
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL SABOR AMARGO DE LA CERVEZA Y LAS MENTIRAS
El aire dentro de la cantina “El Desvelo” estaba tan viciado que casi se podía masticar. Olía a una mezcla rancia de aserrín húmedo, tabaco barato que se había impregnado en las paredes durante décadas y ese aroma inconfundible a limones agrios que yacían en el fondo de las papeleras. Eran apenas las ocho de la noche, pero ahí dentro el tiempo parecía haberse detenido en una madrugada eterna y triste. Solo unas cuantas bombillas desnudas colgaban del techo, proyectando sombras largas y fantasmales sobre las mesas de madera carcomida, mientras que el resplandor azulado de un televisor viejo en la esquina luchaba por disipar la penumbra.
Igor estaba sentado en su mesa habitual, la del rincón, esa que quedaba en la penumbra, perfecta para quien no quiere ser visto ni molestado. Frente a él, una cerveza “Indio” sudaba sobre el mantel de hule pegajoso, formando un charco de agua que él trazaba distraídamente con el dedo. Ya iba por la segunda, o tal vez la tercera, pero no sentía el efecto del alcohol. Bebía despacio, con la paciencia de un hombre condenado que espera al verdugo, saboreando cada trago amargo como si fuera un castigo que merecía.
En la pantalla del televisor, el América jugaba contra el Chivas, el clásico nacional. Algunos parroquianos en la barra gritaban, golpeaban la mesa y mentaban madres al árbitro con esa pasión visceral que solo el fútbol puede despertar en un mexicano.
—¡No mames, árbitro, eso era penal! —gritó un tipo gordo con una playera manchada de salsa.
—¡Pendejo, abre los ojos! —secundó otro.
Igor miraba la pantalla, pero sus ojos estaban vacíos. Veía los colores moverse, las figuras correr, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en una casa que ahora sentía ajena, fría, muerta. Hacía como que le importaba el partido para que nadie se le acercara. En lugares como ese, si te ven muy callado, siempre llega el borracho impertinente que quiere contarte su vida o pedirte prestado para la “caminera”. Y Igor no tenía estómago para escuchar desgracias ajenas; las suyas ya pesaban demasiado.
Mientras miraba el vaso medio vacío, su mente viajó inevitablemente hacia atrás, como una película que uno no quiere ver pero no puede apagar. Pensaba en Galina. Su Galina. O la mujer que él creía que era suya.
Veinticinco años. Un cuarto de siglo. Bodas de plata. Se dice fácil, pero vivirlo es otra cosa. Habían construido una vida desde cero, ladrillo a ladrillo, en ese departamento de la colonia Narvarte que tanto les había costado pagar. Criaron a María y a Artemio entre risas, enfermedades, festivales escolares y domingos de barbacoa. Igor siempre se había jactado con sus compadres: “Mi familia no es perfecta, pero es sólida, cabrón. Es lo único que tengo”.
Pero en los últimos meses, esa solidez se había desmoronado como un polvorón viejo.
Galina había cambiado. No fue un cambio de la noche a la mañana, fue sutil, venenoso. Empezó con silencios largos durante la cena, cenas que antes eran sagradas para platicar del día. Luego, llegaron las miradas perdidas, el celular siempre boca abajo en la mesa, las sonrisitas estúpidas cuando creía que él no la veía.
—¿De qué te ríes, vieja? —le preguntaba él a veces, intentando sonar bromista.
—De nada, Igor. Un meme que mandaron al grupo de las muchachas de la zumba —respondía ella, seca, guardando el teléfono en la bolsa de su delantal como si escondiera un arma.
Y luego, esa noche. La maldita noche de la “revelación”.
Estaban en la cocina. Igor se estaba calentando un café de olla y Galina estaba sentada a la mesa, tamborileando los dedos sobre el mantel, nerviosa, como gato en cristalería.
—Igor, tenemos que hablar —dijo ella, con ese tono que usan los doctores cuando te van a decir que tienes algo incurable.
Igor sintió un frío en la nuca. Se sentó frente a ella.
—Dime, ¿qué pasa? ¿Los niños están bien?
—Sí, sí, los niños están bien. Soy yo, Igor. Soy yo la que no está bien.
Hizo una pausa dramática, suspiró mirando al techo como buscando paciencia divina y soltó la bomba.
—Me siento estancada. Siento que la vida se me está yendo y yo sigo aquí, siendo la misma de hace veinte años. Necesito… necesito encontrarme a mí misma.
—¿Encontrarte? —Igor frunció el ceño, confundido—. ¿Pues dónde te perdiste, mujer? Aquí estás, en tu casa, con tu marido.
—¡No lo tomes a broma! —se ofendió ella—. Es en serio. Una amiga me habló de un retiro, un “bootcamp” emocional en Tepoztlán. Es un programa intensivo de coaching de vida, meditación, reconexión interior. Son diez días. Diez días para limpiar mi mente, Igor. Y he decidido ir.
Igor se quedó mudo. ¿Diez días? ¿Sola?
—Pero Galina… diez días es mucho. Además, ¿cuánto cuesta eso? Sabes que andamos medio apretados con lo del seguro del coche.
—El dinero no importa cuando se trata de salud mental, Igor —replicó ella, tajante—. Tengo mis ahorros. No te estoy pidiendo permiso, te estoy avisando. Necesito esto. Si no lo hago, siento que voy a explotar. Regresaré renovada, te lo juro. Seré la Galina de antes, la que tú extrañas. Solo dame este espacio.
“Seré la Galina de antes”. Esa fue la frase que lo quebró. Igor, en su infinita ingenuidad de hombre enamorado y leal, pensó que tal vez tenía razón. Tal vez la rutina la estaba ahogando. Tal vez él había sido un marido aburrido últimamente.
—Está bien, flaca —dijo él, tomándole la mano. Ella no se la retiró, pero su mano estaba flácida, sin vida—. Si crees que te va a servir, ve. Yo me encargo de la casa. Tú ve, relájate, medita o lo que sea que hagan ahí. Yo te espero.
Ella sonrió. Pero ahora, sentado en la cantina con el sabor amargo de la cerveza en la boca, Igor se daba cuenta de que esa sonrisa no había sido de gratitud. Había sido de alivio. De triunfo. Le había visto la cara de pendejo en su propia cocina.
Dos días después de esa plática, Galina se fue.
Se arregló demasiado para ir a meditar al monte, pensó Igor mientras la veía cerrar la maleta. Llevaba vestidos bonitos, tacones en la maleta (“por si salimos a cenar al pueblo al final del curso”, dijo ella), y se había puesto ese perfume caro, el Chanel que Igor le regaló en Navidad y que ella decía que “era muy fuerte para el diario”.
—Pórtate bien, Igor. No comas tanta grasa —le dijo en la puerta, dándole un beso rápido en la mejilla, un beso que se sintió como el roce de un pez muerto.
Se subió al Uber y ni siquiera volteó a verlo desde la ventanilla. El coche arrancó y se perdió en el tráfico de la avenida, dejando a Igor parado en la banqueta, con las manos en los bolsillos y un presentimiento negro, denso como chapopote, instalándose en su pecho.
La casa se quedó en silencio. Un silencio que zumbaba en los oídos.
Y ahora, diez días después, Igor estaba ahí, en esa cantina de mala muerte, deseando poder regresar el tiempo y arrancarle la máscara a su esposa antes de que se subiera a ese maldito taxi. Porque la verdad estaba a punto de golpearlo, y él, pobre diablo, ni siquiera la vio venir.
CAPÍTULO 2: LA FOTOGRAFÍA QUE QUEMÓ MIS OJOS
Los días sin Galina pasaron lentos, arrastrándose como una tortuga coja. La casa estaba insoportablemente tranquila. Igor llegaba del trabajo, se quitaba la corbata, se calentaba cualquier cosa en el microondas y se sentaba frente a la tele hasta que le ardían los ojos. Intentaba no pensar, no imaginar, pero la mente es traicionera.
Le mandaba mensajes de WhatsApp.
“Buenos días, mi amor. ¿Cómo va la meditación?”
Ella tardaba horas en contestar. A veces todo un día.
“Bien. Poca señal. Estamos en sesión de silencio. Te quiero.”
“Sesión de silencio”. Qué pendejo fui, pensó Igor, apretando el vaso de cerveza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
El golpe de realidad llegó el cuarto día. Fue un jueves. Igor estaba en la oficina, una empresa de logística donde llevaba la contabilidad de almacén. Era un día gris, lluvioso, de esos que te bajan el ánimo nada más de ver por la ventana. Estaba sumergido en unas hojas de cálculo de Excel cuando sintió una presencia a su lado.
Levantó la vista. Era Natalia.
Natalia era la contadora general, una mujer de unos cuarenta y cinco años, divorciada, luchona, de esas que no tienen pelos en la lengua pero que tienen un corazón de oro. Siempre se habían llevado bien; compartían el gusto por el café cargado y las quejas sobre el jefe tacaño. Pero ese día, Natalia no traía su taza de café ni su sonrisa habitual. Tenía la cara pálida y los ojos nerviosos, mirando a todos lados como si fuera a venderle droga.
—Igor… ¿tienes cinco minutos? —su voz era casi un susurro.
Igor sintió un piquete en el estómago. Ese tono no presagiaba nada bueno.
—Claro, Nati. ¿Qué pasó? ¿Broncas con el SAT?
—No, no es chamba. Ven, vamos a la sala de juntas, que no hay nadie.
Igor se levantó, sintiendo que las piernas le pesaban. La siguió hasta la salita de cristal al fondo del pasillo. Natalia cerró la puerta y bajó las persianas. Se giró hacia él, mordiéndose el labio pintado de rojo.
—Igor, somos amigos, ¿verdad? Llevamos diez años trabajando juntos.
—Sí, claro. ¿Qué traes, mujer? Me estás asustando.
—Mira, lo pensé mucho. Le di mil vueltas anoche. Mi hermana me dijo: “No te metas, Natalia, en pleito de casados no se mete nadie”. Pero… si me lo hicieran a mí, yo querría saber. No me gustaría que me vieran la cara de estúpida.
Igor sintió que el aire se le iba. Se apoyó en la mesa de conferencias.
—Suéltalo ya, Natalia.
—Tú me dijiste que Galina se fue a un retiro a Tepoztlán, ¿no? A encontrarse con su yo interior y esas jaladas.
—Sí…
Natalia sacó su celular del bolsillo de su saco. Sus manos temblaban un poco.
—Pues creo que su “yo interior” es un tipo de treinta y tantos años con mucha lana.
Desbloqueó el teléfono y buscó en la galería.
—El fin de semana fui a Acapulco, a la boda de mi sobrina. Nos quedamos en el Princess. Ya sabes, el hotel fresa ese de la pirámide. Y el sábado, en el desayuno… la vi.
Le extendió el teléfono a Igor.
Igor lo tomó. Al principio, su cerebro se negó a procesar lo que veía. Era un mecanismo de defensa, supuso después. Pero la imagen era nítida, cruelmente clara.
Ahí estaba Galina.
Estaba sentada en una terraza con vista al mar. No llevaba ropa de manta ni estaba en posición de loto. Llevaba un bikini azul y un pareo transparente que dejaba ver más de lo que Igor había visto en meses. Tenía una piña colada en la mano y la cabeza echada hacia atrás, riéndose a carcajadas.
Y frente a ella, había un hombre.
Era más joven que Igor, definitivamente. Pelo negro engominado, lentes oscuros de aviador, camisa de lino blanca desabotonada hasta la mitad del pecho mostrando una cadena de oro. En la foto, él le estaba agarrando la mano a Galina sobre la mesa, y ella lo miraba… Dios, esa mirada. Igor conocía esa mirada. Era la mirada que ella le daba a él cuando eran novios, cuando no podían esperar a llegar a casa para arrancarse la ropa. Una mirada de deseo puro, de admiración, de entrega.
Natalia deslizó el dedo a la siguiente foto.
En esta, estaban caminando por la playa. Él la tenía agarrada de la cintura, con la mano bajando peligrosamente hacia su trasero, posesivo, dominante. Galina recargaba la cabeza en su hombro, sumisa, feliz.
Igor sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Fue un sonido físico, como una rama seca que se quiebra bajo el peso de la nieve. Un dolor agudo, caliente, le subió por la garganta.
—¿Quién es ese cabrón? —preguntó. Su voz sonó ajena, como si saliera de una cueva profunda.
Natalia lo miró con una mezcla de pena y rabia.
—Pregunté. Tengo una amiga que trabaja en la administración del hotel. Se registraron como Sr. y Sra. Altamirano. Pero ese no es su apellido, Igor. Lo reconocí después. Es Ilya. Ilya Rámirez. Es un contratista, tiene una constructora mediana. Es conocido porque es un “ojo alegre”. Y lo peor, Igor…
—¿Qué? ¿Qué es lo peor? —Igor sentía que iba a vomitar.
—Que él también es casado. Tiene esposa y dos niños chiquitos. Vive en Satélite. Es un desgraciado que le pone el cuerno a su mujer con cualquiera que se deje impresionar por su camioneta del año y sus cenas caras.
Igor le devolvió el celular a Natalia con movimientos mecánicos. Se sentía entumecido. La ira todavía no llegaba; lo que sentía era una devastación total. Su mundo, su pequeña y segura burbuja de clase media, acababa de ser bombardeada.
—Un retiro… —murmuró Igor, riendo con una risa seca y sin humor—. Se fue a un retiro espiritual a Acapulco a cogerse a un contratista. Vaya iluminación que debió tener.
—Lo siento mucho, Igor —dijo Natalia, poniéndole una mano en el brazo—. Eres un buen hombre. No te mereces esto. Nadie se lo merece.
—Gracias, Nati. Gracias por… por tener los ovarios de decírmelo.
—¿Qué vas a hacer? ¿La vas a confrontar cuando regrese?
Igor se quedó mirando la pared blanca de la sala de juntas. En ese momento, algo cambió en él. La tristeza empezó a endurecerse, a transformarse en una piedra fría y pesada en su estómago. Si la confrontaba ahora, si le gritaba por teléfono, ella inventaría una excusa, lloraría, se haría la víctima. O peor, se iría con él.
No. Él necesitaba pensar. Necesitaba un plan.
—No voy a hacer nada, Natalia —dijo Igor, enderezándose y ajustándose los lentes con una calma que asustó incluso a él mismo—. Voy a esperar. Voy a dejar que regrese, que me cuente sus mentiras, que crea que me vio la cara de estúpido. Y cuando menos se lo espere… entonces voy a actuar.
Salió de la oficina ese día caminando como un zombi, pero con la mente trabajando a mil por hora. No regresó a casa. No podía soportar ver las fotos de su boda en la sala. Se fue directo a “El Desvelo”, esa cantina donde ahora estaba sentado, ahogando la pena en cerveza y planeando cómo desmantelar la vida de la mujer que acababa de asesinar su corazón.
Bebió el último trago de su Indio, que ya estaba caliente.
—¡Mesero! —gritó, levantando la mano—. ¡Tráeme otra! Y un tequila. Doble.
La noche apenas comenzaba, y la guerra en su casa estaba por estallar. Galina iba a regresar de su “paraíso” para encontrarse con que el infierno la estaba esperando en la sala de su propia casa.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: EL REGRESO DE LA DESCONOCIDA Y EL TEATRO DE LA FELICIDAD
Igor pasó los días restantes del supuesto “retiro” de Galina en un estado de calma tensa, como el ojo de un huracán. Se dedicó a limpiar la casa con una obsesión casi maniática. Lavó los platos, sacudió el polvo de los muebles viejos, e incluso arregló la puerta del alacena que llevaba meses rechinando. Necesitaba mantener las manos ocupadas para que la cabeza no le estallara. Cada vez que su mente volaba hacia la imagen de Galina en Acapulco con ese tal Ilya, sentía un ardor en el pecho, una mezcla de bilis y tristeza que lo dejaba sin aire.
Finalmente, llegó el día diez. El día del regreso.
Igor la esperó sentado en el sofá de la sala, con la televisión apagada. Escuchó el motor del taxi detenerse afuera, luego el golpe seco de la puerta del coche y el sonido de las llaves girando en la cerradura. Su corazón empezó a latir con fuerza, no de emoción, sino de pavor. ¿Podría fingir? ¿Podría mirarla a los ojos sin escupirle la verdad en la cara?
La puerta se abrió y entró Galina.
Traía un bronceado dorado que definitivamente no se consigue meditando bajo la sombra de los árboles en Tepoztlán. Su piel brillaba. Se veía más joven, más viva, pero también extrañamente ajena. Arrastró su maleta Louis Vuitton —una imitación que compró en Tepito hace años— hacia la entrada y soltó un suspiro teatral.
—¡Hogar, dulce hogar! —exclamó, dejando las llaves en la mesita.
Igor se levantó despacio. Se obligó a dibujar una media sonrisa en su rostro, una mueca dolorosa que esperaba pasara por alegría.
—Bienvenida, flaca. ¿Cómo te fue?
Galina corrió hacia él y le dio un abrazo rápido, un abrazo de esos que se dan a los parientes lejanos en Navidad, sin apretar, sin calor. Olía a coco y a mar, aunque intentaba disimularlo con una capa excesiva de loción floral.
—¡Ay, Igor! No tienes idea —dijo ella, separándose y caminando hacia la cocina como si el suelo quemara—. Fue… transformador. Increíble. Siento que me quitaron diez años de encima.
—¿Ah, sí? —Igor la siguió, recargándose en el marco de la puerta—. Cuéntame. ¿Qué hicieron?
Ella empezó a sacar cosas de su bolsa de mano, evitando su mirada.
—Uy, de todo. Yoga a las cinco de la mañana, meditaciones guiadas, rompimiento de patrones ancestrales… Comimos puras cosas orgánicas, nada de carne, pura desintoxicación. Conocí gente maravillosa, mujeres que, como yo, buscaban su luz interior. Lloré mucho, Igor, saqué muchas cosas que traía atoradas aquí —se tocó el pecho dramáticamente—. Pero ahora me siento ligera. Libre.
Igor la escuchaba y sentía que le hervía la sangre. “Luz interior”, pensó con asco. Su luz interior se llamaba Ilya y tenía una cuenta bancaria abultada.
—Qué bueno, Galina. Me da gusto que te haya servido —dijo él, tragándose la rabia—. Oye, te ves… bronceada. ¿Hicieron yoga bajo el sol o qué?
Galina se congeló por una fracción de segundo, apenas perceptible, pero Igor lo notó.
—Ah, sí… es que algunas sesiones eran en el jardín, al aire libre. Ya ves cómo pega el sol en el campo, quema más que en la ciudad.
—Ya veo.
Esa noche, Igor intentó hacer una prueba. Una última oportunidad para ver si quedaba algo de la mujer con la que se había casado. Mientras cenaban —ella pidió una ensalada porque según “ya no toleraba la grasa”—, él le tomó la mano sobre la mesa.
—Oye, vieja. Te extrañé un buen. La casa se sintió re fea sin ti. Estaba pensando… ya que regresaste tan renovada, ¿por qué no aprovechamos el fin de semana? Vamos al cine, o mejor, vamos a comer barbacoa a La Marquesa, como nos gustaba antes. O inscríbete conmigo a unas clases de baile, dicen que en el salón de la colonia se ponen buenas las cumbias. Vamos a reconectar nosotros también, ¿no?
Galina retiró la mano suavemente, como si la piel de Igor fuera lija.
—Ay, Igor… —suspiró con condescendencia—. Mira, es que ahorita traigo otra vibra. En el retiro aprendí que necesito enfocarme en mis proyectos, en mi crecimiento personal. No tengo tiempo para estar yendo a La Marquesa a comer grasa y embrutecerme. Además, traigo muchas ideas para el trabajo, quiero pedir un ascenso, voy a estar súper ocupada.
—¿Ocupada? Pero si acabas de llegar de vacaciones… digo, del retiro.
—No fueron vacaciones, fue trabajo interno —replicó ella, molesta—. Y sí, voy a estar ocupada. Tengo que aplicar todo lo que aprendí. Así que no hagas planes para mí, por favor.
Se levantó de la mesa, dejó su plato medio lleno en el fregadero y se fue al cuarto.
—Me voy a dormir, estoy agotada del viaje. El camión de regreso fue pesadísimo.
Igor se quedó solo en la cocina, escuchando el zumbido del refrigerador. “El camión”, pensó. Seguro regresó en el asiento de piel del Mercedes de Ilya.
Esa noche, Igor durmió en la orilla de la cama, dándole la espalda. Podía sentir el calor del cuerpo de ella, pero se sentía como si hubiera un muro de hielo entre los dos. Galina roncaba suavemente, soñando quizás con su amante, mientras Igor miraba la oscuridad del techo, con los ojos abiertos y secos, jurándose a sí mismo que no sería la víctima de esa historia. Si ella quería jugar a la mujer moderna y liberada mientras le ponía los cuernos, él jugaría al marido paciente… hasta que tuviera el cuchillo listo para cortar el nudo de mentiras de un solo tajo.
CAPÍTULO 4: EL FANTASMA DEL “PROYECTO” Y LA VERDAD EN UNA TAZA DE CAFÉ
Las semanas siguientes fueron una tortura china. La dinámica en la casa cambió radicalmente. Galina ya no era la esposa que compartía, ahora era una inquilina que apenas saludaba.
Llegaba del trabajo y se encerraba en el cuarto “de visitas” que usaban como estudio, alegando que tenía que concentrarse. Igor pasaba por el pasillo y veía la luz por debajo de la puerta, escuchaba el tecleo rápido en la computadora y, a veces, risitas ahogadas. Risas de adolescente enamorada. Risas que no eran para él.
Un martes por la noche, durante una de las pocas cenas que compartían, Galina soltó la nueva mentira.
—Igor, te aviso que a partir de mañana voy a llegar más tarde —dijo, picando un pedazo de pollo sin ganas—. Nos asignaron un proyecto nuevo en la oficina, algo muy grande con unos clientes internacionales. Vamos a tener que quedarnos horas extras para sacarlo adelante. Quiero demostrar que valgo, que puedo ser gerente.
Igor masticó su tortilla con lentitud. Conocía esa oficina. Galina trabajaba en una empresa de seguros mediana, en el área administrativa. Nunca, en quince años, habían tenido “clientes internacionales” ni proyectos urgentes que requirieran quedarse hasta la medianoche.
—¿Ah, sí? —dijo él, fingiendo interés—. ¿Qué proyecto es? ¿De qué se trata?
—Ay, cosas técnicas, Igor. No entenderías, es puro rollo de pólizas corporativas y reaseguros. El punto es que no me esperes a cenar. Llegaré tarde y cansada.
—Está bueno. Échale ganas —respondió él, con una calma que le daba miedo.
A partir de ahí, el patrón se estableció. Galina llegaba a las diez, once de la noche. A veces con el cabello un poco desordenado, a veces con el labial corrido que intentaba arreglar antes de entrar. “Mucho trabajo, uff, qué estrés”, decía, y se iba directo a bañar para quitarse el olor a “oficina” (que sospechosamente olía a colonia de hombre cara y tabaco).
Igor decidió que ya había tenido suficiente de suposiciones. Necesitaba confirmación. Necesitaba que la mentira se cayera por su propio peso.
Recordó a Sasha (Alejandro), un compañero de trabajo de Galina. Un tipo bonachón, de esos que siempre organizan las quinielas y los pasteles de cumpleaños. Igor y él se habían conocido en las fiestas de fin de año de la empresa y se llevaban bien, compartían el gusto por el béisbol.
Un jueves al mediodía, Igor se escapó de su trabajo.
—Voy al doctor, jefe, me siento mal —mintió.
Fue hasta la zona donde trabajaba Galina, pero no entró al edificio. Se quedó en una fonda de comida corrida que estaba a la vuelta, donde sabía que los empleados iban a comer. Se pidió unos tacos de guisado y esperó.
Como a las dos de la tarde, vio entrar a Sasha. Iba solo, mirando su celular. Igor se levantó y se le acercó.
—¡Quihubo, Sasha! ¿Cómo andas, compadre?
Sasha levantó la vista, sorprendido.
—¡Igor! ¡Qué milagro! ¿Qué haces por estos rumbos? ¿Vienes a ver a la Galina?
—No, no, andaba haciendo un trámite aquí cerca y pasé a echarme un taco. Siéntate, yo invito la coca.
Sasha se sentó, agradecido. Platicaron un rato de banalidades: el tráfico de la ciudad, el clima loco, los Diablos Rojos del México. Igor esperó el momento justo, cuando Sasha ya estaba terminando su arroz.
—Oye, compadre, fíjate que ando medio preocupado por la Galina —soltó Igor, bajando la voz—. La veo bien amolada, llega cansadísima a la casa. Dice que los traen en chinga con ese proyecto nuevo de los clientes internacionales. ¿Sí está muy pesado el asunto o qué?
Sasha se detuvo con el tenedor a medio camino de la boca. Frunció el ceño, confundido.
—¿Proyecto nuevo? ¿Clientes internacionales? —Sasha soltó una risa nerviosa—. ¿De qué hablas, Igor? Si la oficina está más muerta que un panteón. Ahorita no es temporada alta de nada.
El corazón de Igor se detuvo un segundo y luego volvió a latir con fuerza, doloroso.
—¿Cómo? ¿No se están quedando horas extras? Galina ha estado llegando a la casa casi a medianoche toda la semana pasada.
Sasha negó con la cabeza lentamente, y su expresión cambió de diversión a una incomodidad palpable. Se dio cuenta de que había metido la pata, o más bien, de que acababa de destapar una coladera.
—Híjole, Igor… pues no sé qué decirte. En la oficina todos checamos salida a las seis en punto. El jefe ni siquiera paga horas extras, ya lo conoces de codo. Galina… Galina sale puntualito a las seis. La he visto irse.
Igor asintió, sintiendo cómo la humillación le subía por el cuello. Sasha sabía. O al menos, lo sospechaba. Todos debían saberlo. El marido es siempre el último pendejo en enterarse.
—Ah, ya veo… —dijo Igor, forzando una sonrisa que debió parecer una mueca de dolor—. Capaz entendí mal yo, o se va a trabajar a otro lado, a alguna sucursal o algo. Ya ves cómo son las mujeres, luego uno no les entiende.
—Sí, sí, seguro es eso —dijo Sasha, mirando su plato, claramente deseando estar en cualquier otro lado—. Bueno, Igor, ya me tengo que ir, se me acaba la hora. Salúdame a la familia.
Sasha se fue casi corriendo. Igor se quedó sentado frente a los platos sucios, sintiendo un vacío inmenso. “Proyecto nuevo”. La mentira era tan burda, tan insultante. Ni siquiera se había molestado en inventar algo creíble. Creía que él era tan estúpido, tan dócil, que se tragaría cualquier cuento.
Salió de la fonda y caminó sin rumbo. El sol de la tarde caía a plomo sobre la Ciudad de México, pero él sentía frío.
Entonces, sonó su teléfono. Era Natalia. Otra vez Natalia. Parecía ser el ángel de la muerte portando malas noticias.
—¿Bueno?
—Igor, soy yo —la voz de Natalia sonaba urgente, con el ruido de la calle de fondo—. Perdóname que te moleste, pero… esto ya es el colmo.
—Dime, Nati. Ya nada me sorprende.
—Estoy en Polanco. Vine a recoger unos documentos a un despacho. Y acabo de pasar por el restaurante “La Hacienda”, ese que tiene terraza a la calle.
—¿Y?
—Están ahí, Igor. Galina y el tipo, Ilya. Están comiendo. Y no se esconden, Igor. Se están besando en plena mesa. Él le acaba de dar una cajita de regalo, parece joyería. Ella se ve… se ve enamorada, Igor. Lo siento.
Igor cerró los ojos. Polanco. Mientras él comía tacos de guisado en una fonda barata para ahorrar, su esposa estaba en uno de los restaurantes más caros de la ciudad, recibiendo joyas de su amante, en horario laboral. El “Proyecto Internacional” tenía nombre y apellido.
—Gracias, Nati —dijo, con voz muerta.
—Igor, tienes que hacer algo. Te van a dejar en la calle si no te pones las pilas. Ese tipo es un tiburón y ella… ella ya no es tu mujer.
—Lo sé —contestó él—. Lo sé perfectamente. Gracias.
Colgó el teléfono. Se quedó parado en una esquina, viendo pasar los peseros y los coches de lujo. La tristeza que había sentido al principio se había evaporado. Ya no quedaba dolor, o al menos no ese dolor que te hace llorar. Ahora lo que sentía era una determinación fría, calculada.
Galina había roto el pacto. Había roto la familia. Y lo había hecho con una sonrisa en la cara, pensando que Igor era un mueble viejo que podía dejar en la esquina mientras ella vivía su fantasía.
Sacó su celular y buscó en Google. No buscó “consejos de pareja” ni “cómo perdonar una infidelidad”.
Buscó: “Abogados de divorcio, Ciudad de México, especialistas en bienes mancomunados”.
Marcó el primer número con buenas reseñas.
—Buenas tardes —dijo cuando le contestaron, su voz sonando firme por primera vez en semanas—. Quiero agendar una cita. Es urgente. Quiero el divorcio, y quiero que ella no se quede ni con las cucharas.
Igor guardó el teléfono y caminó hacia el metro. Esa noche, cuando Galina llegara tarde con su cuento del “proyecto”, él ya no estaría esperando despierto con cara de perro apaleado. Él estaría durmiendo como un bebé, soñando con el día en que la sonrisa de ella se borrara para siempre al ver la demanda sobre la mesa. El juego había cambiado de dueño.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: EL PACTO CON EL DIABLO DE CORBATA Y LA MÁSCARA DE HIERRO
La oficina del Licenciado Valenzuela estaba en un edificio viejo del Centro Histórico, de esos con elevadores de reja que rechinan como almas en pena y pasillos que huelen a cera para pisos y a expedientes olvidados. Igor llegó temprano, con el estómago hecho un nudo y una carpeta bajo el brazo que contenía lo poco que le quedaba de dignidad: su acta de matrimonio y las escrituras del departamento.
Valenzuela era un tipo de unos cincuenta años, calvo, con un bigote espeso manchado de nicotina y unos ojos pequeños y vivaces que parecían haber visto todas las miserias humanas posibles. No era un abogado de los de las películas, con trajes italianos y oficinas de cristal. Era un abogado de trinchera, un “coyote” legal que sabía dónde morder para que doliera.
—Siéntese, Don Igor —dijo Valenzuela, señalando una silla de piel gastada frente a su escritorio, que estaba sepultado bajo montañas de papel—. Me dijo por teléfono que la cosa urge. ¿Qué tan grave es el asunto? ¿Golpes? ¿Abandono?
Igor se sentó, sintiendo cómo el cuero frío de la silla se le pegaba a la camisa.
—Adulterio, Licenciado. Y de los descarados.
Igor le contó todo. Desde el “retiro espiritual” en Valle de Bravo que terminó siendo una luna de miel en Acapulco, hasta el tal Ilya, las mentiras del “proyecto internacional” y las cenas en Polanco mientras él comía sobras en la casa. No se guardó nada. Se sentía como si estuviera confesándose, escupiendo un veneno que lo estaba matando por dentro.
Valenzuela escuchaba en silencio, tamborileando los dedos sobre la mesa, asintiendo de vez en cuando con una mueca de cinismo profesional.
—Clásico —dijo el abogado cuando Igor terminó, encendiendo un cigarro a pesar del letrero de “No Fumar” en la pared—. La crisis de la mediana edad, Don Igor. La señora quiere sentirse chava otra vez, quiere sentir mariposas en la panza, y se buscó a un “Don Juan” con cartera. Pero dígame algo, ¿están casados por bienes mancomunados o separados?
—Mancomunados, Licenciado. Todo lo construimos juntos. El departamento en la Narvarte, el coche, los ahorros… todo es de los dos.
Valenzuela soltó una carcajada seca, sin alegría.
—Ahí está el detalle, chato. Si usted llega hoy a su casa y le arma un pancho, si le grita y le dice que ya sabe todo, ¿sabe qué va a pasar? Ella se va a poner a la defensiva. Va a ir con un abogado mañoso y le va a decir que usted la maltrata psicológicamente. Va a vaciar las cuentas bancarias mañana mismo a primera hora alegando “gastos familiares”. Y ese departamento por el que usted se partió el lomo… se va a convertir en el nido de amor del tal Ilya mientras usted se queda en la calle peleando por las migajas.
Igor sintió un escalofrío.
—¿Entonces qué hago? No puedo seguir viéndole la cara y fingiendo que no pasa nada. Me da asco, Licenciado. Me da asco ver cómo se arregla para irse con él.
—Pues se va a tener que aguantar el asco, Don Igor. Si quiere ganar esta guerra, tiene que tener sangre fría. Sangre de atole.
Valenzuela se inclinó sobre el escritorio, bajando la voz como si las paredes oyeran.
—Vamos a hacer esto: Usted no dice nada. Ni pío. Sigue siendo el marido menso y confiado. Mientras tanto, yo preparo la demanda de divorcio necesario por causal de adulterio. Necesitamos pruebas sólidas. Esas fotos que vio su amiga Natalia, ¿las tiene?
—No, solo me las enseñó.
—Consígalas. O mejor aún, contrate a alguien que los siga un par de días. Necesitamos fotos, fechas, lugares. Si podemos demostrar que ella está gastando dinero del patrimonio conyugal en el amante, mejor. Y lo más importante: necesitamos asegurar los bienes antes de soltar la bomba.
—¿Cómo aseguro los bienes si están a nombre de los dos?
—Hay maneras, Don Igor. Hay maneras. Podemos solicitar medidas cautelares, congelar cuentas, o… bueno, usted empiece a sacar sus cosas personales de valor. Documentos, joyas de su mamá, lo que sea que no quiera que “desaparezca”. Y el dinero líquido… empiece a moverlo poco a poco. Gastos hormiga, retiros pequeños. No levante la liebre.
Igor salió del despacho con la cabeza dándole vueltas, pero con una sensación nueva en el pecho: poder. Ya no era la víctima pasiva que esperaba en el sofá. Ahora era un espía en su propia casa.
Los días siguientes fueron una prueba de actuación digna de un Óscar.
Esa noche, Galina llegó a las once y media. Igor estaba en la sala, viendo las noticias. Ella entró con ese aire de falsa fatiga, suspirando ruidosamente.
—Ay, Igor, no sabes… qué día tan pesado. Los clientes de Japón son súper exigentes. Me duele la cabeza horrible.
Igor la miró. Notó que traía el cabello ligeramente húmedo, como recién lavado, y olía a jabón de hotel, no al perfume que usaba en la mañana. Se había bañado antes de llegar a casa. Seguramente para borrar el olor de Ilya.
—Pobrecita vieja —dijo Igor, y se sorprendió de lo natural que sonó su voz—. ¿Quieres que te caliente un té de manzanilla?
Galina lo miró con sorpresa. Esperaba quizás un reclamo por la hora, o una cara larga. La amabilidad de Igor la descolocó.
—No… no, gracias. Solo quiero dormir. Me voy a la cama.
—Descansa. Yo me quedo un rato más, tengo insomnio.
Mientras ella dormía, Igor empezó su operación hormiga.
Esperaba a que los ronquidos de Galina fueran profundos y constantes. Luego, se levantaba de puntitas. Fue al estudio y buscó la carpeta donde guardaban los papeles importantes. Sacó las escrituras originales, los pasaportes, las pólizas de seguro. Los metió en su maletín de trabajo. Al día siguiente, los dejaría en casa de su compadre Sergio, quien ya le había ofrecido asilo.
Lo más difícil era aguantar la rabia en los momentos cotidianos.
El sábado por la mañana, Galina se levantó canturreando. Se puso unos jeans ajustados que hacían resaltar su figura y una blusa escotada.
—Voy a salir con las chicas de la oficina a un desayuno, Igor. Regreso tarde, vamos a ir de compras después —anunció, poniéndose aretes frente al espejo del pasillo.
Igor la observaba desde la cocina, con una taza de café en la mano. Sabía que no había “chicas de la oficina”. Sabía que iba a verse con él.
—Que te diviertas, Galina. Cómprate algo bonito —le dijo.
Ella se detuvo un momento, con el arete a medio poner. Se giró y lo miró con una mezcla de lástima y desprecio. Igor pudo leer su pensamiento: “Pobre diablo, no se entera de nada. Es tan aburrido, tan predecible. Me merezco algo mejor que este mueble viejo”.
—Gracias, Igor. Ahí te dejé picadillo en el refri para que comas.
Salió dando un portazo ligero, dejando una estela de perfume caro.
Igor esperó a que el coche arrancara. Luego, caminó hacia la ventana y la vio subir al Uber.
—Disfrútalo, Galina —murmuró, apretando la taza hasta que sintió que se iba a romper—. Disfrútalo porque es la última vez que te vas a reír a mis costillas. Se te acabó el crédito, mi reina.
Esa tarde, Igor recibió la llamada de Valenzuela.
—Don Igor, ya tengo todo listo. La demanda está redactada. Tengo a un investigador privado que les tomó unas fotos preciosas saliendo de un motel en Tlalpan ayer a mediodía. Se ven hasta las placas de la camioneta del tipo. Con esto la tenemos agarrada del cuello. ¿Cuándo quiere proceder?
Igor miró a su alrededor. La casa estaba silenciosa. Los muebles que habían comprado juntos, los cuadros que habían colgado… todo parecía de utilería.
—La próxima semana, Licenciado. Antes tengo que hacer algo muy difícil. Tengo que hablar con mis hijos. No quiero que se enteren por un papel del juzgado. Quiero que sepan la verdad por mí.
—Bien pensado. Los hijos son la mejor defensa contra las mentiras de una madre despechada. Suerte, Don Igor.
Colgó el teléfono y sintió un peso inmenso en los hombros. Enfrentar a Galina era una cosa; destruir la imagen que sus hijos tenían de su madre era otra muy distinta. Pero era necesario. Si no lo hacía él, ella voltearía la historia. Ella diría que Igor era un loco, un celoso, un abusador. Tenía que vacunarlos contra el veneno.
CAPÍTULO 6: LA ÚLTIMA CENA FAMILIAR Y EL ADIÓS A UNA VIDA
Igor citó a María y a Artemio el domingo al mediodía. No quiso hacerlo en la casa; sentía que las paredes tenían oídos y no quería que el ambiente doméstico suavizara el golpe. Los citó en un Vips cercano, un lugar neutral, ruidoso, donde nadie prestaría atención a una familia desmoronándose en la mesa del rincón.
Llegó quince minutos antes. Pidió un café americano y se quedó mirando el vapor que subía de la taza. Sus hijos ya eran adultos, sí, pero para un padre, los hijos nunca dejan de ser niños. María tenía 26 años, estaba casada y tenía una vida propia. Artemio, de 23, acababa de terminar la carrera y vivía con unos amigos. Igor sabía que esto les iba a doler más que a nadie.
Llegaron juntos. Se parecían a Galina, tenían sus ojos, su sonrisa. Eso le dio una punzada de dolor a Igor.
—¡Hola, pa! —saludó María, dándole un beso en la mejilla—. Qué milagro que nos invitas a comer tú solo. ¿Y mi mamá? ¿Se quedó en la casa?
—Siéntense, hijos —dijo Igor, sin responder a la pregunta de inmediato. Su tono de voz, serio y grave, hizo que la sonrisa de Artemio se borrara al instante.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó Artemio, sentándose frente a él—. Te ves… te ves mal. ¿Estás enfermo? ¿Es el azúcar?
Igor negó con la cabeza. Tomó aire, llenando sus pulmones como si fuera a sumergirse bajo el agua.
—No, no estoy enfermo. Ojalá fuera eso. Pedí que vinieran sin su madre porque tengo que hablar con ustedes de algo muy serio. Algo que va a cambiar todo.
Los hermanos intercambiaron una mirada de preocupación. El mesero llegó con las cartas, pero Igor lo despachó con un gesto de la mano.
—Ahorita no, joven. Denos unos minutos.
Igor puso las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos para que no vieran cómo le temblaban.
—Muchachos… su madre y yo nos vamos a separar. Voy a pedir el divorcio.
El silencio que siguió fue absoluto. Parecía que el ruido de los cubiertos y las pláticas de las otras mesas se había apagado de golpe.
—¿Qué? —soltó María, incrédula—. ¿De qué hablas, papá? Si ustedes son… son la pareja eterna. ¿Qué pasó? ¿Se pelearon? Todo se puede arreglar, a lo mejor necesitan terapia de pareja o…
—No, hija —la cortó Igor, suave pero firme—. Esto no se arregla con terapia. Esto está roto desde la raíz.
Artemio, más pragmático, lo miró fijamente a los ojos.
—¿Hay alguien más? —preguntó el muchacho. Directo al grano.
Igor sostuvo la mirada de su hijo y asintió lentamente.
—Sí. Pero no soy yo.
María se llevó las manos a la boca, ahogando un gemido.
—¿Mi mamá? ¿Mi mamá tiene a alguien? ¡No puede ser, papá! ¡Estás imaginando cosas! ¡Mi mamá es incapaz! Ella solo va al trabajo y a la casa… y al retiro ese al que fue…
Igor sonrió con tristeza al escuchar la mención del retiro.
—El retiro fue una mentira, María. No hubo ningún retiro en Tepoztlán. Se fue a Acapulco. Con un hombre.
Igor sacó su celular. No quería hacerlo, pero viendo la negación en los ojos de su hija, supo que era necesario. No les mostró las fotos explícitas del investigador privado, esas eran para el juez. Les mostró la foto que Natalia le había enviado, la de la terraza del hotel, donde se veían las manos entrelazadas y las miradas cómplices.
—Se llama Ilya. Es casado. Llevan meses viéndose. Todo ese cuento de los “proyectos internacionales” y las llegadas tarde… es por él.
María tomó el teléfono y miró la pantalla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza, sino de una furia incandescente. La imagen de su madre, su heroína, se estaba cayendo a pedazos.
—No mames… —susurró Artemio, golpeando la mesa con el puño—. Con razón. Con razón estaba tan rara, tan distante. ¡Con razón ya ni me contesta los mensajes!
—Yo no quería que se enteraran así —dijo Igor, recuperando su teléfono—. Pero no quiero que luego les cuenten mentiras. No quiero que ella les diga que yo la abandoné o que fui un mal marido. Yo cumplí, hijos. Yo di todo por esta familia. Pero tengo un límite. Y mi dignidad es ese límite.
María empezó a llorar en silencio, con lágrimas gordas rodando por sus mejillas.
—Papá… ¿qué vas a hacer? ¿Te vas a ir de la casa?
—Sí, hija. No puedo dormir una noche más bajo el mismo techo que ella sabiendo que se ríe de mí. Me voy hoy mismo. Su tío Sergio me va a prestar un cuarto en su casa por un tiempo mientras se resuelve lo legal.
—Vente conmigo, papá —dijo María, tomándole la mano—. Mi depa es chico, pero nos acomodamos. No te vayas con Sergio.
—Gracias, mi niña. Pero necesito estar en un lugar neutral. Sergio vive solo, está cerca de mi trabajo. Estaré bien. Lo que me preocupa son ustedes. No quiero que esto los afecte, aunque sé que es imposible.
—A mí no me preocupa nada —dijo Artemio, con la mandíbula tensa—. A mí lo que me da es coraje. ¡Qué poca madre! ¿Cómo pudo hacernos esto? ¿Cómo pudo hacerte esto a ti, que eres un pan de Dios?
—No la juzguen demasiado duro —mintió Igor, tratando de ser noble, aunque por dentro deseaba que la odiaran un poco—. Sigue siendo su madre. Pero yo… yo ya no puedo ser su esposo.
—Pues yo no sé si pueda verla a la cara ahorita —dijo María, secándose las lágrimas con una servilleta de papel—. Me da asco, papá. Me da mucho coraje.
—Solo les pido una cosa —dijo Igor, poniéndose serio—. No le digan nada todavía. No le reclamen. Hoy voy a sacar mis cosas. Quiero irme en paz. Mañana o pasado le llegará la notificación del juzgado. Ahí se enterará de que yo ya sé todo. Dejen que la ley haga lo suyo. No quiero gritos ni pleitos de lavadero.
Los hijos asintieron. Se quedaron un rato más, pero la comida nunca se pidió. Solo tomaron café y agua, con el sabor amargo de la traición en la boca. Al despedirse en el estacionamiento, el abrazo fue diferente. Fue un abrazo de solidaridad, de equipo. Igor sintió que, aunque estaba perdiendo a su esposa, había ganado el respeto absoluto de sus hijos. Y eso valía más que cualquier departamento.
De regreso a casa, Igor sintió que el tiempo se aceleraba. Galina no estaba. Era domingo por la tarde y, según ella, había ido a “visitar a una tía enferma”. Otra mentira. La tía Gertrudis llevaba cinco años muerta, o al menos eso recordaba Igor, pero ya ni se molestó en corregirla.
Entró a la casa. Se sintió como un ladrón entrando a robar su propia vida.
No hizo maletas prolijas. No dobló la ropa con cuidado.
Sacó unas bolsas negras de basura, de esas grandes para jardín. Abrió su closet y empezó a vaciar todo. Sus camisas, sus pantalones, sus zapatos viejos. Todo iba adentro de las bolsas, revuelto, sin orden.
Fue al baño y sacó su cepillo de dientes, su rastrillo, su desodorante.
Fue a la sala y tomó un solo objeto: una foto vieja enmarcada donde estaba él con María y Artemio cuando eran niños, en un parque, comiendo helado. Galina no estaba en esa foto; había sido ella quien la tomó. Era perfecto.
En menos de una hora, su vida de veinticinco años estaba reducida a cuatro bolsas de plástico negras y una caja de cartón.
Miró el departamento por última vez. La luz de la tarde entraba por la ventana, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Se veía tranquilo, acogedor. Nadie que entrara ahí pensaría que esa casa estaba cimentada sobre un pantano de mentiras.
Fue a la cocina. Sacó una hoja de papel de cuaderno y una pluma.
Dudó un momento sobre qué escribir. ¿Un insulto? ¿Una explicación larga? No. Ella no se merecía sus palabras. Sus palabras eran valiosas.
Escribió solo una línea:
“Se acabó el teatro. Habla con mi abogado.”
Dejó la nota sobre la mesa del comedor, junto al frutero. Puso sus llaves encima del papel. Ese tintineo metálico al soltar las llaves fue el sonido final de su matrimonio.
Cargó las bolsas, bajó las escaleras sin mirar atrás y subió todo al taxi que ya lo esperaba.
—¿A dónde, jefe? —preguntó el taxista, viéndolo por el retrovisor.
—A la colonia Roma, joven. Y dele rápido, que quiero dejar todo esto atrás.
Cuando llegó a casa de Sergio, su amigo lo estaba esperando en la puerta con un par de cervezas frías. Sergio no dijo nada, no hizo preguntas estúpidas. Solo le dio una palmada fuerte en la espalda, de esas que te sacan el aire pero te reinician el corazón.
—Pásale, hermano. Aquí tienes tu casa.
—Gracias, Sergio —dijo Igor, dejando las bolsas en el suelo de la sala—. Se siente raro, cabrón. Se siente como si me hubiera muerto y estuviera viendo mi vida desde afuera.
—No te moriste, Igor —le dijo Sergio, destapando una cerveza y dándosela—. Al contrario. Apenas vas a empezar a vivir. Lo que tenías ahí no era vida, era una farsa. Salud por eso.
Igor chocó la botella.
—Salud.
Bebió un trago largo. Esa cerveza sabía diferente a las de la cantina. No sabía a derrota. Sabía a libertad. Sabía a miedo también, sí, porque el futuro era incierto. Pero por primera vez en meses, Igor no tenía ese peso en el pecho.
Esa noche durmió en el sofá-cama de Sergio. Era incómodo, el colchón tenía un resorte que se le clavaba en la costilla y se escuchaba el ruido de la calle. Pero Igor durmió profundamente, sin pesadillas, sin esperar a que se abriera la puerta a medianoche con una esposa oliendo a otro hombre.
La guerra había comenzado, y él acababa de dar el primer golpe maestro: desaparecer.
PARTE 4
CAPÍTULO 7: EL SILENCIO QUE GRITA Y LA CAÍDA DE LA REINA
Galina regresó a casa ese domingo por la noche con una sonrisa boba en los labios y el sabor de los besos de Ilya todavía fresco en la boca. Había sido un fin de semana “de trabajo” maravilloso. Ilya la había llevado a una suite en Santa Fe, habían pedido servicio a la habitación y él le había prometido que pronto, muy pronto, dejaría a su esposa para irse con ella a viajar por Europa. “Tú eres mi musa, Galina”, le había dicho él mientras brindaban con champán. Ella se sentía la protagonista de una telenovela, joven, deseada, viva.
Abrió la puerta del departamento tarareando una canción de Luis Miguel.
—¡Ya llegué, Igor! —gritó desde la entrada, esperando escuchar el habitual “Hola, vieja” desde la sala o el ruido de la televisión.
Pero solo le respondió el silencio.
Un silencio denso, pesado, de esos que se te meten en los oídos y zumban. La casa olía diferente. Olía a cerrado, a ausencia. No había aroma a café, ni a la loción barata que Igor usaba después de bañarse.
—¿Igor? —llamó de nuevo, sintiendo una leve punzada de molestia. “¿A dónde se habrá metido este hombre? Seguro se fue con el compadre Sergio a ver el fútbol y se le olvidó avisar. Típico”.
Entró a la sala y encendió la luz. Todo parecía normal, los muebles en su sitio, los cojines acomodados. Pero algo faltaba. El ambiente se sentía… hueco.
Caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua y entonces la vio.
La hoja de papel de cuaderno en el centro de la mesa del comedor. Junto a ella, un juego de llaves. Las llaves de Igor. El llavero del Cruz Azul que él había usado durante diez años estaba ahí, tirado como un objeto sin valor.
Galina sintió un frío repentino en el estómago. Se acercó y tomó la nota.
Leyesó la única línea escrita con la caligrafía angulosa y firme de su esposo:
“Se acabó el teatro. Habla con mi abogado.”
Galina soltó una risa nerviosa. Una risa corta, seca.
—Ay, por favor, Igor… qué dramático —murmuró, arrugando el papel y tirándolo a la basura—. Seguro es uno de sus berrinches de viejo. Mañana se le pasa y regresa con la cola entre las patas. ¿A dónde va a ir? Si no sabe ni freír un huevo sin mí.
Se sirvió una copa de vino, decidida a no dejar que el “pancho” de su marido le arruinara la noche. Se sentó en el sofá, prendió la tele y trató de relajarse. Pero sus ojos seguían desviándose hacia la puerta de entrada, esperando escuchar la llave girar.
Nadie llegó.
Al día siguiente, lunes, la realidad empezó a filtrarse por las grietas de su negación.
Igor no regresó a dormir. Su lado de la cama estaba intacto, frío.
Galina abrió el closet para buscar una blusa y se quedó helada. La mitad del armario estaba vacía. No había camisas, no había trajes, no estaban sus zapatos viejos y cómodos. Los cajones de él estaban abiertos y vacíos, como bocas hambrientas.
—¿De verdad se fue? —se preguntó en voz alta, sintiendo por primera vez un piquete de miedo real—. ¿Y si va en serio?
Intentó llamarlo.
“El número que usted marcó está apagado o fuera del área de servicio”.
Lo intentó cinco veces. Diez veces. Nada.
Le mandó mensajes de WhatsApp. Solo aparecía una palomita gris. La había bloqueado. A ella. A su esposa de veinticinco años.
Pasaron tres días. La casa, que antes se sentía su refugio, ahora se sentía como una cárcel. El silencio era ensordecedor. Y entonces, llegó el golpe final.
El miércoles por la tarde, sonó el timbre. Galina corrió a abrir, pensando que era Igor arrepentido, listo para pedirle perdón. Se arregló el cabello rápidamente y ensayó su cara de “estoy muy ofendida, te va a costar caro que te perdone”.
Abrió la puerta.
No era Igor. Era un hombre joven, con una mochila al hombro y una carpeta en la mano.
—¿La señora Galina Montes? —preguntó.inespresivo.
—Sí, soy yo.
—Le traigo una notificación del Juzgado de lo Familiar. Firme aquí de recibido, por favor.
Galina firmó con mano temblorosa. El hombre le entregó un sobre manila grueso y se fue sin decir más.
Galina cerró la puerta y se recargó en ella, sintiendo que las piernas se le doblaban. Abrió el sobre.
“DEMANDA DE DIVORCIO NECESARIO”.
Causal: Adulterio.
Y ahí, anexadas en copias a blanco y negro, pero perfectamente visibles, estaban las fotos. Ella y Ilya en el hotel. Ella y Ilya besándose en el restaurante. Las fechas, las horas. Todo documentado con la precisión de un cirujano.
Se le cayó el sobre de las manos.
—Maldito… —susurró, con lágrimas de rabia llenándole los ojos—. Maldito seas, Igor. Me estabas espiando. Mientras yo pensaba que eras un estúpido, tú estabas planeando esto.
El pánico se apoderó de ella. No el pánico de perder a Igor por amor, sino el pánico de perder su estabilidad. Si esto iba a juicio, ella quedaría como la culpable. Podría perder la pensión, el derecho al departamento… todo.
Necesitaba aliados. Necesitaba poner a los hijos de su lado antes de que Igor les lavara el cerebro.
Corrió al teléfono y marcó el número de María.
—¿Bueno? —la voz de su hija sonó seca, distante.
—¡Mija! ¡Qué bueno que contestas! —dijo Galina, tratando de sonar histérica y víctima—. Tu padre se volvió loco. Se fue de la casa, me mandó unos papeles horribles, me quiere quitar todo. Tienes que hablar con él, María. Dile que recapacite, que vuelva a la casa y lo hablamos como gente civilizada.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.
—Mamá… —dijo María, y su tono heló la sangre de Galina—. Papá no está loco. Papá por fin abrió los ojos.
—¿De qué hablas? —Galina sintió que el piso se movía—. ¿Tú sabías?
—Lo sabemos todo, mamá. Nos enseñó las fotos. Nos contó de tus mentiras, del “retiro” en Acapulco, de tu amante Ilya. ¿Cómo pudiste?
—¡Esas son calumnias! —gritó Galina, desesperada—. ¡Tu padre está exagerando! Fue un error, un desliz, yo estaba confundida… estaba pasando por una crisis…
—No fue un desliz, mamá. Fue una elección. Elegiste a ese tipo por encima de nosotros. Por encima de papá que te dio todo.
—¡Tú no entiendes! —lloró Galina, ahora con lágrimas reales de frustración—. ¡Me sentía sola! ¡Me sentía vieja! ¡Necesitaba vivir!
—Pues ahora vas a vivir, mamá —dijo María, implacable—. Vas a vivir las consecuencias. Papá está viviendo con el tío Sergio. Está tranquilo. Y nosotros lo apoyamos al cien por ciento.
—¿Me estás dando la espalda? ¿A tu propia madre?
—Tú nos diste la espalda primero cuando decidiste destruir la familia por una aventura. No me vuelvas a llamar para hablar mal de mi papá. Adiós.
La línea se cortó.
Galina se quedó mirando el teléfono, incrédula. Su “niña”, su María, la había tratado como a una extraña.
Marcó a Artemio. Su hijo varón siempre había sido más suave con ella.
—¿Qué quieres? —contestó Artemio, sin ni siquiera decir “hola”.
—Hijo, por favor, escúchame…
—No tengo nada que escuchar, mamá. Ya sé lo que hiciste. Qué vergüenza. De verdad, qué vergüenza. Mi papá no se merecía eso. Ni se te ocurra pedirme que interceda por ti. Arréglatelas sola.
Colgó.
Galina soltó el teléfono y este rebotó en el sofá.
Se llevó las manos a la cara y soltó un grito ahogado.
Estaba sola. Completamente sola en ese departamento que de pronto se sentía inmenso y hostil. Sus hijos la odiaban. Su marido la había demandado.
—No importa —se dijo a sí misma, limpiándose las lágrimas con furia—. No los necesito. Lo tengo a él. Lo tengo a Ilya. Él sí me quiere. Él sí me entiende. Él va a dejar a su mujer y vamos a ser felices, y todos se van a arrepentir de haberme tratado así.
Con manos temblorosas, marcó el número de su amante. Era su última carta. Su salvavidas en medio del naufragio.
CAPÍTULO 8: EL PERRO DE LAS DOS TORTAS Y UN NUEVO AMANECER
El encuentro con Ilya fue en un café Starbucks, un lugar impersonal y frío, nada que ver con los restaurantes románticos a los que solían ir. Desde que lo vio entrar, Galina supo que algo andaba mal. Ilya no traía esa sonrisa de conquistador. Venía con lentes oscuros, mirando a todos lados, nervioso, sudando a pesar del aire acondicionado.
—Mi amor —dijo Galina, intentando tomarle la mano sobre la mesa—. Qué bueno que viniste. Me está pasando algo horrible. Igor se enteró. Me demandó el divorcio. Mis hijos no me hablan. Necesito que estemos juntos ahora más que nunca. Es el momento, Ilya. Ya no tenemos que escondernos.
Ilya retiró la mano como si Galina tuviera lepra. Se quitó los lentes y dejó ver unos ojos ojerosos y asustados.
—Galina, baja la voz —siseó él—. No podemos estar juntos.
Galina sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué? ¿De qué hablas? Me dijiste que me amabas, que ibas a dejar a tu esposa…
—Las cosas cambiaron —la interrumpió él, brusco—. Mi mujer también se enteró. Alguien le mandó fotos. Seguramente fue tu marido o su abogado. Me armó un escándalo, Galina. Me amenazó con quitarme la constructora, con no dejarme ver a mis hijos. Mi suegro es el que pone el capital para mis negocios. Si me divorcio, me quedo en la ruina.
—¿Y eso qué importa? —suplicó Galina, desesperada—. Nos tenemos a nosotros. Podemos empezar de cero. Yo tengo el departamento… bueno, la mitad…
—¡No seas ingenua! —espetó Ilya, con crueldad—. Yo no voy a vivir de a “medias”. Yo tengo un estatus, tengo gastos. Mira, Galina… lo nuestro estuvo rico, la pasamos bien. Fuiste un escape, una fantasía. Pero la realidad es otra. Yo no voy a dejar a mi familia por una aventura.
—¿Una aventura? —Galina sintió que las lágrimas le quemaban las mejillas—. ¿Eso soy para ti? ¿Un pasatiempo? Destruí mi vida por ti, Ilya. Perdí a mi marido, a mis hijos…
—Nadie te obligó, chula. Tú solita te metiste en esto. Tú querías “vivir”, ¿no? Pues ahí está.
Ilya se levantó, dejando un billete de quinientos pesos sobre la mesa para pagar los cafés que ni siquiera habían probado.
—Hazme un favor y borra mi número. No me busques. Si mi mujer ve que me llamas, me mata. Adiós, Galina. Suerte con tu divorcio.
Se dio la media vuelta y salió del café sin mirar atrás, subiéndose a su camioneta del año.
Galina se quedó sentada, petrificada. La gente a su alrededor platicaba, reía, trabajaba en sus laptops. El mundo seguía girando, pero el de ella acababa de estrellarse contra un muro de concreto.
Se había quedado, como dice el dicho, como el perro de las dos tortas. Sin marido y sin amante. Sin familia y sin dignidad.
Salió del café caminando como una sonámbula. Empezó a llover, una de esas lluvias frías de la Ciudad de México que te calan hasta los huesos. No traía paraguas. Caminó bajo el aguacero, dejando que el agua se mezclara con sus lágrimas, sintiéndose pequeña, vieja y patética.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, la escena era muy distinta.
Igor estaba en la cocina del departamento de Sergio. Olía a gloria: olía a pozole rojo, a orégano y a chiles tostados.
No estaba solo. Junto a la estufa estaba Olga, la hermana de Sergio. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, un poco llenita, con una trenza larga y negra y una sonrisa que iluminaba la habitación. No tenía el glamour artificial de Galina, ni usaba ropa de marca, pero tenía una calidez que Igor no había sentido en décadas.
—Pásame la sal, Igor, por favor —pidió ella, probando el caldo con una cuchara de madera.
Igor se la pasó, rozando sus dedos con los de ella. Sintió una chispa, algo suave y reconfortante.
—Huele riquísimo, Olga. Eres una maga en la cocina.
—Es receta de mi abuela —dijo ella, sonrojándose un poco—. Me da gusto que te guste. Sergio me contó lo que estás pasando. Debe ser muy duro.
Igor se recargó en la encimera, con una cerveza en la mano.
—Lo fue —admitió—. Pero te confieso algo, Olga… me siento más ligero. Me siento como si me hubiera quitado una mochila llena de piedras. Duele, claro que duele la traición. Pero duele más vivir en una mentira. Ahora… ahora siento que puedo respirar.
Olga lo miró con esos ojos oscuros y profundos, llenos de empatía genuina.
—Todo pasa, Igor. A veces Dios nos quita cosas que creemos que amamos para darnos lo que realmente necesitamos. Tienes salud, tienes trabajo, tienes unos hijos que te adoran y tienes amigos. No estás solo.
En ese momento, entró Sergio con unas bolsas de tostadas y crema.
—¡Ya llegó el hambre! —gritó—. ¿Cómo va ese pozole, hermanita?
—Ya está, ya está. Siéntense.
Cenaron los tres entre risas y anécdotas. Igor se sorprendió riéndose a carcajadas de un chiste de Sergio. Hacía años que no se reía así. Miró a Olga, que le servía más maíz en su plato con una delicadeza maternal pero también femenina, y pensó: “Esto es. Esto es un hogar. No los muebles caros, no las apariencias. Es esto. Calor humano.”
Meses después, el divorcio se finalizó.
La audiencia fue rápida y brutal. Galina llegó demacrada, envejecida, sin el brillo de soberbia que solía tener. Intentó pelear por la pensión, pero las pruebas de adulterio eran contundentes. El juez falló a favor de Igor. Se acordó vender el departamento y dividir el dinero a la mitad, ya que estaban por bienes mancomunados. Fue lo único que ella obtuvo: dinero. Dinero que seguramente se gastaría tratando de llenar el vacío que ella misma había cavado.
Cuando salieron del juzgado, Igor caminó hacia la salida con paso firme. Galina lo alcanzó en las escaleras.
—Igor… —lo llamó. Su voz era un hilo débil.
Él se detuvo y se giró. La miró, pero ya no vio a la mujer que amó. Vio a una desconocida triste.
—¿Qué quieres, Galina?
—¿Podemos… podemos hablar algún día? Tal vez, con el tiempo…
Igor negó con la cabeza, tranquilo, sin rencor.
—No, Galina. No hay nada de qué hablar. Ya se dijo todo. Tú escogiste tu camino. Ahora camínalo. Que te vaya bien. De verdad.
Se dio la vuelta y siguió bajando. Abajo, en la banqueta, lo esperaba un coche modesto. En el asiento del copiloto estaba Olga, esperándolo con una sonrisa.
Igor subió al coche.
—¿Todo bien? —preguntó ella, tomándole la mano.
—Todo perfecto —respondió Igor, entrelazando sus dedos con los de ella—. Vámonos. Tengo hambre y se me antojan unos tacos.
El coche arrancó y se perdió en el tráfico de la ciudad, llevándose a un hombre que había sabido renacer de sus cenizas.
Atrás, en la escalinata del juzgado, se quedó Galina. Sola. Viendo cómo su exmarido se iba a ser feliz con otra mujer, mientras ella revisaba su celular, esperando un mensaje de alguien, de quien fuera, que nunca llegaría.
La venganza de Igor no fueron gritos, ni golpes, ni insultos. Su venganza fue ser feliz sin ella. Y esa, sin duda, fue la estocada final que más le dolió a Galina.
FIN