
CAPÍTULO 1: Once Meses de Oscuridad y una Noche de Perros
En San Juan de los Cedros, el tiempo no se mide por relojes ni calendarios, sino por la caída del sol, el repique de las campanas y el filo de las lenguas de las vecinas. Y vaya que esas lenguas estaban afiladas aquel año. No se hablaba de otra cosa en el mercado, ni en la fila de las tortillas, ni siquiera a la salida de la misa de doce. El tema era uno solo: la barriga de Doña Lupe.
—Es cosa del Diablo, te lo digo yo —susurraba Doña Gertrudis, persignándose con una mano mientras con la otra escogía los tomates más rojos—. Ninguna cristiana carga una criatura por once meses. Eso ya no es niño, es un animal, o peor, un castigo por quién sabe qué pecados habrán cometido esos dos.
La gente en los pueblos no perdona lo diferente, y mi madre, Guadalupe, llevaba la diferencia clavada en el vientre como una cruz de madera pesada. Once meses. Trescientos treinta y tantos días sintiendo cómo yo me movía dentro de ella, pesada como una piedra de río, negándome a salir. Mi padre, Don José, un hombre de campo, de manos callosas y pocas palabras, caminaba por el pueblo con la cabeza gacha, sintiendo las miradas clavarse en su nuca como alfileres calientes.
—No les hagas caso, Lupe —le decía por las noches, mientras le frotaba los pies hinchados con alcohol y romero—. La gente habla porque tiene boca. Ya verás que cuando nazca, todo se olvida.
Pero mi madre sabía que no era verdad. En sus ojos se veía el miedo. No miedo al parto, sino miedo a lo que venía después. Ella sentía algo distinto. Las madres siempre saben.
La noche que decidí que ya era hora de enfrentarme al mundo, el cielo de la sierra decidió caerse a pedazos. No fue una lluvia cualquiera; fue el diluvio universal concentrado en nuestro pequeño valle. Eran cerca de las tres de la mañana cuando el primer trueno sacudió los cimientos de nuestra casa de adobe. El sonido fue tan fuerte que las gallinas en el patio cacarearon presagiando la desgracia y los perros aullaron como si hubieran visto a la Muerte paseando por la calle empedrada.
—¡José! —gritó mi madre. El grito se ahogó entre otro trueno, pero mi padre, que dormía con un ojo abierto desde hacía semanas, saltó del catre como si tuviera resortes. —¿Ya es hora? —preguntó, con la voz temblorosa. —¡Ya viene! ¡Siento que me parte en dos! ¡Ve por Doña Chole, por el amor de Dios!
José no lo pensó dos veces. Se echó el jorongo encima, agarró el sombrero aunque de poco le serviría con semejante aguacero, y salió a la noche cerrada. Las calles de San Juan eran ríos de lodo. El agua le llegaba a los tobillos, fría y violenta. Corría resbalándose, rezando padres nuestros atropellados, pidiéndole a la Virgen que su mujer no se le muriera en el parto y que la criatura… que la criatura fuera normal.
Doña Chole vivía al otro lado del arroyo, en una casita humilde rodeada de hierbas medicinales. Era la partera del pueblo, una mujer que había visto nacer a la mitad de San Juan y había cerrado los ojos de la otra mitad. Dicen que Chole sabía cosas que no venían en los libros, que hablaba con las hierbas y que podía saber si venía niño o niña con solo ver la forma de la panza.
José aporreó la puerta de madera vieja. —¡Doña Chole! ¡Abra! ¡Es la Lupe!
La vieja abrió casi de inmediato, como si hubiera estado esperando. Tenía una vela en la mano y el rostro surcado de arrugas profundas iluminado por la flama danzante. —Ya sabía que vendrías hoy, José —dijo con voz ronca—. Los nubarrones traen noticias pesadas.
El camino de regreso fue un calvario. El arroyo estaba creciendo y tuvieron que cruzar agarrados de las manos para que la corriente no se llevara a la vieja. Cuando llegaron al jacal de mis padres, mi madre estaba empapada en sudor, retorciéndose en las sábanas, mordiendo un trapo para no gritar y despertar a los vecinos metiches.
—Agua caliente y trapos limpios, ¡rápido! —ordenó Chole, tomando el control con la autoridad de un general en batalla.
Lo que pasó en las siguientes cuatro horas fue una guerra. Yo no quería salir. Era como si supiera que el mundo allá afuera no tenía lugar para alguien como yo. Mi madre pujaba hasta que las venas del cuello parecían a punto de estallar. Doña Chole le masajeaba el vientre, murmurando oraciones antiguas en una mezcla de español y náhuatl, pidiendo permiso a la tierra para que soltara el fruto.
El viento aullaba afuera, golpeando las ventanas de madera como si quisiera entrar a ver el espectáculo. Adentro, el olor a sangre, a sudor y a cera quemada llenaba el aire.
—¡Ya veo la cabeza! —gritó Chole—. ¡Una más, Lupe! ¡Con todo el alma, mujer!
Con un alarido que se confundió con el estruendo de un rayo cayendo cerca, en el fresno del patio, nací.
Pero no hubo el llanto típico de los bebés. Hubo un silencio espeso, pegajoso. Solo se oía el jadeo agónico de mi madre y el golpeteo furioso de la lluvia en el techo de lámina de la cocina anexa.
Doña Chole me recibió en sus manos expertas. Me limpió la cara rápidamente para que respirara. Solté un gemido débil, como de gato mojado. Pero Doña Chole no dijo la frase mágica. No dijo “Es un varoncito fuerte” ni “Es una niña preciosa”.
Se quedó quieta. Inmóvil. La vela proyectaba sombras largas en la pared que parecían monstruos danzando.
—¿Chole? —preguntó mi padre, acercándose con miedo—. ¿Qué pasa? ¿Está… está muerta? —No —dijo la partera en un susurro que heló la sangre de José más que el frío de la tormenta—. Está viva. Pero…
Mi madre intentó levantarse sobre sus codos, ignorando el dolor que le desgarraba las caderas. —¿Pero qué? ¡Dámela! ¡Quiero ver a mi hija!
Doña Chole envolvió mi cuerpo tembloroso en una manta de lana gris, pero dejó la parte de abajo descubierta intencionalmente. Se giró hacia mi padre y le mostró lo que había entre mis piernas.
José se acercó, entrecerrando los ojos bajo la luz tenue. Y entonces lo vio. El mundo se detuvo para él. Ahí estaba. La imposibilidad biológica. El escándalo. La maldición. Yo tenía la fisonomía delicada de una niña, pero también poseía los genitales de un varón. Ambos coexistiendo en un cuerpo diminuto y rosado.
—Santo Dios bendito… —José se llevó las manos a la boca, retrocediendo hasta chocar con la pared—. ¿Qué es esto, Chole? ¿Qué clase de monstruo nos mandó el cielo? —¡Cállate, José! —le gritó mi madre, con ese instinto feroz que les nace a las mujeres cuando tocan a sus críos—. ¡Tráemela!
Chole se la entregó. Lupe me revisó frenéticamente. Contó mis dedos de las manos, los de los pies, miró mis ojos que apenas se abrían. Y luego, bajó la vista. Sus dedos rozaron mi piel. Lloró. No de asco, sino de una pena infinita.
—Mi niña… mi pobre niña —sollozó, abrazándome contra su pecho sudoroso—. ¿Qué va a ser de ti en este mundo de gente mala?
La realidad cayó sobre ellos como una losa de concreto. Estábamos en un pueblo donde la gente se santiguaba si veían a un gato negro, donde quemaban leña verde si alguien les hacía mal de ojo. Si el pueblo se enteraba de que la hija de los Martínez había nacido “con las dos cosas”, no solo seríamos la burla. Seríamos los parias. Podrían acusarnos de brujería. Podrían decir que mi madre se acostó con el Chamuco. Podrían apedrear la casa. O peor, podrían querer “arreglarme” a la fuerza.
El miedo transformó a mi padre. Dejó de temblar y sus ojos se llenaron de una determinación fría. Miró a la partera, que estaba limpiándose las manos en una palangana de agua sanguinolenta.
—Chole —dijo José, con voz grave. La partera levantó la vista. —Dígame, Don José. —Nadie puede saber esto. Nadie. Chole suspiró, negando con la cabeza. —José, en este pueblo hasta las paredes oyen. Tarde o temprano… —¡No! —interrumpió él—. Escúchame bien. Tú viste nacer a una niña. Una niña sana. Y punto. —José, yo no puedo mentir ante Dios… —¡Olvídate de Dios ahorita! —José corrió hacia un viejo baúl de madera que tenía en la esquina del cuarto. Rebuscó entre papeles amarillentos y sacó un documento doblado—. Mira esto.
Era la escritura de “La Joya”, un terreno de tres hectáreas pegado al río, la tierra más fértil que tenía mi padre. Era su orgullo, la herencia para sus hijos, su seguro de vejez.
—Tú siempre has querido un buen pedazo de tierra para sembrar tus hierbas y tener tus chivos, ¿verdad, Chole? —José le puso el papel en la mano a la partera—. Es tuya. “La Joya” es tuya. Mañana mismo vamos con el notario y digo que te la vendí o que te la regalé por deuda. Pero te la quedas.
Doña Chole miró el papel. Sus manos temblaban. Ese terreno valía más que todo lo que ella ganaría en diez vidas de partera. —José… esto es mucho… —No es nada comparado con la vida de mi hija —dijo él, con lágrimas en los ojos—. Solo te pido una cosa. Jura por la Santísima Virgen de Guadalupe, jura por la memoria de tu madre, que jamás saldrá de tu boca lo que viste esta noche. Para el mundo, Amara es mujer. Y si alguien pregunta, tú no viste nada raro.
Hubo un silencio largo, solo roto por el sonido de la lluvia que empezaba a amainar, convirtiéndose en un repiqueteo constante y triste. Chole miró a mi madre, que me mecía protectoramente, y luego miró el papel en su mano.
Guardó la escritura en el bolsillo de su delantal. —Lo juro —dijo Chole, haciendo la señal de la cruz y besándose el dedo pulgar—. Por esta cruz y por mi salvación eterna. Esa criatura es una niña. Su secreto se irá conmigo a la tumba.
Mi padre soltó el aire que tenía contenido en los pulmones y se dejó caer en una silla, tapándose la cara. —Gracias… gracias.
Así se selló mi destino. En medio de una tormenta, comprada con tierra fértil y miedo. A la mañana siguiente, cuando salió el sol y el vapor empezó a levantarse de la tierra mojada, Doña Chole salió de la casa con una sonrisa cansada. Las vecinas, que ya estaban barriendo las banquetas y estirando el cuello para ver qué pasaba, la abordaron de inmediato.
—¿Y qué fue, Chole? ¿Qué nació? —preguntó Doña Gertrudis, ansiosa. Chole se acomodó el rebozo y alzó la voz para que todos escucharan. —Fue niña. Una niña preciosa y sana. Se llama Amara. Y dejen de inventar cuentos, viejas argüenderas, que tardó en nacer porque es una niña grande y fuerte, nada de cosas del diablo.
El pueblo pareció decepcionado de que no hubiera nacido un monstruo con cuernos, pero aceptaron la noticia. Sin embargo, mis padres sabían que el peligro apenas comenzaba.
Desde ese primer día, mi crianza fue distinta. Mientras a otros bebés los dejaban encueraditos para que les diera el aire en los días de calor, a mí me tenían siempre envuelta como tamal, capa tras capa de tela. —Es que es muy friolenta —decía mi madre cuando alguna tía quería cambiarme el pañal. —Déjala, yo lo hago —saltaba Lupe como leona, arrebatándome de los brazos de cualquiera que intentara ver más allá de la ropa.
Crecí sabiendo que había algo en mí que debía ocultarse a toda costa. No entendía qué era al principio, solo sabía que mi cuerpo era un secreto de estado. Aprendí a caminar, a hablar y a mentir al mismo tiempo.
Recuerdo una tarde, tendría yo unos cinco años. Estaba jugando en el patio con unos carritos de madera que mi papá me había tallado. Hacía un calor infernal, de esos que hacen que las chicharras canten hasta reventar. Mi primo Beto, que tenía mi misma edad, entró corriendo al patio. —¡Vamos a mojarnos con la manguera, Amara! —gritó, ya en calzoncillos, feliz. Yo sentí el impulso de correr, de sentir el agua fresca. Empecé a desabotonarme el vestido. De repente, sentí un jalón fuerte en el brazo. Era mi madre. Tenía la cara pálida, descompuesta. —¡No! —me gritó, tan fuerte que Beto se asustó y salió corriendo—. ¡Tú no, Amara! ¡Tú nunca!
Me arrastró adentro de la casa y me sentó en la cocina. —Escúchame bien, mijita —me dijo, tomándome la cara con sus manos ásperas, mirándome fijo a los ojos—. Tú eres especial. Dios te hizo… distinta. Pero la gente afuera es mala. Si te ven sin ropa, si ven lo que tienes… nos van a hacer daño. A ti, a papá y a mí. Nos van a correr del pueblo. ¿Entiendes?
Yo no entendía del todo, pero el miedo en sus ojos se me contagió. —Sí, mamá. —Nadie te toca. Nadie te ve. Eres una niña decente. Las niñas decentes no enseñan nada. Prométemelo. —Lo prometo.
Esa promesa se convirtió en mi jaula. Mientras las otras niñas crecían, iban al río a lavarse el pelo, se cambiaban juntas en los vestidores de la escuela riéndose y comparando cómo les crecían los pechos, yo vivía en las sombras. Me volví una experta en el arte de la evasión. —Amara, ven al baño con nosotras. —No, ya fui en mi casa. —Amara, vamos a nadar. —No, me duele el oído, el doctor me lo prohibió.
Mentira tras mentira. Ladrillo tras ladrillo construyendo un muro alrededor de mí misma. La gente del pueblo, siempre pronta a juzgar, empezó a etiquetarme. “La Amara es muy rara”, decían. “Es huraña”. “Es santurrona”. “Se cree mejor que las demás”. No sabían que mi soledad no era soberbia, era supervivencia.
Mi padre trabajaba de sol a sol para recuperar la tierra que había perdido, pero nunca se quejó. A veces, por las noches, lo veía mirarme con una mezcla de orgullo y tristeza. —Eres fuerte, mija —me decía—. Más fuerte que cualquier hombre de este pueblo. Yo no me sentía fuerte. Me sentía rota. Un rompecabezas mal armado.
Los años pasaron volando, como hojas secas en el viento. Mi cuerpo cambió. Me estiré, mis caderas se redondearon, mi pecho creció. Por fuera, era la imagen viva de la feminidad mexicana: cabello negro largo y trenzado, ojos oscuros y grandes, cintura breve. Era hermosa, decían. “Qué lástima que sea tan rara”, escuchaba que decían los muchachos en la plaza. “Tan bonita y tan apartada”.
Pero había cosas que no podía controlar. A veces sentía impulsos, una energía extraña, una fuerza física que no correspondía a las muchachas de mi edad. Ayudaba a mi padre a cargar costales de maíz de cincuenta kilos como si fueran plumas, y él me miraba nervioso, rogando que nadie viera mi fuerza “impropia”.
—No hagas eso en frente de la gente, Amara —me regañaba en voz baja—. Que te vean tejiendo, no cargando.
Así llegué a los veinte años. Virgen, solitaria y guardiana del secreto más peligroso de la región. Pensé que mi vida sería así para siempre: cuidar a mis viejos, heredar la casa y morir sola con mi secreto. Pero el destino, ese viejo burlón, tenía otros planes.
Un domingo de feria, mientras yo vendía tamales en el puesto de mi madre para ayudar con los gastos, él se acercó. Tadeo. El hijo del caporal de la hacienda vecina. Alto, con esa sonrisa que te desarmaba y unos ojos color miel que parecían ver directo a tu alma. —Me da dos de rajas, señorita —dijo, y su voz sonó como música en medio del ruido de la banda. Le serví los tamales sin levantar la vista, con la timidez que era mi escudo. —Aquí tiene. —Gracias… Amara, ¿verdad? Levanté la vista, sorprendida. —¿Sabe mi nombre? —Todo el mundo sabe tu nombre, Amara. Eres la flor más difícil de alcanzar de este jardín.
Sentí que la cara me ardía. Nadie me había hablado así. Me dio miedo. Mucho miedo. —Con permiso —dije, y me escondí detrás de la olla de vapor. Pero Tadeo no se fue. Se quedó ahí, comiéndose su tamal despacito, mirándome como si yo fuera la única mujer en el mundo.
Ese día, sin saberlo, comenzó mi verdadera tragedia. Porque enamorarse, para alguien como yo, no era una bendición. Era una sentencia de muerte. Y yo, tonta y joven, estaba a punto de poner la soga en mi propio cuello.
CAPÍTULO 2: Flores en la Ventana y una Boda con Sabor a Despedida
Dicen los viejos del pueblo que cuando el amor te pega, no hay ni santo ni remedio casero que te lo cure. Y Tadeo me pegó fuerte, como un trago de mezcal bronco que te quema la garganta pero te calienta el alma. Después de aquel día en la feria, cuando se comió los tamales mirándome como si yo fuera el mismísimo postre, mi vida de encierro y silencio se empezó a grietar.
Yo traté de huir. Dios sabe que traté. Me escondía cuando pasaba con su caballo frente a mi casa. Si lo veía en el mercado, me metía a la iglesia a rezar rosarios que no debía, solo para no cruzarme con él. Pero Tadeo era terco como una mula de arado. Y en un pueblo como San Juan de los Cedros, donde el cortejo es un deporte nacional, no había rincón donde pudiera esconderme de su insistencia.
Empezó con los detalles chiquitos. Un día amanecía una rosa roja, de esas de terciopelo que huelen a gloria, atorada en la reja de mi ventana. Otro día, mandaba a un chiquillo con un papelito doblado cuatro veces que decía cosas sencillas: “Tus ojos son lo único que quiero ver al amanecer”. Yo leía aquellos recados con el corazón galopando como loco en el pecho, y luego los quemaba en el comal, llorando, viendo cómo las palabras de amor se convertían en ceniza negra.
—¿Quién te manda eso, Amara? —me preguntó mi madre una tarde, viéndome con los ojos rojos por el humo y el llanto. —Nadie, amá. Basura nomás.
Pero mi madre no era tonta. Sabía que Tadeo andaba rondando. Lo veía pasar despacito, quitándose el sombrero con respeto cada vez que ella salía a barrer. Y vi en sus ojos el mismo miedo que yo sentía. El miedo de que el amor destapara la cloaca de nuestro secreto.
Sin embargo, Tadeo no se rindió. Una noche de abril, cuando el calor ya no dejaba dormir y los grillos cantaban fuerte, escuché el rasgueo de una guitarra. Luego, la trompeta chillona pero alegre de un mariachi. El corazón se me subió a la garganta. “Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida…”
La voz de Tadeo no era la de un cantante profesional, pero tenía ese sentimiento ronco de los hombres de campo que cantan con las entrañas. Me asomé por la rendija de la ventana. Ahí estaba él, con su camisa blanca almidonada, el sombrero en la mano y la cara iluminada por la luz de un farol y la luna llena. Todo el vecindario salió. Doña Gertrudis, la chismosa número uno, estaba en bata y tubos, mirando con envidia. Las muchachas casaderas suspiraban desde sus balcones. Tadeo, el soltero de oro, le estaba llevando gallo a la “rara” del pueblo.
—Sal, Amara —susurró mi padre detrás de mí. Estaba en calzoncillos y camiseta de tirantes, pero tenía una expresión extraña. —No puedo, papá. Si salgo, le estoy dando esperanzas. Y yo no puedo darle nada a ese hombre más que vergüenza. —Mija —dijo mi padre, poniéndome una mano en el hombro—, llevas veinte años viviendo como monja. ¿No te mereces, aunque sea un ratito, sentirte mujer? Sal. Que el pueblo vea que mi hija también vale.
Esas palabras me empujaron. Me puse el rebozo, me arreglé la trenza como pude y abrí la puerta. Cuando Tadeo me vio, sonrió. Y juro que en ese momento, el secreto, el miedo, la anatomía extraña que escondía bajo mis enaguas, todo desapareció. Solo éramos él y yo. Bajé los escalones y él se acercó. Olía a jabón de lavanda, a tabaco y a campo. —Pensé que no ibas a salir —me dijo bajito, mientras los mariachis tocaban el final de la canción. —Usted está loco, Tadeo. Va a despertar a los muertos. —Por ti despierto a quien sea, Amara.
Esa noche, frente a todo el pueblo, me tomó la mano. Su mano era grande, caliente, callosa. La mía temblaba como hoja en tormenta. Y por primera vez, no la retiré.
Los meses siguientes fueron un sueño del que yo sabía que tendría que despertar. Nos hicimos novios “oficiales”. Paseábamos los domingos por la plaza, dando vueltas al kiosco bajo la mirada vigilante de las señoras y los guiños cómplices de los hombres. Nos sentábamos en las bancas de hierro forjado a comer helados de nieve de garrafa, hablando de todo y de nada.
Tadeo me contaba sus planes. Quería comprar más tierras, sembrar aguacate, arreglar la casa de sus abuelos. —Y quiero llenarla de chamacos —me dijo una tarde, apretándome la mano—. Unos tres o cuatro. Que corran por el patio y den lata.
Sentí un frío helado en el estómago. Chamacos. Hijos. Yo no sabía si podía tener hijos. No sabía ni siquiera qué era yo por dentro. Doña Chole me había dicho que tenía matriz, pero también tenía lo otro. ¿Funcionaba? ¿Era estéril? Y peor aún… ¿cómo iba a tener hijos si ni siquiera podía dejar que él me viera desnuda para engendrarlos?
—Amara, te pusiste pálida —dijo Tadeo, preocupado—. ¿Te cayó mal la nieve? —Sí… creo que me asoleé mucho —mentí, apartando la mirada.
Cada vez que él hablaba del futuro, yo sentía que le estaba robando. Estaba estafando al hombre más bueno del mundo. Debí haberlo cortado ahí mismo. Debí decirle: “Tadeo, búscate a otra. Búscate a Rosa o a María, ellas son mujeres completas. Yo soy un rompecabezas mal hecho”.
Pero el egoísmo del amor es traicionero. Yo lo quería. Me gustaba cómo me miraba, me gustaba sentirme normal, admirada, querida. Me aferré a la fantasía de que, tal vez, el amor de Tadeo fuera tan grande que, cuando supiera la verdad, me perdonaría. O tal vez, en mi ingenuidad de virgen ignorante, pensaba que podíamos vivir como hermanos, amándonos sin tocarnos. ¡Qué estúpida fui!
El día que me pidió matrimonio fue el día más feliz y más triste de mi vida. Fue en la fiesta patronal de San Juan. Había castillo de fuegos artificiales, torito y banda de viento. En medio del alboroto, Tadeo se subió al kiosco, paró a la banda y tomó el micrófono.
—¡Pueblo de San Juan! —gritó, con esa voz potente que tenía—. ¡Quiero que sean testigos! Bajó las escaleras, caminó hacia donde yo estaba parada junto a mis padres, y se hincó en la tierra. Sacó una cajita de terciopelo. —Amara Martínez, eres la luz de mis ojos y la dueña de mis suspiros. ¿Me harías el honor de ser mi esposa?
El pueblo entero contuvo el aliento. Sentí las miradas de cientos de personas. Sentí la mano de mi madre apretando mi brazo, tensa como una cuerda de violín. Si decía que no, humillaba a Tadeo frente a todos y condenaba mi vida a la soledad eterna. Si decía que sí, firmaba mi sentencia y empezaba una cuenta regresiva hacia el desastre.
Miré a Tadeo. Sus ojos brillaban con esperanza pura. No había malicia en él, solo amor. —Sí —dije, con un hilo de voz—. Sí, acepto.
El grito del pueblo fue ensordecedor. La banda tocó una diana triunfal. Tadeo me cargó en el aire y me dio vueltas. Yo reía, pero por dentro estaba llorando. Me sentía una criminal.
Esa noche, en la soledad de nuestra cocina, mis padres me sentaron a la mesa. La atmósfera era de funeral, no de boda. —Mija… ¿qué hiciste? —preguntó mi madre, con la voz quebrada—. ¿Tú sabes lo que implica casarse? Un hombre tiene necesidades. Tadeo va a querer… tú sabes. —Lo sé, mamá. —¿Y qué le vas a decir? —intervino mi padre, golpeando la mesa con frustración—. ¿Qué le vas a decir cuando te quite el vestido y vea… eso? Nos van a matar, Amara. Tadeo se va a sentir engañado. Es un hombre de honor, pero el honor herido se vuelve sangre. —No sé, papá —lloré, tapándome la cara—. Lo quiero. No podía decirle que no. Tal vez… tal vez si le explico despacito… tal vez si me quiere tanto… —El amor no aguanta tantas mentiras —sentenció mi padre, levantándose—. Que Dios nos agarre confesados, porque lo que se viene es una tormenta peor que la que te trajo al mundo.
Los preparativos de la boda fueron un calvario disfrazado de fiesta. Todo el pueblo quería participar. Las tías tejían servilletas, las vecinas preparaban los moles. Pero el problema mayor fue el vestido. Doña Chole, que además de partera y curandera sabía coser, fue la única a la que dejamos acercarse.
—Quiero que sea ampón, Chole —le dije—. Con muchas faldas. Mucho tul. Que no se marque nada. —Ay, niña —suspiraba la vieja mientras me tomaba las medidas con las manos temblorosas—. Estás jugando con fuego. Ese muchacho es mucha pieza para que le hagas esto. —No me regañe, Chole, mejor ayúdeme. Póngale doble forro aquí abajo. Y un corsé duro arriba. —Te vas a asfixiar. —Prefiero asfixiarme a que se me note algo.
El día de la prueba final, me vi en el espejo. El vestido era hermoso, lleno de encajes y bordados de flores blancas. Me veía como una princesa de cuento. Pero yo sabía que debajo de esas capas de tela cara, estaba el monstruo. Me sentía disfrazada. —Te ves hermosa —dijo mi madre, llorando en la esquina del cuarto. Pero no eran lágrimas de felicidad, eran de despedida. Ella sentía que estaba entregando a su hija al matadero.
Llegó el día. Un sábado de octubre, con el cielo azul límpido y el viento fresco de la sierra. Las campanas de la iglesia repicaron desde temprano. Me vistieron entre mi madre y Doña Chole. Me apretaron el corsé hasta que casi no podía respirar. Me pusieron calzones especiales, fajados y apretados, para disimular mi anatomía. Me dolía, me cortaba la circulación, pero no me quejé. El dolor físico era preferible a la vergüenza.
Caminé hacia el altar del brazo de mi padre. Él iba rígido, sudando frío. La iglesia estaba a reventar. Había flores blancas por todos lados, nardos y azucenas que mareaban con su olor dulce. Al final del pasillo, Tadeo me esperaba. Se veía tan guapo con su traje de charro de gala, con la botonadura de plata brillando. Cuando me vio, se le aguaron los ojos. —Te ves… no tengo palabras —me susurró cuando mi padre me entregó. —Cuídala mucho, muchacho —le dijo mi padre, con una voz que sonaba a advertencia y súplica al mismo tiempo—. Cuídala más que a tu vida, porque es frágil. —Con mi vida, Don José. Lo juro.
La ceremonia pasó como en una neblina. El padre hablaba de la unión sagrada, de ser una sola carne. Yo sentía que me iba a desmayar. Cuando llegó el momento de los anillos, me temblaban tanto las manos que casi se me cae el de Tadeo. —Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre —dijo el cura. “Y que no lo separe mi secreto”, pensé yo.
Salimos de la iglesia bajo una lluvia de arroz y pétalos. La fiesta fue monumental. Mataron tres vacas y cinco cerdos. Había cazuelas de arroz rojo, frijoles puercos, mole poblano y torres de tortillas hechas a mano. El mezcal corría como agua. Bailamos el vals. Bailamos la “víbora de la mar”, donde Tadeo y yo hacíamos el arco con las manos y todos pasaban corriendo y riendo. Me sentía mareada, eufórica y aterrorizada. Tadeo no me soltaba. Me besaba la mano, el cuello, la mejilla. —Ya quiero que se acabe esto —me susurró al oído, con voz ronca, mientras bailábamos una balada—. Ya quiero estar solo contigo. Quiero quitarte ese vestido y amarte hasta que amanezca.
El estómago se me hizo nudo. El momento se acercaba. La gente gritaba: “¡Beso! ¡Beso!” y nosotros nos besábamos. “¡Que vivan los novios!” “¡Que tengan muchos hijos!”
Cada bendición se sentía como una maldición. Finalmente, la fiesta terminó. Los últimos borrachos se quedaron dormidos bajo las mesas o se fueron cantando por las calles. Tadeo y yo nos subimos a su camioneta, adornada con latas y flores, y nos fuimos a nuestra nueva casa. Una casita que él había pintado de azul cielo, con macetas de geranios en la entrada.
Entramos. Él me cargó para cruzar el umbral, como marca la tradición. Me depositó en el suelo de la sala con una delicadeza infinita. Cerró la puerta con llave. El sonido del cerrojo metálico, clac, resonó en la casa vacía como un disparo. Se acabó el ruido. Se acabó la gente. Se acabaron las distracciones. Ahora éramos solo él, yo, y la verdad.
La casa olía a limpio y a cera de las velas que él había encendido. Había preparado todo para que fuera romántico. —Estás temblando, mi amor —dijo, acercándose y abrazándome por la cintura. Yo estaba rígida como un poste. —Es que… estoy nerviosa. —Es normal —sonrió él, acariciándome la cara con sus dedos rasposos—. Es tu primera vez. Pero te prometo que seré suave. No te voy a lastimar. Te voy a cuidar.
Me llevó a la recámara. Había una cama grande, de madera tallada, con sábanas blancas inmaculadas bordadas por mi madre. Esas sábanas que esperaban la mancha de sangre que probara mi virginidad, pero que yo temía mancharan con la verdad de mi deformidad.
Tadeo empezó a besarme. Besos largos, profundos, llenos de pasión contenida por meses de espera. Sus manos empezaron a bajar por mi espalda, buscando el cierre de mi vestido. —Eres tan hermosa, Amara. Déjame verte. Déjame adorarte. El cierre bajó con un siseo suave. El vestido se aflojó. El pánico me invadió. Un pánico animal, irracional. Si él me veía ahora, el amor se convertiría en asco en un segundo. No estaba lista para ver morir ese amor. No esa noche.
Me aparté de golpe, casi empujándolo. —¡No! —grité. Tadeo se quedó paralizado, con las manos en el aire, confundido. —¿Amara? ¿Qué pasa? Me abracé el vestido contra el pecho, retrocediendo hasta la pared. —No puedo… Tadeo, no puedo. —¿Te lastimé? ¿Hice algo mal? —No, eres tú… soy yo. Por favor, no me toques. No todavía. Él frunció el ceño, una sombra de duda cruzando su cara por primera vez. —Pero… somos esposos. Llevamos meses esperando esto. Te he respetado, te he esperado. Hoy es nuestra noche. —Lo sé, pero tengo miedo. Mucho miedo. —¿Miedo de mí? —su voz sonó dolida—. ¿Crees que te voy a forzar? Amara, te amo. —No es eso. Es que… necesito tiempo. Por favor, Tadeo. Si me quieres, dame tiempo. Apaga la luz. Déjame dormir así.
El silencio que siguió fue pesado. Tadeo me miró largo rato, buscando una explicación en mis ojos, pero yo solo le ofrecía lágrimas. Finalmente, suspiró. Un suspiro largo y cansado que me rompió el corazón un poquito más. —Está bien, Amara. No te voy a obligar a nada. Si necesitas tiempo, te lo doy. Pero no entiendo. De verdad no entiendo.
Se quitó el saco y lo tiró en una silla con frustración. Se quitó las botas haciendo ruido. Apagó la luz, dejándonos en la oscuridad. Se acostó en su lado de la cama, dándome la espalda. Yo me metí bajo las sábanas con todo y ropa interior, con el corsé todavía clavándose en mis costillas, sintiéndome la mujer más miserable del mundo.
—Buenas noches —dijo él, seco. —Buenas noches —susurré.
Esa noche, mi noche de bodas, no hubo pasión ni promesas de amor eterno al oído. Hubo un hombre confundido mirando a la pared y una mujer llorando en silencio, sabiendo que acababa de poner el primer clavo en el ataúd de su matrimonio. Afuera, el viento soplaba suave, pero yo sabía que la verdadera tormenta apenas se estaba formando dentro de esas cuatro paredes.
Y lo peor era que esto solo era el comienzo. Porque un hombre enamorado tiene paciencia, pero un pueblo chismoso tiene prisa. Y mañana, cuando vieran que no colgábamos la sábana manchada al sol como dictaba la costumbre más rancia, las preguntas empezarían. Y con las preguntas, vendría el infierno.
CAPÍTULO 3: El Silencio de las Sábanas Blancas y el Veneno del Pueblo
En los pueblos como San Juan de los Cedros, el amanecer después de una boda es casi tan importante como la boda misma. Hay una costumbre antigua, bárbara si me lo preguntan ahora, pero sagrada en aquel entonces: la revisión de las sábanas. Las viejas del pueblo, madrugadoras por vicio y curiosidad, pasan “casualmente” frente a la casa de los recién casados esperando ver colgada en el tendedero la sábana blanca con la mancha roja, el trofeo de sangre que grita al mundo que la novia era pura y que el novio cumplió como macho.
Pero en mi casa, el tendedero estaba vacío.
Me levanté antes de que saliera el sol, con el cuerpo dolorido no por el amor, sino por la tensión de haber dormido hecha un ovillo, vestida y alerta, en la orilla de la cama. Tadeo seguía dormido, con el ceño fruncido incluso en sueños. Lo miré un momento, sintiendo una punzada de culpa tan aguda que casi me dobla. Era un hombre bueno, trabajador, que soñaba con despertar abrazado a su mujer, y yo le estaba dando una espalda fría y una mentira silenciosa.
Me fui a la cocina de puntitas. Prendí el fogón y puse el café de olla. El olor a canela y piloncillo inundó la casa, un aroma a hogar feliz que contrastaba con la miseria que sentía por dentro. Cuando Tadeo salió del cuarto, con el cabello alborotado y los ojos hinchados, no me dio el beso de buenos días que yo había imaginado en mis fantasías de niña.
—Buenos días —murmuró, sentándose a la mesa sin mirarme. —Buenos días, Tadeo. ¿Quieres huevitos con chorizo? —Sí, gracias.
Comimos en silencio. El único ruido era el choque del tenedor contra el plato y el canto de los gallos afuera. Esa mañana, cuando Tadeo salió a trabajar al campo, no salió silbando. Y yo me quedé encerrada, lavando platos que ya estaban limpios, aterrorizada de salir a la calle y enfrentar las miradas.
Los días se convirtieron en una rutina tortuosa. De día, yo era la esposa perfecta. Le tenía la casa impecable, la ropa almidonada, la comida caliente y sabrosa. Me desvivía en atenciones para compensar lo que le negaba por las noches. Pero cuando caía el sol, la casa se transformaba en una cárcel.
—Amara, ven acá —me decía Tadeo al principio, con dulzura, intentando rodearme con sus brazos mientras yo doblaba ropa. —Espérame, Tadeo, tengo que dejar los frijoles en remojo. —Deja los malditos frijoles. Te quiero a ti.
Yo me escabullía como anguila jabonosa. Inventaba de todo. —Me duele la cabeza, me punza mucho. —Me bajó la regla, y me vino muy fuerte este mes. —Me siento empachada, creo que el mole me cayó pesado. —Es día de guardar, Tadeo, es vigilia.
Él, en su infinita paciencia y amor, me creía. O quería creerme. —Está bien, mi amor. Yo te espero. Te amo tal como eres —me decía, besándome la frente con resignación.
Pero yo veía en sus ojos que la confusión estaba echando raíces. Un hombre puede aguantar el hambre, el sol y el trabajo duro, pero el rechazo de su propia mujer en la cama es una herida que sangra despacio y no cicatriza.
Mientras tanto, afuera, el pueblo empezaba a tejer su propia versión de la historia. San Juan es un pueblo chico, y en pueblo chico, el silencio es sospechoso. La primera semana, la gente sonreía con picardía. —¡Ay, esos novios! Ni la nariz asoman. Se la han de pasar encerrados haciendo chamacos —decían las vecinas en el molino de nixtamal.
Pero para la tercera semana, las sonrisas cambiaron. Tadeo empezó a ir a la cantina “El Último Trago” los viernes por la tarde, algo que él nunca hacía. Buscaba ahogar su frustración en tequila y dominó. Pero ahí, entre el humo de cigarro y el olor a aserrín viejo, los hombres son crueles.
—¿Qué pasó, Tadeo? —le gritaba El Rengo desde la barra—. Te ves muy fresco pa’ ser recién casado. ¿A poco la patrona no te exige? —Cállate el hocico, Rengo —mascullaba Tadeo. —Uy, qué genio. Oye, dicen las malas lenguas que no se oye nada en tu casa por las noches. Ni un grito, ni un rechinido de catre. ¿Qué, te salió defectuosa la herramienta? —se burlaban, soltando carcajadas que a Tadeo le sabían a vinagre.
Tadeo apretaba los puños hasta que los nudillos se le ponían blancos. Él sabía que no era su culpa, pero no podía defenderse sin exhibirme a mí. Su lealtad era mi escudo, pero también era su cruz. —Mi mujer es una santa, respétenla —decía, y salía de la cantina dando un portazo, con la dignidad arrastrando.
La presión en la casa se volvió insoportable. Una noche de tormenta, irónicamente parecida a la que me vio nacer, Tadeo llegó empapado y con un par de tequilas encima. No estaba borracho, pero traía el valor que da el alcohol para decir las verdades que duelen.
Yo estaba remendando una camisa a la luz de la lámpara de petróleo. —Amara —dijo, parándose frente a mí. Su sombra se proyectaba enorme en la pared. —Dime, Tadeo. —Ya pasó un mes. Un mes y medio. Dejé la aguja. Sabía lo que venía. —Tadeo, por favor… —¡No! ¡Ya no me digas “por favor”! —explotó. Su grito hizo que saltara en la silla—. He sido paciente. He sido bueno. Te he respetado como a una virgen de altar. Pero soy hombre, Amara. Y tú eres mi mujer. ¿Qué es lo que pasa?
Se hincó frente a mí, agarrándome las manos con fuerza, desesperado. —Dime la verdad. ¿No te gusto? ¿Te doy asco? ¿Hay otro hombre en tu cabeza? —¡No! —lloré, acariciando su cara mojada por la lluvia—. Te amo, Tadeo. Eres lo mejor que me ha pasado. —Entonces, ¿por qué? ¿Por qué me rechazas? Me siento como un perro pidiendo sobras en mi propia casa. El pueblo se ríe de mí, Amara. Dicen que no soy hombre. Dicen que te tengo de adorno.
Verlo así, con su orgullo roto a mis pies, me destrozó. Quise decírselo. La verdad estaba ahí, en la punta de la lengua: “Tadeo, nací con algo que no debería tener. Soy mujer, pero tengo cuerpo de hombre abajo. Tengo miedo de que me odies”. Pero el miedo fue más fuerte. El miedo a ver su cara transformarse de amor a repulsión. El miedo a que me corriera a patadas. —Tengo… tengo un problema de salud —mentí, improvisando entre sollozos—. Me duele. Si me tocas, me duele mucho. El doctor dijo que tengo que esperar.
Tadeo me miró, buscando la mentira, pero mi llanto era tan real que me creyó a medias. —¿Y por qué no me lo habías dicho? Hubiéramos ido a ver a un especialista a la ciudad. —Me daba vergüenza. Él suspiró, recargando la cabeza en mis rodillas. —Ay, Amara. Qué difícil eres de querer, mujer.
Al día siguiente, Tadeo no aguantó más y fue a ver a mis padres. Caminaba despacio, arrastrando los pies, con el sombrero en la mano como si fuera a un velorio. Mis padres lo recibieron con caras largas. Ellos sabían que este día llegaría. —Don José, Doña Lupe —dijo Tadeo, con la voz temblorosa—, yo quiero mucho a su hija. Pero ya no entiendo nada. Me dice que esperemos, que le duele, que no está lista. ¿Hay algo que yo deba saber? ¿Alguna enfermedad? ¿Algún mal de familia?
Mi padre y mi madre intercambiaron miradas de pánico. Habían prometido guardar el secreto, pero ver al yerno sufrir así les pesaba en la conciencia. —Mire, hijo —dijo mi padre, poniendo una mano pesada sobre el hombro de Tadeo—, la Amara… ella es especial. Siempre ha sido muy nerviosa, muy suya. —Pero Don José, ¡somos esposos! —Lo sabemos, Tadeo. Tenga paciencia. Es lo único que le puedo decir. Ella tiene sus razones. Dele tiempo, y quizás ella misma se lo diga cuando esté lista.
Tadeo salió de ahí peor que como entró. “Tener paciencia”. Esa era la única receta que le daban, pero la paciencia no calienta la cama ni calla las bocas de la gente. Desesperado, fue a hablar con los ancianos del pueblo, con el Tata Chencho, que era el más sabio. —Tata, estoy turbado —le confesó—. Amara y yo no somos marido y mujer “completos”. Yo la respeto, pero necesito entender. El anciano lo escuchó, chupando su cigarro de hoja, y asintió gravemente. —Las mujeres son como la luna, muchacho, tienen sus fases oscuras. Pero cuidado, que el secreto que se guarda mucho tiempo se pudre y apesta.
Y tenía razón. El secreto ya apestaba. Porque en un pueblo pequeño, las paredes no solo oyen, también hablan. Alguien escuchó a Tadeo quejarse. Alguien vio a mi madre llorando en el mercado. Y los rumores, que antes eran sobre la hombría de Tadeo, cambiaron de dirección. Ahora apuntaban hacia mí, y eran mucho más venenosos.
“La Amara no deja que la toquen”, susurraban en la panadería. “Dicen que tiene una manda”. “No, dicen que está cerrada. Que nació tapada”. “Yo oí que tiene una cicatriz horrible ahí abajo”. “A lo mejor es bruja y si un hombre la toca, se muere”.
Los rumores crecieron como hierba mala. Ya no me saludaban igual en la calle. Antes me decían “Buenos días, Doña Amara”. Ahora, cuando pasaba, las mujeres se callaban y se daban de codazos. Sentía sus miradas recorriendo mi cuerpo, buscando la falla, el defecto, el estigma. Me sentía desnuda aunque llevara tres faldas encima.
Yo dejé de salir. Me convertí en una prisionera en mi propia casa. Mandaba a Tadeo por el mandado, lo cual solo alimentaba más los chismes de que yo era una inútil o una loca. Tadeo llegaba a casa cada tarde más huraño, más distante. La alegría de su cara se había borrado. Ya no me traía flores. Ya no me cantaba. Cenábamos en silencio, un silencio denso y electrizante, como el aire antes de que caiga un rayo.
Una tarde, mientras yo barría el porche, escuché a dos niños jugando a las canicas cerca de mi reja. No me vieron. —Oye, ¿esa es la casa de la mujer rara? —preguntó uno. —Sí, mi mamá dice que es mitad hombre, mitad mujer —contestó el otro, riéndose. Se me cayó la escoba. El ruido los asustó y salieron corriendo. Me quedé helada. “Mitad hombre, mitad mujer”. ¿Cómo lo sabían? ¿Quién lo había dicho? El pánico me invadió. Pensé en Katia, mi amiga, a la que le había contado todo en un momento de debilidad. ¿Habría sido ella? No, ella prometió… pero en este pueblo las promesas valen menos que el aire.
Entré a la casa corriendo y cerré todas las cortinas. Me abracé a mí misma, temblando. El cerco se estaba cerrando. Mi secreto, que había guardado con tanto celo por veinte años, se estaba filtrando por las grietas de mi matrimonio fallido. Sabía que Tadeo llegaría pronto. Sabía que él también escucharía los rumores. Y sabía que, esta vez, ninguna excusa de dolor de cabeza o de “días de guardar” iba a ser suficiente para detener la explosión que se avecinaba.
Estaba atrapada. Y lo peor de todo es que, en el fondo de mi corazón, sabía que yo misma había construido los barrotes de mi celda, mentira tras mentira, silencio tras silencio.
CAPÍTULO 4: El Veneno de la Amiga y el Adiós al Paraíso
Dicen que el diablo no necesita hacer el trabajo sucio cuando tiene amigos indiscretos. Yo aprendí esa lección a la mala, con lágrimas de sangre y el corazón hecho pedazos. La presión en mi casa era una olla exprés a punto de reventar. Tadeo ya casi no me hablaba; dormíamos espalda con espalda, separados por un abismo de silencio y sábanas frías. El pueblo murmuraba, mis padres se escondían de vergüenza y yo sentía que me ahogaba en mi propia piel.
Necesitaba hablar. Necesitaba sacar el veneno antes de que me matara por dentro. Y cometí el error más grande de mi vida: confiar en quien no debía.
Katia era mi amiga de la infancia. O eso creía yo. Habíamos crecido juntas, aunque siempre de lejos porque mi madre no me dejaba juntarme mucho con nadie. Pero Katia siempre fue amable, de esas muchachas risueñas que parecen no romper un plato . Una tarde, cuando el calor sofocaba y Tadeo andaba en la labor, sentí que las paredes de mi casa se me venían encima. Los susurros y las miradas curiosas de la gente cuando caminaba por la calle ya eran insoportables . Me puse el rebozo y fui a buscarla.
La encontré desgranando maíz en su patio. Cuando me vio, soltó la mazorca y corrió a abrazarme. —¡Amara! ¡Qué milagro! Te ves… te ves acabada, mujer. ¿Qué tienes?
Ese abrazo fue mi perdición. Sentir un poco de calor humano rompió el dique que yo había construido. Me solté a llorar ahí mismo, entre las gallinas y los costales de maíz. —Katia, ya no puedo más. Tengo que contarte algo, pero júrame por lo más sagrado que no dirás nada. Júrame que se queda entre nosotras .
Katia puso cara de seriedad, me agarró las manos y me miró a los ojos con una intensidad que confundí con lealtad. —Te lo juro, Amara. Soy una tumba. ¿Qué pasa? ¿Tadeo te pega? ¿Estás enferma?
Tomé aire, un aire que sentí rasposo como lija, y solté la bomba. —No es Tadeo. Soy yo. Nací… nací diferente. Le conté todo. Le dije que tenía partes de mujer y partes de hombre . Le expliqué que por eso no dejaba que Tadeo me tocara, que tenía pánico de que me viera y me repudiara. Le confesé que vivíamos como hermanos, que mi matrimonio era una farsa y que me estaba muriendo de miedo y culpa.
Katia escuchó con la boca abierta, los ojos desorbitados. Al principio pareció comprensiva, sorprendida pero cariñosa. —¡Santo Niño de Atocha! Amara, eso es… eso es muy fuerte. Pero tú sigues siendo tú. Tienes un corazón bueno . Me abrazó de nuevo y sentí un alivio inmenso, como si me hubieran quitado una losa de cien kilos de la espalda . Me fui de su casa sintiéndome un poco más ligera, pensando que al fin tenía una aliada.
¡Qué ilusa fui!
Katia no era una tumba; era un altavoz. Apenas di la vuelta a la esquina, la curiosidad y el morbo le ganaron. No pudo contenerse. El secreto era demasiado jugoso, demasiado escandaloso para guardárselo. Esa misma tarde, se lo contó a su hermana mientras lavaban ropa. “No vas a creer lo de la Amara”, le dijo. “Pero no se lo digas a nadie” .
Y así empezó el incendio.
El chisme en un pueblo mexicano viaja más rápido que la luz. De la hermana pasó a la vecina, de la vecina a la tendera, de la tendera al cura y del cura al cantinero. Como el viento que mueve las hojas, el secreto recorrió cada rincón de San Juan de los Cedros . Y como suele pasar, cada boca le agregaba un poco más de veneno a la historia.
Ya no era solo que yo tenía “ambas partes”. —Dicen que es un castigo de Dios. —Dicen que es hermafrodita. —Yo oí que tiene cola. —A mí me dijeron que por eso Tadeo anda tan flaco, porque ella le chupa la energía como súcubo.
El pueblo entero zumbaba con la noticia . “Amara tiene las dos cosas”, se decían en el mercado, tapándose la boca con el rebozo pero asegurándose de que todos oyeran. Los que antes me tenían lástima, ahora me miraban con morbo o con un asco mal disimulado. Algunos se persignaban cuando yo pasaba. Otros se reían .
Yo noté el cambio de inmediato. El aire en el pueblo se volvió denso, hostil. Si antes me ignoraban, ahora me escrutaban. Sentía sus ojos clavados en mi falda, tratando de adivinar, de ver a través de la tela. Mis vecinos, gente que me vio crecer, dejaron de saludarme. Me volteaban la cara. El respeto y la admiración que alguna vez tuvieron por la muchacha “decente y tímida” se convirtió en una burla cruel .
Pero el golpe final, el que me destrozó la vida, no vino de los extraños. Vino de mi propio hogar.
Tadeo se enteró de la peor manera posible. Estaba en la ferretería comprando clavos para arreglar la cerca. Había varios hombres ahí, de esos que se sienten muy machos hablando de las mujeres ajenas. No vieron que Tadeo entró.
—Pues pobre del Tadeo, ¿no? —decía uno, soltando una carcajada rasposa—. Casarse con eso. Dicen que la vieja tiene rifle y pistola también. ¡Ja! Con razón no tienen chamacos, se han de pelear a espadazos en la noche.
La sangre se le heló a Tadeo. Soltó la caja de clavos, que cayó al suelo con un estruendo metálico que silenció a todos. Los hombres voltearon, pálidos. —¿Qué dijiste? —preguntó Tadeo, con una voz baja y temblorosa que prometía violencia. —Nada, Tadeo, nada… son cuentos de viejas —trató de arreglarlo el otro, retrocediendo.
Pero Tadeo ya había escuchado suficiente. Su mente, rápida y aguda, conectó todos los puntos. Mis excusas, mi pánico, mi insistencia en apagar la luz, la ropa interior extraña, el rechazo constante. Todo cobró sentido de golpe. Y dolió. Dolió más que un golpe en la cara.
Salió de la ferretería ciego de furia y dolor. No furia por lo que yo era, sino por la mentira. Se sintió el payaso del pueblo, el último en enterarse de la realidad de su propia esposa .
Llegó a la casa como un huracán. Yo estaba en la cocina, preparando tortillas, intentando mantener la normalidad en un mundo que se desmoronaba. La puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared. Salté del susto. —¡Tadeo! ¿Qué pasa?
Él se paró en el marco de la puerta, respirando agitado, con el pecho subiendo y bajando, los ojos inyectados en sangre y lágrimas contenidas. —¿Es verdad? —preguntó. Su voz era un gruñido doloroso. —¿Qué cosa? —¡No te hagas la tonta, Amara! —gritó, tirando su sombrero al suelo con rabia—. ¡Todo el pueblo lo sabe! ¡Hasta los perros lo saben! ¿Es verdad que tienes… que eres… diferente?
Se me cayó la masa de las manos. El mundo se detuvo. Ya no había dónde esconderse. La verdad estaba ahí, desnuda y fea, en medio de nuestra cocina azul. Empecé a llorar, temblando de pies a cabeza. —Tadeo, perdóname… —¡Contéstame! —golpeó la mesa con el puño—. ¿Tienes partes de hombre?
Asentí, incapaz de hablar, tapándome la cara con las manos llenas de masa. El silencio que siguió fue peor que los gritos. Escuché a Tadeo respirar fuerte, luchando contra sus propias emociones. Sentí su decepción llenando el cuarto como humo negro.
—¿Por qué? —preguntó al fin, ya no con gritos, sino con una voz rota, llena de tristeza—. ¿Por qué no confiaste en mí? Te dije que te amaba. Te dije que te esperaría. ¿Tan poco valgo para ti que tuviste que mentirme así? —Tenía miedo —solloce—. Tenía miedo de que me dejaras. De que me vieras como un monstruo. —¡El único monstruo aquí es la mentira! —dijo él, caminando de un lado a otro, pasándose las manos por el cabello—. Me has hecho quedar como un imbécil frente a todos. Todos sabían, Amara. Todos se ríen de mí a mis espaldas. “Ahí va el Tadeo, el que se casó con el fenómeno y ni cuenta se dio”.
—¡No digas eso! —supliqué, cayendo de rodillas y abrazándome a sus piernas—. ¡Tú no eres ningún imbécil! ¡Eres el mejor hombre del mundo! ¡Perdóname, por favor, perdóname! Él se quedó quieto un momento, sintiendo mi abrazo desesperado. Puso una mano en mi cabeza, pero no fue una caricia. Fue un gesto de despedida.
Se soltó de mi agarre suavemente y retrocedió. —No puedo, Amara. Ahorita no puedo ni verte. Me duele demasiado. Me siento traicionado. No porque seas así… sino porque no me tuviste fe .
Me miró con unos ojos que ya no tenían brillo, solo cansancio y dolor. —Creo… creo que es mejor que te vayas un tiempo —dijo. Las palabras cayeron como piedras sobre mi cabeza. —¿Que me vaya? ¿A dónde? Esta es mi casa. —No, Amara. Esta casa se construyó sobre mentiras. Necesito pensar. Necesito que se calmen las aguas. El pueblo está muy alborotado y yo… yo no sé quién eres tú .
Me corrió. Mi esposo, el amor de mi vida, me estaba echando. No con violencia, no a golpes, pero con una frialdad que dolía más. Me pidió que me fuera “hasta que las cosas se calmaran”, pero yo sabía que eso era un adiós.
Con el corazón hecho ceniza, fui al cuarto. Saqué una maleta vieja de cartón. Metí dos vestidos, mi rebozo, un peine y la foto de nuestra boda. Esa foto donde nos veíamos tan felices, tan llenos de esperanza. La guardé bocabajo para no ver nuestras sonrisas mentirosas.
Salí de la casa al atardecer. Tadeo estaba sentado en el porche, mirando al vacío, con una botella de tequila en la mano. No me miró cuando pasé. —Adiós, Tadeo —susurré. Él no contestó. Solo le dio un trago largo a la botella.
Caminar por el pueblo fue el Vía Crucis. La noticia de que Tadeo me había echado voló. La gente salía a sus puertas para ver a la “desterrada”. —Ahí va, con su maleta. —Se lo merece por engañosa. —Qué vergüenza para sus padres.
Mis padres… ni siquiera pude ir con ellos. Sabía que estarían encerrados, mortificados por el escándalo. No quería llevarles más vergüenza a su puerta. Decidí irme lejos de sus miradas acusadoras.
Caminé hacia las afueras del pueblo, donde terminan las calles empedradas y empieza el monte. Había una choza vieja, casi en ruinas, cerca de los sauces llorones y los matorrales espesos . Era un lugar olvidado, donde nadie iba. Un lugar para fantasmas y para gente rota como yo.
Llegué cuando ya era noche cerrada. La choza no tenía puerta, el techo tenía goteras y el piso era de tierra apelmazada. Olía a humedad y abandono. Me senté en un rincón, sobre mi maleta, y dejé que la oscuridad me tragara. Mi casa bonita, mi cocina azul, mi esposo guapo… todo se había esfumado en un par de horas. Ahora solo estaba yo, Amara, la rechazada, la “dos en uno”, sola en medio de la nada.
Esa noche, en la soledad de mi exilio, lloré hasta que me quedé seca. Escuchaba a los grillos y al viento entre los árboles, que parecían susurrar mi nombre con lástima. Me sentía vacía, fría. La felicidad que había sentido el día de mi boda parecía un sueño de otra vida .
Pero el destino no había terminado conmigo. Mientras yo lloraba mi desgracia personal, el cielo sobre San Juan de los Cedros empezaba a cambiar. Las nubes desaparecieron. El viento dejó de soplar. Una calma extraña, antinatural, se asentó sobre el valle. Sin saberlo, mi tragedia personal estaba a punto de convertirse en una catástrofe para todos. Porque cuando se rompe un corazón tan puro y se traiciona una inocencia tan grande, la naturaleza misma parece resentirlo. La sequía venía en camino. Y con ella, el verdadero terror.
CAPÍTULO 5: El Exilio de la Bruja y la Sed de la Tierra
La soledad tiene un sabor. Al principio sabe a sal, por las lágrimas que uno se traga cuando no hay nadie que las seque. Pero después, con los días, empieza a saber a tierra seca y a viento viejo. Mi nuevo hogar era una choza olvidada en los límites del pueblo, donde los caminos se pierden y el monte se vuelve espeso y salvaje. Era un jacal de cuatro palos con techo de palma podrida, rodeado de huizaches espinosos y sauces llorones que parecían estar de luto permanente conmigo.
Ahí, lejos de las miradas acusadoras y los susurros venenosos, intenté encontrar algo parecido a la paz. Ya no tenía que esconder mi cuerpo, porque nadie me veía. Ya no tenía que mentir, porque no tenía con quién hablar. Me pasaba los días caminando sola por el bosque, hablando con los cenzontles y las chuparrosas, contándoles mis penas como si pudieran entenderme.
—Tú no me juzgas, ¿verdad? —le decía a un conejo que me miraba nervioso desde un matorral. El sonido del viento entre las hojas se convirtió en mi única compañía, un consuelo pobre para quien había dormido, aunque fuera por poco tiempo, en brazos de un hombre amado. La soledad se me pegaba a la piel como la niebla de la mañana se pega al pasto, fría y húmeda. Aunque estaba libre de la farsa, el dolor del rechazo seguía ahí, vivo, punzante. Me habían echado como a un perro sarnoso. La gente con la que crecí, mis vecinos, mis amigos… para ellos yo ya no era Amara; era una sombra, un error que preferían olvidar.
Pero mientras yo aprendía a sobrevivir comiendo tunas y quelites, abajo, en el pueblo, el verdadero infierno estaba por desatarse.
No sé si fue coincidencia o si de verdad el cielo estaba conectado con mi desgracia, pero justo cuando me fui, el clima cambió. San Juan de los Cedros siempre había sido un lugar bendecido por la lluvia. Pero esa temporada, las nubes simplemente desaparecieron. El cielo se puso de un azul pálido, enfermo, sin una sola mancha blanca que prometiera agua.
El sol se convirtió en un verdugo. Quemaba desde que salía hasta que se metía. Las milpas, que semanas antes estaban verdes y altas, empezaron a amarillear. Las hojas del maíz se enrollaron como pergaminos viejos y se deshacían al tocarlas, convertidas en polvo. La tierra, antes negra y fértil, se partió en grietas profundas que parecían bocas sedientas pidiendo clemencia.
El río, ese río alegre donde yo nunca me bañé de niña para que no me vieran, y que solía burbujear felizmente atravesando el pueblo, se fue secando. Primero bajó el caudal, dejando ver las piedras lamasas del fondo. Luego se convirtió en un hilo de agua sucia y estancada. Y finalmente, no fue más que una cicatriz de lodo seco y pestilente que partía al pueblo en dos.
Los aldeanos miraban al cielo con desesperación. —Ya mero llueve, ya mero —decían los viejos al principio, tratando de mantener la esperanza. Pero pasaron las semanas y no cayó ni una gota.
El ganado fue el primero en sufrir. Las vacas bramaban de sed, con las costillas marcadas bajo la piel, buscando sombra bajo árboles que ya no tenían hojas. Los pozos se secaron. La gente tenía que caminar kilómetros para conseguir una cubeta de agua turbia. Los suministros de comida empezaron a escasear. En el mercado ya no había frutas jugosas ni verduras frescas; solo había caras largas, precios impagables y miedo.
Tadeo, mi pobre Tadeo, veía cómo su rancho se moría. Él, que siempre había sido el mejor agricultor, ahora no podía hacer nada contra la voluntad del cielo. Me contaron después que se pasaba las noches sentado en el porche, mirando el horizonte seco, con una botella de tequila en la mano, preguntándose si esto era un castigo por haberme echado o un castigo por haberse casado conmigo en primer lugar.
Y luego, llegaron las noches. Si el día era un horno, la noche era un manicomio. El silencio del campo, que antes era tranquilo, se llenó de ruidos extraños y aterradores. El viento silbaba de una manera que ponía los pelos de punta, como lamentos de mujer. —¡Es la Llorona! —gritaban los niños, escondiéndose bajo las cobijas. Pero no era la Llorona. Era algo más denso. Las sombras parecían moverse solas, alargándose y retorciéndose entre las casas. Se escuchaban gritos ahogados y lamentos misteriosos que flotaban en el aire caliente de la madrugada.
Nadie podía dormir. El insomnio colectivo se apoderó de San Juan. El miedo se esparció como una plaga, más rápido que la sed. La gente empezó a poner cruces de cal en las puertas y a quemar copal en las ventanas para espantar a los malos espíritus. —Es el Diablo —decía Doña Gertrudis—. El Diablo anda suelto porque aquí hay pecado sin pagar.
Y claro, en la mente de un pueblo asustado y hambriento, el “pecado” tenía nombre y apellido. Empezaron a decir que yo era la culpable. —Desde que se descubrió lo de la Amara, el cielo se cerró. —Es una abominación. La naturaleza nos está castigando por haber permitido que una cosa así se casara por la iglesia. —Es una bruja. Seguro nos echó un mal de ojo desde allá arriba, desde su choza.
Yo no sabía nada de esto. Yo solo veía desde mi exilio cómo el polvo cubría el pueblo que una vez amé. Pero podía sentir la mala vibra, la energía pesada que subía desde el valle.
La situación llegó a un punto de quiebre cuando murió la primera vaca de Don Chema, el hombre más rico del pueblo. Cayó muerta en medio de la plaza, con la lengua de fuera, seca como un cuero. La gente, desesperada, sintió que el fin del mundo estaba cerca. —¡Tenemos que hacer algo o nos vamos a morir todos de sed! —gritó alguien.
Fue entonces cuando los ancianos del pueblo, los “Principales”, decidieron intervenir. Eran tres hombres viejos, con la piel curtida como corteza de árbol, que guardaban las tradiciones antiguas. Se reunieron bajo el gran ahuehuete seco que estaba en el centro de la plaza (el equivalente de nuestro árbol sagrado).
Estaban preocupados de verdad. La iglesia y los rezos al Santo Patrono no habían funcionado. Necesitaban algo más fuerte. Necesitaban consultar al Brujo Mayor, el oráculo del pueblo. El Brujo vivía en una cueva adornada con huesos y plumas, en las faldas del cerro, no muy lejos de donde yo estaba, pero lo suficientemente oculto. Era un hombre sabio, decían, que podía hablar con los dioses antiguos, los que estaban antes de la cruz.
Los ancianos subieron a verlo una noche sin luna. Llevaban antorchas que parpadeaban con el viento maligno. Entraron a la cueva, donde el olor a incienso, hierbas quemadas y copal era tan fuerte que mareaba. El Brujo los estaba esperando, sentado en posición de loto sobre un petate, con los ojos blancos en trance. —Sabía que vendrían —dijo con una voz profunda que retumbó en las paredes de piedra. —Padre —dijo el más viejo de los ancianos, quitándose el sombrero con respeto—, el pueblo muere. La lluvia nos ha abandonado. Los niños lloran sangre. Ayúdanos.
El Brujo se quedó en silencio un largo rato. Tiró unos caracoles sobre la tierra y los leyó con atención. Luego, miró el humo del copal. Su cara se contrajo en una mueca de dolor. —Los dioses están furiosos —sentenció. Los ancianos temblaron. —¿Por qué? ¿Qué hicimos? —El mundo está fuera de equilibrio. Se ha roto el orden natural. Hay una energía estancada que bloquea las nubes. —¿Y cómo lo arreglamos? Dinos, te daremos lo que sea. Oro, ganado… —Los dioses no comen oro —los cortó el Brujo—. Para que el agua vuelva, para que la paz regrese y los demonios de la noche se vayan, se necesita un sacrificio. —¿Un sacrificio? —preguntaron los ancianos, tragando saliva.
El Brujo asintió lentamente. —Solo una mujer pura y virgen, una doncella que no haya sido tocada por hombre, puede subir al Cerro Sagrado. Ella debe llevar la ofrenda y presentarse ante el cielo. Solo la pureza absoluta puede limpiar la mancha que nos está matando.
Los ancianos se miraron entre ellos, confundidos y aliviados a la vez. Una virgen. Bueno, eso sonaba difícil pero posible. Pero el Brujo no había terminado. Se inclinó hacia adelante, y la luz de la fogata le dio un aspecto siniestro. —Pero escuchen bien… hay un riesgo. La doncella que suba… puede que no baje. La energía que se necesita para romper la sequía es violenta. Algo malo le podría pasar a esa persona.
Los ancianos palidecieron. Mandar a una hija del pueblo a un posible destino fatal era una carga pesada. —¿No hay otra forma? —No hay otra forma —dijo el Brujo, cerrando los ojos—. Tráiganme a la virgen, o prepárense para ver a San Juan convertido en un cementerio de polvo.
Bajaron de la cueva en silencio, con el peso del mundo sobre los hombros. Decidieron, en ese momento, guardar la parte del peligro en secreto. No le dirían al pueblo que la elegida podría morir o sufrir. Solo dirían que necesitaban a una voluntaria para un ritual sagrado. La desesperación justifica muchas mentiras.
Al día siguiente, convocaron a una asamblea general. Hicieron sonar las campanas de la iglesia como si hubiera fuego. Todo el pueblo se reunió alrededor de una gran fogata en la plaza. Las caras de la gente eran un mapa de miedo y hambre. Hombres flacos, mujeres con niños en brazos que no paraban de llorar.
Uno de los ancianos tomó la palabra. —Hermanos —gritó—, el Oráculo ha hablado. Para que llueva, necesitamos a una doncella. Una mujer pura, virgen, que suba al cerro a pedir clemencia. ¿Quién se ofrece? ¿Quién salvará a su pueblo?.
Hubo un murmullo general. Las madres abrazaron a sus hijas adolescentes, protegiéndolas. —¿Quién? —insistió el anciano—. Es un honor. Empezaron a buscar. Llamaron a las muchachas casaderas. —A ver, Rosita, tú eres buena muchacha. La tal Rosita se puso roja y bajó la cabeza. —No puedo, tata. Ya… ya tengo novio. Ya nos entendimos. Llamaron a María. —¿Y tú, mija? —Pues… es que el Pancho y yo… ya sabe, en la milpa el otro día…
Para sorpresa y horror de los ancianos, y para escándalo de las madres presentes, resultó que en el pueblo ya no quedaban vírgenes. La modernidad, los noviazgos a escondidas o la simple naturaleza humana habían hecho su trabajo. Ninguna de las muchachas cumplía con el requisito sagrado de pureza total. Todas habían sido “tocadas” de una forma u otra.
El silencio en la plaza se volvió pesado, agobiante. —¡Estamos perdidos! —gritó una mujer, tirándose al suelo a llorar—. ¡No hay nadie puro! ¡Nos vamos a morir secos! El pánico estalló. La gente empezó a gritar, a rezar, a maldecir. Los ancianos bajaron la cabeza, derrotados. Si no había virgen, no había lluvia. Y si no había lluvia, era el fin.
Pero entonces, en medio del caos, una voz se alzó desde el fondo de la multitud. No era una voz fuerte, pero cortó el ruido como un cuchillo. —Esperen… —dijo un hombre, un jornalero que vivía cerca del monte—. Hay una. Todos voltearon a verlo. —¿De quién hablas? —preguntó el anciano. —De la desterrada. De Amara. Un murmullo de incredulidad recorrió la plaza. —¿Amara? ¿La fenómeno? —dijo alguien con desprecio. —Sí, ella —insistió el hombre—. Piénsenlo. Todos sabemos por qué la echó Tadeo. La echó porque nunca la tocó. Ella misma lo dijo, que no dejaba que se le acercaran. Los ojos de la gente se empezaron a abrir. La lógica era innegable. —Es cierto… —dijo Doña Gertrudis, la chismosa—. Si tiene lo que dicen que tiene, seguro nadie la ha tocado nunca. Está intacta. —¡Es pura! —gritó otro—. ¡Amara es virgen! ¡Es la única virgen que queda en el pueblo!.
La esperanza se encendió en los ojos de los aldeanos, una esperanza mezclada con culpa y oportunismo. La mujer a la que habían humillado, a la que habían llamado monstruo y habían obligado a huir, era ahora su única tabla de salvación. —¡Amara puede salvarnos! —empezaron a corear—. ¡Que vaya Amara! ¡Que vaya ella!.
Tadeo, que estaba en una esquina, escuchando todo, sintió un nudo en el estómago. Sabía que era verdad. Amara era pura. Pero la idea de usarla, de sacrificarla después de haberla despreciado, le revolvía la conciencia. Sin embargo, miró a su alrededor. Vio la sed en las caras de sus vecinos. Vio la tierra muerta. Y no dijo nada. Su cobardía fue su segundo pecado.
Los ancianos tomaron una decisión rápida. —Iremos por ella —dijeron—. Iremos a su choza y le pediremos que haga el sacrificio.
Con el corazón pesado pero empujados por la necesidad, los ancianos agarraron sus antorchas. La procesión de luces subió por el camino sinuoso hacia el monte, proyectando sombras fantasmales en la noche. Iban a buscar a la bruja, a la marginada, para pedirle que fuera su santa.
Yo estaba en mi choza, a punto de dormir, cuando vi las luces acercándose. Mi corazón dio un vuelco. ¿Venían a echarme de aquí también? ¿Venían a quemar mi refugio? Agarré un palo, lista para defenderme. Pero cuando llegaron, no traían piedras. Traían caras de súplica. —Amara… —dijo el anciano, con voz suave, esa voz falsa que usa la gente cuando necesita un favor—. ¿Podemos pasar?.
Los dejé entrar. Me explicaron lo que pasaba. Me contaron del Oráculo, de la ira de los dioses y de la necesidad de una mujer pura. Claro, omitieron convenientemente la parte de que podía ser peligroso. —Tú eres especial, Amara —me dijeron, usando la misma palabra que mi madre usaba para consolarme, pero ahora sonaba a herramienta—. Siempre has sido diferente. Tal vez… tal vez Dios te hizo así para este momento. Tal vez tu destino es salvarnos a todos.
Me quedé mirándolos. Miré sus caras viejas y arrugadas. Pensé en el pueblo que me dio la espalda. Pensé en Tadeo, que no tuvo el valor de venir con ellos. Una parte de mí, la parte herida y rencorosa, quería decirles que se largaran. Que se murieran de sed y me dejaran en paz. “Que sufran como yo sufrí”, pensé.
Pero luego pensé en los niños. Pensé en mi madre y en mi padre, que también estarían sufriendo. Y miré dentro de mí misma. A pesar de todo, a pesar del dolor y la traición, yo seguía amando a mi tierra. Mi corazón no se había secado como el río. Sentí una calma extraña, una fuerza que no sabía que tenía. —¿Si voy… el pueblo se salvará? —pregunté. —Sí, hija. Eres nuestra única esperanza. Suspiré, soltando el palo que tenía en la mano. —Está bien —dije, con una voz firme que los sorprendió—. Iré. No por ustedes, que me juzgaron. Iré por los inocentes. Iré por San Juan.
Los ancianos suspiraron aliviados, aunque vi una sombra de tristeza en sus ojos. Sabían que me estaban entregando a algo desconocido. —Prepárate, Amara. Mañana al amanecer subiremos al Cerro Sagrado.
Esa noche no dormí. Me senté en la puerta de mi choza, mirando las estrellas que brillaban frías e indiferentes. Sabía que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre, o quizás de terminar. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi existencia tenía un propósito. Ya no era un error de la naturaleza. Era la llave. Mañana, la “niña de la tormenta” se enfrentaría al cielo cara a cara.
CAPÍTULO 6: El Vestido Blanco y el Camino de Espinas
La noche antes del sacrificio fue la más larga de mi vida. No dormí ni un minuto. Me quedé sentada en el suelo de tierra de mi choza, pasando las manos por mi cuerpo, ese cuerpo que había sido mi cárcel, mi vergüenza y mi secreto. Pensé en cómo la vida da vueltas extrañas: lo que me hizo ser rechazada y escupida por el pueblo —mi virginidad forzada, mi diferencia— era ahora lo único que valía. Mi “defecto” se había convertido en mi moneda de cambio para comprar la salvación de todos.
Afuera, los grillos callaban, como si ellos también supieran respetar el luto de lo que estaba por venir. Me sentía extrañamente tranquila, con esa paz fría que le entra a uno cuando ya no tiene nada que perder. Si moría allá arriba, al menos moriría siendo útil, no siendo la “apestada” del pueblo. Y si vivía… bueno, no me atrevía a pensar en eso.
Cuando el cielo empezó a pintarse de un gris pálido, anunciando el amanecer, escuché los pasos. No eran pasos violentos ni apresurados, sino lentos, solemnes, arrastrando huaraches sobre la tierra seca.
Eran los Ancianos del pueblo, acompañados por un pequeño grupo de aldeanos escogidos . No venían con las manos vacías. Traían los objetos sagrados para la ofrenda: canastas con hierbas aromáticas que olían a monte y a remedio antiguo, granos preciosos de maíz (de los pocos que quedaban sin secarse), y un pequeño cordero, adornado con listones de colores, que balaba suavemente, ajeno a su destino .
Me levanté y salí a recibirlos. El aire de la mañana estaba estancado, caliente, sin una gota de frescura. Uno de los ancianos, el Tata Chencho, se adelantó. Traía en los brazos una tela blanca, doblada con cuidado. —Buenos días, hija —dijo, y por primera vez en mi vida, vi que inclinaba la cabeza ante mí con un respeto profundo .
No me hablaron como a la marginada. Me hablaron como a una santa. —Es hora, Amara —dijo su voz, cargada de emoción y culpa—. Hoy vas a hacer lo que ninguno de nosotros pudo. Hoy vas a llevar nuestras esperanzas hasta el Cerro Sagrado, ahí donde la tierra besa al cielo .
Me tendieron la tela. Era una túnica blanca, sencilla, de manta cruda . —Póntela —me dijeron—. Debes ir limpia, sin nada que te ate a este mundo de vanidades.
Entré a la choza y me quité mi ropa vieja, esa falda remendada que había usado durante mi exilio. Me puse la túnica. La tela era áspera pero fresca. Al verme, sentí que me estaba vistiendo para mi funeral o para mi boda definitiva con la naturaleza. Me solté el pelo, dejándolo caer libre sobre mis hombros. Mi cara, reflejada en un pedazo de espejo roto que tenía, se veía serena. Había una determinación en mis ojos que yo misma desconocía . Ya no era la niña asustada que se escondía en los baños; era una mujer a punto de enfrentar a los dioses.
Salí de nuevo. Los ancianos, al verme vestida de blanco, bajaron la mirada con reverencia. Parecía un fantasma o un ángel vengador. —Estoy lista —dije con voz firme, sorprendiendo a todos con mi fuerza—. Hago esto por nuestro futuro. Por todos nosotros .
Me entregaron el bulto con las ofrendas y tomé la cuerda del corderito. —Vamos —ordené yo.
El camino hacia el Cerro Sagrado cruzaba todo el pueblo. Tenía que pasar por las calles que me vieron crecer, por las casas de la gente que me cerró la puerta. Empecé a caminar con paso firme, la mirada clavada en el horizonte, ignorando el polvo que se levantaba a mis pies. El pueblo estaba despierto. Todos sabían. Salieron de sus casas, pero no se acercaron. Se quedaron en las banquetas, en los techos, en las esquinas. Se hizo un silencio sepulcral. No había murmullos, ni chismes, ni risas burlonas. Solo el sonido del viento seco y mis pasos.
Vi sus caras. Vi a Doña Gertrudis, la que me había llamado “cosa del diablo”, llorando y apretando un rosario, mirándome con súplica. Vi a las mujeres que me negaron el saludo, ahora bajando la cabeza avergonzadas. Vi a los niños, flacos y sucios por la falta de agua, mirándome con ojos grandes y esperanzados, como si yo fuera un dulce en medio de la amargura.
Ellos formaron una procesión silenciosa detrás de mí, siguiéndome a una distancia respetuosa, como si tuvieran miedo de tocar mi sombra . Era un desfile fúnebre y esperanzador a la vez. Yo cargaba con sus pecados, con su odio, con su miedo y con su sed.
Y entonces, lo vi. Tadeo. Estaba parado frente a nuestra antigua casa, esa casa azul que ahora se veía gris por el polvo. Estaba más flaco, con la barba crecida y los ojos hundidos en cuencas oscuras. Se veía destruido. Cuando nuestros ojos se cruzaron, el tiempo se detuvo un segundo. Vi en su mirada un dolor insoportable. Quiso dar un paso hacia mí, quiso abrir la boca, quizás para pedirme perdón, quizás para detenerme, quizás para decirme que me amaba. Pero no hizo nada. Se quedó ahí, paralizado por su propia vergüenza y por la necesidad desesperada de que lloviera. Su cobardía me dolió más que cualquier insulto, pero también me dio fuerzas. “Mírame, Tadeo”, pensé. “Mira a la mujer que rechazaste. Mira cómo voy a salvar lo que tú no pudiste”. Le sostuve la mirada hasta que él tuvo que bajar la vista, derrotado. Seguí caminando sin voltear atrás.
Salimos del pueblo y empezamos a subir por el sendero que llevaba al Cerro Sagrado. El camino era brutal. No era un paseo; era una penitencia. El sol, que ya estaba alto, caía a plomo sobre nosotros. La tierra estaba caliente, quemando a través de las suelas delgadas de mis huaraches. El aire era tan seco que cada respiración raspaba la garganta como si tragara vidrio molido.
Subimos pasando por los campos muertos. Las milpas eran cementerios de tallos amarillos que crujían con el viento . Los árboles frutales eran esqueletos de madera retorcida. Ver la muerte de la tierra tan de cerca me rompió el corazón. Entendí, de verdad, por qué estaba haciendo esto. No era por la gente chismosa; era por la tierra misma, que gritaba de sed.
El ascenso se hizo más empinado. Las piedras rodaban bajo mis pies. El sudor me empapaba la túnica, pegándola a mi cuerpo. Mis piernas temblaban por el esfuerzo, pero no me detuve. Los ancianos jadeaban detrás de mí, apoyándose en sus bastones, pero tampoco se rindieron. La desesperación es un motor poderoso.
Llegamos a la parte más alta, conocida como “El Mirador de los Dioses”. Era un acantilado de roca viva que cortaba el viento, un lugar donde decían que los mortales podían hablar al oído de lo divino . Abajo, el pueblo se veía diminuto, un conjunto de cajitas de cerillos rodeadas de polvo gris. Desde esa altura, no se veían los chismes ni las traiciones. Solo se veía la fragilidad de la vida.
Me detuve en el borde del precipicio. El viento aquí arriba era fuerte, violento. Me golpeaba la cara, enredándome el pelo, haciendo que mi túnica blanca aleteara furiosamente como una bandera de rendición .
Los ancianos se quedaron atrás, formando un semicírculo. No se atrevieron a pisar el suelo sagrado del altar. —Hasta aquí llegamos nosotros —gritó el Tata Chencho para hacerse oír sobre el viento—. El resto te toca a ti, Amara. Entrégales todo.
Me quedé sola frente al abismo. Puse las ofrendas sobre una piedra plana que servía de altar natural. Acomodé las hierbas aromáticas, que el viento amenazaba con llevarse. Derramé los granos de maíz formando una cruz y un círculo, símbolos antiguos de la vida . El corderito se quedó quieto a mi lado, como si entendiera la solemnidad del momento.
Miré al cielo. Ese cielo azul, impasible, cruel, que nos había negado el agua por meses. Sentí una rabia antigua subir por mi pecho. No iba a suplicar. Iba a exigir. Levanté mis brazos hacia el sol . Cerré los ojos y busqué dentro de mí, en esa parte profunda donde guardaba mi dolor, mi secreto, mi identidad dual.
Empecé a cantar. No era una canción de iglesia. Era un canto antiguo, gutural, un lamento que me salió de las entrañas sin que yo supiera que lo conocía. Mi voz resonó contra las rocas, haciendo eco en el valle, cargada con los miedos y las esperanzas de mi gente .
—¡Aquí estoy! —grité al viento—. ¡Soy Amara! ¡La impura para los hombres, la pura para ustedes! ¡Tomen mi dolor! ¡Tomen mi vergüenza! ¡Pero devuélvanos la vida!
Y entonces, el cielo respondió. Fue algo aterrador y magnífico. El azul pálido empezó a mancharse. Nubes oscuras, negras como tinta, aparecieron de la nada, arremolinándose justo encima de mi cabeza, girando como un vórtice gigante . El viento se volvió huracanado. Me empujaba hacia el precipicio, pero planté mis pies en la tierra. No me iba a mover. Los truenos empezaron a rugir, no a lo lejos, sino ahí mismo, sobre mí, haciendo vibrar mis dientes y mis huesos.
Abajo, los aldeanos miraban hacia arriba con una mezcla de terror y asombro . Veían a una figura pequeña, vestida de blanco, desafiando a la tormenta que se estaba gestando. Veían cómo las nubes parecían querer tragarse la montaña.
Mi canto se hizo más fuerte, compitiendo con el rugido del viento . Sentía una electricidad estática erizándome la piel. El aire olía a ozono, a tierra mojada, a poder puro. Sabía que el momento había llegado. No tenía miedo a morir. Tenía miedo a fallar.
De repente, todo se detuvo. El viento cesó de golpe. El silencio fue absoluto, ensordecedor. Las nubes negras se abrieron justo encima de mí, creando un ojo perfecto en la tormenta. Un rayo de luz solar, dorado y denso, atravesó la oscuridad y me golpeó de lleno . Iluminó el altar, las ofrendas y mi cuerpo vestido de blanco. Me sentí arder, no por fuera, sino por dentro.
Y en ese instante de luz divina, algo invisible me golpeó. Fue como un mazo gigante, una fuerza descomunal que me arrancó el aire de los pulmones y me lanzó contra el suelo de piedra . El mundo se volvió negro. Lo último que escuché fue el grito colectivo de terror del pueblo allá abajo, y luego, el sonido más hermoso del mundo: el repiqueteo de la primera gota de lluvia cayendo sobre la piedra caliente.
CAPÍTULO 7: El Beso del Rayo y la Sangre de la Lluvia
No sé cuánto tiempo estuve perdida en la oscuridad. Pudo haber sido un segundo o un siglo. El golpe que recibí no fue de dolor, sino de impacto, como si una mano gigante me hubiera empujado fuera de mi propio cuerpo para volver a meterme a la fuerza, reacomodando cada hueso y cada fibra de mi ser.
Lo primero que sentí al volver a la vida fue el agua. Fría. Bendita. Torrencial. Golpeaba mi cara con furia, pero se sentía como caricias. Abrí los ojos y vi un cielo gris plomizo, agitado, del que caían cortinas de agua tan densas que apenas dejaban respirar. El olor… ¡Dios mío, el olor! Era ese aroma inconfundible a tierra mojada, a polvo que se convierte en lodo, a vida resucitando .
Me intenté incorporar. Estaba tirada sobre la piedra del altar, empapada hasta los huesos. La túnica blanca se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Me sentía extraña. Había un vacío en mí, pero no un vacío de falta, sino de alivio. Como cuando te quitan una mochila cargada de piedras que has llevado toda la vida y, de repente, sientes que puedes volar.
Me llevé las manos al vientre. Me dolía un poco, un dolor sordo y caliente, como de una herida que acaba de sanar milagrosamente. Bajé mis manos, temblando, hacia mi entrepierna. Tenía miedo. Miedo de encontrar lo mismo de siempre, la anatomía confusa que me había condenado a la soledad. Toqué. Y el mundo se detuvo.
No había nada. La protuberancia, la parte masculina, el “secreto”… había desaparecido. Solo sentí la suavidad de mi propia piel, la forma femenina, lisa y perfecta . Me arranqué un pedazo de la túnica mojada para ver con mis propios ojos, bajo la lluvia que caía a cántaros. Era verdad. Donde antes había ambigüedad, ahora solo había mujer. Era como si el rayo, o la mano de Dios, hubiera cauterizado mi “defecto”, llevándose consigo la carne sobrante y dejándome, por fin, completa .
—¡Se fue! —susurré, y mi voz se perdió en el estruendo de la tormenta. Entonces grité. No fue un grito de auxilio, fue un alarido de libertad que me desgarró la garganta. —¡Se fue! ¡Soy libre! ¡Soy yo!
Lloré. Mis lágrimas se mezclaron con la lluvia, saladas y dulces a la vez. No lloraba por el milagro de la lluvia que salvaría al pueblo, lloraba por mí. Por la niña que se escondía en los baños, por la novia que temblaba en su noche de bodas, por la esposa rechazada. Esa Amara había muerto en el altar. La mujer que se levantaba ahora era nueva, lavada por el cielo.
A unos metros de distancia, los Ancianos estaban arrodillados, cubriéndose las cabezas con los sarapes para protegerse del aguacero. Cuando vieron caer el rayo, pensaron que yo había muerto. Pensaron que los dioses me habían fulminado como pago por sus pecados.
El Tata Chencho se acercó gateando sobre el lodo, con los ojos llenos de miedo. —¿Amara? ¿Estás viva, hija? Me puse de pie. La lluvia me empapaba el pelo, que caía como una cascada negra sobre mi espalda. Me sentía fuerte, invencible. Me giré hacia ellos. Tenía una sonrisa en la cara que brillaba más que el sol que habíamos perdido hacía meses.
—¡Mírenme! —les grité sobre el rugido del agua—. ¡Los dioses han aceptado! Los ancianos se acercaron, temerosos. —¿Estás herida? —preguntó uno. —No —respondí, riendo como loca bajo la lluvia—. Estoy curada. Tata, estoy curada. Lo que tenía… lo que me hacía diferente… ya no está. El rayo se lo llevó .
Los viejos se quedaron pasmados. En su cosmovisión, esto era más que un milagro médico; era una señal inequívoca de que yo había sido una elegida, un instrumento divino para purgar al pueblo y purgarme a mí misma. —¡Milagro! —gritó Tata Chencho, alzando los brazos al cielo—. ¡Es un milagro doble! ¡Agua para la tierra y gracia para la mujer!
Me abrazaron. Esos hombres que representaban la tradición, la ley y el juicio del pueblo, me abrazaron llorando, sin importarles que yo fuera una mujer y ellos ancianos respetables. Allí, en la cima del cerro, bajo la furia de la tormenta, éramos solo seres humanos pequeños ante la inmensidad del misterio .
—Vamos —dije, sintiendo una urgencia nueva—. Tenemos que bajar. El pueblo tiene que saber.
El descenso fue peligroso pero jubiloso. El camino seco y polvoriento por el que habíamos subido se había convertido en un arroyo de lodo resbaloso. Nos caímos varias veces, nos manchamos de barro de pies a cabeza, pero nos levantábamos riendo. La lluvia no paraba. Era una lluvia bendita, de esas que calan hondo y reviven las raíces muertas.
A medida que bajábamos, el paisaje cambiaba ante nuestros ojos. El polvo gris se asentaba. Las piedras brillaban limpias. El olor a tierra mojada se hacía más intenso, llenando los pulmones con promesa de vida. Desde lo alto, podíamos oír al pueblo. No eran gritos de terror. Eran gritos de fiesta.
Llegamos a las primeras casas. La escena era conmovedora. La gente había salido a las calles. Nadie buscaba refugio. Todos querían mojarse. Vi a hombres viejos con la boca abierta, bebiendo el agua del cielo como niños. Vi a madres bailando con sus bebés en brazos, dejando que la lluvia lavara la costra de suciedad y tristeza de sus caritas. Vi a los perros ladrando y saltando en los charcos que se formaban rápidamente .
Cuando nos vieron aparecer al final de la calle principal, la multitud se detuvo un momento. Yo caminaba al frente, apoyada en el brazo de Tata Chencho. Mi túnica blanca estaba manchada de lodo y sangre del sacrificio del cordero, y pegada a mi cuerpo. Pero ya no me importaba quién me viera. Caminaba con la cabeza alta, con una dignidad que irradiaba luz.
—¡Es Amara! —gritó alguien—. ¡Regresó! ¡La Santa regresó!
Corrieron hacia nosotros. Ya no había miedo en sus ojos, ni asco, ni burla. Había adoración pura. Se abalanzaron sobre mí, no para agredirme, sino para tocarme. Querían tocar el milagro. Me tocaban las manos, los hombros, el pelo, como si quisieran asegurarse de que era real, de que no era un espíritu .
—¡Gracias, Amara! ¡Nos salvaste! —¡Perdónanos, hija! ¡Perdónanos por ser tan ciegos!
Me sentí abrumada por tantas manos, pero no me aparté. Entendía su necesidad. Necesitaban creer que el perdón era posible. Tata Chencho alzó su bastón y pidió silencio. La lluvia seguía cayendo fuerte, pero la gente se calló para escuchar.
—¡Escuchen todos! —gritó el anciano con voz ronca—. Hoy, esta mujer ha subido al infierno y ha traído el cielo para nosotros. Los dioses han aceptado su sacrificio. Y no solo nos han devuelto el agua. Nos han devuelto a una hija. Me miró, invitándome a hablar.
Di un paso al frente. Busqué entre la multitud las caras conocidas. —El cielo ha hablado —dije, y mi voz sonó fuerte, segura—. La sequía ha terminado. Pero también ha terminado mi castigo. Me llevé la mano al vientre, un gesto instintivo de protección y revelación. —Lo que me hacía diferente, lo que causó tanto miedo y tanto chisme… se ha ido. El rayo me ha limpiado. Soy Amara. Solo Amara. Mujer completa, por gracia de Dios .
Un murmullo de asombro recorrió la multitud. —¿Es verdad? —preguntaban. —Mírenla a los ojos —decía Tata Chencho—. Es verdad. Ha renacido.
La gente estalló en vítores. “¡Viva Amara!”, gritaban. Las mujeres lloraban y se abrazaban. Los hombres se quitaban los sombreros. La lluvia, incesante, parecía lavar en ese momento no solo la tierra, sino la culpa colectiva de un pueblo que había sido cruel por ignorancia .
Pero mis ojos buscaban a una sola persona. Buscaba entre los rostros empapados, entre las sonrisas y las lágrimas. Buscaba al hombre que me había prometido amor eterno y me había abandonado en mi hora más oscura.
Y entonces, la multitud se abrió. Ahí estaba Tadeo. Estaba parado en medio de la calle, empapado, con la camisa pegada al pecho y el cabello escurriendo agua. Me miraba con una expresión indescriptible: mezcla de incredulidad, arrepentimiento profundo y un amor que parecía dolerle físicamente. Dio un paso hacia mí, vacilante, como quien se acerca a una aparición sagrada que teme profanar.
—¿Amara? —preguntó, con la voz quebrada por el llanto que se confundía con la lluvia. Lo miré. Ya no sentía rencor. El milagro en la montaña se había llevado mi “defecto”, pero también se había llevado mi odio. Me sentía tan llena de gracia que no había espacio para el resentimiento. —Soy yo, Tadeo —le dije suavemente.
Él cayó de rodillas en el lodo, ahí mismo, frente a todo el pueblo. El hombre orgulloso, el ranchero fuerte, se rompió en mil pedazos frente a su mujer. —Soy un cobarde —sollozó, cubriéndose la cara con las manos—. No merezco ni que me mires. Te dejé sola. Te mandé a morir. El pueblo observaba en silencio. Era el juicio final de Tadeo. Me acerqué a él. Sentí el lodo frío en mis pies descalzos. Me incliné y tomé sus manos, obligándolo a descubrirse la cara. —Mírame, Tadeo.
Él levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, llenos de dolor. —Perdóname… si puedes. Aunque yo no me lo perdone nunca. Sonreí, y sentí que esa sonrisa cerraba el ciclo de dolor. —Levántate —le susurré—. Hoy ha llovido mucho. El agua se lleva todo, Tadeo. Lo malo y lo sucio. Hoy empezamos de cero.
Él se levantó, temblando. Me miró como si fuera la primera vez que me veía. —¿De verdad? —preguntó, incrédulo ante tanta misericordia. —De verdad. Ya no hay secretos, Tadeo. Ya no hay nada que esconder. Soy tuya, completamente. Él soltó un grito ahogado y me abrazó. Me abrazó con una fuerza desesperada, levantándome del suelo, enterrando su cara en mi cuello mojado. El pueblo estalló en aplausos y gritos de alegría.
Esa tarde, bajo la lluvia que no cesaba, San Juan de los Cedros celebró la vida. No hubo música de banda porque los instrumentos se hubieran mojado, pero hubo risas, hubo baile en los charcos y hubo perdón. Me llevaron a mi casa, mi verdadera casa, la casa azul. Mis padres estaban ahí, llorando de vergüenza y alegría, pidiéndome perdón por haberme ocultado tanto tiempo. Los abracé también. El rencor es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera, y yo ya no quería veneno en mi vida.
Esa noche, la lluvia siguió cantando en el techo de lámina, una canción de cuna para un pueblo renacido. Tadeo y yo entramos a nuestra habitación. La misma habitación donde meses atrás había reinado el miedo y el rechazo. Esta vez, no hubo oscuridad. Dejamos una vela encendida. Tadeo me miró, y por primera vez, no hubo duda en sus ojos. —¿Puedo? —preguntó, acercando su mano a mi cintura, temeroso de que fuera un sueño. —Debes —le contesté.
Y así, mientras el cielo regaba los campos afuera, adentro de esas cuatro paredes, el amor finalmente floreció sin sombras, sin miedos y sin secretos. La tormenta me había traído al mundo con un misterio, y otra tormenta me había liberado de él.
CAPÍTULO 8: La Segunda Boda y el Milagro del Perdón
Dicen que después de la tempestad viene la calma, pero en San Juan de los Cedros llegó algo mejor: llegó la vida. En los días que siguieron a la gran tormenta, el pueblo entero fue testigo de un segundo milagro, más lento pero igual de asombroso que el rayo en la montaña. La tierra, que había estado muerta, gris y agrietada, empezó a beber.
Fue como ver despertar a un gigante. Primero, los campos se cubrieron de una pelusa verde, tímida pero valiente. Luego, el río, que no era más que una cicatriz de lodo, volvió a cantar su música de agua corriente sobre las piedras. Los maizales se levantaron con orgullo, y los árboles frutales, que parecían esqueletos, reventaron en flores y hojas nuevas, como si quisieran recuperar el tiempo perdido .
Pero la transformación más grande no fue la del paisaje, sino la de la gente. El miedo y la superstición, que habían envenenado los corazones de mis vecinos, fueron lavados por la lluvia. Ya no me miraban con sospecha ni bajaban la voz cuando pasaba. Ahora, cuando iba al mercado, las señoras me detenían para regalarme las mejores naranjas o para pedirme que bendijera a sus hijos, como si mis manos tuvieran magia .
—Buenos días, Doña Amara —me saludaban con respeto. Yo sonreía, todavía acostumbrándome a no ser invisible, a no ser la “rara”. Me sentía parte de ellos por primera vez. Esa sensación de pertenencia, de que te saluden por tu nombre y te sonrían con cariño, es algo que solo valora quien ha vivido en el exilio del desprecio .
Sin embargo, en mi propia casa, la restauración era un proceso más delicado. Tadeo y yo vivíamos juntos de nuevo, sí, pero algo había cambiado. Él ya no era el muchacho impulsivo que me exigía cosas; se había convertido en un hombre que caminaba con pies de plomo, temeroso de romper la frágil felicidad que habíamos recuperado.
La culpa lo carcomía. Lo veía en sus ojos cuando pensaba que yo no lo miraba. Se sentía indigno. Se levantaba antes que el sol para trabajar la tierra con una furia renovada, como si quisiera pagar su deuda con sudor. Llegaba en la tarde, cansado, y me traía flores del campo, pero no se atrevía a tocarme sin pedir permiso primero con la mirada.
—Amara —me dijo una noche, mientras cenábamos frijoles frescos—, siento que te robé tu primera boda. Esa fiesta fue una mentira. Tú tenías miedo y yo estaba ciego. No fue justo.
Le tomé la mano por encima de la mesa. Sus callos raspaban mi piel suave, y eso me gustaba. —Ya pasó, Tadeo. Lo pasado, pisado. —No —dijo él, negando con la cabeza—. Para el pueblo estamos casados, pero ante mi corazón, siento que tengo que ganármelo otra vez. Quiero hacer las cosas bien. Quiero cortejarte como se debe, ahora que te conozco de verdad, ahora que sé la mujer valiente que eres .
Y cumplió su palabra. Tadeo, mi esposo, se convirtió en mi novio otra vez. Pero esta vez no había secretos bajo la falda ni miedos en la alcoba. Esta vez, cada beso era honesto y cada abrazo era una celebración de nuestra verdad. Me enamoré de él de nuevo, no del muchacho guapo de la feria, sino del hombre que tuvo la humildad de arrodillarse en el lodo y pedir perdón.
Un domingo, cuando la plaza estaba llena de gente celebrando que la cosecha se había salvado, Tadeo hizo su movimiento. La banda de viento estaba tocando “El Sauce y la Palma”. El aire olía a elotes asados y a tierra mojada.
Tadeo subió al kiosco, igual que la primera vez, y pidió silencio. El pueblo, que ahora lo respetaba más por haber reconocido su error, calló. —¡Gente de San Juan! —gritó, con la voz quebrada por la emoción—. Todos ustedes saben mi historia. Saben que fallé. Saben que dudé de la mujer más increíble que ha pisado esta tierra.
Me buscó con la mirada entre la multitud. Yo sentí que las rodillas me temblaban, pero esta vez de emoción pura. Tadeo bajó del kiosco y caminó hacia mí. La gente se abrió paso, formando un pasillo de honor. Se paró frente a mí, con el corazón en la mano, rebosante de amor y respeto .
—Amara —dijo, y se arrodilló sobre el empedrado de la plaza, frente a todos—. Tú nos enseñaste lo que es la fuerza y el sacrificio. Tú subiste a la montaña cuando todos nosotros teníamos miedo. Me has enseñado a ser hombre de verdad.
Sacó un anillo nuevo. No era de oro caro, era sencillo, pero brillaba más que cualquier joya. —Te pido no solo tu mano, sino tu perdón definitivo. Te pido que te cases conmigo otra vez. Pero esta vez, sin máscaras. Esta vez, prometo estar contigo en las tormentas y en las secas, prometo defenderte de todo y de todos, incluso de mí mismo. ¿Te quieres casar conmigo, Amara? .
Las lágrimas rodaron por mis mejillas, libres y felices. Miré a mi alrededor. Vi a mis padres llorando de orgullo. Vi a los ancianos asintiendo con aprobación. Vi a Katia, mi antigua amiga, sonriéndome con arrepentimiento y cariño. —Sí, Tadeo —respondí, con voz fuerte—. ¡Sí, mil veces sí!
El pueblo estalló en aplausos. La banda empezó a tocar una diana triunfal. Tadeo me levantó en brazos y me besó, y ese beso supo a gloria, a promesa cumplida, a final feliz de cuento, pero de un cuento real, de esos que cuestan sangre y lágrimas .
La segunda boda fue muy distinta a la primera. No hubo nervios, ni corsés apretados para esconder nada, ni miradas de pánico. Fue una celebración comunal. Todo el pueblo quiso participar. Las mujeres bordaron mi vestido nuevo, que esta vez era ligero y fresco. Los hombres trajeron leña y carne. Los niños cortaron flores silvestres para adornar la iglesia y la plaza .
Más que la unión de dos personas, aquello se sentía como la fiesta de la resurrección de San Juan. Celebrábamos que la lluvia había vuelto, que el odio se había ido y que la aceptación había ganado la batalla contra el miedo .
Cuando intercambiamos los votos bajo el cielo azul limpio de la sierra, sentí una paz inmensa. —Yo, Tadeo, te tomo a ti, Amara, tal como eres, perfecta y completa… —Yo, Amara, te tomo a ti, Tadeo, como mi compañero y mi igual…
Bailamos hasta que nos dolieron los pies. Comimos mole hasta reventar. Los ancianos contaban la historia de mi subida al cerro una y otra vez, convirtiéndola ya en leyenda. Decían que yo era un símbolo, una prueba de que los desafíos personales, por más duros que sean, pueden traer bendiciones para todos si se enfrentan con valentía .
En medio del baile, me detuve un momento a mirar las caras de mi gente. Esas mismas caras que meses atrás me miraban con asco, ahora brillaban con calidez y orgullo. Me di cuenta de que ellos también habían cambiado. Mi “defecto” había sido el espejo donde se reflejaron sus propios miedos, y al sanarme yo, se sanaron ellos . Finalmente, sentí que pertenecía. No era la “niña de la tormenta” ni el “fenómeno”. Era Amara Martínez, esposa, hija, vecina y heroína de su propia historia.
EPÍLOGO: La Lección del Cerro
Han pasado muchos años desde aquel día. Mi pelo, que antes era negro como ala de cuervo, ahora tiene hilos de plata. Tadeo y yo llenamos la casa azul con las risas de nuestros hijos y luego de nuestros nietos. Dios nos bendijo con una familia grande y ruidosa, tal como Tadeo soñaba.
A veces, cuando hay tormenta y los truenos sacuden las ventanas, mis nietos corren a mi cama asustados. —Abuela, tengo miedo —me dicen. Yo los abrazo y les cuento mi historia. Les cuento de la niña que nació con un secreto, de la sequía que casi nos mata y del rayo que me cambió la vida.
Les enseño lo que aprendí a la mala, para que ellos lo aprendan a la buena. Les digo que nunca deben rechazar a nadie por ser diferente, porque a veces, en esa diferencia, está escondida la salvación de todos. Les digo que no juzguen, porque el que juzga sin saber, se condena a la ignorancia . Y sobre todo, les enseño que todos estamos conectados. Que ayudar a otros, incluso al que parece más extraño o ajeno, es ayudarse a uno mismo, porque somos como el maíz: si una caña se seca, la de al lado sufre, pero si una crece fuerte, sostiene a las demás .
Hoy, San Juan de los Cedros es un pueblo próspero. El río nunca se ha vuelto a secar. Y dicen, los que pasan por aquí, que es un lugar donde la gente es inusualmente amable, donde nadie se burla de nadie y donde las puertas siempre están abiertas para el que es diferente. Ese es mi legado. No el milagro del rayo, sino el milagro del corazón abierto. Soy Amara, la mujer que tuvo que perderse para encontrarse, y esta fue mi verdad.
FIN