
PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Silencio de la Caoba y los Fantasmas del Pasado
Doña Rosario Mondragón, a quien medio mundo en el centro de la Ciudad de México conocía y temía como “La Patrona de La Merced”, permanecía inmóvil en la penumbra de su estudio privado. El aire dentro de aquella habitación estaba viciado, cargado no de polvo, sino de una energía pesada, casi eléctrica, como la que se siente en el cielo del Valle de México justo antes de que se suelte un tormentón de aquellos que inundan el Viaducto.
Estaba sentada frente a su imponente escritorio de caoba, una pieza maestra tallada a mano que había encargado traer desde Michoacán hacía veinte años. La madera, oscura y brillante, reflejaba la luz tenue de una lámpara de latón estilo Art Nouveau que costaba lo que una familia promedio ganaba en un año. Rosario tenía la mirada clavada en la pared de enfrente, donde un cuadro al óleo de la Virgen de Guadalupe la observaba con ojos compasivos, pero Rosario no buscaba compasión; buscaba fuerza. Buscaba la rabia necesaria para hacer lo que tenía que hacer.
Llevaba puesta su “armadura” de los días importantes: un huipil oaxaqueño de terciopelo negro, bordado con flores de colores vivos —rojos sangre, amarillos cempasúchil, verdes nopal— que parecían brotar de su pecho. Alrededor de su cuello, una cadena de oro macizo con un centenario colgando, pesada, fría, un recordatorio constante de que el oro no calienta el alma. Sus manos, apoyadas sobre el escritorio, contaban una historia que el resto de su atuendo intentaba ocultar. Eran manos fuertes, anchas, con los nudillos ligeramente deformados por la artritis y la piel curtida. Manos que habían cargado bultos, que habían lavado en agua helada, que habían peleado a puño limpio contra la vida.
El reloj de péndulo en la esquina marcó las cuatro de la tarde con un sonido grave y solemne. Dong. Dong. Dong. Dong. Cada campanada resonaba en el silencio de la mansión de El Pedregal como un latido fúnebre.
Afuera, la vida de lujos que ella pagaba seguía su curso. Podía escuchar, muy a lo lejos, el zumbido de la aspiradora manejada por una de las tres empleadas domésticas. Escuchaba el motor de la bomba de la alberca. Pero ahí, en su santuario, Rosario estaba sola con sus fantasmas.
No parpadeaba. Apenas respiraba. Pero dentro de su pecho, un incendio forestal estaba consumiendo las últimas hectáreas de su paciencia. A sus 69 años, Rosario Mondragón era una institución. Dueña de tres naves industriales en la Central de Abastos que movían toneladas de abarrotes y perecederos cada madrugada; propietaria de seis locales de ropa en la calle de Correo Mayor, donde la gente se amontonaba como hormigas para comprar sus telas importadas; y dueña absoluta de esta fortaleza en una de las zonas más exclusivas de la capital.
Su nombre abría puertas blindadas. Los cargadores más bravos de la Central, esos tipos con tatuajes de la Santa Muerte y cicatrices de navaja, se quitaban la gorra y agachaban la cabeza cuando su camioneta blindada aparecía. “Buenos días, Jefa”, “Pásele, Patrona”, “Lo que usted mande, Doña Rosario”. El respeto se lo había ganado a la mala, peleando cada centímetro de banqueta, cada permiso, cada cliente.
Sin embargo, ahí sentada, rodeada de muebles que olían a cera de abeja y libros que nadie leía, Doña Rosario sentía que era la mujer más miserable de todo México. Una vergüenza caliente, ácida como el vómito, le subía desde el estómago, quemándole el esófago. No era miedo a la quiebra, ni a los secuestros, ni a la vejez. Era algo peor: era la certeza absoluta de haber fracasado en su misión más sagrada.
Había criado parásitos.
Cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta ver luces de colores, y dejó que la memoria la arrastrara hacia atrás, muy atrás, a una época donde no había caoba, ni choferes, ni Pedregal.
Era 1985. El año en que la ciudad se rompió, y ella también.
Su esposo, Rogelio, un buen hombre pero con la voluntad de un papel mojado, había muerto dos semanas antes del gran terremoto. Un infarto fulminante en la obra donde trabajaba como maestro albañil. Rosario se quedó viuda a los 28 años, con Toño de tres años agarrado a su falda y Tere, una bebé de seis meses, llorando en sus brazos.
La familia de Rogelio nunca la quiso. Para ellos, Rosario siempre fue “la prieta esa”, la “gata igualada” que se había embarazado para “amarrar” a su hijo. Vivían arrimados en un cuarto al fondo de la casa de sus suegros en la colonia Guerrero. Quince días. Eso fue lo que duró el “luto” de sus suegros antes de mostrar los colmillos.
Recordaba la tarde exacta. Un martes nublado, con ese olor a ozono y basura que tiene la ciudad cuando va a llover. Llegó de intentar cobrar el finiquito de Rogelio —que el patrón se negó a pagarle argumentando que él no murió en horario laboral— y encontró sus cosas en la banqueta.
Sí, en la banqueta.
Cajas de cartón mojadas por la llovizna incipiente. Su ropa, los juguetes de Toño, la cuna desarmada de Tere. Todo tirado como basura. Su suegra, una mujer amarga con el rosario siempre en la mano y el veneno en la lengua, estaba parada en el zaguán con los brazos cruzados.
—Aquí no es beneficencia pública, mijita —le soltó la vieja sin siquiera mirarla a los ojos—. Mi hijo ya no está, así que tú no tienes nada que hacer aquí. Necesitamos el cuarto.
—Pero señora, por el amor de Dios… son sus nietos —suplicó Rosario, sintiendo que las piernas se le doblaban. Toño empezó a llorar al ver sus cochecitos en un charco de agua sucia.
—¡Esos escuincles son tu problema! Lárgate antes de que llame a la patrulla y diga que te metiste a robar. ¡Órale!
La puerta de metal se cerró con un estruendo que todavía, cuarenta años después, resonaba en las pesadillas de Rosario. Clang. El sonido del desamparo.
Ahí estaba ella, sola en la inmensidad monstruosa del Distrito Federal, con dos niños, sin dinero, y con el cielo cayéndosele encima. Recordaba haber cargado a Toño en la espalda con el rebozo, apretándolo tan fuerte que el niño se quejó, y a Tere en el frente, cubriéndola con su propio suéter. Agarró lo que pudo en dos bolsas de mercado de esas de malla de plástico que te cortan los dedos cuando pesan mucho, y caminó.
Caminó hasta que los pies le sangraron dentro de los zapatos baratos. Terminó esa noche en una vecindad en Iztapalapa, en un cuarto de azotea que una comadre le prestó por lástima. El techo era de lámina de asbesto y tenía más agujeros que un colador; cuando llovía, tenían que dormir sentados en un rincón seco, abrazados como perritos callejeros para darse calor.
La memoria olfativa la golpeó de repente, ahí en su estudio de lujo: el olor a manteca quemada y masa cruda.
Para sobrevivir, Rosario se convirtió en una guerrera de la banqueta. Se levantaba a las tres y media de la madrugada, cuando las calles todavía eran de los borrachos y los perros. Molía nixtamal, preparaba atole de chocolate en ollas inmensas de aluminio que pesaban más que ella. Salía a vender tamales y tortas de tamal —las famosas “guajolotas”— afuera de la estación del Metro Pantitlán.
Ah, el Metro Pantitlán en hora pico. El infierno en la tierra. Un mar de gente, empujones, sudor, gritos. Rosario tenía que defender su esquina con uñas y dientes.
—¡Pásele, güero! ¡Calientitos los de verde! ¡Hay de rajas, hay de dulce! —gritaba hasta quedarse afónica, con Tere durmiendo en una caja de cartón bajo la mesa plegable y Toño jugando con taparroscas en la banqueta grasienta.
Recordaba las quemaduras. El aceite hirviendo salpicándole los brazos, dejándole marcas oscuras que ahora cubría con mangas largas de seda. Recordaba el dolor de espalda, un dolor sordo y constante, de estar parada diez, doce horas seguidas. Pero lo que más recordaba, lo que más le dolía, era el hambre de sus hijos.
Hubo días, muchos días, en los que la venta era mala. Días en los que los inspectores de la delegación, esos buitres con chaleco, llegaban en sus camionetas a “levantar” puestos.
—¡Ámonos, madre! ¡No tiene permiso! —le gritaban mientras le tiraban la olla de atole al suelo.
Rosario recordaba arrodillarse en el asfalto sucio, llorando, tratando de recoger los tamales pisoteados, suplicando:
—¡Jefe, por la Virgencita, es la comida de mis hijos! ¡Déjeme trabajar! ¡Tenga, tenga lo de la venta, pero no se lleve mi puesto!
Y luego, llegar al cuarto de azotea con las manos vacías y el alma rota. Ver los ojitos de Toño preguntando: “¿Qué trajiste, mamá?”. Y tener que darle un bolillo duro con un poco de crema aguada, diciéndole que era un manjar, mientras ella se llenaba la panza con agua de la llave para engañar al hambre.
—Yo juré… —susurró Rosario en el estudio, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—. Yo le juré a la Virgen que mis hijos nunca más iban a pasar por eso. Juré que iban a comer carne todos los días. Juré que iban a tener zapatos nuevos, no remendados. Juré que iban a ser “gente de bien”.
Y cumplió. Vaya que cumplió. Su ascenso fue legendario, una historia que se contaba en las cantinas del centro. De los tamales pasó a vender ropa de paca en los tianguis. Tenía un ojo clínico para la mercancía. Sabía qué se iba a vender antes de que la gente lo supiera. Ahorró cada centavo, cosiendo sus propios calzones para no gastar, comiendo frijoles y arroz durante años.
El salto cuántico vino cuando se atrevió a ir a la zona de contenedores. Un mundo de hombres, de machos, de mafias. Una mujer sola, joven y “prieta” no tenía nada que hacer ahí. Pero Rosario tenía algo que ellos no: hambre de loba. Aprendió a negociar con chinos, con turcos, con quien fuera. Aprendió a “aceitar” la maquinaria de la aduana. Aprendió a hablar golpeado, a no bajar la mirada, a cargar una pistola en la guantera y a usarla si era necesario.
El primer contenedor de telas que trajo fue un éxito rotundo. Luego fueron dos. Luego diez. Compró locales. Compró bodegas. Y finalmente, compró el terreno en El Pedregal.
Construyó esta casa como quien construye un mausoleo. Cada ladrillo, cada loseta de mármol italiano, cada cristal importado, era un grito de victoria contra aquellos suegros que la echaron, contra los inspectores que la humillaron, contra la vida misma. Pagó todo al “chas-chas”, en efectivo, con billetes que olían a esfuerzo.
—Mira, Toñito, esta es tu casa —le dijo el día que inauguraron, cargando al niño que ya tenía doce años y vestía ropa de marca—. Aquí nadie te va a correr nunca. Aquí eres el patrón.
Y ese fue su error. Su maldito y gran error.
Rosario abrió los ojos y miró su reflejo en el ventanal oscuro. Ya no veía a la guerrera de Pantitlán. Veía a una vieja cansada que había criado a dos inútiles.
En su afán de pavimentarles el camino, les había quitado la capacidad de caminar. Les había quitado el callo, la resistencia. Les había dado todo masticado y en la boca.
A Toño lo mandó a las escuelas más caras, esas donde van los hijos de los políticos y los dueños de televisoras. Lo mandó a veranos en Canadá, a esquiar en Colorado. Cuando el muchacho se graduó de Administración de Empresas en el Tec, Rosario cerró una calle entera para la fiesta. Hubo banda, mariachi, tres tipos de mole y whisky etiqueta azul corriendo como agua.
—¡Mi hijo es Licenciado! —gritaba ella, borracha de orgullo—. ¡El Licenciado Antonio Fuentes Mondragón!
Pero el “Licenciado” resultó ser un adorno.
—Mamá, yo no nací para estar en una bodega oliendo a cebolla o peleándome con cargadores —le dijo Toño un día, con esa arrogancia que da la ignorancia—. Yo soy un visionario. Quiero ser empresario de alto nivel.
Rosario, cegada por el amor, le soltó la chequera.
—¿Qué quieres hacer, mijo?
—Importar llantas de perfil bajo para autos deportivos. Es el negocio del siglo. Necesito tres millones y medio.
Se los dio. Cinco millones, “por si las dudas”.
A los tres meses, el negocio no existía. Las llantas, según él, “se quedaron atoradas en la aduana por la burocracia”. Mentira. Nunca hubo llantas. El dinero se fue en viajes a Tulum, en botellas de champaña en antros de Polanco, en relojes que brillaban mucho y valían poco.
Y luego vino el boom del Bitcoin.
—Jefa, esto es el futuro. Dame cinco melones y te los convierto en treinta para Navidad. Confía en mí.
Rosario confió. Y el dinero se esfumó como humo de copal.
Y así, proyecto tras proyecto. Una app que nunca funcionó. Un restaurante fusión que cerró a la semana. Un gimnasio que nunca se equipó. Y Toño seguía ahí, a sus 34 años, viviendo en la casa de mami, manejando la Cheyenne del año que mami pagaba, vistiendo camisas Hugo Boss y diciéndole a sus amigos:
—No, güey, es que mi jefa es de la vieja escuela, no le gira para los negocios digitales. Yo soy el cerebro financiero de la familia.
Y Tere… Teneola. Su princesa. La niña que durmió en cajas de cartón ahora no podía dormir si las sábanas no eran de algodón egipcio de 800 hilos.
—Mamá, yo soy creativa. Soy Influencer. Soy una marca —decía, haciendo boquita de pato frente a su iPhone 15 Pro Max.
Rosario le montó un estudio en la casa. Cámaras 4K, luces, fondos, maquillista. Tere quería ser la reina del “Lifestyle”. Se pasaba el día grabándose en la alberca, en la cocina (que no usaba), en el jardín.
—Hola, mis bichotas, aquí sufriendo en mi casita… —decía en sus historias.
Pero trabajar, lo que se dice trabajar, jamás. Cuando se aburrió de los videos porque “el algoritmo la shadowbaneó”, quiso vender ropa. Rosario le financió una línea de bolsas. Tere se quedó con la mercancía, se las regaló a sus amigas “fresas” para que la promocionaran, y nunca recuperó un peso.
Y para colmo, la descendencia. Toño embarazó a Ximena, una muchacha que parecía sacada de una revista de modas pero que tenía el cerebro de un mosquito y la ambición de una garrapata. Se mudó a la mansión “mientras se establecían”. Eso fue hace tres años.
Ximena era la dueña y señora. Se levantaba a la una de la tarde, bajaba en bata de seda a la cocina y le tronaba los dedos a la cocinera.
—Doña Mari, mi jugo verde, pero rapidito que tengo cita en el spa.
Y si veía a Rosario, le soltaba un “Hola, suegris” desganado, sin siquiera mirarla.
La gota que derramó el vaso fue esa misma mañana.
Rosario había bajado a la cocina a las seis de la mañana, como siempre, porque el hábito de madrugar no se le quitaba ni con todo el dinero del mundo. Estaba preparándose un café de olla cuando escuchó a Toño y a Ximena discutiendo en la sala, pensando que todos dormían.
—Ya estoy harta, Toño —decía Ximena con voz chillona—. Tu mamá huele a viejo. La casa huele a viejo. Además, es súper coda. Le pedí que cambiáramos los sillones de la sala porque esos de piel ya están out, y me dijo que no. ¡Que no había presupuesto! ¿Puedes creerlo? Con todo lo que tiene guardado la vieja.
—Ya sé, mi amor, ya sé —contestaba Toño, y lo que dijo después le rompió el corazón a Rosario en mil pedazos—. Ya está chocheando. La neta, ya debería ir pensando en darnos el control de las cuentas y retirarse. Irse a un asilo o algo así, donde la cuiden. Nosotros necesitamos espacio. Ya es un estorbo.
Un estorbo.
La palabra resonó en la cabeza de Rosario como un disparo.
Ella. La que los cargó en la espalda. La que se quemó las manos. La que construyó el techo bajo el que ellos planeaban su exilio. Era un estorbo.
Rosario dejó la taza de café en la barra, sin hacer ruido, y subió las escaleras con el alma hecha pedazos pero con la mente fría como el hielo de la morgue.
Se sentó en su estudio. Pasó una hora. Dos horas. Cuatro horas. El dolor se fue transformando lentamente en algo más útil: una ira justa, bíblica. Se acordó de su abuela en el pueblo, una mujer sabia que decía: “Mija, cuando el árbol crece chueco, a veces hay que podarlo hasta la raíz para que no se caiga encima de la casa”.
Sus hijos no eran un árbol chueco; eran hiedra venenosa. Y la estaban asfixiando.
Rosario respiró hondo. El olor a caoba y cera de abeja llenó sus pulmones. Abrió los ojos. Ya no había lágrimas. Sus ojos negros brillaban con una determinación que hacía años no sentía. Era la mirada de “La Patrona”. La mirada de la mujer que sobrevivió a Pantitlán, a Tepito y a la vida.
Abrió el cajón derecho de su escritorio. Entre carpetas de facturas y estados de cuenta, sacó una tarjeta de presentación antigua, de cartulina gruesa color crema.
Licenciado Fausto Ramírez. Notario Público y Asesor Patrimonial. Especialista en Casos Difíciles.
Tomó el teléfono fijo, un aparato pesado de estilo antiguo. Sus dedos marcaron el número con firmeza.
—¿Bueno? —contestó una voz ronca al tercer timbrazo.
—Licenciado Fausto. Habla Rosario Mondragón.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. El Licenciado Fausto conocía ese tono de voz. Lo había escuchado cuando Rosario compró su primera bodega, cuando demandó al gobierno, cuando se enfrentó a los sindicatos. Era el tono de guerra.
—Doña Rosario, qué milagro. ¿En qué puedo servirle?
—Necesito que venga mañana a primera hora. Traiga sus papeles. Traiga todo.
—¿Pasa algo malo, Doña Chayo?
Rosario miró hacia la puerta cerrada de su estudio. Podía imaginar a sus hijos abajo, riéndose, planeando cómo gastar su herencia, burlándose de su “vejez”.
—No, licenciado. No pasa nada malo —dijo Rosario, y una sonrisa torcida, peligrosa, se dibujó en su rostro—. Al contrario. Voy a hacer algo muy bueno. Voy a terminar de criar a mis hijos.
Hizo una pausa dramática.
—Quiero hacer un testamento nuevo, Fausto. Y quiero preparar un traspaso de propiedades. Pero antes… antes vamos a montar un teatrito. Un drama de esos que les gustan a ellos.
—¿Un teatro? No le entiendo.
—Usted nomás venga. Y prepárese, porque mañana se cae el cielo en el Pedregal. Mañana, mis hijos van a saber lo que es amar a Dios en tierra de indios.
Colgó el teléfono con suavidad.
Se levantó de la silla. Las rodillas le tronaron, pero no le importó. Caminó hacia el espejo de cuerpo entero que estaba en la esquina. Se alisó el huipil. Se acomodó el cabello, teñido de negro azabache, en un chongo perfecto.
Se miró a los ojos.
—Lloraste mucho por ellos, Chayo —se dijo a sí misma—. Lloraste de hambre, lloraste de cansancio, lloraste de felicidad. Pero se acabó el llanto. Ahora les toca llorar a ellos. Y vas a ver… vas a ver si no aprenden a ser hombres y mujeres de bien, aunque sea a patadas.
Salió del estudio y cerró la puerta con llave. El clic de la cerradura sonó como el martillo de un juez dictando sentencia. Bajó las escaleras con paso firme, lista para la cena, lista para verles las caras a sus verdugos una última noche antes de convertirse ella en la verdugo.
La tormenta estaba a punto de estallar.
CAPÍTULO 2: El Derrumbe del Castillo de Naipes
La mañana siguiente amaneció con ese cielo gris y pesado, típico de la Ciudad de México cuando la contaminación se estanca en el valle, aplastando los edificios y los ánimos. Sin embargo, dentro de la mansión de la familia Mondragón en El Pedregal, el clima era artificialmente perfecto. El aire acondicionado mantenía una temperatura constante de 22 grados, ignorando el calor bochornoso que empezaba a subir en las calles de asfalto.
Doña Rosario había salido muy temprano, antes de que el sol despuntara, sin despertar a nadie. Su camioneta blindada cruzó el portón eléctrico en silencio. Los habitantes de la casa asumieron que había ido “a la guerra”, como siempre: a pelearse con proveedores en la Central de Abastos, a gritarle a los cargadores o a revisar las cuentas de las tiendas en el Centro.
Para sus hijos, era un día cualquiera. Un martes más de su existencia dorada y acolchonada.
A las once de la mañana, la casa empezó a cobrar vida, pero no la vida del trabajo y el esfuerzo, sino la vida del ocio parasitario.
Toño bajó las escaleras arrastrando los pies, vestido con unos boxers de seda y una camiseta vieja de una banda de rock que probablemente nunca había escuchado. Tenía el pelo revuelto y los ojos pegajosos de sueño. Se dirigió directo a la cocina, donde la empleada doméstica, Lupita, ya estaba terminando de lavar los trastes del desayuno de Rosario.
—Lupita, ¿qué hay de comer? —preguntó Toño, abriendo el refrigerador de dos puertas y mirando el interior repleto como si fuera un desierto—. No veo nada bueno.
—Buenos días, joven Toño —respondió Lupita con paciencia de santa—. Hay chilaquiles verdes con pollo, hay fruta picada, hay huevos al gusto…
—Guácala, chilaquiles otra vez. Mi mamá y su obsesión con la comida de fonda —resopló Toño, sacando un jugo de naranja importado—. ¿No hay salmón ahumado? ¿Unos bagels?
—Se acabaron ayer, joven. La señora Ximena se los cenó.
Toño cerró la puerta del refri con un golpe seco.
—Chale. Bueno, hazme unos huevos motuleños, pero que la salsa no pique, eh. Y rápido, que tengo una “junta” importante en Zoom a las doce.
La “junta” de Toño era, en realidad, conectarse a una partida de Call of Duty con sus amigos desempleados de Interlomas, mientras fingía revisar gráficas de criptomonedas en una segunda pantalla.
Mientras tanto, en la sala principal, Tere había convertido el espacio en un set de grabación. Había movido los sillones de piel italiana —esos que su madre cuidaba tanto— para tener mejor luz. Tenía un aro de luz led apuntando a su cara y tres cambios de ropa tirados en el suelo de mármol.
—¡Hola, besties! —decía a la cámara de su teléfono, poniendo una voz aguda y falsa que no usaba en la vida real—. Oigan, muchos me han preguntado cómo mantengo mi piel tan glowy con este estrés de la ciudad. Pues les tengo el secreto…
Se detuvo y frunció el ceño.
—¡Corte! —gritó a la nada—. ¡Lupita! ¡Lupita!
La empleada salió corriendo de la cocina, secándose las manos en el delantal.
—¿Mande, señorita Tere?
—Te dije que no prenderas la licuadora mientras grabo. Se oye todo el ruido en mi story. ¿Quieres que mis seguidores piensen que vivo en una construcción o qué?
—Perdón, señorita, es que el joven Toño pidió su licuado…
—Me vale. Espérate a que termine. O sea, cero consideración, neta.
Tere volvió a sonreír a la cámara en un milisegundo, cambiando su cara de furia por una de ángel.
—Perdón babies, problemas técnicos con el staff. Como les decía…
En el piso de arriba, Ximena, la esposa de Toño, estaba acostada en la cama matrimonial, rodeada de almohadas, viendo una serie turca en la pantalla plana de 80 pulgadas. Su hijo de tres años, el pequeño Santi, estaba sentado en la alfombra, hipnotizado con una tablet, con el pañal visiblemente lleno y una galleta embarrada en la mejilla.
—Ay, Santi, no hagas ruido —murmuró Ximena sin quitar la vista de la tele—. Ve con tu tía Tere a ver si te pone una película.
Esa era la rutina. Ese era el ecosistema que Rosario había financiado con sudor y lágrimas. Un reloj suizo de inutilidad y egoísmo. Nadie preguntaba dónde estaba la abuela. Nadie preguntaba si ya había comido. Nadie preguntaba si estaba cansada. Solo existían ellos y sus necesidades inmediatas.
El reloj marcó la una de la tarde. Luego las dos.
A las dos y media, el portón eléctrico se abrió. Pero esta vez, no entró la camioneta blindada con la elegancia habitual. El vehículo entró rápido, frenando de golpe frente a la entrada principal, haciendo rechinar las llantas sobre el adoquín.
El sonido alertó a los habitantes de la casa.
—Ay, ya llegó mi mamá —dijo Tere, rodando los ojos mientras recogía su tiradero de ropa—. Seguro viene de malas porque había tráfico. Qué flojera.
Pero lo que cruzó la puerta principal unos segundos después no fue la Rosario de siempre.
La puerta de caoba maciza se abrió de un golpe brutal, chocando contra el tope de la pared. ¡BAM!
El sonido retumbó en toda la casa como un disparo de cañón. Toño saltó del sofá donde ya se había instalado con el control del PlayStation. Tere soltó su teléfono. Ximena se asomó desde el barandal de la escalera con cara de fastidio.
Ahí, en el umbral, estaba Doña Rosario.
Pero no era “La Patrona”.
Su chongo perfecto estaba deshecho, con mechones de pelo gris cayendo sobre su cara sudorosa. Su huipil, siempre impecable, estaba manchado de algo negro, ¿hollín? ¿tierra? Le faltaba un zapato. Sí, venía con un pie descalzo, pisando el mármol frío. Su bolsa de marca colgaba abierta de su brazo, como si la hubieran jaloneado.
Y su cara… su cara era una máscara de terror absoluto.
—¡Se acabó! —gritó Rosario con una voz desgarrada, una voz que parecía salirle de las entrañas de la tierra—. ¡Se acabó todo! ¡Me lleva la chin…!
Se dejó caer de rodillas en la entrada, cubriéndose la cara con las manos, soltando un llanto agónico, ruidoso, desesperado.
El silencio que siguió a su grito fue sepulcral. Los hijos se quedaron congelados. Nunca, jamás en sus vidas, habían visto a su madre así. Rosario era una roca. Rosario era la que resolvía los problemas, no la que lloraba por ellos.
—¿Mamá? —Tere fue la primera en reaccionar, acercándose con cautela, como si su madre fuera un animal herido que pudiera morder—. Mamá, ¿qué te pasa? ¿Te asaltaron? ¡Lupita, trae alcohol!
Toño bajó el control del videojuego y se acercó, pálido.
—Jefa, ¿qué onda? ¿Chocaste? ¿Estás herida?
Ximena bajó las escaleras lentamente, más preocupada por el escándalo que por su suegra.
—Ay, suegrita, no grite así que asusta al niño —dijo, aunque el niño ni se había inmutado con su tablet.
Rosario levantó la cara. Sus ojos estaban rojos, hinchados (gracias a unas gotas de limón que se había puesto en el coche antes de entrar y a la memoria de sus verdaderos dolores). Miró a sus hijos uno por uno.
—No me asaltaron… —susurró, y luego su voz subió de volumen hasta convertirse en un alarido—. ¡Se quemó! ¡Se quemó todo!
—¿Qué se quemó? —preguntó Toño, confundido.
—¡Las bodegas! ¡La Central! —Rosario se puso de pie tambaleándose, apoyándose en la consola de la entrada y tirando un jarrón chino al suelo. ¡CRASH! El ruido de la porcelana rompiéndose hizo que todos dieran un salto. A Rosario no le importó. Era parte de la obra.
—Hubo un corto circuito en la nave principal… o no sé, tal vez fue provocado, ¡ya no sé nada! —gritó, manoteando al aire—. El fuego se extendió en minutos. Las telas, los plásticos, el aceite… todo ardió. Mis tres bodegas… cenizas. ¡Puras cenizas!
Tere se llevó las manos a la boca.
—Pero mamá… el seguro. Tienes seguro, ¿no?
Rosario soltó una risa histérica, una carcajada que heló la sangre de Toño.
—¿Seguro? ¡Jajaja! ¡El seguro se venció el mes pasado! Iba a renovarlo esta semana, ¡esta maldita semana! —Mintió con una maestría digna de un Oscar. En realidad, sus seguros estaban más vigentes que nunca, pero ellos no lo sabían—. No hay seguro, Teresa. No hay nada.
—Pero… pero las tiendas del centro —intervino Toño, empezando a sudar frío—. Esas están bien, ¿no? De ahí sacamos lana.
Rosario lo miró con una desolación que, por un momento, fue real. Su hijo, ante la noticia de una tragedia, solo pensaba en de dónde iba a salir la “lana”.
—¡Ahí empezó el infierno, Toño! —continuó Rosario, improvisando sobre la marcha, tejiendo la red de su engaño—. En cuanto se corrió la voz del incendio en la Central, los acreedores se fueron sobre los locales del centro. Debía dinero de la última importación de China. ¡Llegaron y embargaron! ¡Se llevaron todo! Y lo que no se llevaron los abogados, se lo llevaron los saqueadores. ¡Hubo rapiña, Toño! ¡Rompieron los vidrios, se llevaron la ropa, quemaron los mostradores!
Se dejó caer en el sofá de la sala, ese que Ximena quería cambiar porque era “naco”.
—Estoy en ceros. No, peor que ceros. Estoy endeudada hasta el cuello. El banco congeló las cuentas hace una hora. Mis tarjetas no pasan. Me quitaron la camioneta en la esquina, el chofer se fue, me dejó tirada… tuve que venirme caminando las últimas cuadras…
Hubo un silencio largo. Un silencio pesado, denso.
El cerebro de Toño procesaba la información a mil por hora, pero no buscando soluciones para su madre, sino calculando el impacto en su propia vida.
El cerebro de Tere estaba en pánico, pensando en su estatus social.
El cerebro de Ximena estaba haciendo cuentas de cuánto tenía ahorrado en su cuenta secreta.
Rosario escondió la cara entre las manos, esperando. Este es el momento, pensó. Ahora es cuando me abrazan. Ahora es cuando me dicen “No te preocupes, mamá, nosotros trabajamos, nosotros te sacamos adelante”. Por favor, Diosito, que me lo digan.
Esperó.
Un segundo. Cinco segundos. Diez segundos.
—Oye mamá… —rompió el silencio Tere, con voz temblorosa—. Pero… o sea, ¿congelaron todas las cuentas? ¿Incluso la que está vinculada a mi tarjeta de crédito? Es que… la próxima semana es mi cumpleaños, y ya di el anticipo para el viaje a Tulum con mis amigas. Si no pago el resto mañana, pierdo la reserva.
Rosario levantó la cabeza lentamente. Sintió como si le hubieran dado una bofetada con un guante de hierro.
—¿Qué? —susurró.
—Sí, mamá —insistió Tere, jugando nerviosamente con un mechón de su cabello—. O sea, entiendo que estás estresada y qué mal plan lo de las bodegas, pobrecita, neta. Pero mi viaje… son cincuenta mil pesos. ¿No tienes algo en efectivo guardado en la caja fuerte? Digo, para resolver lo mío rápido y ya luego vemos lo tuyo.
Rosario no podía creer lo que oía. Miró a Toño, buscando un aliado, buscando cordura.
—Toño… tu hermana está preocupada por un viaje. Yo acabo de perder el trabajo de cuarenta años.
Toño se rascó la cabeza, incómodo. Evitó la mirada de su madre y miró sus propios pies descalzos.
—Híjole, jefa… es que Tere tiene un punto. Digo, no es por ser mala onda, pero yo también tengo broncas. Le prometí a Ximena que le iba a cambiar la camioneta este mes. Ya hasta habíamos ido a la agencia. Y el colegio de Santi… ¿cómo vamos a pagar la colegiatura si las cuentas están congeladas?
—¡Exacto! —saltó Ximena, cruzándose de brazos, indignada—. Yo no puedo sacar al niño del Colegio Americano. ¿Qué van a decir las otras mamás? ¡Qué oso, Rosario! ¿Cómo fuiste tan irresponsable de no pagar el seguro? O sea, neta, ¿en qué estabas pensando? Ahora por tu culpa nosotros vamos a quedar mal.
La palabra “irresponsable” flotó en el aire.
Rosario sintió que el corazón se le detenía y luego volvía a arrancar con un ritmo diferente. Un ritmo frío, duro. El dolor se transformó en algo sólido en su pecho. La última esperanza que tenía de que todo fuera una pesadilla, de que sus hijos en el fondo fueran buenos, se desmoronó más rápido que sus bodegas imaginarias.
Se puso de pie. Ya no se tambaleaba. Se irguió cuan alta era, recuperando en un segundo la estatura de La Patrona, aunque ellos, en su estupidez, no lo notaron.
—¿Irresponsable? —dijo Rosario con voz muy baja, pero terriblemente clara—. ¿Yo soy la irresponsable?
—Pues sí, suegrita —dijo Ximena, limándose una uña imaginaria—. Tú eres la cabeza del negocio. Si el negocio falla, es tu culpa. Nosotros dependemos de ti. Es tu obligación que no nos falte nada.
—¿Obligación? —Rosario soltó una risa corta, seca—. Toño, tienes treinta y cuatro años. Tere, tienes veintiocho. Ximena, tienes treinta. ¿Mi obligación?
Caminó hacia el centro de la sala.
—Muy bien. Tienen razón. La situación es crítica. Y como es crítica, se van a tomar medidas de emergencia. Inmediatas.
—¿Qué tipo de medidas? —preguntó Toño, receloso.
—Lupita —llamó Rosario con voz firme.
La empleada se asomó, asustada, con los ojos llorosos porque ella sí sentía el dolor de su patrona.
—Diga, señora.
—Junta a las muchachas. Al chofer. Al jardinero. A todos.
—Sí, señora.
Cinco minutos después, el personal doméstico estaba reunido en la sala, mirando con incomodidad la escena familiar.
Rosario sacó un fajo de billetes de su bolsa (el único dinero “que le quedaba”, según su historia).
—Muchachos —dijo Rosario, mirándolos con cariño, más cariño del que había mostrado a sus hijos en ese momento—. Como ya escucharon, me quedé en la ruina. No tengo para pagarles la quincena que viene. Aquí está su liquidación, y un poco más por los años de servicio. Tomen sus cosas y váyanse. Ahorita mismo.
—¡Pero señora! —exclamó Lupita, llorando—. Yo no la dejo sola. Yo me quedo aunque no me pague.
—No, Lupita. Te lo agradezco en el alma, pero no puedo. Tienes hijos que mantener. Vete. Es una orden.
Lupita abrazó a Rosario, un abrazo fuerte y sincero que contrastaba brutalmente con la frialdad de Toño y Tere. Uno a uno, los empleados tomaron su dinero, se despidieron con tristeza y salieron por la puerta trasera.
La casa se quedó en silencio. Un silencio nuevo. Sin el zumbido de la aspiradora, sin el olor a comida preparándose, sin la seguridad invisible de que alguien más limpiaría el desastre.
—Mamá, ¿qué hiciste? —chilló Tere, horrorizada—. ¿Quién va a cocinar? ¿Quién va a lavar mi ropa? ¡Yo no sé usar la lavadora!
—Pues vas a aprender, mijita —dijo Rosario, mirándola con una frialdad que asustaba—. Porque a partir de hoy, esta casa no es un hotel.
Se volvió hacia Toño.
—Y tú, Toño. Dices que eres un hombre de negocios. Perfecto. El negocio familiar se acabó. Estamos en quiebra técnica. Así que espero que tus “inversiones” en criptomonedas y tus “proyectos” den frutos pronto, porque a partir de mañana, no hay dinero para el súper. No hay dinero para gasolina. No hay dinero para la luz.
—¡No manches, mamá! —Toño se puso rojo de coraje—. ¡No nos puedes hacer esto! ¡Es ilegal! ¡Tú tienes deberes con nosotros!
—¿Ah sí? —Rosario caminó hacia las escaleras—. Demándame. A ver qué me sacan. Ya les dije: no tengo nada. Solo esta casa, y quién sabe por cuánto tiempo antes de que el banco la quite.
Empezó a subir los escalones, arrastrando su pie descalzo, sintiendo cada paso como una tonelada.
—Mamá, ¿a dónde vas? —gritó Ximena—. ¡El niño tiene hambre! ¡Lupita no terminó de hacer la comida!
Rosario se detuvo a medio camino. No volteó.
—Pues ahí tienes una cocina de medio millón de pesos, Ximena. Y el refrigerador está lleno. Averigua cómo funciona la estufa. Bienvenida a la vida real.
Subió el resto de las escaleras y se encerró en su cuarto. Puso el seguro.
Se recargó contra la puerta y se deslizó hasta el suelo.
Ahí, en la oscuridad de su habitación, Rosario Mondragón lloró. Pero esta vez no actuaba. Lloraba porque acababa de confirmar que había perdido a sus hijos mucho antes de perder su fortuna imaginaria. Lloraba porque se dio cuenta de que estaba durmiendo con el enemigo.
Abajo, el caos apenas comenzaba.
—¡No puede ser! —gritaba Tere—. ¡Mi viaje! ¡Voy a quedar como una estúpida con mis amigas!
—¡Cállate, Tere! —le gritaba Toño—. ¡El problema soy yo! ¡Debo cien mil pesos de la tarjeta y vencen el viernes! ¡Si mi mamá no paga, me van a meter al buró de crédito!
—¡Ay, pues hagan algo! —chillaba Ximena—. ¡Yo no voy a cocinar! ¡Me niego! ¡Esto es violencia doméstica!
Rosario escuchó los gritos un rato más. Luego, se levantó, se limpió las lágrimas y caminó hacia su armario. Sacó una maleta pequeña. No para irse, sino para guardar lo más valioso: sus joyas, sus documentos reales, las llaves de las cajas de seguridad. Lo escondió todo bajo una tabla suelta del piso, un viejo truco de cuando vivía en la vecindad.
—Querían herencia —murmuró Rosario, con los ojos secos y duros como piedras de río—. Pues van a tener herencia. Les voy a heredar el hambre. A ver si eso los hace gente.
La noche cayó sobre la casa del Pedregal. Por primera vez en veinte años, no hubo cena servida en la mesa. Nadie prendió las luces del jardín para ahorrar. La mansión, antes brillante y ruidosa, parecía ahora un mausoleo gigante, oscuro y frío.
Y en medio de esa oscuridad, la guerra había sido declarada.
Rosario se acostó en su cama, vestida todavía con su huipil manchado. No durmió. Se quedó mirando al techo, escuchando cómo abajo, sus hijos discutían por la última rebanada de pizza fría que quedaba en una caja vieja.
El show apenas comenzaba. Y Rosario iba a ser la directora más cruel que jamás hubieran conocido.
PARTE 2: EL DESCENSO A LOS INFIERNOS
CAPÍTULO 3: El Hambre y la Mugre de los Príncipes
Dicen que el ser humano se adapta a todo, pero dicen mal. El ser humano se adapta a la riqueza en dos segundos, pero tardan una eternidad en adaptarse a la pobreza. Y para los hijos de Doña Rosario Mondragón, la eternidad comenzó exactamente a las nueve de la mañana del miércoles.
La casa amaneció en un silencio sepulcral. No el silencio de paz de un spa en Valle de Bravo, sino el silencio pesado de una máquina descompuesta. No se escuchaba el bzzzz reconfortante de la aspiradora, ni el tintineo de las cucharas de plata contra la porcelana, ni el olor a café de grano recién molido y pan tostado que solía subir por las escaleras como una invitación a la vida.
Tere fue la primera en despertar. Abrió los ojos y estiró la mano hacia la mesita de noche, buscando su vaso de agua con clorofila que Lupita, la empleada, le dejaba religiosamente cada noche.
Sus dedos solo encontraron madera seca y polvo.
—¡Lupita! —gritó con la voz pastosa del sueño—. ¡Mi agua!
Nadie respondió. Solo el eco de su propia voz rebotando en las paredes color crema.
Tere se sentó en la cama, confundida. Miró el reloj. 9:15 AM.
—¡Lupita! —volvió a gritar, más fuerte, con ese tono chillón que usan las niñas bien cuando algo no sale como quieren—. ¡Ash, neta, qué servicio tan pésimo!
Entonces recordó.
El incendio. La quiebra. El despido masivo.
Se dejó caer de espaldas en el colchón, mirando al techo.
—No fue una pesadilla —susurró—. Es real. Somos pobres.
El estómago le rugió. Un sonido vulgar que nunca antes había notado. Agarró su iPhone. Tenía 12% de batería. Entró mecánicamente a la aplicación de Rappi. Su dedo, entrenado por años de consumismo digital, seleccionó su pedido habitual de Starbucks: Un Matcha Latte con leche de almendras, venti, extra caliente, y un croissant de jamón y queso. Total con envío y propina: $380 pesos.
Le dio “Pagar”.
La ruedita de carga giró unos segundos.
“Pago Rechazado. Fondos insuficientes. Contacte a su banco.”
Tere parpadeó. Probó con la otra tarjeta, la American Express suplementaria de su madre.
“Transacción Declinada.”
Probó con la de débito, donde solía guardar “sus ahorros” (que en realidad eran transferencias que su mamá le hacía). Saldo: $42.50 pesos.
—¡No puede ser! —chilló, tirando el teléfono a las sábanas—. ¡Me voy a morir de hambre!
Mientras tanto, en la habitación principal —o la que Toño y Ximena habían colonizado—, la situación era más húmeda y menos glamorosa.
El pequeño Santi lloraba a todo pulmón. El olor en la habitación era una mezcla rancia de aire encerrado y pañal sucio.
Ximena se tapó la cabeza con la almohada.
—Toño… Toño, despierta —le dio un codazo a su esposo—. El niño se hizo popó.
Toño gruñó, dándose la vuelta.
—Te toca a ti. Yo lo cambié… la semana pasada.
—¡Ay, no seas mentiroso! Lo cambió Lupita. ¡Párate tú! Me duele la cabeza, no he dormido nada por el estrés de tu mamá.
—¡Me vale madres! —gritó Toño, sentándose de golpe—. ¡Yo también estoy estresado! ¡No tengo un peso, Ximena! ¡Debo la tarjeta, debo la camioneta, y ahora resulta que tengo que limpiar caca!
—¡Pues eres el papá! —le gritó ella—. ¡Bienvenido a la paternidad, inútil!
Toño se levantó furioso, pateando las sábanas. Caminó hacia el baño en calzones, murmurando maldiciones. Abrió la llave de la regadera esperando el chorro de agua hirviendo y vaporosa que siempre salía al instante gracias al sistema de caldera inteligente.
Salió un chorro de agua helada. Directo del tinaco.
—¡AAAAHHH! —gritó al sentir el frío en la piel—. ¡Madre! ¡Mamááá! ¡No hay agua caliente!
Nadie contestó. Doña Rosario había bajado la pastilla del calentador de gas esa madrugada. “Si no hay para pagar el gas, nos bañamos a jicarazos con agua fría, como la gente normal”, había pensado con una sonrisa torcida.
Para el mediodía, la mansión del Pedregal parecía un escenario de guerra post-apocalíptica versión “Mirreyes contra Godínez”.
Los tres adultos y el niño se encontraron en la cocina. El lugar, que solía ser el corazón brillante de la casa, con sus cubiertas de granito inmaculadas, ahora mostraba las primeras cicatrices del abandono.
Había cajas de pizza de la noche anterior abiertas sobre la isla, con orillas de masa mordidas y endurecidas. Un vaso de refresco se había derramado y nadie lo había limpiado; ahora era un charco pegajoso donde un par de moscas desayunaban felices. El fregadero estaba atiborrado de platos sucios, vasos con restos de leche cortada y sartenes con grasa cuajada.
Doña Rosario no estaba por ningún lado.
—Tengo hambre —dijo Toño, abriendo el refrigerador. El aire frío le golpeó la cara.
El refri estaba lleno, sí, pero de ingredientes. Había tomates, cebollas, carne cruda congelada, bolsas de frijoles sin cocer, arroz en grano, huevos. No había nada listo. No había tuppers mágicos con guisados preparados por manos invisibles.
—Pues cocina algo —le dijo Tere, que estaba sentada en un banco alto, con lentes oscuros (dentro de la casa) para ocultar las ojeras, scrolleando en Instagram con desesperación, buscando algún Giveaway de comida.
—¿Yo? —Toño se indignó—. Yo no sé cocinar, Tere. A duras penas sé usar el microondas. Además, ¿dónde están las ollas?
—Ahí colgadas, baboso. Arriba de ti.
Ximena entró con Santi en brazos. El niño llevaba el mismo pañal, que colgaba pesadamente entre sus piernas.
—Oigan, esto es inhumano —dijo Ximena, con voz temblorosa—. Santi necesita comer. Yo necesito un café. ¡Toño, haz algo! ¡Eres el hombre de la casa!
—¡Deja de decirme que haga algo! —explotó Toño, cerrando el refri de un portazo—. ¿Qué quieres que haga? ¿Que vaya a cazar un mamut al jardín? ¡No hay dinero, Ximena! ¡Entiéndelo! ¡Estamos en la ruina!
—Pues dile a tu mamá que suelte algo —insistió Ximena—. Seguro tiene dinero escondido. Los viejitos siempre guardan efectivo en el colchón o en latas de galletas.
En ese momento, la puerta de servicio se abrió.
Entró Doña Rosario.
Venía de afuera. Llevaba su ropa de “trabajo” (un vestido sencillo de algodón y un delantal), pero estaba impecable. Su cabello recogido, su cara lavada. Traía en la mano una bolsa de papel de estraza que olía a gloria: olía a carnitas recién hechas.
El olor golpeó las narices de sus hijos como un puñetazo. Salivaron al instante.
—¡Mamá! —exclamó Tere, quitándose los lentes—. ¡Compraste comida! Ay, gracias a Dios. Me muero de hambre. ¿Trajiste tacos?
Rosario caminó con calma hasta la mesa del antecomedor. Puso la bolsa sobre la mesa, sacó un plato limpio de la alacena (que ella misma había lavado y guardado en su escondite personal), sacó una servilleta de tela y se sentó.
Abrió la bolsa. Sacó dos tacos de maciza con cuero, bien servidos, con salsa verde y cilantro.
—Buenas tardes —dijo Rosario con calma, sin mirarlos.
Tere se acercó, estirando la mano hacia la bolsa.
—¿Dónde están los nuestros?
Rosario le dio un manotazo suave pero firme en la mano. ¡Plaff!
—¿Los suyos? —preguntó Rosario, alzando una ceja—. Estos son míos. Me costaron mis últimos cuarenta pesos que encontré en la bolsa de un abrigo viejo.
—¿Qué? —Toño se acercó, incrédulo—. Mamá, no mames. Tienes ahí medio kilo de carnitas. Danos un poco. Santi tiene hambre.
Rosario mordió su taco con calma, saboreando la carne, dejando que la salsa le picara rico en la lengua. Masticó despacio, tragó, y luego habló.
—El refrigerador está lleno de comida, Toño. Hay huevo. Hay tortillas en el refri. Hay frijoles. Si tienen hambre, cocinen.
—¡Pero no sabemos cocinar! —chilló Ximena, indignada—. ¡Nunca hemos cocinado! ¡Santi quiere leche!
—Pues aprende —dijo Rosario fríamente—. En YouTube hay tutoriales para todo, ¿no? Ustedes se la pasan pegados al teléfono. Busquen “cómo hacer un huevo revuelto”. No creo que sea física nuclear.
—¡Eres una egoísta! —gritó Tere, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. ¡Comiendo frente a tus hijos hambrientos! ¡Qué clase de madre eres!
Rosario dejó el taco en el plato. Su mirada se oscureció.
—Soy la clase de madre que les dio de tragar caviar y langosta durante treinta años, y que nunca recibió ni un “gracias”. Soy la clase de madre que está cansada. ¿Quieren comer? Trabajen. O cocinen. O vendan algo. Pero de mí… —agarró su taco y le dio otra mordida grande—… de mí no van a recibir ni una migaja más si no se la ganan.
Se quedaron parados ahí, viendo cómo su madre terminaba su almuerzo, limpiaba su plato, lavaba su único vaso y se retiraba a su habitación con la dignidad de una reina, dejándolos solos con su inepcia y el olor remanente de la comida que no pudieron probar.
Esa tarde, el hambre venció al orgullo.
Ximena intentó hacer huevos revueltos. Fue un desastre bíblico. Puso el sartén al fuego máximo, echó el aceite frío y aventó los huevos sin batir. El aceite brincó, quemándole la mano.
—¡Aaaay! —gritó, soltando la espátula.
Los huevos se pegaron al teflón (que ya estaba rayado porque usaron un tenedor de metal) y se quemaron por abajo mientras seguían crudos por arriba. El olor a huevo quemado inundó la cocina, mezclándose con el olor a basura.
Al final, comieron eso: plastas de huevo medio quemado, sin sal (porque olvidaron ponerle), con tortillas frías porque no supieron prender el comal y les dio miedo usar el microondas con las tortillas envueltas en papel aluminio (casi incendian la cocina cinco minutos antes).
Comieron en silencio, masticando su fracaso. Santi escupió el huevo y lloró hasta que Toño encontró una caja de Cereal Froot Loops vieja y se la dio seca, sin leche, para que se callara.
—Esto no puede seguir así —dijo Toño, limpiando el plato con una servilleta de papel porque le daba asco lavarlo—. Necesitamos lana. Efectivo. Ya.
—¿De dónde? —preguntó Tere—. Mamá dice que las cuentas están congeladas.
—Tenemos cosas —dijo Toño, mirando alrededor—. Esta casa está llena de cosas caras. Si vendemos algo, podemos tener efectivo para pedir Rappi, contratar a alguien que limpie aunque sea una vez a la semana, y sobrevivir mientras… mientras se arregla lo del seguro.
—Yo no voy a vender mis bolsas —dijo Tere, abrazándose a sí misma—. Son mi patrimonio. Son mi marca personal.
—Tere, no mames —le espetó Toño—. ¿Prefieres tu bolsa Gucci o prefieres tragar? Porque yo me muero por una hamburguesa de verdad.
La discusión duró horas. Al final, la necesidad ganó.
Tere subió a su cuarto y bajó con un bolso Louis Vuitton, modelo Neverfull, que su madre le había regalado en Navidad. Estaba casi nuevo.
—Vale como cuarenta mil pesos en tienda —dijo Tere, acariciando la lona—. Si la vendo en Marketplace o en algún grupo de Facebook, me pueden dar unos treinta, rápido.
—Treinta mil pesos nos aguantan un mes si no gastamos a lo pendejo —calculó Toño—. Va. Tómale fotos. Yo voy a ver si vendo el reloj Tag Heuer que me dio mi ex.
Se pasaron la tarde tomando fotos, “trabajando” por primera vez en sus vidas, aunque fuera malbaratando lo que no les costó ganar.
Subieron las fotos a Facebook Marketplace.
Venta de urgencia. Bolso original. Solo gente seria. Entrega en Perisur.
La realidad del mercado de segunda mano los golpeó rápido.
“Te doy 5 mil y voy por ella ahorita” escribió un usuario llamado “El Brayan”.
“¿Es original o clon espejo? Se ve chafa” comentó una señora.
“Cambio por un Xbox y dos juegos” ofreció otro.
—¡Me están ofendiendo! —gritó Tere, leyendo los comentarios—. ¡Dicen que es falsa! ¡Bola de nacos!
Al final, por la desesperación de tener dinero para la cena, Tere aceptó una oferta de 12 mil pesos de una chica que prometió pasar por ella a la caseta de vigilancia del fraccionamiento en dos horas.
—Doce mil pesos es una miseria, Tere —le dijo Toño.
—¡Ya sé! Pero tengo hambre, Toño. ¡Hambre!
Cuando la compradora llegó, Tere tuvo que caminar hasta la caseta de entrada del fraccionamiento (porque el guardia tenía órdenes estrictas de Rosario de no dejar pasar visitas). Caminó los quinientos metros con sus tacones Valentino, sintiéndose humillada mientras los vecinos pasaban en sus autos de lujo y la veían cargando una bolsa de papel.
Regresó con un fajo de billetes. Doce mil pesos.
Esa noche, pidieron pizzas, alitas, refrescos y postres. Gastaron casi dos mil pesos en una sola cena.
Se atiborraron como náufragos rescatados. Comieron hasta que les dolió la panza, dejando de nuevo las cajas sucias en la mesa, las servilletas tiradas en el piso, y los huesos de pollo en los platos.
—Ves —dijo Toño, eructando y sobandose la barriga—. Ya la armamos. Mañana vendo el reloj y sacamos más. No necesitamos a mi mamá. Podemos sobrevivir solos.
No sabían que Rosario los observaba desde la oscuridad de la escalera superior.
Los vio comer con esa gula desesperada. Vio cómo desperdiciaban el dinero que acababan de conseguir malbaratando un regalo. Vio la basura acumulándose.
—Disfruten —susurró para sí misma—. Porque el dinero se acaba, pero la inutilidad… esa parece que es eterna.
El jueves y el viernes pasaron en una neblina de decadencia acelerada.
La casa empezó a oler mal. De verdad mal.
La basura de la cocina se desbordó del bote. Nadie quería sacarla porque “estaba muy pesada” y “daba asco”. Las moscas se multiplicaron.
El baño de visitas, el único que usaban en la planta baja para no subir escaleras, se tapó. Alguien echó demasiado papel.
—¡Guácala! —gritó Ximena cuando le jaló y el agua café empezó a subir en lugar de bajar—. ¡Toño! ¡El baño se va a desbordar!
Toño llegó corriendo.
—¡Pues ciérrale a la llave!
—¡No sé dónde está la llave!
El agua se desbordó. Agua sucia, pestilente, mojando el piso de mármol italiano, mojando los tapetes persas.
—¡Nooooo! —gritó Tere, saltando a un sillón para no mojarse los pies—. ¡Huele a mierda! ¡Literalmente huele a mierda!
Toño, con arcadas, logró cerrar la llave de paso detrás del inodoro.
El piso era un pantano tóxico.
—Hay que limpiar esto —dijo Toño, pálido.
—Yo no lo voy a hacer —dijo Ximena—. Ni loca toco eso. Tengo las uñas recién hechas… bueno, las tenía.
—Yo menos —dijo Tere—. Vomito.
Se miraron los tres.
—Mamá… —dijo Toño.
Fueron a buscar a Rosario. Ella estaba en el jardín, regando sus rosales con una manguera, tranquila, tarareando una canción de Juan Gabriel. El contraste entre su paz y el caos fecal de adentro era insultante.
—Mamá —dijo Toño, acercándose con cuidado—. Tenemos un… accidente. En el baño de abajo. Se desbordó.
—¿Y? —preguntó Rosario sin dejar de regar una rosa roja preciosa.
—Pues… que está todo inundado. Huele horrible. Necesitamos que… bueno, que nos digas a quién llamar. O que nos ayudes.
Rosario cerró la llave del agua. Se dio la vuelta y se quitó los guantes de jardinería despacio.
—En el cuarto de servicio hay una jerga, una cubeta y cloro. También hay guantes de hule amarillos.
—Mamá, es caca —dijo Tere, casi llorando—. No podemos limpiar eso nosotros.
—Ah, ¿es caca de la realeza o qué? —soltó Rosario con sarcasmo—. ¿Su mierda es sagrada?
Se acercó a ellos, invadiendo su espacio personal.
—Cuando ustedes eran bebés, yo limpié sus colas miles de veces. Limpié sus vómitos. Limpié sus mocos. Y cuando vivíamos en la vecindad, yo destapaba la coladera con un palo porque no teníamos para el plomero.
—Eso fue antes —dijo Ximena—. Ahora vivimos en el Pedregal.
—No —corrigió Rosario—. Yo vivo en el Pedregal. Ustedes son unos arrimados que ensuciaron mi baño. Así que tienen dos opciones: O lo limpian ahorita mismo y dejan ese piso brillando, o cierro ese baño con llave y nadie lo vuelve a usar. Y si se tapa el de arriba, lo cierro también. Hasta que aprendan a no cagar donde comen.
—¡Eres un monstruo! —le gritó Ximena.
—Soy su madre —respondió Rosario—. Y al parecer, soy la única adulta en este código postal. Órale. A limpiar.
Rosario se metió a la casa por la puerta de la cocina, dejándolos en el jardín.
Esa tarde, entre arcadas, llantos y maldiciones, los tres “príncipes” tuvieron que limpiar. Toño casi vomita tres veces. Tere se amarró una camiseta en la cara como máscara de gas. Ximena echaba cloro desde lejos como si fuera agua bendita contra un demonio.
Tardaron tres horas. Gastaron dos botellas de Cloro.
Pero lo limpiaron.
Cuando terminaron, estaban sudados, apestosos, con la ropa sucia y el ego por los suelos. Se tiraron en los sillones de la sala (que ya tenían una capa de polvo visible).
—Odio mi vida —dijo Tere, mirando sus manos resecas por el cloro.
—Odio a mi mamá —dijo Toño, con la mirada perdida.
—La odio con todo mi ser —confirmó Ximena.
Pero el odio no llena la panza. Y el dinero de la bolsa se estaba acabando.
Habían pasado solo tres días. Faltaban muchos más.
Y lo peor estaba por venir: La ropa sucia se estaba acabando. Tere ya había usado todos sus outfits cómodos. Toño estaba reciclando boxers (dándoles la vuelta, el clásico “lado A y lado B”).
Nadie sabía usar la lavadora industrial que tenían en el cuarto de lavado. Era una máquina llena de botones y perillas que parecía una cabina de avión.
—Oigan… —dijo Tere esa noche, mientras comían sobras de pizza fría—. Mañana es sábado.
—¿Y?
—Mañana venía mi masajista. Obvio ya la cancelé. Pero… mamá siempre va al mercado los sábados. Tal vez… tal vez si nos portamos “bien”, si no le gritamos… tal vez nos traiga algo.
—No cuentes con eso —dijo Toño—. La vieja se volvió loca. Está en plan psicópata.
—¿Saben qué creo? —dijo Ximena, bajando la voz como si las paredes oyeran—. Creo que esto es senilidad. Demencia. Se le botó la canica. Deberíamos ver si legalmente podemos… ya saben. Inhabilitarla.
Toño se enderezó. Sus ojos brillaron con una malicia nueva.
—¿Inhabilitarla?
—Sí. Declararla mentalmente incompetente. Si un juez dice que no puede administrar sus bienes, la tutela pasa a nosotros. Y entonces… recuperamos las cuentas. Recuperamos la casa.
Hubo un silencio cómplice. La idea flotó en el aire, seductora y venenosa.
—No tenemos dinero para abogados —recordó Tere.
—Pero tenemos la casa —dijo Toño—. Si convencemos a un abogado de que cobre al final, cuando ganemos…
No sabían que Rosario no estaba loca. Estaba más cuerda que nunca. Y no sabían que, en ese preciso momento, ella estaba arriba, en su estudio, escribiendo en una libreta negra cada insulto, cada gesto de desprecio, cada plato sucio que dejaban.
Estaba armando el expediente. Pero no para un juez. Para su conciencia.
—Dios, dame fuerzas —escribió Rosario esa noche—. Porque si no me das fuerzas, los mato. O peor, les vuelvo a resolver la vida. Y eso sería matarlos en vida.
Cerró la libreta.
Mañana sería otro día. Y mañana, la lección subiría de nivel. Mañana, la casa dejaría de ser un refugio para convertirse en una prisión de su propia inutilidad.
El hambre apenas empezaba a morder, pero la dignidad ya había sido devorada.
CAPÍTULO 4: La Traición de Sangre
La segunda semana de la “quiebra” trajo consigo una transformación grotesca en la dinámica de la mansión Mondragón. Si la primera semana había sido el choque de la realidad, la segunda fue el descenso a la barbarie. La casa, esa estructura imponente de arquitectura colonial moderna, empezó a reflejar la podredumbre de quienes la habitaban.
El polvo se acumulaba en las esquinas como nieve gris. Los pisos de mármol, antes espejos brillantes, ahora estaban opacos, manchados de huellas de zapatos y gotas de café seco. El jardín, orgullo de Rosario, empezaba a mostrar hojas secas y pasto crecido; las bugambilias soltaban sus flores fucsias sobre el patio y nadie las barría, creando una alfombra de podredumbre vegetal que al pisarla soltaba un olor dulzón y rancio.
Pero la verdadera podredumbre no estaba en el suelo, sino en el alma de Toño, Tere y Ximena.
El hambre y la incomodidad no los habían hecho humildes; los habían hecho crueles. La máscara de “hijos fresas pero buenos” se había caído por completo, revelando a tres hienas asustadas y hambrientas dispuestas a morder la mano que, literalmente, les había dado de comer toda la vida.
El Incidente de la Comida
Sucedió un martes. Ximena, harta de comer cereal seco y sándwiches mal hechos, decidió usar el poco dinero que le quedaba de la venta de unas joyas de fantasía para ir al mercado. Regresó con ingredientes para hacer un picadillo. No era la gran cosa —carne molida de segunda, papas, zanahorias y una lata de puré de tomate—, pero en esa casa hambrienta, el olor a cebolla acitronándose en el sartén era como perfume de dioses.
Rosario estaba en la sala, sentada en un sillón, zurciendo unos calcetines viejos. El aroma le llegó y su estómago, traicionero, soltó un rugido. Llevaba dos días comiendo solo tortillas con sal y té de canela. Había decidido llevar su papel de “arruinada” hasta las últimas consecuencias, esperando, rogando en silencio, que alguno de sus hijos se acercara con un plato caliente.
—Mamá, ten, come algo —imaginaba Rosario que le dirían.
Escuchó el tintineo de los platos en el comedor. Escuchó las risas de su nieto Santi. Escuchó a Toño decir:
—No manches, Xime, te quedó poca madre. Ya me urgía comida caliente.
Rosario esperó. Dejó la aguja y el hilo. Se alisó el vestido. Esperó cinco minutos. Diez. Quince.
Nadie la llamó.
Con el orgullo pesándole más que los años, se levantó y caminó hacia el comedor.
La escena la golpeó en el pecho. Estaban los tres adultos y el niño sentados, devorando el picadillo con tortillas calientes. Había una olla en el centro de la mesa.
Cuando Rosario entró, el silencio cayó sobre la mesa como una guillotina. Toño se quedó con el tenedor a medio camino de la boca. Tere bajó la mirada a su celular. Ximena, sin embargo, la miró fijamente, masticando con la boca abierta.
—Buenas tardes —dijo Rosario, con la voz suave.
—Hola —murmuró Toño, incómodo.
Rosario se acercó un paso más. Miró la olla. Todavía quedaba un poco.
—Huele muy rico, Ximena. Hace mucho que no comía un picadillo casero.
—Gracias, suegrita —dijo Ximena, y luego tomó la cuchara grande de servir—. Lástima que se acabó.
Ante los ojos incrédulos de Rosario, Ximena raspó la olla, sacando todo lo que quedaba —suficiente para dos tacos generosos— y lo sirvió en el plato de Toño y en el suyo propio. Dejó la olla vacía, reluciente.
—Es que Toño repite plato, ya ves que come mucho —dijo Ximena con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Y los ingredientes están carísimos. No alcanzó para más.
Rosario sintió que el aire se le iba. No era el hambre física; era el golpe emocional de ser invisible, de ser descartable.
—¿No alcanzó? —preguntó Rosario, mirando a su hijo—. Toño, ¿no alcanzó para tu madre?
Toño miró su plato rebosante de carne y papas. Dudó un segundo. Por un instante, Rosario vio en sus ojos al niño que ella cargaba en la espalda. Pero luego, Ximena le dio una patada por debajo de la mesa. Toño parpadeó y el niño desapareció; quedó el patán.
—Pues… ya viste, má. Xime hizo las cuentas exactas. Además, tú dijiste que no tenías hambre en la mañana, ¿no? Pensamos que ya habías comido algo por ahí. Tú siempre te las arreglas.
Rosario asintió lentamente.
—Sí. Tienes razón. Yo siempre me las arreglo. Provecho.
Dio media vuelta y caminó hacia la cocina. Abrió la llave del fregadero y se sirvió un vaso de agua de la llave. Se lo tomó de un trago para llenar el vacío del estómago. Mientras el agua bajaba fría por su garganta, algo dentro de ella se congeló también. Ese día, el cordón umbilical se terminó de secar.
La Enfermedad y el Olvido
Dos días después, el jueves, el cuerpo de Rosario le pasó factura. Tal vez fue la mala alimentación, el estrés o simplemente la tristeza que le bajó las defensas. Amaneció con fiebre. El cuerpo le dolía como si la hubieran apaleado. Tenía una tos seca que le raspaba la garganta como papel de lija.
Se quedó en cama hasta el mediodía, tiritando bajo las cobijas, sudando frío. Nadie subió a verla.
A las dos de la tarde, la sed la obligó a bajar. Bajó las escaleras agarrándose del barandal con ambas manos, temblando, pálida como un fantasma.
En la sala, Tere estaba grabándose bailando una canción de reggaetón frente a su celular apoyado en unos libros.
—Y si te pillo por la calle… —cantaba Tere, moviendo las caderas.
Se detuvo al ver a su madre.
—Ay, mamá, qué cara traes. Pareces zombie de The Walking Dead.
—Me siento mal, hija —dijo Rosario, con la voz quebrada—. Creo que tengo calentura. Me duele mucho el pecho.
Tere hizo una mueca de asco, como si la enfermedad fuera contagiosa a tres metros.
—Híjole. Pues tómate algo, ¿no?
—No tengo nada. Se acabaron las medicinas del botiquín. ¿Crees que… crees que Toño me pueda llevar al consultorio de la farmacia? O al seguro.
Tere resopló.
—Toño salió. Fue a ver a un “socio” (mentira, fue a vender los rines de la camioneta). Y yo no sé manejar tu camioneta vieja, me da miedo. Además, no tenemos gasolina, mamá. Tú dijiste que no había dinero para gasolina, ¿te acuerdas?
—Hija, me siento muy mal. Siento que me desmayo.
Tere rodó los ojos y se acercó, pero no para tocarle la frente, sino para pasarle de largo hacia la cocina.
—Ay mamá, seguro es drama. Es gripe. Tómate un té de limón con miel. O acuéstate y suda la fiebre. No hagas una tormenta en un vaso de agua, neta me cortas la vibra. Estaba grabando un trend súper importante.
Rosario la vio alejarse. Su propia hija. La niña a la que cuidó cuando tuvo varicela, velando noches enteras, poniéndole maicena en el cuerpo para que no se rascara. Ahora, esa niña no podía ni siquiera ofrecerle un vaso de agua.
Rosario se enderezó. El dolor seguía ahí, pero la rabia le dio una inyección de adrenalina.
—Está bien —dijo al aire—. Está bien.
Salió de la casa. Caminó bajo el sol de las tres de la tarde hasta la farmacia que estaba a cinco cuadras de la entrada del fraccionamiento. Cada paso era un calvario. Llegó sudando, casi arrastrándose.
El farmacéutico, Don Pepe, que la conocía de años, se asustó al verla.
—¡Doña Rosario! ¿Qué le pasó? ¡Se ve fatal!
—Una gripe, Don Pepe. Una gripe mala —mintió ella, apoyándose en el mostrador—. Fíeme un paracetamol y un jarabe, por favor. Se me olvidó la cartera.
—Claro que sí, Doña Chayo, lo que necesite. ¿Quiere que llame a su chofer?
—No. No tengo chofer hoy. Me iré caminando despacito.
Regresó a casa con las medicinas en la bolsa. Al entrar, vio a Toño (que ya había regresado) y a Ximena comiendo unas hamburguesas de McDonald’s que habían comprado con el dinero de los rines. No le ofrecieron. Ni siquiera le preguntaron cómo estaba.
Rosario subió a su cuarto, se tomó las pastillas con agua del baño y se juró, ante la cruz que colgaba en su cabecera: “Esta es la última vez. La última vez que sufro por ellos.”
El Espejo y la Gota que Derramó el Vaso
El sábado por la mañana, Rosario se sintió un poco mejor. La fiebre había bajado, aunque la debilidad persistía. Bajó a la sala. El desorden era ya insostenible. Había cajas de pizza, ropa tirada, juguetes de Santi esparcidos como minas terrestres.
Aunque se había prometido no limpiar, el hábito pudo más. Agarró una escoba y empezó a barrer la sala, despacio, en silencio.
Eran las once de la mañana. Tere bajó las escaleras como una diva, vestida con un conjunto de top y falda de cuero sintético, maquillada como para una alfombra roja.
—¡Buenos días, mundo cruel! —gritó Tere, ignorando a su madre que barría a sus pies.
Tere caminó hacia el espejo de cuerpo entero que estaba en el recibidor, el único espejo con buena luz natural a esa hora. Empezó a posar. Sacó la lengua, hizo la señal de amor y paz, se puso de perfil para que se le viera la pompa.
Rosario estaba barriendo justo detrás de ella, intentando sacar una bola de pelos de gato (aunque no tenían gato) de debajo del mueble.
—Ay, no —dijo Tere, mirando la pantalla de su celular con frustración—. ¡Mamá! ¡Quítate!
Rosario levantó la vista, apoyándose en el palo de la escoba.
—¿Qué?
—¡Que te quites! Sales en el fondo de mi video. O sea, cero aesthetic. Pareces la chacha. Me arruinas el shot.
Rosario se quedó inmóvil.
—¿Te estorbo en mi propia casa, Teresa?
—Ay, ya vas a empezar. No es que me estorbes en la vida, me estorbas en el encuadre. Hazte para allá, vete a la cocina o algo. Necesito grabar este Look of the Day antes de que se vaya la luz buena. Ándale, shoo, shoo.
Hizo un ademán con la mano, como espantando a una mosca. Como espantando a un perro callejero. Shoo, shoo.
Algo se rompió dentro de Rosario. Fue un sonido audible, como el chasquido de una rama seca. No fue el corazón; fue la paciencia. La inmensa, kilométrica paciencia de madre se quebró.
Soltó la escoba. El palo de madera golpeó el piso de mármol con un estruendo seco. ¡CLACK!
—¡TOÑO! ¡XIMENA! —gritó Rosario.
Su voz no sonó a enferma. No sonó a vieja. Sonó a trueno. Sonó a la Patrona de La Merced dando una orden de ataque.
Tere dio un salto del susto y casi tira el celular.
—¡Ay mamá! ¡Qué te pasa! ¡Estás loca!
—¡QUE VENGAN AHORA MISMO! —rugió Rosario.
Toño y Ximena bajaron corriendo, asustados, pensando que se había quemado la casa (otra vez) o que venía la policía.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó Toño, con el corazón a mil.
Rosario estaba parada en medio de la sala. Su figura parecía haber crecido dos metros. Sus ojos negros lanzaban fuego. Señaló a cada uno con un dedo índice que temblaba de ira.
—Ustedes… ustedes son la basura más grande que ha pisado esta tierra.
—Oye, cálmate… —empezó Toño.
—¡CÁLLATE! —le cortó Rosario—. ¡Me callas y te rompo la boca, Antonio! ¡Soy tu madre!
El silencio fue total. Santi, el niño, se puso a llorar en los brazos de Ximena, pero nadie lo consoló.
—Les di la vida —dijo Rosario, bajando la voz a un susurro peligroso—. Les di un techo. Les di educación. Les limpié la cola. Les di lujos que yo nunca soñé. Y a cambio… a cambio recibo desprecio. Hambre. Burla.
Miró a Tere.
—Te pedí ayuda porque me sentía morir, y me pasaste de largo. Me dices que te estorbo. Que parezco la chacha.
Miró a Toño y a Ximena.
—Comen frente a mí mientras yo tengo el estómago vacío. Me niegan un plato de comida en la mesa que yo pagué.
—Mamá, estás exagerando… —dijo Ximena, intentando usar su tono manipulador.
—¡Silencio! —Rosario dio un paso adelante y Ximena retrocedió por instinto—. Se acabó. Ya vi lo que tenía que ver. Ya sé quiénes son ustedes. No son mis hijos. Son unos extraños. Son unos parásitos. Y ya me cansé de alimentarlos.
Toño se cruzó de brazos, intentando recuperar algo de dignidad masculina, aunque estaba temblando.
—Ya, jefa. Bájale dos rayitas a tu drama. Si tanto te molestamos, pues vete tú.
—¿Qué dijiste? —preguntó Rosario, incrédula.
Ximena se armó de valor. Era ahora o nunca. El plan que habían hablado en susurros la noche anterior.
—Toño tiene razón, suegrita. Mira, la verdad es que… ya no estás bien de la cabeza. Todo este show del incendio, de la quiebra… es obvio que estás senil. Estás perdiendo facultades.
—Exacto —intervino Tere, guardando su celular—. Nos estresas a todos. Santi está traumado con tus gritos.
Toño dio un paso al frente, sacando el pecho.
—Lo hemos hablado como familia, mamá. Y creemos que lo mejor para ti… y para nosotros… es que te vayas a descansar. A un lugar especializado.
—¿Un asilo? —preguntó Rosario.
—Una residencia para adultos mayores —corrigió Ximena con suavidad venenosa—. Ahí te van a cuidar, te van a dar tus medicinas. Y nosotros nos quedamos aquí, cuidando la casa. Cuidando “el patrimonio”. Al fin y al cabo, la casa está a nombre de la familia, ¿no? Tú ya no puedes administrarla. Eres… ¿cómo dijiste el otro día? Una carga.
Rosario los miró. No había ni una pizca de broma en sus caras. Lo decían en serio. Querían encerrarla. Querían quedarse con la mansión y deshacerse de la vieja.
Por un segundo, Rosario sintió ganas de llorar. Pero la lágrima se evaporó antes de salir.
Sonrió. Una sonrisa fría, terrible.
—Ah, ya veo. Quieren su paz. Quieren que me vaya.
—Es lo mejor, mamá —dijo Toño—. Por las buenas. No nos obligues a… ya sabes, a hacerlo legal.
—No, no. No hace falta —dijo Rosario con calma sobrenatural—. Tienen toda la razón. Soy una carga. Soy vieja. Y ustedes necesitan espacio para… triunfar.
Rosario caminó hacia la puerta principal.
—¿A dónde vas? —preguntó Tere.
—A tomar aire. Empaquen mis cosas.
—¿Qué? —Toño se sorprendió de que fuera tan fácil.
—Lo que oyeron. Si quieren que me vaya, ayúdenme. Empaquen mi ropa. Una maleta. No necesito más. Sáquenla al patio. Yo las espero afuera.
Salió al pórtico y se sentó en una silla de jardín. El aire fresco le golpeó la cara. Sacó su celular, ocultándolo entre los pliegues de su falda. Marcó un número rápido.
—Licenciado Fausto. Ya es hora. Sí. Ejecute el Plan Omega. Hoy mismo. Nos vemos en el hotel en una hora.
Adentro, la celebración fue silenciosa pero eufórica.
—¡Lo logramos! —susurró Ximena—. ¡Se rindió! ¡La vieja se rindió!
—No me lo creo —dijo Toño, riendo nerviosamente—. Pensé que iba a pelear más.
—Es que ya está cansada, güey —dijo Tere—. Ya le pesa la edad. ¡Ay, qué emoción! ¡La casa sola! ¡Voy a poder grabar donde quiera!
Corrieron a la habitación de su madre. Con una falta de respeto absoluta, abrieron su armario. Tere agarró la ropa de su madre —sus vestidos, sus rebozos, sus abrigos— y los metió hechos bola en una maleta vieja que encontraron.
—¿Le echamos las joyas? —preguntó Ximena, abriendo el joyero. Estaba vacío.
—Maldita vieja, las escondió —dijo Toño—. Bueno, luego las buscamos. Ahorita lo importante es sacarla.
En diez minutos, tenían dos maletas listas. Cerraron los cierres a la fuerza.
Arrastraron las maletas escaleras abajo. Traca, traca, traca. El sonido de las ruedas contra los escalones era el sonido de la expulsión.
Salieron al patio. Rosario seguía sentada, mirando al cielo.
—Aquí están tus cosas, mamá —dijo Toño, dejando las maletas en el suelo—. Te pedimos un Uber, ¿o qué?
—No hace falta —dijo Rosario, poniéndose de pie. Agarró las maletas. Pesaban, pero ella había cargado cosas más pesadas en su vida—. Voy a caminar hasta la salida. Allá tomaré un taxi.
—Bueno, pues… cuídate —dijo Tere, sin acercarse a darle un beso—. Nos avisas cuando llegues al asilo, para ir a visitarte… en Navidad o algo así.
—Que te vaya bien, suegrita —dijo Ximena, sonriendo triunfal—. Y gracias por entender. Es por el bien de todos.
—Adiós, mamá —dijo Toño. Ni siquiera la miró a los ojos. Miraba su celular.
Rosario los miró por última vez. Grabó esa imagen en su mente: sus tres verdugos, parados en la puerta de la casa que ella construyó, echándola como a un perro.
—Adiós —dijo Rosario.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el gran portón de hierro negro. El sonido de las ruedas de la maleta sobre el adoquín era lo único que se escuchaba. Rrrrrr, rrrrrr.
Llegó al portón. Lo abrió con el control remoto que llevaba en el bolsillo. Salió a la calle.
El portón se cerró lentamente detrás de ella. Bzzzzzz… CLANK.
Se quedó parada en la banqueta. Sola.
Pero entonces, una camioneta Suburban negra, impecable, dio la vuelta en la esquina y se detuvo frente a ella.
El chofer —su chofer de siempre, Don Beto, a quien supuestamente había despedido— bajó corriendo y le abrió la puerta trasera.
—Buenas tardes, Patrona —dijo Don Beto, tomando las maletas—. ¿Todo listo?
Rosario se quitó el rebozo viejo y se soltó el pelo. Su postura cambió. La vieja enferma y derrotada desapareció. “La Patrona” regresó con toda su fuerza.
—Todo listo, Beto —dijo Rosario, subiendo al vehículo con aire de emperatriz—. Llévame al Hotel Presidente Intercontinental. Y avísale a los de seguridad privada.
—¿A los de seguridad?
—Sí. Mañana temprano venimos a hacer el desalojo. Y quiero que traigan cerrajeros. Voy a cambiar todas las chapas.
Beto sonrió, viendo la chispa en los ojos de su jefa.
—Entendido, jefa. ¿Y los muchachos?
Rosario miró hacia la mansión a través de los vidrios polarizados.
—¿Cuáles muchachos? —dijo fríamente—. Yo no tengo hijos. Esos de ahí son inquilinos morosos. Y su contrato se acaba de vencer.
La camioneta arrancó, alejándose de la casa del Pedregal. Rosario no miró atrás. Se sirvió un vaso de agua fría de la nevera de la camioneta, suspiró y sacó de su bolsa una carpeta legal. En la portada se leía: “Fundación Rosario Mondragón – Beneficiaria Única”.
La primera parte de la lección había terminado.
El dolor había pasado.
Ahora… ahora venía el castigo. Y Dios sabe que Rosario Mondragón cobraba las deudas con intereses.
CAPÍTULO 5: El Desalojo de los Parásitos
Mientras Toño, Tere y Ximena celebraban su “victoria” en la mansión del Pedregal con una botella de vino barato que encontraron en el fondo de la alacena, Doña Rosario Mondragón estaba viviendo una realidad muy diferente a cinco kilómetros de distancia.
La suite presidencial del Hotel Presidente Intercontinental en Polanco olía a lavanda y a dinero viejo. El aire acondicionado zumbaba con una eficiencia silenciosa, manteniendo la habitación en una frescura perfecta que contrastaba con el calor sofocante y sucio de los últimos días en su propia casa.
Rosario estaba sentada en un sillón de terciopelo azul, mirando a través del ventanal panorámico hacia el Campo Marte y el Auditorio Nacional. Tenía una copa de jugo de naranja recién exprimido en una mano y en la otra, un taco de rib-eye con costra de queso que el servicio a la habitación acababa de subirle.
Hacía apenas cuatro horas que había salido de su casa arrastrando una maleta, fingiendo ser una anciana derrotada. Ahora, bañada, perfumada con su loción de Chanel y vistiendo una bata de seda blanca, parecía renacer. Pero no era un renacimiento suave; era el renacer de un volcán.
Sonó el timbre de la suite.
Rosario dejó la copa y caminó despacio hacia la puerta. No cojeaba. No tosía. Su espalda estaba recta como una varilla de construcción.
Abrió la puerta.
Ahí estaba el Licenciado Fausto Ramírez, su notario de confianza de toda la vida, un hombre bajito, calvo y con lentes de fondo de botella, que cargaba un portafolio de piel más grande que su torso. Venía sudando, nervioso.
—Pásele, Licenciado —dijo Rosario, haciéndose a un lado.
—Doña Chayo… digo, Doña Rosario —balbuceó Fausto, entrando y mirando el lujo de la suite—. Qué bueno verla… eh… bien. Me asustó mucho cuando me llamó. Dijo que… que la habían echado.
—Siéntese, Fausto. ¿Quiere un whisky?
—Un tequilita, si no es mucha molestia, para el susto.
Rosario sirvió dos tequilas dobles, Don Julio 70, sin hielo. Le entregó uno al abogado y se sentó frente a él, cruzando las piernas con elegancia.
—Salud, Fausto.
—Salud, Patrona.
Bebieron un trago largo. El alcohol quemó las gargantas y asentó los nervios.
—A ver, Fausto. Saque los papeles.
El abogado abrió el portafolio con manos temblorosas. Sacó un legajo de documentos sellados, con hologramas oficiales y firmas al calce.
—Aquí está todo, Doña Rosario. Tal como me lo pidió hace seis meses, cuando… cuando empezó a sospechar que esto pasaría.
Rosario tomó los documentos. Sus ojos recorrieron las letras chiquitas.
Escritura Pública Número 4528. Traspaso de Propiedad a Título Gratuito a favor de la Fundación “Mujeres de Acero Rosario Mondragón”.
Revocación Total de Testamento.
Cláusula de Usufructo Vitalicio.
—Explícame, Fausto, como si yo fuera Toño y no entendiera nada —pidió Rosario, aunque entendía perfectamente. Quería escucharlo en voz alta. Quería saborearlo.
El abogado se acomodó los lentes.
—Mire, jefa. Jurídicamente, usted ya no es dueña de la casa del Pedregal, ni de las bodegas, ni de los locales. Todo, absolutamente todo, pasó a ser propiedad de la Fundación que creamos legalmente el año pasado. El objetivo de la fundación es dar becas y vivienda a madres solteras trabajadoras de la Central de Abastos.
—Ajá. ¿Y mis hijos?
—Sus hijos… —Fausto tragó saliva—. Sus hijos no figuran en ninguna parte. No son beneficiarios, no son socios, no son nada. Legalmente, son terceros ajenos. Y como la casa ya es propiedad privada de una Persona Moral (la Fundación), cualquiera que la habite sin contrato de arrendamiento es un invasor. Un “paracaidista”, pues.
Rosario sonrió. Fue una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que iluminó su rostro con una satisfacción macabra.
—O sea que, si yo, como Presidenta Vitalicia de la Fundación, decido que no quiero invasores en la sede de mi organización…
—Usted puede solicitar el desalojo inmediato con uso de la fuerza pública. De hecho… —Fausto sacó otro papel, una orden judicial—. Ya me adelanté. Tengo la orden firmada por el juez octavo de lo civil. “Desalojo por ocupación ilegal”. Está fechada para mañana a las 9:00 AM.
Rosario dejó los papeles sobre la mesa de centro de mármol.
—Perfecto.
—Pero Doña Rosario… —Fausto la miró con preocupación genuina—. ¿Está segura? Son sus hijos. Es su sangre. Echarlos así… con la policía… es muy fuerte. Se va a hacer un escándalo. Los vecinos van a hablar.
Rosario se levantó y caminó de nuevo hacia la ventana. La ciudad brillaba abajo, indiferente a los dramas humanos.
—Fausto, ¿sabes qué es fuerte? —dijo sin voltear—. Fuerte es dormir en la calle con dos bebés. Fuerte es que te nieguen un plato de comida en tu propia mesa. Fuerte es que tus hijos planeen encerrarte en un asilo para quedarse con tus cosas.
Se giró hacia él. Sus ojos estaban secos.
—El escándalo me vale madres, Licenciado. Mañana no voy a desalojar a mis hijos. Mañana voy a sacar la basura.
Mientras tanto, en la Mansión del Pedregal…
La euforia de la “liberación” seguía en su punto máximo.
Toño estaba tirado en el sofá principal, con los pies subidos en la mesa de centro (algo que Rosario jamás permitía), fumando un cigarro electrónico que llenaba la sala de vapor con olor a sandía.
—Güey, es que neta, se siente otra vibra —decía, exhalando el humo—. Como que la energía de mi jefa era súper pesada, ¿sabes? Bloqueaba los chakras de la abundancia.
Ximena, que estaba hojeando una revista de decoración vieja, asintió con entusiasmo.
—Cañón. O sea, pobrecita, ya está vieja y todo, pero sí era un tapón. Ahora que ya no está, podemos rediseñar todo esto. Yo digo que tiremos esa pared de la cocina para hacer un concepto open space. Y esos muebles horribles de madera vieja… ¡a la basura! O los vendemos como “vintage” en Mercado Libre.
Tere bajó las escaleras con una mascarilla facial verde puesta.
—Oigan, ¿ya pensaron qué vamos a hacer con el cuarto de mamá? —preguntó—. Porque yo lo pido para mi estudio de grabación. Tiene la mejor luz y el balcón está divino para mis fotos.
—Ni madres —saltó Toño—. Ese cuarto es el Master Suite. Es para Ximena y para mí. Tú quédate con el tuyo.
—¡Ay, qué codo! Ustedes ya tienen baño propio. ¡Yo necesito espacio para mi arte!
—Bueno, bueno, luego vemos eso —interrumpió Ximena—. Lo importante es que ya somos los dueños. Oigan, ¿y si hacemos una fiesta de inauguración el fin de semana? Invitamos a todos nuestros amigos. Para que vean que ya tenemos casa propia.
—¡Súper jalo! —gritó Tere—. Voy a hacer un evento en Facebook. “House Warming Party – Mondragón Edition”.
Nadie mencionó que no tenían dinero para comprar ni una bolsa de hielos. Nadie mencionó que la luz estaba a punto de cortarse. En sus mentes delirantes, la salida de Rosario significaba que mágicamente el dinero volvería a fluir, como si su madre hubiera sido el dique y no la fuente.
Durmieron esa noche como bebés, soñando con remodelaciones y fiestas. No sabían que era su última noche bajo techo.
Miércoles, 9:00 AM. El Día del Juicio.
La calle del fraccionamiento residencial amaneció tranquila. Los jardineros regaban el pasto de las casas vecinas. Los paseadores de perros caminaban con manadas de huskies y goldens.
Todo era paz y armonía, hasta que el convoy dio la vuelta en la esquina.
No era una visita normal.
Al frente iba la camioneta Suburban blindada de Doña Rosario, negra y brillante como un escarabajo.
Detrás, dos patrullas de la Policía Bancaria e Industrial, con las torretas apagadas pero con cuatro oficiales de aspecto rudo en la batea.
Y al final, un camión de mudanzas pequeño y una camioneta con el logo “Cerrajería Express 24 Horas”.
El convoy se detuvo frente a la mansión Mondragón.
Los vecinos, que siempre están al pendiente del chisme aunque finjan que no, empezaron a asomarse por las cortinas. La señora de enfrente, Doña Cuquita, salió “a barrer” su banqueta para no perderse detalle.
Doña Rosario bajó de la Suburban.
Llevaba un traje sastre color vino, impecable. Zapatos de tacón sensato pero de piel fina. Su cabello estaba peinado en un chongo alto, perfecto. Lentes oscuros de diseñador cubrían sus ojos. En su mano, un bastón con empuñadura de plata (no lo necesitaba, pero le daba autoridad).
El Licenciado Fausto bajó del otro lado, con el expediente bajo el brazo.
Rosario se paró frente al portón cerrado.
—Toquen —ordenó.
Uno de los policías tocó el timbre. Insistentemente.
Ding-dong. Ding-dong. Ding-dong.
Adentro, Toño despertó sobresaltado.
—¿Quién chingados molesta a esta hora? —gruñó. Se puso unos shorts de fútbol y bajó sin camisa, rascándose la panza.
Miró el monitor de la cámara de seguridad. Vio a la policía.
Se le heló la sangre.
—¡Ximena! —gritó—. ¡La policía! ¡Seguro vinieron por lo de la tarjeta de crédito! ¡Te dije que no contestaras el teléfono!
—¿Qué? —Ximena bajó corriendo en bata—. ¡No les abras!
—¡Tengo que abrir, güey, están armados!
Toño caminó hacia la puerta principal, temblando. Abrió la puerta de madera y caminó por el sendero del jardín hasta la reja de la calle.
—¿Qué… qué se les ofrece, oficiales? —preguntó a través de los barrotes, con voz de pito.
Entonces vio a su madre.
Rosario se quitó los lentes oscuros lentamente. Lo miró con una frialdad que hizo que Toño quisiera volver al útero.
—Abre la puerta, Antonio.
—¿Mamá? —Toño estaba confundido—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué es todo esto? ¿Te escapaste del asilo?
—Abre. La. Puerta. —repitió Rosario, silabeando.
—No… no puedo —balbuceó Toño—. Quedamos en que te ibas. Esta es nuestra casa ahora. Tienes que respetar nuestra privacidad. Oficiales, esta señora está invadiendo…
El Licenciado Fausto dio un paso adelante y pegó un papel en los barrotes de la reja.
—Joven Antonio, soy el Licenciado Ramírez, representante legal de la Fundación Rosario Mondragón. Esta propiedad pertenece a la Fundación. Ustedes están ocupando el inmueble de manera ilegal. Esta es una orden de desalojo inmediato. Tienen quince minutos para sacar sus cosas personales o serán retirados por la fuerza pública.
Toño se quedó con la boca abierta, procesando las palabras como si fueran en chino.
—¿Fundación? ¿Qué pedo? ¡No! ¡La casa es de mi mamá! ¡Y mi mamá está senil! ¡Ella no puede firmar nada!
—Ábreme, Antonio —dijo Rosario, ya sin paciencia—. O tiran la puerta. Tú decides si quieres que tus vecinos vean cómo te sacan cargando en calzones.
Toño, pálido, presionó el botón y el portón eléctrico se abrió. Bzzzzzz.
La comitiva entró. Rosario caminó por el sendero de piedra como Napoleón entrando a París, pero con más estilo.
Entraron a la casa. El olor a encierro y comida vieja los golpeó. Rosario arrugó la nariz.
—Qué asco —dijo—. En una semana convirtieron mi palacio en una pocilga.
Tere y Ximena bajaron las escaleras corriendo.
—¡Mamá! —gritó Tere—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué hay policías en mi sala? ¡Me están asustando!
—¡Cállate, Teresa! —ordenó Rosario. Su voz retumbó en las paredes.
Se paró en el centro de la sala, rodeada de policías. Sus tres hijos, en pijamas y desgreñados, se agruparon frente a ella como niños regañados, pero con miedo real en los ojos.
—Siéntense —dijo Rosario.
Se sentaron en el sofá sucio.
—Licenciado, explíqueles —dijo Rosario, sentándose en el sillón individual (el único limpio) como si fuera un trono.
Fausto carraspeó.
—Jóvenes, seré breve. Su madre, aquí presente, en pleno uso de sus facultades mentales —remarcó esto mirando a Ximena—, donó la totalidad de sus bienes a una fundación benéfica hace seis meses. Esta casa no es suya. Nunca fue suya. Era de ella, y ahora es de la Fundación. Ustedes son, legalmente, invasores.
—¡Es un fraude! —gritó Ximena—. ¡La manipulaste! ¡Vamos a demandar!
—Pueden intentar demandar —dijo Fausto con calma—. Pero el testamento anterior, donde ustedes heredaban, fue revocado y quemado. No tienen derecho a nada. Ni a un ladrillo.
El silencio fue absoluto. Se escuchaba la respiración agitada de Toño.
Rosario tomó la palabra.
—Querían que me fuera, ¿no? Me echaron. Me dijeron que era un estorbo. Que querían su espacio. Bueno, pues les tengo una noticia: Les voy a dar su espacio. Todo el espacio del mundo. La calle es muy grande.
—Mamá… no… —empezó a llorar Tere—. No nos puedes hacer esto. ¿A dónde vamos a ir? No tenemos dinero.
—Ah, el dinero —Rosario sonrió y chasqueó los dedos.
Beto, el chofer, se acercó con un maletín metálico. Lo puso sobre la mesa de centro y lo abrió.
Adentro había fajos de billetes. Pesos mexicanos. Nuevos, oliendo a tinta.
Los ojos de Toño se iluminaron con una codicia instantánea. Ximena dejó de llorar.
—Ahí hay sesenta millones de pesos —dijo Rosario.
—¿Sesenta? —Toño casi se desmaya.
—Veinte millones para cada uno —corrigió Rosario—. Veinte para ti, Toño. Veinte para ti, Tere. Y veinte para… bueno, para Ximena y el niño, aunque no sea mi hija.
—¡Mamá! —Toño se levantó para abrazarla—. ¡Sabía que no nos dejarías! ¡Perdónanos, estábamos estresados! ¡Eres la mejor!
Rosario levantó el bastón y se lo clavó en el pecho a Toño para detenerlo.
—¡Atrás! No me toques.
Toño se detuvo en seco.
—Ese dinero —dijo Rosario con voz de hielo— es su herencia anticipada. Es todo lo que van a recibir de mí en esta vida. Tómenlo. Es su liquidación por haberme corrido.
—¿Nos das el dinero… y nos quedamos? —preguntó Ximena, esperanzada.
—No. Toman el dinero y se largan. Ahora mismo.
Los tres se miraron. Veinte millones era mucho dinero. Podían comprar otra casa. Podían irse de viaje. La codicia pudo más que el amor a la casa materna.
—Está bien —dijo Toño, agarrando el dinero—. Nos vamos. Al fin que esta casa ya estaba vieja. Con esto me compro un depa en Santa Fe.
—Yo me voy a Europa —dijo Tere, agarrando su parte.
Empezaron a meter los fajos de billetes en sus bolsas, frenéticamente. Parecían animales de rapiña. Rosario los observaba con una mezcla de pena y asco. No han aprendido nada, pensó. Creen que el dinero cura la estupidez.
—Tienen diez minutos para sacar su ropa —dijo Rosario, mirando su reloj—. Nada de muebles. Nada de electrodomésticos. Solo ropa y artículos personales. Si intentan llevarse un cuadro o una joya, los oficiales los detienen por robo. ¿Entendido?
—Sí, sí, ya entendimos —dijo Toño, abrazando su dinero—. Vámonos, Ximena. Empaca rápido.
Fue un espectáculo lamentable.
Corrieron escaleras arriba. Se escuchaban cajones abriéndose y cerrándose de golpe. Gritos. “¡No encuentro mis zapatos!”, “¡Deja esa tele, pendejo, dijeron que no!”.
Bajaron a los diez minutos con maletas mal cerradas, arrastrando bolsas de basura llenas de ropa. El niño, Santi, lloraba confundido, cargando su tablet.
Rosario los esperó en la puerta.
—Entreguen las llaves —ordenó.
Toño le puso las llaves en la mano sin mirarla. Estaba ansioso por irse a gastar su fortuna.
—Adiós, mamá —dijo Tere, con una frialdad pasmosa—. Gracias por la lana. Neta, con esto nos arreglas la vida. No te volveremos a molestar.
Salieron de la casa.
El cerrajero ya estaba desmontando la chapa principal para cambiarla.
Rosario salió al pórtico para verlos irse.
Toño intentó subir a la camioneta Cheyenne que estaba estacionada en la cochera.
—¡Alto ahí! —gritó Rosario.
Toño se detuvo con la mano en la manija.
—¿Qué?
—Esa camioneta está a nombre de la empresa. De mi empresa. Se queda.
—¡Pero cómo nos vamos a ir! —gritó Toño—. ¡Tenemos maletas! ¡Tenemos al niño!
—Tienen sesenta millones de pesos en efectivo en las bolsas —dijo Rosario—. Pidan un Uber Black. O cómprense una agencia de coches si quieren. Pero mi camioneta no la tocan.
Toño soltó una maldición, pateó la llanta de la camioneta y sacó su celular.
—Pinche vieja loca —murmuró, lo suficientemente alto para que ella lo oyera.
Rosario no se inmutó.
Esperó en el pórtico, de pie, estoica, mientras llegaban dos Ubers. Vio cómo sus hijos, ahora millonarios pero sin hogar, cargaban sus propias maletas (porque los choferes de Uber no quisieron cargar bolsas de basura). Vio cómo Ximena se peleaba con el chofer por el asiento del niño.
Finalmente, los autos arrancaron.
Rosario se quedó ahí hasta que doblaron la esquina y desaparecieron.
El silencio volvió a la calle del Pedregal.
Rosario suspiró. Un suspiro largo, profundo, que le vació los pulmones de todo el aire tóxico que había respirado en las últimas semanas.
Se dio la vuelta y entró a su casa.
El cerrajero terminó su trabajo.
—Listo, Patrona. Llaves nuevas. Nadie entra sin estas.
Rosario tomó el llavero nuevo. Brillaba.
Miró la sala sucia. Miró las manchas en el piso. Miró el vacío que habían dejado sus hijos.
Pero por primera vez en años, no sintió soledad. Sintió paz.
—Lupita —llamó Rosario, sabiendo que su fiel empleada (a la que había recontratado esa mañana y que esperaba en la cocina) estaba ahí.
Lupita salió corriendo, con lágrimas en los ojos.
—¡Señora! ¡Ay, señora, qué bueno que regresó! ¡Mire cómo dejaron todo estos marranos!
Rosario sonrió y le puso una mano en el hombro.
—No llores, Lupita. Lo material se limpia.
Miró alrededor, visualizando el futuro.
—Abre todas las ventanas, Lupita. Que entre el aire. Que se vaya el olor a ingratitud. Vamos a limpiar esta casa con cloro y amoniaco. Y luego… luego vamos a llamar al padre para que venga a echar agua bendita.
Rosario caminó hacia su estudio. Su santuario.
Se sentó en su silla de caoba.
El cuadro de la Virgen la miraba.
—Fase uno completada, Madre mía —susurró Rosario—. Tienen el dinero. Ahora viene la prueba de fuego. Vamos a ver cuánto les dura el gusto a los tontos.
Porque Rosario sabía algo que sus hijos ignoraban: El dinero fácil en manos de gente tonta es como agua entre los dedos. Y ella, desde las sombras, iba a asegurarse de que cada mala decisión que tomaran tuviera consecuencias.
La lección apenas comenzaba.
PARTE 3: LA HOGUERA DE LAS VANIDADES
CAPÍTULO 6: El Espejismo de los Millones
Dicen que el dinero no compra la felicidad, pero compra una suite en el Hotel St. Regis de la Ciudad de México con vista a la Fuente de la Diana Cazadora, y para Toño, Tere y Ximena, eso era básicamente lo mismo.
Dos horas después de haber sido desalojados de la mansión del Pedregal con bolsas de basura llenas de ropa, los “Hijos Pródigos” (o más bien, los Hijos Parásitos) estaban brindando con champaña Dom Pérignon en la habitación 1502.
—¡Salud! —gritó Toño, levantando la copa de cristal fino—. ¡Por la libertad! ¡Y por los sesenta millones!
—¡Salud, paps! —respondió Tere, que ya se había cambiado sus pants sucios por una bata de baño del hotel tan blanca que lastimaba la vista—. Neta, qué bueno que nos salimos de esa casa de terror. La vibra de mi mamá ya estaba súper tóxica. O sea, dementor total.
Ximena, acostada en la cama King Size con el pequeño Santi saltando a su lado, revisaba su celular frenéticamente.
—Oigan, ya vi unos departamentos en Santa Fe que están irreales. Tienen amenidades top: alberca infinita, spa, ludoteca para el niño, y lo mejor… están lejos del Pedregal. Cero posibilidades de toparnos a la bruja de tu madre.
Toño se aflojó el cinturón imaginario (seguía en shorts de fútbol, pero la actitud era de magnate).
—Tranquilas, mis reinas. El dinero hay que moverlo. Mi mamá cree que nos dio una liquidación para que nos largáramos a morir de hambre, pero lo que nos dio fue… capital semilla.
Se puso de pie y caminó hacia la ventana, mirando los rascacielos de Reforma.
—Veinte millones es una buena lana, pero si no la invertimos, se acaba. Yo tengo un plan. Un plan maestro que va a hacer que el imperio de mi mamá parezca un puesto de tianguis.
Tere rodó los ojos mientras se servía más champaña.
—Ay, Toño, otra vez con tus planes. Acuérdate de las llantas, güey. Y de las criptos.
—¡Eso fue diferente! —se defendió Toño, girándose bruscamente—. En ese entonces yo dependía de ella. Tenía que pedirle permiso para cada peso. Ella me cortaba las alas. Pero ahora… ahora soy el CEO de mi propio destino. Tengo veinte millones líquidos. Con eso me siento en la mesa de los grandes.
—Yo también voy a invertir —dijo Tere, decidida—. Voy a lanzar Tenny Lux. Pero bien. Nada de vender en bazares de amigas. Voy a poner un showroom en Polanco. Voy a contratar una agencia de PR. Voy a ser la Kylie Jenner mexicana.
Ximena sonrió, imaginándose ya como la esposa del magnate y la cuñada de la celebridad.
—Pues salud por eso. Oigan, ¿pedimos room service? Se me antoja langosta. Y caviar. Digo, para celebrar.
Esa noche, la cuenta del servicio a la habitación fue de cuarenta y cinco mil pesos.
Nadie parpadeó al firmar. Al fin y al cabo, eran millonarios.
La Falacia del Emprendedor de Instagram
La semana siguiente fue un torbellino de gastos que ellos llamaban “inversiones estratégicas”.
Toño y Ximena rentaron un penthouse en Peninsula, uno de los edificios más exclusivos de Santa Fe. La renta era de ochenta mil pesos mensuales, más mantenimiento.
—Necesitamos un lugar que proyecte éxito, Xime —le dijo Toño al firmar el contrato—. Si voy a cerrar tratos con socios internacionales, no puedo vivier en un depa de interés social.
Ximena contrató de inmediato a dos nanas (una para el día, otra para la noche), una cocinera y un chofer para que llevara a Santi al kinder en una camioneta Suburban blindada que sacaron a crédito (dando un enganche fuerte).
—Es por seguridad, mi amor —justificó Ximena—. Ahora que tenemos dinero, somos blanco de secuestros.
Mientras tanto, Toño puso en marcha su “gran visión”.
Fundó la empresa T-Connect Global Holdings. El nombre sonaba impresionante. Rentó una oficina de 200 metros cuadrados en un edificio corporativo en Lomas de Chapultepec.
—Toño, ¿para qué quieres oficina si no tienes empleados? —le preguntó Tere un día.
—Es el mindset, Tere. Fake it till you make it. Si cito a un proveedor en un Starbucks, me va a ver la cara de tonto. Si lo cito en una oficina con vista al bosque y una secretaria bilingüe buenísima, me va a dar crédito.
Toño gastó dos millones de pesos en amueblar la oficina. Sillas Herman Miller, escritorios de vidrio templado, pantallas gigantes en la sala de juntas. Contrató a una recepcionista (la secretaria bilingüe buenísima, que en realidad solo sabía decir “Hello” y “Coffee?”) y a un “Gerente de Operaciones”, un viejo amigo suyo de la universidad llamado Beto “El Tiburón”, que llevaba cinco años desempleado pero que vestía muy bien.
El negocio de Toño era, supuestamente, la importación de llantas de alta gama y rines deportivos desde China y Dubai.
—Esta vez no puede fallar —le dijo a Beto mientras jugaban golf virtual en la oficina—. Tengo el contacto directo en Guangzhou. Un tal Mr. Lee. Me deja el contenedor a mitad de precio si le pago el 50% por adelantado.
—¿Y es seguro, paps? —preguntó Beto, tomando whisky a las 11 de la mañana.
—Segurísimo. Lo conocí en un foro de Reddit de importadores. El tipo es una leyenda. Vamos a traer llantas que aquí se venden en cinco mil pesos, y nos van a costar quinientos. El margen es brutal.
Toño hizo la transferencia. Cuatro millones de pesos. Directo a una cuenta en Hong Kong.
—Listo. En un mes llegan los contenedores. De aquí a entonces, a vivir la vida, socio.
El Imperio de Humo de Tere
Por su parte, Tere no se quedó atrás.
Rentó un local comercial en Masaryk, la avenida más cara de Latinoamérica. Era un local pequeño, pero la ubicación lo era todo.
—Aquí va a ser el flagship store de Tenny Lux —le dijo a su arquitecto (un chico guapo que conoció en Tinder)—. Quiero que todo sea rosa y dorado. Mármol, terciopelo, luces neón que digan frases empoderadas tipo “Bichota” o “Girl Boss”.
El arquitecto le cobró tres millones por la remodelación. Tere pagó sin chistar.
Luego vino el inventario. Tere no sabía diseñar, así que hizo lo que cualquier “empresaria” de la era digital haría: se metió a Alibaba, buscó bolsas genéricas que se parecieran a las de Bottega Veneta y Jacquemus, y pidió tres mil unidades.
Costo por bolsa: $150 pesos.
Precio de venta planeado: $4,500 pesos.
—Es el branding, güey —le explicaba a sus amigas mientras tomaban mimosas en el brunch—. Yo le pongo mi etiqueta, le hago un packaging súper cute con papel de seda y una notita personalizada, y la gente lo paga. Vendo la experiencia, no la bolsa.
Para el lanzamiento, Tere tiró la casa por la ventana.
Organizó un evento de inauguración que costó otro millón y medio de pesos. Contrató a un DJ famoso, barra libre de gin tonic, canapés de salmón, y pagó a cinco influencers de medio pelo para que fueran a subir historias.
La noche de la inauguración, la tienda estaba llena. La música retumbaba. El alcohol corría. Tere se sentía en la cima del mundo, vestida con un traje de lentejuelas, dando entrevistas a medios locales.
—Sí, Tenny Lux es más que una marca, es un estilo de vida —decía al micrófono—. Es para la mujer moderna que factura, como dice Shakira.
—¿Y qué opinas de que tu mamá donó todo su dinero a la caridad? —le preguntó una reportera de chismes malintencionada.
Tere se congeló un segundo, pero su sonrisa ensayada no flaqueó.
—Ay, mi mamá es una santa. La amamos. Ella quería descansar y nosotros la apoyamos al cien. Esto que ven aquí es fruto de mi propio esfuerzo. Cero nepostismo, baby. Puro trabajo duro.
Esa noche vendió diez bolsas.
Regaló cincuenta a las influencers.
Gastos totales: $5,000,000.
Ingresos: $45,000.
Pero en su mente, había sido un “éxito rotundo de posicionamiento”.
La Resaca de la Realidad
Pasaron dos meses.
La vida de “millonarios independientes” empezaba a mostrar grietas, pero Toño y Tere las tapaban con más dinero.
El primer golpe vino para Toño.
Estaba en su oficina jugando FIFA en la pantalla gigante cuando recibió una llamada. Era un agente aduanal en el puerto de Manzanillo.
—¿Licenciado Antonio Fuentes?
—El mismo. ¿Qué pasó? ¿Ya llegaron mis contenedores?
—Sí, llegaron, joven. Pero tenemos un problema.
—¿Qué problema?
—La mercancía viene marcada como “Caucho Industrial”, pero al abrir el contenedor, la Guardia Nacional encontró… bueno, basura.
—¿Cómo que basura? —Toño sintió un frío en el estómago.
—Literalmente, joven. Llantas viejas, usadas, rajadas. Y al fondo del contenedor, chatarra electrónica. Esto no es lo que dice el pedimento. Además, Mr. Lee, el remitente, no existe en el registro. La empresa fantasma desapareció ayer.
Toño soltó el control del Xbox.
—No… no puede ser. Le deposité cuatro millones.
—Pues lo estafaron, joven. Y eso no es lo peor.
—¿Hay algo peor?
—Sí. Como la mercancía no coincide con la declaración y es considerada residuo peligroso, usted tiene una multa por daño ambiental y falsedad de declaración. Son seiscientos mil pesos. Y tiene que pagar la destrucción de la carga. Otros doscientos mil. Si no paga en 72 horas, se le abre carpeta de investigación penal.
Toño colgó el teléfono. Le temblaban las manos.
Acababa de perder casi cinco millones de pesos en una sola llamada.
—¡Beto! —gritó—. ¡Beto, ven acá!
Beto entró con un café en la mano.
—¿Qué onda, king?
—¡Nos estafaron, imbécil! ¡Mr. Lee me mandó basura!
—No mames… ¿neta? Chale. Bueno, pero el seguro de carga lo cubre, ¿no?
Toño se puso pálido.
—¿Tú contrataste el seguro?
—No, güey, yo pensé que tú lo habías contratado. Tú eres el CEO.
Toño se dejó caer en la silla Herman Miller de treinta mil pesos, sintiendo ganas de vomitar.
Esa noche, Toño no le dijo nada a Ximena.
Llegó a su penthouse en Santa Fe. Ximena estaba en la sala, mirando catálogos de viajes.
—Amor, estaba pensando que ya nos merecemos unas vacaciones. ¿Qué te parece Aspen en diciembre? Santi ya tiene edad para esquiar.
Toño se sirvió un whisky doble.
—Sí, mi amor. Lo que tú quieras. Aspen suena bien.
“Tengo que recuperarme”, pensó. “Tengo que hacer otra jugada rápida. Cripto. NFT. Algo.”
El Silencio de la Caja Registradora
Mientras tanto, en Masaryk, Tere estaba descubriendo que ser famosa en Instagram no significa tener clientes.
Pasaba los días sentada en su tienda rosa y dorada, viendo pasar gente. Entraban, miraban las bolsas, veían la etiqueta de precio ($4,500) y se reían.
—Oye, esta misma bolsa la vi en Shein por doscientos pesos —le dijo una señora copetona un día.
—¡Imposible! —se ofendió Tere—. Esta es piel vegana importada. El diseño es exclusivo de Tenny Lux.
—Mijita, aquí dice “Made in China” y se le está despeguando el logo. Qué robo.
La señora salió sin comprar nada.
A fin de mes, llegó la renta del local: $120,000 pesos.
La nómina de las dos empleadas (que se pasaban el día en TikTok porque no había clientes): $20,000.
Luz, internet, mantenimiento: $15,000.
Ventas totales del mes: $32,000.
Tere hizo las cuentas en su iPad. Estaba perdiendo dinero a cubetadas.
Pero su orgullo era más grande que su cuenta bancaria.
—Es que la gente en México no tiene cultura de moda —se quejó con sus amigas—. Son unos nacos que solo quieren marcas gringas. Necesito invertir más en marketing. Voy a pagarle a una influencer top. A una de esas que cobran cien mil por story. Eso va a detonar las ventas.
Y así, en lugar de cerrar la hemorragia, Tere le hizo una transfusión de sangre al paciente muerto. Pagó cien mil pesos a “Ferchis G”, una influencer de moda.
Ferchis subió la historia: “Amando mi bolsa de @TennyLux, súper chic“.
Tere recibió 500 nuevos seguidores.
Y dos ventas.
El Principio del Fin
Tres meses después de haber recibido la herencia anticipada, la situación financiera de los hermanos Mondragón era una bomba de tiempo.
De los 20 millones de Toño, quedaban 11.
Entre el fraude de China, la oficina de lujo, el penthouse, la camioneta, las nanas, los viajes de fin de semana a Valle de Bravo y las cenas de diez mil pesos, el dinero se estaba evaporando a un ritmo de tres millones mensuales.
Y Toño, desesperado, cometió el error final.
Conoció a un “Trader de Forex” en un gimnasio de lujo. Un tipo llamado “El Capi”, que prometía rendimientos del 20% mensual.
—Mete diez millones, Toño —le dijo El Capi—. En seis meses tienes veinte. Recuperas lo de China y te compras un yate. Es un algoritmo infalible.
Toño, sudando frío por la presión de mantener el nivel de vida de Ximena (que ahora quería cambiar los muebles del penthouse porque “ya le aburrían”), firmó.
Transfirió 8 millones de pesos al fondo de inversión de “El Capi”.
Se quedó con 3 millones en el banco. “Suficiente para aguantar hasta que lleguen los rendimientos”, se dijo.
De los 20 millones de Tere, quedaban 9.
La tienda era un agujero negro. Había intentado sacar una línea de ropa (maquilada en talleres clandestinos para ahorrar costos, pero cobrada como Prada), y la ropa salió mal cosida. Tuvo que hacer devoluciones masivas.
Además, Tere había desarrollado una adicción a las compras “terapéuticas”. Cada vez que se sentía triste por las bajas ventas, iba a Palacio de Hierro y se gastaba cincuenta mil pesos en zapatos.
—Es inversión de imagen —se repetía.
La Mirada desde la Cima
Mientras sus hijos quemaban su futuro en la hoguera de las vanidades, Doña Rosario Mondragón seguía su vida con una disciplina espartana, pero ahora con un propósito.
Había regresado a vivir a su casa del Pedregal (ahora sede de la Fundación). La casa estaba limpia, luminosa y llena de vida, pero no de parásitos.
La planta baja se había convertido en oficinas para las trabajadoras sociales. El comedor era una sala de juntas donde se planeaban becas para hijos de cargadores del mercado.
Rosario vivía en la planta alta, tranquila, en paz.
Todas las semanas recibía un reporte de un investigador privado que había contratado. No porque quisiera controlarlos, sino porque quería saber cuándo caerían.
Rosario abrió el sobre amarillo esa tarde, mientras tomaba su café de olla en el jardín (que ahora estaba precioso, cuidado por un jardinero que sí cobraba).
Leyó el informe:
Sujeto 1 (Antonio): Víctima de fraude aduanal (Pérdida est. 5 MDP). Inversión reciente en esquema Ponzi “Forex Masters” (Riesgo alto de pérdida total: 8 MDP). Gastos mensuales superan ingresos en un 1000%.
Sujeto 2 (Teresa): Negocio con flujo de caja negativo. Deudas con proveedores. Gastos personales excesivos. Arrendamiento de local en riesgo por falta de pago.
Rosario cerró la carpeta y suspiró.
No había alegría en su rostro, solo una tristeza profunda y resignada.
—Burros —susurró—. Les di la oportunidad de oro. Les di el capital que yo tardé diez años en juntar. Y lo quemaron en noventa días.
Miró al cielo. Se venían nubes negras.
—Prepárate, Chayo —se dijo—. Porque cuando estalle la bomba, van a venir corriendo. Y esa… esa será la prueba más difícil. No abrirles la puerta cuando lleguen llorando.
Rosario se levantó y entró a la casa.
Esa noche durmió tranquila, sabiendo que la justicia divina, a veces, necesita un empujoncito de una madre con colmillo.
Afuera, en la ciudad de neón y mentiras, sus hijos bailaban al borde del precipicio, creyendo que podían volar, sin saber que lo único que los sostenía era una montaña de billetes a la que ellos mismos le habían prendido fuego.
La caída iba a ser brutal.
CAPÍTULO 7: La Caída de los Dioses de Barro
El colapso no llegó con una explosión, sino con un silencio. El silencio aterrador de una tarjeta de crédito siendo rechazada en una terminal bancaria, seguido del pitido agudo que anuncia la vergüenza social: Beeep-Beeep. “Fondos Insuficientes”.
Habían pasado seis meses desde que los hermanos Mondragón recibieron sus veinte millones de pesos cada uno. Seis meses de fiesta, de viajes en primera clase, de ropa de marca y de fingir ser magnates. Pero las matemáticas son crueles y no perdonan a los estúpidos.
El Despertar de Toño
Era un martes por la mañana. Toño llegó a las oficinas de Forex Masters en Polanco, el fondo de inversión donde había metido sus últimos ocho millones de pesos con la promesa de duplicarlos en un trimestre. Iba contento. Según sus cálculos (y las gráficas falsas que “El Capi” le mandaba por WhatsApp), hoy era día de cobro de rendimientos. Iba a retirar dos millones para pagar la renta atrasada del penthouse y callarle la boca a Ximena, que llevaba una semana histérica porque le cortaron el servicio de televisión satelital.
Toño se bajó de su Uber (ya no tenía la Suburban blindada, la tuvo que devolver porque dejó de pagar las mensualidades y la financiera se la recogió con grúa en medio de un centro comercial, un “malentendido”, según él).
Entró al edificio corporativo. Saludó al guardia.
—Voy al piso 8, con el Licenciado Capi.
El guardia lo miró con esa mezcla de pena y aburrimiento que tienen los que han visto esta escena mil veces.
—Joven… el piso 8 está vacío.
Toño sintió un calambre en el estómago.
—¿Cómo que vacío? Si vine la semana pasada. Forex Masters. Oficina 802.
—Desalojaron el domingo en la madrugada, joven. Se fueron sin pagar la renta. Y… bueno, hay mucha gente arriba esperándolos. Creo que debería subir.
Toño subió en el elevador con las piernas de gelatina.
Al abrirse las puertas en el piso 8, se encontró con el caos. Había unas treinta personas gritando, golpeando las puertas de cristal cerradas con cadenas. Había señoras llorando, hombres de traje con la cara roja de ira, y policías tomando declaraciones.
La oficina estaba vacía. No había muebles. No había computadoras. Solo quedaba el logo de vinil en la pared: Forex Masters – Tu Futuro Asegurado.
Toño se acercó a un señor que estaba pateando la puerta.
—¿Qué pasó? —preguntó con un hilo de voz.
—¡Se pelaron! ¡Esos hijos de su p… madre se pelaron! —gritó el hombre—. ¡El Capi se fue a Panamá con todo el dinero! ¡Es una estafa piramidal! ¡Yo perdí mi jubilación!
Toño sintió que el piso se abría.
Ocho millones. Sus últimos ocho millones.
Sacó su celular y marcó el número de “El Capi”.
“El número que usted marcó no existe o se encuentra fuera de servicio”.
Marcó a Beto “El Tiburón”, su “gerente” y amigo que le había presentado al Capi.
“Buzón de voz”. Y luego vio que Beto lo había bloqueado de WhatsApp y de Instagram.
Toño se recargó en la pared fría. Empezó a hiperventilar.
No tenía dinero. Literalmente. En su cuenta personal de débito le quedaban $4,500 pesos.
Debía tres meses de renta del penthouse ($240,000).
Debía las tarjetas de crédito ($500,000).
Debía la multa de aduanas que nunca pagó y que ya se había convertido en un crédito fiscal millonario.
Estaba acabado.
La Vergüenza de Ximena
Mientras Toño descubría que era pobre, Ximena estaba a punto de descubrir que era la esposa de un pobre, lo cual, para ella, era mucho peor.
Estaba en la caja del supermercado City Market de Santa Fe. Llevaba el carrito lleno de cosas “necesarias”: vinos importados, quesos franceses, cortes de carne Wagyu y juguetes para Santi. La cuenta era de $18,200 pesos.
Había una fila de tres personas detrás de ella.
—Son dieciocho mil doscientos, señora —dijo la cajera.
Ximena sacó la tarjeta Platinum (adicional de Toño) con un gesto de desdén, sin dejar de hablar por teléfono con una amiga.
—Sí, güey, o sea, urge el botox, ya se me nota el ceño fruncido… espérame.
Metió la tarjeta.
“Transacción Declinada”.
—Señora, no pasó —dijo la cajera.
Ximena rodó los ojos.
—Ay, seguro es el chip. Pásala otra vez. O límpiala en tu blusa, hazme el favor.
La cajera, con mala cara, la pasó de nuevo.
“Fondos Insuficientes”.
—No tiene fondos, señora.
La gente de la fila empezó a resoplar.
—¡Qué oso! —susurró una señora atrás.
Ximena se puso roja.
—¡Imposible! Mi marido depositó ayer. A ver, prueba con esta otra.
Sacó la Gold.
“Declinada”.
Sacó la de débito de “emergencias”.
“Declinada”.
Ximena sintió el sudor frío bajando por su espalda.
—Señora, si no puede pagar, tengo que retirar el carrito, hay gente esperando.
—¡No! ¡Espérate! ¡Le voy a hablar a mi esposo!
Marcó a Toño.
—¡Contesta, inútil, contesta!
Toño no contestó. Estaba vomitando en un baño público de Polanco.
Ximena tuvo que salir del supermercado caminando rápido, dejando el carrito lleno, sintiendo las miradas de juicio clavadas en su nuca como cuchillos. Al salir al estacionamiento, se dio cuenta de que no tenía dinero para pagar el boleto del estacionamiento ($45 pesos).
Tuvo que buscar monedas debajo de los asientos de la camioneta (que todavía tenía, de milagro) y rogarle al guardia que la dejara salir porque le faltaban dos pesos.
Llegó al penthouse hecha una furia.
Entró gritando.
—¡Toño! ¡Toño! ¡Me acabas de hacer pasar la vergüenza de mi vida!
Pero Toño no estaba.
Lo que encontró fue una hoja pegada en la puerta del departamento con cinta adhesiva azul.
Era una notificación legal.
AVISO DE LANZAMIENTO (DESALOJO).
Por falta de pago de rentas vencidas (3 meses) y mantenimiento. Se ordena la desocupación inmediata del inmueble en un plazo de 24 horas. De lo contrario se procederá con la fuerza pública.
Ximena leyó el papel. Se le cayeron las llaves de la mano.
—¿Tres meses? —susurró—. ¿Tres meses sin pagar renta? ¿Dónde están los veinte millones?
El Derrumbe de Tenny Lux
A la misma hora, en Masaryk, el sueño de Tere también llegaba a su fin.
Pero no fue por falta de dinero (que también), sino por la soberbia.
Tere estaba en su tienda, vacía como siempre, grabándose un TikTok llorando (lágrimas falsas) sobre lo difícil que es emprender en México y cómo el gobierno no apoya a las “creadoras”.
De repente, entraron cuatro personas con chalecos que decían PROFECO (Procuraduría Federal del Consumidor) y dos agentes del Ministerio Público.
—¿Señorita Teresa Fuentes Mondragón? —preguntó una mujer con cara de pocos amigos.
—Soy yo. ¿Qué quieren? Estoy ocupada creando contenido.
—Tenemos múltiples denuncias contra su establecimiento, “Tenny Lux”.
—¿Denuncias? ¿De qué? ¿De envidia? —Tere soltó una risa nerviosa.
—Denuncias por fraude, publicidad engañosa y venta de piratería.
—¡¿Qué?! —Tere se ofendió—. ¡Mis bolsas son diseño original!
—Señorita, mandamos analizar sus productos. Usted anuncia “Piel Vegana Italiana Premium”. El laboratorio confirmó que es poliéster clorado de baja calidad, tóxico al contacto con el calor. Además, los diseños son copias exactas de modelos registrados por marcas internacionales. Y… no ha emitido ni una sola factura fiscal.
—O sea, pero… es mi marca —balbuceó Tere.
—Procedemos a la clausura del local y al aseguramiento de la mercancía. Y usted tiene que acompañarnos a declarar.
—¿A dónde?
—Al Ministerio Público. Está detenida precautoriamente.
Tere sintió que el mundo se le venía encima.
—¡No! ¡No me pueden llevar! ¡Soy influencer! ¡Tengo diez mil seguidores! ¡Voy a hacer un live y los voy a quemar!
Sacó su celular. Un agente se lo quitó suavemente.
—Eso lo podrá hacer después, señorita. Camine.
Tere salió de su tienda esposada (no porque fuera peligroso, sino porque se puso a patalear y rasguñó a un agente). Vio cómo le ponían los sellos de CLAUSURADO a su fachada rosa y dorada.
Vio a la gente de Masaryk grabándola con sus celulares.
Esta vez, sí se hizo viral.
#LadyBolsasChafas se convirtió en tendencia en Twitter esa misma tarde.
La Reunión de los Miserables
Toño llegó al penthouse a las siete de la noche. Caminaba como un zombi.
Al entrar, encontró a Ximena sentada en el suelo de la sala, rodeada de maletas abiertas. El niño, Santi, lloraba de hambre en una esquina.
—¿Dónde está el dinero, Toño? —preguntó Ximena con voz muerta. No gritaba. Era peor.
—Me robaron —dijo Toño, dejándose caer en el sofá—. El Capi se fue. Se llevó los ocho millones. Y lo de China… bueno, ya sabes.
Ximena se levantó despacio.
—¿O sea que no tenemos nada?
—Tengo cuatro mil pesos en la bolsa.
—¡Imbécil! —Ximena se le lanzó encima. Le empezó a pegar en el pecho con los puños cerrados—. ¡Maldito imbécil! ¡Me prometiste una vida de reina! ¡Me dijiste que eras un genio financiero! ¡Eres un perdedor! ¡Igual que tu madre decía!
Toño no se defendió. Se dejó pegar.
—¿Y el niño? —gritó Ximena—. ¿Qué va a comer Santi?
—No sé…
En eso, sonó el teléfono de Toño. Era Tere.
—Toño… —lloraba histérica—. Ven por mí. Estoy en el MP de Miguel Hidalgo. Tuve que pagarle cinco mil pesos a un abogado de oficio para que me sacaran bajo fianza por lo de la piratería. Pero no tengo para el Uber. Ven por mí, por favor.
Toño miró a Ximena.
—Es Tere. Está en el bote.
—Pues que se pudra —dijo Ximena—. Nos van a echar mañana a las 9 de la mañana, Toño. Igual que a tu mamá. ¿Ves la ironía? Mañana vamos a estar en la calle.
Toño fue por Tere en la camioneta (que milagrosamente aún tenía un poco de gasolina).
Regresaron al penthouse los tres.
Tere venía con el maquillaje corrido, oliendo a separos.
Se sentaron en la sala, en la oscuridad (les cortaron la luz a las 8 PM por falta de pago).
Comieron atún de lata con galletas saladas que encontraron en la alacena.
Santi se durmió en el sillón.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Tere, temblando de frío y de miedo.
—Vender —dijo Toño—. Tenemos que vender todo lo que podamos antes de que nos saquen mañana. Muebles, ropa, relojes.
—Los relojes son falsos, Toño —dijo Ximena con crueldad—. Me di cuenta la semana pasada. Te vieron la cara hasta en eso.
Toño bajó la cabeza.
—Bueno, la ropa. Las bolsas de Tere.
—Están aseguradas por la PGR —dijo Tere, sorbiendo mocos—. No tengo nada. Solo lo que traigo puesto.
Se hizo un silencio largo.
—Mamá… —susurró Tere—. Mamá nos recibiría.
—Estás loca —dijo Toño—. Después de cómo la tratamos. Después de que le dijimos que se muriera en el asilo. No nos va a abrir.
—Es nuestra madre, Toño. Las madres perdonan todo —dijo Tere, aferrándose a esa idea como a un salvavidas—. Seguro está sola en esa casota. Si llegamos llorando, pidiendo perdón… nos va a dejar entrar. Aunque sea al cuarto de servicio.
Ximena, que era la más pragmática (y la más oportunista), asintió.
—Tere tiene razón. La vieja es blanda. Siempre lo fue. Si le llevamos al nieto, si le decimos que Santi no tiene dónde dormir… se va a doblar.
—No sé… —dijo Toño, recordando la mirada de hielo de Rosario el día del desalojo.
—¿Qué otra opción tienes? —le espetó Ximena—. ¿Dormir bajo un puente? ¿Irte a vivir con tus amigos ricos que ya ni te contestan el teléfono? No tenemos a nadie, Toño. Estamos solos.
Toño miró a su hijo durmiendo. Miró su “imperio” desmoronado.
—Está bien. Mañana vamos. Pero… tenemos que vernos jodidos. Para que le dé lástima.
—Ya nos vemos jodidos, pendejo —dijo Ximena, mirándose las uñas rotas—. No hace falta actuar.
La Noche Más Larga
Esa noche no durmieron. Empacaron lo poco que pudieron salvar en bolsas de basura, tal como habían hecho con su madre. La historia se repetía, pero esta vez sin los veinte millones de consuelo.
A las 8:00 AM, el abogado del dueño del edificio llegó con la policía.
—Afuera. Ahora.
Salieron del edificio de lujo arrastrando sus bolsas negras. Los vecinos, los verdaderos ricos, los miraban con asco desde sus balcones.
Se subieron a la camioneta. Toño giró la llave.
El motor tosió. Y murió.
Click-click-click.
Sin gasolina. O sin batería. O simplemente el karma mecánico.
—No arranca —dijo Toño, golpeando el volante.
—¡No puede ser! —gritó Tere.
Tuvieron que bajarse. Dejaron la camioneta ahí, abandonada en el sótano.
Salieron a la calle caminando, cargando al niño y las bolsas.
Caminaron hasta la parada del camión.
Toño, Tere y Ximena, los “millonarios” de Instagram, se subieron a un microbús verde que iba hacia el sur, hacia el Pedregal.
La gente los miraba raro. Iban vestidos con ropa de marca (sucia y arrugada), cargando bolsas de basura, oliendo a sudor y desesperación.
El viaje duró dos horas. Dos horas de tráfico, de calor, de empujones.
Santi lloraba porque tenía hambre. Ximena lloraba de rabia. Tere lloraba de miedo. Toño no lloraba; estaba en estado de shock.
Se bajaron en la avenida principal del Pedregal. Caminaron las diez cuadras hasta la mansión.
Cada paso les pesaba.
Veían las casas que antes despreciaban, y ahora les parecían castillos inalcanzables.
Finalmente, llegaron al portón negro.
Ese portón que ellos mismos habían cerrado tras echar a su madre.
Ahora se veía más alto. Más imponente.
Y tenía un letrero nuevo en bronce brillante:
FUNDACIÓN MUJERES DE ACERO ROSARIO MONDRAGÓN.
Horario de atención: Lunes a Viernes de 9 a 5.
Toño se acercó al interfon. Le temblaba la mano.
Miró a sus hermanas. Estaban rotas.
Apretó el botón.
Ding-dong.
Esperaron.
—¿Sí? —contestó una voz desconocida, una voz de secretaria eficiente.
—Buscamos a… buscamos a la Señora Rosario Mondragón —dijo Toño, con la voz quebrada—. Somos sus hijos.
Hubo una pausa larga.
—Un momento, por favor.
El corazón les latía en la garganta.
Esperaban que el portón se abriera. Esperaban ver a su madre salir corriendo a abrazarlos. Esperaban el perdón.
Pero lo que salió fue algo muy diferente.
La pequeña puerta peatonal se abrió.
Salió un guardia de seguridad privada, un hombre alto y fornido, con uniforme táctico.
Y detrás de él, salió Lupita, la empleada doméstica.
Lupita los miró. No había cariño en sus ojos. Había lástima, pero de esa lástima que se le tiene a un perro atropellado que ya no tiene salvación.
—Lupita… —dijo Tere, dando un paso adelante—. Lupita, por favor, dile a mi mamá que estamos aquí. Que no tenemos a dónde ir.
Lupita cruzó los brazos.
—La Patrona está ocupada. Tiene una junta con el consejo de la Fundación.
—¡Es urgente! —gritó Ximena—. ¡Traemos a su nieto! ¡El niño no ha comido!
Lupita suspiró. Sacó un billete de quinientos pesos de su delantal y se lo extendió a Toño a través de la reja.
—La señora dijo que si venían, les diera esto.
Toño miró el billete.
—¿Quinientos pesos? —se indignó—. ¿Qué hacemos con quinientos pesos? ¡Necesitamos entrar! ¡Es nuestra casa!
—No, joven. Ya no es su casa. Y la señora dijo algo más.
—¿Qué dijo? —preguntó Tere, esperanzada.
Lupita endureció la mirada, imitando el tono de Doña Rosario.
—Dijo: “Diles que el banco de la lástima también cerró. Diles que si quieren comer, que trabajen. Que aprendan lo que vale un peso.”
El guardia dio un paso al frente.
—Por favor, retírense. Están estorbando la entrada de los beneficiarios.
—¿Beneficiarios? —preguntó Toño.
En ese momento, llegaron dos camiones. Bajaron decenas de mujeres humildes, cargando niños, riendo. Mujeres trabajadoras, con mandiles de mercado, con las manos curtidas.
El portón grande se abrió para ellas.
Toño, Tere y Ximena vieron hacia adentro. Vieron el jardín precioso. Vieron mesas con comida. Vieron a su madre, a lo lejos, sonriendo y abrazando a esas mujeres desconocidas. Abrazándolas como nunca los había abrazado a ellos en los últimos años.
—¡Mamá! —gritó Tere.
Rosario volteó un segundo. Los vio a lo lejos. A sus hijos sucios, derrotados, gritando en la reja.
No sonrió. No saludó.
Simplemente se dio la vuelta y siguió atendiendo a su “nueva familia”.
El portón se cerró en sus narices. CLANK.
Se quedaron en la calle. Con quinientos pesos. Con un niño llorando. Y con la certeza absoluta de que el infierno no es un lugar con fuego; es ver el paraíso que perdiste por idiota y no poder entrar.
—¿Y ahora? —preguntó Ximena, ya sin fuerzas para pelear.
Toño miró el billete en su mano.
—Ahora… ahora vamos a buscar una fonda barata. Y luego… luego vamos a buscar trabajo. De lo que sea.
La lluvia empezó a caer. Una lluvia fría de la Ciudad de México.
Los “Dioses de Barro” se deshicieron bajo el agua, convirtiéndose en lo que siempre fueron: simple lodo.
CAPÍTULO 8: El Renacer desde las Cenizas
La lluvia de la Ciudad de México no limpia las conciencias, pero sí empapa la soberbia hasta los huesos. Aquella tarde, frente al portón cerrado de la que fue su mansión, Toño, Tere y Ximena tocaron fondo. Con quinientos pesos en la bolsa y la dignidad hecha jirones, tuvieron que tomar la decisión más difícil de sus vidas: sobrevivir.
No hubo hoteles de lujo ni Ubers. Caminaron hasta una estación de metro y viajaron hasta Iztapalapa, donde una antigua empleada doméstica de su madre, Doña Chole (a quien ellos habían tratado con la punta del pie años atrás), aceptó rentarles un cuarto de azotea por lástima.
—No tengo camas, solo colchonetas —les dijo Chole, mirándolos con severidad—. Y aquí se paga la renta por semana. Quinientos pesos. Si no pagan, van para afuera. Ah, y el baño es compartido con los otros inquilinos. Y tú, niña —señaló a Tere—, nada de gritos ni dramas. Aquí la gente se levanta a las 5 a trabajar.
Esa primera noche, durmiendo en el suelo duro, escuchando los ruidos de la vecindad, Ximena lloró hasta quedarse seca. Toño miraba las vigas del techo, pensando en cómo había desperdiciado veinte millones en seis meses. Tere abrazaba su bolso falso, lo único que le quedaba de su vida anterior.
El Purgatorio del Trabajo Real
A la semana siguiente, el hambre apretó. Los quinientos pesos de Rosario se fueron en pañales para Santi y comida barata. Tenían que trabajar.
Toño, el “Licenciado en Administración” que soñaba con ser tiburón financiero, salió a buscar empleo.
Nadie lo quería contratar. “Sobrecualificado” decían unos al ver su CV lleno de mentiras; “Sin experiencia real” decían otros.
Terminó aceptando lo único que había: Cargador en una bodega de la Central de Abastos. Sí, en el mismo lugar donde su madre era leyenda. Pero nadie sabía quién era él. Para ellos, era solo “El Güero”, el nuevo chalán.
Su primer día fue un infierno. Tenía que cargar costales de cebollas de 50 kilos desde las 4 de la mañana. Sus manos de oficinista se llenaron de ampollas en una hora. Su espalda, acostumbrada a sillas ergonómicas, gritaba de dolor.
—¡Muévele, güerito! —le gritaba el capataz—. ¡Aquí no vienes a modelar! ¡Carga o lárgate!
Toño cargó. Lloró, sudó, sangró, pero cargó. Porque sabía que si no lo hacía, Santi no comía. Al final del día, le pagaron 300 pesos y le dieron un plato de frijoles. Esos frijoles le supieron a gloria, mejor que el caviar que comía en el St. Regis.
Tere tuvo su propia dosis de realidad. Intentó buscar trabajo de recepcionista, pero su actitud altanera la cerraba puertas. Terminó de mesera en una taquería de barrio.
—Aquí se viene a servir, mijita —le dijo el dueño, Don Pancho—. Si el cliente te chifla, tú sonríes y llevas los tacos. Y límpiame esas mesas que están pegajosas.
Tere, la reina de Instagram, tuvo que limpiar grasa, aguantar piropos vulgares de borrachos y lavar baños al final del turno. Sus uñas de acrílico se rompieron. Su cabello se llenó de olor a suadero.
Pero cuando recibió sus primeras propinas —cincuenta pesos en monedas—, sintió algo extraño: orgullo. Eran cincuenta pesos que nadie le había regalado. Eran suyos.
Ximena, por su parte, tuvo que dejar su orgullo de “señora de las Lomas” y empezó a vender postres (gelatinas y flanes que aprendió a hacer con Doña Chole) afuera de una escuela primaria.
—¡Gelatinas, hay de limón y de fresa! —gritaba, escondiéndose bajo una gorra por miedo a que alguien la reconociera. Pero nadie la reconocía. Era solo una vendedora más luchando por la vida.
Seis Meses de Silencio
Pasaron seis meses. Seis meses brutales.
Perdieron peso. Perdieron la arrogancia. Sus pieles se quemaron por el sol. Sus ropas de marca se desgastaron y fueron reemplazadas por ropa de paca.
Pero ganaron algo más.
Toño se puso fuerte. Sus brazos, antes flácidos, ahora tenían músculos de trabajo. Ya no se quejaba. Llegaba a casa oliendo a cebolla, abrazaba a su hijo y le decía: “Hoy papá se ganó la papa”.
Tere dejó de mirar el celular. Empezó a platicar con la gente real, a entender sus historias. Aprendió a valorar una sonrisa, un “gracias”.
Ximena dejó de exigir lujos. Aprendió a administrar cada centavo. Se volvió experta en hacer rendir el gasto.
Una noche, cenando pan dulce y café de olla en su cuartito, Toño rompió el silencio.
—¿Saben qué? —dijo—. Hoy vi a mamá.
Las dos mujeres se congelaron.
—¿Dónde? —preguntó Tere.
—Fue a la Central. A revisar sus bodegas. Pasó en su camioneta. Yo estaba cargando un diablito con papas.
—¿Te vio? —preguntó Ximena.
Toño negó con la cabeza.
—No. Y me escondí. Me dio vergüenza que me viera así, sucio, sudado.
Tere bajó la mirada.
—Yo la extraño. No su dinero. A ella. Extraño que me diga “buenos días”. Extraño su regaño.
—Yo también —dijo Toño—. Fui un pendejo. Fuimos unos pendejos. Tuvimos todo y no lo valoramos. Ahora entiendo… ahora entiendo lo que le costó a ella construir todo. Cada ladrillo pesa, cabrón. Pesa mucho.
Ximena acarició la cabeza de Santi, que dormía en la colchoneta.
—Creo que ya aprendimos, ¿no?
—Sí —dijo Toño—. Pero no vamos a ir a pedirle nada. No todavía. Vamos a demostrarle. Vamos a salir de este agujero solos. Y un día, cuando ya no demos lástima, iremos a verla.
El Reencuentro
Pasaron otros tres meses. Era el Día de las Madres.
Doña Rosario estaba en su jardín, sentada sola, leyendo un libro. La Fundación iba viento en popa, ayudaba a mucha gente, pero el corazón de madre seguía teniendo tres huecos.
Sabía dónde estaban. Su investigador nunca dejó de vigilarlos. Sabía que Toño era el mejor cargador de la bodega 4. Sabía que Tere era la mesera más rápida de “Tacos El Paisa”. Sabía que Ximena hacía las mejores gelatinas de la colonia Escuadrón 201.
Estaba orgullosa. En silencio, pero orgullosa.
Sonó el timbre.
El guardia se acercó.
—Patrona, hay tres personas en la puerta. Dicen que son sus hijos.
Rosario sintió un vuelco en el corazón.
—¿Cómo vienen?
—Pues… vienen a pie. Traen ropa sencilla, pero limpia. Y traen flores.
Rosario cerró el libro. Respiró hondo.
—Déjalos pasar.
Toño, Tere y Ximena entraron. Caminaron por el sendero de piedra que tantas veces habían recorrido en autos de lujo. Ahora caminaban con humildad, con la cabeza alta pero los ojos bajos. Santi corrió hacia su abuela.
—¡Abuela Chayo!
Rosario recibió el abrazo del niño. Olía a jabón barato y a amor.
Luego miró a sus hijos.
Estaban delgados. Toño tenía las manos callosas. Tere no traía maquillaje, pero se veía más bonita que nunca, más real. Ximena traía una caja de gelatinas.
—Hola, mamá —dijo Toño. Su voz temblaba.
—Hola, Toño.
—No venimos a pedir dinero —se apresuró a decir él—. Ni a pedir que nos dejes volver a vivir aquí. Ya tenemos nuestro lugar. Es chiquito, pero lo pagamos nosotros.
Tere dio un paso al frente y le entregó un ramo de rosas rojas. No eran de florería fina; eran de las que venden en los semáforos, envueltas en papel celofán.
—Feliz día, mamá. Las compré con mis propinas de ayer.
Ximena le extendió la caja.
—Te hice una gelatina de mosaico, suegrita. Es mi especialidad. Dicen que me queda rica.
Rosario miró las flores. Miró la gelatina. Miró las manos de trabajador de su hijo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Por qué vinieron? —preguntó.
Toño se arrodilló. Tere y Ximena lo siguieron.
—Vinimos a pedir perdón —dijo Toño, llorando—. Perdón por ser unos inútiles. Perdón por despreciarte. Perdón por creer que nos merecíamos todo sin hacer nada. Gracias, mamá.
—¿Gracias de qué? —preguntó Rosario, con un nudo en la garganta.
—Gracias por echarnos —dijo Tere—. Gracias por quitarnos todo. Si no lo hubieras hecho, seguiríamos siendo basura. Nos salvaste la vida, mamá. Nos enseñaste a ser gente.
Rosario no aguantó más. Soltó el bastón y abrió los brazos.
—¡Vengan acá, chamacos tontos!
Se abrazaron. Los cuatro. Lloraron juntos, mezclando lágrimas de dolor pasado con lágrimas de sanación presente. Fue un abrazo que reparó el alma de la familia Mondragón.
El Epílogo: La Verdadera Herencia
Después de ese día, la vida cambió, pero no como ellos esperaban.
Rosario no les devolvió la mansión. No les dio millones.
—La Fundación se queda —les dijo mientras tomaban café (ahora sí, sentados en la mesa como familia)—. Ese dinero es de los pobres y así seguirá.
—Está bien, mamá —dijo Toño—. No queremos tu dinero. Ya sabemos ganar el nuestro.
—Pero… —dijo Rosario, con una sonrisa pícara—. Necesito personal de confianza.
Miró a Toño.
—El administrador de la bodega 3 se jubila. Necesito a alguien que sepa cargar costales pero que también sepa usar una computadora. El sueldo es decente, pero se trabaja duro. ¿Te interesa?
Toño sonrió.
—Me interesa, Jefa.
Miró a Tere.
—Necesito a alguien que coordine los eventos de recaudación de fondos. Alguien con carisma, que sepa tratar con la gente y que no le tenga miedo a limpiar si hace falta.
—¡Yo! —levantó la mano Tere—. ¡Yo me la rifo, ma!
Miró a Ximena.
—Y la cafetería de la Fundación necesita una administradora. Alguien que haga postres ricos y que no deje que se desperdicie ni un grano de azúcar.
Ximena asintió, emocionada.
—Cuenta conmigo, Rosario.
No les regaló los puestos. Les dio trabajo.
Y ellos lo aceptaron con gratitud.
Años después, la Fundación Mondragón se convirtió en la más importante de México. Toño, Tere y Ximena trabajaban ahí todos los días, codo a codo con su madre.
Ya no vivían en la mansión (que seguía siendo sede), pero se compraron sus propios departamentos, modestos pero dignos, con su propio sueldo.
Toño manejaba un coche compacto, no una Cheyenne, pero dormía tranquilo. Tere vestía ropa normal, pero tenía amigos de verdad. Ximena y Toño salvaron su matrimonio, no con viajes a Aspen, sino luchando juntos contra la adversidad.
Una tarde, Rosario, ya muy anciana, estaba sentada en su balcón viendo a sus hijos trabajar abajo, en el jardín, organizando una entrega de despensas.
Sonrió y miró al cielo.
—Ya está, Rogelio —susurró a su difunto esposo—. Ya cumplí. No les dejé dinero para que se pudrieran. Les dejé carácter para que vivieran. Esa… esa fue mi verdadera herencia.
Cerró los ojos, sintiendo la brisa de la tarde, sabiendo que cuando ella faltara, el legado de “La Patrona” no moriría. Viviría en las manos callosas y los corazones fuertes de sus hijos.
Y así, la historia de los Mondragón dejó de ser una tragedia para convertirse en una leyenda. La leyenda de la madre que amó tanto a sus hijos, que tuvo el valor de romperles el corazón para salvarles el alma.
FIN