
CAPÍTULO 1: EL SILENCIO QUE GRITABA ADIÓS
El aire acondicionado de la habitación 304 del Hotel “Misión” en Querétaro zumbaba con ese ruido monótono y cansado que solo tienen los aparatos viejos que han trabajado demasiadas horas extras. Alejandro estaba tumbado en la cama, con los zapatos todavía puestos, mirando las manchas de humedad en el techo de tirol planchado. Eran las ocho de la noche de un jueves y su cuerpo se sentía como si hubiera sido atropellado por un camión de carga en la carretera México-Querétaro.
Diez días. Habían sido diez días interminables de reuniones con proveedores, revisiones de inventario en bodegas polvorientas y comidas rápidas en fondas de carretera donde el sabor a grasa se te quedaba pegado en el paladar por horas. Alejandro era gerente de logística para una empresa mediana de refacciones automotrices. No era el trabajo más glamoroso del mundo, ni el que te hacía millonario de la noche a la mañana, pero era un trabajo honesto. Le permitía pagar la hipoteca del departamento en la colonia Narvarte, mantener el Versa 2018 al que cuidaba como a un hijo, y darle a Olga una vida cómoda. O al menos, eso pensaba él.
Sacó el celular del bolsillo del pantalón. La pantalla brilló iluminando su rostro cansado, marcando las arrugas prematuras alrededor de sus ojos. Tenía treinta y cuatro años, pero a veces se sentía de cincuenta.
—Ya casi, mi amor —murmuró para sí mismo, buscando el contacto de “Mi Vida ❤️” en WhatsApp.
Dudó un segundo antes de marcar. Últimamente, hablar con Olga le dejaba una sensación extraña en el estómago, como cuando tomas leche que está a punto de echarse a perder. No era un sabor agrio del todo, pero tampoco era fresco. Era una incomodidad sutil. Ella contestaba con monosílabos, siempre parecía tener prisa, o estar cansada, o tener dolor de cabeza.
“Es el estrés”, se justificaba Alejandro. “Ella también trabaja mucho. La rutina nos está matando a los dos. Pero llegando este fin de semana la voy a llevar a comer a Coyoacán, vamos por unos churros, caminamos un rato… necesitamos reconectar”.
Presionó el botón de llamada.
Uno, dos, tres tonos.
Normalmente, Olga contestaba al segundo tono. Ella vivía pegada al celular.
Cuatro, cinco tonos.
—¿Bueno?
La voz de Olga sonó al otro lado, pero no tenía esa calidez habitual. Sonaba lejana, metálica, y con un eco extraño, como si estuviera en una habitación vacía.
—¡Hola, mi amor! —dijo Alejandro, inyectando un entusiasmo que no sentía del todo para tratar de animar la conversación—. ¿Cómo estás? ¿Te interrumpo?
Hubo una pausa. Un silencio de esos que pesan toneladas.
—No, no interrumpes —dijo ella. Su voz era plana. Sin matices—. Solo estaba… terminando de recoger unas cosas. ¿Tú qué tal? ¿Ya terminaste?
—Sí, por fin. Mañana salgo temprano a carretera. Yo creo que para las siete de la noche ya estoy allá contigo. Ya quiero verte, flaca. Te extraño un buen. Estos días se me hicieron eternos.
Alejandro esperaba un “Yo también te extraño, bebé” o un “Qué bueno que ya vienes”. Era lo normal, ¿no? Eran marido y mujer. Llevaban cinco años casados.
—Ah, qué bueno —respondió Olga. Seca. Fría. Como quien recibe un reporte del clima—. Está bien, Alejandro. Aquí te espero.
Alejandro frunció el ceño. ¿Alejandro? Ella nunca lo llamaba por su nombre completo a menos que estuviera muy enojada. Siempre era “Alex”, “Amor”, “Gordo”.
—Oye, ¿está todo bien? —preguntó él, sentándose en la orilla de la cama, la preocupación empezando a filtrarse en su pecho—. Te oigo rara. ¿Pasó algo en la chamba? ¿Tu mamá está bien?
Escuchó un suspiro al otro lado de la línea. Un suspiro largo, tembloroso, que podría haber sido de cansancio o de nervios.
—No, no pasa nada —se apresuró a decir ella, y por un segundo, su voz se quebró ligeramente—. Todo está bien. Es solo que… estoy cansada. Ha sido una semana pesada en la oficina. Ya sabes cómo se pone el jefe a fin de mes.
—Ya sé, mi vida. Pero no te preocupes, ya mañana es viernes. Llego, pedimos unas pizzas, nos echamos una serie y te doy un masaje. ¿Va?
—Sí… va. Suena bien.
—Bueno, te dejo descansar entonces. Te amo, Olga. Nos vemos mañana.
—Sí. Hasta mañana. Bye.
La llamada se cortó abruptamente. No hubo un “te amo” de vuelta.
Alejandro se quedó mirando el teléfono negro. La pantalla se apagó, reflejando su propio rostro desconcertado. Se tiró de espaldas en la cama otra vez, mirando el techo.
“Estás paranoico, Alex”, se dijo en voz alta. “La mujer está cansada. Tú estás cansado. No busques problemas donde no los hay. Mañana llegas, le llevas unas flores, y todo se arregla”.
Se levantó, se quitó la camisa que olía a sudor y carretera, y se metió a bañar. Mientras el agua caliente corría por su cuerpo, intentaba recordar cuándo fue la última vez que tuvieron intimidad real. No solo sexo, sino esa conexión de mirarse a los ojos y reírse de nada. Habían pasado meses. Quizás años. La vida se había convertido en una sucesión de pagos, tráfico, trabajo, y dormir. Se habían convertido en roomies que compartían la cama.
Pero él la amaba. La amaba con esa lealtad ciega de los hombres que no saben rendirse. Olga era su mundo. Habían empezado desde abajo, rentando un cuartito en la Doctores, comiendo atún y arroz para ahorrar. Juntos habían logrado comprar el departamento, amueblarlo poco a poco. Cada mueble tenía una historia. El sofá gris de Liverpool que pagaron a 18 meses sin intereses. La mesa de centro que encontraron en una venta de garaje y restauraron juntos un domingo lluvioso.
“No voy a dejar que la rutina nos gane”, pensó Alejandro, cerrando la llave del agua. “Mañana empieza una nueva etapa”.
Lo que Alejandro no sabía, mientras se secaba con la toalla áspera del hotel, era que la etapa que estaba por comenzar no era la que él imaginaba. No sería una etapa de renovación, sino de destrucción total.
A doscientos kilómetros de distancia, en la Ciudad de México, la lluvia golpeaba los cristales del departamento 402 en la calle de Anaxágoras.
Olga colgó el teléfono y lo dejó sobre la isla de granito de la cocina. Sus manos temblaban. No de frío, sino de pura adrenalina.
Miró a su alrededor. El departamento estaba irreconocible.
Donde antes había fotos de su boda, ahora solo quedaban los clavos en la pared, como pequeñas heridas abiertas en la pintura color crema. Donde antes estaban los libros de Alejandro —sus novelas de ciencia ficción, sus manuales de ingeniería—, ahora había huecos vacíos en el librero.
Pero no eran las cosas de Alejandro las que faltaban. Eran las de ella.
Tres maletas grandes, de esas rígidas y caras que se había comprado hace poco con el dinero que Víctor le daba “para sus gastos”, estaban alineadas junto a la puerta de entrada, como soldados esperando la orden de marchar. Junto a ellas, varias cajas de cartón selladas con cinta canela.
Olga se abrazó a sí misma. Llevaba puesto un abrigo trench color beige, unos zapatos de tacón alto que nunca usaba para estar en casa, y un maquillaje impecable. Parecía una mujer lista para un viaje de negocios, o para una huida de película.
—Ya no hay vuelta atrás —susurró. Su voz resonó en la sala semivacía.
Se acercó a la ventana y miró hacia la calle mojada. Las luces de los coches se reflejaban en el asfalto como ríos de sangre y oro. Estaba esperando el mensaje.
Bzzzt. Bzzzt.
El teléfono vibró sobre la mesa. Olga se abalanzó sobre él.
Víctor (Mi Amor): El chofer está a 5 minutos. Baja ya. No quiero que te mojes.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Olga. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Era una sonrisa de triunfo, pero también de miedo.
Víctor.
Solo pensar en su nombre le provocaba una descarga eléctrica en la columna vertebral. Víctor era todo lo que Alejandro no era. Víctor era poder. Víctor era peligro. Víctor era dinero.
Lo había conocido hacía seis meses en una convención de ventas en Santa Fe. Ella estaba en el stand de su empresa, aburrida, repartiendo folletos que nadie leía. Entonces apareció él. Caminaba con la seguridad de un depredador en la selva. Traje a la medida, reloj que costaba más que el coche de Alejandro, y una mirada que la desnudó en dos segundos.
—Tú no perteneces a este lugar —le había dicho él, sin preámbulos, mientras tomaba un folleto.
—¿Disculpe? —había respondido ella, nerviosa.
—Eres demasiado hermosa para estar aquí parada sonriéndole a mediocres. Deberías estar comiendo langosta en Cancún.
Fue una frase trillada, cursi, de patán de telenovela. Pero funcionó. Porque Olga, en el fondo, siempre había sentido que merecía más. Siempre había sentido que la vida le debía algo. Que su belleza se estaba desperdiciando en el tráfico del Viaducto y en las cuentas de fin de mes.
Alejandro era bueno. Era noble. Era el hombre que cualquier madre querría para su hija. Pero era aburrido. Predecible. Seguro. Y Olga estaba harta de la seguridad. Quería fuego.
Y Víctor era un incendio forestal.
Empezaron a salir a escondidas. Al principio eran solo comidas. Luego cenas. Luego escapadas de fin de semana cuando Alejandro estaba de viaje. Víctor la llevó a lugares que ella solo veía en Instagram. Restaurantes donde no ponían los precios en el menú. Hoteles boutique en San Miguel de Allende. Tiendas exclusivas en Masaryk donde las dependientas le servían champaña mientras se probaba vestidos.
—Deja a ese perdedor —le decía Víctor al oído, mientras estaban en la cama de su suite en el St. Regis—. Vente conmigo. Te voy a poner un departamento en Polanco. O mejor, vente a mi casa en Las Lomas. Vas a ser la reina. No vas a tener que trabajar nunca más. Solo tienes que ser mía.
Durante meses, Olga dudó. Dejar a Alejandro significaba romper una promesa. Significaba ser “la mala” de la historia. Significaba lastimar a un hombre que nunca le había hecho daño.
Pero la tentación fue más fuerte que la conciencia. La vida de lujos que Víctor le pintaba era demasiado brillante para ignorarla. Y Alejandro… Alejandro con su cansancio, con su olor a taller mecánico a veces, con sus planes pequeños de “ahorrar para cambiar el coche”, empezó a parecerle gris, pequeño, insignificante.
—Perdóname, Alex —dijo Olga, volviendo al presente.
Caminó hacia la mesa del comedor. Allí, sobre el mantel individual de plástico que solían usar para cenar, había dejado un sobre blanco.
No tuvo el valor de decírselo a la cara. No pudo. Sabía que si veía los ojos de perro apaleado de Alejandro, tal vez se arrepentiría. Tal vez la culpa la haría quedarse. Así que eligió la salida fácil. La salida cobarde.
Dentro del sobre había una hoja de cuaderno arrancada. Había escrito la carta tres veces hasta que quedó “bien”.
“Alejandro:
Cuando leas esto, ya no estaré aquí. Me voy. No intentes buscarme, por favor. No hagas esto más difícil de lo que ya es.
No es culpa tuya. Eres un hombre bueno. Demasiado bueno, quizás. Pero ya no soy feliz. Siento que me ahogo en esta rutina, en esta vida pequeña que hemos construido. Necesito aire. Necesito volar.
Conocí a alguien. No quería que pasara así, pero pasó. Con él me siento viva otra vez. Me ofrece cosas que tú, con todo tu esfuerzo, nunca podrás darme. Y no hablo solo de dinero, hablo de ambición, de mundo, de futuro.
Te dejo el departamento. Quédate con todo. Solo me llevo mi ropa y mis cosas personales. No quiero nada tuyo.
Sé que me vas a odiar. Y tienes derecho. Pero prefiero que me odies por ser honesta y irme, a que me odies dentro de diez años por haberte engañado toda la vida fingiendo ser feliz a tu lado.
Adiós, Alex. Espero que encuentres a alguien que se conforme con esta vida. Yo no puedo.
Olga.”
Releyó la carta mentalmente. Era cruel. Lo sabía. “Conforme con esta vida”. Esa frase era un golpe bajo. Pero necesitaba que él la odiara. Si la odiaba, no la buscaría. Si la odiaba, ella podría ser libre sin mirar atrás.
El claxon de una camioneta sonó dos veces abajo. Era una Suburban blindada.
Olga tomó su bolso Louis Vuitton —el primero que Víctor le regaló— y echó un último vistazo al departamento. Vio la mancha de vino en la alfombra que hicieron en su aniversario hace dos años. Vio el reloj de pared que compraron en el centro. Vio los fantasmas de su matrimonio desvanecerse en el aire viciado de la sala.
—Adiós a la mediocridad —dijo con voz firme.
Apagó la luz.
Abrió la puerta, arrastró las maletas hacia el pasillo y cerró tras de sí. El sonido de la llave girando en la cerradura fue definitivo. Clac. Clac. Dos vueltas.
Mientras bajaba por las escaleras (el elevador estaba descompuesto, otra razón para odiar ese edificio), sintió una mezcla de náuseas y euforia. Iba hacia una nueva vida. Una vida de reina.
El chofer, un hombre robusto con traje oscuro, subió corriendo las escaleras para ayudarla con las maletas.
—Buenas noches, señora Olga. El señor Víctor la espera en la casa.
“Señora Olga”. Sonaba bien. Sonaba a respeto. Sonaba a estatus.
Subió a la camioneta de piel y aire acondicionado. El olor a coche nuevo y perfume caro la envolvió. Mientras el vehículo arrancaba y se alejaba bajo la lluvia, Olga no miró hacia arriba, hacia la ventana oscura del cuarto piso. Miró hacia adelante, hacia las luces de la ciudad que prometían un futuro brillante.
No sabía que el brillo que veía no era de oro, sino del fuego que pronto consumiría todo lo que ella creía seguro.
A la mañana siguiente, Alejandro manejaba de regreso a la ciudad. La carretera estaba pesada, llena de tráileres y conductores imprudentes. Puso su playlist favorita de rock en español para mantenerse despierto. Cantaba a todo pulmón una canción de Caifanes, pensando en llegar, abrazar a Olga y proponerle ir al cine.
Llegó al edificio a las 7:15 PM. Estacionó el coche en su lugar asignado. Notó algo raro: el lugar del vecino estaba vacío, lo cual era inusual a esa hora, pero no le dio importancia.
Subió las escaleras de dos en dos, con la energía renovada de quien llega a su refugio. Llevaba una bolsa de pan dulce de una panadería famosa de Querétaro que a Olga le encantaba.
—¡Ya llegué! —gritó al abrir la puerta, esperando el olor a suavizante o a cena.
Silencio.
Un silencio denso. Pesado.
—¿Olga?
Entró. La luz del pasillo estaba apagada. Encendió el interruptor.
Lo primero que notó fue el eco. Sus pasos sonaban demasiado fuerte. Miró hacia la sala. El librero estaba medio vacío. Faltaban los adornos de cerámica que a ella le gustaban.
El corazón le dio un vuelco. Un golpe seco en el pecho.
—¿Olga? —su voz salió más aguda, teñida de pánico.
Corrió a la recámara. Abrió el clóset de golpe.
Vacío.
Su lado del armario estaba intacto, con sus camisas de cuadros y sus trajes de trabajo. Pero el lado de ella… solo ganchos vacíos colgando como esqueletos de alambre. No había zapatos. No había vestidos. No había nada.
—No, no, no… —balbuceó Alejandro, retrocediendo.
Fue a la cocina. Y ahí la vio. La carta sobre la mesa.
Se acercó lentamente, como si el papel fuera una bomba a punto de estallar. Sus manos, callosas por el trabajo, temblaban incontrolablemente al tomar el sobre.
Leyó.
Y mientras leía, el mundo se detuvo. El ruido de la calle desapareció. El cansancio desapareció. Solo quedó un dolor agudo, penetrante, que empezó en el estómago y subió hasta la garganta, ahogándolo.
“Con alguien más”. “Vida pequeña”. “Mediocridad”.
Cada palabra era una puñalada.
Alejandro cayó de rodillas en el suelo frío de la cocina. Apretó la carta contra su pecho y soltó un grito. No fue un llanto. Fue un aullido. Un sonido animal, desgarrador, de un hombre que acaba de perderlo todo sin previo aviso.
Golpeó el suelo con el puño, una y otra vez, hasta que sintió dolor en los nudillos.
—¿Por qué? —gritó al techo vacío—. ¡¿Por qué, Olga?! ¡Yo te di todo! ¡Te di mi vida entera!
Se quedó ahí, tirado en el suelo, llorando como un niño, mientras la noche caía sobre la ciudad y sobre las ruinas de lo que él llamaba hogar. En ese momento, Alejandro deseó morir. No sabía que ese dolor, ese infierno que estaba sintiendo, era solo el combustible que lo transformaría en un hombre nuevo. Pero para eso, todavía faltaba mucho tiempo. Por ahora, solo existía el vacío.
Y en algún lugar de Las Lomas, Olga brindaba con una copa de cristal, sin saber que acababa de cometer el error más grande de su vida.
CAPÍTULO 2: EL BRILLO DEL ORO Y LA OSCURIDAD DEL VACÍO
Alejandro despertó con un sabor a cobre en la boca y un dolor punzante detrás de los ojos. Por un momento, esos benditos dos o tres segundos de inconsciencia al abrir los párpados, su cerebro le regaló la ilusión de la normalidad. Pensó que era viernes, que tenía que ir a la oficina, y que Olga estaría en la cocina preparando café, quejándose de que se les había acabado la leche light.
Estiró la mano hacia el lado derecho de la cama.
Sábanas frías. Lisas. Intactas.
La realidad le cayó encima como un balde de agua helada en pleno invierno. No estaba en su cama. Estaba hecho un ovillo en el suelo de la cocina, con la espalda entumecida por la dureza de las losetas y la mejilla pegada al tapete que decía “Welcome”. La carta, arrugada y manchada por una lágrima seca, seguía ahí, a centímetros de su nariz, como la prueba forense de un crimen pasional.
Se sentó con dificultad, sintiendo cómo le crujían las articulaciones. El reloj del microondas marcaba las 6:15 AM. La luz grisácea del amanecer de la Ciudad de México se filtraba por la ventana, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Ese polvo que antes Olga limpiaba religiosamente los sábados por la mañana con música de Luis Miguel a todo volumen.
—Se fue —dijo en voz alta. Su voz sonó rasposa, ajena, como si perteneciera a un viejo enfermo.
Se levantó apoyándose en la mesa. Las piernas le temblaban. Caminó hacia el fregadero y se echó agua en la cara. Al mirarse en el pequeño espejo que tenían colgado sobre el área de lavado de trastes, vio a un desconocido. Ojos hinchados, rojos, barba de dos días, la piel pálida. Parecía un espectro.
Su celular, que había dejado sobre la barra, empezó a vibrar. Era la alarma. “Despertar a la flaca”. Así la tenía guardada.
Alejandro sintió una náusea violenta. Tomó el teléfono y lo lanzó con fuerza contra el sofá de la sala. El aparato rebotó en los cojines y cayó al suelo, ileso pero silencioso.
No iba a ir a trabajar. No podía. ¿Cómo carajos te sientas a revisar hojas de cálculo de inventarios y a discutir con proveedores sobre tiempos de entrega cuando sientes que te han arrancado el corazón del pecho con unas pinzas oxidadas?
Caminó por el departamento como un alma en pena. Cada rincón era una mina terrestre de recuerdos. El sillón donde veían series los domingos de cruda. La taza de ella, que seguía en el escurridor, con ese borde de lápiz labial rojo que a veces no se quitaba bien al lavar. La planta en la esquina que ella había bautizado como “Paco” y que ahora parecía mirarlo con lástima.
Entró al baño. El cepillo de dientes de ella ya no estaba. Sus cremas, sus perfumes, su secadora… todo había desaparecido. Solo quedaba el hueco en el estante y una botella de shampoo a medio terminar que olía a vainilla. Alejandro destapó la botella y la olió. El aroma lo golpeó tan fuerte que tuvo que sentarse en la tapa del inodoro para no caerse. Era el olor de ella. El olor de su esposa. El olor de la traición.
—¿Cómo pudiste? —susurró, enterrando la cara en sus manos—. ¿En qué momento dejé de ser suficiente?
La pregunta rebotaba en su cráneo. Repasó los últimos meses como quien rebobina una película buscando el error de continuidad. Sí, habían caído en la rutina. Sí, ya no salían tanto. Sí, a veces él llegaba demasiado cansado para platicar. Pero, ¿eso justificaba esto? ¿Justificaba huir como una ladrona en la noche?
El timbre del interfón sonó, haciéndolo saltar.
Alejandro se quedó inmóvil. ¿Sería ella? ¿Se habría arrepentido? El corazón le latió con una esperanza estúpida, irracional. Corrió hacia el aparato y descolgó.
—¿Sí?
—Joven Alejandro, buenos días —era la voz de Don Pepe, el portero—. Oiga, disculpe la hora, pero es que anoche vi que la señora Olga salió con muchas maletas y unas cajas, y ahorita llegó un paquete de Amazon para ella. ¿Se lo subo o lo dejo aquí?
La esperanza murió tan rápido como nació, dejando un sabor amargo.
—Déjelo ahí, Don Pepe. Gracias —colgó.
No, no iba a volver. Ella estaba recibiendo paquetes en su nueva vida, y ese, probablemente, era el último rastro que quedaba de su existencia en este edificio.
Mientras Alejandro se ahogaba en el silencio de la Narvarte, Olga despertaba entre sábanas de seda egipcia de 800 hilos en una mansión en Bosques de las Lomas.
Abrió los ojos y lo primero que vio no fue una mancha de humedad, sino un techo alto con molduras elegantes y un candelabro moderno que parecía una escultura de vidrio flotante. La habitación era inmensa, más grande que todo su antiguo departamento. Un ventanal de piso a techo, controlado por control remoto, dejaba ver un jardín perfectamente cuidado y, más allá, la bruma matutina cubriendo la barranca.
Se estiró como un gato satisfecho. El colchón era tan suave que parecía abrazarla.
Giró la cabeza. El lado de Víctor estaba vacío.
Olga se incorporó un poco. Sobre la mesita de noche de mármol negro había una nota escrita en papel membretado grueso y una tarjeta de crédito negra, pesada, de metal. La American Express Centurion.
“Princesa:
Tuve que salir urgente a una reunión con unos inversionistas japoneses. Regreso en la noche. El chofer está a tu disposición. Vete a Masaryk y cómprate ropa decente, tira esas garriñas que trajiste. Hoy hay una cena importante y quiero que deslumbres.
Te adoro.
V.”
Olga tomó la tarjeta. Sentía el frío del metal en sus dedos. “Cómprate ropa decente”. La frase tenía un aguijón, una pequeña crítica a su vestuario actual, pero la presencia de la tarjeta ilimitada suavizaba el golpe. Era un insulto bañado en oro.
Se levantó y caminó descalza sobre la alfombra persa. Entró al baño principal. Era un spa privado. Jacuzzi, regadera de lluvia, dos lavabos, y espejos con luces LED perfectas para maquillarse.
Se miró al espejo. Se veía diferente. Sus ojos brillaban más. La tensión de las deudas, de contar los pesos para llegar a la quincena, había desaparecido de su rostro.
—Te lo mereces, Olga —se dijo a su reflejo, ensayando esa nueva actitud de señora de sociedad—. Naciste para esto.
Bajó a la cocina. Una empleada doméstica, una mujer de unos cincuenta años con uniforme impecable, estaba cortando fruta.
—Buenos días, señora —dijo la mujer sin levantar mucho la vista—. El señor Víctor dejó dicho que le preparara el desayuno. ¿Quiere huevos, chilaquiles, o solo fruta y yogurt?
“Señora”. Otra vez esa palabra mágica.
—Fruta y un café americano, por favor. Y… ¿cómo te llamas?
—Mari, señora.
—Gracias, Mari. Sírvemelo en la terraza.
Olga salió a la terraza. El aire era fresco y olía a pinos y a dinero. Se sentó en un mueble de jardín que probablemente costaba más que el coche de Alejandro. Mientras tomaba su café, sacó su celular.
Tenía 14 llamadas perdidas de Alejandro. 5 mensajes de voz.
Sintió un pinchazo en el estómago. Culpa. Piedad. Molestia.
—Ay, Alex… no seas intenso —murmuró.
Abrió WhatsApp. Vio que él estaba “En línea”. Seguro estaba viendo su foto de perfil, esperando una respuesta.
Con el dedo temblando ligeramente, pero con una determinación fría, Olga hizo lo impensable. Entró a la configuración de privacidad. Bloqueó a Alejandro. Luego, entró a su galería de fotos.
Ahí estaban. Cinco años de recuerdos digitales. La selfie en Teotihuacán donde salían quemados por el sol y riendo. La foto de la cena de Navidad con su suegra. El video de Alejandro bailando borracho en la boda de su prima.
—Borrón y cuenta nueva —dijo.
Seleccionó todo. Eliminar. Eliminar de la papelera.
En un segundo, Alejandro desapareció de su teléfono. Era como si nunca hubiera existido. Ahora solo había espacio para fotos en yates, en restaurantes de lujo, y selfies en espejos de baños caros.
Bebió un sorbo de café. Sabía delicioso, pero tenía un retrogusto amargo al final. Ignoró la sensación. Hoy iría de compras. Hoy sería la mujer que siempre soñó ser. Alejandro era pasado. Víctor era el futuro.
A las once de la mañana, Alejandro seguía sentado en el sofá, con la mirada perdida en la televisión apagada. No había comido nada. Solo había tomado tres tazas de café negro que le habían dejado el estómago hecho un nudo.
El timbre sonó de nuevo.
—Si es el portero con el paquete, juro que lo tiro a la basura —pensó, levantándose con pesadez.
Abrió la puerta sin preguntar.
No era el portero.
Era Larisa. La “mejor amiga” de Olga. Una mujer bajita, de cabello teñido de rubio cenizo y una actitud siempre nerviosa. Larisa y su esposo, Anatolio, eran la pareja con la que más convivían.
Larisa lo miró con ojos de venado lampareado. Traía una bolsa de pan dulce (ironías de la vida) y una expresión de culpabilidad que se notaba a kilómetros.
—Hola, Alex… —dijo ella, con voz suave—. ¿Puedo pasar?
Alejandro se hizo a un lado, sin decir palabra.
Larisa entró, esquivando las cajas imaginarias de los recuerdos. Vio el departamento en penumbras, vio el aspecto desaliñado de Alejandro, y suspiró.
—Me llamó —dijo Larisa, soltando la bomba antes de sentarse—. Me llamó anoche. Me dijo que te viniera a ver. Que… que no quería que estuvieras solo.
Alejandro soltó una risa seca, sin humor. Una carcajada corta y filosa.
—Ah, mira qué considerada. Me abandona por mensaje, me deja la casa vacía, ¿y te manda de niñera? Qué gran corazón tiene tu amiga.
—Alex, no te pongas así… —Larisa puso la bolsa de pan en la mesa, junto a la carta que Alejandro aún no había guardado—. Ella… ella no quería lastimarte. De verdad. Lleva meses muy confundida.
Alejandro se giró bruscamente, la ira encendiéndose por primera vez, reemplazando la tristeza.
—¿Confundida? —gritó, y su voz retumbó en las paredes—. ¿Confundida es irse con otro cabrón mientras yo estoy rompiéndome la madre trabajando en Querétaro? ¿Confundida es planear una mudanza a mis espaldas? ¡Eso no es confusión, Larisa! ¡Eso es ser una cínica!
Larisa bajó la mirada, avergonzada.
—Tú sabías, ¿verdad? —preguntó Alejandro, bajando el tono a un susurro peligroso—. Tú sabías que ella andaba con alguien.
Larisa asintió levemente, jugando con las correas de su bolsa.
—Lo sospechaba, Alex. Me contaba cosas. De un tipo que conoció en una conferencia. Que era muy rico, que la trataba como reina. Pero yo le dije que no hiciera estupideces. Te lo juro. Le dije: “Alejandro es un buen hombre, no la riegues”. Pero ella… ella decía que se sentía asfixiada aquí. Que quería más.
—¿Asfixiada? —Alejandro miró su departamento. No era un palacio, pero era digno. Había amor. O eso creía—. ¿Le faltó algo alguna vez? ¿Le faltó comida? ¿Le faltó cariño?
—No le faltó nada de eso, Alex. Le faltó… emoción. Ya sabes cómo es Olga. Siempre ha sido soñadora. Y ese tipo, Víctor… le vendió un cuento de hadas.
—Pues ojalá sea un cuento de hadas con final feliz —escupió Alejandro—, porque aquí ya no tiene a dónde regresar.
Se dejó caer en el sillón, cubriéndose la cara. La rabia se disipó tan rápido como llegó, dejando paso otra vez al agotamiento absoluto.
—¿Sabes qué es lo peor, Larisa? —dijo con la voz quebrada—. Que anoche, cuando venía en la carretera, venía pensando en pedirle que renováramos los votos. Quería hacer una fiesta el próximo mes por nuestro aniversario. Iba a vender el coche para llevarla a Europa. Eso era la sorpresa.
Larisa se llevó la mano a la boca, los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento mucho, amigo. De verdad.
—Vete, por favor —dijo Alejandro, sin mirarla—. Dile que estoy bien. Dile que estoy festejando. Dile lo que quieras. Pero vete. Necesito estar solo.
Larisa dudó un momento, pero entendió que su presencia solo estaba echando sal en la herida. Se levantó, tocó el hombro de Alejandro tímidamente y salió del departamento, dejando la bolsa de pan como una ofrenda inútil en el altar del desamor.
Mientras Alejandro tocaba fondo en la Narvarte, Olga estaba tocando el cielo en Polanco.
Caminaba por la Avenida Masaryk como si fuera la dueña de la calle. Llevaba puestos unos lentes de sol enormes que acababa de comprar en Gucci y cargaba tres bolsas de tiendas que antes solo se atrevía a mirar desde el escaparate.
Entró a una boutique exclusiva de vestidos de noche. El aire acondicionado olía a flores blancas. Una dependienta la escaneó de arriba a abajo. Al ver las bolsas de marca y los zapatos nuevos, la sonrisa de la vendedora se encendió.
—Bienvenida, señora. ¿Busca algo para una ocasión especial?
—Sí —dijo Olga, disfrutando cada sílaba—. Mi esposo y yo tenemos una cena de gala esta noche. Necesito algo espectacular. Algo que diga “llegué para quedarme”.
—Tengo justo lo que necesita. Acaba de llegar de Milán.
Olga se pasó las siguientes dos horas probándose vestidos de telas que acariciaban la piel como susurros. Seda, terciopelo, encaje francés. Se miraba al espejo y no veía a la Olga oficinista que peleaba por el aguinaldo. Veía a una mujer sofisticada, poderosa, deseable.
Eligió un vestido rojo carmesí, entallado, con un escote en la espalda de infarto. Costaba lo que Alejandro ganaba en tres meses.
—Me lo llevo —dijo, entregando la tarjeta negra sin siquiera preguntar si había descuento.
Al salir de la tienda, el sol de la tarde le daba en la cara. Se sentía invencible. Pero entonces, sucedió algo pequeño. Un detalle insignificante.
Vio a una pareja caminando por la acera de enfrente. Eran jóvenes, vestían jeans y tenis. Estaban compartiendo un elote preparado, manchándose la cara de mayonesa y chile, riéndose a carcajadas. Él le limpió la mejilla a ella con el dedo y luego le dio un beso en la frente. Un gesto simple. Gratuito. Real.
Olga se detuvo en seco. Las bolsas pesaban en sus manos.
Por un microsegundo, sintió un hueco en el pecho. Recordó los elotes que comía con Alejandro en el parque de los Venados. Recordó esa intimidad cómoda de no tener que impresionar a nadie, de poder ser ella misma, con sus pants viejos y sin maquillaje.
Con Víctor, todo era una puesta en escena. Tenía que estar perfecta. Tenía que “deslumbrar”. No podía mancharse de mayonesa porque el vestido costaba cincuenta mil pesos.
—No seas tonta —se regañó a sí misma, sacudiendo la cabeza—. Aquello era pobreza. Esto es éxito. Nadie es feliz comiendo elotes en la banqueta para siempre.
Llamó al chofer.
—Pasa por mí. Ya terminé. Y llévame a un spa. Necesito que me arreglen el cabello.
Subió a la camioneta blindada, cerrando la puerta a la calle, al ruido y a los recuerdos de los elotes baratos. Se encerró en su burbuja de aire acondicionado y cuero, convenciéndose de que el frío que sentía era solo por la temperatura del auto, y no por el hielo que empezaba a formarse en su alma.
La noche cayó sobre la Ciudad de México.
En la mansión de Las Lomas, la cena fue un éxito rotundo, superficialmente. Víctor la presentó a sus socios como “mi hermosa compañera”. Los hombres la miraban con deseo, las mujeres con envidia y evaluación crítica. Olga sonreía, bebía champaña y asentía a conversaciones sobre yates, acciones y viajes a Dubái que apenas entendía.
Víctor estaba eufórico. Había cerrado un trato turbio con unos contratistas del gobierno y se sentía Dios. La abrazaba por la cintura, posesivo, marcando territorio.
—¿Ves, nena? —le susurró al oído, con el aliento oliendo a whisky caro—. Esto es la cima. Y tú estás aquí conmigo.
Olga sonrió, pero los zapatos nuevos le estaban matando los pies y la faja del vestido no la dejaba respirar bien. Se sentía como una muñeca Barbie en su caja: perfecta, brillante, pero incapaz de moverse libremente.
Mientras tanto, en la Narvarte, Alejandro había pasado de la tristeza a la fase destructiva del duelo.
Se había acabado media botella de tequila que tenía guardada para ocasiones especiales. Estaba sentado en el suelo de la sala, rodeado de fotos impresas que había sacado de una caja de zapatos.
Ahí estaban ellos en Acapulco. Ahí estaban en el cumpleaños de su sobrina. Ahí estaban el día que firmaron la escritura del departamento.
—Mentira… todo fue una pinche mentira —balbuceaba, con los ojos vidriosos.
Tomó una foto donde Olga lo miraba con adoración. O eso parecía. ¿Estaba actuando? ¿Desde cuándo?
Encendió un encendedor Bic que tenía en la bolsa. Acercó la flama a la esquina de la foto. El papel fotográfico se enroscó, burbujeó y se puso negro. El olor a químico quemado llenó la sala.
Vio cómo la cara de Olga se derretía y desaparecía en el fuego. Luego la suya. Hasta que la foto se convirtió en ceniza en el cenicero.
Quemó otra. Y otra. Y otra.
Era un ritual de purificación. O de autodestrucción. No estaba seguro.
Cuando terminó con las fotos, se sirvió otro trago. El líquido ámbar le quemó la garganta, pero el ardor era bienvenido. Le recordaba que seguía vivo.
Se levantó, tambaleándose un poco, y fue a la ventana. Miró la ciudad iluminada. En algún lugar allá afuera, entre millones de luces, estaba ella. Seguramente durmiendo en sábanas de seda, oliendo a perfume caro, abrazada a un hombre que no conocía sus mañas, ni sus miedos, ni cómo le gustaba el café.
Alejandro apoyó la frente contra el vidrio frío.
—Está bien, Olga —dijo al cristal, su aliento empañando la superficie—. Ganaste. Te fuiste. Eres libre.
Cerró los ojos y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Pero te juro por mi madre… —susurró con una intensidad que le sorprendió a él mismo— te juro que no voy a dejar que esto me mate. Me va a doler un chingo. Voy a llorar sangre si es necesario. Pero un día, me voy a levantar. Y ese día, tú vas a ser solo una cicatriz. Una pinche cicatriz vieja que ya no duele.
Se alejó de la ventana. Apagó la luz.
Esa noche, Alejandro durmió en el sofá, abrazado a un cojín, vencido por el alcohol y el dolor. Pero en el fondo de su subconsciente, la semilla de la resiliencia había sido plantada. La “Chica Nueva”, Mariana, aún no aparecía en su horizonte, y el karma de Olga aún estaba cocinándose a fuego lento, pero los engranes del destino ya habían empezado a girar.
Y la caída de Olga, aunque ella no lo veía venir desde su torre de marfil, estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.
CAPÍTULO 3: LA SOLEDAD TIENE PISO DE MÁRMOL
Habían pasado tres meses. Noventa días desde que Olga cruzó la puerta de su vida anterior y la cerró con llave. En el calendario, tres meses no parecen mucho tiempo, pero en la vida de una persona, pueden ser suficientes para reescribir la realidad por completo.
Para Olga, el tiempo había adquirido una textura extraña, viscosa. En su vida con Alejandro, el tiempo se medía en quincenas, en fechas límite de pago de la tarjeta, en los días que faltaban para el viernes. Era un tiempo lineal, apresurado, lleno de pequeñas urgencias domésticas.
Ahora, el tiempo era un océano plano y sin olas.
Se despertó a las 10:30 de la mañana. No había despertador. No había prisa. Víctor se había ido hacía horas; ni siquiera sintió cuando se levantó de la cama. Eso se había vuelto la norma: Víctor era un fantasma que dejaba olor a loción cara y manchas de café en la taza que Mari recogía antes de que Olga abriera los ojos.
Olga se sentó en la cama King Size, rodeada de cojines de plumas de ganso. Miró hacia el ventanal. Estaba nublado en la Ciudad de México, esa bruma gris y pesada que cubre las Lomas de Chapultepec y hace que incluso las mansiones más caras parezcan mausoleos.
—Buenos días, Alexa —dijo con voz pastosa—. Pon música de spa.
El asistente virtual obedeció y una melodía de flautas y agua corriendo llenó la habitación.
Olga se levantó y fue al vestidor. Era del tamaño de una recámara promedio de interés social. Las filas de ropa de marca colgaban perfectamente organizadas por color: Gucci, Prada, Chanel. Zapatos que costaban más de lo que su papá ganaba en un año. Bolsas que eran inversiones.
Pasó la mano por las telas. Seda fría. Cachemir suave. Cuero italiano.
—¿Qué me pongo hoy? —se preguntó en voz alta.
Y entonces, la pregunta que siempre la golpeaba después: ¿Para qué?
No tenía a dónde ir. No trabajaba. Víctor le había dicho que “una mujer de su nivel” no necesitaba mancharse las manos en una oficina con “godínez”. Sus amigas del trabajo anterior ya no le hablaban; las había cortado o ellas la habían juzgado en silencio. Larisa era el único hilo que le quedaba, y ese hilo estaba cada vez más tenso.
Eligió un conjunto deportivo de Lululemon, aunque no pensaba hacer ejercicio. Bajó a la cocina.
La casa estaba en silencio, salvo por el zumbido del refrigerador industrial y el sonido de un cuchillo golpeando una tabla de picar.
—Buenos días, señora Olga —dijo Mari, la empleada doméstica, sin dejar de picar cebolla.
—Buenos días, Mari. ¿El señor desayunó aquí?
Mari se detuvo un segundo, dudando.
—No, señora. Salió muy temprano. Dijo que tenía un desayuno en el Club de Industriales. Y que no lo espere para comer, que tiene una comida con unos políticos.
—Ah. Okey.
Olga sintió ese pinchazo familiar en el estómago. Al principio, Víctor la llevaba a esas comidas. La exhibía como un trofeo nuevo y brillante. “Miren lo que me conseguí”, decían sus ojos cuando la presentaba a sus socios. Pero una vez que la novedad pasó, una vez que el trofeo estuvo asegurado en la vitrina, Víctor perdió el interés en cargar con ella.
—¿Quiere que le prepare algo? —preguntó Mari.
—Solo un jugo verde, Mari. Estoy a dieta.
Se sentó en la inmensa mesa de comedor para doce personas. Ella sola en una cabecera. Sacó su celular. Instagram. TikTok. Facebook. Scroll. Scroll. Scroll.
Vio una foto de Larisa. Estaba en una taquería en la Narvarte, con su esposo Anatolio y… Alejandro.
El corazón de Olga se detuvo un instante. Hizo zoom en la foto.
Alejandro se veía más delgado. Tenía ojeras. Llevaba una camisa polo azul que ella le había regalado hacía dos años. No estaba sonriendo, pero tampoco estaba llorando. Estaba ahí, sosteniendo un taco al pastor, mirando a la cámara con una expresión de resignación cansada.
El pie de foto decía: “Aquí tratando de animar al compadre. ¡Ánimo Alex! Los buenos somos más”.
Olga sintió una punzada de celos. No celos románticos, sino celos de pertenencia. Ellos estaban ahí, en el mundo real, comiendo tacos grasosos, riéndose (o intentándolo), acompañándose. Ella estaba en una mansión de cinco millones de dólares, bebiendo jugo verde que sabía a pasto, hablando con la servidumbre.
—Patético —murmuró, y no supo si se refería a Alejandro o a ella misma.
Bloqueó el teléfono. El silencio de la casa se le vino encima como una losa de concreto.
Mientras tanto, en la oficina de Alejandro, el ambiente era todo menos silencioso.
El teléfono de su escritorio no paraba de sonar. Correos entrantes. Gritos en el pasillo de logística.
—¡Alejandro! —gritó su jefe, entrando a su cubículo sin tocar—. Necesito el reporte de mermas de la planta de Toluca para ayer. ¿Qué te pasa, cabrón? Llevas dos semanas en la luna.
Alejandro levantó la vista del monitor. Sus ojos estaban rojos por la falta de sueño y el exceso de cafeína.
—Ya te lo envié, ingeniero. Hace diez minutos. Revise su bandeja de entrada.
El jefe se detuvo, sacó su celular, verificó y resopló.
—Ah. Bueno. Pero más te vale que esté bien. Te veo muy distraído, Alejandro. Y no estamos para errores. Sé que tienes pedos personales, pero aquí se viene a chambear. Si no puedes, dime y buscamos a alguien que sí quiera la silla.
El jefe salió, dejando una estela de estrés barato.
Alejandro apretó los puños bajo el escritorio hasta que los nudillos se le pusieron blancos. “Pedos personales”. Así resumía la gente el hecho de que su vida se había ido al caño.
Su compañero de cubículo, un chico joven llamado Beto, se asomó por la mampara divisoria.
—No le hagas caso, Alex. El ruco anda de malas porque se peleó con su esposa. Oye, ¿vas a bajar a comer? Vamos por unas tortas a la esquina, yo invito la coca.
Alejandro suspiró. Lo más fácil sería decir que no. Quedarse ahí, comiendo galletas saladas de la máquina expendedora, rumiando su desgracia. Eso había hecho las últimas semanas. Aislarse.
Pero recordó la noche anterior. Anatolio casi lo obliga a salir a los tacos. “Si te quedas encerrado, te mueres, güey”, le había dicho. Y tenía razón. La soledad de su departamento se estaba volviendo peligrosa. Empezaba a hablar solo. Empezaba a ver la sombra de Olga en el pasillo.
—Va, Beto. Vamos por las tortas. Pero yo pago, no soy limosnero.
Salieron a la calle. El sol de mediodía en la zona industrial de Vallejo pegaba duro. El ruido de los camiones, el olor a smog y a garnachas, el caos de la ciudad. Por primera vez en meses, Alejandro respiró hondo y sintió que el aire, aunque sucio, era real.
—Oye, Alex… —dijo Beto mientras caminaban, con la boca llena de torta de milanesa—. No te quiero incomodar, pero… mi prima se divorció el año pasado. Estaba igual que tú, hecha mierda. Y se metió a un gimnasio de box. Dice que golpear cosas ayuda un chingo. Hay uno aquí a dos cuadras, barato. Deberíamos ir saliendo de la chamba.
Alejandro masticó lentamente. El sabor del aguacate y el quesillo le recordaba que seguía teniendo cuerpo, que seguía teniendo hambre.
—¿Box? —preguntó.
—Simón. Box. Para sacar el estrés. Para que cuando veas al jefe no le quieras romper la madre ahí mismo.
Alejandro miró sus manos. Manos que antes acariciaban a Olga, que arreglaban cosas en la casa. Ahora eran manos vacías. Quizás Beto tenía razón. Quizás necesitaba usarlas para algo más que para sostener la cabeza cuando lloraba.
—Lo voy a pensar, Beto. Lo voy a pensar.
Era una mentira a medias, pero era el primer paso. Un “tal vez” es infinitamente mejor que un “nunca”.
Esa noche, en Las Lomas, el ambiente estaba tenso.
Víctor llegó a las 9:00 PM. No llegó solo. Traía a dos hombres con él, tipos con trajes caros pero miradas turbias, de esos que no te sostienen la mirada.
Olga estaba en la sala, viendo una serie en Netflix, vestida con un camisón de seda color perla. Se levantó al oír la puerta, esperando, quizás, un beso, una disculpa por la ausencia, un poco de atención.
—Hola, amor —dijo ella, acercándose.
Víctor la miró como si fuera un mueble que estorba en el pasillo.
—Olga, vete arriba. Tengo una reunión.
Ella se detuvo en seco.
—¿Ahorita? Son las nueve de la noche, Víctor. Pensé que podríamos cenar…
—¿Estás sorda? —la interrumpió él, con una voz que no era un grito, pero que cortaba más profundo—. Dije que tengo una reunión. Negocios. Cosas que tú no entiendes. Sube, enciérrate en el cuarto y no salgas hasta que yo te diga. Y dile a Mari que nos traiga whisky y hielo. Rápido.
Los dos hombres miraron a Olga. Uno de ellos le barrió el cuerpo con la mirada y soltó una risita asquerosa. Víctor ni se inmutó.
Olga sintió que la cara le ardía. Vergüenza. Humillación. En su casa con Alejandro, ella era la reina. Alejandro jamás le hubiera hablado así, y mucho menos delante de extraños. Alejandro le consultaba hasta qué color pintar la pared. Víctor le daba órdenes como si fuera una empleada más, pero con derecho a roce.
—No me hables así —dijo ella, intentando recuperar un poco de dignidad. Su voz tembló.
Víctor se acercó a ella. Invadió su espacio personal. Olía a tabaco y a perfume de mujer. No el de ella. Un perfume dulce, barato, vulgar.
—Te hablo como se me da la gana, porque para eso pago todo lo que traes puesto —le susurró al oído, con una frialdad terrorífica—. ¿Crees que estás aquí por tu cerebro? Estás aquí porque te ves bonita. Así que haz tu trabajo: vete, ponte bonita y no estorbes. O lárgate. La puerta es muy grande.
Olga se quedó paralizada. “Lárgate”.
¿A dónde?
No tenía casa. No tenía trabajo. No tenía ahorros. Había quemado sus naves. Si salía por esa puerta, salía a la calle, a la nada.
Víctor vio el miedo en sus ojos y sonrió con satisfacción. Sabía que la tenía atrapada.
—Eso pensé. Anda, ve con Mari por los hielos.
Olga se dio la media vuelta. Las lágrimas le quemaban los ojos, pero no dejó que cayeran. Caminó hacia la cocina, sintiendo las miradas de los hombres en su espalda.
En la cocina, Mari estaba preparando la charola con los vasos. La empleada levantó la vista y vio la cara de Olga. No dijo nada, pero en sus ojos había una mezcla de lástima y advertencia. Mari había visto pasar a otras “Olgas” antes. Sabía cómo terminaba esta historia.
—Señora —susurró Mari cuando Olga iba a salir con la charola—, tenga cuidado. Esos hombres… no son buena gente. Y el señor anda en pasos raros.
—No te metas, Mari —respondió Olga bruscamente, desquitando su frustración con la única persona que intentaba ser amable.
Subió las escaleras con la charola, se la dejó a Víctor en la mesa de centro sin mirarlo, y corrió a la habitación.
Se encerró con seguro. Se tiró en la cama y lloró. No lloró por amor. Lloró por rabia. Lloró porque se dio cuenta de que había cambiado un amor aburrido pero seguro, por una jaula de oro donde ella era la mascota.
Y lo peor era el olor. El olor a perfume barato en el saco de Víctor.
—Me está engañando —sollozó contra la almohada—. Dejó a su esposa por mí, y ahora me está haciendo lo mismo.
Karma. La palabra resonó en su cabeza como una campana fúnebre.
Mientras Olga lloraba en sábanas de seda, Alejandro estaba parado frente al espejo de su baño en la Narvarte.
Se había rasurado. Se había cortado el pelo él mismo con una máquina vieja, un corte disparejo pero funcional. Se veía menos como un náufrago y más como un sobreviviente de un accidente aéreo.
Miró su reflejo.
—Ya estuvo bueno, cabrón —se dijo a sí mismo.
Fue a la sala. Estaba hecha un asco. Cajas de pizza vacías, botellas de cerveza, ropa sucia acumulada en el sillón. El olor a encierro era insoportable.
Puso música. No puso las baladas románticas que había estado escuchando para torturarse. Puso Molotov. Ruido. Energía. Furia.
Empezó a limpiar.
Recogió la basura con una furia metódica. Metió las botellas en una bolsa negra. Lavó los trastes que llevaban días acumulándose en el fregadero, tallando con fuerza hasta que le dolieron los brazos. Barrió. Trapeó con tanto cloro que le ardieron los ojos.
Cuando la sala estuvo limpia, se detuvo frente a la caja que había evitado todo este tiempo.
La caja con las cosas que Olga había dejado olvidadas. Unas pantuflas, unos libros, un suéter viejo, y la foto de su boda en un marco de plata.
Alejandro tomó la caja. Pesaba. Pesaba más de lo que debería.
Bajó las escaleras cargando la caja y las bolsas de basura. Salió a la calle. El camión de la basura acababa de pasar, pero los contenedores del edificio estaban ahí.
Abrió el contenedor grande. Tiró las bolsas de basura.
Se quedó con la caja en las manos. Dudó.
Era su historia. Eran cinco años de su vida ahí dentro.
Pero entonces recordó la cara de Larisa cuando le dijo que Olga se sentía “asfixiada”. Recordó el silencio del teléfono. Recordó cómo se sintió esa primera noche solo.
—Si te asfixiabas… pues respira lejos —dijo.
Y dejó caer la caja en el fondo del contenedor. El sonido del vidrio del marco rompiéndose al chocar contra el fondo fue, extrañamente, el sonido más liberador que había escuchado en meses.
Subió a su departamento. Se sentía ligero. Vacío, sí, pero limpio.
Sacó su celular. Buscó el número de Beto.
—¿Qué onda, Beto? Oye, pásame la dirección de ese gimnasio de box. Mañana paso a preguntar.
Envió el mensaje y se sentó en el sofá limpio. No sabía qué le deparaba el futuro. No sabía si volvería a ser feliz. Pero por primera vez en noventa días, Alejandro supo que iba a estar bien.
Pasaron dos semanas más.
La tensión en la mansión de Las Lomas era insoportable. Víctor casi no dormía en casa. Cuando lo hacía, estaba paranoico, revisando las ventanas, hablando en voz baja por teléfono.
Olga intentaba mantener la fachada. Iba al salón de belleza, subía fotos a Instagram fingiendo una vida perfecta, compraba cosas que no necesitaba. Pero el vacío interior crecía.
Una tarde, mientras buscaba unos aretes que se le habían caído debajo de la cama, encontró algo.
Había una tabla del piso de madera que estaba ligeramente suelta. Curiosa, Olga la movió con la uña. Debajo había un hueco. Y en el hueco, un teléfono celular desechable y una libreta pequeña de piel negra.
El corazón le latía en la garganta. Sabía que no debía tocarlo. Sabía que si Víctor la descubría, la mataba. Pero la curiosidad (y la sospecha de infidelidad) era más fuerte.
Sacó la libreta. La abrió.
No eran números de amantes. No eran cartas de amor.
Eran columnas de números. Nombres de empresas fantasma. Cifras millonarias. Y nombres de funcionarios públicos con anotaciones al margen como “Pagado”, “Pendiente”, “Amenazar”.
Olga no era contadora, pero no era tonta. Sabía lo que estaba viendo. Sobornos. Lavado de dinero. Fraude.
Y en la última página, una nota escrita con la letra apresurada de Víctor:
“Plan B: Si todo colapsa, salir a Panamá el 15 de octubre. Cuentas en Caimán listas. Dejar todo atrás. Limpiar rastros.”
Olga miró el calendario en su celular.
Hoy era 10 de octubre.
“Dejar todo atrás”.
Eso la incluía a ella.
El frío que sintió en ese momento fue absoluto. Víctor no solo la estaba engañando emocionalmente. Víctor estaba planeando huir. Y por lo que decía la nota (“Limpiar rastros”), ella no era parte del equipaje. Ella era parte de los “rastros” que se dejaban atrás.
Escuchó el sonido del motor de la camioneta de Víctor entrando al garaje.
El pánico la invadió. Guardó la libreta y el teléfono en el hueco, colocó la tabla temblando, y se puso de pie justo cuando la puerta de la habitación se abría.
Víctor entró. Se veía desaliñado, con la corbata floja y los ojos inyectados en sangre. La miró fijamente, con una intensidad maníaca.
—¿Qué hacías agachada? —preguntó bruscamente.
—Nada… —la voz de Olga salió como un chillido—. Se me cayó un arete. Lo estaba buscando.
Víctor se quedó quieto, estudiándola. Parecía un tigre decidiendo si valía la pena atacar. Luego, relajó los hombros y soltó una risa nerviosa.
—Ah. Bueno. Encuéntralo rápido. Y haz una maleta pequeña.
—¿Una maleta? —preguntó Olga, sintiendo que las piernas le fallaban—. ¿A dónde vamos?
—Sorpresa —dijo Víctor con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Un viajecito de fin de semana. Solo tú y yo. Para arreglar las cosas.
Olga asintió, tratando de sonreír. Pero por dentro, estaba gritando. Sabía que no era un viaje romántico. Sabía lo que había leído en la libreta.
“Dejar todo atrás”.
Esa noche, mientras Víctor roncaba a su lado (con una pistola Glock sobre la mesita de noche que nunca antes había estado ahí), Olga miró el techo oscuro.
Pensó en Alejandro. Pensó en la seguridad aburrida de la Narvarte. Pensó en lo estúpida que había sido.
Y por primera vez, tuvo miedo de verdad. Miedo de no salir viva de esa jaula de oro que ella misma se había construido.
Tomó una decisión. Tenía que escapar. Pero escapar de Víctor no era tan fácil como dejar una carta en la mesa y pedir un Uber. Víctor era peligroso. Si intentaba irse y él la atrapaba…
Miró el reloj. 3:00 AM.
Se levantó despacio, muy despacio.
Tenía que intentarlo. Ahora o nunca.
CAPÍTULO 4: LA HUIDA EN LA OSCURIDAD
Las tres de la mañana es la hora del lobo. Es ese momento en que la noche es más profunda, los miedos son más grandes y el silencio es tan denso que puedes escuchar tus propios pensamientos como si fueran gritos.
Olga estaba parada junto a la cama, conteniendo la respiración hasta que le dolieron los pulmones. Víctor roncaba con un ritmo irregular, un sonido gutural y desagradable que antes, en su ceguera de enamoramiento, ella ignoraba, pero que ahora le parecía el rugido de una bestia dormida.
Miró la pistola Glock negra sobre la mesita de noche. El metal brillaba levemente con la luz de la luna que entraba por la ventana.
—No mires atrás —se ordenó mentalmente.
Descalza, con el corazón latiéndole en la garganta como un pájaro atrapado, Olga dio un paso hacia la puerta. El piso de madera, que durante el día parecía tan sólido y elegante, crujió. Un sonido seco, como un disparo pequeño.
Olga se congeló.
Víctor se movió en la cama. Murmuró algo ininteligible y se giró, dándole la espalda.
Olga esperó diez segundos eternos. Cuando el ritmo de los ronquidos volvió a ser constante, exhaló lentamente.
Salió al pasillo. La casa estaba en penumbras, iluminada solo por las luces de seguridad del jardín que proyectaban sombras alargadas y monstruosas en las paredes. Bajó las escaleras pegada al barandal, sabiendo que el tercer escalón siempre rechinaba. Lo saltó.
Llegó a la planta baja. Su bolso estaba en el sofá de la sala. Dentro tenía su celular, su identificación y la tarjeta Centurion que Víctor le había dado (aunque sabía que usarla sería como ponerse un GPS en la frente). Pero tenía algo más importante: había logrado esconder dos mil pesos en efectivo que le “sobraron” del cambio del salón de belleza hacía una semana. Dos mil pesos. Eso era todo su capital para huir del hombre más rico que había conocido. La ironía era brutal.
Fue hacia la puerta principal. Estaba cerrada con doble cerrojo y alarma. Si abría, el sistema empezaría a pitar y despertaría a toda la casa, incluyendo a los guardias de seguridad que patrullaban el perímetro exterior.
—Mierda —susurró.
La cocina. La puerta de servicio.
Corrió hacia la cocina. La puerta que daba al cuarto de lavado y de ahí al patio trasero solía estar menos vigilada. Mari a veces la dejaba sin llave para salir a fumar a escondidas.
Giró la perilla. Abierta.
“Gracias, Mari”, pensó Olga, prometiéndose que si salía viva de esta, le pondría una veladora a la santa que fuera.
Salió al patio trasero. El aire frío de la madrugada le golpeó la cara, haciéndola temblar en su ropa deportiva ligera. Se agachó para no ser vista desde las ventanas superiores. Corrió hacia la barda perimetral cubierta de hiedra.
Sabía que en la esquina, donde la hiedra era más espesa, había una sección de la reja que estaba un poco oxidada y separada. Lo había notado un día que estaba tomando el sol y se aburrió tanto que se puso a inspeccionar el jardín.
Se metió entre los arbustos, rasguñándose los brazos y la cara con las ramas secas. Encontró el hueco. Era estrecho. Muy estrecho.
—Por favor, que quepa —suplicó.
Se quitó la chamarra para reducir volumen. Metió primero la cabeza, luego un hombro. Sintió el metal frío y oxidado raspándole la piel de la espalda. Empujó con las piernas, ignorando el dolor. Se atoró a la altura de la cadera.
El pánico la invadió. Si se quedaba atorada ahí, sería como un animal en una trampa.
—¡Muévete! —gimió, haciendo fuerza hasta que sintió que se le desgarraba el pantalón y la piel.
Con un último empujón desesperado, salió al otro lado. Cayó sobre la banqueta de concreto de la calle trasera. Estaba libre.
Se levantó, sacudiéndose la tierra y las hojas. Le ardía el costado, pero no importaba. Empezó a correr.
Corrió hasta que sus pulmones ardieron. Corrió alejándose de las mansiones, de las cámaras de seguridad, del lujo que se había convertido en su prisión.
Llegó a Paseo de la Reforma. A esa hora estaba casi desierto, salvo por algunos taxis y patrullas.
Hizo la parada a un taxi rosa con blanco. El chofer, un señor mayor con bigote, la miró con desconfianza al verla despeinada, sucia y agitada.
—¿Está bien, señorita?
—Sí… sí —jadeó Olga, subiéndose rápido—. Lléveme a la central de autobuses del Norte, por favor. Rápido.
—A estas horas… está peligroso, joven. ¿Segura?
—¡Solo maneje, por favor! —gritó ella, al borde de la histeria.
El taxista arrancó. Olga se hundió en el asiento, mirando por el retrovisor, esperando ver en cualquier momento las luces de la camioneta blindada de Víctor persiguiéndola.
Mientras Olga huía hacia la incertidumbre, Alejandro estaba teniendo su primera victoria.
Eran las 6:00 AM. Estaba en el gimnasio de box “Roca”, un lugar que olía a sudor viejo, cuero y desinfectante barato.
—¡Izquierda, derecha, gancho! —gritaba el entrenador, un exboxeador llamado “El Chato” que tenía la nariz aplastada y una paciencia infinita.
Alejandro golpeó el costal. Pam. Pam. ¡PUM!
El impacto resonó en sus huesos. Le dolían los nudillos, le dolían los hombros, le dolían hasta las pestañas. Pero era un dolor limpio. Un dolor físico que apagaba, aunque fuera por un rato, el dolor emocional.
Llevaba dos semanas yendo diario. Había bajado tres kilos. Su cara ya no se veía hinchada por el alcohol y el llanto, sino afilada por el esfuerzo.
—Bien, Alex. Tienes buena pegada —dijo el Chato, pasándole una toalla—. Pero sigues bajando la guardia cuando te cansas. En la vida y en el ring, si bajas la guardia, te tiran los dientes.
Alejandro se secó el sudor, respirando agitadamente.
—Lo sé, Chato. Lo aprendí a la mala.
—Pues que no se te olvide. Descansa un rato. Oye, por cierto… hay una chica nueva que viene en las tardes. Mariana. Anda buscando con quién hacer sparring suave, para técnica. Le dije que tú eres disciplinado. ¿Te late ayudarla hoy en la tarde?
Alejandro bebió agua de su botella.
—No sé, Chato. No ando con humor de socializar. Vengo a entrenar, no a hacer amigos.
—No es para hacer amigos, güey. Es para aprender a controlar tu fuerza. Pegarle al costal es fácil porque no se mueve. Pegarle a alguien que se defiende… eso es otra cosa. Y ella es buena. Te va a servir.
Alejandro lo pensó.
—Órale. A las 6 vengo.
Salió del gimnasio y caminó hacia su trabajo. El sol de la mañana se sentía diferente. Ya no le molestaba. Se sentía más fuerte. Más despierto.
Al llegar a la oficina, su jefe lo interceptó en el pasillo. Alejandro se tensó, esperando el regaño habitual.
—Oye, Alejandro —dijo el jefe, mirándolo con curiosidad—. Vi el reporte de mermas. Y la propuesta de optimización de rutas que anexaste.
—Ah… sí. Se me ocurrió que podíamos ahorrar gasolina si cambiábamos la logística de entrega en la zona sur.
El jefe asintió, impresionado.
—Es una muy buena idea. De hecho, se la mostré al Director General y le gustó. Quiere que la implementemos el próximo mes. Buen trabajo. Te ves… mejor, por cierto.
—Gracias, ingeniero.
Alejandro entró a su cubículo y se sentó. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. “Buen trabajo”. Hacía meses que no escuchaba eso. Hacía meses que no sentía que servía para algo más que para ocupar espacio.
Miró su celular. Ni un mensaje de Olga. Ni una llamada.
Y por primera vez, no le importó.
Olga llegó a la Central del Norte. El lugar era un caos de gente, maletas y olor a comida rápida y diésel. Compró un boleto para el primer autobús que salía. Destino: Puebla. No tenía a nadie en Puebla, pero era lo suficientemente cerca para llegar rápido y lo suficientemente lejos para esconderse.
Se sentó en la sala de espera, abrazando su bolso. Se sentía expuesta. Cada vez que pasaba un policía, se encogía.
Sacó su celular. Tenía que apagarlo. Sabía que Víctor podía rastrearla.
Pero antes de apagarlo, vio una notificación de noticias.
ÚLTIMA HORA: OPERATIVO EN BOSQUES DE LAS LOMAS. CATEAN MANSIÓN DE EMPRESARIO VINCULADO A RED DE LAVADO DE DINERO.
Olga sintió que la sangre se le helaba. Abrió la noticia.
La foto era inconfundible. Era la fachada de la casa de Víctor. Había patrullas de la Guardia Nacional, cintas amarillas y agentes encapuchados sacando cajas de evidencia.
“La Fiscalía General de la República ejecutó una orden de cateo en la residencia del empresario Víctor N., acusado de fraude masivo, delincuencia organizada y lavado de dinero. Se presume que el sospechoso se dio a la fuga horas antes del operativo. Las autoridades buscan también a su pareja sentimental, Olga R., para interrogarla sobre su posible participación en la red.”
—Me buscan… —susurró Olga, temblando.
“Pareja sentimental”. “Posible participación”.
No solo era una fugitiva de un novio abusivo. Ahora era una fugitiva de la ley.
Víctor lo sabía. Por eso le había dicho que hiciera la maleta. No era un viaje de fin de semana. Iban a huir. Y si ella se hubiera quedado, ahora estaría en una camioneta rumbo a Panamá con un criminal, o peor, detenida por la policía siendo acusada de cosas que no hizo.
El altavoz anunció su autobús.
—Pasajeros con destino a Puebla, favor de abordar por el andén 4.
Olga se puso de pie. Tiró su celular en un bote de basura. Era su única conexión con el mundo, pero también era su condena.
Subió al autobús. Se sentó en el último asiento, junto a la ventana. Mientras el camión salía de la ciudad, vio los espectaculares, el tráfico, la vida que dejaba atrás.
Ya no era Olga, la esposa aburrida de la Narvarte. Ya no era Olga, la amante glamorosa de las Lomas.
Ahora era nadie. Una mujer sin nombre, sin dinero y sin destino.
Esa tarde, a las 6:00 PM, Alejandro regresó al gimnasio.
El Chato lo estaba esperando junto al ring.
—Llegas puntual. Eso me gusta. Mira, ella es Mariana.
Alejandro miró hacia el ring. Una chica estaba saltando la cuerda con una velocidad impresionante. Llevaba unos leggings negros, una camiseta holgada gris y el pelo recogido en una trenza apretada. No estaba maquillada, estaba sudando, y tenía una mirada de concentración absoluta.
Mariana se detuvo al verlos. Se quitó los audífonos y sonrió. Tenía una sonrisa franca, abierta, con un diente ligeramente chueco que la hacía ver increíblemente humana y accesible.
—Hola —dijo ella, acercándose a las cuerdas—. Tú debes ser Alejandro. El Chato me dijo que pegas duro. Espero que no me vayas a noquear.
Alejandro sintió algo extraño. No fue un flechazo romántico de película. Fue algo más sutil. Fue la sensación de estar frente a alguien real. Alguien sin máscaras.
—Hola, Mariana. No te preocupes, vengo en son de paz. Solo vengo a aprender.
—Perfecto. Sube. Vamos a bailar un rato.
Entrenaron durante una hora. Mariana era rápida, ágil. Alejandro era más fuerte, pero torpe. Ella le enseñó a moverse, a esquivar, a no gastar energía a lo tonto.
—Relaja los hombros, Alex —le decía ella, dándole un golpecito en el brazo—. Estás muy tenso. Si peleas enojado, pierdes. Tienes que pelear con la cabeza fría.
“Si peleas enojado, pierdes”.
La frase se le quedó grabada. Llevaba tres meses peleando con el recuerdo de Olga, peleando con su rabia. Y estaba perdiendo. Se estaba desgastando.
Terminaron exhaustos. Se sentaron en la orilla del ring a tomar agua.
—Eres bueno —dijo Mariana, secándose la frente—. Tienes mucha fuerza reprimida. ¿Problemas en casa?
Alejandro la miró. Normalmente, hubiera evadido la pregunta. Pero algo en la sencillez de Mariana lo invitaba a ser honesto.
—Algo así. Mi esposa me dejó hace tres meses. Se fue con otro.
Mariana no hizo una mueca de lástima exagerada. Solo asintió, comprensiva.
—Uf. Eso duele. Lo siento.
—Sí, duele. Pero ya estoy… sobreviviendo.
—Sobrevivir es el primer paso —dijo ella, desenredando sus vendas de las manos—. Yo pasé por algo similar hace dos años. Mi prometido me dejó plantada dos meses antes de la boda. Se fue con su secretaria. Clásico, ¿no?
Alejandro soltó una risa amarga.
—Clásico. Parece que está de moda ser un imbécil.
—Sí, pero ¿sabes qué aprendí? —Mariana lo miró a los ojos, y sus ojos color miel brillaron con una sabiduría tranquila—. Que me hizo un favor. Me dolió como el infierno, sí. Pero ese dolor me trajo aquí. Me puse a entrenar, cambié de trabajo, aprendí a estar sola. Si me hubiera casado con él, sería miserable ahorita. A veces, la basura se saca sola, Alex.
Alejandro se quedó callado, procesando las palabras. “La basura se saca sola”.
—Tienes razón —dijo él, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad. Una sonrisa pequeña, tímida, pero genuina—. Gracias, Mariana.
—De nada, compañero. Oye, muero de hambre. ¿Te gustan los tacos de suadero? Hay unos aquí a la vuelta que son gloria bendita.
Alejandro dudó un segundo. ¿Estaba listo para salir con alguien? No era una cita, se dijo. Eran dos compañeros de gimnasio hambrientos.
—Me encantan los de suadero. Vamos.
Salieron del gimnasio riendo. Y mientras caminaban por la calle oscura, Alejandro no se dio cuenta de que acababa de dar el primer paso real hacia su nueva vida. Una vida donde Olga ya no era la protagonista, sino solo un mal recuerdo que se iba desvaneciendo poco a poco.
Olga llegó a Puebla a medianoche. La ciudad dormía. Se bajó del autobús con el cuerpo entumecido y el alma rota.
Buscó un hostal barato cerca de la terminal. Pagó una noche con el poco efectivo que le quedaba. La habitación era minúscula, con literas metálicas y olor a humedad. Había otras tres mujeres durmiendo ahí, mochileras extranjeras.
Olga se acostó en la litera de arriba, abrazando su bolso como si fuera un salvavidas.
Cerró los ojos, pero las imágenes del día la asaltaron. La huida por la reja. La noticia del cateo. La cara de Víctor.
Y luego, sin querer, pensó en Alejandro.
¿Qué estaría haciendo? ¿Estaría llorando por ella? ¿La estaría buscando?
“Seguro está destrozado”, pensó con una mezcla de culpa y ego. “Seguro no puede vivir sin mí”.
No tenía idea de que, en ese preciso momento, Alejandro estaba sentado en una banqueta de plástico, comiendo un taco de suadero con salsa roja, riéndose de un chiste malo que acababa de contar una chica con trenza y ojos color miel.
La vida seguía. Para Alejandro, empezaba a amanecer. Para Olga, la noche apenas comenzaba y sería una noche muy, muy larga.
CAPÍTULO 5: CAER DESDE LAS NUBES
Puebla amaneció con ese frío seco que se te mete en los huesos y te recuerda que estás lejos del mar. Olga se despertó sobresaltada por el sonido de una cremallera. Una de las mochileras gringas estaba empacando sus cosas en la litera de abajo.
—Sorry, ¿te desperté? —preguntó la chica en un español masticado.
Olga no respondió. Se quedó mirando el techo despellejado del hostal. No sabía qué día era. No sabía qué hora era. Solo sabía que tenía hambre y miedo.
Se levantó y fue al baño compartido. El espejo estaba manchado de pasta de dientes y salpicaduras de agua. Al verse reflejada, casi no se reconoció. Tenía el pelo enmarañado, la piel grisácea y unas ojeras que parecían moretones. Su ropa deportiva de marca, que ayer era un símbolo de estatus, ahora estaba sucia de tierra y rasgada por el alambre de la reja. Parecía una indigente con ropa cara robada.
Se lavó la cara con agua helada. No tenía jabón, no tenía cepillo de dientes, no tenía crema.
—Bienvenida a la realidad, princesa —se dijo a sí misma.
Bajó a la recepción. El encargado, un chico joven con rastas y cara de aburrido, le dio una mirada de desconfianza.
—El check-out es a las 11. Si te quedas otra noche, tienes que pagar ya.
Olga contó su dinero. Le quedaban mil quinientos pesos. Una noche más costaba trescientos. Si pagaba, le quedarían mil doscientos para comer y… ¿para qué más?
—No, gracias. Ya me voy.
Salió a la calle. El sol brillaba, indiferente a su desgracia. Caminó sin rumbo fijo. Las calles coloniales de Puebla, con sus iglesias de talavera y sus balcones de hierro forjado, le parecían un escenario ajeno. Veía a la gente pasar: estudiantes con mochilas, señoras con bolsas del mercado, ejecutivos con trajes baratos. Todos tenían un destino. Todos tenían un lugar a donde ir. Ella no.
El hambre le apretó el estómago. Compró una cemita en un puesto callejero. Se la comió sentada en una banca del zócalo, rodeada de palomas. Mientras masticaba el pan crujiente con milanesa y pápalo, sintió unas ganas inmensas de llorar. Recordó las cenas en Polanco con Víctor. El salmón a las finas hierbas. El vino blanco.
—Maldito seas, Víctor —masculló.
Pero la rabia ya no era suficiente combustible. Necesitaba un plan.
No podía usar su nombre real. La policía la buscaba. No podía usar sus tarjetas. No podía contactar a nadie.
Necesitaba trabajo. Pero, ¿qué sabía hacer Olga? Había sido asistente administrativa. Sabía usar Excel, contestar teléfonos, organizar agendas. ¿Quién iba a contratar a una mujer sin papeles, sin referencias y con aspecto de fugitiva para una oficina? Nadie.
Caminó todo el día. Preguntó en tiendas, en cafeterías.
—¿Buscan empleada?
—¿Trae solicitud elaborada? ¿Cartas de recomendación? ¿Comprobante de domicilio?
La respuesta era siempre la misma. La burocracia era un muro impasable.
Al atardecer, llegó a una zona más popular, cerca del mercado Hidalgo. Había un pequeño restaurante de comida corrida, “La Abuela”, con un letrero de cartón fosforescente pegado en la ventana: “Se solicita lavaplatos y ayudante general. Pago semanal. Informes aquí”.
Olga tragó saliva. Lavaplatos. Ella, que se quejaba si Alejandro dejaba un vaso sucio en la mesa. Ella, que tenía manicura de gel cada quince días.
Entró. El lugar olía a mole y a grasa quemada. Una señora robusta, con un delantal manchado de salsa, estaba cobrando en la caja.
—Buenas tardes… vengo por el anuncio —dijo Olga, bajando la voz.
La señora, Doña Chayo, la miró de arriba a abajo. Vio la ropa de marca sucia, las manos finas pero temblorosas.
—¿Has trabajado en cocina antes, mija?
—No… pero aprendo rápido. Necesito el trabajo, señora. De verdad. No tengo papeles, me robaron mi bolsa —mintió, esperando que la historia sonara creíble.
Doña Chayo, que había visto de todo en la vida, entrecerró los ojos. Sabía que la chica mentía o ocultaba algo, pero también vio la desesperación genuina en sus ojos. Y necesitaba manos urgentes porque su ayudante anterior se había ido sin avisar.
—Mil doscientos a la semana. Más propinas si mesereas bien. Entras a las 8, sales a las 6. Incluye una comida. ¿Te sirve?
Mil doscientos pesos a la semana. Eso era lo que gastaba en un desayuno con sus amigas en la Condesa.
—Sí. Me sirve.
—Órale pues. Pásale a la cocina. Ponte un delantal. Hay una montaña de trastes esperándote.
Y así, Olga, la mujer que soñaba con ser la reina de las Lomas, se puso unos guantes de hule amarillos y metió las manos en agua grasienta para lavar los platos de extraños.
Mientras Olga tallaba ollas con cochambre, Alejandro estaba descubriendo un tipo diferente de esfuerzo.
Habían pasado tres semanas desde que conoció a Mariana. No eran novios. No oficialmente. Pero se habían vuelto inseparables en el gimnasio y fuera de él.
Ese sábado, Mariana lo había invitado a una carne asada en casa de sus papás.
—No te asustes, Alex. No es presentación oficial —le había dicho ella, riendo, mientras iban en el coche de él—. Es cumpleaños de mi hermano y me dijo que invitara a mis amigos. Y tú eres mi amigo. Además, haces un guacamole decente, según me contaste. Quiero pruebas.
Alejandro estaba nervioso. Hacía años que no convivía con una familia “funcional”. Las reuniones con la familia de Olga siempre eran tensas; su suegra lo criticaba por todo y sus cuñadas eran chismosas.
Llegaron a una casa sencilla pero acogedora en Coapa. Había música de cumbia, olor a carbón y risas.
La familia de Mariana lo recibió como si lo conocieran de toda la vida.
—¡Pásale, muchacho! ¿Una chela? —le ofreció el papá de Mariana, Don Beto, un señor bonachón con bigote.
Alejandro se relajó. No había pretensiones. No había juicios.
Se puso a ayudar en la parrilla. Mientras volteaba la carne, Mariana se acercó con dos cervezas.
—Te ves bien ahí, de parrillero —bromeó ella.
—Me defiendo. Oye, tu familia es a todo dar.
—Sí, son buenos. Ruidosos, pero buenos. Oye, Alex… —Mariana se puso un poco seria—. El Chato me dijo que ya estás listo para hacer sparring más fuerte. ¿Te animas la próxima semana?
—Claro. Ya no me canso tanto. Y ya no bajo la guardia.
—Eso veo. No solo en el ring.
Alejandro la miró. Entendió la indirecta.
—Contigo es fácil no bajar la guardia, Mariana. No atacas a traición.
Ella sonrió y chocó su hombro con el de él.
—Nunca. Juego limpio.
En ese momento, empezó a sonar una canción de salsa.
—¡A bailar! —gritó la mamá de Mariana.
Mariana le tendió la mano a Alejandro.
—¿Bailas, o te da miedo que te pise?
Alejandro, que siempre había odiado bailar porque Olga le decía que tenía dos pies izquierdos, tomó la mano de Mariana.
—Arriésgate.
Bailaron. Alejandro no era un experto, pero con Mariana se sentía fluido. Ella no lo corregía, solo se reía y lo guiaba.
Y en medio de una vuelta, Alejandro se dio cuenta de algo: no había pensado en Olga en todo el día. Ni una sola vez. El fantasma se estaba desvaneciendo.
La primera semana de trabajo en “La Abuela” fue el infierno para Olga.
Le dolía la espalda. Le ardían las manos por el detergente barato. Le dolían los pies de estar parada diez horas seguidas.
Pero lo peor era la humillación.
Un día, entraron dos mujeres bien vestidas al restaurante. Eran jóvenes, bonitas, limpias. Pidieron enchiladas suizas y se pusieron a platicar sobre sus novios, sus viajes, sus compras.
Olga tuvo que llevarles la comida.
—Aquí tienen —dijo, tratando de ocultar sus manos rojas y maltratadas.
Una de las chicas la miró fugazmente, con esa indiferencia con la que se mira a un mueble.
—Gracias. Oye, ¿me traes más servilletas? Y un vaso con hielo, porfa.
—Sí, claro.
Olga fue a la cocina. Las lágrimas le picaban los ojos. Hace un mes, ella era esa chica. Ella era la que pedía servilletas sin mirar a la mesera. Ella era la que se sentía el centro del universo.
—¿Qué te pasa, flaca? —le preguntó Doña Chayo, que estaba meneando una olla de frijoles—. ¿Ya te cansaste?
—No, Doña Chayo. Es solo que… me acordé de algo.
—Pues deja de acordarte y ponte a chambear. Los recuerdos no lavan platos.
Olga se secó las lágrimas con el antebrazo y llevó las servilletas.
Esa noche, Doña Chayo le pagó su primera semana. Un billete de quinientos, tres de doscientos y uno de cien.
Olga sostuvo el dinero en sus manos. Eran mil doscientos pesos. Menos de lo que costaba una botella de vino de las que tomaba con Víctor. Pero este dinero pesaba diferente. Le dolía el cuerpo para ganarlo. Olía a esfuerzo.
—Gracias, señora.
—Vente mañana temprano. Y cómprate unos zapatos cómodos, que esos tenis de fresa no te van a aguantar el trote.
Olga salió del restaurante. Caminó hacia un cuarto de azotea que había logrado rentar a unas cuadras de ahí. Era un cuartucho de tres por tres metros, con un catre viejo y una parrilla eléctrica. El baño era compartido en el patio. Le costaba ochocientos pesos al mes.
Entró, cerró la puerta con un pasador oxidado y se sentó en el catre.
Sacó el dinero. Separó lo de la renta, lo de la comida. Le sobraban cincuenta pesos.
Cincuenta pesos.
Se rio. Una risa histérica que rebotó en las paredes de ladrillo desnudo.
—Cincuenta pesos para mis lujos —dijo en voz alta.
Se acostó en el colchón hundido. Miró por la pequeña ventana. Se veía una estrella solitaria en el cielo contaminado de Puebla.
—Te odio, Alejandro —murmuró, aunque sabía que era mentira—. Te odio por ser feliz sin mí. Te odio porque tenías razón. La vida sencilla no es tan mala cuando la tienes segura. Pero cuando la pierdes… es el infierno.
Se quedó dormida por puro agotamiento, soñando que estaba en la casa de la Narvarte, y que Alejandro le traía café a la cama. Pero cuando intentaba tomar la taza, el café se convertía en agua sucia de trastes.
Pasó un mes más.
Alejandro fue ascendido oficialmente a Gerente de Operaciones. Su idea de logística había ahorrado a la empresa medio millón de pesos en un mes. Con el ascenso vino un aumento de sueldo considerable y, por primera vez, un bono de productividad.
Decidió celebrar. Pero no comprando cosas caras.
Llevó a Mariana a cenar. No a unos tacos, sino a un restaurante italiano bonito en la Roma.
—Guau, Alex. Te luciste —dijo Mariana, que se veía preciosa con un vestido sencillo color azul marino.
—Quería celebrar contigo. Tú fuiste la que me ayudó a enfocarme. Si no fuera por el box y por tus consejos, seguiría borracho en mi sala quemando fotos.
Mariana sonrió y tomó su mano sobre la mesa.
—Tú hiciste el trabajo duro, Alex. Yo solo te eché porras.
Cenaron delicioso. Hablaron de todo y de nada. De libros, de películas, de sus sueños. Alejandro descubrió que Mariana quería poner su propia clínica de fisioterapia deportiva.
—Deberías hacerlo —dijo él—. Eres buenísima.
—Me falta capital. Pero estoy ahorrando. Poco a poco.
—Yo te puedo ayudar con el plan de negocios. Soy bueno con los números.
—Me encantaría.
Al salir del restaurante, caminaron por la calle Álvaro Obregón. Hacía una noche fresca y agradable.
Se detuvieron frente a una fuente. Alejandro miró a Mariana. La luz de las farolas iluminaba su rostro.
—Mariana…
—¿Sí?
—Me gustas. Me gustas mucho. Y sé que sueno como adolescente, pero… me haces sentir vivo otra vez.
Mariana se acercó a él.
—Tú también me gustas, Alex. Y me gusta que seas un hombre de verdad. No un niño asustado, ni un patán arrogante. Un hombre que se cae, se levanta y sigue.
Alejandro la besó. Fue un beso suave, lento, sin prisas. No hubo fuegos artificiales de película, pero hubo calor. Hubo certeza. Hubo la promesa de algo sólido, algo construido sobre cimientos reales, no sobre arena.
Cuando se separaron, Alejandro sintió una paz absoluta.
—¿Quieres ser mi novia? —preguntó.
Mariana rió.
—Claro que sí, tonto. Pensé que nunca me lo ibas a pedir.
Caminaron de la mano hacia el coche. Alejandro se sentía el hombre más afortunado del mundo. Había perdido una fantasía, pero había encontrado una realidad mucho mejor.
Esa misma noche, la realidad de Olga se volvió aún más cruda.
Estaba cerrando el restaurante “La Abuela”. Doña Chayo ya se había ido. Olga estaba trapeando el piso, sola.
De repente, la puerta se abrió.
Entraron dos policías municipales.
El corazón de Olga se detuvo. Soltó el trapeador.
—Buenas noches —dijo uno de los policías, un tipo gordo con el uniforme manchado—. Ya está cerrado, jefe. Pero si quieren algo para llevar…
—No venimos a comer, chula —dijo el otro policía, mirándola lascivamente—. Venimos por la cuota. Doña Chayo sabe.
—Ah… yo… no sé nada de eso. Doña Chayo ya se fue.
—Pues llámale. O si no… —el policía se acercó a ella, arrinconándola contra la barra—… tú puedes pagarnos de otra forma.
Olga sintió un terror paralizante. Estaba sola. Nadie sabía quién era. Si le hacían algo, nadie la buscaría.
—No tengo dinero… por favor… —suplicó.
El policía le acarició la mejilla con una mano asquerosa.
—Estás muy guapa para ser lavaplatos. ¿De dónde eres? Tienes acento fresa. ¿No serás alguna de esas niñas ricas que se escaparon de casa?
Olga retrocedió, temblando.
—Déjenme en paz. Voy a gritar.
—Grita. A ver quién te oye.
En ese momento, se escuchó un ruido fuerte afuera. Una sirena. Pero no de policía. De bomberos. Un camión de bomberos pasó a toda velocidad por la calle, con la sirena a todo volumen, seguido de una ambulancia.
El ruido rompió la tensión. Los policías se miraron.
—Vámonos, Pareja. Hay pedo en el mercado. Luego regresamos por ti, muñeca.
Salieron del restaurante, riéndose.
Olga corrió a la puerta y puso el cerrojo. Se recargó en la puerta, deslizándose hasta el suelo. Lloró histéricamente.
El miedo. El asco. La vulnerabilidad total.
Se dio cuenta de que no podía seguir así. Estaba viviendo al día, en peligro constante, escondida como una rata.
Necesitaba ayuda. Necesitaba salir de ahí.
¿Pero a quién acudir?
Alejandro.
El nombre brilló en su mente como un faro en la tormenta.
Alejandro la perdonaría. Él la amaba. Siempre la había perdonado todo. Si le contaba la verdad, si le decía lo de Víctor, lo del miedo, lo de que la policía la buscaba por error… él la ayudaría. Él la escondería. Él la salvaría.
—Tengo que llamarlo —dijo, sorbiendo los mocos—. Tengo que volver a casa.
Pero no tenía teléfono.
Miró el teléfono fijo del restaurante.
Se levantó. Caminó hacia el aparato. Descolgó.
Sus dedos recordaban el número de memoria. Lo había marcado miles de veces.
55…
Dudó.
¿Y si no contestaba? ¿Y si le colgaba?
—No… él es bueno. Él me ama. Seguro está sufriendo igual que yo.
Marcó el número.
El tono de llamada sonó. Tuuuu… Tuuuu…
Alejandro estaba llegando a su departamento después de dejar a Mariana en su casa. Estaba silbando. Entró, dejó las llaves en la mesa.
Su celular sonó. Un número desconocido con lada de Puebla.
Frunció el ceño. ¿Quién llamaba de Puebla a las 11 de la noche? ¿Ventas? ¿Extorsión?
Contestó.
—¿Bueno?
Hubo un silencio al otro lado. Solo se escuchaba una respiración agitada.
—¿Bueno? ¿Quién habla? —insistió Alejandro.
—Alex… —la voz era un susurro, pero él la reconoció al instante. Era una voz que había escuchado en sus sueños y en sus pesadillas.
Se le heló la sangre. La sonrisa se le borró de la cara.
—¿Olga?
—Alex… soy yo. Ayúdame, por favor. Estoy en problemas. Te necesito.
Alejandro se quedó estático en medio de su sala. La voz de Olga sonaba desesperada, rota. Hace tres meses, esa llamada lo hubiera hecho correr a buscarla sin pensarlo. Hubiera movido cielo, mar y tierra.
Pero hoy… hoy acababa de besar a Mariana. Hoy acababa de reírse. Hoy acababa de sentirse libre.
Miró a su alrededor. Su departamento estaba limpio. Su vida estaba en orden.
—¿Alex? ¿Estás ahí? Por favor, dime algo. Me equivoqué, Alex. Te extraño. Te amo. Perdóname.
Las palabras mágicas. “Te amo”. “Perdóname”.
Alejandro cerró los ojos. Sintió una punzada de dolor, sí. El amor de cinco años no desaparece así como así. Pero junto al dolor, sintió algo más fuerte: respeto por sí mismo.
—Olga… —dijo, y su voz sonó tranquila, firme, sin odio pero sin duda—. No me llames.
—¿Qué? Alex, no entiendes… estoy sola, tengo miedo…
—Tú elegiste irte, Olga. Tú elegiste esa vida. Yo ya no soy tu salvavidas.
—¡Pero me van a matar! ¡La policía me busca! ¡Víctor era un delincuente!
Alejandro abrió los ojos.
—Entonces ve a la policía y entrégate. Di la verdad. Asume las consecuencias de tus actos, Olga. Por primera vez en tu vida, hazte responsable.
—¡No puedo! ¡Alex, por favor! ¡Soy tu esposa!
—No. Ya no lo eres. Mi esposa murió el día que dejaste esa carta en la mesa. La mujer que está al teléfono es una desconocida que tomó malas decisiones.
—Alex… no me hagas esto…
—Adiós, Olga. No vuelvas a llamar.
Alejandro colgó.
Se quedó mirando el teléfono unos segundos. Le temblaba la mano, pero no se arrepentía.
Bloqueó el número.
Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se lo bebió de un trago. Sintió que se quitaba un peso de encima, un peso muerto que había estado arrastrando.
Había pasado la prueba final. El pasado había llamado a la puerta, y él había decidido no abrir.
En el restaurante “La Abuela”, Olga escuchó el tono de “llamada finalizada”.
Tuuuu… Tuuuu… Tuuuu…
Dejó caer el auricular. Se quedó mirando el teléfono negro, incrédula.
—Me colgó… —susurró—. Me dijo que no.
El último puente se había quemado. Alejandro, su seguro, su plan B, su tapete emocional… se había levantado y se había ido.
Olga se dejó caer al suelo sucio del restaurante y gritó. Un grito de desesperación pura, de alguien que se da cuenta de que está cayendo en un abismo y ya no hay nadie que le tire una cuerda.
Estaba sola. Completamente sola. Y la noche en Puebla era oscura y llena de terrores.
CAPÍTULO 6: EL PRECIO DE LA LIBERTAD Y LA CÁRCEL DEL EGO
El rechazo de Alejandro fue como un disparo a quemarropa para Olga. Se quedó tirada en el piso del restaurante “La Abuela” durante lo que parecieron horas, pero probablemente fueron solo minutos. El olor a grasa rancia y limpiador de pino se le impregnaba en la ropa y en el alma.
—No puede ser… no puede ser —repetía, meciéndose abrazada a sus rodillas.
Pero sí podía ser. La realidad tiene esa mala costumbre de imponerse, te guste o no.
Se levantó, temblando. Tenía que irse. No podía quedarse ahí. Los policías podrían volver. O Doña Chayo podría llegar temprano y encontrarla hecha un desastre.
Salió a la calle oscura. El frío de la madrugada poblana era cuchillo. Caminó de regreso a su cuartucho de azotea, mirando por encima del hombro cada dos pasos. Cada sombra era un policía. Cada ruido de motor era la camioneta de Víctor.
Llegó a su cuarto, cerró con el pasador oxidado y se tiró en el catre. No durmió. Pasó la noche planeando. O intentándolo.
¿Qué opciones tenía?
- Entregarse: Alejandro se lo había sugerido. “Asume las consecuencias”. Pero la idea de la cárcel la aterraba. Había visto noticias. Sabía lo que les pasaba a las mujeres bonitas y débiles en la cárcel. No, eso no era opción.
- Huir más lejos: ¿A dónde? Sin dinero, sin papeles. A la frontera, quizás. Intentar cruzar de mojada. Pero eso requería dinero para los coyotes. Y valor físico. Y ella estaba agotada.
- Seguir escondida: Trabajar en “La Abuela”, juntar dinero centavo a centavo, vivir con miedo eterno.
Ninguna opción era buena. Todas eran caminos de espinas.
—Tengo que conseguir dinero —decidió al amanecer—. Mucho dinero. Rápido.
Y entonces, recordó algo. Algo que había escuchado en las pláticas de las meseras de otros locales del mercado. Hablaban de un lugar, un “bar” discreto en la zona de Angelópolis, donde contrataban “edecanes” para eventos privados. Pagaban en efectivo. No hacían preguntas.
Olga sintió náuseas. ¿A eso había llegado? ¿A vender su imagen, su cuerpo, su dignidad?
—Es temporal —se justificó, esa vieja mentira que nos contamos cuando estamos a punto de cruzar una línea moral—. Solo junto lo suficiente para irme al norte y empezar de cero.
Se levantó. Se lavó la cara. Se puso su ropa menos sucia. Se maquilló con los restos de cosméticos que le quedaban, tratando de tapar las ojeras y la tristeza.
Se miró al espejo.
—Eres Olga. Eres hermosa. Úsalo.
Pero la mujer del espejo la miraba con ojos muertos.
Mientras Olga descendía otro escalón hacia el infierno, Alejandro estaba subiendo al cielo, o al menos, a la versión terrenal más cercana.
Era domingo. Mariana y él habían decidido ir a Desierto de los Leones a correr.
El bosque olía a pino mojado y a tierra fértil. El aire estaba frío y limpio. Corrían uno al lado del otro, al ritmo de sus respiraciones acompasadas.
—¡El último en llegar a la ermita paga los quesadillas! —gritó Mariana, acelerando de repente.
—¡Eso es trampa! —rio Alejandro, corriendo tras ella.
Llegaron a la ermita jadeando, riendo, sudando. Mariana llegó primero por un pelo.
—¡Gané! —celebró ella, levantando los brazos—. Te tocan las de hongos con queso y el café de olla.
Alejandro se apoyó en sus rodillas, recuperando el aliento. La miró. Estaba roja por el esfuerzo, con el pelo alborotado y una sonrisa radiante. Se veía hermosa. Mucho más hermosa que Olga con todo su maquillaje y sus vestidos de diseñador. Porque Mariana brillaba desde adentro.
Se sentaron en un puesto de comida. Mientras comían quesadillas azules calientes, Alejandro se puso serio un momento.
—Mariana… anoche me llamó Olga.
Mariana dejó de masticar. Lo miró fijamente, pero sin celos. Con curiosidad tranquila.
—¿Ah sí? ¿Y qué quería?
—Pedir ayuda. Dinero. Decía que estaba en problemas. Que la policía la buscaba.
—¿Y qué hiciste?
—Le dije que se entregara. Que yo no podía ayudarla. Y le colgué.
Mariana asintió lentamente. Tomó un sorbo de café.
—Hiciste lo correcto, Alex. No por mí, ni por nosotros. Por ti. Si la ayudabas, te ibas a convertir en cómplice. Y te ibas a arrastrar otra vez a su caos.
—Lo sé. Pero… se oyó feo. Estaba desesperada. A veces me pregunto si fui demasiado duro.
Mariana le tomó la mano sobre la mesa de madera.
—Alex, la compasión no significa dejar que te ahoguen para salvar a alguien que saltó al agua por gusto. Ella tomó sus decisiones. Tú tomaste las tuyas. Es triste, sí. Pero no es tu culpa.
Alejandro apretó su mano.
—Gracias. Necesitaba oír eso.
—Para eso estoy. Oye, cambiando de tema… mi papá me preguntó si vas a ir al cumpleaños de mi tía Lupe el próximo sábado. Dice que quiere la revancha en el dominó.
Alejandro sonrió.
—Dile que vaya preparando la cartera, porque le voy a ganar otra vez.
La vida seguía. Simple. Hermosa. Sin dramas.
Olga consiguió el trabajo en el “bar”. No fue difícil. El gerente, un tipo calvo con cadenas de oro, apenas la vio y asintió.
—Estás buena. Empiezas hoy. Te tocan las mesas VIP. Solo sonreír, servir tragos y hacer que los clientes gasten. Si quieren algo más… eso lo arreglas tú con ellos, la casa no se mete, pero nos das el 20%.
Olga asintió, tragándose el vómito.
Esa noche, se puso un vestido corto y tacones prestados que le quedaban grandes. El lugar estaba oscuro, lleno de humo y música de banda a todo volumen.
Los clientes eran hombres de negocios, narquillos locales, políticos de medio pelo. Hombres que la miraban como si fuera un pedazo de carne en el mostrador.
—¡Mamacita! Tráenos otra botella de Buchanans —le gritó un tipo gordo con bigote, nalgueándola cuando pasó.
Olga se tensó. Quiso voltear y darle una cachetada. Quiso gritar “¡Soy una dama! ¡Viví en Las Lomas!”. Pero se mordió la lengua. Necesitaba el dinero.
—Enseguida, caballero —dijo, con una sonrisa falsa pegada con resistol.
Pasaron las horas. Sus pies sangraban en los zapatos ajenos. Su cabeza estallaba por el ruido.
A las 3 de la mañana, un cliente joven, borracho y agresivo, la agarró del brazo.
—Tú te vienes conmigo, güera. Cuánto cobras.
—No… yo no hago eso. Solo sirvo tragos —dijo Olga, tratando de soltarse.
—No te hagas la difícil. Todas tienen un precio. Te doy cinco mil. Vamos al hotel de enfrente.
—¡Suélteme!
El tipo la jaloneó. Olga tropezó y tiró una charola con vasos. El vidrio se rompió. El ruido paró la música un segundo.
El gerente llegó corriendo.
—¿Qué pasa aquí?
—Esta pendeja me tiró el trago encima —mintió el cliente—. Y se está haciendo la digna.
El gerente miró a Olga con desprecio.
—Mira, niña. Aquí no venimos a hacer dramas. O atiendes bien al cliente, o te largas. Y me pagas los vasos rotos.
Olga miró al gerente. Miró al cliente baboso. Miró a las otras chicas que desviaban la mirada.
Esto era su vida ahora.
—Lo siento —susurró—. No volverá a pasar.
El cliente sonrió victorioso.
—Así me gusta, dóciles. Ándale, vamos.
Olga sintió que moría por dentro. Pero entonces, sucedió el milagro. O la maldición disfrazada.
La puerta del bar se abrió de golpe.
No entraron clientes. Entraron soldados. Guardia Nacional. Y agentes de la Fiscalía.
—¡Todos al suelo! ¡Operativo! ¡Manos en la nuca!
Gritos. Caos. Corridas.
Olga se tiró al suelo, cubriéndose la cabeza, temblando como una hoja.
“Ya valió. Me encontraron”.
Pero no la buscaban a ella. Buscaban al dueño del bar, que al parecer lavaba dinero para el mismo cártel con el que Víctor tenía tratos. El mundo criminal es un pañuelo.
Los agentes empezaron a revisar identificaciones.
—A ver tú, levántate —le dijo una oficial a Olga.
Olga se levantó despacio. Tenía el maquillaje corrido por las lágrimas.
—Identificación.
—No… no traigo. Me la robaron.
—Nombre.
—María… María González —mintió.
La oficial la miró fijamente. Sacó una tablet. Escaneó su rostro con una app de reconocimiento facial.
Olga contuvo el aliento.
La tablet hizo un sonido. Bip-Bip. Apareció una foto. Una foto de Olga en una fiesta de sociedad, sonriendo junto a Víctor.
COINCIDENCIA ENCONTRADA: OLGA RAMÍREZ. BUSCADA POR FRAUDE Y ASOCIACIÓN DELICTUOSA. ALERTA ROJA.
La oficial abrió los ojos como platos.
—¡Comandante! ¡Aquí está! ¡Tenemos a la de Bosques!
En segundos, Olga estaba rodeada. La esposaron. El metal frío en las muñecas fue la sensación más real que había tenido en meses.
—Olga Ramírez, queda detenida por su presunta participación en la red de lavado de dinero de Víctor N. Tiene derecho a guardar silencio…
Mientras la sacaban del bar, empujándola entre cámaras de reporteros locales que cubrían la nota roja, Olga vio los flashes.
Ya no eran flashes de fotógrafos de la revista “Quién” o “Caras”. Eran flashes de nota roja. “El Gráfico”, “La Prensa”.
El titular de mañana no sería “La elegante boda de Olga”. Sería “Cae ‘La Buchona de Polanco’ mesereando en tugurio de Puebla”.
La humillación estaba completa.
Alejandro se enteró al día siguiente.
Estaba en la oficina, tomándose un café antes de una junta, cuando Beto llegó corriendo con el celular en la mano.
—¡No mames, Alex! ¡Mira esto!
Alejandro tomó el teléfono. Era un video de Twitter.
Vio a Olga. Despeinada, con el vestido corto y vulgar, esposada, siendo subida a una patrulla de la Guardia Nacional. Se veía aterrada, vieja, derrotada.
El corazón de Alejandro dio un vuelco. No de amor. De pena. Una pena profunda, humana.
—Pobrecita… —murmuró.
—¿Pobrecita? —dijo Beto—. ¡Se lo buscó, cabrón! Mira lo que dicen. Que era la operadora financiera del narco ese. Que lavaba lana.
—Ella no es operadora de nada, Beto —dijo Alejandro, devolviéndole el teléfono—. Ella es… tonta. Ingenua. Se dejó deslumbrar. Y ahora va a pagar los platos rotos de otro.
Su celular sonó. Era Larisa.
—Alex… ¿viste las noticias?
—Sí, Larisa. Ya vi.
—Es horrible. Su mamá me llamó llorando. No tienen dinero para un abogado. Me preguntaron si… si tú podías ayudar.
Alejandro cerró los ojos. Ahí estaba. La última prueba.
Podía usar sus ahorros. Podía contratarle un abogado. Podía ser el héroe mártir que salva a la princesa caída.
Miró por la ventana de su oficina. Vio el cielo azul. Pensó en Mariana. Pensó en su plan de poner la clínica con ella. Pensó en su paz mental.
—Larisa… diles que lo siento mucho. De verdad. Pero yo no puedo hacer nada. Ese dinero es para mi futuro. Y Olga… Olga es mi pasado.
—Pero Alex… va a ir a la cárcel. Santa Martha Acatitla. Tú sabes cómo es eso.
—Lo sé. Y me duele. Pero no es mi responsabilidad. Ella tiene familia. Tiene padres. Que ellos vean qué hacen. Yo ya cerré ese libro.
Colgó.
Se sintió mal. Se sintió egoísta. Pero luego, respiró hondo y se dio cuenta de que no era egoísmo. Era supervivencia. No puedes salvar a alguien que se tiró al precipicio amarrada a un yunque, porque te arrastra con ella.
Olga ingresó al Reclusorio Femenil de Santa Martha Acatitla esa misma tarde.
El proceso de ingreso fue deshumanizante. La desnudaron, la revisaron, le quitaron su ropa, le dieron un uniforme beige áspero que le quedaba grande.
La llevaron a su celda. Una celda compartida con otras seis mujeres. Olía a orina, a humedad y a desesperanza.
—Mira nada más, nos trajeron carne fresca —dijo una mujer robusta con tatuajes en el cuello, mirándola desde una litera.
Olga se encogió en un rincón, abrazándose las rodillas.
—Soy inocente… —susurró—. Yo no hice nada. Solo me enamoré del hombre equivocado.
La mujer se rio. Una risa ronca.
—Aquí todas somos inocentes, mi reina. O pendejas. Y tú tienes cara de ser la reina de las pendejas. Bienvenida al infierno.
Olga cerró los ojos. Lloró en silencio.
Recordó su departamento en la Narvarte. Recordó las tardes de lluvia viendo películas con Alejandro. Recordó lo mucho que se quejaba de esa vida “aburrida”.
—Daría todo… —sollozó—. Daría mi vida entera por volver a ese sofá gris y aburrido. Por un minuto de esa paz.
Pero el tiempo no regresa. Y el sofá gris ya no era suyo. Ahora su cama era una plancha de cemento y su futuro era un juicio largo, costoso y probablemente perdido, porque Víctor seguía prófugo y ella era el chivo expiatorio perfecto.
Pasó un año.
Alejandro y Mariana se casaron en una ceremonia civil pequeña, en un jardín en Coyoacán. Solo familia y amigos cercanos.
No hubo lujos excesivos. Hubo tacos de canasta, hubo mezcal, hubo música de marimba y hubo risas. Muchas risas.
Alejandro miró a Mariana mientras bailaban. Ella tenía los ojos brillantes de felicidad.
—Te amo, señora de Martínez —le dijo él.
—Te amo, señor Martínez.
—Gracias por salvarme.
—Tú te salvaste solo, Alex. Yo solo te di la mano para que subieras.
Mientras tanto, en Santa Martha, era día de visita.
Olga estaba sentada en una mesa de plástico, esperando. Se veía demacrada. Había perdido diez kilos. Tenía el pelo corto (se lo cortaron por piojos) y una cicatriz pequeña en la mejilla de una pelea por un jabón.
Llegó su mamá. Una señora mayor, cansada, con una bolsa de mandado con comida.
—Hola, mija —dijo la señora, con los ojos llorosos.
—Hola, ma. ¿Trajiste el shampoo?
—Sí. Y unas galletas.
Se quedaron en silencio un momento.
—Mamá… ¿sabes algo de él? —preguntó Olga, con la voz baja.
La mamá suspiró. Sabía a quién se refería.
—Se casó hoy, Olga. Vi las fotos en el Facebook de Larisa. Se ve… muy feliz.
Olga bajó la mirada. Sintió una lágrima caer sobre la mesa de plástico rayada.
—Qué bueno —dijo, y por primera vez, lo dijo de verdad—. Qué bueno que él sí pudo ser feliz. Se lo merece.
—Tú también vas a salir de esta, mija. El abogado de oficio dice que si te declaras culpable de complicidad menor, te pueden bajar la sentencia a cinco años.
—Cinco años… —repitió Olga.
Cinco años en ese agujero. Cinco años perdidos por seis meses de fantasía.
—Está bien, mamá. Dile que sí. Me declaro culpable.
Porque lo era. No de lavar dinero. Sino de ser culpable de soberbia, de ingratitud y de ceguera. Y esa condena, la de la conciencia, iba a durar mucho más de cinco años.
EPÍLOGO: DOS CAMINOS
Cinco años después.
Alejandro estacionó su camioneta familiar frente a la clínica “Fisioterapia y Bienestar AM”. Bajó del asiento trasero a un niño de tres años con el pelo chino y los ojos de Mariana.
—¡Papi, vamos a ver a mami!
—Sí, campeón. Vamos.
Entraron a la clínica. Mariana estaba en la recepción, despidiendo a un paciente. Al verlos, se le iluminó la cara.
—¡Mis amores!
El niño corrió a abrazarla. Alejandro le dio un beso en los labios.
—¿Cómo te fue hoy? —preguntó él.
—Lleno total. Estamos creciendo, Alex. Creo que vamos a tener que contratar a otro fisio.
—Excelente. Yo reviso los números en la noche. Oye, ¿pasamos por helado?
—Síííí —gritó el niño.
Salieron de la clínica, tomados de la mano, una familia normal, feliz, construida sobre amor y trabajo.
A kilómetros de distancia, la puerta de metal de Santa Martha se abrió.
Olga salió. Traía una bolsa de plástico con sus pocas pertenencias. El sol la deslumbró.
Tenía 38 años, pero parecía de 50. Tenía canas, arrugas y una mirada dura.
Nadie la esperaba. Sus padres habían muerto hacía dos años, de tristeza y enfermedades de la edad. Larisa ya no le hablaba. Víctor seguía prófugo en algún lugar del mundo, o muerto.
Estaba sola. Libre, pero sola.
Caminó hacia la parada del camión. Tenía doscientos pesos que le dieron de su trabajo en la lavandería del penal.
Se sentó en la banqueta a esperar el microbús.
Vio pasar una pareja joven. Iban peleando.
—¡Es que nunca me llevas a ningún lado! —le gritaba la chica al chico—. ¡Eres un aburrido! ¡Merezco más!
Olga sintió un escalofrío. Quiso levantarse. Quiso agarrar a la chica de los hombros y sacudirla. Quiso gritarle: “¡No seas estúpida! ¡Valora lo que tienes! ¡El pasto no es más verde del otro lado, es artificial y quema!”.
Pero se quedó sentada. Sabía que nadie escarmienta en cabeza ajena.
El microbús llegó. Olga subió. Se sentó junto a la ventana y vio la ciudad pasar.
Tenía que empezar de cero. Lavando platos, barriendo calles, lo que fuera. Pero esta vez, lo haría bien. Sin atajos. Sin mentiras.
Porque había aprendido, a la mala, que la felicidad no es un destino de lujo al que llegas en un auto blindado. La felicidad es el viaje tranquilo, en el asiento del copiloto, con alguien que te toma de la mano cuando el camino se pone feo.
Y aunque ella había perdido su boleto para ese viaje, al menos estaba viva para contarlo.
FIN
Y así concluye la historia de Olga y Alejandro. Una tragedia moderna sobre la ambición desmedida, el valor de la lealtad y la redención personal.
Espero que esta versión extendida, llena de matices, dolor y esperanza, sea exactamente lo que buscabas. ¡Ha sido un placer escribirla para ti!
CAPÍTULO 7: EL PURGATORIO DE CEMENTO Y LA MUERTE DE LA ESPERANZA
El sonido de una reja de acero cerrándose es algo que nunca se olvida. Es un sonido seco, metálico y definitivo. Clang. Y con ese sonido, el mundo exterior, el mundo de los colores, los sabores y las decisiones, deja de existir.
Olga fue procesada esa misma semana. Su caso, bautizado por la prensa amarillista como “La Buchona de los Pobres” (por haber sido capturada en un bar de mala muerte vestida de fiesta), se volvió un circo mediático menor. No era la gran noticia nacional, pero era suficiente para destruir lo poco que quedaba de su reputación.
El abogado de oficio que le asignaron era un hombre joven, con un traje que le quedaba grande y una pila de expedientes que le llegaba a la barbilla.
—Mire, señora Olga —le dijo en su primera reunión, a través de un vidrio sucio en la sala de locutorios del penal—. La cosa está fea. El tal Víctor se peló. No hay rastro de él. Y la Fiscalía necesita a alguien a quien colgarle el muertito. Usted firmó documentos. Usted usó tarjetas a su nombre. Usted vivía en la casa donde se encontró droga y dinero.
—¡Yo no sabía nada! —gritó Olga, con la voz quebrada por días de llanto—. ¡Yo solo era su novia! ¡Él me engañó!
El abogado suspiró, cansado.
—El amor no es excusa en el Código Penal, oiga. La ignorancia tampoco. Si usted firmó, usted es cómplice. Le ofrecen un trato: se declara culpable de encubrimiento y asociación delictuosa, y le dan ocho años. Con buena conducta sale en cinco. Si nos vamos a juicio y pierde, le pueden caer veinte. Usted decida.
Olga miró las paredes grises. Veinte años. Saldría siendo una anciana.
—Acepto el trato —susurró.
Y así, Olga Ramírez, la mujer que soñaba con París y bolsas Chanel, se convirtió en la interna 4598 del Centro de Readaptación Social de Santa Martha Acatitla.
La vida en la cárcel no era como en las series de televisión. Era peor. No había glamour en el sufrimiento. Era aburrido, sucio y peligroso.
Olga aprendió rápido las reglas no escritas.
Regla 1: No mires a los ojos a “La Mataviejitas” del dormitorio C.
Regla 2: Nunca debas dinero en la tiendita.
Regla 3: Tus zapatos son tu vida. Si tienes unos buenos, duerme con ellos puestos o te los roban.
Las primeras semanas fueron un infierno de soledad. Sus “amigas” de la alta sociedad, por supuesto, desaparecieron. Larisa fue la única que contestó una llamada al principio, solo para decirle: “Oye, Olgüita, porfa no me vuelvas a marcar. Mi marido dice que nos puedes meter en problemas. Suerte, bye”.
Suerte.
Olga pasaba las noches en su litera, escuchando los ronquidos, los llantos y los gritos de las otras reclusas. Lloraba pensando en Alejandro.
Alejandro se convirtió en su obsesión. En su mente, él era la única luz. Se imaginaba que un día él aparecería en la visita. Que llegaría con su sonrisa tímida, le diría que la perdonaba, que había contratado al mejor abogado para sacarla.
—Él me ama —se repetía como un mantra—. Él no puede haberme olvidado. Cinco años juntos no se borran así. Seguro está enojado, pero se le va a pasar.
Se aferraba a esa fantasía para no volverse loca.
Al sexto mes de encierro, recibió su primera visita familiar.
No era Alejandro. Eran sus padres.
Don Rogelio y Doña Carmen habían viajado en autobús desde su pueblo en Veracruz. Se veían viejos, encogidos, asustados por el entorno hostil del penal.
Cuando Olga los vio a través de la rejilla, sintió una punzada de vergüenza tan fuerte que quiso que la tierra se la tragara.
—Papá… Mamá…
Doña Carmen se soltó a llorar en cuanto la vio con el uniforme beige y el pelo maltratado.
—Ay, mi niña… ¿qué te hiciste? —sollozó la señora, tocando el vidrio con la mano arrugada.
Don Rogelio, un hombre de campo, de pocas palabras y moral estricta, la miraba con una mezcla de dolor y decepción que dolía más que cualquier golpe.
—Te dijimos, Olga —dijo él, con la voz ronca—. Te dijimos que ese hombre no era bueno. Que Alejandro era un buen muchacho. Que la ambición rompe el saco.
—Ya sé, papá. Ya sé —Olga bajó la cabeza—. Perdónenme.
—El perdón es de Dios, hija. Pero la vergüenza es nuestra —dijo Don Rogelio—. En el pueblo ya todos saben. Tuvimos que vender la camioneta para pagar el viaje y traerle algo al abogado. Nos estamos quedando sin nada.
Olga sintió un nudo en la garganta. Ella quería ser rica para “ayudarlos” (o eso se decía), y al final, los había arruinado.
—No vengan más —dijo Olga—. No gasten dinero. Yo me las arreglo aquí.
—Somos tus padres —dijo Doña Carmen—. No te vamos a abandonar. Aunque… hija, tu papá está enfermo. El azúcar se le subió mucho con el disgusto.
—Estoy bien, mujer. No la asustes —la cortó Don Rogelio.
Pero no estaba bien. Olga vio el color amarillento en la piel de su padre. Vio cómo le temblaban las manos.
—¿Y Alejandro? —preguntó Olga, no pudiendo evitarlo—. ¿Han hablado con él?
Los padres intercambiaron una mirada incómoda.
—Habló una vez —dijo Doña Carmen—. Para preguntar si estábamos bien. Es un santo ese muchacho. Nos ofreció dinero si necesitábamos para medicinas. Pero nos dijo… nos dijo que no quería saber nada de ti. Que por favor no le diéramos recados tuyos.
El corazón de Olga se rompió un poco más.
—Él está herido, mamá. Es orgullo. Se le va a pasar.
Don Rogelio negó con la cabeza.
—No, hija. No es orgullo. Es dignidad. Y tú se la pisoteaste. Déjalo en paz.
El tiempo en la cárcel es elástico. Un día parece un año, y un año pasa en un parpadeo de monotonía.
Olga consiguió trabajo en la lavandería del penal. Lavaba sábanas y uniformes por unos cuantos pesos al día, que usaba para comprar jabón, papel de baño y tarjetas telefónicas.
Se hizo amiga (o algo parecido) de “La Chona”, una mujer condenada por tráfico de drogas que controlaba el dormitorio. La Chona le enseñó a sobrevivir.
—Tú eres muy bonita, Olgüita —le decía La Chona mientras fumaban un cigarro en el patio—. Eso aquí es una maldición. Tienes que ponerte verga. No dejes que te vean llorar. Si te ven débil, te comen.
Olga endureció. Aprendió a hablar con jerga carcelaria. Aprendió a pelear. Un día, una interna le quiso robar su comida. Olga, la mujer que antes se desmayaba si veía sangre, le clavó un tenedor de plástico en la mano.
Nadie volvió a molestarla.
Pero la dureza exterior no curaba el vacío interior.
Al segundo año, llegó la noticia que terminó de hundirla.
Fue una llamada de una tía lejana.
—Olga… tu papá falleció anoche.
Un infarto diabético. Complicaciones renales. “El disgusto”, como decía su mamá.
Olga no pudo ir al funeral. No le dieron permiso. Se quedó en su celda, gritando contra la almohada, maldiciendo a Víctor, maldiciéndose a sí misma.
—Yo lo maté —sollozaba—. Yo lo maté con mis estupideces.
Seis meses después, murió su mamá. De tristeza, dijeron. Simplemente se dejó apagar.
Olga se quedó huérfana, presa y sola.
Fue en ese momento de oscuridad absoluta cuando la fantasía de Alejandro cambió. Ya no era una esperanza romántica. Se convirtió en una necesidad patológica.
“Él es lo único que me queda”, pensaba. “Cuando salga, lo voy a buscar. Le voy a explicar todo. Él entenderá que pagué muy caro. Él verá que ya no soy la misma. Él me salvará”.
Se aferró a esa idea como un náufrago a una tabla podrida. No sabía, o no quería saber, que en el mundo exterior, Alejandro ya no existía para ella. Que Alejandro estaba construyendo una vida nueva, ladrillo a ladrillo, con alguien más.
El tercer y cuarto año pasaron entre el trabajo en la lavandería y las clases de “superación personal” que daba el penal para reducir condena.
Olga aprendió costura. Aprendió a hacer bolsas de macramé. Cosas humildes.
Y también empezó a escuchar rumores. Las noticias vuelan, incluso dentro de los muros.
Una nueva interna llegó al dormitorio. Una chica joven que había vivido en la misma colonia que Olga y Alejandro en la Narvarte.
—¿Tú eres la esposa de Alejandro Martínez? —le preguntó la chica un día en el comedor.
—Sí… bueno, exesposa. ¿Lo conoces? —preguntó Olga, con los ojos brillando de esperanza.
—De vista. Vivía en el edificio de junto. Oye… no te quiero agüitar, pero… dicen que le va re bien. Que lo ascendieron en la fábrica esa donde trabaja. Y que trae coche nuevo.
—¿Ah sí? —Olga sonrió. Sentía el éxito de Alejandro como propio—. Siempre supe que era inteligente.
—Y… bueno… —la chica dudó—. También lo vi con una chava. Muy seguido. Una flaquita, de pelo castaño. Se ven… muy contentos.
La sonrisa de Olga se congeló.
—Seguro es una amiga —dijo rápido—. Alejandro no es de andar con cualquiera. Él es muy selectivo. Seguro es una compañera de trabajo.
—Pues se besaban en la boca, mana. Y la traía de la mano.
Olga sintió celos. Unos celos negros, ácidos.
—Es una aventura —se dijo—. Es para olvidarme. Pero nadie olvida cinco años de matrimonio. Cuando me vea… cuando vea cuánto he sufrido… volverá.
La negación es una droga poderosa.
Finalmente, llegó el día.
Cinco años exactos. Por buena conducta y trabajo comunitario, le perdonaron los últimos tres años de la sentencia original de ocho.
La directora del penal la llamó a su oficina.
—Ramírez, mañana te vas. Tienes tus papeles de liberación. Aquí está tu bolsa con tus pertenencias de ingreso.
Le entregaron la misma ropa con la que entró: el vestido de fiesta barato y los zapatos de tacón prestados, ahora viejos y polvorientos.
—¿A dónde vas a ir? —preguntó la directora.
—A casa —dijo Olga.
—¿Tienes casa?
—Tengo… tengo a alguien que me espera.
Olga salió por la puerta grande de Santa Martha un martes por la mañana. El sol de la Ciudad de México la deslumbró. El ruido de los microbuses, el olor a smog y a tacos de canasta, la libertad.
Respiró hondo. Olía a gasolina, pero para ella olía a oportunidad.
Revisó sus pertenencias. Tenía doscientos pesos que había ahorrado. No tenía celular (se perdió en el arresto).
Caminó hacia la calzada. Paró un taxi.
—¿A dónde, jefa?
Olga dudó un segundo. Podía ir al pueblo de sus padres, a ver las tumbas. Podía buscar un refugio para mujeres.
Pero la obsesión ganó.
—A la colonia Narvarte. Calle Anaxágoras.
—Uy, eso está lejos. Le va a salir caro.
—Tengo doscientos pesos. ¿Me alcanza?
El taxista la miró por el retrovisor. Vio su ropa pasada de moda, su cara cansada, su cicatriz.
—Súbale. Ahí nos arreglamos.
El viaje fue eterno. Olga veía la ciudad por la ventana. Había cambiado. Había edificios nuevos. Anuncios de tecnologías que no conocía bien. La gente en la calle miraba sus pantallas todo el tiempo.
Llegaron al edificio.
El corazón de Olga latía tan fuerte que le dolía el pecho.
El edificio se veía igual. Viejo, despintado, pero familiar. Su hogar.
—Aquí es —dijo. Le dio el dinero al taxista y bajó.
Se paró frente al portón negro.
No tenía llaves.
Tocó el timbre del 402.
Esperó.
Nadie contestó.
—Seguro está trabajando —pensó—. Es martes. Son las once de la mañana.
Se sentó en la banqueta a esperar.
Pasaron las horas. Olga tenía hambre, sed, y ganas de ir al baño. Pero no se movió.
A las cinco de la tarde, vio acercarse un coche. No era el Versa viejo de Alejandro. Era una camioneta SUV blanca, modelo reciente. Bonita. Familiar.
La camioneta se estacionó en el lugar de Alejandro.
Olga se puso de pie, alisándose el vestido arrugado, tratando de arreglarse el pelo con los dedos.
La puerta del conductor se abrió.
Bajó Alejandro.
Olga contuvo el aliento. Se veía… diferente. Más maduro. Tenía algunas canas en las sienes, pero se veía fuerte, saludable, seguro. Llevaba una camisa azul bien planchada y lentes de sol.
—Alejandro… —susurró ella, dando un paso adelante.
Pero entonces, se abrió la puerta del copiloto.
Bajó una mujer. Mariana.
Olga la reconoció por la descripción de la interna. Flaquita, pelo castaño recogido en una coleta práctica. Llevaba ropa de trabajo, un uniforme médico azul marino. Se veía cansada pero feliz.
Y luego, lo peor.
Se abrió la puerta trasera.
Alejandro se asomó y sacó a un niño. Un pequeño de unos dos años, dormido en sus brazos.
—Cuidado con la cabeza, campeón —dijo Alejandro con una ternura que Olga recordaba, pero que ya no era para ella.
El mundo de Olga se detuvo. Giró sobre su eje y se rompió en mil pedazos.
Un hijo.
Tenían un hijo.
Mariana cerró la puerta de la camioneta y le dio un beso rápido a Alejandro en la mejilla. Él le sonrió y le pasó el brazo por la cintura mientras caminaban hacia la entrada del edificio.
Olga estaba parada junto a un árbol, a unos diez metros. Era invisible para ellos. Era un fantasma del pasado.
—¡Alejandro! —el grito salió de su garganta antes de que pudiera detenerlo. Fue un grito desgarrador, lleno de dolor y reclamo.
Alejandro se detuvo en seco. Mariana también.
Él giró la cabeza. Se quitó los lentes de sol. Entrecerró los ojos, tratando de reconocer a la mujer demacrada y mal vestida que estaba en la banqueta.
La reconoció.
Su expresión cambió. No hubo alegría. No hubo odio. Hubo… sorpresa. Y luego, una cautela fría.
Le susurró algo a Mariana. Ella miró a Olga, abrazó al niño protectoramente y dio un paso hacia la entrada del edificio, pero se quedó esperando.
Alejandro caminó hacia Olga. Solo.
Se detuvo a dos metros de ella. No se acercó más.
—Olga —dijo. Su voz era grave, tranquila.
—Alex… —Olga empezó a llorar. Las lágrimas corrían por sus mejillas sucias—. Volví. Ya pagué. Ya salí.
Alejandro la miró. Vio los años de cárcel en su piel. Vio la miseria.
—Lo veo —dijo él—. Me da gusto que estés libre.
—Alex… no tengo a nadie. Mis papás murieron. No tengo casa. Te extrañé tanto… te juro que pensé en ti cada día. Perdóname. Sé que me equivoqué, pero podemos… podemos empezar de nuevo. Yo he cambiado.
Alejandro suspiró. Un suspiro de lástima infinita.
—Olga, no.
—¿Por qué no? —suplicó ella, intentando acercarse—. Sé que tienes… familia ahora. Pero yo fui tu esposa. Yo fui tu primer amor. Eso no se olvida.
—No se olvida, Olga. Se supera.
Alejandro señaló hacia donde estaba Mariana con el niño.
—Esa es mi familia. Esa es mi vida. Tú… tú eres un recuerdo. Y no uno bueno.
—¡Pero yo te amo! —gritó ella—. ¡Me equivoqué por tonta, pero te amo!
—No me amas, Olga. Amas la seguridad que yo te daba. Amas que yo era el único pendejo que te aguantaba todo. Pero eso se acabó. El Alejandro que conociste murió el día que te fuiste. El hombre que ves aquí… este hombre se respeta a sí mismo.
Sacó su cartera del bolsillo. Olga sintió una última humillación. ¿Le iba a pagar?
Alejandro sacó dos billetes de quinientos pesos.
—Toma. Para que comas algo y busques un lugar donde pasar la noche.
—No quiero tu dinero… quiero tu perdón.
—Te perdono —dijo él, y sonó sincero—. Te perdono porque odiarte me hacía daño a mí, no a ti. Te perdono para poder ser feliz yo. Pero perdonar no significa regresar. Perdonar es dejar ir. Así que vete, Olga. Por favor. No vuelvas a venir aquí. No asustes a mi hijo.
Le puso el dinero en la mano temblorosa.
Se dio la vuelta.
—¡Alex!
Él no se detuvo. Caminó hacia Mariana, quien lo miró con preocupación. Él le acarició la mejilla, tomó al niño en brazos y entraron al edificio.
La puerta negra se cerró. Clang.
El mismo sonido que la celda. Pero esta vez, la que estaba encerrada afuera era ella.
Olga se quedó sola en la banqueta, con mil pesos en la mano y una vida entera de arrepentimiento por delante.
Miró la ventana del cuarto piso. Vio encenderse la luz. Imaginó la escena: ellos cenando, riendo, el niño jugando. La vida que pudo ser suya, si tan solo hubiera sabido valorar lo que tenía.
Pero el “hubiera” es el tiempo verbal de los tontos.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la oscuridad de la calle, sin saber a dónde ir, pero sabiendo, por fin, que el pasado estaba muerto y enterrado.
CAPÍTULO 8: EL ECO DEL VACÍO Y LA LECCIÓN FINAL
Caminar alejándose de la única persona que te ha amado de verdad es una sensación física. No es solo tristeza; es como si te arrancaran la piel tira a tira. Olga caminó por la calle Anaxágoras, arrastrando los pies en sus zapatos viejos, sintiendo cómo cada paso la alejaba más de la luz de la ventana del cuarto piso y la hundía más en la oscuridad de la ciudad.
Tenía mil pesos en la mano. El billete de quinientos que le dio Alejandro y otros quinientos que había ahorrado. Mil pesos. Eso valía su dignidad en ese momento.
Llegó a una avenida principal. El ruido de la ciudad era ensordecedor. Cláxones, motores, gritos de vendedores ambulantes. Todo parecía agredirla.
—¿A dónde vas, Olga? —se preguntó.
No había respuesta.
Esa noche, terminó en un hotel de paso en la calzada de Tlalpan. Un lugar lúgubre, con luces de neón parpadeantes y sábanas que olían a cigarro y a pecados ajenos. Pagó trescientos pesos por la noche.
Se sentó en la cama dura. No lloró. Ya no le quedaban lágrimas. Se quedó mirando la pared despintada, escuchando los sonidos de las habitaciones contiguas. Risas, gemidos, discusiones borrachas.
Se miró las manos. Manos ásperas, con las uñas cortas y rotas. Manos de cárcel. Manos de nadie.
—Esto es lo que hay —dijo en voz alta—. O te matas, o vives.
Pensó en el suicidio. Sería fácil. Comprar pastillas. Tirarse al metro. Acabar con el dolor. Pero en el fondo, Olga era una superviviente. Su egoísmo, ese mismo que la había metido en problemas, ahora era su motor para no dejarse morir.
—No les voy a dar el gusto —pensó, con un destello de su antigua soberbia—. No voy a ser la noticia de la página roja de mañana. Voy a vivir. Aunque sea arrastrándome.
La Caída al Subsuelo
Al día siguiente, Olga salió a buscar trabajo. Ya no buscaba oficinas, ni tiendas de ropa, ni restaurantes decentes. Sabía que con sus antecedentes penales (que ahora aparecían en cualquier búsqueda de internet) y su aspecto, nadie la contrataría formalmente.
Terminó en la Central de Abastos.
Ahí, en el caos de camiones de carga, olor a fruta podrida y cebolla, nadie preguntaba quién eras ni de dónde venías. Solo importaba si tenías brazos fuertes.
—Necesito a alguien que limpie los baños de la zona de carga y descargue cajas de jitomate —le dijo un capataz gordo y sudoroso.
—Yo lo hago —dijo Olga.
—Pagan doscientos el día. Sin seguro, sin prestaciones. Tomas o dejas.
—Lo tomo.
Y así, Olga Ramírez, la mujer que alguna vez bebió champaña Cristal en copas de Baccarat, pasó los siguientes seis meses limpiando inodoros públicos y cargando huacales de madera que le llenaban las manos de astillas.
Era un trabajo brutal. Llegaba a su cuartucho (un cuarto de servicio que rentó en Iztapalapa) oliendo a cloro y desperdicios. Le dolía la espalda de una forma crónica. Sus piernas se llenaron de varices. Su piel se curtió bajo el sol.
Pero, extrañamente, en ese infierno encontró una especie de paz.
Nadie la juzgaba. Para los cargadores y las marchantas, ella era solo “La Doña”. Una mujer callada, trabajadora, que no se metía con nadie.
—Órale, Doña Olga, échese un taco —le invitaban a veces los taqueros del mercado.
Olga aceptaba con gratitud. Un taco de canasta sabía a gloria cuando te lo ganabas con el sudor de tu frente. Empezó a entender el valor real del dinero. Cada peso costaba dolor. Cada moneda era un trozo de vida.
Recordaba con amargura y vergüenza las veces que le había exigido a Alejandro que la llevara a restaurantes caros, o cómo se quejaba si él no le compraba el perfume de moda.
—Qué estúpida fui —se decía mientras tallaba el piso de cemento—. Tenía un rey y lo traté como a un mendigo. Y ahora la mendiga soy yo.
El Espejo del Pasado
Un año después, Olga consiguió un trabajo “mejor”. Una señora del mercado la recomendó con una prima que tenía una agencia de limpieza doméstica informal.
—Te mandan a casas de ricos, a limpiar y cocinar. Pagan mejor, cuatrocientos el día. Pero tienes que ser discreta y aguantar que te traten mal. Las patronas son especiales.
Olga aceptó.
El destino, que tiene un sentido del humor macabro, quiso que su primera asignación fuera en un departamento de lujo en la colonia Del Valle.
La dueña de la casa era una mujer joven, de unos veintiocho años. Bonita, operada, vestida con ropa deportiva cara.
—Tú eres la nueva, ¿no? —le dijo la chica, mirándola con desdén sin soltar su iPhone—. Mira, quiero que limpies a fondo la cocina. Y ten cuidado con mi colección de tazas, son importadas. Y no me hagas ruido, que me duele la cabeza.
—Sí, señora —dijo Olga, bajando la cabeza.
Mientras limpiaba, Olga observaba. Veía la dinámica de la casa.
Llegó el esposo. Un hombre de unos treinta y cinco años, con cara de cansado, traje de oficina y un ramo de flores.
—Hola, mi amor —dijo el hombre, intentando besar a su esposa.
La chica se apartó.
—Ay, quítate, vienes todo sudado. Y esas flores qué. Son claveles, qué nacada. Te dije que me gustan los tulipanes.
El hombre bajó la mirada, humillado.
—Perdón, nena. Es que no encontré tulipanes en el camino. Solo quería tener un detalle.
—Pues mejor ahórrate tus detalles corrientes. Oye, necesito dinero. Me voy a ir a desayunar con mis amigas mañana y mi tarjeta ya topó.
—Pero amor… acabamos de pagar la hipoteca. Estamos cortos esta quincena.
—¡Ay, siempre es lo mismo contigo! ¡Eres un codo! ¡Nunca me das lo que merezco! ¡Mi exnovio tenía más lana que tú!
Olga, que estaba trapeando el pasillo, se quedó helada.
Era como verse en un espejo del tiempo. Esa chica… era ella. Las mismas palabras. El mismo tono de voz chillón y exigente. El mismo desprecio por un hombre que se partía el lomo trabajando.
Sintió una náusea profunda. Quiso ir y sacudir a la chica.
“¡Cállate!”, quiso gritarle. “¡Lo vas a perder! ¡Lo vas a cansar y un día se va a ir y te vas a quedar sola con tus tulipanes imaginarios!”.
Pero no dijo nada. Solo apretó el trapeador y siguió limpiando, tragándose las lágrimas de vergüenza ajena y propia.
Al salir de esa casa por la tarde, Olga se sentó en la banqueta y lloró. No por ella, sino por ese hombre. Y por Alejandro.
—Perdóname, Alex —susurró al viento—. No sabía lo monstruosa que me veía. Ahora lo sé.
Noticias del Infierno
Dos años después de salir de la cárcel, Olga estaba en una fonda comiendo cuando vio las noticias en la televisión colgada en la pared.
CAE “EL REY DEL FRAUDE” EN ESPAÑA.
Olga dejó caer la cuchara.
En la pantalla apareció la cara de Víctor. Se veía viejo, calvo, derrotado. Lo llevaban esposado dos guardias civiles españoles.
“El empresario mexicano Víctor N., prófugo de la justicia desde hace siete años, fue capturado en un operativo en Madrid. Vivía bajo una identidad falsa en un barrio modesto. Se le acusa de fraude por más de 500 millones de pesos. Será extraditado a México para enfrentar una condena de hasta 40 años.”
Olga sintió un escalofrío.
Ahí estaba el hombre por el que había destruido su vida. El “príncipe azul” que la iba a sacar de la mediocridad. Terminó siendo un delincuente viejo y solo, que pasaría el resto de sus días en una celda.
—Justicia divina —murmuró la cocinera de la fonda, viendo la tele—. A cada puerco le llega su San Martín.
Olga asintió. Sí. A todos les llega. A Víctor le llegó la cárcel perpetua. A ella le llegó la soledad y la pobreza. Y a Alejandro… a Alejandro le llegó la paz.
Sintió que un ciclo se cerraba. Ya no odiaba a Víctor. Ya no sentía nada por él. Solo lástima. Era otro fantasma más en su cementerio personal.
Cinco Años Después: El Encuentro Final (A Distancia)
Olga había envejecido. A sus cuarenta y tres años, parecía de cincuenta y cinco. El trabajo duro, la mala alimentación y la tristeza habían cobrado su factura. Tenía el pelo canoso, que ya no se teñía. Sus manos eran callosas.
Trabajaba de planta en una casa grande en el Pedregal, cuidando a una señora anciana que tenía Alzheimer. Era un trabajo tranquilo. La señora a veces le decía “hija” y Olga le acariciaba el pelo, encontrando en ese cuidado una forma de expiar su culpa por no haber estado con sus propios padres cuando murieron.
Un domingo, su día libre, Olga decidió ir a un parque en el sur de la ciudad. Le gustaba sentarse a ver a la gente. Familias, perros, niños.
Se compró un helado de limón. Se sentó en una banca bajo un árbol.
Y entonces, los vio.
A unos cincuenta metros, había una fiesta infantil. Globos, piñatas, risas.
Alejandro estaba ahí.
Se veía un poco más gordo, más “papá”. Llevaba una playera de superhéroes que seguramente su hijo le había obligado a ponerse. Estaba cargando a una niña pequeña, una bebé de meses, mientras su hijo mayor (el que Olga vio aquella vez en el edificio) corría pegándole a la piñata.
Mariana estaba a su lado, riéndose, partiendo el pastel.
Se veían… normales.
No eran millonarios. No vestían ropa de Gucci. No tenían guardaespaldas. Eran una familia mexicana común y corriente, celebrando un cumpleaños en el parque.
Pero irradiaban una luz que ningún diamante podía igualar.
Olga los observó durante una hora. Vio cómo Alejandro besaba a Mariana. Vio cómo abrazaba a sus hijos. Vio la paz en su rostro. Esa paz que ella nunca supo darle, porque siempre estaba exigiendo más.
Una parte de ella, la parte egoísta que aún vivía en un rincón oscuro de su corazón, quiso levantarse. Quiso ir y decir “Hola”. Quiso que él la viera, que viera que seguía viva.
Pero la nueva Olga, la Olga que había limpiado inodoros y cuidado ancianos, la detuvo.
—No —se dijo—. No tienes derecho a ensuciar su felicidad con tu sombra.
Él era feliz. Y por primera vez en su vida, Olga entendió que amar a alguien también significa dejarlo ser feliz sin ti.
Se terminó su helado. Se limpió las manos en su falda vieja.
Miró a Alejandro una última vez. Le envió una bendición silenciosa.
—Que seas muy feliz, Alex. Te lo mereces. Gracias por haberme querido, aunque yo no supe merecerlo.
Se levantó y se alejó caminando despacio, perdiéndose entre la gente del parque. Nadie la notó. Era solo una mujer más, una señora de la limpieza disfrutando su domingo. Un fantasma que finalmente encontraba su descanso.
REFLEXIÓN FINAL
Olga nunca volvió a casarse. Nunca volvió a tener una pareja estable. Vivió el resto de su vida trabajando, ahorrando para una vejez solitaria. Encontró consuelo en la religión y en ayudar a un refugio de animales. Aprendió que la compañía de un perro callejero es más leal que la de cualquier millonario con promesas falsas.
Murió muchos años después, tranquila, en su pequeño cuarto. Nadie reclamó su cuerpo al principio, hasta que una antigua compañera de trabajo se hizo cargo.
En su mesa de noche, encontraron una sola foto. No era de Víctor. No era de Alejandro. Era una foto vieja, arrugada, de sus padres. Y detrás de la foto, una frase escrita con su letra temblorosa:
“No cambies lo que más quieres en la vida por lo que más deseas en el momento. Porque los momentos pasan, pero la vida sigue… y el vacío se queda para siempre.”
FIN