
CAPÍTULO 1: Ecos en el Cloro
El olor a cloro barato no es algo que hueles, es algo que se te mete en el gusto, se te pega en la ropa y se te incrusta en el alma. Llevaba tres años trabajando como afanadora en el Hospital General de Zona, y ese aroma ácido, una mezcla nauseabunda de desinfectante industrial, enfermedad rancia y frijoles refritos de la cafetería, ya se había convertido en mi perfume natural. No importaba cuánto me tallara la piel con jabón Zote al llegar a mi cuartito en Iztapalapa; el hospital se venía conmigo a casa.
Eran las 6:45 de la mañana de un martes gris, de esos días en los que la Ciudad de México amanece con una nata de contaminación que no deja ver ni la esquina. Mis tenis, unos Converse piratas que ya pedían clemencia con la suela desgastada, rechinaban contra el linóleo frío del pasillo principal mientras caminaba hacia el checador.
—¡Buenos días, Nina! —gritó el guardia de la entrada, Don Beto, un señor que se pasaba el turno resolviendo crucigramas—. ¿Otra vez llegando al barrido, mija?
—Ya sabe cómo es el metro, Don Beto. En Pantitlán se armó el desmadre de siempre —respondí, forzando una sonrisa mientras pasaba mi tarjeta. Beep. Entrada registrada: 06:58 AM. Apenas.
Corrí hacia el cuarto de servicio, ese armario glorificado donde guardábamos las cubetas, los trapeadores y nuestras pocas esperanzas de salir adelante. Me cambié la chamarra por la filipina azul cielo, que de cielo ya no tenía nada, más bien tiraba a un gris triste de tanta lavada. Me amarré el cabello en un chongo apretado, asegurándome de que ningún pelo rebelde se escapara, y respiré hondo.
—Ánimo, Nina. Es chamba y paga la renta —me dije a mí misma frente al espejo manchado. Mis ojos me devolvieron la mirada: cansados, oscuros, con esas ojeras que delataban que, además de limpiar pisos, me pasaba las noches estudiando anatomía para el examen de ingreso a la escuela de enfermería.
Agarré mi “Ferrari” —como le decíamos de broma al carrito de limpieza con las ruedas chuecas— y enfilé hacia el elevador de carga. Mi destino de hoy: El Séptimo Piso. El “Pabellón de los Olvidados”.
Oficialmente, se llamaba Unidad de Larga Estancia y Cuidados Crónicos. Pero entre la raza, entre los camilleros, las enfermeras y nosotros los de limpieza, sabíamos la verdad. Ese era el lugar donde el sistema aventaba a los que sobraban. Ahí terminaban los atropellados que nunca despertaron y no traían identificación, los abuelitos con demencia que las familias abandonaban en la sala de urgencias con una nota falsa, los “X” que la ciudad masticaba y escupía.
Al llegar al séptimo, el aire se sentía más denso. Aquí no había el ajetreo de urgencias ni los llantos de maternidad. Aquí había silencio. Un silencio pesado, roto solo por el pitido rítmico de los monitores y algún quejido ocasional.
—¿Qué onda, Nina? —Doña Lidia, la jefa de enfermeras del turno nocturno, estaba en la estación, llenando expedientes con esa letra cursiva perfecta que ya no se enseña en las escuelas. Tenía una taza de barro en la mano que humeaba rico.
—Buenos días, Doña Lidia. ¿Cómo estuvo la noche? —pregunté, empezando a preparar mi agua con el químico morado.
—Tranquila, gracias a Dios. Se nos fue el de la 302, el señor del enfisema. Pero ya descansó el pobre —suspiró ella, tomando un sorbo de su café de olla—. ¿Quieres un poquito? Quedó del desayuno.
—Híjole, no me tiente, Doña Lidia. Sabe que su café es mi debilidad, pero si no empiezo con el pasillo cuatro, la supervisora me va a traer de encargo todo el día.
Lidia me miró con esa ternura maternal que a veces me dolía. Ella sabía mi historia. Sabía que yo no tenía a nadie. Que era una “niña del sistema”, criada en orfanatos desde los cinco años, sin tíos, sin primos, sin nadie que me esperara en Navidad.
—Ándale, sírvete rápido. Estás muy flaca, mija. Necesitas energía. Esos pasillos no se trapean solos.
Acepté el vaso desechable con el café dulce y caliente. El sabor a piloncillo y canela me reconfortó el pecho. Me recordó, por un microsegundo, a una cocina que ya casi no recordaba. Una cocina con azulejos amarillos y un hombre alto cantando mientras cocinaba huevos revueltos. Sacudí la cabeza. No pienses en eso, Nina. Eso duele.
Empecé mi rutina. Trapear es un arte que nadie valora. Tienes que saber exprimir la jerga lo suficiente para no encharcar, pero dejarla lo bastante húmeda para llevarte la mugre. Movimiento en ocho. Izquierda, derecha, atrás. Izquierda, derecha, atrás. Es hipnótico. Te permite desconectar el cerebro y dejar que el cuerpo trabaje en automático.
Limpié la sala de espera, los baños (que siempre eran una pesadilla) y el pasillo central. Eran las 7:45 cuando llegué a la puerta final.
La habitación 307.
Siempre dejaba la 307 al último. No porque estuviera más sucia, sino porque… se sentía diferente. Había cuatro camas, pero rara vez estaban todas ocupadas. Actualmente, había tres pacientes.
En la cama 1, un chico joven, tal vez de mi edad, que se había destrozado en una moto. Llevaba seis meses en coma.
En la cama 2, un señor mayor que solo miraba el techo y balbuceaba nombres de mujeres que seguro ya no existían.
Y en la cama 4, la de la ventana… estaba él.
El “Paciente 17”.
Ingresó hace tres meses. Recuerdo el día que lo trajeron. Era un bulto de harapos y suciedad que los paramédicos bajaron de la ambulancia maldiciendo. Lo habían encontrado tirado en un terraplén cerca de las vías del tren en Tlalnepantla, deshidratado, quemado por el sol y con la mirada perdida. Sin INE, sin cartera, sin nombre.
Nadie vino a preguntar por él. Ni una esposa preocupada, ni un hijo llorando. Nada. El hospital le asignó el número 17 y ahí se quedó, existiendo pero no viviendo.
Empujé la puerta con el pie y entré.
—Buenos días, señores. Permiso, voy a hacer la limpieza —anuncié en voz baja, aunque sabía que probablemente nadie me contestaría.
El sol de la mañana entraba por la ventana sucia, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Me acerqué a la cama del chico de la moto y limpié debajo, con cuidado de no desconectar ningún cable. Luego pasé a la del señor de la cama 2.
Finalmente, me giré hacia la ventana.
El Paciente 17 estaba despierto.
Eso era raro. Usualmente, se pasaba el día durmiendo o mirando a la nada con los ojos vidriosos por los sedantes. Pero hoy… hoy sus ojos estaban claros.
Tenía una barba canosa y descuidada que le cubría media cara. Su cabello, largo y gris, caía sobre la almohada enmarañado. Pero eran sus ojos los que me desconcertaban. Eran oscuros, casi negros, rodeados de una red de arrugas profundas, marcas de quien ha sufrido mucho, de quien ha visto cosas que preferiría olvidar.
Me quedé quieta un segundo, con el trapeador en la mano, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—¿Necesita algo? —pregunté por inercia, sin esperar respuesta. Nunca había hablado. Los doctores decían que tenía una afasia traumática o quizás simplemente había olvidado cómo usar las palabras.
Él me miró. Y juro por mi vida que sentí un peso físico en el pecho. No me miraba como miran los pacientes a las de limpieza: como si fuéramos muebles transparentes. Me miraba a mí. Escaneaba mi cara, mi cabello, mis manos.
Sus labios secos y agrietados se movieron. Se escuchó un sonido rasposo, como lija sobre madera.
—A… Aaa…
Me acerqué un paso, instintivamente.
—¿Agua? —adiviné.
Él asintió, un movimiento apenas perceptible de cabeza.
Dejé el trapeador recargado en la pared y fui a la mesita de metal oxidado que tenía al lado. Había una jarra de plástico y unos vasitos. Serví un poco de agua.
—A ver, abuelo, despacito. Que si no se me ahoga y luego me regañan.
Me acerqué a la cama. Olía a viejo, a sudor rancio y a medicina. Con mi mano izquierda, le levanté la cabeza con suavidad. Pesaba tan poco… era puro hueso debajo de esa bata horrible del IMSS. Le acerqué el vaso a los labios.
Bebió con una desesperación triste. El agua se le escurría un poco por la comisura de los labios y mojaba su barba.
—Tranquilo, tranquilo, hay más —le susurré, sintiendo una punzada de lástima.
¿Quién era este hombre? ¿Había sido padre? ¿Esposo? ¿Alguien lo extrañaba en alguna parte de México, o era solo otro fantasma en una ciudad de 20 millones de habitantes?
Cuando terminó, retiré el vaso y le acomodé la almohada para que descansara.
—Listo. Ya quedó.
Me di la vuelta para regresar a mi trapeador. Tenía que apurarme, todavía me faltaba el pasillo de oncología y ahí la jefa era una bruja.
—Nina…
El sonido fue tenue, pero en el silencio de la habitación, sonó como un disparo de cañón.
Me congelé. Mis pies se clavaron en el suelo como si tuviera botas de cemento. El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas.
Nadie le había dicho mi nombre. No traía mi gafete puesto, se me había olvidado en el casillero. Doña Lidia no había entrado conmigo.
Me giré lentamente, con el miedo trepando por mi espalda como una araña fría.
El Paciente 17 me estaba mirando. Ya no había confusión en sus ojos. Había dolor. Había un reconocimiento imposible.
—¿Qué dijo? —mi voz salió estrangulada, un hilo de sonido.
Él hizo un esfuerzo titánico. Se notaba en los tendones de su cuello, en cómo apretaba las sábanas con sus manos huesudas.
—Agua… gracias… hija.
El trapeador se resbaló de mi mano. El palo de madera golpeó el suelo con un CLACK seco que resonó en toda la habitación. Pero yo apenas lo escuché.
Todo mi mundo se redujo a esa última palabra.
No fue la palabra en sí. En México, es común que la gente mayor te diga “hija” o “mija” de cariño. “Pásale, hija”, “Gracias, hija”. Es cultural.
Pero no fue qué dijo. Fue cómo lo dijo.
Fue el tono. Esa cadencia específica. Una forma de arrastrar la ‘j’ suavemente, y terminar la palabra con una exhalación profunda, casi musical. Una entonación que yo tenía grabada a fuego en las partes más profundas y dolorosas de mi cerebro.
La habitación empezó a dar vueltas. De repente ya no tenía 23 años. Tenía cinco. Estaba en una casa pequeña en Coyoacán, con olor a madera y a químicos de revelado fotográfico. Estaba llorando porque me había raspado la rodilla. Y una voz, esa misma voz, grave, cálida, protectora, me decía: “Ya pasó, hija. Papá está aquí. Ya pasó, mi niña”.
Mi papá. Alejandro Lara.
El brillante bioquímico que un día salió a trabajar y nunca volvió. El hombre que la policía dijo que seguramente tenía “deudas de juego” o “una segunda familia” y se había largado. El hombre que me dejó sola en un mundo que se comía a las niñas solas.
—No… —susurré, retrocediendo hasta chocar con la pared fría—. No puede ser. Estoy loca. Es el cansancio. Llevo doble turno. Estoy alucinando.
El Paciente 17 cerró los ojos, exhausto por el esfuerzo de hablar. Su pecho subía y bajaba con dificultad. Parecía haberse desmayado de nuevo.
Salí corriendo de la habitación 307. Dejé el trapeador tirado, dejé la cubeta en medio del paso. Corrí por el pasillo, ignorando los gritos de una enfermera que me decía que no corriera. Me metí al baño de personal, cerré el pestillo con manos temblorosas y me dejé caer contra la puerta hasta quedar sentada en los azulejos sucios.
Empecé a hiperventilar.
—Estás loca, Nina. Estás loca —me repetía, jalándome el cabello—. Tu papá murió hace 15 años. O se fue. Este es un vagabundo. Un teporocho cualquiera que se le quemó el cerebro. Es coincidencia.
Saqué mi cartera del bolsillo. Mis dedos torpes buscaron en el compartimento secreto, detrás de los billetes de a veinte pesos y la tarjeta del metro. Saqué la foto. Estaba tan manoseada que casi se deshacía. Una foto de 4×6, colores desvanecidos por el tiempo.
Un hombre joven, de unos 30 años, sonriendo a la cámara. Tenía el cabello negro, espeso, y una barba bien recortada. Me tenía a mí en hombros. Yo tenía coletas y reía como si fuera dueña del universo.
Miré la foto. Miré los ojos del hombre en el papel.
Luego cerré los ojos y recordé los ojos del hombre en la cama.
Eran los mismos.
Viejos, cansados, derrotados. Pero eran los mismos.
—No mames, Nina… —sollozé en silencio, usando una de esas frases que solo decimos cuando la realidad nos supera—. ¿Y si sí es?
Me levanté como impulsada por un resorte. Me eché agua fría en la cara, empapándome el fleco y la filipina. Me miré al espejo. Tenía que estar segura. No podía vivir con la duda. Si ese hombre era un extraño, yo me estaba volviendo loca. Pero si era él…
Si era él, ¿qué le había pasado? ¿Por qué parecía un indigente? ¿Por qué no había vuelto por mí? ¿Y por qué aparecía ahora, en mi hospital, en mi piso, en mi turno?
Recordé algo. Un detalle.
Una prueba irrefutable.
Cuando yo era muy chica, mi papá me contó una historia. De niño, jugando con sus hermanos, rompió una ventana. Un pedazo de vidrio le cortó la muñeca derecha. Le quedó una cicatriz muy particular. Una cicatriz blanca, curva, perfecta.
—Es mi media luna, Nina —me decía—. Es para que siempre sepas que soy yo, aunque esté oscuro.
Me sequé las manos en el pantalón. Salí del baño con una determinación que no sabía que tenía.
Caminé de regreso a la 307. Recogí el trapeador del suelo y lo puse en el carrito, tratando de actuar normal, aunque por dentro estaba gritando.
Me acerqué a la cama del Paciente 17.
Dormía profundamente. Su respiración era un silbido leve.
Sus manos descansaban sobre las sábanas blancas institucionales. Manos ásperas, con uñas maltratadas y piel reseca por el sol y la intemperie.
Miré hacia la puerta. Nadie. El pasillo estaba despejado.
Con el corazón latiéndome en la garganta, extendí la mano. Mis dedos temblaban tanto que tuve miedo de despertarlo.
Tomé su mano derecha. Estaba fría.
Con suavidad infinita, deslicé la manga de la bata hospitalaria hacia arriba.
Su piel estaba sucia, llena de manchas de la edad y pequeños rasguños.
Subí la tela un poco más. Hasta la muñeca.
El mundo se detuvo. El ruido de los monitores desapareció. El tráfico de la avenida allá afuera se calló.
Ahí estaba.
Tenue, casi invisible entre las arrugas y la mugre, pero inconfundible.
Una línea blanca. Curva.
Una media luna perfecta.
Solté su mano como si me hubiera quemado con ácido. Me llevé ambas manos a la boca para ahogar un grito que venía desde las entrañas.
Las lágrimas brotaron de golpe, calientes y furiosas.
—Papá… —susurré, cayendo de rodillas al lado de la cama.
Era él.
Dios mío, era él.
Alejandro Lara no estaba muerto. No se había ido con otra mujer. No me había abandonado.
Estaba aquí, en una cama de hospital público, roto, olvidado y sin nombre.
De repente, una furia ciega me invadió. ¿Qué le habían hecho? Un hombre no pierde 15 años de su vida, no pierde su identidad y termina tirado en las vías del tren por accidente. Alguien le había hecho esto. Alguien me había robado a mi padre.
Me puse de pie. Me limpié las lágrimas con rabia.
Miré al hombre en la cama, mi padre, ese desconocido familiar.
—Te juro, papá… —susurré, con una voz que ya no sonaba a la Nina miedosa de siempre, sino a alguien capaz de quemar el mundo—… te juro que voy a averiguar quién te hizo esto. Y me las van a pagar.
Salí de la habitación 307. Ya no era solo la afanadora del séptimo piso. Ahora era una hija en una misión de guerra. Y pobre del que se me pusiera enfrente.
CAPÍTULO 2: Sangre, Burocracia y una Foto Arrugada
Me levanté del suelo con las rodillas temblando, como si acabara de correr un maratón sin entrenamiento. Me sequé las lágrimas con la manga de la filipina, dejando una mancha húmeda y oscura en la tela azul. Mi respiración era un fuelle roto. Miré una última vez la muñeca del Paciente 17, esa media luna blanca que brillaba bajo la luz fluorescente como un faro en medio de una tormenta.
—Aguanta, papá. Aguanta un poquito más —susurré, aunque él ya había vuelto a caer en ese sueño profundo y pesado que le provocaban los medicamentos.
Salí al pasillo decidida. El “Pabellón de los Olvidados” empezaba a despertar. Las enfermeras del turno matutino ya estaban haciendo el pase de lista, riendo y comentando sobre la telenovela de anoche o quejándose de que el transporte público venía retacado. Para ellas, era un martes cualquiera. Para mí, el mundo acababa de dar un giro de 180 grados y se había estrellado contra la pared.
Caminé directo a la central de enfermeras, ignorando mi carrito de limpieza abandonado a mitad del pasillo. Sentía las miradas de un par de camilleros clavadas en mi espalda.
—¿Qué le pasa a la “Rizitos”? —escuché que murmuraba uno, refiriéndose a mi cabello rebelde—. Va como si le hubieran robado la quincena.
No me detuve. Llegué al mostrador y busqué con la mirada al Dr. Mendoza, el jefe de piso. Ahí estaba, un hombre bajo, calvo y con un bigote que parecía una brocha mal lavada, revisando expedientes con esa expresión de hastío perpetuo que tienen los burócratas que llevan treinta años en el mismo puesto. Estaba discutiendo con una residente sobre la falta de gasas.
—¡Doctor! —grité, interrumpiéndolo sin ninguna cortesía. Mi voz sonó demasiado aguda, demasiado histérica para ese ambiente estéril.
Mendoza levantó la vista por encima de sus lentes bifocales, molesto.
—Nina, ¿qué formas son esas? Estamos trabajando. Si se te acabó el cloro, pídele a intendencia, no a mí.
—No es el cloro, doctor. Es el paciente de la 307. El desconocido. El número 17.
Mendoza suspiró, cerrando la carpeta con un golpe seco. Se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz.
—¿Qué pasó? ¿Se cayó de la cama? ¿Se hizo encima? Llama a un enfermero, Nina, tú sabes que tu trabajo es limpiar, no mover pacientes.
—¡No! —golpeé el mostrador con las palmas de las manos. El ruido hizo que Doña Lidia y otras dos enfermeras voltearan a vernos—. ¡Es mi papá! ¡El paciente 17 es mi papá!
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta el monitor cardíaco de la habitación cercana pareció bajar el volumen. Las enfermeras intercambiaron miradas de esas que dicen “pobrecita, ya se le botó la canica”.
Mendoza me miró, no con enojo, sino con esa lástima condescendiente que me enfermaba más que el insulto. Esa mirada que dice: “Pobre niña huérfana, está proyectando sus traumas”.
—Nina… —su tono se suavizó, volviéndose paternalista y fastidioso—. A ver, mija. Tranquilízate. Estás alterada. Llevas doblando turno tres días seguidos, ¿verdad? El cansancio hace que la mente nos juegue trucos feos.
—No estoy cansada y no estoy loca —dije, sintiendo cómo la frustración me calentaba la cara—. Sé lo que vi. Sé lo que escuché. Me habló, doctor. Me pidió agua. Y tiene una cicatriz. Una cicatriz en la muñeca derecha en forma de media luna. Mi papá, Alejandro Lara, tenía esa misma cicatriz. Se la hizo con un vidrio cuando tenía ocho años. ¡Es él!
Mendoza negó con la cabeza, sonriendo tristemente.
—Nina, escúchame. Ese hombre es un indigente. Lo recogieron en las vías del tren en Tlalnepantla hace tres meses. Estaba desnutrido, con ropa hecha jirones, oliendo a alcohol barato. Tu expediente dice que tu padre era un científico, un hombre preparado. ¿Tú crees que un bioquímico termina viviendo como un teporocho debajo de un puente?
—¡Le pudo haber pasado algo! —grité, sintiendo que las lágrimas volvían a picarme los ojos—. ¡Un accidente, un golpe en la cabeza! Por eso tiene amnesia, ¿no? ¡Amnesia retrógrada! Usted mismo lo puso en el expediente.
—La amnesia es por el daño neurológico, probablemente por años de alcoholismo o abuso de sustancias —Mendoza se puso los lentes de nuevo, dando por terminada la conversación—. Mira, tómate el día. Vete a descansar. No te lo voy a descontar. Pero por favor, deja de inventar historias. Ya tenemos suficiente drama aquí con los pacientes reales.
Sentí como si me hubiera dado una bofetada. La impotencia es un sabor amargo, como bilis en la garganta. Me di la vuelta, lista para mandarlo al diablo y quizás perder mi trabajo, cuando una voz tranquila intervino desde la puerta de la oficina adjunta.
—Espera un momento.
Todos giramos. Recargado en el marco de la puerta estaba un hombre joven, tal vez de unos treinta años, alto y flaco. Llevaba una bata blanca impecable, muy distinta a las percudidas del resto del personal, y unas gafas de armazón negro que le daban un aire intelectual. Era el Dr. Andrés Villalobos, el nuevo neurólogo que acababa de llegar de un hospital privado en Monterrey. Se decía en los pasillos que era un genio, pero que era “raro”.
Andrés caminó hacia nosotros con pasos largos. No miró a Mendoza; me miró a mí.
—¿Dijiste una cicatriz en forma de media luna en la muñeca derecha? —preguntó. Su voz era calmada, analítica.
Asentí frenéticamente, sorbiendo la nariz.
—Sí, doctor. Blanca. Curva.
Andrés se volvió hacia Mendoza.
—Dimitri, ayer le hice una revisión de reflejos al paciente de la 307. Noté esa cicatriz. Es una marca quirúrgica o traumática muy específica. No es un corte común de una pelea callejera. Tiene bordes limpios, cicatrizados hace décadas.
Mendoza resopló, molesto por la intromisión.
—Y eso qué, Andrés. Media ciudad tiene cicatrices. Seguro se cortó abriendo una caguama. La chica está proyectando. Su padre desapareció hace 15 años. Caso cerrado.
—En medicina no hay casos cerrados hasta que hay una autopsia, Dimitri —replicó Andrés con una frialdad elegante. Luego se dirigió a mí—. ¿Cómo te llamas?
—Nina. Nina Lara.
—Muy bien, Nina. Ven conmigo. Vamos a ver a ese paciente.
Caminar detrás del Dr. Andrés de regreso a la habitación 307 se sintió como caminar hacia el patíbulo y hacia la salvación al mismo tiempo. Mendoza se quedó refunfuñando en la estación, pero no se atrevió a detener al especialista.
Entramos a la habitación. El Dr. Andrés cerró la puerta, aislándonos del ruido del pasillo. Se acercó a la cama y, con movimientos profesionales, tomó la muñeca del Paciente 17. Examinó la cicatriz bajo la luz que entraba por la ventana. Sacó una pequeña linterna de su bolsillo y alumbró la piel.
—Tejido queloide antiguo —murmuró para sí mismo—. Coincide con una herida de vidrio profundo.
Luego, se giró hacia mí. Sus ojos grises eran intensos, escrutadores.
—Nina, necesito que seas brutalmente honesta conmigo. ¿Hay alguna posibilidad, por mínima que sea, de que estés viendo lo que quieres ver? La mente humana es poderosa. El dolor de la pérdida puede hacernos ver fantasmas.
Saqué mi cartera. Mis manos temblaban tanto que se me cayeron un par de monedas al suelo. Saqué la foto arrugada y se la tendí.
—Mírelo usted mismo, doctor. Mírelo bien.
Andrés tomó la foto. La sostuvo junto al rostro del paciente dormido. Miraba la foto, miraba al paciente. Foto. Paciente. Foto. Paciente.
Frunció el ceño.
—La estructura ósea… —murmuró, trazando una línea imaginaria en el aire—. El arco superciliar es idéntico. La forma de la nariz, aunque ahora esté rota, tiene la misma base.
Bajó la foto y me miró con una seriedad nueva.
—Hay un parecido innegable. Pero esto no es prueba legal, Nina. Y ciertamente no convencerá a la administración del hospital para cambiar su identidad o tratamiento.
—¿Entonces qué hacemos? —pregunté, sintiendo que la esperanza se me escapaba—. No tengo dinero para una prueba de ADN privada. Y el hospital no la va a pagar por un “quizás”.
—Podemos empezar con algo más sencillo —dijo Andrés, devolviéndome la foto—. ¿Sabes el tipo de sangre de tu padre?
Me quedé en blanco un segundo. Traté de escarbar en mi memoria, en los papeles viejos que guardaba en una caja de zapatos bajo mi cama.
—Sí… sí. Cuando entré al orfanato me dieron mi cartilla de salud y copia de mis antecedentes. Decía que ambos padres eran A Positivo. Yo soy A Positivo.
Andrés asintió. Se acercó al pie de la cama y tomó el expediente clínico metálico que colgaba ahí. Lo abrió y pasó las hojas rápidamente con el dedo.
—Aquí está. Ingreso de urgencias. Tipificación sanguínea… —hizo una pausa dramática—. A Positivo.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones.
—¡Ahí está! ¡Es él!
—Tranquila —Andrés levantó una mano—. El A Positivo es uno de los tipos de sangre más comunes en México. Esto no prueba que sea tu padre. Simplemente no prueba que no lo sea. Es una coincidencia estadística. Pero… —sonrió levemente, una sonrisa que iluminó su rostro serio—… es suficiente para darme una excusa médica para investigar más a fondo sin que Mendoza me pueda decir nada.
—Gracias… —susurré, y sentí que iba a llorar de nuevo.
—No me agradezcas todavía. Escucha, Nina. Si este hombre es tu padre, y si realmente desapareció hace 15 años siendo un científico, y ahora aparece así… significa que algo muy malo le pasó. La amnesia que tiene no parece ser solo física. Parece un mecanismo de defensa. Una fuga disociativa. Su cerebro cerró las persianas para protegerse de algo traumático.
—Dijo que se llamaba… o bueno, no dijo su nombre. Pero cuando le hablé, pareció recordar algo. Me dijo “hija”.
—Eso es bueno. Significa que las conexiones neuronales están ahí, enterradas bajo el trauma, pero no destruidas. Necesitamos despertarlas. Pero con cuidado. Si lo forzamos, su mente podría quebrarse definitivamente.
—¿Qué tengo que hacer?
—Necesitamos “desencadenantes”. Estímulos sensoriales. La memoria no solo está en las imágenes. Está en los olores, en los sonidos, en el tacto. ¿Tienes objetos de él? ¿Ropa vieja? ¿Su perfume? ¿Música que le gustaba?
—Tengo… tengo algunas cosas. En mi cuarto. Una caja.
—Tráelas. Mañana. Hoy déjalo descansar. Su cerebro tuvo un pico de actividad al reconocerte y eso lo agotó. Vete a casa, Nina. Descansa tú también. Necesito que estés lúcida mañana. Si vamos a pelear contra el sistema y contra el olvido, te necesito fuerte.
Salí del hospital a las 3:00 de la tarde, después de terminar mi turno en piloto automático. El sol estaba en su punto más alto, un disco blanco y furioso que hacía hervir el asfalto de la Avenida Cuauhtémoc.
El ruido de la ciudad me golpeó: los cláxones de los taxis, los gritos de los vendedores ambulantes (“¡Lleve la mica, el protector, el cargador!”), el rugido de los motores. Normalmente, ese caos me abrumaba. Hoy, me parecía lejano. Yo estaba en otro lugar. Estaba en una misión.
Caminé hacia el metro Centro Médico. El vagón venía lleno, como siempre. Olor a humanidad, a sudor y a tacos de canasta. Me abracé a mi mochila, protegiéndola contra el pecho, y cerré los ojos.
Mi mente viajó al pasado.
Recordé el día que él desapareció. Yo tenía cinco años. Estaba en el kínder, haciendo un dibujo con crayolas. Mi mamá había muerto al darme a luz, así que éramos solo él y yo. Él siempre iba por mí. Siempre.
Pero ese día llegó mi tía abuela, una señora que casi no conocía y que olía a naftalina. Me dijo que papá se había tenido que ir de viaje. “Un viaje largo, niña”.
Nunca más lo vi. La tía abuela murió seis meses después y yo pasé al sistema DIF. De casa hogar en casa hogar. Aprendiendo a pelear por mi comida, aprendiendo a no llorar porque si llorabas te robaban los zapatos. Aprendiendo que “papá se fue” era el código adulto para “te abandonaron”.
Pero no me había abandonado. La cicatriz lo probaba. La sangre lo sugería.
El metro frenó de golpe en la estación Chabacano y casi salgo volando sobre una señora con bolsas del mandado.
—¡Fíjate, mensa! —me gritó.
—Perdón, señora —murmuré, bajando la cabeza.
Hice el transbordo y llegué a mi estación en Iztapalapa casi una hora después. Mi barrio no era bonito, pero era barato. Calles sin pavimentar en algunas partes, perros callejeros ladrándole a las motos, cables de luz colgando como telarañas negras sobre las azoteas.
Caminé rápido hacia la vecindad donde rentaba un cuarto de azotea. Saludé a Doña Chuy, la portera, que estaba barriendo la banqueta.
—Buenas tardes, Nina. Oye, te llegó un recibo de la luz, dicen que van a cortar si no pagas.
—Mañana pago, Doña Chuy. Gracias.
Subí las escaleras de caracol oxidadas hasta mi cuarto. Era un cubo de 4×4. Una cama individual, una parrilla eléctrica, una mesita y mi caja de libros de enfermería.
Me tiré al suelo y saqué de debajo de la cama una caja de plástico vieja, sellada con cinta canela.
“La Caja”.
Corté la cinta con las llaves. El olor a polvo y a papel viejo salió de golpe.
Ahí estaba mi vida anterior.
La foto que ya le había enseñado al doctor.
Un reloj de pulsera viejo, con la correa de cuero rota. Se había quedado en la mesita de noche el día que desapareció. Yo lo robé antes de que la tía abuela vendiera los muebles.
Unas mancuernillas doradas.
Y… el oso.
Saqué el peluche. Era un oso café, corriente, de esos que venden en el mercado. Le faltaba un ojo (un botón negro que se había caído hacía años) y el moño azul estaba deshilachado. Pero cuando lo abracé, juré que todavía olía a él. A su loción de sándalo y a tabaco de pipa, aunque él no fumaba mucho.
—Hola, Beto —le dije al oso. Así le había puesto mi papá. “Beto el Valiente”.
Revisé el mecanismo de sonido en la pata del oso. Hace años que no funcionaba. Apreté la pata. Nada. Solo el crujido del plástico viejo.
—Maldita sea —murmuré.
Necesitaba que sonara. Andrés había dicho: “sonidos”.
Busqué en mi cajón un desarmador pequeño y unas pilas que usaba para mi radio. Con la paciencia de un cirujano (o de alguien que sueña con serlo), abrí la costura de la pata del oso. Saqué la cajita de voz. Estaba sulfatada.
Limpié los contactos con un poco de alcohol y una lija de uñas. Puse las pilas nuevas. Cerré la cajita y la volví a meter.
Crucé los dedos. Apreté la pata.
Gzzzt… crrrch…
Y luego, una melodía electrónica, distorsionada pero reconocible, llenó el cuarto silencioso.
“Estas son las mañanitas, que cantaba el Rey David…”
Sonreí. Una sonrisa que me dolió en las mejillas. Funcionaba.
Metí todo en mi mochila. El reloj, el oso, las mancuernillas. Mañana sería el día. Mañana despertaría a los fantasmas.
Se hizo de noche mientras comía una Maruchan viendo por la ventanita de mi cuarto hacia el cerro lleno de luces. Me sentía ansiosa. No podía dejar de pensar en el Dr. Mendoza y su escepticismo. Y en Andrés… ¿por qué me ayudaba? Nadie ayuda a nadie gratis en esta ciudad. ¿Será que solo le interesaba el caso médico? ¿Ser la estrella que curó al amnésico? No me importaba. Mientras me ayudara a recuperar a mi papá, podía llevarse todo el crédito.
Decidí dormir un poco, pero el insomnio era terco. A las 11 de la noche, una inquietud extraña me invadió. Sentía que no debía estar ahí. Sentía que debía estar en el hospital.
“Estás paranoica, Nina”, me dije.
Pero entonces, escuché un ruido afuera. En la calle.
Me asomé con cuidado por la ventana, sin prender la luz.
Abajo, en la calle solitaria, había una camioneta.
Una Suburban negra. Vidrios polarizados. Demasiado limpia, demasiado nueva para este barrio donde el coche más lujoso era un Tsuru tuneado del 98.
Estaba estacionada justo enfrente de la vecindad. El motor estaba encendido, ronroneando suavemente.
Se me heló la sangre.
¿Quién era? ¿Narcos? En Iztapalapa no era raro, pero… esa camioneta no parecía de los punteros locales. Parecía… oficial. O de gente con mucho dinero.
Me quedé observando, conteniendo la respiración.
La ventanilla del copiloto bajó unos centímetros. Vi el brillo de un cigarrillo. Luego, la ventanilla subió y la camioneta arrancó despacio, perdiéndose en la oscuridad de la calle.
Me alejé de la ventana, con el corazón latiendo a mil por hora.
¿Coincidencia? Tal vez.
Pero mi instinto de supervivencia, ese que desarrollé en los orfanatos para saber cuándo venía un golpe, me gritaba: Peligro.
No dormí el resto de la noche. Me quedé sentada en la cama, abrazada al oso Beto, esperando que amaneciera.
A las 5:00 AM ya estaba en el metro. Llegué al hospital con las ojeras hasta el suelo, pero con la mochila cargada de tesoros.
El guardia de la entrada me saludó.
—Mija, ¿hoy no traes uniforme?
—Vengo de visita, Don Beto. Hoy no limpio. Hoy vengo a ver a mi familia.
Subí al séptimo piso. El Dr. Andrés ya estaba ahí, esperándome afuera de la 307. Se veía fresco, como si hubiera dormido diez horas, aunque sabía que probablemente había estado de guardia.
—Llegas temprano —dijo, mirando su reloj—. Bien. El paciente acaba de despertar y desayunar un poco de gelatina. Está receptivo.
—Traje todo —dije, palmeando mi mochila.
—¿Estás lista? Esto puede ser emocionalmente violento. Para ambos.
—Estoy lista. Llevo 15 años lista.
Entramos.
El Paciente 17 estaba sentado en la cama, mirando por la ventana hacia el estacionamiento. La luz de la mañana le daba un aire casi bíblico con esa barba blanca.
Se giró al vernos. Sus ojos se posaron en mí. No hubo el reconocimiento inmediato de ayer, solo curiosidad. La niebla había vuelto a bajar un poco.
—Buenos días —dijo Andrés con voz suave—. ¿Cómo nos sentimos hoy, amigo?
—Cansado… —respondió él, con voz ronca—. Cabeza vacía. Como cuarto oscuro.
Me acerqué. Mis piernas eran de gelatina.
—Hola… —dije.
Él me miró. Frunció el ceño, como tratando de atrapar un recuerdo que se le escapaba como humo entre los dedos.
—Tú… agua. La chica del agua.
—Sí. Soy Nina.
Saqué el oso de la mochila.
—Quiero que veas esto.
Le puse el oso Beto en las manos.
Él lo miró extrañado. Tocó la felpa gastada con sus dedos rudos. Acarició el botón que le quedaba de ojo.
—Juguete… —susurró—. Viejo.
—Aprieta la pata —le indiqué, con la voz quebrada.
Él dudó. Luego, presionó la pata del oso.
“Estas son las mañanitas, que cantaba el Rey David…”
La melodía chillona llenó la habitación de hospital estéril y fría.
Y entonces, sucedió.
Vi cómo sus pupilas se dilataban. Vi cómo su respiración se detenía un segundo y luego se aceleraba, jadeante. Su rostro se contorsionó en una mueca de dolor físico. Se llevó una mano a la sien.
—Música… —jadeó—. Cumpleaños. Cuatro velas. Pastel de… chocolate. No. Tres Leches.
—Sí —lloré—. Pastel de Tres Leches. Te manchaste la camisa de crema y mamá se rió mucho.
—Mamá… Elena… —dijo un nombre. El nombre de mi madre.
Dejó caer el oso y se agarró la cabeza con ambas manos, meciéndose.
—¡Duele! ¡Hay luz! ¡Fuego!
—¿Qué ves? —preguntó Andrés, acercándose rápidamente pero sin tocarlo, dejando que el proceso fluyera—. ¿Qué ves, Alejandro?
—Laboratorio… —gritó, ya no susurraba. Su voz era potente, aterrada—. ¡No! ¡No te la voy a dar! ¡Es peligrosa!
—¿Qué es peligroso?
—La fórmula… Ignacio… ¡Déjame salir! ¡Huele a humo!
De repente, se quedó rígido. Sus ojos se clavaron en la pared, viendo algo que nosotros no veíamos.
—Niña… —susurró con terror puro—. Dijeron que tienen a la niña. A mi Nina.
Me lancé a abrazarlo, sin importarme nada.
—¡Estoy aquí, papá! ¡Nadie me tiene! ¡Soy yo, Nina! ¡Estoy bien!
Él dejó de temblar poco a poco. Sus brazos, torpes y débiles, se alzaron y me rodearon. Olía a hospital, pero debajo de eso, olía a mi papá.
—Nina… —sollozó en mi hombro—. Mi niña grande. Perdóname. No pude volver. Me encerraron. Me dijeron que estabas muerta.
Lloramos juntos, un llanto de 15 años acumulados. El Dr. Andrés nos miraba desde la esquina, limpiándose discretamente una lágrima detrás de sus gafas.
Pero la paz duró poco.
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
El Dr. Mendoza entró, rojo de ira, seguido por dos guardias de seguridad del hospital.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —gritó Mendoza—. ¡Se escuchan los gritos hasta el pasillo! ¡Villalobos, te dije que dejaras de molestar al paciente! ¡Y tú, Nina, estás despedida! ¡Seguridad, sáquenla de aquí ahora mismo!
Los guardias se acercaron a mí.
Mi papá, el hombre que segundos antes parecía un anciano frágil, se tensó. Sus ojos, ahora llenos de una lucidez feroz y peligrosa, se clavaron en Mendoza.
—Nadie toca a mi hija —gruñó con una voz que heló la sangre de todos en el cuarto.
En ese momento supe dos cosas:
Primero, que había recuperado a mi padre.
Y segundo, que la guerra apenas comenzaba. Porque si él recordaba a un tal “Ignacio” y una “fórmula”, y si esa camioneta negra de anoche era real… entonces no solo estábamos luchando contra la amnesia. Estábamos luchando contra algo mucho más oscuro. Y estábamos atrapados en el piso siete.
CAPÍTULO 3: El Rompecabezas de Ceniza y la Sombra en el Pasillo
El aire en la habitación 307 estaba tan cargado de estática que sentí que si alguien prendía un cerillo, volábamos todos en pedazos.
El grito de mi padre —“Nadie toca a mi hija”— había salido de una garganta que llevaba meses, tal vez años, sin usarse para dar órdenes. Fue un rugido oxidado, pero feroz, como el de un león viejo que despierta rodeado de hienas.
Los dos guardias de seguridad, un par de señores panzones con uniformes que les quedaban chicos y toletes que probablemente solo usaban para espantar perros, se quedaron petrificados. No esperaban resistencia de un “bulto” geriátrico.
El Dr. Mendoza, con la cara inyectada de sangre y las venas del cuello a punto de reventar, dio un paso adelante, tratando de recuperar su autoridad perdida.
—¡Es un paciente psiquiátrico agresivo! —bramó, señalando a mi papá con un dedo tembloroso—. ¡Sujétenlo! ¡Y saquen a esta excusa de afanadora de mi piso antes de que llame a la patrulla!
Uno de los guardias hizo el intento de agarrarme del brazo.
—¡Alto! —la voz del Dr. Andrés Villalobos cortó el caos como un bisturí frío.
Andrés se interpuso entre los guardias y la cama. No levantó la voz, no gritó. Simplemente se paró ahí, con esa postura recta y arrogante que tienen los médicos que saben que son más inteligentes que todos los demás en el cuarto. Se ajustó las gafas y miró a Mendoza con un desprecio clínico.
—Doctor Mendoza —dijo Andrés, con una calma aterradora—, si sus gorilas tocan a este paciente o a su familiar, voy a levantar un acta administrativa por negligencia médica, abuso de autoridad y violación de los derechos humanos del paciente ante la COFEPRIS y la Comisión Nacional de Arbitraje Médico antes de que usted pueda decir “jubilación anticipada”.
Mendoza parpadeó, confundido por la amenaza técnica.
—¿De qué hablas, Villalobos? ¡Esta mujer es una empleada que está alterando el orden!
—Esta mujer —Andrés me señaló sin mirarme— es la hija biológica del paciente, quien acaba de recuperar la consciencia plena y la memoria gracias a una terapia de estimulación sensorial que yo autoricé. El paciente no está agresivo, está protegiendo a su familiar de una intrusión violenta. Si lo sedan ahora, podrían causarle un daño neurológico irreversible. Y le aseguro, Dimitri, que si eso pasa, me encargaré personalmente de que pierdas tu cédula profesional.
El silencio volvió a caer sobre la habitación. Solo se escuchaba la respiración agitada de mi papá.
Mendoza sopesó sus opciones. Era un burócrata de hueso colorado; sabía cuándo una batalla no valía la pena el papeleo.
—Bien —escupió la palabra como si fuera veneno—. Haz lo que quieras, Villalobos. Es tu responsabilidad. Pero quiero un informe completo en mi escritorio en una hora. Y tú, Nina… —me miró con ojos de pistola—… considera esto tu último día. Estás suspendida indefinidamente por conducta inapropiada.
Dio media vuelta y salió hecho una furia, con la bata ondeando como capa de vampiro barato. Los guardias se encogieron de hombros y lo siguieron, murmurando cosas sobre “pinches doctores locos”.
En cuanto la puerta se cerró, las piernas me fallaron. Me dejé caer en la silla de plástico junto a la cama, temblando.
—Me corrieron… —susurré, con la realidad cayéndome encima. Sin chamba no hay renta. Sin renta no hay techo.
—Eso es lo de menos ahorita, Nina —dijo Andrés, cerrando el seguro de la puerta. Se giró hacia mi padre—. Alejandro… ¿puedo llamarte Alejandro?
Mi papá asintió lentamente. Se veía exhausto. El estallido de energía protectora se había disipado, dejándolo pálido y sudoroso contra las almohadas. Pero sus ojos… sus ojos seguían ahí. Ya no eran los ojos vacíos del Paciente 17. Eran los ojos de mi papá.
—Dr. Villalobos… —dijo mi padre, con voz rasposa—. Gracias.
—No me agradezcas. Agradécele a tu hija. Ella nunca se rindió.
Papá me miró y me tomó la mano. Su piel estaba áspera, llena de callos que no tenía cuando yo era niña. Callos de trabajo duro, de supervivencia.
—Perdóname, mi niña. Perdóname por dejarte sola.
—No fue tu culpa —le apreté la mano, sintiendo las lágrimas calientes resbalar por mis mejillas—. Me dijiste que te encerraron. ¿Quién, papá? Necesitamos saber.
Alejandro Lara cerró los ojos, y vi cómo una sombra de terror cruzaba su rostro. Respiró hondo, como preparándose para sumergirse en agua helada.
—Fue hace quince años —empezó a narrar, y su voz nos transportó lejos de ese cuarto de hospital, hacia un pasado que olía a químicos y ambición—. Yo trabajaba en BioMex. Era un laboratorio pequeño pero prometedor en la colonia Roma. Mi socio era Ignacio Reyes.
—¿Reyes? —interrumpió Andrés, abriendo mucho los ojos—. ¿Ignacio Reyes, el CEO de Farmacéuticas Reyes? ¿El gigante que controla la mitad de los medicamentos genéricos del país?
—El mismo —asintió mi padre con amargura—. Pero en ese entonces no era un gigante. Era un hombre ambicioso con muchas deudas y pocos escrúpulos. Nosotros estábamos desarrollando el “Compuesto L-17”.
—L por Lara —adivinó Andrés.
—Sí. Era revolucionario, Nina. —Papá me miró con intensidad—. Estábamos trabajando en neurogénesis. La capacidad de regenerar neuronas muertas. Imagina curar el Alzheimer, reparar daños por embolias, revertir la demencia senil. No solo detener el deterioro, sino revertirlo. Recuperar la mente.
—Eso vale billones de dólares —murmuró Andrés, calculando.
—Exacto. Pero el compuesto era inestable. En las pruebas con ratas, funcionaba increíblemente bien al principio, pero después de un mes… —se estremeció—. Los animales desarrollaban tumores cerebrales agresivos. Morían en agonía. Necesitaba años más de investigación para hacerlo seguro. Años.
—Pero Reyes no quería esperar —dije, entendiendo hacia dónde iba esto.
—Ignacio tenía a los inversionistas encima. Quería lanzar el medicamento al mercado negro, vender la patente a una corporación extranjera y lavarse las manos. Me exigió que falsificara los resultados de seguridad. Me negué. Le dije que primero quemaba el laboratorio antes de dejar que ese veneno matara gente.
Papá hizo una pausa, pidiendo agua con un gesto. Le di de beber. Sus manos temblaban tanto que tuve que sostenerle el vaso.
—Esa noche… me quedé tarde a destruir las muestras peligrosas. Ignacio entró con tres hombres. No eran científicos. Eran matones. Me golpearon. Me exigieron la fórmula completa, la que yo tenía en mi cabeza y en mi cuaderno personal, no la que estaba en los servidores.
—¿Y se las diste? —pregunté con miedo.
—No. —Papá sonrió tristemente, una sonrisa llena de dientes rotos y orgullo—. Les dije que se fueran al diablo. Entonces Ignacio sacó una foto. Una foto tuya, Nina. En el jardín de niños. Con tu uniforme de cuadritos rojos.
Sentí un escalofrío en la nuca. La idea de ese monstruo mirándome mientras yo jugaba en el recreo me revolvió el estómago.
—Dijo que si no cooperaba, tú tendrías un “accidente”. Que los accidentes pasan todos los días en esta ciudad. Un coche que se sube a la banqueta, una bala perdida… —A papá se le quebró la voz—. Tuve que elegir. Mi vida, mi ética… o tú. Elegí protegerte. Pero no fui estúpido. Les dije que necesitaba tiempo para escribir la fórmula compleja. Mientras escribía una versión falsa, alterada sutilmente para que no funcionara pero pareciera real, ellos provocaron el incendio.
—Para cubrir el secuestro —concluyó Andrés.
—Sí. Sacaron mi cuerpo inconsciente por atrás. Dejaron un cadáver de la morgue, un pobre indigente que habían comprado, para que se quemara en mi lugar. Para el mundo, Alejandro Lara murió en la explosión de BioMex. Para ellos, yo me convertí en su esclavo de laboratorio.
—¿Dónde estuviste? —pregunté.
—No lo sé con exactitud. Un sótano. Sin ventanas. Paredes de concreto. Olía a humedad y a campo. Quizás en el Estado de México o Morelos. Me tuvieron encadenado a una mesa de trabajo durante años. Me obligaban a trabajar en el compuesto. Yo sabotajeaba los resultados, avanzaba lento, les daba migajas para que no me mataran, pero nunca la solución final.
—¿Cómo escapaste?
—Hace tres meses… hubo un descuido. Uno de los guardias nuevos se emborrachó y dejó la puerta del zulo mal cerrada. No lo pensé. Corrí. Corrí por el monte en la oscuridad hasta que mis pies sangraron. Llegué a unas vías de tren. Me subí a un vagón de carga. El miedo, la desnutrición, los golpes… mi mente simplemente se apagó. Fue como si un interruptor se bajara. Olvidé quién era para dejar de sufrir. Hasta que escuché tu voz. Y esa música.
Hubo un silencio largo en la habitación. Afuera, el sol del mediodía iluminaba un mundo que seguía girando indiferente. Adentro, acabábamos de destapar una cloaca.
—Reyes cree que estás muerto o perdido —dijo Andrés, caminando de un lado a otro del cuarto—. Si se entera de que estás aquí, en un hospital público del IMSS, con tu memoria regresando…
—Me va a matar —dijo papá con certeza—. Y a Nina también.
—No si nosotros atacamos primero —dije, sintiendo una rabia caliente en el pecho—. Papá, tú puedes testificar. Puedes hundirlo.
—Nina, mírame —papá señaló su cuerpo esquelético—. ¿Quién le va a creer a un viejo loco y vagabundo contra uno de los hombres más ricos de México? Reyes tiene abogados, jueces, políticos en su nómina. Si vamos a la policía, nos entregan en bandeja de plata antes de llenar el reporte.
—Tiene razón —coincidió Andrés, sombrío—. El sistema está podrido. Necesitamos pruebas. O necesitamos aliados poderosos.
En ese momento, mi estómago gruñó. Fue un sonido fuerte, ridículo en medio del drama. No había comido nada desde ayer en la tarde.
Papá sonrió levemente.
—Sigues teniendo el apetito de siempre. Ve a comer algo, hija. Necesitas fuerzas.
—No te voy a dejar solo.
—Yo me quedo con él —aseguró Andrés—. Tengo que hacerle más chequeos neurológicos de todos modos. Y tengo que pensar. Necesito contactar a un amigo abogado de confianza, fuera del radar. Ve, Nina. Cómete una torta y tráeme un café. Del Oxxo, no de la cafetería, el de aquí sabe a agua de calcetín.
Dudé. No quería salir de esa habitación. Sentía que si cruzaba el umbral, el hechizo se rompería y mi papá desaparecería. Pero Andrés me empujó suavemente hacia la puerta.
—Ve. Estás segura aquí adentro. Hay cámaras en el pasillo. Nadie va a entrar sin que yo lo vea. Cierra la puerta al salir.
Salí al pasillo. Estaba extrañamente tranquilo. Las enfermeras cuchicheaban cuando pasaba, pero nadie me dijo nada. El chisme de mi despido y el pleito con Mendoza ya había corrido como pólvora. Ya no era “Nina la afanadora”. Ahora era “Nina la loca problemática”.
Bajé por las escaleras para evitar el elevador lento. Mi cabeza era un torbellino. Ignacio Reyes. Farmacéuticas Reyes. Veía los anuncios de sus medicinas en la tele todo el tiempo: “Alivio rápido para el dolor de cabeza”. Qué ironía. El dueño era el dolor de cabeza más grande de mi vida.
Salí del hospital hacia la calle. El calor me golpeó. Había puestos de tacos, vendedores de frutas y el caos habitual de la zona de hospitales. Caminé hacia el Oxxo de la esquina. Compré dos cafés americanos, un sándwich para mí y unas galletas para Andrés.
Mientras esperaba en la fila para pagar, sentí esa sensación de nuevo.
Esa picazón en la nuca. Como cuando sientes que alguien te mira en el metro.
Me giré disimuladamente, fingiendo buscar unos chicles.
A través del ventanal de la tienda, al otro lado de la calle, vi la camioneta.
La Suburban negra.
Estaba estacionada en doble fila, con el motor encendido. Los vidrios eran tan oscuros que parecían tinta negra.
Mi corazón se aceleró. ¿Saben que estamos aquí? ¿O solo están vigilando por si acaso?
Pagué rápido, casi aventándole las monedas al cajero. Salí del Oxxo pegada a la pared, tratando de mezclarme con la gente. Crucé la calle sorteando microbuses.
Al entrar al lobby del hospital, choqué con alguien.
Un hombre.
Llevaba un traje gris impecable, corbata de seda y olía a loción cara, una mezcla de madera y cítricos que gritaba “dinero”.
—Perdón —murmuré, tratando de pasar.
El hombre me sujetó del brazo. Su agarre fue firme, doloroso, aunque su cara mostraba una sonrisa amable y falsa.
—Cuidado, señorita Lara —dijo.
Me quedé helada. No traía mi gafete. Nadie me conocía en el lobby.
Levanté la vista. El hombre tenía unos cuarenta años, cabello engominado hacia atrás y ojos de tiburón.
—¿Quién es usted? —pregunté, tratando de soltarme.
El hombre se inclinó un poco, invadiendo mi espacio personal.
—Solo un amigo preocupado. Dígale a su padre que la memoria es algo peligroso. A veces, es mejor olvidar para poder vivir. Y dígale al Dr. Villalobos que la medicina es una carrera muy cara para perderla por jugar al héroe.
Me soltó el brazo y me dio una palmadita en el hombro, como si fuera una niña pequeña.
—Bonito día, Nina. Calladita te ves más bonita.
Se dio la media vuelta y caminó hacia la salida, tranquilo, dueño del mundo. Lo vi subir a la Suburban negra que se detuvo frente a la puerta principal.
Me quedé temblando en medio del lobby, con los cafés en la mano quemándome los dedos.
Ya lo saben. Saben todo.
Subí corriendo las escaleras, derramando café en cada escalón. Llegué al séptimo piso jadeando. Ignoré a la recepcionista y corrí a la 307.
Golpeé la puerta.
—¡Andrés! ¡Abre!
Andrés abrió la puerta enseguida. Al ver mi cara pálida, me jaló hacia adentro y cerró con seguro.
—¿Qué pasó?
—Están aquí —dije, tratando de recuperar el aliento—. Un tipo de traje. Me habló abajo. Sabe mi nombre. Sabe el tuyo. Nos amenazó. Dijo que “es mejor olvidar”. Se subió a la camioneta negra.
Alejandro se incorporó en la cama, con una expresión de pánico.
—Son los hombres de Reyes. Es “El Licenciado”. Así le decían al que venía a supervisarme en el zulo.
Andrés se pasó la mano por el cabello, despeinándose por primera vez. Su fachada de calma clínica se estaba resquebrajando.
—Mierda. Si entraron al lobby a amenazarte, significa que ya no les importa ser discretos. Están escalando.
—¿Qué hacemos? —pregunté—. Si llamamos a la policía…
—La policía llegará en media hora, levantará un reporte y se irá. Y en cuanto se vayan, estos tipos van a entrar y nos van a matar —cortó Andrés—. O peor, Mendoza les facilitará la entrada diciendo que vienen a “trasladar al paciente”.
—Tenemos que sacarlo de aquí —dije.
—Nina, no puede caminar más de diez metros sin ahogarse. Está débil. Y hay cámaras en todas las salidas. Y una camioneta llena de sicarios en la puerta principal.
—No podemos quedarnos —insistió mi padre—. Si me quedo, estoy muerto. Prefiero morir intentando escapar que volver a ese agujero.
Andrés miró por la ventana hacia el patio trasero del hospital. Luego miró a mi padre, luego a mí. Sus ojos grises brillaron con una determinación loca.
—¿Sabes manejar, Nina?
—No… bueno, más o menos. Mi ex novio tenía un Vocho, me enseñó lo básico. Pero no tengo licencia.
—Suficiente —Andrés sacó unas llaves de su bolsillo—. Tengo un Jeep en el estacionamiento de médicos, en el sótano 2. Es viejo pero aguanta.
—¿Y cómo bajamos al sótano sin que nos vean? —pregunté.
Andrés sonrió, una sonrisa torcida y nerviosa.
—¿Recuerdas que Mendoza dijo que el paciente estaba muerto para el sistema administrativo hasta que yo hiciera el reporte?
—Sí…
—Bueno. Los muertos tienen una salida VIP en este hospital.
—¿La morgue? —pregunté, sintiendo un escalofrío.
—El elevador de patología baja directo al sótano 2, junto a las cámaras frigoríficas. Nadie lo usa a esta hora. Pero necesitamos llegar ahí sin cruzar la estación de enfermeras.
—El conducto de ropa sucia —dije de inmediato. Conocía los planos de limpieza de memoria—. En el cuarto de servicio, al final del pasillo, hay un montacargas para los carritos de ropa sucia. Es grande. Cabe una persona sentada. Baja a la lavandería en el sótano 1. De ahí podemos tomar las escaleras al sótano 2.
—Es arriesgado —dijo Andrés—. Si nos atrapan…
—Si nos quedamos, nos matan —dijo mi padre, sentándose en el borde de la cama. Sus piernas flacas temblaban, pero se sostuvo—. Estoy listo.
—Okay —Andrés se quitó la bata blanca—. Nina, ponle esto. Que parezca un doctor cansado si alguien nos ve de lejos. Yo iré en mangas de camisa. Necesitamos una silla de ruedas.
—Hay una en el baño de la 305 —dije—. Yo voy.
Salí al pasillo. Mi corazón latía como un tambor de guerra. Ya no había vuelta atrás. Ya no era una empleada. Ya no era una ciudadana respetuosa de la ley. Era una fugitiva.
Conseguí la silla de ruedas. Regresé. Subimos a mi padre. Le pusimos la bata de Andrés y un cubrebocas.
Salimos al pasillo.
—Actúen normal —susurró Andrés—. Vamos al cuarto de servicio.
Caminamos. Cada paso resonaba como un disparo. Pasamos frente a la estación de enfermeras. Doña Lidia estaba de espaldas, hablando por teléfono.
—Sí, doctor Mendoza, ya le dije que…
Nos escabullimos por detrás.
Llegamos al cuarto de servicio. Abrí la puerta con mi llave maestra (que Mendoza olvidó pedirme).
El montacargas de ropa sucia estaba ahí. Era una caja metálica industrial, olía a vómito y sangre seca.
—Yo bajo primero —dijo Andrés—. Luego me mandan a Alejandro. Luego bajas tú, Nina.
Andrés se metió en la caja metálica y apretó el botón. Desapareció hacia abajo.
Segundos después, el montacargas subió vacío.
—Vamos, papá —le ayudé a levantarse de la silla.
—Hija… si algo pasa… corre. No mires atrás.
—Cállate, viejo necio. Nos vamos los dos.
Lo metí en la caja. Se veía tan frágil ahí, acurrucado como un niño. Apreté el botón.
El zumbido del motor pareció durar horas.
Finalmente, la caja volvió a subir.
Mi turno.
Me metí. Estaba oscuro y apestoso. Apreté el botón de “Sótano 1”.
La caja descendió con un traqueteo metálico. Clank, clank, clank.
De repente, se detuvo entre pisos con una sacudida violenta.
Se fue la luz adentro de la caja.
Me quedé a oscuras, colgando en el vacío del ducto.
—¿Hola? —susurré, aterrada.
Nadie contestó.
Arriba, escuché voces lejanas.
—Revisen el cuarto de servicio. Alguien vio entrar a la de limpieza.
Contuve la respiración. Estaban buscándome.
La caja volvió a moverse, bajando rápido.
Llegó al Sótano 1. Las puertas se abrieron.
Andrés estaba ahí, pálido, ayudando a mi padre a salir.
—Se trabó un segundo, casi me da un infarto —dijo Andrés—. ¡Vámonos!
Corrimos —o más bien, Andrés y yo arrastramos a mi papá— hacia las escaleras del Sótano 2.
El estacionamiento estaba en penumbras, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban. Era un laberinto de concreto y ecos.
—Ahí está —señaló Andrés. Un Jeep Wrangler rojo, abollado y lleno de polvo.
Llegamos al coche. Andrés abrió la puerta trasera y ayudó a mi padre a acostarse en el asiento.
—Nina, adelante. Yo manejo.
Andrés arrancó el motor. Rugió con fuerza.
—Agárrense.
Aceleró hacia la rampa de salida.
Al llegar a la pluma de seguridad, el guardia nos hizo señas para que nos detuviéramos.
—¡Es el Dr. Villalobos! —gritó Andrés por la ventana—. ¡Emergencia médica! ¡Abre la maldita pluma!
El guardia, medio dormido, dudó.
Andrés no esperó. Pisó el acelerador a fondo.
El Jeep embistió la pluma de madera, partiéndola en dos con un crujido seco.
Salimos disparados hacia la calle lateral.
—¡Mierda! —gritó Andrés, mirando por el retrovisor.
Detrás de nosotros, saliendo de la sombra de la entrada principal, las luces de unos faros de xenón se encendieron.
La Suburban negra.
Rugió el motor de la camioneta, un monstruo V8 persiguiendo a nuestro pequeño Jeep.
—Nos vieron —dijo mi padre desde el asiento trasero, con voz tranquila pero resignada—. Ya empezó la cacería.
—No te preocupes, Alejandro —dijo Andrés, girando el volante bruscamente para meterse en sentido contrario por Eje 3—. Conozco estas calles mejor que nadie. Nina, busca en la guantera. Hay un teléfono desechable.
Abrí la guantera. Entre papeles y estetoscopios viejos, encontré un celular barato.
—¿A quién llamo? —pregunté.
—A nadie todavía. Solo préndelo. Vamos a necesitar ayuda. Pero no de la policía.
Andrés miró por el espejo. La Suburban estaba a tres coches de distancia, esquivando el tráfico con agresividad.
—¿A dónde vamos? —pregunté, aferrándome al tablero mientras dábamos una vuelta prohibida que casi nos voltea.
Andrés sonrió, y por primera vez, vi al hombre detrás del médico. Un hombre que estaba disfrutando el peligro.
—Vamos a ver a un fantasma. Al único hombre que odia a Ignacio Reyes más que tu padre.
—¿Quién?
—Miguel Ángel Valverde —dijo Andrés mientras aceleraba—. Su madre murió por culpa de los medicamentos de Reyes. Es multimillonario, excéntrico y tiene un ejército privado. Si llegamos a su casa en Lomas de Chapultepec antes de que nos alcancen… viviremos.
Miré hacia atrás. La Suburban negra se acercaba. Vi la silueta del copiloto sacar algo por la ventana.
Un destello metálico.
Una pistola.
—¡Agáchate! —grité.
¡BANG!
El vidrio trasero del Jeep estalló en mil pedazos, bañando a mi padre de cristales.
—¡Papá! —grité.
—¡Estoy bien! —gritó él—. ¡Sigue, Andrés! ¡Sigue!
El Jeep aceleró, perdiéndose en la jungla de asfalto de la Ciudad de México, con la muerte pisándonos los talones y la verdad como única arma.
CAPÍTULO 4: La Selva de Concreto y el Olimpo de Las Lomas
El sonido de un disparo en un espacio cerrado no es como en las películas. No es un bang limpio. Es una explosión sorda que te revienta los tímpanos, seguida de un zumbido agudo que anula todo lo demás. Y luego, el sonido más aterrador de todos: el crujido de mil diamantes de vidrio lloviendo sobre el asiento trasero.
—¡Papá! —grité, girándome hacia atrás, ignorando el dolor en mi cuello por el latigazo del arranque.
Alejandro Lara, mi padre, se sacudía los cristales del cabello gris con una calma que no encajaba con la situación. Tenía un corte pequeño en la mejilla, una línea roja brillante que contrastaba con su palidez de cera, pero sus ojos estaban fijos en el medallón trasero de la Suburban negra que nos perseguía.
—Estoy bien, Nina. ¡No te levantes! —ordenó, empujando mi cabeza hacia abajo con una fuerza sorprendente para un hombre que había pasado meses postrado.
Andrés Villalobos manejaba como un poseído. Sus manos huesudas apretaban el volante del Jeep con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos.
—¡Agárrense, voy a hacer una estupidez! —gritó, mirando por el retrovisor.
Estábamos sobre el Eje 3 Sur, una avenida que a esa hora era una trampa mortal de tráfico, microbuses verdes peleando pasaje y vendedores de chicles sorteando la muerte entre carriles. La Suburban venía atrás, apartando a un Tsuru taxi a golpes de defensa. Eran un tanque; nosotros éramos una caja de zapatos con ruedas.
—¡Nos van a alcanzar, Andrés! —chilló mi voz, aguda por el pánico—. ¡Tienen armas!
—El tráfico es nuestro amigo, Nina. Ellos son grandes, nosotros no —dijo Andrés, y dio un volantazo brusco hacia la derecha.
El Jeep se subió a la banqueta, haciendo saltar a un puesto de tamales (gracias a Dios ya cerrado) y rozando un poste de luz. Los peatones nos mentaron la madre, gritando cosas que se perdieron en el rugido del motor. Andrés se metió en un callejón estrecho, de esos que solo los chilangos viejos conocen, que conectaba con el Viaducto.
La Suburban intentó seguirnos, pero se atoró con un camión de basura que estaba bloqueando la mitad de la calle. Escuché el rechinar de metal contra metal y, a lo lejos, otro disparo. Pam. La bala pegó en la llanta de refacción trasera del Jeep.
—¡Pug! —sonó el impacto en la goma.
—¡Les dije que era una estupidez! —gritó Andrés, riendo con una risa nerviosa, casi maníaca—. ¡Bienvenidos al Viaducto Miguel Alemán, la arteria tapada de esta ciudad!
Bajamos a los carriles centrales del Viaducto. Por milagro, fluía. Andrés zigzagueaba entre los coches a 100 kilómetros por hora, ignorando cláxones y mentadas. Miré hacia atrás. La Suburban había logrado pasar el camión de basura y venía bajando la rampa, rugiendo como una bestia negra.
—No se rinden —dijo mi padre, limpiándose la sangre de la mejilla con la manga de la bata prestada—. Son los “Limpiadores”. Ex-militares que Reyes contrata para… solucionar problemas. No van a parar hasta que estemos muertos o ellos lo estén.
—Pues hoy no me muero, fíjate —dije, sintiendo que el miedo se transformaba en una adrenalina fría—. Andrés, ¿a dónde vamos exactamente? Dijiste Lomas de Chapultepec. Eso está al otro lado de la ciudad.
—Vamos a ver a Miguel Ángel Valverde —repitió Andrés, esquivando una moto de Rappi por milímetros—. Pero no podemos llegar con esa cola. Si llevamos a los sicarios a su puerta, su seguridad privada nos va a acribillar a nosotros también por “traer el problema”. Tenemos que perderlos.
—¿Cómo pierdes a alguien en el Viaducto? Es un tubo recto —dije.
—No en el Viaducto. En el Segundo Piso.
Andrés aceleró hacia la salida de Periférico. La Suburban nos pisaba los talones. Podía ver las caras de los hombres dentro: oscuras, inexpresivas, con gafas de sol aunque el día estaba nublado.
Entramos al Periférico. El tráfico estaba pesado.
—¡Chin… flados! —masculló Andrés, frenando de golpe.
Estábamos atrapados. Un mar de luces rojas frente a nosotros. La Suburban se detuvo a tres coches de distancia. Vi que las puertas traseras se abrían. Dos hombres bajaron. Traían armas largas, disimuladas bajo gabardinas largas, aunque hacía calor.
—¡Se bajan! —grité—. ¡Andrés, haz algo!
—¡Sujétense fuerte! —Andrés metió la palanca en 4×4 Low.
En lugar de seguir en el carril, giró el volante hacia la izquierda, hacia el camellón central de pasto seco y tierra que dividía los carriles centrales de los laterales.
El Jeep trepó el borde de concreto con un golpe que me hizo morder la lengua.
—¡Ay!
Cruzamos el camellón, levantando una nube de polvo, y caímos en los carriles laterales que, milagrosamente, estaban avanzando.
Los sicarios se quedaron varados en los centrales, corriendo inútilmente entre los coches parados. La Suburban estaba atrapada en el embotellamiento.
—¡Toma eso, Reyes! —gritó Andrés, golpeando el volante—. ¡Viva la ingeniería alemana y la improvisación mexicana!
Nos alejamos a toda velocidad, dejando atrás a los hombres armados que se veían cada vez más pequeños en el retrovisor. Andrés no bajó la velocidad hasta que estuvimos en la subida a Las Lomas, pasando la Fuente de Petróleos.
El silencio volvió al coche, pero era un silencio tenso, vibrante. Mi padre se recargó en el asiento, cerrando los ojos.
—¿Estás bien, papá? —le pregunté, estirando la mano para tocar su hombro.
Él abrió los ojos. Había una tristeza infinita en ellos.
—Estoy vivo, Nina. Que es más de lo que esperaba esta mañana. Pero ponerte en este peligro… soy un mal padre. Debí haberme quedado en el zulo. Debí haber muerto hace 15 años.
—No digas eso —le respondí con firmeza—. Si hubieras muerto, yo seguiría sola, limpiando pisos y pensando que me abandonaste. Prefiero que nos persigan a que no existas.
Andrés nos miró por el retrovisor, más calmado ahora.
—Alejandro, necesito saber a qué nos enfrentamos con Valverde. ¿Por qué dices que odia a Reyes?
Mi padre suspiró. Parecía que cada palabra le costaba un esfuerzo físico.
—Hace cinco años, mientras yo estaba encerrado, escuché a los guardias hablar. Reyes lanzó al mercado un lote de un medicamento para la presión arterial. Era defectuoso. Lo sabían. Pero retirarlo costaba millones. Decidieron venderlo igual. Hubo muertes. Cientos. Lo taparon con sobornos y abogados. La madre de Miguel Ángel Valverde fue una de las víctimas.
—Recuerdo ese escándalo —dijo Andrés—. “El caso CardioFlow”. Dijeron que fue una reacción alérgica masiva. Nadie fue a la cárcel.
—Reyes pagó a los peritos. Pero Valverde no es tonto. Él sabe la verdad. Juró destruir a Reyes, pero nunca tuvo la prueba definitiva. Solo sospechas. Yo… —mi papá se señaló el pecho—… yo soy la prueba. Yo sé dónde están los archivos reales. Yo sé cómo Reyes falsifica las fórmulas.
—Entonces Valverde te va a recibir con los brazos abiertos —dije, esperanzada.
—O me va a usar como carnada —dijo papá oscuramente—. En ese nivel de poder, Nina, no hay amigos. Hay intereses.
El paisaje cambió drásticamente. Dejamos atrás el asfalto roto y los cables colgantes de la ciudad “real”. Entramos a Las Lomas de Chapultepec.
Aquí, las calles eran anchas, arboladas con jacarandas y ficus gigantes. Las banquetas estaban limpias. No había puestos de tacos, ni gente caminando. Solo muros. Muros altos de piedra volcánica, de mármol, cubiertos de enredaderas y coronados con cercas electrificadas y cámaras de seguridad que giraban lentamente al vernos pasar.
Me sentí pequeña. Yo limpiaba los baños de gente que aspiraba a vivir aquí. Entrar como fugitiva en un Jeep baleado me hacía sentir como una cucaracha colándose en un pastel de bodas.
—Es la tercera calle a la derecha —indicó Andrés, mirando el GPS de su celular—. Calle Sierra Madre.
Llegamos a una mansión que parecía una fortaleza moderna. Muros de concreto gris, minimalistas, sin ventanas a la calle. Solo un portón de acero negro, inmenso, blindado.
Andrés detuvo el Jeep frente a la cámara del interfón.
Dos guardias privados, vestidos con uniformes tácticos negros (no los trajes baratos del hospital, estos tipos parecían SWAT), salieron de una caseta lateral. Tenían rifles de asalto colgados al pecho. Sus manos estaban cerca del gatillo.
—¡Atrás! —gritó uno de ellos, levantando la mano—. ¡Propiedad privada! ¡Largo!
Andrés bajó la ventanilla, levantando las manos para que vieran que no estaba armado.
—Soy el Dr. Andrés Villalobos. Traigo a Alejandro Lara. Díganle al Sr. Valverde que traemos el clavo para el ataúd de Ignacio Reyes.
El guardia se quedó inmóvil, escaneando el interior del coche con la mirada. Vio el vidrio roto, la sangre en la cara de mi padre, mi uniforme de afanadora sucio.
Se llevó la mano al auricular de su oreja. Murmuró algo que no escuché.
Fueron los dos minutos más largos de mi vida. Esperaba ver aparecer la Suburban negra al final de la calle en cualquier momento.
Finalmente, el portón de acero comenzó a deslizarse con un zumbido grave.
—Pasen. Dejen el vehículo en la rotonda. Manos visibles en todo momento.
Entramos.
Si afuera era imponente, adentro era otro mundo. Un jardín japonés perfecto, con grava peinada y árboles bonsái gigantes. Una fuente de piedra negra de donde brotaba agua cristalina. Y al fondo, la casa: una estructura de vidrio y acero que parecía flotar sobre el jardín.
Había esculturas que probablemente costaban más que todo mi barrio junto.
Bajamos del Jeep. Mis tenis Converse sucios rechinaron en la grava blanca inmaculada. Me sentí ridícula con mi filipina azul manchada de sangre y sudor.
La puerta principal de la casa se abrió.
No salió un mayordomo.
Salió él.
Miguel Ángel Valverde.
Lo había visto en revistas de “sociales” que los pacientes dejaban tiradas. En las fotos siempre se veía distante, frío. En persona, era intimidante.
Era alto, delgado pero fibroso, vestido con un traje de lino color crema sin corbata, y mocasines sin calcetines. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás, con algunas canas en las sienes, y una barba de candado perfectamente recortada.
Pero lo que más impactaba era su postura. Se paraba como un rey que mira a sus súbditos, o como un depredador que mira a una presa herida.
No sonreía.
Detrás de él, dos guardaespaldas más, igual de armados que los de afuera.
—Dr. Villalobos —dijo Valverde. Su voz era barítono, educada, pero cortante—. Tienes agallas para venir a mi casa con un coche baleado y traer… esto a mi puerta.
Se refería a nosotros. “Esto”.
—Señor Valverde —Andrés dio un paso al frente, valiente o estúpido, no sé—. No teníamos a dónde ir. Reyes intentó matarnos hace veinte minutos.
Valverde bajó los escalones despacio. Se acercó a mi padre. Lo miró de arriba abajo, analizando cada arruga, cada cicatriz, la ropa de médico que le quedaba grande.
—Alejandro Lara —dijo Valverde—. El fantasma. El hombre que murió hace 15 años. Pensé que eras una leyenda urbana.
Mi padre se enderezó. A pesar de estar herido y débil, recuperó esa dignidad que yo recordaba de mi infancia. Sostuvo la mirada del millonario.
—Los muertos no sangran, Sr. Valverde. Y los muertos no recuerdan lo que pasó con el Lote 458 de CardioFlow.
La expresión de Valverde cambió. Un tic nervioso apareció en su mandíbula. El Lote 458. Ese debía ser el que mató a su madre.
—Entren —dijo Valverde, dándose la vuelta—. Antes de que manchen mi grava con más sangre. Y que alguien se lleve ese Jeep al garaje subterráneo. Es una ofensa visual.
Entramos a la mansión. El aire acondicionado estaba tan frío que me hizo tiritar. Todo era mármol, arte abstracto y silencio. Nos llevó a una sala que parecía más una oficina corporativa que un hogar. Paredes de cristal con vista a una barranca verde.
Valverde se sirvió un whisky de una licorera de cristal. No nos ofreció.
—Siéntense. Y hablen rápido. Reyes tiene ojos en todas partes. Si saben que están aquí, mi seguridad me da una ventaja de… diez minutos antes de que esto se convierta en una zona de guerra.
—Necesitamos protección —dijo Andrés—. Y necesitamos recursos para exponer a Reyes. Alejandro ha recuperado la memoria. Puede testificar. Puede reconstruir la fórmula original y demostrar que lo que Reyes vende es veneno.
Valverde tomó un trago, mirándonos por encima del borde del vaso.
—Testimonios… palabras. En México las palabras se compran barato. Reyes tiene a la fiscalía en su bolsillo. Si van a la prensa, los desacreditarán como locos o estafadores. Necesito algo sólido.
—Tengo las libretas —dijo mi padre de repente.
Todos lo miramos.
—¿Qué? —pregunté.
—En el zulo… —mi padre hablaba bajo, mirando sus manos—. Me daban cuadernos para trabajar. Yo escribía las fórmulas falsas para ellos. Pero… escribí la verdad también. En código. Entre líneas. Usando una nomenclatura que solo yo entiendo, basada en las canciones que te cantaba, Nina.
Sentí un nudo en la garganta. Incluso en el infierno, él pensaba en mí.
—Esas libretas se quedaron en el laboratorio clandestino —continuó papá—. Pero sé dónde es. Recuerdo el camino. Recuerdo los sonidos del tren, el olor a una fábrica de galletas cercana. Puedo encontrarlo.
Valverde dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa.
—Si conseguimos esas libretas… y las contrastamos con el veneno que Reyes está vendiendo… lo destruimos. No solo lo metemos a la cárcel. Le quitamos todo. Su dinero, su reputación, su legado.
Se acercó a mi padre y le tendió la mano.
—Trato hecho, Dr. Lara. Usted me da la cabeza de Reyes, y yo le doy su vida de vuelta.
Papá estrechó su mano.
—Solo quiero una cosa, Valverde. Seguridad para mi hija. Si algo le pasa a Nina, el trato se rompe.
—Tiene mi palabra. Y mi palabra en esta casa es ley.
En ese momento, el teléfono celular de Valverde sonó. No era un tono normal, era un zumbido insistente. Él lo sacó del bolsillo, miró la pantalla y su rostro palideció.
Levantó la vista hacia nosotros. Ya no había arrogancia en su mirada. Había urgencia.
—Parece que subestimé a Reyes —dijo Valverde, guardando el teléfono—. Mi jefe de seguridad en la puerta acaba de informar que tres camionetas Suburban negras acaban de bloquear ambos extremos de la calle Sierra Madre. Y traen gente con uniformes de la Policía Federal… o disfraces muy buenos.
—¿Nos vendiste? —gritó Andrés, poniéndose de pie.
—No, imbécil —Valverde sacó una pistola Glock de un cajón de su escritorio y cortó cartucho con un movimiento fluido—. Si los hubiera vendido, ya estarían muertos. Reyes no quiere testigos. Viene a quemar la casa con todos nosotros adentro.
Me levanté, el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado.
—¿Qué hacemos?
Valverde presionó un botón oculto bajo el escritorio. Una sección de la biblioteca de madera se deslizó, revelando un pasillo oscuro. Un cuarto de pánico. O una salida.
—Mi equipo los va a retener en la puerta lo más posible. Pero no aguantarán mucho contra armas de calibre militar. Tienen que salir por el túnel de servicio. Lleva a la barranca. De ahí pueden bajar hacia Reforma.
—¿Y tú? —preguntó papá.
Valverde sonrió, una sonrisa fría y terrible.
—Esta es mi casa. Y nadie entra a mi casa sin invitación y sale caminando. Además… llevo cinco años esperando una excusa para usar mi “seguro de vida”.
Nos empujó hacia el pasadizo.
—Corran. No paren hasta llegar a un lugar público con mucha gente. Yo los buscaré si sobrevivo. Si no… —miró a mi padre—… termina lo que empezaste, Alejandro. Por tu hija. Y por mi madre.
El panel de madera se cerró tras nosotros, dejándonos en la penumbra de un túnel de concreto húmedo.
Arriba, escuchamos el primer estruendo.
Una explosión. Habían volado el portón principal.
—¡Muévanse! —gritó Andrés, encendiendo la linterna de su celular.
Empezamos a correr por el túnel, bajando hacia las entrañas de la tierra, mientras arriba, el Olimpo de Las Lomas comenzaba a arder. Mi vida como afanadora había terminado hacía solo unas horas, y ahora, era una fugitiva en medio de una guerra entre millonarios. Y lo único que tenía era un papá con la memoria rota, un doctor que manejaba como loco y un oso de peluche en mi mochila que cantaba “Las Mañanitas”.
“Bienvenida a tu nueva vida, Nina”, pensé, mientras la oscuridad nos tragaba.
CAPÍTULO 5: El Olor a Vainilla y la Ciudad de las Ratas
El túnel olía a tierra mojada, a moho antiguo y a dinero rancio. Era un conducto de drenaje pluvial adaptado, una de esas excentricidades que los millonarios de Las Lomas construyen “por si acaso”, esperando un secuestro o una revolución. Bueno, la revolución no había llegado, pero la guerra sí.
Corrimos en la oscuridad, guiados solo por el haz tembloroso de la linterna del celular de Andrés. El piso de concreto estaba resbaloso. Mi padre jadeaba a mi lado, un sonido rasposo y húmedo que me partía el alma. Se apoyaba pesadamente en mi hombro, sus piernas flacas tropezando cada pocos metros.
—Ya casi, papá. Aguanta —le susurraba, aunque yo misma sentía que los pulmones me iban a estallar.
Arriba, amortiguados por metros de tierra y concreto, se escuchaban ruidos lejanos. Sirenas. Quizás más disparos. No sabíamos si Valverde seguía vivo, si su “seguro de vida” había funcionado o si Reyes ya estaba brindando con champaña sobre sus cadáveres.
El túnel terminó abruptamente en una reja oxidada cubierta de enredaderas. Andrés la pateó con fuerza. La estructura cedió con un chirrido metálico y caímos, literalmente, hacia la noche.
Rodamos por una pendiente de tierra suelta y basura.
Las barrancas de Las Lomas son el secreto sucio de la zona más rica de la ciudad. Arriba: mansiones, coches blindados y escuelas privadas. Abajo: una selva de árboles torcidos, riachuelos de aguas negras y asentamientos irregulares que se aferran a la ladera como percebes.
Aterrizamos sobre un montón de hojas secas y bolsas de plástico.
—¿Están bien? —preguntó Andrés, levantándose y sacudiéndose la tierra de su camisa, que alguna vez fue blanca y ahora era un trapo gris.
—Tengo tierra hasta en las ideas —masculló mi padre, intentando sonreír—. Pero sigo entero.
Miré hacia arriba. A lo lejos, en la cima de la barranca, se veían luces azules y rojas girando contra los muros de la casa de Valverde. El cielo estaba teñido de humo.
—No nos van a buscar aquí abajo —dijo Andrés—. No por ahora. Los policías de Reyes no se van a ensuciar sus zapatos italianos en la mierda de la barranca. Pero tenemos que movernos. Necesitamos salir a la civilización anónima.
—¿Hacia dónde? —pregunté, orientándome. La oscuridad era densa.
—Hacia abajo —señaló Andrés—. El agua siempre baja. Si seguimos el cauce, saldremos hacia Constituyentes o hacia la zona de Tacubaya. Ahí podemos perdernos entre la gente.
La caminata fue un calvario. Tuvimos que sortear llantas viejas, sillones podridos y ratas del tamaño de gatos que nos miraban con ojos brillantes desde la maleza. Mi padre se agotaba rápido. Tuvimos que parar dos veces para que recuperara el aliento. En esos momentos, yo le revisaba el corte en la cara y le daba traguitos de agua de una botella que Andrés traía en el Jeep y que, milagrosamente, había metido en su bolsillo.art
—Papá, háblame —le pedí en una de esas pausas, para mantenerlo despierto—. Cuéntame del laboratorio. Necesitamos saber a dónde ir.
Alejandro cerró los ojos, concentrándose.
—Era… era un lugar grande. Un almacén industrial viejo. Techo de lámina. Hacía mucho calor en el día y un frío de los demonios en la noche.
—¿Algún nombre? ¿Algún letrero?
—No. Me llevaban con los ojos vendados al principio. Luego ya no se molestaron, total, no iba a salir. Pero recuerdo los sonidos. Trenes. Muchos trenes. Pasaban a todas horas. El suelo vibraba.
—Vías del tren —dije—. Eso reduce la búsqueda, pero hay vías por toda la zona industrial del Estado de México.
—Y el olor… —papá frunció el ceño—. A veces, cuando el viento soplaba del norte, olía a químicos, lo normal. Pero cuando soplaba del sur… olía dulce.
—¿Dulce? ¿Como a flores?
—No. Como a galletas. Vainilla, azúcar quemada. Un olor empalagoso que me daba náuseas porque yo me moría de hambre y afuera olía a postre.
—Galletas y trenes —murmuró Andrés—. Eso es una pista. Gamesa, Marinela… hay fábricas grandes en la zona norte. Vallejo, Azcapotzalco, Tlalnepantla.
—Tlalnepantla —dije, recordando—. Ahí te encontraron, papá. En las vías de Tlalnepantla. Tiene sentido que escaparas y no llegaras muy lejos antes de colapsar.
—Entonces el laboratorio está en Tlalnepantla o cerca —concluyó Andrés—. Pero es una zona inmensa. Necesitamos más detalles. Pero primero, necesitamos salir de este agujero.
Tardamos una hora más en salir de la barranca. Emergimos en una calle lateral cerca de Avenida Constituyentes, sucios, rotos y pareciendo indigentes. Lo cual, irónicamente, era el mejor disfraz posible en esta ciudad. Nadie mira a los indigentes. La gente desvía la mirada. Éramos invisibles.
Caminamos hasta llegar a la estación de Metro Tacubaya. Era un hormiguero de gente, puestos de tortas, vendedores de discos piratas y el caos habitual de las 9 de la noche. El ruido era ensordecedor, pero para mí sonaba a gloria. Era el sonido de la multitud, nuestro escudo.
—Necesitamos dinero —dijo Andrés, revisando sus bolsillos—. Dejé mi cartera en el Jeep. Solo tengo un billete de 200 pesos que traía suelto y unas monedas.
—Yo tengo cincuenta pesos en la bolsa —dije—. Y mi tarjeta del Metro.
—Con 250 pesos no llegamos ni a la esquina —suspiró Andrés—. Y no puedo usar mis tarjetas de crédito, las rastrearían en segundos. Reyes tendrá alertas en todos los bancos.
—Tengo esto —dijo mi padre.
Se quitó el reloj que yo le había llevado al hospital. El viejo reloj que mi madre le regaló hace 20 años.
—Papá, no… —empecé a protestar.
—Es un objeto, Nina. Nosotros somos vida. El reloj se recupera, la vida no.
Andrés asintió.
—Hay un Monte de Piedad o una casa de empeño en cada esquina de Tacubaya. Vamos.
Entramos a un local con rejas amarillas y un letrero de neón que parpadeaba: “PRESTA-FÁCIL”. El dependiente, un tipo con cara de pocos amigos protegido por un vidrio blindado, miró el reloj con desdén.
—Es viejo. La correa está rota.
—Es un Omega original de los 90 —dijo Andrés con su tono de doctor autoritario, aunque se veía como un pordiosero—. La maquinaria es suiza. Vale al menos 15 mil pesos.
—Te doy dos mil y te estoy haciendo un favor —dijo el tipo, sin inmutarse.
—Cinco mil —regateó Andrés.
—Tres mil. Tómalo o déjalo.
Salimos con tres mil pesos en efectivo. Me dolía el pecho de ver la muñeca desnuda de mi papá, pero él parecía aliviado.
—Con esto comemos, dormimos y nos movemos —dijo Andrés—. Ahora, necesitamos un refugio. No podemos ir a hoteles de cadena. Piden INE.
—Tlalpan —sugerí—. La Calzada de Tlalpan está llena de hoteles de paso. De esos que no preguntan nada si pagas en efectivo. Es sórdido, pero seguro.
—Bien pensado, Nina. Vámonos.
Tomamos un taxi libre (un Tsuru rosa con blanco que olía a aromatizante de pino y cigarro). Andrés le dio instrucciones al chofer de llevarnos hacia el sur.
Nos bajamos en una zona llena de letreros luminosos: “Hotel Amor”, “Motel Kisses”, “Villa del Deseo”.
Entramos a uno que se veía discreto, con entrada peatonal. El recepcionista ni siquiera nos miró a la cara.
—Habitación sencilla, 400 pesos por 6 horas. Toda la noche son 600.
—Toda la noche —dijo Andrés, poniendo el dinero en el mostrador.
—Cuarto 24. Segundo piso. No hagan ruido.
La habitación 24 era pequeña, con paredes pintadas de un rojo intenso, una cama King Size con una colcha de leopardo sintético y un espejo en el techo. Olía a tabaco frío y a desinfectante barato.
En otra circunstancia, me hubiera muerto de vergüenza de estar ahí con mi papá y con Andrés (que, admitámoslo, me gustaba un poco). Pero estábamos tan cansados que la cama de leopardo nos pareció la suite presidencial del Ritz.
—Alejandro, siéntate —ordenó Andrés.
Ayudamos a mi padre a sentarse en la cama. Andrés fue al baño, mojó una toalla y regresó para limpiar las heridas de papá.
—Son superficiales —diagnosticó—. Pero estás deshidratado y al borde del colapso por estrés. Tienes que dormir.
—Tengo hambre —dijo papá humildemente.
—Voy por comida —me ofrecí—. Vi un puesto de tacos al pastor en la esquina. Nada mejor para el alma que cinco de pastor con todo.
Salí un momento. La calle estaba oscura, iluminada solo por los neones de los hoteles. Compré una orden grande de tacos, refrescos y unas botellas de agua.
Cuando regresé, Andrés estaba hablando con mi papá en voz baja. Se callaron cuando entré.
—¿De qué hablaban? —pregunté, poniendo la comida en la mesita de noche.
—De ti —dijo papá, tomando un taco con mano temblorosa—. Le estaba diciendo al doctor que te cuide si a mí me pasa algo.
—No empieces con despedidas, Alejandro —le regañé, dándole una Coca-Cola—. Nadie se va a morir. Ya pasamos lo peor.
Comimos en silencio, con el hambre voraz de los sobrevivientes. El pastor nunca me había sabido tan delicioso.
Después de comer, mi padre se quedó dormido casi instantáneamente, acurrucado en un lado de la cama enorme.
Andrés y yo nos quedamos sentados en el suelo, recargados contra la pared, compartiendo el último refresco.
—¿Crees que Valverde sobrevivió? —pregunté, rompiendo el silencio.
Andrés se quitó las gafas y se frotó los ojos. Sin ellas, se veía más joven y vulnerable.
—No lo sé. Espero que sí. Ese tipo es un bastardo arrogante, pero tiene recursos. Si sobrevivió, Reyes va a tener que pelear en dos frentes. Si murió… estamos solos.
—Estamos solos de todos modos —dije—. Andrés… ¿por qué haces esto? Podrías haberte ido cuando Mendoza me corrió. Podrías haber dicho que te equivocaste y seguir con tu carrera perfecta. Ahora eres un fugitivo. Perdiste tu trabajo, tu prestigio, tu coche.
Andrés me miró. Sus ojos grises eran intensos bajo la luz roja del motel.
—Mi mamá murió porque un médico negligente no le hizo caso. Decidieron que era “histérica” en lugar de ver que tenía un derrame cerebral. Cuando vi que Mendoza te trataba igual… que trataba a tu padre como basura… no pude. Y además… —sonrió levemente—… nunca me ha gustado que me digan qué hacer. Y menos tipos como Reyes.
—Gracias —susurré.
—No me agradezcas todavía. Mañana tenemos que encontrar una aguja en un pajar.
Andrés sacó su celular (el desechable que teníamos).
—Estuve buscando en Google Maps mientras comíamos. Zonas industriales en Tlalnepantla con vías de tren cercanas. Hay tres candidatos principales.
Me mostró la pantalla pequeña.
—Zona 1: Cerca de Barrientos. Hay muchas bodegas viejas.
—Zona 2: San Juan Ixhuatepec.
—Zona 3: La zona industrial de Xalostoc, pegado a Ecatepec.
—¿Y las galletas? —pregunté.
—Aquí viene lo interesante. Busqué fábricas de alimentos. Hay una planta procesadora de harinas y galletas industriales cerca de la Zona 3, en Xalostoc. “Galletas del Norte”. Está a menos de un kilómetro de las vías principales del tren de carga, “La Bestia”.
—Xalostoc —repetí el nombre. Sonaba feo, duro.
—Es una zona pesada. Bodegas abandonadas, fábricas activas, mucho movimiento de camiones. Es el lugar perfecto para esconder un laboratorio ilegal. Nadie pregunta qué entra o sale de una bodega ahí.
—Entonces es ahí —dije con certeza—. Mañana vamos a Xalostoc.
Andrés bostezó.
—Intenta dormir un poco, Nina. Yo haré la primera guardia. No creo que nos encuentren aquí, pero no me fío ni de mi sombra.
—Despiértame en tres horas.
Me acosté en el otro extremo de la cama, lejos de mi papá para no lastimarlo. El techo de espejo me devolvió mi reflejo: una chica despeinada, con ojeras, vestida con ropa sucia. Pero ya no veía a la niña asustada del orfanato. Veía a alguien más. Veía a la hija de Alejandro Lara.
Cerré los ojos y soñé con fuego y olor a vainilla.
La mañana llegó demasiado rápido. El sol entraba por las cortinas baratas, revelando el polvo flotando en el aire.
Nos levantamos, nos lavamos la cara con agua fría y salimos del hotel.
Fuimos a un mercado sobre ruedas cercano para comprar ropa. Con el dinero restante, compramos pantalones de mezclilla, playeras baratas y gorras de béisbol para ocultar nuestras caras. Tiramos mi uniforme de enfermera/afanadora y la bata de Andrés en un bote de basura.
Ahora parecíamos una familia normal de clase trabajadora en su día libre.
Tomamos el Metro hasta la estación Indios Verdes y de ahí un microbús hacia Xalostoc.
El viaje fue largo y sudoroso. El microbús iba retacado, con música de salsa a todo volumen. Mi padre miraba por la ventana, tenso. Cada vez que veía una patrulla, se encogía.
—Tranquilo, papá —le susurré—. Eres invisible.
Bajamos en la Avenida Central, en medio de un paisaje de concreto gris, puentes vehiculares y chimeneas industriales que escupían humo blanco.
El aire aquí olía a diésel y polvo.
—¿Hueles algo? —le preguntó Andrés a mi padre.
Alejandro aspiró profundo.
—Huele a escape de camión. Todavía no.
Caminamos hacia las vías del tren. El sol pegaba fuerte. Pasamos bodegas enormes con portones cerrados, talleres mecánicos, terrenos baldíos llenos de escombro.
Caminamos durante una hora. Mis pies me mataban, pero no me quejé.
De repente, pasó un tren de carga. El ruido fue estruendoso, un clac-clac-clac metálico que hacía vibrar el suelo bajo nuestros pies.
Mi padre se detuvo. Cerró los ojos.
—Este sonido… —dijo—. El ritmo. Las uniones de las vías aquí están viejas, suenan distinto. Es este sonido. Lo escuchaba todas las noches.
—Estamos cerca —dijo Andrés.
Seguimos caminando, pegados a la barda perimetral de las vías.
Y entonces, vino la brisa.
Una ráfaga de viento caliente que levantó polvo y basura.
Y en medio de ese olor a ciudad podrida… ahí estaba.
Dulce. Empalagoso. Artificial.
Vainilla.
Mi padre se detuvo en seco. Abrió los ojos desmesuradamente. Se puso pálido.
—Ahí —señaló con un dedo tembloroso.
Señalaba hacia un complejo de bodegas al otro lado de las vías. Eran estructuras viejas, de ladrillo rojo y techos de lámina oxidada. La mayoría parecían abandonadas, con letreros de “SE RENTA” despintados. Pero había una, al fondo, que tenía un muro perimetral más alto, con alambre de púas nuevo en la cima.
No tenía letreros. Las ventanas estaban pintadas de negro.
Pero se escuchaba el zumbido grave de generadores eléctricos industriales trabajando a toda potencia.
—Esa bodega consume más electricidad que el resto de la cuadra junta —observó Andrés—. Tienen aire acondicionado y congeladores.
—Es ahí —dijo mi padre. Su voz era un susurro lleno de terror—. El infierno.
—¿Cómo entramos? —pregunté, observando el portón de acero sólido. Había cámaras en las esquinas.
—No entramos tocando la puerta —dijo Andrés—. Necesitamos ver qué seguridad tienen.
Nos ocultamos detrás de unos arbustos secos y un coche abandonado cerca de las vías. Iniciamos la vigilancia.
Durante dos horas, no pasó nada.
A la tercera hora, una camioneta blanca, sin logotipos, llegó al portón. El conductor bajó la ventanilla y marcó un código en un panel. El portón se abrió.
Pude ver hacia adentro por un segundo.
Había guardias armados en el patio. Y vi a hombres con batas blancas cruzando de un edificio a otro.
La camioneta entró y el portón se cerró.
—Es una fortaleza —dijo Andrés, desanimado—. Nina, no podemos entrar ahí los tres. Es suicida. Necesitamos a la policía… o al ejército.
—La policía trabaja para ellos —recordó papá—. Si llamamos, avisarán a Reyes.
—Tengo una idea —dije, mirando la estructura—. No necesitamos entrar por la puerta. Miren atrás.
Señalée la parte trasera de la bodega. Colindaba con un canal de aguas negras a cielo abierto. El muro ahí parecía más viejo, y había un árbol enorme, un fresno viejo, cuyas ramas crecían desde la orilla del canal y se extendían por encima del muro hacia el patio interior.
—El árbol —dijo Andrés—. Es arriesgado. Si nos ven…
—Es nuestra única opción —dije—. Papá, tú te quedas aquí. Tienes que estar a salvo. Andrés y yo entraremos por las libretas.
—¡No! —negó papá—. Yo voy. Yo sé dónde están escondidas. Están detrás de un panel falso en el laboratorio 3, bajo el fregadero de ácidos. Ustedes no lo encontrarían nunca.
—Alejandro, no puedes trepar un árbol —dijo Andrés.
—La adrenalina hace milagros, doctor. Y no voy a dejar que mi hija entre sola a ese lugar.
Esperamos a que cayera la noche.
La zona industrial de noche es aún más aterradora. Es un desierto de sombras y ruidos mecánicos.
Nos acercamos al canal. El olor era insoportable, pero ayudaba a ocultar nuestra presencia.
Llegamos al pie del fresno.
Andrés subió primero. Era ágil. Se trepó a la rama más gruesa y nos hizo señas.
Ayudamos a papá a subir. Le costó trabajo, gimió de dolor un par de veces, pero lo logró. Yo subí al último.
Desde la rama, teníamos vista al patio trasero. Estaba oscuro, solo iluminado por unas lámparas de seguridad amarillentas.
Había dos guardias haciendo ronda, fumando y platicando.
—… dicen que el patrón está furioso por lo de la casa de Valverde —decía uno.
—Sí, dicen que se le escapó el viejo. Si se entera que vino para acá, nos van a poner a doblar turno.
Esperamos a que se alejaran.
—Ahora —susurró Andrés.
Saltamos del árbol al techo de una caseta pequeña dentro del patio. El aterrizaje fue duro, pero el ruido de los generadores cubrió nuestras pisadas.
Bajamos al suelo. Nos movimos entre las sombras, pegados a las paredes, como cucarachas huyendo de la luz.
Papá nos guio. Se movía con una seguridad escalofriante. Conocía este lugar. Había vivido aquí su pesadilla.
—Esa es la entrada de servicio —señaló una puerta metálica—. Siempre la dejan sin seguro para salir a fumar.
Llegamos a la puerta. Andrés probó la manija.
Abrió.
Entramos.
El cambio fue brutal. De la noche sucia y ruidosa, pasamos a un pasillo blanco, inmaculado, silencioso y frío. Olía a alcohol y éter.
Estábamos adentro.
—Laboratorio 3 —susurró papá—. Al final del pasillo a la derecha.
Caminamos rápido. Mis tenis rechinaban levemente en el piso epóxico.
Pasamos puertas con ventanas de vidrio. Vi equipos de alta tecnología, microscopios electrónicos, centrífugas. Millones de dólares en equipo para fabricar mentiras.
Llegamos a la puerta marcada como “LAB-03”.
Estaba cerrada. Tenía un lector de tarjetas.
—Mierda —dijo Andrés—. Necesitamos una tarjeta.
—No —dijo papá. Miró el teclado numérico junto al lector—. A veces, los técnicos usan un código maestro cuando olvidan sus tarjetas. El código era la fecha de cumpleaños de Reyes. El ego de ese hombre es su debilidad.
Papá tecleó: 1-9-0-5-6-5.
La luz cambió de rojo a verde. Click.
La puerta se abrió.
Entramos. El laboratorio estaba en penumbras.
Papá fue directo a un mueble bajo, donde había fregaderos y garrafas de químicos peligrosos.
Se arrodilló, apartando unas botellas de ácido clorhídrico.
Palpó el fondo del mueble.
—Aquí está… —susurró con emoción.
Sacó un panel de madera falsa.
Metió la mano en el hueco oscuro.
Y su cara se transformó.
Sacó la mano. Vacía.
Se giró hacia nosotros, con los ojos llenos de terror.
—No están.
—¿Qué? —pregunté, sintiendo que el piso se abría.
—Las libretas. No están. El hueco está vacío.
—Vaya, vaya, vaya… —dijo una voz desde la puerta.
Las luces del laboratorio se encendieron de golpe, cegándonos.
Parpadeé, tratando de enfocar.
En la puerta estaba Ignacio Reyes.
En persona.
Era un hombre bajo, gordo, con cara de niño berrinchudo envejecido, vestido con un traje azul marino impecable.
Detrás de él, media docena de guardias armados apuntándonos a la cabeza.
Y en su mano, Reyes sostenía tres cuadernos negros viejos y desgastados.
—¿Buscaban esto, Alejandro? —preguntó Reyes con una sonrisa triunfal—. Sabía que vendrías. Las ratas siempre vuelven a su nido. Y gracias a tu hija y a su amiguito el doctor, me ahorraron el trabajo de buscarte.
Reyes tiró las libretas al suelo, a los pies de mi padre.
—Bienvenido a casa, socio. Esta vez, me aseguraré de que no vuelvas a salir.
Los guardias cargaron sus armas. Clack-clack.
Estábamos atrapados. En el corazón de la bestia. Y esta vez, no había túneles secretos ni osos de peluche que nos salvaran.
CAPÍTULO 6: Química de Sangre y la Bestia de Hierro
El sonido de un arma al ser cargada es inconfundible. Es un clack-clack seco, metálico, definitivo. Un sonido que dice: “se acabaron las palabras, empieza la carnicería”.
Estábamos parados en medio del Laboratorio 3, bajo la luz blanca e implacable de los tubos fluorescentes. Mi padre, Alejandro, estaba de rodillas frente al hueco vacío donde debían estar sus libretas. Andrés estaba a mi lado, tenso como un resorte, con las manos en alto. Y yo… yo sentía que el corazón se me había convertido en un pájaro atrapado que se golpeaba contra las costillas tratando de escapar.
Ignacio Reyes nos miraba con esa sonrisa de suficiencia que tienen los hombres que nunca han tenido que ensuciarse las manos porque pagan a otros para que lo hagan. Sostenía las tres libretas negras como si fueran un trofeo de caza.
—Qué conmovedor —dijo Reyes, dando un paso adelante. Sus zapatos de cuero italiano brillaban obscenamente sobre el piso de linóleo—. La familia reunida para el gran final. Alejandro, te ves terrible. La vida de vagabundo no te sienta bien.
—Púdrete, Ignacio —escupió mi padre, poniéndose de pie con dificultad. A pesar de estar sucio, herido y viejo, en ese momento se veía más alto que el millonario—. ¿Cómo sabías que vendríamos?
—Por favor —Reyes soltó una risita seca—. Valverde es predecible. Sabía que intentaría jugar al héroe. Y tú eres sentimental. Sabía que no podrías resistirte a venir por tu “seguro de vida”. Pero cometiste un error de cálculo, viejo amigo: yo nunca dejo cabos sueltos.
Reyes hizo un gesto sutil con la cabeza. Dos de los guardias se adelantaron y agarraron a Andrés.
—¡No lo toquen! —grité, intentando lanzarme hacia él, pero otro guardia me interceptó, torciéndome el brazo detrás de la espalda con una fuerza bruta que me hizo gritar de dolor.
—¡Ahhh!
—¡Suéltala! —rugió mi padre, dando un paso hacia mí, pero se detuvo cuando Reyes sacó una pistola pequeña, plateada, y me apuntó directamente a la cabeza.
—Quietos todos —dijo Reyes con voz suave, casi aburrida—. O pinto la pared con el cerebro de tu hija. Y créeme, Alejandro, no me temblará la mano. Ya he matado a tanta gente para proteger este negocio que una más no me quita el sueño.
El silencio en el laboratorio era sepulcral. Solo se escuchaba el zumbido de los refrigeradores y mi propia respiración entrecortada.
—¿Qué quieres, Ignacio? —preguntó mi padre, derrotado—. Tienes las libretas. Tienes el laboratorio. Tienes el dinero. Déjalos ir. Mátame a mí si quieres, pero déjalos ir.
—¿Matarte? —Reyes arqueó una ceja—. No, Alejandro. Eres demasiado valioso para morir. Eres mi gallina de los huevos de oro, aunque seas una gallina rebelde.
Reyes caminó hacia una mesa de trabajo y lanzó las libretas sobre ella.
—El problema, socio, es que tu fórmula falsa… la que dejaste en los servidores hace 15 años… funcionó demasiado bien al principio. Vendimos millones en el mercado negro asiático. Pero ahora los efectos secundarios están apareciendo. Tumores. Psicosis agresiva. Fallo multiorgánico.
—Te lo advertí —dijo mi padre con amargura—. El compuesto era inestable. Les advertí que mataría gente.
—Sí, sí, detalles técnicos —Reyes agitó la mano, restándole importancia—. El punto es que mis clientes están molestos. Y cuando la mafia china se molesta, ruedan cabezas. Necesito arreglar el producto. Necesito la versión estable. La que realmente regenera sin matar. Y tú me la vas a dar. Esta noche.
—Jamás —dijo mi padre—. Prefiero morir.
—Lo supuse —Reyes suspiró—. Por eso tengo un plan de incentivos.
Caminó hacia mí y me acarició la mejilla con el cañón frío de la pistola. Me estremecí, sintiendo náuseas.
—Vas a trabajar, Alejandro. Vas a sintetizar el compuesto corregido ahora mismo. Aquí tienes todo lo necesario: precursores, catalizadores, equipo. Si lo haces, tu hija vive. Quizás hasta la deje ir.
—¿Y si me niego?
—Si te niegas… —Reyes sonrió, una sonrisa de tiburón—. Entonces usaremos a Nina como sujeto de pruebas. Le inyectaré el Lote Defectuoso. Dicen que la agonía dura semanas. Primero pierdes la memoria, luego la razón, y al final, tu cerebro se licúa y sale por los oídos. ¿Quieres ver eso, Alejandro? ¿Quieres ver a tu “niña” convertirse en un vegetal babeante por tu orgullo científico?
Vi cómo el color desaparecía del rostro de mi padre. Se tambaleó, apoyándose en la mesa. Era el jaque mate. Podía soportar su propia tortura, pero no la mía.
—Está bien —susurró, con la voz rota—. Lo haré. Pero necesito ayuda. Mis manos… tiemblan demasiado por el Parkinson inducido por el estrés. No puedo pipetear con precisión. Necesito un asistente.
Reyes miró a Andrés, que seguía forcejeando con los guardias.
—El doctorcito.
—Es neurólogo —dijo mi padre—. Sabe de química. Lo necesito a él.
Reyes lo pensó un momento. Miró su reloj, un Rolex de oro que valía más que toda mi vida laboral.
—Bien. Pero sin trucos. Tienes dos horas. Si intentan algo gracioso, la chica muere primero.
Hizo una señal. Los guardias soltaron a Andrés, empujándolo hacia mi padre.
A mí me arrastraron hacia una silla en la esquina del laboratorio. Me ataron las manos a la espalda con cinchos de plástico, apretándolos tanto que sentí que me cortaban la circulación. Un guardia se quedó parado detrás de mí, con el cañón de su rifle apoyado en mi nuca.
—A trabajar —ordenó Reyes, sentándose en un taburete alto junto a la puerta, pistola en mano, vigilando cada movimiento.
Mi padre y Andrés se acercaron a la mesa de trabajo principal. Estaba llena de matraces, tubos de ensayo y botellas de reactivos con etiquetas de calaveras naranjas.
—¿Estás bien? —le susurró Andrés a mi padre mientras se ponían guantes de látex.
—Sigue mi juego —murmuró mi padre sin mover los labios—. Vamos a cocinar. Pero no vamos a cocinar medicina.
—¿Qué vamos a hacer?
—Reyes quiere una reacción. Le daremos una reacción. Busca el éter dietílico y el ácido nítrico concentrado.
—Alejandro… eso es inestable. Si lo mezclamos mal, volamos el edificio.
—Exacto —mi padre le dirigió una mirada febril—. O salimos todos, o no sale nadie. Confía en mí. Sé exactamente cuánto poner para crear una nube tóxica y una explosión controlada, no para matar, sino para cegar.
Empezaron a trabajar. Yo los observaba desde mi esquina, con el corazón en la garganta. Veía cómo Andrés traía botellas de los estantes bajo la mirada atenta de los guardias, que no entendían qué estaban viendo. Para ellos, un líquido transparente era igual a otro.
Reyes, confiado en su ignorancia científica, revisaba su celular, probablemente checando sus cuentas en las Islas Caimán.
—Más rápido —ladró Reyes a los veinte minutos—. No tengo toda la noche.
—La síntesis requiere temperatura precisa, Ignacio —respondió mi padre con calma, encendiendo un mechero Bunsen. La llama azul siseó en el silencio—. Si lo caliento demasiado rápido, se degrada.
Vi a mi padre verter un líquido ámbar en un matraz de fondo plano. Luego, Andrés añadió con mucho cuidado unas gotas de un líquido humeante. El matraz empezó a burbujear. Un humo blanco, denso, comenzó a formarse en el cuello del recipiente.
—Oye, eso huele raro —dijo uno de los guardias, arrugando la nariz.
—Es parte del proceso —mintió Andrés, aunque le sudaba la frente—. Es la reacción de oxidación.
Mi padre me miró. Fue una mirada de un segundo, pero me lo dijo todo. Prepárate.
Tomó el matraz con unas pinzas.
—Está listo —dijo en voz alta, girándose hacia Reyes—. Aquí está tu futuro, Ignacio.
Reyes se levantó, con los ojos brillando de codicia.
—Tráelo aquí. Despacio.
Mi padre caminó hacia él, con el matraz humeante en la mano. Andrés se tensó, calculando la distancia hacia el guardia que me custodiaba.
Cuando mi padre estuvo a tres pasos de Reyes, sonrió.
—Olvidé un ingrediente —dijo.
—¿Cuál? —preguntó Reyes, confundido.
—¡Gravedad!
Mi padre estrelló el matraz contra el suelo, justo a los pies de Reyes.
¡BOOM!
No fue una explosión de fuego, fue una expansión violenta de gas y cristal. Una nube blanca, espesa y corrosiva se expandió instantáneamente, llenando la mitad del cuarto en un segundo.
—¡AHHHH! ¡MIS OJOS! —gritó Reyes, llevándose las manos a la cara. El gas irritante le quemaba las mucosas.
—¡Ahora! —gritó Andrés.
El caos se desató.
Andrés se lanzó como un linebacker de fútbol americano contra el guardia que me custodiaba. Lo tomó por sorpresa. El guardia disparó su rifle al techo, ¡RA-TA-TA-TA!, haciendo llover yeso y polvo sobre nosotros. Andrés le dio un rodillazo en la entrepierna y luego un golpe en la mandíbula que sonó como madera rompiéndose.
Yo aproveché la confusión. Me tiré al suelo con la silla, rompiéndola bajo mi peso. Me liberé las manos desgarrándome la piel con los cinchos, pero la adrenalina era tal que no sentí dolor.
Me puse de pie y vi un extintor rojo colgado en la pared.
Lo arranqué del soporte.
Un guardia emergía de la nube de humo, tosiendo y apuntando a ciegas.
—¡Muere, perro! —grité, y le descargué el extintor en la cara. El polvo químico blanco lo cegó por completo. Le di un golpe con la base del extintor en la cabeza y cayó como costal de papas.
—¡Las libretas! —gritó mi padre.
Lo vi entre el humo. Estaba en el suelo, gateando, tosiendo violentamente. Reyes, ciego y furioso, disparaba su pistola al azar. ¡BANG! ¡BANG!
Una bala rompió un garrafón de vidrio cerca de mí.
Mi padre agarró dos de las tres libretas. La tercera estaba demasiado cerca de Reyes.
—¡Vámonos! ¡Alejandro, déjala! —le gritó Andrés, agarrándolo del brazo y tirando de él.
Corrimos hacia la puerta trasera del laboratorio. Andrés la abrió de una patada.
Salimos al pasillo principal.
La alarma de incendios empezó a sonar. Un aullido estridente y luces estroboscópicas rojas que convertían el pasillo en una escena de pesadilla.
—¡Por aquí! —Andrés señaló hacia la zona de carga—. ¡Hacia las vías!
Corrimos por los pasillos industriales. Oíamos gritos y botas corriendo detrás de nosotros. Los otros guardias de la fábrica venían en camino.
—¡Cierren las salidas! ¡Que no escapen! —se escuchaba la voz de Reyes por los altavoces, distorsionada por la ira y el dolor.
Llegamos a una zona de almacén enorme. Estanterías de diez metros de altura llenas de cajas de cartón. Era un laberinto.
—¡Ahí están! —gritó una voz desde una pasarela elevada.
Una bala rebotó en el piso de concreto, sacando chispas a centímetros de mi pie.
—¡Cúbranse! —gritó Andrés.
Nos metimos en un pasillo entre pallets de harina.
—Estamos acorralados —jadeó mi padre. Se agarraba el pecho. Su cara estaba gris.
—No —dije, mirando alrededor—. No estamos acorralados. Estamos en una fábrica. Y las fábricas tienen cintas transportadoras.
Señalée hacia arriba. Una banda transportadora de costales pasaba por encima de las estanterías y salía por un hueco en la pared hacia el área de carga exterior.
—Tenemos que subir —dije.
Empezamos a escalar las estanterías como monos. Andrés ayudaba a mi padre, empujándolo hacia arriba. Yo iba al frente.
Las balas zumbaban a nuestro alrededor, perforando los costales de harina. Una nube blanca de polvo de trigo llenó el aire, mezclándose con el humo químico. Parecía una nevada fantasmal.
—¡Me dieron! —gritó Andrés.
Me giré horrorizada.
—¡Sigue! —me gritó él. Se agarraba el hombro izquierdo. La sangre manchaba su camiseta barata, pero seguía moviéndose—. ¡Es un rozón! ¡Sube!
Llegamos a la cinta transportadora. Nos lanzamos sobre ella boca abajo, entre costales de cincuenta kilos. La banda se movía rápido, llevándonos hacia la salida.
Pasamos por el hueco en la pared. Unas cortinas de plástico grueso nos golpearon la cara y…
Aire fresco.
Salimos al exterior, cayendo sobre una montaña de costales en el muelle de carga.
Rodamos hasta el suelo de asfalto.
—¡Al tren! —señaló papá.
A unos cien metros, cruzando el patio de maniobras, pasaba “La Bestia”. El tren de carga que cruza México de sur a norte. Iba lento, apenas ganando velocidad al salir de la zona urbana. El sonido de sus ruedas de acero era ensordecedor: CLACK-CLACK, CLACK-CLACK.
Corrimos. Mis piernas ardían. Sentía el sabor de la sangre en la boca.
Detrás de nosotros, el portón de la fábrica se abrió y salió la camioneta blanca, seguida de guardias a pie.
—¡Dispárenles a las piernas! —gritaban.
Llegamos al terraplén de las vías. La grava suelta nos hacía resbalar.
El tren pasaba frente a nosotros. Vagones cerrados, tolvas, góndolas.
—¡Ese! —gritó Andrés, señalando un vagón de carga con la puerta lateral abierta.
Andrés corrió paralelo al tren. Agarró la escalerilla metálica oxidada y se impulsó hacia arriba con un grito de dolor por su hombro herido. Lo logró. Se quedó en la puerta y extendió la mano sana.
—¡Nina! ¡Lanza a tu papá!
Empujé a mi padre con las últimas fuerzas que me quedaban.
—¡Corre, papá! ¡Salta!
Mi padre corrió. Andrés lo agarró de la chaqueta y tiró de él. Papá quedó colgando un segundo, con los pies arrastrando en la grava, pero logró subir la rodilla y entrar.
Ahora yo.
El tren aceleraba. La camioneta de los guardias estaba rompiendo la cerca perimetral a cincuenta metros.
Corrí. Corrí como nunca en mi vida.
Mis pulmones quemaban.
Extendí la mano.
Vi la mano de Andrés estirada hacia mí, sus dedos manchados de sangre y hollín.
—¡Vamos, Nina! ¡Salta!
Me lancé.
Mis dedos rozaron los suyos.
Resbalé.
Casi caigo bajo las ruedas de acero que trituraban los rieles.
Pero sentí un agarre fuerte en mi muñeca.
Andrés me sostuvo. Y sentí otra mano en mi chamarra. Mi padre.
Entre los dos me jalaron hacia adentro del vagón oscuro.
Caí de bruces sobre el piso de madera podrida, jadeando, tosiendo, llorando.
El tren pitó, un sonido largo y lúgubre que se perdió en la noche.
Nos quedamos ahí, tirados en la oscuridad, mientras el ritmo hipnótico del tren nos alejaba del infierno de Xalostoc. Clack-clack… clack-clack…
Durante unos minutos, nadie habló. Solo se escuchaba nuestra respiración y el traqueteo.
Andrés se sentó, recargándose contra la pared del vagón. Se apretaba el hombro. La sangre brillaba negra en la penumbra.
Me arrastré hacia él.
—Déjame ver —dije, rompiendo un pedazo de mi camiseta para hacer un vendaje.
—Estoy bien —dijo él, haciendo una mueca—. Entró y salió. No tocó hueso. Pero arde como el demonio.
Mi padre estaba sentado al otro lado, abrazando las dos libretas negras contra su pecho como si fueran un bebé. Lloraba en silencio.
—Perdí una —dijo—. Perdí la tercera libreta. Reyes la tiene.
—Tenemos dos, papá —le dije, terminando de vendar a Andrés—. Y estamos vivos. Eso es lo que cuenta.
—No lo entiendes, Nina —mi padre levantó la vista. En la oscuridad, sus ojos brillaban con miedo—. La tercera libreta… esa tiene la parte final de la fórmula. La estabilización. Sin ella, Reyes no puede hacer el medicamento seguro. Pero…
—¿Pero qué?
—Pero con lo que tiene, puede intentar replicarlo. Seguirá matando gente intentando adivinar lo que falta. Y nos buscará hasta el fin del mundo para conseguir el resto.
—Que nos busque —dijo Andrés, cerrando los ojos—. Ahora sabemos dónde está su laboratorio. Y tenemos pruebas.
—¿Pruebas? —pregunté.
Andrés sonrió débilmente y sacó su celular del bolsillo. La pantalla estaba estrellada, pero funcionaba.
—Grabé todo. Desde que entramos al laboratorio. El audio. La confesión de Reyes. Sus amenazas. Todo está en la nube. Se subió automáticamente en cuanto salimos al patio y agarré señal 4G.
Miré a Andrés con admiración.
—Eres un genio, doctor.
El tren seguía avanzando hacia el norte, hacia la oscuridad. Estábamos heridos, sucios, fugitivos y pobres. Pero teníamos las libretas, teníamos la grabación y nos teníamos a nosotros.
—¿A dónde va este tren? —preguntó papá después de un rato.
—Al norte —dijo Andrés—. Quizás a Querétaro, quizás a San Luis Potosí. Lejos de aquí.
—Necesitamos bajar antes —dije—. Necesitamos encontrar a Valverde. Si sigue vivo, es el único que puede usar esa grabación para destruir a Reyes legalmente. Nosotros somos nadie. Él es el poder.
—Tienes razón —dijo Andrés—. Bajaremos en la primera parada técnica. Huehuetoca o Lechería. Y buscaremos la forma de contactar a Valverde.
Me acerqué a la puerta abierta del vagón. El viento frío de la noche me golpeaba la cara, limpiando el olor a químicos y miedo. Veía pasar las luces de los pueblos dormitorio del Estado de México, miles de casitas grises donde la gente dormía tranquila, sin saber que un tren fantasma pasaba por su patio cargando el secreto más peligroso del país.
Miré mi muñeca. Ya no tenía reloj. Pero toqué mi bolsillo. Ahí estaba el osito de peluche, aplastado pero seguro.
—Lo logramos, mamá —susurré al viento—. Papá está a salvo.
Pero mi alivio duró poco.
El celular de Andrés sonó.
Un mensaje de texto.
Él lo miró y su cara palideció aún más.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Es un número desconocido —dijo Andrés con voz temblorosa—. Mira.
Tomé el teléfono.
El mensaje era corto:
“Bonito truco de magia con el humo. Pero el tren se detiene en 20 kilómetros. Estación Lechería. Los estamos esperando. Y esta vez, llevo a mis amigos del Cártel. – I.R.”
Sentí un cubo de hielo en el estómago.
Reyes tenía rastreado el celular. Por supuesto. Al subir el audio a la nube, habíamos activado el GPS. Nos habíamos delatado nosotros mismos.
—Tira el teléfono —le dije a Andrés—. ¡Tíralo ahora!
Andrés lanzó el celular por la puerta abierta. Lo vimos rebotar en las piedras y perderse en la noche.
—Ya saben dónde estamos —dijo papá—. Lechería está cerca. Nos van a emboscar.
—No si saltamos antes —dije, mirando la velocidad del tren. Iba demasiado rápido. Saltar ahora sería suicidio.
—Tenemos que llegar a la locomotora —dijo Andrés, poniéndose de pie con esfuerzo—. Si logramos que el maquinista frene en medio de la nada, podemos bajar y correr hacia el monte.
—¿Y si el maquinista trabaja para ellos? —preguntó papá.
—Entonces secuestramos el tren —dije yo, sorprendiéndome de mi propia frialdad. Había dejado de ser Nina la afanadora hacía mucho tiempo. Ahora era Nina, la sobreviviente.
Salimos al techo del vagón. El viento era brutal. Teníamos que caminar sobre el techo del tren en movimiento, saltando entre vagones, heridos y agotados, para detener a una bestia de hierro antes de que nos llevara directo al matadero.
Miré hacia adelante. La oscuridad era total, pero a lo lejos, se veían las luces de Lechería.
La carrera había comenzado de nuevo.
CAPÍTULO 7: La Curva del Diablo y el Teléfono Rojo
Caminar sobre el techo de un tren en movimiento no es como en las películas de acción. No hay música épica, no hay equilibrio perfecto y, definitivamente, no hay glamour. Hay viento. Un viento violento, sucio, cargado de polvo y olor a diésel quemado que te golpea la cara con la fuerza de una mano abierta. Y hay miedo. Un miedo primario, líquido, que te congela las tripas cada vez que el vagón se sacude sobre los rieles viejos y sientes que vas a salir disparada hacia la oscuridad.
—¡Abajo! —gritó Andrés, su voz apenas audible sobre el rugido de la bestia de acero.
Nos agachamos justo a tiempo. Un puente peatonal de concreto pasó zumbando a centímetros de nuestras cabezas. Sentí la vibración del aire en mi nuca. Si nos hubiéramos levantado un segundo antes, nos habrían decapitado.
—¡Estamos locos! —grité, escupiendo tierra—. ¡Esto es un suicidio!
—¡Es nuestra única opción! —respondió Andrés, aferrándose a la pasarela metálica del techo del vagón con su mano sana. Su hombro izquierdo sangraba de nuevo, empapando el vendaje improvisado que le hice con mi camiseta. Se veía pálido, con la piel brillante de sudor frío. La fiebre estaba empezando a subir.
Mi padre, Alejandro, iba entre los dos. Se movía a gatas, abrazando las dos libretas negras contra su pecho como si fueran oxígeno. No decía nada. Su rostro era una máscara de concentración y terror. Quince años encerrado en un agujero y su primer día de “libertad” consistía en ser perseguido por narcos sobre un tren de carga.
El tren pitó de nuevo, un aullido largo y triste que resonó en los llanos de Cuautitlán. A lo lejos, las luces de la ciudad se veían como un mar de estrellas caídas, indiferentes a nuestra desgracia.
—Tenemos que avanzar hacia la locomotora —insistió Andrés, señalando hacia adelante—. Si llegamos al maquinista, podemos obligarlo a frenar antes de Lechería.
—Faltan como veinte vagones —calculé, mirando la larga serpiente de metal que se curvaba adelante—. Y con tu hombro así, no vas a llegar.
—Entonces ve tú —dijo Andrés, mirándome a los ojos. En la oscuridad, sus pupilas estaban dilatadas—. Nina, eres la única que está entera. Tienes que ser nuestras piernas.
Miré hacia adelante. El espacio entre los vagones era un abismo negro donde las ruedas trituraban los rieles. Un paso en falso y te convertías en carne molida.
Tragué saliva.
—Está bien. Quédense aquí. Voy a intentar.
Me puse de pie, tambaleándome por el viento. Di un paso, luego otro. El metal bajo mis tenis Converse estaba resbaloso por el rocío de la noche.
Llegué al borde del primer vagón. Miré hacia abajo. El acople de acero chirriaba y gemía.
—¡Salta! —me dije a mí misma.
Salté.
Aterricé en el siguiente vagón con un ruido sordo, rodando para amortiguar el impacto. Me raspé las palmas de las manos, pero estaba viva.
Me levanté y seguí avanzando.
En el tercer vagón, me topé con algo que no esperaba.
No estaba vacío.
En el hueco entre dos contenedores, acurrucados bajo mantas viejas y cartones, había un grupo de personas. Eran unos diez. Hombres, dos mujeres y un niño.
Migrantes.
Los viajeros de “La Bestia”. Hermanos centroamericanos buscando el sueño americano, o al menos, huir de su propia pesadilla.
Se sobresaltaron al verme caer del cielo. Uno de los hombres se puso de pie rápidamente, sacando una navaja oxidada.
—¡Tranquilo! —grité, levantando las manos—. ¡No soy la migra! ¡No soy policía!
El hombre me miró con desconfianza. Tenía la piel curtida por el sol y ojos de quien ha visto demasiada violencia.
—¿Entonces qué eres? —preguntó con acento hondureño—. ¿Una loca paseando por el techo?
—Huyo de gente mala —dije, jadeando—. Igual que ustedes. Me quieren matar.
El hombre bajó la navaja un poco, pero no la guardó.
—Aquí todos huyen de alguien, flaca. ¿Quién te busca? ¿Los Zetas? ¿La Maña?
—Un empresario farmacéutico con sicarios —dije, y sonó ridículo en voz alta.
El hondureño soltó una risa seca.
—Aquí no importan los títulos. Si traen armas, son la maña. ¿Vienes sola?
—Mi papá y un amigo vienen atrás. Están heridos.
Señalée hacia el vagón anterior. Andrés y mi papá venían arrastrándose con dificultad.
El hombre miró a sus compañeros. Una de las mujeres, que abrazaba al niño, asintió levemente.
—Ayúdenlos —ordenó el hombre.
Dos muchachos jóvenes saltaron al otro vagón y ayudaron a cruzar a mi papá y a Andrés.
Cuando estuvimos todos reunidos en el “nido” de cartones, sentí un alivio momentáneo. El calor humano nos protegía un poco del viento helado.
—Soy Mateo —dijo el hombre de la navaja, guardándola—. Vamos pal norte. ¿Ustedes?
—No vamos tan lejos —dijo Andrés, respirando con dificultad—. Necesitamos bajar antes de Lechería. Nos están esperando ahí. Tienen una emboscada.
La cara de Mateo se endureció.
—Lechería… ahí siempre está la migra o los secuestradores. Pero si dices que te esperan a ti específicamente, entonces ya valimos madres todos. Van a parar el tren.
—Por eso quería llegar a la locomotora —dije—. Para frenar antes.
Mateo negó con la cabeza.
—No vas a llegar. Hay guardias de seguridad privada en los primeros vagones. “Garroteros” les dicen. Son perros. Si te ven, te tiran del tren a balazos. No preguntan.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó papá, abrazando sus libretas.
Mateo miró el paisaje oscuro que pasaba velozmente. Conocía la ruta de memoria.
—En unos cinco kilómetros viene “La Curva de la Herradura”. El tren tiene que bajar la velocidad a 20 kilómetros por hora o se descarrila. Es una zona de monte, antes de llegar a la zona urbana de Tultitlán. Es su única oportunidad.
—¿Saltar? —preguntó Andrés.
—Saltar y rodar, compa. Es eso o llegar a Lechería y que nos bajen a plomazos a todos.
—Tiene razón —dijo Andrés—. Si nos quedamos, ponemos en peligro a esta gente también. Reyes no va a discriminar.
Mateo sacó una botella de agua medio vacía y un pedazo de tortilla dura. Se lo ofreció a mi papá.
—Coma, abuelo. Necesita fuerza para el golpe.
Mi papá aceptó la comida con una humildad que me rompió el corazón.
—Gracias, hijo. Que Dios te lo pague.
Pasamos los siguientes diez minutos en un silencio tenso, compartiendo el miedo y la esperanza con esos extraños que, por un momento, fueron nuestra familia. Andrés revisaba su herida. La sangre había dejado de brotar a chorros, pero la zona estaba inflamada. Necesitaba antibióticos urgente.
—¡Ya viene! —gritó uno de los muchachos migrantes, señalando hacia adelante.
El tren comenzó a frenar. El chirrido de las balatas contra las ruedas fue ensordecedor. Chispas anaranjadas volaban desde el suelo como fuegos artificiales del infierno. El vagón se inclinó hacia la derecha.
Estábamos en la curva.
—¡Es ahora! —gritó Mateo—. ¡Vayan con Dios!
Nos pusimos de pie en el borde del vagón. El suelo pasaba rápido, una mancha de arbustos secos y piedras.
—¡Yo primero! —gritó Andrés.
Se lanzó. Lo vi caer, rodar torpemente protegiendo su hombro y desaparecer en la maleza.
—¡Papá, tú sigues!
—No puedo, Nina…
—¡Sí puedes! —lo agarré del brazo—. ¡A la de tres! ¡Una, dos, tres!
Lo empujé y salté con él, agarrándolo de la chamarra.
El aire silbó en mis oídos por un segundo eterno.
Luego, el impacto.
El suelo no fue amable. Caímos sobre tierra dura y matorrales espinosos. Rodamos, rebotando contra piedras y basura. Sentí golpes en las costillas, en las piernas, en la cara. Las espinas me rasgaron la ropa y la piel.
Finalmente, nos detuvimos al fondo de una pequeña zanja.
Me quedé tirada boca arriba, mirando el cielo, tratando de recordar cómo respirar. Todo me dolía.
—¿Papá? —gemí.
—Aquí… aquí estoy —la voz de mi padre venía de unos metros a la izquierda.
Me arrastré hacia él. Estaba sentado, sacudiéndose la tierra. Tenía la cara raspada y sangraba de la nariz, pero las libretas… las malditas libretas seguían en sus manos.
—¿Y Andrés?
—¡Andrés! —grité en susurro.
—Acá… —una voz débil entre los arbustos.
Lo encontramos a diez metros. Había caído mal. Estaba pálido y no se podía levantar.
—Creo que me rompí una costilla —dijo, haciendo una mueca de dolor al respirar—. Además del balazo. Vaya nochecita.
—Tenemos que movernos —dije, ayudándolo a incorporarse—. El tren ya pasó. Si Reyes tiene gente rastreando el GPS del celular que tiraste, sabrán que la señal se detuvo antes de Lechería, o que desapareció. Vendrán a buscar en la ruta.
Caminamos —o más bien cojeamos— alejándonos de las vías. Nos adentramos en un terreno baldío inmenso, lleno de escombro y construcción a medio terminar. Era esa zona gris del Estado de México donde la ciudad se deshace y se convierte en ruina moderna.
A lo lejos, vimos luces. Una carretera. Y un letrero de Oxxo brillando como un faro de esperanza en la noche.
—Necesitamos un teléfono —dijo Andrés—. Un teléfono fijo. Valverde es nuestra única carta. Si está muerto, estamos solos.
Llegamos a la carretera. Era una vía secundaria, mal iluminada. Pasaban camiones de carga levantando polvo.
El Oxxo estaba cerrado por la noche (la ventanilla de seguridad estaba baja), pero al lado había una caseta telefónica de monedas, de esas viejas de Telmex que ya casi nadie usa, grafiteada y vandalizada.
Me acerqué. Descolgué el auricular.
Tono.
—¡Funciona! —casi lloro de alegría.
—¿Tienes monedas? —preguntó papá.
Busqué en mis bolsillos. Nada. Se me habían caído en el salto o las había gastado.
Andrés revisó los suyos.
—Mierda. Solo billetes.
—La tarjeta —recordé—. Compré una tarjeta de Ladatel hace meses para llamar al orfanato en Navidad. La traigo en la cartera.
Saqué mi cartera, toda raspada. Busqué la tarjeta plástica con el chip. La inserté.
La pantallita gris mostró: $12.50 PESOS.
Suficiente para una llamada breve.
—¿Te sabes el número? —pregunté a Andrés.
—No —dijo él, helándose—. Lo tenía en el celular.
—¡Andrés!
—¡Espera! —se golpeó la frente—. Memoria fotográfica, o casi. Cuando Valverde me llamó a su oficina hace un mes… vi su tarjeta personal sobre el escritorio. Número privado. 55… 48… 21…
Cerró los ojos, murmurando números.
—55 48 21 90 33. Creo.
—¿Crees?
—Marca. Es eso o rezar.
Marqué el número con dedos temblorosos.
Uno. Dos. Tres timbres.
Contesta, por favor. No estés muerto.
—¿Quién es? —una voz masculina, seca, cortante. No era Valverde.
—¿Hola? Busco a Miguel Ángel Valverde. Es una emergencia. Soy Nina Lara.
Hubo un silencio al otro lado. Luego, ruidos de movimiento.
—¿Nina? —la voz de Valverde. Sonaba cansada, ronca, pero viva.
—¡Miguel Ángel! —grité—. ¡Estamos vivos!
—¡Maldita sea, niña! —su tono cambió a uno de alivio furioso—. ¡Pensé que los habían matado en Xalostoc! Mis informantes dijeron que la fábrica explotó.
—Explotamos una parte. Escapamos en el tren. Saltamos antes de Lechería. Estamos en… —miré alrededor, buscando un letrero—… estamos en la carretera vieja a Cuautitlán, cerca de una fábrica de cementos abandonada y un Oxxo.
—¿Están heridos?
—Sí. Andrés tiene un balazo en el hombro y costillas rotas. Mi papá está golpeado. Yo estoy bien, más o menos.
—¿Tienen las libretas?
—Dos de ellas. Reyes tiene la tercera.
—Mierda.
Se escuchó el sonido de un motor potente al fondo de la llamada.
—Escúchame bien, Nina. Reyes está barriendo la zona. Tiene a la policía estatal comprada y a sus propios sicarios. Si te quedas ahí, te van a encontrar en menos de media hora.
—¿Qué hacemos?
—Necesitas esconderte. No en la calle. Busca un lugar cerrado. Voy por ustedes.
—¿Estás bien? —pregunté—. Tu casa…
—Mi casa es cenizas. Pero yo soy difícil de matar. Tengo un equipo de extracción listo. Dame… veinte minutos. Mantén la línea abierta si puedes.
—Tengo 12 pesos de saldo. Se va a cortar.
—Entonces cuelga. Escondanse. Si ven luces, no salgan a menos que vean una señal: tres parpadeos de luces largas. Repito: tres parpadeos. Si no hacen la señal, son ellos.
—Entendido. Tres parpadeos.
—Nina… —su voz se suavizó un segundo—. Aguanta. Ya voy.
Click. Se cortó la línea.
Colgué el teléfono. Me sentí extrañamente vacía sin su voz.
—Viene en camino —les dije a mi papá y a Andrés—. Veinte minutos. Tres parpadeos de luces.
—No podemos quedarnos aquí parados bajo la luz —dijo papá, señalando el Oxxo—. Somos un blanco perfecto.
—Ahí —señaló Andrés.
Al otro lado de la carretera había una construcción en obra negra. Un edificio de departamentos a medio hacer, puro esqueleto de concreto y varillas oxidadas. Un lugar perfecto para ratas y fugitivos.
Cruzamos la carretera corriendo. Nos metimos en la planta baja del edificio. Olía a orina y cemento húmedo. Nos escondimos detrás de una pila de ladrillos, con vista a la carretera y al teléfono público.
El tiempo empezó a arrastrarse.
Cinco minutos.
Diez minutos.
Andrés temblaba violentamente. La fiebre lo estaba consumiendo.
—Tengo frío, Nina…
Me quité mi chamarra de mezclilla (que ya estaba hecha jirones) y se la puse encima. Me quedé en camiseta, abrazándome a mí misma para no congelarme.
—Aguanta, doctor. Ya casi.
—Alejandro —susurró Andrés—. Si no salgo de esta… la grabación. Está en la nube. La contraseña es…
—Cállate —le cortó mi papá, limpiándole el sudor de la frente con una manga sucia—. Vas a salir. Vas a salir y vas a ver a Reyes pudrirse en la cárcel. No me salvaste la vida para morirte ahora en un baldío.
Quince minutos.
Vimos luces en la carretera.
Una patrulla de la Policía Estatal.
Se detuvo frente al Oxxo.
Dos oficiales bajaron. Gordos, armados con rifles R-15.
Hablaron con el empleado del Oxxo a través de la ventanilla. El empleado señaló hacia la caseta telefónica.
—Rastrearon la llamada —susurró Andrés—. Maldita tecnología.
Los policías se acercaron al teléfono. Uno de ellos alumbró con su linterna hacia los matorrales, hacia donde habíamos cruzado.
El haz de luz barrió la carretera. Se acercó a nuestro edificio.
Nos agachamos más, conteniendo la respiración hasta que dolía.
La luz pasó por encima de nuestras cabezas, iluminando el polvo en el aire.
—No se ve nada, pareja —gritó uno—. Seguro siguieron corriendo pal monte.
—Vamos a dar una vuelta por atrás —dijo el otro—. El patrón paga doble si los encontramos.
Se subieron a la patrulla y arrancaron, avanzando lento, alumbrando hacia los lados.
Se fueron.
Solté el aire que tenía guardado.
—Estuvo cerca…
Dieciocho minutos.
Más luces. Esta vez venían rápido.
Dos camionetas. Pickups blindadas, color gris mate. Sin logotipos. Parecían vehículos militares, pero sin insignias.
Se detuvieron frente al edificio en obra negra, derrapando en la grava.
Apagaron los faros.
Mi corazón se detuvo. ¿Eran ellos? ¿O era Reyes?
Nadie bajó.
Esperamos.
De repente, los faros de la primera camioneta se encendieron.
Uno.
Dos.
Tres parpadeos.
—¡Es él! —grité, olvidando la precaución.
Salimos de nuestro escondite, agitando los brazos.
—¡Aquí! ¡Aquí!
Las puertas de las camionetas se abrieron. Bajaron cuatro hombres armados hasta los dientes, con chalecos tácticos y cascos. Se desplegaron en abanico, asegurando el perímetro con una eficiencia aterradora.
Y del asiento del copiloto de la primera camioneta, bajó Miguel Ángel Valverde.
Se veía diferente. Ya no traía el traje de lino impecable. Llevaba pantalones cargo negros, botas tácticas y una camiseta negra ajustada. Tenía un vendaje en la cabeza y el brazo derecho en cabestrillo. Su cara estaba manchada de hollín, pero estaba vivo.
Y se veía furioso.
Caminó hacia nosotros. Cuando me vio, su expresión se suavizó.
—Te dije que soy difícil de matar —dijo, y para mi sorpresa, me abrazó con su brazo bueno. Un abrazo fuerte, desesperado.
Me hundí en su pecho, oliendo a pólvora y sudor, y por primera vez en toda la noche, me permití llorar.
—Pensé que no llegabas…
Valverde se separó y miró a los otros.
—Médico —ordenó a sus hombres—. Suban al Dr. Villalobos a la unidad 2. Tienen equipo de trauma. Alejandro, tú vienes conmigo.
—Tengo las libretas —dijo papá, mostrándolas.
—Bien. Eso es nuestra munición. Pero ahora necesitamos un búnker.
Nos subieron a las camionetas. El interior olía a cuero limpio y aire acondicionado.
—¿A dónde vamos? —pregunté mientras la caravana arrancaba a toda velocidad, dejando atrás el Oxxo y la noche miserable.
Valverde me miró. Tenía una tablet en las piernas, mostrando mapas y comunicaciones encriptadas.
—Vamos a terminar esto, Nina. Reyes nos quitó nuestras casas, nuestras vidas, nuestra paz. Nos persiguió como animales.
Apretó el puño sano.
—Ahora le toca a él ser la presa. Vamos a “El Nido”.
—¿Qué es El Nido?
—Una antigua hacienda en Hidalgo. Propiedad de mi abuelo. Muros de piedra de un metro de ancho, túneles de la revolución y suficiente armamento para invadir un país pequeño. Ahí curaremos a Andrés, analizaremos esas libretas y planearemos el contraataque.
Me recargué en el asiento, viendo pasar las luces de la carretera.
Estábamos a salvo. Por ahora.
Pero sabía que esto no había terminado. Reyes tenía la tercera libreta. Tenía la mitad de la fórmula. Y tenía un ego herido.
La guerra final no sería en un laboratorio ni en un tren. Sería cara a cara.
Cerré los ojos y, a pesar del dolor, del miedo y del cansancio, sonreí. Porque ya no era la víctima. Tenía a mi papá. Tenía a Andrés. Y tenía al hombre más peligroso de México de mi lado.
La afanadora había muerto en esa zanja.
Había nacido una guerrera.
CAPÍTULO 8: La Fórmula de la Memoria y el Nuevo Amanecer
El estado de Hidalgo tiene un frío distinto al de la ciudad. No es ese frío húmedo que se te mete por los zapatos rotos en el Metro; es un frío limpio, de montaña, que huele a leña quemada y a pino.
“El Nido” no era una casa. Era una fortaleza del siglo XIX incrustada en la sierra. Muros de piedra volcánica de un metro de ancho, portones de madera que parecían sacados de una película de la Revolución y, contrastando con todo eso, antenas satelitales y cámaras de seguridad de última generación en cada esquina.
Llegamos al amanecer. Las camionetas de Valverde entraron derrapando en el patio central empedrado.
—¡Médico! —gritó Valverde en cuanto frenó.
Un equipo de personas vestidas de civil, pero con esa vibra de “sabemos lo que hacemos”, salió de la casa principal. Bajaron a Andrés con cuidado. Estaba inconsciente, pálido como una hoja de papel. La fiebre lo hacía temblar.
—Tiene un shock séptico incipiente —dijo una mujer bajita con gafas, revisando la herida—. Y posible neumotórax. Al quirófano, ¡ya!
—¡Voy con él! —grité, intentando bajar de la camioneta, pero mis piernas fallaron. El agotamiento, la adrenalina y los golpes de la caída del tren me pasaron la factura de golpe.
Valverde me sostuvo antes de que mis rodillas tocaran el suelo.
—Nina, él está en las mejores manos. Mi equipo médico es mejor que el de cualquier hospital privado de la capital. Tú necesitas descansar.
—No puedo… mi papá… las libretas… Reyes…
—Reyes no sabe dónde estamos. Todavía. —Valverde me miró a los ojos, con esa intensidad oscura que siempre me desarmaba—. Tienes que confiar en mí una vez más. Báñate, come, duerme. Mañana ganamos la guerra. Hoy solo sobrevivimos.
Me llevaron a una habitación que era más grande que todo mi departamento en Iztapalapa. Había una cama con sábanas de hilo, una chimenea encendida y un baño con tina.
Me metí al agua caliente. Vi el agua volverse gris y roja con la suciedad y la sangre seca. Lloré. Lloré por Andrés, por mi papá, por la niña que fui y que ya no existía. Pero fue un llanto corto. Ya no tenía tiempo para lágrimas largas.
Dormí cuatro horas. Desperté con el sonido de un helicóptero aterrizando lejos.
Me vestí con ropa limpia que me dejaron sobre la cama (jeans, botas y un suéter grueso). Salí al pasillo. La casa era un laberinto de madera y piedra.
Encontré a mi papá en la biblioteca.
Estaba sentado frente a una mesa enorme de caoba, rodeado de las dos libretas negras y una laptop abierta. Se había rasurado y bañado. Ya no parecía el vagabundo de la cama 17. Parecía el Dr. Alejandro Lara.
—Papá —susurré.
Él levantó la vista y sonrió. Una sonrisa cansada pero lúcida.
—Hola, mi niña. ¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un tren… literalmente. ¿Y Andrés?
—Salió de cirugía. Está estable. Le sacaron la bala y le drenaron el pulmón. Es fuerte. Va a vivir.
Suspiré, sintiendo que un peso enorme se me quitaba de encima. Me acerqué a la mesa.
—¿Qué estás haciendo?
Papá señaló las libretas.
—Armando el rompecabezas. Reyes tiene la tercera libreta, la que contiene los datos de estabilización térmica del compuesto. Sin eso, el medicamento se degrada en 48 horas y se vuelve tóxico.
—Entonces no puede fabricarlo.
—No. Pero puede intentarlo. Y en su desesperación, va a matar a mucha gente probando variantes. O… —papá tecleó algo en la laptop—… va a venir por lo que le falta.
En ese momento, Valverde entró en la biblioteca. Venía acompañado de su jefe de seguridad, un tipo enorme apodado “El Oso”.
—Tenemos noticias —dijo Valverde, sin preámbulos—. El audio que Andrés subió a la nube… es oro puro. Mis abogados ya lo presentaron ante la Fiscalía General.
—¿Y? —pregunté.
—Y Reyes tiene una orden de aprehensión. Congelaron sus cuentas hace una hora. La noticia está en todos los noticieros. “El escándalo farmacéutico del siglo”.
—¡Eso es bueno! —exclamé—. ¡Ganamos!
Valverde negó con la cabeza. Su rostro estaba sombrío.
—Acorralar a una rata es peligroso, Nina. Reyes ya no tiene nada que perder. Sabe que va a la cárcel de por vida. Sabe que su imperio se acabó. Ahora solo le queda una cosa: el odio. Y la tercera libreta.
—¿Crees que venga? —preguntó papá.
—Sé que viene —Valverde señaló un mapa en la pantalla grande de la pared—. Mis satélites detectaron un convoy de cinco vehículos blindados saliendo de la zona industrial de Xalostoc hace dos horas. Se dirigen hacia acá.
—¿Cómo nos encontró? —pregunté, horrorizada.
—No nos encontró —dijo Valverde—. Yo le di la ubicación.
Se hizo un silencio sepulcral en la habitación.
—¿Qué hiciste qué? —pregunté, sintiendo que la traición me helaba la sangre.
—Era necesario —dijo Valverde con frialdad—. Si Reyes huye, se esconderá. Se llevará la tercera libreta y la fórmula tóxica a otro país. Seguirá operando en las sombras. Necesitábamos atraerlo a un lugar controlado para terminar esto de una vez por todas.
—¡Pusiste a mi papá y a Andrés en peligro otra vez! —le grité.
—Puse a Reyes en mi terreno —corrigió Valverde—. Aquí, yo pongo las reglas. Pero necesito que ustedes confíen en mí.
—¿Cuál es el plan? —preguntó papá, cerrando la libreta con calma.
—El plan es simple —Valverde sacó una pistola de su cinturón y la puso sobre la mesa—. Reyes quiere la fórmula completa. Se la vamos a dar.
El atardecer pintó el cielo de Hidalgo de color sangre. La niebla comenzó a bajar de la sierra, cubriendo “El Nido” con un manto blanco y fantasmal.
Estábamos listos.
Andrés, despierto pero débil, estaba en el cuarto de pánico subterráneo con el personal médico. Yo me negué a esconderme. Me quedé en la sala principal con Valverde y mi papá.
A las 6:30 PM, las cámaras perimetrales detectaron movimiento.
El convoy de Reyes rompió la pluma de entrada. Cinco camionetas blindadas, negras, siniestras.
Se detuvieron en el patio central.
Bajaron veinte hombres armados. Mercenarios. Ex-militares. La élite del crimen organizado.
Y del vehículo central, bajó Ignacio Reyes.
Se veía terrible. Tenía los ojos vendados con gasas y usaba unas gafas oscuras encima. La piel de su cara estaba roja y ampollada por el gas químico del laboratorio. Caminaba guiado por uno de sus sicarios.
—¡Valverde! —gritó Reyes. Su voz era un graznido roto—. ¡Sé que estás ahí! ¡Entrégame al viejo y a la chica, y tal vez deje los cimientos de tu casa en pie!
Desde el balcón del segundo piso, Valverde salió. Se veía regio, intocable.
—Ignacio. Te ves mal. Deberías ponerte algo para esas quemaduras. Ah, cierto, tu medicamento milagroso no sirve para eso.
—¡Cállate! —bramó Reyes—. Tengo a veinte hombres apuntando a tu cabeza. Dame la fórmula. Dame las libretas que faltan. Sé que el viejo las tiene.
—Entra —dijo Valverde—. Solo tú. Tus perros se quedan afuera. Si uno solo de ellos dispara, mis francotiradores en el cerro los bajan a todos. Mira hacia arriba.
Reyes miró (o intentó mirar) hacia las colinas circundantes. Vio, o sus hombres vieron, los destellos de las miras telescópicas entre los árboles. Estaba rodeado.
—Está bien —dijo Reyes—. Solo yo. Pero si no salgo en diez minutos, entran a matar a todos.
Reyes entró a la sala principal. Caminaba tanteando, con la pistola en la mano, temblando de furia y dolor.
Mi papá estaba sentado frente a la chimenea, con las libretas en su regazo. Yo estaba de pie detrás de él, con la mano en su hombro. Valverde estaba recargado en la pared, tranquilo.
—Aquí estamos, Ignacio —dijo papá.
Reyes se giró hacia el sonido de la voz.
—Alejandro… socio. Dame los cuadernos.
—¿Para qué? —preguntó papá—. Ya perdiste, Ignacio. La policía viene en camino. Tus cuentas están en ceros. ¿De qué te sirve la fórmula?
—¡Es mi legado! —gritó Reyes, escupiendo saliva—. ¡Yo construí Farmacéuticas Reyes! ¡Yo hice que el mundo supiera quién soy! No voy a ir a la cárcel como un fracasado. Voy a irme con la cura para la inmortalidad en mi bolsillo. La venderé a los rusos, a los árabes… a quien pague. ¡Dame las libretas!
Levantó la pistola y apuntó hacia donde creía que estaba mi papá.
—Dámelas o disparo al bulto.
Papá se levantó despacio. Tomó las dos libretas.
—Ven por ellas.
Reyes avanzó, tropezando con una alfombra. Su avaricia era más fuerte que su ceguera.
Llegó frente a mi papá. Extendió la mano izquierda, ansioso, mientras mantenía la pistola en la derecha.
—Dámelas…
Papá le puso las libretas en la mano.
Reyes las agarró con fuerza, soltando una risa maníaca.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Al fin! Ahora… ahora ya no los necesito.
Reyes levantó el arma para disparar a quemarropa.
—¡No! —grité.
Pero antes de que pudiera jalar el gatillo, mi papá dijo una palabra.
—Ignición.
En ese instante, las libretas en la mano de Reyes estallaron en llamas.
No fue una explosión. Fue una llamarada química intensa, blanca y azul. Papá había impregnado las cubiertas con una solución de fósforo blanco y un reactivo que se activaba con el calor corporal y la fricción.
—¡AHHHHHHH! —Reyes gritó, soltando las libretas y la pistola. Sus manos ardían. El fósforo se le pegaba a la piel.
Valverde se movió rápido como un rayo. Le dio una patada a Reyes en el pecho, lanzándolo contra la pared.
—¡Quieto! —le ordenó Valverde, apuntándole a la cabeza.
Afuera, se escucharon disparos. Los hombres de Reyes intentaron entrar al oír los gritos, pero la seguridad de Valverde respondió. Fue un tiroteo breve. Los francotiradores hicieron su trabajo. En menos de un minuto, el patio estaba en silencio.
Reyes se retorcía en el suelo, llorando, vencido por su propia codicia.
Las libretas ardían en el piso de madera, convirtiendo años de investigación y sufrimiento en cenizas negras.
—¡No! ¡La fórmula! —gemía Reyes—. ¡Se quema! ¡La fórmula!
—La fórmula no está en los cuadernos, imbécil —dijo mi papá, mirándolo con lástima—. La fórmula está aquí.
Se tocó la sien.
—Siempre estuvo aquí. Yo soy la memoria. Tú solo eras el ladrón.
Minutos después, las sirenas de la Policía Federal (la real, esta vez) llenaron el valle. Valverde tenía contactos, sí, pero esta vez dejó que la justicia oficial hiciera el resto. Se llevaron a Reyes, esposado, vendado y derrotado.
SEIS MESES DESPUÉS
El olor a cloro ya no me molestaba. De hecho, ahora me gustaba. Olía a limpieza, a orden, a oportunidades.
Caminé por los pasillos de “Vita Nova”, la clínica de rehabilitación neurológica más avanzada de América Latina, ubicada en Valle de Bravo. El edificio era hermoso, todo cristal y madera, integrado al bosque. Nada que ver con el Pabellón de los Olvidados.
—Doctora Nina —me saludó una enfermera joven—. El Dr. Villalobos la busca en el ala este.
Sonreí. Todavía no me acostumbraba al título, aunque técnicamente apenas era estudiante de primer año de medicina. Pero aquí, todos me trataban como parte del equipo fundador.
Caminé hacia el consultorio de Andrés.
Andrés estaba revisando unas resonancias magnéticas. Se veía bien. Había recuperado peso y el color en las mejillas. Su hombro había sanado, aunque decía que le dolía cuando llovía.
—Hola, sobreviviente —le dije, entrando.
Él sonrió, esa sonrisa torcida que me encantaba.
—Hola, futura colega. Mira esto.
Me mostró la pantalla. Un cerebro humano con áreas brillantes de actividad nueva.
—Es el Sr. González. El paciente con Alzheimer avanzado. Después de tres meses con el protocolo “Lara-Villalobos”, recordó el nombre de su esposa. Ayer lloraron juntos una hora.
—Funciona —susurré, sintiendo un nudo en la garganta—. Realmente funciona.
Mi papá entró en ese momento. Llevaba una bata blanca impecable con su nombre bordado: Dr. Alejandro Lara – Director de Investigación.
Se veía feliz. Ocupado, estresado, pero feliz.
—¿Vieron los resultados? —preguntó emocionado—. Estamos regenerando tejido hipocampal a un ritmo del 15%. Es inaudito.
—Eres un genio, papá —lo abracé.
—No —él me besó la frente—. Soy un hombre con suerte. Tuve una hija que no se rindió.
Salí al jardín de la clínica. Necesitaba aire.
Allí estaba él. Miguel Ángel Valverde.
Estaba sentado en una banca, mirando el lago. Ya no vestía trajes de diseñador todo el tiempo. Hoy traía una camisa arremangada y se veía más relajado, más humano.
Me senté a su lado.
—¿Día pesado en la corporación? —pregunté.
—Aburrido —admitió él—. Las juntas de consejo son tediosas cuando no te están disparando o persiguiendo en trenes. Extraño la adrenalina.
—Yo no —reí—. Yo estoy muy bien con mi aburrimiento, gracias.
Se quedó callado un momento, mirándome.
—Te ves feliz, Nina.
—Lo soy. Tengo a mi papá. Tengo una carrera. Tengo… paz.
—¿Y qué más quieres?
Lo miré. Pensé en todo lo que habíamos pasado. En cómo me salvó. En cómo, a su manera extraña y controladora, me había cuidado.
—Quiero saber qué sigue —dije—. Para nosotros.
Valverde tomó mi mano. Su tacto era cálido.
—Sigue la vida, Nina. La vida normal. Ir al cine, cenar sin miedo, discutir por tonterías. ¿Te parece un buen plan?
—Me parece el mejor plan del mundo.
A lo lejos, vi a mi papá y a Andrés caminando por el jardín, discutiendo apasionadamente sobre neurociencias. Andrés gesticulaba, papá reía. El oso de peluche, “Beto”, estaba sentado en la repisa de la ventana de mi oficina, vigilando.
Recordé el día en el hospital. El trapeador cayendo al suelo. La voz ronca pidiendo agua. El miedo.
Todo valió la pena. Cada lágrima, cada gota de sangre, cada kilómetro sobre ese tren maldito.
La memoria es algo curioso. A veces es una jaula, como lo fue para mi papá. A veces es un arma, como lo fue para Reyes. Pero ahora, viendo el sol ponerse sobre el lago, entendí lo que realmente es.
La memoria es lo que somos. Es el amor que guardamos, las promesas que cumplimos y la fuerza que encontramos cuando todo parece perdido.
—Gracias por el agua, hija —me había dicho mi papá aquel día.
—De nada, papá —pensé, apretando la mano de Miguel Ángel—. De nada.
FIN