
CAPÍTULO 1: EL DESPERTAR DEL MONSTRUO
Las 5:43 de la mañana. El reloj digital en la mesita de noche parpadeaba con una luz roja, casi agresiva, en la penumbra del cuarto. Pero Mateo no necesitaba ver la hora para saber que el amanecer estaba cerca. Su cuerpo, o más bien, la “cosa” que habitaba en su cuerpo, tenía su propio horario, su propio ciclo circadiano perverso que nada tenía que ver con el sol o la luna.
Mateo abrió los ojos, clavando la mirada en el techo manchado de humedad. Una grieta larga y sinuosa recorría el yeso, parecida a una cicatriz mal suturada o, peor aún, a una vena negra. Hacía frío. Un frío húmedo y penetrante, típico de esos departamentos viejos en la planta baja de la colonia Doctores, en el corazón de la Ciudad de México, donde el sol apenas logra besar las ventanas protegidas por rejas oxidadas.
El dolor llegó puntual, como un cobrador implacable. No fue un golpe repentino, sino una marea lenta y oscura que subía desde su pelvis hasta la boca del estómago. Era un dolor sordo, palpitante, “el latido del diablo”, como Mateo lo llamaba en sus pensamientos más secretos.
—Por favor… hoy no —susurró, su voz quebrada por la sequedad de la garganta y el miedo.
Se quedó inmóvil bajo la cobija de lana que picaba en la piel, conteniendo la respiración. Sabía que si se movía demasiado rápido, si tosía, o incluso si suspiraba muy fuerte, la entidad despertaría por completo. Sus manos, flacas y temblorosas, se deslizaron sigilosamente bajo la tela de su pijama de superhéroes —una talla 10 que le quedaba ridículamente chica a sus doce años, pero que Inés se negaba a reemplazar—. Sus dedos tocaron la piel tensa, brillante y febril de su abdomen.
Ahí estaba.
El bulto.
No se sentía como grasa. Mateo era un esqueleto viviente; sus costillas se podían contar a simple vista, sus clavículas sobresalían como asas de una taza frágil, y sus brazos eran apenas palitos cubiertos de piel pálida. Pero su vientre… su vientre era una contradicción grotesca. Estaba distendido, duro como una roca volcánica, y caliente. Mucho más caliente que el resto de su cuerpo.
De repente, lo sintió. Un roce.
Fue sutil al principio, como el aleteo de una mariposa atrapada en un frasco. Pero luego, la sensación cambió. Se transformó en algo líquido y muscular. Algo se estiró allá adentro, empujando sus intestinos hacia la columna vertebral para hacerse espacio. Mateo mordió la almohada para ahogar un gemido. Sintió cómo una protuberancia se deslizaba de izquierda a derecha, justo por debajo de su ombligo, trazando un arco lento y deliberado.
Era como tener una serpiente, o una anguila gorda y ciega, nadando en su propia sopa gástrica.
—Quédate quieto, maldita sea —pensó Mateo, cerrando los ojos con fuerza hasta ver estrellas—. Quédate quieto.
El recuerdo de su padre lo asaltó de golpe, como solía suceder en esos momentos de dolor extremo. Su mente viajó cuatro años atrás, a un tiempo donde el dolor no existía, o al menos, no este tipo de dolor. Recordó un domingo en Coyoacán. Su papá, el Dr. Alejandro Morales, un hombre alto, de sonrisa fácil y olor a loción de sándalo y tabaco de pipa, le había comprado un helado doble de chocolate.
“Cómetelo rápido, campeón, que se derrite con este calor”, le había dicho su papá, limpiándole una mancha de la nariz con su pañuelo. “Y no le digas a tu mamá que te compré el doble, ¿eh? Es nuestro secreto”.
Pero mamá ya no estaba para regañarlos. Mamá había muerto al darlo a luz, una sombra triste que siempre flotaba en las conversaciones pero que Mateo nunca conoció. Y luego, ese fatídico julio de 2022… el accidente.
El recuerdo del funeral era una mancha borrosa de calor, trajes negros y el olor empalagoso de las flores de cempasúchil y nardos en la funeraria de Sullivan. Recordaba el ataúd de caoba cerrado, brillante bajo las luces artificiales. Recordaba sentirse pequeño, insignificante, un punto perdido en un mar de adultos que murmuraban cosas como “pobre huerfanito”, “se quedó solo”, “tan buen médico que era Alejandro”.
Y recordaba la mano.
Una mano grande, con uñas pintadas de un rojo sangre descascarado, que se posó sobre su hombro con un peso que casi lo hunde en la alfombra.
“Yo me encargo, Ale. Descansa en paz que yo cuido al chamaco”.
Inés.
Inés no era su tía. No era su prima. Era “la colega” de papá. Una enfermera instrumentista que había trabajado con él en el Instituto de Investigación Biomédica durante años. Al principio, en los días posteriores al entierro, Inés parecía un ángel enviado por el cielo. Le preparaba caldos de pollo, le planchaba el uniforme, le hablaba con voz dulce, aunque un poco ronca por los años de fumar Delicados sin filtro.
Pero la dulzura duró lo que dura un suspiro.
Dos semanas después del funeral, Mateo sintió el primer piquete. Estaba comiendo un guisado de puerco con verdolagas que Inés había preparado. De pronto, un calambre agudo lo dobló en la silla.
“¿Qué te pasa?”, preguntó Inés, sin dejar de mirar la telenovela en la pequeña televisión de la cocina.
“Me duele la panza, Inés. Mucho”.
Ella bufó, encendiendo un cigarro. “Es el estrés, mijo. Extrañas a tu papá. Es colitis nerviosa. Cómete todo, no desperdicies”.
Mateo comió. Y vomitó diez minutos después.
Desde ese día, el dolor se convirtió en su sombra. Y la actitud de Inés cambió. La “tía cariñosa” se desvaneció, revelando a una mujer amargada, perpetuamente cansada, que veía a Mateo no como a un niño que necesitaba amor, sino como a una carga… o peor aún, como a un proyecto. Un trabajo.
Un ruido fuerte en la calle lo sacó de sus recuerdos. El camión de la basura pasaba haciendo sonar su campana, seguido por el grito inconfundible del vendedor de tamales: “¡Tamales oaxaqueños, tamales calientitoooos!”. La ciudad despertaba. Y con ella, el monstruo en la casa.
Escuchó los pasos pesados de Inés en el pasillo. El piso de duela vieja crujía bajo su peso, denunciando su ubicación exacta. Cric… crac… cric… Se detuvo frente a la puerta de Mateo.
El niño contuvo el aliento, con el corazón golpeando sus costillas tan fuerte que temía que despertara a la “cosa” en su vientre otra vez. La perilla giró lentamente. La puerta se abrió, revelando la silueta corpulenta de Inés a contraluz. Llevaba su bata rosa de felpa, sucia en los bordes, y el cabello corto y teñido de un rubio cenizo todo alborotado.
—¿Sigues jetón? —su voz era áspera, rasposa por el sueño y el cigarro.
Mateo fingió despertar, frotándose los ojos. —No… ya me desperté, Inés.
—Pues muévete. Se te va a hacer tarde y hoy no tengo tiempo ni gasolina para llevarte. Te vas en el metro. Y más te vale que no pierdas el abono, porque no te voy a dar para otro boleto.
—Sí, Inés.
Ella se quedó ahí, parada en el umbral, observándolo. No era una mirada maternal. Era una mirada clínica, fría, calculadora. Sus ojos oscuros bajaron directamente al estómago de Mateo, oculto bajo la cobija.
—¿Cómo amaneciste? —preguntó. No sonaba preocupada. Sonaba… curiosa. Como un científico observando una placa de Petri.
—Me duele —admitió Mateo, sentándose despacio. Sintió una punzada y hizo una mueca—. Me duele mucho hoy. Y siento… siento que se mueve. Inés, te juro que dio una patada.
La reacción fue instantánea. Inés entró al cuarto, cerrando la puerta tras de sí. El olor a tabaco rancio y perfume barato llenó el pequeño espacio, asfixiante.
—Ya vas a empezar con tus cuentos chinos —dijo ella en voz baja, pero con un tono amenazante—. ¿Cuántas veces te lo tengo que explicar? Tienes el intestino inflamado. Colitis crónica y gastritis erosiva. Tienes gases atorados, Mateo. Gases. Eso es lo que se mueve.
—¡No son gases! —Mateo sollozó, la desesperación rompiendo su barrera de miedo—. ¡Los gases no tienen codos! ¡Los gases no empujan hacia afuera! ¡Tócame! ¡Tócame y vas a ver!
Tomó la mano de Inés e intentó ponerla sobre su vientre. Ella retiró la mano como si él estuviera ardiendo en llamas o tuviera lepra.
—¡No me toques! —gritó ella, retrocediendo—. ¡Me das asco con tus dramas! Eres igualito a tu madre, siempre haciéndote la víctima. ¡Mírate! Pareces un niño de Biafra con esa panza inflada de tanto tragar chucherías en la escuela.
—¡Casi no como! —se defendió Mateo, las lágrimas corriendo por sus mejillas hundidas—. ¡Todo lo que como me hace vomitar!
—Porque eres un mañoso. —Inés se acercó a la mesita de noche y tomó un frasco de pastillas sin etiqueta. Sacó dos cápsulas grandes, de un color azul opaco—. Ten. Trágatelas. Ahora.
—No quiero… esas pastillas me dan sueño, me marean…
—¡Que te las tragues te dije! —Inés le apretó las mejillas con una mano, obligándolo a abrir la boca, y le metió las pastillas a la fuerza. Luego le acercó un vaso de agua vieja que estaba en la mesa—. Bebe.
Mateo tosió, se atragantó, pero tragó las pastillas. Sabían amargas, metálicas. Sabía que no eran para la gastritis. Cada vez que las tomaba, el “bicho” se calmaba un poco, se adormecía, pero él también. Se sentía como un zombi todo el día en la escuela.
—Así me gusta —dijo Inés, soltándolo. Se limpió la mano en la bata como si hubiera tocado algo sucio—. Vístete. Y límpiate esos mocos. Tienes cita con el Dr. Valverde el viernes. Él te va a revisar.
—No quiero ir con el Dr. Valverde —susurró Mateo, bajando la cabeza—. Él es malo. Me lastima cuando me revisa. Y huele a alcohol.
—El Dr. Valverde es el mejor gastroenterólogo de la ciudad y es amigo mío. Nos hace el favor de verte gratis, malagradecido. Si te llevo al Seguro Social nos van a tener esperando meses y capaz te operan y te dejan peor. ¿Eso quieres? ¿Que te abran la panza unos carniceros?
La mención de “abrir la panza” hizo que Mateo se abrazara a sí mismo instintivamente.
—No…
—Entonces cállate y obedece. —Inés se dio la vuelta y salió del cuarto—. El desayuno está en la estufa. Avena. Cómetela toda. Si encuentro una sola cucharada en el plato cuando regrese, te juro por la memoria de tu padre que te encierro en el cuarto oscuro.
La puerta se cerró de golpe.
Mateo se quedó solo, temblando. Las pastillas ya empezaban a hacer efecto en su estómago, una sensación de frío químico que descendía por su esófago. La “cosa” dentro de él pareció reaccionar, agitándose molesta antes de empezar a aletargarse.
Se levantó con dificultad. Sus piernas parecían de trapo. Caminó hacia el pequeño espejo que colgaba en la puerta del armario. La imagen que le devolvió el reflejo era desoladora.
Un niño de doce años con la cara de un anciano. Ojeras moradas profundas bajo ojos grandes y asustados. Piel cetrina, amarillenta. Y ese vientre…
Se levantó la playera de la pijama.
La piel estaba tan estirada que brillaba, traslúcida. Se podían ver venas azules y verdes trazando un mapa de dolor sobre la superficie. Y ahí, justo en el centro, había una forma. No era redonda como un balón. Era irregular. Mateo contuvo la respiración y observó.
Glup.
Algo se movió. Una protuberancia del tamaño de un puño se deslizó lentamente desde el lado derecho hacia el hígado, y luego bajó.
Mateo puso su mano sobre el bulto. Sintió calor. Sintió… vida. Pero no una vida humana, cálida y suave. Se sentía como tocar un motor recubierto de carne. Vibraba.
—¿Qué eres? —susurró al espejo, tocando su propio reflejo—. ¿Por qué me odias?
Nadie respondió. Solo el goteo constante de la llave del baño en el pasillo: ploc… ploc… ploc…
Se vistió con el uniforme escolar: pantalón gris, camisa blanca y un chaleco de punto que ya estaba deshilachado. Tuvo que dejar el botón superior del pantalón desabrochado; ya no cerraba. Usó el cinturón para disimular, apretándolo por debajo del bulto, lo que le causaba náuseas, pero era mejor que dejar que se le cayeran los pantalones. Se puso una sudadera holgada encima, a pesar de que no hacía tanto frío afuera. La sudadera era su escudo, su caparazón para esconder su vergüenza.
Salió a la cocina. El departamento olía a humedad, a gas mal quemado y al perfume barato de Inés. En la estufa había una olla con avena grumosa y fría. Mateo sintió que el estómago se le revolvía solo de verla.
Pero el miedo a Inés era más fuerte que el asco. Se sentó a la mesa cubierta con un hule de flores desgastado y empezó a comer mecánicamente. Una cucharada. Tragar. Aguantar las ganas de vomitar. Otra cucharada.
La “cosa” pareció aceptar la ofrenda. No hubo dolor inmediato, solo una sensación de pesadez inmensa, como si se hubiera tragado una piedra de río.
Miró el reloj de pared con forma de gato, cuyos ojos se movían de lado a lado con cada segundo. 6:30 AM. Tenía que irse.
Tomó su mochila, que pesaba una tonelada con los libros de texto gratuitos de la SEP, y salió del departamento. El aire de la mañana en la calle Dr. Vértiz estaba cargado de smog y el olor a aceite frito de los puestos de garnachas que ya estaban instalados en las esquinas.
La gente caminaba apresurada hacia el metro Hospital General. Rostros cansados, obreros, oficinistas, enfermeras. Nadie miraba a nadie. Mateo se unió al flujo de gente, sintiéndose invisible y, al mismo tiempo, monstruosamente expuesto.
Cada paso era una batalla. El peso en su vientre tiraba de su columna hacia adelante, obligándolo a encorvarse. Caminaba como un viejito, arrastrando los pies.
Al bajar las escaleras del metro, el olor a humanidad, a sudor y a encierro lo golpeó. El andén estaba lleno. Cuando el tren naranja llegó con su estruendo característico y frenó chirriando, la masa de gente empujó hacia las puertas.
—¡Permiso, permiso! —gritaba un señor con una caja de herramientas.
Mateo fue empujado sin piedad. Un codo se clavó en sus costillas. Una mochila golpeó su estómago.
—¡Ah! —gritó, pero su voz se perdió en el tumulto.
Sintió un dolor agudo, lacerante. La “cosa” reaccionó al golpe. Se contrajo violentamente, endureciéndose como una bola de boliche. Mateo se dobló, agarrándose del tubo metálico del vagón para no caer.
—Órale, niño, no estorbes —le dijo una señora cargada con bolsas de mandado, empujándolo para pasar.
Mateo se arrinconó en una esquina, cerca de la puerta “No se recargue”. Cerró los ojos y empezó a contar mentalmente, una técnica que su papá le había enseñado para cuando tenía miedo a las inyecciones.
Uno… dos… tres… respira… cuatro… cinco… ya va a pasar…
Pero no pasaba. El movimiento dentro de él se volvió frenético, como si el parásito estuviera enojado por el golpe, como si quisiera salir y atacar a quien lo había molestado. Mateo sintió pequeños golpes internos contra su vejiga, contra su estómago, contra su diafragma. Le costaba respirar.
—Ya cállate, ya cállate —susurraba, acariciando su panza por encima de la sudadera, tratando de calmar a la bestia.
Un hombre joven, con audífonos y mirando su celular, levantó la vista y lo observó. Sus ojos se detuvieron en la mano de Mateo acariciando su vientre abultado. El joven frunció el ceño, con una expresión de extrañeza y leve repulsión, y luego se alejó unos pasos.
Mateo bajó la mano rápidamente, avergonzado.
“Monstruo”, pensó. “Soy un monstruo”.
Llegó a la estación de su escuela sudando frío. Subió las escaleras sintiendo que las piernas le iban a fallar en cualquier momento. Al salir a la superficie, la luz del sol ya era más fuerte, más cruel. Iluminaba todo lo que él quería esconder.
La escuela Secundaria Técnica número 45 se alzaba frente a él, un edificio de ladrillo rojo y rejas verdes. Para la mayoría de los niños, era solo la escuela. Para Mateo, era el segundo círculo del infierno. El primero era su casa con Inés.
Cruzó el portón, enseñando su credencial al guardia que ni lo miró. El patio estaba lleno de gritos, risas, balones volando. El sonido de la vida normal, esa vida a la que él ya no pertenecía.
Trató de caminar pegado a la pared, haciéndose lo más pequeño posible, rumbo a su salón. Pero el destino, o la mala suerte, tenía otros planes.
—¡Miren quién llegó! —la voz burlona resonó como un latigazo.
Mateo se congeló. No necesitaba voltear para saber quién era. “El Ruso”. Kevin, un repetidor de tercer grado que medía casi un metro ochenta y tenía la inteligencia emocional de una piedra. Y su séquito de seguidores.
—¡Es la mamá luchona! —gritó otro del grupo, “El Tlacuache”.
Mateo apretó los dientes y siguió caminando, acelerando el paso.
—¡Eh, Mateo! —El Ruso se interpuso en su camino, bloqueándole el paso con su cuerpo macizo—. ¿A dónde vas tan rápido? ¿Tienes antojos? ¿Se te antojaron unos pepinos con chile?
Las risas estallaron alrededor. Varios alumnos de otros grados se detuvieron a mirar el espectáculo.
—Déjame pasar, Kevin —dijo Mateo, sin levantar la vista.
—Uy, se enojó la señora. —Kevin le dio un empujón leve en el hombro—. Oye, en serio, ¿cuándo es el baby shower? Mi jefa dice que tienes panza de siete meses. ¿Es niño o niña? ¿O es un alien?
—Dicen que se comió una sandía entera y no la cagó —rio El Tlacuache.
—No, dicen que está embarazado de su almohada —agregó otro.
—¡Déjenme en paz! —gritó Mateo, la frustración superando al miedo.
Intentó rodear a Kevin, pero el grandulón le metió el pie. Fue un movimiento rápido y cobarde. Mateo tropezó. Sus manos buscaron apoyo, pero no encontraron nada más que aire.
Cayó de frente.
No pudo meter las manos a tiempo. Su vientre golpeó contra el suelo de concreto del patio.
El sonido fue seco, sordo. Pof.
Por un segundo, todo se detuvo. El dolor no fue inmediato. Fue un vacío. Un silencio blanco en su mente.
Y luego, el grito.
No fue un grito de Mateo. Fue un grito de su cuerpo. Un espasmo tan violento que lo arqueó hacia atrás como si estuviera poseído.
—¡AAAAHHHHHH!
El alarido salió de su garganta, desgarrándola. Mateo rodó sobre su espalda, agarrándose el estómago con ambas manos.
Algo se había roto adentro. Lo sentía. Un líquido caliente se derramaba en su interior. Y la “cosa”… la cosa estaba furiosa.
Se movió. Ya no sutilmente. Se agitó con violencia, visible para todos. La sudadera se levantó un poco, revelando la playera blanca tensa. Y bajo la tela, todos los presentes vieron horrorizados cómo un bulto del tamaño de un melón se desplazaba de un lado a otro, deformando el cuerpo del niño.
—¡No mames, güey, viste eso! —gritó El Tlacuache, retrocediendo pálido.
—¡Se mueve! ¡Tiene algo vivo ahí! —chilló una niña de primero.
Kevin, El Ruso, se quedó paralizado, con la boca abierta, el color drenándose de su cara. Ya no había burla. Solo horror puro.
Mateo no escuchaba las voces. Solo escuchaba el rugido de su sangre en los oídos y sentía cómo el intruso intentaba, por primera vez, abrirse paso a través de su carne, empujando hacia afuera, hacia la luz.
—¡Ayúdenme! —gimió Mateo, vomitando un hilo de sangre oscura que manchó su barbilla—. ¡Mami, ayúdame! ¡Se quiere salir! ¡Se quiere salir!
El mundo se volvió negro en los bordes. Lo último que vio antes de desmayarse fue la silueta de alguien corriendo hacia él, gritando órdenes, y el cielo gris de la Ciudad de México girando vertiginosamente sobre su cabeza.
CAPÍTULO 2: DIAGNÓSTICO DE SILENCIO
El patio de la escuela secundaria se había convertido en un escenario de guerra, o al menos eso le pareció a Mateo en los segundos previos a perder la consciencia. El cielo gris de la Ciudad de México giraba sobre él como un trompo mal equilibrado. Escuchaba voces, pero sonaban distorsionadas, como si estuviera bajo el agua en una alberca sucia.
—¡Llamen a una ambulancia, carajo! —Esa voz era grave, autoritaria. Era el nuevo maestro de educación física, el Profe Andrés.
Mateo sintió unas manos fuertes levantándolo del suelo. No eran las manos torpes de sus compañeros, ni las manos crueles de Inés. Eran manos seguras. Pero el movimiento provocó que el “huésped” en su interior se agitara de nuevo, protestando por el cambio de gravedad.
—¡Aaaah! —El gemido de Mateo fue un gorgoteo húmedo.
Sintió que lo cargaban en brazos. Su cabeza colgaba hacia atrás, viendo el mundo al revés: los edificios de ladrillo rojo de la escuela, los cables de luz llenos de zapatos viejos colgados, las nubes cargadas de lluvia ácida.
—Aguanta, chavo. No te duermas. ¡Mírame! —le ordenaba el Profe Andrés, corriendo hacia la enfermería.
Pero Mateo no podía aguantar. El dolor era una puerta abierta hacia la oscuridad, y él decidió cruzarla. Sin embargo, su mente no se apagó por completo. En lugar de eso, el dolor funcionó como una máquina del tiempo, arrastrándolo hacia atrás, hacia el origen de la mentira, hacia los recuerdos que había intentado enterrar bajo capas de miedo y silencio.
Cuatro años antes (Colonia Doctores, Ciudad de México)
El recuerdo comenzó con un olor: manteca de cerdo quemada y cloro.
Mateo tenía ocho años. Estaba sentado en la mesa de la cocina, con las piernas colgando de la silla porque aún no alcanzaban el suelo. Frente a él había un plato de chilaquiles verdes, pero la salsa se veía aceitosa, separada, y el queso encima parecía plástico derretido.
—Cómetelo —ordenó Inés.
Inés estaba parada junto al fregadero, lavando los trastes con una violencia innecesaria, haciendo chocar los platos como si quisiera romperlos. Hacía apenas dos meses que papá había muerto en el “accidente”, y la vida de Mateo se había transformado en una rutina de órdenes secas y silencios incómodos.
—No tengo hambre, Inés —susurró Mateo, empujando un trozo de tortilla con el tenedor—. Me duele la panza.
Inés cerró la llave del agua de golpe. Se secó las manos en el delantal y se giró lentamente. En aquel entonces, todavía intentaba fingir que le importaba, pero la máscara se le resbalaba cada vez más seguido.
—¿Otra vez con eso? —suspiró ella, sacando un cigarro de la cajetilla que siempre guardaba en la bolsa de su bata—. Mateo, me tienes harta. Te pasas el día chillando. ¿Crees que eres el único que sufre? Yo perdí a mi mejor amigo, a mi colega. Y encima tengo que cargar contigo.
—Pero me duele aquí… —Mateo se señaló el ombligo.
—Te duele porque no comes. Tienes el estómago vacío y lleno de aire. Por eso te duele. —Se acercó a la mesa, exhalando el humo del cigarro directamente sobre el plato de comida—. O te duele porque te la pasas tragando porquerías a mis espaldas.
—¡Yo no como nada!
—¡No me mientas! —gritó ella, golpeando la mesa con la palma abierta—. He visto cómo desaparecen las galletas de la alacena. He visto las bolsas de papitas en tu mochila. Eres un glotón, Mateo. Un glotón ansioso. Comes para llenar el hueco que dejó tu padre, pero lo único que vas a lograr es ponerte obeso y reventar.
Mateo bajó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas. No era cierto. Él no robaba comida. De hecho, la comida le daba asco últimamente. Pero Inés tenía una forma de hablar que hacía que la realidad se doblara. Si ella lo decía con tanta seguridad, tal vez era verdad. Tal vez él comía sonámbulo. Tal vez él era el culpable.
—Trágate los chilaquiles —sentenció ella—. Y no te paras de esa mesa hasta que el plato brille de limpio.
Mateo comió. Cada bocado era una lucha contra el vómito. Sintió cómo la masa de maíz y salsa bajaba por su esófago y caía en su estómago como piedras calientes. Y allá abajo, en la oscuridad de sus entrañas, algo recibió la comida. Algo que no era él.
Un año después (Invierno de 2023)
El tiempo en la memoria de Mateo saltó hacia adelante. Tenía nueve años ahora. Era diciembre, cerca de Navidad. Las calles de la colonia estaban adornadas con luces de colores y piñatas de barro colgadas en los puestos del mercado. Se escuchaban villancicos distorsionados saliendo de las bocinas de las tiendas y el estruendo ocasional de “palomas” y cohetes que los niños tronaban en las banquetas.
Pero en el departamento de la planta baja no había árbol de Navidad. No había luces. Solo frío.
Esa noche, Inés tenía el turno de noche en el hospital, o eso había dicho. Mateo estaba solo, envuelto en una cobija en el sofá, viendo una película vieja en la televisión. Hacía tanto frío que podía ver su propio aliento en el aire de la sala.
Estaba acostado boca arriba, con las manos entrelazadas sobre su estómago. Para ese entonces, ya había aprendido a convivir con el dolor constante, esa molestia sorda que nunca se iba. Pero esa noche, algo cambió.
No fue dolor. Fue movimiento.
Sintió una especie de “burbujeo” lento, pesado. No era como cuando te ruge la tripa por hambre. Se sentía sólido.
Mateo se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos mirando el techo en penumbra.
—¿Hola? —susurró, sintiéndose estúpido.
Poc.
Un golpe. Claro y distinto. Desde adentro hacia afuera. Justo debajo de sus costillas derechas.
Mateo se levantó la playera de volada. Su piel estaba pálida, azulada por el frío. Se quedó mirando su vientre, conteniendo la respiración.
Y entonces lo vio.
Un bulto pequeño, del tamaño de una canica grande, se levantó bajo su piel, recorrió unos centímetros y volvió a hundirse.
—¡AAAAH! —Mateo gritó, saltando del sofá.
Corrió hacia la puerta del departamento, con el corazón desbocado. Quería salir, pedir ayuda a los vecinos, decirles que tenía un alíen, un monstruo, una rata, algo vivo adentro.
Pero la puerta estaba cerrada con doble llave. Inés siempre lo dejaba encerrado “por su seguridad”.
—¡Sáquenme! ¡Ayuda! —golpeó la puerta de metal, pero sus puños de niño apenas hacían ruido.
Nadie vino. Pasó la noche acurrucado en el rincón más lejano de su cama, con una lámpara de mano apuntando a su estómago, vigilando. Esperando a que la cosa saliera al estilo de esa película de terror que había visto los pósters en el cine. Pero la cosa no salió. Solo se movió un par de veces más, como acomodándose para dormir.
A la mañana siguiente, cuando Inés llegó, Mateo estaba histérico.
—¡Inés! ¡Inés! —corrió hacia ella en cuanto abrió la puerta, abrazándose a sus piernas—. ¡Hay algo adentro! ¡Se mueve! ¡Lo vi! ¡Te juro que lo vi!
Inés venía cansada, con olor a alcohol disfrazado con chicles de menta. Lo empujó suavemente, pero con firmeza.
—Quítate, Mateo. Déjame pasar.
—¡No, escúchame! —Mateo se levantó la playera—. ¡Mira! ¡Aquí! ¡Anoche me dio una patada! ¡Es como un bebé, pero malo!
Inés se detuvo en seco. Dejó caer su bolso en el sofá y se giró hacia él. Su rostro, habitualmente inexpresivo o irritado, se tornó blanco como el papel. Sus ojos recorrieron el abdomen del niño con una intensidad que a Mateo le dio más miedo que el propio monstruo.
—¿Qué dijiste? —preguntó ella, con voz muy baja.
—Que se mueve… —Mateo retrocedió un paso—. Siento… siento que tiene codos.
Inés se pasó una mano por la cara, respirando hondo. Luego, soltó una risa nerviosa, seca, sin humor.
—Ay, Mateo… Mateo, Mateo. —Caminó hacia él y lo tomó por los hombros. Sus uñas largas se clavaron en la carne del niño—. Estás loco. Estás completamente loco.
—¡No estoy loco! ¡Es verdad!
—¡Cállate! —Lo sacudió tan fuerte que los dientes de Mateo castañetearon—. ¿Sabes qué es eso? Son lombrices. Solitarias. Eso te pasa por comer tacos de perro en la calle saliendo de la escuela. Tienes la panza llena de parásitos porque eres un sucio que no se lava las manos.
—No son lombrices… era grande…
—¡Son gases y lombrices! —gritó ella—. Y deja de decir estupideces de que “es como un bebé”. Si la gente te oye decir eso, van a pensar que eres un fenómeno. ¿Quieres que te encierren en el manicomio? ¿En el cuarto acolchado donde le ponen camisa de fuerza a los niños mentirosos?
Mateo negó con la cabeza, aterrorizado.
—Entonces cierra la boca. Mañana te llevo al doctor. Pero no a cualquiera. A un especialista. Él te va a decir lo mismo que yo. Que estás lleno de caca y gases por tragón.
El Consultorio del Doctor Valerio
La consulta no fue en el Hospital Ángeles, ni en el Siglo XXI, ni en ninguno de los lugares donde Inés decía trabajar. Fue en un edificio viejo y descascarado en la colonia Obrera, arriba de una refaccionaria de autos.
El letrero en la puerta de vidrio esmerilado decía: “Dr. Valerio S. Gripov – Medicina General y Gastro”. Las letras doradas estaban a medio caer.
La sala de espera olía a humedad, a polvo viejo y a algo dulzón que Mateo no podía identificar, como fruta podrida. Había un ventilador de techo que giraba lentamente, haciendo un clic-clac hipnótico. Las revistas en la mesa de centro eran de hacía cinco años.
—Siéntate y cállate —le ordenó Inés, sacando su celular.
Esperaron casi una hora, aunque no había nadie más. Finalmente, la puerta del consultorio se abrió y salió un hombre bajo, gordo, con una bata blanca que ya tiraba a gris y manchas amarillas en las axilas. Tenía una barba de candado mal recortada y lentes gruesos.
—Pásale, Inés —dijo el hombre, sin mirar a Mateo. Su voz sonaba como si tuviera grava en la garganta.
Entraron. El consultorio era un caos de papeles, muestras médicas y ceniceros llenos. El Dr. Valerio se sentó detrás de un escritorio de metal oxidado y encendió un cigarro, a pesar del letrero de “No Fumar” pegado en la pared justo detrás de su cabeza.
—Así que este es el famoso Mateo —dijo Valerio, exhalando el humo hacia el techo—. El hijo de Alejandro.
—Sí —dijo Inés, sentándose y cruzando las piernas—. Dice que le duele la panza. Y que siente cosas. “Movimientos”.
El Dr. Valerio soltó una risita ronca que terminó en tos. Miró a Mateo por encima de sus lentes. Sus ojos eran acuosos, amarillentos.
—A ver, chamaco. Súbete a la camilla. Vamos a ver qué traes.
Mateo se subió a la camilla cubierta con un papel que crujía. Se sentía expuesto, vulnerable. El doctor se acercó, oliendo a tabaco negro y loción barata. Sus manos estaban frías y pegajosas.
—Súbete la playera.
Mateo obedeció. El Dr. Valerio puso sus manos sobre el vientre abultado. Mateo se tensó. Esperaba que el doctor gritara, que dijera “¡Dios mío, operen a este niño ya!”.
Valerio presionó. Profundo.
—¡Au! —se quejó Mateo.
—Aquí hay mucha distensión —murmuró Valerio, ignorando el dolor del niño. Empezó a palpar el hígado, luego bajó hacia los intestinos.
En ese momento, la “cosa” respondió a la presión. Mateo sintió el giro inconfundible. Valerio debió sentirlo también bajo sus dedos. El doctor se detuvo un instante. Sus ojos se encontraron con los de Inés.
Fue una mirada rápida, casi imperceptible. Un relámpago de complicidad oscura. Inés levantó una ceja, como preguntando “¿Y bien?”. Valerio asintió levemente, casi imperceptiblemente, y luego retiró las manos.
—Ya bájate —dijo el doctor, caminando hacia el lavabo para enjuagarse las manos solo con agua, sin jabón.
—¿Qué tiene, doctor? —preguntó Mateo, sentándose en la orilla de la camilla, con la esperanza temblando en su voz—. ¿Vio que se movió?
Valerio se secó las manos con una toalla de papel y se sentó de nuevo en su silla giratoria, que chirrió bajo su peso. Escribió algo en una receta con letra ilegible.
—Lo que tienes, muchacho, se llama Gastritis Erosiva Severa y Colitis Nerviosa. —Valerio golpeó el papel con la pluma—. Y una imaginación muy activa.
—Pero se movió… usted lo sintió… —insistió Mateo.
—Lo que sentí son espasmos peristálticos —dijo Valerio con tono aburrido, usando palabras grandes para aplastar al niño—. Tus tripas se retuercen porque están llenas de ácido y gas. Tienes el colon irritado. Cuando el intestino se inflama, palpita. Eso es lo que sientes. No hay ningún alien, ni ningún bebé.
—¿Y por qué está tan gorda la panza? —preguntó Mateo, desesperado.
—Gases. Y grasa visceral. Estás gordo, niño. Estás reteniendo líquidos y materia fecal. Necesitas dieta. Nada de grasas, nada de refrescos, nada de picante. Y estas pastillas.
Le extendió la receta a Inés.
—Omeprazol de 40mg, Butilhioscina para el dolor y… —Valerio hizo una pausa, mirando a Inés significativamente—, y este compuesto especial para calmar los nervios. Se lo das dos veces al día. Si no se calma, le subes la dosis.
—Gracias, Valerio —dijo Inés, guardando la receta como si fuera un tesoro.
—Y una cosa más, Mateo —dijo el doctor, inclinándose hacia adelante, invadiendo el espacio personal del niño. Su aliento olía a café podrido—. Deja de inventar historias. A tu edad se llama hipocondría. Es una enfermedad mental. La gente hipocondríaca termina sola porque nadie los aguanta. ¿Entendiste?
Mateo asintió, derrotado. La autoridad de la bata blanca, aunque estuviera sucia, pesaba más que su propia verdad.
El regreso a casa: La sentencia final
El viaje de regreso en el viejo Chevy de Inés fue silencioso. Llovía. Las gotas golpeaban el parabrisas y los limpiaparabrisas chirriaban rítmicamente. El tráfico en Tlalpan estaba detenido, un río de luces rojas interminable.
Mateo iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana empañada. Se sentía vacío, a pesar de tener la barriga llena. Se sentía traicionado.
—Ya oíste al doctor —dijo Inés de repente, sin mirarlo, con la vista fija en el taxi de enfrente—. Gastritis. Y nervios.
—Sí, Inés.
—Me costó mil pesos la consulta. Dinero que no tengo, Mateo. Dinero que podría usar para comprarte ropa nueva o comida decente. Pero no, tengo que gastarlo en doctores para que te digan lo que ya sabíamos: que eres un berrinchudo.
—Perdón.
Inés suspiró y extendió la mano para apretar el hombro de Mateo. Pero no fue un gesto de cariño. Fue un apretón fuerte, casi doloroso, cerca del cuello.
—Escúchame bien, Mateo. Y grábatelo en esa cabezota —su voz bajó de tono, volviéndose peligrosamente suave—. Tu padre, Alejandro Morales, era un hombre intachable. Un científico respetado. Todo el mundo lo admiraba. ¿Sabes qué vergüenza sentiría si te viera así? ¿Llorando por dolores de panza imaginarios? ¿Diciendo locuras de que tienes cosas vivas adentro?
Mateo sintió que las lágrimas picaban en sus ojos, pero se las tragó. Mencionar a su papá era el golpe bajo definitivo.
—Él no quería un hijo débil —continuó Inés, clavando el cuchillo más hondo—. Él quería un hombre. Si sigues con estas mentiras, van a venir los de Servicios Sociales. ¿Y sabes qué hacen con los niños como tú? Los llevan a orfanatos del gobierno. Lugares horribles donde los niños grandes les pegan a los chicos y nadie te da de comer. ¿Quieres irte a un orfanato?
—No… —susurró Mateo.
—Entonces, a partir de hoy, se acabaron las quejas. Te tomas tus pastillas, vas a la escuela y te callas la boca. Si te duele, te aguantas. Los hombres se aguantan. ¿Entendido?
—Entendido.
—Dilo fuerte.
—Entendido, Inés.
—Bien.
El resto del camino, Mateo no dijo nada. Puso su mano sobre su vientre, discretamente. Sintió un movimiento suave, casi una caricia burlona desde el interior.
“Estás solo”, parecía decirle el monstruo. “Nadie te cree. Eres mío”.
Y así, Mateo aprendió la lección más cruel de su vida: el silencio era su única defensa, aunque ese silencio lo estuviera matando lentamente por dentro. Aprendió a caminar encorvado para disimular el bulto. Aprendió a usar sudaderas tres tallas más grandes. Aprendió a morderse la lengua cuando el dolor era insoportable.
Hasta que llegó el día en el patio de la escuela, cuatro años después, cuando su cuerpo simplemente dijo “basta”.
Presente (Hospital General)
La consciencia regresó a Mateo en fragmentos. Primero el olor a antiséptico. Luego el pitido rítmico de un monitor cardíaco. Bip… bip… bip…
Abrió los ojos pesadamente. Estaba en una sala de urgencias, separado de los demás por una cortina azul pálido. Tenía una vía intravenosa en el brazo y una mascarilla de oxígeno en la cara.
Intentó moverse, pero un dolor agudo, diferente al habitual, lo detuvo. Alguien estaba tocando su estómago.
—Tranquilo, hijo. No te muevas.
Mateo giró la cabeza. Había un doctor joven, con ojeras profundas y un uniforme quirúrgico verde. A su lado estaba el Profe Andrés, todavía con su ropa deportiva, luciendo pálido y asustado.
—¿Dónde… dónde está Inés? —preguntó Mateo, con pánico en la voz.
—No pudimos localizarla —dijo el doctor joven, cuyo gafete decía “Dr. Daniel Arriaga – Cirugía”—. Pero no te preocupes por ella ahora. Mateo, necesito que me digas la verdad. Y necesito que seas muy valiente.
El Dr. Daniel acercó una máquina grande con una pantalla y un teclado. Un aparato de ultrasonido.
—Me dijeron que tienes gastritis —dijo el doctor, untando gel frío en el vientre distendido de Mateo—. Pero yo no creo que sea gastritis.
El doctor colocó el transductor sobre la piel. Mateo cerró los ojos, esperando el regaño, esperando que le dijeran “son gases”.
Pero el silencio que siguió fue denso, pesado.
—Dios mío… —susurró el Dr. Daniel.
Mateo abrió los ojos. El doctor miraba la pantalla con una mezcla de fascinación y horror absoluto. El Profe Andrés se había tapado la boca con la mano.
En la pantalla en blanco y negro, no había manchas borrosas de gas. Había formas claras. Estructuras óseas. Un latido que no era el de Mateo. Y tentáculos. Muchos tentáculos finos agarrados a sus órganos como raíces de una planta venenosa.
—¿Doctor? —preguntó Andrés con voz temblorosa—. ¿Qué es eso?
El Dr. Daniel giró lentamente hacia ellos. Su rostro estaba lívido.
—No sé qué es —dijo, tragando saliva—. Pero es enorme. Tiene circulación propia. Y… nos está mirando.
El monitor cardíaco de Mateo se aceleró. Bip-bip-bip-bip.
—Tenemos que operar —dijo Daniel, tomando el teléfono de la pared—. Ahora mismo. Preparen el quirófano uno. Código rojo. No, no me pregunten. Solo prepárenlo. Esto no puede esperar ni un minuto más.
Mateo sintió una lágrima correr por su sien hasta perderse en su cabello. Por primera vez en cuatro años, alguien le creía. Pero la mirada de terror en los ojos del cirujano le decía que la pesadilla apenas estaba comenzando. La verdad no lo iba a liberar; la verdad lo iba a abrir en dos.
—Va a doler, ¿verdad? —preguntó Mateo.
Daniel le tomó la mano. Su agarre era firme, cálido, todo lo contrario al del Dr. Valerio.
—Te voy a dormir, Mateo. No vas a sentir nada. Y cuando despiertes… te prometo que esa cosa ya no estará ahí.
Mateo asintió y dejó que la oscuridad de la anestesia lo llevara, rezando para que el doctor tuviera razón. Rezando para sobrevivir a la extracción del monstruo que había crecido con él, alimentándose de su miedo y de su silencio.
CAPÍTULO 3: LA AUTOPSIA DE UN VIVO
El pasillo del área de urgencias del Hospital General se convirtió en un túnel de luces blancas y voces urgentes. La camilla de Mateo rodaba con un estruendo metálico sobre las baldosas desgastadas, empujada por dos enfermeros que corrían como si el diablo les pisara los talones.
—¡Abran paso! ¡Código rojo! —gritaba el Dr. Daniel Arriaga, corriendo al lado de la camilla, con una mano presionando el hombro del niño y la otra sosteniendo la bolsa de suero que oscilaba peligrosamente.
Mateo miraba el techo pasar a una velocidad vertiginosa. Lámpara, loseta, lámpara, grieta, lámpara. El dolor en su vientre había mutado. Ya no era un dolor localizado; era una llamarada que consumía todo su universo. Sentía que algo dentro de él estaba arañando las paredes de su estómago, desesperado por salir antes de que fuera demasiado tarde.
—Doctor, la saturación está bajando. 85 y cayendo —anunció uno de los enfermeros, mirando el monitor portátil.
—¡Oxígeno al 100%! ¡Vamos, Mateo, quédate conmigo, cabrón, no te me vayas! —La voz de Daniel era una orden militar, pero sus ojos denotaban un miedo profundo.
Llegaron a las puertas batientes de la zona de quirófanos. Un guardia de seguridad, un hombre mayor con uniforme mal ajustado, intentó detenerlos.
—¡Hey, hey! ¿Dónde está la hoja de ingreso? ¿La autorización del familiar? No pueden meterlo así nomás.
Daniel ni siquiera se detuvo. Le lanzó una mirada que habría podido cortar vidrio.
—¡Es una emergencia vital, oficial! ¡Artículo 35, Estado de Necesidad! ¡O se quita o lo quito!
El guardia, viendo la furia en los ojos del cirujano y la palidez mortal del niño, dio un paso atrás, levantando las manos. Las puertas se abrieron de golpe.
Justo antes de cruzar el umbral, Mateo sintió una mano apretar la suya. Giró la cabeza débilmente. Era el Profe Andrés, que había corrido todo el trayecto junto a la camilla, ignorando el protocolo.
—Te espero aquí afuera, campeón —dijo el maestro, con los ojos llenos de lágrimas y sudor—. No me voy a mover. Cuando salgas, aquí voy a estar. Te lo prometo.
Mateo quiso sonreír, pero solo le salió una mueca. —Gracias… —susurró, y luego las puertas se cerraron, separándolo del único mundo seguro que conocía.
El Preámbulo del Horror
Dentro del quirófano número 4, el aire estaba helado. El cambio de temperatura hizo que la piel de Mateo se erizara. El equipo quirúrgico ya estaba ahí, moviéndose con la precisión de una colmena alterada. Enfermeras instrumentistas abrían paquetes estériles, el anestesiólogo preparaba las jeringas, las máquinas pitaban en una sinfonía de ansiedad tecnológica.
—Masculino de 12 años, abdomen agudo, sospecha de perforación visceral o tumoración masiva con comportamiento… atípico —anunció Daniel mientras se lavaba las manos frenéticamente en la tarja de acero inoxidable. El agua caliente quemaba su piel, pero él necesitaba sentir esa limpieza, ese ritual antes de enfrentarse a lo desconocido.
—Doctor, no tenemos firma de consentimiento —dijo la jefa de enfermeras, Lupita, una veterana que había visto de todo, pero que ahora miraba el vientre de Mateo con repulsión—. La madre… o la madrastra, colgó el teléfono.
—Me vale madre el consentimiento, Lupita —gruñó Daniel, poniéndose la bata estéril—. Si esperamos a esa mujer, el niño muere en diez minutos. Yo asumo la responsabilidad legal. Preparen intubación rápida.
Mateo fue transferido a la mesa de operaciones. La luz de la lámpara cialítica lo cegó. Era como mirar directamente al sol.
—Hola, Mateo —dijo el anestesiólogo, un hombre calvo con ojos amables detrás de un cubrebocas de patitos—. Soy el Dr. Vargas. Te voy a poner una mascarilla, ¿ok? Quiero que pienses en algo bonito. ¿Te gusta el fútbol?
—Sí… —dijo Mateo, aunque en realidad no le gustaba tanto porque no podía correr.
—Bueno, imagina que vas a meter el gol de tu vida. Respira profundo. Uno… dos…
Un olor dulce y químico llenó la nariz de Mateo. El dolor empezó a alejarse, como si alguien estuviera bajando el volumen de una radio a todo volumen. Sus párpados pesaban toneladas. Lo último que sintió antes de que la oscuridad lo tragara fue un movimiento brusco en su interior, un último golpe de despedida del monstruo, como diciendo: “Ya vienen por nosotros”.
La Incisión
—Paciente sedado y relajado. Signos estables por ahora —dijo Vargas.
Daniel se acercó a la mesa. El campo quirúrgico azul cubría todo el cuerpo de Mateo, dejando expuesto solo el abdomen. Era una vista grotesca. En un cuerpo tan pequeño y demacrado, esa protuberancia parecía obscena, antinatural. La piel estaba tan estirada que era translúcida; se podían ver redes de venas oscuras pulsando debajo.
Y se movía.
Incluso bajo anestesia general, con los músculos de Mateo paralizados por los fármacos, el bulto tenía espasmos propios.
—Dios santo… —murmuró Lupita, persignándose discretamente—. ¿Vieron eso?
—Bisturí —pidió Daniel, ignorando el escalofrío que le recorrió la espalda. Su mano estaba firme, pero su mente gritaba alerta.
Hizo la incisión. Un corte longitudinal en la línea media, desde el apéndice xifoides hasta el pubis.
Lo normal al abrir el peritoneo es encontrar líquido seroso, tal vez un poco de sangre. Pero en cuanto el bisturí rompió la última capa de tejido, un olor nauseabundo inundó el quirófano. No era olor a heces por intestino perforado. No era olor a infección bacteriana, a pus.
Era un olor metálico, acre, mezclado con algo que recordaba al formol y a la carne podrida que ha estado en agua estancada.
—¡Succión! —ordenó Daniel, haciendo una mueca bajo su mascarilla.
El aspirador gorgoteó, llevándose un líquido oscuro y viscoso, casi negro.
—Separadores.
Daniel y su asistente colocaron los separadores metálicos y abrieron la cavidad abdominal. Lo que vieron hizo que el tiempo se detuviera. Durante tres segundos, nadie respiró. Nadie habló. Solo se escuchaba el bip-bip acelerado del monitor cardíaco.
No había un tumor. No había una masa de células desorganizada.
Había una bolsa.
Una membrana gruesa, fibrosa, de color grisáceo con vetas moradas, envolvía algo grande. Ocupaba casi todo el espacio abdominal, desplazando el hígado hacia arriba y comprimiendo los pulmones. Los intestinos de Mateo estaban aplastados contra su columna vertebral, atrofiados y pálidos.
Pero lo más aterrador eran las conexiones.
—Miren esto… —susurró Daniel, señalando con la pinza.
De la “bolsa” salían docenas de tentáculos carnosos, vascularizados, que se insertaban directamente en las arterias principales de Mateo. Se estaban alimentando de él. No solo robaban nutrientes; estaban conectados a su sistema nervioso.
—Está… está parasitado —dijo Vargas, el anestesiólogo, poniéndose de pie para ver mejor—. Pero esto no es una tenia. Esto es… macroscópico. Es enorme.
De repente, la bolsa se contrajo. Fue un movimiento violento, como un corazón gigante latiendo.
—¡La presión arterial del niño se dispara! 180 sobre 110. ¡Taquicardia de 150! —gritó Vargas—. ¡Lo está matando! ¡Esa cosa sabe que estamos aquí!
—¡Tenemos que sacarlo ya! —Daniel empezó a trabajar rápido. Demasiado rápido—. Pinzas vasculares. Vamos a clampar y cortar. ¡Cuidado con la aorta!
Era una operación de guerra. Cada vez que Daniel cortaba uno de los tentáculos que conectaban al parásito con el niño, el cuerpo de Mateo se sacudía en la mesa, y el monitor lanzaba alarmas. Era como desactivar una bomba biológica.
—Es como si estuvieran fusionados —jadeó el asistente, sudando—. Doctor, mire aquí. Esto… esto parece una sutura.
Daniel se detuvo un milisegundo. El asistente señalaba una de las adherencias más profundas, cerca del riñón. Había tejido cicatricial antiguo. Y en medio del tejido, un hilo azul. Polipropileno. Material quirúrgico.
—Alguien puso esto ahí —dijo Daniel, sintiendo que la bilis le subía a la garganta—. Esto no creció solo. Alguien operó a este niño antes y… cosió esta cosa a sus órganos.
—¿Qué clase de monstruo haría eso? —preguntó Lupita con voz horrorizada.
—No tenemos tiempo para eso. ¡Bisturí armónico! Vamos a quemar y cortar. ¡Ahora!
La batalla duró dos horas interminables. Fue una carnicería controlada. Daniel tuvo que resecar treinta centímetros de intestino que estaban necrosados, irreparablemente fusionados con el parásito. La sangre manchaba el suelo, sus batas, sus guantes.
Finalmente, quedó solo una conexión. La principal. Un tallo grueso, pulsante, conectado cerca de la vena cava.
—Si corto esto y sangra, se nos va en tres segundos —dijo Daniel, mirando a Vargas.
—No tienes opción, Daniel. El niño no aguanta más. Hazlo.
Daniel respiró hondo. Colocó dos clamps fuertes. Cerró los ojos un instante pidiendo ayuda a quien fuera que escuchara en ese infierno estéril.
Clack. Cerró la pinza.
Zzzzt. El bisturí eléctrico cortó el tejido.
La cosa se soltó.
Daniel metió ambas manos en la cavidad abierta de Mateo y sacó la masa. Pesaba. Pesaba al menos tres o cuatro kilos. Era tibia, resbalosa y pulsaba con un ritmo agónico.
La dejó caer en la bandeja metálica que sostenía la enfermera.
Plop.
La cosa se retorció en el metal frío. Todos en el quirófano retrocedieron un paso, horrorizados. La membrana grisácea se rasgó un poco con el impacto, revelando lo que había dentro.
No era un bebé. No era un feto.
Era una colección grotesca de tejidos. Había un ojo. Un ojo azul, grande y lechoso, mirando a la nada desde un amasijo de músculo rojo. Había algo parecido a una boca con dientes desordenados, y pequeños muñones que parecían dedos a medio formar.
—¡Madre santísima! —gritó Lupita, casi tirando la bandeja.
El “ojo” parpadeó una vez. Lentamente. Y luego, la masa dejó de moverse. Murió al ser desconectada de su fuente de vida.
El silencio volvió al quirófano, roto solo por el sonido del monitor de Mateo.
Bip… bip… bip…
El ritmo se estabilizó. La presión bajó.
—Está vivo —exhaló Vargas, dejándose caer en su taburete—. El niño está vivo.
Daniel se quedó mirando la bandeja, temblando. Se quitó los guantes llenos de sangre y los tiró al suelo con rabia.
—Manden eso a patología —dijo con voz ronca, irreconocible—. Y que venga la policía. Quiero a un forense aquí. Esto no es un tumor. Esto es un crimen.
El Pasillo de la Espera
Mientras tanto, en la sala de espera de urgencias, el tiempo transcurría de otra manera: lento, pegajoso y asfixiante.
El Profe Andrés caminaba de un lado a otro, desgastando la suela de sus tenis deportivos. Había llamado a la directora de la escuela, pero le dijeron que no se metiera en problemas legales. Había intentado llamar al DIF, pero le pedían datos que no tenía.
Solo le quedaba esperar.
De repente, las puertas automáticas de la entrada se abrieron y entró un torbellino.
Era Inés.
No parecía la madre preocupada que Andrés esperaba ver. Llevaba el uniforme de enfermera arrugado, el cabello despeinado y los ojos inyectados en sangre. Pero no había lágrimas. Había furia. Pánico disfrazado de autoridad.
—¿Dónde está? —gritó, acercándose al mostrador de recepción—. ¡Soy la madre de Mateo Morales! ¡Exijo ver a mi hijo! ¡Me dijeron que lo trajeron aquí sin mi permiso!
La recepcionista, una mujer joven que masticaba chicle, la miró sin inmutarse. —Señora, baje la voz. Su hijo está en quirófano.
—¡¿Quirófano?! —Inés se puso pálida. Se agarró del mostrador como si fuera a desmayarse—. ¡No! ¡Tienen que detenerlos! ¡No pueden operarlo! ¡Él tiene… él tiene una condición especial! ¡Lo van a matar!
Andrés se acercó lentamente, sintiendo una oleada de sospecha y repulsión.
—Señora Inés —dijo.
Inés se giró bruscamente. —¿Y usted quién diablos es?
—Soy Andrés, el maestro de educación física de Mateo. Yo lo traje.
Inés lo miró como si fuera una cucaracha. Sus ojos oscuros destilaban veneno.
—Ah, tú… —siseó, acercándose a él, apuntándole con un dedo de uña larga y descascarada—. Tú eres el imbécil que se robó a mi hijo. Te voy a demandar. Te voy a meter a la cárcel por secuestro. ¡Tú no tenías derecho!
—¡Su hijo se estaba muriendo en el patio de la escuela! —gritó Andrés, perdiendo la paciencia—. ¡Vomitó sangre! ¡Tenía algo moviéndose en la panza que se veía a simple vista! ¿Qué quería que hiciera? ¿Que lo dejara morir mientras usted no contestaba el maldito teléfono?
—¡Tú no entiendes nada! —Inés miraba hacia las puertas del área restringida con desesperación—. ¡Tengo que entrar! ¡Tengo que hablar con el cirujano antes de que vean…!
Se calló de golpe. Se dio cuenta de que había dicho demasiado.
—¿Antes de que vean qué? —preguntó Andrés, entrecerrando los ojos. Dio un paso hacia ella, haciéndose grande, usando su estatura para intimidarla—. ¿Qué es lo que tiene Mateo, señora? ¿Por qué tiene tanto miedo de que los doctores lo vean?
Inés retrocedió, acorralada.
—Es… es complicado. Es genético. Ustedes no son médicos, no entenderían. ¡Déjeme pasar!
Intentó correr hacia las puertas batientes, pero Andrés la bloqueó.
—Usted no va a ningún lado hasta que salga el doctor.
En ese momento, las puertas se abrieron.
La Revelación
Salió el Dr. Daniel Arriaga. Todavía llevaba la ropa de quirófano, manchada de sangre oscura en el pecho y el abdomen. No llevaba cubrebocas. Su rostro estaba gris, envejecido diez años en dos horas.
Inés se congeló al verlo. Reconoció la sangre.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó ella, pero su voz salió como un hilo tembloroso.
Daniel la miró. Fue una mirada larga, fría, desprovista de cualquier empatía profesional. Era la mirada de un hombre que acababa de ver el infierno y estaba viendo al demonio que lo creó.
—Está vivo —dijo Daniel, secamente—. Está en recuperación.
Inés soltó un suspiro que pareció un sollozo, pero Daniel la interrumpió.
—Le sacamos todo, señora. Todo.
El silencio cayó sobre la sala de espera como una losa de plomo. La gente alrededor dejó de mirar sus celulares. La tensión era eléctrica.
—¿Qué… qué encontraron? —preguntó Andrés, temiendo la respuesta.
Daniel no apartó la vista de Inés. Dio un paso hacia ella.
—Encontramos una masa parasitaria de tres kilos y medio. Un teratoma altamente desarrollado con estructuras complejas. Pero lo más interesante no fue la masa, señora.
Inés estaba temblando visiblemente. Empezó a retroceder hacia la salida.
—Lo más interesante —continuó Daniel, elevando la voz—, fue encontrar suturas de polipropileno dentro de la cavidad abdominal, uniendo la masa a la aorta del niño. Suturas viejas. De hace unos cuatro o cinco años.
—No sé de qué me habla… —balbuceó Inés—. Él… él nunca fue operado.
—¡Miente! —rugió Daniel, y su grito hizo eco en todo el hospital—. ¡Usted es enfermera quirúrgica! ¡Usted sabe lo que es una sutura vascular! ¡Alguien le implantó eso! ¡Alguien abrió a ese niño cuando era pequeño y le metió esa cosa para que creciera dentro de él como si fuera una incubadora humana!
La acusación flotó en el aire, monstruosa, imposible.
—¡Estás loco! —chilló Inés, histérica—. ¡Voy a llamar a mi abogado!
—No va a necesitar un abogado —dijo una voz firme detrás de ella.
Dos oficiales de la policía de la Ciudad de México entraron por la puerta principal, acompañados por una mujer de civil con placa al cuello. La Detective Solís. El Dr. Daniel había llamado desde el quirófano.
—Inés Mondragón —dijo la detective—. Queda detenida preventivamente por sospecha de intento de homicidio, lesiones graves y tráfico de material biológico.
—¡No! ¡Suéltame! —Inés intentó correr, pero los oficiales la agarraron de los brazos. Empezó a patalear y gritar—. ¡Ustedes no saben con quién se meten! ¡Esto es más grande que ustedes! ¡El Instituto los va a destruir a todos!
—Ya veremos —dijo Solís—. Llévensela.
Mientras arrastraban a Inés hacia la salida, gritando amenazas y maldiciones, el Profe Andrés se acercó a Daniel.
—Doctor… —dijo, todavía procesando el horror—. ¿Qué fue lo que le sacaron? ¿Qué era esa cosa?
Daniel se pasó la mano por el pelo, exhausto. Miró hacia las puertas del quirófano, donde el “monstruo” ya estaba siendo empaquetado para evidencia.
—No sé qué era, Andrés —admitió en voz baja—. Pero cuando lo pusimos en la bandeja… me miró. Tenía el ojo azul. Igualito al de Mateo.
Andrés sintió un escalofrío.
—¿Y ahora qué?
—Ahora esperamos a que Mateo despierte —dijo Daniel, mirando hacia donde se habían llevado a Inés—. Y rezamos para que los que hicieron esto no vengan a terminar el trabajo. Porque Inés tiene razón en una cosa: ella no hizo esto sola. Se necesita un equipo quirúrgico completo, un laboratorio, dinero… mucho dinero.
Daniel miró su mano, todavía temblando ligeramente.
—Acabamos de destapar una cloaca, maestro. Y me temo que lo que salió de la panza de Mateo es solo la punta del iceberg.
El Despertar
Dos horas más tarde, en la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos.
Mateo flotaba en una nube blanca. Sentía sed. Mucha sed.
Abrió los ojos. Todo estaba borroso. Vio tubos, luces, una ventana con lluvia golpeando el cristal.
Intentó llevarse la mano al estómago, el movimiento reflejo de cuatro años de dolor.
Su mano tocó… vendas.
Pero debajo de las vendas, estaba plano.
No había bulto. No había peso. No había ese calor enfermo irradiando hacia sus piernas.
—Hola, valiente —susurró una voz.
Mateo enfocó la vista. El Dr. Daniel estaba sentado a su lado, ya limpio, con una bata blanca impecable, aunque sus ojos seguían tristes.
—¿Ya… ya no está? —preguntó Mateo. Su voz era un rasguido.
—Ya no está —confirmó Daniel, sonriendo levemente—. Se fue para siempre.
Mateo respiró hondo. Por primera vez en años, sus pulmones se llenaron de aire por completo. No había nada empujando su diafragma. No había patadas internas. Solo un vacío maravilloso, bendito.
—¿Y Inés? —preguntó con miedo.
—Inés no va a volver —dijo Daniel, tomándole la mano—. La policía se la llevó. Ella nos va a tener que explicar muchas cosas. Pero tú estás a salvo aquí. Hay dos policías en la puerta. Nadie te va a hacer daño nunca más.
Mateo cerró los ojos. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. No era de dolor. Era de alivio. Un alivio tan profundo que dolía.
—Gracias… —susurró, y se dejó llevar por el sueño, un sueño real, sin monstruos, sin dolor.
Pero en el laboratorio de patología, tres pisos más abajo, el forense de guardia observaba con incredulidad el frasco de formol donde flotaba la masa extraída.
El ojo azul dentro del frasco ya no parpadeaba, pero el tejido alrededor de la herida de corte… se estaba regenerando.
Lentamente. Célula a célula.
El monstruo estaba muerto, pero sus células no. Y en la etiqueta del frasco, alguien había escrito con plumón rojo: “ESPÉCIMEN 04 – PROYECTO LÁZARO – FALLIDO”.
La pesadilla de Mateo había terminado, pero la guerra por la verdad acababa de comenzar.
CAPÍTULO 4: LOS HILOS DEL TITIRITERO
La Calma Después de la Tormenta
El Hospital General de la Ciudad de México tiene un sonido particular por las noches. Es una mezcla de murmullos lejanos, el zumbido eléctrico de las máquinas viejas que se niegan a morir, y el rodar de las camillas por los pasillos encerados. Para Mateo, sin embargo, el sonido más fuerte era el silencio de su propio cuerpo.
Llevaba despierto una hora, mirando fijamente la gelatina de limón que una enfermera le había dejado en la mesita. Temblaba con el aire acondicionado.
Hizo el movimiento instintivo de llevarse la mano al vientre, esperando encontrar el bulto duro, la patada, el dolor. Pero su mano aterrizó suavemente sobre las vendas planas. No había nada. Solo el vacío. Un vacío maravilloso, ligero, bendito.
—¿No te gusta la de limón? —preguntó una voz desde la puerta.
Era el Dr. Daniel. Ya no traía la bata ensangrentada, sino una camisa azul arrugada y unos pantalones de mezclilla. Se veía cansado, como si le hubiera pasado un tráiler por encima, pero sonreía. Traía dos vasos de café humeante y una bolsa de pan dulce.
—Sí me gusta —dijo Mateo, con la voz todavía rasposa por el tubo de intubación—. Es solo que… tengo miedo de comer.
Daniel entró y cerró la puerta con el pie. Jaló una silla y se sentó al lado de la cama, dejando el café en la mesa.
—Te entiendo. Durante cuatro años, comer significaba dolor. Es normal que tengas miedo, Mateo. Es como… —Daniel buscó las palabras—, como cuando te quitas un zapato que te aprieta mucho. Al principio, todavía sientes el dolor fantasma en los dedos. Pero te prometo algo: tu sistema digestivo está libre. Cosimos, limpiamos y reparamos. Eres un niño nuevo.
Mateo tomó la cuchara de plástico. Le temblaba la mano. Cortó un pedazo de gelatina verde brillante y se lo llevó a la boca. Estaba fría, dulce, artificial. Tragó.
Esperó.
Esperó el retortijón. Esperó que “el monstruo” se despertara furioso por la intrusión.
Nada. La gelatina bajó suavemente.
Una sonrisa se dibujó en la cara demacrada del niño. Una sonrisa que iluminó sus ojos hundidos.
—Está rica —susurró.
Daniel sintió un nudo en la garganta. Ver a un niño disfrutar de una gelatina de hospital como si fuera un manjar de los dioses le partía el alma. Le recordaba por qué se había hecho médico, y también por qué odiaba a veces a la humanidad.
—Oye, Mateo —Daniel se inclinó hacia adelante, poniéndose serio—. Necesito que sepas lo que está pasando afuera. No quiero mentirte.
Mateo dejó la cuchara. —¿Inés?
—Inés está detenida. La Detective Solís la tiene en “El Búnker”, en la Fiscalía. No va a salir, Mateo. Le encontraron… cosas. Pruebas. Pero necesito preguntarte algo difícil. ¿Recuerdas haber ido a algún otro lugar además del consultorio de ese tal Dr. Valerio? ¿Algún edificio grande, con muchas ventanas, tal vez cuando eras muy chiquito?
Mateo frunció el ceño, buscando en su memoria fragmentada.
—No sé… —dudó—. A veces, Inés me llevaba a su trabajo. Decía que no tenía con quién dejarme. Me dejaba en una sala de espera con juguetes viejos. Olía raro. A medicina fuerte.
—¿Recuerdas el nombre del lugar?
—Creo que decía… “Biomédica” algo. Tenía un logotipo de una serpiente azul.
Daniel asintió lentamente. —Biomédica. El Instituto de Investigación Biomédica del Sur. Gracias, Mateo. Eso nos ayuda mucho.
—¿Ellos me pusieron la cosa? —preguntó el niño, con una claridad que heló la sangre del médico.
Daniel no quiso mentirle. —Creemos que sí. O al menos, alguien que trabajaba ahí. Pero vamos a averiguar quién y por qué. Ahora descansa. Tienes dos policías en la puerta. Nadie entra sin mi permiso. Ni siquiera el director del hospital.
El Búnker
A diez kilómetros de ahí, en las instalaciones de la Fiscalía General de Justicia, el aire olía a café quemado, sudor frío y desesperanza. La sala de interrogatorios era un cubo de concreto gris con un espejo de un solo sentido.
Inés Mondragón estaba sentada frente a una mesa de metal atornillada al piso. Ya no tenía su uniforme de enfermera; llevaba un overol naranja que le quedaba grande. Sin maquillaje, sin sus cigarros y sin su arrogancia habitual, parecía más vieja. Sus manos temblaban ligeramente sobre la mesa, esposadas a una argolla.
Del otro lado de la mesa estaba la Detective Claudia Solís. Solís era una mujer de cuarenta años, bajita pero dura como el pedernal. Había visto de todo en la CDMX: narcos, secuestros, trata. Pero esto… esto era diferente.
Solís abrió una carpeta color manila y sacó una foto. La deslizó sobre la mesa.
Era una foto del “espécimen” extraído de Mateo, brillando bajo las luces del quirófano, con sus tentáculos y su ojo grotesco.
Inés desvió la mirada.
—Míralo —ordenó Solís con voz suave, peligrosa—. Es el “bebé” que cuidaste cuatro años. ¿No le vas a dar un beso de despedida?
—Quiero a mi abogado —dijo Inés, mirando a la pared.
—Ya te dije que tu abogado de oficio viene en camino. Pero mientras llega, platiquemos. Sabes que te vas a comer al menos treinta años por intento de homicidio calificado y lesiones agravadas a un menor, ¿verdad? Eso sin contar la falsificación de documentos y ejercicio indebido de la profesión.
Inés soltó una risa seca. —No me van a dejar aquí treinta años. No tienes idea de con quién estás hablando.
—Ilumíname —dijo Solís, recargándose en la silla—. Porque lo que yo veo es a una enfermera de medio pelo que torturó al hijo de su mejor amigo muerto. Veo a una psicópata.
—¿Amigo? —Inés escupió la palabra—. Alejandro no era mi amigo. Era un traidor. Él sabía las reglas. Firmó los contratos. Cuando quiso jugar al héroe, pagó el precio.
Solís se inclinó, captando el anzuelo. —¿Qué precio? ¿El accidente de coche? ¿Lo mataron, Inés?
Inés se mordió el labio, dándose cuenta de que había hablado de más. —Yo no dije eso.
—Lo insinuaste. Y está grabado. —Solís señaló la cámara en la esquina—. Escucha, Inés. El Dr. Daniel encontró las suturas. Polipropileno 4-0. Sutura vascular. Eso no lo hace cualquiera. Se necesita un cirujano experto. ¿Quién operó a Mateo? ¿Quién le metió esa cosa? Si me das nombres, puedo hablar con el juez. Puedo pedir protección para ti. Porque si lo que dices es cierto, y hay gente poderosa detrás de esto, ¿cuánto crees que vas a durar viva en Santa Martha Acatitla? Ellos te van a silenciar, Inés. Eres el cabo suelto.
El miedo cruzó los ojos de Inés por primera vez. Sabía cómo operaba el Instituto. Sabía lo que le pasaba a los que fallaban.
—Fue… fue el Proyecto Lázaro —susurró, tan bajo que Solís tuvo que acercarse—. Buscaban regeneración. Inmortalidad biológica. El parásito… no es un parásito. Es un simbionte. Hecho con células madre y… algo más.
—¿Quién lo operó? —presionó Solís.
—El Director. El Dr. Kuri. Él hizo la implantación cuando Mateo tenía ocho años, en una supuesta apendicectomía de emergencia que falsificamos en el sistema.
—¿Kuri? ¿Salomón Kuri? —Solís conocía el nombre. Era un pez gordo. Uno de los asesores de salud más influyentes del país, con fotos abrazando a presidentes y gobernadores.
—Él y Alejandro trabajaban juntos. Pero la madre… la madre de Mateo fue la incubadora original. Ella murió porque su cuerpo rechazó la primera versión. El niño… el niño era la versión 2.0. Era perfecto. Resistente.
—¿Por qué? —preguntó Solís, sintiendo náuseas—. ¿Para qué hacerle eso a un niño?
—Para venderlo —dijo Inés, con una frialdad espeluznante—. ¿Sabes cuánto pagarían los militares, o los millonarios viejos, por un organismo que puede regenerar tejidos? El simbionte repara a su huésped para mantenerse vivo. Por eso Mateo nunca se enfermaba de gripe, por eso aguantó la desnutrición. El simbionte lo mantenía vivo mientras lo consumía. Era una granja humana.
Solís se puso de pie, cerrando la carpeta de golpe. Tenía ganas de vomitar, y luego de golpear a Inés hasta borrarle esa sonrisa cínica.
—Se acabó la entrevista —dijo Solís—. Voy por ese tal Kuri. Y tú… tú reza para que la policía llegue a él antes que sus abogados a ti.
Salió de la sala, dejando a Inés sola con su reflejo y sus demonios.
El Laboratorio de Patología
Mientras tanto, en el sótano del Hospital General, el Dr. Rivas, jefe de patología, estaba teniendo la noche más extraña de su carrera de treinta años.
El frasco con el espécimen estaba sobre la mesa de disección, bajo una luz halógena potente. Rivas ajustó el microscopio electrónico conectado a la pantalla grande. Había tomado una biopsia del tejido del “monstruo” hacía una hora.
—Esto es imposible… —murmuró para sí mismo, limpiándose los lentes con la bata.
En la pantalla, las células del tejido extraído no se estaban muriendo. Se estaban reorganizando.
El corte que Daniel había hecho para separar el parásito de la aorta de Mateo ya estaba cerrado. El tejido cicatrizaba a una velocidad visible, unas cien veces más rápido que el tejido humano normal.
Pero había algo más.
Rivas acercó una sonda eléctrica al frasco. En cuanto la corriente estática se acercó, el tejido dentro del formol reaccionó. Se contrajo. Pulsó.
—Responde a estímulos eléctricos —grabó Rivas en su grabadora de voz—. A pesar de estar separado del huésped y sumergido en conservador, el tejido muestra actividad bioeléctrica autónoma. Esto no es un teratoma. Esto es tecnología biológica.
Su teléfono celular vibró en la mesa metálica, haciéndolo saltar. Número desconocido.
Rivas contestó, molesto. —¿Sí? Aquí Patología.
—Dr. Rivas —dijo una voz masculina, suave, educada, pero con un tono metálico de fondo—. Tiene usted algo que nos pertenece.
—¿Quién habla? —Rivas frunció el ceño.
—No importa quién soy. Importa lo que va a hacer. Va a tomar el frasco marcado como “Paciente Mateo Morales”. Va a caminar hacia el incinerador de residuos biológicos y lo va a destruir. Ahora mismo.
—Oiga, esto es evidencia de un crimen. No puedo…
—Dr. Rivas, sabemos que su hija, Sofía, estudia en la Prepa 6. Sabemos que sale a las 2:00 PM. Sabemos que toma el microbús verde. Sería una lástima que tuviera un accidente, ¿no cree?
Rivas se quedó helado. El teléfono casi se le cae de la mano.
—¿Qué… qué quieren?
—Ya se lo dije. Queme la muestra. Borre los archivos. Y olvide que vio algo. Tiene diez minutos.
La línea se cortó.
Rivas miró el frasco. El ojo azul del monstruo parecía mirarlo a través del vidrio y el líquido amarillento. Era una mirada de inteligencia malévola.
El patólogo temblaba. Pensó en su hija. Pensó en su ética. Pensó en el niño arriba en terapia intensiva.
Con manos sudorosas, tomó el frasco. Caminó hacia el pasillo trasero, donde estaba el horno crematorio para desechos biológicos peligrosos. Pero en lugar de ir al horno, se desvió hacia el cuarto de limpieza. Vació el formol en el fregadero, metió la masa carnosa en una bolsa de plástico negra, y luego la metió dentro de su lonchera térmica, escondiéndola bajo su tupper de ensalada.
Luego, tomó un frasco idéntico, metió un hígado con cirrosis que tenía de una autopsia anterior, lo etiquetó como “Mateo Morales”, y lo llevó al incinerador.
—Que Dios me perdone —susurró mientras veía el fuego consumir el hígado falso.
Salió del hospital con su lonchera bajo el brazo, rezando para que nadie lo detuviera. Tenía que llevárselo a Daniel. O a la policía. Pero no podía dejarlo ahí.
La Casa de los Horrores
A la mañana siguiente, la Detective Solís y el Dr. Daniel estaban parados frente a la puerta del departamento de Inés. Tenían una orden de cateo urgente.
El edificio se veía aún más deprimente a la luz del día. La pintura se caía a pedazos.
—Aquí vivió cuatro años —dijo Daniel, sintiendo una opresión en el pecho—. En este agujero.
—Vamos a ver qué encontramos —dijo Solís, rompiendo el precinto policial que habían puesto la noche anterior.
Entraron. El olor a encierro y tabaco era abrumador. El departamento era un caos de muebles viejos y ropa sucia. Pero lo que les llamó la atención fue la habitación de Mateo.
Era una celda.
No había juguetes. Solo una cama con un colchón manchado, una silla y una mesa. En la pared, había marcas. Rayas hechas con lápiz.
Daniel se acercó. Eran fechas. Y al lado de cada fecha, una medida en centímetros.
12 de oct: 85 cm
15 de nov: 88 cm
20 de dic: 92 cm – Movimiento fetal detectado.
—Lo medía… —dijo Daniel, pasando los dedos por las marcas—. Como si fuera ganado.
Solís estaba revisando el armario de Inés. En el fondo, detrás de unas cajas de zapatos, encontró un panel falso en la pared de madera. Lo arrancó con una palanca.
Dentro había una caja fuerte pequeña.
—Bingo —dijo Solís.
No estaba cerrada con llave. Inés, en su arrogancia, no creyó que nadie la encontraría jamás.
Dentro de la caja había dinero en efectivo —fajos de billetes de quinientos pesos y dólares— y una libreta de piel negra. También había un disco duro externo.
Daniel tomó la libreta. La abrió. La letra no era de Inés. Era una letra cursiva, apretada, nerviosa.
—Es de Alejandro… —dijo Daniel, reconociendo la caligrafía de su colega fallecido—. Es el diario de Alex.
Empezó a leer en voz alta, con la voz quebrada.
“7 de junio de 2021. Descubrí la verdad. Marina no murió de eclampsia. Kuri me mintió. Revisé los archivos secretos del Nivel 4. Le implantaron el prototipo Lázaro durante el tratamiento de fertilidad. Usaron nuestra desesperación por tener un hijo para convertirla en un envase. Y ahora… ahora temo por Mateo. El bebé nació con marcadores genéticos alterados. Kuri dice que es un milagro. Yo digo que es una abominación. Tengo que sacar a mi hijo de aquí. Tengo que ir a la prensa. Pero me vigilan. Inés me vigila. Si algo me pasa, dejo esto como testimonio…”
Daniel cerró la libreta de golpe. Sus manos temblaban de rabia.
—Lo sabía —dijo—. Alex lo sabía y lo mataron por eso. Y le entregaron al niño a la carcelera para que terminara el experimento.
Solís guardó el disco duro en su bolsa de evidencia.
—Tenemos todo, Daniel. Con esto tumbamos a Kuri, al Instituto y a quien sea. Esto es evidencia de crímenes de lesa humanidad. Experimentación genética ilegal. Homicidio.
En ese momento, el celular de Daniel sonó. Era el Dr. Rivas, el patólogo.
—Daniel, no hables. Solo escucha —la voz de Rivas sonaba aterrorizada, con ruido de tráfico de fondo—. Me amenazaron. Querían que destruyera la muestra. Fingí hacerlo, pero la tengo conmigo. Estoy en un taxi yendo a… no, no puedo decirte por teléfono. Nos están escuchando.
—Rivas, ve a la Fiscalía. Busca a la Detective Solís.
—¡No! La policía está comprada, Daniel. Vi una patrulla siguiéndome hace dos cuadras. Voy para tu casa. Es el único lugar donde no buscarán todavía. Espérame ahí. Y Daniel… la cosa… la cosa está creciendo. Rompió la bolsa de plástico dentro de la lonchera. Es fuerte.
La llamada se cortó.
Daniel y Solís se miraron.
—Tenemos que irnos —dijo Daniel—. Rivas tiene la muestra y lo están cazando.
—Espera —dijo Solís, sacando su arma—. Si saben que Rivas tiene la muestra, saben que fallaron. ¿Cuál crees que sea su siguiente movimiento?
Los ojos de Daniel se abrieron con horror.
—Mateo.
—Si no pueden recuperar la muestra… van a intentar recuperar al huésped. O eliminarlo para borrar la evidencia final.
—¡El hospital! —gritó Daniel, corriendo hacia la puerta.
Código Negro
El Hospital General estaba tranquilo, o eso parecía. En el piso 3, donde estaba Terapia Intensiva, los dos policías asignados a la puerta de Mateo estaban aburridos, tomando café de la máquina.
Un hombre con bata blanca, estetoscopio al cuello y una carpeta clínica bajo el brazo se acercó a ellos. Caminaba con seguridad, con esa arrogancia típica de los médicos jefes que hace que nadie les cuestione nada.
—Buenas tardes, oficiales —dijo el hombre. Tenía el cabello gris bien peinado y lentes sin armazón. En su gafete decía “Dr. S. Kuri – Consultor Externo”.
—Buenas tardes, doc —dijo uno de los policías.
—Vengo a revisar al paciente Morales. Traslado urgente a una unidad de especialidad por complicaciones post-quirúrgicas. Aquí está la orden firmada por la Dirección.
Les entregó un papel con sellos oficiales. Los policías, que no sabían nada de medicina ni de burocracia, miraron los sellos. Parecían legítimos.
—Adelante, doc.
Kuri sonrió. Una sonrisa de reptil.
—Gracias. Será rápido.
Entró a la habitación.
Mateo estaba despierto, viendo la televisión. Se giró al oír la puerta. Al ver al hombre de cabello gris, sus ojos se abrieron como platos. Lo recordaba. Era una memoria borrosa de cuando tenía cuatro o cinco años, pero ese olor… esa loción cara mezclada con desinfectante… ese rostro afilado.
—Hola, Mateo —dijo Kuri, cerrando la puerta con seguro y bajando las persianas—. Cuánto has crecido. Eres todo un sobreviviente.
—Usted… —susurró Mateo, retrocediendo en la cama hasta chocar con la cabecera—. Usted estaba con mi papá.
—Tu papá era un hombre brillante, pero débil. Tú, en cambio… tú eres magnífico. —Kuri sacó una jeringa de su bolsillo. No era una jeringa normal. Tenía un líquido ámbar brillante—. Lamentablemente, tu doctorcito te quitó la parte más valiosa de ti. Pero no te preocupes. Todavía tienes el ADN modificado. Todavía sirves.
—¡Déjeme! ¡Auxilio! —Mateo intentó gritar, pero Kuri fue rápido. Le tapó la boca con una mano enguantada en látex.
—Shh, shh. No va a doler. Solo vas a dormir y vas a despertar en un lugar mucho mejor, donde te trataremos como al rey que eres. El Proyecto Lázaro no puede terminar así.
Kuri acercó la aguja al brazo de Mateo, buscando la vía intravenosa.
Mateo pataleó. Recordó todas las veces que Inés lo había golpeado, todas las veces que había aguantado el dolor. “No soy débil”, pensó. “Ya no”.
Con un movimiento desesperado, Mateo mordió la mano de Kuri. Mordió con fuerza, hasta sentir el sabor a caucho y sangre.
—¡Ah, maldito escuincle! —gritó Kuri, soltándolo por un segundo.
Mateo aprovechó ese segundo. Agarró la taza de gelatina vacía de la mesa y se la estrelló a Kuri en la cara. No le hizo daño, pero lo sorprendió.
—¡Policía! ¡Ayuda! —gritó Mateo con todas sus fuerzas.
La puerta se abrió de una patada. Pero no eran los policías.
Era Daniel.
Había corrido desde el estacionamiento, subiendo las escaleras de tres en tres, dejando a Solís atrás.
Al ver a Kuri con la jeringa, Daniel no pensó como médico. Pensó como padre.
Se lanzó sobre Kuri como un linebacker de fútbol americano. Los dos hombres chocaron y cayeron al suelo, tirando la mesa, el monitor y el tripié del suero.
—¡No lo toques! —rugió Daniel, golpeando a Kuri en la cara.
Kuri, a pesar de ser mayor, era fuerte y sabía pelear sucio. Le metió el dedo en el ojo a Daniel y lo empujó. La jeringa rodó por el suelo.
—¡Eres un imbécil, Arriaga! —gritó Kuri, levantándose y sacando una pistola pequeña de su tobillera—. ¡No puedes detener el progreso!
Apuntó a Daniel, que estaba en el suelo, ciego de un ojo por el golpe.
—Despídete, doctor.
BANG.
El disparo sonó como un cañón en la pequeña habitación.
Mateo gritó, tapándose los oídos.
Pero Daniel no cayó.
Kuri puso una cara de sorpresa. Soltó la pistola. Una mancha roja comenzó a expandirse en su hombro derecho.
En la puerta, la Detective Solís sostenía su arma reglamentaria, con el cañón humeante.
—Policía de Investigación —dijo Solís, jadeando—. Suelte el arma o el siguiente va a la cabeza.
Kuri cayó de rodillas, agarrándose el hombro sangrante. Miró a Mateo, luego a Daniel, y finalmente a Solís.
—No tienen idea de lo que han hecho… —balbuceó Kuri, sonriendo con los dientes manchados de sangre—. Cortaron una cabeza, pero la Hidra tiene mil más. El Lázaro ya está en la fase tres. No pueden pararlo.
—Cállese el hocico —dijo Solís, acercándose para esposarlo.
Daniel se levantó a duras penas y corrió hacia la cama. Abrazó a Mateo. El niño temblaba incontrolablemente, aferrándose a la camisa del doctor.
—Ya pasó, ya pasó —le susurró Daniel al oído, mientras las sirenas de más patrullas se escuchaban acercándose al hospital—. Te tengo. Nadie te va a llevar.
Mateo hundió la cara en el pecho de Daniel. Por primera vez, se sintió protegido de verdad. Pero las palabras de Kuri flotaban en el aire como una niebla tóxica: “La Hidra tiene mil cabezas”.
La batalla había terminado, pero la guerra por su vida y por la verdad apenas comenzaba. Y en algún lugar de la ciudad, el Dr. Rivas corría con una lonchera térmica donde un pedazo de carne inmortal palpitaba, esperando su momento para renacer.
PARTE 2: LA CICATRIZ INVISIBLE
CAPÍTULO 5: EL PRIMER DÍA DEL RESTO DE TU VIDA
Zona de Guerra: El Hospital
El eco del disparo que derribó al Dr. Salomón Kuri pareció quedarse atrapado en las paredes de la habitación 304 mucho después de que el humo de la pólvora se disipara. El Hospital General, usualmente un lugar de caos controlado, se había transformado en un hormiguero de policías, peritos forenses y agentes de la Fiscalía.
Mateo estaba sentado en el borde de la cama, envuelto en una manta térmica plateada que le había dado un paramédico. No dejaba de temblar. No era frío; era la adrenalina bajando de golpe, dejando tras de sí un residuo amargo de terror. Sus ojos oscuros seguían fijos en la mancha de sangre en el piso, donde minutos antes había estado el hombre que intentó inyectarle veneno.
—Hey, mírame —dijo Daniel, arrodillándose frente a él para bloquearle la vista de la escena del crimen.
El ojo izquierdo de Daniel estaba hinchado y morado por el golpe que le había dado Kuri, y tenía el labio partido. Pero su mirada era cálida, inquebrantable.
—¿Te duele algo? ¿Te lastimó?
Mateo negó con la cabeza lentamente. —Tengo… tengo hambre —susurró, sorprendiéndose a sí mismo. Después de casi morir, lo único que su cuerpo pedía era combustible.
Daniel soltó una carcajada breve, nerviosa, llena de alivio. Le revolvió el cabello al niño.
—Eso es bueno. Eso es muy bueno. Significa que estás vivo, cabrón. Estás muy vivo.
La Detective Solís entró en la habitación, guardando su teléfono. Se veía agotada, pero satisfecha.
—Se llevaron a Kuri al Hospital de Xoco en calidad de detenido. Está estable, por desgracia. La bala le dio en el hombro. Pero va a cantar. Ese tipo es un cobarde; en cuanto vea que sus amigos políticos lo abandonan, va a soltar toda la sopa para reducir su condena.
—¿Y Inés? —preguntó Mateo, pronunciando el nombre con miedo.
—Inés ya está cantando en el Reclusorio —dijo Solís, guiñándole un ojo—. Al parecer, cuando se enteró de que agarramos a su jefe, le entró el pánico de que le echaran toda la culpa a ella. Está negociando protección. Mateo, gracias a ti, vamos a desmantelar toda esa red de locos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Daniel, poniéndose de pie y haciendo una mueca de dolor por sus costillas magulladas—. No puede quedarse aquí. Kuri dijo que esto era una “Hidra”. Si tienen más gente…
—El hospital ya no es seguro —coincidió Solís—. Tengo una orden judicial temporal. Le quité la custodia a Inés y el Estado ha tomado tutela precautoria. Pero los albergues del DIF… bueno, digamos que no son el lugar más seguro para un testigo clave de alto riesgo.
Solís miró a Daniel fijamente.
—Tú eres la única persona en la que confía. Y técnicamente, ya solicitaste ser su tutor de emergencia, ¿verdad?
—Lo hice hace dos horas, antes de que este infierno se desatara —dijo Daniel firmemente.
—Bien. Entonces te lo llevas. Te voy a poner una patrulla 24/7 afuera de tu edificio. Nadie entra, nadie sale sin que yo lo sepa. Desaparezcan un rato. Coman pizza, vean películas, sean aburridos. Necesitamos que el polvo se asiente.
El Paquete Peligroso
Antes de salir del hospital, tuvieron un encuentro clandestino en el estacionamiento subterráneo. El Dr. Rivas, el patólogo, los esperaba escondido detrás de una columna de concreto, abrazando su lonchera térmica como si tuviera lingotes de oro.
Estaba sudando a mares, mirando a todos lados con paranoia.
—¡Daniel! —susurró Rivas al verlos llegar junto a la escolta policial—. ¡Gracias a Dios!
—Rivas, ¿tienes la muestra? —preguntó Daniel.
Rivas asintió frenéticamente y abrió un poco la tapa de la lonchera. Un olor acre, químico, escapó de inmediato.
—Está… está cambiando, Daniel. —La voz del patólogo temblaba—. Rompió la bolsa Ziploc. Tuve que meterlo en un tupper de vidrio. Mira.
Daniel se asomó. Dentro del recipiente, la masa de tejido que habían extraído de Mateo ya no parecía un amasijo de carne informe. Había empezado a formar una estructura. Los tentáculos se habían entrelazado creando una especie de capullo duro, de un color negro brillante.
—Se está protegiendo —murmuró Daniel, fascinado y horrorizado—. Entró en estado de criptobiosis.
—No solo eso —dijo Rivas—. Acerqué mi reloj inteligente al tupper y se apagó. Emite un campo electromagnético leve. Daniel, esto no es biología terrestre normal. O es ingeniería genética de punta, años luz por delante de lo que conocemos, o es… otra cosa.
—Lázaro —dijo Mateo.
Todos voltearon a ver al niño. Mateo estaba parado junto a la puerta de la camioneta de Solís, mirando el tupper con una mezcla de odio y reconocimiento.
—¿Qué dijiste? —preguntó Solís.
—Kuri lo llamó “Proyecto Lázaro”. Dijo que era para la inmortalidad. Que yo era la versión dos punto cero.
Daniel cerró la lonchera bruscamente.
—Rivas, entrégaselo a Solís. Esto va directo a la cadena de custodia de máxima seguridad. Si Kuri quería esto de vuelta, es porque es la prueba definitiva.
—Cuídenlo —dijo Rivas, entregando la lonchera a la detective—. Esa cosa… siento que está esperando algo.
Bienvenido a Casa
El viaje hacia el departamento de Daniel fue, irónicamente, lo más normal que Mateo había vivido en años. Estaba sentado en el asiento trasero del coche de Daniel (un Mazda viejo pero limpio), viendo la Ciudad de México pasar a través de la ventana.
Llovía. Una lluvia típica de la tarde en el DF, que convertía el Viaducto en un río de luces rojas y asfalto brillante. Pero por primera vez, Mateo no sentía que la lluvia fuera triste. La veía limpia. Veía a la gente corriendo para taparse, a los vendedores de paraguas en los semáforos, los puestos de tacos de canasta humeando.
Vida. Caótica, ruidosa, hermosa vida.
—¿Te mareas? —preguntó Daniel, mirándolo por el espejo retrovisor.
—No. Estoy bien.
—Ya casi llegamos. Vivo en la Narvarte. Es tranquilo. Hay muchos parques y tacos buenos. ¿Te gustan los tacos al pastor?
—Nunca he probado uno —confesó Mateo.
Daniel casi frena de golpe. —¿Qué? ¿Tienes doce años, vives en México y nunca has comido un taco al pastor?
—Inés decía que la carne de la calle era de rata. Y que me iba a inflamar más la panza. Solo me daba avena y verduras hervidas.
Daniel apretó el volante con fuerza, sus nudillos poniéndose blancos. La rabia hacia esa mujer burbujeaba en su pecho, pero la reprimió. No quería asustar al niño.
—Bueno, Mateo Morales, hoy es tu día de suerte. Porque en la esquina de mi casa están “Los Chupas”, y son los mejores tacos del universo conocido. Y hoy, tú y yo nos vamos a empacar una orden de cinco con todo.
Llegaron al edificio de Daniel. Era una construcción de los años 70, sólida, con fachada de ladrillo y balcones llenos de plantas. Al bajar del coche, Mateo vio la patrulla de policía estacionándose justo enfrente. Los oficiales les hicieron una seña de “todo bien”.
Subieron por el elevador antiguo que olía a cera para pisos. Daniel abrió la puerta del 502.
—Bienvenido a tu guarida temporal —dijo, encendiendo la luz.
El departamento era cálido. Tenía piso de madera, estanterías repletas de libros médicos y novelas de ciencia ficción, y un sofá gris que parecía invitar a hundirse en él. Olía a café tostado y a madera vieja. No había olor a humedad, ni a cigarro, ni a miedo.
—¿Te gusta? —preguntó Daniel, dejando las llaves en un tazón.
Mateo se quedó parado en la entrada, sin atreverse a pisar la alfombra.
—¿Puedo entrar? —preguntó tímidamente.
—Claro que puedes entrar, es tu casa. Pásale. —Daniel le quitó la pequeña bolsa de plástico que el hospital le había dado con su ropa vieja—. Esa ropa la vamos a tirar. Mañana compramos nueva. Por ahora, te presto una playera mía para dormir. Te va a quedar como vestido, pero es cómoda.
Mateo caminó lentamente por la sala. Tocó el lomo de un libro. Tocó una planta. Todo parecía tan… real.
—Ven, te enseño tu cuarto.
Daniel había improvisado. Su departamento tenía dos habitaciones: la suya y un estudio que usaba para trabajar. En las pocas horas que tuvo antes de ir al hospital, había movido el escritorio y puesto una cama individual que tenía guardada, con sábanas limpias de franela azul.
—No es gran cosa, pero la ventana da a la calle y entra buen sol en la mañana.
Mateo miró la cama. Se veía suave. Sin bultos, sin manchas.
—Gracias —dijo, y su voz se quebró.
Daniel se agachó para quedar a su altura.
—No tienes que dar las gracias, Mateo. Lo que te pasó… nadie debería pasar por eso. Menos un niño. Mi trabajo ahora es asegurarme de que nunca más tengas miedo. ¿Trato hecho?
Mateo asintió, secándose una lágrima furitiva. —Trato hecho.
La Cena de los Campeones
Esa noche, la cocina de Daniel se convirtió en un laboratorio de felicidad. Daniel cumplió su promesa, aunque con modificaciones médicas: compró los tacos, pero pidió la carne bien cocida y sin tanta grasa para no bombardear el estómago “virgen” de Mateo.
Se sentaron en la pequeña barra de la cocina.
Mateo tomó el primer taco. La tortilla de maíz suave, la carne adobada, el olor a piña y cilantro. Dio un mordisco pequeño, con miedo.
El sabor estalló en su boca. Salado, dulce, picante, umami.
Cerró los ojos y masticó. Esperó el dolor.
No llegó.
—¿Qué tal? —preguntó Daniel, observándolo con una sonrisa boba.
—Está… está increíble —dijo Mateo con la boca llena.
Se comió tres. Podría haber comido diez, pero Daniel lo detuvo.
—Despacio, veloz. Tu estómago está aprendiendo a trabajar de nuevo. No lo saturemos. Mañana más.
Después de cenar, Daniel le enseñó a usar la ducha.
—Agua caliente todo el tiempo que quieras. Aquí no hay límite —le dijo.
Mateo entró al baño. Se quitó la ropa y se miró en el espejo grande.
La cicatriz vertical en su abdomen era roja y fresca, atravesada por grapas quirúrgicas. Pero ya no había bulto. Sus costillas seguían ahí, marcadas, testimonio de su hambre, pero su vientre estaba plano.
Abrió la llave. El agua caliente golpeó su espalda.
Mateo se dejó caer al suelo de la ducha, abrazando sus rodillas. Y lloró. Lloró todo lo que no había podido llorar en cuatro años. Lloró por su mamá que nunca conoció, por su papá que intentó salvarlo y murió, por el dolor, por la humillación de sus compañeros de escuela, por el miedo a Inés.
El agua se mezcló con sus lágrimas y se llevó la suciedad del pasado por el desagüe.
Afuera, Daniel escuchaba los sollozos ahogados a través de la puerta. Se quedó allí, sentado en el pasillo, montando guardia. Quería entrar y abrazarlo, pero sabía que Mateo necesitaba ese momento a solas para purgarse.
“Te voy a cuidar, Ale”, pensó Daniel, hablando con el fantasma de su amigo muerto. “Te juro que lo voy a cuidar como si fuera mío. Le fallamos una vez, pero no le fallaremos dos veces”.
Pesadillas y Revelaciones
La noche cayó sobre la ciudad. El departamento estaba en silencio, salvo por el zumbido del refrigerador y el paso ocasional de un coche bajo la lluvia.
Mateo dormía en la cama nueva, envuelto en la playera gigante de Daniel que olía a detergente limpio. Pero el sueño no era pacífico.
En su sueño, estaba de vuelta en el quirófano. Pero no estaba el Dr. Daniel. Estaba Kuri. Y Kuri no tenía cara, tenía un parche negro donde debería estar su rostro. Kuri sostenía el frasco con el monstruo.
“Regresa a casa, Mateo”, decía el monstruo, golpeando el vidrio. “Me extrañas. Soy parte de ti. Sin mí estás vacío”.
El frasco se rompía. La masa negra saltaba hacia la cara de Mateo, entrando por su boca, asfixiándolo, bajando por su garganta para anidar de nuevo en sus entrañas.
—¡NO! ¡NO! ¡QUITAMELO!
Mateo se despertó gritando, manoteando el aire, golpeando su propio estómago.
La puerta se abrió de golpe y la luz se encendió.
—¡Mateo! ¡Mateo, despierta! ¡Es un sueño!
Daniel lo agarró por los hombros, sacudiéndolo suavemente. Mateo estaba empapado en sudor frío, con los ojos desorbitados.
—¡Se metió! ¡Se metió otra vez! —gritaba, rascándose el pecho frenéticamente.
—¡No hay nada! ¡Mírame! —Daniel le levantó la playera—. ¡Mira! ¡Está plano! ¡Mira la cicatriz! ¡Ya no está!
Mateo bajó la vista, jadeando. Vio la cicatriz. Tocó su piel. Plana. Solo piel y hueso.
Poco a poco, su respiración se calmó. Se derrumbó contra el pecho de Daniel, temblando.
—Tuve miedo… soñé que volvía.
—Es normal —dijo Daniel, abrazándolo fuerte y meciéndolo como a un bebé—. Se llama síndrome del miembro fantasma, pero a la inversa. Tu cerebro estaba acostumbrado a la señal de dolor de esa cosa. Ahora que no está, tu mente inventa fantasmas. Pero se va a pasar. Te lo prometo.
Se quedaron así un largo rato.
—Daniel… —dijo Mateo, con la voz apagada contra la camiseta del doctor.
—Dime.
—¿Tú… tú conocías a mi mamá?
Daniel se tensó un poco. Sabía que esa conversación llegaría, pero no esperaba que fuera tan pronto.
—Sí. La conocí un poco. Marina. Era maestra de primaria. Tenía una risa muy bonita, de esas que se contagian. Y le encantaban los girasoles. Tu papá la adoraba.
—Inés dijo que ella era… un envase.
—Inés era una bruja mentirosa —dijo Daniel con rabia contenida—. Tu mamá te amaba. Ella quería tenerte más que a nada en el mundo. Por eso acudió al Instituto, porque tenían problemas para concebir. Kuri se aprovechó de ese amor, de esa esperanza, para hacer su experimento maldito. Pero ella no era un envase, Mateo. Ella luchó por ti hasta el último segundo. Tu papá me contó… que cuando naciste, antes de que ella… se fuera, pidió verte. Te dio un beso en la frente y dijo: “Sálvalo”.
Mateo cerró los ojos, imaginando esa escena. Una madre que nunca vio, dándole un beso de despedida.
—Kuri va a pagar, ¿verdad?
—Va a pagar cada centavo —juró Daniel—. Mañana tenemos cita con la Detective Solís y un abogado que contraté. Un tiburón. Vamos a asegurarnos de que Kuri y todos los del Instituto se pudran en la cárcel hasta que se les caigan los dientes.
—¿Y yo? —preguntó Mateo—. ¿Qué va a pasar conmigo? No tengo familia. Inés era la única.
Daniel lo separó un poco para mirarlo a los ojos.
—Sobre eso… quería hablar contigo cuando estuvieras más tranquilo, pero creo que es buen momento.
Daniel respiró hondo. Estaba nervioso. Más nervioso que antes de una cirugía a corazón abierto.
—Mateo, yo vivo solo. Siempre he vivido solo. Mi trabajo es mi vida. O lo era. Pero… esta casa es muy grande para uno. Y hago demasiada comida y siempre se me echa a perder.
Mateo lo miraba fijamente, sin parpadear.
—Lo que quiero decir es… ya inicié los trámites de acogida temporal. Eso significa que puedes quedarte aquí legalmente mientras dura el juicio. Pero… si tú quieres, y solo si tú quieres… me gustaría solicitar la adopción plena cuando todo esto termine.
El silencio en la habitación fue absoluto. Solo se escuchaba la lluvia golpeando la ventana.
—¿Quieres… quieres ser mi papá? —preguntó Mateo, incrédulo.
—No puedo reemplazar a Alejandro. Él fue un gran hombre. Pero me gustaría ser… tu segundo papá. O tu tío Daniel. O como quieras llamarme. Pero quiero que sepas que aquí tienes un hogar. Para siempre. No más Inés. No más dolor. No más soledad.
Los ojos de Mateo se llenaron de lágrimas otra vez, pero estas eran diferentes. Eran lágrimas de luz.
—Sí quiero —dijo, lanzándose a los brazos de Daniel—. Sí quiero. Papá.
Daniel sintió que el corazón le crecía tres tallas. Abrazó al niño con fuerza, sintiendo que por primera vez en años, su vida tenía un propósito más allá de la medicina.
—Muy bien, hijo. Muy bien. —Daniel se aclaró la garganta, emocionado—. Ahora, a intentar dormir. Mañana es un día grande. Tenemos que ir a comprar ropa, videojuegos y tal vez un perro. ¿Te gustan los perros?
—¡Sí!
—Pues un perro será. Ahora duerme. Yo me quedo aquí sentado hasta que te duermas. No me voy a mover.
Mateo se acostó. Daniel le acomodó la cobija.
El niño cerró los ojos. Esta vez, no hubo pesadillas. Solo soñó con un campo de girasoles, con una mujer que reía, y con un hombre de bata blanca que le lanzaba una pelota de tenis a un perro imaginario.
El Nudo se Aprieta
A la mañana siguiente, mientras Daniel preparaba chilaquiles (rojos, sin picante) y Mateo veía las noticias en la sala, el teléfono de Daniel sonó.
Era Solís.
—Pon el altavoz, Daniel. Tienes que escuchar esto.
—¿Qué pasó? —Daniel bajó el fuego de la estufa.
—El laboratorio de la Fiscalía analizó el disco duro de tu amigo Alejandro. Y los archivos que recuperamos del Instituto antes de que Kuri intentara borrarlos.
—¿Y?
—Es peor de lo que pensábamos, Daniel. El “Proyecto Lázaro” no era solo un experimento médico. Tenían compradores.
—¿Compradores? ¿Como farmacéuticas?
—No. Contratistas militares extranjeros. Y cárteles. —La voz de Solís era grave—. Estaban vendiendo la tecnología del simbionte para crear “súper soldados”. Gente que no siente dolor, que se cura de balazos en horas, que no necesita comer ni dormir tanto. Mateo… Mateo era el prototipo de la “fase de incubación estable”. Querían replicar lo que él tenía para implantárselo a sicarios.
Daniel sintió un escalofrío. Miró hacia la sala, donde Mateo reía viendo una caricatura. Era un milagro que ese niño siguiera siendo un niño después de haber sido diseñado para ser una batería biológica de guerra.
—¿Saben dónde estamos? —preguntó Daniel.
—Kuri está neutralizado, pero sus socios… no lo sé. He duplicado la guardia en tu edificio. Pero Daniel, esto va a salir en las noticias. Va a ser un escándalo internacional. Tienen que estar preparados. La cara de Mateo va a estar en todos lados si no logramos que el juez decrete secreto de sumario.
—Haz lo que tengas que hacer, Solís. Protege su identidad.
—Lo intento. Ah, y otra cosa. Rivas analizó más a fondo la muestra.
—¿Qué encontró?
—Daniel, el ADN del parásito… tiene secuencias que no coinciden con ningún filo animal conocido en la Tierra. Rivas cree que Kuri no “creó” el organismo desde cero. Cree que lo encontró. Y lo modificó.
—¿Encontró? ¿Dónde?
—En un meteorito. O en una excavación profunda. No lo sabemos. Pero esa cosa… es antigua. Y Rivas dice que, aunque está en el frasco… está intentando comunicarse.
—¿Comunicarse con qué?
—Con su dueño.
La llamada se cortó con estática.
Daniel miró el teléfono, luego miró a Mateo. El niño se tocó el estómago distraídamente mientras veía la tele.
“Comunicarse con su dueño”.
Daniel sintió un miedo nuevo, frío y profundo. Kuri estaba preso, Inés estaba presa, el monstruo estaba en un frasco. Pero si esa cosa venía de otro lado… o si había más de ellos…
Sacudió la cabeza. “No hoy”, se dijo. “Hoy vamos a comer chilaquiles. Hoy vamos a ser una familia. El apocalipsis puede esperar”.
Sirvió los platos y caminó hacia la sala, poniendo su mejor sonrisa.
—¡A desayunar, campeón!
Mateo apagó la tele y corrió a la mesa. Por la ventana, el sol finalmente rompía las nubes grises de la Ciudad de México, iluminando el pequeño departamento con una luz dorada y esperanzadora.
Por ahora, era suficiente.
CAPÍTULO 6: LA SOMBRA DEL LEVIATÁN
El Asedio
La tranquilidad en el departamento de la colonia Narvarte duró exactamente veinticuatro horas. Al amanecer del segundo día, el mundo exterior decidió que la historia de Mateo Morales era demasiado jugosa para dejarla pasar.
Mateo despertó no con el sonido de los pájaros o el tráfico lejano, sino con el zumbido rítmico y opresivo de las aspas de un helicóptero. El sonido rebotaba en las paredes del edificio, haciendo vibrar los cristales de su ventana.
Se levantó de un salto, con el corazón acelerado, y corrió hacia la sala. Daniel ya estaba ahí, espiando a través de una rendija en las cortinas cerradas.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó Mateo. La palabra “papá” todavía se sentía nueva en su boca, como un dulce que saboreaba con cuidado.
Daniel se giró, con el rostro tenso.
—Pasa que alguien habló, Mateo. Alguien filtró la historia a la prensa.
Daniel encendió la televisión y le bajó el volumen. En todos los noticieros nacionales aparecían cintillos rojos con letras urgentes: “EL NIÑO DEL MILAGRO O EL MONSTRUO DE LA CIENCIA”, “ESCÁNDALO EN EL SECTOR SALUD”, “DETIENEN AL DR. KURI: ACUSACIONES DE BIOTERRORISMO”.
En la pantalla, una toma aérea mostraba la calle donde vivían. Había camionetas de televisoras bloqueando el paso, reporteros con micrófonos empujándose contra la línea de policías que la Detective Solís había puesto, y gente curiosa con celulares en alto.
—Saben que estás aquí —dijo Daniel con amargura—. Maldita sea. La filtración tuvo que venir de la Fiscalía o del hospital. Hay mucho dinero en juego.
El teléfono de Daniel sonó. Era Solís.
—¡No salgan! —gritó la detective antes de que Daniel pudiera decir hola—. Se armó un desmadre. Kuri tiene abogados muy caros y muy rápidos. Soltaron el rumor de que tú secuestraste al niño para realizar “procedimientos no autorizados”. Están tratando de voltear la tortilla, Daniel. Quieren hacerte ver como el villano para desacreditar tu testimonio.
—¿Y qué hacemos? —Daniel miró a Mateo, que abrazaba un cojín del sofá, asustado por el ruido del helicóptero.
—Tengo que sacarlos de ahí. Pero no podemos salir por la puerta principal, es un circo. Voy a mandar una unidad táctica disfrazada. Una ambulancia. En diez minutos. Prepara al niño. Lo llevaremos a “El Búnker”. Es el único lugar seguro y necesito que Mateo declare hoy mismo ante el juez de control antes de que los abogados de Kuri consigan un amparo para bloquear su testimonio.
—¿Declarar? Solís, acaba de salir de terapia intensiva.
—Es eso o dejar que Kuri salga bajo fianza esta misma tarde, Daniel. Si Kuri sale, Mateo es hombre muerto. Tú decides.
Daniel colgó. Respiró hondo y se agachó frente a Mateo.
—Campeón, tenemos una misión. Vamos a jugar a los espías. Nos vamos a poner gorras y lentes oscuros, y vamos a salir en una ambulancia. ¿Puedes hacerlo?
Mateo asintió, aunque le temblaban las manos. —Sí. ¿A dónde vamos?
—Vamos a asegurarnos de que los malos se queden en la cárcel para siempre.
El Búnker de la Fiscalía
El traslado fue un borrón de sirenas y maniobras evasivas. La ambulancia entró por el sótano de la Fiscalía General de Justicia, un edificio fortaleza de concreto gris que olía a burocracia, café rancio y miedo.
Los llevaron al tercer piso, a una sala de juntas blindada. Ahí los esperaba Solís y un hombre que parecía un oso con traje de tres piezas.
—Daniel, Mateo, les presento al Licenciado Bernardo Silva. Le dicen “El Tanque”. Es el mejor penalista que conozco y odia a Kuri tanto como nosotros.
Silva se levantó y extendió una mano enorme.
—Doctor Arriaga. Joven Mateo. Es un honor. —Su voz era profunda, retumbante—. He leído el expediente preliminar. Es… dantesco. En mis treinta años litigando, nunca había visto algo así.
—¿Podemos ganar? —preguntó Daniel, sentándose y jalando una silla para Mateo.
—Podemos —dijo Silva, aflojándose la corbata—, pero Kuri está jugando sucio. Su defensa alega que el “tejido” extraído era un tumor benigno y que todo el asunto del “parásito artificial” es una invención tuya y de la policía para encubrir una negligencia médica de tu parte. Dicen que tú operaste mal al niño y te inventaste una historia de ciencia ficción para salvar tu licencia.
—¡Tienen el frasco! —exclamó Daniel, indignado—. ¡Rivas tiene el análisis de ADN!
—Sí, pero la defensa ha solicitado una contra-prueba con peritos privados. Y adivina qué… si esos peritos llegan a tocar la muestra, esa muestra va a “desaparecer” o va a ser cambiada por un pedazo de hígado de cerdo. Por eso necesitamos el testimonio de Mateo. Y necesitamos que confronte a Inés Mondragón.
Mateo se encogió en su silla. —¿A Inés?
—Ella es el eslabón débil —explicó Silva suavemente—. Kuri es un psicópata, no va a hablar. Pero Inés es una cobarde. Si tú la señalas, si tú la miras a los ojos y cuentas lo que te hacía, ella se va a quebrar. Necesitamos que el juez vea el miedo en sus ojos.
Daniel puso una mano protectora sobre el hombro de Mateo. —No voy a obligarlo. Si él no quiere…
—Lo haré —dijo Mateo. Su voz fue apenas un susurro, pero firme.
Daniel lo miró sorprendido.
—Mateo, no tienes que…
—Sí tengo —dijo el niño, levantando la vista. Sus ojos, antes llenos de terror, ahora tenían un brillo de acero—. Ella me dijo que yo estaba loco. Me dijo que nadie me creería. Quiero que vea que ya no estoy solo.
La Pecera de los Monstruos
Una hora después, estaban en la sala de careos. Una habitación dividida por un cristal reforzado. De un lado, Mateo, Daniel, Solís y el abogado Silva. Del otro, una puerta de metal que se abrió con un chirrido.
Entró Inés.
Se veía terrible. El overol naranja le colgaba. Tenía el cabello grasiento y la piel grisácea. Llevaba esposas en manos y pies. Cuando vio a Mateo a través del cristal, se detuvo en seco.
Hubo un silencio pesado.
—Siéntese, acusada —ordenó un guardia.
Inés se sentó. No miraba a Mateo. Miraba sus propias manos esposadas.
—Señora Mondragón —empezó el abogado Silva por el micrófono—, estamos grabando. Su abogado de oficio está presente. ¿Reconoce al menor frente a usted?
Inés asintió lentamente. —Es Mateo.
—¿Es cierto que usted, bajo órdenes del Dr. Salomón Kuri, mantuvo a este niño en condiciones de desnutrición controlada para frenar el crecimiento acelerado de un organismo implantado en su cavidad abdominal?
El abogado de oficio de Inés intentó objetar, pero ella lo calló con un gesto. Levantó la vista y, por primera vez, miró a Mateo.
En sus ojos no había odio. Había terror. Pero no terror a la cárcel. Terror a lo que recordaba.
—No era para frenarlo —dijo Inés con voz ronca—. Era para alimentarlo.
Silva frunció el ceño. —¿Cómo dice?
—Kuri descubrió que el “huésped” se volvía más agresivo si el niño comía proteínas complejas. Si el niño estaba sano, el parásito intentaba tomar el control del sistema nervioso más rápido. Mantener a Mateo débil… era la única forma de mantener a la “cosa” dormida.
Mateo sintió un escalofrío. Inés, en su retorcida lógica, creía que lo estaba “protegiendo” al matarlo de hambre.
—¿Qué es la cosa, Inés? —preguntó Daniel, acercándose al cristal. No pudo contenerse—. ¿De dónde la sacó Kuri? Rivas dice que el ADN no es humano.
Inés soltó una risa histérica, corta.
—Kuri no la sacó de ningún lado. La desenterraron. En el desierto de Sonora. Hace veinte años. Una sonda… o un pedazo de algo que cayó del cielo. No lo sé bien. Solo sé que lo llamaban “La Semilla”.
Solís y Daniel intercambiaron miradas de incredulidad.
—¿Estás diciendo que es alienígena? —preguntó Solís, escéptica.
—Estoy diciendo que no es de aquí —susurró Inés, inclinándose hacia el cristal, empañándolo con su aliento—. Y no está solo. Kuri decía que la Semilla tenía “consciencia de enjambre”. Que si lograban adaptarla al cuerpo humano, crearían una nueva raza. Mateo… Mateo fue el único que no murió en la primera semana. Los otros niños… explotaban. O se transformaban en cosas que tuvimos que incinerar.
Mateo sintió ganas de vomitar. Recordó los dolores, los movimientos. No era un parásito comiendo su comida. Era una entidad intentando reescribir su ADN.
—¿Por qué mi papá? —preguntó Mateo. Su voz sonó amplificada por los altavoces.
Inés lo miró con una tristeza extraña.
—Porque Alejandro era el mejor genetista del país. Kuri lo necesitaba. Cuando Alex se dio cuenta de lo que habían hecho con Marina, intentó robarse la muestra. Intentó salvarte. Pero Kuri tiene ojos en todos lados. El accidente… no fue un accidente. Le cortaron los frenos.
—¡Maldita! —gritó Daniel, golpeando el cristal—. ¡Y tú lo sabías! ¡Tú comías en nuestra casa y sabías que lo habían asesinado!
—¡Yo tenía miedo! —gritó Inés, llorando—. ¡Si hablaba, me metían al tanque con los “fallidos”! ¡Ustedes no saben lo que hay en el sótano del Nivel 4 del Instituto! ¡Hay cosas que gritan con voces humanas pero no tienen boca!
La confesión se convirtió en un ataque de pánico. Inés empezó a hiperventilar. Los guardias tuvieron que entrar a sujetarla.
—¡Sáquenme de aquí! —chillaba Inés mientras la arrastraban—. ¡Él me está escuchando! ¡Kuri me está escuchando! ¡Sabe que hablé!
Se la llevaron. La sala quedó en un silencio sepulcral.
El abogado Silva se aflojó el nudo de la corbata, visiblemente pálido.
—Bueno —dijo, exhalando aire—. Creo que tenemos suficiente para negar la fianza. Pero señores… si la mitad de lo que dijo esa mujer es cierto, esto ya no es un caso legal. Es un expediente de seguridad nacional.
El Eco en la Cabeza
Esa noche, de vuelta en la seguridad relativa del departamento (ahora vigilado por cuatro patrullas y dos agentes federales en el pasillo), Mateo no podía dormir.
La confesión de Inés le daba vueltas en la cabeza. “Consciencia de enjambre”. “No es de aquí”.
Se sentó en la cama, mirando la lluvia caer.
Y entonces, lo escuchó.
No fue un sonido auditivo. Fue como una vibración en la base de su cráneo. Un zumbido, similar al que hacen los cables de alta tensión, pero con un patrón.
Zzzzt… Ven… Zzzzt… Casa…
Mateo se tapó los oídos, pero el sonido no venía de afuera. Venía de adentro.
Madre… Llama…
—¡No! —dijo Mateo en voz alta.
Se levantó y fue al cuarto de Daniel. El doctor estaba dormido en el sofá de la sala (le había cedido su cama a Mateo, pero el niño prefería estar cerca). Daniel tenía la pistola de servicio que Solís le había “prestado” extraoficialmente sobre la mesa de centro.
—¿Papá? —susurró Mateo.
Daniel despertó al instante. Años de guardias médicas lo habían entrenado para pasar de dormido a alerta en un segundo.
—¿Qué pasa? ¿Pesadilla?
—No. Lo escucho.
Daniel se sentó, frotándose los ojos. —¿A quién escuchas?
—A la cosa. Al monstruo. —Mateo se tocó la sien—. Está cantando.
Daniel sintió que se le helaba la sangre. Recordó lo que Rivas había dicho sobre el campo electromagnético.
—¿Qué dice, Mateo?
—Dice… que tiene frío. Y que “Madre” viene por él.
En ese mismo instante, el teléfono de Daniel sonó. Era Rivas. Eran las 3:00 AM.
—Daniel —la voz de Rivas era puro pánico—. Tienes que venir al laboratorio de la Fiscalía. Ahora.
—¿Qué pasó?
—La muestra. Rompió el vidrio. Y Daniel… está creciendo. Está absorbiendo el material orgánico que tenía cerca. Se comió… se comió a las ratas del bioterio de al lado. Se escapó del contenedor.
—¡Rivas, sal de ahí! —gritó Daniel.
—No puedo. Sellaron el edificio. Protocolo de contención biológica automático. Estoy encerrado con esa cosa en el piso 3. Y Daniel… los sistemas electrónicos están locos. Las pantallas muestran un solo mensaje repetido.
—¿Qué mensaje?
—”LÁZARO DESPIERTA”.
La Incursión
La decisión fue rápida. No podían esperar a la policía. Si el protocolo de contención estaba activo, el edificio se llenaría de gas nervioso en una hora para matar todo lo que hubiera adentro. Rivas moriría.
—Quédate aquí —le dijo Daniel a Mateo, poniéndose las botas y tomando la pistola.
—¡No! —Mateo se agarró de su pierna—. ¡Voy contigo!
—Mateo, esto no es un juego. Hay un monstruo suelto en un edificio de gobierno. Es peligroso.
—Yo lo escucho, Daniel. —Los ojos del niño brillaban con una intensidad extraña—. Yo sé dónde está. Si no voy, no lo vas a encontrar. Se esconde en las paredes. Y si “Madre” viene… tú no vas a saber qué hacer. Yo sí.
Daniel miró al niño. Vio que ya no era el niño asustado del hospital. Había algo más en él. Cuatro años de simbiosis habían dejado una huella. Mateo tenía una conexión.
—Maldita sea —masculló Daniel—. Solís me va a matar. Ponte los tenis. Rápido.
Bajaron al estacionamiento. Los federales intentaron detenerlos, pero Daniel les mostró una placa médica y les gritó algo sobre “emergencia biológica nivel 5”. El miedo a contagios es poderoso; los dejaron pasar.
Manejaron a toda velocidad hacia la Fiscalía. La ciudad estaba desierta, una jungla de concreto bajo la lluvia.
Al llegar, el edificio parecía una tumba. Las luces de emergencia parpadeaban en rojo. No había guardias afuera; seguramente habían huido o estaban atrapados.
—El sistema de ventilación —dijo Daniel—. Si entramos por la puerta principal, el sistema de seguridad nos bloquea. Pero el ducto de extracción del laboratorio da al callejón.
—Yo quepo —dijo Mateo.
—Entramos los dos o no entra nadie.
Forzaron la reja del callejón. Daniel ayudó a Mateo a subir al contenedor de basura y de ahí al ducto. Se arrastraron por el metal frío, oliendo a químicos y ozono.
El zumbido en la cabeza de Mateo se hizo más fuerte.
Aquí… Hambre… Aquí…
—Está cerca —susurró Mateo.
Cayeron en un pasillo del tercer piso. Estaba oscuro, solo iluminado por las luces estroboscópicas de la alarma silenciosa.
Había marcas en las paredes. Marcas de quemaduras, como de ácido. Y baba. Un rastro de limo negro y viscoso que brillaba.
—Rivas —llamó Daniel en voz baja.
—¡En la oficina! —gritó la voz ahogada del patólogo desde el fondo del pasillo.
Corrieron. La puerta del laboratorio principal estaba abollada desde afuera, como si un ariete la hubiera golpeado. El cristal blindado tenía grietas.
Dentro, Rivas estaba subido encima de unos archiveros, con un bisturí en la mano, temblando.
—¿Dónde está? —preguntó Daniel, apuntando con la pistola a las sombras.
—En el techo… —gimió Rivas—. Se metió en el falso techo.
De repente, una placa del techo falso cayó justo detrás de ellos.
Mateo se giró.
Ahí estaba.
Ya no era una masa informe. Había crecido. Ahora tenía el tamaño de un perro grande. Tenía extremidades formadas, delgadas y negras como de insecto, pero hechas de músculo y hueso húmedo. Y en el centro de su “cabeza”, ese ojo azul. El ojo que era idéntico al de Mateo.
La criatura siseó. Un sonido que recordaba a una estática de radio.
—Ma-te-o… —dijo la cosa.
No usó cuerdas vocales. El sonido vibró directamente en los dientes de todos los presentes.
—Habló… —Daniel retrocedió, empujando a Mateo detrás de él.
—No es habla —dijo Rivas—. Es mimetismo psíquico. Está usando nuestras voces.
La criatura se agazapó, lista para saltar. Sus intenciones eran claras: no quería matar a Mateo. Quería volver a él. Quería su “casa”.
—¡Aléjate! —gritó Mateo, saliendo de detrás de Daniel.
—¡Mateo, no!
El niño extendió la mano.
—¡Quieto! —ordenó Mateo.
Y para asombro de Daniel y Rivas, la criatura se detuvo. El ojo azul parpadeó, confundido. La conexión seguía ahí. Mateo todavía tenía cierto control sobre el simbionte que había sido parte de él.
—Tú no eres mi amigo —dijo Mateo, con lágrimas de rabia en los ojos—. Tú eres mi cáncer. Tú mataste a mi mamá.
La criatura emitió un chillido agudo, de dolor y rechazo.
—¡Ahora, Daniel! —gritó Mateo.
Daniel no dudó. Apuntó al centro de la masa, justo al ojo, y vació el cargador.
Bang. Bang. Bang. Bang.
Las balas impactaron. La carne negra estalló, salpicando icor oscuro. La criatura chilló y cayó al suelo, retorciéndose. Pero las heridas empezaron a cerrarse casi de inmediato.
—¡No se muere! —gritó Rivas—. ¡Se regenera muy rápido!
—¡Fuego! —gritó Daniel—. ¡Necesitamos fuego!
Miró a su alrededor. Había mecheros Bunsen en las mesas de laboratorio. Y garrafas de alcohol.
—¡Mateo, corre a la salida! —Daniel corrió hacia las mesas.
Rompió una garrafa de etanol de 5 litros y la roció sobre la criatura que intentaba levantarse.
—¡Muérete de una vez!
Daniel encendió un mechero y lo lanzó.
El “woosh” fue instantáneo. Una bola de fuego azul y naranja envolvió al laboratorio. La criatura emitió un alarido que no era de este mundo, un sonido que hizo estallar los vasos de precipitado en los estantes.
—¡Vámonos! —Daniel agarró a Rivas y a Mateo y corrieron hacia la salida de emergencia.
Detrás de ellos, el sistema contra incendios se activó, pero no con agua. Con gas halón para sofocar el oxígeno.
Lograron salir al pasillo justo cuando la puerta de seguridad se cerraba herméticamente, sellando el infierno adentro.
Se quedaron tirados en el piso del pasillo, tosiendo, cubiertos de hollín.
—¿Se… se murió? —preguntó Mateo.
Daniel miró a través de la pequeña ventanilla de la puerta blindada. Adentro solo se veía humo y llamas moribundas.
—Si no se murió, al menos le dimos una lección —dijo Daniel, respirando con dificultad.
Rivas se ajustó los lentes, que estaban chuecos.
—Daniel… mientras estábamos ahí… vi los monitores de la computadora central antes de que se quemaran.
—¿Qué viste?
—Estaba descargando datos. La criatura… estaba transmitiendo.
—¿A dónde?
—A una dirección IP satelital. Y las coordenadas de respuesta… venían del norte. Del desierto.
Daniel cerró los ojos. Kuri tenía razón. La Hidra tenía más cabezas.
—Sonora —dijo Daniel—. Inés dijo que lo encontraron en Sonora.
—Están llamando a casa —dijo Mateo sombríamente.
En ese momento, las luces del pasillo se encendieron. Se escucharon pasos pesados subiendo las escaleras. Un equipo SWAT de la policía irrumpió en el pasillo, con la Detective Solís al frente.
—¡Bajen las armas! —gritaron.
Solís vio a Daniel, a Rivas y a Mateo tirados en el suelo, llenos de hollín y sangre de parásito. Bajó su arma y suspiró.
—Les dije que se quedaran en la casa —dijo Solís, negando con la cabeza—. Tienen un talento impresionante para desobedecer órdenes y volar edificios gubernamentales.
Daniel sonrió débilmente. —Fue en defensa propia. Y Solís… creo que sabemos a dónde tenemos que ir ahora.
—¿A dónde?
—Al origen. A Sonora. Si queremos terminar esto, tenemos que ir a donde cayó la “Semilla”. Antes de que ellos vengan por nosotros.
Mateo se puso de pie. Ya no temblaba. El zumbido en su cabeza se había apagado con el fuego, al menos por ahora.
—Vamos —dijo el niño—. Vamos a quemar el resto.
CAPÍTULO 7: EL DESIERTO DE LOS HUESOS
La Huida hacia el Norte
La Ciudad de México quedó atrás, convertida en un monstruo de luces parpadeantes en el espejo retrovisor. Eran las cuatro de la mañana y la carretera México-Querétaro estaba inusualmente vacía, salvo por los convoyes de tráileres que rugían como bestias mecánicas en la oscuridad.
Iban en una camioneta Suburban negra, blindada, que la Detective Solís había “requisado” de un lote de vehículos incautados al narco. No tenía placas oficiales, lo cual era perfecto. En este viaje, parecer policías era tan peligroso como parecer criminales.
Daniel conducía, con los nudillos blancos sobre el volante. A su lado, Solís revisaba un mapa físico, desconfiando del GPS que podía ser rastreado. En el asiento trasero, el Dr. Rivas dormitaba abrazado a su mochila llena de equipos portátiles de análisis, y Mateo miraba por la ventana, con la frente pegada al cristal frío.
—¿Estás bien, campeón? —preguntó Daniel, rompiendo el silencio tenso que llenaba la cabina.
Mateo no contestó de inmediato. Estaba escuchando. No el motor, ni el viento, sino el zumbido. Desde que quemaron el laboratorio, el ruido en su cabeza había cambiado. Ya no era una orden agresiva. Ahora era… una atracción. Como un imán tirando de una brújula. Sentía que un hilo invisible le atravesaba el pecho y lo jalaba hacia el norte.
—Está lejos —susurró Mateo—. Pero se alegra de que vayamos.
Solís levantó la vista del mapa y miró a Daniel. La detective tenía ojeras profundas y había cambiado su traje sastre por jeans, botas tácticas y una camisa de franela. Parecía una mujer lista para la guerra.
—Eso no me tranquiliza nada —dijo Solís—. Daniel, ¿estás seguro de esto? Estamos cruzando líneas estatales sin jurisdicción, con un menor de edad y un patólogo que se marea en las curvas. Si nos paran los federales, o peor, la Guardia Nacional, no voy a poder charolear tan fácil.
—No tenemos opción, Claudia —respondió Daniel sin apartar la vista del asfalto—. Kuri dijo que la “Hidra” tiene muchas cabezas. Si nos quedamos en el DF, nos van a cazar uno por uno. Kuri caerá, pero sus socios seguirán libres. Necesitamos la prueba madre. Necesitamos encontrar el origen.
—Sonora es territorio comanche —advirtió Solís—. No solo por el desierto. Ahí mandan los cárteles y… bueno, cosas peores, según lo que dijo Inés.
La Ruta del Miedo
El viaje duró dos días extenuantes. Evitaron las autopistas principales cuando fue posible, serpenteando por carreteras libres llenas de baches y topes. Comieron en tiendas OXXO y gasolineras perdidas en medio de la nada, alimentándose de café aguado, sándwiches empaquetados y galletas.
A medida que subían por el mapa, el paisaje cambiaba. El verde del bajío dio paso a la aridez de Zacatecas, y luego a las llanuras interminables de Durango y Chihuahua. El calor empezó a subir, volviéndose un ente físico que golpeaba contra las ventanas cerradas de la camioneta.
Mateo empezó a cambiar también.
Daniel lo notaba. El niño comía más, mucho más de lo que su estómago recién operado debería tolerar, pero no engordaba. Su piel, antes pálida y enfermiza, había tomado un tono bronceado saludable, casi dorado. Y sus sentidos se habían agudizado.
En una parada técnica en Sinaloa, mientras Daniel echaba gasolina, Mateo se bajó para estirar las piernas. Se quedó mirando hacia un matorral seco al borde de la carretera.
—¿Qué ves? —preguntó Rivas, ajustándose los lentes, nervioso por estar fuera del vehículo.
—Hay alguien ahí —dijo Mateo tranquilamente.
—¿Alguien? No veo nada.
Segundos después, un perro famélico salió de entre las ramas. Pero no estaba solo. Detrás de él, un hombre con aspecto de vagabundo se levantó, observándolos. Mateo no se asustó. Simplemente lo miró a los ojos hasta que el hombre bajó la vista y se alejó.
—¿Cómo sabías que estaba ahí? —preguntó Daniel cuando volvieron a subir a la camioneta.
—Lo sentí. Su corazón latía rápido. Tenía miedo.
Daniel y Rivas intercambiaron una mirada preocupada. El simbionte ya no estaba físicamente en Mateo, pero había dejado “regalos”. Alteraciones neurológicas. Mateo era un radar humano.
La Zona del Silencio
Al tercer día, cruzaron la frontera con Sonora. El desierto se abrió ante ellos, vasto, majestuoso y terrible. El sol era un martillo blanco en el cielo azul cobalto. Los sahuaros se alzaban como gigantes espinosos vigilando el camino.
Según las coordenadas que Rivas había logrado extraer de la computadora antes de que se fundiera, la señal apuntaba hacia una región remota en el Gran Desierto de Altar, cerca de la Reserva de la Biosfera del Pinacate. Una zona volcánica, llena de cráteres y dunas, donde la NASA solía entrenar astronautas por su parecido con la Luna.
—Es aquí —dijo Solís, señalando una desviación de tierra que apenas se notaba—. El mapa dice que no hay nada, solo una antigua mina de cobre abandonada en los años 80. La Mina “La Esperanza”.
—Qué nombre tan irónico —murmuró Rivas.
Daniel giró el volante y la Suburban entró en el camino de terracería, levantando una nube de polvo rojo. Avanzaron durante horas, adentrándose en la nada absoluta. La señal de celular murió. El GPS del tablero se quedó en blanco.
—Estamos ciegos —dijo Solís, revisando su arma—. A partir de aquí, solo nos tenemos a nosotros.
—No estamos ciegos —dijo Mateo desde el asiento trasero. Tenía los ojos cerrados y una gota de sangre le escurría por la nariz—. Estamos muy cerca. El ruido… es muy fuerte.
—¿Te duele? —Daniel frenó un poco, preocupado.
—No es dolor. Es… presión. Como cuando te sumerges en el fondo de la alberca. Siento que me llaman. Dicen: “Hijo… regresa”.
Rivas sacó un aparato que parecía un contador Geiger modificado. La aguja estaba saltando como loca.
—Daniel, mira esto. Radiación electromagnética de fondo. No es ionizante, no es nuclear. Es la misma frecuencia que emitía el frasco. Estamos entrando en el campo de influencia.
El Pueblo Fantasma
Al atardecer, el desierto se tiñó de violeta y naranja. A lo lejos, recortadas contra el horizonte, aparecieron las estructuras de la mina. Torres de metal oxidadas, galeras de lámina cayéndose a pedazos y montañas de escombro.
Pero había algo más.
Entre las ruinas, Daniel vio luces. No fogatas, sino luces LED blancas, frías, modernas. Y una cerca perimetral que brillaba.
—Detente —ordenó Solís—. Si nos acercamos más, nos van a ver. Esa cerca es nueva. Y tiene sensores de movimiento.
Daniel apagó el motor y las luces. El silencio del desierto los envolvió, roto solo por el aullido lejano de los coyotes.
—Tenemos que ir a pie —dijo Solís—. Rivas, tú te quedas en la camioneta. Si no volvemos en tres horas, te largas y buscas a la Marina.
—¿Qué? ¡No! —protestó Rivas—. Yo soy el científico. Necesitan a alguien que entienda lo que vamos a ver. Además, si me quedo aquí solo, me va a dar un infarto del susto.
—Viene con nosotros —decidió Daniel—. Necesitamos saber qué es esa “Semilla” y cómo destruirla. Rivas es el único que sabe operar los explosivos químicos que preparamos.
Bajaron del vehículo. El aire era seco y frío ahora que el sol se había ido. Caminaron agazapados entre los matorrales y las rocas volcánicas, guiados por Mateo, que avanzaba con una seguridad sonámbula.
Llegaron a una cresta desde donde podían ver el complejo.
No era una mina abandonada. Eso era solo la fachada. En el centro del cráter principal, habían construido una instalación moderna. Un edificio bajo, de concreto y cristal reforzado, rodeado de antenas parabólicas. Había hombres armados patrullando el perímetro, vestidos no como narcos, sino como contratistas militares privados: uniformes tácticos negros, visión nocturna, rifles de asalto de última generación.
—Mercenarios —susurró Solís, mirando por sus binoculares—. Esto está financiado por gente con mucho dinero. Probablemente extranjeros. “Grupo Lázaro”.
—¿Cómo entramos? —preguntó Daniel—. Eso es una fortaleza.
—No necesitamos entrar a la fuerza —dijo Mateo, señalando hacia un punto ciego en la cerca, cerca de un desagüe—. Ellos quieren que entremos.
—¿De qué hablas?
—Me están abriendo la puerta.
Daniel miró hacia donde señalaba el niño. Efectivamente, una de las puertas de servicio en la reja electrificada estaba entreabierta. Sin guardias cerca.
—Es una trampa —dijo Solís—. Obvio es una trampa.
—Es una invitación —corrigió Mateo—. La “Madre” quiere ver a su creación. Si no entramos, vendrán por nosotros aquí afuera. Y aquí no tenemos dónde escondernos.
Daniel miró a su hijo adoptivo. Vio la determinación en su rostro. Mateo ya no era una víctima. Era parte de la ecuación.
—Entramos —dijo Daniel—. Pero con el dedo en el gatillo.
El Vientre de la Bestia
Se deslizaron por el desagüe seco y cruzaron el perímetro. El complejo estaba extrañamente silencioso. Los guardias que habían visto desde lejos parecían estar concentrados en el otro lado de la base.
Llegaron a la entrada lateral del edificio principal. La puerta se deslizó automáticamente al detectar la presencia de Mateo.
—Esto me da muy mala espina —murmuró Rivas, abrazando su mochila.
Entraron. El interior no parecía un laboratorio médico, parecía una nave espacial. Pasillos blancos inmaculados, luz azulada indirecta, aire acondicionado gélido que olía a ozono y antiséptico.
Pero había algo más debajo de ese olor a limpieza. Un olor dulce, empalagoso. Olor a carne.
—Miren las paredes —dijo Daniel.
Las paredes no eran de yeso o metal. Estaban recubiertas de una sustancia… orgánica. Como si un moho negro y venoso estuviera creciendo sobre la estructura, palpitando lentamente.
—El edificio está vivo —dijo Rivas, acercando su medidor—. La estructura está asimilando la arquitectura. Es una colonia fúngica o bacteriana a macro escala.
Avanzaron por el pasillo principal. Había puertas de vidrio a los lados. Habitaciones de observación.
Daniel se detuvo frente a una y miró hacia adentro. Se le revolvió el estómago.
Dentro de la habitación, en una camilla, había… algo. Parecía humano, o lo había sido alguna vez. Un hombre adulto, pero su torso estaba abierto, florecido como una orquídea de carne. Y dentro de su cavidad torácica, un organismo similar al que tenía Mateo pulsaba con luz propia. Pero este hombre no había sobrevivido. Estaba conectado a máquinas que lo mantenían biológicamente funcional, pero cerebralmente muerto. Un incubador viviente.
—Dios mío… —susurró Daniel—. Son los fallidos. Inés tenía razón.
Siguieron caminando. Vieron más habitaciones. Mujeres, hombres, incluso animales. Coyotes con múltiples extremidades, perros con corazas de hueso. Un zoológico de los horrores.
—Experimentos de adaptación —teorizó Rivas, horrorizado—. Están tratando de ver qué especie es compatible con la Semilla. Pero el rechazo es masivo en casi todos.
—Excepto en mí —dijo Mateo.
Llegaron al final del pasillo. Una puerta doble, enorme, de acero reforzado. Tenía un símbolo grabado: Un uroboros (una serpiente comiéndose su cola) atravesado por una hélice de ADN.
—El centro de mando —dijo Solís—. O el nido.
La puerta se abrió con un siseo hidráulico.
La Sala de la Semilla
La habitación era una caverna artificial gigantesca, excavada en la roca viva debajo del desierto. El techo estaba a veinte metros de altura. Pasarelas de metal cruzaban el espacio vacío.
Y en el centro, abajo, en un pozo circular, estaba Ella.
La Semilla.
No era pequeña. Era un monolito. Un objeto negro, obsidiana, de unos cinco metros de altura, con forma de lágrima irregular. Su superficie no era lisa; estaba cubierta de texturas que parecían escrituras o circuitos orgánicos. Pulsaba con una luz violeta rítmica. Pum… pum… pum…
Alrededor del monolito, cables gruesos y tubos transparentes salían conectándolo a bancos de servidores informáticos y tanques de nutrientes. Estaban ordeñando al objeto. Extrayendo su esencia.
Pero lo más aterrador no era la piedra. Eran los “Jardineros”.
Hombres y mujeres con batas blancas se movían alrededor, pero sus movimientos eran erráticos, sincronizados. Tenían implantes en la base del cráneo. Cables que los conectaban a la red del laboratorio.
—Están controlados —dijo Solís—. Son drones.
De repente, una voz resonó en toda la caverna. No por altavoces, sino en sus cabezas.
—Bienvenidos… Peregrinos.
Una plataforma descendió del techo. En ella estaba un hombre en silla de ruedas. Era anciano, decrépito, con la piel tan fina que parecía papel. Tenía tubos conectados a su nariz y venas. Pero sus ojos… sus ojos brillaban con el mismo azul lechoso que el parásito.
—¿Quién es usted? —gritó Daniel, apuntando su arma.
El anciano sonrió. Le faltaban dientes.
—Yo soy el Dr. Kuri… el padre —dijo la voz en sus cabezas, aunque la boca del anciano apenas se movió—. Pero no el Kuri que ustedes arrestaron en México. Ese es mi hijo. Mi decepción. Yo soy el fundador. Salomón Kuri Senior. El primero que escuchó la canción del desierto.
—Usted debería estar muerto —dijo Solís—. Murió hace diez años.
—La muerte es una enfermedad, detective. Y yo encontré la cura. —El anciano señaló el monolito—. Ella cayó hace miles de años. Esperando. Durmiendo. Yo la desperté. Ella me da vida, y a cambio, yo le doy un mundo.
El anciano fijó su mirada en Mateo.
—Y tú… tú eres nuestra obra maestra. El “Simbionte Alfa”. El único sistema inmunológico capaz de aceptar el regalo sin perder la forma humana. Te hemos estado esperando, Mateo. Tienes algo que nos pertenece.
—Ya no lo tengo —gritó Mateo—. Me lo sacaron. Lo quemaron.
El anciano rió. Una risa seca, como hojas muertas arrastrándose.
—Quemaron la carne, niño. Pero el código… el código está en tu sangre. En tu cerebro. Tú eres la llave de activación. La Semilla está dormida, solo gotea poder. Pero contigo… contigo despertará por completo y cubrirá este planeta de un nuevo jardín. Un jardín eterno.
—¡Sobre mi cadáver! —Daniel disparó.
La bala voló hacia el anciano. Pero antes de impactar, uno de los “Jardineros” se interpuso con velocidad sobrehumana. La bala le dio en el pecho, pero el hombre ni siquiera parpadeó. No sangró. La herida se cerró en segundos.
—Grosero —dijo Kuri Senior—. Atrapen al niño. Maten a los adultos. Usen sus cuerpos como abono.
La Batalla del Pozo
El infierno se desató. Docenas de “Jardineros” y guardias mercenarios salieron de las sombras.
—¡Corran! —gritó Solís, lanzando una granada aturdidora que llevaba en el cinturón.
¡BOOM!
El destello cegó momentáneamente a los enemigos.
—¡Al puente! —dirigió Daniel.
Corrieron por la pasarela metálica suspendida sobre el pozo de la Semilla. Rivas iba atrás, sacando frenéticamente los explosivos químicos de su mochila.
—¡Tengo C4 mezclado con fungicida industrial! —gritó Rivas—. ¡Si lo colocamos en el monolito, podemos envenenarlo!
—¡Hazlo! —ordenó Daniel, disparando a los guardias que subían por las escaleras. Sus balas los derribaban, pero se volvían a levantar. Eran zombis biológicos, marionetas de carne.
—¡Papá, cuidado! —gritó Mateo.
Un mercenario saltó desde una viga superior, cayendo sobre Daniel. El arma de Daniel salió volando. El mercenario, con una fuerza descomunal, agarró a Daniel por el cuello y lo levantó sobre el vacío.
—¡No! —Mateo sintió una oleada de furia.
Extendió la mano. No pensó. Solo sintió. Se conectó a la red. Sintió la presencia del simbionte dentro del mercenario.
—¡Suéltalo! —ordenó Mateo mentalmente.
El mercenario se congeló. Su cuerpo empezó a convulsionar. El simbionte dentro de él obedecía a Mateo, el Alfa, pero los implantes cibernéticos obedecían a Kuri. El conflicto biológico fue demasiado.
El mercenario estalló. Literalmente. Su pecho se abrió y cayó al vacío, soltando a Daniel.
Daniel cayó al suelo de la pasarela, jadeando. Miró a Mateo con asombro.
—¿Cómo hiciste eso?
—Soy el Alfa —dijo Mateo, asustado de su propio poder—. Ellos me escuchan.
—¡Entonces úsalo! —gritó Solís, recargando—. ¡Ábrenos paso!
Mateo cerró los ojos. Se sumergió en el zumbido. Sintió las mentes de los Jardineros. Eran mentes rotas, esclavas.
—¡Duerman! —proyectó Mateo con toda su fuerza—. ¡Paren!
La mitad de los atacantes se desplomaron, agarrándose la cabeza, gritando. Pero Kuri Senior, desde su plataforma, intervino.
—¡Insolente! —El anciano conectó su propia mente, amplificada por la Semilla, contra la de Mateo.
Fue un choque de trenes psíquico. Mateo gritó y cayó de rodillas, sangrando por la nariz y los oídos.
—¡Mateo! —Daniel lo cubrió con su cuerpo.
—Es demasiado fuerte… —gimió Mateo—. Es la Semilla… ella lo ayuda.
Rivas llegó al borde de la pasarela, justo encima del monolito.
—¡Daniel! ¡Lánzame el detonador! —gritó Rivas, sosteniendo el paquete de explosivos.
Pero antes de que pudiera lanzarlo, un tentáculo negro surgió del pozo. La Semilla se estaba defendiendo. El tentáculo agarró a Rivas por la pierna.
—¡Ahhhh! —Rivas resbaló.
—¡Rivas! —Daniel se lanzó para agarrarlo, pero fue tarde.
El patólogo cayó. Pero mientras caía, hizo algo heroico. Abrazó el paquete de explosivos y le quitó el seguro.
—¡Salven al niño! —gritó Rivas mientras se precipitaba hacia la oscuridad violeta del monolito.
Cayó justo sobre la superficie negra.
El impacto fue pequeño. Pero la explosión química fue masiva.
¡CRAAAAACK!
El C4 detonó, liberando una nube de ácido y fuego. La Semilla emitió un sonido que rompió los cristales de la sala de observación. Un chillido que se sintió en los huesos.
La luz violeta parpadeó y se volvió roja, furiosa.
El anciano Kuri gritó en su plataforma. La retroalimentación neurológica lo estaba friendo. Su silla de ruedas echó chispas y su cabeza se sacudió violentamente.
—¡EL TEMPLO SE DERRUMBA! —aulló Kuri Senior antes de que su cerebro colapsara y cayera inerte.
Toda la caverna empezó a temblar. Rocas caían del techo. La sustancia orgánica de las paredes empezó a secarse y agrietarse, muriendo junto con su reina.
—¡Vámonos! —gritó Solís, jalando a Daniel y cargando a Mateo—. ¡Rivas nos dio una oportunidad! ¡A correr!
Corrieron por la pasarela que se tambaleaba. Los guardias y Jardineros estaban en el suelo, retorciéndose o muertos por el shock psíquico.
Llegaron al pasillo. El edificio se estaba desmoronando. El “moho” de las paredes se convertía en polvo gris.
Salieron al desierto justo cuando el suelo detrás de ellos se hundía. El cráter de la mina colapsó sobre sí mismo, tragándose el laboratorio, el monolito y los secretos de veinte años.
Una columna de polvo y humo se elevó hacia el cielo estrellado de Sonora.
Cayeron en la arena, exhaustos, heridos, pero vivos.
Mateo miró hacia el cráter humeante. El zumbido en su cabeza había desaparecido. El silencio era absoluto. Puro.
Daniel se arrastró hacia él y lo abrazó. Solís miraba el fuego con expresión sombría.
—Rivas… —susurró Daniel.
—Fue un valiente —dijo Solís—. Un héroe.
Mateo se tocó el pecho. Ya no sentía la conexión. Ya no era un Alfa. Volvía a ser solo un niño. Un niño con una familia rota y remendada, en medio de la nada.
—Se acabó —dijo Mateo.
Daniel miró al cielo. Un helicóptero se acercaba a lo lejos. Esta vez eran los Marines mexicanos. La explosión había llamado la atención.
—Se acabó la parte del monstruo —dijo Daniel, besando la frente llena de polvo de su hijo—. Ahora empieza la parte difícil: explicarle esto al mundo.
CAPÍTULO 8: EL JUICIO Y LA CALMA
I. La Verdad Oficial
El amanecer en el Desierto de Altar reveló la magnitud de la destrucción. El cráter donde alguna vez estuvo la mina “La Esperanza” humeaba como una herida abierta en la tierra. No quedaba nada del laboratorio, ni del monolito, ni de los cuerpos de los mercenarios. La tierra se había tragado todo.
Mateo estaba sentado en la parte trasera de una ambulancia militar, con una manta sobre los hombros y una botella de agua en la mano. A su lado, Daniel recibía puntos de sutura en la frente por parte de un médico naval.
La Detective Solís discutía acaloradamente con un Almirante de la Marina y dos hombres de traje negro que habían llegado en un helicóptero sin insignias. Eran del CISEN (Centro Nacional de Inteligencia).
—¡No pueden desaparecerlos! —gritaba Solís, señalando a Daniel y Mateo—. ¡Son víctimas y testigos!
—Detective, entienda la situación —dijo uno de los hombres de negro con voz monótona—. Lo que había aquí abajo no existe. Nunca existió. No podemos decirle al pueblo de México que una entidad biológica extraterrestre estaba siendo ordeñada por una corporación privada para crear súper soldados. El pánico sería incontrolable. La bolsa de valores colapsaría.
Daniel se levantó, apartando al médico. Caminó hacia ellos.
—¿Entonces qué? ¿Rivas murió por nada? —preguntó Daniel, con la rabia contenida en los puños—. Mi amigo se sacrificó para detener esto.
El agente del CISEN lo miró fríamente.
—El Dr. Rivas será condecorado póstumamente en una ceremonia privada. Su familia recibirá una pensión vitalicia generosa. Diremos que murió desmantelando un laboratorio de fentanilo de alta peligrosidad. Esa será la “Verdad Oficial”.
—Es una mentira —escupió Daniel.
—Es una mentira necesaria, Doctor. A cambio, nosotros nos encargamos de limpiar sus expedientes. No habrá cargos por la destrucción de propiedad federal. Y nos aseguraremos de que Salomón Kuri (el hijo) y su cómplice, la enfermera Mondragón, se pudran en la cárcel. Pero no por “alienígenas”. Sino por tráfico de personas, experimentación ilegal y homicidio. ¿Trato hecho?
Daniel miró a Mateo. El niño estaba exhausto, sucio, pero vivo. Si decían la verdad completa, Mateo sería un especimen de laboratorio por el resto de su vida. El gobierno querría estudiarlo. La prensa lo acosaría.
—Trato hecho —dijo Daniel—. Pero quiero la adopción plena. Inmediata. Sin burocracia. Y quiero protección.
—Considéralo hecho.
II. El Regreso a la Jungla de Asfalto
Volver a la Ciudad de México fue extraño. Después del silencio absoluto del desierto, el ruido de la capital parecía agresivo. Pero también era reconfortante. Era el ruido de la normalidad.
Durante las primeras semanas, vivieron en una casa de seguridad proporcionada por la Fiscalía mientras el escándalo mediático estallaba. Tal como prometió el gobierno, la historia que se vendió a los noticieros fue impactante, pero terrenal:
“DESMANTELAN SECTA MÉDICA EN EL NORTE: EXPERIMENTABAN CON NIÑOS HUÉRFANOS PARA FARMACÉUTICAS ILEGALES”.
La cara de Mateo apareció en la televisión, pero pixelada. Se le conocía como el “Niño M”. Daniel fue pintado como el héroe que destapó la cloaca, omitiendo la parte de la invasión armada y los explosivos.
La recuperación física de Mateo fue rápida. Sin el parásito robando sus nutrientes, su cuerpo adolescente reaccionó con voracidad. Creció cinco centímetros en dos meses. Sus mejillas se llenaron, su piel perdió el tono grisáceo. Empezó a hacer ejercicio con Daniel: corrían por el Parque de los Venados por las mañanas.
Pero la recuperación mental fue más lenta.
Mateo tenía pesadillas. Soñaba con el ojo azul. Soñaba con el zumbido. A veces, se despertaba gritando que la “Madre” lo llamaba. Daniel siempre estaba ahí, en el sofá de al lado, para despertarlo y prepararle chocolate caliente.
—Ya se fue, Mateo. Ya se fue —le repetía Daniel.
—¿Y si quedó algo? —preguntaba Mateo, tocándose el vientre plano—. ¿Y si puso huevos?
—Te hemos hecho resonancias, tomografías y análisis de sangre cada semana. Estás limpio. Eres 100% humano, chavo. Bueno, tal vez 99%, porque comes tacos como si fueras un mutante.
Ese tipo de bromas ayudaban. La risa era la mejor medicina para espantar a los fantasmas.
III. El Juicio del Siglo
Seis meses después, llegó el día. El juicio oral contra Salomón Kuri (Junior) e Inés Mondragón.
La sala de audiencias del Reclusorio Oriente estaba abarrotada. Había prensa nacional e internacional.
Mateo, ahora de trece años, entró caminando erguido, vestido con un traje que Daniel le había comprado. Se veía mayor, serio. Daniel iba a su lado, y la Detective Solís (ahora Comandante) iba al otro.
Primero trajeron a Salomón Kuri.
El hombre que una vez fue el arrogante director del Instituto era ahora una sombra. Estaba en una silla de ruedas, babeando ligeramente, con la mirada perdida. El choque psíquico con la Semilla durante la explosión le había frito el cerebro. Sus abogados intentaron alegar demencia, pero los peritos determinaron que era apto para ser juzgado, aunque su mente estuviera fragmentada.
Luego entró Inés.
Cuando vio a Mateo, bajó la cabeza. Ya no había arrogancia en ella. La cárcel la había consumido. Se veía pequeña, vieja.
El Fiscal (el licenciado Silva, “El Tanque”) fue implacable. Presentó las pruebas: los diarios de Alejandro (el padre biológico de Mateo), las bitácoras de Inés, los testimonios de las enfermeras del hospital.
Pero el momento cumbre fue el testimonio de Mateo.
Subió al estrado. El juez le pidió que señalara a las personas que le causaron daño.
Mateo levantó el dedo y señaló a Inés. Su mano no tembló.
—Ella me dijo que yo estaba loco —dijo Mateo al micrófono, con voz clara—. Me golpeaba si decía que me dolía. Me daba pastillas para drogarme. Me vio sufrir cuatro años y no hizo nada, porque le pagaban por verme morir lentamente. Ella no es mi madre. Ella es mi carcelera.
Inés rompió a llorar en silencio, cubriéndose la cara con las manos esposadas.
Luego, el abogado defensor de Kuri intentó interrogar a Mateo, buscando desacreditarlo, insinuando que el niño “imaginaba” cosas por el trauma.
—Joven Mateo —dijo el abogado, un tipo con traje caro y sonrisa de tiburón—, usted afirma que tenía un “organismo” dentro. Pero los reportes médicos oficiales dicen que era un tumor teratomatoso complejo. ¿No será que su mente infantil inventó monstruos para lidiar con el dolor del cáncer?
Mateo miró al abogado. Hubo un segundo de silencio. En ese segundo, Mateo sintió una chispa. Un eco muy lejano de lo que había sentido en el desierto. Una intuición. Supo, sin saber cómo, que el abogado tenía una úlcera estomacal que le dolía en ese preciso momento.
—No fue mi imaginación —dijo Mateo, inclinándose hacia el micrófono—. Y usted debería ir al doctor, licenciado. Esa úlcera que tiene le va a reventar si sigue tomando tanto café y defendiendo a monstruos.
El abogado se puso pálido y se llevó instintivamente la mano al estómago. La sala estalló en murmullos. Daniel sonrió desde la banca. Ese era su hijo.
La Sentencia
El veredicto fue unánime. Culpables.
Salomón Kuri fue sentenciado a 120 años de prisión por crimen organizado, homicidio y delitos contra la salud. Lo enviaron al penal de máxima seguridad del Altiplano, donde pasaría el resto de sus días balbuceando sobre “el jardín eterno” a las paredes acolchadas.
Inés Mondragón recibió 60 años.
Cuando la sacaban de la sala, pasó cerca de donde estaba Mateo. Se detuvo un segundo.
—Mateo… —susurró ella.
Daniel se interpuso, bloqueándole el paso. —No le dirijas la palabra. Nunca más.
—Lo siento… —dijo Inés, llorando—. Solo quería… sobrevivir.
—Sobreviviste —dijo Mateo, mirándola con una frialdad que heló a los presentes—. Ahora vive con eso.
Se la llevaron. Mateo sintió que un peso de mil toneladas se levantaba de sus hombros. Inés ya no era el monstruo bajo la cama. Era solo una mujer triste y mala que iba a morir sola en una celda de concreto.
IV. La Familia Elegida
Un año después del desierto.
Era domingo. El departamento de la Narvarte olía a hot cakes y tocino.
—¡Mateo! ¡Se te hace tarde para el partido! —gritó Daniel desde la cocina.
Mateo salió de su cuarto corriendo, con el uniforme de fútbol puesto y los tachones en la mano.
—¡Ya voy, ya voy! No encontraba mis espinilleras.
—Estaban debajo de la cama, junto con la caja de pizza de la semana pasada. Eres un desastre, hijo. —Daniel le pasó un plato con una torre de hot cakes.
—Es mi proceso creativo —bromeó Mateo, devorando el desayuno.
La vida se había asentado. Mateo iba en segundo de secundaria. Tenía amigos. Amigos de verdad, no como los que se burlaban de él. Había entrado al equipo de fútbol de la escuela. No era el más rápido, pero tenía una resistencia sobrenatural. Podía correr todo el partido sin cansarse, una pequeña “ventaja” que le había dejado su antiguo huésped.
Daniel había vuelto al hospital, pero ya no hacía tantas guardias. Había descubierto que prefería llegar a casa temprano para ayudar a Mateo con la tarea de matemáticas o ver películas de terror (irónicamente, a Mateo le encantaban ahora; decía que los monstruos de las películas eran “chafas” comparados con el real).
Salieron hacia las canchas de la Liga Infantil.
En el camino, se desviaron.
—¿Vamos a pasar a verlos? —preguntó Mateo.
—Sí. Hoy es el aniversario.
Llegaron al Panteón Francés. Caminaron por los senderos arbolados hasta llegar a una sección tranquila. Había dos tumbas juntas.
Una era antigua: Alejandro Morales (1985-2022). Padre y Pionero.
La otra era nueva, de mármol negro brillante: Dr. Roberto Rivas (1965-2026). Amigo, Científico, Héroe.
Mateo puso un ramo de girasoles en la tumba de su padre biológico, y un ramo de “nube” blanca en la de Rivas.
—Hola, papá. Hola, tío Rivas —dijo Mateo—. Ganamos el juicio. Ya nadie nos va a hacer daño.
Daniel se quedó atrás, respetando el momento. Veía a Mateo hablar con las tumbas y sentía una mezcla de dolor y orgullo. Rivas debería estar ahí, contando chistes malos y quejándose de la política. Pero su sacrificio les había dado este domingo soleado.
—Te extraño, Roberto —susurró Daniel al viento—. Cuida a Alex donde quiera que estén. Yo me encargo del chamaco.
Mateo se giró y corrió de regreso hacia Daniel.
—¡Vámonos, que si llegamos tarde el entrenador me pone de banca!
—¡Voy, voy! —Daniel se rió y corrió tras él.
V. Ecos
El partido fue intenso. El equipo de Mateo, “Los Rayos”, iba perdiendo 1-0. Faltaban dos minutos.
Hubo un tiro de esquina. Mateo subió a rematar. El balón voló por el aire. Mateo saltó. Sintió el impacto del balón en su frente y vio cómo entraba en el ángulo.
—¡Gooooool! —gritó, corriendo hacia la banda.
Pero en la celebración, un niño del otro equipo, enojado, lo empujó por la espalda. Mateo cayó mal. Otro niño tropezó y le cayó encima, con la rodilla clavada directamente en su estómago.
El impacto fue brutal.
El árbitro pitó. Daniel saltó de la grada, pálido, y corrió al campo.
Mateo estaba tirado en el pasto, agarrándose la panza, rodando de dolor.
—¡Mateo! ¡Mateo! —Daniel llegó y apartó a los otros niños—. ¿Dónde te duele?
Mateo tenía los ojos cerrados, la cara roja, haciendo muecas.
—¡Me duele! —gimió—. ¡Me duele mucho!
El corazón de Daniel se detuvo. ¿Y si se había roto algo? ¿Y si el trauma despertaba algo dormido?
—Respira. Déjame ver. —Daniel levantó la camiseta del uniforme.
El vientre estaba rojo por el golpe, pero normal. Plano.
Mateo abrió un ojo, mirando a su papá. Y luego, empezó a reírse. Una risa entre dolorosa y feliz.
—¿De qué te ríes? —preguntó Daniel, confundido y asustado.
—Me duele… —dijo Mateo, sentándose en el pasto—. Pero es un dolor normal. Me sacaron el aire. ¡Me duele normal, papá!
Daniel entendió. Durante años, cualquier dolor en esa zona significaba muerte, terror, movimiento alienígena. Ahora, era solo un golpe de fútbol. Era el dolor de un niño normal jugando un deporte normal.
Daniel soltó una carcajada y abrazó a su hijo ahí mismo, en medio del campo, ante la mirada extrañada del árbitro y los otros padres.
—Estás loco, Mateo Arriaga.
—Arriaga —repitió Mateo, saboreando su nuevo apellido—. Me gusta cómo suena.
VI. La Escena Final
Esa noche, Mateo se preparaba para dormir. Se lavó los dientes, se puso su pijama (que ya no era de superhéroes, sino una playera gris simple).
Se miró en el espejo del baño.
La cicatriz vertical en su abdomen se había desvanecido mucho. Ahora era una línea fina, plateada, casi imperceptible. Una “cicatriz de oro”, como le decía Daniel, al estilo del Kintsugi japonés: la prueba de que algo roto puede ser reparado y ser más valioso.
Apagó la luz del baño y fue a su cuarto.
Se metió en la cama. Daniel entró para darle las buenas noches.
—Descansa, hijo. Mañana hay escuela.
—Descansa, pa.
Daniel cerró la puerta, dejando una pequeña rendija abierta para que entrara la luz del pasillo.
Mateo se acomodó en la almohada. Cerró los ojos.
El silencio era absoluto. No había zumbido. No había voces. Solo el sonido lejano de un perro ladrando y el motor de un coche.
Estaba a punto de dormirse cuando, por una fracción de segundo, sintió algo.
No en su panza. En su mente.
Fue como una brisa suave. Una sensación de conexión. Sintió que Daniel, en la otra habitación, estaba sonriendo mientras leía un libro. Sintió que la Detective Solís, al otro lado de la ciudad, estaba cansada pero tranquila.
No era la voz de la “Madre”. No era una invasión. Era… empatía. Una empatía amplificada.
El regalo de despedida del simbionte. Un pequeño residuo de conexión que le recordaba que todos los seres vivos están unidos por hilos invisibles.
Mateo sonrió en la oscuridad. No le dio miedo. Sabía que él tenía el control.
—Buenas noches, mundo —susurró.
Y por primera vez en toda su vida, Mateo Arriaga durmió sin sueños, profundo, libre y absolutamente feliz.
FIN