
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL APOCALIPSIS EN LA COCINA Y UN PADRE AL BORDE DEL COLAPSO
El reloj digital en la mesita de noche marcó las 6:00 a.m. con un brillo rojo agresivo, pero para Daniel Noguera, el CEO de “Constructora Noguera” y uno de los hombres más influyentes en el sector inmobiliario de la Ciudad de México, esa hora no marcaba el inicio de un día exitoso, sino el comienzo de una guerra.
Daniel abrió los ojos y miró al techo. Su primer pensamiento no fue sobre las acciones de la bolsa ni sobre la reunión con los inversionistas de Monterrey. Su primer pensamiento fue: “Maldita sea, hoy tampoco tenemos niñera”.
Se levantó de la cama king-size como un soldado que sabe que va directo a una emboscada. La casa, una mansión moderna en Lomas de Chapultepec, estaba en un silencio sospechoso. Un silencio que presagiaba el caos. Daniel se puso sus pantuflas, sintiendo el frío del mármol, y bajó las escaleras frotándose la cara. Necesitaba café. Necesitaba un milagro. Pero sobre todo, necesitaba que sus hijos, los gemelos Ava y Adrián, durmieran cinco minutos más.
Al entrar a la cocina, el escenario era desolador. La cocina de los Noguera era digna de una revista de arquitectura: encimeras de granito negro, electrodomésticos de acero inoxidable de última generación y una isla central donde cabría toda una familia promedio. Sin embargo, en manos de Daniel, esa cocina se transformaba cada mañana en una zona de desastre nuclear.
—Muy bien, Daniel. Tú puedes. Eres un ingeniero. Construyes rascacielos. Puedes hacer unos huevos revueltos —se dijo a sí mismo en voz alta, tratando de invocar una confianza que no sentía.
Sacó el sartén. Prendió la estufa. El fuego salió con demasiada fuerza, lamiendo los bordes del metal. Rompió el primer huevo. La cáscara se hizo añicos y cayó dentro de la clara.
—¡Chin…! —masculló, intentando pescar los trocitos de cáscara con un tenedor, pero solo logró quemarse el dedo—. ¡Ah, qué la…!
Mientras luchaba con el huevo, decidió poner el pan en la tostadora. Dos rebanadas de pan integral, porque el pediatra había dicho que los niños necesitaban fibra. Bajó la palanca. Se giró para buscar la leche en el refrigerador gigante. Al abrir la puerta, un cartón de jugo de naranja mal cerrado —cortesía de la cena de anoche— se volcó, derramando un río pegajoso y cítrico sobre su camisa blanca inmaculada y, peor aún, sobre su calcetín derecho.
Daniel se quedó inmóvil, sintiendo el líquido frío empapar la tela. Cerró los ojos.
—Respira, Dani. Respira. No grites. Los niños se despertarán.
Pero el destino tenía otros planes. De la tostadora empezó a salir una columna de humo negro y denso. El olor a carbón inundó el aire purificado de la cocina. Daniel soltó la leche y corrió hacia la tostadora, manoteando el aire para disipar el humo.
—¡No, no, no! —gritó susurrando, sacando las rebanadas que ahora parecían briquetas de carbón para una carne asada.
Al mismo tiempo, la tetera eléctrica, que había olvidado que estaba prendida, comenzó a emitir un silbido agudo, perforante, como el grito de una banshee. Y para colmo, los huevos en el sartén empezaron a burbujear violentamente, salpicando aceite caliente por todas partes.
Era un campo de batalla. Y Daniel estaba perdiendo.
Justo en ese momento de desesperación absoluta, el techo pareció temblar.
Pum. Pum. Pum.
Pasos. Pequeños, rápidos y decididos.
Pum. Pum. Pum.
Daniel se congeló, con la espátula en alto como un arma defensiva. Ya venían. Los “tigres”, como los llamaba su secretaria.
Ava y Adrián aparecieron en el arco de la cocina. A pesar de tener solo siete años, tenían una presencia escénica que intimidaba a adultos hechos y derechos.
Ava llevaba puesta una falda de tul rosa brillante, una blusa de lentejuelas y, inexplicablemente, unos lentes de sol enormes en forma de corazón. Parecía una mini celebridad lista para evadir a los paparazzi.
Adrián, por su parte, llevaba su camiseta de fútbol azul favorita, puesta al revés, y sostenía un muñeco de acción en una mano y una tablet en la otra.
Se detuvieron y miraron a su padre. Escanearon la cocina llena de humo, el jugo en el suelo y a su padre sudando.
—Huele a quemado —dijo Ava, arrugando la nariz con desaprobación aristocrática—. Papá, ¿otra vez quemaste el desayuno?
—Buenos días a ustedes también, mis amores —dijo Daniel con una sonrisa forzada, apagando la estufa—. No está quemado, está… caramelizado. Estilo francés.
—El estilo francés no huele a llanta quemada, papá —replicó Adrián, caminando hacia la mesa y pasando el dedo por el borde lleno de polvo (porque Daniel no había limpiado en tres días).
—Bueno, siéntense. El desayuno está casi listo —dijo Daniel, sirviendo los huevos (que ahora tenían un color grisáceo sospechoso) en los platos.
Pero la paz duró tres segundos.
—Hoy es lunes —anunció Ava con voz de mando—. Los lunes nos vestimos de rosa. Adrián, vete a cambiar.
Adrián golpeó la mesa con su puño pequeño.
—¡No! ¡Yo no soy niña! ¡El azul es de campeones! Además, tú dijiste la semana pasada que los lunes eran de “libre expresión”.
—Cambié de opinión —dijo Ava, ajustándose los lentes oscuros—. Soy la hermana mayor. Tengo visión de moda. Tú solo tienes visión de… de lodo.
—¡Papá! —gritó Adrián—. ¡Dile a Ava que no me mande! ¡Soy el hombre de la casa cuando tú no estás!
Daniel sintió que una migraña empezaba a taladrarle la sien izquierda.
—¡Basta los dos! —suplicó, poniendo los platos frente a ellos—. Ava, Adrián puede vestir de azul. Adrián, deja de gritarle a tu hermana. Y por favor, coman. Vamos tarde para el colegio. Tienen que estar en la fila de entrada a las 7:30 o la directora me va a mandar otro correo pasivo-agresivo.
Los gemelos miraron sus platos. El silencio fue sepulcral.
Ava pinchó un pedazo de huevo con su tenedor, lo levantó a la altura de sus ojos, lo inspeccionó como si fuera una muestra biológica contaminada y lo dejó caer.
Plaf.
—Esto es incomible —declaró.
—Tiene cáscara —añadió Adrián, escupiendo un pedacito blanco—. Y está salado. Sabe a agua de mar.
Daniel se dejó caer en la silla frente a ellos, derrotado. Se tapó la cara con las manos.
—Chicos… por favor. Estoy haciendo lo mejor que puedo. ¿Saben lo difícil que es dirigir una empresa y cuidarlos a ustedes al mismo tiempo? Si tan solo no hubieran puesto pegamento en el shampoo de la última niñera…
—Ella no nos entendía —dijo Ava con frialdad—. Nos trataba como bebés. Y no somos bebés. Somos Noguera. Tú dijiste que los Noguera somos especiales.
Daniel levantó la vista. Ahí estaba otra vez. Esa palabra. “Especiales”.
—Sí, son especiales —admitió Daniel, suspirando—. Pero ser especial no significa ser un pequeño tirano. Significa ser amable, inteligente…
—Y tener buen gusto —interrumpió Ava—. Por eso no podemos comer esto. Vamos por unos tamales en el camino.
—¡No vamos a parar por tamales! —estalló Daniel, poniéndose de pie—. ¡Cómanse el pan tostado al menos! ¡Y vámonos, que ya es tardísimo!
El trayecto al colegio fue otro capítulo de tortura. El tráfico de la Ciudad de México estaba en su apogeo. Periférico era un estacionamiento gigante. Mientras Daniel intentaba maniobrar su camioneta entre microbuses agresivos y motociclistas suicidas, los gemelos peleaban en el asiento trasero por el control de la música.
—¡Pon Reggaetón! —gritaba Adrián.
—¡No, pon Taylor Swift! —chillaba Ava.
—¡Voy a poner las noticias si no se callan! —amenazó Daniel, apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Finalmente, tras dejarlos en la puerta del colegio (con Ava quejándose de que su falda no combinaba con la mochila y Adrián llorando porque olvidó su tarea), Daniel condujo hacia su oficina en Santa Fe.
Entró al edificio de cristal sintiéndose como si hubiera corrido un maratón con un saco de cemento en la espalda. Su traje, que solía lucir impecable, estaba arrugado. La mancha de jugo se había secado, dejando un mapa pegajoso en su camisa.
Al entrar a su oficina, con vista panorámica a la ciudad, se dejó caer en su silla ergonómica de piel italiana.
Su secretaria, Linda, entró casi inmediatamente. Linda era una mujer eficiente, observadora y la única persona en el mundo que se atrevía a decirle la verdad a Daniel.
—Jefe… —dijo ella, deteniéndose en la puerta y arqueando una ceja—. ¿Lo atropelló un camión o es el nuevo look de “millonario excéntrico”?
Daniel gruñó y giró su silla hacia la ventana.
—Fueron los gemelos. Otra vez.
—Déjeme adivinar. ¿El desayuno?
—El desayuno, la ropa, la música, la existencia misma. —Daniel se frotó los ojos—. Linda, no puedo más. De verdad. La reunión de las 12…
—Cancelada —dijo Linda, acercándose y dejando un café expreso doble en su escritorio—. Los clientes tuvieron un problema. Se lo reagendé.
—Gracias a Dios —suspiró Daniel, tomando el café como si fuera agua bendita en el desierto—. Linda, necesito ayuda. En serio. Necesito una niñera. Pero no me traigas a otra jovencita recién salida de la carrera de pedagogía que se asusta si un niño le grita. Ni a una señora inglesa estirada que quiera obligarlos a tomar té.
Daniel se giró y miró a Linda a los ojos, con una intensidad desesperada.
—Necesito a alguien… de barrio. Alguien con calle. Alguien que no se rompa si Ava la mira feo. Necesito a alguien que sepa cocinar huevos sin quemar la cocina y que pueda hacer que mis hijos digan “por favor” y “gracias”. ¿Existe alguien así o estoy pidiendo un unicornio?
Linda sonrió levemente. Sus ojos brillaron con una idea.
—Bueno, jefe… tal vez no sea un unicornio. Tal vez lo que necesita es una leona que ha sido herida y necesita una manada nueva.
—¿De qué hablas? —preguntó Daniel, confundido.
—Tengo una amiga —dijo Linda, poniéndose seria—. Se llama Valeria. No tiene títulos de la Ibero ni cursos en el extranjero. Pero ha criado a cinco hermanos ella sola. Y… bueno, está pasando por un momento muy difícil. Necesita trabajar urgentemente. Y creo que tiene el carácter que usted busca.
—¿Es paciente? —preguntó Daniel.
—Tiene la paciencia de un santo, señor. Pero también sabe cuándo sacar las garras.
—Tráela —dijo Daniel sin dudar—. Págale lo que pida. Si logra que mis hijos coman verduras y no quemen la casa en una semana, le doy mi coche.
—No bromee con eso, jefe, porque Valeria se lo cobra —rió Linda, dándose la vuelta para salir—. La llamaré ahora mismo.
Daniel se recostó en su silla, cerrando los ojos por un momento. No sabía quién era esa tal Valeria, pero en ese momento, rezó para que fuera la salvación que su familia necesitaba desesperadamente.
CAPÍTULO 2: UNA MUJER ROTA EN UNA CASA AJENA
A kilómetros de distancia del lujo de Santa Fe y las Lomas, en una colonia popular de Iztapalapa donde las calles eran un laberinto de concreto gris y cables enmarañados, Valeria despertó, pero no abrió los ojos de inmediato. No quería hacerlo.
Abrir los ojos significaba enfrentar su realidad. Y su realidad, últimamente, dolía más que un golpe físico.
La cama donde dormía estaba hundida en el centro. El ventilador de techo giraba con un clac-clac-clac rítmico y cansado, apenas moviendo el aire caliente y viciado de la habitación. A su lado, el espacio estaba vacío. Martín, su esposo, ya se había levantado, probablemente para irse a trabajar a su taller mecánico sin siquiera despedirse. Hacía meses que no se despedía. Hacía meses que no la miraba a los ojos.
Valeria se sentó en la cama, sintiendo el peso de la tristeza en sus hombros. Tenía 32 años, pero se sentía de 80. Se miró las manos. Eran manos trabajadoras, manos que habían cargado libros de contabilidad cuando era gerente de proyectos, manos que habían cuidado a sus hermanos menores. Pero ahora, según su suegra y su esposo, eran “manos inútiles”.
—Manos vacías —susurró Valeria, repitiendo el insulto que Doña Martita le había lanzado la noche anterior durante la cena.
Se levantó y se puso su bata de casa, una prenda desgastada que solía ser de color azul vibrante y ahora era de un tono celeste pálido, como su propia esperanza.
Salió de la habitación y el olor a frijoles refritos y aceite quemado la golpeó.
En la pequeña sala-comedor, sentada frente al televisor con el volumen a todo lo que daba viendo un programa de chismes matutino, estaba Doña Martita.
La suegra de Valeria era una mujer pequeña pero temible. Tenía el cabello teñido de un negro azabache antinatural y siempre, siempre, tenía una mueca de disgusto en los labios. Se había mudado con ellos “temporalmente” hacía seis meses porque le dolía la rodilla, pero Valeria sabía la verdad: estaba ahí para vigilarla. Estaba ahí para asegurarse de que Valeria supiera, cada minuto de cada día, que estaba fallando como mujer.
—Hasta que te dignas a despertar, princesa —dijo Doña Martita sin quitar la vista de la pantalla—. El sol ya está alto. En mis tiempos, una mujer decente ya habría barrido el patio y hecho las tortillas a mano.
—Buenos días, suegra —murmuró Valeria, ignorando el dardo venenoso y dirigiéndose a la cocina.
—¿Buenos? Serán para ti, que duermes como si no debieras nada. Oye, Valeria… —La voz de Martita cambió, volviéndose más afilada—. Ayer vi a la hija de Doña Lupe. Ya va por el tercero. Y es dos años menor que tú. Qué vergüenza, ¿no? Que una muchachita pueda hacer lo que tú, con todos tus estudios y tu presunción, no puedes.
Valeria se detuvo en seco frente a la estufa. Apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. Quería gritar. Quería decirle que ella no era estéril por elección, que los médicos habían dicho que era estrés, que Martín se negaba a hacerse estudios. Quería decirle que había renunciado a su carrera, a su vida, por complacerlos.
Pero no dijo nada. Respiró hondo, tragándose el nudo en la garganta que ya era su compañero constante.
—¿Quiere café, suegra? —preguntó con voz neutra.
—Quiero nietos. Pero como no sirves para eso, sí, dame café. Y que no esté aguado como el de ayer.
Valeria sirvió el café, sintiendo cómo una lágrima solitaria rodaba por su mejilla. Se la limpió rápidamente con el dorso de la mano. No les daría el gusto de verla llorar. Nunca más.
En ese momento, su celular, que había dejado sobre la mesa de la cocina, vibró.
“Linda”.
Valeria miró el nombre en la pantalla y sintió una punzada de nostalgia. Linda era su mejor amiga de la preparatoria. La única que seguía llamándola a pesar de que Valeria se había aislado del mundo.
Contestó casi con desesperación, necesitando una voz amiga.
—¿Bueno?
—¡Vale! ¡Amiga! ¿Cómo estás? —La voz de Linda sonaba llena de energía, un contraste doloroso con el ambiente fúnebre de la casa de Valeria.
—Aquí, Linda… sobreviviendo —dijo Valeria, bajando la voz para que Martita no escuchara.
—Oye, te tengo una propuesta. Y no acepto un no por respuesta. ¿Te acuerdas que te conté de mi jefe, el arquitecto Noguera?
—Sí, el millonario neurótico.
—Ese mismo. Bueno, está desesperado. Necesita una niñera. Urgente. La paga es… Vale, te vas a ir de espaldas. Son 30 mil pesos al mes, más prestaciones, y vives ahí si quieres, o vas y vienes.
Valeria casi soltó la taza de café.
—¿Treinta mil? Linda, eso es más de lo que ganaba como gerente.
—Lo sé. Pero el trabajo es duro. Sus hijos son… bueno, son un reto. Son gemelos, perdieron a su mamá hace unos años y básicamente han declarado la guerra al mundo. Necesitan a alguien que no se deje, alguien con mano firme pero corazón de pollo. Y pensé en ti. Tú criaste a tus hermanos, Vale. Tienes el don.
Valeria miró a su alrededor. Vio las paredes despintadas, los platos sucios en el fregadero que Martita se negaba a lavar, y escuchó la risa burlona de la televisión.
—Linda… no sé. Martín se va a enojar si vuelvo a trabajar. Dice que mi deber es estar aquí, descansando para “preparar el cuerpo”.
—¿Preparar el cuerpo para qué? —estalló Linda al otro lado de la línea—. ¡Llevas dos años “descansando” y lo único que has ganado es depresión, amiga! Perdón que te lo diga así, pero ese hombre y su madre te están consumiendo. Necesitas salir de ahí. Necesitas sentirte útil otra vez. Necesitas tu propio dinero.
Las palabras de Linda fueron como un cubetazo de agua fría. “Te están consumiendo”. Era verdad. Se sentía como una vela que se apaga lentamente.
—¿Cuándo es la entrevista? —preguntó Valeria, con una determinación repentina.
—¿Puedes ir mañana a las 10? Te paso la dirección. Es en Santa Fe.
—Ahí estaré.
Colgó el teléfono. Su corazón latía con fuerza. Era miedo, sí, pero también era algo que no había sentido en mucho tiempo: esperanza.
Esa noche, Martín llegó tarde, como siempre. Olía a grasa de motor y a cerveza barata. Entró sin saludar, se quitó las botas sucias en medio de la sala y se tiró en el sofá.
—¡Valeria! —gritó—. ¡Sírveme de cenar! ¡Me muero de hambre!
Valeria salió de la cocina con un plato de guisado caliente. Se lo puso en la mesa de centro. Martín ni siquiera la miró; sus ojos estaban pegados al partido de fútbol en la tele.
—Oye, Martín… —empezó ella, nerviosa—. Me llamaron para una entrevista de trabajo mañana.
Martín masticó lentamente, sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Trabajo? ¿De qué?
—De niñera. Con una familia muy rica. Pagan muy bien.
Martín soltó una carcajada seca, cruel. Giró la cabeza lentamente y la miró con esos ojos que alguna vez la miraron con amor y ahora solo reflejaban desprecio.
—¿Niñera? —repitió, como si fuera el chiste más gracioso del mundo—. Vaya ironía, ¿no? La mujer que no puede tener hijos quiere cuidar los de otros. ¿Qué vas a hacer? ¿Enseñarles a ser estériles como tú?
El comentario fue tan brutal que a Valeria se le cortó la respiración. Sintió como si le hubieran dado una bofetada física.
Doña Martita, que estaba tejiendo en el rincón, soltó una risita maliciosa.
—Ay, hijo, déjala. A lo mejor cuidando niños ajenos se le despierta la matriz. O a lo mejor se da cuenta de que ni para eso sirve y deja de gastar tu dinero en tonterías.
Valeria miró a su esposo. Miró a su suegra. Y en ese instante, algo se rompió dentro de ella. Pero no fue su corazón; eso ya estaba roto. Lo que se rompió fue su sumisión.
Ese comentario, esa crueldad gratuita, fue la gota que derramó el vaso.
—Voy a ir —dijo Valeria, su voz temblando pero firme—. Y voy a quedarme con el puesto. Y con mi primer sueldo, me voy a comprar la ropa que yo quiera, y no voy a pedirte ni un peso, Martín.
Martín volvió a mirar la tele, restándole importancia.
—Haz lo que quieras. De todos modos, seguro te corren a la semana. No sirves para nada, Valeria. Nunca lo olvides.
Valeria se dio la vuelta y se fue a su cuarto. Cerró la puerta con suavidad, aunque quería azotarla.
Abrió su armario y sacó su mejor conjunto: un pantalón de vestir negro y una blusa blanca que no usaba desde sus días de oficina. La ropa olía a guardado, a una vida pasada. La abrazó contra su pecho.
—Mañana —se prometió a sí misma en la oscuridad—. Mañana dejo de ser la “lagartija seca”. Mañana vuelvo a ser Valeria. Y esos niños ricos… esos niños no saben lo que les espera. Porque si puedo sobrevivir a esta casa, puedo sobrevivir a cualquier cosa.
Se acostó en la cama, pero no pudo dormir. Imaginaba cómo sería la mansión. Imaginaba a los niños. ¿Serían tan malos como decía Linda? No le importaba. Prefería pelear con “tigres” que vivir con hienas.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA ENTREVISTA EN LA TORRE DE CRISTAL
La mañana del miércoles amaneció gris sobre la Ciudad de México, pero para Valeria, el día tenía un brillo distinto. Se levantó antes de que saliera el sol, moviéndose por la habitación con el sigilo de un gato para no despertar a Martín. No quería sus comentarios ácidos, no quería su mala energía pegándose a ella antes de la entrevista más importante de su vida.
Se bañó con agua fría —porque el calentador llevaba meses descompuesto y Martín “no tenía tiempo” de arreglarlo— y se vistió con ritualidad religiosa. Su pantalón negro de vestir, aunque tenía algunos años, estaba impecablemente planchado. Su blusa blanca, almidonada. Se recogió el cabello en un chongo bajo, pulcro, y se puso un poco de maquillaje que rescató del fondo de su cajón. Al mirarse al espejo, no vio a la “mujer estéril” de la que se burlaba su suegra; vio un destello de la mujer capaz y fuerte que solía ser.
Salió de casa sin desayunar, con el estómago cerrado por los nervios. El trayecto desde Iztapalapa hasta Santa Fe fue una odisea propia de la capital. Primero, un microbus atestado donde la gente iba colgada de las puertas; luego, el metro, empujones, calor humano y vendedores ambulantes gritando “¡Llévese la pomada de la campana, diez pesos le vale!”; y finalmente, otro camión que subía las colinas hacia la zona financiera.
A medida que el paisaje urbano cambiaba de casas de ladrillo gris sin terminar a rascacielos de cristal que tocaban las nubes, Valeria sentía que entraba en otro planeta.
Llegó a la Torre Noguera a las 9:45 a.m. El edificio era imponente, una aguja de acero y vidrio que reflejaba el cielo. Valeria se alisó la ropa, respiró hondo para calmar el temblor de sus manos y empujó la puerta giratoria.
El aire acondicionado la golpeó de inmediato, un frío artificial con olor a perfume caro y limpieza extrema. El vestíbulo era enorme, con pisos de mármol tan brillantes que podía ver su reflejo en ellos. Se acercó a la recepción, donde una chica rubia tecleaba en una computadora sin mirarla.
—Buenos días —dijo Valeria, tratando de que su voz sonara firme—. Tengo una cita con el Arquitecto Daniel Noguera. Soy Valeria Méndez.
La recepcionista levantó la vista, escaneó a Valeria de arriba abajo —notando sus zapatos sencillos y su bolso desgastado— y frunció el ceño ligeramente.
—¿Para el puesto de personal doméstico? —preguntó con un tono que no era grosero, pero sí condescendiente.
—Para el puesto de Niñera Ejecutiva —corrigió Valeria, irguiendo la espalda.
—Piso 40. Tome el elevador de servicio al final del pasillo, por favor.
Valeria asintió y caminó hacia los elevadores. “No dejes que te hagan menos”, se dijo a sí misma. “Tú vales mucho”.
Al llegar al piso 40, la atmósfera era de un silencio intimidante. Pero lo peor estaba por venir. En la sala de espera, sentadas en sillones de cuero negro, había otras tres candidatas. Y Valeria sintió que el alma se le caía a los pies.
Las otras mujeres parecían salidas de una agencia de modelos o de un catálogo de “Niñeras Perfectas”. Una llevaba un uniforme azul impecable y leía un libro titulado Psicología Infantil Avanzada. Otra, una mujer mayor con aspecto británico, revisaba su iPad con gesto severo. La tercera era joven, rubia y hablaba por teléfono en francés fluido.
Valeria se sentó en una esquina, abrazando su carpeta de plástico con sus documentos. “Dios mío, ¿qué hago aquí?”, pensó, sintiéndose diminuta. “¿Cómo voy a competir con Mary Poppins y la señorita Tronchatoro versión francesa?”.
La puerta de la oficina principal se abrió y salió Linda, la secretaria. Al ver a Valeria, sus ojos se iluminaron, pero mantuvo la profesionalidad.
—Señorita Méndez, gracias por venir. El arquitecto está terminando con la candidata anterior. Por favor, espere un momento.
Desde dentro de la oficina se escuchaban voces.
—Pero, Monsieur Noguera —decía una voz femenina con acento exagerado—, mis métodos de disciplina son infalibles. El niño debe meditar dos horas al día.
—Señora, si intento que mis hijos mediten dos horas, quemarán la casa en el minuto cinco —respondió la voz cansada de Daniel—. Gracias, nosotros le llamamos.
Una mujer salió de la oficina con la cara roja de indignación. Linda suspiró y miró a las candidatas.
—Señorita Méndez, pase usted.
Valeria se puso de pie, sintiendo las miradas de desprecio de las otras candidatas clavadas en su espalda. Entró a la oficina.
El despacho de Daniel Noguera era más grande que toda la casa de Valeria. Tenía ventanales de piso a techo con una vista espectacular de la ciudad. Detrás de un escritorio de madera maciza que parecía una fortaleza, estaba él. Daniel Noguera. Se veía aún más guapo que en las revistas, pero también mucho más destruido. Tenía ojeras profundas, la corbata desajustada y se masajeaba las sienes como si le fuera a estallar la cabeza.
—Siéntese —dijo sin levantar la vista de unos papeles.
Valeria obedeció, sentándose en la orilla de la silla.
—Linda me dice que usted es la indicada —dijo Daniel, finalmente levantando la vista. Sus ojos eran oscuros, inteligentes, pero llenos de un cansancio infinito—. Pero Linda a veces es demasiado optimista. A ver, déjeme ver su currículum.
Valeria le entregó su carpeta. Daniel la abrió, hojeó rápidamente las páginas y se detuvo. Arqueó una ceja.
—Señora Méndez… aquí veo experiencia en gestión de proyectos, contabilidad básica… y luego un vacío laboral de dos años. No veo ningún certificado en cuidado infantil, ni cursos de primeros auxilios pediátricos, ni experiencia previa con familias de alto perfil.
Cerró la carpeta y la dejó sobre el escritorio con un golpe suave pero definitivo.
—Las mujeres que están allá afuera tienen maestrías en educación, hablan tres idiomas y han cuidado a hijos de diplomáticos. ¿Por qué debería contratarla a usted, que no tiene ni una carta de recomendación en este rubro?
Valeria sintió que el pánico le subía por la garganta. Podía dar las gracias e irse. Podía volver a su casa a ponerle agua caliente a los pies de su suegra.
“No”, pensó. “Ni máiz. No voy a regresar a ese infierno”.
Valeria levantó la barbilla y miró a Daniel directamente a los ojos.
—Tiene razón, arquitecto. No tengo un papel que diga que sé cambiar pañales en francés. Pero tengo algo que esas mujeres con doctorados no tienen.
—¿Ah, sí? —Daniel se recargó en su silla, intrigado por el cambio de tono—. ¿Y qué es eso? Ilumíneme.
—Tengo hambre —dijo Valeria con brutal honestidad—. Y no hablo de comida. Hablo de ganas de salir adelante. Soy la mayor de cinco hermanos. Mi mamá trabajaba todo el día y mi papá… bueno, mi papá no estaba. Yo crié a mis hermanos en Iztapalapa, señor. Donde si te descuidas, te roban hasta los calcetines.
Valeria se inclinó hacia adelante.
—Sé negociar con pandilleros para que dejen pasar a mis hermanos a la escuela. Sé hacer que un kilo de frijoles rinda para siete personas. Sé curar fiebres de 40 grados con trapos húmedos cuando no hay dinero para doctores. Y sé cómo hacer que un niño rebelde me respete sin tener que pegarle ni gritarle, solo con mirarlo a los ojos y hacerle entender quién manda.
Daniel la miraba fijamente, en silencio.
—Sus hijos no necesitan a alguien que les enseñe latín, señor Noguera. Necesitan a alguien que no se asuste cuando le hagan un berrinche. Esas señoras de allá afuera… con todo respeto, sus hijos se las van a comer vivas en diez minutos. Yo no. Yo he lidiado con cosas peores que dos niños ricos malcriados.
Hubo un silencio largo. Tan largo que Valeria pensó que la había regado. Que había sido demasiado “de barrio”, demasiado agresiva.
De repente, una sonrisa pequeña, casi imperceptible, curvó los labios de Daniel. Soltó una carcajada corta.
—”Cosas peores que dos niños ricos malcriados”… —repitió él—. Vaya. Al menos es honesta.
Daniel cerró la carpeta y entrelazó los dedos.
—Mire, Valeria. Mis hijos, Ava y Adrián, son… especiales. Han hecho llorar a mujeres muy preparadas. Han puesto pegamento en sillas, han escondido pasaportes antes de viajes, han fingido llamadas de secuestro. Son inteligentes y están dolidos porque su madre murió. No buscan una niñera, buscan una víctima.
—Yo no soy víctima de nadie, señor. Ya no —respondió Valeria, y su voz tuvo un peso que Daniel, curiosamente, entendió.
—Bien —dijo Daniel, poniéndose de pie—. Está contratada. A prueba. Un mes.
Valeria parpadeó, atónita.
—¿Así nada más?
—Me gusta su actitud. Y honestamente, estoy desesperado. Si sobrevive una semana, le hago el contrato indefinido. Ahora, hablemos de dinero.
Daniel garabateó una cifra en un papel y se lo deslizó.
—Esto es el sueldo mensual. Más prestaciones de ley, seguro de gastos médicos mayores y bono de “peligrosidad” si aguanta a los gemelos.
Valeria miró el papel. Sus ojos se abrieron como platos. La cifra tenía más ceros de los que había visto juntos en su cuenta bancaria en toda su vida. Eran 50,000 pesos mensuales.
—¿E… esto es real? —tartamudeó.
—Es lo que vale mi paz mental, Valeria. ¿Acepta?
Valeria se levantó, sintiendo que flotaba. Le tendió la mano a Daniel.
—No le voy a fallar, señor. Se lo juro por mi madre.
—No me jure nada. Solo consiga que cenen verduras y no quemen la casa. Empieza el lunes. Linda le dará la dirección y las llaves.
Cuando Valeria salió de la oficina, pasó frente a las otras candidatas con la cabeza alta. No dijo nada, pero su sonrisa lo decía todo. Bajó en el elevador sintiendo que el corazón le iba a explotar. Había conseguido el trabajo. Tenía una salida.
CAPÍTULO 4: LA BIENVENIDA AL INFIERNO (DÍA 1)
El fin de semana pasó volando en una neblina de ansiedad y preparación. Valeria no le dijo a Martín cuánto iba a ganar. Sabía que si le decía la cifra real, él encontraría la forma de quitárselo o dejaría de trabajar por completo. Solo le dijo que le pagarían “lo normal”. Aún así, él se burló.
—A ver cuánto duras. Seguro regresas chillando el primer día.
El lunes por la mañana, Valeria llegó a la mansión Noguera en Lomas de Chapultepec. Si el edificio de oficinas era impresionante, la casa era de otro nivel. Era una estructura moderna de concreto blanco y madera, con jardines que parecían campos de golf y un garaje donde se veían autos de lujo.
Al tocar el timbre, una empleada doméstica uniformada le abrió. Era una señora mayor, bajita y con cara de bondad.
—Tú debes ser la nueva valiente —dijo la mujer, dejándola pasar—. Soy Rosario, la cocinera. Pásale, hija. Y que Dios te agarre confesada.
—¿Tan malo es? —preguntó Valeria, mirando el vestíbulo de doble altura con una lámpara de araña gigantesca.
—Los niños son… angelitos con cuernos —susurró Rosario—. El señor Daniel ya se fue a la oficina. Dijo que tú estabas a cargo. Los niños están en la sala de juegos.
Valeria respiró hondo. “Aquí vamos”.
Caminó por el pasillo siguiendo las indicaciones. Llegó a una puerta doble y la abrió.
La sala de juegos era más grande que todo el departamento de Valeria. Tenía una pantalla gigante, consolas de videojuegos de última generación, una alberca de pelotas y estantes llenos de juguetes caros.
En medio de todo ese lujo, sentados en pufs de colores, estaban los gemelos.
Ava, vestida impecablemente de rosa, leía una revista de modas para niñas. Adrián jugaba en su tablet con audífonos puestos.
Ninguno de los dos levantó la vista cuando Valeria entró.
—Buenos días —dijo Valeria con voz clara y alegre—. Soy Valeria, su nueva…
—Sabemos quién eres —interrumpió Ava sin dejar de leer—. Eres la número dieciséis.
—Y no vas a durar —añadió Adrián, sin quitarse los audífonos (lo que significaba que sí la escuchaba)—. Así que no te acomodes mucho. No deshagas tu maleta.
Valeria sonrió, aunque por dentro sintió un escalofrío. Estos niños no eran berrinchudos normales; eran fríos y calculadores.
—Bueno, pues lamento decepcionarlos, pero planeo quedarme mucho tiempo. Así que, ¿qué les parece si empezamos con el pie derecho? Hice un plan para hoy…
—Nosotros tenemos nuestro propio plan —dijo Ava, poniéndose de pie. Caminó hacia Valeria y la miró de arriba abajo con una arrogancia que en una niña de siete años resultaba escalofriante—. Tú no nos mandas. Mi papá te paga, así que eres una empleada. Si queremos comer helado todo el día, comemos helado. Si queremos ver tele hasta las 3 de la mañana, lo hacemos. Y si intentas detenernos… te haremos la vida imposible.
Valeria mantuvo la calma. Se agachó para quedar a la altura de los ojos de Ava.
—Mira, muñeca. Tienes razón, tu papá me paga. Pero me paga para cuidarlos, no para ser su sirvienta. Y en esta casa, mientras yo esté a cargo, hay reglas. Regla número uno: se habla con respeto.
Ava soltó una risita burlona y miró a su hermano. Adrián sonrió maliciosamente.
—¿Reglas? —dijo Adrián—. Oye, Ava, creo que la nueva no sabe cómo funcionan las cosas aquí.
—Creo que no —respondió la niña.
De repente, Adrián sacó un vaso de jugo de uva que tenía escondido detrás del puf y, con un movimiento rápido, lo lanzó. No a Valeria, sino a la alfombra persa blanca que cubría el centro de la habitación.
El líquido morado se extendió como una mancha de sangre sobre la lana inmaculada.
—¡Ups! —dijo Adrián con sarcasmo—. Se me cayó. Límpialo, criada.
Valeria miró la mancha. Sintió la sangre hervirle en las venas. En su casa, desperdiciar comida o manchar algo así era pecado mortal. Pero sabía que esto era un test. Si se enojaba, perdía. Si gritaba, perdía. Si lo limpiaba sumisamente, perdía.
Se enderezó lentamente. Miró a los niños, que esperaban su reacción con sonrisas desafiantes.
—Muy bien —dijo Valeria con calma—. Si eso es lo que quieren jugar, juguemos.
Caminó hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Ava, confundida por la falta de gritos—. ¡Te dije que lo limpies!
—No —dijo Valeria—. Tú lo tiraste, tú lo limpias. Y hasta que esa alfombra no esté limpia, no hay internet, no hay videojuegos y no hay tablets.
Sacó su celular y, con un par de toques rápidos en la aplicación que Daniel le había instalado (control parental de la casa inteligente), cortó el Wi-Fi de toda la mansión.
De inmediato, la tablet de Adrián mostró el mensaje “Sin conexión”. La música que sonaba en las bocinas inteligentes se detuvo.
—¡¿Qué hiciste?! —gritó Adrián, poniéndose rojo de furia—. ¡Activa el internet! ¡Estoy en una partida online!
—El internet regresará cuando la alfombra esté blanca otra vez —dijo Valeria cruzándose de brazos y recargándose en el marco de la puerta—. Ahí hay trapos y quitamanchas en el armario de limpieza. Ustedes saben dónde está.
—¡Te voy a acusar con mi papá! —chilló Ava, perdiendo su compostura de reina de hielo—. ¡Lo voy a llamar y le voy a decir que nos pegaste!
—Llámalo —retó Valeria—. Pero dile la verdad. Porque hay cámaras en esta sala, ¿o no? Tu papá verá quién tiró el jugo y quién está haciendo el berrinche.
Los gemelos se quedaron paralizados. No esperaban eso. Las otras niñeras siempre rogaban, lloraban o limpiaban el desastre por miedo a ser despedidas. Valeria no tenía miedo. O al menos, actuaba muy bien como si no lo tuviera.
—Son unos niños horribles —murmuró Ava, con los ojos llenos de lágrimas de rabia.
—Tal vez —dijo Valeria suavemente—. O tal vez solo son niños que necesitan límites. Tienen diez minutos para empezar a limpiar o también se cancela el postre de la semana.
Valeria salió de la habitación y cerró la puerta, dejándolos solos. Se recargó contra la pared del pasillo, respirando agitadamente. Le temblaban las piernas.
Rosario, la cocinera, asomó la cabeza desde la cocina.
—¿Les cortaste el internet? —preguntó con los ojos abiertos como platos.
—Sí.
—Nadie se había atrevido a tanto. El señor Daniel te va a hacer un monumento… o te va a correr si los niños logran hackear el sistema.
Diez minutos después, Valeria regresó a la sala de juegos. Ava y Adrián estaban de rodillas, tallando la alfombra con furia, murmurando maldiciones que un niño de siete años no debería conocer.
La mancha no había salido del todo, pero el esfuerzo estaba ahí.
—Bien —dijo Valeria—. Es un comienzo.
Reactivó el internet.
—Pero esto es solo el primer aviso. Guerra avisada no mata soldado. Si quieren llevarse bien conmigo, vamos a tener que cambiar la actitud.
Esa noche, cuando Daniel llegó a casa, parecía esperar encontrar la casa en llamas. Entró con cautela. Encontró a Valeria en la cocina, ayudando a Rosario a secar platos.
—¿Y los niños? —preguntó Daniel, aflojándose la corbata.
—En su cuarto. Ya cenaron, se bañaron y están dormidos —respondió Valeria con naturalidad.
Daniel parpadeó varias veces.
—¿Dormidos? ¿A las 8:30? ¿Cómo? ¿Les diste somníferos?
—No, señor —rió Valeria—. Los cansé. Los puse a limpiar una mancha en la alfombra y luego jugamos a “quién corre más rápido en el jardín” hasta que cayeron rendidos.
Daniel la miró como si estuviera viendo a un ser mitológico.
—Valeria… creo que te amo —dijo, bromeando, pero con un alivio genuino en la voz.
—No se enamore todavía, jefe. Esto fue solo la primera batalla. Mañana van a contraatacar. Y estoy segura de que va a ser peor.
Valeria tenía razón. Los gemelos no se habían rendido. Solo se estaban reagrupando.
Al día siguiente, cuando Valeria regresó de hacer unas compras para la casa, subió a la habitación de los niños para supervisar que hicieran la tarea. Pero la habitación estaba vacía.
Buscó en la sala de juegos. Vacía.
Buscó en el jardín. Vacío.
Un pánico frío le recorrió la espalda.
—¿Ava? ¿Adrián?
Corrió a la cocina. Rosario no los había visto.
Entonces, escuchó una risita ahogada proveniente del cuarto de servicio, donde Valeria había dejado su bolso.
Valeria corrió hacia allá. Al entrar, se encontró una escena que le heló la sangre.
Su bolso estaba abierto y volteado en el suelo. Su ropa de cambio estaba tirada. Pero lo peor no era eso.
Ava sostenía el teléfono de Valeria. Y Adrián tenía en la mano la foto arrugada que Valeria guardaba en su cartera: la única foto que tenía de ella cuando estaba embarazada, antes de perder al bebé hace años, un secreto que no le había contado a nadie.
—Miren esto —dijo Adrián burlonamente—. La niñera estaba gorda.
—¡Dame eso! —gritó Valeria, perdiendo la compostura por primera vez. Se lanzó hacia ellos y les arrebató la foto con fuerza.
Los gemelos se asustaron por la reacción violenta. Nunca la habían visto así. Valeria miró la foto, sus manos temblando incontrolablemente. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza, sino de una furia pura y dolorosa.
Se giró hacia ellos. Su voz salió como un susurro mortal.
—Pueden tirarme jugo. Pueden insultarme. Pero nunca, nunca vuelvan a tocar mis cosas personales. ¿Entendieron?
Había tanto dolor en su mirada que Ava, por primera vez, sintió miedo. Retrocedió un paso.
—Solo… solo queríamos ver qué traías —balbuceó la niña.
—Largo de aquí —dijo Valeria, señalando la puerta—. ¡Váyanse a su cuarto ahora mismo!
Los gemelos salieron corriendo, asustados de verdad.
Valeria se dejó caer al suelo, abrazando la foto contra su pecho, y rompió a llorar. Lloró por el bebé que perdió, por el marido que la odiaba, por la vida que no tenía.
Pero entonces, se secó las lágrimas.
“No”, se dijo. “No me van a romper. Si quieren guerra psicológica, guerra tendrán. Pero voy a ganar yo”.
Se levantó, guardó la foto y salió del cuarto. Su mirada había cambiado. Ya no era solo la niñera estricta. Ahora era una mujer con una misión. Iba a enseñarles a esos niños lo que era el respeto, aunque fuera lo último que hiciera.
Y para eso, necesitaba un plan maestro. El plan de “Los Juguetes Perdidos”.
CAPÍTULO 5: LA OPERACIÓN “JUGUETES PERDIDOS” Y LA LLAMADA AL COMANDANTE
La mañana del cuarto día amaneció con una calma tensa en la mansión Noguera. Después del incidente con la fotografía, los gemelos Ava y Adrián caminaban de puntitas alrededor de Valeria. Habían visto algo en sus ojos —ese dolor crudo y furioso— que los había asustado más que cualquier regaño de su padre. Sin embargo, Valeria sabía que el miedo no es respeto. El miedo es temporal; el respeto se gana. Y ella tenía un plan maestro para ganárselo.
Esperó pacientemente a que el transporte escolar, una camioneta blindada negra, se llevara a los niños al colegio. Apenas se cerró la reja eléctrica, Valeria se transformó. Ya no era la niñera dolida; era una general en plena operación táctica.
—Rosario —le dijo a la cocinera, que picaba cebolla con ritmo de salsa—, necesito que te hagas de la vista gorda por una hora. Voy a hacer una limpia.
Rosario sonrió, secándose las manos en el delantal.
—Hija, yo no he visto nada. Si me preguntan, estuve en el baño todo el tiempo. Dale con todo.
Valeria subió las escaleras de dos en dos. Entró a la habitación de los gemelos, que parecía más una tienda departamental que un dormitorio infantil.
Primero fue por lo más valioso: la tecnología. Desconectó el PlayStation 5, el Xbox Series X y el Nintendo Switch. Enrolló los cables con precisión quirúrgica. Tomó los iPads (el de funda rosa con brillos de Ava y el azul militar de Adrián), las tablets secundarias y hasta los cargadores.
Luego, fue por los tesoros emocionales. El conejo de peluche “Bunny” de Ava, que a pesar de sus siete años seguía siendo su compañero de dormir, y el auto de carreras a control remoto edición limitada de Adrián.
Juntó todo el botín. Era una montaña de plástico y circuitos que valía más que la casa de Valeria en Iztapalapa.
Con esfuerzo, metió todo en dos bolsas negras de basura grandes, de esas de uso industrial. Pero no las sacó de la casa. Arrastró las bolsas hasta el cuarto de huéspedes, una habitación que nadie usaba nunca, levantó el colchón de la cama king-size y escondió el tesoro en el hueco del somier. Bajó el colchón, alisó la colcha y salió, cerrando la puerta con llave.
Regresó a la sala, se sentó en el sofá, prendió la televisión en un canal de telenovelas y esperó.
A las 2:30 p.m., la puerta principal se abrió.
—¡Ya llegamos! —gritó Adrián, tirando su mochila al suelo, una costumbre que Valeria había decidido ignorar por el momento.
—¡Tengo hambre! —anunció Ava, corriendo hacia las escaleras—. Voy por mi iPad para ver videos mientras como.
Valeria no se movió. Siguió mirando la pantalla, donde la protagonista lloraba porque el galán era en realidad su primo perdido.
—Hola, chicos. ¿Cómo les fue? —preguntó con una indiferencia estudiada.
No hubo respuesta. Solo el sonido de pasos corriendo escaleras arriba.
Silencio.
Un segundo.
Dos segundos.
Tres segundos.
Y entonces, el grito. Fue un alarido doble que resonó por toda la estructura de concreto de la casa.
—¡NOOOOOOOOO!
—¡MIIIIIIIPAD!
Los pasos retumbaron de regreso, esta vez bajando las escaleras como una estampida de búfalos. Los gemelos irrumpieron en la sala, pálidos, con los ojos desorbitados.
—¡Valeria! —gritó Ava, al borde de la histeria—. ¡Mis cosas! ¡No están! ¡Mi iPad, mi Bunny, mi tele! ¡Todo desapareció!
—¡Mi Xbox! —bramó Adrián, agarrándose la cabeza—. ¡Alguien entró a robar! ¡Nos robaron!
Valeria apagó la televisión con calma y se giró hacia ellos, poniendo su mejor cara de sorpresa y preocupación. Una actuación digna de un Óscar.
—¿Cómo que les robaron? —preguntó, llevándose una mano al pecho—. ¿De qué hablan? Yo he estado aquí toda la mañana.
—¡Pues no están! —gritó Adrián, corriendo en círculos—. ¡Busqué en el cajón, en el mueble, bajo la cama! ¡No hay nada! ¡Solo quedó la ropa!
—¡Es un ladrón! —dijo Ava, temblando—. ¡Seguro entró un ladrón ninja mientras veías tus novelas! ¡Tenemos que llamar a la policía! ¡Llama al 911! ¡Llama al ejército!
Valeria se levantó, frunciendo el ceño pensativa.
—Híjole… esto está muy grave, chamacos. Si de verdad entraron a robar, es un asunto federal.
Sacó su celular.
—¿A quién vas a llamar? —preguntó Adrián, desesperado.
—Tengo un contacto —dijo Valeria misteriosamente—. Conozco al Comandante Rodríguez de la policía especial. Déjenme ver qué dice.
Valeria marcó un número. Pero no era la policía. Era Linda, la secretaria de Daniel, con quien ya se había puesto de acuerdo por mensaje de texto una hora antes.
Puso el altavoz, pero bajó un poco el volumen para que no reconocieran la voz.
—¿Bueno? —contestó Linda, engrosando la voz e intentando sonar masculina y autoritaria.
—¿Comandante Rodríguez? Habla Valeria, de la residencia Noguera. Tenemos un código rojo.
—¿Código rojo? —dijo Linda, aguantando la risa—. ¿Qué pasó?
—Desaparecieron pertenencias de alto valor de los niños. Consolas, tablets, juguetes sentimentales. Los niños creen que fue un robo.
Linda hizo un sonido de garganta rasposo.
—Mmmm. Interesante. ¿Hubo puertas forzadas?
—No, comandante. Todo está cerrado.
—Entonces no fue un robo externo —sentenció la “voz” del comandante—. Escuche bien, Valeria. Hemos tenido reportes de una banda de “Duendes de la Mala Conducta”.
—¿Cómo dice? —preguntó Valeria, mirando de reojo a los gemelos, que escuchaban con la boca abierta.
—Sí. Son espíritus que se llevan las cosas de los niños que se portan mal, que son groseros con sus mayores o que tiran comida. La policía no puede intervenir en casos sobrenaturales o de karma. Dígales a esos niños que si quieren recuperar sus cosas, tienen que hacer una “limpia” de actitud. Si no, los objetos se perderán en la dimensión desconocida para siempre. Cambio y fuera.
Linda colgó.
Valeria miró el teléfono con cara de terror fingido y luego miró a los niños.
—Escucharon eso, ¿verdad?
Ava estaba pálida. Adrián tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Duendes? —susurró Ava—. ¿Es en serio?
—El comandante nunca miente —dijo Valeria muy seria—. Dice que es por la mala conducta. Y híjole, chicos… ustedes han estado insoportables últimamente. Lo del jugo, lo de mi foto, los gritos… creo que atrajeron la mala vibra.
Adrián se dejó caer en el sofá, derrotado.
—Nunca voy a volver a jugar FIFA —gimió.
—Y yo nunca voy a abrazar a Bunny —sollozó Ava.
Valeria dejó pasar unos segundos de drama. Luego, suspiró y se sentó junto a ellos.
—Miren… yo no creo mucho en duendes, pero sí creo en la energía. Tal vez, si cambiamos la energía de la casa, las cosas aparezcan.
Los gemelos levantaron la vista, esperanzados.
—¿Cómo hacemos eso? —preguntó Adrián.
Valeria contó con los dedos.
—Uno: Dejan de tratarme como si fuera un mueble. Soy Valeria. Me dicen “por favor” y “gracias”.
—Sí, sí, lo prometemos —dijo Ava rápidamente.
—Dos: Nada de berrinches por la comida. Se comen lo que hay. Si hay verduras, se comen verduras.
—Nos comemos el brócoli, te lo juro —aseguró Adrián.
—Y tres… —Valeria los miró fijamente—. Me ayudan a buscar. Pero vamos a buscar bien. Y mientras buscamos, no quiero ni una queja. ¿Trato hecho?
Extendió las manos. Los gemelos, desesperados por recuperar su vida digital, estrecharon sus manos.
—Trato hecho.
—¡Perfecto! —Valeria aplaudió—. ¡Operación Búsqueda inicia ahora! Vamos a buscar en la cocina, en la sala, en el jardín. ¡Muévanse!
Los siguientes cuarenta minutos fueron, para sorpresa de Rosario (que espiaba desde la cocina), los más productivos en la historia de la casa. Los gemelos buscaron debajo de los sillones, detrás de las cortinas, e incluso ordenaron el cuarto de juegos pensando que los juguetes podrían estar escondidos bajo el desorden.
Valeria los dirigía como un director de orquesta.
—¡Ahí no! ¡Busquen bien en la biblioteca! ¡Tal vez los duendes los dejaron entre los libros para que lean algo!
Finalmente, cuando vio que estaban sudando y realmente preocupados, Valeria los guio al piso de arriba.
—Saben qué… tuve una corazonada. ¿Revisamos el cuarto de huéspedes?
—Ahí nunca hay nada —dijo Adrián—. Huele a viejo.
—Vamos a ver.
Entraron a la habitación. Valeria se acercó a la cama.
—Ayúdenme a levantar el colchón. Siento una vibra extraña aquí.
Entre los tres, levantaron el pesado colchón. Y ahí estaban. Las bolsas negras.
Adrián las rasgó con desesperación.
—¡SÍÍÍÍÍ! —gritó al ver su Xbox—. ¡Toma eso, duendes mugrosos!
—¡Bunny! —Ava abrazó a su conejo y besó la pantalla de su iPad—. ¡Te extrañé tanto!
Valeria sonrió, cruzándose de brazos.
—Vaya milagro. Parece que el cambio de actitud funcionó rápido.
Los niños la miraron. Eran pequeños, pero no tontos. Ava entrecerró los ojos, sospechando la verdad, pero luego miró a su conejo y luego a Valeria. Entendió que, duendes o no, Valeria tenía el control. Y que Valeria les había devuelto sus cosas en lugar de dejarlos sufrir días enteros.
—Gracias, Valeria —dijo Ava, y esta vez, sonó sincero.
—De nada. Ahora, báñense. Tienen tierra hasta en las orejas. Y luego bajen, porque hoy cociné yo y si no se lo comen, capaz que los duendes regresan y se llevan la tele de la sala.
Los gemelos corrieron a sus cuartos. Valeria soltó el aire que había estado conteniendo.
—Round dos, ganado por nocaut técnico —susurró.
CAPÍTULO 6: SOPA DE FIDEO Y TRENZAS DE VERDAD
Esa noche, la cena fue diferente. Normalmente, Daniel llegaba tarde, los niños comían nuggets de pollo frente a la tele, y la casa se sentía como un hotel donde huéspedes extraños compartían techo.
Pero hoy, Valeria había tomado el control de la cocina. Rosario estaba encantada de tener ayuda y de aprender recetas “de barrio” que, según Valeria, levantaban muertos.
Cuando Daniel entró por la puerta principal a las 8:00 p.m., se detuvo en seco. La casa olía… diferente. No olía a aromatizante de lavanda caro. Olía a hogar. Olía a jitomate asado, a ajo, a cilantro. Olía a la cocina de su abuela, un olor que no había sentido en veinte años.
Caminó hacia el comedor, esperando encontrar el caos habitual. En su lugar, encontró una escena que le hizo pensar que se había equivocado de casa.
La mesa estaba puesta. Ava y Adrián estaban sentados, limpios, con sus pijamas puestas. No había tablets en la mesa.
Y estaban comiendo.
No, no estaban comiendo. Estaban devorando.
—Papá, tienes que probar esto —dijo Adrián con la boca llena, señalando su plato—. Es sopa de fideo, pero tiene algo mágico. Sabe a… a abrazo.
—Se llama sazón, mijo —dijo Valeria, saliendo de la cocina con una jarra de agua de jamaica—. Y no hables con la boca llena que te vas a ahogar. Buenas noches, arquitecto. Siéntese, que se le enfría.
Daniel se sentó, aturdido. Valeria le sirvió un plato hondo de sopa de fideo con menudencias, queso fresco y crema, acompañado de unas quesadillas de flor de calabaza hechas a mano.
Daniel probó la primera cucharada. El sabor explotó en su boca. Era sencillo, humilde, pero delicioso. Cerró los ojos un momento.
—Valeria… —dijo Daniel—. ¿Qué les hiciste? ¿Los hipnotizaste?
—Solo tuvimos una pequeña crisis con unos “duendes” y llegamos a un acuerdo de paz —respondió ella guiñando un ojo—. Coma, señor. Se ve muy flaco. Necesita vitamina T.
La cena transcurrió entre risas. Por primera vez en años, Daniel escuchó a sus hijos contarle sobre su día en la escuela en lugar de quejarse. Adrián habló de su clase de fútbol y Ava contó que una niña le había dicho que sus zapatos eran feos.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó Daniel, preocupado.
—Le dije que la belleza está en el interior, pero que mis zapatos son italianos, así que ganó por partida doble —respondió Ava.
Todos rieron. Incluso Valeria soltó una carcajada sonora, genuina.
Después de cenar, los niños, increíblemente, llevaron sus platos al fregadero.
—Yo los lavo, mis amores —les dijo Valeria—. Vayan a lavarse los dientes.
Ava se detuvo en la puerta de la cocina.
—Valeria… —dijo con timidez—. ¿Me puedes peinar mañana? Mi papá no sabe hacer trenzas. Me deja parecer una bruja.
Daniel levantó las manos en señal de rendición.
—Hago lo que puedo, princesa.
—Claro que sí, mi niña —dijo Valeria con suavidad—. Pero ven ahorita, te hago una trenza francesa para dormir, así mañana amaneces con ondas bonitas.
Se sentaron en la sala. Daniel se quedó en un sillón cercano, fingiendo leer unos correos en su celular, pero en realidad observaba la escena fascinado.
Valeria cepillaba el cabello largo y castaño de Ava con una delicadeza infinita. Sus manos, esas manos que su suegra llamaba inútiles, se movían con destreza, tejiendo el cabello con amor.
—Tienes el pelo muy bonito, Ava —dijo Valeria—. Como de princesa de cuento.
—Mi mamá tenía el pelo así —dijo Ava en voz baja.
El silencio cayó en la sala. Daniel se tensó. El tema de la madre era terreno minado.
—¿Sí? —preguntó Valeria sin detenerse, manteniendo el tono natural—. Debe haber sido muy guapa entonces.
—Sí. Pero se fue al cielo cuando éramos bebés. Casi no me acuerdo de ella. Solo de las fotos.
Valeria terminó la trenza y le puso una liga suave. Giró a Ava para que la mirara.
—¿Sabes qué dicen en mi pueblo? Que las mamás nunca se van del todo. Se quedan en las cosas que nos dejan. Tú tienes su pelo. Adrián tiene sus ojos. Así que cada vez que te mires al espejo, ahí está ella.
Ava la miró con ojos grandes y brillantes. De repente, lanzó una pregunta que golpeó a Valeria en el plexo solar.
—Valeria… ¿tú tienes hijos?
Daniel dejó de respirar. Sabía que esa pregunta era peligrosa. Linda le había contado vagamente sobre la situación de Valeria.
Valeria se detuvo un momento. Su sonrisa vaciló, pero no desapareció. Se volvió melancólica, dulce.
—No, mi amor. No tengo.
—¿Por qué? —insistió Ava con la curiosidad brutal de los niños—. ¿No quieres?
—Sí quiero. Más que nada en el mundo —admitió Valeria, y su voz se quebró un poquito, solo una fracción—. Pero Diosito a veces tiene planes raros. A veces no te manda hijos propios… para que puedas cuidar a los hijos de otros que necesitan cariño.
Ava pensó en eso un momento. Luego, se levantó y abrazó a Valeria por el cuello.
—Pues qué tonto es Diosito —dijo Ava—. Tú serías una mamá muy buena. Mejor que la mamá de Santiago, que solo se la pasa en el gimnasio.
Valeria abrazó a la niña, cerrando los ojos para contener las lágrimas que amenazaban con salir. Sintió el calorcito del cuerpo de Ava, el olor a shampoo de fresa. Por un momento, solo por un momento, se permitió imaginar que era suya.
—Gracias, Ava —susurró Valeria—. Eso es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo.
Daniel, desde su sillón, sintió un nudo en la garganta. Se levantó y carraspeó para disimular la emoción.
—Bueno, señorita trenzas, a la cama. Mañana hay colegio.
Los niños subieron, despidiéndose de mano.
—Descansa, Valeria —dijo Adrián.
—Hasta mañana, Valeria —dijo Ava.
Cuando se fueron, Daniel miró a Valeria, que recogía los cepillos.
—Gracias —le dijo él, sinceramente—. No sé cuánto te estoy pagando, pero es poco. Lo que hiciste hoy… esa respuesta que le diste a Ava… gracias.
—Son buenos niños, arquitecto. Solo les hacía falta un poquito de estructura y otro poquito de apapacho.
—Descansa, Valeria. Te lo has ganado.
Valeria salió de la mansión esa noche sintiéndose agotada, pero extrañamente llena. Por primera vez en años, sentía que servía para algo. Que su vida tenía un propósito.
Pero la burbuja de paz se rompió en cuanto puso un pie en su propia casa.
Eran las 10:30 p.m. cuando abrió la puerta de su pequeño departamento en Iztapalapa.
La televisión estaba encendida a todo volumen. Martín estaba bebiendo una cerveza. Doña Martita estaba roncando en el sillón, pero se despertó al oír la puerta.
—Miren quién llegó —dijo la suegra, con la voz pastosa—. La gran señora trabajadora. ¿A qué hora son estas de llegar? Una mujer decente está en su casa cuando se mete el sol.
—Tuve que dejar todo listo para mañana, suegra —dijo Valeria, tratando de mantener la calma que había ganado en la mansión.
—Seguro te quedaste platicando con el patrón, ¿no? —soltó Martín con una risita celosa y desagradable—. Dicen que ese tipo es millonario. Cuidado, Valeria. No vayas a creer que porque le lavas los calzones a sus hijos eres de su clase.
—Solo estoy trabajando, Martín. Y gracias a ese trabajo vamos a poder pagar la renta este mes sin pedir prestado.
Martín se levantó, tambaleándose un poco.
—A mí no me hables así. Yo soy el hombre de la casa. Tu dinerito es una ayuda, nada más. No se te suban los humos. Y apúrate a servirme de cenar, que la comida que dejaste en la mañana ya está fría.
Valeria miró a su esposo. Miró su cara hinchada por el alcohol, su camiseta manchada. Y luego pensó en Daniel Noguera, cenando sopa de fideo con gratitud, preocupado por los sentimientos de su hija. Pensó en Ava abrazándola.
La comparación era inevitable. Y era devastadora.
—No tengo hambre —dijo Valeria—. Y estoy muy cansada. Caliéntatela tú.
Caminó hacia la habitación antes de que Martín pudiera reaccionar.
—¡¿Qué dijiste?! —gritó él a sus espaldas.
—¡Que te la calientes tú! —gritó ella desde el pasillo, cerrando la puerta del cuarto y echando el seguro.
Se recargó contra la puerta, escuchando los golpes y los gritos de Martín al otro lado.
—¡Abre la puerta! ¡Valeria! ¡Te estás volviendo una rebelde! ¡Es culpa de ese trabajo!
Valeria se deslizó hasta el suelo, tapándose los oídos.
“Aguanta”, se dijo a sí misma. “Aguanta. Tienes un refugio ahora. Mañana vuelves a la mansión. Mañana vuelves a donde te valoran”.
Pero en el fondo, sabía que vivir en dos mundos no podía durar para siempre. Tarde o temprano, la cuerda se iba a romper. Y ella tendría que elegir de qué lado caer.
Mientras Martín pateaba la puerta una última vez antes de rendirse, Valeria sacó su celular y miró su saldo bancario. Aún estaba en ceros, pero faltaba poco para la quincena.
“Solo espera”, susurró en la oscuridad. “Solo espera a que tenga mi dinero. Y entonces… entonces vamos a ver quién le calienta la cena a quién”
CAPÍTULO 7: LA TRAICIÓN EN CASA Y LA MUJER DEL VESTIDO ROJO
Los meses pasaron volando como hojas de calendario arrastradas por el viento de otoño. En la mansión Noguera, la vida había florecido de una manera que nadie, ni siquiera el optimista Daniel, hubiera imaginado.
Valeria no solo había domesticado a los “tigres”, sino que los había convertido en niños felices. Ava ya no necesitaba humillar a nadie para sentirse importante; ahora canalizaba su liderazgo en organizar obras de teatro en la sala, donde Valeria era la diseñadora de vestuario y Daniel, el público cautivo. Adrián había dejado de romper cosas y ahora pasaba las tardes en la cocina con Valeria, aprendiendo a hacer salsa verde y quesadillas, descubriendo que la alquimia de la cocina era más interesante que destruir controles de Xbox.
Para Daniel, llegar a casa ya no era un suplicio. Era el mejor momento de su día. Ver a Valeria sentada en la alfombra, ayudando a los gemelos con la tarea de matemáticas, le provocaba una sensación en el pecho que no sabía nombrar, o que tal vez le daba miedo nombrar. Paz. Eso era. Paz absoluta.
Pero como dice el dicho: “La felicidad en casa del pobre dura poco”. O en el caso de Valeria, la felicidad en casa ajena no borraba el infierno en la propia.
Era un jueves por la tarde. Valeria salió de la mansión con una sonrisa, llevando en su bolsa un tupper con pastel de chocolate que Rosario le había guardado. “Para que endulces tu vida, mi hija”, le había dicho la cocinera. Valeria pensó en compartirlo con Martín, un intento ingenuo de suavizar las tensiones que llevaban semanas creciendo.
El trayecto a Iztapalapa fue pesado, con lluvia y tráfico, pero nada la preparó para lo que encontraría al llegar.
Al abrir la puerta de su departamento, el aire se sentía denso, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel. No estaba la televisión prendida. No había gritos. Había un silencio extraño.
Valeria entró, sacudiendo su paraguas.
—¿Martín? ¿Suegra?
Nadie respondió. Caminó hacia la sala y se detuvo en seco. El tupper con pastel se le resbaló de las manos y cayó al suelo, pero ni siquiera escuchó el ruido.
Sentada en su sofá, en su sofá que había pagado a plazos con tanto esfuerzo, había una mujer joven. No tendría más de veinticinco años. Llevaba un vestido de encaje rojo muy ajustado que resaltaba un vientre abultado, un embarazo de quizás cinco o seis meses. La mujer masticaba chicle con la boca abierta y hojeaba una revista de espectáculos con aburrimiento.
Valeria parpadeó, pensando que se había equivocado de departamento.
—¿Quién eres tú? —preguntó con un hilo de voz.
La mujer levantó la vista. Tenía los ojos muy maquillados y una mirada desafiante. No respondió. Solo sonrió de lado.
En ese momento, Doña Martita salió del pasillo. Venía con un vestido de flores que usaba para ocasiones especiales y una sonrisa que Valeria nunca le había visto: una sonrisa de triunfo absoluto.
—Ah, mira quién llegó. La “señora ejecutiva” —dijo Martita con sarcasmo—. Pásale, Valeria. No te quedes ahí como estatua. Ven a saludar a la visita.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
—¿Quién es ella, suegra?
—¿Ella? —Martita caminó hacia la chica del vestido rojo y le puso una mano protectora sobre el hombro—. Ella es Yessica. Y es una bendición que llegó a esta casa.
—No entiendo —dijo Valeria, sintiendo un frío mortal en el estómago.
—Pues qué lenta eres para alguien que se cree tan lista —escupió Martita—. Yessica es la mujer de mi hijo. La verdadera mujer.
El mundo de Valeria se detuvo. El tiempo se estiró y se rompió.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Martín necesita descendencia. Tú eres un árbol seco, una tierra baldía. Llevamos años esperando y nada. Así que me tomé la libertad de buscarle a alguien que sí funcione. —Martita palmeó el vientre de Yessica—. Y mira nada más. A la primera pegó. Mi nieto está ahí adentro. Un varón, estoy segura.
Justo entonces, la puerta del baño se abrió y salió Martín. Se estaba secando las manos en la camiseta. Al ver a Valeria, no hubo culpa en su rostro. Ni vergüenza. Solo una indiferencia brutal, la de un hombre que ya ha matado sus sentimientos hace mucho tiempo.
—Ya llegaste —dijo Martín, caminando hacia el refrigerador para sacar una cerveza.
Valeria lo miró, temblando de rabia y dolor.
—Martín… ¿es verdad? ¿Esta mujer… está embarazada de ti?
Martín abrió la lata. Tssst. El sonido fue como un disparo en el silencio de la sala.
—Pues sí. Ya ves que contigo nomás no se pudo. Mi mamá tenía razón. Necesito un heredero. Y la Yessica… pues se dio.
—¿Se dio? —Valeria sintió que iba a vomitar—. ¿”Se dio” como si fuera un accidente de tráfico? ¡Soy tu esposa, Martín! ¡Estamos casados por la iglesia y por el civil! ¡Vives en la casa que pagamos los dos!
—Tú pagaste los muebles, pero la casa es de mi mamá —interrumpió Martín, señalando el techo—. Así que bájale a tu tono.
—Mira, Valeria —intervino Doña Martita, cruzándose de brazos—. Aquí las cosas son claras. Yessica se va a quedar a vivir aquí. Necesita cuidados, necesita comer bien para que mi nieto nazca fuerte. Tú… pues tú verás qué haces.
Valeria miró a Yessica, que seguía masticando chicle y mirándola con burla.
—¿Me estás corriendo? —preguntó Valeria.
—No, no —dijo Martita con una generosidad fingida—. No somos monstruos. Puedes quedarte. Al fin y al cabo, tú traes dinero ahora con ese trabajito de niñera. Puedes quedarte… pero vas a tener que ayudar. Yessica no puede hacer esfuerzos. Tú vas a lavar, a cocinar y a limpiar para ella. Es lo menos que puedes hacer por la familia, ya que no pudiste dar el niño.
Valeria sintió que la sangre le subía a la cabeza. La humillación era tan grande que le dolían los huesos. Querían que ella, la esposa legítima, sirviera a la amante embarazada en su propia casa. Querían reducirla a una sirvienta, y ni siquiera una pagada, sino una esclava de su propia desgracia.
—Están locos —susurró Valeria—. Están enfermos.
—Lo que estamos es desesperados por un nieto —dijo Martita—. Así que decide. O te aguantas y sirves, o ahí está la puerta. Pero si te vas, te vas sin nada, eh. Porque todo lo que está aquí es de mi hijo.
Valeria miró a Martín una última vez, esperando, rogando con la mirada que él dijera algo. Que la defendiera. Que tuviera un gramo de decencia.
Pero Martín solo le dio un trago largo a su cerveza y se sentó junto a Yessica, pasándole el brazo por los hombros.
—Hazle caso a mi mamá, Valeria. No hagas dramas. Sírvenos de cenar, que la Yessica tiene antojo de enchiladas.
Valeria no gritó. No rompió nada. Simplemente se dio la vuelta y caminó hacia su habitación.
—¡Eso! —gritó Martita—. ¡Vete a tu cuarto a pensar en tus pecados!
Valeria entró a su habitación y cerró la puerta. Se recargó contra ella, respirando agitadamente. No lloró. El dolor era demasiado profundo para las lágrimas. Era un dolor seco, árido.
Esa noche, Valeria no durmió. Escuchó las risas en la sala. Escuchó cómo Martín le hablaba a Yessica con el tono cariñoso que alguna vez usó con ella.
“Aguanta”, se dijo. “Solo espera a la quincena. Solo junta un poco más de dinero”.
Decidió quedarse. No por falta de dignidad, sino por supervivencia. Necesitaba ahorrar cada centavo para poder irse y no terminar durmiendo bajo un puente.
Pero esa decisión le costaría caro.
CAPÍTULO 8: LA BRUJA, LA EXPULSIÓN Y EL RENACER
Los siguientes dos meses fueron un calvario que hizo que los berrinches de los gemelos Noguera parecieran vacaciones en el Caribe.
Valeria vivía una doble vida. De 7:00 a.m. a 7:00 p.m., era la respetada Valeria, la mano derecha de Daniel Noguera, la segunda madre de Ava y Adrián. En la mansión había luz, risas, respeto. Daniel le preguntaba su opinión sobre libros. Los niños le hacían dibujos donde ponían “Te queremos, Vale”.
Pero de 8:00 p.m. a 6:00 a.m., era la cenicienta de Iztapalapa.
Llegaba a casa agotada y encontraba una pila de platos sucios que Yessica había dejado.
—Tengo ascos, no puedo oler el jabón —decía la chica, acostada viendo la tele.
Doña Martita la vigilaba como un halcón.
—Lava bien esa ropa, Valeria. La otra vez dejaste una mancha en la camisa de Martín. Qué inútil eres.
Valeria aguantaba. Lavaba, planchaba, cocinaba para la mujer que llevaba al hijo de su esposo. Se tragaba el orgullo con cada bocado de comida fría que comía de pie en la cocina, porque ya no la dejaban sentarse en la mesa con ellos.
“Falta poco”, se repetía. “Ya casi junto para el depósito de un cuartito”.
Pero el destino, o la maldad humana, tiene formas de acelerar las cosas.
Una tarde de viernes, Valeria regresó del mercado. Había comprado verduras frescas y unas vitaminas que Daniel, al verla tan pálida y ojerosa, le había regalado “para que no te me enfermes, Valeria, te necesitamos”.
Llegó a la puerta de su casa y se detuvo.
Sus cosas estaban afuera.
No en cajas. No en maletas.
Estaban tiradas en la banqueta. Su ropa, sus zapatos, sus pocos libros, sus fotos. Todo estaba esparcido en el concreto sucio, como basura.
Valeria sintió que el corazón se le detenía. Corrió hacia la puerta y golpeó con fuerza.
—¡Martín! ¡Abran! ¿Qué es esto?
La puerta se abrió, pero no quitaron la cadena de seguridad. La cara de Doña Martita apareció en la rendija. Sus ojos brillaban con una malicia fanática.
—¡Lárgate de aquí, bruja! —gritó la anciana.
—¿De qué hablas? —preguntó Valeria, atónita.
—¡Yessica tuvo un sangrado hoy! ¡Casi pierde al bebé! Fuimos con el curandero y nos dijo la verdad. Nos dijo que hay una “mala vibra” en la casa. Una mujer envidiosa que le está echando mal de ojo a la criatura porque su vientre está seco.
Valeria abrió la boca, incrédula.
—¡Eso es mentira! ¡Es una estupidez! Seguro Yessica comió algo en la calle o…
—¡Cállate! —chilló Martita—. ¡No vas a matar a mi nieto con tus brujerías! El curandero dijo que mientras tú duermas bajo este techo, el niño corre peligro. Así que te vas. ¡Ahora mismo!
—¿Y Martín? —preguntó Valeria, con la voz rota—. ¿Martín está de acuerdo con esto?
—Martín está cuidando a su mujer y a su hijo. Él mismo sacó tus trapos. Dijo que no quiere volver a ver tu cara de amargada nunca más.
La puerta se cerró de un golpe. Clack. El cerrojo se corrió.
Valeria se quedó ahí, en la banqueta, mientras los vecinos comenzaban a asomarse por las ventanas, murmurando.
“Ahí está la estéril”. “Dicen que es bruja”. “Pobre Martín”.
Valeria miró sus cosas tiradas en el suelo. Un vestido que usó en una cita con Martín estaba lleno de tierra. La foto de su boda tenía el vidrio roto.
En ese momento, algo murió dentro de ella. La esperanza de que Martín reaccionara, la esperanza de recuperar su vida anterior, todo eso murió.
Pero algo más nació. Una frialdad necesaria. Una determinación de acero.
Se agachó y comenzó a recoger sus cosas. No lloró. No gritó. Con movimientos mecánicos, metió su ropa en las bolsas de plástico negras que habían usado para tirarlas.
—Está bien —susurró para sí misma—. Está bien. Se acabó.
Caminó hasta la avenida principal cargando sus bolsas como una vagabunda. Sacó su celular. Le temblaban las manos, pero logró marcar.
—¿Linda?
—¡Vale! ¿Qué pasa? Te oyes rara.
—Estoy en la calle. Me corrieron. Me dijeron bruja.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido por el sonido de llaves y pasos rápidos.
—Mándame tu ubicación. Voy por ti. No te muevas.
Media hora después, el auto compacto de Linda frenó frente a ella. Linda bajó corriendo y abrazó a su amiga, que estaba cubierta de polvo y dignidad rota.
—Malditos —dijo Linda, llorando de rabia—. Malditos sean. Se van a arrepentir, Vale. Te lo juro por Dios que se van a arrepentir.
Valeria pasó el fin de semana en el sofá de Linda. No comió. No habló. Se quedó mirando al techo, en estado de shock. Se sentía vacía, como si le hubieran arrancado el alma.
El lunes por la mañana, no tuvo fuerzas para ir a trabajar. Le mandó un mensaje a Daniel:
“Señor Noguera, tengo una emergencia familiar grave. No podré ir hoy. Perdóneme.”
La respuesta llegó en diez segundos.
“No te preocupes por el trabajo. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? Dime qué hago.”
Valeria no respondió. Apagó el teléfono y se tapó con la cobija hasta la cabeza. Quería desaparecer.
Pasaron tres días. Linda intentaba animarla, pero Valeria era un fantasma.
El miércoles por la tarde, el timbre del departamento de Linda sonó con insistencia.
—Ya voy, ya voy —gritó Linda, corriendo a abrir.
Al abrir la puerta, Linda se quedó paralizada.
Ahí, en el pasillo de su edificio de clase media, estaba Daniel Noguera. Llevaba un traje gris impecable, pero se veía preocupado. Y a su lado, agarrados de sus manos, estaban Ava y Adrián.
—¿Vive aquí Valeria? —preguntó Daniel sin preámbulos.
—Eh… sí, pase, pase —dijo Linda, haciéndose a un lado.
Al entrar, los niños vieron el bulto bajo las cobijas en el sofá.
—¡Valeria! —gritaron al unísono.
Corrieron hacia ella y se lanzaron sobre el sofá.
Valeria salió de su escondite, con los ojos hinchados y el pelo enmarañado. Al verlos, pensó que estaba alucinando.
—¿Niños?
—¡Te encontramos! —dijo Adrián, abrazándola del cuello con fuerza—. ¡Pensamos que te habías ido para siempre!
—¡La casa es un desastre sin ti! —dijo Ava, con lágrimas en los ojos—. Papá intentó cocinar y quemó el agua. ¡Literalmente quemó el agua!
—Y tengo hambre —añadió Adrián—. Nadie hace las quesadillas como tú.
Valeria sintió que el hielo en su pecho empezaba a derretirse. Los abrazó, oliendo su aroma a niños ricos, a jabón caro y a cariño genuino.
—Perdónenme —sollozó—. No quería dejarlos.
Daniel se acercó lentamente. Se veía fuera de lugar en ese departamento pequeño, pero sus ojos estaban fijos en ella con una intensidad que la hizo temblar.
—Linda me contó lo que pasó —dijo Daniel suavemente. Su voz era grave, contenida—. Valeria, lamento mucho lo que te hicieron. Son unos animales.
—No tengo a dónde ir, señor —susurró Valeria, bajando la cabeza—. Soy una mujer divorciada, sin casa, y con fama de bruja.
Daniel se agachó para quedar a su altura. Le tomó las manos. Las manos de Valeria estaban frías y ásperas; las de Daniel eran cálidas y firmes.
—Valeria, mírame.
Ella levantó la vista.
—No eres una bruja. Eres el milagro que salvó a mi familia. Mis hijos no han sonreído en tres días porque tú no estabas. Yo no he dormido pensando en dónde estarías.
Daniel respiró hondo y soltó la propuesta que cambiaría todo.
—Vente a vivir con nosotros.
Valeria abrió los ojos como platos.
—¿Qué? Señor, no… no puedo. Qué va a decir la gente. Vivir en su casa…
—La casa es inmensa —interrumpió Daniel—. Tienes el cuarto de huéspedes, el que está junto al de los niños. Tienes tu baño privado. No te estoy pidiendo que seas la niñera de tiempo completo. Te estoy pidiendo que seas parte de la familia.
—Pero… —Valeria dudaba. El miedo al “qué dirán”, la vergüenza de ser la mujer corrida de su casa.
—Piénsalo así —dijo Daniel—. Te ahorras la renta. Comes con nosotros. Ahorras tu sueldo íntegro. Y en un año, si quieres, te compras tu propio departamento de lujo y le mandas una foto a tu suegra para que se infarte del coraje.
Linda, desde la cocina, soltó una risotada.
—¡Eso! ¡Hazlo, Vale! ¡Por favor hazlo!
Ava se colgó del brazo de Valeria.
—Por favor, Valeria. Si vienes, prometo que me como el brócoli.
—Y yo prometo que me baño todos los días sin que me ruegues —añadió Adrián.
Valeria miró a los niños. Miró a Linda, que le hacía señas de aprobación con los pulgares. Y finalmente, miró a Daniel. En sus ojos no vio lástima. Vio respeto. Vio una oferta de dignidad.
¿Por qué seguía aferrada a un pasado que la había tratado como basura, cuando el futuro le estaba abriendo la puerta con una sonrisa?
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Enderezó la espalda.
—Está bien —dijo, y su voz sonó firme por primera vez en días—. Acepto. Pero con una condición.
Daniel sonrió.
—La que quieras.
—Que me dejen cocinar. Porque si usted sigue quemando el agua, nos vamos a morir de hambre todos.
Daniel soltó una carcajada fuerte y clara. Los niños gritaron de alegría.
—Trato hecho. Vámonos a casa.
Esa noche, Valeria empacó sus pocas cosas en una maleta decente que Linda le prestó.
A las 11:32 p.m., ya instalada en su nueva habitación en la mansión Noguera —una habitación con sábanas de seda, vista al jardín y un silencio reparador—, Valeria tomó su celular.
Tenía diez llamadas perdidas de Martín. Probablemente Yessica se sentía mal y querían que ella fuera a atenderla, o querían insultarla más.
Valeria no contestó.
Escribió un mensaje:
“Me mudé. No me busquen. Y por cierto, Martín, la bruja no era yo. Suerte con tu vida.”
Bloqueó el número. Bloqueó a la suegra.
Apagó la luz y se acostó. Por primera vez en años, no era la esposa inútil ni la nuera odiada.
Era Valeria. La indispensable. La querida.
Y mañana… mañana sería el primer día de su nueva vida.