
CAPÍTULO 1: EL PESO DE LOS SUEÑOS ROTOS
El calor de mayo en ese pueblo olvidado de Dios no era solo temperatura; era una presencia física, pegajosa y asfixiante que se te metía por la nariz y se te pegaba a la ropa. Marina estaba sentada en el alféizar de la ventana del salón de 3º “B”, con las piernas colgando hacia el pasillo vacío. El aire acondicionado del aula se había descompuesto hacía dos semanas —o tal vez simplemente la dirección había decidido dejar de pagarlo para ahorrar “recursos”— y el aire estancado olía a sudor adolescente, a tortas de jamón rancias y a ese aroma inconfundible a gis y desesperanza que tienen las escuelas públicas cuando se acerca el final del ciclo escolar.
Desde su posición, Marina podía ver el patio central de la preparatoria. El concreto estaba agrietado, y entre las fisuras crecía esa hierba mala, terca y seca, que se negaba a morir, igual que la gente de aquel lugar. Abajo, el resto de la generación 2014 reía a carcajadas. Se empujaban, se tomaban selfies con celulares que costaban más de lo que su papá había ganado en su último año de trabajo, y planeaban los “afters” de la graduación.
Marina apretó los párpados para contener las lágrimas que, traicioneras, querían asomarse. Sentía un nudo en la garganta, una bola de alambre de púas que le raspaba cada vez que tragaba saliva. Faltaban quince días. Quince malditos días para la graduación. Para todos ellos, era el inicio de la libertad, el primer paso hacia la universidad, hacia los viajes a Europa de regalo, o al menos hacia las fiestas en la playa. Para Marina, era el sonido de una guillotina cayendo. El fin de la única etapa de su vida donde, al menos por unas horas al día, había podido fingir que era una persona normal.
Bajó la vista a sus zapatos. Eran unos mocasines negros que alguna vez tuvieron brillo, pero ahora el cuero estaba tan gastado que se veía grisáceo, y la suela del zapato derecho se había despegado en la punta, obligándola a caminar arrastrando el pie para no tropezarse. “Como chanclas de vieja”, pensó con amargura. Esos zapatos eran el resumen perfecto de su vida: un intento desesperado por mantener la forma, por no desmoronarse, aunque por dentro todo estuviera roto.
Su estómago rugió, un sonido sordo y vergonzoso que resonó en el silencio del salón vacío. No había desayunado. Otra vez. En la alacena de su casa esa mañana solo había medio paquete de galletas Marías rancias y un poco de café soluble que se había hecho piedra por la humedad. Su mamá se había tomado el café antes de irse a limpiar la casa de los Garza, y su papá… bueno, su papá ni siquiera se había levantado.
La imagen de su padre le provocó una punzada de dolor mezclada con una rabia negra y espesa. Recordó cómo eran las cosas antes, hacía cinco o seis años. Su papá, Don Anselmo, era el jefe de mantenimiento en la planta automotriz. Llegaba a casa oliendo a grasa y a metal, pero con una sonrisa que le iluminaba la cara tiznada. “¡Mijita! ¡Mira lo que te traje!”, le gritaba, sacando de su lonchera un chocolate o una revista de esas de colorear que a ella le gustaban. Los fines de semana había carne asada en el patio, y su mamá, Doña Carmen, tarareaba canciones de Juan Gabriel mientras preparaba la salsa molcajeteada. Eran una familia. Una familia de verdad.
Pero luego vino la “reestructuración”. Esa palabra maldita que los noticieros repetían tanto. Llegaron unos gringos de traje, miraron los números, y decidieron que era más barato mudar la planta a otro país. De un día para otro, mil quinientas familias se quedaron en la calle. Al principio, su papá trató de ser fuerte. “No pasa nada, vieja, soy un chingón, voy a encontrar algo rápido”, decía. Pero los meses pasaron. Y luego los años. La edad le jugaba en contra; nadie quería contratar a un mecánico de cincuenta años cuando podían pagarle la mitad a un chavito recién salido del CONALEP.
El orgullo de Don Anselmo se fue oxidando, igual que sus herramientas en el patio. Y el vacío que dejó el trabajo lo llenó el aguardiente. Primero eran unas cervezas los sábados. Luego, “una copita” para dormir. Ahora, la casa apestaba permanentemente a ese olor dulzón y rancio del alcohol barato evaporándose por los poros de un hombre derrotado. Su mamá, pobre santa, se partía el lomo lavando ajeno y tallando pisos de mármol que nunca serían suyos, pero la amargura también la había contagiado. A veces, cuando el dinero no alcanzaba ni para las tortillas, Doña Carmen también le daba trago a la botella, y esos días eran los peores. Porque cuando su mamá bebía, no se dormía como su papá; se ponía a llorar y a gritar, maldiciendo el día en que había nacido, y a veces, solo a veces, miraba a Marina con unos ojos que decían: “Tú eres una carga más”.
—¡Tierra llamando a Marina! —una voz masculina la sacó de golpe de sus pensamientos oscuros.
Marina se sobresaltó tanto que casi se cae del alféizar. Se giró rápidamente, alisándose la falda del uniforme que ya le quedaba corta y descolorida.
Era Valerio.
El corazón de Marina dio un vuelco estúpido, de esos que solo dan los corazones de diecisiete años. Valerio estaba parado en el marco de la puerta, con esa sonrisa ladeada que hacía que a la mitad de las niñas del salón se les olvidara cómo respirar. Llevaba el uniforme impecable, la camisa blanca planchada con almidón, oliendo a suavizante caro y a esa loción fresca que él usaba y que Marina podía reconocer a kilómetros.
Valerio no era solo “el guapo” del salón. Era Valerio Sebastián de la Garza, hijo del dueño de la cadena de ferreterías y materiales de construcción más grande de todo el estado. Su familia prácticamente era dueña de medio pueblo. Pero, por algún milagro de la genética o del destino, Valerio no había salido idiota. No era como los otros “juniors” de la escuela, como el estúpido de Beto o las arpías de Svetlana y sus amigas, que miraban a todos como si fueran cucarachas que deberían agradecer ser pisadas por sus zapatos de diseñador.
No. Valerio era… bueno. Simplemente bueno.
—¿Qué onda, Valerio? —dijo Marina, intentando sonar casual, aunque sentía que las orejas le ardían—. Me asustaste, güey.
Valerio entró al salón, caminando con esa seguridad tranquila de quien nunca ha tenido que preocuparse por si le va a alcanzar para el camión de regreso. Se sentó en el pupitre frente a ella, girando la silla para quedar cara a cara.
—Perdón, no quería espantarte —dijo él, apoyando los brazos en el respaldo—. Es que te vi desde la cancha. Estabas ahí, toda ida, con cara de que estabas planeando el asesinato de alguien o resolviendo la teoría de la relatividad. ¿Todo bien?
Marina forzó una sonrisa.
—Sí, todo chido. Solo… pensando. Ya sabes, la nostalgia de que ya nos vamos.
Valerio la miró fijamente. Sus ojos eran de un color café claro, casi miel, y tenían esa molesta cualidad de parecer que te leían la mente.
—Mmm, no te creo nada, Solís —dijo suavemente—. Tú tienes esa cara de “odio al mundo” que pones cuando algo te preocupa de verdad. ¿Qué pasa? ¿Es por lo de la lana para la graduación?
Marina sintió un golpe de vergüenza en el pecho. Odiaba que él supiera. Odiaba ser el caso de caridad.
—No es nada, Valerio. Neta. Es que… no sé qué voy a hacer después. No tengo lana para la uni, mis jefes están en su mundo… ya sabes, lo de siempre.
Valerio suspiró y negó con la cabeza.
—Marina, eres la morra más lista de la generación. Tienes promedio de 9.8. Si aplicas a una beca en la estatal, te la dan sí o sí.
—Las becas no cubren los libros, ni los pasajes, ni la comida, Valerio. Y en mi casa… en mi casa hace falta que entre dinero ya. Hoy. Ayer. No puedo darme el lujo de estudiar cuatro años mientras mis papás se mueren de hambre o de cirrosis.
La palabra salió de su boca antes de que pudiera detenerla. Se tapó la boca, avergonzada. Nunca hablaba tan claro de los problemas de su casa, ni siquiera con él.
Valerio no se espantó. Al contrario, su expresión se suavizó aún más. Estiró la mano y, por un segundo, tocó la rodilla de Marina. El contacto quemó a través de la tela gastada de la falda.
—Lo siento, Mar. Neta, lo siento. Está muy cabrón lo que estás pasando. Pero no puedes rendirte. No tú. Tú eres una guerrera. ¿Te acuerdas en primero, cuando se nos ponchó la llanta del camión en la excursión y nadie sabía qué hacer? Tú fuiste la que organizó a todos, la que calmó a las niñas que lloraban. Tienes madera para cosas grandes.
Marina sonrió, esta vez de verdad, recordando ese día.
—Solo les dije que dejaran de chillar o los coyotes nos iban a comer —rio ella.
—Funcionó, ¿no? —Valerio rio también—. Oye, cambiando de tema… Ya sé que andas agüitada, pero neta, tienes que ir a la graduación. Es tu noche también. Te lo mereces más que todas esas fresas huecas que solo van a lucir los vestidos que les compraron sus papis.
Marina volvió a mirar por la ventana. El tema de la graduación era una herida abierta.
—No voy a ir, Valerio. Ya lo decidí.
—¿Por qué? ¡No manches! ¡Es la despedida!
—Valerio… —Marina lo miró a los ojos, suplicando que entendiera sin que ella tuviera que decirlo todo—. El boleto cuesta mil quinientos pesos. El vestido, otros mil, mínimo. Los zapatos… mírame los zapatos. No tengo ni para cooperar para el regalo de la maestra María. Si voy, solo voy a ir a hacer el ridículo. Todos van a ir de gala, con carros del año, y yo… yo voy a llegar en combi, con un vestido prestado que seguro me va a quedar grande, oliendo a humedad. No quiero. Prefiero quedarme en mi casa y ahorrarme la humillación.
—¡Me vale madres el dinero! —exclamó Valerio, con una intensidad que sorprendió a Marina—. Yo te invito. Ya te lo dije. Mi papá soltó una lana extra para “imprevistos”. Nadie se tiene que enterar. Yo paso por ti, te llevo… tengo una prima que tiene un chorro de vestidos, seguro uno te queda increíble. Ándale, Mar. Por favor.
—No —dijo ella, tajante, levantándose del alféizar—. No soy tu proyecto de caridad, Valerio. No quiero que me pagues nada. Mi dignidad es lo único que me queda, no me la quites tú también.
Valerio se levantó también, frustrado. Se pasó la mano por el cabello perfecto.
—No es caridad, Marina. Es… es que quiero que estés ahí. Quiero bailar contigo. Te aparté el primer baile, ¿te acuerdas? Desde segundo semestre te dije: “El vals de graduación es mío”.
Marina sintió que las piernas le temblaban. Él estaba ahí, ofreciéndole un cuento de hadas, pero ella sabía que Cenicienta solo existía en Disney. En el México real, a las cenicientas se les rompe el tacón y se quedan a limpiar el piso.
—Valerio, eres un amor. Neta. Pero no se puede. Entiéndelo. Tú y yo… somos de planetas distintos. Tú vas a ir al Tec de Monterrey, vas a heredar la empresa, te vas a casar con una niña bien como Svetlana. Yo… yo voy a ver si consigo chamba en la maquila de pantalones o de cajera en el Oxxo. Mejor que nos vayamos acostumbrando a la realidad.
—La realidad la construyes tú, Marina. No dejes que nadie te diga que no puedes —insistió él, dando un paso hacia ella. Estaban tan cerca que Marina podía ver las motas doradas en sus ojos.
Justo en ese momento, cuando el aire entre los dos parecía vibrar con palabras no dichas, se escuchó el taconeo furioso en el pasillo. Un sonido rítmico, seco y autoritario: Clac, clac, clac, clac.
Marina se tensó. Conocía esos pasos. Era la parca. O peor, era la Maestra María Sifuentes.
La puerta se abrió de par en par.
—¡¿Qué hacen aquí?! —la voz chillona de la maestra rebotó en las paredes—. ¡El receso terminó hace cinco minutos! ¡Deberían estar en el auditorio para el ensayo general!
La Maestra María entró como un torbellino de mal gusto. Llevaba un vestido de flores demasiado ajustado para su figura y un maquillaje tan cargado que parecía que se había puesto la cara con una espátula. Su cabello, teñido de un rubio platinado casi blanco, estaba armado en un peinado rígido por la laca. María Sifuentes era la típica maestra que odiaba su trabajo, odiaba a los alumnos, y odiaba su vida, pero se aferraba a esa pequeña cuota de poder que le daba el ser la “tutora” del grupo para hacer sentir miserables a los demás.
Sus ojos, delineados con un negro excesivo, escanearon la escena. Vio a Valerio y su expresión se suavizó en una sonrisa melosa y falsa. Luego vio a Marina, y la sonrisa se transformó en una mueca de asco, como si hubiera olido leche podrida.
—Ah, Valerio, mi niño —dijo con voz cantarina—. Te estábamos buscando. El director quiere repasar contigo las palabras de agradecimiento a tu papá… digo, al padrino de la generación. Es muy importante que todo salga perfecto. Ya sabes que tu papá es una persona muy ocupada y queremos que vea que su inversión… digo, que su apoyo a la escuela ha valido la pena.
Valerio asintió, pero no se movió de al lado de Marina.
—Sí, maestra. Ahorita voy. Estaba platicando con Marina sobre el baile.
La maestra soltó una risita seca.
—¿Sobre el baile? —Miró a Marina de arriba a abajo, deteniéndose con crueldad en los zapatos rotos y la camisa amarillenta—. Ay, mijito, no pierdas el tiempo. Marina sabe muy bien que ese evento no es para ella.
Marina sintió el golpe en el pecho, pero mantuvo la cabeza baja, clavando la vista en las baldosas sucias.
—De hecho, maestra —interrumpió Valerio, con la voz un poco más dura—, yo la estaba convenciendo de ir. Y creo que va a ir.
La cara de la maestra se transformó. La máscara de amabilidad cayó y dejó ver a la mujer amargada que había debajo.
—Mira, Valerio —dijo, acercándose a ellos—, entiendo que tú eres muy noble, siempre recogiendo perritos de la calle y ayudando a los necesitados. Eso habla muy bien de tu educación. Pero hay que ser realistas.
Se giró hacia Marina, y su voz bajó de tono, volviéndose un susurro venenoso, aunque lo suficientemente alto para que Valerio escuchara.
—Marina, niña, sé sensata. ¿A qué vas a ir? El cubierto cuesta más de lo que tu papá gana en un mes… si es que trabaja. Además, ya cerramos las listas de las mesas. Puse a los Garza con los Treviño, gente de su nivel, para que platiquen a gusto. ¿Tú dónde te ibas a sentar? ¿En la cocina con los meseros?
—¡Maestra! —exclamó Valerio, indignado.
—¡Déjame hablar, Valerio! —lo cortó ella, levantando una mano llena de anillos de fantasía—. Le estoy haciendo un favor. Evitándole la pena. Imagínate, Marina, llegar ahí, con todos vestidos de etiqueta, oliendo a perfume francés… y tú… bueno, con tu olor a… a leña. A pobreza. Porque la pobreza huele, mijita, se te pega en la piel. Y no combina con los manteles de seda que pagó el papá de Valerio.
Marina sintió que las lágrimas finalmente se desbordaban. Quemaban al bajar por sus mejillas. No era tristeza; era humillación pura, destilada. Quería gritarle, quería decirle que ella era más lista que todos ellos, que ella valía más, pero la voz se le había atorado en el pecho. Se sentía pequeña, sucia, insignificante. Una “bomzhixa”, como alguna vez había escuchado que le decían a sus espaldas.
—Tiene razón, maestra —susurró Marina, con la voz rota—. No tengo nada que hacer ahí.
—¡No, no tiene razón! —gritó Valerio, rojo de furia—. ¡Eso es discriminación! ¡La voy a reportar con el director!
La maestra sonrió con suficiencia.
—Hazlo, mi vida. El director es mi compadre. Y tu papá es mi amigo. ¿A quién crees que van a escuchar? ¿Al niño berrinchudo o a la maestra que solo quiere cuidar la imagen del evento más importante del año? —Volvió a mirar a Marina—. Ándale, vete a tu casa. Y mira, si quieres el certificado, ven por él el lunes temprano, por la puerta de atrás, para que no interrumpas el ensayo de los alumnos que sí tienen futuro.
Marina no aguantó más. Agarró su mochila vieja, esa que tenía un parche de “Hello Kitty” medio despegado para tapar un agujero, y salió corriendo del salón. Sus pasos resonaron en el pasillo, un tup-tup-tup desesperado de suelas rotas huyendo de la crueldad.
—¡Marina! ¡Espera! —gritó Valerio.
Escuchó el ruido de una silla cayendo y los gritos de la maestra intentando detenerlo, pero Marina no se detuvo. Corrió por los pasillos, bajó las escaleras de dos en dos, cruzó el patio bajo el sol inclemente que le quemaba la piel y no paró hasta que estuvo fuera de la reja de la escuela, en la calle polvorienta.
Se detuvo jadeando, con el corazón martillándole contra las costillas. El aire estaba caliente y seco. Un perro callejero la miró desde la sombra de un árbol y pareció compadecerse de ella.
—Maldita vieja… maldita vida… maldita pobreza —sollozó, pateando una piedra.
Pero lo que más le dolía no eran las palabras de la bruja de Sifuentes. Lo que le dolía era que, en el fondo, sabía que tenía razón. Ella no pertenecía a ese mundo de luces y brindis. Ella pertenecía a la oscuridad de su casa, al olor a alcohol de su padre y a la tristeza infinita de su madre.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Algún día —juró en voz baja, mirando la fachada de la escuela que se desdibujaba por el calor—, algún día me las van a pagar. Todos. Me voy a largar de este pueblo mugroso y voy a regresar siendo alguien. Y se van a tragar sus palabras.
Pero en ese momento, bajo el sol de mediodía, con el estómago vacío y el corazón roto, esa promesa parecía tan lejana como la luna. Marina se acomodó la mochila y comenzó a caminar hacia su casa, hacia el barrio “La Esperanza”, un nombre que sonaba a chiste cruel para quienes vivían ahí. No sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre esa misma tarde, y que la huida que estaba planeando en su mente se convertiría en su única salvación.
CAPÍTULO 2: LA REBELIÓN DEL NIÑO DE ORO
El portazo que dio Marina al salir del salón 3º “B” resonó como un disparo en medio de una iglesia. El eco metálico vibró en las ventanas sucias y dejó tras de sí un silencio espeso, incómodo, de esos que calan hasta los huesos. El aire acondicionado seguía muerto, pero la temperatura en el aula pareció descender diez grados de golpe, helada por la crueldad que acababan de presenciar.
Valerio se quedó paralizado un segundo, procesando la imagen de la espalda de Marina desapareciendo por el marco de la puerta. Su mochila remendada, sus hombros encorvados por una vergüenza que no le correspondía cargar, su cabello negro atado en una coleta apresurada. Sintió cómo la sangre le hervía, subiendo desde el estómago hasta el cuello, palpitándole en las sienes con una violencia que nunca había experimentado.
Él era Valerio Sebastián de la Garza. El “niño bien”. El que nunca rompía un plato. El que tenía promedio de 10 perfecto desde el kínder. El que sonreía a las tías en las fiestas y ayudaba a las viejitas a cruzar la calle. Pero en ese momento, viendo la sonrisa satisfecha y viperina de la Maestra María, Valerio sintió que el “niño bueno” moría asfixiado por la rabia.
Dio un paso hacia la puerta, empujando su pupitre con tal fuerza que este chirrió contra el piso de mosaico, rayando el suelo.
—¡Sebastián! —el grito de la Maestra María fue agudo, autoritario, acostumbrada a que el mundo se detuviera cuando ella abría la boca—. ¡Ni se te ocurra dar un paso más!
Valerio se detuvo, pero no por obediencia, sino porque la maestra se había interpuesto físicamente en su camino, bloqueando el pasillo central con su cuerpo voluminoso y su perfume dulzón que mareaba.
—Quítese, maestra —dijo Valerio. Su voz sonó extraña, grave, temblando de furia contenida. No la reconoció como suya.
La Maestra María abrió los ojos desmesuradamente, ofendida hasta la médula. Se llevó una mano al pecho, sobre el collar de perlas falsas.
—¿Cómo me hablaste? —preguntó, bajando la voz a un tono peligrosamente suave—. ¿A mí? ¿A tu profesora titular? ¿A la mujer que ha organizado tu graduación para que sea el evento del año?
—Dije que se quite —repitió Valerio, apretando los puños a los costados. Sus nudillos estaban blancos—. Voy a buscar a Marina. Usted no tenía ningún derecho a hablarle así. Eso fue… fue cruel. Fue inhumano.
En el fondo del salón, se escuchó un murmullo. Los compañeros, que hasta ese momento habían sido espectadores mudos de la tragedia, empezaron a despertar. Svetlana, la líder de las “populares”, se limaba las uñas, fingiendo desinterés, pero con la oreja parada. El “Chino”, el portero del equipo de fútbol, miraba al suelo, avergonzado. Todos sabían que lo que había pasado estaba mal, pero nadie, absolutamente nadie, tenía los pantalones para enfrentar a la Sifuentes. Nadie excepto Valerio.
La maestra soltó una carcajada incrédula.
—¿Inhumano? —se burló—. Ay, por favor, Valerio. No seas dramático. Solo le dije la verdad. Alguien tenía que ubicar a esa niña. Le hice un favor, ¿entiendes? Un favor. ¿Tú crees que ella se iba a sentir bien rodeada de gente como nosotros? ¿Viendo los vestidos de tres mil pesos de tus compañeras mientras ella trae trapos de la paca? La pobreza se contagia, mijito, y esa niña trae una nube negra encima. Tú tienes un futuro brillante. Eres un De la Garza. No tienes nada que hacer juntándote con la hija de un borracho fracasado.
Valerio sintió que el estómago se le revolvía. “Gente como nosotros”. Esa frase le dio ganas de vomitar. Miró a sus compañeros: hijos de comerciantes, de políticos locales, de ganaderos. Gente que había tenido suerte, nada más. ¿Eso los hacía mejores? ¿El dinero les daba permiso de pisotear a alguien como Marina, que era más lista, más noble y más valiente que todos ellos juntos?
—Me da asco —soltó Valerio, mirándola directamente a los ojos, rompiendo esa barrera invisible de respeto que se supone debe existir entre alumno y maestro—. Me da asco su forma de pensar. Me da asco esta escuela. Y si “gente como nosotros” significa ser como usted… entonces prefiero ser un “muerto de hambre”.
El salón jadeó al unísono. Un “¡Uhhhh!” colectivo recorrió las filas. Nadie le hablaba así a la autoridad.
La cara de la Maestra María pasó del asombro a una furia roja y volcánica. Las venas de su cuello se hincharon.
—¡Escúchame bien, mocoso insolente! —chilló, perdiendo la compostura, acercando su cara a la de él y escupiéndole un poco de saliva al hablar—. ¡Tú no vas a ningún lado! ¡Eres el medalla de honor! ¡Tu padre pagó el salón, la música y hasta los centros de mesa! Si tú cruzas esa puerta, voy a llamar a tu papá ahora mismo y le voy a decir que su hijo es un malagradecido que prefiere irse a revolcar con la basura antes que cumplir con su deber. ¡Y olvídate de tu mención honorífica! ¡Te voy a reprobar por faltas! ¡Te voy a arruinar el promedio!
La amenaza flotó en el aire. El promedio. La beca en el Tec. El orgullo de su papá. Todo lo que había construido durante tres años de desvelos y tareas perfectas. La maestra sabía dónde golpear. Sabía que Valerio vivía bajo la presión inmensa de ser “el hijo perfecto”.
Valerio miró hacia la puerta abierta, donde el sol brillaba en el pasillo, y luego miró a la maestra, esa mujer pequeña y mezquina que creía tener el control de su vida. Y de repente, algo se rompió. O tal vez, algo se liberó.
El miedo desapareció. La presión se esfumó.
Valerio sonrió. Fue una sonrisa fría, tranquila, que asustó a la maestra más que cualquier grito.
—¿Sabe qué, maestra? —dijo con una calma aterradora—. Métase su promedio, su medalla y su fiesta por donde le quepan.
Levantó la mano derecha lentamente, a la altura de la cara de la mujer, cerró el puño y, con una elegancia deliberada, levantó el dedo medio. El gesto obsceno, universal, brilló bajo la luz fluorescente del aula.
—¡FUCK YOU! —gritó en inglés, porque sonaba más fuerte, más de película, más definitivo.
Y sin esperar respuesta, giró sobre sus talones, esquivó el cuerpo paralizado de la docente y salió al pasillo.
Detrás de él, el caos estalló.
La Maestra María gritaba como si la estuvieran matando:
—¡Vuelve aquí! ¡Valerio! ¡Estás expulsado! ¡Te voy a reportar! ¡Se te acabó la vida, niño estúpido!
Se dejó caer en su silla, hiperventilando, abanicándose con la lista de asistencia como si le fuera a dar el soponcio del siglo.
—¡Ay, mi presión! ¡Alguien traigame agua! ¡Ese malcriado me va a matar!
En el silencio incómodo que siguió a la salida de Valerio, se escuchó el rechinido de otra silla. Era Artemio, alias “El Temo”, el vago de la clase, el que siempre se sentaba al fondo a dormir o a dibujar tatuajes en sus brazos. El Temo se levantó, se ajustó los pantalones tumbados que siempre traía a media nalga, y miró a la maestra con una mueca burlona.
—Oiga, ticher —dijo con su acento arrastrado de barrio—. Tons… si el Valerio ya no viene, y su papá mandó todo a la fregada… ¿qué onda con la fiesta? ¿Sí se va a hacer o no? Digo, pa’ saber si voy rentando el traje o me gasto la lana en caguamas.
La maestra le lanzó una mirada que podría haber derretido el acero.
—¡Cállate, Artemio! ¡Cállate si no quieres que te repruebe a ti también!
—Uy, pues perdón —se encogió de hombros el Temo—. Pero la neta, sin el varo de Don Garza, esta fiesta va a estar bien pinche. Ya nos gastamos lo de las rifas en los adornos, ¿no? Si el Valerio se lleva su lana… nos vamos a graduar en el patio comiendo Maruchan.
Algunos soltaron risitas nerviosas. La realidad empezaba a golpear a la clase privilegiada: su gran noche de gala pendía de un hilo, y ese hilo acababa de salir corriendo detrás de la chica pobre a la que todos habían despreciado.
Mientras tanto, Valerio corría.
Corría por los pasillos de la escuela, ignorando a los prefectos que le gritaban que no se podía correr. Cruzó el patio central bajo el sol abrasador, sintiendo el sudor empaparle la camisa almidonada. Salió por el portón principal, saludando apenas al guardia de seguridad que, sorprendido de verlo salir antes de la hora, ni siquiera intentó detenerlo.
—¡Marina! —gritó, mirando hacia la calle larga y polvorienta que llevaba hacia el centro del pueblo.
No la vio.
El pánico le golpeó el pecho. ¿A dónde habría ido? Marina vivía en la colonia “La Esperanza”, al otro lado de las vías del tren, en la zona donde el pavimento se convertía en tierra y las casas de bloque gris no tenían enjarre. Pero ella nunca se iba directo a su casa cuando estaba triste. Su casa no era un refugio; era otra zona de guerra.
Valerio cerró los ojos y pensó. Piensa, Valerio. Piensa como ella.
El parque viejo. El que estaba cerca de la estación de tren abandonada. Ahí iban a veces a platicar cuando se escapaban de la última hora libre. Era un lugar tranquilo, feo para la mayoría, pero con una vista despejada del horizonte donde se podía ver caer el sol sin que los edificios estorbaran.
Arrancó a correr hacia allá. Sus zapatos caros de piel italiana golpeaban el asfalto caliente. Se aflojó la corbata y se desabotonó el cuello de la camisa. Se sentía ridículo vestido así en medio de la calle a las doce del día, como un pingüino perdido en el desierto.
Llegó al parque diez minutos después, jadeando, con los pulmones ardiendo.
Y ahí estaba ella.
Marina estaba sentada en uno de los columpios oxidados, con la cabeza gacha, mirando sus manos. La mochila de Hello Kitty estaba tirada en la tierra a sus pies. Se veía tan pequeña, tan frágil en medio de ese paisaje de hierba seca y fierros viejos, que a Valerio se le rompió el corazón otra vez.
Se acercó despacio, para no asustarla. El rechinar de la grava bajo sus zapatos lo delató.
Marina levantó la cabeza. Tenía los ojos hinchados y rojos, y el rímel barato se le había corrido por las mejillas, dejándole unos surcos negros que la hacían ver como una guerrera derrotada.
—¿Qué haces aquí, Valerio? —preguntó con voz ronca—. Vete. Te vas a meter en broncas.
Valerio se dejó caer en el columpio de al lado. Las cadenas gimieron bajo su peso.
—Ya me metí en broncas, Mar. Las broncas más grandes de mi vida. Le pinté dedo a la Sifuentes.
—¿Qué? —Marina abrió los ojos como platos, y por un segundo, la sorpresa detuvo su llanto—. ¡No manches! ¿Hiciste qué?
—Lo que oíste. Le levanté el dedo en medio de la clase. Le dije “fuck you” y me salí. Creo que le va a dar un infarto. Ojalá.
Marina soltó una risa incrédula, una risa que sonó a hipo y llanto a la vez.
—Estás loco, Valerio. Estás completamente loco. Tu papá te va a matar. Te van a quitar la medalla.
—Me vale —dijo él, mirándola fijamente—. Me vale madres la medalla, Marina. Me vale madres la escuela, el discurso, la cena, los manteles de seda… todo eso es basura si te tratan así. No podía quedarme ahí sentado viendo cómo te humillaba esa vieja bruja. No soy así.
Marina negó con la cabeza, volviendo a mirar al suelo. Empezó a trazar dibujos invisibles en la tierra con la punta de su zapato roto.
—Valerio… eres muy lindo. Neta. Pero eres un tonto. Tú tienes todo. Tienes futuro. Yo… yo soy esto. —Se señaló a sí misma, a su ropa vieja, al entorno—. La Sifuentes tiene razón. Soy una bomzhixa. No encajo ahí. Nunca voy a encajar.
—¡Cállate! —Valerio saltó del columpio y se arrodilló frente a ella, sin importarle ensuciar sus pantalones de vestir en la tierra roja—. ¡No vuelvas a decir esa palabra! Tú vales más que todos ellos. Eres lista, eres fuerte. ¿Sabes por qué te odian? Porque les das miedo. Porque saben que, sin dinero y sin palancas, eres mejor que ellos. Y eso les pudre la sangre.
Tomó las manos de Marina entre las suyas. Las manos de ella eran ásperas por lavar ropa con agua fría, tenía las uñas cortas y sin pintar, pero para Valerio eran las manos más hermosas del mundo.
—Mar, escúchame. Vámonos.
Ella lo miró, confundida.
—¿Cómo que vámonos? ¿A dónde?
—Lejos. Tengo unos ahorros. Mi abuelo me dejó un dinero en una cuenta que mi papá no controla. No es una millonada, pero nos alcanza para irnos al norte, o a la capital. Podemos rentar un cuartito. Yo puedo trabajar, sé inglés, sé usar computadoras. Tú puedes estudiar o trabajar también. Empezamos de cero. Sin Sifuentes, sin borracheras de tus papás, sin la presión de los míos. Solo tú y yo.
Los ojos de Valerio brillaban con una intensidad febril. Estaba hablando en serio. Estaba dispuesto a tirar su vida de príncipe por la borda, solo por ella.
Marina sintió una oleada de amor tan fuerte que le dolió el pecho. Lo quería. Lo quería con toda su alma. Y precisamente por eso, sabía lo que tenía que hacer.
Ella acarició la mejilla de Valerio, sintiendo la suavidad de su piel rasurada.
—Ay, Valerio… —susurró con ternura infinita—. Pareces sacado de una telenovela. Pero la vida no es así, mi amor. La vida real muerde.
Retiró sus manos suavemente.
—Si te vas conmigo, en un mes me vas a odiar. Vas a extrañar tu cama, tu aire acondicionado, tu comida caliente. Vas a extrañar tu futuro. Y yo me voy a sentir culpable toda mi vida por haberte arrastrado a mi miseria. No puedo hacerte eso.
—No me importa… —empezó a protestar él.
—A mí sí —lo cortó ella con firmeza—. A mí sí me importa. Valerio, tú vas a ser alguien grande. Vas a ser ingeniero, o arquitecto, o lo que quieras. Vas a cambiar el mundo. Yo… yo tengo que sobrevivir. Tengo que sacar a mis papás del hoyo, o por lo menos intentarlo. O salirme yo sola antes de que me ahoguen.
Se levantó del columpio y se colgó la mochila al hombro.
—Me voy a ir, Valerio. Pero sola.
—¿A dónde?
—No sé. Tengo una tía en la capital. O tal vez me vaya de mojada al otro lado. No sé. Pero aquí ya no me quedo. Hoy fue la gota que derramó el vaso. Ya no aguanto más humillaciones. Voy a ir por mis papeles mañana, como dijo la bruja, por la puerta de atrás. Y luego… luego veré.
—Voy contigo —insistió él, poniéndose de pie.
—No —Marina lo empujó suavemente en el pecho—. Tú te quedas. Vas a ir a esa graduación, vas a recibir tu medalla, y vas a dar ese discurso. Y cuando estés ahí arriba, vas a pensar en mí. Y vas a prometerte que nunca, nunca vas a ser como ellos. Que vas a usar tu poder y tu dinero para que nadie más tenga que pasar por lo que yo pasé hoy. Esa va a ser tu venganza, Valerio. Ser diferente.
Valerio bajó la cabeza, derrotado. Sabía que ella tenía razón. Sabía que era una locura irse así, sin plan, siendo menores de edad. Pero dolía. Dolía como si le estuvieran arrancando un brazo.
—¿Te voy a volver a ver? —preguntó con la voz quebrada.
Marina sonrió tristemente. El sol del mediodía iluminaba su rostro, resaltando su belleza natural, esa que ni la pobreza ni el dolor podían borrar.
—El mundo es redondo, Valerio. Quién sabe. A lo mejor, en diez años, cuando seas un magnate famoso, te acuerdas de tu amiga la pobre.
Se puso de puntitas y le dio un beso rápido en la mejilla, cerca de la comisura de los labios. Un beso que sabía a sal de lágrimas y a despedida.
—Adiós, mi niño de oro. Gracias por defenderme. Nadie nunca había hecho eso por mí.
Marina dio media vuelta y echó a caminar hacia las vías del tren, hacia la colonia “La Esperanza”. Valerio se quedó ahí, parado en medio del parque oxidado, viéndola alejarse. Vio cómo su figura se hacía pequeña, cómo cruzaba las vías saltando los durmientes, cómo se perdía entre las casas grises y los cables de luz enmarañados.
Quiso correr tras ella. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que corriera. Pero sus pies pesaban toneladas. Se quedó ahí hasta que ella desapareció por completo, hasta que el calor hizo que el aire vibrara y distorsionara el horizonte.
—Te juro que te voy a encontrar, Marina —susurró al viento caliente—. Te lo juro.
Marina caminó las diez cuadras que faltaban para su casa en piloto automático. El barrio estaba despierto. La música de banda sonaba a todo volumen desde una casa vecina, compitiendo con los ladridos de los perros callejeros que se peleaban por una bolsa de basura rota. El olor a drenaje y a tortilla quemada impregnaba el aire.
Llegó a su casa, una construcción a medio terminar de bloque gris, con varillas oxidadas saliendo del techo esperando un segundo piso que nunca llegaría. La puerta de metal estaba entreabierta.
Entró. La sala estaba en penumbras, solo iluminada por el resplandor de la televisión vieja. Su papá estaba ahí, desparramado en el sillón que tenía los resortes salidos, con una botella de tequila corriente a medio terminar en la mesa de centro. Su mamá estaba en la cocina, y se escuchaba el tintineo de vasos.
—¡Marinita! —gritó su papá, arrastrando la lengua—. ¡Llegaste temprano, hija! Ven, échate un trago con nosotros. Hoy estamos de fiesta.
—¿De fiesta? —preguntó Marina, dejando la mochila en el suelo. Sintió una oleada de asco.
—Sí, mija. Tu mamá se encontró cien pesos en la calle. ¡Cien pesotes! Así que compramos pisto y unas carnitas. Siéntate, ándale. Deja la escuela esa, total, ni sirve pa’ nada.
Marina miró a sus padres. Sus rostros hinchados, sus ojos vidriosos, esa alegría falsa y patética que les daba el alcohol. Recordó a Valerio, limpio, brillante, lleno de esperanza. Recordó a la Maestra María y su desprecio.
Y supo, con una certeza absoluta, que si se quedaba un día más en esa casa, se iba a morir. No físicamente, pero sí por dentro. Se convertiría en ellos. Se convertiría en una sombra amargada y borracha.
—No, papá —dijo Marina, con una frialdad que hizo que su padre parpadeara confundido—. No quiero un trago.
Caminó hacia su cuarto, un cuartucho pequeño con una cama y una caja de cartón que servía de ropero.
—¿Qué te pasa, escuincla? —gritó su madre desde la cocina—. ¡Tu padre te está hablando! ¡No seas maleducada!
Marina cerró la puerta de su cuarto y le echó el pasador. Se recargó en la puerta y respiró hondo. Miró a su alrededor. No tenía nada. Unos cuantos libros, un oso de peluche tuerto que tenía desde los cinco años, y su ropa vieja.
Agarró una bolsa de plástico grande, de esas negras para la basura. Empezó a meter lo poco que tenía. Dos pantalones, tres playeras, su suéter de invierno, su ropa interior.
Buscó debajo del colchón. Sacó un calcetín viejo donde guardaba sus “ahorros”. Contó las monedas y los billetes arrugados. Doscientos cincuenta pesos. Eso era todo su capital para enfrentar al mundo.
—Suficiente para el boleto de autobús a la capital —murmuró.
Se sentó en la cama y esperó. Esperó a que anocheciera. Esperó a que los gritos en la sala se convirtieran en murmullos y luego en ronquidos. Esperó a que sus padres cayeran en el estupor del alcohol, ese sueño profundo del que no despertarían hasta el mediodía siguiente.
Cuando el reloj marcó las tres de la mañana, Marina se levantó. El silencio en la casa era sepulcral, solo roto por los ronquidos de su padre. Agarró su bolsa negra y sus zapatos en la mano para no hacer ruido. Abrió la puerta de su cuarto con cuidado milimétrico.
Cruzó la sala de puntitas, conteniendo la respiración. Su padre dormía con la boca abierta, un hilo de baba cayendo por su barbilla. Su madre dormía con la cabeza sobre la mesa de la cocina.
Marina se detuvo un segundo a mirarlos. Sintió una punzada de dolor. A pesar de todo, eran sus padres.
—Perdónenme —susurró sin voz—. Pero no me puedo hundir con ustedes.
Sacó una hoja de papel de su cuaderno y la dejó sobre la mesa, junto a la botella vacía.
“Me voy. No me busquen. Voy a estar bien. Los quiero, pero no puedo seguir así. Adiós. – Marina”
Abrió la puerta de la calle. El aire fresco de la madrugada le golpeó la cara. Olía a tierra mojada y a libertad.
Se puso los zapatos, se colgó la bolsa al hombro y no miró atrás. Caminó hacia la estación de autobuses, donde el primer camión de “segunda clase” salía a las 4:30 AM rumbo a la Ciudad de México.
Mientras caminaba por las calles oscuras de su pueblo, con el miedo y la adrenalina corriendo por sus venas, Marina se hizo una promesa más, esta vez dirigida a la noche estrellada:
—Voy a volver. Y cuando vuelva, nadie, nunca más, me va a mirar por encima del hombro.
El motor del autobús rugió cuarenta minutos después, llevándose a Marina lejos, muy lejos de la Maestra María, de Valerio y de su infancia rota.
La historia de la niña pobre había terminado. La historia de la mujer que conquistaría el mundo acababa de comenzar.
PARTE 2: EL RETORNO
CAPÍTULO 3: LA DECADENCIA DE LOS ÍDOLOS DE BARRO
Diez años.
Se dice fácil. Son dos sílabas que se escapan de la boca en menos de un segundo. Pero en la vida real, diez años son una eternidad. Son tres mil seiscientos cincuenta días para que la vida te pase por encima, te mastique, te escupa y te enseñe que el mundo no gira alrededor de tu ombligo, por más que en la preparatoria te hubieran hecho creer que eras el rey del universo.
En el pueblo, las cosas habían cambiado, pero en el fondo seguían igual. Habían pavimentado un par de calles principales para que los políticos se tomaran la foto antes de las elecciones, y habían abierto un centro comercial nuevo con aire acondicionado donde la gente iba más a pasear y a robarse el Wi-Fi que a comprar. Pero el polvo seguía siendo el mismo, el calor seguía siendo el mismo y, sobre todo, la gente seguía siendo la misma.
La Maestra María Sifuentes se miró en el espejo del baño de maestros. El espejo tenía manchas de óxido en las orillas y la luz fluorescente parpadeaba, dándole a su piel un tono verdoso poco favorecedor. Suspiró. Ya no era la mujer de cuarenta y tantos que dominaba los pasillos con paso firme. Ahora, la gravedad y los carbohidratos habían hecho de las suyas. La faja que llevaba debajo del vestido de encaje azul rey le cortaba la respiración, y los tintes baratos habían dejado su cabello más parecido a la paja seca que al rubio platinado que ella soñaba.
Se retocó el labial rojo, un tono agresivo que se le metía en las pequeñas arrugas alrededor de la boca, creando el efecto de “código de barras” que tanto odiaba.
—Bueno, María —se dijo a sí misma—, al menos sigues aquí. Y hoy es noche de gala. Noche de ver quién es quién.
Hoy era la reunión de la Generación 2014. Su generación “dorada”. O al menos, así le gustaba recordarla, porque fue la última generación donde hubo dinero de verdad, gracias al papá de Valerio de la Garza. Después de ellos, todo se había ido al diablo. Los alumnos de ahora eran unos “cristalitos”, unos maleducados que escuchaban corridos tumbados en el salón y la amenazaban con denunciarla a Derechos Humanos si les gritaba. Extrañaba los viejos tiempos. Tiempos donde podía decirle “bomzhixa” a una alumna pobre y todos se reían.
Salió del baño y se dirigió al patio principal, que había sido transformado para el evento. Mesas con manteles blancos (aunque un poco amarillentos por el uso), sillas Tiffany rentadas, y una pista de baile.
Ahí estaba la Directora Gordillo, una mujer bajita y nerviosa que siempre parecía estar buscando una salida de emergencia.
—María, ¿ya checaste los centros de mesa? —preguntó la directora—. Siento que se ven muy… sencillos.
—Ay, directora, no empiece con sus nervios —respondió María con desdén—. Están bien. Además, recuerde que el presupuesto salió de los exalumnos. O mejor dicho, de el exalumno.
—Bendito sea Valerio —suspiró la directora, persignándose—. Si no fuera porque su secretario llamó hace un mes para decir que él cubría los gastos de la cena, hubiéramos tenido que hacer una taquiza de guisados en el gimnasio.
—Pues claro. La clase se nota —dijo María, inflando el pecho como si el éxito de Valerio fuera obra suya—. Yo siempre supe que ese muchacho llegaría lejos. Era mi favorito, ¿sabe? Siempre le dije: “Valerio, tú vas a ser grande”. Y mirenlo ahora, dicen que tiene negocios hasta en el extranjero.
—¿Y va a venir? —preguntó el profesor de Taller, el “Profe Lalo”, un hombre panzón con bigote de morsa que siempre olía a aserrín y a loción Siete Machos. Estaba recargado en una columna, con una cerveza en la mano que, técnicamente, no debería estar bebiendo todavía.
—Claro que va a venir, Lalo —respondió María—. Él pagó la fiesta. Tiene que venir a recibir los aplausos. Además, le mandé un mensaje personal por Facebook. No me contestó, pero vi que lo leyó. Seguro quiere darnos la sorpresa.
El Profe Lalo soltó una risita burlona y le dio un trago a su cerveza escondida en un vaso de unicel.
—Pues ojalá traiga buen pisto, porque el que compramos nosotros es del barato. Oye, María, ¿y sabes quién más viene? ¿La bola de inútiles de siempre?
—¡Lalo! —lo regañó la directora—, no les digas así. Son nuestros egresados.
María hizo una mueca.
—Pues mentira no es, directora. La verdad, espero ver cambios. Quiero ver a Svetlana, a Beto, a los muchachos “bien”. Ya me cansé de ver a los fracasados que se quedaron en el pueblo trabajando de cajeros o de taxistas. Hoy quiero ver éxito. Quiero sentir que mi trabajo valió la pena.
En ese momento, el portón de la escuela se abrió. Empezaron a llegar los primeros autos.
Pero no eran los autos que María Sifuentes esperaba.
El primero en entrar fue un Tsuru tuneado, con un escape ruidoso que echaba humo negro y unos rines cromados que costaban más que el coche entero. Del asiento del conductor bajó “El Temo”, Artemio. Ya no era el flaco desgarbado de hace diez años. Ahora era un ropero de dos metros por dos metros, con tatuajes hasta en el cuello y una camisa Versace que gritaba “pirata” desde tres cuadras de distancia.
—¡Qué onda, razaaaa! —gritó, levantando los brazos—. ¡Ya llegó su padre!
María arrugó la nariz.
—Dios mío… sigue igual de corriente. ¿En qué trabaja ese animal?
—Dicen que tiene un puesto de mariscos muy famoso en la salida a la carretera —comentó Lalo—. Le va bien al canijo. Gana más que tú y yo juntos, María.
Después llegó una minivan familiar, color gris rata, con una abolladura en la puerta lateral. De ella bajó Svetlana.
María parpadeó, incrédula. ¿Esa era Svetlana? ¿La reina de la primavera? ¿La capitana de las porristas?
La mujer que bajó del auto tenía por lo menos veinticinco kilos de más. Llevaba un vestido floreado que parecía una carpa de circo mal ajustada y el cabello recogido en un chongo despeinado. Bajó cargando una pañalera y gritándole a alguien dentro del auto:
—¡Que no te vas a bajar, Kevin! ¡Te quedas con tu abuela cuando venga por ti!
Svetlana se acercó al grupo de maestros, arrastrando los pies con unas sandalias de tacón corrido que se veían incomodísimas.
—Hola, ticher María —saludó con desgana, encendiendo un cigarro apenas puso un pie en la banqueta—. Qué calor hace, ¿no? Puta madre, debieron haber rentado un salón con clima.
—Svetlana… qué… qué sorpresa verte —dijo María, tratando de ocultar su decepción—. Te ves… muy maternal.
—Me veo de la chingada y lo sabe, maestra —bufó Svetlana, soltando el humo—. Tres escuincles y un divorcio te acaban la vida. Mi ex marido me dejó por una de veinte. Y aquí ando, vendiendo catálogos de zapatos y peleando la pensión. ¿Y el Valerio? ¿Ya llegó el millonario? Dicen que va a haber barra libre, ¿no? Porque neta necesito emborracharme.
María sintió que se le caía el alma a los pies. ¿Esta era su generación dorada? ¿El “Temo” vendiendo camarones y Svetlana amargada y gorda?
Poco a poco, fueron llegando los demás. Y el panorama no mejoraba.
Beto, el galán del equipo de fútbol, estaba calvo y vendía seguros de vida.
Paty, la chica estudiosa, trabajaba en una oficina de gobierno burocrática y tenía cara de no haber dormido en tres años.
Jorge, el bromista, había estado en la cárcel un tiempo por “malos entendidos” y ahora era pastor cristiano.
Era un desfile de sueños rotos. Una colección de “pudo haber sido” que terminaron en “ni modo, así tocó”. Todos fingían sonrisas, todos decían “¡Me va increíble!”, pero sus ojos los delataban. Sus ojos gritaban deudas, cansancio, matrimonios fallidos y la desesperada necesidad de aparentar por una noche que no eran unos perdedores.
—Qué deprimente —susurró el Profe Lalo al oído de María—. Parece reunión de Alcohólicos Anónimos, no de exalumnos.
—Cállate, Lalo —siseó María, aunque pensaba exactamente lo mismo—. Todavía falta Valerio. Él va a salvar la noche. Él sí es de otra clase.
La noche cayó sobre el patio escolar. Las luces de colores se encendieron y el DJ (que era el sobrino de la conserje) puso una mezcla de reguetón viejo y cumbias sonideras. La gente empezó a beber. El alcohol barato (que sí habían comprado, a pesar de que Valerio mandó dinero, porque alguien se había “clavado” una parte del presupuesto) empezó a soltar las lenguas.
María Sifuentes se paseaba entre las mesas con su copa de sidra en la mano, recibiendo saludos hipócritas.
—¡Maestra! ¡Qué guapa se ve!
—¡Gracias, mijito! Tú también… te ves muy… repuesto.
Se acercó a la mesa donde estaban Svetlana y sus amigas, las antiguas “populares”, que ahora parecían una convención de señoras quejumbrosas.
—Oiga, maestra —dijo Svetlana, ya con los ojos un poco vidriosos por el tequila—, ¿y la bomzhixa? ¿La Marina? ¿Esa no viene? Sería bueno verla pa’ reírnos un rato. Seguro viene a limpiar las mesas o algo así, ¿no?
Las amigas soltaron carcajadas crueles, como hienas.
María Sifuentes sonrió con malicia. Le encantaba el chisme. Se inclinó hacia ellas como si fuera a revelar un secreto de estado.
—Pues fíjense que no sé si viene —dijo bajando la voz—. Pero les voy a contar algo. Hace como dos meses, la vi.
—¿A poco? —preguntó Beto, acercándose con su plato de barbacoa—. ¿Dónde? ¿Pidiendo limosna en el semáforo?
—No, fíjate. En el centro comercial nuevo. En la tienda departamental “Liverpool”.
—¿De intendente? —preguntó Svetlana.
—Pues no sé —dijo María, haciendo un gesto exagerado—. Yo estaba viendo unos perfumes, ya saben, dándome mis gustitos. Y de repente la veo pasar. Iba muy… muy arreglada. Demasiado, diría yo. Como disfrazada de señora rica. Ya saben cómo es esa gente, se gastan la quincena entera en un trapo para apantallar.
—¿Y le habló? —preguntó Paty.
—¡Ay, por favor! Yo soy una dama. Pero ella me vio. Nos cruzamos de frente. Y ¿saben qué hizo la muy igualada? —María hizo una pausa dramática—. Me miró… me barrió de arriba a abajo… y se siguió de largo. Como si no me conociera. Como si yo fuera invisible. ¡A mí! ¡A su maestra!
—¡Pinche vieja alzada! —exclamó el Temo desde la otra mesa—. Seguro andaba bien drogada o borracha. La gente así no cambia.
—Exacto —asintió María—. Tenía esa mirada… esa mirada perdida de los viciosos. O tal vez de la culpa. Me miró con un desprecio… como si yo le debiera dinero a ella. Pero bueno, ya sabemos que el mono, aunque se vista de seda, mono se queda. Seguro se consiguió un “sugar daddy” viejito que le compra ropa, o anda en malos pasos. No hay de otra. Una muerta de hambre no deja de ser muerta de hambre así nomás.
Todos asintieron, reconfortados en su veneno. Necesitaban creer eso. Necesitaban creer que Marina seguía siendo inferior a ellos, porque si Marina, la chica más pobre del salón, había logrado salir del pozo y ellos no… entonces sus vidas eran un fracaso total. Y eso no lo podían soportar.
En ese momento, la música se detuvo. El DJ bajó el volumen de golpe.
Un murmullo recorrió el patio. Todos giraron la cabeza hacia la entrada principal.
El portón se había abierto de nuevo. Pero esta vez, no entró un Tsuru ni una minivan.
Entraron dos camionetas negras, inmensas, de esas Suburban blindadas que solo usan los políticos de alto nivel o los empresarios muy pesados. Sus vidrios eran tan oscuros que parecían espejos negros. Las camionetas avanzaron lentamente por el camino de grava, brillando bajo las luces de colores como bestias metálicas.
—A la madre… —susurró el Temo, dejando caer su taco—. Esas madres cuestan como tres millones cada una.
—Debe ser Valerio —dijo María Sifuentes, sintiendo una emoción eléctrica recorriéndole el cuerpo. Se alisó el vestido, se acomodó el cabello y adoptó su mejor sonrisa de “maestra orgullosa”—. ¡Llegó el Padrino! ¡Rápido, directora, el micrófono!
Las camionetas se detuvieron justo frente a la alfombra roja improvisada que habían puesto en la entrada del gimnasio. El silencio era total. Nadie se movía.
De la primera camioneta bajaron dos hombres de traje negro, con audífonos en el oído. Guardaespaldas. Miraron a su alrededor con profesionalismo, escaneando a la multitud de borrachos y curiosos. Uno de ellos asintió y abrió la puerta trasera de la segunda camioneta.
Primero bajó un zapato de hombre. Un zapato de charol italiano, impecable. Luego, una pierna enfundada en un pantalón de tela fina.
Valerio Sebastián de la Garza emergió del vehículo.
Si hace diez años era guapo, ahora era devastador. Tenía veintiocho años, pero parecía dueño del mundo. Llevaba un traje azul marino hecho a la medida que se ajustaba a sus hombros anchos, sin corbata, con el primer botón de la camisa blanca desabrochado. Tenía una barba de tres días perfectamente cuidada y un bronceado de quien pasa los fines de semana en yates, no en la azotea.
—¡Valerio! —gritó María Sifuentes, aplaudiendo histéricamente—. ¡Bienvenido, hijo! ¡Bienvenido a tu casa!
Valerio miró hacia la maestra. Su expresión era indescifrable. No sonrió. Solo asintió levemente con la cabeza, un gesto de cortesía mínima, casi frío.
Pero no cerró la puerta. Se quedó ahí, sosteniéndola abierta. Extendió la mano hacia el interior oscuro de la camioneta.
—¿Trae a la esposa? —susurró Svetlana, estirando el cuello—. Dicen que se casó con una modelo europea. O con la hija de un senador.
Una mano femenina, delicada, con uñas pintadas de un color nude elegante y un anillo de diamantes que brilló como una estrella bajo los reflectores, tomó la mano de Valerio.
Y entonces, ELLA bajó.
El tiempo pareció detenerse.
La mujer que bajó de la camioneta era… imponente. Alta, estilizada, con una postura de reina. Llevaba un traje sastre blanco, moderno, de corte arquitectónico, que gritaba “poder” y “dinero” en cada costura. Sus pantalones eran de pierna ancha, y el saco tenía un escote profundo pero elegante. Su cabello negro, brillante como el ala de un cuervo, caía en ondas suaves sobre sus hombros.
Pero era su rostro lo que hipnotizaba. Un rostro de facciones finas, maquillaje impecable, natural, que resaltaba unos ojos oscuros e inteligentes que brillaban con una intensidad peligrosa.
No era una modelo hueca. No era una “niña bien” decorativa.
Era una jefa. Una patrona.
Valerio le sonrió con una adoración que hizo suspirar a todas las mujeres presentes. Le ofreció el brazo y ella lo tomó con naturalidad, como si estuviera acostumbrada a que el mundo se apartara a su paso.
Caminaron hacia la entrada. El sonido de sus pasos sobre el concreto era firme.
La Maestra María corrió hacia ellos, abriéndose paso a empujones entre los alumnos.
—¡Valerio, mi vida! ¡Qué elegancia! ¡Qué porte! —chilló, intentando abrazarlo, pero uno de los guardaespaldas le puso una mano en el hombro, deteniéndola suavemente pero con firmeza. María se quedó helada, pero recuperó la compostura rápido—. Ay, perdón, es la emoción.
Miró a la mujer de blanco.
—Y veo que vienes muy bien acompañado. —María escaneó a la mujer. Ropa cara. Joyas reales. Bolso de marca que costaba más que el coche de Svetlana. Aprobó de inmediato—. Un gusto, señora. Bienvenida a nuestra humilde escuela. Soy la Maestra María, la mentora de Valerio. Prácticamente su segunda madre.
La mujer de blanco se detuvo. Miró a la maestra.
Fue una mirada lenta, pausada. Unos ojos que reconocían cada arruga, cada gramo de maquillaje barato, cada pizca de hipocresía en el alma de la docente.
Luego, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios rojos. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Buenas noches, Maestra María —dijo la mujer. Su voz era suave, melodiosa, pero tenía un filo de acero. Un acento neutro, educado, sin rastro del cantadito de pueblo, pero con una fuerza que resonó en el aire—. Es curioso que diga eso. Porque Valerio siempre me contó historias muy diferentes sobre usted.
María Sifuentes parpadeó, confundida. Esa voz… había algo en esa voz.
—¿Ah sí? —rio nerviosamente—. Bueno, Valerio siempre fue muy bromista. ¿Me permite preguntarle su nombre, hermosa dama? Para presentarla con los demás. Seguro viene de la capital, se le nota el garbo.
La mujer soltó una pequeña risa. Miró a Valerio, y él le devolvió la mirada con una complicidad divertida.
—¿En serio no sabe quién soy, maestra? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. Usted dijo que tenía buen ojo para la “gente de bien”.
Svetlana, que se había acercado con su copa en la mano para chismear de cerca, entrecerró los ojos. Ella, que había pasado años criticando a otras mujeres, tenía un radar especial. Miró los pómulos de la mujer. Miró la forma de sus cejas. Miró, sobre todo, una pequeña cicatriz casi imperceptible en la barbilla, una cicatriz que alguien se hizo al caerse en el recreo en segundo de primaria.
Svetlana soltó la copa. El vidrio se rompió contra el piso, estallando en mil pedazos, pero el ruido fue opacado por su grito ahogado.
—No mames… —susurró Svetlana, pálida como un fantasma—. No mames… es la Solís.
María Sifuentes se giró bruscamente hacia Svetlana y luego de vuelta a la mujer de blanco.
—¿Qué? —preguntó la maestra, sintiendo que el piso se movía—. ¿De qué hablas?
La mujer de blanco dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de la maestra. El olor de su perfume —sándalo, jazmín y dinero— envolvió a María.
—Me da gusto ver que sigue igual, maestra —dijo la mujer, y ahora su tono era frío, cortante como una navaja—. Sigue juzgando a la gente por su ropa. Sigue creyendo que el mundo se divide en “gente bien” y “muertos de hambre”.
Se quitó las gafas de sol que llevaba en la mano y miró fijamente a la maestra a los ojos.
—Soy Marina. Marina Solís. La “bomzhixa”. La que olía a humedad. La que usted corrió de su salón hace diez años para que no le afeara la fiesta.
Un silencio sepulcral cayó sobre el patio. La música se había detenido hace rato, pero ahora ni los grillos se atrevían a cantar.
La mandíbula de la Maestra María cayó hasta el suelo. Sus ojos se desorbitaron. Miraba a la mujer elegante, poderosa, millonaria que tenía enfrente, y trataba de encajar esa imagen con la niña flacuchenta y llorona de sus recuerdos. Era imposible. Era un error en la Matrix.
—No… no puede ser —balbuceó la maestra—. Tú… tú eras…
—¿Pobre? —completó Marina con una sonrisa depredadora—. Sí. Lo era. Era muy pobre. Y usted se aseguró de que nunca se me olvidara. Usted se burló de mi hambre, de mi ropa, de mi familia. Me humilló frente a todos estos… —hizo un gesto vago con la mano señalando a los ex compañeros que miraban boquiabiertos— …frente a todos estos testigos mudos.
Marina dio otro paso. La maestra retrocedió, chocando contra una columna.
—Pero le tengo una noticia, María Sifuentes. —Marina ya no la llamó “maestra”—. La pobreza se cura con trabajo. Pero la maldad, la envidia y la estupidez que usted tiene… eso no se cura ni con todo el dinero del mundo. Y veo que usted sigue igual de enferma.
Valerio se adelantó y rodeó la cintura de Marina con su brazo, marcando territorio, mostrándole a todos quién era la reina de la noche.
—Así es, maestra —dijo Valerio, con voz potente—. Les presento a mi esposa. Y a la socia mayoritaria de Grupo Garza-Solís. La mujer que acaba de comprar los terrenos que están junto a la escuela para construir un centro de tecnología… si es que decidimos invertir en este pueblo. Lo cual, viendo cómo nos reciben, estamos dudando.
El “Chino” escupió su cerveza. El Temo se quedó con la boca abierta, mostrando los frenos de oro. Svetlana parecía que se iba a desmayar.
Y la Maestra María Sifuentes sintió, por primera vez en su vida, el verdadero terror. No el miedo a perder un bono o a que la regañara el director. El terror de saber que había pateado al perro equivocado. El terror de saber que la niña a la que aplastó como a una cucaracha había regresado convertida en un dragón.
—Pero no venimos a hablar de negocios —dijo Marina, cambiando su tono a uno falsamente alegre, volviendo a ponerse la máscara social—. Venimos a celebrar, ¿no? A recordar los viejos tiempos. —Miró a la maestra con una dulzura venenosa—. Y a pagar algunas deudas pendientes. Porque yo nunca olvido una deuda, maestra. Y hoy… hoy traigo la cartera llena para pagar.
Marina soltó una carcajada cristalina, hermosa y aterradora, y caminó hacia la mesa principal, dejando a la Maestra María temblando, con el maquillaje corrido por el sudor frío y el corazón latiéndole como un tambor de guerra.
El juego había empezado. Y la bomzhixa tenía todas las cartas.
CAPÍTULO 4: LA CENA DE LOS HIPÓCRITAS
El gimnasio de la preparatoria, habilitado como salón de fiestas, era una cápsula del tiempo mal conservada. Las mismas gradas de metal despintado, las mismas canastas de baloncesto con las redes rotas y ese olor inconfundible a cera para pisos mezclado con polvo acumulado durante décadas. Habían intentado disfrazarlo con telas blancas colgadas del techo y globos dorados que, trágicamente, ya empezaban a desinflarse por el calor, pareciendo pasas arrugadas flotando en el aire viciado.
Cuando Marina y Valerio cruzaron el umbral, el efecto fue bíblico. Como si Moisés hubiera llegado a separar las aguas del Mar Rojo, la multitud de exalumnos se abrió paso. El silencio era tan denso que se podía escuchar el zumbido de los mosquitos chocando contra las lámparas halógenas.
Marina caminaba con la barbilla en alto. Sus tacones de suela roja —esos famosos Louboutin que costaban lo que la Maestra María ganaba en seis meses— golpeaban el piso de linóleo con un ritmo hipnótico: clac, clac, clac. Cada paso era una afirmación. Cada paso era un “aquí estoy”.
Sentía las miradas clavadas en ella. Eran miradas pesadas, pegajosas. Podía diseccionarlas con precisión quirúrgica:
Había un 30% de admiración pura.
Un 20% de lujuria barata (principalmente de los hombres que hace diez años ni la volteaban a ver).
Y un 50% de envidia corrosiva, esa envidia verde y biliosa que es el deporte nacional en los pueblos chicos.
—Están en shock —susurró Valerio en su oído, apretándole suavemente la cintura—. Mira sus caras. Parece que vieron a un fantasma.
—Vieron algo peor, mi amor —respondió Marina sin mover los labios, manteniendo una sonrisa gélida y perfecta—. Vieron su propio fracaso reflejado en mi éxito. Y eso no se perdona.
Avanzaron hacia la “Mesa de Honor”, esa que la Maestra María había reservado para los “VIPs” (o sea, para Valerio y quien ella pensaba que sería su esposa de sociedad).
Al pasar cerca de la mesa de las antiguas porristas, Marina escuchó el susurro viperino de Karla, la que solía ser la sombra de Svetlana:
—¡No manches! ¿Ya viste la bolsa? Es una Birkin. Dicen que hay lista de espera de años para comprar una. ¿Será original?
—Obvio no, güey —respondió otra voz—. Seguro es clon espejo. ¿De dónde va a sacar esa lana la hija del borracho? Seguro el Valerio se la compró en Tepito para apantallar.
Marina se detuvo en seco.
Valerio sintió el cambio en su postura y se detuvo también, mirándola con curiosidad.
Marina giró la cabeza lentamente hacia la mesa de las chicas. Karla se quedó con la boca abierta, con un pedazo de totopo con queso a medio camino.
Marina le sonrió. Fue una sonrisa dulce, pero sus ojos eran dos puñales de hielo.
—Hola, Karla —dijo Marina, con un tono de voz suave pero proyectado, para que las mesas cercanas escucharan—. Qué gusto verte. Veo que sigues teniendo ese ojo clínico para la moda… aunque veo que tu gusto personal se quedó estancado en el catálogo de Price Shoes de 2014. —Hizo una pausa, mirando el vestido sintético de la chica—. Y para tu tranquilidad: sí, es original. Me la regaló Valerio por mi cumpleaños en París. Pero no te preocupes, los clones también aguantan… si no los mojas.
Karla se puso roja hasta la raíz del pelo, balbuceando algo ininteligible. Las demás chicas de la mesa bajaron la vista, fingiendo interés repentino en sus servilletas de papel.
Marina retomó su camino, satisfecha. Primer golpe asestado.
Llegaron a la mesa principal. La Maestra María Sifuentes ya estaba ahí, tratando de recomponer su figura tras el susto de la entrada. Se había echado aire con la mano, se había retocado el labial y ahora intentaba adoptar una postura de “aquí no pasó nada, soy la anfitriona”.
—¡Valerio, Marina! —exclamó la maestra con una voz chillona y falsamente alegre—. Siéntense, por favor. Esta es su mesa. La mejor vista de la pista, lejos de las bocinas para que podamos platicar a gusto.
Valerio jaló una silla para Marina. Ella se sentó con la elegancia de quien ha tomado clases de etiqueta, cruzando las piernas y colocando su bolso sobre la mesa, como un trofeo de guerra.
La maestra se sentó frente a ellos, nerviosa. Sus ojos saltaban de Valerio a Marina, tratando de descifrar la dinámica. ¿Cómo había pasado? ¿Cómo el príncipe azul había terminado con la cenicienta sin hada madrina?
—Y cuéntenme… —empezó María, sirviéndose un vaso de refresco tibio porque le temblaba la mano para servirse vino—. ¿Cómo… cómo se reencontraron? Porque, digo, Marina se fue tan… tan repentinamente hace diez años. Ni siquiera se despidió. Nos quedamos todos muy preocupados.
Marina soltó una carcajada seca.
—¿Preocupados? —arqueó una ceja—. Maestra, por favor. No insulte mi inteligencia. Usted celebró cuando me fui. Seguramente brindó con sidra barata pensando: “Por fin se fue la mugrosa”.
La maestra se atragantó con el refresco.
—¡No, no! ¡Cómo crees! Yo siempre me preocupé por mis alumnos. Solo… solo quería lo mejor para ti. Pensé que tal vez en la ciudad encontrarías… no sé, oportunidades más acordes a tu… a tu realidad.
—Mi realidad —repitió Marina, saboreando la palabra—. Mi realidad, maestra, es que salí de este pueblo con doscientos pesos en la bolsa y una mochila rota. Llegué a la central del norte muerta de miedo. Dormí dos noches en la terminal porque no tenía a dónde ir.
Valerio le tomó la mano sobre la mesa, apretándola con fuerza. Él conocía la historia, pero cada vez que la escuchaba, le dolía el corazón.
—Pero sabe algo —continuó Marina, inclinándose hacia adelante—, el hambre es una gran motivadora. Mucho mejor que sus clases de civismo, por cierto. El hambre te quita la vergüenza, te quita la flojera y te quita el miedo. Empecé lavando platos en un restaurante. Luego fui mesera. Luego encargada. Estudié la prepa abierta en las noches, durmiendo tres horas diarias. Luego entré a la universidad pública, becada, mientras trabajaba doble turno.
La mesa de al lado, donde estaba el Director y el Profe Lalo, había dejado de hablar para escuchar.
—Me gradué con honores en Administración de Empresas —siguió Marina—. Y ahí fue donde la vida, o el destino, o tal vez el karma, me volvió a cruzar con Valerio.
Valerio sonrió, tomando la palabra.
—Yo estaba en la Ciudad de México cerrando un trato para la constructora de mi papá. Necesitábamos una consultora externa para auditar unos procesos. Contratamos a una firma prestigiosa. Y adivinen quién entró a la sala de juntas como la directora del proyecto.
Valerio miró a Marina con orgullo desmedido.
—Cuando la vi entrar, con ese traje sastre y esa seguridad… casi me caigo de la silla. No la reconocí al principio. Pero cuando empezó a hablar, cuando empezó a destrozar a mis contadores con sus argumentos, supe que era ella. Mi Marina. La misma niña que se defendía de los coyotes en la excursión, pero ahora defendiéndose de tiburones corporativos.
La Maestra María escuchaba con la boca abierta. Era una historia de éxito que no le cabía en la cabeza. Para ella, la gente pobre nacía pobre y moría pobre. El orden natural de las cosas se había roto.
—Y… y ahora son socios —dijo la maestra con un hilo de voz.
—Socios y esposos —corrigió Marina—. Fundamos nuestra propia inmobiliaria hace tres años. Nos dedicamos a recuperar espacios olvidados y convertirlos en zonas de lujo. Irónico, ¿no? Yo, que venía de una zona olvidada, ahora me dedico a rescatarlas.
En ese momento, los meseros —estudiantes de preparatoria haciendo su servicio social con chalecos que les quedaban grandes— empezaron a servir la cena.
El plato consistía en una pechuga de pollo pálida, bañada en una crema de champiñones grumosa que parecía engrudo, acompañada de un puré de papa instantáneo y tres verduras recocidas.
Marina miró el plato con desdén.
—Vaya… veo que el menú sigue siendo tan “exquisito” como lo recordaba en la cafetería.
—Es… es pechuga Cordon Bleu —se apresuró a decir la maestra—. El banquete “Gourmet”.
Valerio pinchó el pollo con el tenedor. Estaba duro como una suela.
—Maestra, le mandé un cheque por cincuenta mil pesos para la cena —dijo Valerio, frunciendo el ceño—. Con ese dinero alcanzaba para un filete miñón decente para todos. ¿En qué se gastó el dinero? ¿En este pollo de hule?
La Maestra María palideció. Empezó a sudar frío.
—Eh… bueno… es que hubo gastos imprevistos. La decoración… el sonido… ya sabes que todo sube. La inflación…
—O tal vez —interrumpió Marina—, alguien decidió que los exalumnos no notarían la diferencia y se guardó el cambio. Las viejas costumbres no mueren, ¿verdad?
La tensión en la mesa era insoportable. Pero antes de que la maestra pudiera inventar otra excusa, una sombra se proyectó sobre ellos.
Era Svetlana. Y no venía sola. Traía a sus dos “amigas” y a Beto, el vendedor de seguros calvo.
—¡Ay, perdón que interrumpa! —dijo Svetlana, con una sonrisa que mostraba dientes manchados de labial—. Es que, la neta, no podíamos aguantarnos las ganas de saludar. ¡Marina! ¡Amiga! ¡Qué cambiada estás! Te juro que si no me dicen, no doy.
Svetlana se inclinó para darle un beso en la mejilla, pero Marina se hizo ligeramente hacia atrás, obligando a Svetlana a besar el aire.
—Hola, Svetlana —dijo Marina sin levantarse—. Veo que tú también has cambiado.
Svetlana soltó una risita nerviosa, tocándose la lonja de la cintura.
—Ay, sí, ya sabes, los niños, la vida de casada… una se descuida un poquito. Pero tú… ¡wow! Oye, nos estaban contando que te va súper bien. Que tienes empresas y todo el rollo.
—Nos va bien, sí —respondió Marina cortante.
Beto se metió en la conversación, extendiendo una tarjeta de presentación arrugada hacia Valerio.
—Qué onda, Valerio. Tanto tiempo, hermano. Oye, aprovechando que andas por acá… fíjate que traigo unos planes de seguro de inversión buenísimos. Rendimientos garantizados. Digo, para gente de tu nivel, esto es oro molido. Si me das cinco minutos…
Valerio ni siquiera tomó la tarjeta. Miró a Beto con una mezcla de lástima y aburrimiento.
—Beto, tengo un equipo financiero de diez personas que maneja mis inversiones en la bolsa de Nueva York. No creo que tus seguros me sirvan. Pero gracias.
Beto retiró la mano, avergonzado, pero Svetlana no se dio por vencida. La desesperación olía más fuerte que su perfume barato.
—Oye, Marina… —dijo bajando la voz, haciéndose la íntima—. Fíjate que… bueno, ya que estamos en confianza. Mi situación está medio cabrona. Mi ex es un patán, no me da ni un peso. Y vi que traes esa camionetota afuera… y pensé: “Marina siempre fue buena onda, seguro me echa la mano”. No sé si en tu empresa… allá en la capital… necesiten a alguien. Yo soy buenísima para las relaciones públicas. Ya ves que siempre fui la más popular. Podría ser tu… no sé, tu asistente o algo.
Marina la miró fijamente. Recordó el día en que Svetlana le puso chicle en el cabello en segundo semestre y tuvo que cortárselo trasquilado. Recordó las risas cuando la llamaban “piojosa”.
—¿Relaciones públicas? —preguntó Marina, fingiendo considerar la oferta—. Mmm. El problema, Svetlana, es que en mi empresa la imagen es muy importante. Y la actitud. Buscamos gente con empatía, con educación, con clase.
—Pues por eso —insistió Svetlana, sin captar la indirecta—, yo tengo todo eso.
—¿Ah, sí? —Marina sonrió—. Curioso. Porque yo recuerdo que tu “clase” consistía en burlarte de los que tenían menos que tú. Recuerdo que eras experta en hacer sentir basura a la gente. Y eso, querida, no es relaciones públicas. Eso es ser una bully de pueblo.
La sonrisa de Svetlana se congeló.
—Ay, Marina, qué rencorosa. Eso fue hace mil años. Éramos niñas.
—Yo era una niña —corrigió Marina, su voz bajando a un tono peligroso—. Tú eras una depredadora en entrenamiento. Y por lo que veo, no has evolucionado mucho. Solo que ahora, en lugar de burlarte, vienes a pedir chichi. Vienes a pedir trabajo a la “bomzhixa”.
Svetlana retrocedió un paso, ofendida pero acorralada.
—Bueno, tampoco te pongas así. Si no quieres ayudar, no ayudes. Pinche vieja alzada. El dinero no te quita lo naca.
Marina no se alteró. Tomó su copa de agua y bebió un sorbo con calma.
—Y la pobreza no te quita lo estúpida, Svetlana. Pero al menos el dinero me compró la libertad de no tener que aguantar a gente como tú. Ahora, si nos disculpas, estamos cenando este… delicioso pollo.
Svetlana se dio la vuelta, furiosa, y se llevó a su séquito.
—Vámonos, ni quien quiera trabajar con esta. Seguro lava dinero del narco.
Valerio soltó una risa discreta.
—Eso fue brutal. Me encanta cuando te pones en modo “jefa”.
—Apenas estoy calentando —murmuró Marina.
Pero la noche apenas comenzaba.
El “Temo”, ya bastante borracho, se acercó tambaleándose. Traía una botella de Buchanans en la mano, de la cual bebía directo.
—¡Ese mi Valeeee! —gritó, dándole una palmada en la espalda a Valerio que casi lo hace escupir el agua—. ¡Qué milagro, cabrón! Oye, presenta a la dueña de tus quincenas, ¿no?
El Temo miró a Marina con ojos lujuriosos, recorriendo su escote.
—Mamacita… quién te viera y quién te ve. Estás más buena que el pan, mija. Con razón el Valerio se amarró. Oye, si te aburres del niño rico, acá tu servidor tiene con qué quererte… y no hablo de dinero, si me entiendes.
Hizo un gesto obsceno con la cadera.
Valerio se puso tenso. Su mano se cerró en un puño sobre la mesa. Iba a levantarse, pero Marina le puso una mano en el antebrazo, deteniéndolo.
—Déjalo —dijo ella—. No vale la pena ensuciarse el traje.
Marina se giró hacia el Temo. No mostró miedo, ni asco. Solo aburrimiento infinito.
—Artemio —dijo—. Tienes una mancha de salsa en la camisa falsa. Y tienes un pedazo de cilantro en el diente. Antes de venir a ladrarle a una mujer que te queda grande, te sugiero que vayas al baño, te laves la cara, te bajes la borrachera y aprendas a respetar.
El Temo parpadeó, confundido por la autoridad en la voz de ella.
—Eh… qué pedo… pinche vieja payasa…
—Vete —ordenó Marina. Fue una orden simple, dicha con el tono que usaba para despedir a ejecutivos incompetentes.
El Temo, sorprendentemente, obedeció. Refunfuñando, se alejó hacia la barra libre, sintiéndose pequeño sin saber por qué.
La Maestra María observaba todo esto con creciente desesperación. La cena se le estaba yendo de las manos. El ambiente no era de celebración; era de tensión, de resentimiento. Y lo peor de todo: Marina estaba ganando. Marina estaba controlando la narrativa.
María tenía que hacer algo. Tenía que recuperar el control. Tenía que recordarle a todos, y a Marina sobre todo, quién era la autoridad ahí.
Se levantó de su silla, hizo sonar su cuchillo contra la copa vacía (porque el vidrio era tan grueso que no tintineaba, sino que hacía un toc-toc sordo).
—¡Atención! ¡Atención todos, por favor!
El murmullo bajó un poco. El DJ apagó la música.
—Queridos exalumnos —empezó María, usando su voz de “actos cívicos”—. Estamos muy contentos de verlos. Ha sido una noche llena de… sorpresas. Pero no podemos olvidar el motivo por el que estamos aquí. Celebrar la amistad, los valores que les inculcamos en esta escuela.
Miró a Marina de reojo.
—Sabemos que la vida da muchas vueltas. A veces arriba, a veces abajo. Pero lo importante es la humildad. No olvidar de dónde venimos. No olvidar a quienes nos formaron. Porque el dinero va y viene, pero la educación… la educación se nota.
Era una pedrada directa. Una indirecta muy directa para Marina, insinuando que, a pesar de su dinero, le faltaba humildad.
—Y por eso —continuó María, sintiéndose valiente—, quiero pedirle a nuestro querido Valerio, nuestro Padrino, que pase al frente. Pero antes… antes quiero hacer un brindis especial. Por aquellos que, a pesar de las dificultades, han sabido mantenerse fieles a sus raíces. Por los que no necesitan presumir para ser grandes. ¡Salud!
Levantó su copa de sidra.
Nadie brindó.
El silencio fue incómodo. La gente miraba a la mesa principal.
Marina se levantó lentamente. El ruido de su silla arrastrándose fue el único sonido en el salón.
Se alisó el saco blanco. Tomó su bolso Birkin. Y caminó hacia el micrófono que tenía la Directora en la mano, cerca del escenario.
Valerio se levantó tras ella, como su guardaespaldas, su sombra, su apoyo incondicional.
La Maestra María se quedó con la copa en el aire, confundida.
—¿Marina? —preguntó—. El programa dice que habla Valerio. Tú no estás en el programa.
Marina llegó al centro de la pista. Tomó el micrófono de manos de la directora, quien se lo cedió temblando.
El feedback del micrófono chilló un segundo, haciendo que todos se taparan los oídos.
Marina esperó a que el ruido cesara.
Miró a la multitud. Trescientos pares de ojos mirándola.
—La maestra María tiene razón en algo —dijo Marina, su voz amplificada llenando cada rincón del gimnasio—. La vida da muchas vueltas. Y no hay que olvidar de dónde venimos. Yo no olvido.
Caminó unos pasos, acercándose a la mesa donde estaba la maestra, que seguía de pie, pálida.
—Yo no olvido, maestra, que en este mismo lugar, hace diez años, usted me dijo que no era lugar para “bomzhixas”. Que mi pobreza no combinaba con su fiesta. Que yo olía a humedad.
Un jadeo colectivo recorrió el salón. Muchos no sabían la historia completa, o la habían olvidado convenientemente.
—No olvido —continuó Marina, y su voz empezó a temblar, no de miedo, sino de una emoción cruda y poderosa—, que salí corriendo por esa puerta llorando, sintiéndome la basura más grande del mundo. No olvido que mi padre se emborrachó esa noche con el dinero que debió ser para mi comida, porque se sentía un fracasado. No olvido que mi madre lloró porque no pudo comprarme un vestido.
Marina miró a sus excompañeros.
—Y no olvido sus risas. Las risas de la mesa 4. Las burlas de la mesa 2. El silencio cómplice de todos los demás. Ustedes, que se creían la élite, los dueños del pueblo.
Se giró hacia Valerio y le sonrió.
—El único que no rió fue él. El único que vio a un ser humano debajo de la ropa vieja.
Marina volvió a mirar a la maestra, que ahora estaba temblando visiblemente, con la copa derramando sidra sobre el mantel.
—Maestra, usted habló de humildad. Habló de valores. ¿Qué valores me enseñó usted? ¿El clasismo? ¿La discriminación? ¿El bullying institucional?
Marina metió la mano en su bolso Birkin. Todos contuvieron la respiración. ¿Qué iba a sacar? ¿Un arma? ¿Un fajo de billetes para aventárselos?
Sacó un sobre. Un sobre manila, simple, amarillo.
—Dije que venía a pagar deudas —dijo Marina, levantando el sobre—. Y soy una mujer de palabra.
Caminó hasta la mesa de la maestra y dejó caer el sobre frente a ella. El sonido del papel golpeando la mesa fue seco.
—Ábralo, maestra. Por favor. Que todos vean lo que hay adentro.
La maestra María, con manos temblorosas, tomó el sobre. Lo abrió.
Sacó un papel. Era un cheque. Y un documento notarial.
Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir de las órbitas.
—Esto… esto es…
—Es el título de propiedad de su casa —dijo Marina tranquilamente—. La casa que usted hipotecó hace dos años para pagar las deudas de juego de su nuevo marido. La casa que el banco le iba a quitar el próximo mes.
El silencio era absoluto. La maestra miró a Marina, sin entender.
—¿Tú… tú compraste mi deuda?
—Así es —dijo Marina—. Compré su deuda al banco hace una semana. Ahora, maestra, yo soy la dueña de su casa. Soy la dueña del techo bajo el que duerme.
Marina se acercó al micrófono de nuevo.
—Podría echarla a la calle mañana. Podría hacerle sentir lo que es no tener a dónde ir. Podría humillarla, decirle que su casa huele a fracaso y que no combina con mi portafolio de inversiones.
Hizo una pausa larga. Dejó que el miedo se macerara en el alma de la maestra.
—Pero no lo voy a hacer.
Un suspiro recorrió la sala.
—No lo voy a hacer porque yo no soy usted. Porque a diferencia de usted, yo sí aprendí la lección. La pobreza no se contagia, maestra, pero la decencia tampoco se compra.
—La casa es suya —dijo Marina, con desdén—. Quédese con ella. Es mi regalo de graduación. El regalo que nunca pude darle. Considérenlo una limosna de la “bomzhixa”. Para que cada vez que entre a su casa, cada vez que se acueste en su cama, se acuerde de que la niña pobre a la que humilló fue la que la salvó de terminar en la calle.
La maestra María rompió a llorar. Se dejó caer en la silla, tapándose la cara con las manos, destruida, humillada por una bondad que le dolía más que cualquier insulto.
Marina miró al resto del salón.
—Y para el resto de ustedes… —su mirada barrió las mesas de Svetlana, del Temo, de Beto—. Disfruten la cena. Disfruten el pollo frío. Disfruten sus vidas mediocres y sus chismes de pueblo. Valerio y yo tenemos un avión que tomar. Nos vamos a París mañana a desayunar. Porque allá, curiosamente, a nadie le importa si mis zapatos son viejos o nuevos. Solo les importa quién eres. Y yo sé muy bien quién soy.
Marina soltó el micrófono. El clonk resonó en las bocinas.
Tomó la mano de Valerio.
—Vámonos, mi amor. Aquí huele a humedad.
Valerio sonrió, una sonrisa de tiburón, de orgullo absoluto.
—Vámonos, mi reina.
Dieron media vuelta y caminaron hacia la salida. La multitud se abrió de nuevo, pero esta vez no había envidia, ni burlas. Había respeto. Había miedo. Y había una vergüenza profunda que los perseguiría por el resto de sus días.
Mientras salían, dejando atrás el salón en silencio y a la maestra sollozando sobre su plato de pollo frío, Marina sintió que, por fin, después de diez años, podía respirar de verdad.
La cuenta estaba saldada.
CAPÍTULO 5: EL SILENCIO DE LA ESPERANZA
El aire acondicionado de la Suburban blindada estaba a dieciocho grados, pero Marina sentía que la piel le ardía. Acababa de salir del gimnasio de la preparatoria como una reina, dejando atrás un rastro de destrucción moral y bocas abiertas, pero ahora, en el silencio hermético de la camioneta, la adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a un temblor incontrolable en sus manos.
Valerio, sentado a su lado en el asiento de cuero color crema, no dijo nada. Conocía a Marina mejor que nadie. Sabía que ese “modo de guerra” que ella adoptaba para protegerse tenía un costo. Le tomó la mano suavemente, entrelazando sus dedos con los de ella. Su pulgar acarició el dorso de su mano en círculos rítmicos, un anclaje a la realidad.
—¿Estás bien? —preguntó él después de unos minutos, cuando las luces del pueblo empezaron a quedar atrás y la oscuridad de la carretera los envolvió.
Marina soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Se quitó los tacones Louboutin y subió los pies al asiento, abrazándose las rodillas como cuando era niña.
—No sé —confesó, con la voz pequeña, muy distinta a la voz de trueno que había usado hace quince minutos—. Pensé que me sentiría mejor. Pensé que verle la cara a la Maestra María, verla llorar, me daría… no sé, paz.
—¿Y no te la dio?
—Me dio satisfacción, sí. No te voy a mentir. Ver cómo se le caía la máscara, ver el miedo en sus ojos… fue justicia poética. Pero paz… —Marina recargó la cabeza en el hombro de Valerio—. La paz es otra cosa, Valerio. Siento que… siento que solo le puse una curita a una herida que está infectada por dentro.
Valerio le besó la frente.
—Hiciste lo correcto, Mar. No la echaste a la calle. Le diste una lección, pero también le diste un techo. Eso es más de lo que ella hubiera hecho por ti. Eso demuestra quién eres.
El chofer, un hombre discreto llamado Don Ramiro que llevaba años trabajando para ellos, miró por el retrovisor.
—Señor Valerio, ¿vamos al aeropuerto privado o al hotel?
Valerio miró a Marina, esperando la respuesta. El plan original era irse esa misma noche, volar a la Ciudad de México y de ahí tomar el enlace a París. Dejar el pueblo atrás para siempre, como un mal sueño.
Pero Marina miraba por la ventana polarizada. Pasaron frente a una señalética vieja y oxidada, llena de pegatinas de campañas políticas pasadas, que señalaba un desvío de terracería: “Colonia La Esperanza – 3 km”.
El corazón de Marina dio un vuelco.
—Al hotel, Ramiro —dijo Marina de repente.
Valerio la miró sorprendido.
—¿Al hotel? ¿No nos íbamos?
—No puedo irme todavía, Valerio —dijo ella, girándose para mirarlo. Sus ojos brillaban con una mezcla de determinación y miedo—. Si me voy ahora, voy a sentir que huí otra vez. Igual que hace diez años.
—Marina, no tienes nada que demostrarle a nadie más. Ya acabaste con ellos.
—No a ellos —dijo Marina, señalando hacia atrás, hacia la escuela—. A ellos ya los enterré. Me refiero a… a mis papás.
La mención de sus padres cayó como una piedra pesada entre los dos. Valerio sabía que ese era el tema prohibido. En diez años, Marina nunca hablaba de ellos. Sabía que les enviaba dinero anónimamente a través de un abogado local, una cantidad mensual suficiente para que no murieran de hambre, pero insuficiente para que se mataran bebiendo de golpe. Pero nunca había querido saber nada más. Ni una llamada, ni una carta.
—¿Quieres verlos? —preguntó Valerio con cautela.
—Necesito verlos —corrigió ella—. Necesito ver si… si siguen ahí. Si siguen vivos. Si algo cambió. O si simplemente necesito cerrar esa puerta azotándola en sus narices para poder ser libre de verdad. La maestra María solo era el síntoma, Valerio. Ellos… ellos son la enfermedad.
Valerio asintió, serio.
—Está bien. Vamos al hotel. Descansamos. Y mañana vamos a La Esperanza.
Mientras tanto, en el gimnasio de la preparatoria, la fiesta había muerto.
Nadie bailaba. El DJ había puesto una lista de reproducción automática de baladas tristes y se había ido a fumar afuera.
La Maestra María seguía sentada en la mesa principal, con el documento notarial aferrado en sus manos como si fuera una tabla de salvación en medio del océano. No paraba de llorar, pero no eran lágrimas escandalosas; era un llanto silencioso, derrotado.
El Director se acercó a ella, incómodo.
—María… ya se están yendo todos. Deberías irte a casa.
La maestra levantó la vista. Tenía los ojos hinchados y el rímel corrido le daba un aspecto macabro.
—A mi casa… —murmuró, soltando una risa histérica—. A su casa, querrás decir. Vivo ahí de prestado. Vivo ahí porque la “bomzhixa” me tiene lástima. ¿Entiendes eso, Director? La niña a la que traté como basura es la dueña de mi vida.
En la mesa de los exalumnos, el ambiente era igual de fúnebre. Svetlana estaba furiosa, pero también asustada.
—Pinche Marina —decía, dándole un trago largo a su vaso de plástico—. Se cree mucho nomás porque se consiguió un marido rico.
—No, güey —intervino Beto, el vendedor de seguros, que estaba revisando algo en su celular—. Ya lo googlé. No es el marido. Checa esto.
Beto puso el celular en el centro de la mesa. En la pantalla brillaba un artículo de la revista Forbes México. El titular decía: “Las 30 promesas de los negocios: Marina Solís, la mente maestra detrás de la renovación urbana”.
—Dice aquí que ella fundó la empresa dos años antes de casarse con Valerio —leyó Beto, con un tono de respeto que rayaba en el miedo—. Dice que patentó un sistema de gestión de residuos para zonas marginadas que le vendió al gobierno por millones. La vieja es una genio, cabrón. No es la esposa de… Valerio es el esposo de ella.
El silencio en la mesa se hizo más profundo. La narrativa de “se casó por interés” se desmoronaba. Marina los había superado por mérito propio. Y eso dolía más.
El Temo, que estaba recargado en la silla con la camisa desabotonada, eructó y miró al techo.
—Pues al chile, qué bueno —dijo, sorprendiendo a todos—. La neta sí fuimos bien culeros con ella. La neta sí se la bañó la maestra. Y nosotros también por reírnos.
—Habla por ti, naco —espetó Svetlana.
—Hablo por todos —dijo el Temo, poniéndose serio—. Míranos, Svetlana. Tú vendiendo zapatos que ni te gustan, yo vendiendo camarones, el Beto rogando pa’ vender un seguro. Y ella… ella es dueña del mundo. Algo hicimos mal. Y no fue el dinero. Fue que somos unos pinches envidiosos.
El Temo se levantó, agarró su botella de Buchanans y se fue tambaleando hacia la salida.
—Ahí se ven. Me voy a mi casa a pensar en mis pendejadas.
Uno a uno, los exalumnos se fueron yendo. La “Noche de Gala” había terminado no con un brindis, sino con una autopsia social.
El “Gran Hotel del Valle” era el mejor hotel del pueblo, lo cual no decía mucho. Tenía cuatro estrellas que seguramente se habían ganado en los años noventa y que no habían revalidado.
Marina y Valerio entraron a la suite presidencial, que olía ligeramente a desodorante ambiental de lavanda para ocultar el olor a tabaco viejo.
Marina se quitó el saco blanco y lo tiró sobre un sillón. Se acercó al minibar, sacó una botella de agua y bebió la mitad de un trago.
Valerio se acercó por detrás y le empezó a masajear los hombros. Sentía los músculos de su cuello duros como piedras.
—Estás tensa.
—Tengo miedo, Valerio —admitió ella, cerrando los ojos.
—¿Miedo de qué?
—De que al verlos… vuelva a ser ella. Vuelva a ser la niña indefensa.
Valerio la giró para que lo mirara a los ojos.
—Eso es imposible. Esa niña ya no existe. Tú eres Marina Solís. Eres fuerte. Eres poderosa. Y sobre todo… no estás sola. Yo voy a estar ahí, a tu lado. No voy a dejar que te hagan daño. Nunca más.
Marina lo abrazó fuerte, enterrando la cara en su pecho. El olor de Valerio, esa mezcla de loción cara y calor humano, era su refugio.
—Gracias por volver por mí ese día —susurró ella—. Gracias por buscarme en el parque. Si no hubieras ido… tal vez me habría suicidado ese día. O me habría quedado a podrirme ahí.
—Tú te salvaste sola, Mar. Yo solo fui el copiloto.
Durmieron abrazados, pero Marina tuvo pesadillas. Soñó con la casa de bloques grises. Soñó que las paredes se cerraban sobre ella y que el piso de tierra se convertía en arenas movedizas que la tragaban mientras su madre reía y su padre bebía sin mirarla.
Despertó bañada en sudor a las seis de la mañana. El sol apenas empezaba a pintar de naranja el cielo.
—Valerio —lo movió suavemente—. Despierta. Vámonos ya.
—¿Tan temprano? —murmuró él, medio dormido.
—Sí. Antes de que me arrepienta.
La Suburban negra entró en la colonia “La Esperanza” a las siete de la mañana.
El contraste era brutal. A solo diez minutos del centro, el pavimento desaparecía y se convertía en calles de tierra compactada llenas de baches lunares. Había perros flacos durmiendo a mitad de la calle que ni siquiera se movían cuando pasaba la camioneta. Las casas eran construcciones anárquicas, cuartos agregados sobre cuartos, techos de lámina sostenidos con piedras, cables de luz robada colgando como telarañas negras.
La gente que iba saliendo a trabajar —mujeres con rebozos esperando el camión, hombres con mochilas al hombro— se quedaba mirando la camioneta. Un vehículo así en esa zona solo significaba dos cosas: narcos o políticos en campaña. Nadie imaginaba que era una hija pródiga.
—Es aquí —dijo Marina, señalando una callejuela sin salida.
El chofer detuvo el vehículo frente a una casa que Marina reconoció al instante, aunque estaba peor de como la recordaba.
La fachada de bloques grises ahora estaba negra por el moho y la suciedad. La puerta de metal estaba oxidada y torcida. La ventana del frente tenía un cartón en lugar de vidrio.
Parecía una cueva. Una boca oscura lista para tragar.
—¿Quieres que baje contigo? —preguntó Valerio.
Marina miró la casa. Le temblaban las piernas, pero apretó los dientes.
—No. Necesito hacerlo sola. Al menos al principio. Si grito… entras con todo y camioneta si es necesario.
—Sabes que sí.
Marina abrió la puerta. El aire de la mañana olía igual que hace diez años: a leña quemada y a drenaje a cielo abierto. Ese olor que la Maestra María le había echado en cara.
Caminó hacia la puerta. Sus zapatos bajos —se había puesto unos mocasines cómodos y jeans, nada de trajes de gala hoy— levantaron polvo.
No tocó. La puerta estaba entreabierta, como siempre.
Empujó el metal chirriante.
—¿Hola? —dijo. Su voz se perdió en la penumbra.
El interior estaba en penumbras. Olía a encierro, a ropa sucia y a ese olor inconfundible y dulce del alcohol rancio.
Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad.
La sala era un caos. Había botellas vacías por todos lados, algunas de vidrio, otras de plástico de aguardiente barato. Ropa tirada. Platos con restos de comida echada a perder.
En el sillón —el mismo sillón desvencijado de hace diez años, ahora con los resortes totalmente expuestos— había un bulto tapado con una cobija gris.
En la mesa de la cocina, una figura estaba sentada, encorvada sobre un vaso.
—¿Quién chingados es? —gruñó la figura de la mesa. Era una voz de mujer, pero sonaba rasposa, como lija sobre piedra.
Marina dio un paso adelante.
—Soy yo, mamá.
La figura se movió lentamente. Doña Carmen levantó la cabeza.
Marina sintió un golpe en el estómago. Su madre aparentaba setenta años, aunque apenas tendría cincuenta y cinco. Tenía el cabello completamente blanco y enmarañado, la piel pegada a los huesos, amarilla por la ictericia. Sus ojos estaban hundidos en cuencas oscuras.
Le faltaban varios dientes cuando abrió la boca para hablar.
—¿Marina? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¿Eres tú? ¿O ya me morí y me vinieron a buscar los ángeles? No, tú no eres ángel… tú eres una malagradecida.
Doña Carmen soltó una risa que terminó en una tos seca y dolorosa.
—Soy yo, mamá. Vine a verlos.
—Vienes tarde, cabrona —dijo la mujer, escupiendo al suelo—. Diez años tarde. Te largaste. Nos dejaste aquí tirados. Ni un pinche mensaje.
—Les mandé dinero —dijo Marina, sintiendo que la culpa intentaba trepar por su garganta, pero la frenó con lógica—. Cada mes. Durante ocho años. Les mandé dinero suficiente para arreglar la casa, para comer bien, para ir al médico.
Doña Carmen hizo un gesto de desdén.
—Dinero… sí, llegaba el dinero del abogado ese. ¿Y qué? El dinero no calienta, mija. El dinero se va. Se va en medicina… se va en olvidar.
Señaló la botella medio vacía en la mesa.
—¿Y papá? —preguntó Marina, mirando el bulto en el sillón.
La expresión de Doña Carmen cambió. Se volvió dura, fría.
—Tu papá está ahí. Durmiendo la mona. Como siempre. No se ha levantado en dos días. Dice que le duelen las piernas. Yo digo que es puro cuento pa’ no ir a buscar fierro viejo.
Marina se acercó al sillón.
—Papá…
Tocó el hombro del bulto bajo la cobija. Estaba frío.
Demasiado frío.
Marina retiró la mano como si se hubiera quemado.
—Papá…
Lo sacudió un poco más fuerte. El cuerpo se movió con esa rigidez pesada de la materia inerte. La cobija se deslizó un poco, revelando el rostro de Don Anselmo. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo de lámina, vidriosos y opacos. La piel tenía un tono grisáceo-azulado. Tenía una mosca caminando sobre su mejilla.
Marina ahogó un grito, llevándose las manos a la boca. Retrocedió tropezando con una botella.
—¡Mamá! —gritó, con la voz quebrada—. ¡Mamá, está muerto! ¡Papá está muerto!
Doña Carmen ni se inmutó. Le dio otro trago a su vaso.
—No digas pendejadas, niña. Está dormido. Anoche estaba rabeando que quería más pisto. Déjalo que duerma.
—¡No, mamá! ¡Míralo! ¡Está frío! ¡Está rígido!
Marina corrió hacia la puerta y la abrió de golpe, saliendo a la luz cegadora.
—¡Valerio! ¡Valerio, ven rápido!
Valerio bajó de la camioneta en un segundo, seguido por el chofer y uno de los guardaespaldas.
—¿Qué pasa? ¿Te hicieron algo?
—Mi papá… mi papá creo que está muerto.
Valerio entró a la casa. El olor lo golpeó, pero no se detuvo. Se acercó al sillón, tocó el cuello de Don Anselmo buscando pulso. Negó con la cabeza lentamente. Cerró los ojos del hombre con suavidad.
—Lleva horas así, Marina. Tal vez desde la noche. Rigor mortis ya está presente.
Doña Carmen se levantó de la silla, tambaleándose.
—¿Qué dicen? ¿Qué le hacen a mi viejo? ¡Suéltenlo!
—Señora —dijo Valerio con voz firme pero suave—, su esposo falleció. Lo siento mucho.
La mujer se quedó quieta. Miró al sillón. Miró a Valerio. Miró a Marina.
Y entonces, su mente, nublada por años de alcohol, pareció tener un momento de claridad terrible.
—¿Se murió? —preguntó con voz de niña pequeña—. ¿El Anselmo se murió?
Caminó arrastrando los pies hasta el sillón. Cayó de rodillas junto al cuerpo. Empezó a sacudirlo.
—¡Viejo! ¡Levántate, viejo! ¡Mira quién vino! ¡Vino la Marina! ¡La ingrata de tu hija vino! ¡Levántate pa’ que la regañes! ¡Anselmo!
Al no recibir respuesta, Doña Carmen soltó un alarido. Un grito desgarrador, animal, que resonó en las paredes de bloque y salió a la calle, helando la sangre de los vecinos.
—¡No me dejes, cabrón! ¡No me dejes sola con esta vida perra!
Marina se quedó parada en medio de la sala, paralizada. Veía la escena como si fuera una película. No sentía dolor. No sentía tristeza. Sentía un vacío inmenso. Había llegado tarde. Había llegado a ver el final de la obra de terror que había sido la vida de sus padres.
Valerio se acercó a ella y la abrazó por la espalda, protegiéndola de la visión.
—Ramiro —ordenó Valerio—, llama a una ambulancia y a la policía. Y llama a la funeraria. La mejor que haya en el pueblo. Que se encarguen de todo.
—¿Y ella? —preguntó Marina, mirando a su madre que lloraba sobre el cadáver—. ¿Qué hacemos con ella?
Valerio miró a la mujer destruida.
—No la podemos dejar aquí, Mar. Si la dejamos, se muere en una semana.
—Lo sé —dijo Marina. Las lágrimas empezaron a caer por fin—. Lo sé.
Las siguientes horas fueron un borrón de trámites burocráticos, policías aburridos que solo querían mordida para agilizar el acta de defunción, y vecinos curiosos asomándose por las ventanas.
Marina pagó todo. Pagó el ataúd de caoba, pagó la sala de velación con aire acondicionado, pagó las flores. Hizo por su padre muerto lo que no pudo hacer por él vivo: darle dignidad.
El velorio fue esa misma tarde. Fue un evento solitario. Solo estaban Marina, Valerio, Doña Carmen (que había sido sedada por un médico que Valerio mandó traer) y un par de vecinas chismosas que iban más por el café gratis que por el difunto.
Nadie de la escuela fue. Nadie del “pueblo bien” se enteró.
Marina estaba parada frente al ataúd abierto. Su padre se veía extraño, limpio, peinado, con un traje que Valerio había comprado de urgencia. Ya no parecía el monstruo alcohólico. Parecía el hombre que alguna vez le traía chocolates de la fábrica.
—Te perdono, papá —susurró Marina, poniendo una mano sobre la mano fría de su padre—. Te perdono por ser débil. Te perdono por no defenderme. Descansa. Ya no tienes que beber para olvidar.
Sintió que un peso de toneladas se levantaba de sus hombros. El rencor se fue con él a la tumba. Solo quedaba la lástima.
—Marina.
Se giró. Su madre estaba sentada en una silla, con la mirada perdida, sosteniendo un rosario. Ya no gritaba. Parecía una muñeca de trapo vieja y rota.
Marina se arrodilló frente a ella.
—Mamá. ¿Me escuchas?
Doña Carmen asintió lentamente.
—Se fue, Marina. Me dejó sola.
—No estás sola, mamá.
—Sí lo estoy. Tú te vas a ir. Tú eres de otro mundo ahora. Lo veo en tu ropa. Lo veo en tu hombre. Tú ya no eres de aquí.
Marina tomó las manos de su madre. Estaban huesudas y temblaban.
—Tienes razón. No soy de aquí. Y tú tampoco vas a serlo más.
—¿Qué?
—Nos vamos, mamá. Te vienes conmigo.
—¿A dónde? Yo no quiero ir a la ciudad… me da miedo.
—No a la ciudad. Te voy a llevar a una clínica. Un lugar bonito, con jardín, donde te van a cuidar. Donde te van a ayudar a dejar… esto. —Señaló las venas marcadas de sus brazos.
—Yo no estoy loca —protestó débilmente la mujer.
—No estás loca. Estás enferma. Y estás triste. Y yo no te voy a dejar morir aquí entre la basura. Papá ya se fue. A ti te puedo salvar todavía. Si tú quieres.
Doña Carmen miró a su hija. Por primera vez en años, la vio de verdad. Vio a la mujer fuerte en la que se había convertido. Vio en sus ojos la misma determinación que tenía su abuela.
La mujer vieja rompió a llorar, pero esta vez fue un llanto suave, de rendición.
—Estoy muy cansada, hija. Estoy muy cansada de todo.
—Lo sé, mamá. Ya no tienes que luchar sola. Déjame cuidarte ahora.
Doña Carmen asintió y dejó caer la cabeza en el regazo de su hija. Marina la abrazó, acariciando su cabello blanco y sucio.
Valerio observaba desde la puerta de la capilla. Tenía los ojos húmedos.
Sabía que no sería fácil. Sabía que venían meses, quizás años, de rehabilitación, recaídas y terapias para su suegra. Pero también sabía que Marina acababa de ganar la batalla más importante de su vida.
No la batalla contra la maestra, ni contra los compañeros ricos.
Había ganado la batalla contra su propio destino. Había roto el ciclo.
—Ramiro —dijo Valerio por teléfono—. Prepara el avión. Vamos a necesitar un traslado médico también. Nos llevamos a la señora.
—Entendido, señor.
Esa noche, mientras el coche fúnebre llevaba a Don Anselmo al cementerio bajo la lluvia, Marina sintió que la lluvia lavaba las calles de La Esperanza. Lavaba el polvo, lavaba la sangre, lavaba el dolor.
Cuando el último puño de tierra cayó sobre el ataúd, Marina se giró hacia Valerio.
—Vámonos —dijo—. Ahora sí. Vámonos a casa.
Pero antes de subir a la camioneta, miró hacia el cielo oscuro.
—Adiós, papá.
Y luego miró hacia el pueblo, hacia las luces lejanas de la escuela, hacia la casa de la maestra María.
—Adiós, pueblo de mierda. Gracias por hacerme fuerte.
Subió a la Suburban. La puerta se cerró con un sonido sólido, hermético, dejando fuera el pasado para siempre.
PARTE 3: LA RECONSTRUCCIÓN DE LOS ESCOMBROS
CAPÍTULO 6: LAS CICATRICES QUE NO SE BORRAN CON DINERO
El asfalto de la pista privada del aeropuerto regional brillaba bajo el sol de la mañana, un espejo negro que reflejaba la panza blanca y reluciente del Gulfstream G650 que esperaba con la escalerilla bajada. Para Marina, ese avión era una herramienta de trabajo, un símbolo de su estatus y una necesidad logística. Para su madre, Doña Carmen, era una nave espacial alienígena diseñada para devorarla.
La escena al pie de la escalerilla era desgarradora y grotesca a partes iguales. Doña Carmen, enfundada en un conjunto deportivo de terciopelo rosa que Valerio había mandado comprar de urgencia (porque su ropa vieja olía demasiado a muerte y a encierro), se aferraba al marco de la puerta de la Suburban como si fuera un gato a punto de ser bañado.
—¡No! ¡Ni madres que me subo ahí! —gritaba la mujer, con esa voz rasposa que el cigarro y el aguardiente habían lijado durante años—. ¡Eso se va a caer! ¡Yo vi en la tele que se caen! ¡Déjenme aquí!
Marina se ajustó las gafas de sol para ocultar las ojeras y la vergüenza. A pesar de estar en una zona privada del aeropuerto, sentía las miradas de los pilotos y del personal de tierra. Eran miradas discretas, profesionales, pero Marina, con su radar de “niña pobre” siempre encendido, detectaba la lástima en sus ojos. Veían a la mujer elegante, poderosa, dueña de todo, lidiando con una anciana que parecía una vagabunda disfrazada.
—Mamá, por favor —dijo Marina, tratando de mantener la calma, aunque por dentro quería gritar—. Es seguro. Es más seguro que el camión guajolotero que tomas para ir al mercado. Súbete ya.
—¡Que no! ¡Quiero a mi viejo! ¿Dónde está el Anselmo? —Doña Carmen empezó a llorar, un llanto berrinchudo, infantil, producto de la abstinencia que ya empezaba a morderle los nervios—. ¡Anselmo no me dejaría subirme a esta chingadera!
Valerio intervino. Se quitó el saco, se arremangó la camisa blanca y se acercó a su suegra. No con asco, sino con una firmeza militar.
—Doña Carmen —dijo con voz grave—, Anselmo ya no está. Pero estoy yo. Y le prometí a Marina que la íbamos a cuidar. Así que tiene dos opciones: se sube caminando como la señora que es, o la subo cargando como bulto de papas. Y créame, no quiere que la cargue frente a los pilotos guapos.
La mención de los “pilotos guapos” pareció hacer cortocircuito en el cerebro confundido de la mujer. Se secó los mocos con la manga del pants caro y miró hacia la cabina.
—¿Están guapos?
—De telenovela, suegra. Ándale.
Con una mezcla de miedo y coquetería decrépita, Doña Carmen se dejó conducir escaleras arriba. Marina suspiró y miró a Valerio.
—Eres un santo, ¿lo sabías?
—Soy un hombre práctico. Y tú necesitas un vodka doble. Vámonos.
El vuelo a la Ciudad de México fue corto, pero se sintió eterno. Apenas alcanzaron la altitud de crucero, la realidad fisiológica de la adicción de Doña Carmen se manifestó con violencia. No era una simple “cruda”; era el síndrome de abstinencia golpeando con la fuerza de un tren.
Carmen empezó a temblar. No era un temblor de frío, sino una vibración profunda, ósea, como si sus nervios estuvieran hechos de cables pelados haciendo corto. Sudaba frío, empapando el asiento de piel italiana.
—Necesito un trago… —gemía, retorciéndose—. Mija, por vida tuya… diles que me den algo. Una cervecita. Solo una pa’l susto.
Marina estaba sentada frente a ella, con una copa de agua mineral en la mano que no se atrevía a beber. Ver a su madre así era como mirar un espejo deforme de lo que pudo haber sido su propio futuro si no hubiera huido hace diez años.
—No hay alcohol, mamá. Aquí no hay.
—¡Mentirosa! —gritó Carmen, sus ojos desorbitados inyectados en sangre—. ¡Los ricos siempre tienen pisto! ¡Dame o me muero! ¡Siento que me caminan arañas por dentro, Marina! ¡Ayúdame!
Marina cerró los ojos. Recordó las noches en su infancia, escondida bajo la cama, escuchando esos mismos gritos, pero dirigidos a su padre. El ciclo del vicio. La bestia que vivía en la sala de su casa.
Valerio se acercó con el botiquín de primeros auxilios del avión. Sacó una pastilla.
—Es un sedante suave, Marina. El doctor me dijo que se lo diera si se ponía mal.
—Dáselo. Por favor, haz que se calle.
Valerio logró que Carmen se tragara la pastilla con un poco de jugo. Diez minutos después, la mujer cayó en un sueño agitado, respirando con ronquidos guturales, con la boca abierta.
El silencio volvió a la cabina, solo roto por el zumbido de las turbinas.
Marina miró por la ventanilla. Las nubes algodonosas cubrían el país. Abajo, miles de historias, miles de pueblos como el suyo, miles de niñas como ella soñando con escapar.
—¿Hice bien, Valerio? —preguntó sin mirarlo—. A veces siento que la estoy secuestrando. Ella no pidió ser salvada. Ella estaba cómoda en su miseria.
—Nadie está cómodo en el infierno, Mar. Solo se acostumbran a las llamas porque no conocen otra cosa. La sacaste antes de que se quemara por completo.
—Pero la traje a mi mundo. Y mi mundo… mi mundo no está diseñado para ella. Mírala. —Señaló el cuerpo desmadejado de su madre—. Desentona. Mancha la tapicería. Huele mal.
—Tu mundo es lo que tú quieras que sea. Y si decides que tu madre cabe en él, entonces cabe. Lo demás se limpia. La tapicería se cambia. El olor se va. Lo que no se recupera es la vida.
Aterrizaron en Toluca y de ahí un helicóptero los llevó directamente a “El Renacer”, una clínica de rehabilitación exclusiva ubicada en las montañas boscosas cerca de Valle de Bravo. No era un “anexo” de esos donde golpean a los internos y los bañan con agua helada. Esto era un resort de cinco estrellas con barrotes invisibles.
El lugar olía a pinos, a eucalipto y a dinero. Mucho dinero. Los enfermeros vestían de civil para no estresar a los pacientes, y había clases de yoga, equinoterapia y pintura.
El Doctor Montiel, el director de la clínica, los recibió en su oficina con vista al lago. Era un hombre calvo, de mirada serena y voz hipnótica.
—Bienvenida, Marina. Valerio. —Les estrechó la mano—. Ya tenemos todo preparado para la señora Carmen.
Mientras los enfermeros se llevaban a Carmen (que seguía medio dormida y protestando débilmente) a su habitación privada, Marina se quedó a solas con el médico para la “charla de realidad”.
—Voy a ser franco con ustedes —dijo el Dr. Montiel, abriendo el expediente clínico preliminar que habían enviado desde el pueblo—. El estado de su madre es crítico. No solo es la adicción. Tiene una desnutrición severa, anemia, y su hígado está funcionando al cuarenta por ciento. Cirrosis hepática en etapa inicial. Es reversible hasta cierto punto si deja de beber hoy y para siempre. Pero si toma una copa más… una sola… podría ser fatal.
Marina asintió, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Y la cabeza? —preguntó—. A veces dice cosas… se le va la onda. Confunde el pasado con el presente.
—Síndrome de Korsakoff —diagnosticó el médico—. Es un daño neurológico causado por la falta de vitamina B1 y el exceso de alcohol. Afecta la memoria reciente y provoca fabulaciones. Su cerebro inventa historias para llenar los huecos de memoria. Con tratamiento y nutrición puede mejorar, pero es probable que nunca recupere la agudeza mental al cien por ciento. Va a necesitar supervisión de por vida.
De por vida.
Las palabras pesaron como losas de concreto sobre los hombros de Marina. Ella tenía veintisiete años. Tenía un imperio que construir. Tenía planes de viajar, de tal vez tener hijos propios algún día. Y ahora, de golpe, tenía una hija de cincuenta y cinco años. Una hija rebelde, enferma y resentida.
—Hagan lo que tengan que hacer, doctor —dijo Marina, sacando la chequera. No preguntó el precio. No importaba—. Quiero que tenga lo mejor. Quiero que viva.
—Haremos lo posible, Marina. Pero recuerda algo: nosotros ponemos la ciencia y el cuidado. La voluntad la tiene que poner ella. Y tú… tú tienes que prepararte para que ella no te lo agradezca. Al menos no al principio. El adicto odia a su salvador porque le quita su única medicina contra el dolor.
Los meses siguientes fueron una vorágine esquizofrénica para Marina.
De lunes a viernes, era la CEO implacable de Solís & Garza Real Estate. Se vestía con sus trajes de sastre impecables, dominaba las salas de juntas en los rascacielos de Santa Fe y Reforma, cerraba tratos millonarios y aparecía en portadas de revistas de negocios. Nadie que la viera dirigiendo una presentación sobre “Gentrificación Consciente” imaginaría que esa mujer pasaba sus fines de semana en una clínica de rehabilitación, escuchando insultos de una anciana que le tiraba la sopa en la cara.
La “doble vida” la estaba agotando.
Un martes por la tarde, Marina estaba en su oficina, una pecera de cristal en el piso 40 con vista a toda la ciudad. Frente a ella tenía la maqueta de su proyecto más ambicioso y personal: “El Nuevo Horizonte – La Esperanza”.
Era el proyecto para su pueblo natal.
No era caridad. Marina no creía en la caridad que solo regala despensas y perpetúa la pobreza. Ella creía en la transformación estructural. El proyecto consistía en comprar las hectáreas de terreno baldío alrededor de la vieja estación de tren (donde solía jugar con Valerio) y construir un parque industrial ligero, un centro de capacitación tecnológica y un complejo habitacional digno.
Quería borrar la mugre de su infancia, no con una goma, sino construyendo algo nuevo encima.
—Es un riesgo financiero enorme, Marina —le dijo Roberto, su Director de Finanzas, un hombre pragmático que solo veía números rojos—. Ese pueblo está muerto. No hay mano de obra calificada. La logística es una pesadilla. Los inversionistas están nerviosos. Dicen que es un “proyecto de vanidad”. Que lo haces por sentimentalismo.
Marina se levantó de su silla y caminó hacia la maqueta. Acarició con el dedo los edificios en miniatura.
—Diles a los inversionistas que se equivocan —dijo sin voltear—. No es sentimentalismo. Es estrategia. ¿Sabes por qué ese pueblo está muerto, Roberto? Porque nadie le ha inyectado sangre nueva en treinta años. La gente ahí tiene hambre. Hambre de trabajo, hambre de dignidad. Y la gente con hambre trabaja más duro que nadie. Yo lo sé. Yo fui esa gente.
Se giró hacia él, con esa mirada de tiburón que hacía temblar a sus competidores.
—Diles que si no quieren entrar, yo pongo mi propio capital. Compro sus acciones del proyecto. Pero esto se hace. Y se hace a mi manera. Vamos a pavimentar esas calles, vamos a poner internet de fibra óptica y vamos a convertir ese agujero olvidado en un polo de desarrollo. Y la plusvalía… la plusvalía se va a ir al cielo en cinco años.
Roberto suspiró, reconociendo la derrota. Cuando Marina se ponía así, era una fuerza de la naturaleza.
—Está bien. Prepararé los contratos. Pero vas a tener que ir allá. A supervisar. A convencer al alcalde y a los caciques locales que no quieren cambios.
—Iré —dijo Marina—. Y créeme, los caciques locales no me preocupan. Ya me comí a la más grande de ellos en la cena de graduación. Los demás son postre.
El fin de semana llegó, y con él, la visita obligada a la clínica.
Valerio no pudo acompañarla esta vez; tenía un viaje de negocios en Monterrey. Marina condujo sola su camioneta por la carretera llena de curvas, escuchando un audiolibro sobre estoicismo para tratar de blindar su mente.
Llegó a “El Renacer”. Doña Carmen estaba en el jardín, sentada en una banca frente al lago. Había ganado peso. Sus mejillas ya no estaban hundidas y su piel tenía un color más saludable, aunque sus manos seguían temblando ligeramente. Llevaba el cabello limpio, recortado en un bob moderno que le quitaba diez años de encima.
Físicamente, era otra persona.
Emocionalmente, seguía siendo un campo minado.
—Hola, mamá —dijo Marina, sentándose al otro extremo de la banca, manteniendo una distancia de seguridad.
Carmen no volteó. Seguía mirando a los patos en el lago.
—Me trajeron gelatina de limón —dijo Carmen con amargura—. Odio la gelatina de limón. Saben que la odio y me la traen a propósito. Es parte de la tortura.
—No es una tortura, mamá. Es el postre del día. Si quieres les digo que te traigan otra cosa.
—Quiero irme a mi casa —soltó Carmen de golpe, girándose hacia ella. Sus ojos estaban claros, sobrios, y eso hacía que su mirada fuera más penetrante—. Ya estoy bien. Ya engordé. Ya no tomo. Ya déjame ir.
—No puedes irte todavía, mamá. El doctor dice que…
—¡Me vale madre lo que diga el pelón ese! —gritó Carmen—. ¡Yo no soy una niña chiquita! ¡Tengo mi casa! ¡Tengo mis cosas! ¡Quiero ir a ver la tumba de tu padre! ¡Ni siquiera sé dónde quedó!
—Está en el panteón municipal. Tiene una lápida bonita de mármol. Valerio se encargó.
Carmen se calmó un poco al escuchar el nombre de Valerio.
—Ese muchacho… es bueno. Demasiado bueno pa’ ti. Tú eres dura, Marina. Siempre fuiste dura. Desde chiquita. Nunca llorabas cuando te caías. Solo me mirabas con esos ojos de juicio.
—No te juzgaba, mamá. Te tenía miedo.
—Miedo… —Carmen resopló—. Miedo el que tenía yo. Miedo de no tener qué darles de tragar. Miedo de que tu padre llegara loco. Y tú… tú te fuiste. Te escapaste. Y ahora vienes aquí, con tu ropa cara y tu coche del año, a encerrarme en esta jaula de oro para sentirte buena persona. Para lavar tu culpa.
Las palabras dolieron, pero Marina no se movió. Había aprendido a recibir los golpes.
—Tal vez tengas razón —dijo Marina con voz tranquila—. Tal vez sí tengo culpa. Culpa de haberlos dejado. Culpa de haber sido feliz mientras ustedes se hundían. Pero ¿sabes qué, mamá? Esa culpa me hizo exitosa. Esa culpa me hizo trabajar dieciocho horas diarias para no volver a ser pobre. Y gracias a esa culpa, hoy estás viva. Gracias a esa culpa, no te moriste en tu propio vómito como papá.
Carmen se quedó callada. La brutalidad de la verdad la golpeó.
—Así que sí —continuó Marina—, ódiame si quieres. Dime que soy dura. Dime que soy una perra malagradecida. Pero vas a estar viva para decírmelo. Y vas a estar sana. Y algún día, cuando tu cerebro deje de pedirte alcohol, tal vez te des cuenta de que todo esto es porque te quiero. A mi manera torcida y rota, pero te quiero.
Se quedaron en silencio un largo rato. El viento movía las hojas de los árboles.
Carmen metió la mano en el bolsillo de su suéter y sacó algo. Era una pulsera hecha de hilos de colores, una manualidad de la terapia ocupacional. Estaba chueca y los colores no combinaban muy bien.
La puso sobre la banca, deslizándola hacia Marina.
—Me obligaron a hacer esto en la clase de manualidades —dijo Carmen, mirando al lago otra vez—. Dijeron que tenía que hacerla pensando en alguien.
Marina miró la pulsera. Era fea. Era tosca.
Era lo más hermoso que le habían regalado en su vida.
—Gracias, mamá —susurró Marina, poniéndosela en la muñeca, junto a su reloj Cartier de oro. El contraste era ridículo, pero perfecto.
—No te emociones —gruñó Carmen—. Me quedó grande y se me caía. Por eso te la di.
Marina sonrió. Sabía leer entre líneas. Sabía que ese “me quedó grande” era un “te quiero y perdóname”.
—Está bien, mamá. Me queda perfecta.
De regreso a la ciudad, el teléfono de Marina sonó. Era un número desconocido con lada del pueblo.
Lo conectó al Bluetooth de la camioneta.
—¿Bueno?
—¿Hablo con… con la señora Marina Solís? —era una voz de mujer, temblorosa, sumisa.
Marina reconoció la voz al instante, aunque le faltaba la soberbia habitual.
—Habla ella. ¿Quién me busca?
—Soy… soy María. María Sifuentes.
Marina sintió un corrientazo de electricidad. Frenó un poco la camioneta.
—Vaya, maestra. Qué sorpresa. ¿A qué debo el honor? ¿Se rompió una tubería en mi casa? Porque le recuerdo que el mantenimiento corre por cuenta del inquilino.
—No, no, señora Marina… digo, Marina. La casa está bien. La cuido mucho, se lo juro.
—Entonces, ¿qué quiere? Tengo prisa.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Se escuchaba la respiración agitada de la maestra.
—Solo quería… quería agradecerle.
—¿Agradecerme?
—Sí. Me enteré del proyecto. “El Nuevo Horizonte”. Salió en el periódico local hoy. Vi… vi los planos. Vi que van a remodelar la escuela. Vi que van a construir una biblioteca nueva.
Marina no dijo nada.
—La gente aquí está… está revolucionada —continuó la maestra—. Algunos dicen que viene a robarnos las tierras. Pero otros… otros estamos viendo que es una oportunidad. Y yo… yo quería decirle que… que si necesita algo… yo sigo siendo la directora del comité de cultura del municipio. Podría ayudar a… a convencer a los padres de familia. A que apoyen el proyecto.
Marina sonrió. Una sonrisa depredadora que nadie vio.
La maestra María, la enemiga, estaba ofreciendo sus servicios. Estaba doblando la rodilla. No solo por la casa, sino porque el poder atrae al poder. María Sifuentes era una superviviente, una rémora que buscaba pegarse al tiburón más grande. Y ahora, el tiburón era Marina.
—Escúcheme bien, María —dijo Marina—. No necesito que me ayude. El proyecto se va a hacer con o sin su apoyo. Pero… —hizo una pausa calculada—, me gusta la idea de que trabaje para mí. Así que sí. Quiero que organice una asamblea. Quiero que les explique a los padres por qué este proyecto es bueno. Y quiero que lo haga con esa pasión que tiene. Pero cuidado, maestra. Si escucho que dice una sola mentira, o que intenta llevar agua a su molino… la desalojo al día siguiente. ¿Entendido?
—Sí, sí, claro que sí, licenciada. Entendido. Lo haré. Gracias. Gracias por la oportunidad.
—No me dé las gracias. Póngase a trabajar. Y María…
—¿Sí?
—Asegúrese de decirles que la biblioteca llevará el nombre de “Anselmo Solís”. Mi padre.
Hubo un silencio breve. Un silencio de “tragarse el orgullo”.
—Será un honor… será un honor anunciar la biblioteca Anselmo Solís.
Marina colgó.
Aceleró la camioneta.
El sol se ponía en el horizonte, pintando el cielo de colores violetas y naranjas.
Su madre estaba sanando. Su pueblo estaba a punto de cambiar. Su enemiga trabajaba para ella.
Las cicatrices no se habían borrado. Seguían ahí, bajo la piel, recordándole quién era y de dónde venía. Pero ya no dolían. Ahora eran mapas. Mapas de guerra de una batalla que había ganado.
Marina tocó la pulsera de hilos chuecos en su muñeca y, por primera vez en diez años, se sintió completa.
PARTE 4: EL IMPERIO DE LA DIGNIDAD
CAPÍTULO 7: EL RENACER DEL PUEBLO OLVIDADO
Un año después.
El polvo rojo que solía cubrir las calles de la colonia “La Esperanza” había desaparecido. En su lugar, una carpeta asfáltica negra y reluciente serpenteaba entre las casas, flanqueada por banquetas de concreto estampado y árboles jóvenes —jacarandas y tabachines— plantados cada diez metros. Lo que antes era un paisaje lunar de cráteres y basura, ahora parecía una urbanización decente, un lugar donde la gente podía caminar sin miedo a torcerse un tobillo o a ser asaltada en la oscuridad, gracias a las nuevas luminarias LED que se encendían automáticamente al caer la tarde.
El proyecto “Nuevo Horizonte” no era solo una maqueta en una oficina de cristal en la Ciudad de México; era una realidad tangible, de ladrillo, acero y vidrio.
Marina caminaba por la avenida principal del complejo, llevando un casco de seguridad blanco con el logotipo de Solís & Garza y un chaleco reflejante sobre su traje sastre color lavanda. A su lado, el arquitecto jefe, un joven talentoso que ella misma había reclutado de la universidad pública, le explicaba los avances.
—El Centro Comunitario está al 95%, licenciada —decía el arquitecto, señalando un edificio moderno con grandes ventanales y techos altos para aprovechar la luz natural—. Ya instalamos las computadoras en la sala digital y los equipos en el taller de robótica. Solo falta la pintura final en el auditorio.
—¿Y la biblioteca? —preguntó Marina, deteniéndose para mirar la estructura central del complejo.
—La biblioteca Anselmo Solís está terminada. Los libros llegan mañana. Es… es el edificio más bonito de todo el estado, si me permite decirlo.
Marina miró la fachada. En letras de acero cepillado, sobre un muro de piedra volcánica, brillaba el nombre de su padre: BIBLIOTECA MUNICIPAL ANSELMO SOLÍS.
Sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era de dolor, sino de un orgullo tranquilo. Su padre, el hombre que murió olvidado en un sillón viejo, ahora tendría su nombre en un lugar donde los niños aprenderían a soñar. Era la redención final.
—Excelente trabajo, Luis. Quiero que todo esté listo para la inauguración del sábado. Viene el Gobernador, viene la prensa nacional… y viene mi madre.
—No se preocupe, jefa. Estará impecable.
Marina siguió caminando. La transformación no había sido fácil. Durante el último año, había tenido que pelear contra la burocracia corrupta del municipio, contra sindicatos charros que querían extorsionarla y contra los chismes de la gente que decía que estaba lavando dinero. Pero Marina era un bulldozer. Cada obstáculo lo había derribado con dinero, con abogados o con pura fuerza de voluntad.
Valerio se unió a ella cerca de la zona de viviendas. Él se encargaba de la parte habitacional.
—¿Viste las casas muestra? —preguntó Valerio, dándole un beso rápido en la mejilla.
—Las vi. Son dignas, Valerio. Tienen ventilación cruzada, tienen buenos acabados. No son las cajas de zapatos que hace el gobierno.
—La gente está loca por comprarlas. Tenemos una lista de espera de quinientas familias. Y lo mejor es que el esquema de crédito que diseñaste funciona. La gente paga lo que pagaba de renta en sus cuartuchos, pero ahora es suyo.
—Eso es lo que les da miedo a los caciques —dijo Marina, mirando hacia el centro viejo del pueblo, donde las familias ricas de siempre (los Garza, los Treviño, los Sifuentes) veían con recelo cómo el centro de poder se desplazaba hacia “el barrio pobre”—. Les da miedo que la gente deje de depender de ellos. Les da miedo que la sirvienta tenga su propia casa y su hijo estudie robótica en lugar de aprender a barrer calles.
En ese momento, una camioneta de la policía municipal se detuvo bruscamente frente a ellos.
Bajó el Comandante Riquelme, un hombre gordo y sudoroso que siempre tenía la camisa desabotonada y que había intentado pedirle “colaboración voluntaria” a Marina tres veces, sin éxito.
—Licenciada Solís —dijo Riquelme, ajustándose el cinturón donde colgaba la pistola—. Tenemos un problemita.
—¿Qué pasa ahora, Comandante? —preguntó Marina, cruzándose de brazos—. ¿Otra vez “se descompuso” la patrulla que vigila la obra?
—No, es algo más serio. Hay un grupo de manifestantes en la entrada norte. Bloquearon el acceso de los camiones de cemento. Dicen que son del “Frente de Defensa de las Tradiciones”.
—¿Frente de Defensa de qué? —Marina soltó una risa incrédula—. ¿De las tradiciones de vivir en la miseria?
—Dicen que su obra está destruyendo la identidad del pueblo. Que trajo gente de fuera. Y… bueno, están liderados por alguien que usted conoce.
Marina y Valerio intercambiaron una mirada.
—¿Quién? —preguntó Valerio.
—El señor Artemio. El “Temo”.
Marina llegó a la entrada norte de la obra en su camioneta blindada.
Efectivamente, había un bloqueo. Unas veinte personas, la mayoría hombres con aspecto de matones de barrio, habían cruzado dos camionetas viejas en el camino y sostenían pancartas mal escritas: “FUERA LOS RICOS”, “MARINA VENDEPATRIAS”, “QUEREMOS TRABAJO PARA LOS LOCALES”.
En medio de ellos, subido en la caja de una pick-up, estaba el Temo. Llevaba una camiseta de tirantes, lentes oscuros y una cerveza en la mano. Parecía el rey del barrio, disfrutando su momento de fama.
Marina bajó de la camioneta. Sus guardaespaldas intentaron cubrirla, pero ella los apartó con un gesto. Caminó sola hacia la barricada.
—¡Artemio! —gritó, su voz cortando el aire caliente—. ¿Se puede saber qué circo es este?
El Temo se bajó de la camioneta y caminó hacia ella, con ese andar bamboleante de quien se cree intocable.
—No es un circo, mi reina. Es una protesta pacífica. Estamos defendiendo los derechos de la raza.
—¿Derechos? —Marina se rió en su cara—. ¿Qué derechos? ¿El derecho a extorsionar? Porque eso es lo que quieres, ¿no? Viste que el proyecto va viento en popa y quieres tu rebanada del pastel.
El Temo se quitó los lentes. Sus ojos estaban inyectados de odio y envidia.
—Tú llegaste aquí muy salsa, Marina. Muy patrona. Pero te olvidaste de tus compas. Trajiste ingenieros de la capital, trajiste albañiles de otros lados. ¿Y nosotros qué? ¿Y la gente del barrio?
—La gente del barrio está trabajando ahí adentro, Artemio —señaló Marina hacia la obra—. El 80% de la mano de obra es local. Contraté a todos los que quisieron trabajar. A los que quisieron aprender. Tú no viniste a pedir trabajo. Tú viniste a pedir dinero gratis.
—¡Yo soy empresario! —gritó el Temo, ofendido—. Tengo mis negocios.
—Tienes un puesto de mariscos y vendes piratería. Eso no te califica para construir un edificio inteligente.
—¡Pues entonces no construyes! —bramó el Temo, haciendo una señal a sus hombres. Dos tipos sacaron bates de béisbol de las camionetas—. Aquí mandamos nosotros. Este es nuestro territorio. Si quieres pasar tus camiones, vas a tener que pagar peaje. O vamos a empezar a romper cosas.
La tensión subió al máximo. Valerio, que había llegado detrás de Marina, se puso a su lado, listo para pelear si era necesario.
—Temo, no hagas una estupidez —advirtió Valerio—. Esto es delito federal. Bloqueo de vías de comunicación. Te puedes ir al bote diez años.
El Temo se rió.
—La policía es compa mía. El Riquelme no me va a hacer nada.
Marina miró al Comandante Riquelme, que estaba recargado en su patrulla comiéndose unas papitas, fingiendo que no veía nada. Efectivamente, no iba a intervenir. Estaba esperando ver quién ganaba para ponerse de su lado.
Marina suspiró. Sabía que esto pasaría tarde o temprano. En México, el éxito siempre trae rémoras.
—Muy bien, Artemio —dijo Marina con calma—. Quieres jugar a las fuerzas. Juguemos.
Sacó su celular. Marcó un número y lo puso en altavoz.
—¿Licenciado? Sí, soy Marina. Proceda con la Operación Limpieza.
Colgó.
El Temo la miró burlón.
—¿A quién llamaste? ¿A tu mami?
—No. Llamé al abogado de la empresa que distribuye tu cerveza. Y al dueño de la marca de ropa que falsificas. Y a Hacienda.
La sonrisa del Temo vaciló.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que hace tres meses compré la deuda de tu local. Debías trescientos mil pesos de renta atrasada, Artemio. El dueño anterior estaba desesperado. Yo le pagué de contado. Ahora yo soy la dueña del local donde vendes tus mariscos podridos. Y también… —Marina hizo una pausa teatral— …le pasé el pitazo a la Fiscalía sobre la bodega donde guardas la mercancía pirata. Creo que el operativo está empezando… justo ahora.
El celular del Temo sonó. Contestó, pálido.
—¿Qué? ¿Cómo que hay federales? ¡No mames, ciérrale! ¡Quema todo! —Gritaba al teléfono, sudando frío.
Colgó y miró a Marina con terror puro.
—Tú… maldita bruja…
—Negocios son negocios, Temo. Tú quisiste bloquear mi obra. Yo bloqueé tu vida. Tienes dos opciones: quitas tus camionetas mugrosas ahora mismo y te vas a tratar de salvar lo que queda de tu changarro, o te quedas aquí y esperas a que lleguen los federales por ti. Porque Riquelme te protege de las multas de tránsito, pero no te protege de la Fiscalía General de la República.
El Temo miró a sus hombres. Miró a Marina, impasible, poderosa, intocable.
Se dio cuenta de que había perdido antes de empezar. Marina jugaba ajedrez en 4D; él jugaba damas chinas con fichas faltantes.
—¡Vámonos! —gritó a sus hombres—. ¡Quiten esa madre! ¡Fuga!
Los hombres, confundidos, obedecieron. Subieron a las camionetas y arrancaron quemando llanta, desapareciendo en una nube de polvo y vergüenza.
El Comandante Riquelme, viendo el desenlace, se acercó corriendo, limpiándose las migajas de papitas de la camisa.
—¡Licenciada! ¡Qué bueno que los disuadió! Yo ya estaba a punto de pedir refuerzos para intervenir, eh. No crea que la iba a dejar sola.
Marina lo miró con asco.
—Comandante, ahórrese el discurso. Y dígale a sus jefes que si vuelve a haber un bloqueo, voy a asumir que la policía es cómplice. Y créame, no quieren que yo empiece a investigar sus cuentas bancarias.
Marina se dio la vuelta y caminó hacia la obra. Los camiones de cemento empezaron a entrar, haciendo sonar sus cláxones en señal de victoria.
Valerio la abrazó por los hombros, riendo.
—Me das miedo, mujer. Me das mucho miedo. Y me encantas.
—Alguien tiene que poner orden en este pueblo, Valerio. Si no lo hacen las autoridades, lo hago yo.
El día de la inauguración llegó.
Era sábado. El cielo estaba despejado, azul brillante, como si Dios mismo hubiera decidido limpiar el escenario para Marina.
El complejo “Nuevo Horizonte” estaba lleno. Había banderas de colores, una banda de música tocando en el kiosco nuevo, y puestos de comida (higiénicos y ordenados) atendidos por las mismas señoras de la colonia que antes vendían en el suelo.
En el estrado principal, estaban sentados el Gobernador del Estado, el Alcalde (que sonreía nerviosamente), Valerio, Marina y… Doña Carmen.
Doña Carmen se veía espectacular. Llevaba un vestido azul marino sobrio, el cabello plateado perfectamente peinado y un collar de perlas discreto. Estaba sobria. Llevaba seis meses limpia. Sus manos ya no temblaban. Miraba a la multitud no con miedo, sino con asombro. Veía a sus antiguas vecinas, a la gente con la que se había emborrachado, ahora vestidas de domingo, admirando la biblioteca que llevaba el nombre de su marido.
Marina se levantó para dar el discurso.
El silencio se hizo en la plaza.
—Buenas tardes —dijo Marina. Su voz resonó clara y fuerte—. Hace once años, salí de este pueblo huyendo. Salí porque me dijeron que no pertenecía aquí. Me dijeron que este no era lugar para “bomzhixas”. Me dijeron que mi pobreza era una ofensa.
Buscó entre la multitud. En primera fila, sentada en una silla reservada, estaba la Maestra María Sifuentes. Llevaba un traje sastre modesto y tenía los ojos llenos de lágrimas. Asintió levemente hacia Marina, un gesto de respeto y sumisión absoluta.
—Hoy regreso —continuó Marina—, no para vengarme. La venganza es un plato que se enfría y se pudre. Regreso para demostrar que la pobreza no es una condena. Es una circunstancia. Y las circunstancias se cambian. Se cambian con trabajo, con educación y con dignidad.
Señaló la biblioteca.
—Ese edificio lleva el nombre de mi padre, Anselmo Solís. Él fue un buen hombre que fue derrotado por la falta de oportunidades. Murió triste. Murió creyendo que no valía nada. Construí esto para que ningún otro padre, ninguna otra madre, tenga que morir creyendo que su vida no importó. Construí esto para que los niños de La Esperanza sepan que su código postal no define su futuro.
Marina miró a su madre.
—Y quiero agradecer a la mujer más fuerte que conozco. Mi madre, Carmen. Que luchó contra sus propios demonios y los venció. Mamá, levántate.
Doña Carmen se levantó, temblando un poco. La multitud estalló en aplausos. Un aplauso genuino, cálido. Sus vecinas le gritaban: “¡Eso, Carmen!”, “¡Te ves chula, comadre!”.
Carmen sonrió, y por primera vez en décadas, fue una sonrisa de felicidad pura, sin alcohol de por medio.
Marina sintió que las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—Este lugar es de ustedes —concluyó—. Cuídenlo. Defiéndanlo. Y nunca, nunca dejen que nadie les diga que no pertenecen. Porque este es su lugar. Esta es su casa. Y este es su nuevo horizonte.
El aplauso fue atronador. El Gobernador se levantó a abrazarla (buscando la foto, claro), pero a Marina no le importó. Miró a Valerio, que la miraba con adoración absoluta.
Después de la ceremonia oficial, hubo una fiesta popular. Pero esta vez no hubo borrachos tirados ni peleas. Hubo música, hubo baile, hubo alegría sana.
Marina se escapó un momento del bullicio y caminó hacia la biblioteca vacía.
Entró. Olía a libros nuevos, a madera y a futuro.
Caminó por los pasillos llenos de enciclopedias, novelas, libros de ciencia.
Llegó a una sección especial. Una vitrina de cristal.
Dentro de la vitrina, había un objeto simple.
Unos zapatos.
Sus viejos mocasines negros, gastados, con la suela rota. Los que llevaba el día que la corrieron de la escuela. Los había guardado todos estos años.
Debajo de los zapatos, una placa dorada decía:
“Caminar con zapatos rotos te enseña a valorar el camino. Caminar con zapatos firmes te obliga a ayudar a otros a andar.” – Marina Solís.
—Es un buen detalle —dijo una voz a sus espaldas.
Marina se giró. Era Svetlana.
Svetlana se veía diferente. Había bajado de peso, no mucho, pero se veía más saludable. Llevaba un uniforme: una camisa polo con el logo de “Nuevo Horizonte”.
Marina le había dado trabajo. No de relaciones públicas, claro. Le había dado trabajo como administradora del Centro Comunitario. Un trabajo real, con horario, con responsabilidades. Y para sorpresa de todos, Svetlana había resultado ser buena organizando.
—Hola, Svetlana —dijo Marina.
—La gente está feliz —dijo Svetlana, mirando los zapatos en la vitrina—. De verdad feliz. Nunca había visto al pueblo así. Gracias.
—No tienes que darme las gracias. Es tu trabajo.
—No, Marina. Gracias por… por darme una segunda oportunidad. A mí también. Yo era una mierda de persona. Lo sé. Y tú me diste chamba cuando nadie más me quería contratar porque decían que era conflictiva.
Marina la miró.
—Todos merecemos una segunda oportunidad, Svetlana. Pero solo una. No la desperdicies.
—No lo haré. Te lo juro.
Svetlana se dio la vuelta para irse, pero se detuvo.
—Oye… la maestra María te mandó esto. Dijo que lo encontró en los archivos viejos de la escuela. Que creyó que te gustaría tenerlo.
Le entregó un sobre viejo y amarillento.
Marina lo abrió.
Era una fotografía. Una foto de grupo de 3º “B”. De hace once años.
En la foto, todos sonreían. Marina estaba en una esquina, medio escondida, con su uniforme viejo. Pero Valerio estaba a su lado, mirándola a ella en lugar de a la cámara.
Y al reverso de la foto, con la letra temblorosa de la maestra, decía:
“Perdón. Tenías razón. Tú eras la que más brillaba.”
Marina sonrió. Guardó la foto en su bolso Birkin.
Salió de la biblioteca. Afuera, el sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de oro.
Valerio la esperaba en la puerta.
—¿Lista para irnos?
—Lista.
Subieron a la camioneta. Mientras se alejaban, Marina vio por el retrovisor cómo las luces de la biblioteca se encendían, iluminando la noche.
Ya no era una bomzhixa. Ya no era la niña pobre.
Era Marina Solís. Y había construido un reino sobre las cenizas de su dolor.
Y vivieron… bueno, no vivieron felices para siempre, porque la vida real no es un cuento de hadas. Tuvieron problemas, tuvieron peleas, tuvieron crisis de mercado y días malos. Pero vivieron con dignidad. Vivieron con propósito. Y sobre todo, vivieron con la cabeza en alto, sabiendo que nadie, nunca más, podría humillarlos.