad de la luz. Valeria se había ido a su “hotel boutique” a descansar, alegando que necesitaba estar fresca para “tomar decisiones difíciles” hoy.

Sabía exactamente a qué se refería.

A las 8:30 AM había convocado a una Junta Extraordinaria de Consejo. El orden del día tenía un solo punto: “Designación de Liderazgo Interino ante la Incapacidad del Presidente”.

Iba a dar el golpe. Iba a sacar a Alejandro alegando que estaba emocionalmente inestable (lo cual era cierto en este momento) y se iba a nombrar a sí misma CEO interina. Y una vez que tuviera la firma electrónica de la presidencia, Grupo Alva pasaría a ser la lavadora de dinero más grande del Cártel del Golfo.

Me levanté, alisé mi vestido arrugado de la noche anterior y desperté a Alejandro suavemente.

—Ale… despierta. Tenemos que irnos.

Él abrió los ojos, rojos e hinchados.

—No quiero irme. Mi papá…

—Tu papá está cuidado por los mejores médicos. Pero si no vamos a la oficina ahora, cuando despierte no va a tener empresa. Valeria va a tomar el control hoy.

Alejandro se frotó la cara, confundido.

—Que lo tome. Ella es mi hermana. Es buena administradora. Yo… yo no tengo cabeza para esto ahorita, Elena. Casi matan a mi papá. Explotó una planta. Tal vez ella tenga razón y necesitamos mano dura.

Lo agarré de las solapas de su smoking arrugado y lo sacudí.

—¡Escúchame bien, Alejandro Alva! —le susurré con furia—. ¡Tu hermana no es la salvadora! ¡Ella trajo a los verdugos! ¡El hombre con el que se acuesta, ese tal Charly, es el narco que voló tu planta! ¡Ellos quieren la empresa para mover droga!

Alejandro me miró como si me hubiera salido espuma por la boca.

—Elena… estás delirando. El estrés te está afectando. Valeria es… es familia.

—¡La familia también traiciona! ¡Ricardo era mi familia y mira lo que me hizo! —Saqué mi celular y le mostré la foto que me envió El Chale, la ficha de la DEA de “El Lagarto”—. Mira. Este es el prometido de tu hermana. ¿Te parece un empresario hotelero?

Alejandro tomó el teléfono. Vio la foto. Vio los cargos: Tráfico de estupefacientes, homicidio agravado, terrorismo.

Se quedó en silencio mucho tiempo. Vi cómo se le rompía el corazón en mil pedazos, otra vez. Pero esta vez, cuando levantó la mirada, ya no había tristeza. Había una frialdad aterradora. La misma mirada de su padre cuando negociaba contratos millonarios.

—¿Estás segura? —preguntó con voz de hielo.

—Cien por ciento.

Alejandro se puso de pie. Se arregló el corbata de moño deshecha.

—Vámonos. Tengo una hermana que despedir.


Llegar a la oficina fue entrar en zona de guerra. Había hombres de IronShield por todos lados. Tipos armados con rifles largos, con uniformes tácticos negros, controlando los accesos. “Por seguridad”, decían.

Valeria ya estaba en la sala de juntas. Había traído a los consejeros externos, a los abogados y al notario. Estaba sentada en la cabecera, la silla de su padre. Llevaba un traje blanco inmaculado que la hacía ver poderosa, pura. A su lado, de pie, estaba él.

Carlos “Charly” Dávila.

En persona era más intimidante que en las fotos. Alto, musculoso, con un traje que le quedaba apretado en los hombros y una sonrisa de tiburón. Me miró cuando entramos y sentí que me desnudaba con la mirada, no con deseo, sino evaluando dónde clavarme el cuchillo.

—Alejandro, querido —dijo Valeria con voz dulce—. Llegaste. Pensé que te quedarías con papá. Siéntate, por favor. Ya vamos a empezar. Elena… —me miró con desdén—, esta es una junta de Consejo. Los directores de área no están requeridos. Puedes esperar afuera.

Alejandro no se sentó. Se quedó de pie, al otro lado de la mesa. Yo me quedé a su lado.

—Elena se queda —dijo Alejandro.

—Ale, por favor, no empieces con tus caprichos. Estamos en crisis. Necesitamos seriedad.

—Exacto. Seriedad. —Alejandro miró a los consejeros—. Señores, mi hermana ha convocado esta junta para tomar el control. Alega que es por la crisis. Pero la crisis… la generó ella.

El salón se quedó en silencio. Valeria soltó una risita nerviosa.

—Alejandro está muy afectado, señores. El dolor lo hace decir incoherencias. Charly, por favor, acompaña a mi hermano a descansar a mi oficina.

El Lagarto dio un paso adelante.

—Claro, mi amor. Vamos, cuñado. Estás alterado.

Puso su mano enorme sobre el hombro de Alejandro.

—Quítame la mano de encima —dijo Alejandro sin moverse un milímetro.

—Tranquilo, cuñado…

—¡Dije que me quites la mano de encima, narco de mierda!

El insulto resonó como un disparo. Charly borró la sonrisa. Sus ojos se oscurecieron.

Valeria se puso de pie de golpe.

—¡Suficiente! ¡Seguridad! ¡Saquen a Alejandro y a esta mujer de aquí! ¡Ahora mismo!

Cuatro hombres de IronShield entraron a la sala, apuntando sus armas “no letales” (que se veían bastante letales) hacia nosotros.

Los consejeros se encogieron en sus sillas, aterrorizados. Esto ya no era una junta corporativa. Era un golpe de estado armado.

—Nadie se mueve —dije yo, sacando mi voz de “mamá regañona” pero amplificada a nivel Dios—. Si nos tocan, se mueren.

Valeria me miró con odio puro.

—¿Tú? ¿Tú me vas a matar, gata igualada? ¿Con qué? ¿Con tu pluma?

—No. Con la verdad. Y con una transmisión en vivo.

Levanté mi celular.

—Señores consejeros —dije, mirando a la cámara y a los hombres de traje—. En este momento, mi asociado está transmitiendo desde una ubicación segura toda la evidencia que vincula a Valeria Alva y a Carlos Dávila, alias “El Lagarto”, con el Cártel del Golfo.

Valeria palideció.

—¡Miente! —gritó—. ¡Es otra de sus trampas! Charly, ¡haz algo!

Charly ya no disimulaba. Sacó una pistola de verdad de debajo de su saco. Los consejeros gritaron y se tiraron al suelo.

—¡Baja el teléfono, perra! —me gritó Charly, apuntándome a la cabeza.

Alejandro se interpuso entre el arma y yo.

—¡Si disparas, se acaba todo, Charly! —gritó Alejandro—. ¡La policía ya viene en camino!

—¡Me vale madre la policía! —rugió el narco—. ¡Yo soy la ley aquí! ¡Valeria, firma el acta! ¡Fírmala ahorita y nos largamos con el dinero de las cuentas!

Valeria, temblando, agarró la pluma. Ya no era la reina de hielo. Era una niña asustada que se había metido con monstruos que no podía controlar.

—¡Firma! —le gritó Charly, disparando al techo. ¡BANG!

El yeso cayó sobre la mesa de caoba. Valeria garabateó su firma en el acta notarial, llorando.

—¡Transfiere! —ordenó Charly a uno de sus hombres que tenía una laptop abierta—. ¡Vacía las cuentas operativas! ¡Los 500 millones!

—¡No! —grité—. ¡Ese es el dinero de la nómina! ¡De los proveedores!

Charly se rió. Una risa maníaca.

—¿Crees que me importa tu nómina? Esto es un retiro anticipado. Y ustedes… ustedes son los daños colaterales.

Apuntó a Alejandro de nuevo.

—Adiós, cuñado.

Cerré los ojos, esperando el disparo.

Pero lo que se escuchó no fue un disparo. Fue un estruendo.

¡CRAAASH!

Los ventanales de la sala de juntas, que daban a la calle, estallaron hacia adentro.

Humo. Ruido. Gritos.

Un helicóptero estaba suspendido afuera, a la altura del piso 10. Cuerdas bajaron. Hombres de negro entraron rompiendo lo que quedaba de los cristales.

Pero no eran policías normales. Llevaban cascos tácticos, visores nocturnos (aunque era de día) y chalecos con las letras doradas: SEMAR.

La Marina.

—¡AL SUELO! ¡TODO EL MUNDO AL SUELO!

El Chale no había llamado a la policía municipal. Había llamado a sus contactos de “alto nivel”. Y cuando le das a la Marina la ubicación exacta de un capo buscado por la DEA en un edificio corporativo lleno de rehenes civiles, ellos no tocan el timbre. Entran con todo.

Charly intentó disparar a los marinos. Fue su último error.

Tres disparos secos, precisos. Pum, pum, pum.

El Lagarto cayó hacia atrás, chocando contra la pared, manchando el tapiz elegante de rojo. Su pistola resbaló por el suelo hasta detenerse a mis pies.

Valeria gritó. Un grito desgarrador, histérico. Se lanzó sobre el cuerpo de su prometido, manchando su traje blanco inmaculado de sangre.

—¡Charly! ¡No, no, no!

Los hombres de IronShield soltaron las armas y levantaron las manos más rápido que un parpadeo. Nadie se mete con la Marina.

Un oficial se acercó a nosotros.

—¿Están bien? ¿Quién es Alejandro Alva?

—Soy yo —dijo Alejandro, levantando las manos, pálido como un fantasma.

—Estamos asegurando el perímetro. Su hermana está bajo arresto por complicidad, lavado de dinero y terrorismo.

Dos marinos levantaron a Valeria. Ella pataleaba, lloraba, insultaba.

—¡Alejandro! ¡Ayúdame! ¡Soy tu hermana! ¡No dejes que me lleven! —gritaba mientras la esposaban—. ¡Fue él! ¡Él me obligó! ¡Yo no sabía nada!

Alejandro la miró. Había dolor en sus ojos, sí. Pero también había una resolución final.

—Sabías, Valeria. Sabías y no te importó. Te importó más el poder que nuestra familia.

—¡Te odio! ¡Ojalá te hubieras muerto tú en la explosión! —escupió ella antes de que la sacaran a empujones por la puerta destrozada.

El silencio que quedó en la sala fue ensordecedor. El viento entraba por las ventanas rotas, moviendo los papeles del acta notarial firmada, ahora inservible.

Me dejé caer en una silla, temblando. La adrenalina se estaba yendo y dejaba paso al terror retrospectivo. Casi morimos.

Alejandro se arrodilló frente a mí. Me tomó las manos. Estaban heladas.

—Elena… —susurró—. Elena, mírame.

Levanté la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de una admiración infinita.

—Nos salvaste. Otra vez.

—Llamé a un amigo… —bromeé, con la voz rota, intentando sonreír—. Creo que le debo más que unos tacos.

Alejandro soltó una carcajada que sonó más a llanto de alivio. Me abrazó. Nos abrazamos ahí, en medio de los cristales rotos, la sangre y el caos, sabiendo que habíamos sobrevivido al infierno.


EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS

El sol de la tarde entraba suave por los ventanales (nuevos y blindados) de la oficina de la Presidencia de Grupo Alva.

Alejandro firmaba unos documentos en el escritorio gigante. Ya no se veía como el “hijo de papi” estresado. Se veía maduro, seguro. Las canas que le habían salido en estos meses le quedaban bien.

Yo estaba sentada en el sofá de la esquina, revisando el reporte trimestral en mi tablet.

—Los números están arriba un 15% —dije—. La nueva ruta a Texas es un éxito. Y los clientes están regresando gracias a la campaña de transparencia.

—Gracias a la campaña de “La Directora de Hierro”, querrás decir —sonrió Alejandro sin levantar la vista—. Eres famosa, amor. Forbes te quiere entrevistar otra vez.

—Paso. Ya tuve suficiente fama para una vida. Prefiero ser la que manda desde las sombras… pero de las buenas.

La puerta se abrió y entró Don Augusto. Caminaba más lento, apoyándose más en su bastón, y hablaba un poco más despacio debido a las secuelas del infarto, pero su mirada seguía siendo aguda como un láser.

—¿Ya terminaron de coquetear? —gruñó con cariño—. Tenemos la cena de beneficencia a las ocho.

—Ya casi, papá —dijo Alejandro—. Solo estoy aprobando el presupuesto para la nueva fundación.

—¿Fundación? —Don Augusto frunció el ceño.

—”Fundación Santiago”. Para madres solteras en situación de riesgo —expliqué yo—. Becas, guarderías, asesoría legal. Para que ninguna mujer tenga que aguantar a un patán solo por no tener a dónde ir.

Don Augusto me miró. Sus ojos se suavizaron.

—Bien. Muy bien. Aprúebalo. Y duplícalo. Tenemos de dónde.

Se acercó a mí y me dio un beso en la frente.

—Estoy orgulloso de ti, hija.

—Gracias, Don Augusto.

—Dime suegro, carajo. Ya va siendo hora. ¿Para cuándo la boda? Estos niños necesitan estabilidad.

Alejandro y yo nos miramos. Me guiñó un ojo.

—Pronto, papá. En cuanto Elena deje de encontrar fraudes y tenga un fin de semana libre.

Don Augusto salió riendo.

Me levanté y caminé hacia el ventanal. La vista de la ciudad era imponente. Pensé en todo lo que había pasado. En la noche fría en la banqueta de Ecatepec. En el miedo. En Ricardo (que seguía en la cárcel y seguiría ahí muchos años). En Roberto. En Valeria (que esperaba sentencia en un penal federal de máxima seguridad).

Había perdido la inocencia, sí. Pero había ganado algo mucho más valioso: la certeza de mi propia fuerza.

Miré mi reflejo en el cristal. Ya no veía a la víctima. Veía a una sobreviviente. A una líder. A una madre que defendió a su cachorro contra leones y hienas y ganó.

Alejandro se paró detrás de mí, abrazándome por la cintura.

—¿En qué piensas?

—En que la vida es una rueda de la fortuna —dije, recordando mis propias palabras de aquella noche fatídica—. A veces estás abajo comiendo tierra. Pero cuando subes… la vista es espectacular.

—Y no vas a volver a bajar, Elena. Te lo prometo.

Me giré y lo besé. Un beso lento, tranquilo, sin prisas. Ya no había emergencias. Ya no había amenazas. Solo había futuro.

Mi celular vibró en el escritorio.

Lo miré de reojo. Era un mensaje de Lupe.

“Amiga, Santi acaba de aprender a andar en bici sin rueditas!!! Te mando video. Vente a cenar pozole, invito yo.”

Sonreí. Esa era mi verdadera victoria.

—Alejandro —le dije, tomando mi bolso—. Cancela la cena de beneficencia.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque hoy tengo una cita más importante. Hay pozole en casa de Lupe. Y Santi me va a enseñar a volar.

Salimos de la oficina tomados de la mano, apagando las luces detrás de nosotros, dejando el imperio en pausa para ir a disfrutar de lo que realmente importa.

Porque al final del día, el poder no es tener una empresa millonaria. El poder es tener a quién abrazar cuando se apaga la luz.

FIN

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