
CAPÍTULO 1: LA CACERÍA EN EL ASFALTO
El sol de la Ciudad de México no calentaba; quemaba. Era ese tipo de calor seco y agresivo de las dos de la tarde que se siente como si el mismo asfalto estuviera tratando de cocinarte vivo a través de las suelas de los zapatos. El aire olía a esmog, a tacos de canasta rancios y a esa mezcla inconfundible de desesperación urbana que cubre la capital cuando el tráfico se detiene.
Daniela Lozano sentía cada grado de temperatura golpeando su nuca. Estaba parada en medio de un estacionamiento público en la colonia Doctores, una zona que, aunque estaba cerca de los tribunales y la Fiscalía, no dejaba de tener esa vibra pesada, donde uno siente que debe tener ojos en la espalda. Su camioneta, una SUV negra del año, imponente y pulcra —o al menos lo era antes de que ella empezara a revolverla—, tenía la puerta del conductor abierta de par en par.
—¡Chingada madre! —masculló Daniela entre dientes, una maldición que salió más por frustración que por costumbre.
Se inclinó sobre el asiento del copiloto, sus manos, usualmente firmes y precisas como las de la cirujana legal que era en los tribunales, ahora temblaban levemente mientras aventaba papeles al suelo. Recibos de casetas, expedientes viejos, una envoltura de mazapán vacía. Todo volaba por los aires.
—Tiene que estar aquí, no mames, tiene que estar aquí —se repetía como un mantra.
Su celular, tirado en la consola central, vibró con la insistencia de una bomba de tiempo. La pantalla se iluminó: “Lic. Estrada (Oficina)”. Era la cuarta llamada. Daniela ni siquiera volteó a verlo. Sabía exactamente qué hora era y sabía exactamente qué tan jodida estaba. Tenía una audiencia preliminar con el Fiscal General en veinte minutos. Veinte. Y su bolsa, esa maldita bolsa de piel donde guardaba no solo su vida entera, sino su credencial oficial de Fiscal del Estado, no aparecía por ningún lado.
Sin esa credencial, Daniela sabía que era invisible para el sistema. Peor aún, en un país como este, sin identificación y con su apariencia, era vulnerable.
Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, manchando ligeramente de maquillaje su manga gris impecable. El estrés le estaba cerrando la garganta. ¿Cómo podía ser tan estúpida? ¿Dejar la bolsa en el techo? No. ¿En el restaurante? No, recordaba haber pagado.
De repente, el sonido cambió. El ruido de fondo de la ciudad —los cláxones lejanos, los gritos de los vendedores ambulantes— fue cortado por el ronroneo lento y depredador de un motor que se acercaba. No era un coche normal. Era ese sonido pesado, mal afinado, que cualquier chilango reconoce al instante: una patrulla.
El instinto de supervivencia se activó antes que su lógica. El cuerpo de Daniela se tensó. Se quedó quieta un segundo, con la mitad del cuerpo dentro de la camioneta, rezando para que siguieran de largo. “No voltees, no hagas contacto visual, solo busca tu maldita bolsa”, pensó.
Pero el universo tenía otros planes. Escuchó el crujido de las llantas sobre la gravilla suelta del estacionamiento, acercándose despacio, demasiado despacio. Sintió el peso de una mirada en su espalda. Una mirada que no era de curiosidad, sino de escrutinio.
El motor se detuvo justo detrás de ella. El silencio que siguió fue más fuerte que el ruido del tráfico. Luego, el sonido de una puerta abriéndose y el golpe seco de unas botas tácticas contra el pavimento.
—¡Epa! —una voz masculina, rasposa, cargada de esa autoridad prepotente que te revuelve el estómago—. ¿Qué traes ahí?
Daniela cerró los ojos un microsegundo, inhalando el aire caliente. “Tranquila. Eres la Fiscal. Eres la autoridad. No pasa nada”.
Se enderezó lentamente, sacudiéndose un poco el saco, y se giró.
Frente a ella estaba el oficial Martínez. No necesitaba leer su placa para saber quién era; había visto a tipos como él mil veces en los pasillos de los juzgados, usualmente testificando mentiras o siendo regañados por procedimientos mal hechos. Era un hombre robusto, de tez clara quemada por el sol, con el cabello cortado al ras y unas gafas oscuras que ocultaban sus ojos, pero no su intención. Tenía la mano derecha descansando casualmente sobre la empuñadura de su arma, un gesto que en México no es casualidad; es una amenaza silenciosa.
Martínez se quitó los lentes lentamente, revelando unos ojos pequeños y burlones. La barrió con la mirada. No vio a una abogada. No vio un traje de diseñador. Vio su piel morena, su cabello rizado, y luego vio la camioneta de lujo detrás de ella. La ecuación en su cabeza racista fue instantánea y errónea.
—Te hice una pregunta, mija —dijo, masticando las palabras—. ¿Qué estás haciendo con esa nave? ¿Buscando qué robar o qué?
El tono condescendiente, ese “mija”, fue como una cachetada. Daniela sintió que la sangre le subía a las mejillas, caliente de rabia.
—Buenas tardes, oficial —respondió, forzando su voz a sonar calmada, profesional, esa voz que usaba para interrogar testigos—. No estoy robando nada. Es mi vehículo. Estoy buscando mi bolsa, se me debió caer entre los asientos.
Martínez soltó una risita seca, cínica. Dio dos pasos hacia ella, invadiendo su espacio personal. Olía a cigarro barato y a loción corriente.
—Tu vehículo… —repitió, arrastrando las palabras, mirando las llantas, la carrocería brillante, y luego volviendo la vista a ella con incredulidad—. ¿Y me vas a decir que los papeles de la nave también están en esa “bolsa mágica” que no encuentras?
—Mi cartera, mi identificación y mi tarjeta de circulación están en la bolsa, sí —dijo Daniela, manteniendo la barbilla en alto—. Si me permite un momento, la encontraré y le mostraré todo.
—Uy, no, pues qué conveniente —Martínez se burló, volteando a ver a un punto imaginario como si buscara una audiencia para su chiste—. Una señorita aquí presente, muy elegante ella, pero sin un solo papel que diga quién es, manoseando una camioneta de millón de pesos en la Doctores. ¿Tú qué pensarías si fueras yo?
—Pensaría que es una ciudadana en apuros y le ofrecería ayuda —respondió Daniela tajante.
La sonrisa de Martínez desapareció. Su rostro se endureció, transformándose en esa máscara de agresividad que usan los policías cuando sienten que se les está faltando al respeto a su “autoridad”.
—Bájale dos rayitas a tu tono, ¿eh? —gruñó, dando otro paso. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Daniela viera los poros de su nariz—. Aquí el que hace las preguntas soy yo. Y ahorita, lo que yo veo es a una sospechosa en flagrancia.
Daniela sintió el miedo reptar por su espalda. Conocía la ley mejor que nadie, pero también conocía la realidad de la calle. Sabía que, en ese momento, la ley no importaba. Importaba quién tenía la pistola y las esposas.
—Oficial, le estoy diciendo la verdad. Soy abogada. Trabajo en la Fiscalía. Tengo una reunión urgente…
—¡Sí, sí, y yo soy Pancho Villa! —la interrumpió gritando, haciendo que un par de peatones que pasaban por la banqueta voltearan a ver. Nadie se detuvo. En la CDMX, cuando ves a un policía gritándole a alguien, agachas la cabeza y caminas más rápido—. ¡Aléjate del vehículo! ¡Ahora!
—¡No me grite! —Daniela alzó la voz, perdiendo la paciencia—. ¡Si tan solo revisara las placas en su radio, vería que el auto está registrado a nombre de Daniela Lozano! ¡Hágalo!
Martínez se puso rojo. Odiaba que le dijeran qué hacer. Odiaba aún más que se lo dijera una mujer que, según sus prejuicios, debería estar limpiando casas, no manejando camionetas de lujo.
—¡Te dije que te alejes! —bramó, y antes de que Daniela pudiera procesar el movimiento, él se abalanzó sobre ella.
La agarró del brazo con una fuerza brutal, sus dedos clavándose en su bíceps. Daniela jadeó de dolor y sorpresa.
—¡Suélteme! ¡¿Qué le pasa?! —gritó, tratando de zafarse.
—¡Resistencia a la autoridad! —gritó Martínez, con esa satisfacción enferma de quien ha encontrado la excusa perfecta—. ¡Estás detenida por intento de robo y resistencia!
La giró con violencia, empujándola contra el costado caliente de su propia camioneta. El metal le quemó la mejilla. Sintió el tirón en su hombro cuando él le jaló el brazo hacia la espalda.
—¡Es un error! ¡Soy Fiscal del Estado! —gritó Daniela, con la voz quebrada por la impotencia, mientras sentía el frío metálico de las esposas cerrándose alrededor de su muñeca izquierda.
—Cállate el hocico —le susurró Martínez al oído, un susurro lleno de veneno—. Ya te cargó el payaso. Vas a ver cómo nos tratamos a los mentirosos en la delegación.
El clic de la segunda esposa cerrándose fue el sonido más fuerte del mundo. Daniela se quedó inmóvil, con la cara pegada al metal caliente, respirando polvo y miedo. A través del reflejo en la ventana polarizada, vio sus propios ojos. Estaban llenos de lágrimas, no de tristeza, sino de una furia volcánica.
Martínez la levantó de un tirón, haciéndola trastabillar.
—Camínale.
La empujó hacia la patrulla. La gente pasaba: un repartidor de Uber Eats en moto, una señora con bolsas del mandado, un oficinista comiendo una torta. Todos miraban. Algunos con lástima, otros con morbo. Ninguno hizo nada. Para ellos, era solo otra delincuente siendo sacada de las calles.
Daniela sintió una soledad aterradora. Estaba en el sistema que ella misma representaba, pero ahora estaba del lado equivocado, del lado donde la verdad no importa, donde el color de piel es sentencia y donde la placa es un permiso para destruir vidas.
Mientras Martínez le empujaba la cabeza para meterla en el asiento trasero de la patrulla, que apestaba a vómito seco y desinfectante barato, Daniela se juró algo.
Este pendejo no tenía idea de con quién se había metido. Iba a hacer que se tragara cada palabra, cada empujón y cada mirada de desprecio. Pero primero, tenía que sobrevivir al viaje.
La puerta de la patrulla se cerró de golpe, dejándola en la penumbra, atrapada como un animal, mientras el oficial Martínez se subía al asiento del conductor, silbando una canción de banda, feliz con su “trofeo” del día.
Daniela miró por la ventana enrejada cómo su camioneta se quedaba sola, abierta, bajo el sol implacable de México.
—Esto no se queda así —susurró para sí misma.
El motor de la patrulla rugió y el vehículo se puso en marcha, llevándola hacia el infierno burocrático, sin saber que llevaban a la jefa directo a la boca del lobo.
CAPÍTULO 2: LA JAULA DE PLEXIGLÁS
El sonido de la puerta trasera de la patrulla al cerrarse fue definitivo, un golpe seco y metálico que resonó como la tapa de un ataúd. De repente, el ruido de la calle —los cláxones, los gritos de los vendedores, el zumbido de la ciudad— se amortiguó, reemplazado por un silencio zumbante y opresivo dentro de la cabina.
Daniela intentó acomodarse en el asiento de plástico rígido, moldeado para ser incómodo, diseñado para que el detenido no pudiera relajarse ni un segundo. Las esposas le mordían las muñecas. Como tenía las manos sujetas a la espalda, se vio obligada a contorsionarse en una postura antinatural, recargando el hombro contra el respaldo duro mientras sus dedos comenzaban a entumecerse por la falta de circulación.
El aire dentro de la patrulla estaba viciado, estancado. Era una mezcla nauseabunda de sudor viejo, vinagre, plástico quemado y ese olor inconfundible a cigarro barato que se impregna en la tapicería de los vehículos oficiales. El sol pegaba a través de las ventanas enrejadas, convirtiendo el habitáculo en un horno. Daniela sintió una gota de sudor recorrer su columna vertebral, fría por el miedo pero caliente por la temperatura.
Miró a través de la malla metálica que separaba el asiento trasero de los delanteros. El radio de la patrulla escupía estática y códigos incomprensibles: “10-4, pareja, posible 57 en la colonia Guerrero…”. Era la banda sonora de su peor pesadilla.
Desde su posición, tenía una vista parcial hacia afuera. Vio al oficial Martínez pavoneándose alrededor de su camioneta, su SUV negra, como si fuera un cazador admirando a una presa que acababa de abatir. Él no tenía prisa. ¿Por qué la tendría? Él tenía el poder. Ella estaba encerrada.
Martínez sacó una linterna, aunque era pleno día, y comenzó a iluminar el interior del vehículo con una teatralidad ridícula, asomándose por las ventanas, buscando algo —lo que fuera— que justificara su estupidez. Daniela apretó los dientes al ver cómo él metía la mano y sacaba unos papeles de la guantera, arrojándolos después al asiento con desdén. Estaba violando su privacidad, su propiedad, su santidad. Y ella no podía hacer nada más que mirar.
—¡Es ilegal! —gritó Daniela, aunque sabía que nadie la escuchaba a través de los vidrios cerrados. Su voz rebotó dentro de la patrulla, impotente.
Un par de peatones pasaron caminando por la banqueta. Un señor con un sombrero y una bolsa de mandado se detuvo un momento, mirándola a los ojos a través del vidrio. Daniela sostuvo la mirada, suplicando silenciosamente ayuda, testigo, algo. Pero el hombre solo hizo una mueca de disgusto, como si estuviera viendo basura, y aceleró el paso. Nadie se mete con la policía en México. Nadie quiere problemas. La apatía era el verdadero muro de contención.
El tiempo se estiró. Cinco minutos. Diez. Su mente, entrenada para la lógica legal, comenzó a fragmentarse bajo la presión emocional.
“Tengo la audiencia con el Fiscal General”, pensó, el pánico burbujeando en su pecho. “Si no llego, van a pensar que soy irresponsable. O peor, que me pasó algo grave. Bueno, me pasó algo grave. Estoy esposada como una criminal común por un policía que ni siquiera sabe leer sus propios derechos”.
De repente, otra patrulla se acercó, sus luces rojas y azules rebotando en los edificios cercanos. Un segundo oficial bajó. Era mucho más joven que Martínez, flaco, con el uniforme un poco grande y cara de niño. Se acercó a Martínez con una tabla sujetapapeles en la mano, visiblemente nervioso.
Daniela aguzó el oído, tratando de captar la conversación a través del cristal.
—¿Todo bien, pareja? —preguntó el joven, mirando de reojo hacia la patrulla donde estaba Daniela.
Martínez soltó una carcajada, palmoteando el cofre de la camioneta de Daniela como si fuera suya.
—Todo bajo control, Ramírez. Solo una 52. Intento de robo de vehículo. La agarré con las manos en la masa, revolviendo la nave.
—¿Y la dueña? —preguntó Ramírez, confundido.
—Dice que es ella —Martínez hizo un gesto obsceno con la mano—. Dice que es la “Fiscal del Estado”, hazme el chingado favor.
Ramírez frunció el ceño y miró hacia Daniela. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. Daniela irguió la espalda lo más que pudo, tratando de proyectar dignidad a través de su postura, a pesar de las esposas.
—Oiga, mi’ja… —el joven oficial dudó, bajando la voz—. ¿Checó las placas? Si dice que es Fiscal… esa gente tiene fuero, pareja. Nos podemos meter en un pedo.
Daniela sintió una chispa de esperanza. “Sí, niño, usa tu cerebro. Revisa las placas”.
Pero Martínez borró esa esperanza de un plumazo. Su rostro se oscureció y se inclinó hacia el oficial más joven, intimidándolo con su tamaño y su rango.
—A ver, Ramírez, ¿quién lleva veinte años en la fuerza, tú o yo? —le espetó Martínez, escupiendo al hablar—. Yo sé reconocer a una rata cuando la veo. Esa vieja no es Fiscal de nada. Es una mañosa que se inventó un cuento chino para ganar tiempo. ¿Tú crees que una vieja así, prieta, sola, va a traer una nave de estas? No mames. Seguro se la robó a su patrón o anda en malos pasos.
El racismo brotó de su boca tan natural como respirar. “Una vieja así”. Daniela sintió las lágrimas de rabia picándole los ojos. Había pasado años en la Facultad de Derecho, noches sin dormir, soportando burlas, trabajando el triple que sus compañeros hombres y blancos para llegar a donde estaba. Había roto techos de cristal solo para que un policía de barrio la redujera a su color de piel en un segundo.
Ramírez, el joven oficial, bajó la mirada, sometido.
—Lo que usted diga, pareja. Solo decía…
—Pues no digas. Súbete y vámonos, que ya tengo hambre y quiero procesar a esta joyita antes de ir a comer —ordenó Martínez.
La puerta del conductor se abrió y la patrulla se inclinó hacia un lado cuando Martínez dejó caer su peso en el asiento. El olor a sudor rancio se intensificó. Ajustó el espejo retrovisor para mirarla directamente a los ojos. Tenía una sonrisa torcida, triunfante.
—¿Cómoda, reina? —preguntó con sorna.
Daniela respiró hondo, luchando contra el impulso de gritarle insultos que solo empeorarían su situación.
—Oficial Martínez —dijo, su voz temblando apenas un poco, pero fría como el hielo—. Le voy a pedir una última vez, por su propio bien, que verifique la matrícula de mi vehículo. Mi nombre es Daniela Lozano. Soy Fiscal del Estado. Mi identificación está en la bolsa que se cayó bajo el asiento. Si me lleva a la delegación bajo arresto falso, le prometo que será el último error que cometa con ese uniforme.
Martínez encendió el motor, ignorándola deliberadamente. Aceleró el coche con brusquedad, haciendo que la cabeza de Daniela rebotara contra la rejilla de seguridad.
—Uy, qué miedo —se burló él, riéndose mientras se incorporaba al tráfico de la avenida—. “Soy la Fiscal, soy la Fiscal”. Ya cambia el disco, ¿no? He oído mejores cuentos de borrachos en Garibaldi. Mira, te voy a dar un consejo de cuates: cuando lleguemos al MP, mejor diles la verdad. Diles que querías dar una vuelta, que se te hizo fácil. A lo mejor el Juez Cívico te deja ir con una multa y unos días de arresto. Pero si sigues con esa mentira de que eres autoridad… te va a ir peor.
—No es una mentira —insistió Daniela, sintiendo cómo la frustración le quemaba el pecho—. ¿Por qué es tan difícil para usted creer que una mujer como yo puede tener un puesto de poder? ¿Es por mi color? ¿Es porque soy mujer? Dígalo. Tenga los pantalones de decirlo.
Martínez frenó de golpe en un semáforo, haciendo que Daniela se fuera hacia adelante, lastimándose los hombros. Él se giró parcialmente en su asiento, su rostro rojo de ira contenida.
—A ver, pendeja —escupió las palabras, dejando caer la máscara de sarcasmo—. No te confundas. Aquí la autoridad soy yo. Tú eres una detenida sin identificación, manoseando propiedad ajena. A mí me vale madre quién crees que eres en tu cabeza. En mi patrulla, te callas y obedeces. Y si me vuelves a levantar la voz, te voy a poner el cargo de resistencia y agresión a la autoridad, y ahí sí, ni Dios te saca del reclusorio.
El silencio que siguió fue denso. Daniela se mordió el labio hasta casi sangrar. Sabía cuándo callar. No por sumisión, sino por estrategia. Discutir con un necio con poder es como hablarle a la pared; solo gastas energía. Necesitaba llegar a la delegación. Necesitaba un teléfono. Necesitaba a Marcos.
La patrulla avanzaba lenta por el tráfico de la tarde. Daniela miraba por la ventana enrejada cómo la ciudad pasaba borrosa. Veía la vida normal de la gente: una pareja besándose en una esquina, un oficinista corriendo, niños saliendo de la escuela. Se sentía desconectada de esa realidad, como si hubiera cruzado un umbral invisible hacia el inframundo del sistema judicial mexicano, un lugar donde la lógica no existe y la justicia es un mito.
Recordó el día que le entregaron su nombramiento como Fiscal. Su madre lloraba de orgullo. “Mija, lo lograste. Nadie te va a poder ningunear nunca más”, le había dicho. Qué equivocada estaba. El título, el puesto, los años de estudio… todo se desvanecía frente a la brutalidad simple y llana de un prejuicio.
—Oiga, pareja —dijo Ramírez desde el asiento del copiloto, rompiendo el silencio incómodo—. ¿Y si sí es?
Martínez bufó, golpeando el volante.
—¡Que no es, chingada madre! ¿Tú crees que si fuera la Fiscal andaría sola, sin escoltas, en esa zona? Esas viejas no salen de Polanco o Santa Fe sin un séquito de guaruras. Esta es una gata igualada que se encontró la nave abierta. Ya verás. Llegamos, no aparecen papeles, la procesamos y listo. Es más, te apuesto los tacos a que tiene antecedentes.
Daniela cerró los ojos, concentrándose en su respiración. Inhala en cuatro tiempos, sostén en cuatro, exhala en cuatro. Era una técnica que usaba antes de entrar a juicios orales complicados. Ahora la usaba para no perder la cordura.
Sentía el metal de las esposas rozando el hueso de su muñeca. Cada bache de la calle —y en la CDMX hay miles— era una tortura. Sus hombros gritaban de dolor. Pero el dolor físico era manejable. Lo que la estaba matando era la humillación. La impotencia absoluta.
“Esto no se va a quedar así”, pensó, transformando su miedo en una promesa fría y dura. “Voy a usar cada ley, cada reglamento, cada contacto que tengo. Voy a hacer que este tipo no pueda trabajar ni de velador en un estacionamiento”.
La patrulla dio una vuelta cerrada, casi tirándola del asiento, y la sirena soltó un aullido corto para pasarse un alto.
—Ya llegamos —anunció Martínez con alegría sádica—. Bienvenida a tu nuevo hogar por las próximas 48 horas, licenciada.
A través de la ventana, Daniela vio el edificio gris y despintado de la Delegación Central. Había patrullas estacionadas en doble fila, gente esperando afuera con caras largas, abogados coyotes fumando en la banqueta. Era el purgatorio.
La patrulla se detuvo en la zona de descarga de detenidos. Martínez apagó el motor y se bajó, ajustándose el cinturón con esa arrogancia que ya le revolvía el estómago a Daniela. Abrió la puerta trasera y la agarró del brazo para sacarla.
—Ándale, bájate. Y camina derechita.
Al poner un pie fuera del auto, el sol la golpeó de nuevo, pero esta vez se sintió diferente. No era solo calor. Era la luz de la realidad. Estaba a punto de entrar al sistema como víctima y victimaria al mismo tiempo.
Daniela se irguió cuan alta era. A pesar de las esposas, a pesar del traje arrugado y el maquillaje corrido por el sudor, levantó la barbilla. Miró a Martínez a los ojos con una intensidad que por primera vez lo hizo dudar, aunque fuera solo un segundo.
—Vamos —dijo ella, adelantándose a su empujón.
Si iban a jugar este juego, ella iba a jugar hasta el final. Y ella sabía jugar mejor que nadie.
Martínez la empujó hacia la entrada de barandilla, donde el olor a cloro y desesperación era aún más fuerte.
—Muévete —gruñó él, recuperando su postura de macho alfa—. Vamos a ver qué tan brava eres frente al Juez Cívico.
Daniela cruzó el umbral de la delegación, dejando atrás la luz del día. La batalla acababa de comenzar. Y aunque estaba esposada, su mente estaba más afilada que nunca, lista para cortar cabezas en cuanto tuviera la oportunidad.
CAPÍTULO 3: EL PURGATORIO DE CEMENTO
El edificio de la Coordinación Territorial —el Ministerio Público, o simplemente “el MP” para los que tienen la desgracia de caer ahí— no era un lugar diseñado para la justicia. Era un monumento a la desidia. Desde el momento en que el oficial Martínez la empujó a través de las puertas de cristal manchadas de huellas grasientas, el olor la golpeó como un puñetazo físico. No era solo suciedad; era una mezcla rancia de fabuloso lavanda tratando de ocultar el hedor a orina, sudor acumulado de décadas, café quemado y la humedad que se filtraba por las paredes despintadas de un color verde institucional deprimente.
Daniela conocía estos lugares. Había pasado gran parte de su carrera entrando y saliendo de ellos, pero siempre lo había hecho por la puerta grande, con su gafete colgado al cuello, saludada por comandantes nerviosos y secretarias que le ofrecían agua. Entrar esposada, con las manos a la espalda y empujada por un policía municipal que se sentía Rambo, cambiaba la perspectiva por completo. El mundo se veía diferente desde abajo.
—Órale, camínale, que no tenemos todo el día —gruñó Martínez, dándole un empellón innecesario en el omóplato.
La sala de espera estaba abarrotada, como siempre. Era un microcosmos de la tragedia chilanga. Una señora lloraba en una esquina apretando un rosario, mientras un abogado “coyote” de traje brillante y zapatos desgastados le susurraba promesas vacías al oído. Un par de chavos banda, tatuados y con la mirada desafiante, se reían en otra banca. Había escritorios metálicos oxidados, archiveros que vomitaban expedientes amarillentos y computadoras que parecían haber sobrevivido al efecto 2000 de milagro.
El sonido era un caos: el repiqueteo furioso de teclados mecánicos, radios de policía escupiendo claves, teléfonos sonando sin que nadie contestara y el zumbido constante de un ventilador de techo que giraba perezosamente, incapaz de mover el aire caliente y viciado.
Martínez la llevó directamente hacia el escritorio de recepción, una barrera alta de madera aglomerada que separaba a los “ciudadanos” de la “autoridad”. Detrás del mostrador estaba el Oficial de Barandilla, un hombre obeso con manchas de mostaza en la camisa del uniforme, que tecleaba con dos dedos, con una lentitud exasperante, mientras masticaba un chicle con la boca abierta.
—¿Qué traes, Martínez? —preguntó el de barandilla sin levantar la vista de la pantalla, como si estuviera preguntando por el clima.
—Una 52, mi Charly. Robo de vehículo en grado de tentativa, con resistencia a la autoridad y lo que se acumule —respondió Martínez, hinchando el pecho, orgulloso de su captura. Soltó a Daniela, dejándola parada frente al mostrador, aunque mantuvo una mano en su hombro para ejercer dominio.
El tal Charly finalmente levantó la vista. Sus ojos, enmarcados por ojeras profundas, recorrieron a Daniela de arriba abajo. No vio a una profesional. Vio el traje sastre gris, sí, pero vio el cabello revuelto, el sudor, las esposas y, sobre todo, vio su color de piel. Su cerebro procesó la información y llegó a la misma conclusión errónea que Martínez.
—¿Y esta? Se ve fresa la ñora, ¿no? —comentó Charly, soltando una risita porosa.
Daniela sintió que la ira, que había estado conteniendo como magma bajo la superficie, empezaba a burbujear peligrosamente. Se enderezó, ignorando el dolor en sus muñecas.
—Buenas tardes —dijo Daniela, con una voz que cortó el aire como un bisturí. Era su voz de tribunal, esa que usaba para interrogar a homicidas—. Quiero que quede asentado en el acta que fui detenida arbitrariamente a las 14:35 horas. No se me leyeron mis derechos, no se me permitió verificar la propiedad de mi vehículo y el oficial aquí presente ha ejercido violencia física y psicológica innecesaria. Soy la Fiscal Daniela Lozano. Exijo hablar con el titular de la agencia inmediatamente.
El silencio que siguió duró tres segundos. Luego, Martínez y Charly estallaron en carcajadas. Fue una risa fea, cómplice, la risa de dos hombres mediocres que disfrutan tener poder sobre una mujer que consideran “alzada”.
—¡Ay, no mames! —exclamó Martínez, limpiándose una lágrima de risa—. ¿Ya oíste, Charly? Dice que es la Fiscal. Te dije, esta vieja está loca o muy drogada. Se cree la mismísima Procuradora.
Charly negó con la cabeza, volviendo a su teclado.
—Nombre… —tecleó algo—. Detenida sin identificación. Alias “La Fiscal”, ponle ahí en observaciones, para que se rían los de PDI cuando la bajen a galeras.
—¡Escúchenme! —Daniela golpeó el mostrador con su cadera, ya que no podía usar las manos—. ¡Están cometiendo un delito federal! Privación ilegal de la libertad, abuso de autoridad. Si ingresan mis datos al sistema sin verificar mi identidad, van a dejar una huella digital que los va a incriminar a ustedes, no a mí. ¡Revisen las placas! ¡Revisen mi nombre en la Plataforma México!
Martínez la jaló hacia atrás bruscamente, haciéndola tambalear.
—¡Ya cállate! —le gritó en la cara, salpicándola de saliva—. Aquí no mandas tú. Aquí mando yo. Y si sigues gritando te voy a meter a la celda con los borrachos para que se te baje lo brava. ¿Entendiste?
Daniela lo miró fijamente. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad letal.
—Entendí perfectamente, oficial Martínez. Entendí que es usted un incompetente y un racista. Y entendí que va a disfrutar estos últimos minutos de poder, porque se le van a acabar muy pronto.
Martínez bufó, pero hubo un destello de duda en sus ojos. Algo en la seguridad de Daniela, en la forma en que usaba las palabras técnicas, lo inquietaba. Pero su ego era demasiado grande para retroceder.
—Llévala a la silla de espera mientras lleno el IPH (Informe Policial Homologado) —ordenó Martínez a un policía auxiliar que pasaba por ahí—. Y que no se mueva.
El auxiliar, un joven moreno y flaco que parecía más asustado que cualquiera de los detenidos, tomó a Daniela del brazo con suavidad, casi disculpándose con la mirada, y la llevó hacia una fila de sillas de metal atornilladas al piso, pegadas a una pared llena de carteles de “Se Busca” y derechos humanos que nadie leía.
La sentó en la orilla. Martínez se acercó y, con una llave pequeña, le soltó una de las esposas para volver a engancharla, esta vez sujetando su muñeca izquierda a la barra metálica de la silla.
—Ahí te quedas quieta, “Fiscal” —dijo Martínez con sorna, dándole unas palmaditas condescendientes en la cabeza, como si fuera un perro—. Ahorita que acabe mi papeleo vemos si te dejamos hacer tu llamadita.
—Es mi derecho constitucional —replicó Daniela—. Artículo 20. Tengo derecho a una llamada inmediata.
—El sistema está caído, reina. Y los teléfonos no tienen línea. Vas a tener que esperar a que se me inche la gana prestarte el mío… si es que quiero.
Martínez se dio la vuelta y se dirigió a un escritorio vacío, donde se sentó pesadamente. Sacó un altero de hojas arrugadas y comenzó el tedioso proceso de llenar el informe a mano, sacando la lengua mientras escribía, como un niño haciendo la tarea.
Daniela se quedó sola en su silla, atrapada en el purgatorio de cemento.
Miró a su alrededor. A su derecha, a dos sillas de distancia, había un hombre dormido, o tal vez desmayado, que olía a alcohol industrial. Tenía la ropa desgarrada y sangre seca en la nariz. A su izquierda, un chico que no podía tener más de dieciocho años la miraba con ojos rojos, probablemente por llorar o por fumar marihuana.
—¿Por qué te trajeron, seño? —preguntó el chico en un susurro, con voz temblorosa.
Daniela giró la cabeza. Vio en el chico el miedo puro. Probablemente era su primera vez.
—Por un error —dijo ella, suavizando el tono—. Por estupidez de ellos. ¿Y a ti?
—Me agarraron orinando en la vía pública… pero me quieren clavar robo de celular —el chico se sorbió los mocos—. Me quitaron mi cartera y mis tenis, seño. Esos policías son unas ratas.
Daniela sintió una punzada en el estómago. Sabía que eso pasaba. Lo veía en los expedientes todos los días: “Detención arbitraria”, “Sembrado de evidencia”. Pero leerlo en una carpeta de investigación impecable en su oficina con aire acondicionado era muy diferente a verle la cara al niño que estaba siendo devorado por la maquinaria.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Kevin.
—Escúchame, Kevin. Cuando te pasen con el médico legista, dile que te revisen todo. Y cuando veas al defensor de oficio, no firmes nada hasta que lo leas. Nada. ¿Me oyes?
El chico asintió, mirándola como si fuera un ángel de la guarda esposado.
—Gracias, seño. Usted habla como abogada.
—Soy abogada —afirmó ella, recuperando un poco de su identidad—. Y voy a salir de esta. Y voy a ver qué puedo hacer por ti.
El tiempo se arrastraba. Veía a Martínez a lo lejos, platicando con una secretaria, coqueteando de manera burda mientras señalaba hacia donde estaba Daniela y se reían. La impotencia era física; le dolía el pecho.
Su mente, sin embargo, no paraba. Estaba archivando todo. Hora de entrada: 15:10. Negación de derechos: Llamada telefónica. Trato degradante: Burlas, uso de esposas innecesario (no representa peligrosidad). Discriminación: Comentarios sobre su apariencia y su vehículo.
Cada minuto que pasaba era un clavo más en el ataúd de la carrera de Martínez. Pero Daniela sabía que necesitaba actuar rápido. Si la pasaban a las celdas de atrás, a “la galera”, perdería visibilidad. Ahí atrás podían pasar cosas peores. Ahí atrás la ley no existía.
—¡Oficial! —gritó de nuevo, dirigiendo su voz hacia Martínez—. ¡Necesito ir al baño!
Martínez levantó la vista, molesto por la interrupción de su coqueteo.
—Aguántese.
—No me voy a aguantar. Es una necesidad fisiológica básica. Si no me lleva, me voy a orinar aquí mismo y voy a agregar “trato inhumano y degradante” a la larga lista de cargos que voy a presentar contra usted y contra esta delegación. Y créame, tengo memoria fotográfica.
La secretaria le susurró algo a Martínez, probablemente diciéndole que no valía la pena el problema. Martínez rodó los ojos, se levantó de mala gana y caminó hacia ella, haciendo sonar sus llaves.
—Eres un dolor de huevos, neta —dijo él mientras le soltaba la mano de la silla—. Órale, al baño. Pero vas esposada.
—No puedo ir al baño esposada —dijo Daniela, mostrándole las manos a la espalda.
—Pues arréglatelas como puedas. No te voy a soltar para que me intentes rasguñar o salir corriendo.
La llevó a empujones hacia un pasillo trasero. El baño de mujeres del MP era un agujero infecto. La puerta no tenía cerrojo. El olor era indescriptible.
—Te espero aquí afuera. Tienes dos minutos.
Daniela entró, cerrando la puerta con el pie. Con una contorsión dolorosa, logró hacer lo que necesitaba sin quitarse las esposas, sintiéndose humillada hasta la médula. Se miró en el espejo roto y sucio sobre el lavabo. Su reflejo le devolvió la mirada. Vio el rímel corrido bajo sus ojos. Vio el cabello, usualmente perfecto, ahora encrespado por la humedad y el estrés. Pero también vio algo más. Vio a sus ancestros. Vio a su abuela, que había sido empleada doméstica y que le había enseñado a nunca bajar la cabeza. Vio a su madre, que trabajó doble turno para pagarle la universidad.
—No vas a llorar —se dijo a sí misma en el espejo—. No les vas a dar el gusto. Eres Daniela Lozano. Eres la jodida Fiscal del Estado. Y vas a quemar este lugar hasta los cimientos.
Salió del baño con la cabeza en alto. Martínez la estaba esperando recargado en la pared, revisando su celular.
—¿Ya? Órale, de regreso a tu silla.
Mientras caminaban de regreso, la puerta principal de la agencia se abrió. Entró un hombre alto, vestido con el uniforme de la Policía de Investigación (PDI), con una placa colgada al cuello y un arma en la cintura. Tenía un aire de autoridad real, no la fanfarronería barata de Martínez.
El oficial de PDI escaneó la sala y sus ojos se detuvieron en Daniela. Frunció el ceño, como si estuviera viendo algo que no encajaba. Se detuvo un momento, mirándola fijamente. Hubo un chispazo de reconocimiento en sus ojos.
Daniela lo reconoció también. Era el Comandante Rojas. Habían trabajado juntos en un caso de secuestro hacía seis meses.
—¡Comandante! —gritó Daniela antes de que Martínez pudiera callarla.
Rojas se detuvo en seco. Martínez se tensó, jalando a Daniela del brazo.
—Cállate —siseó Martínez.
Pero Rojas ya venía caminando hacia ellos, con paso firme.
—¿Martínez? —preguntó Rojas con voz grave, mirando al policía municipal y luego bajando la vista a las esposas de Daniela—. ¿Qué chingados está pasando aquí?
Martínez sonrió nervioso.
—Nada, mi Comandante, aquí trayendo a una detenida por robo de vehículo. Una 52. Se puso brava la señora, dice que es influyente.
Rojas miró a Daniela a los ojos. Vio la indignación, vio la verdad. Y luego miró a Martínez como si fuera un insecto a punto de ser aplastado.
—Martínez… —dijo Rojas lentamente, con un tono que heló la sangre de todos los presentes en un radio de cinco metros—. ¿Tienes idea de a quién tienes esposada?
El corazón de Martínez dio un vuelco. La sonrisa se le borró de la cara.
—Es… es una ladrona de coches, Comandante. No traía identificación…
—¡Quítale las esposas! —rugió Rojas, tan fuerte que el de barandilla dejó de teclear y el chico Kevin despertó de su trance—. ¡Quítale las esposas ahora mismo, imbécil!
—Pero… el protocolo…
—¡Que se las quites! —Rojas dio un paso adelante, poniendo la mano cerca de su propia arma—. Ella es la Fiscal Lozano. Es la titular de la Fiscalía Especializada. Acabas de arrestar a una de las mujeres más poderosas del sistema judicial del estado, pedazo de animal.
El mundo de Martínez se detuvo. El ruido de la oficina se desvaneció, reemplazado por un zumbido agudo en sus oídos. Miró a Daniela. Ella ya no parecía una “sospechosa prieta”. Ahora, de repente, veía el traje caro. Veía la postura. Veía la mirada de depredadora que lo estaba devorando vivo.
Con manos temblorosas, que parecían de mantequilla, Martínez sacó la llave de su cinturón. Le tomó tres intentos atinarle a la cerradura.
Click.
El metal se abrió. Daniela se frotó las muñecas, donde la piel estaba roja y marcada. No dijo nada. No necesitaba gritar. El silencio era su arma ahora.
Rojas se acercó a ella, visiblemente mortificado.
—Licenciada… no sé qué decir. Una disculpa a nombre de la corporación. ¿Está usted bien?
Daniela asintió lentamente, sin dejar de mirar a Martínez, quien ahora estaba pálido, sudando frío, encogido sobre sí mismo.
—Estoy bien, Comandante —dijo Daniela con una calma aterradora—. Pero el oficial Martínez no lo va a estar. Quiero mi teléfono. Ahora.
Martínez corrió a su escritorio, tropezando con sus propios pies, y regresó con la bolsa de pruebas donde había metido las pertenencias que “encontró” en la camioneta. Le entregó el celular a Daniela como si fuera una granada sin seguro.
Daniela tomó el teléfono. Tenía quince llamadas perdidas de Marcos. Marcó el número.
—¿Bueno? —contestó Marcos al primer timbrazo.
—Marcos —dijo Daniela, su voz resonando en la sala silenciosa donde todos, desde el de barandilla hasta los delincuentes, estaban escuchando—. Ya estoy en el MP. Tráete al Procurador. Y tráete a la prensa. Vamos a hacer de esto un ejemplo nacional.
Colgó el teléfono y miró a Martínez, quien parecía querer fundirse con el piso sucio de linóleo.
—Oficial Martínez —dijo ella suavemente—. Le sugiero que llame a su esposa y le diga que hoy no va a llegar a cenar. De hecho, dígale que probablemente no va a llegar en mucho tiempo.
El miedo en los ojos de Martínez era absoluto. Había jugado a la ruleta rusa con el sistema, y acababa de darse un tiro en la sien.
Daniela se giró hacia Rojas.
—Comandante, quiero presentar una denuncia formal. Y quiero que este hombre sea puesto bajo custodia preventiva inmediatamente por abuso de autoridad y privación ilegal de la libertad.
—A la orden, Licenciada —dijo Rojas, haciendo una señal a dos agentes de PDI que se acercaron rápidamente a Martínez.
Martínez, el hombre que hace diez minutos se sentía dueño del mundo, ahora sentía cómo sus propios compañeros le quitaban el arma y le ponían las mismas esposas que él había usado con tanta arrogancia.
El purgatorio de cemento acababa de cambiar de inquilino.
CAPÍTULO 4: LA VOLTERETA
El ambiente en la Coordinación Territorial había cambiado drásticamente. Si hacía veinte minutos el aire estaba cargado de indiferencia burocrática y desprecio, ahora pesaba una tensión eléctrica, densa y sofocante, como la que precede a un temblor. El murmullo constante de las máquinas de escribir y las pláticas ociosas se había apagado, reemplazado por un silencio incómodo donde solo se escuchaba el zumbido intermitente del ventilador y la respiración entrecortada del oficial Martínez.
Daniela seguía sentada en la misma silla de metal, pero ya no estaba esposada. Se frotaba las muñecas con lentitud, sintiendo el ardor de la piel irritada donde el metal había mordido la carne. Las marcas rojas eran visibles, testigos mudos del abuso . Sin embargo, su postura había cambiado. Ya no era la víctima acorralada; ahora se sentaba con la espalda recta, las piernas cruzadas con elegancia a pesar del entorno, y una mirada que barría la sala como un radar buscando objetivos.
Frente a ella, Martínez parecía haber envejecido diez años en cinco minutos. Ya no estaba recargado en el escritorio con arrogancia. Estaba de pie, con los hombros caídos, las manos sudorosas frotándose contra el pantalón de su uniforme. Sus ojos iban de Daniela al Comandante Rojas, y de regreso a la puerta, como un animal atrapado buscando una salida que sabía que no existía .
—Licenciada… —empezó Martínez, su voz saliendo como un graznido patético—. Mire, la neta… yo no sabía. Usted sabe cómo está la cosa en la calle, uno tiene que andar a las vivas.
Daniela levantó una mano, deteniéndolo en seco sin siquiera mirarlo directamente.
—Ahórrese el discurso, Martínez —dijo ella con una frialdad que helaba—. No me interesa su justificación de “la calle”. Usted no estaba “a las vivas”. Usted estaba perfilando. Usted vio a una mujer morena en un coche caro y decidió que era culpable. Eso no es instinto policial, eso es racismo puro y duro .
—Pero es que no traía la INE, jefa… —intentó argumentar él, recurriendo al término coloquial “jefa” en un intento desesperado de congraciarse .
—No soy su jefa —le espetó Daniela, girando la cabeza bruscamente para clavarle la mirada—. Soy la Fiscal que va a asegurarse de que nunca vuelva a portar una placa. Y para su información, la falta de identificación no es causal para una detención arbitraria con uso excesivo de la fuerza y negativa de derechos. Usted se saltó el Código Nacional de Procedimientos Penales como si fuera una sugerencia.
El Comandante Rojas, que había estado observando la escena con los brazos cruzados y una expresión de disgusto profundo hacia su subordinado, intervino.
—Martínez, cállate el hocico. Cada vez que abres la boca te hundes más. Vete a sentar a esa esquina y no te muevas hasta que llegue Asuntos Internos.
Martínez obedeció, arrastrando los pies hacia una banca alejada, bajo la mirada burlona de los detenidos que antes él mismo había intimidado. El chico Kevin, el que había sido detenido por orinar en la calle, miraba a Daniela con los ojos abiertos como platos, como si estuviera viendo a una superheroína de Marvel en la vida real.
Daniela sacó su celular. Tenía mensajes de su equipo, de su secretaria y de Marcos.
“Ya estoy afuera. Prepárate.”
Segundos después, las puertas abatibles de la entrada del Ministerio Público se abrieron de golpe, golpeando la pared con un estruendo que hizo saltar al oficial de barandilla.
Marcos Estrada entró. No caminaba; marchaba. Iba impecable en su traje azul marino a la medida, con el cabello peinado hacia atrás y una expresión que prometía violencia legal. Marcos no era solo un abogado; era un tiburón. Era el tipo de litigante que los fiscales temían y los jueces respetaban. Y era el mejor amigo de Daniela .
Detrás de él, venía un asistente cargando un maletín de cuero y, para sorpresa de nadie en el medio, un camarógrafo independiente que Marcos solía contratar para documentar “irregularidades”.
—¡¿Dónde está?! —bramó Marcos, su voz llenando la sala .
Sus ojos encontraron a Daniela y su expresión se suavizó por un instante antes de endurecerse al ver las marcas en sus muñecas. Cruzó la sala en tres zancadas largas, ignorando al oficial de barandilla que intentó balbucear un “¿A dónde va?”.
—Daniela —Marcos se agachó junto a ella, tomando sus manos con delicadeza para examinar las lesiones—. ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo más?
—Estoy bien, Marcos. Solo furiosa —respondió ella, permitiéndose por primera vez soltar un suspiro de alivio al ver una cara amiga .
Marcos se enderezó y se giró lentamente hacia la sala. Su mirada era letal.
—Quiero el nombre y el número de placa del oficial que ordenó esto —dijo en voz alta, dirigiéndose a la habitación en general—. Y quiero al titular de la agencia aquí en dos minutos, o voy a empezar a tramitar amparos y denuncias penales contra cada persona que traiga uniforme en este edificio.
El Comandante Rojas se acercó, tratando de mediar.
—Licenciado Estrada, soy el Comandante Rojas, PDI. Ya tomamos control de la situación. El elemento responsable está bajo custodia administrativa en esa banca.
Marcos miró a Martínez, quien se encogió en su asiento al sentir el peso de la mirada del abogado.
—¿Ese es? —preguntó Marcos, señalándolo con un dedo acusador—. ¿El que se siente muy hombre para esposar a una mujer sin causa probable?
Martínez no respondió. Miraba al suelo, deseando desaparecer.
—Lo quiero procesado —continuó Marcos, volviéndose hacia Rojas—. Quiero copia certificada del IPH, quiero los videos de las cámaras de seguridad del estacionamiento y de esta sala, y quiero el dictamen médico de las lesiones de la Fiscal Lozano. Y lo quiero todo hoy.
—Estamos en eso, Licenciado —dijo Rojas, manteniendo la calma—. El Jefe de Sector ya viene en camino. Y me informan que el Jefe General de la Policía, el Licenciado Hernández, también.
El nombre de Hernández causó un efecto visible en la sala. Si Rojas era autoridad y Marcos era peligroso, Hernández era Dios en el organigrama policial. Que el Jefe General bajara personalmente a una agencia territorial por una detención significaba que rodarían cabezas. Muchas cabezas.
—Bien —dijo Daniela, poniéndose de pie. Le dolían las piernas, pero la adrenalina la mantenía firme—. Mientras llegan, vamos a empezar a formalizar la denuncia. No voy a dejar que esto se enfríe ni un minuto.
Marcos le pasó su saco para que se cubriera, ya que el aire acondicionado había empezado a sentirse helado sobre su ropa sudada.
—Siéntate, Dani. Yo me encargo de gritar. Tú guarda tu energía para cuando llegue Hernández.
Pero Daniela negó con la cabeza.
—No, Marcos. Esto lo peleo yo. Él me arrestó a mí. Él me humilló a mí. Yo voy a ser la que dicte su sentencia.
Se acercó al escritorio donde Martínez había dejado el papeleo a medias. Tomó la hoja del informe policial. Estaba llena de faltas de ortografía y mentiras flagrantes. “La sospechosa se mostró agresiva y verbalmente abusiva”. “Se negó a cooperar”.
—Increíble —murmuró Daniela, leyendo el documento—. Si no hubiera llegado Rojas, esto es lo que habría quedado en el expediente. Mi palabra contra la suya. Y con este papel, yo habría sido la “loca agresiva” y él el “héroe del orden”.
—Así es como operan —dijo Marcos, parándose detrás de ella—. Fabrican la narrativa. Por eso es tan importante lo que vamos a hacer hoy. No es solo por ti, es por todos los que no tienen tu credencial .
En ese momento, el sonido de sirenas se escuchó afuera, acercándose rápidamente. No era una sola patrulla; eran varias. El convoy del Jefe.
La puerta se abrió nuevamente y entró un grupo de oficiales de alto rango, con uniformes impecables y radios de alta frecuencia. En el centro, caminaba David Hernández, el Jefe de la Policía. Un hombre alto, canoso, con un rostro que parecía tallado en piedra y una reputación de tener poca paciencia para la incompetencia .
Hernández entró en la sala como si fuera el dueño del edificio. Su presencia absorbió todo el oxígeno. Escaneó la escena en segundos: los oficiales nerviosos, Marcos con cara de guerra, Daniela con las marcas en las muñecas, y Martínez hecho un ovillo en la banca.
Caminó directamente hacia Daniela.
—Licenciada Lozano —dijo Hernández, extendiendo la mano. Su voz era grave y controlada—. Lamento profundamente que nos encontremos en estas circunstancias.
Daniela estrechó su mano firmemente, sin sonreír.
—Jefe Hernández. Gracias por venir tan rápido.
—Me informaron de la situación —Hernández se giró hacia donde estaba Martínez. La temperatura de la sala pareció bajar diez grados más—. ¿Ese es el elemento?
—Ese es —confirmó Rojas.
Hernández caminó lentamente hacia Martínez. El oficial se puso de pie de un salto, temblando, e intentó hacer un saludo militar que salió torpe y ridículo.
—Jefe… yo…
—Cállese —dijo Hernández, sin levantar la voz. Fue un susurro cargado de amenaza—. Usted es una vergüenza para este uniforme. ¿Sabe cuánto tiempo, cuánto dinero y cuánto esfuerzo invertimos en tratar de limpiar la imagen de esta corporación? ¿Para que venga un imbécil con delirios de grandeza y nos regrese a la época de las cavernas en una tarde?
—Jefe, ella no traía identificación… —Martínez intentó su última carta, la carta de la burocracia .
—¡Me importa un carajo la identificación! —estalló Hernández, perdiendo la compostura por un segundo—. ¡Existe el criterio! ¡Existen los protocolos! ¡Existe el sentido común! Usted detuvo a una ciudadana por estar en su propio vehículo, la esposó sin amenaza inminente y la trajo aquí como trofeo. Y resulta que esa ciudadana es la Fiscal del Estado. ¿Tiene idea del problema legal y político en el que nos acaba de meter?
Martínez bajó la cabeza, derrotado.
—No sabía quién era… —murmuró .
Daniela dio un paso al frente.
—Ese es el problema, oficial —dijo ella, su voz resonando clara—. Usted dice que no sabía quién era yo, como si eso fuera una excusa. Si hubiera sabido que era la Fiscal, me habría tratado con respeto. Pero como pensó que era una ciudadana común, una mujer negra en un coche caro, pensó que podía pisotearme. El problema no es que no supiera mi cargo; el problema es que usted cree que el respeto depende del cargo y no de la persona .
Hernández asintió, dándole la razón a Daniela.
—Quítenle la placa y el arma —ordenó Hernández a sus escoltas—. Ahora mismo. Y sáquenlo de mi vista. Que lo procesen en la Fiscalía de Servidores Públicos. Quiero que lo traten como a cualquier otro detenido. Sin privilegios.
Dos oficiales de escolta se abalanzaron sobre Martínez. Le quitaron el cinturón táctico, el radio y la placa del pecho. Martínez, despojado de sus símbolos de poder, parecía un niño asustado. Lo esposaron —esta vez con razón y legalidad— y lo empujaron hacia la salida, pasando frente a Daniela.
Martínez la miró por última vez. Ya no había burla en sus ojos, solo miedo y odio.
—Esto no se vale… —masculló mientras se lo llevaban.
—Lo que no se vale —le contestó Marcos mientras pasaba— es lo que tú haces todos los días. Disfruta el proceso, Martínez. Nosotros lo vamos a disfrutar mucho.
Cuando se llevaron a Martínez, la tensión en la sala se rompió ligeramente. Hernández se volvió hacia Daniela y Marcos.
—Licenciada, quiero asegurarles que esto se va a investigar a fondo. No va a haber encubrimiento .
—Eso espero, Jefe —dijo Daniela—. Porque voy a estar vigilando cada paso de esa carpeta de investigación. Y Marcos también.
—Así será —aseguró Marcos—. Y vamos a pedir también una revisión de los protocolos de detención de este sector. Esto no es una manzana podrida, Hernández. Es el árbol.
Daniela se sintió repentinamente agotada. La adrenalina estaba bajando y el dolor en sus muñecas y hombros se hacía presente con fuerza.
—Necesito ir a un médico legista para certificar las lesiones —dijo Daniela—. Y luego necesito ir a mi oficina. Tengo una audiencia que preparar, aunque llegue tarde.
Hernández la miró con respeto.
—Le pondré una escolta para que la lleven a donde necesite. Y de nuevo, una disculpa institucional.
Daniela asintió y comenzó a caminar hacia la salida, con Marcos a su lado. Al pasar junto a las sillas de espera, vio al chico, Kevin, que seguía mirándola.
Daniela se detuvo. Se giró hacia Marcos.
—Marcos, toma los datos de este chico. Kevin. Lo detuvieron por orinar y le quieren sembrar robo. Quiero que tomes su caso. Pro bono.
Marcos miró al chico, luego a Daniela, y sonrió.
—Hecho.
Daniela se acercó a Kevin.
—Te dije que iba a ver qué podía hacer por ti. Mi abogado se queda contigo. No vas a firmar nada sin él. ¿Entendido?
Los ojos de Kevin se llenaron de lágrimas.
—Gracias, seño… gracias, Fiscal.
Daniela salió del edificio del Ministerio Público hacia la tarde que empezaba a caer. El aire seguía oliendo a esmog, pero se sentía diferente. Había ganado una batalla. Había destrozado a un bully. Pero mientras se subía al coche de Marcos, sabía que la guerra estaba lejos de terminar. Martínez era solo uno. Había miles como él.
Pero por hoy, la justicia había tenido su turno. Y tenía rostro de mujer.
CAPÍTULO 5: LA MESA DE LOS LOBOS
La mañana siguiente al incidente, la Ciudad de México amaneció con ese cielo gris plomizo característico, una capa de contaminación que filtraba la luz del sol y hacía que todo pareciera tener menos color. Para Daniela Lozano, el despertar no fue un alivio, sino un recordatorio físico de la realidad.
Al abrir los ojos, lo primero que sintió fue el dolor punzante en los hombros. Había dormido mal, tensa, reviviendo en pesadillas el clic de las esposas y la risa burlona de Martínez. Se sentó en la orilla de la cama y miró sus muñecas. La piel, normalmente suave, estaba marcada por anillos de hematomas que oscilaban entre el morado oscuro y el amarillo enfermizo. Eran brazaletes de violencia, la firma del Estado en su cuerpo .
Se levantó y caminó hacia el espejo de cuerpo entero. No vio a una víctima. Se obligó a no ver a una víctima. Vio a una guerrera que había sobrevivido a una emboscada.
—Hoy no vas a llorar, Daniela —se dijo a sí misma en voz alta, su voz ronca por el sueño—. Hoy vas a cobrar la factura.
Eligió su ropa con la precisión de quien elige una armadura. Nada de colores suaves. Un traje negro, corte impecable, camisa blanca almidonada y tacones de aguja que resonaran contra el piso como martillazos de sentencia. Se maquilló para cubrir las ojeras, pero dejó las muñecas al descubierto. No iba a esconder las pruebas. Quería que cada hombre en esa sala de juntas viera exactamente lo que le habían hecho.
Su teléfono vibró. Era Marcos. “Estoy abajo. Vamos por ellos.”
Daniela bajó a la calle. Marcos estaba recargado en su auto, revisando documentos en una tablet. Al verla, guardó el dispositivo y le abrió la puerta sin decir palabra. No necesitaba preguntar cómo estaba; las marcas en sus muñecas hablaban por sí solas.
—La reunión es en la sede central de la Secretaría, en la Zona Rosa —dijo Marcos mientras arrancaba el coche—. Hernandez convocó a todo el alto mando. Quieren contener el daño antes de que se vuelva un escándalo nacional. Tienen miedo, Dani.
—Deberían tenerlo —respondió ella, mirando por la ventana cómo la ciudad despertaba.
El trayecto hacia las oficinas centrales de la policía fue silencioso. Daniela repasaba mentalmente su estrategia. No quería dinero. No quería una disculpa vacía en un comunicado de prensa que nadie leería. Quería la cabeza de Martínez en una bandeja de plata, y quería usar esa cabeza para derribar la puerta del sistema que permitía que existieran mil Martínez más.
Llegaron al edificio de la Secretaría de Seguridad Ciudadana. Era una fortaleza de cristal y concreto, rodeada de patrullas y oficiales armados con rifles de asalto. Al entrar, el ambiente cambió. Ya no era el caos sucio del Ministerio Público de ayer. Aquí todo era mármol, aire acondicionado helado y recepcionistas que hablaban en voz baja.
Sin embargo, las miradas eran las mismas. Cuando Daniela pasó por el filtro de seguridad y mostró su credencial de Fiscal, los guardias se tensaron. Ya sabían quién era. El chisme había corrido como pólvora por los grupos de WhatsApp de la policía: “La Fiscal que se chingó a Martínez”.
Subieron al piso ejecutivo en un elevador privado. Las puertas se abrieron hacia una sala de conferencias con vista panorámica a la ciudad. En el centro, una mesa larga de caoba.
El Jefe David Hernandez ya estaba ahí, sentado en la cabecera . Lucía impecable, como siempre, con su uniforme de gala lleno de condecoraciones, pero su rostro estaba tenso, las líneas de expresión marcadas por el estrés. A su lado, un abogado del departamento jurídico tomaba notas frenéticamente.
Y en una esquina, sentado en una silla plegable lejos de la mesa principal, estaba Martínez .
Se veía diferente sin el uniforme. Llevaba ropa de civil: una camisa a cuadros mal planchada y unos pantalones de mezclilla desgastados. Sin la placa, sin el arma y sin la gorra, parecía más pequeño, más insignificante. Ya no tenía la postura del “macho alfa” del estacionamiento. Estaba encorvado, mirando sus manos entrelazadas sobre las rodillas, moviendo una pierna nerviosamente.
Daniela sintió una oleada de repulsión, pero la sofocó bajo una capa de hielo profesional. Entró a la sala con la cabeza alta, seguida por Marcos.
—Licenciada Lozano, Licenciado Estrada —dijo Hernandez, poniéndose de pie inmediatamente. Su tono era formal, pero había una urgencia subyacente—. Gracias por venir.
—Jefe Hernandez —saludó Daniela, sin extender la mano esta vez. Se sentó directamente frente a él, al otro lado de la mesa, estableciendo la línea de batalla.
El silencio en la sala era espeso. Se escuchaba el zumbido del aire acondicionado y el tráfico lejano de Reforma. Martínez levantó la vista por un segundo, cruzó los ojos con Daniela y rápidamente volvió a mirar al suelo, tragando saliva.
—Quiero comenzar esta reunión —dijo Hernandez, aclarandose la garganta— ofreciendo una disculpa formal e institucional a la Fiscal Lozano. He revisado personalmente el IPH, los videos de las cámaras de seguridad y el reporte del Comandante Rojas. Lo que ocurrió ayer es inaceptable. No refleja los valores de esta institución .
Daniela lo miró fijamente, sin parpadear. Dejó que las palabras flotaran en el aire unos segundos antes de responder.
—Aprecio sus palabras, Jefe. Pero las disculpas no borran esto.
Daniela levantó las manos y las puso sobre la mesa, con las palmas hacia abajo, exhibiendo los moretones oscuros en sus muñecas bajo la luz fluorescente de la sala.
El abogado del jurídico hizo una mueca de dolor. Hernandez apretó la mandíbula. Martínez se encogió más en su silla.
—Su oficial —continuó Daniela, señalando a Martínez sin mirarlo— no solo violó mis derechos. Me perfiló racialmente. Me agredió físicamente. Me negó comunicación. Y lo hizo disfrutándolo. Se burló de mí mientras estaba esposada. Eso no es un “error de procedimiento”, Jefe. Eso es sadismo .
Hernández asintió lentamente, con gravedad.
—Estamos conscientes de la gravedad, Licenciada. Por eso hemos tomado medidas inmediatas.
Hernández hizo un gesto al abogado, quien le pasó un documento.
—Oficial Martínez —llamó Hernández, su voz endureciéndose.
Martínez se puso de pie torpemente, como un niño regañado en la dirección de la escuela.
—Dígame, mi Jefe…
—No me diga “mi Jefe”. A partir de este momento, usted está suspendido indefinidamente de sus funciones, sin goce de sueldo, mientras concluye la investigación de Asuntos Internos . Se le ha retirado el porte de arma y la placa. Si la investigación confirma los hallazgos preliminares —y créame, los videos son muy claros—, procederemos a la destitución fulminante y daremos vista al Ministerio Público para los cargos penales.
Martínez palideció. Sus labios temblaron.
—Pero… Jefe, tengo veinte años de servicio… tengo familia…
—Debió pensar en su familia antes de actuar como un delincuente con placa —le cortó Hernández.
Martínez, desesperado, se giró hacia Daniela. Buscaba compasión, o tal vez buscaba una excusa que lo salvara del abismo.
—Licenciada… mire, por favor —empezó a balbucear Martínez, con la voz quebrada—. Yo no sabía quién era usted. Se lo juro por mi madre. Si usted me hubiera enseñado la credencial desde el principio… o si yo hubiera sabido que era la Fiscal… las cosas hubieran sido diferentes. Fue un malentendido, yo pensé que…
Daniela sintió que la sangre le hervía. Era la misma excusa de siempre. La excusa cobarde. Se puso de pie lentamente, apoyando los puños sobre la mesa. Su sombra se proyectó sobre Martínez, haciéndolo retroceder un paso.
—Ese es exactamente el problema, Martínez —dijo ella, su voz baja pero vibrando con furia contenida—. Usted dice “si hubiera sabido quién era”, como si el respeto fuera un privilegio reservado para los que tienen un título.
Caminó alrededor de la mesa, acercándose a él. Marcos se tensó, listo para intervenir, pero Daniela tenía el control total.
—Usted no me maltrató porque creyera que yo era una criminal. Usted me maltrató porque vio a una mujer negra, sola, y asumió que no valía nada. Asumió que nadie iba a venir a buscarme. Asumió que mi voz no importaba .
Martínez abrió la boca para replicar, pero no salió ningún sonido. Estaba paralizado por la verdad.
—Si yo hubiera sido una señora rubia de Polanco, ¿me hubiera puesto las esposas tan rápido? —preguntó Daniela.
—No… —susurró Martínez, casi inaudiblemente.
—Exacto. No me pida perdón por no saber mi cargo. Pídame perdón por ser un racista que usa el uniforme para sacar sus frustraciones. Y no me pida clemencia. Usted no tuvo clemencia cuando le dije que me lastimaban las esposas. Usted se rio.
Daniela se giró y volvió a su asiento, dándole la espalda como si él ya no existiera.
—Ya escuchó al Jefe, Martínez —dijo el abogado del jurídico—. Salga de esta oficina. Entregue su credencial de acceso en la recepción. Se le notificará por oficio la fecha de su audiencia.
Martínez se quedó parado un momento, con los ojos vidriosos, mirando la mesa, mirando a Hernández, mirando a Daniela. Nadie le devolvió la mirada. Finalmente, con los hombros hundidos, dio media vuelta y salió de la sala, cerrando la puerta con un clic suave que selló su destino.
Cuando se fue, la tensión en la sala cambió. Ahora era una negociación política.
—Bien —dijo Daniela, recargándose en su silla—. El peón ya no está. Ahora hablemos del rey.
Hernández levantó una ceja.
—¿A qué se refiere, Licenciada? Ya lo suspendimos. Se hará justicia.
—No, Jefe. Eso no es justicia. Eso es control de daños —intervino Marcos, abriendo su carpeta sobre la mesa—. Martínez es un síntoma. La enfermedad es que sus oficiales creen que pueden hacer esto impunemente. ¿Cuántas personas como Daniela han pasado por las manos de Martínez y no tenían a Marcos Estrada para sacarlas? ¿Cuántos chicos están en el Reclusorio Norte por “resistencia de particulares” solo porque le contestaron feo a un policía racista?
Daniela asintió.
—Quiero más que la cabeza de Martínez. Quiero que la Secretaría reconozca públicamente que existe un problema de perfilamiento racial en sus filas. Quiero que se implementen protocolos reales, no cursos en línea que nadie ve. Quiero que, cuando un oficial detenga a alguien, la primera pregunta no sea “¿cuánto traes?” o “¿quién te crees?”, sino “¿cuáles son los hechos?”.
Hernández suspiró, frotándose las sienes. Sabía que estaba acorralado. Daniela no solo tenía la razón legal; tenía la moral y, potencialmente, la mediática.
—Licenciada, usted sabe que cambiar la cultura de una corporación de ochenta mil elementos no se hace de la noche a la mañana —dijo Hernández, tratando de ser pragmático—. Pero le doy mi palabra de que este caso será un parteaguas. Vamos a usar a Martínez como ejemplo. Nadie va a querer ser el siguiente.
—Espero que así sea, Jefe —dijo Daniela, poniéndose de pie para irse—. Porque si me entero de otro caso similar, no voy a venir a esta oficina a platicar. Voy a ir a los tribunales federales y a la prensa internacional. Y entonces, la suspensión de un oficial va a ser el menor de sus problemas.
Hernández se puso de pie también.
—Lo entiendo perfectamente. Mantendremos comunicación abierta con su despacho sobre el avance de la investigación.
Daniela y Marcos salieron de la oficina. Al cruzar el pasillo hacia el elevador, se toparon con un grupo de secretarias que miraban a Daniela con curiosidad y respeto. Ya no era solo una víctima; era una leyenda en construcción.
Al entrar al elevador y cerrarse las puertas, Daniela finalmente dejó caer los hombros. Se recargó en la pared metálica y cerró los ojos un momento.
—Estuviste increíble —dijo Marcos suavemente.
—Me siento agotada, Marcos. Siento que me pasó un camión por encima.
—Es normal. La adrenalina bajó. Pero lo lograste. Lo suspendieron. Sin sueldo. Ese tipo está acabado.
Daniela abrió los ojos y miró su reflejo en el metal pulido de la puerta del elevador.
—Él está acabado, sí. Pero el sistema sigue ahí, intacto. Viste la cara de Hernández. Solo quiere que esto desaparezca.
—Entonces no dejaremos que desaparezca —dijo Marcos, apretando el botón del lobby—. Mañana empezamos con la demanda civil por daños morales. Y vamos a buscar a ese chico, Kevin. Vamos a armar un caso colectivo. Si quieren guerra, les daremos una guerra que no puedan ignorar.
El elevador llegó a la planta baja. Las puertas se abrieron hacia el lobby concurrido. Daniela se arregló el saco, levantó la barbilla y salió caminando con paso firme. El dolor en sus muñecas seguía ahí, punzante y constante, pero ahora se sentía diferente. Ya no era solo dolor; era combustible.
Afuera, el sol comenzaba a romper la capa de nubes grises. La ciudad seguía rugiendo, indiferente y caótica, pero para Daniela Lozano, el mundo había cambiado. Ya no era solo una Fiscal. Era la voz de los que no tienen voz frente a las luces de una patrulla. Y apenas estaba empezando.
—¿A dónde ahora? —preguntó Marcos al llegar al coche.
—A la oficina —respondió Daniela—. Tengo mucho trabajo. Y quiero ver si Kevin ya salió. No voy a dejar a nadie atrás.
El auto se perdió en el tráfico de Reforma, llevando a una mujer que había entrado al infierno y había salido con las llaves en la mano.
CAPÍTULO 6: LAS GRIETAS DEL SISTEMA
El regreso a la Fiscalía General de Justicia del Estado, el famoso “Bunker”, fue una experiencia surrealista. Daniela Lozano había caminado por esos pasillos de mármol frío y cristal blindado durante años, sintiéndose dueña del lugar. El sonido de sus tacones contra el piso pulido siempre había sido una declaración de poder. Pero esa mañana, tres días después de su detención y cuarenta y ocho horas después de la suspensión de Martínez, el edificio se sentía diferente. O tal vez, la que era diferente era ella.
Al cruzar los torniquetes de seguridad con su gafete —ese pedazo de plástico que, irónicamente, la definía más que su propia humanidad—, sintió las miradas. En México, el “radio pasillo” es más rápido que la fibra óptica. Todos sabían. Desde los guardias de seguridad privada en la entrada hasta las secretarias que cuchicheaban junto a la máquina de café, todos habían escuchado la historia de la Fiscal arrestada como ladrona de coches.
Las miradas no eran de solidaridad abierta. Eran una mezcla extraña de morbo, lástima y, en algunos casos, una satisfacción mal disimulada. En el mundo de la abogacía penal y la política, ver caer a alguien “de arriba”, aunque sea por un momento, es deporte nacional.
—Buenos días, Licenciada —le dijo una asistente administrativa, con una sonrisa demasiado brillante, demasiado plástica—. ¿Cómo… cómo se siente?
—Estoy trabajando, que es lo que importa —respondió Daniela secamente, sin detenerse, dirigiéndose directo a su oficina.
Al cerrar la puerta de su despacho, el silencio fue un bálsamo momentáneo. Su oficina era un santuario de orden: expedientes apilados por prioridad, códigos penales alineados en el librero, la vista espectacular y contaminada de la ciudad a través del ventanal. Pero al sentarse en su silla ergonómica de piel, el dolor en sus muñecas —un recordatorio constante, pulsante bajo las mangas largas de su blusa— la transportó de vuelta a la patrulla apestosa.
Intentó concentrarse. Tenía una pila de carpetas de investigación pendientes: homicidios, fraudes, extorsiones. Casos reales con víctimas reales. Pero las letras bailaban en la página. Cada vez que leía “el imputado fue detenido en flagrancia”, su mente agregaba automáticamente: “¿O fue detenido porque al policía no le gustó su cara?”.
Su teléfono interno sonó.
—Licenciada, el Fiscal General quiere verla en su oficina. Ahora.
Daniela sintió un nudo en el estómago. El Fiscal General, su jefe directo, el hombre que la había nombrado. Un político hábil, de esos que nunca se ensucian las manos y que siempre saben hacia dónde sopla el viento.
Se levantó, alisó su falda y caminó hacia el despacho principal. Al entrar, el aire acondicionado estaba tan fuerte que parecía una morgue.
—Siéntate, Dani —dijo el Fiscal General, Roberto Montiel, sin levantar la vista de unos documentos que firmaba con una pluma Montblanc—. Cierra la puerta.
Daniela obedeció.
—¿Cómo estás? —preguntó él finalmente, dejando la pluma y recargándose en su sillón, entrelazando los dedos.
—Físicamente, recuperándome. Anímicamente, encabronada, si me permites la expresión, jefe.
Montiel soltó una risita nerviosa.
—Te entiendo. Lo que pasó fue… lamentable. Un error grotesco. Ya hablé con Hernández. Me aseguró que al tal Martínez lo van a cocinar a fuego lento. Van a hacer un ejemplo de él.
—Eso espero.
—Pero, Dani… —el tono de Montiel cambió. Se volvió suave, paternalista, ese tono peligroso que usan los hombres de poder cuando quieren manipularte—. Necesitamos hablar de lo que sigue. Me dicen que estás preparando una demanda civil. Y que Marcos Estrada anda buscando a otros detenidos de esa delegación para armar un caso colectivo.
Daniela se tensó. Por supuesto que lo sabía. En este sistema no hay secretos.
—Es correcto. Martínez no actuó solo. Hubo complicidad, omisión y un patrón sistemático de abuso. Conocí a un chico, Kevin, en la sala de espera. Lo detuvieron por orinar en la calle y le querían sembrar robo. Si yo no hubiera estado ahí, ese chico hoy estaría en el Reclusorio Norte esperando sentencia.
Montiel suspiró, como si estuviera tratando con una niña berrinchuda.
—Dani, mira… tú eres parte de la institución. Eres una de nuestras mejores fiscales. No se ve bien que estés litigarndo contra la policía con la que trabajamos todos los días. Es… conflicto de interés. Ya ganaste. Martínez está fuera. Te pidieron perdón. ¿Qué más quieres? No le muevas más al avispero. La ropa sucia se lava en casa.
Daniela sintió que el calor subía por su cuello. Ahí estaba. La protección institucional. El pacto de silencio. “Ya te dimos la cabeza del peón, ahora cállate y vuelve al trabajo”.
—No es ropa sucia, Roberto —dijo ella, usando su nombre de pila para romper la jerarquía—. Son vidas. Y no hay conflicto de interés en buscar justicia. Mi trabajo es procurar justicia, ¿no? ¿O solo aplica para los ciudadanos que no traen placa?
Montiel endureció la mirada. La máscara paternalista cayó.
—Tu trabajo es seguir las directrices de esta Fiscalía. Y mi directriz es que le bajes dos rayitas a tu cruzada. Acepta la disculpa, cobra la indemnización si quieres, pero deja en paz la estructura. Necesitamos a la policía operativa. Si los empiezas a atacar a todos, se van a poner de brazos caídos y la delincuencia se va a disparar. Y eso va a ser culpa tuya.
Era un chantaje emocional barato, pero efectivo. La vieja confiable: “Si exiges derechos humanos, proteges a los delincuentes”.
Daniela se puso de pie. El dolor en sus muñecas palpitó, pero esta vez le dio fuerza.
—Si la única forma de que la policía trabaje es permitiéndoles violar la ley, entonces no sirven, Roberto. Y si defender mis derechos y los de otros me cuesta el puesto… pues que me cueste.
Salió del despacho sin esperar respuesta, dejando al Fiscal General con la boca abierta y el ceño fruncido. Sabía que acababa de declararle la guerra no solo a la policía, sino a su propio jefe. Su carrera en el sector público pendía de un hilo.
Regresó a su oficina temblando, no de miedo, sino de adrenalina. Sacó su celular personal y marcó.
—Marcos.
—Dime, jefa.
—Montiel me acaba de amenazar veladamente. Quieren que lo deje pasar.
—Me lo imaginaba —la voz de Marcos sonaba metálica a través de la línea, con el ruido de la calle de fondo—. Eso significa que les duele. Vamos por buen camino.
—¿Encontraste a Kevin?
—Sí. Acabo de salir de su casa. Vive en una vecindad en la Doctores, no muy lejos de donde te agarraron. Está asustado, Dani. Su mamá no quiere problemas. Piensan que si hablan, la policía va a regresar a desquitarse.
—Voy para allá. Mándame la ubicación.
—¿Estás segura? Deberías descansar. O al menos no ir tú personalmente. Eres la Fiscal, no te van a ver con buenos ojos en ese barrio llegando en tu camioneta.
—No voy a ir como Fiscal. Voy a ir como Daniela. Y voy a ir en Uber. Nos vemos ahí en media hora.
Daniela colgó, tomó su bolsa (la nueva, ya que la anterior seguía sintiéndose “sucia” después de que Martínez la manoseara) y salió de la oficina. Ignoró a su secretaria, ignoró a los guardias y salió a la calle. Pidió un coche de aplicación.
El trayecto hacia la colonia Doctores fue un viaje entre dos mundos. Dejó atrás los rascacielos de cristal de la zona judicial y se adentró en calles llenas de baches, puestos de tacos de lámina, talleres mecánicos y vecindades antiguas con fachadas despintadas. Era el México real, el México que Martínez patrullaba como si fuera un señor feudal.
El Uber la dejó frente a un portón verde despintado. Marcos ya estaba ahí, recargado en la pared, sin saco y con la corbata aflojada, tratando de mimetizarse sin mucho éxito.
—Es aquí —dijo Marcos—. La señora se llama Doña Lupe. Kevin está adentro.
Entraron al patio de la vecindad. Olía a jabón de ropa y a frijoles hirviendo. Había ropa tendida cruzando el patio como banderas de tregua. Una señora bajita, con un delantal a cuadros y el rostro curtido por el sol y la preocupación, salió de una de las puertas.
—¿Ustedes son los abogados? —preguntó Doña Lupe, secándose las manos en el delantal. Sus ojos escaneaban a Daniela con desconfianza.
—Buenas tardes, señora. Soy Daniela. Estuve con su hijo en la delegación.
La expresión de Doña Lupe cambió. Se suavizó, pero el miedo seguía ahí.
—Ah, la licenciada… Kevin me dijo que usted lo defendió. Que les gritó a los puercos… perdón, a los policías.
—Pasen, por favor. Está humilde, pero es su casa.
Entraron a un departamento pequeño, de una sola habitación que servía de sala, comedor y cocina. En un rincón, sentado en un sofá cama, estaba Kevin. Se veía más pequeño sin la luz fluorescente de la delegación. Tenía la mirada baja.
—Hola, Kevin —dijo Daniela, sentándose en una silla de plástico frente a él.
—Hola, seño… digo, licenciada.
—¿Cómo estás? ¿Te lastimaron?
—Unos zapes nada más, cuando me subieron a la patrulla. Me quitaron mis tenis, los Jordan que me compré chambeando en el mercado. Dijeron que eran robados porque un “naco” como yo no podía traer esos tenis.
Daniela sintió un escalofrío. Era la misma historia. El mismo guion. “Tú no puedes tener eso”. “Tú no perteneces aquí”. A ella le cuestionaron la camioneta; a él, los tenis. La lógica del depredador era idéntica, solo cambiaba la escala económica.
—Kevin, señora Lupe… —empezó Daniela, buscando las palabras correctas—. Lo que les hicieron no está bien. Y sé que tienen miedo. Sé que piensan que es mejor agachar la cabeza y dar gracias de que Kevin salió libre. Pero si no hacemos nada, mañana van a agarrar a otro chavo. O van a volver por Kevin.
Doña Lupe se cruzó de brazos.
—Licenciada, con todo respeto… usted es alguien importante. A usted le pidieron perdón. A nosotros no nos piden perdón. A nosotros nos desaparecen. Si denunciamos, ¿quién nos va a cuidar?
Era la pregunta del millón. La pregunta que rompía cualquier idealismo jurídico.
Daniela miró a Marcos. Él asintió levemente.
—Yo los voy a cuidar —dijo Daniela, con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma—. No como Fiscal. Como ciudadana. Tengo los recursos, tengo los contactos y tengo la rabia suficiente. Vamos a meter una denuncia colectiva. No solo por el robo de los tenis o la detención. Vamos a denunciar por discriminación sistemática. Y vamos a hacer tanto ruido que no se atreverán a tocarles un pelo.
—¿Y qué ganamos nosotros? —preguntó Kevin, con esa sabiduría cínica que te da la calle.
—Justicia, Kevin. Y que te devuelvan tus tenis. O que te paguen unos nuevos. Pero sobre todo, que ese policía sepa que no eres invisible.
Hubo un silencio largo en la habitación, solo roto por el sonido de una olla exprés silbando en la estufa. Doña Lupe miró a su hijo. Kevin miró a su madre. Asintieron.
—Está bien —dijo Doña Lupe—. Pero si algo pasa, usted responde.
—Yo respondo —prometió Daniela.
Salieron de la vecindad una hora después, con los testimonios firmados y un plan de acción. El sol de la tarde comenzaba a caer, pintando el cielo de tonos naranjas y violetas, esos atardeceres hermosos y tóxicos de la CDMX.
—¿Sabes en lo que te metiste, verdad? —le preguntó Marcos mientras esperaban el Uber de regreso.
—Sí. Acabo de poner mi carrera en la guillotina.
—No solo tu carrera, Dani. Esto va a escalar. Montiel no se va a quedar quieto. Van a empezar a buscarte trapos sucios. Van a filtrar cosas a la prensa para desacreditarte. Dirán que eres conflictiva, que odias a la policía, que tienes agenda política.
Daniela miró sus muñecas. Los moretones ya no dolían tanto. Se estaban volviendo amarillos, sanando. Pero la memoria del miedo, esa no sanaría nunca si no le daba un sentido.
—Que busquen lo que quieran, Marcos. Mi expediente está limpio. Y si quieren pelea mediática, se las voy a dar. Tengo algo que ellos no tienen.
—¿Qué?
—No tengo nada que perder. Ya me quitaron la dignidad en ese estacionamiento. Ahora solo quiero recuperarla, y de paso, devolvérsela a gente como Kevin .
El coche llegó. Daniela se subió, sintiéndose agotada pero extrañamente ligera. Había cruzado el Rubicón. Ya no era una burócrata del sistema. Ahora era una amenaza para el sistema. Y esa noche, por primera vez en tres días, supo que podría dormir tranquila, porque la guerra había comenzado y ella tenía el primer turno al bate.
Mientras el auto avanzaba, sacó su celular y abrió Twitter. Escribió un mensaje corto, directo, etiquetando a la Fiscalía y a la Secretaría de Seguridad:
“La justicia no puede ser un privilegio de clase o de raza. Lo que me pasó a mí le pasa a miles a diario. No me voy a callar. #JusticiaParaTodos #NeoMexico”
Le dio enviar. Y el mundo empezó a arder.
CAPÍTULO 7: LA TRAMPA DE TERCIOPELO
El tuit de Daniela Lozano fue la chispa que cayó en un barril de pólvora seco. En menos de tres horas, el hashtag #JusticiaParaTodos era tendencia número uno en México. Lo que comenzó como un desahogo personal se había transformado en un fenómeno viral incontrolable. Su teléfono no dejaba de vibrar; notificaciones de Twitter, Instagram, llamadas de reporteros de Aristegui Noticias, El Universal, e incluso de medios internacionales como El País.
Pero con la fama viral llegó la oscuridad.
A la mañana siguiente, Daniela estaba en la cocina de su departamento, bebiendo café negro y mirando la pantalla de su iPad con el ceño fruncido. Los “bots” habían llegado. Cuentas con nombres genéricos como “JuanPerez12345” y fotos de perfil de huevos o banderas de México empezaban a inundar sus respuestas.
“Seguro andaba de prepotente y por eso la torcieron.” “Pinche vieja conflictiva, solo quiere llamar la atención para lanzarse de diputada.” “Si te arrestaron fue por algo, el que nada debe nada teme.”
Era una campaña de desprestigio orquestada. Daniela conocía el juego; lo había visto desde adentro muchas veces. Cuando alguien se vuelve incómodo para el sistema, el primer paso no es matarlo, es desacreditarlo. Querían pintarla como una mujer histérica, ambiciosa y resentida.
—Están nerviosos —dijo Marcos, entrando a la cocina. Se había quedado a trabajar toda la noche en la sala, armando los expedientes de la demanda colectiva—. Mira esto.
Le pasó su celular. Era una columna en un periódico de circulación nacional, conocido por ser “amigable” con el gobierno en turno. El titular rezaba: “¿Abuso policial o abuso de influyentismo? La verdad detrás del caso de la Fiscal Lozano”. El artículo insinuaba, sin pruebas, que Daniela tenía un historial de maltrato a sus subordinados.
—Es basura —dijo Daniela, tirando el celular sobre la mesa—. Ni siquiera citan fuentes. “Fuentes cercanas a la Fiscalía”, dicen. O sea, Montiel.
—Exacto. Montiel está filtrando veneno. Quiere que te veas como la agresora antes de que podamos presentar la demanda de Kevin y los otros chicos.
Daniela se frotó las sienes. El dolor de cabeza era constante.
—¿Cuántos testimonios tenemos ya?
—Siete firmes. Kevin, un vendedor de tamales al que le quitaron su triciclo, dos chicas trans que fueron extorsionadas en la misma cuadra… y un repartidor de Uber Eats al que Martínez golpeó hace un mes. Todos identifican a Martínez o a su pareja, Ramírez. Es un patrón, Dani. Es una mafia.
En ese momento, el teléfono de Daniela sonó. Era un número privado. Ella sabía quién era antes de contestar.
—Buenos días.
—Licenciada Lozano —la voz del Jefe David Hernández sonaba tranquila, casi amistosa, muy diferente al tono tenso de la última reunión—. Espero no interrumpir su mañana.
—Dígame, Jefe Hernández. ¿A qué debo el honor? ¿Van a suspender a otro oficial o ya se les acabaron los chivos expiatorios?
Hernández soltó una risa forzada, seca.
—Siempre tan directa, Daniela. Eso es lo que admiro de usted. Mire, voy al grano. El escándalo mediático no le conviene a nadie. Ni a la institución, ni a la Fiscalía, ni a usted. Queremos arreglar esto de fondo.
—Le escucho.
—Hemos decidido crear un Comité de Supervisión Externa para revisar los protocolos de actuación policial y derechos humanos. Queremos que sea algo real, no de papel. Y queremos que usted ocupe una silla en ese comité. Queremos que nos ayude a limpiar la casa desde adentro .
Daniela se quedó en silencio, procesando la oferta. Era una jugada maestra. Si aceptaba, la neutralizaban. Se convertiría en parte del sistema que criticaba. La sentarían en mesas interminables, beberían café, firmarían minutas y no cambiaría nada, pero ellos podrían decir: “Miren, la Fiscal Lozano está con nosotros, ya todo está bien”. Era una trampa de terciopelo.
—Es una oferta generosa, Jefe —dijo Daniela, midiendo cada palabra—. Pero tengo mis dudas. He estado en muchos comités. Usualmente sirven para tomarse la foto y archivar los problemas. No me interesa ser la cara bonita de su lavado de imagen .
—Le aseguro que esto es diferente —insistió Hernández, su voz bajando un tono, volviéndose confidencial—. Tiene mi palabra. Tendrá acceso total a los expedientes de Asuntos Internos. Podrá proponer cambios directos al reglamento. Daniela, usted quiere justicia. Esta es la herramienta para conseguirla. ¿O prefiere seguir peleando en Twitter?
Daniela sintió la presión.
—Déjeme pensarlo. Le respondo en una hora.
Colgó. Miró a Marcos, quien la observaba con una ceja levantada.
—Te ofrecieron un puesto, ¿verdad?
—Un asiento en un “Comité de Supervisión”. Quieren cooptarme, Marcos. Quieren que me siente a su lado para que deje de gritarles desde enfrente.
Marcos se sirvió más café, pensativo.
—Es una trampa, sin duda. Pero también es un Caballo de Troya.
—¿A qué te refieres?
—Si dices que no, van a decir que eres intransigente, que solo quieres conflicto y que rechazaste la oportunidad de “hacer cambios reales”. Si dices que sí, intentarán silenciarte con burocracia. Pero… ¿y si dices que sí, pero bajo tus propios términos?
Daniela caminó hacia la ventana. Miró la ciudad abajo. Pensó en Kevin, en su mamá Doña Lupe, en el vendedor de tamales. Ellos nunca serían invitados a esa mesa. Esa mesa estaba reservada para gente con trajes caros y apellidos compuestos. A menos que alguien les abriera la puerta desde adentro.
—Tienes razón —dijo Daniela, girándose con una sonrisa peligrosa—. Voy a aceptar. Pero no voy a ir sola.
—¿Qué vas a hacer?
—Hernández dijo que quería que le ayudara a “limpiar la casa”. Pues voy a llevarle la basura que han estado escondiendo bajo la alfombra. Voy a llevar a Kevin. Voy a llevar a todos. Y voy a hacer que los escuchen en su propia sala de juntas, con las cámaras prendidas.
Marcos sonrió. Era esa sonrisa de tiburón que ponía cuando sabía que iba a ganar un juicio.
—Eso, mi querida Fiscal, es una emboscada. Me encanta.
Daniela tomó el teléfono y escribió un mensaje a Hernández. No llamó. Quería que quedara por escrito.
“Jefe Hernández: Acepto el puesto en el comité. Pero entienda esto: no voy a ir a firmar papeles. Voy a llevar las voces de la comunidad que ustedes han ignorado. No esperen medidas a medias. Nos vemos mañana.”
La respuesta llegó un minuto después. Un simple emoji de pulgar arriba. Hernández no tenía idea de lo que se le venía encima.
Esa tarde, la oficina de Marcos se convirtió en un cuartel de guerra. No era el despacho elegante de Daniela en la Fiscalía; era un despacho privado en la colonia Roma, lleno de libros, pizarrones y cajas de pizza.
Habían reunido a las víctimas. Estaba Kevin, con unos tenis nuevos que Marcos le había comprado (no eran Jordan, pero eran dignos). Estaba Doña Lupe. Estaba “La Beba”, una chica trans que trabajaba en una estética y que había sido extorsionada por la patrulla de Martínez durante meses. Estaba Don Roque, el tamalero.
Eran personas que normalmente cruzarían la calle para evitar a una mujer como Daniela. Pero hoy, ella estaba sentada en el suelo con ellos, comiendo una rebanada de pizza de pepperoni, escuchando.
—A mí me dijeron que si no les daba quinientos pesos a la semana, me iban a sembrar droga —contó La Beba, con la voz temblorosa pero firme—. Y un día que no tuve, me subieron, me dieron una vuelta y me dejaron tirada en Tlalpan sin celular y sin dinero.
Daniela anotaba todo. No en una computadora, sino en una libreta amarilla. Quería sentir el peso de la tinta.
—Mañana vamos a ir a la Secretaría —les dijo Daniela a todos—. Sé que tienen miedo. Sé que entrar a ese edificio impone. Pero no van a entrar como víctimas. Van a entrar como mis asesores.
—¿Asesores? —preguntó Don Roque, incrédulo.
—Sí. Ustedes son los expertos en cómo falla la policía. Ustedes saben más de seguridad pública que el Jefe Hernández, porque ustedes la sufren. Mañana, cuando entremos a esa sala, nadie va a agachar la cabeza. ¿Estamos?
Hubo un murmullo de afirmación. El miedo seguía ahí, pero se estaba transformando en algo más útil: dignidad.
A la mañana siguiente, la entrada de la Secretaría de Seguridad Ciudadana estaba rodeada de prensa. El tuit de Daniela había asegurado que hubiera cámaras.
Cuando la camioneta de Daniela llegó, los flashes estallaron. Pero Daniela no bajó sola.
Primero bajó Marcos, abriendo paso. Luego bajó Daniela, vestida no de negro, sino de blanco impecable, un color que gritaba transparencia y verdad. Y detrás de ella, bajaron Kevin, Doña Lupe, La Beba y Don Roque.
Los reporteros se quedaron confundidos un momento. ¿Quiénes eran estas personas?
—Licenciada, Licenciada, ¿viene a aceptar el cargo? —gritó un reportero de Televisa.
Daniela se detuvo frente a los micrófonos.
—Vengo a ocupar el espacio que se me ofreció —dijo con voz clara—. Pero la justicia no se construye en lo oscurito. Se construye con la gente. Ellos —señaló al grupo detrás de ella— son la verdadera cara de la seguridad en esta ciudad. Y hoy, van a ser escuchados.
Entraron al edificio como una falange romana. Los guardias de seguridad no supieron qué hacer. Tenían órdenes de dejar pasar a la Fiscal, pero nadie les había dicho nada sobre un séquito de civiles.
—Disculpe, Licenciada, solo usted tiene acceso… —intentó decir un guardia en el filtro.
—Ellos vienen conmigo —dijo Daniela, sin detener el paso—. Son parte del Comité. O entramos todos, o me doy la vuelta y doy la conferencia de prensa allá afuera denunciando que el Jefe Hernández le cerró la puerta a las víctimas. Usted decide.
El guardia titubeó, habló por su radio, y finalmente se hizo a un lado.
Subieron al elevador. Kevin estaba pálido.
—Tranquilo, Kevin —le susurró Daniela—. Solo imagínatelos en calzones. Son funcionarios, no dioses.
Las puertas del elevador se abrieron en el piso ejecutivo. La sala de juntas estaba lista. Había café, galletas finas, botellas de agua de cristal. Hernández estaba ahí, junto con el Fiscal General Montiel (que había decidido aparecer para “supervisar”) y otros tres altos mandos uniformados.
Cuando vieron entrar a Daniela con su grupo, las sonrisas de protocolo se congelaron en sus rostros.
—Daniela… —dijo Hernández, poniéndose de pie, visiblemente desconcertado—. No sabía que venías… acompañada.
—Le dije que traería a la comunidad, Jefe. Cumplo mi palabra .
—Pero esta es una reunión ejecutiva de alto nivel —intervino Montiel, molesto—. No podemos discutir temas sensibles con civiles presentes. Por favor, pídeles que esperen en la recepción.
Daniela caminó hasta la cabecera de la mesa, opuesta a Hernández. No se sentó.
—No, Roberto. No van a esperar en la recepción. Ellos son el tema sensible.
Hizo un gesto y el grupo se acomodó alrededor de la mesa, en las sillas de piel reservadas para los subsecretarios. La imagen era poderosa: Don Roque con su ropa de trabajo sentado donde usualmente se sentaba un general.
—Jefe Hernández —continuó Daniela—. Usted me invitó para “limpiar la casa”. Bueno, empecemos. Quiero que escuche a Kevin. Quiero que escuche cómo sus oficiales, bajo el mando de Martínez, lo golpearon y le robaron sus tenis. Quiero que escuche a La Beba, sobre cómo la extorsionaron.
Hernández miró a Montiel. Montiel negó con la cabeza, rojo de ira.
—Esto es una emboscada, Lozano —siseó Montiel—. Esto es irregular.
—Lo que es irregular es que ustedes tengan ochenta denuncias en Asuntos Internos contra el sector de Martínez y no hayan hecho nada hasta que arrestaron a una Fiscal —replicó Daniela, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Así que tienen dos opciones. Opción A: Escuchan. Toman notas. Y resolvemos esto aquí, creando un mecanismo de reparación de daño inmediato para estas personas y para todas las que vengan.
—¿Y la Opción B? —preguntó Hernández, con la mandíbula tensa.
—Opción B: Nos levantamos, salimos y le entregamos a los periodistas que están abajo todas las pruebas, los nombres y las fechas. Y además, Marcos presenta la demanda colectiva federal hoy mismo. Y créanme, el escándalo de mi detención va a parecer un juego de niños comparado con lo que se les viene.
El silencio en la sala era absoluto. Se podía escuchar el zumbido de las lámparas. Hernández evaluó la situación. Era un político, al fin y al cabo. Sabía cuándo había perdido. Sabía que si esas historias salían a la luz con el respaldo de la Fiscal, su carrera estaba terminada.
Hernández suspiró y se aflojó el nudo de la corbata. Miró a Kevin, que lo observaba con desafío.
—Siéntense, por favor —dijo Hernández, señalando las sillas vacías a los oficiales que estaban de pie—. Tráiganle agua a los invitados.
Montiel bufó y se dejó caer en su silla, derrotado.
—Te escuchamos, Kevin —dijo Hernández, sacando una pluma.
Daniela se sentó. Cruzó una mirada con Marcos, que estaba en la esquina de la sala, sonriendo discretamente.
La trampa de terciopelo había fallado. El Caballo de Troya estaba adentro. Y la verdadera purga acababa de comenzar.
—Adelante, Kevin —dijo Daniela suavemente—. Cuéntales todo.
Y mientras Kevin empezaba a hablar, con voz tímida al principio y luego ganando fuerza, Daniela supo que había cruzado un punto de no retorno. Ya no era solo una abogada exitosa. Era peligrosa. Y le encantaba.
CAPÍTULO 8: LA GRIETA EN EL MURO
El silencio en la sala de juntas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana era denso, pesado, casi masticable. No era el silencio respetuoso de una reunión ejecutiva; era el silencio avergonzado de quienes han sido desnudados moralmente. Kevin acababa de terminar su relato. Había hablado durante diez minutos, con la voz quebrada a veces, sobre cómo los policías le habían quitado sus tenis —esos Jordan piratas por los que había ahorrado tres meses cargando cajas en la Central de Abasto— solo porque “un pinche naco como tú no puede traer eso”.
Nadie se atrevía a mirar al chico a los ojos. El Jefe Hernández tenía la vista clavada en sus manos entrelazadas sobre la mesa de caoba. El Fiscal General Montiel miraba por la ventana, con la mandíbula apretada, calculando el daño político. Los generales y subsecretarios removían sus cafés fríos, incómodos en sus uniformes llenos de medallas que, en ese momento, parecían de hojalata frente a la dignidad de un adolescente de la Doctores.
Daniela rompió el silencio. No necesitó gritar. Su voz fue suave, casi un susurro, pero resonó como un trueno.
—Eso es lo que pasa en las calles que ustedes dicen controlar —dijo Daniela, mirando a Hernández—. Kevin no es un número en una estadística del INEGI. No es un daño colateral. Es un ciudadano al que el Estado le falló. Y como él, está La Beba, a quien sus oficiales extorsionaron por ser quien es. Y Don Roque, a quien humillaron por vender tamales honradamente.
Se puso de pie y caminó lentamente alrededor de la mesa, como una depredadora acechando a presas acorraladas.
—Ustedes querían que yo formara parte de este Comité para legitimar sus procesos. Para que pudieran decir en la prensa: “Miren, la Fiscal está con nosotros”. Pues bien, aquí estoy. Pero la legitimidad no se gana con firmas y fotos. Se gana con acciones.
Montiel se giró bruscamente, incapaz de contenerse más.
—Ya escuchamos las historias, Daniela. Son lamentables, sí. Pero no podemos gobernar a base de anécdotas. Tenemos protocolos. Tenemos leyes. No puedes venir aquí a exigir reparaciones individuales saltándote el proceso administrativo. Eso es populismo judicial.
Daniela sonrió. Era la sonrisa que Marcos conocía bien: la sonrisa de jaque mate.
—¿Proceso administrativo? —preguntó ella—. Roberto, tú y yo sabemos que el “proceso administrativo” es un agujero negro diseñado para que la gente se canse y desista. Asuntos Internos tarda, en promedio, dos años en resolver una queja ciudadana. Dos años. Kevin no tiene dos años. La Beba no tiene dos años.
Marcos sacó una carpeta gruesa de su maletín y la deslizó sobre la mesa pulida hasta que se detuvo frente a Hernández.
—Esta es una propuesta de acuerdo reparatorio inmediato —dijo Marcos—. Redactada bajo los principios de justicia restaurativa del nuevo sistema penal acusatorio. No necesitamos dos años. Necesitamos voluntad política.
Hernández abrió la carpeta. Leyó la primera página. Sus cejas se levantaron.
—¿Quieren crear un fondo de reparación inmediata financiado con el presupuesto de la propia Secretaría? —preguntó Hernández, incrédulo—. Eso nunca se ha hecho. Hacienda nos va a auditar hasta el apellido.
—Entonces háganlo con el dinero de las incautaciones —sugirió Daniela—. O recorten el presupuesto de publicidad institucional. No me importa de dónde saquen el dinero. Lo que importa es el mensaje: “Si la policía te roba, el Estado te paga. Y luego, el Estado se cobra del policía corrupto”.
Hernández cerró la carpeta y miró a Daniela. Vio en sus ojos que no iba a ceder. Vio también a los reporteros allá abajo, esperando carne fresca. Si salían de esa sala sin un acuerdo, Daniela bajaría y diría que la Secretaría protegió a los abusadores. El escándalo sería nacional. Rodarían cabezas, y la primera sería la suya.
—Está bien —dijo Hernández, exhalando profundamente—. Aceptamos el acuerdo en principio. Crearemos el fondo piloto.
—¡David! —exclamó Montiel—. No puedes hablar en serio. Esto sienta un precedente peligrosísimo.
—El precedente peligroso, Roberto, es que nuestros oficiales sigan actuando como pandilleros —cortó Hernández con voz dura—. Y francamente, prefiero pelearme con Hacienda que con la opinión pública y con la Fiscal Lozano. Ella tiene razón. El sistema está podrido. Si no empezamos a limpiar ahora, se nos va a caer el techo encima.
Daniela sintió una oleada de alivio, pero no bajó la guardia.
—Quiero más —dijo ella—. Quiero que el oficial Martínez y su compañero Ramírez sean procesados penalmente, no solo administrativamente. Quiero verlos ante un juez de control esta misma semana. Y quiero que Kevin recupere el valor de sus tenis hoy. De su bolsillo, si es necesario, Jefe.
Hernández metió la mano en su cartera, sacó tres billetes de quinientos pesos y se los puso a Kevin en la mesa. Fue un gesto burdo, poco ortodoxo, pero simbólico.
—Toma, hijo. Cómprate unos mejores. Y una disculpa, de hombre a hombre.
Kevin miró el dinero, luego miró a Daniela. Ella asintió levemente. Kevin tomó los billetes con mano temblorosa. No era caridad; era la primera vez en su vida que el poder se inclinaba ante él.
—Gracias… Jefe —murmuró Kevin.
—Y sobre Martínez —continuó Hernández, mirando a Montiel—, Fiscal General, quiero que integre esa carpeta hoy mismo. Quiero la orden de aprehensión lista para mañana. Robo calificado, abuso de autoridad y tortura. Sí, tortura. Ponerle las esposas a alguien para causarle dolor innecesario es tortura según el Protocolo de Estambul. Aplíquenlo.
Montiel, viendo que la batalla estaba perdida y que Hernández ya se había cambiado de bando para salvar su propio pellejo, asintió a regañadientes.
—Se hará.
Daniela se acercó a la mesa y apoyó las manos sobre la carpeta.
—Y una cosa más. Este grupo —señaló a Doña Lupe, a La Beba, a Don Roque— se constituye hoy como el Consejo Ciudadano de Vigilancia Policial. Tendrán acceso bimestral a esta sala. Revisarán los avances. Si no hay avances, habrá prensa. ¿Estamos claros?
Hernández asintió, con una mezcla de resignación y respeto.
—Estamos claros, Fiscal. Bienvenidos al equipo.
La salida del edificio fue un espectáculo. Cuando las puertas de cristal se abrieron y Daniela salió flanqueada por las víctimas, los flashes de las cámaras iluminaron la tarde gris como si fueran relámpagos.
Los reporteros se abalanzaron, gritando preguntas.
—¡Licenciada! ¿Hubo acuerdo? —¡Fiscal, ¿va a renunciar?! —¡¿Qué va a pasar con Martínez?!
Daniela se paró frente a la masa de micrófonos. Marcos se quedó un paso atrás, dejándole el escenario. Ella se veía impecable, poderosa, pero había algo nuevo en su rostro: una humanidad que antes ocultaba bajo capas de profesionalismo frío.
—Hoy —dijo Daniela, y el silencio se hizo en la banqueta—, la Secretaría de Seguridad Ciudadana ha reconocido que tiene una deuda con la ciudadanía. No conmigo. Con ellos.
Señaló a Kevin y a los demás.
—Hemos llegado a un acuerdo histórico. Se creará un mecanismo de reparación inmediata para víctimas de abuso policial. Y el oficial que inició todo esto enfrentará cargos penales por tortura. Esto no es una victoria personal. Es el inicio de una limpieza profunda. El color de tu piel o el código postal de tu casa ya no serán causal de detención en esta ciudad. Y si lo son, habrá consecuencias.
Doña Lupe se acercó al micrófono, animada por Daniela.
—Solo quiero decir… —dijo la señora con voz temblorosa— que gracias a la Licenciada, mi hijo hoy duerme tranquilo. Y que ojalá más gente de arriba fuera como ella.
Esa frase fue el titular de la noche.
Un mes después.
La oficina de Daniela estaba tranquila. Era tarde, casi las nueve de la noche. La ciudad allá abajo era un mar de luces rojas y blancas, el tráfico eterno de la CDMX fluyendo como sangre por las venas de asfalto.
Daniela estaba sentada en su escritorio, leyendo un expediente. Pero su mente estaba en otro lado.
Las cosas habían cambiado. No de la noche a la mañana, y no completamente. La policía seguía siendo la policía. Seguía habiendo mordidas, seguía habiendo abusos. Pero algo se había roto en el muro de impunidad.
Martínez estaba en el Reclusorio Oriente, vinculado a proceso. Le habían negado la fianza. Su caso se había vuelto radiactivo; ningún sindicato policial quiso defenderlo. Era el ejemplo viviente de lo que pasaba si te metías con la persona equivocada, o mejor dicho, si la ciudadanía organizada decidía que ya bastaba .
El “Fondo Kevin”, como lo llamaban internamente, ya había pagado tres indemnizaciones esa semana. Eran pequeñas victorias, granos de arena, pero para las víctimas significaban el mundo.
Marcos entró en la oficina sin tocar, con dos cafés y una caja de donas.
—¿Sigues aquí? —preguntó, dejándose caer en el sofá.
—Siempre hay trabajo, Marcos. El crimen no descansa, y la burocracia menos.
—¿Viste las noticias? Hernández anunció la depuración de cincuenta elementos más del sector Doctores. Dicen que es por “pérdida de confianza”, pero todos saben que es por tu lista negra.
Daniela sonrió levemente, tomando un café.
—Es un comienzo.
—Por cierto —dijo Marcos, mordiendo una dona—, Montiel anda diciendo por ahí que eres “incontrolable”. Que eres un peligro para la estabilidad política.
—Que diga lo que quiera. Mientras me tengan miedo, me respetarán. Y mientras me respeten, puedo proteger a la gente.
Daniela se levantó y caminó hacia el ventanal. Miró su reflejo en el cristal. Ya no veía a la mujer asustada en el estacionamiento, sudando y buscando su bolsa desesperadamente. Veía a alguien más dura, sí, quizás un poco más cínica, pero infinitamente más real.
Sus muñecas habían sanado. Las marcas moradas habían desaparecido, pero ella sabía que seguían ahí, invisibles, grabadas en su memoria. Eran su recordatorio. Su brújula.
—¿Valió la pena? —preguntó Marcos desde el sofá, poniéndose serio un momento.
Daniela miró la ciudad. Pensó en el dolor, en la humillación, en el miedo de ser desaparecida en el sistema. Pero luego pensó en la cara de Kevin cuando le devolvieron su dignidad en esa sala de juntas. Pensó en cómo los policías de la entrada ahora la saludaban con un respeto genuino, mezclado con temor reverencial.
—Cada segundo —respondió ella.
Se giró hacia su escritorio. Había una nueva carpeta de investigación esperando. Un caso de desalojo injusto en Iztapalapa. Gente pobre contra una inmobiliaria poderosa.
—Bueno, Licenciado Estrada —dijo Daniela, sentándose y abriendo el expediente—. Se acabó el descanso. Tenemos trabajo.
Marcos sonrió y levantó su taza en un brindis silencioso.
—A darle, Jefa.
Daniela tomó su pluma. La batalla contra Martínez había terminado, pero la guerra por la justicia en Neo México apenas comenzaba. Y por primera vez en su vida, Daniela Lozano no sentía que estaba luchando sola. Tenía un ejército detrás, un ejército de gente común que había descubierto su propio poder.
Y eso, pensó mientras firmaba el primer documento de la noche, es lo único que realmente puede cambiar a este país.
FIN