
PARTE 1: LA JAULA DE ORO Y EL PERRO DE PRESA
CAPÍTULO 1: Sangre, Barrio y Títulos de Papel
La lluvia en esta maldita ciudad no limpia nada; solo remueve la mugre. Cae ácida, pesada, golpeando el asfalto como si el cielo estuviera cobrándose una deuda vieja. Esa noche, el agua caía con tanta furia que los limpiaparabrisas del sedán familiar parecían pedir piedad, chillando contra el cristal en un ritmo frenético que se clavó en mi memoria para siempre.
Yo iba atrás. Tenía diez años y el mundo todavía me parecía un lugar decente. Mi papá manejaba tarareando una canción vieja de la radio, y mi mamá volteaba cada dos minutos para sonreírme, con esa calidez que te hace sentir que nada malo puede pasar. Íbamos a celebrar. No recuerdo qué, quizás una buena nota en la escuela, quizás un ascenso. Daba igual. Lo que importaba era la burbuja de felicidad en la que flotábamos.
Entonces, el mundo se rompió.
No hubo aviso. Ni un claxon, ni un rechinido de llantas previo. Solo un impacto brutal, seco y metálico que sacudió mis huesos. El mundo giró. El techo se convirtió en suelo, el suelo en cielo, y el sonido de metal retorciéndose sonó como el grito de una bestia herida. Luego, el silencio. Un silencio pesado, roto solo por el siseo del motor destrozado y el goteo rítmico de la lluvia mezclándose con gasolina.
—¿Mamá? ¿Papá? —mi voz sonó ajena, pequeña, ahogada por el zumbido en mis oídos.
Nadie respondió. El olor a hierro —sangre— inundó la cabina. Vi la mano de mi madre colgando inerte desde el asiento delantero, sus dedos rozando el techo aplastado. En ese instante, el Do Bae-man niño murió. Lo que salió de entre los fierros retorcidos, cortado y sangrando, ya no era un niño. Era un sobreviviente. Un huérfano con un agujero en el pecho donde antes latía un corazón confiado.
El funeral fue un trámite gris. Gente que no conocía dándome palmadas en la espalda, diciendo frases vacías como “están en un lugar mejor” o “Dios sabe por qué hace las cosas”. Puras pendejadas. Si Dios existiera, no habría dejado a un niño solo en medio de la nada.
Mi tía fue la única real. Era policía, una mujer de armas tomar, con la piel curtida por el sol y las manos ásperas de tanto lidiar con delincuentes en las calles más bravas de la ciudad. No me dio discursos baratos. Solo me puso una mano en el hombro, apretó fuerte y dijo:
—Ahora eres mío, cabrón. No te voy a dejar caer.
Me llevó a su casa, un departamento pequeño en una colonia popular donde las patrullas pasaban más seguido que los camiones de basura. Ahí aprendí la segunda lección de mi vida: la lástima tiene fecha de caducidad. Al principio, los vecinos me miraban con pena. “Pobrecito, el huerfanito”. Pero la pena se transformó rápido en molestia cuando mi carácter empezó a salir.
Porque la rabia… la rabia no se va. Se queda ahí, fermentándose.
Crecí peleando. No porque quisiera ser un malandro, sino porque el mundo no dejaba de empujarme. En la secundaria, me expulsaron tres veces. La primera fue por romperle la nariz a un “mirrey” que se burló de mis tenis viejos. La segunda, por defender a mi tía cuando un borracho le gritó cosas en la calle. La tercera… bueno, la tercera fue porque simplemente me cansé de agachar la cabeza.
—¡Eres un animal, Bae-man! —me gritó el director de la última preparatoria mientras firmaba mi expulsión—. ¡No tienes futuro! Vas a terminar en la cárcel o muerto en una zanja antes de los veinte.
Salí de esa oficina azotando la puerta tan fuerte que el marco crujió. ¿Sin futuro? Ya veríamos.
No tenía el dinero para escuelas privadas, ni las “palancas” para entrar a las universidades de prestigio. Pero tenía algo que esos niños ricos de papá y mamá no tenían: hambre. Un hambre perra, voraz, que me quemaba las entrañas.
Me encerré en mi cuarto. Las paredes estaban llenas de humedad y se escuchaba la cumbia del vecino a todo volumen, pero yo creé mi propio santuario. Compré libros de leyes usados en el centro, esos que venden por kilo. Códigos penales, constituciones comentadas, tratados de derecho civil con páginas amarillentas.
Leía hasta que los ojos me ardían. Memorizaba artículos, precedentes, lagunas legales. Mientras los chavos de mi edad andaban de fiesta, perdiendo el tiempo y el dinero de sus padres, yo estaba afilando mi mente como si fuera una navaja. Me convertí en una enciclopedia legal con patas.
Aprobé el examen de la barra de abogados a la primera. Sin prepa terminada. Sin título universitario. Solo yo, mi cerebro y mis huevos. Fui el único en ese salón lleno de trajes caros y apellidos compuestos que venía del barrio. Cuando vi mi nombre en la lista de aprobados, pensé: “Ya chingue. Se acabó la miseria. Ahora me toca a mí”.
Qué equivocado estaba. La vida todavía tenía un par de patadas más reservadas para mí.
El día de la entrevista en el bufete “Ley y Orden” me puse mi mejor traje. O bueno, el único que tenía. Lo compré en una tienda de saldos; me quedaba un poco grande de los hombros y la tela brillaba con esa textura sintética barata, pero mi tía me lo planchó con tanto esmero que parecía una armadura.
El edificio del bufete era un monstruo de cristal en la zona financiera más exclusiva de la ciudad. El aire acondicionado estaba tan frío que te calaba los huesos, y todo olía a dinero viejo y loción importada. Me senté en la sala de espera, rodeado de egresados de la Ibero, del Tec, de la Libre. Todos se conocían.
—¿Qué onda, goe? ¿Te fuiste a Vail estas vacaciones?
—Sí, paps, estuvo increíble. Oye, ¿ya viste al nuevo pasante? Dicen que su papá es senador.
Yo apretaba mi portafolio de plástico, sintiéndome como un perro callejero que se coló en una exposición canina de raza. Cuando dijeron mi nombre, me levanté con la barbilla en alto.
La oficina del reclutador era más grande que todo el departamento de mi tía. El tipo detrás del escritorio ni siquiera se levantó. Tenía cara de bulldog, papada prominente y unos ojos pequeños que me escanearon con desprecio en dos segundos.
—Siéntate —ordenó, sin dejar de mirar mi currículum como si fuera papel higiénico usado—. Do Bae-man. Nombre curioso.
—Es un honor estar aquí, licenciado —dije, tratando de usar mi mejor tono profesional.
El tipo soltó una risita nasal.
—Veo aquí que pasaste el examen de la barra con una de las puntuaciones más altas. Impresionante. —Hizo una pausa dramática y luego dejó caer la hoja sobre el escritorio—. Pero… hay un problema. Un “pequeño” detalle técnico.
—¿Cuál, señor? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Aquí dice “educación media superior: trunca”. “Universidad: autodidacta”. —Se quitó los lentes y me miró como si fuera un bicho raro—. ¿Es una broma? ¿De verdad creíste que podías entrar a este bufete, el más prestigioso del país, sin haber pisado un aula?
—Señor, conozco la ley mejor que cualquiera de los candidatos que están afuera —repliqué, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello—. La ley es la misma, se aprenda en una biblioteca pública o en un campus privado.
—No, hijo. No entiendes —se reclinó en su silla de piel, cruzando las manos sobre su panza—. Esto no se trata solo de saber leyes. Se trata de clase. Se trata de pedigree. Nuestros clientes son gente importante. Empresarios, políticos, gente de bien. No puedo poner a un… a un “nadie” sin estudios frente a ellos. Imagínate la vergüenza. “¿Y usted de qué universidad salió, abogado?”. “¿Ah, no? Yo estudié en mi casa mientras comía Maruchan”.
La sangre me martilleaba en las sienes. El sonido de la lluvia en el accidente de mis padres volvió a mi cabeza, mezclándose con la risa burlona de este tipo.
—¿Entonces mi talento no vale nada? —pregunté, con la voz temblando de rabia contenida.
—Tu talento sirve para sacar borrachos del “torito” o defender carteristas de oficio. Aquí jugamos en las ligas mayores. —Agarró mi currículum, lo hizo una bola y lo tiró al cesto de basura con un movimiento de muñeca despectivo—. Hazte un favor, niño. Búscate una chamba de obrero. O de cargador. Tienes el físico para eso. La abogacía es para gente pensante.
Fue como si algo hiciera “clic” dentro de mi cerebro. La barrera que contenía años de humillaciones, de pobreza, de “no eres suficiente”, se rompió.
Me levanté despacio. El reclutador me miró confundido.
—¿Qué? ¿Esperas que te abra la puerta? Lárg…
No dejé que terminara. Agarré la silla de visita en la que estaba sentado, una silla pesada de diseño moderno, y con un grito que salió desde lo más profundo de mis entrañas, la levanté sobre mi cabeza.
—¡¡GENTE PENSANTE MIS HUEVOS!!
¡CRASH!
Estrellé la silla contra su escritorio de cristal templado. El estruendo fue glorioso. El vidrio estalló en mil pedazos, los monitores cayeron al suelo, y el bulldog se fue para atrás en su silla, pálido como un fantasma, cubriéndose la cara con las manos.
—¡Estás loco! ¡Seguridad! ¡Llamen a seguridad! —gritaba con voz aguda.
—¡Quédese con su pinche trabajo y con su pinche clase! —le grité, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Algún día va a desear haberme contratado, viejo infeliz!
Salí de ahí hecho una furia, empujando a los “mirreyes” en la sala de espera. Caminé cuadras y cuadras sin rumbo, con el corazón latiendo a mil por hora, sintiendo cómo la adrenalina se convertía en una amargura negra y pegajosa.
Había quemado mi única oportunidad. Estaba acabado.
Cayó la noche y con ella, de nuevo, la lluvia. Terminé sentado en un puesto callejero, debajo de una lona azul que goteaba. Pedí unos tacos y una cerveza, gastándome lo último que me quedaba de dinero.
Me sentía vacío. Derrotado. Miraba la grasa flotando en la salsa roja y pensaba que mi destino era ese: ser grasa en el sistema, algo que se limpia y se tira.
—Bonito espectáculo el de hoy —dijo una voz a mis espaldas.
Me giré, a la defensiva. Un hombre estaba parado ahí, bajo la lluvia, pero sin mojarse, como si las gotas tuvieran miedo de tocarlo. Llevaba un traje italiano impecable, color carbón, que costaba más que la vida de todos los que estábamos en ese puesto. Zapatos boleados, reloj de oro, y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Era Yong Moon-gu. El “Licenciado Mungo”. Una leyenda urbana. Decían que era el abogado más corrupto, eficiente y letal de la ciudad. El tipo que sacaba a los peores criminales a la calle y hundía a los inocentes si el precio era correcto. El diablo con corbata.
—¿Me está siguiendo? —pregunté, agarrando mi botella de cerveza como si fuera un arma.
Mungo se rió suavemente y se sentó en el banco de plástico frente a mí, sin importarle la mugre.
—Te sigo desde que pasaste el examen, Bae-man. Un chico de barrio que humilla a los graduados de Harvard en los exámenes… eso llama la atención. Pero lo de hoy… —señaló hacia la dirección del bufete con la cabeza—, destrozar la oficina de ese imbécil… eso fue poesía.
—Vino a burlarse o a arrestarme por daños a propiedad ajena? —escupí las palabras.
—Vengo a ofrecerte un salvavidas, muchacho. —Mungo sacó una cajetilla de cigarros importados y me ofreció uno. Lo rechacé—. Tienes fuego, Do Bae-man. Tienes una rabia que no se enseña en la universidad. Ese “hambre” que tienes… yo la conozco. Yo la tuve.
Encendió su cigarro y soltó el humo hacia el techo de lona.
—Esos idiotas de los bufetes grandes nunca te van a aceptar. Para ellos eres un naco, un advenedizo. Pero para mí… para mí eres un arma en bruto.
—¿Qué quiere? —pregunté, bajando un poco la guardia, atraído por el magnetismo oscuro de este hombre.
Mungo se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en los míos.
—Quiero que trabajes para mí. Pero no como un pasante que saca copias. Quiero que seas mi socio.
Solté una carcajada seca. —Sí, claro. Y yo soy Batman. Nadie me va a contratar sin título, usted mismo lo dijo.
—Hay un lugar donde el título universitario vale madres si tienes los huevos bien puestos —susurró Mungo, deslizando una tarjeta negra sobre la mesa de plástico pegajosa—. El Ejército.
Lo miré con asco. —¿El ejército? ¿Quiere que me rape y vaya a marchar como soldadito de plomo? Ni loco. Odio a los militares. Son unos cuadrados, obedientes y aburridos.
—No quiero que seas soldado raso, imbécil. Quiero que entres como Fiscal Militar. —Mungo golpeó la mesa con un dedo—. Escúchame bien. El sistema judicial militar es un mundo aparte. Ahí, los jueces, los fiscales y los policías son todos la misma familia. Es un reino cerrado. Y yo necesito a alguien adentro. Alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos.
—¿Y qué gano yo? —pregunté, sintiendo la tentación.
—Dinero —dijo Mungo, simple y llanamente—. Mucho dinero. Más del que podrías gastar en diez vidas. Poder. Imagínate a todos esos que te cerraron la puerta hoy, teniendo que pedirte favores mañana. Te propongo un trato: Entras al ejército, sirves cinco años como mi hombre de confianza adentro. Haces lo que yo te diga, resuelves los casos que yo te pida, limpias la mierda de mis clientes VIP… y cuando salgas, te hago socio principal de mi firma. Te doy acciones, bonos, coches, departamentos. Te convierto en un rey.
Cinco años. Cinco años de ser el perro faldero de este tipo a cambio de tener el mundo a mis pies. Miré mis zapatos viejos. Miré el puesto de tacos miserable. Recordé la cara del reclutador diciéndome “cargador”.
El Do Bae-man idealista, el que estudió leyes para hacer justicia por sus padres, gritó en mi interior que no lo hiciera. Que era venderle el alma al diablo.
Pero el Do Bae-man que tenía hambre… ese sonrió.
Tomé la tarjeta negra. Se sentía pesada, fría.
—¿Cuándo empiezo? —pregunté.
Mungo sonrió, y juro que vi un destello rojo en sus ojos.
—Bienvenido al lado oscuro, hijo. Pide otra ronda, yo invito.
Así fue como entré al infierno verde olivo.
Los primeros meses fueron brutales. El entrenamiento básico intentó quebrarme, pero mi odio era más fuerte que cualquier sargento instructor gritón. Me rapé la cabeza, me puse el uniforme y aprendí a marchar. Pero mi verdadero entrenamiento empezó cuando me asignaron la fiscalía.
Mungo no mentía. El ejército era un nido de víboras. Corrupción, nepotismo, acoso… todo tapado bajo la excusa de la “seguridad nacional” y la “jerarquía”. Y yo me convertí en el mejor jugador de ese juego sucio.
Aprendí rápido. Si un general atropellaba a alguien borracho, yo encontraba un tecnicismo para que la culpa fuera de la víctima. Si un proveedor vendía comida podrida a los soldados pero era amigo de Mungo, yo “perdía” las pruebas. Me volví cínico, frío, calculador. Me apodaron “El Doberman”. Porque una vez que mordía, no soltaba… a menos que mi amo me diera la orden.
Pasaron cuatro años. Cuatro años de llenar mis bolsillos con sobornos disfrazados de “honorarios de consultoría”. Mi cuenta bancaria tenía tantos ceros que ya no me cabían en la pantalla del celular. Me compré un reloj caro, trajes a la medida que usaba cuando salía de civil, y un coche deportivo.
Ya no era el niño huérfano. Era el Fiscal Do Bae-man. Temido. Odiado. Rico.
Faltaban solo unos meses para mi baja. La libertad y la sociedad con Mungo estaban a la vuelta de la esquina. Ya podía saborear el whisky de 50 años que me tomaría en mi oficina de cristal. Todo iba según el plan.
Hasta que llegó ella.
Era una mañana cualquiera en el cuartel. Yo estaba regañando a unos subalternos por un informe mal redactado, gritando y haciendo alarde de mi rango, cuando la puerta se abrió.
Entró una mujer. Joven, menuda, con el uniforme de fiscal recién planchado y el pelo corto, reglamentario. Usaba unos lentes de pasta que la hacían ver inofensiva, casi torpe.
—Soy la nueva fiscal militar, Cha Woo-in —dijo, haciendo un saludo militar perfecto pero sin alma.
La miré de arriba abajo, masticando un chicle con la boca abierta.
—Ah, la nueva. Carne fresca. —Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal para intimidarla. Es lo que siempre hacía—. Escucha bien, “Yuri” —le puse el apodo ahí mismo, solo por joder—. Aquí no venimos a jugar a la justicia. Aquí venimos a obedecer órdenes y a que no nos rompan las bolas. ¿Entendido?
Ella levantó la vista. Detrás de esos lentes de fondo de botella, sus ojos eran oscuros, insondables. No parpadeó. No mostró miedo.
—Entendido, Fiscal Do. —Su voz era suave, pero tenía un filo metálico—. He oído mucho sobre usted. Dicen que es muy… eficiente.
—Soy el mejor, niña. Y si quieres sobrevivir aquí, más te vale pegarte a mí y aprender. O mejor aún, no estorbar.
Me di la vuelta, desestimándola. Pensé que era otra niña rica jugando a los soldados, otra burócrata más. No tenía idea de que acababa de dejar entrar al caballo de Troya en mi fortaleza.
Esa misma tarde, Mungo me llamó.
—Bae-man, tengo un trabajo especial.
—Dígame, jefe. ¿A quién tengo que salvar hoy?
—No, hoy no salvamos a nadie. Hoy cazamos. —La voz de Mungo sonaba divertida—. Conoces al hijo del presidente del Banco Nacional, ¿no? El tal Kim Ro-man.
—Sí, el junior ese que acaba de entrar al servicio.
—Exacto. Su padre está molestando a uno de mis clientes más importantes, IM Defense. Necesito que le des una lección al hijo. Quiero que sufra. Quiero que la prensa se entere de que es un privilegiado de mierda. Destrúyelo.
Sonreí. Destruir juniors era mi pasatiempo favorito.
—Considéalo hecho, jefe.
Colgué y miré a través de la ventana de mi oficina hacia el patio de entrenamiento. Ahí estaba el tal Kim, un chico debilucho, asustado, que claramente no pertenecía ahí.
—Pobre diablo —murmuré—. Hoy te toca ser el sacrificio.
Lo que no vi, fue que en la esquina de la oficina, la nueva fiscal, “Yuri”, me estaba observando. No estaba ordenando papeles. Estaba mirándome fijamente, y por un segundo, juraría que vi una sonrisa lobuna en su rostro. Una sonrisa que decía: “Disfruta tu trono mientras puedas, Doberman, porque te voy a cortar la correa”.
La tormenta se avecinaba, y esta vez, no era de lluvia. Era de sangre.
CAPÍTULO 2: El Príncipe, el Perro y la Peluca Roja
El poder tiene un olor específico. No huele a dinero, como cree la mayoría de la gente. El dinero huele a papel y a manos sudadas. El verdadero poder huele a impunidad. Huele a aire acondicionado excesivo en oficinas cerradas, a loción de diseñador que cuesta tres quincenas de un obrero, y sobre todo, huele a miedo ajeno.
Yo, Do Bae-man, me había vuelto un experto sommelier de ese aroma.
Mi nueva presa tenía nombre y apellido: Kim Ro-man. El hijo del presidente del Banco Nacional. Un “mirrey” de manual. Piel suavecita que nunca había conocido el sol sin bloqueador solar de mil pesos, manos de pianista que jamás habían levantado algo más pesado que una tarjeta de crédito Platinum, y una mirada de ciervo lampareado que gritaba “sácame de aquí” desde que puso un pie en el cuartel.
La orden de Mungo fue clara: Hazlo pedazos. Pero que parezca que él se tropezó solito.
Así que empecé mi obra de teatro.
Me acerqué a él en el comedor, mientras el pobre diablo miraba con asco una bandeja de metal abollada con un guisado de dudosa procedencia que los cocineros llamaban “carne con papas”. Los otros reclutas lo miraban con resentimiento. Odiaban su apellido, odiaban que llegara en un Mercedes el día de la incorporación, odiaban que oliera a jabón caro.
Me senté frente a él, golpeando mi bandeja contra la mesa con autoridad. Los soldados de alrededor se tensaron.
—¿No te gusta la comida, soldado Kim? —pregunté, con una sonrisa que ensayé frente al espejo para que pareciera paternal.
Kim saltó en su asiento. —N-no, señor Fiscal… es solo que… soy alérgico al gluten y…
—Tranquilo, chavo —bajé la voz, inclinándome como si fuéramos cómplices—. Sé quién eres. Tu papá y yo… digamos que tenemos amigos en común. Aquí entre nos, este lugar es un chiquero para alguien de tu clase.
Los ojos de Kim se iluminaron. Era la mirada de un náufrago viendo un barco.
—¿De verdad? Es que… esto es horrible. Los sargentos me gritan, las botas me sacaron ampollas y…
—Shhh —le puse una mano en el hombro—. No digas más. Yo me encargo. Eres un activo valioso para el país, Kim. No podemos dejar que te rompas una uña cargando fusiles oxidados, ¿verdad?
A partir de ese día, me convertí en su hada madrina vestida de verde olivo.
Hablé con su Capitán. Unas cuantas insinuaciones sobre “futuros ascensos” y “favores de arriba” bastaron. De repente, Kim Ro-man vivía en un resort, no en un cuartel.
Mientras los otros reclutas se arrastraban por el lodo bajo la lluvia, Kim “descansaba” en la enfermería por una supuesta migraña crónica. Mientras los demás limpiaban letrinas con cepillos de dientes, Kim recibía comida especial traída de fuera. Le conseguí un cuarto privado con la excusa de que roncaba y “alteraba la moral de la tropa”. Incluso hice que otro soldado le lavara la ropa interior.
Era obsceno. Era injusto. Y era perfecto.
Kim pensaba que yo era su salvador. Me miraba con adoración perruna cada vez que pasaba. “Gracias, tío Bae-man”, me decía (sí, el idiota me decía tío). “Cuando salga de aquí, le voy a decir a mi papá que le regale un yate”.
Yo solo sonreía y le daba palmaditas en la espalda. Disfruta tu yate mental, principito, pensaba. Porque te estoy construyendo una guillotina de oro macizo.
La trampa estaba lista. Solo faltaba el verdugo: la prensa.
Filtré las fotos yo mismo. Fotos de Kim durmiendo en horas de servicio, fotos de su comida gourmet, testimonios anónimos de soldados furiosos (que yo mismo redacté). Se lo envié al periodista más hambriento y sensacionalista que conocía, un tipo que vendería a su madre por un titular en primera plana.
El escándalo estalló un martes por la mañana.
“EL PRÍNCIPE DEL CUARTEL: HIJO DE BANQUERO VIVE ENTRE LUJOS MIENTRAS LA TROPA SUFRE”
Las redes sociales ardieron. En un país donde el servicio militar es obligatorio y sagrado, donde cada familia tiene un hijo sufriendo ahí dentro, el privilegio es el pecado capital. La gente pedía sangre. Querían una cabeza en una pica.
Y yo estaba listo para servírselas.
La sala de interrogatorios estaba fría. Una luz blanca, estéril, zumbaba sobre nuestras cabezas. Kim Ro-man estaba sentado al otro lado de la mesa de metal, temblando como una hoja. Ya no parecía un príncipe. Parecía un niño regañado.
—Tío Bae-man… digo, Fiscal Do… —balbuceó, con los ojos llenos de lágrimas—. No entiendo qué pasa. ¿Por qué están todos esos reporteros afuera? Usted dijo que todo estaba bien, que eran permisos especiales…
Me recargué contra la pared, cruzando los brazos. Ya no había sonrisas paternales. Mi cara era una máscara de piedra.
—Kim, Kim, Kim… —chasqueé la lengua—. La cagaste, wey.
—¿Yo? ¡Pero si usted me dijo que descansara! ¡Usted le dijo al Capitán…!
—¿Yo? —Me despegué de la pared y golpeé la mesa con el puño, haciéndolo saltar—. ¿Yo te obligué a tragar sushi mientras tus compañeros comían rancho? ¿Yo te obligué a dormir mientras ellos marchaban? ¡Tú aceptaste los privilegios, cabrón! ¡Tú creíste que te los merecías por tu apellido!
—¡Pero usted me ayudó! —gritó, histérico—. ¡Usted lo organizó todo!
Me acerqué a su oído y susurré con la voz más gélida que pude encontrar.
—Pruébalo.
Kim se quedó helado. Entendió, en ese segundo de claridad terrorífica, que no había registro. No había órdenes escritas. Solo “sugerencias” verbales, favores en las sombras. Él era el rostro del escándalo. Yo era el fiscal heroico que lo iba a “investigar”.
—Eres un monstruo… —susurró.
—Soy un Fiscal Militar —corregí, arreglándome el cuello de la camisa—. Y tú eres el sacrificio necesario. Firma la confesión, Kim. Di que fingiste estar enfermo. Di que usaste la influencia de tu padre para corromper al Capitán. Hazlo, y tal vez… solo tal vez, no te refundas en la cárcel militar por deserción.
Kim firmó entre sollozos.
Al día siguiente, su padre renunció a la presidencia del Banco Nacional “por vergüenza familiar”. Las acciones del banco se desplomaron. IM Defense, la empresa de mi verdadero amo, compró las acciones a precio de remate y tomó el control.
Jaque mate.
Mungo estaba extasiado. Me transfirió un bono tan grande que podría haberme comprado una casa en Las Lomas de contado. Pero esa noche, mientras contaba los ceros en mi cuenta, sentí un sabor a ceniza en la boca.
Recordé la mirada de Kim. “Eres un monstruo”.
—Gajes del oficio —me dije a mí mismo, sirviéndome un whisky—. En la selva, o comes o te comen.
Pero la selva tenía depredadores mucho peores que yo. Y estaba a punto de conocer al Rey de las Bestias.
No Tae-nam. Alias “Mazu”. El CEO de IM Defense. El hijo de la General Choi. El dueño de todo.
Mungo me llevó a conocerlo esa misma noche para “celebrar”. El lugar era un antro clandestino en el sótano de un rascacielos en Polanco. No había letreros, solo gorilas con trajes negros y auriculares en la entrada. Adentro, el lujo era obsceno. Mujeres modelos, champaña que costaba más que un riñón, y música electrónica que te hacía vibrar el esternón.
Y ahí, en el trono de ese reino de vicio, estaba Mazu.
Era joven, apenas unos años menor que yo, pero tenía la mirada de alguien que ha visto todo y no valora nada. Estaba desparramado en un sofá de terciopelo rojo, rodeado de aduladores. Pero lo que más llamaba la atención no era él, sino lo que tenía en el regazo.
Un perro Doberman. Hermoso, negro azabache, con un collar de diamantes reales.
Mungo se acercó con una reverencia que me dio asco.
—Presidente, aquí está el hombre del momento. El Fiscal Do Bae-man. La herramienta que nos consiguió el banco.
Mazu ni siquiera levantó la vista. Acariciaba al perro con movimientos lentos, casi sensuales.
—Ah… el perro de presa de Mungo. —Su voz era arrastrada, aburrida—. ¿Muerdes fuerte?
—Cuando es necesario, señor —respondí, manteniendo la compostura.
—Siéntate. Tómate algo. No me aburras.
Me senté en el borde del sofá, sintiéndome fuera de lugar. Observé la escena. Había una tensión extraña en el aire. La gente reía, pero sus ojos estaban fijos en Mazu, aterrorizados de hacer un movimiento en falso.
Entonces, sucedió.
Un mesero, un chico joven, se acercó a dejar una botella de vodka en la mesa. Estaba nervioso. Le temblaban las manos. Al dejar la botella, rozó sin querer la pata del Doberman.
El perro gruñó. Un sonido bajo, gutural.
La música pareció detenerse. El silencio se extendió como una mancha de aceite.
Mazu dejó de acariciar al perro. Levantó la vista lentamente hacia el mesero.
—¿Qué hiciste? —preguntó, con una voz suave que daba más miedo que un grito.
—P-perdón, señor… fue un accidente… no quise…
—Le pegaste a Bolt —dijo Mazu, poniéndose de pie. Era bajo de estatura, pero irradiaba una locura peligrosa—. ¿Sabes cuánto vale Bolt? Vale más que tu vida. Vale más que toda tu familia junta, pedazo de mierda.
—Lo siento mucho, señor, por favor…
Mazu agarró la botella de vodka llena y, con un movimiento rápido y brutal, se la estrelló en la cabeza al mesero.
¡CRACK!
El chico cayó al suelo como un saco de papas, con la sangre manchando la alfombra persa. Los invitados gritaron, pero nadie se movió. Nadie hizo nada.
Mazu no había terminado. Se subió encima del chico inconsciente y empezó a patearlo. Una y otra vez. Con saña. Con placer.
—¡Pide perdón! —gritaba Mazu, jadeando, con los ojos desorbitados—. ¡Pídele perdón al perro! ¡Arrodíllate y bésale las patas!
El chico apenas gemía.
—¡Mungo! —gritó Mazu, limpiándose una mancha de sangre de su zapato italiano—. ¡Arregla esto! ¡Saca esta basura de aquí que me está arruinando la noche!
Mungo se movió rápido, haciendo señas a los guardias para que se llevaran el cuerpo.
—Enseguida, Presidente. No se preocupe. Todo está bajo control.
Yo me quedé petrificado. Había visto violencia en el barrio. Había visto peleas de borrachos. Pero esto… esto era diferente. Esto era maldad pura. Maldad sin motivo, sin lógica. Era la maldad de un niño con una lupa quemando hormigas, pero el niño tenía billones de dólares y un ejército privado.
Mazu se giró hacia mí, respirando agitado. Sus ojos brillaban con una euforia enferma.
—¿Viste eso, Fiscal Do? —sonrió, mostrando los dientes manchados de salpicaduras rojas—. A veces hay que educar a los animales para que respeten a sus dueños.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna. En ese momento entendí mi lugar en la cadena alimenticia. Yo no era un socio. No era un futuro rey. Para Mazu, y para Mungo, yo era como ese mesero. O peor… yo era como el perro. Una mascota útil que podía ser acariciada o pateada según el capricho del amo.
—Sí, señor —dije, tragándome mi orgullo y mi asco—. Una lección muy clara.
Salí de ahí con ganas de vomitar. Necesitaba aire. Necesitaba alejarme de esos monstruos.
Pero la noche apenas empezaba. Y los monstruos no solo vivían en los áticos de lujo. También acechaban en los callejones.
A unas cuadras de ahí, en otro antro exclusivo, se cocinaba otra tragedia.
Allen, un ídolo del K-pop venido a menos y amigo íntimo de Mazu, estaba de cacería. Allen era la versión “light” de Mazu: igual de podrido, pero más cobarde. Estaba con una chica universitaria, hermosa, inocente. Le había prometido presentarle productores, llevarla a la fama. La vieja historia.
Le dio una bebida. “Para celebrar tu futuro”, le dijo con esa sonrisa plástica de las portadas de revista.
La chica bebió. A los cinco minutos, el mundo se le volvió borroso. Las piernas le fallaron.
—Me siento… rara… —balbuceó.
—Es la emoción, nena —dijo Allen, sosteniéndola mientras la arrastraba hacia la salida trasera—. Vamos a un lugar más privado.
La subieron a una camioneta negra. Allen y dos gorilas más. Se reían. Se burlaban de ella. Para ellos no era una persona, era un juguete desechable para pasar el rato y luego tirar a la basura.
Llegaron a un almacén abandonado que usaban para sus fiestas privadas. Un lugar sucio, lleno de grafitis y colchones viejos.
—¿Quién va primero? —preguntó uno de los gorilas, desabrochándose el cinturón.
La chica, medio inconsciente, lloraba en silencio, incapaz de moverse.
Entonces, la puerta de metal del almacén se abrió con un chirrido oxidado.
La silueta de una mujer se recortó contra la luz de la luna. Llevaba una gabardina negra de cuero, botas militares de combate y… una peluca roja, brillante como la sangre fresca. Lentes oscuros cubrían sus ojos.
—¿Se les perdió algo, cabrones? —preguntó la mujer. Su voz no era aguda. Era grave, distorsionada, gutural.
—Oye, muñeca —dijo Allen, riéndose nerviosamente—. ¿Te equivocaste de fiesta? Lárgate antes de que te invitemos a ti también.
La mujer del pelo rojo inclinó la cabeza.
—No. Creo que llegué justo a tiempo para la basura.
Lo que siguió no fue una pelea. Fue una ejecución sumaria.
La mujer se movió como un rayo. No, como un demonio. Corrió hacia el primer gorila, saltó, y le plantó las botas en el pecho con tal fuerza que lo mandó a volar tres metros hasta estrellarse contra una pila de cajas.
El segundo gorila sacó una navaja.
—¡Te voy a matar, perra!
Ella esquivó el tajo con un movimiento fluido de cintura, agarró el brazo del tipo y… CRACK. El sonido del hueso rompiéndose resonó como un disparo en el almacén vacío. El tipo aulló de dolor y cayó de rodillas. Ella lo remató con una patada giratoria en la sien que lo dejó dormido antes de tocar el suelo.
Allen, el ídolo valiente, se orinó en los pantalones. Literalmente.
—¡No me toques! ¡Soy famoso! ¡Soy amigo de Mazu! —chillaba, retrocediendo hasta topar con la pared.
La mujer de rojo se acercó a él despacio. El sonido de sus botas contra el cemento era el único ruido en la noche. Tac. Tac. Tac.
Lo agarró del cuello de su camisa de seda y lo levantó como si fuera un muñeco de trapo.
—Dile a tu amigo Mazu… —susurró cerca de su cara, con esa voz distorsionada—… que el Diablo ya viene por él. Y trae tacones.
Lo lanzó contra el suelo y lo pateó en las costillas, una, dos, tres veces. Allen se hizo bolita, llorando y suplicando por su mamá.
Ella se giró hacia la chica drogada, que miraba todo con ojos vidriosos. La cargó con una delicadeza sorprendente.
—Tranquila. Ya pasó. Nadie te va a tocar.
La sacó de ahí, dejando atrás un escenario de destrucción total.
Yo llegué media hora después.
Mungo me había llamado, furioso. “Algo pasó con Allen. Ve y limpia el desastre. Que no quede ni un rastro”.
Entré al almacén con mi equipo de limpieza. Lo que vi me dejó helado.
No era una pelea de borrachos. Era una zona de guerra quirúrgica. Los gorilas estaban rotos. Huesos expuestos, contusiones precisas en puntos vitales. Quien hubiera hecho esto sabía anatomía. Sabía cómo causar el máximo dolor con el mínimo esfuerzo. Era técnica militar… pero llevada al extremo.
Y Allen… Allen estaba en posición fetal, balbuceando incoherencias sobre “el demonio rojo”.
Me acerqué a uno de los charcos de sangre en el suelo. Algo brillaba ahí. Me agaché y lo recogí con unas pinzas forenses que siempre cargaba en la guantera (uno nunca sabe).
Era un cabello.
Largo. Sintético. Y rojo. Rojo intenso.
Me quedé mirando ese hilo escarlata bajo la luz de mi linterna. Mi mente, esa mente paranoica y afilada que me había sacado del barrio, empezó a conectar puntos a una velocidad vertiginosa.
Una mujer. Entrenamiento de élite. Capaz de tumbar a tres hombres del doble de su tamaño sin recibir un rasguño. Odio hacia Mazu y su círculo.
Mi mente voló hacia el cuartel. Hacia la nueva fiscal. Cha Woo-in. “Yuri”.
Recordé su mirada tranquila. Su falta de miedo. El moretón en su muñeca que vi fugazmente cuando le entregó un expediente al Capitán esa mañana. Y algo más… algo en su forma de caminar. Ese paso firme, calculado.
—No mames… —susurré, sintiendo una mezcla de admiración y terror.
Si mi teoría era cierta, tenía un problema gigante. No estaba lidiando con una novata “fresa” que quería jugar a la justicia. Estaba lidiando con una vigilante psicópata que se disfrazaba de soldadito de día y rompía huesos de noche.
Guardé el cabello rojo en una bolsa de evidencia y me la metí al bolsillo. No se lo daría a Mungo. No todavía.
Esta información valía oro. O tal vez… tal vez era mi seguro de vida.
Salí del almacén bajo la lluvia que no paraba. La ciudad se sentía diferente ahora. Ya no era solo mi patio de juegos corrupto. Ahora había otro depredador en la selva. Y tenía el pelo rojo.
Miré hacia el cielo negro y sonreí, una sonrisa torcida y nerviosa.
—Muy bien, Yuri. Tú mueves. Pero recuerda… el Doberman tiene muy buen olfato.
Encendí el motor de mi coche y me perdí en la noche, sin saber que la verdadera guerra, la que me obligaría a elegir entre mi ambición y mi humanidad, acababa de comenzar.
PARTE 2: LA MÁSCARA Y LA BESTIA
CAPÍTULO 3: Granadas, Madres y el Arte de la Sospecha
Dicen que la paranoia es el precio de la supervivencia en este negocio. Si te relajas, te mueres. Y yo, Do Bae-man, no tenía ninguna intención de morirme antes de cobrar mi cheque de retiro dorado.
Esa mañana, el cuartel militar amaneció bajo una niebla espesa, de esa que se te pega a la piel como sudor frío. Caminé hacia mi oficina con las manos en los bolsillos, sintiendo el pequeño peso de la bolsa de evidencia que guardaba el cabello rojo sintético. Me quemaba el muslo.
Al entrar al edificio de la fiscalía, el olor a café barato y cera para pisos me golpeó. Era el olor de la burocracia. De la mediocridad. Pero hoy, debajo de eso, yo olía algo más: olía a mentira.
Mi objetivo estaba sentado en su escritorio, tecleando con una calma que daba miedo.
Cha Woo-in. “Yuri”.
Llevaba el uniforme impecable, ni una arruga. El pelo corto y negro recogido detrás de las orejas, los lentes de pasta gruesa que le daban ese aire de bibliotecaria inofensiva. Saludaba a todos con una reverencia tímida. “Buenos días, sargento”, “¿Quiere café, capitán?”.
Era la imagen de la inocencia. La recluta perfecta.
Pero yo había visto la masacre en el almacén. Había visto los huesos rotos, la precisión quirúrgica de los golpes. Esa no fue obra de una pandilla cualquiera. Fue obra de un soldado de élite. Y ese pelo rojo que encontré… mi instinto me gritaba que esta mosquita muerta era en realidad una viuda negra.
Me acerqué a su escritorio. Ella levantó la vista y sonrió.
—Buenos días, Fiscal Do. ¿Durmió bien? —Su voz era suave, melodiosa.
Me recargué en su cubículo, invadiendo su espacio, buscándole fallas en la máscara.
—Dormí como un bebé, Yuri. —Mentira. No había pegado el ojo—. ¿Y tú? Te ves… fresca. Como si hubieras hecho ejercicio anoche. Algo intenso.
Ella no parpadeó. Ni un tic nervioso. Nada.
—Solo yoga, señor. Ayuda a mantener la mente clara.
—Yoga… —Solté una risa seca—. Qué interesante. Fíjate que anoche hubo una fiesta muy loca cerca del centro. Unos amigos míos terminaron muy mal. Parece que se toparon con una instructora de “yoga” muy agresiva.
Por una fracción de segundo, vi algo en sus ojos. No fue miedo. Fue diversión. Como si estuviéramos jugando ajedrez y ella acabara de comerse a uno de mis peones.
—La ciudad es peligrosa de noche, Fiscal Do. Debería decirle a sus amigos que tengan más cuidado con quién se meten.
Se levantó para ir a la copiadora, pasando peligrosamente cerca de mí.
En ese instante, lo hice. Fue un movimiento rápido, de carterista de la Merced. Extendí la mano y, simulando que le quitaba una pelusa del hombro, arranqué un cabello suelto de su uniforme.
—Tenías una basurita —dije, mostrándole la palma vacía mientras escondía el cabello entre mis dedos.
—Gracias, señor. Siempre tan atento —respondió ella, dándome la espalda.
Sentí un escalofrío. Ella sabía. Sabía que yo sabía. Y no le importaba.
Me fui directo a mi oficina y cerré con llave. Saqué el cabello negro de Yuri y el cabello rojo sintético de la bolsa. Llamé a mi contacto en el laboratorio forense, un tipo al que le había perdonado una deuda de juego hace años.
—Necesito una prueba de ADN —le dije por teléfono—. Y la necesito para ayer. Si esto sale positivo… alguien va a tener muchos problemas.
Mientras yo jugaba a los detectives, en la mansión de la familia No, el verdadero infierno estaba desatándose.
Si pensaban que Mazu, el sádico junior que golpeaba meseros, era el malo de la película, es porque no conocían a su madre.
La Generala No Hwa-young. La primera mujer en alcanzar ese rango en la historia del país. Una leyenda viviente. Decían que tenía hielo en las venas y acero en el corazón. Yo la había visto un par de veces en ceremonias oficiales y siempre me daba la misma impresión: la de estar frente a una cobra real que te mira antes de atacar.
Mazu le tenía pánico. Terror absoluto.
Esa tarde, Mazu fue convocado a la residencia familiar. No era una visita social. Cuando la Generala te llamaba, ibas con el testamento hecho.
La mansión era un mausoleo moderno. Muros altos de concreto, decoración minimalista, silencio sepulcral. Mazu entró al despacho de su madre arrastrando los pies, sudando frío a pesar del aire acondicionado.
La Generala estaba de espaldas, mirando por el ventanal hacia el jardín perfectamente podado. Llevaba su uniforme de gala, lleno de medallas que tintineaban suavemente cuando se movía.
—Madre… —susurró Mazu, con la voz quebrada—. Llegué.
Ella se giró despacio. No había amor en su mirada. Había decepción. Asco.
—Escuché lo de anoche —dijo. Su voz era baja, controlada, pero cargaba una violencia implícita—. Te emborrachaste. Golpeaste a un empleado. Tu amigo el “cantante” drogó a una chica y luego desapareció. Es un desastre, Tae-nam. Un maldito desastre.
—¡No fue mi culpa! —chilló Mazu, cayendo de rodillas. Era patético verlo así. El monstruo que torturaba gente era un niño llorón frente a mami—. ¡Ellos me provocaron! ¡El mesero tocó a Bolt!
—¡Cállate! —El grito de la Generala resonó como un disparo.
Caminó hacia él. Mazu se encogió en el suelo, cubriéndose la cabeza, esperando un golpe. Pero ella no le pegó. Hizo algo peor.
Sacó una granada de mano de un cajón de su escritorio. Una granada real, pesada, verde oliva.
Se agachó frente a su hijo y le puso la granada en la mano temblorosa.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó suavemente.
—Una… una granada… mamá, por favor…
—Es poder, Tae-nam. Poder concentrado. —Ella puso su dedo en la anilla de seguridad—. El poder requiere control. Si pierdes el control, si te dejas llevar por tus impulsos estúpidos… explotas. Y te llevas a todos contigo.
Y entonces, tiró de la anilla.
Click.
El seguro saltó.
Mazu gritó, un aullido de terror puro. Intentó soltar la granada, pero su madre le cerró la mano con fuerza, obligándolo a sostener el explosivo activado. La palanca de seguridad era lo único que impedía que volaran en pedazos.
—¡Sosténla! —ordenó ella, mirándolo a los ojos a centímetros de distancia—. Si la sueltas, morimos los dos. Si te tiembla la mano, morimos. Tienes que mantener la presión. Tienes que tener control.
—¡Mamá, tengo miedo! ¡Va a explotar! —Mazu lloraba a moco tendido, orinándose encima por segunda vez en la semana.
—El miedo es bueno —susurró ella, acariciándole la mejilla con una ternura psicótica—. El miedo te mantiene alerta. Has vivido como un parásito, Tae-nam. Crees que el dinero de IM Defense te protege de todo. Pero yo construí ese imperio sobre cadáveres. Y no voy a dejar que un niño mimado lo destruya por una borrachera.
Estuvieron así durante un minuto eterno. Un minuto donde la vida de Mazu pendía de un resorte metálico. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar.
Finalmente, la Generala sacó un pasador de su cabello y lo insertó en el orificio de seguridad de la granada, bloqueándola de nuevo.
Le quitó el explosivo de la mano con calma y lo dejó sobre el escritorio.
Mazu se derrumbó en la alfombra, boqueando como un pez fuera del agua, empapado en sudor y orina.
—Vas a entrar al ejército —dijo ella, volviendo a su escritorio como si nada hubiera pasado—. Ya arreglé todo con el Licenciado Mungo. Vas a hacer tu servicio militar. Vas a aprender disciplina, o te vas a morir ahí adentro. Me da igual. Pero no vas a seguir manchando mi apellido afuera.
—No… el ejército no… por favor… —gimió Mazu.
—Largo de mi vista. Hueles a miedo.
Mazu salió de la oficina a gatas, humillado, roto. En ese momento, su odio hacia el mundo creció. Si no podía controlar su vida, si no podía enfrentarse a su madre… entonces haría sufrir a todos los que estuvieran por debajo de él. Y el primero en su lista sería el hombre que lo iba a “cuidar” en el ejército.
Yo.
Mientras tanto, mi investigación personal estaba dando frutos podridos.
Mi contacto del laboratorio me llamó al mediodía.
—Fiscal Do, tengo los resultados. Es… curioso.
—¿Curioso cómo? —pregunté, encerrado en mi coche.
—El ADN del cabello rojo es sintético, claro, es una peluca. Pero encontramos trazas de sudor y células muertas en la banda elástica de la peluca. Y adivina qué… coincide al 99.9% con el cabello negro que me diste. Son la misma persona.
Colgué el teléfono y me quedé mirando el volante.
Bingo.
Cha Woo-in era la mujer de la peluca roja. La Fiscal novata era la justiciera nocturna.
Mi cerebro de abogado corrupto empezó a calcular las posibilidades.
Opción A: Delatarla con Mungo. Me darían una palmadita en la espalda y tal vez un bono extra. Pero perdería una carta valiosa.
Opción B: Chantajearla. Obligarla a trabajar para mí. Usar sus habilidades para mis propios fines.
Opción C: Observar. Entender qué carajos quería. ¿Por qué atacaba a los amigos de Mazu? ¿Qué buscaba?
Elegí la Opción C. La curiosidad mató al gato, pero al Doberman lo hacía más astuto.
Decidí seguirla esa noche.
Salió del cuartel a las 8:00 PM en punto. Se cambió a ropa civil: jeans, chamarra de cuero, botas. Tomó el metro, luego un taxi, y finalmente caminó hacia una zona industrial abandonada en las afueras de la ciudad.
Yo iba detrás, en mi coche, manteniendo la distancia.
Entró en un edificio viejo que solía ser una fábrica de textiles. Me estacioné a dos cuadras y me acerqué a pie, sigiloso, aprovechando las sombras y el ruido de los camiones de carga que pasaban por la avenida.
Me asomé por una ventana rota.
Adentro, Yuri no estaba sola. Había un hombre con ella. Un tipo desaliñado, rodeado de computadoras, servidores y pantallas. Parecía un hacker de película de bajo presupuesto.
—¿Lo tienes? —preguntó Yuri. Su voz ya no era la de la niña tímida. Era firme, autoritaria.
—Sí, jefa —respondió el hacker—. Ya bajé la información del celular de Allen antes de que lo resetearan. Tengo los videos. Tengo los chats. Ese imbécil grababa todo. Violaciones, drogas, sobornos… es una mina de oro.
—Bien. Guárdalo en tres servidores distintos. Encriptado.
—Oye… —el hacker dudó—. ¿Estás segura de esto? Te estás metiendo con gente muy pesada. La Generala No, Mungo, IM Defense… si nos cachan, nos van a disolver en ácido.
Yuri se giró hacia él. La luz de los monitores iluminaba su rostro, dándole un aspecto espectral.
—No nos van a cachar. Porque ellos no saben a qué se enfrentan. Creen que el mundo les pertenece. Creen que el dinero los hace intocables.
Sacó una foto de su bolsillo y la pegó en un pizarrón de corcho que estaba lleno de hilos rojos y fotografías. Me esforcé por ver.
En el centro del pizarrón estaba la foto de la Generala No Hwa-young.
A su lado, la foto de Mungo.
Y debajo de ellos… una foto mía.
Mi corazón dio un vuelco. Yo estaba en su tablero. Yo era un objetivo.
—¿Y qué vas a hacer con el perro? —preguntó el hacker, señalando mi foto—. Do Bae-man es listo. Es peligroso. Hoy me dijiste que te quitó un pelo. Sospecha algo.
Yuri sonrió. Esa maldita sonrisa.
—Bae-man es un perro callejero que se cree de raza. Le gustan las croquetas caras. Solo tengo que enseñarle quién tiene la correa de verdad. Él no es mi enemigo… todavía. Él es mi herramienta.
Retrocedí, pisando un vidrio roto. Crak.
Adentro, Yuri giró la cabeza hacia la ventana con una velocidad inhumana.
—¿Quién anda ahí?
Me tiré al suelo, pegándome a la pared de ladrillo. Contuve la respiración. Escuché sus pasos acercándose a la ventana. Sentí su presencia al otro lado del muro. Estaba a centímetros de mí. Si me asomaba, estaba muerto. O descubierto, que era peor.
—Seguro fue una rata —dijo el hacker desde adentro.
Hubo un silencio tenso.
—Sí… una rata grande —murmuró Yuri.
Escuché sus pasos alejándose.
Exhalé el aire que tenía en los pulmones. Me temblaban las manos.
“Herramienta”, había dicho. Me llamó “herramienta”. A mí. Al Doberman. Al hombre que manipulaba generales y banqueros.
Me levanté y caminé de regreso a mi coche, furioso pero extrañamente emocionado.
Nadie me usaba a mí. Nadie.
Si ella quería jugar a manipular, le iba a enseñar cómo lo hace un profesional.
Pero había algo más. Algo que vi en ese pizarrón, en la fracción de segundo antes de esconderme.
Había una foto vieja en la esquina. Una foto de un accidente de auto. Un sedán aplastado bajo la lluvia.
Era el coche de mis padres.
Me detuve en seco en medio de la calle oscura. La lluvia empezó a caer de nuevo, mezclándose con el sudor de mi frente.
¿Por qué carajos tenía ella una foto del accidente de mis padres?
¿Qué tenía que ver la muerte de mi familia con su venganza contra la Generala y Mungo?
De repente, el rompecabezas de mi vida, ese que creí armado y resuelto, se desmoronó.
Mungo me reclutó justo después del accidente. La Generala era la oficial a cargo de la zona donde murieron.
Una verdad horrible empezó a formarse en mi mente. Una verdad que no quería aceptar porque significaría que los últimos cinco años de mi vida, mi éxito, mi dinero, todo… había sido una mentira.
¿Y si yo no era el socio de Mungo?
¿Y si yo era solo el idiota útil que ayudaron a crear para tapar sus propios crímenes?
Arranqué el coche haciendo rechinar las llantas.
Esa noche no dormí. Me senté en mi sala, con una pistola en la mesa y una botella de whisky vacía, mirando la pared.
La guerra había cambiado. Ya no se trataba de dinero. Ya no se trataba de poder.
Ahora era personal.
Y si Yuri tenía las respuestas sobre mis padres… entonces tendría que dejar de cazarla y empezar a preguntarle.
Pero primero, tenía que sobrevivir a Mungo. Porque a la mañana siguiente, el Licenciado me llamó.
—Bae-man, ven a mi oficina. Tenemos un problema. Allen ha desaparecido. Y Mazu dice que vio a un demonio rojo. Quiero que encuentres a esa perra y me la traigas. Viva o muerta.
Sonreí al teléfono, una sonrisa sin alegría.
—A la orden, jefe.
Colgué.
El juego había comenzado. Dos bandos. Y yo, Do Bae-man, estaba justo en medio, con la correa en el cuello y los colmillos afilados, decidiendo a quién iba a morder primero.
CAPÍTULO 4: La Caída del Doberman y el Beso del Asfalto
El miedo tiene una forma curiosa de manifestarse en los ricos. En los pobres, el miedo es silencioso, estoico; es apretar los dientes y aguantar la tormenta. Pero en los ricos, en los “juniors” como No Tae-nam (alias Mazu), el miedo es ruidoso, berrinchudo y patético.
Mazu estaba en mi oficina privada, la que Mungo pagaba fuera del cuartel, caminando de un lado a otro como animal enjaulado. Se había mordido las uñas hasta hacerse sangrar las cutículas.
—¡Tienes que sacarme de esta, Bae-man! —chilló, agarrándose el pelo—. ¡Mi madre está loca! ¡Quiere meterme al servicio militar mañana! ¡Mañana! ¿Sabes lo que me van a hacer ahí adentro? ¡Soy Mazu! ¡Tengo piel sensible! ¡No puedo comer rancho!
Yo estaba sentado en mi silla de piel, girando un bolígrafo entre mis dedos, disfrutando el espectáculo.
—Tranquilo, Presidente. —Usé su título civil para sobarle el ego—. Tu madre es la Generala, sí, pero la ley… la ley tiene huecos. Y yo soy la rata que mejor sabe meterse por esos huecos.
—¿Qué propones? —Mazu se detuvo, mirándome con esperanza desesperada.
—Exención médica —dije, sacando una carpeta—. Conozco a un médico militar. Le debe mucho dinero a gente muy mala. Si yo le digo que escriba que tienes… no sé, hernia discal, arritmia cardíaca o locura temporal, él lo firma. Te declaran “no apto” y te vas a tu casa a jugar con tu perro.
Mazu casi se me lanza a los brazos.
—¡Eres un genio! ¡Te voy a regalar un Ferrari! ¡Dos Ferraris!
—Guárdate tus coches. —Me levanté y le ajusté la corbata, mirándolo a los ojos con esa falsa lealtad que había perfeccionado—. Solo recuerda quién te salvó cuando tu madre te quería ver marchar. Recuerda que el Doberman es tu único amigo.
Mazu asintió frenéticamente. —Lo sé, lo sé. Eres mi hermano, Bae-man.
Lo saqué de la oficina con la promesa de arreglarlo todo. Pero en cuanto cerré la puerta, mi sonrisa se borró.
Mazu era un idiota. Creía que yo lo estaba salvando. La realidad era que yo lo estaba cebando.
Mungo quería a Mazu libre para seguir controlando IM Defense. La Generala lo quería en el ejército para “disciplinarlo” (y tenerlo vigilado). Y yo… yo estaba en medio, jugando a dos bandas, esperando el momento justo para ver quién ofrecía más o quién caía primero.
Pero había un problema urgente: Allen. El amigo de Mazu. El que tenía los videos de las violaciones en su celular. Allen seguía desaparecido, y si esos videos salían a la luz, el plan de exención médica se iría al diablo y todos acabaríamos en la cárcel.
Mi celular vibró. Era un mensaje de mi contacto en Tránsito.
“Encontré la camioneta que se llevó al cantante. Placas clonadas, pero el sistema de cámaras de la ciudad la captó entrando a la zona de deshuesaderos en Ecatepec hace una hora. Sigue ahí.”
Ecatepec. Tierra de nadie. El lugar perfecto para que alguien desaparezca y aparezca por partes.
Tomé mi chamarra de cuero, verifiqué que mi pistola estuviera cargada en la sobaquera y salí.
—Muy bien, Yuri —murmuré para mí mismo—. Vamos a ver qué tan ruda eres cuando no tienes la ventaja de la sorpresa.
El deshuesadero era un cementerio de metal bajo el sol plomizo de la tarde. Montañas de chasis oxidados, llantas apiladas como torres negras y el olor inconfundible a aceite quemado y perro muerto.
Estacioné mi coche a una distancia prudente y caminé entre los pasillos de chatarra. El silencio era pesado, solo roto por el ladrido lejano de algún can callejero.
Ahí estaba. La camioneta negra que se había llevado a Allen. Estaba estacionada frente a una bodega de lámina que parecía a punto de colapsar.
Saqué mi arma. Avancé pegado a los restos de un autobús escolar, controlando mi respiración.
Escuché gritos adentro. Gritos ahogados.
Me asomé por una rendija en la lámina.
La escena era surrealista. Allen estaba atado a una silla, con la cara hecha un mapa de moretones y mocos. Estaba llorando, suplicando.
—¡Te lo juro! ¡Están en la nube! ¡La contraseña es el cumpleaños de Mazu! ¡Por favor, no me cortes otro dedo!
Frente a él, de espaldas a mí, estaba la mujer de la peluca roja. Llevaba su atuendo de combate: cuero negro, botas tácticas. Tenía unas pinzas industriales en la mano.
—Gracias por la contraseña, Allen —dijo ella. Su voz distorsionada resonaba en la bodega vacía—. Pero no te voy a cortar nada. No vales el esfuerzo de limpiar la sangre.
Ella se giró para salir. Y ahí fue cuando cometí el error.
Pisé una lata de refresco oxidada.
Click-crac.
La mujer se detuvo en seco.
—Tienes compañía —dijo, sin voltear.
De las sombras de la bodega, salieron dos tipos más. No eran matones comunes. Se movían como profesionales. Llevaban pasamontañas.
Uno de ellos corrió hacia la puerta trasera. La mujer de rojo corrió hacia Allen, lo desató de un tirón y lo empujó hacia los otros.
—¡Llévenselo! ¡Yo me encargo de la visita!
Pateé la puerta de lámina y entré apuntando con mi pistola.
—¡Quietos todos! ¡Fiscalía Militar!
La mujer de rojo se giró. Llevaba los lentes oscuros, así que no podía verle los ojos, pero sentí su mirada burlona.
—Vaya, vaya. El Doberman aprendió a rastrear.
—Se acabó el juego, Yuri —dije, bajando el arma ligeramente pero manteniéndola lista—. Sé quién eres. Tengo tu ADN. Quítate esa peluca ridícula y hablemos de negocios.
Ella soltó una carcajada distorsionada.
—¿Negocios? Tú no haces negocios, Bae-man. Tú solo lames las botas del mejor postor.
—¡Te estoy dando una oportunidad! —grité, avanzando un paso—. Mungo te quiere muerta. La Generala te quiere muerta. Si te entrego, soy rico. Si te unes a mí… tal vez podamos chingarlos a los dos.
Ella ladeó la cabeza.
—Tentador. Pero hay un problema. Tú todavía crees que esto es por dinero.
Antes de que pudiera reaccionar, ella lanzó una bomba de humo al suelo.
Pffffft.
Una nube gris y espesa llenó la bodega en segundos. Tosí, agitando la mano, cegado.
Escuché el rugido de un motor.
La camioneta negra arrancó, atravesando la pared de lámina podrida del fondo.
—¡Mierda!
Salí corriendo de la bodega, tosiendo, justo a tiempo para ver la camioneta alejarse levantando polvo. Me subí a mi coche, un sedán deportivo que me había costado medio año de sobornos, y arranqué quemando llanta.
La persecución comenzó.
Manejar en esta ciudad es un deporte extremo, pero manejar en una persecución a alta velocidad en las afueras es un suicidio.
La camioneta iba volada, esquivando baches y perros, saltándose altos. Yo iba pegado a su defensa, con la adrenalina inyectándome cafeína directa al corazón.
—¡No te vas a escapar, maldita sea! —grité, golpeando el volante.
Entramos a una avenida principal, esquivando tráileres y microbuses. Yo era mejor conductor. Lo sabía. Había tomado cursos de manejo evasivo (cortesía de Mungo). Poco a poco fui cerrando la distancia.
Vi que la camioneta giraba bruscamente hacia un puente vehicular en construcción. Era una trampa o un error. El puente no estaba terminado.
Aceleré. Me puse a su lado.
Miré hacia la cabina de la camioneta.
La mujer de rojo iba manejando. Me miró a través del cristal. Y me saludó con la mano. Un saludo militar sarcástico.
Entonces, dio un volantazo.
No hacia el camino, sino hacia mí.
La camioneta, blindada y pesada, golpeó el costado de mi coche con la fuerza de un tren.
Perdí el control.
Mi volante giró loco. El mundo se convirtió en un caleidoscopio de asfalto, cielo y metal.
Mi coche chocó contra la barrera de contención de concreto. La rompió.
Y volé.
Fueron solo dos segundos en el aire, pero se sintieron como una hora. Vi el cielo gris. Pensé en mis padres. Pensé en el dinero en mi cuenta que no iba a poder gastar. Pensé: “Qué forma tan pendeja de morir”.
El impacto fue brutal. El coche aterrizó boca abajo. El techo se aplastó. Los cristales estallaron en una lluvia de diamantes asesinos. El cinturón de seguridad me cortó la respiración, quebrándome un par de costillas.
Todo se volvió negro por un momento.
Desperté con el sabor a cobre en la boca. Sangre.
Estaba colgando de cabeza. El olor a gasolina era intenso.
—Ayuda… —intenté decir, pero solo salió un gemido.
Escuché pasos. Botas crujiendo sobre los vidrios rotos.
Alguien se agachó junto a mi ventana destrozada.
Vi unas botas tácticas negras. Unas piernas enfundadas en cuero.
Levanté la vista con esfuerzo, sintiendo un dolor agudo en el cuello.
Ahí estaba ella. La mujer de rojo.
Pero ya no tenía la peluca. Ni los lentes.
Cha Woo-in. Yuri.
Estaba ahí parada, con su cabello corto y negro, mirándome con una expresión indescifrable. No había burla. No había odio. Había… ¿pena?
—Te dije que tuvieras cuidado, Fiscal Do —dijo. Su voz era normal ahora, suave pero firme.
—Tú… —tosi sangre—. Tú… me jodiste…
—Te salvé —corrigió ella. Se agachó más—. Ibas directo al precipicio. Ese puente no tiene salida. Te golpeé para frenarte. De nada.
Sacó una navaja. Pensé que me iba a degollar ahí mismo. Cerré los ojos, esperando el final.
Pero sentí que cortaba el cinturón de seguridad.
Caí sobre el techo del auto con un golpe seco. Dolor. Mucho dolor.
Ella me agarró de la chamarra y me arrastró fuera de los restos del coche, justo antes de que el motor empezara a echar humo negro. Me dejó recargado contra una columna de concreto.
Estaba indefenso. Roto. A su merced.
—¿Por qué? —pregunté, jadeando—. ¿Por qué no me matas? Soy de ellos. Soy el perro de Mungo.
Yuri se puso en cuclillas frente a mí. Me limpió un hilo de sangre de la frente con su pulgar, un gesto extrañamente íntimo.
—Porque tú no eres de ellos, Bae-man. Tú eres como yo.
—No digas mamadas —escupí—. Yo no soy una psicópata disfrazada de Batman.
—No —dijo ella, sacando algo de su bolsillo. Era la foto vieja. La del accidente de mis padres—. Tú eres una víctima. Igual que yo.
Me puso la foto en el pecho.
—Mírala bien. Ese accidente no fue un accidente.
—Ya cállate…
—Tu padre, Do Sung-jo, era investigador militar. Estaba investigando al Cártel Patriótico. Una sociedad secreta dentro del ejército. —Yuri hablaba rápido, urgente—. Descubrió que estaban vendiendo armas defectuosas, robando presupuesto, matando gente. Iba a denunciarlos.
Mi cabeza daba vueltas. El dolor de las costillas competía con el dolor de sus palabras.
—¿Y qué?
—El Cártel Patriótico lo mandó matar. —Yuri señaló la foto—. Cortaron los frenos. Provocaron el choque.
—Eso es mentira…
—¿Quién firmó el reporte del accidente, Bae-man? —preguntó ella, clavándome la mirada—. ¿Quién cerró el caso como “falla mecánica”?
Traté de recordar. Había leído ese expediente mil veces de niño. La firma al final de la hoja… la firma garabateada…
“Capitán No Hwa-young”.
La Generala.
—No… —susurré. El aire se me escapó de los pulmones.
—Ella lo firmó. Ella lo encubrió. Y ¿quién era el abogado que defendió al ejército contra la demanda de tu tía? —continuó Yuri, implacable.
“Licenciado Yong Moon-gu”.
Mungo.
Todo encajaba. Todo este tiempo. Todo este maldito tiempo había estado trabajando para los asesinos de mis padres. Me habían adoptado, me habían “criado”, me habían convertido en su perro guardián… para tenerme controlado. Para asegurarse de que el hijo del hombre que casi los destruye, terminara sirviéndoles.
Era la broma más cruel y enferma del universo.
Empecé a reír. Una risa histérica, dolorosa, mezclada con llanto.
—Me vieron la cara… —dije entre carcajadas rotas—. Me vieron la cara de pendejo todo este tiempo.
Yuri me agarró de los hombros y me sacudió levemente.
—Basta. Ya lloraste. Ya te rompiste. Ahora, ¿qué vas a hacer?
La miré. Ya no veía a la enemiga. Veía a la única persona que me había dicho la verdad en veinte años.
—Quiero matarlos —gruñí. La rabia, esa vieja amiga, volvió a calentarme la sangre, anestesiando el dolor físico—. Quiero arrancarles la cabeza.
—No —dijo Yuri—. Matarlos es fácil. Una bala y ya. Eso es misericordia. Nosotros no queremos eso.
—¿Entonces qué?
—Queremos que pierdan todo. Su dinero. Su reputación. Su poder. Queremos verlos pudrirse en una celda, sabiendo que fueron derrotados por los hijos de sus víctimas. —Yuri se levantó y me tendió la mano—. Te ofrezco un trato nuevo, Do Bae-man. Olvida a Mungo. Sé mi perro. Pero esta vez, morderemos a los dueños.
Miré su mano. Estaba manchada de grasa y tierra.
Miré mi coche destrozado, símbolo de mi vida materialista hecha pedazos.
Miré la foto de mis padres en mi regazo.
Tomé su mano.
Me jaló hacia arriba. Grité de dolor, pero me mantuve en pie.
—Trato hecho, socia —dije—. Pero si me vuelves a chocar el coche, te cobro el deducible.
Ella sonrió. Una sonrisa real por primera vez.
—Vámonos. Tenemos que llevarte al hospital antes de que te desangres. Y mañana… mañana empieza la verdadera guerra.
Al día siguiente, el circo continuó, pero los payasos habían cambiado de bando.
Mungo logró sacar a Mazu del problema legal momentáneamente (usando mis trucos sucios), pero no pudo salvarlo de su madre. La Generala No Hwa-young ignoró la exención médica falsa que yo tramité. Rompió el papel frente a la cara de Mazu y lo mandó arrastrando los pies al centro de reclutamiento.
Fue el día más triste para Mazu y el más divertido para la prensa.
Ahí estaba él, rapado, llorando, rodeado de cámaras. La gente le gritaba “¡Cobarde!”, “¡Junior!”, “¡Ponte a trabajar!”.
Y entre la multitud, estábamos Yuri y yo.
Yo tenía un brazo en cabestrillo y parches en la cara por el accidente. Le dije a Mungo que “la de rojo se escapó y me sacó del camino”. Él se lo tragó. Creyó que yo era un mártir de la causa.
Vi a la Generala No en el estrado, saludando a la bandera con esa frialdad de reptil.
Vi a Mungo a su lado, sonriendo como el tiburón que era.
Yuri se acercó a mí disimuladamente.
—¿Estás listo, Fiscal Do?
Apreté el puño sano. Sentí el odio quemándome, pero esta vez era un odio frío, calculado. Un odio útil.
—Estoy listo —susurré—. Vamos a enseñarles a estos cabrones por qué no se debe patear al perro equivocado.
Mazu entró al cuartel, lloriqueando. Las puertas de hierro se cerraron detrás de él.
Para él, era el inicio de su pesadilla.
Para nosotros, era el inicio de la cacería.
El Doberman había roto la correa. Y tenía hambre.