¡LE SALVÓ LA VIDA A UN MILLONARIO SIN SABERLO Y SU TÍA LE ROBÓ EL DESTINO!

CAPÍTULO 1: LA CENICIENTA DE LA SIERRA Y EL VENENO DEL DESTINO

El grito retumbó en el patio de tierra seca con la fuerza de un trueno en plena tormenta, haciendo que hasta las gallinas que picoteaban lombrices cerca del lavadero salieran espantadas.

—¡Mireya! ¡Mireya, maldita sea! ¿Te has quedado sorda o qué? ¡Mueve esas patas flacas y vete por la leña al monte ahorita mismo o juro por la Virgen que hoy no tragas en esta casa!

La voz pertenecía a tía Alma, una mujer de carnes abundantes, cara siempre aceitosa por el sudor del fogón y un corazón que parecía haberse secado hacía años, igual que la tierra de aquel pueblo olvidado de la sierra. Estaba parada en el corredor, con los brazos en jarra, esos brazos gruesos que más de una vez habían aterrizado con fuerza sobre la espalda de Mireya.

Mireya no contestó de inmediato. No por rebeldía, ni siquiera por orgullo. Simplemente, el cansancio se le había metido hasta en los huesos, haciéndola sentir pesada, lenta, como si caminara bajo el agua. Estaba arrodillada junto al pozo, tratando de sacar el último cubo de agua para llenar la pila, y sus manos, ásperas y llenas de callos a pesar de sus diecisiete años, temblaban por el esfuerzo.

—¡Ya voy, tía! —gritó por fin, con la voz quebrada por la sed—. Nada más termino de llenar la pila para que Nena se pueda bañar.

—¡A mí no me rezongues! —chilló Alma, bajando los escalones con paso amenazante—. Nena se baña cuando ella quiera, que para eso es la señorita de la casa. Tú agarra ese canasto y lárgate al cerro. Y cuidado con traerme puras varitas secas que no sirven ni para prender un cigarro. Quiero leña buena, de encino. ¡Órale!

Mireya soltó la cuerda del pozo. Suspiró, un sonido largo y triste que se perdió en el viento caliente de la tarde. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y caminó hacia la esquina donde descansaba su viejo canasto de carrizo, ya deshilachado por los años de uso rudo. Se lo echó a la espalda, pasando el mecapal por su frente, y sintió el peso familiar y odioso de su destino.

Al cruzar el portón de madera podrida, echó una última mirada hacia la casa. En la ventana del cuarto principal, vio la silueta de Nena, su prima. Nena estaba limándose las uñas, fresca, recién peinada, con una blusa rosa que Mireya recordaba vagamente… sí, era suya. Era una de las blusas que su mamá le había comprado aquel último cumpleaños, antes de que el mundo se acabara. Nena la vio, le sonrió con esa malicia perezosa de quien sabe que ganó la lotería sin comprar boleto, y cerró la cortina.

Mireya apretó los dientes y comenzó a caminar. Sus huaraches, remendados con alambre, levantaban nubes de polvo gris que se le pegaban a las pantorrillas. El sol del mediodía caía a plomo, castigando su piel morena, pero el ardor que sentía en el pecho no era por el calor. Era una mezcla de rabia, dolor y una nostalgia tan profunda que a veces sentía que la ahogaba.

Mientras sus pies recorrían el camino de terracería que llevaba hacia el monte, su mente, como siempre hacía para escapar de la realidad, voló hacia el pasado. Hacia “el antes”.

Antes, Mireya no era la criada de nadie. Antes, Mireya era la princesa de un departamento pequeño pero lleno de luz en la Ciudad de México. Recordaba el olor del suavizante en su ropa, el peso de su mochila morada llena de libros de secundaria, y el sabor del licuado de plátano que su mamá le preparaba todas las mañanas. Recordaba a su papá, un hombre alto y bromista que trabajaba en un banco y que los domingos la llevaba al parque a comer helados de limón.

—Tú vas a ser grande, mi niña —le decía su papá, acariciándole las trenzas—. Vas a ir a la universidad, vas a ser doctora o ingeniera, lo que tú quieras. Por eso estoy guardando cada peso, para tu futuro.

Pero el futuro es una bestia traicionera.

El accidente ocurrió un viernes lluvioso. Regresaban de una boda en Cuernavaca. Un tráiler sin frenos, un volantazo, el sonido horrible del metal retorciéndose y luego… silencio. Un silencio negro y eterno. Mireya se había quedado en casa de una amiga esa noche. Cuando la policía llegó a tocar la puerta en la madrugada, supo, con ese instinto frío que tienen los niños cuando la tragedia los toca, que su vida había terminado.

Tenía catorce años. Sin hermanos. Los abuelos ya habían fallecido. El único pariente vivo era el hermano mayor de su papá, el tío Beto, un hombre que vivía en el pueblo y al que casi nunca veían.

Al principio, cuando el tío Beto llegó por ella a la ciudad, todo pareció… decente. Hubo abrazos rígidos, palabras de consuelo y promesas.
—No te preocupes, hija. Aquí en el pueblo vas a estar bien. Eres sangre de mi sangre.

Mireya llegó a la sierra con dos maletas grandes y el corazón hecho pedazos. La tía Alma la recibió con un caldo de pollo caliente y le asignó un catre en el cuarto de los tiliches.
—Pobrecita huerfanita —decía Alma a las vecinas, secándose lágrimas invisibles—. Dios nos la mandó y aquí la cuidaremos como a una hija más.

Pero la caridad de Alma duró exactamente lo que tardó en acabarse el dinero del seguro.

El papá de Mireya había dejado un seguro de vida y una cuenta de ahorros modesta. El tío Beto, siendo el tutor legal, tuvo acceso a todo. Al principio, compraron una camioneta nueva. Luego, remodelaron la cocina. Nena empezó a estrenar ropa de marca. Y un día, cuando Mireya pidió dinero para sus cuadernos de la prepa, Alma estalló.

—¡Dinero, dinero, dinero! —gritó, tirando los trastes al fregadero—. ¿Crees que el dinero crece en los árboles? Lo que dejaron tus papás eran migajas, ¡migajas! Ya se acabó. Nos costó mucho el entierro, los trámites, tu tragadera. Si quieres estudiar, ponte a trabajar. Pero primero, tienes que desquitar lo que te comes aquí.

Ese día, la “hija adoptiva” murió y nació la sirvienta.

La sacaron de la escuela.
—Para qué quieres estudiar si te vas a casar con algún ranchero —dijo Nena, riéndose mientras se probaba los zapatos que eran de Mireya.

Y así, los días se convirtieron en una rutina de infierno. Levántate a las cuatro para moler el nixtamal. Barre el patio inmenso. Lava la ropa de los tres a mano, en el lavadero de piedra, hasta que los nudillos te sangren. Cocina, plancha, limpia los corrales de los puercos. Y si te sobra tiempo, vete por leña.

Mireya suspiró, volviendo al presente. Ya estaba llegando a la zona boscosa. El aire aquí era un poco más fresco, olía a pino y a tierra húmeda. El sendero se estrechaba, rodeado de matorrales altos y hierba crecida. Era un lugar solitario. La gente del pueblo rara vez subía hasta acá a estas horas, preferían ir temprano.

A Mireya le gustaba la soledad. Aquí arriba nadie le gritaba. Aquí podía llorar sin que nadie se burlara. Aquí podía imaginar que sus papás bajaban de una nube y se la llevaban.

Estaba buscando un buen tronco seco de encino cuando algo en el suelo llamó su atención.

A unos diez metros, justo en medio de la vereda, había un bulto extraño. No parecía una piedra, ni un tronco. Era… colorido. Azul. Un azul brillante que no pertenecía al monte.

Mireya se detuvo, con el canasto a medio bajar. El miedo, ese compañero constante de las mujeres que andan solas, le erizó la piel. ¿Sería un borracho? ¿Un muerto? En la sierra se veían cosas feas a veces.

Dio un paso atrás, lista para correr. Pero entonces escuchó un gemido. Un sonido bajo, gutural, lleno de dolor.

La curiosidad y, sobre todo, esa bondad tonta que su tía Alma siempre le criticaba (“eres muy mensa, Mireya, tienes corazón de pollo”), la impulsaron a acercarse.

Avanzó despacio, con una vara en la mano por si acaso.
—¿Hola? —preguntó con voz temblorosa.

Nadie respondió, pero el bulto se movió levemente.
Al llegar junto a él, Mireya soltó la vara y se llevó las manos a la boca.

Era un hombre. Y no cualquier hombre.
Llevaba una camisa de vestir azul cielo, de esa tela que brilla un poquito y que se ve que cuesta lo que ella no ganaría en diez años. Pantalones de color beige, impecables… bueno, impecables salvo por la tierra y el polvo. Zapatos de piel café que parecían nuevos.

Estaba tirado boca arriba, con los ojos cerrados y la cara perlada de un sudor frío y abundante. Su respiración era agitada, superficial.

—Oiga… señor… —Mireya se arrodilló a su lado, sacudiéndolo suavemente del hombro—. Señor, despierte.

El hombre abrió los ojos. Eran oscuros, profundos, pero estaban velados por una niebla de dolor y confusión. Intentó enfocarla, pero sus pupilas bailaban.
—A… ayu… —balbuceó. Su voz era pastosa.

Mireya bajó la vista recorriendo su cuerpo buscando sangre, una herida de bala, un golpe. No vio nada en el pecho. Nada en los brazos. Pero cuando miró su pierna derecha, ahogó un grito.

El pantalón estaba remangado un poco, quizás él mismo lo había hecho en su desesperación. Justo en la pantorrilla, la piel estaba hinchada, tensa y brillante, de un color rojo violáceo que se extendía rápidamente. Y en el centro de la hinchazón, dos puntos oscuros, profundos, sangrando levemente.

Mireya conocía esa marca. Cualquiera que viviera en la sierra la conocía y la temía más que al diablo.

Una nauyaca. Bothrops asper. La “cuatro narices”. La reina de la muerte en esos cerros.

—Virgen Santísima… —susurró Mireya, sintiendo que la sangre se le helaba—. Le picó una nauyaca.

Miró alrededor frenéticamente. El silencio del bosque, que antes le parecía pacífico, ahora se sentía pesado, amenazante. No había nadie. Estaban a por lo menos tres kilómetros del pueblo. El hombre estaba pálido, casi gris. El veneno de la nauyaca es rápido, destruye los tejidos, coagula la sangre, mata en horas si no se atiende.

—Me… duele… —gimió el hombre, cerrando los ojos otra vez. Su cuerpo empezó a tener espasmos leves.

Mireya sabía lo que tenía que hacer. Lo había visto en la escuela, en una plática de primeros auxilios antes de que su vida se fuera al caño. También lo había visto hacer a los campesinos viejos.

No había tiempo de correr por ayuda. Si lo dejaba aquí para ir al pueblo y regresar, el veneno ya le habría llegado al corazón o le habría podrido la pierna.

—Aguante, señor. Aguante —dijo Mireya, con una determinación que no sabía de dónde sacaba.

Se quitó el rebozo viejo que traía amarrado a la cintura. Con manos rápidas, hizo un nudo fuerte por encima de la rodilla del hombre, apretando lo suficiente para frenar un poco la circulación linfática, pero no tanto como para matar la pierna. Un torniquete improvisado.

Luego, miró la herida. La carne alrededor de los colmillos ya se veía necrosada, negra. El olor era sutil pero inconfundible: olor a sangre y a muerte.

Mireya sintió una arcada. Le daba asco. Mucho asco. Poner la boca ahí, en la carne de un desconocido, en medio del veneno…
“Déjalo”, susurró una voz egoísta en su cabeza. “No es tu problema. Si se muere, nadie te va a culpar. Vete a tu casa”.

Pero luego pensó en su papá. ¿Qué tal si alguien hubiera pasado por esa carretera cuando tuvo el accidente? ¿Qué tal si alguien se hubiera detenido a ayudar en lugar de seguir de largo?

Mireya cerró los ojos, rezó un Ave María rapidísimo y se agachó.

Pegó sus labios a la piel caliente y tensa de la pantorrilla. Succionó.
Al principio no salió nada. Succionó más fuerte, con desesperación, clavando los dientes un poco en la herida para abrirla más.

Un líquido salobre, metálico y amargo llenó su boca.
Mireya se giró y escupió con fuerza en la tierra. La saliva salió mezclada con sangre oscura y viscosa.

Volvió a succionar. El hombre gritó, un alarido ronco de dolor, y trató de patear, pero estaba demasiado débil.
—¡Quédese quieto! —ordenó ella, sujetándole la pierna con sus manos callosas—. ¡Le estoy sacando el veneno!

Una y otra vez. Chupar. El sabor a hierro, a podredumbre. Escupir. Chupar. Escupir.
Sintió que el estómago se le revolvía violentamente. Las lágrimas le escurrían por la cara, mezclándose con el sudor y la tierra.

—Perdón, perdón —murmuraba entre cada escupitajo, como si le estuviera pidiendo perdón por lastimarlo para salvarlo.

Después de lo que parecieron horas, pero fueron solo unos minutos, la sangre comenzó a salir de un rojo más vivo, más limpio. La hinchazón no bajaba, pero al menos había sacado parte de la toxina.

Mireya se limpió la boca con el borde de su falda, dejando una mancha roja. Se sentía mareada. Escupió una última vez, tratando de quitarse ese sabor horrible de la lengua.

Miró al hombre. Estaba inconsciente ahora, desmayado por el dolor.
—No se puede quedar aquí —dijo en voz alta, hablándole a los árboles—. Se lo van a comer las hormigas o le va a dar fiebre. Tengo que bajarlo.

Se puso de pie, le temblaban las rodillas. El hombre era alto, mucho más grande que ella, y pesado. Mireya era flaca, pura fibra y hueso por la mala alimentación, pero tenía la fuerza de la costumbre, la fuerza de quien carga cubos de agua y leña todos los días.

Lo agarró por las axilas y tiró.
—¡Uff! —gruñó. Pesaba como un bulto de cemento mojado.

—Diosito, dame fuerzas. No me dejes sola.

Se agachó, le pasó el brazo derecho del hombre por encima de su cuello y abrazó su cintura. Haciendo palanca con sus propias piernas, tiró hacia arriba.
—¡Arriba!

Logró levantarlo a medias. El hombre arrastraba los pies, la cabeza colgándole sobre el pecho de Mireya.
Y así comenzó el calvario.

Paso a paso. Cada metro era una tortura. El camino era de bajada, lo cual ayudaba un poco, pero las piedras sueltas hacían que Mireya resbalara una y otra vez.
El cuerpo del desconocido se le clavaba en el hombro. Su olor, una mezcla de perfume caro y sudor agrio, la mareaba.

—Ándele, señor. No se me muera. Ya casi llegamos… bueno, no casi, pero ahí vamos —le iba platicando para no volverse loca.

A mitad del camino, Mireya sintió un tirón en la espalda y cayó de rodillas, arrastrando al hombre con ella. Se raspó las piernas, la sangre brotó de sus propias rodillas. Quiso quedarse ahí tirada. Quiso llorar y dejar que el mundo se acabara.

Pero miró la cara del hombre. Se veía tan… indefenso. A pesar de la ropa cara, a pesar de que seguramente venía de un mundo donde la gente no carga leña, en ese momento era solo un ser humano roto.

—¡No! —gritó Mireya, enojada con su propia debilidad.

Se levantó, sacudiéndose la tierra. Volvió a cargarlo.
—Si mi tía me ve, me mata por no traer la leña. Pero si usted se muere, me muero yo de la culpa. Así que camine, condenado.

Tardó casi una hora en llegar a la orilla de la carretera que cruzaba el pueblo. Estaba empapada en sudor, con la ropa pegada al cuerpo y el cabello revuelto lleno de hojas secas.

La carretera estaba vacía. Ni un coche. Ni un camión de pollos. Nada.
—Maldito pueblo —masculló.

No había opción. Tenía que llevarlo hasta el Centro de Salud, que estaba a la entrada del pueblo, a un kilómetro más de caminata sobre el asfalto caliente.

La gente que pasaba la miraba. Doña Chona, la de las quesadillas, se persignó al verla pasar arrastrando a un hombre casi muerto.
—¡Mireya! ¿A quién mataste? —le gritó un borracho desde una banqueta.
—¡Cállese el hocico y ayúdeme! —le gritó ella de vuelta, pero el borracho solo se rio.

Nadie se acercó. En los pueblos chicos, la gente no se mete en problemas ajenos, y menos si parece cosa de muertos o narcos. Y ese hombre, con esa ropa, olía a problemas.

Finalmente, vio el edificio blanco y despintado del Centro de Salud.
Mireya sintió un alivio tan grande que casi se desmaya. Con un último esfuerzo sobrehumano, cruzó el portón de rejas oxidadas y entró al pasillo de espera.

—¡Ayuda! —su grito fue un graznido ronco—. ¡Ayuda, por favor!

Dos enfermeras salieron platicando de chismes, pero se callaron al ver la escena.
—¡Santo Niño de Atocha!

Corrieron hacia ella. Entre las dos y un camillero que salió bostezando, subieron al hombre a una camilla rodante.
—¿Qué le pasó? —preguntó el doctor, un joven que estaba haciendo su servicio social y que se veía asustado.
—Le picó una víbora. Una nauyaca. En el cerro —jadeó Mireya, apoyándose en la pared para no caerse—. Le chupé el veneno, pero ya lleva rato así.

—¡Rápido, a urgencias! ¡Traigan los sueros! —gritó el doctor.

Empezaron a empujar la camilla. Mireya sintió que por fin podía respirar. Lo había logrado. Lo había salvado.

Pero entonces, una figura se interpuso en el camino de la camilla.
Era la Jefa Administrativa, la señora Gordillo. Una mujer amargada que manejaba la clínica como si fuera su negocio privado.

—¡Alto ahí! —ladró.

El camillero se detuvo.
—Licenciada, es una emergencia, es veneno de nauyaca…
—Me vale gorro qué veneno sea. ¿Quién paga? —preguntó la señora Gordillo, mirando a Mireya con desprecio por encima de sus lentes—. ¿Tú vas a pagar, Mireya? Porque tu tía me debe todavía la consulta de la otra vez.

Mireya abrió los ojos desmesuradamente.
—Señora… se está muriendo. Es un desconocido, lo hallé en el cerro. No es de aquí. Seguro tiene dinero, mire su ropa…
—”Seguro tiene”. “Seguro paga”. Eso me dicen todos. Y luego se mueren o se van y yo me quedo con el faltante en el inventario. El suero antiviperino cuesta tres mil pesos el frasco, y va a necesitar por lo menos dos, más la atención, más los materiales.

La mujer cruzó los brazos sobre su carpeta.
—Son cinco mil pesos de depósito. O tres mil para empezar. Si no hay lana, no hay suero. Es la política, niña. No somos la Madre Teresa.

Mireya sintió una furia caliente subirle por la garganta.
—¡Es una vida! ¡¿Cómo puede ser tan miserable?!
—¡A mí no me grites, gata igualada! —chilló la mujer—. O traes el dinero o te llevas a tu muertito a otro lado. Aquí no gastamos medicinas en vagabundos que aparecen en el monte.

El hombre en la camilla soltó un quejido largo. Su respiración era cada vez más ruidosa.

Mireya miró al doctor. El doctor bajó la mirada, avergonzado. Él no mandaba ahí; mandaba el presupuesto.

—Está bien —dijo Mireya, con la voz fría—. Está bien. Voy por el dinero.
—Más te vale. Tienes veinte minutos antes de que el veneno le friegue los riñones —dijo la administrativa, mirando su reloj.

Mireya dio media vuelta y salió corriendo. Sus piernas, que hace un minuto no le respondían, ahora volaban impulsadas por la desesperación.

No tenía dinero. Su tía jamás le daría un peso, y menos para un extraño.
Solo había una persona.

Corrió por las callejuelas de tierra hasta llegar a una casita azul con techo de lámina. Entró al patio sin tocar.
—¡Esperanza! ¡Esperanza!

Esperanza, una chica gordita y bonachona que era la única que trataba a Mireya como persona, estaba lavando maíz. Se levantó de un salto al ver a su amiga llena de tierra, sangre seca en la boca y lágrimas en los ojos.
—¿Qué pasó, manita? ¿Te pegó tu tía?
—No… necesito dinero. Dinero, Esperanza. ¡Ya!

Mireya se agarró de los hombros de su amiga, sacudiéndola.
—Es de vida o muerte. Hay un hombre muriéndose en la clínica. No lo quieren atender. Necesito lo de la tanda de tu mamá.
—¿Qué? —Esperanza se puso pálida—. ¡Estás loca! ¡Es el dinero de la operación de cataratas de mi abuela! ¡Mi mamá me mata y me vuelve a matar!
—¡Te lo juro que te lo pago! —gritó Mireya, cayendo de rodillas ante su amiga—. ¡Te lo juro por la memoria de mis papás! ¡Voy a trabajar de noche, voy a vender mi cabello, lo que sea! Pero dámelo, por favor. Se va a morir si no llego con tres mil pesos.

Esperanza miró a su amiga. Nunca la había visto así. Mireya siempre era callada, sumisa. Pero hoy había fuego en sus ojos.
Esperanza suspiró, sabiendo que estaba cometiendo el error de su vida.
—Pérame. Si mi jefa se entera, nos entierran a las dos juntas.

Entró corriendo a la casa y salió con un calcetín viejo donde guardaban los billetes.
—Aquí hay tres mil quinientos. Ten. ¡Córrele!

Mireya agarró el dinero, lo apretó contra su pecho como si fuera su propio corazón, y salió disparada de nuevo hacia la clínica.

El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un rojo sangre que parecía un presagio. Mireya corría, ignorando el dolor en sus pulmones, ignorando el hambre, ignorando el hecho de que su tía Alma seguramente ya la estaba esperando con el cinturón en la mano por no haber llegado con la leña.

Llegó a la clínica, derrapando en la entrada, y azotó los billetes arrugados sobre el mostrador de la señora Gordillo.
—¡Ahí está! —jadeó, casi escupiendo las palabras—. ¡Cuéntenlos! ¡Y sálvenlo!

La mujer contó los billetes con una lentitud exasperante, levantó una ceja y finalmente asintió hacia el doctor.
—Procedan.

Mireya se dejó caer al suelo, recargando la espalda en la pared fría. Cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, se permitió llorar.
No sabía quién era ese hombre. No sabía si viviría o moriría. Pero sabía que había hecho algo que su tía jamás entendería: había sido humana.

Lo que Mireya no sabía, mientras las lágrimas le limpiaban la mugre de las mejillas, era que ese acto de bondad acababa de detonar una bomba que destruiría su vida tal como la conocía… para bien y para mal.

Y mientras tanto, en la casa de tía Alma, el reloj marcaba las ocho de la noche. La leña no había llegado. Y el diablo ya estaba afilando las garras para recibir a su sobrina.

CAPÍTULO 2: EL PRINCIPE DE ORO Y LA JAULA DE POBREZA

La caminata de regreso a casa desde la clínica fue el trayecto más largo de la vida de Mireya. Ya había caído la noche cerrada sobre el pueblo, y la oscuridad en la sierra no es como la de la ciudad; es una boca de lobo, densa y pesada, solo rota por el ladrido lejano de los perros callejeros y el zumbido de los grillos.

Mireya caminaba arrastrando los pies, con el estómago pegado al espinazo por el hambre y el corazón latiéndole desbocado por lo que acababa de hacer. Tres mil quinientos pesos. Una fortuna. Una cantidad que ella jamás había visto junta en sus manos. Y se la había entregado a una recepcionista con cara de vinagre para salvar a un desconocido que bien podría ser un narco, un político corrupto o simplemente un fuereño con mala suerte.

—¿Qué hiciste, Mireya? ¿Qué hiciste? —se repetía en voz baja, abrazándose a sí misma para protegerse del relente frío de la noche.

Al llegar al portón de lámina oxidada de la casa de sus tíos, se detuvo. Le temblaban las manos tanto que apenas pudo mover el pasador. Sabía lo que le esperaba. No traía la leña. No traía el maíz. Y llegaba horas tarde.

Empujó la puerta. El chirrido del metal oxidado sonó como una sentencia de muerte.

El patio estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz amarilla que salía de la cocina. Y ahí, recortada contra la luz como un espantapájaros vengativo, estaba la tía Alma.

—¡Vaya, vaya! —la voz de Alma cortó el aire—. Miren quién se dignó a aparecer. La princesa de la noche.

Mireya entró, cerrando el portón tras de sí. No levantó la vista.
—Buenas noches, tía. Perdón por la tardanza.

Alma avanzó hacia ella. En su mano derecha apretaba un trapo de cocina húmedo, enrollado como un látigo.
—¿Perdón? —Alma soltó una risa seca, sin humor—. ¿Crees que con “perdón” se prende el fogón? ¿Crees que con “perdón” tragamos? ¿Dónde está la leña, inútil?

Mireya tragó saliva. No podía decirle la verdad. Si le decía que había estado en la clínica pagando dinero, Alma se enteraría de los ahorros de Esperanza y sería capaz de ir a quitárselos al doctor para quedárselos ella.
—Se… se me rompió el canasto —mintió, con la voz temblorosa—. Me caí en la barranca. Se me rodó la leña al río. Me tardé tratando de sacarla, pero estaba muy oscuro.

Alma la miró con escrutinio, sus ojos pequeños brillando con malicia. Se acercó y la olfateó.
—Hueles a hospital —dijo, arrugando la nariz—. Hueles a medicina y a sangre. ¿Te peleaste? ¿Andabas de loca con algún novio?

—¡No, tía! Me raspé las rodillas cuando me caí, fui a que me pusieran merthiolate en la farmacia, por eso tardé.
Mireya rezó para que la mentira colara.

Alma la miró un segundo más, sopesando si valía la pena el esfuerzo de golpearla. Finalmente, resopló con desprecio.
—Eres una inútil, igualita a tu madre. Siempre con la cabeza en las nubes y los pies en el lodo. Como no trajiste leña, no hay cena caliente. Y como no hay cena caliente, no tragas.

—Pero tía, no he comido desde ayer…
—¡Pues hubieras cuidado la leña! —gritó Alma, dándole un latigazo con el trapo en el brazo. El golpe ardió como fuego—. ¡Lárgate a tu cuarto! Y mañana te quiero parada a las cuatro de la mañana. Vas a lavar toda la ropa acumulada de la semana, y a mano, nada de usar la lavadora vieja porque gasta mucha luz. ¡Órale!

Mireya corrió a su cuarto antes de recibir otro golpe. Se tiró en el catre duro, con el brazo ardiendo y las lágrimas agolpándose en sus ojos. Pero curiosamente, mientras se sobaba el golpe, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios en la oscuridad.

Había salvado una vida.
Allá afuera, en la clínica fría, había un corazón latiendo gracias a ella. Por primera vez en tres años, Mireya no se sintió como una basura. Se sintió poderosa.


A la mañana siguiente, el sol apenas pintaba de rosa las crestas de los cerros cuando Mireya ya estaba tallando pantalones de mezclilla en el lavadero de piedra. El agua estaba helada, entumiéndole los dedos, pero ella tallaba con ritmo, con urgencia. Tenía un plan.

A las siete, cuando el tío Beto salió a trabajar al campo y la tía Alma todavía roncaba, Mireya agarró dos garrafones vacíos.
—Voy por agua al pozo antes de que se acabe —gritó hacia la ventana de Nena, sabiendo que su prima ni se despertaría.

Salió de la casa, pero en lugar de ir al pozo, escondió los garrafones detrás de unos nopales y corrió hacia el Centro de Salud.

El pueblo despertaba perezoso. Los puestos de tacos de canasta empezaban a humear, y el olor a carbón y masa llenaba el aire. Mireya sentía un hueco en el estómago, pero lo ignoró.

Entró a la clínica con el corazón en la garganta. La recepcionista de la mañana era una chica joven, nueva, que estaba más interesada en su celular que en vigilar. Mireya se escabulló por el pasillo hasta la sala de recuperación, que en realidad era un cuarto grande con cuatro camas separadas por cortinas de tela azul descolorida.

Solo una cama estaba ocupada.

Mireya se acercó despacio, conteniendo la respiración.
Ahí estaba.

Se veía diferente a la luz del día y sin la capa de tierra y muerte encima. Ya lo habían limpiado. Llevaba una bata de hospital gastada que dejaba ver unos hombros anchos y fuertes. Su rostro, ahora limpio, era de facciones finas, casi aristocráticas: nariz recta, mandíbula marcada, pestañas largas. No se parecía a los hombres del pueblo, curtidos por el sol y el trabajo rudo. Este hombre tenía manos de alguien que firma papeles, no de alguien que agarra el machete.

Estaba dormido, pero su sueño parecía inquieto. Tenía un suero conectado al brazo izquierdo y la pierna derecha vendada y elevada sobre una almohada.

Mireya se sentó en la orilla de una silla de plástico, observándolo como quien observa un milagro.
—Buenos días —susurró, aunque él no podía oírla.

De repente, el hombre frunció el ceño y abrió los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire como si saliera del agua.
Miró al techo desconchado, a las cortinas azules, y luego giró la cabeza con brusquedad hacia Mireya. Sus ojos eran de un café muy oscuro, casi negro, y estaban llenos de pánico.

—¿Dó… dónde…? —intentó hablar, pero su voz era un graznido seco. Tenía la boca pastosa por la deshidratación y los medicamentos.

Mireya se levantó de un salto. Vio una jarra de agua en la mesita. Sirvió un poco en un vaso de plástico y se lo acercó.
—Despacio, señor. Está en la clínica del pueblo. Está a salvo.

Él bebió con desesperación, sus manos temblaban tanto que Mireya tuvo que sostener el vaso. Cuando terminó, se dejó caer en la almohada, agotado por el esfuerzo.
La miró fijamente, enfocando la vista.

—Tú… —murmuró. Su mirada recorrió la cara de Mireya: sus trenzas desordenadas, su vestido sencillo de algodón, sus ojos grandes y expresivos—. Tú estabas en el monte.

Mireya asintió, sintiendo que las mejillas se le ponían rojas.
—Sí. Lo encontré tirado. Le picó una nauyaca.
—La serpiente… —él cerró los ojos, recordando—. Sentí fuego. Pensé que no la contaba.

—Casi no la cuenta —dijo ella con honestidad—. Tuve que… bueno, tuve que sacarle el veneno. Y luego lo traje arrastrando. Pesa mucho usted, ¿eh?
El hombre soltó una risa débil que terminó en tos.
—Perdón por ser una carga… literalmente.

Hubo un silencio cómodo. Él la miraba con una curiosidad intensa, como si tratara de resolver un rompecabezas.
—¿Cómo te llamas?
—Mireya. Mireya Sánchez.
—Mireya… —repitió él, saboreando el nombre—. Yo soy Octavio. Octavio Montero.

—Mucho gusto, don Octavio.
—Solo Octavio, por favor. No me siento muy “don” en este momento.

Octavio intentó moverse, pero hizo una mueca de dolor intenso al mover la pierna.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Llegamos ayer en la tarde. Pasó toda la noche dormido. El doctor dice que tuvo suerte, el antídoto agarró bien. Pero tiene que reposar.

Octavio miró alrededor de la habitación precaria. Las paredes tenían manchas de humedad, el ventilador de techo hacía un ruido de matraca infernal. No era el tipo de lugar al que él estaba acostumbrado.
—Necesito… necesito irme. Mi familia… mi trabajo… deben estar vueltos locos buscándome. Me salí de la ruta del GPS para ver unos terrenos y… estúpido. Fui un estúpido.

—No se puede ir —dijo Mireya con firmeza—. Apenas puede hablar. Si se para, se cae.
Octavio la miró, sorprendido por su tono de mando.
—Tienes razón. Pero necesito avisar. ¿Tienes un teléfono?

Mireya negó con la cabeza.
—Yo no. Pero puedo pedirle prestado el de la enfermera. Espéreme tantito.

Salió corriendo al pasillo. La enfermera joven estaba mensajeando.
—Señorita, disculpe… el paciente necesita hacer una llamada urgente. Dice que su familia está preocupada.
La enfermera rodó los ojos, mascando chicle.
—Ay, niña. El teléfono del consultorio es solo para emergencias médicas, no para platicar con la novia.
—Por favor —suplicó Mireya, juntando las manos—. Se ve que es gente de dinero. Si llama, seguro vienen por él y hasta le pagan la llamada. Ándele, no sea mala.

La mención de “dinero” funcionó. La enfermera le pasó un teléfono inalámbrico viejo.
—Cinco minutos. Y que sea local.

Mireya corrió de regreso. Octavio tomó el teléfono con mano temblorosa. Marcó un número largo, de memoria.
Mireya se apartó respetuosamente hacia la ventana, fingiendo mirar hacia afuera, pero escuchaba cada palabra.

—¿Bueno? —la voz de Octavio cambió. Se volvió más firme, autoritaria, a pesar de su debilidad—. Soy yo. Cállate y escucha. Estoy vivo. Hubo un accidente… una serpiente. Estoy en… —se tapó el auricular y miró a Mireya—. ¿Cómo se llama este pueblo?
—San Jacinto de la Sierra.
—San Jacinto de la Sierra. Rastrea la señal si no lo ubicas. Manda el helicóptero o lo que sea más rápido. Y avísale a mi madre que estoy bien antes de que le dé un infarto. Sí… estoy estable. Muévanse.

Colgó y le devolvió el teléfono a Mireya. Parecía exhausto, como si esa llamada le hubiera consumido la poca batería que le quedaba.
—Ya vienen —dijo, cerrando los ojos—. Gracias, Mireya. Gracias por todo.

Mireya sintió una punzada de tristeza. “Ya vienen”. Eso significaba que se iría pronto.
—De nada, Octavio. Descanse. Voy a… tengo que ir a trabajar. Pero regreso al rato a traerle algo de comer, la comida de aquí sabe a cartón.

Él sonrió sin abrir los ojos.
—Te lo agradecería. Me muero de hambre.

Mireya salió de la clínica flotando. Tenía un secreto. Tenía un amigo. Y ese amigo era alguien importante.


Durante los siguientes dos días, Mireya vivió una doble vida. En su casa, era la Cenicienta maltratada, soportando los gritos de Alma y las burlas de Nena. Pero en cuanto tenía un hueco, corría a la clínica.

Le llevaba “gallitos” (tacos de frijoles) que escondía de su propio desayuno. Le llevaba gelatinas que compraba con las monedas que le sobraban del mandado. Se sentaba a su lado, le limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo húmedo, le espantaba las moscas.

Octavio, a pesar de estar postrado, era un conversador fascinante. Le preguntaba sobre su vida, sobre sus sueños.
—¿Por qué no vas a la escuela, Mireya? Eres muy lista. Tienes una forma de hablar… muy educada.
—Mis papás eran de la ciudad —le contó ella un día, mientras le pelaba una naranja—. Iba a la secundaria allá. Pero cuando murieron… bueno, mi tía dice que la escuela es para gente con dinero, no para arrimados.

A Octavio se le ensombreció el rostro.
—Eso no está bien. Nadie debería dejar de estudiar por dinero. Cuando salga de aquí… voy a ver qué puedo hacer. Tienes potencial, Mireya. No te mereces esta vida.

Esas palabras fueron para Mireya como agua fresca en el desierto. Por primera vez, alguien la veía. No veían a la sirvienta, ni a la huérfana. La veían a ella.
Empezó a sentir algo extraño en el pecho, un calorcito suave cada vez que él le sonreía o cuando sus dedos se rozaban accidentalmente al pasarle el vaso de agua.

Pero el cuento de hadas tenía fecha de caducidad.

El tercer día, el ambiente en el pueblo cambió. Era mediodía y el sol caía a plomo cuando se escuchó un estruendo que hizo vibrar las ventanas de las casas de adobe.

No era un trueno. Eran motores. Muchos motores. Y potentes.

Mireya estaba en el patio de su casa tendiendo sábanas cuando lo vio.
Una columna de camionetas negras, enormes, blindadas, con vidrios polarizados tan oscuros como la noche, cruzó la calle principal del pueblo levantando una polvareda que cubrió todo. Eran cuatro, cinco camionetas Suburban del año, seguidas por una ambulancia privada de alta tecnología que parecía una nave espacial comparada con la carcacha del Centro de Salud.

—¡Ay, nanita! —gritó la vecina, doña Chona—. ¡Ya llegaron los narcos! ¡Escóndanse!

Pero no eran narcos. O al menos, no de los que trafican droga. Eran los dueños de México.

Las camionetas se dirigieron directo a la clínica.
Mireya soltó la sábana mojada en la tierra.
—Vinieron por él —susurró.

Sin pensarlo, salió corriendo. Corrió descalza porque había dejado los huaraches en el corredor. Corrió sintiendo las piedras calientes quemándole las plantas de los pies, pero no le importó. Tenía que verlo. Tenía que despedirse.

Al llegar a la clínica, el caos era total.
Hombres de traje negro, con auriculares en los oídos y lentes oscuros, habían cercado la entrada. Parecían robots. Tenían armas abultando bajo los sacos.
El personal de la clínica estaba arrinconado contra la pared, temblando. La señora Gordillo, la administrativa odiosa, estaba pálida, abrazando su carpeta como si fuera un escudo.

—¡Atrás! —le gritó un guardia a Mireya cuando intentó acercarse.
—¡No! ¡Yo lo conozco! ¡Yo lo cuidé! —gritó ella, tratando de pasar.

En ese momento, las puertas de la clínica se abrieron de par en par.
Un equipo de médicos privados, vestidos con uniformes azules impecables, sacaba una camilla sofisticada. En ella iba Octavio.

Se veía mejor, más despierto, pero abrumado. Su madre, una señora elegante con el cabello rubio de salón y joyas que brillaban bajo el sol, iba a su lado, tomándole la mano y llorando dramáticamente.
—¡Mi hijo! ¡Mi bebé! ¡Dios mío, pensé que te perdía! ¡Te dije que no vinieras a este monte horrible!

Un hombre canoso, con porte de general, daba órdenes a los guardias.
—¡Subanlo a la ambulancia! ¡El helicóptero espera en el campo de fútbol! ¡Rápido!

Mireya se paró de puntitas, saltando entre la gente curiosa que se había aglomerado.
—¡Octavio! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Octavio!

Octavio, aturdido por el barullo y los sedantes que seguramente le habían dado para el traslado, giró la cabeza. Parecía buscar algo entre la multitud.
—¿Dónde está…? —le dijo a su asistente personal, un hombre joven con una tablet en la mano—. La chica… Mireya. Quiero verla.

El asistente, estresado y con ganas de largarse de ese pueblo polvoriento, ni siquiera miró alrededor.
—Señor, no hay tiempo. Su presión está inestable. Tenemos que volar ya. Después la buscamos. Ahora lo importante es su pierna.

—Pero… ella me salvó… —murmuró Octavio, tratando de incorporarse.
—¡Mamá! —le dijo a la señora elegante—. Hay una chica…

—Sí, mi amor, sí —lo calló su madre, acariciándole la cara—. Ahorita descansamos. Ya estás con mami. Todo va a estar bien. Vámonos, chofer.

Subieron la camilla a la ambulancia. Las puertas se cerraron con un golpe seco.
Mireya se quedó parada a unos metros, con la mano extendida en el aire, congelada en un gesto de despedida que nadie vio.

El convoy arrancó, rugiendo como una bestia mecánica, y se alejó hacia el campo de fútbol donde, efectivamente, el sonido de las aspas de un helicóptero empezaba a romper el cielo.

Mireya se quedó ahí, bañada en el polvo que dejaron las camionetas. Se sentía pequeña. Insignificante.
Hace unas horas, le pelaba naranjas y se reían juntos. Ahora, él volvía a su castillo de cristal y ella se quedaba en el lodo.

Entró a la clínica despacio. El cuarto donde había estado Octavio estaba vacío. La cama deshecha. En la mesita de noche, solo quedaba el vaso de plástico barato con el que le había dado agua.
Se acercó y tomó el vaso. Todavía tenía un poco de agua.

La señora Gordillo entró en ese momento, con los ojos brillando de codicia y emoción.
—¡Viste eso, escuincla! —exclamó, casi histérica—. ¡Era Octavio Montero! ¡El CEO de Grupo Montero! ¡Son dueños de la mitad de las constructoras del país! ¡Billonarios en dólares, niña, en dólares!

Mireya no contestó.
—Y mira —siguió la mujer, mostrando un sobre amarillo grueso—. Su asistente me dejó esto “por las molestias”. ¡Dólares! ¡Puros benjamines! Con esto remodelamos la recepción. Ay, qué gente tan fina.

Mireya se giró bruscamente.
—¿Y mi depósito?
La mujer parpadeó, guardando el sobre en su escote.
—¿Qué?
—El depósito. Los tres mil quinientos pesos que pagué. Dijeron que me los devolverían si él pagaba. Y seguro pagaron todo.

La señora Gordillo resopló.
—Ay, niña. Ahorita no tengo cambio. La caja está cerrada. Luego vemos. Además, con el servicio VIP que le dimos, eso apenas cubre los gastos administrativos extra.
—¡Es mi dinero! ¡Es de Esperanza! —gritó Mireya, sintiendo que las lágrimas de impotencia le quemaban los ojos.
—¡No me grites! ¡Lárgate o llamo a la policía! ¡Agradece que no te cobro por entrar a ensuciar el piso!

Mireya salió de la clínica derrotada. No solo había perdido a su amigo, sino que había perdido el dinero de la operación de la abuela de Esperanza.

Caminó hacia la casa de su amiga como si fuera al patíbulo.
Esperanza estaba en la puerta, esperando noticias, con una sonrisa nerviosa. Al ver la cara de Mireya, la sonrisa se le borró.

—Se fue, ¿verdad? —preguntó Esperanza.
Mireya asintió, sin poder mirarla a los ojos.
—Se lo llevaron. Era… era millonario, Esperanza.
—¿Millonario? —los ojos de Esperanza se abrieron como platos—. ¡Entonces te pagó! ¡Te dio una recompensa! ¡Ay, gracias a Dios! Ya me veía yo muerta.

Mireya rompió a llorar. Un llanto feo, ruidoso, de esos que duelen en el pecho.
—No… no me dio nada. Se lo llevaron rápido. Ni adiós me dijo. Y la de la clínica… la vieja esa se quedó con el depósito.

Esperanza se dejó caer en el escalón de su entrada. Se puso las manos en la cabeza.
—Estamos fritas. Mi mamá revisa el dinero el fin de mes. Faltan dos semanas.
—Te lo voy a pagar —sollozó Mireya, arrodillándose ante su amiga—. Te lo juro. Voy a ir a trabajar a la pisca de tomate. Voy a vender tamales. Lo que sea. No te voy a dejar sola en esto.

Esperanza miró a su amiga llorando en el polvo. Suspiró y le puso una mano en el hombro.
—Ya párate, mensa. Ya ni llorar es bueno. Pues órale, a trabajar se ha dicho. Pero eso sí… malditos ricos. Ojalá se le pudra la pata con todo y sus millones.

Mireya regresó a su casa cuando ya oscurecía. Sentía el cuerpo magullado, no por golpes, sino por la realidad.
Al entrar a la cocina, la tía Alma estaba friendo chorizo. El olor a grasa saturada y chile llenaba el aire.

—¿Dónde te metiste todo el día? —preguntó Alma sin voltear—. Nena necesita que le planchen el vestido azul para la fiesta del sábado. Y más te vale que quede perfecto.

Mireya miró a su tía. Miró el fogón. Miró su vida miserable y pequeña.
—Sí, tía —dijo con voz muerta.

Se fue al cuarto de planchado. Mientras pasaba la plancha caliente sobre la tela delicada del vestido de su prima, pensó en Octavio. Pensó en su promesa de ayudarla a estudiar. Pensó en cómo la miraba.
“Mentiras”, pensó con amargura. “Todo son mentiras. Los príncipes no se casan con las sirvientas. Los príncipes se van en helicóptero y las sirvientas se quedan a pagar las deudas”.

Una lágrima cayó sobre el vestido de Nena, haciendo un pequeño siseo al evaporarse con el calor de la plancha.
Mireya se secó la cara con brusquedad.
—Se acabó —susurró—. Nunca más voy a ser la tonta que salva a nadie.

Pero el destino es caprichoso. Mientras Mireya lloraba su mala suerte en ese cuarto oscuro, a cientos de kilómetros de ahí, en una suite de lujo del Hospital Ángeles, Octavio Montero abría los ojos en medio de la noche, sudando, gritando un nombre:
—¡Mireya!

Y a su lado, su asistente anotaba en una libreta: Buscar chica en San Jacinto. Urgente.

La historia no había terminado. Apenas estaba comenzando el verdadero nudo. Y el villano más grande no era la serpiente, sino la ambición que estaba a punto de despertar en la casa del Tío Beto.

PARTE 2

CAPÍTULO 3: LA MENTIRA DE SANGRE Y EL PRECIO DE UNA VIDA

Mientras en el pueblo de San Jacinto la vida seguía su curso lento y polvoriento, en la Ciudad de México el tiempo parecía correr a otro ritmo, marcado por el pitido rítmico de las máquinas de soporte vital y el silencio estéril del dinero.

Octavio Montero estaba vivo, pero su mente seguía atrapada en la sierra.

Habían pasado dos semanas desde el incidente. Estaba internado en la Suite Presidencial del Hospital Ángeles, una habitación que parecía más un hotel de cinco estrellas que un lugar para enfermos. Había sillones de piel italiana, ventanales con vista a los rascacielos de Santa Fe, y un florero inmenso con orquídeas blancas que cambiaban cada mañana.

Pero Octavio se sentía en una jaula.

Aunque su pierna ya no estaba negra, la recuperación era lenta. El veneno de la nauyaca había dañado tejido muscular y nervios. Los dolores fantasmas lo despertaban a mitad de la noche, bañado en sudor frío, con el corazón latiendo a mil por hora.

Y en esas pesadillas, siempre aparecía ella.

No veía su cara con claridad a veces, pero sentía sus manos. Manos rasposas, pequeñas, fuertes. Sentía la presión del torniquete hecho con un rebozo viejo. Y, sobre todo, recordaba la sensación de sus labios en su piel, succionando la muerte para escupirla lejos de él.

—Mireya… —susurraba en la oscuridad.

Una mañana, su madre, Doña Graciela, entró en la habitación hecha un torbellino de perfume Chanel y angustia materna.
—¡Ay, mi vida! ¿Cómo amaneciste? Te traje caldo de pollo orgánico, nada de esa comida de hospital. Y mira, tu papá ya habló con los socios, las acciones bajaron un poquito por el rumor de tu “desaparición”, pero ya está todo controlado.

Don Fausto, su padre, entró detrás, revisando su celular.
—Octavio, hijo. Necesitamos sacar un comunicado de prensa. Decir que fue un accidente menor. Nada de serpientes ni de que casi te mueres en un monte perdido, eso se ve débil. Diremos que fue una… fatiga por calor durante una inspección.

Octavio miró a sus padres. Los quería, sí, pero en ese momento le parecían alienígenas. Estaban preocupados por las acciones y la imagen pública, mientras él seguía sintiendo el sabor de la tierra en la boca.

—No me importa el comunicado, papá —dijo Octavio, con una voz que, aunque débil, tenía el filo del acero—. Me importa la chica.

Doña Graciela suspiró, acomodándole la almohada con condescendencia.
—Ay, Octavio, otra vez con la rancherita. Ya mandamos una donación al hospital ese de mala muerte, ¿no? Con eso basta. Es gente humilde, hijo, con unos pesos se conforman.

Octavio se sentó en la cama, ignorando el tirón de dolor en su pierna.
—No es una “rancherita”, mamá. Se llama Mireya. Y me salvó la vida. Literalmente puso su boca en el veneno. Si no fuera por ella, estarían velándome o cortándome la pierna.

Miró hacia la puerta, donde su asistente personal, Tadeo, estaba tecleando furiosamente en una tablet.
—¡Tadeo!

El asistente dio un salto.
—¿Sí, jefe?
—Deja eso. Tengo una misión para ti. Y no quiero excusas, ni quiero que me digas que tengo juntas.

Octavio tomó aire. La decisión había estado rondando su cabeza durante las noches de fiebre, y ahora, con la luz del día, se sentía como lo único correcto, lo único decente que podía hacer.

—Quiero que vayas a San Jacinto. Busca a Mireya. Es sobrina de un tal… Beto. Beto Sánchez, creo que dijo la enfermera. Vive en una casa con portón oxidado cerca del centro.
—¿Y qué hago cuando la encuentre, jefe? ¿Le llevo una despensa? ¿Un cheque?

Octavio negó con la cabeza lentamente. Sus ojos brillaron con una intensidad que asustó un poco a Tadeo.
—No. La traes aquí.
—¿Aquí? —preguntó Doña Graciela, escandalizada—. ¿Al hospital?
—A mi vida —dijo Octavio—. Quiero casarme con ella.

El silencio en la habitación fue absoluto. Se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.
Don Fausto soltó una carcajada nerviosa.
—Buena broma, hijo. El veneno te afectó el sentido del humor.

—No es broma. Esa chica arriesgó todo por mí sin saber quién era. Ustedes no la vieron. Tenía hambre, estaba cansada, y aun así me cargó dos kilómetros. Eso es lealtad. Eso es pureza. En este mundo de hipócritas donde todos quieren mi dinero… ella es lo único real que he encontrado.

Octavio señaló a Tadeo con el dedo índice.
—Ve. Llévate a Sara para que te ayude con el tacto femenino. Busquen a su familia. Paguen lo que pidan de “dote” o como se acostumbre en esos pueblos. Pero tráiganla. Quiero verla. Quiero darle la vida que se merece.

Tadeo tragó saliva, miró a Don Fausto buscando una contraorden, pero el patriarca solo se encogió de hombros, pensando que era un capricho post-traumático que se le pasaría pronto.
—Como diga, jefe. Salimos en una hora.


Mientras tanto, en San Jacinto, la “futura prometida” del millonario estaba de rodillas en el lodo, tallando el piso de cemento del patio.

Mireya había envejecido diez años en dos semanas. La deuda con Esperanza la tenía trabajando doble turno. En las mañanas, servidumbre en su propia casa para evitar que tía Alma la corriera. En las tardes y noches, lavaba ropa ajena y ayudaba a Doña Chona a hacer tamales hasta la madrugada para juntar peso sobre peso.

Llevaba las manos agrietadas por la cal y el detergente barato. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos tristes.
—Mireya, apúrate con ese patio que ya van a venir las visitas de Nena y quiero todo limpio —gritó Alma desde la cocina, donde estaba probándose unos aretes de fantasía.

Nena, su prima, estaba sentada en la hamaca, limándose las uñas de los pies.
—Ay, sí, prima. Y a ver si te bañas, porque hueles a humo de leña y a sudor. Qué asco.

Mireya no contestó. Había aprendido a apagar sus oídos. Solo existía el ritmo del cepillo contra el cemento. Ras, ras, ras. Tres pesos más. Ras, ras, ras. Cinco pesos más.

De repente, el sonido del pueblo cambió.
Los perros callejeros empezaron a ladrar en coro, un escándalo que recorrió la calle principal como una ola. Luego, el ruido de motores finos, ronroneando como gatos gigantes.

Mireya se detuvo. Ese sonido… lo conocía.
El corazón le dio un vuelco. Se levantó, secándose las manos en el delantal sucio.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó Nena, bajando una pierna de la hamaca.

Antes de que pudieran asomarse, golpes secos y autoritarios sonaron en el portón de lámina. No era el toque de un vecino. Era el toque de alguien que no pide permiso.

—¡Voy! —gritó Alma, saliendo de la cocina y alisándose el vestido—. ¡Seguro son los de la luz que vienen a fregar!

Alma abrió el portón y se quedó de piedra.
Frente a su humilde casa de adobe y lámina, había dos camionetas negras, relucientes, de esas que solo se ven en las películas o en las noticias cuando agarran a un capo.
Dos personas bajaron del primer vehículo. Un hombre de traje gris impecable (Tadeo) y una mujer con falda lápiz y tacones que se hundían en la tierra (Sara).

—Buenas tardes —dijo Tadeo, quitándose los lentes de sol—. ¿Es esta la residencia del señor Beto Sánchez?

Alma parpadeó, pasando del miedo a la curiosidad en un segundo. Sus ojos de águila escanearon la ropa de los visitantes, los relojes caros, las camionetas. Olieron a dinero.
—Sí… sí, aquí es. Yo soy su esposa, Alma. ¿Qué se les ofrece? ¿Es sobre el préstamo? Porque ya dijimos que…

—No somos del banco, señora —interrumpió Sara con una sonrisa diplomática pero fría—. Venimos de parte del señor Octavio Montero. CEO de Grupo Montero.

Al escuchar ese nombre, Mireya, que estaba escondida detrás de una pila de cajas en el patio, sintió que las piernas le fallaban. ¡Había vuelto! O al menos, había mandado a alguien.

Alma abrió la boca, mostrando sus dientes manchados de café.
—¿El… el millonario? ¿El que se llevó la ambulancia el otro día?
—Exacto. Hace dos semanas, una joven de esta casa le salvó la vida. La señorita Mireya.

El nombre flotó en el aire caliente de la tarde.
—¿Mireya? —Alma frunció el ceño, confundida. Volteó instintivamente hacia el patio, donde sabía que su sobrina estaba escondida.

—Sí —continuó Tadeo—. Nuestro jefe está muy agradecido. De hecho, está más que agradecido. Nos ha enviado con una propuesta muy… generosa. Él quiere formalizar una relación. Quiere llevarse a la chica a la ciudad, educarla, cuidarla… y casarse con ella.

El mundo se detuvo.
Las gallinas dejaron de cacarear. Nena se cayó de la hamaca con un golpe sordo.
Alma sintió un zumbido en los oídos. ¿Casarse? ¿Con la mugrosa de Mireya? ¿Con la huérfana que comía sobras?
Eso significaba dinero. Mucho dinero. Casas, coches, viajes, poder. Y todo eso… ¿para Mireya?

En ese preciso instante, el cerebro de Alma, maquiavélico y rápido como una cucaracha, empezó a trabajar.
Miró hacia el patio. Mireya estaba ahí, llena de lodo, despeinada, con ropa vieja que le quedaba grande.
Luego miró a Nena. Su hija. Su preciosa y floja hija, que estaba limpia, peinada, y que tenía más o menos la misma estatura y complexión que Mireya.

El señor Montero había estado medio muerto cuando lo encontraron. Inconsciente. Delirando.
¿Realmente recordaría la cara de la chica? ¿O solo recordaba una silueta, una voz, un nombre?

Una idea oscura, brillante y terrible floreció en la mente de Alma.

—¡Ah! —exclamó Alma, con una sonrisa fingida que estiró su piel—. ¡Claro, claro! ¡Mi niña! ¡Pasen, pasen, por favor! ¡Qué falta de educación la mía!

Abrió el portón de par en par.
Tadeo y Sara entraron al patio humilde, mirando con disimulo la pobreza del lugar.
—Beto, mi amor —gritó Alma hacia el cuarto del fondo—. ¡Ven rápido! ¡Tenemos visitas importantes!

Mientras Tadeo y Sara se distraían mirando el altar a la Virgen de Guadalupe en la pared, Alma corrió hacia donde estaba Mireya.
Mireya estaba a punto de salir, con los ojos llenos de esperanza.
—¡Tía! ¡Son ellos! ¡Vinieron por mí! —susurró emocionada.

Alma la agarró del brazo con una fuerza brutal, clavándole las uñas. Su mirada era de hielo puro.
—Tú te callas —siseó Alma—. Ni una palabra.
—Pero tía… preguntaron por mí…
—¡Dije que te calles! —Alma la empujó violentamente hacia el cuarto de los tiliches, una bodeguita oscura llena de herramientas viejas y costales de maíz—. Te vas a quedar aquí encerrada y no vas a hacer ni un ruido. Si abres la boca, te juro que mato a los pollos, quemo tu ropa y te echo a la calle para que te mueras de hambre. ¿Me entendiste?

Mireya la miró con horror.
—¿Por qué? Tía, él quiere verme…
—Él quiere a una chica de esta casa. Y tú no eres nadie. Eres una sirvienta. Mírate. Das vergüenza. ¿Crees que un millonario te quiere a ti? Solo viene por lástima. Yo voy a arreglar esto.

Alma cerró la puerta de la bodega y pasó el cerrojo por fuera.
—¡Tía! ¡No! —Mireya golpeó la madera, pero el ruido se ahogó con el cacareo de las gallinas y la música que Alma prendió a todo volumen en la radio de la cocina.

Alma se alisó el cabello, respiró hondo y caminó hacia Nena, que se estaba levantando del suelo, sobiéndose el trasero.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Quiénes son esos tipos?

Alma agarró a su hija por los hombros y la sacudió.
—Escúchame bien, Nena. Y escúchame rápido. Esa gente viene por la esposa del millonario.
—¿Y?
—Y tú vas a ser esa esposa.
—¿Qué? —Nena abrió la boca como pez—. Pero mamá, ellos preguntaron por Mireya. Ella fue la que lo salvó. Yo ni me acerco al monte porque hay bichos.

—¡Cállate, estúpida! —susurró Alma con urgencia—. ¿Eres mensa o te haces? Es un billonario, Nena. Billonario. Si te casas con él, nunca más vas a tener que vivir en este agujero. Vas a tener chofer, ropa de marca, joyas… todo lo que ves en las novelas.
—¿De verdad? —a Nena le brillaron los ojos. La avaricia era hereditaria.

—Sí. Pero tienes que hacer exactamente lo que yo te diga. Tú eres Mireya. Tú lo salvaste. Tú le chupaste el veneno.
—¡Iugh! ¡Qué asco, mamá!
—¡El asco se te quita con un anillo de diamantes! Ahora entra al cuarto, ponte el vestido que era de Mireya, el azul viejito, para que te veas humilde. Quítate el maquillaje. Rápido.

Nena corrió a cambiarse. Alma se volvió hacia su esposo, Beto, que acababa de salir, todavía masticando un pedazo de caña, con cara de no entender nada.
—¿Quiénes son, vieja?
—Beto, cállate la boca y sígueme la corriente. Si echas a perder esto, te juro que te dejo. Vamos a salir de pobres, viejo. Por fin.

Volvieron al patio donde esperaban los asistentes.
—Disculpen la demora —dijo Alma, con su mejor voz de señora decente—. Es que mi sobrina es muy tímida. Ya saben, cosas de pueblo. Está arreglándose un poquito.

Tadeo asintió, mirando su reloj impaciente.
—Entendemos. Señor Sánchez, señora… nuestro jefe quiere hacer las cosas bien. Sabemos que en estas comunidades se acostumbra dar una dote o una compensación a la familia por la mano de la novia.
Sacó una chequera de piel negra.
—El señor Montero está dispuesto a pagar lo que sea justo. Y también se encargará de todos los gastos de la boda, el traslado, y de darles una mensualidad para que vivan cómodamente.

A Beto se le cayó el pedazo de caña de la boca.
—¿Mensualidad?
—Sí. Digamos… cincuenta mil pesos al mes. Para empezar.

Alma sintió que se desmayaba de placer. Cincuenta mil pesos. Eso era más de lo que ganaban en dos años de cosecha.
—Es muy generoso —dijo Alma, tratando de no babear—. Pero claro, lo importante es el amor, ¿verdad? Mi… nuestra Mireya es una niña muy buena.

En ese momento, la puerta del cuarto se abrió.
Salió Nena.
Llevaba el vestido azul deslavado de Mireya, que le quedaba un poco apretado en el busto. Se había quitado el labial rojo y se había hecho una trenza mal hecha. Caminaba con la cabeza baja, fingiendo timidez, aunque en realidad estaba aguantando la risa.

—Aquí está —dijo Alma, con orgullo teatral—. Nuestra Mireya.

Tadeo y Sara la miraron. Nunca habían visto a la verdadera Mireya, así que no tenían punto de comparación. Vieron a una chica morena, joven, de aspecto rural.
—Mucho gusto, señorita Mireya —dijo Sara—. Soy Sara. El señor Octavio la espera con ansias.

Nena levantó la vista y parpadeó rápidamente, como le había enseñado su mamá.
—Hola… —dijo con voz fingida—. ¿Cómo está él?
—Recuperándose. Pregunta mucho por usted. Dice que nunca olvidará lo que hizo en el monte.

Nena se encogió de hombros.
—Ay, pues… cualquiera lo hubiera hecho, ¿no? Pobre hombre.

Tadeo pareció satisfecho.
—Bueno. No hay tiempo que perder. El jet privado espera en el aeropuerto de la capital del estado. Tenemos que irnos ya.
—¿Ya? —preguntó Alma—. ¿Y la ropa? ¿Las maletas?
—No hace falta —interrumpió Sara—. En la ciudad le compraremos todo nuevo. Solo necesitamos sus documentos. Acta de nacimiento, identificación…

Alma sintió un sudor frío. Los papeles.
—Ah, sí… los papeles. Es que… los tenemos guardados en… en la casa del compadre, en la caja fuerte, porque aquí es inseguro. Pero no se preocupen, yo se los mando mañana mismo por paquetería urgente. O se los llevo yo misma para la boda.
—Está bien —dijo Tadeo, que ya quería irse de ese lugar lleno de moscas—. Pero necesitamos irnos.

Nena miró a su mamá.
—¿Me voy así?
—Vete, mi hija. Vete a tu destino —dijo Alma, abrazándola y susurrándole al oído—. No la riegues. Acuérdate: tú eres Mireya. Si te preguntan algo que no sepas, hazte la tonta o ponte a llorar. A los hombres les encanta eso.

Nena asintió y caminó hacia la camioneta de lujo.
Los asistentes le abrieron la puerta. El interior olía a cuero nuevo y aire acondicionado.
Nena subió, sintiéndose una reina.

Las camionetas arrancaron.

Mientras el convoy se alejaba levantando polvo, en la pequeña bodega oscura del patio, Mireya escuchaba el sonido de los motores alejarse.
Golpeó la puerta con los puños hasta que le sangraron los nudillos.
—¡No! ¡Esperen! ¡Yo soy Mireya! ¡Soy yo!

Nadie la escuchó.
El ruido de los motores se desvaneció en la distancia, llevándose su nombre, su recompensa y su destino.

Alma abrió la puerta de la bodega media hora después.
Mireya estaba tirada en el suelo, llorando en silencio, abrazada a sus rodillas.
Alma la miró con desprecio.
—Deja de chillar. Tienes suerte de que te deje vivir aquí todavía.
—¿Por qué? —preguntó Mireya con voz rota—. ¿Por qué me hiciste esto?
—Porque Nena nació para ser reina y tú naciste para servir. Es el orden natural de las cosas, mijita. Ahora levántate. Tienes que lavar la ropa que dejó tu prima. Y apúrate, que ahora somos familia de millonarios y esta casa tiene que brillar.

Mireya se levantó lentamente. Algo se había roto dentro de ella. Algo más profundo que el corazón.
Miró a su tía a los ojos. No había odio, solo un vacío inmenso.
—Dios lo ve todo, tía —dijo en voz baja.
—Dios está muy ocupado contando el dinero que nos va a llegar —se burló Alma, cerrando la puerta y yéndose a celebrar con una cerveza.

Mireya se quedó sola en el patio. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de rojo sangre, igual que aquella tarde en el monte.
Pero esta vez, no había nadie a quien salvar. Solo ella misma. Y por primera vez en su vida, Mireya sintió que tal vez, solo tal vez, no valía la pena ser buena.

A kilómetros de distancia, Nena bebía champaña de una copa de cristal en la parte trasera de la SUV, riendo por algo que decía Sara. Y en la ciudad, Octavio sonreía mirando por la ventana del hospital, pensando: “Ya viene. Mi salvadora ya viene”.

La gran farsa había comenzado. Y el destino, cruel y juguetón, preparaba el escenario para el desastre.

CAPÍTULO 4: EL PERFUME DE LA MENTIRA Y LAS MANOS DE SEDA

El aire acondicionado del jet privado zumbaba con un sonido suave, casi hipnótico, muy diferente al ruido de las moscas y las gallinas al que Nena estaba acostumbrada.

Nena, enfundada en el asiento de cuero color crema, miraba por la ventanilla cómo las nubes pasaban debajo de ella como si fueran algodón de azúcar. En su mano, sostenía una copa de jugo de naranja recién exprimido que la azafata le había servido con una sonrisa reverencial.

—¿Está cómoda, señorita Mireya? —preguntó Tadeo desde el asiento de enfrente, revisando unos correos en su tablet.

Nena tardó un segundo en reaccionar. Todavía no se acostumbraba a su nuevo nombre.
—¿Eh? Ah, sí… sí, joven. Todo está… a todo dar —respondió, tratando de sonar casual, aunque por dentro estaba gritando de emoción.

Miró sus uñas. Se había quitado el esmalte rojo chillón antes de salir, como le ordenó su madre, pero todavía quedaban rastros en las cutículas. Se las escondió bajo el muslo.
“Tú eres Mireya”, se repitió mentalmente. “Eres la humilde, la buena, la que salva vidas. No la cagues, Nena”.

Pensó en su prima, encerrada en la bodega oscura con los costales de maíz. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
—Pobre tonta —susurró para sí misma—. Alguien tenía que ganar. Y en esta vida, el que no tranza no avanza.

Al aterrizar en el aeropuerto privado de Toluca, una limusina ya los esperaba. Nena nunca había visto un coche tan largo. Se subió con torpeza, casi tropezando con el vestido viejo de Mireya que le apretaba en las caderas.
—Cuidado, señorita —dijo el chofer uniformado, ayudándola.

El trayecto hacia el hospital fue un desfile de lujos. Edificios altos, avenidas limpias, coches del año. Nena pegaba la nariz al vidrio, maravillada.

Finalmente, llegaron al Hospital Ángeles. No parecía un hospital, parecía un palacio de cristal.
Sara, la asistente, la guio por los pasillos relucientes.
—El señor Octavio está muy ansioso. Por favor, sea breve. Todavía se cansa rápido. Y recuerde… él la idealiza mucho. Trate de ser… suave.

Nena asintió, sintiendo el primer pinchazo de nerviosismo real.
—Sí, sí. Suave. Como la seda.

Llegaron a la puerta de la Suite Presidencial. Sara tocó suavemente y abrió.

El cuarto olía a limpio, a flores caras y a desinfectante de limón. En el centro, en una cama enorme rodeada de aparatos que parpadeaban, estaba él.
Octavio Montero.
Nena contuvo el aliento. Era guapo. Mucho más guapo de lo que imaginaba. Incluso pálido y con ojeras, tenía ese aire de príncipe de telenovela que tanto le gustaba.

Octavio estaba recostado, mirando hacia la ventana. Al escuchar la puerta, giró la cabeza rápidamente. Sus ojos oscuros se clavaron en ella con una intensidad que casi la hace retroceder.

—¿Mireya? —preguntó él. Su voz era ronca, cargada de emoción.

Nena tragó saliva. Dio un paso adelante, fingiendo timidez, arrastrando los pies como solía hacer su prima.
—Hola… Octavio —dijo bajito.

Octavio intentó sentarse, haciendo una mueca de dolor.
—¡No te levantes! —exclamó ella, corriendo a su lado. Eso le salió natural; después de todo, quería cuidar su inversión.

Octavio estiró la mano. Nena dudó un segundo, luego le dio la suya.
El contacto fue eléctrico, pero no por la pasión, sino por la confusión.

Octavio tomó la mano de Nena entre las suyas. Cerró los ojos, esperando sentir esa textura que lo había obsesionado en sus fiebres. Esperaba sentir los callos duros en las palmas, la piel rasposa por el trabajo de campo, la fuerza de quien carga leña.

Pero lo que sintió fue… suavidad.
Las manos de Nena eran gorditas, suaves, húmedas por el sudor de los nervios. No tenían callos. Sus uñas, aunque cortas, no tenían tierra incrustada.

Octavio abrió los ojos, frunciendo el ceño.
Miró la mano. Luego miró a la chica.
—Tus manos… —murmuró, confundido.

Nena sintió el pánico subirle por la garganta. Su madre no la había preparado para esto.
—¿Mis… mis manos? —balbuceó.

Octavio la miró a los ojos. Buscaba esa chispa de determinación salvaje que vio en el monte. Pero los ojos de esta chica eran huidizos, nerviosos. Y olía… olía a jabón barato de hotel, pero también a un rastro de perfume dulce que no encajaba con la imagen de la chica del monte.

—Se sienten… diferentes —dijo Octavio, soltando su mano lentamente—. Recuerdo que tenías las manos lastimadas. Rasposas.

Nena pensó rápido.
—Ah… es que… —se le ocurrió una mentira sobre la marcha—. Es que mi tía me puso pomada de tepezcohuite. Para curarme los raspones. Y he estado usando guantes para lavar, para que… para estar bonita para usted.

Octavio la miró, no muy convencido.
—¿Para mí?
—Sí. Sabía que usted era gente fina. No quería que me viera fea.

En ese momento, la puerta se abrió y entraron Doña Graciela y Don Fausto.
—¡Aquí está! —exclamó Doña Graciela, rompiendo la tensión—. ¡La heroína!

La madre de Octavio corrió a abrazar a Nena, envolviéndola en una nube de perfume caro.
—Ay, mijita, muchas gracias. De verdad. Nos devolviste a nuestro hijo. Mírala, Fausto, es una niña de campo, sencilla, humilde.

Don Fausto le dio una palmada en la espalda a Nena.
—Bienvenida a la familia, muchacha. Tadeo me dijo que tu tío aceptó el trato.

Nena sonrió, sintiéndose más segura con los padres ahí.
—Sí, señor. Muchas gracias.

Octavio seguía callado, observándola desde la cama. Algo no cuadraba. Su instinto le gritaba que algo estaba mal. La voz… la voz era parecida, pero le faltaba esa cadencia dulce y firme. Esta chica hablaba con un tono más chillón, más… vulgar.

—Cuéntame, Mireya —dijo Octavio de repente, cortando la charla de su madre—. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste cuando me estabas haciendo el torniquete?

El cuarto se quedó en silencio.
Nena sintió que se le helaba la sangre. ¿Qué le había dicho Mireya? Ella no estaba ahí. Tía Alma no le había dicho nada de diálogos.
—Yo… —Nena miró a todos lados—. Estaba muy asustada, Octavio. Dije muchas cosas. Rezaba. Le pedía a Dios que no se muriera.

—Dijiste: “Aguante, señor. Si se muere, me muero yo de la culpa”. —dijo Octavio, clavándole la mirada—. ¿Te acuerdas?

Nena asintió frenéticamente.
—¡Sí! ¡Eso! Eso dije. Es que con los nervios se me borra el cassette, ¿sabe? Pero sí, sentía mucha culpa.

Octavio la miró unos segundos más. La respuesta era correcta, pero la forma en que lo dijo… sonaba falsa.
“Deben ser los medicamentos”, pensó Octavio, frotándose las sienes. “El doctor dijo que el veneno y los opioides pueden causar paranoia y confusión. Ella es Mireya. Es la sobrina de Beto Sánchez. Vive en la casa. Tiene el vestido. ¿Quién más podría ser?”.

Sacudió la cabeza para despejar las dudas.
—Ven acá —dijo, más suave.
Nena se acercó. Octavio le tomó la cara con las manos.
—Gracias. Perdón si estoy raro. Todavía me siento mareado.

Nena sonrió, mostrando los dientes.
—No se preocupe. Yo lo cuido.
Pero cuando se inclinó para besarlo en la mejilla, Octavio se tensó. No sintió la calidez que esperaba. Sintió… vacío.


Mientras Nena empezaba su vida de mentiras entre sábanas de seda y servicio a la habitación, en San Jacinto, la verdadera Mireya vivía un infierno terrenal.

Tía Alma había regresado de dejar a Nena con una sonrisa triunfal y una botella de tequila bajo el brazo.
—¡Salud! —gritó al entrar al patio, tambaleándose un poco—. ¡Salud por mi Nena, la futura dueña de medio México!

Mireya estaba en la cocina, tratando de prender el fogón con leña húmeda. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
Alma entró, se sirvió un vaso y miró a su sobrina con desprecio.
—¿Qué me ves? —espetó—. Quita esa cara de velorio. Deberías estar agradecida. Gracias a tu prima, vamos a tener dinero.

—Ese dinero es una estafa, tía —dijo Mireya con voz baja—. Y Octavio se va a dar cuenta. Él no es tonto.
—¡Cállate el hocico! —Alma le lanzó un manotazo que Mireya esquivó—. Él estaba medio muerto. No se va a acordar de nada. Y si se acuerda, Nena ya lo habrá convencido con sus encantos. Los hombres son simples, mijita. Dales una cara bonita y obediente, y se les olvida todo.

—Yo no soy obediente —susurró Mireya.
—No. Tú eres una malagradecida. Y ahora, escúchame bien. Como Nena ya no está, tú vas a hacer todo su trabajo. Y el tuyo. Y quiero la casa impecable porque van a venir a traernos el primer cheque de la mensualidad y no quiero que vean este chiquero.

La vida de Mireya se volvió una prisión.
Tía Alma le prohibió salir a la calle.
—No quiero que andes de chismosa con la Esperanza esa. Si te veo hablando con alguien, te encierro en la bodega una semana.

Mireya se convirtió en un fantasma en su propio pueblo.
Veía a través de las rendijas del portón cómo la vida pasaba. Veía a Esperanza pasar caminando, mirando hacia la casa con preocupación, pero Mireya no podía gritar.

Una tarde, mientras barría el patio trasero, escuchó un silbido.
Se giró.
Era Esperanza, trepada en la barda trasera, asomando apenas la cabeza.

—¡Mireya! —susurró—. ¡Psst!
Mireya corrió hacia la barda, mirando hacia atrás para asegurarse de que su tía estuviera dormida.
—¡Esperanza! ¡Vete! Si te ve mi tía te mata.
—Que me mate esa vieja bruja —dijo Esperanza, bajando la voz—. Todo el pueblo está hablando, Mireya. Dicen que tu prima se fue a casar con el millonario. Que ella lo salvó. ¡Es mentira! ¡Fuiste tú! Yo te di el dinero. Yo te vi llegar llena de sangre.

Mireya bajó la cabeza, las lágrimas corriendo por su cara sucia.
—Lo sé, Esperanza. Pero me robaron. Me robaron mi nombre, mi historia… todo.
—¡Pues vamos a la policía! ¡Vamos con el cura!
—¿Y qué les vamos a decir? —Mireya soltó una risa amarga—. ¿Que la cenicienta perdió su zapato? Ellos tienen dinero ahora, Esperanza. Mi tía ya compró una televisión pantalla plana y ropa nueva. Nadie le va a creer a la huérfana loca contra la familia del millonario.

Esperanza apretó los labios.
—Pero él… el tal Octavio… ¿no se dio cuenta?
—No sé… estaba muy mal cuando se fue. A lo mejor ni se acuerda de mi cara.

—Pues es un idiota si confunde a una reina contigo con la lagartija de tu prima —dijo Esperanza con furia. Luego, sacó algo de su bolsa—. Ten.

Le lanzó un tamal envuelto en hoja de plátano y una Coca-Cola.
—Come. Te ves re flaca. Y no te rindas, manita. La verdad siempre sale a flote. Como la caca en el río.

Mireya sonrió tristemente, agarrando el tamal.
—Gracias, Esperanza.

Se comió el tamal escondida detrás del lavadero, saboreando cada bocado como si fuera un banquete real. Mientras comía, juró algo en silencio.
No sabía cómo, ni cuándo. Pero algún día, ella recuperaría su vida. No por el dinero. No por el lujo. Sino porque ese “gracias” que Octavio le dijo en el hospital le pertenecía a ella. Y nadie, ni Nena ni Alma, tenía derecho a robarle su bondad.


Mientras tanto, en la Ciudad de México, los preparativos de la boda avanzaban a una velocidad vertiginosa.
La familia Montero quería evitar escándalos. “Boda rápida, vida tranquila”, decía Don Fausto. Querían casarlos antes de que la prensa empezara a indagar demasiado sobre los orígenes de la “misteriosa salvadora”.

Nena estaba viviendo el sueño.
La llevaron a las boutiques más exclusivas de Masaryk.
—Quiero este, y este, y esos zapatos… ¡ah! y esa bolsa —decía, señalando cosas que costaban más que la casa de su padre.
Sara, la asistente, la miraba con desaprobación discreta.
—Señorita Mireya… ¿no cree que es mucho? El señor Octavio prefiere la sencillez.
—Ay, Sara, no seas envidiosa. Octavio quiere que yo esté contenta, ¿no? Pues esto me pone contenta. Cárgalo a la tarjeta negra.

Nena aprendió rápido. Aprendió a pedir martinis, a caminar con tacones de diez centímetros y a tratar a los meseros con desdén. Se le olvidó el pueblo, se le olvidó el polvo. Se creyó su propia mentira.

Pero con Octavio, las cosas no iban bien.

Octavio ya había sido dado de alta y estaba en su mansión en Lomas de Chapultepec.
Intentaba pasar tiempo con “Mireya”. Trataba de conectar.
—Vamos a caminar al jardín —le decía.
Pero Nena se quejaba.
—Ay, no, Octavio. Hay mucho sol. Me voy a quemar. Mejor veamos una película en el cine de la casa.

Octavio la miraba extrañado.
—Pero en el pueblo caminabas kilómetros bajo el sol.
—Pues por eso, ya me cansé. Ahora quiero aire acondicionado.

Una noche, cenando solos, Octavio intentó profundizar.
—He estado pensando en abrir una fundación en San Jacinto. Para ayudar a la gente con mordeduras de serpiente. Poner una clínica mejor. Tú podrías dirigirla.
Nena casi se atraganta con el vino.
—¿Yo? ¿Ir al pueblo otra vez? ¡Ni loca! Digo… —se corrigió al ver la cara de Octavio—. Digo que… me trae malos recuerdos. El trauma, ya sabes. Mejor manda dinero y ya. Que ellos se arreglen.

Octavio dejó los cubiertos sobre la mesa. El sonido metálico resonó en el comedor enorme.
—¿Quién eres? —preguntó suavemente.

Nena se congeló.
—¿Cómo que quién soy? Soy Mireya. Tu esposa… bueno, futura esposa.
—Es que a veces… a veces siento que no eres la chica que conocí en esa cama de hospital. Ella era… profunda. Tenía una luz en los ojos. Tú… tú pareces más interesada en el catálogo de Louis Vuitton que en ayudar a tu propia gente.

Nena se levantó, ofendida, aplicando la técnica que su madre le enseñó por teléfono: hacerse la víctima.
—¡Claro! ¡Ahora resulta que porque me gusta lo bueno soy mala! ¡Yo te salvé la vida! ¡Arriesgué todo! ¿Y así me pagas? ¿Dudando de mí?

Empezó a llorar, lágrimas de cocodrilo perfectas.
—Si no me quieres, me voy. Me regreso a mi pobreza, a comer tierra.

La culpa, esa arma poderosa, golpeó a Octavio. Se sintió un patán. Tal vez tenía razón. Tal vez el cambio de vida la había deslumbrado un poco, era normal. Era una niña pobre en un mundo de ricos. Tenía derecho a disfrutar.
—No, no. Perdóname, Mireya. No llores. Soy un idiota. Es el estrés.

Se levantó y la abrazó. Nena escondió la cara en su pecho y sonrió triunfalmente.
—Está bien, te perdono —dijo ella, sollozando—. Pero cómprame ese collar de esmeraldas que vimos ayer. Para que se me quite la tristeza.

Octavio suspiró, derrotado.
—Está bien. Mañana vamos por él.


El día de la boda llegó tres meses después.
Fue un evento “íntimo” para los estándares de los ricos: trescientos invitados en un jardín de eventos en Cuernavaca.
Nena lucía un vestido de Vera Wang que costaba veinte mil dólares. Llevaba el pelo recogido en un chongo elaborado con diamantes entrelazados. Parecía una princesa.

Octavio la esperaba en el altar, enfundado en un smoking negro. Se veía guapísimo, pero sus ojos estaban tristes.
Mientras el juez hablaba de amor, fidelidad y destino, Octavio miró a su novia.
Se veía hermosa, sí. Pero no sentía nada.
Sentía que estaba cometiendo un error. Un error monumental.
“¿Dónde estás, Mireya?”, pensó, buscando esa conexión espiritual que sintió una vez. “Te tengo enfrente, pero te siento a mil kilómetros”.

—Señor Octavio Montero, ¿acepta a Mireya Sánchez como su legítima esposa?

Octavio dudó. Hubo un silencio de dos segundos que pareció eterno. Su madre tosió nerviosamente desde la primera fila. Nena le apretó la mano con fuerza, clavándole las uñas postizas.
Octavio miró la mano de ella. Suave. Perfecta. Falsa.

—Acepto —dijo finalmente, resignado a cumplir su palabra de honor.

—Señorita Mireya Sánchez, ¿acepta a Octavio…?
—¡Sí, acepto! —gritó Nena antes de que el juez terminara, provocando risas entre los invitados.

Firmaron el acta. Nena firmó con una garabato que había practicado mil veces.
Aplausos. Lluvia de arroz. Música de violines.

Mientras tanto, en ese preciso momento, en San Jacinto, Mireya estaba sentada en el techo de su casa, mirando la luna llena.
Tenía las manos llenas de ampollas nuevas. Había estado desgranando maíz todo el día.
Sentía un dolor agudo en el pecho, como si un hilo invisible se hubiera roto de repente.

—Se casó —susurró al viento. Lo sabía. Lo sentía en los huesos.
Se abrazó las rodillas y miró hacia el norte, hacia donde imaginaba que estaba él.
—Espero que seas feliz, Octavio. Aunque sea con una mentira.

Bajó del techo, entró a su cuarto oscuro y se acostó en su catre.
Pero esa noche, Mireya tomó una decisión.
Ya había llorado suficiente. Ya había sufrido suficiente.
Su tía Alma roncaba en el cuarto de al lado, borracha con el dinero que llegaba cada mes.
Mireya se levantó en silencio.
Sacó una bolsa de plástico vieja. Metió sus dos vestidos, una foto arrugada de sus padres y los trescientos pesos que había logrado esconder de la venta de tamales con Esperanza.

—Se acabó la Cenicienta —se dijo a sí misma.

Abrió la ventana de su cuarto, que daba a la calle trasera. Se deslizó como una sombra.
Caminó hacia la carretera, sin mirar atrás.
No sabía a dónde iba. Tal vez a la ciudad. Tal vez a otro pueblo.
Pero iba a sobrevivir. Iba a estudiar. Iba a ser alguien.

Y algún día, el destino volvería a cruzar sus caminos. Y cuando eso pasara, ella no sería la víctima. Sería la dueña de su propia historia.

Mientras un autobús guajolotero frenaba en la carretera para recogerla, Mireya subió el primer escalón hacia su nueva vida.
Lejos, en Cuernavaca, los fuegos artificiales estallaban celebrando una boda falsa.
Pero en la carretera oscura, una verdadera guerrera acababa de despertar.

CAPÍTULO 5: LA JAULA DE ORO Y EL REGRESO DEL FANTASMA

Cuatro meses. Ciento veinte días. Ese era el tiempo que Octavio Montero llevaba casado con la mujer que le salvó la vida, y sin embargo, cada mañana se despertaba sintiéndose más solo que cuando estaba tirado en el monte muriéndose de veneno.

La mansión de Lomas de Chapultepec estaba en silencio, ese silencio pesado y climatizado de las casas ricas a las seis de la mañana. Octavio estaba sentado en el borde de su cama, en la habitación de huéspedes. Hacía dos meses que había dejado de compartir la recámara principal con “Mireya”.

Se frotó la cara con las manos, sintiendo el roce de su barba de dos días. No podía dormir. Las pesadillas seguían ahí, pero habían cambiado. Ya no soñaba con serpientes. Soñaba que estaba atrapado en una habitación llena de espejos, y en cada espejo veía una versión diferente de su esposa: una riendo con malicia, una comprando joyas, una mirándolo con ojos vacíos. Y al fondo, muy al fondo del espejo, escuchaba un llanto. Un llanto suave, genuino, que le estrujaba el corazón.

Se levantó y caminó hacia el pasillo. La puerta de la recámara principal estaba entreabierta. Se asomó.
Nena —a quien él conocía como Mireya— dormía desparramada en la cama king size, con un antifaz de seda rosa y la boca ligeramente abierta. Roncaba suavemente. La habitación estaba hecha un desastre: bolsas de Palacio de Hierro tiradas por el suelo, cajas de zapatos abiertos, joyas aventadas en el buró.

Parecía la habitación de una adolescente caprichosa que se ganó la lotería, no la de una mujer que había mirado a la muerte a los ojos y la había vencido con humildad.

Octavio bajó las escaleras hacia la cocina. Necesitaba café. Fuerte. Negro. Como su humor.
Allí estaba Doña Martha, la ama de llaves que llevaba treinta años con la familia. Estaba picando fruta.
—Buenos días, niño Octavio —dijo ella, sin mirarlo. Martha era la única que se atrevía a llamarlo “niño”.
—Buenos días, Martha.

Octavio se sirvió el café y se recargó en la isla de granito.
—¿Cómo está ella? —preguntó Martha, con ese tono neutro que usaban los empleados para desaprobar sin que los corrieran.
—Dormida. Como siempre hasta las once.

Martha soltó un bufido mientras cortaba una papaya con violencia innecesaria.
—Esa niña… perdón que se lo diga, señor, pero esa niña no tiene llenadera. Ayer trató mal a Lupe, la chica de la limpieza. Le gritó porque le dobló mal una blusa. Le dijo “india estúpida”.

Octavio apretó la taza con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Le dijo qué?
—”India estúpida”. Y perdón, señor, pero ella viene del mismo lugar, ¿no? Se le subieron los humos muy rápido. Yo conocí a muchas señoras en esta casa, su abuela, su madre… todas tenían clase. La clase no es dinero, niño. La clase es cómo tratas a la gente. Y esa muchacha… no tiene ni pizca.

Octavio dejó la taza en la mesa con un golpe seco.
—Gracias, Martha. Yo me encargo.

Subió las escaleras de dos en dos, con la rabia calentándole la sangre. Entró a la habitación principal y abrió las cortinas de golpe. La luz del sol inundó el cuarto, hiriendo los ojos de la durmiente.
—¡Ay! —gritó Nena, quitándose el antifaz—. ¿Qué te pasa, Octavio? ¡Ciérrale! Me duele la cabeza, anoche tomé mucha champaña.

Octavio no cerró las cortinas. Se paró al pie de la cama, mirándola con una frialdad que hubiera asustado a cualquiera, menos a ella, que estaba demasiado envuelta en su propia vanidad.
—Me dice Martha que ayer insultaste a Lupe.
Nena se sentó, tallándose los ojos.
—Ay, por favor. Esa gata no sabe hacer nada. Le dije que lavara mi blusa de seda a mano y la metió a la lavadora. Se encogió. Costaba cinco mil pesos, Octavio.
—No me importa cuánto costaba. No puedes tratar a la gente así. ¿Se te olvida de dónde vienes? ¿Se te olvida que hace cuatro meses tú lavabas a mano en un río?

Nena se puso tensa. Odiaba que le recordaran el pasado.
—Yo no lavaba en el río —mintió, alzando la barbilla—. Teníamos pozo. Y además, ya no soy esa. Soy la señora Montero. Y la servidumbre tiene que respetarme.
—El respeto se gana, Mireya. No se compra. Y tú… tú estás perdiendo el mío cada día.

Nena soltó una risita nerviosa y se levantó, envolviéndose en una bata de seda. Se acercó a él, intentando usar sus encantos. Le puso las manos en el pecho. Esas manos suaves, inútiles, llenas de crema humectante.
—Ay, mi amor, no te enojes. Estás muy tenso. ¿Por qué no vamos a Acapulco el fin de semana? Necesito broncearme. Y vi unos aretes divinos en…

Octavio le quitó las manos de encima con un movimiento brusco, como si le quemaran.
—No. No vamos a ir a ningún lado.
—¿Entonces qué te pasa? —gritó ella, perdiendo la paciencia—. ¡Nunca me tocas! ¡Nunca me besas! ¡Parecemos extraños! Soy tu esposa, tengo necesidades.
—Tú no tienes necesidades, tienes caprichos —replicó él—. Y no te toco porque… porque no te reconozco.

Octavio se acercó un paso, invadiendo su espacio personal.
—Dime la verdad, Mireya. Mírame a los ojos y dime la verdad. ¿Qué pasó en ese monte?
Nena palideció bajo su bronceado de salón.
—Ya te lo dije mil veces. Te encontré, te chupé el veneno, te cargué. ¿Qué más quieres? ¿Que te haga un dibujo?

—Quiero sentirlo —susurró Octavio—. Quiero sentir que la mujer que está parada frente a mí es la misma que me sostuvo la mirada mientras yo me moría. Pero cuando te veo a los ojos… solo veo un vacío. Veo a alguien que actúa un papel.

Nena retrocedió, asustada por la intensidad de él.
—Estás loco. El veneno te dejó loco. Voy a llamar a tu mamá.
—Llama a quien quieras. Me voy.

Octavio salió de la habitación, azotando la puerta.
Esa mañana, tomó una decisión. No podía seguir viviendo con la duda. Su corazón, ese instinto visceral que lo había hecho exitoso en los negocios, le gritaba que había un error en la matriz.
Sacó su celular y marcó a Felipe, su mejor amigo y jefe de seguridad.
—Felipe. Prepara la camioneta. La blindada no, una normal. Quiero perfil bajo.
—¿A dónde vamos, jefe?
—A San Jacinto.


Mientras Octavio preparaba su viaje a la verdad, en San Jacinto, la realidad era mucho más cruda y polvorienta.

Mireya estaba de regreso en el infierno.

Su fuga, aquella noche valiente después de la boda, había durado exactamente tres días. Había llegado a la capital del estado, durmiendo en la terminal de autobuses, buscando trabajo de lavaplatos. Pero no contaba con el alcance de la maldad de su tía Alma.
Alma, al descubrir la fuga y temiendo que Mireya fuera a buscar a Octavio para arruinarles el negocio, había movido sus nuevas influencias. Con el dinero de la mensualidad que Octavio les mandaba (cincuenta mil pesos que en el pueblo eran una fortuna incalculable), Alma había pagado a unos “amigos” de la policía local para que la rastrearan.

La encontraron lavando baños en una fonda. La acusaron de robarse las joyas de la abuela (que ni existían) y la amenazaron con meterla a la cárcel si no regresaba “a casa”.
—O regresas por las buenas, o te refundimos en el bote y luego vamos por tu amiguita Esperanza por cómplice —le había dicho el policía corrupto.

Mireya regresó. Derrotada. Humillada.
Pero el castigo de Alma fue peor que la cárcel.
—¿Querías volar, pajarita? —le dijo Alma el día que la trajeron de vuelta, arrastrándola del pelo hacia el patio—. Pues ahora te corto las alas.

Le quitaron el cuarto. Ahora dormía en la cocina, en un petate en el suelo, como un perro.
Le prohibieron salir a la calle. Si alguien preguntaba por ella (lo cual era raro), Alma decía que Mireya se había ido “de loca” a la ciudad y que había terminado mal.
Y el trabajo se triplicó.

Ahora, la casa de adobe tenía piso de loseta cerámica barata y brillante. Habían comprado una pantalla de 60 pulgadas que ocupaba media pared. Tío Beto andaba en una camioneta Ford Lobo del año, paseándose por el pueblo con sombrero nuevo y botas de piel de avestruz.
Pero Mireya seguía vistiendo harapos.

Era sábado al mediodía. El calor era sofocante.
Mireya estaba en el patio trasero, desplumando tres gallinas para el mole que tía Alma quería comer. Tenía las manos llenas de sangre y plumas. El olor le revolvía el estómago, que solo tenía una tortilla y café negro.
Sus manos… esas manos que habían salvado una vida, ahora estaban resecas, agrietadas, con las uñas rotas.

—¡Mireya! —el grito de Alma desde la sala, donde veía la tele a todo volumen—. ¡Traeme otra Coca con hielo! ¡Y muévete!

Mireya se levantó, limpiándose las manos en el delantal sucio.
Entró a la casa. El contraste era grotesco. Muebles nuevos de estilo “barroco” corriente, cortinas doradas, aire acondicionado portátil zumbando. Alma estaba desparramada en el sofá, comiendo chicharrones, con las uñas de los pies pintadas de rojo fosforescente.

—Aquí está, tía —dijo Mireya, dejando el vaso en la mesa.
Alma ni la miró.
—¿Ya acabaste con las gallinas?
—Ya casi.
—Pues apúrate. Hoy viene el padre a bendecir la camioneta nueva. Quiero todo limpio. Y tú te escondes en la cocina. No quiero que salgas a espantar a las visitas con esa cara de muerta que traes.

Mireya asintió y se dio la vuelta.
—Oye —dijo Alma de repente.
Mireya se detuvo.
—¿Sí?
—Ayer habló Nena. Desde París. ¿Sabes dónde es eso? Francia.
Mireya sintió un piquete en el corazón. París.
—Dice que es hermoso. Que Octavio le compró un abrigo de piel. —Alma soltó una risotada cruel—. Y pensar que tú creías que te iba a hacer caso a ti. Mírate. Eres polvo, Mireya. Y siempre serás polvo.

Mireya apretó los puños. Quería gritar. Quería agarrar el vaso de cristal y estrellárselo en la cara. Pero pensó en Esperanza. Pensó en la amenaza de la cárcel.
—Que Dios la bendiga, tía —dijo con voz muerta.
—Dios bendice a los que tienen lana, mijita. A los demás nos ignora. Órale, a la cocina.

Mireya regresó al patio, con las lágrimas corriendo silenciosas por sus mejillas sucias. Se sentó en el banco de madera y siguió desplumando la gallina.
—Algún día… —susurró—. Algún día se va a acabar esto.

No sabía qué tan pronto llegaría ese “algún día”. De hecho, estaba a menos de una hora de distancia, viajando a 120 kilómetros por hora en una camioneta gris discreta.


El viaje de Octavio había sido silencioso. Felipe manejaba concentrado, mirando los baches de la carretera rural.
—Jefe, ¿está seguro de esto? —preguntó Felipe cuando vieron el letrero oxidado que decía: “Bienvenidos a San Jacinto”.
—Nunca he estado más seguro de nada, Felipe. Necesito verla. Necesito ver a la familia. Algo huele mal. Muy mal.

Entraron al pueblo. Octavio recordaba poco del lugar, su memoria estaba borrosa por el veneno aquel día, pero recordaba la sensación de pobreza, de abandono.
Ahora, el pueblo seguía igual, excepto por una casa.

Felipe detuvo el coche a una cuadra de la dirección que tenían.
—Ahí es, jefe.
Octavio miró por la ventana.
La casa de los tíos de “Mireya” destacaba como un diente de oro en una boca podrida. El portón de lámina vieja había sido reemplazado por uno de herrería negra con lanzas doradas. La fachada estaba pintada de un color mamey chillón. Había una antena parabólica en el techo. Y afuera, estacionada sobre la banqueta rota, una camioneta pick-up del año brillaba bajo el sol.

—Vaya —dijo Felipe—. Se ve que la “dote” la invirtieron bien.
—Demasiado bien —murmuró Octavio—. Vamos.

Se bajaron del coche. Octavio llevaba jeans, una camisa polo sencilla y gorra. No quería llamar la atención.
Caminaron hasta el portón. Se escuchaba música de banda a todo volumen desde adentro.
Octavio tocó el timbre nuevo.

Nadie abrió.
Tocó más fuerte.
Finalmente, la puerta se abrió.
Salió el Tío Beto. Llevaba una camisa de seda estampada con caballos que le quedaba a reventar y olía a alcohol.
—¿Qué quieren? No compramos nada —dijo Beto, eructando.

Octavio se quitó la gorra y los lentes de sol.
—Buenas tardes, Don Beto.

Beto se quedó congelado. Sus ojos inyectados en sangre se abrieron desmesuradamente. Se le cayó el cigarro de la boca.
—¿Se… se… señor Octavio?
—El mismo. ¿Podemos pasar?

Beto empezó a tartamudear, poniéndose pálido.
—Eh… este… claro… es que… ¡Alma! ¡Almaaa! —gritó hacia adentro, con pánico en la voz—. ¡Vino el patrón! ¡Digo, el yerno!

Octavio entró, seguido por Felipe, quien miraba todo con ojos de águila, evaluando amenazas.
El patio ya no era de tierra. Estaba encementado. Había sillas de plástico nuevas y botellas de cerveza por todos lados.
Alma salió corriendo de la cocina, limpiándose la boca. Casi se tropieza con sus propias chanclas nuevas.
—¡Ay, don Octavio! ¡Qué sorpresa! ¡Qué honor! —Alma intentó sonreír, pero le salió una mueca de terror—. ¿Por qué no avisaron? Hubiéramos matado un borrego. ¿Dónde está mi niña? ¿Dónde está… Mireya?

Octavio notó el titubeo al decir el nombre.
—Mireya se quedó en la ciudad. Vine yo solo. Quería… saludarlos. Y ver cómo estaban.
—Ah, pues… muy bien, gracias a Dios y a su generosidad —dijo Alma, sudando a mares—. Como ve, hemos arreglado un poquito la casita. Para que Mireya no se avergüence cuando venga.

—Ya veo —dijo Octavio, mirando alrededor. Su mirada se detuvo en la cocina. La puerta estaba entreabierta. Olía a mole y a plumas quemadas.

—¿Gusta una cervecita? ¿Un tequila? —ofreció Beto, temblando.
—No. Solo quiero un vaso de agua. Hace mucho calor.
—¡Claro, claro! ¡Yo se lo traigo! —dijo Alma, corriendo hacia la cocina.
—No se moleste, doña Alma. Yo voy. Me gustaría ver la cocina. Me trae… recuerdos.

Alma se interpuso en su camino, con los brazos abiertos.
—¡No! ¡Digo… está muy sucia! ¡No puede entrar ahí, señor, se va a ensuciar su ropa fina! ¡La muchacha está desplumando pollos, huele feo!
—¿La muchacha? —preguntó Octavio, alzando una ceja—. ¿Tienen empleada doméstica?
—Eh… sí. Una… una huerfanita que recogimos. Por caridad, ya sabe. Somos muy caritativos.

Octavio sintió un escalofrío en la nuca. Ese instinto otra vez.
—Con permiso, Alma.

Octavio esquivó a la mujer gorda y empujó la puerta de la cocina.
Entró.
El lugar estaba en penumbra, caliente como un horno por el fogón encendido. Había humo.
Al fondo, sentada en un banco pequeño, de espaldas a la puerta, había una figura delgada, con el cabello recogido en un chongo desordenado, lleno de plumas. Estaba tallando una olla con fuerza.

—¡Te dije que te escondieras, inútil! —gritó Alma desde atrás, entrando en pánico—. ¡Perdón, señor Octavio, es que esta niña es media tonta!

La chica del banco se tensó al escuchar la voz de hombre. No volteó. Tenía miedo.
Octavio se quedó parado. Miró la espalda de la chica. Su postura. Su cuello delgado.
Algo hizo clic en su cerebro. Una memoria sensorial. El peso de un cuerpo cargándolo. La forma de unos hombros luchando contra la gravedad.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Octavio. Su voz sonó extraña en el cuarto pequeño.

La chica no contestó. Siguió tallando, pero sus hombros temblaban.
—¡Contesta cuando te hablan! —le gritó Beto, que había entrado también.

La chica dejó la fibra de metal. Se limpió las manos en el trapo sucio que tenía en las piernas.
Lentamente, muy lentamente, se giró.

El tiempo se detuvo.
Octavio sintió que el piso se abría bajo sus pies.
Vio un rostro sucio, manchado de hollín y sangre de pollo. Vio unos labios partidos por la deshidratación. Vio ropa vieja, remendada.
Pero vio los ojos.
Esos ojos grandes, de color miel oscuro, profundos, tristes pero llenos de una dignidad inquebrantable.

Eran los ojos que lo habían mirado en el monte. Eran los ojos que había buscado en los espejos de sus pesadillas.
Eran los ojos de su salvadora.

Mireya lo miró. No hubo sorpresa en su rostro, solo una resignación infinita.
—Buenas tardes, señor —dijo ella, con esa voz suave y melódica que Octavio había soñado mil veces. No la voz chillona de Nena. La voz real.

Octavio dio un paso atrás, como si lo hubieran golpeado.
—Eres tú… —susurró.

Alma se lanzó al frente.
—¡No le haga caso, señor! ¡Está loca! ¡Se llama… Juana! ¡Sí, Juana!
—Cállese —dijo Octavio, sin dejar de mirar a Mireya. Su voz fue un latigazo—. Cállese o juro que la mato.

Felipe, entendiendo todo en un segundo, puso su mano sobre la pistola que llevaba en la cintura y miró a Beto y Alma.
—Quietos —ordenó Felipe.

Octavio se acercó a Mireya. El humo del fogón los envolvía. Él, el millonario con ropa de marca. Ella, la sirvienta cubierta de mugre.
Se arrodilló frente a ella, ignorando el piso sucio.
Mireya intentó retroceder, avergonzada de su aspecto.
—No me mire así… estoy sucia.
—Estás viva —dijo él, con la voz quebrada.

Le tomó las manos.
Mireya se estremeció.
Octavio miró esas manos. Eran pequeñas. Fuertes. Y estaban llenas de cicatrices, quemaduras y callos. Las palmeó. Sintió la textura rasposa, la piel curtida por el trabajo.
Recordó la sensación de esas manos apretando su pierna. Recordó la fuerza.

Levantó la vista y la miró a los ojos, con lágrimas empezando a nublar su visión.
—Tú me salvaste. Tú me hiciste el torniquete. Tú me diste agua en la clínica.
Mireya bajó la mirada, y una lágrima limpia trazó un camino blanco en su mejilla sucia.
—Sí —susurró—. Fui yo.

Octavio cerró los ojos y pegó la frente a las manos unidas de ambos. Una mezcla de alivio, amor y una furia volcánica lo invadió.
—Mireya… —dijo su nombre como una oración—. Perdóname. Soy un estúpido. Me casé con la equivocada.

Se puso de pie de un salto, soltando las manos de Mireya pero manteniéndose frente a ella como un escudo. Se giró hacia Alma y Beto.
Su rostro ya no era el de un hombre confundido. Era el rostro de un tiburón de los negocios, de un hombre que destruye a sus enemigos sin piedad. Sus ojos eran hielo puro.

—Ustedes… —dijo, señalándolos con un dedo que temblaba de rabia—. Ustedes son unos monstruos. Me vendieron a su hija como si fuera ganado. Me engañaron. Y a ella… a la verdadera heroína… la tienen aquí como esclava.

Alma se tiró al suelo, llorando y pataleando.
—¡Fue por necesidad! ¡Somos pobres! ¡Tenga piedad! ¡Nena lo ama!
—Nena ama mi tarjeta de crédito —escupió Octavio—. Se acabó. La fiesta se acabó.

Se volvió hacia Mireya.
—Vámonos.
Mireya lo miró, confundida.
—¿A dónde?
—Lejos de aquí. A donde debiste haber ido hace cuatro meses. A tu casa.

Mireya se levantó, temblando. Miró a su tía en el suelo. Miró su cocina, su cárcel.
—No tengo nada… mi ropa…
—No necesitas nada de este lugar maldito. Felipe, sácanos de aquí.

Felipe asintió y empujó a Beto para abrir paso.
Octavio tomó a Mireya de la mano. Esta vez, no la soltó. La sacó de la cocina, cruzaron el patio donde la música de banda seguía sonando burlonamente, y salieron a la calle.

El sol brillaba con fuerza. Mireya entrecerró los ojos.
Octavio le abrió la puerta de la camioneta.
—Sube.
Mireya subió. El aire acondicionado le golpeó la cara. Olía a limpio.

Octavio subió del otro lado.
—Felipe, vámonos. Y llama a mis abogados. Quiero anular un matrimonio. Y quiero meter a dos personas a la cárcel por fraude y secuestro.
—Entendido, jefe.

La camioneta arrancó, dejando atrás la casa color mamey y los gritos de Alma.
Mireya iba sentada, mirando sus manos sucias sobre el asiento de piel gris. No podía creerlo.
Octavio la miró. Sacó un pañuelo de tela de su bolsillo y, con una delicadeza infinita, empezó a limpiarle la sangre de pollo de los dedos.

—Ya pasó —le dijo—. Te encontré.
Mireya lo miró y, por primera vez en meses, sonrió de verdad. Una sonrisa pequeña, tímida, pero real.
—Gracias por volver —dijo ella.
—Gracias por esperarme —respondió él.

Pero mientras la camioneta se alejaba hacia la ciudad, hacia la justicia y la verdad, Octavio sabía que la guerra apenas comenzaba. Nena no se iba a dejar quitar la corona tan fácilmente. Y su familia… su familia iba a explotar cuando supieran que el príncipe había traído a casa a la verdadera Cenicienta, y que esta vez, venía llena de cicatrices y sed de justicia.

CAPÍTULO 6: EL COLAPSO DEL REINADO DE CARTÓN

El silencio dentro de la camioneta blindada no era incómodo, pero estaba cargado de una electricidad estática, densa y vibrante. Era el silencio que sigue a una explosión, cuando el polvo aún flota en el aire y los sobrevivientes se tocan el cuerpo para asegurarse de que siguen enteros.

Octavio conducía con una mano en el volante y la otra apretando la mano de Mireya sobre la consola central, como si temiera que si la soltaba, ella se desvanecería como humo.

Mireya miraba por la ventana polarizada. El paisaje árido y polvoriento de la sierra se iba transformando lentamente en autopistas de concreto, espectaculares publicitarios y edificios que rascaban el cielo gris de la Ciudad de México. Se miró las rodillas. Llevaba su falda vieja, manchada de sangre seca de pollo y grasa de mole. Sus huaraches, llenos de lodo seco, contrastaban grotescamente con las alfombras de lana virgen del vehículo de lujo.

—Me vas a ensuciar el coche —susurró ella, con la voz quebrada por la vergüenza. Intentó retirar su mano, sintiendo que su mugre no tenía derecho a tocar la piel inmaculada de Octavio.

Octavio apretó más fuerte.
—Que se ensucie. Que se pudra el coche. No me importa nada de eso, Mireya.
—Huelo mal —insistió ella, bajando la cabeza. Las lágrimas volvieron a asomar—. Huelo a corral. A pobreza. Tu esposa… ella huele a rosas.

Octavio frenó bruscamente en un semáforo rojo, haciendo que los cinturones de seguridad se tensaran. Se giró hacia ella, quitándose los lentes oscuros para que ella pudiera ver la sinceridad cruda en sus ojos.

—Mi “esposa” —dijo la palabra con un asco visceral— huele a mentira. Tú hueles a verdad. Y prefiero mil veces el olor del trabajo honesto que el perfume de una traidora.

Mireya lo miró, sorprendida por la intensidad de su rabia y de su afecto.
—¿Cómo te diste cuenta? —preguntó ella—. Ellas dijeron que no te acordarías. Que estabas delirando.

Octavio suspiró, volviendo la vista al frente cuando el semáforo cambió a verde.
—Al principio, sí. Estaba drogado, adolorido. Pero el cuerpo tiene memoria, Mireya. Cuando esa chica me tocó… no sentí nada. Sus manos eran suaves, fofas. No tenían fuerza. Y luego… los detalles. Ella solo quería comprar cosas. No le importaba la gente. No le importaba la fundación que quise hacer. Y sus ojos… —Octavio negó con la cabeza—. Sus ojos estaban vacíos. Los tuyos… en los tuyos vi mi reflejo aquel día en el monte. Nunca olvidé tus ojos.

Mireya sonrió débilmente.
—Yo pensé que te habías olvidado de mí. Veía las revistas que traía mi tía. Salían fotos de su boda. Se veían bonitos.
—Era un disfraz. Todo este tiempo, he estado viviendo con un maniquí. Pero hoy… hoy se acaba el teatro.

Entraron a la zona de Lomas de Chapultepec. Las calles se volvieron anchas, arboladas, con mansiones escondidas tras muros altos de piedra volcánica y seguridad privada.
Mireya se encogió en el asiento. Nunca había visto casas así. Parecían castillos.
—¿Aquí vives? —preguntó.
—Aquí vivimos —corrigió él.

La camioneta se detuvo frente a un portón inmenso de madera y acero. Los guardias de seguridad, al ver el coche del patrón, abrieron inmediatamente, cuadrándose con respeto militar.
Octavio condujo por el camino de entrada, rodeado de jardines perfectos, hasta la entrada principal de la mansión.

Felipe, que venía en el coche escolta, corrió a abrirles la puerta.
—Jefe. ¿Cómo procedemos?
—Quédate en la puerta, Felipe. Que nadie salga. Nadie.
—Entendido.

Octavio bajó y rodeó el auto para abrirle a Mireya. Ella dudó.
—Octavio… no puedo entrar así. La servidumbre… me van a ver.
—Que te vean. Quiero que todos te vean. Levanta la cara, Mireya. Tú eres la dueña de esta historia. Ellos son solo espectadores.

Le tendió la mano. Mireya respiró hondo, llenando sus pulmones de aire limpio, y tomó su mano. Al bajar, sus huaraches viejos tocaron el mármol italiano de la entrada.
La puerta principal se abrió. Doña Martha, el ama de llaves, estaba ahí, con su uniforme impecable. Al ver a Octavio, sonrió, pero su sonrisa se congeló al ver a la criatura que traía de la mano.
Una chica sucia, despeinada, con plumas en el pelo y ropa de mendiga.

—¿Señor Octavio? —balbuceó Martha—. ¿Qué… qué pasó?
—Martha, reúne a todos en la sala. Ahora. Y avísale a mis padres que vengan. Diles que es una emergencia de vida o muerte.
—¿Y… y la señora Mireya? —preguntó Martha, refiriéndose a Nena.
—¿Dónde está ella?
—En la piscina, señor. Tomando el sol.

Octavio soltó una risa seca y peligrosa.
—Perfecto. No le digas que llegué. Yo le voy a dar la sorpresa.

Octavio llevó a Mireya a la sala principal. Era un espacio enorme, con techos de doble altura y candelabros de cristal. Mireya sentía que ensuciaba el aire con su sola presencia. Se quedó parada en una esquina, abrazándose a sí misma.
—Siéntate, por favor —le dijo Octavio, señalando un sofá de terciopelo blanco.
—¡No! Lo voy a manchar.
—Es un mueble, Mireya. Se lava. Siéntate.

Mireya se sentó en la orilla, temblando.
Minutos después, llegaron los padres de Octavio. Doña Graciela venía con una mascarilla facial puesta, y Don Fausto con su ropa de golf.
—¿Qué pasa, hijo? —preguntó Don Fausto, alarmado—. Martha dijo que era urgente. ¿Te sientes mal? ¿La pierna?

Entonces vieron a Mireya.
Doña Graciela soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca.
—¡Dios santo! ¿Quién es esa pordiosera? ¡Octavio! ¿Por qué dejas entrar indigentes a la casa? ¡Va a llenarnos de piojos!

Mireya bajó la cabeza, deseando que la tierra se la tragara.
—No es una indigente, mamá —dijo Octavio con voz de hielo—. Ella es la invitada de honor. Siéntense.

En ese momento, se escuchó el chancleteo de unas sandalias caras en el pasillo.
—¿Octavio? —la voz chillona de Nena resonó—. Martha dice que llegaste. ¿Por qué no fuiste a la alberca? Me compré un bikini nuevo que…

Nena entró a la sala, envuelta en una salida de baño transparente, con lentes de sol en la cabeza y un mojito en la mano.
Se detuvo en seco al ver a sus suegros sentados con cara de funeral. Y luego… vio a la figura en el sofá.

El vaso de mojito se le resbaló de la mano.
El cristal se hizo añicos contra el suelo de mármol, y el líquido pegajoso con menta se esparció, pero nadie se movió.

Nena se puso pálida bajo su bronceado artificial. Sus ojos iban de Mireya a Octavio, y de Octavio a la puerta, calculando una huida.
—¿Qué… qué hace esta gata aquí? —preguntó Nena, intentando atacar antes de ser atacada. Su voz temblaba.

Octavio caminó lentamente hacia ella, pisando los cristales rotos sin importarle el ruido. Se paró frente a ella, invadiendo su espacio vital, obligándola a retroceder.
—Esa “gata” —dijo Octavio, señalando a Mireya sin voltear a verla— es la mujer con la que creí haberme casado.

—No sé de qué hablas… —Nena intentó reír, pero sonó como un graznido histérico—. Octavio, amor, creo que el sol te afectó. Saca a esta limosnera, seguro vino a pedir dinero. Ya sabes cómo son en el pueblo, son unas garrapatas.

—¡Cállate! —el grito de Octavio retumbó en las paredes, haciendo saltar a su madre en el sillón—. ¡Deja de actuar! ¡Se acabó, Nena! ¡Ya sé quién eres!

Nena dio un paso atrás, chocando con una mesita.
—Soy Mireya… soy tu esposa…
—¡No eres Mireya! —Octavio la agarró de la muñeca y la arrastró hacia el sofá, obligándola a mirar a la verdadera Mireya—. ¡Mírala! ¡Ten la decencia de mirarla a los ojos!

Nena forcejeó, pero Octavio era mucho más fuerte. La puso frente a frente con su prima.
El contraste era brutal. Nena, con su piel cuidada, uñas perfectas y olor a coco. Mireya, consumida por el trabajo, sucia, pero con una mirada que ardía con fuego lento.

—Hola, prima —dijo Mireya suavemente.

Nena se soltó del agarre de Octavio y se frotó la muñeca.
—Yo no conozco a esta tipa. Es una impostora. Seguro mi tía la mandó para sacarnos más dinero. ¡Octavio, me están extorsionando! ¡Llama a la policía!

—Ya llamé a mis abogados —dijo Octavio—. Y fui a San Jacinto, Nena. Fui a tu casa. Vi a tus padres. Los vi con su camioneta nueva y su casa pintada de mamey. Y la vi a ella… —su voz se quebró—… encerrada en la cocina, desplumando los pollos que tú te tragas.

Doña Graciela se levantó, confundida.
—Octavio, no entiendo nada. ¿Qué está pasando? ¿Quién es esta niña?

Octavio se giró hacia sus padres.
—Mamá, papá. Les presento a Mireya Sánchez. La verdadera. La que me encontró en el monte. La que me chupó el veneno. La que me cargó dos kilómetros en su espalda mientras esta… —señaló a Nena con desprecio—… se pintaba las uñas en su casa.

Don Fausto se puso rojo de ira.
—¿Es esto cierto? —le preguntó a Nena.
Nena empezó a llorar, lágrimas gordas y teatrales. Se tiró al suelo, abrazando las piernas de Octavio.
—¡Perdóname! ¡Perdóname, mi amor! ¡Fue mi mamá! ¡Ella me obligó! Yo no quería… yo te amo de verdad… al principio fue una mentira, pero luego me enamoré de ti… ¡por favor no me dejes!

Octavio la miró desde arriba con una frialdad absoluta.
—Suéltame. Me das asco.
Nena no lo soltaba.
—¡Soy tu esposa! ¡Nos casamos por la iglesia! ¡Ante Dios!
—Te casaste con un nombre falso —dijo Octavio, pateando suavemente su mano para que lo soltara—. Firmaste el acta como Mireya Sánchez. Eso es fraude. Usurpación de identidad. Ese matrimonio es nulo. No eres mi esposa. No eres nada.

Nena se quedó en el suelo, sollozando, con el maquillaje corrido convirtiéndola en un payaso triste.
—¿Y qué vas a hacer? —chilló ella—. ¿Me vas a echar a la calle? ¿A mí? ¿Después de todo lo que vivimos?

—¿Lo que vivimos? —Octavio se rio—. ¿Te refieres a las compras? ¿A los viajes que me exigiste? ¿A cómo tratabas a la servidumbre? Sí, te voy a echar. Y no solo a la calle.

Octavio hizo una seña a Felipe, que esperaba en la entrada.
—Felipe. Saca a esta mujer de mi casa.
—¿Le permito hacer las maletas, jefe? —preguntó Felipe.
—No.
—¡Pero mi ropa! —gritó Nena, levantándose—. ¡Mis joyas! ¡Mis bolsas Louis Vuitton! ¡Son mías! ¡Tú me las regalaste!

—Te las regalé a Mireya —dijo Octavio—. Y tú no eres Mireya. Todo se queda. Te vas con lo que traes puesto. Y agradece que no te mando a la cárcel ahorita mismo, solo porque no quiero ensuciarme más las manos con tu familia.

Felipe agarró a Nena por el brazo.
—Vámonos, señorita.
—¡No! ¡Suéltame, gorila! —Nena pataleaba, gritaba, insultaba—. ¡Suegra! ¡Ayúdeme! ¡Usted me quiere!

Doña Graciela, que había estado en shock, se levantó. Caminó hacia Nena. La miró de arriba abajo con esa arrogancia de las clases altas que no perdona la vulgaridad.
—Nos engañaste —dijo Graciela—. Nos hiciste quedar como estúpidos ante toda la sociedad. Entraste a mi casa, comiste en mi mesa… y eras una farsa.
—Pero Doña Graciela…
—¡Sáquenla! —gritó Graciela con una furia histérica—. ¡Y quemen las sábanas donde durmió!

Felipe arrastró a Nena hasta la puerta. Sus gritos se fueron alejando por el pasillo, una mezcla de insultos y súplicas patéticas.
—¡Me las van a pagar! ¡Mireya, maldita muerta de hambre, esto no se queda así! —fue lo último que se oyó antes de que el portón pesado se cerrara con un estruendo final.

El silencio volvió a la sala. Pero ahora era un silencio diferente. Limpio.
Octavio respiró hondo, como si por fin hubiera soltado una carga de mil toneladas.
Se giró hacia Mireya, que seguía sentada en la orilla del sofá, temblando como una hoja.

—Ya está —dijo él, suavemente—. Se fue.
Mireya levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¿Y ahora? —preguntó—. Yo no pertenezco aquí, Octavio. Mírame. Tu mamá me odia. Soy… soy nadie.

Doña Graciela, recuperando la compostura, miró a la chica sucia en su sofá blanco. Vio las manos. Esas manos terribles, llenas de cicatrices. Y recordó lo que su hijo le había contado meses atrás, sobre cómo alguien había succionado el veneno con su propia boca.
La vergüenza la golpeó. Ella, que se creía tan buena juez de carácter, había sido engañada por una cara bonita y había despreciado a la verdadera salvadora.

Graciela se acercó, vacilante.
—Tú… tú fuiste la que lo salvó —dijo.
Mireya asintió, temerosa.
—Sí, señora.

Graciela miró a su hijo. Vio el amor y la devoción en los ojos de Octavio. Nunca lo había visto mirar a Nena así.
Suspiró, tragándose su orgullo.
—Martha —llamó.
El ama de llaves apareció, con los ojos rojos de llorar (había escuchado todo detrás de la puerta).
—¿Sí, señora?
—Prepara el baño de la recámara principal. Saca las sales importadas. Y… quema esa ropa que trae la niña. Busca algo en mi clóset que le pueda quedar, algo sencillo pero fino. Y llama al doctor de la familia, quiero que la revisen. Se ve anémica.

Mireya abrió los ojos como platos.
—Señora, no es necesario… yo me puedo ir…
—Nadie se va de esta casa —dijo Don Fausto, acercándose y poniéndole una mano en el hombro, manchándose su camisa de golf con hollín sin importarle—. Bienvenida a la familia, hija. Y perdónanos. Fuimos unos ciegos.

Octavio le extendió la mano a Mireya una vez más.
—Ven. Vamos a quitarte el pasado de encima.

La llevó escaleras arriba. Entraron a la recámara principal, esa que hasta hace una hora olía a Nena y a su vanidad. Ahora se sentía vacía, lista para ser llenada de nuevo.
Octavio la llevó al baño, un espacio de mármol y vapor que era más grande que toda la casa de su tía Alma.
Martha ya había llenado la tina inmensa con agua caliente y espuma.

—Te dejo para que te bañes tranquila —dijo Octavio—. Tómate tu tiempo. Llora si quieres. Grita si quieres. Aquí nadie te va a juzgar.
Mireya lo miró.
—¿Por qué haces todo esto?
—Porque te lo debo. Y porque… —Octavio se detuvo, acariciándole la mejilla sucia con el pulgar—… porque tengo la sospecha de que debajo de toda esa tierra, está la mujer más hermosa que he conocido.

Salió y cerró la puerta.
Mireya se quedó sola. Se miró en el espejo inmenso. Vio a una desconocida. Vio el dolor de años reflejado en su cara.
Lentamente, se quitó la ropa. La falda rota cayó al suelo. La blusa manchada. Los huaraches viejos.
Se metió en el agua caliente. El calor la abrazó como una madre.
Empezó a tallarse. Talló con fuerza. El agua se puso gris, luego negra.
Lloró. Lloró mientras se quitaba la mugre de San Jacinto. Lloró por sus padres muertos, por los insultos de su tía, por la traición de su prima, por los meses de esclavitud.

Cada lágrima era una despedida a su vida anterior.
Se lavó el pelo tres veces hasta que la espuma salió blanca.
Cuando salió de la tina, envuelta en una toalla de algodón egipcio que parecía una nube, se sintió ligera.
Martha entró con un vestido de seda color lavanda.
—Tenga, niña. Era de la señora Graciela cuando era joven. Le va a quedar un poco grande, pero lo ajustamos.

Mireya se vistió. Se cepilló el cabello mojado.
Cuando se miró al espejo de nuevo, la chica sucia había desaparecido.
Estaba delgada, sí. Tenía ojeras, sí. Sus manos seguían marcadas.
Pero sus ojos… sus ojos brillaban como el oro.

Bajó las escaleras. Octavio la esperaba al pie, con una copa de vino en la mano y una camisa limpia.
Al verla bajar, dejó la copa en una mesa.
Se quedó sin aliento.
Sin la suciedad, las facciones de Mireya eran finas, delicadas, con una belleza clásica y melancólica.

—Wow —dijo él.
Mireya se sonrojó.
—Me queda grande el vestido.
—Te queda perfecto.

Octavio se acercó y le tomó las manos. Besó sus nudillos, uno por uno, besando cada cicatriz, cada callo.
—Estas manos —dijo él— valen más que todos los diamantes que Nena compró. Estas manos construyeron mi futuro.

Mireya sintió que el corazón le latía en la garganta.
—Octavio… yo no sé ser rica. No sé usar cubiertos finos. No sé hablar con gente importante. Me da miedo.
—Aprenderás —dijo él—. Tienes toda la vida. Y yo estaré contigo en cada paso. Vamos a estudiar, Mireya. Vas a ir a la universidad, como querías. Vas a tener tu granja, si eso quieres. El mundo es tuyo.

—¿Y mi tía? ¿Y Nena? —preguntó ella, con el miedo aún latente.
—Ellas son el pasado. Y el pasado se queda atrás. Hoy es el día uno, Mireya.

La llevó al comedor. La mesa estaba puesta para dos. No había una cena elegante con meseros de guante blanco. Había tacos. Tacos de canasta y refrescos de vidrio.
Mireya se rio, una risa clara y cristalina que rompió el último vestigio de tensión en la casa.
—¿Tacos? —preguntó.
—Pensé que te gustarían más que el caviar. Martha los mandó pedir.
—Me encantan.

Se sentaron a comer. Por primera vez en meses, Mireya comió hasta saciarse, sin miedo a que alguien le arrebatara el plato, sin escuchar insultos.
Comió frente al hombre que la miraba no con lástima, ni con gratitud solamente, sino con una admiración profunda que empezaba a transformarse en algo mucho más fuerte.

Esa noche, Mireya durmió en la recámara de huéspedes, entre sábanas que olían a lavanda. No tuvo pesadillas.
Soñó con un campo verde, con una escuela, y con un hombre que le sostenía la mano.

Mientras tanto, en la calle fría fuera de la privada de lujo, Nena caminaba con sus tacones rotos, arrastrando su salida de baño sucia, gritándole al viento, jurando venganza. Pero nadie la escuchaba. Las puertas del reino se habían cerrado para siempre, y la verdadera reina acababa de ocupar su trono.

CAPÍTULO 7: LA COSECHA DE LA VIDA Y EL FRUTO DEL VIENTRE

La adaptación no fue un cuento de hadas instantáneo. Las cicatrices del cuerpo sanan rápido con cremas caras y buena alimentación, pero las cicatrices del alma son tercas.

Durante los primeros meses en la mansión Montero, Mireya caminaba de puntitas. Tenía miedo de tocar los jarrones chinos, miedo de ensuciar las alfombras persas, miedo de que, si hacía demasiado ruido, despertaría de este sueño y se encontraría otra vez en el petate de la cocina de su tía Alma.

A veces, Octavio la encontraba en la cocina a las seis de la mañana, intentando lavar los trastes antes de que llegara el personal.
—Mireya, amor —le decía él, quitándole la esponja con suavidad—. No tienes que hacer esto.
—Es que me siento inútil, Octavio —respondía ella con los ojos aguados—. Todo me lo dan. La comida, la ropa, el techo. Yo estoy acostumbrada a ganarme el pan. Siento que soy una carga.

Octavio la sentó en la barra de la cocina y le tomó las manos, que ya empezaban a suavizarse, aunque las marcas de trabajo duro seguían ahí como un mapa de su historia.
—Tú ya te ganaste todo esto, Mireya. Pagaste por adelantado con tu valentía en el monte. Pero si quieres “hacer” algo… entonces invierte en ti misma. Estudia.

Y así comenzó el verdadero renacimiento de Mireya.

No fue fácil. A sus dieciocho años, había perdido casi tres de escolaridad. Sus conocimientos estaban oxidados.
Octavio contrató a los mejores tutores privados de la ciudad. Matemáticas, historia, literatura, inglés.
El estudio de la mansión se convirtió en su cuartel general.

Al principio, Mireya lloraba sobre los libros de álgebra.
—Soy una burra —decía, tirando el lápiz—. No entiendo nada. Nena tenía razón, soy de monte.
Octavio, que llegaba cansado de dirigir un imperio empresarial, se sentaba a su lado, se aflojaba la corbata y le explicaba las ecuaciones con paciencia infinita.
—No eres burra. Eres brillante. Solo que a tu cerebro le falta práctica, como a un músculo que no se ha usado. Ten paciencia.

Y la paciencia dio frutos.
Mireya devoraba los libros con la misma hambre con la que antes devoraba las sobras de comida. Aprendió rápido. Descubrió que tenía una memoria fotográfica y una lógica afilada. En seis meses, había recuperado los años perdidos de preparatoria.

El día que presentó su examen de admisión para la universidad, Octavio estaba más nervioso que ella. La esperó afuera en el coche durante cuatro horas.
Cuando Mireya salió, con su carpeta bajo el brazo y una sonrisa tímida, él supo la respuesta.
—¿Y bien?
—Creo que me fue bien —dijo ella.

Le fue más que bien. Quedó en los primeros lugares para la carrera de Ingeniería Agrónoma.
—¿Agronomía? —preguntó Doña Graciela, arrugando la nariz durante la cena de celebración—. ¿Por qué quieres estudiar para sembrar papas, hija? Podrías estudiar Arte, o Diseño de Modas.
Mireya, que ya no bajaba la cabeza ante nadie, le sonrió a su suegra con dulzura pero con firmeza.
—Porque la tierra es lo único que nunca miente, señora Graciela. La tierra me vio sufrir, pero también me vio salvar a su hijo. Quiero aprender a hacerla producir, pero bien. Quiero tener mi propio rancho. No para explotar a la gente, sino para dar trabajo digno.

Octavio la miró con un orgullo que casi no le cabía en el pecho.
—Salud por la futura Ingeniera —dijo, levantando su copa.


Pasaron dos años.
La vida de Mireya era una rutina feliz de universidad, tareas y amor.
Ya no era la chica asustadiza. Se había convertido en una mujer hermosa, segura de sí misma. Su estilo era sencillo pero elegante; no usaba las marcas ostentosas que Nena adoraba, sino vestidos de lino, blusas bordadas a mano por artesanas mexicanas, y su cabello negro siempre suelto y brillante.

En la universidad, nadie sabía que era la esposa de un multimillonario. Para todos, era Mireya, la chica lista que siempre sacaba diez en Botánica y que compartía sus apuntes con todos.

Pero la felicidad perfecta a veces trae sus propios miedos.

Una mañana, durante el desayuno, el olor de los huevos con chorizo hizo que el estómago de Mireya diera un vuelco violento.
Salió corriendo al baño de visitas y vomitó hasta el alma.

Octavio corrió tras ella, sosteniéndole el cabello.
—¿Estás bien? ¿Te cayó mal la cena? Voy a llamar al doctor.
Mireya se lavó la cara, pálida como un papel. Se miró al espejo y empezó a contar los días.
—No… —susurró—. No puede ser.

Esa tarde, compró tres pruebas de embarazo de diferentes marcas. Se encerró en el baño.
Positivo. Positivo. Positivo.

Mireya se sentó en el piso frío del baño y se puso a llorar.
No lloraba de alegría. Lloraba de miedo.
Estaba a la mitad de la carrera. Tenía planes. Tenía sueños. Y, sobre todo, tenía el trauma de su tía Alma gritándole: “Si sales con tu domingo siete, te largas”.
Sentía que había fallado. Que iba a decepcionar a Octavio. Que él pensaría que era una trampa para amarrarlo más.

Octavio llegó del trabajo y la encontró ahí, hecha bolita en el suelo, con las pruebas en la mano.
Su corazón se detuvo un segundo. Pensó lo peor. ¿Una enfermedad terminal?
—Mireya, mi vida, ¿qué pasa?

Ella le extendió las pruebas, temblando.
—Perdóname —sollozó—. Perdóname, Octavio. Soy una tonta. No me cuidé bien. Voy a tener que dejar la escuela… arruiné todo.

Octavio miró las barritas rosas. Su cerebro procesó la información.
Una sonrisa lenta, incrédula y luminosa se extendió por su rostro.
Soltó una carcajada de pura felicidad, se arrodilló y la abrazó con tanta fuerza que casi la deja sin aire.

—¿Perdón? ¿De qué me pides perdón, mujer? —dijo él, besándole la cara mojada de lágrimas—. ¡Me acabas de dar la mejor noticia de mi vida!
—Pero… la escuela… mi carrera…
—¡Al diablo con los tiempos! —exclamó él—. Si tienes que pausar un semestre, lo pausas. Si quieres ir a clases con panza, vas. Si quieres que contrate a un chofer para que te cargue los libros, lo hago. Mireya, vamos a ser papás. Tú y yo. Una parte de ti y una de mí.

Mireya lo miró, buscando cualquier rastro de decepción. Solo vio amor incondicional.
—¿No estás enojado?
—Estoy flotando, mi amor. Estoy flotando.


El embarazo de Mireya fue tranquilo, rodeado de mimos.
Doña Graciela, que al principio había sido escéptica, se transformó en la abuela más intensa del mundo. Compraba ropa de bebé compulsivamente y le mandaba jugos verdes a Mireya todas las mañanas.
—Ese nieto tiene que salir fuerte, Mireya. Come espinacas.

Nació un niño. Le pusieron Gabriel, porque Mireya dijo que había sido un ángel el que la puso en el camino de Octavio ese día.

Y mientras la vida florecía en la mansión Montero, en San Jacinto, la vida se marchitaba para los traidores.

La caída de la familia Sánchez había sido estrepitosa.
Cuando Octavio anuló el matrimonio y cortó el flujo de dinero, el mundo de fantasía de tía Alma se derrumbó como un castillo de naipes.
Ya se habían gastado casi todo el dinero de la “dote” inicial en la camioneta, la remodelación absurda de la casa y ropa cara. No habían ahorrado un peso.

Cuando dejaron de llegar los cheques mensuales, las deudas los comieron vivos.
Tuvieron que vender la camioneta por la mitad de su precio para pagar a los prestamistas.
Tuvieron que vender la pantalla plana, los muebles dorados y hasta el portón nuevo.

Nena regresó al pueblo, humillada, con una mano adelante y otra atrás.
Intentó mantener su fachada de “señora rica divorciada”, pero en un pueblo chico, las noticias vuelan. Todos sabían que la habían corrido por impostora.
—Ahí va la millonaria —se burlaban los borrachos cuando la veían pasar.

Nena, amargada y furiosa, terminó trabajando de mesera en una cantina de mala muerte en la carretera. Servía cervezas a camioneros que le daban nalgadas al pasar, y cada vez que limpiaba una mesa, maldecía el nombre de Mireya.

—Me robó mi vida —le decía a cualquiera que quisiera escucharla—. Esa gata me hizo brujería.

Su tía Alma terminó peor. La amargura le agrió el carácter hasta que el tío Beto, harto de sus gritos y de la pobreza, se fue con otra mujer al norte. Alma se quedó sola en la casa de adobe, que ahora se estaba cayendo a pedazos otra vez, vendiendo chicles en la plaza y contando historias de grandeza que nadie creía.

La justicia divina no había necesitado abogados. Solo tiempo.


Cuatro años después del rescate.

El auditorio de la universidad estaba lleno. Había togas, birretes y familias orgullosas con ramos de flores.
Cuando el rector llamó al estrado:
—¡Mireya Sánchez de Montero! ¡Mención Honorífica por Excelencia Académica!

Mireya se levantó. Llevaba su toga negra y una estola dorada. Caminó hacia el escenario con la cabeza alta.
Desde la primera fila, Octavio aplaudía tan fuerte que le dolían las manos. A su lado, el pequeño Gabriel, de tres años, saltaba en la silla gritando:
—¡Esa es mi mamá! ¡Bravo, mamá!

Mireya recibió su título. Miró hacia el público. Vio a su esposo, el hombre que le había dado alas. Vio a su hijo, el motor de su vida. Y vio a Esperanza, su amiga del pueblo, a quien había traído a la ciudad y pagado sus estudios de enfermería, sentada junto a ellos llorando de emoción.

Mireya sonrió. No era la sonrisa tímida de la sirvienta. Era la sonrisa de la Ingeniera. De la madre. De la mujer.

Al bajar del escenario, Octavio la recibió con un abrazo que la levantó del suelo.
—Lo lograste, mi amor.
—Lo logramos —corrigió ella—. Ahora, Octavio… tengo una idea.
—¿Qué idea? —preguntó él, besándola.
—Ya tengo el título. Ahora quiero el rancho. Pero no cualquier rancho. Quiero comprar los terrenos que están al lado de San Jacinto.
Octavio la miró, sorprendido.
—¿Quieres volver ahí? ¿Después de todo lo que te hicieron?
—No voy a volver a vivir ahí. Voy a volver a dar trabajo. Voy a poner una cooperativa agrícola. Voy a enseñarles a cultivar mejor. Y voy a abrir una clínica gratuita especializada en… mordeduras de serpiente.

Octavio se quedó callado un momento, maravillado por la nobleza de su esposa.
—Eres increíble, Mireya. ¿Estás segura de que quieres ayudar a esa gente? Algunos te trataron muy mal.
—La gente es mala cuando tiene hambre y miedo, Octavio. Si les damos trabajo y salud, cambian. Y además… —Mireya miró su título—. La mejor venganza no es destruirlos. Es demostrarles que yo pude florecer donde ellos solo vieron tierra seca.

—Hecho —dijo Octavio—. Mañana compramos los terrenos.


EPÍLOGO: EL CÍRCULO SE CIERRA

Un año después, una camioneta de lujo, esta vez blanca, entró nuevamente a San Jacinto.
Pero esta vez no iba a la casa de la tía Alma. Iba a las afueras, donde se inauguraba la “Hacienda La Esperanza”.

Había fiesta en el pueblo. Contrataron a mucha gente para la cosecha. Había comida gratis y música.
Mireya caminaba entre los surcos de tomate, con botas de trabajo y sombrero, dando instrucciones a los capataces. Octavio cargaba a Gabriel en sus hombros, mostrándole los caballos.

A lo lejos, detrás de la reja, una mujer demacrada, con el cabello teñido de un rubio barato y la piel marchita por el sol y el rencor, miraba la escena.
Era Nena.
Llevaba un delantal sucio de la cantina.
Miró a Mireya. Se veía radiante, poderosa, feliz. Miró a Octavio, el hombre que pudo ser suyo si tan solo hubiera tenido un corazón honesto.

Nena sintió un ardor en el pecho. Envidia pura.
—Debería ser yo —masculló.
—¿Qué dices, loca? —le gritó su patrón desde la cantina—. ¡Ponte a trabajar que hay clientes! ¡Deja de soñar!

Nena bajó la cabeza y dio media vuelta, arrastrando los pies en el polvo, regresando a su oscuridad.

Mireya, en el campo, sintió una mirada pesada. Volteó hacia la carretera, pero ya no había nadie. Solo polvo.
Sonrió, respiró el aire limpio del campo y se volvió hacia su esposo.
—Octavio, ven. Gabriel encontró una Catarina.

Octavio corrió hacia ella. Se besaron bajo el sol del mediodía, el mismo sol que años atrás casi los mata, y que ahora iluminaba su victoria.

Mireya Sánchez, la huérfana, la sirvienta, la olvidada, había dejado de existir.
Ahora era Mireya, la Salvadora. Y esta vez, se había salvado a sí misma.

FIN

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