¡LA HUMILLÓ Y LA ABANDONÓ EN LA RUINA, PERO 11 AÑOS DESPUÉS REGRESÓ SIENDO EL MILLONARIO DUEÑO DE SU EDIFICIO! ¿VENGANZA DESPIADADA O EL ACTO DE AMOR MÁS GRANDE DE LA HISTORIA?

CAPÍTULO 1: LA CAÍDA DEL “REY DEL FRACASO”

El Juzgado Cuarto de lo Familiar en la Ciudad de México olía a cera vieja, a humedad estancada y a esa mezcla inconfundible de cloro barato y sueños rotos. Las luces fluorescentes parpadeaban sobre el pasillo, proyectando sombras intermitentes sobre las bancas de metal donde Martín esperaba, con la cabeza entre las manos, como si intentara evitar que el cráneo se le partiera en dos.

Cuando el secretario salió y gritó su apellido con esa voz monótona de burócrata aburrido, Martín sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Era el final.

Dentro de la sala, el juez no perdió el tiempo. Con la eficiencia de un carnicero, dictó la sentencia que cortaba el último hilo que unía a Martín con Elena. El golpe del mazo sobre la madera sonó seco, definitivo, como un disparo con silenciador.

—Queda disuelto el vínculo matrimonial —dijo el juez, sin siquiera mirarlos a los ojos, ya pasando a la siguiente hoja de su expediente.

Martín se giró lentamente hacia Elena. Ella estaba parada a su lado, pero se sentía a kilómetros de distancia. Llevaba ese vestido de flores que compró en el mercado hace cinco años, el mismo que usaba para las ocasiones especiales, pero ahora lucía desgastado, igual que ella. Sus manos, ásperas por el cloro y el jabón de lavar ajeno, apretaban su bolsa como si fuera un salvavidas.

—Elena… —suplicó Martín, y su voz salió rota, rasposa, como si tuviera vidrios en la garganta—. Por la virgencita, nena, no me hagas esto. Aún podemos arreglarlo. Dame chance, solo una última oportunidad. Te juro, por la vida de nuestros hijos, que esta vez sí va a funcionar. Ya tengo un plan, hablé con el compadre Chuy y…

Elena ni siquiera parpadeó. Se giró hacia él con una lentitud que aterraba. No había lágrimas en sus ojos. Ya no. Se las había llorado todas durante once años de miserias, de promesas vacías y de esconderse de los cobradores. Lo miró con una frialdad que heló la sangre de Martín. Era la mirada de una mujer que había matado su propio corazón para poder sobrevivir.

—Martín —dijo ella. Su voz no tembló. Era firme, dura como el cemento de la vecindad donde vivían—. Ya estuvo suave. Ya no hay “hubieras”, ya no hay “mañanas”. Se acabó.

—Pero, mi amor…

—No me digas “mi amor” —lo cortó ella, y por primera vez, una chispa de furia cruzó sus ojos negros—. Escúchame bien, porque es lo último que vas a oír de mí en esta vida. Lo único bueno, lo único santo que saqué de este maldito matrimonio, son mis dos hijos, Mireya y Huguito. Ellos son mi luz. Pero tú… tú fuiste mi cruz, Martín. Lo peor que me pasó en la vida fue haberte conocido en esa kermés.

Martín sintió como si le hubieran dado una patada en el estómago. Intentó hablar, pero el aire no le llegaba a los pulmones.

—Que te vaya bien —remató Elena, ajustándose el rebozo—. Y hazme un favor: si me ves en la calle, cámbiate de banqueta. Ojalá Dios te perdone, porque yo no puedo. Que en esta vida no nos volvamos a cruzar nunca más.

Ella dio media vuelta y salió del juzgado. El sonido de sus tacones desgastados resonando en el pasillo, tac, tac, tac, fue el sonido más triste que Martín había escuchado jamás. Se quedó ahí parado, en medio de la sala vacía, sintiéndose más pequeño que una colilla de cigarro aplastada en el piso.


Para entender por qué Elena, una mujer que alguna vez lo miró con adoración absoluta, ahora lo miraba como si fuera basura, había que conocer la historia de “El Rey del Fracaso”. Así le decían en el barrio, en la colonia Doctores. Martín no era un mal hombre, o al menos eso se decía él mismo. Pero tenía el “toque de Midas inverso”: todo lo que tocaba, lo convertía en ruina.

Seis meses antes del divorcio, Martín había tenido “la idea del millón”.
—¡Tamales Gourmet, mujer! —le había gritado a Elena, con los ojos brillando de fiebre emprendedora—. No de esos de dulce y verde que vende la Doña Pelos. No, no. Tamales de camarón con queso crema, de arrachera, de trufa. ¡Vamos a ser los reyes de la comida rápida!

Elena, aunque dudosa, quiso creer. Siempre quería creer. Martín pidió prestado dinero a todo el mundo: a su hermana que vivía en el norte, a los agiotistas del barrio, hasta empeñó la televisión y el anillo de bodas de Elena sin que ella supiera.
Consiguió un local, compró ollas industriales y contrató a un proveedor que le prometió la mejor carne a precio de remate.

—¡Es nuestra oportunidad de salir de pobres, Elena! —decía mientras pintaba el letrero: TAMALES DON MARTÍN.

El día de la inauguración, la fila daba la vuelta a la manzana. Martín se sentía Slim. Se sentía poderoso. Vendió todo en dos horas.
Pero a las cinco de la tarde, el infierno se desató.
Las noticias locales abrieron con un titular escandaloso: “ALERTA SANITARIA: RED DE TRÁFICO DE CARNE EN DESCOMPOSICIÓN VENDIDA A NEGOCIOS LOCALES”.

Resultó que el proveedor de Martín, ese tipo con diente de oro que le dio “precio de amigo”, le había vendido carne de caballo echada a perder, maquillada con químicos.
Los clientes empezaron a llegar, no a comprar, sino a reclamar. Hubo vómitos, hubo patrullas, hubo gritos. La Secretaría de Salud clausuró el local antes de que cayera la noche.
Martín no solo perdió el dinero prestado. Perdió la vergüenza. El barrio entero se burlaba de él.

—Ahí va el “mata-tripas” —susurraban cuando pasaba.

Elena, sin embargo, no se rindió. Era una guerrera azteca. Con la casa hipotecada hasta el cuello y los cobradores tocando la puerta a todas horas, decidió tomar las riendas.
—Tú ya no hagas nada, Martín. Por favor, solo quédate quieto —le dijo, con lágrimas de impotencia.

Elena sacó sus ahorros secretos, esos que guardaba debajo del colchón para la universidad de Mireya. Vendió lo poco que quedaba de valor en la casa. Rentó un pequeño localito, una accesoria vieja que olía a humedad, y la transformó con sus propias manos.
Le puso nombre: “ANTOJITOS MIREYA”.
Era su última carta. Su todo o nada.

El día de la inauguración de “Antojitos Mireya”, el ambiente era diferente. No había promesas de grandeza, solo olor a chilaquiles bien hechos, a café de olla y a esperanza honesta.
Mireya, que en ese entonces tenía 18 años y acababa de entrar a la prepa, ayudaba a meserear. Hugo, todavía un niño, limpiaba las mesas con una sonrisa chimuela.
La gente empezó a llegar. Los vecinos, que querían a Elena por ser una mujer trabajadora, llenaron el lugar.
—¡Están buenísimos, doña Elena! —gritaban los estudiantes de la secundaria de enfrente.

Elena lloraba de emoción en la cocina. Miró a Martín, que estaba lavando platos en la esquina, calladito.
—Esta vez sí, viejo —le susurró ella, secándose el sudor de la frente—. Esta vez Dios nos está sonriendo. Cuida esto. Es lo único que nos queda. No lo vayas a arruinar.

Pero Martín… pobre Martín. El destino tenía una deuda con él y venía a cobrarla con intereses.
A las ocho de la noche, cuando el lugar estaba a reventar, se escuchó el rugido de unas motocicletas afuera. El sonido seco de botas pesadas golpeando el pavimento hizo que se hiciera un silencio sepulcral en la fonda.

Entraron tres tipos. No eran clientes. Eran gorilas. Llevaban cadenas de oro, tatuajes en el cuello y bates de béisbol en las manos. Eran los cobradores de “El Tuercas”, el agiotista más peligroso de la colonia.
—¿Quién es Martín López? —preguntó el líder, un tipo con una cicatriz que le cruzaba la ceja.

Martín, pálido como un papel, salió de la cocina secándose las manos.
—Soy… soy yo. Les juro que les voy a pagar, solo denme una semana, miren, el negocio está jalando…

El tipo de la cicatriz se rio. Una risa fea, seca.
—El Tuercas no da semanas, carnal. El Tuercas quiere su lana hoy. Y como no tienes la lana… nos cobramos con lo que haya.

Lo que siguió fue una carnicería de madera y vidrio.
Delante de los clientes, delante de sus hijos, delante de Elena, los tipos destrozaron el lugar. Rompieron las mesas que Elena había lijado con sus propias manos. Estrellaron la vitrina de los postres. Volcaron la olla de los tamales hirviendo.
Elena gritaba, intentando proteger a Hugo. Mireya se quedó paralizada, viendo cómo el sueño de su madre se convertía en astillas en cuestión de segundos.

—¡Esto es un aviso! —gritó el líder antes de salir—. ¡La próxima vez no rompemos mesas, rompemos piernas!

Cuando el polvo se asentó, la fonda “Antojitos Mireya” era una zona de guerra.
Elena estaba sentada en el piso, abrazada a una pata de mesa rota, llorando en silencio. No eran sollozos. Eran gemidos de un animal herido de muerte.
Martín intentó acercarse.
—Elena, perdóname, yo no sabía…

Y entonces, Mireya explotó.
Mireya, la niña dulce, la hija obediente, se transformó. Se levantó de entre los escombros, con los ojos inyectados en sangre y furia.
Caminó hacia su padre y lo empujó con una fuerza que nadie sabía que tenía.
—¡No la toques! —gritó Mireya. Su voz retumbó en las paredes vacías—. ¡No te atrevas a tocarla!

Mireya corrió al pequeño cuarto trasero donde guardaban sus cosas. Agarró la maleta vieja de Martín, esa maleta de cuero sintético que ya tenía los cierres rotos, y empezó a meter la ropa de su padre hecha bolas. Camisas, pantalones, los zapatos viejos.
Salió arrastrando la maleta y la aventó a la calle, bajo la lluvia que empezaba a caer, como si el cielo también estuviera llorando de vergüenza.

—¡Vete! —le gritó Mireya a su padre, señalando la oscuridad de la calle—. ¡Lárgate de aquí! ¡Ya nos quitaste todo! ¡Nos quitaste la casa, nos quitaste el dinero, y ahora le quitaste la esperanza a mi mamá!

—Hija, por favor, escucha… —Martín intentó dar un paso hacia la banqueta.

—¡No soy tu hija! —bramó ella, y las venas de su cuello se marcaron—. ¡Mírala! ¡Mira a mi mamá! ¡La mataste en vida, papá! ¡Eres un cáncer para esta familia! ¡Vete y no regreses nunca! ¡Ojalá te mueras por ahí para que dejes de arruinarnos la vida!

Elena no dijo nada. Seguía en el suelo, meciéndose. Hugo lloraba abrazado a la pierna de su hermana.
Martín miró a su familia. Vio el odio en los ojos de Mireya, el terror en los de Hugo y la derrota absoluta en los de Elena.
Sabía que no había vuelta atrás. Se había convertido en el monstruo del cuento.

Lentamente, bajo la lluvia que ya caía a cántaros, Martín recogió su maleta rota del asfalto mojado. Se puso su chamarra, que ya no le calentaba el cuerpo ni el alma, y empezó a caminar calle abajo, hacia la oscuridad, hacia la nada.
Cada paso que daba resonaba con las palabras de su hija: “Ojalá te mueras”.


11 Años Después.

El tiempo en la vecindad “Villa Familia” pasaba lento y pesado. Era un edificio viejo en una colonia popular, de esos con paredes despintadas y tendederos de ropa cruzando el patio central como banderas de la pobreza.

Mireya ya no era una niña. Ahora era una mujer de 29 años, endurecida por la vida. Trabajaba como jefa de piso en “Supermercados Jota”, lidiando con clientes prepotentes y un sueldo que apenas alcanzaba para la renta. Sus ojos habían perdido el brillo de la inocencia, reemplazado por las ojeras del cansancio crónico.
Elena seguía luchando, vendiendo comida por catálogo y haciendo limpiezas, pero sus manos ya temblaban por la artritis y el estrés.

Esa tarde, el cielo de la Ciudad de México estaba gris, color panza de burro. Estaba lloviendo otra vez.
Hugo, ahora un adolescente pegado al celular, estaba viendo las noticias en la pequeña televisión de la sala.

“ÚLTIMA HORA: Trágico accidente en la carretera México-Cuernavaca. Un camión de carga embistió a una motocicleta que derrapó por el pavimento mojado…”

Mireya estaba contando las monedas para el pasaje del día siguiente cuando escuchó el reporte. Levantó la vista.
En la pantalla, mostraron la moto destrozada. Era una carcacha vieja. Pero en el tanque de gasolina, apenas visible entre el metal retorcido, había una calcomanía. Una estampa descolorida del equipo de los “Diablos Rojos del México”, y abajo, escrito con plumón permanente: Propiedad de Martín.

El teléfono de la casa sonó. Ese sonido estridente que siempre anuncia desgracias.
Mireya contestó. Era la tía Chela, la hermana de Martín, con la que no hablaban hace años.
—¿Bueno? —dijo Mireya, con un nudo en la garganta.
—Se murió —dijo la tía Chela, seca, sin rodeos, como quien avisa que se acabó el gas—. Tu padre. Se mató en la carretera. Iba para el hospital, pero no la libró. Ya no tienen padre. ¿Entendieron? Ahí verán ustedes si le lloran o no.

La llamada se cortó.
Mireya soltó el teléfono. Se quedó mirando la lluvia golpear la ventana.
—¿Qué pasó, mija? —preguntó Elena, saliendo de la cocina secándose las manos.
Mireya la miró, con los ojos llenos de lágrimas que no sabía que tenía guardadas.
—Se murió, amá. Mi papá… se murió.

Elena se quedó estática. El trapo de cocina cayó al suelo.
No gritó. No se desmayó. Simplemente caminó despacio hacia su recámara y cerró la puerta.
Mireya se acercó y pegó la oreja a la madera. Escuchó un sollozo ahogado, profundo, desgarrador.
Escuchó a su madre hablar sola frente al espejo.

—Maldito viejo… —susurraba Elena entre llanto—. Te dije que no quería volverte a ver… ¡pero no te dije que te murieras! ¡Tenías que vivir, cabrón! Tenías que vivir para demostrarme que podías ser alguien, que no eras un inútil… ¿Por qué te fuiste así? ¿Por qué me dejaste sola con este odio que ahora no sé dónde poner?

Mireya se deslizó por la pared hasta sentarse en el piso. Pensó en la última vez que lo vio, arrastrando esa maleta bajo la lluvia. Pensó en sus últimas palabras hacia él: “Ojalá te mueras”.
La culpa le cayó encima como una losa de concreto.


Un año pasó desde la noticia. Un año de luto silencioso. Hicieron una pequeña ofrenda el Día de Muertos, con una foto vieja de Martín y un plato de tamales, más por costumbre que por perdón.

Pero la desgracia no suelta a sus presas fácilmente.
El dueño del edificio “Villa Familia”, el Don Gregorio, un viejito cascarrabias pero noble que les perdonaba cuando se atrasaban con la renta, murió en un incendio extraño en su departamento del tercer piso. Se dijo que se quedó dormido con un cigarro encendido.
El caos se apoderó de la vecindad.

—¡Van a vender el edificio! —gritaba Doña Cuca, la vecina chismosa del 202—. ¡Nos van a echar a todos a la calle!

Y así fue. Llegó el aviso de desalojo. El nuevo dueño, un misterioso inversionista que había comprado el edificio en efectivo (“¡Con puros billetes de a mil, dicen!”, chismeaba la gente), quería desocupar uno de los departamentos para vivir ahí.
Elena estaba desesperada. No tenían dinero para mudarse. Los depósitos en la ciudad estaban impagables.

—Voy a hablar con el nuevo dueño —dijo Elena, decidida, arreglándose el cabello frente al espejo—. Voy a suplicarle si es necesario. No nos pueden echar así.

Era el primer aniversario luctuoso de Martín. La ironía de la vida.
Elena y sus hijos bajaron al patio central de la vecindad. Estaban sacando las bolsas de basura de la ofrenda que ya iban a quitar.
De repente, el estruendo de un motor potente hizo vibrar los vidrios de las ventanas.
Un auto negro, deportivo, de esos que solo se ven en las telenovelas o en Polanco, entró despacio por el portón de la vecindad, esquivando los baches con elegancia. Brillaba tanto que lastimaba la vista.

El auto se detuvo justo frente a ellos.
El silencio en el patio era absoluto. Hasta los perros callejeros dejaron de ladrar.
La puerta del conductor se abrió.
Primero salió un zapato. Un mocasín de piel italiana, lustrado hasta parecer espejo. Luego, una pierna con un pantalón de tela fina.
El hombre bajó. Alto. Imponente. Llevaba un traje gris oxford que gritaba “dinero”. Un reloj de oro en la muñeca que valía más que todo el edificio. Gafas oscuras de diseñador.

Elena apretó la bolsa de basura contra su pecho, sintiendo que le faltaba el aire. Conocía esa forma de caminar. Conocía esa barbilla.
El hombre se paró frente a ellos. Se quitó las gafas lentamente, con un movimiento teatral, y las guardó en el bolsillo del saco.

Sus ojos se encontraron con los de Elena.
No era un fantasma.
Y definitivamente no estaba muerto.

Era Martín.
Pero no era el Martín derrotado, el tamalero fracasado, el hombre que se fue llorando bajo la lluvia.
Este Martín olía a loción cara, a éxito y a poder.

—Buenas tardes, familia —dijo Martín. Su voz era grave, segura, con un toque de arrogancia que nunca antes había tenido—. Veo que el lugar sigue igual de… pintoresco.

Mireya soltó la bolsa que cargaba.
—¿Papá? —susurró Hugo, con los ojos como platos.

Martín sonrió. Una sonrisa de medio lado, la de quien tiene el as bajo la manga.
—El mismo que viste y calza, hijo. —Miró a Elena, que estaba pálida como un fantasma—. Hola, Elena. Te ves… cansada.

—¿Estás… estás vivo? —logró articular Elena, temblando.

—Más vivo que nunca, mi reina —respondió él, abriendo los brazos como si fuera el dueño del mundo. Luego señaló el edificio con un gesto amplio—. Y por cierto… soy el nuevo dueño de este chiquero. Así que, técnicamente… vengo a cobrar lo que es mío.

Mireya sintió que la sangre le hervía. El hombre que los abandonó, el hombre por el que lloraron y se sintieron culpables, estaba ahí, burlándose de su miseria con un traje de millonario.
La guerra acababa de comenzar. Y Martín, el antiguo Rey del Fracaso, había vuelto para reclamar su trono… o para quemarlo todo.

(FIN DEL CAPÍTULO 1)


Nota para el usuario: He expandido el primer capítulo centrándome en la atmósfera, los diálogos mexicanos y la profundidad emocional de los personajes. Debido a la longitud, si deseas que continúe con el Capítulo 2 con este mismo nivel de detalle (más de 3000 palabras narrativas), por favor indícamelo.

Next capit 3000 word

NEO MEXICO NỔI BẬT

Response complete
Gemini replied

Dưới đây là Chương 2 của câu chuyện, được viết lại và mở rộng với phong cách Telenovela Mexico đậm đặc, tập trung vào tâm lý nhân vật, bối cảnh văn hóa và sự kịch tính.


CAPÍTULO 2: EL FANTASMA DEL PENTHOUSE DE INTERÉS SOCIAL

El silencio que siguió a la declaración de Martín pesaba más que una losa de concreto. En el patio de la vecindad “Villa Familia”, el tiempo parecía haberse detenido. Las gotas de lluvia seguían cayendo, pero nadie se movía. Los vecinos, asomados tras las cortinas de encaje y las ventanas con herrajes oxidados, contenían la respiración. Era el chisme del siglo, la resurrección que nadie pidió pero todos estaban presenciando.

Elena sentía que las piernas se le convertían en gelatina. Su mente, nublada por el shock, intentaba procesar la imagen frente a ella. Ese hombre… ese hombre con el traje impecable que costaba más de lo que ella ganaba en cinco años, era el mismo que solía roncar en el sofá viendo el fútbol con la camisa manchada de salsa valentina. Era Martín. Su Martín. El que se suponía que estaba pudriéndose en una fosa común o en algún cementerio olvidado.

—¿Papá? —repitió Hugo, rompiendo el hechizo. El adolescente dio un paso al frente, con los ojos brillando con una mezcla de terror y fascinación. Fascinación, sobre todo, por el auto deportivo negro que parecía una nave espacial estacionada entre los botes de basura.

Mireya, sin embargo, no sentía fascinación. Sentía una bilis negra subiéndole por la garganta.
—No le digas “papá” —siseó ella, agarrando a su hermano del brazo con fuerza—. Ese señor está muerto. Lo enterramos. Le lloramos. Esto… esto es una broma de mal gusto.

Martín se quitó una pelusa invisible de la solapa de su saco gris.
—No soy ningún fantasma, Mireya. Tócame si quieres —dijo, extendiendo una mano cuidada, con manicura perfecta—. Estoy vivito y coleando. Y vengo con la cartera llena, que es lo que importa en este mundo, ¿no? ¿No fue por falta de lana que me echaron como perro hace once años?

Mireya soltó una carcajada histérica.
—¿Lana? ¿Crees que esto se trata de dinero? —Gritó, y su voz rebotó en las paredes despintadas del edificio—. ¡Te dimos por muerto! ¡Mamá se enfermó de los nervios! ¡Yo tuve que dejar la universidad para mantener esta casa! ¿Y tú apareces un año después de tu “muerte”, en el aniversario de tu supuesta desgracia, jugando al rico McPato? ¡Lárgate! ¡Fuera de mi casa!

Martín suspiró, como quien tiene que explicarle matemáticas a un niño lento. Sacó un documento doblado del bolsillo interior de su saco.
—Ahí está el detalle, mija. Ya no es “tu” casa. —Desdobló el papel y lo mostró. Era una escritura notariada, con sellos oficiales y firmas recientes—. Es mi edificio. Compré la “Villa Familia” ayer. De contado. Así que, técnicamente, ustedes viven bajo mi techo. Otra vez.

Elena, que había estado muda, finalmente reaccionó. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza, sino de una rabia incandescente.
—¿Compraste el edificio? —susurró—. ¿El edificio donde murió Don Gregorio? ¿El edificio que se quemó?

—Lo compré barato, aprovechando la oferta del incendio —dijo Martín con una frialdad empresarial—. Negocios son negocios, Elena.

—¡Eres un desgraciado! —gritó Elena, y por un momento pareció que se le iba a lanzar encima a golpes, pero las fuerzas le fallaron y se tambaleó. Mireya la sostuvo antes de que cayera al suelo mojado.

—¡Vámonos, mamá! —dijo Mireya, fulminando a su padre con la mirada—. No vamos a estar ni un minuto más aquí escuchando a este loco.

—Tienen contrato de arrendamiento vigente hasta fin de año —dijo Martín, revisando su reloj de oro—. Y leí las cláusulas. Si rompen el contrato antes de tiempo, pierden el depósito. Y sé que no tienen ni un peso partido por la mitad para irse a otro lado. Así que… bienvenidas a la nueva administración.

Dio media vuelta, caminó hacia la cajuela de su auto, sacó una maleta Louis Vuitton y, sin mirar atrás, comenzó a subir las escaleras hacia el tercer piso. Hacia el departamento 302. El departamento quemado. El departamento donde había muerto el antiguo dueño.

—Voy a estar en el penthouse —gritó desde el barandal del primer piso—. Si necesitan algo, ya saben dónde encontrar al patrón.


La noticia corrió por la colonia Doctores más rápido que la diarrea.
En la “Tiendita de la Esquina”, Doña Cuca ya estaba dando su reporte oficial a Don Chuy, el carnicero.

—Te lo juro por la Virgencita de Guadalupe, Chuy —decía Doña Cuca, persignándose con una mano mientras sostenía una Coca-Cola con la otra—. El Martín regresó. Pero no regresó normal. Regresó como narco.
—¿Cómo que narco, Cuca? No digas tarugadas —respondió Don Chuy, afilando su cuchillo.
—¡Pues claro! ¿De dónde saca un pelado que vendía tamales podridos para comprar un edificio entero en efectivo? Y mira, se metió al departamento del muertito. Al 302. Dicen que ahí todavía huele a chamuscado.
—Yo escuché otra cosa… —intervino la señora de las tortillas, bajando la voz—. Dicen que la hija de Don Gregorio vendió el edificio porque le urgía la lana. Pero… ¿no se les hace raro que Martín aparezca justo después del incendio? A mí se me hace que él prendió el cerillo.
—¡Ave María Purísima! —exclamó Cuca—. ¿Dices que mató al viejo para quedarse con la vecindad?
—Yo no digo nada… pero el diablo tiene muchas caras, y a veces viene en auto deportivo.

El rumor se instaló en el aire como la niebla: Martín no solo era un mal padre y un exmarido descarado, ahora era, a los ojos del barrio, un sospechoso de asesinato, un lavador de dinero, o quizás, alguien que había hecho un pacto con el mismísimo demonio.


Mientras tanto, en el pequeño departamento 102, el ambiente era fúnebre.
Elena estaba sentada en la mesa de la cocina, con una taza de té de tila que le temblaba en las manos. Mireya caminaba de un lado a otro como leona enjaulada.
—Tenemos que irnos, mamá. Hoy mismo —decía Mireya—. Empacamos lo básico y nos vamos a un motel, o pedimos asilo con la tía Rosa.
—La tía Rosa vive en un cuarto de dos por dos con cinco gatos, Mireya —respondió Elena con voz débil—. Y no tenemos dinero para un motel. Se nos acabó lo de la quincena pagando las medicinas de mi presión.
—¡Pido un préstamo en el trabajo! ¡Vendo mi celular! ¡No me importa! —Mireya golpeó la mesa—. ¡No podemos vivir bajo el mismo techo que él! ¡Es una humillación! ¿Viste cómo nos miró? Como si nos estuviera haciendo un favor. “Soy el patrón”, dijo el imbécil.
—Hija, cálmate…
—¡No me calmo! —Mireya se agarró el pelo, desesperada—. ¿Y si es verdad lo que dicen los vecinos? ¿Y si anda en malos pasos? Nadie se vuelve millonario en un año, mamá. Menos él. Martín López no sabe hacer negocios. Martín López solo sabe arruinar vidas. Si tiene dinero… es dinero sucio.

En ese momento, la puerta se abrió. Hugo entró, cargando una caja enorme que apenas cabía por el marco. Detrás de él, dos cargadores sudorosos metían un sofá de piel blanca que parecía sacado de una revista de arquitectura.
—¿Qué es esto? —preguntó Mireya, atónita.
—Es… es para el depa de arriba —dijo Hugo, jadeando—. Mi pa… digo, el señor Martín, me pidió que le ayudara a subir las cosas. Me dio quinientos pesos solo por abrirle la puerta a los de la mudanza.

Mireya le arrebató el billete de quinientos pesos a su hermano como si estuviera infectado con ántrax.
—¡No aceptes su dinero! —le gritó—. ¡Ese dinero está maldito, Hugo! ¡Devuélvelo!
—¡Pero Mireya! —se quejó Hugo—. ¡Es lana! ¡Y dice que me va a comprar un PlayStation si le ayudo a conectar la tele de 85 pulgadas! ¡Tiene una tele del tamaño de una pared, no manches!

—¡Hugo! —Mireya lo agarró de los hombros y lo sacudió—. ¡Ese hombre nos abandonó! ¡Nos dejó sin comer! ¡Mamá se partió el lomo limpiando baños para que tú tuvieras tenis! ¿Y ahora te vende por una tele y quinientos pesos? ¡Ten un poco de dignidad!

Hugo se soltó, con los ojos llenos de lágrimas de adolescente incomprendido.
—Pues al menos él tiene tele —murmuró—. Aquí solo tenemos deudas y gritos.
Hugo corrió a su cuarto y azotó la puerta.

Elena soltó el llanto otra vez. Mireya sintió que el corazón se le partía. Martín no llevaba ni tres horas en el edificio y ya los estaba dividiendo otra vez. Su dinero era un veneno dulce que Hugo estaba bebiendo con gusto.

—Voy a subir —dijo Mireya, con una calma repentina y peligrosa—. Voy a hablar con él. Y esto se acaba hoy.


Mireya subió las escaleras hacia el tercer piso. Los escalones crujían bajo sus pies. El olor a pintura fresca y a thinner se hacía más fuerte a medida que subía.
La puerta del 302 estaba abierta.
Mireya entró sin tocar.
Lo que vio la dejó momentáneamente sin habla.

El departamento, que antes era un agujero oscuro y lleno de humo donde había muerto Don Gregorio, ahora parecía el lobby de un hotel de lujo.
El piso había sido cambiado por mármol (o una imitación muy buena). Las paredes estaban pintadas de un blanco inmaculado. Había muebles de diseño, lámparas modernas y, efectivamente, una televisión monstruosa que ocupaba media pared.
Y en medio de todo ese lujo incongruente en un edificio de barrio popular, estaba Martín.
Estaba comiendo unos tacos de canasta sobre una mesa de cristal importada, con una servilleta de tela en el cuello.

—Pásale, mija —dijo Martín con la boca llena de chicharrón prensado—. ¿Quieres un taco? Son de los de Don Chava, los buenos.

Mireya cerró la puerta de un portazo.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
—Cenando. ¿Tú ya cenaste?
—Deja de hacerte el gracioso. Te estoy preguntando qué haces aquí. ¿Por qué volviste? ¿Para burlarte de nosotras? ¿Para restregarnos tu dinero en la cara?
Martín se limpió la boca con calma y se levantó. Caminó hacia el ventanal que daba a la calle.
—Volví porque esta es mi casa, Mireya. Y porque ustedes son mi familia.
—Éramos —corrigió ella—. Éramos tu familia hasta que decidiste que tus sueños de grandeza eran más importantes que comer. Hasta que casi matas a mi mamá de tristeza.
—Me equivoqué —dijo Martín, y por un segundo, la arrogancia desapareció de su voz. Se giró hacia ella—. Sé que la regué gacho. Fui un idiota. Un soñador sin brújula. Pero mírame ahora. Tengo lana. Tengo poder. Puedo darles la vida que se merecen. Ya no tendrán que preocuparse por la renta, ni por la comida. Tú puedes dejar ese trabajo horrible en el súper y volver a la universidad. Hugo puede ir a una escuela privada. Tu mamá… tu mamá puede descansar.

—No queremos tu dinero —dijo Mireya, aunque la oferta de dejar el supermercado hizo que su corazón titubeara por un segundo—. Queremos que te vayas. Desaparece. Vete a vivir a tus mansiones en Las Lomas o donde sea que vivan los narcos como tú.

Martín soltó una carcajada.
—¿Narco? Ay, mija, tienes mucha imaginación. Mi dinero es limpio. Bueno, tan limpio como puede ser el dinero que se gana con astucia. Pero no me voy a ir. Tengo una misión.

—¿Qué misión? ¿Arruinarnos la vida otra vez?

Martín caminó hacia ella y se detuvo a un metro de distancia. La miró a los ojos, esos ojos que eran idénticos a los de Elena.
—Mi misión es recuperar a tu madre.

Mireya se quedó helada.
—¿Qué?
—Quiero que Elena vuelva conmigo. Quiero casarme con ella otra vez. Quiero recuperar a mi esposa.

Mireya sintió una mezcla de asco y risa.
—Estás alucinando. Mi mamá te odia. Cada vez que escucha tu nombre, escupe al suelo. Preferiría casarse con el diablo antes que volver contigo. Nunca te va a perdonar.
—Eso es lo que tú crees —dijo Martín, con esa confianza irritante—. Pero yo conozco a Elena. Sé que debajo de todo ese rencor, todavía queda algo. Y voy a demostrarlo.

Martín fue hacia un escritorio de caoba y tomó una hoja de papel bond. Escribió algo rápidamente con su pluma de oro.
—Hagamos una apuesta —dijo él, extendiéndole el papel.
—No apuesto con delincuentes.
—Léelo. Es un contrato.

Mireya tomó la hoja con desconfianza.
Leía:
CLÁUSULA ÚNICA: El Sr. Martín López tiene un plazo de 4 SEMANAS a partir de la fecha para lograr que la Sra. Elena Gómez se enamore de él nuevamente o acepte volver a vivir con él como pareja.
SI MARTÍN FALLA: Se compromete a transferir la propiedad del edificio “Villa Familia” a nombre de Mireya López, libre de gravamen, y a desaparecer permanentemente de sus vidas.

Mireya leyó el papel dos veces. Le temblaban las manos.
—¿Me estás diciendo… que si no logras convencerla en un mes… me regalas el edificio y te largas para siempre?
—Exacto —dijo Martín, sonriendo—. Te doy el edificio. Serás la dueña. Podrás echarme a patadas legalmente. Tendrás el patrimonio para cuidar a tu madre y a tu hermano de por vida. Nunca más tendrán hambre.

Era una locura. Pero también era la oportunidad de su vida. Mireya conocía a su madre. Elena era orgullosa, terca y había sufrido demasiado. No había manera, ni en un millón de años, de que Elena volviera a caer en las redes de este charlatán. Era una apuesta segura.
—¿Y si ganas? —preguntó Mireya, entrecerrando los ojos.
—Si gano… volvemos a ser una familia. Todos juntos. Y tú tendrás que aceptarme como tu padre y tratarme con respeto.

Mireya miró a Martín. Vio al hombre que había destrozado su infancia. Y vio la oportunidad de vengarse, de quitarle todo lo que tenía (el edificio) y asegurar el futuro de su madre al mismo tiempo. Solo tenía que aguantarlo un mes. Un mes viendo cómo su madre lo rechazaba una y otra vez. Sería un placer verlo fracasar de nuevo.

—¿Dónde firmo? —dijo Mireya.

Martín le tendió la pluma. Mireya firmó con fuerza, casi rompiendo el papel.
—Trato hecho —dijo ella, devolviéndole la hoja—. Prepárate para perder, “papá”. Porque mi mamá te tiene más asco que a las cucarachas.

Martín tomó el contrato y lo sopló para secar la tinta.
—Ya veremos, mija. Ya veremos. El juego apenas empieza.


Mireya bajó las escaleras con el corazón latiéndole a mil por hora. Sentía que acababa de vender su alma al diablo, o quizás, que acababa de estafar al diablo.
Entró a su departamento. Elena estaba en la cocina, picando cebolla con una furia inusual.
—¿Qué pasó? —preguntó Elena sin voltear.
—Nada, mamá —dijo Mireya, tratando de sonar casual, aunque las piernas le temblaban—. Solo le dejé las cosas claras. No nos vamos a ir. Vamos a quedarnos. Es nuestro derecho.

Elena dejó el cuchillo y se giró. Sus ojos estaban rojos, hinchados.
—¿Hablaste con él?
—Sí. Es un idiota con dinero, nada más. No te preocupes por él. Lo tenemos controlado.

Mireya se acercó y abrazó a su madre. Olía a cebolla y a tristeza.
—Mamá… —susurró Mireya—. Júrame una cosa. Júrame que nunca, nunca vas a volver a perdonarlo. Júrame que no vas a caer en sus mentiras otra vez.

Elena se tensó en el abrazo. Miró hacia el techo, como si pudiera ver a través del concreto, hacia el departamento 302 donde Martín seguramente estaba planeando su siguiente jugada.
—No tienes que pedirme eso, hija —dijo Elena, con una voz que sonaba un poco demasiado frágil—. Ese hombre murió para mí hace once años. Lo que ves arriba es solo un fantasma. Y a los fantasmas no se les ama… se les teme.

Mireya asintió, pero sintió un frío en el estómago.
Arriba, en el 302, Martín puso un disco de vinilo viejo en un tocadiscos moderno. La voz de José José empezó a sonar, inundando el edificio con El Triste.
Martín salió al balcón, copa de vino en mano, y miró hacia abajo, hacia la ventana de Elena.
—Cuatro semanas, Elena —susurró—. Cuatro semanas para recordarte por qué te enamoraste de este loco.

La música sonaba melancólica en la noche lluviosa de la Ciudad de México, cubriendo los ruidos de las patrullas lejanas y los ladridos de los perros. En la “Villa Familia”, todos dormían con un ojo abierto. El patrón había regresado, y con él, el caos.

(FIN DEL CAPÍTULO 2)

Next capit 3000 word

NEO MEXICO NỔI BẬT

Response complete
Gemini replied

Dưới đây là Chương 3 của câu chuyện, được mở rộng chi tiết với phong cách Telenovela Mexico, tập trung vào sự xung đột, lãng mạn chớm nở và những bí ẩn đen tối của khu dân cư.


CAPÍTULO 3: EL CONTRATO DEL DIABLO Y UN GUARDIA CON SECRETOS

El amanecer en la Ciudad de México siempre traía consigo una sinfonía de ruidos: el silbato del carrito de camotes que se resistía a irse, el grito lejano del “¡Gas, gas!”, y el rugido de los microbuses peleando pasaje en la avenida principal. Pero esa mañana, en la vecindad “Villa Familia”, el sonido predominante era el del desconcierto.

Mireya abrió los ojos con la sensación de tener arena en los párpados. No había dormido. Se había pasado la noche mirando las grietas del techo, pensando en el papel que había firmado con tinta negra y pulso tembloroso. Un contrato. Un pacto con el mismo demonio que le dio la vida.

“Cuatro semanas”, pensó, levantándose de la cama y sintiendo el frío del piso en sus pies descalzos. “Solo tengo que aguantar cuatro semanas sin que mi madre caiga. Es pan comido. Mi mamá lo odia. Lo detesta. Es la apuesta más segura de la historia.”

Sin embargo, al salir a la cocina, el olor a café de olla se mezclaba con algo más… algo dulce, mantequilloso y caro.
Sobre la mesa de la cocina, donde normalmente solo había pan duro y un cartón de leche, había una caja enorme con un lazo dorado. Era de La Esperanza, la panadería más fina de la zona, pero la versión gourmet.

Elena estaba parada frente a la caja como si fuera una bomba de tiempo.
—¿Qué es esto? —preguntó Mireya, frotándose los ojos.
—Estaba en la puerta cuando abrí para barrer —dijo Elena, con los brazos cruzados y el ceño fruncido—. El portero dijo que “el patrón del 302” mandó desayuno para sus inquilinos favoritos.

Hugo salió de su cuarto, bostezando, y al ver la caja se le iluminaron los ojos.
—¡No manches! —exclamó, lanzándose sobre ella—. ¡Son chocolatines! ¡Y croissants de almendra! Mamá, esto cuesta como cincuenta pesos cada pieza.

Hugo estaba a punto de morder un pan que olía a gloria cuando Elena le dio un manotazo en la mano, seco y sonoro.
—¡Deja eso! —gritó ella—. No vamos a comer sus sobras, ni sus regalos.
—¡Pero mamá, es pan! ¡El pan no tiene la culpa! —se quejó Hugo.
—Ese pan está envenenado, Hugo. Envenenado de soberbia. —Elena agarró la caja con decisión, ignorando el olor delicioso, y caminó hacia la puerta.

Mireya la siguió.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que se hace con la basura —dijo Elena.

Abrió la puerta del departamento 102, salió al pasillo y, con una puntería envidiable, lanzó la caja de panadería fina hacia las escaleras que subían al tercer piso. Los panes volaron, los chocolatines rodaron por los escalones de concreto, y un croissant aterrizó tristemente en el tapete de “Bienvenidos” de Doña Cuca.

—¡Trágueselo usted, viejo ridículo! —gritó Elena hacia arriba, sabiendo que Martín seguramente estaba escuchando—. ¡Aquí no tenemos hambre de su caridad!

Desde el barandal del tercer piso, Martín se asomó. Llevaba una bata de seda color vino (¿quién usa bata de seda en la colonia Doctores?) y sostenía una taza de café. Miró el desastre de panadería en las escaleras y, lejos de enojarse, sonrió. Esa sonrisa que a Mireya le provocaba ganas de vomitar.

—Buenos días a ti también, mi amor —gritó Martín, su voz resonando en el patio—. Veo que sigues teniendo ese temperamento de fuego. Me encanta. Si no quieren pan, mañana mando chilaquiles. ¡Provecho!

Elena se metió a la casa y azotó la puerta tan fuerte que el calendario de la carnicería se cayó de la pared.
Mireya suspiró. Iba a ser un mes muy, muy largo.


El trayecto al trabajo fue un infierno, como de costumbre. El Metrobus iba tan lleno que Mireya sentía la respiración de un extraño en la nuca y el codo de otro en las costillas. Pero su mente no estaba en la incomodidad física, sino en el contrato.

“Si fallo, se quedan con el edificio. Si gano, tengo que aceptarlo como padre.”
La voz de Martín resonaba en su cabeza. ¿Realmente creía que podía reconquistar a Elena? Era absurdo. Pero Martín tenía algo que no tenía hace once años: confianza. Y dinero. Mucho dinero. Y en un país donde la pobreza te come los talones, el dinero es un afrodisíaco poderoso, aunque Elena fuera demasiado orgullosa para admitirlo.

Llegó a “Supermercados Jota” con cinco minutos de retraso. Se ajustó el chaleco rojo del uniforme, se alisó la falda y puso su mejor cara de “aquí no pasa nada”.
—¡López! —gritó el gerente, el señor Godínez, un hombre pequeño con complejo de Napoleón—. Llegas tarde. Otra vez. A la próxima te descuento el día. Y necesito que vayas al pasillo 4, se le cayó un frasco de mermelada a una señora y está haciendo un escándalo.

Mireya asintió, tragándose las ganas de mandarlo al diablo.
—Sí, señor. Voy enseguida.

Caminó hacia el pasillo 4, sintiendo el peso del mundo en los hombros. Y ahí estaba el desastre. Mermelada de fresa esparcida por el suelo blanco, vidrios rotos y una señora con peinado de salón gritándole a un guardia de seguridad.

—¡Es que usted es un inútil! —chillaba la señora—. ¡Le dije que el carrito estaba chueco! ¡Mire mis zapatos! ¡Son de piel! ¡Usted me los va a pagar!

El guardia de seguridad estaba parado con las manos en la espalda, tranquilo, con una paciencia que parecía de otro planeta. Era alto, de espaldas anchas, con el uniforme azul marino que le quedaba sospechosamente bien.
—Señora, le ofrezco una disculpa —decía el guardia con una voz suave, grave—. Ahorita mismo llamo a limpieza y vemos lo de sus zapatos. No se preocupe.

Mireya se acercó rápido.
—¿Algún problema aquí? —preguntó, poniéndose en modo “supervisora”.

La señora se giró hacia ella.
—¡Ah, por fin alguien que no tiene cara de menso! —dijo la clienta, señalando al guardia—. Este empleado suyo tiró mi mermelada con su torpeza.

Mireya miró al guardia. Tadeo.
Lo conocía poco. Había entrado hacía un mes. Era reservado, siempre comía solo y nunca se quejaba. Pero había algo en él… algo que no cuadraba. Tenía las manos demasiado suaves para ser alguien que ha cargado cajas toda su vida. Y sus botas, aunque eran las del uniforme, siempre estaban impecables.

Tadeo miró a Mireya y le guiñó un ojo, casi imperceptiblemente.
—Jefa, la señora tropezó con su propio bolso —dijo Tadeo, sin perder la calma—. Pero el cliente siempre tiene la razón, ¿no?

Mireya sintió una punzada de solidaridad. Odiaba a los clientes prepotentes.
—Señora —dijo Mireya firmemente—, vi las cámaras de seguridad mientras venía para acá (una mentira piadosa). Usted soltó el frasco. Y si sigue gritándole a mi personal, voy a tener que pedirle que se retire por alterar el orden.

La señora se puso roja como la mermelada. Balbuceó algo sobre “pedir hablar con el dueño” y se marchó taconeando furiosa, dejando el desastre atrás.

Mireya soltó el aire.
—Gracias por no golpearla —le dijo a Tadeo.
Tadeo sonrió. Tenía una sonrisa bonita, de esas que hacen que se te olviden las deudas por un segundo.
—Nah, mi religión me prohíbe golpear señoras con permanente —bromeó él—. Gracias por el rescate, jefa. Estuve a punto de usar mi macana… para limpiar la mermelada, claro.

Mireya se rió. Fue una risa corta, pero genuina. La primera en días.
—Limpia esto antes de que Godínez venga y le dé un infarto —ordenó ella, intentando volver a ser profesional.
—A la orden, capitana.

Mientras Tadeo iba por el trapeador, Mireya lo observó un momento. Había algo raro en él. No actuaba como un guardia que gana el salario mínimo. Tenía una seguridad… una tranquilidad que solo tiene la gente que no tiene miedo a perder su trabajo porque no lo necesita para comer.
“Todos tienen secretos”, pensó Mireya. “Mi papá fingió su muerte. Yo hice un pacto con él. Y este guardia… ¿qué esconderá?”

Lo que Mireya no sabía era que Tadeo, cuyo nombre completo era Tadeo Nam, era en realidad el hijo menor del dueño de todo el consorcio “Grupo Jota”. Estaba ahí “de incógnito”, castigado por su padre por negarse a trabajar en las oficinas corporativas y querer ser instructor de Taekwondo. Pero esa era una bomba para otro día.


De regreso en la vecindad “Villa Familia”, el ambiente estaba caldeado, y no por el sol de mediodía.
Doña Cuca había convocado a una “junta extraordinaria de vecinos” (o sea, al chisme) en el patio central, aprovechando que Elena había salido a vender sus catálogos.

—Les digo que yo vi algo raro —decía Doña Cuca, sosteniendo su escoba como si fuera un cetro—. Anoche, vi luces en el departamento de Martín. Y ruidos. Como si estuviera arrastrando cosas pesadas. ¿Y si está escondiendo cuerpos ahí?
—¡Ay, Cuca, ya bájale a tus telenovelas! —dijo Don Chuy, el carnicero, que estaba fumándose un cigarro—. El hombre está remodelando. Tiene lana.
—¿Y de dónde salió la lana, eh? —insistió Cuca—. El dinero no crece en los árboles, y menos para un inútil como él. Yo digo que tiene que ver con la muerte de Don Gregorio.

En ese momento, una mujer joven entró en la vecindad. Llevaba un traje sastre ajustado y una carpeta bajo el brazo. Caminaba con la nariz levantada, mirando con asco las paredes despintadas.
Era Sofía, la hija del difunto Don Gregorio. La mujer que había vendido el edificio a Martín.

—¿Dónde está? —gritó Sofía, parándose en medio del patio—. ¡Quiero ver a ese estafador! ¡Martín López, sal de tu madriguera!

Los vecinos se quedaron mudos. Doña Cuca sacó su celular para grabar.
Martín salió al balcón del tercer piso, todavía con su elegancia casual, esta vez vistiendo una camisa de lino blanca.
—¿Quién me busca con tanto amor? —preguntó, apoyándose en el barandal.

—¡Tú sabes quién soy, desgraciado! —gritó Sofía, señalándolo con un dedo acusador—. ¡Vengo a decirte que voy a impugnar la venta! ¡Hablé con mis abogados! ¡Te aprovechaste de que mi padre acababa de morir! ¡Me compraste el edificio por una miseria aprovechando mi dolor!

Martín bajó las escaleras despacio, disfrutando la atención. Cuando llegó al patio, se paró frente a Sofía.
—Licenciada Sofía —dijo Martín con calma—. Yo no me aproveché de nada. Usted estaba desesperada por vender. Quería el dinero rápido para pagar sus deudas de juego, ¿o me equivoco?
Sofía se puso pálida.
—¡Eso es mentira!
—Tengo los recibos, Sofía. Y la grabación de cuando me rogaste que te diera el dinero en efectivo esa misma noche. “En billetes chicos”, dijiste.

La multitud jadeó. El chisme estaba mejor que La Rosa de Guadalupe.
—¡Eres un criminal! —chilló Sofía, cambiando de táctica—. ¡Tú provocaste el incendio! ¡Seguro tú mataste a mi papá para que yo tuviera que vender!

Mireya, que acababa de llegar del trabajo, escuchó esto último. Se quedó paralizada en la entrada.
¿Asesino?
Miró a su padre. Martín no se inmutó. No había miedo en sus ojos, solo una especie de tristeza cansada.
—Sofía —dijo Martín, bajando la voz—. Tu padre murió porque se quedó dormido con un cigarro y una botella de tequila. El peritaje lo dice. Yo no estaba ni en el país cuando eso pasó. Así que deja de hacer el ridículo y vete, antes de que te cobre la renta de los meses que tu papá le perdonó a estos vecinos y que tú querías cobrarles con intereses.

Sofía abrió la boca, la cerró, y finalmente soltó un gruñido de frustración.
—¡Esto no se queda así! —amenazó antes de dar media vuelta y salir taconeando furiosa.

Martín suspiró y se pasó una mano por el cabello. Se giró y vio a Mireya parada en la entrada. Sus miradas se cruzaron.
—Bienvenida a casa, hija —dijo él.
—¿Es verdad? —preguntó Mireya, acercándose—. ¿Es verdad que no estabas en el país?
—Estaba en Tailandia —dijo Martín—. Comiendo fideos y extrañándolas.
—¿Y el dinero? —insistió ella—. La gente dice cosas, Martín. Dicen que eres narco. Que eres asesino.

Martín sonrió, pero esta vez la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Que digan lo que quieran. Mientras tú sepas que tu padre no es un asesino, me basta.
—Yo no sé nada —respondió Mireya fríamente—. Solo sé que firmé un contrato. Y si resultas ser un criminal, el contrato se anula y yo misma te entrego a la policía.

Martín asintió.
—Trato hecho.


Esa noche, Martín puso en marcha la “Fase 2” de su plan de conquista.
Sabía que Elena no aceptaría regalos directos. Su orgullo era más fuerte que su hambre. Así que tenía que ser más astuto. Tenía que atacar donde ella era débil: la casa.

El departamento 102 se caía a pedazos. La tubería del baño goteaba, la ventana de la cocina no cerraba bien y el calentador de agua funcionaba cuando se le daba la gana.
Martín esperó a que Elena saliera a su turno nocturno de limpieza en unas oficinas del centro. Mireya estaba encerrada en su cuarto, seguramente odiándolo. Hugo estaba jugando videojuegos.

Martín bajó con una caja de herramientas (nueva, alemana, carísima) y tocó la puerta suavemente.
Hugo abrió.
—¿Qué onda, Don Martín? —dijo el chico.
—Shh. ¿Está tu hermana?
—Dormida con los audífonos puestos.
—Perfecto. Vengo a arreglar el calentador. Sé que tu mamá se tiene que bañar a jicarazos con agua calentada en la estufa.

Hugo se hizo a un lado.
—Pásale. Pero si Mireya se despierta, te mata.

Martín entró a su antigua casa. El olor… ese olor a suavizante barato y frijoles refritos lo golpeó como un puñetazo de nostalgia. Miró las fotos en la pared. No había ninguna de él. Habían recortado su cara de las fotos familiares. Donde debía estar él, había huecos o calcomanías de superhéroes.

Se quitó el saco de tres mil dólares, se remangó la camisa blanca y se metió al pequeño patio de servicio. El calentador era una chatarra oxidada.
—Pobre vieja —murmuró Martín—. Once años batallando con esta porquería.

Trabajó en silencio durante una hora. Cambió válvulas, ajustó pilotos, limpió el óxido. Se manchó de grasa la camisa de diseñador. Se golpeó un dedo con la llave inglesa y se aguantó el grito.
Cuando terminó, abrió la llave. El calentador rugió y una llama azul, potente y constante, se encendió. Agua caliente. Por primera vez en años, tendrían agua caliente de verdad.

Martín se limpió el sudor de la frente. Se sentía mejor que cerrando un trato millonario.
Estaba recogiendo sus herramientas cuando escuchó un ruido detrás de él.
Se giró.
Mireya estaba parada en el marco de la puerta del patio, en pijama, con los brazos cruzados y una mirada indescifrable.

—¿Qué haces? —preguntó ella.
Martín se levantó, ocultando las manos sucias detrás de la espalda.
—Nada. El calentador estaba fallando. Soy el casero, es mi obligación mantener las instalaciones.
—No te pedimos nada.
—No necesitan pedirlo. Sé que Elena llega de trabajar a las 6 de la mañana, molida, con frío. Y sé que odia bañarse con agua fría.

Mireya miró el calentador, que zumbaba alegremente. Luego miró a su padre, con la camisa manchada de grasa y una herida en el nudillo.
Hubo un silencio largo. Mireya luchaba contra el impulso de agradecerle. No podía. No debía. Era el enemigo.
—Si crees que con agua caliente vas a comprarla, estás muy equivocado —dijo Mireya finalmente.
—No la estoy comprando —dijo Martín suavemente—. La estoy cuidando. Aunque ella no quiera.

Mireya sintió un nudo en la garganta.
—Vete antes de que llegue —dijo ella, dándose la vuelta—. Y límpiate esa grasa, pareces mecánico de banqueta, no millonario.

Martín sonrió levemente.
—Buenas noches, hija.


A las 6:30 de la mañana, Elena llegó a casa. Sus pies palpitaban dentro de los zapatos viejos. Le dolía la espalda. Olía a cloro y a cansancio.
Entró al departamento en silencio para no despertar a nadie.
Se dirigió al baño, resignada a la rutina de siempre: calentar agua en la estufa, llenar la cubeta, temblar de frío mientras se bañaba a jicarazos.

Abrió la llave de la regadera por costumbre, esperando el chorro helado de siempre.
Pero lo que salió fue vapor.
Agua caliente. Abundante. Rica.
Elena se quedó paralizada, viendo el vapor llenar el pequeño baño. Metió la mano bajo el chorro. Estaba perfecta.

Se desvistió y se metió bajo el agua. Sintió cómo el calor le aflojaba los músculos tensos, cómo le lavaba el cansancio de la noche. Cerró los ojos y, por un momento, se sintió en el paraíso.
Lloró un poquito, mezclando lágrimas con agua caliente.
Cuando salió, envuelta en su toalla raída, se sintió renovada.

Fue a la cocina a hacerse un café. Vio a Mireya, que ya estaba despierta, tomando cereal.
—El calentador sirve —dijo Elena, con una mezcla de asombro y sospecha—. Salió agua caliente. Como magia.
Mireya no levantó la vista de su plato.
—Qué bueno, mamá. Seguro se destapó solo.
—Las cosas viejas no se arreglan solas, Mireya —dijo Elena, mirando hacia el techo, hacia el piso de arriba—. Alguien metió mano.

Elena caminó hacia la ventana que daba al patio. Miró hacia el balcón del 302.
Ahí estaba Martín, despierto, apoyado en el barandal, fumando un cigarro. Ya estaba limpio, impecable otra vez.
Sus miradas se cruzaron a través de la distancia y los tendederos de ropa.
Martín no saludó. No hizo su sonrisa arrogante. Solo asintió levemente con la cabeza y apagó el cigarro.

Elena sintió algo extraño en el pecho. No era amor. Todavía no. Pero tampoco era el odio puro y sin diluir que había sentido el día anterior. Era… confusión.
—Viejo metiche —murmuró Elena, pero no había veneno en su voz.

Se alejó de la ventana, tocándose el cabello mojado y tibio.
Arriba, Martín sonrió.
“Día 2”, pensó. “Un punto para el patrón.”


Pero la paz duró poco.
Esa tarde, Mireya estaba en el supermercado, acomodando latas de atún, cuando escuchó gritos en la entrada.
Corrió hacia allá.
Tadeo estaba bloqueando el paso a un hombre borracho que intentaba entrar.
—¡Déjame pasar, gato! —gritaba el borracho—. ¡Quiero comprar mis caguamas!
—Señor, no puede entrar en este estado —decía Tadeo con calma.

El borracho lanzó un golpe torpe. Tadeo lo esquivó con un movimiento fluido, casi coreográfico, propio de un experto en artes marciales, y lo inmovilizó contra la pared sin lastimarlo.
—Tranquilo, amigo —dijo Tadeo—. Váyase a dormir la mona y mañana viene.

La gente aplaudió. Mireya se quedó mirando a Tadeo con la boca abierta.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —le preguntó cuando el borracho se fue.
Tadeo se encogió de hombros, ajustándose el cinturón.
—Vi muchas películas de Bruce Lee de chiquito —mintió con una sonrisa encantadora.

Mireya sintió que se sonrojaba.
—Oye… —empezó ella, nerviosa—. Gracias. Eres bueno en tu chamba.
—Tú también, jefa. Oye, ¿te puedo preguntar algo?
—Dime.
—Te ves… estresada. Más de lo normal. ¿Problemas en casa?

Mireya suspiró.
—No tienes idea. Mi papá regresó de la muerte, es millonario, compró mi edificio y quiere reconquistar a mi mamá. Y yo firmé un contrato secreto con él. Ah, y mis vecinos creen que es un asesino.

Tadeo parpadeó.
—Wow. Eso suena a telenovela de las 9.
—Es mi vida —dijo Mireya con amargura.
—Bueno —dijo Tadeo, mirándola intensamente a los ojos—. Si necesitas un guardaespaldas para lidiar con tu papá millonario… o un amigo para ir por unos tacos y olvidarte del drama… aquí estoy.

Mireya sintió un vuelco en el estómago.
—Lo tendré en cuenta, guardia.

En ese momento, el celular de Mireya sonó. Era Hugo.
—¡Mireya! ¡Ven rápido! ¡Es la policía!
—¿Qué?
—¡Están en el edificio! ¡Vinieron por Martín! ¡Dicen que encontraron pruebas del incendio!

Mireya colgó, pálida.
Miró a Tadeo.
—Tengo que irme.
—¿Te llevo? —preguntó Tadeo, sacando las llaves de una moto que definitivamente no podía pagar con su sueldo de guardia.
—Llevame —dijo ella, sin tiempo para preguntas.

Mireya subió a la moto de Tadeo y salieron quemando llanta hacia la vecindad.
El juego de Martín estaba a punto de complicarse. Si la policía se lo llevaba, el contrato, el edificio y la oportunidad de salvar a su madre se irían al diablo.
Y por primera vez, Mireya se dio cuenta de que, muy en el fondo, no quería que se llevaran a su padre. No todavía. Tenía que ganarle ella misma. No la cárcel.

“Espérame, viejo loco”, pensó mientras el viento le golpeaba la cara. “Nadie te mete a la cárcel sin mi permiso.”

(FIN DEL CAPÍTULO 3)

Next capit 3000 word

NEO MEXICO NỔI BẬT

Response complete
Gemini replied

Dưới đây là Chương 4 của câu chuyện, được mở rộng chi tiết theo phong cách Telenovela Mexico, đẩy cao kịch tính với bí ẩn vụ hỏa hoạn và sự phát triển tình cảm giữa Mireya và Tadeo.


CAPÍTULO 4: EL SOSPECHOSO PERFECTO Y UN CULPABLE INESPERADO

La sirena de la patrulla giraba con un ritmo hipnótico, pintando de rojo y azul las paredes despintadas de la vecindad “Villa Familia”. La lluvia había parado, pero el aire seguía denso, cargado de humedad y de miedo.

Cuando Mireya bajó de la moto de Tadeo, con el casco todavía en la mano y el corazón en la garganta, se encontró con un escenario caótico. Los vecinos estaban amontonados en el patio como si estuvieran regalando despensas. Doña Cuca transmitía en vivo por Facebook, narrando la tragedia con voz de reportera de nota roja. Don Chuy comía pepitas nerviosamente. Hugo estaba llorando en una esquina.

Y en medio de todo, dos policías gordos y sudorosos esposaban a Martín.

Martín no oponía resistencia. Estaba parado con la espalda recta, impecable en su traje azul marino, mirando a los policías con una mezcla de aburrimiento y desdén, como si fueran mosquitos molestos en un picnic.

—¡Es un error! —gritaba Elena, que estaba jalando la camisa de uno de los oficiales—. ¡Él no hizo nada! ¡Sueltenlo!

Mireya se quedó helada. ¿Su madre defendiendo a Martín? ¿La misma mujer que ayer le aventó croissants de almendra por las escaleras?
Corrió hacia ellos.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Mireya, abriéndose paso entre la gente.

Uno de los policías, con el uniforme manchado de mostaza, la miró con desdén.
—Señorita, este sujeto es sospechoso de incendio premeditado y homicidio imprudencial del señor Gregorio Fuentes, el antiguo dueño. Tenemos un testigo.
—¿Qué testigo? —exigió Mireya.

El policía señaló hacia la entrada. Sofía, la hija del difunto Don Gregorio, estaba parada ahí, con una sonrisa triunfal que daba miedo. Junto a ella estaba un hombre flaco, con cara de rata, que Mireya reconoció vagamente como “El Tuercas”, un malandrin de poca monta del barrio que solía vender cosas robadas.

—¡Él lo vio! —chilló Sofía, señalando a Martín—. ¡El Tuercas vio a este hombre salir del edificio la noche del incendio con un bidón de gasolina!

La multitud jadeó. El Tuercas asintió frenéticamente, frotándose las manos sucias.
—Sí, jefecita, sí. Era él. Lo reconocí por… por los zapatos caros. Iba corriendo como alma que lleva el diablo.

Martín soltó una carcajada seca.
—¿Zapatos caros? —dijo Martín, mirando a El Tuercas—. Esa noche yo estaba en Tailandia, imbécil. Y mis zapatos caros no tocan el piso sucio de esta calle si no es necesario.

—¡Cállese! —le gritó el policía, empujándolo hacia la patrulla—. Eso se lo cuenta al Ministerio Público. ¡Ámonos!

—¡Papá! —gritó Hugo, corriendo hacia la patrulla.
—¡No se lo lleven! —suplicó Elena, agarrándose de la portezuela—. ¡Es el padre de mis hijos!

Martín miró a Elena a través de la ventanilla enrejada. Por un segundo, su máscara de millonario arrogante se rompió. Había ternura en sus ojos.
—Tranquila, nena —le dijo suavemente—. No gastes tus lágrimas en mí. Guarda fuerzas. Esto se aclara rápido. Cuida a los chamacos.

La patrulla arrancó, llevándose al “Patrón” entre el lodo y los baches.
Elena se derrumbó en el suelo, sollozando. Mireya se quedó parada, mirando las luces rojas alejarse. Sintió una mano cálida en su hombro. Era Tadeo.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Mireya negó con la cabeza, temblando de rabia.
—No. No estoy bien. Ese hombre… ese tal Tuercas está mintiendo. Mi papá puede ser un idiota, un fantasma y un presumido… pero no es un asesino.
—¿Cómo estás tan segura? —preguntó Tadeo.
Mireya se giró hacia él, con los ojos brillando con una determinación feroz.
—Porque Martín López no sabe prender ni una estufa sin quemarse las cejas. Y porque si hubiera querido matar a alguien, habría empezado por él mismo hace once años. Alguien le está tendiendo una trampa. Y voy a averiguar quién es.


La noche cayó sobre la vecindad como un manto pesado. Elena estaba en su cuarto, rezando el rosario con una devoción que no se le veía desde hacía años. Hugo estaba en la sala, mirando la pared.
Mireya estaba en la mesa de la cocina, con una libreta y una botella de tequila barato.
Tadeo se había quedado. Estaba sentado frente a ella, jugando con un salero.
—¿Por qué te quedas? —le preguntó Mireya, tomando un trago directo de la botella—. Mañana tienes turno temprano.
—No voy a dejarte sola con esto —dijo Tadeo—. Además, me gustan los misterios. Y me caes bien.

Mireya sonrió tristemente.
—Soy un desastre, Tadeo. Mi vida es un circo.
—Los circos son divertidos —dijo él—. A ver, analicemos. Sofía acusa a tu papá. El Tuercas es el testigo. ¿Qué ganan?
—Sofía gana recuperar el edificio o sacarle dinero a mi papá. El Tuercas gana lo que sea que Sofía le haya pagado. Es obvio. Pero necesito pruebas. La policía no va a investigar, solo quieren cerrar el caso y colgarse la medalla de haber atrapado al “millonario asesino”.

Tadeo sacó su celular. Era un modelo último modelo, algo que un guardia de seguridad no debería tener. Mireya lo notó, pero estaba demasiado borracha y cansada para preguntar.
—Tengo un amigo… en seguridad privada —dijo Tadeo, tecleando rápido—. Puede conseguirnos las grabaciones de las cámaras de la calle. Las del C5 a veces fallan, pero las de la tienda de empeño de enfrente graban 24/7.
—¿En serio? —Mireya lo miró con esperanza.
—Déjamelo a mí. Tú trata de dormir un poco. Mañana sacamos a tu papá del bote.

Mireya lo miró. Bajo la luz amarillenta de la cocina, Tadeo se veía como un ángel guardián con uniforme de poliéster.
—Gracias —susurró ella. Y sin pensarlo, extendió la mano y apretó la de él.
Tadeo entrelazó sus dedos con los de ella. Su mano era fuerte, cálida.
—No estás sola, Mireya. Ya no.


A la mañana siguiente, el Ministerio Público era un manicomio. Abogados corriendo, detenidos gritando, familiares llorando.
Mireya y Tadeo llegaron temprano. Tadeo traía una USB en la mano y unas ojeras de mapache.
—Lo tengo —dijo, mostrándole la memoria—. Mi amigo hizo magia.

Entraron a la oficina del fiscal encargado. Era un tipo con bigote de morsa que estaba comiendo una torta de tamal sobre el expediente de Martín.
—¿Qué quieren? Estoy ocupado —gruñó el fiscal, tirando migajas sobre las fotos del incendio.
—Venimos a traer pruebas de la inocencia de Martín López —dijo Mireya, plantándose frente al escritorio.
—Ah, la hija del “Patrón”. Mire, señorita, tenemos un testigo ocular. El caso está cerrado. Su papá se va al Reclusorio Norte hoy mismo.
—Su testigo es un delincuente conocido que vendería a su madre por una piedra de crack —intervino Tadeo, con una voz de autoridad que hizo que el fiscal dejara su torta—. Y aquí tenemos un video que demuestra que El Tuercas miente.

Tadeo conectó la USB en la computadora vieja del fiscal sin pedir permiso.
En la pantalla apareció un video granulado, con fecha y hora de la noche del incendio.
Se veía la entrada del edificio “Villa Familia”.
—Mire la hora —dijo Tadeo—. 2:00 AM. La hora del incendio.
En el video, se veía claramente a una figura encapuchada saliendo del edificio. Pero no era Martín. Era un hombre bajo, flaco, cojeando de la pierna izquierda.
Y cinco minutos después, se veía a El Tuercas… orinando en un poste en la esquina contraria, tan borracho que apenas podía mantenerse en pie.

—Si El Tuercas estaba ahí tirado de borracho —dijo Mireya triunfalmente—, no pudo ver a nadie salir corriendo. Y ese hombre que sale del edificio… es cojo. Mi papá camina como si fuera dueño del piso, no cojea.

El fiscal se limpió la mayonesa del bigote, mirando el video con el ceño fruncido.
—Mmm. Interesante. Pero esto no prueba que su padre no lo mandó a hacer. O que no estaba adentro.
—Hay más —dijo Tadeo—. Tengo los registros migratorios de Martín López. —Sacó unos papeles impresos—. Entró al país tres días después del incendio. Estaba en un vuelo de Bangkok a Ciudad de México con escala en Los Ángeles la noche del fuego. A menos que sepa teletransportarse, es imposible que él haya estado ahí.

El fiscal miró los papeles. Miró a Mireya. Miró a Tadeo. Suspiró, sabiendo que se le había caído el caso fácil.
—Está bien. Tráiganme al tal Tuercas. Y suelten al catrín.


Martín salió de las celdas preventivas dos horas después. Su traje estaba arrugado, olía a sudor rancio y a humanidad, pero su peinado seguía inexplicablemente perfecto.
Al ver a Mireya y a Tadeo en la sala de espera, se detuvo.
Mireya corrió hacia él. Se detuvo justo antes de abrazarlo, recordando que se suponía que lo odiaba.
—Estás hecho un asco —dijo ella, con la voz quebrada.

Martín sonrió.
—Y tú tienes cara de no haber dormido. Gracias, hija. Sabía que no me dejarías podrirme ahí.
—No lo hice por ti —mintió Mireya—. Lo hice porque mamá estaba llorando. Y porque no quiero que mi casero sea un convicto. Baja el valor de la propiedad.
—Claro, claro. Negocios. —Martín miró a Tadeo, escaneándolo de arriba abajo—. ¿Y este quién es? ¿Tu novio?
—Soy Tadeo, señor. Amigo de Mireya. Y guardia de seguridad.
—Guardia, ¿eh? —Martín entrecerró los ojos, como si viera algo que los demás no—. Tienes zapatos muy caros para ser guardia, muchacho. Y hablas con demasiada propiedad. Pero gracias. Me sacaste de un apuro. Te debo una.

—No me debe nada, señor. Solo cuide a su hija. Es brava.
Martín soltó una carcajada.
—Lo sé. Salió a su madre. Vámonos de este lugar, huele a pobreza y corrupción. Invito el desayuno.


El regreso a la vecindad fue triunfal. Martín bajó del taxi (su auto seguía incautado temporalmente) y caminó hacia el edificio como si fuera un general volviendo de la guerra.
Elena estaba barriendo la entrada, o fingiendo barrer para esperarlo.
Cuando lo vio, soltó la escoba.
—Martín… —susurró.

Martín se acercó a ella. Estaba sucio, cansado, pero la miró con esa intensidad que hacía que a Elena le temblaran las rodillas.
—Te dije que volvería, nena. No te vas a librar de mí tan fácil.
Elena, rompiendo su promesa de no tocarlo, le dio una cachetada sonora.
¡Plaff!
Martín ni se movió.
—¡Eso es por asustarme! —gritó Elena, con lágrimas en los ojos—. ¡Idiota! ¡Pensé que te iban a refundir en la cárcel!
Y luego, sin previo aviso, lo abrazó. Fue un abrazo rápido, torpe, desesperado.
Martín cerró los ojos y aspiró el olor de su cabello.
—Ya estoy aquí, Elena. Ya estoy aquí.

Mireya y Tadeo observaban desde lejos.
—Creo que vas perdiendo la apuesta —susurró Tadeo.
Mireya apretó los labios.
—Fue un momento de debilidad. No cuenta. Todavía quedan tres semanas.


Pero el misterio del incendio no estaba resuelto.
Esa noche, mientras Martín se daba un baño de tres horas en su tina de hidromasaje para quitarse el olor a cárcel, Mireya y Tadeo estaban en la azotea del edificio, mirando las estrellas contaminadas de la ciudad.
—¿Quién fue entonces? —preguntó Mireya—. Si no fue mi papá, ¿quién quemó el edificio?
—El tipo del video —dijo Tadeo—. El cojo. ¿No te pareció conocido?
Mireya pensó. Hizo memoria.
—No. No conozco a nadie cojo en el barrio… Espera.
Se levantó de golpe.
—El conserje de la escuela de Hugo. Don Jacinto. Él cojea. Tuvo un accidente hace años.
—¿Por qué el conserje quemaría el edificio? —preguntó Tadeo.
—No sé. Pero hay algo más. Sofía… la hija de Don Gregorio. Ella le debía dinero a alguien. Lo gritó en la entrada el otro día. “¡Necesito pagarle a El Sapo!”.
—¿El Sapo? —Tadeo se puso serio—. Ese es un prestamista peligroso de Tepito. Si Sofía le debía dinero, estaba desesperada.
—¿Y si Sofía le pagó a Don Jacinto para quemar el edificio y cobrar el seguro? —teorizó Mireya—. Pero mi papá compró el edificio antes de que cobraran el seguro. Arruinó su plan. Por eso Sofía lo odia tanto.
—Tiene sentido —dijo Tadeo—. Tu papá, sin querer, salvó el edificio de ser demolido por el banco. Es un héroe por accidente.

Mireya miró hacia el departamento 302, donde las luces estaban encendidas.
—Héroe… —murmuró—. No sé si esa palabra le queda. Pero al menos no es el villano de esta historia.

Tadeo se acercó a ella. Estaban muy cerca. Mireya podía oler su loción, una mezcla de madera y cítricos.
—¿Sabes? —dijo Tadeo suavemente—. Eres muy valiente, Mireya. Cargaste con tu familia once años. Luchaste contra todo. Mereces ser feliz. Mereces que alguien te cuide a ti también.
Mireya sintió que el corazón se le salía del pecho.
—No sé cómo dejar que me cuiden, Tadeo. Siempre he sido yo la que cuida.
—Pues aprende —dijo él.

Y entonces, bajo la luz de la luna chilanga, Tadeo se inclinó y la besó. Fue un beso suave, tentativo, pero que encendió una chispa que Mireya no sabía que tenía apagada.
Se separaron lentamente. Mireya estaba sonrojada.
—Tengo que… tengo que ir a ver a Hugo —tartamudeó ella.
—Ve —sonrió Tadeo—. Mañana seguimos jugando a los detectives.


Al día siguiente, Martín convocó a una “Asamblea de Reconciliación” en el patio. Mandó traer carnitas, barbacoa, y cartones de cerveza. Contrató un mariachi.
Los vecinos, que un día antes lo llamaban asesino, ahora hacían fila para comer tacos gratis. Así es la gente: el hambre borra la memoria.

Martín tomó el micrófono del mariachi.
—Vecinos —dijo, con su copa en alto—. Sé que hubo malentendidos. Sé que pensaron mal de mí. Pero yo no soy rencoroso. Soy un hombre de amor. Y hoy, quiero brindar por la mujer más hermosa de este edificio, la dueña de mis quincenas y de mi corazón… ¡Elena Gómez!

El mariachi arrancó con “Hermoso Cariño”.
Elena, que estaba intentando esconderse detrás de una maceta, se puso roja como un tomate.
—¡Mamá, te hablan! —se burló Hugo, con la boca llena de carnitas.
Martín bajó del escenario improvisado y caminó hacia Elena, cantando (bastante desafinado, por cierto). Se arrodilló frente a ella y le ofreció una rosa roja.

—Elena, perdóname por todo. Déjame invitarte a cenar. Una cita. Como en los viejos tiempos. Sin niños, sin deudas, sin rencores. Solo tú y yo.

Los vecinos gritaban: “¡Que le diga que sí! ¡Beso, beso!”.
Mireya observaba desde el barandal del primer piso, mordiéndose las uñas.
“Di que no, mamá. Di que no.”

Elena miró la rosa. Miró a Martín. Miró a los vecinos.
Suspiró.
—Está bien, Martín —dijo, tomando la rosa—. Una cena. Pero si te pones pesado o intentas pasarte de listo, te rompo un plato en la cabeza. ¿Entendido?

—Entendido, mi generala —dijo Martín, radiante.

Mireya sintió un golpe en el estómago.
Había aceptado.
La Fase 2 había funcionado.
Martín miró hacia arriba y le guiñó un ojo a Mireya.
“Día 4”, parecía decir su mirada. “Dos puntos para el patrón.”


Pero la noche de la cita no iba a ser tan sencilla.
Mientras Martín se bañaba en loción cara y Elena se probaba vestidos viejos frente al espejo, sintiéndose insegura de su cuerpo de cuarentona, una sombra cojeaba hacia el edificio.
Don Jacinto, el conserje, llevaba un bidón de gasolina en la mano.
Sofía no se había rendido. Si no podía cobrar el seguro por el primer incendio, se aseguraría de que el segundo terminara el trabajo. Y esta vez, con Martín y Elena adentro.

Mireya estaba en su cuarto, intentando no pensar en el beso de Tadeo, cuando escuchó un ruido en el patio trasero.
Se asomó por la ventana.
Vio a alguien vaciando líquido cerca de los tanques de gas.
—¡No puede ser! —exclamó.

Corrió hacia la puerta. Chocó con Tadeo, que venía llegando para su “ronda de vigilancia” no oficial.
—¡Tadeo! ¡Están atrás! ¡Alguien va a prender fuego a los tanques!
Tadeo no hizo preguntas. Corrió hacia el patio trasero con una velocidad sobrehumana.

Encontraron a Don Jacinto con un encendedor en la mano, temblando.
—¡No lo haga, Don Jacinto! —gritó Mireya.
El viejo la miró, llorando.
—Tengo que hacerlo, niña. La señorita Sofía dijo que si no lo hacía, mataría a mis nietos. ¡Perdóneme!

Lanzó el encendedor.
La llama cayó en cámara lenta hacia el charco de gasolina que serpenteaba hacia los tanques.
Mireya cerró los ojos, esperando la explosión.

Pero Tadeo se lanzó. Como un portero de fútbol en la final del mundial, se aventó al suelo y cubrió el encendedor con su propia chamarra justo antes de que tocara el combustible. Rodó por el piso, apagando la pequeña flama con su cuerpo.
Se levantó, chamuscado pero vivo.
De una patada, tiró a Don Jacinto al suelo y lo inmovilizó.

—¡Llama a la policía, Mireya! —gritó Tadeo—. ¡Ahora!

Mireya marcó al 911 con manos temblorosas.
El peligro había pasado.
Pero arriba, en el 302, Martín y Elena no se habían enterado de nada.
Martín bajaba las escaleras, guapísimo, oliendo a éxito. Elena salía de su departamento, nerviosa, con un vestido azul que resaltaba sus ojos.

Se encontraron en el pasillo.
—Te ves hermosa, Elena —dijo Martín, sincero.
Elena se sonrojó.
—Tú tampoco te ves tan mal, viejo —admitió ella.

No sabían que abajo, su hija y el guardia de seguridad acababan de salvarles la vida.
No sabían que la muerte les había rozado los talones otra vez.
Solo sabían que esa noche, por primera vez en once años, iban a cenar juntos sin gritos.

Y Mireya, viendo a sus padres irse en el taxi, abrazada a Tadeo que olía a humo y a valentía, se dio cuenta de algo aterrador:
Tal vez, solo tal vez, no quería ganar la apuesta.
Tal vez, ver a su madre sonreír así, valía perder el edificio.

Pero el juego aún no terminaba. Martín tenía secretos en Tailandia que aún no había contado. Y Tadeo… Tadeo tenía un padre millonario que estaba a punto de descubrir dónde se escondía su hijo rebelde.
La telenovela en “Villa Familia” apenas estaba en su mejor momento.

Related Posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

© 2026 News - WordPress Theme by WPEnjoy