
PARTE 1: LA CALMA ANTES DE LA TORMENTA
Capítulo 1: El Peso de la Rutina y las Grietas Invisibles
El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles de la colonia, ese sol de mayo que en México no solo calienta, sino que pica en la piel y hace que el asfalto brille como si estuviera mojado. En la cocina de una casa sencilla, de esas de interés social con fachada de tirol y una reja de herrería negra recién pintada, el ventilador de techo giraba con un zumbido monótono, cortando el aire caliente sin mucho éxito.
Sergio estaba sentado a la mesa. Era una mesa de pino, cubierta con un hule de flores amarillas que Olga había comprado en el tianguis hacía unos meses. Delante de él, un plato de cerámica despostillado en la orilla guardaba los restos de lo que había sido un manjar para un hombre hambriento: papas con chorizo, bien fritas, con esa costra quemadita que se pega al sartén y que sabe a gloria, acompañadas de unas tortillas de maíz hechas a mano que todavía humeaban en el tortillero de palma.
Sergio suspiró, un sonido profundo que venía desde el fondo de un pecho ancho y fuerte. A sus 39 años, era un hombre que parecía tallado en la misma piedra con la que trabajaba. Sus manos eran grandes, callosas, con las uñas siempre cortas y, por más que se las lavara con jabón Roma y estropajo, siempre guardaban un rastro grisáceo de cemento o grasa. Eran manos de maestro de obras, manos que sabían levantar paredes, colar losas y arreglar cualquier desperfecto que la vida o la casa le presentaran. Su piel estaba curtida por años de trabajar bajo el sol implacable de las obras, con ese tono bronceado permanente que solo tienen los que se ganan el pan con el sudor de su frente, literalmente.
—¿Te sirvo otro taco, viejo? —la voz de Olga rompió el silencio de la cocina.
Sergio levantó la vista. Ahí estaba ella, de espaldas a él, frente al fregadero. El agua corría mientras ella enjuagaba los trastes con una esponja llena de espuma. Olga. Su Olga. Incluso haciendo algo tan banal como lavar los platos, tenía una presencia que llenaba el cuarto. Llevaba puesto un vestido sencillo de algodón floreado, fresco para el calor, pero que se ceñía lo suficiente a su cintura para recordar que, a sus 38 años, seguía conservando una figura que muchas de veinte envidiarían.
—No, mija, gracias. Ya estoy hasta el tope —respondió Sergio, recargándose en el respaldo de la silla de madera, que crujió bajo su peso—. Si como más, me voy a quedar dormido viendo las noticias y luego no me vas a aguantar los ronquidos.
Olga cerró la llave del agua y se secó las manos en el delantal. Al girarse, una mecha de su cabello castaño, teñido meticulosamente para ocultar cualquier rastro de edad, cayó sobre su frente. Se lo acomodó detrás de la oreja con un gesto automático, casi elegante. No era una mujer de revista, de esas que salen en las novelas de las nueve con la cara llena de cirugía. No, Olga tenía una belleza real, tangible. Sus ojos eran oscuros y vivaces, siempre delineados con un lápiz negro que resaltaba su mirada, y su boca, aunque a veces fruncida por el estrés de las deudas o la rutina, tenía una forma carnosa que a Sergio todavía le aceleraba el pulso.
Ella lo miró y soltó una risita suave, pero Sergio, que la conocía desde que eran unos chamacos en la preparatoria pública, notó que la sonrisa no le llegaba a los ojos. Había algo ahí, una sombra, un velo de impaciencia que llevaba semanas, quizá meses, instalándose en su mirada.
—Ay, Sergio, si de por sí roncas como oso, comas o no comas —bromeó ella, acercándose a la mesa para recoger su plato—. Oye, ¿si te gustó el guisado? Siento que al chorizo le faltaba sal.
—Estaba de rechupete, gorda. Ya sabes que tienes sazón —dijo él, tratando de atrapar su mano cuando ella estiró el brazo por el plato. Ella se dejó tocar un segundo, pero luego retiró la mano con suavidad, casi con desgana, y se volvió hacia el fregadero.
Ese pequeño rechazo, ese movimiento sutil de “no me toques ahorita”, fue como un piquete de alfiler en el orgullo de Sergio. No era la primera vez que pasaba últimamente. Antes, Olga le hubiera revuelto el cabello, le hubiera dado un beso en la mejilla o se hubiera sentado en sus piernas un rato. Ahora, parecía que había una barrera invisible entre los dos, un muro hecho de silencios y suspiros contenidos.
La vida de ambos era, a ojos de cualquiera en la colonia, perfecta dentro de sus posibilidades. Vivían en una zona tranquila del Estado de México, donde las casas eran todas iguales pero cada quien las pintaba de un color distinto para darles identidad. Sergio se había matado trabajando para pagar esa casa. Recordaba los años de doblar turnos, de llegar a casa con la espalda molida y los pies hinchados, solo para poder dar el enganche. Y Olga… Olga siempre había estado ahí. O al menos, eso parecía.
Ella trabajaba como recepcionista en una clínica dental en el centro. No ganaba mucho, pero su sueldo ayudaba para los “gustitos”: la ropa, los cosméticos de catálogo, las salidas al cine los fines de semana. Sergio nunca le pedía dinero para la casa; él se encargaba de la luz, el agua, el gas, la despensa. Se sentía orgulloso de ser el proveedor, el hombre que cuidaba de su mujer.
—Oye, Sergio —dijo Olga de repente, sin voltear, tallando con fuerza una cacerola—. Estaba pensando… ¿no crees que ya nos hace falta cambiar la sala?
Sergio parpadeó, sacado de sus pensamientos. Miró hacia la sala contigua. Los sillones eran color café, cómodos, un poco gastados en los brazos, pero todavía servibles.
—¿Cambiar la sala? Pero si está buena, ¿no? Apenas la terminamos de pagar hace dos años en Elektra.
—Ay, Sergio, pero ya se ve vieja —replicó ella, y su voz adquirió ese tono quejumbroso que a él le ponía los nervios de punta—. Fui a casa de Marisa la semana pasada y tiene unos sillones de piel sintética color crema hermosos. Se ven tan modernos… Nuestra casa parece de abuelitos.
—Marisa tiene sillones nuevos porque su marido se endeudó hasta el cuello con las tarjetas, Olga —contestó Sergio, tratando de mantener la calma—. Nosotros no tenemos deudas. Vivimos tranquilos. ¿Para qué quieres meterte en broncas de pagos chiquitos para pagar el doble?
Olga soltó la cacerola en el escurridor con un estruendo metálico que hizo saltar a Sergio.
—¡Es que tú siempre te conformas! —exclamó ella, girándose bruscamente. Tenía las manos llenas de espuma y los ojos brillosos de frustración—. “Vivimos tranquilos”, “está buena la sala”, “para qué gastar”. Sergio, tengo 38 años. Quiero cosas bonitas. Quiero que mi casa se vea bien. ¿Es mucho pedir?
Sergio se quedó callado, observándola. No era la sala. Sabía que no era la sala. Era algo más profundo. Era esa insatisfacción crónica que veía crecer en ella como una humedad en la pared. Olga siempre había sido vanidosa, le gustaba que la miraran, le gustaba sentirse admirada. De joven, era la chica más guapa del barrio, la que todos los albañiles chiflaban cuando pasaba, la que los dueños de las tiendas saludaban con más amabilidad. Y a ella le encantaba. Se alimentaba de esa atención como una flor se alimenta del sol.
Pero los años pasaban. Y aunque seguía siendo hermosa, la vida rutinaria de ama de casa y recepcionista parecía estar asfixiándola. Quería más. Quería viajes que veían en Facebook, quería cenas en restaurantes donde los meseros usaran corbata, quería ropa de marca y no de la paca o del mercado. Y Sergio… Sergio solo podía ofrecerle seguridad, lealtad y papas con chorizo.
—No te enojes, flaca —dijo él, suavizando la voz. Se levantó y caminó hacia ella. Intentó abrazarla por la espalda, rodeando su cintura con sus brazos fuertes—. Si tanto quieres la sala, pues vemos. Ahorro unos meses más de las chambas extras de los sábados y la compramos. ¿Va?
Olga se tensó bajo su abrazo. Por un momento, pareció que iba a empujarlo, pero luego se relajó, soltando un suspiro largo.
—No es solo la sala, Sergio —murmuró ella, bajando la vista—. Es… es todo. Siento que los días son iguales. Me levanto, voy a la clínica, aguanto a los pacientes quejumbrosos, regreso, hago de cenar, lavo trastes y a dormir. Y al otro día lo mismo. ¿Y cuándo vivimos? ¿Cuándo disfrutamos?
—Disfrutamos los domingos, ¿no? —dijo él, besándole el cuello, oliendo ese perfume de vainilla que tanto le gustaba—. Vamos al parque, nos echamos unas chelas, vemos películas. Tenemos salud, nos tenemos el uno al otro.
—Sí… claro —dijo ella, con una voz tan vacía que a Sergio le dio frío.
Se separó de él con delicadeza y se fue hacia el espejo que tenían en el pasillo. Se miró críticamente. Se estiró la piel del cuello, se revisó las patas de gallo imaginarias.
—Me veo cansada —dijo para sí misma—. Necesito hacerme algo en el pelo. Y necesito ropa nueva.
Sergio volvió a sentarse, sintiendo esa pesadez en el pecho regresar.
—Te ves hermosa, Olga. No necesitas nada.
—Tú dices eso porque eres mi esposo, tienes que decirlo —respondió ella distraídamente, mientras sacaba un labial de su bolso que estaba sobre una mesita—. Pero allá afuera la competencia está dura.
—¿Competencia? ¿Competencia para qué o qué? —preguntó Sergio, frunciendo el ceño—. ¿A quién quieres impresionar?
Olga se detuvo con el labial a medio camino. Se dio cuenta de que había hablado de más.
—A nadie, tonto. A mí misma. A sentirme bien. Las mujeres nos arreglamos para nosotras, ¿qué no sabes?
Sergio no respondió. Sabía que eso era una media verdad. Olga se arreglaba para ella, sí, pero también para el público. Y últimamente, ese público parecía ser más importante que el hombre que la esperaba en casa.
Esa tarde pasó lenta. Sergio se puso a arreglar un enchufe que fallaba en la recámara, buscando refugio en lo que mejor sabía hacer: trabajar con las manos. Mientras pelaba los cables y atornillaba la tapa, escuchaba a Olga en la sala. Estaba hablando por teléfono. Hablaba en voz baja, con risitas nerviosas que cesaban de golpe cuando escuchaba los pasos de Sergio.
—Sí, amiga, no manches… sí, te lo juro… ay, qué emoción… —decía ella.
Sergio pensó que hablaba con Claudia, su mejor amiga, así que no le dio importancia. Pero había un tono en su voz, una vibración de excitación adolescente que no cuadraba con una plática sobre recetas o chismes de la oficina. Era el tono de alguien que está planeando una travesura. O una traición.
Cuando cayó la noche, la casa se sumió en esa penumbra azulada que da la televisión encendida. Estaban viendo una telenovela turca que a Olga le encantaba. El protagonista era un hombre rico, poderoso, que viajaba en jets privados y le regalaba joyas a la heroína. Sergio veía la pantalla con desinterés, pero notaba cómo Olga miraba al actor. Sus ojos brillaban. Se mordía el labio inferior.
—Ese tipo se parece un poco a Ricardo —soltó ella de la nada, rompiendo el silencio.
Sergio sintió que el nombre le golpeaba como un martillazo en el dedo. Ricardo. Hacía años que no escuchaba ese nombre, y de repente, en los últimos días, Olga lo mencionaba como quien menciona el clima.
—¿Ricardo? ¿El flaco ese de la prepa que usaba lentes y le daba miedo hablarle a las viejas? —preguntó Sergio con sorna, tratando de minimizar al “rival” fantasma.
Olga se giró hacia él, ofendida.
—Ricardo cambió mucho, Sergio. Ya no es ningún flaco miedoso. Vi su Facebook el otro día. Es empresario. Tiene una constructora grande, no como… bueno, tiene una empresa grande. Viaja a Europa, tiene un carrazo. Se puso… interesante.
—Ah, mira tú. ¿Y ahora lo stalkeas o qué? —Sergio sintió que los celos, calientes y ácidos, le subían por la garganta.
—No lo stalkeo, me apareció en sugerencias —se defendió ella rápido, demasiado rápido—. Además, ¿qué tiene de malo ver? Solo comentaba. Tú siempre tan inseguro.
—No soy inseguro, Olga. Soy realista. Ese güey vive en otro mundo. Y tú vives aquí, conmigo, en la colonia San Rafael, no en las Lomas.
Olga lo miró con una mezcla de lástima y coraje.
—Ese es tu problema, Sergio. Que tú te conformas con la San Rafael. Nunca aspiras a más. Ricardo… Ricardo sí tuvo ambición.
El silencio que siguió a esa frase fue terrible. Fue el sonido de un matrimonio rompiéndose un poco más. Sergio se levantó del sofá, apagó la tele de un botonazo y se fue a la cocina a tomar agua, solo para no gritar. Le dolía. Le dolía profundamente que su mujer, la compañera de su vida, lo comparara con un fantasma del pasado y lo encontrara deficiente. Él le había dado todo lo que tenía. Su fuerza, su juventud, su dinero. ¿No era suficiente?
Desde la cocina, escuchó el sonido de una notificación de mensaje en el celular de Olga. Luego, silencio. Luego, el sonido de teclas escribiendo rápido. Sergio apretó el vaso de vidrio hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
“Tranquilo, Sergio”, se dijo a sí mismo. “No te hagas ideas. Es tu mujer. Te ama. Son solo tonterías de la edad, la crisis de los cuarenta que le está pegando antes”.
Regresó a la sala. Olga ya no estaba en el sofá. Estaba en el baño. La luz se filtraba por debajo de la puerta. Se escuchaba el agua correr, pero también, si uno ponía mucha atención, se escuchaba un susurro. Estaba mandando notas de voz.
Sergio se quedó parado en el pasillo, debatiéndose entre tocar la puerta y exigir saber con quién hablaba, o irse a dormir y fingir que no pasaba nada. El miedo ganó. El miedo a escuchar una verdad que no podría soportar. Se fue a la cama, se tapó con la colcha tejida y cerró los ojos, pero el sueño no llegó.
Una hora después, Olga entró en la recámara. Olía a crema corporal y a pasta de dientes. Se acostó a su lado, dándole la espalda.
—Buenas noches —murmuró ella secamente.
—Descansa —respondió él.
Pero en la oscuridad, con los ojos abiertos mirando el techo despintado, Sergio sabía que la tormenta ya estaba sobre ellos. Solo faltaba que cayera el primer rayo. Y ese rayo tenía nombre y apellido, y una cuenta bancaria que Sergio jamás podría igualar.
A la mañana siguiente, el ambiente estaba tenso. Sergio se levantó a las cinco de la mañana, como siempre, para preparar su café y salir a la obra. Olga, que usualmente se levantaba a las seis, ya estaba despierta. Estaba sentada en la orilla de la cama, mirando su celular con una sonrisa boba que borró de inmediato en cuanto vio a Sergio entrar.
—¿Qué haces despierta tan temprano? —preguntó él, abrochándose las botas de trabajo llenas de polvo.
—Nada, se me espantó el sueño —dijo ella, bloqueando la pantalla del teléfono y poniéndolo boca abajo sobre la mesita de noche—. Oye… hoy voy a llegar tarde.
Sergio se detuvo.
—¿Tarde? ¿Por qué?
—Tengo… tengo mucho trabajo en la clínica. El doctor Martínez quiere que reorganice todos los expedientes antes de la auditoría. Seguro salgo hasta las nueve o diez.
La mentira flotaba en el aire, densa y pegajosa. Sergio la conocía. Sabía cuando mentía porque le temblaba ligeramente la fosa nasal izquierda y porque no podía sostenerle la mirada.
—¿Expedientes? ¿Ahorita? Pero si la auditoría fue el mes pasado, ¿no?
Olga se puso nerviosa. Se levantó y empezó a buscar su ropa, dándole la espalda.
—Ay, Sergio, tú qué sabes de la clínica. Es otra auditoría, una interna. No me interrogues, por favor. Ya estoy bastante estresada como para que tú empieces con tus celos.
—No son celos, Olga. Es que se me hace raro.
—Pues que no se te haga raro. Es trabajo. Necesitamos el dinero, ¿no? Para la sala nueva —añadió con un toque de veneno.
Sergio sintió una opresión en el pecho. Agarró su mochila con sus herramientas y su lonchera.
—Está bien. Si sales tarde, márcame y paso por ti. No quiero que andes sola en el camión a esas horas.
—¡No! —gritó ella, demasiado rápido, demasiado fuerte—. Digo… no te preocupes. Marisa me va a dar un aventón, ella también se queda. No vayas. Llegas muy cansado de la obra, mejor descansa.
Sergio asintió lentamente, con la mandíbula apretada.
—Órale pues. Que te vaya bien.
Salió de la casa sin darle beso. Al cerrar la reja, miró hacia la ventana de la recámara. Olga estaba ahí, asomada, viéndolo irse. En cuanto vio que él doblaba la esquina, desapareció de la ventana.
Sergio caminó hacia la parada del pesero, pero su mente no estaba en el trabajo. “Marisa ni siquiera trabaja en la clínica”, pensó. “Marisa vende Tupperware”.
El día en la obra fue un infierno. El sol quemaba más que nunca, los bultos de cemento pesaban el doble y los gritos del arquitecto le taladraban la cabeza. Pero lo peor era la imaginación. Sergio se imaginaba a Olga, no entre expedientes dentales, sino riéndose con alguien. Con Ricardo.
A la hora de la comida, sentado en un bote de pintura vacío, comiéndose sus tacos fríos, sacó su celular. Era un modelo viejo, con la pantalla estrellada en una esquina. Abrió el Facebook. Buscó el perfil de Olga. Nada nuevo. Buscó el de Ricardo. Lo encontró rápido. “Ricardo Valenzuela”. Foto de perfil: él en un yate, con lentes oscuros y una camisa blanca desabotonada, copa de vino en mano. Foto de portada: su camioneta negra, una Suburban del año, brillante como un espejo.
Sergio miró sus propias manos, llenas de cal y polvo. Miró sus botas gastadas. Miró a sus compañeros, que bromeaban con albures mientras comían. Sintió una vergüenza profunda y dolorosa. ¿Cómo podía competir con eso?
“No seas pendejo, Sergio”, se dijo. “Olga te ama a ti. Tienen historia. Tienen una vida”.
Pero la duda, una vez sembrada, es como la hiedra: crece rápido y lo cubre todo.
Esa tarde, Sergio tomó una decisión. No iba a esperar en casa como un perro fiel. Si Olga iba a trabajar hasta tarde, él iba a ir a la clínica a llevarle una cena sorpresa. Si estaba ahí, le pediría perdón por desconfiar. Si no estaba… bueno, si no estaba, tendría que enfrentar la realidad que tanto temía.
Salió de la obra a las seis. Se fue a su casa primero, se bañó rápido, quitándose el polvo y el sudor. Se puso su mejor camisa, una de cuadros azules que Olga le había regalado en Navidad, y se echó loción. Compró unos tamales oaxaqueños que a ella le encantaban y un atole de guayaba.
Tomó el camión hacia el centro. El tráfico estaba horrible, típico de la ciudad a esa hora. La gente iba apretada, sudando, con caras de cansancio. Sergio abrazaba la bolsa de los tamales contra su pecho, protegiéndola de los empujones.
Llegó a la clínica a las ocho y media. Las luces del letrero “DENTISALUD” parpadeaban. La recepción estaba a oscuras. La puerta de cristal estaba cerrada con cadena.
Sergio sintió que el piso se le movía. Se acercó al cristal y pegó la cara, haciendo casita con las manos para ver hacia adentro. No había nadie. Todo estaba apagado. Ni expedientes, ni doctor Martínez, ni Olga.
—Joven, ya cerraron —le dijo un señor que barría la banqueta de al lado.
—¿A qué hora cerraron, jefe? —preguntó Sergio con la voz estrangulada.
—Uy, como a las seis, joven. Siempre cierran a las seis. Hoy salieron puntalitos. Vi a la señorita de la entrada, la castaña guapa…
—¿Sí? —el corazón de Sergio latía desbocado.
—Sí, salió bien arreglada. Se subió a un carrazo negro que la estaba esperando aquí afuerita. Una camioneta grandota, de esas de lujo. Iba con un tipo de traje. Se veía bien contenta la muchacha.
Sergio sintió que le faltaba el aire. La bolsa de los tamales se le resbaló de las manos y cayó al suelo. El atole se derramó, creando un charco pegajoso en la banqueta sucia.
—Gracias, jefe —murmuró Sergio, dándose la vuelta.
Caminó sin rumbo por las calles del centro. El ruido de los cláxones, la música de los bares, las risas de la gente… todo le sonaba lejano, como si estuviera bajo el agua.
Subió a una camioneta negra. Un tipo de traje.
Ricardo.
No había auditoría. No había trabajo extra. No había lealtad.
Sergio llegó a su casa dos horas después. La casa estaba vacía y oscura. Se sentó en la cocina, en la misma silla de siempre, y esperó. No prendió la luz. Se quedó ahí, en la penumbra, escuchando el zumbido del refrigerador y el latido furioso de su propio corazón roto.
Sabía que esa noche, cuando Olga cruzara esa puerta, su vida iba a cambiar para siempre. La calma había terminado. La tormenta había llegado y prometía arrasar con todo.
Capítulo 2: El Brillo del Oro Falso y el Portazo Final
Mientras Sergio se consumía en la oscuridad de su cocina, con el corazón estrujado y los tamales enfriándose en el suelo como testigos mudos de su desgracia, Olga vivía una realidad paralela. Una realidad que olía a perfume caro, a aire acondicionado y a promesas de una vida que no le pertenecía.
El restaurante “La Mansión del Virrey”, ubicado en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, era todo lo que Olga soñaba y todo lo que su casa de interés social no era. Al bajar del taxi, sintió una punzada de vergüenza momentánea por llegar en un Tsuru despintado, pero la sacudió rápidamente al alisar su vestido rojo. “Nadie tiene por qué saber cómo llegué, lo importante es cómo me veo”, se dijo a sí misma. Y se veía espectacular. El vestido se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y los tacones, aunque le mataban los pies, le daban ese porte de reina que tanto ansiaba.
Al entrar, el murmullo de las conversaciones se detuvo brevemente en la mesa reservada al fondo. Eran sus excompañeros de la secundaria, una mezcla extraña de gente que había triunfado, gente que había fracasado y gente que simplemente sobrevivía. Pero esa noche, todos fingían.
—¡Olga! ¡No manches, estás igualita! —gritó Marisa, la misma que vendía toppers y que según Olga le daría el aventón, levantándose para abrazarla.
—¡Qué va, Marisa! Tú te ves divina —mintió Olga con esa facilidad social que había perfeccionado con los años, besando el aire cerca de la mejilla de su amiga para no arruinar el maquillaje.
Olga tomó asiento, consciente de las miradas. Sentía los ojos de los hombres recorriendo su escote y los de las mujeres escaneando sus accesorios en busca de marcas o imitaciones. Se sentía poderosa. En su casa, era solo la esposa de Sergio, la que lavaba ropa y peleaba por el precio del gas. Aquí, era Olga, la mujer deseada.
Pero toda esa validación se volvió irrelevante en el momento en que él llegó.
Ricardo.
No entró, hizo una aparición. Llegó quince minutos tarde, con la seguridad de quien sabe que el mundo lo espera. Llevaba un traje azul marino hecho a la medida, sin corbata, con el cuello de la camisa blanca abierto lo suficiente para mostrar despreocupación y confianza. No era el chico flaco y nervioso de la secundaria. Los años y el dinero le habían sentado bien. Tenía el cabello peinado hacia atrás con un toque de gel, un reloj que costaba más que el coche de Sergio y una sonrisa que prometía problemas.
—Perdón por la demora, raza —dijo con una voz grave y modulada, saludando a todos con un gesto general—. El tráfico en Santa Fe estaba imposible.
Su mirada barrió la mesa y se detuvo en seco al encontrar a Olga. Hubo un silencio de dos segundos, un instante eléctrico que Olga sintió en el bajo vientre. Ricardo sonrió, pero esta vez fue una sonrisa diferente, depredadora.
—Olga… —dijo él, acercándose para saludarla personalmente, ignorando a los demás—. Wow. El tiempo se detuvo contigo, mujer.
Olga sintió que las mejillas le ardían. Le tendió la mano, esperando un apretón formal, pero Ricardo la tomó con suavidad y, en un gesto teatral y galante, se la llevó a los labios sin llegar a besarla, solo rozando la piel con su aliento.
—Hola, Ricardo. Tú tampoco te ves nada mal —respondió ella, tratando de que no le temblara la voz.
Ricardo se sentó justo frente a ella. Durante la cena, Olga apenas probó su platillo. Estaba embriagada, no de alcohol, sino de atención. Ricardo monopolizó la conversación, hablando de sus negocios, de sus viajes a Europa, de lo difícil que era conseguir un buen servicio para su yate en Cancún. Mientras hablaba, no le quitaba los ojos de encima a Olga.
Era un juego peligroso y Olga lo sabía. Cada vez que Ricardo mencionaba un lujo, Olga pensaba en Sergio. Pensaba en sus manos callosas, en su ropa llena de polvo, en la camioneta vieja que siempre olía a gasolina. Comparaba. Y en esa comparación, Sergio perdía por goleada. Sergio era la realidad: dura, segura, pero aburrida. Ricardo era la fantasía: brillante, excitante y prohibida.
—¿Y tú qué cuentas, Olga? —preguntó Ricardo de repente, interrumpiendo una anécdota sobre un socio japonés—. ¿Sigues casada con… cómo se llamaba? ¿El que jugaba fútbol?
—Sergio —dijo ella, y el nombre le supo insípido en la boca—. Sí, sigo con él. Trabaja en la construcción.
Ricardo soltó una risita corta, condescendiente.
—Ah, qué bueno. Mano de obra. Siempre hace falta gente que construya lo que nosotros diseñamos.
El comentario fue un insulto velado, una cachetada con guante blanco hacia su esposo, pero Olga no lo defendió. En su lugar, sonrió nerviosamente y tomó un trago largo de su copa de vino.
—Sí, bueno… cada quien hace lo que puede —murmuró ella, traicionando a Sergio con cada palabra, negando su valor, avergonzándose de él.
La noche avanzó y las botellas de vino se vaciaron. La música subió de volumen y el ambiente se relajó. Ricardo se levantó y se acercó a la silla de Olga.
—Hace mucho calor aquí, ¿no crees? —le susurró al oído. Su colonia, una mezcla de madera y cítricos caros, la envolvió—. ¿Me acompañas a fumar un cigarro afuera?
Olga no fumaba. Ricardo lo sabía. Pero ella asintió, poniéndose de pie con las piernas un poco inestables por los tacones y el alcohol.
Salieron a la terraza del restaurante. La noche estaba fresca, pero Olga sentía un calor sofocante. Se recargaron en el barandal, mirando las luces de la ciudad.
—¿Eres feliz, Olga? —preguntó Ricardo de golpe, sin mirarla, mirando el horizonte.
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Claro… digo, sí. Tengo mi casa, mi trabajo…
—No te pregunté qué tienes. Te pregunté si eres feliz —insistió él, girándose para clavarle esa mirada oscura—. Porque ahí adentro te vi los ojos. Y vi a una mujer que se muere de aburrimiento. Una mujer que sabe que está para más, pero que se conformó con menos.
Olga sintió ganas de llorar. Ricardo había puesto en palabras el veneno que ella llevaba bebiendo a sorbos desde hacía años.
—Sergio es un buen hombre —defendió ella débilmente.
—Los “buenos hombres” son aburridos, Olga. Tú necesitas fuego. Necesitas a alguien que te ponga el mundo a los pies, no alguien que te pida que ahorres el cambio de las tortillas.
Ricardo se acercó. Estaba invadiendo su espacio personal, pero Olga no retrocedió.
—Yo siempre estuve loco por ti en la prepa, ¿sabías? —murmuró él, bajando la voz a un tono ronco—. Y verte hoy… me doy cuenta de que fui un estúpido al dejarte ir. Pero la vida da vueltas.
Levantó la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Sus manos eran suaves, cuidadas, sin callos, sin cicatrices. Manos de quien firma cheques, no de quien carga bultos. Olga cerró los ojos ante el contacto.
—Ricardo, no… estoy casada.
—¿Y eso qué importa si ya no sientes nada? —replicó él. Se inclinó y la besó.
No fue un beso tímido. Fue un beso posesivo, exigente. Olga se quedó rígida un segundo, pensando en Sergio, en la cena que seguramente la esperaba en casa, en los diez años de matrimonio. Pero luego, Ricardo le rodeó la cintura con el brazo, pegándola a su cuerpo, y la culpa se disolvió en el deseo. Le respondió el beso. Se dejó llevar por la fantasía.
—Vámonos de aquí —dijo Ricardo contra sus labios—. Mi camioneta está afuera. Vamos a dar una vuelta. Te invito una copa de verdad, no este vinagre que sirven aquí.
Olga dudó. Sabía que si subía a esa camioneta, no habría vuelta atrás. Sabía que cruzaría una línea que jamás podría borrar.
—Solo un rato —dijo ella, sellando su destino.
Mientras tanto, en la casa de la colonia San Rafael, el tiempo se arrastraba con una lentitud tortuosa.
Sergio seguía en la cocina. No había encendido la luz. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra. El reloj de pared, un viejo aparato con forma de plato que habían comprado en un mercado de pulgas, marcaba las horas con un tic-tac que resonaba como martillazos en su cráneo.
Las 11:00 PM.
“Seguro se retrasó. A lo mejor sí hubo auditoría y el barrendero se confundió de chava”, pensaba Sergio, aferrándose a una esperanza estúpida.
Las 12:00 AM.
“No. El barrendero fue claro. Vestido rojo. Camioneta negra. No hay error”. La ira empezaba a sustituir a la tristeza. Sergio apretaba los puños sobre la mesa, sintiendo cómo la sangre le hervía. Se imaginaba las manos de otro hombre tocando a su mujer. Se imaginaba a Olga riéndose de él.
La 1:00 AM.
Sergio se levantó y caminó como león enjaulado por la pequeña sala. Vio las fotos de la boda colgadas en la pared. Olga de blanco, sonriendo, más joven, más inocente. Él con un traje rentado que le quedaba un poco grande, pero con una cara de orgullo que no le cabía en el pecho.
—Mentirosa —susurró Sergio, arrancando el cuadro de la pared y arrojándolo al sofá con rabia. El vidrio no se rompió, pero el gesto liberó algo dentro de él. Una bestia se estaba despertando.
Las 2:30 AM.
El sonido de un motor interrumpió el silencio de la calle. No era el motor ruidoso de un taxi o de un pesero. Era el ronroneo suave y potente de un motor grande, moderno.
Sergio se asomó por la ventana, ocultándose tras la cortina.
Ahí estaba. Una Suburban negra, brillante, enorme, ocupando casi todo el frente de su pequeña entrada. Las luces se apagaron, pero el motor siguió encendido un momento.
Vio la silueta de dos personas adentro. Vio cómo las cabezas se juntaban.
Un beso de despedida. Largo. Descarado. Justo enfrente de su casa.
Sergio sintió que se le desgarraba el alma. Era el descaro total. La falta de respeto absoluta. No solo le ponía el cuerno, sino que traía al amante a la puerta de su hogar.
Vio abrirse la puerta del copiloto. Olga bajó, tambaleándose un poco. Se arregló el vestido, se alisó el cabello y esperó a que la camioneta arrancara. Ricardo, desde adentro, dio un acelerón innecesario al irse, como marcando territorio, como diciendo: “Yo gané”.
Olga caminó hacia la reja, buscando sus llaves en el bolso. Sergio se alejó de la ventana y regresó a la mesa de la cocina. Se sentó. Encendió la luz de un solo foco que colgaba sobre la mesa. La luz amarilla e inclemente iluminó su rostro: pálido, ojeroso, pero con una mirada dura, fría como el acero.
Escuchó la llave girar en la cerradura. El rechinido de la puerta. Los tacones resonando en el pasillo.
Olga entró, tarareando una canción bajito. Se quitó los zapatos en la entrada, soltando un suspiro de alivio.
—¡Uf! Qué cansancio —dijo en voz alta, fingiendo normalidad, pensando que Sergio estaría dormido.
Caminó hacia la cocina por un vaso de agua y se detuvo en seco al verlo ahí, sentado, inmóvil, mirándola.
—¡Ay, Sergio! Me asustaste —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué haces despierto a estas horas? ¿Por qué no estás en la cama?
Sergio no respondió de inmediato. La escaneó de arriba a abajo. Tenía el labial corrido. El cabello despeinado. El vestido arrugado a la altura de la cadera. Y apestaba. Apestaba a alcohol, a cigarro y a perfume de hombre.
—¿Cómo estuvo la auditoría? —preguntó Sergio. Su voz sonó extraña, rasposa, pero peligrosamente tranquila.
Olga parpadeó, nerviosa. Se sirvió agua del garrafón dándole la espalda para ganar tiempo.
—Pesadísima. No sabes. Un desastre los archivos. El doctor Martínez estaba histérico. Apenas terminamos ahorita.
—Mírame a los ojos cuando me mientas, Olga.
El tono de Sergio hizo que Olga soltara el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Se giró, cruzándose de brazos, adoptando esa postura defensiva que usaba cuando sabía que estaba acorralada.
—¿Qué te pasa? Llego cansada de trabajar y tú empiezas con tus interrogatorios. Ya te dije que estuve trabajando.
—Fui a la clínica, Olga.
La frase cayó como una bomba en la pequeña cocina. El silencio que siguió fue absoluto. Se podía escuchar el zumbido de una mosca.
La cara de Olga palideció, pero solo por un segundo. Luego, sus ojos se entrecerraron. El miedo dio paso al cinismo.
—A las ocho y media —continuó Sergio, poniéndose de pie lentamente. Parecía más alto, más ancho, más amenazante—. Llevé tamales. Y atole. Pensé: “Pobre de mi vieja, chambeando sin cenar”. Pero estaba cerrado. El barrendero me dijo que saliste a las seis. En una camioneta negra. Con un tipo de traje.
Olga apretó los labios. Ya no había punto de retorno. La mentira se había desmoronado.
—¿Y qué? —soltó ella, levantando la barbilla, desafiante—. ¿Me vas a pegar? ¿Me vas a gritar?
—Te vi hace cinco minutos, Olga. Te vi bajarte de esa misma camioneta aquí afuera. Te vi besarte con él.
Sergio golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar el salero.
—¡En mi propia casa, Olga! ¡Tuviste el descaro de que te trajera hasta la puerta! ¿Quién te crees que soy? ¿Tu pendejo?
—¡Sí! —gritó ella, explotando. Toda la frustración acumulada, todo el veneno que Ricardo le había inyectado esa noche salió de golpe—. ¡Sí eres un pendejo, Sergio! Mírate. Míranos. Viviendo al día, contando los centavos. ¡Estoy harta! Harta de esta casa, harta de tu olor a cemento, harta de tus manos rasposas.
Sergio retrocedió un paso, como si le hubieran dado una bofetada física.
—Yo te he dado todo, Olga. Me parto la madre todos los días por ti.
—¡Me has dado miseria! —escupió ella, con lágrimas de rabia en los ojos—. Ricardo… Ricardo es un hombre de verdad. Tiene mundo, tiene clase. Él sí me valora. Él me llevó a cenar a un lugar donde tú no podrías pagar ni el agua, Sergio. Me hizo sentir mujer otra vez, no una sirvienta que te lava los calzones.
Cada palabra era una puñalada. Sergio sintió que algo se rompía dentro de él. No era solo el corazón, era el respeto. El amor se estaba convirtiendo en ceniza a una velocidad vertiginosa.
—Entonces, ¿te acostaste con él? —preguntó Sergio, con voz muerta.
Olga dudó un instante, pero el orgullo le ganó.
—No te importa. Pero si quieres saberlo… me besó como tú no me has besado en años. Y si no pasó más, fue porque no quise. Pero ganas no me faltaron. Porque él sí sabe tratar a una mujer.
Sergio asintió lentamente. La calma fría regresó a él. Ya no había ira, solo una certeza absoluta.
—Perfecto. Si tanto te gusta, vete con él.
Caminó hacia la recámara pasando por su lado sin tocarla, como si ella fuera un mueble más.
—¿Qué? —preguntó Olga, desconcertada por el cambio de actitud.
Sergio entró al cuarto, abrió el armario y sacó la maleta vieja que usaban cuando iban al pueblo a ver a la suegra. La aventó sobre la cama abierta. Empezó a sacar la ropa de Olga: los vestidos, las blusas, los pantalones. Los tiraba dentro de la maleta sin doblar, hechos bola.
—¡Oye! ¡¿Qué haces?! —chilló Olga, corriendo tras él—. ¡Deja mi ropa!
—Te vas. Ahorita mismo —dijo Sergio sin dejar de empacar. Abrió el cajón de la ropa interior y vació el contenido en la maleta. Agarró los zapatos, esos tacones malditos, y los aventó también—. Dices que soy poca cosa, ¿no? Dices que mereces lujos. Pues órale. Vete a buscar tus lujos. Aquí ya no cabes.
—¡No puedes correrme! ¡Esta es mi casa también! —gritó ella, tratando de arrebatarle un vestido de las manos.
Sergio se giró y la agarró por los hombros. No con violencia para lastimarla, sino con firmeza para detenerla. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero secos.
—Esta casa la pagué yo, Olga. Ladrillo por ladrillo. Tú querías la sala nueva, ¿no? Pues te regalo la sala, pero te la llevas a la calle. Porque en esta cama, donde duermo yo, no vuelve a dormir una traidora.
La soltó con asco y cerró la maleta a la fuerza. El cierre se atoró con una manga, pero él lo forzó hasta que cerró.
—¡Lárgate! —rugió Sergio, agarrando la maleta y caminando hacia la puerta principal.
Olga corrió tras él, asustada ahora sí. La realidad de quedarse en la calle a las tres de la mañana empezaba a golpearla.
—Sergio, espera… no hablaba en serio… estaba borracha… ¡Sergio, por favor!
Sergio abrió la puerta de la calle. El aire frío de la madrugada entró en la casa. Aventó la maleta hacia la banqueta. Cayó con un golpe sordo y rodó un poco. Luego agarró el bolso de Olga que estaba en la silla y lo aventó también.
—¡Vete con tu Ricardo! —le gritó—. ¡A ver si él te aguanta tus berrinches! ¡A ver si él te quiere cuando se te caiga el maquillaje y te salgan las canas! ¡Vete y no vuelvas nunca!
—¡Eres un animal! —gritó Olga desde la banqueta, recuperando su dignidad malentendida al ver que no había vuelta atrás—. ¡Te vas a arrepentir, Sergio! ¡Voy a ser feliz y tú te vas a pudrir en este agujero!
—¡Prefiero pudrirme solo que vivir con una mentira! —contestó Sergio.
Y entonces, con toda la fuerza de su brazo derecho, ese brazo que levantaba muros, cerró la puerta.
¡BLAM!
El sonido retumbó en toda la cuadra. Fue un sonido definitivo. Un punto final.
Sergio puso el cerrojo. Puso el pasador. Y luego se recargó contra la puerta metálica, deslizándose hasta el suelo. Se cubrió la cara con las manos grandes y sucias de trabajo. Y ahí, en la soledad de su entrada, el hombre fuerte, el macho que no lloraba, se rompió en sollozos que le sacudían los hombros.
Afuera, en la calle desierta, Olga se quedó parada junto a su maleta. El silencio de la noche era aterrador. Sacó su celular con manos temblorosas.
“Ricardo me va a ayudar”, pensó, aferrándose a su tabla de salvación. “Él me dijo que estaba loco por mí. Ahora seremos libres”.
Marcó el número de Ricardo. Sonó una vez. Dos veces. Tres veces.
—¿Bueno? —contestó una voz adormilada y algo irritada.
—Ricardo… soy yo, Olga —dijo ella, tratando de que no se notara que estaba llorando—. Sergio… Sergio me corrió. Estoy en la calle. ¿Puedo ir contigo?
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio largo, incómodo.
—Olga… son las tres de la mañana —dijo Ricardo, y su tono ya no tenía nada de galante. Era frío, distante—. ¿Te corrió? Qué drama.
—Sí, pero… tú dijiste que querías estar conmigo. Que fui una tonta por dejarte ir. Pues ya estoy libre, Ricardo. Voy para tu depa, ¿sí?
Se escuchó un suspiro de fastidio.
—Mira, reina… lo de hoy estuvo rico, la pasamos bien. Pero yo no busco problemas. Ni compromisos. Mi vida es complicada, ¿entiendes? No puedes venir aquí así nada más. Mi prometida llega mañana de Miami y no quiero broncas.
Olga sintió que el mundo se le caía encima.
—¿Prometida? —susurró.
—Pues sí. Mira, búscate un hotel o vete con tu mamá. Luego te llamo para echar un café, ¿va? Bye.
Click.
La llamada se cortó.
Olga se quedó mirando la pantalla negra de su celular. Estaba sola. En la calle oscura. Con una maleta llena de ropa arrugada y el corazón hecho pedazos por su propia estupidez. Miró hacia la casa de Sergio. Las luces estaban apagadas.
El “cuento de hadas” había durado menos de seis horas. Y el precio que había pagado era su vida entera.
Se sentó sobre la maleta y, por primera vez en muchos años, lloró de verdad. No lágrimas de berrinche, sino lágrimas de puro y absoluto arrepentimiento. Pero como dicen en el barrio: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”. Y Olga acababa de perderlo todo.
PARTE 2: EL PRECIO DE LA ILUSIÓN
Capítulo 3: La Resaca de la Soledad y el Despertar en el Infierno
La puerta de metal se cerró, y con ella, el mundo de Olga se partió en dos. De un lado quedó su hogar, su seguridad, el calor de una cama conocida y un hombre que hubiera dado la vida por ella. Del otro lado, en la banqueta fría y mal iluminada de la colonia San Rafael, quedó ella: sola, con un vestido rojo arrugado que ya no parecía de gala sino de disfraz barato, una maleta mal cerrada de la que asomaba la manga de una blusa, y el eco de la voz de Ricardo rechazándola en el teléfono.
El silencio de las tres de la mañana en el Estado de México no es pacífico; es amenazante. A lo lejos se escuchaban los ladridos de los perros callejeros, peleándose por alguna bolsa de basura, y el zumbido intermitente de algún transformador de luz viejo. Olga sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Era el frío del miedo. El frío de saberse expuesta.
—No puede ser… esto no puede estar pasando —susurró, guardando el celular en su bolso con manos que no dejaban de temblar.
Miró la fachada de su casa. Las ventanas estaban oscuras. Por un momento, tuvo el impulso de golpear la puerta, de gritar, de pedir perdón, de decir que todo había sido una broma estúpida. Pero el orgullo, ese maldito orgullo que la había llevado a ponerse los tacones esa noche, se lo impidió. Además, conocía a Sergio. Era un hombre paciente, sí, pero cuando decía “basta”, era basta. La imagen de él, con los ojos inyectados de dolor y rabia, aventando su ropa, se le había quedado grabada a fuego.
—Vas a ver, Sergio —murmuró, tratando de convencerse a sí misma, secándose las lágrimas con rabia, manchándose la cara de rímel negro—. Cuando Ricardo recapacite… cuando vea que soy la mujer de su vida, tú vas a ser el que llore.
Arrastró la maleta. Las rueditas hacían un ruido infernal sobre el pavimento irregular, trac-trac-trac, que parecía gritarle a todo el vecindario: “¡Mírenme, soy la mujer que echaron a la calle!”.
Caminó dos cuadras hasta la avenida principal. Pasó un taxi libre, uno de esos Tsurus viejos y destartalados. Le hizo la parada. El chofer, un hombre mayor con bigote de morsa, la miró por el retrovisor con desconfianza. Una mujer sola, vestida de fiesta, con maleta, a esas horas y en esa zona… solo significaba problemas.
—¿A dónde, jefa? —preguntó el taxista sin quitar el seguro de las puertas traseras.
—A… a un hotel. Al que sea. Pero que esté cerca y no sea muy caro —respondió Olga, sintiendo cómo la vergüenza le subía por el cuello.
El taxista asintió con una mueca que parecía decir “ya me sé esta historia” y abrió los seguros.
—La llevo al “Paraíso”, está aquí a diez minutos. Es de paso, pero tienen habitaciones por noche.
Olga subió al taxi. El olor a aromatizante de pino barato y cigarro rancio la mareó. Se recargó en la ventana y vio pasar las calles de su colonia. Vio la panadería donde compraba el bolillo, la estética donde se cortaba el pelo, el parque donde a veces paseaba con Sergio los domingos. Todo se veía distorsionado, ajeno, como si ella ya fuera un fantasma en su propia vida.
Llegaron al hotel. Un letrero de neón rosa parpadeaba con algunas letras fundidas: “HO EL PA AÍSO”. La entrada era discreta, diseñada para amantes clandestinos, no para mujeres que acaban de perder su hogar.
Olga pagó el taxi contando las monedas. Se dio cuenta, con terror, de que no traía mucho efectivo. Sergio siempre le dejaba dinero para el gasto en la alacena, pero ella no había agarrado nada. Solo tenía lo de su quincena, que ya estaba mermada por la compra de los zapatos nuevos.
En la recepción, un joven con cara de aburrimiento y granos en la frente la atendió detrás de un cristal blindado.
—Cuatrocientos la noche. La salida es a las doce del día —dijo sin mirarla, concentrado en una revista de crucigramas.
—¿Tienen agua caliente? —preguntó Olga, sintiéndose sucia.
—A veces. Cuarto 14. Planta baja.
Olga tomó la llave, un llavero de plástico rojo enorme y pesado, y caminó por el pasillo que olía a cloro y humedad. Abrió la habitación 14.
Era un cuarto pequeño, con paredes pintadas de un color salmón deprimente. Había una cama matrimonial con una colcha sintética de flores chillonas, un espejo en el techo (claro recordatorio de la función del lugar) y una silla de plástico. No había clóset, solo un tubo para colgar ropa.
Olga soltó la maleta y se sentó en la orilla de la cama. El colchón rechinó. Miró a su alrededor.
—¿Cómo llegué aquí? —se preguntó en voz alta.
Hace seis horas estaba brindando con vino tinto, sintiéndose la reina del mundo, coqueteando con un millonario. Ahora estaba en un hotel de paso de cuarta categoría, sola y rechazada.
Se quitó los zapatos. Sus pies estaban hinchados, rojos, con ampollas en los talones. Esos zapatos que tanto deseaba ahora eran instrumentos de tortura. Se quitó el vestido rojo y lo aventó al suelo con desprecio. Se metió a la regadera. El agua salió fría al principio, luego tibia, pero nunca caliente. Se talló la piel con el jabón chiquito del hotel hasta que le dolió, tratando de quitarse el olor a loción de Ricardo, el olor a traición, el olor a fracaso.
Se acostó envuelta en una toalla áspera, tiritando. Revisó su celular una vez más. Ningún mensaje. Ni de Ricardo. Ni de Sergio.
“Seguro Sergio me marca mañana. Se le va a pasar el coraje. Siempre se le pasa”, pensó, aferrándose a la rutina de su matrimonio como un náufrago a una tabla. “Me va a pedir perdón por haberme echado así. Y yo… bueno, yo le voy a perdonar, pero le voy a poner condiciones”.
Con esa mentira reconfortante en la cabeza, Olga logró dormirse un par de horas, arrullada por los gemidos de la pareja de la habitación contigua.
Mientras tanto, en la casa de la fachada de tirol, el amanecer llegó gris y pesado.
Sergio no había dormido. Se había quedado sentado en el suelo del recibidor, recargado en la puerta, como un guardián protegiendo una fortaleza que ya había sido saqueada.
Cuando los primeros rayos de luz se colaron por la ventana de la sala, iluminaron el desastre emocional de la noche anterior. El cuadro de la boda seguía tirado en el sofá. Un vaso de agua a medio tomar en la mesa. Y el silencio. Ese silencio absoluto que solo existe en las casas donde antes hubo risas y ahora solo hay ausencia.
Sergio intentó levantarse. Sus piernas estaban entumidas. Le dolía la espalda, le dolían las rodillas, pero lo que más le dolía era el pecho, una presión constante, como si le hubieran puesto un bulto de cemento encima de las costillas.
Se dirigió a la cocina por inercia. Abrió la alacena para sacar el café, pero se detuvo. El frasco de café soluble estaba ahí, pero era Olga quien siempre lo preparaba. Ella sabía la medida exacta de azúcar y leche.
Cerró la alacena con fuerza.
—Ni madres —gruñó—. No voy a llorar por un café.
Se preparó un café negro, fuerte, amargo. Se lo tomó de un trago, quemándose la garganta, agradeciendo el dolor físico porque distraía, aunque fuera un segundo, del dolor del alma.
Tenía que ir a trabajar. Era martes. Había colado en la obra de la colonia Roma. Si no iba, no cobraba. Y si no cobraba…
“¿Para qué cobro ahora?”, pensó con amargura. “¿Para quién trabajo? Ya no hay sala que comprar. Ya no hay vacaciones que planear”.
Pero el hábito es poderoso. Sergio era un hombre de trabajo. No sabía hacer otra cosa. Quedarse en casa rodeado de los fantasmas de Olga lo volvería loco.
Se metió a bañar. Al entrar al baño, el olor de ella lo golpeó. Sus shampoos, sus cremas, su esponja rosa colgada en el grifo.
Sergio agarró una bolsa de plástico de la basura. Con movimientos bruscos, metió todo lo de ella. El shampoo, el acondicionador, los jabones de olor, el cepillo de dientes. Lo metió todo, hizo un nudo ciego y lo sacó al patio.
Se vistió con su ropa de trabajo: los jeans gastados, la camisa de franela vieja, las botas casquillo. Se miró al espejo. Tenía los ojos rojos e hinchados, ojeras profundas y una barba de dos días que le daba un aspecto feroz.
—Te ves de la chingada, Sergio —se dijo a su reflejo—. Pero sigues vivo.
Salió de la casa a las seis en punto. Al abrir la reja, vio en la banqueta, tirada cerca de un poste, la bolsa de los tamales que se le había caído la noche anterior. Las hormigas ya habían hecho un camino hacia la masa derramada.
Sergio miró los tamales pisoteados. Eran la imagen perfecta de su amor: un regalo humilde, ofrecido con el corazón, que terminó tirado en la basura, lleno de hormigas.
Pateó la bolsa hacia el arroyo vehicular con rabia y caminó hacia la parada del camión sin mirar atrás.
Olga despertó a las ocho de la mañana con el sonido de las camaristas tocando puertas.
—¡Limpieza!
Se sentó de golpe en la cama desconocida, desorientada. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba y por qué. La realidad le cayó encima como un balde de agua helada.
—Mierda… el trabajo —exclamó.
Tenía que ir a la clínica. Si faltaba, el doctor Martínez se pondría furioso, especialmente después de que ayer supuestamente se quedó “horas extras”. Tenía que aparentar normalidad.
Se levantó y fue al espejo. La imagen que le devolvió el cristal la horrorizó. Tenía el cabello enmarañado, como un nido de pájaros. El maquillaje, que anoche la hacía ver fatal, ahora era una máscara corrida de mapache. Tenía los ojos hinchados.
Abrió la maleta buscando ropa limpia. Sacó un pantalón de mezclilla y una blusa blanca, pero estaban arrugados, hechos bola.
—No puedo ir así —gimió.
Pero no tenía opción. Se lavó la cara con agua fría, tratando de quitarse el rímel. Se medio peinó con los dedos. Se puso la ropa arrugada.
Se veía terrible. Se veía como lo que era: una mujer que había pasado la noche en un hotel de paso y no por las razones divertidas.
Salió del hotel cubriéndose la cara con unos lentes oscuros que encontró en su bolso, rogando no toparse con nadie conocido. Tomó otro taxi hacia la clínica.
Llegó veinte minutos tarde.
Al entrar, la recepcionista del turno matutino, una chica joven llamada Karla que siempre envidiaba a Olga, la miró con los ojos abiertos como platos.
—Olga… ¿qué te pasó? —preguntó Karla, escaneando su ropa arrugada y su cabello sin forma.
—Se me descompuso la lavadora… y el boiler… tuve una mañana horrible —improvisó Olga, forzando una sonrisa que salió como una mueca—. ¿Ya llegó el doctor?
—Sí, y está preguntando por ti. Dice que no encuentra los expedientes de la “M” a la “P”.
Olga sintió un sudor frío. Esos expedientes no estaban organizados porque ella se había ido a las seis para arreglarse para la cena.
—Ahorita voy —dijo, corriendo hacia el archivo.
El día fue un suplicio. Olga intentaba trabajar, pero su cabeza estaba en otro lado. Cada vez que sonaba su celular, brincaba esperando ver el nombre de Sergio o de Ricardo.
Pero nada.
A la hora de la comida, se encerró en el baño y marcó el número de Ricardo otra vez.
—El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio…
Bloqueada.
La había bloqueado.
Sintió una punzada de pánico. Ricardo no solo la había rechazado, la había borrado. La fantasía del empresario salvador se esfumó.
—Maldito poco hombre —masculló entre dientes—. Solo me usó para levantar su ego.
Entonces, marcó a su casa. Al teléfono fijo.
Sonó y sonó. Nadie contestó. Claro, Sergio estaba trabajando.
Marcó al celular de Sergio.
Un tono. Dos tonos. Tres tonos.
—¿Bueno? —la voz de Sergio sonó seca, dura, con el ruido de fondo de una sierra eléctrica y gritos de albañiles.
—Sergio… —Olga sintió que se le quebraba la voz—. Soy yo.
—Ya sé quién eres. ¿Qué quieres?
La frialdad de él la desarmó. Ella esperaba gritos, reclamos, algo pasional. No ese hielo.erm
—Sergio, tenemos que hablar. Lo de anoche… se nos fue de las manos. Estoy en la clínica, me siento muy mal. No tengo dónde ir.
—¿Y eso es problema mío? —respondió él.
—¡Soy tu esposa, Sergio!
—Eras mi esposa —corrigió él—. Mi esposa no se revuelca con otros en mi cara. Mi esposa no se avergüenza de mí. Tú eres una desconocida.
—Sergio, por favor… no tengo dinero, no tengo ropa limpia. Déjame volver a la casa. Te juro que…
—No —la interrumpió tajante—. Mira, Olga. La maleta que te aventé tiene bastante ropa. Véndela si quieres dinero. O pídele a tu “Licenciado” Ricardo. Seguro él te da para un hotel de cinco estrellas.
—¡Ricardo me mandó al diablo! —gritó ella, sin pensar.
Hubo un silencio al otro lado. Luego, una risa amarga, corta, cruel.
—Ah… ya salió el peine. Quieres volver no porque me quieras, sino porque tu plan A te falló. Porque el rico te usó y te tiró como basura. Y ahora quieres que el “pendejo” del albañil te recoja.
—No es así, Sergio…
—Es exactamente así. Y sabes qué, Olga… tenías razón anoche. Merezco más. Merezco una mujer que no me trate como su plan de respaldo. No me vuelvas a llamar. Voy a cambiar la chapa de la casa hoy mismo.
Click.
Olga se quedó mirando el teléfono en el baño de la clínica, con las lágrimas cayendo sobre los mosaicos blancos. Se deslizó por la pared hasta quedar en cuclillas.
Estaba sola. Completamente sola. Y por primera vez, se dio cuenta de la magnitud de su error. No había sido un desliz. Había sido un suicidio emocional.
En la obra, Sergio colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla negra con las manos temblorosas.
—¿Todo bien, maestro? —le preguntó “El Chato”, su ayudante, un chavo de veinte años que lo admiraba.
Sergio guardó el celular en el bolsillo, respiró hondo y se limpió una lágrima traicionera con el dorso de la mano llena de mezcla.
—Todo bien, Chato. Todo excelente. Solo me estaba deshaciendo de un escombro que estorbaba.
—Ah, órale. Oiga, el arqui dice que si ya quedó la trabe.
—Ahorita queda. Pásame la pala.
Sergio agarró la pala y atacó la montaña de arena con una furia renovada. Cada palada era un recuerdo que quería enterrar. Una palada por la sonrisa de Olga. Una palada por el vestido rojo. Una palada por los diez años perdidos.
Trabajó como poseído esa tarde. Cargó bultos de cincuenta kilos como si fueran de plumas. Sus compañeros lo miraban con respeto y un poco de miedo.
—El maestro Sergio trae el diablo adentro hoy —susurraban.
Pero no era el diablo. Era el dolor. Y el dolor, cuando se canaliza en trabajo físico, es una gasolina muy potente.
Al terminar el turno, Sergio estaba agotado, sucio, pero extrañamente más ligero. El dolor seguía ahí, agudo, pero la conversación telefónica le había dado algo que necesitaba: certeza.
Saber que Olga quería volver solo porque Ricardo la había rechazado fue la confirmación final. No lo amaba. Nunca lo había respetado.
Salió de la obra y, en lugar de irse directo a su casa a deprimirse, pasó a una ferretería.
—Buenas, don Pepe. Deme una chapa de seguridad. De las buenas. De las que no se abren ni con taladro.
—¿Problemas en el barrio, Sergio?
—Algo así, don Pepe. Quiero que mi casa esté bien cerrada. Para que no se meta ninguna alimaña.
Llegó a su casa al atardecer. La maleta de Olga ya no estaba en la banqueta. Seguramente algún vecino la había metido o ella había pasado por ella (o se la habían robado, que en esa colonia era lo más probable). No le importó.
Sacó su desarmador y quitó la cerradura vieja. Esa cerradura que Olga y él habían elegido juntos cuando compraron la casa. La tiró a la basura.
Instaló la nueva. Brillante, sólida, pesada.
Cuando cerró la puerta y echó el cerrojo nuevo, el clack metálico sonó como una sentencia.
Se sentó en el sofá. La casa estaba en silencio, pero ya no era un silencio de espera. Era un silencio de luto, sí, pero también de paz.
Miró a su alrededor. Faltaban cosas. Faltaba la “chispa” de la casa. Pero también faltaba la tensión, la exigencia constante, la sensación de nunca ser suficiente.
Sergio se levantó y fue al refrigerador. Sacó una cerveza. Se sentó de nuevo, subió los pies a la mesita de centro (algo que Olga siempre le prohibía) y le dio un trago largo.
—Salud, Sergio —brindó con la habitación vacía—. Salud por ti, cabrón. Porque te la quisieron hacer gacha, pero aquí sigues.
Pero la valentía le duró poco. A la mitad de la cerveza, la mirada se le fue al pasillo, hacia la recámara vacía. Y la soledad se le vino encima otra vez.
Lloró de nuevo, pero esta vez fue un llanto más tranquilo, más resignado. Era el llanto de quien entierra a un muerto. Porque para él, la Olga que amaba, la mujer con la que se casó, había muerto la noche anterior en una camioneta negra. La mujer que llamó hoy era una extraña.
Mientras tanto, Olga caminaba sin rumbo por el centro de la ciudad. Había salido de la clínica con una advertencia del doctor y las miradas de lástima de sus compañeras. No tenía a dónde ir.
Marcó a Marisa.
—Amiga… necesito ayuda. Me peleé con Sergio. ¿Me puedo quedar en tu casa hoy?
—Híjole, Olgüita… me encantaría, pero sabes que mi marido es bien especial. Y ahorita tenemos visita, vino mi suegra. Está la casa llena. Lo siento mucho, nena. ¿Por qué no vas con tu mamá?
Su mamá vivía en otro estado, a seis horas de autobús. Y Olga no tenía dinero para el boleto.
—Sí… gracias, Marisa. No te preocupes.
Colgó. Amigas de fiesta, no amigas de desgracias.
Esa noche, Olga tuvo que empeñar un anillo de oro que Sergio le había regalado en un aniversario. Le dieron una miseria, pero le alcanzó para pagar dos noches más en el hotel “El Paraíso” y comprarse algo de comer en un puesto callejero.
Sentada en la cama del hotel, comiéndose una torta fría, Olga miró su reflejo en el espejo del techo.
—¿En qué momento se jodió todo? —se preguntó.
Pero en el fondo, sabía la respuesta. Se jodió en el momento en que dejó de valorar lo que tenía por desear lo que no necesitaba. Se jodió cuando creyó que el pasto del vecino era más verde, sin darse cuenta de que el suyo estaba cuidado con amor y sudor.
Ahora, el pasto del vecino resultó ser artificial, y el suyo… el suyo ya tenía un muro alto y una cerradura nueva.
Olga se acostó, abrazándose a sí misma, sintiendo el frío de la soledad calarle hasta los huesos. Sabía que esto apenas comenzaba. La caída no había terminado; apenas estaba tomando velocidad.
Capítulo 4: El Despido Inevitable y la Mano Amiga en el Abismo
Los días siguientes a la ruptura pasaron como una película borrosa y dolorosa para ambos, pero mientras Sergio comenzaba a ver destellos de claridad entre los escombros, Olga se adentraba cada vez más en una espiral descendente.
El jueves por la mañana, la suerte de Olga en la clínica dental se terminó de agotar. Llegó tarde por tercer día consecutivo. El dinero del anillo empeñado apenas le alcanzaba para malcomer y pagar el hotelucho, lo que la obligaba a caminar tramos largos para ahorrar en pasajes, llegando sudada y exhausta antes de empezar su turno.
Al entrar, no encontró a Karla en la recepción, sino al doctor Martínez en persona. El doctor, un hombre calvo, bajito y generalmente amable, tenía una expresión que Olga nunca le había visto: decepción mezclada con hartazgo. Estaba recargado en el mostrador, revisando un iPad, y ni siquiera levantó la vista cuando Olga entró agitada.
—Buenos días, doctor… perdón, es que el tráfico… —comenzó Olga, tratando de alisar su blusa, la misma que llevaba usando dos días, lavada en el lavabo del hotel y secada con la secadora de pelo.
El doctor Martínez levantó la mano, deteniéndola en seco.
—Olga, por favor. No más excusas. Pasa a mi consultorio. Ahora.
Olga sintió que las piernas se le hacían de gelatina. Caminó detrás de él por el pasillo esterilizado, sintiendo las miradas de las asistentes dentales clavadas en su nuca. Entraron al consultorio privado. El olor a eugenol y desinfectante, que antes le parecía tan normal, ahora le revolvía el estómago vacío.
—Siéntate —ordenó el doctor, señalando la silla frente a su escritorio. Él se sentó y cruzó las manos sobre la superficie de cristal—. Olga, llevas cinco años trabajando aquí. Siempre fuiste puntual, eficiente, presentable. Eras la cara de esta clínica.
—Y lo sigo siendo, doctor. Solo estoy pasando por un mal momento personal, pero le prometo que…
—No, Olga —la interrumpió—. Ya no lo eres. Mírate. Y no lo digo por juzgarte, pero vienes con la misma ropa, hueles a humedad, llegas tarde, confundes las citas… Ayer le agendaste una endodoncia a la señora Pérez en el horario del señor Gómez. Tuvimos un problema enorme en la sala de espera.
Olga bajó la cabeza, avergonzada. Recordaba vagamente el error, pero su mente estaba tan ocupada pensando en dónde iba a dormir esa noche que no le había dado importancia.
—Lo siento mucho, no volverá a pasar.
—Tienes razón, no volverá a pasar —dijo el doctor Martínez, abriendo un cajón y sacando un sobre blanco—. Porque hoy es tu último día.
El mundo de Olga se detuvo.
—¿Qué? No… no puede despedirme. ¡Necesito este trabajo! ¡Es lo único que tengo! —su voz se quebró en un grito desesperado.
—Lo siento, Olga. Esto es un negocio de salud. La imagen y la eficiencia son vitales. No puedo tener a una recepcionista que parece… bueno, que parece que vive en la calle y que trata mal a los pacientes por su estrés. Aquí está tu finiquito. Es lo correspondiente por ley, más un extra por los años de servicio. Tómalo y por favor, arregla tu vida.
Olga tomó el sobre con manos temblorosas. Quería rogar, quería llorar, quería explicarle que su esposo la había corrido y que su amante la había abandonado, pero entendió que al doctor no le importaba. Para él, ella era un engrane defectuoso que había que cambiar.
Salió de la clínica con sus pocas cosas personales en una bolsa de plástico del Oxxo. El sol del mediodía la golpeó en la cara. Se sentó en una banca del parque que estaba enfrente y abrió el sobre. Había un cheque. La cantidad no era despreciable, le alcanzaría para vivir un par de meses si se administraba bien, o para rentar un cuartito decente.
Pero en ese momento, el dinero no le dio consuelo. Le dio miedo. Era un dinero finito. Y después de eso, ¿qué?
—Soy una desempleada divorciada de casi cuarenta años —murmuró, viendo pasar a las palomas—. Bravo, Olga. Te luciste.
Sacó su celular. Tenía un mensaje de Marisa.
“Amiga, ¿cómo sigues? Oye, te quería pedir un favor… ¿me podrías prestar los zapatos negros de tacón que traías el otro día? Tengo una boda y me combinan perfecto. Avísame y paso por ellos.”
Olga leyó el mensaje y soltó una carcajada histérica que hizo que una señora que paseaba a su perro se alejara rápido.
—¿Los zapatos? —se rió con lágrimas en los ojos—. Claro, Marisa. Pide los zapatos. No preguntes si ya comí. Pide los malditos zapatos.
Bloqueó a Marisa. Bloqueó a Claudia. Bloqueó a todo el grupo de la secundaria. Esos “amigos” que la aplaudieron en la cena, que le dijeron que se veía divina, ahora eran buitres.
Se levantó de la banca. Tenía que buscar dónde vivir. El hotel “El Paraíso” se estaba comiendo sus ahorros. Caminó hacia un puesto de periódicos y compró el “Segundamano”. Se sentó a circular anuncios de cuartos en renta con una pluma prestada.
“Se renta cuarto para señorita sola. Baño compartido. No mascotas. No visitas masculinas”.
Esa era su nueva realidad.
Mientras Olga tocaba fondo, Sergio intentaba mantenerse a flote en la superficie de su propia vida. El trabajo en la obra lo mantenía ocupado físicamente, pero las noches y los fines de semana eran el enemigo.
Ese sábado, Sergio despertó temprano por costumbre, aunque no tenía que trabajar. La casa estaba en silencio. Se quedó en la cama mirando el lado vacío, donde antes dormía Olga. La almohada de ella seguía ahí, aunque ya no olía a vainilla; ahora olía a polvo y encierro.
Se levantó y deambuló por la casa. Necesitaba hacer algo. Arreglar algo. Pero todo en la casa funcionaba bien gracias a él.
Salió al patio trasero. Ahí estaba su pequeño taller improvisado: una mesa de trabajo, herramientas colgadas, botes de pintura. Y en una esquina, cubierta con una lona vieja, estaba “La Bestia”, una motocicleta antigua que había comprado hacía años con la intención de restaurarla, pero que Olga siempre le criticaba.
“Esa chatarra solo quita espacio, Sergio. Tírala y ponme unas macetas bonitas”, le decía ella.
Sergio quitó la lona. El polvo se levantó en una nube gris. La moto estaba oxidada, sin asiento, con el motor desarmado. Pero tenía potencial.
—Bueno, vieja… parece que ahora sí tenemos tiempo —le dijo a la moto.
Pasó la mañana lijando el tanque de gasolina, con las manos negras de grasa, escuchando a Pedro Infante en la radio vieja. Por primera vez en días, su mente no estaba en Olga, estaba en el carburador, en las bujías, en la textura del metal.
A mediodía, escuchó que tocaban el timbre. Se limpió las manos en un trapo sucio y fue a abrir, esperando que fuera algún vendedor.
Era “El Pañal”, su compadre Pablo. Le decían así desde la primaria por una anécdota vergonzosa que nadie olvidaba, pero era su mejor amigo. Pablo era bajito, rechoncho, siempre sonriente y con una capacidad innata para detectar cuándo alguien necesitaba una cerveza.
—¡Quihubole, mi Sergio! —saludó Pablo, levantando un cartón de cervezas con una mano y una bolsa de chicharrón con la otra—. ¿Qué? ¿Muy solito o qué?
Sergio sonrió a medias. Pablo sabía. En el barrio todo se sabía.
—Pásale, compadre. Ya sabes que esta es tu casa. Aunque ahorita está medio vacía.
Se sentaron en el patio, bajo la sombra de un limonero. Pablo abrió dos cervezas y le pasó una a Sergio.
—Salud, cabrón.
—Salud.
Bebieron en silencio un rato. Pablo no presionaba. Sabía esperar.
—Me enteré del mitote —dijo Pablo finalmente, mordiendo un pedazo de chicharrón—. Dicen que la Olga se volvió loca. Que se fue persiguiendo a un riquillo.
Sergio asintió, mirando la etiqueta de la botella.
—Así fue, Pañal. Me cambió por un modelo más nuevo. O más caro, mejor dicho.
—¿Y tú cómo andas?
—Pues… de la chingada, para qué te miento. Siento que me arrancaron un brazo. Diez años, Pablo. Diez años tirados a la basura.
Pablo negó con la cabeza.
—No, mi Sergio. No digas eso. No son tirados. Viviste, aprendiste. Y ahora te quitaste un peso de encima. Porque la neta, y perdona que te lo diga, pero la Olga siempre fue mucha crema para sus tacos. Siempre te miraba por encima del hombro, como si te hiciera el favor.
Sergio lo miró sorprendido.
—¿Tú crees? Yo pensé que… que éramos felices.
—Tú eras feliz, güey. Porque eres un hombre sencillo, de buen corazón. Te conformas con poco. Pero ella… ella tenía hambre de otra cosa. Y esa hambre se come a la gente. Mira, mejor que se haya ido ahorita y no dentro de diez años más, cuando ya estuvieras más viejo y cansado.
Sergio reflexionó sobre las palabras de su amigo. Tenía razón. Había señales que él había ignorado por amor. Los desprecios sutiles, las comparaciones, la vanidad excesiva.
—Lo que más me duele es la traición, Pañal. Que me haya visto la cara de pendejo en mi propia casa.
—El que traiciona se traiciona a sí mismo primero, Sergio. Ella perdió a un hombre que la adoraba. ¿Tú qué perdiste? A una mujer que no te valoraba. En el balance, tú ganas. Aunque ahorita duela como patada de mula.
Pablo le dio una palmada en la espalda que casi lo tira de la silla.
—Pero ya, basta de lloriquear. Vengo a secuestrarte.
—¿A dónde? No tengo ganas de salir.
—Me vale madres tus ganas. Mañana nos vamos a pescar a la presa. Ya hablé con el Gordo y con el Flaco. Vamos a llevar las cañas, carne para asar y nos vamos a desconectar. Te hace falta ver agua, monte y dejar de ver estas cuatro paredes que apestan a ella.
Sergio lo pensó. La idea de salir de la ciudad, de respirar aire limpio, sonaba tentadora.
—No tengo caña, la mía se rompió hace años.
—Yo te presto una. Paso por ti a las cinco de la mañana. No te me rajes, eh.
Sergio asintió.
—Órale. Vamos.
Ese domingo en la presa fue medicinal. El agua estaba tranquila, reflejando el cielo azul. No pescaron gran cosa, solo unos cuantos bagres pequeños que devolvieron al agua, pero eso no importaba. Importaba la risa, las bromas pesadas entre amigos, el olor a carne asada al carbón, el sentir que no estaba solo en el mundo.
Sentado en una piedra, mirando el atardecer sobre el agua, Sergio sintió una paz que no había sentido en semanas.
—¿Ves? —le dijo Pablo, sentándose a su lado—. El mundo sigue girando, Sergio. Y hay un chingo de peces en el agua. Y no hablo de los bagres.
Sergio sonrió, una sonrisa genuina que le llegó a los ojos.
—Gracias, compadre. Neta, gracias.
—Pa’ eso estamos. Ahora vámonos, que los mosquitos nos van a comer vivos.
Mientras Sergio recuperaba un poco de su alma en la naturaleza, Olga se instalaba en su nuevo “hogar”.
Había conseguido un cuarto en una vecindad cerca del centro. Era un edificio viejo, con un patio central lleno de ropa tendida y niños gritando. Su cuarto estaba en el tercer piso, al final de un pasillo oscuro.
Era un cubo de cuatro por cuatro metros. Tenía una ventanita pequeña que daba a una pared de ladrillo. Las paredes estaban pintadas de un verde menta descascarado.
Había una cama individual con un colchón hundido en el centro, una mesita de plástico y una parrilla eléctrica de un solo quemador sobre una repisa de madera apolillada.
Olga se sentó en la cama. Había comprado unas sábanas baratas en el supermercado y una almohada. Puso sus pocas prendas en la mesita. Su “clóset” era un clavo en la puerta.
El contraste con su casa en San Rafael era brutal. Allá tenía su cocina integral, su sala (aunque vieja, era cómoda), su recámara amplia, su baño privado con agua caliente siempre. Aquí, tenía que compartir el baño con otras tres familias del piso. Un baño que siempre estaba ocupado y que olía a cloro y a orines.
—Esto es temporal —se dijo a sí misma, con voz temblorosa—. Voy a conseguir otro trabajo. Voy a ahorrar. Voy a salir de aquí.
Pero la realidad del mercado laboral la golpeó duro la semana siguiente.
Salió a buscar trabajo con su solicitud amarilla bajo el brazo. Fue a boutiques de ropa, a zapaterías, a otras clínicas.
—¿Qué edad tiene? —le preguntaban.
—38.
—Híjole… buscamos a alguien más joven, de 20 a 25. Ya sabe, para la imagen de la tienda.
—Pero tengo experiencia en ventas, en atención al cliente…
—Nosotros le llamamos.
En otros lugares, el problema no era la edad, era la sobrecalificación o la falta de referencias.
—¿Por qué dejó su último empleo en la clínica dental? —le preguntó la gerente de una tienda departamental.
—Fue… un recorte de personal —mintió Olga.
—Vamos a pedir referencias. ¿Nos da el número del doctor Martínez?
Olga se congeló. Sabía que si llamaban al doctor, le dirían que la corrieron por impuntual y sucia.
—Eh… claro —dijo, dando un número falso. Obviamente, nunca le llamaron.
Pasaron dos semanas. El dinero del finiquito bajaba peligrosamente. Olga comía atún de lata y sopas instantáneas. Había bajado de peso, pero no se veía bien; se veía demacrada. Su tinte de cabello empezaba a mostrar raíces grises, algo que antes jamás hubiera permitido. Sus uñas, antes impecables, ahora estaban cortas y sin esmalte.
Una tarde, regresando de otra entrevista fallida, se topó con un espejo de cuerpo entero en un bazar de segunda mano en la calle. Se detuvo.
La mujer que la miraba desde el espejo no era Olga, la esposa coqueta y orgullosa. Era una mujer cansada, con la ropa un poco grande, con ojeras profundas y una mirada de miedo.
Se parecía a las mujeres que ella solía criticar en el mercado. Esas mujeres que se veían derrotadas por la vida.
—Dios mío… me estoy convirtiendo en una nadie —susurró.
Esa noche, en su cuarto de vecindad, escuchando a los vecinos pelear a través de las paredes de papel, Olga lloró hasta quedarse dormida. Pero en medio de su llanto, una idea empezó a germinar. Una idea humillante, pero necesaria.
Tenía que hablar con Sergio. No para volver. Sabía que eso estaba muerto. Sino para pedirle… ayuda.
Él era un hombre bueno. “El bueno”, como le había dicho Ricardo con desprecio. Y los hombres buenos no dejan a la gente morir de hambre. ¿Verdad?
Pero no se atrevió a llamar. La vergüenza era todavía más fuerte que el hambre.
Sergio, por su parte, estaba redescubriendo el placer de la soledad elegida.
Después del viaje de pesca, algo cambió en él. Dejó de ver la casa vacía como un mausoleo y empezó a verla como un lienzo en blanco.
Un sábado, decidió pintar la sala.
—Adiós al color durazno que le gustaba a Olga —dijo, abriendo un bote de pintura blanca.
Pintó toda la sala y el comedor de blanco brillante. El espacio se veía más grande, más limpio, más luminoso. Quitó las cortinas pesadas y floreadas y puso unas persianas sencillas que dejaban entrar la luz.
Compró unas plantas. No flores delicadas como le gustaban a ella, sino plantas verdes, resistentes, “de hombre”, como se burlaba Pablo. Una “Moisés en la cuna”, un “Palo de Brasil”.
La casa empezó a oler a pintura fresca y a tierra mojada, no a vainilla y perfume. Empezó a oler a él.
En el trabajo, lo notaron más animado.
—Maestro, ya se le ve mejor semblante —le dijo El Chato—. Hasta parece que rejuveneció.
—Es que me quité un peso de encima, Chato. Un peso de cincuenta y tantos kilos que no me dejaba respirar.
Pero la prueba de fuego llegaría pronto.
Un mes después de la separación, Sergio fue invitado a una carne asada en casa de unos amigos en común, una pareja que conocía a ambos.
Dudó en ir. “¿Y si preguntan por ella? ¿Y si me miran con lástima?”.
Pero Pablo lo animó.
—Ve, güey. Que te vean entero. Que vean que no te moriste.
Sergio fue. Llegó con un six de cervezas y una sonrisa tranquila.
—¡Sergio! ¡Qué milagro! —lo saludaron.
Nadie preguntó por Olga directamente, aunque hubo miradas curiosas. Pero Sergio no se escondió. Habló, rió, contó chistes.
Y ahí, entre el humo del carbón y la música de banda, se dio cuenta de algo: le gustaba quién era sin ella. Le gustaba ser Sergio, el albañil, el amigo, el hombre libre. No “el esposo de Olga”.
En esa fiesta, conoció a una prima de la dueña de la casa. Una mujer bajita, rellenita, con una risa escandalosa y ojos amables. Se llamaba Carmen.
No pasó nada. Apenas intercambiaron unas palabras sobre la salsa de los tacos. Pero Sergio notó que Carmen lo miraba con interés. No con juicio, no escaneando su ropa, sino mirándolo a él. A sus ojos.
Sintió una chispa. Pequeña, tímida, pero real.
“Todavía no”, pensó Sergio. “Todavía estoy sanando”.
Pero saber que la chispa existía, que su corazón no estaba muerto, fue el mejor regalo que pudo recibir.
Mientras regresaba a su casa esa noche, manejando su camioneta vieja con las ventanillas abajo, Sergio respiró hondo el aire de la noche.
—Ya la libraste, Sergio —se dijo—. Lo peor ya pasó.
Lo que no sabía era que el destino todavía tenía una última lección que darle a Olga, y que sus caminos se cruzarían una vez más, no como amantes, sino como desconocidos con un pasado en común que ya no dolía, al menos no a uno de ellos.
Capítulo 5: El Sabor de la Humildad y los Fantasmas del Pasado
El dinero se acabó. Fue un martes, dos meses después de que Sergio cerrara esa puerta metálica. Olga abrió su monedero y encontró un billete de cincuenta pesos y tres monedas de diez. Era todo. El finiquito de la clínica, que parecía una pequeña fortuna al principio, se había evaporado entre la renta del cuarto de azotea, la comida chatarra y los pasajes inútiles para entrevistas de trabajo donde la miraban como si fuera invisible.
Olga estaba sentada en la orilla de la cama hundida de su cuarto de vecindad. El calor era sofocante; el techo de lámina convertía el habitáculo en un horno a esas horas del mediodía. Llevaba puesto el mismo pantalón de mezclilla desgastado, ahora holgado en la cintura por los kilos que había perdido. Su cabello, antes su orgullo, estaba recogido en una coleta tirante que dejaba ver claramente las raíces grises avanzando como una marea implacable sobre el tinte castaño deslavado.
—Tengo que hacer algo —murmuró, sintiendo el pánico cerrarle la garganta—. No puedo quedarme aquí a esperar a que me echen.
El dueño de la vecindad, un señor gordo y malhumorado llamado Don Beto, ya le había advertido que la renta se pagaba por adelantado el día primero. Faltaban tres días. Si no pagaba, sus cosas (pocas y tristes) terminarían en la calle, y ella con ellas.
Salió a la calle. El sol la cegó momentáneamente. Caminó sin rumbo, pasando por locales comerciales, fondas y talleres. En cada uno veía un letrero de “Se solicita ayudante”, pero en cada uno había encontrado una negativa velada o directa.
Llegó al mercado de la colonia. El olor a fruta madura, a cilantro, a carne cruda y a fritanga la envolvió. Antes, Olga venía al mercado con la nariz un poco arrugada, comprando rápido para irse a su casa limpia. Ahora, el olor a comida le provocaba un rugido doloroso en el estómago.
Se detuvo frente a una fonda económica: “Cocina Económica Doña Chuy”. Había un letrero escrito a mano en cartulina fluorescente pegado en la entrada: “Se solicita lavaplatos y ayudante general. Urge”.
Olga tragó saliva. Lavaplatos. Ella, que se quejaba si Sergio dejaba un plato sucio en la mesa. Ella, que se ponía guantes de hule para no arruinarse el manicure.
Pero el hambre no tiene orgullo. Y el miedo a dormir en la calle es un motivador brutal.
Entró. El lugar estaba lleno de gente comiendo el menú del día. El ruido de cubiertos, pláticas y una televisión a todo volumen era ensordecedor.
—¿Qué va a querer, güera? —le gritó una mujer robusta desde detrás de la barra, sudando la gota gorda frente a unas ollas humeantes.
—Vengo… vengo por el anuncio —dijo Olga, con voz casi inaudible.
—¿Qué? ¡No la oigo!
—¡Vengo por el trabajo! —repitió Olga, más fuerte, sintiendo cómo varias cabezas se giraban para mirarla.
La mujer, Doña Chuy, la escaneó de arriba a abajo. Vio su ropa gastada pero limpia, sus manos finas pero descuidadas, su cara de hambre.
—Pásale pa’cá —le hizo una seña con la cabeza hacia la cocina.
La cocina era un infierno pequeño. Calor, vapor, grasa. Había una montaña de platos sucios en el fregadero que parecía no tener fin.
—El trabajo es de lunes a sábado, de 8 a 6. Pago 150 el día más la comida y las propinas si te portas bien. ¿Le entras o le sacas? —disparó Doña Chuy sin rodeos.
150 pesos. Eso era lo que Olga solía gastarse en un café y un postre con sus amigas. Ahora era su salvavidas.
—Le entro —dijo Olga.
—Órale pues. Ponte el mandil. Empiezas ahorita. Ahí hay jabón y estropajo. Y muévele que se junta la gente.
Olga se puso un mandil de plástico grueso, manchado de salsa y grasa vieja. Metió las manos en el agua caliente y jabonosa. El primer contacto le ardió en una cortadita que tenía en el dedo, pero no se quejó. Empezó a tallar.
Plato tras plato. Vaso tras vaso. Sus manos, acostumbradas a teclear en una computadora y a limar uñas, empezaron a dolerle a los diez minutos. Su espalda protestó a la media hora. El sudor le corría por la frente y le entraba en los ojos, picándole con el rímel barato.
A las cuatro de la tarde, cuando el flujo de gente bajó, Doña Chuy le sirvió un plato de arroz con huevo en salsa verde.
—Siéntate a comer, mija. Te ves que te vas a desmayar.
Olga se sentó en un banco de plástico al fondo de la cocina. Le temblaban las manos tanto que apenas podía sostener la cuchara. Probó el primer bocado. Le supo a gloria. Lloró mientras comía, lágrimas silenciosas que caían en el arroz. Lloraba de cansancio, de humillación, pero también de una extraña gratitud. Tenía trabajo. Tenía comida. Estaba viva.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Doña Chuy, secándose el sudor con un trapo.
—Olga.
—Bueno, Olga. Bienvenida al mundo real. Aquí se chinga bonito, pero no falta el taco. Mañana te quiero a las ocho en punto.
Esa noche, Olga llegó a su cuarto y cayó rendida en la cama. Le dolía hasta el último hueso. Se miró las manos. Estaban rojas, arrugadas por el agua, con las uñas reblandecidas.
—Esto es lo que soy ahora —pensó—. La lavaplatos.
Y en medio de su miseria, un recuerdo la asaltó. Recordó las manos de Sergio. Esas manos grandes y callosas que ella a veces rechazaba porque “raspadan”. Ahora entendía. Entendía el dolor de espalda, el cansancio profundo, el valor de llegar a casa y que alguien te tuviera un plato de comida caliente.
—Perdóname, Sergio —susurró a la oscuridad—. Nunca entendí lo mucho que te costaba cada peso que traías a la casa.
Mientras Olga aprendía la lección más dura de su vida entre montañas de trastes sucios, Sergio continuaba reconstruyendo la suya, ladrillo a ladrillo, pero ahora con planos nuevos.
Su vida social, impulsada por Pablo “El Pañal”, había florecido. Ya no era el hombre que se encerraba a ver la tele. Ahora salía. Iba a jugar dominó los jueves, iba a ver el fútbol al bar de la esquina, iba a las fiestas familiares.
Y en ese entorno, Carmen, la prima de su amiga, empezó a aparecer con más frecuencia.
Carmen era viuda. Había perdido a su esposo hacía cinco años en un accidente. Tenía 36 años, dos hijos adolescentes y una sonrisa que iluminaba cualquier cuarto. No era glamorosa como Olga intentaba serlo. Carmen era sencilla. Usaba poco maquillaje, vestía ropa cómoda y siempre traía el cabello recogido en una trenza o un chongo práctico. Pero tenía una calidez, una energía maternal y femenina que a Sergio le resultaba magnética.
Un domingo, se encontraron en una kermés de la iglesia del barrio. Sergio estaba ayudando a armar los puestos (siempre el primero en ofrecer sus manos) y Carmen estaba vendiendo pozole.
—¡Hola, Sergio! —lo saludó ella con entusiasmo cuando él se acercó a comprar un plato—. ¿Cómo has estado? Te ves muy bien, eh. Más repuesto.
Sergio sonrió, sintiéndose un poco cohibido pero halagado.
—Ahí vamos, Carmen. Echándole ganas. ¿Me das uno de surtida, porfa?
—Claro que sí. Con harto maíz para que te dé fuerza. Oye… —Carmen bajó un poco la voz mientras le servía—. Escuché que andas arreglando tu moto. Esa viejita que tenías arrumbada.
—Sí, la “Bestia”. Ya casi queda. Solo me falta conseguirle un asiento nuevo y carburarla bien.
—Fíjate que mi hermano tiene un taller de motos. Igual y te consigue las piezas baratas. Si quieres le digo.
—Me harías un parote, Carmen. Neta.
—No es nada. Oye… y si queda la moto, ¿me das una vuelta? Hace años que no me subo a una.
Sergio la miró a los ojos. Había una coquetería inocente, directa, sin juegos mentales.
—Te lo prometo. En cuanto ruja esa máquina, tú eres la primera en estrenar el asiento de atrás.
El intercambio fue breve, pero dejó a Sergio con una sonrisa boba toda la tarde. Se sentía bien. Se sentía visto. No como el proveedor, no como el esposo aburrido, sino como un hombre interesante.
Empezaron a mensajearse. Mensajes sencillos.
“Buenos días, Sergio. Que tengas buen día en la obra.”
“Gracias, Carmen. Igualmente. ¿Cómo van los chamacos?”
“Dando lata, pero bien. Oye, mi hermano ya consiguió el asiento. Dice que pases por él al taller.”
La relación creció orgánicamente, sin prisas. Un café después del trabajo. Una ida al cine (donde Sergio, por primera vez en años, escogió la película de acción que él quería ver y Carmen la disfrutó tanto como él). Una cena en los tacos, donde se rieron hasta que les dolió la panza porque a Sergio se le cayó la salsa en la camisa.
—¡Ay, Sergio! Pareces niño chiquito —se rió Carmen, limpiándole la mancha con una servilleta, con un gesto tan natural y cariñoso que a Sergio se le encogió el corazón.
Nadie mencionaba a Olga. Era un nombre prohibido, un fantasma que se desvanecía con cada nueva risa de Carmen.
Sin embargo, el pasado tiene una forma curiosa de aparecer cuando uno menos lo espera.
Pasaron seis meses.
Olga seguía trabajando en la fonda. Había ascendido de lavaplatos a ayudante de cocina. Ahora picaba verdura, hacía las salsas y a veces atendía mesas cuando Doña Chuy estaba muy ocupada.
Había cambiado. Físicamente, estaba más delgada, su piel estaba un poco más morena por el sol (ahora caminaba a todos lados), sus manos estaban ásperas. Ya no se teñía el cabello; había aceptado sus canas, que ahora formaban mechones plateados entre el castaño. Usaba ropa de segunda mano, limpia y digna, pero lejos de los lujos que antes anhelaba.
Pero el cambio más grande era interno. La arrogancia se había ido, pulverizada por la necesidad. Había aprendido a valorar una sonrisa, un “buenos días”, una propina de diez pesos. Había aprendido a platicar con la gente del mercado, a escuchar sus historias, a entender que ella no era mejor que nadie.
Vivía en un cuartito un poco mejor, con baño propio, aunque pequeño. Tenía una parrilla, una cama decente y un radio. Eso era todo. Y curiosamente, sentía una paz que nunca tuvo en su casa llena de cosas. La paz de saber que lo que tenía, poco o mucho, se lo ganaba ella sola.
Sin embargo, la soledad seguía ahí. Y el arrepentimiento.
Muchas noches soñaba con Sergio. Soñaba que él entraba a la fonda, la veía y le sonreía. Que le decía: “Vámonos a casa, vieja”. Y ella despertaba llorando.
Un día, el destino le jugó una broma cruel.
Era sábado. El mercado estaba a reventar. Olga estaba sirviendo unas enchiladas en una mesa de afuera.
De repente, vio pasar a alguien conocido.
Marisa.
Iba caminando con otra amiga, riéndose, cargando bolsas de mandado. Se veía igual: arreglada, maquillada, superficial.
Olga se congeló. Quiso esconderse, correr a la cocina, pero sus pies no le respondieron.
Marisa volteó y sus miradas se cruzaron.
Hubo un segundo de reconocimiento. Marisa abrió los ojos con incredulidad, recorriendo la figura de Olga con su mandil manchado, su cabello con canas, su cara lavada.
Olga sostuvo la mirada. No bajó la cabeza. Sintió vergüenza, sí, pero también dignidad. “Estoy trabajando. No estoy robando”, se dijo.
Marisa hizo una mueca, una mezcla de asco y lástima, y… se volteó. Le dijo algo a su amiga, se rieron y aceleraron el paso, fingiendo que no la habían visto.
El golpe fue seco. Su “mejor amiga”. La que le pedía los zapatos. La negó como si fuera una leprosa.
Olga respiró hondo, tragándose el nudo en la garganta.
—¿Le traigo más salsa, joven? —le preguntó al cliente de la mesa, con voz firme.
—Sí, por favor, seño.
“Seño”. Ya no era la “señora bonita”. Era la “seño” de la fonda. Y estaba bien.
Ese mismo sábado por la noche, Sergio estaba nervioso. Había invitado a Carmen a cenar a su casa.
Era la primera vez que una mujer entraba a esa casa desde que Olga se fue.
Sergio había limpiado todo meticulosamente. Había comprado flores (sí, flores, porque a Carmen le gustaban los girasoles). Había preparado carne asada en el patio, con guacamole y frijoles charros, su especialidad.
Carmen llegó puntual, con un postre en las manos (un flan napolitano hecho por ella). Llevaba un vestido azul sencillo que resaltaba sus curvas y el cabello suelto. Se veía hermosa.
—¡Qué bonita te quedó la casa, Sergio! —exclamó ella al entrar, admirando las paredes blancas y las plantas—. Se siente… mucha paz aquí.
—Gracias, Carmen. Me costó trabajo, pero ahí va quedando.
Cenaron en el patio, bajo la luz de unos focos que Sergio había colgado en el limonero. Platicaron de todo y de nada. De los hijos de Carmen, del trabajo de Sergio, de sus sueños.
—Sabes, Sergio… —dijo Carmen, ya con el postre servido—. Me da mucho gusto verte así. Contento.
—Yo también estoy contento, Carmen. Y la verdad… mucho es por ti.
Se hizo un silencio cómodo, dulce. Sergio se atrevió a estirar la mano sobre la mesa y tomar la de ella. Carmen no la retiró; al contrario, entrelazó sus dedos con los de él. Sus manos eran suaves, pero trabajadoras. Manos que sabían cuidar.
—Carmen… sé que soy un hombre divorciado, con mis mañas y mis cicatrices. No tengo mucho que ofrecer más que mi trabajo y esta casa. Pero… me gustas mucho. Y me gustaría que intentáramos algo bien.
Carmen sonrió, y sus ojos brillaron a la luz de los focos.
—Sergio, tú tienes mucho que ofrecer. Tienes un corazón de oro, que es lo que más vale. Y sí… a mí también me gustaría intentar algo bien contigo.
Se levantaron y se abrazaron. Fue un abrazo largo, cálido, que selló un pacto tácito. Sergio sintió el cuerpo de Carmen contra el suyo y supo que había llegado a puerto seguro. No había fuegos artificiales ni dramas de telenovela. Había realidad. Había calor humano. Había futuro.
—Oye, ¿y la moto? —preguntó Carmen, separándose un poco pero sin soltarlo.
—Ya está lista. ¿Quieres estrenarla?
—¡Pues claro!
Sergio sacó “La Bestia”. El motor rugió, rompiendo el silencio de la noche. Carmen se subió atrás, abrazándose fuertemente a su cintura.
Salieron a dar una vuelta por la colonia. El viento en la cara, el peso de Carmen en su espalda, el sonido del motor… Sergio se sintió libre. Completamente libre.
Al pasar por la avenida principal, la moto iluminó con su faro a una mujer que caminaba sola por la banqueta, cargando una bolsa de mandado.
Era Olga. Iba regresando de su turno en la fonda.
Fue un instante. Un flashazo.
Sergio la vio. Vio su perfil cansado, su ropa humilde. La reconoció de inmediato, a pesar de los cambios. Su corazón dio un vuelco, pero no de amor, ni de odio. Fue un vuelco de… reconocimiento. De lástima lejana.
Olga también volteó al escuchar la moto. Vio a un hombre en una moto clásica, con una mujer abrazada a su espalda, riendo.
No vio la cara de Sergio, llevaba casco. Pero vio la escena. Vio la felicidad que irradiaban.
La moto pasó de largo, perdiéndose en la noche.
Sergio no se detuvo. No volteó. Aceleró un poco más, sintiendo los brazos de Carmen apretándolo más fuerte.
—Agárrate, que vamos a volar —gritó Sergio, feliz.
Olga se quedó parada en la banqueta, viendo la luz roja de la moto alejarse hasta desaparecer.
No sabía que era Sergio. O tal vez, en el fondo de su corazón, sí lo supo. Sintió un escalofrío.
Se acomodó el suéter viejo que llevaba y siguió caminando hacia su cuarto de vecindad.
—Qué bonitos se veían —pensó con tristeza—. Ojalá yo hubiera sabido abrazar así.
Esa noche, dos destinos se cruzaron y siguieron caminos opuestos. Uno hacia la luz y el renacimiento. El otro, hacia la aceptación de una realidad dura, construida a base de malas decisiones.
Pero la historia aún no terminaba. Faltaba el cierre definitivo. El encuentro cara a cara que pondría cada cosa en su lugar final.
Capítulo 6: El Encuentro en el Mercado y el Espejo de la Verdad
El tiempo tiene una forma curiosa de sanar, pero también de cicatrizar. Para Sergio, los meses habían pasado como un bálsamo lento. Su vida con Carmen no era un torbellino de pasiones desenfrenadas como las que salen en las películas, sino algo mucho mejor: era una fogata constante, cálida y segura.
Ese domingo por la mañana, la escena en el patio de Sergio era la definición misma de “familia”, una palabra que él creía haber perdido para siempre. Estaba enseñándole a Lalo, el hijo mayor de Carmen, de quince años, a cambiar las balatas de los frenos de su bicicleta.
—Mira, chavo, no le tengas miedo a la grasa —le decía Sergio, pasándole una llave inglesa—. Si no te manchas las manos, no aprendes. Así es la mecánica y así es la vida.
Lalo, un adolescente larguirucho y tímido que había crecido sin figura paterna, lo miraba con admiración.
—Oye, Sergio… ¿y si no me queda? ¿Y si luego no frena y me doy en la torre?
—Si no te queda, lo volvemos a hacer. Para eso estoy aquí, para checar que no te mates —respondió Sergio con una sonrisa tranquila, dándole un apretón en el hombro—. Tú dale. Confía en tus manos.
Desde la ventana de la cocina, Carmen los observaba mientras preparaba agua de jamaica. Ver a Sergio interactuar con sus hijos le llenaba el pecho de una ternura que a veces la desbordaba. Sergio no intentaba ser su padre a la fuerza; se había ganado el puesto de “amigo”, de “mentor”, y poco a poco, el de figura de autoridad respetada.
—¡Ya está el agua! —gritó Carmen—. ¡Vengan a echarse un taco antes de irnos!
Ese día tenían planeado ir al centro de la ciudad. Carmen necesitaba comprar telas para unos disfraces de la escuela de su hija menor, Sofía, y Sergio se había ofrecido a llevarlas y cargar los bultos.
—Oye, Sergio —dijo Carmen mientras comían unas quesadillas en la mesa (esa mesa donde antes Sergio comía solo y triste, ahora llena de risas y servilletas manchadas)—. Mi comadre me recomendó mucho un lugar para comer allá por el mercado de San Juan. Dice que hacen un mole de olla que levanta muertos. ¿Vamos?
Sergio sintió un leve piquete en la memoria. El mercado de San Juan estaba cerca de la zona donde Olga solía decir que iba a “citas médicas” falsas, pero la ciudad era enorme y las probabilidades eran mínimas.
—Claro, mi amor. Donde tú quieras, ahí vamos. Lo que se le antoje a la reina.
Salieron en la camioneta de Sergio, que ahora lucía limpia y con asientos cuidados (Carmen le había tejido unos cubreasientos). Iban cantando canciones de la radio, con los niños atrás peleándose en broma. Sergio manejaba con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Carmen.
Era un hombre pleno. Un hombre que había reconstruido sus cimientos.
A unos kilómetros de ahí, en el corazón ruidoso y caótico del mercado, Olga vivía una realidad muy distinta.
Era domingo, el día más pesado en la “Cocina Económica Doña Chuy”. El lugar estaba a reventar. El calor de las ollas de barro, sumado al sol que pegaba en las láminas del techo del mercado, creaba una atmósfera sofocante.
Olga corría de una mesa a otra.
—¡Dos de arroz! ¡Un consome con huevo! ¡Salsa verde para la mesa cuatro!
Llevaba seis horas de pie. Sus piernas, que antes lucían tacones de aguja, ahora estaban hinchadas dentro de unos tenis baratos de suela plana. Tenía várices incipientes que le dolían como agujas calientes al final del día.
Su mandil, que por la mañana estaba limpio, ya tenía manchas de mole y grasa. Su cabello, recogido en un chongo estricto y sin gracia, estaba pegado a su frente por el sudor.
—¡Oiga, seño! —le gritó un cliente, un hombre gordo y sudoroso que llevaba media hora esperando—. Le pedí mis tortillas hace un siglo. ¿Qué, las fue a sembrar o qué?
La vieja Olga, la orgullosa recepcionista de clínica dental, le habría contestado con una mirada fulminante o un comentario sarcástico. Pero la Olga actual, la mesera de fonda, solo bajó la cabeza.
—Perdón, joven. Ahorita se las traigo. Hay mucha gente.
—Pues muévale, que para eso se le paga —refunfuñó el hombre.
Olga fue a la tortillería de la esquina corriendo, sintiendo las lágrimas picarle en los ojos. No era el insulto lo que le dolía, era la invisibilidad. Para esa gente, ella no era una persona con historia, con sueños rotos, con un pasado. Era “la seño”. Un par de manos que servían comida.
Regresó con las tortillas y siguió trabajando.
—Olga, apúrate con la mesa seis, que acaban de llegar y se ven con hambre —le ordenó Doña Chuy desde la caja—. Son cuatro. Atiéndelos bien.
Olga asintió, secándose el sudor con el antebrazo. Agarró su libreta y la pluma, respiró hondo para componer una cara amable (o lo más amable que podía fingir con el dolor de espalda) y se dirigió a la mesa seis, que estaba cerca de la entrada, medio oculta por una columna.
—Buenas tardes, bienvenidos a Doña Chuy —dijo mecánicamente, mirando su libreta sin levantar la vista—. El menú del día es mole de olla, milanesa de res o enchiladas suizas. ¿Qué les sirvo de tomar?
—Buenas tardes, señorita —respondió una voz femenina, cálida y amable—. A ver, niños, ¿qué van a querer?
Olga sintió un escalofrío. Esa voz no la conocía, pero había algo en el ambiente, una energía, que la hizo levantar la vista lentamente.
Primero vio a la mujer. Una mujer de unos treinta y tantos, no muy delgada, con una cara redonda y amable, vestida sencillamente pero con ropa limpia y bonita.
Luego vio a los niños. Un adolescente aburrido viendo su celular y una niña pequeña con trenzas.
Y luego… vio al hombre.
El tiempo se detuvo. El ruido del mercado —los gritos de los carniceros, la música de cumbia, el llanto de un bebé— desapareció, absorbido por un vacío sordo.
Frente a ella, sosteniendo el menú de plástico grasoso, estaba Sergio.
Pero no era el Sergio que ella recordaba de sus últimas semanas juntos: el hombre triste, cansado, encorvado por el peso de su desprecio.
Este Sergio se veía… luminoso.
Llevaba una camisa polo azul cielo que resaltaba su piel bronceada. Estaba recién afeitado. Su cabello, con esas canas que a ella le molestaban, ahora lucía distinguido. Y en sus ojos… en sus ojos había una paz que Olga no había visto en años.
Sergio levantó la vista del menú para pedir.
Sus miradas chocaron.
Fue un impacto físico, como si dos trenes colisionaran en silencio.
Sergio se quedó inmóvil. La sonrisa que tenía en los labios se congeló, pero no desapareció del todo; simplemente se transformó en una línea seria, indescifrable.
Olga sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El pánico la invadió. Quiso soltar la libreta, correr, esconderse en el baño, desaparecer de la faz de la tierra. La vergüenza era un ácido que la quemaba viva. Ahí estaba ella: sucia, sudada, vieja, sirviendo comida. Y ahí estaba él: limpio, feliz, con una nueva familia.
La mano de Olga tembló violentamente. La pluma se le resbaló de los dedos y cayó sobre la mesa con un clac ridículamente fuerte.
—Ay… perdón —balbuceó ella, agachándose torpemente para recogerla. Su voz sonó estrangulada, irreconocible.
Carmen, ajena al drama que se desarrollaba en milisegundos, sonrió con empatía.
—No se preocupe, señora. A todos nos pasa. Oiga, ¿el mole de olla pica mucho? Es que mi hija no come picante.
Olga se incorporó, roja como un tomate. No podía mirar a Sergio. Miraba a un punto fijo en la pared, detrás de la cabeza de Carmen.
—No… no pica. Es… es suave.
Sergio seguía mirándola. No con odio. No con burla.
La miraba con reconocimiento.
La miraba y veía en lo que se había convertido. Veía las arrugas nuevas, la ropa humilde, el cansancio infinito en su postura. Y en lugar de sentir satisfacción o “venganza”, Sergio sintió algo mucho más devastador para Olga: sintió lástima. Y lejanía.
—Sergio, ¿tú qué vas a pedir? —le preguntó Carmen, tocándole el brazo con cariño.
Ese gesto. Ese simple toque de posesión y afecto. Olga sintió que le clavaban un cuchillo en el estómago.
Sergio desvió la mirada de Olga y miró a Carmen. Sus ojos se suavizaron al instante.
—Yo quiero el mole de olla, mi amor. Y una Coca bien fría.
“Mi amor”.
Esas dos palabras resonaron en la cabeza de Olga como una sentencia de muerte.
Sergio se volvió hacia Olga. Ahora sí la miró directo a los ojos, pero ya no había conexión. Era la mirada que le das a un extraño, o a un empleado de servicio.
—Para mí el mole, por favor. Y para el joven —señaló a Lalo— unas milanesas. ¿Verdad, campeón?
—Simón, milanesas —dijo Lalo sin dejar el celular.
Olga anotó el pedido con garabatos ilegibles.
—En… en un momento se los traigo —susurró.
Dio media vuelta y caminó hacia la cocina. No corrió porque sus piernas no le respondían, pero sentía que se ahogaba. Al cruzar el umbral de la cocina, se recargó en la pared, jadeando.
—¿Qué te pasa, mujer? Pareces fantasma —le dijo Lupe, la otra mesera.
—Lupe… hazme un paro. Por favor —suplicó Olga, agarrándola del brazo con fuerza—. Atiende la mesa seis. La de la entrada. Yo no puedo. Por favor. Te doy mis propinas de hoy. Te las doy todas. Pero no me hagas ir allá otra vez.
Lupe la miró extrañada, pero vio el terror genuino en los ojos de Olga.
—Órale, pues. Cálmate. Yo voy. Pero me das las propinas, ¿eh?
—Sí, sí, todas.
Olga se escondió en el área de lavado de trastes, el lugar más oscuro y húmedo de la fonda. Se puso a lavar ollas con una furia maníaca, tratando de ahogar el ruido de sus pensamientos con el estruendo del agua y el metal.
Él la había visto.
Y no le había importado.
Eso era lo peor. Si Sergio le hubiera gritado, si la hubiera insultado, al menos significaría que ella todavía provocaba algo en él. Pero esa indiferencia educada… esa forma de pedir su comida como si ella fuera un mueble más… eso confirmaba que ella ya no existía en su mundo.
En la mesa seis, el ambiente había cambiado sutilmente, aunque Carmen y los niños no lo notaron de inmediato. Sergio estaba callado, pensativo, jugando con el salero.
Carmen, que tenía un sexto sentido para los cambios de humor de Sergio, esperó a que los niños estuvieran distraídos.
—¿Todo bien, gordo? —le preguntó en voz baja—. Te pusiste serio de repente. ¿No te gustó el lugar?
Sergio suspiró y tomó la mano de Carmen sobre la mesa. Apretó sus dedos.
—El lugar está bien, Carmen. Es solo que… —hizo una pausa, mirando hacia la cocina—. La mesera que nos atendió. La señora.
—¿Sí? Se veía muy nerviosa, pobre. ¿La conoces?
Sergio asintió lentamente.
—Sí. Es Olga.
Carmen abrió los ojos con sorpresa. Se llevó una mano a la boca.
—¿Olga? ¿Tu exesposa? ¿La que…?
—Sí. Esa misma.
Carmen giró la cabeza discretamente hacia la cocina, pero Olga no estaba a la vista.
—Dios mío… Sergio, yo no sabía. Si quieres nos vamos. No tenemos que comer aquí. Qué incómodo para ti.
Hizo ademán de levantarse, protectora, dispuesta a defender la paz de su hombre.
Pero Sergio la detuvo con suavidad.
—No, Carmen. Siéntate. No nos vamos a ir.
—Pero…
—No he hecho nada malo. Y ella tampoco, ahorita solo está trabajando. Huir sería darle una importancia que ya no tiene. Vamos a comer, vamos a pagar y nos vamos a ir como cualquier familia.
Carmen lo miró con admiración. Vio la fortaleza en su mandíbula.
—¿Seguro que estás bien? ¿No te duele verla así? Digo… se ve muy acabada.
Sergio reflexionó un momento. ¿Le dolía?
—Me da tristeza, Carmen. Tristeza humana, nada más. Ver cómo alguien puede echar a perder su vida por puras tonterías. Pero dolor… dolor de amor, ya no. Ese se me quitó hace mucho. Y se me terminó de quitar cuando te conocí a ti.
Carmen sonrió, con los ojos húmedos.
—Eres un gran hombre, Sergio.
—Y tú una gran mujer. Ahora, a ver si es cierto que este mole levanta muertos, porque ya me ruge la tripa.
La comida llegó. Lupe, la otra mesera, les sirvió.
Sergio comió con apetito. Reía con los chistes de Lalo, le limpiaba la boca a la pequeña Sofía cuando se manchaba de chocolate.
Desde la ventanilla de entrega de la cocina, oculta entre el vapor de las ollas, Olga observaba.
Los veía comer. Veía la dinámica familiar. Veía cómo Sergio miraba a Carmen con esa devoción tranquila que antes era para ella. Veía a Carmen ser todo lo que ella no quiso ser: compañera, madre, amiga.
Olga recordó el día que Sergio le propuso tener hijos. Ella le dijo que no, que “arruinarían su figura”, que “eran muy caros”, que “primero quería viajar”.
Ahora veía a Sergio siendo padre de hijos ajenos, y haciéndolo maravillosamente.
Cada risa que escuchaba desde esa mesa era una bofetada a su ego.
—Tuve todo —pensó Olga, sintiendo cómo una lágrima solitaria y caliente le bajaba por la mejilla sucia—. Tuve un rey y lo traté como a un mendigo. Y ahora la mendiga soy yo.
Terminaron de comer. Sergio pidió la cuenta.
—Son seiscientos cuarenta pesos, joven —dijo Lupe.
Sergio sacó su cartera. Una cartera de piel nueva que Carmen le había regalado en su cumpleaños. Sacó un billete de mil.
—Cóbrese. Y déjele el cambio de propina a la señora que nos atendió primero. A Olga.
Lupe abrió los ojos como platos. El cambio eran más de trescientos pesos. Una propina enorme para una fonda.
—¡Ay, gracias, joven! ¡Qué generoso!
—No es nada. Dígale… dígale que espero que le vaya bien.
Sergio se levantó. Ayudó a Carmen a ponerse su suéter. Agarró de la mano a Sofía.
Caminaron hacia la salida.
Al pasar frente a la cocina, Sergio se detuvo un microsegundo. Miró hacia adentro.
Olga estaba ahí, parada junto al fregadero, mirándolo.
Sus miradas se cruzaron por última vez.
En la mirada de Olga había una súplica muda: “¿Todavía me quieres? ¿Todavía te importo?”.
En la mirada de Sergio había una despedida definitiva: “Te perdono. Pero ya no eres parte de mí”.
Sergio asintió levemente con la cabeza, un gesto de caballerosidad final, y salió al sol de la tarde, abrazado a su nueva vida.
Olga se quedó petrificada. Lupe llegó corriendo, agitando los billetes.
—¡Mana! ¡Mira! ¡El señor dejó todo esto de propina! Dijo que era para ti. ¡Son trescientos sesenta pesos! ¡Te rayaste!
Olga miró el dinero en la mano de Lupe.
Ese dinero era caridad.
Era el último clavo en el ataúd de su orgullo. Sergio no solo la había olvidado, sino que le había tenido la suficiente lástima para dejarle una limosna, sabiendo que la necesitaba.
Y lo peor… es que sí la necesitaba.
Olga tomó el dinero. Sus manos temblaban.
—Gracias —susurró.
—¿Quién era, mana? ¿Lo conocías? Se veía bien guapo el señor.
—Era… —Olga tragó saliva, sintiendo el sabor amargo de la bilis—. Era mi esposo.
Lupe se quedó callada, sin saber qué decir.
Olga se guardó los billetes en el bolsillo del mandil sucio. Sintió el peso del papel contra su pierna.
Ese dinero pagaría su renta de la semana. Ese dinero, ganado gracias a la piedad del hombre al que humilló, la salvaría de dormir en la calle.
Se fue al baño de empleados. Un cuartucho pequeño con un espejo roto.
Se miró. Se vio realmente.
Vio a la mujer vanidosa que creyó que merecía el mundo entero solo por ser bonita. Vio a la mujer que despreció el amor verdadero por una fantasía de oropel.
Y ahí, frente a ese espejo roto, Olga se rompió también.
Gritó. Un grito ahogado, sordo, tapándose la boca con las manos para que los clientes no la oyeran.
Lloró por el vestido rojo. Lloró por la camioneta negra. Lloró por Ricardo.
Pero sobre todo, lloró por Sergio.
Lloró porque entendió, demasiado tarde, que el verdadero lujo no era el restaurante de moda ni el viaje a Europa. El verdadero lujo era tener a alguien que te mirara como Sergio miraba a Carmen. Y ella lo había tenido en sus manos y lo había tirado a la basura.
Cuando salió del baño, diez minutos después, tenía los ojos rojos, pero secos.
—Doña Chuy, ya acabé los trastes. ¿Qué sigue? —preguntó con voz muerta.
—Ponte a picar cebolla, mija. Que ya se acabó.
Olga agarró el cuchillo y las cebollas. Empezó a picar. El olor acre le hizo llorar otra vez, pero esta vez dejó que las lágrimas corrieran.
“Esto es mi vida ahora”, se dijo. “Picar cebolla y recordar”.
Pasaron los años. La vida siguió su curso implacable.
Sergio y Carmen se casaron un año después de ese encuentro en el mercado. Fue una boda sencilla en el jardín de la casa de Sergio. Lalo y Sofía le decían “papá” con naturalidad. Tuvieron un hijo propio, un niño gordito y risueño que heredó los ojos de Sergio.
El negocio de Sergio prosperó. Con la ayuda de Carmen, que era buena para las cuentas, puso su propia constructora pequeña. Ya no cargaba bultos; ahora dirigía obras. Compraron una camioneta nueva, pero Sergio nunca vendió la “Bestia”, la moto que le recordaba su libertad.
Olga nunca salió de la vecindad. Siguió trabajando en la fonda muchos años más, hasta que sus piernas ya no aguantaron. Envejeció rápido. La belleza que tanto atesoraba se marchitó, dejando ver la amargura en las líneas de su boca.
Nunca se volvió a casar. Los hombres que se le acercaban no eran como Sergio; eran hombres rotos, borrachos o aprovechados, y Olga, aunque caída, ya no tenía fuerzas para intentarlo de nuevo.
A veces, en las noches de soledad, cuando la lluvia golpeaba el techo de lámina, Olga sacaba una foto vieja que había logrado rescatar de su cartera. Una foto pequeña, de tamaño infantil, donde ella y Sergio sonreían en una feria, comiendo algodón de azúcar.
La miraba y acariciaba la cara del Sergio joven.
—Perdón —susurraba—. Perdón.
Pero el perdón, aunque libere el alma, no cambia el pasado.
La historia de Olga se convirtió en una leyenda en el barrio. Las madres se la contaban a sus hijas cuando las veían suspirar por pretendientes ricos y despreciar a los novios trabajadores.
—Ten cuidado, mija —les decían—. No vayas a acabar como la Olga. Que por querer alcanzar una estrella fugaz, perdió la luna entera.
Y así, en el eco de esas advertencias, Olga encontró su única forma de inmortalidad: ser el ejemplo de lo que no se debe hacer. Un triste monumento a la vanidad y a la ceguera del corazón.
Sergio, por su parte, nunca miró atrás. No por rencor, sino porque tenía demasiado que ver enfrente: la sonrisa de su esposa, las graduaciones de sus hijos, los atardeceres tranquilos en el patio de su casa, esa casa que, al final, resultó ser el verdadero palacio que Olga nunca supo ver.
Capítulo 7: La Cosecha de lo Sembrado y el Silencio de la Habitación Vacía
Dicen que en México la vida da muchas vueltas, como una rueda de la fortuna. A veces estás arriba, mirando el paisaje y sintiendo el viento fresco, y a veces estás abajo, donde solo se ve el lodo y los zapatos de los que pasan. Para Sergio y Olga, la rueda había girado en direcciones opuestas, y la inercia de ese movimiento era ya imparable.
Un año después del encuentro en el mercado, la vida de Sergio estaba en plena metamorfosis. Ya no era solo “el maestro Sergio”, el albañil de confianza que hacía remiendos. Gracias al empuje de Carmen y a su propia reputación intachable, había decidido dar el salto que nunca se atrevió a dar con Olga: independizarse de verdad.
—Tienes manos de oro, Sergio, pero necesitas pensar como patrón, no como chalán —le había dicho Carmen una noche, mientras revisaban las cuentas en la mesa de la cocina—. ¿Por qué vas a seguir haciéndole rico el caldo a los arquitectos que te pagan una miseria? Tú sabes hacer todo el trabajo.
Sergio dudaba. El miedo a la inestabilidad, ese fantasma que le susurraba “mejor malo conocido que bueno por conocer”, lo frenaba.
—Pero Carmen, si me lanzo solo y no sale chamba… ¿qué comemos? Tenemos a los muchachos, los gastos de la casa…
Carmen le tomó la cara entre las manos y lo miró con esa fiera seguridad que a él lo desarmaba.
—Si no sale chamba, yo vendo tamales, lavo ajeno o me pongo a coser. Pero hambre no vamos a pasar. Yo creo en ti, viejo. Y tú también deberías creer.
Con ese respaldo, que valía más que cualquier préstamo bancario, Sergio fundó “Construcciones y Acabados San Rafael”. Al principio fue duro. Tuvo que vender su querida camioneta vieja para comprar herramienta más profesional y una Pick-Up de medio uso que no se cayera a pedazos. Pero la voz se corrió rápido en la colonia y en las zonas aledañas. “Si quieres algo bien hecho y que no te roben material, háblale a Sergio”.
El primer contrato grande llegó seis meses después: la remodelación completa de una casa en la colonia Del Valle. Era una obra mayor. Pisos, instalaciones hidráulicas, ampliación de recámaras. Sergio contrató a tres ayudantes, incluido “El Chato”, que seguía siéndole fiel como un perro guardián.
Llegar a esa casa grande, hablar con los dueños de tú a tú, presentar presupuestos y ver que aceptaban sin regatear tanto porque confiaban en él, fue una inyección de autoestima brutal. Sergio llegaba a casa lleno de polvo, sí, pero con una luz diferente en los ojos.
—Ya colamos la losa del segundo piso, mi amor —le contaba a Carmen mientras cenaban—. Quedó parejita, como mesa de billar. El arquitecto dueño de la casa me felicitó.
Y Carmen, siempre compañera, le servía su café y le masajeaba los hombros.
—Te lo dije. Eres un chingón.
Pero la verdadera bendición no fue el dinero ni el éxito laboral. Fue la noticia que llegó un martes de noviembre, justo cuando empezaba a sentirse el frío de fin de año.
Carmen había estado rara unos días. Mareada, con sueño, rechazando el café que tanto le gustaba.
—Deberías ir al médico, gorda —le dijo Sergio, preocupado—. No vaya a ser la presión.
Esa tarde, cuando Sergio regresó de la obra, encontró la casa con un ambiente extraño. Lalo y Sofía estaban en la sala, con sonrisitas cómplices, haciendo la tarea pero mirándose de reojo. Carmen estaba en la cocina.
—Siéntate, Sergio —le dijo ella, con voz temblorosa.
Sergio sintió un hueco en el estómago.
—¿Qué pasó? ¿Estás enferma? ¿Es algo grave?
Carmen negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, y sacó de su delantal una prueba de embarazo casera.
—Vas a ser papá, Sergio. De verdad.
Sergio se quedó mudo. Miró la prueba, miró a Carmen, miró a los muchachos en la sala que ya estaban aplaudiendo y chiflando.
—¿Papá? —susurró, con la voz quebrada—. ¿Yo? Pero si ya estoy viejo… tengo cuarenta y…
—Estás en tu mero mole, viejo —se rió Carmen, llorando—. Dios nos mandó el pilón.
Sergio se levantó y abrazó a Carmen con una fuerza que casi la levanta del suelo. Enterró la cara en su cuello y lloró. Lloró por todos los años que pensó que su linaje terminaba con él. Lloró porque Olga siempre le había negado eso, y ahora, la vida se lo regalaba con la mujer correcta.
—Gracias, flaca. Gracias —repetía una y otra vez.
La noticia voló por el barrio. “El Sergio va a ser papá”. Los vecinos, que lo habían visto sufrir y renacer, celebraron con él. Le llevaban regalos: mamelucos amarillos (porque no sabían qué era), chambritas tejidas, sonajas. La casa de la fachada de tirol se llenó de esperanza.
Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, Olga vivía el reverso oscuro de esa moneda.
La rutina en la “Cocina Económica Doña Chuy” la estaba consumiendo. Ya no era solo el cansancio físico; era el vacío emocional. Olga llegaba a su cuarto de vecindad, se quitaba los zapatos y el silencio se le venía encima como una losa de concreto. No había nadie a quien contarle su día. No había nadie que le preguntara si le dolían los pies.
La soledad, dicen, es mala consejera. Y Olga, desesperada por un poco de afecto, cometió el error de buscar agua en un pozo envenenado.
Conoció a Beto en el mercado. No era “Don Beto”, el dueño de la vecindad, sino un “Beto” más joven, carnicero de un puesto cercano. Era un tipo de unos 45 años, con bigote recortado, sonrisa fácil y fama de “todas mías”. Le decían “El Gato” por sus ojos claros y su maña para caer siempre parado.
Beto empezó a coquetearle a Olga cuando ella iba a recoger los pedidos de carne para la fonda.
—Qué milagro, güerita. Cada día se ve más chula, aunque venga con cara de pocos amigos —le decía, guiñándole un ojo mientras afilaba su cuchillo.
Al principio, Olga lo ignoraba. Su instinto, o lo que quedaba de su orgullo de clase media, le decía que ese tipo era corriente, un patán. Pero la soledad pesa toneladas.
Un día, Beto le ofreció llevarla a su casa en su camioneta (una Ford vieja y ruidosa) porque estaba lloviendo a cántaros. Olga, que no traía paraguas y le dolía la ciática, aceptó.
—Súbale, reina, que se me encoge con el agua.
En el trayecto, Beto fue encantador. Le habló bonito. Le dijo que una mujer como ella no debería estar sola, que se le notaba que había sido fina, que necesitaba un hombre que la consintiera.
Olga, hambrienta de halagos como un náufrago de pan, se dejó endulzar el oído.
Empezaron a salir. Nada elegante. Unas cervezas en una cantina del centro, unos tacos, un baile en un salón popular.
Para Olga, era degradante comparado con los restaurantes a los que iba con Sergio, pero se convenció a sí misma de que era “amor real”.
—Beto me entiende —le dijo a Lupe, su compañera de la fonda—. Es un hombre apasionado.
Lupe la miró con desconfianza.
—Ten cuidado, mana. Ese “Gato” tiene las uñas largas. Dicen que le debe dinero a medio mundo y que tiene hijos regados por ahí.
—Ay, Lupe, tú siempre ves lo malo. La gente cambia. Conmigo es diferente.
Olga quería creer que era diferente. Quería creer que todavía tenía el poder de cambiar a un hombre, de ser la “especial”.
Metió a Beto a su cuarto de vecindad. Al principio, todo fue bien. Él se quedaba a dormir, traía algunas despensas. Olga sentía que volvía a tener “familia”.
Pero a los dos meses, la careta se cayó.
Beto empezó a pedirle dinero prestado.
—Préstame quinientos, amor. Es para pagarle al proveedor, que se me atoró la carreta. Te los pago el viernes.
Olga se los prestaba. El viernes llegaba y Beto se hacía el loco.
—Ay, mi vida, no me pagaron a mí. Aguántame tantito.
Luego, Beto empezó a beber más. Llegaba borracho al cuarto, exigiendo cena, quejándose de que el lugar era un cuchitril.
—¿Esto es lo que me ofreces? —le gritaba él—. ¿Un catre hundido y frijoles? Con razón te dejó tu marido, por aburrida y pobre.
Olga aguantaba. Aguantaba porque le aterraba volver a estar sola. Aguantaba porque pensaba: “Esto es lo que me toca. Me lo merezco”.
Pero el golpe final llegó una tarde de quincena.
Olga había estado ahorrando en secreto. Guardaba billetes de a cincuenta y de a cien dentro de una lata de galletas vacía, escondida al fondo de su ropero improvisado. Tenía casi tres mil pesos. Era su fondo de emergencia, su “por si me enfermo”.
Llegó del trabajo cansada, con ganas de acostarse. Abrió la puerta de su cuarto y sintió un aire extraño.
El ropero estaba abierto. La ropa estaba tirada en el suelo.
El corazón se le paró. Corrió hacia la lata de galletas.
La abrió.
Vacía. Ni un peso. Solo migajas de galletas viejas.
—¡No! —gritó Olga, cayendo de rodillas—. ¡No, Dios mío, no!
Buscó a Beto. No estaba. Sus pocas cosas (un par de camisas, su rasuradora) tampoco estaban.
Salió al pasillo gritando.
—¡Doña Mary! ¡Doña Mary! —le gritó a la vecina—. ¿Vio a Beto?
La vecina salió con los tubos en la cabeza.
—Uy, seño. Salió hace como dos horas con una maleta. Iba muy risueño. Me dijo que se iba al norte.
Olga se recargó en la pared, deslizándose hasta el suelo.
Le había robado. No solo el dinero. Le había robado la poquita dignidad que le quedaba.
—Soy una estúpida —se golpeaba la cabeza contra la pared—. Una estúpida, estúpida, estúpida.
Lloró hasta que se quedó seca. Lloró pensando en Sergio, que jamás le tocó un centavo, que le daba su sobre completo de la quincena sin abrir.
—Sergio era un rey —sollozó—. Y yo lo cambié por basura. Dos veces.
Esa noche, Olga tuvo fiebre. Una fiebre alta, delirante. El estrés, la mala alimentación y la tristeza le pasaron factura.
Amaneció temblando, con un dolor en el pecho que no la dejaba respirar. Neumonía.
No pudo ir a trabajar. Doña Chuy, al no verla llegar, mandó a un mandadero a ver qué pasaba.
Cuando la encontraron, estaba semiinconsciente en su cama.
Tuvieron que llamar a una ambulancia. Se la llevaron al Hospital General, a urgencias.
Ahí, en una camilla en un pasillo atiborrado de gente, oliendo a desinfectante y enfermedad, Olga vivió su infierno personal.
Nadie fue a verla.
No tenía esposo. No tenía hijos. Sus “amigas” de la secundaria ni sabían dónde estaba. Beto estaba gastándose su dinero en quién sabe dónde.
Solo Lupe, la mesera, fue un día a llevarle una gelatina y unos papeles.
—Doña Chuy dice que te recuperes… pero que ya contrató a otra persona. No puede tener la cocina parada. Lo siento, mana.
Olga asintió, con la mascarilla de oxígeno puesta.
—Está bien, Lupe. Gracias.
Perdió el trabajo. Perdió sus ahorros. Perdió la salud.
Estuvo dos semanas internada. Dos semanas en las que tuvo mucho tiempo para pensar. Veía a los otros pacientes: ancianos cuidados por sus hijos, esposas cuidando a sus maridos. Veía el amor en medio del dolor. Y ella… ella solo tenía la pared blanca y el suero goteando. Tip… tap… tip… tap…
—Esto es el infierno —pensó—. El infierno no es fuego. El infierno es la indiferencia.
Mientras Olga luchaba por respirar en el hospital, en la casa de San Rafael la vida estallaba en llanto nuevo.
Carmen rompió fuente una madrugada.
Sergio, nervioso como primerizo, manejó al hospital privado (porque ahora podía pagarlo, aunque fuera uno modesto) con las manos sudadas.
—Tranquilo, viejo, que no se te vaya a parar el corazón a ti —bromeaba Carmen entre contracciones.
El parto fue rápido. A las 6:00 AM, nació Gabriel.
Cuando la enfermera le entregó el bulto a Sergio, él sintió que el universo entero cabía en sus brazos.
Era un niño pequeño, rosado, con mucho pelo negro y un grito potente.
—Hola, Gabriel —susurró Sergio, llorando libremente sobre el gorrito del bebé—. Soy tu papá. Te tardaste un chingo en llegar, cabrón, pero ya estás aquí.
Lalo y Sofía entraron a la habitación después.
—Órale, está bien feo, parece pasita arrugada —dijo Lalo, pero le acarició la manita con una delicadeza infinita.
—Está hermoso —corrigió Sofía.
La familia estaba completa.
Sergio miró a Carmen, que descansaba en la cama, sudada pero radiante.
—Gracias por hacerme el hombre más rico del mundo, Carmen.
—Tú ya eras rico, Sergio. Solo te faltaba dónde invertir todo ese amor.
Cuando salieron del hospital, tres días después, Sergio llevó a su familia a casa en la camioneta nueva. Había puesto un letrero en la parte de atrás: “Bienvenido a casa, Gabriel”.
Al llegar a la calle, los vecinos salieron. Hubo confeti, hubo aplausos. Pablo “El Pañal” estaba ahí con un cartón de cervezas (para después) y unos puros de chocolate.
—¡Ese es mi ahijado! —gritaba Pablo—. ¡Salió guapo como el padrino!
Sergio cargó a su hijo y lo levantó un poco, como presentándolo al sol, a su casa, a su vida.
Sentía una gratitud tan inmensa que le dolía el pecho. Pensó en sus padres, que ya no vivían. Y por un segundo, un solo segundo fugaz, pensó en Olga.
Pensó: “Ojalá encuentres paz, mujer. Porque yo ya encontré la mía”.
Pero fue un pensamiento lejano, como recordar una película vieja que ya no te emociona.
Olga salió del hospital una semana después. Estaba débil, flaca como un palo, con la piel grisácea.
Tuvo que pedir caridad en la iglesia para pagar los medicamentos.
Regresó a su cuarto de vecindad. El dueño, Don Beto, la estaba esperando con cara de perro.
—Me debe la renta de este mes, seño. Y me dijeron que el otro Beto se le peló con todo.
—Deme chance, Don Beto. Acabo de salir del hospital. Voy a buscar trabajo mañana mismo.
El hombre la miró y, por primera vez, vio la miseria absoluta en sus ojos. Suspiró.
—Le doy una semana. Si no, se va. Aquí no es beneficencia.
Olga entró a su cuarto. Estaba frío, polvoriento.
Se sentó en la cama. No tenía comida. No tenía dinero.
Se acostó y se tapó con la cobija vieja.
Esa noche, escuchó cohetes a lo lejos. Era día de fiesta en algún lado.
Se imaginó que eran para ella, para celebrar que seguía viva.
—Sigo viva —susurró—. ¿Pero para qué?
Entonces, recordó algo. En el fondo de su bolso, en un cierre roto que nunca usaba, tenía una tarjeta de presentación.
La había encontrado tirada en el mercado el día que vio a Sergio. Se le había caído a él o a Carmen.
Decía: “Construcciones y Acabados San Rafael. Maestro Sergio. Presupuestos sin compromiso”. Y un número de celular.
La sacó. El cartón estaba arrugado.
Miró el número.
Era su boleto de salida. Podía llamar. Podía decirle: “Sergio, me estoy muriendo de hambre. Ayúdame por los viejos tiempos”.
Sabía que él ayudaría. Era “El Bueno”. No la dejaría morir.
Marcó el número en su celular de teclas gastadas.
Tuuu… tuuu…
—¿Bueno? —contestó la voz de Sergio. Se oía feliz. De fondo se oía un bebé llorando y risas.
—¿Sergio? —dijo Olga.
Hubo un silencio.
—¿Quién habla? —preguntó él. No reconoció su voz. Su voz estaba ronca por la neumonía.
—Soy…
Olga se detuvo. Escuchó el llanto del bebé. Escuchó a Carmen decir al fondo: “¿Quién es, amor? ¿Es del material?”.
Y escuchó a Sergio responderle a Carmen, tapando un poco la bocina: “No sé, es un número desconocido. Ahorita veo”.
En ese instante, Olga tuvo el único acto de amor verdadero de toda su vida.
Entendió que llamar era tirar basura en el jardín de Sergio. Entendió que su presencia, aunque fuera por teléfono, era una mancha en esa felicidad perfecta.
Él tenía un bebé. Tenía una vida.
Y ella… ella ya no pintaba nada ahí.
—Disculpe, número equivocado —dijo Olga, y colgó antes de que pudiera arrepentirse.
Se quedó mirando el teléfono. Las lágrimas le corrían por la cara, pero esta vez no eran de berrinche. Eran de sacrificio.
—Sé feliz, Sergio —susurró al silencio de su cuarto—. Sé feliz por los dos.
Rompió la tarjeta en pedazos pequeños y los dejó caer al suelo.
Se levantó. Se lavó la cara.
—Mañana —se dijo—. Mañana voy a ir a pedir trabajo de lavar baños en la terminal de autobuses. Dicen que ahí siempre contratan.
Olga no recuperó su vida de lujos. Nunca volvió a usar tacones.
Pero esa noche, en la soledad más profunda, recuperó algo que había perdido hacía mucho: su dignidad. La dignidad de asumir sus errores y no arrastrar a nadie más a su abismo.
La vida siguió. Sergio construyendo casas y familias. Olga limpiando pisos y pagando deudas del karma.
Pero ambos, a su manera, encontraron su verdad.
Capítulo 8: El Eco de los Pasos Perdidos y el Último Reflejo en el Espejo
El tiempo en México no perdona, pero tampoco olvida. Pasan los sexenios, cambian las modas, sube el precio de la tortilla, pero las historias de barrio, esas que se tejen con lágrimas y sudor, se quedan incrustadas en las paredes de las casas.
Habían pasado veinte años desde aquella noche fatídica en que una maleta rodó por la banqueta de la colonia San Rafael. Veinte años es una vida entera. Es tiempo suficiente para que un árbol crezca y dé sombra, o para que una casa abandonada se venga abajo.
Sergio cumplía 60 años.
La celebración no fue en un salón alquilado, sino en el jardín de su casa, esa casa que había remodelado con sus propias manos hasta convertirla en la envidia de la cuadra. Ya no era la casita de interés social; ahora tenía dos pisos, una fachada de cantera y un portón eléctrico que resguardaba las camionetas de la empresa “Grupo Constructor San Rafael”.
Sergio estaba sentado en la cabecera de una larga mesa llena de comida: cazuelas de mole, arroz, carnitas, rajas con crema. Su cabello era completamente blanco, como la nieve del Popocatépetl, pero sus hombros seguían siendo anchos y su espalda recta. La vida le había marcado el rostro con arrugas profundas alrededor de los ojos, pero eran arrugas de reír, de entrecerrar los ojos bajo el sol supervisando obras, de mirar con amor.
A su derecha estaba Carmen. Ya no tenía la cintura de avispa de la juventud, y sus caderas se habían anchado tras los embarazos y los años de buen comer, pero para Sergio seguía siendo la mujer más hermosa del planeta. Ella le tomaba la mano por debajo del mantel, un gesto que no había cambiado en dos décadas.
—¡Abuelo, abuelo! —gritó un niño de cinco años, corriendo hacia él con una pelota. Era el hijo de Lalo, su hijastro, a quien Sergio quería como sangre de su sangre.
—¡Quieto, fiera! —rió Sergio, atrapando al niño en el aire con esos brazos que todavía tenían la fuerza de un roble—. Deja que el abuelo se acabe su tequila.
En el otro extremo de la mesa estaba Gabriel. El “bebé” del hospital ahora era un joven de 21 años, alto, moreno, con la misma sonrisa franca de su padre. Estaba terminando la carrera de Arquitectura en la UNAM. La ironía del destino: el hijo del albañil se convertiría en el arquitecto que diseñaría los sueños de otros, pero con la escuela de la humildad que Sergio le había inculcado a base de “chanclazos” de realidad y consejos al pie de la obra.
—Papá, quiero proponer un brindis —dijo Gabriel, poniéndose de pie y golpeando su copa con un tenedor.
El murmullo de la fiesta se apagó. Los amigos de siempre, Pablo “El Pañal” (ahora con bastón por la gota), los compadres, los vecinos, todos guardaron silencio.
—Por el viejo —dijo Gabriel, con la voz llena de emoción—. Porque nos enseñó que un hombre no se mide por la cartera, sino por la palabra. Porque construyó esta familia con los mejores cimientos: el amor y el trabajo. ¡Salud por mi papá, Sergio!
—¡Salud! —retumbó el jardín.
Sergio se limpió una lágrima discreta. Miró a su alrededor. Tenía todo. Absolutamente todo. Y pensar que hubo una noche, hacía tanto tiempo, en que creyó que su vida se había terminado porque una mujer de vestido rojo cruzó la puerta.
“Gracias, Dios”, pensó Sergio. “Gracias por quitarme lo que no me servía para darme lo que me hacía falta”.
A varios kilómetros de esa escena de felicidad, en la Terminal de Autobuses del Norte, el ambiente era muy distinto.
El olor a diesel quemado, a fritanga barata y a desinfectante industrial impregnaba el aire. Era un lugar de tránsito, donde nadie se queda, donde todos tienen prisa por irse o por llegar.
En los baños de mujeres de la sala de espera de segunda clase, una figura encorvada pasaba un trapeador grisáceo por el piso de loseta blanca. Llevaba un uniforme azul marino desgastado, dos tallas más grande de lo necesario, y un gafete de plástico que decía simplemente: “Olga. Intendencia”.
A sus 58 años, Olga parecía de 70.
La vida le había cobrado la factura con intereses moratorios. Su cabello, antes su corona de gloria, era ahora un estropajo ralo y completamente blanco, recogido en una red para el pelo. Su rostro estaba surcado de líneas profundas, amargas, marcadas por la falta de dientes traseros que no pudo arreglarse y por la desnutrición de los años malos. Sus manos, esas manos que antes cuidaba con cremas caras, estaban deformadas por la artritis y quemadas por el cloro.
Olga era “La señora de los baños”. Una figura invisible. Las mujeres entraban, se retocaban el maquillaje, se quejaban del olor, tiraban papeles al suelo y salían sin mirarla. A veces, alguna le dejaba una moneda de cinco o diez pesos en el platito que ella tenía en la entrada.
—Gracias, señorita. Dios la bendiga —murmuraba Olga con voz rasposa.
Esa era su vida. Vivía en un cuartito prestado en la azotea de una vecindad aún más pobre que la anterior, a cambio de limpiar las escaleras del edificio. No tenía seguro social, no tenía pensión, no tenía familia.
Sus domingos no eran de fiestas y nietos. Eran de sentarse en una banca de la terminal a ver pasar a la gente, imaginando historias, imaginando a dónde iban esos viajeros con maletas llenas de sueños.
Esa tarde, mientras Sergio brindaba por la vida, Olga tuvo un encuentro con un fantasma.
Estaba limpiando los espejos (siempre los espejos, su eterna condena y recordatorio) cuando entró un vagabundo al área común de los lavabos. Los guardias solían correrlos, pero a veces se colaban para lavarse la cara.
El hombre era un despojo humano. Sucio, con la barba enmarañada, oliendo a alcohol industrial. Se miró al espejo y empezó a llorar, balbuceando incoherencias.
Olga se acercó con cautela.
—Oiga, señor, no puede estar aquí. Si lo ven los polis le van a pegar.
El hombre se giró. Sus ojos, aunque inyectados de sangre y locura, tenían un color familiar. Un café claro, casi miel.
Olga se quedó helada.
—¿Ricardo? —susurró.
El vagabundo parpadeó, tratando de enfocarla.
—¿Quién? No… yo soy el Rey de Roma —dijo él, soltando una risa chimuela—. Tengo un yate… tengo una Suburban…
Era él. Ricardo Valenzuela. El hombre por el que ella había destruido su matrimonio. El empresario exitoso.
Olga sintió que el mundo daba vueltas.
—Ricardo… soy yo. Olga.
El hombre la miró un segundo, con un destello de lucidez aterrador, y luego su cara se torció en una mueca de asco.
—No conozco a ninguna Olga. Dame una moneda, vieja. ¿Tienes para un trago?
Olga retrocedió, horrorizada.
Se enteró después, por los chismes de los cargadores, que Ricardo había perdido todo hacía diez años. Negocios sucios, fraudes, vicios. Su prometida de Miami lo había dejado en la ruina y él se había hundido en la botella hasta terminar durmiendo en las banquetas de la terminal.
Olga se metió a su cuartito de servicio, donde guardaba las escobas, y se sentó sobre una cubeta.
Temblaba.
Ahí estaba su “príncipe azul”. Un teporocho delirante.
Y ahí estaba ella. La “reina” que limpiaba excusados.
“Dios los hace y ellos se juntan”, pensó con una amargura seca. “Pero al menos yo estoy limpia. Al menos yo trabajo”.
Ese encuentro, lejos de hundirla más, le dio una extraña paz. Confirmó que, aunque su castigo había sido duro, el de Ricardo había sido peor. Ella conservaba la razón. Él la había perdido.
Pasaron unos meses más. Llegó la temporada de lluvias. La terminal era un caos de gente mojada, paraguas goteando y pisos resbalosos.
Olga estaba trapeando frenéticamente la entrada de los baños para que nadie se cayera. Le dolía la espalda horrores. La artritis la estaba matando con la humedad.
De repente, vio un revuelo cerca de las taquillas. Un joven corría, buscando algo desesperadamente.
Era un muchacho alto, bien vestido, con una camisa azul y una chamarra de piel. Parecía angustiado.
Se le acercó a Olga, no porque la viera, sino porque estaba en su camino.
—Disculpe, señora… ¿no vio una cartera? Se me cayó por aquí. Es café, de piel. Trae mis documentos. ¡Me urge, por favor!
Olga levantó la vista.
El corazón le dio un vuelco que casi la mata ahí mismo.
El muchacho tenía los ojos de Sergio. Tenía la nariz de Sergio. Tenía la misma forma de hablar, esa mezcla de firmeza y amabilidad.
No era Sergio, claro. Sergio ya estaría viejo.
Era su hijo. Tenía que serlo.
Olga sintió que le faltaba el aire. Se recargó en el palo del trapeador.
—¿Cómo… cómo se apellida usted, joven? —preguntó con un hilo de voz.
El muchacho, desesperado, no reparó en la extrañeza de la pregunta.
—Ramírez. Gabriel Ramírez. Por favor, señora, trae mi cédula profesional, la acabo de tramitar. Y el dinero de la inscripción de mi maestría.
Ramírez. El apellido de Sergio. Gabriel.
Olga miró hacia el suelo, cerca de los botes de basura, donde hacía unos minutos había visto algo oscuro pateado por la gente.
Se acercó. Ahí estaba. Una cartera de piel café, mojada y pisoteada.
La recogió. Estaba pesada. Se notaba que traía dinero. Mucho dinero.
Quizás cinco mil, diez mil pesos.
Dinero que Olga podría usar para dejar de limpiar baños. Para comprar medicinas. Para comer carne una semana entera. Para comprarse un abrigo nuevo.
La tentación fue un rayo caliente que le recorrió la columna. “Es justicia”, pensó una voz oscura en su cabeza. “Su padre te echó a la calle. Su padre es rico y tú eres pobre. Tómalo”.
Miró a Gabriel, que seguía buscando frenéticamente entre las bancas, con las manos en la cabeza.
Se veía tan joven. Tan limpio. Tan… bueno.
Como Sergio cuando la conoció.
Olga apretó la cartera en sus manos deformes.
Cerró los ojos un segundo. Recordó la última vez que vio a Sergio en el mercado, pagando su cuenta y dejándole propina. Recordó su dignidad al no llamarlo.
“No”, se dijo. “Ya le quité la paz a su padre una vez. No le voy a quitar el futuro a su hijo”.
—Joven —llamó Olga.
Gabriel se giró.
—Mire. Estaba ahí, junto al bote.
Gabriel corrió hacia ella y tomó la cartera. La abrió con manos temblorosas. Revisó el dinero, revisó la credencial. Estaba todo.
El alivio en su rostro fue tan luminoso que iluminó el pasillo gris de la terminal.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias, señora! ¡No sabe lo que me acaba de salvar! Es… es todo mi esfuerzo.
Sacó tres billetes de quinientos pesos de la cartera y se los extendió.
—Tenga. Por favor. Es lo menos que puedo hacer.
Olga miró los billetes. Mil quinientos pesos. Era su sueldo de un mes entero.
Miró los ojos de Gabriel. Los ojos de Sergio.
—No, mijo —dijo Olga, empujando suavemente la mano del muchacho—. Guárdeselo. Úselo para su maestría. Estudie mucho.
Gabriel se quedó sorprendido. Pocas veces alguien rechazaba dinero ahí.
—Pero señora… es mucho trabajo lo que usted hace… acéptelo.
—Que no. Mejor… —Olga dudó. Tragó saliva—. Mejor dígame una cosa. ¿Su papá… su papá está bien?
Gabriel frunció el ceño, extrañado.
—Sí… mi papá está bien. ¿Lo conoce?
Olga sonrió. Una sonrisa triste, desdentada, pero infinitamente dulce.
—Conocí a un hombre que se le parecía mucho. Hace muchos años. Era un buen hombre. Un hombre de una sola pieza. Si usted es su hijo, seguro salió igual.
Gabriel la miró con atención. Por primera vez, vio más allá del uniforme de limpieza. Vio a la mujer. Vio la tristeza antigua en sus ojos.
Sintió una conexión extraña, un escalofrío.
—Mi papá se llama Sergio. Sergio Ramírez.
—Lo sé —susurró Olga—. Dígale… dígale que la señora de los baños le manda decir que hizo un buen trabajo con usted. Que valió la pena.
Gabriel no entendía del todo, pero asintió con respeto.
—Se lo diré. Gracias… ¿cuál es su nombre?
—Olga. Solo Olga.
—Gracias, Doña Olga. Que Dios se lo pague.
Gabriel le dio un apretón de manos. La mano joven, fuerte y cálida de él, envolviendo la mano vieja, fría y dolorida de ella.
Fue el único contacto físico que Olga tendría con el legado de Sergio.
Gabriel se dio la vuelta y corrió hacia los andenes. Su autobús estaba por salir.
Olga se quedó parada ahí, con su trapeador, viendo cómo la espalda del muchacho se alejaba entre la multitud.
—Adiós, mi amor —susurró, no a Gabriel, sino al fantasma de Sergio que vivía en él.
Esa noche, en la casa de San Rafael, Gabriel cenaba con sus padres.
—No saben lo que me pasó hoy —contó, todavía emocionado—. Perdí la cartera en la terminal. Pensé que ya había valido madres la maestría. Pero una señora de la limpieza me la devolvió. Con todo el dinero.
—Qué suerte, hijo —dijo Carmen, sirviéndole café—. Todavía hay gente honrada.
—Sí. Pero fue raro. No quiso aceptar dinero. Y me preguntó por ti, papá.
Sergio bajó su taza de café lentamente.
—¿Por mí?
—Sí. Me dijo que te conocía. Que eras un buen hombre. Y que te dijera que hiciste un buen trabajo conmigo.
Sergio sintió un piquete en el corazón.
—¿Cómo se llamaba?
—Olga. Una señora ya grande, canosa, muy acabada la pobre.
El silencio cayó sobre la mesa. Carmen y Sergio intercambiaron una mirada. Una mirada de entendimiento profundo.
Veinte años después, Olga había aparecido una última vez. No para destruir, sino para devolver.
Sergio asintió lentamente, mirando al vacío.
—Sí, hijo. La conocí. Hace mucho tiempo.
No dio más detalles. No hacían falta.
Gabriel, intuyendo que había historia ahí, no preguntó más.
Más tarde, cuando se fueron a dormir, Sergio salió al balcón de su recámara. La noche estaba fresca.
Miró hacia el horizonte, hacia donde las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas.
—Gracias, Olga —dijo al viento—. Gracias por devolverme a mi hijo. Estamos a mano.
Olga murió dos años después, durante un invierno particularmente crudo.
Nadie reclamó su cuerpo al principio. Sus vecinos de la vecindad hicieron una coperacha para no dejarla en la fosa común, pero no completaban.
Entonces, un día, llegó una camioneta funeraria decente a la vecindad.
Un hombre joven, arquitecto, se encargó de los trámites. Pagó un entierro modesto pero digno en un panteón civil.
Nadie supo quién le avisó, o cómo se enteró. Quizás fue el destino, o quizás Gabriel nunca olvidó a la señora de los ojos tristes.
En su tumba, no pusieron “Olga, la esposa de…”.
Pusieron una placa pequeña que decía:
“Olga. Al final, encontró su camino”.
La historia de Sergio y Olga se cerró, pero la lección quedó flotando en el aire de la colonia San Rafael.
Dicen que cuando uno pasa por esa casa bonita de dos pisos, donde siempre se oyen risas y huele a comida rica, se siente una vibra especial. Es la vibra de las cosas que se construyen con paciencia y verdad.
Y dicen que en los baños de la Terminal del Norte, a veces, cuando todo está en silencio, se oye el susurro de una mujer tarareando una canción vieja, recordándole a los viajeros que lo más valioso que llevan no va en la maleta, sino en el pecho.
Porque la vida no se trata de no caer. Se trata de qué haces cuando estás en el suelo. Sergio se levantó y construyó un castillo. Olga se quedó abajo, pero al menos, antes de irse, aprendió a limpiar su propia alma.
Y así, querido lector, termina esta historia.
No busques lujos donde no hay amor.
No cambies un diamante real por un vidrio que brilla.
Y sobre todo, valora a quien te da la mano cuando estás lleno de polvo, porque esos son los que merecen estar contigo cuando estés cubierto de gloria.
FIN