
CAPÍTULO 1: EL REFUGIO ENTRE CAJAS Y LA LUZ DE OTOÑO
El sol de otoño en la Ciudad de México tiene una cualidad engañosa; pica en la piel pero no calienta los huesos, especialmente cuando uno se levanta a las cuatro de la mañana para tomar el primer camión desde Ecatepec hasta el centro. Pero para Marina, ese sol pálido que se filtraba entre las ramas casi pelonas de los árboles en el patio del Hospital General era la gloria misma. Era la luz de la libertad.
Eran las siete de la mañana y el turno apenas comenzaba, pero Marina se tomó sus sagrados cinco minutos antes de checar tarjeta. El patio del hospital era un pequeño oasis de concreto y jardineras mal cuidadas en medio del caos de cláxones y vendedores ambulantes de tamales que ya se instalaban en la banqueta de afuera. El aire olía a una mezcla extraña de desinfectante industrial, hojas secas y el atole de champurrado que vendía Doña Pelos en la esquina. Para cualquier otra persona, ese olor sería deprimente, sinónimo de enfermedad y salas de espera eternas. Para Marina, olía a esperanza.
—¡Buenos días, mi Marina! —la voz rasposa de Don Chuy rompió su ensimismamiento.
Don Chuy era parte del inventario del hospital tanto como las camillas oxidadas. Un anciano de setenta y tantos años, con la piel curtida como el cuero de sus huaraches y una gorra de beisbol deslavada que nunca se quitaba. Llevaba meses yendo y viniendo por una diabetes mal cuidada que le estaba comiendo los pies, pero su espíritu estaba más entero que el de muchos doctores.
—¡Don Chuy! ¿Qué hace aquí afuera tan temprano? Se me va a pasmar con este frío, oiga —le regañó Marina con cariño, acercándose para acomodarle la cobija a cuadros que el señor tenía sobre las piernas.
—Nombre, hija, si el frío conserva. Mira nomás qué chulada de día. Además, estaba esperando a que llegaras. Esa sonrisa tuya cura más que las pastillas esas grandotas que me hace tragar la enfermera Lupe. Esas nomás me dan agruras, pero verte a ti me alegra el corazón.
Marina soltó una risa cristalina, de esas que hacen voltear a la gente. Se agachó para estar a la altura de la silla de ruedas del anciano.
—Ya va a empezar de coqueto, Don Chuy. Mejor dígame, ¿se tomó su medicina anoche?
—Sí, sí, ya sabes cómo es la Lupe, si no me la tomo es capaz de inyectármela a la fuerza —bromeó el viejo, y luego su expresión se tornó seria, paternal—. ¿Y tú qué, mi hija? Te veo ojeras. ¿Otra vez estudiando hasta tarde?
Marina suspiró y se pasó una mano por el cabello, una melena rebelde de color cobrizo que siempre intentaba domar en un chongo apretado bajo la red del pelo obligatoria.
—Pues sí, Don Chuy. La guía para el examen de la universidad no se lee sola. Y ya sabe que este año sí o sí tengo que entrar. No puedo quedarme de afanadora toda la vida. Quiero curar, Don Chuy. Quiero ser yo la que decida qué pastillas darle para que no le den agruras.
El anciano le palmeó la mano con sus dedos nodosos.
—Vas a ver que sí, mija. Tienes manos de ángel y cabeza dura. Esa es la combinación ganadora en este país.
Marina se despidió de él y corrió hacia la entrada de servicio. Mientras cruzaba los pasillos de linóleo desgastado color verde menta, un color que parecía elegido específicamente para deprimir a la gente, su mente viajó al pasado. A ese pasado reciente que todavía le dolía como una muela picada.
La gente la veía ahí, con su uniforme azul pitufo, tallando pisos y vaciando cómodos, y pensaban que era una chica sencilla, quizás sin muchas luces. Nadie se imaginaba que Marina había sido la mejor alumna de su preparatoria, con un promedio perfecto. Nadie sabía que en su mochila, escondida entre trapos sucios y botellas de cloro, cargaba libros de anatomía de segunda mano que leía con voracidad en sus ratos libres.
Pero la vida en México es una lotería cruel. No basta con ser listo; hay que tener suerte, o dinero, o palancas. Y Marina no tenía ninguna de las tres.
Su vida se había partido en dos hacía tres años. Antes, todo era modesto pero feliz. Vivía con su madre, Olga, una mujer que olía a lavanda y pan dulce, y con su padrastro, Rogelio. En aquel entonces, Rogelio era un tipo decente. Trabajaba en un taller mecánico, traía las manos siempre manchadas de grasa pero el dinero completo a la casa. Bebía, sí, como casi todos los hombres de la colonia, pero solo los sábados viendo el fútbol. “Unas chelas para el calor”, decía.
Pero entonces llegó el trombo. Fue un asesino silencioso. Olga estaba cocinando un domingo cualquiera, se llevó la mano al pecho, se desplomó y nunca más despertó. Marina tenía diecisiete años. En ese instante, su mundo se quedó sin cimientos.
La muerte de Olga rompió algo dentro de Rogelio. Pero no se rompió para volverse suave, sino para volverse filoso. El dolor lo transformó en un monstruo. Las “chelas del sábado” se convirtieron en el tequila barato del diario, luego en el mezcal de garrafa, y finalmente en alcohol de caña puro, de ese que te quema la garganta y te borra la humanidad.
Perdió el trabajo en el taller a la semana del funeral por llegar borracho y golpear a un cliente. Y así comenzó el infierno de Marina en esa casa de interés social en Iztapalapa.
—¡Marina! ¿Dónde estás, inútil? ¡Tengo hambre! —los gritos de Rogelio se convirtieron en la banda sonora de sus tardes.
La casa, que antes brillaba de limpia gracias a Olga, se volvió un antro. Rogelio empezó a traer a sus “amigos”, tipos de mirada turbia y manos largas, a beber a la sala. Se gastaban el poco dinero que Marina ganaba haciendo tareas ajenas o vendiendo dulces en la escuela.
Lo peor no eran los gritos, ni siquiera el hambre. Lo peor era el miedo. Ese miedo pegajoso que sentía Marina cuando escuchaba la llave en la cerradura a las tres de la mañana. El miedo a que un día, la violencia de Rogelio no fuera solo contra los muebles, sino contra ella.
Recordaba con vívida claridad la noche que decidió huir. Fue un martes lluvioso. Rogelio había llegado más borracho que de costumbre, acompañado de dos tipos que Marina no conocía.
—Mira, compadre, esta es la hijastra de la que te hablé. Ya está crecidita, ¿verdad? —había dicho Rogelio, con una risa babosa que le heló la sangre a Marina.
Ella no esperó a ver qué pasaba. Con el corazón latiéndole en la garganta, salió por la ventana del baño hacia el patio trasero, trepó la barda hacia la casa del vecino y corrió. Corrió bajo la lluvia hasta que los pulmones le ardieron. No tenía a dónde ir. Terminó en un terreno baldío, a unas cuadras de ahí, donde había una construcción abandonada.
Encontró un rincón seco entre unas tarimas de madera y cartones viejos. Esa noche, tiritando de frío y terror, Marina se construyó un refugio. Literalmente, apiló cajas de madera como si fuera una fortaleza medieval para protegerse de los perros callejeros y de los hombres malos. Lloró hasta quedarse dormida, abrazada a la foto de su madre que siempre llevaba en el medallón del cuello.
—Mamá, ayúdame. No me dejes sola —suplicó al cielo gris.
Y parece que Olga la escuchó. Porque a la mañana siguiente, caminando sin rumbo, vio el letrero pegado con diurex en la reja del Hospital General: “SE SOLICITA PERSONAL DE INTENDENCIA. URGENTE. PRESENTARSE CON SOLICITUD ELABORADA”.
No lo pensó. Mintió sobre su experiencia, puso su mejor cara de “soy trabajadora y no doy problemas”, y el jefe de recursos humanos, un hombre gordo y sudoroso que solo quería llenar la vacante rápido, la contrató.
Con su primer sueldo, y pidiendo un adelanto que casi le cuesta el puesto, Marina rentó un cuarto. No era un departamento, era literalmente un cuarto de azotea en una vecindad vieja cerca del Metro Indios Verdes. El techo era de lámina de asbesto, hacía un calor infernal en verano y un frío polar en invierno. El baño era compartido con otras tres familias. Pero tenía una puerta. Una puerta con cerrojo que ella podía cerrar por dentro. Esa primera noche en su cuarto propio, comiendo una sopa Maruchan y sentada en un colchón en el suelo, Marina se sintió la mujer más rica de México. Era dueña de su silencio y de su seguridad.
—¡Tierra llamando a Marina! —un chasquido de dedos frente a su cara la trajo de vuelta al presente.
Era Doña Toña, la cocinera del hospital. Una mujer inmensa, con un corazón del mismo tamaño y unos brazos fuertes capaces de cargar ollas de pozole para un batallón.
—Ay, Doña Toña, perdón, me fui —dijo Marina, sonrojándose. Ya estaba en el área de vestidores, poniéndose la filipina azul.
—Andas en la luna, mijita. Ten —Doña Toña sacó de su delantal un bulto envuelto en servilletas de papel y papel aluminio—. Es una torta de huevo con chorizo. Me sobró del desayuno de los internos. Cómetela ahorita que nadie ve, porque estás muy flaca. Si sigue así, te va a llevar el viento cuando salgas a trapear el patio.
Marina sintió un nudo en la garganta. La solidaridad de la gente pobre es la más pura que existe.
—Gracias, Toña. De verdad. No he desayunado nada.
—Ya lo sé, niña, ya lo sé. Tú ahorras cada centavo para tus libros y tu renta. Pero cerebro sin gasolina no funciona. Ándale, come.
Mientras devoraba la torta, que le supo a gloria, Marina escuchó el chisme del día. En los hospitales, las noticias vuelan más rápido que las bacterias.
Lupe, la enfermera jefa del piso 3, entró al vestidor resoplando como toro de lidia, aventando su bolso en el casillero.
—¡No es posible! ¡De verdad que no es posible! —gritaba Lupe al aire.
—¿Qué pasó ahora, Lupita? ¿Otra vez el Dr. Ramírez te dejó todo el papeleo? —preguntó Toña, recargada en el marco de la puerta.
—Peor. El Director se volvió loco. Acaba de avisar que van a trasladar a un paciente a la “Suite Presidencial”.
Marina soltó una risita. La tal “Suite Presidencial” era simplemente la habitación 305, que era un poco más grande que las demás y tenía una ventana que no daba al muro de ladrillos, sino a un árbol.
—¿Y cuál es el alboroto? —preguntó Marina, limpiándose las migajas de pan de la boca.
—El alboroto, mi reina, es que el paciente es Nicolás De la Garza —dijo Lupe, abriendo los ojos como platos, esperando una reacción.
Marina se encogió de hombros. El nombre no le decía nada. Ella no leía las revistas de sociales, leía libros de biología.
—¿Y ese quién es? ¿Un narco? Porque si es narco yo no entro a limpiar ahí, ya ves lo que pasó la otra vez con los del Cartel en urgencias…
—¡Cállate la boca! Toca madera —Lupe se persignó rápido—. No, niña, qué narco ni qué nada. Nicolás De la Garza es el dueño de Banco Norte. Es, literalmente, uno de los solteros más codiciados de Monterrey y de México entero. Dinero viejo, de abolengo. Dicen que su familia tiene tanta lana que podrían comprar el hospital solo para demolerlo y hacer una cancha de tenis.
—¿Y qué hace un multimillonario aquí en el Hospital General? —la lógica de Marina era implacable—. Esa gente se va al ABC de Santa Fe o al Ángeles. No vienen a donde las sábanas tienen zurcidos.
—Exacto —intervino Doña Albina, la Jefa de Enfermeras, entrando con paso marcial al vestidor. Todas se cuadraron un poco. Albina era una mujer de metro y medio de estatura pero con el carácter de un general revolucionario—. Nadie sabe qué hace aquí. Dicen que se sintió mal cuando venía de inspeccionar una obra de caridad cerca de aquí y su chofer lo metió a urgencias porque se estaba poniendo morado. Ya lo estabilizaron, pero el Director no quiere que lo muevan hasta que esté al cien. Tiene pánico de que se le muera el “Billete de Oro” en la ambulancia.
Albina se giró y clavó sus ojos pequeños y negros en Marina.
—Tú, Marina.
—¿Mande, Jefa?
—Hoy te encargas de la 305. Y más te vale que esa habitación brille. Quiero que te veas reflejada en el piso. Quiero que el baño huela a rosas, no a cloro. Si ese señor se queja de una mota de polvo, te vas a la calle. ¿Me oíste?
Marina sintió un frío en el estómago. Sabía que Doña Albina no bromeaba. La situación laboral de Marina era precaria; estaba por contrato temporal. Un error y adiós al sueño de la universidad, adiós al cuarto propio, hola de nuevo a la calle.
—Sí, Jefa. No se preocupe. Va a quedar como espejo.
—Eso espero. Y otra cosa —Albina bajó la voz, acercándose amenazadoramente—: Nada de andar de “impertinente”. Esa gente rica es especial. No le hables a menos que te hable. No lo mires a los ojos. Entras, limpias, sales. Eres invisible. ¿Entendido?
—Entendido, Jefa. Soy un fantasma.
Marina tomó su carrito de limpieza, que rechinaba con cada paso, y se dirigió al elevador. Sentía una mezcla de curiosidad y pavor. Se imaginaba al tal Nicolás De la Garza como el típico villano de telenovela: un señor gordo, calvo, fumando un puro (aunque estuviera prohibido), gritándole a la gente y tratando a todos como basura.
“Seguro es un déspota”, pensó mientras exprimía el trapeador con fuerza, imaginando que era el cuello del millonario. “Seguro va a querer que le limpie los zapatos o algo así. Maldita suerte la mía”.
Al llegar al tercer piso, el ambiente era un caos. Habían sacado a los dos pacientes que compartían la habitación contigua para que no hicieran ruido. El Director del hospital, el Dr. Bermúdez, estaba ahí personalmente, supervisando cómo dos camilleros metían una televisión de pantalla plana que claramente había sacado de su propia oficina.
—¡Cuidado con el marco! ¡No rayen la pared! —gritaba Bermúdez, sudando a chorros—. ¡Enfermera! ¿Dónde está el jarrón con flores? Le dije que quería gladiolas frescas.
—Doctor, aquí solo tenemos las flores de plástico de la capilla… —murmuró una enfermera asustada.
—¡Pues vaya a comprarlas! ¡De mi bolsa! ¡Corra!
Marina se pegó a la pared para no estorbar. Todo aquel circo le parecía ridículo. Había gente en los pasillos esperando una cama desde hacía dos días, pero por un rico movían cielo, mar y tierra. La injusticia le quemaba en el pecho, pero se tragó su coraje. Necesitaba la chamba.
—Tú, la de limpieza —le gritó Bermúdez al verla—. ¡Ándele! Entre ya. Tiene veinte minutos antes de que suban al paciente de terapia intensiva. Quiero que desinfecte todo dos veces.
Marina asintió y entró a la habitación 305.
Estaba vacía por el momento. Era un cuarto triste, con pintura color crema descascarada en las esquinas. Marina se puso los guantes de hule amarillos y empezó a trabajar con una furia metódica. Talló los azulejos del baño hasta que le dolieron los brazos. Limpió los vidrios de la ventana hasta que el árbol de afuera pareció estar adentro de la habitación. Roció aromatizante de lavanda que ella misma compraba porque el del hospital olía a “baño público”.
Cuando terminó, la habitación se veía decente. Pobre, pero digna.
En ese momento, la puerta se abrió. Entraron dos camilleros empujando una camilla de alta tecnología, seguidos por un séquito de médicos que parecían pingüinos asustados.
—Con cuidado, con cuidado… uno, dos, tres, arriba.
Pasaron al paciente de la camilla a la cama de hospital. Marina se quedó arrinconada junto al baño, abrazando su escoba, intentando cumplir la orden de ser invisible.
Cuando los médicos se apartaron, Marina pudo ver por primera vez al “ogro” millonario. Y el aire se le atoró en la garganta.
No era gordo. No era calvo. Y definitivamente no se veía como un villano.
Era joven, quizás unos treinta y dos años. Tenía el cabello negro azabache, un poco revuelto sobre la almohada blanca. Su piel era pálida, pero se notaba que normalmente tenía un bronceado saludable. Y sus facciones… eran finas, aristocráticas, pero había algo suave en su boca.
Estaba despierto, mirando al techo con una expresión de aburrimiento infinito.
El Director Bermúdez se acercó a la cama con una sonrisa que destilaba servilismo.
—Señor De la Garza, ya está instalado en nuestra mejor suite. Le hemos traído una televisión, y he puesto a mi mejor equipo a su disposición. Si necesita cualquier cosa, lo que sea, caviar, champagne… bueno, que no contravenga la dieta, claro… solo chasquee los dedos.
El paciente giró la cabeza lentamente y miró al Director. Su voz sonó ronca, pero firme.
—Doctor, lo único que quiero es que dejen de tratarme como si fuera un faraón. Solo quiero dormir. Y por favor, llévese esa televisión, me da dolor de cabeza.
Bermúdez parpadeó, confundido.
—P-pero señor… es para su comodidad.
—Me incomoda el exceso de atención. Gracias. Ahora, ¿podrían dejarme solo un momento? Tanta gente aquí me roba el oxígeno.
El Director, rojo de vergüenza, hizo señas a todos para que salieran.
—¡Todos fuera! ¡Dejen descansar al señor Nicolás!
La estampida de batas blancas salió de la habitación. En la confusión, nadie notó que Marina seguía en la esquina, atrapada entre el carrito de limpieza y la puerta del baño.
Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó sobre la habitación como una manta pesada.
Marina contuvo la respiración. Tenía que salir sin hacer ruido. Empezó a mover el carrito milímetro a milímetro. Pero una de las ruedas, que siempre estaba floja, soltó un chirrido agudo: ¡Innnng!
El paciente giró la cabeza de golpe y sus ojos se encontraron con los de ella.
Eran unos ojos color miel, intensos, profundos.
Marina se congeló. “Ya valió”, pensó. “Me va a gritar, va a llamar al director y me van a correr”.
—Pensé que había pedido que se fueran todos —dijo Nicolás, pero no había enojo en su voz, solo curiosidad.
—P-perdón, señor… digo, joven… digo, Don Nicolás —tartamudeó Marina, sintiéndose la persona más torpe del mundo—. Es que… me quedé atorada. Yo soy la de la limpieza. Ya me voy, no quería molestar. Disculpe usted, con permiso.
Marina hizo una maniobra torpe para girar el carrito y salir huyendo.
—Espera —dijo él.
Marina se detuvo en seco, con la mano en el picaporte. Cerró los ojos esperando el regaño.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
Marina se dio la vuelta despacio.
—Marina, señor. Para servirle.
—Marina… como el mar —Nicolás esbozó una media sonrisa que transformó su rostro cansado en algo increíblemente atractivo—. Dime una cosa, Marina. ¿Tú fuiste la que dejó este olor a lavanda? Porque estoy seguro de que este hospital huele normalmente a medicina y tristeza.
Marina asintió, nerviosa.
—Sí, señor. Es que… traje mi propio aromatizante. El del hospital huele feo.
Nicolás soltó una carcajada suave, pero se llevó la mano al pecho haciendo una mueca de dolor.
—Auch… no me hagas reír, que siento que me patea un burro en el pecho. Oye, gracias. De verdad. Es el primer olor agradable que siento en dos días.
Marina no sabía qué hacer. Doña Albina le había dicho que fuera invisible, pero este hombre la estaba viendo. Realmente viéndola.
—No hay de qué, señor. Es mi trabajo.
—Por favor, deja de decirme señor. Me haces sentir que tengo un pie en la tumba. Soy Nicolás.
—Está bien… Joven Nicolás.
—Bueno, es un avance. Oye, Marina… antes de que te vayas… ¿podrías hacerme un favor enorme? De contrabando.
—Depende… —dijo ella, cautelosa.
—¿Me podrías abrir la ventana? Siento que me ahogo aquí encerrado. Los médicos dicen que no, por los “microbios”, pero yo creo que el aire fresco cura más.
Marina dudó. Estaba prohibido. Pero vio la súplica en los ojos de aquel hombre poderoso que, en ese momento, parecía solo un niño enfermo y solo.
—Si entra la Jefa y me ve, me mata —susurró Marina.
—Si entra la Jefa, yo le digo que te amenacé con comprar el hospital y despedirla si no lo hacías. Te echo la culpa a mí.
Marina sonrió. No pudo evitarlo. Había una complicidad extraña en el aire.
—Está bien. Pero solo un ratito.
Se acercó y abrió la ventana. Una brisa fresca de otoño entró, moviendo las cortinas y trayendo el ruido lejano de la ciudad. Nicolás cerró los ojos y respiró profundo.
—Gracias, Marina —dijo él, sin abrir los ojos—. Eres muy amable.
—No es nada. Que descanse.
Marina salió de la habitación con el corazón latiéndole a mil por hora. Se recargó en la puerta cerrada, respirando agitada.
“No es un ogro”, pensó. “Y tiene una sonrisa que… ay, Dios mío, Marina, no seas mensa. Es un millonario. Tú eres la que trapea sus huellas. Ubícate”.
Pero mientras caminaba por el pasillo empujando su carrito, no podía quitarse de la cabeza la imagen de esos ojos color miel y la tristeza que escondían en el fondo. Nicolás De la Garza tenía todo el dinero del mundo, pero en esa habitación, se veía más solo que ella cuando vivía entre cajas de madera. Y esa soledad, Marina la conocía muy bien
CAPÍTULO 2: ENTRE DOS MUNDOS Y UNA VISITA INESPERADA
A la mañana siguiente, el Hospital General parecía haber entrado en un estado de histeria colectiva contenida. Si el día anterior había sido un caos por la llegada del “paciente VIP”, ese día se respiraba una mezcla de miedo y curiosidad morbosa.
Marina llegó cinco minutos antes de su turno, como siempre. El trayecto en el microbús había sido una pesadilla; iba tan lleno que tuvo que viajar colgada de la puerta, con la mochila de sus libros de medicina apretada contra el pecho para que no se la robaran. Bajó en la parada, se acomodó el suéter y respiró el aire contaminado de la mañana como si fuera oxígeno puro. Ya estaba ahí. Su refugio.
Al entrar a la zona de checado, notó que sus compañeras de limpieza estaban en un corrillo, cuchicheando con una intensidad sospechosa.
—¡Te lo juro por la Virgencita! —decía Doña Clara, una señora bajita y regordeta que llevaba treinta años trapeando esos pasillos—. El chofer trajo unas sábanas de seda. ¡De seda, manita! Yo las toqué cuando las metieron a la lavandería por error y casi me resbalo de lo suaves que están. Dicen que cuestan lo que yo gano en un año.
—Ay, no exageres, Clara —replicó Susana, una chica más joven que siempre mascaba chicle a escondidas—. Lo que a mí me contaron es que el tal Nicolás pidió que le trajeran comida del Pujol. ¿Te imaginas? Y uno aquí tragando tortas de tamal.
Marina rodó los ojos con una sonrisa divertida. La imaginación del personal era más rápida que el internet. Se acercó a su casillero y sacó su uniforme. Mientras se abotonaba la filipina azul, su mente voló irremediablemente a los ojos color miel del día anterior.
“Joven Nicolás”, se corrigió mentalmente. Recordó la vulnerabilidad en su voz cuando le pidió abrir la ventana. ¿Cómo podía alguien tener tanto dinero y parecer tan necesitado de algo tan simple como aire fresco?
—¡Marina! —el grito de la Jefa Albina resonó en los vestidores como un latigazo.
Marina saltó en su sitio.
—Mande, Jefa.
—Deja de soñar con los angelitos. El paciente de la 305 preguntó por ti.
El silencio en el vestidor fue absoluto. Todas las cabezas se giraron hacia Marina. Doña Clara abrió la boca tanto que casi se le cae la dentadura.
—¿Por mí? —preguntó Marina, sintiendo que las orejas se le ponían calientes—. ¿Hice algo mal? ¿Dejó sucio?
Albina frunció el ceño, visiblemente molesta. A ella no le gustaba que los pacientes se aprendieran los nombres del personal de limpieza; eso rompía la jerarquía.
—No sé qué hiciste, mosquita muerta. Pero el señor De la Garza insistió en que “la chica pelirroja del aromatizante de lavanda” fuera la que hiciera el aseo de su cuarto. Dijo que las demás huelen a cloro barato. Así que ándale. Agarra tus cosas y vete para allá. Y cuidadito con andar de confianzuda, Marina. Te tengo en la mira.
Marina asintió, tomó su carrito y salió disparada hacia el elevador, sintiendo las miradas de envidia y curiosidad clavadas en su espalda.
Al llegar a la habitación 305, Marina se detuvo un momento frente a la puerta cerrada. Se alisó el uniforme, se acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja y respiró hondo.
“Es solo un paciente. Es solo chamba. No te pongas nerviosa”, se dijo a sí misma.
Tocó suavemente.
—Adelante —escuchó desde adentro.
Al entrar, se encontró con una escena que no esperaba. Nicolás estaba sentado en la cama, rodeado de papeles, una laptop abierta y dos teléfonos celulares que no paraban de vibrar. Se veía estresado, pálido, con el ceño fruncido. Pero cuando alzó la vista y la vio, su expresión se suavizó instantáneamente.
—¡Marina! —exclamó, dejando caer un bolígrafo de oro sobre las sábanas—. Gracias a Dios. Pasa, pasa. Cierra la puerta, por favor, que si entra una enfermera más a preguntarme si “estoy cómodo”, voy a gritar.
Marina cerró la puerta con cuidado y se quedó parada junto a la entrada, aferrada al mango de su trapeador como si fuera un escudo.
—Buenos días, Joven Nicolás. Me dijo la Jefa que quería que yo limpiara. ¿Hay algo en especial que necesite?
Nicolás se quitó unos lentes de lectura que le daban un aire intelectual y se frotó los ojos.
—Necesito paz, Marina. Y necesito que quites ese olor a desinfectante industrial que pusieron en la mañana. Siento que estoy respirando veneno. ¿Trajiste tu lavanda?
—Siempre, joven —Marina sonrió, sacando el pequeño frasco de su bolsa—. Es mi secreto para aguantar el día.
Empezó a rociar el ambiente y a limpiar las superficies con movimientos eficientes. Nicolás la observaba en silencio, ignorando los correos que llegaban a su computadora.
—Oye… —dijo él de repente— ¿No te cansas?
Marina se detuvo, con el trapo sobre la mesita de noche.
—¿De limpiar? Pues… sí, a veces. La espalda duele. Pero es trabajo honrado, ¿no?
—No me refiero a eso —Nicolás la miró con una intensidad que la puso nerviosa—. Me refiero a sonreír. Ayer te vi salir. Llevas una carga pesada, se te nota en los hombros cuando crees que nadie te ve. Pero en cuanto alguien te habla, ¡pum!, sacas esa sonrisa. ¿Cómo le haces?
Marina bajó la mirada, avergonzada de que él hubiera notado tanto en tan poco tiempo.
—Mi mamá decía que la sonrisa es lo único que los pobres podemos regalar sin quedarnos más pobres —dijo ella en voz baja—. Y aquí en el hospital… bueno, la gente sufre mucho. Si ver una cara amable les quita un poquito el dolor, pues vale la pena.
Nicolás se quedó callado unos segundos, procesando la respuesta.
—Tu mamá era una mujer sabia. ¿Ella vive contigo?
La sombra cruzó el rostro de Marina. Volvió a tallar la mesa con fuerza innecesaria.
—No. Ella falleció hace tres años. Un trombo. Fue… rápido.
—Lo siento mucho —la voz de Nicolás sonó genuina, sin esa lástima protocolaria que usaba la gente rica—. Yo perdí a mi madre cuando era niño. Cáncer. Sé lo que es que la casa se sienta vacía de repente.
Esa pequeña confesión creó un puente invisible entre ellos. Dos huérfanos de madre, separados por millones de pesos, pero unidos por la misma ausencia.
—¿Y tú qué haces cuando no estás limpiando mis desastres? —preguntó Nicolás, cambiando el tema para no entristecerla.
Marina dudó. Normalmente no hablaba de su vida privada con nadie del hospital, mucho menos con pacientes. Pero había algo en Nicolás que invitaba a la confianza. Tal vez era el hecho de que estaba en pijama, despojado de sus trajes caros y su armadura de banquero.
—Estudio —confesó ella, señalando con la barbilla hacia donde había dejado su mochila—. Quiero ser médico. Llevo dos años intentando entrar a la Nacional. Me quedé a tres aciertos la última vez.
Los ojos de Nicolás se iluminaron.
—¿Médico? ¡Eso es increíble! Con razón…
—¿Con razón qué?
—Con razón tienes esa… no sé, esa autoridad. La forma en que me dijiste ayer que abriera la ventana, o cómo me miras ahorita. No me miras como la chica de la limpieza, me miras como si estuvieras evaluando mis signos vitales.
Marina se rió, una risa nerviosa.
—No se burle. Apenas sé anatomía básica.
—No me burlo. Hablo en serio. A ver, enséñame.
—¿Qué?
—Tus libros. ¿Qué estás leyendo?
Marina, dudosa, se acercó a su mochila y sacó un tomo desgastado de “Anatomía de Gray”, una edición vieja que había comprado en un tianguis de libros usados. Las esquinas estaban dobladas y había post-its de colores en casi todas las páginas.
Nicolás tomó el libro con un respeto reverencial. Pasó las páginas, viendo las notas que Marina había escrito en los márgenes con letra diminuta y apretada.
—”El ventrículo izquierdo bombea sangre oxigenada a través de la aorta…” —leyó él en voz alta una de las notas—. Vaya. Tienes una letra preciosa. Y se ve que te sabes esto de memoria.
—Me gusta entender cómo funcionamos —dijo Marina, olvidando su timidez, apasionándose—. Es como una máquina perfecta. Si algo falla, todo se desajusta. Como usted.
—¿Como yo?
—Sí. Usted tiene dinero, poder, todo… pero algo falló en su “máquina” y aquí está, en una cama del General, igual que Don Chuy, el señor de la entrada que vende dulces. La enfermedad es lo único democrático que hay en este país, joven.
Nicolás la miró fijamente, asombrado por la profundidad de su pensamiento. En su mundo, las mujeres con las que trataba hablaban de viajes a París, de la última colección de Dior o de chismes de la alta sociedad. Nadie le hablaba de la democracia de la enfermedad.
—Tienes toda la razón, Marina. Soy igual que Don Chuy. Solo que con una pijama más cara y con más gente fastidiándome —suspiró, recargándose en las almohadas—. Sabes… me voy a casar.
La noticia cayó como un balde de agua fría sobre Marina, aunque no entendió por qué le afectó tanto.
—Ah… Felicidades. ¿Cuándo es la boda?
—En dos semanas. O eso se supone. Por eso estoy aquí, creo. El estrés. Angélica, mi prometida, quiere la boda del siglo. Y yo… yo solo quería una ceremonia sencilla en la playa. Pero en mi familia, “sencillo” es una mala palabra.
—¿La quiere? —la pregunta salió de la boca de Marina antes de que pudiera frenarla. Se tapó la boca inmediatamente—. ¡Perdón! No debí preguntar eso. Soy una metiche.
Nicolás sonrió con tristeza.
—Es una buena pregunta. Nos conocemos de toda la vida. Nuestros padres eran socios. Es… lo que se espera de mí. Angélica es guapa, inteligente, de “buena familia”. Debería estar feliz, ¿no?
—Pues… la felicidad no se trata de “debería”, joven. Se siente o no se siente. Como cuando uno se come un taco al pastor bien caliente. No tienes que pensar si te gusta, solo lo sabes.
Nicolás soltó una carcajada sonora, la primera real que había soltado en meses.
—¡Tacos al pastor! Dios, mataría por unos ahorita. Aquí solo me dan gelatina y caldo de pollo sin sal.
—Si se porta bien y no me acusa con la Jefa Albina… mañana le traigo uno de contrabando. Pero solo uno, eh.
El pacto quedó sellado con una mirada cómplice. En ese momento, en esa habitación despintada del tercer piso, no había clases sociales. Solo dos jóvenes compartiendo un momento de verdad.
El momento mágico se rompió abruptamente.
Se escuchó un taconeo agresivo en el pasillo, un clac-clac-clac rápido y autoritario que anunciaba problemas. La puerta se abrió sin tocar y una ráfaga de perfume caro —algo floral y empalagoso, quizás Chanel— invadió la habitación, aniquilando el suave aroma a lavanda de Marina.
—¡Nico! ¡Mi amor! ¡Por fin te encuentro! ¡Qué laberinto es este lugar horrible!
Entró una mujer que parecía salida de una portada de revista. Alta, rubia platinada, con un abrigo color camel sobre los hombros y unos lentes de sol enormes que se quitó con un gesto teatral. Era Angélica. Detrás de ella venía un hombre en traje gris, con cara de pocos amigos, cargando un maletín.
Marina se hizo pequeña instantáneamente, retrocediendo hacia la pared, tratando de fundirse con el yeso.
Angélica se abalanzó sobre la cama y besó a Nicolás en la mejilla, dejando una marca de labial rojo perfecto.
—¡Pobrecito mi bebé! Mírate, estás pálido. ¡Y en estas sábanas rasposas! —exclamó Angélica, tocando la tela con dos dedos como si estuviera infectada—. Le dije a tu papá que debíamos llevarte a Houston, pero es tan terco…
Nicolás se dejó besar, pero Marina notó cómo se tensaba su mandíbula.
—Estoy bien, Angie. Solo necesito descanso. No era necesario que vinieras, sé que estás ocupada con los preparativos.
—¿Cómo no iba a venir? Si eres mi futuro marido —dijo ella con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Luego, pareció notar la presencia de Marina por primera vez. Giró la cabeza y la barrió de arriba a abajo con una mirada de desprecio absoluto.
—¿Y esta quién es? —preguntó, con un tono de voz que uno usaría para hablar de una cucaracha.
—Es Marina —dijo Nicolás, su voz endureciéndose un poco—. Es parte del personal y me está ayudando.
—Pues que se vaya. Necesitamos privacidad. Arturo y yo tenemos que hablar contigo sobre los acuerdos prenupciales y la logística de la fiesta.
Marina sintió la humillación arderle en las mejillas. Agarró su carrito rápidamente.
—Con permiso, joven. Con permiso, señora.
—Señorita —corrigió Angélica secamente—. Todavía no me caso. Y llévate esa basura, huele a… hierbas de mercado.
Marina salió de la habitación con el corazón estrujado. Cerró la puerta, pero no se alejó inmediatamente. Se quedó parada en el pasillo, fingiendo acomodar las botellas de su carrito, con las manos temblorosas.
Desde adentro, se escuchaban las voces amortiguadas.
—No seas ridículo, Nicolás —decía la voz de Angélica, ya sin el tono dulce—. Tienes que firmar esto hoy. Mi papá está presionando. Y sobre tu salud… Arturo trajo las vitaminas que te recomendó el Dr. Valladares. Tienes que tomártelas para que estés presentable en las fotos. No quiero un novio con cara de muerto en la portada del Hola.
—Ya te dije que me siento raro con esas pastillas, Angélica —replicó Nicolás, sonando cansado—. Me dan taquicardia.
—¡Es ansiedad, Nico! Tómalas y punto. Hazlo por mí. ¿O quieres arruinar el día más importante de mi vida?
Marina sintió un escalofrío. Algo en el tono de Angélica no cuadraba. No sonaba a preocupación de novia; sonaba a impaciencia, a cálculo frío. Y ese tal Arturo… ¿quién era? ¿Por qué el hombre que venía con ella no decía nada?
“No es asunto tuyo, Marina”, se repitió. “No te metas en problemas”.
Pero el instinto, ese que había desarrollado viviendo en las calles y cuidándose de su padrastro, le gritaba que ahí había gato encerrado.
El resto del turno pasó en una neblina. Marina limpió dos pisos más, sacó basura, trapeó un vómito en la sala de espera de urgencias y aguantó los regaños habituales de Doña Albina. Pero su mente seguía en la habitación 305.
A las seis de la tarde, cuando por fin salió del hospital, el cielo ya estaba oscureciendo. En la reja de salida la esperaba Antonio.
Antonio era su novio desde hacía seis meses. Era un muchacho de su barrio, trabajaba en un taller de hojalatería y pintura. Era guapo a su manera, moreno, fuerte, con tatuajes en los brazos. Al principio, Marina se sintió protegida con él. Antonio imponía respeto; nadie se metía con ella cuando iban juntos. Pero últimamente, esa protección se sentía más como una jaula.
—Llegas tarde, flaca —dijo Antonio, tirando el cigarro que fumaba y aplastándolo con la bota—. Llevo veinte minutos aquí parado como idiota.
—Perdón, Toño. Hubo mucho trabajo hoy. Tuvimos un ingreso importante y la Jefa no me dejaba salir.
Antonio la agarró del brazo, un poco más fuerte de lo necesario, y empezaron a caminar hacia la parada del metro.
—¿Ah, sí? ¿El tal millonario del que todos hablan? —preguntó él, con un tono burlón—. Ya me contaron en el barrio. Dicen que el hospital está lleno de guaruras. Seguro te pusiste a hacerle ojitos, ¿verdad? A ver si te saca de pobre.
Marina se detuvo y se soltó de su agarre.
—No digas estupideces, Antonio. Es un paciente. Está enfermo. Y yo solo hago mi trabajo.
—Uy, qué digna. Solo digo que tengas cuidado. Esos ricos son unos explotadores. Te usan, te mastican y te escupen. Para ellos, tú y yo somos basura, Marina. No se te olvide de dónde vienes. Tú eres de Iztapalapa, no de San Pedro. Tu lugar es aquí, conmigo.
Las palabras de Antonio le dolieron más que una bofetada.
“Tu lugar es aquí”.
Esa frase resonó en su cabeza. Antonio quería anclarla, quería que se quedara estática.
En cambio, Nicolás… Nicolás, que tenía todo para ser un patán clasista, había mirado sus libros de medicina y le había dicho que tenía autoridad. Había validado sus sueños.
La comparación era inevitable y brutal.
—Ya vámonos, estoy cansada —dijo Marina, sin ganas de pelear.
Esa noche, en su pequeño cuarto de azotea, Marina no pudo concentrarse en sus estudios. La anatomía del corazón humano le parecía menos compleja que lo que estaba sintiendo.
Cenó un pan dulce con leche fría, sentada en su cama rodeada de sus libros.
De pronto, recordó algo. La mujer, Angélica, había mencionado unas “vitaminas” y a un tal Arturo.
Marina sacó su celular, un modelo viejo con la pantalla estrellada, y buscó en Google: “Nicolás De la Garza prometida”.
Le salieron cientos de fotos. Angélica Montemayor. Hija de un magnate de la construcción. En las fotos siempre salía perfecta, sonriendo, abrazada a Nicolás. Pero en varias fotos de eventos sociales, aparecía en segundo plano un hombre. El mismo hombre del traje gris.
“Arturo Vidal, socio minoritario y director financiero de Grupo De la Garza”.
Marina hizo zoom en la foto. Había una mirada entre Angélica y Arturo en una de las fotos, captada por accidente por un paparazzi. No se miraban como socia y empleado. Se miraban con hambre. Con complicidad.
El corazón de Marina dio un vuelco.
—Están juntos —susurró a la soledad de su cuarto—. Ella lo engaña con el socio.
Y luego recordó la conversación tras la puerta. Las pastillas. “Tómatelas para que estés presentable”.
¿Y si no eran vitaminas? ¿Y si lo estaban enfermando a propósito?
La idea parecía sacada de una película, demasiado loca para ser verdad. Pero Marina sabía que la realidad a veces superaba a la ficción, especialmente cuando había tanto dinero de por medio.
Se acostó mirando al techo de lámina, escuchando a los gatos pelear en el tejado vecino.
Tenía dos opciones: hacerse de la vista gorda, seguir con su vida, estudiar, aguantar a Antonio y olvidar al banquero de ojos tristes. Era lo seguro. Era lo sensato.
O… podía intentar averiguar la verdad. Arriesgar su trabajo, su reputación y tal vez su seguridad.
Cerró los ojos y vio la sonrisa de Nicolás cuando le habló de los tacos al pastor. Vio la soledad en su mirada. Vio a un hombre bueno rodeado de tiburones.
—No puedo dejarlo solo —murmuró antes de caer en un sueño inquieto.
Al día siguiente, Marina llegó al hospital con una misión. Ya no solo iba a limpiar. Iba a observar.
Llevaba en su bolsa, envuelto cuidadosamente en papel aluminio, un taco al pastor que había comprado la noche anterior y guardado en su minirrefri. Sabía que estaría frío y no sabría igual, pero era una promesa.
Cuando entró a la 305, Nicolás estaba dormido. Se veía peor que el día anterior. Tenía ojeras profundas y sudaba frío.
Marina se acercó despacio a la cama. En la mesita de noche, junto a la jarra de agua, había un frasco de pastillas sin etiqueta. Solo decía “Tomar 1 cada 8 horas”.
Marina miró a la puerta para asegurarse de que nadie venía. Extendió la mano hacia el frasco. Necesitaba ver qué eran.
—¿Qué haces? —la voz de Nicolás sonó débil, pero la asustó tanto que casi tira el frasco.
Marina retiró la mano como si quemara.
—¡Perdón! Yo… solo estaba limpiando la mesita.
Nicolás abrió los ojos a medias e intentó sonreír, pero fue una mueca dolorosa.
—Me siento fatal, Marina. Siento como si me hubiera atropellado un camión. Creo que la boda… creo que no voy a llegar.
—No diga eso —Marina se acercó, olvidando las reglas, y le puso la mano en la frente. Estaba ardiendo—. Joven, tiene fiebre. Voy a llamar al doctor.
—No… espera. Quédate un momento. Los doctores solo me dan más cosas y me siento peor. Solo… háblame. Cuéntame algo bonito. Cuéntame de tus libros.
Marina sintió una punzada de ternura y miedo.
—Le traje su taco —dijo ella, sacando el paquetito—. Pero creo que no se lo va a poder comer así.
Nicolás soltó una risita débil.
—Guárdamelo. Para cuando salga de aquí. Oye, Marina…
—¿Mande?
—Si me pasa algo…
—No le va a pasar nada.
—Si me pasa algo, dile a mi papá que no fue el corazón. Dile que… que lo intenté.
Marina sintió un frío recorrerle la espalda. Nicolás sentía que se moría. Y su “instinto médico” le decía que esa fiebre y ese decaimiento no eran normales para un hombre joven con un supuesto problema cardíaco leve. Eso parecía una intoxicación.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Pero esta vez no era Angélica. Era una enfermera joven, de las nuevas, que traía una charola con un vaso de agua y una de las pastillas del frasco sin etiqueta.
—Hora de su medicina, Señor De la Garza —dijo la enfermera con voz mecánica.
—Espere —intervino Marina—. ¿Qué medicina es esa? En el expediente no vi que le recetaran nada a esta hora.
La enfermera la miró con desdén.
—Es la medicina especial que trajo su médico particular, el Dr. Valladares. Órdenes de la prometida y del Director. Tú dedícate a trapear, ¿quieres?
La enfermera le dio la pastilla a Nicolás y lo ayudó a beber. Marina quiso gritar “¡No se la tome!”, pero se quedó paralizada. No tenía pruebas. Si hablaba, la corrían y la tachaban de loca. Vio con horror cómo Nicolás tragaba la pastilla.
—Gracias —murmuró él, volviendo a cerrar los ojos.
La enfermera salió. Marina se quedó sola con él unos segundos más.
Miró el frasco en la mesa. Tenía que saber qué era.
Con un movimiento rápido, aprovechando que Nicolás parecía haberse quedado dormido por el efecto inmediato de la droga, Marina desenroscó la tapa, sacó una cápsula y se la metió en el bolsillo del pantalón.
Luego, siguió limpiando como si nada hubiera pasado, pero con el corazón latiéndole como un tambor de guerra.
Tenía la evidencia. Ahora necesitaba saber qué diablos era. Y necesitaba aliados.
Miró hacia la puerta. Pasó Doña Lupe, la enfermera veterana que odiaba las injusticias. Tal vez… tal vez Lupe podría ayudarla a analizarla discretamente.
Pero antes de que pudiera salir, escuchó de nuevo voces en el pasillo. Voces conocidas.
Eran Angélica y Arturo, discutiendo en susurros justo afuera de la puerta.
Marina se pegó a la puerta por dentro, aguantando la respiración.
—Ya falta poco, mi amor —decía Angélica—. Mañana es la prueba del traje. Pasado mañana la boda. Y el domingo… el domingo seremos los dueños del mundo.
—¿Estás segura de que la dosis es correcta? Se ve muy mal —decía Arturo.
—Es perfecta. Lo debilita lo suficiente para que parezca natural, pero lo mantiene vivo para firmar el acta de matrimonio. Después del “sí, acepto”, le damos la última dosis en el brindis. Y puf. Adiós Nicolás.
Marina se tapó la boca con ambas manos para ahogar un sollozo de terror.
Lo habían confirmado. Iban a matarlo en el brindis.
Nicolás, el hombre que le había sonreído, que había tratado de entender su mundo, que le había pedido un taco al pastor… tenía los días contados.
Marina miró al hombre dormido en la cama. Se veía tan frágil.
Una determinación feroz nació en el pecho de la joven afanadora. Una fuerza que venía de los años de abuso, de las noches durmiendo entre cajas, de la injusticia de la vida.
“Sobre mi cadáver”, pensó Marina. “No voy a dejar que te maten, Nicolás. Aunque tenga que enfrentarme a todo tu mundo de dinero y porquería. No vas a morir”.
Salió de la habitación con la cabeza en alto, sintiendo el peso de la cápsula en su bolsillo como si fuera una granada de mano lista para estallar. La guerra había comenzado.
CAPÍTULO 3: EL VENENO, LA CARTA Y EL ADIÓS
La cápsula robada pesaba en el bolsillo de Marina como si fuera una piedra de molcajete.
Salió del hospital con el corazón en la garganta, sintiendo que en cualquier momento sonaría una alarma o que los guardias de seguridad, esos que normalmente se la pasaban dormitando o viendo videos en TikTok, la detendrían en la puerta giratoria. Pero nadie la miró. Para el mundo, ella seguía siendo invisible: una silueta azul marino que se fundía con las sombras de la tarde en la Colonia Doctores.
Caminó rápido hacia la estación del Metro Hospital General. El cielo de la Ciudad de México estaba teñido de ese color gris violáceo que anuncia lluvia y esmog. Las calles eran un hervidero de gente: puestos de tacos de suadero humeantes, vendedores de fundas de celular gritando “¡Llévele, llévele!”, y el tráfico detenido en un claxonazo eterno.
Marina se subió al vagón de mujeres, empujando para hacerse un hueco. Se agarró del tubo metálico con una mano y con la otra protegió su bolsillo. Esa pequeña pastilla blanca y azul era la clave de todo.
—¿Qué eres? —susurró para sí misma, mirando el reflejo cansado de su rostro en la ventana oscura del túnel.
No podía ir a un laboratorio; costaba una fortuna y le pedirían una orden médica. Tampoco podía preguntarle a cualquier doctor del hospital; si el Director estaba coludido o simplemente cegado por el dinero de los De la Garza, ella terminaría despedida y boletinada antes de poder decir “injusticia”.
Tenía que hacerlo ella sola.
Bajó en la estación Balderas y, en lugar de trasbordar hacia su casa, caminó hacia la Biblioteca de México, la de La Ciudadela. Sabía que ahí tenían una sección de ciencias médicas con acceso público.
Entró mostrando su credencial de elector, con el miedo constante de que alguien le leyera la mente. Se fue directo a los estantes de farmacología. Sus dedos pasaron por los lomos de los libros: Vademécum Académico, Farmacología Básica, Toxicología Clínica.
Sacó el Vademécum, ese libro gordo que es la biblia de los medicamentos, y se escondió en una mesa del rincón, detrás de una pila de enciclopedias viejas.
Sacó la pastilla con un pañuelo desechable. La observó bajo la luz blanca de la biblioteca. Tenía un pequeño grabado: “DIG-X”.
Marina empezó a hojear el libro frenéticamente. D, Di, Dig…
Ahí estaba.
Digoxina.
Leyó la descripción y sintió que la sangre se le helaba.
“Glucósido cardíaco. Se utiliza para tratar la insuficiencia cardíaca y el ritmo cardíaco irregular. Aumenta la fuerza de las contracciones del corazón.”
Hasta ahí, parecía normal. Quizás Nicolás sí estaba enfermo del corazón. Pero Marina siguió leyendo las letras chiquitas, las contraindicaciones y los efectos secundarios.
“Dosis tóxicas pueden causar náuseas, vómitos, alteraciones visuales, confusión y arritmias letales. El margen terapéutico es estrecho. EXTREMA PRECAUCIÓN: No mezclar con estimulantes o alcohol. La interacción con el alcohol potencia el efecto depresor y puede inducir un paro cardíaco fulminante en pacientes sin tolerancia previa.”
Marina cerró el libro de golpe, levantando una nube de polvo.
No era veneno de ratas. Era un medicamento real, pero usado como arma.
Le estaban dando Digoxina a un hombre sano (o al menos, a un hombre cuyo único mal era el estrés) para provocarle los síntomas de una enfermedad cardíaca: debilidad, sudoración, taquicardia.
Y el plan final… el brindis.
La interacción con el alcohol.
Si Nicolás bebía esa copa de champaña después de días de estar saturado con Digoxina, su corazón, forzado al límite, simplemente se detendría. Parecería un infarto natural provocado por la emoción de la boda. La autopsia revelaría problemas cardíacos y presencia de medicamento “recetado”. El crimen perfecto.
Angélica no era solo una cara bonita; era un monstruo calculador.
Marina guardó la pastilla y salió de la biblioteca. Empezó a llover. Una lluvia fría y sucia que le empapó el cabello y el uniforme, pero ella no sentía frío. Sentía rabia. Una rabia caliente que le subía por el estómago.
Llegó a su cuarto de azotea empapada. Al abrir la puerta, se encontró con una sorpresa desagradable.
Antonio estaba sentado en su cama, con los pies subidos en sus libros de medicina, bebiendo una caguama.
—¡Toño! —exclamó Marina, asustada—. ¿Cómo entraste?
—Tengo mis mañas, flaca —dijo él, arrastrando las palabras. Estaba borracho—. Y tú… ¿dónde andabas? Saliste del jale hace tres horas. ¿Andabas con el milloneta?
Marina sintió una oleada de asco.
—Fui a la biblioteca, Antonio. A estudiar. Quita tus pies de mis libros, por favor.
—¡Libros, libros, siempre tus pinches libros! —Antonio pateó el tomo de anatomía, que cayó al suelo—. ¿Para qué te haces pendeja, Marina? Nunca vas a ser doctora. Eres afanadora. Limpias mierda. Asúmelo. Yo te quiero así, jodida como yo. ¿Por qué quieres ser más? ¿Te crees mejor que yo?
—No me creo mejor que nadie, Toño. Solo quiero una vida mejor. Y tú deberías querer lo mismo.
—Yo estoy bien. Tengo mis chelas, mi taller, y te tengo a ti… o te tenía. Porque últimamente andas muy alzada.
Antonio se levantó, tambaleándose, y se acercó a ella. Olía a cerveza rancia y cigarro. Intentó abrazarla, pero Marina lo empujó con fuerza.
—¡No me toques! Estás borracho. Vete de aquí.
—¿Me estás corriendo? ¿En serio me estás corriendo por ir a ver al principito ese? —Antonio se puso rojo de furia—. ¡Pues quédate con tus sueños guajiros! Pero cuando te des cuenta de que para ellos eres basura, no vengas llorando conmigo.
Antonio salió dando un portazo que hizo vibrar el techo de lámina.
Marina se quedó parada en medio del cuarto, temblando. Miró sus libros en el suelo. Se agachó a recogerlos con ternura, limpiando la huella de lodo que la bota de Antonio había dejado en la portada.
—Se acabó —dijo en voz alta.
Ese golpe al libro fue la gota que derramó el vaso. No podía estar con alguien que despreciaba su esencia.
Ahora estaba sola. Completamente sola contra el mundo.
Pero extrañamente, eso le dio valor. Ya no tenía nada que perder.
Se sentó en su mesa coja, arrancó una hoja de su cuaderno de apuntes y tomó una pluma.
Tenía que advertirle. No podía ir a la policía; se reirían de ella. “Ay, señorita, ¿dice que una pastilla para el corazón es un arma mortal? Deje de ver Netflix”.
Tenía que decírselo a él.
Empezó a escribir. Su letra, redonda y clara, llenó el papel.
“Nicolás:
Sé que no tengo derecho a escribirle esto. Sé que soy ‘la de la limpieza’. Pero por favor, léame. No soy loca. Estudio medicina.
La pastilla que le dan no son vitaminas. Es Digoxina. Es para gente con insuficiencia cardíaca grave. En una persona sana, causa lo que usted siente: debilidad, náuseas, confusión. Pero lo peor es esto: si la mezcla con alcohol, puede matarlo.
Escuché a Angélica y a Arturo. Planean que usted muera en el brindis de la boda. Quieren su dinero.
Por lo que más quiera, no se case. No beba nada. Huya.
Créame, por favor.
Marina.”
Dobló el papel hasta hacerlo un cuadrito minúsculo y lo envolvió en plástico transparente para que no se mojara con su sudor.
Mañana era el día. El día antes de la boda. Le darían el alta a mediodía. Era su última oportunidad.
El hospital amaneció con un ajetreo frenético. Era viernes.
La habitación 305 estaba resguardada por dos guaruras nuevos, tipos con trajes negros y audífonos en el oído que miraban mal hasta a las moscas. Angélica había reforzado la seguridad.
—Nadie entra sin autorización expresa de la señorita Montemayor —le dijo uno de los gorilas a una enfermera que traía el desayuno.
Marina observaba desde el cuarto de séptico (donde guardaban las escobas), mordiéndose las uñas. ¿Cómo iba a entrar? Si ni a las enfermeras las dejaban pasar bien.
—Maldita sea —susurró.
En eso, entró Lenita, una enfermera joven y chismosa con la que Marina se llevaba bien. Lenita venía con cara de urgencia, dando saltitos.
—¡Marina! ¡Amiga, pariente, comadre! Hazme un paro, porfa, porfa.
—¿Qué pasó, Lenita?
—Mi novio, el Kevin, está afuera. Vino a traerme las llaves que se me olvidaron y si no salgo ahorita se va a ir a trabajar. Pero tengo que entregarle este recado al paciente de la 305. Es la cuenta final y unas recomendaciones del nutriólogo. La Jefa Albina me va a matar si me ve saliendo, pero si no voy, me quedo fuera de mi casa hoy.
Los ojos de Marina brillaron. Dios aprieta pero no ahorca.
—Yo voy, Lenita. No te apures.
—¿Neta? ¡Eres un ángel! —Lenita le plantó los papeles en la mano—. Nomás dáselos y ya. Di que vas de parte de enfermería. ¡Te debo una, mana!
Lenita salió corriendo. Marina se quedó con la carpeta en la mano. Era su boleto de entrada.
Respiró hondo, se alisó la filipina, escondió su nota secreta dentro de la carpeta, justo entre la factura y la dieta, y caminó hacia la boca del lobo.
Al llegar a la puerta, el guarura le puso una mano en el pecho.
—Alto ahí. ¿A dónde vas?
—Traigo los papeles de salida y la dieta del señor Nicolás —dijo Marina, intentando que no le temblara la voz—. Me mandó la Jefa de Enfermeras. Si no los firman, no se pueden ir.
El guarura la miró con sospecha, escaneándola de arriba a abajo.
—Dámelos, yo se los doy.
El corazón de Marina se detuvo. Si él los tomaba, podría abrir la carpeta y ver la nota. O peor, dársela a Angélica.
—No puedo, oficial —improvisó Marina, poniéndose firme—. Es protocolo del hospital. Tengo que explicarle la dieta personalmente al paciente. Si él come algo indebido y se muere, la culpa es mía. ¿Usted quiere esa bronca?
El guarura dudó. La mención de “muerte” y “culpa” siempre asusta a los empleados.
—Pásale. Pero rápido. Tienes dos minutos.
Marina entró.
La habitación estaba casi vacía. Ya habían empacado las cosas de Nicolás.
Él estaba sentado en el borde de la cama, ya vestido con ropa de calle: unos pantalones de lino y una camisa blanca arremangada. Se veía guapísimo, pero terriblemente demacrado. Estaba pálido, con ojeras violáceas, y le temblaban las manos ligeramente.
Angélica no estaba. ¡Milagro!
—Buenos días, joven Nicolás —dijo Marina, cerrando la puerta suavemente.
Nicolás alzó la vista y sonrió débilmente.
—Marina… qué bueno verte antes de irme. Pensé que no te despedirías.
—No podía dejar que se fuera así nomás.
Marina se acercó rápido. No había tiempo para cortesías.
—Joven, escúcheme bien —susurró, acercándose a su oído—. No tengo mucho tiempo. Angélica no está, ¿verdad?
—Fue a pagar la cuenta y a gritarle al administrador… ¿Qué pasa? Te veo muy nerviosa.
Marina le puso la carpeta en las manos, pero la apretó con fuerza.
—Aquí adentro, entre las hojas, hay una nota. Es mía. Por favor, joven Nicolás, por lo que más quiera… léala cuando esté solo. No deje que nadie la vea. Especialmente ella.
Nicolás frunció el ceño, confundido por la intensidad de la chica.
—¿Una carta de amor, Marina? —bromeó, pero sin fuerza.
—Es una carta de vida o muerte. Se lo juro por mi mamá que está en el cielo. Léala. Y créame.
Nicolás vio los ojos de Marina. Estaban llenos de lágrimas contenidas y de una verdad aplastante. Algo en su interior, quizás ese instinto de supervivencia que tenía adormilado por las drogas, se despertó.
—Está bien, Marina. La leeré.
—Y no se tome las pastillas que le da ella. Tírelas. Finja que se las toma. Por favor.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
—¡Listo! Vámonos, mi amor, que llegamos tarde a la prueba del menú —era Angélica. Entró como un torbellino, ignorando a Marina.
Detrás de ella entraron los guaruras para sacar las maletas.
—¿Qué hace esta aquí? —preguntó Angélica, viendo a Marina con asco.
—Me trajo la dieta, Angie —dijo Nicolás, guardando la carpeta bajo su brazo, pegándola a su costilla—. Ya nos vamos.
Angélica se acercó a Nicolás y lo tomó del brazo posesivamente.
—Vámonos. Estás helado, cariño. ¿Te tomaste la medicina?
—Sí —mintió Nicolás, mirando de reojo a Marina.
Marina se hizo a un lado para dejarlos pasar.
Nicolás caminó hacia la salida, apoyado en Angélica. Al llegar al marco de la puerta, se detuvo un segundo y volteó.
Sus miradas se cruzaron.
Fue un segundo eterno. Marina intentó transmitirle toda su fuerza, toda su advertencia con los ojos. Él asintió, casi imperceptiblemente, y salió.
Marina se quedó sola en la habitación vacía 305. El olor a lavanda ya se había ido, reemplazado por el perfume caro de Angélica.
Se sintió vacía. Inútil.
¿La leería? ¿Le creería? ¿O pensaría que era una loca celosa, como había dicho Antonio?
Se dejó caer sentada en la cama deshecha.
—Que Dios lo cuide, porque yo ya hice lo que pude —murmuró.
Pasó el resto del día como un zombi.
Al salir del trabajo, no quería llegar a su cuarto. Sabía que la soledad ahí sería insoportable. Caminó sin rumbo por la ciudad, comiendo un esquite en un vaso de unicel, viendo a la gente ser feliz, o al menos intentarlo.
Llegó a su casa ya de noche. Al encender la tele vieja que tenía sobre una caja de plástico, casi se le cae el esquite.
En las noticias locales, en el canal de chismes, estaba la foto de Nicolás y Angélica.
“TODO LISTO PARA LA BODA DEL AÑO” rezaba el titular en letras doradas.
La conductora, una mujer con demasiada cirugía plástica, hablaba emocionada:
—…y mañana sábado, a las dos de la tarde, la Catedral de Monterrey recibirá a la pareja más hermosa y poderosa del norte. Nicolás De la Garza, ya recuperado de un susto de salud, dará el sí a la bellísima modelo Angélica Montemayor. Se dice que el banquete en el Casino Monterrey será espectacular…
Marina apagó la tele.
“Ya recuperado”. Mentira.
“Bellísima modelo”. Asesina.
Se acostó vestida, mirando la oscuridad.
¿Y si iba?
La idea cruzó su mente como un relámpago.
Era una locura. Monterrey estaba lejos (en la historia original se asume que están en la misma ciudad, adaptaremos para que sea local). Bueno, el “Casino Monterrey” era solo el nombre del salón, supongamos que es en la ciudad donde están. O digamos que la boda es ahí mismo, en la capital, en un lugar exclusivo como Polanco o una hacienda en el Estado de México.
Sí, la noticia decía “Hacienda Los Arcángeles”. Eso estaba a una hora.
Podía ir. Podía intentar entrar.
—Estás loca, Marina —se dijo a sí misma—. Te van a sacar a patadas. O te van a meter a la cárcel.
Pero luego pensó en Nicolás muerto. En un ataúd de caoba. Pensó en Angélica riéndose con Arturo, gastándose el dinero manchado de sangre.
No. No podía permitirlo.
Se levantó de la cama. Abrió su pequeño ropero de tela.
Ahí colgaba su “vestido bueno”. Un vestido color coral sencillo que había comprado en rebaja en Suburbia para su graduación de la prepa. No era de diseñador, no era de seda, pero era bonito. Y tenía unos zapatos de tacón que le apretaban un poco pero que hacían que sus piernas se vieran largas.
—Mañana no trabajo. Es mi día libre —dijo al aire—. Mañana voy de boda.
El día de la boda amaneció despejado, un insulto para el estado de ánimo de Marina.
Se bañó con agua fría para despabilarse. Se maquilló con cuidado: un poco de rímel, un labial rosita y se soltó el pelo, dejando que sus ondas rojas cayeran sobre sus hombros.
Se puso el vestido. Le quedaba un poco más flojo que en la prepa; había bajado de peso por el estrés y la mala comida.
Tomó un taxi de aplicación. Le iba a costar la mitad de su quincena, pero no podía llegar en microbús y llena de tierra a un evento así.
El viaje fue eterno. El conductor, un señor platicador, no paraba de hablar del clima y del fútbol, pero Marina no escuchaba. Iba repasando su plan.
Plan A: Encontrar a Nicolás antes de la ceremonia y hablar con él.
Plan B: Si no podía hablar, estar cerca y vigilar qué tomaba.
Plan C: El escándalo.
Llegaron a la Hacienda Los Arcángeles. Era una fortaleza. Muros altos de piedra, bugambilias cayendo en cascada y una reja de hierro forjado custodiada por seguridad privada y policías estatales. Había fotógrafos agolpados en la entrada, tratando de captar a los invitados que llegaban en camionetas blindadas y autos deportivos.
El taxi de Marina, un humilde Versa abollado, se detuvo detrás de un Mercedes Benz.
El guardia se acercó al taxi con cara de “¿tú qué haces aquí?”.
Marina bajó la ventanilla.
—Vengo a la boda —dijo, intentando sonar segura.
—¿Invitación?
—Soy… soy amiga personal del novio. Del hospital. Se me olvidó la invitación, pero él me espera.
El guardia soltó una carcajada seca.
—Mija, si no estás en la lista, no entras. A menos que vengas a lavar los platos, y la entrada de servicio es por allá atrás.
Marina sintió la humillación quemarle la cara. El taxista la miraba por el retrovisor con lástima.
—Por favor, revíselo. Soy Marina…
—No estás en la lista. Circúlale, chofer, que estorbas.
El taxi tuvo que avanzar. Marina se bajó unos metros más adelante, en la orilla de la carretera.
—Gracias, joven. Aquí me quedo.
—¿Segura, señorita? Este lugar está en medio de la nada.
—Sí, segura. Gracias.
El taxi se fue. Marina se quedó parada en el polvo, con sus tacones hundiéndose en la tierra. Miró los muros de la hacienda.
No iba a rendirse por un guardia grosero.
Rodeó la propiedad, caminando entre la maleza, arruinando sus zapatos y llenándose de cadillos el vestido. Buscó una entrada trasera, un hueco, lo que fuera.
Encontró una puerta de servicio abierta por donde estaban metiendo cajas de vino y hielo. Había un movimiento frenético de meseros y cargadores.
Marina esperó el momento justo. Cuando un grupo de meseros entró cargando una escultura de hielo gigante, ella se metió detrás de ellos, agachando la cabeza.
—¡Hey, tú! —gritó alguien.
Marina se congeló. Un capataz de meseros, un hombre sudoroso con chaleco negro, la miraba.
—¿Eres de la agencia de extras? ¿Por qué vienes vestida así? El uniforme es blanco y negro.
Marina improvisó en milisegundos.
—No, señor… soy… soy una de las primas lejanas del novio, vine a ayudar a acomodar los recuerdos de mesa porque llegaron tarde.
El hombre, estresado hasta el límite, ni la analizó.
—Pues muévele, niña. No estorbes en el pasillo. Métete al jardín.
Marina asintió y corrió hacia donde le indicó.
Al salir al jardín principal, el aire se le fue.
Era espectacular. Un jardín inmenso con carpas blancas, miles de flores frescas, una orquesta tocando música suave y gente… gente riquísima por todos lados. Mujeres con vestidos que costaban más que la casa de Marina, hombres con relojes que valían más que su vida entera.
Marina se sintió como una cucaracha en un pastel de bodas. Se escondió detrás de una columna adornada con rosas.
Buscó con la mirada.
Ahí estaba él.
Nicolás estaba recibiendo a los invitados cerca de la entrada del salón. Se veía terrible. A pesar del maquillaje que seguramente le habían puesto, se notaba que se sostenía en pie por pura fuerza de voluntad. Sonreía mecánicamente, saludaba, asentía.
A su lado, Angélica brillaba. Parecía una muñeca de porcelana, perfecta, triunfante. Tocaba el brazo de Nicolás constantemente, no como una caricia, sino como controlándolo.
Marina quería correr hacia él, pero vio a los guaruras. Eran un muro impenetrable. Si se acercaba, la sacarían antes de que pudiera decir una palabra.
Tenía que esperar. Esperar el momento del brindis.
Sabía que era arriesgado. Sabía que Nicolás podría beber antes de que ella llegara. Pero era su única carta.
Vio a Arturo, el amante. Estaba cerca de la barra de bebidas, supervisando algo. Lo vio hablar con el barman principal y deslizarle un billete en el bolsillo. Luego, señaló una botella de champaña específica que estaba apartada en una hielera de plata.
“Ahí está”, pensó Marina. “Esa es la botella”.
El tiempo pasó lento y tortuoso. La ceremonia civil fue rápida, ahí mismo en el jardín. Marina vio desde lejos cómo Nicolás firmaba el papel.
—No… —susurró.
Ya estaban casados. Legalmente, Angélica ya era su esposa. Si él moría ahora, ella heredaba todo.
La trampa se había cerrado. Solo faltaba la ejecución.
—¡Damas y caballeros! —anunció el maestro de ceremonias por el micrófono—. Por favor, alcemos nuestras copas. Es momento del primer brindis de los señores De la Garza.
Los meseros empezaron a repartir copas a los invitados.
Pero Marina vio cómo Arturo tomaba personalmente dos copas de la hielera de plata especial. Las copas tenían el borde dorado. Llevó las copas hacia los novios.
Le dio una a Angélica y otra a Nicolás.
Angélica miró a Arturo y le guiñó un ojo discretamente.
Nicolás tomó la copa. Le temblaba la mano. Miró el líquido burbujeante con una expresión extraña. ¿Había leído la nota? ¿Sospechaba?
Parecía dudar. Pero Angélica alzó su copa y chocó suavemente el cristal contra el de él.
—Por nosotros, mi amor. Hasta que la muerte nos separe —dijo ella, y su voz, amplificada por el silencio expectante, sonó a sentencia.
Nicolás levantó la copa hacia sus labios.
Marina no pensó. No calculó. Solo actuó.
Salió de su escondite detrás de la columna y corrió. Corrió con los tacones hundiéndose en el pasto, con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía los oídos.
—¡NOOOOOOO!
El grito desgarró la elegancia del momento.
Todos voltearon. Vieron a una chica pelirroja, con un vestido barato y el pelo alborotado, corriendo como una loca hacia los novios.
Un guarura intentó interceptarla.
—¡Deténganla!
Marina lo esquivó con un movimiento ágil de fútbol llanero. Saltó los escalones del pequeño estrado donde estaban los novios.
Nicolás se quedó paralizado, con la copa a milímetros de su boca.
Marina llegó frente a él. Sus ojos se encontraron.
En ese microsegundo, él la reconoció. Y no hubo miedo en sus ojos, hubo… ¿alivio?
Marina levantó la mano y dio un manotazo certero, brutal.
¡CRASH!
La copa voló de la mano de Nicolás. Giró en el aire, derramando el líquido dorado, y se estrelló contra el piso de mármol, estallando en mil pedazos.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni los grillos se atrevieron a cantar.
Marina quedó parada ahí, jadeando, con el pecho subiendo y bajando, frente a un Nicolás estupefacto y una Angélica que parecía a punto de explotar.
—¡¿Qué te pasa, estúpida?! —chilló Angélica, rompiendo el silencio. Su voz de modelo sofisticada desapareció, reemplazada por el tono de una verdulera furiosa—. ¡Arruinaste mi vestido! ¡Seguridad! ¡Saquen a esta pordiosera de aquí!
Dos guaruras agarraron a Marina por los brazos, lastimándola.
—¡Suéltala! —dijo Nicolás de repente. Su voz sonó débil, pero imperativa.
—¡Nico! —reclamó Angélica—. ¡Esta loca casi te ataca! ¡Es la afanadora del hospital! ¡Seguro está obsesionada contigo!
Nicolás miró el charco de champaña en el piso. Luego miró a Marina, que forcejeaba con los guardias.
—¿Por qué? —le preguntó Nicolás a Marina, mirándola fijamente.
Marina, con lágrimas en los ojos, gritó para que todos la oyeran:
—¡Porque tenía veneno! ¡Esa copa lo iba a matar!
Un murmullo de horror recorrió a la multitud.
Angélica se puso pálida, pero reaccionó rápido.
—¡Está loca! ¡Llévensela! ¡Llamen a la policía! ¡Está drogada!
Los guardias empezaron a arrastrar a Marina hacia la salida. Ella pataleaba y gritaba.
—¡Revise la copa! ¡Hágale pruebas! ¡Ellos lo quieren matar! ¡Nicolás, créeme!
Mientras la arrastraban lejos, Marina vio cómo Nicolás se llevaba la mano al pecho y se tambaleaba. Arturo corrió a sostenerlo, fingiendo preocupación.
Lo último que vio Marina antes de que la sacaran a la fuerza y la tiraran en la tierra fuera de la hacienda, fue a Nicolás desplomándose en los brazos de su asesino.
—¡No! —sollozó Marina, golpeando el suelo con sus puños—. Llegué tarde.
El portón de la hacienda se cerró frente a ella, dejándola fuera, sola, humillada y con la certeza de que el hombre que amaba estaba muriendo al otro lado del muro.
CAPÍTULO 4: LADY DESASTRE Y EL SILENCIO DEL COMA
El sonido de la reja de la Hacienda Los Arcángeles cerrándose fue definitivo, como el golpe de un martillo de juez dictando sentencia. Clang.
Marina se quedó parada en el camino de tierra, con el vestido color coral manchado de lodo y pasto, un tacón roto colgando de su mano derecha y el maquillaje corrido por las lágrimas y el sudor. Parecía la protagonista de una película de terror, no la invitada a una boda.
Los guardias de seguridad, desde el otro lado de la reja, se reían.
—¡Ándele, mi reina! ¡A llorar a su casa! —gritó uno, burlón—. Ya tuvo sus cinco minutos de fama. Si no se mueve, le echamos a los perros.
Marina no contestó. No tenía fuerzas ni para insultarlos. El pecho le dolía físicamente, como si se le hubiera roto algo por dentro. No era solo la humillación; era la imagen de Nicolás desplomándose. ¿Lo había salvado? ¿O su intervención había sido el golpe final que su corazón debilitado no pudo soportar?
Empezó a caminar. La carretera nacional estaba a dos kilómetros. El sol de la tarde caía a plomo, ese sol norteño que no perdona. Los autos pasaban zumbando a su lado, levantando nubes de polvo que se le pegaban a la piel sudorosa. Nadie se paraba. Para los conductores de las camionetas blindadas que salían de la fiesta, ella era solo una mancha en el paisaje, una loca que caminaba sola por el acotamiento.
Le tomó cuarenta minutos llegar a una parada de camión. Se sentó en la banca de metal hirviendo, ignorando las miradas de curiosidad de dos señoras que esperaban el transporte con sus bolsas del mandado.
Sacó su celular. Tenía 3% de batería.
Lo prendió con miedo. En cuanto la pantalla se iluminó, el aparato casi explota de notificaciones.
Ping. Ping. Ping. Ping.
Mensajes de WhatsApp de números desconocidos. Notificaciones de Facebook. Etiquetas en Instagram.
Abrió Facebook y sintió que el mundo se le venía encima.
En su muro, alguien había compartido un video. El título: “LADY BODAS: SIRVIENTA CELOSA ARRUINA LA BODA DEL AÑO EN SAN PEDRO”.
El video, grabado desde el celular de algún invitado, mostraba el momento exacto. Se veía a Marina, despeinada y frenética, corriendo hacia el altar. Se veía el golpe a la copa. Se escuchaba su grito: “¡Tenía veneno!”. Y luego, las risas de la gente y los guardias arrastrándola.
El video tenía ya 50 mil reproducciones y subiendo.
Los comentarios eran brutales:
“Pinche vieja loca, se cree de telenovela.”
“Qué oso, seguro quería sacarle lana al novio.”
“Jajaja, miren sus zapatos, qué naca.”
“Ojalá la metan al bote por agresiva.”
Marina apagó el celular antes de que se muriera la batería. Se tapó la cara con las manos y sollozó en silencio, ahí, en la orilla de la carretera, mientras el camión urbano “Ruta 23 – Centro” se acercaba echando humo negro.
Se subió, pagó con las monedas que le quedaban y se fue al fondo, escondiéndose detrás de un asiento, rogando que nadie la reconociera como la nueva “Lady” viral de México.
Llegar a su vecindad fue otro calvario.
Ya había anochecido cuando entró al patio común. Las vecinas, que normalmente estaban lavando o platicando, se callaron en cuanto la vieron entrar. El silencio fue pesado, acusador. Doña Chona, la portera que siempre le fiaba las tortillas, se metió a su casa y cerró la puerta.
“Ya lo vieron”, pensó Marina. “Todo el mundo ya lo vio”.
Subió las escaleras de caracol hacia su cuarto de azotea con las piernas temblando. Solo quería meterse a la cama, taparse con la cobija hasta la cabeza y desaparecer.
Pero al llegar a su puerta, se dio cuenta de que estaba abierta. O más bien, forzada.
Entró con el corazón en la garganta.
Antonio estaba ahí.
Estaba sentado en la única silla, en medio de la habitación que parecía haber sido arrasada por un huracán. Sus libros de medicina estaban tirados por todos lados, algunos con las hojas arrancadas. Su ropa estaba sacada del ropero y tirada en el suelo.
Antonio tenía el celular en la mano y una botella de tequila vacía en la otra. Cuando levantó la vista, Marina vio una furia fría en sus ojos que nunca le había visto antes.
—Toño… ¿qué hiciste? —susurró Marina, viendo sus amados libros destrozados.
Antonio se levantó despacio. Se tambaleaba un poco, pero no estaba borracho de dormirse; estaba en esa etapa del alcohol donde la violencia está a flor de piel.
—¿Que qué hice yo? —preguntó él, con voz peligrosamente tranquila—. Más bien, ¿qué hiciste tú, Marina? O debería decir… ¿Lady Bodas?
Le puso el celular en la cara. El video se reproducía en bucle.
—Todo el barrio lo está viendo, Marina. Mis amigos del taller. Mi mamá. Hasta el pinche taquero se está riendo de mí. “Mira al cornudo del Toño, su vieja se fue a hacer el ridículo por un millonario”.
—Toño, no es lo que parece. Él estaba en peligro. Lo querían matar…
—¡Cállate! —gritó Antonio, aventando la botella contra la pared. El vidrio estalló cerca de la cabeza de Marina, bañándola de esquirlas—. ¡Deja de mentir! ¿Veneno? ¿En serio? ¿Crees que soy estúpido? Fuiste a hacerle un show de celos porque te acostaste con él y te dejó por la rubia. Eso es lo que dicen todos. Eres una arrastrada.
Marina sintió que el miedo se transformaba en algo más duro. En dignidad.
Se irguió, a pesar de su vestido sucio y su tacón roto.
—Piensa lo que quieras, Antonio. Si prefieres creerle a un video de chisme que a la mujer que ha estado contigo dos años, entonces no vales la pena.
Antonio se quedó pasmado un segundo por la respuesta. Esperaba que ella llorara, que le pidiera perdón de rodillas.
—¿Que no valgo la pena? —se rió con amargura—. Mírate, Marina. Eres una afanadora. Vives en un cuarto de lámina. Yo era lo mejor que te podía pasar. Yo te iba a sacar de aquí… a mi manera. Pero te quisiste volar muy alto y te estrellaste.
Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, oliendo a agave y sudor rancio.
—Lárgate —dijo Marina, señalando la puerta—. Se acabó, Antonio. Agarra tus cosas y vete. Y no vuelvas nunca.
—Me voy con gusto. Me das asco. Ojalá te pudras con tu millonario… ah, espera. No puedes. Porque dicen que se está muriendo. Y dicen que es tu culpa. Así que prepárate, Marina, porque te van a comer viva.
Antonio escupió al suelo, cerca de los pies de ella, y salió dando un portazo que casi tira el marco de la puerta.
Marina se quedó parada en medio del desastre. Miró las páginas rotas de su libro de anatomía, ese que le había costado meses ahorrar. Se agachó y recogió una hoja. Era un diagrama del corazón.
—El corazón es un músculo resistente —leyó en voz alta, con la voz quebrada—. Pero todo tiene un límite.
Esa noche no durmió. Se dedicó a limpiar. Limpiar era lo que sabía hacer. Recogió los vidrios, acomodó los libros, trapeó el piso. Necesitaba poner orden en su caos externo para no volverse loca por dentro.
A la mañana siguiente, domingo, Marina no fue a trabajar. Sabía que, si ponía un pie en el hospital, la Jefa Albina la despediría delante de todos y probablemente llamaría a la policía.
Tenía que ser estratégica.
Bajó a comprar el periódico al puesto de la esquina, con una gorra y unos lentes oscuros que encontró en el cajón de Antonio (lo único que dejó).
La portada del periódico El Norte (o el diario local principal) le heló la sangre.
“TRAGEDIA EN LA BODA DEL AÑO: MAGNATE NICOLÁS DE LA GARZA EN COMA TRAS ATAQUE DE PÁNICO PROVOCADO POR INTRUSA”
Marina leyó la nota con avidez, sentada en la banqueta, ignorando el frío de la mañana.
“…El famoso banquero colapsó minutos después de que una mujer, identificada como extrabajadora de limpieza del hospital donde estuvo internado, irrumpiera violentamente en la ceremonia, agrediendo a los novios. Según el parte médico oficial, el Sr. De la Garza sufrió un paro cardíaco severo provocado por el estrés extremo del incidente, sumado a una condición cardíaca preexistente.”
“La ahora esposa y tutora legal, Angélica Montemayor de De la Garza, declaró entre lágrimas: ‘Esa mujer está desequilibrada. Nicolás estaba delicado, pero feliz. Ella le provocó tal susto que su corazón no aguantó. Vamos a proceder legalmente con todo el peso de la ley’.”
Marina arrugó el periódico con rabia.
—¡Mentirosa! —siseó.
“Esposa y tutora legal”.
Lo habían logrado. Aunque la boda se interrumpió, seguramente habían firmado el acta civil antes, o Angélica había movido sus influencias para que el matrimonio contara. Ahora ella tenía el control de Nicolás. Ella decidía si lo desconectaban o no.
Y la narrativa era perfecta: Marina era la villana loca. Angélica era la viuda (casi) doliente. Y Nicolás… Nicolás estaba en coma, silenciado, muriéndose lentamente en una cama de lujo, probablemente con una dosis continua de Digoxina para asegurarse de que nunca despertara.
Marina sintió una impotencia tan grande que quiso gritar. ¿Qué podía hacer ella? Una simple afanadora contra el imperio financiero De la Garza. Estaba sola. Antonio se había ido. Su trabajo estaba perdido. Su reputación destruida.
Regresó a su cuarto y prendió la tele. En todos los canales hablaban de lo mismo.
Pero entonces, en un noticiero, pasaron una breve reseña biográfica de Nicolás.
“Hijo adoptivo del legendario empresario León Valeriano, quien se retiró de la vida pública hace cinco años tras rumores de demencia senil y enfermedad crónica…”
Marina se congeló.
León Valeriano. El padre.
Recordó lo que Nicolás le había dicho en el hospital: “Dile a mi papá que no fue el corazón”.
Era su única pista. Su única esperanza.
Si Nicolás era adoptado y su padre estaba aislado, tal vez… solo tal vez, el padre no era parte de la conspiración. Tal vez el padre también era una víctima de Angélica y Arturo. Si Angélica controlaba a Nicolás, seguramente también tenía controlado al viejo para quedarse con todo el conglomerado.
—Tengo que encontrarlo —dijo Marina.
Pero, ¿dónde vivía? El periódico decía que estaba “retirado”. Eso podía significar cualquier lugar, desde una casa en la ciudad hasta un rancho en medio de la sierra.
Necesitaba una dirección. Y solo había un lugar donde podía conseguirla: el archivo del hospital.
Volver al hospital era una misión suicida. Su cara estaba en todas las redes sociales.
Pero Marina tenía una ventaja: conocía las entrañas del edificio mejor que cualquier doctor. Sabía qué puerta trasera siempre dejaban abierta los de mantenimiento para fumar. Sabía a qué hora cambiaban los guardias.
Se puso su uniforme de afanadora por última vez, pero se puso encima una sudadera grande con capucha y un cubrebocas negro.
Llegó al hospital a las 2:00 PM, hora de la comida y del cambio de turno.
Entró por la zona de carga y descarga, cargando una caja vacía para parecer una proveedora. Nadie la detuvo.
Se escabulló por los pasillos de servicio hasta llegar al área de vestidores.
Ahí esperó, escondida detrás de unos lockers, hasta que vio entrar a Lenita.
Lenita venía llorando, hablando por teléfono.
—Sí, mamá, ya sé que salió en la tele… no, yo no sabía que estaba loca… sí, ya sé que me pueden regañar…
Marina salió de las sombras.
—¡Lenita! —susurró.
Lenita dio un brinco y casi tira el celular. Al ver a Marina, se puso pálida como un papel.
—¡Marina! ¡Estás loca! ¡Vete! ¡La Jefa Albina te anda buscando con la policía! Dicen que eres peligrosa.
—No soy peligrosa, Lenita. Tú me conoces. Tú sabes que yo cuidaba a Nicolás.
Lenita la miró con miedo, pero también con duda.
—Wey, ¿qué pedo con lo de la boda? ¿Neta tenía veneno?
—Sí. Te lo juro por mi vida. Lo están matando, Lenita. Y ahora que está en coma, lo van a terminar de matar si nadie hace nada. Necesito tu ayuda.
—No, no, no. No me metas en tus broncas. Yo necesito esta chamba. Tengo que pagar la tanda.
Marina la agarró de las manos.
—Por favor. Solo necesito una cosa. Una dirección. La dirección del padre de Nicolás, el señor León Valeriano. Debe estar en el expediente de ingreso, en la sección de “Contacto de Emergencia”.
—No puedo… el archivo está cerrado con llave.
—Tú tienes la llave del carrito de expedientes del piso 3. Todavía no bajan el expediente de Nicolás al archivo central, seguro sigue en la estación de enfermeras porque fue un reingreso de emergencia anoche.
Lenita dudó.
—¿Lo trajeron aquí? —preguntó Marina, sorprendida.
—Sí. Anoche. Lo trajeron directo de la boda. Está en Terapia Intensiva. Angélica armó un escándalo, quería llevárselo a su casa, pero los paramédicos dijeron que estaba muy inestable y lo trajeron al más cercano. Está entubado, Marina. Se ve… se ve mal.
Marina sintió un dolor agudo en el pecho, pero lo usó como combustible.
—Está aquí. Eso me da tiempo. Pero no puedo acercarme a la UCI, hay policías. Necesito ir con su papá. Él es el único que puede autorizar otro médico o sacarlo de las garras de esa bruja. Lenita, por favor. Hazme el paro. Si Nicolás se muere, va a ser culpa de todos los que no hicimos nada.
Lenita miró hacia la puerta, nerviosa. Luego suspiró, derrotada por la culpa católica.
—Está bien. Espérame aquí. Si me cachan, digo que me amenazaste con un cuchillo o algo.
Lenita salió. Fueron los diez minutos más largos de la vida de Marina. Cada ruido, cada paso en el pasillo la hacía saltar. Se imaginaba a la policía entrando, esposándola.
Finalmente, Lenita regresó. Traía un papelito arrancado.
—Toma. Es una dirección en “La Herradura”, allá por las montañas. Es una zona súper exclusiva. No vas a poder entrar ni de chiste.
—Ya veré cómo le hago. Gracias, Lenita. Eres la mejor.
—Vete ya. Y Marina… cuídate. En serio dicen cosas muy feas de ti en la tele.
Marina guardó el papelito como si fuera oro y salió del hospital por donde entró.
Ya tenía un destino. “Hacienda El Refugio, Calle Vista Real #100, La Herradura”.
Llegar hasta allá fue otra odisea. Tuvo que gastar sus últimos ahorros en un Uber hasta la entrada del fraccionamiento, porque no pasaban camiones por esa zona de ricos.
El Uber la dejó en la caseta de vigilancia. Era una fortaleza amurallada en las faldas de la montaña, con vista a toda la ciudad contaminada.
El guardia de la caseta, un hombre armado con chaleco antibalas, la miró como si fuera un bicho raro.
—¿A dónde va, señorita?
—Vengo a ver al Señor León Valeriano.
—¿Tiene cita?
—No… pero soy… soy la nueva enfermera de noche. Me mandó la agencia urgente.
Marina rezó para que su mentira funcionara. Sabía por los chismes del hospital (y por lo que había averiguado Lenita) que Don León cambiaba de enfermeras constantemente porque tenía un carácter del demonio.
El guardia hizo una llamada.
—Oiga, Don Chon, aquí hay una muchacha que dice que es la enfermera… sí… ajá… okay.
Colgó y miró a Marina.
—Dice el mayordomo que no esperan a nadie, pero que como la de ayer renunció gritando, que pase a ver si usted aguanta. Pero tiene que dejar su IFE.
Marina entregó su credencial y pasó. Tuvo que caminar dos kilómetros cuesta arriba, entre mansiones que parecían castillos europeos, hasta llegar al número 100.
La casa de León Valeriano era vieja, estilo colonial, enorme pero descuidada. El jardín estaba crecido, las enredaderas cubrían las ventanas. Parecía una casa embrujada.
Tocó el timbre de hierro.
Abrió un hombre mayor, vestido con un traje negro impecable pero desgastado. Debía ser el mayordomo.
—Llega tarde para la entrevista —dijo el hombre, sin saludar—. El Señor León está de un humor insoportable hoy. Si no sabe inyectar insulina sin que le duela, mejor dese la vuelta.
—Sé inyectar —dijo Marina con firmeza—. Y sé aguantar gritos. Vengo del Hospital General. Ahí he visto cosas peores que un viejo gruñón.
El mayordomo alzó una ceja, sorprendido por la respuesta.
—Pase. Pero le advierto: el señor tiene una escopeta cargada al lado del sillón y no duda en apuntar si algo no le parece.
Marina entró. La casa olía a encierro, a polvo antiguo y a tabaco de pipa. Estaba en penumbras. Las cortinas estaban cerradas.
—Por aquí —el mayordomo la guió hacia una biblioteca al fondo.
Al entrar, Marina vio a un hombre sentado en una silla de ruedas frente a una chimenea apagada. Estaba de espaldas a la puerta.
—¿Eres la nueva? —bramó una voz potente, aunque cascada por la edad—. ¡Acércate! ¡No muerdo, carajo! Aunque ganas no me faltan.
Marina caminó despacio hasta quedar frente a él.
León Valeriano era un hombre que alguna vez fue imponente. Tenía el cabello blanco como la nieve, revuelto, y una barba de días. Sus ojos, hundidos en cuencas oscuras, eran negros y penetrantes. Tenía una manta sobre las piernas.
—Me llamo Marina —dijo ella.
El viejo la miró con desdén.
—Marina… nombre de mar. Qué ironía, aquí estamos en el desierto. ¿Sabes cambiar un cómodo? ¿Sabes leer en voz alta sin tartamudear? ¿Sabes aguantar el olor a viejo?
—Sí a todo, señor. Pero no vine a cambiarle el cómodo.
León frunció el ceño, agarrando el bastón que tenía a su lado.
—¿Entonces a qué demonios viniste? ¿A robar? Mira que no tengo nada de valor aquí, todo se lo llevó mi nuera, esa víbora.
—Vine a hablar de su hijo. De Nicolás.
El efecto fue inmediato. La cara de León se transformó. El enojo dio paso a una profunda tristeza y luego a una resignación amarga.
—¿Nicolás? —soltó una risa seca—. Nicolás ya no es mi hijo. Es el títere de esa mujer. Se casó ayer, ¿no? Salió en las noticias. La Boda del Año. Yo ni fui invitado. Seguro ya están en su luna de miel en Bora Bora, gastándose mi herencia.
—No, señor —dijo Marina, dando un paso adelante, ignorando el miedo—. Nicolás no está en Bora Bora. Está en Terapia Intensiva en el Hospital General. Está en coma. Y se está muriendo.
León soltó el bastón, que cayó al suelo con un ruido seco. Se puso pálido.
—¿Qué estás diciendo, niña? ¿En coma?
—Sí. Y no fue un accidente. Ni un infarto natural. Lo envenenaron. La mujer con la que se casó, Angélica, y su socio Arturo. Le han estado dando Digoxina para simular una falla cardíaca. Yo traté de detenerlo… fui a la boda… rompí la copa…
León la miró fijamente, escudriñándola. De pronto, sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—Tú… —susurró el viejo—. Tú eres la de la tele. La “Lady Bodas”. La loca que atacó a la novia.
Marina sintió que las piernas le fallaban.
—Sí. Soy yo. Pero no estoy loca, señor León. Nicolás es la persona más buena que he conocido. Él sabía que algo andaba mal. Me pidió que si le pasaba algo… viniera a buscarlo a usted. Me dijo: “Dile a mi papá que no fue el corazón”.
León Valeriano se quedó en silencio, temblando. Miró hacia la ventana cerrada, procesando la información.
—”Que no fue el corazón”… —repitió él—. Eso… eso me lo decía su madre cuando él era niño y se caía. “No llores, Nico, no fue el corazón, fue la rodilla”. Era nuestro código.
El viejo se giró bruscamente hacia Marina. Sus ojos brillaban con lágrimas, pero también con una furia renovada.
—¿Dices que esa arpía lo envenenó?
—Lo escuché con mis propios oídos. Y tengo una cápsula que logré robar de su cuarto. Es Digoxina. Si le hacen un análisis de sangre específico ahora, saldrá positivo. Pero tiene que ser rápido, antes de que lo metabolicen o… antes de que Angélica lo desconecte.
León Valeriano golpeó el brazo de su silla de ruedas con el puño.
—¡Maldita sea! ¡Lo sabía! Sabía que esa familia Montemayor era una plaga. Pero Nicolás estaba ciego de amor… o eso creía yo.
El viejo intentó levantarse de la silla, pero sus piernas no le respondieron y cayó sentado de nuevo, frustrado.
—¡Inútil! ¡Soy un viejo inútil! ¿Cómo voy a salvarlo si no puedo ni ir al baño solo? Angélica tiene abogados, tiene poder, tiene a la prensa. Yo soy un ermitaño al que todos creen senil.
—Usted es su padre —dijo Marina con firmeza—. Y usted tiene dinero, ¿no? El dinero compra abogados y médicos. Pero necesita a alguien que sean sus piernas y sus manos. Yo puedo hacerlo. No tengo nada que perder, señor. Ya perdí mi trabajo, mi novio y mi reputación. Solo me queda la verdad.
León la miró. Realmente la miró, por primera vez, más allá de sus prejuicios. Vio la determinación en esa chica flaca con vestido barato y tenis sucios.
Y vio algo más. Algo en sus ojos, en la forma de su barbilla… algo que le provocó un déjà vu doloroso.
—Te pareces a ella… —murmuró, distraído.
—¿A quién? —preguntó Marina.
—A nadie. A un fantasma. Olvídalo.
León tomó su bastón del suelo con esfuerzo y señaló una caja fuerte antigua en la esquina.
—Muy bien, muchacha. Tú serás mis piernas. Abre esa caja. La combinación es 15-08-90.
Marina obedeció. Al abrir la pesada puerta de acero, encontró fajos de billetes, documentos y un revólver.
—Saca los papeles de la carpeta azul —ordenó León—. Esas son las acciones originales del Banco, las que Angélica cree que ya no valen porque hice un fideicomiso falso. Y saca el dinero. Vamos a necesitar efectivo para sobornar hasta al Papa si es necesario.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Marina, sintiendo por primera vez una chispa de esperanza.
—Vamos a ir al hospital. Ahora mismo. Voy a reclamar a mi hijo. Y si esa mujer se interpone, le voy a meter el bastón por donde no le da el sol.
—Pero señor, usted está en silla de ruedas… y yo soy una fugitiva de las redes sociales.
León Valeriano sonrió, una sonrisa torcida y peligrosa que le quitó veinte años de encima.
—Perfecto. Un viejo tullido y una loca viral. Somos el equipo perfecto para arruinarles la fiesta. ¡Anastasio! —gritó llamando al mayordomo—. ¡Prepara el Cadillac! ¡Nos vamos a la guerra!
Marina sonrió entre lágrimas. Nicolás no estaba solo. La caballería iba en camino.
CAPÍTULO 5: LA SOMBRA DE OLGA Y EL SECRETO DEL MEDALLÓN
El Cadillac negro de 1980 rugía por la autopista como una bestia prehistórica que se niega a extinguirse. Anastasio, el mayordomo, conducía con una destreza sorprendente, esquivando baches y taxis con la frialdad de un piloto de carreras retirado.
En el asiento trasero, León Valeriano y Marina iban en silencio. Un silencio denso, cargado de adrenalina y miedo.
Marina miraba por la ventana, viendo pasar los edificios de la ciudad. Se sentía extraña en esos asientos de cuero que olían a tabaco y madera. Hace unas horas era una paria, la “Lady Bodas” de la que todos se burlaban. Ahora, iba al rescate del amor de su vida (sí, ya se atrevía a llamarlo así en su mente) acompañada de uno de los hombres más temidos de la vieja guardia empresarial.
—Estás temblando, niña —dijo León de repente, sin mirarla.
Marina se frotó las manos sudorosas contra su vestido sucio.
—Tengo miedo, señor. Angélica es poderosa. Y yo… yo no soy nadie. Míreme. Voy sucia, con un zapato roto. Me van a sacar antes de que pueda decir una palabra.
León soltó un bufido y golpeó el piso del auto con su bastón.
—El poder no está en la ropa, chamaca. El poder está en la mirada. Si tú te crees nadie, ellos te tratarán como nadie. Pero hoy no vas como Marina la afanadora. Hoy vas como los ojos y la voz de León Valeriano. Y te aseguro que en este pueblo, mi apellido todavía pesa más que los influencers y las redes sociales de esa víbora.
Marina lo miró. El viejo estaba pálido, se notaba que el viaje lo estaba agotando físicamente, pero sus ojos ardían con una furia que lo mantenía vivo.
—¿Por qué me ayuda? —preguntó ella—. Podría haber ido solo con sus abogados. ¿Por qué llevarme a mí?
León se quedó callado un momento, mirando el perfil de Marina. La luz del atardecer le daba en el rostro, iluminando su cabello cobrizo y resaltando esa pequeña cicatriz en la ceja y la forma de su nariz.
—Porque tú fuiste la única que tuvo los pantalones de romper esa copa —murmuró—. Y porque… me recuerdas a alguien.
—¿A quién? —insistió Marina.
—Ya llegamos —cortó él, cuando el auto frenó bruscamente frente a la entrada de Urgencias del Hospital General.
La entrada era un circo. Había unidades móviles de televisión, reporteros con micrófonos y curiosos con celulares. La noticia del “Magnate en Coma” había atraído a los buitres.
Cuando el Cadillac negro se detuvo, las cámaras se giraron.
Anastasio bajó y abrió la puerta trasera. Sacó la silla de ruedas del maletero con movimientos rápidos y ayudó a León a sentarse. Luego, Marina bajó.
Los flashes estallaron.
—¡Es ella! ¡Es Lady Bodas!
—¡Miren, viene con un viejo!
—¡Señorita, señorita! ¿Por qué atacó al novio?
—¡Asesina!
Los gritos golpearon a Marina como piedras. Bajó la cabeza, queriendo desaparecer.
—¡Cabeza arriba, carajo! —le ordenó León en voz baja pero firme—. Anastasio, abre paso.
El mayordomo, que era un hombre corpulento, avanzó como rompehielos.
—¡Con permiso! ¡Abran paso al Señor Valeriano!
El nombre causó un murmullo. Los reporteros más viejos reconocieron al patriarca.
—¿Es el papá? Pensé que estaba loco o muerto.
Marina empujó la silla de ruedas, sintiendo las miradas clavadas en su espalda. Entraron al hospital como un tanque de guerra entrando a territorio enemigo.
En el lobby, los guardias de seguridad privada de Angélica intentaron bloquearles el paso hacia los elevadores.
—Lo siento, señor, el área de Terapia Intensiva está restringida por orden de la Señora De la Garza. No hay visitas —dijo un guardia, poniéndose la mano en la macana.
León Valeriano ni siquiera parpadeó.
—Mire, hijo —dijo con voz tranquila, lo cual era más aterrador que si hubiera gritado—. Si no se quita de mi camino en tres segundos, voy a comprar la empresa de seguridad para la que trabaja y lo voy a despedir a usted, a su jefe y a toda su familia. Y después, le voy a meter una demanda que sus nietos van a seguir pagando. Uno… dos…
El guardia tragó saliva, miró a su compañero, y se hicieron a un lado.
—Adelante, señor. Piso 4.
Al llegar a la sala de espera de la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), el ambiente estaba gélido.
Angélica estaba ahí, sentada en un sillón de piel, rodeada de dos abogados y de Arturo. Llevaba un vestido negro de diseñador, lentes oscuros (aunque estuvieran adentro) y sostenía un pañuelo con el que se secaba lágrimas inexistentes.
Cuando vio llegar a Marina empujando a León, se puso de pie de un salto. Su máscara de viuda doliente se cayó en un instante.
—¿Qué hace esta mugrosa aquí? —gritó, señalando a Marina—. ¡Seguridad! ¡Dije que no quería a nadie! ¡Y tú! —miró a León—. ¿Qué haces aquí, viejo inútil? Deberías estar en tu cueva.
León hizo una seña a Marina para que frenara la silla.
—Vine a ver a mi hijo, Angélica. Y a asegurarme de que no lo termines de matar.
—¡Nicolás es MI esposo! —chilló ella, mostrando su anillo de diamantes—. Yo soy su tutora legal. Yo decido quién entra y quién sale. Y tú… tú estás declarado legalmente incompetente por demencia senil. Tengo los papeles que firmó el Dr. Valladares. Así que lárguense antes de que llame a la policía y los acuse de acoso.
Arturo se adelantó, con esa sonrisita cínica de abogado corrupto.
—Don León, por favor. No haga un escándalo. Nicolás está muy grave. Su corazón… bueno, ya sabe. Es una tragedia. Lo mejor es que se vaya a descansar. Nosotros nos ocupamos de todo, incluyendo el Banco.
León soltó una carcajada seca que resonó en el pasillo estéril.
—¿El Banco? Ah, sí. Ese pequeño detalle. Marina, dale la carpeta.
Marina sacó de la bolsa de tela del mayordomo la carpeta azul que habían sacado de la caja fuerte. Se la entregó a Arturo con mano temblorosa.
Arturo la abrió, leyó el primer documento y su sonrisa se borró. Se puso blanco como el papel.
—¿Qué es esto? —susurró.
—Es el acta constitutiva original y el fideicomiso real —dijo León, disfrutando el momento—. Las acciones que ustedes creen que Nicolás heredó, en realidad están a nombre de una sociedad anónima que solo se activa con mi huella digital o mi muerte confirmada. Y como ven, sigo vivo y muy cuerdo. Si Nicolás muere, el banco no pasa a la “viuda”. El banco se liquida y el dinero se dona a la beneficencia. Así que, Angélica, si mi hijo se muere, te quedas con un cadáver y sin un centavo.
Angélica miró a Arturo, buscando confirmación. Arturo asintió levemente, aterrado.
—Eso es mentira… —balbuceó ella.
—Pruébame —retó León—. Ahora, quítense de la puerta. Voy a ver a mi hijo.
Angélica, acorralada por la codicia, cambió de táctica.
—Está bien. Pasa tú. Pero ella no —señaló a Marina—. Ella es la agresora. Ella le provocó el infarto. Si entra, los doctores se van a negar a atenderlo.
León dudó. Sabía que legalmente Angélica podía usar la presencia de Marina para alegar estrés en el paciente.
Marina le tocó el hombro al viejo.
—Entre usted, Don León. Yo espero aquí. No importa. Lo importante es que usted lo vea y hable con los médicos. Asegúrese de que no le den más pastillas. Yo aguanto.
León asintió, orgulloso de la madurez de la chica.
—No me tardo. Anastasio, cuídala. Que nadie se le acerque.
El mayordomo se puso en modo guardia pretoriano junto a Marina. León entró a la unidad de terapia intensiva.
Marina se quedó parada en el pasillo, recargada en la pared. Angélica se sentó de nuevo, fulminándola con la mirada detrás de sus lentes oscuros.
—No vas a ganar, gata —siseó Angélica en voz baja, para que los abogados no la oyeran—. Nicolás se va a morir. Es cuestión de horas. Y cuando se muera, voy a usar todo mi dinero para refundirte en la cárcel por intento de homicidio. Voy a decir que tú le pusiste algo en la copa y que por eso la rompiste, para borrar la evidencia.
Marina sintió un escalofrío. La maldad de esa mujer no tenía límites.
—La verdad siempre sale a la luz —respondió Marina, aunque por dentro se sentía pequeña.
—La verdad la escriben los que tienen chequera, mi reina. Y tú… tú no tienes ni para zapatos nuevos.
En ese momento, la puerta de la UCI se abrió.
Salió León. Venía con los ojos rojos. Ver a su hijo entubado, lleno de cables y máquinas, lo había roto un poco.
Pero traía algo en la mano. Un frasco de orina.
—Conseguí una muestra —dijo León en voz alta, mostrándosela a Angélica—. Aproveché que la enfermera estaba cambiándole la sonda. Voy a mandar esto a un laboratorio independiente en Estados Unidos. Si sale Digoxina, Angélica… te juro que vas a pasar el resto de tu vida en una celda con ratas más grandes que tú.
Angélica se levantó, furiosa.
—¡Eso es ilegal! ¡Cadena de custodia! ¡Esa prueba no vale!
—Vale para mí —dijo León—. Y vale para que mis socios te destrocen.
León le entregó el frasco a Anastasio.
—Llévalo tú mismo al laboratorio del Dr. Arriaga. Ya le hablé. Que lo procese como “Urgencia Toxicológica”. No te despeges de la muestra.
—Sí, señor —dijo el mayordomo, y salió corriendo.
Ahora solo quedaban León, Marina y el grupo de Angélica. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
León se veía exhausto. Se llevó la mano al pecho, respirando con dificultad.
—Don León, ¿está bien? —Marina se arrodilló a su lado, preocupada. Le tomó el pulso instintivamente, mirando su reloj de muñeca barato.
—Estoy bien, hija… solo es… mucha emoción para un día.
Marina le desabrochó el primer botón de la camisa y le empezó a masajear un punto en la mano, una técnica que había leído para bajar la ansiedad y la presión.
—Respire despacio. Uno… dos… eso es. Míreme a mí. No la mire a ella.
León la obedeció. Se quedó mirando los ojos de Marina. Esos ojos grandes, expresivos, color café claro con motas verdes.
De pronto, el viejo pareció entrar en un trance.
Levantó su mano temblorosa y tocó el collar que Marina llevaba. Un medallón de plata viejo, oxidado, que colgaba sobre su uniforme sucio.
—Ese medallón… —susurró León—. ¿De dónde lo sacaste?
Marina se llevó la mano al cuello, protegiendo su tesoro.
—Era de mi mamá. Es lo único que me dejó cuando murió. Nunca se lo quitaba.
—¿Tu mamá…? —León sentía que el mundo le daba vueltas—. Dijiste que se llamaba Olga.
—Sí. Olga Martínez.
—Olga… —León cerró los ojos, viajando treinta y cuatro años al pasado.
“Tengo que irme, León”, le había dicho ella. “Tu familia nunca me va a aceptar. Ya te comprometieron con esa chica de sociedad. Yo no quiero ser tu amante, ni la otra. Yo quiero un amor entero”.
“Pero te amo, Olga. No te vayas. Te daré todo”.
“No puedes darme lo que necesito. Adiós, mi amor”.
Y se había ido. León la buscó durante meses, pero ella se había esfumado. Luego, el deber, el negocio y el matrimonio arreglado lo absorbieron. Pero nunca, nunca olvidó el medallón que él le había mandado grabar con sus iniciales ocultas.
—Déjame verlo —suplicó León, con voz quebrada—. Por favor.
Marina, confundida por el cambio de actitud del anciano, se quitó el medallón y se lo entregó.
León lo tomó con manos que temblaban como hojas al viento. Buscó en el borde, con la uña, un pequeño resorte.
Click.
El medallón se abrió. Dentro había una foto minúscula de León joven. Y al reverso de la tapa, grabado muy pequeño: “L & O. Amor Eterno”.
León soltó un sollozo desgarrador que hizo que hasta los abogados de Angélica voltearan.
—Es ella… es mi Olga.
Miró a Marina. Ahora veía todo. No era solo la nariz o la barbilla. Era el gesto. Era la valentía. Era la bondad.
—¿Cuándo naciste? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—El 14 de noviembre de 1998.
León hizo el cálculo rápido. Ocho meses después de que Olga se fuera.
—Dios mío… —León se cubrió la cara con las manos—. Estaba embarazada. Ella se fue embarazada de mí. Y nunca me lo dijo. Por orgullo… por miedo…
Marina no entendía nada.
—Señor León… ¿qué pasa? ¿Conocía a mi mamá?
León alzó la vista. Las lágrimas corrían por sus mejillas arrugadas, cayendo sobre su traje caro.
—Marina… mírame. Mírame bien. ¿No ves nada?
Marina lo miró. Vio los ojos negros, profundos. Vio la forma de la frente.
De pronto, sintió un golpe en el estómago.
Recordó las veces que su mamá le hablaba de su “verdadero padre”. “Era un hombre importante, mi niña. Un hombre bueno, pero atado. Nos amamos mucho, pero el destino no quiso”. Nunca le dijo el nombre.
—Usted… —Marina retrocedió, negando con la cabeza—. No. No puede ser.
—Soy yo —dijo León, extendiendo la mano hacia ella—. Soy tu padre, Marina.
El silencio en el pasillo fue absoluto. Angélica, que había estado escuchando, soltó una carcajada nerviosa y cruel.
—¡Ay, por favor! ¡Qué telenovela tan barata! —aplaudió sarcásticamente—. Ahora resulta que la gata es la hija perdida. ¡Qué conveniente! Seguro lo planeaste para sacarle dinero al viejo senil. ¡Es una estafa!
León se giró hacia Angélica con una furia que hizo que la mujer retrocediera dos pasos.
—¡Cállate! —rugió León—. ¡Si vuelves a insultar a mi hija, te juro que te mato con mis propias manos aquí mismo!
La palabra “hija” resonó con una fuerza nuclear.
Marina estaba en shock. Toda su vida pensando que era huérfana, que estaba sola en el mundo, soportando a padrastros abusivos y novios mediocres. Y resulta que su padre estaba ahí. Que tenía sangre. Que tenía raíces.
Y lo más impactante: Nicolás.
—Nicolás… —susurró Marina, con horror—. Si usted es mi padre… y Nicolás es su hijo… entonces… somos hermanos.
El dolor de esa revelación fue peor que cualquier golpe. Estaba enamorada de su hermano. El destino era una broma macabra.
León vio el pánico en los ojos de Marina y entendió inmediatamente. Negó con la cabeza rápidamente.
—No, no, no. Escúchame, hija. Escúchame bien. Nicolás NO es mi hijo de sangre.
—¿Qué? —preguntaron Marina y Angélica al unísono.
León suspiró, revelando el secreto que había guardado por treinta años.
—Yo soy estéril… o eso creía después de una enfermedad que tuve de joven. Cuando me casé con mi esposa, la madre de Nicolás, ella ya sabía que no podíamos tener hijos. Adoptamos a Nicolás cuando tenía tres días de nacido. Es mi hijo del alma, lo amo más que a mi vida… pero no lleva mi sangre.
Miró a Marina con adoración.
—Pero tú… tú fuiste el milagro. Con Olga… sucedió el milagro. Tú eres mi única hija biológica. Mi única sangre.
Marina se dejó caer en la silla de al lado, abrumada.
Nicolás no era su hermano.
Ella era la heredera.
Y su padre estaba ahí.
Angélica estaba blanca. Si esto era verdad, su plan se desmoronaba. Si Marina era hija legítima, ella tendría poder sobre las decisiones médicas si León la reconocía. Y tendría derecho a la herencia.
—Eso hay que probarlo —chilló Angélica, desesperada—. ¡Quiero una prueba de ADN! ¡Esto es un fraude!
—La tendrás —dijo León—. Y cuando salga positiva, te vas a arrepentir de haber nacido. Pero ahora, las cosas cambian. Marina es mi hija. Y como mi hija, tiene derecho a estar aquí.
En ese momento, las puertas de la UCI se abrieron de golpe. Un médico salió corriendo, seguido de dos enfermeras.
—¡Código Azul en la cama 4! ¡Carro de paro! ¡Rápido!
El corazón de Marina se detuvo.
La cama 4 era la de Nicolás.
—¡Nicolás! —gritó Marina, levantándose de un salto.
Intentó correr hacia la puerta, pero Angélica se interpuso.
—¡Tú no entras! ¡Es mi esposo!
—¡Es mi hermano! —gritó Marina, empujando a Angélica con una fuerza que no sabía que tenía. La mujer de sociedad cayó al suelo sobre sus tacones de aguja.
Marina entró corriendo a la UCI, seguida por León que impulsaba su silla con desesperación.
La escena era dantesca.
Nicolás estaba convulsionando en la cama. El monitor cardíaco pitaba como loco: BEEP-BEEP-BEEP-BEEP.
Los médicos estaban encima de él.
—¡Fibrilación ventricular! ¡Carguen a 200! —gritaba el doctor de guardia.
—¡Despejen!
¡PUM!
El cuerpo de Nicolás se arqueó con la descarga eléctrica.
Marina se tapó la boca para no gritar. León lloraba en silencio, rezando.
El monitor seguía marcando una línea plana errática.
—¡No responde! ¡Otra vez! ¡Carguen a 300!
—¡Despejen!
¡PUM!
Nada. El pitido continuo de la muerte empezó a sonar. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
—No hay pulso —dijo una enfermera.
Marina sintió que el mundo se acababa. No podía ser. No después de encontrarlo. No después de encontrar a su padre.
Corrió hacia la cama, ignorando los gritos de los médicos que le pedían que saliera.
Agarró la mano inerte de Nicolás. Estaba fría.
—¡Nicolás! ¡No te vayas! —le gritó—. ¡No me dejes! ¡Tienes que luchar! ¡Soy yo, Marina! ¡Soy tu hermana… bueno, no, pero soy yo! ¡Regresa, por favor!
Apretó su mano con fuerza, transmitiéndole toda su energía, todo su amor, toda su rabia contra la injusticia.
—¡Nico, levántate! —bramó León desde su silla, con voz de trueno—. ¡No te di permiso para morirte, muchacho!
El médico preparaba las paletas para un tercer y último intento, aunque su cara decía que ya no había esperanza.
—Último intento. ¡Despejen!
¡PUM!
Silencio.
Todos miraron el monitor.
Línea plana.
Marina cerró los ojos, dejando caer la cabeza sobre el pecho de Nicolás. Las lágrimas mojaron la bata del hospital.
“Te perdí”, pensó.
Y entonces…
Beep.
Un latido. Débil. Solitario.
Todos contuvieron la respiración.
Beep… Beep… Beep.
El ritmo sinusal apareció en la pantalla, débil pero constante.
—¡Tenemos pulso! —gritó el médico—. ¡Ritmo estable! ¡Adrenalina, rápido! ¡Estabilicen la presión!
Marina alzó la cabeza, incrédula. Miró a Nicolás. Seguía inconsciente, pálido como la cera, pero su pecho subía y bajaba.
Estaba vivo.
León Valeriano se desplomó en su silla, agotado por el alivio.
—Gracias, Dios… gracias.
El médico se giró hacia Marina y León.
—Ha sido un milagro. Su corazón se detuvo casi dos minutos. Pero es fuerte. Muy fuerte. Sin embargo… —el médico bajó la voz—. Encontré algo raro. Sus pupilas… y la reacción a la adrenalina. Esto no parece un infarto normal. Parece…
—Intoxicación por digitálicos —completó Marina, con voz firme, secándose las lágrimas—. Le dieron Digoxina, doctor. Hágale la prueba. Y póngale el antídoto. Anticuerpos antidigoxina. Si se los pone ahora, se salva.
El médico la miró, sorprendido por el diagnóstico preciso. Luego miró a León.
—Hágalo —ordenó León—. Si mi hija lo dice, es porque es verdad. Ella casi es médico. Y si no lo hace, lo demando por negligencia.
El médico asintió.
—Voy a pedir los anticuerpos ahora mismo.
Marina se quedó junto a la cama, acariciando el cabello sudado de Nicolás.
Afuera, en el pasillo, Angélica se levantaba del suelo, arreglándose el vestido, con la mirada de un animal acorralado que sabe que la cacería ha cambiado de bando.
Marina se giró hacia la ventana de cristal que daba al pasillo. Cruzó la mirada con Angélica.
Ya no había miedo en los ojos de la afanadora.
Ahora había fuego. Fuego Valeriano.
“Prepárate, bruja”, pensó Marina. “Porque ahora tengo a mi papá, tengo a mi hermano y tengo la verdad. Y te vamos a destruir”.
CAPÍTULO 6: EL DESPERTAR DE LA SANGRE Y LA GUERRA MEDIÁTICA
El sonido del monitor cardíaco, que minutos antes había sido el pitido monótono de la muerte, ahora marcaba un ritmo constante, aunque débil. Beep… Beep… Beep. Para Marina, era la música más hermosa que había escuchado en su vida, mejor que cualquier sinfonía o canción de moda.
El antídoto contra la Digoxina, un suero carísimo y difícil de conseguir que León Valeriano había mandado traer en helicóptero desde un hospital privado en cuestión de horas (el dinero, cuando se tiene de verdad, dobla el tiempo y el espacio), goteaba lentamente en las venas de Nicolás.
Marina estaba sentada en una silla incómoda junto a la cama. Llevaba más de veinticuatro horas sin dormir, sin bañarse y con el mismo vestido coral manchado de lodo y champaña seca. Pero no se movía. Tenía la mano de Nicolás entre las suyas, como si al soltarlo él pudiera resbalar de nuevo hacia la oscuridad.
León Valeriano dormitaba en su silla de ruedas al otro lado de la cama, roncando suavemente. El viejo había gastado hasta la última gota de su energía peleando con directores, médicos y policías durante la noche, pero se negaba a irse a casa. “Si mi hijo despierta y no estoy, me muero yo también”, había sentenciado.
La puerta de la terapia intensiva se abrió con un silbido neumático. Entró Anastasio, el mayordomo, cargando unas bolsas de Liverpool y un portatrajes. Se movía con ese sigilo profesional de quien ha servido a los ricos toda su vida y sabe ser invisible.
—Señorita Marina —susurró, acercándose a ella.
Marina alzó la vista. Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero había una claridad nueva en ellos.
—Dígame, Anastasio.
—Le traje esto. El Señor León ordenó que le comprara ropa limpia y artículos de aseo. También reservé una suite en el hotel de enfrente para que pueda bañarse y descansar un poco. Yo me quedo cuidando a los señores.
Marina miró las bolsas. Ropa nueva. Ropa cara.
—No puedo irme, Anastasio. ¿Y si despierta? ¿Y si Angélica intenta entrar?
—La señora Angélica tiene una orden de restricción temporal que los abogados del Señor León consiguieron a las tres de la mañana. Hay dos policías en la puerta y cuatro guardias privados nuestros. Ni el aire entra sin permiso. Vaya, señorita. Necesita estar fuerte. La guerra apenas empieza y usted es el general ahora.
Marina asintió lentamente. Tenía razón. Olía a sudor, a hospital y a miedo. Si iba a ser la hija de León Valeriano, tenía que dejar de parecer la víctima.
Soltó la mano de Nicolás con delicadeza, besó su frente fría y se levantó. Sus articulaciones tronaron.
—Gracias, Anastasio. Regreso en una hora.
Al salir del hospital, el golpe de realidad fue brutal.
La banqueta estaba convertida en un campamento de medios de comunicación. Camionetas con antenas parabólicas, reporteros comiendo tortas en la banqueta, fotógrafos con lentes telescópicos apuntando a la entrada.
En cuanto Marina puso un pie afuera, escoltada por dos guardias, el caos estalló.
—¡Ahí está! ¡Es ella!
—¡Marina! ¡Marina! ¡Voltea!
—¿Es cierto que eres la amante?
—¿Qué le hiciste al novio?
—¡Asesina! ¡Trepadora!
Los flashes la cegaron. Los micrófonos casi le golpean la cara.
Marina bajó la cabeza instintivamente, cubriéndose con las manos, sintiéndose de nuevo esa niña asustada que se escondía de su padrastro.
Pero entonces recordó las palabras de León: “El poder está en la mirada”.
Se detuvo en seco. Bajó las manos.
Levantó la barbilla.
Con sus ojos cansados, sin maquillaje, con el vestido roto, barrió con la mirada a la multitud de buitres. No dijo nada. Solo los miró con una dignidad que los desconcertó. Hubo un segundo de silencio en el tumulto.
Marina aprovechó ese segundo para caminar hacia la camioneta blindada que la esperaba, con la espalda recta.
—Vaya… —dijo un reportero veterano, bajando su cámara—. Esa morra tiene agallas.
En la suite del hotel, Marina se metió a la ducha. El agua caliente lavó la suciedad de la boda, el polvo de la carretera, el sudor de la angustia. Vio el agua gris irse por el desagüe y sintió que con ella se iba la antigua Marina. La Marina que pedía perdón por existir. La Marina que agachaba la cabeza ante Doña Albina y Antonio.
Al salir, envuelta en una bata de toalla gruesa y suave, abrió las bolsas que trajo Anastasio.
No eran vestidos de gala ridículos. Era ropa práctica, elegante, de “niña bien” pero sobria: unos pantalones de vestir negros, una blusa de seda color crema, un blazer estructurado y unos mocasines de piel. Ropa de mujer de negocios. Ropa de poder.
Se vistió frente al espejo. Le quedaba perfecto; Anastasio tenía buen ojo para las tallas.
Se cepilló el cabello cobrizo hasta que brilló. No tenía maquillaje, así que se lavó la cara y dejó que sus pecas y su juventud fueran su único adorno. Se puso el medallón de su madre por fuera de la blusa.
Se miró al espejo.
Ya no era la afanadora.
Era Marina Valeriano. Hija del León.
Prendió la televisión de la habitación mientras se ponía los zapatos.
En el noticiero del mediodía, Angélica estaba dando una entrevista exclusiva. Estaba sentada en un set decorado, vestida de negro riguroso, con los ojos llorosos (probablemente con ayuda de gotas de menta).
“…Es una pesadilla, Joaquín”, decía Angélica al conductor con voz temblorosa. “Yo solo quería casarme con el amor de mi vida. Y esa mujer… esa empleada resentida, obsesionada con Nicolás, arruinó todo. Lo atacó. Y ahora, el padre de Nicolás, un hombre que lamentablemente ya no está en sus cabales, está siendo manipulado por ella. Me han prohibido ver a mi esposo. Temo por su vida. Temo que esa mujer termine lo que empezó”.
El conductor asentía con cara de circunstancias.
“Terrible, Angélica. Y dinos, ¿es cierto que hay una demanda?”
“Sí. Mis abogados están procediendo. Vamos a pedir cárcel. Esa mujer es un peligro para la sociedad”.
Marina apagó la tele. Sintió la rabia subirle por el pecho, pero ya no era una rabia caliente y descontrolada. Era una rabia fría. Calculadora.
—Habla mientras puedas, víbora —dijo a la pantalla negra—. Porque se te va a acabar el tiempo.
Sonó su celular. Era un número desconocido.
—¿Bueno?
—Hija —era la voz de León. Sonaba más fuerte—. Los resultados preliminares del laboratorio del Dr. Arriaga llegaron.
El corazón de Marina se detuvo.
—¿Y bien?
—Positivo para Digoxina. Niveles letales. Y algo más… encontraron rastros de un sedante en su sangre que data de hace semanas. Lo han estado drogando sistemáticamente.
—¡Lo sabía! —exclamó Marina—. ¿Y la prueba de ADN?
—Esa tarda un par de días más. Pero no me importa un papel, yo sé quién eres. Vente para acá. Nicolás se está moviendo. Creo que va a despertar.
Marina salió del hotel corriendo, olvidando su postura de “general”. Cruzó la calle sorteando los coches, ignorando a los periodistas que volvieron a gritarle, y entró al hospital como un bólido.
Cuando entró a la UCI, el ambiente había cambiado. Ya no olía a muerte, olía a esperanza y a café fresco.
León estaba junto a la cama, sosteniendo la mano de Nicolás.
Los ojos de Nicolás estaban abiertos.
Estaban vidriosos, confundidos, parpadeando lentamente ante la luz fluorescente, pero estaban abiertos.
—Papá… —susurró Nicolás. Su voz era un hilo rasposo, como si hubiera tragado vidrio.
León sollozó abiertamente, besando la mano de su hijo.
—Aquí estoy, mijo. Aquí estoy. No hables, descansa.
—¿Qué… qué pasó? La boda… la copa…
Marina se acercó despacio al otro lado de la cama.
Nicolás giró la cabeza y la vio.
Hubo un momento de silencio. Él la miró, analizando su nueva ropa, su cabello limpio, pero reconociendo la misma mirada intensa.
—Marina… —dijo él, y una sombra de sonrisa apareció en sus labios secos—. Te ves… diferente. Ya no hueles a lavanda barata.
—Y tú te ves fatal, banquero —respondió ella, con la voz quebrada, pero sonriendo—. Te dije que no te tomaras esas pastillas.
Nicolás cerró los ojos un momento, recordando. El dolor, el miedo, el grito de Marina, el sonido de la copa rompiéndose.
—Me salvaste —murmuró—. Vi tu cara antes de desmayarme. Tú rompiste la copa.
—Tenía veneno, Nicolás —dijo León, endureciendo la voz—. Angélica y Arturo te estaban matando.
La cara de Nicolás se contrajo en una mueca de dolor emocional más fuerte que el físico.
—Lo sospechaba… —admitió, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. En el fondo lo sabía, pero no quería creerlo. Quería creer que alguien me amaba.
—Alguien te ama, pedazo de idiota —le regañó León con cariño—. Yo te amo. Y esta muchacha… esta muchacha se jugó la vida y la libertad por ti.
Nicolás miró a Marina con una gratitud infinita.
—Gracias… no sé cómo pagarte.
—No tienes que pagarme nada —dijo Marina—. Solo tienes que ponerte bien para que podamos meter a esos desgraciados a la cárcel.
—Hay algo más, Nico —interrumpió León. Sabía que era un momento delicado, pero tenía que decirlo. No podía haber más secretos—. Hay algo que tienes que saber sobre Marina.
Nicolás los miró a ambos, notando la tensión.
—¿Qué pasa? ¿Son novios o qué? —intentó bromear, aunque le dolió el pecho al reír.
—No, burro —dijo León—. Marina… es tu hermana.
El silencio en la habitación fue absoluto. Solo el beep-beep del monitor.
Nicolás abrió los ojos como platos. Miró a Marina, luego a León, luego a Marina otra vez.
—¿Qué? —suplicó—. ¿Es un chiste? ¿Por los medicamentos?
—No es chiste. Marina es hija de Olga. Mi Olga. La mujer de la que te hablé tantas veces. Es mi hija de sangre.
La mente de Nicolás, todavía aturdida por los sedantes, trató de procesar la información.
Marina era su hermana.
La chica que le gustaba. La chica por la que había sentido esa conexión instantánea y eléctrica.
Sintió una decepción aplastante, seguida de una culpa terrible.
—Hermanos… —susurró—. Dios mío.
Marina vio su cara y supo exactamente lo que estaba pensando, porque ella había sentido lo mismo hacía unas horas.
Se apresuró a tomar su mano.
—Hermanos de padre, Nicolás. Pero… tú sabes la historia de tu adopción, ¿verdad?
Nicolás asintió lentamente.
—Sí… papá es estéril. Yo soy adoptado.
—Exacto —dijo Marina, apretando su mano—. No compartimos sangre. Ni una gota. Somos hermanos ante la ley y ante el corazón de este viejo gruñón… pero biológicamente, somos dos extraños que se encontraron.
Nicolás la miró, y la luz volvió a sus ojos. La decepción se transformó en algo más complejo: alivio, confusión y una chispa de esperanza renovada.
—Ah… —exhaló—. Okay. Eso es… un alivio. Digo… qué bueno tener una hermana.
León, que no era tonto y había visto cómo se miraban, carraspeó.
—Bueno, bueno. Ya habrá tiempo para árboles genealógicos. Ahorita lo importante es la estrategia.
Los días siguientes fueron un torbellino.
Nicolás se recuperaba a una velocidad asombrosa, impulsado por su juventud y por la furia de la traición.
León convirtió la habitación del hospital en su cuartel general. Abogados entraban y salían, trayendo documentos, demandas y amparos.
Marina se convirtió en el filtro. Aprendió rápido. Aprendió a leer contratos, a distinguir entre un abogado honesto y uno tiburón, a dar órdenes a los guardias. Su transformación fue completa. Ya no caminaba mirando al suelo. Caminaba como la dueña del lugar.
Pero afuera, la guerra mediática de Angélica estaba en su punto álgido.
La “viuda negra” (como ya la llamaba León en privado) había organizado una vigilia con velas afuera del hospital, rodeada de “amigos” y prensa, pidiendo ver a su esposo. Llevaba pancartas que decían “Liberen a Nicolás” y “Justicia contra la agresora”.
La opinión pública estaba dividida. Para la mitad de México, Marina era la villana de una telenovela barata. Para la otra mitad, empezaba a surgir la duda. ¿Por qué el padre estaba del lado de la “agresora”?
El martes por la mañana, llegó el sobre amarillo.
Resultados de ADN.
León lo abrió con manos temblorosas frente a Marina y Nicolás.
Leyó el papel y sonrió, mostrando los dientes como un lobo viejo.
—99.99% de probabilidad. No hay duda. Eres una Valeriano, mi niña.
—Bien —dijo Nicolás, que ya estaba sentado en un sillón, comiendo gelatina—. Es hora de contraatacar. Estoy harto de ver la cara de Angélica en la tele haciéndose la mártir.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Marina.
—Vamos a dar una conferencia de prensa —dijo León—. Aquí. Ahora. Vamos a presentar a mi hija. Y vamos a presentar las pruebas del envenenamiento.
—Pero papá —dijo Nicolás—, si hacemos eso, Angélica va a huir. Tiene avión privado. Si se siente acorralada, se va a ir a un país sin extradición con todo lo que pueda robar.
—Tienes razón —dijo Marina, pensativa. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando a la multitud de abajo donde se veía la carpa de Angélica—. No podemos atacarla de frente todavía. Tenemos que hacer que ella venga a nosotros. Tenemos que hacerla creer que ganó.
—¿Cómo? —preguntó León.
Marina se giró, y en su rostro había una sonrisa que le heló la sangre a Nicolás. Era una sonrisa hermosa, pero peligrosa.
—Vamos a darle lo que quiere. Vamos a decirle que Nicolás… recayó. Que está muriendo. Y que quiere despedirse para firmar el testamento final.
El plan se puso en marcha.
León filtró el rumor a través de una enfermera sobornada (doble agente). “Nicolás tuvo una crisis. Está agonizando. El riñón falló”.
Dos horas después, los abogados de Angélica estaban llamando, exigiendo entrar para “asuntos urgentes de última voluntad”.
Se les concedió el permiso.
La habitación se preparó como un escenario teatral. Bajaron las luces. Nicolás se metió en la cama, se puso pálido (con un poco de ayuda de polvo de arroz de Marina) y se conectó a los monitores para que pitaran rítmicamente.
Marina se escondió en el baño contiguo, dejando la puerta entreabierta. León se sentó en su silla, fingiendo llorar.
Dos agentes de la policía ministerial se escondieron en el armario y detrás de las cortinas.
La puerta se abrió.
Entró Angélica, seguida de Arturo y un notario público.
Angélica ni siquiera fingió tristeza esta vez. Entró con paso firme, oliendo a victoria.
—Vaya, por fin —dijo, mirando el cuerpo “agonizante” de Nicolás—. Tardaste mucho en decidirte a morir, querido.
Se acercó a la cama.
—León, firma aquí como testigo —ordenó, tirando un documento sobre las piernas del viejo—. Es la transferencia total de bienes. Y tú, notario, da fe de que Nicolás asintió. Está consciente, ¿verdad?
Nicolás abrió los ojos apenas una rendija y gimió.
—Angie… —susurró—. ¿Por qué?
Angélica se inclinó sobre él, con una sonrisa cruel.
—Ay, Nico. No te lo tomes personal. Son negocios. Nunca fuiste suficiente hombre para mí. Siempre tan blando, tan moralino. Y Arturo… bueno, Arturo sí sabe lo que quiere.
—¿Me… envenenaste? —preguntó Nicolás, guiando la confesión para la grabadora que tenía bajo la almohada.
—Fue necesario, mi amor. Tu corazón era tu debilidad. Un empujoncito con la Digoxina y voilá. Lástima que la gata esa rompió la copa. Hubiera sido un final poético. Pero bueno, aquí estamos. Muérete ya, por favor. Tengo una reservación en París para el viernes.
Arturo se rió nerviosamente.
—Ya fírmale, Nicolás. O pon tu huella. Deja de sufrir.
Angélica tomó la mano inerte de Nicolás e intentó forzarla sobre el papel para poner la huella digital llena de tinta que traía el notario.
—¡Basta! —dijo Nicolás.
Abrió los ojos completamente, se sentó en la cama de un movimiento fluido y le arrancó el papel de las manos a Angélica.
—Creo que no voy a firmar nada hoy, mi amor. Y cancela París. No te va a gustar la comida de la cárcel.
Angélica gritó del susto, retrocediendo.
—¡¿Qué?! ¡Estás bien!
—Mejor que nunca —dijo Nicolás, bajándose de la cama—. Y tengo todo grabado.
En ese momento, Marina salió del baño.
—Se acabó la función, Angélica.
León golpeó el suelo con su bastón.
—¡Oficiales!
Los policías ministeriales salieron de sus escondites, armas en mano.
—Angélica Montemayor, Arturo Vidal. Quedan detenidos por intento de homicidio calificado, fraude, falsificación de documentos y asociación delictuosa. Tienen derecho a guardar silencio, aunque dudamos que puedan cerrar la boca.
La cara de Angélica se descompuso. Pasó de la arrogancia al terror puro en un segundo.
—¡Es una trampa! ¡Arturo, haz algo! —chilló, empujando a su amante hacia los policías.
Arturo levantó las manos, temblando.
—¡Ella me obligó! ¡Fue su idea! ¡Yo solo conseguí las pastillas!
—¡Cobarde! —le gritó Angélica, lanzándole un rasguño a la cara.
Los policías los esposaron. Angélica pataleaba, gritaba insultos irreproducibles contra Marina y León.
Cuando la sacaban a rastras por la puerta, se detuvo un segundo y miró a Marina con odio puro.
—Esto no se queda así, gata. Mi papá te va a destruir.
Marina se acercó a ella, cara a cara.
—Tu papá puede intentarlo. Pero yo soy una Valeriano. Y nosotros no nos rompemos. Que disfrutes el infierno, cuñada.
Se llevaron a los criminales.
En la habitación quedó un silencio denso, que poco a poco se llenó de risas nerviosas y alivio.
León se limpió una lágrima real.
—Lo logramos. Por Dios, lo logramos.
Nicolás se dejó caer en la cama, agotado por la actuación, pero sonriendo.
—Estuvieron increíbles. Deberíamos ganar un Oscar.
Marina se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Ahora sí, Nicolás. Ahora sí empieza tu vida.
Pero la vida, como siempre, tenía otros planes.
Mientras celebraban en el hospital, en el barrio de Iztapalapa, Antonio miraba la televisión en una cantina de mala muerte.
Veía las noticias de última hora: “VUELCO INESPERADO: DETIENEN A LA ESPOSA DEL BANQUERO Y SE REVELA QUE ‘LADY BODAS’ ES LA HIJA PERDIDA DE LEÓN VALERIANO”.
Antonio apretó la botella de cerveza hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Hija de millonario… —masculló—. Con razón se sentía la gran cosa.
Un hombre sentado a su lado, un tipo con tatuajes en el cuello y cara de haber estado en el reclusorio varias veces, se rió.
—Esa morra vale oro ahora, ¿no? Imagínate cuánto pagarían por ella si… se perdiera un ratito.
Antonio giró la cabeza y miró al tipo. Una idea oscura, nacida del despecho y la avaricia, empezó a formarse en su cerebro alcoholizado.
Él conocía a Marina. Sabía dónde vivía (o vivía), sabía sus miedos, sabía sus rutinas.
Y sobre todo, sabía que ella tenía un punto débil: su necesidad de ayudar a los demás.
—Oye, compadre —dijo Antonio, invitándole un trago al desconocido—. ¿Tú sabes cómo se organiza un “levantón”? Porque creo que nos acabamos de sacar la lotería.
Mientras Marina disfrutaba de su primera victoria en la suite del hospital, ajena al peligro, en las sombras de la ciudad se estaba gestando una venganza que ni el dinero de los Valeriano podría prever fácilmente. La guerra legal había terminado, pero la guerra callejera estaba a punto de comenzar.
CAPÍTULO 7: ECOS DE IZTAPALAPA
La vida de Marina cambió con la violencia de un volantazo en la autopista. De un día para otro, pasó de contar las monedas para el pasaje del metro a vivir en una mansión en La Herradura que tenía más baños que habitantes.
Habían pasado dos semanas desde la detención de Angélica y Arturo. Dos semanas desde que Nicolás había salido del hospital, caminando por su propio pie, aunque apoyado en el brazo de Marina.
La casa de los Valeriano era un museo vivo. Techos de doble altura, pisos de mármol que siempre estaban fríos, y un silencio sepulcral que solo rompían los pasos de los empleados domésticos. Para Marina, acostumbrada al ruido constante de la vecindad —la cumbia del vecino, los gritos de los niños, el “fierro viejo que vendan”—, ese silencio era ensordecedor. Era el sonido del dinero.
Esa mañana, Marina estaba sentada en el desayunador, una terraza acristalada con vista a un jardín que parecía campo de golf. Frente a ella había un plato de frutas exóticas (carambola, kiwi, frutos rojos) que Anastasio le había servido con una reverencia.
Ella picaba un pedazo de melón con desgana.
—No te gusta, ¿verdad? —preguntó León, entrando al comedor en su silla de ruedas eléctrica (un modelo nuevo que Nicolás le había obligado a comprar).
—No es eso, papá —dijo Marina. Todavía se le hacía extraño llamarlo “papá”, la palabra se sentía grande en su boca, como un dulce nuevo—. Es solo que… extraño los chilaquiles. Los de verdad. Con epazote y mucha cebolla. Aquí la cocinera los hace… gourmet. Les pone queso de cabra. ¡Queso de cabra, papá! Eso es un crimen contra la gastronomía nacional.
León soltó una carcajada ronca. Se veía diez años más joven. Su piel había recuperado color y se había afeitado la barba de náufrago. Tener a su hija y a su hijo en casa le había inyectado vida.
—Tienes razón, hija. Le diré a la chef que baje sus humos franceses o la despido. Hoy mismo pido unos de la fonda de abajo, aunque Anastasio se infarte por el colesterol.
Nicolás entró en ese momento. Vestía ropa deportiva de marca, sudando ligeramente. Estaba recuperando su condición física a pasos agigantados. El antídoto había funcionado de maravilla y su corazón, que nunca estuvo realmente enfermo, latía con fuerza.
—Buenos días, familia —dijo, secándose la frente con una toalla—. ¿De qué se ríen?
—De que tu hermana es una “naca” gastronómica y desprecia el queso francés —bromeó León.
Marina le lanzó una uva a Nicolás, que la atrapó en el aire.
—Mira quién habla, el que se comió dos órdenes de tacos al pastor a escondidas en el hospital.
Nicolás se sentó a la mesa, tomando una botella de agua. La atmósfera era ligera, familiar. Pero había una tensión subyacente. Cada vez que las miradas de Marina y Nicolás se cruzaban, duraban un segundo más de lo socialmente aceptable entre “hermanos”.
León, que no perdía detalle, carraspeó.
—Bueno, basta de charla. Marina, hoy tienes cita en la Universidad Anáhuac. Ya hablé con el Rector. Te van a revalidar algunas materias y te harán el examen de admisión especial para Medicina. No quiero peros. Vas a ser la mejor doctora de este país.
—Sí, papá. Estoy nerviosa, pero lista.
—Y tú, Nicolás —León se puso serio—. Hoy es la primera junta con el Consejo desde… el incidente. Tienes que ir y cortar cabezas. Quiero que limpies la casa. Cualquiera que haya apoyado a Angélica o a Arturo, va para afuera. Sin liquidación, si es posible.
La expresión de Nicolás se endureció. El banquero amable desapareció, dando paso al tiburón financiero.
—No te preocupes. Ya tengo la lista negra. Hoy van a rodar cabezas en San Pedro.
—Ese es mi muchacho.
El día transcurrió en una burbuja de eficiencia y lujo.
El chofer llevó a Marina a la universidad. El campus era impresionante, lleno de “niños bien” que manejaban coches más caros que la casa donde Marina vivía antes. Se sintió observada, juzgada. Sus ropas nuevas le daban camuflaje, pero por dentro seguía sintiéndose una impostora.
“¿Y si se dan cuenta de que soy la afanadora?”, pensaba mientras llenaba los formularios. “¿Y si huelo a cloro todavía?”
Pero nadie le dijo nada. Al contrario, al escuchar el apellido “Valeriano”, las puertas se abrían mágicamente. El poder era una llave maestra.
Salió de la entrevista con la carta de aceptación en la mano. Empezaba en enero.
Al regresar a la mansión, se encontró con Nicolás en la biblioteca. Estaba sirviéndose un whisky, mirando por la ventana hacia las luces de la ciudad que empezaban a encenderse.
—¿Cómo te fue, matador? —preguntó ella, entrando suavemente.
Nicolás se giró. Se había quitado el saco y la corbata, y tenía los primeros botones de la camisa desabrochados. Se veía cansado, pero satisfecho.
—Brutal. Despedí a tres directores y al jefe de auditoría. Angélica tenía comprada a media empresa. Fue una carnicería, pero necesaria. ¿Y a ti? ¿Futura Dra. Valeriano?
—Aceptada —dijo ella, mostrando el papel.
—¡Eso! —Nicolás dejó el vaso y se acercó a abrazarla.
Fue un abrazo impulsivo, de celebración. Pero cuando sus cuerpos se tocaron, el tiempo se detuvo. Marina sintió el calor del pecho de Nicolás a través de la camisa. Olió su perfume, una mezcla de madera y cítricos que le aceleraba el pulso.
Nicolás no la soltó inmediatamente. La mantuvo entre sus brazos, bajando la mirada hacia sus labios.
Estaban solos. La luz dorada de la lámpara de pie creaba una atmósfera íntima.
—Marina… —susurró él, con voz ronca—. Esto es muy difícil.
—Lo sé —respondió ella, sin apartarse—. Papá está feliz de tener a sus “hijos” juntos. No podemos romperle el corazón.
—Pero no soy tu hermano. Lo dice el papel. Lo dice mi sangre. Y lo dice… lo que siento aquí.
Nicolás llevó la mano de Marina a su pecho, donde su corazón latía fuerte y rítmico.
—Casi me muero, Marina. Y cuando estaba en ese túnel oscuro, lo único que me hizo regresar fue tu voz. No la voz de una hermana.
Marina tembló. Quería besarlo. Quería borrar todo el dolor de las últimas semanas con un beso. Pero el miedo la paralizaba. Miedo al escándalo, miedo a decepcionar a León, miedo a que fuera solo gratitud y no amor.
—Nico… tenemos que ir despacio. El mundo todavía nos ve como la familia perfecta que sobrevivió a la tragedia. Si salimos con que somos pareja… nos van a comer vivos. Dirán que soy una pervertida, o que tú eres un degenerado.
—Que digan lo que quieran. Tengo dinero suficiente para comprar su silencio.
—El dinero no compra la paz, Nicolás. Tú mejor que nadie deberías saberlo.
Se separó de él suavemente, rompiendo el momento antes de que fuera irreversible.
—Voy a… voy a cambiarme para la cena. Papá quería pizza de langosta o no sé qué invento.
Nicolás la vio salir, frustrado, terminándose el whisky de un trago.
—Maldita sea —murmuró.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en las entrañas de Iztapalapa, el ambiente era muy distinto.
En una vecindad de paredes despintadas y olor a drenaje, Antonio estaba sentado sobre una caja de cervezas, fumando un cigarro barato.
Frente a él estaba “El Tuercas”, un tipo flaco, con la piel tatuada y los dientes picados por el cristal. Y “El Sapo”, un gordo sudoroso que había sido policía judicial antes de que lo corrieran por extorsión.
—Entonces, ¿qué, Toño? ¿Se hace o no se hace la machaca? —preguntó El Tuercas, limpiándose las uñas con una navaja.
—Se hace —dijo Antonio, exhalando el humo—. Esa vieja me debe todo. Yo la mantuve cuando no tenía ni dónde caerse muerta. Y ahora vive como reina, olvidándose de la raza.
—Dicen en la tele que el viejo Valeriano tiene más lana que Slim —dijo El Sapo, brillándole los ojos—. Si le pedimos diez millones, se los saca de la bolsa del pantalón como si fueran chicles.
—No quiero solo dinero —gruñó Antonio, aplastando el cigarro—. Quiero que sufra. Quiero que se le baje lo “fresa”. Que recuerde de dónde viene. Y quiero verle la cara al pinche banquero ese cuando le mandemos un pedacito de su “hermanita”.
—Ya, bájale a tu telenovela —cortó El Tuercas—. El negocio es el negocio. ¿Cómo la vamos a sacar? Esa gente trae escolta hasta para ir al baño.
—Conozco su punto débil —dijo Antonio con una sonrisa torcida—. Marina se cree la Madre Teresa. Siempre anda rescatando cosas. Y hay algo que dejó aquí. Algo que le importa más que su vida.
Antonio sacó de su bolsillo una foto arrugada. Era una foto vieja de la mamá de Marina, Olga.
—Se llevó el medallón, pero dejó el álbum y las cartas de su jefa. Las tengo yo. Si le digo que las voy a quemar… va a venir corriendo. Sin guaruras. Sin papá. Solita.
Marina estaba en su habitación, intentando concentrarse en un libro de Biología Celular, pero su mente volvía una y otra vez al casi beso con Nicolás.
Su celular vibró en la mesita de noche.
Era un mensaje de WhatsApp de un número desconocido. La foto de perfil era un santo, San Judas Tadeo.
Mensaje:
“Hola Marina. Soy Doña Chona, la portera. Perdón que te moleste, mija. Pero tienes que saber. El loco de Antonio anda bien mal. Está sacando tus cosas a la calle. Dice que va a hacer una fogata. Tiene las fotos de tu mamá, mija. Esas cajas que tenías abajo de la cama con las cartas y el álbum. Dice que a las 10 de la noche les prende fuego si no vienes por ellas. Estoy asustada, mija, está gritando cosas muy feas.”
El corazón de Marina se detuvo.
Las cartas de su mamá.
Cuando huyó de la vecindad tras el escándalo de la boda, salió con lo puesto. Anastasio había ido después por sus documentos importantes, pero no había encontrado la caja de zapatos vieja que Marina escondía bajo una tabla suelta del piso. Ahí estaban las cartas que Olga le escribía a su “amor prohibido” (León) y que nunca envió, y el único álbum de fotos de su infancia.
Era su historia. Era lo único tangible que le quedaba de su madre, aparte del medallón.
—No… no puede hacer eso —susurró Marina.
Miró el reloj. Eran las 8:30 PM.
Tenía tiempo.
Bajó corriendo las escaleras. León y Nicolás estaban en el estudio viendo las noticias financieras.
—Papá, Nico… tengo que salir —dijo, asomándose a la puerta.
—¿A esta hora? —Nicolás frunció el ceño—. ¿A dónde?
—Se me olvidó… se me olvidó un libro en la universidad. Es urgente para la inscripción de mañana. Voy rápido y regreso.
Mintió. Sabía que si les decía la verdad, Nicolás querría ir con ella. O mandarían a un ejército de seguridad. Y si Antonio veía patrullas o guaruras, cumpliría su amenaza y quemaría las fotos. Conocía a Antonio; cuando se le metía el diablo, era destructivo. Tenía que ir sola, calmarlo, darle algo de dinero si era necesario, recuperar sus cosas y huir.
—Que te lleve Anastasio —dijo León, sin apartar la vista de la pantalla—. Y llévate a los escoltas.
—No, papá. Anastasio ya está descansando. Y los escoltas… es mucho alboroto para ir a la biblioteca. Pido un Uber Black, es seguro. Voy y vengo.
Nicolás la miró con sospecha.
—¿Segura? Te noto rara.
—Segura. Es estrés pre-universitario. No me tardo.
Salió antes de que pudieran hacer más preguntas.
No pidió un Uber Black. Pidió un taxi normal a dos calles de la caseta de seguridad para que no quedara registro en la cuenta familiar.
—A Iztapalapa, jefe. Rápido.
El viaje fue un descenso a los infiernos.
Pasar de las calles arboladas y perfectas de La Herradura al tráfico caótico y las luces neón parpadeantes de Iztapalapa fue un choque sensorial.
El taxi olía a pino sintético y el conductor escuchaba reggaetón a todo volumen.
Marina iba apretando el medallón, rezando para llegar a tiempo.
El taxi la dejó en la esquina de su antigua calle.
—¿Aquí se queda, seño? Está medio feo el barrio —dijo el taxista.
—Sí, aquí está bien. Gracias.
Marina bajó. El aire olía a aceite quemado y tacos de tripa. Se ajustó el blazer caro, sintiéndose ridícula. Era un blanco perfecto.
Caminó rápido hacia la vecindad. El callejón estaba oscuro; la lámpara de la calle llevaba meses fundida.
Al llegar al portón, vio a Doña Chona barriendo la entrada.
—¡Doña Chona! —susurró Marina—. ¿Dónde está? ¿Ya las quemó?
La portera la miró con una expresión extraña. Miedo. Culpa.
—Ay, mija… perdóname. Me obligaron.
—¿Qué?
Antes de que Marina pudiera reaccionar, una mano callosa y fuerte le tapó la boca desde atrás. Un brazo le rodeó el cuello, cortándole la respiración. Olor a tabaco y tequila.
—Bienvenida a casa, princesa —susurró la voz de Antonio en su oído.
Marina intentó gritar, morder, patalear. Pero otro hombre, El Sapo, le agarró las piernas.
La arrastraron hacia el interior de la vecindad, pero no a su antiguo cuarto, sino hacia un sótano que usaban como bodega.
—¡Mmmph! —gritaba Marina, pero el sonido se ahogaba en la palma de Antonio.
La tiraron sobre un colchón viejo y sucio. El Tuercas cerró la puerta de metal con un candado pesado.
Antonio la miró desde arriba, con una sonrisa de satisfacción enfermiza.
—Te ves muy guapa, Marina. La ropa cara te sienta bien. Lástima que te la vas a ensuciar.
Marina se arrastró hacia la pared, jadeando.
—Antonio, no hagas esto —dijo, tratando de mantener la calma, aunque estaba aterrorizada—. Mi papá te va a buscar. Te van a encontrar. Te van a meter a la cárcel toda la vida.
—Tu papá va a pagar, pendeja. Eso es lo que va a hacer —se rió Antonio—. Y tú vas a ser mi boleto de salida de este agujero.
Sacó una navaja y empezó a jugar con ella.
—Pero antes… vamos a hablar tú y yo. De cómo me dejaste por ese rico. De cómo me humillaste.
—Antonio, por favor… te doy dinero. Yo tengo dinero ahora. Te doy lo que quieras, pero déjame ir.
—El dinero ya lo tengo asegurado con el viejo. Lo que quiero ahora es romperte, Marina. Como tú me rompiste a mí.
En la mansión Valeriano, el reloj marcaba las 11:00 PM.
Nicolás caminaba de un lado a otro de la sala.
—No contesta —dijo, colgando el celular por décima vez—. El teléfono está apagado.
León estaba pálido.
—Llama a la universidad. Al director. A quien sea.
Nicolás marcó.
—¿Seguridad de la Anáhuac? Sí, soy Nicolás Valeriano. Busco a mi hermana… ¿Cómo que la biblioteca cerró a las 9? ¿Nadie entró después de las 8?
Nicolás colgó el teléfono lentamente. Se giró hacia su padre.
—Mintió. No fue a la universidad.
—¿Entonces dónde está? —preguntó León, sintiendo que le faltaba el aire.
En ese momento, el teléfono personal de León sonó. Un número desconocido.
León contestó, poniéndolo en altavoz.
—¿Bueno?
—Buenas noches, Don León —dijo una voz distorsionada digitalmente—. Espero que no esté dormido. Tenemos un asuntito pendiente.
—¿Quién habla?
—Digamos que soy el nuevo novio de su hija. Y déjeme decirle, Marina está muy cómoda aquí conmigo. Aunque llora un poquito.
León se llevó la mano al pecho. Nicolás se acercó al teléfono, con los ojos inyectados en sangre.
—Si le tocas un pelo, te juro que te voy a buscar y te voy a arrancar la piel a tiras —gruñó Nicolás.
—Uy, qué miedo, cuñadito. Bájale a tus huevos. Escuchen bien. Quiero cincuenta millones de pesos. En efectivo. Billetes usados. Tienen 24 horas. Si llaman a la policía, si veo un solo uniforme azul cerca del punto de entrega… les mando un dedo de la niña para que vean que no estoy jugando.
—¡Espera! —gritó León—. ¡Quiero oírla! ¡Quiero saber que está viva!
Hubo una pausa. Se escuchó un ruido de forcejeo y luego la voz de Marina, aterrorizada y llorando.
—¡Papá! ¡Nico! ¡No vengan! ¡Es una tram…!
La llamada se cortó.
El silencio que siguió en la biblioteca fue más terrible que cualquier grito.
León dejó caer el teléfono.
—La tienen… —susurró—. Mi niña. Otra vez. La acabo de encontrar y ya la perdí.
Nicolás se quedó quieto un segundo, procesando el pánico. Pero luego, su mente de estratega, esa que manejaba crisis financieras internacionales, tomó el control. El miedo se convirtió en combustible frío.
—No la perdiste, papá —dijo Nicolás, caminando hacia el escritorio y abriendo un cajón secreto. Sacó una pistola negra, una Glock 9mm que guardaba por seguridad—. Y no vamos a pagar cincuenta millones.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó León—. Dijo que nada de policía.
—No voy a llamar a la policía. La policía es lenta y corrupta. Voy a llamar a alguien peor.
—¿A quién?
—A “El Ruso”.
León abrió los ojos. “El Ruso” era una leyenda urbana en el mundo de la seguridad privada de alto nivel. Un ex mercenario que operaba al margen de la ley, resolviendo “problemas delicados” para las familias más ricas de México. Era caro, brutal y efectivo.
—Es peligroso, Nicolás. Ese hombre es un carnicero.
—Ese hombre es lo que necesitamos. Antonio no es un secuestrador profesional, papá. Oí su voz. Estaba nervioso. Es un amateur. Es alguien que conoce a Marina. Alguien del barrio.
Nicolás cargó el arma con un movimiento seco. Clack-clack.
—Voy a encontrarla. Y cuando encuentre al que le hizo esto… va a desear que la policía hubiera llegado primero.
En el sótano, Marina estaba atada de pies y manos a una silla vieja.
Antonio y sus cómplices estaban celebrando arriba, bebiendo con el dinero que les había dado como “anticipo” la venta de las joyas falsas que Marina traía puestas (que en realidad eran bisutería fina, pero ellos creían diamantes).
Marina lloraba en silencio. No por miedo a morir, sino por la estupidez de haber caído en la trampa. Por haber arriesgado su nueva vida por unas fotos.
“Soy una tonta”, pensó. “Nico tenía razón. El pasado es un lastre”.
Pero entonces, vio algo.
En el rincón del sótano, entre la basura, había una botella de vidrio rota. Un cuello de botella filoso.
Estaba a dos metros.
Si lograba arrastrar la silla… si lograba cortar las cuerdas…
Marina se secó las lágrimas con el hombro.
—No soy cenicienta —susurró, repitiendo lo que le había dicho a su padre—. Soy una Valeriano. Y también soy de barrio.
Empezó a mover la silla, centímetro a centímetro, haciendo el menor ruido posible. El sonido de la música banda de arriba cubría el rechinido de las patas de madera contra el cemento.
Tenía que liberarse. O al menos, tenía que estar lista para pelear cuando volvieran.
Nicolás manejaba su camioneta blindada a toda velocidad por el Periférico, seguido por dos camionetas negras sin placas. Adentro iban los hombres de “El Ruso”.
Nicolás llevaba un auricular en el oído.
—¿Ya la ubicaste? —preguntó.
—La señal del celular se apagó en Iztapalapa, sector 4 —dijo la voz metálica del hacker que trabajaba para El Ruso—. Pero antes de apagarse, el GPS mandó una última ubicación precisa. Callejón del Beso #45. Una vecindad.
—Conozco esa dirección —dijo Nicolás, apretando el volante—. Es donde vivía Marina. Es su ex novio. Maldito infeliz.
—Estamos a diez minutos, Señor Valeriano —dijo la voz de El Ruso por la radio—. ¿Cuáles son las órdenes de enfrentamiento?
Nicolás miró las luces de la ciudad que pasaban como ráfagas. Pensó en Marina. En su risa. En cómo le había salvado la vida rompiendo esa copa. En cómo sus ojos brillaban cuando hablaba de medicina.
—Órdenes: Recuperar al objetivo principal ileso —dijo Nicolás con voz gélida—. De los hostiles… hagan lo que tengan que hacer. No quiero prisioneros.
Aceleró a fondo. El motor V8 rugió. El banquero había desaparecido. Esa noche, Nicolás iba a la guerra.
En el sótano, Marina había logrado llegar al vidrio. Con maniobras dolorosas, se contorsionó para acercar las cuerdas de sus muñecas al filo dentado.
Empezó a frotar. La cuerda era de nylon grueso. El vidrio le cortaba la piel de las manos, pero no le importaba el dolor.
Ras, ras, ras.
Arriba, la música paró.
Se oyeron pasos bajando la escalera.
—A ver, mi reina, ya nos aburrimos —dijo la voz de El Tuercas—. Vamos a jugar un ratito mientras llega la lana.
La puerta se abrió.
Marina sintió que la cuerda cedía un poco. Un hilo se rompió.
El Tuercas entró, con una sonrisa lasciva.
—Uy, qué bonita te ves amarradita.
Marina lo miró a los ojos. Su corazón latía a mil, pero su mente estaba clara.
—Acércate —dijo ella—. Acércate si eres hombre.
El Tuercas se rió y dio un paso.
La cuerda se rompió.
Marina liberó sus manos en un segundo, agarró el cuello de botella roto y se levantó de la silla con la furia de una leona acorralada.
—¡Sorpresa, pendejo! —gritó Marina.
Y se abalanzó sobre él justo cuando arriba se escuchaba el estruendo de la puerta principal siendo derribada por una camioneta blindada.
La caballería había llegado. Pero Marina ya había empezado su propia batalla
CAPÍTULO 8: SANGRE, CENIZAS Y UN NUEVO AMANECER
El sótano de la vecindad en Iztapalapa olía a humedad, orina vieja y, ahora, a miedo puro.
Marina no esperó. En el segundo en que las cuerdas de sus muñecas cayeron al suelo, se transformó. Ya no era la víctima atada a la silla; era una superviviente. Con el cuello de la botella de cerveza roto en la mano derecha, se abalanzó sobre “El Tuercas” antes de que el delincuente pudiera procesar que su presa se había soltado.
—¡Atrás! —gritó Marina con un rugido que le raspó la garganta.
El Tuercas, sorprendido, intentó sacar una navaja de su pantalón, pero era lento por el alcohol. Marina lanzó un tajo defensivo al aire que le rasgó la camisa al tipo y le hizo un corte superficial en el brazo.
—¡Pinche loca! —aulló El Tuercas, retrocediendo y tropezando con una caja de herramientas.
Arriba, el infierno se había desatado.
El estruendo de la puerta principal volando en pedazos fue seguido por el sonido inconfundible de disparos secos y profesionales. Poc-poc-poc. No era el tiroteo desordenado de pandilleros; era fuego táctico. Gritos. Vidrios rotos. Cuerpos cayendo al suelo.
—¡La policía! —gritó El Tuercas, mirando hacia la escalera con pánico.
—No es la policía —dijo Marina, respirando agitada, con el vidrio apuntando al cuello del hombre—. Es mi familia. Y te van a matar.
El Tuercas, dándose cuenta de que estaba atrapado entre una mujer armada y un comando de exterminio, tomó la peor decisión de su vida: intentó usar a Marina de escudo humano. Se lanzó hacia ella.
Marina, recordando sus clases de anatomía, no apuntó al pecho. Se agachó y le clavó el vidrio en el muslo, justo donde pasa la femoral (o cerca, para asustar).
El hombre cayó al suelo gritando, agarrándose la pierna.
En ese instante, la puerta del sótano se abrió de una patada que arrancó las bisagras.
Una silueta oscura, táctica, recortada por la luz del pasillo, entró apuntando con un rifle de asalto. Detrás de él, entró Nicolás.
Nicolás no llevaba chaleco antibalas ni casco. Llevaba una camisa blanca de diseñador arremangada y una pistola en la mano. Sus ojos escaneaban la penumbra con desesperación.
—¡Marina!
—¡Aquí! —gritó ella, soltando el vidrio y levantando las manos para que no le dispararan por error.
Nicolás la vio. Vio la sangre en sus manos (que no era suya), vio su ropa rasgada, vio el terror y la valentía en su cara.
Guardó la pistola en la cintura y corrió hacia ella, saltando por encima del Tuercas que se retorcía en el suelo.
El abrazo fue tan fuerte que a Marina le crujieron las costillas. Nicolás la levantó del suelo, enterrando la cara en su cuello, temblando.
—Te tengo. Te tengo. Ya pasó —repetía él, con la voz rota—. Perdóname por llegar tarde.
—Llegaste justo a tiempo, banquero —sollozó ella, aferrándose a su espalda.
El Ruso, el jefe de los mercenarios, bajó al sótano con calma, mirando al Tuercas en el suelo.
—Señor Valeriano, el perímetro está asegurado. Dos hostiles neutralizados arriba (El Sapo y otro). Este… —señaló al del suelo— ¿qué hacemos con él?
Nicolás se separó de Marina un centímetro, pero sin soltarla. Miró al hombre que había intentado tocarla. Su expresión se volvió gélida, una mirada que Marina nunca le había visto.
—Sáquenlo de aquí. Que la policía lo encuentre… “tropezado”.
—Entendido. ¿Y el objetivo principal? ¿Antonio?
—¿Dónde está? —preguntó Nicolás.
—Intentó huir por la azotea. Mis hombres lo tienen acorralado.
Nicolás miró a Marina. Le limpió una lágrima de la mejilla con el pulgar.
—Marina, vete con El Ruso a la camioneta. Estás a salvo.
—No —dijo ella, endureciendo la mandíbula—. Yo voy contigo. Antonio tiene las cartas de mi mamá. Y tiene que verme. Tiene que ver que no me rompió.
Nicolás dudó, pero vio el fuego Valeriano en sus ojos. Asintió.
—Vamos. Pero no te separes de mí.
Subieron a la azotea de la vecindad. El aire de la noche estaba lleno de sirenas lejanas; la policía real ya venía en camino, alertada por el tiroteo, pero El Ruso tenía controlada la situación por ahora.
Antonio estaba arrinconado contra el tinaco de agua. Dos mercenarios con láseres rojos apuntaban a su pecho. Estaba sucio, llorando, con los pantalones mojados de orina.
Cuando vio aparecer a Nicolás y Marina, su cara se descompuso.
—¡Marina! ¡Flaca! —gritó Antonio, levantando las manos—. ¡Diles que no me maten! ¡Yo te cuidé! ¡Éramos novios! ¡Fue una broma, nada más quería asustarte!
Marina caminó hacia él. Nicolás intentó detenerla, pero ella le puso una mano en el pecho.
—Déjame.
Se acercó a Antonio hasta quedar a dos metros. Lo miró con una lástima profunda, infinita. Ya no había odio. El odio requiere energía, y Antonio no merecía ni un voltio de su energía.
—¿Dónde están las cartas? —preguntó ella con voz tranquila.
Antonio, temblando, señaló una bolsa de plástico negra tirada junto a sus pies.
—Ahí… ahí están. El álbum, las cartas… todo. Tómalo. Pero por favor, Marina, dile a tu novio que no me mate.
Marina se agachó y recogió la bolsa. Revisó el contenido. Estaba todo. Su historia. El último recuerdo de Olga.
Se levantó y abrazó la bolsa contra su pecho.
—No te van a matar, Antonio —dijo ella—. Eso sería demasiado fácil. Te vas a ir a la cárcel. Y en la cárcel, vas a tener mucho tiempo para pensar en cómo cambiaste tu vida por unos pesos que nunca tuviste.
—¡Marina, por favor! —chilló él, cayendo de rodillas—. ¡Soy yo, tu Toño!
Marina se giró hacia Nicolás.
—Vámonos. Aquí huele a basura.
Nicolás asintió. Hizo una seña a El Ruso.
—Entréguenlo a la policía estatal. Con moño y todo. Asegúrense de que el reporte diga “Secuestro agravado”. Son cincuenta años, mínimo.
Mientras bajaban las escaleras de metal, dejando atrás los gritos de súplica de Antonio, Marina sintió que un peso enorme se le quitaba de encima. Iztapalapa, con todo su dolor y su pobreza, quedaba atrás. No olvidaba sus raíces, pero cortaba las ramas podridas.
El regreso a La Herradura fue silencioso pero cálido.
En la camioneta blindada, Marina se quedó dormida en el hombro de Nicolás, con la bolsa de las cartas en su regazo. Él no se movió en todo el trayecto, acariciando su cabello, vigilando su sueño como un guardián celoso.
Al llegar a la mansión, León estaba esperando en la puerta, en su silla de ruedas, con una manta sobre las piernas y una escopeta antigua en el regazo (por si acaso).
Cuando vio bajar a Marina, el viejo rompió a llorar.
—¡Hija! ¡Mi niña!
Marina corrió hacia él y se arrodilló, abrazándolo.
—Estoy bien, papá. Estoy bien. Nico me salvó.
León miró a Nicolás, que estaba parado junto a la camioneta, con la camisa manchada de sangre ajena y polvo.
—Gracias, hijo —dijo León con la voz quebrada—. Hoy te ganaste el cielo. Y la herencia, cabrón. Aunque ya la tenías.
Esa noche, nadie durmió en sus cuartos. Se quedaron todos en la sala gigante, envueltos en mantas, tomando chocolate caliente que Anastasio preparó (con un chorrito de brandy para los nervios).
Marina abrió la bolsa negra y, por primera vez, León pudo leer las cartas que Olga le había escrito y nunca enviado.
Lloraron, rieron y sanaron. Treinta años de secretos se disolvieron en esa sala.
SEIS MESES DESPUÉS
El Auditorio Nacional estaba lleno a reventar, pero no era un concierto. Era la graduación de la Facultad de Medicina (el curso propedéutico intensivo y la ceremonia de batas blancas para los de nuevo ingreso destacado).
Marina caminó por el escenario con su bata blanca impecable, con el apellido “Valeriano” bordado en azul en el pecho.
Cuando recibió su reconocimiento de honor por el examen de admisión perfecto, hubo una ovación.
En primera fila, León Valeriano aplaudía tan fuerte que casi se le caen los lentes. A su lado, Nicolás, impecable en un traje gris, sonreía con un orgullo que no le cabía en el pecho.
Las cosas habían cambiado mucho.
Angélica había sido sentenciada a veinte años de prisión por intento de homicidio y fraude. Sus abogados intentaron alegar locura, pero las pruebas de León y el testimonio de Arturo (que cantó como un canario a cambio de una pena menor) la hundieron. Ahora, la “socialité” compartía celda en Santa Martha Acatitla y, según los rumores, lavaba los baños del módulo B. Justicia poética.
Antonio estaba en el Reclusorio Norte, procesado por secuestro. Nadie lo visitaba.
Al salir del auditorio, Marina fue rodeada por su familia.
—¡Felicidades, doctora! —gritó León—. Bueno, casi doctora. Te faltan como diez años, pero para mí ya eres la mejor.
—Gracias, papá.
Nicolás se acercó, con un ramo de girasoles gigantes (las flores favoritas de Marina, no las rosas pretenciosas).
—Felicidades, “hermanita” —dijo él, haciendo comillas con los dedos y guiñando un ojo.
La prensa, que ya los había dejado en paz después de que León comprara el silencio de la mitad de los editores y amenazara a la otra mitad, todavía tomaba fotos de lejos. La historia de “La Afanadora y el Millonario” seguía vendiendo revistas, pero ahora como una historia de superación y unión familiar.
—Gracias, banquero —sonrió ella, aceptando las flores.
—Oigan —dijo León—. Anastasio tiene el coche listo. Vamos a celebrar. Reservé en el Au Pied de Cochon.
—Paso —dijo Marina.
—¿Cómo que pasas? —se ofendió León.
—Tengo una mejor idea. ¿Se acuerdan de mi promesa?
Miró a Nicolás. Él sonrió, entendiendo perfectamente.
—Yo manejo —dijo Nicolás, sacando las llaves de su deportivo.
Una hora después, el deportivo de lujo y la camioneta de escoltas estaban estacionados frente a un puesto de tacos de lámina en una esquina de la Colonia Doctores, cerca del Hospital General.
“Tacos El Güero”.
La gente del barrio se quedó mirando con la boca abierta cómo bajaban el magnate León Valeriano (en su silla tecnológica), el guapo Nicolás y la famosa Marina.
—¡Güero! —gritó Marina—. ¡Cinco de pastor con todo para mi papá, y diez para Nicolás que me debe uno desde hace meses!
Se sentaron en los bancos de plástico rojo de la banqueta.
León, dudoso, agarró un taco. La salsa roja goteó sobre su corbata de seda italiana. Le dio una mordida.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Carajo! —exclamó con la boca llena—. He desperdiciado setenta años de mi vida comiendo foie gras. Esto es la gloria.
Nicolás y Marina se rieron.
Mientras León pedía otros tres (“para llevar el sabor”), Nicolás le hizo una seña a Marina para que se alejaran un poco.
Caminaron hacia la entrada del Hospital General, que estaba enfrente. El lugar donde todo había empezado. Donde ella trapeaba pisos y él se moría de tristeza y veneno.
—Aquí fue —dijo Nicolás, mirando la fachada despintada—. Aquí me salvaste la vida.
—Y aquí tú me diste una —respondió Marina—. Me diste un papá. Una carrera. Un futuro.
—Marina… —Nicolás se puso serio. Se metió la mano en el bolsillo del saco—. Ya pasó el tiempo prudente. Los abogados ya arreglaron los papeles de la adopción para que legalmente no haya impedimento. La prensa ya se aburrió del escándalo del incesto falso.
Marina sintió que el corazón se le salía.
—¿Qué estás diciendo, Nico?
Nicolás sacó una cajita de terciopelo azul. No se arrodilló, porque sabía que a Marina no le gustaban los shows. Solo la abrió.
Adentro había un anillo. No era un diamante ostentoso como el de Angélica. Era una esmeralda verde, profunda y brillante, rodeada de pequeños diamantes.
—Verde —dijo él—. Como tus ojos cuando te da el sol. Y como la esperanza que me diste cuando estaba en coma.
—Marina Valeriano… sé que técnicamente somos familia en el papel. Pero mi sangre no es tu sangre. Mi alma, sin embargo, es tuya. ¿Te quieres casar conmigo? ¿De verdad? Sin veneno, sin mentiras, sin contratos. Solo tú y yo y los tacos al pastor.
Marina miró el anillo, luego miró el hospital, luego miró a Nicolás.
Pensó en las cajas de madera donde dormía. Pensó en la copa rota. Pensó en las cartas de su madre.
Todo el dolor, todo el camino, la había traído a este momento exacto bajo la luz de un farol parpadeante en la Ciudad de México.
—Sí —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Sí, Nicolás. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó él, nervioso.
—Que en la boda sirvan chilaquiles. De los verdes. Picosos.
Nicolás soltó una carcajada y le puso el anillo. Le quedaba perfecto.
—Trato hecho, doctora.
La besó. Fue un beso largo, dulce, con sabor a pastor, a cilantro y a victoria. Un beso que borró para siempre el sabor amargo de la Digoxina.
Desde el puesto de tacos, León Valeriano alzó su refresco de Coca-Cola en un brindis silencioso, con una sonrisa de oreja a oreja y bigote manchado de salsa.
“Salud, Olga”, pensó el viejo mirando al cielo nocturno. “Nuestros hijos están bien. Lo logramos”.
Marina y Nicolás se separaron, tomados de la mano, y caminaron de regreso hacia su padre. El futuro era brillante, complicado y maravilloso. Y lo mejor de todo, era suyo.
FIN