¡LA TRATARON COMO A UN ANIMAL, PERO ELLA TERMINÓ SIENDO LA REINA! LA HISTORIA QUE HIZO LLORAR A TODO MÉXICO…

CAPÍTULO 1: LA SOMBRA DEL MEZQUITE Y EL FRÍO DEL OLVIDO

La madrugada en San Isidro no era simplemente el inicio de un nuevo día; para Camila, era el comienzo de una batalla diaria contra el frío, el hambre y el miedo. El cielo sobre la sierra aún mantenía ese tono azul petróleo, profundo y denso, salpicado por las últimas estrellas que se resistían a morir ante la inminente llegada del sol. En el corral de los vecinos, el gallo “El Colorado” aún dormía, y el silencio en el pueblo era tan pesado que se podía escuchar el zumbido de los insectos y el crujir de la madera vieja de las casas acomodándose al cambio de temperatura.

Camila abrió los ojos antes de que cualquier luz entrara por las rendijas de su cuarto, que no era más que un cuartucho de adobe pegado a la cocina de humo, donde se guardaban los costales de maíz y las herramientas oxidadas. Su cama era un catre viejo con un colchón delgado que dejaba sentir los resortes en sus costillas, cubierto por cobijas que picaban más de lo que calentaban. El aire gélido de la sierra se colaba sin piedad por debajo de la puerta, mordiéndole los pies descalzos en cuanto tocaron el suelo de tierra apisonada.

—Ay, Diosito, dame fuerzas —susurró, con la voz ronca por la falta de uso y la sequedad de la garganta. Su aliento formó una pequeña nube de vapor frente a su rostro.

Se frotó los brazos, sintiendo la piel de gallina bajo su camisón de manta, desgastado hasta la transparencia en los codos. No había tiempo para desperezarse, ni para soñar con otra vida. El reloj biológico del miedo la había despertado puntualmente a las cuatro y media de la mañana. Si Doña Verania se despertaba y la pila de agua no estaba llena hasta el borde, o si el patio tenía una sola hoja seca caída durante la noche, el infierno se desataría en la casa de Don Octavio.

Camila se puso sus huaraches, esos que ya tenían la suela tan delgada que sentía cada piedrita del camino, y se echó encima su rebozo gris, el único abrazo cálido que recibiría en todo el día. Salió al patio con sigilo, cuidando que la puerta no rechinara, aunque las bisagras oxidadas siempre amenazaban con delatarla.

El patio era grande, con un viejo árbol de mezquite en el centro que proyectaba sombras fantasmales bajo la luz de la luna menguante. Camila tomó la cubeta de lámina, abollada y con parches de chapopote para tapar los agujeros, y la escoba de varas que le dejaba las manos llenas de astillas y callos. Sus manos, aunque jóvenes, parecían las de una mujer de cuarenta años: ásperas, agrietadas por el jabón corriente y el agua helada.

Su estómago rugió, un sonido hueco y doloroso que le recordó que su última comida había sido una tortilla con sal y un poco de frijoles aguados la tarde anterior. Verania había cerrado la alacena con candado otra vez, alegando que “los ratones se comían el queso”, aunque todos sabían que el único ratón al que quería matar de hambre era a Camila.

—Aguanta, tripa, aguanta —se dijo a sí misma, apretándose el abdomen con una mano mientras con la otra empezaba a barrer.

El sonido de la escoba contra la tierra era rítmico, casi hipnótico. Shhh, shhh, shhh. Barría con una precisión quirúrgica. No podía quedar ni una sola piedra fuera de lugar. Mientras barría, su mente volaba al pasado, a esos días que parecían de otra vida, cuando la casa no era gris ni fría.

Recordaba a su madre, Adela. ¡Qué mujer tan hermosa había sido! Tenía el cabello largo y negro como la noche sin luna, y siempre olía a hierbabuena y a leña dulce. Adela cantaba mientras cocinaba. Cantaba boleros viejos, de esos que hablan de amores eternos y sufrimientos dulces. La casa siempre estaba llena de gente, de risas, de flores. Don Octavio, su padre, era un hombre distinto entonces. Era alto, fuerte, con un bigote espeso que siempre sonreía. La cargaba en sus hombros y la paseaba por el pueblo gritando: “¡Ahí va mi princesa, la dueña de mis quincenas!”.

Pero la tragedia llegó como una tormenta de granizo en plena cosecha. Rápida, brutal y destructora. Una fiebre repentina se llevó a Adela en cuestión de días. Camila, con apenas seis años, no entendía por qué su madre estaba tan fría, por qué ya no cantaba. Solo recordaba el llanto desgarrador de su padre, un sonido que le heló la sangre y que nunca volvió a escuchar, porque después del entierro, Don Octavio se quedó mudo.

El hombre fuerte se derrumbó. Se convirtió en una sombra. Dejó de trabajar las tierras con el mismo ímpetu, dejó de ir a las juntas ejidales, dejó de ver a Camila. Se pasaba los días sentado bajo el mezquite, mirando hacia el cerro, masticando una ramita, perdido en un laberinto de dolor del que no quería salir.

—¡Muévete, estúpida!

El grito sacó a Camila de sus recuerdos de golpe. El corazón le saltó en el pecho como un conejo asustado. Miró hacia la ventana de la recámara principal. La luz estaba encendida.

—¡Ya voy, mamá Verania! ¡Ya estoy terminando! —respondió con la voz temblorosa.

—¡No me digas mamá, igualada! ¡Soy Doña Verania para ti! —gritó la mujer desde adentro—. Y más te vale que el agua para mi baño esté hirviendo, porque si me sale tibia, te voy a bañar a ti con agua helada del pozo, ¿me oíste?

—Sí, señora. Sí, Doña Verania.

Camila corrió hacia el pozo. Bajar la cubeta, sentir el peso del agua al subirla con la polea oxidada, vaciarla en los cántaros de barro, y repetir. Una, dos, diez veces. Sus brazos ardían, sus hombros crujían, pero no paraba. Tenía que llenar los tambos, llenar la pila del lavadero, y poner las ollas en el fogón para calentar el agua de la señora y de su “hermanita”.

Verania había llegado al pueblo dos años después de la muerte de Adela. Los compadres de Don Octavio lo convencieron: “Octavio, la niña necesita una madre. Tú te estás secando en vida. Cásate con Verania, es una mujer de hogar, viuda también, ella te va a ayudar”.

Y al principio, Verania fingió muy bien. Era una actriz digna de una telenovela estelar. Llegó con vestidos coloridos, le traía dulces de piloncillo a Camila, le cepillaba el cabello y le decía “mi niña linda”. Don Octavio, en su neblina de tristeza, creyó que había hecho lo correcto. Creyó que había traído paz a su hogar. Pero era el caballo de Troya.

La verdadera cara de Verania salió a la luz el día que nació Marisol. Su propia hija. Una niña de piel blanca, casi transparente, y ojos claros, herencia de quién sabe qué abuelo lejano. Desde ese día, Camila dejó de existir como hija y pasó a ser un estorbo.

—¡Camila! —El grito ahora venía de la puerta de la cocina.

Verania estaba parada allí, con su bata de seda rosa (que desentonaba horriblemente con el entorno rural) y los tubos en la cabeza. Tenía esa mirada de águila buscando presa.

—¿Qué son estas horas y el café no está puesto? —siseó, acercándose peligrosamente a Camila.

—Ya… ya está el agua en el fuego, señora. Solo falta que hierva… la leña estaba un poco húmeda por el sereno —balbuceó Camila, retrocediendo instintivamente.

—¡Excusas! ¡Puras excusas de gente floja! —Verania levantó la mano y ¡ZAS!, una cachetada seca y ardiente aterrizó en la mejilla de Camila. No fue muy fuerte, pero sí lo suficiente para humillar, para marcar territorio.

—Eres igualita a tu madre, una inútil que no sirve ni para calentar agua. ¡Mala suerte! Eso es lo que eres. Desde que naciste trajiste la desgracia a esta casa. Tu madre se murió por tu culpa, porque le quitaste la vida al nacer, la dejaste débil. Y a tu padre lo tienes así, convertido en un vegetal, de pura vergüenza de tener una hija como tú.

Esas palabras dolían más que el golpe. “Mala suerte”. “Tu culpa”. Se lo habían repetido tanto que Camila ya se lo creía. Se sentía manchada, indigna.

—Perdón, señora —susurró, bajando la cabeza para ocultar las lágrimas que amenazaban con salir. Llorar estaba prohibido. Si lloraba, le daban otra razón para llorar más fuerte.

—¡Lárgate a la tienda por el pan dulce para Marisol! Y corre, que si llegas y las conchas están frías, te las hago tragar con todo y bolsa.

Camila tomó las monedas que Verania le aventó al suelo y salió corriendo. El sol apenas empezaba a asomar sus primeros rayos dorados sobre los cerros, pintando el cielo de naranja y violeta. El pueblo de San Isidro comenzaba a despertar. Se escuchaban los burros rebuznando, el olor a nixtamal cociéndose para las tortillas, y el saludo de los campesinos que iban a la milpa.

Mientras corría por las calles empedradas, la gente la miraba. Algunos con lástima, otros con desprecio contagiado por los chismes de Verania.

—Ahí va la “cenicienta” —murmuró Doña Chona, la dueña de la tienda de abarrotes, mientras barría su banqueta—. Pobre criatura, pero dicen que sí tiene malas mañas, que se roba cosas de su propia casa.

—Y que está media loca —respondió su vecina—. Dicen que habla con los animales y que se la pasa en el monte como bruja. Verania sufre mucho con ella, es una santa esa mujer por aguantarla.

Camila escuchaba los murmullos. Tenía el oído fino. Cada palabra era una piedra más en el costal que cargaba en su espalda. “No soy mala, no soy ratera, no soy bruja”, gritaba en su interior, pero sus labios permanecían sellados. Había aprendido que defenderse era inútil. La verdad de los pobres y los rechazados no vale nada frente a la mentira bien vestida de los poderosos.

Llegó a la panadería con el corazón desbocado. Compró las conchas, los cuernos y las orejas que tanto le gustaban a Marisol. El olor a pan recién horneado le hizo agua la boca. Un mareo leve la obligó a recargarse en el mostrador.

—¿Estás bien, muchacha? —preguntó el panadero, Don Beto, un hombre mayor que conocía a su padre desde niños.

—Sí, Don Beto. Solo… me tropecé.

Don Beto la miró con tristeza. Él recordaba a la Camila de antes, la niña risueña. Con un movimiento rápido, metió un bolillo caliente en una bolsita de papel y se lo deslizó por debajo del mostrador.

—Ten. Cómetelo en el camino. Y no digas nada.

Camila lo miró con los ojos muy abiertos. Esa pequeña muestra de bondad fue como un rayo de sol en medio de su tormenta.

—Gracias, Don Beto. Que Dios se lo pague.

Salió de la panadería y, asegurándose de que nadie la viera, mordió el bolillo. El sabor del pan caliente, simple y reconfortante, le devolvió un poco de alma al cuerpo. Caminó de regreso a casa, masticando rápido para no dejar evidencia.

Al llegar, Marisol ya estaba despierta, sentada en la mesa de la cocina como una reina. Tenía dieciocho años, igual que Camila, pero parecían de especies diferentes. Marisol era regordeta, de piel cuidada con cremas caras, cabello teñido de un rubio cenizo que no le iba del todo bien, y siempre vestía ropa limpia y planchada. Camila, en cambio, era delgada como una vara de nardo, con la piel tostada por el sol, el cabello negro y revuelto escondido bajo el rebozo, y la ropa siempre manchada de ceniza o tierra.

—¡Por fin llegas! —se quejó Marisol, golpeando la mesa con sus uñas pintadas de rojo—. Me muero de hambre. ¿Trajiste mi concha de vainilla?

—Sí, aquí está —dijo Camila, poniendo la bolsa en la mesa.

—Ponla en el plato, bruta. ¿Qué quieres, que coma del papel como los albañiles? —intervino Verania, entrando a la cocina ya vestida y perfumada. El olor de su perfume barato y dulzón llenaba el cuarto, mezclándose con el olor a humo y frijoles.

Camila sirvió el desayuno. Chocolate caliente para Marisol y Verania, café negro y aguado para Don Octavio, que acababa de entrar arrastrando los pies.

Don Octavio se sentó en la cabecera. No miró a nadie. Su camisa estaba mal abotonada y su sombrero sucio.

—Buenos días, papá —dijo Camila en voz baja, poniéndole la taza enfrente.

Él no respondió. Solo sopló el vapor del café, con la mirada perdida en algún punto de la pared donde la pintura se estaba descascarando.

—¡Ay, Octavio! —reprochó Verania—. ¿Ni siquiera te vas a rasurar hoy? Pareces un vagabundo. Qué vergüenza si vienen visitas. Marisol, hija, dile a tu padre que se arregle.

—Ay mamá, déjalo. Ya sabes que él vive en su mundo —dijo Marisol con la boca llena de pan—. Oye, Cami, se me cayó esmalte en mi vestido azul. Lávalo ahorita, pero a mano, eh, que no quiero que se maltrate. Y tállalo bien.

—Sí, Marisol.

—Y después de eso —agregó Verania—, te vas al monte a buscar leña. La que trajiste ayer estaba muy verde y hizo mucho humo. Quiero leña seca, de mezquite. Y no regreses hasta que traigas un tercio bien grande.

—Pero… —Camila dudó. Ir al monte sola era peligroso, y estaba lejos. Además, sus huaraches estaban a punto de romperse—. Señora, mis huaraches ya no aguantan el camino al cerro…

Verania soltó una risa seca.

—¡Pues ve descalza! Así se te hace callo y dejas de quejarte. ¿Crees que el dinero crece en los árboles para comprarte zapatos cada mes? ¡Agradece que tienes techo y comida! ¡Lárgate, órale!

Camila miró a su padre, buscando, rogando por una intervención. “Papá, mírame. Papá, defiéndeme. Soy tu hija, tu princesa”. Pero Don Octavio siguió soplando su café, sordo y ciego ante la crueldad que devoraba a su propia sangre.

Con el corazón hecho pedazos, Camila tomó el machete viejo, un lazo y salió de la casa. El sol ya quemaba. El camino hacia el monte era empinado y lleno de espinas. Pero no tenía opción.

Mientras caminaba, alejándose del pueblo, Camila empezó a cantar bajito, una de las canciones que su madre le cantaba. Era su única forma de resistir, de recordar que, aunque la trataran como basura, ella venía de alguien que la había amado profundamente.

Cucurrucucú… paloma… ya no le llores… —cantaba, y su voz, aunque quebrada, tenía una dulzura que hacía que los pájaros del camino guardaran silencio para escucharla.

No sabía que ese día, en ese camino, su destino estaba a punto de cruzarse con algo que cambiaría su vida para siempre. No sabía que su “mala suerte” estaba a punto de terminarse, o quizás, de complicarse de una manera maravillosa. Pero por ahora, solo era Camila, la niña del rebozo gris, subiendo la cuesta con el alma cansada y la esperanza rota.

CAPÍTULO 2: EL RUMOR DEL VIENTO Y LA JAULA DE ORO

El tiempo en la sierra no perdona, pero a veces, tampoco olvida. Con el paso de los años, mientras la casa de Don Octavio se desmoronaba bajo la desidia y la tristeza, algo milagroso ocurría con Camila. A pesar de la mala comida, de las horas interminables bajo el sol cortando leña y de la mugre que Verania la obligaba a limpiar, Camila floreció como una flor de cactus en medio del desierto: resistente, espinosa por fuera para protegerse, pero con una belleza interior que dejaba sin aliento.

No era una belleza de revista, de esas que se compran en las farmacias o se pintan con cosméticos caros. Lo de Camila era algo antiguo, algo que venía de la tierra misma. Su piel, tostada por el sol del campo, tenía el color de la canela y brillaba con un resplandor dorado al atardecer. Su cabello, negro y rebelde, caía en una cascada que, cuando lograba soltarse de la trenza apretada, enmarcaba un rostro de facciones finas pero fuertes. Y sus ojos… esos ojos color miel eran ventanas a un alma vieja, llenos de una tristeza dulce que despertaba en los hombres un instinto protector que ellos mismos no comprendían.

Los muchachos del pueblo, y hasta los de las rancherías vecinas, empezaron a notarlo. Ya no veían a la niña sucia que corría tras las gallinas; veían a una mujer.

El primero en intentarlo fue Chema, el hijo del herrero. Un muchacho trabajador, de manos grandes y honestas. Llegó una tarde de domingo, peinado con limón y con una camisa almidonada que le quedaba un poco grande, cargando una bolsa de naranjas dulces como ofrenda.

Camila estaba en el lavadero, tallando los pantalones de mezclilla de su padre, cuando lo vio llegar a la reja. Su corazón dio un pequeño salto. Nadie la visitaba nunca.

—Buenas tardes, Camila —dijo Chema, quitándose el sombrero y estrujándolo entre las manos nerviosas—. Te traje… bueno, son de la huerta de mi papá. Están dulces.

Camila se secó las manos en el delantal, sonrojada.

—Gracias, Chema. No te hubieras molestado.

Pero antes de que pudiera acercarse a la reja para recibir el regalo, la puerta de la casa se abrió de golpe como si la hubiera pateado el diablo. Doña Verania salió, no con gritos esta vez, sino con esa sonrisa viperina que era mucho más peligrosa.

—¡Ay, qué visita tan agradable! —exclamó Verania, bajando los escalones con una falsa cordialidad que helaba la sangre—. Muchacho, qué detalle. Pero, ¿sabes? —Bajó la voz, acercándose a la reja y haciendo un gesto para que Chema se acercara, como si fuera a contarle un secreto de estado—. Yo que tú, no me acercaba mucho.

Chema frunció el ceño, confundido.

—¿Por qué, señora? Yo vengo con buenas intenciones.

Verania soltó un suspiro teatral, llevándose la mano al pecho.

—Ay, hijo, es que nos da tanta pena… No nos gusta que la gente sepa, por respeto a su pobre madre finada, pero Camila… —hizo una pausa dramática, mirando de reojo a Camila, que permanecía paralizada junto al lavadero—, Camila no está bien de sus facultades.

—¿Cómo? —preguntó el muchacho.

—Sí, pobrecita. Tiene… ataques. A veces se queda mirando la pared por horas, hablando con gente que no existe. Y lo peor… —Verania se persignó rápido—, dicen que heredó lo de su abuela, que tenía pacto con los espíritus del monte. A veces, en la noche, la oímos aullar como coyote. Y todavía moja la cama, imagínate. Es una niña en cuerpo de mujer.

La cara de Chema cambió del interés al horror en segundos. Miró a Camila, quien negaba con la cabeza frenéticamente, con los ojos llenos de lágrimas, tratando de gritar “¡Es mentira!”, pero la voz se le atoró en la garganta por el miedo.

—Yo… yo no sabía, señora. Con permiso —balbuceó Chema, y salió casi corriendo, dejando las naranjas tiradas en el polvo.

Verania soltó una carcajada seca y pateó la bolsa de naranjas.

—¡Recoge eso! —le ordenó a Camila—. Y que te sirva de lección. Nadie va a querer a una loca. Nadie va a querer a la hija de la mala suerte. Tu destino es servirme a mí y a tu hermana hasta que te mueras.

Camila recogió las naranjas en silencio, con el alma machacada una vez más. Y así pasó con el hijo del panadero, con el sobrino del cura y con un ganadero que vino desde la ciudad. Verania tenía un veneno diferente para cada uno: “tiene lepra escondida”, “es ratera compulsiva”, “está maldita”.

La casa se convirtió en una fortaleza de soledad para Camila. Mientras tanto, Marisol crecía entre algodones, creyéndose la reina de un reino de polvo. Se pasaba los días hojeando revistas de chismes, soñando con telenovelas y quejándose del calor, de las moscas y de la comida que Camila preparaba con tanto esfuerzo.

—Mamá, ¿cuándo nos vamos a ir de este pueblo bicicletero? —se quejaba Marisol—. Yo nací para grandes cosas, no para oler a estiércol de vaca todo el día.

—Paciencia, mi reina —le decía Verania, cepillándole el cabello ralo—. Tu momento va a llegar. Yo me voy a encargar de eso.

Y el momento llegó, envuelto en una nube de polvo y el sonido de motores potentes.

Era un martes de canícula, de esos donde el sol cae a plomo y el aire pesa. El pueblo de San Isidro dormitaba en su letargo habitual, hasta que el estruendo rompió la paz. Una caravana de tres camionetas negras, lujosas y blindadas, con los vidrios tan oscuros que parecían espejos, cruzó la calle principal levantando una polvareda que hizo toser a los perros callejeros.

Detrás de ellas, venía una camioneta de redilas con unos altavoces gigantes amarrados con lazos. La música de banda sonó a todo volumen, despertando hasta a los muertos del panteón municipal, seguida de una voz de locutor de feria:

—¡Atención! ¡Atención, habitantes de San Isidro y sus alrededores! —La voz retumbaba en las paredes de adobe—. La ilustre familia Montemayor, patrones de la Hacienda La Esperanza, tiene el honor de comunicarles una gran noticia.

La gente salió de sus casas, limpiándose las manos en los delantales, asomándose por las ventanas. Los Montemayor eran leyenda. Dueños de medio estado, exportadores de aguacate y ganaderos millonarios. Se decía que en su hacienda los grifos eran de oro y que tenían caballos que comían mejor que la gente del pueblo.

—¡El joven Alejandro Montemayor ha regresado de sus estudios en el extranjero! —continuó la voz—. Y para celebrar su retorno y su intención de sentar cabeza en estas tierras, la familia Montemayor invita a todas, escuchen bien, ¡a todas las señoritas casaderas de la región a un Gran Baile de Gala este próximo sábado!

Un murmullo recorrió el pueblo como un incendio en pasto seco.

—¡Habrá música en vivo, banquete y el joven Alejandro elegirá a la compañera que engalanará la hacienda a su lado! ¡No falten! ¡El destino puede cambiar en una noche!

Camila venía del molino con la masa para las tortillas cuando escuchó el anuncio. Se detuvo en la esquina, sintiendo un escalofrío extraño. No era ambición, era una curiosidad punzante. ¿Cómo sería una fiesta así? ¿Cómo sería ver gente feliz, bailando sin miedo a que las regañaran? Por un segundo, solo por un segundo, se imaginó a sí misma con un vestido limpio, girando bajo luces de colores.

Pero la realidad la golpeó en cuanto cruzó el portón de su casa.

El ambiente adentro era de histeria colectiva. Verania corría de un lado a otro como gallina decapitada, sacando ropa vieja de baúles apolillados, gritando instrucciones al aire.

—¡Es esto! ¡Esto es lo que le pedí a la Santa Muerte! —gritaba Verania, con los ojos desorbitados de avaricia—. ¡Marisol! ¡Deja de tragar galletas y levántate! ¡Tenemos tres días! ¡Tres días para convertirte en una señora de sociedad!

Marisol miraba a su madre con la boca abierta, con migajas de pan en la comisura de los labios.

—¿Yo? Ay mamá, qué flojera ir a bailar. Me duelen los juanetes con los tacones.

—¡Te van a doler más las nalgas si no te pones las pilas! —bramó Verania, agarrándola del brazo—. ¿No entiendes, niña mensa? ¡Es un Montemayor! ¡Es dinero, es poder, es largarnos de este chiquero y dejar de verle la cara de pasmado a tu padrastro! Vas a ir, vas a bailar, y vas a enamorar a ese muchacho aunque tenga yo que hacerle un amarre con toloache.

Entonces, Verania vio a Camila parada en la puerta con la cubeta de masa.

—¡Tú! —le apuntó con un dedo acusador—. ¡Deja esa masa y ponte a calentar agua! Necesito exfoliar a tu hermana, depilarla, ponerle mascarillas de aguacate, de miel, de lo que sea. Tiene que brillar como un foco de 100 watts. ¡Muévete!

Los siguientes dos días fueron una tortura china, pero no para Camila, sino para la casa entera. La cocina se convirtió en un laboratorio de belleza improvisado. Verania mezclaba aceites, cremas baratas y hierbas, creando menjurjes que olían raro para untárselos a Marisol.

—¡Ay, mamá, me arde! —chillaba Marisol cuando Verania le arrancaba las bandas de cera casera de las piernas.

—¡Aguántese! La belleza cuesta. ¿Quieres ser rica o quieres seguir matando moscas aquí?

Camila era la mano de obra silenciosa detrás de la locura. Ella hervía el agua, ella lavaba las toallas llenas de cera y crema, ella corría a la tienda por más limón para aclarar la piel de Marisol.

—Camila, tráeme la piedra pómez para los talones de tu hermana.
—Camila, plánchale el vestido rojo, y cuidado con quemarlo porque te mato.
—Camila, córtale pepinos para los ojos.

Camila obedecía, sumisa, invisible. Pero en su interior, una pequeña llama de rebeldía empezaba a crecer. Veía a su hermana, torpe, berrinchuda, sin gracia alguna, siendo preparada como un trofeo. Y se veía a sí misma en el reflejo del vidrio de la ventana: sucia, sí, pero con una dignidad que Marisol nunca tendría.

La noche antes del baile, la tensión se podía cortar con cuchillo. Verania estaba haciéndole la prueba final de vestuario a Marisol. El vestido era rojo chillante, con demasiados olanes y lentejuelas, ajustado en lugares donde no debería estarlo. Marisol parecía una piñata mal hecha, pero Verania la miraba con ojos de amor ciego (y ambición).

—Perfecta. Eres una diosa. Ese Alejandro va a caer redondo. Ahora, camina. Como te enseñé. Uno, dos, cadera, mentón arriba.

Marisol caminó, tropezándose con sus propios pies, caminando como pato mareado.

—¡No! ¡Así no! —gritó Verania—. ¡Con elegancia! ¡Mueve las caderas como si estuvieras flotando, no como si estuvieras pisando cucarachas!

Desde la esquina, Camila barría las cenizas del fogón. Se detuvo un momento y miró la escena.

—Mamá Verania… —dijo, con un hilo de voz.

Verania se giró lentamente, como si le molestara que los muebles hablaran.

—¿Qué quieres? ¿Ya acabaste de limpiar la grasa de la estufa?

Camila tragó saliva, apretando el palo de la escoba hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Yo… yo quería pedirle un favor.

—¿Un favor? —Verania soltó una risita burlona—. ¿Tú? A ver, sorpréndeme. ¿Quieres un pedazo de pan extra?

—No. Yo… yo quería saber si… si podría ir al baile también.

El silencio que siguió fue absoluto. Hasta los grillos parecieron callarse. Don Octavio, que estaba sentado en su mecedora en el corredor, dejó de masticar su ramita por un segundo, pero no volteó.

Marisol soltó una carcajada estrepitosa, escupiendo un poco de saliva.

—¡Ay, no! ¡Me muero! —se burló, agarrándose la panza—. ¿Oíste eso, mamá? ¡La sirvienta quiere ir al baile de gala! ¡Quiere ir a asustar al millonario!

Verania no se rio. Caminó despacio hacia Camila, invadiendo su espacio personal hasta que Camila pudo oler su aliento a café rancio.

—¿Repítelo? —dijo Verania, suavemente.

—Dijeron… dijeron en el anuncio que todas las muchachas estaban invitadas —insistió Camila, con los ojos húmedos pero sosteniendo la mirada por primera vez en años—. Yo también soy joven. Yo también quiero ver la música. No voy a molestar, me puedo quedar en una esquina…

¡Plaff!

La cachetada fue tan rápida que Camila no la vio venir. Su cara giró hacia un lado, la mejilla ardiendo como si le hubieran puesto una plancha caliente.

—¡Ubicación, Camila! —gritó Verania, con la cara desfigurada por la rabia—. ¡Ubicación! ¿Quién te crees que eres? ¿Crees que eres igual a mi hija? Mírate. Mírate las manos. Mírate los pies callosos. Eres una criada. Eres la hija de una muerta y de un inútil. ¡Eres basura!

Camila se llevó la mano a la mejilla, temblando.

—Solo quería…

—¡Cállate! —la interrumpió Verania—. ¿Quieres ir al baile? ¿Quieres que todo el pueblo se burle de nosotros viendo cómo llevamos a la loquita de la casa? ¡Jamás! Tú eres la mala suerte de esta familia, y no voy a permitir que arruines la única oportunidad que tenemos de salir de la pobreza. Si te veo poner un pie fuera de esta casa mañana, te juro por lo más sagrado que te rompo las piernas. ¿Entendiste?

—Sí, señora —susurró Camila, con la voz rota.

—Y para que se te quiten las ganas de andar de soñadora… mañana, mientras nosotras estamos en la fiesta, quiero que laves toda la ropa de cama. Las colchas pesadas. A mano. Y quiero que desgranes tres costales de maíz. Si regreso y no has terminado, vas a dormir en el corral con los puercos.

Verania se dio la media vuelta y volvió con su hija, cambiando su cara de demonio a una de ángel en un segundo.

—Sigue practicando, mi amor. Esa sonrisa tiene que ser perfecta.

Camila salió corriendo hacia el patio trasero. Se escondió detrás de la pila de agua, donde la oscuridad la abrazaba, y lloró. Lloró no por el golpe, sino por la injusticia que le carcomía el alma. Lloró porque sentía que sus sueños eran delitos.

“¿Por qué?” le preguntaba a la luna. “¿Por qué me diste vida si iba a ser esta?”

Pero esa noche, mientras Camila lloraba su desgracia, en la Hacienda La Esperanza, a kilómetros de allí, un joven llamado Alejandro miraba por el balcón de su mansión. No estaba pensando en bailes, ni en herencias, ni en chicas de sociedad. Estaba harto de la hipocresía, harto de las mujeres que solo veían su apellido y no a él.

—Mañana —murmuró Alejandro al viento—, mañana me escaparé un rato. Necesito aire real. Necesito ver gente real.

El destino estaba tejiendo sus hilos. Verania creía que tenía el control, creía que encerrando a Camila la estaba borrando del mapa. Lo que no sabía la malvada madrastra era que al prohibirle ir al baile, estaba empujando a Camila exactamente al lugar donde debía estar: al camino del río, lejos del ruido, donde la verdadera realeza no necesita vestidos de lentejuelas para reconocerse.

La noche cayó pesada sobre San Isidro. Marisol soñaba con coronas de oro. Verania soñaba con cheques firmados. Don Octavio no soñaba nada. Y Camila… Camila soñaba con que algún día, alguien la mirara y no viera a la sirvienta, sino a la mujer que guardaba en su corazón.

Y ese día estaba a punto de amanecer.

CAPÍTULO 3: EL PRÍNCIPE DE LOS HUARACHES Y EL AGUA BENDITA

El sábado amaneció con una tensión que se podía masticar en el aire. No era un sábado cualquiera en San Isidro; era “El Día”. Desde que el sol despuntó por detrás del Cerro del Muerto, el pueblo entero parecía haber enloquecido. Se escuchaba el alboroto de los gallos mezclado con el zumbido de las secadoras de pelo, los gritos de las madres apuradas y el relinchar de los caballos que bajaban de la sierra.

En la casa de Don Octavio, la guerra había comenzado antes del amanecer.

—¡Camila! ¡El agua caliente! ¡Se está enfriando, inútil!

El grito de Doña Verania retumbó en las paredes de adobe, haciendo temblar hasta a las lagartijas que tomaban el sol en el techo.

Camila corría de la cocina al baño improvisado en el patio, cargando cubetas de agua hirviendo que le quemaban las manos a pesar de los trapos viejos que usaba como agarraderas. El vapor le empañaba la vista, pero no se detenía. Sus pies descalzos ya conocían de memoria cada piedra y cada bache del camino.

Adentro de la recámara principal, Marisol estaba sentada frente al espejo ovalado, rodeada de un arsenal de cosméticos, tenazas calientes y frascos de perfume. Parecía un campo de batalla de la vanidad.

—¡Mamá! —chilló Marisol, estirando la piel de su cuello—. ¡Me veo gorda con este collar! ¡Siento que parezco tamal mal amarrado!

—¡Cállate la boca y sume la panza! —le respondió Verania, ajustándole el corsé del vestido rojo con una fuerza brutal—. La belleza duele, mijita. Si quieres atrapar al millonario, tienes que sufrir. Aguanta la respiración. ¡Jálale, Camila, ayúdame a cerrar este cierre que se atora con la lonja!

Camila dejó las cubetas y se secó las manos apresuradamente en su falda. Con dedos temblorosos, intentó subir el cierre del vestido, cuidando de no pellizcar la piel de su hermanastra.

—¡Con cuidado, bruta! —gritó Marisol, dándole un manotazo—. Tienes las manos rasposas como lijas. ¡No me toques la piel!

—Perdón… es que el cierre está muy apretado…

—¡Pues haz que suba! —bramó Verania—. Y luego vete a planchar mi rebozo de seda, el que guardo para las bodas. Y quiero que brille, Camila. Si lo quemas, te juro que te quemo la mano con la plancha.

Las horas pasaron en un torbellino de histeria. Camila planchó, peinó, limpió zapatos, corrió por pasadores a la tienda, preparó té para los nervios y aguantó insultos que hubieran hecho llorar a una piedra. Ella era la sombra que hacía posible que las otras dos brillaran.

Finalmente, al dar las dos de la tarde, la transformación estaba completa.

Verania lucía un vestido de encaje azul rey que, aunque pasado de moda, la hacía ver imponente y severa. Se había puesto tantas joyas falsas que tintineaba como campana de iglesia al caminar. Marisol, por su parte, era una visión de exceso: el vestido rojo fuego, los labios pintados de un carmesí violento y el cabello armado en un peinado tan alto y rígido por la laca que parecía desafiar la gravedad.

—Míranos —dijo Verania, admirándose en el espejo y lanzando besos al aire—. Somos la realeza de este pueblo mugroso. Hoy salimos de pobres, hija. Hoy pescas porque pescas.

Salieron al patio donde Don Octavio, vestido con su único traje decente (que le quedaba grande y olía a naftalina), las esperaba sentado en una silla de plástico, con la mirada vacía de siempre.

—¡Octavio, párate derecho! —le ordenó Verania—. No vas a un velorio, vas a entregar a tu hija al hombre más rico de la región. Sonríe, por el amor de Dios.

Camila se quedó parada en el marco de la puerta de la cocina, con el trapo sucio en la mano, viéndolas partir. Sentía una punzada en el pecho, una mezcla de envidia infantil y una tristeza profunda. No quería las joyas, ni el vestido apretado; solo quería ir. Quería ver la música. Quería saber qué se sentía ser parte del mundo, aunque fuera por una noche.

Verania se detuvo antes de salir por el portón y se giró lentamente, clavando sus ojos de serpiente en Camila.

—Ni se te ocurra salir —advirtió, levantando un dedo con una uña postiza larguísima—. El pueblo está lleno de gente importante. No quiero que nadie te vea y piense que somos familia de pordioseros. Te quedas aquí.

—Sí, señora.

—Y para que no te aburras… —Verania sonrió con malicia—. Los tambos de agua están vacíos otra vez. Llénalos. Todos. Y quiero leña suficiente para toda la semana. Y lava el patio, que huele a perro. Si regreso y te veo sentada, te va a pesar.

—Vámonos, mamá, que se hace tarde y me suda el bigote —se quejó Marisol.

Salieron. El portón de metal se cerró con un golpe seco, ¡CLANG!, que sonó como la puerta de una celda cerrándose. El sonido del candado siendo puesto por fuera terminó de sellar la condena.

Camila se quedó sola.

El silencio que siguió fue abrumador. El pueblo estaba extrañamente callado; todos, hasta los perros callejeros, parecían haberse ido hacia la Hacienda La Esperanza. Solo quedaba el zumbido de las moscas y el calor sofocante de la tarde.

Camila suspiró, un suspiro largo que le vació los pulmones. Miró al cielo. El sol estaba en su punto más alto, blanco y furioso.

—Pues ni modo, Camila —se dijo a sí misma en voz alta, para no sentirse tan sola—. A trabajar, que la mala suerte no descansa.

Tomó los dos garrafones de plástico amarillo, esos que pesaban una tonelada cuando estaban llenos, y se los echó al hombro. Salió por la puerta trasera, la que daba al monte, la única que Verania “olvidaba” cerrar porque sabía que Camila necesitaba salir a trabajar.

El camino hacia el río era largo y polvoriento. La tierra seca se levantaba en nubes con cada paso que daba. El calor era tan intenso que el aire parecía vibrar sobre el asfalto de la carretera lejana. Camila caminaba con la cabeza gacha, contando sus pasos para no pensar, para no imaginar la música que pronto empezaría a sonar en la hacienda.

Un paso. Dos pasos. Tres pasos. Soy fea. Soy pobre. Soy mala suerte.

Esos eran sus mantras. Se los habían repetido tanto que ya eran parte de su ADN.

Al llegar al río, el paisaje cambiaba. El arroyo “Los Sauces” era un pequeño oasis en medio de la sequedad del verano. Los viejos árboles de ahuehuete y sauce llorón creaban una cúpula de sombra fresca y verde. El agua corría clara y fría, cantando sobre las piedras blancas.

Era su refugio. Su santuario.

Camila dejó caer los garrafones en la orilla y se hincó. Se mojó la cara, el cuello y los brazos, dejando que el agua bendita le lavara el sudor y las lágrimas secas.

—Ay, qué rico —murmuró, cerrando los ojos y sintiendo la brisa fresca en su piel mojada.

Por un momento, no hubo Verania, no hubo Marisol, no hubo pobreza. Solo ella y el río. Se sentó en una piedra grande, con los pies metidos en el agua, y se puso a tararear una canción triste, jugando con las piedritas del fondo.

Mientras tanto, a unos tres kilómetros de allí, en los jardines inmaculados de la Hacienda La Esperanza, la fiesta estaba en su apogeo.

Había toldos blancos gigantescos, meseros de chaleco negro sirviendo champaña y tequila añejo, y una banda de viento tocando canciones alegres. Las mujeres del pueblo y de la ciudad se paseaban como pavorreales, luciendo sus mejores galas, estirando el cuello cada vez que veían a alguien que pudiera ser “El Heredero”.

Pero Alejandro Montemayor no estaba divirtiéndose.

Alejandro, el hombre por el que todas suspiraban, estaba escondido detrás de una columna de cantera en la terraza principal, aflojándose la corbata de seda italiana que sentía como una soga al cuello.

Era un hombre apuesto, sí, pero no con esa belleza plástica de telenovela. Tenía rasgos fuertes, una mandíbula cuadrada y ojos oscuros e inteligentes que denotaban cansancio. Odiaba esto. Odiaba la falsedad, las sonrisas compradas, las madres empujando a sus hijas frente a él como si fueran ganado en una subasta.

—¿Alejandro? —La voz de su padre, Don Rogelio Montemayor, sonó a sus espaldas.

Alejandro se giró, tratando de componer una sonrisa.

—Aquí estoy, papá.

—¿Qué haces aquí escondido? Hay quinientas mujeres allá abajo esperando verte. Tienes que elegir, hijo. Necesitamos una esposa para ti, alguien de buena familia, que nos dé nietos y buena imagen.

—Papá, no puedo elegir esposa como si eligiera un caballo. No conozco a nadie. Todas me miran como si fuera un cheque al portador.

—Así es el mundo, hijo. El amor viene después, con la convivencia y las cuentas bancarias llenas. Anda, baja y baila con la hija del Alcalde, dicen que es muy educada.

Alejandro asintió, pero en cuanto su padre se dio la vuelta para saludar a un compadre, Alejandro vio su oportunidad.

Se escabulló por la cocina del servicio, esquivando a los chefs que preparaban el mole. Salió por la puerta de proveedores, se quitó el saco y la corbata, y los aventó en el asiento trasero de una camioneta vieja. Se arremangó la camisa blanca de lino hasta los codos, se desabotonó el cuello y respiró hondo.

Necesitaba escapar. Necesitaba silencio.

Caminó sin rumbo fijo, alejándose de la música y del bullicio. Sus pasos lo llevaron por senderos de tierra, cruzando cercas de alambre y maizales. Caminó hasta que el sudor le pegó la camisa al cuerpo y el polvo le cubrió los zapatos de diseñador. Se sentía libre. Se sentía humano.

La sed empezó a picarle la garganta. El sol no perdonaba ni a ricos ni a pobres. A lo lejos, escuchó el rumor del agua. El río.

Aceleró el paso, bajando por la ladera empinada, resbalando un poco en la tierra suelta. Al llegar a la orilla, se detuvo en seco.

La imagen que vio lo dejó paralizado.

Había una chica sentada en una piedra. Llevaba un vestido viejo, deslavado, con un remiendo visible en el hombro. Su cabello estaba suelto, una cascada negra y salvaje que le caía por la espalda. Tenía los pies en el agua y estaba cantando algo bajito, con una voz que, aunque no era de ópera, tenía una afinación y un sentimiento que le erizaron la piel a Alejandro.

Alejandro se quedó quieto, observándola. No parecía real. En medio de toda esa naturaleza, ella parecía parte del paisaje, no una intrusa.

Dio un paso y pisó una rama seca. ¡CRACK!

La chica dio un brinco, girándose asustada, con los ojos abiertos como platos. Agarró una piedra del río como arma defensiva.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Camila, con la voz temblorosa pero firme.

Alejandro levantó las manos, sonriendo de forma inofensiva.

—Tranquila, tranquila. No soy un bandido. Solo… solo soy un hombre con mucha sed.

Camila lo miró con desconfianza. Bajó la piedra un poco, pero no la soltó. Lo escaneó de arriba abajo. Vio a un hombre joven, sudado, con una camisa blanca arrugada y pantalones de vestir llenos de polvo. “Debe ser algún chofer de los ricos, o un músico que se perdió”, pensó. Jamás se le cruzó por la cabeza que fuera “El Patrón”.

—¿Tiene sed? —preguntó ella, relajando los hombros.

—Mucha. Siento que me tragué el desierto entero —respondió él, acercándose despacio al agua. Se hincó en la orilla e intentó beber con las manos, pero era torpe.

Camila soltó una risita suave.

—Así no se toma, se va a llenar de tierra. Espere.

Ella tomó una de las jícaras (un recipiente hecho de guaje seco) que siempre llevaba amarrada a su garrafón. La enjuagó con destreza, buscó la corriente más limpia donde el agua brotaba entre las rocas, la llenó y se la extendió.

—Tenga. Está fresca.

Alejandro tomó la jícara, rozando sus dedos con los de ella. Sintió la aspereza de sus manos trabajadoras, un contraste brutal con las manos suaves y manicuradas que había estado estrechando toda la mañana. Bebió con avidez, dejando que el agua le escurriera por la barbilla.

—Dios… —suspiró, bajando la jícara—. Es el agua más rica que he probado en mi vida. Gracias.

—De nada. El agua del río no se le niega a nadie, ni a los coyotes —dijo ella, volviendo a sentarse en su piedra.

Alejandro se sentó en el pasto, cerca de ella, pero manteniendo una distancia respetuosa.

—Me llamo… Alex —mintió, o más bien, abrevió. No quería que el apellido “Montemayor” arruinara el momento.

—Yo soy Camila.

—Mucho gusto, Camila. ¿Vives por aquí?

—Sí, en la casa que está pasando el vado, la del mezquite grande.

—¿Y qué haces aquí tan sola? —preguntó él, mirándola fijamente—. Pensé que todo el mundo estaba en la fiesta de la Hacienda. Dicen que va a estar buena.

Camila bajó la mirada, jugueteando con el borde de su falda. Una sombra de tristeza le cruzó el rostro.

—Pues dicen… Yo no sé. A mí no me invitaron.

—¿Cómo que no? —Alejandro frunció el ceño—. El anuncio decía que todas estaban invitadas.

—Pues… todas las que tienen suerte —respondió ella con una sonrisa amarga—. A las que somos “mala suerte”, mejor nos esconden. Mi madrastra dice que mi lugar está aquí, acarreando agua y lavando trapos, no bailando con príncipes.

Alejandro sintió una punzada de rabia ajena.

—¿Mala suerte? ¿Por qué dice eso?

—Porque soy huérfana. Porque soy pobre. Porque… no sé. Porque existo. Dicen que soy fea y que espanto a la gente.

Alejandro soltó una carcajada incrédula.

—¿Fea? —Se inclinó hacia adelante, mirándola a los ojos—. Camila, con todo respeto, el que te dijo eso necesita ir al oculista urgente. O está ciego, o es un envidioso de primera.

Camila se sonrojó violentamente, escondiendo la cara tras su cabello.

—No se burle, oiga.

—No me burlo. Vengo de ver a cientos de mujeres allá arriba, llenas de pintura, joyas y vestidos caros. Y ninguna, te lo juro, ninguna tiene el brillo que tienes tú en los ojos.

El corazón de Camila empezó a latir tan fuerte que pensó que él podía escucharlo. Nadie, nunca, le había hablado así. Y menos un desconocido con una sonrisa tan bonita.

—Usted habla muy bonito, como los de las novelas de la radio —dijo ella, desviando el tema—. ¿Usted también se escapó de la fiesta?

—Algo así —Alejandro sonrió, cómplice—. Me aburrí. Mucha gente falsa. Preferí venir a buscar algo… real. Y creo que lo encontré.

Se quedaron en silencio un momento, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio lleno de preguntas y respuestas que no necesitaban palabras.

De repente, Camila miró el sol.

—¡Híjole! Ya es bien tarde. Si no llego con el agua, mi madrastra me va a matar. Aunque no esté, cuando regrese va a revisar.

Se levantó de un salto y empezó a llenar los garrafones. El agua gorgoteaba al entrar. Cuando estuvieron llenos, intentó levantar el primero. Pesaba horrores. Sus brazos delgados se tensaron, las venas marcándose en su piel canela.

—Deja eso —dijo Alejandro, poniéndose de pie de un salto.

—No, no, yo puedo. Estoy acostumbrada.

Alejandro ignoró su protesta y levantó los dos garrafones, uno en cada mano, como si fueran plumas. Bueno, no como plumas, porque pesaban, pero con una fuerza masculina que impresionó a Camila.

—¿Qué haces? ¡Suéltelos! Un hombre no carga agua —protestó ella, escandalizada. En su mundo machista, eso era inconcebible.

—Pues este hombre sí —dijo él guiñando un ojo—. ¿Hacia dónde es? Guíame.

—Pero… se va a ensuciar su ropa… parece ropa fina…

—La ropa se lava, Camila. Las espaldas rotas no se arreglan tan fácil. Vamos.

Caminaron juntos de regreso al pueblo. Fue una caminata extraña y maravillosa. Alejandro cargaba el peso físico, pero Camila sentía que le habían quitado un peso del alma. Hablaron de todo y de nada. Él le preguntó qué le gustaba comer (elotes asados con chile), cuál era su sueño (ver el mar alguna vez) y si le gustaba bailar (sí, pero solo a escondidas).

Ella le preguntó qué hacía él. Él inventó que trabajaba en el mantenimiento de la hacienda, arreglando máquinas.

—Ah, con razón tiene las manos fuertes —dijo ella inocentemente.

Al llegar al portón trasero de la casa de Camila, Alejandro dejó los garrafones en el suelo, jadeando un poco.

—Servicio a domicilio entregado —bromeó, secándose el sudor de la frente.

Camila lo miró con gratitud infinita.

—No sé cómo pagarle. Nadie había hecho algo así por mí. Nunca.

Alejandro la miró con una intensidad que la hizo temblar.

—No me debes nada. Fue un placer.

En ese momento, el estómago de Alejandro rugió. Un sonido fuerte y claro. Él se agarró la panza, avergonzado.

—Ups. Creo que me salté el banquete.

Camila rio, una risa cristalina y genuina.

—¿Tiene hambre? No tengo comida de ricos, pero… dejé unos camotes en las brasas del fogón antes de irme. Deben estar en su punto. Y tengo salsa de molcajete y tortillas recién hechas.

Los ojos de Alejandro se iluminaron más que con el caviar de la fiesta.

—Eso suena mejor que cualquier cosa que estén sirviendo allá arriba. ¿Me invitas?

—Pásale. Pero calladito, que si los vecinos nos ven, van a decir chismes.

Entraron a la cocina de humo. El lugar era humilde, con paredes tiznadas y piso de tierra, pero olía a hogar. Camila sirvió los camotes asados, dulces y humeantes, y le calentó unas tortillas en el comal. Machacó un poco de salsa de chile de árbol en el molcajete.

Se sentaron en unos banquitos de madera, rodilla con rodilla. Alejandro comió como si no hubiera comido en días.

—Esto es manjar de dioses, Camila. Tienes un don.

—Es solo comida de pobres —dijo ella, bajando la vista, apenada.

—No —corrigió él, tomando un trozo de tortilla—. Es comida hecha con manos buenas. Eso no se compra.

Mientras comían, el tiempo pareció detenerse. Alejandro observaba cada gesto de ella, la forma en que se apartaba el cabello de la cara, la timidez de su sonrisa, la tristeza que a veces asomaba en sus ojos. Se dio cuenta de que estaba perdidamente fascinado. No era solo atracción física; era una conexión brutal. Esa chica, en su pobreza y simplicidad, tenía más clase y dignidad que todas las mujeres que había conocido en su vida.

De repente, se escuchó el ladrido de los perros a lo lejos y el sonido de un cohete estallando en el cielo. La fiesta en la hacienda debía estar terminando o llegando a un punto alto.

Camila se puso pálida.

—¡Ya van a regresar! —dijo con pánico—. Mi madrastra… si te encuentra aquí… me va a matar. Y a ti te va a echar a los perros.

Alejandro vio el terror real en sus ojos y supo que no era un juego. Esa mujer vivía bajo un régimen de miedo.

—Está bien, me voy —dijo él, poniéndose de pie.

—Vete por atrás, por el monte. Que no te vean salir por la calle.

Alejandro caminó hacia la puerta, pero se detuvo. Se giró hacia ella.

—Camila.

—¿Mande?

—Esto no se acaba aquí. No creas lo que te dicen. No eres mala suerte. Eres… eres un milagro.

Se acercó a ella. Por un segundo, Camila pensó que la iba a besar, y su corazón se detuvo. Pero él solo tomó su mano, la misma mano áspera y trabajadora, y la llevó a sus labios, depositando un beso suave en sus nudillos llenos de hollín.

—Gracias por el agua, y por los camotes. Y por salvarme la tarde.

—Vete ya, Alex. Por favor.

Alejandro salió corriendo hacia el monte, perdiéndose entre los matorrales. Camila se quedó parada en la puerta de la cocina, tocándose la mano donde él la había besado. La piel le quemaba.

Corrió a lavar los platos y esconder cualquier rastro de su visita. Mientras barría frenéticamente el patio, su mente era un caos. ¿Quién era ese muchacho? ¿Por qué la había mirado así? ¿Por qué sentía que algo dentro de ella, algo que estaba muerto, acababa de despertar?

A lo lejos, se escuchó el motor de la camioneta de un vecino trayendo a Verania y a Marisol de regreso. Los gritos se acercaban. La realidad volvía a golpear la puerta.

Pero esta vez, Camila tenía un secreto. Un secreto guardado en el corazón y en el sabor de un beso en la mano. Y ese secreto le daba una fuerza nueva, una pequeña armadura invisible contra los golpes que vendrían.

—Que vengan —susurró Camila, mirando hacia el camino—. Ya no estoy sola.

Lo que ella no sabía, era que el “chofer” Alex estaba en ese momento corriendo de regreso a la mansión, con el corazón a mil por hora, decidido a poner el mundo de cabeza para encontrar a la dueña de esos ojos color miel. El zapato de cristal no había sido necesario; un vaso de agua y un camote asado habían sellado el pacto.

La verdadera historia apenas comenzaba.

CAPÍTULO 4: EL ENGAÑO DE LOS ESPEJOS Y LA PROMESA MALENTENDIDA

Mientras Camila barría frenéticamente las últimas huellas de Alejandro en la cocina de humo, el destino ya había echado a andar una maquinaria que nadie podría detener.

En la Hacienda La Esperanza, la fiesta se había desinflado como un globo pinchado. Los músicos guardaban sus trompetas con desgana, los meseros recogían copas de cristal a medio terminar y las señoras de sociedad abanicaban su indignación con abanicos de encaje. El “Príncipe”, el codiciado Alejandro Montemayor, no había aparecido en toda la tarde. Se había esfumado.

Don Rogelio Montemayor caminaba de un lado a otro en su despacho privado, con un vaso de whisky en la mano y la cara roja de coraje. Parecía un toro a punto de embestir.

—¡Es el colmo! —bramó, golpeando el escritorio de caoba—. ¡Traje a medio estado a mi casa! ¡Gasté una fortuna en barbacoa, en vino, en flores importadas! ¿Y mi hijo? ¡Desaparecido! ¡Haciéndome quedar como un payaso frente al Gobernador!

En ese preciso momento, la puerta de la terraza se abrió chirriando. Alejandro entró.

Pero no era el Alejandro de las revistas de sociales. Venía con la camisa de lino arremangada y manchada de salsa de molcajete, los pantalones de diseñador llenos de polvo de campo y espinas en los zapatos. Tenía el cabello alborotado por el viento y olía a humo de leña y sudor.

Sin embargo, lo más impactante no era su aspecto, sino su cara. Tenía una sonrisa de oreja a oreja, una de esas sonrisas bobas que no se le habían visto desde que era niño y le regalaron su primer caballo.

Don Rogelio se quedó mudo un segundo, con el vaso a medio camino de la boca.

—¿Se puede saber de dónde vienes? —preguntó con voz gélida—. Pareces un peón que se revolcó en el chiquero. ¿Dónde te metiste, Alejandro? ¿Sabes la vergüenza que nos has hecho pasar?

Alejandro se dejó caer en un sillón de cuero, suspirando como un enamorado de película de oro.

—Papá… cancela el casting. Cancela las citas. Ya no necesito ver a ninguna hija de ganadero, ni a ninguna heredera de la capital.

—¿De qué demonios hablas? ¿Estás borracho?

—Estoy borracho, pero no de alcohol —Alejandro se levantó y miró a su padre con una intensidad febril—. La encontré, papá. Encontré a la mujer. A la única.

Don Rogelio arqueó una ceja, escéptico.

—¿A quién? ¿A alguna invitada que se perdió en los jardines? ¿Quién es? ¿La hija de los Villaseñor? ¿La sobrina del Diputado?

—No tiene apellido, papá. Bueno, sí debe tener, pero no me importa. Se llama Camila. Vive en la casa del mezquite viejo, pasando el vado del río, en la entrada del pueblo.

Don Rogelio frunció el ceño, buscando en su memoria de cacique local. Conocía cada palmo de tierra y a cada familia de la región.

—La casa del mezquite… pasando el vado… —murmuró—. Esa es la propiedad de Octavio… Octavio Rentería. Un buen hombre que se vino abajo cuando enviudó. Familia antigua, de respeto, pero acabada. Están en la ruina, Alejandro.

—No me importa si viven debajo de un puente —interrumpió Alejandro—. Esa chica… papá, me dio agua cuando tenía sed. Me dio de comer lo poco que tenía sin saber quién era yo. No vio mi cartera, ni mi apellido. Me vio a mí. Y tiene unos ojos… unos ojos que te dicen la verdad sin hablar.

Don Rogelio miró a su hijo. Conocía esa mirada. Era la misma mirada que tenía su propio padre cuando conoció a su madre. Era la mirada de un Montemayor cuando se le metía algo en la cabeza: terquedad absoluta.

El viejo patriarca suspiró, terminándose el whisky de un trago.

—Si es hija de Octavio Rentería, por lo menos tiene sangre decente, aunque no tenga ni un peso —concedió Don Rogelio, pragmático—. Y si dices que es humilde y trabajadora, tal vez sea lo que necesitas para que se te baje lo “fresa” que se te pegó en Europa. Una mujer de hogar, no una de esas que solo piensan en ir de compras a Miami.

—Es ella, papá. Es ella o ninguna.

—Está bien, muchacho. No se hable más. Si eso es lo que quieres, eso tendrás. Mañana mismo mandamos a los emisarios. Haremos las cosas como se debe, a la antigua. Mandaremos los regalos de compromiso, la dote, todo. Pagaremos lo que sea necesario para arreglar esa casa y pediremos su mano formalmente. Que Octavio sepa que su suerte ha cambiado.

Alejandro abrazó a su padre, manchándole el traje impecable de polvo, pero a Don Rogelio no le importó. Ya tenía nuera. El problema estaba resuelto.

Lo que ninguno de los dos sabía, encerrados en su torre de marfil, era que en la casa del mezquite viejo, la guerra no había terminado; apenas comenzaba una nueva batalla, alimentada por el error más grande de la historia del pueblo.


Mientras tanto, en la casa de Don Octavio, el ambiente era el de un funeral con esteroides.

La camioneta del vecino las dejó en la entrada. Verania bajó azotando la puerta, con el maquillaje corrido por el calor y la furia. Marisol venía detrás, cojeando, con los zapatos de tacón en la mano y el vestido rojo lleno de arrugas.

—¡Maldita sea mi suerte! —gritaba Verania, pateando una gallina que se le cruzó en el camino—. ¡Tanto dinero! ¡Tanto esfuerzo! ¡Me gasté los ahorros de la cosecha en ese vestido, Marisol! ¿Y para qué? ¡Para que el principito ni siquiera se dignara a asomar la nariz!

—¡Me duelen los pies, mamá! —lloriqueaba Marisol, tirándose en la hamaca del corredor como saco de papas—. Y tenía hambre. Los canapés esos eran puro aire. Yo quería tacos.

—¡Cállate, tragona! —le espetó Verania—. Por eso no nos miran. ¡Por tu culpa! Seguro te vieron comiendo con la boca abierta desde lejos y el joven Alejandro se espantó.

—¡Yo no hice nada! ¡Él no estaba!

Camila salió de la cocina con la cabeza gacha, esperando el huracán. Había borrado cualquier rastro de felicidad de su cara. Volvía a ser la sirvienta sumisa.

—¿Ya llegaron? —preguntó en un susurro.

Verania se giró hacia ella como un perro de pelea.

—¡Sí, ya llegamos, estúpida! ¿Qué creías? ¿Que nos íbamos a quedar a vivir allá? —Se acercó a Camila y la olió, arrugando la nariz—. ¿Qué hiciste? Hueles a humo. ¿Quemaste algo?

—No, señora. Solo estuve haciendo tortillas… y calentando los frijoles.

—Pues sírvenos de cenar. ¡Muévete! Que del coraje me dio un hambre de los mil demonios. Y trae agua caliente con sal para los pies de tu hermana, que los trae como tamales de hinchados.

Esa noche, la cena fue un campo minado. Verania despotricaba contra los Montemayor, contra el clima, contra el gobierno y, por supuesto, contra Camila, quien servía los platos en silencio, tratando de hacerse invisible.

Pero por dentro, Camila sonreía. Mientras les servía el café, recordaba la sonrisa de Alex, sus manos fuertes, la forma en que había comido los camotes. Tenía un secreto. Un tesoro brillante guardado en el bolsillo de su delantal mental. Ellas podían tener los vestidos y los viajes en camioneta, pero ella había tenido la tarde perfecta.

—Seguro es joto —dijo Marisol de repente, rompiendo el silencio—. El Alejandro ese. Por eso no salió. Seguro no le gustan las mujeres.

—¡Cierra la boca! —la regañó Verania—. No digas herejías. Los Montemayor son machos probados. Seguro… seguro tuvo una emergencia de negocios. Sí, eso debe ser. Mañana… mañana seguro anuncian algo. No puedo haber perdido mi inversión.

Y la intuición de bruja de Verania no fallaba del todo, aunque su brújula moral apuntaba al norte equivocado.


Pasaron dos días. Dos días en los que Alejandro movió cielo, mar y tierra desde su despacho. Organizó una caravana digna de un sultán. Quería impresionar a Don Octavio, quería demostrarle a Camila que él no era un “chofer” cualquiera, sino un hombre capaz de sacarla de esa miseria y ponerla en un pedestal.

El martes por la tarde, el pueblo de San Isidro volvió a temblar.

Esta vez no eran camionetas de sonido. Era un convoy real. Tres camionetas Suburban blindadas, seguidas por dos camiones de carga adornados con flores.

El convoy se detuvo justo frente a la casa del mezquite viejo.

Los vecinos salieron en estampida. Doña Chona dejó la tienda sola, el cura salió de la sacristía, los niños corrieron detrás de los camiones.

—¡Son los Montemayor! —gritó alguien—. ¡Vienen a la casa de Don Octavio!

Verania estaba en el patio, regañando a Camila por no haber lavado bien los calzones de Marisol, cuando escuchó el frenazo de los motores y el murmullo de la gente.

Corrió al portón y se quedó helada.

Bajaron hombres de traje negro, cargando cajas de madera fina, canastas con frutas exóticas, rollos de telas importadas, cajas de vino y… lo más impresionante: un cofre pequeño de terciopelo que uno de los emisarios sostenía con ambas manos como si fuera el Santo Grial.

Un hombre alto, con aspecto de notario, se adelantó y se paró frente a la reja oxidada.

—¿Es esta la residencia del Señor Octavio Rentería? —preguntó con voz solemne.

Verania sintió que las piernas se le hacían de gelatina. Se arregló el cabello a toda prisa y empujó a Camila hacia atrás, casi tirándola al lodo.

—¡Sí! ¡Sí, aquí es! ¡Yo soy la señora de la casa! ¡Verania de Rentería! —gritó, abriendo el portón de par en par.

El notario hizo una reverencia leve.

—Señora. Venimos de parte de la familia Montemayor. El joven Alejandro Montemayor ha enviado estos presentes como muestra de su respeto y… de su intención formal de unir nuestras familias. Ha encontrado a la mujer de su vida en esta casa.

El tiempo se detuvo.

Verania sintió que el corazón le explotaba de alegría. ¡Lo sabía! ¡Su magia había funcionado! ¡El vestido rojo! ¡Marisol!

—¡Ay, Dios mío! ¡Alabado sea el Señor! —gritó Verania, levantando las manos al cielo—. ¡Lo sabía! ¡Sabía que mi hija había impactado al joven Alejandro! ¡Marisol! ¡Marisol, corre, ven acá!

Marisol salió de la casa con una mascarilla de aguacate en la cara, asustada por los gritos.

—¿Qué pasa, mamá?

—¡Límpiate eso, mensa! —Verania corrió hacia ella y le limpió la cara con el borde de su delantal—. ¡El Príncipe! ¡El Príncipe te mandó pedir! ¡Nos mandó regalos! ¡Somos ricas, Marisol! ¡Te eligió a ti!

El notario, un hombre de ciudad que no conocía los detalles íntimos de la familia, simplemente vio a una madre emocionada y a una chica joven. Asumió que esa era la elegida. Después de todo, el patrón había dicho “la chica de la casa de Octavio”. No había especificado nombres en el documento oficial, solo “La Señorita Rentería”.

—Procederemos a bajar los obsequios —dijo el notario—. El joven Alejandro vendrá personalmente en tres días, el sábado, para celebrar la boda civil y llevarse a su prometida a la Hacienda.

—¿En tres días? —Verania casi se desmaya del gusto—. ¡Sí! ¡Claro que sí! ¡Estaremos listas!

Mientras los hombres descargaban cajas y cajas de lujo en el patio polvoriento, Camila observaba desde la esquina de la cocina, aferrada al marco de la puerta.

Su corazón se rompió en mil pedazos.

“El joven Alejandro”. “El Príncipe”.

Su Alex. Su Alex era Alejandro Montemayor. El millonario. El dueño de todo.

Y… había elegido a Marisol.

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, silenciosas y calientes. ¿Cómo había sido tan tonta? Claro. Él era un hombre rico. Seguramente ese día en el río solo se había burlado de ella. O tal vez… tal vez había visto a Marisol de lejos en el pueblo y se había confundido. O tal vez Marisol sí lo había visto y no le había dicho nada.

La mente de Camila, acostumbrada al rechazo y a la derrota, aceptó la “lógica” de la tragedia inmediatamente. ¿Cómo iba un príncipe a fijarse en la sirvienta mugrosa cuando tenía a la hermana “bonita” y arreglada? Lo del río había sido un juego cruel. Un pasatiempo para un rico aburrido.

Verania bailaba entre las cajas de regalos. Abría botellas de vino, se probaba telas de seda, mordía las monedas de oro que venían en el cofre.

—¡Mira esto, Octavio! —le gritaba a su marido, que miraba la escena desde su silla sin entender nada—. ¡Por fin sirves de algo! ¡Tu apellido nos salvó! ¡Mi hija va a ser reina!

Luego, sus ojos de depredadora cayeron sobre Camila, que seguía llorando en la esquina.

La sonrisa de Verania se transformó en una mueca de crueldad absoluta. Caminó hacia ella, arrastrando una tela de terciopelo rojo.

—¿Qué miras, “Mala Suerte”? —siseó Verania—. ¿Estás llorando de envidia? ¿Eh? Míranos. El cielo por fin puso las cosas en su lugar. La belleza y la clase de mi hija han sido recompensadas. Y tú… tú seguirás siendo lo que naciste para ser: nuestra sirvienta.

Verania se acercó más, bajando la voz para que los hombres de los regalos no la oyeran.

—Y escucha bien, Camila. Tenemos tres días para preparar la boda. Tres días. Y tú vas a trabajar como nunca en tu miserable vida. Vas a limpiar, vas a cocinar, vas a coser y vas a dejar a mi hija impecable. Y si te veo haciendo una sola cara larga, o si intentas arruinar esto con tu presencia de panteón… te juro que te encierro en el sótano y no vuelves a ver la luz del sol. ¿Entendiste?

Camila asintió, incapaz de hablar. El dolor en su pecho era físico. Sentía que le habían arrancado el corazón y lo estaban pisoteando en el lodo frente a ella.

—¡Contéstame! —Verania le dio un pellizco brutal en el brazo.

—Sí… sí, señora. Entendí.

—Bien. Ahora, lárgate a matar los guajolotes. Vamos a necesitar mucho mole. ¡Lárgate!

Camila corrió hacia el corral traseros, ahogada en llanto. Los guajolotes gorgoreaban, ajenos a la tragedia.

—Alex… —susurró Camila, cayendo de rodillas en la tierra sucia—. ¿Por qué me mentiste? ¿Por qué me hiciste creer que yo valía algo?

Mientras tanto, en la Hacienda, Alejandro sonreía mirando el calendario. “Tres días”, pensaba. “Tres días para verla de nuevo y sacarla de ese infierno. Tres días para ver su carita de sorpresa cuando sepa que yo soy su príncipe”.

No tenía idea de que su gesto de amor acababa de convertir la vida de Camila en una prisión de tortura. No tenía idea de que Verania se había robado el regalo.

El escenario estaba listo para la farsa más grande que el pueblo de San Isidro jamás hubiera visto. Una boda real, una novia falsa y una “cenicienta” condenada a cocinar el banquete de su propio funeral emocional.

Los siguientes tres días serían eternos. La casa del mezquite se transformó en un manicomio de preparativos.

—¡Camila! ¡Pela las papas!
—¡Camila! ¡Lava los pisos con cloro hasta que mis ojos se reflejen en ellos!
—¡Camila! ¡Cósele el dobladillo al vestido de novia de tu hermana!

Sí, Verania tuvo la audacia de hacer que Camila arreglara el vestido. Un vestido blanco, de encaje francés, que había llegado en una de las cajas.

Camila cosía de noche, con una vela, picándose los dedos con la aguja, dejando caer lágrimas sobre la tela blanca que nunca usaría. Cada puntada era una despedida. Cada hilo era una cadena más que la ataba a su destino de soledad.

Marisol se paseaba por la casa como una diva, probándose joyas, ensayando cómo saludar a los súbditos.

—Ay, Cami, ¿crees que le guste mi peinado? —preguntaba Marisol con crueldad inocente—. Ojalá el príncipe tenga amigos guapos para que te consigas uno… aunque sea de jardinero, para que hagan juego.

Y se reía. Esa risa que taladraba los oídos de Camila.

Pero en el fondo del corazón de Camila, muy, muy en el fondo, quedaba una brasa encendida. Una duda. Recordaba la mirada de Alex. Recordaba cómo le había besado la mano. ¿Podía alguien fingir tan bien? ¿Podía un beso en la mano sucia de una sirvienta ser mentira?

“Tal vez… tal vez él no sabe”, pensó una noche, mirando la luna. “Tal vez él cree que Marisol soy yo… No, eso es imposible. Él me vio. Él sabe mi nombre”.

La confusión era peor que el dolor.

Llegó el viernes por la noche. Todo estaba listo. La casa estaba adornada con flores robadas y compradas. Se habían montado carpas en el patio. El olor a mole y a carne asada llenaba el aire.

Verania reunió a la familia en la sala.

—Mañana es el gran día —dijo, con una copa de sidra en la mano—. Mañana, los Rentería volvemos a la cima. Y tú, Camila… —La señaló con la copa—. Mañana, cuando llegue el príncipe, tú te vas a quedar en la cocina. No quiero que salgas. No quiero que respires el mismo aire que nosotros. Vas a servir la comida desde atrás y te vas a esconder. Si el príncipe te ve, va a pensar que tenemos criadas sucias y eso da mala imagen. ¿Entendido?

—Sí, señora.

—Júralo. Júralo por la tumba de tu madre.

Camila apretó los labios. Jurar por su madre era sagrado.

—Lo juro. No saldré de la cocina.

Verania sonrió satisfecha.

—Perfecto. Ahora, a dormir todos. Mañana nos convertimos en realeza.

Camila se fue a su catre, pero no durmió. Se quedó mirando las vigas del techo, escuchando los ronquidos de Marisol en el cuarto de al lado.

Mañana, el hombre que amaba se casaría con su hermana. Y ella tendría que servirles la sopa.

“Diosito”, rezó, apretando el rosario de madera que había sido de su mamá. “Si de verdad existes, si de verdad no soy mala suerte… haz algo. Por favor. Haz algo”.

Y afuera, en la oscuridad del monte, el viento empezó a soplar fuerte, moviendo las ramas del mezquite como si fueran brazos agitando una advertencia. La tormenta se acercaba, y no solo era de lluvia. La verdad estaba a punto de llegar a caballo, vestida de novio, para tirar el teatro de Verania de un solo golpe.

CAPÍTULO 5: LA NOVIA DE MENTIRAS Y EL GRITO DEL SILENCIO

El sábado amaneció sobre San Isidro con un sol rabioso, como si el cielo mismo quisiera presenciar el espectáculo que estaba por desatarse. No era un día cualquiera; el aire olía a pólvora de cohetes, a flores cortadas y al aroma denso y especiado del mole poblano que hervía en las ollas de barro gigantes en el traspatio de la casa de Don Octavio.

Para el pueblo, era el evento del siglo. Para Camila, era el día de su ejecución emocional.

Desde las tres de la mañana, Camila no había parado. Sus manos, quemadas y cortadas por el trabajo de la semana, se movían por inercia. Había matado los guajolotes, los había desplumado con agua hirviendo, había tostado los chiles, molido las especias en el metate hasta que sus brazos se entumieron, y ahora vigilaba que el arroz no se batiera.

Estaba manchada de salsa roja, de carbón y de tristeza. Llevaba el mismo vestido viejo de siempre, ahora más sucio que nunca, y el cabello recogido en un chongo desordenado que dejaba escapar mechones sudados sobre su frente.

—¡Más rápido, inútil! —gritó Verania, entrando a la cocina como un general en plena guerra.

Verania ya estaba vestida y maquillada. Llevaba un vestido dorado que brillaba tanto que lastimaba la vista, y un peinado tan alto que parecía que escondía secretos de estado en el crepé.

—El arroz ya está, señora —dijo Camila con voz ronca—. El mole ya soltó el hervor.

—Más te vale que esté bueno —Verania metió una cuchara en la olla, probó el mole y chasqueó la lengua—. Le falta sal. Pero qué voy a esperar de ti, si tienes el gusto en los pies. Arréglalo. Y escúchame bien, Camila.

Verania se acercó, sus ojos pintados de negro clavándose en los de su hijastra.

—Ya vienen. Los vigías avisaron que la caravana del novio ya cruzó el puente del río. En cuanto escuches la música de la banda, te quiero invisible. Te vas a meter en la bodega de atrás, entre los costales de maíz y las herramientas viejas, y no vas a salir ni aunque se esté quemando la casa. ¿Entendiste?

—Sí, señora.

—Tu hermana ya está lista. Se ve divina. Es una reina. No voy a permitir que tu cara de panteón y tus harapos le arruinen la foto. Si el príncipe pregunta quién cocinó, yo le diré que contratamos a una chef de la ciudad. Tú no existes hoy.

Verania salió dando un portazo. Camila se quedó sola frente al fogón. Una lágrima solitaria cayó dentro de la olla de mole, salándolo con la tristeza más pura que existía.

—Que seas feliz, Alex —susurró Camila—. Aunque sea con ella. Que seas feliz.


Afuera, el pueblo era un carnaval. La calle de tierra había sido regada para que no se levantara polvo. Se habían colgado papeles picados de colores de poste a poste. Los vecinos se amontonaban en las cercas, trepados en los árboles y en las azoteas, estirando el cuello para ver llegar a “La Realeza”.

A las doce en punto, el sonido de los motores rugió.

Una fila impresionante de camionetas de lujo, encabezada por un Rolls Royce clásico (que nadie sabía cómo había logrado pasar los baches del camino sin desarmarse), se detuvo frente al portón de la casa del mezquite.

La banda de viento local, contratada por Verania (y pagada con el dinero que le había robado a Don Octavio de la venta de unas vacas), rompió a tocar “La Diana”.

Del Rolls Royce bajó primero Don Rogelio Montemayor, imponente con su guayabera de lino fino y sombrero Panamá. Luego bajó su esposa, Doña Cecilia, mirando todo con una mezcla de curiosidad y horror higiénico.

Y finalmente, bajó él.

Alejandro.

El suspiro colectivo de las mujeres del pueblo se escuchó hasta el cerro.

Iba vestido de charro de gala, un traje negro con botonadura de plata que brillaba bajo el sol, ajustado a su cuerpo atlético. Se veía más guapo que un actor de cine, pero su rostro no tenía la arrogancia de los ricos. Tenía una sonrisa nerviosa, ansiosa. Sus ojos buscaban desesperadamente entre la multitud y hacia la casa.

—Tranquilo, hijo —le susurró su padre, dándole una palmada en la espalda—. Ya llegamos. No se van a ir a ningún lado.

Alejandro se ajustó el moño del cuello. El corazón le latía desbocado. “Camila”, pensaba. “Ya vengo por ti. Se acabó el sufrir”.

Verania salió al encuentro, abriendo los brazos como si quisiera abrazar al mundo entero.

—¡Consuegros! ¡Yerno de mi vida! —gritó, con esa voz chillona que fingía dulzura—. ¡Bienvenidos a su humilde casa! ¡Qué honor! ¡Qué dicha!

Don Rogelio le dio la mano con educación, pero con cierta reserva.

—Señora Rentería. Un gusto. Aquí estamos, cumpliendo la palabra de mi hijo.

—¡Pasen, pasen! —Verania hizo gestos exagerados—. Mi esposo Octavio los espera en el patio principal. Y mi hija… ay, mi hija está que se muere de la emoción.

Entraron. El patio había sido transformado. Habían puesto carpas blancas, mesas con manteles de encaje (prestados por todo el pueblo) y arreglos florales enormes. Don Octavio estaba parado junto a la mesa del juez del registro civil, temblando ligeramente dentro de su traje viejo.

—Don Octavio —saludó Alejandro, acercándose y estrechándole la mano con firmeza y respeto—. Gracias por recibirnos. Sé que todo fue muy rápido, pero cuando uno encuentra el tesoro, no quiere perder tiempo.

Don Octavio miró al joven a los ojos. Vio honestidad. Vio amor. Y sintió una punzada de culpa tan fuerte que casi se dobla. Quiso hablar, quiso decir: “Muchacho, te estás equivocando”, pero sintió la mirada de Verania clavada en su nuca como un picahielo.

—Bienvenido… joven —balbuceó Don Octavio—. Pásenle.

La ceremonia iba a ser rápida. Firma del acta, banquete y vámonos a la Hacienda. Alejandro miraba hacia la puerta de la casa, impaciente.

—¿Y… y mi prometida? —preguntó, sin poder aguantar más.

Verania dio una palmada teatral.

—¡Que salga la novia!

La banda tocó una fanfarria desafinada. La puerta de madera de la casa se abrió.

Y salió Marisol.

Iba envuelta en el vestido blanco que Camila había ajustado con sus propias manos y lágrimas. Llevaba un velo de encaje tupido que le cubría la cara, una tradición “antigua” que Verania se había inventado de último minuto para darle más dramatismo (y para evitar que Alejandro viera la cara de la novia hasta que fuera demasiado tarde).

Marisol caminaba despacio, o más bien, se balanceaba. Se sentía la dueña del universo.

Alejandro frunció el ceño ligeramente. Algo no cuadraba. La figura… la forma de caminar… Camila caminaba con una ligereza natural, como si flotara sobre la tierra. Esta mujer caminaba pesado, arrastrando los pies.

“Debe ser el vestido”, pensó Alejandro, tratando de calmar a su intuición que gritaba ¡ALERTA!. “Debe ser los nervios. O los tacones”.

Marisol llegó frente a él y se detuvo. Olía a una mezcla de perfume caro (demasiado) y laca para el pelo. Camila olía a leña y a flores silvestres.

—Hola, mi amor —dijo Marisol, con una voz fingida, tratando de sonar suave.

Alejandro sintió un escalofrío. Esa no era la voz. La voz de Camila era música, era viento en los árboles. Esta voz era… chillona, forzada.

—Hola —respondió Alejandro, dudoso.

El Juez del Registro Civil, un hombre bajito y sudoroso, carraspeó.

—Estamos aquí reunidos para unir en matrimonio civil a Alejandro Montemayor y a la señorita… —el juez miró el papel— Marisol Rentería.

¿Marisol?

Alejandro se quedó congelado.

—Espera —dijo Alejandro, levantando una mano—. ¿Cómo dijiste?

—Marisol Rentería, joven —repitió el juez.

Alejandro miró a Verania, luego a Don Octavio, y finalmente a la figura velada frente a él.

—Hubo un error en el nombre —dijo Alejandro, con una risa nerviosa—. Yo no vine por Marisol. Yo vine por… por la muchacha de esta casa.

Verania se rio, una risa nerviosa que sonó a vidrio roto.

—¡Ay, qué bromista mi yerno! Pues ella es la muchacha de la casa. Mi hija. Marisol. La única hija casadera.

—No —dijo Alejandro, su voz endureciéndose—. No. Yo conocí a una chica llamada Camila.

El nombre cayó en el patio como una bomba atómica.

El silencio fue absoluto. La banda dejó de tocar. Los invitados se quedaron con el taco a medio camino de la boca.

Verania se puso pálida bajo su maquillaje, pero reaccionó rápido. Era una sobreviviente del engaño.

—¡Ah! ¡Camila! —exclamó, como si hablara de una mascota—. Ay, joven Alejandro, qué confusión tan grande. Camila no es… bueno, ella no es de la familia. Es la sirvienta. La arrimada. La huerfanita que recogimos por caridad.

—Es mi hija —dijo Don Octavio, en un susurro que casi nadie oyó.

—¡Es la sirvienta! —gritó Verania, tapando la voz de su marido—. Y además, joven, esa muchacha está mal de la cabeza. Es mentirosa, se inventa historias. Seguro usted la vio en el río y ella le dijo que vivía aquí como señora, pero es una pobre ilusa.

Alejandro no escuchaba. Su mirada estaba fija en la novia velada.

—Levántate el velo —ordenó Alejandro. No lo pidió. Lo ordenó con el tono de un patrón que está acostumbrado a mandar.

—Pero… es de mala suerte antes del beso… —gimoteó Marisol.

—¡Levántatelo! —gritó Alejandro.

Marisol, temblando, se levantó el velo de encaje.

Ahí estaba. Una cara redonda, maquillada en exceso, con una sonrisa de pánico y avaricia. Unos ojos pequeños y oscuros que no tenían ni una pizca de la luz dorada de Camila.

Alejandro retrocedió un paso, como si hubiera visto un fantasma. O un monstruo.

—Tú no eres ella —dijo, con una mezcla de decepción y furia—. Tú no eres la chica del río. Tú no eres la que me dio agua. Tú no eres la que me dio de comer camotes y me sonrió con el alma.

Marisol empezó a llorar, un llanto berrinchudo de niña malcriada.

—¡Pero yo soy más bonita! ¡Mamá dijo que yo era la elegida! ¡Tú me mandaste los regalos a mí!

Alejandro se giró hacia su padre, Don Rogelio, quien estaba rojo de ira al ver el engaño.

—Papá, me mintieron. Esta gente me quiso ver la cara de idiota.

Luego, Alejandro se volvió hacia Verania, y su mirada era tan terrible que la mujer retrocedió chocando contra la mesa del juez.

—¿Dónde está ella? —preguntó Alejandro, con voz baja y peligrosa—. ¿Dónde está Camila?

—Ella… ella no está —tartamudeó Verania—. Se fue. Se escapó ayer con un novio. Se fue a la ciudad. ¡Es una perdida! ¡Te lo juro!

—¡Mientes! —rugió Alejandro—. Veo el miedo en tus ojos, bruja. ¡Sé que está aquí! ¡Nadie abandona su casa el día de una fiesta así!

Alejandro empezó a caminar hacia la casa, apartando las sillas y las mesas de un empujón.

—¡Alejandro, espera! —gritó su madre—. ¡Es peligroso!

—¡No me voy de aquí sin ella! —gritó él.

Entró a la casa como un huracán. Recorrió la sala, pateó la puerta de la recámara de Marisol, buscó en el baño.

—¡Camila! —gritaba—. ¡Camila, soy yo! ¡Soy Alex!

No había respuesta. Solo el eco de sus gritos en la casa vieja.

Salió al patio trasero, donde estaban las ollas de mole humeando. La cocina estaba vacía. Pero había algo… había un olor. No a comida, sino el rastro de alguien que acababa de estar ahí. Vio un delantal tirado en el suelo.

—¡Camila!

Verania corrió tras él, agarrándolo del brazo.

—¡Ya le dije que no está! ¡Lárguese de mi casa! ¡Usted es un grosero! ¡Rompió el corazón de mi hija! ¡Lo voy a demandar!

Alejandro se soltó de un jalón que casi tira a la mujer al suelo.

Entonces, escuchó algo. Un ruido muy leve. Como el gemido de un animal herido. Venía del fondo del patio, de una casucha de madera vieja donde se guardaba el maíz. La puerta estaba cerrada con un candado por fuera.

Alejandro corrió hacia allá.

—¡No! ¡Ahí no! —gritó Verania, corriendo desesperada—. ¡Ahí están los perros bravos!

Alejandro llegó a la puerta. El candado era viejo y oxidado.

—¿Camila? —preguntó, pegando la oreja a la madera.

Desde adentro, se escuchó un sollozo ahogado.

—Alex…

Ese sonido rompió el alma de Alejandro y encendió una furia volcánica. Miró alrededor, buscando algo. Vio una barreta de hierro recargada en la pared. La tomó con ambas manos.

—¡Apártese todo el mundo! —gritó.

Con un golpe brutal, impulsado por la adrenalina del amor y la rabia, golpeó el candado. Una, dos, tres veces. La madera crujió, el metal cedió. De una patada, abrió la puerta de par en par.

La luz del sol entró en la bodega oscura, iluminando el polvo que flotaba en el aire.

Y ahí, en un rincón, sentada sobre unos costales de yute, abrazándose las rodillas, estaba ella.

Estaba sucia de carbón. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Temblaba como una hoja. Pero era ella. Inconfundible. Hermosa en su tragedia.

Alejandro soltó la barreta, que cayó al suelo con un clank metálico. Cayó de rodillas frente a ella, sin importarle ensuciar su traje de charro de miles de pesos.

—Camila… —susurró, con la voz quebrada—. ¿Qué te hicieron?

Ella levantó la vista, cegada por la luz.

—Alex… —dijo ella, incrédula—. ¿Por qué… por qué vienes por la sirvienta? Tu novia está afuera.

—Tú eres mi novia —dijo él, tomándole las manos, esas manos que ella intentaba esconder por vergüenza—. Tú eres mi reina. Tú eres la única.

La cargó en sus brazos. Ella pesaba tan poco… demasiado poco.

Alejandro salió de la bodega cargando a Camila como si fuera el tesoro más preciado del mundo. Salió al patio principal, donde todo el pueblo, los invitados ricos, los músicos y la familia esperaban en un silencio sepulcral.

Cuando Alejandro apareció con Camila en brazos, cubierta de polvo y ceniza, un murmullo recorrió la multitud.

—¡Es la Cenicienta! —susurró una niña en primera fila.

Verania se puso roja, luego morada.

—¡Suéltala! —chilló—. ¡Esa mugrosa va a ensuciar tu traje! ¡Es una vergüenza! ¡Octavio, dile algo!

Alejandro se detuvo en medio del patio. Bajó a Camila con suavidad, pero no la soltó. La mantuvo pegada a su costado, su brazo alrededor de su cintura protegiéndola contra todo y contra todos.

Miró a Verania con un desprecio infinito.

—La única vergüenza aquí, señora, es usted —dijo Alejandro, y su voz retumbó con autoridad—. Usted, que tuvo un diamante en su casa y lo trató como carbón. Usted, que quiso venderme vidrio haciéndolo pasar por joya.

Luego miró a Don Octavio.

—Y usted, señor… —Alejandro negó con la cabeza—. Dicen que el pecado de omisión es el peor de todos. Usted dejó que humillaran a su propia sangre. Usted no merece ser llamado padre.

Don Octavio rompió a llorar, cubriéndose la cara con las manos, derrumbándose en su silla.

Alejandro se volvió hacia Camila, quien miraba todo como si fuera un sueño febril. Él sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y, con una ternura infinita, le limpió una mancha de hollín de la mejilla.

—Camila —dijo, para que todos oyeran—. Perdóname. Perdóname por tardar tanto. Perdóname por la confusión. Yo te pedí a ti. Yo me enamoré de ti en el río. Me enamoré de tu bondad, de tu fuerza, de tus camotes quemados y de tu sonrisa. No quiero a la chica del vestido caro. Te quiero a ti, con tus huaraches y tu olor a leña.

Se arrodilló frente a ella, allí mismo, en la tierra.

—Camila Rentería, aunque hoy no traes el vestido correcto, y aunque todo esto es un desastre… ¿te casarías conmigo? ¿Me dejarías sacarte de aquí y tratarte como la reina que eres por el resto de mi vida?

Camila miró a Alex. Miró a Marisol, que lloraba patéticamente con el rímel corrido. Miró a Verania, que echaba espuma por la boca. Y miró a su padre, derrotado.

Luego miró a los ojos de Alex. Y vio su propio reflejo en ellos, limpio y amado.

—Sí —susurró ella, y luego lo dijo más fuerte, para que el universo se enterara—. ¡Sí! ¡Sí me caso contigo, Alex!

La gente del pueblo estalló en aplausos. Doña Chona lloraba. El panadero gritaba “¡Bravo!”. Hasta los músicos de la banda, contagiados por la emoción, empezaron a tocar una diana triunfal sin que nadie se los pidiera.

Alejandro se puso de pie, besó a Camila en la frente y se giró hacia su padre.

—Papá, vámonos. Esta casa apesta a mentiras.

—Vámonos, hijo —dijo Don Rogelio, sonriendo con orgullo—. Y llévate a la muchacha. Bienvenida a la familia, hija.

Pero antes de que pudieran dar un paso, Verania se interpuso en el camino, bloqueando la salida con los brazos abiertos, completamente desquiciada.

—¡No! ¡No se la van a llevar! —gritó, con los ojos inyectados de sangre—. ¡Ella es menor de edad! ¡Ella es mi sirvienta! ¡Ella me debe dinero por la crianza! ¡Si se la llevan, los acuso de secuestro! ¡Ella se queda aquí a lavar los platos del banquete!

El ambiente se tensó de nuevo. Alejandro apretó los puños.

Pero entonces, sucedió algo inesperado.

Don Octavio se levantó de su silla. Se tambaleó un poco, pero se enderezó. Por primera vez en diez años, se quitó el sombrero y levantó la cabeza. Caminó hasta quedar frente a Verania.

—Quítate, Verania —dijo Don Octavio. Su voz era ronca, oxidada, pero firme.

—¿Qué dijiste, viejo inútil?

—Dije que te quites —Don Octavio la miró a los ojos—. Se acabó. Ya no más. Camila es mi hija. Y es mayor de edad desde hace seis meses. Ella no te debe nada. Tú nos debes a nosotros. Nos robaste la alegría, nos robaste el dinero y casi nos robas el alma.

Octavio se giró hacia Camila.

—Vete, hija. Vete y sé feliz. Perdóname por ser un cobarde. Pero vete y no mires atrás.

Verania intentó abofetear a Octavio, pero él le detuvo la mano en el aire.

—Ni se te ocurra —dijo él, y la empujó a un lado.

Alejandro tomó la mano de Camila.

—Vámonos, mi amor. Tu carruaje espera.

Caminaron hacia la salida, cruzando el patio entre vítores y aplausos. Marisol se había tirado al suelo, haciendo una rabieta de niña chiquita, rompiendo el velo. Verania gritaba maldiciones al aire.

Al llegar al Rolls Royce, el chofer le abrió la puerta a Camila. Ella dudó un segundo, mirando sus ropas sucias y el asiento de piel blanca inmaculada.

—Voy a ensuciar el coche —dijo.

Alejandro la cargó y la sentó adentro.

—Que se ensucie. Compramos otro. Lo que importa es lo que va adentro.

Alejandro subió a su lado. El auto arrancó, seguido por la caravana. Dejaron atrás la casa del mezquite, el polvo, el maltrato y el dolor.

Mientras se alejaban, Camila miró por la ventana trasera. Vio a su padre parado en el portón, saludando con la mano, llorando. Y vio a Verania, haciéndose pequeña en la distancia, una mancha dorada y amarga que ya no podía alcanzarla.

Alejandro le pasó un brazo por los hombros y la acercó a él.

—¿Estás bien?

Camila recargó la cabeza en su pecho, escuchando el latido fuerte y seguro de su corazón.

—Sí —dijo ella, cerrando los ojos—. Por fin estoy despierta.

Pero la historia no terminaba ahí. Porque en las novelas, y en la vida real, los villanos no se quedan quietos. Y Verania, humillada frente a todo el pueblo, no iba a dejar que la “Cenicienta” se saliera con la suya tan fácilmente. La venganza se estaba cocinando, más picante y venenosa que el mole que se quedó enfriándose en las ollas.

CAPÍTULO 6: SÁBANAS DE SEDA Y EL VENENO DE LA VÍBORA

El viaje en el Rolls Royce fue silencioso, pero no un silencio incómodo, sino uno de esos que están llenos de asombro. Camila iba encogida en el asiento de piel color crema, temerosa de moverse. Miraba sus manos sucias, sus uñas con restos de carbón y sus pies polvorientos dentro de los huaraches viejos, contrastando violentamente con la alfombra de lana virgen del automóvil.

Se sentía como una intrusa en un sueño ajeno.

Alejandro, notando su rigidez, le tomó la mano de nuevo, sin importarle mancharse el puño de su camisa de charro.

—Respira, Camila —le dijo suavemente—. Ya pasó. Nadie te va a hacer daño nunca más.

—Es que… siento que voy a despertar, Alex. Siento que voy a abrir los ojos y voy a estar otra vez en el petate, con Verania gritándome que limpie el chiquero.

—Pues pellízcame —bromeó él—. Porque si esto es un sueño, es el mejor que he tenido.

El auto cruzó el gran portón de hierro forjado de la Hacienda La Esperanza. El camino de entrada estaba flanqueado por laureles gigantes y fuentes de piedra que escupían agua cristalina. Al fondo, la casa grande se alzaba imponente: una construcción colonial de cantera rosa, con ventanales enormes y balcones llenos de buganvilias.

Camila abrió la boca. Había visto la hacienda desde lejos, desde el cerro cuando iba por leña, pero nunca imaginó que de cerca se viera tan… inmensa.

—¿Aquí vives? —preguntó en un susurro.

—Aquí vivimos —corrigió Alejandro—. Esta es tu casa.

Al bajar del auto, un ejército de empleados los esperaba en la escalinata. Había jardineros, recamareras con uniformes almidonados, choferes y cocineras. Todos habían escuchado el chisme por radio o teléfono: “El patrón trae novia nueva, y no es la que esperábamos”. Las miradas eran de curiosidad absoluta, pero respetuosas.

Cuando Alejandro ayudó a bajar a Camila, hubo un pequeño jadeo colectivo. Ver al “Príncipe” de la región trayendo de la mano a una muchacha cubierta de hollín, con el cabello revuelto y un vestido que pedía a gritos ser quemado, fue un shock.

Pero Alejandro, con la cabeza en alto, se dirigió a ellos.

—Buenas tardes a todos. Quiero presentarles a Camila. Ella es mi prometida y la futura señora de esta casa. Quiero que la traten con el mismo respeto, o más, del que me tienen a mí. ¿Entendido?

—Sí, patrón —respondieron al unísono, aunque las miradas de reojo no cesaban.

Una mujer mayor, bajita y regordeta, con un delantal impecable y cara de abuelita bondadosa, se adelantó. Era Doña Martita, el ama de llaves que había cuidado a Alejandro desde que usaba pañales.

Se acercó a Camila y, en lugar de mirarla con asco como hacía Verania, le sonrió con ternura.

—Bienvenida, niña. Venías pasando fríos, ¿verdad? Tienes los labios morados.

Camila asintió, sintiendo que las lágrimas volvían a picarle los ojos ante tanta amabilidad inesperada.

—Martita —dijo Alejandro—, por favor, prepara la tina de la habitación principal. Y busca ropa… no sé, róbale algo a mi mamá o busca en los armarios de visitas. Necesita un baño caliente, comida y dormir tres días seguidos.

—Déjamela a mí, mi niño. Yo me encargo. Vente, mijita, vamos a quitarte ese susto del cuerpo.

Camila soltó la mano de Alejandro con miedo, como quien suelta un salvavidas en medio del mar.

—Ve —le aseguró él—. Yo tengo que hablar con mis padres y arreglar unos papeles. Te veo en la cena. No te vas a ir a ningún lado.

Camila siguió a Doña Martita por los pasillos de la mansión. Sus huaraches hacían un sonido extraño, clac-clac, sobre los pisos de mármol pulido. Veía cuadros antiguos, jarrones que seguramente costaban más que su vida entera y candelabros de cristal que atrapaban la luz de la tarde.

Llegaron a una habitación que era más grande que toda la casa de Don Octavio. Tenía una cama con dosel, cortinas de terciopelo y una chimenea encendida.

—Ándale, niña. El baño está allá.

El baño era un sueño húmedo de lujo. Una tina con patas de león estaba llena de agua humeante y espuma que olía a lavanda y rosas.

—Quítate esos trapos, mijita. Déjalos ahí, yo los quemo luego —dijo Martita amablemente—. Métete al agua. Tállate bien, sácate la tristeza de los poros.

Camila se quedó sola. Se desvistió lentamente, viendo caer su vestido remendado al suelo como una piel muerta. Se miró en el espejo gigante. Vio sus costillas marcadas por la mala alimentación, los moretones en sus brazos por los pellizcos de Verania, y la mugre incrustada en sus rodillas.

Entró al agua. El calor la abrazó. Cerró los ojos y se sumergió hasta la nariz.

El agua se empezó a poner gris, llevándose la tierra del monte, el carbón del fogón y el polvo del camino. Camila lloró un poco, ahí, bajo la espuma. Lloró por la niña que fue, por la madre que perdió y por el padre que la había dejado sola. Pero también lloró de alivio.

Estuvo una hora en remojo. Cuando salió, Martita la esperaba con una bata de toalla blanca y esponjosa, tan suave que parecía hecha de nubes.

—Siéntate aquí, déjame cepillarte ese pelo. Tienes un cabello precioso, niña, nomás que estaba escondido en nudos.

Martita le desenredó el cabello con paciencia, untándole aceites que olían a flores caras. Le prestó un vestido sencillo de lino color crema que le quedaba un poco grande, pero que la hacía ver angelical.

Cuando Camila se miró en el espejo, no se reconoció.

La chica que le devolvía la mirada tenía la piel limpia y brillante, el cabello negro cayendo en ondas suaves sobre sus hombros y un brillo nuevo en los ojos miel. Ya no parecía la sirvienta. Parecía… parecía alguien.

—Ahí está —dijo Martita satisfecha—. Ya salió el sol. Ahora vamos a la cocina, que te preparé un caldo de pollo que levanta muertos y un chocolate caliente con pan de yema.

Camila bajó a la cocina. No quiso comer en el comedor principal; se sentía demasiado pequeña para esa mesa kilométrica. Se sentó en la mesa de la cocina, rodeada de los aromas familiares de las ollas, pero esta vez, nadie le gritó. Las cocineras la miraban y le sonreían, ofreciéndole más tortillas, más queso, más postre.

—Coma, niña, coma, que está muy flaquita.

Camila comió hasta que no pudo más. Y por primera vez en años, su estómago no dolió de hambre, sino que se sintió lleno de calor.


Mientras tanto, en la casa del mezquite viejo, el infierno tenía su propia fiesta.

Verania estaba sentada en el suelo del patio, con el vestido dorado roto y lleno de tierra, berreando como becerro destetado. Había tirado las mesas, pateado las flores y roto las botellas de vino que los Montemayor habían traído días antes.

Marisol estaba encerrada en su cuarto, aullando y rompiendo cosas.

—¡Me arruinó la vida! —gritaba Marisol—. ¡Esa gata me robó a mi marido! ¡Me humilló frente a mis amigas! ¡Ya no voy a poder salir a la calle!

Don Octavio estaba sentado en su mecedora, con una botella de tequila barato en la mano, mirando el atardecer con una expresión extraña. No era tristeza. Era alivio. Por primera vez, se sentía ligero, aunque su mujer estuviera destrozando la casa a sus espaldas.

—¡Tú! —gritó Verania, levantándose y señalando a Octavio con un dedo tembloroso—. ¡Tú tienes la culpa, viejo borracho! ¡Tú la dejaste ir! ¡Debiste haberla agarrado a golpes y encerrarla!

Octavio le dio un trago a la botella y la miró con calma.

—Cállate, Verania. Ya me tienes harto con tus gritos.

Verania abrió los ojos como platos. ¿El mueble hablaba?

—¿Qué me dijiste?

—Que te calles. Camila se fue. Y bendito sea Dios que se fue. Se salvó de ti y se salvó de mí.

Verania sintió que la sangre le hervía en las sienes. La humillación pública era algo que ella no podía perdonar. Todo el pueblo se estaba riendo de ella. Ya se imaginaba los chismes en la tienda, en la iglesia, en el mercado. “Ahí va la suegra de mentiras”, dirían. “La que quiso vender vidrio por diamante”.

—Esto no se queda así —siseó Verania, con los ojos inyectados de odio—. Esa mocosa no va a ser feliz mientras yo respire. ¿Cree que porque se subió a un coche de lujo ya la hizo? No sabe con quién se metió.

—Déjala en paz —advirtió Octavio—. Si te acercas a ella, te las verás conmigo.

Verania soltó una carcajada histérica.

—¿Contigo? ¡Por favor, Octavio! Si no puedes ni con tus pantalones. No… yo no necesito golpearla. Yo soy más lista.

Verania entró a la casa, ignorando el desastre. Fue al cuarto de Camila, que ahora estaba vacío. Buscó entre las pocas cosas que la chica había dejado: un peine roto, unas estampitas de santos y… una cajita de madera vieja debajo del catre.

Verania abrió la cajita. Adentro había una foto vieja y arrugada de Adela (la madre de Camila) y un pequeño collar de plata con una crucecita, muy humilde, que seguramente era de su madre.

Verania sonrió. Una idea negra y viscosa se formó en su mente.

—Marisol —llamó a la puerta de su hija—. Abre. Deja de llorar y límpiate los mocos. Tenemos trabajo que hacer.

Marisol abrió, con los ojos hinchados.

—¿Qué vamos a hacer, mamá?

—Vamos a ir a la delegación —dijo Verania, con frialdad—. Vamos a poner una denuncia.

—¿Denuncia? ¿De qué?

—De robo, hija mía. De robo agravado. Vamos a decir que esa muerta de hambre no se fue con las manos vacías. Vamos a decir que se robó mis joyas de oro, las que heredé de mi abuela. Y que se robó el dinero de la venta de las vacas de tu padre.

—Pero… si tú vendiste esas joyas hace años para comprarte ropa —dijo Marisol, confundida.

—¡Cállate! Eso no importa. Lo que importa es lo que diga el papel. Si la acusamos de robo, la policía tendrá que ir a la Hacienda a buscarla. Imagínate el escándalo, Marisol. La policía entrando a la mansión de los Montemayor para sacar a la “nuera” acusada de ratera. Don Rogelio y Doña Cecilia se morirán de la vergüenza. La van a echar a patadas. Nadie quiere a una nuera ladrona.

Marisol sonrió, una sonrisa torcida y cruel que era idéntica a la de su madre.

—Ay, mamá… eres una genio.

—Lo sé. Ahora, cámbiate. Ponte algo negro, como si estuvieras sufriendo. Vamos a dar lástima y a pedir justicia. Esa Cenicienta va a terminar barriendo, pero en la cárcel.


La noche cayó sobre la Hacienda. Camila estaba sentada en la sala principal, esperando a Alejandro. Doña Cecilia, la madre de Alejandro, entró en la sala. Era una mujer alta, elegante, con el cabello gris peinado perfectamente y un collar de perlas legítimas.

Camila se puso de pie de un salto, sintiéndose pequeña otra vez.

—Buenas noches, señora —dijo, bajando la cabeza.

Doña Cecilia la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Examinó su postura, sus manos limpias pero maltratadas, su rostro sin maquillaje.

—Siéntate, muchacha —dijo Cecilia, con voz seca pero no agresiva.

Camila se sentó en la orilla del sofá.

—Alejandro me contó todo —dijo Cecilia, sentándose frente a ella—. Me contó cómo vivías. Me contó lo del agua en el río.

—Perdóneme, señora. Yo sé que no soy lo que ustedes esperaban. Yo no tengo apellido, ni dinero, ni educación de escuela grande. Yo sé que le causo vergüenza. Si quiere que me vaya…

—¡Ni se te ocurra! —la interrumpió Alejandro, entrando en la sala con una botella de vino y tres copas—. Mamá, no la asustes.

—No la estoy asustando, Alejandro. Estoy hablando de mujer a mujer —Cecilia miró a su hijo y luego volvió a mirar a Camila—. Mira, niña. Te voy a ser franca. Yo quería que Alejandro se casara con la hija del Gobernador. O con alguna chica de nuestro círculo. Es lo normal. Pero…

Cecilia suspiró y sus facciones se suavizaron.

—Pero nunca había visto a mi hijo tan decidido, ni tan feliz. Ese muchacho estaba amargado, aburrido del mundo. Y hoy, cuando entró cargándote como si fueras la Virgen de Guadalupe, vi algo en sus ojos que no veía hace años. Vida.

Cecilia se inclinó hacia adelante y, sorprendentemente, le tomó la mano a Camila.

—No me importa si sabes usar los cubiertos de pescado o si hablas francés. Eso se aprende. Lo que no se aprende es la nobleza. Y si mi hijo dice que la tienes, yo le creo. Bienvenida a La Esperanza, Camila.

Camila soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y sonrió, una sonrisa tímida pero luminosa.

—Gracias, señora. Le prometo que voy a aprender rápido. No le voy a fallar.

—Más te vale —bromeó Cecilia—. Porque mañana empieza tu entrenamiento. Si vas a ser la patrona, tienes que saber mandar, no solo obedecer. Y eso, querida, a veces es más difícil que barrer.

La cena fue tranquila. Por primera vez, Camila se sintió parte de algo. Escuchó a Alejandro reír con su padre, vio cómo se miraban con cariño. “Así es una familia”, pensó. “Esto es lo que me robaron”.

Esa noche, Camila durmió en la cama con dosel. Las sábanas de seda egipcia se sentían extrañas contra su piel acostumbrada a la manta áspera. Se despertó varias veces en la madrugada, tocando el colchón para asegurarse de que era real.

—Es real, Camila —se decía—. Estás a salvo.

Pero al amanecer del domingo, la burbuja estaba a punto de recibir su primer pinchazo.

Camila se despertó con el canto de los pájaros, no con gritos. Se estiró en la cama, sonriendo. Se levantó, se lavó la cara en el baño de mármol y decidió bajar a ayudar en la cocina, por puro hábito.

—¡Niña! ¿Qué hace aquí? —le dijo la cocinera, Doña Juana, espantada—. Usted no debe estar aquí. Váyase al comedor, ya le servimos el desayuno.

—Pero quiero ayudar… me siento inútil.

—Usted ayuda existiendo y haciendo feliz al patrón. Ándele, vaya.

Camila fue al comedor. Alejandro ya estaba ahí, tomando café y leyendo el periódico local.

—Buenos días, mi amor —dijo él, levantándose para darle un beso en la frente.

—Buenos días… Alex.

—Siéntate. Mira, mandé traer pan dulce del pueblo, del de Don Beto, que sé que te gusta.

Camila sonrió al ver la concha de vainilla.

—Gracias. Don Beto siempre fue bueno conmigo. A veces me regalaba bolillos cuando tenía mucha hambre.

Alejandro apretó la mandíbula. Cada historia que escuchaba de su pasado le daba más rabia, pero trataba de controlarse.

En ese momento, el mayordomo entró en el comedor. Tenía la cara pálida.

—Patrón… Don Rogelio… hay… hay visitas en la puerta principal.

—¿Visitas? Es domingo por la mañana. ¿Quién molesta a esta hora? —preguntó Don Rogelio.

—Es… es la policía municipal, señor. Y vienen acompañados de la señora Verania Rentería.

El corazón de Camila se detuvo. La concha se le cayó de la mano.

—¿Qué? —Alejandro se puso de pie de un salto—. ¿Qué demonios hace esa bruja aquí?

—Traen una orden, señor —dijo el mayordomo, bajando la voz—. Dicen… dicen que vienen a buscar a la señorita Camila. Hay una denuncia formal por robo de joyas y dinero en efectivo.

Camila se puso blanca como el papel. Empezó a temblar violentamente.

—Yo no robé nada… se lo juro, Alex… yo no me traje nada, solo lo que traigo puesto…

Alejandro golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar las tazas de café.

—¡Esto es el colmo! ¡Esa mujer no tiene límites!

—Cálmate, hijo —dijo Don Rogelio, levantándose con la calma de quien tiene poder—. ¿Robo? Por favor. Si esa niña no tenía ni zapatos. Esto es un chantaje barato.

—Tengo miedo… —susurró Camila—. Me van a llevar… Verania siempre gana. Ella siempre hace que todos le crean.

Doña Cecilia se levantó y caminó hasta Camila. Le puso las manos en los hombros y la obligó a mirarla.

—Escúchame bien, Camila. En esta casa, Verania no manda. En esta casa, Verania es una hormiga. Tú no eres la sirvienta indefensa. Eres la prometida de un Montemayor. Límpiate esas lágrimas, levanta la cabeza y salgamos a enfrentar a esa víbora. No estás sola.

Alejandro, rojo de furia, caminó hacia la puerta.

—¡Que pasen! —ordenó al mayordomo—. Pero que pasen al patio, no quiero que ensucien mi sala. Vamos a ver de qué cuero salen más correas.

Afuera, en el patio de entrada, Verania estaba parada junto al comandante de policía, un hombre panzón con uniforme apretado que parecía incómodo de estar ahí. Marisol estaba al lado, vestida de negro riguroso, fingiendo sollozar en un pañuelo.

Verania miraba la fachada de la casa con envidia pura.

—Ya verás, hija —susurró—. Ahorita sale esposada. Ahorita se le acaba el cuento de hadas.

La puerta principal se abrió.

No salió Camila agachada y llorando. Salió Alejandro, con mirada de fuego. Salió Don Rogelio, con la autoridad de un rey. Salió Doña Cecilia, con la nariz en alto.

Y en medio de ellos, protegida como un tesoro, salió Camila. Llevaba el vestido de lino crema, el cabello suelto y brillante. Tenía miedo, sí, pero la mano de Alejandro apretaba la suya con tanta fuerza que le transmitía su valor.

—Buenos días, Comandante —dijo Don Rogelio con voz potente—. ¿Se puede saber qué hace usted molestando en mi casa un domingo con semejante compañía?

El Comandante se quitó la gorra, nervioso.

—Disculpe, Don Rogelio. Es que… la señora aquí presente puso una denuncia. Dice que la muchacha… la señorita Camila… se sustrajo de su domicilio llevándose unas joyas de familia y cinco mil pesos en efectivo. Tenemos la obligación de investigar.

Alejandro soltó una risa seca y cruel.

—¿Joyas? Comandante, por favor. Si esa mujer tenía a Camila durmiendo en el suelo y vestida con harapos. ¿Qué joyas va a tener?

—¡Es una ladrona! —gritó Verania, dando un paso adelante—. ¡Es una mustia! ¡Se hace la mosquita muerta, pero tiene las manos largas! ¡Revisen su cuarto! ¡Seguro ahí tiene escondido el collar de mi abuela!

—¡Cállese la boca! —gritó Alejandro—. Usted es una mentirosa patológica. ¿Quiere revisar? ¡Adelante! ¡Revise! Pero le advierto una cosa, Comandante. Si revisan y no encuentran nada… voy a demandar a esta mujer por difamación, por calumnias, por maltrato infantil, por explotación laboral y por fraude. Tengo los mejores abogados de la capital y le juro que la voy a dejar en la calle.

Verania vaciló por un segundo. No esperaba esa reacción. Pensó que los ricos, al oír “ladrona”, se asustarían y echarían a la chica.

—Yo… yo sé que lo tiene —insistió Verania, aunque con menos fuerza—. O tal vez… tal vez ya lo vendió.

—Camila —dijo Alejandro, girándose hacia ella—. Dile al Comandante qué te trajiste de esa casa.

Camila dio un paso al frente. Le temblaban las piernas, pero miró al policía.

—Señor… yo no me traje nada. Solo… —Camila metió la mano en el bolsillo de su vestido y sacó la pequeña foto arrugada de su madre y la crucecita de plata que Verania no había visto en su bolsillo—. Solo me traje esto. Es la foto de mi mamá y su rosario. Es lo único que tengo.

El Comandante miró la foto vieja y la cruz de plata que no valía ni cincuenta pesos. Luego miró a Verania, con su vestido chillante y sus uñas postizas.

—Señora… —dijo el Comandante, cambiando el tono—. ¿Estas son las “joyas de la abuela”?

—¡No! —chilló Verania—. ¡Tenía oro! ¡Mucho oro!

—Mire, señora —intervino Don Rogelio—. Vamos a dejar esto claro. Mi nuera no necesita robarle nada a usted. Si ella quisiera joyas, yo le compro la joyería entera del pueblo mañana mismo. ¿Cree que se va a ensuciar las manos por sus miserias?

Don Rogelio sacó su cartera y extrajo un fajo de billetes.

—Dice que le faltan cinco mil pesos, ¿no? Aquí tiene diez mil. Tómelo como una limosna para que deje de molestar. Pero escúcheme bien: si vuelve a poner un pie en mi propiedad, o si vuelvo a oír que pronuncia el nombre de Camila, voy a usar toda mi influencia para que usted y su hija terminen barriendo las calles del pueblo por servicio comunitario. ¿Entendido?

Don Rogelio tiró los billetes al suelo, a los pies de Verania.

El viento movió los billetes. La humillación fue total.

El Comandante miró a Verania.

—Señora, agarre su dinero y vámonos. Y retire la denuncia, porque si Don Rogelio se enoja, a mí también me va mal.

Verania miró a Camila. Vio a la chica limpia, protegida, amada. Vio el muro de poder que la rodeaba ahora. Se dio cuenta, con un sabor amargo en la boca, de que había perdido esa batalla.

Se agachó lentamente, con todo el odio del mundo, a recoger los billetes del suelo. Marisol la miraba horrorizada.

—Vámonos, mamá —dijo Marisol—. Qué oso.

Verania se levantó, apretando los billetes en su puño.

—Disfruta tu suerte, Cenicienta —escupió Verania mirando a Camila—. Pero recuerda que los relojes siempre marcan las doce.

Se dieron la vuelta y se subieron a la patrulla, derrotadas.

Alejandro abrazó a Camila, que estaba temblando.

—Se acabó —dijo él—. Ya no te pueden tocar.

Pero Camila miró la patrulla alejarse y sintió un escalofrío. Verania tenía los ojos de un animal acorralado, y esos son los más peligrosos. Sabía que esto no era el fin de la guerra, solo el fin de una batalla.

Sin embargo, cuando Alejandro la besó en la sien y Doña Cecilia le puso una mano en el hombro, Camila supo algo más importante: ya no tenía que pelear sola.

—Vamos a desayunar —dijo Don Rogelio—. Se me enfrió el café por culpa de esa gente.

Entraron a la casa, cerrando la puerta pesada detrás de ellos, dejando el pasado afuera, en el polvo, donde pertenecía. Camila respiró el aire limpio de la hacienda y, por primera vez, sintió que sus pulmones se llenaban de libertad. Era hora de dejar de ser la víctima y empezar a aprender a ser la dueña de su destino.

CAPÍTULO 7: LA REINA DE LOS PIES DESCALZOS Y EL ÚLTIMO ZARPAZO

Pasaron seis meses. Seis meses que, para el pueblo de San Isidro, se sintieron como seis años por la cantidad de chismes, cambios y milagros que ocurrieron.

La Hacienda La Esperanza había cambiado. Ya no era solo una mansión fría de hombres de negocios; ahora tenía flores frescas en cada jarrón, se escuchaba música de piano por las tardes y, lo más importante, se escuchaban risas.

Camila ya no era la muchacha asustada que escondía las manos en los bolsillos. Su transformación no había sido fácil, ni mágica como en los cuentos de hadas donde el hada madrina mueve la varita y ya sabes hablar francés. No. Lo de Camila fue a base de esfuerzo, el mismo esfuerzo que usaba para cargar leña, pero ahora enfocado en aprender.

Doña Cecilia se convirtió en su maestra y, con el tiempo, en la madre que Camila había perdido.

—La espalda recta, Camila —le decía Cecilia mientras caminaban por el jardín—. No camines mirando al suelo. El suelo no se va a ir. Mira al horizonte. Una patrona mira de frente a los problemas y a la gente.

—Es que me da pena, señora Cecilia. Siento que todos me miran y piensan: “Ahí va la sirvienta disfrazada”.

—Que piensen lo que quieran. Tú demuéstrales que la dignidad no se compra con dinero, se trae en la sangre. Y tú tienes más dignidad en un dedo que muchas de mis amigas en todo el cuerpo.

Y Camila aprendió. Aprendió a leer con fluidez devorando los libros de la biblioteca de Alejandro. Aprendió a gestionar la casa, pero a su manera. A diferencia de las patronas anteriores, Camila no daba órdenes desde el balcón. Ella bajaba a la cocina a probar la sazón, iba a las caballerizas a ver si los animales tenían agua limpia y conocía el nombre de cada empleado, de sus hijos y hasta de sus perros.

Los empleados la adoraban.

—Es una santa —decía Doña Juana, la cocinera—. El otro día, cuando se me quemó el arroz, en lugar de gritarme, se puso el delantal y me ayudó a hacer otro. “A cualquiera se le va la liebre”, me dijo. Esa niña es oro molido.

Alejandro la miraba cada día con más fascinación. Verla florecer era su mayor orgullo.

Una tarde, la encontró en el despacho, revisando las cuentas de la cosecha de aguacate.

—¿Ahora también eres contadora? —preguntó él, besándole el cuello.

Camila rio, apartando los papeles.

—No, pero vi que el capataz estaba cobrando de más por el fertilizante. Conozco los precios del pueblo, Alex. A mí no me hacen tonta. Le ahorré a la hacienda unos buenos pesos.

Alejandro la giró en la silla y la miró a los ojos.

—Eres increíble. ¿Ya estás lista para la semana que viene?

La semana que viene. La boda.

No iba a ser una boda civil rápida en el patio. Iba a ser LA boda. La catedral del pueblo vecino había sido reservada. El vestido había sido traído de Europa (aunque Camila insistió en bordarle un pequeño detalle mexicano en el ruedo). Iban a venir el Gobernador, empresarios y, por petición expresa de Camila, todo el pueblo de San Isidro.

—Estoy nerviosa —confesó ella—. No por la boda, sino… por ellos.

—¿Por Verania? —preguntó Alejandro, y su rostro se ensombreció—. No te preocupes. Tienen prohibida la entrada. Hay seguridad contratada solo para vigilar que esa mujer no se acerque a menos de un kilómetro.

—No es miedo a que venga… es… es una sensación. Como cuando el cielo se pone negro antes de la granizada. Siento que no se va a quedar tranquila.

Y Camila tenía razón. El instinto de supervivencia que había desarrollado a base de golpes no fallaba.


En la casa del mezquite viejo, la situación era deplorable.

Los diez mil pesos que Don Rogelio les había aventado “como limosna” se habían esfumado en menos de dos meses. Verania, en su estupidez y vanidad, se los gastó comprando ropa cara para “mantener las apariencias” y pagando deudas de juego de Marisol, quien había desarrollado un gusto por las apuestas en las peleas de gallos para matar el aburrimiento.

Ahora, estaban peor que antes.

Don Octavio, en un giro inesperado del destino, había dejado de beber. El shock de ver a su hija irse y las palabras de Alejandro (“usted no merece ser llamado padre”) le habían calado hondo. Empezó a trabajar la tierra de nuevo, poco a poco, ignorando los gritos de Verania. Se había vuelto un hombre silencioso, pero firme. Ya no le daba dinero a Verania. Lo poco que ganaba lo guardaba o lo usaba para comer él.

Verania estaba desesperada. Su ropa “de marca” estaba sucia. Su tinte de cabello se había deslavado, dejando ver raíces grises que la hacían ver diez años más vieja. El pueblo la llamaba “La Suegra de Mentiras” o “La Bruja del Mezquite”. Nadie le fiaba en la tienda. Nadie la saludaba. Era una paria.

—¡Maldita sea! —gritó Verania esa mañana, tirando un plato de frijoles contra la pared—. ¡Estamos comiendo basura mientras esa gata traga caviar! ¡No es justo! ¡Yo nací para ser rica!

Marisol estaba limándose las uñas mordidas en la mesa.

—Ya supéralo, mamá. Ya perdimos. Dicen que el vestido de novia de Camila costó más que esta casa.

—¡Cállate, estúpida! —Verania la agarró del pelo—. ¡Por tu culpa! ¡Si hubieras sido más lista, si hubieras enamorado a ese imbécil, ahorita estaríamos allá! Pero no, tenías que ser una inútil sin gracia.

—¡Suéltame! —chilló Marisol—. ¡Tú fuiste la que hizo el plan menso!

—¡Basta! —La voz de Don Octavio retumbó en la cocina. Entró con el machete en la mano, viniendo del campo—. Dejen de pelear como perros. Pónganse a trabajar si quieren comer.

—¡Tú cállate, viejo inútil! —le escupió Verania—. Oye… me enteré que te llegó una invitación.

El ambiente se congeló.

Sí. Camila le había enviado una invitación a su padre. Una carta escrita a mano, donde le decía que lo perdonaba y que le gustaría que estuviera ahí, no para entregarla (eso lo haría Don Rogelio, quien se había ofrecido), sino para que viera que su hija estaba bien.

—Sí —dijo Octavio, tocándose el bolsillo de la camisa donde guardaba el sobre como un tesoro—. Me invitaron. A mí.

—Pues nos invitaron a todos —dijo Verania, con una sonrisa torcida—. Somos familia.

—No —Octavio la miró con frialdad—. La invitación dice claramente: “Señor Octavio Rentería”. Solo yo. Ustedes no son bienvenidas. Y si tienen un poco de vergüenza, ni se acerquen.

Verania sintió que el odio le quemaba las entrañas. ¿El viejo sí y ella no? ¿Ella, que había “criado” a esa mocosa?

Esa noche, mientras Marisol dormía y Octavio roncaba, Verania se sentó en la oscuridad con una botella de aguardiente barato. Sus ojos brillaban con la locura de quien ya no tiene nada que perder.

—¿Crees que vas a ser feliz, Camila? —susurró a la nada—. ¿Crees que te vas a burlar de mí? No, mi reina. Si yo no soy feliz, nadie lo es. Voy a convertir tu boda blanca en un día negro. Lo juro.

Verania sacó de un cajón escondido una caja de cerillos y un frasco de veneno para ratas. No planeaba matar a nadie… o tal vez sí. Su mente ya no distinguía límites. Su plan era vago pero destructivo: arruinar. Quemar. Destruir.


Tres días antes de la boda, Camila decidió ir al cementerio.

—No vayas sola —le pidió Alejandro—. Deja que te acompañe el chofer o yo.

—Necesito ir sola, Alex. Necesito hablar con mi mamá. Es una despedida y un comienzo. Necesito pedirle su bendición. El cementerio es seguro, es de día.

Alejandro accedió a regañadientes, pero envió a dos guardias de seguridad para que esperaran en la entrada del camposanto, discretamente.

Camila llegó al cementerio del pueblo con un ramo enorme de rosas blancas. Caminó entre las tumbas viejas hasta llegar a la de Adela. Antes era un montículo de tierra con una cruz de madera podrida. Ahora, gracias al dinero que Camila había enviado (a través del cura para que Verania no se lo robara), tenía una lápida de mármol sencilla pero hermosa, siempre limpia.

Camila se arrodilló y puso las flores.

—Mamá… —comenzó, con la voz quebrada—. Me caso. Me caso con un hombre bueno. Ojalá lo hubieras conocido. Se parece a papá cuando papá era él mismo. Ya no paso hambre, mamá. Ya no tengo frío. Pero te extraño. Te extraño tanto…

Estuvo ahí un largo rato, contándole a la tumba sus miedos y sus esperanzas. El viento movía los árboles, creando una paz melancólica.

De repente, una sombra cayó sobre ella.

—Qué conmovedor.

Camila se heló. Conocía esa voz. Era la voz de sus pesadillas.

Se levantó lentamente y se giró.

Verania estaba parada allí, a unos metros. Se veía terrible. Flaca, con la piel grisácea, el cabello revuelto y sucio, y un vestido negro que le quedaba grande. Pero sus ojos… sus ojos eran dos carbones encendidos de odio.

—Verania —dijo Camila, manteniendo la calma por fuera, aunque por dentro temblaba—. ¿Qué haces aquí?

—Vengo a visitar a mi querida comadre Adela —dijo Verania con sarcasmo, dando un paso adelante—. Vengo a decirle que su hija se volvió una… una cualquiera que se vende por dinero.

—No hables así de mi madre —dijo Camila, irguiéndose. Ya no era la niña que agachaba la cabeza—. Y no hables así de mí. Yo no me vendí. Yo me enamoré. Algo que tú nunca has hecho porque tienes el corazón seco.

Verania soltó una carcajada que sonó como un graznido de cuervo.

—¡Ay, miren a la patrona! ¡Ya le salieron garras a la gatita! ¿Te crees muy valiente porque traes zapatos caros? Sigues siendo la misma mugrosa que limpiaba mis escupitajos.

—No —dijo Camila firme—. Esa niña ya no existe. Tú la mataste a golpes de desprecio. La mujer que ves ahora no te tiene miedo. Me das lástima, Verania.

Esa palabra fue el detonante.

—¿Lástima? —rugió Verania—. ¡¿Lástima a mí?! ¡Yo soy una señora! ¡Tú eres basura!

Verania se abalanzó sobre Camila, sacando de su bolsillo una navaja oxidada que usaba para pelar fruta.

—¡Te voy a cortar esa carita bonita para que ningún príncipe te quiera ver! —gritó.

Camila reaccionó por instinto. Años de esquivar golpes y de trabajo duro le dieron reflejos rápidos. Cuando Verania lanzó el primer tajo, Camila se hizo a un lado y agarró la muñeca de su madrastra.

La fuerza de Camila, forjada cargando agua y leña, era muy superior a la de Verania, debilitada por el alcohol y la rabia.

—¡Suéltala! —gritó Camila, torciéndole la mano.

La navaja cayó al pasto.

Verania chilló de dolor y trató de morderla, pero Camila la empujó con fuerza. Verania tropezó con una raíz y cayó de sentón sobre una tumba vecina.

En ese momento, los dos guardias de seguridad, que habían escuchado los gritos, llegaron corriendo con las armas desenfundadas.

—¡Señora Camila! ¿Está bien? —gritaron, apuntando a Verania.

Camila respiraba agitada, mirando a la mujer en el suelo. Verania la miraba con terror ahora. Veía a los hombres armados y se daba cuenta de que había cometido un error fatal.

—¡Arréstenla! —gritó uno de los guardias—. ¡Intento de homicidio!

Verania empezó a llorar, arrastrándose hacia atrás.

—No… no, fue una broma… solo quería asustarla… ¡No me lleven! ¡Soy una señora respetable!

Camila levantó la mano para detener a los guardias.

—Esperen.

Los guardias se detuvieron.

Camila caminó hasta quedar frente a Verania. La miró desde arriba. Podía meterla a la cárcel. Podía destruirla ahí mismo. Verania estaba temblando, hecha un ovillo miserable.

—Podría dejar que te lleven —dijo Camila suavemente—. Podría dejar que te pudras en una celda por lo que acabas de hacer. Y te lo mereces. Por todo lo que me hiciste. Por mi infancia robada. Por la crueldad.

—Piedad… —gimió Verania—. Por favor… soy la madre de tu hermana…

—No eres madre de nadie. Ni siquiera de Marisol, a quien también has destruido con tu veneno.

Camila suspiró y miró la tumba de su madre. Adela no hubiera querido venganza. Adela era amor.

—No te voy a denunciar —dijo Camila.

Los guardias la miraron sorprendidos. Verania dejó de llorar, incrédula.

—Pero escúchame bien, Verania. Esta es la última vez que nuestras vidas se cruzan. Si te vuelvo a ver cerca de mí, de mi esposo, de mi padre o de mi casa… no habrá piedad. Desaparece. Vete del pueblo. O quédate y húndete en tu propia bilis. Pero para mí, estás muerta.

Camila se dio la vuelta.

—Vámonos —le dijo a los guardias.

Caminó hacia la salida sin mirar atrás. Dejó a Verania tirada en el lodo del cementerio, derrotada no por la fuerza, sino por la misericordia de quien ella consideraba inferior.

Cuando Camila subió al auto, se echó a llorar. No de miedo, sino de liberación. Había enfrentado al monstruo y había descubierto que el monstruo era pequeño y patético.


El día de la boda llegó.

El sábado, el sol brilló más que nunca. La Catedral de San Isidro estaba adornada con miles de alcatraces blancos, la flor favorita de Camila.

El pueblo entero estaba ahí. La gente se agolpaba en el atrio. Había puestos de comida gratis pagados por Alejandro: tamales, atole, carnitas. Era una fiesta para todos.

Camila bajó del auto nupcial. Su vestido era una obra de arte, sencillo pero elegante, con bordados de flores mexicanas en hilo de seda blanca. En su cabello, llevaba una tiara de diamantes (regalo de Doña Cecilia) y el velo largo que ondeaba con el viento.

Pero lo más hermoso no era el vestido, era su sonrisa.

Don Octavio la esperaba en la puerta de la iglesia. Se había bañado, rasurado y llevaba un traje nuevo que Alejandro le había mandado. Se veía viejo y cansado, pero sus ojos estaban claros. Lloraba abiertamente.

—Hija… —dijo, ofreciéndole el brazo—. Estás… estás igualita a tu madre.

—Gracias, papá.

—Perdóname, Camila. Perdóname por no haberte defendido.

—Ya pasó, papá. Hoy solo hay espacio para el amor. Vamos. Llévame al altar.

Entraron. El órgano tocó la marcha nupcial. Camila caminó por el pasillo central, viendo caras conocidas. Vio a Doña Chona, al panadero Don Beto (a quien le guiñó un ojo), a sus antiguos vecinos. Todos la miraban con admiración. Ya no era la “Cenicienta” ni la “Mala Suerte”. Era Camila, la muchacha que sobrevivió.

Al final del pasillo, Alejandro la esperaba. Se veía tan guapo que dolía verlo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas de felicidad.

Cuando Don Octavio le entregó la mano de Camila a Alejandro, dijo:

—Cuídala, hijo. Vale más que todo el oro del mundo.

—Lo sé, señor. La cuidaré con mi vida.

La ceremonia fue hermosa. Cuando el cura dijo “los declaro marido y mujer”, el grito de júbilo de la gente se escuchó hasta afuera.

Al salir de la iglesia, una lluvia de pétalos blancos cayó sobre ellos. Alejandro besó a Camila frente a todos, un beso de película, un beso eterno.

—¡Vivan los novios! —gritaba el pueblo.

Subieron a un carruaje abierto tirado por caballos blancos para ir a la Hacienda.

En una esquina de la plaza, oculta entre las sombras de un callejón, una figura solitaria observaba todo.

Era Verania.

Llevaba una maleta vieja en la mano. Marisol se había ido esa mañana, harta de la miseria, fugándose con un camionero que le prometió llevarla al norte. Verania estaba sola. Completamente sola.

Vio pasar el carruaje. Vio la felicidad de Camila. Vio cómo el pueblo la vitoreaba.

Quiso gritar, quiso maldecir, pero no le salió la voz. Se dio cuenta, con un horror absoluto, de que ella misma había escrito su destino. Ella había creado a esa “reina” a base de maltrato, empujándola a buscar su fuerza.

Verania dio media vuelta y caminó hacia la parada del autobús. Se iría a la ciudad, a perderse en el anonimato, a ser nadie. La villana había perdido su reino, no por una guerra, sino por el peso de su propia maldad.


La fiesta en la Hacienda duró tres días. Hubo música, baile, comida para un batallón y fuegos artificiales que iluminaron la sierra entera.

En la noche de bodas, Alejandro y Camila se escaparon de la fiesta un momento. Fueron al balcón de su habitación, mirando las estrellas y las luces del pueblo a lo lejos.

—¿Eres feliz? —preguntó Alejandro, abrazándola por la espalda.

Camila suspiró, recargándose en él.

—Soy más que feliz, Alex. Soy libre.

—Te prometo que cada día de mi vida voy a tratar de que sigas sonriendo así.

—Y yo te prometo que nunca voy a olvidar de dónde vengo. Porque eso es lo que soy. Soy la chica del río. Soy la chica de los pies descalzos que encontró a su príncipe.

Se besaron bajo la luna de la sierra.

Y así, Camila, la niña que barría cenizas y dormía con frío, se convirtió en la leyenda de San Isidro. No porque se casara con un millonario, sino porque demostró que la bondad, aunque a veces tarda, siempre, siempre gana la partida.

Y vivieron… bueno, la vida real no es un cuento de “fueron felices para siempre” sin problemas, pero vivieron amándose, respetándose y construyendo un legado de generosidad que el pueblo jamás olvidó.

FIN

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