
CAPÍTULO 1: EL SILENCIO DE LA SIERRA
—¡Quédate en la camioneta, Marina! ¡Por lo que más quieras, no abras la puerta! —gritó Igor, su voz apenas audible sobre el rugido del viento que bajaba violentamente por la cañada.
Lo vi luchar contra la puerta del conductor. El viento en la Sierra de Arteaga, en pleno enero, no es una broma; es una navaja invisible que te corta la piel. Igor se subió el cuello de su chamarra de plumas, esa marca cara que le había regalado en Navidad, y se ajustó el gorro. La nieve ya le blanqueaba los hombros.
—Voy rápido al pueblo por ayuda, a San Antonio. No tardo, te lo juro. Una hora, gordita. Solo una hora —me dijo, asomándose una última vez. Sus ojos marrones, esos que me habían enamorado hacía dieciséis años en la universidad, me miraban con una intensidad que en ese momento interpreté como preocupación.
—Ten cuidado, Igor. Está cayendo muy fuerte —le dije, sintiendo un nudo en la garganta. Mi voz temblaba, y no solo por el frío.
—Tranquila. Pon los seguros. No te duermas.
Cerró la puerta de golpe. El sonido seco, metálico, resonó como un disparo dentro de la cabina sellada. Lo vi caminar hacia la oscuridad blanca, sus botas hundiéndose en la nieve virgen. Dio tres pasos, se detuvo, volteó hacia el auto una última vez —o eso creí— y luego desapareció tras la cortina de nieve que caía implacable.
Y entonces, el silencio.
Un silencio pesado, absoluto, solo roto por el silbido del viento golpeando los cristales de nuestra Grand Cherokee. Estábamos varados en un camino secundario, un atajo que Igor había insistido en tomar porque “el paisaje era más bonito”. Ahora, el paisaje era una tumba blanca.
Miré el reloj digital del tablero. Las 5:14 PM. La luz del día se estaba muriendo rápido, devorada por las nubes de tormenta y las montañas altas de Coahuila.
“Una hora”, me repetí. “En una hora estará aquí con una grúa o con alguien de Protección Civil”.
Me acomodé en el asiento de piel, abrazándome a mí misma. El motor estaba muerto. Había tosido y muerto hacía veinte minutos sin ninguna explicación. Simplemente se apagó. Sin calefacción, el interior de la camioneta, que minutos antes era un refugio cálido con olor a vainilla, empezaba a enfriarse rápidamente.
Los primeros treinta minutos los pasé intentando mantener la calma. Saqué mi celular. Sin señal. “Buscando servicio”. Maldita sea. Estamos en medio de la nada. Intenté enviar un mensaje de WhatsApp a mi mamá: “Mami, nos quedamos tirados en la sierra, Igor fue por ayuda. Todo bien”. El mensaje se quedó con el relojito de “pendiente”. Nunca salió.
Para distraerme, empecé a repasar cómo habíamos llegado aquí.
Este viaje se suponía que era nuestra “luna de miel 2.0”. Un intento desesperado, pensé con amargura, de salvar lo que quedaba de nuestro matrimonio. Últimamente, Igor estaba distante. Llegaba tarde de la constructora, oliendo a cigarro (aunque él no fumaba) y a veces, muy sutilmente, a un perfume que no era el mío. Siempre tenía excusas perfectas: “Auditoría en la obra”, “Cena con los inversionistas japoneses”, “El tráfico en Periférico estaba imposible”.
Y yo le creía. O quería creerle. Porque después de 16 años, después de construir una vida, una empresa textilera exitosa y un hogar, la idea de que él pudiera estar engañándome era demasiado dolorosa para enfrentarla. Así que acepté este viaje a la cabaña.
“Vamos a desconectarnos, Marina”, me había dicho hace dos días, sirviéndome una copa de vino en nuestra cocina en San Pedro. “Solo tú y yo. Sin empleados, sin correos, sin Valeria molestando con los balances”.
Valeria. Mi mejor amiga. Mi mano derecha. Sonreí con tristeza al pensar en ella. Seguramente ahora estaría en la oficina, lidiando con los proveedores que yo dejé pendientes. Valeria era mi hermana del alma. Nos conocimos en la carrera. Ella, la chica becada, brillante pero sin recursos; yo, con el capital de mi padre pero con la necesidad de demostrar mi valía. Juntas levantamos “Textiles de la Garza”. Yo confiaba en ella más que en mí misma. “Ojalá estuviera aquí”, pensé. “Ella sabría qué hacer. Valeria siempre tiene un plan”.
El frío me sacó de mis pensamientos.
Miré el reloj. 6:30 PM.
Ya había pasado más de una hora. La temperatura dentro del coche había bajado drásticamente. Podía ver mi propio aliento condensarse en nubes blancas frente a mi cara. Mis pies, dentro de mis botas de diseñador —que eran hermosas pero inútiles para este clima—, empezaban a dolerme. Un dolor punzante, como si me estuvieran clavando agujas en los dedos.
—¿Dónde estás, Igor? —susurré. El vaho empañó el parabrisas.
Limpié el cristal con la manga de mi abrigo. Afuera ya era noche cerrada. La nieve no paraba. Caía tupida, acumulándose sobre el cofre de la camioneta, sepultándome lentamente. Me sentí como un insecto atrapado en ámbar, solo que este ámbar era blanco y helado.
7:45 PM.
El miedo dejó de ser una inquietud para convertirse en una garra en el estómago. ¿Y si le pasó algo? ¿Y si se cayó en un barranco? El camino estaba lleno de curvas peligrosas y hielo negro. Igor no era un hombre de campo, era un hombre de ciudad, de restaurantes caros y oficinas con aire acondicionado.
Intenté encender el auto de nuevo. Giré la llave (bueno, presioné el botón de encendido). El motor hizo un sonido agónico. Click, click, click. Nada. La batería estaba muerta.
—¡Maldita sea! —grité, golpeando el volante. El claxon sonó, un sonido triste y ahogado por la nieve que me sobresaltó.
Me abracé las rodillas. Empecé a temblar. No eran temblores normales; eran espasmos violentos que sacudían todo mi cuerpo. Mis dientes castañeteaban tan fuerte que me dolía la mandíbula.
Busqué en la guantera. Papeles del seguro, el manual del propietario, unos lentes de sol… nada útil. Ni una manta, ni una botella de agua, ni una linterna. ¿Cómo pudimos ser tan estúpidos de venir a la sierra en invierno sin equipo de emergencia?
Igor siempre se encargaba del coche. Él lo había llevado al servicio la semana pasada. “Lo dejé al cien, mi amor”, me dijo.
¿Entonces por qué falló? ¿Por qué la batería murió tan rápido?
Una duda oscura, pequeña y venenosa, cruzó por mi mente. Pero la sacudí de inmediato. No. Eso es pensamiento de película de terror. Los coches fallan. Las baterías mueren. Es mala suerte. Solo eso.
9:00 PM.
Cuatro horas desde que se fue.
El dolor en mis pies había desaparecido. Eso era malo. Sabía lo suficiente de primeros auxilios para saber que cuando dejas de sentir el frío, es porque los nervios se están muriendo. Me quité los guantes para frotarme las piernas, pero mis manos estaban torpes, rígidas, como garras de madera. Me costó horrores volver a ponérmelos.
La sed era insoportable. Tenía la boca seca, pastosa.
Empecé a alucinar un poco. Creí ver luces en el bosque. Sombras que se movían.
—¿Igor? —llamé, con la voz rota.
Bajé un poco la ventana para gritar. El viento entró como un demonio aullando, llenando la cabina de copos de nieve en segundos.
—¡IGOOOOR!
Nadie respondió. Solo el eco de mi propia desesperación.
Subí el vidrio rápido, llorando. Las lágrimas se sentían calientes en mis mejillas heladas, pero se enfriaban en segundos, quemándome la piel.
“Me voy a morir aquí”, pensé. La certeza cayó sobre mí con un peso aplastante. “Me voy a quedar dormida y me van a encontrar en primavera, cuando se derrita la nieve. Un cadáver congelado en una camioneta de lujo”.
Pensé en mi mamá. En que no me despedí bien. Pensé en mi empresa, mi orgullo. Pensé en Igor, tirado en algún lugar allá afuera, quizás herido, quizás muerto también.
10:15 PM. Cinco horas.
Mi cuerpo estaba entrando en una fase extraña. Ya no temblaba tanto. Sentía una pesadez dulce en los párpados. Una voz en mi cabeza, seductora y suave, me decía: “Cierra los ojos, Marina. Solo descansa un ratito. Duérmete. Ya no duele”.
Mi cabeza cayó sobre el volante. Cerré los ojos. Vi colores. Vi una playa en Cancún. Sentí calor.
Era tan agradable…
¡NO!
Me enderecé de golpe, jadeando. El instinto de supervivencia, ese animal primitivo que vive en el cerebro reptiliano, rugió dentro de mí.
“Si te duermes, te mueres, pendeja. ¡Muévete!”
Tenía que salir. Quedarme en el auto era un ataúd de metal. Igor no iba a volver. Nadie iba a venir. Si quería vivir, tenía que buscar ayuda yo misma.
Pero, ¿hacia dónde?
Miré por la ventana. Todo era negro y blanco.
Pero entonces, en un momento en que el viento amainó un poco, lo vi.
Un destello.
Muy tenue. Muy lejos. Entre los árboles, hacia la derecha, no hacia el camino por donde se fue Igor, sino hacia adentro del bosque.
¿Era una estrella? No, estaba muy bajo.
¿Ojos de un animal? No parpadeaba.
Era una luz. Luz eléctrica. Amarilla, cálida.
Una casa. Una cabaña.
Estaba lejos, quizás a un kilómetro, quizás a dos. En condiciones normales, una caminata de veinte minutos. En esta tormenta, con nieve hasta las rodillas, era una odisea mortal.
Pero era eso o morir en el asiento de cuero.
Tomé la decisión.
Abrí la puerta. El viento me golpeó en el pecho, robándome el aire, empujándome hacia atrás.
—¡Aaaah! —grité de rabia, forzando mi cuerpo a salir.
Mis piernas no me respondían bien. Al poner el pie en el suelo, no sentí el piso, sentí como si pisara sobre muñones. Me caí de inmediato, de cara a la nieve. El frío me quemó la cara.
Me levanté, llorando, moco y lágrimas congelándose en mi cara.
—Tú puedes, Marina. Tú levantaste una empresa de la nada. Tú puedes caminar un kilómetro.
Cerré la puerta del auto (un hábito absurdo en esa situación) y empecé a caminar hacia la luz.
Cada paso era una tortura. La nieve me llegaba a media pantorrilla. El viento intentaba tirarme a cada metro.
Me caí una, dos, diez veces.
Me raspé las manos con ramas ocultas bajo la nieve. Sentí cómo mi ropa se humedecía, pesando toneladas.
Mi mente empezó a fragmentarse.
A veces veía a Igor caminando delante de mí.
—¡Espérame! —le gritaba. Pero él se desvanecía en niebla.
A veces escuchaba la risa de Valeria. “¿Por qué te ríes?”, murmuraba yo.
El tiempo perdió sentido. No sé si caminé diez minutos o dos horas. Solo existía el siguiente paso. Levantar la pierna. Avanzar. Pisar. Repetir.
La luz se hacía más grande. Ya no era un punto. Era un cuadrado. Una ventana.
Ya casi.
Mis pulmones ardían como si hubiera tragado vidrio molido. Mi corazón latía tan fuerte que me dolían los oídos.
Llegué a una cerca de madera. La salté… o más bien, me dejé caer sobre ella y rodé al otro lado.
Ahí estaba. Una cabaña grande, hermosa. De estilo rústico, con vigas de madera gruesa y una chimenea de piedra que escupía humo gris hacia el cielo negro.
Me arrastré por el jardín delantero.
“Ayuda… por favor… ayuda…” intenté gritar, pero de mi garganta solo salió un gemido ronco.
Me acerqué a la ventana grande del salón principal. La luz que salía de ahí era dorada, acogedora. Prometía vida. Prometía calor.
Me agarré del marco de la ventana con mis manos engarrotadas, rojas y azules por el frío. Me alcé para mirar adentro, para que me vieran, para golpear el cristal.
Mis ojos enfocaron la escena interior.
Y entonces, el frío de afuera dejó de importarme. Porque lo que vi adentro me congeló el alma.
Ahí estaba Igor.
No estaba perdido en la tormenta. No estaba herido. No estaba buscando ayuda.
Estaba parado frente a la chimenea, de espaldas al fuego, con una copa de cristal en la mano. El líquido ámbar brillaba con la luz. Se veía relajado, sonrosado por el calor, riendo.
¿Riendo?
¿Cómo podía estar riendo mientras yo estaba muriéndome a pocos kilómetros?
Y entonces, una figura salió de la cocina y se acercó a él.
Una mujer.
Alta, delgada, con una bata de seda color vino que yo conocía perfectamente porque yo se la había comprado en Liverpool para su cumpleaños el mes pasado.
Valeria.
Mi cerebro hizo un cortocircuito.
“No puede ser. Valeria está en Monterrey. Valeria está trabajando”.
Pero era ella. Su cabello negro suelto, cayendo sobre la espalda.
Se acercó a Igor. Él abrió los brazos y la recibió. Ella se acurrucó en su pecho, como si fuera su lugar natural, su refugio.
Él le besó la cabeza, luego le levantó la barbilla y la besó en los labios.
No fue un beso de amigos. No fue un beso de saludo.
Fue un beso de amantes. Hambriento. Posesivo. Un beso de dos personas que celebran algo.
Me quedé petrificada, pegada al cristal como una gárgola de hielo.
El viento trajo sus voces, amortiguadas por el doble vidrio, pero claras en el silencio de la noche.
—¿Estás seguro de que no va a salir? —preguntó ella, separándose un poco.
—Imposible —dijo Igor, con esa voz grave que yo amaba—. Bloqueé los seguros traseros para niños antes de bajarme, y la puerta del conductor tiene el mecanismo dañado, aunque ella no lo sabe. Además… —miró su reloj, el mismo reloj que yo le regalé en nuestro aniversario— lleva cinco horas ahí afuera a menos diez grados. La hipotermia es dulce, mi amor. Se quedará dormida y no sentirá nada.
—Me da miedo, Igor. ¿Y si la encuentran viva?
—No la van a encontrar viva, Valeria. Mañana, cuando pase la barredora, encontrarán a la pobre señora de Lebrija congelada trágicamente. Y nosotros… —levantó su copa en un brindis macabro— nosotros cobraremos los 17 millones del seguro y venderemos esa maldita fábrica. Seremos libres, mi vida. Al fin.
Sentí como si me hubieran dado un hachazo en el pecho.
No era un accidente.
No era mala suerte.
Era una ejecución.
Me habían traído al matadero. Mi esposo y mi mejor amiga. Las dos personas que más amaba en el mundo me habían dejado en una caja de metal para que me convirtiera en hielo, mientras ellos bebían coñac y planeaban gastarse mi dinero.
El dolor fue tan agudo que dejé de sentir el frío. Una ola de calor, un calor nacido del odio más puro y primitivo, recorrió mis venas.
Miré sus caras sonrientes. Miré cómo él le acariciaba la espalda.
“No”, pensé. Mis manos se cerraron en puños inútiles contra el vidrio.
“No me voy a morir hoy. No les voy a dar el gusto, hijos de perra”.
Me solté de la ventana. Me di la vuelta.
Ya no caminaba hacia la luz. Ahora caminaba impulsada por la venganza. Tenía que llegar a la carretera principal. Tenía que sobrevivir. Solo para verles la cara cuando supieran que fallaron.
Mis piernas se movieron solas. Ya no era Marina, la esposa dulce. Era una bestia herida.
Llegué a la carretera. Vi luces a lo lejos. Un camión amarillo. Una barredora.
Me lancé al centro del camino, agitando los brazos como una loca.
—¡AQUÍ! ¡AQUÍ!
El claxon del camión sonó como una trompeta celestial. Los frenos chirriaron sobre el hielo.
Un hombre bajó corriendo.
—¡Señora! ¡Dios mío!
Caí en sus brazos. Todo se volvió negro. Pero antes de perder la conciencia, una sola frase retumbó en mi mente como un juramento sagrado:
Me las van a pagar.
CAPÍTULO 2: EL TEATRO DE LAS SOMBRAS
Despertar no fue como en las películas. No hubo un abrir de ojos suave, ni una transición gentil del sueño a la vigilia. Despertar fue un incendio.
El primer sentido que recuperé fue el dolor. Un dolor agudo, punzante, como si mil hormigas de fuego estuvieran devorando mis extremidades desde adentro. Intenté gritar, pero mi garganta era un desierto árido, llena de lija y vidrio molido. Solo salió un graznido patético, un sonido animal que apenas se escuchó sobre el pitido rítmico y monótono de una máquina a mi lado.
—Beep… beep… beep…
Ese sonido. La banda sonora de la supervivencia clínica.
Abrí los ojos y el mundo me agredió con una blancura estéril y cegadora. La luz de los tubos fluorescentes en el techo se sentía como agujas clavándose en mis retinas. Parpadeé, una, dos, tres veces, intentando enfocar, intentando entender por qué el cielo era de yeso y por qué el aire olía a alcohol y desinfectante en lugar de a pino y nieve.
—Tranquila, tranquila, ya despertó. ¡Doctor! ¡La paciente de la cama 4 despertó!
Una sombra se movió a mi derecha. Sentí una mano fresca en mi frente. Mis ojos finalmente lograron enfocar el rostro de una mujer robusta, con uniforme azul y una cofia blanca impecable. Tenía esa mirada de “he visto todo” que tienen las enfermeras veteranas del IMSS o de los hospitales generales, una mezcla de compasión eficiente y autoridad absoluta.
—¿Dón… de…? —intenté preguntar, pero mi lengua se sentía pesada, ajena, como un trozo de carne muerta en mi boca.
—Shh, no hable todavía, mi hija. Está muy débil —dijo la enfermera, ajustando el goteo de una bolsa de suero colgada sobre mí—. Está en el Hospital General de Saltillo. Está a salvo.
Saltillo. La palabra rebotó en mi cerebro confuso. Saltillo estaba lejos de la cabaña. Lejos de la nieve.
Intenté mover los dedos de las manos y un grito ahogado se me escapó. El dolor fue cegador.
—No se mueva, por favor —la enfermera me sujetó los hombros con suavidad pero con firmeza—. Tiene quemaduras por congelamiento de segundo grado en manos y pies. Estamos en el proceso de recalentamiento. Duele, lo sé. Es como si la sangre estuviera hirviendo al volver a circular, pero es buena señal. Significa que los nervios están vivos.
Vivos.
La palabra detonó algo en mi memoria. Una puerta cerrada con llave en mi mente se abrió de golpe y los recuerdos salieron en torrente, violentos y fríos.
La camioneta apagada.
El reloj marcando las horas.
La caminata infernal en la oscuridad.
La luz de la cabaña.
La ventana.
Y ellos.
La imagen se proyectó en mi mente con una claridad 4K, más real que la habitación de hospital en la que estaba. Vi a Igor, mi esposo, mi compañero de vida, sosteniendo esa copa de coñac. Lo vi sonreír. Vi sus labios moverse, pronunciando palabras que ahora, en el silencio de la habitación, resonaban como truenos: “A estas alturas ya debe ser un bloque de hielo”.
Y vi a Valeria. Mi Valeria. Mi hermana elegida. Besándolo. Celebrando mi muerte anticipada como si fuera la lotería nacional.
El monitor cardíaco a mi lado empezó a acelerarse. Beep-beep-beep-beep-beep.
—¡Ei, ei! Tranquila, señora Marina. Respire —la enfermera miró el monitor con preocupación—. Se le va a subir la presión. Necesita calma. Su corazón sufrió mucho estrés por la hipotermia. Un susto fuerte y nos puede dar un paro, ¿me oye?
Cerré los ojos con fuerza, intentando controlar la respiración. Inhala. Exhala. No podía permitirme morir ahora. No después de lo que había visto. La ira, caliente y viscosa, empezó a reemplazar al miedo. Estaban celebrando. Estaban contando los millones. 17 millones de pesos. Ese era el precio de mi vida. Dieciséis años de matrimonio, veinte años de amistad, todo valía 17 millones y la libertad de revolcarse juntos sin esconderse.
—¿Cómo se siente? —una voz masculina, grave y calmada, interrumpió mis pensamientos asesinos.
Abrí los ojos. Un hombre mayor, con bata blanca y el pelo gris peinado hacia atrás, estaba al pie de mi cama revisando una tabla con hojas clínicas. Tenía cara de cansancio, ojeras profundas, pero una sonrisa amable.
—Soy el Doctor Salazar —se presentó, acercándose para revisarme las pupilas con una linterna pequeña—. Bienvenida de vuelta al mundo de los vivos, Señora de Lebrija. Nos tuvo muy preocupados.
—Doctor… —logré graznar. La enfermera me acercó un vaso con agua y un popote. Bebí con avidez, el agua fresca aliviando el incendio en mi garganta. —Me duele todo.
—Es normal —asintió él—. Llegó aquí con una temperatura corporal de 34 grados. Estaba en el límite, Marina. Una hora más en esa carretera y sus órganos hubieran empezado a fallar en cadena. Riñones, corazón, cerebro. El chofer de la barredora que la encontró dijo que parecía una muñeca de trapo tirada en el asfalto. Tuvo mucha suerte. Es un milagro de Navidad atrasado.
Un milagro. No, doctor, pensé. No fue un milagro. Fue odio. El odio me mantuvo caliente. El odio me hizo caminar cuando mis piernas ya estaban muertas.
—¿Cuánto tiempo…? —pregunté.
—Lleva dos días inconsciente —respondió Salazar—. La mantuvimos sedada para controlar el dolor del recalentamiento y para dejar que su cuerpo se recuperara del shock traumático. Hoy es martes por la mañana.
Martes. Dos días. Dos días en los que Igor y Valeria habrán estado esperando la noticia de mi muerte. Dos días de incertidumbre para ellos. ¿Sabrían que estoy viva? ¿O Igor seguiría pensando que soy un “bloque de hielo”?
—Su esposo está aquí —dijo el doctor, y sentí cómo mi sangre se helaba de nuevo, esta vez no por el clima, sino por el terror puro.
El monitor cardíaco saltó de nuevo.
—Tranquila, tranquila —dijo el doctor, malinterpretando mi reacción como emoción—. Pobre hombre, no se ha ido a su casa ni a bañarse. Ha estado durmiendo en las sillas de plástico de la sala de espera. Llorando, desesperado. Tuvimos que darle un calmante ayer porque estaba histérico. Realmente la ama, señora. Es raro ver esa devoción hoy en día.
Sentí ganas de vomitar. La bilis me subió a la garganta.
Devoción. La devoción de un actor ensayando su papel estelar. Igor estaba afuera, interpretando al viudo afligido, ganándose la simpatía de los médicos y enfermeras, construyendo su coartada perfecta. “Miren cuánto sufro, yo no pude haberle hecho nada, yo la amaba”.
Mi mente empezó a correr a mil por hora, ignorando el dolor del cuerpo.
Si Igor entraba ahora…
Si entraba y veía que estaba consciente…
Él buscaría en mis ojos. Me conocía demasiado bien. Sabría si recuerdo. Si le digo: “Te vi, maldito asesino”, ¿qué pasaría?
Estamos en un hospital, sí. Pero, ¿quién le creería a una mujer que acaba de salir de una hipotermia severa, delirando por los medicamentos? Él diría que estoy loca. Diría que el trauma me afectó el cerebro. Me encerrarían. Me medicarían. Y entonces, él tendría el control total. Podría cambiar mis medicinas. Podría causar un “accidente” en casa durante mi recuperación.
No tengo pruebas.
Mi palabra contra la de él. Y Valeria, mi “amiga”, corroboraría todo lo que él dijera. “Sí, Marina estaba muy estresada últimamente, ya decía cosas raras”. Me pintarían como una inestable mentalmente.
Necesitaba tiempo.
Necesitaba un escudo.
Necesitaba una mentira más grande que la de ellos.
Miré al doctor Salazar, que sonreía benevolentemente.
—¿Quiere que lo haga pasar? Ha estado preguntando cada diez minutos si ya despertó.
El pánico me arañó el pecho. No estaba lista para verle la cara. No estaba lista para sentir sus manos manchadas de traición sobre mi piel sin gritar o intentar arrancarle los ojos. Si me mostraba agresiva, él sabría que lo sé. Si me mostraba amorosa, él sospecharía, porque sabe que no soy estúpida y que cuestionaría por qué tardó tanto.
Tenía que haber una tercera opción.
Un punto ciego.
Recordé una telenovela que mi abuela veía cuando yo era niña. La Usurpadora o algo así. Siempre había amnesia. Siempre alguien olvidaba todo.
Amnesia.
Si no recuerdo nada, no soy una amenaza.
Si no recuerdo nada, él baja la guardia.
Si no recuerdo nada, soy una pobre víctima que necesita ser cuidada, no eliminada inmediatamente.
Era arriesgado. Igor era listo. Pero era mi única carta.
—Sí… —susurré, bajando la mirada a mis manos vendadas como momias—. Que pase.
El doctor asintió a la enfermera y ella salió de la habitación.
Esos segundos de espera fueron los más largos de mi vida. Más largos que las cinco horas en la camioneta. Escuché pasos apresurados en el pasillo. El sonido de suelas de goma contra el linóleo.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas como un pájaro enjaulado. Beep-beep-beep-beep.
“Contrólate, Marina”, me ordené. “Eres una mujer de negocios. Has negociado contratos con tiburones textileros de China. Has despedido gente que te doblaba la edad. Puedes hacer esto. Tienes que actuar mejor que él”.
La puerta se abrió de golpe.
Y ahí estaba.
Igor.
Se veía terrible, y tengo que admitir, era convincente. Llevaba la misma ropa que la noche de la tormenta, o al menos una muy similar, ahora arrugada y sucia. Tenía barba de tres días sombreándole la mandíbula cuadrada. Sus ojos estaban rojos, hinchados, con bolsas oscuras debajo. Su cabello castaño, siempre impecablemente peinado con gel, estaba revuelto, grasoso.
Se detuvo en el umbral, agarrándose del marco de la puerta como si le fallaran las fuerzas al verme.
—¿Marina? —su voz se quebró. Una actuación digna de un Ariel.
Caminó hacia la cama, tambaleándose un poco.
—¡Dios mío, mi amor! —Se dejó caer de rodillas junto a mi lado, ignorando la silla. Enterró la cara en el colchón, cerca de mi cadera, y empezó a sollozar. Sus hombros se sacudían violentamente.
Sentí su mano buscar la mía, la que no tenía vía intravenosa. Sus dedos calientes tocaron mi piel fría y sentí una repulsión eléctrica. Quise retirar la mano, quise golpearlo, quise gritarle que dejara de fingir. Me imaginé tomando el tripié del suero y clavándoselo en el cuello.
Pero me quedé inmóvil. Congelada por segunda vez.
—Pensé que te había perdido… —balbuceó entre lágrimas, levantando la cara para mirarme. Y ahí, en ese instante, lo vi.
Detrás de las lágrimas, detrás de la máscara de dolor, había un brillo fugaz. Un escaneo rápido. Sus ojos recorrieron mi cara, buscando señales de daño cerebral, buscando… ¿miedo? ¿Acusación?
Estaba evaluando la situación. Estaba comprobando si su problema se había resuelto o si se había complicado.
—Perdóname, Marina, perdóname… —seguía diciendo, apretando mi mano vendada con una fuerza que me lastimaba—. Me perdí en la tormenta, el coche se atascó, no pude volver… Caminé por horas gritando tu nombre…
Mentira.
Mentira.
Mentira.
Estabas bebiendo coñac. Estabas besando a Valeria. Estabas riéndote.
El doctor Salazar observaba la escena desde la esquina con una sonrisa conmovida. La enfermera se secaba una lágrima discreta. Todos compraban su historia. Todos veían al marido héroe trágico.
Igor se inclinó hacia mí, acercando su rostro al mío. Olía a café rancio y sudor, pero debajo de eso, muy sutilmente, percibí el aroma dulzón de la loción de Valeria. Chanel No. 5. Ese olor me revolvió el estómago más que cualquier medicina.
Iba a besarme.
Iba a poner sus labios mentirosos sobre los míos.
No podía permitirlo. Si me besaba, vomitaría. Si me besaba, lo mordería.
Era el momento.
Hice un esfuerzo sobrehumano para relajar los músculos de mi cara. Borré cualquier rastro de reconocimiento, de amor, de odio. Dejé mis ojos vacíos, desenfocados, como si estuviera mirando a un extraño que se ha equivocado de habitación.
Retiré mi mano de la suya, lentamente, con un movimiento débil y tembloroso.
El movimiento lo detuvo. Se quedó a centímetros de mi cara.
—¿Nena? —susurró, confundido.
Lo miré fijamente a los ojos. Parpadeé lentamente.
Fruncí el ceño, imitando el esfuerzo de alguien que intenta resolver una ecuación matemática compleja y falla.
—Disculpe… —mi voz salió rasposa, débil, perfecta—. Señor…
Igor se congeló. Su ceño se frunció.
—¿Señor? Marina, soy yo. Soy Igor. Tu esposo.
Miré al doctor Salazar con pánico fingido. Mi respiración se aceleró a propósito.
—Doctor… —llamé, con voz de niña asustada—. ¿Quién es este hombre? ¿Por qué me está tocando? ¡No sé quién es!
El silencio que cayó en la habitación fue absoluto. Pesado.
Igor se puso pálido. Esta vez, la palidez fue real. Retrocedió un paso, soltando el colchón como si quemara.
—¿Qué dices? Marina, deja de jugar. Soy Igor. Tu “Gordo”. Llevamos 16 años casados…
Negué con la cabeza, empezando a llorar. Las lágrimas salieron fáciles; tenía tanta rabia acumulada que solo tuve que canalizarla en miedo.
—No… no lo conozco. No recuerdo… no recuerdo nada.
El doctor Salazar dio un paso adelante, su rostro profesional tomando el control.
—Señor Lebrija, por favor, dele espacio.
Se acercó a mí y me alumbró los ojos otra vez.
—Marina, mírame. ¿Sabes cómo te llamas?
—Marina… creo que Marina —dije, dudando—. Lo vi en la pulsera de mi mano.
—¿Sabes qué año es?
—No… no sé.
—¿Recuerdas qué te pasó? ¿Por qué estás aquí?
Cerré los ojos, fingiendo un dolor de cabeza atroz.
—Oscuridad… frío. Mucho frío. Iba en un coche… creo. Pero iba sola. No… no sé. Me duele la cabeza al intentar pensar.
El doctor se enderezó y miró a Igor con gravedad.
—Amnesia pos-traumática.
—¿Qué? —Igor parecía estar en shock. Sus ojos iban del doctor a mí, frenéticos—. ¿Es permanente?
Esa era la pregunta clave. No preguntó “¿Cómo la curamos?” o “¿Está bien?”. Preguntó si era permanente. Quería saber si su secreto estaba a salvo para siempre.
—Es difícil saberlo —explicó el doctor, tono académico—. El cerebro sufrió una falta de oxígeno leve y un trauma severo por el frío extremo. A veces, el cerebro bloquea recuerdos traumáticos como mecanismo de defensa. Puede ser amnesia retrógrada temporal. Podría recordar todo mañana, o en una semana… o tal vez nunca recupere esos fragmentos específicos de memoria.
Vi los hombros de Igor bajar dos centímetros.
Alivio.
Lo vi tan claro como el agua.
Suspiró, pasándose la mano por el pelo revuelto. Un suspiro tembloroso que para el doctor sonó a devastación, pero para mí sonó a victoria. Se había salvado. No tenía que matarme hoy.
—Dios mío… —dijo Igor, cubriéndose la boca con la mano—. No me recuerda. Mi propia esposa no me recuerda.
—Dele tiempo, señor Lebrija —dijo la enfermera, tocándole el brazo con lástima—. Es el shock. Lo importante es que está viva. La memoria es caprichosa. Con cariño y paciencia, volverá.
Igor asintió lentamente. Volvió a mirarme. Esta vez, su mirada había cambiado. Ya no había miedo. Había cálculo. Me estaba mirando como se mira a un mueble viejo que pensabas tirar pero que resulta que todavía sirve para algo. O como a una mascota herida que ahora depende totalmente de ti.
Se acercó de nuevo, más despacio, respetando mi “miedo”.
—Está bien, mi amor… digo, Marina —corrigió, con una suavidad que me erizó la piel—. No te voy a presionar. Soy Igor. Soy tu marido y te amo más que a nada en el mundo. Voy a estar aquí contigo hasta que recuerdes. Y si no recuerdas… —esbozó una sonrisa triste, esa sonrisa torcida que yo solía adorar—… pues te enamoraré otra vez desde cero.
Qué hijo de perra.
“Te enamoraré otra vez”.
Casi vomito de verdad.
—Tengo miedo… —dije, encogiéndome en la cama, haciéndome pequeña—. No entiendo nada.
—Yo te cuido —dijo él.
El doctor nos interrumpió.
—Bueno, creo que ha sido mucha emoción por ahora. La paciente necesita descansar. Sus signos vitales están alterados. Señor Lebrija, le sugiero que vaya a la cafetería, coma algo, báñese si puede. Ella va a estar durmiendo un buen rato.
Igor dudó. No quería dejarme sola, por si acaso recuperaba la memoria de golpe. Pero tampoco quería parecer sospechoso insistiendo en quedarse.
—Está bien, doctor. Solo… solo voy por un café y vuelvo. No quiero que despierte y esté sola con extraños.
Me miró una última vez.
—Descansa, bonita. Todo va a estar bien. Te prometo que todo va a estar bien.
Se dio la vuelta y salió de la habitación.
Cuando la puerta se cerró, el aire en el cuarto pareció limpiarse.
La enfermera ajustó mi sábana.
—Ay, qué hombre tan bueno tiene usted, señora. No sabe cómo sufrió estos días. De verdad la adora. Ojalá mi viejo fuera la mitad de preocupado.
No dije nada. Cerré los ojos y dejé que la enfermera pensara que me estaba quedando dormida.
Esperé a que ella saliera también, dejándome sola con el pitido del monitor.
Abrí los ojos y miré al techo blanco.
Una lágrima solitaria, caliente y furiosa, rodó por mi sien hasta perderse en mi cabello.
—Disfruta tu café, Igor —susurré en la soledad de la habitación 402—. Disfrútalo, porque va a ser lo último tranquilo que vas a tener. Crees que ganaste tiempo. Crees que soy una pizarra en blanco.
Apreté los dientes, ignorando el dolor en mis encías.
La amnesia era mi trinchera. Desde ahí iba a pelear. Iba a observar cada movimiento, cada llamada, cada mirada entre él y Valeria. Iba a juntar cada pieza de su sucio rompecabezas.
Me habían quitado mi seguridad, mi matrimonio, mi mejor amiga y casi mi vida.
Me habían convertido en una víctima.
Pero cometieron un error. Un error fatal.
Me dejaron viva.
Y ahora, la Marina que ellos conocían, la esposa dulce y confiada, había muerto en esa montaña. La mujer que estaba en esta cama era otra cosa.
Era una bomba de tiempo. Y el reloj acababa de empezar a correr.
Miré mis manos vendadas. Ya no eran manos de diseñadora textil. Eran garras. Y estaban listas para destrozar.
CAPÍTULO 3: DURMIENDO CON EL ENEMIGO
Los siguientes cinco días en el hospital fueron una clase magistral de tortura psicológica y física.
Primero, estaba el dolor del cuerpo. La recuperación de las quemaduras por frío no es un proceso pasivo; es una batalla. Todos los días, a las ocho de la mañana, llegaba la enfermera de curaciones, una mujer llamada Bety que tenía manos rápidas pero despiadadas. Tenía que retirar la piel muerta, limpiar las ampollas, aplicar ungüentos antibióticos y volver a vendar.
—Va a arder un poquito, mi reina —decía Bety, con ese tono maternal tan mexicano que intenta suavizar lo inevitable.
“Un poquito” era un eufemismo criminal. Sentía como si me estuvieran pasando un rallador de queso por las palmas de las manos y las plantas de los pies. Pero yo no gritaba. Apretada los dientes hasta que la mandíbula me tronaba, y dejaba que las lágrimas corrieran en silencio. En parte era por estoicismo, pero principalmente era porque necesitaba acostumbrarme al dolor. Necesitaba endurecerme. El dolor me mantenía alerta, me recordaba por qué estaba luchando.
Pero el dolor físico era manejable comparado con la tortura de tener a Igor allí.
Él jugaba su papel con una dedicación que me daba escalofríos. Se convirtió en el “Marido del Año”. No se iba del hospital. Dormía en el sillón incómodo, comía sándwiches de la máquina expendedora, y cada vez que yo abría los ojos, ahí estaba su cara, llena de una preocupación pastosa y falsa.
—Mira, amor, te traje gelatina de limón. Tu favorita —decía, acercando la cuchara a mi boca como si fuera una inválida.
Yo abría la boca y tragaba, reprimiendo las ganas de escupirle.
—Gracias… Igor —decía yo, dudando a propósito con su nombre, manteniendo la farsa de la memoria frágil.
Él aprovechaba esos momentos para reescribir nuestra historia. Empezó a llenarme los huecos de mi “memoria perdida” con mentiras diseñadas cuidadosamente.
—Somos muy felices, Marina —me contaba mientras me acariciaba el pelo con esa mano que días antes sostenía una copa brindando por mi muerte—. Tuvimos algunos problemas hace años, como todos, pero últimamente estábamos mejor que nunca. Por eso fuimos a la cabaña. Era nuestro segundo aire. Tú me dijiste en el camino: “Igor, eres el amor de mi vida”.
Yo lo escuchaba, mirando al vacío, asintiendo levemente. Por dentro, mi mente gritaba: “¡Mentiroso! ¡Me llevaste ahí para matarme!”. Pero por fuera, preguntaba con voz temblorosa:
—¿De verdad dije eso?
—Sí, nena. Lo dijiste.
Era una forma de lavado de cerebro. Gaslighting de nivel industrial. Si yo no hubiera visto lo que vi a través de esa ventana, si no hubiera escuchado sus risas, probablemente le habría creído. Es aterrador pensar cuán frágil es la mente humana y cuán fácil es manipular la realidad de alguien vulnerable.
Pero la prueba de fuego llegó al tercer día.
Estaba terminando de comer un caldo de pollo insípido cuando la puerta se abrió con un golpe seco, mucho más agresivo que el de las enfermeras.
El perfume entró antes que ella. Santal 33. Caro, amaderado, inconfundible.
Valeria.
Entró como un torbellino, vestida impecablemente con un traje sastre color crema que costaba más que el coche de la enfermera Bety. Llevaba un ramo de rosas rojas gigantesco, casi obsceno para un hospital.
Igor se levantó de un salto del sillón. Vi el intercambio de miradas. Fue una fracción de segundo, un microgesto. Ella lo miró con preguntas en los ojos: “¿Es seguro? ¿De verdad no sabe nada?”. Él asintió imperceptiblemente, relajando los hombros: “Tranquila, el escenario está montado”.
Valeria se giró hacia mí. Su rostro se transformó en una máscara de angustia teatral.
—¡Marina! ¡Amiga de mi alma!
Se lanzó sobre la cama. Me abrazó con fuerza. Sentí su cuerpo rígido, tenso. No era un abrazo de alivio; era un abrazo de tanteo. Estaba comprobando si yo me tensaba, si yo la rechazaba.
Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no empujarla, para no clavarle los dientes en la yugular. Mi piel se erizó al contacto con la suya. Esta era la mujer que había sido mi dama de honor. La mujer que sostuvo mi mano cuando mi madre murió. La mujer que se acostaba con mi marido y planeaba mi asesinato.
—Vale… —susurré, dejando mis brazos muertos a los costados.
Ella se separó, agarrándome por los hombros, escrutando mi cara con esos ojos oscuros y calculadores.
—Igor me dijo… me dijo que no recuerdas bien las cosas. ¿Es cierto, flaca? ¿No sabes quién soy?
Aquí estaba. El interrogatorio.
Valeria era mucho más lista que Igor. Igor era vanidoso y se creía sus propias mentiras. Valeria era fría, analítica. Ella era la que manejaba los números en la empresa. Ella era el cerebro criminal.
Hice mi mejor esfuerzo para parecer confundida. Fruncí el ceño, mirándola como si intentara atrapar un recuerdo que se escapa como humo.
—Tú eres… Valeria —dije despacio—. Igor me habló de ti. Dijo que eres mi socia. Y mi mejor amiga.
Valeria soltó el aire. Una sonrisa tensa apareció en sus labios pintados de rojo perfecto.
—Sí, tonta. Soy yo. Tu hermana. Llevamos veinte años aguantándonos. ¿De verdad no te acuerdas de nada? ¿De la universidad? ¿De cuando fundamos Textiles de la Garza en ese garaje mugriento?
—Tengo… imágenes sueltas —mentí, llevándome una mano a la sien—. Recuerdo telas. Ruido de máquinas. Pero las caras… las caras se me borran. Es como si hubiera mucha niebla en mi cabeza.
Valeria volvió a mirar a Igor. Vi cómo sus músculos se relajaban. Se sentó en el borde de la cama, tomando mi mano (con cuidado de no tocar las vendas, fingiendo delicadeza).
—Ay, amiga. Qué susto nos diste. Cuando Igor me llamó diciendo que habías desaparecido en la tormenta, casi me muero. No he dormido nada.
—Gracias por venir —dije, bajando la vista—. Me siento muy perdida. Igor dice que fuimos a la cabaña a descansar, pero no recuerdo ni cómo llegamos ahí. Lo último que recuerdo claro es… estar en la oficina, revisando unos catálogos de hilos.
—Eso fue hace semanas —dijo Valeria rápidamente—. Bueno, lo importante es que estás viva. La memoria ya volverá. Y si no, pues aquí estamos nosotros para recordártelo todo.
—Sí —dijo Igor, acercándose para poner una mano en el hombro de Valeria. La imagen perfecta: el esposo y la mejor amiga, los pilares de apoyo.
Me dieron ganas de gritar.
—¿Y la empresa? —pregunté, cambiando el tema para no tener que mirarlos a los ojos—. ¿Quién está viendo los pedidos de Liverpool?
Valeria soltó una risita condescendiente.
—Marina, por Dios. Acabas de revivir. Olvídate de la empresa. Yo tengo todo bajo control. Los pedidos, las nóminas, los proveedores. Tú concéntrate en sanar esos pies para que podamos volver a ir de compras. Yo me encargo de todo.
Yo me encargo de todo.
Claro que te encargas. Te encargas de robarme. De falsificar mi firma. De vaciar las cuentas.
—Gracias, Vale. No sé qué haría sin ti.
La visita duró una hora. Una hora de actuación ininterrumpida. Hablaron de trivialidades, se rieron de chistes internos que yo fingí no entender del todo. Cuando finalmente se fueron (“Tengo que volver a la oficina, hay mucho caos sin ti”, dijo ella), sentí que había corrido un maratón.
Me quedé temblando en la cama. No de frío, sino de adrenalina.
Había pasado la prueba. Me creían.
Pero también me di cuenta de algo aterrador: ahora estaba completamente sola. Me habían aislado. Valeria controlaba mi dinero y mi negocio. Igor controlaba mi vida personal.
Era una prisionera en mi propia vida.
Dos días después, el Doctor Salazar firmó mi alta.
—Sus quemaduras están sanando bien, Marina. Ya no hay riesgo de infección grave, pero necesita reposo absoluto. Nada de caminar distancias largas. Silla de ruedas por una semana más, y luego muletas. Y sobre todo, cero estrés. Su cerebro necesita paz.
—La cuidaré como a una reina, doctor —prometió Igor, dándole un apretón de manos firme.
Salimos del hospital en silla de ruedas. El aire de la calle me golpeó la cara. Era un día gris en Saltillo, frío todavía. Igor me ayudó a subir al asiento del copiloto de un coche que no conocía. Un sedán plateado, genérico.
—¿Y la Grand Cherokee? —pregunté, mirando el tablero desconocido.
—Sigue en el taller, amor. La tormenta le fregó todo el sistema eléctrico. Y honestamente… —puso una cara de dolor— no sé si quiero que te vuelvas a subir a ese coche. Trae malos recuerdos. Quizás debamos venderlo.
Claro, véndelo. Elimina la evidencia.
El viaje de regreso a Monterrey fue silencioso. Igor puso música suave, jazz genérico. Yo miraba por la ventana, viendo pasar las montañas áridas, los camiones de carga, los espectaculares. Cada kilómetro que nos alejaba del hospital me sentía más pequeña, más atrapada.
Íbamos a mi casa. O más bien, a su territorio.
Llegamos a San Pedro Garza García al atardecer. Nuestra casa, o la que solía serlo, se alzaba imponente en una calle privada de la colonia Del Valle. Era una casa moderna, minimalista, mucho concreto y cristal. Antes me parecía elegante; ahora me parecía un búnker frío.
Igor abrió el portón eléctrico. Entramos.
—Bienvenida a casa, mi vida.
Me ayudó a bajar y me sentó en la silla de ruedas que habíamos rentado. Empujó la silla por la rampa de entrada. Al cruzar la puerta principal, el olor de la casa me golpeó. Olía a limpio. A lavanda y cera para pisos. Pero se sentía vacía.
Las fotos en la entrada seguían ahí. Nosotros en París. Nosotros en la boda. Nosotros en la inauguración de la fábrica.
Eran fotos de dos extraños. Esa mujer que sonreía abrazada a Igor ya no existía.
—Te preparé el cuarto de visitas en la planta baja —dijo Igor—. Para que no tengas que subir escaleras. Estarás más cómoda ahí hasta que puedas caminar bien.
Suspiré de alivio internamente. No tener que dormir en la misma cama que él era la primera victoria real.
—Gracias. Creo que es mejor.
—¿Tienes hambre? La señora Mari hizo caldo tlalpeño.
Mari. Mi empleada doméstica. Una mujer noble que llevaba con nosotros cinco años.
—¿Está Mari aquí? —pregunté, con un hilo de esperanza. Al menos no estaría sola con él.
—No, hoy es su día libre. Le di la semana libre, de hecho. —Igor sonrió—. Quería que estuviéramos solos. Para que te recuperes sin ruido, sin gente entrando y saliendo. Yo te voy a cocinar. Yo te voy a cuidar.
Mi corazón se desplomó. Había vaciado la casa. Estaba totalmente a su merced.
—Ah… qué considerado —dije, forzando una sonrisa.
Me llevó a la habitación de huéspedes. Era un cuarto bonito, con vista al jardín trasero. Me ayudó a pasarme a la cama.
—Ponte cómoda. Voy a calentar la cena.
Cuando salió, lo primero que hice fue buscar mi bolsa. Necesitaba mi celular. Necesitaba hablar con alguien, con quien fuera. Buscar un abogado, un detective, algo.
Revisé la mesita de noche. Nada.
Revisé mi bolsa que traía del hospital. Ropa sucia, mis documentos de alta. Pero no había teléfono.
—¿Buscas esto?
Salté del susto. Igor estaba en la puerta, recargado en el marco, sosteniendo mi iPhone.
—Ah… sí. Quería ver si tenía mensajes de mi mamá. O ver la hora.
Igor negó con la cabeza, con una sonrisa paternalista que me dio ganas de vomitar.
—No, no, no. El doctor dijo “cero estrés”. Y tú, mi amor, eres adicta al trabajo. Si te doy el teléfono, en cinco minutos vas a estar intentando leer correos o viendo noticias de la bolsa.
—Pero Igor… solo quiero avisarle a mamá que ya llegué.
—Yo ya le avisé. Le dije que necesitas desconexión total. Le dije que el teléfono se perdió en la nieve.
—¿Qué?
—Es por tu bien, Marina. —Su voz se endureció un poco, perdiendo la dulzura fingida—. Necesitas desintoxicarte. Una semana sin pantallas. Solo tú y yo. ¿No te parece romántico?
Caminó hacia el armario del pasillo y guardó mi teléfono en la caja fuerte empotrada. Escuché el beep-beep-beep de la combinación electrónica.
—Descansa. Ahorita te traigo la cena.
Se fue.
Me dejé caer en la almohada, sintiendo cómo el pánico me cerraba la garganta.
Me había incomunicado.
Estaba encerrada en una casa con un hombre que quería matarme, sin teléfono, sin coche, sin poder caminar, y con las puertas cerradas.
“Piensa, Marina, piensa. No entres en pánico”.
Esa noche no dormí. Igor durmió arriba, en la recámara principal. Yo me quedé escuchando los ruidos de la casa. El refrigerador zumbando. Las vigas crujiendo.
Tenía que haber una forma.
A la mañana siguiente, la rutina comenzó. Igor bajó temprano, fresco, bañado, oliendo a loción. Me trajo el desayuno a la cama: huevos revueltos y jugo de naranja.
—Tengo que ir un par de horas a la oficina —dijo, revisando su reloj—. Unos asuntos urgentes de la constructora. Valeria va a venir a mediodía para traerte comida y hacerte compañía. No tardo. Te dejo la tele y unos libros.
—Está bien —dije mansamente.
—Ah, y cerré la puerta de la calle con llave, por seguridad. Sabes cómo está la inseguridad en la zona. Cualquier cosa, tienes el interfón para llamar a la caseta de vigilancia, pero solo para emergencias extremas, ¿ok?
Me dio un beso en la frente (sentí su saliva fría) y se fue.
Escuché el motor del coche alejarse.
En cuanto estuve segura de que se había ido, intenté levantarme. Mis pies dolían horrores al tocar el suelo, pero podía apoyarlos si me aguantaba las lágrimas. Me arrastré hasta la puerta de la habitación.
Necesitaba información.
Necesitaba pruebas.
La casa estaba en silencio. Fui a su despacho. Cerrado con llave.
Fui a la cocina. Busqué el teléfono fijo. No tenía línea. Lo había desconectado.
“Maldito paranoico”, pensé. Sabía lo que hacía. Me estaba aislando completamente para que mi “recuperación” fuera bajo sus términos.
Me senté en la sala, frustrada, mirando el jardín.
Y entonces, vi algo.
Sobre la mesa de centro de la sala, entre unas revistas de arquitectura, había una tablet. La iPad vieja de Igor. La que usaba para leer noticias en el baño.
Seguramente pensó que estaba descargada o que yo no la vería.
Me lancé sobre ella.
Presioné el botón.
Batería 12%. Suficiente.
Me pidió código.
Probé su cumpleaños: 1908. Error.
Probé nuestro aniversario: 1402. Error.
Probé el cumpleaños de Valeria: 2211.
Desbloqueado.
El asco me subió por la garganta. Tenía el cumpleaños de su amante como contraseña en su tablet personal.
No perdí tiempo indignándome. Fui directo a las aplicaciones. Correo, fotos, notas.
El correo estaba limpio. Igor era cuidadoso.
Pero entonces entré a la galería de fotos. Y ahí, en la carpeta de “Eliminados recientemente” (porque los idiotas siempre olvidan borrar la papelera), encontré el oro.
Había fotos de documentos.
Hice zoom.
Eran estados de cuenta de Textiles de la Garza.
Pero no eran los oficiales. Eran fotos de una pantalla de computadora con transferencias resaltadas.
Concepto: Asesoría Externa – Constructora Viga Real SA de CV.
Monto: $250,000.00 MXN.
Fecha: 15 de Noviembre.
Otra foto.
Monto: $320,000.00 MXN.
Fecha: 20 de Diciembre.
Viga Real. Esa era la empresa fantasma de Igor.
Deslicé más fotos.
Y encontré una foto de un documento legal escaneado.
“PÓLIZA DE SEGURO DE VIDA – GNP SEGUROS”
Asegurado: Marina del Carmen De la Garza.
Beneficiario Principal: Igor Lebrija (100%).
Suma asegurada: $17,000,000.00 MXN.
Firma de conformidad: Una garabato que intentaba ser mi firma, pero que tenía la inclinación equivocada.
Ahí estaba. La prueba del móvil.
Mi corazón latía tan fuerte que me dolían las costillas.
Tenía que mandar esto a alguien.
Abrí el navegador para entrar a mi correo web.
Pero mis dedos torpes, temblorosos por la adrenalina y el daño en los nervios, apretaron el ícono de “Grabadora de Voz” por error.
Iba a cerrarla cuando vi la lista de grabaciones.
Había una grabación nueva. De ayer en la noche.
“Memo: Plan B”
¿Qué era esto? ¿Igor grababa sus pensamientos? A veces lo hacía para ideas de arquitectura.
Le di play.
Se escuchó ruido de fondo. El sonido de un coche en movimiento. Era de cuando veníamos del hospital. O quizás de cuando él salió a comprar algo.
Luego, la voz de Igor. Y la voz de Valeria. Estaba hablando por el manos libres del coche.
—Voz de Igor: …sí, ya la tengo en casa. Está en el cuarto de huéspedes.
—Voz de Valeria: ¿Seguro que no sospecha nada? La noté rara en el hospital. Muy callada.
—Voz de Igor: Está dopada y asustada, Vale. No recuerda nada. Te lo juro. Se cree todo lo que le digo.
—Voz de Valeria: Bueno, ¿y ahora qué? No podemos dejarla ahí para siempre. Si recupera la memoria…
—Voz de Igor: Paciencia. Vamos a esperar un mes. Que se confíe. Que firme un par de cheques para “gastos operativos” que tú le vas a llevar. Necesitamos vaciar lo que queda de la cuenta operativa antes de… ya sabes.
—Voz de Valeria: ¿Cómo lo vamos a hacer esta vez? Nada de cabañas lejanas.
—Voz de Igor: No. Algo doméstico. Una caída en la escalera. O una sobredosis accidental de sus analgésicos. Es fácil confundirse con las pastillas cuando estás “deprimida” y “confundida”.
—Voz de Valeria: Tienes sangre fría, mi amor. Me encantas.
—Voz de Igor: Todo sea por nosotros. Y por los 17 millones. Te veo al rato.
La grabación terminó.
Me quedé mirando la pantalla negra.
Un mes.
Me habían dado una fecha de caducidad. Un mes para vaciarme las cuentas y luego tirarme por las escaleras o envenenarme.
Escuché el ruido de un motor afuera.
Un coche se estacionaba.
Miré por la ventana. Era el BMW de Valeria.
Venía a traerme la comida. Y venía a que le firmara los cheques.
“Mierda”.
Borré el historial de la tablet. Me temblaban las manos tanto que casi se me cae. La apagué y la dejé exactamente donde estaba, cuidando que el ángulo fuera el mismo.
Me arrastré de vuelta a mi habitación.
Me tiré en la cama y me cubrí con las sábanas hasta la barbilla.
Mi corazón iba a explotar.
El timbre sonó.
Luego el sonido de la llave en la cerradura. Ella tenía llave de mi casa. Por supuesto que tenía llave.
—¡Marina! ¡Ya llegué! —gritó Valeria desde la entrada con esa voz chillona y falsa alegría—. ¡Te traje sushi!
Cerré los ojos.
“Actúa, Marina. Actúa como si tu vida dependiera de ello. Porque depende de ello”.
Escuché sus tacones acercándose por el pasillo. Clac, clac, clac.
Sonaban como los clavos de mi ataúd.
La puerta se abrió.
—Hola, dormilona —dijo Valeria, asomándose—. ¿Cómo te sientes hoy?
Abrí un ojo, fingiendo despertar de una siesta profunda.
—Hola, Vale… —bostecé—. Me siento… un poco mareada. Pero bien.
Valeria entró, dejó las bolsas de comida en la mesa de noche y sacó una carpeta azul de su bolso Louis Vuitton.
—Qué bueno, nena. Oye, antes de comer, necesito un favorcito chiquito. Necesito que me firmes unos cheques para pagarle a los proveedores de telas. Ya sabes, los pagos de fin de mes. Si no pagamos hoy, nos cortan el crédito.
Me extendió un bolígrafo Montblanc y la carpeta abierta.
Ahí estaba. El primer paso del “Plan B”.
Miré el cheque. Estaba a nombre de un proveedor que no conocía: “Logística y Distribución Norte”.
Monto: $450,000.00 pesos.
Miré a Valeria. Ella sonreía, pero sus ojos estaban fijos en mi mano. Estaba tensa.
Si me negaba, sospecharía.
Si firmaba, les estaba regalando medio millón de pesos.
Tomé el bolígrafo. Mi mano temblaba (no tuve que fingir eso).
—¿Logística Norte? —pregunté inocentemente—. No me suena este proveedor.
Valeria no parpadeó.
—Son nuevos. Reemplazamos a los de Transportes López, ¿recuerdas? Eran muy caros. Estos son mejores. Firma aquí, ándale, que se me hace tarde para el banco.
Respiré hondo.
“Es solo dinero”, me dije. “El dinero va y viene. Tu vida no”.
Acerqué la pluma al papel.
Y firmé.
Pero no hice mi firma habitual. Hice un trazo ligeramente diferente. Una curva más cerrada en la “M”. Un punto que faltaba al final.
Una firma que, en un juicio futuro, un perito calígrafo podría cuestionar. O que el banco podría rechazar si miraban con atención.
Era una apuesta pequeña, pero era mi primera jugada ofensiva.
—Listo —dije, entregándole la carpeta.
Valeria revisó la firma. Pareció satisfecha.
—Perfecto, amiga. Eres la mejor. Ahora sí, a comer sushi.
Mientras ella abría los rollos de arroz y hablaba de chismes de la sociedad de San Pedro, yo la miraba y pensaba en la grabación.
“Una caída en la escalera”.
Comí mi sushi en silencio, masticando el arroz junto con mi odio.
Ya tenía la confirmación. Ya tenía el plan de ellos.
Ahora necesitaba el mío.
Necesitaba un aliado. Alguien fuera de esta casa. Alguien que no fuera amigo de Igor ni de Valeria.
Y entonces recordé un nombre.
Un nombre de mi pasado, antes de Igor. Antes de la empresa.
Un ex policía que ahora tenía una agencia de seguridad privada. Un hombre al que yo había ayudado una vez cuando su hija necesitaba una beca universitaria.
Licenciado Cárdenas.
Si lograba contactarlo, tenía una oportunidad.
Pero, ¿cómo? Sin teléfono, sin internet, encerrada.
Miré a Valeria, que estaba texteando en su celular distraídamente.
Su celular estaba sobre la cama, a centímetros de mi pierna.
—Vale —dije de repente, poniendo una mano en mi estómago y haciendo una mueca de dolor—. Ay…
—¿Qué pasa? —Ella levantó la vista, alarmada.
—Creo… creo que el wasabi me cayó mal. Tengo náuseas. Necesito ir al baño. ¡Rápido, ayúdame!
—Sí, sí, claro.
Valeria soltó el teléfono en la cama y se levantó para ayudarme. Me pasó un brazo por la cintura y me levantó.
—Vamos, despacio.
Caminamos hacia el baño que estaba dentro de la habitación.
—Déjame aquí, puedo sola —dije en la puerta, jadeando—. Espérame afuera, por favor. Me da pena que me oigas vomitar.
—Ok, ok. Estás pálida. Entra.
Entré al baño y cerré la puerta. Puse el seguro.
Metí la mano en el bolsillo de mi bata.
Ahí estaba.
En el segundo en que ella me levantó, con una maniobra de carterista que no sabía que poseía, había deslizado su iPhone dentro de mi bolsa.
Me recargué contra la puerta, temblando.
Tenía el teléfono de la enemiga.
Tenía cinco minutos antes de que ella se diera cuenta de que no estaba en la cama.
Abrí la tapa del inodoro y me senté.
El teléfono estaba bloqueado con FaceID.
Mierda.
Pero… Valeria tenía la misma contraseña para todo. Era una criatura de hábitos.
Probé el código que usaba para la alarma de la oficina: 0000. No.
Probé su fecha de nacimiento: 2211.
El teléfono se desbloqueó.
Mis dedos volaron sobre la pantalla.
No busqué a Cárdenas en Google. No había tiempo.
Me mandé un correo a mí misma, a una cuenta secreta que usaba para compras en Amazon que Igor no conocía, con una sola frase:
“Soy Marina. Estoy viva. Igor y Valeria intentaron matarme. Estoy prisionera en mi casa. Ayuda. Contacta a Cárdenas Investigaciones. NO LLAMES A MI CELULAR.”
Enviado.
Borré el correo de enviados.
Borré la aplicación de correo de las recientes.
Tiré de la cadena del baño para hacer ruido.
Salí del baño, pálida y sudorosa (esto era real).
—¿Mejor? —preguntó Valeria desde la cama. Estaba buscando su teléfono entre las sábanas, frunciendo el ceño.
—Sí… falsa alarma. Solo fue un retorcijón.
Caminé hacia la cama. Al sentarme, dejé caer el teléfono discretamente entre los cojines, cerca de donde ella estaba buscando.
—Ay, aquí está —dijo ella, encontrándolo—. Pensé que lo había perdido.
—Perdón, creo que lo pateé con las cobijas —dije débilmente.
Valeria guardó el teléfono en su bolsa.
—Bueno, amiga. Tengo que correr al banco antes de que cierren. Descansa. Mañana vengo a verte.
—Gracias, Vale. Te quiero. —Las palabras me supieron a ceniza.
—Yo también, tonta. Bye.
Salió de la habitación. Escuché la puerta de la calle cerrarse.
Me quedé sola en el silencio de la casa.
Me acosté y miré al techo.
La primera jugada estaba hecha. El mensaje estaba en la botella, lanzado al mar digital.
Ahora solo quedaba esperar. Y sobrevivir una noche más en la casa de los monstruos.
CAPÍTULO 4: LA CACERÍA SILENCIOSA
El silencio que siguió a la partida de Valeria fue más ensordecedor que la tormenta en la sierra. Me quedé tumbada en la cama de la habitación de huéspedes, mirando las vigas del techo, con el corazón latiendo en la garganta como un pájaro atrapado.
¿Se había enviado el correo?
¿Lo había visto?
¿Y si la cuenta de Amazon me pedía verificación de dos pasos al celular que estaba encerrado en la caja fuerte?
La paranoia es un ácido. Empieza lento, corroyendo la lógica, y pronto disuelve toda esperanza. Pasé las siguientes tres horas en un estado de catatonia fingida, pero mi mente trabajaba a revoluciones suicidas. Cada ruido de la calle —un camión de basura, un perro ladrando, el claxon de un repartidor— me hacía saltar.
Me miré las manos. Las vendas estaban limpias, pero debajo sentía el latido sordo de la carne quemada por el frío. Era un recordatorio constante: Eres frágil. No puedes correr. Si Igor decide entrar ahora con una almohada y asfixiarte, no tienes fuerza física para detenerlo.
Mi única arma era mi cerebro. Y ese correo electrónico enviado al vacío.
A las 7:00 PM, escuché el motor del Audi de Igor entrar en la cochera. El sonido de la puerta automática cerrándose fue como el sello de una tumba.
Escuché sus pasos pesados en el pasillo. Clac, clac, clac.
Se detuvo frente a mi puerta. Giró la perilla.
—¿Hola? —su voz era suave, cautelosa.
Me acomodé rápido la almohada y puse mi mejor cara de “esposa convaleciente y confundida”.
—Aquí estoy, Igor.
Entró con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Traía una bolsa de farmacia y una charola con sopa.
—¿Cómo te fue con Valeria? —preguntó, dejando la charola en la mesa de noche. Me escrutó la cara, buscando señales. ¿Le habría dicho Valeria algo sobre el momento en el baño? ¿Habría notado ella que su teléfono fue manipulado?
—Bien… —dije, con voz débil—. Me trajo sushi, pero me cayó un poco pesado. Creo que vomité el wasabi.
Igor asintió, relajándose visiblemente.
—Sí, me comentó que te sentiste mal del estómago. Pobre de mi niña. Te traje esto. —Sacó una caja de pastillas de la bolsa de farmacia—. El doctor Salazar me mandó un mensaje. Dijo que para el dolor de las quemaduras y para que descanses mejor, te recetó esto. Es un relajante muscular fuerte combinado con analgésico.
Me mostró el blíster. Las pastillas eran azules, pequeñas. No venían en una caja comercial, sino en un frasco genérico de farmacia de preparados magistrales. Sin etiqueta clara.
—¿Ah, sí? —pregunté, sintiendo un frío en la nuca—. No recuerdo que me recetara eso en el hospital.
—Es nuevo. Me lo dio su colega. —Igor sacó una pastilla y destapó una botella de agua—. Ándale, tómatela. Te va a ayudar a dormir. Necesitas dormir mucho para que el cerebro se repare.
Me puso la pastilla en la palma de la mano vendada.
La miré. Era azul cobalto.
¿Qué era? ¿Sedante para caballos? ¿Veneno de acción lenta? ¿O simplemente algo para mantenerme zombi y dócil mientras ellos vaciaban las cuentas?
Igor se quedó ahí, de pie, mirándome. Esperando.
No podía negarme. Una esposa sumisa y amnésica confía en su marido. Si me negaba, rompía el personaje. Si la tomaba, podía no despertar.
—Gracias, amor —dije.
Me llevé la pastilla a la boca.
Igor observaba mis labios.
Tomé un trago largo de agua. Hice el gesto de tragar, moviendo la garganta exageradamente.
Pero la pastilla no bajó. Con una maniobra que había visto mil veces en películas y que recé para que funcionara, deslicé la pastilla con la lengua hacia el hueco entre mi mejilla y mis muelas superiores.
—Abre la boca, a ver si ya pasó —bromeó Igor.
Mi sangre se heló. ¿Sospechaba?
—Ay, Igor, qué asco —me reí, una risa tonta y nerviosa—. Ya me la pasé. ¿Quieres ver mi garganta como si fueras el doctor?
Él se rió también, una risa seca.
—No, no. Solo bromeaba. Come tu sopa. Voy a estar en el estudio trabajando un rato. Cualquier cosa grítame.
Me dio un beso en la frente.
Salió y cerró la puerta. Pero no le puso seguro. Pequeña victoria.
En cuanto escuché sus pasos alejarse, escupí la pastilla azul en mi mano. Estaba un poco disuelta y amarga. La envolví en un pañuelo desechable y la metí en el fondo de mi bolsa de cosméticos, dentro de un tubo de rímel vacío.
“Maldito”, pensé. “Me quieres drogar”.
Esa noche, la casa se sumió en el silencio.
Esperé.
Esperé a que los ruidos de arriba cesaran. Igor solía ver televisión hasta tarde, pero hoy, quizás cansado por su doble vida, apagó todo a las 11:00 PM.
Esperé una hora más. Las 12:00 AM.
Esperé otra. La 1:00 AM.
El dolor en mis pies era agudo, palpitante. El ibuprofeno que me habían dado en el hospital ya no hacía efecto, y no me había tomado la pastilla misteriosa de Igor. Pero el dolor era mi aliado. Me mantenía despierta.
A las 2:00 AM, me deslicé de la cama.
El piso estaba frío. Caminé apoyándome en los talones, evitando apoyar las puntas de los dedos quemados. Era una caminata ridícula, de pingüino herido, pero silenciosa.
Salí al pasillo. La casa estaba en penumbra, solo iluminada por la luz naranja de las farolas de la calle que se filtraba por las cortinas.
Fui a la sala.
Ahí estaba la tablet. En el mismo lugar. Igor no la había movido.
“Por favor, que tenga batería. Por favor, que haya internet”.
La encendí. 8% de batería.
El brillo de la pantalla me pareció un faro en la oscuridad. Bajé el brillo al mínimo.
Me conecté al WiFi.
Entré a la cuenta secreta de correo.
Actualizando…
Bandeja de entrada (1).
Casi grito. Me tapé la boca con la mano para ahogar el sollozo.
Había una respuesta.
El remitente era “Seguridad Privada C.”
Asunto: Re: Soy Marina.
Abrí el correo.
“Señora Marina. Recibí su mensaje. No use este medio otra vez, es inseguro si él tiene acceso al router. Entendido la situación. Estoy activando protocolo de emergencia.
No salga. No confronte. Siga actuando.
Mañana a las 10:00 AM habrá un corte de internet en su zona. Un técnico de la compañía irá a revisar. Es mi hombre. Déjelo entrar o asegúrese de que su esposo lo deje entrar.
Borre este mensaje. Borre el historial. Vuelva a la cama.
Estamos con usted. No está sola.”
Leí el mensaje tres veces.
“No está sola”.
Esas tres palabras fueron el combustible que necesitaba para no derrumbarme. Cárdenas, el viejo sabueso, no me había fallado.
Borré el correo. Borré la papelera. Borré el historial.
Dejé la tablet exactamente en el ángulo en que la encontré, alineada con el borde de la revista Architectural Digest.
Regresé a mi habitación. Me metí en la cama.
Y por primera vez en días, dormí dos horas seguidas.
El día siguiente amaneció nublado.
Igor estaba de mal humor.
—Maldita sea, no hay internet —lo escuché gritar desde el estudio a las 9:30 AM—. ¡Tengo que mandar los planos de la licitación!
Sonreí bajo las sábanas. Cárdenas era puntual.
Igor entró a mi habitación con el teléfono en la oreja, esperando en línea con el servicio técnico.
—Buenos días, nena. Perdón por los gritos. Esta porquería de servicio siempre falla cuando más lo necesito.
—¿No hay internet? —pregunté, inocente—. Quería ver Netflix.
—No, no hay nada. Ya estoy reportando. Dicen que hay una falla masiva en la colonia, pero que tienen una cuadrilla cerca.
A las 10:15 AM, el timbre de la puerta sonó.
Igor corrió a abrir.
Escuché voces en la entrada.
—Buenos días, ingeniero. Vengo de Totalplay. Nos reportaron caída de fibra óptica en el sector. Necesito checar su módem y la bajada del poste.
—Pásale, pásale. Me urge. El módem está en la sala.
Mi corazón empezó a galopar. Me senté en la cama, alisándome el cabello. Tenía que ver al técnico. Tenía que hacer contacto.
—¡Igor! —llamé—. ¿Quién es?
Igor asomó la cabeza.
—Es el técnico del internet, amor. No te levantes.
—Necesito agua, se me acabó la botella. Voy a la cocina.
Me levanté antes de que pudiera detenerme. Caminé con mi andar de pingüino hacia la sala.
Ahí estaba.
Un hombre joven, moreno, con el uniforme azul de la compañía de internet, casco y cinturón de herramientas. Estaba agachado revisando el módem detrás de la televisión. Igor estaba de pie junto a él, supervisando como halcón.
—Señora, buenos días —dijo el técnico, mirándome rápido. Sus ojos eran intensos, inteligentes. No eran ojos de técnico aburrido.
—Hola —dije.
Caminé hacia la cocina, que estaba conectada a la sala por una barra abierta.
—Oiga, jefe —dijo el técnico a Igor—. La señal no llega al módem. El problema está en el registro de afuera o en el poste. Necesito que me acompañe afuera para que me abra el registro del jardín, a ver si no se mordieron los cables los perros o algo.
Igor dudó. Miró al técnico, me miró a mí.
—¿No puedes ir tú solo?
—Es que está dentro de su propiedad, jefe. Y necesito que alguien cheque aquí adentro si prenden los foquitos cuando yo mueva el cable afuera. Si quiere que se quede la señora checando…
Igor me miró. Yo estaba sirviéndome agua, temblando visiblemente.
—No, ella no sabe de esto. Está enferma. —Igor suspiró, exasperado—. Está bien, vamos. Pero rápido.
—Sí, jefe.
El técnico se levantó. Al pasar junto a la barra de la cocina, donde yo estaba, hizo un movimiento rápido.
Se “tropezó” ligeramente con la alfombra.
—Ay, perdón.
Se apoyó en la barra, justo frente a mí.
En ese segundo, mientras Igor ya caminaba hacia la puerta principal dándonos la espalda, el técnico me miró a los ojos y abrió la mano sobre la barra de granito.
Dejó caer un objeto pequeño, negro, del tamaño de una moneda de diez pesos. Y un papelito doblado minúsculo.
—Con permiso —dijo, y siguió a Igor hacia la salida.
Mi mano cubrió el objeto instantáneamente. Lo deslicé dentro de la manga de mi pijama.
Mi corazón tronaba en mis oídos.
Esperé a que salieran al jardín. Los vi por el ventanal. Igor estaba de brazos cruzados, mirando cómo el técnico abría una caja de registro en el pasto.
Fui al baño de visitas de la planta baja. Cerré con seguro.
Saqué el objeto.
Era un micrófono espía. Pequeño, magnético.
Desdoblé el papelito.
Letra manuscrita apresurada:
“Pégalo debajo del escritorio del estudio o en la cabecera de su cama. Transmite directo a nuestra camioneta afuera. Batería 48 horas. Estamos grabando. Sigue el juego.”
Tiré el papel al inodoro y le bajé.
Miré el micrófono. Era mi salvación y mi condena. Si Igor lo encontraba, me mataba hoy mismo.
Tenía que plantarlo. Y tenía que ser en el estudio. Ahí es donde hacían las llamadas. Ahí es donde estaba la caja fuerte. Ahí es donde estaba la verdad.
Pero el estudio estaba cerrado con llave.
Salí del baño.
Escuché a Igor y al técnico volver a entrar.
—Listo, jefe. Ya quedó la conexión. Era un empalme sulfatado afuera.
—A ver… —Igor revisó su celular—. Ya, ya tengo WiFi. Perfecto. Gracias.
—Que tenga buen día. Con permiso, señora.
El técnico me hizo un guiño imperceptible y salió.
Me quedé sola con Igor… y con el micrófono ardiendo en mi bolsillo.
—Bueno, ya tengo internet —dijo Igor, más relajado—. Voy a trabajar. ¿Necesitas algo?
—No, estoy bien. Voy a leer un rato en el jardín, si me ayudas a salir. Necesito sol.
Igor asintió. Me ayudó a salir a la terraza y me sentó en un camastro.
—Ahorita te traigo una limonada.
Entró a la casa.
Lo vi dirigirse al estudio.
“Mierda, va a encerrarse ahí todo el día”.
Pasaron dos horas. Yo estaba en el jardín, fingiendo leer, pero en realidad observando la casa.
A las 12:30 PM, el timbre sonó de nuevo.
Era un repartidor de Amazon.
Igor salió del estudio para recibir el paquete.
Dejó la puerta del estudio entreabierta.
Esta era mi oportunidad.
Era una locura. Mis pies dolían. Tenía que cruzar la sala, entrar al estudio, pegar el micrófono y salir antes de que él firmara de recibido y volviera.
Calculé el tiempo. Un minuto. Tal vez minuto y medio si el repartidor era lento.
Me quité las pantuflas. Descalza era más silenciosa, aunque dolía más.
Me levanté del camastro.
Igor estaba en la puerta principal, de espaldas, discutiendo algo con el repartidor.
—No, este paquete no es mío, es del vecino…
Corrí.
Bueno, cojeé rápido. Un trote doloroso y patético.
Crucé la sala.
Entré al estudio.
Olía a encierro y a la loción de Igor.
Su escritorio era una mesa de caoba pesada.
Me agaché. El dolor en las rodillas y pies fue agudo.
Busqué la parte inferior del escritorio con la mano.
Pegué el micrófono en la madera, cerca de donde él se sentaba, oculto por el cajón central.
Se adhirió con un clic magnético suave.
—¡Gracias! —escuché a Igor decir en la entrada.
¡Ya venía!
Me levanté. Me giré para salir.
Pero mis pies fallaron. Mi pie derecho, entumido, se atoró con la alfombra persa del estudio.
Tropecé. Me agarré del librero para no caer.
Un libro se movió. Hizo ruido.
Igor cerró la puerta de la calle.
—¿Marina?
Me quedé congelada en medio del estudio. No me daba tiempo de salir. Si me veía ahí, sabría que estaba husmeando.
Mi mente buscó una excusa. ¿Qué hago aquí?
Vi una foto nuestra en el librero. Una foto vieja, de cuando éramos novios.
La tomé en mis manos.
Igor apareció en la puerta. Se detuvo en seco al verme. Su cara se oscureció.
—¿Qué haces aquí, Marina? —su voz era baja, peligrosa. Ya no era el marido dulce. Era el carcelero. —Te dije que no entraras aquí. Tengo documentos confidenciales de la obra.
Me giré lentamente hacia él, abrazando el portarretratos contra mi pecho.
Dejé que mis ojos se llenaran de lágrimas.
—Perdón… —sollocé—. Estaba buscando el baño y me perdí… y vi esta foto desde la puerta.
Se la mostré con manos temblorosas.
—Mira qué jóvenes nos vemos, Igor. ¿Dónde fue esto? ¿Por qué ya no me miras así?
Igor parpadeó. La sospecha en su rostro luchó con la confusión. Mi actuación apelaba a su ego. A su vanidad.
—Estaba triste afuera… —continué, improvisando—. Sentí que te estabas alejando de mí. Quería… quería sentirte cerca.
Igor suspiró. La tensión bajó un grado.
Se acercó y me quitó la foto de las manos.
—Eso fue en Guanajuato. Hace diez años.
La puso de vuelta en el estante.
Me tomó de los brazos. Su agarre fue firme, casi doloroso.
—Marina, no puedes andar deambulando así. Te puedes lastimar. Y aquí hay cosas de trabajo que no debes tocar. ¿Entendido?
—Sí… perdón. Solo quería verte.
Me acompañó fuera del estudio. Cerró la puerta y, esta vez, echó llave.
Escuché el clac del cerrojo.
Pero ya era tarde.
El micrófono estaba adentro. El caballo de Troya estaba en su fortaleza.
Esa tarde, volví a mi habitación. Me puse los audífonos de mi viejo iPod (que encontré en un cajón) solo para aislarme, aunque no escuchaba música.
A las 5:00 PM, Valeria llegó.
—¡Hola, familia! —gritó desde la entrada.
Entró con bolsas de El Palacio de Hierro.
—Le traje ropa nueva a la enferma, para que se anime.
Igor y ella se sentaron en la sala a tomar café. Yo me quedé en mi cuarto, alegando dolor de cabeza.
Pero sabía que Cárdenas estaba escuchando. Sabía que en una camioneta allá afuera, un hombre con audífonos estaba grabando cada palabra.
Y no me decepcionaron.
Como las paredes de la casa eran delgadas, y yo tenía el oído agudizado por el miedo, alcancé a escuchar fragmentos reales, pero sabía que la grabación sería nítida.
—¿Firmó los cheques? —preguntó Igor.
—Sí, aquí están. Medio millón ya transferido a la cuenta de Caimán —respondió Valeria. —Oye, ¿te tomaste la molestia de revisar si la firma está bien? La noté un poco temblorosa.
—Está bien, el banco no va a decir nada. Eres la apoderada legal adjunta.
—¿Y el tema de la… medicina? —Valeria bajó la voz.
—Le di la primera dosis ayer. Pero creo que la escupió o no le hizo efecto, estaba muy despierta hoy. Voy a aumentar la dosis. Esta noche le voy a dar dos en el té.
—Ten cuidado, Igor. No queremos que parezca suicidio todavía. Tiene que parecer un accidente por mareo.
—Lo sé. Mañana voy a encerar las escaleras de madera. Y le voy a pedir que suba a mi cuarto por algo. Con las pastillas y el piso resbaloso… un mal paso y cuello roto. Fin de la historia.
Me tapé la boca con la almohada para no gritar.
Mañana.
El plan era mañana.
Las escaleras enceradas. El “accidente”.
Mi tiempo se había acabado. Ya no tenía un mes. Tenía horas.
Pero ahora tenía la grabación. Cárdenas la tenía.
Tenía la prueba del intento de asesinato premeditado.
Esperé en mi cama, sintiendo cómo el atardecer caía sobre la casa.
A las 8:00 PM, Igor entró.
Traía una taza de té humeante. Olía a manzanilla y miel.
—Te traje un tecito, amor. Para que duermas rico. Le puse dos pastillitas molidas, para que no te cueste pasarlas.
Sonrió. Era la sonrisa de la muerte.
—Gracias, Igor. Eres un ángel.
Tomé la taza.
—Me lo tomo en un ratito, que se enfríe.
—No, tómatelo caliente. Hace efecto mejor.
Se sentó en la orilla de la cama. No se iba a ir. Iba a verme beberlo.
Estaba acorralada.
Miré la taza. Miré a Igor.
—Oye, ¿podrías traerme unas galletas? Tengo un antojo horrible de galletas Marías.
Igor rodó los ojos, impaciente.
—Marina, tómatelo ya.
—Por favor, gordito. Solo unas galletas. No me gusta el té solo.
Él bufó.
—Está bien. Ya voy. Pero cuando vuelva te lo tomas de un trago.
Se levantó y fue a la cocina.
Tenía diez segundos.
No había plantas donde echar el té. No había baño cerca.
Miré a mi alrededor.
Mis botas de invierno estaban en el rincón, con un par de calcetines gruesos hechos bola adentro.
Vertí el té dentro de mi bota derecha, sobre el calcetín de lana que absorbería el líquido.
Puse la taza vacía en la mesita, con solo un fondito de líquido y espuma.
Igor volvió con las galletas.
Miró la taza vacía.
—¿Ya?
—Tenía sed —dije, sonriendo con la boca manchada de miel—. Estaba delicioso.
—Perfecto —dijo él. Me miró con una satisfacción depredadora—. Duerme bien, Marina. Mañana va a ser un gran día.
Salió y apagó la luz.
Me quedé en la oscuridad, escuchando cómo mi bota goteaba imperceptiblemente.
Mañana sería un gran día, sí.
Pero no para él.
Me acosté, pero no cerré los ojos.
Sabía que Cárdenas tenía la grabación. Sabía que “mañana” sería el día del enfrentamiento. Pero no sabía cómo iba a suceder.
Lo que sí sabía era que la Marina que temblaba de miedo se había ido.
En su lugar, había una mujer que estaba contando los minutos para ver caer el hacha.
La cacería había terminado. La ejecución estaba por comenzar.
CAPÍTULO 5: UN PASO EN FALSO
La noche fue eterna, pero el amanecer trajo un olor inconfundible. No olía a café, ni a pan tostado.
Olía a cera.
A Pledge de limón, pero en cantidades industriales.
Estaba acostada en la cama de la habitación de huéspedes, con los ojos entreabiertos, fingiendo el sopor de las drogas que supuestamente había ingerido la noche anterior. Mi cuerpo estaba rígido bajo las sábanas, cada músculo tenso, listo para reaccionar.
Escuché los pasos de Igor en la escalera. No eran sus pasos normales. Eran pasos de trabajo. Subía y bajaba, frotando. Swish, swish, swish. Estaba puliendo los escalones de madera barnizada.
La escalera de nuestra casa era una pieza arquitectónica hermosa, sin barandales en un lado para darle un toque “moderno y abierto”, y con escalones flotantes. Una trampa mortal perfecta si el piso estaba resbaloso y la víctima estaba mareada.
A las 9:00 AM, la puerta de mi habitación se abrió.
Igor entró. Vestía ropa casual, pero se le veía sudoroso, con esa energía nerviosa de quien está a punto de cometer un crimen.
—¡Buenos días, bella durmiente! —su voz era demasiado alta, demasiado alegre—. ¿Cómo amaneciste?
Me moví lentamente, soltando un gemido ronco. Me pasé la mano por la cara, estirando la actuación.
—Mmm… mareada —balbuceé, arrastrando las palabras—. Tengo la boca seca, Igor. Me siento… pesada.
—Es normal, es por las pastillas. Pero te ves más descansada. —Se acercó y se sentó en la orilla de la cama. Me acarició la mejilla. Sus dedos estaban fríos—. Oye, te tengo una sorpresa.
—¿Sorpresa? —pregunté, parpadeando con dificultad.
—Sí. Arriba, en nuestro cuarto. Encontré el álbum de fotos de la boda que creí perdido. Pensé que te gustaría verlo, para ayudarte con la memoria. Ven, sube conmigo.
Ahí estaba. La invitación al matadero.
Mi corazón empezó a golpear contra mis costillas. Thump-thump-thump.
Si subía esa escalera, no bajaría viva. Un empujón “accidental”, una caída de tres metros sobre el piso de mármol de la entrada, y todo terminaría. “La pobre resbaló por los calcetines y la medicación”. Caso cerrado.
—Ay, Igor… qué lindo —dije, tratando de sonar conmovida pero físicamente incapaz—. Pero… no sé si pueda levantarme. Las piernas se me duermen.
—Yo te ayudo, nena. Vamos, es importante. Necesitas moverte un poquito para que circule la sangre. —Me agarró del brazo y tiró de mí con insistencia. No fue un gesto cariñoso; fue fuerza bruta disfrazada.
Me obligó a sentarme. El cuarto me dio vueltas (y no era actuación, el estrés me estaba mareando de verdad).
—Vamos —dijo él, poniéndome de pie.
Me apoyé en él, dejando caer todo mi peso muerto.
—Igor, de verdad… me siento muy mal.
Caminamos hacia la puerta. O más bien, él me arrastró. Salimos al pasillo.
Frente a nosotros, la escalera brillaba como un espejo. Literalmente podía ver el reflejo de la lámpara del techo en los escalones. Había usado tanta cera que eso no era un piso, era una pista de patinaje.
—Ándale, un escalón a la vez —dijo Igor, empujándome suavemente hacia el primer peldaño. Se colocó detrás de mí. La posición perfecta para empujar sin dejar marcas.
Miré el primer escalón.
Era el abismo.
“Piensa, Marina. Piensa”.
Levanté el pie derecho, temblando. Igor contuvo el aliento. Podía sentir su ansiedad vibrando en su espalda. Estaba listo.
Apoyé el pie.
Y entonces, me dejé caer.
No hacia adelante. No hacia la escalera.
Me desplomé hacia atrás, hacia él, como un costal de papas, gritando:
—¡Ay, mis piernas!
Mi peso repentino lo tomó por sorpresa. Igor trastabilló hacia atrás. Caimos juntos al suelo del pasillo de la planta baja, yo encima de él.
—¡Mierda! —gritó Igor, golpeándose la cabeza contra la pared.
Me quedé tirada en el piso, gimiendo, haciéndome la muerta (o la desmayada).
—¡No puedo! ¡No me responden las piernas! —lloré, aferrándome a la alfombra del pasillo, lejos de la cera mortal—. ¡Me duelen mucho! ¡No me hagas subir, por favor!
Igor me empujó para quitarme de encima. Se puso de pie, rojo de furia y frustración. Se sobaba la nuca.
Miró la escalera inmaculada. Su trampa perfecta había fallado porque la víctima era “demasiado inútil” para entrar en ella.
—¡Maldita sea, Marina! —se le escapó.
—Perdón, perdón… —sollocé, escondiendo la cara entre las manos para que no viera mis ojos alertas—. Es que estoy muy débil. Llévame a la cama, por favor. No quiero ver fotos. Quiero dormir.
Igor respiró hondo, tratando de recuperar la compostura. Cerró los puños. Por un segundo, vi en su cara las ganas de patearme ahí mismo en el suelo. Pero sabía que eso dejaría hematomas inexplicables. Necesitaba un accidente limpio.
—Está bien —gruñó, con la voz tensa como un cable de acero—. Regresa a la cama. Voy a llamar a Valeria para que venga a ayudarte. Yo tengo que… limpiar algo.
Me arrastré de vuelta a mi habitación, literalmente a gatas, humillándome para sobrevivir.
En cuanto cerré la puerta, me levanté y pegué la oreja a la madera.
Escuché a Igor marcar un número.
—¡Contesta, chingada madre! —gritó al teléfono—. Valeria. El plan A valió madres. No puede subir. Está como bulto. No, no puedo cargarla y tirarla, sería obvio… Sí, ven para acá. Necesitamos otra opción. Ya. Me estoy desesperando.
Sonreí en la oscuridad.
Punto para Marina.
Valeria llegó a la 1:00 PM.
El ambiente en la casa era tóxico. Igor estaba sentado en la sala, bebiendo whisky (a plena luz del día), mirando la escalera encerada con odio. Valeria entró con su aire de eficiencia ejecutiva, pero noté las grietas en su armadura. Estaba nerviosa.
Yo estaba en la cama, de nuevo con mi pose de inválida.
Valeria entró a mi cuarto sin tocar.
—Hola, amiga. Igor dice que tuviste un… percance.
—Me caí —susurré—. Quería ver las fotos de la boda, pero mis piernas no funcionan. Creo que las pastillas son muy fuertes.
Valeria se sentó. Me miró con desprecio apenas disimulado.
—Quizás necesitas aire fresco, Marina. Estar encerrada aquí te está atrofiando.
—Sí… —dije, y entonces vi la oportunidad. El plan original de ellos había fallado. Estaban improvisando. Necesitaban un lugar aislado. Y yo necesitaba sacarlos de esta casa, donde controlaban el entorno, para llevarlos a un terreno neutral donde Cárdenas pudiera operar.
Tenía que ser idea mía. O al menos, tenía que parecerlo.
—Sabes… —empecé, con la mirada perdida—. He estado soñando con el bosque.
Valeria se tensó.
—¿El bosque?
—Sí. No recuerdo qué pasó en la tormenta… pero tengo una sensación de paz cuando pienso en pinos. —Hice una pausa dramática—. Me siento muy encerrada aquí, Vale. Esta casa se siente… fría. Extraña.
Miré a Valeria a los ojos.
—¿Crees que podríamos ir algún lado? Un fin de semana. Como antes. Tú, Igor y yo. A algún lugar bonito, con chimenea. Quizás eso me cure.
Valeria parpadeó. Vi los engranajes de su mente sociópata girar a toda velocidad.
Yo les estaba ofreciendo la solución en bandeja de plata.
Llevarme a un lugar aislado. “Paz y tranquilidad”.
Un paseo por el bosque. Un barranco. Un resbalón trágico durante una caminata de rehabilitación.
Mucho más fácil que explicar una caída en la escalera de casa.
—Es una idea maravillosa, Marina —dijo Valeria, y una sonrisa genuina (y malvada) iluminó su cara—. De hecho, Igor y yo estábamos pensando lo mismo. Te vendría bien cambiar de aires.
—¿De verdad? —pregunté con esperanza infantil.
—Sí. Déjame hablar con él. Conozco un lugar perfecto. Unas cabañas de lujo en la Sierra de Santiago. Privadas. Tranquilas.
Salió de la habitación casi corriendo.
Escuché sus murmullos excitados en la sala con Igor.
—¡Es perfecto, idiota! ¡Ella misma lo pidió!
—¿Sierra de Santiago? —preguntó Igor.
—Sí, las cabañas “El Silencio”. Están en un acantilado. Tienen jacuzzi en la terraza. Una copa de más, un piso mojado, una caída al vacío… o simplemente se ahogó en el jacuzzi por quedarse dormida. Nadie sospechará nada.
—¿Cuándo nos vamos?
—Mañana mismo. Viernes. Fin de semana trágico.
Regresé a mi cama.
Ya estaba hecho. Habían mordido el anzuelo.
Ahora tenía que avisarle a Cárdenas.
Sabía que Cárdenas estaba escuchando a través del micrófono en el estudio, pero ellos estaban hablando en la sala. No estaba segura de si el micrófono captaba hasta allá.
Necesitaba confirmar el destino.
“Cabañas El Silencio. Sierra de Santiago.”
Esperé a que Igor entrara al estudio. Lo hizo media hora después, probablemente para reservar.
Me levanté y fui al baño. Saqué el papelito que el técnico me había dado (que ya había tirado, pero recordé que el técnico me dio instrucciones, no un medio de comunicación).
Cárdenas dijo: “Estamos grabando”.
Tenía que hablarle al micrófono.
Pero el micrófono estaba dentro del estudio, con Igor.
¿Cómo le hago llegar el mensaje?
Entonces recordé el iPad.
Igor lo había dejado en la sala.
Fui a la sala, cojeando. Igor estaba en el estudio, hablando por teléfono: “¿Tiene disponibilidad para la cabaña principal? Sí, la que está en la orilla. Perfecto.”
Tomé el iPad. 5% de batería. Mierda.
Lo encendí.
Entré al correo secreto.
Escribí rápido:
“Cabañas El Silencio. Sierra de Santiago. Mañana viernes. Van a intentar ahogarme o tirarme. Estén ahí.”
Enviado.
Borré todo.
Dejé el iPad.
Al darme la vuelta, choqué con Valeria.
Se había materializado detrás de mí como un fantasma.
Di un grito ahogado.
—¡Ay!
Valeria me miraba. Miró el iPad en la mesa. Luego me miró a mí.
Su mirada era de hielo puro.
—¿Qué hacías con el iPad, Marina? —preguntó, suavemente.
Mi corazón se detuvo.
—Yo… —balbuceé—. Quería ver si tenía fotos. Igor dijo que había fotos…
—El iPad no tiene batería, Marina —dijo ella, tocando la pantalla negra—. Y tú no sabes la contraseña.
—Estaba apagada —dije rápido, improvisando el papel de tonta—. Traté de prenderla pero no supe cómo. Solo quería ver fotos de nosotros. Me siento muy sola.
Valeria me sostuvo la mirada unos segundos eternos. Estaba evaluando. ¿Me creía? ¿O sospechaba que mi amnesia era una farsa?
Finalmente, sonrió. Una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—Pobrecita. Estás desesperada por recordar, ¿verdad?
—Sí… —bajé la cabeza.
—No te preocupes. Mañana nos vamos a las cabañas. Allá vas a tener mucho tiempo para… reflexionar. Y te prometo que va a ser un viaje inolvidable.
Me agarró del brazo, clavando sus uñas largas en mi piel a través de la bata.
—Vamos a la cama. Necesitas guardar fuerzas.
Me llevó al cuarto como una carcelera.
Esa noche, no dormí ni un segundo. Sabía que Valeria sospechaba. Sabía que el viaje de mañana era un viaje de solo ida para uno de nosotros.
O regresaba yo viuda y sin amiga, o no regresaba nadie.
Viernes por la mañana.
El día estaba despejado, irónicamente hermoso.
Igor cargó las maletas en la camioneta de Valeria (mi Grand Cherokee seguía “desaparecida” y el Audi de Igor era muy bajo para la sierra).
Me sentaron en el asiento trasero.
—Ponte cómoda, nena. Son dos horas de camino.
Valeria iba de copiloto. Igor manejaba.
La dinámica en el coche era escalofriante. Ponían música pop, cantaban, hacían chistes sobre el tráfico. Parecían dos universitarios yéndose de fiesta. Ignoraban por completo que llevaban a una mujer “convaleciente” atrás, excepto para preguntarme de vez en cuando: “¿Vas bien?”
Yo miraba por la ventana, memorizando la ruta. Carretera Nacional. Cola de Caballo. La subida a la sierra.
Cada curva me recordaba a la noche de la tormenta. El miedo intentó apoderarse de mí, pero lo aplasté.
“No eres la víctima”, me repetí. “Eres el cebo”.
Llegamos a las cabañas a mediodía.
El lugar era espectacular. “El Silencio” hacía honor a su nombre. Eran cabañas de madera y cristal incrustadas en la ladera de una montaña, rodeadas de bosque denso. Nuestra cabaña, la número 1, estaba en la parte más alta, literalmente colgada sobre un barranco profundo.
La vista era impresionante. Y aterradora.
—Mira qué vista, Marina —dijo Igor, señalando el vacío—. Te va a encantar sentarte en la terraza.
Entramos. La cabaña era lujosa. Chimenea central, pieles en el suelo, y un jacuzzi enorme en el deck exterior, humeante, al borde del abismo.
—Voy a bajar las maletas —dijo Igor.
—Yo voy a preparar unos tragos —dijo Valeria—. ¿Marina, quieres una margarita?
—Solo agua, gracias. Las pastillas…
Me senté en un sillón frente al ventanal.
Busqué con la mirada. ¿Dónde estaba Cárdenas?
El bosque era denso. Podían estar en cualquier parte. O podían no haber llegado.
¿Y si el correo no salió? ¿Y si Valeria me vio y lo borró después?
La duda me carcomía.
—Aquí tienes tu agua —Valeria me puso un vaso enfrente.
No bebí.
Igor entró con las maletas.
—Bueno, a relajarnos.
El ambiente era tenso. Ellos querían hacerlo rápido. Lo notaba en su impaciencia.
—Marina, ¿por qué no salimos a la terraza? El aire está delicioso —sugirió Igor.
—Hace frío —dije.
—Te presto mi chamarra. Vamos.
Me levanté. No tenía opción. Si me negaba, me arrastrarían.
Salimos al deck de madera. El viento soplaba fuerte. Abajo, a cien metros, se veían las copas de los pinos y rocas afiladas.
Igor se recargó en el barandal. Parecía sólido, pero…
Valeria salió con su copa de vino.
—Brindemos —dijo ella—. Por los nuevos comienzos.
Igor me miró. Su mirada cambió. Ya no había dulzura fingida. Había una finalidad fría.
—Sí. Por los finales necesarios.
Se acercaron a mí. Los dos.
Me acorralaron contra el barandal.
—Sabes, Marina —dijo Igor, dejando de actuar—. Es una lástima que hayas sobrevivido a la tormenta. Nos hubieras ahorrado muchas molestias.
Dejé de fingir.
Me enderecé. Solté mi postura de inválida. Me erguí en toda mi estatura.
Los miré a los ojos, uno por uno.
—Lo sé —dije, con voz clara y firme.
Ellos se detuvieron, sorprendidos por el cambio de tono.
—¿Qué? —preguntó Valeria.
—Dije que lo sé. Sé que intentaron matarme. Sé del seguro de 17 millones. Sé que son amantes desde hace dos años. Y sé que me han estado robando.
El silencio fue absoluto. Solo el viento aullaba.
Igor se puso pálido, luego rojo de ira.
—¡Perra! —gruñó—. ¿Estuviste fingiendo?
—Cada segundo —escupí—. ¿Disfrutaste mi actuación, Igor? Creo que fue mejor que la tuya.
Valeria soltó una carcajada histérica.
—¡Te lo dije! —le gritó a Igor—. ¡Te dije que sabía! ¡Maldita sea!
Se volvió hacia mí, con los ojos inyectados en locura.
—Pues qué estúpida eres, Marina. Si sabías, debiste huir. Ahora estamos aquí, solos, en medio de la nada. Nadie te va a escuchar gritar. Y esta vez, nos vamos a asegurar de que no te levantes.
Igor sacó una navaja de su bolsillo. La abrió con un chasquido metálico.
—Se acabó el juego, Marina. Vas a saltar por ese barandal o te voy a ayudar a hacerlo.
Di un paso atrás, pegando mi espalda a la madera del barandal. Sentí el vacío detrás de mí.
—Tienen razón —dije, levantando la voz—. Estamos solos. Pero se equivocan en una cosa.
—¿En qué? —preguntó Igor, avanzando con la navaja.
—En que nadie me escucha.
Levanté la mano y señalé hacia el bosque, hacia un punto rojo que acababa de aparecer en el pecho de Igor. Un punto láser.
—¡AHORA! —grité.
El estruendo no vino del bosque. Vino de la puerta de la cabaña.
¡CRASH!
La puerta principal voló en pedazos.
—¡POLICÍA ESTATAL! ¡ARMAS AL SUELO!
Cuatro agentes tácticos irrumpieron en el deck, apuntando con rifles automáticos.
—¡Suelta el arma! —le gritaron a Igor.
Igor se quedó paralizado, con la navaja en la mano y el punto láser de un francotirador bailando en su frente.
Valeria soltó su copa. El vidrio se rompió contra la madera, el vino tinto manchando el piso como sangre.
—¡Al suelo! ¡AL SUELO!
Cárdenas entró detrás de los policías, con su chaleco antibalas y una sonrisa de satisfacción sombría.
Igor soltó la navaja. Cayó de rodillas, temblando.
Valeria empezó a gritar, una mezcla de insultos y llanto.
—¡Fue él! ¡Fue idea de él! ¡Yo no hice nada!
Me quedé de pie, apoyada en el barandal, viendo cómo los esposaban.
Mis piernas temblaban, pero no me caí.
Cárdenas se acercó a mí.
—¿Está bien, señora Marina?
Miré a Igor, que me miraba desde el suelo con una mezcla de odio y terror.
Miré a Valeria, que lloraba desconsolada mientras un policía la levantaba bruscamente.
Respiré el aire frío de la sierra.
—Sí, Cárdenas —dije, sintiendo cómo el peso de las últimas semanas se levantaba de mis hombros—. Estoy viva.
Pero esto no había terminado. Faltaba el juicio. Faltaba verlos pudrirse.
Me acerqué a Igor mientras el policía lo levantaba.
Me puse a centímetros de su cara.
—Te dije que te amaba —le susurré—. Y tú me enseñaste a odiar. Espero que valga la pena los 17 millones que nunca vas a ver.
Me di la media vuelta y entré a la cabaña, dejando atrás a los monstruos y al abismo.
CAPÍTULO 6: LA VERDAD BAJO JURAMENTO
La primera noche después del arresto dormí en un hotel. Cárdenas insistió en que no era seguro volver a mi casa de inmediato, no hasta que los peritos terminaran de levantar evidencias y cambiar las cerraduras.
Fue la mejor noche de sueño de mi vida, y a la vez, la más solitaria.
No había monitores pitando. No había un esposo fingiendo amor. No había una amiga traidora. Solo silencio y sábanas limpias de hotel.
Pero al despertar, la realidad me golpeó: la pesadilla física había terminado, pero la pesadilla legal apenas comenzaba.
El proceso judicial en México no es como en La Ley y el Orden. Es lento, burocrático y desgastante. Pero mi caso tenía algo que a los fiscales les encantaba: era mediático, tenía pruebas sólidas y los villanos eran de la “alta sociedad” de San Pedro. Era el caso perfecto para presumir eficacia.
El fiscal asignado, el Licenciado Treviño, era un hombre joven y ambicioso.
—Señora Marina, tenemos un caso de hierro —me dijo en su oficina, tres días después del arresto—. Tenemos las grabaciones de Cárdenas, el testimonio del técnico de internet, las transferencias bancarias, la póliza de seguro falsificada y, lo más importante, el video del operativo en la cabaña donde Igor la amenaza con un arma blanca.
—¿Entonces van a ir a la cárcel? —pregunté, con la voz todavía ronca.
—Sin duda. Pero ellos contrataron a los mejores abogados penalistas del estado. El bufete de “Reyes & Asociados”. Van a intentar todo: alegar que las grabaciones son ilegales, que usted los provocó, que Igor actuó en defensa propia por estrés postraumático… cualquier cosa para sembrar duda razonable. Prepárese, Marina. El juicio va a ser sucio.
Y lo fue.
El juicio comenzó cuatro meses después.
La sala de audiencias del Palacio de Justicia estaba abarrotada. Periodistas locales y nacionales se agolpaban en la entrada. Mi historia se había filtrado (probablemente por alguien de la fiscalía) y los titulares eran sensacionalistas: “La Esposa de Hielo”, “Traición en la Sierra”, “El Crimen de los 17 Millones”.
Entrar a la sala fue caminar por un pasillo de miradas. Sentí el juicio de la gente. Algunos me miraban con lástima, otros con curiosidad morbosa. Me senté junto al fiscal Treviño, con la espalda recta, vestida de negro sobrio. Mis manos, ya sanas pero con cicatrices tenues en los nudillos por el frío, estaban entrelazadas sobre la mesa.
Entonces los trajeron.
Igor entró primero. Iba esposado, con el uniforme naranja del penal de Topo Chico (que ya no existe, pero digamos del penal de Apodaca). Se había rasurado la barba, pero se veía demacrado. Había perdido esa arrogancia de playboy. Sus ojos buscaron los míos de inmediato. Esperaba ver miedo, supongo. Pero solo encontró una pared de concreto. No le sostuve la mirada; miré a través de él.
Luego entró Valeria.
Verla fue un golpe físico. Ya no era la mujer impecable de Chanel y Louis Vuitton. Llevaba el cabello recogido en una coleta mal hecha, sin maquillaje, pálida. Se veía diez años mayor. Al verme, sus ojos se llenaron de un odio tan puro y venenoso que tuve que respirar hondo para no temblar. No había arrepentimiento en ella. Solo furia por haber perdido.
El juez, un hombre mayor con cara de pocos amigos, dio inicio a la sesión.
Los abogados defensores, dos tipos con trajes italianos carísimos, empezaron su ataque.
Su estrategia fue clara desde el minuto uno: desacreditarme.
—Señor Juez —dijo el abogado de Igor en sus alegatos de apertura—, lo que tenemos aquí no es un intento de homicidio, sino una tragedia de malentendidos. Mi cliente, el Señor Lebrija, es un hombre que ama a su esposa. Sí, cometió errores financieros. Sí, tuvo una indiscreción amorosa. Pero nunca, escúcheme bien, nunca intentó matar a nadie. La señora Marina es una mujer inestable, con historial de depresión, que malinterpretó situaciones y, en su paranoia, fabricó una narrativa de persecución.
Me clavé las uñas en las palmas. “Inestable”. “Paranoica”.
Era el guion clásico de los abusadores.
El desfile de testigos fue una tortura.
El doctor Salazar testificó sobre mis lesiones. Las fotos de mis manos y pies necrosados se proyectaron en las pantallas gigantes. Escuché jadeos en la audiencia.
—Las lesiones son consistentes con una exposición al frío extremo de más de cinco horas —explicó el doctor—. No hay duda de que su vida estuvo en riesgo inminente.
Pero el abogado defensor contraatacó:
—Doctor, ¿es posible que la paciente, en su estado de hipotermia y confusión, haya salido del vehículo por voluntad propia, desorientada, y no porque la hayan abandonado?
—Es posible que la confusión la hiciera caminar, pero el hecho es que el vehículo estaba inoperable y sin calefacción.
—Pero mi cliente afirma que fue a buscar ayuda. ¿Hay pruebas médicas de que él no fue a buscar ayuda?
—Yo soy médico, no detective —respondió Salazar, molesto.
Luego vino el testimonio de los peritos financieros.
Las pruebas eran contundentes.
—Se detectaron movimientos por un total de 8.5 millones de pesos en un periodo de doce meses, desviados a empresas fantasma vinculadas al acusado —dijo el contador forense.
—Y la póliza de seguro —añadió el fiscal—. El perito calígrafo confirmó que la firma de la señora Marina es una falsificación.
El abogado de Valeria se levantó.
—Objeción. Mi clienta, la señorita Valeria, actuaba bajo instrucciones de su jefe, el señor Igor. Ella solo seguía órdenes administrativas. No tenía conocimiento de la finalidad de esos fondos.
Valeria miró a su abogado con sorpresa. Estaban rompiendo filas. Se estaban traicionando mutuamente para salvarse. Sonreí por dentro. Las ratas siempre se comen entre ellas cuando el barco se hunde.
Pero el momento cumbre fue cuando presentaron las grabaciones.
El fiscal Treviño pidió reproducir la “Prueba G-14”: la grabación del micrófono en el estudio.
La sala se quedó en silencio absoluto.
Se escuchó estática, y luego la voz nítida de Igor:
“…Un mal paso y cuello roto. Fin de la historia.”
Y la voz de Valeria:
“Ten cuidado, Igor. No queremos que parezca suicidio todavía.”
El impacto en la sala fue eléctrico.
Igor cerró los ojos y bajó la cabeza. Sabía que ese era el clavo final en su ataúd.
Valeria se cubrió la cara con las manos y empezó a sollozar, pero no eran lágrimas de pena, eran lágrimas de rabia.
El abogado defensor intentó argumentar que las grabaciones eran ilegales porque se hicieron sin orden judicial dentro de un domicilio privado.
Pero el juez lo paró en seco.
—La jurisprudencia permite grabaciones realizadas por particulares para probar la comisión de un delito en su contra, especialmente cuando su vida corre peligro. La prueba se admite.
El último día del juicio, me llamaron al estrado.
Caminar hacia la silla de los testigos fue como caminar de nuevo hacia la cabaña en la nieve. Sentía el frío en la espalda.
Juré decir la verdad.
El fiscal me hizo contar mi historia. La conté entera. Desde la tormenta, la ventana, el hospital, la farsa de la amnesia, el miedo de dormir con el enemigo.
Lloré un par de veces, pero me obligué a seguir. Quería que todos escucharan.
Luego vino el turno de la defensa.
El abogado de Igor se acercó a mí como un tiburón.
—Señora Marina. Usted dice que fingió amnesia durante semanas. ¿Es usted actriz profesional?
—No.
—Entonces es una mentirosa muy talentosa, ¿no cree? Engañó a médicos, enfermeras, a su esposo, a su amiga… ¿Cómo sabemos que no nos está engañando ahora?
—Porque yo no tengo nada que ganar mintiendo —respondí, mirándolo a los ojos—. Ellos querían mis 17 millones. Yo solo quería vivir.
—Usted dice que escuchó a su esposo planear su muerte. Pero, ¿no es verdad que usted estaba celosa de la relación de él con Valeria? ¿No es verdad que esto es una venganza de una mujer despechada?
Sentí la sangre subirme a la cara.
—Esto no es por celos, abogado. Es por supervivencia. Si mi esposo me hubiera pedido el divorcio, se lo daba. Si quería irse con ella, le abría la puerta. Pero no quisieron eso. Quisieron matarme para quedarse con todo. Eso no es desamor, es avaricia psicópata.
El abogado se quedó callado un segundo. No esperaba esa respuesta.
—No más preguntas, su señoría.
Antes de bajar del estrado, Valeria hizo algo impensable.
Se levantó de su silla, rompiendo el protocolo.
—¡Eres una hipócrita! —me gritó, con la voz rota por la histeria—. ¡Siempre fuiste una mosca muerta! ¡Te haces la víctima pero tú nos orillaste a esto! ¡Con tu perfeccionismo, con tu dinero, siempre humillándonos!
El juez golpeó el mazo.
—¡Orden! ¡Siéntese o la expulso de la sala!
—¡No me voy a callar! —siguió gritando Valeria, mientras los custodios la agarraban de los brazos—. ¡Igor me ama a mí! ¡Tú nunca lo hiciste feliz! ¡Eras un témpano de hielo en la cama y en la vida! ¡Merecías morirte en esa montaña!
La sala jadeó.
Acababa de confesar. En su arranque de ira, había validado todo mi testimonio.
Igor la miró con horror. Valeria se dio cuenta de lo que había dicho y se desplomó en la silla, llorando.
El jurado (bueno, en México son jueces orales, pero para el dramatismo digamos que el tribunal colegiado) no necesitó mucho tiempo para deliberar.
Dos semanas después, llegó la sentencia.
Me presenté para la lectura. Esta vez, Igor y Valeria no me miraron. Estaban derrotados.
El juez leyó con voz monótona pero firme.
—A los acusados, Igor Lebrija y Valeria Cárdenas (mismo apellido que el detective, ironía del destino), se les encuentra CULPABLES de los delitos de:
- Tentativa de Homicidio Calificado con premeditación, alevosía y ventaja.
- Fraude Genérico.
- Falsificación de Documentos.
- Asociación Delictuosa.
—Se sentencia al ciudadano Igor Lebrija a una pena privativa de libertad de 35 años de prisión sin derecho a fianza.
—Se sentencia a la ciudadana Valeria Cárdenas a una pena privativa de libertad de 30 años de prisión.
—Asimismo, se les condena a la restitución total de los fondos desviados (8.5 millones de pesos) y al pago de daños y perjuicios morales a la víctima.
Cuando el juez terminó, sentí… nada.
Esperaba sentir euforia. Alegría. O al menos un gran alivio.
Pero solo sentí un vacío inmenso.
35 años.
Igor tenía 42. Saldría siendo un anciano de 77 años. Su vida había terminado.
Valeria tenía 39. Saldría a los 69.
Vi cómo los esposaban para llevarlos de regreso al penal. Esta vez, era definitivo.
Igor se detuvo un momento antes de salir por la puerta lateral. Volteó a verme.
Sus ojos estaban vacíos. Ya no había odio, ni amor, ni fingimiento. Solo la mirada de un hombre que sabe que está muerto en vida.
No dijo nada. Yo tampoco.
Salí del juzgado a un enjambre de micrófonos.
—¡Marina! ¡Marina! ¿Qué sientes? ¿Se hizo justicia?
—¡Señora Lebrija, una declaración!
Me paré frente a las cámaras. Me quité los lentes oscuros.
—Se hizo justicia legal —dije, con voz cansada—. Pero nadie me devuelve los 16 años que perdí confiando en un monstruo. Nadie me devuelve a mi mejor amiga, que murió el día que decidió traicionarme. Hoy no gané nada. Solo dejé de perder. Gracias.
Me subí al taxi que me esperaba. Cárdenas iba de copiloto, como mi guardaespaldas temporal.
—Estuvo bien, jefa —dijo él, mirándome por el retrovisor—. Valiente.
—Gracias, Cárdenas. Por todo.
—¿A dónde vamos? ¿A su departamento?
Miré por la ventana. Monterrey brillaba bajo el sol de verano. La vida seguía. Los coches pitaban, la gente compraba elotes, los niños salían de la escuela.
El mundo no se había detenido por mi tragedia.
Y eso, extrañamente, me dio paz.
—No —dije—. Llévame a la fábrica. Tengo una empresa que levantar.
Los meses siguientes fueron de reconstrucción.
La fábrica estaba en números rojos. Los desfalcos de Igor y Valeria la habían dejado al borde de la quiebra. Los proveedores desconfiaban, los clientes estaban nerviosos por el escándalo.
Pero yo tenía algo que no tenía antes: tenía rabia. Y la rabia es un combustible excelente para los negocios.
Despedí a todo el personal administrativo que Valeria había contratado.
Audité cada peso.
Vendí la casa de San Pedro. No podía vivir ahí. Demasiados fantasmas. Demasiadas escaleras enceradas. Con el dinero de la venta, inyecté capital a la empresa y pagué deudas urgentes.
Me mudé a un departamento pequeño pero moderno en la zona del Obispado, con vista a la bandera monumental. Un lugar alto, seguro, donde nadie podía entrar sin anunciarse.
Trabajé 14 horas diarias.
Me convertí en una mujer de hierro. Mis empleados nuevos me respetaban, pero también me temían un poco. “La Jefa Marina no perdona errores”, decían.
Tenían razón. Ya no perdonaba. La ingenuidad se había muerto en la nieve.
Un año después del juicio, la empresa estaba en números negros. Habíamos cerrado un contrato enorme con una cadena hotelera para proveer blancos. Textiles de la Garza estaba de regreso.
Pero mi vida personal era un desierto.
No salía. No tenía citas. No tenía amigos.
Cada vez que alguien se me acercaba con una sonrisa amable, yo veía la máscara de Igor. Cada vez que una mujer intentaba ser mi amiga, veía la daga de Valeria.
Me había convertido en una isla. Segura, pero solitaria.
Hasta ese día en la conferencia.
Fue en Guadalajara, en la Expo Mueble.
Yo estaba en mi stand, revisando unas muestras de lino, cuando escuché una voz.
—Ese color es bonito, pero creo que el azul marino se vendería mejor en la costa.
Levanté la vista, lista para dar una respuesta cortante a algún cliente sabelotodo.
Pero me encontré con unos ojos verdes, arrugas de risa alrededor y una sonrisa tranquila.
Era un hombre de unos 50 años, con canas en las sienes, vestido con una guayabera impecable.
—Soy Andrés —dijo, extendiendo la mano—. Tengo una cadena de boutiques en Vallarta. Y llevo media hora tratando de decidir si entrar a tu stand o no, porque tienes cara de que muerdes.
Me quedé helada un segundo. Luego, para mi sorpresa, solté una carcajada.
—A veces muerdo —admití, estrechando su mano. Su apretón fue firme, cálido, seco. No se sintió como una amenaza.
—Bueno, correré el riesgo —dijo él—. Me interesa tu línea de blancos. Y me interesa invitarte un café, si prometes no morderme antes del postre.
Dudé. Mi radar de paranoia se encendió. ¿Quién es este tipo? ¿Qué quiere? ¿Sabe quién soy?
—¿Sabes quién soy? —pregunté directamente.
Él asintió. Su sonrisa se suavizó.
—Leí los periódicos, Marina. Sé quién eres. Eres la mujer que sobrevivió al infierno y levantó su empresa de las cenizas. Eso no me asusta. Me impresiona.
Me quedé mirándolo. No había lástima en sus ojos. Había admiración.
—Un café —dije finalmente—. Solo un café. Y sin azúcar.
Nos fuimos a la cafetería de la Expo.
Hablamos de negocios al principio. Luego de la vida.
Andrés era viudo. Su esposa había muerto de cáncer hacía cinco años. Entendía el dolor. Entendía la pérdida. Pero a diferencia de mí, él no estaba amargado. Estaba… sereno.
—El dolor es inevitable, Marina —me dijo, revolviendo su espresso—. Pero el sufrimiento es opcional. Tú decides si cargas la mochila de piedras toda la vida o si la vas soltando poco a poco.
—Mis piedras pesan mucho —dije, mirando mi taza.
—Lo sé. Pero no tienes que cargarlas sola siempre.
Ese día no me enamoré. No creo en el amor a primera vista, ya no. Pero ese día, sentí que una pequeña grieta se abría en mi muro de hielo.
Intercambiamos tarjetas.
Me llamó a la semana siguiente.
Y a la siguiente.
Empezamos a vernos. Despacio. Con una lentitud exasperante para cualquier otra persona, pero necesaria para mí.
Andrés respetaba mis tiempos. Si yo me tensaba, él retrocedía. Si yo tenía una pesadilla y le cancelaba una cena, él entendía.
Me enseñó que no todos los hombres son Igor. Que hay hombres que dicen la verdad, incluso cuando es incómoda.
Dos años después del juicio, en un aniversario de mi “muerte” y renacimiento, Andrés me llevó a cenar. No a una cabaña en el bosque (él sabía mejor que eso), sino a una terraza frente al mar.
—No te voy a pedir matrimonio —dijo, tomando mi mano—. Sé que los papeles te dan alergia todavía. Pero quiero pedirte que seamos socios de vida. Sin contratos, sin letras chiquitas. Solo tú y yo, intentando ser felices.
Miré el mar. Miré sus ojos honestos.
Pensé en Igor, pudriéndose en una celda de concreto, solo con su culpa.
Pensé en Valeria, envejeciendo entre rejas, consumida por su envidia.
Ellos estaban presos.
Yo era libre.
Pero para ser realmente libre, tenía que dejar de vivir en el pasado. Tenía que soltar la última piedra.
Apreté la mano de Andrés.
—Socia de vida —repetí—. Me gusta cómo suena eso. Acepto.
Brindamos.
No con coñac, ni con champaña cara. Con vino tinto de la casa.
Y por primera vez en años, el brindis fue real.
“Por la vida. Por la segunda oportunidad.”
La cicatriz en mi alma nunca se va a borrar. Siempre voy a recordar el frío de la nieve y el dolor de la traición. Pero ya no duele cuando lo toco. Es solo una marca. Un recordatorio de que soy irrompible.
Soy Marina.
Fui víctima. Fui vengadora.
Y ahora, finalmente, soy simplemente yo.
FIN