
En la Colonia Doctores, el aire siempre huele a una mezcla extraña de escape de camión, tacos de suadero y, si vivías en el departamento 302 del edificio “San Judas”, a alcohol etílico y Vick VapoRub. Ese era mi mundo. Un mundo de cincuenta metros cuadrados que olía a farmacia vieja y a miedo.
Mi nombre es Nicolás, pero durante los primeros diez años de mi vida, creo que mi nombre oficial fue “Cuidado”.
—¡Cuidado, Nicolás! ¡No toques eso!
—¡Cuidado, mijo! ¡Te va a dar un aire!
—¡Cuidado, por el amor de Dios, que te me rompes!
Mi madre, Graciela, era una mujer pequeña pero con la fuerza de un ciclón cuando se trataba de protegerme. Tenía un altar a la Virgen de Guadalupe en la esquina de la sala que siempre estaba iluminado por veladoras, tantas que el techo ya tenía una mancha negra de hollín permanente. Ahí, entre estampitas de santos y un rosario de plástico que brillaba en la oscuridad, ella rezaba por mis pulmones, por mis huesos, por mi sangre y hasta por mis pestañas.
Desde que nací, fui lo que las vecinas chismosas llamaban “un niño de mírame y no me toques”. Si soplaba el viento del norte, a mí me daba bronquitis. Si comía un taco de la calle, terminaba con una infección estomacal que me dejaba en los huesos. Si intentaba correr detrás de una pelota, mis rodillas se inflamaban como melones. Mi expediente médico en el Seguro Social era más grueso que la sección amarilla, y mi madre lo cargaba bajo el brazo con un orgullo extraño, como si fuera mi diploma de graduación.
—Es que el niño es especial —le decía a Doña Chuy, la portera, mientras me ajustaba la bufanda aunque estuviéramos a 28 grados en pleno mayo—. Diosito me lo mandó frágil para que yo lo cuidara. Es mi cruz y mi gloria.
Yo la escuchaba y sentía una mezcla de vergüenza y culpa. Culpa por ser “su cruz”. Culpa por no ser el niño robusto y latoso que ella merecía. Me pasaba las tardes pegado a la ventana, viendo hacia el patio de la vecindad. Abajo, la vida estallaba en colores y gritos. Veía al “Tuercas” y al “Beto” jugando futbol con una botella de plástico aplastada. Los veía sudar, empujarse, rasparse las rodillas y levantarse riendo, limpiándose la sangre con saliva y tierra.
Yo quería eso. Dios sabe cuánto quería eso. Quería rasparme. Quería sentir el ardor del merthiolate en una herida de guerra, y no el piquete estéril de una inyección de vitaminas en la nalga cada martes. Pero mi realidad era el “Televisa” a todo volumen viendo telenovelas y mi madre tomándome la temperatura cada hora.
Pero en esa ecuación de encierro y jarabes, había una variable que no encajaba: mi padre.
Rogelio era un hombre de manos grandes y callosas, mecánico de profesión, de esos que siempre traen las uñas negras de grasa y huelen a aceite de motor y tabaco barato. Era un hombre simple, de pocas palabras, que soñaba con llegar a casa, abrir una caguama y ver el partido del América con su hijo. Pero su hijo siempre estaba “indispuesto”.
—¡Ya déjalo salir, mujer! —gritaba mi papá, golpeando la mesa de la cocina con frustración—. ¡Lo tienes ahí como momia! ¡El chamaco necesita sol, necesita tierra! ¡Se va a volver un inútil!
—¡Tú cállate, Rogelio! —respondía mi madre, transformándose de la santa devota a una leona furiosa—. ¡Tú no sabes lo que es pasar noches enteras bajándole la fiebre! ¡Tú nada más llegas a dormir! ¡Si a este niño le pasa algo por tu culpa, te juro que te mato!
Esas peleas eran la banda sonora de mi infancia. Yo me escondía bajo las sábanas, tapándome los oídos, pidiéndole a la Virgencita que por favor me hiciera normal. “Virgencita, por favor, hazme fuerte. Quiero jugar fut. Quiero que mi papá no grite”.
Recuerdo perfectamente el día que todo se rompió. Fue un domingo. Mi papá había llegado temprano del taller, algo raro en él. Traía una bolsa de plástico en la mano y una sonrisa nerviosa en la cara, de esas que no le quedaban bien porque no las usaba mucho.
—Ten, Nico —me dijo, aventándome la bolsa a las piernas mientras yo estaba sentado en el sofá viendo caricaturas.
Abrí la bolsa. Era un balón de fútbol. No uno de plástico chafa, sino uno de cuero, blanco con negro, que olía a nuevo. Mis ojos se iluminaron. Por un segundo, olvidé el asma, las alergias y el dolor de huesos.
—Ándale, vamos al parque Delta. Nada más un rato. A patear un poco —dijo mi papá, mirándome con una esperanza que me dolió en el pecho.
Me levanté de un salto. —¡Sí, pa! ¡Deja me pongo los tenis!
Pero en ese momento, la puerta de la recámara se abrió y salió Graciela. Traía el termómetro en la mano y esa mirada de radar que detectaba el peligro a kilómetros. Vio el balón. Vio mis tenis. Vio la sonrisa de mi papá. Y el cielo se nubló en la sala.
—¿A dónde creen que van? —preguntó, con una voz gélida.
—Al parque, Graciela. Voy a llevar a mi hijo al parque. ¿Hay algún pedo con eso? —retopó mi papá, ya poniéndose a la defensiva.
—Nicolás tuvo febrícula anoche. Tiene el pecho cerrado. ¿Lo quieres matar? ¿Quieres que le dé un ataque de asma a medio parque para que te sientas muy hombre jugando a la pelota?
—¡Tuvo febrícula porque lo tapas con tres cobijas en verano, chingada madre! —explotó mi papá—. ¡El niño no está enfermo, tú lo estás enfermando! ¡Estás loca, Graciela! ¡Tienes el síndrome ese de Munchausen o como se llame!
—¡No me hables así delante del niño! —gritó ella, arrebatándome el balón de las manos—. ¡Nicolás, vete a tu cuarto!
—¡No! —dijo mi papá, agarrándome del brazo—. ¡Nicolás se viene conmigo!
Me quedé ahí, estirado entre los dos. Mi papá jalándome de un brazo, mi madre del otro. Sentí que me iban a desmembrar. Empecé a llorar, no de dolor físico, sino de terror. El aire me empezó a faltar. El silbido familiar en mi pecho apareció. Hiiiii, hiiiii. El asma. El maldito asma provocado por el estrés.
Empecé a toser. Mi cara se puso roja.
—¡Ya ves! —chilló mi madre triunfante y aterrorizada a la vez—. ¡Ya le provocaste el ataque! ¡Suéltalo, animal!
Mi papá me soltó como si le hubiera quemado. Me vio jadear, vio a mi madre correr por el inhalador y ponérmelo en la boca con manos temblorosas pero expertas. Vio cómo ella me abrazaba, me mecía y me susurraba: “Ya pasó, mi amor, ya pasó, mamá está aquí, mamá te cuida, ese hombre malo no te va a hacer nada”.
Ese hombre malo. Su propio esposo.
Mi padre se quedó parado en medio de la sala, con los brazos caídos, viendo la escena. Vi cómo algo se apagaba en sus ojos. No era rabia, era resignación. Una derrota total y absoluta. Se dio cuenta de que nunca podría ganar contra la locura protectora de mi madre. Yo era propiedad de Graciela. Él era solo un intruso que pagaba la renta.
—Quédate con él, Graciela —dijo mi papá con la voz rota, muy bajito—. Quédate con tu muñeco de cristal. Ojalá nunca se te rompa de verdad, porque te vas a quedar sola. Estás loca. De verdad, estás loca.
Dio media vuelta y se fue a la recámara. Escuché ruidos de cajones abriéndose y cerrándose. Mi madre ni se inmutó, seguía acariciándome el pelo, tarareando una canción de cuna, con los ojos fijos en la nada.
Diez minutos después, Rogelio salió con una maleta de deporte vieja y una caja de herramientas. Se detuvo en la puerta. Me miró una última vez. Yo, con la respiración todavía agitada, quise decirle “No te vayas, papá”, pero el miedo a mi madre me selló los labios. Solo lo miré.
—Ahí te dejo la lana de la semana en la mesa —dijo sin mirar a mi madre—. No me busquen.
Y se fue. El portazo retumbó en todo el edificio, haciendo temblar a la Virgen de Guadalupe en su altar.
Ese día aprendí dos cosas: que el amor de mi madre era tan fuerte que podía asfixiar, y que mi padre era un cobarde que prefería huir antes que luchar por rescatarme.
Desde ese día, la casa se volvió un búnker. Mi madre, ahora con el papel de “madre soltera y mártir” tatuado en la frente, redobló la vigilancia. Si antes era estricta, ahora era una dictadora benevolente. Trabajaba doble turno: en la mañana limpiaba oficinas en Reforma y en la tarde lavaba ropa ajena. Llegaba con las manos rojas, agrietadas por el cloro y el jabón Zote, oliendo a cansancio.
—Todo esto es por ti, Nicolás —me decía mientras contábamos las monedas para ver si alcanzaba para mis “medicinas especiales” (que muchas veces eran placebos recetados por médicos charlatanes que se aprovechaban de su hipocondría)—. Tu padre nos abandonó, pero yo nunca te voy a dejar. Tú y yo contra el mundo, mijo.
Y yo me lo creí. Me creí que el mundo exterior era un lugar hostil, lleno de virus, bacterias y padres que abandonan. Me refugié en los libros. Ya que mi cuerpo era una “porquería” (palabra que nunca dije, pero siempre pensé), decidí cultivar mi mente. Leía todo lo que caía en mis manos: enciclopedias viejas, revistas médicas que mi madre traía de los consultorios donde limpiaba, novelas de vaqueros.
Pero la biología… ah, la biología era mi obsesión. Quería entender la máquina defectuosa que era mi cuerpo. ¿Por qué mis mitocondrias no generaban energía? ¿Por qué mi sistema inmune era tan cobarde? Soñaba con encontrar la cura para mí mismo. Me imaginaba de bata blanca, entrando a un quirófano, salvando vidas, siendo el héroe que nunca pude ser en la cancha de fútbol.
Los años pasaron lentos, pegajosos como jarabe para la tos. Llegué a los quince años siendo un chico pálido, delgado como un fideo, con ojeras profundas y una timidez patológica. En la secundaria técnica a la que iba, yo era invisible. El “rarito” que no hablaba, que siempre traía suéter aunque hiciera calor, que no iba a las fiestas, que no tenía amigos.
—Ahí va el hijo de la loca —escuché una vez decir a una vecina cuando regresaba de la escuela.
Apreté el paso, bajando la cabeza. Odiaba que le dijeran loca. Ella me amaba. Me amaba demasiado, tal vez, pero me amaba. ¿Quién más iba a amarme? ¿Quién iba a querer a un chico enfermizo que se cansaba subiendo dos pisos de escaleras?
Pero entonces, justo cuando cumplí dieciséis años, la naturaleza decidió que era hora de jugar su carta más cruel.
Empezó con los zapatos. De repente, mis tenis del número 7 me apretaban. A la semana siguiente, ya no me entraban.
—Estás dando el estirón, mijo —dijo mi madre, contenta al principio—. ¡Vas a ser alto! ¡Mira, por fin estás creciendo!
Pero no era un estirón normal. Era una explosión.
Mis huesos dolían. No era un dolor muscular, era un dolor profundo, como si mis huesos estuvieran hirviendo por dentro, tratando de escapar de mi piel. Me despertaba en la noche llorando, agarrándome las piernas.
—Toma, tómate esta aspirina —decía mi madre, preocupada pero firme—. Es normal, es el crecimiento.
Luego vinieron las manos. Mis dedos empezaron a engrosarse. Mis anillos ya no salían. Mis manos, antes finas y delicadas, se transformaron en manoplas de carne y hueso, torpes y pesadas. Rompía los vasos al lavarlos. Rompía los lápices al escribir.
Y la cara… Dios mío, la cara.
Me miraba al espejo del baño y no reconocía al chico que me devolvía la mirada. Mi nariz se ensanchó. Mi mandíbula empezó a proyectarse hacia adelante, desencajando mi mordida. Mis dientes se separaron. Los arcos sobre mis ojos se abultaron, dándome una apariencia primitiva, tosca.
—Mamá… me veo raro —le dije un día, con pánico en la voz.
Ella me tomó la cara con sus manos, que ahora parecían diminutas comparadas con mi rostro. Me miró con esa devoción ciega que se niega a ver la realidad.
—Estás guapo, mi amor. Te estás haciendo un hombre. Te pareces a… a ese actor de las películas de antes, a Pedro Armendáriz. Sí, tienes porte de hombre fuerte.
Mentira. No me parecía a Pedro Armendáriz. Me estaba pareciendo a un monstruo.
Los dolores de cabeza comenzaron a ser insoportables. Eran como relámpagos detrás de mis ojos. Me dejaban ciego, vomitando del dolor. Mi madre gastaba lo que no teníamos en neurólogos que solo me daban palmadas en la espalda.
—Es migraña tensional, señora. El chico estudia mucho. Que descanse.
Nadie vio lo que estaba pasando. Nadie vio al gigante que estaba despertando dentro de mí, alimentado por un tumor silencioso en la base de mi cerebro que bombeaba hormona de crecimiento como si fuera veneno.
Yo era el “Niño de Cristal” que se estaba convirtiendo en piedra. Y mi madre, en su afán de protegerme, había construido una jaula de santos y medicinas, sin saber que el verdadero enemigo no estaba afuera, en el aire frío o en los gérmenes de la calle. El enemigo estaba adentro, reescribiendo mi ADN, deformando mi rostro, preparándome para un destino que ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado.
La infancia había terminado. Y el horror apenas comenzaba.
Si los dieciséis años fueron el inicio de la pesadilla, los dieciocho fueron el infierno en la tierra.
Mi cuerpo ya no era mi cuerpo; era una prisión de carne que se expandía sin mi permiso. En dos años, había pasado de ser el “flaquito enfermizo” a ser una torre de casi dos metros de altura. Pero no era esa altura atlética de los jugadores de basquetbol que salen en la tele, no. Lo mío era grotesco. Era pesado. Mis hombros se habían ensanchado tanto que al caminar por el pasillo de nuestro pequeño departamento, tenía que ladearme para no raspar los marcos de las puertas.
La transformación fue lenta pero implacable, como la humedad que se come las paredes. Primero fue la talla de zapatos. Pasé del 7 al 10, y luego al 12, y finalmente tuve que empezar a usar tenis “piratas” que mi madre conseguía en el tianguis de La Lagunilla, los únicos que me entraban, aunque fueran imitaciones baratas de marcas gringas que se deshacían a la semana.
—Mira nomás, qué patotas te cargas, mijo —decía mi madre, intentando sonar bromista, pero con ese temblor en la voz que la delataba—. Es que vas a ser un hombre grandote, para que nadie se meta contigo.
Pero todos se metían conmigo.
En la preparatoria oficial donde estudiaba, me convertí en la atracción principal del circo de la crueldad adolescente. Ya no era Nicolás. Ahora era “Largo”, “Frankenstein”, “El Pie Grande” o, el que más dolía, “El Fenómeno”.
Recuerdo un martes cualquiera. Estaba formado en la cooperativa para comprar una torta de milanesa. Sentía las miradas en mi nuca, como alfileres calientes.
—Oye, güey, ¿ya viste al mutante? —susurró alguien a mis espaldas. No susurró lo suficientemente bajo.
—Sí, no manches. Dicen que su jefa le dio esteroides de caballo cuando era bebé.
—No, güey, dicen que se cayó en un barril de desechos tóxicos.
La risa. Esa risa colectiva, hiriente, que se te mete bajo la piel. Me di la vuelta. Eran tres tipos del taller de mecánica, chaparros y bravucones. Me miraban desafiantes, esperando que el “monstruo” reaccionara. Yo les sacaba dos cabezas de ventaja. Mis manos, ahora enormes y toscas, podían haber aplastado sus cráneos como si fueran latas de refresco. Sentí la ira subir por mi garganta, una oleada de calor que me pedía a gritos soltar un golpe, romper algo, hacerles pagar.
Pero entonces escuché la voz de mi madre en mi cabeza: “Eres delicado, Nicolás. Tu corazón no aguanta corajes. Si te peleas, te me mueres”.
Bajé la mirada. Me encogí de hombros, tratando de hacerme pequeño, algo imposible para una masa de ciento veinte kilos. Compré mi torta y me fui a comer solo, detrás de las canchas de fútbol, donde se juntaba la basura y nadie iba.
Comía con rabia. Mordía el bolillo duro imaginando que mordía mi propia suerte. Me dolía todo. Me dolían las rodillas al sentarme. Me dolía la mandíbula al masticar, porque mis dientes de abajo se habían movido hacia adelante, creando una mordida cruzada que me hacía babear si no tenía cuidado. Y me dolía la cabeza.
Ah, la cabeza. Ese era mi verdugo diario.
No era un dolor de cabeza normal. No era esa punzada que te da cuando no has tomado café o cuando hace mucho sol. Esto era un taladro. Sentía una presión brutal detrás de los ojos, como si mi cerebro estuviera creciendo más rápido que mi cráneo y quisiera romper el hueso para salir. Había días en que la luz del sol me quemaba las retinas. Me tenía que encerrar en el baño de la escuela, a oscuras, apretándome las sienes con mis manos gigantes, rogando que parara.
—Tómate un Ketorolaco, mijo —me decía mi madre cuando llegaba a casa pálido y con los ojos inyectados en sangre.
Ella tenía un cajón lleno de analgésicos. Pastillas blancas, azules, rojas. Me las daba como si fueran dulces.
—Es el estrés de la escuela, Nicolás. Estudias mucho. Tienes que relajarte.
¿Estrés? Sí, tenía estrés. Pero también tenía la certeza absoluta, fría y científica de que algo andaba terriblemente mal dentro de mí.
Porque yo leía. Leía obsesivamente. Mi refugio no era la religión como el de mi madre, sino la ciencia. Gastaba lo poco que me sobraba del dinero del camión en comprar libros de medicina usados en los puestos de viejo del centro. Anatomía de Gray, Fisiología de Guyton. Eran ediciones viejas, con páginas amarillas y olor a humedad, pero para mí eran sagradas.
Me quedaba despierto hasta las tres de la mañana, con una pequeña lámpara de escritorio para no gastar mucha luz, devorando capítulos sobre el sistema endocrino, el sistema nervioso, las patologías óseas. Buscaba mis síntomas. Leía sobre gigantismo, sobre tumores, sobre síndromes genéticos raros.
A veces, encontraba párrafos que me helaban la sangre. “Acrecentamiento de las partes acras… Prognatismo mandibular… Cefaleas intensas…”. La palabra Acromegalia aparecía ahí, burlona, en letras negras. Pero mi cerebro, en un mecanismo de defensa patético, se negaba a aceptarlo. “No, eso es muy raro”, me decía a mí mismo. “Seguro es solo un desajuste hormonal de la pubertad. Ya pasará. Cuando cumpla veinte, dejaré de crecer y todo se acomodará”.
Me aferré a una esperanza: La Facultad de Medicina.
La UNAM. La Universidad Nacional Autónoma de México. Ese era mi Santo Grial.
—Voy a ser médico, mamá —le dije una noche, mientras ella me sobaba la espalda con árnica para calmar los dolores musculares—. Voy a entrar a la Facultad. Voy a aprender a curar. Y me voy a curar a mí mismo.
Ella me miró con tristeza. Acarició mi cabello, que ahora era grueso y rebelde.
—Ay, mi vida. Es muy difícil. Son muchos años. Y tú te cansas tanto… ¿Por qué no mejor estudias contabilidad? O algo de computación, que puedas estar sentado.
—¡No! —grité, y mi voz, que se había vuelto grave y cavernosa, retumbó en la cocina—. ¡Quiero ser doctor! ¡Quiero saber qué me pasa!
Ella suspiró y asintió, vencida. —Está bien, mijo. Si eso quieres, yo te apoyo. Pero no te presiones.
Estudié como un poseso para el examen de admisión. Memoricé la tabla periódica, los ciclos de Krebs, la historia de México, las fórmulas de cálculo integral. Mi cuarto se llenó de post-its. Las paredes parecían un mural de locura matemática. Yo sabía que mi cuerpo era monstruoso, pero mi mente… mi mente tenía que ser mi salvación. Si no podía ser guapo, ni normal, ni fuerte, sería brillante. Sería el Dr. Nicolás, la eminencia. Y entonces, nadie se burlaría de mi mandíbula. Todos me respetarían por mi bata blanca.
Llegó el día del examen. Febrero. Un frío seco calaba los huesos en la Ciudad de México.
El examen era en el Estadio Olímpico Universitario. Miles de aspirantes. Un mar de cabezas nerviosas, lápices del número 2 y gomas blancas.
Llegué temprano, acompañado de mi madre, que me dio la bendición tres veces y me obligó a llevarme un sándwich de jamón y una botella de agua bendita (sí, agua bendita) en la mochila.
—Que la Virgencita te ilumine el cerebro, mijo.
Entré al recinto. Me sentía un gigante entre liliputienses. Los otros chicos me miraban, cuchicheaban. “Mira a ese güey, ¿qué edad tiene? Parece señor”. Intenté ignorarlos. Busqué mi fila. Me tocó en las gradas, en una de esas butacas de cemento incómodas, con una paleta de madera minúscula para escribir.
Ahí empezó el desastre.
No cabía.
Literalmente, no cabía. Mis piernas eran demasiado largas para el espacio entre las filas. Tuve que sentarme de lado, con las rodillas clavadas en la espalda del chico de enfrente.
—Oye, fíjate, ¿no? —se quejó el chico, volteando molesto.
—Perdón —murmuré, sintiendo la cara arder.
La paleta de madera era ridícula. Apenas me cabía medio codo. Mi mano gigante, sosteniendo el lápiz diminuto, parecía una garra de oso intentando escribir caligrafía. Me sentía torpe, sudoroso, fuera de lugar.
El aplicador dio la señal.
—Tienen tres horas. Empiecen.
Abrí el cuadernillo. Pregunta 1: Biología. La sabía. Pregunta 2: Química. La sabía.
Iba bien. Estaba contestando rápido. La adrenalina me mantenía enfocado.
Pero a la hora y media, llegó el enemigo.
La migraña.
No avisó. Fue un estallido repentino detrás de mi ojo derecho. Una lanza de fuego. Pum. Pum. Pum. El dolor venía al ritmo de mis latidos. La visión se me empezó a nublar. Las letras del examen empezaron a bailar. La “A” se mezclaba con la “B”. Las fórmulas matemáticas se convertían en garabatos sin sentido.
Empecé a sudar frío. Sentí náuseas.
“No ahora, por favor, Diosito, no ahora”, recé. “Aguanta, Nicolás. Aguanta”.
Intenté leer la pregunta 54 de Historia Universal. ¿En qué año comenzó la Revolución Francesa?
Sabía la respuesta. 1789. Lo sabía. Pero mi cerebro no conectaba. El dolor era tan intenso que me impedía pensar. Solo sentía el latido furioso en mi sien. Pum. Pum.
Se me cayó el lápiz. Al intentar recogerlo, choqué con la banca de enfrente. Hice ruido. Todos voltearon. El aplicador me miró feo.
—Silencio, por favor.
Mis manos temblaban. El dolor me estaba cegando. Tuve que cerrar los ojos un momento. Solo un momento, pensé. Para que pase el pico de dolor.
Cuando los abrí, habían pasado veinte minutos. Me había quedado semi-inconsciente del dolor.
El pánico me invadió. Me faltaban cincuenta preguntas y quedaba media hora.
Contesté a lo loco. Rellené los óvalos de la hoja de respuestas al azar, con la vista borrosa, conteniendo las ganas de vomitar del dolor. Mi mano gigante manchó de grafito toda la hoja. Era un desastre.
—Tiempo —dijo el aplicador.
Entregué el examen con el alma en los pies. Salí del estadio tambaleándome, como un borracho. El sol del mediodía me golpeó como un mazo.
Vi a mi madre esperándome en la reja, con su suéter tejido y su cara de esperanza.
—¿Cómo te fue, mi amor? ¿Sentiste la ayuda de la Virgen?
No pude decirle la verdad. No pude decirle que la Virgen no apareció, pero la migraña sí. No pude decirle que no cabía en la silla.
—Bien, mamá. Creo que bien —mentí, y sentí que me tragaba vidrio molido.
Los resultados salieron un mes después. Fui al café internet de la esquina, porque en casa no teníamos computadora.
Tecleé mi folio con dedos temblorosos.
La pantalla cargó lento, pixel por pixel.
FOLIO: 239485
NOMBRE: NICOLÁS HERNÁNDEZ
RESULTADO: NO ASIGNADO
Ahí estaba. La sentencia de muerte a mis sueños. No Asignado. Dos palabras que significaban: “No eres suficiente”. “No sirves”.
Me quedé mirando la pantalla hasta que el encargado del café me dijo:
—Oye, chavo, ya se acabó tu hora. ¿Vas a querer otra o qué?
Salí a la calle. Llovía. Me mojé, pero no me importó. Caminé sin rumbo por las calles de la colonia. Pasé frente a una farmacia. Vi a un doctor de bata blanca atendiendo a una señora. Sentí una envidia tan negra, tan corrosiva, que me dio asco de mí mismo.
Llegué a casa empapado. Mi madre vio mi cara y supo la respuesta.
No lloró. De hecho, suspiró aliviada.
—Ay, mijo… pues ni modo. Dios sabe por qué hace las cosas. A lo mejor esa carrera era mucho estrés para ti. Te ibas a enfermar más. Mira, mejor así. Aquí te cuido yo.
Ese “mejor así” fue como una puñalada. Ella estaba aliviada de que yo fracasara, porque eso significaba que me quedaba en su jaula. Que no me iba al campus universitario lejos de ella. Que seguía siendo su niño enfermo.
Me encerré en mi cuarto y no salí en dos días. Pensé en todo. Pensé en irme. Pensé en robar dinero y largarme. Pensé, incluso, en tomarme todo el frasco de pastillas para dormir de mi madre. ¿Para qué vivir así? ¿Siendo un fenómeno, pobre, y ahora, fracasado?
Pero al tercer día, el hambre y una extraña resiliencia me sacaron de la cama.
No iba a dejarme vencer. Si no podía entrar por la puerta grande, entraría por la ventana. O por la puerta de servicio.
—Mamá —le dije en el desayuno, mientras ella me servía chilaquiles—. Voy a estudiar enfermería.
Ella parpadeó. —¿Enfermería? ¿Como… poner inyecciones y limpiar enfermos?
—Sí. Hay una escuela técnica aquí cerca. El CONALEP. Es carrera técnica. Son tres años. Es más barato. Y cuando termine, voy a trabajar en un hospital.
Ella dudó. —Pero es trabajo pesado, Nicolás. Cargar gente… estar parado todo el día…
—Lo voy a hacer, mamá. No te estoy pidiendo permiso. Te estoy avisando.
Fue la primera vez que le hablé con tanta firmeza. Mi voz grave, esa voz de gigante que tanto odiaba, esta vez sirvió para imponer respeto. Ella bajó la mirada.
—Bueno. Pues si eso quieres. Pero te me cuidas mucho.
Entrar a la escuela técnica fue un choque cultural. Si en la prepa me sentía fuera de lugar, aquí era un alienígena. El ambiente era más rudo. Chicos de barrio, con tatuajes, con miradas duras, que estudiaban para trabajar rápido y sacar dinero.
Yo llegué con mis libros de anatomía bajo el brazo, mi ropa demasiado grande y mi cara de susto.
El primer día de clases, el profesor de Fundamentos de Enfermería, un enfermero jubilado con cara de bulldog, pasó lista.
—Hernández Nicolás.
—Presente —dije, poniéndome de pie.
La silla rechinó y se levantó conmigo porque se me atoró en la cadera. Hubo risas. Me tuve que sacudir la silla del trasero.
El profesor me miró por encima de sus lentes.
—¡Válgame Dios! —exclamó sin filtro—. ¿Tú vas a ser enfermero? Con ese tamaño vas a asustar a los viejitos, muchacho. Pareces el enterrador, no el que cura.
Más risas. Una carcajada general. Sentí las lágrimas de humillación picándome los ojos. Me senté de golpe, deseando que el piso se abriera y me tragara.
“¿Qué hago aquí?”, pensé. “Soy un monstruo jugando a ser ángel”.
Y entonces, sentí un toque en el codo.
Volteé.
A mi lado, en la banca contigua, había una chica.
Era diminuta. En serio, muy pequeña. Sus pies apenas tocaban el suelo. Llevaba el uniforme blanco impecable, pero lo que más destacaba eran sus lentes. Unos lentes de armazón grueso, negro, con micas tan potentes que sus ojos se veían enormes, como los de un búho curioso. Tenía el cabello trenzado en dos colitas apretadas, lo que la hacía ver como una niña de secundaria perdida en la universidad.
Todos los demás se estaban riendo de mí. Ella no.
Ella me estaba mirando con una seriedad absoluta, analítica.
—Ignóralos —susurró. Su voz era finita, pero clara—. El profe es un idiota amargado. Y tú…
Se calló un segundo, escaneando mi cara, mis manos enormes sobre la mesa, mi mandíbula. Yo esperé el insulto. Esperé el “Shrek”. Esperé el asco.
—Tú tienes manos grandes —dijo, asintiendo para sí misma—. Eso es bueno. Vas a poder canalizar venas difíciles y dar RCP mejor que nadie. Necesitamos fuerza aquí, no caritas bonitas.
Me quedé helado. Nadie, nunca, había visto una ventaja en mi deformidad.
—¿Ah sí? —logré balbucear.
—Sí. Soy Verónica. Y no te voy a prestar mis apuntes si te duermes, así que pon atención.
Se acomodó los lentes con el dedo índice y volvió a mirar al frente, tomando notas furiosamente en su cuaderno.
Yo me quedé mirándola de reojo. Era como un pajarito bravo al lado de un elefante torpe.
Por primera vez en años, el dolor de cabeza disminuyó un poco.
Por primera vez, sentí que tal vez, solo tal vez, no estaba tan solo en el mundo.
Ese día no aprendí a poner inyecciones. Aprendí que a veces, la salvación no viene en forma de una carta de aceptación de la universidad, sino en forma de una chica miope con trenzas que se niega a ver monstruos donde solo hay personas rotas.
Pero yo todavía no sabía lo grave que era mi condición. No sabía que mi hipófisis seguía trabajando en las sombras, tejiendo un destino cruel que pondría a prueba no solo mi vocación, sino el amor que estaba a punto de nacer.
El CONALEP era un ecosistema salvaje, y yo era la especie invasora que nadie sabía cómo clasificar.
Durante los primeros meses, mi vida escolar fue un ejercicio de invisibilidad fallida. ¿Cómo pasas desapercibido cuando mides casi dos metros, tus manos parecen guantes de portero de hockey y tu mandíbula avanza centímetro a centímetro como un glaciar imparable? La respuesta es: no puedes.
Los murmullos me seguían como moscas a la fruta podrida.
—Ahí va el Hulk.
—Cuidado, no lo hagan enojar o se pone verde.
—Oye, Largo, ¿qué clima hace allá arriba?
Las risas eran la banda sonora de mis recesos. Yo me refugiaba en las esquinas, encorvando la espalda, tratando de comprimir mis vértebras para parecer menos… monstruoso. Comía mis tortas de jamón aplastadas mirando al suelo, deseando tener el superpoder de desvanecerme.
Pero entonces, aparecía ella.
Verónica no caminaba; marchaba. Era una cosita de un metro cincuenta y tantos, con una mochila que parecía pesar más que ella llena de libros de texto que sacaba de la biblioteca. Siempre traía esas dos trenzas apretadas que le daban un aire infantil, pero sus ojos… Dios, sus ojos detrás de esos lentes de fondo de botella eran los de un francotirador. No se le escapaba nada.
—¿Te vas a comer eso o lo vas a hipnotizar? —me dijo un martes, plantando su charola de unicel en mi mesa, la mesa de los marginados, la que estaba pegada a los botes de basura.
Levanté la vista, sorprendido. Nadie se sentaba conmigo.
—Hola, Verónica —murmuré, con la boca llena de migajón.
—Hola, Nicolás. Oye, estuve revisando tus apuntes de Anatomía Patológica. Tienes letra de doctor, o sea, horrible, pero tus esquemas son brillantes. ¿De dónde sacaste que la válvula mitral tiene esa forma exacta? El libro de texto está mal ilustrado, pero tu dibujo es perfecto.
—Ah… es que… —me puse rojo. Sentí el calor subir por mi cuello grueso—. Es que voy a los puestos de libros viejos en Donceles y compro atlas médicos antiguos. Los dibujantes de antes eran más detallistas.
Ella sonrió. Fue la primera vez que la vi sonreír de verdad, no esa mueca sarcástica que le dedicaba a los profesores incompetentes. Su sonrisa revelaba unos dientes un poco chuecos, con brackets, que la hacían ver aún más humana, más real.
—Lo sabía. Eres un ñoño de clóset, igual que yo.
Desde ese día, se formó la alianza más extraña de la escuela. La hormiga atómica y el elefante triste.
Verónica se convirtió en mi escudo. No físico, claro. Si alguien me empujaba, yo ni me movía y el agresor rebotaba. Pero mi debilidad no era física, era emocional. Yo era un gigante de cristal, que se rompía con una mala mirada. Ella, en cambio, era de titanio.
Una tarde, el “Buitre”, un tipo repetidor que se creía el dueño del salón, me tiró la mochila al pasar.
—Ups, perdón, Frankenstein. No vi tu equipaje.
Yo me agaché sumisamente a recoger mis cuadernos desparramados. Sentí la humillación quemándome las orejas. Pero antes de que pudiera tocar el suelo, una bota negra, pequeña y gastada, pisó la mano del Buitre que intentaba patear mi libro de Farmacología.
—¡Au! ¡Fíjate, pinche loca! —gritó el Buitre.
Verónica no se movió. Lo miró hacia arriba, ajustándose los lentes con una calma terrorífica.
—Se dice “discúlpame”, Buitre. Y si vuelves a tocar sus cosas, le voy a contar a la directora que vendes los exámenes de matemáticas. Y tengo pruebas. Capturas de pantalla. ¿Quieres que se las mande a tu mamá o al consejo estudiantil?
El tipo palideció. Balbuceó un insulto y se largó rápido.
Verónica se agachó y me ayudó a recoger los libros.
—Levántate, Nicolás —me dijo, sacudiendo el polvo de mi cuaderno—. Tienes que dejar de agachar la cabeza. Eres más listo que todos ellos juntos. Si te ven débil, te comen. Si te ven seguro, se apartan. Es etología básica. Comportamiento de manada.
—Gracias —le dije, sintiendo un nudo en la garganta.
—No me des las gracias. Mejor invítame unos tacos de canasta a la salida. Me muero de hambre y hoy no traje lunch.
Así empezamos nuestra rutina. A la salida, caminábamos hacia el metro. Ella hablaba por los codos, saltando de un tema a otro: la incompetencia del sistema de salud en México, por qué la serie Dr. House era médicamente inexacta pero dramáticamente genial, o sus teorías sobre por qué las quesadillas deben llevar queso obligatoriamente (un debate eterno en la capital).
Yo la escuchaba, fascinado. Por primera vez, el dolor de cabeza constante que vivía detrás de mis ojos pasaba a segundo plano. Su voz era mi analgésico.
Pero yo tenía un secreto.
Mis dolores no eran normales. Y mi crecimiento no se detenía.
Cada mes, sentía que mi ropa me apretaba más. Mis manos se sentían torpes, hinchadas, como si tuviera guantes de boxeo invisibles puestos todo el tiempo. Escribir era un suplicio. Agarrar el lápiz requería una concentración dolorosa. A veces, se me caían las cosas de las manos.
—¡Ay, qué manos de mantequilla! —se reía Verónica cuando se me caía el refresco.
Yo me reía con ella, pero por dentro me moría de miedo. ¿Qué me está pasando? ¿Por qué mis dedos no obedecen?
Una tarde de noviembre, llovía a cántaros en la Ciudad de México. El cielo se caía y las calles eran ríos de agua negra y basura. Salimos de la escuela y corrimos a refugiarnos bajo el toldo de un puesto de periódicos cerrado.
Estábamos empapados. El agua escurría por mis mechones de pelo negro y grueso. Ella parecía un pollito mojado, temblando de frío.
—Ten —me quité mi chamarra de mezclilla, que era talla XXXXXL (o algo así, hecha a medida por una costurera del barrio), y se la puse encima. Le quedaba como una casa de campaña.
—Te vas a enfermar tú —protestó ella, pero se acurrucó en la tela caliente.
—Yo aguanto. Tengo mucha… superficie corporal —bromeé.
Ella se rió, y luego se quedó callada, mirando la lluvia golpear el asfalto.
—Nicolás —dijo de repente, con voz seria—. Voy a volver a hacer el examen para la UNAM. Para Médico Cirujano.
El corazón se me detuvo un segundo. Sabía que ese era su sueño. Ella era demasiado brillante para ser solo técnica en enfermería. Ella había nacido para diagnosticar, para operar, para investigar.
—Eso es… eso es genial, Veru. Lo vas a pasar. Eres la más lista del salón.
—Tengo miedo —confesó, y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas—. Ya me rechazaron una vez. Si me rechazan otra vez… no sé si pueda soportarlo. Mi papá dice que pierdo el tiempo, que ya me ponga a trabajar, que necesitamos dinero en la casa. Si no quedo esta vez, me saca de estudiar.
La miré. Vi su fragilidad oculta bajo esa armadura de “sabelotodo”.
En un impulso que no supe de dónde salió, extendí mi mano gigante y, con una delicadeza que no sabía que poseía, le levanté la barbilla. Mis dedos abarcaban toda su cara.
—Mírame, Verónica.
Ella me miró a través de sus lentes empañados.
—Tú vas a ser doctora. Lo sé. Lo he visto cuando disecamos el corazón de cerdo en el laboratorio. Tienes manos firmes y mente fría. Eres terca como una mula. La UNAM no sabe lo que se pierde si no te acepta. Y si no te aceptan, vamos y quemamos Rectoría. Bueno, no, eso es delito. Pero les hacemos una huelga.
Ella soltó una carcajada entre lágrimas y sorbió la nariz.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro.
—¿Y tú? —me preguntó, clavando su mirada en la mía—. ¿Tú no vas a intentar otra vez? Eres igual de bueno que yo, Nicolás. Sabes más fisiología que el profe.
Bajé la mirada. El dolor en mis sienes pulsó con fuerza, recordándome mi realidad.
—No puedo, Veru. Necesito trabajar ya. Mi mamá… ella ya no puede sola. Se le están hinchando las piernas de tanto trapear pisos. Necesito el título de enfermero rápido para empezar a traer dinero a la casa. Además… —me toqué la cara, mi mandíbula prominente, mi frente abultada—. No creo que nadie quiera a un doctor que asusta a los niños.
—¡No asustas a nadie! —exclamó ella con furia—. Bueno, al principio sí impones, pero luego… luego eres un oso de peluche gigante. Eres noble, Nicolás. Eso hace a un buen médico, no la cara bonita.
Quise creerle. Dios sabe que quise. Pero sabía que el mundo no funcionaba así. El mundo era cruel con lo diferente.
—Yo voy a ser el mejor enfermero del mundo —dije, forzando una sonrisa—. Seré tu mano derecha. Cuando seas la Dra. Verónica, Jefa de Cirugía, yo seré el que te pase el bisturí y regañe a los internos.
—Trato hecho —dijo ella, y me extendió su mano pequeña.
Estrechamos las manos. La mía engulló la suya por completo. En ese momento, bajo la lluvia y el olor a tierra mojada, supe que estaba perdidamente enamorado de ella. Y supe también que ese amor iba a doler, porque nuestros caminos estaban a punto de bifurcarse.
Los meses siguientes fueron un torbellino de estudio. Verónica se preparaba para el examen de admisión y para los finales de la carrera técnica al mismo tiempo. Yo me convertí en su entrenador personal de estudio.
Nos íbamos a la biblioteca Vasconcelos los fines de semana. Ella se sepultaba entre libros de preparación para el examen, y yo le hacía preguntas, le traía café de la máquina (que sabía a agua de calcetín) y le daba masajes en los hombros cuando se tensaba.
Pero mi salud empeoraba.
Los zapatos ya no me entraban. Tuve que empezar a usar unas botas de trabajo industriales, las únicas que encontré en talla 14, que pesaban un kilo cada una. Caminar era arrastrar bloques de cemento.
Y mi cara…
Una mañana, al rasurarme, noté que mis dientes inferiores estaban tan adelante que ya no tocaban los superiores al cerrar la boca. Tenía prognatismo severo. Mi lengua se sentía demasiado grande para mi boca, lo que me hacía cecear un poco al hablar rápido.
Acromegalia. La palabra flotaba en mi mente como un fantasma. Ya no podía negarlo. Había leído lo suficiente. Tumor hipofisario. Gigantismo. Fallo cardíaco. Muerte prematura.
No le dije nada a Verónica. No quería distraerla. Faltaba una semana para su examen.
—¿Estás bien? Te ves pálido —me dijo un día que casi me desmayo en la biblioteca por un pico de dolor de cabeza.
—Sí, es que no desayuné bien. Ya sabes, la dieta del estudiante —mentí.
—Ten, cómete mi sándwich —me lo empujó—. Tienes que cuidarte, Nicolás. Si tú te caes, ¿quién me sostiene a mí?
El día de los resultados de la UNAM llegó.
Estábamos en un cibercafé cerca de la escuela. El aire estaba viciado y olía a sudor adolescente y papas fritas. Verónica estaba sentada frente a la computadora, temblando como una hoja. Yo estaba de pie detrás de ella, poniendo mis manos sobre sus hombros para que no saliera volando de los nervios.
—No quiero ver, Nico. Ve tú.
—A ver… dame tu folio.
Tecleé los números. Mis dedos grandes apretaron dos teclas a la vez un par de veces. Malditas manos torpes. Corregí. Enter.
La pantalla parpadeó. El internet era lento. La barra de carga avanzaba agónicamente.
Y entonces, apareció.
FOLIO: 482019
NOMBRE: VERÓNICA SÁNCHEZ
FACULTAD DE MEDICINA – CIUDAD UNIVERSITARIA
RESULTADO: ASIGNADO
Me quedé mudo un segundo, leyendo la palabra mágica.
—¿Qué? ¿Qué dice? —chilló ella, tapándose los ojos—. ¡Dime, por piedad!
—Verónica… —dije con voz grave.
—¡Ay no, no quedé! ¡Sabía que era una burra! —empezó a llorar antes de tiempo.
—Verónica, ¡quedaste! —la sacudí suavemente—. ¡Eres aspirante seleccionada! ¡Vas a ser doctora!
Ella se quitó las manos de la cara. Miró la pantalla. Leyó. Volvió a leer.
Y soltó un grito que hizo que el encargado del cíber nos callara.
—¡SÍ! ¡SÍ! ¡QUEDÉ! ¡NO MANCHES, QUEDÉ!
Saltó de la silla y, no sé cómo lo hizo, pero se impulsó y se me colgó del cuello. Enroscó sus piernas alrededor de mi cintura (que era ancha como un tronco) y me abrazó con una fuerza descomunal.
—¡Gracias, gracias, gracias! —lloraba en mi oído—. ¡Sin ti no hubiera podido! ¡Tú me ayudaste a estudiar, tú creíste en mí!
Yo la sostuve, cerrando los ojos. Olía a vainilla y a lápiz de madera. Era el momento más feliz de su vida. Y yo estaba feliz por ella, de verdad. Pero en el fondo de mi estómago, sentí un frío terrible.
Ella se iba.
Se iba a Ciudad Universitaria, al campus enorme, lleno de gente brillante, de futuros médicos, de chicos normales. Dejaría el CONALEP. Dejaría las tardes de tacos de canasta conmigo. Su mundo se iba a expandir, y el mío… el mío se quedaba aquí, en la escuela técnica, atrapado en un cuerpo que se estaba convirtiendo en una prisión cada vez más pequeña.
Ella se bajó, limpiándose las lágrimas, radiante.
—Tenemos que celebrar. Vamos a comprar un pastel. Y le vamos a decir a tu mamá y a la mía. ¡Esto cambia todo, Nico!
—Sí… cambia todo —repetí, forzando una sonrisa que me dolió en la mandíbula.
Esa tarde, fuimos a mi casa. Mi madre, Graciela, recibió la noticia con alegría, pero con ese matiz de envidia inconsciente que tienen las madres que ven triunfar a los hijos ajenos mientras el propio se estanca.
—Ay, qué bueno, mijita. Felicidades. Vas a ser una gran doctora. Ojalá mi Nicolás hubiera tenido esa suerte, pero pues ya ves, su salud…
—Nicolás también va a ser grande, señora —interrumpió Verónica, tomando mi mano gigante entre las suyas—. Él va a ser el mejor enfermero. Y un día, vamos a trabajar juntos. Es una promesa.
Yo miré nuestras manos entrelazadas sobre el hule de la mesa de la cocina. Su mano, pequeña, delicada, de piel suave. La mía, enorme, tosca, con los nudillos inflamados y la piel engrosada. La Bella y la Bestia, pensé.
Pero en los cuentos, la Bestia se transforma en príncipe al final.
Yo sabía, con la certeza de quien ha leído demasiados libros de patología, que mi transformación iba en la dirección opuesta. Yo no me iba a convertir en príncipe. Me estaba convirtiendo en ogro.
—Bueno —dijo mi madre, sirviendo café de olla—. Pues a celebrar. Pero no se desvelen mucho, que mañana hay escuela.
Esa noche, no pude dormir. El dolor de cabeza era un martillo constante. Me levanté y fui al baño. Me miré en el espejo.
La luz amarilla y tenue acentuaba las sombras de mi cara. Mis arcos superciliares (las cejas) estaban tan salidos que mis ojos parecían hundidos en cuevas oscuras. Mi nariz era una masa carnosa. Mi piel estaba grasosa y gruesa.
—¿Quién eres? —le pregunté al reflejo.
El reflejo no contestó, pero la mandíbula prominente pareció burlarse de mí.
Decidí que tenía que alejarme de Verónica.
Ella iba a empezar una vida nueva, luminosa. Yo iba hacia la oscuridad, hacia hospitales y quirófanos, pero como mano de obra, no como mente maestra. Y peor aún, me estaba poniendo feo. Repulsivo.
¿Cómo iba a dejar que una chica universitaria, futura doctora, anduviera con un fenómeno como yo? Se iban a burlar de ella. “Mira a la doctora bonita con su mascota gigante”.
—No —susurré al espejo—. No le voy a hacer eso. La quiero demasiado.
Tomé una decisión estúpida, noble y dolorosa, típica de un mártir mexicano de telenovela. Decidí que, poco a poco, la iría soltando. Dejaría que volara. Y yo me quedaría abajo, en la tierra, donde los monstruos pertenecen.
Al día siguiente, cuando ella me llamó para vernos, le dije que no podía.
—Tengo que ayudar a mi mamá a lavar ropa —mentí.
—Ah, bueno. ¿Te veo mañana?
—No sé, tengo mucha tarea.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Estás bien, Nico?
—Sí. Todo bien. Felicidades de nuevo, futura doctora.
Colgué el teléfono (un viejo aparato de disco que teníamos en el pasillo) y sentí que me arrancaban un pedazo de corazón.
Pero era necesario.
Ella iba hacia la luz. Yo tenía que aprender a vivir en la sombra de mi propia gigantismo.
Lo que no sabía era que el destino, con su ironía habitual, no iba a dejar que nos separáramos tan fácil. Y que mi enfermedad, lejos de ser solo una maldición estética, estaba a punto de ponerme en una situación de vida o muerte que ni Verónica podría arreglar con sus libros.
El día de mi graduación del CONALEP debería haber sido uno de los más felices de mi vida. Y en cierto modo lo fue, pero tenía un sabor agridulce, como cuando muerdes una naranja que por fuera se ve bien pero por dentro ya está seca.
La ceremonia fue en el auditorio de una escuela secundaria prestada, porque el presupuesto no daba para rentar un salón de fiestas. Hacía un calor infernal, de esos que hacen que la camisa se te pegue a la espalda como una segunda piel. Yo llevaba una toga rentada que me quedaba ridícula. La talla “Unitalla” es una mentira cruel del capitalismo; para alguien de mi tamaño, “Unitalla” significa “playera corta”. La toga me llegaba apenas a las rodillas, dejando ver mis pantalones de vestir negros (que en realidad eran unos Levi’s teñidos porque no encontré pantalones de vestir de mi talla) y mis inmensas botas industriales boleadas hasta que parecían espejos.
Parecía un niño gigante disfrazado de Harry Potter versión bajo presupuesto.
Cuando dijeron mi nombre: “Técnico en Enfermería General, Nicolás Hernández”, hubo un silencio curioso antes de los aplausos. Me levanté. La silla de plástico gimió bajo mis 130 kilos. Caminé hacia el estrado. El director tuvo que ponerse de puntitas para colgarme la medalla y darme el diploma.
—Felicidades, hijo. Cuidado con el techo —bromeó en voz baja.
Miré hacia el público. En la tercera fila estaba mi madre, Graciela. Llevaba su mejor vestido, uno de flores azules que usaba para las bodas y los bautizos, y lloraba a mares. Se sonaba la nariz con un pañuelo de tela, orgullosa, señalándome a la señora de al lado. “Ese grandote es mi hijo”, le leí en los labios.
Pero Verónica no estaba.
Yo le había dicho que la ceremonia era a las 10 de la mañana. En realidad, era a las 4 de la tarde. Le mentí. No quería que me viera así, con esa toga ridícula, sudando a chorros, siendo el fenómeno del evento. Ella ya estaba en la Facultad de Medicina, en la gloriosa Ciudad Universitaria, rodeada de gente normal, de futuros cirujanos, de “Goyas” y partidos de Pumas. Yo no quería manchar su nuevo mundo con mi realidad de escuela técnica y zapatos ortopédicos.
Al bajar del estrado, sentí el dolor habitual. Una punzada en la cadera y el latido sordo detrás de los ojos. Mi cuerpo me estaba pasando la factura por el estrés de los exámenes finales.
—¡Foto, foto! —gritó mi madre, corriendo hacia mí con su cámara desechable.
Me abracé a ella. Me llegaba al ombligo.
—Lo lograste, mi amor. Ya eres enfermero. Ahora sí, a trabajar en el Seguro Social y a tener base y prestaciones.
—Sí, ma. A trabajar.
Pero yo sabía que no sería tan fácil.
Dos semanas después de la graduación, decidí que ya no podía vivir en la ignorancia. Mis sospechas literarias tenían que confirmarse con ciencia.
Usé mis primeros ahorros (dinero que gané haciendo “talachas” o trabajos eventuales, inyectando a vecinas y tomando la presión en el parque) para pagar una consulta con un endocrinólogo privado. No quería ir al Seguro Popular y esperar meses. Me urgía saber.
El consultorio estaba en la colonia Roma. Un edificio viejo con elevador de reja. El doctor, un hombre calvo con lentes de montura dorada, me miró entrar. Su expresión cambió de la indiferencia profesional a la curiosidad clínica en un segundo.
—Siéntate… donde quepas —dijo, señalando un sofá de piel en lugar de la silla de pacientes.
Me hizo preguntas. Muchas.
—¿Te han crecido los pies recientemente?
—Sí. Dos números en un año.
—¿Dolores de cabeza?
—Diarios. Como si me taladraran.
—¿Sudoración excesiva? ¿Ronquidos?
—Mi mamá dice que ronco como tractor desbielado. A veces me despierto ahogándome.
El doctor asintió, anotando furiosamente en su libreta. Luego se levantó, tomó una cinta métrica y midió mi perímetro cefálico, mis manos, la distancia entre mis ojos. Me pidió que sacara la lengua.
—Prognatismo mandibular evidente —murmuró para sí mismo.
Luego se sentó frente a mí, cruzó las manos sobre el escritorio y me soltó la bomba.
—Mira, Nicolás. No necesito la resonancia magnética para estar 90% seguro, pero la haremos para confirmar. Tienes todas las características clínicas de una Acromegalia activa.
Ahí estaba. La palabra. Dicha en voz alta sonaba más aterradora que en los libros. Sonaba a sentencia.
—¿Es… cáncer? —pregunté, con la voz temblorosa.
—No exactamente. Es un tumor benigno en la glándula pituitaria. Un adenoma. Está produciendo hormona de crecimiento sin control. Por eso tus huesos no dejan de crecer, aunque tus cartílagos de crecimiento ya cerraron. Crecen a lo ancho. Tu mandíbula, tus manos, tus pies… y tus órganos internos. Tu corazón también está creciendo, Nicolás. Y eso es lo peligroso.
Sentí un frío en el estómago.
—¿Tiene cura?
—Se puede controlar. Cirugía para quitar el tumor, radioterapia si no se puede quitar todo, y medicamentos. Análogos de la somatostatina. Pero te soy honesto, es caro. Muy caro. Y el daño óseo que ya tienes… ese no se revierte. Tu cara se va a quedar así.
Salí del consultorio con una orden para una resonancia magnética y un presupuesto que equivalía a lo que mi madre ganaba en tres años de lavar ajeno.
Caminé por la Avenida Insurgentes sin rumbo. Me veía reflejado en los vidrios de los edificios modernos. Veía a un gigante deforme, con ropa que le quedaba mal, caminando entre ejecutivos de traje y estudiantes hipsters.
“Soy un monstruo”, pensé. “Y soy un monstruo caro”.
Llegar a casa y decírselo a mi madre fue la parte más difícil.
La encontré en la cocina, haciendo tortillas a mano. El olor a masa y comal caliente, que siempre me reconfortaba, esa noche me dio náuseas.
Me senté en la mesa. La silla crujió.
—Ma, fui al doctor.
Ella se detuvo con la masa en las manos. —¿Al doctor? ¿Te sientes mal? ¿Es la gripe?
—No, ma. Es… lo de mi crecimiento.
Le solté todo. Traté de suavizarlo, de no usar palabras médicas raras, pero la verdad es cruda se diga como se diga. Tengo un tumor en el cerebro. Necesito tratamiento. Me voy a deformar más si no hago nada. Mi corazón puede fallar.
Graciela se quedó inmóvil. La tortilla se empezó a quemar en el comal, llenando la cocina de humo, pero ella no se movió.
—¿Un tumor? —susurró.
—Es benigno, ma. No es cáncer. Pero…
—¡Es mi culpa! —gritó de repente, tirando la masa al suelo—. ¡Yo sabía que algo estaba mal! ¡Dios me castigó! ¡Por eso tu papá se fue, porque sabía que yo estaba podrida por dentro y te pasé mi podredumbre!
Empezó a llorar, un llanto desgarrador, golpeándose el pecho. Tuve que levantarme y abrazarla para que no se hiciera daño. La envolví con mis brazos de oso. Ella parecía una muñeca de trapo contra mi pecho.
—No es tu culpa, jefa. Es genética. Es mala suerte. Cálmate, por favor. Si te pones mal tú, ¿quién me cuida a mí?
Esa frase siempre funcionaba. Apelar a su instinto protector.
Se calmó poco a poco, sorbiendo los mocos.
—Vamos a luchar, mijo. Voy a trabajar más. Voy a pedir prestado. Vamos a vender la tele.
—No, mamá. Tú no vas a trabajar más. Ya estás cansada. Yo ya soy enfermero. Yo voy a trabajar. Voy a conseguir el dinero para las medicinas. Te lo prometo.
La búsqueda de trabajo fue mi primer choque frontal con la discriminación laboral en México.
Tenía mi título. Tenía mis papeles en regla. Tenía ganas. Pero tenía mi cara.
Fui a clínicas privadas.
—Lo sentimos, joven, buscamos un perfil… más amable para la recepción —me dijo la de Recursos Humanos de una clínica dental, mirándome con miedo.
Fui a laboratorios.
—Híjole, es que el uniforme es talla estándar y no creo que tengamos para ti. Además, el espacio en la toma de muestras es muy reducido.
Fui a asilos.
—Los abuelitos se impresionan fácil, hijo. No te lo tomes a mal, pero impones mucho.
Caminé kilómetros. Gasté suelas. Mi currículum se arrugaba en mi mochila. Nadie quería al “enfermero ogro”. Me sentía humillado. ¿De qué servía saber canalizar una vía con los ojos cerrados o saberse el vademécum de memoria si nadie me dejaba pasar de la puerta?
Mientras tanto, Verónica seguía intentando verme. Me llamaba al teléfono de la casa.
—Doña Graciela, ¿está Nico?
—Sí, mija, pero se está bañando —mentía mi madre, siguiendo mis instrucciones.
—Dígale que le dejé unos libros. Que necesito verlo. Que lo extraño.
Un viernes, no pude evitarla.
Estaba saliendo de una entrevista fallida en un hospital privado de la colonia Del Valle (donde el guardia de seguridad me siguió todo el tiempo pensando que iba a robar algo), cuando escuché mi nombre.
—¡Nicolás!
Me congelé. Era ella.
Venía corriendo desde la parada del metrobús. Llevaba una bata blanca con el escudo de la UNAM bordado. Se veía… profesional. Distinta. Hermosa. Ya no era la niña del CONALEP. Era una estudiante de medicina hecha y derecha.
Intenté caminar más rápido, pero mis piernas pesadas no me daban para huir. Me alcanzó y me jaló del brazo.
—¿Por qué me huyes? —preguntó, jadeando, con las mejillas rojas—. Llevo semanas buscándote. ¿Qué te hice?
—Nada, Veru. He estado ocupado. Buscando chamba.
—Mentiroso. Tu mamá me dijo que no quieres hablar conmigo. Nicolás, mírame.
Me obligó a mirarla. Y lo que vio debió asustarla, porque sus ojos se abrieron un poco más tras los cristales de sus lentes. En los dos meses que no nos habíamos visto, mi cara había cambiado más. Mi frente estaba más salida, mi piel más gruesa.
—Estás… estás enfermo, Nico. Tienes que ir al médico. En la Facultad vi un caso de…
—Tengo acromegalia —la interrumpí, secamente—. Ya lo sé. Ya fui al doctor.
Ella se quedó callada un segundo, procesando la información con su cerebro médico.
—Okay. Acromegalia. Adenoma hipofisario. Se trata con octreotida o cirugía. ¿Ya empezaste tratamiento?
—Cuesta treinta mil pesos la inyección mensual, Verónica. No tengo ni para el camión de regreso.
Ella me miró con una determinación feroz.
—Te ayudo. Hacemos una rifa. Pedimos una beca. Hablo con mis profesores en el Hospital General.
—¡No! —grité, y la gente en la calle volteó a vernos—. ¡No quiero tu lástima, Verónica! ¡No quiero ser tu caso clínico interesante para que presumas en la Facultad! “Miren a mi amigo el monstruo”.
Fue un golpe bajo. Lo sabía. Quería herirla para que se fuera. Para que se alejara de este desastre que era mi vida.
Ella retrocedió como si la hubiera abofeteado. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Eres un idiota, Nicolás. Yo no te veo como un caso. Te veo como mi mejor amigo. Y… y tal vez algo más. Pero si tú te ves como un monstruo, entonces el problema no es tu hipófisis, es tu cabeza.
Dio media vuelta y se fue caminando rápido, con su bata blanca ondeando.
Me quedé ahí, parado como un poste de luz inútil, viendo cómo la única persona que me entendía se alejaba por mi culpa.
“Es mejor así”, me repetí, tragándome las ganas de llorar. “Ella va para arriba, yo voy para abajo”.
La desesperación tiene una forma curiosa de abrir puertas que el talento no puede.
Después de dos meses de rechazos, y con la salud de mi madre deteriorándose por la angustia (le había subido la presión y tenía “el azúcar” alta), fui al Hospital General de la Secretaría de Salud.
No fui a Recursos Humanos. Fui directamente a Urgencias.
Era un caos. Era viernes por la noche. Había gente gritando, camillas en los pasillos, sangre en el suelo, policías trayendo detenidos golpeados. Olía a alcohol, vómito y cloro.
Vi a una jefa de enfermeras, una mujer robusta y con cara de generala, tratando de sujetar a un paciente psiquiátrico que se quería arrancar el suero. Eran tres enfermeros y no podían con él.
No lo pensé. Solté mi mochila, entré al box y, con una sola mano, sujeté al paciente por el pecho y lo pegué a la camilla. No usé fuerza bruta desmedida, solo mi peso y mi agarre firme. El paciente, que estaba fuera de sí, intentó luchar, pero contra mis 130 kilos y mis manos de tenaza, no tenía oportunidad. Se quedó quieto, jadeando.
La jefa de enfermeras me miró, sudando.
—Gracias… —dijo, y luego me vio bien—. ¡Ay, cabrón! Estás enorme. ¿Quién eres? ¿De seguridad?
—Soy enfermero —dije, sacando mi título doblado del bolsillo trasero—. Y busco trabajo. Sé canalizar, sé poner sondas, sé reanimar y, como ve, sé contener pacientes. Y no me asusto con la sangre ni con los gritos.
Ella tomó mi título, lo miró rápido y luego me miró a los ojos. No vio al monstruo. Vio la utilidad. Vio un “muro de contención” con conocimientos médicos.
—El Dr. Darío, el jefe de servicio, es un mamón. Pero le hace falta gente que aguante los turnos de la noche y que no llore cuando llegan los baleados de Tepito. Si aguantas el olor y los insultos, estás dentro.
—Aguanto lo que sea.
Me llevó a la oficina del tal Dr. Darío.
Darío era un tipo de unos cincuenta años, bien peinado, con un traje caro debajo de la bata y un reloj que costaba más que mi casa. Me miró con una mezcla de asco y diversión.
—¿Tú eres el nuevo? —preguntó, sin levantarse de su silla de piel—. Pareces sacaborrachos de cantina.
—Tengo título y cédula en trámite, doctor.
—Sí, sí. Eso dicen todos. Mira, aquí en Urgencias no necesitamos delicadeza. Necesitamos que los pacientes no se nos mueran y que no nos golpeen a las enfermeras. Tienes pinta de que puedes cargar un muerto con una mano.
—Puedo cargar dos, si es necesario —respondí, serio.
El Dr. Darío soltó una risita seca.
—Me caes bien, grandulón. Tienes contrato temporal. Cubres noches, fines de semana y festivos. O sea, cuando nadie quiere venir. El sueldo es una miseria, pero tienes Seguro. ¿Aceptas?
—Acepto.
—Una cosa más —dijo, señalando mi cara con su pluma Montblanc—. Trata de no sonreír mucho. Tienes los dientes chuecos y asustas. Mantén la boca cerrada y trabaja.
Salí de la oficina contratado. Tenía trabajo. Tenía Seguro Social para mi tratamiento (aunque tardaría meses en que me lo dieran). Tenía un sueldo.
Pero había vendido mi alma. Ahora trabajaría para un tipo que me despreciaba, en el turno que nadie quería, usando mi cuerpo como herramienta de carga y no mi mente.
Me pusieron el uniforme. La filipina más grande que tenían (talla XL) me quedaba apretada de los hombros y de los brazos. Parecía que iba a estallar en cualquier momento.
Me miré en el espejo del vestidor de empleados.
—Bienvenido al infierno, Nicolás —me dije.
Esa misma noche, empecé mi turno.
Me mandaron a triaje. La gente llegaba, me veía y se callaba. Los niños dejaban de llorar del susto. Las señoras se persignaban disimuladamente.
—Pase por aquí —decía yo con mi voz de ultratumba.
Era eficaz. Mi presencia imponía orden en el caos de la sala de espera. Pero por dentro, me sentía morir. Cada mirada de horror era una pequeña puñalada.
Y entonces, llegó la paciente del asma. La señora VIP. La que desencadenaría mi caída final y mi exilio a la morgue.
Pero esa noche, mientras acomodaba cajas de suero en el almacén con una facilidad pasmosa (cargaba tres cajas de 20 kilos como si fueran de galletas), pensé en Verónica. Pensé en que ella estaría durmiendo, soñando con anatomía y futuros brillantes.
“Lo hice por ella”, pensé, tratando de convencerme. “Ella no merece estar con el ogro de Urgencias”.
Mi celular vibró en mi casillero. Era un mensaje de ella. Solo decía:
“No me importa lo que digas. Eres mi mejor amigo. Y te voy a esperar.”
Guardé el teléfono y sentí que el corazón, ese corazón agrandado y enfermo que tenía en el pecho, se saltaba un latido. No de enfermedad, sino de pura y dolorosa esperanza.
—¡Hernández! —gritó la jefa—. ¡Llegó un atropellado! ¡Trae la camilla, muévete!
Me sequé una lágrima traicionera, puse mi cara de piedra y salí corriendo al pasillo, haciendo temblar el suelo con mis botas, listo para salvar vidas que probablemente me tendrían miedo al despertar.
El Hospital General a las tres de la mañana es un purgatorio con luces de neón parpadeantes.
Llevaba ya dos meses trabajando en el turno nocturno de Urgencias. Mi cuerpo, o más bien, mi “carrocería” de 135 kilos, se había acostumbrado a medias al ritmo brutal. Mis pies, embutidos en esas botas industriales del número 32 que pesaban como anclas, palpitaban con un ritmo propio al final de cada jornada. La acromegalia no descansaba; mis articulaciones crujían como grava cada vez que me agachaba a recoger una gasa caída. Pero yo no me quejaba. No tenía derecho. Tenía trabajo, tenía Seguro para mis medicinas (que por fin habían aprobado tras mil trámites burocráticos) y, lo más importante, estaba “ejerciendo”.
O algo así.
Mi trabajo oficial era “Enfermero General”, pero en la práctica, yo era el “milusos” de fuerza bruta.
—¡Hernández! El de la cama 4 se puso agresivo, ven a sujetarlo.
—¡Hernández! Hay que mover al paciente de 150 kilos a Rayos X, y la camilla tiene la rueda rota. Cárgalo tú.
—¡Hernández! Se atoró la puerta de la ambulancia, ven a jalarla.
Yo obedecía. Siempre en silencio. Siempre con la cabeza gacha para no hacer contacto visual. Había aprendido que si miraba a la gente a los ojos, se asustaban. Mi frente prominente y mis cejas abultadas creaban una sombra permanente sobre mis ojos, dándome un aspecto de verdugo medieval que no podía borrar ni con la sonrisa más amable. Así que opté por ser una sombra eficiente. Un fantasma gigante que arreglaba cosas y desaparecía.
Los compañeros de trabajo me toleraban, pero no me incluían. En la hora de la cena, cuando todos sacaban sus tuppers y se ponían a chismear sobre quién se acostaba con quién, yo me iba a la escalera de incendios a comerme mi torta fría.
—Ahí va el Largo —escuchaba decir a las enfermeras más jóvenes—. Pobre güey, sí está bien feo, ¿no? Dicen que tiene una enfermedad rara.
—Sí, gigantismo o no sé qué. A mí me da miedo. El otro día me pasó una jeringa y sentí que su mano me iba a tragar el brazo.
Me dolía. Claro que me dolía. Pero el ibuprofeno de 800 miligramos me ayudaba con el dolor de huesos, y la resignación me ayudaba con el dolor del alma.
Esa noche de martes parecía tranquila, hasta que llegó Ella.
El radio de la ambulancia crepitó.
—Femenina de 45 años, crisis asmática severa, saturando al 85%. Taquicárdica. Viene muy ansiosa. Es… eh… código VIP. Repito, código VIP.
En el lenguaje no oficial del hospital, “Código VIP” significaba: “Familiar, amigo o amante de algún directivo o político, trátalo con pinzas o te corren”.
Las puertas automáticas de Urgencias se abrieron y entró la camilla rodeada de paramédicos. Sobre ella, una mujer rubia, con joyas que valían más que mi sueldo anual, boqueaba como pez fuera del agua. Se agarraba el pecho con manos manicuradas y llenas de anillos.
Detrás de ella, entró corriendo el Dr. Darío, mi jefe. Venía despeinado, con la bata mal abotonada. Al parecer, lo habían despertado de su siesta en la oficina.
—¡Es Doña Claudia! —gritó Darío, histérico—. ¡La esposa del Licenciado Montiel! ¡Rápido, cubículo 1! ¡Despejen todo! ¡Quiero oxígeno, hidrocortisona y nebulización ya!
El caos se desató. Las enfermeras corrían como pollos sin cabeza. Doña Claudia, entre jadeos agónicos, lograba soltar insultos.
—Me… ahogo… inútiles… aire… —jadeaba, con los ojos desorbitados por el pánico y la hipoxia.
La metieron al cubículo aislado, el que usábamos para infecciosos o para gente importante.
Darío ladraba órdenes.
—¡Vía permeable, rápido! ¡Necesito pasarle el esteroide ya! ¡Lupita, canalízala!
Lupita, la enfermera de guardia, estaba nerviosa. Las venas de la señora eran finas y colapsadas por el shock. Lupita intentó una vez. Falló. La señora gritó.
—¡Animal! —chilló la paciente—. ¡Me lastimas!
Lupita intentó otra vez en la otra mano. Le temblaban los dedos. Falló. Se le rompió la vena. Salió un moretón instantáneo.
—¡Lárgate! —bramó la señora, tosiendo y silbando—. ¡Que venga alguien que sepa! ¡Darío, haz algo!
Darío estaba sudando frío. Sabía que si Doña Claudia se quejaba con su marido, el “Licenciado”, su puesto corría peligro. Miró alrededor. Los internos estaban verdes de miedo. Las otras enfermeras estaban ocupadas.
Entonces, me vio a mí.
Yo estaba en la esquina, cambiando un tanque de oxígeno vacío.
Darío dudó un segundo. Miró mis manos gigantes. Pero también sabía que yo tenía un récord perfecto en canalización. Mis dedos eran enormes, sí, pero mi sensibilidad táctil era absoluta. Yo podía encontrar una vena en una piedra.
—¡Hernández! —gritó Darío—. ¡Ven acá!
Me acerqué, haciendo temblar el piso.
—¿Qué pasa, jefe?
—Canalízala. Ahora. No falles. A la primera, cabrón. Si fallas, te mato.
Entré al cubículo. La cortina se cerró detrás de mí, dejándonos en una semi-penumbra iluminada solo por la luz blanca de la lámpara de exploración.
La señora tenía los ojos cerrados, concentrada en jalar aire. Su pecho subía y bajaba espasmódicamente.
Me acerqué a la cama. Traté de hacerme pequeño, encorvando los hombros.
—Buenas noches, señora —dije con mi voz más suave, que aun así sonaba como un bajo profundo—. Voy a ponerle un suerito. Va a ser rápido. No le va a doler.
Tomé su brazo izquierdo. Su muñeca parecía una ramita seca en mi palma ancha y callosa. Preparé el catéter. Ajusté el torniquete.
Mis ojos, acostumbrados a los detalles, escanearon su piel pálida. Ahí estaba. Una vena azul, delgada pero recta, en el dorso de la mano. Perfecta.
Limpié con alcohol.
—Respire profundo… un piquetito…
Introduje la aguja con la precisión de un relojero. Entró suave. Vi el retorno de sangre en la cámara del catéter. Éxito. Deslicé el plástico, retiré la aguja y conecté el equipo de venoclisis. Todo en tres segundos. Ni lo sintió.
Fijé el catéter con cinta adhesiva.
—Listo —susurré, satisfecho. Había hecho un trabajo perfecto.
En ese momento, la señora abrió los ojos.
El efecto de la hidrocortisona y el oxígeno empezaba a notarse, y su cerebro, saliendo de la hipoxia, recuperó la consciencia plena.
Lo primero que vio no fue el suero goteando.
Lo primero que vio fue mi cara a treinta centímetros de la suya.
Vio mi mandíbula proyectada hacia adelante como la de un bulldog. Vio mis dientes separados y chuecos. Vio mis cejas abultadas que me hacían parecer permanentemente enojado. Vio mi tamaño descomunal bloqueando la luz del techo.
Su reacción fue instintiva, primaria y devastadora.
No vio a un enfermero. Vio a un monstruo. Vio a un agresor.
—¡AAAAAAHHHHHH! —el grito fue tan agudo que perforó mis tímpanos.
Se arrancó la mascarilla de oxígeno. Intentó retroceder en la cama, pataleando.
—¡QUÍTENMELO! ¡ME VA A MATAR! ¡AUXILIO! ¡HAY UN MONSTRUO! ¡UN VIOLADOR! ¡AYUDAAA!
Me quedé paralizado, con las manos en el aire en gesto de rendición.
—Señora, tranquila, soy el enfermero, ya le puse el suero… —intenté explicar, pero mi voz grave solo aumentó su terror.
—¡CÁLLATE! ¡NO ME TOQUES! ¡DARÍO! ¡DARÍO, SÁLVAME!
La cortina se abrió de golpe. Darío entró, seguido del guardia de seguridad y dos enfermeras.
La escena era incriminatoria para cualquier prejuicioso: La mujer rubia y rica gritando en la cama, y el gigante deforme y feo de pie junto a ella.
Darío no preguntó. No revisó que la vía estaba perfectamente puesta. Solo vio la oportunidad de quedar bien con la VIP.
—¡Aléjate de ella, animal! —me gritó Darío, empujándome (o intentando empujarme, porque yo ni me moví).
—Jefe, solo le puse el catéter, ella se asustó…
—¡Lárgate! ¡Fuera de aquí! —se volvió hacia la señora, cambiando la voz a un tono meloso y servil—. Doña Claudia, perdadóneme, perdóneme. Es un… es un empleado de mantenimiento que se equivocó. Ya lo sacamos. Ya está segura.
¿Empleado de mantenimiento? Sentí la sangre hervir en mis venas. Tenía mi título colgado en la pared de mi casa. Había salvado esa vena imposible.
Salí del cubículo. Todo el servicio de Urgencias estaba mirando. Pacientes, familiares, médicos, internos. Todos clavaron sus ojos en mí.
—Míralo… casi ataca a la señora…
—Pinche loco…
—Con esa cara, ¿qué esperabas?
Caminé por el pasillo central, el “paseo de la vergüenza”. Mis botas sonaban clomp, clomp, clomp. Me ardían los ojos, pero no iba a llorar. Los monstruos no lloran en público. Me metí al cuarto sucio (donde se lavan los cómodos y se tira la basura biológica) y me quedé ahí, respirando olor a cloro y desechos, temblando de rabia y vergüenza.
Diez minutos después, la jefa de enfermeras tocó la puerta.
—Hernández… te llama el Dr. Darío en su oficina.
Fui.
Darío estaba sentado, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo. Se veía estresado.
—Siéntate —dijo, sin mirarme.
Me senté. La silla crujió ominosamente.
—Mira, Nicolás. Eres bueno canalizando. Lo admito. La señora tiene la vía perfecta. Pero… esto no funciona.
—Doctor, yo no hice nada malo. Ella se asustó por mi cara. Eso es discriminación.
—¡Me vale madres si es discriminación! —explotó Darío, golpeando el escritorio—. ¡Esto es un negocio! Bueno, es un hospital público, pero funciona como negocio político. Esa señora es la esposa de un donante mayor. Si ella dice que la asustaste, entonces la asustaste. Si ella dice que eres un ogro, eres un ogro. No puedo tenerte en Urgencias. La gente se asusta. Los niños lloran. Y ahora las VIPs gritan. Eres un pasivo laboral para mi imagen.
Me quedé callado. Sabía lo que venía. Me iban a correr.
Pensé en mi mamá. En sus medicinas para la presión. En mis propias inyecciones de octreotida que costaban una fortuna. Si perdía el Seguro, estaba muerto. Literalmente.
—No me corra, doctor —supliqué, tragándome mi orgullo. Mi voz salió rota—. Necesito el trabajo. Mi madre depende de mí. Hago lo que sea. Limpio baños. Cargo cajas. Pero no me quite el Seguro.
Darío me miró. Hubo un destello de algo en sus ojos. No era compasión, era cálculo. Era la mirada de alguien que encuentra un uso para una herramienta rota.
Se rascó la barbilla.
—Mmm. No te puedo tener aquí arriba. Eres “visualmente incompatible” con los pacientes vivos. Pero… —sonrió, y fue una sonrisa fea—. Tengo un amigo que tiene un problema de personal. Nadie quiere trabajar con él porque… bueno, el ambiente es pesado. Y el turno de noche siempre está vacante.
Tomó el teléfono. Marcó una extensión de tres dígitos.
—¿Bueno? ¿Benítez? Habla Darío… Sí, sí, ya sé que te debo una botella de cognac… Oye, tengo a un chavo aquí. Un enfermero. Grandote. Fuerte. Callado… Sí, sí, aguanta vara. Pero tiene un problemita estético, asusta a la clientela de arriba… Ándale. Te lo mando. Es todo tuyo. Sí, cambio de adscripción inmediato. Va.
Colgó. Me miró con una mueca triunfal.
—Estás de suerte, Frankenstein. No te corro. Te transfiero.
—¿A dónde? —pregunté, temiendo la respuesta.
—Al sótano. A Patología. Al Anfiteatro.
—¿A la morgue?
—Exacto. Con el Dr. Benítez. Necesita un auxiliar para las necropsias y para recibir los cuerpos en la noche. Ahí tus pacientes no van a gritar cuando te vean la cara. Y no se van a quejar si tienes las manos frías.
Patología. El lugar donde terminan los fracasos médicos. El lugar oscuro, frío y olvidado.
—¿Aceptas? Es eso o la calle.
Pensé en Verónica y su brillante futuro en la facultad. Pensé en mi mamá rezando en la sala.
—Acepto.
—Perfecto. Recoge tus cosas. Empiezas ya. Bajas por el elevador de carga, el del fondo. No quiero que te pasees por el lobby.
Salí de la oficina. Fui a mi casillero. Saqué mi mochila y mi chamarra. No me despedí de nadie. Nadie me miró a los ojos, pero sentía sus miradas en mi espalda.
Caminé hacia el elevador de carga, el que se usaba para ropa sucia y cadáveres.
Apreté el botón con la flecha hacia abajo.
Sótano 2.
Las puertas de metal se abrieron con un chirrido oxidado. Entré. El elevador olía a hierro y humedad.
Mientras descendía, sentí que bajaba al infierno. Pero no al infierno de fuego, sino a uno de hielo y soledad.
Las puertas se abrieron en el Sótano 2.
El cambio de ambiente fue brutal. Arriba, en Urgencias, hacía calor, había ruido, luz blanca, olor a alcohol.
Abajo, el aire estaba helado. Hacía un frío que calaba los huesos (algo pésimo para mi artritis). La iluminación era amarillenta y zumbaba. Y el olor…
El olor era inconfundible. Formaldehído. Formol. Ese olor dulce y picante que se te pega en la ropa y en el pelo y no se quita nunca. Olor a muerte preservada.
Caminé por el pasillo desierto. Mis pasos resonaban con eco. Clomp, clomp.
Llegué a una puerta doble de metal que decía: “ANFITEATRO – PROHIBIDO EL PASO – RIESGO BIOLÓGICO”.
Empujé la puerta.
Adentro había hileras de cámaras frigoríficas de acero inoxidable. En el centro, tres planchas metálicas con canaletas para desagüe. En una de ellas había un bulto cubierto con una sábana blanca.
Al fondo, en un escritorio desordenado lleno de papeles y frascos con órganos flotando en líquido ámbar, estaba un hombre.
Era pequeño, calvo, con una bata manchada de quién sabe qué y unos lentes colgando de una cadena. Estaba escuchando música clásica (Mozart, creo) en una radio vieja y bebía de una taza que olía sospechosamente a mezcal.
Me vio entrar. No se asustó. No gritó.
Me miró por encima de sus lentes, analizando mi tamaño con ojo clínico, como si yo fuera un espécimen interesante para su colección.
—Vaya, vaya —dijo el Dr. Benítez con voz rasposa de fumador—. Así que tú eres el monstruo que asustó a la Doña Claudia.
Me quedé parado en la puerta, abrazando mi mochila.
—Soy Nicolás Hernández. Enfermero.
—Enfermero, sí. Y yo soy bailarín de ballet —se rió, una risa seca como tos—. Aquí no eres enfermero, hijo. Aquí eres el guardián de los muertos. El Caronte. ¿Sabes quién es Caronte?
—El barquero del Hades —respondí. Mi afición a la lectura servía de algo.
Benítez arqueó una ceja, sorprendido.
—Mire nada más. El grandulón lee. Eso me gusta. Darío me dijo que eras un bruto, pero Darío es un pendejo con título. Pásale, pásale. No muerden. Bueno, las ratas sí, pero los inquilinos de las planchas no.
Cerré la puerta detrás de mí. El sonido metálico selló mi destino.
—Siéntate ahí —señaló un banco alto—. Te voy a explicar las reglas. Uno: Lo que pasa en la morgue, se queda en la morgue. Dos: Respeto a los “clientes”. Aquí no se hacen chistes sobre los muertos. Ellos ya sufrieron suficiente. Tres: Si yo estoy borracho, tú haces la autopsia. No te preocupes, yo te enseño. Es como abrir un pollo, pero con más burocracia.
Me senté. El frío del lugar me erizó la piel. Miré la sábana blanca sobre la plancha. Se distinguía la silueta de unos pies.
—¿Te da asco? —preguntó Benítez, sirviéndose más “café” de una anforita que sacó de la bolsa.
—No —dije. Y era verdad. No sentía asco. Sentía… paz.
Aquí abajo no había gritos. No había señoras ricas juzgándome. No había miradas de burla. Los muertos no discriminan. A un cadáver no le importa si tu mandíbula es grande o si tus manos son toscas. Al contrario, mis manos grandes serían útiles aquí. Podría mover los cuerpos con respeto, sin golpearlos, sin dejarlos caer.
Me acerqué a una de las puertas de acero cromado de los refrigeradores. Vi mi reflejo distorsionado en el metal. Mi cara se veía aún más ancha, más deforme.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no me sentí fuera de lugar.
Arriba, en el mundo de los vivos, yo era un error de la naturaleza.
Abajo, en el reino de los muertos, yo era solo otro cuerpo más, esperando mi turno, pero con la ventaja de que todavía respiraba.
—Bienvenido a tu reino, Nicolás —murmuró Benítez, brindando al aire con su taza—. Aquí abajo todos somos iguales. Hueso y carne que se pudre.
Saqué mi celular. Tenía una llamada perdida de Verónica.
No la devolví.
Le mandé un mensaje de texto:
“Me cambiaron de área. Turno de noche fijo. Voy a estar muy ocupado. No vengas a buscarme. Te aviso cuando pueda.”
Apagué el teléfono.
Me puse los guantes de látex (talla XL, que Benítez sacó de una caja especial, milagrosamente).
—¿Por dónde empezamos, Doc? —pregunté.
Benítez sonrió, mostrando dientes amarillos de tabaco.
—Esa es la actitud. Tenemos un “John Doe” que encontraron en el Canal Nacional. Vamos a ver qué nos cuenta.
Y así, mientras Verónica estudiaba para salvar vidas bajo la luz del sol, yo empecé a abrir cadáveres bajo la luz neón del sótano, aprendiendo los secretos que los muertos guardan y que los vivos ignoran.
Me convertí en el Gigante de la Morgue. Y aunque no lo sabía, este exilio sería el escenario de mi mayor descubrimiento y de la prueba de amor más grande que alguien podría enfrentar.
La morgue tiene su propio tiempo. Abajo no hay día ni noche, solo turnos de café cargado y el zumbido constante de los refrigeradores. Mi vida se redujo a eso: frío, silencio y formol.
El Dr. Benítez resultó ser un filósofo borracho con un bisturí en la mano.
—Mira esto, Nico —me decía una madrugada, sosteniendo un corazón humano en sus manos enguantadas—. Este músculo latió, amó, odió, se aceleró con un beso y se detuvo con un susto. Y ahora es solo carne. Carne de 300 gramos. ¿Dónde está el amor aquí? ¿En qué ventrículo se esconde el alma?
Yo lo escuchaba mientras llenaba los reportes. Aprendí rápido. Benítez, a pesar de su alcoholismo funcional, era un maestro de la anatomía. Me enseñó a hacer la incisión en “Y”, a separar el esternón con las costillas (algo que yo hacía con una facilidad pasmosa gracias a mi fuerza bruta, sin necesidad de la sierra eléctrica que él usaba), a pesar el hígado, a buscar coágulos en el cerebro.
—Tienes talento, muchacho —me dijo un día—. Tienes manos de cirujano atrapadas en cuerpo de luchador. Es una lástima que allá arriba sean tan ciegos.
“Allá arriba”. El hospital. El mundo de los vivos.
Yo subía lo menos posible. Solo para ir al baño (el del sótano estaba clausurado por una fuga eterna) o para recibir a los familiares que venían a identificar cuerpos. Esa era la peor parte.
Cuando llegaban llorando, destrozados, yo tenía que ser una piedra.
—Pase por aquí. ¿Es este su familiar?
Y cuando me veían, su dolor se mezclaba momentáneamente con el miedo.
—Ay, Dios mío… —susurraban al ver mi sombra proyectada en la pared.
Pero luego veían al muerto y se olvidaban de mí. Yo era solo parte del decorado macabro, una gárgola de piedra cuidando la entrada al inframundo.
Mi cuerpo seguía cambiando. La enfermedad avanzaba implacable, alimentada por el estrés y las noches sin dormir.
Mi cara se ensanchó aún más. Mis pómulos se volvieron rocas bajo la piel. Mi lengua creció tanto que a veces me mordía al hablar. Empecé a tener apnea del sueño severa. Me quedaba dormido en la silla del escritorio de Benítez y despertaba ahogándome, boqueando como un pez fuera del agua, con el corazón galopando.
—Te vas a morir joven, Nico —me dijo Benítez una noche, sobrio por una vez, mirándome con tristeza—. Ese corazón tuyo está creciendo demasiado. Necesitas la cirugía.
—Cuesta medio millón de pesos en privado, Doc. Y en el Seguro… bueno, ya sabe. Estoy en lista de espera para la consulta de Neurocirugía desde hace seis meses.
—Puto sistema —escupió Benítez y le dio un trago largo a su anforita.
Verónica no se rindió.
Durante meses, intentó verme. Me dejaba mensajes de voz que yo escuchaba en la soledad del sótano, llorando en silencio.
“Nico, ya sé que estás en Patología. Benítez es amigo de un profe mío. Voy a bajar. No me importa lo que digas.”
“Nico, aprobé Anatomía con 10. Todo gracias a tus dibujos. Te extraño.”
“Nico, mi mamá pregunta por ti. Dice que si ya no quieres sus tamales.”
Yo no contestaba. Borraba los mensajes. Era por su bien. Yo era un monstruo de sótano. Ella era una futura doctora brillante. No podíamos mezclarnos.
Pero el destino es terco.
Una tarde de octubre, lluviosa y gris, bajó una comisión de estudiantes de medicina de la UNAM. Venían a una práctica de medicina forense.
Yo estaba limpiando una plancha, de espaldas a la puerta, con mi delantal de hule manchado de sangre vieja.
Escuché el grupo entrar. Risitas nerviosas. El sonido de tacones y zapatos sobre el linóleo. La voz de Benítez dando la bienvenida.
—Pásenle, futuros colegas. Bienvenidos a la realidad final.
Y entonces, escuché su voz.
—Profesor, ¿podemos ver el procedimiento de evisceración?
Me congelé. Era ella. Verónica.
No me di la vuelta. Me quedé encorvado sobre la plancha vacía, rezando para que no me reconociera por la espalda, aunque con mi tamaño era imposible no llamar la atención.
—Claro, claro —dijo Benítez—. Mi asistente les va a mostrar. ¡Nicolás! ¡Ven acá!
Maldije a Benítez mentalmente. Él no sabía. O tal vez sí sabía y lo hacía a propósito, el viejo zorro.
Me di la vuelta lentamente.
El grupo de diez estudiantes se quedó callado. Vieron mi cara, mi mandíbula deforme, mi delantal sucio, mis botas gigantes. Algunos retrocedieron un paso.
Pero Verónica no.
Ella estaba al frente, con su bata blanca impecable, sosteniendo una libreta.
Se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron detrás de sus lentes. Su boca se entreabrió.
—¿Nicolás? —susurró.
El silencio en la sala fue absoluto. Solo se oía el zumbido de los refrigeradores.
—Hola, Verónica —dije con mi voz de tumba.
Ella soltó la libreta. Cayó al suelo con un golpe seco. Caminó hacia mí, ignorando a sus compañeros, ignorando al profesor, ignorando que estaban en una morgue.
Se plantó frente a mí. Me llegaba al pecho.
Me miró a los ojos, esos ojos hundidos bajo mis cejas prominentes.
—¿Aquí estás? —dijo, con la voz temblorosa—. ¿Te escondiste aquí todo este tiempo?
—Trabajo aquí, Verónica. Soy el ayudante.
—¡Eres un idiota! —gritó de repente, y me empujó el pecho con sus manos pequeñas. No me movió ni un milímetro, pero sentí el empujón en el alma—. ¡Desapareces! ¡No contestas mis llamadas! ¡Me entero por chismes que te mandaron al sótano! ¿Por qué?
Los estudiantes murmuraban.
—¿Lo conoce?
—¿Es su novio? No manches…
—Qué miedo…
—Vete, Verónica —le dije, bajando la voz—. Estás en clase. No hagas una escena. Tus compañeros te están viendo.
—¡Me vale madre si me ven! —gritó ella, llorando—. ¡Mírate, Nicolás! ¡Te estás dejando morir! ¡Estás más grande, más hinchado! ¿Te estás poniendo el medicamento?
—No hay en el Seguro. Está agotado.
—¡Pues lo conseguimos! ¡Hacemos algo! Pero no te escondes en un agujero como una rata. Tú eres brillante, Nico. Deberías estar allá arriba, o estudiando conmigo, no limpiando sangre de muertos.
—¡Yo pertenezco aquí! —grité, perdiendo la calma. Mi voz retumbó en las paredes de azulejo—. ¡Mírame! ¡Soy un monstruo! ¡Allá arriba la gente grita cuando me ve! ¡Aquí nadie grita! ¡Déjame en paz!
Hubo un silencio terrible. Verónica me miró con una mezcla de dolor y furia.
—El único monstruo aquí es tu miedo, Nicolás. Y tu autocompasión.
Se agachó, recogió su libreta y se dio la vuelta.
—Profesor Benítez, me siento indispuesta. Me retiro de la clase.
Salió corriendo. Escuché sus pasos alejándose por el pasillo.
Me quedé ahí, temblando. Benítez me miró, serio.
—Eres un pendejo, muchacho. Esa niña te quiere. Y tú la acabas de matar más que a cualquiera de los que están en las planchas.
Esa noche no pude dormir (bueno, nunca dormía bien, pero esa noche fue peor). Me quedé sentado frente al cadáver de un indigente, pensando en las palabras de Verónica. “El único monstruo es tu miedo”.
Tenía razón. Era un cobarde. Un cobarde gigante.
A la mañana siguiente, al terminar mi turno, salí del hospital. El sol de la mañana me lastimó los ojos.
Iba caminando hacia la parada del camión cuando sentí un mareo brutal. El piso se movió bajo mis pies. Mi visión se cerró en un túnel negro.
Me llevé la mano a la cabeza. Sentí que algo tronaba dentro.
—Mamá… —murmuré.
Y me desplomé.
135 kilos de carne y hueso cayeron sobre la banqueta de concreto. El golpe fue seco y pesado. La gente gritó.
Desperté en una cama de hospital. Pero no en Urgencias. En Terapia Intensiva.
Tenía tubos por todos lados. Un monitor pitaba rítmicamente a mi lado.
Intenté moverme, pero estaba atado.
—Tranquilo, tranquilo —dijo una voz suave.
Abrí los ojos. Era una enfermera que no conocía.
—¿Qué pasó? —pregunté. Mi voz sonaba rasposa, débil.
—Te desmayaste en la calle. Tuviste una crisis hipertensiva. Tu corazón… bueno, tu corazón falló un poco. Tuvieron que desfibrilarte.
Miré al techo. Me iba a morir. Benítez tenía razón. Mi corazón gigante no aguantaba más.
La puerta se abrió. Entró mi madre, llorando, y detrás de ella… Verónica.
Verónica tenía los ojos hinchados de llorar, pero la mandíbula apretada con determinación.
Se acercó a la cama. Me tomó la mano gigante entre las suyas.
—No te vas a morir, cabrón —me susurró al oído—. No te di permiso.
—Verónica… —intenté decir.
—Cállate. Ya hablé con mis profesores. Hablé con el Jefe de Neurocirugía del Hospital Siglo XXI. Le enseñé tu caso. Le enseñé tus dibujos. Le dije que eres un genio desperdiciado. Se interesó. Va a venir a verte.
—No tengo dinero…
—¡Que te calles! Vamos a hacer una colecta. Vamos a vender tamales. Vamos a hacer lo que sea. Pero te vas a operar. Te van a sacar ese tumor de la cabeza aunque tenga que meterme yo misma a sacártelo con una cuchara.
Sonreí débilmente. Era terca como una mula.
Mi madre se acercó por el otro lado, besándome la frente.
—Perdóname, mijo. Perdóname por no haberte cuidado mejor.
—No es tu culpa, ma.
Estuve una semana en terapia. Verónica no se separó de mí. Dormía en una silla incómoda, estudiaba ahí mismo. Me leía sus libros de medicina.
—Escucha esto, Nico: “La glándula pituitaria es la directora de la orquesta endocrina…”. Tu directora está borracha, pero la vamos a correr.
En esa semana, algo cambió en mí. Al estar al borde de la muerte, me di cuenta de que mi vanidad herida no valía nada. ¿Qué importaba si era feo? ¿Qué importaba si la gente me miraba mal? Tenía a dos mujeres que me amaban incondicionalmente. Tenía un cerebro que, a pesar del tumor, seguía funcionando. Tenía vida.
Cuando me dieron de alta, volví a la morgue. Pero ya no como un refugiado, sino como alguien que tiene un propósito. Necesitaba dinero para la cirugía (aunque Verónica consiguiera descuento, los insumos costaban).
Trabajé doble turno. Benítez me pagaba extra de su bolsillo.
—Toma, muchacho. Para el “fondo de la cabeza hueca” —decía, dándome billetes arrugados.
Y entonces, llegó la noche que lo cambió todo. La noche de la tormenta. La noche de la actriz muerta.
Era un martes lluvioso, igual que cuando conocí a Verónica bajo el toldo. El hospital estaba tranquilo.
La ambulancia llegó a las 3 AM.
—Cuerpo femenino. Sin signos.
Recibí la camilla en el sótano. Los paramédicos tenían prisa por irse a dormir.
—Ahí te la dejamos, grandulón. Fírmale aquí.
Me quedé solo con el cuerpo.
Era una mujer joven. Hermosa. Vestida con ropa de época, un vestido largo de terciopelo verde, lleno de lodo. Parecía salida de una película de vampiros.
“Qué desperdicio”, pensé.
Me puse los guantes. Me acerqué para quitarle la ropa y prepararla.
Toqué su cuello para acomodar la cabeza en el soporte de madera.
Y sentí algo.
Un aleteo.
Muy suave. Casi imperceptible. Debajo de la piel fría.
Me detuve.
“No, estás alucinando, Nico. Estás cansado”.
Pero mis dedos, mis dedos gigantes y sensibles, no mentían.
Dejé la mano ahí. Esperé.
Uno… dos… tres…
¡Pum!
Un latido. Débil, arrítmico, lejano, pero un latido.
Acerqué mi oreja a su pecho. Mi enorme cabeza casi cubría todo su torso.
Escuché. Lup-dup… silencio… lup-dup.
¡Estaba viva!
Estaba en un estado de catalepsia o hipotermia profunda, o shock neurogénico, pero estaba viva.
—¡Benítez! —grité. Pero Benítez no estaba. Se había ido a dormir la mona a su oficina.
No había tiempo de llamar arriba. No había tiempo de esperar a los camilleros que tardaban media hora en bajar.
Si no la subía ya, se moría de verdad.
Tomé una decisión.
Agarré a la chica en mis brazos. Pesaba unos 60 kilos. Para mí, era una pluma.
La levanté como si fuera una novia en la noche de bodas, con el vestido de terciopelo arrastrando.
Salí corriendo del anfiteatro.
Mis botas golpeaban el suelo. Clomp, clomp, clomp.
Llegué al elevador. ¡Maldita sea! Estaba ocupado en el piso 5.
No podía esperar.
Fui a las escaleras.
Eran tres pisos hasta Urgencias. Con una paciente en brazos. Con mi corazón enfermo y mis rodillas artríticas.
“Vamos, Nico. Vamos, Hulk. Hazlo por ella”.
Subí los escalones de dos en dos. Sentía que el pecho me estallaba. El aire me faltaba. El sudor me corría por la cara, cegándome.
Primer piso. Mis piernas ardían.
Segundo piso. Mi corazón martilleaba peligrosamente.
Tercer piso. Urgencias.
Pateé la puerta de las escaleras. Se abrió de golpe.
Entré al pasillo de Urgencias como una aparición demoníaca: Un gigante sudoroso, jadeante, con los ojos inyectados en sangre, cargando a una mujer “muerta” vestida de época.
Las enfermeras gritaron. El guardia sacó la macana.
—¡ESTÁ VIVA! —rugí con lo último de aire que me quedaba—. ¡PARO RESPIRATORIO! ¡CARRO ROJO, AHORA!
Mi voz fue tan autoritaria, tan llena de certeza médica, que nadie dudó.
Me pusieron una camilla. La deposité con cuidado.
—¡Atropina! ¡Adrenalina! ¡Intúbenla! —grité, olvidando mi lugar, olvidando que era el “chico de la limpieza”. Ahora era el enfermero experto.
Darío salió de su oficina. Vio la escena. Me vio a mí dirigiendo la reanimación.
—¿Qué carajos pasa?
—¡Doctor, trajeron un cuerpo vivo a la morgue! ¡Tiene pulso!
Darío corrió. Revisó a la paciente.
—¡Mierda, tiene razón! ¡A intubar!
Me quedé ahí, recargado en la pared, tratando de recuperar el aliento, viendo cómo el equipo trabajaba sobre la chica que yo había sacado de la tumba.
Mi corazón se calmó poco a poco.
Lo había hecho. Había usado mi fuerza monstruosa para algo bueno. Mis manos grandes habían sentido la vida donde otros solo vieron muerte.
Una hora después, la paciente estaba estable.
Darío se acercó a mí. Estaba pálido.
—Hernández… me salvaste el culo. Si esa mujer se muere en mi morgue por error de diagnóstico… me quitan la licencia.
—Solo hice mi trabajo, doctor.
—¿Quién es ella? —preguntó Darío.
—No sé. Trae ropa rara. Como de película.
En ese momento, entraron corriendo dos hombres al servicio. Uno era un tipo con gorra y chaleco de director de cine. El otro era un hombre mayor, elegante.
—¡Antonia! ¿Dónde está mi hija? —gritó el hombre mayor.
Darío se dio la vuelta y se quedó blanco.
—¿Licenciado Montiel? ¿Es su hija?
—¡Sí, imbécil! ¡Me dijeron que tuvo un accidente en el set! ¿Dónde está?
Resultó que la chica, Antonia Montiel, era la hija del mismo político influyente cuya esposa me había gritado meses atrás. La ironía del destino era deliciosa.
—Está viva, señor. Está estable —dijo Darío, sudando—. Gracias a… a la rápida intervención de mi equipo.
—Quiero verla.
Pasaron a verla. Antonia estaba despierta, sedada, pero consciente.
—Papá… —susurró.
—Mi amor… estás bien.
—El gigante… —dijo ella.
El padre y Darío se miraron.
—¿Qué dices, hija?
—El gigante… el hombre grande… él me cargó. Él me salvó. Sentí sus manos… eran calientes. Me sacó del frío. Quiero verlo.
Darío no tuvo opción. Me llamó.
—Hernández, ven.
Entré al cubículo. El Licenciado Montiel me miró. Me reconoció. Recordó el incidente con su esposa. Su cara se endureció.
—Tú… el que asustó a mi mujer.
—Sí, señor —dije, bajando la cabeza.
—Papá, no… —intervino Antonia desde la cama—. Él me salvó la vida. Los paramédicos me dieron por muerta. Él se dio cuenta. Él me subió corriendo. Lo escuché latir… su corazón sonaba muy fuerte.
El Licenciado Montiel me miró de nuevo. Esta vez, vio más allá de mi cara. Vio el sudor en mi frente. Vio mis manos temblorosas por el esfuerzo. Vio la verdad.
Se acercó a mí. Yo me tensé, esperando un insulto.
Me extendió la mano.
—Gracias, hijo. Me devolviste a mi hija. Perdón por lo de mi esposa… ella es… difícil.
Le estreché la mano con cuidado.
El director de cine, el tipo de la gorra, que había estado callado observándome, se acercó de repente. Me rodeó, mirándome desde todos los ángulos.
—Increíble… —murmuraba—. Fascinante.
—Oiga, ¿qué le pasa? —pregunté, incómodo.
—Esa estructura ósea… esa presencia… esa mirada de tristeza infinita… ¡Eres perfecto!
—¿Perfecto para qué?
—Para mi película. Llevo meses buscando al actor para el papel de “Goliath”, el guardián mudo del bosque. He visto a cientos de fisicoculturistas, pero son plásticos. Tú… tú eres real. Tienes el dolor en los ojos.
—¿Actor? —solté una risa amarga—. Oiga, soy enfermero. Y trabajo en la morgue. No soy actor.
—Te pago diez veces lo que ganas aquí. Te pago el tratamiento médico que necesites. Sé lo que tienes, he leído sobre acromegalia. Te pago la cirugía. Todo. Solo di que sí.
Me quedé mudo. Miré a Darío, que tenía la boca abierta. Miré a Antonia, que me sonreía desde la cama. Miré mis manos.
¿El cine? ¿Yo, el monstruo, en una pantalla gigante?
Pero entonces pensé en Verónica. Pensé en la cirugía. Pensé en mi madre.
Esa era la salida. El boleto dorado.
—¿Diez veces? —pregunté.
—Y seguro de gastos médicos mayores —añadió el director.
Sonreí. Una sonrisa chueca, con mis dientes separados, pero una sonrisa real.
—¿Dónde firmo?
Dejar la morgue fue más difícil de lo que pensé. Uno se acostumbra a todo, incluso al infierno, si el infierno es tranquilo y nadie te juzga.
El día que fui a renunciar, el Dr. Benítez estaba sobrio. Tenía puesta una corbata vieja y manchada de café, como si quisiera darle solemnidad al momento.
—Así que te vas a Hollywood, grandulón —dijo, firmando mi hoja de liberación con una pluma que apenas tenía tinta.
—A los Estudios Churubusco, Doc. No es Hollywood, pero pagan en cheques que no rebotan.
—Te voy a extrañar, Nico. Eras el único que aguantaba mis pláticas sobre existencialismo y hígados cirróticos. Y el único que podía cargar a los de 120 kilos sin quejarte de la ciática.
Me dio un abrazo. Olía a tabaco y a tristeza antigua.
—Cuídate esa cabeza, muchacho. Que te saquen esa canica del cerebro y vive. Vive por los que estamos aquí abajo muertos en vida.
Subí al elevador por última vez. Pero esta vez no marqué el botón de salida de servicio. Marqué el Lobby. Iba a salir por la puerta grande.
Al cruzar Urgencias, me crucé con el Dr. Darío. Me vio. Yo llevaba mi renuncia en la mano y una sonrisa que, aunque chueca por mi mandíbula, era de pura satisfacción.
—Suerte en la farándula, Hernández —masculló sin mirarme a los ojos—. Y gracias por… bueno, por no dejar que la hija del Licenciado se nos enfriara aquí.
—De nada, jefe. Y un consejo: arregle la rueda de la camilla 4. Un día se le va a caer un paciente y le va a salir más caro que mi sueldo.
Salí al sol de la tarde. El aire de la Ciudad de México estaba contaminado, gris y pesado, pero a mí me supo a gloria. Me supo a libertad.
El mundo del cine es una mentira hermosa, muy diferente a la verdad fea de un hospital.
Eric, el director (y esposo de Antonia, la chica que salvé), cumplió su palabra. Me citaron en los estudios al día siguiente.
Yo llegué con mi mejor ropa: unos pantalones de mezclilla que mi mamá había tenido que añadir tela en la bastilla y una camisa de cuadros que me quedaba como chaleco. Me sentía ridículo entre tanta gente “fashion”, asistentes con auriculares y actores guapos tomando café orgánico.
—¡Aquí está nuestro Goliath! —gritó Eric cuando me vio entrar al set, un enorme hangar lleno de pantallas verdes y utilería de cartón piedra que simulaba un bosque encantado.
Me llevaron a maquillaje. La jefa de maquillaje, una mujer bajita con el pelo morado, me sentó en la silla. Me miró la cara. Me tocó los pómulos, la frente abultada, la barbilla proyectada.
—Increíble —murmuró—. No necesito hacer nada.
—¿Perdón? —dije, sintiéndome insultado.
—No, no, cariño. No me malinterpretes. Llevo semanas diseñando prótesis de látex para este personaje. Quería lograr exactamente esto: esa fuerza primitiva, esa estructura ósea que impone miedo pero tristeza a la vez. Y tú… tú lo traes de fábrica. Eres una obra de arte orgánica.
Fue la primera vez que alguien llamó a mi deformidad “obra de arte”.
—Solo te vamos a poner un poco de base para matizar el brillo y unas cicatrices falsas aquí y allá. Pero tu cara… tu cara es perfecta para la cámara.
El rodaje fue una experiencia surrealista.
Mi personaje, Goliath, era un guardián mudo de un bosque mágico. Un ser incomprendido que asustaba a los aldeanos pero que en secreto curaba a los animales heridos.
¿Ironía? No, era mi biografía escrita en guion.
No tenía que actuar. Solo tenía que ser yo.
Cuando el director gritaba “¡Acción!”, yo caminaba con mi paso pesado, arrastrando mis botas (que ahora eran unas botas de piel increíbles, hechas a mi medida por el vestuarista), y miraba a la cámara con el dolor que llevaba cargando diez años.
—¡Corte! —gritaba Eric, emocionado—. ¡Eso es! ¡Esa mirada! ¡Esa melancolía! ¡Nico, eres un genio!
Me pagaron el anticipo la primera semana.
Cuando vi el cheque, casi me desmayo. Eran más ceros de los que había visto juntos en mi vida.
Lo primero que hice fue ir a una farmacia especializada y comprar tres meses de mi medicamento, el Octreotida, de contado. Sin trámites, sin esperar al de la ventanilla del Seguro que siempre me decía “no hay, joven, dese una vuelta el martes”.
Llegué a casa y puse las cajas en la mesa.
Mi madre lloró.
—Ya no vamos a sufrir, jefa —le dije, abrazándola—. Ya no.
Pero el dinero no cura el tumor solo con mirarlo. Había que operar.
Verónica se encargó de la logística médica con la precisión de un general de guerra.
Ella ya estaba en semestres clínicos en la Facultad. Se movía por los hospitales como pez en el agua. Consiguió cita con el Dr. Valencia, el mejor neurocirujano de México, en el Hospital Ángeles. Nada de esperar en el sector público. Íbamos por lo privado.
El día de la consulta preoperatoria, Verónica fue conmigo.
El Dr. Valencia revisó mis resonancias en una pantalla gigante de alta definición.
—Es un macroadenoma hipofisario —dijo, señalando la mancha blanca en el centro de mi cerebro—. Es grande, Nicolás. Está comprimiendo el quiasma óptico. ¿No has perdido visión lateral?
—Un poco. Choco con los marcos de las puertas.
—Bueno, eso también es porque mides dos metros —bromeó el médico—. Pero sí, hay que sacarlo. Vamos a entrar por la nariz. Cirugía transesfenoidal. Rompemos el hueso esfenoides, llegamos a la silla turca y aspiramos el tumor. Sin abrir el cráneo.
—¿Riesgos? —preguntó Verónica, sacando su libreta de notas.
—Los de siempre. Hemorragia, infección, fístula de líquido cefalorraquídeo… y bueno, que no podamos sacarlo todo. Pero tienes buena anatomía para esto. Tu nariz es grande, eso facilita el acceso.
Hasta para eso servía ser gigante.
La cirugía se programó para dos semanas después de terminar el rodaje de la película.
Esas dos semanas fueron una mezcla de terror y despedida.
Tenía miedo. Miedo de no despertar. Miedo de quedar mal. Miedo de que, si me curaba, dejara de ser “especial” y el cine ya no me quisiera, pero siguiera siendo feo para el mundo normal.
Una noche, antes de la operación, Verónica y yo estábamos sentados en el porche de mi casa. Comíamos esquites.
—¿Y si me muero, Veru? —pregunté, mirando las estrellas contaminadas de la ciudad.
—No digas pendejadas —respondió ella, echándole más chile a su vaso—. No te vas a morir. Tienes un contrato para la secuela de la película. Y tienes un contrato conmigo.
—¿Contrato contigo?
—Sí. El que hicimos bajo la lluvia. Tú vas a ser mi enfermero y yo tu doctora. Todavía no me gradúo, así que no te puedes morir. Sería incumplimiento de contrato.
Se rió, pero vi que le temblaba la mano. Dejó el vaso y me agarró la mano. Mi mano seguía siendo enorme, pero la de ella se sentía más fuerte que nunca.
—Nico… me gustas. Así como eres. Con tumor o sin tumor. Con mandíbula grande o chica. Me gustas tú. Tu cerebro. Tu corazón noble que saca actrices muertas de la morgue.
Me incliné y la besé.
Fue un beso torpe. Mi nariz grande estorbaba, mi barbilla chocaba con la suya. Pero fue el mejor beso de la historia de la humanidad. Supo a mayonesa, limón y esperanza.
El día de la cirugía llegó.
El hospital privado olía diferente al público. Olía a lavanda y desinfectante caro. Las sábanas eran suaves.
Me pusieron la bata (que me quedaba chica, obvio, pero menos que la del Seguro).
Mi madre me dio la bendición con una imagen de San Judas Tadeo que pegó con cinta adhesiva en el barandal de la cama.
—San Juditas es el patrón de las causas difíciles, mijo. Y tú eres una causa muy difícil, pero muy bonita.
Me llevaron al quirófano.
Las luces eran cegadoras.
El anestesiólogo, un tipo joven con gorro de perritos, me dijo:
—Piensa en algo bonito, campeón. Nos vemos en un rato.
Pensé en Verónica. Pensé en el gol que nunca metí con mi papá. Pensé en la primera vez que vi mi nombre en los créditos de la película (aunque todavía no salía).
Y todo se fue a negro.
Despertar de una cirugía cerebral no es como en las películas. No abres los ojos y dices una frase ingeniosa.
Despertas en el infierno.
Sentía que me había atropellado un camión de volteo y luego se había echado de reversa sobre mi cara.
Tenía la nariz taponeada con metros de gasa. No podía respirar. La garganta me ardía por el tubo endotraqueal. La cabeza me punzaba.
—¡Aghhh! —intenté gritar, pero salió un gemido patético.
—Shhh, tranquilo, tranquilo —era la voz de Verónica.
Sentí su mano fresca en mi frente.
Abrí un ojo (el otro estaba hinchado).
Ahí estaba ella. Vestida de civil, pero con esa autoridad médica que ya le salía natural.
—Todo salió bien, Nico. Te sacaron todo. El Dr. Valencia dice que fue un éxito. Ya no hay tumor. Ya no hay fábrica de hormonas.
Intenté asentir, pero me dolió hasta el alma.
—Agua… —grazné.
Me dio un trago de agua con un popote. Sabía a sangre y metal, pero pasó fresca.
—Descansa. Tu mamá está afuera rezando el rosario por quinta vez. Ya le dije que pare o va a causar un incendio con tantas veladoras.
La recuperación fue lenta y dolorosa.
Estuve una semana hospitalizado. La nariz me dolía horrores. Cuando me quitaron los tapones (una sensación asquerosa, como si te sacaran el cerebro por la nariz), sentí el primer alivio real.
El aire entró.
Y algo más pasó. O más bien, dejó de pasar.
El dolor de cabeza.
Ese taladro constante, ese compañero fiel que había tenido desde los 16 años… ya no estaba.
Había dolor quirúrgico, sí. Pero la presión, el latido sordo, la “migraña del gigante”… había desaparecido.
Lloré de alivio. Lloré como un niño chiquito.
—Ya no duele, ma —le dije a Graciela—. Ya no me duele la cabeza.
Ella lloró conmigo.
—Milagro de San Judas, te lo dije.
Cuando salí del hospital, volví a casa. Pero no a la misma rutina.
Ahora era un convaleciente famoso.
La noticia de que el “actor revelación” de la próxima película de Eric estaba en recuperación se filtró.
Llegaron arreglos florales a mi pequeña casa en la Colonia Doctores. Arreglos que no cabían por la puerta. Canastas de frutas. Cartas de fans (sí, ya tenía fans y ni siquiera habían visto la película, solo las fotos promocionales).
Pero lo más importante eran los cambios físicos.
El doctor me lo había advertido: “El hueso no regresa”.
Mi mandíbula seguía siendo prominente. Mi frente seguía abultada. Mis manos seguían siendo enormes.
Pero la hinchazón de los tejidos blandos empezó a bajar. Mis facciones se “desinflaron” un poco. Mi lengua ya cabía mejor en mi boca. Mis dedos se sentían menos como salchichas y más como dedos.
Y lo mejor: dejé de crecer.
Mis zapatos del número 32 seguirían siendo del 32, pero ya no tendría que buscar el 33.
La bestia se había detenido. El monstruo estaba domado.
Seis meses después. El estreno.
La película se llamaba “El Bosque de los Susurros”.
La premiere fue en un cine enorme de Polanco. Alfombra roja. Fotógrafos. Gritos.
Yo llegué en una limusina que mandó la productora. Iba con mi madre y con Verónica.
Graciela iba vestida de largo, con un vestido color uva que la hacía ver como una reina. Se había peinado de salón. Estaba en shock, agarrada de mi brazo como una garrapata.
—Mijo, ¿toda esa gente vino a verte a ti?
—A la película, ma. Y a Antonia. Ella es la estrella.
—Para mí la estrella eres tú —dijo, dándome un pellizco en el brazo.
Verónica… Verónica se veía espectacular. Llevaba un vestido rojo sencillo, pero elegante. Se había soltado el pelo, dejando atrás las trenzas de niña, y sus lentes ahora eran de un armazón más moderno.
Bajamos del coche.
Los flashes estallaron. Cientos de luces blancas.
—¡Nicolás! ¡Nicolás! ¡Una foto aquí! —gritaban los fotógrafos.
Yo llevaba un traje hecho a la medida. Azul oscuro. Me quedaba pintado. Por primera vez en mi vida, la ropa no me apretaba ni me colgaba. Me sentía poderoso. No como un monstruo, sino como un titán.
Caminé por la alfombra. Antonia, la actriz, corrió a abrazarme.
—¡Mi salvador! —gritó ante las cámaras—. ¡Sin este hombre no habría película ni habría Antonia!
La prensa enloqueció. La historia del “Enfermero Gigante que salvó a la estrella y se convirtió en actor” era oro molido para los noticieros.
Entramos a la sala. Me senté en mi butaca (que era doble, reservada especialmente para mí).
Verónica me tomó la mano en la oscuridad.
—¿Listo?
—Listo.
La película empezó.
Y ahí estaba yo. En la pantalla de 20 metros.
Goliath. El gigante.
Me vi caminar entre los árboles digitales. Vi mi rostro en primer plano.
Y por primera vez, no vi fealdad.
Vi fuerza. Vi tristeza, sí, pero una tristeza digna. Vi unos ojos que hablaban sin palabras.
La gente en la sala no se rió. No gritaron de asco.
Hubo un silencio respetuoso. Y en una escena donde mi personaje llora por un ciervo muerto… escuché sollozos en la audiencia.
Estaban llorando conmigo, no riéndose de mí.
Mi madre estaba hecha un mar de lágrimas a mi lado.
—Ese es mi niño —sollozaba—. Ese es mi Nico.
Cuando terminó la película y salieron los créditos: INTRODUCING NICOLÁS HERNÁNDEZ AS GOLIATH, la sala estalló en aplausos.
Me hicieron levantarme.
La gente aplaudía de pie.
Miré a mi alrededor. Miré a Antonia lanzándome besos. Miré al director Eric levantando el pulgar. Miré a mi madre bendiciendo a la multitud.
Y miré a Verónica.
Ella me miraba con esos ojos inteligentes y amorosos que habían visto al humano dentro del gigante mucho antes que nadie más.
—Te lo dije —me susurró al oído, por encima de los aplausos—. Eres grande, Nicolás. En todos los sentidos.
En ese momento, comprendí algo fundamental.
La acromegalia había deformado mi cuerpo, sí. Me había dado dolor y sufrimiento. Me había quitado una vida normal.
Pero también me había dado esto. Me había dado una fuerza que no sabía que tenía. Me había dado la capacidad de entender el dolor ajeno en la morgue. Me había dado la oportunidad de salvar a Antonia. Y me había traído hasta aquí.
No era un final feliz de cuento de hadas donde la bestia se convierte en un príncipe rubio.
Yo seguía siendo la Bestia.
Pero era una Bestia que se amaba a sí misma. Una Bestia con traje de diseñador, con la salud recuperada y con la mujer más maravillosa del mundo a su lado.
Y eso… eso era mejor que ser príncipe.
Salimos de la sala hacia la fiesta.
Un reportero se me acercó, poniéndome el micrófono en la cara (bueno, a la altura de mi pecho).
—Nicolás, Nicolás, ¿qué se siente ser la nueva revelación del cine? ¿Qué planes tienes ahora? ¿Vas a dejar la enfermería?
Sonreí. Mi sonrisa grande, con dientes separados, brillante bajo los reflectores.
—¿Planes? —dije con mi voz grave que retumbaba en las bocinas—. Bueno, primero cenar, porque me muero de hambre. Y luego… luego voy a terminar de pagar la casa de mi mamá. Y después, voy a estudiar.
—¿Estudiar actuación?
—No —miré a Verónica y le guiñé un ojo—. Voy a estudiar Medicina. Tengo una promesa que cumplir. Voy a ser el primer médico de dos metros diez del mundo. Y créame, cuando yo le diga “tómese esta pastilla”, se la va a tomar.
El reportero se rió.
Verónica me apretó el brazo.
Caminamos hacia la noche, que ya no era oscura ni fría. Era nuestra.
El tiempo en México no perdona, pero a veces, si tienes suerte y mucho trabajo, te recompensa.
Han pasado cinco años desde la premiere de El Bosque de los Susurros. Cinco años que se sintieron como cinco vidas.
La película fue un éxito brutal. No solo en México, sino en festivales internacionales. Mi cara, esa cara deforme que antes escondía en la morgue, apareció en espectaculares en Reforma, en portadas de revistas y hasta en memes de internet (al principio me dolía, luego aprendí a reírme; la risa es la mejor medicina contra el ego).
Hice dos películas más. Una de ciencia ficción donde hacía de un alienígena sabio (sin casi nada de maquillaje, gracias a mi estructura ósea) y un drama histórico. Con el dinero, cumplí mis promesas.
Le compré a mi madre una casa en Coyoacán, una de esas con patio grande lleno de bugambilias y una cocina inmensa donde ella es la reina absoluta. Pagué mi carrera de Medicina en una universidad privada (porque el tiempo no me daba para la UNAM y los rodajes), y finalmente, me titulé.
Hoy, en la entrada de mi casa, hay una placa de bronce pequeña y discreta que dice: Dr. Nicolás Hernández – Médico Cirujano.
Pero hoy no es día de consultas. Hoy es día de fiesta.
Estamos celebrando mi quinto aniversario de bodas con Verónica.
La casa huele a gloria. Huele a mole poblano, a arroz rojo y a tortillas recién hechas.
En la cocina, la “Cumbre de las Suegras” está en sesión. Mi madre, Graciela, y la madre de Verónica, Doña Esperanza, están picando cebolla y debatiendo la política nacional mientras vigilan las ollas.
—Ay, Graciela, pero es que tú le pones mucho chocolate al mole —dice Doña Esperanza.
—Es la receta de mi abuela, Esperanza. Si no le gusta, pida una pizza —responde mi madre, con esa confianza nueva que le da ser la madre del “actor-doctor”.
Se llevan bien, a pesar de los piques. Se unieron en la adoración a un pequeño dictador que corre por la casa.
—¡Papá! ¡Atrápame!
Miguelito. Tres años. Un torbellino de energía con los ojos de su madre y, para mi eterna vigilancia paranoica, mi altura. Es un niño grande. El pediatra dice que está en el percentil 95, pero que es crecimiento normal. Nada de hormonas locas. Nada de tumores. Solo genes de un padre que mide dos metros diez.
Lo levanto con una mano. Él chilla de risa.
—¿A dónde vas, chaparro? ¿Ya te lavaste las manos?
—¡Sí! ¡Mira! —me enseña sus manitas llenas de tierra del jardín.
—Mmm, creo que tu concepto de limpieza y el mío son diferentes. Vamos al baño.
Verónica baja las escaleras. Se ve… Dios, se ve hermosa. Lleva un vestido azul sencillo. Ya es la Dra. Sánchez, residente de Pediatría en el Hospital Infantil. Está cansada, tiene ojeras de guardia, pero sonríe.
—Deja al niño, Nicolás, lo vas a marear.
—Está entrenando para astronauta —digo, dándole un beso a mi hijo y bajándolo al suelo.
El timbre suena.
—¡Yo abro! —grita Miguelito, corriendo.
—¡No! —digo yo, alcanzándolo en dos zancadas—. Tú no abres. Yo abro.
Camino hacia la puerta de madera maciza. Espero a los mariachis. O a mis amigos del hospital. O quizás a Eric y Antonia, que prometieron venir.
Abro la puerta con una sonrisa preparada.
Pero la sonrisa se me congela en la cara.
No son mariachis.
En el umbral, bajo la luz ámbar del farol de la entrada, hay un hombre.
Es viejo. Mucho más viejo de lo que debería ser. Tiene el pelo gris y ralo, la piel curtida por el sol y la ropa desgastada. Se apoya en un bastón. Tiembla un poco.
Lleva una bolsa de plástico en la mano.
Me mira hacia arriba. Tiene que echar la cabeza muy atrás para verme a los ojos.
—¿Nicolás? —pregunta con una voz carrasposa, rota por el tabaco.
Lo reconozco.
Aunque han pasado casi quince años. Aunque tiene arrugas que no conocía. Aunque sus ojos están apagados.
Es Rogelio. Mi padre.
El hombre que nos dejó por “enfermos”. El que huyó del “muñeco de cristal”.
Siento un golpe en el pecho. No es dolor físico, es como si me hubieran sacado el aire. Mi corazón operado y sano da un vuelco.
—¿Qué hace usted aquí? —pregunto. Mi voz sale grave, profunda, esa voz de Goliath que asusta en el cine.
Él traga saliva. Se ve intimidado. Mi sombra lo cubre por completo.
—Vi… vi tu película. Y luego vi en la revista TVyNovelas que vivías por acá. Pregunté en la tienda de la esquina…
—Le pregunté qué hace aquí —repito, más duro. No lo invito a pasar. Bloqueo la entrada con mi cuerpo.
—Vine a… vine a verlos. A tu mamá. A ti. Supe que te operaron. Que eres famoso. Que eres doctor.
Intenta sonreír, pero le sale una mueca patética.
—Estoy orgulloso, hijo.
Esa palabra. Hijo.
Siento una rabia caliente subir por mi garganta. ¿Hijo? ¿Ahora soy su hijo? ¿Ahora que mido dos metros y salgo en el cine y tengo dinero? ¿Dónde estaba cuando me dolía la cabeza y gritaba en la noche? ¿Dónde estaba cuando mi madre se rompía las manos tallando pisos para pagarme las aspirinas?
—Usted no tiene hijos, señor —digo fríamente—. Usted tenía un problema. Y se deshizo del problema hace muchos años.
—Nico, por favor. Estaba asustado. Era joven. Tu madre… ella estaba loca con lo de tu enfermedad. Me asfixiaba.
—Mi madre me salvó. Usted huyó. Esa es la diferencia.
Él baja la mirada. Veo que sus zapatos están rotos. Veo que sus manos tiemblan.
De repente, tose. Una tos fea, húmeda. Se lleva un pañuelo a la boca. Cuando lo retira, veo una mancha de sangre fresca.
Mi cerebro médico se activa automáticamente, anulando por un segundo a mi cerebro emocional.
Piel ictérica (amarillenta). Caquexia (pérdida de peso extrema). Tos con hemoptisis. Aliento hepático.
—¿Qué tiene? —le pregunto, cambiando el tono. Ya no soy el hijo rencoroso, soy el Dr. Hernández.
—Nada… una tos vieja.
—Eso no es una tos vieja. ¿Desde cuándo escupe sangre? ¿Le duele el costado derecho? ¿Ha perdido peso?
Él me mira sorprendido.
—Pues… sí. Bajé diez kilos en dos meses. Y me duele aquí —se toca el hígado.
Suspiro. Maldita sea mi suerte. Y maldita sea mi vocación.
No puedo cerrarle la puerta a un hombre enfermo. Aunque ese hombre sea el miserable que me abandonó.
—Pase —digo, haciéndome a un lado.
Él entra, mirando la casa con asombro. Ve los muebles buenos, el piso de mármol, las fotos familiares en las paredes. Ve la vida que se perdió.
En ese momento, Graciela sale de la cocina con una charola de copas.
—¡Ya llegaron los…!
Se detiene en seco. La charola tiembla en sus manos. Las copas tintinean.
Se queda blanca.
—¿Rogelio?
Mi padre la mira. Graciela ya no es la mujer ojerosa y despeinada que él dejó. Es una señora elegante, bien vestida, con el pelo teñido y arreglado. Una matriarca.
—Hola, Chela —murmura él.
El silencio en la sala es espeso. Verónica aparece, cargando a Miguelito. Ve la escena. Ve mi cara. Entiende todo.
Se acerca a mi madre y le quita la charola suavemente antes de que se le caiga.
—Llévate al niño arriba, Vero —le digo en voz baja.
—Pero…
—Por favor.
Verónica asiente y sube las escaleras con el niño, que protesta porque quiere ver “al abuelito”.
Nos quedamos los tres. El triángulo roto.
—¿A qué vienes, Rogelio? —pregunta mi madre. Su voz no tiembla. Es firme. Es la voz de quien ha sobrevivido a todo.
—Vine a pedir perdón, Chela. Y… y a pedir ayuda. Estoy enfermo. No tengo a nadie. La mujer con la que me fui… me dejó cuando se me acabó la fuerza para el taller. Estoy solo.
Ahí está. La verdad. No es amor, es necesidad. El perro viejo vuelve cuando tiene hambre.
Siento asco.
Pero mi madre camina hacia él. Se para frente a él. Ella es pequeña, pero en este momento se ve gigante.
Lo mira de arriba abajo. Ve su ropa sucia, su enfermedad.
—Te ves mal, Rogelio.
—La vida cobra factura, Chela.
—Sí. A mí me cobró por adelantado, pero ya le pagué. Tú apenas estás pagando.
Mi madre se gira hacia mí.
—Nicolás, ¿qué tiene?
—Probablemente cirrosis o cáncer hepático, mamá. Necesita estudios, pero se ve mal.
Ella asiente. Vuelve a mirar a Rogelio.
—Te vamos a ayudar —dice ella.
—¿Qué? —salto yo—. Mamá, este hombre nos dejó tirados. No nos dio un peso en quince años. ¡Casi nos morimos de hambre!
—Lo sé, Nicolás. Y no se me olvida. Pero yo no soy él. Nosotros no abandonamos a la gente. Esa es la diferencia entre él y nosotros. Si lo echamos a la calle a morirse, seríamos iguales que él. Y yo no te crié para ser igual que él.
Me quedo callado. Tiene razón. Maldita sea, siempre tiene razón. Esa es su victoria final. Su venganza no es el odio, es la misericordia. Es demostrarle que somos mejores.
—Siéntate, Rogelio —dice mi madre, señalando el sofá de piel—. Te voy a servir un plato de mole. El último que te vas a comer en esta casa.
—¿Cómo? —pregunta él, confundido.
—Te vamos a dar de cenar. Nicolás te va a revisar. Te vamos a pagar los estudios y el tratamiento que necesites en un hospital público digno. Te vamos a dar dinero para que rentes un cuarto y no vivas en la calle. Pero no te vas a quedar aquí. Esta es mi casa. Es la casa que mi hijo me compró. Y aquí solo vive la gente que estuvo cuando las cosas estaban feas.
Rogelio agacha la cabeza y empieza a llorar. Un llanto silencioso, de vergüenza pura.
—Gracias, Chela. Gracias.
Esa noche fue la cena más extraña de mi vida.
Comimos mole. Rogelio comió como si no hubiera visto comida en semanas. Yo lo observaba. Veía sus manos. Eran manos normales. No tenía acromegalia. Mi enfermedad fue una mutación espontánea, una lotería genética macabra. No heredé su cuerpo, pero tampoco heredé su cobardía.
Después de cenar, lo revisé en mi consultorio (tengo un pequeño despacho en casa). Le palpé el abdomen. Tenía el hígado duro como una piedra y ascitis (líquido).
—Tienes que ir a Gastroenterología mañana mismo. Te voy a hacer una carta de referencia para el Hospital General. Conozco gente ahí.
—¿Al General? —preguntó con miedo.
—Sí. Ahí trabajé yo. Ahí me hice hombre. Es un buen hospital si sabes respetar a la gente.
Le di dinero. Bastante. Más del que merecía.
—Toma. Renta algo cerca del hospital. No vuelvas a venir a esta casa sin avisar. Y no te acerques a mi hijo. Si quieres verlo, será con supervisión y cuando yo lo decida. ¿Entendido?
—Entendido, Nicolás. Perdón, Dr. Hernández.
Se fue.
Lo vi alejarse por la calle oscura, cojeando, con su bolsa de plástico y el dinero en el bolsillo.
No sentí odio. No sentí amor.
Sentí paz.
El fantasma se había desvanecido. Ya no era el “padre que nos abandonó”, era solo un pobre hombre enfermo que tomó malas decisiones. Y yo ya no era la víctima. Yo era el que tenía el poder de salvarlo o condenarlo, y elegí salvarlo.
Cerré la puerta.
Regresé a la sala. Los mariachis habían llegado por la puerta del jardín. Empezaron a tocar “Si nos dejan”.
Mi madre estaba sirviendo tequila. Se veía tranquila. Me guiñó un ojo.
—¿Todo bien, mijo?
—Todo bien, jefa. Eres una chingona.
—Más respeto, que soy tu madre —se rió.
Verónica bajó con Miguelito, que ya estaba en pijama.
La música llenó la casa.
Bailé con mi esposa. Mis manos gigantes envolvían su cintura. Ella recargó su cabeza en mi pecho.
—Lo hiciste bien, Nico —me dijo.
—Aprendí de la mejor.
Me miré en el espejo de la sala mientras bailábamos.
Vi mi reflejo.
Ahí estaba Goliath. Mi mandíbula seguía siendo grande. Mis cejas seguían siendo prominentes. No era un modelo de revista.
Pero ya no veía al monstruo de la morgue.
Veía a un hombre. Un hombre que había bajado al infierno, que había cargado muertos, que había sido rechazado, humillado y temido.
Y que había regresado.
Miré mis manos. Esas manos que asustaron a la señora VIP, que cargaron a Antonia, que abrieron cadáveres con Benítez, y que ahora operaban cerebros y curaban niños.
Eran manos grandes. Manos de gigante.
Pero eran manos que construían, no que destruían.
Recordé al Dr. Benítez y su filosofía de borracho: “¿En qué ventrículo se esconde el alma?”.
Creo que ya sé la respuesta.
El alma no está en el corazón. El alma está en lo que haces con el cuerpo que te tocó, sea hermoso o sea monstruoso. El alma está en aguantar el dolor hasta que se convierte en fuerza.
Abracé a Verónica, abracé a mi madre, cargué a mi hijo.
Soy Nicolás Hernández.
Soy el Gigante.
Y soy el hombre más afortunado del mundo.