¡LA TRAICIÓN OCULTA! MI HIJO MILLONARIO IBA A CASARSE CON UN ‘ÁNGEL’, PERO AL CONTRATAR A UNA VAGABUNDA PARA SEGUIRLA, DESCUBRIMOS UN SECRETO TAN PERVERSO Y OSCURO QUE HIZO TEMBLAR A TODA NUESTRA FAMILIA Y CAMBIÓ NUESTRAS VIDAS PARA SIEMPRE

PARTE 1

CAPÍTULO 1: El Eco de la Soledad y la Sombra de la Duda

El sonido de la cucharita de plata golpeando contra la porcelana fina resonó en el comedor principal como si fuera el tañido de una campana fúnebre. Cling, cling. Un sonido agudo, solitario, que se perdía en la inmensidad de aquellos techos de doble altura.

Doña Vera Villaseñor suspiró, dejando que el aire escapara de sus pulmones con pesadez. Desde su silla, en la cabecera de la mesa de caoba —ese mueble gigantesco que habían traído de Italia hacía veinte años—, la casa se sentía menos como un hogar y más como un mausoleo. La residencia, ubicada en una de las zonas más exclusivas de Las Lomas de Chapultepec, siempre había sido un símbolo de poder. Pero ahora, sin Rogelio, sin su risa estruendosa y su olor a tabaco y loción cara, el lugar era simplemente un contenedor de silencios.

Tres años. Habían pasado ya tres años desde aquel maldito martes en que el corazón de Rogelio, ese corazón que Vera creía blindado contra todo, decidió detenerse. Un infarto fulminante. Se fue el socio, el amante, el cómplice. Y Vera se quedó sola al mando del barco, con un imperio ferretero y de construcción que valía millones, y con Esteban.

Levantó la vista para mirar a su hijo, sentado al otro extremo de la mesa, a kilómetros de distancia emocional. Esteban revisaba su celular con el ceño fruncido, ignorando olímpicamente los chilaquiles verdes que la empleada, Martita, le había servido con tanto esmero.

—¿Se van a enfriar, hijo? —dijo Vera, rompiendo el silencio. Su voz sonó firme, con ese tono de matriarca que no pide, sino que sugiere órdenes.

Esteban levantó la mirada. Tenía los ojos de su padre, grandes y expresivos, pero carecía de esa chispa de malicia, de ese “colmillo” que Rogelio tenía para los negocios y para la vida. Esteban era un buen muchacho, pensó Vera con una mezcla de orgullo y preocupación. Demasiado bueno. Un “pan de Dios” en un mundo de lobos hambrientos. A sus veintisiete años, seguía teniendo esa inocencia que, en su posición social y económica, era más un peligro que una virtud.

—No tengo mucha hambre, mamá —respondió él, bloqueando el teléfono y dejándolo boca abajo sobre el mantel de lino blanco—. Traigo el estómago revuelto.

Vera entornó los ojos, agudizando su instinto materno. Conocía a su hijo mejor que a las auditorías de la empresa. Ese movimiento nervioso de la pierna bajo la mesa, la forma en que evitaba el contacto visual directo, el sudor casi imperceptible en la frente a pesar del aire acondicionado.

—¿Problemas en la constructora? —preguntó ella, tomando un sorbo de su café negro, sin azúcar, amargo como le gustaba—. ¿Los sindicatos otra vez? Porque si es el líder charro ese de la CTM, ya sabes que con una llamada lo arreglo. Tu padre siempre decía que a esa gente se le compra o se le aplasta, pero no se dialoga.

Esteban soltó una risita nerviosa y negó con la cabeza.

—No, mamá. La empresa va viento en popa. Los números del último trimestre están verdes. No es trabajo.

—Entonces es salud o es mujer —sentenció Vera, dejando la taza en el plato con delicadeza—. Y viendo que te ves físicamente entero, asumo que es lo segundo.

El silencio que siguió fue denso. Esteban se pasó la mano por el cabello castaño, despeinándose un poco. Suspiró profundamente, como quien se prepara para saltar de un paracaídas sin estar seguro de si se abrirá.

—Mamá… tú sabes que he estado saliendo con alguien estos últimos meses.

Vera sintió un pinchazo en el estómago. Sí, lo sabía. Esteban había sido inusualmente reservado con esta relación. Normalmente, traía a sus conquistas a la casa a la segunda semana: niñas bien, hijas de socios, muchachitas educadas en el extranjero que sabían qué tenedor usar para la ensalada y que hablaban de sus viajes a Europa. Pero de esta… de esta “nueva” no sabía nada. Ni un nombre, ni una foto, ni un apellido.

—Sí, algo mencionaste —dijo Vera, manteniendo la cara de póker—. Pero considerando que no la has traído ni a tomar un vaso de agua, asumí que era un pasatiempo. Ya sabes, una de esas aventuras pasajeras.

—No es un pasatiempo, mamá —la voz de Esteban se endureció un poco, y por un segundo, Vera vio un destello de la terquedad de Rogelio en él—. Es… es algo serio. Muy serio. Se llama Milena.

—Milena —repitió Vera, probando el nombre en su lengua como si fuera un vino barato—. ¿Y se puede saber quién es esta Milena? ¿De qué familia viene? ¿Dónde la conociste?

Esteban se removió incómodo en la silla Louis XV.

—No empieces con el interrogatorio del FBI, por favor. Milena no es… no es de nuestro círculo. No la conocí en el Club de Golf, ni en una gala de beneficencia.

—¿Entonces? —Vera arqueó una ceja perfecta, delineada esa misma mañana—. ¿Tinder? ¿Instagram?

—La conocí en una cafetería, cerca de la obra en el centro. Ella trabajaba ahí.

Vera sintió que el café se le subía a la garganta. ¿Una mesera? No es que Vera fuera una clasista sin remedio —bueno, quizás un poco, admitía para sus adentros—, pero sabía cómo funcionaba el mundo. Las historias de príncipes y cenicientas solo existían en las películas de Disney. En la vida real, en el México real, esas mezclas solían terminar en cuentas bancarias vacías y corazones rotos.

—Una chica trabajadora —dijo Vera, intentando que su voz no sonara tan ácida como se sentía—. Eso es… encomiable. Pero, Esteban, tú sabes que las diferencias de educación y cultura a la larga pesan.

—Ella es educada, mamá. Es inteligente, sensible. Está… bueno, está en un “break” de sus estudios por problemas familiares, pero quiere salir adelante. —Esteban se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con una intensidad febril—. Mamá, ella me ve a mí. No ve el apellido Villaseñor, no ve los coches, no ve la mansión. Me ve a mí, a Esteban. Me ama por lo que soy.

Vera tuvo que morderse la lengua para no soltar una carcajada cínica. Ay, mi vida, pensó. Si supieras que eso es lo que dicen todas las que huelen la chequera a kilómetros.

—Eso suena muy romántico, hijo. Pero el amor no paga las cuentas ni gestiona un patrimonio.

—¡Sabía que dirías eso! —Esteban golpeó la mesa suavemente con el puño—. ¡Por eso no te había dicho nada! Eres tan… fría a veces, mamá. Crees que todo el mundo tiene un precio o una agenda oculta.

—La experiencia me ha enseñado que casi siempre la tienen —replicó ella con suavidad letal—. Tu padre no construyó todo esto confiando en la “bondad” de los desconocidos. Lo construyó verificando datos, firmando contratos y protegiendo lo suyo.

Esteban se puso de pie abruptamente. Caminó hacia el ventanal que daba al jardín, donde los jardineros ya estaban podando los setos con precisión milimétrica.

—Pues vas a tener que confiar esta vez —dijo él, dándole la espalda—. Porque voy a casarme con ella.

El tiempo se detuvo. Fue como si alguien hubiera absorbido todo el oxígeno de la habitación. Vera sintió un zumbido en los oídos. Se levantó despacio, apoyándose en la mesa porque las piernas le temblaron por primera vez en años.

—¿Qué… qué dijiste?

Esteban se giró. Estaba pálido, pero decidido.

—Que nos vamos a casar. De hecho… —tragó saliva— ya fuimos al Registro Civil ayer. Metimos los papeles. La fecha está apartada para dentro de dos semanas. Solo será una ceremonia civil, algo íntimo.

La visión de Vera se nubló por un instante. ¿Dos semanas? ¿Papeles ya metidos? ¿Sin consultarle? ¿Sin un acuerdo prenupcial redactado por el bufete de abogados de la familia? Esto no era amor; esto era un secuestro emocional.

—¡Esteban Rogelio Villaseñor! —gritó ella, perdiendo la compostura—. ¿Te has vuelto loco? ¿Casarte con una aparecida que conociste sirviendo café hace unos meses? ¿Sin investigar quién es? ¿Sin proteger el patrimonio que tu padre te dejó?

—¡Es mi vida, mamá! —gritó él de vuelta, con la cara enrojecida—. ¡Tengo 27 años! ¡Ya no soy un niño al que le dices qué ropa ponerse! Milena es la mujer de mi vida. Ha sufrido mucho, ¿sabes? Sus padres murieron, su hermano está enfermo… ella necesita a alguien que la cuide, y yo quiero ser ese alguien.

Vera se quedó helada. Padres muertos. Hermano enfermo. La doncella en apuros. El guion era tan viejo y tan trillado que le daba náuseas. Era el manual básico de la estafadora emocional: generar lástima, crear urgencia, aislar a la víctima.

—Esteban… —Vera bajó la voz, cambiando de táctica. La furia no funcionaría; necesitaba ser astuta. Caminó hacia él y le puso una mano en el hombro. Sintió la tensión en los músculos de su hijo—. Mi amor, escúchame. No estoy en contra de tu felicidad. Al contrario, es lo único que me importa. Si yo muero mañana, tú eres todo lo que queda de nosotros.

Esteban relajó un poco los hombros al sentir el contacto materno.

—Entonces alégrate por mí, mamá. Por favor.

—Me cuesta alegrarme cuando siento que te estás precipitando. Las prisas son malas consejeras, hijo. ¿Por qué la urgencia? ¿Está embarazada?

—¡No! Claro que no —se ofendió él—. Es solo que… sentimos que no hay por qué esperar. Cuando encuentras a la indicada, lo sabes. Y ella… bueno, ella se siente un poco insegura. Cree que tú la vas a rechazar por ser pobre. Por eso queríamos formalizarlo rápido, para demostrarle que va en serio.

Claro, pensó Vera. Asegurar el anillo antes de que la bruja de la suegra investigue los antecedentes penales.

—Hagamos un trato —propuso Vera, dibujando su mejor sonrisa diplomática, esa que usaba para despedir ejecutivos incompetentes sin que se dieran cuenta—. Quiero conocerla. Mañana. Una cena, en terreno neutral. Vamos a “El Rincón de los Sabores”, tu restaurante favorito.

—¿De verdad? —Los ojos de Esteban se iluminaron con esa esperanza infantil que a Vera le partía el alma.

—De verdad. Si ella es tan maravillosa como dices, no tendré más remedio que adorarla. Quiero verla a los ojos, Esteban. Quiero platicar con ella.

—Te va a caer genial, mamá. Al principio es tímida, pero tiene un corazón de oro.

—Seguro que sí —dijo Vera, dándole un beso en la mejilla—. Ahora vete a trabajar. Tienes una empresa que dirigir para pagar esa boda, ¿no?

Esteban sonrió, aliviado, y salió del comedor casi corriendo, como si se hubiera quitado un peso de mil toneladas de encima.

Vera se quedó sola otra vez. La sonrisa se borró de su rostro instantáneamente, reemplazada por una máscara de frialdad calculadora.

Caminó hacia el teléfono fijo y marcó un número de memoria.

—Licenciado Mendizábal, buenos días. Habla Vera Villaseñor. Sí, todo bien… Escúcheme, necesito un favor urgente y discreto. Necesito que investigue a una tal Milena… no, no tengo apellidos todavía, pero mi hijo anda con ella. Consiga los registros de llamadas de Esteban, vea con quién habla más. Quiero saber quién es, de dónde salió, si tiene deudas, si tiene antecedentes, si tiene familia real o inventada. Todo, licenciado. Y lo quiero para ayer.

Colgó el teléfono. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de una furia contenida.

—Nadie le ve la cara de estúpida a mi hijo —susurró a la habitación vacía—. Sobre mi cadáver, esa mosca muerta se queda con un centavo de los Villaseñor.

Esa noche fue un infierno particular para Vera. Acostada en su cama king size, con sábanas de seda egipcia, se sentía diminuta. La oscuridad traía los peores presagios. Recordó cuando Esteban era pequeño y le dio fiebre tifoidea; esa sensación de impotencia, de rezar a un Dios en el que a veces creía y a veces no, para que no se lo llevara. Ahora sentía lo mismo. La fiebre de Esteban ahora se llamaba Milena, y la infección parecía estar avanzada.

Se levantó a las tres de la mañana, incapaz de conciliar el sueño. Bajó a la biblioteca y se sirvió un cognac. Miró el retrato de Rogelio sobre la chimenea.

—¿Qué harías tú, viejo? —le preguntó al óleo—. Seguro ya habrías mandado a un par de tus gorilas a asustarla. Pero yo no puedo hacer eso… todavía. Tengo que ser más inteligente. Tengo que dejar que ella sola se ponga la soga al cuello.

Al amanecer, Vera ya tenía un plan de batalla. Se arreglaría como la reina que era. Iría a ese encuentro no como una suegra, sino como una fiscal.

Llegó la tarde del día siguiente. Vera se vistió con esmero. Un traje sastre color crema de Chanel, un collar de perlas auténticas y ese perfume francés que era su sello personal. Se miró al espejo. Las ojeras estaban cubiertas por el maquillaje experto.

—Estás lista —se dijo.

Decidió caminar hacia el restaurante. Necesitaba aire fresco. Necesitaba despejar la mente antes de enfrentarse a la “nuera”. Salió de la mansión y caminó por las calles arboladas de Polanco, observando la vida pasar. Autos de lujo, gente paseando perros que comían mejor que muchas familias en el país, nanas uniformadas empujando carriolas. Era su mundo, su burbuja.

Pero el destino, que a veces tiene un sentido del humor retorcido, decidió que la primera prueba de Vera no sería en el restaurante, sino en la banqueta.

Vera dobló la esquina de la avenida Masaryk, perdida en sus pensamientos sobre cómo interrogar a Milena sin que Esteban se diera cuenta, cuando unos gritos estridentes rompieron la tranquilidad de la tarde.

—¡Ratera! ¡Maldita gata igualada! ¡Dame eso!

Vera se detuvo en seco. A unos veinte metros, frente a una boutique de cristales relucientes, una escena grotesca se desarrollaba. Una mujer —Vera la reconoció vagamente como la esposa de algún político nuevo rico, de esas que se operan hasta el apellido— estaba jaloneando violentamente a una muchacha.

La chica era un contraste doloroso con el entorno. Mientras todo alrededor brillaba con lujo, ella era una mancha de realidad cruda. Vestía unos jeans que eran más agujeros que tela, una sudadera gris mugrienta y unos tenis que pedían piedad. Estaba sucia, despeinada, y se encogía contra la pared de la tienda como un animalito asustado.

—¡Yo no fui, señora! ¡Se lo juro! —gritaba la chica, con la voz ahogada en llanto—. ¡Déjeme ir!

—¡Cállate! ¡Sentí tu mano asquerosa en mi bolsa! —bramó la mujer rubia, propinándole un empujón que casi tira a la chica al suelo—. ¡Saca mi cartera o te juro que hago que te encierren diez años!

La gente pasaba de largo. Unos miraban con morbo, otros aceleraban el paso para no “contaminarse” con el problema. Vera sintió cómo la sangre le hervía. Si algo odiaba más que a las cazafortunas, era la prepotencia y la injusticia contra los indefensos.

Sin pensarlo dos veces, Vera avanzó. Sus tacones resonaron con autoridad militar sobre el pavimento.

—¡Suéltela inmediatamente! —La voz de Vera no fue un grito, fue una orden. De esas que hacen que los empleados se cuadren y los niños obedezcan.

La mujer rubia se giró, sorprendida, con la mano aún aferrada al brazo flaco de la vagabunda.

—¿Y usted qué se mete? —ladró la mujer, pero al ver el porte de Vera, su tono bajó un decibel—. Esta mugrosa me robó.

Vera se plantó frente a ellas. Miró a la chica. A pesar de la mugre en su cara, de las lágrimas que dejaban surcos limpios en sus mejillas, había algo en sus ojos. Un color miel profundo, aterrado, pero increíblemente limpio. No había malicia allí, solo un miedo paralizante.

—¿Tú le robaste? —preguntó Vera directamente a la chica, ignorando a la agresora.

—No, señora. Se lo juro —sollozó ella, temblando—. Yo estaba recogiendo las latas del bote de basura de la esquina. Ni siquiera me acerqué a ella. Ella chocó conmigo porque iba viendo su celular.

Vera asintió. Le creía. Tenía un detector de mentiras integrado en el ADN, y la chica decía la verdad.

Se giró hacia la mujer rubia, fulminándola con la mirada.

—Señora, le sugiero que revise su bolso antes de seguir haciendo un escándalo y demostrando su falta de educación en plena vía pública.

—¡Yo sé que no está! —insistió la mujer, roja de ira—. ¡Esta indita me la sacó!

—Revise. Ahora. —Vera cruzó los brazos.

Refunfuñando maldiciones, la mujer abrió su bolso Louis Vuitton (que Vera notó inmediatamente que era una imitación, aunque buena). Empezó a sacar cosas con brusquedad: maquillaje, llaves, un celular, pañuelos… y de repente, se detuvo.

Su cara pasó del rojo al blanco en un segundo. Metió la mano en un compartimento lateral y sacó una cartera abultada.

El silencio fue absoluto. La chica vagabunda dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Ah… estaba en la bolsa interior —murmuró la mujer, sin atreverse a levantar la vista.

Vera sonrió, pero no había calidez en su gesto. Era una sonrisa de tiburón.

—Vaya. Parece que la “ratera” resultó ser su propia incompetencia. ¿No cree que le debe una disculpa a la señorita?

La mujer rubia soltó una risa nerviosa y despectiva.

—¿Disculpa? ¿A esta? Por favor, señora. Si no me robó hoy, me iba a robar mañana. Debería agradecer que no llamé a la patrulla para que se la lleven por afear la calle.

Y con un giro dramático de su cabello teñido, la mujer dio media vuelta y se alejó taconeando furiosamente, huyendo de su propia vergüenza.

Vera negó con la cabeza, disgustada con la raza humana. Se volvió hacia la chica, que seguía pegada a la pared, abrazándose a sí misma como si tratara de desaparecer.

—¿Estás bien, niña? —preguntó Vera, suavizando su tono, algo que rara vez hacía.

La chica levantó la vista. Sus ojos miel se clavaron en los de Vera.

—Gracias… —susurró—. Nadie… nunca nadie me había defendido así. Pensé que me iban a llevar a la cárcel.

—Hay gente muy miserable en este mundo —dijo Vera, abriendo su bolso. Sacó un billete de quinientos pesos—. Ten. Cómprate algo de comer. Y algo para limpiar esa herida en tu codo.

La chica miró el billete como si fuera un objeto alienígena.

—No puedo… es mucho dinero.

—Tómalo. No es limosna, es… una compensación por el mal rato. ¿Cómo te llamas?

—Ana. Me llamo Ana.

—Mucho gusto, Ana. Yo soy Vera. —Vera miró su reloj Patek Philippe. Faltaban diez minutos para la cita. Maldita sea, se le hacía tarde para conocer a la “joyita” de Esteban—. Ana, me tengo que ir. Tengo una reunión muy desagradable y no puedo llegar tarde.

Vera dio dos pasos, pero se detuvo. Una idea, loca, absurda, pero brillante, cruzó por su mente. Miró a Ana de nuevo. Debajo de la suciedad, había una estructura ósea fina. Había inteligencia en su mirada. Y sobre todo, había gratitud. Y la gratitud, en el mundo de Vera, era la moneda más valiosa porque compraba lealtad.

—Ana… —dijo Vera, girándose—. ¿Vas a estar por aquí?

—Sí, señora. Aquí duermo a veces… digo, por aquí me quedo.

—Hazme un favor. Quédate cerca. Espérame en ese parque de ahí enfrente, en las bancas que están detrás de los arbustos. Tal vez… tal vez tenga un trabajo para ti.

Los ojos de Ana se abrieron desmesuradamente.

—¿De verdad? ¿Un trabajo? Yo hago lo que sea, señora. Lavo, barro, limpio… aprendo rápido.

—Ya veremos. Espérame ahí. No te vayas.

—¡No me voy! ¡Aquí la espero! Gracias, señora Vera, ¡gracias!

Vera asintió y retomó su camino hacia el restaurante, acelerando el paso. Su corazón latía con fuerza. La adrenalina del enfrentamiento la había despertado por completo. Ya no sentía miedo por conocer a Milena. Ahora sentía curiosidad. Y tenía la extraña sensación de que el encuentro con esa vagabunda no había sido una casualidad, sino una providencia.

Llegó a la puerta de “El Rincón de los Sabores”. El capitán de meseros la saludó con una reverencia exagerada.

—Doña Vera, qué gusto verla. Su hijo ya la espera en la mesa del jardín.

Vera respiró hondo, alisó su saco y levantó la barbilla. Entró al restaurante caminando como si fuera la dueña del lugar. A lo lejos, vio a Esteban. Se puso de pie al verla, sonriendo nervioso. Y junto a él, dándole la espalda a Vera, había una mujer de cabello negro, largo y brillante.

Vera se acercó. La mujer se giró.

Era hermosa, sin duda. Piel de porcelana, ojos oscuros, labios rojos. Vestía de manera sencilla pero calculada, con un vestido que gritaba “soy humilde pero tengo buen gusto”. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Vera, hubo un microsegundo, una fracción de instante, donde la máscara de “niña buena” cayó.

Vera vio un destello de hielo. Una mirada evaluadora, fría, calculadora. Una mirada que decía: Así que tú eres el obstáculo.

—Mamá —dijo Esteban, con la voz temblorosa de emoción—. Te presento a Milena. Mi prometida.

Milena sonrió, y su rostro se transformó en la imagen de la dulzura.

—Mucho gusto, señora Vera. Esteban me ha hablado maravillas de usted.

Vera le tendió la mano, sintiendo la piel fría de la chica.

—El gusto es mío, querida —dijo Vera, mintiendo con la misma facilidad.

La guerra había comenzado. Y Vera sabía, con la certeza de las viejas lobas, que esa mujer no amaba a su hijo. Esa mujer venía a devorarlo. Pero no contaba con que Vera Villaseñor tenía colmillos más afilados, y acababa de reclutar a una aliada inesperada en la calle.

CAPÍTULO 2: La Cena de las Máscaras y el Pacto en la Sombra

El aire acondicionado de “El Rincón de los Sabores” mantenía el ambiente en una temperatura perfecta, artificialmente fresca, diseñada para que los comensales pudieran lucir sus abrigos de piel y sacos de lana sin sudar una gota. Sin embargo, para Doña Vera Villaseñor, el ambiente estaba sofocante.

Se sentaron en una mesa reservada, un rincón discreto rodeado de plantas ornamentales que ofrecían privacidad, o como Vera pensó cínicamente: “el lugar perfecto para ocultar un crimen o una mentira”.

Esteban, caballeroso como siempre, le recorrió la silla a Milena. Ella se sentó con una delicadeza ensayada, alisándose la falda de su vestido floreado, una prenda que a simple vista parecía sencilla, de esas que se compran en boutiques de “moda rápida” en los centros comerciales, pero que Vera, con su ojo clínico entrenado en décadas de alta sociedad, identificó como una estrategia. Milena no quería parecer rica; quería parecer la pobre niña buena que no pide nada.

—¿Qué van a ordenar? —preguntó el mesero, un joven impecable que conocía a Vera desde hacía años y sabía que su martini debía estar listo antes de que ella lo pidiera.

—Yo quiero lo de siempre, Roberto —dijo Vera, sin mirar el menú—. Y para mi invitada…

Milena bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior en un gesto de timidez que habría conmovido a cualquiera, menos a la mujer que tenía enfrente.

—Ay, no sé… —susurró Milena, mirando a Esteban con ojos de borrego a medio morir—. Todo se ve muy caro, mi amor. No quiero que gastes tanto por mí. Con una ensalada estoy bien.

Esteban sonrió, derretido. Le tomó la mano sobre la mesa.

—Pide lo que quieras, princesa. Hoy celebramos. Pídete el filete en salsa de morillas, te va a encantar.

—Bueno… si tú dices —concedió ella, sonriendo levemente.

Vera observó la escena con ganas de vomitar. Ahí está, pensó. La falsa modestia. La carta número uno en el manual de la cazafortunas. Si de verdad fuera humilde, pediría lo que se le antojara sin hacer drama. El hacer énfasis en el precio era una táctica para gritar: “mira qué considerada soy con tu dinero”, mientras internamente calculaba cuánto más podía sacar.

Cuando el mesero se retiró, se hizo un silencio denso. Esteban, tratando de romper el hielo, carraspeó.

—Bueno, mamá… ella es Milena. Ya te dije que es maravillosa, pero quiero que la conozcas tú misma.

Vera compuso su rostro en una máscara de afabilidad. Entrelazó los dedos sobre la mesa y clavó sus ojos oscuros en la chica.

—Cuéntame, querida. Esteban me dice que estás estudiando.

Milena sostuvo la mirada solo un segundo antes de desviarla hacia un punto indefinido en el hombro de Vera.

—Sí, señora. Estudio Psicología. Bueno… estudiaba.

—¿Estudiabas? —Vera arqueó una ceja, afilando el cuchillo verbal—. ¿Ya te graduaste?

—No, no… —Milena suspiró, un sonido largo y trágico—. Tuve que pedir una baja temporal. Un permiso. Es que… bueno, mi situación familiar se complicó mucho.

—¿Ah, sí? —Vera tomó un sorbo de su martini, que había aparecido mágicamente frente a ella—. ¿Tus padres no pudieron apoyarte?

Fue una pregunta trampa. Vera sabía que la respuesta generaría lástima, pero quería ver cómo la ejecutaba.

El rostro de Milena se ensombreció. Fue una actuación digna de un Premio Ariel. Los ojos se le aguaron ligeramente, sin llegar a llorar (porque eso arruinaría el rímel), solo lo suficiente para brillar con tristeza.

—Mis padres fallecieron, señora —dijo con voz queda—. Mi papá en un accidente hace dos años, y mi mamá… mi mamá se fue de tristeza poco después. Me quedé sola. Bueno, sola con mi hermano menor.

Esteban apretó la mano de Milena con fuerza, mirándola con adoración protectora.

—Milena ha sido madre y padre para su hermano, mamá. Ha sacrificado todo por él. Incluso sus estudios. Trabaja turnos dobles para pagarle los médicos.

—¿Está enfermo el chico? —preguntó Vera, manteniendo el tono neutral.

—Sí… tiene una condición rara. Muy delicada. Requiere tratamientos constantes, especialistas… es muy difícil. —Milena se pasó la mano por el cabello, dejando ver una pulsera de oro delgada que Vera reconoció al instante. Era una cadena Cartier. Curioso, pensó Vera. No tiene para la colegiatura, pero trae una pulsera de veinte mil pesos. Seguro regalo de Esteban.

—Debe ser terrible —dijo Vera—. ¿Y de qué vive, si se puede saber? Porque los tratamientos médicos son costosos, y los sueldos de… mesera, según entiendo, no son precisamente altos.

Esteban intervino, un poco molesto por el tono inquisitivo.

—Mamá, por favor. No estamos en una entrevista de trabajo.

—No te preocupes, mi amor —dijo Milena, poniendo una mano sobre el pecho de Esteban para calmarlo. Luego miró a Vera—. Hago lo que puedo, señora. Dios aprieta pero no ahorca. A veces hago postres para vender, cuido niños… una le busca.

Ajá. Postres y niños. Y con eso te compras zapatos de marca, notó Vera, mirando de reojo las sandalias que Milena llevaba puestas bajo la mesa. Eran unas Steve Madden originales. Quizás viejas, pero originales. La historia no cuadraba. Los pobres de verdad en México, como la chica que Vera había dejado en la calle, no usaban Steve Madden ni tenían el cabello tratado con keratina de salón.

La cena llegó y la tensión disminuyó ligeramente, al menos en la superficie. Esteban hablaba animadamente sobre los planes de la boda, sobre una casa que quería comprar en Valle de Bravo para los fines de semana. Milena asentía, sonreía y decía “lo que tú quieras, mi amor” cada tres frases.

Pero Vera no comía. Vera observaba.

Notó los detalles. Notó cómo Milena tomaba la copa de vino: con demasiada confianza, no como alguien que nunca ha pisado un restaurante de lujo, sino como alguien que está acostumbrada a fingir que pertenece. Notó cómo sus ojos escaneaban el lugar, no con admiración, sino con envidia, evaluando a las otras mujeres, tasando sus joyas, sus bolsas.

Y notó algo más escalofriante.

En un momento dado, a Esteban se le cayó la servilleta. Se agachó para recogerla. En ese microsegundo en que él desapareció de su campo visual, la cara de Milena cambió radicalmente. La sonrisa dulce se borró como si hubieran apagado un interruptor. Su boca se curvó en una mueca de fastidio y sus ojos, esos ojos oscuros y “tristes”, le lanzaron a Vera una mirada de puro odio y desafío. Fue un destello fugaz, una advertencia silenciosa: “No te metas en mi camino, vieja bruja”.

Cuando Esteban emergió de debajo de la mesa, Milena ya estaba sonriendo de nuevo, preguntándole si quería más vino.

Es una sociópata, concluyó Vera. El diagnóstico cayó en su mente con la pesadez de una sentencia. No es solo una interesada. Es una actriz consumada. Y es peligrosa.

De repente, el celular de Esteban vibró sobre la mesa. Él miró la pantalla y frunció el ceño.

—Disculpen. Es de la obra en Santa Fe. El ingeniero dice que se rompió una tubería maestra. Tengo que contestar.

—Adelante, hijo. El deber llama —dijo Vera.

Esteban se levantó y se alejó unos pasos hacia la entrada del restaurante para tener mejor señal.

Quedaron solas.

El aire entre las dos mujeres se volvió gélido. Milena ya no se molestó en sonreír. Tomó su copa de vino, le dio un trago largo y se recargó en el respaldo de la silla, mirando a Vera con descaro.

—¿Y bien? —dijo Milena. Su voz había cambiado. Ya no era suave y temblorosa; era más grave, más vulgar—. ¿Ya terminó de escanearme, suegra? ¿Pasé la inspección o me falta enseñar los dientes como a los caballos?

Vera sonrió, y esta vez fue una sonrisa genuina, porque por fin se habían quitado las máscaras.

—Te falta mucho para estar a mi altura, niña. No sé de qué agujero saliste, pero te aseguro que voy a averiguarlo.

Milena soltó una risita seca.

—Averigüe lo que quiera. A Esteban lo tengo comiendo de mi mano. Está tan desesperado por amor, tan solito… que se cree cualquier cuento que le vendo.

—El dinero de mi hijo está protegido —mintió Vera, tanteando el terreno—. Hay fideicomisos. Si te casas con él, no vas a ver un peso.

—Ay, señora Vera… —Milena se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Usted sabe que eso no es cierto. Esteban es el dueño único. Y cuando nos casemos por bienes mancomunados… bueno, digamos que la mitad de todo ese imperio será mío. Y si algo le pasara… Dios no lo quiera… —hizo una pausa dramática— todo sería mío.

Vera sintió un escalofrío de terror. ¿Estaba amenazando la vida de su hijo?

—Si le tocas un pelo a Esteban, te juro que te destruyo —siseó Vera, apretando los puños bajo la mesa.

—Uy, qué miedo. La abuelita millonaria me va a pegar con su bastón. —Milena se burló—. Mejor acostúmbrese a mi cara, suegra. Porque voy a estar en las fotos de Navidad, en los cumpleaños y en su funeral.

En ese momento, Esteban regresó, guardando el celular. Venía con cara de preocupación.

—Perdón, amores. Es un desastre. Se inundó el sótano del edificio C. Tengo que ir personalmente, los inútiles de los supervisores no saben cerrar las válvulas.

Milena cambió instantáneamente. Se puso de pie, con cara de preocupación angelical, y le acarició el brazo.

—Ay, mi vida, ¡qué estrés! Ve, corre. No te preocupes por mí.

—¿Segura? Me siento fatal dejándolas solas.

—No, no. Tu mamá y yo estábamos… conociéndonos mejor. —Milena le lanzó una mirada burlona a Vera—. Pero creo que ya me voy también, me acaba de entrar un dolor de cabeza horrible. Tanta emoción, yo creo.

—Te pido un Uber Black —dijo Esteban, sacando el celular.

—No, no te molestes. Camino un poco, necesito aire. Tomo un taxi en la esquina. Ve tú, corre.

Esteban besó a Milena con pasión, un beso que ella correspondió con exageración teatral, y luego le dio un beso rápido a su madre en la mejilla.

—Perdón, mamá. Te llamo luego. Pagas tú, ¿verdad? Te transfiero.

—Vete, hijo. Cuidado.

Esteban salió corriendo. Milena esperó unos segundos, recogió su bolso y miró a Vera por última vez.

—Un placer, señora Vera. Nos vemos en la boda. O quizás antes. —Y con esa amenaza velada, se dio la media vuelta y salió del restaurante, caminando no con la timidez de antes, sino con el contoneo seguro de una depredadora que acaba de marcar su territorio.

Vera se quedó sola en la mesa. El filete de Milena estaba intacto.

La furia que sentía Vera era tal que las manos le temblaban. Pero no era momento de rabietas. Era momento de acción.

—La cuenta, Roberto. ¡Rápido! —chistó al mesero.

Dejó un billete de mil pesos sobre la mesa sin esperar el cambio y salió disparada detrás de Milena.

La calle estaba oscura, iluminada solo por los faroles ámbar y las luces de los autos que pasaban por Masaryk. Vera vio a Milena a lo lejos, caminando rápido, doblando la esquina.

Vera intentó seguirla, pero sus tacones y su edad no le permitían correr. Además, si Milena la veía, todo se arruinaría. Necesitaba ser invisible.

—Maldita sea —masculló Vera, deteniéndose para recuperar el aliento.

Y entonces, recordó.

El parque. Ana.

Vera giró la cabeza hacia el parque que estaba cruzando la calle. Era una zona oscura, arbolada, donde a veces se juntaban indigentes. Caminó hacia allá, con el corazón latiéndole en la garganta. ¿Seguiría ahí? Había pasado casi hora y media. Lo más probable era que la chica hubiera tomado el dinero y se hubiera ido a comprar droga o alcohol. Eso es lo que hacían, ¿no?

Pero cuando llegó a la banca detrás de los setos de bugambilias, se detuvo.

Ahí estaba.

Ana estaba sentada en la banca de metal frío, con las rodillas pegadas al pecho para conservar el calor. Tenía una botella de agua y un sándwich a medio comer en el regazo. No se había ido. Estaba esperando, tal como lo prometió.

Vera sintió una punzada de culpa por haber dudado.

—¿Ana? —llamó suavemente.

La chica saltó del susto, poniéndose de pie de inmediato.

—¡Señora Vera! —Su cara se iluminó—. Pensé que… pensé que se le había olvidado. O que era una broma.

—Yo cumplo mi palabra, niña. —Vera se acercó. La chica olía un poco a humedad, pero sus ojos brillaban con una lealtad perruna—. Escúchame bien, porque no tenemos tiempo. ¿Ves aquella esquina? —Señaló hacia donde Milena había desaparecido—. Acaba de pasar una mujer. Pelo negro, vestido de flores, tacones altos.

—Sí… creo que vi a alguien así hace un minuto. Iba hablando por teléfono, muy enojada.

—Esa mujer… —Vera dudó un segundo. ¿Qué estaba haciendo? ¿Involucrar a una vagabunda en sus asuntos familiares? Era una locura. Pero era su única opción—. Esa mujer es un peligro para mi familia. Necesito saber a dónde va. Necesito saber con quién se ve.

Ana la miró, confundida pero atenta.

—¿Quiere que… que la siga?

—Sí. Yo no puedo hacerlo, me vería. Pero tú… —Vera la miró de arriba abajo. Con esa ropa, con ese aspecto, Ana era invisible para la gente como Milena. Nadie presta atención a los indigentes. Son parte del paisaje urbano, como los botes de basura o las farolas—. Tú puedes pasar desapercibida.

—Pero señora, yo no sé espiar. ¿Y si me ve?

—Si te ve, le pides una moneda. Te va a ignorar con asco, créeme. Es de esas.

Vera sacó su teléfono personal, un iPhone de última generación. Lo desbloqueó con dedos temblorosos y se lo extendió a Ana.

—Toma.

Ana retrocedió, asustada.

—¡No, señora! Eso vale mucho dinero. Si me agarran con eso van a pensar que lo robé.

—No si dices que es mío. Tómalo, Ana. Necesito que tomes fotos. Video. Audio. Todo lo que puedas. Si se encuentra con alguien, quiero la cara de esa persona. Si entra a una casa, quiero la dirección.

Ana tomó el teléfono con las manos temblorosas, tratándolo como si fuera una bomba nuclear.

—¿Y luego qué hago?

—Regresa aquí. Yo te espero. No me voy a mover.

—¿Y si… y si se tarda mucho?

—Te espero toda la noche si es necesario. Ana… —Vera la tomó de los hombros, mirando esos ojos color miel—. Mi hijo está en peligro. Esa mujer lo quiere destruir. Eres la única persona en este mundo que puede ayudarme ahora mismo. ¿Lo harás?

Ana tragó saliva. Miró el teléfono, miró hacia la oscuridad de la calle, y luego miró a la mujer elegante que le estaba pidiendo ayuda a ella, a una “nadie”. Por primera vez en años, Ana se sintió útil. Se sintió vista.

—Lo haré, señora. Por usted.

—Corre. Que no se te escape. ¡Vuela!

Ana asintió, se metió el teléfono en el bolsillo profundo de su sudadera y salió disparada. Corría con una agilidad sorprendente, deslizándose entre las sombras, cruzando la calle con la destreza de quien ha aprendido a sobrevivir en la jungla de asfalto.

Vera se dejó caer en la banca fría. El parque estaba en silencio, salvo por el sonido lejano del tráfico. Se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de la noche calarle los huesos.

Miró al cielo, donde la contaminación de la Ciudad de México apenas dejaba ver un par de estrellas.

—En qué lío me he metido, Rogelio —susurró al viento—. Contratando a una vagabunda para espiar a mi nuera. Si me vieran mis amigas del club, se infartan.

Pero entonces recordó la mirada de odio de Milena. Recordó la amenaza: “Todo será mío”.

—Que se infarten —dijo Vera con determinación, endureciendo la mandíbula—. Por mi hijo, soy capaz de bajar al infierno y negociar con el diablo. Y si Ana es el ángel que me mandaste… entonces que Dios nos agarre confesados.

El tiempo comenzó a pasar. Diez minutos. Treinta. Una hora.

Vera empezó a sentir el peso de la duda. ¿Y si Ana se iba con el teléfono? Era un aparato de treinta mil pesos. Podía venderlo y comer un mes. Era lo lógico. ¿Por qué una chica de la calle regresaría a ayudar a una vieja rica?

—Porque tiene dignidad —se respondió Vera a sí misma—. Porque la vi a los ojos.

Pero la duda es un veneno lento. Vera miraba su reloj cada treinta segundos. Un par de policías pasaron en una patrulla, iluminando el parque con el reflector. Vera se encogió en la oscuridad para no ser vista. Qué vergüenza si la encontraban ahí, sentada como una indigente más.

Noventa minutos.

Vera ya estaba a punto de rendirse. Se levantó, sintiendo las piernas entumecidas.

—Soy una estúpida —se dijo—. Me robó el celular y yo aquí, esperando como tonta. Milena tenía razón. Estoy vieja y senil.

Dio un paso hacia la salida del parque, derrotada.

—¡Señora Vera!

El susurro vino de los arbustos. Vera se giró de golpe.

Ana emergió de las sombras, jadeando, sudando, con el cabello pegado a la frente. Tenía la cara roja por el esfuerzo, pero en su mano, apretado como un tesoro, estaba el iPhone.

—¡Ana! —Vera sintió un alivio tan grande que casi llora—. ¡Regresaste!

—Le dije que lo haría —dijo Ana, tratando de recuperar el aire. Se acercó y le tendió el teléfono—. Tiene que ver esto. Es… es peor de lo que pensaba.

Vera tomó el teléfono. Sus manos temblaban.

—¿La encontraste?

—Sí. Caminó tres cuadras y se metió a un bar, uno de esos medio fresas pero oscuros. Me metí por la puerta de servicio, dije que iba a sacar la basura y me dejaron pasar. Me escondí detrás de unas cajas.

—¿Y? ¿Estaba sola?

—No. —Ana negó con la cabeza, su expresión grave—. Se vio con un tipo. Un hombre joven, guapo, pero con cara de… de malandro. De esos que visten caro pero tienen mirada turbia.

—¿Y qué hacían?

—Se besaron, señora. —Ana bajó la voz—. Pero no como se besan los novios normales. Se besaron con hambre, con risas. Y luego… luego se pusieron a hablar. Grabé todo. Póngale play al último video.

Vera desbloqueó la pantalla. Buscó la galería. El último video tenía una duración de cinco minutos. La imagen era un poco oscura y temblorosa al principio, enfocada desde detrás de unas cajas de cerveza, pero el audio era claro.

En la pantalla apareció Milena. Ya no tenía la cara de niña buena. Tenía una copa en la mano y se reía a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás. Un hombre, de unos treinta años, con camisa desabotonada y cadenas de oro, le acariciaba la pierna por debajo de la mesa.

Vera subió el volumen.

—¡Salud, muñeca! —decía el hombre—. ¿Cómo te fue con la momia?

—Ay, cállate, Beto. —La voz de Milena sonaba arrastrada, burlona—. La vieja es insoportable. Me escaneó como si fuera un código de barras. Pero no te preocupes, el idiota de Esteban se tragó todo el cuento. Cree que soy la Virgen de Guadalupe reencarnada.

El hombre, Beto, soltó una carcajada.

—¿Y el hermano enfermo? ¿Se la creyeron?

—Totalmente. Les dije que necesito dinero urgente para la operación. Esteban ya está viendo cómo sacar lana de la empresa sin que la vieja se dé cuenta. En cuanto me case, mi amor, nos vamos a ir tú y yo a Europa a gastarnos la herencia de los Villaseñor.

—Eres una diabla, Milena. Por eso me encantas.

—Y tú eres un vago, pero eres mi vago. Solo aguanta un poco más. En cuanto firme el acta de matrimonio y asegure los bienes mancomunados… Esteban va a tener un “accidente”. Tal vez se deprima mucho y se tome demasiadas pastillas… o tal vez le fallen los frenos al coche. Quién sabe.

—Brindo por eso.

El video terminaba con ellos besándose de nuevo, brindando por la muerte de Esteban.

Vera sintió que el mundo se le venía encima. El teléfono casi se le cae de las manos. Se tuvo que sentar de golpe en la banca porque las rodillas le fallaron.

No era solo una estafa. Era un plan de asesinato.

—Dios mío… —susurró Vera, con lágrimas de horror en los ojos—. Lo quieren matar. Quieren matar a mi hijo.

Ana se sentó a su lado, tímidamente, y le puso una mano en el hombro.

—Señora… ¿está bien?

Vera levantó la vista. El miedo se había transformado en algo más frío, más duro. Se secó las lágrimas con rabia.

—No, Ana. No estoy bien. Pero voy a estarlo. —Miró a la chica—. Me acabas de salvar la vida. Bueno, la vida de mi hijo, que es lo mismo.

—¿Qué va a hacer? ¿Va a ir a la policía?

—La policía pide pruebas, trámites, tiempos… y esa mujer es lista. Si se entera que lo sabemos, se escapa o adelanta sus planes. No. —Vera se puso de pie, irguiéndose cuan alta era. La matriarca había regresado—. Esto se resuelve en familia.

Miró a Ana fijamente.

—Ana, tú no tienes a dónde ir, ¿verdad?

—No, señora.

—Pues ahora sí tienes. Te vienes conmigo.

—¿Qué? ¿A su casa?

—Sí. Necesito testigos. Necesito ayuda. Y tú has demostrado ser más leal en dos horas que toda la gente que conozco en diez años. —Vera le tendió la mano—. Vamos a darle un baño a esa facha, vamos a comprarte ropa decente, y me vas a ayudar a desenmascarar a esa zorra delante de mi hijo. ¿Trato hecho?

Ana miró la mano de Vera. Era una mano cuidada, con manicura perfecta. La mano de Ana estaba sucia, rasguñada. Pero cuando la estrechó, el agarre fue firme.

—Trato hecho, señora Vera. Vamos a salvar a su hijo.

Vera sonrió. Una sonrisa peligrosa.

—Que se prepare Milena. Porque no sabe que acaba de declarar la guerra contra el ejército equivocado.

Las dos mujeres, la millonaria y la mendiga, salieron del parque juntas, unidas por un secreto oscuro y una misión suicida, caminando bajo las luces de una ciudad que nunca duerme, listas para la batalla final.

PARTE 2

CAPÍTULO 3: El Santuario de Cristal y las Cicatrices del Alma

El trayecto en el Uber Black hacia la mansión de Las Lomas fue un viaje silencioso, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel. Doña Vera miraba por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad como estrellas fugaces en un universo que se había vuelto repentinamente hostil. A su lado, Ana se encogía en el asiento de cuero, tratando de ocupar el menor espacio posible, como si temiera que su mera presencia manchara la pulcritud del vehículo.

Ana miraba sus propias manos, sucias, con las uñas rotas y la mugre incrustada en los nudillos. Contrastaban violentamente con la tapicería inmaculada. Se sentía una intrusa, una cucaracha que se había colado en un palacio.

—No te encorves, niña —dijo Vera de repente, sin dejar de mirar por la ventana. Su voz no era dura, pero tenía esa firmeza de acero que no admitía réplicas—. Si vas a pelear esta guerra conmigo, tienes que empezar a creértela. Endereza la espalda. La dignidad no se pierde con el dinero, se pierde cuando bajas la cabeza.

Ana obedeció instintivamente, irguiéndose.

—Perdón, señora. Es que… tengo miedo. Ese hombre, el tal Beto… se veía peligroso. Y ella… ella da más miedo que él.

Vera se giró lentamente. La luz de una farola iluminó su rostro, revelando una expresión que Ana no había visto antes: una mezcla de furia maternal y cálculo frío.

—Ellos son aficionados, Ana. Son rateros de poca monta jugando a ser gángsters. No saben con quién se acaban de meter. —Vera le puso una mano en la rodilla, ignorando la suciedad del pantalón—. Tú hiciste lo difícil. Conseguiste la prueba. Ahora déjame a mí la estrategia. Pero necesito que confíes en mí. ¿Puedes hacer eso?

—Sí, señora. No tengo a nadie más.

El auto se detuvo frente a un portón inmenso de hierro forjado negro. Las puertas se abrieron automáticamente, revelando un camino de adoquines flanqueado por cipreses y fuentes iluminadas. La casa al fondo no era una casa; era una fortaleza de estilo colonial californiano, imponente, con ventanales enormes y tejas rojas.

Ana contuvo el aliento. Jamás, ni en sus sueños más locos, había estado tan cerca de un lugar así. En su pueblo, la casa más rica era la del alcalde, y parecía una choza comparada con esto.

El auto se detuvo en la entrada principal. El chofer abrió la puerta.

—Bienvenida a tu cuartel general —dijo Vera.

Al entrar, el recibidor de mármol blanco y la escalera de doble altura dejaron a Ana paralizada. Todo brillaba. Todo olía a limpio, a lavanda y cera para madera.

Una mujer bajita, con uniforme gris y delantal blanco, apareció casi corriendo por el pasillo. Era Martita, el ama de llaves que llevaba treinta años con la familia.

—¡Doña Vera! ¡Qué horas son estas! Estaba con el Jesús en la boca, ya le iba a marcar a don Esteban… —Martita se detuvo en seco al ver a Ana. Sus ojos escanearon a la chica de arriba abajo: la ropa roída, el cabello grasoso, el olor a calle—. Señora… ¿y esta muchacha?

Vera se quitó el saco y se lo entregó a Martita con naturalidad.

—Martita, ella es Ana. Es mi invitada. Y se va a quedar con nosotros el tiempo que sea necesario.

—¿Invitada? —Martita parpadeó, confundida—. Pero señora, con todo respeto… parece que necesita ayuda. ¿Quiere que le prepare algo de comer en la cocina?

—No en la cocina, Martita. En el comedor. —Vera fue tajante—. Pero primero, lo primero. Necesito que prepares el baño de la habitación de huéspedes, la azul. Saca toallas limpias, las de algodón egipcio. Y busca en mi clóset alguna pijama que me quede grande, o mejor, tráete una camisa de dormir tuya que esté nueva, creo que le quedará mejor.

—Sí, señora. Ahorita mismo. —Martita, entrenada para no cuestionar las excentricidades de los ricos, asintió y desapareció escaleras arriba, aunque lanzando una última mirada de curiosidad a Ana.

Vera se volvió hacia la chica.

—Ven conmigo.

Subieron las escaleras. Ana sentía que flotaba. Sus tenis sucios dejaban marcas tenues en los escalones de mármol, y cada paso le provocaba una oleada de vergüenza.

Entraron a una habitación que era más grande que toda la casa donde Ana vivía antes de que su padrastro la echara. Una cama king size con edredón de plumas, cortinas de terciopelo azul, muebles de madera fina. Y el baño… el baño era un spa privado.

Vera abrió la llave de la tina. El agua caliente empezó a llenar el espacio, soltando vapor. Vera vertió unas sales de baño que olían a eucalipto y menta.

—Vas a entrar ahí, Ana. Vas a tallarte hasta que te duela la piel. Quiero que te quites la mugre, pero también quiero que te quites el miedo. —Vera la miró a través del vapor—. Cuando salgas de esa tina, la chica de la calle ya no existe. Esa Ana se murió hoy. Ahora eres mi protegida. Y mis protegidas no bajan la cabeza ante nadie.

Ana asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

—Gracias… no sé cómo pagarle esto.

—Págamelo ayudándome a salvar a mi hijo. —Vera se dirigió a la puerta—. Te dejo privacidad. Hay jabón, shampoo, todo lo que necesites. Tómate tu tiempo. En media hora te espero abajo para cenar. Y Ana…

—¿Mande?

—Deja la ropa sucia en el piso. Martita la va a quemar. No quiero que quede ni un rastro de tu vida anterior.

Cuando la puerta se cerró, Ana se derrumbó. Se dejó caer de rodillas sobre el tapete mullido del baño y lloró. Lloró por el hambre que había pasado, por las noches de frío durmiendo bajo cartones, por los insultos, por la soledad. Lloró por su madre muerta y por el padrastro que le robó su futuro. Pero, sobre todo, lloró de alivio.

Se quitó la ropa, que se sentía como una segunda piel costrosa, y entró al agua. El calor la abrazó como una madre. Vio cómo el agua se enturbiaba, volviéndose gris oscura, llevándose la suciedad de meses. Se talló con la esponja hasta que la piel le quedó roja. Se lavó el cabello tres veces hasta que la espuma salió blanca.

Cuando salió, envuelta en una bata de toalla gruesa y suave, se miró al espejo. El vapor empañaba el cristal, pero ella limpió un pedazo con la mano.

La chica que la miraba de vuelta ya no era la vagabunda. Tenía el rostro limpio, sonrosado. Sus ojos color miel brillaban intensamente. Tenía pómulos altos, una boca bien dibujada. Era bonita. Por primera vez en años, se sintió bonita.

—Se murió la Ana de la calle —susurró, repitiendo las palabras de Vera—. Ahora soy otra.

Bajó las escaleras con timidez. Llevaba puesta una pijama de franela a cuadros que Martita le había dejado. Le quedaba un poco grande, pero estaba limpia y olía a suavizante.

Vera la esperaba en la cocina, un espacio enorme con isla central de granito. No estaban en el comedor formal; Vera había decidido que la cocina era más íntima, más adecuada para conspirar. Sobre la mesa había sándwiches de jamón serrano, queso manchego, fruta picada y chocolate caliente.

—Siéntate —dijo Vera, señalando un banco alto—. Come.

Ana no tuvo que pedirlo dos veces. Comió con desesperación al principio, luego más despacio al notar la mirada de Vera.

—Perdón… tenía mucha hambre.

—Come despacio o te va a doler el estómago. Tu cuerpo no está acostumbrado a tanta comida de golpe.

Mientras Ana comía, Vera sacó una libreta y una pluma.

—Bien. Tenemos que hablar. —Vera tamborileó los dedos sobre la mesa—. Vi el video tres veces más mientras te bañabas. Es incriminatorio, sí. Pero no es suficiente.

—¿Cómo que no? —Ana dejó el sándwich, sorprendida—. Ahí dicen que lo quieren matar. Dicen que le van a robar todo.

—Lo sé. Y cualquier juez nos daría la razón. Pero mi hijo… —Vera suspiró, pasándose una mano por la frente—. Esteban es terco. Y está enamorado, o embrujado, que es lo mismo. Si voy ahorita y le enseño ese video, ¿sabes qué va a pasar?

—¿Se va a enojar con ella?

—Se va a enojar conmigo. Va a decir que es un montaje. O peor, va a confrontar a Milena. Y esa mujer es una víbora. Va a inventar que estaba actuando, que estaba borracha, que ese hombre es un primo lejano con el que estaba bromeando. Va a llorar, se va a tirar al piso, va a decir que yo la mandé espiar porque soy una suegra celosa y controladora. Y Esteban, en su estupidez de enamorado, le va a creer a ella.

Ana frunció el ceño. Le costaba entender cómo alguien podía ser tan ciego.

—Entonces… ¿no le vamos a decir?

—Le vamos a decir, pero cuando no tenga escapatoria. Cuando la vea con sus propios ojos. Necesitamos que ella se delate sola. Necesitamos que cometa un error fatal. —Vera miró a Ana fijamente—. Y ahí es donde entras tú.

—¿Yo? ¿Pero qué puedo hacer yo? Ya me bañé, pero sigo siendo… bueno, yo.

—Tú eres mi testigo. Tú los viste. Tú los grabaste. Pero no puedes ser “Ana la vagabunda”. Tienes que ser alguien a quien Esteban respete, o al menos, alguien a quien Milena no reconozca.

—Ella nunca me miró a la cara —recordó Ana—. Cuando me estaba gritando en la calle, solo veía mi ropa sucia. Y en el restaurante ni siquiera volteó. Para ella, soy basura invisible.

—Exacto. Esa es su debilidad: su soberbia. No ve a la gente que considera inferior. —Vera sonrió maquinando—. Mañana vamos a ir de compras. Te vamos a cortar el cabello, te vamos a vestir como una señorita de sociedad. Vas a ser la hija de una amiga mía del interior que viene a quedarse unos días. O quizás… mi nueva asistente personal. Sí, eso es mejor. Mi asistente. Eso te dará una excusa para estar pegada a mí todo el tiempo.

De repente, el teléfono de Vera sonó. Era un tono estridente que rompió la calma de la cocina.

Vera miró la pantalla.

—Hablando del rey de Roma —murmuró—. Es Esteban. Son las once de la noche.

—Conteste, señora. Póngalo en altavoz —susurró Ana.

Vera deslizó el dedo y activó el altavoz.

—¿Esteban? Hijo, ¿estás bien? ¿Qué pasó con la fuga de agua?

La voz de Esteban sonaba agitada, angustiada, con ese tono de urgencia que precede a las malas decisiones.

—Mamá… perdón que te llame a esta hora. Estoy hecho un lío. La fuga ya se controló, pero… estoy con Milena.

Vera sintió que se le tensaba la mandíbula. Ana se inclinó hacia el teléfono, atenta.

—¿Qué pasa con Milena? ¿Sigue con dolor de cabeza?

—Mamá, es horrible. —Esteban bajó la voz, como si no quisiera que lo escucharan—. Le acaban de llamar del hospital. Su hermano… se puso muy mal. Entró en crisis respiratoria. Dicen que necesita una cirugía de emergencia en los pulmones o… o no pasa de esta noche.

Vera cerró los ojos. Maldita mentirosa, pensó. Ni siquiera esperó al día siguiente. Quiere el dinero ya.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Vera, inyectando una dosis perfecta de falsa preocupación en su voz—. ¡Qué tragedia, hijo! ¿Y dónde está el muchacho? ¿En qué hospital? Vamos para allá.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Vera sabía por qué: no había hospital, no había hermano.

—Eeeh… no, mamá, no vayas. Están en una clínica privada en… en Toluca. Es lejos. Y ahorita no dejan pasar visitas a terapia intensiva. Milena está desecha, no para de llorar.

—Pobrecita. Pásame con ella, quiero consolarla.

—No puede hablar, mamá. Está en crisis nerviosa. —Esteban tomó aire—. Mamá, el problema es el dinero. El seguro no cubre esta cirugía porque es una preexistencia. Piden quinientos mil pesos de depósito para meterlo a quirófano ahora mismo. Si no pagamos en una hora… lo desconectan.

Ana se tapó la boca para no soltar una exclamación de indignación. ¡Quinientos mil pesos! ¡Era una fortuna! Y la historia era tan burda, tan de telenovela barata… pero Esteban se la estaba tragando entera.

—Hijo —dijo Vera, midiendo cada palabra—, tú sabes que las cuentas de la empresa requieren doble firma para montos mayores a cien mil pesos. Y tu cuenta personal… bueno, tienes tus ahorros, pero no sé si te alcance.

—¡Tengo trescientos mil en mi cuenta! —gritó Esteban, desesperado—. ¡Me faltan doscientos! Mamá, necesito que me prestes. O que firmes la autorización digital de la empresa. ¡Por favor! Es la vida del hermano de mi futura esposa. Si él se muere, Milena no me lo va a perdonar nunca. Se va a morir de tristeza.

Vera miró a Ana. La chica negó con la cabeza frenéticamente, haciendo señas de “no, no, no”.

Vera sabía que si se negaba rotundamente, Esteban haría una locura. Pediría un préstamo usurero, vendería su coche, o peor, odiaría a su madre por “dejar morir” a su cuñado imaginario. Tenía que ser más lista. Tenía que arrinconar a la rata.

—Está bien, Esteban. Cálmate. —La voz de Vera fue suave, sedosa—. No voy a dejar que se muera nadie por dinero. Somos los Villaseñor, tenemos recursos.

—¡Gracias, mamá! ¡Sabía que entenderías! —Esteban sollozó de alivio—. Te mando los datos de la cuenta para que transfieras. Es a nombre del director de la clínica, porque dicen que por la hora no aceptan pagos a la cuenta moral…

Claro, a la cuenta personal del amante, pensó Vera con asco.

—Espera, hijo. Hay un problema. Mi token del banco se desconfiguró ayer. No puedo hacer transferencias grandes desde el celular. Tengo que ir al banco en persona mañana a primera hora.

—¡Mamá! ¡No puede esperar a mañana! —Esteban sonaba al borde del colapso.

—Escucha. Tengo efectivo en la caja fuerte de la casa. Siempre guardo un fondo de emergencia. No son doscientos, pero deben ser unos ciento cincuenta mil pesos. Y tengo unas joyas que podemos empeñar o vender rápido.

—¡Sí, sí! ¡Eso sirve! Voy para allá.

—¡No! —Vera lo detuvo—. Tú quédate con Milena. Ella te necesita. Yo voy a ir. Pero, Esteban… no voy a soltar ni un centavo sin garantías.

—¿Garantías? Mamá, ¡se está muriendo!

—Hijo, entiendeme. Es mucho dinero en efectivo. Quiero asegurarme de que llegue a las manos correctas. Voy a ir yo personalmente a esa clínica en Toluca. Llevo el dinero. Pago en la caja. Y quiero ver al doctor.

El silencio al otro lado fue sepulcral. Vera podía casi escuchar los engranajes del cerebro de Milena (que seguramente estaba escuchando todo) girando a mil por hora para buscar una excusa.

—Mamá… es que… es muy lejos. Es peligroso que vayas sola a esta hora.

—No voy sola. Voy con mi chofer y… con mi nueva asistente. Y no me discutas, Esteban. Si quieren el dinero esta noche, esas son mis condiciones. Mándame la ubicación de la clínica. Salgo en veinte minutos.

Vera colgó antes de que Esteban pudiera replicar.

El silencio regresó a la cocina, pero ahora vibraba con adrenalina pura.

Ana miraba a Vera con los ojos como platos.

—¿Vamos a ir a Toluca? ¿A esta hora?

Vera soltó una carcajada seca, sin humor.

—Claro que no, niña. No existe tal clínica. Si vamos a Toluca, nos van a mandar a una dirección falsa o nos van a asaltar en el camino. Ese tal Beto es capaz de cualquier cosa.

—Entonces… ¿qué vamos a hacer?

—Vamos a esperar. —Vera se levantó y caminó hacia la ventana—. Milena va a entrar en pánico. Sabe que si voy, se descubre el pastel. Así que va a inventar algo para que no vaya. Va a decir que el hermano “mejoró milagrosamente” o que “ya consiguieron prestado con otro amigo”.

Efectivamente, cinco minutos después, el teléfono sonó de nuevo. Un mensaje de WhatsApp de Esteban.

Vera lo leyó en voz alta:

“Mamá, no salgas. Milena acaba de hablar con un tío lejano que les va a prestar el dinero directo en la clínica. Dice que le da mucha pena molestarte y hacerte ir tan lejos. Gracias de todos modos. Mañana hablamos.”

Vera tiró el teléfono sobre la mesa con desprecio.

—¿Lo ves? Cobardes. En cuanto sienten la presión, reculan.

Ana exhaló, aliviada pero furiosa.

—¡Qué coraje! ¡Lo están manipulando como a un títere!

—Sí. Pero ganamos algo importante hoy: ganamos tiempo. Y confirmamos que están desesperados por efectivo. Eso significa que van a cometer errores. —Vera se volvió hacia Ana, mirándola con una intensidad renovada—. Ve a dormir, Ana. Descansa. Mañana va a ser un día largo. Mañana empieza tu transformación. Porque pasado mañana es la boda… y esa boda no se va a realizar.

—¿Cómo lo va a impedir, señora?

Vera sonrió, y sus ojos brillaron con la promesa de una venganza bíblica.

—Digamos que tengo planeada una “sorpresa” para la fiesta de compromiso que Esteban quiere hacer mañana en la noche. Él quería presentarnos “oficialmente” a la familia. Pues bien… nosotros también vamos a hacer una presentación. Vamos a presentarles a la verdadera Milena. Y tú, mi querida Ana, vas a estar en primera fila.

—¿Yo?

—Sí. Pero no como Ana. Mañana nace “Anastasia”. Una mujer sofisticada, misteriosa… la prima lejana de una socia mía. Nadie sospechará de ti. Y tú serás mis ojos y mis oídos dentro de la fiesta mientras yo preparo el golpe final.

Ana sintió un escalofrío. Miedo y emoción se mezclaban en su pecho. Hace unas horas era una pordiosera invisible; ahora era una pieza clave en un juego de ajedrez millonario.

—Buenas noches, señora Vera.

—Buenas noches, Ana. Sueña con los angelitos… porque mañana nos toca bailar con los demonios.

Ana subió a su habitación de lujo. Se metió entre las sábanas de seda que se sentían frescas y suaves contra su piel limpia. Miró al techo, decorado con molduras elegantes.

No podía dormir. Su mente repasaba las imágenes del video, la cara de odio de Milena, la bondad severa de Vera. Pensó en su propia madre, que había muerto sin poder defenderla.

—Esto es por ti también, mamá —susurró a la oscuridad—. No voy a dejar que otra mala persona se salga con la suya.

A la mañana siguiente, la mansión Villaseñor despertó con una actividad inusual.

Vera estaba en pie desde las seis de la mañana, coordinando todo por teléfono. Cuando Ana bajó, tímidamente, a las ocho, se encontró con un ejército de personas en la sala. Había un estilista, una maquillista, y dos asistentes con percheros llenos de ropa de diseñador.

Vera estaba tomando café, vestida ya impecablemente.

—Buenos días, bella durmiente —dijo Vera—. Desayuna rápido. Tenemos mucho trabajo.

Ana miró los percheros con asombro.

—¿Todo esto es… para mí?

—Es para “Anastasia”. —Vera se acercó a ella—. Ana, escúchame bien. Hoy vas a aprender a caminar, a hablar y a mirar como una Villaseñor. No es solo ropa. Es actitud. Milena es una actriz barata. Tú vas a ser una actriz de primera.

El estilista, un hombre extravagante llamado Jean Paul, se acercó a Ana y le tomó la barbilla, girando su rostro de un lado a otro.

—Mon Dieu, Vera… tenías razón. La estructura ósea es perfecta. Debajo de esas cejas salvajes hay una modelo. Vamos a cortarle ese cabello maltratado, un bob largo, elegante, sofisticado. Un color chocolate profundo para resaltar esos ojos miel. Va a quedar divina.

—Haz tu magia, Jean Paul. Quiero que cuando entre a un lugar, la gente se quede callada.

Las siguientes horas fueron un torbellino. Ana fue lavada, cortada, teñida, depilada y maquillada. Aprendió a caminar con tacones de diez centímetros sin tambalearse (o al menos, tambaleándose poco). Vera le enseñó a sostener la copa de champaña, a sonreír con misterio, a saludar con la mano firme pero suave.

—No pidas perdón por existir —le corregía Vera cada vez que Ana bajaba la mirada—. Míralos a los ojos. Tú vales lo mismo que ellos. O más, porque tú tienes integridad.

Al mediodía, Ana se miró en el espejo de cuerpo entero del vestidor de Vera.

No se reconoció.

La mujer del espejo llevaba un vestido de cóctel color azul marino, de corte asimétrico, que abrazaba su figura delgada pero ahora elegante. Los zapatos nude alargaban sus piernas. Su cabello brillaba como seda oscura, y el maquillaje resaltaba sus ojos, haciéndolos parecer dos joyas ámbar.

Llevaba unos aretes de diamantes discretos que Vera le había prestado.

—¿Soy yo? —preguntó Ana, tocándose la mejilla con incredulidad.

Vera apareció detrás de ella en el espejo. Sonrió, y por primera vez, hubo un brillo de orgullo genuino en sus ojos, no solo de estrategia.

—Eres tú, Ana. La versión que el mundo te negó, pero que siempre estuvo ahí.

Ana se giró y abrazó a Vera impulsivamente. Vera se puso rígida un segundo, desacostumbrada al contacto físico, pero luego, lentamente, le devolvió el abrazo.

—Gracias… mamá Vera —se le escapó a Ana.

Vera se separó suavemente, aclarándose la garganta para ocultar la emoción.

—Bueno, bueno. No nos pongamos sentimentales que se nos corre el rímel. —Le ajustó el vestido—. Estás lista.

En ese momento, el celular de Vera sonó de nuevo. Era Esteban.

—Mamá, ¿ya estás lista? La comida de compromiso empieza en dos horas en el jardín de la casa. Milena ya llegó. Trajo a un… primo. Dice que quiere que lo conozcamos.

Vera sintió un pinchazo de alerta. ¿Primo? Seguro era el tal Beto. Qué descaro. Meter al amante a la casa del novio bajo sus propias narices.

—Perfecto, hijo. Ahí estaremos. Yo también tengo una sorpresa.

Vera colgó y miró a Ana.

—Llegó la hora, Anastasia. Vamos a bajar. Milena trajo refuerzos. Trajo a su “primo”.

Ana apretó los puños. Recordó la cara del tipo del video, el que se burlaba de Esteban.

—Estoy lista —dijo Ana, y su voz sonó diferente. Más grave, más segura—. Vamos a enseñarles quién manda.

Las dos mujeres salieron de la habitación, caminando al unísono, taconeando sobre el mármol como dos guerreras marchando hacia el campo de batalla. Abajo, en el jardín, se escuchaba música suave y risas. La fiesta había comenzado. Pero lo que Esteban y Milena no sabían era que la verdadera fiesta, la fiesta de la verdad, estaba a punto de estallarles en la cara.

CAPÍTULO 4: El Teatro de los Lobos y la Mirada de Ámbar

El jardín de la mansión Villaseñor era, por sí mismo, una declaración de poder. Diseñado por un paisajista japonés de renombre en los años noventa, era un oasis de tranquilidad en medio del caos de la Ciudad de México. Las bugambilias trepaban por los muros de piedra volcánica estallando en colores fucsia y naranja, mientras una fuente de cantera lloraba suavemente en el centro del patio, amortiguando el ruido lejano de la ciudad.

Para la ocasión, Doña Vera había ordenado un montaje “sencillo” pero intimidante: mesas vestidas con lino blanco, arreglos florales de orquídeas vivas que costaban más que el sueldo mensual de un obrero, y una cubertería de plata que brillaba bajo el sol del mediodía como si fueran dagas esperando ser usadas.

Esteban estaba de pie junto a la fuente, con una copa de champaña en la mano, luciendo nervioso pero impecable en su traje azul marino. A su lado, aferrada a su brazo como una garrapata a un perro de presa, estaba Milena.

Milena había elegido para la ocasión un vestido blanco de encaje. Vera, observándolos desde el ventanal de la sala antes de salir, tuvo que reconocer que la chica tenía instinto. El vestido era recatado, casi virginal, diseñado para proyectar pureza e inocencia. “La novia perfecta”, pensaría cualquiera que no supiera que esa misma boca había estado bebiendo tequila barato y planeando un asesinato la noche anterior.

Junto a ellos, desentonando como una mancha de grasa en una camisa de seda, estaba un hombre. El famoso “primo”. Llevaba un traje gris que le quedaba un poco apretado en los hombros y demasiado holgado en los tobillos, y una camisa negra desabotonada hasta el segundo botón, dejando ver una cadena de oro gruesa. Se movía con una inquietud constante, mirando a los meseros con desconfianza y tocándose la nariz repetidamente.

—Es él —susurró Ana, parada detrás de Vera en la penumbra del salón—. Es el del bar. Beto.

Vera asintió, ajustándose un pendiente de esmeralda.

—Se ve aún más vulgar a la luz del día. Perfecto. Eso nos facilita las cosas. —Vera se giró hacia Ana y le tomó las manos. Las manos de Ana estaban heladas—. ¿Lista, Anastasia? Recuerda: mentón arriba, mirada aburrida. No te impresiona nada de esto, porque tú has visto cosas mejores en París o en Milán. Eres intocable.

Ana respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma a cera y flores caras de la casa. Cerró los ojos un segundo, visualizando a la vagabunda que había sido ayer y encerrándola en una caja mental bajo siete llaves. Cuando abrió los ojos, el miedo seguía ahí, pero estaba encadenado.

—Lista, Doña Vera.

—No me digas Doña Vera aquí. Dime Vera, o tía. Vamos.

Vera abrió las puertas francesas y salió al jardín. El sol la golpeó, pero ella ni parpadeó. Caminó con esa elegancia depredadora que hacía que el mundo pareciera moverse a su ritmo. Ana la siguió, imitando su paso, sintiendo cómo los tacones de diez centímetros se clavaban en las losas de piedra.

—¡Mamá! —Esteban las vio y su rostro se iluminó de alivio. Se soltó suavemente de Milena y caminó hacia ellas—. Ya pensamos que no bajarían.

Vera le ofreció la mejilla para un beso, fría y protocolaria.

—La belleza tarda, hijo. Ya deberías saberlo. —Vera se apartó ligeramente para revelar a Ana—. Esteban, quiero presentarte a Anastasia De la Vega. Es hija de una muy querida amiga mía de Monterrey, que en paz descanse. Está pasando una temporada en la ciudad y le he pedido que se quede conmigo para ayudarme con la fundación y… otros asuntos. Será mi mano derecha.

Esteban miró a Ana y parpadeó, sorprendido. La transformación era tan radical que ni siquiera su propia madre biológica la habría reconocido. El corte “bob” enmarcaba su rostro, dándole un aire sofisticado y moderno. El maquillaje resaltaba sus ojos color miel, que ahora parecían oro líquido. El vestido azul marino le daba una figura estatuesca.

—Wow… —se le escapó a Esteban—. Mucho gusto, Anastasia. Bienvenida a casa. No sabía que teníamos visitas.

—El gusto es mío, Esteban —dijo Ana. Su voz salió un poco más grave de lo normal, controlada—. Tu madre me ha hablado mucho de ti.

En ese momento, Milena se acercó. Su sonrisa estaba pegada con pegamento industrial, pero sus ojos escaneaban a Ana de arriba abajo con un láser de envidia pura. Milena, que se sentía la reina del lugar por ser la “futura señora de la casa”, de repente se sintió amenazada. Aquí había otra mujer joven, hermosa, y por lo que se veía, “de cuna”. Una rival natural.

—Hola —dijo Milena, estirando la mano con una languidez ensayada—. Soy Milena. La prometida de Esteban.

Ana tomó su mano. La sintió flácida y húmeda.

—Encantada —respondió Ana, soltándola rápido, como si tocara algo sucio—. Lindo vestido. Muy… campestre.

Vera reprimió una sonrisa. Esa es mi chica, pensó. El comentario había sido sutilmente venenoso. “Campestre” en ese contexto significaba “sencillo” o “barato”.

Milena se tensó, captando el insulto al vuelo.

—Gracias. Esteban dice que me veo como un ángel.

—Sin duda —intervino Vera, cortando el duelo de miradas—. Y este caballero debe ser el famoso primo.

Beto se adelantó, sacando el pecho como un gallo de pelea. Le tendió la mano a Vera, quien la ignoró olímpicamente y se limitó a asentir con la cabeza. Beto, quedándose con la mano en el aire, se la pasó por el cabello engominado para disimular.

—Servidor. Alberto… Beto para los cuates. Primo hermano de Milena. Vengo de… de Guadalajara.

—Ah, Guadalajara —dijo Vera—. Hermosa ciudad. ¿A qué te dedicas allá, Alberto?

Beto titubeó un segundo. Se notaba que no tenían la historia bien ensayada.

—Bienes raíces —soltó, mirando a Milena de reojo—. Compro y vendo terrenos. Ya sabe, el negocio de la tierra siempre deja.

—Interesante —murmuró Vera—. Justo tengo unos amigos desarrolladores allá. Los Slim, los Aramburuzabala… ¿con quiénes trabajas tú?

Beto palideció.

—Ehh… no, yo soy independiente. Más… local. Terrenos ejidales y así.

—Ya veo. —Vera le dio la espalda, desestimándolo como si fuera una mosca—. Bueno, vamos a sentarnos. El chef preparó langosta. Espero que les guste el marisco.

Se sentaron a la mesa. Vera presidía la cabecera. Esteban a su derecha, Milena junto a él. Anastasia a la izquierda de Vera, y Beto junto a Anastasia.

La cercanía física con el hombre que había visto en el video, el hombre que se reía de la muerte de Esteban, le revolvía el estómago a Ana. Olía a una mezcla de colonia barata aplicada en exceso y tabaco rancio.

—Y dígame, señorita Anastasia —dijo Beto, inclinándose demasiado hacia ella, invadiendo su espacio personal—. ¿Usted también es de la alta sociedad como Doña Vera? Porque se le nota la clase a leguas.

Ana sintió su aliento caliente en el hombro y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartarse bruscamente.

—Mi familia es reservada, señor Alberto. No nos gusta hablar de dinero ni de posiciones. Es de mal gusto.

—Claro, claro. El dinero que no suena es el que más pesa, ¿verdad? —Beto soltó una risotada que hizo que los meseros voltearan discretamente.

Milena le dio una patada a Beto por debajo de la mesa. Ana lo notó porque la mesa se sacudió ligeramente y Beto hizo una mueca de dolor, que disfrazó tosiendo.

—¿Y cómo sigue tu hermano, Milena? —preguntó Vera de repente, mientras servían la entrada: un carpaccio de salmón con alcaparras.

Milena adoptó su cara de mártir número cuatro: ojos bajos, suspiro entrecortado.

—Ay, señora Vera… gracias a Dios y a ese tío que nos prestó el dinero, ya lo operaron anoche. Está en terapia intensiva, muy delicado, pero estable. No he pegado el ojo en toda la noche de la angustia.

—Se te nota —dijo Ana, tomando un sorbo de agua—. Tienes las ojeras un poco marcadas. Aunque el corrector hace milagros, ¿verdad?

Esteban miró a Ana con extrañeza. No entendía la hostilidad pasiva, pero estaba demasiado absorto en su papel de salvador para intervenir.

—Anastasia solo está siendo observadora —dijo Vera suavemente—. Es una pena que no pudiera ir a ver al muchacho. Me hubiera gustado llevarle flores. ¿En qué hospital dijiste que estaba?

—En el… Centro Médico de Toluca —dijo Milena rápido—. Pero de verdad, no dejan pasar a nadie.

—Qué raro —comentó Anastasia—. Tengo un tío que es accionista de ese hospital. Podría llamar al director para que les den un pase especial. Incluso una suite privada.

Milena se atragantó con el salmón. Tosió violentamente, llevándose la servilleta a la boca. Esteban, solícito, le dio palmadas en la espalda.

—¡Mi amor! ¿Estás bien?

—Sí, sí… se me fue por el otro lado —dijo Milena con los ojos llorosos y rojos—. No, Anastasia, gracias. No queremos molestar. Preferimos mantenerlo discreto. Mi hermano es muy penoso.

—Como quieras —dijo Anastasia, encogiéndose de hombros—. Solo quería ayudar.

La comida transcurrió en una tensión insoportable. Vera y Anastasia jugaban un partido de tenis verbal, lanzando pelotas incendiarias que Milena y Beto apenas podían esquivar. Esteban, en su inocencia, pensaba que simplemente eran los nervios de conocerse.

Pero entonces, llegó el momento que Vera estaba esperando.

—Bueno —dijo Esteban, poniéndose de pie y golpeando suavemente su copa con el tenedor—. Quiero aprovechar que estamos aquí, en familia, para hacer un anuncio oficial.

Milena sonrió triunfante, agarrando el brazo de Esteban con posesión. Beto se echó hacia atrás en la silla, palillándose los dientes discretamente, con una sonrisa de “ya chingamos”.

—Mamá, Anastasia, Beto… —empezó Esteban—. Saben que amo a Milena. Y saben que la vida es corta. Lo que le pasó a su hermano me hizo darme cuenta de que no quiero perder ni un segundo más.

Vera apretó el tallo de su copa tan fuerte que temió romperlo. No lo digas, idiota. No lo digas.

—Así que… hemos decidido no esperar a la gran boda. —Esteban sacó un sobre de su saco—. Vamos a firmar el acta civil aquí, hoy mismo. El juez viene en camino. Será algo simbólico y legal, solo nosotros. La fiesta grande la haremos después.

El silencio cayó sobre la mesa como una losa de concreto.

Vera se quedó helada. Esto no estaba en el plan. Pensaba que la boda era en dos semanas. Adelantarla a hoy significaba que Milena estaba desesperada y quería asegurar la fortuna antes de que Vera pudiera investigar más.

Milena miraba a Vera con desafío abierto. Jaque mate, vieja, decían sus ojos.

—¡Sorpresa! —chilló Milena, fingiendo emoción—. Queríamos darles la noticia. Es tan romántico, ¿no creen?

Beto aplaudió solo, un sonido hueco y patético.

—¡Bravo! ¡Eso es amor del bueno! ¡Que vivan los novios!

Vera sintió que le faltaba el aire. Si firmaban hoy, y por bienes mancomunados (porque Esteban era tan tonto que seguro así lo haría), Milena sería dueña de la mitad de todo al instante. Y si Esteban tenía un “accidente” mañana… ella se quedaba con todo.

Tenía que detenerlo. Pero si se oponía abiertamente, Esteban se rebelaría y firmaría con más ganas.

Ana vio el pánico en los ojos de Vera. Era casi imperceptible, pero Ana lo vio. Y supo que le tocaba a ella actuar.

De repente, Ana soltó un gemido ahogado y se llevó la mano al pecho, tirando su copa de vino tinto sobre el mantel inmaculado. El líquido rojo se esparció como una herida abierta.

—¡Ay! —exclamó Ana, doblándose sobre la mesa—. ¡Dios mío!

Todos se sobresaltaron.

—¿Qué pasa? —preguntó Esteban, alarmado.

—No sé… me siento… me falta el aire. —Ana empezó a hiperventilar, una actuación digna de un Óscar—. Soy alérgica… ¿esto tiene nuez? ¿El carpaccio tenía aceite de nuez?

Vera captó la jugada al instante. Se levantó de un salto.

—¡Martita! ¡Trae el epinefrina! —gritó Vera, improvisando—. ¡Anastasia es alérgica a las nueces! ¡Se nos ahoga!

El caos se desató. Esteban corrió hacia Ana para sostenerla. Beto se levantó tirando la silla, asustado. Milena se quedó sentada, rodando los ojos, furiosa porque le habían arruinado su momento estelar.

—¡No mamen, qué oportuna! —masculló Milena por lo bajo, pero Ana la escuchó entre sus jadeos fingidos.

—Necesito… necesito ir al baño… aire… —balbuceó Ana.

—Ven, te ayudo —dijo Esteban, tomándola del brazo.

—¡No! —intervino Vera—. Tú quédate aquí a recibir al juez si llega. Yo la llevo. Beto, ayúdame.

—¿Yo? —Beto señaló su pecho.

—¡Sí, tú, inútil! ¡Cárgala si es necesario! —ordenó Vera con tal autoridad que Beto obedeció al instante.

Entre Vera y un renuente Beto, llevaron a Ana al interior de la casa, hacia el baño de visitas de la planta baja.

—Estoy bien, estoy bien… solo necesito lavarme la cara —dijo Ana, recuperando “milagrosamente” el aliento en cuanto entraron al pasillo, lejos de Esteban y Milena—. Suéltenme.

Beto la soltó, mirándola con sospecha.

—Te recuperaste muy rápido, muñeca. ¿No que te morías?

Vera empujó a Beto contra la pared. No con fuerza física, sino con pura presencia.

—Escúchame bien, piojo resucitado —siseó Vera, bajando la voz—. Sé quién eres. Y sé lo que están haciendo.

Beto se rió, nervioso.

—No sé de qué habla, señora. Soy el primo.

—Eres el amante. Y eres un estafador de cuarta. —Vera se acercó más—. ¿Crees que no investigué? ¿Crees que no sé que tienes antecedentes por robo de autopartes en la Doctores?

Era un tiro a ciegas. Vera no sabía eso, pero tipos como Beto siempre tienen antecedentes. Y la cara de Beto le confirmó que había acertado. El color se le fue del rostro.

—Mire, señora, mejor bájele…

—No, bájale tú. —Vera señaló hacia el jardín—. Esa boda no va a suceder hoy. Tú vas a ir allá afuera y vas a decirle a tu “primita” que te sientes mal. Que te dio un cólico, que te bajó la presión, me da igual. Y te la vas a llevar.

—¿Y por qué haría yo eso? —Beto trató de hacerse el valiente—. Estamos a punto de coronar. Esteban va a firmar y…

—Y si firma, mañana mismo hago pública la orden de aprehensión que mis abogados están redactando contra ti por usurpación de identidad y fraude. —Vera mintió con una seguridad aplastante—. Tengo videos, Beto. Videos de ustedes dos en el bar anoche. “Brindo por eso”, ¿te suena?

Beto se quedó paralizado. Sudaba frío.

—¿Usted… usted tiene eso?

—En la nube, en tres servidores diferentes y en el correo de mi notario. Si Esteban firma ese papel hoy, ese video le llega a la policía y a Esteban en cinco minutos. Y tú te vas a la cárcel por intento de homicidio y conspiración. Son veinte años, Beto. ¿Te gustan las duchas compartidas en el Reclusorio Norte?

Beto tragó saliva ruidosamente. Miró a Vera, luego a Ana (que lo miraba con asco), y supo que había perdido. La codicia le había ganado a la prudencia, pero el miedo a la cárcel era más fuerte.

—Está bien, está bien. Tranquila. Me llevo a Milena. Pero… ¿y el dinero?

—Lárgate y no los denuncio hoy. Ese es tu pago. Tienes cinco minutos para sacar a esa zorra de mi casa.

Beto asintió frenéticamente y salió corriendo hacia el jardín.

Vera se recargó en la pared y soltó un suspiro tembloroso.

—¿Estuvo bien, señora? —preguntó Ana, arreglándose el vestido.

—Estuviste perfecta, Ana. Esa actuación de la alergia fue brillante. Me diste el tiempo justo.

—¿Cree que Beto lo haga?

—Es un cobarde. Las ratas siempre huyen cuando ven fuego. Vamos a ver el espectáculo desde la ventana.

Regresaron al salón, escondiéndose detrás de las cortinas de terciopelo para espiar el jardín.

Vieron cómo Beto llegaba corriendo a la mesa. Se inclinó hacia Milena y le susurró algo al oído, gesticulando violentamente.

La cara de Milena pasó de la confusión a la furia en un segundo.

—¡¿Qué?! —se escuchó su grito hasta dentro de la casa—. ¡Estás idiota!

—¡Me siento mal, Milena! ¡Vámonos! —gritó Beto, fingiendo (muy mal) dolor de estómago—. ¡Me va a explotar el apéndice! ¡Llévame al hospital!

Esteban, siempre preocupado, se levantó.

—¡Beto! ¿Qué tienes? ¿Llamo a una ambulancia?

—¡No, no! —Beto agarró a Milena del brazo y la jaló con fuerza, casi arrancándola de la silla—. ¡Milena tiene que llevarme! ¡Es mi prima, solo confío en ella! ¡Vámonos ya!

—Pero… ¡el juez! —protestó Milena, tratando de zafarse. Miró hacia la casa, buscando a Vera, y sus ojos se encontraron con la figura oscura tras la ventana. Comprendió. Supo que algo había pasado. Supo que la habían descubierto, aunque no sabía cuánto.

Beto le susurró algo más, probablemente sobre el video o la policía, porque Milena palideció de golpe. Dejó de resistirse.

—Esteban, mi amor… tengo que llevarlo. Es… es mi familia.

—Pero el juez está llegando… —Esteban estaba confundido y decepcionado.

—¡Lo posponemos! ¡Mañana! ¡Te amo! —Milena le dio un beso rápido y salió casi corriendo, arrastrada por un Beto aterrorizado.

Esteban se quedó solo en medio del jardín, con el juez entrando justo en ese momento por el portón lateral, con su portafolios bajo el brazo.

—¿Señor Villaseñor? —preguntó el juez—. ¿Estamos listos para la firma?

Esteban miró la silla vacía de Milena, la copa de vino derramada por Anastasia y el desastre en el que se había convertido su “día perfecto”.

Vera salió al jardín en ese momento, con Ana detrás.

—Ay, hijo… —dijo Vera, poniendo una mano en su hombro—. Qué mala suerte. Parece que el destino no quiere que se casen hoy.

Esteban suspiró, derrotado.

—No entiendo qué pasó, mamá. Todo iba bien.

—Son señales, hijo. Son señales. —Vera le hizo una seña al juez para que se retirara y sacó un billete para pagarle la vuelta—. Mejor entra. Tómate un cognac. Anastasia y yo te haremos compañía.

Mientras entraban a la casa, Ana miró hacia la salida. Sabía que esto no había terminado. Milena era como una serpiente herida; ahora era más peligrosa que nunca. Regresaría. Y regresaría con veneno.

—Ganamos el primer round —susurró Vera a Ana mientras caminaban—. Pero prepárate. Mañana van a venir con todo. Y nosotros tenemos que dar el golpe final.

Esa tarde, el ambiente en la casa fue extraño. Esteban se emborrachó levemente en la biblioteca, lamentando su mala suerte. Vera se encerró en su despacho a hacer llamadas. Y Ana… Ana se quedó en su habitación, frente al espejo, quitándose el maquillaje de “Anastasia”.

Pero mientras se limpiaba la cara, se dio cuenta de algo. Ya no se sentía como Ana la vagabunda. Tampoco era Anastasia la socialité. Era algo intermedio. Alguien que estaba despertando.

De repente, vio algo en el reflejo. En la cama, sobre las sábanas blancas, había una nota doblada. Ana no la había dejado ahí. Martita no había entrado.

Sintió un escalofrío. Se acercó y desdobló el papel.

La letra era garabateada, apresurada.

“Sé quién eres, gata callejera. Te reconocí los ojos. Nadie engaña a una estafadora. Si abres la boca, te mueres. Y la vieja también. Sé dónde duermes.”

Ana soltó el papel como si quemara. Miró hacia la ventana del balcón, que estaba entreabierta. Alguien había entrado. Alguien había estado ahí mientras ella estaba abajo actuando.

Milena. O Beto.

El miedo intentó paralizarla, como solía hacer cuando vivía en la calle. Pero entonces recordó la voz de Vera: “La dignidad no se pierde con el dinero, se pierde cuando bajas la cabeza”.

Ana arrugó el papel en su puño hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Ven por mí, bruja —susurró Ana a la habitación vacía—. Ya no te tengo miedo.

Bajó corriendo las escaleras y entró al despacho de Vera sin tocar.

—Señora —dijo Ana, mostrando el papel arrugado—. Entraron a mi cuarto. Me dejaron esto.

Vera tomó la nota y la leyó. Su rostro se endureció, convirtiéndose en piedra.

—Nos declararon la guerra sucia, Ana. —Vera se levantó y caminó hacia la caja fuerte oculta tras un cuadro—. Bien. Si quieren jugar sucio, vamos a jugar sucio.

Vera sacó una grabadora digital pequeña y un sobre con dinero.

—Mañana no vamos a esperar a que ellos ataquen. Mañana vamos a ir a su terreno. ¿Recuerdas que dijiste que Milena mencionó a un “hermano enfermo”? Vamos a buscar ese hospital fantasma. Y vamos a buscar dónde vive realmente esta mujer.

—Pero ella sabe que estoy aquí. Sabe quién soy.

—Eso es lo mejor, Ana. —Vera sonrió, y era una sonrisa que daba miedo—. Porque ahora ella cree que tú eres la debilidad. Va a centrarse en ti. Y mientras te mira a ti… no verá el cuchillo que yo le voy a clavar por la espalda.

—¿Cuál es el plan?

—El plan es simple. Vamos a hacer que Esteban vea la verdad. Mañana le diremos a Esteban que queremos ir a llevarle dinero al hermano personalmente. Le diremos que vendí mis joyas. Que tengo un millón de pesos en efectivo para ellos.

—¿Un millón? —Ana abrió los ojos.

—Es el cebo. La codicia es su pecado. Cuando escuchen “un millón”, se les olvidará la precaución. Nos llevarán a donde sea para agarrar ese dinero. Y ahí… ahí es donde los atraparemos.

—¿Y si es una trampa de ellos?

—Entonces, querida Anastasia… —Vera sacó del cajón un objeto metálico, negro y pesado. Una pistola pequeña, una Beretta calibre .22—. Entonces estaremos preparadas.

Ana miró el arma. Nunca había visto una de verdad. El juego había dejado de ser un juego. Ahora era vida o muerte.

—Estoy con usted, Vera. Hasta el final.

—Hasta el final, hija. Mañana se acaba todo. O ganamos, o perdemos a Esteban para siempre.

Afuera, el cielo de la Ciudad de México se oscureció, y un trueno retumbó, anunciando una tormenta. La tormenta perfecta que estaba por desatarse sobre la familia Villaseñor.

PARTE 2

CAPÍTULO 5: La Boca del Lobo y el Maletín de las Mentiras

La mañana siguiente amaneció con el cielo de la Ciudad de México teñido de un gris plomizo, un color sucio y opresivo que prometía una tormenta eléctrica de proporciones bíblicas. La lluvia golpeaba los ventanales blindados de la mansión Villaseñor con una furia rítmica, como si el cielo mismo estuviera tratando de advertirles que no salieran, que se quedaran dentro de su fortaleza de cristal y mármol.

En el despacho de la planta baja, el ambiente estaba cargado de olor a café fuerte y pólvora metafórica. Doña Vera estaba de pie frente a su escritorio, llenando un maletín de piel negra. Sus movimientos eran precisos, quirúrgicos.

Ana, vestida nuevamente como “Anastasia” —con un conjunto de pantalón sastre color beige y una blusa de seda—, la observaba desde el sofá con el corazón latiéndole en la garganta.

—¿Son reales? —preguntó Ana, señalando los fajos de billetes que Vera acomodaba.

Vera soltó una risa seca, sin alegría.

—Solo la capa de arriba, querida. Los primeros cinco billetes de cada fajo son auténticos de quinientos pesos. El resto… —Vera levantó un fajo y lo abanicó; se veía papel periódico cortado al tamaño exacto—. El resto es basura. Papel picado. El viejo truco del “paquete chilango”. La codicia los cegará. Verán el grosor, verán los primeros billetes y sus cerebros dejarán de procesar la realidad.

—¿Y si revisan? —Ana se mordió el labio, un tic nervioso que la “Anastasia” sofisticada no debería tener.

—Si revisan, ya estaremos en problemas de todas formas. Pero no lo harán. Están desesperados. Milena y su “primo” ya se gastaron el dinero que no tienen. La urgencia es nuestra mejor aliada.

En ese momento, la puerta del despacho se abrió y entró Esteban. Se veía terrible. Tenía los ojos hinchados, la piel pálida y esa expresión de cachorro apaleado que a Vera le rompía el corazón y le hervía la sangre al mismo tiempo.

—Mamá… —Esteban se frotó la sien—. ¿De verdad vendiste las joyas de la abuela? No tenías que hacer eso. Me siento… me siento como una basura por pedirte esto.

Vera cerró el maletín con un chasquido sonoro. Caminó hacia su hijo y le puso las manos en las mejillas.

—Hijo, el dinero va y viene. Las joyas son piedras frías. La familia es lo único que importa. Y si esa chica, Milena, es tu familia… entonces también es la mía. —Vera mintió con una maestría que habría ganado un Óscar. Su voz destilaba una dulzura maternal que ocultaba el veneno de la trampa—. Quiero ayudarlos. Quiero que ese muchacho se opere y se salve.

Esteban suspiró, aliviado, y abrazó a su madre.

—Gracias, mamá. De verdad. Milena está… está muy agradecida. Me mandó la ubicación.

Vera se tensó imperceptiblemente.

—¿Ubicación? ¿No es el hospital en Toluca?

Esteban se separó y miró al suelo, avergonzado.

—Ehh, no. Tuvieron que moverlo. Me dijo que… que en el hospital les estaban cobrando extra por cada hora y que el trato era inhumano. Lo movieron a una “clínica de recuperación” privada, en las afueras. Es más barato y dicen que el doctor es de confianza.

Ana y Vera intercambiaron una mirada rápida a espaldas de Esteban. Clínica de recuperación privada. Eufemismo para “guarida”.

—¿Dónde es, hijo?

—Es… por Ecatepec. Cerca de la salida a Pachuca.

Vera sintió un escalofrío. Ecatepec. Una de las zonas más peligrosas y conflictivas del estado. Territorio de nadie. Si los llevaban ahí, no era para curar a nadie; era para emboscarlos.

—Ecatepec —repitió Vera, manteniendo la calma—. Vaya. Está un poco lejos y la zona no es la mejor, pero si ahí está el especialista, ahí iremos.

—Yo manejo —dijo Esteban, tomando las llaves de la camioneta blindada Suburban—. Quiero llegar cuanto antes.

—Perfecto. —Vera tomó su bolso Hermès. Dentro, pesada y fría, iba la Beretta calibre .22—. Anastasia viene con nosotros. Necesito que ella lleve el control de los gastos y los recibos para la fundación.

Esteban asintió, demasiado preocupado para cuestionar por qué la invitada llevaba la contabilidad.

—Vámonos.


El trayecto fue un descenso literal a los infiernos urbanos. Salieron de las calles arboladas y perfectas de Las Lomas, cruzaron el Periférico y se adentraron en el caos de concreto del Estado de México.

La lluvia arreciaba, convirtiendo las avenidas en ríos de agua negra y basura. El paisaje cambió drásticamente. Los edificios de cristal dieron paso a casas de obra negra, con varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores. Las paredes estaban cubiertas de grafitis, anuncios de “se hacen amarres” y propaganda política despintada.

Dentro de la Suburban blindada, el silencio era sepulcral. Esteban manejaba con los nudillos blancos sobre el volante, esquivando baches que parecían cráteres lunares.

Ana miraba por la ventana. Conocía este paisaje. No era Ecatepec, pero se parecía mucho al lugar de donde ella venía. Sentía una mezcla de nostalgia y terror. Sabía que en estas calles la ley era una sugerencia y la vida valía menos que un celular.

—Esteban —dijo Vera desde el asiento trasero, revisando su celular—. El GPS dice que nos salgamos de la avenida principal en doscientos metros. ¿Estás seguro de que es aquí?

—Sí, mamá. Milena me mandó el “pin” de ubicación en tiempo real. Dice que es una zona… reservada.

—Reservada para tirar cadáveres —murmuró Ana por lo bajo, tan quedito que solo Vera la escuchó. Vera le apretó la mano en señal de aprobación y advertencia.

La camioneta giró hacia una calle de terracería, llena de lodo. A los lados había deshuesaderos de coches, talleres mecánicos cerrados y perros callejeros famélicos que ladraban a las llantas del vehículo de lujo.

—Esto no parece una clínica, Esteban —dijo Vera, dejando que un toque de “miedo de señora rica” se filtrara en su voz para no levantar sospechas—. ¿No nos habremos perdido?

—No, mamá. Es aquí. Mira, ahí está el coche de Beto.

Al fondo de la calle cerrada, frente a una construcción de dos pisos a medio terminar —sin pintar, con bloques grises expuestos y ventanas cubiertas con plásticos negros— estaba aparcado un viejo Tsuru tuneado con rines deportivos y vidrios polarizados.

Esteban detuvo la camioneta. El motor ronroneó un momento antes de apagarse.

—Es aquí —dijo él, aunque su voz temblaba. La duda empezaba a germinar en sus ojos. Ningún doctor de prestigio operaría en un lugar que parecía una casa de seguridad de narcos—. Voy a bajar yo primero.

—No —ordenó Vera. Abrió su puerta—. Bajamos todos. Trae el maletín, Esteban. Anastasia, quédate pegada a mí.

Bajaron al lodo. La lluvia los empapó al instante. El olor era penetrante: una mezcla de tierra mojada, basura quemada y drenaje abierto.

La puerta de metal oxidado de la casa se abrió chirriando.

En el umbral apareció Milena.

Ya no llevaba el vestido blanco virginal de ayer. Llevaba unos jeans ajustados, botas de combate y una chamarra de cuero. Su cabello estaba recogido en una coleta tirante. Se veía dura, callejera. Se veía como realmente era.

Detrás de ella, en la penumbra del pasillo, se recortaba la silueta de Beto. Y no estaba solo. Había otro hombre, un tipo enorme, calvo y con tatuajes en el cuello, sentado en una silla de plástico, limpiándose las uñas con una navaja.

—¡Mi amor! —gritó Milena, corriendo hacia Esteban bajo la lluvia. Lo abrazó con desesperación, pero Ana notó que sus ojos no miraban a Esteban; miraban el maletín que él sostenía en la mano izquierda—. ¡Gracias por venir! ¡Gracias, gracias!

Esteban la abrazó, pero su cuerpo estaba rígido. Miraba la casa, miraba al tipo de la navaja, miraba el lodo.

—Milena… ¿qué es este lugar? Dijiste una clínica privada. Esto es… esto es una obra negra.

Milena se separó, poniendo cara de angustia.

—Lo sé, mi vida, lo sé. Se ve horrible por fuera. Pero adentro tienen todo el equipo. Es… es clandestino, ¿sí? El doctor perdió su licencia por un problema legal injusto, pero es un genio. Es el único que aceptó operar a mi hermano sin hacer preguntas y barato. ¡Por favor, no juzgues! ¡La vida de Toño depende de esto!

Esteban vaciló. La mentira era absurda, pero el amor es ciego y la desesperación es sorda.

—Entremos —dijo Vera, cortando la escena. Su voz era fría como el hielo—. Me estoy mojando mis Ferragamo y traigo un millón de pesos en este maletín. Quiero acabar con esto.

Al mencionar “un millón de pesos”, los ojos de Beto brillaron en la oscuridad del pasillo como los de un lobo. El tipo calvo se levantó de la silla.

Entraron.

El interior de la casa era aún más deprimente que el exterior. El piso era de cemento desnudo. Había olor a humedad y a encierro. En la sala improvisada había un sofá viejo, una mesa con botellas de cerveza vacías y cajas de pizza. No había enfermeras, no había olor a antiséptico, no había máquinas pitando.

—¿Dónde está el paciente? —preguntó Vera, quedándose de pie en el centro de la habitación, rechazando el asiento sucio que Beto le ofreció.

—Está arriba —dijo Beto, sonriendo con una mueca torcida que dejaba ver un diente de oro—. Descansando. La operación fue un éxito, pero necesita reposo absoluto.

—Quiero verlo —exigió Esteban, aferrando el maletín contra su pecho.

—No se puede, carnal —intervino el calvo, con una voz rasposa—. Está sedado. Si entran, se le puede meter una infección. Ustedes traen bichos de la calle.

—Traemos dinero —replicó Vera, dando un paso al frente, interponiéndose entre el matón y su hijo—. Y yo no pago por servicios que no veo. Quiero ver al muchacho. Quiero ver al doctor. Y quiero ver los recibos de los insumos.

Milena soltó una risita nerviosa que sonó más a histeria.

—Ay, señora Vera, siempre tan desconfiada. ¿No confía en mí? Soy la futura esposa de su hijo.

—La confianza se gana, querida. Y hasta ahora, solo he visto excusas y mugre. —Vera señaló las escaleras—. Esteban, sube. Ve a ver a tu cuñado.

—¡No! —gritó Beto, poniéndose frente a la escalera. Su mano se movió hacia su cintura, debajo de su camisa holgada—. Nadie sube hasta que suelten la lana. Así es el trato con el doctor.

El ambiente cambió en un segundo. La tensión se disparó. Ya no era una reunión familiar incómoda; era un asalto.

Esteban retrocedió un paso, chocando con Ana.

—Milena… —dijo Esteban, y su voz se quebró. Por primera vez, la venda se le cayó de los ojos. Miró las botellas de cerveza. Miró al tipo armado. Miró la frialdad en los ojos de la mujer que amaba—. No hay ningún doctor, ¿verdad?

Milena suspiró, borrando la máscara de angustia. Su rostro se relajó en una expresión de aburrimiento y desdén.

—Ay, Esteban. Eres tan lindo, pero tan pendejo. —Milena sacó un cigarro de su bolsillo y lo encendió con calma—. Claro que no hay doctor. Ni hermano enfermo. Toño está en el reclusorio desde hace tres años por robo a mano armada.

Esteban sintió que el mundo se le venía encima. Soltó el maletín, que cayó al suelo con un golpe sordo.

—¿Qué…?

—Lo que oyes. —Milena dio una calada profunda y soltó el humo hacia el techo—. Necesitábamos lana, mi amor. Mucha lana. Y tú eras el ticket de lotería perfecto. Niño rico, huérfano de padre, necesitado de cariño… fue tan fácil.

—¿Me… me mentiste en todo? ¿Lo de que me amabas…?

—Al principio me caías bien. —Milena se encogió de hombros—. Eres noble. Pero luego… ay, tu mamá se puso tan pesada. Y tú eres tan “mamitis”. Me harté, Esteban. Solo quería la lana para largarme a Cancún con Beto.

—¿Beto? —Esteban miró al “primo”.

—No es mi primo, imbécil —se burló Beto—. Es mi vieja. Llevamos cinco años juntos.

Esteban se tambaleó. Ana lo sostuvo por el brazo para que no cayera.

—Lo siento, Esteban —susurró Ana al oído de él—. Lo siento mucho.

Vera no se movió. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos inyectaban fuego.

—Bien —dijo Vera con calma—. Ya salió la verdad. Ya se quitaron las caretas. Ahora, ¿qué sigue? ¿Nos matan? Porque les advierto que mi chofer sabe dónde estamos. Y la policía tiene la ubicación en tiempo real.

El tipo calvo se rió, una risa grave y fea.

—Señora, aquí la policía no entra si no es con nuestro permiso. Y su chofer… —Señaló hacia afuera con la cabeza—. Digamos que se va a echar una siesta larga.

Vera sintió el primer golpe de miedo real. Habían subestimado la seguridad del perímetro.

—Queremos la lana —dijo Beto, señalando el maletín en el suelo—. Y las llaves de la camioneta. Y sus celulares. Si cooperan, los dejamos irse caminando. Si no… bueno, hay mucho terreno baldío aquí atrás para escarbar hoyos.

Ana sintió que el pánico la invadía. Miró a Vera. Vera estaba quieta, con la mano dentro de su bolso Hermès.

—El dinero está ahí —dijo Vera—. Tómalo. Pero déjanos salir primero.

—Nel —dijo el calvo—. Primero reviso.

El matón se agachó y abrió el maletín.

El silencio se hizo espeso mientras el hombre levantaba el primer fajo. Vio el billete de quinientos pesos. Sonrió. Pero luego, por instinto o malicia, pasó el dedo por el resto del fajo.

El papel periódico se sintió diferente.

El calvo arrancó la banda elástica y los recortes de periódico cayeron al suelo como confeti gris.

—¡Es pura basura! —rugió el calvo, poniéndose de pie de un salto, con la cara roja de ira—. ¡Nos quieren ver la cara de pendejos!

Beto sacó una pistola negra de su cintura. Milena tiró el cigarro y sacó una navaja mariposa.

—¡Maldita vieja! —gritó Milena, abalanzándose hacia Vera—. ¡Sabía que eras una perra!

Todo sucedió en cámara lenta y cámara rápida a la vez.

—¡Esteban, al suelo! —gritó Vera.

Vera sacó la Beretta de su bolso. No era una pistolera experta, pero a esa distancia no necesitaba serlo. Apuntó al tipo más grande, al calvo, que era la amenaza inmediata.

¡BAM!

El disparo sonó ensordecedor en el cuarto cerrado. La bala le dio al calvo en el hombro derecho. El hombre gritó, soltando su navaja y cayendo hacia atrás sobre la mesa de centro, rompiéndola.

—¡Esteban, corre! —gritó Ana, jalando a Esteban, que seguía en estado de shock.

Beto, asustado por el disparo, disparó su arma a ciegas. La bala impactó en la pared, a centímetros de la cabeza de Ana, soltando una lluvia de polvo de cemento.

—¡Mátenlas! ¡Mátenlas a todas! —chillaba Milena, histérica.

Vera se refugió detrás de una columna de concreto. Ana arrastró a Esteban detrás del sofá viejo.

—¡Mamá! —gritó Esteban, reaccionando por fin—. ¡Mamá!

—¡Estoy bien! —respondió Vera—. ¡Ana, saca a Esteban de aquí! ¡Busquen la salida trasera!

—¡No te voy a dejar! —gritó Esteban, tratando de levantarse.

Ana lo placó contra el suelo.

—¡Si sales te matan! —le gritó Ana en la cara—. ¡Tu mamá los está distrayendo! ¡Tenemos que rodearlos!

Beto disparó dos veces más hacia la columna donde estaba Vera.

—¡Sal, vieja bruja! —gritaba Beto—. ¡Te voy a llenar de plomo!

Vera respiraba agitadamente. Tenía el arma pegada al pecho. Le quedaban cinco balas. Sus manos temblaban, pero su mente estaba clara. Tenía que ganar tiempo.

—¡Beto! —gritó Vera—. ¡La policía viene en camino! ¡Escucharon el disparo! ¡Tienen dos minutos para largarse!

—¡Mientes! —respondió Milena—. ¡Beto, acaba con ella!

Ana miró alrededor. Estaban atrapados detrás del sofá. La puerta principal estaba bloqueada por Beto. El calvo gemía en el suelo, sangrando, pero tratando de alcanzar su navaja con la mano izquierda.

Ana vio algo. En la esquina de la habitación, había una pila de ladrillos y sacos de cemento endurecido. Y arriba, una ventana pequeña, alta, tapada con madera podrida.

—Esteban —susurró Ana—. ¿Ves esa ventana?

—Está muy alta.

—Me vas a cargar. Voy a salir y voy a tratar de abrir la puerta de la camioneta con el control de repuesto. ¿Traes el control?

Esteban se tocó el bolsillo.

—Sí.

—Dámelo.

—Ana, te van a ver.

—No si tú haces algo estúpido para distraerlos. —Ana lo miró a los ojos. Ya no era la vagabunda miedosa. Era una guerrera—. Confía en mí.

Esteban asintió. Sacó las llaves y se las dio.

—¡Hey, Beto! —gritó Esteban, poniéndose de pie parcialmente—. ¡Beto, hablemos! ¡Tengo dinero real en la camioneta! ¡Tengo relojes!

Beto se giró hacia Esteban, apuntándole.

—¡Cállate, niño rico!

En ese segundo, Ana corrió. No hacia la ventana, sino hacia el calvo herido. Fue una maniobra suicida. El tipo no la esperaba. Ana le dio una patada con todas sus fuerzas en la cara, dejándolo inconsciente, y agarró la navaja del suelo.

—¡Beto! —gritó Ana.

Beto se giró, sorprendido por la chica.

Vera aprovechó la distracción. Salió de la columna y disparó de nuevo. Esta vez no apuntó al cuerpo, apuntó a la mano de Beto. Falló por poco, pero la bala dio en la botella de cerveza que Beto tenía al lado, haciéndola estallar. Los vidrios le volaron a la cara.

—¡Ahhh! ¡Mis ojos! —gritó Beto, llevándose las manos a la cara, soltando el arma.

—¡Ahora! —gritó Vera.

Esteban se lanzó contra Beto, placándolo como si fuera un jugador de americano. Ambos cayeron al suelo, rodando entre vidrios y lodo. La rabia contenida de Esteban, la traición, el dolor, todo salió en forma de puñetazos. Golpeó a Beto una, dos, tres veces en la cara.

Milena, viendo que perdía, agarró una botella rota y se lanzó contra Vera.

—¡Te mueres!

Vera levantó el arma, pero se encasquilló. Apretó el gatillo y nada.

Milena se le echó encima, derribándola. La botella rota bajaba hacia el cuello de Vera.

—¡NO! —gritó Ana.

Ana se lanzó sobre la espalda de Milena, jalándola del cabello con fuerza bruta. Milena gritó y soltó a Vera, girándose para pelear con Ana.

Eran dos fieras revolcándose en el suelo de cemento. Milena tenía la botella, pero Ana tenía la rabia de años de calle. Ana le mordió el brazo a Milena hasta que soltó el vidrio. Luego, le dio un cabezazo en la nariz. Crac.

Milena cayó hacia atrás, aturdida, con la nariz sangrando a borbotones.

Ana se puso de pie, jadeando, con la ropa desgarrada y sangre en la boca, pero victoriosa. Agarró la pistola que Beto había soltado y apuntó a Milena.

—No te muevas —dijo Ana. Su voz era gutural—. No te muevas o te juro que te vuelo la cabeza. Y yo no fallo.

Milena levantó las manos, llorando y maldiciendo.

Esteban tenía a Beto sometido en el suelo, con la rodilla en el pecho. Vera se levantó, sacudiéndose el polvo de su traje Chanel arruinado.

Se hizo un silencio tenso, solo roto por los gemidos del calvo y la respiración agitada de los cuatro.

—Se acabó —dijo Vera, recuperando el aliento—. Se acabó el teatro.

En ese momento, se escucharon sirenas a lo lejos. Esta vez eran reales.

Esteban miró a Milena. Su rostro estaba lleno de sangre y moco, pero lo que más asco le daba a Esteban era su mirada: una mirada de odio puro, sin rastro de arrepentimiento.

—¿Por qué? —preguntó Esteban, con la voz rota—. Te di todo.

Milena escupió sangre al suelo.

—Porque eras fácil. Porque eres débil. Y porque odio a la gente como tú, que lo tiene todo sin merecerlo.

Esteban se levantó, dejándola ahí. Caminó hacia su madre y la abrazó. Luego miró a Ana, que seguía apuntando con la pistola, temblando por la adrenalina.

Esteban se acercó a Ana y, con suavidad, le bajó el brazo armado.

—Ya pasó, Ana. Ya ganamos.

Ana soltó el arma y se dejó caer de rodillas, agotada. Esteban la abrazó también, formando un extraño trío de sobrevivientes en medio de la mugre.

La policía irrumpió en la casa segundos después, con armas largas y gritos.

Mientras esposaban a Milena, a Beto y al calvo (que resultó ser un sicario buscado en tres estados), Vera se acercó a Milena por última vez.

Milena la miró con veneno.

—Esto no se acaba, vieja. Voy a salir. Y cuando salga…

Vera se acercó a su oído y susurró:

—No vas a salir, querida. Tengo al mejor bufete de abogados de México. Te voy a refundir tantos años en la cárcel que cuando salgas, tu belleza se habrá podrido y nadie se acordará de tu nombre. Disfruta el infierno. Yo te lo pagué.

Vera se dio la media vuelta y salió de la casa, hacia la lluvia que ahora limpiaba el aire.

Esteban y Ana salieron detrás de ella.

—Mamá —dijo Esteban cuando llegaron a la camioneta—. Perdóname. Fui un idiota. Casi nos matan por mi culpa.

—Fuiste un idiota enamorado, Esteban. Eso se cura. —Vera le acarició la cara—. Lo importante es que aprendiste. Y que ahora sabemos quién es realmente leal a esta familia.

Ambos miraron a Ana. Ella estaba empapada, sucia otra vez, con el maquillaje corrido y un labio partido. Pero nunca se había visto más digna.

—Ana —dijo Esteban—. Me salvaste la vida.

—Nos salvamos entre todos —dijo Ana, sonriendo tímidamente.

—Vámonos a casa —dijo Vera—. Necesito un baño caliente, un cognac doble y quemar esta ropa. Y tú, Ana… creo que te ganaste un aumento de sueldo. Y un lugar permanente en la mesa.

Subieron a la Suburban. Mientras se alejaban de aquel lugar maldito, dejando atrás las sirenas y la pesadilla, Ana miró por la ventana. La lluvia empezaba a cesar y un rayo de sol tímido se asomaba entre las nubes grises.

Ya no era la mendiga. Ya no era Anastasia la impostora. Era Ana Villaseñor, por derecho de sangre derramada y lealtad probada. Y sabía que, pasara lo que pasara, nunca más volvería a tener frío.

CAPÍTULO 6: La Calma Después del Huracán y el Renacer de las Cenizas

El regreso a la Ciudad de México fue un viaje a través de una nebulosa irreal. La adrenalina, esa droga natural que les había permitido pelear como fieras en aquella casa de seguridad en Ecatepec, comenzaba a disiparse, dejando en su lugar un dolor físico agudo y un agotamiento que pesaba en los huesos como plomo.

Nadie habló durante los primeros cuarenta minutos. Solo se escuchaba el ronroneo del motor de la Suburban y el siseo de las llantas sobre el asfalto mojado. La lluvia había cesado, dejando un cielo limpio, de un azul oscuro y profundo, donde comenzaban a asomarse las primeras estrellas de la noche, indiferentes a la violencia que acababan de presenciar.

Esteban manejaba mecánicamente. Sus nudillos, antes blancos por la tensión, ahora estaban rojos e hinchados por los golpes que le había propinado a Beto. De vez en cuando, soltaba un suspiro tembloroso, como si todavía no pudiera creer que estaba vivo.

En el asiento trasero, Vera y Ana iban sentadas una junto a la otra. Vera, la inquebrantable Doña Vera, tenía la cabeza recargada en el respaldo, con los ojos cerrados. Su traje Chanel estaba arruinado, manchado de lodo y sangre seca, pero ella lo portaba con la dignidad de una reina que regresa de la guerra. Ana miraba por la ventana, viendo cómo el paisaje urbano cambiaba de nuevo: de la grisura de la periferia a las luces cálidas y seguras de la zona residencial.

Al entrar a Las Lomas, la burbuja de silencio se rompió.

—Gracias —dijo Esteban, con la voz ronca. Miró a Ana por el espejo retrovisor—. Si no fuera por ti… por esa patada… creo que no estaríamos aquí.

Ana se sonrojó, bajando la mirada a sus manos, que aún temblaban ligeramente.

—No tienes nada que agradecer. Ustedes… ustedes me dieron un hogar cuando nadie me miraba. Defenderlos fue lo menos que podía hacer.

Vera abrió los ojos y le tomó la mano a Ana. Su agarre era firme, cálido.

—No fue “lo menos”, Ana. Fue todo. Demostraste tener más valor y lealtad en dos días que esa… esa mujer en meses de relación. —Vera suspiró, y su tono se volvió sombrío—. Ahora viene la parte tediosa. Abogados, declaraciones, prensa. Pero no te preocupes. Nadie te va a molestar. Yo me encargo de limpiar la basura.

Cuando la camioneta entró al garaje de la mansión, Martita salió a recibirlos. Al ver el estado en que bajaban —sucios, golpeados, con la ropa desgarrada—, la pobre mujer soltó un grito y se llevó las manos a la boca.

—¡Virgen Santísima! ¡Doña Vera! ¡Niño Esteban! ¿Qué les pasó? ¿Tuvieron un accidente? ¿Los asaltaron?

—Algo así, Martita —dijo Vera, bajando con dificultad—. Pero estamos bien. Estamos vivos. Prepara baños calientes para todos. Y saca el botiquín grande. Tenemos heridas que curar.

Esa noche, la mansión Villaseñor no se sintió como un mausoleo. Se sintió como un refugio.

Ana se duchó por segunda vez en dos días, viendo cómo el agua se llevaba los restos de lodo de Ecatepec. Pero esta vez, el agua no solo limpiaba la suciedad; limpiaba también el miedo. Se miró al espejo. Tenía un moretón floreciendo en el pómulo y el labio partido, pero sus ojos brillaban con una fuerza nueva. Ya no era una víctima. Era una sobreviviente.

Al bajar a la cocina, encontró a Esteban sentado en la isla, con una bolsa de hielo en la mano y una botella de tequila frente a él.

—¿Puedo? —preguntó Ana tímidamente.

Esteban levantó la vista y esbozó una sonrisa triste.

—Claro. Siéntate. ¿Quieres un trago? Creo que nos lo merecemos.

Ana asintió. Esteban le sirvió un caballito de tequila.

—Salud —dijo él—. Por… por estar vivos. Y por ser los idiotas más afortunados del mundo.

—No eres idiota, Esteban —dijo Ana suavemente, tomando el trago que le quemó la garganta de forma agradable—. Solo tienes un corazón muy grande. Y la gente mala huele eso. Se aprovechan de la bondad porque ellos no la tienen.

Esteban la miró fijamente. Por primera vez, la vio realmente. No como la vagabunda a la que su madre ayudó, ni como la sofisticada “Anastasia” disfrazada. La vio a ella. Ana. Una mujer que había vivido el infierno y seguía siendo dulce.

—Me siento tan estúpido —confesó él, jugando con el vaso—. Todo lo que me dijo… todo era mentira. El amor, el hermano, los planes. Me iba a matar, Ana. Iba a matarme por dinero. ¿Cómo no lo vi?

—Porque querías creerlo. Todos queremos creer que nos aman. —Ana puso su mano sobre la de él. Era un gesto de consuelo, sin doble intención, pero ambos sintieron una chispa eléctrica—. Lo importante es que ahora sabes la verdad. Y que tienes una madre que movería cielo y tierra por ti.

—Y a ti —añadió Esteban—. También te tengo a ti, ¿verdad?

—Siempre —prometió Ana.


Las semanas siguientes fueron un torbellino legal.

Doña Vera cumplió su palabra. Contrató al bufete de penalistas más despiadado de la ciudad. Milena, Beto y el sicario no tuvieron oportunidad. Con los videos, los testimonios, el arma con las huellas de Beto y el intento de homicidio en flagrancia, el caso estaba cerrado antes de empezar.

Vera no quiso ir a las audiencias. “No voy a darle el gusto de verme”, dijo. Pero envió a sus abogados con una instrucción clara: máxima pena. Sin acuerdos. Sin piedad.

Milena intentó jugar la carta de la víctima, diciendo que Beto la había obligado, que ella tenía miedo. Pero los audios del bar, donde brindaba por la muerte de Esteban, la hundieron. Fue sentenciada a treinta y cinco años de prisión por secuestro express, intento de homicidio y fraude.

El día que dictaron sentencia, Vera abrió una botella de champaña Dom Pérignon en la terraza.

—Se hizo justicia —dijo, mirando el atardecer—. Ahora podemos cerrar ese capítulo.

Pero cerrar el capítulo emocional fue más difícil.

Esteban cayó en una depresión silenciosa. Iba a trabajar, cumplía con sus obligaciones, pero su brillo se había apagado. La traición lo había dejado cínico, desconfiado.

Fue Ana quien, poco a poco, lo trajo de vuelta a la vida.

Ana no se fue de la casa. Vera insistió en que se quedara. “Ya eres de la familia”, le dijo. Pero Ana no quería ser una carga. Pidió trabajar. Vera la nombró su asistente personal de verdad, pero con una condición: tenía que estudiar.

—Tienes una mente brillante, Ana —le dijo Vera—. No voy a dejar que se desperdicie. Vas a entrar a la universidad. Vas a estudiar Administración o Derecho, lo que quieras. Pero vas a ser alguien.

Ana comenzó a estudiar por las mañanas y a trabajar con Vera por las tardes. Y en las noches… en las noches platicaba con Esteban.

Empezaron con cenas tímidas. Luego, paseos por el jardín. Ana lo escuchaba. Dejaba que él sacara todo su veneno, su dolor. No lo juzgaba. Y a cambio, ella le contaba de su vida. De cómo sobrevivió en la calle, de los sueños que tenía antes de que su padrastro la echara.

Poco a poco, la risa regresó a la casa.

Un sábado por la tarde, tres meses después del incidente, Esteban encontró a Ana en la biblioteca, leyendo un libro de economía para su examen de admisión.

—Te ves muy seria —dijo él, recargándose en el marco de la puerta.

Ana levantó la vista y sonrió. Esa sonrisa que iluminaba sus ojos color miel.

—Es que esto de la macroeconomía está en chino. No entiendo nada de la inflación.

Esteban se acercó y se sentó a su lado.

—A ver… yo te explico. Es fácil si lo imaginas como una construcción. Si los materiales suben de precio…

Le explicó con paciencia. Ana lo miraba, fascinada no solo por su inteligencia, sino por la pasión con la que hablaba. Hacía mucho que no lo veía así.

Cuando terminó la explicación, se quedaron en silencio. Estaban muy cerca. Ana podía oler su loción, una mezcla de madera y cítricos.

—Ana… —empezó Esteban, y su voz cambió de tono. Se volvió más íntima—. Gracias.

—¿Por qué? ¿Por explicarme la tarea?

—No. Por salvarme. Y no me refiero a lo de Ecatepec. Me refiero a esto. —Se señaló el pecho—. Me salvaste de amargarme. Me devolviste la fe en que… en que existen mujeres buenas. Mujeres reales.

Ana sintió que el corazón se le aceleraba.

—Tú eres un hombre bueno, Esteban. Mereces ser feliz.

—Creo que ya lo soy. O estoy empezando a serlo. —Esteban levantó la mano y le acarició la mejilla, rozando la piel suave—. Ana… sé que es pronto. Sé que vengo de un desastre. Pero… no puedo dejar de pensar en ti. No como la amiga de mi mamá, ni como la chica a la que ayudamos. Sino como mujer.

Ana dejó de respirar un momento.

—Esteban… yo no tengo nada. No tengo apellido, no tengo dinero…

—Tienes todo lo que importa —la interrumpió él—. Tienes integridad. Tienes valor. Y tienes los ojos más hermosos que he visto en mi vida.

Esteban se inclinó lentamente, dándole tiempo para rechazado. Pero Ana no se movió. Cerró los ojos y dejó que sucediera.

El beso fue suave, tentativo al principio, como si ambos tuvieran miedo de romper algo frágil. Pero luego se profundizó, cargado de una emoción contenida durante meses. Fue un beso que sabía a promesa, a sanación y a futuro.

Cuando se separaron, Ana tenía lágrimas en los ojos.

—¿Qué pasa? —preguntó él, preocupado.

—Es que… nunca pensé que alguien como tú pudiera fijarse en alguien como yo.

—Pues fíjate bien —dijo Esteban, sonriendo—. Porque no pienso dejar de mirarte nunca.


Doña Vera observaba la escena desde el pasillo, oculta tras la puerta entreabierta. Vio el beso. Vio la ternura. Y por primera vez en tres años, desde que murió Rogelio, sintió una paz absoluta.

Se alejó silenciosamente, caminando hacia su habitación. Miró el retrato de su esposo en la mesita de noche.

—Lo logramos, viejo —susurró—. Nuestro hijo está a salvo. Y creo… creo que por fin encontró a la indicada. No tiene apellido de alcurnia, Rogelio, pero tiene un corazón de reina. Y eso vale más que todo el oro del banco.


EPÍLOGO: Un Año Después

El jardín de la mansión Villaseñor estaba transformado. Ya no había mesas rígidas ni orquídeas pretenciosas. Había globos de colores, mesas de dulces y un castillo inflable en una esquina, aunque el invitado de honor era demasiado pequeño para usarlo.

El sol brillaba con una intensidad dorada, iluminando las caras de los cincuenta invitados que reían y charlaban.

Vera caminaba entre las mesas, saludando a sus amigas de la sociedad, que cuchicheaban con envidia sana.

—Vera, te ves espléndida. ¡Rejuveneciste diez años! —le dijo Carmelita, una señora de las de toda la vida.

—Es la felicidad, Carmelita. No hay mejor crema antiarrugas que la felicidad.

Vera llegó al centro del jardín, donde Esteban y Ana estaban rodeados de gente.

Ana se veía radiante. Llevaba un vestido sencillo de lino color crema, el cabello suelto y brillante. Ya no quedaba rastro de la chica asustada de la calle. Ahora era la señora Ana Villaseñor, graduada con honores de su primer año de Administración, y la nuera más querida de Las Lomas.

Pero el centro de atención no era ella, ni Esteban.

Era el pequeño bulto que Ana sostenía en brazos, envuelto en un ropón de encaje antiguo, herencia de la familia.

Vera se acercó y extendió los brazos.

—A ver, dámela. La mamá ya la tuvo mucho tiempo. Le toca a la abuela.

Ana sonrió y le pasó al bebé con cuidado.

—Tenga cuidado, abuela. Acaba de comer.

Vera sostuvo a la niña contra su pecho. Era pequeña, perfecta. Tenía el cabello oscuro de Esteban y, cuando abrió los ojos para mirar a su abuela, Vera vio dos luceros color miel. Los ojos de Ana.

—Hola, mi vida —susurró Vera, sintiendo que se le hacía un nudo en la garganta—. Hola, Victoria. Porque eso eres. Eres nuestra victoria.

La niña hizo un ruidito y agarró el dedo de Vera con su manita diminuta.

Esteban abrazó a Ana por la cintura y ambos miraron a Vera con la bebé.

—¿Quién lo diría, verdad? —dijo Esteban—. Si me hubieran dicho hace un año que mi felicidad empezaría con un asalto y una mentira…

—Dios escribe derecho con renglones torcidos —dijo Ana—. Tu mamá me encontró en el peor día de mi vida, y resultó ser el mejor.

Vera levantó la vista y miró a su familia.

Recordó aquel día en la calle. Recordó la rabia, el miedo, la desesperación. Recordó a Milena y su maldad. Y pensó que, en el fondo, debía agradecerle. Porque gracias a la oscuridad de Milena, habían podido ver la luz de Ana.

—Bueno —dijo Vera en voz alta, llamando la atención de todos—. ¡Un brindis!

Los invitados levantaron sus copas.

—Por Victoria —dijo Vera, alzando un poco a la bebé—. Por la familia. Y porque la vida nos enseña que, a veces, los verdaderos tesoros no están en las cajas fuertes, ni en los apellidos. A veces, los tesoros están escondidos en la calle, esperando una mano amiga que los ayude a brillar. ¡Salud!

—¡Salud! —respondieron todos.

La música comenzó a sonar. Esteban sacó a bailar a Ana. Vera se sentó en su silla favorita, meciendo a su nieta, sintiendo el calor del sol en la cara y el peso dulce de una nueva generación en sus brazos.

El fantasma de la soledad se había ido para siempre. La casa estaba llena de vida. Y Vera Villaseñor, la dama de hierro, sonrió con la ternura de quien sabe que, al final, el amor verdadero siempre gana la partida.

FIN

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