Me dijeron “naca” y trataron de cachetearme frente a todos en mi nueva prepa. Lo que no sabían es que mi tío me entrenó para esto, y que alguien lo grabaría todo para convertirlo en el video más viral de la escuela.

Capítulo 1: La Nueva

El aire de la Ciudad de México era una bestia completamente diferente. En Guadalajara, mi ciudad, el aire olía a tierra mojada después de la lluvia, a las flores de los cientos de buganvilias que se desbordaban por las bardas, al pan recién horneado de la panadería de la esquina. Aquí, en este monstruo de asfalto y concreto, el aire era una mezcla densa y agresiva que te golpeaba en la cara. Olía a escape de microbús, a grasa de fritanga de un puesto callejero, a perfume caro mezclado con sudor en el metro, y a una extraña soledad eléctrica, la soledad de estar rodeado por nueve millones de almas y no conocer a ninguna.

Llevábamos apenas tres semanas en nuestro nuevo departamento en Santa Fe, un acuario de lujo en el piso diecisiete con vistas a un mar de edificios corporativos que parecían competir por ver cuál podía rascar más alto el cielo perpetuamente gris. Mi mamá lo llamaba “nuestro nuevo comienzo”. Para mí, se sentía como el final de todo lo que conocía. El departamento era minimalista y frío, con paredes blancas que parecían gritar por un poco de color, por un cuadro chueco, por una foto familiar pegada con cinta adhesiva. Era el reflejo perfecto de cómo me sentía por dentro: vacío, impersonal y demasiado silencioso.

La Preparatoria Pública Benito Juárez era mi nuevo campo de batalla. A diferencia de los relucientes edificios de Santa Fe, la prepa tenía el carácter desgastado y honorable de algo que ha visto pasar generaciones. Sus paredes de concreto estaban cubiertas de murales vibrantes, algunos representando a los héroes de la patria con una solemnidad casi religiosa —un Miguel Hidalgo con el ceño fruncido, una Josefa Ortiz de Domínguez con la mirada desafiante— y otros eran explosiones de grafiti artístico, rostros y formas abstractas que contaban historias más modernas y anónimas. El olor aquí era distinto al de Santa Fe, pero igual de complejo: una base de cloro y desinfectante barato sobre la que flotaban notas de tacos de canasta de la señora que se ponía en la entrada, el sudor adolescente de la clase de deportes y el polvo de gis que parecía emanar de las propias paredes.

A mis dieciséis años, yo, Sofía Reyes, me había convertido en una nómada a la fuerza, una experta en el arte de empacar mi vida en cajas de cartón. Mi mamá, una mujer brillante y determinada cuyo cerebro funcionaba a la velocidad de la fibra óptica, era una ingeniera en sistemas muy cotizada. Su carrera era una escalera ascendente que nos obligaba a movernos cada dos o tres años. Dejé un pedazo de mi corazón en Monterrey, otro en Querétaro y ahora, el trozo más grande se había quedado en Guadalajara, con mis amigas, con los domingos en el Parque Metropolitano, con el simple placer de caminar por calles que conocía como la palma de mi mano.

Cada mudanza era un ejercicio brutal de reinvención. Era llegar a un lugar nuevo y tener que aprender todo desde cero: las rutas del camión, qué puesto de la esquina vendía los mejores esquites, qué miradas significaban peligro y cuáles eran una invitación a la amistad. Y lo más difícil, la tarea más delicada de todas, era descifrar el intrincado y salvaje ecosistema social de una preparatoria. Era como ser una bióloga marina sumergida en un arrecife desconocido, tratando de identificar a los tiburones, a las rémoras, a los peces payaso y a los corales venenosos antes de convertirme en la presa de alguien.

Pero a pesar de la nostalgia que se me anudaba en la garganta por las noches, el miedo nunca fue parte de mi equipaje. Podía sentir la tristeza, la incertidumbre, la frustración, pero el miedo era un lujo que no me podía permitir, una debilidad que el mundo real no perdonaba. Tenía un ancla, un secreto que me mantenía firme sin importar la tormenta que se avecinara. Ese secreto tenía un nombre: Tío Rocco.

Mi tío Rocco no era una estrella de cine ni un millonario. Era un hombre forjado a la antigua, un filósofo de la mecánica automotriz que operaba desde su taller en el corazón de Ecatepec. Sus manos, permanentemente engrasadas y cubiertas de pequeños cortes y cicatrices, eran capaces de desarmar un motor V8 y volverlo a armar con los ojos cerrados. Su taller olía a aceite quemado, a metal y a gasolina, una fragancia que para mí era más reconfortante que cualquier perfume. Desde que yo tenía ocho años, después de un incidente en la primaria donde unos niños de sexto me habían acorralado para quitarme mi torta de huevo con chorizo y mi Boing de mango, mi tío Rocco había tomado mi “educación especial” en sus propias manos.

Recuerdo esa tarde como si fuera ayer. Llegué a su casa con los ojos hinchados de llorar y la camisa del uniforme manchada de tierra. Él estaba trabajando en el carburador de un Mustang del 68, una bestia de color rojo cereza. Sin decir una palabra, limpió sus manos en un trapo, me sentó en un banco y me escuchó. Cuando terminé mi relato tembloroso, no me dijo “pobrecita” ni “no te preocupes”. Me miró fijamente con sus ojos oscuros y sabios y me dijo: “El mundo es una jungla, mi’ja. Y en la jungla no sobreviven los más buenos, sino los más listos y los más fuertes. Llorar no va a evitar que te vuelvan a quitar el lunch. Aprender a defenderte, sí”.

A partir de ese fin de semana, comenzaron mis lecciones. En el patio trasero de su casa, sobre unos colchones viejos que habíamos sacado de un tiradero, mi tío me enseñó el arte de la defensa personal. No era karate de película. Era una mezcla cruda y efectiva de jiu-jitsu brasileño para usar el peso del oponente en su contra, de Muay Thai para los golpes precisos y de maña callejera, la sabiduría que solo te dan los años de navegar por un barrio bravo.

“La fuerza no está en los músculos, Sofi”, me decía mientras me enseñaba a zafarme de un agarre. “Está aquí”, y se tocaba la sien. “Es anticipar, es observar, es usar la fuerza de tu enemigo para que se estrelle solo. Y lo más importante”, repetía una y otra vez, hasta que se me grabó en el alma, “es que la fuerza no es para buscar pleito. La fuerza es para protegerte a ti y a los tuyos. Es el último recurso. Nunca, escúchame bien, nunca seas cruel. La violencia es una herramienta, no un juguete. Si la usas, es para terminar la bronca, no para empezarla”.

Esa filosofía era el escudo invisible que llevaba conmigo a la Preparatoria Benito Juárez. Mientras caminaba por sus pasillos el primer día, observaba a la gente. Rápidamente, como un programa de reconocimiento facial, mi cerebro empezó a clasificar. Identifiqué a los grupos de chicas que se reían demasiado fuerte, juzgando la ropa de los demás. A los chicos nerds que se agrupaban cerca de la biblioteca, creando una fortaleza de mochilas y libros. A las parejas que se besaban con desesperación en las esquinas, como si el mundo fuera a acabarse al siguiente timbre. Y luego, los vi a ellos.

No necesitabas un mapa para saber quiénes eran los que mandaban. Se movían por la escuela con una especie de gravedad propia, una que obligaba a los demás cuerpos a orbitar a su alrededor o a apartarse de su camino. Aquí, en el lenguaje chilango, no eran simplemente “populares”. Eran “Los Mirreyes”. Un triunvirato de chavos de último año que actuaban como si la preparatoria fuera una extensión del club de golf de sus padres. Su arrogancia era un perfume caro y ofensivo que dejaba una estela a su paso.

El líder del clan, el sol alrededor del cual giraban los demás, era Mateo Vargas. Era el cliché perfecto: alto, de hombros anchos que apenas cabían en la chamarra de piel que usaba incluso en los días calurosos, con un cabello castaño perfectamente peinado hacia atrás con algún producto costoso y una sonrisa burlona permanentemente dibujada en la cara. Su poder no venía de su inteligencia ni de su carisma, sino del apellido de su padre, un político local cuyo rostro sonriente y photoshopeado aparecía en espectaculares por toda la ciudad con eslóganes vacíos sobre “el cambio”. Mateo conducía una camioneta Lobo negra, impecable y monstruosa, que rugía cada mañana al estacionarse en el mejor lugar, un lugar que nadie más se atrevía a ocupar.

A su lado, como dos satélites programados para obedecer, estaban sus dos lugartenientes. El primero era “El Chino” Solís. Un tipo corpulento, de cuello grueso y pocas palabras, cuya única función parecía ser la de músculo e intimidación. Lo vi varias veces golpear los casilleros con el puño cerrado cuando algo le molestaba, dejando abolladuras que se sumaban a las ya existentes, como un animal marcando su territorio. Su mirada era vacía y brutal; no parecía pensar, solo reaccionar.

El segundo era Ricardo, pero todos le decían “Richie”. Era el polo opuesto del Chino: flacucho, de movimientos nerviosos y ojos pequeños y astutos que lo registraban todo. Richie era la víbora del grupo. Su veneno era el chisme, la burla, la humillación sutil. Y su arma era un celular de última generación que siempre tenía en la mano, listo para grabar cualquier momento vergonzoso, cualquier caída, cualquier lágrima, para luego distribuirlo en los grupos de WhatsApp y alimentar el ego de su amo.

Vi cómo operaban desde la seguridad de mi anonimato. Una tarde, durante el receso, vi cómo Mateo le ponía el pie a un chico de primero que corría apurado. El chico cayó de bruces, sus lentes salieron volando y su torta de milanesa se embarró en el piso. Mateo, el Chino y Richie estallaron en carcajadas, mientras el resto de los estudiantes que vieron la escena simplemente bajaron la mirada y aceleraron el paso. El chico se levantó, rojo de vergüenza, recogió sus lentes rotos y se fue sin decir una palabra, dejando su almuerzo aplastado como una metáfora de su dignidad.

Otra vez, vi a Richie grabandocómo a una chica, claramente de una familia humilde, se le rompía una de las correas de su mochila gastada, regando sus cuadernos por el suelo. No la ayudó. Solo hizo zoom en su cara de angustia, probablemente para crear un meme más tarde.

El miedo era el aceite que mantenía funcionando la maquinaria social de la Benito Juárez. Un miedo silencioso, aceptado, normalizado. Y yo no quería tener nada que ver con eso.

Así que durante las primeras dos semanas, apliqué el “Manual de Supervivencia de la Chica Nueva” al pie de la letra.

Regla número uno: conviértete en un fantasma. Me vestía con jeans genéricos y playeras de colores neutros. Me recogía el pelo en una cola de caballo anodina. Mantenía la cabeza gacha, los audífonos puestos con música que me transportaba lejos de allí —las guitarras melancólicas de algún grupo indie, el rock en español que mi papá solía escuchar—. Los audífonos eran una barrera, una señal de “no molestar” universalmente entendida.

Regla número dos: establece una rutina segura. Descubrí que si salía del salón treinta segundos después del timbre, los pasillos principales se congestionaban y podía mezclarme con la multitud. Encontré una escalera de servicio casi abandonada que conectaba el primer y segundo piso, evitando el patio central donde Los Mirreyes tenían su “trono”, una banca de concreto desde la que observaban su reino. Para el almuerzo, mi santuario eran las gradas de metal del campo de fútbol. Me sentaba en el último escalón, de espaldas a la escuela, y comía mi torta de jamón mientras leía alguna novela, sumergiéndome en otros mundos para escapar del mío.

Regla número tres: interacción mínima. En clase, me sentaba en la fila de en medio, ni muy adelante para llamar la atención del profesor, ni muy atrás para ser blanco de los que se aburrían. Si un maestro me hacía una pregunta, la respondía de forma concisa y correcta, sin adornos, y luego volvía a bajar la mirada a mi cuaderno. No levantaba la mano para participar. No buscaba hacer contacto visual con nadie.

Ser invisible era un trabajo de tiempo completo. Era agotador. Por las noches, hablaba con mis amigas de Guadalajara por videollamada. Ellas me contaban de fiestas, de los chicos que les gustaban, de sus dramas de preparatoria. Y yo las escuchaba, riendo con ellas, pero sintiéndome como una antropóloga estudiando una tribu a la que ya no pertenecía.

“¿Y tú qué, Sof? ¿Ya hiciste amigos?”, me preguntaba Ana, mi mejor amiga, con su sonrisa de siempre.

Y yo mentía. “Sí, claro. Hay una chica muy buena onda en mi clase de química. Se llama… Laura”, inventaba. “Es súper divertida”. Porque ¿cómo podía explicarles que mi único amigo era un libro de ciencia ficción y que mi interacción social más significativa del día había sido darle las gracias al señor de la papelería? ¿Cómo explicarles que vivía en un estado de alerta constante, analizando amenazas potenciales en cada esquina, y que eso me dejaba sin energía para intentar sonreírle a alguien?

La soledad era un precio alto, pero la seguridad lo valía. Mi plan era simple: pasar los dos años que me quedaban de preparatoria con un perfil tan bajo que, el día de la graduación, la mitad de mis compañeros se preguntarían quién era yo. Sobrevivir, no vivir. Era un plan funcional. Era un plan cobarde. Y cada día, una pequeña voz en mi interior, una voz que sonaba sospechosamente como la de mi tío Rocco, me lo recordaba.

“No viniste a este mundo a esconderte, mi’ja”, me susurraba esa voz en mi cabeza mientras fingía leer bajo las gradas. Pero yo la ignoraba. La supervivencia era la prioridad. La valentía podía esperar. O eso creía yo. No sabía que en esa jungla, a veces, la pelea te encuentra a ti, no importa cuánto te esfuerces por esconderte. Y mi tiempo de invisibilidad estaba a punto de llegar a un abrupto y ruidoso final.

Capítulo 2: La Provocación

La invisibilidad es un manto pesado. Cómodo en su protección, pero sofocante en su aislamiento. Durante dos semanas, me moví por los pasillos de la Preparatoria Benito Juárez como un fantasma, una sombra que se adhería a las paredes y se disolvía en las multitudes. Me había convertido en una maestra del camuflaje urbano, una experta en el arte de no ser vista. Mi existencia era una serie de maniobras evasivas, una coreografía silenciosa diseñada para evitar cualquier tipo de fricción. Pero el problema de ser invisible es que, para algunos, eso no es un estado neutro; es un vacío que anhelan llenar con su propia crueldad. Es un lienzo en blanco sobre el que están desesperados por pintar su poder.

Todo se vino abajo un martes por la tarde, el tipo de martes gris y plomizo que parece contagiarse de la contaminación de la ciudad. La última clase del día había sido Química II, una hora de tortura en la que el profesor, un hombre cuya pasión por los enlaces covalentes era inversamente proporcional a su carisma, nos había explicado por enésima vez la estructura del benceno. Salí del laboratorio con la cabeza zumbando, cargando una pila de libros que pesaban una tonelada. El de Cálculo, gordo y amenazante; la Constitución Política, que teníamos que empezar a analizar para Derecho; y, en la cima, una novela de ciencia ficción que era mi única vía de escape, mi portal a un universo donde los problemas eran invasiones alienígenas y no adolescentes con complejos de superioridad.

Iba apurada. Mi único objetivo era llegar a mi casillero, guardar el arsenal de conocimiento impreso, y salir pitando de ese edificio para tomar el camión que me llevaría de vuelta a la estéril tranquilidad de mi jaula de oro en Santa Fe. Caminaba rápido, con la mirada fija en el suelo unos metros por delante, trazando mi ruta mentalmente: vuelta a la derecha en el pasillo principal, cien metros en línea recta, y luego el recoveco donde estaba mi casillero. Estaba tan concentrada en mi misión de escape que no lo vi. No lo sentí hasta que fue demasiado tarde.

Al dar la vuelta en la esquina del laboratorio, mi hombro izquierdo chocó contra algo sólido, inamovible. No fue un simple roce. Fue como chocar contra un muro de ladrillos, un impacto seco que me sacudió hasta los dientes y me hizo tambalear hacia atrás. El universo, con su sádico sentido del humor, había decidido que mi trayectoria de colisión coincidiera perfectamente con la de “El Chino” Solís.

Por un instante, el tiempo se estiró. Mis libros, liberados de mis brazos por la fuerza del impacto, parecieron flotar en el aire por una fracción de segundo, suspendidos en un ballet caótico antes de rendirse a la gravedad. Cayeron al suelo con una serie de golpes sordos y secos. ¡Plaf! El libro de Cálculo. ¡Pum! La Constitución. ¡Paf! Mi novela, que aterrizó con la portada hacia arriba, su ilustración de una nave espacial mirando tristemente al techo sucio del pasillo.

Levanté la vista. El Chino se había detenido y se giraba lentamente, como un tanque cambiando de dirección. Su rostro, normalmente una máscara de aburrimiento bovino, se contrajo en una mueca de fastidio. Me miró desde su considerable altura, y su mirada no era la de alguien que se ha tropezado con una compañera. Era la mirada de un terrateniente que encuentra a un intruso pisando su césped. Un desprecio tan denso y palpable que casi podía olerlo.

“Fíjate por dónde vas, nueva”, gruñó. Su voz era un ruido grave y rasposo, como de grava siendo arrastrada por el concreto.

Mi primera reacción, la que estaba programada por semanas de entrenamiento en invisibilidad, fue agacharme y recoger mis cosas sin decir una palabra. No hagas contacto visual. No respondas. No le des material. Sé un mueble. Sé una piedra. Me arrodillé, sintiendo las miradas de un par de estudiantes que pasaban y que ahora ralentizaban su paso, olfateando la posibilidad de un drama. El zumbido en mis oídos se intensificó. La sangre empezó a subirme a las mejillas, una mezcla de vergüenza y una ira incipiente que luchaba por no salir. Conocía a los de su calaña. Eran depredadores de bajo nivel que se alimentaban de reacciones. Si no obtenían una, generalmente se aburrían y se iban a buscar una presa más fácil.

Pero ese día, la suerte no estaba de mi lado. El Chino no había terminado su espectáculo. Necesitaba reafirmar su estatus, y yo era la plataforma perfecta.

Mientras yo recogía mis libros, él se quedó allí, parado sobre mí como un monumento a la estupidez prepotente. “¿Cuál es la prisa, eh?”, soltó, su tono cargado de una burla pesada. “¿O es que tienes miedo de llegar tarde a tu clase de tejido?”.

Una risita nerviosa brotó de una chica que se había detenido a observar. Ese sonido, esa pequeña validación de su poder, fue como echarle gasolina al pequeño fuego de su ego. Se envalentonó.

Me puse de pie, con mis libros ahora sucios apretados contra mi pecho. Mi plan seguía siendo el mismo: ignorarlo, darle la espalda y marcharme. La dignidad podía recogerla del suelo más tarde, junto con el polvo de mis libros. Pero justo cuando me disponía a girar, él dio un paso más, bloqueando mi camino. Y entonces, hizo algo que cruzó una línea.

Con una lentitud deliberada, bajó la vista hacia el libro de historia que yo había dejado caer y que aún no había recogido. El libro estaba abierto, mostrando una ilustración a página completa de Don Miguel Hidalgo y Costilla, el Padre de la Patria, con el estandarte de la Virgen de Guadalupe en la mano. El Chino me miró a mí, luego al libro, y una sonrisa torcida y fea se dibujó en su rostro. Levantó su bota, una de esas botas industriales de casquillo con suelas gruesas y sucias, y la plantó con toda la intención del mundo justo sobre el rostro impreso de Hidalgo.

No solo lo pisó. Giró el pie, moliendo el lodo y la porquería de su suela contra el papel, dejando una mancha oscura y un arañazo que rasgó la página.

Algo dentro de mí se rompió. Snap.

Fue un sonido seco y definitivo en mi cabeza. Se rompió la promesa que le hice a mi mamá de no meterme en problemas. Se rompió mi estrategia de invisibilidad. Se rompió la presa que contenía mi ira. De repente, ya no era Sofía Reyes, la chica nueva y asustada. Era la nieta de mi abuelo, que luchó toda su vida. Era la hija de mi padre, que me enseñó a respetar la historia y los símbolos. Y era la sobrina de mi tío Rocco.

El recuerdo de mi papá vino a mí como un relámpago. Solía llevarme al Museo de Historia en el Castillo de Chapultepec, y me contaba con una pasión reverente las historias de los héroes. “Estos hombres y mujeres nos dieron patria, Sofi”, me decía. “Respetarlos es respetarnos a nosotros mismos”. Y ahora, este bruto sin cerebro estaba literalmente limpiando la porquería de su zapato en la cara de uno de esos héroes, y por extensión, en mi cara, en nuestra cara.

Levanté la vista muy despacio. El zumbido en mis oídos se convirtió en un silencio absoluto. Todo el ruido del pasillo se desvaneció. Solo existíamos él y yo. Me puse completamente derecha, mi espalda recta como una vara. Con una calma que no sentía en absoluto, metí un mechón de cabello rebelde detrás de mi oreja, un gesto pequeño, casi banal, que pareció desconcertarlo. Y entonces, lo miré a los ojos.

No fue una mirada de miedo. No fue una mirada de súplica. Fue una mirada fría, dura, cargada con el peso de cada lección de mi tío, de cada gota de sudor en su patio, de cada vez que me dijo: “Nunca empieces una pelea. Pero que el otro sepa que estás lista para terminarla”. Le sostuve la mirada durante tres segundos que se sintieron como una eternidad. Vi un parpadeo de confusión en sus ojos porcinos, una vacilación. No esperaba eso. Esperaba lágrimas. Esperaba que saliera corriendo. No esperaba… nada.

Sin decir una sola palabra, di un paso a su lado, recogí el libro de historia mancillado, y me alejé por el pasillo. No corrí. Caminé a un ritmo normal, deliberado, sintiendo cada una de las miradas clavadas en mi espalda como si fueran agujas. Podía escuchar el silencio que dejé atrás, un silencio pesado, cargado de preguntas.

Para la hora del almuerzo del día siguiente, el incidente se había transformado en leyenda. En la jungla de la preparatoria, la información muta y se exagera a la velocidad de la luz. Me senté en mi lugar habitual, bajo las gradas, intentando leer, pero mi concentración estaba rota. Podía sentir las miradas. Escuchaba fragmentos de conversaciones.

“…y dicen que ni parpadeó, wey…”
“…se le quedó viendo como si lo fuera a matar…”
“…el Chino se quedó helado, te lo juro…”

La versión de los hechos que llegó a la mesa-trono de Los Mirreyes fue, por supuesto, la más jugosa. Richie, que había visto la última parte de la confrontación, corrió hacia Mateo como un perro de caza entregando su presa. Me los imaginé perfectamente. Richie, con su teléfono en la mano, probablemente sin un video, pero con una narración jadeante y emocionada.

“¡No mames, Mateo, tienes que oír esto! La nueva, la ‘ñoña’ esa, ¡se le puso al brinco al Chino!”, seguramente dijo, con los ojos brillantes de malicia. “El Chino le tiró sus libros y la morra, en lugar de chillar, se le quedó viendo con una cara… ¡uff! ¡Hasta el Chino se sacó de onda!”.

Pude visualizar la reacción de Mateo. Primero, una ceja arqueada. Luego, una sonrisa lenta y condescendiente. Para él, esto no era una muestra de carácter por mi parte. Era una insubordinación. Era una ofensa a su autoridad. Una pieza del tablero que se negaba a seguir las reglas. En su mundo feudal, los plebeyos no desafían a la nobleza.

Escuché su veredicto, repetido por un chico que pasó cerca de mi escondite hablando con su amigo: “Dice Mateo que a la nueva hay que bajarle los humos”.

“Bajarle los humos”. Una frase tan simple, tan casual, y sin embargo, era una declaración de guerra.

La campaña de hostigamiento comenzó al día siguiente. No fue una ofensiva directa. Fue una guerra de guerrillas, cobarde y anónima. El jueves, al abrir mi casillero, encontré una nota escrita en una hoja arrancada de un cuaderno, con letras grandes y torpes hechas con un plumón rojo sangre: “PINCHE NACA, REGRESATE A TU PUEBLO”. La palabra “naca” estaba subrayada tres veces. Arrugué el papel con una furia fría y lo tiré a la basura, pero la palabra se quedó flotando en mi mente, fea y venenosa.

El viernes, durante la clase de deportes, dejamos nuestras mochilas en las bancas junto a la cancha. Cuando regresamos, sudorosos y cansados, metí la mano en mi mochila para sacar mi botella de agua y sentí algo pegajoso. La abrí. Alguien había vaciado una lata entera de refresco de cola dentro. Mis cuadernos, incluyendo el de biología con todos mis apuntes para el examen del lunes, estaban empapados en un líquido dulce y marrón. Las páginas se habían convertido en una masa pegajosa e ilegible. El olor a azúcar y productos químicos me revolvió el estómago. Tuve que pasar media hora en el baño, limpiando mis libros uno por uno con toallas de papel, mientras la rabia y la impotencia luchaban dentro de mí.

Las risitas me seguían por los pasillos. Eran como el zumbido de los mosquitos en una noche de verano: apenas perceptibles, pero constantes, irritantes, imposibles de ignorar. Cada vez que pasaba, las conversaciones se detenían y luego se reanudaban en susurros. Veía a chicos y chicas señalarme disimuladamente. Me sentía como un espécimen bajo un microscopio, expuesta y juzgada.

Cada mañana, antes de salir de casa, me paraba frente al espejo. “No les des el gusto, Sofía”, me decía a mí misma, repitiendo el mantra de mi tío Rocco. “No les des la satisfacción de verte rota. Cabeza alta, espalda recta. La indiferencia es tu armadura”. Y me ponía la máscara. Una máscara de serenidad impasible que me costaba una cantidad enorme de energía mantener. Por dentro, era un nudo de ansiedad y furia. Pero por fuera, era una estatua, tranquila e inexpresiva. Caminaba por la escuela con una calma deliberada, ignorando las notas, las risitas, los empujones “accidentales” en los pasillos abarrotados.

Pero mi indiferencia, mi negativa a reaccionar, solo los frustraba más. A los bullies no les gusta ser ignorados. Es como gritarle a una pared; la falta de eco los enloquece. Su ego necesitaba una reacción, una lágrima, un grito, una muestra de que su poder era real. Y como no lo estaban consiguiendo, decidieron que era hora de escalar el conflicto, de pasar de la guerra de guerrillas a una confrontación directa.

Fue un jueves por la tarde, exactamente una semana después del incidente con el Chino. El timbre final, ese sonido glorioso que normalmente anunciaba la liberación, sonó estridente. La mayoría de los estudiantes salieron de los salones en una estampida, ansiosos por empezar el fin de semana. Yo me tomé mi tiempo, guardando mis cosas con calma, dejando que los pasillos se despejaran un poco.

Salí de mi última clase, la de Inglés, y el pasillo estaba casi desierto. El silencio era pesado, antinatural, roto solo por el eco lejano de las puertas de salida cerrándose. Y entonces los vi.

Estaban allí, a medio camino del pasillo, bloqueando la ruta hacia mi casillero y la salida. Mateo, el Chino y Richie. No estaban haciendo nada, solo estaban allí, recargados contra los casilleros de metal con una pose estudiada de indiferencia. El Chino con los brazos cruzados sobre su pecho macizo. Richie jugueteando con su celular, aunque yo sabía que estaba listo para grabar. Y Mateo en el centro, con las manos en los bolsillos de sus jeans de diseñador, observándome acercarme con una media sonrisa en los labios.

Mi corazón dio un vuelco y comenzó a latir con fuerza contra mis costillas. Un sudor frío me recorrió la espalda. Mi primer instinto fue dar la vuelta, buscar otra ruta, una de las escaleras de servicio, cualquier salida. Pero me detuve. Huir era exactamente lo que querían. Era una admisión de derrota. Era darles el poder que tanto ansiaban. Nunca les des el gusto. La voz de mi tío Rocco resonó clara en mi mente.

Así que respiré hondo, una bocanada de aire que se sintió pesada y metálica en mis pulmones. Apreté las correas de mi mochila con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Y seguí caminando. Cada paso se sentía pesado, como si caminara a través de agua.

Cuando estaba a unos diez metros de distancia, Mateo se despegó de la pared con una parsimonia deliberada, como un actor entrando en escena. Caminó hacia mí, el sonido de sus botas de marca resonando en el pasillo silencioso con un ritmo pesado, deliberado. Un ritmo diseñado para intimidar.

“Oye, preciosa”, dijo cuando llegó frente a mí, su voz un ronroneo meloso y falso que me revolvió el estómago. Se paró justo en mi camino, tan cerca que podía oler su loción cara, una fragancia abrumadora y artificial. “Parece que eres dura de oído. ¿O es que no entiendes cómo funcionan las cosas aquí?”.

Levanté la barbilla y lo miré a los ojos, mi rostro una máscara de fría cortesía. “Con permiso”, dije, mi voz sonando sorprendentemente estable.

Di un paso lateral, intentando rodearlo. No quería problemas. Solo quería irme a casa.

Fue entonces cuando Mateo cometió el error. El error que cambiaría todo.

Con una sonrisa que se ensanchó hasta convertirse en una mueca de pura arrogancia, seguro de su poder, de su estatus, de su impunidad, levantó la mano derecha.

El mundo pareció entrar en cámara lenta. Vi su mano subir, no en un puño, no con rapidez. Era un movimiento lento, casi perezoso. Su intención era clara como el agua. No iba a pegarme fuerte. No era un golpe para noquear o para lastimar físicamente de gravedad. Era algo peor. Era el gesto de una cachetada suave, condescendiente. La bofetada de un amo a un siervo. Un acto de humillación pública, diseñado para quebrarme, para marcarme como su propiedad frente a su corte de dos y los pocos estudiantes que se habían detenido a lo lejos para observar el inevitable desenlace.

El tiempo pareció congelarse. El aire en el pasillo se volvió denso, espeso, como gelatina. Pude ver cada detalle: la forma en que su camisa se estiraba sobre su hombro, el brillo de un anillo de plata en su dedo anular, la anticipación cruel en sus ojos. Pude sentir el silencio expectante de los mirones. Pude sentir mi propia respiración atorada en mi garganta.

Y en ese microsegundo, en ese instante suspendido entre la intención y la acción, cada lección de mi tío Rocco, cada músculo entrenado, cada reflejo condicionado por años de práctica, se activó. El interruptor en mi cabeza pasó de “defensa pasiva” a “acción inmediata”. El fantasma que se escondía en los pasillos se desvaneció, y en su lugar, emergió la luchadora que mi tío había forjado.

Capítulo 3: El Video Viral

El universo se detuvo en el ápice de la mano ascendente de Mateo. En esa fracción de segundo, el pasillo de la Preparatoria Benito Juárez se convirtió en un escenario suspendido fuera del tiempo. No hubo un torrente de pensamientos, ni un debate moral. Solo hubo instinto. Un instinto afilado y pulido durante años en el patio polvoriento de mi tío Rocco.

“La anticipación es todo, Sofi. No reacciones al golpe, reacciona a la intención”. La voz de mi tío resonó en mi cabeza, no como un recuerdo, sino como una orden directa.

Antes de que sus dedos pudieran rozar mi mejilla, mi cuerpo ya se había movido. No fue un movimiento de pánico, sino uno de economía y propósito. Me agaché, doblando las rodillas, no hacia atrás, sino hacia adelante, metiéndome bajo el arco de su brazo extendido. Su mano pasó inofensivamente por el aire donde mi cara había estado un instante antes. El movimiento fue tan fluido que, por un momento, Mateo pareció confundido, como un mago cuyo truco ha salido mal.

Mientras me agachaba, mi propia mano se disparó hacia arriba. Mis dedos se cerraron alrededor de su muñeca. No la apreté con furia, sino con la precisión de un cirujano, encontrando el punto exacto donde los huesos se unen, donde el apalancamiento es máximo. Su piel era suave, su muñeca sorprendentemente delgada bajo mi agarre.

El siguiente movimiento fue una sola pieza fluida, una técnica que había practicado mil veces con mi tío hasta que se volvió tan natural como respirar. Usando su propio impulso hacia adelante contra él, giré su muñeca bruscamente hacia su pecho, doblando la articulación en un ángulo antinatural. Simultáneamente, giré mi cuerpo, usando mis caderas para generar fuerza. Mi pierna derecha se levantó, no en una patada alta y vistosa de película, sino en un golpe bajo, seco y brutal. La punta de mi bota impactó con precisión en el costado de su rodilla derecha.

No hubo un estruendo, solo un sonido húmedo y nauseabundo, un ¡crump! que pareció absorber todo el sonido del pasillo.

La arrogancia en el rostro de Mateo se desintegró. Se convirtió en una máscara de shock, luego de incredulidad, y finalmente, de un dolor agudo y puro. Un grito ahogado, un quejido agudo y patético, escapó de sus labios. Sus ojos, que momentos antes ardían de prepotencia, ahora estaban abiertos de par en par, llenos de una confusión infantil. Su cuerpo, que se había mantenido como una torre de poder, se dobló como una marioneta a la que le han cortado los hilos. La rodilla golpeada cedió por completo, y se desplomó al suelo en un montón desgarbado, aterrizando con un golpe sordo, acunando su muñeca torcida contra su pecho.

El silencio que siguió fue absoluto. Fue un silencio tan denso y pesado que parecía tener una textura física. El Chino y Richie, que habían estado observando con sonrisas de anticipación, se quedaron congelados. Sus rostros eran un estudio de incredulidad. La sonrisa de Richie se había desvanecido, dejando su boca ligeramente abierta. El Chino, el músculo, el tanque, dio un paso instintivo hacia atrás, sus ojos moviéndose de Mateo en el suelo a mí, como si de repente yo fuera una especie alienígena que no podía comprender.

No me quedé a regodearme. No había triunfo en mi postura, solo una calma helada. Me erguí, respirando de manera uniforme, sintiendo la adrenalina cantar en mis venas como una corriente eléctrica. Miré a Mateo, acurrucado en el suelo, y mi voz salió baja, clara y sin un temblor.

“Si vuelves a levantarme la mano a mí, o a quien sea”, dije, cada palabra tan afilada como un trozo de vidrio, “vas a tomar tu licuado por un popote el resto de la prepa”.

No esperé una respuesta. No miré al Chino ni a Richie. Con la misma calma con la que había llegado, me di la vuelta. Me agaché para recoger mi mochila, me la colgué sobre el hombro y comencé a caminar por el pasillo hacia la salida. Mis pasos eran tranquilos, medidos. No corrí. Correr es para los que tienen miedo. Y en ese momento, el miedo se había quemado, reemplazado por una claridad fría y dura.

Mientras caminaba, sentí las miradas de los pocos estudiantes que habían presenciado la escena. No eran miradas de burla. Eran de asombro, de shock, quizás incluso de una especie de temor reverencial. El eco de mis propias botas en el pasillo silencioso sonaba como los latidos de un corazón.

Salí del edificio y el aire fresco de la tarde me golpeó la cara. El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo contaminado de tonos naranjas y morados. Caminé las tres cuadras hasta la parada del camión en un estado de trance. Mi cuerpo se movía, pero mi mente estaba en otra parte, rebobinando y reproduciendo la escena una y otra vez.

El viaje en camión fue un borrón. Me senté junto a la ventana, mirando sin ver las calles, los coches, la gente. La adrenalina comenzó a desvanecerse, y en su lugar, un temblor profundo se apoderó de mí. No era miedo, era la reacción física de mi cuerpo al pico de estrés. Mis manos, que habían estado tan firmes, ahora temblaban ligeramente. Tenía que apretarlas en puños para detenerlas.

Llegué al lujoso lobby de mi edificio y el portero me saludó con su habitual “Buenas tardes, señorita Sofía”. Le respondí con un movimiento de cabeza, incapaz de pronunciar palabra. En el ascensor, mientras subía los diecisiete pisos en un silencio hermético, me miré en el espejo pulido. La chica que me devolvía la mirada parecía una extraña. Sus ojos eran demasiado grandes, demasiado oscuros. Había una dureza en la línea de su mandíbula que no reconocía. ¿Esa soy yo? ¿Yo hice eso?

Entré al departamento. Estaba vacío y silencioso. Mi mamá aún no había llegado del trabajo. Dejé mi mochila junto a la puerta y caminé directamente a mi habitación. Me senté en el borde de mi cama, y solo entonces, en la seguridad de mi soledad, me permití sentir.

Una ola de náuseas me recorrió. Corrí al baño y me arrodillé frente al inodoro, pero no vomité. Solo respiré, con respiraciones profundas y temblorosas, hasta que la sensación pasó. Me lavé la cara con agua fría, salpicándome una y otra vez, como si pudiera lavar la memoria del impacto de mi bota contra su rodilla, el sonido de su grito ahogado.

Me miré de nuevo en el espejo del baño. Lo heriste. El pensamiento fue frío y claro. Podría haberlo lastimado de verdad. Una parte de mí, la parte entrenada por mi tío, respondió con una lógica implacable: Usaste la fuerza necesaria. Ni un gramo más. Controlaste la caída. El objetivo era neutralizar la amenaza, no destruirla. Pero otra parte, la parte que mi mamá había criado, la parte que creía en las palabras y no en los golpes, estaba horrorizada.

Saqué mi teléfono. Mis manos todavía temblaban. Marqué el número de mi tío Rocco. Contestó al tercer timbrazo, su voz un gruñido familiar sobre el ruido de fondo de llaves de tuercas y música de cumbia.

“¿Qué pasó, mi’ja? Suenas rara”. Tenía un sexto sentido para esas cosas.

Tragué saliva. “Tío… creo que me metí en un problema”.

Le conté todo. Desde el incidente con El Chino y el libro, hasta el acoso, y finalmente, la confrontación en el pasillo. Describí cada movimiento, cada palabra. Cuando terminé, hubo un largo silencio al otro lado de la línea, tan largo que pensé que se había cortado la llamada.

“¿Tío?”, pregunté, mi voz apenas un susurro.

Finalmente, escuché un suspiro, seguido de un sonido que tardé un segundo en identificar: una carcajada baja y ronca.

“¡Esa es mi campeona!”, dijo, y pude casi verlo sonriendo, con las manos llenas de grasa. “Hiciste exactamente lo que tenías que hacer. Te defendiste. Con control, con precisión. No fuiste una abusona. Fuiste una muralla. Estoy orgulloso, Sofi. Muy orgulloso”.

“Pero… lo lastimé, tío. Pude haberlo lesionado de verdad”.

“Él tomó la decisión de levantarte la mano”, respondió, su tono ahora serio. “Tú solo le mostraste las consecuencias de esa decisión. A veces, la única forma de enseñarle a un perro bravo a no morder es mostrarle que tú también tienes dientes. Ahora escúchame bien. Esto no ha terminado. Mañana, en esa escuela, vas a ser dos cosas: un héroe para algunos y un monstruo para otros. No dejes que ninguna de las dos cosas se te suba a la cabeza. Camina con la frente en alto. No provoques a nadie, pero no te dejes intimidar. Y si alguien, un maestro, el director, quien sea, te pregunta qué pasó, dices la verdad. Simple y llanamente: ‘Me defendí'”.

Colgué el teléfono sintiéndome un poco más firme. La validación de mi tío era un bálsamo, pero la ansiedad no desaparecía. Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama, mi mente una película en bucle.

A la mañana siguiente, me preparé para la escuela como un soldado preparándose para la batalla. Elegí mi ropa con cuidado: jeans oscuros, una playera negra simple, mis botas. Una armadura anónima. Cuando llegué a la prepa, el aire se sentía diferente. Era algo tangible, una electricidad estática que erizaba el vello de mis brazos.

Al caminar por la puerta principal, las conversaciones a mi alrededor parecieron flaquear. El bullicio habitual de la mañana se atenuó, reemplazado por un murmullo bajo. Sentí las miradas. Docenas de ellas. A diferencia de los días anteriores, ya no eran miradas de burla. Eran una mezcla extraña de curiosidad, asombro y, en algunos casos, un miedo evidente. Los estudiantes se apartaban a mi paso, no de forma agresiva, sino con una especie de deferencia reacia. Era como si el Mar Rojo se abriera para dejar pasar a un ángel vengador muy confundido.

En mi clase de Historia, el profesor, un hombre normalmente distraído y con la mirada perdida, me observó durante un largo rato antes de empezar la lesción. Cuando pasó lista y dijo mi nombre, “Sofía Reyes”, levanté la mano y dije “Presente”. Mi voz sonó clara en el silencio antinatural del aula. Varios de mis compañeros se giraron para mirarme. Les sostuve la mirada hasta que, uno por uno, la apartaron.

Lo más revelador fue la ausencia. La ruidosa, arrogante y omnipresente ausencia de Los Mirreyes. No estaban en los pasillos. No estaban en su “trono” del patio. Su vacío era más elocuente que su presencia.

La verdadera prueba llegó a la hora del almuerzo. Mientras caminaba hacia la cafetería, una chica de otro salón se me acercó tímidamente. “Oye”, susurró, “¿es verdad lo que dicen? ¿Que tumbaste a Mateo Vargas?”. No supe qué responder, así que solo me encogí de hombros. Ella sonrió, un destello de admiración en sus ojos. “¡Qué chingón!”, dijo antes de escabullirse.

Entré en la cafetería. El estruendo de cientos de conversaciones, el traqueteo de las charolas y el olor a chilaquiles y frijoles refritos me golpearon como de costumbre. Pero cuando comencé a caminar hacia la fila, ocurrió de nuevo. Una ola de silencio se extendió desde donde yo estaba. Las conversaciones se convirtieron en susurros. Las cabezas se giraron.

Con mi charola en la mano, escaneé el lugar. Y allí estaba. La confirmación visual de que el orden social se había fracturado. La gran mesa redonda en el centro de la cafetería, la que siempre estaba ocupada por Mateo y su séquito de parásitos, estaba completamente vacía. Nadie se atrevía a sentarse allí. Era como un cráter radiactivo, un monumento a un poder caído.

Busqué mi refugio habitual bajo las gradas, pero hoy no quería esconderme. Encontré una pequeña mesa vacía junto a una de las grandes ventanas que daban al patio. Me senté y comencé a picotear mi comida sin apetito. Me sentía extrañamente expuesta, como un animal recién nacido bajo la mirada de todo el ecosistema.

Estaba a medio comer cuando una sombra cayó sobre mi mesa. Levanté la vista, mi cuerpo tensándose instintivamente, lista para otra confrontación. Pero no era quien yo esperaba.

Era una chica de mi clase de Literatura. Pelirroja, pecosa, con unos grandes ojos verdes y una expresión amable. Se llamaba Ximena. Sostenía su charola con ambas manos, como si fuera un escudo.

“Hola”, dijo, su voz un poco vacilante. “¿Te… te molesta si me siento? Todos los demás lugares están llenos”. Era una mentira obvia; había varias mesas con asientos libres. Pero entendí lo que estaba haciendo. Era un gesto.

La estudié por un segundo. Parecía genuinamente nerviosa, no asustada de mí, sino nerviosa por la audacia de su propia acción. Asentí con la cabeza, un gesto seco. “Adelante”.

Se sentó frente a mí, dejando su charola con un tintineo suave. Comimos en silencio durante un par de minutos, un silencio que era a la vez incómodo y extrañamente reconfortante. Podía sentirla trabajando para armarse de valor.

Finalmente, se inclinó hacia adelante y bajó la voz. “Oye… lo de ayer…”. Hizo una pausa. “Lo vi todo. Estaba saliendo del baño de chicas. Y… fue increíble”.

Levanté una ceja, escéptica. “¿Increíble?”.

“¡Sí!”, asintió vigorosamente, sus pecas pareciendo bailar. “En serio. No tienes idea de cuánto tiempo la gente ha estado esperando que alguien les pusiera un alto a esos idiotas. Se creen los dueños de la escuela. A mi mejor amigo, a Carlos, lo molestaron por meses solo porque le gusta leer cómics. A mi prima le tiraron su maqueta de biología el día antes de la entrega… solo por diversión”. Sus ojos brillaban con una indignación reprimida.

“Yo no quería problemas”, dije honestamente, mi voz más baja de lo que pretendía. “Solo quería que me dejara en paz”.

“Lo sé. Por eso fue increíble”, insistió. “No fuiste a buscarlo. No te estabas luciendo. Solo te defendiste. Les demostraste que no son intocables”.

Fue en ese momento que mi teléfono, que había puesto en silencio sobre la mesa, comenzó a vibrar. Y no se detuvo. Vibraba sin cesar, deslizándose sobre la superficie de formica. Lo miré con extrañeza. Luego, el teléfono de Ximena también comenzó a vibrar.

Ella lo miró y sus ojos se abrieron de par en par. “No puede ser”, murmuró.

“¿Qué pasa?”, pregunté.

Me mostró su pantalla. Era una notificación de un grupo de WhatsApp masivo de la escuela. Y luego otra, de Facebook. Y otra, de Twitter. Todas mostraban una vista previa de un video. Un video granulado, tembloroso, claramente grabado con un celular. El título del post de Facebook decía: “#LadyPrepa pone en su lugar a Mirrey abusón”.

Mi corazón se hundió hasta el estómago. Le arrebaté el teléfono de las manos. Le dio play.

La calidad era terrible, pero la escena era inconfundible. El video comenzaba con Mateo bloqueándome el paso. La voz de Richie se escuchaba de fondo, una risita burlona. “Graba esto, wey, se va a poner bueno”. Luego, la voz de Mateo, melosa y arrogante. Y luego… la mano levantada. El video capturó mi movimiento, el giro, el golpe. El sonido, el ¡crump!, era sorprendentemente claro. El grito de Mateo. Mi voz, fría y distante. Y mi caminata, alejándome. El video terminaba con un paneo tembloroso al rostro atónito del Chino.

“Alguien lo grabó todo”, susurré, sintiendo que el aire me faltaba.

“Richie”, dijo Ximena con desprecio. “Siempre lo hace. Pero es un idiota. Seguramente se lo mandó a un amigo para presumir, y ese amigo se lo mandó a otro… y ahora…”.

Mi teléfono seguía vibrando, una serpiente frenética sobre la mesa. Lo tomé. La pantalla estaba inundada de notificaciones. Cientos de mensajes. Solicitudes de amistad. Menciones en Twitter. Mi historia, mi momento más privado y violento, ya no era mío. Se había convertido en contenido. En entretenimiento. Me habían bautizado. Era #LadyPrepa.

Miré a Ximena, con los ojos desorbitados por el pánico. Ella me devolvió una mirada de simpatía y preocupación.

“Sofía”, dijo suavemente. “Creo que esto apenas está comenzando”.

Capítulo 4: La Calma Antes de la Tormenta

El zumbido incesante de mi teléfono sobre la mesa de formica no era solo una vibración; era el sonido de mi vida privada siendo demolida. Cada pulso era como una pequeña onda expansiva de una explosión que había ocurrido horas antes, pero cuyas consecuencias apenas comenzaban a alcanzarme. Miré el aparato, que ahora parecía un objeto ajeno y hostil, y luego miré a Ximena. Su rostro, normalmente abierto y alegre, ahora estaba contraído por la preocupación.

“Tienes que apagarlo”, dijo, su voz un susurro urgente. “O al menos ponerlo en modo avión. Te vas a volver loca”.

Tenía razón. Con dedos torpes y temblorosos, tomé el teléfono. La pantalla era un carnaval de caos. Cientos de mensajes de WhatsApp de números desconocidos. Más de quinientas nuevas solicitudes de amistad en Facebook de gente que no había visto en mi vida. Menciones en Twitter que se acumulaban más rápido de lo que podía leerlas. Y los memes… ya habían empezado a aparecer. Mi cara, congelada en un cuadro de mala calidad del video, con frases como “Cuando te dicen que ya no hay guacamole” o “Así pones en su lugar al patriarcado”. Era surrealista. Era una violación.

Deslicé el dedo por la pantalla y activé el modo avión. El zumbido se detuvo. El silencio que dejó fue casi tan ensordecedor como el ruido.

“¿Estás bien?”, preguntó Ximena, su voz suave.

Negué con la cabeza. “No, no lo estoy”. Sentí un nudo de hielo formándose en mi estómago. “No quería esto, Ximena. No quería ser un espectáculo”.

“Lo sé”, respondió, y en sus ojos vi una empatía genuina que fue como un pequeño bote salvavidas en mi océano de pánico. “Richie es un idiota, pero es un idiota con una herramienta muy poderosa. Lo que hizo, filtrar el video… fue para lastimar a Mateo, para humillarlo más. Pero no le importó arrastrarte a ti en el proceso”.

La campana que anunciaba el fin del receso sonó, estridente y metálica. El sonido me hizo saltar. La idea de volver a clases, de caminar por los pasillos bajo miles de ojos, de sentir los teléfonos apuntándome, me provocó una nueva ola de náuseas.

“No puedo”, susurré. “No puedo volver ahí afuera”.

Ximena me miró con determinación. “Sí, puedes. Y lo harás. Escúchame, Sofía. Lo que hiciste ayer, lo hiciste porque tenías que hacerlo. No dejes que esto te haga sentir que hiciste algo malo. Ahora mismo, hay chicas en esta escuela que te están viendo y se sienten un poco más fuertes. Y hay idiotas que te están viendo y quizás se lo piensen dos veces antes de molestar a alguien. No puedes esconderte. Eso sería dejar que ganaran”.

Sus palabras, tan simples y directas, me golpearon con la fuerza de una verdad que no quería admitir. Esconderme era lo que había hecho durante semanas. Volver a hacerlo ahora sería invalidar el único momento en que había decidido no hacerlo.

Respiré hondo. “Ok”, dije, aunque la palabra sonó débil. “Ok”.

Las últimas horas de clase fueron una tortura. No pude concentrarme en nada. Sentía las miradas de mis compañeros como quemaduras en la piel. Cada vez que alguien tosía o susurraba, estaba segura de que era sobre mí. El timbre final fue una liberación agridulce. Salí del salón y me encontré con un pasillo que parecía diferente. Ya no era un simple corredor; era una pasarela. Los estudiantes se agrupaban, y al verme, las conversaciones se detenían. Vi los destellos de las pantallas de los teléfonos, algunos tratando de grabarme disimuladamente.

Ximena se materializó a mi lado, como un ángel de la guarda pecoso. “Ignóralos”, me dijo en voz baja, y comenzó a caminar a mi lado. Su simple presencia era un escudo. Caminamos juntas hacia la salida, atravesando la multitud que se abría a nuestro paso.

“Gracias”, le dije cuando llegamos a la puerta principal.

“No hay de qué”, sonrió. “Oye, dame tu número. Por si… necesitas hablar o algo”.

Intercambiamos números. Verla alejarse me dejó con una sensación de soledad aún más profunda. Ahora estaba sola de nuevo, a punto de entrar en el mundo real, donde el video seguramente ya se había extendido más allá de los muros de la escuela.

El viaje a casa fue peor que la noche anterior. En el camión, vi a un par de adolescentes mirándome y luego a su teléfono, susurrando y riendo. Sentí un calor terrible subirme por el cuello. Me bajé dos paradas antes y caminé el resto del camino, solo para escapar de sus miradas.

El apartamento, mi frío santuario minimalista, me recibió con su silencio. Pero hoy, el silencio no era pacífico. Estaba lleno de los fantasmas de las notificaciones que sabía que me esperaban. Tiré la mochila al suelo y me derrumbé en el sofá, sacando el teléfono y desactivando el modo avión con una sensación de pavor.

Fue como abrir una compuerta. El torrente fue instantáneo. Mensajes, comentarios, etiquetas. Mi perfil de Facebook, que antes era un lugar tranquilo con fotos de Guadalajara y un puñado de amigos, se había convertido en un foro público. Decidí cometer el error de leer los comentarios bajo uno de los videos que había sido compartido miles de veces.

Había de todo.

“¡Así se hace, reina! ¡Pura girl power! 🔥🔥🔥”.
“Esa es una verdadera mujer mexicana, con carácter y que no se deja”.
“Ojalá mi hija tuviera la mitad de tu valor. ¡Felicidades!”.

Estos comentarios me dieron un breve y cálido destello de validación. Pero luego, seguí bajando.

“Pinche vieja loca y violenta. Seguro ella lo provocó. Se ve que es una buscapleitos”. El comentario venía de un señor con una foto de perfil borrosa, sosteniendo un pescado.
“¿Y aplauden la violencia? Este país está perdido. A esta delincuente deberían expulsarla”. Este era de una señora con un peinado cardado y un fondo de flores.
“Seguro es una feminazi. Quieren igualdad pero andan golpeando hombres. #LordPopote”.
“Ese wey se lo merecía por mirrey, pero la morra tampoco es una santa. Se ve que trae barrio”.

Leí hasta que sentí que el veneno me llegaba al alma. Desconocidos diseccionando mi carácter, mi moral, mi vida, basándose en un clip de 20 segundos. Me estaban convirtiendo en un símbolo, pero no se ponían de acuerdo de qué. ¿Era una heroína feminista? ¿Una delincuente violenta? ¿Una justiciera social? Yo solo era Sofía. Una chica de dieciséis años que había estado asustada y que había reaccionado.

Apagué el teléfono y lo arrojé al otro lado del sofá. Me abracé las rodillas y me quedé mirando la pared blanca, sintiéndome más pequeña y sola que nunca.

La llave girando en la cerradura me sobresaltó. Era mi mamá. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. No le había contado nada. ¿Cómo iba a explicarle que me había convertido en una celebridad viral por una pelea?

Entró, dejando su portafolio y su saco en la silla del comedor. Se veía cansada. “Hola, mi amor”, dijo, forzando una sonrisa. “¿Cómo te fue en la…”. Se detuvo a mitad de la frase, al ver mi expresión. Su sonrisa se desvaneció. “¿Qué pasa, Sofía? ¿Estás bien? Estás pálida”.

“Estoy bien, mamá. Solo cansada”. Era la mentira más débil del mundo.

Ella frunció el ceño, sus ojos de ingeniera analizándome, detectando cada falla en mi sistema. Caminó hacia mí y se sentó en el sofá. “¿Segura? Te noto… rara”.

El silencio se extendió entre nosotras. Yo luchaba por encontrar las palabras, por construir una versión de la historia que no la aterrorizara. Pero ella se me adelantó.

“Una de las gerentes de mi equipo, Laura, me mandó un mensaje hoy”, dijo en voz baja, su tono extrañamente plano. “Me preguntó si mi hija iba en la Prepa Benito Juárez. Le dije que sí”. Hizo una pausa, y yo contuve la respiración. “Me mandó un video, Sofía. Un video que su hijo le compartió. Un video donde… donde una chica, que se parece mucho a ti, está peleando con un compañero”.

El nudo de hielo en mi estómago se apretó. Se me secó la boca.

“Mamá, yo…”, comencé, pero mi voz se rompió.

“¿Eres tú, Sofía?”, preguntó, su voz todavía controlada, pero con un temblor subyacente que me partió el corazón.

Asentí lentamente, incapaz de mirarla a los ojos. Me quedé mirando mis manos, que de repente parecían las de una extraña.

Esperaba gritos. Esperaba un regaño. Esperaba que me castigara de por vida. En lugar de eso, hubo otro largo silencio. Finalmente, ella habló, y su voz estaba cargada de una emoción que no pude descifrar.

“Quiero que me cuentes todo. Desde el principio. Y quiero la verdad”.

Así que lo hice. Con la voz temblorosa al principio, y luego con más fuerza, le conté todo. El choque con el Chino, la humillación, el libro pisoteado. Le conté sobre las notas, el refresco en mi mochila, las risitas, el miedo constante. Le describí la escena en el pasillo, la provocación de Mateo, su mano levantándose. Le expliqué que no había pensado, que solo había reaccionado como mi tío me había enseñado. Cuando terminé, las lágrimas corrían silenciosamente por mis mejillas.

“Me iba a pegar, mamá”, susurré, finalmente mirándola. “Frente a todos. Me iba a humillar. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Dejarlo?”.

Mi mamá me miró, y su rostro, que había sido una máscara de autocontrol, se desmoronó. Vi preocupación, vi miedo, vi ira. Pero sobre todo, vi un amor tan feroz que me dejó sin aliento. Me rodeó con sus brazos y me apretó contra ella con una fuerza que me sorprendió.

“No, mi amor”, murmuró contra mi cabello. “No, claro que no”. Me sostuvo así durante un largo rato, mientras mis sollozos se calmaban. Cuando finalmente me soltó, me tomó la cara entre sus manos. Sus propios ojos estaban húmedos.

“Estoy tan asustada, Sofía”, admitió, su voz rota. “Ver ese video… pensar que te pudo haber lastimado… me enferma. Y ahora, que todo el mundo lo está viendo, que están diciendo cosas horribles de ti… me da pánico”.

Hizo una pausa, respirando hondo. “Pero…”, continuó, y su voz se endureció, recuperando su fuerza. “Pero también estoy orgullosa. Estoy increíblemente orgullosa de la mujer fuerte y valiente en la que te has convertido. Te defendiste. No dejaste que te pisotearan. Eso requiere un coraje que yo, a tu edad, no tenía”.

Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro, su mente de ingeniera procesando el problema y buscando soluciones. “Ok. Primero, mañana no vas a la escuela. Llamaré y diré que estás enferma. Necesitas un día para respirar. Segundo, vamos a hablar con el director el lunes. Juntas. No vas a enfrentar esto sola. Y tercero…”, se detuvo y me miró. “Hablaremos con tu tío. Él empezó esto. Necesita ayudarnos a manejarlo”.

Me sentí un poco más ligera. El apoyo incondicional de mi mamá era el ancla que necesitaba desesperadamente. Esa noche, por primera vez, me preparó la cena, unos simples huevos con jamón, como cuando era niña. Comimos en silencio, un silencio cómodo, de solidaridad.

Más tarde, llamé a mi tío Rocco. Mi mamá estaba a mi lado, con el altavoz puesto.

Le conté sobre el video, sobre #LadyPrepa, sobre los comentarios, sobre el pánico.

Escuchó pacientemente. Cuando terminé, suspiró. “Sabía que algo así podía pasar”, dijo, su voz grave llenando la habitación. “Vivimos en la era del chisme instantáneo. Escúchenme bien las dos. Sofi, lo que te dije anoche sigue en pie. Cabeza alta. Pero ahora tienes que añadir una nueva regla: boca cerrada. No hables con reporteros si es que aparecen. No respondas a los comentarios en internet. No le des más leña al fuego. Deja que la historia se enfríe sola”.

“¿Y la escuela, Rocco?”, preguntó mi mamá, su voz tensa. “El director querrá hablar con ella. Podrían expulsarla”.

“No la van a expulsar”, dijo mi tío con una confianza férrea. “El video es su mejor defensa. Muestra claramente que él la iba a agredir. Cualquier abogado vería eso. Cuando hablen con el director, manténganse firmes. Sofía fue acosada y se defendió de una agresión física inminente. Punto. No se disculpen por nada. Ustedes son las víctimas aquí, no ellos. Y sobre el padre del muchacho… dudo que haga algo. Un político no quiere un escándalo sobre su hijo ‘mirrey’ y abusón justo ahora. La vergüenza pública es su kriptonita”.

Sus palabras eran lógicas, tranquilizadoras. Tenían el peso de la experiencia, de la sabiduría de la calle.

“Y tú, Sofi”, continuó, su tono suavizándose. “Sé que esto es un infierno. Convertirte en un meme no es plato de buen gusto. Pero recuerda esto: la gente olvidará. En una semana, habrá una nueva ‘Lady’ o un nuevo ‘Lord’. El internet tiene memoria corta. Lo importante es que la gente que importa, la gente de tu escuela, ellos no olvidarán lo que pasó. Y el mensaje que enviaste fue el correcto. Aguanta vara, mi’ja. Esto también pasará”.

Colgamos. Mi mamá me dio un beso en la frente. “Descansa”, dijo. “El viernes es para ti. El lunes, iremos a la guerra juntas”.

El viernes fue un respiro extraño. Me quedé en pijama todo el día, viendo películas, tratando de no pensar. Ignoré mi teléfono. Pero la calma se sentía artificial, temporal. Era la quietud del ojo de un huracán. Sabía que la tormenta seguía ahí afuera, girando, esperando.

El sábado por la mañana, me desperté con una nueva oleada de rumores, cortesía de un mensaje de Ximena.

“Último chisme:”, escribió. “Dicen que el papá de Mateo está furioso, pero no con él por ser un bully, sino por la vergüenza de haber sido ‘tumbado por una vieja’. Al parecer lo tiene castigado y sin camioneta. Del Chino y Richie no se sabe nada. Se los tragó la tierra”.

Así que estaban escondidos. Lamiéndose las heridas. Pero, ¿por cuánto tiempo? La humillación es un combustible poderoso para la venganza. Y el fin de semana, que debería haberme parecido un descanso, se sentía más como una cuenta regresiva. Una cuenta regresiva para el lunes. El día en que volvería a la arena. El día en que me enfrentaría no solo a mis compañeros y a los fantasmas de Los Mirreyes, sino también a la autoridad de la escuela. La calma antes de la tormenta. Y yo estaba justo en el centro.

Capítulo 5: La Redención de Mateo

El fin de semana fue un purgatorio. Un limbo de silencio y ansiedad. El viernes, mi “día de enfermedad”, lo pasé en un estado de hibernación forzada, navegando entre la programación insulsa de la televisión por cable y las páginas de una novela que no lograba capturar mi atención. Cada sonido del exterior, la sirena de una ambulancia, el motor de un coche, me hacía pensar en el mundo que había dejado en pausa, un mundo donde yo era el tema de conversación. El sábado, el silencio del apartamento se volvió opresivo. Mi mamá intentó distraerme, sugiriendo ver una película o preparar un pastel, pero ambas sabíamos que eran gestos inútiles. Estábamos en una trinchera, esperando el bombardeo del lunes.

El domingo por la noche, la ansiedad alcanzó un punto álgido. Mientras preparaba mi mochila para el día siguiente, cada libro, cada cuaderno, se sentía como un peso muerto. ¿Qué me esperaba? ¿Sería una paria? ¿Una heroína? ¿O algo intermedio y mucho más complicado? Mi mamá, al ver mi rostro tenso, me preparó un té de tila.

“Recuerda el plan, Sofía”, me dijo, su voz tranquila y firme, la voz de una directora de proyectos enfrentando una crisis. “Entramos juntas, hablamos con el director, exponemos los hechos. No estás sola en esto”.

Esa noche, el sueño fue esquivo. Cuando finalmente llegó, fue un torbellino de pesadillas: pasillos interminables, risas que se convertían en gritos, la cara de Mateo congelada en una máscara de dolor. Desperté el lunes por la mañana sintiéndome más cansada que cuando me había acostado.

Mientras me vestía, me paré frente al espejo. La chica que me devolvía la mirada parecía una extraña. Había ojeras oscuras bajo sus ojos, y una tensión en su mandíbula que la hacía parecer mayor. Recordé las palabras de mi tío: “Cabeza alta”. Me puse la misma ropa que había usado el viernes de la confrontación: jeans oscuros, botas, playera negra. No era una elección de moda. Era una armadura. Era una declaración silenciosa: esta soy yo. No me voy a esconder.

Mi mamá insistió en llevarme en su coche, un pequeño sedán que rara vez usaba. El viaje a la prepa fue en un silencio tenso, cada una perdida en sus pensamientos. Cuando aparcó a una cuadra de la entrada, se giró hacia mí.

“Lista para la guerra, soldado?”, preguntó, tratando de aligerar el ambiente.

Sonreí débilmente. “Lista”.

“Sin importar lo que pase ahí dentro, estoy orgullosa de ti. No lo olvides”.

Bajar del coche y caminar esa última cuadra fue uno de los actos más difíciles de mi vida. Sentía como si cada ventana de cada edificio tuviera ojos, como si cada persona en la calle supiera quién era yo. Al llegar a la reja de la entrada, el bullicio habitual de la mañana pareció atenuarse. Era sutil, pero innegable. Las conversaciones bajaban de volumen, las risas se cortaban. Y las miradas… las miradas eran un océano.

Pero algo había cambiado desde el viernes. Ya no era solo shock o curiosidad. Pude ver nuevos matices. Vi a un grupo de chicos de último año, de esos que siempre se sentían superiores, observarme con un nuevo tipo de respeto a regañadientes. Vi a un grupo de chicas de primero susurrar entre ellas y luego sonreírme tímidamente cuando pasé a su lado. Y también vi la otra cara de la moneda: la mirada de resentimiento de un par de chicas que eran amigas de las amigas de Mateo; sus ojos me decían que yo era la mala, la “violenta”, la que había roto el orden establecido.

Me preparé para caminar sola por ese campo minado de juicios, pero apenas di dos pasos dentro del patio, una voz familiar me llamó.

“¡Sofía!”.

Ximena corría hacia mí, su cabello rojo una antorcha brillante en la mañana gris. Llegó a mi lado, un poco sin aliento, con una gran sonrisa.

“Sabía que vendrías hoy”, dijo, como si fuera lo más normal del mundo. “Te estaba esperando. ¿Cómo estás? ¿Sobreviviste al fin de semana viral?”.

Su normalidad, su presencia sin complejos a mi lado, fue como un ancla en medio de la tormenta. “Apenas”, admití. “Tengo que ir a la dirección. Mi mamá me está esperando”.

“Te acompaño hasta la puerta”, dijo, y se puso a caminar a mi lado. Su lealtad era un escudo. De repente, ya no era “Sofía, la de la pelea”. Era “Sofía, con su amiga Ximena”. La dinámica cambió instantáneamente. La gente seguía mirando, pero ahora éramos dos, un frente unido, lo que hacía que los susurros perdieran parte de su poder.

Llegamos a la puerta de la oficina del director. Mi mamá ya estaba allí, hablando con la secretaria. Se veía profesional e imponente con su traje sastre. Me dio una pequeña sonrisa tranquilizadora.

“Gracias, Xime”, le dije. “Neta, gracias”.

“Para eso estamos”, respondió. “Mándame un mensaje cuando salgas. Te guardo un lugar en el almuerzo”.

Verla irse me dio un golpe de confianza. No estaba sola.

La oficina del Director Morales era exactamente como la había imaginado: un santuario de burocracia y nostalgia. Las paredes estaban revestidas de madera oscura y desgastada. Detrás de su imponente escritorio de caoba, colgaban diplomas amarillentos y fotos en blanco y negro de generaciones pasadas, equipos de fútbol campeones en 1982, escoltas de bandera de los años noventa. El aire olía a papel viejo, a cera para muebles y a café quemado.

El Director Morales era un hombre de unos cincuenta y tantos años, con el pelo ralo peinado cuidadosamente sobre su calva, unos lentes gruesos y un bigote que parecía requerir mantenimiento constante. Nos recibió con una seriedad solemne, invitándonos a sentarnos en dos sillas de madera que crujieron bajo nuestro peso. A su lado, sentada en una silla ligeramente más pequeña, estaba una mujer que no reconocí. Era más joven, de unos cuarenta años, con una mirada cálida e inteligente y el cabello recogido en un chongo informal.

“Señora Reyes, Sofía. Gracias por venir”, comenzó el director, juntando las manos sobre su escritorio. “Esta es la Maestra Elena, nuestra orientadora vocacional y psicóloga escolar”.

La Maestra Elena nos dedicó una pequeña sonrisa. “Hola, Sofía. Hola, señora Reyes”.

Mi mamá asintió cortésmente. “Director Morales. Gracias por recibirnos. Imagino que sabe por qué estamos aquí”.

“Efectivamente”, dijo el director, y su rostro se ensombreció. “Tenemos una situación… sin precedentes. Un acto de violencia en los pasillos de mi escuela, grabado y difundido, convirtiéndose en… bueno, en un fenómeno de internet. Sofía, estoy profundamente preocupado”.

“Nosotras también estamos preocupadas, director”, intervino mi mamá, su voz tranquila pero con un filo de acero. “Estamos preocupadas porque mi hija fue víctima de un acoso sistemático durante dos semanas. Estamos preocupadas porque un estudiante intentó agredirla físicamente. Y estamos muy preocupadas porque la escuela, al parecer, no hizo nada para prevenirlo”.

El director parpadeó, sorprendido por la ofensiva directa. “Señora Reyes, no teníamos ningún reporte formal de acoso…”.

“¿Y esperaba que una chica nueva, asustada, sin conocer a nadie, se sintiera segura para venir a hacer un ‘reporte formal’?”, replicó mi mamá. “La seguridad de los alumnos es su responsabilidad, con o sin reportes”.

La Maestra Elena se aclaró la garganta suavemente. “Sofía”, dijo, su voz mucho más amable que la del director. “¿Te gustaría contarnos qué pasó? Desde tu perspectiva”.

Miré a mi mamá. Ella asintió. Recordé el consejo de mi tío: la verdad, simple y llana. Así que hablé. Con voz clara, sin adornos emocionales, relaté los hechos. El incidente del libro, las notas, el refresco, la constante intimidación verbal. Describí la escena en el pasillo, las palabras de Mateo, su mano levantándose.

“Él me iba a pegar”, concluí. “Me defendí. Eso es todo”.

El director se recostó en su silla, suspirando. “El video es… ambiguo. Muestra una agresión, sí. La tuya, Sofía. Usaste una técnica que… francamente, parece de un profesional. Un movimiento que podría haber causado una lesión grave. El joven Vargas tiene un esguince severo en la muñeca y una contusión en la rodilla”.

“¿Y qué lesión se supone que debía esperar mi hija, director?”, contraatacó mi mamá. “¿Una mejilla rota? ¿Un ojo morado? Ella no inició el contacto. El video también muestra claramente que él le bloqueó el paso y levantó la mano para golpearla. Eso, en cualquier lugar, se llama agresión. La respuesta de mi hija se llama defensa propia”.

“Violencia genera violencia…”, comenzó el director, con un tono paternalista.

“No, director”, lo interrumpí, mi propia voz sorprendiéndome por su firmeza. “La inacción genera violencia. El permitir que bullies como Mateo se sientan dueños de la escuela genera violencia. Yo solo terminé algo que él empezó y que nadie más parecía dispuesto a detener”.

Hubo un silencio denso. El Director Morales me miró, y por primera vez, vi algo más allá de la preocupación burocrática. Quizás un destello de respeto a regañadientes.

La Maestra Elena habló de nuevo. “Director, creo que el punto de la señora Reyes es válido. Ha habido quejas informales sobre el comportamiento del joven Vargas y sus amigos durante todo el año. Quizás esto, por lamentable que sea su difusión, es una oportunidad para abordar un problema de raíz”. Se giró hacia mí. “Sofía, lo que hiciste requirió coraje. Pero también es importante entender que la violencia física tiene consecuencias para todos, incluyéndote a ti. ¿Cómo te has sentido desde el incidente?”.

Esa pregunta me desarmó. No esperaba que nadie se preocupara por mis sentimientos. “Asustada”, admití en voz baja. “Expuesta. No me gusta que todo el mundo me vea como… como #LadyPrepa”.

La reunión duró casi una hora. Al final, el Director Morales, claramente superado por la lógica de mi mamá y el enfoque psicológico de la Maestra Elena, llegó a una conclusión poco entusiasta. No habría suspensión. Habría una “amonestación verbal” en mi expediente por “participar en un altercado físico”, pero junto a ella, se adjuntaría una nota explicando el contexto de defensa propia, respaldada por el testimonio de la Maestra Elena. Mateo y sus amigos recibirían una suspensión de tres días (que ya habían cumplido) y tendrían que asistir a sesiones obligatorias con la orientadora.

Salimos de la oficina y mi mamá me dio un apretón en el hombro. “Fase uno, completada”, dijo con una sonrisa cansada.

El resto de la semana transcurrió en una nueva y extraña normalidad. Los Mirreyes seguían ausentes. El ambiente en la escuela era más ligero, más relajado. La gente me trataba con una mezcla de cautela y admiración. Ximena se convirtió en mi sombra, presentándome a su círculo de amigos, un grupo de chicos y chicas inteligentes y un poco nerds que me aceptaron sin hacer preguntas incómodas. Por primera vez, almorzaba en una mesa llena, participando en conversaciones sobre videojuegos, películas y lo difícil que estaba el examen de física. Lentamente, comencé a sentir que pertenecía a algún lugar.

Los rumores sobre el regreso de Mateo comenzaron el viernes. Se decía que volvería el lunes siguiente. La noticia me provocó un escalofrío. ¿Volvería buscando venganza? ¿O simplemente me ignoraría?

El lunes, la tensión volvió a palparse en el aire. Lo vi a lo lejos durante el receso. Se veía… diferente. Desinflado. La arrogancia en su postura había desaparecido. Caminaba con una ligera cojera y mantenía la mirada en el suelo. Ya no era el sol alrededor del cual giraba la escuela; era un planeta oscuro, vagando solo. El Chino y Richie no estaban con él. Estaba completamente solo. Nuestros caminos no se cruzaron ese día, ni el siguiente. Parecía que estaba haciendo un esfuerzo consciente por evitarme, y yo no tenía ningún problema con eso.

La confrontación que había estado temiendo llegó el jueves, al final del día. Estaba en mi casillero, guardando mis libros, cuando escuché unos pasos que se acercaban, lentos y vacilantes. No eran las pisadas arrogantes y pesadas que recordaba. Levanté la vista y ahí estaba él.

Se paró a unos metros de distancia, sin invadir mi espacio. Tenía las manos metidas en los bolsillos de sus jeans. Su cara, que siempre había tenido esa sonrisa burlona, ahora era una máscara de incomodidad. Llevaba una muñequera ortopédica en la mano derecha.

Me quedé quieta, mi cuerpo tenso, esperando. El pasillo estaba casi vacío.

“Oye”, dijo, su voz era un murmullo áspero, casi irreconocible.

Alcé una ceja, esperando.

Él desvió la mirada, fijándola en un punto en la pared sobre mi hombro. “Yo… uhm…”. Se aclaró la garganta. “Solo quería decir que… que me pasé de lanza”, logró decir, las palabras atropellándose, como si le quemaran la boca. “Lo que hice, lo que te hicimos… no estuvo bien. Fui un pendejo”.

Lo estudié por un largo momento. Vi la vergüenza en la forma en que no podía mirarme a los ojos. Vi la humillación en el ligero temblor de su mandíbula. Y debajo de todo eso, vi una chispa de algo más. Algo que podría, con el tiempo, parecerse al arrepentimiento genuino.

Me crucé de brazos, una postura defensiva pero no agresiva. “No, no estuvo bien”, respondí, mi voz tranquila y fría.

Se removió, visiblemente incómodo bajo mi silencio. “Neta, no soy bueno para esto”, admitió, finalmente mirándome a los ojos por una fracción de segundo. “Pero… lo siento. De verdad”.

La palabra “lo siento” flotó en el aire entre nosotros. Era una palabra pequeña para cubrir un abismo tan grande de miedo, ira y humillación. Podría haberla rechazado. Podría haberle dicho que se metiera su disculpa por donde le cupiera. Una parte de mí quería hacerlo. Pero entonces, otra voz, la voz de mi tío, la voz de la razón, me habló. El crecimiento es desordenado. A veces viene de los lugares más inesperados.

Di un pequeño y lento asentimiento. “Una disculpa es un comienzo”, dije, eligiendo mis palabras con cuidado. “Pero las palabras son fáciles, Mateo. El verdadero trabajo es demostrarlo. Una disculpa no borra lo que hiciste. Solo las acciones pueden empezar a hacerlo”.

Su boca se torció en algo que no era ni una sonrisa ni una mueca. Era algo nuevo. “Sí”, dijo en voz baja. “Sí, entiendo”.

Se quedó allí un momento más, como si quisiera decir algo más, pero no encontrara las palabras. Luego, simplemente asintió una vez más y se dio la vuelta, alejándose por el pasillo con su cojera casi imperceptible.

Lo vi irse, y sentí algo inesperado. No era alegría. No era perdón. Era como si una pequeña grieta se hubiera abierto en el grueso muro de ira y resentimiento que había construido alrededor de mi corazón. Era una sensación extraña, agridulce. El cambio no ocurría de la noche a la mañana. Lo sabía. Pero a veces, comenzaba con una sola palabra difícil. A veces, comenzaba con una disculpa torpe en un pasillo vacío. Y a veces, eso era suficiente para empezar.

Capítulo 6: El Club de Defensa Personal

La disculpa de Mateo no fue una varita mágica. No borró las semanas de acoso ni el pánico helado que sentí en el pasillo. Pero fue una grieta. Una fisura en el muro de cinismo que había comenzado a construir a mi alrededor. La semana que siguió a esa extraña confesión se instaló en una nueva normalidad, una que era frágil y, en cierto modo, más desconcertante que el conflicto abierto. Yo había dejado de ser la “naca” o la “nueva”. Ahora era un ente diferente, una figura con un apodo no solicitado y una reputación que me precedía. Era “la que tumbó a Mateo”.

Esa etiqueta me seguía a todas partes. Era un fantasma que se sentaba a mi lado en clase, que caminaba detrás de mí en los pasillos. Ya no era invisible, pero tampoco era simplemente Sofía. Era un símbolo. Para algunos, era un símbolo de resistencia. Chicas más jóvenes me sonreían con una timidez cómplice. Chicos que antes ni me hubieran notado, ahora me saludaban con un breve movimiento de cabeza, una señal de respeto a regañadientes. Ximena y su grupo de amigos me habían adoptado por completo. Nuestros almuerzos se convirtieron en la mejor parte de mi día, un oasis de normalidad donde hablábamos de todo menos de peleas. Discutíamos sobre si la última temporada de la serie de moda había arruinado el final, debatíamos sobre qué banda de rock era la mejor de todos los tiempos y nos quejábamos colectivamente del profesor de Cálculo. Por primera vez en meses, reía. Reía de verdad, con ganas, hasta que me dolía el estómago.

Pero para otros, yo era un símbolo de desorden, una anomalía que había roto la jerarquía. Las amigas de Mateo y su círculo social me lanzaban miradas venenosas, como si yo fuera la única culpable de la caída de su rey. Susurraban a mi paso, sus palabras eran como pequeñas avispas que, aunque ya no me picaban, seguían siendo un zumbido molesto de fondo.

Vivía en este extraño limbo, suspendida entre la admiración y el resentimiento. Era agotador. Una parte de mí solo quería volver a ser invisible, volver a la época en que mi mayor preocupación era entregar un ensayo a tiempo. Anhelaba la simpleza del anonimato, pero sabía que esa puerta se había cerrado para siempre.

Fue un martes por la tarde cuando el siguiente gran cambio llamó a mi puerta. La clase de Literatura acababa de terminar. Estábamos analizando “Pedro Páramo”, y la sensación de un mundo poblado por susurros y fantasmas me parecía inquietantemente familiar. Mientras guardaba mis cosas, la Maestra Elena, la orientadora, apareció en la puerta del salón.

“Sofía, ¿tienes un minuto? Me gustaría hablar contigo”, dijo con una sonrisa amable que parecía inmune a la atmósfera cargada de la escuela.

Mi primer instinto fue de pánico. ¿Había pasado algo más? ¿Mateo se había quejado? Sentí que mi estómago se encogía. “Claro”, respondí, tratando de que mi voz sonara casual.

Caminé con ella por el pasillo hasta su oficina. A diferencia de la del Director Morales, que era oscura e intimidante, la oficina de la Maestra Elena era un refugio. Era un espacio pequeño y luminoso, con paredes pintadas de un color durazno claro. Había plantas por todas partes, un par de sillones cómodos en lugar de sillas rígidas, y un pizarrón de corcho lleno de dibujos, fotos de estudiantes y frases motivacionales escritas en post-its de colores. Olía a té de manzanilla y a esperanza.

“Siéntate, por favor”, dijo, señalando uno de los sillones. Se sentó frente a mí, no detrás de un escritorio, sino en otro sillón, creando un ambiente de igualdad.

“No te asustes, no estás en problemas”, comenzó, como si hubiera leído mi mente. “Al contrario. Quería hablar contigo sobre lo que ha estado pasando en la escuela desde… el incidente”.

Me tensé, preparándome para un sermón.

“He visto un cambio, Sofía”, continuó. “He hablado con muchos estudiantes. Y mientras que la difusión del video fue lamentable y una invasión a tu privacidad, el resultado ha sido… interesante. Muchas chicas se han acercado a mí. Chicas que normalmente no hablan. Me cuentan que se sienten un poco más seguras, un poco menos intimidadas. Es como si les hubieras recordado que tienen una voz”.

No supe qué decir. Me encogí de hombros. “Yo solo me defendí”.

“Lo sé. Y esa es la clave”, asintió. “No fuiste una agresora. Usaste tu fuerza para protegerte. Y eso, Sofía, es una herramienta increíblemente poderosa. Una herramienta que muchas chicas en esta escuela, y en este país, sienten que no tienen”. Se inclinó un poco hacia adelante, su mirada intensa pero amable. “El director y yo hemos estado hablando durante meses sobre iniciar un programa extracurricular, algo para fomentar la confianza y la seguridad en las alumnas. Pero siempre nos topábamos con la misma pared: ¿quién podría dirigirlo? Necesitábamos a alguien que fuera real, alguien a quien las chicas pudieran admirar y en quien pudieran confiar. No un instructor de karate contratado que no entiende su realidad”.

Hizo una pausa, y en ese momento, entendí a dónde se dirigía. Mi corazón comenzó a latir más rápido.

“Estamos pensando en crear un taller de defensa personal y empoderamiento para chicas”, dijo finalmente. “Y nos preguntábamos si tú… si considerarías ayudarnos. No como una maestra formal, sino como una líder, una mentora. Alguien que pueda compartir lo que sabe”.

Me quedé helada. La propuesta era tan absurda, tan monumental, que mi cerebro se negó a procesarla por un segundo. ¿Yo? ¿Una líder? ¿Una mentora? Yo era la chica que se escondía bajo las gradas, la que mentía a sus amigas sobre tener vida social, la que apenas estaba aprendiendo a navegar su propio miedo.

“No”, la palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla. “No, yo no podría. No soy una maestra. No sé nada de enseñar. Apenas y sé cuidarme a mí misma”.

La Maestra Elena no pareció sorprendida por mi negativa. Sonrió con paciencia. “No te estoy pidiendo que seas una cinta negra en pedagogía, Sofía. Te estoy pidiendo que compartas tu herramienta. Lo que sea que sepas, por poco que te parezca, es infinitamente más de lo que saben muchas de estas chicas. A veces, solo saber cómo zafarte de un agarre, o cómo pararte con confianza, puede cambiarlo todo”.

“Pero… ¿por qué yo?”, susurré, sintiendo el peso de su expectativa. “Yo solo quiero terminar la prepa y ya. No quiero más atención”.

“Lo sé. Y respeto eso”, dijo suavemente. “Pero a veces, la vida nos pone en situaciones no porque las busquemos, sino porque somos los únicos que pueden manejarlas. Piensa en esto, Sofía: podrías tomar la fuerza que tienes, una fuerza que hasta ahora has usado solo para defenderte, y usarla para construir algo. Para ayudar a otras. Eso es transformar un acto de defensa en un acto de creación”.

Sus palabras eran como piedras lisas arrojadas a un lago en calma, creando ondas que se extendían por toda mi mente. Construir. Crear. Eran conceptos que no había asociado con lo que había hecho.

“No tienes que darme una respuesta ahora”, concluyó, levantándose. “Solo… piénsalo. Habla con tu familia. Escucha lo que te dice tu corazón. Sin importar lo que decidas, estoy de tu lado”.

Salí de su oficina con la cabeza dando vueltas. La idea era aterradora. Significaba ponerme voluntariamente bajo el foco, convertirme en el centro de atención de una manera aún más formal. Significaba aceptar la etiqueta de “la experta”, “la fuerte”, y sentir la presión de estar a la altura.

Esa noche, en casa, la propuesta de la Maestra Elena me consumió. Intenté hacer la tarea de Física, pero las ecuaciones de movimiento parabólico se mezclaban con las caras de las chicas tímidas que me sonreían en los pasillos. Me paré en la ventana de mi cuarto, mirando las luces de Santa Fe, un mar de destellos impersonales. Pensé en mi vida antes de llegar aquí, en Guadalajara. Mi mayor responsabilidad era pasear al perro y sacar buenas calificaciones. Ahora, de repente, sentía que tenía el peso de la seguridad emocional de otras personas sobre mis hombros.

¿Por qué yo? La pregunta resonaba en mi cabeza. Yo no era una heroína. Era una sobreviviente. Había aprendido a pelear por necesidad, no por vocación. Enseñar a otras… ¿qué les enseñaría? ¿A ser como yo? ¿A vivir en un estado de alerta constante, a ver amenazas potenciales en cada esquina? ¿No era eso una carga terrible para poner sobre alguien más?

Mi primer impulso fue llamar a la Maestra Elena al día siguiente y decirle que no, gracias. Que agradecía la oferta, pero que no era la persona adecuada. Que buscaran a un profesional. Pero algo me detuvo.

Recordé la cara del chico de primero, levantándose del suelo con los lentes rotos. Recordé a la chica a la que le habían tirado su maqueta. Recordé mi propio miedo paralizante las primeras semanas, el nudo en el estómago cada mañana. ¿Y si podía ayudar a que una chica menos se sintiera así? ¿Y si tener a alguien que les dijera “tú puedes” era todo lo que necesitaban?

Me sentía dividida en dos. Una parte de mí gritaba por la seguridad del anonimato, por una vida normal. La otra, una voz más pequeña pero persistente, me susurraba que esta era una oportunidad, una responsabilidad que no podía ignorar.

Necesitaba un desempate. Necesitaba a mi ancla.

Saqué mi teléfono y marqué el número de mi tío Rocco. Eran casi las nueve de la noche. Sabía que estaría en su taller, cerrando. El sonido de un compresor de aire siseó en el fondo antes de que su voz retumbara en la línea.

“Sofi, mi’ja. Qué milagro. ¿Todo bien?”.

“Más o menos, tío. Necesito tu consejo”.

Le conté sobre la conversación con la Maestra Elena, sobre la propuesta del taller, sobre mis dudas, mi miedo a no ser suficiente, mi terror a la responsabilidad.

Escuchó en silencio, como siempre lo hacía. Pude imaginarlo limpiándose las manos con un trapo grasiento, recargado contra la carrocería de un coche, escuchando con toda su atención.

Cuando terminé, hubo una pausa. “Así que la orientadora esa es más lista de lo que parece”, dijo finalmente, con un toque de humor. “Vio el potencial”.

“Pero yo no tengo potencial para eso, tío”, protesté. “Yo no soy maestra. Tú me enseñaste a mí, pero eso es diferente. Yo no sé cómo enseñar a un grupo”.

“¿Acaso yo era maestro cuando empecé contigo?”, replicó, su voz suave pero firme. “Yo no sabía nada de enseñar. Solo era un cabrón preocupado por su sobrina que no quería que le volvieran a quitar su Boing de mango. No pienses en esto como ‘enseñar’, Sofi. Piensa en ello como ‘compartir’. Vas a compartir una herramienta que te ha servido. Eso es todo”.

“Pero, ¿y si lo hago mal? ¿Y si les doy un mal consejo? ¿Y si alguien se lastima?”.

“¿Y si no haces nada?”, contraatacó. “¿Y si por tu miedo, una de esas chicas pasa por lo mismo que tú, pero sin ninguna herramienta para defenderse? ¿Cuál de esos ‘y si’ pesa más en tu conciencia?”.

Sus palabras me golpearon. Tenía razón. El miedo a las consecuencias de actuar era grande, pero el miedo a las consecuencias de no hacer nada era peor.

“No les vas a enseñar a ser campeonas de la UFC, mi’ja”, continuó, su tono suavizándose de nuevo. “Les vas a enseñar lo básico. Les vas a enseñar a pararse derechas, a mirar a los ojos, a que su ‘no’ suene como si lo dijeran en serio. Les vas a enseñar que su cuerpo es su territorio y que tienen derecho a defender sus fronteras. No les vas a enseñar a tirar golpes; les vas a enseñar a que, con suerte, nunca tengan que hacerlo. Les vas a dar confianza. Y eso, mi campeona, es un regalo que vale más que todo el oro del mundo”.

Me quedé en silencio, absorbiendo sus palabras. Él siempre tenía esa habilidad, la de cortar a través de mi pánico y mostrarme el núcleo simple y lógico de las cosas.

“Tú puedes hacer esto, Sofi”, concluyó. “Ya lo estás haciendo. Lo hiciste desde el momento en que decidiste no bajar la cabeza. Ahora solo tienes que mostrarles a otras cómo se hace”.

Colgué el teléfono sintiendo una calma extraña. El miedo no se había ido, pero ahora estaba acompañado de un nuevo sentimiento: determinación.

Al día siguiente, busqué a la Maestra Elena. “Acepto”, le dije, sin más preámbulos. La sonrisa que iluminó su rostro fue mi primera recompensa.

El anuncio se hizo el lunes siguiente, por el sistema de altavoces de la escuela durante el periodo de tutoría. La voz del Director Morales, un poco monótona, anunció: “Atención, comunidad estudiantil. Nos complace anunciar la creación del primer Taller de Defensa Personal y Empoderamiento para Chicas de la Preparatoria Benito Juárez. La primera reunión informativa será el miércoles por la tarde en el gimnasio. Todas las interesadas están cordialmente invitadas. El taller será dirigido por nuestra orientadora, la Maestra Elena, con la ayuda de su compañera… Sofía Reyes”.

Cuando mi nombre resonó en el salón, sentí que todos los ojos se clavaban en mí. Un calor intenso me subió por el cuello hasta las mejillas. Me hundí un poco en mi asiento, pero luego recordé las palabras de mi tío. Cabeza alta. Lentamente, me enderecé y miré al frente, fingiendo una calma que no sentía.

El miércoles por la tarde, después de la última clase, caminé hacia el gimnasio con las piernas temblando. La Maestra Elena ya estaba allí, arrastrando unas viejas colchonetas de vinilo azul desde un cuarto de almacenamiento. El gimnasio olía a madera barnizada, a sudor viejo y a polvo. La luz del sol entraba en ángulos a través de las altas ventanas, iluminando millones de motas de polvo que danzaban en el aire.

“¿Nerviosa?”, me preguntó con una sonrisa cómplice.

“Aterrada”, confesé.

Poco a poco, empezaron a llegar. Una, dos, luego grupos de tres y cuatro. Al final, contamos diecisiete chicas. Ximena estaba en primera fila, dándome un pulgar hacia arriba. Reconocí algunas caras de los pasillos, chicas de diferentes años y tribus sociales. Había un grupo de chicas de primero, apiñadas y cuchicheando. Un par de chicas de aspecto rudo, con los brazos cruzados, observando con escepticismo. Y había otras como Lili, una chica de segundo que conocía de vista, delgada, con gafas, que se aferraba a sus libros como si fueran un salvavidas, mirándolo todo con ojos grandes y asustados. Todas compartían la misma expresión: una mezcla de esperanza y aprensión.

La Maestra Elena dio una breve bienvenida, y luego me cedió la palabra. “Todo tuyo, Sofía”.

Me paré en el centro de la colchoneta. Por un momento, mi mente se quedó en blanco. ¿Qué estoy haciendo aquí? Pero entonces, miré sus caras. Vi mi propio miedo reflejado en sus ojos. Y supe lo que tenía que decir.

“Hola”, comencé, mi voz sonando más fuerte de lo que esperaba en el vasto espacio. “Soy Sofía. Y quiero dejar algo claro: no estoy aquí para convertirlas en luchadoras. No les voy a enseñar a iniciar peleas. Estoy aquí para compartir lo que sé, para que nunca tengan que llegar a ese punto. Estoy aquí para mostrarles que son más fuertes de lo que creen. Que tienen derecho a ocupar su espacio, a que su voz sea escuchada y a caminar sin miedo”.

Hice una pausa, respirando hondo. “Hoy vamos a empezar con lo más básico. No es un golpe, no es una patada. Es aprender a decir ‘no’ y a liberar nuestra herramienta más importante: nuestras manos”.

Les mostré cómo zafarse de un agarre de muñeca simple, usando la técnica del apalancamiento, no la fuerza. Les expliqué cómo el pulgar del oponente es el eslabón débil. Primero lo demostré con la Maestra Elena. Luego, les pedí que se pusieran en parejas.

Al principio, el ambiente era torpe, lleno de risas nerviosas. Pero poco a poco, algo cambió. Escuché el primer grito ahogado de sorpresa cuando una chica logró liberarse. Luego otro. Y otro. La risa nerviosa se convirtió en risa de asombro y de poder. El sonido de las zapatillas sobre el vinilo, las voces animándose unas a otras, llenaron el gimnasio.

Al final de la sesión, el ambiente era eléctrico. La energía en la sala había pasado de la timidez a la camaradería. Mientras guardábamos las colchonetas, varias chicas se me acercaron para darme las gracias.

“Eso fue increíble”, dijo Lili, la chica tímida, sus ojos brillando detrás de sus gafas. “Por primera vez, sentí que… que no soy tan débil”.

Miré alrededor. Vi a las chicas hablando, riendo, practicando el movimiento de nuevo. Ya no eran diecisiete individuos nerviosos. Eran el comienzo de algo.

Por primera vez desde que llegué a esta ciudad, no solo me sentí respetada o temida. Me sentí conectada. Y en ese momento, supe que había tomado la decisión correcta.

Capítulo 7: Grietas en el Muro

La primera reunión del taller fue como encender una cerilla en una habitación oscura. La pequeña llama, al principio vacilante y solitaria, comenzó a proyectar una luz inesperada, revelando rincones y rostros que habían permanecido en la penumbra. Las diecisiete chicas que se presentaron esa primera tarde, atraídas por una mezcla de curiosidad, miedo y una chispa de esperanza, se convirtieron en las embajadoras no oficiales del club.

La noticia corrió por los pasillos de la Benito Juárez no como un chisme, sino como una buena nueva, un secreto a voces que se compartía con un entusiasmo genuino. Ximena, con su energía contagiosa, se convirtió en mi reclutadora principal. “¡Tienes que venir!”, le decía a cualquiera que quisiera escuchar. “No es una clase de karate aburrida. Sofía te enseña cosas que neta puedes usar. ¡Ayer aprendí a romper un agarre con un solo dedo! Bueno, casi”.

Para la segunda semana, el número de asistentes se duplicó. El gimnasio, que antes se sentía vasto y vacío, ahora bullía con una energía vibrante. Tuvimos que sacar más colchonetas, y pronto el espacio se llenó con el sonido de las zapatillas sobre el vinilo, los gritos de práctica —al principio tímidos, luego cada vez más feroces— y, sobre todo, las risas. Había una camaradería palpable, una hermandad que nacía del sudor compartido y de la vulnerabilidad expuesta.

La Maestra Elena era el corazón del club. Ella manejaba la parte emocional, comenzando cada sesión con una breve charla sobre autoestima, sobre el derecho a poner límites, sobre la diferencia entre la agresividad y la asertividad. Sus palabras eran el cimiento sobre el que yo construía la parte física. Mientras tanto, yo me enfoqué en lo que mi tío me había enseñado: la economía de movimiento, la biomecánica de la defensa.

Cada sesión seguía una estructura. Empezábamos con calentamientos y estiramientos. Luego, pasábamos a la “lección del día”. Les enseñé a usar los puntos de presión: los ojos, la garganta, la ingle. No para atacar, sino como último recurso para crear una ventana de escape. Les enseñé a convertir objetos cotidianos en herramientas de defensa: un bolígrafo, un manojo de llaves, el borde de un libro de texto. Les mostré cómo usar su voz como un arma, a proyectar un “¡NO!” o un “¡ALÉJATE!” desde el diafragma, un sonido que no suplicara, sino que ordenara.

Pero las lecciones más importantes eran las no físicas. Hablábamos de la conciencia situacional: estar atentas a su entorno, no caminar con los dos audífonos puestos a todo volumen, confiar en su instinto cuando algo no se “sentía” bien. Les enseñé a caminar con confianza, con la espalda recta y la mirada al frente. “Un depredador busca una presa fácil, no una que parezca un problema”, les repetía, parafraseando a mi tío.

Mi papel como “líder” evolucionó. Al principio, me sentía como una impostora, recitando lecciones que apenas había internalizado yo misma. Pero a medida que veía el progreso en las chicas, mi propia confianza crecía. Descubrí que tenía una habilidad natural para descomponer movimientos complejos en pasos sencillos, para explicar la lógica detrás de cada técnica. Y lo más importante, descubrí que disfrutaba ver el “clic” en sus ojos, el momento exacto en que pasaban del “no puedo” al “lo hice”.

Lili, la chica tímida con gafas, se convirtió en una de mis “estudiantes” más dedicadas. Al principio, apenas podía hacer contacto visual. Pero semana tras semana, vi su transformación. Su postura se enderezó. Su voz, al principio un susurro, se volvió más firme. Una tarde, mientras practicábamos cómo bloquear un empujón, se enfrentó a una chica mucho más grande y, usando la técnica correctamente, no solo mantuvo su posición, sino que desequilibró a su compañera. La sonrisa de pura sorpresa y orgullo que iluminó su rostro valió más que cualquier otra cosa.

“Nunca pensé que podría ser fuerte”, me confesó después, mientras recogíamos las colchonetas. “Siempre he sido ‘Lili, la lista’, ‘Lili, la delgada’. Nadie me había dicho que también podía ser ‘Lili, la fuerte'”.

Esas pequeñas revoluciones silenciosas se convirtieron en mi motor. La chica que había sufrido de ataques de pánico al caminar sola a la parada del camión, ahora lo hacía escuchando música con un solo audífono. La estudiante de primer año que había sido acosada por un grupo de chicos, aprendió a enfrentarlos verbalmente, con tal firmeza que la dejaron en paz. No eran titulares de noticias ni videos virales. Eran victorias privadas, íntimas, pero cambiaban mundos. Mi mundo, y el de ellas.

El club también alteró mi propio estatus en la escuela. Ya no era solo “la que tumbó a Mateo”. Ahora era “Sofía, la del club de defensa”. La etiqueta había cambiado de algo destructivo a algo constructivo. Empecé a forjar amistades reales, lazos que iban más allá de la curiosidad inicial. Ximena, por supuesto, era mi mano derecha. Pero también me hice cercana a Lili y a un par de chicas más del club. Íbamos por un helado después de las sesiones, estudiábamos juntas en la biblioteca. Por primera- vez en mi vida nómada, sentí que estaba echando raíces.

Mientras tanto, Mateo Morrison seguía siendo un fantasma en los pasillos. Había cambiado, de eso no cabía duda. La arrogancia había sido reemplazada por una especie de pesadez, como si llevara un peso invisible sobre los hombros. Se movía solo. Sus antiguos lacayos, El Chino y Richie, lo evitaban como a la peste. En la extraña y brutal economía social de la preparatoria, Mateo había pasado de ser un rey a un paria, y nadie quería asociarse con un poder caído.

Lo veía a veces, sentado solo en una mesa alejada de la cafetería, o recargado contra una pared, mirando su teléfono con una expresión vacía. Una parte de mí, la parte que todavía recordaba el miedo y la humillación, sentía una satisfacción fría al verlo así. Era su karma. Pero otra parte, una parte que me sorprendía, sentía una punzada de algo parecido a la lástima. Había construido su identidad sobre una base de poder y miedo, y cuando esa base se derrumbó, no le quedó nada.

Mantuvo su distancia, y yo la mía. Cuando nuestros caminos se cruzaban, él bajaba la mirada y se desviaba para no pasar cerca de mí. Yo simplemente lo ignoraba. Era un acuerdo tácito, un alto el fuego no declarado.

Hasta que, un miércoles por la tarde, unas tres semanas después del inicio del club, el alto el fuego se rompió.

La sesión del club acababa de terminar. El gimnasio estaba lleno de la energía residual del ejercicio, el olor a sudor y el eco de las risas. La mayoría de las chicas ya se habían ido, y yo estaba terminando de apilar las últimas colchonetas con la ayuda de Lili y Ximena. La puerta del gimnasio, que siempre dejábamos abierta para que circulara el aire, enmarcaba un trozo del pasillo exterior.

Fue Lili quien lo vio primero. “¿Ese no es Mateo?”, susurró, su voz teñida de alarma.

Levanté la vista. Y sí, era él. Estaba parado afuera, en el pasillo, a unos metros de la puerta. No estaba tratando de esconderse, pero tampoco parecía querer entrar. Simplemente estaba allí, cambiando el peso de un pie a otro, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans descoloridos, mirando al suelo. Se veía increíblemente fuera de lugar, como un lobo que ha perdido a su manada y no sabe qué hacer.

Mi primer pensamiento fue que había venido a causar problemas. Una tensión inmediata recorrió mi cuerpo. “¿Qué quiere?”, gruñó Ximena a mi lado, su lealtad protectora saliendo a flote.

“No lo sé”, dije, mi voz cautelosa. “Quédense aquí”.

Dejé la colchoneta y caminé hacia la puerta. Me paré en el umbral, bloqueando la entrada, con los brazos cruzados sobre el pecho. “¿Te perdiste?”, le pregunté. Mi tono no era agresivo, pero era frío, distante.

Él levantó la vista, y vi una vacilación en sus ojos azules que nunca antes había visto. Un rubor le subió por el cuello. Negó con la cabeza.

“No. Yo… uhm…”, comenzó, su voz áspera. Parecía que estaba teniendo una batalla interna para sacar las palabras. “Escuché sobre… el club”.

“¿Y?”, respondí, sin darle nada.

Respiró hondo. “La Maestra Elena me dijo… me dijo que tal vez… que tal vez necesitaban un voluntario”. Hizo una pausa, y luego añadió rápidamente: “Para las demostraciones. Ya sabes. Alguien… más grande, para que las chicas practiquen”.

Me quedé mirándolo, completamente desconcertada. La propuesta era tan inesperada, tan absurda, que por un momento pensé que era una broma de mal gusto, un nuevo tipo de humillación que no lograba comprender. ¿Él? ¿El agresor? ¿Queriendo ser el saco de boxeo voluntario para enseñar a otras a defenderse de gente como él?

Una parte de mí, la parte herida, la que recordaba su sonrisa arrogante y el miedo helado que me provocó, quería reírse en su cara. Quería decirle que se largara, que ya había hecho suficiente daño. La memoria de su mano levantándose, el insulto implícito, todavía era una herida fresca.

Pero mientras lo observaba, parado allí en su propia miseria autoimpuesta, vi algo más. Vi la vulnerabilidad en su postura. Vi la forma en que evitaba mi mirada, como si le quemara. Vi el deseo desesperado, casi patético, de hacer… algo. Cualquier cosa para cambiar la narrativa, para enmendar lo que había roto. No era el monstruo que había enfrentado en el pasillo. Era solo un chico de dieciocho años, confundido y despojado de la única identidad que había conocido.

Recordé las palabras de mi tío Rocco, esas que se habían convertido en una especie de brújula moral para mí: El crecimiento no es limpio. Es desordenado y desigual y a veces viene del último lugar que esperas.

¿Era esto redención? ¿O solo un intento egoísta de limpiar su imagen? Probablemente una mezcla de ambas. Pero, ¿quién era yo para juzgar su motivación? ¿Tenía el derecho de negarle la oportunidad de intentar ser mejor, por torpe que fuera su intento?

La decisión que tomé fue impulsiva, una apuesta. Me di la vuelta, entré al cuarto de almacenamiento y salí con un casco de práctica acolchado y un par de guanteletas de enfoque, esas que se usan para practicar golpes. Se las arrojé. Cayeron a sus pies con un ruido sordo.

“Póntelos”, le ordené, mi voz desprovista de emoción.

Él miró el equipo en el suelo, y luego a mí, una expresión de pura sorpresa en su rostro. Por un instante, pareció que iba a decir algo, pero se lo pensó mejor. Se agachó, recogió el casco y las guanteletas, y me siguió en silencio al interior del gimnasio.

Lili y Ximena me miraron como si me hubiera vuelto loca. Ximena abrió la boca para protestar, pero le lancé una mirada que la detuvo en seco.

Llamé a las pocas chicas que quedaban. “Chicas, tenemos un nuevo voluntario”, anuncié. “Mateo nos ayudará a practicar algunas técnicas contra un oponente más grande y fuerte”.

La atmósfera en el gimnasio cambió instantáneamente. El aire se cargó de una tensión palpable. Las chicas miraron a Mateo con una mezcla de miedo, odio y sorpresa. Él se puso el casco, ocultando parte de su rostro, pero no la vergüenza que irradiaba.

“Ok, Mateo”, dije, mi tono ahora el de una instructora. “Quiero que te pares aquí. Vas a ser el ‘agresor’. No te muevas, no ataques. Solo sé un cuerpo. Chicas, vamos a practicar lo que vimos la semana pasada: la defensa contra un intento de estrangulamiento frontal”.

Al principio, las chicas dudaron. Nadie quería ser la primera en acercarse a él. Finalmente, empujé suavemente a Lili hacia adelante. “Tú primero, Lili. Recuerda la técnica. Pulgares en los ojos”.

Lili se acercó a Mateo con la vacilación de quien se acerca a un animal enjaulado. Él se quedó inmóvil. Ella levantó las manos, y con un pequeño grito, simuló el movimiento, sus dedos deteniéndose a milímetros de las aberturas del casco.

Lo hicimos una y otra vez. Mateo aguantó todo. Se dejó empujar, se dejó “golpear” en los puntos de presión (con golpes suaves y controlados, por supuesto), sirvió de poste para que practicaran llaves y escapes. No se quejó. No dijo una palabra. Simplemente absorbió todo, su respiración haciéndose más pesada dentro del casco.

Y entonces, algo increíble sucedió. A medida que las chicas practicaban contra él, contra el fantasma de su miedo, su confianza crecía exponencialmente. Sus movimientos se volvieron más seguros, sus gritos más fuertes. La timidez fue reemplazada por una audacia empoderada. Empezaron a reír, a aplaudir cuando una de ellas ejecutaba un movimiento a la perfección. Estaban desmitificando a su monstruo, reduciéndolo a un simple obstáculo físico que podían superar.

Al final de la sesión improvisada, Mateo estaba sentado contra la pared, sudando profusamente, con la cara roja y el pelo revuelto. Se quitó el casco y respiró hondo, como si no hubiera tomado aire en una hora. Pero en su rostro, por primera vez, no había arrogancia ni vergüenza. Había una sonrisa. Una sonrisa genuina, cansada, pero real.

Mientras las chicas se iban, llenas de una nueva energía, Ximena se me acercó, sacudiendo la cabeza con asombro. “Eres como una superheroína de la vida real, ¿sabes?”, susurró. “No solo los vences, los conviertes en tus ayudantes”.

Me reí, una risa cansada. “Las superheroínas usan capa”, le respondí. “Yo solo uso tenis y un poco de paciencia”.

Miré a Mateo, que todavía estaba sentado contra la pared, observando a las chicas irse. Nuestros ojos se encontraron por un instante a través del gimnasio. No hubo palabras. Pero en su mirada, vi una grieta. Una grieta en el muro de su propia creación. Y en la mía, sentí que otra grieta se abría también. Quizás el perdón no era un evento, sino un proceso. Un proceso desordenado, complicado y, a veces, doloroso. Y quizás, sin quererlo, acabábamos de dar el primer paso.

Capítulo 8: La Graduación

El gimnasio, después de la partida de las chicas, se quedó sumido en un silencio denso y resonante. La energía vibrante había sido reemplazada por una quietud cargada de preguntas no formuladas. Solo quedábamos tres: Ximena, que recogía unas botellas de agua vacías con una expresión de perplejidad; Mateo, que seguía sentado contra la pared, como si sus músculos se negaran a obedecerle; y yo, parada en el centro de las colchonetas, sintiendo el eco de la sesión en mis huesos.

Ximena se acercó a mí, bajando la voz. “¿Estás segura de esto, Sofi? Tenerlo aquí… es raro”.

“Lo sé”, admití, mi propia voz sonando cansada. “Pero míralas. Viste sus caras. Hoy practicaron contra el miedo real, no contra una compañera. Y ganaron. Eso… eso vale la pena la rareza, ¿no crees?”.

Ella siguió mi mirada hacia Mateo y suspiró. “Supongo que sí. Eres mejor persona que yo. Yo todavía le quiero dar un zape”. Me dio una palmada en el hombro. “Bueno, te dejo. Tengo que llegar a casa. ¿Nos vemos mañana?”.

“Claro. Con cuidado”.

La vi salir, y de repente, el gimnasio se sintió inmenso. El espacio entre Mateo y yo parecía un campo de fútbol. Dudé por un momento, tentada a simplemente irme y dejar las cosas así, en ese silencio incómodo. Pero eso se sentía como una huida. Con un suspiro, caminé hacia él.

Me senté en el suelo a unos metros de distancia, no frente a él, sino a su lado, ambas espaldas contra la fría pared de bloques de hormigón. Durante un largo rato, no dijimos nada. Solo escuchábamos el goteo de una llave en los vestidores y el zumbido distante del tráfico en la avenida.

“Gracias”, dijo finalmente, su voz tan baja que casi fue un murmullo.

“No lo hice por ti”, respondí honestamente, sin mirarlo. “Lo hice por ellas”.

“Lo sé”, asintió. “Pero aun así… gracias”. Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, había una nota de asombro en su voz. “Son… fuertes. Lili, la chica de lentes… casi me saca un ojo”.

Una pequeña sonrisa se dibujó en mi cara. “Se llama técnica, no fuerza bruta. Algo que tú no entendías”.

El comentario fue más afilado de lo que pretendía, y un silencio tenso cayó de nuevo. Pensé que se enojaría, que su antiguo yo resurgiría. En lugar de eso, soltó un suspiro que sonó como si viniera del fondo de su alma.

“Hay muchas cosas que yo no entendía”, dijo, su voz teñida de una amargura autocrítica. “Creía que tener poder era… hacer que la gente te tuviera miedo. Que se apartaran cuando pasabas. Que se rieran de tus chistes aunque no fueran graciosos”. Se frotó la cara con una mano. “Es estúpido, lo sé. Pero cuando has sido ‘el hijo de’ toda tu vida, cuando todos te tratan de una manera especial, empiezas a creerte que lo mereces. Que el mundo te debe algo”.

“El mundo no le debe nada a nadie”, dije, repitiendo una de las frases favoritas de mi tío.

“Lo estoy aprendiendo”, admitió. “De la manera más difícil”. Me miró por primera vez, sus ojos sin el filtro de la arrogancia. “Cuando vi el video… lo que todo el mundo vio fue a una chica tumbando a un abusón. Pero yo vi mi propia cara. Esa sonrisa estúpida, esa confianza de que podía hacer lo que quisiera sin consecuencias. Me dio asco. Mi papá me quería matar, no por lo que te hice, sino por la vergüenza. Por verme tan débil”.

“No fuiste débil”, le corregí. “Fuiste arrogante. La debilidad es lastimar a otros para sentirte grande. Lo que hiciste hoy… aguantar los golpes, dejar que ellas practicaran contigo… eso fue más fuerte que cualquier cosa que te vi hacer antes”.

Él absorbió mis palabras, procesándolas. “Mañana… ¿puedo volver?”, preguntó, su voz vacilante, como la de un niño pidiendo permiso.

La pregunta me tomó por sorpresa. “¿Por qué querrías?”.

“Porque… “, dudó, buscando las palabras. “Porque por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba haciendo algo que no era completamente inútil. Y porque… creo que les debo eso. Y a ti también”.

Lo consideré. El club no era mi terapia personal para Mateo Vargas. Pero la utilidad de tenerlo allí era innegable. “Si vienes”, dije, poniendo mis condiciones, “vienes a trabajar. Haces lo que yo diga, cuando yo lo diga. No eres un invitado, eres una herramienta de entrenamiento. ¿Entendido?”.

Una sombra de su antigua sonrisa apareció, pero esta vez, era diferente. Era genuina. “Entendido, jefa”, dijo.

La noticia de que Mateo era ahora el “saco de boxeo” oficial del club se extendió como un incendio forestal. La reacción inicial fue de incredulidad masiva, seguida de un torrente de chismes y teorías. Algunos decían que yo lo estaba chantajeando. Otros, que él estaba loco. Pero cuando la gente lo veía salir del gimnasio, sudoroso, cansado y, extrañamente, en paz, el tono de los chismes comenzó a cambiar.

Su presencia, paradójicamente, le dio al club una nueva legitimidad. Demostró que no estábamos jugando. Que nuestras técnicas funcionaban contra alguien que representaba la amenaza real. Y para las chicas, vencerlo una y otra vez en un ambiente controlado fue una terapia de choque increíblemente efectiva.

Pero el cambio más profundo no fue en el gimnasio, sino en los pasillos. La dinámica de poder de la escuela se había roto y reconfigurado. Ya no había un centro de gravedad claro. El miedo, que había sido la moneda de cambio, se había devaluado. Un día, vi a uno de los antiguos amigos de Mateo, un chico que solía reírse de las desgracias ajenas, defender a un estudiante de primer año al que otros estaban molestando. No lo hizo con violencia, sino con palabras firmes: “Ya déjenlo en paz, ¿no?”. Fue un pequeño momento, pero significativo. El virus del respeto comenzaba a propagarse.

La última pieza del rompecabezas de mi pasado inmediato encajó una tarde, un par de semanas después. Estaba guardando mis cosas en mi casillero, cuando una figura encapuchada se me acercó con la misma vacilación que una vez había mostrado Mateo. Era Richie.

Se quitó la capucha, revelando un rostro pálido y ojeroso. Sus ojos astutos ahora estaban llenos de una culpa cansada.

“Oye”, dijo, su voz apenas un graznido.

Esperé, sin decir nada.

“Yo… uhm…”, tartamudeó, mirando sus propios zapatos. “Sé que un ‘lo siento’ no arregla nada. Lo que hice… filtrar el video… fue una mierda. No pensé en ti. Solo quería joder a Mateo por ser un cretino conmigo. Pero te usé a ti para hacerlo, y eso… eso estuvo mal. Muy mal”. Levantó la vista, y vi una sinceridad desesperada en sus ojos. “Así que… lo siento. De verdad”.

Lo miré. Él era, en muchos sentidos, el que más daño me había hecho. Había robado mi historia, la había torcido y la había lanzado al circo de las redes sociales. Pero al verlo allí, despojado de su veneno, solo vi a un chico inseguro que había usado la tecnología como un arma porque no tenía la fuerza para usar sus puños o su voz.

“Gracias”, dije simplemente. No le ofrecí absolución. No le dije que todo estaba bien. Pero le di el reconocimiento de su disculpa. Para él, en ese momento, pareció ser suficiente. Exhaló como si hubiera estado conteniendo la respiración durante semanas, asintió bruscamente y se escabulló por el pasillo.

Viéndolo irse, sentí un agridulce sentido de cierre. El cambio era posible. Duro, lento y a menudo feo, pero posible.

A medida que la primavera calentaba el aire y los jacarandás explotaban en una profusión de flores moradas, tiñendo las banquetas de la ciudad, mi propia vida comenzó a florecer de maneras que nunca hubiera imaginado. Las invitaciones comenzaron a llegar. Un mensaje de texto de Lili: “Oye, vamos a ir por unos esquites a Coyoacán el sábado, ¿quieres venir?”. Un post-it pegado en mi casillero de un chico de la clase de Física: “Grupo de estudio para el final en la biblioteca el jueves. ¡Deberías venir, eres un genio!”. Una invitación formal a la fiesta de quince años de la prima de Ximena.

Dije que sí a todo.

Reí más en esos dos meses que en los dos años anteriores. Descubrí el placer simple de caminar por el centro de Coyoacán con un helado en la mano, escuchando a los músicos callejeros. Aprendí que podía ser buena explicando ecuaciones diferenciales. Bailé torpemente en una fiesta de quince años, rodeada de gente que coreaba mi nombre para que saliera a la pista. Me estaba convirtiendo en una adolescente normal. O, más bien, mi propia versión de normal.

Seguía entrenando, pero ya no en el patio de mi casa, sino en el gimnasio con “mis” chicas, y a veces, en el parque con Ximena y Lili, enseñándoles movimientos mientras la gente a nuestro alrededor paseaba a sus perros. La práctica ya no nacía del miedo, sino del orgullo y de la alegría de compartir.

Una tarde de mayo, mientras el calor de la ciudad comenzaba a volverse sofocante, mi mamá me entregó un sobre grande y oficial. Era de la universidad a la que había aplicado. Lo abrí con manos temblorosas. Había sido aceptada en la carrera de Derecho. Y no solo eso, me habían otorgado una beca por “Excelencia Académica y Liderazgo Comunitario”. Adjunta venía una nota del comité de admisiones, elogiando mi ensayo. El ensayo que había escrito a altas horas de la noche, el que había titulado “Resiliencia Comunitaria: La Fuerza de Uno, la Fortaleza de Todos”. Un ensayo inspirado directamente en mi experiencia en la Benito Juárez, en el club, en todo.

Lloré. Lloré de alivio, de gratitud, de un orgullo tan abrumador que me dolía el pecho. Abracé a mi mamá con tanta fuerza que casi la levanto del suelo. Su sueño de que yo tuviera un futuro brillante, y mi sueño de encontrar mi propio camino, acababan de fusionarse.

El día de la graduación llegó envuelto en el calor húmedo de junio. El aire en el patio de la escuela era denso y brillante. Todos nos veíamos ridículos con nuestras togas de poliéster negro y nuestros birretes torcidos. El ambiente era una mezcla de euforia, nostalgia y un terror palpable ante el futuro desconocido.

Me senté entre Ximena y Lili. Miré a la multitud de padres orgullosos, buscando a mi mamá. La encontré, de pie junto a un hombre corpulento y familiar, con los brazos cruzados y una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja. Mi tío Rocco. Había cerrado el taller y había cruzado media ciudad para estar allí. Mi corazón dio un vuelco.

Cuando el Director Morales llamó mi nombre, “Sofía Reyes, con Mención Honorífica”, una ovación inesperada surgió de una sección de las gradas. Eran las chicas del club. Gritaban y aplaudían, lideradas por Ximena. Vi a Mateo, sentado con sus padres, aplaudir también, con una sonrisa genuina. Caminé por el escenario con la cabeza en alto, sintiendo las lágrimas picar en mis ojos. Este reconocimiento público no era una carga, era un honor. Apreté la mano del director, recibí mi diploma y, por un instante, miré a la multitud. Vi a mi mamá con el teléfono en alto, grabando, pero esta vez, sus ojos brillaban de orgullo.

Al bajar del escenario, corrí. Corrí hacia mi familia. Mi mamá me abrazó primero, susurrando “Estoy tan orgullosa, mi vida”. Y luego, mi tío Rocco me levantó del suelo en uno de sus abrazos de oso que olían a aceite de motor y a hogar.

“¿Qué te dije, campeona?”, murmuró contra mi cabello. “El mundo es cabrón, pero tú lo eres más”.

Me reí, una risa que era mitad alegría, mitad llanto. “Gracias, tío. Por todo”.

“Tú hiciste el trabajo pesado”, dijo, bajándome. “Yo solo te di las herramientas”.

Esa noche, la celebración no fue en un restaurante caro. Fuimos a una pequeña taquería cerca de la escuela, el lugar al que los estudiantes siempre íbamos después de un examen difícil. La mesa estaba llena: mi mamá, mi tío, Ximena, Lili y un par de amigos más. El aire olía a carne asada, a cilantro fresco y a cebolla. El sonido de nuestras risas se mezclaba con el de las espátulas golpeando la plancha y la música norteña que salía de una vieja radio.

Sentada allí, con un taco al pastor en la mano y rodeada de la gente que se había convertido en mi tribu, mi familia, pensé en el viaje. Pensé en la chica asustada que comía sola bajo las gradas, sintiéndose invisible y rota. Pensé en Mateo, en Richie, en la fealdad del miedo y la difícil belleza del cambio. Pensé en las chicas del club, en sus rostros pasando de la timidez a la confianza. Pensé en la sabiduría simple y profunda de mi tío, y en el amor inquebrantable de mi mamá.

Me di cuenta de que mi tío se había equivocado en una cosa. No me había dado las herramientas. Me había mostrado que las herramientas ya estaban dentro de mí. Solo me enseñó a no tener miedo de usarlas.

Miré a mis amigos, sus rostros iluminados por la luz cálida de la taquería. La vida no se trataba de evitar las peleas. Era imposible. La vida se trataba de saber por qué luchabas. Se trataba de elegir las batallas correctas: las batallas por la dignidad, por el respeto, por aquellos que no podían luchar por sí mismos. Y se trataba de pelearlas bien, no con crueldad, sino con inteligencia, con honor y con todo el corazón.

Sofía Reyes, la nieta, la hija, la sobrina, la amiga, la #LadyPrepa, la líder, sonrió mientras las primeras estrellas comenzaban a parpadear en el cielo de la Ciudad de México. Ya no era la nueva. Ya no era una extraña. Estaba exactamente donde pertenecía.

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