ME CASÉ CON UN MONSTRUO Y NO LO SABÍA! Mi esposo y su tía, una poderosa política, tenían un plan macabro para dejarme sin nada y hacerme desaparecer. “Inestabilidad mental”, así me llamaron para robarme. Pero no contaban con que las víctimas del pasado regresarían para cobrar justicia. ¡Esta historia te pondrá los pelos de punta!

CAPÍTULO 1: El espejismo de Polanco

La Ciudad de México tiene esa forma de envolverte en sus luces y su caos, haciéndote creer que todo es posible. Para mí, Maya, lo posible se llamaba Adrián de la Mora. Estábamos en el “Silver Elm”, un restaurante donde la cuenta de una noche equivale a tres meses de mi sueldo como librera. Doce días de casados. Doce días de sentirme la mujer más afortunada del país.

—Estás en las nubes, Maya —me dijo Adrián, ajustándose el puño de su camisa de seda.

Él era el hombre que toda madre mexicana querría para su hija: educado, guapo, con un puesto envidiable en la Secretaría de Desarrollo Urbano y una familia que olía a viejo dinero y poder político. Su tía Cassandra, la “licenciada de la Mora”, era una figura imponente en las noticias de la tarde. Ella me había recibido con los brazos abiertos, diciendo que yo era el “aire fresco” que la familia necesitaba.

Pero esa noche, el aire se volvió pesado. Adrián se levantó para atender una llamada “urgente” de la oficina. Se alejó hacia el vestíbulo, dejándome sola con el tintineo de las copas de cristal y el murmullo de la élite mexicana. Fue entonces cuando ella apareció. Doña Elena. La conocía de mi librería; una mujer dulce que buscaba ediciones viejas de Octavio Paz. Pero aquí, en este templo del lujo, se veía fuera de lugar, pequeña y aterrorizada.

—Tómalo y vete —me dijo, deslizando un fajo de billetes amarrados con una liga sobre el mantel blanco—. No preguntes. Solo corre. Sal por la cocina. Si sales con él, ya no habrá vuelta atrás.

—¿De qué habla, doña Elena? —balbuceé, sintiendo un nudo en el estómago.

—Su anterior esposa… mi hija… ella no murió de un infarto, Maya. Le quitaron su edificio en la Condesa y luego ella “dejó de existir”. Son buitres, mi niña. Buitres con apellidos ilustres.

CAPÍTULO 2: El sabor de la traición

Antes de que pudiera procesar sus palabras, Adrián regresó. Su rostro, antes cálido, ahora parecía una máscara de porcelana fría. Doña Elena se esfumó entre las mesas antes de que él la viera.

—¿Todo bien, amor? Pareces como si hubieras visto un fantasma —dijo él, sentándose y tomando un sorbo de vino tinto.

—Yo… solo me sentí un poco mareada —mentí. Mis manos sudaban bajo la mesa, apretando el dinero que la anciana me había dado.

—Es el estrés. Has estado trabajando demasiado en esa librería vieja. Por cierto, ya quedó lo de los papeles que firmamos anoche. Mi tía Cassandra ya metió los registros para que la cuenta sea mancomunada y la propiedad de tus padres esté “protegida” bajo el fideicomiso familiar. Es lo mejor, ya sabes cómo está la inseguridad en México.

Un escalofrío me recorrió la columna. Recordé la noche anterior: vino, risas, y Adrián poniendo hojas frente a mí con etiquetas de “firma aquí”. “Es solo trámite, mi vida, para que estemos seguros”, me decía mientras me besaba el cuello. Firmé todo sin leer. Confié.

De pronto, dos hombres de hombros anchos y trajes oscuros entraron al restaurante. No buscaban mesa. Sus ojos escanearon el lugar hasta detenerse en mí. Eran escoltas, pero no de los que protegen; de los que cazan.

—Adrián, ¿quiénes son ellos? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

—Nadie, amor. Solo amigos de la tía. Pero tienes razón, te ves mal. Vamos a casa.

—No —dije, levantándome de golpe—. Necesito ir al baño.

Corrí. No al baño, sino hacia el pasillo de servicio. El miedo era una llama quemándome los pulmones. Al entrar al área de mujeres, cerré el cerrojo con fuerza. Mi teléfono vibró: una notificación de mi app bancaria. “Cuenta bloqueada por reporte de titular secundario: Inestabilidad Mental”.

Me habían quitado mi dinero. En un segundo, me di cuenta de que no era una esposa; era una presa.

CAPÍTULO 3: El escape del infierno

El pomo de la puerta del baño giró. Una, dos veces.

—¿Maya? ¿Estás ahí, cielo? —La voz de Adrián era suave, pero bajo esa suavidad había una amenaza latente—. El gerente dice que estás causando un espectáculo. Abre la puerta, vamos a resolver esto en familia.

Escuché otro sonido: el tintineo de unas llaves metálicas. El gerente del restaurante le estaba dando la llave maestra. Iban a entrar por mí. Miré a mi alrededor desesperada. No había ventanas, solo un pequeño tragaluz demasiado alto. En la pared, junto al espejo, vi el botón rojo de la alarma contra incendios.

“Si voy a caer, haré ruido”, pensé.

Agarré mi bolso de piel y lo estrellé contra el vidrio de la alarma con todas mis fuerzas. Una vez. Dos veces. Al tercero, el cristal se rompió y hundí el botón. El estruendo fue ensordecedor. Las luces rojas empezaron a girar y los aspersores del techo se activaron, bañando todo el restaurante en una lluvia artificial.

Afuera se desató el caos. Gritos, sillas cayendo, gente corriendo hacia las salidas. Aproveché el momento en que Adrián y los escoltas se distrajeron por la marea de gente asustada. Salí del baño empapada, me mezclé entre los comensales que huían y logré salir por la puerta de emergencia que daba a un callejón oscuro de Polanco.

Un taxi azul y blanco estaba parado en la esquina. Me subí de un salto. —¡Arranque, por favor! A la Colonia Roma, ¡rápido!

CAPÍTULO 4: Cerraduras extrañas

Llegué a mi edificio en la Roma con el corazón en la garganta. Subí las escaleras de dos en dos hasta el cuarto piso. Necesitaba mis cosas, los papeles de mis padres, algo que demostrara quién era yo. Pero al meter la llave en la cerradura, no giró.

Intenté una y otra vez. La cerradura había sido cambiada. Empecé a golpear la puerta con desesperación. —¡Abran! ¡Es mi casa! ¡Soy Maya!

La puerta se abrió, pero no fue Adrián. Fue una mujer que jamás había visto, vestida con ropa deportiva y una taza de café en la mano. —¿Qué le pasa, señora? Esta es mi casa, la renté hace dos días —dijo la mujer, mirándome como si estuviera loca.

—¿De qué habla? Yo vivo aquí desde niña. ¡Estos son mis muebles! —alcancé a ver mi sillón al fondo, pero las cortinas ya eran otras.

—Mire, el contrato lo firmé con la licenciada Cassandra de la Mora. Todo legal ante notario. Si tiene problemas, llame a su abogado, pero deje de molestar o llamo a la patrulla.

Me quedé helada en el pasillo. Mi vecino, Don Jorge, asomó la cabeza. —¿Maya? Qué bueno que llegas, hija. Vinieron unos señores y tu esposo… dijeron que te habías puesto mal, que te llevaron a una clínica en Querétaro porque habías intentado hacerte daño. Dijeron que habías vendido todo para pagar tus deudas de juego.

—¡Yo no juego, Don Jorge! ¡Usted me conoce!

—Lo sé, hija, pero traían papeles firmados por ti. Y con la licenciada de la Mora de por medio… nadie se atreve a decir nada.

Escuché pasos pesados subiendo las escaleras. Eran ellos. Adrián y Cassandra. Venían con esa sonrisa de lástima que se usa con los enfermos terminales.

—Pobre mi niña —dijo Cassandra, extendiendo sus manos enjoyadas—. El brote psicótico fue peor de lo que pensamos. Adrián, ayúdala a bajar. El coche médico espera abajo

CAPÍTULO 5: El abismo de la duda

Sentí que el aire se espesaba en aquel pasillo de la Colonia Roma. Cassandra de la Mora se acercaba a mí con esa elegancia depredadora, sus perlas brillando bajo la luz mortecina del pasillo. Adrián, el hombre que me había susurrado promesas de amor eterno apenas una noche antes, me miraba ahora con una lástima fingida que me revolvía las entrañas.

—Maya, preciosa, no te hagas esto —dijo Adrián, extendiendo la mano—. Estás confundida. El doctor dijo que el estrés de la boda y las deudas de la librería te habían afectado. Nadie te está robando nada. Estamos cuidando tu patrimonio mientras te recuperas.

—¡Mientes! —grité, y mi voz rebotó en las paredes desconchadas—. ¡Ustedes cambiaron las cerraduras! ¡Rentaon mi casa! ¡Don Jorge, no les crea!

Pero Don Jorge, mi vecino de toda la vida, bajó la mirada. En México, cuando alguien con el apellido “De la Mora” y un cargo en el gobierno dice que alguien está loco, la gente prefiere no preguntar. La autoridad de Cassandra era una losa pesada. Ella sacó un folder de piel con el escudo de la ciudad y me mostró una hoja.

—Aquí está tu firma, Maya. El traslado de dominio. Tú me pediste que administrara el departamento para pagar los supuestos adeudos fiscales de tu padre. No nos obligues a llamar a una ambulancia psiquiátrica. Sería tan humillante para ti salir de aquí con una camisa de fuerza.

Miré el papel. Era mi firma. Mi trazo, mi rúbrica, mi vida entregada en una noche de vino y confianza ciega. Sentí que el piso desaparecía. Ellos no solo querían mi casa; querían borrarme como persona. Querían que el mundo entero creyera que Maya Reed había perdido la cabeza.

—Ven con nosotros, hija —insistió Cassandra, tomándome del brazo. Su agarre era de acero—. Tenemos una clínica privada muy discreta en las afueras. Ahí descansarás.

En ese momento, recordé las palabras de Doña Elena: “Te van a quitar todo… y luego arreglarán un accidente”. Si me subía a ese coche, nunca regresaría. Nadie buscaría a una mujer con diagnóstico de esquizofrenia que “decidió quitarse la vida”.

De un tirón, me solté de Cassandra. Ella trastabilló. Adrián intentó atraparme, pero yo ya conocía esas escaleras mejor que nadie. Bajé a toda velocidad, saltando escalones, con el corazón martilleando en mis oídos. Salí a la calle, al frío de la madrugada mexicana, y corrí sin mirar atrás.

CAPÍTULO 6: El santuario de los libros olvidados

Me escondí en un callejón oscuro, detrás de unos contenedores de basura, temblando de frío y de rabia. Saqué el teléfono. Tenía varias llamadas perdidas de números desconocidos. Pero solo un número me importaba: el de Doña Elena. Lo busqué en los registros de “Tinta y Hiedra”. Lo encontré.

—¿Bueno? —La voz al otro lado era un hilo de esperanza.

—Doña Elena… es Maya. Tenía razón. Me lo quitaron todo. Ya no tengo casa, no tengo cuenta de banco. Dicen que estoy loca.

—Ven a mi casa, niña. Pero no tomes un taxi de la calle, que esos pueden estar comprados. Camina hasta el metro, piérdete entre la gente. Te espero.

Dos horas después, llegaba a un pequeño departamento en una unidad habitacional vieja, cerca de Tlatelolco. El lugar olía a incienso y a libros viejos. Doña Elena me recibió con un abrazo que sabía a madre. Me dio un té de azahar y me sentó frente a una pared llena de fotos.

—Ella era Lena, mi hija —dijo, señalando a una joven de ojos brillantes y sonrisa fácil—. Se casó con Adrián hace cinco años. Ella heredó un edificio entero en la Condesa de sus abuelos. Un día, Adrián me llamó llorando: dijo que Lena se había caído por las escaleras. Que estaba deprimida, que bebía en secreto.

Doña Elena apretó los puños. —Nunca me dejaron ver el cuerpo. Cassandra movió sus influencias en el Semefo. Cerraron el caso como accidente doméstico. Semanas después, me enteré de que el edificio ya no era de mi hija, sino de una empresa fantasma ligada a los De la Mora. Me amenazaron con meterme a la cárcel si seguía preguntando. Me volvieron “la vieja loca” de la familia.

—No estamos solas, ¿verdad? —pregunté, sintiendo que la rabia reemplazaba al miedo.

—No. Han hecho esto con ancianos, con viudas, con gente sin familia. Son recolectores de desgracias ajenas. Pero tienen un punto débil, Maya: el orgullo. Cassandra guarda un registro de todo. Ella cree que es intocable. Necesitamos esa libreta.

CAPÍTULO 7: Infiltración en el nido de los buitres

El plan era suicida. Entrar a las oficinas de la Subcomisión de Activos Municipales, en el corazón del centro histórico. Necesitábamos pruebas. No bastaba mi palabra contra la de ellos; necesitaba el “Libro Gris”, la contabilidad negra donde Cassandra anotaba sus “transas”.

—Mi sobrina Norah trabaja ahí de limpieza —dijo Elena—. Ella sabe qué días Cassandra se queda hasta tarde y por dónde entran los insumos.

Al día siguiente, disfrazada con un uniforme de intendencia y un cubrebocas que ocultaba mi rostro, logré pasar los filtros de seguridad. El edificio olía a burocracia y a cera para pisos. Norah me entregó una tarjeta magnética con las manos temblando.

—Si las atrapan, yo no las conozco —susurró la joven—. Esa mujer es el diablo, Maya.

Llegué al tercer piso. La oficina de la Licenciada Cassandra de la Mora era un monumento al ego. Muebles de caoba, fotos con gobernadores y una limpieza clínica. Empecé a buscar. Cajones, archivos, detrás de la computadora. Nada.

—Piensa como ella, Maya —me dije a mí misma—. Una mujer que ama el poder no guarda sus secretos en un cajón cualquiera. Los guarda donde pueda verlos.

Miré las paredes. Había un cuadro de la Virgen de Guadalupe y, al lado, una placa de reconocimiento por “Integridad Pública” fechada en 1973. Me llamó la atención que la placa estaba ligeramente inclinada. Apenas un par de milímetros. Cassandra nunca permitiría algo así.

La toqué. La placa giró sobre un eje oculto, revelando una pequeña caja fuerte empotrada. —¡Bingo! —susurré.

Probé varias combinaciones. El cumpleaños de Adrián, el de ella. Nada. Entonces recordé el año de la placa: 1-9-7-3. El año en que su familia entró al poder. Giré el dial. Click.

La puerta se abrió. Adentro no había joyas ni dinero. Había una libreta de piel gris, desgastada por el uso. La abrí y se me detuvo el corazón. Eran columnas meticulosas. Nombres, direcciones, montos. Y en la última columna, una palabra que se repetía con frialdad absoluta: “Liquidado”.

Busqué mi nombre. Lo encontré en la última página. “Maya Reed. Departamento en la Roma. Estatus: En proceso. Observaciones: Preparar incidente de gas para el próximo mes”.

Iban a matarme. Ya tenían la fecha.

CAPÍTULO 8: El juicio de las sombras

Justo cuando guardaba la libreta en mi bolso, la luz de la oficina se encendió. Adrián estaba parado en la puerta, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que me heló la sangre.

—Sabía que vendrías aquí, Maya. Siempre fuiste tan predecible, tan… novelesca.

Detrás de él apareció Cassandra. No se veía enojada; se veía aburrida, como quien tiene que aplastar a una cucaracha molesta. —Dame la libreta, niña. Eso no te pertenece. Es propiedad del Estado.

—¡Esto es una lista de asesinatos! —grité, sacando mi celular para empezar a grabar—. ¡Aquí está Lena! ¡Aquí está el señor Carter! ¡Están todos!

—Nadie te va a creer —dijo Cassandra caminando hacia mí—. Tu historial clínico de “brote psicótico” ya está en el sistema. Esa libreta solo es la prueba de tu delirio persecutorio. Adrián, quítasela.

Adrián se abalanzó sobre mí. Me acorraló contra el escritorio de caoba. Me apretó las muñecas con tanta fuerza que escuché mis huesos crujir. Pero en ese momento, una sombra se movió detrás de él. Doña Elena, que se había colado siguiendo mis pasos, levantó un pesado pisapapeles de bronce —una miniatura del Ángel de la Independencia— y golpeó a Adrián en la nuca.

Él cayó como un fardo. —¡Corre, Maya! ¡Lleva eso a la prensa! ¡Yo me quedo aquí! —gritó Elena.

—¡No la voy a dejar! —respondí.

—¡Vete! ¡Es por Lena! ¡Haz que valga la pena!

Escuché las botas de los guardias de seguridad en el pasillo. No tuve opción. Salí por la ventana de la oficina que daba a una cornisa, salté hacia un camión de basura que pasaba y desaparecí en el laberinto del centro histórico.

Al día siguiente, la Ciudad de México despertó con un escándalo sin precedentes. No fui a la policía; fui a un canal de televisión nacional, en vivo. Mostré la libreta gris, las fotos de las víctimas y mi propio contrato de arrendamiento fraudulento.

La “Licenciada de la Mora” y su sobrino no tuvieron tiempo de escapar. La presión social fue tan grande que ni sus contactos en el gobierno pudieron salvarlos. Los arrestaron en su mansión de las Lomas mientras intentaban quemar archivos.

Meses después, recuperé mi casa. El departamento de la Roma vuelve a oler a café y a mis libros. Don Jorge me pidió perdón con una charola de pan dulce. Doña Elena ahora es mi socia en la librería; pusimos una sección especial dedicada a la poesía de Lena.

A veces, por la noche, miro hacia el pasillo y recuerdo el miedo. Pero luego veo la luz de la calle y entiendo que en este México lindo y herido, la verdad es un fuego que, aunque tarde en encenderse, termina por quemar hasta las sombras más poderosas.

Ya no soy una víctima “en proceso”. Ahora soy la dueña de mi propia historia.

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