
CAPÍTULO 1: EL MENSAJE QUE ROMPIÓ UNA VIDA
El olor a cloro barato y sopa de fideos fría se le había metido hasta en los poros de la piel. Ana María abrió los ojos, sintiendo los párpados pesados, como si tuviera arena en las pestañas. Lo primero que vio fue ese techo descarapelado del Hospital General, con esa mancha de humedad amarillenta en la esquina que, tras tres días de estar acostada boca arriba, había terminado por tomar la forma de un perro ladrando. O tal vez era un demonio. A estas alturas, con el dolor punzante en la espalda baja, le daba lo mismo.
Intentó acomodarse en la cama rígida, pero un latigazo de fuego le recorrió la columna vertebral.
—¡Ay, Diosito santo! —se le escapó un gemido entre los dientes apretados.
Era la hernia de disco. L5-S1, le había dicho el doctor con esa frialdad de quien repara coches y no personas. Tres meses llevaba viviendo un infierno. Tres meses en los que su vida se había reducido a contar cuántos pasos podía dar antes de que la pierna izquierda se le durmiera o el dolor la doblara.
—Quieta, quieta, mi reina, no se me mueva así —la voz de la enfermera Lupita sonó a su lado. Era una mujer robusta, con manos ásperas pero gentiles—. La operación salió bien, doña Ana, pero no es de hule. Si se mueve brusco se le van a botar los puntos.
Ana se dejó caer en la almohada, sudando frío.
—¿Qué hora es, Lupita?
—Son las diez de la mañana. Ya pasó el doctor de la ronda. Dice que hoy se va a su casa, si tolera sentarse.
A su casa. La palabra sonó extraña en su cabeza. Pensó en su departamento en la colonia Doctores. Un tercer piso en un edificio viejo que olía a humedad y a cebolla frita de los vecinos. Pensó en su cama, en sus plantas que seguro ya estaban secas, y pensó en Roberto.
Roberto. Su esposo.
—¿Vino mi marido? —preguntó Ana, con un hilo de voz, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.
Lupita ajustó el goteo del suero y evitó mirarla a los ojos. Se tardó un segundo de más en contestar, y ese silencio fue como una bofetada.
—Habló ayer, seño. Cuando usted estaba todavía en recuperación de la anestesia. Dijo que andaba muy complicado en la chamba, que luego se daba una vuelta.
Ana cerró los ojos y asintió levemente. Claro. La chamba. Roberto siempre estaba “complicado”. Llevaba treinta años estando complicado. Trabajaba en una oficina de gobierno, un puesto administrativo gris donde, según él, “se le iba la vida”, aunque Ana sabía que se pasaba la mitad de la mañana leyendo el periódico deportivo y la otra mitad platicando con la secretaria de recursos humanos.
—Seguro viene al rato —dijo Ana, más para convencerse a sí misma que a la enfermera—. Es que… a veces se le va la onda, pero es bueno. Treinta años de casados, imagínese.
—Treinta años es un buen tramo —contestó Lupita, alisando las sábanas—. Bueno, voy a ver a la paciente de la cinco. Ahorita le traigo su gelatina.
Cuando se quedó sola, Ana se permitió llorar, pero bajito, para que no la oyera la señora de la cama de al lado, Doña Chuy, una viejita metiche que estaba internada por la vesícula y que se la pasaba criticando a sus nueras por teléfono.
Ana repasó su vida mientras miraba la mancha en el techo. ¿En qué momento se habían vuelto dos extraños viviendo bajo el mismo techo? Recordó la semana pasada, antes de la operación. Ella estaba en el sillón, incapaz de levantarse para ir al baño por el dolor.
—Roberto… ayúdame, por favor —le había suplicado.
Él estaba viendo el partido del América. Ni siquiera volteó.
—Ah, qué lata, Ana. Siempre es algo contigo. Si no es la cabeza, es la espalda. Ya pareces carcacha vieja.
Se había levantado resoplando, como si le pidieran cargar un costal de cemento, y le había dado la mano con desgana. Su tacto fue frío, flácido. No había amor en esa mano. No había preocupación. Solo molestia.
“Pero es mi esposo”, pensó Ana, limpiándose una lágrima que le cosquilleaba en la oreja. “Y tenemos a Claudia”.
Claudia, su única hija. La niña de sus ojos. Ahora vivía en Monterrey, casada con un ingeniero. “Mamá, estoy muy ocupada, no puedo ir”, le había dicho cuando Ana le contó de la cirugía. “Que te cuide mi papá, para eso están casados”.
Claudia llamaba una vez al mes, si bien le iba. Ana se dio cuenta, con un dolor más agudo que el de la espalda, que estaba sola. Completamente sola.
A las once entró el doctor Ramírez, un hombre joven con ojeras profundas.
—Señora Morán, la voy a dar de alta. Pero escúcheme bien, esto es serio: Reposo absoluto. No puede cargar nada más pesado que un plato de sopa. No puede trapear, no puede barrer, no puede agacharse. Necesita asistencia 24/7 por lo menos las dos primeras semanas. ¿Tiene quien la cuide?
Ana sintió un nudo en el estómago.
—Sí, doctor. Mi esposo.
—¿Segura? Porque si se cae o hace un esfuerzo, va a regresar aquí y la próxima vez no garantizo que vuelva a caminar bien.
—Sí, doctor. Él me va a cuidar. Ahorita le marco para que venga por mí.
Cuando el doctor salió, Ana sacó su celular de la mesita de noche. La pantalla estaba estrellada en una esquina. Marcó el número de Roberto.
Tuuuuu… tuuuuu… tuuuuu…
Buzón de voz.
Ana colgó y volvió a marcar. El corazón le latía rápido, un tamborileo ansioso en el pecho.
Tuuuuu… tuuuuu…
Lo mandó a buzón. Le había colgado.
“Debe estar en junta”, pensó, tratando de justificar lo injustificable. “O manejando”.
Pero el miedo, ese miedo frío y pegajoso de la intuición femenina, empezó a subirle por la garganta. Abrió el WhatsApp. Vio que Roberto estaba “En línea”.
Escribió con dedos temblorosos:
“Hola viejo. Ya pasó el doctor. Me dan de alta hoy. Necesito que vengas por mí, no puedo caminar sola y traigo la maleta. ¿A qué hora llegas?”
Vio las dos palomitas azules aparecer de inmediato. Lo leyó.
Ana se quedó mirando la pantalla, esperando ver la frase “Escribiendo…”.
Un minuto. Dos minutos. Cinco minutos. Nada.
—¿No le contesta el marido, seño? —preguntó Doña Chuy desde la otra cama, pelando una mandarina que inundó el cuarto con olor a cítrico.
—Está ocupado, Chuy. Es un hombre muy importante en su oficina —mintió Ana, sintiendo la cara arder de vergüenza.
—Mmm, pues más importante es la mujer, digo yo. Mi viejo, que en paz descanse, dejaba lo que fuera si me dolía una uña. Pero bueno, cada quien sus modos.
El celular vibró en la mano de Ana. Casi se le cae del susto. Era un mensaje de Roberto.
Ana desbloqueó la pantalla. No era un audio. No era una llamada. Era un texto largo.
Empezó a leer y el mundo se detuvo. El ruido del hospital, los carritos de las enfermeras, los ronquidos de Doña Chuy, todo desapareció. Solo existían esas letras negras sobre fondo blanco.
“Ana, no voy a ir. Ni hoy, ni mañana.
He estado pensando mucho estos meses. Ya no puedo más. Estoy harto de tus quejas, de tus enfermedades, de tu cara de víctima siempre. Me tienes cansado.
Ya no te quiero. Creo que no te quiero desde hace años, pero me quedé por lástima y por costumbre. Pero esta operación fue la gota que derramó el vaso. No me veo cuidando a una inválida el resto de mi vejez. Quiero vivir, Ana. Quiero disfrutar lo que me queda.
Saqué mis cosas del departamento ayer mientras te operaban. Me llevé la tele, el estéreo y mis muebles. La ropa también.
Los papeles del divorcio ya están listos. Te van a buscar del despacho del Licenciado Pérez para que firmes. No me busques. No me llames. Estoy con alguien más, alguien que sí tiene energía y que no se la vive llorando.
Ahí ves tú cómo te regresas. Eres adulta. Arréglatelas.”
Y al final, un último mensaje separado:
“Nos divorciamos. Adiós.”
Ana leyó el mensaje una vez. Luego otra. Las palabras no tenían sentido. “No me veo cuidando a una inválida”. “Estoy con alguien más”. “Me llevé la tele”.
La absurdidad de los detalles se mezclaba con la crueldad absoluta del abandono. Se había llevado la televisión mientras a ella le abrían la columna vertebral con un bisturí.
Intentó respirar, pero el aire no entraba. Sintió una presión en el pecho tan fuerte que pensó que le estaba dando un infarto.
—¿Seño? —la voz de Doña Chuy sonó lejana, como bajo el agua—. ¡Seño, se puso bien pálida! ¡Enfermera! ¡Enfermera!
El celular se resbaló de sus dedos y cayó sobre las sábanas blancas. Ana se llevó las manos a la boca para ahogar un grito, pero el grito salió. Fue un aullido. Un sonido gutural, animal, desgarrador.
—¡No! ¡No, no, no! —sollozó, doblándose sobre sí misma, olvidando el dolor de la espalda, porque el dolor del alma era mil veces peor.
Lupita llegó corriendo.
—¿Qué pasó? ¿Le duele? ¿Es la herida?
Ana no podía hablar. Solo señalaba el teléfono, temblando como una hoja en medio de un huracán. Las lágrimas brotaban a chorros, calientes, quemándole las mejillas. Se sentía desnuda, expuesta, humillada.
Treinta años. Le había planchado sus camisas cada mañana. Le había preparado su café como le gustaba, con dos de azúcar y un chorrito de leche. Había aguantado a su suegra, que la odiaba. Había ahorrado cada centavo de su sueldo de maestra de primaria para pagar la hipoteca de ese departamento maldito.
Y ahora, él la desechaba por mensaje de texto. Como si fuera un mueble viejo que ya no sirve. “Cuidar a una inválida”.
Lupita leyó el mensaje de reojo mientras le tomaba el pulso. La expresión de la enfermera cambió de preocupación a una furia contenida.
—Hijo de su… —murmuró Lupita entre dientes. Luego abrazó a Ana. Fue un abrazo torpe, por encima de los barandales de la cama, pero fue lo único que evitó que Ana se desmoronara en mil pedazos—. Llore, doña Ana. Llore todo lo que tenga que llorar. Ese desgraciado no vale ni una de sus lágrimas, pero sáquelo.
Ana lloró durante horas. Lloró hasta que se le hincharon los ojos y le dolió la cabeza. Doña Chuy, desde su cama, le pasó un rollo de papel de baño y le dijo:
—Mire, mija, mejor que se haya ido ahorita. La basura se saca sola. Pero qué poca madre de dejarla aquí tirada.
La tarde cayó sobre la Ciudad de México, pintando el cielo de un gris contaminado que hacía juego con el alma de Ana.
Ya tenía su alta médica firmada sobre la mesita. Su maleta, una vieja petaca de tela azul, estaba en el suelo.
No tenía dinero para un taxi. Roberto manejaba las cuentas del banco y, al revisar su aplicación en el celular, Ana se dio cuenta de que había vaciado la cuenta de ahorros. “Saldo: $54.00 pesos”.
Cincuenta y cuatro pesos. Eso valía ella para él.
Estaba atrapada. No podía cargar la maleta. No podía bajar las escaleras de su edificio si es que lograba llegar. No tenía a nadie.
Fue entonces cuando entró él.
Iván.
Ana lo había visto los días anteriores. Era el camillero del turno vespertino. Un hombre ya grande, quizá unos años mayor que ella, de pelo completamente blanco, plateado, peinado hacia atrás con sencillez. Tenía la piel morena curtida y unas arrugas profundas alrededor de los ojos que denotaban que se reía mucho, o que entrecerraba los ojos para ver el sol.
Siempre andaba con su uniforme azul, un poco desgastado, y unas botas de trabajo viejas pero lustradas.
—Buenas tardes, doña Ana —dijo Iván con una voz grave y tranquila. Traía una escoba y un trapeador—. Con permiso, voy a darle una pasada al piso antes de que se vaya.
Ana no contestó. Estaba sentada en la orilla de la cama, mirando sus zapatos ortopédicos, con la cara lavada en llanto.
Iván empezó a trapear. Lo hacía con ritmo, tarareando una canción vieja, un bolero de Los Panchos. Se movía con una calma que contrastaba con el caos del hospital.
Se detuvo cerca de la cama de Ana y se recargó en el palo del trapeador.
—Oiga, no es por ser metiche… —dijo él, mirándola con respeto—, pero se ve usted muy triste. Y no es cara de dolor de espalda. Esa cara es de dolor de corazón.
Ana alzó la vista. Los ojos oscuros de Iván la miraban con una franqueza que la desarmó. No había lástima, había… comprensión. Humanidad.
—Me dejaron, Iván —soltó Ana. No supo por qué se lo dijo. Quizás porque a veces es más fácil confesarse con un extraño que con un conocido—. Mi esposo. Me mandó un mensaje. Se divorcia. Se fue con otra. Y me dejó aquí, sin dinero y sin quien me lleve a mi casa.
Iván frunció el ceño. Sus cejas pobladas se juntaron.
—¿Por mensaje? ¿Así nomás?
—Así nomás. Dice que no quiere cuidar a una inválida.
—¡Qué poca hombría! —Iván golpeó suavemente el suelo con el trapeador—. Perdóneme la palabra, señora, pero ese tipo es un cobarde. Usted no es ninguna inválida. Usted está recién operada, que es distinto.
—Pues para él ya no sirvo —Ana se sorbió la nariz—. Y el problema es que… no sé cómo irme. Vivo en un tercer piso sin elevador en la Doctores. No puedo cargar la maleta. No tengo ni para el Uber.
Ana se tapó la cara con las manos, avergonzada de su pobreza, de su miseria.
El cuarto se quedó en silencio un momento. Solo se oía el zumbido de una lámpara fluorescente que parpadeaba.
—Yo la llevo —dijo Iván.
Ana quitó las manos de su cara.
—¿Qué?
—Que yo la llevo. Mi turno termina ahorita a las dos. Tengo mi cochecito afuera. Es un Datsun viejo, cascabelea un poco, pero llega a todos lados. Yo la llevo a su casa y la subo hasta su departamento.
—No, don Iván… ¿cómo cree? Usted está trabajando. No quiero dar molestias. Además… ni lo conozco.
—Pues me llamo Iván, mucho gusto —dijo él extendiendo una mano grande y callosa—. Ya nos conocemos. Mire, señora Ana, mi abuela decía que “hoy por ti, mañana por mí”. Usted no puede cargar esa maleta. Si lo intenta, se va a lastimar la espalda y va a quedar peor. Déjeme echarle la mano. No le voy a cobrar nada, nomás para que llegue segura.
Ana lo miró. Vio sus ojos honestos, su postura sencilla. En un mundo donde su esposo de 30 años la tiraba a la basura, este hombre que limpiaba los pisos del hospital le ofrecía su ayuda sin pedir nada a cambio.
—¿De verdad haría eso? —preguntó ella, con la voz quebrada.
—De verdad. Además, me queda de paso la Doctores, yo vivo por el rumbo —mintió él, con una sonrisa ladeada.
Ana asintió, y nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas, pero estas eran diferentes. Eran de alivio.
—Gracias, Iván. Gracias.
Una hora después, Iván apareció vestido de civil. Traía unos pantalones de mezclilla, una camisa a cuadros planchada y una chamarra de piel sintética un poco gastada en los codos. Se veía limpio, decente.
Cargó la maleta de Ana como si fuera una pluma.
—Agárrese de mi brazo, doña Ana. Despacito. No tenemos prisa.
Caminaron por el pasillo del hospital. Ana se apoyaba en él. El brazo de Iván era firme, sólido como una roca. Olía a jabón neutro y a menta.
Salieron al sol de la tarde. El aire de la calle le pegó a Ana en la cara, trayendo el ruido de los cláxones y los vendedores ambulantes.
—Ahí está la nave —señaló Iván.
Era un Datsun sedán de los ochenta, color crema, impecable aunque viejo. Le abrió la puerta del copiloto con una galantería que Ana no recordaba haber recibido nunca.
El viaje fue silencioso. Iván puso la radio bajito, una estación de música romántica. Ana miraba por la ventana, viendo pasar la ciudad, sintiéndose como una náufraga que acaba de ser rescatada pero que no sabe a qué isla la llevan.
Llegaron a su edificio. La pintura exterior estaba descascarada y había grafitis en la entrada.
—Es aquí —dijo Ana con vergüenza.
—Está bueno. Espéreme, no se baje.
Iván dio la vuelta, le abrió la puerta y la ayudó a salir. Luego sacó la maleta.
Miró las escaleras oscuras y empinadas del edificio.
—A la una, a las dos… —dijo él, y con cuidado, la tomó del brazo—. Vamos a hacerlo así: un escalón, respiramos. Otro escalón, respiramos. Usted mande. Si se cansa, paramos.
Tardaron quince minutos en subir los tres pisos. Ana jadeaba, el sudor le corría por la espalda, pero Iván no la soltó ni un segundo. Le daba seguridad.
—Ya llegamos —dijo ella, sacando las llaves con manos temblorosas.
Abrió la puerta.
El departamento estaba en penumbras. Ana encendió la luz y el corazón se le cayó al suelo.
Roberto no había mentido.
El lugar estaba desvalijado. Donde antes estaba la pantalla plana de 50 pulgadas, ahora solo había cables colgando como tripas y polvo. El mueble modular estaba vacío. Se había llevado el equipo de sonido. Se había llevado los cuadros “buenos” que les regaló la tía de Ana.
Entró a la cocina. Se había llevado el microondas y la licuadora.
Abrió el refrigerador. La luz interna parpadeó iluminando la desolación: medio limón seco, un frasco de mayonesa pegado a la rejilla y una botella de agua. Nada más.
Ana sintió que las piernas le fallaban. Se tambaleó. Iván soltó la maleta y la sostuvo antes de que cayera. La ayudó a sentarse en una silla de madera vieja que Roberto había dejado porque tenía una pata floja.
—Se llevó todo… —susurró Ana, mirando el vacío—. Hasta la comida, Iván. Se llevó hasta la comida.
Iván miró alrededor, apretando la mandíbula. Sus ojos, antes amables, se oscurecieron con una rabia contenida.
—Es un miserable —dijo en voz baja—. Dejar a una mujer así… eso no tiene perdón de Dios.
Ana se abrazó a sí misma. El departamento se sentía frío, hostil.
—¿Qué voy a hacer? —sollozó—. No tengo dinero. No tengo comida. No me puedo mover. Estoy sola, Iván. Estoy vieja y sola.
—Usted no está vieja, Ana —dijo Iván con firmeza—. Y por lo visto, hoy no está sola. Ahorita vengo.
—¿A dónde va?
—A la tiendita de la esquina. No puede estar sin comer. Usted necesita proteínas para sanar esa espalda.
—No, Iván, no tengo con qué pagarle…
—Yo invito. Es quincena —le guiñó un ojo y salió antes de que ella pudiera protestar.
Regresó a los veinte minutos con bolsas. Traía un pollo rostizado que olía a gloria, tortillas calientes, aguacates, queso panela y unos jugos.
Improvisó una comida en la mesa de la cocina. Sirvió el pollo en los platos despostillados que quedaban.
—Andele, coma —le dijo, poniéndole un taco en la mano—. Si no come, no se cura.
Ana comió. Al principio sin hambre, luego con desesperación. El sabor del pollo caliente la hizo sentir humana otra vez. Iván comía frente a ella, tranquilo, limpiándose con una servilleta de papel, mirándola con esa paciencia infinita.
Ana lo observó. Vio sus manos fuertes, su pelo plateado, su ropa humilde. Vio a un hombre que, sin deberla ni temerla, había gastado su tiempo y su dinero en una desconocida. Un hombre que la había cargado, que la había alimentado.
Roberto, con su sueldo de burócrata y sus trajes baratos, nunca había tenido un detalle así en años.
Una idea loca, absurda, febril, cruzó por la mente de Ana. Tal vez era el dolor, tal vez eran los medicamentos, o tal vez era el pánico absoluto a la soledad que se le venía encima esa noche.
Se limpió la boca, tomó aire y lo miró fijamente a los ojos. El silencio en la cocina era pesado.
—Iván —dijo ella. Su voz sonó ronca.
—¿Mande, doña Ana? —él dejó su vaso de jugo en la mesa.
—Cásate conmigo.
Iván se quedó congelado. Parpadeó una vez. Dos veces.
—¿Cómo dice?
—Que te cases conmigo —repitió Ana, y de pronto las palabras salieron a borbotones, atropelladas—. Mírame. Estoy sola. Me voy a morir aquí sola si nadie me ayuda. Tú eres bueno. Eres mil veces mejor hombre en un día que mi marido en treinta años. No tengo dinero, pero tengo este departamento… bueno, la mitad es mía. Tengo mi pensión de maestra cuando me jubile. No quiero estar sola, Iván. Tengo miedo. Cásate conmigo. Por favor.
Se tapó la boca, dándose cuenta de la locura que acababa de decir.
—Perdón… perdón, estoy loca. Olvídalo. Es el medicamento. Qué vergüenza…
Iván la miró largamente. No se rio. No se burló. Su rostro se puso serio, pensativo. Miró el pollo rostizado a medio comer, miró las paredes vacías del departamento, y luego la miró a ella.
Vio más allá de la mujer despeinada y ojerosa. Vio su alma rota.
—¿Lo dice en serio? —preguntó él, muy quedito.
Ana bajó la mirada, asintiendo levemente, esperando el rechazo. Esperando que él se levantara y se fuera corriendo de la casa de la loca.
Iván suspiró profundamente. Se reclinó en la silla chillona.
—Mire, Ana… yo también estoy solo. Mi mujer murió hace ocho años. El cáncer se la llevó. No tenemos hijos. Llego a mi casa, prendo la tele para que haga ruido y ceno solo. A veces hablo con el gato del vecino para no olvidar cómo suena mi voz.
Hizo una pausa, tamborileando los dedos sobre la mesa de formaica.
—La soledad es canija, Ana. Pega duro. Y usted… usted me cae bien. Se ve que es mujer de lucha.
Iván se inclinó hacia adelante y le tomó la mano sobre la mesa. Su palma era cálida y rasposa.
—Si usted quiere que nos acompañemos… pues nos acompañamos. Acepto.
Ana alzó la vista, con los ojos abiertos como platos.
—¿Aceptas?
—Acepto. Nos casamos. Total, ¿qué podemos perder que no hayamos perdido ya?
Ana sintió un vértigo inmenso. Acababa de proponerle matrimonio a un camillero que conocía hace 48 horas. Y él había dicho que sí.
Afuera, la noche caía sobre la Ciudad de México, y por primera vez en mucho tiempo, Ana no sintió miedo de la oscuridadl
CAPÍTULO 2: UNA BODA DE PAPEL Y UN HOGAR DE MISTERIOS
La mañana siguiente a la “propuesta” amaneció nublada, con ese cielo gris panza de burro típico de la Ciudad de México que promete lluvia pero solo entrega contaminación. Ana despertó en su cama, en su departamento semivacío, y por un segundo, solo un segundo, pensó que todo había sido una pesadilla provocada por la anestesia. Que Roberto entraría por la puerta con el pan dulce y el periódico, refunfuñando por el tráfico.
Pero el silencio del departamento era absoluto. Un silencio hueco, eco de los muebles que ya no estaban.
—Iván —susurró Ana, probando el nombre en su boca.
¿De verdad le había pedido matrimonio al camillero? ¿Y de verdad él había aceptado? Se sentó en la cama con dificultad, sintiendo el piquete en la lumbar. Se llevó las manos a la cabeza. “Estoy loca”, pensó. “Es la desesperación. Es el miedo a morirme de hambre aquí sola”.
A las nueve en punto sonó el timbre. Tres toques cortos, respetuosos.
Ana se puso una bata vieja sobre la pijama y caminó arrastrando los pies. Al abrir, ahí estaba él. Iván.
Ya no traía el uniforme azul del hospital. Vestía unos pantalones de gabardina color caqui, una camisa blanca impecablemente planchada y un suéter azul marino en los hombros. Olía a loción de cítricos y madera, un aroma sutil pero caro, que desentonaba con la imagen que Ana tenía de un empleado de limpieza. Traía en la mano una bolsa de pan de la Esperanza y un termo grande.
—Buenos días, Ana —dijo él, con esa sonrisa tranquila que le arrugaba las esquinas de los ojos—. ¿Cómo amaneció esa espalda?
—Iván… —Ana se recargó en el marco de la puerta—. Yo… lo de anoche… creo que estaba yo delirando. No quiero que se sienta comprometido. Usted es un hombre bueno y yo me aproveché de su amabilidad.
Iván entró sin pedir permiso, pero con una naturalidad que no resultaba invasiva. Puso las cosas en la mesa de la cocina.
—Siéntese, Ana. Le traje atole de guayaba y unas conchas recién horneadas.
Sirvió el atole humeante en dos tazas que encontró en el escurridor. Luego se sentó frente a ella y la miró fijamente. Sus manos, grandes y pulcras, descansaban sobre la mesa.
—Mire, Ana —empezó él, con voz suave—. Yo no soy hombre de juegos. Anoche nos dimos la palabra. Para mí, la palabra vale más que una firma ante notario. Usted tiene miedo. Es normal. Yo también tengo miedo. Pero piénselo fríamente: ¿Puede quedarse aquí?
Ana miró a su alrededor. Las manchas de polvo donde antes estaban los cuadros. El refrigerador vacío. La cuenta bancaria en ceros.
—No —admitió con un hilo de voz—. No puedo.
—Entonces no se hable más. No lo vea como un matrimonio de telenovela si no quiere. Véalo como un acuerdo. Un rescate mutuo. Usted necesita un techo y cuidados. Yo necesito… —Iván dudó un momento, y una sombra de tristeza le cruzó la mirada—… yo necesito sentir que sirvo para algo más que para trapear pisos. Necesito que mi casa no esté tan vacía.
Ana mordió un pedazo de pan dulce. El azúcar se le deshizo en la lengua y sintió ganas de llorar otra vez.
—Está bien, Iván. Está bien.
El proceso de mudanza fue rápido y doloroso. No físicamente, porque Iván no dejó que Ana cargara ni un calcetín, sino emocionalmente. Ana tuvo que decidir qué meter en tres maletas. Treinta años de vida reducidos a ropa, un álbum de fotos viejo que Roberto no quiso llevarse, y una cajita con joyas de fantasía y el anillo de compromiso que ahora le quemaba la vista. Lo dejó sobre la mesa de la cocina, junto con las llaves del departamento. Un último mensaje para Roberto: “Quédate con tu maldito departamento vacío”.
Bajaron al Datsun color crema. El coche, aunque viejo, estaba cuidado con un esmero obsesivo. Los asientos de piel, aunque cuarteados, estaban limpios. El motor arrancó al primer intento con un ronroneo suave.
—Vámonos —dijo Iván, metiendo primera.
Manejaron hacia el sur de la ciudad. Ana esperaba que Iván viviera en alguna colonia popular, quizás en Iztapalapa o en una unidad habitacional lejana, acorde a su sueldo de camillero. Pero Iván tomó el Viaducto y luego enfiló hacia la Colonia del Valle, cruzando hacia la Narvarte.
Se detuvieron frente a un edificio antiguo, de esos de los años 50, con fachada de ladrillo rojo y balcones de herrería negra. Un edificio sólido, elegante en su vejez, rodeado de árboles jacarandas.
—¿Aquí vive? —preguntó Ana, sorprendida.
—Es de renta congelada —mintió Iván rápidamente, aunque sus orejas se pusieron un poco rojas—. Llevo aquí muchos años, la dueña me estima y me cobra barato.
Iván estacionó el coche y ayudó a Ana a bajar. El edificio tenía elevador, uno de esos antiguos con reja de tijera que olía a cera para pisos y aceite mecánico.
Al entrar al departamento de Iván, Ana se quedó sin aliento.
No era el hogar de un camillero.
Era un espacio amplio, con techos altos y duela de madera original, brillante y pulida. La luz entraba a raudales por los ventanales que daban a la copa de los árboles. Pero lo más impactante era la austeridad. No había adornos innecesarios, ni figuritas de porcelana, ni carpetitas tejidas.
Había muebles de calidad: un sofá de piel café oscuro, una mesa de centro de madera maciza, y una pared entera cubierta de libros.
Ana caminó despacio, apoyándose en su bastón, hacia el librero.
Esperaba ver novelas vaqueras o revistas. Lo que vio la dejó perpleja.
Títulos en inglés y francés. The Lancet. Neurosurgery Principles. La Divina Comedia en italiano. Historia del Arte. Y decenas de enciclopedias médicas de lomo grueso.
—Le gusta leer… —dijo Ana, tocando el lomo de un libro titulado Cirugía Vascular Compleja.
Iván, que venía cargando las maletas, se tensó visiblemente.
—Son… son de mi esposa. De mi difunta esposa —dijo carraspeando—. Ella era la inteligente. Yo nomás los sacudo para que no agarren polvo.
—¿Ella era doctora?
—Sí. Algo así. Venga, le enseño su cuarto.
La llevó a una habitación amplia, con una cama matrimonial vestida con sábanas blancas, inmaculadas. Había un buró con una lámpara de lectura moderna y un clóset vacío que olía a lavanda.
—Aquí va a estar cómoda, Ana. El baño está enfrente. Yo duermo en la recámara del fondo, junto a la cocina. Tiene privacidad absoluta. Si necesita algo en la noche, nomás grite. Tengo el sueño ligero.
Ana se sentó en la orilla de la cama. El colchón era firme, ortopédico, perfecto para su espalda. Mucho mejor que el colchón hundido que compartía con Roberto.
—Gracias, Iván. De verdad. No sé cómo pagarle todo esto.
—Con que se cure, me paga. Ahora descanse un rato. Voy a preparar la comida. Hoy toca caldito de pollo con verduras, que es bueno para el alma.
Los primeros días de convivencia fueron una danza extraña y silenciosa. Ana se sentía como una intrusa en un museo. Todo en la casa de Iván funcionaba con una precisión de reloj suizo.
Iván se levantaba a las cinco de la mañana. Ana lo escuchaba moverse por la casa con sigilo. El olor a café recién hecho inundaba el pasillo a las seis. A las siete, él salía a trabajar al hospital.
Regresaba a las tres de la tarde. Siempre traía algo: fruta fresca del mercado, pan, o alguna revista para ella.
Lo que más desconcertaba a Ana era su comportamiento. Iván no actuaba como un hombre rudo o sin educación. Al contrario.
Tenía modales de mesa impecables. Nunca sorbía la sopa, usaba la servilleta con delicadeza, no hablaba con la boca llena. Cuando conversaban, él la escuchaba con una atención total, mirándola a los ojos, asintiendo, haciendo preguntas inteligentes.
—¿Y qué le gustaba hacer antes, Ana? —le preguntó una tarde mientras pelaban chícharos en la cocina—. Digo, además de ser maestra y esposa. ¿Qué le gustaba a Ana la mujer?
Ana se quedó pensando. Roberto nunca le había preguntado eso.
—Me gustaba pintar —dijo ella, tímida—. Acuarelas. Pero Roberto decía que olía feo y que manchaba la mesa, así que dejé de hacerlo hace quince años.
Iván frunció el ceño, esa expresión seria que ponía cuando algo le parecía injusto.
—Qué tontería. La acuarela no huele a nada. Mañana le traigo un bloc y unas pinturas. Aquí hay mucha luz en la sala. Puede pintar lo que quiera.
Y cumplió. Al día siguiente llegó con un estuche de acuarelas profesionales Windsor & Newton y papel de algodón. Ana sabía que eso costaba una fortuna.
—Iván… esto es carísimo. Se gastó la quincena entera.
—No se preocupe por eso. Tenía un guardadito. Úselas. Quiero ver esa casa llena de colores.
Pero había cosas que no cuadraban. “Grietas” en la fachada de camillero de Iván.
Una noche, estaban viendo la televisión. Pasaban una serie médica gringa, Grey’s Anatomy. En una escena, los doctores estaban en crisis porque un paciente tenía una hemorragia cerebral.
—¡Es un hematoma subdural, imbéciles! —gritó Iván de repente a la pantalla, con un inglés perfecto—. ¡No pueden clampar ahí, van a necrosar el tejido! ¡Drenen primero!
Ana lo miró, boquiabierta. Iván se dio cuenta, se puso rojo hasta las orejas y le bajó al volumen.
—Eh… eso lo vi en un documental el otro día —murmuró, nervioso—. Ya ve cómo es uno, se le pega lo que ve en la tele.
—Habla usted inglés muy bien, Iván.
—Ah, pues… de las películas. Y de que allá en el hospital uno oye a los doctores hablar. Puras mañas que se le pegan a uno. ¿Quiere más té?
Ana no insistió, pero la duda se le quedó sembrada en el pecho. ¿Quién era realmente este hombre? ¿Un camillero que aprendía medicina viendo la tele? ¿Un viudo nostálgico que vivía entre los libros de su esposa muerta?
A veces, lo sorprendía mirándose las manos. Se quedaba estático en la cocina, observando sus palmas abiertas con una expresión de dolor tan profundo, tan antiguo, que a Ana le daban ganas de abrazarlo. Pero no se atrevía. Aún eran dos extraños jugando a la casita.
Una semana después, Iván llegó con un folder manila.
—Ana, tenemos que ir al Registro Civil. Ya saqué la cita. Es pasado mañana a las once.
El corazón de Ana dio un vuelco. La realidad del “acuerdo” le cayó de peso.
—¿Tan pronto?
—Si queremos que esto funcione legalmente, y si usted quiere estar protegida… sí. Además, entre más rápido, mejor. Así su exmarido no podrá molestarla. Si usted está casada, él no puede venir a reclamar que la abandonó porque “no tenía quién la cuidara”. Ya tiene quién.
Fueron al Registro Civil de la Alcaldía Benito Juárez. No hubo vestido blanco, ni flores, ni invitados. Ana usó un vestido azul marino que pudo rescatar de sus maletas, sencillo pero elegante. Iván se puso un traje gris oscuro.
Cuando salió de su cuarto vestido de traje, Ana se quedó muda. El traje le quedaba como un guante. La tela se veía fina, el corte era perfecto. Se veía distinguido, imponente. Parecía un diplomático, no el hombre que limpiaba los baños del pabellón de urgencias.
—Se ve usted muy guapo, Iván —dijo ella.
Él se acomodó la corbata con un gesto nervioso.
—Es un traje viejo. De cuando… de cuando iba a fiestas con mi esposa. Vamos, que se nos hace tarde.
La ceremonia fue fría y burocrática. El juez, un hombre con cara de aburrido y caspa en el saco, leyó la Epístola de Melchor Ocampo con la misma emoción con la que leería la lista del supermercado.
—¿Iván Pedro Valladares, acepta usted a Ana María…?
—Acepto —dijo Iván, firme, mirándola a los ojos. En ese momento, la oficina gris desapareció. Solo existía su mirada oscura, prometiéndole seguridad.
—¿Ana María…?
—Acepto —dijo ella, y sintió que cerraba un libro pesado y doloroso para abrir uno nuevo, con las páginas en blanco.
—Los declaro marido y mujer. Pueden besar a la novia.
Iván se inclinó y, con un respeto infinito, le dio un beso en la frente. Un beso casto, seco, pero cargado de una ternura que hizo que a Ana se le erizara la piel.
—Gracias por confiar en mí —le susurró él al oído.
Salieron a la calle como esposos. El sol de mediodía brillaba fuerte.
—¿Y ahora qué? —preguntó Ana.
—Ahora vamos a comer. Pero nada de tacos. Hoy es día de fiesta.
La llevó a un restaurante en la colonia Roma. Un lugar de manteles largos, copas de cristal y meseros con moño. Ana se sintió cohibida.
—Iván, esto es carísimo. No podemos pagar esto.
—Hoy sí podemos. Vendí… vendí unas cositas que tenía guardadas. No se preocupe por el dinero hoy, señora Valladares. Disfrute.
Pidieron vino. Iván sabía exactamente qué botella pedir. Sabía cómo catar el vino, cómo mover la copa. Platicó con el sommelier sobre la cosecha y los taninos con una soltura que dejó a Ana fascinada y confundida.
—Iván… —dijo ella, después de la segunda copa de vino, envalentonada por el alcohol—. Usted no es camillero, ¿verdad? O al menos, no siempre lo fue. Nadie sabe de vinos y de medicina y habla inglés así nada más.
Iván dejó su copa en la mesa. Su sonrisa se desvaneció un poco.
—Ana… todos tenemos un pasado. Una vida anterior. La mía terminó hace mucho. El hombre que soy ahora es el camillero. El que trapea, el que ayuda a los enfermos a ir al baño, el que le hace su sopita. Ese soy yo. El otro… el de antes… ese murió con su esposa. Le pido, por favor, que no le rasque a esa herida. Todavía sangra.
Ana vio el dolor crudo en sus ojos y asintió. Respetó su silencio. Si él quería ser el camillero Iván, ella lo aceptaría. Al fin y al cabo, el camillero Iván la había salvado cuando el “importante” Roberto la había dejado morir.
Regresaron al departamento al atardecer. Había una tensión nueva en el aire. La tensión de la “noche de bodas”. Aunque habían acordado que era compañerismo, no dejaban de ser un hombre y una mujer que acababan de firmar un contrato de vida.
Ana se fue a su cuarto a cambiarse. Se puso su pijama de franela, sintiéndose poco atractiva, vieja, con su faja ortopédica.
Salió a la sala. Iván había puesto música suave. Jazz.
Estaba sirviendo dos tazas de té.
—Para que duerma bien —dijo él.
Se sentaron en el sofá, a una distancia prudente.
—¿No se arrepiente, Ana? —preguntó él, mirando el vapor de su taza—. Ya es oficial. Ya está amarrada a este viejo.
—No me arrepiento —dijo Ana, y se sorprendió al darse cuenta de que era verdad—. Me siento… segura. Hacía años que no me sentía segura, Iván. Con Roberto siempre sentía que caminaba sobre cáscaras de huevo, cuidando de no molestarlo, de no hacer ruido, de no enfermarme. Contigo… contigo siento que puedo respirar.
Iván sonrió, y esta vez la sonrisa le llegó a los ojos.
—Pues respire, Ana. Esta es su casa. Aquí nadie la va a juzgar. Aquí nadie le va a decir que es débil. Aquí somos equipo.
Se quedaron en silencio, escuchando el saxofón llorar en las bocinas. Ana recargó, tímidamente, su cabeza en el hombro de Iván. Él se tensó un segundo, sorprendido, pero luego relajó el cuerpo y pasó su brazo por detrás de ella, en el respaldo del sofá, sin tocarla del todo, pero envolviéndola.
Fue un momento de paz perfecta.
Ana cerró los ojos, pensando que tal vez, solo tal vez, la vida le estaba devolviendo un poco de lo que le había robado.
Pero la paz es frágil, y los secretos tienen patas cortas.
A la mañana siguiente, Ana despertó con una energía nueva. Se sentía mejor de la espalda. Se levantó para hacer el desayuno, queriendo ganarle a Iván.
Al abrir la puerta del departamento para recoger el periódico (una costumbre que Iván tenía), se encontró con un sobre deslizado por debajo de la puerta.
No tenía remitente. Solo decía: “Dr. Iván Valladares – URGENTE CONFIDENCIAL”.
Ana frunció el ceño. “¿Doctor?”.
La curiosidad la mataba. Sabía que no debía, pero el sobre estaba medio abierto. Sacó el documento.
Era un estado de cuenta de un banco internacional.
“Banco Santander Private Banking. Titular: Iván Pedro Valladares. Saldo total de inversiones: $45,230,000.00 MXN”.
Ana sintió que el piso se movía. Cuarenta y cinco millones de pesos.
Cuarenta y cinco millones.
Miró hacia el interior de la casa, donde Iván chiflaba alegremente mientras se rasuraba en el baño.
El hombre que remendaba sus calcetines. El hombre que contaba los pesos para el mercado. El hombre que trabajaba limpiando vómito y sangre por el salario mínimo.
Era millonario. Multimillonario.
Ana sintió una mezcla de miedo y traición. ¿Quién era este hombre? ¿Por qué se escondía? ¿Estaba huyendo de la ley? ¿Era dinero sucio? ¿O era algo más oscuro?
En ese momento, el timbre sonó.
Ana escondió el sobre en el bolsillo de su bata, con el corazón martillándole en la garganta.
Abrió la puerta.
Un hombre alto, de traje impecable y maletín de cuero, la miró de arriba abajo con arrogancia.
—Buenos días. Busco al Doctor Valladares. Soy el Licenciado Soto, su apoderado legal. Me urge hablar con él.
Ana tragó saliva. El mundo de fantasía del camillero amable acababa de romperse en mil pedazos. La realidad estaba tocando a la puerta, y traía un traje caro y muchas preguntas.
—Pase —dijo Ana, temblando—. Está en el baño.
Iván salió en ese momento, secándose la cara con una toalla. Al ver al abogado en su sala, su rostro palideció como si hubiera visto a un fantasma. La toalla cayó al suelo.
—Soto… —dijo Iván con voz helada—. ¿Qué haces aquí? Te dije que nunca vinieras a esta casa.
—La situación ha cambiado, Iván —dijo el abogado, ignorando a Ana—. Necesito tu firma. Y supe que te casaste. Tenemos que hablar del testamento y de las cláusulas de protección de activos. Ahora.
Ana retrocedió, sintiendo el peso del sobre en su bolsillo como si fuera plomo. Iván la miró, y en sus ojos vio el pánico. No pánico al abogado, sino pánico a que ella supiera la verdad.
Pero ya era tarde. La caja de Pandora se había abierto en la sala de la colonia Narvarte
CAPÍTULO 3: EL PESO DE UNA BATA INVISIBLE
El silencio en la sala del departamento de la colonia Narvarte era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Ana sentía el sobre del banco ardiéndole en el bolsillo de la bata, como si fuera una brasa caliente pegada a la piel. Frente a ella, dos hombres se medían con la mirada: el Licenciado Soto, impecable en su traje de tres piezas y con esa arrogancia típica de quien cobra por hora en dólares; e Iván, su esposo de papel, con la toalla en la mano y la espuma de afeitar secándosele en la mejilla, viéndose más vulnerable que nunca.
—¿Despacho? —repitió Ana, rompiendo el silencio. Su voz sonó extraña, ajena, como si saliera de una grabadora vieja—. ¿Tienes un despacho en esta casa, Iván?
Iván cerró los ojos un momento, como pidiendo paciencia al cielo, y soltó un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.
—Pasa, Soto —gruñó Iván, ignorando la pregunta de Ana por un segundo—. Pasa antes de que los vecinos empiecen a chismear.
El abogado entró con paso firme, haciendo sonar sus mocasines italianos sobre la duela de madera. Miró a Ana de reojo, una mirada rápida, analítica, como quien tasa un mueble en una subasta para ver si es original o copia barata.
—Con permiso, señora… Valladares —dijo el apellido con un retintín irónico.
Iván señaló una puerta al fondo del pasillo, una que Ana siempre había encontrado cerrada con llave.
—Vamos al estudio. Ana… por favor, espérame en la cocina. Necesito arreglar esto.
—No —dijo Ana. La palabra salió disparada, seca y dura.
Iván se detuvo y volteó a verla.
—¿Cómo?
—Dije que no —Ana metió la mano al bolsillo y sacó el sobre arrugado—. No me voy a ir a la cocina como si fuera la sirvienta mientras ustedes arreglan “esto”.
Lanzó el papel sobre la mesa de centro. El estado de cuenta aterrizó suavemente junto al florero.
—Cuarenta y cinco millones de pesos, Iván —dijo Ana, sintiendo que las piernas le temblaban—. Banco Santander Private Banking. ¿Me vas a explicar o tengo que adivinar si me casé con un narco, con un político corrupto o con un ladrón de bancos?
El Licenciado Soto soltó una risita nerviosa y se ajustó los lentes.
—Vaya, Iván. Parece que el secreto de sumario se rompió antes de tiempo. Te dije que estas cosas no se pueden ocultar debajo del tapete para siempre.
—Cállate, Soto —ladró Iván. Fue un grito autoritario, lleno de mando. Ana dio un paso atrás, asustada. Nunca había escuchado a Iván alzar la voz. Ese no era el tono de un camillero; era el tono de alguien acostumbrado a que le obedezcan sin chistar.
Iván se pasó la mano por la cara, limpiándose los restos de jabón. Se acercó a Ana, pero ella retrocedió, chocando contra el librero.
—No soy narco, Ana. Ni político. Ni ratero.
—Entonces, ¿quién eres? —preguntó ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Porque el hombre que me preparó el atole esta mañana no tiene cuarenta y cinco millones en el banco. Me mentiste. Me viste la cara de estúpida. Pensaste: “pobre vieja, está sola, desesperada, le voy a dar asilo”, como si fuera una perrita de la calle.
—No es así —dijo Iván, con voz ronca—. Siéntese, por favor. Los dos.
Sacó una llave del bolsillo de su pantalón y abrió la puerta prohibida, la del “estudio”.
—Entren.
Ana dudó, pero la curiosidad y la rabia la empujaron. Entró.
El cuarto olía a encierro, a polvo antiguo y a tabaco frío, aunque Iván no fumaba. Las persianas estaban bajadas, dejando entrar apenas unas rayas de luz. Iván encendió una lámpara de escritorio verde, de esas de banquero antiguo.
Ana ahogó un grito.
Las paredes estaban tapizadas de diplomas. Títulos enmarcados en caoba y vidrio.
Universidad Nacional Autónoma de México – Médico Cirujano.
Johns Hopkins University – Especialidad en Neurocirugía.
Reconocimiento al Mérito Médico.
Y fotos. Muchas fotos. Iván estrechando la mano de presidentes. Iván en congresos internacionales. Iván con bata blanca, rodeado de un equipo de médicos, sonriendo con una seguridad que rayaba en la soberbia.
En el centro del escritorio, una placa dorada decía:
Dr. Iván P. Valladares. Director General. Grupo Médico Integral.
Ana se llevó las manos a la boca.
—Eres tú… —susurró—. Pero te ves… diferente.
En las fotos, Iván tenía el pelo negro, la mirada afilada, la postura erguida. El Iván que ella conocía tenía el pelo blanco como la nieve, los hombros caídos y la mirada triste.
—Ese hombre murió, Ana —dijo Iván, dejándose caer en la silla de cuero detrás del escritorio. La silla rechinó, un sonido familiar en ese cuarto olvidado—. El Dr. Valladares murió hace cinco años. Solo quedó el cascarón.
El Licenciado Soto se sentó en una silla lateral y abrió su portafolio.
—Dramatismos aparte, Iván, la señora ya sabe quién eres. Eso complica las cosas, pero también las simplifica. Necesitamos proteger el patrimonio. Si te casaste por bienes mancomunados sin un acuerdo prenupcial, estás expuesto. Y con todo respeto para la señora, no sabemos sus intenciones.
Ana sintió que la sangre se le subía a la cabeza.
—¿Mis intenciones? —se volteó hacia el abogado, furiosa—. Oiga, licenciado de pacotilla, yo no sabía que este señor tenía donde caerse muerto. Yo me casé con un camillero que ganaba el salario mínimo. Si me casé fue por soledad, no por dinero. Así que no me venga a insultar en mi propia casa… bueno, en la casa de él.
Iván golpeó el escritorio con la palma abierta. ¡Pum!
—¡Basta! Soto, guarda tus papeles. Ana no es ninguna cazafortunas. Si quisiera dinero, se habría buscado a alguien que no oliera a cloro y a enfermedad todos los días.
—Es mi deber protegerte, Iván —insistió Soto, sin inmutarse—. Tienes clínicas, tienes inversiones, tienes propiedades. Si mañana se divorcian, ella se lleva la mitad. Son cientos de millones, no solo los cuarenta y cinco de la cuenta líquida.
Ana se sintió mareada. Cientos de millones. Se apoyó en el marco de la puerta para no caerse.
—Iván… —dijo ella suavemente—. ¿Por qué? Si tienes todo esto… ¿por qué vives así? ¿Por qué trabajas limpiando baños? ¿Por qué me dejaste creer que éramos iguales?
Iván miró al abogado.
—Danos un momento, Soto. Espérame afuera.
—Iván, no te recomiendo…
—¡Afuera! —bramó Iván.
El abogado se levantó, se arregló el saco con molestia y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Iván y Ana quedaron solos en la penumbra del despacho, rodeados de los fantasmas de un éxito pasado.
Iván se levantó y caminó hacia la ventana. Abrió un poco la persiana y miró hacia la calle.
—Ana, siéntate. Te voy a contar la verdad. Toda la verdad. Y después de que la escuches, si te quieres ir, lo entenderé. Y te juro que no te irás con las manos vacías.
Ana se sentó en la silla que había dejado el abogado. El cuero estaba todavía tibio.
—Te escucho.
—Hace cinco años —empezó Iván, dándole la espalda—, yo era el rey del mundo. O al menos eso creía. Mis clínicas eran las mejores de la ciudad. Operaba a gente importante: políticos, empresarios, artistas. Tenía unas manos… —levantó sus manos y las miró con desprecio—… decían que tenía manos benditas. Que podía sacar un tumor del tamaño de una uva sin dañar ni una neurona.
Se giró para mirarla. Sus ojos estaban húmedos.
—Me volví soberbio, Ana. La soberbia es el pecado favorito del diablo, dicen por ahí. Dejé de ver a los pacientes como personas. Eran casos. Eran retos. Eran cheques.
Suspiró, un sonido rasposo.
—Un martes llegó Marisol. Tenía 32 años. Maestra de kínder. Tenía un aneurisma complicado, pero operable. No tenía mucho dinero, pero su esposo había vendido su coche y pedido préstamos para que yo la operara. “Queremos al mejor, doctor”, me dijeron. Y yo, con mi ego inflado, les dije: “No se preocupen, esto es rutina para mí”.
Iván caminó hacia un estante y tomó una foto pequeña en blanco y negro. No era de él. Era de una mujer joven sonriendo.
—Entré a quirófano cansado. Había estado en una fiesta la noche anterior. No estaba borracho, pero tampoco estaba al cien. Pensé que podía hacerlo con los ojos cerrados. Empecé a operar. Todo iba bien. Estaba bromeando con las enfermeras, hablando de mi próximo viaje a Europa… y entonces…
La voz de Iván se quebró. Ana sintió un escalofrío. Podía ver la escena, podía sentir el terror en la voz de ese hombre.
—…entonces mi mano resbaló. Fue un milímetro, Ana. Un maldito milímetro. Rompí una arteria principal. La sangre empezó a llenar el campo quirúrgico. Los monitores empezaron a pitar como locos. Pi-pi-pi-pi. Ese sonido… todavía lo escucho en mis pesadillas.
Se apretó las sienes.
—Intenté pararlo. Te juro que intenté. Clampié, suturé, aspiré. Pero fue como tratar de tapar una presa con un dedo. Se me fue. Se desangró en mis manos en tres minutos. Murió en la mesa.
Iván se dejó caer de rodillas frente a Ana, como un niño regañado, como un penitente.
—Salí a la sala de espera. Tuve que decirle a su esposo, que tenía a sus dos hijos pequeños agarrados de la pierna, que su mujer estaba muerta. Que yo, el gran Doctor Valladares, había fallado. El hombre no me gritó. No me golpeó. Solo se cayó al suelo y aulló como un animal herido. Ese grito, Ana… ese grito me rompió por dentro.
Ana se inclinó y, instintivamente, le puso una mano en el hombro. Él temblaba.
—¿Y qué pasó después? —preguntó ella suavemente.
—Hubo una investigación. El consejo médico dictaminó que fue una “complicación inherente al procedimiento”. Que no hubo negligencia criminal. Mis abogados, el mismo Soto que viste allá afuera, arreglaron todo. Le dieron una indemnización al viudo. Cerraron el caso. Legalmente, yo estaba libre.
Levantó la cara. Sus ojos estaban rojos, inyectados de dolor.
—Pero yo sabía la verdad. Yo sabía que fue mi culpa. Fue mi arrogancia. Fue mi falta de respeto por la vida. No pude volver a tomar un bisturí. Cada vez que lo intentaba, me temblaban las manos. Vendí la operación de las clínicas, dejé mi puesto, dejé mi casa en las Lomas, dejé mis coches. Me vine a este departamento viejo que era de mis abuelos.
—¿Y por qué te metiste de camillero?
—Porque necesitaba castigarme —confesó—. Necesitaba estar en el hospital, pero no como un dios, sino como un sirviente. Quería limpiar la mierda, la sangre, el vómito. Quería cargar a los enfermos, sentir su peso, su dolor, sin poder curarlos, solo acompañarlos. Quería ser invisible. Y el dinero… el dinero se sigue acumulando en el banco, pero me quema. No lo toco. Lo dono, pago tratamientos anónimos, mantengo orfanatos. Pero no lo uso para mí. Hasta que llegaste tú.
Ana se quedó en silencio, procesando la historia.
Miró al hombre arrodillado. Ya no veía al camillero pobre. Tampoco veía al millonario excéntrico. Veía a un hombre torturado por su propia conciencia, cargando una cruz de oro que no podía soltar.
—Iván… —dijo Ana, con firmeza—. Levántate.
Él la miró, confundido.
—Levántate, por favor. No me gusta verte de rodillas.
Iván se puso de pie, torpemente.
—Lo que hiciste fue horrible —dijo Ana. No iba a endulzarle el oído—. Fue un error terrible. Y entiendo por qué te sientes así. Pero, Iván… llevas cinco años castigándote. Llevas cinco años jugando a ser pobre, trapeando pisos, pensando que si sufres suficiente, esa mujer va a revivir. Y no va a revivir.
Ana se levantó y se paró frente a él. Era bajita, le llegaba al pecho, pero en ese momento se sentía gigante.
—Me mentiste sobre quién eras. Y eso me duele. Pero entiendo por qué lo hiciste. Tenías miedo de que si yo sabía quién eras, vería al monstruo que tú crees que eres.
—¿Y no lo ves? —preguntó él, con miedo.
—No —dijo Ana—. Veo a un hombre que se equivocó y que tiene tanto corazón que prefirió destruir su propia vida antes que perdonarse. Pero te voy a decir una cosa, Doctor Valladares: esconderse no sirve de nada. Y jugar al pobre tampoco.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. El Licenciado Soto entró, impaciente.
—Ya fue suficiente terapia de pareja por hoy. Iván, tengo los papeles aquí. Es un acuerdo post-nupcial. Establece que la señora renuncia a cualquier derecho sobre las empresas, las cuentas y los inmuebles adquiridos antes del matrimonio. A cambio, se le asignará una pensión mensual de… digamos, veinte mil pesos en caso de separación. Es generoso.
Soto puso los papeles sobre el escritorio y sacó una pluma Montblanc.
—Firme aquí, señora. Y acabemos con este circo.
Ana miró los papeles. Letras chiquitas, términos legales que no entendía del todo, pero el mensaje era claro: “Eres una intrusa, toma tus migajas y lárgate cuando te canses”.
Sintió la humillación arderle en la cara. Veinte mil pesos. Como si le estuvieran pagando por sus servicios de compañía.
Iván miró los papeles. Luego miró a Ana. Vio la vergüenza en su rostro.
Y algo despertó dentro de él. El Dr. Valladares, el que mandaba, el que tenía carácter, regresó por un instante.
Tomó los papeles del escritorio.
—¿Veinte mil pesos? —preguntó Iván, con voz tranquila.
—Es una suma razonable para una ama de casa… —empezó Soto.
Rrrras.
El sonido del papel rompiéndose llenó la habitación.
Iván partió el contrato en dos. Luego en cuatro. Luego hizo una bola con los pedazos y los tiró a la papelera.
Soto abrió la boca, escandalizado.
—¡Iván! ¿Te has vuelto loco? ¡Estás poniendo en riesgo todo el patrimonio! ¡Esta mujer te puede dejar en la calle!
Iván caminó hacia Soto, invadiendo su espacio personal.
—Esta mujer —dijo, señalando a Ana— se casó conmigo cuando pensaba que no tenía ni para caer muerto. Se casó conmigo cuando pensaba que mi coche era una carcacha y que mi cena eran unos tacos de la esquina. Me ofreció su vida cuando yo no tenía nada que ofrecerle más que soledad.
Se giró para ver a Ana, y su mirada se suavizó.
—Ella no quiere mi dinero, Soto. Y si lo quisiera… se lo daría. Porque es la única persona en cinco años que me ha visto a mí, no al doctor, no a la cuenta de banco. Me vio a mí, al hombre roto.
Volvió a mirar al abogado, con ojos de hielo.
—No va a haber acuerdo prenupcial, ni post-nupcial, ni nada. Lo que es mío es de ella. Y si no te gusta, Soto, estás despedido. Lárgate de mi casa.
El abogado se puso rojo, luego morado. Recogió su maletín con movimientos bruscos.
—Cometes un error gravísimo, Iván. Te vas a arrepentir cuando ella te quite hasta la camisa. Pero es tu funeral. Con permiso.
Soto salió del despacho y luego del departamento, dando un portazo que hizo vibrar los vidrios.
El silencio volvió. Pero ya no era denso. Era… limpio.
Ana miraba los pedazos de papel en la basura.
—Estás loco —dijo ella, con una media sonrisa temblorosa—. Ese hombre tenía razón. Deberías protegerte. Apenas me conoces.
Iván se acercó a ella y le tomó las manos. Esas manos de cirujano que habían salvado a cientos y matado a una.
—Te conozco lo suficiente, Ana. Sé que no me vas a robar. Y si lo hicieras… el dinero no me importa. Es papel pintado.
—Pero es mucho dinero, Iván. Cuarenta y cinco millones. Con eso se podrían hacer tantas cosas…
—¿Cómo qué? —preguntó él con desgana—. ¿Comprar otro coche? ¿Ir a París a comer queso? Todo eso está vacío.
—No —dijo Ana, y sus ojos brillaron con una idea—. No para nosotros. Para ayudar. De verdad. No donando cheques anónimos para lavar tu conciencia. Sino haciendo cosas. Tú dijiste que querías servir. Imagínate lo que podrías hacer con ese dinero si lo usaras para curar a gente que no puede pagar.
Iván la miró, intrigado.
—¿A qué te refieres?
—Deja de trapear pisos, Iván. Es una pérdida de tiempo. Dios te dio un don en esas manos. Si tienes miedo de operar, no operes todavía. Pero eres médico. Sabes diagnosticar, sabes curar, sabes enseñar. ¿Por qué no abres un consultorio? Uno gratis. En una colonia pobre. Yo te ayudo. Yo administro, yo recibo a la gente. Usamos tu dinero maldito para hacer algo bendito.
Iván se quedó callado. La idea giró en su cabeza. Volver a ser médico, pero sin la soberbia. Sin el lucro. Médico de pueblo, médico de barrio.
—¿Harías eso conmigo? —preguntó—. ¿Te meterías en ese lío?
—Claro que sí, viejo tonto —dijo Ana, apretándole las manos—. Ya estamos casados, ¿no? En la riqueza y en la pobreza. Pues usemos la riqueza para acabar con la pobreza de otros.
Iván sonrió. Fue una sonrisa tímida, pero genuina. Se sintió, por primera vez en un lustro, que la losa de concreto que cargaba en la espalda se hacía un poquito más ligera.
—Me gusta cómo suena eso. “Consultorio Valladares y… Valladares”.
—Suena a funeraria —rio Ana—. Mejor buscamos otro nombre. Pero primero… tengo hambre. Y con cuarenta y cinco millones en el banco, creo que hoy sí me puedes invitar unos tacos de los buenos, ¿no? De esos con mucha salsa.
Iván soltó una carcajada. Fue un sonido oxidado, pero alegre.
—Vámonos a los tacos, señora millonaria. Yo invito.
Salieron del despacho, dejando atrás los diplomas y la culpa, al menos por un rato. Pero mientras Iván cerraba la puerta con llave, Ana notó que él se guardaba la llave en el bolsillo de la camisa, cerca del corazón, en lugar de esconderla en el cajón de siempre.
Era un comienzo.
Sin embargo, ninguno de los dos sabía que el portazo del Licenciado Soto no había sido el final de los problemas. Al salir del edificio, el abogado había sacado su celular.
—¿Bueno? ¿Roberto? —había dicho Soto con voz venenosa—. Habla el Licenciado Soto. Sí, el que maneja los asuntos de Valladares. Tengo información que te puede interesar. Mucho. Sobre tu exmujer y mi cliente. Digamos que hay una fortuna en juego y creo que tú y yo podemos llegar a un acuerdo para… redistribuir la riqueza.
Mientras Ana e Iván comían tacos al pastor en una esquina de la Narvarte, riéndose y manchándose de salsa, la tormenta perfecta se estaba gestando. La avaricia de un exmarido despechado y la malicia de un abogado corrupto estaban a punto de colisionar contra su frágil felicidad.
CAPÍTULO 4: LOBOS CON PIEL DE OVEJA
La colonia Obrera tiene un olor particular por las mañanas: una mezcla de aceite quemado de los talleres mecánicos, vapor de tamales de dulce y ese aroma ferroso de la estación del metro San Antonio Abad. Para Iván, que llevaba cinco años viviendo en una burbuja de penitencia, y para Ana, que había vivido encerrada en su rutina doméstica, caminar por esas calles era como aterrizar en otro planeta.
Pero ahí estaban. Un martes a las diez de la mañana, parados frente a un local comercial con la cortina de acero abajo, oxidada y llena de grafitis. Un letrero de “SE RENTA” colgaba triste, pegado con diurex viejo.
—Es aquí —dijo Ana, consultando la dirección anotada en un papelito—. Local 4-B. Antes era una farmacia, según el anuncio.
Iván miró el lugar con escepticismo. Se ajustó el cuello de su chamarra sencilla. Aunque ya no ocultaba su fortuna ante Ana, seguía vistiendo con modestia para pasar desapercibido en el barrio.
—Ana, esto es una ruina. Mira esa humedad en la pared colindante. El techo debe estar lleno de goteras. Con el dinero que… bueno, con el dinero que hay, podríamos rentar algo en la Del Valle, o en la Roma Sur. Algo limpio.
Ana se recargó en su bastón y lo miró con esa determinación nueva que le brillaba en los ojos desde que habían decidido abrir la clínica.
—Iván, la gente de la Roma Sur tiene seguro de gastos médicos o va al Hospital Ángeles. La gente de aquí es la que se muere esperando una ficha en el Centro de Salud. Si vamos a hacer esto, si vamos a lavar culpas y sanar almas, tiene que ser donde duela. Donde haga falta.
Iván se quedó callado. Ana tenía esa capacidad de desarmarlo con verdades simples. Ella, la mujer que él había recogido rota en un hospital, se estaba convirtiendo en su brújula moral.
—Tienes razón —concedió él—. Está bien. Vamos a ver si el dueño aparece.
Diez minutos después, un señor gordo y sudoroso les abrió la cortina. El interior olía a encierro y a ratones. Pero era amplio. Tenía un mostrador viejo, una trastienda que podía servir de consultorio y un baño funcional.
Iván, con su ojo clínico, ya no veía la mugre. Veía el flujo de pacientes.
—Aquí ponemos la recepción —señaló, moviendo las manos en el aire—. Allá atrás, dos cubículos de exploración con cortinas. Necesitamos un autoclave para esterilizar, una vitrina para medicamentos básicos…
Ana sonrió al verlo. El Dr. Valladares estaba despertando. Ya no hablaba de trapear pisos; hablaba de logística médica.
—Trato hecho —dijo Iván al dueño, sacando un fajo de billetes para el depósito. El dueño abrió los ojos como platos.
—Ah, caray, patrón. Así sí baila mi hija. ¿Cuándo empiezan?
—Hoy mismo —respondió Ana.
Pasaron la semana siguiente limpiando. Ana, a pesar de su espalda, coordinaba a los albañiles y pintores que Iván contrató. Iván, por su parte, se encargó de las compras. Pero no compró equipo de lujo. Compró equipo de batalla, duradero, funcional.
El letrero lo pintaron a mano sobre la fachada recién encalada:
CLÍNICA COMUNITARIA “SEGUNDA OPORTUNIDAD”
Consulta General – Curaciones – Sin Costo
La noche antes de la inauguración, estaban sentados en el piso de la clínica, comiendo tortas de jamón sobre una caja de cartón. El lugar olía a pintura fresca y a Fabuloso de lavanda.
—¿Estás listo? —preguntó Ana, limpiándose una migaja de la comisura de los labios.
Iván miró su estetoscopio nuevo, colgado en un clavo de la pared. Lo miraba como si fuera una serpiente venenosa.
—Tengo miedo, Ana. Terror. ¿Y si me equivoco? ¿Y si no sé qué recetar? Llevo cinco años sin dar una consulta. La medicina avanza rápido.
—No vas a operar cerebros, Iván. Vas a curar gripas, infecciones de estómago, coser heridas de niños traviesos. Eres médico. Eso no se olvida. Es como andar en bicicleta.
—Ojalá —suspiró él—. Pero si me tiembla la mano… tú me pellizcas, ¿va?
Ana rio y le puso la mano sobre la rodilla.
—Yo te pellizco. Y te doy un sape si te pones soberbio.
Iván la miró. En la luz tenue de la clínica vacía, Ana se veía hermosa. No era una belleza de revista; era la belleza de la resiliencia. Iván sintió un impulso, unas ganas enormes de besarla, pero se contuvo. El respeto y el miedo a romper el frágil equilibrio de su “acuerdo” lo detuvieron.
—Gracias, Ana —dijo solamente—. Por devolverme la vida.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en un bar oscuro de la Zona Rosa donde servían whisky adulterado y la música estaba demasiado alta, se gestaba una alianza mucho menos noble.
El Licenciado Soto estaba sentado en un gabinete de piel roja, girando los hielos de su vaso con el dedo índice. Frente a él, Roberto se veía nervioso, sudando dentro de su traje barato que le apretaba en la barriga. A su lado, Julia, la enfermera, fumaba un cigarro delgado, mirando al abogado con desconfianza y codicia.
—Entonces… —dijo Roberto, inclinándose sobre la mesa pegajosa—, ¿me está diciendo que el viejo ese, el camillero mugroso, tiene cuarenta y cinco millones de pesos?
—Líquidos —corrigió Soto con una sonrisa de tiburón—. En propiedades y acciones, el patrimonio del Dr. Valladares supera los doscientos millones. Es dueño de Grupo Médico Integral, aunque ya no lo opera.
Julia soltó una carcajada estridente y tosió humo.
—¡No mames! —exclamó—. ¿El viejito que limpiaba los baños? ¿El que le cambiaba los pañales a los viejitos? ¡Es millonario! Y la estúpida de Ana se sacó la lotería sin comprar boleto.
—Exactamente —dijo Soto—. Se sacó la lotería. Y eso es un problema para mí, y una oportunidad para ustedes.
—¿Por qué para usted? —preguntó Roberto, que aunque era tonto, tenía el instinto de supervivencia de una rata.
—Porque Iván me despidió. Me echó como a un perro por defender sus intereses contra tu exmujer. Y yo no perdono las ofensas, ni las pérdidas de honorarios. Conozco cada centavo de su fortuna. Sé dónde está, cómo moverlo y, lo más importante, sé cómo bloquearlo.
Soto sacó una carpeta de su portafolio y la puso sobre la mesa.
—Pero necesito un ángulo. Iván está blindado legalmente… a menos que ataquemos el eslabón débil.
—Ana —dijo Roberto con desprecio.
—Ana —confirmó Soto—. Ustedes me dijeron que Ana estaba… inestable después de la operación.
Julia aplastó el cigarro en el cenicero. Sus ojos brillaron con malicia.
—Inestable es poco. Estaba drogada hasta las chanclas. Morfina, tramadol, sedantes. Yo misma le administré las dosis. A veces no sabía ni qué día era.
—Perfecto —Soto entrelazó los dedos—. Aquí está el plan. No vamos a demandar por la mitad de la casa de la Doctores. Eso son migajas. Vamos por el pastel completo.
Roberto se pasó la lengua por los labios secos.
—¿Cómo?
—Vamos a interponer una demanda de interdicción. Vamos a alegar que Ana María estaba mentalmente incapacitada en el momento del divorcio y, por ende, en el momento de su segundo matrimonio.
—¿Interdicción? —Roberto frunció el ceño.
—Que estaba loca, Roberto —explicó Soto con impaciencia—. Que no tenía facultades mentales para firmar el divorcio ni para casarse. Si el juez declara que Ana era incapaz, el divorcio se anula. Tú sigues siendo su esposo y su tutor legal. Y el matrimonio con Iván se vuelve nulo de pleno derecho.
Roberto sonrió lentamente, entendiendo la jugada.
—Si sigo siendo su esposo… tengo derecho a administrar sus bienes.
—Y si el matrimonio con Iván es nulo, pero logramos demostrar que él se “aprovechó” de una mujer incapaz para casarse con ella… podemos demandarlo por daños morales, secuestro psicológico y abuso de confianza. Podemos exigir una compensación millonaria para “la víctima” —Soto señaló a Roberto— y su tutor.
—¿Y Ana? —preguntó Julia—. ¿Qué pasa con ella?
—Ana será declarada interdicta. Necesitará un tutor que administre su vida. Tú, Roberto. Tú controlarás su dinero, su casa y la compensación que le saquemos a Valladares. La encerramos en una clínica o la tienes en casa sedada, eso ya es problema tuyo.
—Me gusta —dijo Roberto, imaginándose ya manejando un coche nuevo—. Me gusta mucho.
—Pero necesitamos pruebas —advirtió Soto—. Necesitamos demostrar que estaba loca.
Julia sacó su celular.
—Tengo acceso al expediente clínico. Puedo… “ajustar” algunas notas de enfermería. Poner que presentaba alucinaciones, delirios de persecución, conducta errática. Y puedo testificar. Soy enfermera titulada, mi palabra vale.
—Excelente —Soto levantó su vaso—. Entonces tenemos un trato. Vamos a destruir al Dr. Valladares y a recuperar a tu “querida” esposa, Roberto. Salud.
Los tres brindaron en la penumbra. El sonido de los vasos chocando sonó como el martillo de un juez dictando sentencia de muerte.
Los días siguientes fueron un torbellino para Ana e Iván. La “Clínica Segunda Oportunidad” abrió sus puertas un lunes. Al principio, la gente del barrio pasaba de largo, desconfiada. “¿Gratis? Seguro es tranza”, decían las señoras de las bolsas del mandado. “¿O será de alguna secta?”.
Pero el martes, un niño de diez años entró corriendo, llorando a gritos, con la mano envuelta en una playera empapada de sangre.
—¡Ayuda! ¡Se cortó con un vidrio! —gritaba su mamá detrás de él.
Iván estaba acomodando gasas. Al ver la sangre, se quedó paralizado un segundo. El recuerdo de Marisol, la paciente que murió, lo golpeó como un flashazo. La sangre roja, brillante, caliente.
—¡Doctor! —gritó Ana desde la recepción—. ¡Haz algo!
El grito de Ana rompió el trance. Iván corrió hacia el niño.
—A ver, campeón, déjame ver. Tranquilo, soy el Dr. Iván.
Con manos firmes, retiró la playera. Era un corte profundo en la palma de la mano. Sangraba mucho, pero no había tocado tendones.
—Ana, guantes y el kit de sutura. ¡Rápido!
Iván lavó la herida, inyectó lidocaína con una destreza que ningún médico general de farmacia tenía. Mientras cosía, le hablaba al niño.
—¿Te gusta el fútbol? A mí me iba el Atlante, fíjate. Ya ni existen casi, pero uno es fiel. Mira, ya casi acabo. Vas a tener una cicatriz de guerra para presumir en la escuela.
Terminó en cinco minutos. Cinco puntos perfectos, equidistantes, limpios.
—Listo.
La mamá del niño lloraba de agradecimiento.
—Doctor, no traigo dinero…
—No cobramos, señora. Solo tráigalo en una semana para quitarle los puntos. Y que no juegue con botellas rotas.
Cuando salieron, la voz se corrió como pólvora en la colonia Obrera. “El doctor nuevo tiene manos de santo”. “El doctor nuevo no cobra y te trata como gente, no como número”.
Para el viernes, la sala de espera estaba llena. Iván atendía sin parar: gripas, diabetes mal controladas, hipertensiones. Ana organizaba las fichas, repartía agua, platicaba con los viejitos.
Al cerrar la clínica esa noche, estaban exhaustos pero eufóricos.
Iván se sentó en la silla giratoria y se aflojó la corbata (porque ahora usaba corbata para atender).
—Lo hice, Ana —dijo, mirando sus manos—. Curé a veinte personas hoy. Y nadie se murió.
—Te lo dije —Ana le masajeó los hombros tensos—. Eres un gran médico, Iván. El mejor.
Iván tomó la mano de Ana que descansaba en su hombro y la besó. Esta vez no fue en la frente. Fue en el dorso, un beso largo, agradecido.
—Gracias a ti, Ana. Tú eres mi medicina.
Llegaron al departamento de la Narvarte cerca de las nueve de la noche. Venían planeando comprar un aparato de ultrasonido usado para la clínica.
—Podemos buscar en Mercado Libre, o tal vez alguno de mis excolegas tenga uno que vaya a desechar… —decía Iván mientras metía la llave en la cerradura.
Abrió la puerta y se detuvo en seco.
—¿Qué pasa? —preguntó Ana detrás de él.
—La luz está prendida —susurró Iván.
Entraron con cautela. En la sala, sentado en el sillón de piel favorito de Iván, estaba Roberto. Tenía los pies subidos en la mesa de centro, ensuciando la madera con sus zapatos polvorientos.
A su lado, de pie, estaba Julia, revisando los libros del estante con cara de asco.
Y sentado en la silla del comedor, revisando unos papeles, estaba el Licenciado Soto.
Ana sintió que el corazón se le salía del pecho.
—¿Cómo entraron? —preguntó Iván, con voz peligrosa.
—Tengo llaves, socio —dijo Soto, levantando un juego de llaves—. Olvidaste que yo tengo copias de todas tus propiedades. Nunca me las pediste de vuelta cuando me hiciste tu berrinche.
Roberto se levantó del sillón con una sonrisa burlona. Se veía más arrogante que nunca.
—Hola, Anita. Bonito depa. Mucho mejor que el cuchitril de la Doctores. Con razón te “enamoraste” tan rápido.
—Lárguense de mi casa —dijo Iván, dando un paso adelante. Sus puños estaban cerrados.
—Tranquilo, Doctor —dijo Soto, sin levantarse—. No venimos a pelear. Venimos a notificar.
Soto le lanzó un sobre manila a los pies de Ana.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, sin recogerlo.
—Es una copia de la demanda que ingresamos hoy en el Juzgado de lo Familiar —explicó Soto—. Demanda de Juicio de Interdicción por incapacidad mental contra la señora Ana María Morán. Y demanda de Nulidad de Matrimonio.
Ana sintió que el suelo se abría.
—¿De qué estás hablando?
—Estamos diciendo que estás loca, mi amor —dijo Roberto, acercándose a ella. Iván se interpuso, bloqueándole el paso. Roberto retrocedió un poco, pero siguió hablando—. Que después de la operación quedaste mal. Que no sabías lo que hacías. Que firmaste el divorcio sin entender y que te casaste con este… vividor… bajo efectos de drogas y delirios.
—¡Eso es mentira! —gritó Ana—. ¡Estoy perfectamente bien!
—Eso no es lo que dice tu expediente clínico —intervino Julia, sacando una carpeta azul—. Aquí tengo las notas de enfermería. “Paciente presenta alucinaciones visuales y auditivas”. “Paciente desorientada en tiempo y espacio”. “Paciente con labilidad emocional severa y paranoia”. Todo firmado y sellado por el hospital.
—¡Tú falsificaste eso! —Ana se lanzó hacia Julia, pero Iván la detuvo, abrazándola con fuerza para contenerla.
—Es tu palabra contra los registros médicos oficiales, querida —dijo Julia con veneno—. Y contra el testimonio de una enfermera titulada.
Soto se puso de pie y se abotonó el saco.
—La audiencia preliminar es en dos semanas. Hasta entonces, Doctor Valladares, le sugiero que no toque su dinero. Porque hemos solicitado una medida cautelar para congelar sus cuentas bajo sospecha de administración fraudulenta de los bienes de una incapaz.
Iván se puso pálido.
—No puedes hacer eso.
—Ya lo hice. Un juez amigo mío firmó la orden esta tarde. Tus cuentas están congeladas, Iván. No puedes sacar ni un peso. Ni para la clínica, ni para comer, ni para defenderte.
Roberto se rio, una risa fea y gutural.
—Así que, Anita, ve empacando. Porque cuando el juez diga que estás loca, yo voy a ser tu tutor. Y te vas a venir conmigo. Y tú, “doctorcito”, te vas a quedar en la calle y, con suerte, en la cárcel por aprovecharte de una discapacitada.
—Vámonos —dijo Soto—. Ya están notificados.
Los tres intrusos caminaron hacia la puerta. Roberto se detuvo frente a Ana, que temblaba en los brazos de Iván.
—Te lo dije, Ana. No sirves para nada. Siempre fuiste débil. Ahora vas a necesitar que te cuiden de verdad. Y yo voy a cobrar muy caro por cuidarte.
Salieron y cerraron la puerta. El sonido del cerrojo retumbó como un disparo.
Ana se soltó de Iván y corrió al baño a vomitar.
Iván se quedó parado en medio de la sala, mirando la puerta cerrada. La impotencia le quemaba las venas. Le habían congelado las cuentas. Le habían invadido su casa. Y amenazaban con llevarse a la única mujer que le había dado sentido a su vida.
Escuchó las arcadas de Ana en el baño. Fue hacia allá y la encontró arrodillada frente al inodoro, llorando y temblando.
Iván se arrodilló a su lado y le apartó el pelo de la cara.
—Me van a llevar, Iván —sollozó Ana—. Me van a encerrar. Tienen papeles. Tienen testigos. Tú no tienes dinero para abogados ahora. Estamos perdidos.
—Mírame, Ana —le dijo Iván, tomándole la cara con ambas manos. Sus ojos oscuros estaban encendidos con una furia fría, calculadora—. No estamos perdidos. Cometieron un error.
—¿Cuál error? Tienen todo comprado.
—Se les olvidó una cosa —dijo Iván, secándole las lágrimas con el pulgar—. Se les olvidó que yo fui el mejor neurocirujano de este país. Y conozco a mucha gente. Gente a la que operé. Jueces, magistrados, directores de hospitales. Nunca les pedí favores porque me sentía indigno. Pero por ti… por ti voy a cobrar cada favor que me deben.
Iván se levantó y ayudó a Ana a ponerse de pie.
—Soto cree que me quitó el dinero y con eso me quitó el poder. Pero se equivoca. Mi poder no es el dinero. Mi poder es lo que tengo aquí —se tocó la cabeza— y lo que tenemos aquí —se tocó el corazón—. Mañana no vamos a abrir la clínica. Mañana vamos a la guerra.
Ana lo miró. Ya no había miedo en la cara de Iván. Había estrategia.
—¿Qué vamos a hacer?
—Vamos a buscar pruebas. Si Julia falsificó notas, dejó rastro. Si Soto compró al juez, dejó huella. Y si Roberto cree que te va a tocar un pelo… va a desear no haber nacido.
Esa noche no durmieron. Iván sacó una libreta vieja de su despacho y empezó a hacer llamadas. Llamadas a números privados, a celulares que contestaban a la primera.
—¿Bueno? ¿Senador? Habla el Dr. Valladares. Sí, el que le operó el tumor hace siete años. Necesito verlo. Es urgente. Sí, mañana. Gracias.
Ana lo veía desde el sofá, tomando un té de tila para los nervios. Veía al general armando a su ejército. Y por primera vez, pensó que tal vez, solo tal vez, los lobos habían mordido a una presa que tenía los dientes más afilados que ellos.
Pero el miedo seguía ahí. La amenaza de ser declarada loca, de perder su libertad, de volver a las garras de Roberto, era una sombra negra que cubría la habitación.
—Iván —dijo ella en la madrugada.
—¿Sí?
—Si me llevan… no dejes que me encierren. Prométemelo.
Iván colgó el teléfono y la miró con una intensidad que le robó el aliento.
—Nadie te va a llevar, Ana. Sobre mi cadáver.
Y Ana supo que no era una frase hecha. Era una promesa de sangre.
CAPÍTULO 5: BAJO EL ASEDIO
El miércoles amaneció con una realidad fría y dura como el mármol. Iván estaba en la cocina de su departamento en la Narvarte, con el teléfono pegado a la oreja y una expresión que Ana nunca le había visto: una mezcla de furia contenida y cálculo matemático.
—¿Cómo que “bloqueo total”? —decía Iván, caminando de un lado a otro—. Soy el titular de la cuenta. No, no me interesa el protocolo de seguridad. Me interesa saber qué juez firmó la orden. Ajá. Juez Quinto de lo Familiar. Licenciado Barrientos. Claro. Gracias por nada.
Colgó el teléfono con fuerza sobre la barra de granito.
Ana estaba sentada en el desayunador, contando billetes. Habían vaciado sus carteras y buscado en los bolsillos de los sacos y abrigos.
—Tenemos doce mil quinientos pesos en efectivo, Iván —dijo ella, apilando los billetes de quinientos con manos temblorosas—. Y un frasco con monedas. Es todo. Si tus cuentas están congeladas y no podemos sacar del cajero… ¿cómo vamos a pagar la luz? ¿La gasolina? ¿A los abogados?
Iván se pasó las manos por el cabello plateado, desordenándolo.
—Soto sabía exactamente dónde pegar. El Juez Barrientos es conocido en el medio. Le dicen “El Subastas”. Se vende al mejor postor. Soto debió pagarle una fortuna para congelar todo bajo la presunción de “administración fraudulenta”. Me tienen atado de manos, Ana. Sin dinero, en este país, no eres nadie. O al menos eso creen ellos.
Ana miró el dinero en la mesa. Doce mil pesos. Para muchos era una fortuna; para la guerra que se les venía encima, era nada.
—No eres nadie si solo confías en el dinero —dijo Ana, levantándose—. Pero tú dijiste que tenías favores por cobrar. ¿Qué pasó con eso?
Iván la miró y una chispa se encendió en sus ojos oscuros.
—Tienes razón. El dinero está congelado, pero mi historia clínica no.
Fue a su despacho y regresó con una agenda vieja, de piel negra, desgastada por los años.
—Aquí están los nombres de todos los que he operado en los últimos veinte años. Senadores, magistrados, empresarios, líderes sindicales. Gente a la que le vi el cerebro por dentro. Gente que me debe la vida, literalmente.
Se puso el saco, aunque ya no llevaba corbata.
—Ana, guárdate ese dinero. Es para comida y emergencias. Yo voy a salir. Voy a ir a ver a un viejo amigo. Tú quédate aquí, no le abras a nadie.
—No —dijo Ana firmemente—. Yo no me quedo encerrada como si fuera una criminal. Yo voy a la clínica.
—Es peligroso, Ana. Roberto…
—Roberto es un cobarde. No me va a hacer nada en público a plena luz del día. Además, tenemos pacientes citados. Doña Mari necesita su insulina. El niño de los puntos viene a revisión. Si cerramos la clínica, les damos la razón. Si nos escondemos, perdemos.
Iván la miró con admiración. La mujer asustada del hospital había desaparecido. En su lugar había una leona herida, defendiendo su territorio.
—Está bien. Pero te vas en taxi de sitio, nada de caminar. Y cierras con doble llave.
El edificio del Senado de la República, en Reforma, imponía respeto con su arquitectura moderna y fría. Iván llegó a la recepción. No tenía cita, pero tenía un nombre.
—Busco al Senador Monreal —dijo a la recepcionista, una joven que mascaba chicle discretamente.
—¿Tiene cita? La agenda del senador está llena hasta el 2025.
—Dígale que lo busca el Dr. Iván Valladares. Y dígale que le duele la cabeza del lado izquierdo, donde le puse el clip de titanio. Él entenderá.
La recepcionista lo miró raro, pero hizo la llamada. Un minuto después, sus ojos se abrieron como platos.
—Pase, doctor. Lo están esperando. Piso 14.
El despacho del Senador Monreal olía a caoba y a poder. Monreal, un hombre de sesenta años, canoso y robusto, se levantó de su escritorio y caminó con los brazos abiertos.
—¡Iván! ¡Mi salvador! ¡Qué milagro verte! Pensé que te habías retirado a una isla en el Caribe. Desapareciste del mapa.
—Me retiré, Felipe. Pero no al Caribe. A la colonia Narvarte.
Se dieron un abrazo. Iván sintió la palmada fuerte en la espalda, ese gesto típico de la política mexicana: calidez calculada.
—Siéntate, tómate un café. ¿A qué debo el honor? ¿Quieres volver al ruedo? ¿Necesitas una plaza en Salud?
Iván se sentó, rechazando el café con un gesto.
—Necesito ayuda, Felipe. Y es urgente. Me están atacando.
—¿Quién?
—Un abogado llamado Soto, coludido con un juez de lo familiar, Barrientos. Congelaron mis cuentas. Me acusan de secuestrar y aprovecharme de mi esposa, a quien quieren declarar interdicta para robarle su patrimonio.
El senador se reclinó en su silla, entrelazando los dedos. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una máscara de cautela.
—Barrientos… Barrientos es una ficha difícil. Está protegido por el sindicato judicial. Y Soto… he oído de él. Es un tiburón.
—Felipe, ese juez firmó una orden ilegal sin pruebas periciales. Necesito que alguien le jale la correa. Necesito que desbloqueen mis cuentas para poder defenderme.
—Iván… —el senador suspiró, mirando por la ventana hacia el Paseo de la Reforma—. Las cosas no son tan fáciles. Meterse con el Poder Judicial ahorita es… complicado. Hay elecciones en puerta. No puedo levantar el teléfono y ordenar que destituyan a un juez así nada más. Sería tráfico de influencias.
Iván sintió un sabor amargo en la boca.
—¿Tráfico de influencias? —preguntó con voz suave pero cortante—. ¿Como cuando me pediste que operara a tu suegra un domingo en la madrugada, saltándote la lista de espera de cien personas? ¿O como cuando me pediste que no reportara el “accidente” de tu hijo menor?
El senador se puso rígido. El aire en la oficina se volvió gélido.
—Eso fue diferente, Iván. Eran temas de vida o muerte.
—Esto también es de vida o muerte, Felipe. Es mi vida. Es la vida de mi esposa. No te pido que hagas nada ilegal. Te pido que exijas que se cumpla la ley. Que revisen el expediente. Que vean que es un fraude procesal.
Monreal sostuvo la mirada de Iván por unos segundos. Sabía que el doctor no estaba blofeando. Sabía que Iván conocía demasiados secretos de demasiada gente poderosa.
—Está bien —dijo el senador, sacando un celular encriptado de su cajón—. Voy a hacer una llamada al Presidente del Tribunal Superior. Solo para que “revisen” el procedimiento. Pero no te prometo nada, Iván. Si Soto tiene pruebas sólidas contra tu esposa… ni Dios padre te salva.
—No tienen pruebas. Tienen mentiras falsificadas.
—Entonces demuéstralo —dijo el senador—. Consígueme pruebas de que mienten, y yo te pongo al Fiscal General en bandeja de plata. Pero sin pruebas, es tu palabra contra la de ellos.
Mientras tanto, en la colonia Obrera, Ana barría la entrada de la clínica. Había vidrios rotos en la banqueta. Alguien había lanzado una piedra durante la noche contra el ventanal principal. No lograron romperlo del todo porque Iván había instalado película de seguridad, pero el cristal estaba estrellado, como una telaraña gigante.
Ana sintió miedo al verlo, pero luego sintió rabia.
“Esto es cosa de Roberto”, pensó. “Es su estilo. Cobarde. Atacar en la noche”.
Entró y se puso a trabajar. Atendió a la señora Mari, le checó la presión. Organizó el archivo. Pero su mente estaba en otra parte.
Necesitaba pruebas. El senador (o quien fuera que Iván viera) pediría pruebas.
Julia. La clave era Julia.
Julia había dicho que tenía las notas de enfermería. “Paciente desorientada”. “Paciente con alucinaciones”.
Ana sabía que eso era mentira. Ella recordaba todo. El dolor, sí. El miedo, también. Pero nunca perdió la razón. Recordaba las caras de las enfermeras. Recordaba a… Elena.
Elena. La enfermera del turno de la noche. La que le había traído un té cuando no podía dormir. La que le había dicho: “Ese marido suyo no vale la pena”.
Elena era la única que no parecía ser amiga de Julia. Julia era la jefa de enfermeras del turno matutino, prepotente y chismosa. Elena era tranquila, trabajadora.
Ana buscó en su bolso. Tenía guardado un papelito arrugado. El día que salió del hospital, Elena le había dado su número “por si necesitaba algo”. Ana nunca pensó que lo usaría.
Marcó el número con el teléfono fijo de la clínica.
—¿Bueno?
—¿Elena? Soy Ana. Ana María Morán. La paciente de la cama 4, la de la columna.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Señora Ana… —la voz de Elena sonaba nerviosa, baja, como si susurrara—. Qué bueno que me llama. He estado pensando mucho en usted.
—Elena, necesito ayuda. Están diciendo que estoy loca. Que salí del hospital delirando. Julia… Julia está falsificando el expediente.
—Lo sé —susurró Elena—. Lo sé, señora. Aquí en el hospital es un escándalo. Julia anda presumiendo que se va a comprar un coche nuevo. Y he visto… he visto cosas raras en el sistema.
El corazón de Ana dio un vuelco.
—¿Qué has visto?
—Han modificado las bitácoras electrónicas. Pero… —Elena dudó—. Señora, no puedo hablar por teléfono. Las paredes oyen. Y Julia es muy vengativa. Si se entera de que hablo con usted, me corre y me boletina para que no trabaje en ningún lado.
—Elena, por favor. Es mi vida. Me quieren encerrar. Me quieren quitar todo.
Escuchó la respiración agitada de Elena al otro lado.
—Nos vemos en una hora. En el Parque Delta, en el área de comida, hasta el fondo. Vaya sola.
Ana cerró la clínica temprano, puso el letrero de “Vuelvo pronto” y tomó un taxi.
El centro comercial estaba lleno de ruido, gente comiendo hamburguesas y comprando ropa. Ana se sentó en una mesa alejada, pegada a un rincón.
Elena llegó diez minutos después. Llevaba ropa de calle, lentes oscuros y miraba hacia todos lados. Se sentó frente a Ana sin saludar.
—Señora Ana, esto está muy feo —dijo Elena, sin quitarse los lentes—. Julia y su exmarido… los vi.
—¿Los viste? ¿Dónde?
—En el hospital. Hace tres noches. Yo estaba doblando turno. Fui al archivo a buscar unos expedientes viejos y escuché voces en la oficina de la Jefatura. La puerta estaba entreabierta. Eran Julia y un hombre gordo y calvo.
—Roberto —confirmó Ana con asco.
—Estaban riéndose. Julia estaba en la computadora. Decía: “Mira, borro esta nota de que durmió tranquila y le pongo que se despertó gritando que la perseguían los marcianos”. Y el hombre se reía y decía: “Ponle más, ponle que no me reconoció”.
Ana apretó los puños bajo la mesa.
—¿Alguien más sabe esto?
—Nadie quiere saber. Todos le tienen miedo a Julia. Es la protegida del director administrativo. Dicen que son amantes. Por eso hace lo que quiere.
—Elena, necesito que testifiques esto. Necesito que le digas a un juez lo que oíste.
Elena negó con la cabeza frenéticamente.
—No puedo, señora. Tengo dos hijos. Soy madre soltera. Si pierdo este trabajo, nos morimos de hambre. No puedo enfrentarme a Julia y al sindicato. Me van a destruir.
—Te van a destruir si te callas también —dijo Ana—. Porque cuando esto explote, y va a explotar, se van a llevar a todos los cómplices entre las patas. Iván… mi esposo, el Dr. Valladares, va a llegar hasta el fondo.
Elena se quedó callada al escuchar el nombre de Valladares. En el mundo médico, el nombre de Iván todavía pesaba.
—¿El camillero Iván es el Dr. Valladares? —preguntó con los ojos muy abiertos—. ¿El neurocirujano?
—Sí. Y está muy enojado.
Elena tragó saliva. Parecía estar debatiéndose entre el miedo a Julia y el miedo (o respeto) a la leyenda de Valladares.
—Mire… no puedo testificar abiertamente todavía. Pero puedo darle algo.
—¿Qué?
—Julia modificó el sistema digital, pero hay algo que no pudo cambiar. Las “Libretas de Novedades”.
—¿Qué es eso?
—Son cuadernos físicos, cosidos a mano, donde las enfermeras de guardia anotamos a pluma todo lo que pasa en el turno. Lo que se pone ahí no se puede borrar ni arrancar sin que se note, porque las hojas están foliadas. Esas libretas se guardan en el archivo muerto del sótano cada mes. La libreta de su semana ya debe estar ahí abajo.
Ana sintió una oleada de esperanza.
—¿Y qué dice esa libreta?
—Dice la verdad. Dice que usted estaba orientada, consciente y estable. Yo misma escribí esas notas con mi puño y letra. Si conseguimos esa libreta, se demuestra que el expediente digital fue alterado posteriormente. La fecha de modificación digital no va a coincidir con la fecha de la libreta física.
—¿Puedes conseguirla?
—No puedo sacarla. Hay cámaras en el archivo y hay un guardia. Si me ven sacando un documento oficial, es robo federal. Me meten a la cárcel.
—Entonces… ¿cómo?
Elena miró a Ana a través de sus lentes oscuros.
—Tienen que entrar ustedes. O alguien. Yo puedo dejar la puerta del sótano sin seguro esta noche, durante el cambio de guardia de las 3 de la mañana. El guardia se va a dormir a esa hora al cuarto de máquinas. Tienen una ventana de veinte minutos.
Era una locura. Un allanamiento.
—Lo haremos —dijo Ana, sintiendo que el corazón le latía en la garganta.
Esa noche, en el departamento, Iván escuchó el plan con el ceño fruncido.
—Es un delito, Ana. Si nos agarran, nos acusan de robo de documentos. Le damos a Soto la excusa perfecta para meternos a la cárcel de verdad.
—Ya somos criminales para ellos, Iván. Ya nos quitaron el dinero. Ya rompieron mi clínica. ¿Qué más da? Esa libreta es lo único que prueba que no estoy loca. Es la única forma de callarle la boca a Julia.
Iván miró a su esposa. Veía en ella una valentía temeraria.
—Está bien. Pero no vas a entrar tú. Entro yo. Conozco ese hospital como la palma de mi mano. Sé dónde están las cámaras ciegas. Sé cómo se mueven los guardias.
—Vamos los dos —insistió Ana—. Tú buscas, yo vigilo. Y si nos agarran… nos agarran juntos.
A las 2:30 de la madrugada, el Datsun color crema se estacionó a tres cuadras del Hospital General. La noche estaba fría y había niebla baja. Parecía una escena de película de espías, pero con un coche viejo y dos personas de cincuenta años vestidas con ropa oscura.
Caminaron hacia la entrada de proveedores, por la parte trasera, donde estaban los contenedores de basura. Olía a desechos biológicos y a humedad.
Esperaron en las sombras.
A las 3:00 en punto, una pequeña luz se encendió y se apagó tres veces en una ventana del sótano. La señal de Elena.
Se acercaron a la puerta de servicio. Estaba entreabierta, tal como prometió.
Entraron. El pasillo del sótano estaba en penumbras, iluminado solo por las luces de emergencia rojas. El zumbido de las calderas enmascaraba sus pasos.
—Por aquí —susurró Iván, tomándola de la mano. Se movía con una agilidad sorprendente.
Llegaron a la puerta del “Archivo Clínico – Sección Muerta”.
Iván giró la perilla. Abierta.
Dentro, el olor a papel viejo era abrumador. Estanterías metálicas llenas de carpetas y libros se extendían hasta el fondo.
—Busca noviembre del 2023. Pabellón de Ortopedia —susurró Iván, encendiendo una linterna pequeña.
Empezaron a buscar. Fila 4. Fila 5.
—Aquí —dijo Ana. Encontró una caja etiquetada: “Bitácoras Enfermería Nov-Dic 2023”.
Abrió la caja. Había varios cuadernos escolares de pasta dura, cosidos.
Iván tomó uno y empezó a hojearlo frenéticamente.
—10 de noviembre… 11 de noviembre… Aquí estás. Ana María Morán. Cama 4.
Iluminó la página con la linterna.
La letra era redonda y clara (la de Elena):
“14:00 hrs. Paciente consciente, orientada en sus tres esferas. Refiere dolor leve. Signos vitales estables. Se niega a recibir visita de familiares (no hay familiares presentes).”
Iván pasó la página.
“20:00 hrs. Paciente tranquila. Duerme por ratos. Sin datos de delirio ni agitación psicomotriz.”
—Aquí está —dijo Iván, con una sonrisa triunfal—. Esto contradice todo lo que dijo Julia. Aquí no hay mención de alucinaciones. Y mira, no hay tachaduras.
—Vámonos —dijo Ana—. Saca fotos.
—No, nos llevamos el libro. Las fotos las pueden desestimar. Necesitamos el original para el peritaje de grafoscopía.
Iván se metió el cuaderno bajo la chamarra.
En ese momento, escucharon pasos en el pasillo. Pasos pesados. Botas.
—¿Quién anda ahí? —una voz ronca gritó. El guardia. No estaba dormido.
Iván apagó la linterna de golpe.
—Mierda —susurró—. Nos vieron.
—¡Salgan con las manos arriba! —el haz de luz de una linterna potente barrió la puerta del archivo.
Iván miró a Ana.
—Corre hacia la salida de emergencia del lado norte. Yo lo distraigo.
—¡No te voy a dejar!
—¡Corre, Ana! ¡Saca el libro! —Iván le pasó el cuaderno a la fuerza y la empujó hacia la oscuridad de los estantes—. ¡Vete! Si te agarran a ti con el libro, dirán que lo robaste porque estás loca. Si me agarran a mí… yo inventaré algo. ¡Corre!
Ana tomó el cuaderno contra su pecho y corrió hacia el fondo del archivo, donde sabía que había una escalera de incendios. Escuchó detrás de ella el ruido de un forcejeo.
—¡Quieto ahí, cabrón! —gritó el guardia.
—¡Tranquilo, oficial, soy médico! —oyó la voz de Iván.
Luego un golpe seco. Un cuerpo cayendo.
Ana se detuvo un segundo, con lágrimas en los ojos. Quería regresar. Quería ayudarlo. Pero sabía que Iván tenía razón. La prueba era lo único que importaba. Si perdían el libro, perdían la vida.
Abrió la puerta de emergencia, que rechinó horriblemente, y salió al aire frío de la madrugada. Corrió. Corrió como no lo hacía desde que era niña, ignorando el dolor punzante en su columna operada. Corrió hasta el coche.
Se subió al Datsun y se encerró.
Esperó cinco minutos. Diez minutos.
Iván no llegaba.
Vio luces azules de patrullas acercándose al hospital.
Iván no llegó.
A las 3:45, el teléfono de Ana sonó. Número desconocido.
—¿Bueno? —contestó llorando.
—Señora Valladares —era la voz de Soto, el abogado. Su tono era de una satisfacción repugnante—. Parece que su esposo ha tenido un pequeño percance. Allanamiento de morada, robo de propiedad federal y agresión a un oficial de seguridad. Lo están trasladando al Ministerio Público en este momento.
Ana sintió que el mundo se le venía encima.
—¿Qué le hicieron?
—Nosotros nada. Él se lo buscó. Y le tengo una noticia: como sus cuentas están congeladas, no hay dinero para la fianza. Y dado que agredió a un guardia… creo que el Dr. Valladares va a pasar una larga temporada en el Reclusorio Norte. A menos…
—¿A menos qué? —gritó Ana.
—A menos que usted entregue lo que se robó. Sabemos que sacaron algo. Devuélvalo, entréguese voluntariamente para su internamiento psiquiátrico, y tal vez… tal vez podamos retirar los cargos contra su querido doctor.
Ana miró el cuaderno de notas en el asiento del copiloto. Era su salvación. Y ahora era el rescate de Iván.
Soto colgó.
Ana se quedó sola en el coche, en la oscuridad de la calle solitaria. Tenía la prueba para destruir a Julia y Roberto. Pero para usarla, tenía que dejar a Iván en la cárcel. Si la entregaba, salvaba a Iván, pero se condenaba a sí misma al manicomio.
Roberto había ganado. O eso creía él.
Ana se secó las lágrimas. Miró su reflejo en el espejo retrovisor. Ya no era la mujer que lloraba en la cama del hospital.
Arrancó el Datsun. No iba a ir al Ministerio Público. No iba a ir a entregar el libro.
Iba a ir a la única persona que podía tener más poder que el dinero y que la ley corrupta.
Iba a despertar al Senador Monreal. Y esta vez, no iba a pedir un favor. Iba a exigir justicia.
—Aguanta, Iván —susurró—. Ahora me toca a mí salvarte.
CAPÍTULO 6: LA LEONA Y LOS BUITRES
El viejo Datsun color crema avanzaba por el Periférico vacío a las cuatro de la madrugada, traqueteando como una cafetera vieja a punto de explotar. Ana María aferraba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, casi translúcidos. En el asiento del copiloto, bajo una pila de trapos sucios que Iván usaba para limpiar el coche, estaba el tesoro: la bitácora de enfermería. El libro sagrado que probaba su cordura y condenaba a sus verdugos.
Pero el precio había sido Iván.
Ana se secó las lágrimas con la manga de su suéter. No había tiempo para el llanto. El llanto era para la Ana de antes, la que esperaba a que Roberto le diera permiso para vivir. La Ana de hoy tenía una misión. Soto, el abogado corrupto, le había dado un ultimátum: entregar el libro y entregarse ella misma al psiquiátrico, o dejar que Iván se pudriera en la cárcel.
—Creen que soy estúpida —murmuró Ana, con la voz ronca por el miedo y la rabia—. Creen que soy una viejita asustada.
Tomó la salida hacia Lomas de Chapultepec. Las calles cambiaron. El asfalto lleno de baches de la ciudad dio paso a avenidas anchas, arboladas, con mansiones ocultas tras muros de tres metros y cámaras de seguridad que parpadeaban como ojos rojos en la oscuridad.
Iván le había mencionado una vez, casi como un chisme sin importancia, dónde vivía el Senador Monreal. “Tiene una casa que parece fortaleza en la calle Virreyes”, le había dicho. “Me invitó a cenar una vez después de la cirugía”.
Ana no tenía la dirección exacta, pero recordaba la descripción: un portón negro gigante y dos garitas de seguridad blindadas.
Manejó despacio, buscando. El Datsun desentonaba violentamente en ese barrio de camionetas blindadas y autos deportivos. Una patrulla de seguridad privada se le emparejó, observándola con desconfianza, pero Ana no se detuvo.
Ahí estaba. El portón negro.
Frenó el coche frente a la entrada. De inmediato, tres guardias armados con rifles de asalto salieron de las casetas, apuntando las linternas hacia sus ojos.
—¡Apague el motor! ¡Baje del vehículo con las manos arriba! —gritó uno de ellos.
Ana obedeció. El corazón le martillaba contra las costillas, pero no tembló. Bajó del coche con la bitácora apretada contra el pecho.
—Necesito ver al Senador Monreal —dijo, con una voz que intentó que sonara firme, aunque el viento frío de la madrugada se la llevaba.
El jefe de los guardias, un hombre con cara de pocos amigos, soltó una carcajada seca.
—Señora, son las cuatro de la mañana. ¿Está borracha o está loca? Lárguese antes de que llamemos a la policía.
—No estoy loca —dijo Ana, dando un paso adelante, ignorando los cañones de las armas—. Soy la esposa del Dr. Iván Valladares. El hombre que le salvó la vida al senador. El hombre que le puso un clip de titanio en el cerebro para que pudiera seguir siendo senador.
Los guardias intercambiaron miradas. El nombre de Valladares todavía tenía peso, incluso en la boca de una mujer vestida con ropa deportiva barata y ojerosa.
—El senador está durmiendo. No recibe a nadie.
—Entonces despiértelo —exigió Ana—. Dígale que tienen al Dr. Valladares secuestrado en el Ministerio Público por una trampa política. Dígale que si no me recibe ahorita, a las ocho de la mañana voy a estar en todos los noticieros diciendo que el Senador Monreal dejó morir a su salvador.
El guardia la miró con duda. Era una amenaza vacía, tal vez, pero en la política mexicana, los escándalos son más peligrosos que las balas.
—Espere aquí. Y no se mueva.
Pasaron diez minutos eternos. Ana temblaba de frío. Finalmente, el portón eléctrico emitió un zumbido y se abrió lentamente.
—Pase, señora. Deje el coche ahí. La van a revisar.
Ana caminó hacia la mansión. La revisaron con un detector de metales, le quitaron el celular, pero la dejaron conservar el libro cuando vieron que solo era papel.
La llevaron a una sala de estar que era más grande que todo su departamento de la Doctores. Había obras de arte originales en las paredes, alfombras persas y un silencio sepulcral.
Unos minutos después, apareció el Senador Felipe Monreal. Llevaba una bata de seda color vino sobre la pijama y pantuflas de piel. Tenía el pelo revuelto y los ojos hinchados de sueño, pero su mirada era lúcida, penetrante.
—Espero que esto sea de vida o muerte, señora… Valladares —dijo, arrastrando las palabras con fastidio—. Porque irrumpir en mi casa a esta hora es una excelente manera de ganarse un enemigo poderoso.
Ana no se dejó intimidar. Puso la bitácora sobre la mesa de cristal.
—Es de vida o muerte, Senador. Iván está detenido en el MP de Cuauhtémoc. Lo acusan de robo y agresión.
—¿Iván robando? —Monreal alzó una ceja, escéptico—. Ese hombre es incapaz de robarse un chicle.
—Entró al hospital para recuperar esto —Ana señaló el libro—. Es la bitácora de enfermería que prueba que no estoy loca. Su abogado, Soto, y mi exmarido, me están extorsionando. Quieren declararme interdicta para quedarse con la fortuna de Iván. Congelaron sus cuentas con ayuda del Juez Barrientos. Y ahora tienen a Iván encerrado y amenazan con dejarlo ahí si no les entrego esta prueba y me entrego yo.
El nombre “Barrientos” hizo que el senador se detuviera. Se acercó a la mesa y tomó un cigarro de una caja de plata. Lo encendió con calma.
—Barrientos… Ese juez es una piedra en el zapato. Es del grupo político contrario. Corrupto hasta la médula, pero protegido.
—Iván me dijo que usted le debía la vida —Ana se acercó un paso—. Me dijo que usted le prometió ayuda. Iván nunca le cobró esa cirugía, Senador. Lo hizo gratis, un domingo, en secreto. Usted sabe que le debe todo.
Monreal soltó una bocanada de humo hacia el techo.
—Iván es un idealista, señora. Y los idealistas suelen terminar mal en este país. Pero tiene razón. Le debo una. Y odio a Barrientos.
El senador tomó su teléfono encriptado.
—¿Qué quiere que haga? ¿Que saque a Iván de la cárcel? Eso es fácil. Una llamada al Fiscal y sale en una hora.
—No —dijo Ana.
Monreal se detuvo, sorprendido.
—¿Cómo que no?
—Si lo saca así nada más, Soto va a seguir atacando. Va a decir que Iván usó influencias, que es un criminal protegido. Y van a seguir diciendo que yo estoy loca. El juicio de interdicción sigue en pie. Necesito ganar la guerra, Senador, no solo esta batalla.
Monreal sonrió. Una sonrisa de lobo viejo reconociendo a otro depredador.
—Vaya. La esposa del doctor tiene garras. Me gusta. ¿Entonces?
—Necesito un abogado. Pero no uno cualquiera. Necesito un tiburón. Alguien a quien Soto le tenga miedo. Alguien que no se pueda comprar. Y necesito que ese abogado vaya conmigo al MP ahora mismo, no a negociar, sino a destruir a Soto.
El senador se rio por lo bajo.
—Tengo a la persona exacta. Es mi abogada personal para… “asuntos delicados”. Se llama Carmen Verduzco. Le dicen “La Viuda Negra” en los juzgados, y no porque se le mueran los maridos, sino porque se come vivos a los oponentes.
Marcó un número.
—Carmen, despierta. Te tengo un trabajo divertido. Sí, ahora. Te mando la ubicación. Es un caso pro-bono, cortesía de la casa. Pero te vas a divertir, hay sangre en el agua.
Mientras tanto, en los separos del Ministerio Público de la Alcaldía Cuauhtémoc, el ambiente era una mezcla nauseabunda de orina, cloro barato y desesperación humana.
Iván estaba sentado en el suelo de una celda compartida con tres borrachos y un carterista que lo miraba con demasiada atención. Tenía el labio partido y un golpe en el pómulo que se estaba poniendo morado, cortesía del guardia del hospital. Su ropa, antes impecable, estaba sucia y rota.
—¡Doctor Valladares! —gritó un guardia desde la reja—. Tiene visita. Abogado.
Iván se levantó con dificultad. Le dolía todo el cuerpo, pero mantuvo la cabeza alta. Lo llevaron a una pequeña sala de interrogatorios, una caja de cemento con una mesa de metal atornillada al piso.
Ahí estaba el Licenciado Soto. Fresco, perfumado, con un café de Starbucks en la mano.
—Te ves terrible, Iván —dijo Soto, haciendo una mueca de asco fingido—. Ese traje ya no te sirve ni para trapear.
Iván se sentó frente a él, sin decir una palabra. Su silencio era su escudo.
—Vengo a ofrecerte una salida, amigo —continuó Soto, sacando unos papeles—. Tu mujercita está afuera, probablemente llorando en el coche. Ya le dije las condiciones. Ella entrega el libro, se interna voluntariamente en la Clínica San Rafael (tengo un amigo ahí que la tratará… “bien”) y tú sales libre. Retiramos los cargos de robo y agresión.
Iván escupió sangre al suelo, a milímetros de los zapatos italianos de Soto.
—No va a pasar, Soto. Ana no se va a entregar.
—Ah, ¿tú crees? Es una mujer débil, Iván. Siempre ha dependido de los hombres. Primero de Roberto, ahora de ti. Cuando se vea sola, acorralada, vendrá corriendo.
—Te equivocas. Ana es más fuerte que tú, que Roberto y que yo juntos. Ella sobrevivió treinta años de infierno doméstico. Tú no aguantarías ni un día de su vida.
Soto golpeó la mesa, perdiendo la compostura.
—¡Deja de hacerte el héroe! Estás acabado. Tienes las cuentas congeladas. Tienes cargos federales. Te van a trasladar al Reclusorio Norte a mediodía. ¿Sabes lo que le hacen a los “niños ricos” allá adentro? No vas a durar ni una semana. Firma la cesión de derechos de la empresa a nombre de Roberto (como tutor de Ana) y terminamos con esto.
—Prefiero morirme aquí —dijo Iván, mirándolo a los ojos con esa intensidad fría de cirujano—. Pero te prometo una cosa, Soto. Cuando salga, y voy a salir, voy a dedicar cada centavo que me quede y cada minuto de mi vida a destruirte. Te voy a quitar tu licencia, tu dinero y tu libertad.
Soto se rio, pero había nerviosismo en su risa.
—Eres un cadáver hablando, Iván. Disfruta tu estancia.
Soto se levantó y salió, ordenando al guardia que regresara al “preso” a la celda de castigo.
Eran las 8:30 de la mañana. El sol ya pegaba fuerte sobre la fachada despintada del Ministerio Público.
El Licenciado Soto estaba en la entrada, fumando un cigarro, esperando ver llegar el Datsun viejo de Ana. A su lado estaba Roberto, que se comía las uñas.
—¿Y si no viene? —preguntó Roberto—. ¿Y si se fue?
—No tiene a dónde ir. No tiene dinero. Y ama al doctorcito. Va a venir.
En ese momento, una camioneta Suburban negra, blindada, con vidrios polarizados y placas gubernamentales, se detuvo frente a la entrada, bloqueando el paso de las patrullas.
Soto frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
La puerta del chofer se abrió y bajó un escolta armado que abrió la puerta trasera.
Primero bajó una mujer alta, de unos cincuenta años, vestida con un traje sastre negro de corte impecable, tacones de aguja que sonaban como martillazos contra el pavimento y un portafolios de piel roja. Tenía el cabello corto, gris acero, y una mirada que podría congelar el infierno. Era Carmen Verduzco, “La Viuda Negra”.
Y detrás de ella, bajó Ana.
Pero no era la Ana asustada de la noche anterior. Se había lavado la cara en casa del senador, se había peinado el cabello hacia atrás y caminaba con la cabeza erguida, flanqueada por la abogada.
Roberto dio un paso atrás.
—¿Quién es esa?
Soto tiró el cigarro. Su cara palideció.
—Mierda. Es Verduzco.
—¿Quién?
—La abogada de Monreal. La que defiende a los narcos y a los políticos. Esto no es bueno.
Ana y Carmen caminaron directo hacia ellos. Soto intentó poner su mejor sonrisa corporativa.
—Licenciada Verduzco, qué sorpresa. No sabía que tomaba casos de… beneficencia.
Carmen Verduzco ni siquiera lo miró. Pasó de largo como si Soto fuera un poste de luz. Se dirigió directamente al mostrador del Ministerio Público.
—¡Titular! —gritó Carmen con una voz que hizo eco en todo el edificio—. ¡Quiero al Agente del Ministerio Público Titular aquí, ahora!
Un hombre gordo con chaleco de la Fiscalía salió de una oficina, limpiándose salsa de la corbata.
—¿Quién grita? Aquí no es mercado.
Carmen sacó una tarjeta dorada de su bolsillo y se la puso en la frente al funcionario.
—Soy Carmen Verduzco, representante legal del Senador Felipe Monreal y defensora del Dr. Iván Valladares. Tiene usted detenido ilegalmente a mi cliente bajo cargos fabricados. Tiene cinco minutos para procesar su liberación inmediata o le juro por mi madre que antes de mediodía usted va a estar dirigiendo el tránsito en Iztapalapa.
El funcionario tragó saliva, mirando la tarjeta y luego a la Suburban afuera.
—Licenciada, hay una denuncia formal… robo, agresión… hay un parte médico del guardia…
—El guardia que, curiosamente, tiene antecedentes por extorsión, según revisé en el sistema hace diez minutos —interrumpió Carmen—. Y la “propiedad robada” es un documento que prueba un delito mayor cometido por la parte acusadora. Así que, o lo suelta por falta de elementos, o le finco responsabilidad a usted por complicidad en secuestro y fraude procesal. ¿Qué prefiere?
Soto se acercó corriendo.
—¡Espere, Licenciada! Eso es coacción. El Dr. Valladares fue atrapado en flagrancia.
Carmen se giró lentamente hacia Soto. Lo miró de arriba abajo con un desprecio absoluto.
—Ah, Soto. El coyote de Barrientos. Qué bajo has caído. ¿Extorsionando mujeres enfermas?
—Es un litigio legítimo…
—Cállate —dijo Carmen, suavemente—. Tú y yo vamos a hablar después. Ahorita estoy sacando a mi cliente. Si interfieres, te agrego a la denuncia penal que estoy redactando contra tu juez favorito.
El MP Titular no necesitó más.
—Tráiganme al detenido. ¡Rápido!
Diez minutos después, una puerta metálica se abrió. Iván salió, esposado, cojeando un poco. Cuando vio a Ana parada ahí, entera, fuerte, rodeada de poder, sus ojos se llenaron de lágrimas. No de tristeza, sino de alivio.
Le quitaron las esposas.
Ana corrió hacia él y lo abrazó. No le importó la suciedad, ni la sangre, ni el olor a cárcel. Lo abrazó como si quisiera fundirse con él.
—Te dije que te iba a sacar —le susurró ella al oído.
—Eres una leona, Ana —respondió él, besándole el pelo—. Una leona.
Carmen Verduzco carraspeó.
—Muy conmovedor, pero tenemos trabajo. Soto no se va a quedar quieto.
Salieron del MP. El sol brillaba ahora con fuerza. Soto y Roberto los miraban desde la banqueta, con caras de odio puro.
Carmen se detuvo frente a Soto antes de subir a la camioneta.
—Soto, un consejo de colega: busca un buen penalista. Porque el Senador Monreal está muy interesado en saber por qué el Juez Barrientos congela cuentas sin sustento legal. Creo que van a auditar ese juzgado. Y cuando Barrientos caiga… te va a arrastrar con él.
Soto no respondió. Estaba temblando.
Roberto, desesperado, gritó:
—¡Ana! ¡No puedes irte! ¡Soy tu esposo! ¡Tengo derechos sobre ti!
Ana se detuvo. Se soltó de Iván y caminó hacia Roberto. Se paró a un metro de él. Roberto, el hombre que la había hecho sentir pequeña durante treinta años, ahora se veía patético, sudoroso y asustado.
—Tú no eres mi esposo, Roberto —dijo Ana con voz calmada—. Eres un error de mi pasado. Y te tengo una noticia: tengo la bitácora. La tengo yo. Y la voy a presentar en el juicio. No me vas a declarar loca. Te voy a declarar yo a ti un delincuente. Disfruta tu libertad mientras puedas, porque Iván y yo te vamos a meter a la cárcel junto con tu enfermera.
Ana dio media vuelta, subió a la camioneta blindada junto a Iván, y el vehículo arrancó, dejando a Roberto y a Soto en medio de una nube de polvo y derrota.
En el asiento trasero de la Suburban, Iván se recargó en el hombro de Ana. Le dolía cada hueso, pero se sentía más vivo que nunca.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Carmen Verduzco, desde el asiento delantero, respondió sin voltear:
—Ahora vamos a legalizar esa bitácora ante notario antes de que “desaparezca”. Luego vamos al banco con una orden federal que acabo de conseguir para desbloquear tus cuentas. Y mañana… mañana empezamos la cacería.
—¿La cacería? —preguntó Ana.
—Sí —dijo Carmen, sonriendo al espejo retrovisor—. Vamos a demandar a Roberto, a Julia, a Soto y al hospital. Vamos a limpiar sus nombres. Y de paso, vamos a hacer que se arrepientan de haber nacido. Pero primero, doctor, necesita un baño y un bistec. Apesta usted a Ministerio Público.
Iván rio, una risa dolorosa pero libre.
—Ana, recuérdame nunca hacer enojar a esta abogada.
—Recuérdame nunca hacerte enojar a ti, Ana —corrigió Iván—. Me salvaste la vida.
—Estamos a mano, doctor —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de él—. Estamos a mano.
Pero la guerra no había terminado. Barrientos, el juez corrupto, al enterarse de la intervención de Monreal, no se asustó. Se enfureció. Era un hombre con conexiones en los cárteles inmobiliarios de la ciudad. Si la ley no podía detener a Iván y a Ana, tal vez otras fuerzas sí podrían.
Mientras la camioneta avanzaba segura hacia el norte de la ciudad, un teléfono sonó en un despacho oscuro en el Centro Histórico.
—¿Sí? —contestó una voz grave.
—Barrientos habla. Tenemos un problema con el tal Valladares. Necesito una solución definitiva. Un accidente. Algo que parezca un robo que salió mal.
—Entendido, licenciado. ¿Cuándo?
—Esta noche. No quiero que lleguen al juicio.
La leona había salvado a su compañero, pero la selva seguía llena de depredadores. Y esta vez, no venían con demandas, venían con plomo.
CAPÍTULO 7: LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS LARGOS
El sol de la tarde caía sobre la Ciudad de México, pintando de naranja los edificios y creando sombras largas que parecían dedos esqueléticos arrastrándose por el asfalto. Después de la victoria en el Ministerio Público, la camioneta blindada de la Licenciada Carmen Verduzco dejó a Ana e Iván frente a su edificio en la colonia Narvarte.
—Tengan esto —dijo Carmen, entregándoles un teléfono celular desechable—. Mi equipo de seguridad va a estar monitoreando la zona, pero no puedo poner escoltas en su puerta las 24 horas sin llamar la atención de la prensa. Si ven algo raro, lo que sea, marquen el número 1. Es línea directa con mi jefe de operaciones.
—Gracias, Carmen —dijo Iván, bajando con dificultad. El cuerpo le dolía como si lo hubieran atropellado, pero su espíritu estaba intacto.
—No me den las gracias todavía. Barrientos es un animal acorralado. Y los animales acorralados muerden. Cierren todo. No pidan comida a domicilio. Mañana a primera hora los recojo para ir al banco y luego a la conferencia de prensa. Vamos a hacer esto público.
La camioneta arrancó, perdiéndose en el tráfico de la Avenida Universidad. Ana e Iván se quedaron solos en la banqueta, mirando su edificio. Lo que antes era su refugio, su nido de amor improvisado, ahora se sentía como una trinchera.
Subieron en silencio. Al entrar al departamento, el olor a encierro y a la loción barata de Roberto (que había estado ahí la noche anterior invadiendo su espacio) les dio la bienvenida.
Ana fue directo a abrir las ventanas para que entrara el aire.
—Voy a limpiar —dijo, con esa necesidad compulsiva de borrar las huellas de los intrusos—. No quiero que huela a ellos.
—Ana, deja eso —Iván la tomó suavemente de los hombros—. Necesitas descansar. No has dormido en dos días.
—Si me siento, me derrumbo, Iván. Necesito hacer algo.
—Entonces cúrame —pidió él, señalando su labio partido y el golpe en el pómulo—. El gran cirujano no puede curarse la cara él solo.
Ana sonrió tristemente y fue por el botiquín. Se sentaron en el sofá, con la luz de la tarde iluminando el polvo que flotaba en el aire. Con un algodón empapado en alcohol, Ana limpió las heridas de Iván. Lo hacía con una delicadeza infinita, soplando suavemente cuando él hacía una mueca de dolor.
—Me golpearon feo —admitió él—. Pero no solté el libro. Hasta que me lo quitaron a la fuerza.
—Eres un terco. Podían haberte matado.
—Por ti, Ana, me dejo matar las veces que sea necesario.
Se miraron. En medio del caos, de las demandas, de la cárcel y el miedo, había un momento de paz absoluta. Iván le acarició la mejilla con sus dedos rasposos.
—Perdóname —susurró—. Yo te metí en esto. Si no te hubiera traído a mi casa, estarías tranquila, tal vez peleando el divorcio, pero viva. Ahora tienes precio en tu cabeza.
—Si no me hubieras traído a tu casa —respondió Ana, mirándolo a los ojos—, yo ya estaría muerta de tristeza en ese departamento vacío de la Doctores. O me habría muerto de hambre. Tú me diste vida, Iván. Ahora me toca a mí defenderla.
Se besaron. Fue un beso lento, sabor a sangre y alcohol, pero también a promesa.
Comieron unas latas de atún que encontraron en la alacena, porque Carmen les había prohibido pedir comida. Cayó la noche. Una noche sin luna, oscura y pesada.
A las diez de la noche, Iván estaba en el estudio (que ahora mantenían cerrado con llave) revisando los papeles de la bitácora que habían recuperado y legalizado esa misma tarde con un notario amigo de Verduzco. Ana estaba en la sala, intentando leer un libro, pero sus ojos repasaban la misma línea una y otra vez.
De pronto, la luz se fue.
No fue un apagón normal, de esos que bajan la intensidad poco a poco. Fue un corte seco. Click. Y luego, oscuridad total.
Ana se quedó paralizada en el sofá.
—¿Iván? —llamó, con la voz temblorosa.
Iván salió del estudio con una linterna táctica en la mano. Se movía agazapado, pegado a la pared.
—Shhh —hizo señas de silencio—. No es un apagón de la colonia. Las luces de la calle siguen prendidas.
Se acercó a la ventana y miró a través de la persiana. Las farolas de la calle iluminaban la banqueta. El edificio de enfrente tenía luz. Solo su edificio estaba a oscuras.
—Cortaron la luz desde el medidor —susurró Iván—. Están aquí.
El corazón de Ana empezó a latir tan fuerte que le dolían los oídos.
—¿Quiénes?
—Barrientos no iba a esperar al juicio. Carmen tenía razón.
Iván sacó el celular desechable que les dio la abogada. Marcó el 1.
Tuuu… tuuu…
—No hay señal —dijo Iván, mirando la pantalla con incredulidad—. Traen un inhibidor de señal. Son profesionales.
Un ruido en la puerta principal los heló. Alguien estaba manipulando la cerradura. No era un golpe bruto; era el sonido metálico de ganzúas trabajando con precisión.
—Vienen por nosotros —dijo Ana, sintiendo que el pánico le subía por la garganta.
—No —dijo Iván, tomándola del brazo—. Vienen por ti y por el libro. Pero no se van a llevar nada.
—¿Qué hacemos? Estamos en un tercer piso. No podemos saltar.
Iván miró a su alrededor. Su mente de cirujano, entrenada para tomar decisiones de vida o muerte en microsegundos, empezó a trabajar. Evaluó el escenario. Dos atacantes, tal vez tres. Armados. Profesionales. Ellos: un hombre herido y una mujer asustada, desarmados.
—Al baño de la recámara principal —ordenó Iván—. Tiene la puerta más sólida. Y tiene una ventana pequeña que da al cubo de luz. Es nuestra única salida si entran.
Corrieron hacia la recámara. Iván empujó el pesado tocador de madera contra la puerta de la habitación para ganar tiempo. Luego se encerraron en el baño.
Iván abrió la ventana del cubo de luz. Era un espacio estrecho, lleno de tuberías y cables.
—Ana, escúchame. Vas a salir por aquí. Hay una escalera de mantenimiento dos metros abajo. Tienes que bajar al departamento del vecino del segundo, el Sr. Martínez. Él es bueno. Toca su ventana hasta que te abra.
—¿Y tú?
—Yo los voy a retener aquí.
—¡No! ¡No te voy a dejar! —gritó Ana en un susurro desesperado.
—No cabemos los dos al mismo tiempo. Y alguien tiene que hacer ruido para que crean que seguimos aquí. Vete, Ana. ¡Vete ya!
En ese momento, escucharon un estruendo en la sala. La puerta principal había cedido. Pasos pesados, botas tácticas sobre la madera.
—¡Revisen los cuartos! —una voz distorsionada, probablemente por un pasamontañas, dio la orden—. El patrón quiere que parezca un robo. Que se vea desordenado. Pero quiero a la vieja muerta y al doctor también. Y busquen el libro.
Iván miró a Ana.
—Te amo —le dijo—. Ahora vete.
Ayudó a Ana a trepar a la ventana. Ana salió al cubo de luz, sintiendo el aire frío y húmedo. Se agarró de una tubería oxidada. Miró hacia atrás. Iván cerró la ventana del baño y apagó la linterna.
Ana bajó, resbalándose, raspándose las manos contra el concreto áspero. Llegó a la ventana del segundo piso. Estaba oscura. Empezó a golpear el vidrio. Toc, toc, toc.
—¡Señor Martínez! —susurró—. ¡Ayúdeme!
Arriba, en el departamento, Iván se preparaba para morir.
Pero no iba a morir de rodillas.
Tomó una botella de alcohol del botiquín y un encendedor. Tomó también una hoja de bisturí que guardaba en su neceser de viaje (viejas costumbres). Se paró detrás de la puerta del baño, esperando.
Escuchó cómo intentaban abrir la puerta de la recámara. El mueble que había puesto pesaba, pero los hombres eran fuertes.
—¡Aquí están! —gritó uno—. ¡La puerta está trabada!
—¡Tírala, pendejo!
Golpes. Uno, dos, tres. La madera crujió. El tocador se desplazó chirriando contra el piso.
Iván encendió el mechero.
La puerta de la recámara se abrió de golpe. Dos siluetas oscuras entraron, con las armas en alto, iluminando con láseres rojos.
—¡Salgan! —gritó uno—. ¡Sabemos que están en el baño!
Iván no contestó. Roció el alcohol en el piso, frente a la puerta del baño, y esperó.
—¡A la cuenta de tres, disparamos a través de la puerta! —gritó el sicario—. Una… dos…
Iván abrió la puerta del baño de golpe.
—¡Aquí estoy, cabrones!
Lanzó el encendedor al charco de alcohol.
¡FWOOSH!
Una llamarada azul y naranja se levantó instantáneamente entre él y los sicarios. El fuego, alimentado por los vapores en el espacio cerrado, creó una barrera térmica momentánea.
Los sicarios retrocedieron, sorprendidos por el fogonazo.
—¡Me quemo! —gritó uno, sacudiéndose el pantalón.
Iván aprovechó la confusión. No tenía armas de fuego, pero conocía la anatomía humana mejor que nadie. Sabía dónde dolía. Sabía dónde se apagaba el sistema.
Saltó a través de las llamas, cubriéndose la cara con el brazo. Se abalanzó sobre el hombre más cercano.
No apuntó al pecho ni a la cabeza. Apuntó al cuello.
Clavó la hoja de bisturí en la carótida del sicario. Fue un movimiento limpio, preciso, letal.
El hombre soltó el arma y se llevó las manos al cuello, gorgoteando sangre.
El segundo sicario, viendo caer a su compañero, giró el arma hacia Iván.
—¡Muérete, perro!
Iván intentó esquivar, pero estaba herido y cansado. El disparo sonó como un cañón en el cuarto cerrado.
Iván sintió un golpe caliente en el hombro izquierdo, como si un martillo al rojo vivo lo hubiera impactado. La fuerza del disparo lo lanzó hacia atrás, contra los azulejos del baño.
Cayó sentado, aturdido. El brazo izquierdo no le respondía.
El sicario sobreviviente, un tipo alto con ojos fríos detrás del pasamontañas, se acercó apuntándole a la cabeza.
—Se acabó el jueguito, doctor. ¿Dónde está la vieja?
Iván tosió. La vista se le nublaba.
—En el infierno… esperándote… —balbuceó.
El sicario amartilló la pistola.
—Salúdala de mi parte.
En ese instante, la ventana del cubo de luz estalló hacia adentro.
No era Ana.
Era una sombra negra que entró volando con una patada voladora que impactó al sicario en el pecho, lanzándolo contra la pared.
El sicario intentó levantarse, pero la sombra fue más rápida. Dos disparos secos, con silenciador. Pfft. Pfft.
El sicario cayó muerto.
La sombra se quitó los goggles tácticos. Era un hombre joven, musculoso.
—¿Doctor Valladares? —preguntó—. Soy “Eco”. Seguridad de la Licenciada Verduzco. Perdimos la señal del celular y subimos a revisar. Llego tarde, perdón.
Iván miró al hombre, luego miró su hombro sangrando.
—Llegas… justo a tiempo… —murmuró, y se desmayó.
Ana estaba en la sala del vecino, el Sr. Martínez, un jubilado sordo que apenas entendía qué pasaba. Ana había logrado entrar y estaba llamando a la policía desde el teléfono fijo del vecino cuando escuchó los disparos arriba.
—¡Iván! —gritó, soltando el teléfono.
Salió corriendo del departamento del vecino, subió las escaleras de dos en dos, ignorando el dolor de su espalda, ignorando el peligro.
La puerta de su departamento estaba abierta, destrozada. Había humo saliendo de la recámara. Olor a pólvora y carne quemada.
—¡Iván!
Entró tropezando con los muebles tirados. Llegó a la recámara. El fuego del alcohol ya se había extinguido, dejando el piso negro. Había dos cuerpos en el suelo que no eran Iván. Sangre. Mucha sangre.
Vio al hombre de seguridad arrodillado junto a Iván en el baño.
Ana se lanzó al suelo junto a él.
—¡Iván! ¡Iván, contéstame!
Iván estaba pálido, con los ojos cerrados. Su camisa blanca estaba empapada de rojo en el hombro.
—Está vivo, señora —dijo el guardia, presionando una toalla sobre la herida—. El tiro fue en el hombro. Perdió sangre, pero respira. La ambulancia ya viene.
Ana tomó la mano de Iván. Estaba fría.
—No te vayas —le rogó, besándole los dedos manchados de hollín—. No me dejes sola ahora que te encontré. Tú prometiste. Prometiste que estábamos a mano.
Iván abrió los ojos. Eran dos rendijas apenas.
—Ana… —susurró—. ¿El libro?
Ana rio entre lágrimas, una risa histérica y aliviada.
—El maldito libro está bien. Tú cállate y respira.
Las sirenas se escucharon abajo. Muchas sirenas. Pero esta vez no eran los policías corruptos de Barrientos. Carmen Verduzco había movilizado a la Guardia Nacional.
Cuando los paramédicos subieron a Iván a la camilla, Ana no se separó de él.
—Voy con él —dijo, con una voz que no admitía réplica.
—Señora, es protocolo…
—¡Soy su esposa! —gritó Ana—. Y soy la dueña de este desastre. ¡Me subo a esa ambulancia o quemo el edificio!
Los paramédicos la dejaron subir.
En el hospital (uno privado esta vez, propiedad de un amigo de Iván), Ana esperó mientras lo operaban para sacar la bala. Carmen Verduzco llegó a las tres de la mañana. Se veía furiosa, pero impecable.
—Esto fue un intento de ejecución —dijo Carmen, caminando de un lado a otro en la sala de espera—. Barrientos cruzó la línea. Ya no es corrupción, es terrorismo.
—¿Van a pagar? —preguntó Ana. Tenía la ropa manchada de la sangre de Iván y de hollín. Parecía una guerrera después de la batalla.
—Van a pagar —prometió Carmen—. Mi equipo recuperó los celulares de los sicarios muertos. Tenemos los mensajes. Tenemos la orden directa de un número vinculado a un prestanombres de Barrientos. Y tenemos la confesión del chofer que los esperaba abajo, que cantó como canario en cuanto vio a la Guardia Nacional.
El cirujano salió dos horas después.
—Está estable. La bala rompió la clavícula y dañó músculo, pero no tocó arterias ni pulmón. Tuvo suerte. Mucha suerte.
Ana suspiró, sintiendo que el peso del mundo se le quitaba de encima.
A la mañana siguiente, Iván despertó. Estaba grogui por la anestesia, pero consciente. Vio a Ana dormida en un sillón incómodo a su lado, sosteniendo su mano sana.
—Ana… —croó.
Ella despertó al instante.
—Hola, héroe —le dijo, acariciándole la frente.
—¿Ganamos? —preguntó él.
—Sobrevivimos —dijo Ana—. Que es lo mismo. Pero ahora… ahora vamos a ganar de verdad.
Esa tarde, desde la habitación del hospital, Ana grabó un video.
Iván estaba en la cama, pálido y vendado. Ana se paró a su lado, sosteniendo la bitácora de enfermería en una mano y la copia de la demanda de interdicción en la otra.
Miró a la cámara del celular con una frialdad que helaba la sangre.
—Mi nombre es Ana María Morán. Este es mi esposo, el Dr. Iván Valladares, ex neurocirujano y filántropo. Anoche, el Juez Quinto de lo Familiar, Luis Barrientos, en complicidad con mi exesposo Roberto Méndez y el abogado Carlos Soto, envió a dos sicarios a matarnos a nuestra casa.
Ana levantó la bitácora.
—Querían esto. La prueba de que no estoy loca. La prueba de que falsificaron mi expediente médico para robarse el patrimonio de mi esposo y declararme incapaz.
Acercó el libro a la cámara, mostrando las notas originales.
—Señor Presidente, Señor Fiscal General, medios de comunicación: aquí está la verdad. Intentaron matarnos para ocultarla. Fallaron. Ahora, nosotros vamos por ellos. No queremos dinero. Queremos justicia. Y no vamos a parar hasta verlos a todos tras las rejas.
Ana subió el video a Facebook, Twitter, TikTok y YouTube.
Carmen Verduzco usó sus redes de bots y contactos para viralizarlo.
En una hora, tenía cien mil vistas.
En tres horas, un millón.
El hashtag #JusticiaParaAnaEIvan se convirtió en tendencia nacional.
La opinión pública, harta de la corrupción, estalló.
La bomba había detonado. Y esta vez, la explosión no iba a destruir a Ana e Iván. Iba a destruir el sistema podrido que intentó aplastarlos.
CAPÍTULO 8: LA CURA DEL ALMA
El amanecer del día siguiente no trajo el sol habitual, sino una tormenta digital que sacudió los cimientos de la Ciudad de México. El video de Ana, grabado con el celular tembloroso pero con la voz firme de una generala, había dejado de ser una simple denuncia para convertirse en un fenómeno social.
En los noticieros matutinos, los presentadores ya no hablaban de política o del clima. Hablaban de “El Caso Valladares”.
—Es indignante —decía una conductora famosa en televisión nacional—. Un juez de lo familiar, coludido con criminales, intentando asesinar a un médico filántropo y a su esposa para robarles. ¿En qué país vivimos?
En el hospital, la habitación de Iván parecía un cuarto de guerra. Carmen Verduzco estaba sentada en el sofá, con tres teléfonos celulares sobre la mesa y una sonrisa de tiburón que acababa de oler sangre fresca.
—Los tenemos, Ana —dijo Carmen, colgando una llamada—. El Consejo de la Judicatura acaba de suspender al Juez Barrientos. Le congelaron las cuentas a él. ¡Qué ironía! Y la Fiscalía General de la República atrajo el caso. Ya no es un asunto local; es crimen organizado.
Ana estaba sentada junto a la cama de Iván, sosteniendo su mano buena. Iván estaba pálido, pero despierto, viendo las noticias en la televisión colgada en la pared.
—Nunca pensé que mi cara saldría en la tele y no fuera por un premio médico —bromeó Iván con voz rasposa.
—Eres famoso, mi amor —le dijo Ana, acariciándole el pelo—. Pero esta vez, eres el héroe, no el villano.
La Caída de los Ídolos de Barro
A las once de la mañana, la justicia, que en México suele ser una tortuga reumática, se convirtió en un jaguar hambriento gracias a la presión mediática.
En el despacho del Juez Barrientos, en los Tribunales de la Ciudad de México, el ambiente era de pánico. Barrientos, un hombre gordo y calvo que siempre había caminado por los pasillos como si fuera dueño del piso, estaba triturando documentos frenéticamente.
La puerta de su despacho se abrió de golpe. No tocaron. La patearon.
Entraron seis agentes de la Fiscalía con chalecos tácticos y armas largas.
—¡Luis Barrientos! —gritó el comandante—. ¡Queda detenido por tentativa de homicidio, fraude procesal, delincuencia organizada y enriquecimiento ilícito!
Barrientos intentó correr hacia la puerta trasera privada, pero un agente lo placó contra el escritorio de caoba.
—¡No saben con quién se meten! —chillaba el juez mientras le ponían las esposas—. ¡Soy amigo del Senador…!
—El Senador dice que no lo conoce —le susurró el comandante al oído—. Nadie lo conoce ya, licenciado. Está solo.
Lo sacaron arrastrando frente a las cámaras de televisión que esperaban en el pasillo. La imagen del juez corrupto, llorando y esposado, se transmitió en vivo a todo el país.
Al mismo tiempo, en un departamento de interés social en la colonia Portales, el drama era más doméstico pero igual de satisfactorio.
Roberto estaba metiendo ropa en una maleta vieja, sudando frío.
—¡Apúrate, estúpida! —le gritaba a Julia—. ¡Vámonos antes de que lleguen!
Julia estaba sentada en la cama, fumando, con la mirada perdida.
—¿A dónde vamos a ir, Roberto? —preguntó ella con voz muerta—. Bloquearon mis tarjetas. No tenemos coche. Nos vieron la cara.
—¡Nos vamos en camión! ¡A Guatemala, a donde sea! ¡Pero muévete!
—No —dijo Julia—. Yo no voy a ningún lado contigo. Tú me metiste en esto. “Es dinero fácil”, dijiste. “La vieja está loca”, dijiste.
Roberto se abalanzó sobre ella, agarrándola del brazo.
—¡Tú falsificaste las notas! ¡Tú eres la autora material! ¡Si me hundo yo, te hundes tú!
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
Golpes en la puerta.
—¡Policía de Investigación! ¡Abran o tiramos la puerta!
Roberto soltó la maleta. Se quedó paralizado.
Julia se levantó, caminó hacia la puerta y la abrió.
—Pásenle, oficiales —dijo ella, señalando a Roberto—. Él fue el que planeó todo.
Roberto gritó como un cerdo en el matadero cuando lo esposaron.
—¡Ana! —aullaba mientras lo bajaban por las escaleras del edificio, frente a sus vecinos chismosos—. ¡Ana, perdóname! ¡Soy tu esposo! ¡Anaaa!
Pero Ana no lo escuchaba. Ana estaba a kilómetros de distancia, firmando la autorización para la segunda cirugía de reconstrucción de clavícula de Iván.
El Renacimiento
Pasaron tres meses. Tres meses de declaraciones, de juzgados, de abogados. Pero esta vez, Ana e Iván no iban como víctimas. Iban como acusadores.
El Licenciado Soto, atrapado en un retén mientras intentaba huir a Toluca con una cajuela llena de efectivo, cantó todo. Delató a Barrientos, delató a la mafia inmobiliaria, delató a todos para intentar reducir su condena. No le sirvió de mucho. Le dieron veinte años.
A Roberto y a Julia les dieron doce años a cada uno. El juez (uno nuevo y honesto, vigilado con lupa por la prensa) fue implacable. “La traición a la confianza y la vulnerabilidad de la víctima son agravantes”, dictó la sentencia.
Pero la verdadera historia no estaba en los tribunales, sino en la recuperación.
Iván salió del hospital con el brazo en un cabestrillo y una cicatriz nueva, pero con el alma más ligera.
Regresaron al departamento de la Narvarte. Lo habían limpiado, pintado y cambiado los muebles. Ya no olía a miedo. Olía a hogar.
—Tengo que volver a trabajar —dijo Iván una mañana, mientras desayunaban en la terraza.
Ana lo miró, preocupada.
—Iván, tu hombro…
—Mi hombro está bien. Mi cabeza está bien. El dinero que recuperamos… los cuarenta y cinco millones y lo demás… no se puede quedar ahí pudriéndose en el banco.
Ana sonrió. Sabía que ese momento llegaría.
—La clínica de la Obrera nos quedó chica, ¿no crees?
—Nos quedó chica —confirmó él—. Quiero comprar el edificio de al lado. Quiero quirófanos, Ana. Quiero camas de recuperación. Quiero que la gente pobre tenga neurocirugía de primer mundo sin pagar un centavo.
Y así nació el Centro Médico “Segunda Oportunidad”.
No fue fácil. Tuvieron que remodelar, contratar personal, comprar equipos. Ana demostró ser una administradora feroz. Cada peso se estiraba. Negoció con proveedores, consiguió donaciones de farmacéuticas (usando la fama de Iván) y organizó el voluntariado.
Seis meses después del atentado, el centro se inauguró. No hubo políticos cortando el listón. Hubo pacientes.
El primer caso quirúrgico llegó una semana después.
Un niño de ocho años, Carlitos. Tumor cerebral. Sus padres habían sido rechazados de tres hospitales públicos por falta de cupo.
Iván revisó la resonancia magnética en su nuevo consultorio.
Ana lo observaba desde la puerta. Vio cómo le temblaba levemente la mano izquierda, la del hombro herido.
—¿Puedes hacerlo? —preguntó ella.
Iván cerró los ojos un momento. Recordó a Marisol, la paciente que murió. Recordó el miedo. Pero luego recordó la noche en que enfrentó a los sicarios con un encendedor y un bisturí. Recordó que estaba vivo gracias a Ana.
Abrió los ojos. Ya no había temblor.
—Puedo hacerlo.
La cirugía duró ocho horas. Ana esperó afuera, rezando, llevando café a los padres de Carlitos.
Cuando las puertas del quirófano se abrieron, Iván salió. Se quitó el cubrebocas. Estaba sudando, ojeroso, pero tenía esa sonrisa… esa sonrisa que Ana no le había visto nunca, ni en las fotos viejas. Era la sonrisa de la redención.
—Salió todo. El niño está bien. Va a vivir.
Los padres se le echaron encima, besándole las manos. Iván, el hombre que huía del contacto humano, los abrazó. Y lloró con ellos.
La Visita Inesperada
Un año después de aquel fatídico mensaje de texto (“Nos divorciamos”), Ana estaba en su oficina de la clínica revisando facturas.
La secretaria tocó la puerta.
—Señora Valladares, la buscan. Una muchacha. Dice que es su hija.
Ana se quitó los lentes de lectura. Claudia.
No la había visto en todo este tiempo. Claudia no había llamado cuando Ana estaba en el hospital. No había llamado cuando salió en las noticias. Llamaba ahora, que sabía que su madre era rica y famosa.
—Dile que pase.
Claudia entró. Se veía bien, elegante, pero nerviosa. Miró la oficina de caoba, el cuadro de Ana e Iván en la pared, el aire de autoridad que rodeaba a su madre.
—Hola, mamá —dijo Claudia, con voz chiquita.
—Hola, Claudia. Siéntate.
—Mamá… te vi en las noticias. Lo que pasó con papá… digo, con Roberto. Qué horror. Yo no sabía.
—No sabías porque nunca preguntaste —dijo Ana, tranquila. No había rencor en su voz, solo una verdad fría—. No llamaste cuando me operaron. No llamaste cuando me dejaron en la calle.
—Estaba ocupada, mamá. Tú sabes, el trabajo, los niños… Y luego me dio vergüenza. Y ahora… bueno, ahora veo que te va muy bien. Me da gusto.
Claudia miró el bolso de marca que Ana tenía sobre el escritorio.
—Mamá, la verdad es que vine porque… bueno, Ramiro se quedó sin trabajo. Y tenemos deudas. Y pensé que, como ahora tienes esta clínica y te casaste con el doctor millonario, a lo mejor podrías… prestarnos algo. Para los nietos.
Ana suspiró. Se levantó y caminó hacia la ventana. Vio a Iván en el patio de abajo, jugando fútbol con un paciente en recuperación.
Se giró hacia su hija.
—No, Claudia.
—¿Cómo? Pero si tienes millones…
—El dinero es de la Fundación. Es para la gente que no tiene nada. Tú tienes salud, tienes juventud y tienes un esposo.
Claudia se puso roja.
—¡Eres una egoísta! ¡Prefieres darle dinero a extraños que a tu propia sangre! ¡Papá tenía razón, cambiaste!
—Sí, cambié —dijo Ana, acercándose a ella—. Dejé de ser la alfombra que todos pisaban. Dejé de comprar cariño con servilismo.
Ana abrió un cajón y sacó una chequera. Escribió un cheque y se lo dio a Claudia.
—Toma.
Claudia lo miró. Eran cincuenta mil pesos.
—¿Esto es todo?
—Eso es para que pagues tus deudas inmediatas. Y es lo último que vas a recibir de mí en dinero. Si quieres mi cariño, mi tiempo, mis consejos, aquí estoy. Puedes venir a comer los domingos. Puedes traer a mis nietos para que conozcan a su abuela y a su abuelo Iván, que es un gran hombre. Pero no vuelvas a venir a pedirme dinero. Porque la Ana que mantenía parásitos se murió en aquel hospital.
Claudia se quedó muda. Miró el cheque, miró a su madre. Por primera vez, vio respeto en sus ojos. Respeto y miedo.
—Está bien, mamá. Gracias.
Se fue. Ana sabía que volvería, pero ya no como la hija exigente, sino como alguien que sabe su lugar.
El Final
Esa noche, cerraron la clínica temprano. Era su primer aniversario de bodas.
Iván llevó a Ana a cenar. No a un restaurante de lujo, sino a la azotea del edificio de la Narvarte, que habían acondicionado como un jardín privado.
Había velas, vino y música suave.
Se sentaron a mirar las luces de la ciudad. La ciudad que casi los devora, pero que al final los hizo fuertes.
—¿Te arrepientes? —preguntó Iván de repente.
—¿De qué?
—De haberle dicho a ese camillero viejo y triste: “Cásate conmigo”.
Ana rio y le tomó la mano, acariciando la cicatriz de la bala en su hombro, que se sentía bajo la camisa.
—Ese camillero viejo y triste me salvó la vida, Iván. Y luego resultó ser un príncipe, un guerrero y un genio. ¿Cómo me voy a arrepentir? Fue la mejor locura de mi vida.
—Yo sí me arrepiento de una cosa —dijo él, poniéndose serio.
—¿De qué?
—De haber perdido cinco años lamentándome, pensando que mi vida había acabado, cuando mi vida estaba esperándome en una cama de hospital de la colonia Doctores.
Iván sacó una cajita de terciopelo.
—Aquella vez nos casamos con prisa. Con un anillo barato. Y firmamos papeles en medio de una guerra. Quiero hacerlo bien.
Abrió la caja. Había un anillo hermoso. No era un diamante ostentoso y vulgar. Era un zafiro azul profundo, rodeado de pequeños brillantes. Elegante, eterno.
—Ana María Morán, mi leona, mi administradora, mi salvadora… ¿te quieres casar conmigo otra vez? ¿Pero ahora sí por amor, sin contratos, sin miedos, hasta que seamos viejitos y yo use pañal y tú me regañes?
Ana lloró. Lloró como no lo hacía desde aquel día terrible, pero ahora sus lágrimas eran dulces.
—Sí, doctor. Acepto. Acepto mil veces.
Se besaron bajo el cielo de la Ciudad de México, que por un milagro raro esa noche estaba despejado y dejaba ver las estrellas.
A lo lejos, se escuchaba una sirena de ambulancia. Pero ya no era un sonido de alarma para ellos. Era el sonido de su trabajo, de su misión.
Ana e Iván habían aprendido que la vida te puede romper en mil pedazos con un solo mensaje de texto. Pero también te puede reconstruir, pieza por pieza, si tienes el valor de pedir ayuda y la locura suficiente para enamorarte de un extraño que te ofrece la mano cuando estás en el suelo.
Y así, el camillero millonario y la esposa abandonada vivieron, no felices para siempre como en los cuentos, sino felices cada día, luchando, curando y amando, que es la única forma real de vivir.
FIN