
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL RUIDO DEL HAMBRE Y EL SILENCIO DEL MIEDO
Nadia se despertó, no por la luz del sol que apenas lograba atravesar la mugre acumulada en la pequeña ventana del cuarto, sino por el zumbido agudo, casi doloroso, de su viejo reloj despertador. Era un aparato de plástico barato, con la carcasa estrellada por una caída de hace años, que vibraba furiosamente contra la mesita de noche de madera aglomerada. Nadia soltó un gruñido, una mezcla de cansancio crónico y frustración adolescente, y golpeó el botón para silenciarlo. El silencio que siguió no fue pacífico; fue un recordatorio pesado de la realidad que la esperaba.
Se frotó los ojos, sintiendo la arena del sueño y el estrés acumulado. La habitación estaba fría. No ese frío fresco de la mañana en el campo, sino ese frío húmedo y penetrante de las vecindades viejas de la Ciudad de México, donde el concreto parece chupar el calor de los huesos. Se sentó en la cama, envolviéndose con fuerza en su cobija de lana, esa que picaba un poco pero que era su única defensa contra las corrientes de aire que se colaban por las rendijas de la ventana mal sellada.
El departamento olía a encierro, a humedad en las paredes, y a una mezcla persistente de jabón de lavandería barato y frijoles refritos. Era el olor de su vida. Un olor que se le impregnaba en la ropa, en el cabello, y que a veces sentía que la gente en la calle podía detectar, como una marca invisible de su pobreza.
Giró la cabeza hacia la pequeña mesa de la cocineta, que estaba a solo tres pasos de su cama —las ventajas y desventajas de vivir en un cuarto de “usos múltiples”— y ahí estaba. El papel. Ese maldito papel. El aviso de desalojo. Las letras rojas, “AVISO FINAL”, parecían brillar con luz propia, burlándose de ella. Su estómago dio un vuelco violento, una náusea provocada por la ansiedad pura. Tres días. Setenta y dos horas. Eso era todo lo que separaba a Nadia y a su madre de la calle, de convertirse en una estadística más, de tener que dormir en una banca de la Alameda o buscar refugio con algún pariente lejano que seguramente no las querría ahí.
—No pienses en eso, no pienses en eso —susurró para sí misma, una mantra que repetía cada mañana.
Se levantó, sus pies descalzos tocando el suelo de cemento pulido que helaba la piel. Caminó hacia la cocineta. El silencio en el departamento era absoluto, salvo por el goteo rítmico de la llave del fregadero que nunca habían podido arreglar. Su madre, Lorena, ya se había ido. Siempre se iba antes de que saliera el sol. Trabajaba en “El Sazón de Doña Chuy”, una fonda económica cerca del mercado, donde pasaba diez, a veces doce horas de pie, sirviendo comidas corridas, aguantando los gritos de la dueña y las miradas lascivas de algunos clientes borrachos, todo por un sueldo que apenas alcanzaba para cubrir los pasajes y un poco de comida. Las propinas eran miserables, pero Lorena nunca se quejaba. Llegaba a casa con los pies hinchados, oliendo a grasa y cebolla, y aun así, siempre tenía una sonrisa cansada para Nadia.
Nadia abrió la alacena. Estaba vacía, salvo por una bolsa de arroz medio abierta y un frasco de café soluble casi terminado. Buscó en la canasta del pan. Solo quedaba un pedazo de bolillo de ayer, ya duro como una piedra.
—Chale —suspiró, sintiendo cómo el hambre le mordía las entrañas.
No había huevos, no había leche, ni siquiera un poco de jamón para hacerse una torta decente. Tomó el bolillo duro y lo miró con resignación. Lo partió con esfuerzo y se lo llevó a la boca, masticando lentamente, tratando de engañar a su estómago. El sabor era insípido, pero era combustible. Tenía que ser suficiente.
Mientras masticaba, su mirada volvió al aviso de desalojo. La renta había subido otra vez. La zona se estaba “gentrificando”, decían. Edificios viejos como el suyo estaban siendo comprados por inmobiliarias que querían construir lofts modernos para extranjeros o gente de dinero que quería vivir la experiencia “auténtica” del barrio, pero sin la gente del barrio. Don Pepe, el casero, había sido claro: “O me pagan lo atrasado y el aumento, o le llegan, mijita. Aquí no es beneficencia”.
Nadia sintió una lágrima de impotencia picarle en el ojo, pero la reprimió con furia. Llorar no pagaba la renta. Llorar no le daba de comer. Se tragó el último pedazo de pan seco con un sorbo de agua de la llave y se vistió. Eligió su blusa blanca escolar, la que menos manchas amarillas tenía en las axilas, y su falda gris. Se miró en el pequeño espejo roto del baño. Vio a una chica de diecisiete años con ojos grandes y oscuros, llenos de una preocupación que no correspondía a su edad. Se alisó el cabello negro, se echó agua en la cara para despertarse del todo y tomó su mochila.
La mochila pesaba toneladas. No solo por los libros viejos y remendados que había sacado de la biblioteca, sino por el peso de sus sueños. Quería ser doctora. Quería estudiar medicina en la UNAM. Quería sacar a su madre de esa fonda, comprarle una casa donde no entrara el frío, donde la llave no goteara, donde nunca más tuvieran que ver un aviso de desalojo. Pero esos sueños se sentían tan lejanos esa mañana, tan frágiles como el pan duro que acababa de comer.
—Ánimo, Nadia. Solo es un día más —se dijo a sí misma frente al espejo. Pero su reflejo no parecía convencido.
Salió del departamento y cerró la puerta con doble llave, aunque sabía que la cerradura era tan vieja que cualquiera podría abrirla con un pasador. Bajó las escaleras de la vecindad, esquivando un triciclo de niño y una bolsa de basura que algún vecino cochino había dejado en el pasillo.
Al salir a la calle, la ciudad la golpeó de frente.
CAPÍTULO 2: FRONTERAS INVISIBLES
El aire de la mañana en su barrio tenía un sabor metálico, una mezcla de smog, polvo y el olor picante de los puestos de tamales que ya humeaban en las esquinas. “¡Tamales, oaxaqueños, calientitos!”, gritaba una grabación desde un triciclo. El sonido era reconfortante, familiar, parte de la banda sonora de su vida. Pero hoy, el olor de la masa de maíz y la salsa verde solo servía para recordarle que seguía teniendo hambre.
Caminó rápido. En su colonia, uno aprendía a caminar de cierta manera: vista al frente, paso firme, sin detenerse a mirar el celular (si es que tenías uno que valiera la pena robar, el de ella tenía la pantalla estrellada desde hacía seis meses). Pasó junto a la vulcanizadora donde los mecánicos ya estaban talachando llantas, y junto a la señora que vendía jugos de naranja, quien le sonrió.
—¿Vas a la escuela, mija? —le gritó Doña Lety.
—Sí, Doña Lety, ¡se me hace tarde! —respondió Nadia, forzando una sonrisa mientras aceleraba el paso. No tenía dinero ni para un jugo pequeño.
Su ruta hacia la preparatoria era un viaje a través de las capas sociales de México. Vivía en la periferia, en la zona gris y olvidada, pero su escuela, una preparatoria pública de alto rendimiento a la que había entrado por puro cerebro y terquedad, estaba cerca de la zona financiera, el corazón brillante y adinerado de la ciudad.
Conforme avanzaba, el paisaje cambiaba. Las calles llenas de baches y banquetas rotas daban paso a avenidas pavimentadas y jardineras cuidadas. Los perros callejeros flacos desaparecían, reemplazados por paseadores de perros con correas de cuero llevando huskies y golden retrievers que comían mejor que ella. Los puestos de lámina con lonas de colores se transformaban en cafeterías de cadena con nombres en inglés y precios exorbitantes.
Era como cruzar una frontera invisible. De repente, Nadia se sentía más pequeña, más sucia, más “fuera de lugar”. Veía a las mujeres bajar de camionetas blindadas, con sus trajes sastres impecables, sus bolsas de diseñador que costaban más de lo que su madre ganaba en un año, y sus cabellos perfectos de salón. Veía a los “Godínez” (oficinistas) con sus gafetes colgando, corriendo con sus cafés de setenta pesos en la mano, estresados por juntas y correos electrónicos.
Nadia agachó la cabeza. Odiaba esa sensación de invisibilidad. Para esta gente, ella no era nadie. Solo una sombra que pasaba, parte del paisaje urbano, tan irrelevante como un poste de luz.
Llegó a la avenida principal, frente a la imponente Torre Reynoso. Era un rascacielos monstruoso de cristal azul que reflejaba el cielo y las nubes, una catedral al dinero y al poder. El edificio era tan alto que tenías que torcer el cuello para ver la cima. En la entrada, un ejército de seguridad privada vigilaba, asegurándose de que la “gente indeseable” no se acercara demasiado.
Nadia apretó los tirantes de su mochila. Solo cruza la calle, no mires a nadie, pensó.
Fue entonces cuando la vio.
Una mujer. No era una oficinista cualquiera. Era una mujer hermosa, de piel clara, vestida con un vestido de maternidad color crema que gritaba elegancia y dinero. Pero algo estaba mal. Muy mal. Estaba parada cerca de una de las grandes macetas de concreto frente a la torre, tambaleándose.
Nadia se detuvo en seco, su instinto de alerta disparándose.
La mujer se llevó una mano al vientre abultado y la otra buscó desesperadamente apoyo en la pared de cristal. Su rostro estaba pálido, perlado de sudor, y su boca se abría en un grito silencioso de dolor.
La gente pasaba a su lado. Decenas de personas. Hombres en trajes caros hablando por celular, mujeres revisando sus relojes inteligentes, mensajeros en motocicletas. Todos pasaban como un río que fluye alrededor de una piedra. Algunos la miraban de reojo, con esa curiosidad morbosa pero distante de los capitalinos: “No es mi problema”, “Seguro está borracha”, “No te metas, que te asaltan”.
La indiferencia era fría, brutal.
—¡Ayuda! —gimió la mujer, pero su voz fue débil, ahogada por el ruido del tráfico. Sus rodillas empezaron a ceder.
Nadia sintió un coraje ardiendo en su pecho. ¿Es que nadie la ve? ¿Están ciegos o solo están muertos por dentro?
La voz de su madre resonó en su cabeza: “Nadia, no te metas en problemas. Si pasa algo, a la primera que van a culpar es a ti por tu facha. Aléjate de los ricos, mija, ellos viven en otro mundo”.
Nadia dio un paso para seguir su camino. Tenía que llegar a la escuela. Tenía un examen. Tenía que sobrevivir. Pero entonces vio los ojos de la mujer. Estaban llenos de terror puro. No era el miedo a perder un autobús o a llegar tarde a una junta. Era el miedo de una madre que siente que la vida de su hijo se le escapa.
—¡A la fregada! —masulló Nadia.
Tiró la precaución al viento y corrió. Sus tenis viejos golpearon el pavimento con fuerza mientras cruzaba los carriles de autos, esquivando un taxi que le tocó el claxon con furia.
—¡Fíjate, loca! —le gritó el taxista.
Nadia lo ignoró. Llegó justo en el momento en que las piernas de la mujer fallaron por completo.
—¡La tengo! —gritó Nadia, lanzando sus brazos para atraparla.
El peso de la mujer cayó sobre ella, casi derribándola. Nadia no era grande, ni particularmente fuerte, pero la adrenalina le dio una fuerza que no sabía que tenía. Logró sostenerla, evitando que golpeara el suelo de concreto duro. Ambas quedaron en una posición incómoda, con Nadia haciendo de muleta humana, sus brazos temblando bajo el esfuerzo.
—Tranquila, señora, tranquila, ya la tengo —jadeó Nadia, tratando de equilibrarse.
La mujer, cuya piel se sentía hirviendo al tacto, se aferró al brazo de Nadia con una fuerza sorprendente. Sus uñas, perfectamente manicuradas, se clavaron en la piel de Nadia, pero a ella no le importó.
—Mi… mi bebé… —susurró la mujer, con los ojos desenfocados por el dolor—. Algo… algo está mal… duele mucho…
—Respire, señora. Necesita respirar —le dijo Nadia, imitando lo que había visto en las series de médicos—. ¿Alguien puede ayudarme? —gritó Nadia, levantando la vista hacia la multitud.
Nadie se detuvo. Un par de oficinistas se quedaron mirando como si fuera un espectáculo callejero, susurrando entre ellos, pero manteniendo su “sana distancia”.
—¡No se queden ahí parados como idiotas! —gritó Nadia, su voz quebrándose por la furia—. ¡Está embarazada! ¡Llamen a una ambulancia!
La desesperación en su voz pareció romper el hechizo de apatía de una señora mayor que vendía dulces cerca, quien sacó un celular viejo y empezó a marcar. Pero antes de que pudiera conectar, una sombra se proyectó sobre Nadia.
Un guardia de seguridad de la Torre Reynoso se acercó, con su uniforme negro impecable y una macana en el cinturón. Tenía cara de pocos amigos y esa actitud prepotente de quien tiene un gramo de autoridad y quiere usarla contra quien sea. No miró a la mujer embarazada. Miró a Nadia. Miró su ropa desgastada, su mochila vieja, su piel morena.
—¡Órale, qué está pasando aquí! —ladró el guardia, acercándose con paso amenazante—. ¡Suéltala! ¡Aléjate de la señora!
Nadia lo miró incrédula, luchando por mantener el peso de la mujer.
—¿Está ciego o qué le pasa? —le gritó Nadia—. ¡Se está desmayando! ¡Necesita ayuda!
—¡Dije que te alejes, escuincla! —el guardia no escuchaba, solo veía a una chica “de la calle” tocando a una mujer “de dinero”. En su mente cuadrada, eso solo podía significar una cosa: asalto o estafa—. ¡Seguridad! —gritó a su radio—. Tengo a una pordiosera molestando a una visita en la entrada principal.
—¡No soy una pordiosera, imbécil! —Nadia sintió que las lágrimas de rabia le picaban los ojos—. ¡Ayúdeme a cargarla, se va a caer!
La mujer embarazada soltó un gemido desgarrador y su cuerpo se puso rígido por una contracción.
—¡Ayúdenla! —suplicó Nadia, sintiendo que sus propios brazos iban a ceder.
El guardia extendió la mano, no para ayudar a la mujer, sino para agarrar a Nadia del hombro y jalarla hacia atrás bruscamente.
—¡Que te quites te digo! —gritó el guardia.
Nadia tropezó, y por un segundo, pareció que la mujer embarazada iba a caer al suelo sin remedio. El tiempo pareció congelarse. Nadia vio el concreto acercándose a la cara de la mujer, vio la indiferencia de la ciudad, vio la injusticia de todo su mundo condensada en ese instante.
Y entonces, una voz tronó como un rayo en medio de la tormenta.
—¡QUÍTALE LAS MANOS DE ENCIMA!
No fue un grito histérico. Fue una orden. Una voz grave, autoritaria, cargada de un poder que hizo que el guardia se congelara al instante y soltara a Nadia como si quemara.
Nadia giró la cabeza, jadeando, y lo vio.
Bajando las escaleras de la Torre Reynoso, corriendo no como un empresario, sino como un hombre desesperado, venía él. Ethan Reynoso. El “Príncipe de la Ciudad”. Lo había visto en revistas, en las noticias. Pero en persona, la intensidad de su presencia era aterradora. Su traje costaba más que toda la vecindad de Nadia, pero su rostro estaba desencajado por el pánico.
—¡Sofía! —gritó él, ignorando al guardia, ignorando a la gente, sus ojos fijos únicamente en la mujer que Nadia sostenía con sus últimas fuerzas.
En ese momento, Nadia no supo si sentir alivio o más miedo. Había salvado a la esposa del hombre más poderoso de la ciudad, y tenía la terrible sensación de que su vida estaba a punto de complicarse mucho más que un simple aviso de desalojo.
CAPÍTULO 3: EL JUICIO EN LA BANQUETA
El grito de Ethan Reynoso resonó como un trueno, cortando el aire contaminado de la mañana y congelando la escena en una fotografía grotesca. El guardia de seguridad, un hombre llamado Rogelio que había pasado sus cuarenta y tantos años creyendo que un uniforme le daba derecho a humillar a quien quisiera, se quedó petrificado. Su mano, que un segundo antes jalaba con violencia el hombro de Nadia, se abrió por puro reflejo de sumisión ante la voz del “patrón”.
Nadia aprovechó ese milisegundo de libertad. No para huir, aunque cada célula de su cuerpo le gritaba que corriera antes de que llegara la policía, sino para reafirmar su agarre sobre la mujer embarazada.
—¡No la suelte! —le gritó Nadia al vacío, sintiendo cómo el cuerpo de la mujer se volvía un peso muerto.
Ethan bajó los últimos escalones de la entrada monumental de dos en dos, ignorando cualquier protocolo, ignorando que su traje italiano de cien mil pesos se arrugara. Llegó hasta ellas como una exhalación.
—¡Sofía! —Su voz se rompió. Ya no era la voz de mando del CEO de Reynoso Enterprises; era la voz de un hombre aterrorizado.
Ethan cayó de rodillas sobre el concreto sucio, sin importarle rasgar sus pantalones. Sus manos grandes y temblorosas buscaron el rostro de su esposa.
—Sofía, amor, mírame. Estoy aquí.
La mujer, Sofía, abrió los ojos apenas una rendija. Estaba gris, sus labios resecos.
—Ethan… —gimió, y luego se dobló por otra contracción que pareció partirla en dos—. Duele… algo se rompió…
Nadia, que seguía sosteniendo la espalda de Sofía, sintió un líquido caliente y pegajoso manchar su mano y su falda escolar. Miró hacia abajo discretamente. Sangre. No mucha, pero suficiente para encender todas las alarmas en su cerebro de aspirante a médico.
—Está sangrando —dijo Nadia. Su voz salió firme, sorprendiéndose a sí misma—. Señor, tiene que acostarla, pero con cuidado. No de golpe.
Ethan levantó la vista y, por primera vez, miró a Nadia. Realmente la miró. Sus ojos azules, usualmente fríos y calculadores según las revistas de negocios, estaban inyectados de pánico. Pero al escuchar la certeza en la voz de esa niña de uniforme desgastado, algo en él hizo clic.
—Ayúdame —le pidió Ethan.
Entre los dos, con una coreografía torpe pero cuidadosa, bajaron a Sofía hasta el suelo. Nadia se quitó rápidamente su mochila, la hizo bola y la colocó suavemente bajo la cabeza de la mujer para que no tocara la banqueta fría.
Fue entonces cuando el guardia, Rogelio, recuperó el sentido y decidió que era momento de salvar su propio pellejo.
—¡Señor Reynoso! —exclamó el guardia, acercándose con una actitud servil que a Nadia le revolvió el estómago—. Le juro que ya estaba sacando a esta vagabunda. La estaba molestando, señor, yo vi cómo la jaloneaba, seguro le quería robar el reloj o…
—¡Cállate! —rugió Ethan sin siquiera voltear a verlo.
—Pero señor, es por seguridad, esta gente de la calle es mañosa… —insistió el guardia, tratando de justificar su brutalidad.
Nadia sintió que la sangre se le subía a la cabeza. ¿Vagabunda? ¿Gente mañosa? Se puso de pie de un salto, enfrentando al guardia. A pesar de ser una cabeza más baja que él y pesar la mitad, la furia la hacía parecer gigante.
—¡Cierre la boca de una maldita vez! —le gritó Nadia, olvidando el miedo, olvidando las consecuencias—. ¿No ve que se está desangrando? ¿No tiene ojos o solo tiene odio en la cabeza? ¡Si yo no la hubiera agarrado, se habría abierto la cabeza contra el piso mientras usted se hacía el importante!
El guardia retrocedió, atónito. Nadie “de esa clase” le hablaba así.
La multitud de curiosos, esos “Godínez” y ejecutivos que antes solo miraban, ahora murmuraban. El aire cambió. La vergüenza empezó a filtrarse entre los espectadores.
—Agua —ordenó Nadia, girándose hacia la multitud, ignorando al guardia—. ¡Alguien deme una botella de agua, ahora!
Un joven mensajero en bicicleta, que se había detenido a ver, sacó rápidamente una botella de su mochila y se la lanzó. Nadia la atrapó en el aire. Se arrodilló de nuevo junto a Sofía.
—Señora, necesito que se humedezca los labios. No trague mucho, solo moje su boca —le instruyó Nadia con suavidad, vertiendo un poco de agua en la tapa.
Ethan observaba a Nadia. Veía sus tenis rotos, su blusa amarillenta por el uso, sus manos ásperas. Pero también veía la delicadeza con la que trataba a su esposa. Veía cómo le tomaba el pulso con dos dedos en la muñeca, mirando un reloj imaginario porque ella no tenía uno.
—Su pulso está muy rápido —dijo Nadia, mirando a Ethan—. Y está sudando frío. Puede ser un desprendimiento o preeclampsia, no sé, no soy doctora todavía, pero necesitan llevarla a urgencias ya. La ambulancia va a tardar mucho con este tráfico.
En ese momento, el sonido de sirenas se escuchó a lo lejos, luchando contra el monstruo del tráfico de la Ciudad de México. Pero Nadia sabía que “a lo lejos” en esta ciudad podían ser veinte minutos mortales.
—¡Mi chofer! —gritó Ethan, buscando con la mirada su camioneta blindada que estaba estacionada en la bahía. El chofer ya estaba corriendo hacia ellos con la puerta trasera abierta.
—La vamos a llevar nosotros —decidió Ethan. Se inclinó para cargar a su esposa en brazos, estilo nupcial. Sofía soltó un grito ahogado.
—¡Espera! —dijo Nadia, deteniéndolo con una mano en su pecho. Tocó el traje de seda de Ethan con sus dedos sucios, pero a él no le importó—. Si la mueves mal, puedes lastimar al bebé. Tienes que… tiene que ser entre dos. Mantén sus piernas elevadas un poco.
Ethan asintió, tragando saliva. Miró al guardia, que seguía ahí parado como un mueble inútil.
—Tú no —escupió Ethan con desprecio—. Tú. —Señaló a su asistente personal, un hombre flaco que acababa de llegar corriendo con un teléfono en la mano—. Ayúdame.
Entre Ethan y el asistente levantaron a Sofía con sumo cuidado, siguiendo las instrucciones de Nadia de mantener su cadera estable. La llevaron hacia la camioneta negra, una bestia blindada que parecía una nave espacial comparada con los microbuses en los que Nadia se movía.
Una vez que acomodaron a Sofía en el asiento trasero, Ethan se detuvo antes de subir. El caos de la avenida Reforma seguía su curso, los cláxons sonaban, el mundo no se detenía por la tragedia de una sola mujer, aunque fuera rica. Pero Ethan detuvo su mundo un segundo.
Se giró. Buscó entre la gente.
Nadia se había quedado atrás, en la banqueta, junto a la mancha de sangre y su mochila tirada. Estaba temblando. La adrenalina se estaba yendo y ahora llegaba el bajón, el miedo, la realidad de que acababa de gritarle a un guardia y tocar al hombre más rico de México.
Ethan caminó de regreso hacia ella. Dos pasos largos.
El guardia, Rogelio, intentó intervenir de nuevo, creyendo estúpidamente que Ethan iba a regañar a la chica.
—No se preocupe, licenciado, ahorita mismo llamo a la patrulla para que se lleven a esta revoltosa, ya ve cómo son, solo buscan sacar dinero…
Ethan se detuvo frente al guardia. Lo miró desde su altura, con una frialdad que heló la sangre de todos los presentes.
—Estás despedido —dijo Ethan. Voz baja. Letal.
—¿P-perdón? —tartamudeó Rogelio.
—Que estás despedido. Lárgate de mi vista antes de que me asegure de que no vuelvas a trabajar ni cuidando un baño público en esta ciudad. Tocaste a la persona equivocada.
Rogelio se encogió, haciéndose pequeño, y desapareció entre las sombras del edificio.
Ethan se volvió hacia Nadia. La chica estaba abrazándose a sí misma, sus ojos oscuros muy abiertos. Ethan vio el miedo en ellos. Vio la pobreza en su ropa. Vio la dignidad en su postura.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
Nadia dudó. Su madre siempre decía: No des tu nombre a extraños.
—Nadia… Nadia Carter —susurró. (Nota: Carter es el apellido original del prompt, aunque en un contexto mexicano podría ser algo como “Nadia Cárdenas”, pero mantendré Carter si es necesario por la trama, o asumiremos que es un apellido que heredó de algún lado. Si prefieres “Cárdenas” o “Cortés” para hacerlo más local, avísame, por ahora usaremos Carter).
Ethan asintió, grabando el nombre en su memoria. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una tarjeta negra con letras doradas.
—Nadia. Salvaste a mi esposa. Salvaste a mi hijo. —Su voz se quebró un poco, revelando al humano detrás del millonario—. No tengo tiempo ahora, tengo que irme al hospital. Pero… —Le extendió la tarjeta—. Ven mañana a mi oficina. A esta misma dirección. Piso 40.
Nadia miró la tarjeta. Parecía un objeto alienígena en sus manos sucias.
—¿Para qué? —preguntó ella, a la defensiva. La desconfianza de la calle saliendo a flote.
—Porque quiero darte las gracias. De verdad. No faltes.
Y con eso, Ethan Reynoso dio media vuelta, subió a su camioneta y arrancó, dejando un rastro de llantas quemadas sobre el asfalto.
Nadia se quedó sola en la banqueta. La gente a su alrededor empezó a dispersarse rápidamente. El show había terminado. Los ricos se habían ido. Ahora ella volvía a ser solo una chica pobre estorbando en la vía pública.
Miró su reloj imaginario, luego el sol.
—¡No manches! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡El examen de matemáticas!
Recogió su mochila del suelo, que ahora tenía una pequeña mancha de la sangre de Sofía, y echó a correr. Pero sus piernas pesaban como plomo. Y en su bolsillo, la tarjeta negra pesaba más que cualquier piedra.
CAPÍTULO 4: EL REGRESO AL MUNDO GRIS
El resto del día pasó como una neblina borrosa para Nadia. Llegó a la escuela tarde, sudada y con la ropa manchada. El prefecto en la entrada, un señor amargado que disfrutaba negar el paso a los alumnos retardados, la miró de arriba abajo con desaprobación.
—Llegas media hora tarde, Cárter. Y mírate, ¿te peleaste con un gato o qué? —se burló, anotando su nombre en la lista de infracciones.
—Tuve… tuve un incidente. Ayudé a una persona —intentó explicar Nadia, todavía sin aliento.
—Sí, sí, lo que digas. “El perro se comió mi tarea”, “el metro se paró”, “ayudé a la esposa de un millonario”. Pásale, pero ya perdiste tu examen de primera hora. Tienes cero.
Nadia sintió que el mundo se le venía encima. Ese examen valía el 30% de la calificación final. Sin esa nota, su promedio bajaría. Si su promedio bajaba, adiós a la posibilidad de la beca para la universidad. Adiós al sueño de ser doctora.
Caminó por los pasillos de la preparatoria con la cabeza gacha. Sus compañeros, la mayoría chicos de clase media que se quejaban porque sus papás no les compraban el último iPhone, reían y gritaban a su alrededor. Nadia se sentía como un fantasma. Se encerró en el baño de mujeres durante el receso, sacó la tarjeta negra de su bolsillo y la miró bajo la luz fluorescente parpadeante.
James Ethan Reynoso. CEO. Reynoso Enterprises.
La tarjeta se sentía suave, casi aterciopelada. Olía a dinero.
—¿Qué quiere de mí? —le susurró al espejo—. Seguro me va a ofrecer dinero para que no diga nada de lo que pasó. O me va a demandar porque manché a su esposa.
El miedo y la esperanza bailaban un tango peligroso en su mente.
Cuando sonó la campana de salida, Nadia emprendió el largo camino de regreso a casa. De nuevo, cruzó la frontera invisible. De los edificios altos a las casas bajas. Del pavimento liso a los baches. Del olor a café de Starbucks al olor a aceite quemado y basura.
Llegó a la vecindad cuando el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un naranja sucio por la contaminación. Subió las escaleras arrastrando los pies. Sus brazos le dolían por el esfuerzo de haber sostenido a Sofía, y su estómago rugía con furia; el pedazo de pan duro de la mañana se había consumido hacía horas.
Abrió la puerta del departamento.
—¡Ya llegué, ma! —gritó, dejando caer la mochila sobre la única silla que no cojeaba.
Lorena estaba sentada a la mesa. No estaba cocinando. No estaba lavando ropa ajena como solía hacer en las tardes para sacar un extra. Estaba sentada frente al aviso de desalojo, con la cabeza entre las manos.
Nadia sintió que el corazón se le partía. Se acercó y abrazó a su madre por la espalda, oliendo el aroma a cansancio y champú barato en su cabello.
—¿Qué pasó, ma? ¿Estás bien?
Lorena levantó la cara. Tenía los ojos rojos.
—La dueña de la fonda me descontó el día —dijo con voz temblorosa—. Se me cayeron unos platos, Nadia. Estaba mareada, no comí bien y… se me resbalaron. Me dijo que si vuelvo a romper algo, me corre. Y me cobró los platos a precio de vajilla fina, la vieja bruja.
Nadia sintió una oleada de odio puro hacia el mundo. Hacia la injusticia. Su madre trabajaba como burro y la trataban como basura.
—No te preocupes, ma. Vamos a salir de esta —dijo Nadia, aunque no sabía cómo.
—¿Cómo, hija? —Lorena señaló el aviso rojo—. Faltan tres días. No tenemos ni para la mitad de la renta. Don Pepe vino hace rato. Dijo que ya tiene a unos inquilinos nuevos que le van a pagar el doble. Nos van a echar, Nadia. Nos van a echar a la calle.
El silencio que siguió fue pesado, asfixiante.
Nadia metió la mano en su bolsillo. Sus dedos rozaron la tarjeta. El borde afilado se le clavó en la yema del dedo, como recordándole que estaba ahí. Era una locura. Era peligroso. Pero era lo único que tenían.
—Ma… —empezó Nadia, sacando la tarjeta lentamente—. Hoy pasó algo.
Lorena se limpió las lágrimas y miró la mano de su hija. Cuando vio la tarjeta negra brillante sobre la mesa de madera carcomida, frunció el ceño.
—¿Qué es eso? ¿De dónde sacaste eso, muchacha? ¿Te lo robaste? —El pánico brilló en los ojos de Lorena. En su mundo, tener cosas de ricos solo significaba que habías robado o te habías metido en líos graves.
—No, ma, escúchame. —Nadia se sentó frente a ella y le contó todo. Le contó sobre la mujer embarazada, sobre el guardia Rogelio y su crueldad, sobre la sangre, y sobre el hombre alto y poderoso que había detenido el mundo para mirar a Nadia a los ojos.
Lorena escuchó en silencio, palideciendo con cada detalle. Cuando Nadia terminó, Lorena tomó la tarjeta con las manos temblorosas, como si fuera una granada a punto de estallar.
—Reynoso… —susurró Lorena—. Son los dueños de media ciudad, Nadia. Son gente intocable. Gente que si quiere, nos aplasta como cucarachas y nadie se entera.
—Me dijo que fuera mañana, ma. Dijo que quería darme las gracias.
—¿Las gracias? —Lorena soltó una risa amarga y seca—. Los ricos no dan las gracias, hija. Dan propinas para calmar su conciencia o dan problemas. ¿Qué tal si la señora se murió? ¿Qué tal si te quieren culpar a ti? ¿Qué tal si te citó ahí para que te agarre la policía sin hacer escándalo en la calle?
Nadia sintió un escalofrío. No lo había pensado así.
—No parecía malo, ma. Estaba asustado. Lloró por su esposa. Parecía… humano.
—El diablo también sabe llorar para engañarte, Nadia.
Lorena dejó la tarjeta sobre la mesa y se levantó para calentar agua para un café, tratando de ocultar el temblor de sus manos.
Pero Nadia se quedó mirando las letras doradas. James Ethan Reynoso.
Recordó cómo defendió a Nadia del guardia. Recordó cómo la miró, no con asco, sino con reconocimiento.
—Ma —dijo Nadia firme—. Voy a ir.
Lorena se giró bruscamente, con la cafetera en la mano.
—¡No vas a ir a ningún lado! ¡Es peligroso!
—¡Nos van a echar en tres días, mamá! —gritó Nadia, poniéndose de pie. La desesperación finalmente rompió el dique—. ¡No tenemos dinero! ¡Tú estás enferma de cansancio! ¡Perdí mi examen hoy! ¡No tenemos nada que perder! ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que nos metan a la cárcel? ¡Al menos en la cárcel dan tres comidas al día y hay techo!
Lorena se quedó helada ante el grito de su hija. Vio en los ojos de Nadia no a la niña que cuidaba, sino a una mujer acorralada. Bajó la mirada, derrotada por la verdad aplastante de su pobreza.
—Tienes razón —susurró Lorena, su voz rompiéndose—. Perdóname, hija. Perdóname por esta vida de mierda que te di.
—No, ma, no digas eso. —Nadia corrió a abrazarla y ambas lloraron abrazadas en la cocina diminuta, bajo la luz de un foco pelón.
Lloraron hasta que no quedaron lágrimas. Luego, Lorena se secó la cara con el delantal y tomó una decisión. Esa fuerza de madre mexicana que saca garra de donde no hay.
—No vas a ir sola —dijo Lorena, tomando la tarjeta de la mesa y guardándola en su propio bolsillo—. Vamos a ir las dos. Si ese señor te quiere hacer algo, va a tener que pasar sobre mi cadáver. Y si de verdad quiere dar las gracias… pues vamos a ver de qué está hecho un millonario.
Esa noche, Nadia no pudo dormir. Escuchaba los ruidos de la vecindad: la televisión del vecino a todo volumen, una pelea de borrachos en la calle, el ladrido de los perros. Pero su mente estaba en el piso 40 de la Torre Reynoso.
Se levantó en la oscuridad y planchó su uniforme. Era lo único “decente” que tenía. Trató de limpiar las manchas de sus tenis con un poco de pasta de dientes y un trapo viejo.
Mañana no sería Nadia, la chica pobre de la vecindad. Mañana sería Nadia Carter, la chica que salvó una vida. Y iba a entrar a ese edificio con la cabeza en alto, pasara lo que pasara.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: EL ASCENSO AL OLIMPO
La mañana siguiente amaneció con un cielo color panza de burro, gris y pesado, típico de la temporada de lluvias en la capital. Nadia y Lorena salieron de la vecindad tomadas del brazo, como si fueran a una guerra y no a una oficina. Lorena llevaba su “traje de domingo”, un conjunto de falda y saco color azul marino que había comprado hacía diez años para una boda y que ahora le quedaba un poco holgado por la pérdida de peso debido al estrés y la mala alimentación. Nadia llevaba su uniforme escolar, impecablemente planchado, y sus tenis, que a pesar de la pasta de dientes, seguían mostrando las cicatrices del uso diario.
El trayecto hacia la Torre Reynoso fue una odisea silenciosa. No tenían dinero para un Uber, así que se enfrentaron a la bestia: el Metro en hora pico. Se empujaron para entrar en el vagón de mujeres en la estación Pantitlán, comprimidas entre cientos de cuerpos que olían a jabón, a sudor y a prisa. Lorena mantenía su bolsa pegada al pecho, protegiendo la tarjeta negra como si fuera un diamante sagrado.
—Pase lo que pase, Nadia, tú no agaches la cabeza —le susurró Lorena al oído mientras el tren frenaba bruscamente en la estación Pino Suárez, casi haciéndolas caer—. No vamos a pedir limosna. Vamos porque nos invitaron.
Al salir del subsuelo y emerger en la zona financiera de Reforma, el aire cambió. Dejó de oler a humedad subterránea y empezó a oler a lluvia y asfalto limpio. La Torre Reynoso se alzaba frente a ellas, desafiante, atravesando las nubes bajas.
Entrar al lobby fue como cruzar un portal dimensional. El ruido de la calle se cortó de golpe al cerrarse las puertas giratorias de cristal grueso. Adentro, todo era silencio, aire acondicionado con aroma a té blanco y superficies de mármol tan pulidas que podías ver tus propios defectos reflejados en el suelo.
Lorena apretó el brazo de Nadia. Se sentían diminutas. Unas hormigas en un palacio de gigantes.
Se acercaron a la recepción, un mostrador de granito negro kilométrico atendido por dos mujeres jóvenes que parecían modelos de revista, con audífonos discretos y tecleando a velocidades inhumanas. Una de ellas levantó la vista. Su mirada escaneó a Nadia y a Lorena en menos de un segundo: zapatos viejos, ropa pasada de moda, piel morena. El veredicto fue inmediato en sus ojos: No pertenecen aquí.
—¿En qué puedo ayudarlas? —preguntó la recepcionista, con ese tono de voz falsamente amable que se usa para correr a la gente sin ser grosero—. La entrada de proveedores y servicio de limpieza es por la parte de atrás, sobre la calle de Río Lerma.
Nadia sintió el calor subirle a las mejillas. La vergüenza de siempre. La asunción automática de que si estás ahí y te ves así, es porque vienes a limpiar sus baños.
Lorena estaba a punto de disculparse y darse la vuelta, acostumbrada a agachar la cabeza, pero Nadia recordó al guardia del día anterior. Recordó la sangre en sus manos. Recordó que ella había salvado una vida.
—No venimos a limpiar —dijo Nadia, su voz resonando un poco más fuerte de lo que pretendía en el inmenso lobby—. Venimos a ver al señor Reynoso.
La recepcionista soltó una risita incrédula, intercambiando una mirada burlona con su compañera.
—¿Al señor Reynoso? —repitió, como si fuera el chiste más gracioso del día—. Mira, niña, el señor Reynoso tiene una agenda llena hasta el 2027. Si no tienes cita…
Nadia no la dejó terminar. Metió la mano en el bolsillo de su suéter escolar y sacó la tarjeta negra. La golpeó suavemente sobre el mostrador de mármol. El sonido fue seco y definitivo.
—Él me dio esto. Dijo que viniera hoy.
La recepcionista miró la tarjeta. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Reconoció el diseño. No era una tarjeta de presentación cualquiera; era la tarjeta personal de Ethan Reynoso, la que tenía un pequeño chip dorado en la esquina, la que solo daba a socios de alto nivel o… a gente muy importante.
La actitud de la mujer cambió tan rápido que le dio vértigo a Nadia. Se enderezó, tragó saliva y tecleó algo furiosamente en su computadora.
—Un… un momento, por favor —tartamudeó—. ¿Señorita Carter?
—Y mi mamá —agregó Nadia, firme.
La recepcionista hizo una llamada rápida, susurrando. Segundos después, colgó y las miró con una mezcla de miedo y respeto.
—El señor Reynoso las espera. Piso 40. El elevador central es exclusivo para presidencia. Por aquí, por favor.
Salió de detrás del mostrador y las escoltó personalmente hasta el elevador, abriendo la puerta con una tarjeta magnética.
Cuando las puertas se cerraron y Nadia y Lorena quedaron solas en la caja de metal dorado que subía a una velocidad vertiginosa, Lorena soltó el aire que había estado conteniendo.
—Ay, Dios mío, Nadia. Se me taparon los oídos —dijo Lorena, sobándose las orejas—. ¿Viste cómo cambió de cara esa mujer?
—Sí, ma. Así es este mundo. Te tratan como te ven, hasta que demuestras que tienes poder.
El elevador se detuvo en el piso 40 con un timbre suave. Las puertas se abrieron directamente a una oficina que era más grande que toda la vecindad donde vivían. Paredes de cristal de piso a techo mostraban una vista panorámica de la Ciudad de México: el Castillo de Chapultepec, los volcanes a lo lejos, el mar de concreto.
En el centro, detrás de un escritorio de madera maciza que parecía flotar, estaba Ethan Reynoso.
Se veía diferente. Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos, sin corbata, y tenía ojeras profundas bajo los ojos. Parecía cansado, humano. Al verlas, se levantó de inmediato.
—Nadia —dijo, rodeando el escritorio y extendiendo la mano. No hubo vacilación esta vez. Estrechó la mano de Nadia con firmeza y calidez—. Y señora…
—Lorena. Soy su mamá —dijo Lorena, limpiándose la mano sudorosa en la falda antes de saludarlo.
—Siéntense, por favor. ¿Quieren algo de tomar? ¿Agua, café, jugo?
—No, gracias, así estamos bien —dijo Lorena rápidamente, sentándose en la orilla de una silla de cuero que parecía costar más que su vida entera.
Ethan se sentó frente a ellas, no detrás del escritorio, sino en una silla baja, quedando a su nivel. Se pasó una mano por el cabello.
—Primero que nada… Gracias —dijo Ethan, y su voz se quebró ligeramente. Miró a Nadia directamente a los ojos—. Sofía está estable. Mi hijo… mi hijo está bien. Los médicos dijeron que si hubiera pasado diez minutos más en esa banqueta, o si se hubiera golpeado al caer… la placenta se habría desprendido por completo. Ambos habrían muerto.
Un silencio pesado llenó la habitación. Nadia sintió un nudo en la garganta. No había sido consciente de la magnitud de lo que había hecho hasta ese momento.
—Me alegra que estén bien —susurró Nadia.
Ethan asintió, tomando aire para recomponerse. Volvió a ser el hombre de negocios, aunque la gratitud seguía brillando en sus ojos.
—No soy un hombre que deje deudas pendientes, Nadia. Ayer te dije que quería ayudarte. Y lo dije en serio.
Ethan abrió una carpeta de piel que tenía sobre la mesita de centro.
—Investigué un poco sobre ustedes. Espero que no les moleste —dijo, sacando unos papeles—. Sé que viven en la colonia Doctores. Sé que tú, Lorena, trabajas en una fonda sin contrato ni prestaciones. Y sé que tienen un aviso de desalojo que vence en dos días.
Lorena palideció. La vergüenza de que este extraño supiera sus miserias la golpeó fuerte.
—Señor, nosotros no vinimos a pedir dinero…
—Lo sé —la interrumpió Ethan suavemente—. Por eso no les voy a dar dinero regalado. Yo no creo en la caridad que humilla, creo en las oportunidades que levantan.
Ethan deslizó un documento hacia Lorena.
—Lorena, este es un contrato de trabajo. Indefinido. Reynoso Enterprises tiene un comedor corporativo para nuestros 2,000 empleados. Necesitamos una supervisora de cocina. Alguien que sepa manejar el estrés, que sea honesta y trabajadora. El sueldo es tres veces lo que ganas ahora, con seguro social, prestaciones de ley, vales de despensa y seguro de gastos médicos mayores para ti y tu hija.
Lorena miró el papel. Sus manos temblaban tanto que las letras bailaban.
—¿Seguro de gastos médicos? —preguntó, con la voz ahogada—. Nadia… Nadia necesita lentes nuevos y nunca hemos podido…
—Todo cubierto —afirmó Ethan—. Y sobre el desalojo… mi abogado ya contactó a su casero esta mañana. La deuda está saldada y pagué un año de renta por adelantado. Nadie las va a sacar de su casa.
Lorena se cubrió la boca con las manos y empezó a llorar. No un llanto bonito de película, sino un llanto feo, ruidoso, de alguien que ha cargado el mundo sobre sus hombros durante años y de repente siente que alguien le ayuda a cargarlo.
Nadia se levantó y abrazó a su madre, mirando a Ethan con una mezcla de asombro y duda. Era demasiado bueno.
—¿Y yo? —preguntó Nadia, con esa suspicacia callejera que no podía apagar—. ¿Qué hay para mí? Porque nadie da tanto a cambio de nada, señor.
Ethan sonrió levemente.
—Eres lista. Desconfiada. Eso te servirá.
Sacó otro documento de la carpeta.
—Para ti, Nadia, tengo esto. Una beca completa para el Colegio Riverside. Es la preparatoria privada más exclusiva de la ciudad. Bachillerato Internacional, pases directos a las mejores universidades del mundo. Colegiatura, libros, uniformes, transporte y alimentos incluidos.
Nadia miró el folleto del colegio. Fotos de chicos rubios jugando tenis, laboratorios de ciencias que parecían de la NASA, bibliotecas inmensas. Era el sueño. Era la llave para estudiar medicina. Era la salida.
Pero también era una jaula de oro.
—Esos lugares… —dijo Nadia, sintiendo un frío en el estómago—. Esos lugares no son para gente como yo. Me van a comer viva.
—Tal vez —admitió Ethan, inclinándose hacia adelante—. O tal vez tú te los comas a ellos. Tienes algo que esos chicos ricos no tienen, Nadia. Tienes hambre. Tienes instinto de supervivencia. Ayer tomaste el control de una situación en la que adultos con maestrías y doctorados se quedaron paralizados. Eso no se enseña en las escuelas privadas. Eso se trae en la sangre.
Nadia miró a su madre, que seguía llorando de alivio leyendo el contrato. Luego miró a Ethan.
El hombre estaba esperando su respuesta.
—Acepto —dijo Nadia. Pero entonces, recordó el título de su propia historia en su cabeza. Recordó la indiferencia de la gente en la calle. Recordó cómo se sentía ser invisible.
—Pero tengo una condición. Un favor.
Ethan arqueó una ceja, intrigado.
—Pide lo que quieras. ¿Un coche? ¿Una casa nueva?
—No —dijo Nadia tajante—. No quiero cosas.
Nadia se acercó un paso más, mirando a Ethan a los ojos con una intensidad que hizo que el millonario contuviera el aliento.
—Solo le pido una cosa, señor Reynoso. Cuando su hijo nazca… cuando crezca rodeado de todo este lujo, de cristales y mármol… prométame algo.
—¿Qué cosa? —preguntó Ethan, su voz apenas un susurro.
—Prométame que le contará quién lo salvó. Que no le dirá que fue “un ángel” o “una buena samaritana”. Dígale que fue una chica pobre, con zapatos rotos y hambre, la que le salvó la vida. Enséñele a vernos. Porque la gente como nosotros… somos invisibles para gente como ustedes. Ayer, nadie se detuvo porque no nos ven. Prométame que su hijo nunca mirará a través de alguien como si fuera de vidrio.
Ethan se quedó inmóvil. Las palabras de la chica lo golpearon más fuerte que cualquier crisis financiera. Recordó las veces que él mismo había ignorado a los limpiaparabrisas, a los meseros, a la gente en el metro. Recordó cómo su propio guardia había tratado a Nadia como basura.
Sintió un ardor en los ojos. Una lágrima solitaria, pesada, rodó por la mejilla del hombre más poderoso de México.
—Te lo prometo —dijo Ethan, con la voz rota—. Te lo juro por mi vida. Él sabrá tu nombre. Y sabrá que la valentía no tiene código postal.
Ethan se levantó y, rompiendo cualquier protocolo de distancia social entre clases, abrazó a Nadia. Fue un abrazo torpe, rápido, pero selló un pacto.
—Bienvenida a la familia, Nadia —dijo él.
Al salir de la oficina, con los contratos firmados y el futuro asegurado, Nadia sintió que flotaba. Pero mientras el elevador descendía, una sombra de duda cruzó su mente. Ethan había cumplido su parte. Ahora le tocaba a ella enfrentar la suya: entrar al mundo de los ricos siendo la chica pobre. Y tenía el presentimiento de que la selva de concreto de Polanco sería mucho más cruel que las calles de la Doctores.
CAPÍTULO 4: LA JAULA DE ORO
La transición fue brutalmente rápida. En cuestión de una semana, la vida de Nadia dio un giro de 180 grados. El desalojo se canceló, y aunque seguían viviendo en el mismo departamento (Lorena insistió en no mudarse hasta tener ahorros propios), el ambiente había cambiado. La alacena estaba llena. Había carne en el refrigerador. Lorena llegaba del nuevo trabajo cansada, sí, pero con una luz diferente en los ojos, tarareando canciones mientras cocinaba.
Pero para Nadia, el cambio fue un choque frontal contra un muro de realidad.
Era lunes por la mañana. Su primer día en el Colegio Riverside.
Nadia se miró en el espejo. El uniforme era hermoso: una falda de cuadros escoceses de lana fina, una blusa blanca de algodón egipcio, un suéter azul marino con el escudo de la escuela bordado en hilo de oro y plata. Y zapatos nuevos. Zapatos de piel que brillaban y no tenían agujeros.
Se veía bien. Se veía como una de ellos.
Hasta que abrió la boca. O hasta que alguien se fijara en su color de piel, un poco más oscuro que el promedio de esa escuela, o en sus modales, o en su código postal.
—Te ves hermosa, mi niña —le dijo Lorena, dándole la bendición antes de salir—. Acuérdate: eres inteligente, eres valiente y no eres menos que nadie.
Nadia asintió, pero el nudo en su estómago decía lo contrario.
Un chofer enviado por la empresa (parte del acuerdo de beca “transporte seguro”) la recogió en un sedán discreto. Los vecinos de la vecindad se asomaban por las cortinas, chismeando.
—Mira, la hija de la Lorena ya anda en malos pasos, seguro se consiguió un sugar daddy —murmuró Doña Chonita mientras barría la banqueta.
Nadia la escuchó, y el comentario le dolió como una pedrada. En su barrio, el éxito repentino siempre era sospechoso.
El Colegio Riverside era un campus inmenso en la zona alta de Las Lomas, rodeado de muros altos con buganvilias y seguridad armada. Al bajar del auto, Nadia se sintió expuesta.
Los autos que llegaban eran BMWs, Mercedes, Teslas. Los chicos bajaban riendo, con mochilas de marcas que Nadia ni siquiera sabía pronunciar, hablando una mezcla de español e inglés (“O sea, literally, no sabes lo que pasó en Valle el weekend“).
Nadia caminó hacia la entrada principal. Apretó su mochila nueva contra el pecho.
—Tú puedes, Carter. Tú puedes.
—¡Hey! ¿Tú eres la nueva? —una voz chillona la detuvo.
Nadia se giró. Frente a ella había un grupo de tres chicas. Eran perfectas. Cabello lacio y brillante como cascadas de seda, pieles de porcelana, dientes tan blancos que deslumbraban.
La que había hablado estaba en el centro. Rubia, ojos verdes, con una actitud de reina que examina a un súbdito.
—Soy Regina —dijo la chica, masticando chicle—. Regina Montemayor. Escuché que eres la “becada especial” de Reynoso.
La palabra “becada” salió de su boca como si fuera un insulto, algo sucio.
—Soy Nadia —respondió, tratando de mantener la voz firme.
Regina sonrió, pero sus ojos no lo hicieron. Eran fríos, calculadores.
—Nadia. Qué nombre tan… exótico. —Dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Nadia—. Mira, te voy a dar un consejo de buena onda. Aquí las cosas funcionan diferente a… de donde sea que vengas. No intentes sobresalir. No intentes ser nuestra amiga. Y sobre todo, no te acerques a los chicos equivocados. Reynoso te habrá pagado la entrada, pero la clase no se compra, darling.
Las dos amigas de Regina soltaron risitas crueles.
—Vámonos, Regina, se nos hace tarde para Biology —dijo una de ellas, mirando a Nadia como si fuera contagiosa.
Se alejaron, dejando una estela de perfume caro. Nadia se quedó parada en medio del patio, rodeada de cientos de estudiantes, pero sintiéndose más sola que nunca.
Invisibles, había dicho ella. Pero aquí no era invisible. Aquí era un bicho raro bajo un microscopio.
Las clases fueron una tortura. Académicamente, Nadia no tenía problemas; de hecho, en la clase de Matemáticas se dio cuenta de que sabía más que la mitad del salón. Pero socialmente, era un campo minado.
Nadie se sentó con ella en el almuerzo. Se sentó sola en una mesa de la esquina de la cafetería (que parecía más un restaurante gourmet con barra de sushi y ensaladas orgánicas), comiendo el sándwich que su mamá le había preparado, a pesar de que la beca incluía comida. No se atrevía a formarse en la barra.
Abrió su libro de Biología para esconderse del mundo.
—¿Está ocupado?
Nadia levantó la vista, sobresaltada.
Un chico estaba parado frente a ella con una bandeja de comida. No se parecía a los demás “mirreyes” con peinados de gel excesivo. Tenía el cabello castaño desordenado, una sonrisa amable y una camiseta de una banda de rock debajo del suéter del uniforme desabotonado.
—No… no está ocupado —dijo Nadia.
El chico se sentó.
—Soy Mateo. Mateo Villa. Tú eres la chica que salvó a la esposa de Ethan Reynoso, ¿verdad?
Nadia se tensó. El chisme corría rápido.
—Sí. Soy yo. ¿Vienes a burlarte también?
Mateo se rió, y fue una risa genuina.
—No, para nada. Mi papá trabaja en el hospital donde la atendieron. Dijo que quien le hizo los primeros auxilios le salvó la vida al bebé. Dijo que tenías talento.
Nadia sintió que sus defensas bajaban un poco.
—Quiero ser doctora —confesó.
—Eso es genial. Oye, no le hagas caso a Regina y a su séquito de clones plásticos. Son veneno puro. Aquí no todos somos idiotas, te lo prometo.
Por primera vez en el día, Nadia sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida. Tal vez, solo tal vez, podría sobrevivir a esto.
Pero la paz duró poco.
Desde la otra punta de la cafetería, Regina observaba la escena. Vio a Mateo, el chico más codiciado del año (y su ex-novio intermitente), riéndose con la “becada de la vecindad”.
Regina apretó su botella de agua mineral hasta que el plástico crujió.
—Disfruta tu momento, gata —murmuró Regina entre dientes—. Porque te voy a hacer la vida imposible hasta que te regreses a tu basurero.
Al salir de la escuela esa tarde, Nadia caminaba hacia la zona de recogida. Se sentía agotada, pero con una pequeña chispa de esperanza gracias a Mateo.
De repente, sintió un empujón fuerte por la espalda.
Nadia cayó de rodillas sobre el pavimento áspero, raspándose las manos y rompiendo las medias de su uniforme nuevo. Su mochila se abrió y sus libros cayeron esparcidos.
Las risas estallaron a su alrededor.
Levantó la vista. Un grupo de chicos de último año, amigos de Regina, la rodeaban.
—Uy, perdón, no te vi —dijo uno de ellos con sarcasmo—. Es que como eres tan… insignificante.
Nadia recogió sus libros rápidamente, sintiendo las lágrimas de humillación arder en sus ojos. No lloró. No les daría el gusto. Se puso de pie, con las rodillas sangrando, y los miró uno por uno.
—Pueden tirarme las veces que quieran —dijo Nadia, con la voz temblando de rabia—. Pero yo me voy a levantar siempre. Y algún día, cuando necesiten a alguien que les salve la vida, van a rezar por encontrar a alguien como yo.
Se dio la vuelta y caminó hacia el auto que la esperaba, cojeando pero con la cabeza alta.
El chofer, Don Manuel, un hombre mayor y amable, vio sus rodillas.
—¿Está bien, señorita Nadia?
—Sí, Don Manuel. Solo me caí.
—Esos chamacos… —murmuró el chofer, negando con la cabeza—. Tienen dinero, pero les falta educación.
Nadia miró por la ventana mientras el auto se alejaba de la zona rica y comenzaba el descenso hacia la ciudad real.
La guerra había comenzado. Y Nadia Carter no estaba dispuesta a perder. Había enfrentado el hambre, el frío y el miedo al desalojo. Unas niñas ricas malcriadas no iban a detenerla.
Pero mientras el dolor en sus rodillas palpitaba, una pregunta la atormentaba: ¿Cuánto tiempo podría aguantar antes de romperse?
En la Torre Reynoso, en su oficina de cristal, Ethan miraba la ciudad. Su teléfono sonó. Era el director del colegio.
—Señor Reynoso, la chica Carter… ya tuvo su primer incidente. Regina Montemayor la tiene en la mira.
Ethan apretó el teléfono.
—Déjalas —dijo Ethan fríamente—. Nadia necesita aprender a defenderse sola en ese tanque de tiburones. Si intervengo, la haré débil. Confío en ella.
Colgó el teléfono. Pero en el fondo, Ethan sentía una punzada de culpa. Había lanzado a una oveja en medio de lobos, esperando que se convirtiera en leona.
Solo esperaba no haber cometido un error fatal.
CAPÍTULO 5: GUERRA DE TRINCHERAS
Pasaron dos semanas. Catorce días que para Nadia se sintieron como catorce años. La novedad de su llegada al Colegio Riverside se había disipado, dejando en su lugar una realidad cruda y desgastante: estaba en una zona de guerra, y ella era el único soldado sin armadura.
La rutina de Nadia se había convertido en un ejercicio de disociación mental. A las 5:00 AM, era la Nadia de la Doctores. Se bañaba a jicarazos porque el boiler de la vecindad se había descompuesto otra vez, desayunaba café negro con su madre mientras revisaban las cuentas (que ahora, gracias al sueldo de Lorena en Reynoso Enterprises, por fin estaban en números negros) y caminaba entre puestos de tamales y basura acumulada hasta el punto donde el chofer de la empresa la recogía.
A las 7:00 AM, cruzaba el umbral de Riverside y se convertía en “La Becada”.
Regina Montemayor no había descansado ni un solo día. Su acoso no era burdo como en las películas de adolescentes gringas; no la encerraba en casilleros ni le robaba el almuerzo. No, Regina era mucho más sofisticada. Su crueldad era psicológica, social y quirúrgica.
Era el murmullo constante cuando Nadia entraba al salón.
—Huele a humedad, ¿no? Como a ropa que se secó en interior sin sol —decía Regina en voz alta, abanicándose la nariz con una mano perfectamente manicurada.
Todo el salón se reía por lo bajo. Nadia, que lavaba su uniforme cada noche y lo secaba con una secadora de pelo para que no oliera a nada, apretaba los puños hasta que los nudillos se le ponían blancos, clavando la vista en el pizarrón.
Eran las fotos tomadas a traición. Un día, Nadia se quedó dormida en la biblioteca, agotada por estudiar hasta la madrugada. Alguien le tomó una foto con la boca abierta y un hilo de baba. En diez minutos, la imagen estaba en todos los grupos de WhatsApp de la escuela con el texto: “Cuando sueñas que comes carne pero despiertas y sigues comiendo frijoles”.
Nadia vio la imagen. Sintió la bilis subir por su garganta. Quiso llorar, quiso gritar, pero recordó la promesa que se hizo a sí misma. No me van a ver quebrarme.
Sin embargo, el ataque más doloroso ocurrió un jueves, durante la hora del almuerzo.
Nadia estaba en su mesa habitual, la de la esquina, cerca de los botes de basura, repasando sus notas de Historia Universal. Mateo Villa no estaba ese día; había tenido un torneo de fútbol en otra ciudad, así que Nadia estaba completamente desprotegida.
De repente, una sombra cayó sobre su libro.
Nadia levantó la vista. Regina estaba allí, rodeada de su séquito: Camila y Fernanda, dos clones que repetían todo lo que Regina decía. Pero esta vez, Regina no tenía su habitual mueca de asco. Tenía una sonrisa. Una sonrisa dulce, empalagosa y falsa que encendió todas las alarmas de peligro en la cabeza de Nadia.
—Hola, Nadia —dijo Regina, con un tono de voz que goteaba veneno disfrazado de miel.
El comedor se quedó en silencio. Todos sabían que cuando la “Queen Bee” se movía, iba a haber sangre. Los estudiantes sacaron sus celulares, listos para grabar.
—¿Qué quieres, Regina? —preguntó Nadia, cerrando su libro lentamente.
—Ay, qué agresiva. Solo venimos a hacer una buena obra. —Regina chasqueó los dedos y Camila le pasó una caja de cartón decorada con moños rosas y brillantina—. Verás, nosotras en el comité estudiantil estamos muy preocupadas por ti.
—No necesito tu preocupación.
—Déjame terminar, porfa. —Regina puso la caja sobre la mesa de Nadia con un golpe teatral—. Sabemos que tu situación es… complicada. Que tu mamá cocina para los empleados de mi papá y todo eso. Así que, como somos una comunidad cristiana y solidaria, hicimos una colecta.
Regina abrió la caja. Adentro no había dinero.
Había ropa vieja. Pero no ropa vintage o de marca usada. Eran trapos sucios. Una camiseta con agujeros, un zapato sin pareja, calcetines manchados. Y encima de todo, monedas de cincuenta centavos y pesos, como las que se le avientan a los limpiaparabrisas.
—Es para que renueves tu guardarropa —dijo Regina, hablando alto para que todos escucharan—. Pensamos que te gustaría tener algo que vaya más con tu estilo… ya sabes, estilo “basurero chic”. Y las monedas son para que te compres un jabón. De verdad, nos urge que te compres un jabón.
El comedor estalló en carcajadas. Risas crueles, agudas, que rebotaban en las paredes de cristal.
Nadia miró la caja. Miró la ropa sucia. Sintió el calor subir por su cuello, quemándole las orejas. La humillación era física, un golpe en el estómago que le sacó el aire.
Vio los celulares apuntándola. Vio las caras de burla. Se sintió pequeña, sucia, indigna. Por un segundo, pensó en salir corriendo. Pensó en tomar sus cosas, irse a su casa y no volver nunca. Que se quedaran con su beca. Que se quedaran con su mundo de plástico.
Pero entonces, vio los ojos de Regina. Brillaban con triunfo. Estaba esperando el llanto. Estaba esperando la derrota.
Y Nadia Carter no le iba a dar ese gusto.
Nadia se puso de pie lentamente. El silencio volvió a caer sobre el comedor, expectante.
Tomó la caja con ambas manos. Regina dio un paso atrás, quizás esperando que Nadia se la aventara encima.
Pero Nadia no hizo eso.
Caminó con calma hacia el bote de basura más cercano. Con un movimiento deliberado y elegante, volcó el contenido de la caja en el contenedor de orgánicos. La ropa sucia y las monedas cayeron entre restos de comida.
Luego, se giró hacia Regina.
—Gracias por el gesto, Regina —dijo Nadia. Su voz no tembló. Sonó clara y fuerte—. Pero en mi casa me enseñaron que la basura va en su lugar. Y también me enseñaron que uno solo da lo que tiene en el corazón. Si tú das basura… pues me das mucha lástima. Debe ser muy triste ser tan pobre por dentro que lo único que tienes para ofrecer es tu propia miseria.
El silencio en el comedor fue sepulcral. Nadie se había atrevido a hablarle así a Regina Montemayor jamás.
La sonrisa de Regina se borró de golpe, reemplazada por una máscara de furia roja.
—¿Qué me dijiste, gata igualada? —siseó Regina, dando un paso adelante.
—Lo que escuchaste —respondió Nadia, sosteniendo su mirada—. Y por cierto, guárdate tus monedas. Las vas a necesitar más que yo cuando se te acabe la belleza y te des cuenta de que nadie te aguanta gratis.
Nadia tomó su mochila y salió del comedor con la cabeza en alto. Caminó recta, sin mirar a nadie, hasta que cruzó las puertas dobles.
Solo entonces, cuando estuvo segura en la soledad del pasillo vacío, se permitió recargarse contra la pared y temblar. Sus piernas eran gelatina. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho.
—No llores, no llores, no llores —se repitió, apretando los ojos.
—Eso fue… impresionante.
Nadia abrió los ojos de golpe. Un profesor estaba parado a unos metros. Era el Profesor Valladares, el de Química. Un hombre bajo, calvo y conocido por ser el maestro más estricto y difícil de toda la escuela. Nadie pasaba su clase con diez.
La miraba no con lástima, sino con curiosidad científica, como quien observa una reacción química inesperada.
—Profesor… yo… lo siento, no quería causar problemas —se disculpó Nadia, limpiándose una lágrima traicionera.
—¿Problemas? —Valladares soltó una risa seca—. Señorita Carter, llevo veinte años enseñando en esta escuela. He visto a chicos como usted ser devorados vivos por chicos como la señorita Montemayor en la primera semana. Usted acaba de neutralizar un ácido con una base perfecta. Fue una respuesta elegante.
Nadia no supo qué decir.
—Pero tenga cuidado —advirtió Valladares, su rostro volviéndose serio—. La señorita Montemayor no está acostumbrada a perder. En la química, y en la vida, cuando aplicas presión a un elemento volátil, tiende a explotar. Mantenga la guardia alta. Y más le vale que esa audacia la traiga también a mi laboratorio mañana. Tenemos examen práctico. Y yo no regalo calificaciones por historias tristes.
—No necesito que me regale nada, profesor —dijo Nadia, recuperando su compostura—. Voy a ser la mejor de su clase.
—Veremos —dijo Valladares, y se alejó con las manos en la espalda.
Nadia respiró hondo. Había ganado una batalla, pero la guerra apenas empezaba.
CAPÍTULO 6: REACCIÓN EN CADENA
El viernes llegó con una tensión eléctrica en el aire. El examen práctico de Química Avanzada era famoso en Riverside por ser la “masacre” del semestre. El Profesor Valladares diseñaba pruebas complejas que requerían no solo conocimiento teórico, sino precisión, nervios de acero y trabajo en equipo.
El laboratorio de química era impresionante. Mesas de granito negro, mecheros Bunsen de última generación, vitrinas llenas de reactivos que costaban más que el sueldo mensual de la madre de Nadia.
Los estudiantes entraron en silencio, poniéndose sus batas blancas y gafas de seguridad.
—Bien —dijo Valladares, paseándose al frente como un general—. Hoy haremos una titulación ácido-base compleja para determinar la concentración desconocida de una solución. Si se pasan una gota, la solución se vuelve rosa fucsia y reprueban. Si no llegan al punto de viraje, reprueban. Tienen 60 minutos.
Nadia se sentía en su elemento. La ciencia era justa. Los átomos no juzgaban tu ropa ni tu código postal. El hidrógeno era hidrógeno aquí y en China.
—Trabajarán en parejas asignadas por mí —anunció Valladares. Un gemido colectivo recorrió el salón.
Nadia rezó para que le tocara con Mateo, que había vuelto ese día y le había guiñado un ojo desde la otra mesa. O con cualquier persona neutral.
—Villa, usted con Ramírez. Montemayor, usted con López. Carter… —Valladares hizo una pausa dramática, revisando su lista—. Usted trabajará con Garza.
Nadia sintió un alivio momentáneo. Sebastián Garza era un chico callado, del club de ajedrez, que nunca se metía con nadie.
Pero entonces vio la sonrisa de Regina. Regina le susurró algo a Sebastián mientras pasaba a su lado. Sebastián palideció, miró a Regina con miedo y luego miró a Nadia con culpa.
Nadia supo al instante que algo andaba mal. Regina tenía poder sobre todos, incluso sobre los que no eran sus amigos directos. Los Garza le debían dinero a los Montemayor, o sus padres eran socios, o simplemente el miedo social era suficiente moneda de cambio.
Nadia llegó a su mesa.
—Hola, Sebastián. Yo me encargo de la bureta, tú prepara la solución base, ¿va? —propuso Nadia, tratando de tomar el control.
Sebastián asintió sin mirarla a los ojos. Sus manos temblaban.
—Sí… sí, está bien.
El examen comenzó. El silencio solo era roto por el tintineo del vidrio y el siseo del gas. Nadia estaba concentrada, sus movimientos eran precisos. Amaba esto. La lógica, el control.
—Pásame el indicador de fenolftaleína —le pidió a Sebastián sin voltear.
Sebastián le pasó un frasco pequeño.
Nadia tomó una pipeta, extrajo el líquido y vertió tres gotas en su matraz Erlenmeyer.
Debería haber sido incoloro.
Pero en el momento en que las gotas tocaron la solución, el líquido en el matraz comenzó a burbujear violentamente. Un humo acre, grisáceo, empezó a salir del recipiente.
—¿Pero qué…? —Nadia retrocedió instintivamente.
—¡Cuidado! —gritó alguien.
El matraz se calentó de golpe y estalló. No fue una explosión de película, pero sí suficiente para lanzar vidrios y líquido caliente sobre la mesa y salpicar la bata de Nadia.
El estruendo hizo que todos gritaran.
—¡Carter! —rugió el Profesor Valladares, corriendo hacia su mesa con un extintor, aunque no había fuego, solo humo químico.
Nadia tosía, abanicando el humo. Sus ojos lloraban por los vapores.
—¡Yo no hice nada! —dijo Nadia, aturdida—. ¡Solo puse el indicador!
Valladares examinó los restos del matraz y el frasco que Sebastián le había pasado. Olió el frasco con cuidado. Su rostro se contorsionó de ira.
—Esto no es fenolftaleína. Esto es sodio metálico en suspensión con… Dios sabe qué más. Una reacción exotérmica peligrosa. Podría haber cegado a alguien, señorita Carter.
—Yo no lo preparé —se defendió Nadia, mirando a Sebastián.
Sebastián estaba encogido en la esquina, blanco como el papel.
—Sebastián me lo dio. Él preparó los reactivos.
Valladares se giró hacia Sebastián.
—¿Señor Garza?
Sebastián levantó la vista. Sus ojos se cruzaron con los de Regina, que lo miraba fijamente desde su mesa, jugando con un bolígrafo como si fuera un detonador. La amenaza implícita era clara.
Sebastián bajó la cabeza.
—Yo… yo le di el frasco correcto, profesor. Ella… ella trajo algo en su mochila. La vi sacar algo. Dijo que quería ver qué pasaba si mezclaba cosas. Que quería hacer una broma.
Nadia sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¡Mentira! —gritó Nadia—. ¡Eso es mentira! ¡Sebastián, di la verdad! ¡Regina te obligó!
—¡Basta! —gritó Valladares.
En ese momento, la puerta del laboratorio se abrió.
No era el director.
Era Ethan Reynoso.
Iba acompañado de un grupo de directivos y donantes, haciendo un recorrido por las instalaciones que él financiaba. Llevaba un traje gris impecable y caminaba con esa autoridad natural que hacía que las paredes parecieran apartarse.
Al ver el humo, el caos y a Nadia en medio de todo, se detuvo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Ethan. Su voz era tranquila, pero cortó el ruido como un cuchillo.
Valladares se enderezó, visiblemente nervioso.
—Señor Reynoso. Un incidente lamentable. La alumna Carter provocó una reacción peligrosa por negligencia y, según su compañero, con dolo. Trajo sustancias no autorizadas al laboratorio. Esto es expulsión inmediata según el reglamento.
Nadia miró a Ethan. Él la miró a ella.
Vio la decepción en los ojos de los otros adultos. Claro, la niña de la calle haciendo desastres. No se puede civilizar a los salvajes.
Regina sonreía abiertamente, triunfante. Había ganado. Había logrado que expulsaran a Nadia y la humillaran frente a su protector.
Pero Nadia sintió algo romperse dentro de ella. No fue tristeza. Fue la cadena que la ataba al miedo.
Si la iban a echar, se iría peleando.
—No —dijo Nadia.
Ethan arqueó una ceja.
—¿No? —repitió él.
—No fue negligencia. Y no traje nada. —Nadia caminó hacia la mesa, ignorando a Valladares que intentaba detenerla. Tomó el frasco que Sebastián había usado, con la mano protegida por un guante grueso—. Profesor Valladares, usted nos enseñó que la evidencia no miente. Las personas mienten. Los átomos no.
Nadia levantó el frasco.
—Si yo hubiera traído esto de mi casa, ¿por qué el frasco tiene el código de inventario de la escuela en la base? —Giró el frasco y mostró la etiqueta de código de barras grabada en el vidrio—. Este reactivo salió de su almacén, profesor. Alguien cambió las etiquetas. Alguien que tiene acceso a las llaves del gabinete de reactivos peligrosos.
Valladares parpadeó. Se acercó y miró el frasco. Efectivamente, era propiedad de la escuela.
—Y —continuó Nadia, girándose hacia Sebastián—, si revisan las cámaras de seguridad del pasillo, verán que yo no entré al almacén. Pero apuesto mi beca a que verán a alguien más entrar esta mañana antes de clase. ¿Verdad, Regina?
Regina perdió su sonrisa.
—Yo no sé de qué habla esta loca.
—¿Ah, no? —Nadia señaló las manos de Regina—. El sodio metálico deja residuos amarillentos si no se manipula con guantes perfectos. Tus uñas están impecables, Regina, pero la cutícula de tu dedo índice derecho… tiene una mancha amarilla.
Regina instintivamente escondió su mano. Fue un gesto pequeño, rápido, pero culpable.
Todos lo vieron. Ethan lo vio.
Nadia se volvió hacia Ethan, con la bata manchada y oliendo a humo, pero con una dignidad real.
—Señor Reynoso, usted me dio una oportunidad. Y se lo agradezco. Pero si estar en esta escuela significa que tengo que dejar que me pisoteen y me culpen por delitos que no cometí solo porque soy pobre, entonces no quiero su beca. Quédese con su escuela de ricos. Yo prefiero mi dignidad.
Se quitó las gafas de seguridad y las dejó sobre la mesa con un clac sonoro.
Empezó a caminar hacia la salida.
Nadie se movió.
—Espera —dijo Ethan.
Nadia se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta.
Ethan caminó hacia el centro del salón. Ignoró a Valladares y se paró frente a Regina.
—Señorita Montemayor —dijo Ethan, con una voz gélida—. Su padre es un buen socio mío. Pero si reviso esas cámaras y veo que usted o alguno de sus amigos entró a ese almacén y puso en riesgo la vida de mis estudiantes… le aseguro que la expulsión de esta escuela será el menor de sus problemas. Haré que su padre pague hasta el último centavo de los daños y reconsidere nuestra asociación.
Regina tembló. Por primera vez, el miedo era real en sus ojos.
—Y Valladares —agregó Ethan, mirando al profesor—. Quiero un reporte completo en mi escritorio en una hora. Si hubo sabotaje y usted no lo detectó, buscaré a alguien más competente para dirigir este laboratorio.
Ethan se giró hacia Nadia. No sonrió, pero asintió levemente. Un gesto de respeto entre iguales.
—Vuelve a tu lugar, Carter. Tienes un examen que terminar. Te daré otro matraz.
Nadia sintió que el aire volvía a sus pulmones.
Miró a Sebastián, que lloraba en silencio.
—Lo siento —susurró él.
—Lárgate —le dijo Nadia—. Trabajaré sola.
Nadia limpió su mesa. Tomó equipo nuevo. Y bajo la mirada de Ethan Reynoso, del director y de toda la clase, realizó la titulación más perfecta en la historia de Riverside. El líquido viró a un rosa pálido exacto.
Al terminar, anotó sus resultados y entregó la hoja.
Salió del salón sintiendo las miradas de todos en su espalda. Ya no eran miradas de burla. Eran miradas de miedo. Y de respeto.
Regina la miraba con odio puro, pero se quedó callada.
Afuera, en el pasillo, Mateo la alcanzó.
—Nadia, eso fue… eres una leyenda. Enfrentaste a Reynoso y a Regina en cinco minutos.
Nadia se recargó en los casilleros, sintiendo que le temblaban las manos ahora que la adrenalina bajaba.
—No soy una leyenda, Mateo. Solo estoy cansada. Estoy harta de tener miedo.
Mateo la miró con una intensidad nueva. Le tomó la mano suavemente.
—Pues ya no estás sola. Regina acaba de declarar la guerra nuclear, pero tú acabas de demostrar que tienes la bomba atómica.
Nadia miró su mano entrelazada con la de él. Por primera vez en semanas, sintió que tal vez, solo tal vez, no solo sobreviviría a Riverside. Tal vez lo conquistaría.
Pero sabía que Regina no se quedaría quieta. La próxima vez, el ataque no sería en la escuela. Sería en algo que le doliera más. Sería contra su madre.
Y Nadia tenía razón. Mientras tanto, en los baños de lujo del colegio, Regina marcaba un número en su celular, llorando lágrimas de cocodrilo.
—¿Papi? —sollozó Regina al teléfono—. Tienes que ayudarme. Esa becada… me atacó. Y Ethan Reynoso la defendió. Tienes que hacer algo, papi. Destrúyela.
Al otro lado de la línea, el padre de Regina, un hombre con conexiones oscuras y mucho poder, escuchaba.
—No llores, princesa. Nadie se mete con mi niña. Me encargaré de esa tal Carter. Veremos qué tan valiente es cuando no tenga dónde caerse muerta.
La guerra acababa de escalar a un nivel que Nadia no podía imaginar.
CAPÍTULO 7: GOLPE BAJO
El fin de semana llegó como un respiro engañoso. Después del incidente en el laboratorio, Nadia se había convertido en una especie de “intocable” dentro de Riverside. Nadie se burlaba de ella en su cara, pero el aislamiento era más profundo. Los estudiantes la miraban como si fuera una bomba de tiempo, debatiendo si era una heroína o una loca peligrosa protegida por el mismísimo Ethan Reynoso. Regina y su séquito habían desaparecido del radar, lo cual, para cualquiera con instinto de supervivencia, era la señal más clara de que una tormenta se avecinaba.
Pero en la colonia Doctores, la vida seguía su curso caótico y ruidoso. El sábado por la tarde, Nadia estaba ayudando a su madre a lavar la ropa en el patio de la vecindad. El olor a jabón “Zote” y suavizante llenaba el aire.
—Se te ve más tranquila, hija —dijo Lorena, exprimiendo una sábana con sus brazos fuertes—. Como que ya le agarraste el modo a esa escuela de ricos.
—Algo así, ma —respondió Nadia, sin querer preocuparla con los detalles de la guerra química—. Solo aprendí a que no me importe lo que digan.
En ese momento, el celular de Lorena sonó. Era un número desconocido.
Lorena se secó las manos en el delantal y contestó.
—¿Bueno? ¿Sí, ella habla?
Nadia vio cómo el color desaparecía del rostro de su madre. La sonrisa se borró, reemplazada por una mueca de confusión y luego de terror puro.
—No… no puede ser. Eso debe ser un error. Yo jamás… Señor, por favor, déjeme explicar… ¡No me cuelgue!
Lorena bajó el teléfono lentamente. Se quedó mirando a la nada, temblando.
—¿Ma? —Nadia soltó la ropa y corrió hacia ella—. ¿Qué pasó? ¿Quién era?
—Me corrieron —susurró Lorena.
—¿Qué? ¿De Reynoso Enterprises? Pero si apenas llevas dos semanas, ¡tienes contrato indefinido! Ethan prometió…
—No fue Ethan —dijo Lorena, con lágrimas brotando de sus ojos—. Fue Recursos Humanos. Dicen… dicen que encontraron un faltante en el inventario de la cocina. Carne premium, vinos caros. Dicen que hay videos donde yo salgo sacando bolsas negras por la puerta trasera.
—¡Eso es mentira! —gritó Nadia—. ¡Tú nunca robarías nada!
—Me acusaron de robo hormiga agravado, Nadia. No solo me despidieron. Me dijeron que van a proceder legalmente si no pago lo que supuestamente robé. Son cincuenta mil pesos. Y si no pago… me van a meter a la cárcel.
Nadia sintió que el suelo se abría. Era Regina. Tenía que ser ella. O su padre. El “ataque nuclear” que Mateo había predicho. No atacaron a Nadia porque estaba protegida por la beca y la mirada pública de la escuela. Atacaron a su madre, el eslabón más débil, en el lugar donde creían estar seguras.
—Voy a hablar con Ethan —dijo Nadia, sacando su celular para buscar el número de la oficina que le habían dado “para emergencias”.
—¡No! —Lorena la detuvo—. Me dijeron que la orden de investigación vino de “muy arriba”. Que los socios presionaron. Si le hablas, vas a meterte en más problemas. Tal vez él ya no cree en nosotras. Tal vez piensa que somos unas ladronas malagradecidas.
—No me importa lo que piense, me importa la verdad —insistió Nadia.
Marcó el número. Buzón de voz.
Marcó a la recepción.
—Lo siento, el señor Reynoso está fuera del país en un viaje de negocios en Tokio. Regresa el martes.
Maldita sea. El ataque estaba perfectamente cronometrado. Esperaron a que Ethan estuviera incomunicado o lejos para golpear.
Esa noche, la vecindad se sintió más fría que nunca. El miedo a la policía, a la cárcel, a perderlo todo otra vez, se instaló en el pequeño departamento. Lorena lloraba en silencio en su cama. Nadia miraba el techo, con la ira hirviéndole en la sangre.
No era justo. No era justo que por el capricho de una niña rica y su padre poderoso, la vida honesta de su madre fuera destruida.
—Si quieren guerra sucia —susurró Nadia en la oscuridad—, van a tener guerra sucia.
Al día siguiente, domingo, Nadia no se quedó en casa llorando. Tomó sus ahorros (lo poco que le quedaba de lo que Ethan le había dado para “gastos escolares”), se puso una gorra y salió.
Fue a un cibercafé en el centro.
Investigó.
“Montemayor”. El apellido de Regina.
Su padre, Alejandro Montemayor, era dueño de una cadena de hoteles y socio minoritario de varias empresas, incluida una rama de Reynoso Enterprises.
Pero Nadia buscó más. Buscó en foros, en noticias viejas, en la “deep web” superficial que cualquier adolescente curiosa sabe navegar.
Encontró demandas laborales silenciadas. Encontró quejas de proveedores no pagados.
Y encontró una foto. Una foto de Regina en una fiesta en uno de los hoteles de su padre, brindando con champaña. La fecha era de hace tres meses.
Nadia hizo zoom. Detrás de Regina, en una mesa, había algo que no debería estar ahí. Polvo blanco. Y gente conocida. Gente que no eran adolescentes.
Nadia guardó todo en una memoria USB. No era suficiente para destruir un imperio, pero era suficiente para hacer ruido.
Sin embargo, necesitaba más. Necesitaba pruebas de que el robo de su madre fue un montaje.
Recordó algo que su madre había mencionado: “Dicen que hay videos”.
Si había videos de seguridad, alguien los tenía. Y los sistemas de seguridad de las empresas grandes suelen tener respaldos.
Nadia necesitaba un hacker. O alguien que supiera de computadoras mejor que ella.
Pensó en Sebastián Garza. El chico del ajedrez que Regina había manipulado.
Él le debía una. Y si algo sabía Nadia sobre los chicos “nerds” y callados, es que suelen saber cosas que los populares ignoran.
Llamó a Sebastián. Consiguió su número en el directorio escolar en línea.
—¿Bueno? —contestó él, con voz temerosa.
—Soy Nadia. No cuelgues.
—Nadia… por favor, Regina me va a matar si sabe que hablo contigo.
—Regina ya intentó matarme a mí y a mi mamá, Sebastián. Acusaron a mi madre de robo. La van a meter a la cárcel por algo que no hizo. Sé que tú eres bueno con la informática. Te vi en el club de programación.
—¿Y qué quieres que haga?
—Quiero que me ayudes a entrar al servidor de seguridad de la cocina de Reynoso Enterprises. No para hackear. Solo para ver los metadatos de ese video. Estoy segura de que fue editado o es un “deepfake”.
Sebastián guardó silencio.
—Si me atrapan, me expulsan.
—Si no me ayudas, mi mamá va a la cárcel. Y tú seguirás siendo el esclavo de Regina toda tu vida. ¿Eso quieres? ¿Ser un peón siempre?
Hubo una pausa larga.
—Te veo en la biblioteca pública en una hora.
Nadia y Sebastián pasaron la tarde analizando el video que Recursos Humanos había enviado como “evidencia” al correo personal de Lorena (un protocolo de intimidación).
Sebastián tecleaba rápido, sus ojos brillando detrás de sus lentes.
—Aquí está —dijo él, señalando la pantalla—. Mira el código de tiempo. Hay un salto de milisegundos en los frames 405 y 406. Y las sombras… mira la sombra de tu mamá. No coincide con la fuente de luz de la cocina a esa hora.
—Es falso —dijo Nadia.
—Es un montaje muy bueno, hecho con IA, pero dejaron rastros. Quien lo hizo usó un software comercial, dejó una firma digital.
—¿Podemos probarlo?
—Puedo hacer un reporte forense digital. Pero Nadia… enfrentar a los Montemayor con esto… es peligroso.
—Más peligroso es no hacer nada. Gracias, Sebastián.
Con la evidencia en la mano, Nadia tenía una bala. Pero necesitaba dispararla en el momento exacto.
El martes regresaba Ethan.
Pero el lunes… el lunes Nadia tenía que volver a la escuela y verle la cara a Regina.
CAPÍTULO 8: JAQUE AL REY
El lunes por la mañana, Nadia entró a Riverside como una tormenta silenciosa. No llevaba la cabeza baja. No llevaba miedo en los ojos. Llevaba una memoria USB colgada al cuello como un amuleto y una carpeta bajo el brazo.
Regina estaba en su trono habitual en la cafetería, riendo con sus amigas. Cuando vio a Nadia, su sonrisa se ensanchó.
—Miren quién llegó —dijo Regina en voz alta—. La hija de la ladrona. ¿Qué pasó, Carter? ¿Vienes a robarte los cubiertos de la escuela también?
El comedor se quedó mudo. La noticia del despido de Lorena se había filtrado (obviamente, Regina se encargó de eso).
Nadia caminó directamente hacia la mesa de Regina. Se detuvo frente a ella.
—Disfruta tu risa, Regina —dijo Nadia con calma—. Porque te queda muy poco tiempo.
—Uy, qué miedo. ¿Qué vas a hacer? ¿Pegarme con tu pobreza?
—No. Voy a mostrarle a tu papá y a Ethan Reynoso cómo fabricaron pruebas falsas. Y de paso, voy a mostrarle al consejo escolar las fotos de tus fiestas “privadas” en los hoteles de papi. Esas donde hay cosas que no son legales para menores.
La sonrisa de Regina vaciló.
—Tú no tienes nada.
—¿Quieres probarme? —Nadia levantó la USB—. Aquí tengo el análisis forense del video. Y tengo mucho más. Así que tienes dos opciones: o llamas a tu papá ahora mismo y le dices que retire la demanda contra mi madre y confiese el montaje, o esta tarde, cuando Ethan aterrice, él y la policía cibernética recibirán una copia de todo esto. Ah, y la prensa también. A los noticieros les encantan las historias de “Niña Rica Arruina a Familia Pobre con Mentiras”. Se hará viral en cinco minutos.
Regina se puso pálida. Miró a sus amigas, que de repente parecían muy interesadas en sus ensaladas.
—Eres una maldita —susurró Regina.
—Soy lo que tú me hiciste —respondió Nadia—. Tienes hasta las 12 del día.
Nadia se dio la vuelta y se fue a clase.
Las siguientes horas fueron una tortura de espera. A las 11:50, Nadia recibió un mensaje de texto de su madre.
“Hija, no sé qué pasó. Me acaban de llamar de Recursos Humanos. Dicen que fue un ‘error administrativo’. Que revisaron los videos y se dieron cuenta de que era una confusión. Me restituyeron el puesto y… me ofrecieron una disculpa y un bono por las molestias. ¿Tú hiciste algo?”
Nadia soltó el aire que llevaba conteniendo días. Se dejó caer en una banca del patio, temblando de alivio.
Lo había logrado. Había doblado la mano de los Montemayor.
Pero la victoria no fue completa.
A la salida, Regina la interceptó en el estacionamiento. Ya no había séquito. Estaba sola. Y sus ojos no tenían miedo, tenían odio puro, destilado y concentrado.
—Ganaste esta ronda, Carter —dijo Regina, con la voz quebrada por la rabia—. Mi papá tuvo que arreglar el desastre para que no saliera el escándalo. Le costó mucho dinero callar a la gente de Recursos Humanos. Está furioso conmigo.
—Deberías aprender a no meterte con quien no tiene nada que perder —dijo Nadia.
—Esto no se acaba aquí —amenazó Regina—. Crees que porque Ethan te protege y tienes tus pruebitas eres intocable. Pero Ethan no va a estar siempre. Y tú… tú siempre serás una intrusa. Cuídate la espalda, Nadia. Porque la próxima vez no voy a ir por tu mamá. Voy a ir por ti. Y no voy a usar videos falsos. Voy a asegurarme de que desaparezcas de verdad.
Nadia sintió un escalofrío real ante la amenaza física. Pero mantuvo la mirada.
—Aquí te espero, Regina.
Esa tarde, Nadia fue a la oficina de Ethan. Él acababa de llegar del aeropuerto, con las maletas aún en la puerta.
Al verla, Ethan supo que algo había pasado. Nadia le contó todo. Le mostró el reporte de Sebastián (omitiendo el nombre de Sebastián para protegerlo) y le contó sobre el despido y la restitución “milagrosa”.
Ethan escuchó en silencio, su rostro oscureciéndose con cada palabra.
Cuando Nadia terminó, Ethan se levantó y miró por la ventana, hacia la ciudad que se extendía bajo sus pies.
—Montemayor… —murmuró—. Sabía que Alejandro era ambicioso, pero no sabía que era capaz de atacar a una empleada de limpieza solo para satisfacer el berrinche de su hija.
Se giró hacia Nadia.
—Hiciste bien en defenderte. Pero corriste un riesgo enorme. Si ellos hubieran decidido eliminarte en lugar de ceder…
—No tenía opción —dijo Nadia.
—Siempre hay opciones. Pero entiendo por qué lo hiciste. Eres valiente, Nadia.
Ethan se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Voy a cortar lazos comerciales con los Montemayor. Poco a poco, para no alertar a los mercados, pero lo haré. Esa familia es tóxica. Y voy a reforzar la seguridad de tu madre y la tuya. Tendrán un escolta discreto a partir de mañana.
—No necesito niñera —protestó Nadia.
—No es una niñera. Es un seguro de vida. Regina te amenazó. Y yo tomo las amenazas en serio. Eres parte de la familia Reynoso ahora, te guste o no. Y yo cuido a los míos.
Nadia asintió, sintiendo una mezcla de gratitud y peso. Su vida se había vuelto infinitamente más complicada, pero también más segura en cierto modo.
Salió de la oficina al atardecer. La ciudad se iluminaba con millones de luces.
Nadia caminó hacia el metro, aunque sabía que el escolta la seguía a distancia.
Se sentía diferente. Ya no era la chica invisible que caminaba con la cabeza gacha. Había mirado a los ojos al poder y no había parpadeado.
Pero sabía que la historia no tenía un final feliz de cuento de hadas. Regina seguía ahí. Los prejuicios seguían ahí. La lucha por pertenecer, por ser doctora, por sacar a su madre adelante, seguía siendo una cuesta arriba.
Sin embargo, mientras bajaba las escaleras hacia el andén, Nadia sonrió.
Tenía a su madre. Tenía a Ethan de su lado. Tenía a un amigo como Mateo (y quizás un aliado en Sebastián). Y lo más importante: se tenía a sí misma.
El tren llegó con un rugido de viento y metal. Nadia subió, empujando y siendo empujada, mezclándose con la gente, con su gente.
La chica de la vecindad había entrado al palacio, había luchado contra los dragones y había salido con vida. Y estaba lista para el siguiente capítulo.
FIN