
CAPÍTULO 1: LA HERENCIA DEL SILENCIO Y EL PAN DURO
Valentina aprendió a trancazos que la vida en el barrio no acaricia; golpea, y cuando lo hace, te deja moretones en el alma que ni el tiempo borra. Su historia no comenzaba con ella, sino con una ausencia que pesaba más que cualquier presencia: la de su padre.
El “Capitán”, como su madre solía llamarlo con una mezcla de orgullo y dolor, no era más que un fantasma atrapado en un marco de madera barata sobre la cómoda desvencijada. Valentina apenas tenía recuerdos de él, solo destellos borrosos: el olor a tabaco y loción barata, unas manos enormes que la lanzaban al aire y una risa grave que hacía vibrar las ventanas. Murió como mueren los valientes en este país: en una sierra perdida, defendiendo una bandera que a veces parece olvidar a sus hijos, en medio de una balacera contra los malos. De él solo regresó una caja de pino cerrada y una medalla brillante que su madre, Verónica, guardaba como si fuera el Santo Grial en una cajita de terciopelo gastado.
—Tu papá fue un héroe, mi hija —le repetía Verónica, con los ojos vidriosos, mientras le servía un plato de frijoles aguados—. Nunca dejes que nadie te diga que no vales nada, porque por tus venas corre sangre de valientes.
Pero la valentía no llena la panza. Verónica, una mujer que alguna vez fue hermosa pero a la que la tristeza había consumido como un cigarro olvidado en el cenicero, se partía el lomo día tras día. No había chamba que despreciara. Lavaba ropa ajena en lavaderos de piedra hasta que los nudillos se le reventaban y le sangraban con el agua fría de enero. Hacía tortillas a mano para vender, limpiaba pisos en oficinas de gente rica que ni los buenos días le daban, y cosía dobladillos hasta que la vista se le nublaba.
Sin embargo, la mala suerte se les había pegado como chicle en el zapato. Verónica era de salud frágil, una vela parpadeando en medio de un huracán. Cuando el invierno pegaba duro en la ciudad, con ese frío húmedo que se cuela por las láminas del techo, Verónica caía en cama. Sus pulmones silbaban como olla exprés y la tos retumbaba en las paredes del cuartito de vecindad donde vivían.
Valentina recordaba con amargura aquellas temporadas. Pasaban meses enteros donde la madre no podía levantarse. Y en el mundo real, en ese México que no perdona, la enfermedad es un lujo que los pobres no pueden darse.
—Lo siento, Vero, pero aquí no es beneficencia pública —le dijo una vez el dueño de una maquila, un tipo gordo con bigote de aguacero, mientras le aventaba unos billetes arrugados al mostrador—. Necesito gente que trabaje, no que se la pase tosiendo mis telas. Si no sirves, llégale.
Y así, una y otra vez. Despido tras despido. La dignidad salía por la puerta junto con ellas.
Llegaban a casa, Verónica se tiraba en la cama matrimonial hundida en el centro y lloraba. No lloraba a gritos, no. Lloraba con ese llanto silencioso que duele más, ahogando los sollozos en la almohada para que Valentina, que fingía dormir en el catre de al lado, no la escuchara. Pero Valentina escuchaba todo. Escuchaba el crujir de los resortes, el sorber de nariz, y sentía cómo el miedo se le instalaba en la boca del estómago.
El hambre era el otro inquilino del cuarto. Hubo noches, demasiadas para contarlas, donde la cena era un “banquete” de miseria: un bolillo duro de días anteriores, remojado en aceite con sal para que pasara, o unos fideos tan blancos y tristes que parecían gusanos en agua caliente.
—Cómele, mija, que está rico —mentía Verónica, empujando su propio plato hacia la niña—. A mí no me entra nada, me duele la panza.
Mentira. Le dolía el hambre, pero le dolía más ver a su hija flaca.
La escuela no era un refugio; era una selva. Los niños huelen la pobreza como los tiburones huelen la sangre, y atacan sin piedad. Valentina era la “outsider”, la rara, la que siempre llegaba con el uniforme remendado. Su suéter azul marino tenía tantos zurcidos en los codos que parecía un mapa de carreteras. Los zapatos, boleados hasta el cansancio para ocultar que la suela estaba agujerada, dejaban entrar el agua cuando llovía, mojándole los calcetines y el alma.
Las niñas “fresas” del salón, hijas de comerciantes del mercado o de empleados de gobierno que se creían la gran cosa, no le daban tregua.
—¡Híjole, qué olor! —gritaba Vanesa, la líder del grupito, tapándose la nariz cuando Valentina pasaba—. ¿Alguien abrió una coladera o es la ropa de Valentina que no conoce el Suavitel?
Las risas estallaban como latigazos.
—Oye, Valen, ¿esa falda era de tu abuelita o la sacaste del bote de basura? —se burlaba otra, estirando el resorte vencido de su falda.
Valentina se tragaba las lágrimas. Aprendió a hacerse de piedra. Se sentaba al fondo, pegada a la pared, deseando fundirse con el concreto, desaparecer. “Soy hija de un héroe, soy hija de un héroe”, se repetía mentalmente como un mantra para no salir corriendo y arañarles la cara a esas escuinclas malcriadas. Pero por dentro, se sentía pequeña, insignificante, una basura tal como decían.
El destino, que parecía tener saña con ellas, soltó el golpe final cuando Valentina cumplió catorce años. La tos de Verónica se convirtió en algo peor. Una noche, la fiebre subió tanto que deliraba, llamando al Capitán. Valentina, aterrorizada, corrió a pedir ayuda a los vecinos para llevarla al hospital general.
Ahí, en un pasillo atestado de gente, con olor a cloro y desesperanza, Verónica exhaló su último aliento. Le apretó la mano a Valentina con la poca fuerza que le quedaba.
—Sé fuerte, mi amor… no te dejes… —susurró, y sus ojos se fijaron en un punto infinito.
Valentina se quedó sola. Huérfana. Sin dinero, sin casa propia, y con un dolor tan grande que sentía que el pecho se le iba a partir en dos. El velorio fue pobre, pagado con la coperacha de los vecinos de la vecindad que, aunque chismosos, tenían corazón.
Pero el verdadero infierno apenas abría sus puertas. Sin nadie más en el mundo, apareció la única pariente viva: la Tía Claudia. La hermana mayor de su madre. Una mujer que no había ido al velorio, que no había puesto un peso para la caja, pero que llegó dos días después reclamando “la custodia” de la niña, no por amor, sino porque vio dos brazos fuertes para trabajar gratis.
CAPÍTULO 2: LA CENICIENTA DE IZTAPALAPA
La casa de la Tía Claudia olía a encierro, a grasa vieja y a una mezcla dulzona y podrida de fruta pasada. Vivía en una colonia brava, donde las patrullas entraban con miedo y la música de banda sonaba las veinticuatro horas del día. Desde el momento en que Valentina cruzó el umbral cargando sus dos bolsas de plástico negras con toda su vida adentro, supo que había cometido un error, pero no tenía a dónde más ir.
Claudia era una mujer voluminosa, de carnes flácidas y mirada turbia. Se pasaba el día en bata, sentada frente a la televisión viendo telenovelas o programas de chismes, con un cigarro en una mano y un vaso en la otra.
—Pásale, pásale —le dijo ese primer día sin siquiera levantarse del sillón, echándole el humo en la cara—. No creas que vienes de vacaciones, eh. Aquí la cosa está dura. Tu madre, que en paz descanse, era una tonta que no supo agarrar marido con lana, pero yo no voy a mantener huevones.
—Yo puedo trabajar, tía —respondió Valentina con la voz temblorosa, abrazando su mochila donde guardaba la medalla de su papá.
—¡Pues más te vale! —ladró Claudia—. Desde mañana tú te encargas de la casa. Yo tengo… mis achaques.
Los “achaques” de Claudia eran una flojera crónica y un amor desmedido por el vino barato de cartón o el aguardiente de caña que vendían a granel. Valentina pasó de ser una niña en duelo a ser la sirvienta de tiempo completo. Se levantaba a las cinco de la mañana para lavar la ropa de la tía a mano, tallando las manchas de comida y vino de las batas grasientas. Tenía que barrer, trapear, sacudir y cocinar. Si los frijoles quedaban un poco salados, Claudia le aventaba el plato. Si no había tortillas calientes cuando ella despertaba de su siesta de borracha, llovían los insultos.
—¡Eres una inútil, igualita a tu madre! —le gritaba Claudia, con los ojos inyectados de sangre—. ¡Mantenida! ¡Tragona! ¡Darmodeada!
Valentina aguantaba. “Es mi única familia”, pensaba. Pero la familia no te trata como esclava.
La situación se ponía peor por las tardes. Claudia tenía una “mejor amiga”, Evelina, una mujer igual de víbora que era dueña de la tienda de abarrotes de la esquina. Evelina tenía un hijo, “El Beto”, un tipo de veintitantos años, que se sentía galán de barrio pero no era más que un holgazán que se la vivía en la calle tomando caguamas y molestando a las muchachas.
Evelina y Claudia se sentaban en la sala a beber, y Valentina tenía que servirles las botanas.
—Ay, comadre —decía Evelina, mirando a Valentina de arriba abajo con una sonrisa maliciosa—, tu sobrina ya está echando cuerpo, ¿eh? Ya no es una niña. Deberías ver cómo la mira mi Beto.
Claudia soltaba una carcajada ronca.
—Pues que se la lleve si quiere. A ver si así me paga lo que te debo de la cuenta de la tienda.
—No es mala idea —seguía Evelina, guiñándole un ojo—. Si los casamos, matamos dos pájaros de un tiro. Tú te olvidas de la deuda, mi Beto sienta cabeza y tiene quién le lave los calzones, y la escuincla esta deja de ser una carga para ti.
Valentina, escuchando desde la cocina mientras lavaba los trastes, sentía náuseas. El Beto le daba asco. Varias veces la había acorralado cuando iba a la tienda a pedir fiado el vino de su tía, diciéndole cochinadas al oído y tratando de agarrarle la cintura.
—¿Qué onda, mi reina? ¿Cuándo me vas a aflojar? —le decía, con su aliento a cerveza caliente.
Valentina regresaba a la casa temblando, pero no podía decirle nada a su tía porque sabía que le daría la razón a él.
El tiempo pasó y Valentina cumplió la mayoría de edad. La presión aumentó. Claudia debía mucho dinero. Evelina ya no fiaba el alcohol con tanta facilidad y empezó a apretar las tuercas.
—O me pagas, Clau, o me cobro con la casa… o hacemos el trato con la muchacha.
Una noche de viernes, el ambiente en la casa era irrespirable. Claudia estaba más borracha que de costumbre y Evelina había traído al Beto a cenar.
—Ándale, mija, siéntate aquí junto a mi muchacho —ordenó Evelina.
El Beto puso su mano sudorosa sobre la pierna de Valentina debajo de la mesa. Ella se levantó de golpe, tirando la silla.
—¡No me toques, cerdo! —gritó Valentina, con la cara roja de rabia y vergüenza.
Claudia se levantó tambaleándose y le soltó una cachetada que resonó en toda la cocina. El golpe fue tan fuerte que a Valentina le supo la boca a sangre.
—¡No le hables así! ¡Tú vas a hacer lo que yo diga! ¡Te vas a casar con él y nos vas a sacar de pobres! ¡Ya estuvo suave de mantenerte!
El sonido de la cachetada rompió algo dentro de Valentina. No fue miedo lo que sintió, sino una claridad helada. Miró a su tía, esa mujer deformada por el vicio y la maldad, miró al Beto con su sonrisa estúpida, y supo que si se quedaba un minuto más, su vida se acabaría ahí mismo.
—No —dijo Valentina. Su voz sonó extraña, firme, como si fuera la voz de su padre hablando a través de ella.
—¿Qué dijiste, mocosa?
—¡Dije que no! ¡No soy un objeto para que me vendas por tus botellas de alcohol! ¡Se acabó!
Valentina corrió hacia su cuarto. Claudia intentó seguirla, pero tropezó con sus propios pies y cayó al suelo maldiciendo. Valentina atrancó la puerta con una silla. El corazón le latía desbocado, como un tambor de guerra.
Sacó de abajo de una tabla suelta su tesoro: una vieja alcancía de cochinito de barro que había llenado durante cuatro años. Monedas de a peso, de a cinco, de a diez, que se encontraba tiradas, que le daban de propina las vecinas por cargarles el mandado a escondidas de su tía.
Rompió el cochinito contra el suelo, amortiguando el ruido con una cobija. Contó rápido. Había suficiente para sobrevivir unas semanas si comía poco.
Metió su ropa en la misma mochila vieja. Agarró la caja de terciopelo con la medalla y los papeles de su papá. “Papá, ayúdame”, susurró.
Saltó por la ventana trasera que daba al callejón. Cayó sobre unas bolsas de basura, pero no le importó. Se levantó y corrió. Corrió sin mirar atrás, mientras los gritos de su tía se desvanecían en la noche.
Esa noche durmió en la terminal de autobuses, abrazada a su mochila, pero por primera vez en años, no sintió miedo. Sentía hambre, sí, y frío, también. Pero sobre todo, sentía que las cadenas se habían roto.
Al día siguiente, con los ojos hinchados pero secos, Valentina compró un periódico barato. “SE SOLICITA PERSONAL DE LIMPIEZA. URGENTE. PRESENTARSE HOY MISMO”. La dirección era de un edificio corporativo en una zona de la ciudad que ella solo había visto en la tele. Polanco.
Valentina se alisó el suéter viejo, se limpió los zapatos con saliva y se subió al metro. No sabía que iba directo a la boca del lobo, a un lugar donde la humillación sería más sofisticada, con aire acondicionado y pisos de mármol, pero donde también, sin saberlo, el destino le tenía preparada una cita con la justicia divina. Iba a limpiar pisos, sí, pero iba a limpiar su nombre y su historia.
PARTE 2: EL NIDO DE VÍBORAS
CAPÍTULO 3: LA SELVA DE CRISTAL Y EL OLOR A MIEDO
Valentina amaneció en la banca de metal de la terminal de autobuses con el cuerpo entumecido y el estómago rugiendo como león enjaulado. Se lavó la cara en el baño público, donde el espejo estaba tan rayado que apenas le devolvía un reflejo fantasmagórico: una chica de ojos grandes y tristes, con el cabello rubio cenizo —herencia de su padre— opaco por la falta de un buen champú, y unas ojeras que parecían moretones. Se acomodó el suéter, ese tejido azul marino que ya le quedaba chico y cuyas mangas estaban deshilachadas, y salió a enfrentar al monstruo de concreto: la Ciudad de México.
Con el periódico bajo el brazo, marcado con un círculo rojo frenético alrededor del anuncio de “SE BUSCA URGENTE”, se dirigió hacia la zona de Polanco. Al salir del metro, el contraste fue como una bofetada de agua helada. Atrás quedaba el olor a garnacha, a sudor y a humanidad comprimida de los vagones naranjas; frente a ella se alzaban torres de cristal que rascaban el cielo, autos blindados que costaban más de lo que ella ganaría en diez vidas, y gente caminando con prisa, hablando por celulares que parecían naves espaciales, vestidos con ropa que olía a limpio, a nuevo, a éxito.
Valentina se sintió minúscula. Una hormiga en tierra de gigantes. Se abrazó a sí misma, consciente de sus zapatos gastados, esos que su tía Claudia había estado a punto de tirar a la basura y que ella rescató. Cada paso hacia el edificio corporativo “Torre Zafiro” era una batalla contra su propia vergüenza.
—¿A dónde vas? —la detuvo un guardia de seguridad en la entrada, un hombre moreno y robusto que la miró con desconfianza, escaneando su ropa vieja. Su mirada decía claramente: “Tú no perteneces aquí”.
—Vengo por el anuncio… de limpieza —musitó Valentina, mostrando el periódico arrugado.
El guardia hizo una mueca, como si hubiera olido algo podrido.
—Entrada de servicio. Por atrás, junto a los contenedores de basura. No puedes pasar por el lobby principal, ensucias la imagen.
Valentina asintió, tragándose el nudo en la garganta. Rodeó el edificio, pasando junto a los contenedores que emanaban un hedor dulzón, y tocó un timbre oxidado.
La recibió el Licenciado Méndez, el de Recursos Humanos. Era un hombre bajito, calvo y con una mancha de sudor permanente en la camisa, justo debajo de las axilas. Parecía un hombre al borde de un ataque de nervios. La oficina de “Contratación” era un cuartucho sin ventanas, lleno de expedientes apilados como torres de naipes a punto de caer.
—¿Traes papeles? —preguntó Méndez sin mirarla, tecleando furiosamente en una computadora vieja.
—Sí… bueno, mi acta, mi comprobante de estudios de la secundaria… —Valentina sacó sus tesoros de la mochila.
Méndez levantó la vista y se detuvo. Sus ojos recorrieron a Valentina, no con deseo, sino con una mezcla de lástima y cálculo. Vio la ropa vieja, la delgadez extrema, la mirada de “por favor, necesito esto para comer”.
—Mira, niña, voy a serte franco —dijo Méndez, recargándose en la silla que gimió bajo su peso—. Aquí no dura nadie. El sueldo es el mínimo, no pagamos horas extra aunque las vas a hacer, y el ambiente arriba… bueno, digamos que el piso 14 es un zoológico. Las últimas tres chicas de limpieza se fueron llorando antes de acabar la semana. ¿Aguantas o te vas ahorita?
Valentina pensó en el frío de la terminal, en la voz de su tía Claudia gritándole, en el hambre que le taladraba las costillas. Pensó en la medalla de su padre guardada en su mochila. Un soldado no huye del campo de batalla.
—Aguanto —dijo firme.
—Contratada. Empiezas ya. Toma esto —le lanzó una casaca azul cielo de poliéster que le quedaba enorme y olía a humedad—. Póntela encima de tu ropa. No tenemos uniformes de tu talla. Sube al 14. Y un consejo gratis: hazte invisible. Si te ven, te pican.
Valentina subió en el elevador de carga, apretujada entre cajas de papel y garrafones de agua. Cuando las puertas se abrieron en el piso 14, la realidad la golpeó en la nariz.
Se suponía que era una oficina de alto nivel, una empresa de logística y ventas, pero el lugar estaba hecho un asco. Llevaban días sin personal de limpieza. Las papeleras vomitaban vasos de café Starbucks aplastados, había cajas de pizza grasientas en las esquinas, y el piso de alfombra gris tenía manchas sospechosas. El aire estaba viciado, una mezcla de perfume caro, tóner de impresora y comida guardada.
Valentina respiró hondo, se amarró el cabello en una coleta alta con una liga que encontró en su bolsillo, tomó el carrito de limpieza que estaba abandonado en un rincón y se dijo a sí misma: “Es solo mugre. La mugre se quita. El hambre no”.
Avanzó hacia la zona de los cubículos, el área conocida como “La Pecera”. Decenas de empleados tecleaban, hablaban por teléfono y reían. Eran jóvenes, la mayoría vestidos a la moda, con esa actitud de “mirreyes” y “lobukis” que se sienten dueños del mundo porque trabajan en Polanco, aunque deban hasta los calcetines en la tarjeta de crédito.
Nadie la miró al principio. Era parte del mobiliario. Pero entonces, llegó a la “Zona VIP”, los escritorios cerca de los ventanales, donde la luz natural bañaba el lugar. Allí reinaba ella.
Mariana.
No necesitabas que nadie te dijera quién era la abeja reina. Se notaba. Estaba sentada sobre su escritorio, no en la silla, cruzando unas piernas largas y torneadas enfundadas en medias negras y una falda lápiz ajustadísima. Su cabello era una cascada negra, brillante, lacio como una tabla, y su rostro… su rostro era hermoso de una manera cruel. Cejas perfectas, labios pintados de un rojo sangre agresivo y una mirada de hielo.
Estaba rodeada de su séquito: dos chicas que le reían todas las gracias y tres hombres que la miraban como si fuera la última Coca-Cola del desierto.
Valentina cometió el error de encender la aspiradora cerca de ellos.
El ruido rompió la burbuja de risas. Mariana giró la cabeza lentamente, como una cobra. Sus ojos oscuros se clavaron en Valentina. No la miró a los ojos, miró sus zapatos viejos, sus pantalones desgastados que asomaban bajo la casaca gigante, y finalmente, su rostro lavado y cansado.
—¿Y esto qué es? —preguntó Mariana, con una voz que destilaba veneno puro, lo suficientemente alto para que medio piso la escuchara—. ¿Ahora contratan indigentes?
El silencio se hizo en la oficina. Valentina sintió que la sangre se le subía a las mejillas. Apagó la aspiradora, temblando.
—Buenas tardes… vengo a limpiar —dijo, intentando mantener la dignidad.
—Pues empieza por limpiarte tú, reina —soltó Mariana, haciendo un gesto de asco con la mano frente a su nariz—. Huele a humedad, a metro… a pobreza. ¡Qué asco!
Las risas de los hombres que la rodeaban fueron como puñaladas. Valentina bajó la mirada, apretó el mango de la aspiradora hasta que los nudillos se le pusieron blancos, y supo que el Licenciado Méndez se había quedado corto. Esto no era un zoológico; era un nido de víboras, y ella acababa de entrar descalza.
CAPÍTULO 4: LA CENICIENTA Y EL PRÍNCIPE DE PACOTILLA
Las primeras semanas fueron un calvario diseñado milimétricamente. Valentina descubrió que la crueldad humana es creativa. No se trataba solo de limpiar; se trataba de soportar.
Mariana, cuyo puesto oficial era “Coordinadora de Ventas” pero que en realidad ejercía como la dictadora emocional de la oficina, había decidido que Valentina sería su juguete antiestrés. Si Valentina trapeaba el pasillo, Mariana “accidentalmente” tiraba su café latte hirviendo justo donde acababa de secar.
—Uy, qué torpe soy —decía con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos—. Límpialo bien, que no quede pegajoso. Y apúrate, que me estorbas.
Valentina se arrodillaba a limpiar el café, sintiendo las miradas burlonas en su nuca. “No llores, no les des el gusto”, se repetía. Pensaba en su papá en la selva, aguantando mosquitos y balas. Ella solo tenía que aguantar a una niña rica malcriada.
Pero no solo era Mariana. El veneno se contagiaba. Las otras chicas del área administrativa, queriendo quedar bien con la líder, empezaron a imitarla. La llamaban “La Ropavejera”, “La Tiznada” o simplemente “Esa”.
—Oye, Esa, saca la basura de mi bote, que ya huele —le ordenaban sin mirarla, mientras seguían viendo zapatos en internet.
Sin embargo, entre toda esa oscuridad, hubo una luz. O al menos, eso pareció al principio. Una luz falsa, como la de los peces abisales que atraen a sus presas para devorarlas.
Se llamaba Igor.
Igor era uno de los chicos que se sentaban cerca de Mariana. Era guapo, de esos guapos de revista: mandíbula cuadrada, cabello castaño siempre peinado con gel, y una sonrisa de comercial de pasta de dientes. Al principio, se reía de los chistes de Mariana, pero Valentina notaba algo diferente. A veces, cuando Mariana no veía, él la miraba. Y no la miraba con asco.
Un martes por la tarde, Valentina estaba en el pequeño cuarto de limpieza, llenando una cubeta con agua y cloro, cuando la puerta se abrió. Era él.
Valentina se sobresaltó y retrocedió, chocando con las escobas.
—Perdón, no quería asustarte —dijo Igor, levantando las manos en señal de paz. Su voz era suave, modulada—. Solo venía a… bueno, a decirte que no les hagas caso.
Valentina lo miró desconfiada, abrazando el trapeador como si fuera un arma.
—¿A quiénes?
—A Mariana y a su séquito. Son unos idiotas. Están aburridos y no tienen vida. Tú… tú haces un buen trabajo. La oficina nunca había estado tan limpia.
Valentina sintió que algo se descongelaba en su pecho. Era la primera vez en meses que alguien le hablaba como a un ser humano y no como a un mueble defectuoso.
—Gracias —susurró, bajando la guardia.
—Soy Igor —dijo él, extendiendo la mano.
Valentina se limpió la mano húmeda en la casaca antes de estrecharla tímidamente.
—Valentina.
—Valentina… —repitió él, saboreando el nombre—. Es un nombre bonito. De mujer fuerte. Como tú.
Ese pequeño encuentro fue el combustible que Valentina necesitaba para seguir. Igor empezó a buscarla. Eran encuentros fugaces, clandestinos. Una sonrisa en el pasillo, un guiño cuando Mariana estaba gritando por teléfono, un chocolate dejado “por error” sobre el carrito de limpieza.
Igor la hizo sentir vista. La llamó “su Cenicienta”. Le decía que era hermosa, que debajo de esa ropa vieja había una reina, que sus ojos grises eran lo más bonito que había visto en ese edificio de plástico.
—Un día te voy a sacar de aquí, Valen —le prometió una tarde, arrinconándola suavemente detrás de las máquinas expendedoras—. Tú no mereces estar limpiando la mierda de esta gente. Tú eres mejor que todas ellas juntas.
Valentina, con sus dieciocho años y su corazón hambriento de afecto, cayó redondita. Se enamoró con la inocencia de quien nunca ha sido amado. Creó un mundo de fantasía donde Igor era su salvador, el príncipe que la rescataría de la bruja Mariana.
Pero Valentina olvidó una regla básica de la supervivencia: si algo parece demasiado bueno para ser verdad, es porque es una trampa.
Mariana no era tonta. Tenía ojos en la nuca y espías en cada rincón. No tardó en notar las miradas, las sonrisas bobas de Igor, las desapariciones coincidentes de ambos. Y su furia no fue explosiva; fue fría, calculadora, sádica.
Un viernes, día de pago, el ambiente en la oficina estaba eléctrico. Valentina estaba trapeando el pasillo central, tarareando una canción bajito, feliz porque Igor le había prometido que saliendo irían por un helado, su primera “cita” real lejos de la oficina.
De repente, sintió una presencia a su espalda.
—Así que… tú y el Igor, ¿eh? —la voz de Mariana sonó como el siseo de una serpiente.
Valentina se giró. Mariana estaba parada allí, con los brazos cruzados, sonriendo. Pero no era una sonrisa amable; era la sonrisa del gato que ya tiene al ratón entre las garras. Detrás de ella estaban sus dos amigas fieles, conteniendo la risa, y un poco más atrás… Igor.
Valentina buscó los ojos de Igor, buscando apoyo, buscando al cómplice que le había prometido el mundo detrás de la máquina de refrescos. Pero Igor no la miró. Tenía la vista fija en sus propios zapatos caros, con las orejas rojas.
—No sé de qué habla, señorita —dijo Valentina, sintiendo un frío mortal en el estómago.
—Ay, por favor, “mosca muerta”. No te hagas. Igor ya me contó todo —Mariana soltó una carcajada cristalina—. Me contó cómo lo persigues, cómo te le insinúas en los pasillos. Pobre, me dijo que le das lástima y asco, pero que no sabía cómo quitarte de encima porque eres muy… insistente.
Valentina sintió que el piso se abría bajo sus pies.
—Eso… eso no es verdad —balbuceó, mirando desesperadamente a Igor—. Igor, diles. Diles que no es cierto.
Mariana se giró hacia él.
—Dile, mi amor. Dile a la sirvienta lo que me dijiste anoche mientras cenábamos en el Puerto Madero.
Igor levantó la vista lentamente. Sus ojos estaban vacíos, cobardes. Era el momento de la verdad, el momento de ser un hombre. Pero Igor era un “Godínez” trepador, un aspiracionista que soñaba con ser gerente y sabía que Mariana, sobrina de uno de los directores, era su boleto de oro. Valentina era solo un pasatiempo, una curiosidad exótica para sus ratos libres.
—Valen… digo, Valentina —dijo Igor, con voz impostada, tratando de sonar ofendido—. Por favor, deja de inventar cosas. Yo solo fui amable contigo porque te veía muy amolada, pero ya te pasaste. Yo estoy con Mariana. Mírate… —hizo un gesto de desdén señalando su ropa vieja—. ¿De verdad creíste que alguien como yo se fijaría en alguien como tú? Ubícate. Eres la de la limpieza.
La risa de la oficina estalló. No fue solo Mariana; fueron todos. Los de contabilidad, los de sistemas, las secretarias. Todos rieron. Rieron de su ingenuidad, de su ropa, de su pobreza, de su corazón roto expuesto ahí, sobre la alfombra sucia.
Valentina no lloró. No ahí. Sintió cómo algo moría dentro de ella: la niña que creía en cuentos de hadas. En su lugar, nació algo más duro, más frío. Se quedó parada, recta como un poste, aguantando la humillación, mientras las lágrimas se le quedaban atoradas en la garganta como vidrios rotos.
—Ya oíste, gata —remató Mariana, acercándose a su cara—. No te vuelvas a acercar a mi novio. Y ahora, limpia bien aquí, que dejaste una mancha.
Mariana tiró deliberadamente un vaso lleno de refresco pegajoso a los pies de Valentina, salpicando sus tenis rotos. Igor soltó una risita nerviosa y se fue del brazo de Mariana, quien lo besó en la mejilla como marcando territorio.
Valentina se quedó sola en el pasillo. Se agachó lentamente para limpiar el refresco. Cada pasada del trapo era una promesa. “No me voy a ir”, pensó. “No les voy a dar el gusto de renunciar. Voy a juntar mi dinero, voy a sobrevivir, y un día… un día me van a pagar cada lágrima”.
Esa tarde, escondida en el cuarto de limpieza, Valentina sacó la medalla de su padre. El metal estaba frío contra su frente ardiendo.
—Papá —susurró a la oscuridad—, dame fuerzas para no matarlos. Dame fuerzas para aguantar hasta que llegue mi momento.
Lo que Valentina no sabía era que su momento estaba más cerca de lo que creía. No vendría en forma de príncipe azul, ni de lotería. Vendría en la forma de un hombre mayor, con corte militar y una visita sorpresa que haría temblar los cimientos de esa torre de cristal. Pero antes de la redención, el destino le enviaría un pequeño ángel guardián, uno con cuatro patas y bigotes, para recordarle que incluso en el infierno, existe la ternura.
CAPÍTULO 5: LA ESCLAVA DEL CONTRATO Y LA MODA “VINTAGE” DE LA POBREZA
Después de la traición pública de Igor, la oficina se transformó en un campo minado para Valentina. Si antes era invisible, ahora era el objetivo de tiro al blanco de todos. La historia del “enamoramiento patético de la gata por el príncipe Godínez” corrió como pólvora por los pasillos, adornada y exagerada con cada repetición.
Mariana, satisfecha con su victoria territorial, decidió que no bastaba con haber aplastado el corazón de Valentina; quería destruir su espíritu. La crueldad se volvió rutinaria, casi un deporte corporativo.
Cada mañana, al entrar a la zona de los cubículos con su carrito chirriante, Valentina era recibida por un coro de risitas ahogadas y murmullos venenosos.
—¡Aguas, ahí viene la “Fashion Week”! —gritaba una de las secretarias aliadas de Mariana, tapándose la boca con una mano manicurada—. Oye, Valen, ¿esa blusa es de la colección “Basurero Otoño-Invierno”?
Mariana, desde su trono giratorio, ni siquiera necesitaba alzar la voz para herir. Le bastaba una mirada de barrido, de arriba abajo, deteniéndose con mueca de asco en los zapatos remendados de Valentina.
—No sean así, chicas —decía Mariana con falsa dulzura—. Es estilo vintage. Muy, muy vintage. Tan vintage que huele a naftalina y a muerto.
Un día, Valentina encontró su casaca de limpieza tirada en el suelo del baño de hombres, empapada en orina. Tuvo que lavarla a mano en el lavabo, llorando de rabia, y ponérsela húmeda, sintiendo el frío de la tela pegarse a su piel durante todo el turno. Nadie dijo nada. Nadie vio nada. La ceguera selectiva era la política de la empresa.
Pero el orgullo de Valentina, heredado de aquel capitán que murió sin soltar su fusil, comenzó a rebelarse. “No más”, se dijo una quincena, mirando su sobre de pago que apenas alcanzaba para la renta del cuartucho y unos paquetes de sopa instantánea. “Prefiero lavar baños en la terminal que aguantar a esta gente”.
Con la decisión firme, bajó a la oficina de Recursos Humanos. El Licenciado Méndez estaba, como siempre, sudando y tecleando con dos dedos.
—Vengo a renunciar —dijo Valentina, poniendo su credencial sobre el escritorio.
Méndez dejó de teclear. Se limpió la frente con un pañuelo grisáceo y soltó una risa seca, sin alegría.
—Renunciar, dice. Qué chistosa.
—No es chiste. Me voy. Ya no aguanto el trato arriba.
Méndez abrió un cajón, sacó una carpeta polvorienta y extrajo el contrato que Valentina había firmado apresuradamente el primer día, aquel día que tenía tanta hambre que habría firmado su sentencia de muerte con tal de comer.
—A ver, niña. Siéntate y escucha, porque no lo voy a repetir. ¿Leíste la cláusula 14, párrafo B?
Valentina negó con la cabeza. La letra era minúscula, hormigas negras sobre papel barato.
—Aquí dice —leyó Méndez con voz monótona—: “El empleado se compromete a una permanencia mínima de seis meses debido a los costos de capacitación y equipamiento… bla, bla, bla… En caso de rescisión anticipada por parte del empleado, se aplicará una penalización equivalente a dos meses de salario, que deberá ser pagada de inmediato o será boletinado en el Buró Laboral Nacional como empleado conflictivo y deudor”.
Valentina sintió que el aire se escapaba de la habitación.
—¿Capacitación? —balbuceó—. ¡Nadie me capacitó! ¡Solo me dieron una escoba rota! ¿Equipamiento? ¡La casaca me queda grande y estaba usada!
—Eso no importa, está firmado —Méndez cerró la carpeta de golpe—. Si te vas hoy, nos debes seis mil pesos. ¿Los traes?
Seis mil pesos. Era una fortuna. Valentina apenas tenía cincuenta pesos en la bolsa para pasar la semana.
—No tengo dinero…
—Entonces te regresas arriba, agarras tu trapeador y te pones a chambear. Y ni se te ocurra faltar, porque te descuento el día al triple. Así es la vida corporativa, reina. Bienvenido al mundo real.
Valentina salió de la oficina de Méndez arrastrando los pies. Se sentía como un animal atrapado en una trampa de acero; cuanto más se movía, más se desangraba. Estaba condenada a seguir en ese infierno, soportando las burlas de Mariana y la indiferencia cobarde de Igor, porque la pobreza le había robado hasta el derecho a decir “basta”.
Esa tarde, mientras limpiaba los vidrios de la sala de juntas, vio su reflejo. Ya no era la niña esperanzada que llegó de Iztapalapa. Sus ojos grises se habían endurecido. Había algo salvaje en ellos, algo que decía: “Sobreviviré, aunque sea por puro coraje”.
El hambre volvió a ser su compañera constante. Después de pagar la renta y los pasajes, le quedaba tan poco que tuvo que volver a la dieta de su infancia: bolillos duros y agua de la llave. A la hora de la comida, mientras los “Godínez” pedían sushi o hamburguesas gourmet por aplicación, Valentina se escondía en la azotea del edificio, masticando despacio su pan seco para engañar al estómago, mirando la inmensidad de la Ciudad de México que parecía querer tragársela viva.
“Un día”, pensaba, mirando los aviones cruzar el cielo contaminado. “Un día yo estaré allá arriba, y ellos… ellos ni siquiera sabrán qué los golpeó”.
CAPÍTULO 6: UN ÁNGEL DE CUATRO PATAS EN EL INFIERNO
La soledad es un ácido que corroe. Valentina podía soportar el hambre y las burlas, pero la soledad absoluta, el no tener a nadie en el mundo que supiera si estaba viva o muerta, empezaba a quebrarla. Hablaba sola por las noches en su cuarto alquilado, le hablaba a la medalla de su padre, le hablaba a las grietas del techo.
Hasta que llegó él.
Fue una noche de tormenta eléctrica, de esas que convierten las calles de la ciudad en ríos de basura y desesperación. Valentina había salido tarde de la oficina; Mariana le había ordenado limpiar el archivo muerto del sótano cinco minutos antes de la hora de salida, una tarea inútil solo para fastidiarla.
Caminaba hacia el metro, cubriéndose con un cartón, cuando escuchó un sonido. Era un maullido. No, no era un maullido; era un lamento agónico, casi imperceptible, ahogado por el ruido de la lluvia golpeando el asfalto.
Valentina se detuvo. Su instinto le decía que siguiera caminando, que no se metiera en problemas, que ya tenía suficientes desgracias. Pero el sonido le taladró el corazón. Venía de una caja de cartón empapada, tirada junto a un contenedor de basura detrás de un restaurante.
Se acercó y abrió las solapas mojadas. Ahí, temblando violentamente, empapado hasta los huesos y con los ojos pegados por la infección, había una bolita de pelo blanco. Era un gatito, no tendría más de un mes. Estaba en los puros huesos, más muerto que vivo.
—Ay, chiquito… —susurró Valentina, y las lágrimas se le mezclaron con la lluvia.
Vio en ese animalito su propio reflejo. Abandonado, sucio, despreciado por el mundo, dejado ahí para morir como basura.
Sin pensarlo dos veces, lo sacó de la caja. El gatito intentó bufar, pero estaba tan débil que solo salió un soplido ronco. Valentina se abrió la casaca y se lo metió al pecho, directo contra su piel, para darle calor.
—Tranquilo, ya estás a salvo. Ya te tengo.
Esa noche, en su cuartucho, Valentina gastó el dinero de sus pasajes de dos días en una lata de leche y un gotero. Limpió los ojos del gatito con té de manzanilla tibio. Lo secó con su única toalla buena.
—Te vas a llamar Martín —le dijo, mientras el gatito bebía la leche con desesperación—. Porque eres un guerrero, como mi papá.
Martín sobrevivió. Y con él, Valentina revivió.
Tener a alguien a quien cuidar le dio un propósito. Ya no trabajaba solo para comer pan duro; trabajaba para comprar sobres de “Whiskas” y arena para gato. Martín resultó ser un gato de personalidad eléctrica; en cuanto recuperó fuerzas, se convirtió en un torbellino blanco que la recibía maullando y ronroneando como un motor diésel.
Pero surgió un problema grave: la casera. Doña Remedios, la dueña del cuarto, era una anciana amargada que odiaba dos cosas: el ruido y los animales.
—¡Nada de bichos aquí! —le había advertido el primer día—. Si veo una cucaracha, te vas. Si veo un perro o un gato, te vas a patadas.
Valentina vivía con el terror de que descubrieran a Martín. El gatito crecía y sus maullidos se volvían más fuertes. Un día, la casera tocó a la puerta sospechando algo. Valentina tuvo que meter a Martín en el armario y poner música alta para disimular.
—No puedo dejarte aquí solo todo el día, te van a oír —le dijo Valentina al gato, mirándolo a los ojos amarillos—. Y si me corren, nos quedamos en la calle los dos.
Entonces, tomó una decisión arriesgada. Una locura.
A la mañana siguiente, metió a Martín en su mochila grande, le hizo agujeros para que respirara, y se lo llevó a la oficina.
El plan era una misión de comando. Entró por el área de carga saludando al guardia (que ya ni la miraba), y corrió al cuarto de limpieza del piso 14. Ese cuarto era su dominio; nadie más entraba ahí porque a los “Godínez” les daba alergia el olor a cloro.
Acondicionó el fondo del armario de escobas con trapos viejos, le puso un plato con agua y comida escondido detrás de los garrafones de detergente.
—Te tienes que portar bien, Martín —le susurró, besándole la cabecita—. Ni un miau cuando haya gente. Si nos cachan, nos matan.
Increíblemente, el gato entendió. O quizás era tan listo como su dueña. Se pasaba el día durmiendo entre las jergas, saliendo solo cuando Valentina entraba a cerrar la puerta con seguro para descansar unos minutos. Esos momentos eran oxígeno puro. Valentina se sentaba en el suelo, abrazaba al gato, y el ronroneo de Martín borraba, por un instante, los gritos de Mariana y la indiferencia de Igor.
Pero el destino estaba a punto de barajar las cartas de nuevo.
En la oficina, el ambiente cambió drásticamente. El aire se volvió pesado, eléctrico. Los gerentes corrían de un lado a otro como pollos sin cabeza. Se acabaron las risas en los pasillos y comenzaron los gritos de pánico.
Había llegado El Rumor.
—¡Viene el Jefe! —escuchó Valentina susurrar a una secretaria en el baño—. No el gerente regional, no. Viene ÉL. El dueño. El mero mero.
Se referían a Don Nicolás. Nicolás Ivanovich. Nadie lo conocía en persona en esa sucursal, pero su leyenda era enorme. Decían que era un exmilitar, un hombre de hierro, dueño de todo el consorcio. Que tenía un ojo clínico para detectar la incompetencia y que, cuando visitaba una sucursal, solían rodar cabezas.
Mariana estaba histérica. Su departamento de ventas tenía números “maquillados” y ella lo sabía. Necesitaba que todo estuviera perfecto, impoluto, para distraer al gran jefe con su belleza y su encanto, tal como hacía con todos los hombres.
—¡Quiero este piso brillando! —gritaba Mariana, señalando a Valentina con un dedo acusador—. ¡Si veo una mota de polvo, te juro que hago que te despidan sin liquidación, te demando por daños y hago que no vuelvas a trabajar ni limpiando parabrisas!
Valentina asintió, bajando la cabeza, pero por dentro sentía una extraña calma. Martín estaba a salvo en el cuarto de limpieza. Ella había hecho su trabajo bien, como siempre, no por Mariana, sino por su propia disciplina.
Lo que Valentina no sabía era que Mariana tenía un plan de contingencia. Si algo salía mal con el Jefe, necesitaba un chivo expiatorio. Alguien a quien culpar. Alguien desechable.
Llegó el día D. El elevador privado se abrió.
Un silencio sepulcral cayó sobre la oficina.
Mariana se alisó la falda, se retocó el labial rojo sangre y puso su mejor sonrisa de depredadora. Caminó hacia el frente para recibir al hombre que salía del elevador.
Era un hombre imponente. Canoso, de postura recta como una vara de acero, con un traje que costaba más que todo el edificio. Caminaba con la seguridad de quien ha visto la guerra y ha sobrevivido. Don Nicolás.
Mariana avanzó, lista para desplegar sus encantos. Pero antes, al pasar junto al escritorio de Valentina (quien estaba limpiando frenéticamente una mancha inexistente en el vidrio por orden suya), Mariana hizo un movimiento rápido, casi imperceptible.
Con el codo, golpeó “accidentalmente” un vaso gigante de café negro que había dejado estratégicamente en el borde de un archivero.
El vaso cayó.
El líquido oscuro explotó contra el piso de mármol blanco, salpicando las alfombras, las paredes y, lo peor de todo, manchando los zapatos lustrados de Valentina y creando un charco inmenso justo en el camino por donde el Gran Jefe tenía que pasar.
Mariana fingió un grito de horror teatral.
—¡Pero qué hiciste, estúpida! —chilló Mariana, señalando a Valentina para que todos voltearan—. ¡Miren lo que hizo esta inútil! ¡Lo hizo a propósito! ¡Está arruinando la bienvenida del Señor Nicolás!
Valentina se quedó paralizada, con el trapo en la mano, viendo el charco negro expandirse como su propia desgracia. Todos la miraban con odio. Igor negaba con la cabeza, avergonzado.
El Jefe se detuvo. Sus ojos, fríos y analíticos, pasaron del charco a Mariana, y luego se clavaron en Valentina.
Mariana corrió hacia el Jefe, tomándolo del brazo con confianza excesiva.
—Ay, Don Nicolás, qué pena. Mil disculpas. Es que el personal de limpieza que conseguimos es de lo peor, gente sin educación, resentida. Esta niña es un desastre, siempre tiene todo sucio. Deje que lo lleve a mi oficina, lejos de esta… pocilga.
Mariana sonrió triunfante, creyendo que había ganado. Había humillado a Valentina y se había posicionado como la salvadora de la situación.
Pero no contaba con un detalle.
Don Nicolás no estaba mirando el café. Estaba mirando la cara de Valentina.
Estaba mirando esos ojos grises.
Esos ojos que él había visto hace veinte años, en el rostro de su mejor amigo, mientras este moría en sus brazos en una selva lejana.
El tiempo se detuvo.
—¿Cómo te llamas, niña? —preguntó el Jefe, con una voz que retumbó como un trueno en la oficina silenciosa, ignorando completamente a Mariana que seguía colgada de su brazo como un adorno barato.
Valentina, temblando, alzó la barbilla. A pesar de la ropa sucia, a pesar del miedo, la dignidad de su sangre salió a flote.
—Valentina, señor. Valentina… —y dijo su apellido.
El apellido cayó como una bomba.
Los ojos de Don Nicolás se abrieron ligeramente. Soltó el brazo de Mariana con un gesto brusco, como si se quitara un insecto molesto, y dio un paso hacia la chica de la limpieza.
—¿Hija del Capitán Yuri?
La pregunta flotó en el aire, cargada de un pasado que nadie en esa oficina de plástico podía comprender. Y en ese momento, Valentina supo que la guerra había terminado. Pero para Mariana, el apocalipsis apenas comenzaba.
CAPÍTULO 7: LA CAÍDA DE LA REINA Y EL SALUDO DEL GENERAL
El silencio que inundó el piso 14 de la Torre Zafiro no fue un silencio normal; fue un vacío, como si de repente alguien hubiera succionado todo el oxígeno de la habitación. Sesenta personas contenían la respiración al mismo tiempo. Los teclados dejaron de sonar, los teléfonos se quedaron descolgados y hasta el aire acondicionado pareció detener su zumbido para no perderse el espectáculo.
Mariana, que segundos antes sonreía con la prepotencia de quien se sabe intocable, sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Su mano, aún extendida en el aire donde hace un momento sostenía el brazo de Don Nicolás, quedó flotando ridículamente.
—¿Perdón? —soltó Mariana con una risita nerviosa, tratando de recuperar el control—. Señor Nicolás, creo que hubo una confusión. Le digo que esta niña es la de la limpieza, una pobretona que contratamos por lástima. Seguro está inventando apellidos para sonar importante…
—¡Cállese! —bramó Nicolás.
No gritó, no necesitó hacerlo. Su voz tuvo el peso de una orden militar, seca y cortante como un latigazo. Mariana cerró la boca de golpe, retrocediendo un paso, con los ojos desorbitados. Nunca en su vida, acostumbrada a manipular a gerentes y directores con un parpadeo, le habían hablado así.
Don Nicolás no le quitaba la vista de encima a Valentina. Ignoró el charco de café negro que manchaba sus propios zapatos italianos de veinte mil pesos. Ignoró a los gerentes que temblaban detrás de él. Solo veía a la chica. Veía más allá de la casaca azul poliéster manchada, más allá del cabello recogido con una liga barata. Veía los ojos. Esos ojos grises, profundos, con esa mezcla de tristeza y acero que él conocía tan bien.
—Repítelo —ordenó Nicolás, su voz suavizándose apenas un milímetro, pero cargada de una emoción que hacía vibrar el aire—. ¿Tu padre era Yuri? ¿Yuri… el “Ruso”?
Valentina asintió. Las lágrimas, que había estado conteniendo con tanta fuerza durante meses de humillaciones, amenazaban con desbordarse.
—Sí, señor. El Capitán Yuri. Murió en la Sierra… hace catorce años.
—En la operación “Trueno Negro” —completó Nicolás, como si estuviera rezando—. Octubre del 2010.
Valentina levantó la vista, sorprendida.
—¿Usted… usted sabía?
Nicolás se quitó los lentes oscuros lentamente. Sus ojos, rodeados de arrugas marcadas por el sol y el estrés, se humedecieron.
—¿Que si sabía? —soltó una risa amarga y rota—. Mija, yo estaba ahí. Yo era su Teniente. Tu padre no solo murió en esa operación. Tu padre murió cubriéndome la espalda. Él recibió la bala que era para mí. Si yo estoy aquí parado, vivo, con esta empresa y este traje caro, es porque Yuri dio su vida para sacarme del fuego cruzado.
Un murmullo de asombro recorrió la oficina como una ola eléctrica. Los “Godínez”, que minutos antes se burlaban de la “Ropavejera”, ahora miraban con la boca abierta. Igor, escondido detrás de un monitor, se puso pálido como un papel.
Nicolás dio dos pasos largos y, ante el asombro de todos, tomó las manos de Valentina. Esas manos ásperas por el cloro, con las uñas cortas y maltratadas.
—Eres igualita a él —dijo Nicolás, con la voz quebrada—. Tienes su mirada. Esa mirada terca que tenía cuando me decía: “Ni madres que te dejo aquí, Nico”.
Mariana, viendo que su reinado se desmoronaba en tiempo real, cometió el error táctico de su vida. El pánico la hizo estúpida.
—Pero… pero Señor Nicolás —interrumpió, con voz chillona—, eso es muy conmovedor y todo, pero mire el desastre. ¡Mire cómo tiene el piso! Ella tiró el café a propósito para arruinar su visita. Es una resentida social, una naca que no sabe comportarse. ¡Seguro ni siquiera es cierto lo del papá, esta gente miente para sacar dinero!
El ambiente cambió de tristeza a violencia en un segundo.
Nicolás soltó suavemente las manos de Valentina y giró sobre sus talones. El movimiento fue tan preciso y amenazante que Mariana dio otro paso atrás, chocando contra un escritorio.
El “Jefe” ya no miraba con nostalgia; miraba con la furia de un general viendo a un traidor.
—¿Usted quién es? —preguntó Nicolás, con un tono gélido.
—Soy… soy Mariana. Coordinadora de Ventas y… bueno, prácticamente la que mantiene este lugar funcionando —dijo ella, irguiéndose, tratando de usar su encanto habitual—. Su sobrino político me recomendó…
—Me importa un carajo quién la recomendó —la cortó Nicolás—. Llevo diez minutos en este piso y he visto suficiente. Vi cómo usted, señorita, empujó ese café con el codo.
Mariana palideció.
—¿Qué? No… eso es mentira… fue un accidente…
—No me insulte —dijo Nicolás, acercándose a ella hasta invadir su espacio personal—. Fui francotirador. Tengo una visión 20/20 y una atención al detalle que usted no podría ni soñar. La vi. Vi cómo la miró con desprecio antes de hacerlo. Vi cómo disfruta humillándola.
Nicolás se volvió hacia el resto de la oficina. Su mirada barrió el lugar como un radar, deteniéndose en las caras culpables de los empleados que bajaban la vista.
—Y veo que no es la única. Veo un nido de ratas aquí. Un grupo de mediocres que se sienten grandes pisoteando a alguien que consideran “inferior”.
Regresó su atención a Mariana, quien ahora temblaba visiblemente.
—Usted dice que ella es una “naca”, una “pobretona”. Déjeme decirle algo, señorita Coordinadora. Esa “pobretona” lleva en la sangre más honor del que usted tendrá en cien vidas. Su padre fue un héroe nacional. Y usted… usted no es más que una bully de preparatoria con un puesto que le queda grande.
—Pero… mi contrato… mi tío… —balbuceó Mariana, con lágrimas de cocodrilo empezando a brotar.
—Su contrato se acabó hace cinco minutos —sentenció Nicolás—. Está despedida. Por conducta antiética, por daño moral a un compañero y por incompetente. Y asegúrese de que Recursos Humanos no le dé ni un peso de liquidación. Le vamos a cobrar la limpieza de la alfombra y de mis zapatos. ¡Lárguese! ¡Ahora!
Mariana rompió a llorar, esta vez de verdad, de humillación pura. Agarró su bolso de marca (probablemente imitación) y corrió hacia el elevador, mientras el sonido de sus tacones repiqueteaba como la marcha fúnebre de su carrera. Sus “amigas” ni siquiera la miraron; estaban demasiado ocupadas fingiendo trabajar.
Nicolás suspiró, acomodándose el saco. Se giró hacia Valentina, quien seguía parada junto al charco de café, abrazando su trapeador como si fuera un salvavidas.
—Suelta eso, hija —le dijo con suavidad—. Ya no vas a limpiar nada. Nunca más.
En ese momento, apareció el Licenciado Méndez, el de Recursos Humanos, corriendo y sudando más que nunca, atraído por los gritos.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Señor Nicolás, qué honor… disculpe el alboroto…
—Méndez, ¿verdad? —Nicolás lo miró con asco—. Usted contrató a esta muchacha.
—Sí, sí… bueno, necesitábamos urgencia en limpieza y…
—¿Y por qué la hija de mi mejor amigo está trapeando pisos y usando una casaca tres tallas más grande? ¿Por qué se ve desnutrida? ¿Cuánto le pagan?
Méndez tragó saliva.
—El… el salario mínimo, señor. Menos deducciones de uniforme y…
—¿Deducciones? —Nicolás se puso rojo de ira—. ¿Le cobra ese trapo viejo?
Valentina, envalentonada por la presencia de su protector, habló. Su voz salió firme.
—Y me dijo que si renunciaba tenía que pagar seis mil pesos de multa por la capacitación. Que me boletinaría.
Nicolás cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz.
—Méndez… estás despedido también. Y reza para que no te demande por explotación laboral. Lárgate antes de que pierda mi control militar.
Méndez desapareció más rápido que Mariana.
Nicolás volvió a tomar las manos de Valentina.
—Perdóname, hija. Perdóname por no haberte buscado antes. Después de que Yuri murió… yo caí en una depresión fuerte, me fui del país, traté de olvidar la guerra. No sabía que Verónica había muerto, no sabía que estabas sola. Pero eso se acabó hoy.
—No tengo a nadie, señor —dijo Valentina, y por primera vez se permitió ser vulnerable—. Solo tengo a… bueno, a nadie.
Valentina pensó en Martín, el gato escondido en el cuarto de limpieza a unos metros de ahí. “Si le digo que tengo un gato en la oficina, me va a creer loca”, pensó. Mejor callar por ahora.
—Ahora me tienes a mí —dijo Nicolás—. No soy tu padre, nadie puede reemplazar a Yuri. Pero soy tu padrino, tu tío, tu familia, lo que quieras. Y te juro por la memoria de tu papá que nadie te va a volver a humillar. Vámonos de aquí. Este lugar apesta a gente podrida.
Nicolás pasó su brazo por los hombros de Valentina, sin importarle la suciedad de la casaca, y la guio hacia el elevador privado.
Al pasar junto al cubículo de Igor, Valentina se detuvo un segundo. Igor la miró, con los ojos llenos de miedo y una súplica patética. Valentina lo miró como quien mira una bolsa de basura en la calle: sin odio, solo con indiferencia. Y siguió caminando.
Las puertas del elevador se cerraron, dejando atrás el infierno del piso 14 y elevándola hacia una nueva vida.
CAPÍTULO 8: CENICIENTA CAMBIA ZAPATILLAS POR BOTAS DE COMBATE
La vida de Valentina dio un giro de 180 grados en cuestión de horas, tan rápido que le dio vértigo emocional.
Del edificio corporativo, Nicolás la llevó directamente a un restaurante. No a uno cualquiera, sino a uno de manteles largos. Valentina se sentía incomodísima con su ropa de limpieza, pero a Nicolás le importó poco.
—Si alguien te mira mal, compro el restaurante y los corro a todos —dijo él, y Valentina supo que no bromeaba.
Mientras comían (Valentina devoró un corte de carne como si fuera su última cena), Nicolás le explicó el plan.
—Primero, tu salud. Estás muy flaca. Vamos a ir al médico. Segundo, tu educación. Yuri siempre quiso que fueras a la universidad. ¿Qué te gusta?
—Me gustan los números… y los animales —dijo ella tímida.
—Economía o Veterinaria. Tú decides. Yo pago. Tercero, vivienda. ¿Dónde vives?
—En un cuarto… en Iztapalapa.
—Olvídalo. No vas a regresar ahí ni por tus cosas. Manda a alguien por ellas o compramos todo nuevo.
El corazón de Valentina se detuvo.
—¡No! Tengo que regresar. ¡Tengo que ir yo!
—¿Por qué? ¿Qué tienes ahí de tanto valor? —preguntó Nicolás curioso.
Valentina se mordió el labio. Era el momento de la verdad.
—Señor Nicolás… hay algo que no le dije. No está en mi cuarto. Está… está en la oficina.
—¿Qué cosa?
—En el cuarto de trapeadores del piso 14. Dejé a… dejé a Martín.
—¿Martín? —Nicolás arqueó una ceja, confundido—. ¿Quién es Martín? ¿Tu novio? ¿Un indigente que escondiste?
—No… es mi gato.
Valentina le contó la historia. Cómo lo encontró en la lluvia, cómo lo cuidó, cómo lo metía de contrabando a la oficina porque la casera la amenazaba con echarla. Esperaba que Nicolás se enojara, que le dijera que era una irresponsable.
En cambio, el viejo militar soltó una carcajada. Una risa franca y sonora que hizo voltear a los meseros.
—¡Un gato en la oficina! ¡En las narices de la bruja de Mariana! —se reía Nicolás, limpiándose una lágrima—. ¡Eres una guerrillera, igual que tu padre! Operación encubierta “Gato”. Me encanta.
Se puso serio de repente, pero con una sonrisa cálida.
—Vamos por Martín. Él también se muda. Tengo un departamento en la Condesa. Lo compré hace años pensando en… bueno, pensando en tener hijos, pero mi esposa falleció y nunca se usó. Está amueblado, tiene tres recámaras y está vacío. Es tuyo.
—¿Mío? Pero… es mucho.
—No es un regalo, es una herencia adelantada. Yuri hubiera querido que estuvieras segura. Además… —le guiñó un ojo— dicen que los gatos necesitan espacio.
El rescate de Martín fue épico. Nicolás mismo entró al cuarto de limpieza del piso 14 (ante el terror de los empleados que seguían ahí) y cargó la mochila con el gato.
—Bienvenido a la familia, soldado Martín —le dijo al gato, que asomó la cabeza maullando.
La mudanza fue un sueño. El departamento era enorme, luminoso, con ventanales que daban a un parque. Martín corría derrapando por los pisos de madera pulida como si fuera una pista de patinaje. Valentina tuvo su propia cama king size, un baño con agua caliente que no se acababa a los tres minutos, y un refrigerador lleno.
Pero la transformación más grande no fue material; fue interna.
En las semanas siguientes, Valentina cambió. Nicolás le contrató tutores para que se preparara para el examen de la universidad. Le compró ropa. No ropa de marca ostentosa como la de Mariana, sino ropa de calidad, elegante, cómoda. Valentina se cortó el cabello, se arregló los dientes, comió bien. Su piel recuperó el color, sus ojos el brillo.
Empezó a trabajar en las oficinas centrales de Nicolás, pero esta vez no como limpieza, sino como Asistente Junior de Dirección, aprendiendo el negocio desde arriba.
Los chismes vuelan en las empresas, y la noticia de la “Cenicienta Heredera” llegó a todos los rincones. Y con ello, regresaron las ratas.
Un día, saliendo del edificio corporativo nuevo, Valentina escuchó una voz familiar.
—¿Valen? ¿Valentina?
Se giró. Era Igor.
Pero ya no se veía tan galán. Se veía desesperado. Traía un ramo de rosas baratas de semáforo y una sonrisa ensayada que temblaba en las comisuras.
—¡Guau! —dijo Igor, recorriéndola con la mirada, esta vez con un deseo real y vulgar—. Te ves… increíble. Siempre supe que eras guapa, pero ahora… uf.
Valentina lo miró con una frialdad absoluta.
—¿Qué quieres, Igor?
—Nada, solo… saludarte. Supe lo que pasó. Qué mala onda lo de Mariana, ¿no? Ella nos manipuló a todos. Yo… yo nunca quise tratarte mal, Valen. Ella me obligaba. Yo siempre sentí algo por ti, ¿te acuerdas de nuestras pláticas?
Igor dio un paso hacia ella, intentando usar su viejo encanto.
—Pensé que ahora que ya no está la bruja, podríamos… tú sabes, retomar lo nuestro. Ir por ese helado. O a cenar. Tú invitas, claro, ahora que eres rica —bromeó, con pésimo gusto.
Valentina sintió una mezcla de asco y pena ajena. ¿Cómo pudo llorar por este tipo? ¿Cómo pudo creer que era un príncipe? Era solo un “prifiero”, un oportunista barato.
—Igor —dijo ella, con voz tranquila—. ¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?
—¿Cuál, hermosa?
—Que yo limpiaba basura porque necesitaba comer. Tú eres basura porque así naciste.
Igor se quedó petrificado, con la boca abierta.
—No te me vuelvas a acercar. Y si te veo rondando mi oficina, le diré a mi padrino Nicolás. Y créeme, él no tiene mi paciencia.
Valentina dio media vuelta, se subió a su auto (un pequeño sedán que Nicolás le había asignado) y lo dejó ahí, plantado con sus flores marchitas, viéndose tan pequeño como realmente era.
Ese fin de semana, sintiéndose ligera, liberada del último lastre de su pasado, Valentina fue a una tienda de mascotas boutique cerca de su nuevo departamento. Quería comprarle a Martín un rascador de lujo; el gato se lo merecía por haber aguantado el encierro.
Iba distraída, mirando los precios absurdos de los collares con diamantes de fantasía, cuando al girar en un pasillo, chocó de frente con alguien.
La bolsa de latas de paté gourmet que llevaba en las manos salió volando.
—¡Perdón! ¡Qué torpe soy! —exclamó Valentina, agachándose.
Pero un par de manos masculinas, grandes y ágiles, llegaron al suelo antes que ella, atrapando una lata que rodaba.
—¡Quieta ahí! Salvé el paté de salmón. Misión cumplida.
Valentina levantó la vista y se quedó sin aire.
El chico que estaba agachado frente a ella no tenía nada que ver con Igor. Tenía el cabello un poco despeinado, una barba de tres días y unos ojos color miel que reían. Vestía una camiseta de un grupo de rock y jeans rotos, pero rotos por el uso, no por moda.
—Gracias —dijo ella, sonrojándose.
—No hay de qué. Soy Arquímedes. Pero dime Archie, porque Arquímedes suena a que voy a calcular el volumen de tu bañera.
Valentina soltó una carcajada espontánea.
—Yo soy Valentina. Y el paté es para Martín.
—¿Martín es tu esposo? —preguntó Archie, con una ceja levantada y una sonrisa juguetona.
—No, es mi gato. Un sobreviviente de la calle.
La cara de Archie se iluminó.
—¿En serio? Yo vengo a comprar comida para “Godzilla”. Mi iguana. También es rescatada. La encontré en un árbol en la Narvarte.
Se quedaron platicando en el pasillo de comida para mascotas durante media hora. Hablaron de gatos, de iguanas, de música, de lo difícil que es encontrar buenos tacos en esa zona “fresa”. Archie no sabía quién era ella, no sabía de su dinero ni de Nicolás. Solo veía a una chica linda con la que podía reírse.
—Oye, Valentina —dijo él, rascándose la nuca, un poco nervioso—. Sé que acabamos de chocar y que traigo finta de vago, pero… ¿te gustaría ir por un café? Hay un lugar aquí a la vuelta que deja entrar mascotas. Podrías traerte a Martín… si promete no comerse a Godzilla.
Valentina sonrió. No la sonrisa tímida de la chica de la limpieza, ni la sonrisa dura de la sobreviviente. Sonrió con la sonrisa de una mujer joven que tiene el futuro por delante.
—Me encantaría, Archie. Pero Martín es muy celoso, así que Godzilla tendrá que esperar.
Mientras salían de la tienda, riendo, Valentina pensó en su papá. Pensó en la medalla guardada en su buró. Pensó en Nicolás. Y pensó que, al final, la vida sí da vueltas. A veces te tira al suelo para que aprendas a levantarte, y a veces, solo a veces, te tira el paté para que encuentres a alguien que te ayude a recogerlo.
PARTE 3: EL AMOR VERDADERO Y LA JUSTICIA DEL DESTINO
CAPÍTULO 9: NO SON PRÍNCIPES, SON COMPAÑEROS DE VIDA
El encuentro en la tienda de mascotas no terminó con un simple “adiós”. Fue el inicio de una reacción en cadena que Valentina no vio venir. Arquímedes, o “Archie” como insistía en que lo llamaran, tenía una energía que desarmaba cualquier defensa. No tenía la pose estudiada de Igor, ni la arrogancia de los ejecutivos de Polanco. Archie era… real. Como el pan recién hecho, como el olor a tierra mojada.
—Entonces… ¿café? —insistió él, sosteniendo su bolsa de grillos deshidratados para su iguana como si fuera un maletín de negocios—. Conozco un lugar en la Roma que tiene un patio increíble. Martín puede juzgarme desde su transportadora si quiere.
Valentina dudó un segundo. Su experiencia con los hombres se limitaba a la indiferencia cruel o al interés convenenciero. Pero miró los ojos miel de Archie y vio algo que no había visto en mucho tiempo: transparencia.
—Está bien. Pero si Martín te bufa, nos vamos. Él tiene un radar para la mala vibra.
—Trato hecho. Si Godzilla te intenta latiguear con la cola, yo pago la cuenta doble.
El “café” se convirtió en una cena de tacos de canasta en una esquina, porque el lugar “fresa” estaba lleno y a ninguno de los dos le importó. Sentados en un banco de plástico en la banqueta, con Martín asomando la nariz por la rejilla de la mochila y Archie comiendo con gusto, Valentina sintió que se le soltaba un nudo en el pecho que llevaba años ahí.
Descubrió que Archie no era un vago, aunque su ropa relajada dijera lo contrario. Era restaurador de arte. Se dedicaba a devolverle la vida a pinturas viejas y estatuas rotas en las iglesias del centro.
—Es como ser médico, pero de cosas que no se quejan —le explicó él, limpiándose la salsa verde de la comisura de los labios—. Me gusta pensar que todo lo roto tiene arreglo si le tienes paciencia.
Valentina se quedó helada con esa frase.
—¿Todo? —preguntó, bajando su taco.
—Todo —afirmó él, mirándola fijamente—. A veces, las grietas hacen que la pieza sea más interesante. Cuentan una historia. Una vasija nueva es aburrida. Una que se rompió y se pegó con oro… esa tiene carácter.
Valentina sintió que le hablaba a ella, no a las estatuas. Por primera vez, no se sintió avergonzada de su pasado, de sus cicatrices, de la pobreza que había marcado su piel. Se sintió… interesante. Valiosa.
Esa noche, Archie la acompañó hasta la puerta de su edificio en la Condesa. No intentó besarla, ni se puso “manos largas” como lo hubiera hecho el Beto o incluso Igor. Solo le sonrió.
—Me la pasé increíble, Valentina. Eres… eres bien neta.
—Tú también, Archie. Gracias por los tacos.
—Mañana voy a ir al parque con Godzilla. Le hace falta sol. ¿Crees que al General Martín le guste el pasto?
Y así, sin grandes declaraciones ni fuegos artificiales falsos, comenzó algo.
Las semanas siguientes fueron una revelación para Valentina. Descubrió que el amor no duele. El amor no te pide que te escondas en el cuarto de limpieza, ni se avergüenza de tu ropa. El amor es mandarse memes de gatos a las tres de la tarde. Es que él te espere afuera de la universidad (porque Valentina había entrado a estudiar Economía con honores) con un café caliente porque sabe que tuviste examen de cálculo.
Pero el pasado, como una sombra necia, a veces intenta volver.
Un martes por la tarde, Valentina tuvo que ir al centro a realizar un trámite para la empresa de Don Nicolás. Iba caminando por la calle de Madero, entre la multitud, sintiéndose segura en su traje sastre impecable, cuando vio un revuelo afuera de una tienda de ropa barata.
Había una chica discutiendo a gritos con un cliente en la entrada, repartiendo volantes. La chica llevaba un disfraz ridículo de botarga, una especie de celular gigante de espuma que le cubría el cuerpo, pero tenía la cara descubierta porque se estaba asfixiando con el calor.
Valentina reconoció la voz antes que el rostro. Esa voz chillona, ahora cargada de histeria y desesperación.
Era Mariana.
Valentina se detuvo en seco.
Mariana ya no tenía el cabello brillante de peluquería cara; lo traía opaco, con raíces negras visibles de meses sin tinte. Su maquillaje estaba corrido por el sudor. Se veía acabada, envejecida no por los años, sino por la amargura.
—¡Tome el volante, señora! ¡Es dos por uno! —gritaba Mariana, empujando un papel a una mujer que la ignoró—. ¡Ash, gente estúpida!
El gerente de la tienda salió.
—¡Oye, Mariana! ¡Deja de insultar a los clientes o te vas! Ya es la tercera vez hoy.
—¡Es que no me hacen caso! —chilló ella—. ¡Yo no debería estar haciendo esto! ¡Yo fui Gerente de Ventas en Torre Zafiro! ¡Yo tengo estudios!
—Pues aquí eres la del volante, y si no te gusta, llégale. Hay diez esperando tu puesto.
Mariana se quedó callada, tragándose su orgullo, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia.
Valentina la observó desde la acera de enfrente. Sintió una punzada en el estómago. Hace unos meses, esa escena le habría causado un placer sádico. Habría cruzado la calle para reírse en su cara, para decirle: “¿Quién es la gata ahora?”. Habría querido grabarla y subirlo a redes.
Pero entonces, sintió la mano de Archie entrelazarse con la suya. Él había llegado para encontrarla.
—¿Todo bien? —preguntó Archie, siguiendo su mirada—. ¿Conoces a esa chica del disfraz?
Valentina miró a Mariana una última vez. Vio a una mujer atrapada en su propia toxicidad, pagando el precio de su soberbia. El destino ya había hecho el trabajo sucio. No necesitaba patear a alguien que ya estaba en el suelo.
—No —dijo Valentina, girándose y apretando la mano de Archie—. No la conozco. Es solo… alguien que me recuerda a otra vida. Vamos, se nos hace tarde para el cine.
Caminaron juntos, alejándose de los gritos de Mariana, dejándola atrás en el pasado donde pertenecía. Valentina entendió entonces que la verdadera victoria no es la venganza; es la felicidad. La indiferencia es el mayor castigo para quien vive de la atención.
CAPÍTULO 10: LA NOCHE DE LOS MIL CIGARROS Y LA LUZ EN LA VENTANA
La relación con Archie avanzaba con la naturalidad del agua fluyendo río abajo. Él se integró a su vida y a la de Nicolás de una forma sorprendente.
Don Nicolás, que al principio era celoso y protector como un perro guardián con su “sobrina”, terminó adorando a Archie.
—Este muchacho tiene agallas —le dijo Nicolás a Valentina una noche, mientras veían un partido de fútbol y Archie le gritaba al árbitro con pasión—. Y mira cómo trata a Martín. Un hombre que es bueno con los animales, es bueno con la gente. Pero ojo, si te hace llorar, lo desaparezco. Tengo contactos.
Valentina rió.
—No me va a hacer llorar, tío.
Sin embargo, el miedo seguía ahí, agazapado. Valentina tenía miedo de despertar y descubrir que todo era un sueño. Que seguía en el cuarto de azotea de la tía Claudia. Que Archie se iba a cansar de ella, que iba a encontrar a alguien más “sofisticada”, alguien sin traumas, alguien que no hubiera tenido que robar pan para comer.
Esa inseguridad estalló una noche de viernes.
Habían salido a una fiesta de unos amigos artistas de Archie. El ambiente era bohemio, relajado, pero había una chica, una pintora francesa llamada Chloé, que no dejaba de coquetear con Archie. Hablaban de técnicas de restauración, de barnices, de cosas que Valentina, a pesar de sus estudios de economía, no entendía del todo.
Se sintió pequeña otra vez. Se sintió la “outsider”.
Salió al balcón, respirando el aire frío de la noche, luchando contra las lágrimas viejas que querían salir.
Archie apareció a su lado un minuto después.
—¿Qué haces aquí solita? Te perdí de vista.
—Nada… solo… creo que mejor me voy. No encajo aquí, Archie. Tú tienes tu mundo, tu arte, tus amigos interesantes. Yo… yo soy buena con los números y limpiando cosas.
Archie la miró con el ceño fruncido. Dejó su cerveza en el barandal y la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo.
—Valentina, ¿de qué hablas?
—De que Chloé es perfecta para ti. Habla tu idioma. Yo… yo a veces siento que sigo oliendo a cloro.
—¿Y tú crees que a mí me importa Chloé? —Archie soltó una risa incrédula—. Valen, Chloé es insoportable. Solo habla de ella misma. ¿Sabes por qué estoy contigo?
—¿Por lástima? —susurró ella, el miedo hablando por su boca.
Archie se puso serio.
—No me insultes. Y no te insultes a ti misma. Estoy contigo porque eres la mujer más valiente que conozco. Porque tienes una luz que apaga a todas las Chloés del mundo. Porque cuando me miras, siento que estoy en casa.
Archie suspiró y miró al cielo.
—Mira, vámonos de aquí. Esta fiesta es aburrida. Quiero estar contigo. Solo contigo.
Se fueron caminando hasta el departamento de Valentina en la Condesa. Eran las dos de la mañana. La ciudad estaba en calma, con ese silencio mágico que solo tiene la CDMX de madrugada.
Se quedaron parados en la entrada del edificio. No querían despedirse. Había una electricidad entre ellos, una urgencia de decirse todo lo que no se habían dicho.
—No quiero que te vayas —confesó Valentina, recargada en la puerta de hierro forjado.
—Yo tampoco me quiero ir. Pero… tengo que ir a alimentar a Godzilla. Se pone histérica si no desayuno con ella.
Ambos rieron, pero la risa se apagó pronto, reemplazada por una intensidad nueva.
—Valen —dijo Archie, su voz bajando una octava—. Yo no creo en el destino, ni en los horóscopos, ni en esas cosas. Soy un hombre de ciencia y arte. Pero contigo… contigo siento que hubo un error en la Matrix y nos encontraron antes de tiempo. O tal vez justo a tiempo.
—Yo tampoco creía —admitió ella—. Creía que la vida era aguantar golpes. Pero tú… tú eres el único golpe de suerte que he tenido. Bueno, tú y Don Nicolás. Y Martín.
Se quedaron hablando. Hablaron de todo. De la infancia de Archie en Guadalajara, de los miedos de Valentina, de sus sueños, de cómo se imaginaban viejitos.
El tiempo se disolvió.
De repente, el cielo empezó a clarear. El camión de la basura pasó haciendo ruido, rompiendo el hechizo.
—Ya amaneció —dijo Archie, sorprendido—. Hablamos toda la noche.
—Toda la noche —repitió Valentina, sin sentir ni pizca de sueño.
Archie se acercó. Esta vez no hubo dudas. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano, un gesto tan tierno que a Valentina le temblaron las rodillas.
—Te voy a decir algo, y quiero que te lo grabes bien, Valentina Yuriécna —dijo él, jugando con su apellido—. Tú eres mi persona. Lo supe desde que salvaste ese paté. Y no pienso irme a ningún lado. Voy a ir a mi casa, le voy a dar de comer a la iguana, me voy a bañar, y voy a regresar. Y mañana también. Y pasado mañana. Hasta que te aburras de mí.
—Te vas a tardar mucho en que me aburra —susurró ella.
Archie se inclinó y la besó. Fue un beso suave, lento, con sabor a promesa. No fue un beso de película de Hollywood; fue mejor. Fue un beso de “aquí me quedo”.
Archie se alejó caminando hacia la calle, con las manos en los bolsillos, silbando. Valentina subió las escaleras flotando.
Entró a su departamento. Martín la recibió con un maullido de reclamo por la hora.
—Ya sé, ya sé, soy una desvelada —le dijo al gato, sirviéndole su comida—. Pero creo que me enamoré, Martín.
Valentina no se durmió. Se preparó un té y se sentó junto a la ventana. Vio cómo el sol terminaba de salir, bañando los árboles del Parque México en oro líquido.
Desde abajo, en la calle, Archie se detuvo antes de dar la vuelta en la esquina. Volteó hacia arriba.
Valentina encendió la lámpara de la sala, aunque ya había luz afuera. Era una señal.
Él la vio en la ventana. Sonrió, levantó la mano despidiéndose y siguió su camino.
Valentina se tocó el pecho, justo donde latía su corazón y donde, debajo de la blusa, llevaba la cadena con la medalla de su padre.
—Lo logramos, papá —susurró al aire—. Lo logramos.
EPÍLOGO: LA GRADUACIÓN Y LA SILLA VACÍA
Cuatro años después.
El auditorio de la UNAM estaba a reventar. Los birretes volaban, los padres lloraban, los flashes cegaban.
Cuando anunciaron el nombre por el micrófono, hubo un aplauso especialmente fuerte en la primera fila.
—¡Licenciada en Economía, Valentina…! —el apellido retumbó con fuerza.
Valentina subió al estrado. Su toga negra ondeaba. Ya no era la niña esquelética. Era una mujer fuerte, segura, hermosa. Recibió su diploma con una sonrisa que iluminaba todo el recinto.
Al bajar, corrió hacia su familia.
Ahí estaba Don Nicolás, más viejo, con bastón, pero con el pecho inflado de orgullo, llorando sin pena alguna.
—¡Esa es mi niña! ¡Esa es mi hija! —gritaba a los cuatro vientos.
Ahí estaba Archie, sosteniendo un ramo de girasoles gigantes (sus favoritos) y cargando a una niña pequeña de dos años en los hombros. Una niña rubia de ojos miel.
—¡Mamá! ¡Mamá! —gritaba la pequeña Sofía.
Valentina abrazó a Nicolás, abrazó a Archie y besó los pies de su hija.
—Lo hiciste, amor. Eres la mejor —le dijo Archie al oído.
Pero antes de irse a celebrar, Valentina hizo algo.
Regresó un momento al auditorio que se estaba vaciando. Caminó hacia la fila donde se habían sentado ellos.
Había una silla extra. Una silla que Nicolás había insistido en apartar y dejar vacía.
Sobre el asiento de esa silla, descansaba la vieja gorra militar del Capitán Yuri.
Valentina se agachó frente a la silla.
—Mira, pa. Aquí está —le mostró el diploma—. Ya no tengo miedo. Ya no tengo hambre. Y tengo tanto amor que no sé dónde guardarlo. Gracias por cuidarme desde allá. Y gracias por mandarme al Tío Nico.
Sintió una brisa suave, aunque estaban en un lugar cerrado. Una caricia en el cabello.
Valentina sonrió, tomó la gorra y se la puso. Le quedaba grande, pero le quedaba perfecta.
Salió al sol de la tarde, donde su esposo, su hija y su padrino la esperaban para ir a comer.
La vida había sido dura, sí. La habían humillado, sí. Pero como decía Archie: las grietas se rellenan con oro. Y ahora, Valentina brillaba más que nunca.
FIN