LE PAGUÉ AL HOMBRE MÁS RICO DE MÉXICO CON MIS AHORROS PARA QUE FINGIERA SER MI PAPÁ EN LA ESCUELA… SU RESPUESTA CAMBIÓ MI DESTINO.

CAPÍTULO 1: LA MENTIRA QUE SE ROMPIÓ

El sonido del timbre escolar siempre había sido mi momento favorito del día. Ese briiiing estridente y oxidado que resonaba por los pasillos de concreto pintados de azul rey significaba libertad. Significaba que por unas horas podía dejar de fingir, o al menos, cambiar de escenario. Pero hoy, ese sonido fue como el martillazo de un juez dictando sentencia de muerte.

—Sofía, espera un momento. No guardes tus cosas todavía.

La voz de la Miss Paty flotó sobre el ruido de las sillas arrastrándose y las risas de mis compañeros de 2º “B”. Sentí un hueco en el estómago, esa sensación fría y pegajosa que te da cuando sabes que te cacharon en la movida. Mis manos, pequeñas y con las uñas mordidas hasta la carne, se aferraron a los bordes de mi cuaderno Scribe, ese que ya tenía las espirales de alambre todas chuecas.

—¡Vámonos, güey! ¡El de los elotes ya se puso afuera! —gritó Iker, el niño más latoso del salón, empujando su mochila hacia la salida.

—¡Espérame! —le contestó Rubí, sacudiendo su cabello perfecto y brillante que olía a shampoo de fresa del caro. Antes de salir, Rubí se detuvo en el marco de la puerta y me lanzó esa mirada. Esa maldita mirada que tienen las niñas que saben que son bonitas y tienen dinero. Me escaneó de arriba abajo: mis zapatos escolares negros, boleados con tanto betún para esconder que la piel ya estaba cuarteada, mi suéter que me quedaba un poco grande en las mangas, y mis calcetas que ya habían perdido el resorte. —Bye, “princesa” —susurró con veneno, haciendo comillas con los dedos, y soltó una risita burlona antes de desaparecer por el pasillo.

El salón se quedó en silencio. Solo se escuchaba el zumbido de una lámpara fluorescente que parpadeaba en el techo y los gritos lejanos de los niños en el patio comprando chicharrones y Boings congelados.

Me acerqué al escritorio de la maestra. Miss Paty era buena gente, o al menos eso intentaba. Era una señora de unos cuarenta y tantos, con el cabello teñido de un rubio cenizo que ya dejaba ver las raíces oscuras y unos lentes de armazón grueso que se le resbalaban por la nariz. Siempre olía a café con leche y a gis.

—Siéntate, Sofía —dijo, señalando la silla de plástico frente a ella. No me senté. Sentía que si me sentaba, mis piernas ya no tendrían fuerza para levantarme después.

—¿Hice algo malo, Miss? —pregunté, y odié lo chillona que sonó mi voz.

La maestra se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz. Suspiró, un suspiro largo y cansado de viernes por la tarde. —No es algo que hiciste hoy, Sofía. Es… la situación. He estado cubriendo tu expediente por meses. La directora ya me llamó la atención tres veces esta semana.

El aire se sintió pesado. Sabía lo que venía. Lo había visto en mis pesadillas.

—Nos dijiste que tu papá es un empresario importante, ¿cierto? —La Miss Paty tomó una hoja de papel de mi expediente—. Aquí dice: “Alejandro… bueno, no pusiste apellido, solo dijiste que es el Ingeniero”. Que trabaja en un corporativo en Santa Fe, en esos edificios inteligentes. Que viaja mucho a Monterrey, a Guadalajara, incluso a Houston por negocios de… ¿petróleo?

Asentí lentamente. La mentira sabía a ceniza en mi boca. —Sí, Miss. Es que… él es muy importante. Tiene juntas todo el tiempo. Sus asistentes no lo dejan ni respirar. Apenas y lo veo porque se la vive en el avión.

—Ya veo —dijo ella, y por primera vez noté que no me creía. No del todo. Sus ojos marrones me miraban con una mezcla de lástima y frustración—. Bueno, pues tu papá, el empresario internacional, necesita dejar de viajar y empezar a presentarse en la escuela de su hija.

—Es que ahorita está en Dubai… —intenté agregar, pero ella levantó la mano para detenerme.

—Sofía, basta. Mañana es la junta obligatoria de la Asociación de Padres de Familia. Es la última del ciclo escolar. Se van a tratar temas de reinscripciones y cuotas vencidas.

La palabra “cuotas” me golpeó como una cachetada. —Pero mi papá depositó…

—No, Sofía. No ha depositado. —Su voz se endureció, perdiendo la dulzura—. Debes tres meses de colegiatura, más los materiales del laboratorio, más el seguro escolar. La directora fue muy clara hoy en la mañana: Si mañana a las 8:00 AM no se presenta un adulto responsable —tu papá, tu mamá, o quien sea que esté a cargo de ti— para liquidar la deuda y firmar los papeles, no podrás entrar el lunes.

El mundo se detuvo. Sentí que el piso de loseta blanca se abría bajo mis pies. —¿Me… me van a correr? —susurré.

—Te van a dar de baja administrativa —corrigió ella, usando esas palabras elegantes que usan los adultos para decir cosas horribles—. Sofía, eres una niña muy lista. Tienes buenas calificaciones, aunque te distraes mucho. Pero mis manos están atadas. No puedo seguir inventando excusas ante la dirección. “El papá está de viaje”, “se le olvidó la cartera”, “el chofer no llegó”. Ya nadie se lo traga.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Traté de parpadear para que no cayeran, porque llorar es de débiles, y en mi barrio, si eres débil, te comen vivo. Pero una lágrima traicionera se escapó y rodó por mi mejilla caliente.

—Por favor, Miss Paty… —Mi voz se rompió—. No deje que me saquen. Me gusta esta escuela. Aquí… aquí es mejor que en mi casa. Le juro que mi papá va a venir, solo que está muy ocupado. Trabaja demasiado para darnos lo mejor.

La maestra se levantó y rodeó el escritorio. Por un momento pensé que me iba a abrazar, pero se detuvo. Mantuvo esa distancia profesional que duele más que un regaño. —Lo siento, nena. De verdad. Pero mañana es el límite. 8:00 de la mañana. Si no hay nadie aquí por ti, tendré que entregarle tu lugar a un niño de la lista de espera.

Salí del salón arrastrando los pies. El pasillo estaba desierto ahora, excepto por Don Chuy, el conserje, que ya estaba pasando el trapeador con ese olor fuerte a Fabuloso de lavanda. Me saludó con la cabeza, pero yo no pude responderle.

Caminé hacia la salida, sintiendo el peso de mi mochila como si llevara piedras. Pero lo que más pesaba no eran los libros, era la mentira. Esa mentira gorda, brillante y frágil que había construido ladrillo a ladrillo.

La verdad era mucho más fea, más gris y más dolorosa que cualquier cosa que mis compañeros pudieran imaginar. No tenía un papá rico. No tenía un papá viajero. De hecho, no tenía papá. Ni mamá.

Mi mamá, Zayra, se había ido al cielo cuando yo tenía cuatro años. Un camión urbano que echaba humo negro y manejaba a exceso de velocidad en la Calzada Ignacio Zaragoza se la llevó una noche lluviosa cuando regresaba de trabajar. De mi papá nunca supe nada. Mi mamá decía que era un príncipe que se perdió en el camino, pero mi tía Clara decía que era un “don nadie” que se asustó cuando supo que venía un bebé.

Desde entonces, vivía con mi tío Benjamín, el hermano menor de mi mamá. El tío Beto. Al principio, las cosas no estaban tan mal. Él me quería. Me compraba helados de a cinco pesos los domingos y me dejaba ver caricaturas en su tele vieja. Pero luego conoció a Clara.

Clara. Solo pensar en su nombre me hacía rechinar los dientes. Se casaron rápido y nos mudamos a un departamento minúsculo en una unidad habitacional de Iztapalapa, donde las paredes son tan delgadas que escuchas cuando el vecino estornuda. Clara me odiaba. No era un odio de película, de gritos y golpes todo el tiempo. Era un odio silencioso. Era servirme menos comida que al tío Beto. Era “olvidar” lavarme el uniforme. Era mirarme como si yo fuera una cucaracha que ensuciaba su piso recién trapeado.

Salí de la escuela y el sol de la tarde de la CDMX me golpeó en la cara. El aire olía a smog y a tacos de suadero del puesto de la esquina. Normalmente, me iría corriendo a tomar el microbús para llegar a casa antes de que oscureciera, pero hoy no podía.

Caminé un par de cuadras hasta el parque, me senté en una banca despintada y saqué mi lunch. Una torta aplastada envuelta en servilleta. La abrí. Frijoles. Otra vez frijoles refritos untados en un bolillo duro.

—¡Miren quién está ahí! ¡La hija del millonario comiendo sobras!

Levanté la vista. Era Rubí y su séquito de amigas clonadas. Estaban comprando esquites con mayonesa y queso del bueno. —¿Qué pasó, Sofía? —dijo Rubí, acercándose con esa sonrisa falsa—. ¿Tu papá no te mandó dinero desde París? ¿O es que su jet privado se quedó sin gasolina?

—Déjame en paz, Rubí —murmuré, guardando mi torta rápidamente.

—Ay, qué sensible. —Rubí se rió y le dio un codazo a su amiga—. Oigan, ¿saben lo que me contó mi mamá? Que la tal empresa del papá de Sofía no existe. Dice que seguro es narco o algo así, porque nadie viaja tanto sin subir fotos al Facebook.

—¡Mi papá no es narco! —grité, poniéndome de pie. Mis manos temblaban. —¡Es un hombre de negocios respetable! ¡Es dueño de… de edificios!

—¡Sí, ajá! —Rubí soltó una carcajada que hizo que varios niños voltearan—. Eres una mentirosa, Sofía. Eres una huérfana y una pordiosera. Todos lo saben. Solo te aceptan en la escuela por lástima. “Ay, pobrecita la niña que vive con sus tíos pobres”.

Las palabras se clavaron en mi pecho como cuchillos. Sentí el calor subir a mis mejillas. Quería gritarle, jalarle sus trenzas perfectas, decirle que ella no sabía nada de la vida real. Pero no hice nada. Porque en el fondo, sabía que tenía razón. Era una pordiosera disfrazada.

Agarré mi mochila y salí corriendo del parque. Corrí hasta que me faltó el aire, hasta que las risas de Rubí se perdieron en el ruido del tráfico de la Avenida.

Me detuve en una esquina, jadeando, con las manos en las rodillas. Tenía que hacer algo. No podía ir a casa y decirle al tío Beto que fuera a la escuela. Él ya me había dicho mil veces que no lo molestara con “cosas de niños”. Además, si le decía, Clara se enteraría de la deuda de la colegiatura. El tío Beto me había dado el dinero hace meses, pero… bueno, tuve que usarlo. Lo usé para comprar el uniforme nuevo porque el otro ya no me quedaba, y para comprar comida un día que Clara “olvidó” dejarme llave de la alacena. Si se enteraban, me matarían. O peor, me echarían a la calle.

Saqué el sobre arrugado de la escuela de mi bolsillo. “CITATORIO URGENTE”. Las letras rojas parecían gritarme.

—Piensa, Sofía, piensa —me dije a mí misma, golpeándome suavemente la frente.

Necesitaba un papá. Un papá que se viera bien, que hablara bonito y que tuviera dinero para pagar. O al menos, que fingiera tenerlo. Miré hacia el horizonte, hacia donde se alzaban los rascacielos de Paseo de la Reforma, brillando como joyas bajo el sol. Ahí estaba el dinero. Ahí estaba el poder.

Y ahí trabajaba mi tío Beto. No como empresario, claro. Él era conserje en la Torre Virreyes, ese edificio que parece un dorito gigante invertido. Limpiaba los baños de los ejecutivos que ganaban en un día lo que él ganaba en un año.

Una idea loca, desesperada y terriblemente peligrosa empezó a formarse en mi cabeza. Si mi tío no quería ir a la escuela… tal vez podía obligarlo. Si iba a su trabajo, si lo acorralaba frente a sus jefes, tal vez por vergüenza aceptaría ir. O tal vez… tal vez encontraría otra solución en ese mundo de cristal y aire acondicionado.

Revisé mis bolsillos. Tenía veinte pesos. Lo suficiente para el metro y un jugo. —Pues ya estuvo —susurré, sintiéndome como el personaje principal de una película de acción—. O consigo papá, o me quedo sin escuela.

Caminé hacia la estación del metro. Me mezclé entre la gente, esquivando a los vendedores de discos piratas y a las señoras con bolsas de mandado. El olor a humanidad, a sudor y a garnacha frita llenó mi nariz, pero yo solo tenía un objetivo en mente.

No sabía que ese viaje en metro iba a cambiar mi destino para siempre. No sabía que estaba a punto de conocer al hombre que destruiría mi mentira para construirme una verdad.

Subí al vagón naranja, me agarré del tubo grasoso y miré mi reflejo en la ventana oscura del túnel. Una niña flaca, despeinada, con ojos grandes y asustados. —Aguanta vara, Sofía —me dije a mi reflejo—. Hoy no nos rajamos.

El metro avanzó, llevándome lejos de mi barrio pobre y acercándome al corazón financiero de México, donde los sueños se compran y se venden, y donde yo estaba dispuesta a comprar el mío, costara lo que costara.

CAPÍTULO 2: EL CHOQUE DE DOS MUNDOS

Bajé del microbús en el Paseo de la Reforma sintiéndome como una astronauta que acababa de aterrizar en un planeta alienígena. Atrás había quedado el ruido caótico de los vendedores ambulantes de mi barrio y el olor a aceite quemado. Aquí, el aire olía diferente: a concreto limpio, a gases de escape de autos de lujo y a esa fragancia indescriptible que tiene el dinero.

Frente a mí se alzaba la “Torre Esmeralda”, el edificio donde trabajaba mi tío Beto. Era una bestia de cristal y acero que reflejaba las nubes, tan alta que tuve que doblar el cuello hacia atrás hasta que me dolió para intentar ver la punta. Me sentí minúscula. Una hormiga con uniforme escolar remendado parada frente a un monolito de poder.

Apreté el sobre de la escuela contra mi pecho como si fuera un escudo. El corazón me latía tan fuerte que sentía los golpes en la garganta. Sabía que lo que estaba a punto de hacer era arriesgado, pero el miedo a ser expulsada era más grande que el miedo a que mi tío me regañara. “Es una emergencia”, me repetí a mí misma. “Si le explico bien, va a entender. Él no va a dejar que me corran”.

Caminé hacia la entrada principal. Las puertas giratorias no paraban de moverse, escupiendo y tragando hombres y mujeres vestidos impecablemente. Ellos eran los “Godínez VIP”, gente que caminaba rápido, hablaba por celular con audífonos invisibles y no miraba a nadie a los ojos.

Intenté entrar, pero dos armarios humanos con trajes negros y audífonos en el oído me bloquearon el paso. Eran los guardias de seguridad, con caras de piedra y posturas de estatuas.

—¡Hey, hey! ¿A dónde vas, niña? —dijo uno de ellos, poniéndose frente a mí como una barrera de carne y hueso. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis zapatos gastados y mi mochila deshilachada. Aquí, la pobreza se notaba a kilómetros.

—Buenas tardes, señor —dije, tratando de sonar educada y segura, aunque me temblaban las rodillas—. Vengo a ver a mi tío. Trabaja aquí.

El guardia intercambió una mirada burlona con su compañero. —¿Tu tío? Aquí no es guardería, chamaca. ¿Dónde están tus papás?.

—Es urgente, de verdad —insistí, alzando el sobre—. Tengo que entregarle esto. Es… es de vida o muerte. Si no hablo con él, me van a correr de la escuela.

El segundo guardia, un hombre mayor con bigote canoso, se acercó un paso, un poco menos agresivo pero igual de firme. —¿Cómo se llama tu tío?

—Benjamín… Benjamín López.

El guardia sacó una lista de un podio metálico y pasó el dedo por los nombres. Frunció el ceño. —Aquí no hay ningún Licenciado López.

Sentí que la cara me ardía de vergüenza. —No es licenciado. Es… es de intendencia. Es conserje.

Los guardias soltaron una risita seca, de esas que duelen más que un insulto. —Ah, el de la limpieza. Hubieras empezado por ahí —dijo el primero, perdiendo todo el interés—. Nosotros no conocemos a los de limpieza. Entran por la puerta de servicio, atrás.

—¡Pero necesito verlo ya! —grité, desesperada—. ¡Por favor! ¡Solo son cinco minutos! Díganle que Sofía está aquí.

El guardia del bigote suspiró, claramente fastidiado por mi escándalo que empezaba a llamar la atención de los ejecutivos que entraban y salían. —Está bien, está bien. Cálmate. Voy a vocearlo. Pero si no sale rápido, te vas.

Habló por su radio en voz baja. Me quedé parada en la banqueta caliente, sintiendo las miradas de desprecio de la gente “bien”. Me sentí sucia. Sentí que estorbaba en su mundo perfecto de mármol y vidrio.

Cinco minutos, que parecieron cinco horas, pasaron. Finalmente, las puertas giratorias se abrieron y salió él. Mi tío Beto. Pero no corrió a abrazarme. No tenía esa sonrisa cálida que solía tener cuando yo era chiquita y me cargaba en sus hombros. Venía con el uniforme gris de la empresa, trapo en mano, y una expresión en el rostro que me heló la sangre. Estaba furioso.

Caminó hacia mí con pasos pesados, mirando a los lados como asegurándose de que nadie importante lo viera conmigo. —¡Sofía! —siseó entre dientes cuando llegó a mi lado, agarrándome del brazo con fuerza—. ¿Qué demonios haces aquí?.

—Tío… —empecé, pero las palabras se me atoraron—. La maestra… la carta…

—¿Estás loca? —me interrumpió, su voz subiendo de tono pero contenida, llena de veneno—. ¿Vienes a mi trabajo así? ¡Mírate! ¿Te bañaste siquiera? Pareces una pordiosera.

—¡Sí me bañé! —protesté, con lágrimas picándome los ojos—. Es el uniforme, ya está viejo… Tío, por favor, escucha. Mañana es la junta. La maestra dijo que si no vas, me expulsan. Tienes que ir. ¡Es urgente!.

Él soltó mi brazo como si quemara y se pasó la mano por el pelo, exasperado. —¡Estoy trabajando, Sofía! ¿No entiendes? No puedo salirme así nada más. Si mi supervisor me ve aquí perdiendo el tiempo contigo, me va a correr. Y si me corren, ¿quién te va a dar de tragar? ¿Eh?.

—Pero solo es mañana en la mañana… solo una hora… —supliqué, juntando las manos—. Prometo que no te vuelvo a molestar. Pero no quiero dejar la escuela.

—¡No puedo! —gritó, y esta vez un par de personas voltearon a ver—. ¡Estoy muy ocupado! Tengo deudas, Sofía. Clara está embarazada. No tengo tiempo para tus dramas escolares. ¡Vete a la casa!.

—Pero tío… si no vas, me echan…

—¡Pues que te echen! —explotó. La frase quedó flotando en el aire, cruel y definitiva—. ¡Ya estoy harto de cargarte! ¡Búscate a otro que te resuelva! ¡Lárgate ya antes de que me metas en problemas!.

Se dio la media vuelta y entró corriendo al edificio, desapareciendo tras el cristal polarizado. Ni siquiera miró atrás.

Me quedé ahí, petrificada. El guardia de seguridad se acercó y me hizo un gesto con la mano, como quien espanta a un perro callejero. —Ya oíste a tu tío, niña. Circúlale. No puedes estar estorbando la entrada.

Di un paso atrás, luego otro. El rechazo de mi tío dolía más que cualquier golpe físico. Era la única familia que me quedaba, y me acababa de decir en la cara que yo era una carga. Que no le importaba si me quedaba sin estudiar. “Que te echen”, había dicho.

Las lágrimas brotaron finalmente, calientes y abundantes, nublando mi vista. Me di la vuelta y empecé a caminar sin rumbo por la banqueta ancha de Reforma. No veía por dónde iba. El mundo era una mancha borrosa de colores y luces. Solo escuchaba el ruido de mi propio llanto ahogado y el flip-flop de mis sandalias viejas contra el pavimento.

Me sentía sola. Absolutamente sola en una ciudad de veinte millones de habitantes. ¿Qué iba a hacer? ¿A dónde iba a ir? No podía regresar a casa y verle la cara a Clara, sabiendo que mi tío no iría a la escuela. Mi vida escolar se había acabado. Mi futuro se había acabado a los siete años.

Caminé arrastrando los pies, con la cabeza gacha, sorbiendo los mocos y limpiándome la cara con la manga del suéter. No presté atención a las señales de tránsito, ni a la gente que se apartaba de mí con asco. Solo quería desaparecer.

Y entonces, sucedió. No vi la figura alta que venía caminando en sentido contrario. No vi el maletín de piel, ni los zapatos brillantes. Solo sentí el impacto.

¡PUM!.

Choqué de frente contra algo sólido como una pared de ladrillos. El golpe me tomó por sorpresa y me mandó volando hacia atrás. Aterricé de sentón en el suelo duro con un thud dramático que me sacudió hasta los dientes.

—¡Aaaay! —grité instintivamente, más por el susto que por el dolor.

Me quedé en el suelo un segundo, aturdida. Frente a mí, vi primero unos zapatos. Negros. Impecables. Brillaban tanto que parecían de charol, pero se notaba que era piel italiana de la cara. Subí la mirada por unos pantalones de traje perfectamente planchados, un saco oscuro que costaba más que la casa donde yo vivía, y finalmente, llegué al rostro.

Era un hombre. Un hombre altísimo, imponente. Tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás con gel, una mandíbula cuadrada que parecía cincelada y unos ojos oscuros que me miraban con una mezcla de sorpresa y molestia. Sostenía un maletín negro en una mano y un celular en la otra.

Era la imagen viva del poder. Parecía uno de esos modelos de revista, o el villano guapo de las telenovelas que ve mi tía Clara. Tenía ese aire de quien ordena champaña para desayunar y despide gente antes del almuerzo.

Pero en ese momento, tirada en el suelo, con mi vida hecha pedazos, algo hizo clic en mi cerebro. Una chispa de supervivencia se encendió en medio de mi tristeza. Ese hombre… ese hombre se veía exactamente como el papá mentiroso que yo había inventado. Alto, rico, poderoso. “Encajaría perfecto en el papel”, pensé, mientras mi mente empezaba a girar más rápido que las ruedas del metro.

El hombre, Alejandro Elizondo —aunque yo todavía no sabía su nombre—, me miró desde su altura olímpica y frunció el ceño. —¿No te fijas por dónde caminas, niña? —me soltó con una voz grave y autoritaria.

En lugar de asustarme, en lugar de pedir perdón y salir corriendo como hubiera hecho la Sofía de ayer, la nueva Sofía, la desesperada, la que no tenía nada que perder, tomó el control. Me levanté tambaleándome, sacudiéndome el polvo invisible de mi falda.

—¡No! —le contesté, mirándolo directo a los ojos—. ¡Usted debería fijarse! ¡Acaba de atropellar a una menor de edad!.

Alejandro parpadeó. Claramente, no estaba acostumbrado a que nadie le respondiera, mucho menos una niña mugrosa de siete años en plena calle. —Perdón, ¿qué dijiste? —preguntó, incrédulo.

—¡Dije que usted me tiró! —grité, subiendo el volumen para que la gente empezara a voltear—. ¡Ay! ¡Mi espalda! ¡Mis piernas! —De repente, me doblé de dolor, haciendo una mueca exagerada—. ¡Creo que me rompió algo! ¡Ay, Dios mío, mis huesos!.

Me dejé caer de nuevo al suelo, esta vez con más teatralidad, agarrándome la pierna derecha. —¿Qué? —Alejandro dio un paso atrás, confundido—. ¿Estás loca? Apenas te toqué. ¿De qué estás hecha, de vidrio?.

—¡Soy una niña en crecimiento, soy muy frágil! —lloriqueé, cruzando los brazos y haciendo un puchero—. ¡Usted es un adulto grandote y me empujó! ¡Mire cómo me dejó!.

Alejandro miró a su alrededor. Era la hora de la salida de las oficinas. La gente empezaba a detenerse. El morbo mexicano es poderoso. —Mira, niña, tengo prisa. Llego tarde a una junta —dijo él, sacando la cartera como si quisiera darme un billete para que me callara.

—¡No quiero su dinero sucio! —le grité (aunque en realidad sí lo quería, pero necesitaba algo más grande)—. ¡Usted lastimó a una menor! ¡Debe hacerse responsable!.

—Tú chocaste conmigo —respondió él, perdiendo la paciencia, su voz endureciéndose—. No venías viendo el camino.

—¡Usted es el adulto! ¡Se supone que debe cuidar a los niños! —le disparé de vuelta, con la lógica infalible de la infancia —. ¡Lléveme al hospital ahora mismo o voy a gritar! ¡Voy a llamar a la policía! ¡Auxilio! ¡Este señor me está agrediendo!.

Alejandro cruzó los brazos sobre su pecho ancho y me miró. Por un segundo, vi una chispa de diversión en sus ojos, pero desapareció rápido cuando notó lo que estaba pasando alrededor.

La gente ya había formado un círculo. Y lo peor de todo: los celulares habían salido. —¡Grábalo, grábalo! —escuché decir a un señor de traje—. Es Elizondo, el dueño de la constructora.

—¡No manches, está regañando a una niña pobre! —dijo una señora con bolsas de Liverpool—. ¡Qué poca madre!

—¡Vamos a subirlo a Twitter! #LordAtropellador —se rió un joven apuntando su cámara directo a la cara de Alejandro.

Alejandro se puso pálido. Sabía lo que significaba eso. En México, una reputación se destruye en tres minutos si te conviertes en tendencia. Podía perder millones en acciones si el video se hacía viral con el título equivocado: “Tirano millonario humilla a niña de la calle”.

Me di cuenta de su miedo y subí la apuesta. —¡Aaaay! ¡Mi pierna! —empecé a gemir más fuerte, retorciéndome en el piso—. ¡Creo que ya no la siento! ¡Me voy a quedar paralítica!.

La multitud murmuró indignada. Alejandro miró a su chofer, que acababa de llegar en una camioneta Mercedes negra blindada y observaba la escena con la boca abierta. —Maldita sea —murmuró Alejandro entre dientes—. Vámonos de aquí antes de que sea la nota roja de mañana.

Sin decir una palabra más, se agachó. Pensé que me iba a levantar de la mano, pero no. Pasó un brazo por debajo de mis rodillas y otro por mi espalda y me levantó en vilo, como si yo fuera una pluma, cargándome al estilo nupcial, como una princesa que se acaba de desmayar en el baile.

El público soltó un “Oooh” colectivo. —¡Miren, la está ayudando! —dijo alguien. —¡Qué caballero! —suspiró una señora.

—¿Qué hace? —susurré, agarrándome de su cuello porque de repente estaba muy alto. Olía increíblemente bien, a madera y a cítricos caros. Su traje se sentía suave contra mi piel rasposa.

—Te llevo al hospital —dijo él secamente, caminando rápido hacia el coche—. Antes de que me linchen.

El chofer abrió la puerta trasera del Mercedes. Alejandro me depositó con cuidado en el asiento de piel color crema, que era más suave que mi cama y la de mi tío juntas. Luego, él se subió del otro lado y cerró la puerta. El ruido de la calle desapareció al instante, reemplazado por un silencio hermético y el zumbido suave del aire acondicionado.

El coche arrancó, alejándonos de la multitud curiosa. Me acomodé en el asiento, sintiéndome como la realeza. Pasé la mano por la vestidura. Era real. Todo era real. Miré a Alejandro. Él estaba recargado en su asiento, aflojándose la corbata, mirándome de reojo con una mezcla de incredulidad y fastidio.

—¿Contenta? —preguntó—. Ya te secuestré. Ahora vamos al hospital a ver esos huesos de cristal tuyos.

Yo no podía dejar de sonreír. Había olvidado el dolor, el rechazo de mi tío y el miedo a la expulsión. —Es usted muy guapo —le solté de la nada, mirándolo con ojos de borrego a medio morir. Si iba a jugar este juego, tenía que ganarme su simpatía.

Alejandro se atragantó con su propia saliva y me miró con los ojos muy abiertos. —¿Qué? —preguntó, incómodo.

—Que es usted muy guapo y muy amable —repetí con mi mejor sonrisa inocente—. Gracias por rescatarme, aunque usted me tiró.

—Yo no te… —empezó a protestar, pero luego negó con la cabeza, derrotado—. ¿Cómo sabes que no te voy a secuestrar de verdad?.

Me encogí de hombros, recargándome en el respaldo de lujo. —No me importaría —dije con total honestidad—. Al menos me daría de comer cosas ricas y me compraría vestidos bonitos. ¿Me va a secuestrar, señor?.

Alejandro soltó una carcajada involuntaria. Fue un sonido corto, sorprendido. Negó con la cabeza y miró por la ventana para ocultar una media sonrisa. —¿Qué clase de niña eres? —murmuró para sí mismo.

El chofer nos miró por el retrovisor, pero sabiamente no dijo nada. El coche se deslizaba por las calles de la ciudad, rumbo a la zona de hospitales privados. Yo miraba a Alejandro, no solo como mi salvador del momento, sino como la pieza clave de mi plan maestro. Tenía el traje. Tenía el coche. Tenía la actitud.

—Oiga, señor —dije, rompiendo el silencio—. ¿Usted tiene hijos?

—No —respondió cortante.

—Perfecto —pensé.

Alejandro se giró hacia mí, y su rostro se puso serio otra vez. —Bueno, pequeña estafadora. ¿Dónde están tus papás?.

La sonrisa se me borró de la cara como si hubieran bajado el switch de la luz. La pregunta dolió más que el golpe en la calle. Bajé la cabeza y empecé a jugar con el dobladillo descosido de mi falda. El recuerdo de mi mamá, la ausencia de mi papá, el rechazo de mi tío… todo se agolpó en mi garganta.

No contesté. No podía. Alejandro me observó en silencio. Fue un silencio diferente, menos hostil. Creo que vio algo en mí. Tal vez vio que, debajo de la actuación de niña berrinchuda, había una tristeza real y profunda. No volvió a preguntar.

Se quedó mirándome el resto del viaje, como si tratara de resolver un rompecabezas. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me veía de verdad. El destino nos había chocado en esa banqueta, y aunque él todavía no lo sabía, ya no iba a poder deshacerse de mí tan fácilmente. La “Operación Papá” acababa de comenzar.

CAPÍTULO 3: EL NEGOCIO DEL SIGLO EN LA SUITE PRESIDENCIAL

La camioneta blindada se detuvo suavemente frente a la entrada de urgencias del Hospital Ángeles del Pedregal. Nunca en mi vida había estado en un lugar así. Mi experiencia con los doctores se limitaba a las largas filas en el centro de salud de la colonia, donde el olor a cloro te quemaba la nariz y las sillas de metal te dejaban las nalgas dormidas.

Esto era diferente. Esto era otro planeta.

La entrada parecía el lobby de un hotel de cinco estrellas en Cancún. Había valet parking, fuentes de agua cristalina y una puerta giratoria de cristal tan limpia que parecía invisible. El chofer, un hombre robusto llamado Rogelio (lo supe porque Alejandro le dijo “Roge, avísales que llegamos”), bajó corriendo para abrirnos la puerta.

Alejandro ni siquiera esperó a que trajeran una silla de ruedas. Me cargó de nuevo. Sus brazos eran fuertes y seguros, y por un momento, cerré los ojos y fingí que no estaba actuando. Fingí que realmente era mi papá preocupado porque su hija se había lastimado.

—¡Necesito un médico! —ladró Alejandro en cuanto cruzamos el umbral. Su voz resonó en el vestíbulo de mármol, haciendo que tres enfermeras y dos recepcionistas saltaran de sus asientos como si tuvieran resortes.

—Señor Elizondo —dijo una recepcionista, pálida como un fantasma, corriendo hacia nosotros—. No sabíamos que venía. ¿Qué pasó? ¿Es… es su hija?

La pregunta quedó flotando en el aire. Alejandro no contestó. —Se cayó en la calle. Dice que le duele la espalda y las piernas. Quiero al Doctor Paz, ahora. Y preparen la suite.

—¿La suite, señor? —La mujer parpadeó, mirando mi uniforme escolar desgastado y mis calcetas percudidas que contrastaban violentamente con el traje italiano de Alejandro—. Pero para urgencias…

—Dije la suite —cortó él, con esa mirada que podría congelar el infierno—. Y rápido. No tengo todo el día.

Caminamos —bueno, él caminó conmigo en brazos— por pasillos que olían a lavanda y silencio. No se escuchaban gritos de niños llorando, ni gente tosiendo. Solo el suave zumbido del aire acondicionado y el tac-tac-tac de los zapatos caros de Alejandro contra el piso pulido.

Me llevaron al “Ala VIP”. Cuando abrieron la puerta de la habitación, casi se me cae la mandíbula. ¿Eso era un hospital? ¡Era más grande que todo el departamento donde vivía con mi tío! Tenía una cama enorme con botones para moverla, un sofá de piel para las visitas, una televisión plana gigante en la pared y, lo más increíble de todo, un frigobar y una vista panorámica de la ciudad.

—Acuéstala ahí, con cuidado —ordenó Alejandro. Las enfermeras me depositaron en la cama como si fuera una muñeca de porcelana china. Las sábanas estaban tan blancas y frescas que me dio miedo ensuciarlas con mis zapatos viejos.

—Huele a rico —susurré sin querer.

Alejandro, que se había quedado de pie junto a la ventana aflojándose el nudo de la corbata, volteó a verme. —¿Qué dijiste?

—Que huele a rico —repetí, pasando la mano por la sábana—. ¿Así se curan los ricos? ¿Con aire acondicionado y tele?

Él rodó los ojos, pero vi que la comisura de sus labios temblaba, como si quisiera sonreír. —Así se curan los exagerados que se tiran al piso —respondió.

En menos de tres minutos, la puerta se abrió y entró un hombre bajito, con una calva brillante y lentes redondos. Era el Doctor Paz. Se veía que había corrido, porque estaba un poco rojo y se acomodaba la bata.

—Señor Elizondo, qué sorpresa… qué… —El doctor miró a Alejandro y luego a mí—. ¿Qué tenemos aquí?

—Atropellamiento… técnico —dijo Alejandro, cruzando los brazos—. Dice que le rompí las piernas y la espalda. Revísala bien, Paz. Hazle radiografías, escáneres, lo que sea. No quiero que luego me demanden por negligencia.

El doctor se acercó a mí. Olía a menta. —Hola, pequeña. ¿Cómo te llamas? —Sofía —dije con voz temblorosa. La actuación debía continuar. —Muy bien, Sofía. A ver, ¿dónde te duele?

Empezó el examen. Me tocó las rodillas, los tobillos, la columna. Me hizo levantar las piernas, girar los pies. Sacó un martillito y me pegó en la rodilla, y mi pierna saltó sola. —¡Ay! —grité por si las dudas.

El Doctor Paz frunció el ceño. Me revisó las pupilas con una linparita. Escuchó mi corazón y mis pulmones. Luego, se quitó el estetoscopio y se quedó mirándome fijamente unos segundos. Yo le sostuve la mirada, intentando poner cara de sufrimiento extremo.

Finalmente, el doctor se giró hacia Alejandro. —Señor Elizondo… —¿Qué tiene? —preguntó Alejandro, preocupado—. ¿Fractura? ¿Fisura?

El doctor suspiró y una sonrisa divertida apareció en su cara. —La niña está en perfectas condiciones, señor. Sus huesos están más fuertes que el concreto. No tiene ni un moretón.

Alejandro me fulminó con la mirada. —¿Entonces por qué gritaba como si la estuvieran matando?

El doctor me miró de nuevo, pero esta vez con suavidad. Puso una mano en mi estómago, que en ese preciso momento decidió traicionarme y soltó un rugido gutural, fuerte y prolongado: Grrrroooaaarr. Sonó como si tuviera un oso polar encerrado en las tripas.

—Lo que tiene, señor Elizondo… es hambre —diagnosticó el doctor—. Una desnutrición leve, se le notan un poco las costillas, y un hambre voraz. Probablemente no ha comido bien en días.

El silencio en la habitación fue absoluto. Sentí que la cara se me ponía roja como un tomate. Mi gran mentira de huesos rotos había sido desenmascarada por mi propia panza. Bajé la cabeza, avergonzada. Se acabó. Ahora sí me iba a entregar a la policía. O peor, me iba a devolver a la calle con mi tío.

Pero Alejandro no gritó. Escuché que soltaba el aire despacio. —¿Hambre? —preguntó en voz baja. —Sí, señor —dijo el doctor—. Recomiendo una comida completa. Y vitaminas. Eso es todo.

Alejandro asintió y sacó su celular. —Gracias, Paz. Déjanos solos. Y dile a Rogelio que suba.

Cuando el doctor salió, Alejandro se acercó a la cama. Yo seguía mirando mis manos, esperando el regaño. —Eres increíble —dijo, y su voz no sonaba enojada, sonaba… ¿impresionada?—. Armaste un escándalo en Reforma, casi me infartas a mí y a medio mundo, ¿solo porque tenías hambre?

Alcé la vista. —Le dije que era frágil —me defendí en un susurro—. No dije de qué.

Alejandro negó con la cabeza y marcó un número en su celular. —Rogelio, olvida la cafetería del hospital. Ve al restaurante de enfrente, el de cortes. Pide… —me miró— ¿Qué te gusta comer, niña?

—¿Cualquier cosa? —pregunté, con los ojos brillando. —Lo que sea. —Tacos —dije sin dudarlo—. Y arroz. Y frijoles que no sepan a quemado. Y un jugo de naranja. Y… ¿puedo pedir postre?

Alejandro habló al teléfono. —Trae un kilo de arrachera, tortillas hechas a mano, guacamole, arroz, frijoles charros, jugo natural y… flan. Sí, todo para llevar. Rápido.

Veinte minutos después, la habitación olía a gloria. Rogelio entró con varias bolsas de papel y desplegó un banquete sobre la mesa deslizable de la cama. Cuando vi la carne jugosa, el guacamole verde brillante y las tortillas humeantes, casi lloro de verdad. —¿Todo esto es para mí? —pregunté. —Cómetelo antes de que me arrepienta —dijo Alejandro, sentándose en el sofá de piel y cruzando las piernas.

Comí como si fuera mi última cena. Agarraba la tortilla, le ponía carne, salsa, limón y adentro. No me importaron los modales. No me importó que el hombre más rico de México me estuviera viendo. El sabor de la carne real, no de soya, me hizo sentir viva otra vez. Alejandro me observaba en silencio, con una expresión indescifrable. A veces miraba su reloj, a veces me miraba a mí.

—Despacio, Godzilla —dijo cuando me estaba atragantando con el tercer taco—. Te va a dar el “mal del puerco” y te vas a dormir.

—No me importa —dije con la boca llena—. Si me muero ahorita, me muero feliz.

Cuando terminé, me limpié la boca con la servilleta de tela y me recargué en las almohadas, sobando mi panza llena. Me sentía valiente. La comida te da valor. Alejandro se levantó y se alisó el saco. —Bueno, Sofía. Ya te revisaron, ya comiste como náufrago. Mi chofer te va a llevar a tu casa. ¿Dónde vives?

Era el momento. El “ahora o nunca”. Me enderecé en la cama y puse mi cara más seria, la cara que ponía cuando negociaba el precio de los chicles en el metro.

—Señor Alejandro —dije. Ya había escuchado su nombre cuando el doctor lo saludó—. Todavía no me puedo ir. Tenemos un asunto pendiente.

Él alzó una ceja, esa ceja perfecta y negra. —¿Ah sí? ¿Qué asunto? ¿Me vas a demandar por indigestión?

—No. Le tengo una propuesta de negocios.

Alejandro soltó una risa corta, incrédula. —¿Negocios? ¿Tú? ¿Conmigo? Niña, yo compro edificios antes del desayuno. ¿Qué negocio puedes ofrecerme tú?

—Un servicio —dije firmemente—. Un servicio de actuación.

—¿De qué estás hablando?

Tomé aire. Aquí venía la verdad, o al menos, una parte de ella. —Necesito que finja ser mi papá por tres días.

El silencio volvió a la habitación, pero esta vez fue pesado, denso. Alejandro me miró como si me hubiera salido un tercer ojo. —¿Perdón? —dijo, acercándose un paso—. Creo que escuché mal. ¿Quieres que finja ser qué?

—Mi papá —repetí, sin bajar la mirada—. Solo por tres días. Mañana, pasado y el viernes. Es para la escuela.

Alejandro se pasó la mano por el cabello, despeinándose un poco por primera vez. —¿Por qué haría yo eso? —preguntó, ya no divertido, sino confundido—. ¿Por qué mentiste sobre tu papá en primer lugar?

—Es complicado —dije, mirando mis manos—. En mi escuela… si no tienes papás, eres nadie. Rubí, una niña de mi salón, me dijo que era una huérfana y una pordiosera. Se ríen de mí porque mi lunch es feo y mis zapatos están rotos. Así que… inventé uno.

—Inventaste un papá —repitió él.

—Sí. Dije que era rico, que viajaba mucho, que era importante. Como usted. —Lo señalé—. Usted se ve exactamente como el papá que inventé. Tomé el jugo de naranja y le di un trago largo para mojar mi garganta seca. —Y ahora, la maestra dice que si mi papá no va a la junta de mañana, me van a expulsar. Mi tío no quiere ir. No tengo a nadie más.

Alejandro se quedó callado. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera, hacia las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. Su espalda se veía ancha y solitaria. —¿Dónde están tus verdaderos papás? —preguntó sin voltear.

—Mi mamá se murió —dije suavemente—. Y mi papá… nunca lo conocí.

Vi que sus hombros se tensaron, pero no dijo nada. Metí la mano a la bolsa de mi suéter y saqué mi tesoro. Un billete de 200 pesos, arrugado y viejo, dos monedas de diez pesos y una de cincuenta centavos. Caminé descalza sobre el piso frío hasta donde él estaba y puse el dinero en la mesita de cristal junto al sofá.

—Le pago —dije.

Alejandro se giró y miró el montoncito de dinero. —¿Qué es esto?

—Doscientos veintitantos pesos —dije con orgullo—. Es todo lo que tengo. Son mis ahorros de un año. Le pago para que sea mi papá.

Él me miró a los ojos, luego al dinero, y luego a mí otra vez. —¿Me quieres contratar… a mí… a Alejandro Elizondo… por 200 pesos? —Su voz era una mezcla de incredulidad y algo más que no supe identificar.

—Sé que usted gana más —admití rápidamente—. Pero puedo pagarle el resto a plazos. Puedo lavarle el coche. Puedo… puedo bolearle los zapatos. Soy buena boleando.

Alejandro se quedó inmóvil. Parecía una estatua de cera. Por un segundo pensé que iba a llamar a seguridad para que me sacaran por insolente. Pero entonces, sucedió el milagro.

Empezó a reírse. No fue la risa burlona de los guardias. No fue una risa educada. Fue una carcajada profunda, ruidosa, que venía desde el estómago. Se rió tanto que tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá. Se rió hasta que se le pusieron los ojos llorosos. Era el sonido de un hombre que llevaba mucho tiempo sin reírse de verdad.

—¡Estás loca! —exclamó entre risas, negando con la cabeza—. Completamente loca. ¡Doscientos pesos! ¡Dios mío!

—¿Eso es un no? —pregunté, preocupada.

Él se limpió una lágrima de la esquina del ojo y suspiró, recuperando la compostura, aunque una sonrisa seguía bailando en sus labios. Tomó el billete de 200 pesos con dos dedos, lo levantó a la luz y lo observó como si fuera una reliquia arqueológica.

—Sabes… mis abogados cobran cinco mil dólares la hora —dijo—. Mi tiempo vale mucho más que esto.

Mi corazón se hundió. —Ya sé… perdón por molestar…

—Pero —interrumpió él, guardando el billete en el bolsillo interior de su saco de diseñador, justo al lado de su corazón—, resulta que estoy aburrido. Y tú… tú eres el negocio más interesante que se me ha cruzado en años.

Abrí los ojos como platos. —¿Entonces…?

—Entonces acepto el trato —dijo Alejandro, extendiéndome la mano—. Pero con condiciones. Si voy a ser tu papá, lo vamos a hacer bien. Nada de medias tintas. Elizondo no hace cosas a medias.

Estreché su mano gigante con mi manita pegajosa de dulce. —¡Trato hecho!

—Trato hecho. Mañana a las 8:00 AM en tu escuela. Y por el amor de Dios, límpiate la cara, tienes frijol en la mejilla.

Sonreí. Una sonrisa enorme que me dolía en las cachetes. —Gracias… papá —probé la palabra.

Él hizo una mueca extraña, como si le hubiera picado una abeja, pero asintió. —Vamos. Te llevo a tu casa. Mañana empieza el show.

Mientras salíamos del hospital, con él caminando a mi lado ya no como un extraño, sino como mi cómplice, sentí que por primera vez en mi vida, la suerte estaba de mi lado. No sabía por qué había aceptado. Tal vez le di lástima. Tal vez le di risa. O tal vez, solo tal vez, él también necesitaba a alguien, aunque fuera por 200 pesos y tres días.

Lo que no sabía era que esos tres días iban a convertirse en una eternidad. Y que ese billete arrugado iba a comprar mucho más que una actuación; iba a comprar una familia.

CAPÍTULO 4: LA CENICIENTA DE IZTAPALAPA Y EL PRÍNCIPE DE LAS LOMAS

Esa noche, Alejandro Elizondo llegó a su mansión en Lomas de Chapultepec tarareando. Era algo extraño. Los empleados de la casa —la cocinera, el jardinero y las mucamas— intercambiaron miradas nerviosas. El “Señor Hielo”, como le decían a espaldas, nunca tarareaba. Usualmente entraba hablando por teléfono, ladrando órdenes o con la cara enterrada en su tablet revisando el precio del dólar.

Pero hoy no. Hoy entró girando las llaves de su Mercedes en el dedo.

En la sala principal, sentada en un sillón Luis XV que costaba más que la escuela entera de Sofía, estaba Doña Tere. Su madre. Una mujer de setenta años con el cabello platinado perfectamente peinado, uñas de manicura francesa y una mirada que podía detectar una mentira a tres kilómetros de distancia. Estaba bordando, o fingiendo bordar, mientras veía de reojo la novela de las nueve.

—Buenas noches, madre —dijo Alejandro, tirando el saco en el sofá, algo que jamás hacía.

Doña Tere bajó sus lentes de lectura y lo escaneó como si fuera un código de barras defectuoso. —¿Y a ti qué mosca te picó? —preguntó, clavando la aguja en la tela con precisión quirúrgica —. Entras cantando, tiras la ropa… ¿Estás borracho o te pegaste en la cabeza?

Alejandro se aflojó la corbata y se sirvió un vaso de agua con hielos del bar de cristal. —Ninguna de las dos. Estoy… entretenido. Hoy hice un negocio interesante.

Doña Tere alzó una ceja pintada. —¿Ah sí? ¿Compraste otro hotel? ¿Fusionaste otra empresa? Qué aburrido.

—No. Me contrataron. —Alejandro sonrió, esa sonrisa que le marcaba los hoyuelos—. Una clienta muy exclusiva. Me pagó por adelantado para un servicio especial de tres días.

La señora dejó el bordado y se enderezó, con el instinto maternal en alerta máxima. —¿Una mujer? —susurró, con un brillo de esperanza en los ojos—. ¡Alejandro! ¿Por fin estás saliendo con alguien? ¿Quién es? ¿Es de buena familia? ¿Es la hija de los Garza?

Alejandro soltó una carcajada corta. —Su nombre es Sofía. Y sí, es una mujer… en proceso. Tiene siete años, mamá.

Doña Tere lo miró como si hubiera empezado a hablar en chino mandarín. —¿Qué?

—Me contrató para ser su papá fingido. Me pagó doscientos pesos.

La mandíbula de Doña Tere casi toca el suelo. Se quedó en silencio unos segundos, procesando la información. Luego, se levantó, caminó hacia él y le puso una mano en la frente. —No tienes fiebre. Entonces te volviste loco. ¿Tú? ¿Alejandro Elizondo? ¿Haciendo de papá por doscientos pesos? Tú no mueves un dedo por menos de un millón.

—Es una niña especial, mamá. Tiene agallas. Me recordó a… bueno, tiene carácter. Mañana empiezo.

Alejandro subió las escaleras hacia su habitación, dejando a su madre parada en medio de la sala, murmurando oraciones y preguntándose si debería llamar al psiquiatra o al sacerdote.


A la mañana siguiente, el despertador de Alejandro sonó a las 6:00 AM. Usualmente, se levantaba con pesadez, pensando en demandas y correos electrónicos. Hoy, saltó de la cama. Se metió a la ducha y salió con una toalla en la cintura, parándose frente a su vestidor que era del tamaño de una boutique.

Empezó el ritual. Se puso una camisa blanca impecable, almidonada. Luego, los pantalones del traje azul marino. Y entonces, llegó el problema de la corbata. Se probó una roja. Muy agresiva. Parecía político en campaña. Se la quitó y agarró una gris. Muy aburrida. Parecía contador en época de declaraciones. Se la quitó y aventó a la cama con frustración.

—¡Por el amor de Dios, Alejandro! —La voz de Doña Tere sonó desde la puerta. Estaba recargada en el marco, cruzada de brazos, viéndolo luchar contra la seda—. Llevas veinte minutos ahí. Ni cuando ibas a tu graduación te ponías tan nena.

—Quiero verme bien —dijo él, defensivo, mirándose al espejo—. Tengo que parecer un papá exitoso, pero accesible. Un papá que quiere a su hija.

—Ponte la azul rey —dijo ella, señalando con el dedo—. Te hace ver menos… tiburón y más humano. Y péinate bien ese remolino.

Alejandro obedeció. Se puso la corbata azul. Se miró al espejo. Sí. Se veía bien. Se veía como un papá. O al menos, como la idea que él tenía de un papá, ya que el suyo había sido una figura ausente y fría. —Gracias, jefa —le dijo a su madre, dándole un beso en la frente antes de bajar corriendo.


A las 7:45 AM, la camioneta Mercedes negra se estacionó a una cuadra de mi escuela. Yo estaba parada en la esquina desde las 7:30, temblando de frío y de nervios. Mi uniforme estaba limpio —lo había lavado a mano la noche anterior y lo sequé con la plancha—, pero mis zapatos… mis zapatos eran un desastre. El betún ya no cubría las grietas. Y mi cabello… bueno, mis trenzas se veían tristes, con ligas de diferentes colores porque se me habían roto las pares.

Cuando vi la camioneta, el corazón se me subió a la garganta. “¿Y si no viene?”, pensé. “¿Y si fue una broma? ¿Y si se burló de mis 200 pesos?”. Pero la ventana polarizada bajó y ahí estaba él. Con lentes oscuros y esa sonrisa de medio lado.

—¡Papá! —grité, corriendo hacia el coche antes de que alguien más lo viera.

Alejandro se bajó. Se veía inmenso en esa calle llena de baches y puestos de tamales. La gente se le quedaba viendo. Era como ver a Batman en Iztapalapa. Me agaché para abrazarlo, esperando que me cargara, pero él me detuvo con una mano en el hombro. Se bajó los lentes y me miró críticamente. Frunció el ceño.

—Hola, princesa —dijo, pero su tono era de evaluación—. Tenemos un problema.

—¿Qué? —Me asusté—. ¿Ya no quieres ser mi papá?

—No es eso. Es que… —Señaló mis zapatos y luego mis trenzas despeinadas —. Sofía, si voy a ser el magnate petrolero que dijiste que soy, mi hija no puede verse como si hubiera peleado con un gato callejero.

Sentí que la cara me ardía. Escondí los pies uno detrás del otro. —Es lo único que tengo…

—Ya no —dijo él, tajante—. Súbete.

—¡Pero la escuela! ¡Ya van a cerrar la reja! —dije, mirando el reloj de la entrada. Faltaban diez minutos para las ocho.

—Que esperen. El dueño llega cuando quiere. Súbete.

Me subí a la camioneta. Rogelio arrancó y salimos disparados, no hacia la escuela, sino hacia la zona comercial más cercana. Alejandro iba hablando por teléfono. —Sí, necesito que abran la boutique de niños ahora. No me importa que abran a las nueve. Soy Alejandro Elizondo. Estoy ahí en cinco minutos.

Llegamos a un centro comercial exclusivo. Una tienda de ropa infantil con vitrinas brillantes estaba abriendo la cortina metálica solo para nosotros. Las empleadas corrían de un lado a otro. Alejandro entró conmigo de la mano.

—Necesito zapatos. Talla… —me miró el pie— ¿Veinte? Y calcetas nuevas. Y una mochila que no tenga agujeros. Y alguien que la peine. Ahora.

Me sentaron en una silla acolchada que parecía un trono. Una señorita muy amable me quitó mis zapatos viejos. Me dio tanta vergüenza que vieran mis calcetas con tomates en los dedos gordos que quise llorar. Pero Alejandro estaba ahí, supervisando todo como un general.

—Esos no —decía él, señalando unos zapatos—. Esos son muy toscos. Quiero los de charol. Los que brillan. Y pónganle cintas rosas en el pelo.

Mientras me trenzaban el cabello con delicadeza —no a jalones como lo hacía mi tía Clara—, vi a Alejandro en el espejo. Estaba recargado en el mostrador, pagando con una tarjeta negra. No me miraba con lástima. Me miraba con… orgullo. Como si estuviera puliendo un diamante en bruto.

Rogelio entró con la caja de zapatos. Alejandro la abrió él mismo. Se arrodilló frente a mí —el gran Alejandro Elizondo, arrodillado en el piso— y me puso los zapatos nuevos. Eran hermosos. Brillaban tanto que podía ver mi sonrisa reflejada en ellos. Eran cómodos. Eran zapatos de niña rica.

—Listo —dijo él, levantándose y sacudiéndose las rodillas—. Ahora sí pareces mi hija. Vámonos, se nos hace tarde para tu debut.

Me miré en el espejo de cuerpo entero. Con mis trenzas perfectas, mis zapatos nuevos y mi mochila rosa, ya no veía a la “huérfana pordiosera”. Veía a Sofía Elizondo. Y me gustaba lo que veía.


Regresamos a la escuela a las 8:30. La reja ya estaba cerrada. El portero, un señor gruñón que siempre me regañaba por llegar tarde, salió a decirnos que ya no se podía entrar. Pero cuando vio la camioneta y a Alejandro bajarse, se quedó mudo.

Alejandro caminó hacia la reja con una seguridad aplastante. Me tomó de la mano. Su mano era grande y cálida. —Buenos días —dijo Alejandro con voz potente—. Soy el padre de Sofía. Vengo a la junta. Abra la puerta.

El portero tartamudeó y buscó las llaves más rápido que nunca. —S-sí, señor. Pase, pase.

Entramos al patio. El recreo no había empezado, así que los pasillos estaban vacíos, pero se escuchaban las voces de los padres en el auditorio. Caminamos hacia allá. Mis zapatos nuevos hacían un clac-clac satisfactorio en el piso de cemento. Me sentía flotar.

Cuando entramos al auditorio, fue como en las películas cuando se detiene la música. Había unas cincuenta mamás y papás sentados en sillas de metal, escuchando a la directora hablar sobre el presupuesto del papel de baño. La puerta se abrió y entramos nosotros.

El silencio fue instantáneo. Todas las cabezas giraron. Vi a la mamá de Rubí, una señora que siempre me miraba feo, abrir la boca tanto que casi se le cae el chicle. Vi a la Miss Paty ajustarse los lentes, parpadeando incrédula. Alejandro lucía impecable, como un actor de Hollywood que se perdió en una escuela pública. Y yo, a su lado, con la cabeza en alto, agarrada de su mano como si fuera mi salvavidas.

—Buenos días —dijo Alejandro, rompiendo el silencio. Su voz resonó sin necesidad de micrófono—. Lamento la demora. Tuvimos… problemas de logística con el chofer. Soy Alejandro Elizondo, el papá de Sofía.

Un murmullo recorrió la sala como un incendio forestal. —¿Elizondo? —susurró alguien—. ¿El de la Torre Virreyes? —¡No manches, sí es él! —dijo un papá—. Lo vi en la revista Expansión.

La directora, una mujer bajita y nerviosa, corrió hacia nosotros. —Señor… Señor Elizondo. No… no sabíamos que vendría personalmente. Pensamos que mandaría a un representante.

Alejandro sonrió, esa sonrisa encantadora y falsa que usaba para los negocios. —Para mi hija, siempre tengo tiempo —dijo, y me apretó la mano suavemente. Mi corazón dio un vuelco. Sabía que era mentira, pero sonaba tan bonito…

—Por favor, tome asiento —dijo la directora, ofreciéndole su propia silla acolchada.

—No se preocupe. —Alejandro sacó una chequera de su saco. El sonido del papel rasgándose fue lo único que se escuchó en el salón—. Vengo a regularizar la situación. Aquí está el pago de la colegiatura de todo el año. De hecho, de toda la primaria. Y agregué un extra para… ¿qué necesitan? ¿Computadoras? ¿Libros?

—La biblioteca necesita techo nuevo… —balbuceó la Miss Paty.

—Hecho. —Alejandro firmó el cheque y se lo entregó a la directora, que lo tomó como si fuera una hostia sagrada.

Me senté en una sillita junto a él. Miré hacia atrás. Ahí estaba Rubí, que se había asomado por la ventana del salón. Me vio. Vio a mi “papá”. Vio mis zapatos. Y su cara de envidia fue el mejor regalo de cumpleaños que pude haber tenido, aunque no fuera mi cumpleaños.

Alejandro se inclinó hacia mí y me susurró al oído: —Cierra la boca, princesa, que te van a entrar moscas. Y sonríe. Estamos ganando.

—Me debes una grande por esto —le susurré de vuelta.

—Tú me pagaste 200 pesos. Yo cumplo contratos.

La junta terminó y fuimos el centro de atención. Todos querían saludar a Alejandro. Todos querían saber “a qué lugares viajaba”. Él inventó historias maravillosas. Dijo que me había traído los zapatos de Milán (mentira, eran de Polanco) y que extrañaba mucho mis abrazos cuando estaba en Japón.

Era el mejor mentiroso del mundo. Y yo lo amaba por eso.

Cuando salimos de la escuela, me sentía borracha de poder y felicidad. —¿Viste la cara de Rubí? —le pregunté mientras caminábamos al coche—. ¡Casi explota!

Alejandro se rió. Una risa relajada. —Las Rubís del mundo siempre van a existir, Sofía. Lo importante es que tú sepas quién eres. Con zapatos caros o con zapatos rotos, tú vales más que ellas. Pero… —me guiñó un ojo—, unos buenos zapatos ayudan a pisar más fuerte.

Nos subimos a la camioneta. —¿A dónde vamos ahora? —pregunté, esperando que me llevara a casa.

—Todavía me quedan horas de contrato —dijo él, mirando su reloj Rolex—. Y los papás invitan a sus hijas a comer cuando sacan buenas calificaciones. ¿Te gustan las hamburguesas?

—Me encantan.

—Rogelio, al Carl’s Jr.

Ese día, mientras comía mi hamburguesa con tocino y malteada, mirando a Alejandro limpiarse una mancha de cátsup de su traje de cincuenta mil pesos, pensé en algo peligroso. Pensé que ojalá los tres días no pasaran nunca. Pensé que ojalá él no fuera un actor pagado. Porque, por primera vez en mi vida, me sentía segura. Me sentía protegida.

Pero en el fondo de mi mente, una vocecita cruel me recordaba la verdad: “Es un juego, Sofía. Solo es un juego. En dos días, volverás a ser la cenicienta y el carruaje se convertirá en calabaza”.

Alejandro me miró y sonrió. —¿En qué piensas, socia?

—En nada, papá —mentí—. En nada.

Pero él, con esa mirada inteligente de tiburón de los negocios, creo que sospechaba que mi corazón ya estaba rompiendo la regla número uno de los negocios: Nunca te enamores del trato.

CAPÍTULO 5: HELADO CON SABOR A DESPEDIDA

El segundo día del contrato amaneció gris en Iztapalapa. El cielo estaba cubierto de esa nata de smog y nubes que promete lluvia pero solo entrega humedad. Sin embargo, para mí, el sol brillaba más que en Acapulco.

Me desperté antes de que sonara la alarma del celular viejo de mi tío. Me levanté de mi colchoneta en el piso, doblé mi cobija de San Marcos (la del tigre, clásica) y me fui de puntitas al baño. —¡No te acabes el agua caliente, escuincla! —gritó la tía Clara desde su cuarto. Parece que tenía un radar para detectar mi felicidad y aplastarla.

—No, tía —respondí bajito. No iba a dejar que nada me arruinara el día. Hoy era el Día 2. El día intermedio. El día en que la magia todavía duraba.

Me puse el uniforme, ahora impecable, y mis zapatos de charol nuevos. Los limpié con un trapito húmedo para que brillaran. Me trencé el cabello con cuidado, usando las ligas de colores que Alejandro me había comprado. Me miré en el espejo roto del baño y me guiñé un ojo. —Hoy vas a triunfar, Sofía —me dije.

La escuela fue diferente ese día. Ya no era la niña invisible ni la niña de la que se burlaban. Era la hija de Alejandro Elizondo. Rubí ni siquiera me volteó a ver; se la pasó cuchicheando con sus amigas, pero cada vez que yo pasaba cerca, se callaban. El poder del dinero y la reputación es algo que se aprende rápido en México, incluso en la primaria.

A la salida, mi corazón empezó a latir como tambor de feria. ¿Vendría? ¿O se habría aburrido de jugar al papá? Pero ahí estaba. Puntual como reloj suizo. La camioneta negra blindada brillaba en la esquina, destacando entre los puestos de dulces y los taxis despintados.

Alejandro estaba recargado en la puerta, con las mangas de la camisa remangadas y sus lentes oscuros. Se veía como portada de revista Men’s Health. —¡Hola, papá! —grité, corriendo hacia él. Esta vez no hubo actuación. De verdad me alegraba verlo.

Él sonrió al verme. No la sonrisa de tiburón de negocios, sino una sonrisa más relajada, casi humana. —Hola, princesa. ¿Cómo estuvo la escuela? ¿Ya aprendiste a dividir el átomo?

—Todavía no, pero la maestra Paty me puso una estrellita en la frente —le dije, señalando la calcomanía dorada—. Y Rubí no me molestó hoy.

—Excelente —Alejandro me abrió la puerta del copiloto—. Súbete. Hoy no vamos directo a tu casa.

—¿No? —Mis ojos se abrieron como platos—. ¿A dónde vamos? —Es una sorpresa. Y las sorpresas no se preguntan.

El chofer, Rogelio, arrancó suavemente. Dejamos atrás mi barrio y nos dirigimos hacia el sur, hacia Coyoacán. Las calles empedradas y los árboles viejos le daban un aire mágico a la tarde. Nos detuvimos frente a una nevería antigua, con letreros pintados a mano y olor a vainilla y canela.

—¿Helado? —pregunté, emocionada. —Helado —confirmó él—. Pero no cualquier helado. El mejor de la ciudad.

Entramos. El lugar tenía ventiladores de techo girando lentamente y mesas de hierro forjado. Alejandro pidió una copa de helado de fresa para mí y una de vainilla para él. Cuando el mesero trajo mi copa, casi me voy de espaldas. Era gigante. Tenía tres bolas de helado, crema batida, chispas de colores y, lo más impresionante, una galleta de barquillo clavada en la cima como una bandera.

—¡Wow! —susurré. Toqué el cristal frío de la copa—. ¡Hasta tiene galleta! Nunca me habían servido uno así, con copa de vidrio. Siempre me los dan en vasito de plástico.

Alejandro soltó una risita suave. —¿Nunca habías comido en copa de cristal? —No. Y menos con galleta arriba —dije, atacando el helado con la cuchara como si fuera a desaparecer en cualquier segundo.

Comí rápido, sintiendo el frío en el cerebro pero la calidez en el corazón. Alejandro me miraba comer con una mezcla de diversión y algo más… ¿ternura? —Despacio, Sofía —me advirtió, inclinándose un poco sobre la mesa—. Te va a dar “brain freeze” o te vas a empachar.

—Nosotros no nos empachamos, señor… digo, papá —corregí con la boca llena de crema batida—. Lo que nos da es hambre.

Él parpadeó, sorprendido por mi respuesta, y luego soltó esa carcajada franca que me encantaba. Se recargó en su silla, mirándome como si fuera un bicho raro pero fascinante. —Tienes una respuesta para todo, ¿verdad?

—Es que la calle enseña mucho —dije, lamiendo la cuchara.

Cuando terminamos, tenía la cara pegajosa. Alejandro tomó una servilleta de papel y, con una delicadeza que no esperaba de sus manos grandes y fuertes, me limpió la mejilla. Su toque fue suave, paternal. Por un segundo, cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que el tiempo se congelara. Que esa nevería fuera mi casa y él fuera mi papá para siempre.

—Listo. Ya no pareces mapache —dijo él, retirando la mano.

El regreso a casa fue demasiado rápido. Cuando la camioneta se detuvo en la esquina de siempre, sentí un nudo en la garganta. Me bajé y me colgué de la ventanilla. —Gracias por el helado, papá. Estuvo riquísimo. —De nada, socia. Nos vemos mañana. Último día del contrato.

Esas palabras fueron como un balde de agua helada. “Último día”. —Sí… último día —repetí bajito. Me di la vuelta y caminé hacia mi realidad, agitando la mano mientras la camioneta negra se alejaba, llevándose mi felicidad con ella.


El tercer día llegó con una pesadez en el aire. Era viernes. El fin de la semana y el fin de mi fantasía. Alejandro pasó por mí en la mañana, hicimos el show de la entrada triunfal en la escuela, y todo salió perfecto. Pero yo estaba callada. Ya no tenía chistes. Ya no tenía energía para actuar.

A la salida, cuando me subí al coche, Alejandro lo notó de inmediato. —¿Qué pasa? —preguntó mientras nos abrochábamos los cinturones—. ¿Te regañaron? ¿Rubí te dijo algo? —No —murmuré, mirando por la ventana—. Todo bien.

El viaje de regreso fue silencioso. No hubo música, no hubo plática sobre negocios. Solo el zumbido del motor y el sonido de mi corazón rompiéndose poquito a poco. Yo miraba los edificios pasar, tratando de memorizar cada detalle del coche, el olor a loción de Alejandro, la seguridad de ese asiento de piel.

Llegamos a la esquina de mi casa. El chofer detuvo el auto. Me quedé sentada un momento, agarrando mi mochila nueva con fuerza. No quería bajarme. Sabía que una vez que mis pies tocaran esa banqueta rota, la magia se acabaría. Volvería a ser la sobrina indeseada, la niña pobre, la carga.

Me giré hacia Alejandro. Él me miraba con una expresión seria, indescifrable. —Alejandro… —dije, olvidando llamarlo “papá”—. Muchas gracias. De verdad. —Hicimos un trato, Sofía. No tienes que agradecer. —No, es que… —Sentí las lágrimas picar en mis ojos—. Gracias por defenderme. Gracias por los zapatos. Gracias por el helado. Ojalá… —mi voz se quebró— ojalá tuviera un papá de verdad como tú.

El aire en el coche se volvió denso. Vi cómo la manzana de Adán de Alejandro subía y bajaba. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró. Sus ojos, oscuros y profundos, mostraron una grieta de emoción, un destello de dolor o duda. Pero Alejandro Elizondo era un hombre de negocios. Y los hombres de negocios no se dejan llevar por sentimentalismos con niñas que acaban de conocer. O al menos, eso es lo que él creía.

Se aclaró la garganta y puso su máscara de frialdad otra vez. —Fue un placer hacer negocios contigo, Sofía —dijo, con la voz ligera pero forzada.

Asentí, tragándome el llanto. —Adiós.

Abrí la puerta y bajé. Mis zapatos de charol tocaron el asfalto caliente. Caminé hacia mi callejón sin saltar, sin voltear, con la cabeza baja. Sentía la mirada de Alejandro en mi espalda, quemándome, pero no me detuve. Escuché el motor de la camioneta acelerar y alejarse. Se había ido.


Llegué al departamento. La puerta estaba entreabierta. Desde el pasillo escuché ruidos. Golpes, cosas arrastrándose, cinta canela siendo desenrollada. Zzzzip. Zzzzip. Entré con cuidado.

La sala, que de por sí tenía pocos muebles, estaba un caos. Había cajas de cartón por todos lados. Bolsas negras de basura llenas de ropa. El televisor viejo ya no estaba. Mi tío Beto estaba sentado en una silla de plástico, con la cabeza entre las manos, mirando una maleta vieja. Clara estaba de pie junto a él, doblando ropa con movimientos bruscos y enojados. Sus brazos cruzados parecían dos serpientes listas para atacar.

—¿Tío? —pregunté, parada en el umbral.

Mi tío levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos y ojeras profundas. No me miró a los ojos; miró un punto en la pared detrás de mí. —Sofía —dijo con voz ronca—. Qué bueno que llegas.

—¿Qué está pasando? —Señalé las cajas—. ¿Nos vamos a mudar?

Clara soltó un bufido y me miró con desprecio puro. —Nosotros nos vamos a mudar —corrigió ella, remarcando el “nosotros”—. Tú no.

Sentí que el piso se movía. —¿Cómo? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿A dónde van?

—Nos vamos a Monterrey —dijo mi tío Beto rápidamente, como si quisiera escupir las palabras para que dejaran de quemarle la lengua (en la versión original dice Kaduna, pero aquí lo adaptamos a una ciudad lejana de México)—. Conseguí un trabajo allá. La mamá de Clara nos prestó dinero. Por fin vamos a salir de este agujero, Sofía.

—¿Y yo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho—. ¿Yo voy con ustedes, verdad? Puedo ayudar con el bebé. Puedo dormir en el piso…

—¡No! —gritó Clara, golpeando la mesa—. ¡Ya te dijimos que no! Eres una carga, niña. ¿Tenemos que cargarte a todos lados como si fueras una bolsa de mandado?. ¡Apenas tenemos para comer nosotros! ¡El bebé necesita cosas! ¡Tú ya estás grande!

Miré a mi tío, suplicando con la mirada. Él era la sangre de mi mamá. Él me había prometido cuidarme. —Tío Beto… por favor… no me dejen.

Mi tío se levantó y caminó hacia la ventana, dándome la espalda. —Es complicado, Sofía —dijo, y su voz sonaba cansada y cobarde—. No tengo dinero. Allá vamos a vivir con mis suegros al principio. No hay espacio para ti.

—Entonces… ¿me van a tirar a la calle? —Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, manchando mi uniforme.

—¡No seas dramática! —intervino mi tío—. Ya hablé con la señora del orfanato “Esperanza”. Es… es un buen lugar. Te van a dar de comer. Vas a terminar la primaria ahí. Te prometo que en cuanto me instale, en cuanto tenga dinero, voy a regresar por ti.

—¡Mentira! —grité—. ¡Es mentira! ¡Me vas a abandonar! —¡He hecho lo que he podido! —gritó él, girándose hacia mí, con la culpa transformándose en enojo—. ¡Mi trabajo de limpieza apenas nos daba para comer! ¡Me maté trabajando para ti! ¡Pero ya no puedo más!.

—¡Pero yo me porté bien! —sollocé, cayendo de rodillas—. ¡Yo no pido nada! ¡Casi no como! ¡Tío, por favor!

Clara rodó los ojos y siguió empacando. —Ahórrate el drama de telenovela. Empaca tus cosas. Te vas mañana temprano.

Esa noche no dormí. Me acosté en mi colchoneta, abrazando mis zapatos de charol nuevos contra mi pecho, como si fueran lo único real en mi vida. Escuchaba a mi tío roncar y a Clara murmurar en sueños. Pensé en Alejandro. Pensé en llamarlo. Pero no tenía su número. Y aunque lo tuviera, ¿qué le iba a decir? “Hola, señor millonario, mi familia me tiró a la basura, ¿me recoge?”. No. Él había sido claro: “Negocios son negocios”.


A la mañana siguiente, me fui a la escuela como un zombi. No recuerdo nada de las clases. Solo recuerdo mirar el reloj, deseando que las manecillas se detuvieran, porque sabía que al salir, mi vida se acabaría. Cuando regresé al departamento a las 2:00 PM, la puerta estaba entreabierta. —¿Tío? —llamé. Silencio. Empujé la puerta. El departamento estaba vacío. Completamente vacío. No había sillas. No había cortinas. No había ni rastro de ellos. El piso estaba barrido, pero quedaba basura en las esquinas. En un rincón, recargadas contra la pared despintada, había dos bolsas de plástico negro grandes, amarradas con un nudo. Eran mis cosas. Mi ropa vieja, mis pocos juguetes, mis cuadernos.

Me quedé parada en medio de la sala vacía. El eco de mi respiración era lo único que se escuchaba. Se habían ido. Ni siquiera se despidieron. Ni siquiera me llevaron al orfanato. Simplemente se fueron y me dejaron ahí, como se deja un mueble viejo que ya no sirve.

—¡Señorita! Me giré. Una vecina, Doña Chonita, asomó la cabeza por la puerta. Me miró con lástima. —Tu tío dijo que tus bolsas estaban ahí. Se fueron en la mañana, en un taxi grande.

Asentí, incapaz de hablar. Me senté en el suelo, junto a mis bolsas de basura. Sentía que mi corazón era un vaso de vidrio que se estaba rompiendo en cámara lenta, grieta por grieta.

Pasaron las horas. La tarde cayó y la luz se fue yendo. De repente, escuché pasos y voces risueñas. Una pareja joven entró al departamento. La mujer estaba embarazada y el hombre cargaba dos bancos de madera. Se detuvieron en seco al verme sentada en el suelo, en la penumbra.

—¡Ay! —gritó la mujer—. ¿Quién eres? —Perdón, niña —dijo el hombre, incómodo—. Ya rentamos este departamento. Nos dieron las llaves hoy. Tienes que irte.

Me levanté. Mis piernas pesaban mil kilos. Agarré mis dos bolsas negras. —Sí… ya me voy —susurré.

Salí del edificio. La noche de la Ciudad de México me recibió con frío. No tenía a dónde ir. Caminé hacia la dirección que mi tío había mencionado una vez, el orfanato “Esperanza”, que estaba a unas cuadras. Toqué la reja oxidada. Una monja vieja y con cara de pocos amigos me abrió. —Soy Sofía… mi tío dijo que…

—Ah, sí. La sobrina de Benjamín. Pásale —dijo ella sin ninguna emoción, abriendo la reja con un chirrido metálico.

Esa noche dormí en una cama que olía a orines y humedad. El orfanato no era como en “Annie”. No cantaban. Había treinta niñas en un cuarto, tosiendo y llorando en sueños. La cena fue un plato de avena aguada sin azúcar. La matron, una mujer gorda con un palo en la mano, nos gritó que nos calláramos a las ocho en punto.

Me acosté mirando el techo con manchas de humedad. Extrañaba mi colchoneta. Extrañaba los ronquidos de mi tío. Pero sobre todo, extrañaba el olor a cuero y loción cara de la camioneta de Alejandro. Extrañaba sentirme, aunque fuera por tres días, como una princesa.

Y en medio de esa oscuridad, rodeada de extraños, una idea empezó a crecer en mi mente. Una idea loca y desesperada. Si mi familia real no me quería… tal vez, solo tal vez, mi papá de mentiras sí lo haría. Tenía que buscarlo. Tenía que intentarlo.

CAPÍTULO 6: LA PRINCESA DE LOS ZAPATOS MOJADOS

El orfanato “Esperanza” tenía un nombre que parecía una broma de mal gusto. Debería haberse llamado “La Casa del Olvido” o “El Purgatorio de Iztapalapa”.

No se parecía en nada a la película de Anita la Huerfanita. Aquí no había camas individuales con colchas de colores, ni una señorita amable que nos cantara para dormir. Había un galerón enorme, frío como una nevera, con treinta catres de metal oxidados alineados como fichas de dominó. El aire olía a una mezcla rancia de cloro barato, humedad, frijoles agrios y ese olor inconfundible a ropa que nunca se seca bien.

Mi primera mañana allí fue el despertar más brutal de mi vida. —¡Arriba, holgazanas! —El grito de la Matrona Eduviges resonó a las 5:00 AM, acompañado del golpe de un palo de escoba contra un bote de metal.

Salté del catre, desorientada, buscando a mi tío con la mirada. Pero solo vi paredes grises con pintura descascarada y niñas que se levantaban en silencio, con los ojos vacíos, como robots programados para sufrir.

—Tú, la nueva —me señaló la Matrona, una mujer ancha con bigote ralo y un delantal manchado—. Aquí no hay princesas. Aquí todas trabajan para ganarse el pan. Agarra la cubeta y el trapeador. Te toca el pasillo de la entrada.

Miré mis manos. Todavía recordaba la sensación de la cuchara de plata de la heladería en Coyoacán. Ahora, esas mismas manos tenían que agarrar un jerga gris y apestosa. —Pero… tengo hambre —susurré.

La Matrona soltó una carcajada seca. —El desayuno es a las siete. Si terminas de trapear. Si no, te aguantas hasta la comida.

Ese día aprendí lo que era el infierno. Trapeé hasta que me salieron ampollas. Lavé platos en una pila de agua helada llena de grasa. Cargué cubetas que pesaban más que yo. La comida fue un plato de avena gris, aguada y sin azúcar, que sabía a cartón mojado. Me la comí llorando, tragándome las lágrimas junto con los grumos, porque el hambre duele físicamente. Se siente como un animal rascándote las costillas por dentro.

Las otras niñas no hablaban mucho. Estaban demasiado cansadas o demasiado rotas. Algunas me miraban con envidia por mis zapatos de charol, que yo había escondido debajo de mi almohada para que no me los robaran. Eran lo único que me quedaba de él. De Alejandro.

—Esos zapatos no te sirven aquí, “fifí” —me susurró una niña mayor, con una cicatriz en la ceja, mientras pelábamos papas—. Mejor véndelos y cómprate protección.

Pasaron dos días. Dos días eternos. Cada noche, acostada en ese colchón que olía a orines ajenos, cerraba los ojos y recreaba en mi mente el olor de la camioneta de Alejandro. Recordaba su risa cuando se manchó de cátsup. Recordaba cómo me defendió frente a la directora. “Él no sabe dónde estoy”, pensaba. “Si supiera… él vendría por mí. Él no es como mi tío”.

Pero una voz oscura en mi cabeza me contestaba: “Solo fue un negocio, Sofía. Le pagaste 200 pesos. El contrato se acabó. Eres nadie”.

Sin embargo, al tercer día, después de que la Matrona me golpeara en la mano con una regla de madera por romper un vaso sin querer, algo se rompió dentro de mí. No fue miedo. Fue la certeza de que si me quedaba ahí, me iba a morir. Tal vez no de hambre, pero sí de tristeza. Me iba a apagar como una vela sin oxígeno.

—No me voy a quedar aquí —me prometí a mí misma, apretando los dientes.

Esa noche, esperé. Esperé a que los ronquidos y los sollozos de las otras niñas llenaran el cuarto. Esperé a que la luz del pasillo se apagara y solo quedara el zumbido de los mosquitos. Me levanté de puntitas. El corazón me latía en la garganta, pum-pum, pum-pum, tan fuerte que temí que despertara a la Matrona.

Saqué mi pequeña bolsa de plástico negro de debajo de la cama. Ahí tenía mi suéter, mi cuaderno y mis zapatos de charol puestos. Me los abroché con manos temblorosas. Caminé hacia la ventana del baño, la que sabía que tenía el seguro roto. Empujé el vidrio. Rechinó. Me congelé. Nadie se movió.

Me trepé al lavabo y me deslicé hacia el patio trasero. El aire de la madrugada estaba helado. Corrí hacia la barda perimetral, donde había un árbol viejo cuyas ramas colgaban hacia la calle. Trepé como un gato asustado, raspándome las rodillas, y salté hacia la libertad.

Caí en la banqueta de tierra de la calle oscura. Estaba sola. Completamente sola en la inmensidad de la Ciudad de México a las 3:00 de la mañana.

El miedo me paralizó por un segundo. La calle estaba desierta, iluminada apenas por una lámpara que parpadeaba. A lo lejos se escuchaban perros ladrando y sirenas de patrullas. Sabía que era peligroso. Sabía que a las niñas como yo se las traga la ciudad y nunca aparecen. Pero la imagen de la Torre de Cristal, el edificio de Alejandro, brillaba en mi mente como un faro.

—A la torre —susurré—. Tengo que llegar a la torre.

Empecé a caminar. Caminé rápido, pegada a las paredes, escondiéndome cada vez que pasaba un coche. Caminé por calles llenas de baches, pasando por tiendas cerradas con cortinas de metal grafiteadas. Mis zapatos de charol, diseñados para pisos de mármol y fiestas, no estaban hechos para esto. Me empezaron a lastimar los talones. Pero no paré.

Caminé mientras el cielo pasaba de negro a azul marino, y luego a ese gris sucio del amanecer chilango. Vi cómo la ciudad despertaba. Los puestos de tamales empezaban a humear en las esquinas. Los barrenderos arrastraban sus escobas de vara. La gente empezaba a salir hacia el metro, con sus caras de sueño y sus mochilas al hombro.

Pregunté direcciones un par de veces. —Señor, ¿para Reforma? —¡Uuuh, mija! Está rete lejos. Tienes que agarrar todo Churubusco y luego…

Seguí caminando. Mis piernas ardían. Mi estómago rugía, recordándome que la avena de ayer había sido hace muchas horas. Pero la esperanza es un motor poderoso.

Finalmente, alrededor de las 8:00 de la mañana, después de caminar lo que pareció una eternidad, lo vi. Ahí estaba. El gigante de cristal. La Torre donde trabajaba Alejandro. Se alzaba hacia el cielo, reflejando el sol de la mañana, imponente, limpio, perfecto.

Sentí un alivio tan grande que casi me caigo. —Llegué —jadeé.

Me alisé el uniforme sucio. Me limpié el polvo de los zapatos con mis calcetas. Me acomodé las trenzas deshechas. Tenía que verme presentable. Iba a ver a mi “papá”.

Crucé la avenida esquivando coches y me planté frente a la entrada principal. Mi corazón estaba lleno de ilusión. Pensé que todo sería como en las películas: entraría, alguien me reconocería, me llevarían al piso 50 y Alejandro me recibiría con un abrazo.

Pero la realidad tiene una forma cruel de aplastar los sueños.

Me acerqué a la puerta giratoria. —¡Ey! ¡Tú otra vez! —Una voz rasposa me detuvo.

Era el mismo guardia de seguridad. El del bigote canoso. El que había visto cómo mi tío me rechazaba días atrás. Me miró con el ceño fruncido, reconociéndome al instante. —¿Qué haces aquí, niña? Ya te dije que tu tío ya no trabaja aquí. Lo corrieron o se fue, no sé, pero aquí no entra.

—No vengo a ver a mi tío —dije, tratando de mantener la voz firme, aunque estaba exhausta—. Vengo a ver al Señor Alejandro. Alejandro Elizondo.

El guardia soltó una risa incrédula, negando con la cabeza. —¿Al patrón? ¿Al dueño? —Me miró con lástima mezclada con fastidio—. Mija, por favor. Primero vienes buscando al de limpieza, ¿y ahora vienes buscando al dueño? ¿Quién sigue? ¿El Presidente de la República?

—¡Él me conoce! —insistí, agarrando los barrotes de la reja exterior—. ¡Soy Sofía! Dígale que Sofía está aquí. Él sabe quién soy. ¡Por favor!

El guardia suspiró y se ajustó el cinturón. No era un hombre malo, se le notaba en los ojos cansados, pero tenía miedo. —Mira, niña. No puedo molestarlo. El Señor Elizondo llega en su camioneta, entra por el sótano y sube a su oficina privada. No recibe gente sin cita, y menos a… bueno, a niños que vienen de la calle. Se acercó un poco más y bajó la voz. —No me hagas perder mi chamba, flaca. Si me ven platicando contigo, me meto en broncas. Vete a tu casa. Aquí no puedes estar.

—¡Pero no tengo casa! —quise gritarle, pero la voz no me salió.

El guardia se dio la vuelta y regresó a su puesto. Me quedé parada frente a la fortaleza de cristal, derrotada. No podía entrar. No podía subir. Estaba tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

Pero no me fui. No tenía a dónde ir. Caminé unos metros hacia un costado del edificio, donde había una jardinera de concreto, y me senté en la banqueta. —Voy a esperar —me dije—. Tiene que salir. En algún momento tiene que salir.

Y así empezó la espera más larga de mi vida. El sol de la mañana subió y empezó a quemar. Sentía el calor en la cabeza, mareándome. Veía a la gente pasar: oficinistas comiendo tortas, mensajeros en moto, señoras vendiendo dulces. Nadie me miraba. Era invisible. Era parte del paisaje urbano, como un bache o un poste de luz.

El hambre se volvió un dolor sordo y constante. Mi estómago hacía ruidos extraños. Me chupé el dedo para engañar al hambre, pero solo conseguí sentir más sed. Vi entrar y salir coches lujosos del estacionamiento subterráneo. Cada vez que salía una camioneta negra, me levantaba de un salto, con el corazón acelerado, pero nunca era él. O los vidrios eran tan oscuros que no podía ver nada.

Pasó el mediodía. Pasó la tarde. El cielo, que había estado azul y brillante, empezó a llenarse de nubes negras, pesadas, color panza de burro. El viento empezó a soplar, levantando basura y polvo. Olía a tierra mojada.

—Va a caer un tormentón —dijo un vendedor de paraguas que pasaba corriendo.

Y tenía razón. A las 6:00 de la tarde, el cielo se rompió. No fue una llovizna. Fue una tormenta furiosa, típica de la Ciudad de México, donde parece que Tláloc está enojado con el mundo. El agua cayó a cubetazos. La gente corrió a refugiarse bajo los techos de las tiendas o en el metro. Las calles se convirtieron en ríos en cuestión de minutos.

Yo no me moví. Me abracé a mi pequeña bolsa de plástico con mis pertenencias, tratando de proteger lo poco que tenía, pero fue inútil. El agua fría me empapó en segundos. Mi uniforme se pegó a mi piel. Mis zapatos de charol se llenaron de agua. Mis trenzas se deshicieron y el cabello se me pegó a la cara como algas marinas.

Temblaba incontrolablemente. Mis dientes chocaban entre sí: traca-traca-traca. Sentía que el frío me llegaba hasta los huesos. “Vete, Sofía”, me decía mi instinto. “Busca un techo”. “No”, respondía mi corazón terco. “Si me voy, no lo voy a ver. Él es mi única oportunidad. Si me voy, me muero”.

Me quedé ahí, hecha bolita contra la pared de mármol del edificio, bajo la lluvia torrencial. Parecía un perro callejero abandonado. Lloraba, pero mis lágrimas se mezclaban con la lluvia, así que daba igual. —Papá… —susurraba al viento—. Papá de mentiras… por favor sal.

Eran las 7:00 de la noche. La lluvia no paraba, pero había bajado un poco la intensidad. La calle estaba oscura, iluminada solo por los faros de los coches y el reflejo de las luces en el asfalto mojado.

De repente, las puertas de cristal de la entrada principal se abrieron. Un grupo de ejecutivos salió, cubriéndose con paraguas negros gigantes. Y en medio de ellos, venía él.

Alejandro.

Llevaba su traje impecable, seco, perfecto. Tenía el teléfono pegado a la oreja y gesticulaba con la mano libre, probablemente cerrando un trato millonario o regañando a alguien. —¡Les dije que vendieran las acciones antes del cierre! —escuché su voz grave a lo lejos—. ¡No me interesan las excusas!

Caminaba rápido hacia su camioneta que lo esperaba con la puerta abierta. Me levanté. Mis piernas estaban entumidas y casi no me respondieron. Di un paso hacia él, chapoteando en un charco.

—¡Alejandro! —grité, pero mi voz salió débil, ronca por el frío.

Él no me oyó. Siguió caminando, con la mirada fija en el suelo, concentrado en su llamada. Estaba a punto de subirse al coche. Estaba a punto de irse para siempre.

—¡Papá! —grité con todas las fuerzas que me quedaban, un grito desesperado que salió desde lo más profundo de mi alma rota.

Alejandro se detuvo. Se quedó congelado, con la mano en la puerta de la camioneta. Lentamente, bajó el teléfono. Se giró. Entrecerró los ojos, buscando en la oscuridad y la lluvia. Me vio.

Vio a una niña pequeña, empapada, temblando violentamente, parada sola en medio de la tormenta, abrazando una bolsa de basura. Sus ojos se abrieron con horror. El teléfono se le resbaló de la mano y cayó al charco, un iPhone de última generación arruinado, pero a él no le importó.

—¿Sofía? —Su voz se quebró.

Corrí hacia él. O intenté correr, porque mis piernas fallaron y tropecé. Pero no toqué el suelo. Antes de que pudiera caer, él ya estaba ahí. Alejandro Elizondo, el hombre que no se ensuciaba los zapatos, corrió bajo la lluvia y se arrodilló en el agua sucia frente a mí. Me atrapó.

—¡Sofía! —Gritó, agarrándome por los hombros. Sus manos estaban calientes—. ¡Dios mío! ¿Qué haces aquí? ¡Estás helada!.

En el momento en que sentí su contacto, me derrumbé. Todo el miedo, todo el hambre, todo el abandono salió de golpe. —Me dejaron… —sollocé, aferrándome a su saco caro con mis manos mojadas y sucias—. Mi tío se fue… me dejaron en el orfanato… me pegan… tengo hambre….

Vi algo en la cara de Alejandro que nunca había visto. No era lástima. Era dolor puro. Y furia. Sus ojos se llenaron de lágrimas que se mezclaron con las gotas de lluvia en su rostro. —Shhh, shhh, ya pasó —dijo, quitándose el saco rápidamente y envolviéndome con él. El saco pesaba y olía a él, a seguridad.

—No me lleves ahí, por favor —le supliqué, temblando—. No quiero volver al orfanato.

Alejandro me levantó en brazos, apretándome contra su pecho como si quisiera fundirme con él para darme calor. Se giró hacia su chofer, que había salido corriendo con un paraguas. —¡Rogelio! ¡Agarra su bolsa! ¡Abre el coche! ¡Ya!.

—Señor, su junta con los inversionistas japoneses… —empezó a decir un asistente que venía detrás.

Alejandro se giró y le rugió como un león. —¡Al diablo la junta! ¡Que se larguen! ¡Nos vamos a casa!

Me metió al asiento trasero de la camioneta. Estaba calientito. Se subió junto a mí y cerró la puerta, aislando la tormenta, el frío y la crueldad del mundo exterior. Me miró. Yo seguía temblando, con los labios azules. —¿A dónde vamos? —pregunté con un hilo de voz, mis dientes castañeando.

Alejandro me tomó las manos heladas y las frotó con las suyas. Me miró a los ojos con una intensidad que me hizo olvidar el frío. —A casa, Sofía —susurró con firmeza—. Vamos a casa. Y esta vez… esta vez no es un contrato. Esta vez es real. Nadie te va a volver a hacer daño. Te lo juro.

El coche arrancó, deslizándose suavemente por el asfalto mojado. Recargué mi cabeza en su hombro mojado y cerré los ojos. Por primera vez en días, dejé de temblar. Había escapado del infierno. Y mi papá de mentiras acababa de convertirse en mi salvador de verdad.

CAPÍTULO 7: EL REFUGIO Y EL FANTASMA DEL PASADO

La lluvia golpeaba el techo de la camioneta blindada como si quisiera entrar a terminar el trabajo de ahogarme, pero dentro, el mundo era silencioso y cálido. Alejandro no me soltó ni un segundo. Me tenía apretada contra su pecho, empapando su camisa de seda italiana y su corbata de diseñador con mi ropa sucia y mojada. No le importaba. Me abrazaba como si yo fuera de cristal y él tuviera miedo de que me rompiera en mil pedazos si aflojaba los brazos.

Yo tiritaba sin control. Mis dientes castañeaban tanto que me dolía la mandíbula. —Acelera, Rogelio —ordenó Alejandro con una voz que era puro hielo y furia—. Quiero llegar a la casa en diez minutos. Si te pasas un alto, yo pago la multa. Pero vuela.

—Sí, señor —respondió el chofer, pisando el acelerador.

Me acurruqué más en él. Olía a lluvia, a colonia cara y a enojo contenido. Pero no estaba enojado conmigo. Estaba enojado con el mundo por lo que me habían hecho. —Me… me dejaron… —balbuceé de nuevo, la fiebre empezando a nublarme la mente—. En la calle… con bolsas de basura…

—Shhh, ya no hables, princesa —me susurró al oído, frotando mis brazos helados para darme calor—. Ya pasó. Ya te tengo. Nadie te va a volver a dejar. Te lo juro por mi vida.

El viaje se sintió eterno y fugaz al mismo tiempo. Entramos a Lomas de Chapultepec, el barrio de las mansiones gigantes y las calles arboladas. Cuando llegamos a la reja negra inmensa de su casa, Alejandro no esperó. —¡Abre! —le gritó al guardia por la ventana antes de que el coche se detuviera por completo.

La camioneta derrapó frente a la entrada principal. Alejandro abrió la puerta y me cargó otra vez, corriendo hacia la casa bajo la lluvia que no daba tregua. Entramos de golpe al vestíbulo de mármol. —¡Mamá! —gritó Alejandro con una urgencia que hizo eco en los techos altos—. ¡Ayuda!

Doña Tere estaba en la sala, muy tranquila, con las piernas cruzadas y sus lentes puestos, tomando una copa de vino tinto mientras veía una película vieja en la televisión. Al ver a su hijo entrar como un huracán, empapado, con el cabello escurriendo y cargando un bulto que parecía un gato mojado, soltó la copa. El vino se derramó en la alfombra persa, pero a nadie le importó. —¡Virgen Santísima! —exclamó, poniéndose de pie de un salto —. Alejandro, ¿qué pasó? ¿Quién es? ¡Sangre de Cristo!

Alejandro no se detuvo a dar explicaciones largas. Caminó directo hacia las escaleras. —Es Sofía, mamá. La niña. La dejaron en la calle. Está helada. Tiembla mucho. ¡Necesito toallas calientes! ¡Llama al doctor Paz!

Doña Tere reaccionó con la velocidad de una generala. —¡Lupita! —le gritó a la empleada doméstica—. ¡Prende el calentador del cuarto azul! ¡Sube toallas secas y la pijama de franela, la chica! ¡Córrele!.

Me llevaron a una habitación que parecía sacada de un cuento de hadas, decorada en tonos azules suaves. Alejandro me depositó con cuidado sobre la cama. Yo ya casi no podía mantener los ojos abiertos. Sentía que me quemaba por dentro, pero por fuera era un cubo de hielo. Doña Tere se acercó. Su rostro, usualmente estricto, estaba lleno de preocupación. —Pobrecita criatura —murmuró, tocándome la frente—. Está ardiendo en fiebre. Alejandro, salte para que la cambiemos. Estás empapado tú también.

—No me voy a ir —dijo él, terco, parado en la puerta escurriendo agua. —¡Que te salgas! —ordenó su madre—. Necesitamos quitarle esta ropa mojada. Ve a cambiarte y llama al médico. ¡Órale!

Alejandro salió a regañadientes. Doña Tere y Lupita me quitaron el uniforme que pesaba kilos por el agua. Me secaron con toallas que salían calientitas de un aparato especial. Me frotaron la piel con cuidado, murmurando cosas bonitas. —Ya estás a salvo, mi niña. Ya estás en casa.

Me pusieron una pijama de franela suavecita y me metieron bajo un edredón de plumas que parecía una nube. Minutos después, Lupita llegó con una taza humeante. Era chocolate caliente, espumoso. Y venía en una taza con la cara de un personaje de caricatura. —Tómatelo, mija. Es el favorito de Alejandro —dijo Doña Tere, ayudándome a incorporarme.

Di un sorbo. El líquido caliente bajó por mi garganta y sentí que la vida regresaba a mi cuerpo. Sabía a canela, a azúcar y a cariño. —Es el mejor chocolate que he probado en mi vida —susurré con los ojos cerrándose solos.

Alejandro regresó a la habitación. Ya se había cambiado, llevaba ropa seca, pero su cara seguía pálida del susto. Se recargó en el marco de la puerta, mirándome fijamente, como si quisiera asegurarse de que yo seguía ahí y no me había desvanecido. —¿Va a estar bien? —preguntó en voz baja.

—Tiene fiebre alta —dijo Doña Tere—. Pero es fuerte. Ya viene el doctor.

El doctor Paz llegó media hora después, con su maletín negro y cara de sueño, pero se espabiló en cuanto me vio. Me revisó el pecho, la garganta, los ojos. —Está muy desnutrida, Alejandro —dijo el doctor, guardando su estetoscopio—. Tiene las defensas por los suelos. Y con esta mojada… tiene un principio de neumonía y una infección fuerte en la garganta. Necesita antibióticos, reposo absoluto y mucha comida buena. Nada de sustos.

Me dieron medicinas y el sueño me venció. Pero esa noche, cada vez que abría los ojos entre la fiebre y las pesadillas de la Matrona gritándome, veía una sombra sentada en la silla junto a mi cama. Era Alejandro. No se fue. Se quedó ahí toda la noche, vigilando mi sueño, escuchando mi respiración. A veces sentía su mano grande y fresca en mi frente, apartándome el pelo sudado. —Descansa, princesa —le escuché susurrar una vez—. Papá está aquí.


A la mañana siguiente, desperté por un olor delicioso. Olía a huevo con jamón, a pan tostado y a jugo de naranja recién exprimido. Abrí los ojos. La luz del sol entraba suavemente por las cortinas de la habitación azul. Me sentía débil, como si me hubieran dado una paliza, pero ya no tenía tanto frío.

Me senté despacio. Junto a mi cama no estaba Alejandro. Estaba Doña Tere. Estaba sentada en un sillón, con las manos cruzadas en su regazo, mirándome con una intensidad que me puso nerviosa. —Buenos días, bella durmiente —dijo con una sonrisa suave.

—Buenos días… señora —dije con voz ronca. —Nada de señora. Yo soy Doña Tere, la mamá de Alejandro. O si prefieres, puedes decirme “Abuela”. Soy la jefa de esta casa, así que más te vale que nos llevemos bien.

Parpadeé. ¿Abuela? —¿Puedo decirle Abuela? —pregunté tímida. —Claro que sí. Alejandro te trajo aquí, así que ya eres de la familia. Y en esta familia, a las abuelas se les respeta y se les quiere.

Sonreí. —Me cae bien, Abuela.

En los días que siguieron, Doña Tere y yo nos volvimos inseparables. Alejandro se iba a trabajar —aunque regresaba temprano y me llamaba tres veces al día—, así que yo me quedaba con ella. Aunque estaba enferma, Doña Tere me entretenía. Me contaba chismes de sus amigas del club de jardinería, me enseñó a bordar (aunque me picaba los dedos) y veíamos películas en su cuarto enorme. —Alejandro era un latoso de chiquito —me contaba mientras comíamos galletas—. Una vez se metió en la fuente del centro comercial porque quería rescatar las monedas. Siempre ha tenido corazón de pollo, aunque se haga el duro.

Me cuidaba como si fuera de cristal. “No camines descalza”, “tómate el jugo”, “no dejes que ningún niño te rompa el corazón antes de los treinta”. —Cero novios, Abuela —le prometí riendo—. Solo quiero estar aquí.

La casa dejó de sentirse como un museo frío. Se sentía como un hogar. Mi hogar.

Pero había algo más. Algo que yo notaba en la mirada de Doña Tere cuando creía que yo no la veía. Me observaba mucho. Me miraba las orejas, la nariz, la forma en que sonreía. A veces sacaba fotos viejas y las comparaba con mi cara.

Una noche, escuché voces en el despacho de Alejandro. La puerta estaba entreabierta. Me acerqué de puntitas, no para espiar, sino porque quería darle las buenas noches a Alejandro. —¡Alejandro, por el amor de Dios! —era la voz de Doña Tere, sonaba insistente—. No estoy loca. No necesito lentes nuevos. Esa niña… Sofía… es tu vivo retrato.

Me congelé. ¿Qué? —Mamá, por favor —la voz de Alejandro sonaba cansada—. Ya vas a empezar con tus telenovelas. Sofía no es mi hija. La conocí en la calle hace una semana. Es una coincidencia.

—¡Las coincidencias no tienen tus mismas orejas! —insistió Doña Tere—. ¡Ni tu mismo remolino en el pelo! ¡Ni la misma forma de fruncir el ceño cuando se enoja! ¡Yo te parí, Alejandro! ¡Yo te crié! Sé cómo te veías a los siete años. Esa niña es una Elizondo.

Escuché el sonido de un cajón abriéndose y algo pesado cayendo sobre el escritorio. —Mira —dijo Doña Tere—. Traje el álbum familiar. Mira esta foto tuya en tu primera comunión. Y mira a Sofía hoy en el desayuno. ¡Son idénticos!.

Hubo un silencio largo. Mi corazón latía tan fuerte que temí que lo escucharan. —Se parecen… un poco —concedió Alejandro, con voz dudosa—. Pero eso no significa nada, mamá. Hay mucha gente que se parece en el mundo.

—Alejandro —la voz de Doña Tere se volvió suave, seria—. ¿Qué tal si… qué tal si una de tus exnovias tuvo un bebé y no te dijo?. Piensa. ¿Hubo alguien? ¿Alguien importante?

—Mamá, sabes que solo he amado a una mujer en mi vida —dijo Alejandro, y su voz se llenó de una tristeza profunda que me dolió en el alma—. Y ella se fue. Desapareció hace ocho años. Nunca me buscó. Si hubiera estado embarazada, me habría dicho.

—¿Estás seguro? —preguntó Doña Tere—. A veces las mujeres callan por miedo. O por orgullo. ¿Cómo se llamaba?

—Zayra —susurró Alejandro. El nombre flotó en el aire como un fantasma.

Me tapé la boca con las manos para no gritar. Zayra. Ese era el nombre de mi mamá. Mis piernas temblaron. Me recargué en la pared. ¿Alejandro conocía a mi mamá? ¿Alejandro… Alejandro era mi papá de verdad?

—Pues más te vale investigar —sentenció Doña Tere—. Porque mi instinto nunca falla. Esa niña lleva tu sangre. Y si es tu hija, Alejandro Elizondo, y la dejaste desamparada todos estos años… Dios te perdone, porque yo no sé si podré.

Alejandro suspiró. —Está bien, mamá. Haré la prueba. Pero no le digas nada a ella. No quiero ilusionarla. Ya ha sufrido mucho.

Me alejé corriendo de puntitas hacia mi cuarto. Me metí en la cama y me tapé hasta la cabeza, con el corazón a mil por hora. Saqué la foto arrugada de mi mamá que guardaba bajo la almohada. La miré en la oscuridad. —Mamá… —susurré—. ¿Él es tu príncipe perdido?


Al día siguiente, Alejandro estaba extraño. Me miraba mucho durante el desayuno, buscando las similitudes que su madre decía. —Sofía —dijo, tomando su café—. Hoy vamos a ir a un lugar especial. —¿A dónde? —pregunté, nerviosa. —Vamos a ir al orfanato. Sentí pánico. —¡No! ¡No quiero volver! —grité, tirando el tenedor.

Alejandro se levantó rápido y me abrazó. —No, no, tranquila. No te voy a dejar. Vamos a ir a firmar papeles. Vamos a tramitar tu adopción temporal legalmente para que nadie, ni tu tío ni el gobierno, te pueda llevar de mi lado.

Fuimos al orfanato. Alejandro entró como el dueño del mundo, con sus abogados y su traje impecable. La Matrona Eduviges se hizo chiquita frente a él. Firmaron papeles. Alejandro pagó una “donación” generosa para que agilizaran todo. —Esa niña ha sufrido mucho —dijo la Matrona con falsedad, tratando de quedar bien—. Está en buenas manos ahora.

Cuando salimos, yo era oficialmente su protegida. Pero la duda seguía ahí. Esa tarde, mientras yo veía la tele, Alejandro se sentó a mi lado. —Oye, Sofía… para los papeles del seguro médico y la escuela… necesito hacerte un chequeo general. De sangre. ¿Eres valiente para los piquetes?

Sabía lo que era. Sabía que era la prueba de ADN. Lo miré a los ojos. Eran oscuros, como los míos. —Soy muy valiente —dije—. Hazme la prueba.

El enfermero vino a la casa. Me sacaron sangre. Alejandro también se sacó. —Es para… checar el colesterol —mintió él, nervioso. —Sí, claro. El colesterol —le seguí la corriente.

Dos días después, era jueves. El aniversario de la muerte de mi mamá. Ese día siempre me ponía triste. No quería comer. No quería jugar. Me quedé en mi cuarto, acostada, mirando la foto de mi mamá. Lloré en silencio, extrañándola. Extrañando que me cepillara el pelo.

Alejandro llegó temprano del trabajo. Notó el silencio en la casa. —¿Dónde está Sofía? —le preguntó a su mamá. —Está en su cuarto, llorando —dijo Doña Tere en voz baja—. Dice que hoy es el aniversario de su mamá. No quiso bajar a comer.

Escuché los pasos rápidos de Alejandro subiendo la escalera. Entró a mi cuarto sin tocar. Se veía preocupado. —Hey, princesa —dijo suavemente, sentándose en la orilla de la cama—. La abuela me dijo que estás triste.

Me senté, abrazando la foto contra mi pecho. Tenía los ojos hinchados. —Hoy se fue mi mamá al cielo —dije con la voz rota—. La extraño mucho, Alejandro.

—Lo sé, mi vida. Lo sé —Me acarició la espalda—. Perder a una mamá es lo más duro del mundo. Pero estoy aquí. No estás sola.

—¿Puedo… puedo enseñarte una foto de ella? —pregunté. Quería ver su reacción. Quería saber la verdad de una vez por todas.

—Claro que sí. Me encantaría conocerla.

Le di la foto arrugada con mis manos temblorosas. Alejandro la tomó. La giró hacia la luz. Y entonces, el tiempo se detuvo.

Vi cómo el color desaparecía de su cara. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. Sus manos empezaron a temblar tan fuerte que la foto vibraba. Se quedó mirando la imagen como si estuviera viendo un fantasma. Era ella. Zayra. Su Zayra. La mujer que había perdido. La única mujer que había amado.

—Zayra… —susurró, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

Se levantó de golpe, como si la cama quemara. Me miró, y esta vez, me vio de verdad. Vio a Zayra en mis ojos. Vio su propia barbilla en mi cara. —Tengo que… tengo que salir un momento —dijo con voz ahogada.

Salió del cuarto caminando como un zombi, con la foto todavía en la mano. Escuché que bajaba las escaleras corriendo. Escuché que gritaba algo sobre el laboratorio.

Esa noche, nadie durmió en la casa Elizondo. Alejandro se encerró en su despacho esperando el correo electrónico con los resultados. Yo me quedé en mi cama, rezando. A las 8:00 de la mañana del día siguiente, el grito de Alejandro retumbó en toda la casa. No fue un grito de dolor. Fue un grito de victoria. De asombro. De vida.

La puerta de mi cuarto se abrió de golpe. Ahí estaba él. Con un papel en la mano y los ojos llenos de lágrimas brillantes. —¡Sofía! —gritó, corriendo hacia mí y levantándome en brazos como si no pesara nada. —¿Qué pasa? —pregunté, aunque mi corazón ya sabía la respuesta.

—¡Eres tú! ¡Eres mía! —Lloraba abiertamente, sin vergüenza, besando mi cara, mi pelo, mis manos —. ¡El resultado es 99.9%! ¡Eres mi hija, Sofía! ¡Mi hija de verdad!

Doña Tere apareció en la puerta, aplaudiendo y llorando también. —¡Te lo dije, cabezón! ¡Te lo dije! —gritaba—. ¡La sangre llama!.

Alejandro se sentó conmigo en la cama, sin dejar de abrazarme. Me explicó todo. Me contó de Zayra, de cómo se amaron, de cómo los separaron sus abuelos (los papás de él que ya murieron), de cómo ella se fue y él pensó que lo había olvidado. —No sabía que existías —me dijo, tomándome la cara entre sus manos—. Si hubiera sabido… hubiera movido cielo, mar y tierra para encontrarte. Perdóname por no estar ahí. Perdóname por dejarte sola.

Le sequé las lágrimas con mis pulgares. —No importa, papá —le dije, y esta vez la palabra “papá” sonó sólida, real, eterna—. Ya estás aquí. Me encontraste en la lluvia.

—Sí —dijo él, sonriendo entre lágrimas—. Te encontré. Y nunca, nunca te voy a volver a soltar. Ya no soy tu papá de mentiras, Sofía. Soy tu papá de verdad.

Nos abrazamos los tres, con la Abuela Tere uniéndose al abrazo de oso. En ese momento, supe que mi vida de Cenicienta se había acabado. Ya no había ratones ni calabazas. Había encontrado a mi príncipe. Y resulta que mi príncipe no era un novio para casarme. Mi príncipe era mi papá.

CAPÍTULO 8: EL CONTRATO DE POR VIDA

La mañana siguiente al descubrimiento de la verdad, el cielo de la Ciudad de México amaneció despejado, de un azul intenso que lastimaba los ojos. Era como si el universo supiera que la tormenta había pasado y que, por fin, había salido el sol en nuestras vidas.

Alejandro no fue a trabajar. De hecho, le dijo a su asistente que cancelara todas sus juntas de la semana. —Tengo algo mucho más importante que hacer —le escuché decir por teléfono mientras desayunábamos hot cakes con forma de Mickey Mouse que la Abuela Tere había preparado.

—¿A dónde vamos? —pregunté, terminándome mi leche con chocolate.

Alejandro se acomodó el saco negro. Estaba vestido muy elegante, pero no con su ropa de “tiburón de negocios”. Llevaba un traje negro sencillo y una camisa blanca sin corbata. Se veía más… humano. Más papá. —Vamos a visitar a alguien, Sofía. Alguien a quien le debemos todo esto.

Nos subimos a la camioneta. Esta vez no hubo risas ni música. El ambiente era solemne, pero tranquilo. Rogelio manejó hacia el poniente de la ciudad, hacia uno de esos panteones grandes y antiguos donde los árboles son tan viejos que sus raíces levantan las tumbas. Llegamos al Panteón Francés.

Caminamos de la mano por los senderos de piedra. Yo apretaba su mano grande y él apretaba la mía. Llevaba un ramo enorme de lirios blancos, las flores favoritas de mi mamá. Yo no sabía que él lo sabía, pero al parecer, el corazón tiene memoria propia.

Nos detuvimos frente a una lápida sencilla de mármol gris. Estaba un poco sucia por la lluvia de la noche anterior. El nombre grabado decía: Zayra Méndez (1995 – 2021). Amada madre.

Alejandro se quedó parado ahí, petrificado. Vi cómo su garganta se movía al tragar saliva. Se quitó los lentes oscuros y dejó que sus ojos se llenaran de lágrimas. Se arrodilló en la tierra húmeda, sin importarle sus pantalones de marca, y limpió la lápida con su pañuelo.

—Hola, Zayra —susurró con la voz rota—. Tardé mucho en llegar, ¿verdad? Perdóname.

Me arrodillé junto a él. —Hola, mami —dije—. Te traje a alguien. Él es Alejandro. Es… es mi papá. Ya lo encontré. O él me encontró a mí.

Alejandro puso las flores en el florero de piedra. Acarició el nombre de ella con sus dedos. —No sabía, Zayra —le habló a la piedra como si ella estuviera sentada ahí—. Te juro que no sabía que me habías dejado este regalo. Si hubiera sabido, nunca te hubiera dejado ir. Fui un idiota. Fui un cobarde por no buscarte antes.

El viento sopló suavemente, moviendo las hojas de los árboles. Sentí un calorcito en la espalda, como un abrazo invisible. Alejandro me rodeó con un brazo y me pegó a su costado. —Te prometo algo, aquí frente a ella —dijo, mirándome a los ojos—. Le fallé a tu mamá. No estuve para cuidarla. Pero no te voy a fallar a ti. Voy a dedicar cada día de mi vida a que seas feliz, a que estés segura y a que sepas cuánto te amamos. Te lo juro por mi vida, Sofía.

Lloramos juntos un rato. Pero no fue un llanto feo, de esos que duelen. Fue un llanto que limpia. Un llanto que cierra heridas. Cuando salimos del cementerio, sentí que dejábamos atrás el peso del pasado. Mi mamá descansaba en paz, y yo… yo empezaba a vivir.


Un mes después.

La casa de Lomas de Chapultepec estaba irreconocible. Parecía que una bomba de chicle había explotado en el jardín. Era mi cumpleaños número ocho. Y no era cualquier cumpleaños. Era “El Evento del Año”, según la revista Caras, que había intentado colarse para tomar fotos.

Alejandro me había dicho: “Pide lo que quieras, princesa. El cielo es el límite”. Y yo, con la sabiduría de mis ocho años y mis ganas de recuperar el tiempo perdido, pedí lo único lógico: —Quiero una fiesta rosa. Todo rosa. Hasta los invitados.

Y Alejandro Elizondo cumplió. El jardín estaba decorado con miles de globos rosas, serpentinas rosas y una carpa rosa gigante. Había puestos de feria con algodones de azúcar (rosas), esquites (servidos en vasitos rosas) y una fuente de chamoy (que es rojo, pero cuenta como rosa oscuro).

Pero lo mejor no fue la decoración. Lo mejor fueron los invitados. Alejandro había invitado a todo mi salón. Sí, a todos. Incluso a los que me hacían el feo. Y había una regla estricta en la invitación: CÓDIGO DE VESTIMENTA: ROSA OBLIGATORIO.

Ver llegar a los papás empresarios, socios de Alejandro, vestidos con camisas fucsia y corbatas color pastel fue lo más divertido del mundo. Pero nada superó a mi papá. Alejandro bajó las escaleras luciendo un traje hecho a la medida… color rosa chicle. Con lentes oscuros rosas. Se veía ridículo y magnífico al mismo tiempo. —¿Qué tal me veo? —preguntó, dando una vuelta. —Te ves como un bombón gigante —le dije riendo. —Un bombón millonario, por favor —corrigió él, cargándome.

La fiesta estaba en su apogeo cuando vi llegar a alguien en la entrada. Era Rubí. Venía con su mamá. Rubí traía un vestido rosa pálido de marca, muy bonito, pero su cara… su cara no tenía precio. Se quedó parada en el arco de flores de la entrada, con la boca abierta, mirando la mansión, los meseros con charolas de plata, el castillo inflable del tamaño de una casa. Sus ojos parecían dos platos.

Me acerqué a ella, caminando con seguridad con mi vestido de princesa (rosa, obvio) y mis zapatos de charol. —Hola, Rubí —dije sonriendo. No con burla, sino con la paz de quien ya ganó. —¿Tú… tú vives aquí? —tartamudeó ella, mirando hacia la fachada de la casa que parecía un palacio.

—Sí. Es mi casa. Y él es mi papá —Señalé a Alejandro, que estaba en ese momento riéndose con unos payasos, con su traje rosa brillante. Rubí tragó saliva. Su mamá, la señora que antes me veía feo, ahora me sonreía con una dulzura falsa que me dio risa. —¡Sofía, querida! —dijo la señora—. ¡Qué hermosa fiesta! Siempre supe que eras una niña especial.

Alejandro se acercó a nosotras. Puso una mano en mi hombro y miró a la mamá de Rubí con esa mirada de negocios que congela la sangre, aunque trajera lentes rosas. —Buenas tardes. Gracias por venir a celebrar a mi hija. Espero que se diviertan. Sofía es la dueña de todo esto, así que si necesitan algo, pídanle permiso a ella.

La cara de Rubí se puso roja de envidia y vergüenza. —Pásale, Rubí —le dije, dándole una cajita de dulces—. Hay helado ilimitado. Y nadie te va a juzgar por tus zapatos.

Rubí bajó la mirada, avergonzada. Entró a la fiesta calladita. Ese día, la “reina del salón” perdió su corona, y yo aprendí que la mejor venganza no es ser cruel, sino ser feliz y generosa.


La noche cayó sobre la ciudad. Los invitados se fueron y el jardín quedó en silencio, lleno de confeti y recuerdos. Estaba agotada. Mis pies me dolían de tanto brincar en el inflable. Alejandro me cargó hasta mi cuarto. Me quitó los zapatos, me puso la pijama y me arropó en mi cama gigante. La Abuela Tere entró a darme un beso de buenas noches. —Descansa, mi niña. Mañana abrimos los regalos, que son demasiados.

Cuando la abuela salió, Alejandro se quedó sentado en la orilla de la cama, acariciándome el pelo. La luz de la lámpara de noche iluminaba su cara cansada pero feliz. —¿Te gustó tu fiesta, Sofía? —Fue el mejor día de mi vida —susurré, con los ojos pesados—. Gracias.

—No tienes que agradecer. Te mereces el mundo entero. Hubo un silencio cómodo. De esos silencios que solo tienes con la gente que amas.

—Oye, papá… —dije, luchando contra el sueño. —Dime. —¿Te acuerdas cuando te contraté por 200 pesos? Alejandro soltó una risita suave. —Cómo olvidarlo. Fue la mejor inversión de mi vida. Todavía tengo el billete guardado en mi caja fuerte, junto a mis acciones más valiosas.

—¿Crees que… crees que mi mamá nos está viendo? Alejandro miró hacia la ventana, hacia el cielo estrellado. —Estoy seguro de que sí. Y estoy seguro de que se está riendo de verme con este traje rosa ridículo.

Sonreí. —Te ves guapo de rosa. —Duérmete, pequeña estafadora.

Me acomodé en la almohada. Sentí su mano grande cubriendo la mía. —Papá… —¿Mande? —Ya no eres mi papá de mentiras. —No. Ya no. —Eres mi papá real. Mi papá de verdad. —Y tú eres mi hija de verdad. Para siempre.

Me dio un beso en la frente, apagó la lámpara y se quedó ahí hasta que mi respiración se hizo lenta. Mientras me quedaba dormida, pensé en lo raro que es el destino. Había perdido todo: mi casa, mi familia, mi esperanza. Había salido a la calle con 200 pesos y un corazón roto. Y había regresado con un imperio y un papá que me amaba.

Dicen que el dinero no compra la felicidad. Y es cierto. Mis 200 pesos no compraron a Alejandro. Lo que nos unió fue algo más fuerte. Fue la sangre, fue el destino, y fue esa extraña magia que tienen las tormentas de la Ciudad de México para juntar a dos almas que se necesitaban desesperadamente.

Cerré los ojos y soñé con mi mamá, con Alejandro y con un futuro donde nunca, nunca más, volvería a tener frío.

FIN

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